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July 20, 2017 | Author: irisarri13 | Category: Book Of Revelation, John The Apostle, Apocalyptic Literature, Christ (Title), Lamb Of God
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APOCALIPSIS

DOMINGO MUÑOZ LEÓN

APOCALIPSIS

Comentarios a la

Nueva Biblia de

Jerusalén

CONSEJO

ASESOR:

Víctor Morla Santiago García

© Domingo Muñoz León, 2007 © Editorial Desclée De Brouwer, S.A., 2007 Henao, 6 - 48009 www.edesclee.com [email protected]

ISBN: 978-84-330-2134-2 Depósito Legal: BI-535/07 Impresión: RGM, S.A. - Bilbao Impreso en España - Printed in Spain

Reservados todos los derechos. Queda totalmente prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier sistema de almacenamiento o recuperación de información, sin permiso escrito de los editores.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN ............................................................................... 1. Título del libro: Apocalipsis de Juan ................................... 2. Estructura de superficie y contenido del Apocalipsis......... Excursus: Propuesta de estructura del Apocalipsis desde el punto de vista de los dos libros que enumera el autor ... 3. Estructura profunda ............................................................ 4. Formas literarias, estilo y simbolismo en el Apocalipsis.... 5. Autor del Apocalipsis ........................................................... 6. Teología del Apocalipsis....................................................... 7. La interpretación del Apocalipsis ........................................

9 9 12 17 17 20 23 24 36

COMENTARIO PRÓLOGO (1,3) ..............................................................................

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CAPÍTULO 1: LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA (1,4 – 3,22) ...... 1. Saludo (1,4-8) ....................................................................... 2. Visión preparatoria (1,9-20)................................................. 3. Las cartas a las Iglesias (cc. 2-3).......................................... 4. Síntesis y visión de conjunto de los principales elementos de las cartas ..........................................................................

43 43 44 47 62

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CAPÍTULO 2: LAS VISIONES PROFÉTICAS (4,1 – 22,21)..................... 1. Visión del trono de Dios y entronización del Cordero (cc. 4 –5) ................................................................................. 1.1. El trono de Dios (c. 4).................................................... 1.2. El Cordero degollado y su entronización (c. 5) ........... 2. Apocalipsis del Día de Yahvé (cc. 6-11) ............................... 2.1. Los seis primeros sellos (cc. 6-7) .................................. 2.2. El séptimo sello, las trompetas y los ayes (cc. 8-9) ..... 2.3. Inminencia del castigo final (cc. 10-11) ....................... 3. Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías (cc. 12-20)............................................................................... 3.1. Visión de la Mujer, de su Hijo y del Dragón (12,1-17) 3.2. Visión de las Bestias (12,18-13,18) ............................... 3.3. El juicio divino (cc. 14-16) ............................................ 3.4. El castigo de Babilonia (17,1 – 19,10) .......................... 3.5. Exterminio de las naciones paganas (19,11 – 20,15) .. 4. La nueva Jerusalén. El Reino eterno de Dios (cc. 21-22)... 4.1. El Reino eterno de Dios (21,1- 22,5) ............................ 4.2. Conclusión del libro. El Alfa y la Omega (22,6-21) .....

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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA ..................................................................... 177

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INTRODUCCIÓN

El Apocalipsis, último libro de la Biblia, es una obra difícil, pero apasionante. Antes de entrar en la exposición del texto, es necesario presentar en esta Introducción algunas cuestiones que puedan ayudarnos a comprenderlo. Siguiendo el esquema ya casi clásico, trataremos del título, estructura, formas literarias, autor y teología del libro. Terminaremos con una breve consideración sobre la historia de la interpretación. 1. TÍTULO

DEL LIBRO:

APOCALIPSIS

DE

JUAN

En primer lugar, nos vamos a ocupar del Apocalipsis como escrito joánico, es decir, perteneciente a la Escuela de Juan o al círculo joánico (después trataremos la cuestión del autor); en segundo lugar, consideraremos el género literario, que justifica el título de “Apocalipsis”. Finalmente indicaremos el interés teológico del libro. 1.1. ESCRITOS ATRIBUIDOS A SAN JUAN EN EL NUEVO TESTAMENTO En el Canon del Nuevo Testamento (en adelante NT) aparecen cinco escritos atribuidos a Juan, y que se consideran relacionados con el Apóstol Juan o con su escuela. 1.1.1. EVANGELIO: PRESENTACIÓN DE LA PERSONA DE JESÚS Es el último de los cuatro evangelios y ha sido llama “el evangelio espiritual”, y a su autor “el evangelista teólogo”. Es una profundiza9

APOCALIPSIS

ción en la dimensión divina de la persona de Jesús. El Prólogo (1,118) presenta a Jesús como Verbo creador, luz y vida de los hombres. El Verbo se ha hecho carne y habitó entre nosotros. El cuerpo de este evangelio tiene dos grandes partes: el libro de los Signos (c. 1-12), en el que Jesús despliega su ministerio de dador de la vida, y el libro de Gloria (c. 13-21), donde Jesús se revela a los discípulos y entrega su vida en la Pasión, para llegar así llega a la gloria de la resurrección. Es su paso al Padre y su levantamiento en alto para otorgar la vida eterna a la humanidad. El libro se presenta como obra del Discípulo Amado, cuyo testimonio recoge (Jn 21,24). 1.1.2. CARTAS Las tres cartas atribuidas a san Juan tienen gran afinidad de pensamiento y de vocabulario con el cuarto Evangelio. La más importante es la primera, donde encontramos el anuncio de los testigos oculares del Verbo de la Vida invitando a la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1,3). Esta comunión se realiza en el don del Espíritu Santo (3,23-24; 4,13). En tres desarrollos circulares expone la comunión con Dios luz (1,5 - 2,28), con Dios Padre justo (2,29 4,6) y con Dios Amor (4,7 - 5,13). El autor pone de relieve los criterios y exigencias de esa comunión: romper con el pecado confiando en la misericordia de Cristo; cumplir los mandamientos, especialmente el mandamiento nuevo del amor fraterno; guardarse de los anticristos y de los falsos profetas; y creer en el Amor. La segunda y tercera cartas son breves notas dirigidas respectivamente a la “Elegida”, es decir, a la Comunidad, y a Gayo, recordando el mandamiento nuevo y la exigencia de caminar en la verdad. 1.1.3. APOCALIPSIS El Apocalipsis es la última de las obras atribuidas a san Juan. Esta obra es la culminación de la Biblia por dos razones: por ser el último libro y porque su contenido es la consumación de la salvación. La relación entre el Apocalipsis y el cuarto Evangelio es indudable. Remitimos a la Sección de la Cristología. Por otra parte, la relación entre el evangelio y la primera carta es tan estrecha que incluso Dionisio de Alejandría pudo afirmar la identidad de autor. 10

INTRODUCCIÓN

1.2. EL GÉNERO APOCALÍPTICO La primera palabra del libro es precisamente “Apocalipsis”, término que significa “Revelación”. Con este título de “Revelación” es llamado en los ámbitos de habla inglesa. Para situar adecuadamente el género literario, es necesario decir dos palabras sobre el origen y naturaleza del movimiento apocalíptico y de las obras en que cuajó. Como género literario, un “apocalipsis” es una obra en que se narran visiones y audiciones de un personaje célebre acerca de los misterios celestes y del futuro de la historia, hasta su consumación. El género apocalíptico apareció al final del periodo del Antiguo Testamento (en adelante AT) y tiene su mejor ejemplo en el libro de Daniel, con sus famosas visiones de la estatua (c. 2), de la escritura en la pared del salón de Baltasar (c. 5), de las Bestias y del Hijo del hombre (c. 7), del carnero y del macho cabrío (c. 8), de las setenta semanas (c. 9) y de la resurrección (c. 12). Otras secciones de la Biblia tienen también carácter apocalíptico. Fuera de la Biblia, dentro de los libros llamados “apócrifos”, encontramos también una serie de escritos que pertenecen al género apocalíptico, como el Libro de los Jubileos, el Libro (o colección de libros) de Henoc, en que se describen las visiones de este personaje referidas a la historia futura, con una sección dedicada al Hijo del hombre o futuro personaje escatológico. Otros dos apocalipsis famosos merecen ser mencionados por ser contemporáneos del Apocalipsis de Juan. El primero es el Apocalipsis de Esdras, llamado Cuarto de Esdras, en el que se describen los signos que preceden al Fin y una serie de visiones, como la mujer en llanto (Sión), la sucesión de los imperios con la visión del águila y el león, la representación del Hijo del hombre (que sale del mar). El segundo Apocalipsis contemporáneo de Juan es el Apocalipsis de Baruc (también llamado Segundo de Baruc), en que se describen las visiones de este personaje bíblico acerca de la destrucción de Jerusalén, de los signos del Fin y de la sucesión de aguas negras (imperios malvados) y aguas luminosas (generaciones justas), hasta la llegada del Mesías. El Apocalipsis de Juan pertenece al género apocalíptico, pero tiene una diferencia esencial en relación con la apocalíptica judía. En 11

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ésta se contempla el futuro con la esperanza de la venida del Mesías; en el Apocalipsis de Juan se proclama ya realizada la primera venida del Mesías (Jesucristo) y se mira al futuro con la seguridad de la segunda venida del mismo Jesucristo. El género apocalíptico se expresa mediante una serie de formas literarias, especialmente visiones, revelaciones y oráculos cuya naturaleza expondremos más adelante. En cuanto al contenido de esas visiones y revelaciones, generalmente se centra en el desarrollo de la historia (contemplada en el futuro, pero que el autor en parte ya ha vivido). Un lugar importante es ocupado por el anuncio del triunfo de Dios sobre las fuerzas perseguidoras (castigo del mal y triunfo de los mártires). La finalidad de las obras apocalípticas es proporcionar consuelo y ánimo al pueblo de Dios en la tribulación. Recordemos la persecución de Antíoco Epífanes (para el libro de Daniel) y la persecución de Nerón y de Domiciano para el Apocalipsis de Juan. 1.3. INTERÉS TEOLÓGICO DEL LIBRO La utilidad del conocimiento del Apocalipsis es múltiple. En él se describe el drama de la lucha entre el Reino de Dios y el Reino de las Bestias (a quienes Satanás otorga su poder). El libro tiene en primer lugar un interés litúrgico, puesto que de él toma la Liturgia numerosos himnos y oraciones. El libro encierra asimismo una decisiva dimensión teológica: Dios uno y trino; Dios creador y consumador; Cristología; Eclesiología; Escatología. Contiene, al mismo tiempo, una profunda dimensión espiritual: diálogo de Jesús con el creyente e invitación a la fe, esperanza, fidelidad y fortaleza. Finalmente, el último libro de la Biblia tiene una acentuada utilidad desde el punto de vista pastoral-ecuménico, dado el empleo del Apocalipsis por las sectas, especialmente por los Testigos de Jehová, los Adventistas, los Mormones, etc.

2. ESTRUCTURA DE SUPERFICIE Y CONTENIDO DEL APOCALIPSIS Dividimos el libro en dos partes centrales, precedidas por un prólogo y concluyendo con un epílogo. 12

INTRODUCCIÓN

2.1. PRÓLOGO Y VISIÓN INAUGURAL (c. 1) Contiene esta sección el saludo de Juan a las siete Iglesias de parte de Dios (el que era, es y vendrá), de parte de los siete Espíritus y de parte de Jesucristo. Sigue la visión inaugural: el Hijo del hombre en medio de los siete candelabros y las siete estrellas en la mano. 2.2. PRIMERA PARTE:

CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS

(cc. 2-3)

Cada una de las cartas tiene las siguientes secciones: autopresentación de Jesús; revista a la Iglesia; consejos; promesa (con la mención del Espíritu). Las siete Iglesias son las siguientes: Éfeso (2,1-7); Esmirna (2,811); Pérgamo (2,12-17); Tiatira (2,18-29); Sardes (3,1-6); Filadelfia (3,7-13); Laodicea (3,14-21). 2.3. SEGUNDA PARTE:

PARTE PROFÉTICA

(4,1 – 22,5)

Esta parte profética consta de las siguientes secciones: 2.3.1. VISIONES INTRODUCTORIAS: VISIÓN DE DIOS Y DEL CORDERO (CC. 4 Y 5) 2.3.2. PRIMERA SECCIÓN PROFÉTICA: APOCALIPSIS DEL DÍA DE YAHVÉ Y JUICIO DE DIOS SOBRE LA HUMANIDAD PECADORA (CC. 6-11). 2.3.2.1. Los siete sellos (cc. 6-7). · Los cuatro primeros sellos; los cuatro jinetes: imperialismo, guerra, hambre, peste (6,1-8). · El quinto sello: visión de los mártires bajo el altar (6,9-11). · El sexto sello: terremoto (6,12-17). Intermedio: Signación de los 144.000 y visión de la muchedumbre (c. 7). · El séptimo sello y el silencio del cielo (8,1). 2.3.2.2. Las siete trompetas (cc. 8-9). · Liturgia introductoria (8,2-6). · Las cuatro primeras trompetas (8,7-12): pedrisco y fuego sobre la tierra (8,7); montaña ardiendo que cae en el mar (8,8-9); estrella grande que cae en ríos y fuentes (8,10-11); perturbaciones del sol, la luna y las estrellas (8,12). 13

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· Anuncio de los tres ayes (8,13). · La quinta trompeta: langosta (9,1-12). · La sexta trompeta: caballería infernal (9,13-21). Intermedio: inminencia del juicio final (10,1-7); el librito devorado (10,8-11); los dos testigos (11,1-13). · La séptima trompeta y la proclamación en el cielo (11,14-19). 2.3.3. SEGUNDA

SECCIÓN PROFÉTICA: APOCALIPSIS DE LAS

DERROTA POR EL

BESTIAS

Y DE SU

MESÍAS (CC. 12-20).

2.3.3.1. Visión de la Mujer y el Dragón (c. 12). · La Mujer, Madre del Mesías, representa a la Iglesia en la figura de María (aplicación de la Mujer de Gn 3,15). · El Dragón representa a Satanás, que quiere destruir la obra de Dios. 2.3.3.2. El Dragón entrega su poder a las Bestias (c. 13). · La Bestia que sale del Mar representa el poder político, que hace la guerra a los Santos y los vence. · La Bestia que sale de la tierra representa la propaganda en favor de la primera bestia. 2.3.3.3. El Cordero sobre el Monte Sión y con él los 144.000 fieles (vírgenes) (cc. 14-15). Es el contraataque del Cordero. Los redimidos cantan el nuevo Cántico de Moisés. El cántico alaba las obras grandes y maravillosas de Dios y proclama que solo Él es el Rey de las naciones. 2.3.3.4. Las siete copas (15,5-16,21). Es el despliegue del juicio que lleva a cabo el Cordero. Son las plagas de los sellos y de las trompetas (las plagas de Egipto) aplicadas ahora a la Bestia. Primera copa: sobre la tierra, y produce úlceras (16,2). Segunda copa: sobre el mar, y mueren los vivientes del mar (16,3). Tercera copa: sobre los ríos y manantiales de agua, que se convierten en sangre (16,4). Cántico “Justo eres” (16,5-7). Cuarta copa: sobre el sol, y abrasa a los hombres (16,8-9). 14

INTRODUCCIÓN

Quinta copa: sobre el trono de la Bestia, y se producen tinieblas y dolor (16,10-11). Sexta copa: sobre el río Éufrates, y se secan las aguas para preparar el camino a los reyes de Oriente (16,12-16). Séptima copa: sobre el aire, y se produce un violento terremoto (16,17-21). 2.3.3.5. El castigo de Babilonia (cc. 17-18) y cantos triunfales en el cielo (19,1-10). a) El castigo de Babilonia (c. 17-18). · Visión de la Prostituta sobre la Bestia (c. 17). Se anuncia la victoria definitiva: “Éstos harán la guerra el Cordero, pero éste, como es Señor de Señores y Rey de Reyes, les vencerá en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles” (17,14). · El Ángel anuncia la caída de Babilonia (18,1-3). · Huida del pueblo de Dios (18,4-8). · Lamentación por Babilonia (18,9-24). b) Los cantos triunfales (19,1-10). En el cielo se proclama la victoria sobre la Bestia y anuncian las Bodas del Cordero (19,1-10). 2.3.3.6. El primer combate escatológico (19,11-21); el Reino de los mil años (20,1-6) y el segundo combate escatológico (20,7-10). a) El primer combate escatológico (19,11-21). · Visión de un jinete sobre un caballo blanco (19,11-18). Nombres: Fiel y veraz (19,11); Palabra de Dios (19,13); Rey de Reyes y Señor de Señores (19,16). · Visión de la Bestia y de los reyes de la tierra coaligados contra el jinete (19,19). · Se entabla el combate y la Bestia es capturada, y con ella el falso profeta (19,20; recordar el c. 13), y son arrojados al lago de fuego (19,20). Los demás son exterminados (19,21). b) El Reino de mil años (c. 20). · Aherrojamiento de la serpiente por mil años. · Tronos para el juicio y resurrección primera. c) El segundo combate escatológico (20,7-10). Tras los mil años, Satanás es soltado y seduce a las naciones; cercan la Ciudad Santa y son derrotados, y Satanás es arrojado al lago de fuego y azufre con la Bestia y el falso profeta. 15

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2.3.3.7. Resurrección y juicio final (20,11-15). Como puede verse, la segunda sección profética (cc. 12-20) puede dividirse en siete secciones, un número frecuente en el Apocalipsis. 2.3.4. VISIÓN CONCLUSIVA: LA JERUSALÉN FUTURA (CC. 21,1 – 22,5). Esta parte es la culminación del libro y el cumplimiento del designio salvífico. Contiene las dos secciones siguientes: 2.3.4.1. La Jerusalén futura (21,1-8). · Visión de los nuevos cielos y la nueva tierra (21,1) y de la Jerusalén que desciende del cielo (21,2). · Oráculo (21,3-4). Morada de Dios; liberación de toda lágrima y de la muerte. · Confirmación divina (21,5-8). Proclamación de cumplimiento (21,6a); atributos divinos (21,6b); promesa a los vencedores (21,7); amenaza a los malvados (21,8). 2.3.4.2. La Jerusalén mesiánica (21,9-22,5). Visión de la esposa del Cordero (21,9); baja del cielo y tiene la gloria de Dios (21,10-11a); muralla y puertas (21,12-14); resplandor (21,12b); dimensiones (21,15-17); piedras preciosas (21,18-21); la luz de Dios y del Cordero (21,22-23), las naciones caminarán a su luz (21,24-27); río de agua (22,1-2); culto y reinado eterno (22,3-5). 2.4. EPÍLOGO (22,6-21) Ratificación del libro (del autor, del ángel y de Jesús). La disposición del libro que acabamos de presentar se basa fundamentalmente en la distinción de dos grandes secciones dentro de la parte profética del libro. Otros autores, como Boismard y Vanni, prefieren una estructura septenaria. Efectivamente, como hemos visto, el libro nos ofrece una serie de septenarios, de los que cuatro son claves: siete cartas, siete sellos, siete trompetas, siete copas. Los otros tres septenarios que señalan los autores no son tan claros como para afirmar que ésa es la estructura literaria básica. En cambio, la distinción de las dos partes, exhortatoria y profética, y de dos secciones dentro de la parte profética es, a nuestro parecer, prevalente. En el comentario veremos los argumentos. 16

INTRODUCCIÓN

EXCURSUS: PROPUESTA DE ESTRUCTURA DEL APOCALIPSIS DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LOS DOS LIBROS QUE ENUMERA EL AUTOR

Parte exhortatoria (cc. 1-3) Parte profética (cc. 4-22) A) Libro del Día de Yahvé (Juicio divino sobre Israel y sobre la humanidad pecadora (cc. 4-11). (1) Visión del Trono (c. 4). (2) Visión del Cordero (c. 5). (3) Los seis primeros sellos (c. 6). (4) Los 144.000 signados y la muchedumbre inmensa en el cielo (c. 7). (5) Las seis primeras trompetas (cc. 8-9). (6) El juramento del ángel (c. 10) y los dos testigos (c. 11). (7) La séptima trompeta y la proclamación de la llegada del Reinado (11,15ss). B) Libro del Reinado de Dios y de Cristo (con la victoria sobre el Dragón y las Bestias). (1) La Mujer y el Dragón: proclamación del Reinado de Dios (c. 12). (2) Las Bestias antagonistas del Reinado de Dios (c. 13). (3) El contraataque del Cordero y las plagas de las siete copas (cc. 14-16). (4) La caída de Babilonia. Aleluyas por la proclamación del Reinado Dios (17,1 - 19,10). (5) El primer combate escatológico, el Milenio (el Reinado de Cristo) y el segundo combate escatológico (19,11 - 20,15). (6) La Jerusalén celestial y el reinado eterno de Dios (21,1 - 22,5). (7) Epílogo (22,6-21). 3. ESTRUCTURA PROFUNDA Ya la propia descripción del contenido del libro ofrece una indicación de su estructura profunda. Así, la Visión inaugural y las Cartas dan al libro el tono de una revelación de Jesucristo a su Iglesia, exhortándola a la fidelidad. Asimismo, ya en la Sección primera de la parte profética (cc. 4-11), la visión del Trono de Dios y la visión del 17

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Cordero que recibe el libro sellado de parte de Dios y la secuencia de los sellos y los trompetas nos indican que estamos ante el desarrollo del juicio divino sobre la humanidad, con los castigos a los malvados y la preservación y salvación de los elegidos. También la sección segunda de la parte profética (cc. 12-20) pone de relieve que otro tema fundamental del libro es el Drama de la lucha del Bien y del Mal en la historia, concretada en la persecución del Dragón y la Bestia contra la Mujer y su descendencia (el Mesías). El libro asegura que esta lucha termina con la victoria del Mesías sobre las fuerzas hostiles a Dios y con el juicio y resurrección universales. La parte conclusiva del libro (cc. 21-22) nos presenta el reinado de Dios y del Cordero sobre la humanidad redimida y la salvación dichosa de los elegidos en la Jerusalén celestial. Para profundizar más en la estructura del libro, nos detendremos a continuación en la consideración de los agentes que intervienen y de la idea dominante. 3.1. AGENTES 3.1.1. EL AGENTE DIVINO El libro está profundamente penetrado por la fe en la intervención divina en la historia. Por ello es necesario comenzar por el agente divino. Éste presenta, como en todo el NT, una dimensión trinitaria. 3.1.1.1. Dios. El que es, el que era y el que vendrá. Dios Todopoderoso (c. 4). Padre (1,5-6; 21,7). 3.1.1.2. El Cordero (c. 5). Rey de reyes y Señor de señores (19,16; cf. 17,14). Otros títulos son los siguientes: Mesías, Hijo, Primero y Último, Hijo del hombre, Esposo, Jinete vencedor, Palabra de Dios, Fiel y veraz. 3.1.1.3. El Espíritu interviene como un agente divino: habla a las Iglesias (cc. 2-3); vuelve a la vida a los testigos (c. 11); consuela a los que mueren en el Señor (14,13). El Espíritu y la Novia divina “ven” (c. 22). 18

INTRODUCCIÓN

3.1.2. OTROS AGENTES COOPERADORES DEL AGENTE DIVINO Son los siguientes: los veinticuatro ancianos (c. 4); los cuatro vivientes (c. 4); el ángel intérprete (1,1-2) y los ángeles de los vientos (7,1ss); los ángeles de las Iglesias (cc. 2-3); la Mujer Madre del Mesías (c. 12); la Novia del Cordero (la Iglesia, 19,1-9); Jerusalén celestial( 21,1-4); Jerusalén mesiánica (21,9ss). Acompañamiento del Cordero: los fieles y vírgenes; los mártires (14,1ss); Juan que da testimonio (1,1-10). 3.1.3. ADVERSARIOS Satanás. Es el Dragón, el Tentador de Gn 3,15; lucha contra el Mesías (el Hijo de la Mujer) y contra la descendencia de la Mujer (c. 12). Satanás transmite su poder a las dos Bestias (c. 13). Éstas representan el poder político endiosado (Bestia que sale del Mar) y la propaganda en favor de dicho poder (Bestia que sale de la tierra). El Apocalipsis ve encarnada la Bestia del Mar en Nerón (interpretación del número 666 en 13,18). Babilonia (nombre simbólico de Roma) es la representación del poder hostil a Dios (cc. 17-18). En este mismo número de los adversarios están los reyes de la tierra coaligados con la Bestia y que son convocados por Satanás para hacer la guerra a la Ciudad Amada (c. 20). Los que se dejan seducir por Satanás en su lucha contra Cristo son llamados “Sinagoga de Satanás” (2,9). De ellos se dice que llevan en su frente la señal de la Bestia (13,16). La mujer prostituta (c. 17) es una imagen paralela a la de la Bestia. Entre los adversarios están también los falsos profetas, como los nicolaítas (2,15) y la profetisa Jezabel (2,20). 3.2. IDEA DOMINANTE. EL DRAMA DE LA HISTORIA: LA LUCHA ENTRE EL BIEN Y EL MAL. EL REINADO DE DIOS El establecimiento del Reinado de Dios y de Cristo es uno de los rasgos fundamentales de la estructura profunda del Apocalipsis (11, 15ss; 12,10ss). El último libro de la Biblia proclama el cumplimiento mesiánico-escatológico. Para el autor del Apocalipsis, el Reinado es la acción por la que Dios instaura su dominio en el mundo mediante su Cristo. Es el cumplimiento del designio salvífico anunciado en el Pentateuco (Gn 3,15), en los Profetas y en los Salmos (especialmente Sal 2). El Reinado de Dios implica la victoria sobre el mal. 19

APOCALIPSIS

El carácter dramático puede describirse así: a) El Bien está personificado en el Hijo, la descendencia de la Mujer (c. 12). El Bien es la adoración al único Dios (14,7) y la fidelidad a los mandamientos (12,17). b) El Mal es Satanás y las Bestias y sus seguidores (c. 12-13). El pecado fundamental es la idolatría, el homicidio, la mentira (9,20-21). c) El final de la Historia desemboca en la Resurrección y Juicio universal (20,11-15). Ello implica el juicio de Dios sobre el Mal, condenándolo al lago de fuego (20,14-15), y la salvación de los elegidos (21-22). d) La consumación para los buenos es la Jerusalén celestial, con las Bodas del Cordero (cc. 21-22). Las promesas al vencedor llevan a esta meta: árbol de la vida (2,7), corona de la vida (2,10), etc.

4. FORMAS LITERARIAS,

ESTILO Y SIMBOLISMO EN EL

APOCALIPSIS

Al tratar del género literario del Apocalipsis, hemos indicado ya las principales formas literarias. Ahora es preciso dar una visión de conjunto de ellas e indicar las características de estilo que se encuentran en esta obra. Entre ellas destaca el simbolismo. 4.1. LAS FORMAS LITERARIAS Entendemos por forma literaria aquella unidad de expresión que da el tono predominante a una determinada comunicación oral o escrita, bien sea de tipo narrativo bien de tipo discursivo. En el libro del Apocalipsis son frecuentes las siguientes: 4.1.1. VISIONES Es la forma literaria fundamental del libro, puesto que el autor quiere relatarnos el contenido de lo que ha visto en éxtasis. Así, tenemos visiones de Jesucristo como Hijo del hombre (c. 1), visiones del trono divino (c. 4), del Cordero (c. 5), de los sellos (cc. 7-8), de las trompetas (cc. 8-9), de la Mujer (c. 12), de las Bestias (c. 13), de Babilonia (cc. 17-18), de la Jerusalén celestial (cc. 20-21). 20

INTRODUCCIÓN

4.1.2. ORÁCULOS Dentro de las mismas visiones o en algunas ocasiones fuera de ellas, el vidente, que es profeta, recibe una serie de mensajes divinos que unas veces explicitan el alcance de las visiones y otras veces lo completan o lo confirman. No es posible enumerar ni quisiera los principales oráculos. Citemos, a modo de ejemplo, el de 1,8: «He aquí que viene sobre las nubes del cielo»; el de 1,17: «No temas, Yo soy el primero y el último»; las promesas a los vencedores (c. 2-3), etc. 4.1.3. HIMNOS El libro nos ofrece una gran riqueza de cánticos y de himnos. Éstos aparecen unas veces en boca del mismo autor, como el Cántico a la obra Redentora en 1,5-6; otras veces en boca de los Vivientes o de los Ancianos (cc. 4 y 5); a veces es una voz del cielo (11,15ss; 12,10ss); otras veces es un cántico de los redimidos (15,3-4) o cantos triunfales en el cielo (19,1-9). Algunos oráculos también están pronunciados en forma poética. Por todas estas razones, la Liturgia, tanto la de la Misa como la del Oficio de las Horas, recurre con mucha frecuencia a estos himnos. 4.1.4. ELEGÍAS En la descripción de la caída de Babilonia encontramos una serie de “ayes” en boca de los reyes de la tierra (18,9-10), de los mercaderes (18,11-17a) y de los marinos (18,17b-21). 4.1.5. CARTAS El modelo epistolar, en primer lugar, es una impronta de todo el libro, que comienza con un saludo epistolar (c. 1) y termina asimismo con unas alocuciones de comunicación epistolar (22,6ss). En segundo lugar, debemos mencionar las siete cartas (cc. 2-3), cuyo esquema veremos al tratar de ellas en el comentario. 4.1.6. ACLAMACIONES LITÚRGICAS A lo largo del libro encontramos, además de los himnos, una serie de aclamaciones que reflejan lo que algún autor ha llamado una 21

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asamblea litúrgica. Recordemos solamente la expresión “Ven, Señor Jesús” del final del libro. 4.2. ESTILO DEL APOCALIPSIS:

EMPLEO DE SÍMBOLOS E IMÁGENES

Estamos ante una obra totalmente singular. Desde el punto de vista gramatical, se han observado desde antiguo una serie de fenómenos anómalos, que quizá tengan explicación en que el autor no es demasiado experto en la lengua griega. Quizá es un semita que escribe en griego. De todos modos, el autor tiene una fuerza de expresión admirable, que suple con creces esas incorrecciones gramaticales. Como características principales de su estilo podemos indicar las siguientes: 4.2.1. Preferencia por la construcción paratáctica, con frecuente empleo de la conjunción “y” ( griego kai). 4.2.2. Preferencia por el número 7. Así lo indican los septenarios de las cartas (cc. 2-3), sellos (cc. 6-7), trompetas (cc. 8-9), copas (c. 16), número de cabezas de la Bestia (c. 13), etc. En esto el autor indica su carácter judeo-cristiano. El número 7, que es el número de la semana de la creación, es para el autor una indicación de plenitud, a la vez que el número seis es una indicación de falta de plenitud. Véase en 13,18 la cifra de la Bestia (666). 4.2.3. El autor tiene predilección por algunas imágenes, como las Bestias (c. 13), para indicar el Mal (simbolismo teriomorfo). 4.2.4. El autor recurre a los colores como fuente de expresión (simbolismo cromático): blanco, rojo, negro, verdoso (véanse los cuatro caballos de 6,1ss). Así, el Hijo del hombre y el jinete que representa a Jesucristo van vestidos de blanco (19,11ss); también su ejército, es decir, los mártires y vírgenes van vestidos de blanco: han blanqueado sus mantos con la sangre del Cordero (7,14). En cambio, el Dragón y la Bestia que sale del mar son de color rojo(12,3; 17,3). 4.2.5. El simbolismo de la Mujer aparece en doble perspectiva. De una parte, está la Mujer vestida del sol (c. 12), que es la Esposa 22

INTRODUCCIÓN

(nymphé) del Cordero (19,1-9). De otra parte, está la prostituta (porné), que bebe la sangre de los siervos de Dios. 4.2.6. El simbolismo de la ciudad aparece también en doble perspectiva. De una parte está la visión positiva de la Ciudad, tanto en las cartas (3,12) como sobre todo en la sección de la Jerusalén celestial (cc. 21-22). De otra parte está la visión de la ciudad corrompida moralmente y perseguidora de los cristianos (17,18).

5. AUTOR DEL APOCALIPSIS Como hemos visto al comienzo de esta introducción, el Apocalipsis es atribuido a san Juan. De hecho, desde el siglo II esta opinión ha sido la tradicional. Ciertamente algún autor como Dionisio de Alejandría, basándose en las diferencias entre el cuarto Evangelio y el Apocalipsis, sugirió la hipótesis de que el vidente de Patmos fuera Juan el Presbítero. La aversión del Obispo de Alejandría contra el milenarismo era quizá el motivo que más influía en esta opinión. De todos modos, Dionisio reconocía el carácter inspirado del libro, aunque confesaba no entender muchos de los símbolos que se contienen. Un sector de la crítica moderna ha propuesto que el autor del Apocalipsis sería un profeta de Asia Menor. Pocos defienden la autoría del apóstol Juan, el hijo de Zebedeo. Para el adecuado planteamiento de este problema es necesario tener presente el género apocalíptico, una de cuyas características es atribuir las revelaciones a un personaje célebre de la antigüedad o del presente. Algunos autores sugieren que quizá la atribución a Juan, el hijo de Zebedeo, se deba a este procedimiento. En tal caso, el autor sería un miembro eminente y ciertamente genial del círculo o escuela de Juan, que ha puesto su obra bajo la autoría del Apóstol que era reconocido como el Discípulo Amado. Los rasgos con que es presentado el vidente, tanto en el capítulo primero como en el resto de la obra, especialmente la frase en que es designado como testigo y como desterrado «por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (1,9) cuadran perfectamente con la figura del autor del cuarto Evangelio, tal y como es presentada en Jn 21,23-24. Como veremos 23

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después, las coincidencias verdaderamente notables entre la cristología del Apocalipsis y la del cuarto Evangelio, especialmente los atributos de Hijo del hombre, Hijo de Dios, Mesías, Cordero, Esposo, Testigo, etc., nos indican que su autor vive en el ámbito joánico. El presentar como vidente a Juan, que desde san Justino ha sido referido al hijo de Zebedeo, nos indicaría que el autor ha puesto su obra bajo la autoría de uno de los grandes personajes entre los discípulos del Señor. 6. TEOLOGÍA DEL APOCALIPSIS Al tratar de la estructura profunda hemos indicado ya algunos puntos fundamentales en la Teología del Apocalipsis. Ahora nos vamos a centrar en la idea de Dios y en las dimensiones cristológica, eclesiológica y escatológica. 6.1. DIOS UNO Y TRINO En este apartado nos detenemos solamente en dos aspectos: el Reinado de Dios y la dimensión trinitaria. 6.1.1. EL REINADO DE DIOS Y DE CRISTO El Apocalipsis trata de responder a la pregunta “¿Quién manda en este mundo?”. Cuando empezaba a reinar un emperador se solía decir: “Se ha proclamado rey”, como en los casos de Otón o Galba. El emperador Domiciano se proclamaba Deus et Dominus, presionando así a los cristianos a que diesen culto al emperador. La respuesta del autor del Apocalipsis es: “Reinan Dios y su Cristo”. Esto se hace en tres grandes proclamaciones: 11,17; 12,10; 19,6. Esta proclamación se fundamenta en que Dios es el creador (4,11), el principio y el fin (21,6). Por ello mismo, Dios es el Todopoderoso. Este título tiene un especial relieve. La voz pantokrator se encuentra casi exclusivamente dentro del NT en el Apocalipsis (sólo una vez fuera de él, en 2 Co 6,18). No es el momento de repasar todas las veces en que recurre este término. A lo largo del comentario lo encontraremos, tanto en la auto-presentación de Dios como en los Cantos con que le alaban los seres celestiales o los santos. El tér24

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mino está ligado tres veces a la frase “El que es, el que era y el que vendrá” (1,4.8; 4,8). En 11,17 está unido a la expresión “el que es y el que era”; en 16,5 aparece también la expresión “el que es y el que era”, pero sin estar ligada al apelativo de Todopoderoso. El reinado de Dios lleva consigo el ejercicio de la justicia: Salvador = Rey (cf. 19,6). A Dios el Apocalipsis le llama “Padre” en relación con Jesucristo. Véase 1,6 (su Dios y Padre). También al final del libro se habla de Dios como Padre de los elegidos, dentro de una fórmula de la Alianza (21,7). El final del Apocalipsis describe la comunión eterna de Dios con sus elegidos en la Jerusalén celestial (cc. 21-22). 6.1.2. LA DIMENSIÓN TRINITARIA DE DIOS Esta dimensión aparece en varios lugares, especialmente en el Saludo (1,3-4). Padre: el que es, el que era y el que vendrá (1,4). Espíritu: los siete espíritus (1,4); cf. las menciones del Espíritu en las siete cartas (el Espíritu habla a la Iglesia) y la indicación final: el Espíritu y la Novia dicen “ven”. Ver también 14,13. Hijo: Jesucristo el Testigo fiel (1,5), el primero y el último (1,17). Véase en seguida el desarrollo de estos títulos. El Dios tres veces Santo (4,8) está lleno de majestad y gloria. 6.2. CRISTO EN EL APOCALIPSIS La figura de Cristo llena el libro. Veamos cómo aparece en las diversas partes. 6.2.1. EN EL SALUDO INTRODUCTORIO Y EN LA VISIÓN INICIAL Como hemos visto, Cristo forma parte del saludo trinitario (1,3-4) junto al Padre (el que es, el que vendrá) y los siete Espíritus. Jesucristo aparece como el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos (Resucitado) y Príncipe de los Reyes de la tierra (1,5; cf. 19,16). En 1,5-6 encontramos un himno a Cristo Redentor (dentro de una doxología): nos ama; nos ha lavado con su sangre; nos ha hecho un reino. 25

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En 1,12-16 tenemos la visión del Hijo del hombre. En ella aparece la figura de Cristo en todo su esplendor. El Hijo del hombre es Sacerdote (túnica talar), Rey (cinturón); tiene atributos divinos (cf. Daniel 7,9); es Señor de la Iglesia (siete estrellas); es el Juez escatológico (espada de su boca); es el Señor de la gloria (brillo del rostro). En el oráculo de 1,17-18 aparecen de nuevo importantes rasgos cristológicos: no temas; yo soy el primero y el último (atributos divinos, 1,17; cf. 2,8); el viviente; muerto y resucitado: estuve muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos (1,18b). Cristo es el Señor de la vida y de la muerte: tengo las llaves de la muerte y del Hades (1,18e). Es el Señor de la Iglesia (siete candelabros y siete estrellas, 1,20). 6.2.2. CRISTOLOGÍA DE LAS SIETE CARTAS En las Cartas encontramos una serie de presentaciones de Jesús que constituyen una cristología viva. He aquí las líneas generales. · (Éfeso) 2,1. El Señor de la Iglesia · (Esmirna) 2,8. Atributos divinos (el primero y el último); muerto y resucitado. · (Pérgamo) 2,12. Espada: Juez escatológico. · (Tiatira) 2,18. El Hijo de Dios (cf. Jn 20,31). Tiene ojos como llamas de fuego y pies como metal precioso (son atributos divinos, véase Dn 7). Se le atribuye el poder mesiánico (2,26) y la fuerza de la resurrección, el lucero del alba (2,28). · (Sardes) 3,1; Jesús es el Mesías lleno del Espíritu (los siete Espíritus), el Señor de la Iglesia (las siete estrellas). · (Filadelfia) 3,7. Se le proclama Santo (cf. Jn 6,69); Veraz (cf. Jn 1,14); Omnipotente (llaves: cerrar y abrir). · (Laodicea) 3,14. El amén (Sí; cf. 2 Co 1,19-20); el testigo fiel y veraz (cf. Jn 18,35ss: dar testimonio a la verdad); el principio (arché): Hijo, origen, principio estructural (no el primero en sentido de comienzo). Véase también en la misma carta la alusión a Cristo como el Esposo (Cena 3,20) y como Vencedor sentado junto al Padre (3,21). 6.2.3. CRISTO EN LA PARTE PROFÉTICA (CC. 4-22) Indicaremos las principales representaciones cristológicas por el orden de su aparición: 26

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6.2.3.1. Cordero. En el c. 5 la imagen de Cristo es la del Cordero. Al comienzo se habla del León de Judá (5,5). En el resto del capítulo el León pasa a ser Cordero: ¿Hay un tránsito deliberado? Así como la figura del Hijo del hombre era central en la visión introductoria, ahora, al comienzo de la parte profética, tras la visión grandiosa de Dios y su trono en c. 4, ocupa un lugar centra la visión del Cordero (c. 5). El Cordero recibe los atributos que corresponden a los que en Dn 7 recibía el Hijo del hombre (ver 5,12-13), y comparte el trono divino. El autor ha realizado así con plena maestría el cambio de la imagen del Hijo del hombre de la visión inicial a la imagen de Cordero en el c. 5. En esta nueva imagen se refleja la idea de sacrificio redentor por el que Cristo sube a la gloria de la Resurrección. La representación de Cristo como Cordero era una imagen querida en la Escuela de Juan (1,29; 19,34: el Cordero traspasado). En la visión de 5,6-8 el Cordero aparece con los siguientes rasgos: participante del trono de Dios (cf. 7,9-10) y digno de adoración (cf. por contraste 19,10; 20,8-9); Sacrificado (cf. nota de la Biblia de Jerusalén [en adelante BJ]); omnipotente (siete cuernos) y omnisciente (siete ojos); Dueño de la historia (libro de los siete sellos). En el Cántico de 5,9-10 aparece como Redentor, y se repiten los rasgos que vimos en el Himno a Cristo redentor de 1,5-6: El Cordero ha sido degollado (sacrificado). Este elemento es propio de la visión del Cordero: “compraste con tu sangre” (goel; cf. 7,14); “has hecho de nosotros un reino de sacerdotes” (pueblo redimido), que es fórmula de la alianza. En la visión de 14,1-4 el Cordero aparece como guía del pueblo rescatado (144.000), que es el nuevo pueblo de Dios. En la visión conclusiva el Cordero, junto con Dios, es la lámpara en la Jerusalén celestial (21,20). 6.2.3.2. Mesías (12,5ss). Hijo de la mujer: perseguido y resucitado. Cf. la proclamación del reinado de Dios y la potestad de su Cristo (12,10). 6.2.3.3. Verbo de Dios (19,13), que actúa en el combate escatológico (19,11-16). 27

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6.2.3.4. Rey de reyes y Señor de señores (19,16); cf. 17,14 (Señor de señores y Rey de reyes) y 1,5 (príncipe de los reyes de la tierra). 6.2.3.5. El Esposo. Cf. 19,1-9 (anuncio de las Bodas del Cordero) y 21,2 (Jerusalén celestial). Las imágenes de Esposo y de Cordero se funden: el Cordero aparece como Esposo (El Mesías), que ahora se presenta con los atributos de Dios (desposorio y Nueva Alianza). 6.2.3.6. En el Epílogo (22,6-21) encontramos atributos divinos (22,12-13 cf. 21,6) y mesiánicos (22,17). La exclamación final lo proclama Señor: “Ven, Señor Jesús” (22,20). 6.2.4. LA CRISTOLOGÍA DEL APOCALIPSIS Y LA DEL CUARTO EVANGELIO Como se ve, el Apocalipsis atribuye a Cristo, al igual que el Cuarto Evangelio (Jn 20,31), los títulos de Mesías (Ap 12,5-10) e Hijo de Dios (Ap 2,18). Asimismo la figura del Cordero sacrificado (cf. Jn 1,29.36) ocupa un lugar central en el libro (cf. Ap 5,6.9-10), con las menciones de la sangre del Cordero y del sacrificio redentor. Igualmente la figura del Hijo del hombre (cf. Jn 1,51 y passim) aparece en la visión inicial (1,12-16) con las características de sacerdote y rey. El título de Rey (cf. Jn 18,14.37; 19,14.19-22) es también central en el Apocalipsis (19,16: Rey de reyes y señor de señores; cf. 17,14 y 1,5). Finalmente el Apocalipsis aplica a Cristo una serie de títulos que implican atributos divinos, como “La Palabra de Dios” (19,13); el Primero y Último (1,17; 2,8); Fiel y Veraz (1,5; 3,7.14; 19,11; cf. Jn 1,1.14.17; cf. también el Testigo: Jn 18,37). El Mesías y su madre (la Mujer) aparecen en 12,1ss en relación con Gn 3,15. 6.3. IGLESIA EN EL APOCALIPSIS Eclesiología y cristología están estrechamente relacionadas en el Apocalipsis. Veamos los principales aspectos: 6.3.1. EN EL PRÓLOGO Y EN LA VISIÓN INICIAL - El Prólogo (1,1-3) nos indica la naturaleza del libro. Es una Revelación de Jesucristo (Dios se lo dio a conocer), comunicada por medio del Ángel a su siervo Juan (= Testigo) y destinada a sus siervos. 28

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El contenido del libro es lo que ha de suceder pronto, es decir, los acontecimientos relativos al futuro del mundo y de la Iglesia. Tras el Saludo trinitario que hemos visto al tratar de la cristología, encontramos el Himno a Cristo Redentor (1,5b-6), que tiene una dimensión eclesiológica directa: los fieles son objeto del amor de Cristo: «Al que nos ama». Los fieles son el pueblo redimido: «nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados». Los fieles son el pueblo regio y sacerdotal: «ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (cf. Ex 19,6 y Targum; también 1 P 2,9). La Iglesia es pues el Pueblo Sacerdotal (cf. 5,9-10). En la visión introductoria (1,13-20) Jesucristo, que aparece como sacerdote y rey y con rasgos divinos, es el Señor de la Iglesia (Cristo habla a la Iglesia): Siete candeleros; siete estrellas (cf. 1,20). 6.3.2. VISIÓN DE LA IGLESIA EN LA SECCIÓN DE LAS SIETE CARTAS En el conjunto de las cartas a las siete Iglesias, las menciones eclesiológicas son frecuentes. · La Iglesia es propiedad de Cristo: Cristo la tiene en su mano (2,1; cf. 1,20). · La Iglesia es interpelada por el Espíritu (cf. la fórmula «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (2,7.11. 17.29; 3,6.13.22). · La Iglesia es alimentada con la Eucaristía (2,17); es una comunidad de fe, esperanza, caridad y servicio (2,19); participa en el poder mesiánico (2,26-29); es la nueva Jerusalén (3,12); es la Esposa (3,20). 6.3.3. LA IGLESIA EN LA PRIMERA SECCIÓN DE LA PARTE PROFÉTICA (CC. 4-11) La parte profética (cc. 4-22) tiene una primera sección que hemos llamado “El Apocalipsis del Día de Yahvé” (sellos y trompetas, 4-11). He aquí los lugares especialmente importantes: 6.3.3.1. La Iglesia propiedad del Cordero; un reino de Sacerdotes (5,9-10) Dentro de la visión del Cordero en 5,9-10 tenemos de nuevo un himno a Cristo (el Cordero) redentor. La obra redentora se describe como “compra” de los redimidos, por la sangre de Cristo, de toda 29

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tribu, lengua, pueblo y nación; los ha hecho «Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra». Aunque se entiende principalmente de los mártires, se puede aplicar a todos los cristianos. 6.3.3.2. La Iglesia de los mártires; septenario de los sellos, signación de los elegidos y visión de los dos testigos (cc. 6-11) Dentro de la sección de los sellos, en la apertura del quinto sello (6,9-11) el vidente contempla las almas de los degollados. Sin duda se trata de los mártires. Ellos están ya en el cielo. En el intermedio, antes del séptimo sello, encontramos la visión de los 144,000 sellados en la frente (7,3-8; cf. 9,4) y la de la muchedumbre inmensa (cf. 7,9-17). La dimensión eclesial es evidente en ambas visiones, ya se interpreten los 144.000 como el resto de Israel o como el conjunto de los salvados. En el caso de la muchedumbre inmensa se explicita la universalidad de los redimidos (de toda raza, lengua, pueblo y nación). La Iglesia ha sido lavada con la sangre del Cordero. Es victoriosa (palmas en las manos y cantando) y está destinada al cielo: dar culto a Dios. La Iglesia es conducida por el Cordero a los manantiales de la Vida eterna. La visión de los dos testigos (11,1ss) representa a la Iglesia profética y martirial; es la Iglesia perseguida, la Iglesia que comparte la suerte del Maestro (muerte, resurrección y ascensión al cielo). La Iglesia es una Comunidad de testimonio. 6.3.4. LA IGLESIA EN LA SEGUNDA SECCIÓN DE LA PARTE PROFÉTICA (CC. 12-20) El título que hemos dado a esta sección de la parte profética del libro (“Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías”) tiene como contenido los destinos de la Iglesia. Ello indica claramente la dimensión eclesiológica de esta parte. Veámoslo. 6.3.4.1. La visión de la Mujer (c. 12). Este capítulo, con la confrontación de la Mujer y el Dragón, tiene una clara dimensión eclesiológica. La visión representa a la Iglesia en figura de María, o a María en figura de la Iglesia. La Iglesia, como María, es llena de gracia, es el pueblo de Dios, la madre del Mesías, la vencedora de la serpiente; vuela con las alas 30

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de la oración, es alimentada en el desierto con la Eucaristía y es perseguida por la serpiente. 6.3.4.2. El séquito del Cordero. En 14,1-5 el séquito del Cordero aparece con los siguientes rasgos: son los 144,000 sellados (bautizados). Llevan escrito en la frente el nombre del Cordero y de su Padre. Se les llama Vírgenes. Ello implica una referencia a la Iglesia Virgen. Son calificados de “vírgenes” porque no han idolatrado (cf. BJ: fidelidad a Dios). De todos modos, el empleo metafórico de “vírgenes” puede indicar ya también que la virginidad constituye un grupo especial en la Iglesia. Son rescatados de la tierra (preservados); son las primicias para Dios y para el Cordero (cf. Jr 2,2-3: este lugar explicaría la asociación del término “vírgenes” con la mención de desposorio y primicias); son los representantes de la Iglesia que se preparan para los desposorios. El autor afirma que han vivido “sin tacha”. 6.3.4.3. La Iglesia en el Milenio (20,1ss). La concepción del milenio tras el primer combate escatológico con la resurrección de los mártires y su reinado con Cristo ha recibido diversas interpretaciones: período de la vida de la Iglesia tras la resurrección de Cristo hasta la Parusía; período de reinado de los mártires con Cristo en la tierra tras la Segunda venida de Cristo; símbolo del Reinado de Dios al final de la historia. En cualquiera de estas interpretaciones está presente la asociación de la Iglesia en la victoria de Cristo y su dimensión escatológica. 6.3.5. LA ESPOSA DEL CORDERO: NUEVA JERUSALÉN (CC. 21-22) La imagen de la Esposa (nymphé) aparece en contraposición a la Prostituta (porné): Babilonia. Así lo encontramos en 19,7-9 (anuncio de las Bodas); 21,2 (Jerusalén celestial); 21,9 (Jerusalén Mesiánica); 22,17 (Iglesia morada de Dios y bajo la gloria de Dios); iluminada y alimentada por Dios. Este concepto de Esposa nos lleva al amor divino. La Iglesia está unida a Cristo en el designio divino; forma una sola cosa con él y participa de la gloria de Dios: inmortalidad. En conjunto, en la parte profética del libro y en la sección conclusiva la Iglesia aparece fundada sobre los Apóstoles (21,14), y com31

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puesta por mártires (6,9), vírgenes (14,1-15) y testigos (11,1ss.). Ella es la Esposa del Cordero destinada a la gloria en la Jerusalén celestial (cc. 21-22). 6.4. LA HISTORIA Y ESCATOLOGÍA Tanto en la teología como en la cristología y la eclesiología tenemos ya un esbozo de la Historia (promesa y cumplimiento). Pero el Apocalipsis contempla especialmente el final de la Historia, y con ello la escatología. 6.4.1. Visión de la Historia Visión dramática: el Dragón y la Mujer. 6.4.1.1. El precedente en la Historia de Israel · Los presentes opresores son dibujados a semejanza de los opresores de la historia de Israel. · Las plagas de Egipto son el modelo fundamental. · Las agentes de la liberación divina en Israel (Moisés, Elías, David) son los prototipos de la liberación escatológica. · Los seductores del pueblo de Dios conocidos de la historia son los modelos de los falsos profetas contemporáneos: Balaán, Jezabel. 6.4.1.2. La victoria martirial de Cristo: el Diablo arrojado del cielo. En el centro mismo del Apocalipsis, en la visión del c. 12, se proclama la victoria martirial de Cristo y de los suyos: «Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero» (12,11). A la vez se canta la derrota de Satán: el diablo, el acusador de los cristianos, es arrojado del cielo a la tierra. No obstante, por un misterioso designio de Dios, el Seductor va a seguir en la tierra persiguiendo al resto de la familia de la Mujer. 6.4.1.3. El tiempo de la Iglesia es de prueba y de testimonio (victoria en el sufrimiento). La persecución es un zarpazo de la Bestia contra los fieles. Dios lo permite para probar su fidelidad (2,10-11: 7,13-14). · Dios preserva a los fieles, y ninguno se perderá (7,3). 32

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· Cristo ha vencido ya al Diablo por su muerte, resurrección y ascensión (12,7-11), pero la historia sigue como tiempo de prueba y testimonio (11,4; 12,12). · Los fieles son sostenidos por Cristo (14,4-5). 6.4.2. EL DRAMA DE LA HISTORIA Y LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO La segunda venida de Cristo, como solución del drama escatológico, está presente en todo el libro del Apocalipsis. · En la sección introductoria se proclama «Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo le verá» (1,7). Este anuncio condensa el tema de la venida de Cristo en los discursos escatológicos de los sinópticos. · En la visión del Hijo del hombre y en las cartas a las siete Iglesias encontramos la acción de visitar (juzgar). La expresión “Vengo pronto” (3,11) da un tono de proximidad a la venida del Señor. · La visión de Dios (c. 4) y la del Cordero (c. 5) nos muestran el libro de los designios de la historia y de su consumación. · Las plagas de los sellos (cc. 6-7) y de las trompetas (cc. 8-9) son una anticipación del fin. El autor resalta la falta de arrepentimiento de los pecadores, que hace más dramático el momento (9,20-21). · La visión de la Mujer y del Dragón (c. 12) y la de las Bestias (c. 13) actualizan el sentido dramático de la lucha del mal y del bien, con la clave de Gn 3,15. · La visión del Cordero y su ejército (c. 14) y el cántico de los vencedores (15,3-4), juntamente con el septenario de las copas (c. 16), ponen de relieve la contraofensiva de las fuerzas del bien contra las del mal. · La caída de Babilonia (cc. 17-18) ilustra de nuevo el sentido de la historia y la caída de los imperios idólatras. · El doble combate escatológico (19,11 - 20,10) es la expresión gráfica del drama de la historia y de su confrontación final, con la victoria de Dios y de su Mesías: la derrota y castigo eterno de Satán, las Bestias y su ejército. · La resurrección y el juicio universales (20,11-15)) es el último esclarecimiento de la historia. · La Jerusalén celestial (cc. 21-22), con la morada de Dios entre los hombres, es la meta de la historia. 33

APOCALIPSIS

6.5. EL MENSAJE MORAL, ESPIRITUAL Y MÍSTICO DEL APOCALIPSIS: EL CAMINO CRISTIANO (HALAKÁ) El mensaje del libro es esencialmente teológico, y tiene por ello una dimensión espiritual, moral y mística. Es una invitación a salir del pecado, de la tiranía de Satanás, y a entrar en el reino de Cristo. A continuación indicamos algunas líneas de este mensaje para la vida. 6.5.1. LA ADORACIÓN DEL ÚNICO DIOS El Apocalipsis tiene como punto de partida la afirmación del único Dios Todopoderoso (1,8), afirmación que está abierta a la dimensión trinitaria. La adoración a Dios es la primera tarea del hombre (14,7). Esta adoración se debe extender también a Cristo, al que se dan atributos divinos (el Primero y el Último, etc.). La persona de Cristo ocupa el centro del libro. Él es el Redentor que ha salvado a la humanidad con su sangre (1,5-6; 5,9-10). Por ello, le adoran los vivientes y los 24 Ancianos (5,14). A ellos debe unirse toda la creación (5-13). Junto al Padre y a Cristo, el Apocalipsis nos habla del Espíritu como entidad divina personal (cf. el Espíritu habla a la Iglesias; el Espíritu y la Novia dicen “Ven”). En consecuencia, el Espíritu es fuente de vida para la Iglesia. 6.5.2. SACERDOTES Y REYES: EL DON Y LA TAREA DEL PUEBLO REDIMIDO En varias ocasiones (1,5-6; 5,9-10) el Apocalipsis nos habla de la obra de Cristo, que ha consistido en lavar con su sangre a los redimidos (7,14) y en hacer de ellos un reino de sacerdotes. De esa manera, cristología y eclesiología se complementan mutuamente. El Redentor, Sacerdote y Rey hace de los redimidos un pueblo que realiza el reinado de Dios sobre la tierra y un pueblo que ejerce el oficio sacerdotal de alabar a Dios. La vida litúrgica de la comunidad (asamblea del Señor), que se deja entrever tras los himnos y cánticos del Apocalipsis, es como una participación en la alabanza de la Jerusalén celestial. La Iglesia es la obra de Cristo y la Esposa del Cordero (19,1-9). Su vida de entrega a Cristo es la realización del designio divino, que culminará en las Bodas del Cordero. 34

INTRODUCCIÓN

He aquí algunas indicaciones que nos señala el Apocalipsis: · La Mujer (Ap 12), que representa a la Iglesia en figura de la madre del Mesías, se nos describe huyendo al desierto y alimentada con el maná. Las alas son la oración y el alimento es la Eucaristía (12,14-15). Recuérdese la invitación a la Cena del Señor (3,20). · Exhortación a escuchar al Espíritu y las palabras de la profecía (1,3). La Palabra de Dios es el alimento de vida. · Exhortación al seguimiento de Cristo. La virginidad está ligada al seguimiento de Cristo (el Cántico Nuevo: 15,3-5). · Invitación a guardar la esencia del cristianismo: la caridad, la fe, el espíritu de servicio, la paciencia en el sufrimiento (2,19: a la Iglesia de Tiatira). 6.5.3. INVITACIÓN AL TESTIMONIO El cristiano tiene como tarea principal anunciar a Cristo. El testimonio profético (cf. los dos testigos: c. 11) es esencial a la Iglesia. La expresión «por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús» (1,9) es un motivo clave en el libro. La descendencia de la Mujer, además del Mesías, comprende a todos los que guardan el testimonio de Jesucristo (12,17). · Todo el libro exhorta a la fortaleza en la persecución (exhortación al martirio): «Manténte fiel hasta la muerte» (2,10: carta a la iglesia de Esmirna). Es una invitación a la fidelidad hasta el martirio. 6.5.4. ADVERTENCIA A LOS PECADORES: INVITACIÓN A LA CONVERSIÓN El Apocalipsis es una continua llamada a la conversión, tanto en las Cartas como en la Parte Profética. He aquí algunas de las insistencias. · En primer lugar, como es natural, se trata del cumplimiento de los mandamientos del Decálogo. Por ello, el autor reprocha la falta de conversión a los que han sido amonestados con las plagas de la sexta trompeta: «Pero los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni 35

APOCALIPSIS

oír ni caminar. No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas» (9, 20-21). Los cristianos fieles son los que guardan los mandamientos (12,17). · El libro exhorta a guardarse de la prostitución idolátrica, es decir, a no mancharse, no contaminarse con los vicios de los gentiles (2,20: carta a la iglesia de Tiatira). · El autor invita constantemente a no adorar al emperador (14,911), a no idolatrar. Este compromiso se ilustra con la imagen de la virginidad (fidelidad). La victoria consiste en no ceder al culto imperial. 6.5.5. PROMESA DE LA VIDA ETERNA El Apocalipsis es un Evangelio: el Evangelio del Reinado de Dios y de la promesa de la vida eterna. Así, en las Cartas aparece la promesa de comer del árbol de la vida (2,7), de recibir la corona de la vida (2,10), de no caer en la muerte segunda (2,11), de sentarse con Cristo en su trono (3,21). La última sección de la Biblia (cc. 21-22) nos habla del desposorio virginal del Cordero con la Iglesia y de la Alianza eterna, en que Dios mora con los redimidos y es para ellos Padre. El libro canta la alegría por el triunfo de los buenos y la justicia sobre el Mal (11,15-18). La promesa de la vida llena el libro. Además de las promesas en las Cartas y en los macarismos, el libro se cierra con la promesa de la venida del Señor: «Sí, vengo pronto» (22,20a). La Iglesia responde: «Ven, Señor Jesús» (22,20b). 7. LA INTERPRETACIÓN DEL APOCALIPSIS Han sido muchas las maneras con que a lo largo de la historia se ha interpretado el Apocalipsis. Podemos resumirlas en las siguientes: · Profecía del final del mundo. Todas las secuencias de la Parte Profética nos llevarían al final de la historia con el juicio y resurrección universales. Sería algo así como una ampliación de los acontecimientos que narran los apocalipsis sinópticos. · Profecía sobre la historia del mundo. Los que así interpretan el Apocalipsis quieren identificar, en los diversos signos, determi36

INTRODUCCIÓN

nados acontecimientos y personajes de la historia, desde el comienzo de la Iglesia hasta el fin del mundo. Hay autores incluso que intentan distinguir el final y el comienzo de las distintas épocas de la historia de la Iglesia y de los acontecimientos civiles en que se desarrolla. · Alegoría del bien y del mal. El Apocalipsis sería un gran libro simbólico para describir la lucha del bien y el mal, pero sin ninguna referencia histórica. · Clave del género literario apocalíptico. Se parte del conocimiento de las técnicas expresivas de los apocalipsis, tanto bíblicos (el libro de Daniel) como apócrifos (el IV de Esdras y el II de Baruc). Desde esta perspectiva, se trata de conjugar las indudables referencias a la historia reciente del Vidente (en este caso las persecuciones del imperio romano contra la Iglesia) con las representaciones del final de la historia y del mundo sacadas del mensaje escatológico de los profetas. En cuanto si en el Apocalipsis hay una progresión en los sucesivos septenarios de la parte profética, es conocida la opinión de Victorino de Pettau (+ 303) con su “Teoría de la recapitulación”. Según este autor, no existe un orden cronológico en los diversos septenarios, sino que el Espíritu Santo repite en cada uno de ellos de una forma distinta, y a veces completándola, lo relativo a la época de la Iglesia hasta al final de los tiempos. Nuestra interpretación se fundamenta en la naturaleza del libro como revelación, en su carácter profético, en el encuadramiento histórico del tiempo que vive el autor y en las concepciones sobre el “Fin” que se encuentran tanto en el resto del NT como en el libro de Daniel y en los apocalipsis contemporáneos de Juan. Pero nuestra interpretación tiene siempre presente que estamos ante un Apocalipsis cristiano y que, en consecuencia, tiene como centro la persona de Jesucristo, el cumplimiento de las promesas del AT con el establecimiento del Reinado de Dios y de su Mesías, que ha venido y ha redimido a la humanidad. Junto a ello, el NT profesa la fe en la Segunda Venida del Señor.

37

COMENTARIO

PRÓLOGO (1,3)

1

1 Revelación de Jesucristo; se la concedió Dios para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto; y envió a su ángel para dársela a conocer a su siervo Juan, 2 el cual ha atestiguado la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo: todo lo que vio. 3 Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca.

El libro se presenta como una revelación que tiene su origen en Dios, quien se la ha concedido a Jesucristo (1,1a). Los destinatarios son los cristianos (1,1b). La revelación se hace mediante un ángel a Juan (1,1b-2); los contenidos son lo que va a suceder (1,1b). Sigue una descripción de Juan (1,2). El rasgo que se destaca es su condición de testigo de la Palabra de Dios y de la persona de Jesucristo. Sin duda se trata de la proclamación del evangelio, cuyo centro es la persona de Jesucristo. Según algunos, la expresión «todo lo que vio» se refiere a Juan como testigo ocular del Evangelio; según otros, se aludiría con ella a las visiones contenidas en el libro del Apocalipsis. El autor añade una bienaventuranza inicial (1,3). En ella el libro es calificado como una profecía dirigida a la comunidad, donde hay una persona que lee y otras que escuchan. Ambas son proclamadas dichosas por oír, pero sobre todo por guardar, la Palabra de Dios (cf. Lc 11,28). La razón que se da («El Tiempo está cerca») afecta al cumplimiento de cuanto se escribe en el libro. La expresión nos recuerda la frase de Jesús «El Reino de Dios está cerca» (Mc 1,15; Mt 4,17). Ello define también al Apocalipsis como un evangelio, una buena noticia sobre la instauración del Reinado de Dios en el mundo. 41

CAPÍTULO

1

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA (1,4 – 3,22)

1. SALUDO (1,4-8) Juan, a las siete iglesias de Asia. Gracia y paz a vosotros de parte de «Aquel que es, que era y que va a venir», de parte de los siete Espíritus que están ante su trono, 5 y de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados 6 y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. 7 Mirad, viene acompañado de nubes; todo ojo le verá, hasta los que lo traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén. 8 Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, «Aquel que es, que era y que va a venir», el Todopoderoso. 4

El vidente se dirige a las siete Iglesias y las saluda de parte de las tres personas divinas. En primer lugar se menciona a Dios-Padre con la fórmula «Aquel que es, que era y que va a venir» (1,4a); en segundo lugar, el saludo viene de parte de los siete espíritus (El Espíritu Santo, (1,4b); y finalmente se habla de Jesucristo, el testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los Reyes de la Tierra (1,5a). Es clara, pues, la dimensión trinitaria del saludo. El orden que sigue el autor (Padre, Espíritu y Jesucristo) se debe sin duda a que la mención de Jesucristo va seguida de una doxología. Los títulos que se dan a cada una de las tres divinas personas son significativos. Al Padre se la aplica el nombre divino de Ex 3,14 (El que es), con una 43

APOCALIPSIS

actualización de tipo targúmico: «Aquel que es, que era y que va a venir». Al Espíritu Santo se le menciona como «los siete Espíritus», para indicar la plenitud. Es difícil que la expresión se refiera a los siete ángeles de la presencia, puesto que el autor distingue entre los ángeles y el Espíritu. Finalmente a Jesucristo se le presenta, en primer lugar, como «Testigo fiel», un título que se repetirá después (3,14) y que tiene también su presencia en el Evangelio (Jn 18,37); después Jesucristo recibe el título de «Primogénito de entre los muertos», con una evidente referencia a su resurrección; en tercer lugar es proclamado «Príncipe de los Reyes en la tierra». Este título anuncia la soberanía de Jesucristo y su victoria sobre las fuerzas del mal. El saludo prosigue con una doxología: un canto de alabanza a Jesucristo y su obra redentora (1,5b-6). El himno está inspirado en el esquema de la liberación y la alianza, y podemos distinguir los siguientes elementos:

· El amor de Cristo como fuente: «al que nos ama» (1,5b). · Liberación: «nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados» (1,5c).

· Alianza: «y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (1,6a).

· Alabanza: «a él la gloria y el poder» (1,6b). La sección termina con el anuncio de la venida de Cristo (1,7), expresado con una referencia a la venida del Hijo del hombre glorioso, utilizando la imaginería de Dn 7 y Za 12,10; cf. Jn 19,37. Un oráculo divino (1,8) ratifica la sección. Dios es el Alfa y la Omega. Se repite de nuevo la referencia al nombre divino que hemos visto en 1,4, y aparece por primera vez el calificativo de “Todopoderoso”, que tanta importancia tendrá en la obra (véase la sección de Teología).

2. VISIÓN

PREPARATORIA

(1,9-20)

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. 10 Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran 9

44

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA

voz, como de trompeta, que decía: 11 «Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea». 12 Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y, al volverme, vi siete candeleros de oro, 13 y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. 14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; 15 sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas. 16 Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro, como el sol cuando brilla con toda su fuerza. 17 Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Último, 18 el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades. 19 Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y lo que va a suceder más tarde. 20 La explicación del misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha y de los siete candeleros de oro es ésta: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros son las siete iglesias. Visión inaugural y Cartas a las siete Iglesias La sección 1,9 - 3,22 es llamada “parte exhortatoria”: el Señor resucitado se aparece a su siervo Juan y le encarga comunicar siete mensajes en forma de cartas a las siete Iglesias de Asia Menor, que de alguna manera representan a la Iglesia universal. En nuestro texto encontramos, en primer lugar, la presentación del vidente (1,9): se autopresenta como hermano y como compañero en la tribulación, en el Reino y en la paciencia (esperanza). El término “tribulación” indica el tema general del libro. El vidente es compañero en el sufrimiento y en el reino. El término “reino” es central en la obra que proclama el Reinado de Dios y de Cristo (11,15; 12,10). Por la tribulación se va al “reino”. Finalmente la paciencia (o esperanza) es la actitud fundamental ante la tribulación. El Apocalipsis es “el evangelio de la esperanza”. La expresión «compañero de la tribulación, del reino» puede considerarse como indicativa del carácter apostólico del vidente (cf. 1 P 5,1). 45

APOCALIPSIS

Juan cae en éxtasis (1,10a). Es el Día del Señor. La fórmula indica que la comunidad cristiana celebra ya el Día de la Resurrección del Señor. Además, apunta a la dimensión litúrgica de la obra. El vidente escucha algo así como una voz de trompeta que le dice: escribe (1,10b-11). La visión del Hijo del hombre La visión del Hijo del hombre en medio de los siete candelabros de oro (1,12-16) domina, de alguna manera, los tres primeros capítulos y está presente a lo largo de toda la obra. En primer lugar, son mencionados los siete candelabros (1,12), que forman como el espacio en que se mueve el Hijo del hombre. En seguida se nos dirá (1,20) que los siete candelabros son las siete Iglesias. El vidente contempla como a un Hijo de hombre (1,13a). Esta figura había sido utilizada por Daniel (7,13) para indicar el Reino de Dios contrapuesto a los reinos idólatras representados por cuatro bestias. La figura recibió una interpretación mesiánica en las Parábolas de Henoc y en Qumrán. Los evangelios emplean el término en labios de Jesús para indicar su origen trascendente, a la vez que su condición de Juez escatológico, con referencia a la figura de Daniel (cf. Mt 24, Mc 13; Lc 21). El tema del Apocalipsis, tanto por la dimensión de reinado como por la de juicio divino, evocaba la representación de Jesucristo como la figura profetizada por Daniel. El Hijo del hombre aparece con los siguientes rasgos:

· Es Sacerdote y Rey (túnica talar y cinturón de oro, 1,13b). · Los detalles de su cabeza y cabellos blancos, y ojos como de llamas de fuego (1,14), nos recuerdan los atributos divinos (cf. Dn 7,9: el Anciano de días). · También la descripción de los pies y de la voz (1,15) nos conduce a la misma consideración. · En las manos tiene siete estrellas. En 1,20 se nos indica que las siete estrellas son los ángeles de las siete Iglesias (¿ángeles tutelares?, ¿obispos?, ¿personificación de la Iglesia?). Cristo es, pues, el Señor de la Iglesia (1,16a). · De su boca sale una espada aguda de dos filos (1,16b). Se alude a Cristo como Palabra de Dios (cf. 19,13). 46

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA

Palabras de Jesús al vidente (1,17-20) El vidente cae como muerto. Jesús pone la mano derecha sobre él. Este gesto implica ánimo y fortaleza. La fórmula «No temas» es corriente en los oráculos de salvación. Sigue (1,17-18) una serie de predicados aplicados a Jesús, que son los motivos para fundamentar ese oráculo de salvación. Se trata de fórmulas de autopresentación, de apelativos de gran densidad teológica:

· El Primero y el Último (1,17; cf. Is 44,6; 48,12). Se aplica a Cristo el atributo divino de la eternidad y la preexistencia.

· El que vive (1,18a); el resucitado. «Estuve muerto, pero ahora estoy vivo» (1,18b): Cristo es el dueño de la vida y la muerte (1,18c). Todo indica la victoria de Cristo sobre la muerte y su señorío sobre la vida y la muerte. · Juan recibe el mandato de escribir (1,19). · Finalmente se nos da la explicación del simbolismo de las siete estrellas (ángeles) y de los siete candelabros (Iglesias). Como hemos dicho, Cristo es el Señor de la Iglesia (1,20). 3. LAS

CARTAS A LAS IGLESIAS (CC.

2-3)

Consideraciones introductorias El Jesús que habla en las siete cartas es el mismo que envía el saludo inicial y que se presenta al vidente en la visión inaugural. El hecho de que al comienzo de las siete cartas Cristo se autopresente con los mismos atributos con que aparece en la visión inaugural nos indica la estrecha relación entre el c. 1 y los cc. 2 y 3. De hecho, las siete Iglesias son las destinatarias del saludo trinitario inicial del autor (1,4-5). Cristo, que ha amado a los suyos, los ha lavado de sus pecados con su sangre y los ha hecho reino y sacerdotes para su Dios y Padre (1,56), es quien envía su mensaje a las siete Iglesias. Asimismo las siete Iglesias son las destinatarias del mensaje del conjunto del libro (1,1011). En la propia visión inaugural hay dos elementos que están relacionados con las siete Iglesias, a saber, los siete candeleros en medio de los cuales está el Hijo del hombre (1,12-13) y las siete estrellas que 47

APOCALIPSIS

están en su mano (1,16). Así lo explica después el mismo autor (1,20). Estos rasgos se repiten en el comienzo de la carta a Éfeso (2,1). En seguida veremos cómo también el resto de los rasgos de la presentación de Cristo en el c. 1 se reflejan en los títulos de las otras Cartas. Así:

· El Primero y el Ultimo (1,17) y el Viviente (1,18), en la carta a Esmirna (2,8).

· El que tiene la espada aguda de dos filos (1,16), en la carta a la Iglesia de Pérgamo (2,12).

· Aquel (el Hijo de Dios) cuyos ojos son como llamas de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso (cf. 1,14-15), en la carta a la Iglesia de Tiatira (3,18). · El que tiene los siete Espíritus de Dios (cf. 1,4) y las siete estrellas (1,16), en la carta a la Iglesia de Sardes (3,1). En cuanto al significado de los siete Espíritus, para algunos (cf. BJ) se trata aquí de los siete ángeles. En nuestra opinión, sin embargo, aquí el Espíritu septiforme remite al Espíritu de Dios. · El que tiene la llave de David (si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra nadie puede abrir, cf. 1,18), en la carta a la Iglesia de Filadelfia (3,7). · Finalmente el título “Testigo fiel” (1,5), en la Carta a la Iglesia de Laodicea (“Testigo fiel y veraz”, 3,14). Sobre el título “El Principio de las criaturas de Dios”, que hay en esta misma presentación, hablaremos más adelante. El saludo inicial y la visión inaugural, con la figura majestuosa del Hijo del hombre, sacerdote y rey (vestido de una túnica talar, ceñido al pecho con un ceñidor de oro, 1,13) contienen, pues, concentrados los elementos cristológicos que después se distribuyen en las siete cartas. Únicamente los títulos de Hijo de Dios, de la carta a Tiatira (2,18; cf. sin embargo 1,6), de “Santo y veraz”, en la Carta a Filadelfia (3,7), y de “Amén”, en la Carta a Laodicea (3,14), son explicitaciones. El mensaje del Apocalipsis, aunque consignado en un libro inspirado y en consecuencia destinado a la Iglesia universal, está encarnado en unas comunidades concretas. Las siete Iglesias estaban localizadas en la provincia de Asia del Imperio romano, conocida también como Asia Menor (península de Anatolia) y que hoy pertenece a Turquía. 48

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA

La estructura de las cartas Cada una de las siete cartas tiene una configuración casi idéntica, con los siguientes elementos:

· Destinatario: «Al Ángel de la Iglesia de... escribe» (o al revés). · Presentación de Cristo como remitente del mensaje: «Esto dice....». Ya hemos visto los títulos con que se presenta y su relación con los rasgos de la figura del Hijo del hombre descrita en el c. 1. · Descripción de la situación de la Iglesia con la frase «conozco» o «sé». · Exhortación a la fidelidad y a la conversión donde es necesario. Los verbos usados son «recuerda», «arrepiéntete», «manténte firme». · Mensaje del Espíritu con la promesa al vencedor: «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias... Al vencedor...». Este elemento constituye el final de la carta. En las tres primeras cartas la frase «El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» se encuentra antes de la promesa; en las cuatro últimas, después de la promesa. Dentro de este marco estereotipado se encierra el contenido de cada una de las siete cartas. De este contenido nos ocupamos a continuación. Carta a la iglesia de Éfeso (2,1-7)

2

Al ángel de la iglesia de Éfeso, escribe: Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro. 2 Conozco tu conducta: tus fatigas y tu paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño. 3 Tienes paciencia, y has sufrido por mi nombre sin desfallecer. 4 Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. 5 Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera. Si no, iré a ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes. 6 Tienes en cambio a tu favor que detestas el proceder de los nicolaítas, que yo también detesto. 7 El que tenga 1

49

APOCALIPSIS

oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios. Éfeso era la capital efectiva de la provincia de Asia (aunque la capital oficial era Pérgamo). Estaba situada a orillas del mar Egeo y era un centro comercial y cultural de gran importancia. El templo de la diosa Artemisa (la Gran Diana de los Efesios) era el centro de referencia de la religiosidad pagana. La inmoralidad era también característica de esta rica ciudad. Los Hechos de los Apóstoles, que nos informan de la estancia de san Pablo en Éfeso durante dos años y medio, nos refieren el motín que los artífices de las imágenes de la diosa levantaron contra Pablo porque su enseñanza se oponía al culto idolátrico (Hch 19,23ss). La Iglesia de Éfeso ocupa el primer puesto en el septenario de las cartas. Su comunidad cristiana estuvo evangelizada por Pablo y Timoteo y, según una tradición digna de todo crédito, fue lugar de residencia del discípulo amado y quizá, según una antigua tradición, de la misma Madre de Jesús. Desde Patmos, el cautivo por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo se dirige al ángel de la Iglesia de Éfeso. Cristo se presenta como el Señor de la Iglesia: el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y camina entre los siete candeleros de oro (2,1). La Iglesia de Éfeso ha sufrido la persecución y se ha mantenido firme (2,2-3). Dos veces se hace referencia a la “paciencia en el sufrimiento”. También se defiende de las doctrinas de los nicolaítas (2,6), un movimiento de tendencia gnóstica que está contaminado de aberraciones morales. Pero la Iglesia se ha enfriado de su primitivo fervor: ha caído del amor primero (2,4). El Señor la exhorta a volver a su primer fervor. De otra manera, el Señor tendría que cambiar su candelero (2,5), es decir, perdería su rango de metrópoli religiosa. La promesa al vencedor en esta carta a la Iglesia de Éfeso es maravillosa (2,7). Comer del árbol de la vida es conseguir la vida eterna, la inmortalidad perdida en el paraíso y reservada ahora a los vencedores. Es la salvación. La alusión a la Eucaristía como manjar de vida eterna es también probable. 50

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA

Carta a la iglesia de Esmirna (2,8-11) Al ángel de la iglesia de Esmirna escribe: Esto dice el Primero y el Último, el que estuvo muerto y revivió. 9 Conozco tu tribulación y tu pobreza –aunque eres rico– y las calumnias de los que se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás. 10 No temas por lo que vas a sufrir: el diablo va a meter a algunos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufriréis una tribulación de diez días. Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. 11 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: el vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. 8

A unos kilómetros al norte de Éfeso, también en la costa del mar Egeo, estaba Esmirna, ciudad bellísima y célebre por sus templos paganos. La ciudad era rica, pero la comunidad cristiana carecía de recursos, aunque era rica espiritualmente. De esta ciudad fue obispo san Policarpo, del que se dice que había conocido al discípulo amado del Señor. Cristo se presenta como el Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió (2,8). Con ello se destacan dos cualidades del remitente. En primer lugar, su carácter divino: él es el Primero y el Ultimo, un título que se usa de Yahvé en Is 44,6 y 48,12. Él es también el Resucitado, el que estuvo muerto y revivió. Con ello se pone de relieve que el que habla es el Señor de la vida, y por ello puede prometer la vida eterna al vencedor (cf. 2,10-11). También la situación de la Iglesia de Esmirna es de persecución. Se habla de tribulación, de pobreza, de calumnias por parte de los judíos (2,9). La expresión “sinagoga de Satanás” refleja una agria polémica entre la Sinagoga y la Iglesia cristiana. El autor precisa que esa polémica no es entre el Judaísmo y el Cristianismo, sino entre los que se llaman judíos sin serlo. (Véase una expresión semejante en la carta a la Iglesia de Tiatira, 3,9.) Seguidamente (2,10) el autor habla del encarcelamiento de algunos por instigación del diablo. Esa tribulación tendrá una duración limitada (“diez días”). La tribulación (2,9) se convertirá en triunfo. En el cántico de los vencedores, tras el sexto sello, los salvados vienen de la gran tribulación (7,14), y en el cántico de triunfo por la victoria de Miguel sobre el Dragón se elogia a los que despreciaron su vida ante la muerte (12,11). 51

APOCALIPSIS

No obstante, Esmirna es rica espiritualmente. El Señor, que la anima a mantenerse fiel hasta la muerte, le dará la corona de la vida. Con ello aparece claro el dramatismo de la situación y el vigor de la fortaleza cristiana: «manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2,10). Ser fiel hasta la muerte, es decir, hasta dar la vida por Dios, por la fidelidad a Cristo: ése es el mensaje del Apocalipsis. La recompensa es la corona de la vida. Con otras palabras se dice lo mismo en la promesa final (2,11), donde se habla de ser librado de la muerte segunda, que es la muerte eterna, la condenación. El fiel no la sufrirá. De esa manera, la promesa de la carta a Éfeso (comer del árbol de la vida) y la promesa de la carta a Esmirna (no sufrirá daño en la muerte segunda) es la misma: la promesa de la vida eterna (cf. 1 Jn 2,25). Carta a la iglesia de Pérgamo (2,12-17) Al ángel de la iglesia de Pérgamo escribe: Esto dice el que tiene la espada aguda de dos filos. 13 Sé dónde vives: donde está el trono de Satanás. Eres fiel a mi nombre y no has renegado de mi fe, ni siquiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto entre vosotros, ahí donde habita Satanás. 14 Pero tengo alguna cosa contra ti: mantienes ahí algunos que sostienen la doctrina de Balaán, que enseñaba a Balac a poner tropiezos a los hijos de Israel para que comieran carnes inmoladas a los ídolos y fornicaran. 15 Así tú también mantienes algunos que sostienen la doctrina de los nicolaítas. 16 Arrepiéntete, pues; si no, iré pronto a ti y lucharé contra ésos con la espada de mi boca. 17 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecilla blanca, y, grabado en la piedrecilla, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe. 12

Un poco más al Norte, a unos kilómetros del mar, está Pérgamo, ciudad con un gran pasado y con una riqueza considerable. Capital del reino seléucida hasta el 133 a.C., pasó a ser la capital de la provincia de Asia del Imperio Romano. Era preciosa su biblioteca de 200.000 pergaminos (el nombre “pergamino” proviene precisamente de Pérgamo donde empezó a usarse en sustitución del papiro). La 52

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ciudad estaba situada en una altura rocosa, donde se levantaba el templo de Zeus (Júpiter), al que quizá se refiere la expresión «trono de Satanás» (2,13). El procónsul tenía el “ius gladii”, que probablemente es aludido en la presentación de Cristo con la espada de dos filos que sale de su boca. Las ruinas arqueológicas dan todavía idea de la grandiosidad del culto imperial. Cristo se presenta como el que tiene la espada de dos filos (2,12), es decir, como la Palabra de Dios. Esta presentación es muy adecuada, puesto que el Señor está dispuesto a luchar con la espada de su boca contra los que pervierten a la comunidad. La situación de esta iglesia es particularmente grave: persecución violenta por fuera y peligros por dentro. La comunidad vive donde está el trono de Satanás (2,13a), es decir, en un centro donde reside el culto imperial y se persigue a muerte a los que se niegan a adorar al César. Sin embargo, la iglesia se mantiene fiel a Cristo y cuenta ya con un mártir, Antipas (2,13b). Junto a la persecución exterior, la Iglesia está amenazada por el peligro de la seducción moral y de la herejía. Así se lo advierte el Señor (2,14-15). El Señor la invita a arrepentirse para no tener que venir a luchar contra los corruptores (2,16). La promesa a esta iglesia de Pérgamo es de una belleza sugestiva (2,17). El maná escondido es una delicada alusión a la Eucaristía como fuente de inmortalidad. La imagen nos recuerda el c. 6 de san Juan, con el desarrollo sobre el maná y el alimento de la vida. La piedrecilla blanca y el nombre nuevo grabado en ella son como el billete o tarjeta de invitación para entrar en el banquete del Reino. Ese nombre nuevo es la realidad de la vida nueva, de la gracia, de la adopción de hijos de Dios, que tendrá su plena eclosión en la vida eterna (cf. 1 Jn 3,1-2). Ese nombre no lo conoce sino el que lo recibe. Es el don del amor de alianza, del amor nupcial, de la intimidad con Dios, de la inhabitación de Dios en el interior del hombre, de la cena de amor de que se hablará en la última carta (3,20). Carta a la iglesia de Tiatira (2,18-29) Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira: Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso. 19 Conozco tu conducta: tu caridad, tu fe, tu espíri18

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tu de servicio, tu paciencia; tus obras últimas sobrepujan a las primeras. 20 Pero tengo contra ti que toleras a Jezabel, esa mujer que se llama profetisa y está enseñando y engañando a mis siervos para que forniquen y coman carne inmolada a los ídolos. 21 Le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación. 22 Mira, a ella voy a arrojarla al lecho del dolor, y a los que adulteran con ella, a una gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras. 23 Y a sus hijos los voy a herir de muerte: así sabrán todas las iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones, y yo os daré a cada uno según vuestras obras. 24 Pero a vosotros, a los demás de Tiatira, que no compartís esa doctrina, que no conocéis «las profundidades de Satanás», como ellos dicen, os digo: No os impongo ninguna otra carga; 25 sólo que mantengáis firmemente hasta mi vuelta lo que ya tenéis. 26 Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones: 27 las regirá con cetro de hierro, como se quebrantan las piezas de arcilla. 28 Yo también lo he recibido de mi Padre. Y le daré el Lucero del alba. 29 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Tiatira, situada en el camino de Pérgamo a Sardes, era menos importante, aunque podía considerarse como un apreciable centro comercial. Lidia (cf. Hch 16,14), comerciante de púrpura, era de esta ciudad. Era célebre por sus gremios y las consiguientes formas de religiosidad de las fiestas paganas y del culto imperial. En un santuario de Tiatira había un oráculo femenino con características de inmoralidad e idolatría. La figura de Jezabel puede contener, según algunos, una alusión a esta práctica. Cristo se autopresenta a la iglesia de Tiatira como «el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso» (2,18). El título “Hijo de Dios”, aplicado aquí a Cristo, se corresponde con la mención del “Padre” que hay en la promesa (2,28). Por su parte, el rasgo de los ojos como llamas de fuego, con la función de escudriñar los riñones y los corazones, está tomado de la descripción de Dios en el libro de Daniel. Este rasgo se encontraba ya en la visión del Hijo del hombre (1,14), como igualmente la mención 54

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de los pies como de metal precioso (1,15). Son atributos divinos aplicados a Jesucristo. La situación de la iglesia de Tiatira merece en primer lugar un completo elogio (2,19). La descripción contiene una especie de síntesis del cristianismo perfecto: caridad, fe, espíritu de servicio y esperanza firme (fortaleza en el sufrimiento); y todo ello en un afán de superación («tus obras últimas sobrepujan a las primeras», 2,19). No obstante, también a esta Iglesia le acecha el peligro de la seducción (2,20). Esta vez es obra de una profetisa, que lleva el nombre de la famosa reina Jezabel, esposa de Ajab, y que se nos describe como seductora del Reino del Norte en tiempos de Elías (2 R 9,22). Cristo advierte a esta Iglesia del peligro de esta seductora. Se trata pues de la misma forma de contaminación moral que hemos encontrado en Pérgamo. Un poco más adelante, en esta misma carta a la iglesia de Tiatira, se califica esta doctrina como conocer «las profundidades [secretos] de Satanás» (2,24). Dios ha dado tiempo a la seductora para arrepentirse de su fornicación, pero no quiere (2,21). Sigue una seria amenaza (2,22-23). El castigo de Jezabel y de sus seguidores hará comprender a la Iglesia que nada hay oculto a la mirada de Cristo, que dará a cada uno según sus obras. Como se ve, también aquí se aplican a Cristo las mismas funciones de Dios. Cristo consuela a los fieles de Tiatira, no imponiéndoles ninguna otra carga además de la que tienen (2,24), y les invita a la fidelidad (2,25). La promesa al vencedor (2,26-29) es también aquí espléndida. El vencedor, el que guarda las obras de Cristo hasta el fin, es decir, el que permanece fiel hasta la muerte, participará en el poder mesiánico de Cristo (2,26-27). Este poder lo ha recibido Cristo de su Padre (2,28a) y lo comunica a los fieles. Por ello, se presentaba como el Hijo de Dios y como el Mesías (cf. Jn 20,31). Ese poder mesiánico se describe con la imagen del Mesías guerrero del Sal 2. Es un simbolismo para expresar la victoria sobre el mal. También se promete al vencedor el Lucero del alba (2,28b). Este simbolismo completa y aclara el anterior. El Lucero del alba es una alusión a la Resurrección de Jesucristo. El vencedor participará en la vida nueva del Resucitado. 55

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Carta a la iglesia de Sardes (3,1-6)

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Al ángel de la iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. 2Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios. 3 Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. 4 Tienes, no obstante, en Sardes unos pocos que no han manchado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blanco; porque lo merecen. 5 El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus ángeles. 6 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. 1

Sardes, la quinta ciudad mencionada en el Apocalipsis, fue en la antigüedad un centro de riqueza con un pasado histórico célebre (Creso). Su situación defensiva privilegiada (en una roca desmoronable) fue garantía de su seguridad, pero a la vez motivo de su derrota en dos ocasiones. Cristo se presenta en esta carta como «el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas» (3,1). La expresión “el que tiene los siete espíritus de Dios” no aparece entre los rasgos con que se presenta el Hijo del hombre en 1,13-20. Tampoco parece estar relacionada con la mención de los siete espíritus en el saludo trinitario (1,4-5). Es difícil pensar que sea otra forma de expresar los siete ángeles de las Iglesias (en 1,20 se dice que las siete estrellas son los ángeles de las Iglesias). En ese caso Cristo se presentaría como Señor de los ángeles de las Iglesias y de las Iglesias mismas. A nuestro entender, la expresión podría aludir a la plenitud del Espíritu septiforme que posee el Mesías (cf. Is 11,1ss). Quizá la alusión a los siete espíritus hace también referencia anticipada a los siete ojos del Cordero, que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra (5,6). La situación de la iglesia de Sardes es lamentable. Tiene nombre como de quien vive pero está muerta. Sus obras no son perfectas a los ojos de Dios (3,2). Cristo la invita a ponerse en vela, a reanimar 56

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el rescoldo que está a punto de apagarse, a recordar cómo escuchó la Palabra, a arrepentirse. De otra manera, el Señor vendrá como ladrón a la hora que menos piense (3,3). Esta seria advertencia es seguida por el reconocimiento de que algunos no se han contaminado (3,4). La imagen de las vestiduras blancas, símbolo no sólo de pureza, sino también de victoria y alegría (cf. nota de BJ a 3,5), se reitera en la promesa al vencedor (3,5). El premio, pues, es en primer lugar el don de las vestiduras blancas que, como hemos visto, se aplicaban a los pocos que se habían mantenido fieles en Sardes. En segundo lugar, Cristo promete al vencedor no borrar su nombre del Libro de la Vida, sino declararse por él delante de su Padre y de los ángeles. No borrar el nombre del Libro de la Vida es la promesa de la vida eterna (cf. 1 Jn 2,25). Esta promesa es el contenido de todas las cartas. La declaración de Jesús en favor del fiel delante del Padre y de los ángeles está tomada de las palabras de Jesús en la tradición sinóptica (Mt 10,32; Lc 9,26). Carta a la iglesia de Filadelfia (3,7-13) Al ángel de la iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir. 8 Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre. 9 Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado. 10Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra. 11 Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona. 12 Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo. 13 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. 7

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Filadelfia, situada como ciudad de irradiación de la cultura griega entre Lidia y Frigia, fue sacudida por un fuerte terremoto el año 17 d.C. y cambió su nombre dos veces (en tiempo de Tiberio y en la época de los Flavios). Quizá el nombre nuevo del que se habla en la promesa al vencedor en esta carta (3,12) contenga una alusión a ese detalle. La comunidad judía, que era numerosa, es calificada como la “Sinagoga de Satanás”. Cristo se presenta a esta iglesia con rasgos divinos y mesiánicos (3,7b). Los calificativos de “Santo” y “Veraz” son atributos divinos, aplicados aquí a Cristo (derás de traspaso). “Santo” se predica de Yahvé en múltiples lugares del AT (cf. Lv 17,1; Is 6,3; etc.); “Veraz” es el equivalente de “Fiel” (cf. Ex 34,6; etc.). El poder sobre la llave de David (cf. Is 22,22) es el equivalente de la potestad mesiánica. La presentación de Cristo como el Santo quizá esté presente en la mención del Santuario (3,12), y el calificativo de “Veraz” quizá sea mencionado por contraste con las mentiras de los que se proclaman judíos sin serlo (3,9). En cuanto a la frase «el que tiene la llave de David», queda reasumida en seguida en la imagen de la puerta abierta que nadie puede cerrar (3,8). Es probable que con ello se aluda a la oportunidad de proclamar la Palabra de Dios en un campo hambriento de ello. El Señor ha abierto ante esta iglesia una puerta que nadie puede cerrar, es decir, ha dejado campo libre a su apostolado (cf. nota de BJ, que remite a Hch 14,27). La situación de la iglesia de Filadelfia es digna de alabanza, por la fidelidad con que se mantiene a pesar de las asechanzas de los enemigos. Los fieles han guardado la Palabra del Señor y no han renegado de su nombre (3,8). Los mismos enemigos se tendrán que postrar a sus pies (3,9). De nuevo aquí (como en 2,9, en la carta a la iglesia de Esmirna) encontramos la expresión “Sinagoga de Satanás”, aplicada a los que se proclaman judíos sin serlo. Como hemos indicado allí, el autor no confronta Judaísmo y Cristianismo, sino Cristianismo y un Judaísmo falseado por una secta. Los fieles han guardado la recomendación de ser pacientes en el sufrimiento (3,10a). En atención a ello, el Señor guardará a la Iglesia en la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero, para probar a los habitantes de la tierra (3,10b). Es interesante esta mención de la “hora”. El autor piensa en las plagas de los cc. 8-9 y del c. 16 (cf. nota de BJ a 3,10). 58

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Sigue la promesa de la pronta venida del Señor y la exhortación a la recompensa: «Vengo pronto» (3,11a). Ésta es la promesa del Señor de la que vive la Iglesia. Esa esperanza la mantiene en la fidelidad. De esa manera nadie podrá arrebatar al creyente la corona de la vida (3,11b). Finalmente tenemos la promesa al vencedor (3,12-13). En primer lugar, Cristo le promete ponerle como columna del Santuario de Dios (3,12a). El contenido de esta promesa es entrar a formar parte de la vida divina eterna (no saldrá fuera ya más). Es el destino de los elegidos. Seguidamente (3,12b) se habla de la grabación de tres nombres en los redimidos. Estos tres nombres que son grabados en el vencedor indican la grandeza y dignidad de su nueva situación:

· El nombre de Dios, es decir, el nombre dado por Dios al fiel, es una señal de pertenencia. Quizá pueda entenderse el Nombre divino (Yhwh) como señal de posesión, es decir, como señal de que el fiel es propiedad de Dios. Veremos en 21,7 una expresión relacionada también con el vencedor: «Ésta será la herencia del vencedor: yo seré para él Dios, y él será hijo para mí». La fórmula de alianza y de pertenencia a Dios comporta la filiación divina. · El nombre de la ciudad de Dios: el salvado es ciudadano de la nueva Jerusalén. Aquí el autor anticipa un rasgo de la nueva Jerusalén, indicando «que baja del cielo enviada por Dios». Este aspecto se desarrollará en los cc. 21-22. Es notable la repetición (cuatro veces en 3,12) de la expresión “mi Dios” en boca de Cristo. En seguida (3,21) se hablará de “mi Padre”. Recordemos que en 1,6 se habla de un reino de sacerdotes para su Dios y Padre. Ello indica que el autor del Apocalipsis intercambia los términos “Dios” y “Padre” cuando habla de Jesucristo o cuando habla Jesucristo, como en las cartas. Es digno de notar que esta manera de hablar se emplea también en el cuarto evangelio: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20,17). Sin duda este paralelo puede aclarar el sentido de las expresiones en el Apocalipsis. · El nombre nuevo de Cristo, es decir, su nombre divino, su carácter de “Palabra” divina (cf. 19,13). 59

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Tener un nombre para los orientales es equivalente de tener un nuevo ser. El vencedor es propiedad de Dios, es ciudadano de la nueva Jerusalén y partícipe de la filiación de Cristo. La carta termina (3,13) con la invitación a oír lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Carta a la iglesia de Laodicea (3,14-22) Al ángel de la iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios. 15 Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! 16 Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. 17 Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. 18 Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista. 19 Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. 20 Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. 21 Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. 22 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. 14

Laodicea, situada ya en el interior, hacia el centro de la península anatólica, nos es conocida por las cartas de san Pablo (Col 4,15-16). Estaba situada en el camino principal de Éfeso a Siria. Era un importante centro de riqueza, con muchos bancos y famosa por su industria textil (lana negra) y por su escuela de medicina y producción de ungüentos para los oídos y colirios para los ojos. Cristo se presenta a esta Iglesia como «el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación [o de las creaturas] de Dios» (3,14). La grandeza de estos títulos sobrecoge. El título “el Amén” recuerda a Is 65,16, donde dicho término aparece ya como un nombre divino (cf. BJ). Los adjetivos “fiel” y “veraz”, unidos al nombre de Testigo, están en la misma línea del Amén, y recuerdan a la vez a Ex 34,6 (cf. Jn 1,14 y Ap 1,5). Finalmente el título “Principio de la creación de 60

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Dios” nos remite a la Palabra y a la Sabiduría creadora (Pr 8,22; Sb 9,1ss; Jn 1,3; Col 1,16s; Hb 1,2). La situación de la Iglesia de Laodicea es la tibieza; pero no la tibieza en el sentido en que habitualmente se entiende (falta de fervor), sino la tibieza en el sentido de algo que provoca asco, es decir, de una situación espiritual pecaminosa grave, que provoca el desagrado divino. Los calificativos con que el Señor describe al ángel de la Iglesia son dignos de atención: pobre, ciego y desnudo (3,17). El Señor le aconseja remediar su pobreza comprando el oro acrisolado de la gracia, cubrir su desnudez con vestidos blancos y ponerse colirio en los ojos para remediar su ceguera espiritual (3,18). La reprensión del Señor es fruto de su amor (3,19). Esta invitación al fervor y al arrepentimiento es seguida por una conmovedora “declaración de amor”, que solicita la respuesta del alma fiel (3,20). El clásico soneto español “¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras...?” es un eco poético de esta representación de Cristo llamando a la puerta y esperando que se le abra para cenar con el alma fiel. La expresión es como el colofón de esta carta antes de la promesa al vencedor, y de algún modo el colofón de las siete cartas. Cristo llama –está a la puerta– y quiere tomar posesión de la iglesia, su esposa. Pero respeta la libertad y espera delicadamente a que se le abra. La dicha de abrirle es formulada con una doble expresión. En primer lugar, «entraré en su casa»: Jesús vendrá a habitar en el corazón del fiel. Ello nos recuerda la promesa de la inhabitación divina en Jn 14,23: «si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23b). En segundo lugar se habla de la cena, signo de amor: «cenaré con él y él conmigo». La alusión a la Eucaristía no agota la grandiosidad de la imagen. Es la promesa de la intimidad del Señor, de su amor nupcial, de la alianza mutua (cenaré con él y él conmigo). La comunión en el cielo se adelanta en la comunión de amor: la gracia y la Eucaristía. Esta última carta se concluye, como todas las anteriores, con una promesa dirigida al vencedor (3,21-22). La promesa es la misma que el Señor hace a los apóstoles en Mt 19,28: sentarse con Cristo en su trono es participar de su triunfo, de su inmortalidad, de la vida divina. La frase «como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» resume toda la vida de Cristo. 61

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4. SÍNTESIS Y VISIÓN DE CONJUNTO DE LOS PRINCIPALES ELEMENTOS DE LAS CARTAS

(1) Autopresentación de Cristo. Éfeso: el Señor de la Iglesia (2,1). Esmirna: el primero y el último, el que estuvo muerto y vive (2,8). Pérgamo: el que tiene la espada de dos filos (2,12). Tiatira: el Hijo de Dios (ojos y pies brillantes, 2,18). Sardes: el que tiene los siete Espíritus (3,1). Filadelfia: el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David (3,8). Laodicea: el Amén, el Testigo fiel, el principio de la creación de Dios (3,14). (2) Revista a la Iglesia: el Señor aprueba, conforta, anima, exhorta, reprende, invita a la conversión, amenaza. Éfeso: has enfriado tu primer amor (2,4). Esmirna: sé fiel hasta la muerte (2,10). Pérgamo: aprueba en general, pero reprocha la connivencia con los nicolaítas (2,14-15). Tiatira: alabanza perfecta (2,19); reprocha a Jezabel (2,20); amenaza (2,22ss). Sardes: exhorta a la vigilancia (3,1-4). Filadelfia: alaba (3,8ss). Laodicea: reprende la tibieza (3,16); está llamando a la puerta (3,20). La situación de las siete Iglesias presenta, como acabamos de ver, unos aspectos positivos y otros negativos: Aspectos positivos: han guardado la palabra; han mantenido la fe; han sufrido el martirio. Aspectos negativos: persecución por los paganos y por los judíos; enfriamiento; contaminación con la doctrina nicolaíta; paganismo circundante; gnosticismo incipiente. (3) La promesa del Espíritu (el premio al vencedor). Estribillo: “el que tenga oídos” (en las tres primeras cartas, antes del premio; en las cuatro últimas, al final). Éfeso: el árbol de la vida (2,7). 62

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Esmirna: la corona de la vida (2,10). Pérgamo: maná escondido y una piedrecilla blanca con el nombre; el billete de entrada en el banquete celeste (2,17). Tiatira: el poder mesiánico (como Cristo), el lucero de la mañana (la resurrección, 2,26-29). Sardes: vestidos blancos; libro de la vida; proclamación delante del Padre (3,5). Filadelfia: columna del Santuario; con el nombre de Dios grabado encima (3,12). Laodicea: sentarse con Él en el trono (y con el Padre, 3,21). El premio es, pues, la vida, la resurrección, la victoria (el trono), la comunión divina (cf. 1 Jn 2,25: la vida eterna). El mensaje de conjunto de las siete cartas Acabamos de escuchar el contenido de cada una de las cartas. Ahora será oportuno indicar algunas líneas comunes de este primer septenario del Apocalipsis.

· Las cartas nos hablan del Dios y Padre de Jesucristo. Así, en la carta a la iglesia de Tiatira, Cristo aparece como “El Hijo de Dios”: «Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso» (2,18). En la carta a la iglesia de Sardes, Jesucristo promete al vencedor: «El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus ángeles» (3,5). De la misma manera, en la carta a la iglesia de Filadelfia se dice: «Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo» (3,12). Finalmente, en la carta a la iglesia de Laodicea, se promete: «Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (3,21). Por ello, Jesucristo hace de los redimidos un reino de sacerdotes para su Dios y Padre (1,6). El Padre es el origen y meta de todo el designio salvador. · Las cartas contienen un anuncio de la venida del Señor. Esta 63

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venida se refiere bien a una intervención particular para corregir a determinada Iglesia (2,5; 3,3) bien a una visita para premiarla (3,11). Otras veces se habla de la vuelta del Señor como de un acontecimiento conocido por la catequesis, es decir, de la segunda venida (2,25) o de las tribulaciones de la hora de la prueba (3,10). De este modo, las cartas se encuadran en toda la tensión de espera del Señor que se da en el resto del libro, especialmente al final («Ven Señor Jesús»: 22,20). Las cartas ponen de relieve también la presencia y acción del Espíritu en la comunidad cristiana. La expresión «el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» es una indicación de que el contenido del Apocalipsis es una inspiración del Espíritu Santo. Al final se nos dirá: «El Espíritu y la Novia dicen: ‘Ven’» (22,17). Las cartas proclaman el señorío de Cristo sobre la Iglesia y sobre el mundo. Los títulos cristológicos con que comienzan cada una de las cartas contienen una referencia a los rasgos de la figura majestuosa de Cristo Rey y Sacerdote de la visión inaugural del c. 1. Unas veces son títulos divinos: el Primero y el Ultimo, el Amén, el Santo, el Veraz, el Principio de las criaturas de Dios, aquel cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies son como de metal precioso. Otros títulos, como el de Hijo de Dios, nos remiten al contenido esencial de la fe neotestamentaria. Otras veces son expresiones de su poder mesiánico: el que tiene la llave de David. Finalmente otros títulos expresan su señorío sobre la Iglesia: el que tiene las siete estrellas en su mano. La cristología de los títulos se completa con las alusiones cristológicas en el resto de las cartas (p.e. referencia a atributos divinos: 2,23; referencia a poderes mesiánicos: 2,26-27; etc.). Las cartas contienen asimismo una eclesiología riquísima por vía de alusión: los ángeles de las iglesias son las estrellas en las manos del Señor, y las iglesias son los candeleros en medio de los cuales camina el Señor (1,20). Las iglesias participan del poder mesiánico de Cristo (2,26-29). La Iglesia es la nueva Jerusalén que baja de lo alto (3,12). Las cartas insisten en la dimensión escatológica en múltiples afirmaciones y con las más variadas imágenes. el Señor Resuci64

LAS CARTAS A LAS IGLESIAS DE ASIA

tado, el Viviente, ofrece al vencedor como premio la corona de la vida (2,10). Ello se encuentra de una u otra manera, como hemos visto, en todas las cartas: el árbol de la vida (2,7), el maná escondido y el nombre nuevo (2,17), el Lucero del alba (2,28), no borrar el nombre del libro de la vida (3,5), declararse ante el Padre por el vencedor (ibid.), ser columna en el Santuario de Dios (3,12), sentarse en el trono con Cristo en el cielo (3,21). El triunfo de Cristo y del cristiano sobre la muerte es el gran anuncio. El anuncio del juicio y de la prueba suprema del mundo completa esta dimensión escatológica (3,10). El mal y la seducción serán vencidos. · Las cartas contienen también una síntesis de la vida cristiana como fe, esperanza, amor, espíritu de servicio, fortaleza en el sufrimiento (2,19), testimonio explícito de Cristo (3,8), limpieza de la fornicación y repudio de la idolatría (2,14-16), fidelidad hasta la muerte (2,10). · Las cartas aluden a los sacramentos del Bautismo, con que son lavados los cristianos (vestiduras blancas, 3,4), y de la Eucaristía, con la mención del maná escondido (2,17) y con la evocación de la Cena del Señor (3,20). · Las cartas están llenas de la mística de la comunión de la Iglesia con el Señor resucitado. Es una unión nupcial (3,20) y una unión de amor; una unión de destino en la gloria; una unión de victoria (3,21). De esa manera se prepara el tema de las Bodas del Cordero. El objetivo de las cartas: animar a la fidelidad Toda esta riqueza de contenido de las cartas tiene una finalidad: sostener a los cristianos en la hora difícil de la prueba que están pasando: la persecución. La victoria de Cristo a través del martirio es el gran argumento para mantener viva la esperanza y la fortaleza del cristiano. Esa fidelidad cubre dos frentes: fidelidad al Evangelio en el amor práctico y en la pureza de costumbres, manteniéndose alejado de la seducción de las doctrinas aberrantes de gnósticos y paganos; fidelidad a Cristo hasta la muerte, negándose a la idolatría y a las exigencias del culto al emperador como dios. El cristiano, fiel hasta la muerte, espera la corona de la vida. 65

APOCALIPSIS

La Palabra de Dios permanece para siempre. El mensaje de las cartas del Apocalipsis es para todos los tiempos, y muy especialmente para los tiempos difíciles. La doctrina de los nicolaítas y la seducción de Jezabel tiene hoy su continuidad en el hedonismo y agnosticismo de la sociedad consumista. La idolatría del culto al emperador se traduce hoy en la tiranía de otros ídolos. La persecución cruenta subsiste en muchos lugares, y en los demás es sustituida por una persistente campaña de descristianización y de pérdida del sentido de Dios. El nombre de Dios es blasfemado o silenciado, y no es reconocido su dominio sobre la creación. La vida pública renuncia a los signos que expresan su reconocimiento de Dios, Padre y origen del hombre. En estas circunstancias no deja a la vez de ser cierto que el Señor tiene en cada iglesia un número de fieles que no han manchado sus vestidos (3,4) ni conocen los secretos de Satanás (2,34). Antes al contrario, guardan la Palabra del Señor (3,8) y viven la plenitud de la vida cristiana: la caridad, la fe, el espíritu de servicio, la paciencia en el sufrimiento (2,19). Otros, en cambio, están a punto de morir (3,2) o caminan en la ceguera espiritual (3,17). El Apocalipsis, y concretamente las siete cartas, contienen un mensaje de aliento a los cristianos que permanecen fieles: «al vencedor le daré la corona de la vida» (2,10). A la vez son una seria advertencia a los que están a punto de perder la fe: Jesús les ofrece el colirio que puede devolverles la visión de la fe (3,18). El Señor llama a su puerta solicitándoles dejarle entrar en su vida; les invita a su amistad, a la cena de amor (3,20), que llene de sentido su existencia. A todos, Cristo Rey les invita a ser fieles para sentarse con Él en su trono, como Él venció y se sentó con el Padre (cf. 3,21). El mensaje del Apocalipsis es de triunfo, un triunfo conseguido a través de la fidelidad, es decir, de mantenerse firmes en el pilar de la Palabra divina, de vencer las asechanzas del tentador.

66

CAPÍTULO

2

LAS VISIONES PROFÉTICAS (4,1 – 22,21)

Con el capítulo cuarto del Apocalipsis comienza la parte profética (o apocalíptica) del libro. Es la revelación de la intervención divina en los últimos tiempos («lo que ha de suceder pronto», 1,1). El autor ha recogido las antiguas profecías escatológicas siguiendo el patrón de la apocalíptica judía precedente y de la apocalíptica cristiana sinóptica (Discurso escatológico y aplicación a Cristo de la figura del Hijo del hombre), y ha estructurado en una potente síntesis los diversos elementos. Tras una sección introductoria, con la visión del trono de Dios y del Cordero (cc. 4-5), tenemos una primera parte que podemos llamar “Apocalipsis del Día de Yahvé”, y que se concentra en los dos septenarios de los sellos y las trompetas (cc. 6-11). Una segunda parte, que podemos llamar "Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías" (cc. 12-20), nos presenta la lucha escatológica, con la victoria de Dios y de su Mesías. Una sección final, con la visión de la Jerusalén futura (cc. 21-22), concluye el libro. La primera sección, que constituye la introducción a la parte profética del Apocalipsis, se centra en la visión del trono de Dios (c. 4) y en la escena de entronización del Cordero (c. 5).

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APOCALIPSIS

1. VISIÓN DEL TRONO DE DIOS Y ENTRONIZACIÓN DEL CORDERO (cc. 4-5) 1.1. EL

4

TRONO DE

DIOS (C. 4)

Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después.» 2 Al instante caí en éxtasis. Vi que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono. 3 El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda. 4 Vi veinticuatro tronos alrededor del trono y, sentados en los tronos, a veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas. 5 Del trono salen relámpagos y fragor y truenos; delante del trono arden siete antorchas de fuego, que son los siete espíritus de Dios. 6Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro Vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. 7 El primer Viviente, como un león; el segundo Viviente, como un novillo; el tercer Viviente tiene un rostro como de hombre; el cuarto Viviente es como un águila en vuelo. 8 Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, `Aquel que era, que es y que va a venir’.» 9 Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, 10 los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas delante del trono diciendo: 11 «Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, existe y fue creado.» 1

Esta grandiosa visión tiene un desarrollo en cuatro secciones. a) Sección introductoria (4,1-2a). Encontramos varios elementos. En primer lugar la visión: el autor contempla la puerta abierta en el cielo (4,1a). La comunicación de la tierra con el cielo (apertura de la puerta en el cielo) es un elemento 68

LAS VISIONES PROFÉTICAS

fundamental del género apocalíptico. El vidente ha de transmitir lo que contempla en el cielo. Sigue la audición de una voz como sonido de trompeta: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después» (4,1b). La expresión “lo que ha de suceder después” abarca a toda la parte profética del libro. Recordemos que en 1,19 el autor distinguía entre las cosas que son (probablemente la situación de las Iglesias; cc. 2-3) y las que han de suceder después de éstas (quizá la parte profética; cc. 4-22). A continuación se menciona el éxtasis en que cae el vidente (4,2a). b) Visión del trono de Dios (4,2b-3). El vidente contempla el trono de Dios en todo su esplendor. El trono es el símbolo del poder supremo y del juicio (cf. 3,21). En el trono hay Uno sentado (Dios). La figura divina no se describe; solamente se dan algunos rasgos para indicar su trascendencia y esplendor: «El que estaba sentado era de aspecto semejante al jaspe y a la cornalina; y un arco iris alrededor del trono, de aspecto semejante a la esmeralda» (4,3). La luz rodea el trono de Dios (cf. 1 Jn 1,5). Los elementos están tomados de Ez 1, de Is 6 y de Dn 7. c) El entorno del trono (4,4-8a). Se describe una serie de personajes o elementos situados alrededor del trono. En primer lugar, el vidente contempla el trono rodeado por veinticuatro tronos sobre los que están sentados veinticuatro Ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro sobre sus cabezas. Son, pues, sacerdotes y reyes; alaban a Dios y le asisten en el gobierno del mundo. Son los representantes del pueblo real y sacerdotal del AT y del NT. Los veinticuatro ancianos (4,4) son interpretados de distintas maneras: sacerdotes-reyes-jueces; ángeles; hombres glorificados. Realizan funciones de intermediarios y adoradores (cf. 4,10ss; 5,5. 8.9; 7,13-17; 11,16s; 19,4). El número 24 es de plenitud. En segundo lugar se indican una serie de fenómenos cósmicos (4,5a): relámpagos y fragor de truenos salen del trono (cf. la teofanía de Sinaí en Ex 19). En tercer lugar son mencionadas las siete antorchas de fuego delante del trono (4,5b). El autor identifica estas siete lámparas con los siete espíritus de Dios. Probablemente es una forma de aludir al Espíritu septiforme. Recordemos que Cristo es presentado en la carta 69

APOCALIPSIS

a la Iglesia de Sardes como «el que tiene los siete espíritus de Dios» (3,1), y que en 1,4 uno de los remitentes del saludo trinitario son los siete espíritus de Dios, que, en nuestra opinión, es una forma de aludir al Espíritu septiforme. En consecuencia, creemos que el autor no tiene presentes aquí a los siete ángeles de los que se habla en otras ocasiones (p.e. 15,1). En cuarto lugar el vidente contempla como un mar delante del trono (4,6a). Es duro y trasparente: separa, pero no oculta, al Trascendente. Finalmente, en esta visión del entorno del trono encontramos la descripción de los cuatro Vivientes (4,6b-8a). En medio del trono y en torno a él, el vidente contempla cuatro Vivientes que nos recuerdan la visión del trono divino de Ezequiel (c. 1). Son la representación de un león, un novillo, una figura humana y un águila en vuelo. Los cuatro rostros representan la creación que alaba a Dios. Esta grandiosa síntesis de la creación animada ha sido aplicada después en la tradición cristiana a los cuatro evangelistas. Los cuatro vivientes tienen cada uno seis alas para indicar la celeridad con que transportan el trono divino, y están llenos de ojos todo alrededor para simbolizar la omnipresencia del trono divino y la vigilancia sobre toda la creación. ¿Qué o quiénes son estos seres? ¿Se trata de ángeles que gobiernan la creación, o se alude más bien a la acción vivificante de Dios sobre toda la creación? Es difícil determinar de dónde proviene esta representación. Según algunos autores, tendría un origen iranio (cf. los cuatro signos del zodíaco: toro [abril]; león [julio]; escorpión- hombre [octubre]; águila [enero]). De Irán habrían pasado al AT (Ez 1,1ss e Is 6,2). La representación nos recuerda a los querubines de la tradición del AT. d) Liturgia celestial (4,8b-11). El vidente nos introduce en la Liturgia celestial, cuyos principales elementos mencionamos a continuación. En primer lugar encontramos el cántico de los cuatro vivientes (4,8b): «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios todopoderoso» (cf. Is 6). Se trata del Trisagio de Isaías adaptado, que termina con una alusión a la intervención divina en el juicio: «Aquel que era, que es y que va a venir». 70

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Este cántico de los vivientes utiliza las expresiones de Is 6, donde se proclaman la santidad divina, es decir, su justicia y amor, su gloria y majestad, y su condición de Señor por la creación. Él es tres veces Santo. Santo significa que Dios es el totalmente otro, el Dios santificador, el Dios que intervendrá en la historia (el que era, el que es y el que vendrá). El tres veces Santo es el Dios Todopoderoso. Aquí este calificativo, tan central en el libro, se antepone a la expresión «aquel que era, que es y que va de venir» (en 1,8 “Todopoderoso” aparece al final de la proclamación). En el texto de Isaías se decía «Santo, Santo, Santo, Señor del Universo». El Apocalipsis ha abreviado o reinterpretado la expresión con el calificativo “Todopoderoso”. La última frase del cántico es una paráfrasis del nombre divino “Yahvé”. El Señor es “El que es” (expresión en tercera persona del nombre divino “ehyeh” = Yo soy). Dios es el Ser por sí mismo, el Ser fuente de todo ser. El Señor es “el que era”. Con ello se exalta la eternidad de su ser (El que es y el que era). El Señor es el que va a venir. Con ello se indica la inminencia de su intervención. Como hemos dicho más arriba (véase comentario a 1,4 y 1,8), la paráfrasis parece inspirarse en la interpretación targúmica de Ex 3,14, pero actualizada con la perspectiva escatológica. Seguidamente se visualiza la adoración de los veinticuatro ancianos y se ofrece una doxología (axiología, 4,9-11). En efecto, la proclamación de los “seres vivientes”, que hemos visto en 4,8b, se define como dar gloria, honor y acción de gracias (4,9). En ambos casos (4,9a y 4,9b) se define a Dios como «el que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos», es decir, se exalta su condición de Rey Juez y se proclama su eternidad. Esta proclamación suscita la postración en adoración de los “veinticuatro ancianos” (4,10). La acción de arrojar las coronas delante del trono (4,10c) expresa que el poder viene de Dios y debe volver a Él. La doxología pronunciada por los ancianos (4,11) es una aclamación al Dios creador, y contiene los siguientes elementos:

· Títulos: Señor y Dios nuestro (polémica contra el emperador). · Axiología: Digno eres de recibir la gloria, el honor y el poder. · Fundamento: el acto creador: Dios, por la creación, es dueño de todo. 71

APOCALIPSIS

1.2. EL CORDERO

5

DEGOLLADO Y SU ENTRONIZACIÓN (C.

5)

Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro, escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. 2 Y vi a un ángel poderoso que proclamaba con fuerte voz: «¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?» 3 Pero nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra, de abrir el libro ni de leerlo. 4 Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo. 5 Pero uno de los Ancianos me dice: «No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos.» 6 Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. 7 Y se acercó y tomó el libro de la mano derecha del que está sentado en el trono. 8 Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. 9 Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; 10 y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.» 11 Y en la visión oí la voz de una multitud de ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, 12 y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» 13 Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos.» 14 Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar. 1

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LAS VISIONES PROFÉTICAS

La visión del trono divino va seguida (dentro de la misma representación del trono divino) de la visión del Cordero. Distinguimos varias escenas. a) La visión del Libro (rollo) en la mano derecha de Dios que está sentado en el trono (5,1). El libro que el vidente contempla en la mano derecha de Dios está cerrado con siete sellos que nadie puede abrir. Este libro representa los decretos divinos referentes a los acontecimientos de los últimos tiempos. Estos acontecimientos son secretos (sellos) y contienen los castigos a los malvados y las promesas a los vencedores. Sigue la proclamación del ángel poderoso (5,2) y la constatación de que nadie era capaz de abrir el libro (5,3-4). Entonces escuchamos la respuesta de uno de los ancianos (5,5): «Ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David», es decir, el Mesías. El segundo título (Retoño de David) aparecerá después en el final del libro (22,16). Estos títulos nos remiten a Cristo, en quien se han cumplido las profecías mesiánicas del oráculo de Jacob (Gn 49,9) y de Isaías (11,1.10). “León de Judá” y “Retoño de David” son, pues, títulos cristológicos, pero no conviene insistir en los elementos imaginativos, puesto que el autor pasa seguidamente a la representación del Mesías Redentor con la imagen de «un Cordero como degollado» (5,6). b) Visión del Cordero entre el trono y los cuatro Vivientes, de una parte, y los 24 Ancianos, de otra (5,6). En este momento tiene lugar la visión del Cordero, que en adelante va a ocupar un lugar central junto a Dios. El Cordero aparece como degollado. Con ello se quiere hacer una múltiple alusión al sacrificio: al cordero del sacrificio de Isaac (Gn 22); al cordero Pascual (Ex 12); al cordero de los sacrificios diarios en el templo (Lv 1-5); al Servidor, que va al sacrificio como un Cordero (Is 53,7; cf. Jr 11,19). La representación de Jesucristo como un cordero es típica de la Escuela de Juan (cf. Jn 1,29.36;19,34.36). El sacrificio de la Cruz se representa como el sacrificio de un cordero. El simbolismo de los siete pares de cuernos significa la plenitud de fuerza. Por su parte, el simbolismo de los siete ojos significa la plenitud y la fuente del Espíritu. La situación del Cordero de pie en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos (5,6) implica compartir el trono divino. Es 73

APOCALIPSIS

un derás de traspaso para expresar la divinidad de Jesús. El gesto de la adoración (5,8.14) es el reconocimiento de esa condición divina. c) Visión del Cordero que recibe el libro (rollo) de la diestra de Dios (5,7). El Cordero toma el libro de la mano derecha de Dios; así recibe el poder como el Hijo del hombre en Daniel (Dn 7,13-14). Los Vivientes y los Ancianos se postran delante del Cordero divino (5,8). Se mencionan los perfumes. d) Secuencia de tres himnos. La escena es orquestada con tres himnos de gran densidad teológica. · En primer lugar, el himno (Cántico nuevo) de los cuatro Vivientes y de los Ancianos al Cordero Redentor (5,9-10). De nuevo, como en 1,5-6, tenemos el esquema de liberación y alianza. Es un Canto al Cordero sacrificado, con cuya sangre Dios ha adquirido un pueblo de reyes y sacerdotes (cf. la variante de la Vulgata a 5,10). Es un himno fundamental para la cristología y la eclesiología del Apocalipsis. El sacrificio de Cristo ha sido redentor: ha rescatado con su sangre un pueblo universal, real y sacerdotal. El autor aplica a los cristianos los calificativos que Ex 19,6 aplicaba al antiguo pueblo de Israel (cf. también 1 P 2,1ss). · En segundo lugar encontramos el himno de las huestes angélicas (5,11-12). Son siete sinónimos de “grandeza” que expresan la divinidad del Cordero. Tenemos un nuevo derás de traspaso con la aplicación al Cordero de los atributos divinos de 1 Cro 29,10-13. · Finalmente se nos ofrece el himno de todas las criaturas (la creación entera, 5,13): «Al sentado en el trono del Cordero, alabanza, honor, gloria y poder» (5,13). · Como ratificación de las anteriores proclamaciones hímnicas, los cuatro Vivientes dicen “Amén” (5,14a) y los Ancianos se postran y adoran (5,14b). Tenemos ya el marco grandioso. Dios ha entregado al Cordero el Libro con los siete sellos y éste se dispone a abrirlos. El autor nos va a presentar a continuación el contenido de estos sellos, que son representaciones de los preliminares del juicio de Dios sobre el mundo. 74

LAS VISIONES PROFÉTICAS

2. APOCALIPSIS DEL DÍA DE YAHVÉ (cc. 6-11) 2.1. LOS

SEIS PRIMEROS SELLOS (CC.

6-7)

El Cordero rompe los sellos (c. 6)

6

Y seguí viendo: Cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, oí al primero de los cuatro Vivientes que decía con voz como de trueno: «Ven». 2 Miré y había un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; se le dio una corona, y salió como vencedor y para seguir venciendo. 3 Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo Viviente que decía: «Ven». 4 Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande. 5 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer Viviente que decía: «Ven». Miré entonces y había un caballo negro; el que lo montaba tenía en la mano una balanza, 6 y oí como una voz en medio de los cuatro Vivientes que decía: «Un litro de trigo por denario, tres litros de cebada por denario. Pero no causes daño al aceite y al vino.» 7 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto Viviente que decía: «Ven». 8 Miré entonces y había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte, y el Hades le seguía. Se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra. 9 Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. 10 Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» 11 Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser asesinados como ellos. 12 Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello, se produjo un violento terremoto; y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre, 13 y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera suelta sus higos verdes al ser sacudida por un viento fuerte; 14 y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos; 1

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y los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. 16 Y dicen a los montes y a las peñas: «Caed sobre nosotros y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero. 17 Porque ha llegado el gran Día de su ira, y ¿quién podrá sostenerse?» 15

Podemos distinguir en el texto tres unidades. La primera está formada por los cuatro primeros sellos, que tienen un esquema idéntico; la segunda unidad la forma el quinto sello, que nos transporta al altar del cielo; la tercera unidad literaria es el sexto sello (del séptimo hablaremos más adelante). a) Los cuatro primeros sellos (6,1-8). En primer lugar consideramos los cuatro primeros sellos, porque forman una sección bien definida, con un esquema determinado. Se abre el sello, uno de los cuatro Vivientes dice “ven”, sigue la visión de un jinete sobre un caballo y se describe el encargo que se le asigna. Así pues, estos cuatro primeros sellos (cada uno anunciado por un Viviente del trono) hacen entrar en escena a los cuatro jinetes que anuncian el fin. Son plagas preparatorias y admonitorias. · El primer sello es anunciado por el primer Viviente: león. Se trata de un jinete que monta un caballo blanco (6,2); el jinete lleva un arco, que significa la victoria. Según algunos autores, el jinete victorioso se contrapondría a los otros tres caballos que siguen. Haría referencia al jinete victorioso de 19,11. La dificultad para esta interpretación es que no acaba de verse cómo en una enumeración de cuatro sellos (cuatro jinetes) el simbolismo del primero no se corresponde con los tres siguientes. Por ello, otros autores piensan que la referencia es a una de las plagas de la humanidad, a saber, al imperialismo avasallador (arco), quizá con referencia a los Partos. En ese caso tendrá el mismo carácter punitivo que los otros tres sellos. Ciertamente, a nuestro entender, sería extraño que el vidente, al hablar de un jinete victorioso montado en un caballo blanco, no lo relacionara con el que después describe en 19,11ss. Por ello, pensamos que el simbolismo de este jinete indica la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal. Esa victoria se prolongaría a través de los tres siguientes sellos, que son los castigos divinos a la humanidad peca76

LAS VISIONES PROFÉTICAS

dora. De esta manera no habría contraposición, sino implicación mutua. Así pues, el primer sello no sería la plaga del imperialismo, sino una síntesis inicial que daría su sentido al conjunto del septenario. Pero la posibilidad de que se represente la plaga del imperialismo no puede descartarse en absoluto. En este caso, el jinete del caballo blanco, a pesar de su parecido con 19,11ss, no simbolizaría a Jesucristo, sino a un ejército invasor que trae una secuela de plagas, al igual que los otros tres jinetes. · El segundo sello es anunciado por el segundo Viviente: toro. El jinete sobre un caballo rojo lleva una espada. El significado es la guerra (6,3-4). · El tercer sello es anunciado por el tercer Viviente: hombre. Se trata de un jinete sobre caballo negro, con una balanza en la mano. El significado es el hambre (6,5-6). · El cuarto sello es anunciado por el cuarto Viviente: águila. Se trata de un jinete sobre un caballo verde-ceniciento. El significado es la Muerte: la Peste (el Hades lo seguía, 6,7-8a). Se advierte (6,8b) que se les da poder sobre la cuarta parte de la tierra (un poder limitado) y, con un texto de Ezequiel (14,21), se resumen las plagas: espada, hambre, peste, bestias de la tierra. Quizá este último elemento haga ya alusión a las plagas de las trompetas quinta y sexta (c. 9) y a la Bestia que sale de la tierra (c. 13). Estos castigos que aquí se anuncian son el juicio de Dios sobre los pecados de la humanidad. Así lo ha comprendido el Targum Palestinense, que conecta las plagas anunciadas en Ezequiel con la transgresión de los mandamientos. He aquí la forma con que el Targum Neófiti termina el desarrollo a cada uno de los mandamientos de la segunda tabla:

· Ex 20,13... «porque por la culpa de los asesinos sale la espada sobre el mundo».

· Ex 20,14... «porque por las culpas del adúltero viene la peste sobre el mundo».

· Ex 20,15... «porque por las culpas de los ladrones viene el hambre sobre el mundo».

· Ex 20,16... «porque por las culpas de los testigos mentirosos las fieras del campo dejan sin hijos entre los hijos de los hombres».

· Ex 20,17... «porque por las culpas de los codiciosos los reinos atacan a los hijos del hombre». 77

APOCALIPSIS

Los cuatro jinetes del Apocalipsis (y su interpretación a la luz de Ezequiel y del Targum Palestinense) anuncian el castigo de la humanidad pecadora. Aunque el Apocalipsis piensa en los últimos tiempos, es preciso reconocer que sus palabras y las del Targum Palestinense tienen ya una primera realización en la historia. ¿Acaso las realidades de la guerra, del hambre, de la peste (en sus formas modernas de enfermedades nuevas) no son ya una desgraciada constatación de estas palabras proféticas? Como veremos después, con motivo de la sexta trompeta, estos pecados de la humanidad son la causa que acarrea los castigos divinos: «No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas» (9,21). b) El quinto sello (6,9-11). El vidente contempla debajo del altar del cielo a los mártires, es decir, a las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron (6,9). Es curioso constatar la conexión del sacrificio de los mártires (degollados) con el sacrificio de su Maestro (el Cordero degollado). Las almas claman juicio, venganza de su sangre (6,9-11). En respuesta se les da un vestido blanco y se les dice que tengan paciencia, hasta que se complete el número. El IV de Esdras tiene asimismo una visión en la que las almas de los fieles reservadas en sus mansiones preguntan “¿Hasta cuando?”, y el Arcángel Ieremiel les responde “Hasta que esté completo el número de vuestros semejantes” (IV Esd 4,35ss). c) El sexto sello (6,12-17). La apertura de este sello da lugar a una serie de fenómenos cósmicos: un terremoto, el sol ennegrecido, la luna enrojecida y la caída de los astros; desaparición del cielo y trastornos de montes e islas. Son señales cósmicas y anuncio del fin; son signos del gran día de la Cólera. Se describe la reacción de los habitantes de la tierra (grandes y pequeños, 6,15-17); se llenan de pavor (cf. Is 2,6-21). El terror les invade y tratan de ocultarse de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero. Dicen a los montes «caed sobre nosotros... porque ha llegado el gran Día de su ira». La expresión “ira” (cólera) aplicada a Dios indica su justicia vindicativa. Dios como justo juez no tiene más remedio que castigar el mal. Estamos, pues, en el corazón de la parte que hemos llamado “Apocalipsis del Día de Yahvé” (cf. nota de la BJ a 6,12, que remite a 78

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Am 8,9 y Mt 24,1). Estas perturbaciones cósmicas son las señales clásicas de la apocalíptica intertestamentaria y sinóptica para indicar la inminencia del Día de Yahvé. Todavía no se habla del alcance de estas señales como invitación a la conversión. En seguida, en la sección de las trompetas, se hablará de ello (cf. 9,21). Los servidores de Dios serán preservados (c. 7)

7

Después de esto, vi a cuatro ángeles de pie en los cuatro extremos de la tierra, que sujetaban los cuatro vientos de la tierra, para que no soplara el viento ni sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol. 2 Luego vi a otro ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro ángeles a quienes se había encomendado causar daño a la tierra y al mar: 3«No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.» 4 Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. 5 De la tribu de Judá doce mil sellados; de la tribu de Rubén doce mil; de la tribu de Gad doce mil; 6 de la tribu de Aser doce mil; de la tribu de Neftalí doce mil; de la tribu de Manasés doce mil; 7 de la tribu de Simeón doce mil; de la tribu de Leví doce mil; de la tribu de Isacar doce mil; 8 de la tribu de Zabulón doce mil; de la tribu de José doce mil; de la tribu de Benjamín doce mil sellados. [EL TRIUNFO DE LOS ELEGIDOS EN EL CIELO] 9 Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. 10 Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» 11 Y todos los ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios 12 diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.» 1

79

APOCALIPSIS

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» 14 Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Me respondió: «Ésos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. 15 Por eso están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. 16 Ya no tendrán hambre ni sed; ya no les molestará el sol ni bochorno alguno. 17 Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.» 13

Este capítulo, que constituye un intermedio entre el sexto y el séptimo sello (la salvación de los elegidos), está situado casi al final del septenario de los sellos. Es como una visión anticipada de la Salvación. He aquí sus principales elementos: a) La signación de los elegidos (7,1-8). Los servidores de Dios serán preservados. Los cuatro ángeles que sujetan los vientos en los cuatro extremos de la tierra reciben la orden de no causar daño hasta que sean sellados los elegidos. En seguida tiene lugar la signación de los elegidos. El ángel de Oriente trae el sello del Dios vivo (7,2). Son marcados en la frente los siervos de Dios, 12.000 de cada tribu de Israel. Son pues 144.000. El número es el cuadrado de 12 (número sagrado) multiplicado por mil. Sin duda se trata de la salvación de los elegidos. ¿Pero qué significan los 144.000? Unos autores piensan que se trata de los salvados del pueblo de Israel. Según Quispel, sería la Iglesia judeo-cristiana preservada de las persecuciones mediante la huida a Pella (cf. Is 61,6). Según otros autores, se trataría de un grupo especial (vírgenes o mártires, cf. 14,1ss). Finalmente otros interpretan los 144.000 como un número perfecto para indicar a todos los salvados por el Bautismo (el Nuevo Israel). En este caso sería una dimensión sinónima de la muchedumbre inmensa que veremos en seguida. b) La muchedumbre inmensa (7,9-12). Tras la signación de los 144.000 tiene lugar la visión de una muchedumbre inmensa de toda nación, razas, pueblos y lenguas, 80

LAS VISIONES PROFÉTICAS

delante del trono y del Cordero. Las vestiduras blancas simbolizan la gracia y el triunfo (7,9). Las palmas en las manos son un signo de victoria (cf. Fiesta de los Tabernáculos). Cantan con gritos de triunfo: «La salvación es de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero» (7,10). Esta proclamación anticipa las que veremos en 11,15 y en 12,10. Dios es el Salvador. La finalidad de su actividad creadora y redentora es otorgar la salvación a los elegidos. Éstos no son sólo un grupo particular, sino que vienen de toda nación, raza, pueblo y lengua. Ello significa que la salvación está abierta a toda persona que permanezca fiel a Dios en las pruebas de la vida. Esa salvación es obra gratuita de Dios y fruto de la redención de Cristo (el Cordero). Seguidamente asistimos a una liturgia en el cielo: los ángeles que estaban en pie alrededor del trono, los Ancianos y los cuatro Vivientes se postran, adoran y pronuncian una doxología con siete epítetos de grandeza: alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza. Recordemos que son los mismos siete epítetos, aunque en orden distinto, que se cantan en 5,12 con motivo de la entronización del Cordero. c) Explicación de la visión por uno de los Ancianos (7,13-17). En un aparte uno de los Ancianos explica al vidente el alcance la visión. La muchedumbre inmensa son «los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero» (7,14). Son, pues, los mártires, pero también todos los redimidos por la sangre de Cristo. Todos ellos vienen de la gran tribulación del mundo. Los portadores de vestiduras blancas (blanqueadas) son los redimidos con la sangre del Cordero (7,14); cf. las palmas. Han sido fieles hasta la muerte. A propósito de esto, la Biblia de Jerusalén (BJ) habla de la persecución de Nerón. ¿Se refiere el texto sólo a los mártires? Parece que la muchedumbre inmensa no pueden ser sólo los mártires, aunque éstos aparecen quizá como primicia de todos los elegidos. La muchedumbre está en el cielo. Por otra parte, es un número que debería ser completado (cf. 6,9s). Para algunos intérpretes, la muchedumbre inmensa representa a la Iglesia cristiano-gentil en relación con los 144.000 (Iglesia judeo-cristiana: resto de Israel). En seguida volveremos sobre esta opinión. 81

APOCALIPSIS

d) El premio de los elegidos (7,15-17). Los últimos versos de esta alocución de uno de los Ancianos nos describen el destino final de los elegidos y la consumación, anticipando así lo que se dirá al final del libro (cc. 21-22). Los redimidos estarán ante la presencia divina (delante del trono de Dios, 7,15a); tendrán la morada divina en ellos (el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos, 7,15b); habrá ausencia de males (hambre, sed, calor del sol y bochorno, 7,16); serán conducidos por el Cordero a las fuentes de agua viva (7,17a); Dios los consolará (7,17b). La relación entre las dos visiones del c. 7 Dos son las principales opiniones al respecto. La primera sería la siguiente: los 144.000 son los mismos que la muchedumbre inmensa del v. 9. La segunda (alternativa) sería: se trata de dos magnitudes complementarias. En ese caso, los 144.000 significarían los salvados de Israel, y la muchedumbre inmensa se referiría a los salvados de los gentiles. Véase la referencia a las naciones en el Testamento de José 19,5. En cualquier caso, el c. 7 parece en su conjunto querer anticipar la salvación de judíos y gentiles, ya sea que las doce tribus signifiquen sólo a Israel, ya sea que signifiquen al Nuevo Israel de judíos y gentiles. Si tenemos presente la visión de las almas de los degollados que están bajo el altar (del cielo), según 6,9-11, podremos preguntarnos si la visión de la muchedumbre inmensa responde a la pregunta formulada por ellos acerca del número de los elegidos. Se trata de un número incontable para el vidente. 2.2. EL

SÉPTIMO SELLO, LAS TROMPETAS Y LOS AYES (CC.

8-9)

El séptimo sello. Las oraciones de los santos apresuran la llegada del gran Día (8,1-5)

8

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora... 2 Vi entonces a los siete ángeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas. 3 Otro ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos 1

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LAS VISIONES PROFÉTICAS

los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. 4 Y por mano del ángel subió delante de Dios el humo de los perfumes con las oraciones de los santos. 5 Y el ángel tomó el badil y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra. La apertura del séptimo sello (8,1) marca un silencio en el cielo (cf. Ha 2,20). Su duración es como de media hora. Este silencio es sumamente significativo. Con él se expresa la resolución divina de intervenir en la historia para juzgar a la humanidad. Seguidamente tiene lugar la visión de los siete ángeles con siete trompetas. Los siete ángeles que están delante de Dios son los ángeles de la presencia. Es importante esta mención porque el autor los distingue claramente de los siete espíritus de Dios de 4,5. A los siete ángeles se les entregan las siete trompetas, con cuyo sonido se desencadenarán las siete plagas. En este momento tiene lugar una liturgia en el cielo: se trata del ofrecimiento de los perfumes (oraciones de los Santos) sobre el altar del incienso. El autor utiliza la simbólica de los sacrificios ofrecidos sobre el altar de oro del templo de Jerusalén y lo aplica al cielo. La oración de los santos apresura la llegada del gran Día (8,3-4). El ángel arroja sobre la tierra brasas del altar (8,5a) y se producen truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra (8,5b). Esta serie de fenómenos indican el comienzo del nuevo septenario. Se trata de signos que marcan las divisiones mayores en la estructura del Apocalipsis. Las cuatro primeras trompetas (8,6-12) Los siete ángeles de las siete trompetas se dispusieron a tocar. Tocó el primero... Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra: la tercera parte de la tierra quedó abrasada, la tercera parte de los árboles quedó abrasada, toda hierba verde quedó abrasada. 8 Tocó el segundo ángel... Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. 9 Pereció la tercera parte de las criaturas del mar que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida. 10 Tocó el tercer 6

7

83

APOCALIPSIS

ángel... Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha. Cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre los manantiales de agua. 11 La estrella se llama Ajenjo. La tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y mucha gente murió por las aguas, que se habían vuelto amargas. 12 Tocó el cuarto ángel... Entonces fue herida la tercera parte del sol, la tercera parte de la luna y la tercera parte de las estrellas; quedó en sombra la tercera parte de ellos; el día perdió una tercera parte de su claridad y lo mismo la noche. También aquí, como en el septenario de los sellos, las cuatro primeras trompetas forman una unidad literaria bien definida y con el mismo esquema: toque de la trompeta, castigo consiguiente, mención de la zona del mundo afectada (en su tercera parte). Como veremos, los castigos presentan cierto parecido con las plagas de Egipto y muestran que el autor apocalíptico se inspira en la intervención del Éxodo para describir las intervenciones escatológicas. La primera trompeta trae sobre la tierra pedrisco y fuego mezclado con sangre (Ap 8,7; cf. Ex 9,24; Jl 3,3). Queda afectada la tercera parte de la tierra, de los árboles y toda hierba verde. La segunda trompeta afecta al mar, sobre el que cae algo así como una enorme montaña ardiendo (Ap 8,8; cf. Jr 51,25). La tercera parte del mar se convierte en sangre (cf. Ex 7,20) y perece la tercera parte de las criaturas del mar que tienen vida y la tercera parte de las naves. La tercera trompeta afecta a los ríos y manantiales de agua. Una estrella grande (llamada Ajenjo) cae ardiendo del cielo, y la tercera parte de las aguas se convierten en ajenjo (Ap 8,10-11). Observemos que en las tres primeras trompetas se menciona el fuego; (cf. Sodoma, el juicio por el fuego, Gn 19,24.28). La cuarta trompeta tiene una dimensión cósmica (8,12). Son heridas la tercera parte del sol, la luna y las estrellas. En consecuencia, el día y la noche pierden la tercera parte de su claridad. Es la plaga de las tinieblas (cf. Ex 10,21-23). Como se ha podido ver, estas cuatro primeras plagas representan un castigo (limitado a la tercera parte) de la tierra, el mar, los ríos y manantiales, y los astros (en cuanto fuente de luz para los hombres). La semejanza con las plagas de Egipto (pedrisco, agua convertida en sangre, tinieblas) es manifiesta. ¿Cuál es la finalidad y el motivo de 84

LAS VISIONES PROFÉTICAS

estas plagas? El autor no lo dice por el momento, pero lo explicará al final de la sexta trompeta. Se trata de castigos divinos por los pecados de la humanidad, especialmente la idolatría, asesinatos, fornicaciones y robos (cf. 9,20-21). Los ayes y las trompetas quinta y sexta (8,13 - 9,21) Y seguí viendo: Oí un águila que volaba por lo alto del cielo y decía con fuerte voz: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra, cuando suenen las voces que quedan de las trompetas de los tres ángeles que van a tocar!» 13

9

Tocó el quinto ángel... Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del abismo. 2 Abrió el pozo del abismo y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo. 3 De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra. 4 Se les dijo que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol; sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios. 5 Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien. 6 En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos. 7 La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos; 8 tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; 9 tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; 10 tienen colas parecidas a las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses. 11 Tienen sobre sí, como rey, al ángel del abismo, llamado en hebreo «Abaddón», y en griego «Apolíon». 12 El primer ¡Ay! ha pasado. Mira que detrás vienen todavía otros dos. 13 Tocó el sexto ángel... Entonces oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios; 14 y decía al 1

85

APOCALIPSIS

sexto ángel que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro ángeles atados junto al gran río Éufrates.» 15 Y fueron soltados los cuatro ángeles que estaban preparados para la hora, el día, el mes y el año, para matar a la tercera parte de los hombres. 16 El número de su tropa de caballería era de doscientos millones; pude oír su número. 17 Así vi en la visión los caballos y a los que los montaban: tenían corazas de color de fuego, de jacinto y de azufre; las cabezas de los caballos como cabezas de león, y de sus bocas salía fuego y humo y azufre. 18 Y fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas: por el fuego, el humo y el azufre que salían de sus bocas. 19 Porque el poder de los caballos está en su boca y en sus colas; pues sus colas, semejantes a serpientes, tienen cabezas y con ellas causan daño. 20 Pero los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, que no pueden ver ni oír ni caminar. 21 No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas. Los tres ayes del águila (8,13) anuncian las intervenciones que se avecinan y que el vidente contempla con horror. Las plagas de las trompetas quinta y sexta tienen en común que representan la invasión de un ejército de caballería, en el primer caso con la imagen de la plaga de la langosta, plaga que había sido objeto de la predicción profética de Jl 1-2 y que es también una de las plagas de Egipto. Según nota de la BJ a 9,3, los judíos habían interpretado ya históricamente esta plaga de las langostas: asirios, persas, griegos y romanos. Quinta Trompeta (9,1-12): la plaga de las langostas (Primer Ay). El vidente contempla una estrella caída del cielo que tiene potestad sobre el Abismo (9,1). La estrella es probablemente el ángel caído. Éste abre el pozo del Abismo, de donde salen llamas y humareda (9,2). Ello indica su origen maligno. Las langostas que salen de la humareda muerden como escorpiones (9,3). No causarán daño a los vegetales de la tierra; sólo podrán atormentar a los hombres no sellados, pero no matarlos (9,4). Ello implica la preservación de los elegidos. Se precisa la dimensión limitada del tormento: cinco meses 86

LAS VISIONES PROFÉTICAS

(9,5). Se trata sin duda de un castigo medicinal y orientado a la conversión. Los hombres buscarán la muerte sin conseguirlo (9,6). Estas langostas son parecidas a los caballos, con coronas de oro sobre sus cabezas, con rostros como de humanos y cabellos como de mujer. Sus corazas son como de hierro (9,7-9). Tienen cola como de escorpiones y en ella reside su poder (9,10). Así, pues, la descripción de las langostas es terrorífica. Es un ejército de caballería cruel mandada por Satanás: «Tienen sobre sí, como rey, al ángel del Abismo, llamado en hebreo ‘Abaddón’, y en griego ‘Apolíon’» (9,11). Es el primero de los tres “ayes”. El significado de esta plaga, que probablemente se inspira en las terribles invasiones con caballería de los Partos en el Imperio Romano, era un mensaje de esperanza para los cristianos. Esta plaga vendría a castigar «sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios» (9,4; cf. 7,4). De todos modos, el lector queda sorprendido por la crueldad del castigo, y sin duda es ésa la intención que pretende el autor. En la plaga siguiente aparece la causa de estos castigos: los pecados de la humanidad. Los castigos muestran la gravedad del pecado. Sexta trompeta (9,13-21): invasión de la caballería al servicio de los ángeles (Segundo Ay). El mismo comienzo de esta plaga indica su importancia: «Tocó el sexto Ángel... Entonces oí una voz que salía de los cuatro cuernos del altar de oro que está delante de Dios» (9,13). Esta voz dice al sexto ángel que suelte a los cuatro ángeles preparados para matar a la tercera parte de los hombres. Los encargados del castigo son los cuatro ángeles que estaban preparados para dañar (9,15). Recordemos la mención de los cuatro ángeles tras el sexto sello (cf. 7,1-2). Los cuatro ángeles envían su caballería. Esta imagen de la caballería recuerda de nuevo las invasiones de los Partos y el combate de Gog de Magog con su ejército. (cf. Ez 38-39). El castigo de la guerra tiene un cierto parecido con la plaga anterior. También aquí se trata de la invasión de un ejército poderoso, a cuyo frente están los cuatro ángeles preparados para ello junto al Río Éufrates. Se trata de un ejército de 200 millones de jinetes con sus caballos. El autor describe las corazas de los jinetes y las cabezas de los caballos, parecidas a un león. Se precisa que de sus bocas sale fuego, humo y azufre (19,16). Todo ello nos hace recordar el castigo de Sodoma (Gn 19,24). 87

APOCALIPSIS

Queda exterminada la tercera parte de la humanidad con el fuego, el humo y el azufre que salían de las bocas de los caballos (aparte del poder de éstos de dañar con sus colas). Podemos observar el parecido con la anterior trompeta. De nuevo se advierte que el poder de los caballos reside en su boca y en cola (9,19; cf. 9,10). El castigo es durísimo. El autor tiene aquí probablemente también en la mente las invasiones de los Partos, que con su caballería causaban el pánico de los romanos. ¿Cuál es la referencia básica de esta sexta trompeta: anticipación de la visión final con el doble combate escatológico (c. 19-20)? Al terminar el relato de esta sexta plaga el autor nos lleva directamente a la finalidad de los castigos (la invitación a la conversión) y a la negativa del resto de la humanidad a convertirse (9,20-21). En efecto, el resto de los hombres no se convierte de sus asesinatos, hechicería, fornicaciones y rapiñas (9,21; cf. Targum Neófiti a Ex 20,13-14: asesinos, adúlteros, ladrones, testigos mentirosos). Véase el comentario a los cuatro primeros sellos (6,1ss). La idolatría (pecado contra el primer mandamiento) es enumerada en primer lugar. A continuación son mencionados los pecados contra otros mandamientos de la Ley divina (asesinatos, hechicerías, fornicaciones y rapiñas). En consecuencia, podemos concluir que las trompetas están en la misma línea que los cuatro primeros sellos. Son una reiteración de los castigos utilizando imágenes más expresivas e intensas. La guerra, que en el segundo sello se simbolizaba con el caballo rojo, se describe ahora con la imagen de la invasión de los Partos. Por otra parte, también el primer sello, si se considera en sentido de castigo, estaría en la misma línea de imperialismo y guerra; recordemos además que en la mención de “las bestias de la tierra” en 6,8 (en la cita de Ezequiel) podría también estar ya presente la invasión de los Partos (téngase presente que, según hemos dicho, las langostas eran relacionadas con los Partos en la tradición judía; cf. Nota de la BJ a 9,3). La séptima trompeta sonará después (11,14-18). El sonido de la trompeta de este séptimo ángel indicará la consumación del Misterio de Dios. Los veinticuatro Ancianos del trono adorarán a Dios porque ha asumido el poder. 88

LAS VISIONES PROFÉTICAS

2.3. INMINENCIA

DEL CASTIGO FINAL (CC.

10-11)

Tras la sexta trompeta, comienza en 10,1 una sección que muchos autores llaman “intermedio”, que precede al toque de la séptima trompeta y que puede considerarse como una transición entre el “Apocalipsis del Día de Yahvé” y el “Apocalipsis de las Bestias y su derrota por el Mesías”. La sección consta de cuatro episodios: las dos escenas del c. 10 están ligadas por la mención del “librito” y forman como una reiteración de la vocación profética de Juan ampliando el horizonte a las naciones. Proclamación angélica sobre la inminencia del castigo final (10,1-7)

10

Vi también a otro ángel poderoso, que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego. 2 En su mano tenía un librito abierto. Puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, 3 y gritó con fuerte voz, como ruge el león. Y cuando gritó, siete truenos hicieron oír su fragor. 4Apenas hicieron oír su voz los siete truenos, me disponía a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que han dicho los siete truenos y no lo escribas.» 5 Entonces el ángel que había visto yo de pie sobre el mar y la tierra, levantó al cielo su mano derecha 6 y juró por el que vive por los siglos de los siglos, el que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto hay en ella, el mar y cuanto hay en él: «¡Ya no habrá dilación!, 7 sino que en los días en que se oiga la voz del séptimo ángel, cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el misterio de Dios, según lo había anunciado como buena nueva a sus siervos los profetas.» 1

Encontramos en primer lugar la Visión del ángel poderoso con un librito en la mano y que proclama la inminencia del fin, es decir, del juicio al toque de la séptima trompeta (10,1-7). El ángel tiene atributos muy elevados (10,1). Aparece como un doble del Hijo del hombre: arco iris; rostro como el sol; piernas como columnas de fuego. El ángel tiene un librito en la mano (10,2a). En seguida veremos su contenido. 89

APOCALIPSIS

La colocación del ángel con un pie sobre el mar y otro sobre la tierra (10,2b) indica la universalidad de su testimonio. El ángel grita, se produce un fragor de truenos (10,3) y el vidente recibe la orden de no escribir el contenido de los truenos (10,4; cf. Dn 8,26;12,4-9). Sigue el juramento del ángel (10,5-7), que se describe con todo detalle. El gesto de levantar la mano derecha (10,5b) está atestiguado en la Biblia (cf. Gn 14,22; Dt 32,39ss; Dn 12,7). La fórmula de juramento (10,6) emplea los apelativos divinos esenciales: «el que vive por los siglos» y «el que creó el cielo... la tierra... y el mar». Observemos los dos elementos de la fórmula de juramento en los textos de Gn 14,22; Dt 32,39 y Dn 12,7. El contenido del juramento es «¡Ya no habrá dilación!» (10,6): anuncio de la consumación del misterio de Dios con el toque de la séptima trompeta (10,7). (Para el término “misterio” cf. Dn 2,18.19.27; Am 3,7 y Rm 16,25.) El anuncio es considerado como “buena nueva”, es decir, como un evangelio que había sido comunicado a los profetas. Aparece así el contenido de esta parte profética del Apocalipsis como un cumplimiento del designio salvador de Dios. Por ello el vidente acudirá continuamente al testimonio profético. El librito devorado (10,8-11) Y la voz del cielo que yo había oído me habló otra vez y me dijo: «Vete, toma el librito que está abierto en la mano del ángel, el que está de pie sobre el mar y sobre la tierra.» 9 Fui hacia el ángel y le dije que me diera el librito. Y me dice: «Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.» 10 Tomé el librito de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel; pero, cuando lo comí, se me amargaron las entrañas. 11 Entonces me dicen: «Tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.» 8

La voz que el vidente ha oído desde el cielo le ordena tomar el librito (10,8). El ángel poderoso le da el librito y le ordena que lo coma: será amargo para las entrañas y dulce para la boca (10,9; cf. Ez 3,3). El vidente ejecuta la orden (10,10) y recibe el mandato de profetizar (10,11): «Tienes que profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes». 90

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Se trata de la misión de Juan: probablemente se refiere al contenido del Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías. Éste es el contenido de esta segunda sección de la parte profética del libro. En ella Jesucristo unas veces es presentado como el Mesías (c. 12), otras como el Cordero (cc. 14-15) y otras como el jinete vencedor en el combate escatológico (cc. 19-20). Los dos testigos (11,1-13)

11

Luego me fue dada una caña de medir parecida a una vara, diciéndome: «Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él. 2 El patio exterior del Santuario déjalo aparte; no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, que pisotearán la Ciudad Santa cuarenta y dos meses. 3 Pero haré que mis dos testigos profeticen durante mil doscientos sesenta días, cubiertos de sayal.» 4 Ellos son los dos olivos y los dos candeleros que están en pie delante del Señor de la tierra. 5 Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos; si alguien pretendiera hacerles mal, así tendría que morir. 6 Éstos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva los días en que profeticen; tienen también poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y poder de herir la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran. 7 Pero cuando hayan terminado de dar testimonio, la Bestia que surja del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. 8 Y sus cadáveres estarán en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado. 9 Y gentes de los pueblos, razas, lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres tres días y medio; no está permitido sepultar sus cadáveres. 10 Los habitantes de la tierra se alegran y se regocijan por causa de ellos, y se intercambian regalos, porque estos dos profetas habían atormentado a los habitantes de la tierra. 11 Pero, pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban. 12 Oí entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: «Subid acá.» Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. 13 En aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron siete mil personas. Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo. 1

91

APOCALIPSIS

Estamos en el intermedio tras la sexta trompeta. Es una sección de transición y comprende las siguientes unidades: a) La mediación del vidente (cf. Ez 40,1-5) del santuario y del altar y los que adoran (10,1), mientras que el patio exterior es dejado a los gentiles para que lo pisoteen (10,2). En el II Baruc (IV-VIII) hay una escena parecida. Según la Biblia de Jerusalén, el Santuario es el grupo de escogidos, y la acción de pisotear la Ciudad Santa es la persecución de Roma contra la Iglesia. De todos modos, no es claro el sentido del simbolismo. Para algunos se trataría de la destrucción de Jerusalén ,que es anunciada previamente (sin otros detalles). Por consiguiente, ello supone que el Apocalipsis (o al menos esta sección) estaría escrito antes del 70. A nuestro entender, y teniendo en cuenta la naturaleza del género apocalíptico, no sería necesario postular una datación del escrito anterior al 70 d.C., aunque la referencia fuera a la destrucción de Jerusalén. b) Misión profética y suerte final de los dos testigos (11,3-11). La sección nos habla de dos figuras misteriosas, denominadas “mis dos testigos”. La duración del testimonio será de 1260 días (es decir, 42 meses, o tres años y medio; 11,3). Seguidamente encontramos la identificación de los dos testigos (11,4) con los dos olivos y los dos candelabros de Za 3,14. Los testigos son invulnerables durante su testimonio (11,5), como Elías (que hizo bajar fuego del cielo; cf. 2 R 1,10). Los poderes de los testigos son cerrar el cielo (11,6a), como Elías (1 R 17,1), o convertir el agua en sangre y herir con plagas (11,6b), como Moisés (Ex 7,17;11,10). Finalmente, los dos testigos serán asesinados por la Bestia que surgirá del Abismo (11,7; cf. Dn 7,21). Sus cadáveres son expuestos en la plaza de la Gran Ciudad (11,8), allí donde su Señor fue crucificado. ¿Se trata de Roma, simbolizada con una alusión a Jerusalén (llamada Sodoma o Egipto)? Las gentes contemplan los cadáveres de los testigos durante tres días y medio (11,9). Se narra el regocijo de los habitantes de la tierra por la muerte de los testigos (11,10). La profecía termina describiendo la resurrección y ascensión al cielo de los dos testigos (11,11-12). Es como el preludio y el símbolo de la misión profética de la Iglesia y de su destino (compartir la suerte de su Señor: muerte y resurrección). El acontecimiento está acom92

LAS VISIONES PROFÉTICAS

pañado de los siguientes sucesos: signos (terremoto), destrucción de la décima parte de la ciudad y reacción de los supervivientes (cf. espanto y dar gloria a Dios en 11,13). Es el segundo Ay. ¿Quienes son los dos testigos? Las respuestas son muy variadas. Unos piensan en personajes escatológicos (Elías y Henoc; o Elías y Moisés) que vendrán al final de la historia. Otros autores opinan que se trata de personajes de la primera comunidad cristiana. No faltan quienes piensan en el testimonio profético colectivo de la Iglesia durante la historia (Prigent). Las figuras de referencia en el AT son claramente Elías y Moisés (de las que una tradición afirmaba que se harían presentes en los días del Mesías (cf. poema de las cuatro noches en el Targum Neófiti a Ex 12,42). No está claro a qué figuras del NT se refiere el autor (si es que deben interpretarse así). Parece que debe excluirse a Jesús, por la frase de 11,8 «allí donde también su Señor fue crucificado», puesto que con esta expresión se distingue entre los testigos y el Señor (a no ser que se considere esta frase como glosa –cf. nota de BJ a 11,8–). Además, es difícil suponer que Jesús sea testigo de sí mismo (en el Apocalipsis se habla continuamente del creyente o del vidente que da “testimonio de Jesucristo”; cf. 1,1.9). Jesucristo da testimonio del contenido del libro (22,20). Como personas concretas del NT que podrían ser aludidas en la identificación de los dos testigos podemos indicar las siguientes: Juan Bautista (identificado con Elías en el NT). Esteban, el primer martirizado. Los dos Santiagos (el Mayor y el pariente del Señor), martirizados en Jerusalén. Pedro y Pablo, martirizados por Nerón en Roma. Algún autor aduce, como posibles referencias a estos personajes, la profecía de Jesús, hijo de Ananías, y el martirio de Santiago el hermano del Señor, aunque sin pretender que tales sean exactamente los personajes aludidos en el Apocalipsis. El conjunto del c. 11 puede considerarse como una introducción a la segunda sección de la parte apocalíptica: serían los personajes precursores del drama escatológico. Algunos autores piensan que podría ser una unidad independiente (y la consideran como paréntesis o apéndice). 93

APOCALIPSIS

La séptima trompeta (11,14-19) El segundo ¡Ay! ha pasado. Mira que viene en seguida el tercero. 15 Tocó el séptimo ángel... Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: «Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.» 16 Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: 17 «Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, `Aquel que es y que era’, porque has asumido tu inmenso poder para establecer tu reinado. 18 Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu ira y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.» 19 Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos y fragor y truenos y temblor de tierra y fuerte granizada. 14

Se proclama el contenido del texto una vez cumplido el segundo Ay (11,14a). Según la Biblia de Jerusalén, el segundo Ay habría sido descrito en 9,15-19 (lo cual indicaría el carácter de intermedio de 10,1-11,13). Se anuncia la inminente venida del tercer Ay (11,14b), que, según la Biblia de Jerusalén, sería la caída de Babilonia (c. 17-18). El séptimo Ángel toca la trompeta y se oyen fuertes voces (11,15a). La sección abarca una serie de escenas de gran alcance teológico. a) Proclamación del Reinado de Dios y de Cristo: «Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos» (11,15b). Esta proclamación pone de relieve el tema central del Apocalipsis: la instauración del reinado de Dios, que es a la vez el reinado del Mesías. Ese reinado llega con la venida del Mesías y es consumado con la intervención definitiva en la segunda venida; es un reinado sobre el mundo, es decir, sobre la humanidad histórica, y trae consigo el juicio: salvación para los fieles y condenación para los seguidores de la Bestia. Será un reinado eterno (por los siglos de los siglos). 94

LAS VISIONES PROFÉTICAS

b) La adoración de los Ancianos (11,16). El gesto de levantarse del trono, postrarse rostro en tierra y adorar es el reconocimiento de la infinita soberanía de Dios. El gesto de adoración se hace “palabra” en el cántico que pronuncian. c) El cántico de los veinticuatro ancianos (11,17-18). El contenido es la acción de gracias a Dios, a quien se nombra con la fórmula «Señor, Dios todopoderoso, Aquel que es y que era» (cf. 1,4). El motivo es porque «Has asumido tu inmenso poder para establecer tu reinado» (11,17). La instauración del reinado de Dios aparece de nuevo como el motivo central de la acción de gracias de los veinticuatro Ancianos. Para ello Dios ha desplegado su inmenso poder. Ante la rebelión de las naciones contra el pueblo de Dios, contra su Iglesia, ha llegado el momento de la intervención divina (la ira de Dios). Seguidamente el reinado de Dios se describe con las características del Día de Yahvé, que comprende la hora del juicio de los muertos y la hora de la recompensa para los justos, y la intervención para destruir a los que destruyen la tierra (11,18). La apertura del Santuario en el cielo y la aparición del arca de la alianza y los relámpagos, el fragor de truenos, temblor de tierra y fuerte granizada indican la inminente intervención divina (11,19; cf. IV Esdras 3,14: «y tu gloria pasó por las cuatro puertas: fuego, terremoto, viento y frío»). Va a empezar una nueva parte del Apocalipsis. ¿Cómo concebir el establecimiento del Reinado de Dios que ahora se anuncia?. ¿Son los dolores del mundo, representados con los sellos y las trompetas, los dolores de parto de una nueva creación? La respuesta la da el conjunto del libro. El reinado de Dios definitivo tendrá su culminación en el cielo, tras la resurrección y juicio universales y la condenación de los malvados. Pero ese reinado tiene ya una primera realización en el establecimiento del pueblo de redimidos con la sangre de Cristo (cf. 1,5-6; 5,9-10). Mensaje de esta primera sección del Apocalipsis del Día de Yahvé sobre los destinos del mundo La sección del Apocalipsis que acabamos de comentar (cc. 4-11) es solamente una parte del conjunto. El autor ha querido indicarnos que la visión profética sobre la intervención divina castigando el mal 95

APOCALIPSIS

y premiando el bien tendrá su cumplimiento. Es el Día de Yahvé anunciado por los profetas. Dios pedirá cuentas a los malvados de la sangre de los justos y establecerá su reinado de justicia mediante la victoria sobre el mal. Es, pues, un mensaje de fe y de esperanza. En la segunda sección apocalíptica (“El Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías”) veremos los acontecimientos del fin desde la perspectiva de la Iglesia (los destinos de la Iglesia). El Apocalipsis concluirá con la visión de la Jerusalén celestial, en que se consumará el designio divino Salvador. En cualquier caso, al final de esta sección de los sellos y las trompetas, nos preguntamos: ¿cuál es la razón profunda de esta visión apocalíptica sobre los castigos destinados al mundo en sus últimos momentos? ¿No es acaso una perspectiva contraria a la visión optimista de la Ilustración como progreso indefinido del hombre guiado por la razón y la ciencia? Digamos, en primer lugar, que la Apocalíptica, heredera de la profecía, ha proclamado la certeza de que el mal habría de ser vencido por el bien y que el mundo pecador tendría su fin y su castigo merecido. Sin duda, esta convicción es pesimista en relación con el destino del mundo presente pecador, pero está abierta a la esperanza del mundo futuro (para la salvación de los justos). En este sentido, la apocalíptica difiere esencialmente de las concepciones pesimistas de la postmodernidad, concretamente del nihilismo que considera el mundo como sin sentido y absurdo. Asimismo está distante de la corriente del “pensamiento débil”, que rehuye apoyarse en verdades permanentes y consistentes. La apocalíptica cree firmemente en el Dios creador y en el Dios justo y, en consecuencia, en la victoria de la justicia sobre la iniquidad; cree en la redención de Cristo y en el triunfo del testimonio cristiano. El Apocalipsis de Juan indica que las calamidades son una invitación a la conversión y que, en consecuencia, Dios quiere la salvación de los hombres. La descripción de la Jerusalén celestial (cc. 21-22) y su anticipación en la visión de 7,9-17 nos indica que Dios ha ofrecido a la humanidad lavar sus pecados con la sangre de Cristo y ha creado al hombre para llevarlo a la comunión eterna. 96

LAS VISIONES PROFÉTICAS

3. APOCALIPSIS DE LAS BESTIAS Y DE SU DERROTA POR EL MESÍAS (cc. 12-20) VISIÓN DE CONJUNTO DEL DRAMA ESCATOLÓGICO En esta sección del Apocalipsis, segunda de la parte profética, se desarrolla el drama de la lucha de Satanás contra la Mujer y su descendencia (el Mesías y el resto de la descendencia de la Mujer). Las etapas principales de este drama se enumeran a continuación:

· c. 12: visión de la Mujer, de su Hijo (Mesías) y del Dragón. Mujer:

· ·

· ·

·

Iglesia en figura de la Madre del Mesías. En contraposición, la visión del Dragón que acecha a la Mujer y que es arrojado del cielo por Miguel y sus ángeles. c. 13: visión de las Bestias. La primera Bestia sale del Mar; la segunda, de la tierra. Ataque de las Bestias a Dios y a su pueblo. cc. 14-16: el juicio divino. Visión del Cordero en Sión con su acompañamiento: los 144.000 fieles (el contraataque). El juicio divino es proclamado por las voces angélicas. Se realiza la siega y la vendimia. El cántico de Moisés y del Cordero ensalza los juicios divinos. Los marcados por la Bestia son castigados por las siete copas y no se arrepienten. cc. 17-18: caída de Babilonia. Su arrogancia es el nuevo símbolo del imperio perseguidor = Roma pagana. Llanto por Babilonia. cc. 19-20: los aleluyas por la caída de Babilonia. El fin: el ataque definitivo. El primer combate escatológico. Satanás ataca y el Jinete ataca. Victoria del Jinete. El milenio. El segundo combate escatológico: Gog y Magog atacan. Dios derrota mediante el fuego. cc. 21-22: la Jerusalén celestial.

3.1. VISIÓN

12

DE LA

MUJER,

DE SU

HIJO

Y DEL

DRAGÓN (12,1-17)

Un gran signo apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; 2 está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. 3 Y apareció otro signo en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. 4 Su cola arrastra la tercera parte de las 1

97

APOCALIPSIS

estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. 5 La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. 6 Y la Mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días. 7 Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, 8 pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. 9 Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. 10 Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. 11 Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte. 12 Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha bajado a vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.» 13 Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. 14 Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo. 15 Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente. 16 Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón. 17 Entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús. Nos hallamos ante un escenario en el que percibimos el ataque de los poderes hostiles a la Iglesia. El c. 12 del Apocalipsis ocupa un lugar central en este misterioso libro. Hasta aquí hemos encontrado, 98

LAS VISIONES PROFÉTICAS

en los 11 capítulos que lo preceden, además del saludo y de la visión introductoria (c. 1) y las Cartas a las 7 Iglesias (cc. 2-3), la visión del Trono de Dios (c. 4) y del Cordero sacrificado (c. 5), y el doble septenario de los sellos (cc. 6-7) y de las trompetas (cc. 8-11). En estos dos septenarios hemos contemplado ya la representación que el Apocalipsis se hace de los destinos del mundo, especialmente de los castigos que esperan a la humanidad pecadora. Es el contenido de la primera sección de la parte profética del Apocalipsis, sección que hemos llamado “Apocalipsis del Día de Yahvé”, porque se inspira en las visiones y oráculos de los profetas que anunciaban el Día de Yahvé como la intervención divina definitiva, castigando a los malvados e instaurando la justicia en el mundo. El Día de Yahvé había sido proyectado a los últimos días en la tradición apocalíptica. En el septenario de las trompetas están intercalados la visión del librito devorado y de los dos testigos. El sonido de la séptima trompeta y la proclamación del reinado de Dios (11,14-18) indican que estamos en un punto culminante. Va a comenzar el drama final. El autor, tras hacernos asistir (al final del c. 11) a la contemplación del Santuario de Dios en el cielo y del arca de su alianza en el Santuario (11,19a), nos marca la transición hacia una nueva parte del libro con la indicación típica «Se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada» (Ap 11,19b). En la segunda sección de la parte profética, es decir, en los cc. 12-20, la representación del fin cambia de modelo. El autor toma como esquema fundamental de esa representación la lucha entre las fuerzas del bien y del mal, personificadas estas últimas en las Bestias, es decir, los imperios idólatras perseguidores del Cristianismo. Esta sección es la que hemos llamado “Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías”. El autor se inspira básicamente en la visión de Dn 7 sobre las Bestias y el Hijo del hombre, y en Gn 3,15, que representa la lucha entre la serpiente y su descendencia, de una parte, y la Mujer y su Hijo, de otra. La visión del c. 12 tiene como finalidad indicarnos los personajes de ese drama final. A) Estructura del c. 12 La disposición del material es muy sencilla. He aquí los principales elementos: 99

APOCALIPSIS

· · · ·

Visión de la Mujer (12,1-2). Visión del Dragón (12,3-4a). La serpiente acecha a la Mujer (12,4b). La Mujer da a luz al Hijo (Mesías) que es arrebatado al cielo y Ella huye al desierto (12,5-6). · Batalla entre Miguel y el Dragón y derrota de éste (12,7-9). · Cánticos de victoria (12,10-12). · La serpiente persigue a la Mujer (sin lograr hacerle daño) y hace la guerra a sus hijos (12,13-17). B) Exposición más detallada Para la inteligencia del Apocalipsis es necesario examinar con alguna detención el alcance de las visiones y de los símbolos; asimismo intentar la identificación de los personajes a que estos símbolos se refieren. a) Visión de la Mujer (12,1-2). Se habla de un gran signo. Ese signo es una Mujer, que aparece aquí con las connotaciones de ser humano en su dignidad y belleza, don del Creador (cf. Gn 2-3). El primer plano de la representación son los elementos astrales (sol, luna, estrellas). El simbolismo es claro. La Mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies representa el don de Dios. Sin duda la luz simboliza la gracia: llena de gracia. La corona de doce estrellas sobre su cabeza une el simbolismo de la realeza (corona) y el simbolismo de la luz. Como las doce estrellas simbolizan el pueblo de Dios, podemos hablar de la Mujer coronada con el pueblo de Dios (como Madre o como Reina). El segundo plano de la representación de la Mujer son los signos de maternidad. La Mujer está encinta y grita con dolor de parto y con el tormento de dar a luz (12,2). Esas señales de maternidad se aclaran en el v. 4: esa Mujer es la madre del Mesías. Así pues, esta Mujer, cuyos rasgos se precisan todavía más en el resto del capítulo, representa a la Iglesia en figura de María, la madre del Mesías. Está llena de la gracia divina y personifica al pueblo de Dios (corona de doce estrellas). Su maternidad es dolorosa, como la Cruz de su Hijo. 100

LAS VISIONES PROFÉTICAS

b) Visión del Dragón (12,3-4a). Se habla de una gran serpiente roja (12,3a). El Dragón o la Serpiente es el símbolo del Tentador, es decir, de Satanás (Gn 3). El color rojo, en este caso, simboliza el ansia de sangre (véase más adelante 17,6). La Serpiente tiene siete cabezas y diez cuernos, y siete diademas sobre las cabezas (12,3b). Se anticipa ya el simbolismo de los números, que aparecerán después como características de la Bestia (Roma; cf. 17,1ss). Se trata de un poder y fuerza imponentes, y de la pretensión de reinar. Es la fuerza del mal: el reinado del mal. La Serpiente arrastra con su cola la tercera parte de las estrellas del cielo y la precipita sobre la tierra. Con ello se alude a la caída de los ángeles malos, arrastrados por Satanás; véase Dn 8,10, donde la expresión se emplea en un contexto diferente y se aplica al pueblo de Dios. c) La serpiente acecha a la Mujer (12,4b). La serpiente se detuvo delante de la Mujer para devorar a su Hijo en cuanto lo diese a luz. La postura de asechanza del Dragón respecto de la Mujer recuerda sin duda el oráculo de Gn 3,15. La interrelación de ambos símbolos (Mujer y Serpiente) muestra el carácter dramático del conjunto. El diablo trata de impedir la salvación de la humanidad, salvación que es obra divina por medio del Mesías. d) La Mujer da a luz al Mesías que es arrebatado al cielo mientras que ella huye al desierto (12,5-6). La Mujer encinta da a luz. Ella es la Madre del Mesías. El Hijo varón que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro (cf. Sal 2,9) es indudablemente el Mesías. El Hijo es arrebatado al cielo hasta Dios y hasta su trono: es la victoria de Cristo. La ascensión es el único rasgo que se evoca (en el cántico de 12,10-12 tras la victoria de Miguel sobre el Dragón se hablará de una victoria martirial). La Mujer huye al desierto (alas de águila), donde es alimentada con el Maná durante mil doscientos sesenta días (cf. más adelante 12,13ss). Las alas de águila y la mención del Maná contienen tal vez una alusión o referencia a la Oración y a la Eucaristía. Se trata sin duda de la protección divina en el tiempo de la peregrinación de la Mujer (que es el tiempo de la persecución del Dragón). 101

APOCALIPSIS

e) Batalla entre Miguel y el Dragón (12,7-9). Tras la subida del Hijo de la Mujer hasta el trono de Dios, se nos narra una batalla entre Miguel y sus ángeles contra la Serpiente y sus ángeles: la serpiente es arrojada del cielo a la tierra (con sus ángeles). Es una forma de simbolizar que Cristo triunfante ha vencido a Satanás. Esta batalla es una figuración de la victoria martirial de Cristo sobre el diablo (mediante la muerte de Cristo es juzgado el Príncipe de este mundo: Jn 12,31). Esta visión se expresa en seguida mediante una proclamación. f) Cántico de victoria: La derrota de la Serpiente y la llegada del reinado de Dios y de Cristo son cantados por una fuerte voz en el cielo (12,10-12). En este momento escuchamos una fuerte voz que interpreta el acontecimiento. La estructura del canto es sencilla: consta de proclamación, motivo y consecuencia.

· Proclamación del reinado de Dios y de su Cristo: «Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: `Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (12,10a; cf. 11,15). Esta nueva proclamación del cumplimiento (“ahora ha llegado”) menciona en primer lugar la salvación. El triunfo de Miguel sobre el Dragón es resultado de la redención del Hijo de la Mujer. Con la ascensión de Cristo, culminación de la Pasión-Resurrección, llega la salvación para la humanidad. Junto a la salvación se indica “el poder”. La obra redentora es la actuación del Todopoderoso contra las fuerzas del Mal. Seguidamente se proclama la llegada del “Reinado de Dios y de la potestad de su Cristo”. La fórmula es equivalente de la que hemos visto en 11,15. Se trata de la instauración del reinado de Dios, que se hace realidad mediante la actuación de la potestad de Cristo. · El motivo para la proclamación de la victoria es en primer lugar el hecho de que el acusador ha sido expulsado del cielo (12,10b). Con la obra redentora de Cristo, expresada simbólicamente en la victoria de Miguel sobre el Dragón, éste queda derrotado y arrojado del cielo (cf. Jn 12,31). Aquí el Dragón es calificado como “el acusador de nuestros hermanos”. Ésa era una de las funciones de Satanás. Es difícil saber a qué se refiere el autor; ¿se trata de incitar a Dios a poner a prueba a los cristianos? Se describe a continuación la victoria de los mártires sobre Satán por la sangre del Cordero (12,11). 102

LAS VISIONES PROFÉTICAS

· Finalmente se invita a la alegría en el cielo y se hace una advertencia a la tierra. La visión deja entender que el diablo mantiene la permisión de perseguir a la Mujer y al resto de sus hijos (se sobreentiende que el Hijo ya está victorioso en el cielo; 12,12). g) La serpiente persigue a la Mujer y a sus hijos (12,13-17). La serpiente, arrojada a la tierra, persigue a la Mujer (12,13ss), pero sin poder nada contra ella. La Mujer recibe alas de águila para volar al desierto y es alimentada con un manjar misterioso (tal vez tenemos una alusión a la Eucaristía). Se indica así, sin duda, el privilegio de la Mujer: la protección divina contra las asechanzas de la serpiente. Despechada la serpiente contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos (12,17). Como se ve, el contenido del c. 12 se puede dividir en siete secciones o escenas, cosa que cuadra bien con los gustos del autor del Apocalipsis. C) El drama de la historia y la victoria del Mesías sobre Satanás, contenido fundamental de Ap 12 Como puede verse, el maravilloso cuadro de Ap 12 es una actualización (derás) sobre el texto bíblico fundamental de Gn 3,15 («Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar»). La mención de la guarda de los mandamientos en el v. 17 muestra que Gn 3,15 es empleado siguiendo el Targum Palestinense. Recordemos que en este lugar targúmico aparecen los siguientes elementos: mención del Día del Rey Mesías; la serpiente no tendrá cura; curación de los hijos de la Mujer; mención de la guarda de los mandamientos. Está claro, pues, que en Ap 12 tenemos la interpretación mesiánica de esta profecía y la aplicación a Cristo y a su Madre, de una parte, y a Satanás y sus ángeles, de otra. La actividad del Diablo contra la humanidad y su derrota por el Mesías, hijo de la Mujer, es el elemento principal de la acción. El signo (semeion) de la Mujer (Madre del Mesías e Iglesia) y el signo (semeion) del Dragón (que dará el poder a la Bestia) son una magnífica representación global de los protagonistas. De una parte está el Mesías y su Madre (la Iglesia incluyendo a María), juntamen103

APOCALIPSIS

te con el resto de la descendencia de la Mujer; de otra, el Dragón y los suyos (que en seguida se describirán como las Bestias y sus seguidores). D) ¿Quién es la mujer? Dejando bien sentado que el Mesías, nacido de la Mujer, es el elemento central de referencia, debemos preguntarnos ahora: “¿Quién es la Mujer?”. Los exegetas se dividen. Según unos, se trata de María; según otros, aquí se habla de la Iglesia. Veamos los argumentos en favor de estas opiniones. a) María, Madre del Mesías. Ciertamente María es llena de gracia (sol y luna); ella es el Israel fiel (corona de doce estrellas); es Madre del Mesías; ha sufrido los dolores del Calvario (cf. 19,25-27). María es victoriosa de la Serpiente gracias a su maternidad mesiánica. Algunos le aplican simbólicamente la huida al desierto; también se puede afirmar que el diablo nada pudo contra ella. La Liturgia y las proclamaciones dogmáticas de la Inmaculada y la Asunción utilizan los textos de Gn 3,15 y Ap 12. Con todo, algunos detalles no cuadran. Así por ejemplo:

· La corona de doce estrellas cuadraría mejor con la Mujer como pueblo de Dios.

· Las alas del águila para huir al desierto y el alimento del maná durante 1260 días recuerdan al pueblo de Dios llevado como sobre alas de águila al desierto (cf. Ex 19,2-3; Dt 32,10) y alimentado con el maná (Ex 16). · La Mujer en IV Esdras (visión cuarta, 9,26 - 10,59) representa a Sión y hace pensar en la Iglesia. b) La Iglesia, Madre del Mesías. Ciertamente la figura de la Mujer cuadra con la Iglesia. El pueblo de Dios es representado bajo la forma de Mujer: Sión (cf. Is 26,17-18; cf. IV Esdras, según hemos dicho más arriba). La Iglesia tiene la gracia santificante (luz del sol y de la luna); es el Pueblo de Dios (corona de doce estrellas); es Madre del Mesías (hasta que Cristo se forme en nosotros: Ga 4,19). También debe afirmarse que la Iglesia es victoriosa de la Serpiente por la redención de Cristo (cf. 12,11). 104

LAS VISIONES PROFÉTICAS

El símbolo de la huida al desierto cuadra con la Iglesia: protección divina en la tribulación. Asimismo los simbolismos de las alas de águila (oración) y del maná (eucaristía) son aplicables a la Iglesia. Pero no todo cuadra con la Iglesia. Así por ejemplo:

· La Iglesia no puede decirse plenamente Madre del Mesías. · La Iglesia no está al abrigo de las asechanzas (no es plenamente Inmaculada). Síntesis: todo lo que no cuadra con María sola, cuadra con María incluyendo la Iglesia; todo lo que no cuadra con la Iglesia sola, cuadra con la Iglesia incluyendo María. Podemos pues hablar de: La Iglesia en figura de María o de María en figura de la Iglesia. E) Contenido teológico de Ap 12 Como acabamos de ver, estamos ante un capítulo clave en el libro:

· Dimensión teológica: se proclama el Reinado de Dios y de su Cristo.

· Dimensión cristológica: el Mesías nacido de la Mujer que es arrebatado el cielo. Se proclama su reinado.

· Dimensión eclesiológica: la Mujer es el pueblo de Dios perseguido, refugiado en el desierto y alimentado con el maná. Se canta la victoria de los mártires por la sangre del Cordero. · Dimensión mariológica: la Mujer, madre del Mesías, contiene una alusión indudable a la Madre de Jesús. · Dimensión soteriológica: se proclama la salvación de Dios. · Dimensión escatológica: la lucha de Miguel y sus ángeles contra el Dragón y los suyos termina con la victoria de las fuerzas del Bien. 3.2. VISIÓN

DE LAS

BESTIAS (12,18 - 13,18)

El Dragón transmite su poder a la Bestia (12,18 – 13,10) 18

Yo estaba en pie sobre la arena del mar.

13

Vi entonces surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas, y en sus cuernos diez diademas, y en sus cabezas títulos blasfemos. 2 La Bestia que vi se parecía a un leo1

105

APOCALIPSIS

pardo, con las patas como de oso, y las fauces como fauces de león: y el Dragón le dio su poder y su trono y gran poderío. 3 Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero su llaga mortal se le curó; entonces la tierra entera siguió maravillada a la Bestia. 4 Y se postraron ante el Dragón, porque había dado el poderío a la Bestia, y se postraron ante la Bestia diciendo: «¿Quién como la Bestia? ¿Y quién puede luchar contra ella?» 5 Le fue dada una boca que profería grandezas y blasfemias, y se le dio poder de actuar durante cuarenta y dos meses; 6 y ella abrió su boca para blasfemar contra Dios: para blasfemar de su nombre y de su morada y de los que moran en el cielo. 7 Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. 8 Y la adorarán todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito, desde la creación del mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado. 9 El que tenga oídos, oiga. 10 El que a la cárcel, a la cárcel ha de ir; el que ha de morir a espada, a espada ha de morir. Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos. [El falso profeta al servicio de la Bestia (13,11-18)] Vi luego otra Bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como una serpiente. 12 Ejerce todo el poderío de la primera Bestia en servicio de ésta, haciendo que la tierra y sus habitantes adoren a la primera Bestia, cuya herida mortal había sido curada. 13 Realiza grandes signos, hasta hacer bajar ante la gente fuego del cielo a la tierra; 14 y seduce a los habitantes de la tierra con los signos que le ha sido concedido obrar al servicio de la Bestia, diciendo a los habitantes de la tierra que hagan una imagen en honor de la Bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió. 15 Se le concedió infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar la imagen de la Bestia y hacer que fueran exterminados cuantos no adoraran la imagen de la Bestia. 16 Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, 17y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre. 18 ¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666. 11

106

LAS VISIONES PROFÉTICAS

En este c. 13, el vidente nos hace asistir al desarrollo de la confrontación. Es el ataque de los poderes hostiles: la Bestia del mar y la Bestia de la tierra. A) La Bestia que surge del mar (13,1-10) El vidente se encuentra de pie sobre la arena del mar (12,18) y tiene una doble visión. En primer lugar ve una Bestia que surge del mar (13,1-2). Esta nueva visión es la tercera después de la doble visión del c. 12. Ahora la serpiente transmite su poder a la Bestia. Distinguimos los siguientes elementos: a) Descripción de la Bestia (13,1-2a). Es una acumulación de elementos tomados de Dn 7: leopardo con patas como de oso y fauces como de león (cf. Dn 7,4-6). Se trata de una síntesis de todo el poder bestial adverso a Dios. La representación, al ser una concentración de las cuatro Bestias de Dn 7, pone de relieve que la Bestia es la encarnación de los imperios idólatras perseguidores del pueblo de Dios. El autor tiene presente, sin duda alguna, al Imperio Romano, concretamente a la figura del emperador Nerón. El culto al emperador aparece reflejado en los actos de postración y adoración a la Bestia. b) El Dragón transmite su poder a la Bestia (13,2b). El símbolo sirve para expresar el origen diabólico y bestial del poder político autodivinizado. c) Herida y curación (13,3). Este elemento es de gran importancia para el autor. Se trata de la herida mortal de una de las siete cabezas de la Bestia. Este hecho aparece como causa del seguimiento de la tierra entera a la Bestia. La curación de la herida aparece también en 13,12 como motivo de la propaganda que la segunda Bestia hace en favor de la adoración a la primera Bestia. En 13,14 se indica que, a pesar de que la herida fue por espada, acabó reinando. La identificación de esta cabeza de la Bestia ha sido objeto de numerosas especulaciones entre los exegetas. ¿Alusión a la leyenda de Nerón redivivo? (cf. 13,18). d) Exaltación de la Bestia atribuyéndole prerrogativas divinas (13,4). Las expresiones ponen de manifiesto la arrogancia blasfema de la Bestia. Las fórmulas “¿Quién como la Bestia?” y “¿Quién puede 107

APOCALIPSIS

luchar contra ella?” son una parodia de la exaltación divina “¿Quién como Dios?” que es el contenido del nombre Miguel (hebreo mî ka’el). e) Limitación del poder de la Bestia (13,5b) El poder de actuar está limitado a cuarenta y dos meses (es decir, tres años y medio o, lo que es lo mismo, 1260 días). Éste es el tiempo que en el libro de Daniel (7,26) aparece como duración de la persecución de Antíoco Epífanes. Con ello se indica que la actividad de la Bestia está sometida al poder de Dios. Nos preguntamos: ¿Por qué Dios permite esa actividad de la Bestia que, como advertimos en el verso siguiente, es tan dañina para el pueblo de Dios? La respuesta a esta pregunta entra en el misterio del gobierno de Dios sobre el mundo. En todo caso, podemos indicar que la persecución es el crisol donde se prueba la paciencia y la fidelidad de los justos. f) Actividad de la Bestia Persecución a los santos, a los que vence. Pero se trata solamente de una victoria parcial (la muerte corporal, en el martirio; 13,5-7). Aquí aparece la función del símbolo como explicación del origen de la persecución de los cristianos. g) Adoración a la Bestia (13,8) La Bestia es el símbolo del poder idólatra. La Bestia adquiere el poderío sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Los adoradores son todos aquellos que no están inscritos en el libro de la vida del Cordero degollado. Sigue el mensaje críptico de 13,9-10. En la nota de la BJ 13,11 se dice que la primera Bestia son los falsos mesías. Sobre la marca de la Bestia, cf. más adelante 13,18. B) La Bestia que surge de la tierra (13,11-18) Junto a la Bestia que sube del mar, el vidente contempla una Bestia que surge de la tierra y ejerce el poder de la primera Bestia, al servicio de ella. Es la propaganda del culto imperial. Su poder llega hasta la tiranía (13,16-17). Es la cuarta visión de esta segunda sección de la parte profética. La segunda Bestia tiene apariencia de cordero y lengua de serpiente (13,11). Este símbolo sirve para expresar la actividad de los 108

LAS VISIONES PROFÉTICAS

falsos profetas del culto imperial. Más adelante, en 16,13, se habla del “Falso Profeta”. Se describe a continuación la actuación al servicio de la primera Bestia. Se concreta en señales portentosas para la adoración de la misma (13,12-15a). Son las manifestaciones propagandísticas. El autor habla de “signos” (13,14a), que evidentemente son fruto de la magia (como en Egipto; cf. Ex 7,8-12). Asimismo se habla de la erección de una estatua (13,14b), que nos recuerda la estatua de Nabucodonosor de Dn 2. Era esta estatua símbolo del culto imperial; pero, si la frase «la Bestia que, teniendo la herida de la espada, revivió» se refiere a la leyenda de Nerón redivivo, encontramos también quizá una parodia con la Resurrección de Cristo. En 13,15a se habla de que al falso profeta se le concede infundir el aliento a la imagen de la Bestia, de suerte que pudiera incluso hablar. Todo ello forma parte de la parodia que la propaganda del Falso Profeta inventa para exaltar a la primera Bestia. Seguidamente se menciona la persecución a los no adoradores (13,15b). El autor nos informa sobre la marca de la Bestia (13,16-18). Esa marca en la mano derecha o en la frente (13,16) es asimismo una parodia de la marca en la frente de los redimidos que hemos visto en el c. 7 y que en seguida veremos en 14,1. Se trata de una señal de pertenencia a la Bestia, una especie de carné que abre las puertas para comprar y vender (13,17), es decir, para moverse en el imperio idólatra. La sección termina (13,18) con la identificación de la Bestia en clave numérica: 666. Sin duda se trata de Nerón (o de una manera más general: César): «Tanto en griego como en hebreo, cada letra tenía un valor numérico correspondiente a su puesto en el alfabeto. La cifra de un nombre es el total de sus letras. Aquí 666 sería CésarNerón (letras hebreas); 616 (var.), César-Dios (letras griegas)» (nota de la BJ a 13,18). Tenemos, pues, presentada la que ha sido llamada la trinidad infernal: el Dragón, la Bestia del mar y la Bestia de la tierra. Los cristianos, que se oponen al culto imperial y adoran al único Dios verdadero, van a ser objeto de una persecución hasta la muerte. Está descrito el destino de la Iglesia perseguida. La persecución es, con todo, limitada. Recordemos que el libro de Daniel había expresado la duración limitada de la persecución de Antíoco Epífanes (Dn 7,26). 109

APOCALIPSIS

3.3. EL

JUICIO DIVINO (CC.

14-16)

El acompañamiento del Cordero (14,1-5)

14

Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. 2 Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. 3 Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra. 4 Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Éstos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, 5 y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha. 1

En el c. 13 hemos visto el despliegue de las fuerzas del mal. Ahora vamos a asistir a la intervención divina para aniquilar el mal: el Cordero pone en marcha el contraataque a las Bestias. De esa manera se va desvelando en su profundidad el drama del Apocalipsis. Esta iniciativa divina aparecerá en la visión del Cordero sobre el Monte Sión, en las proclamaciones angélicas, en la siega y la vendimia y sobre todo en las siete copas. La caída de Babilonia (cc. 17-18) y el doble combate escatológico (cc. 19-20) culminará esta ofensiva divina. El Cordero y su acompañamiento sobre el monte Sión (cuarta señal): cántico nuevo de los rescatados como primicias (14,1-5). En contraposición a la visión de las Bestias del c. 13, el vidente contempla ahora (¿visión o quinta señal?) un cuadro de carácter bien distinto. Ve sobre el monte Sión al Cordero, y con él a los 144.000 mencionados en el c. 7. Éstos son los que llevan escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre (14,1). Cantan el cántico nuevo de la victoria. Son vírgenes por su fidelidad a Dios. La Biblia de Jerusalén pone como referencia paralela a esta sección la perícopa 7,1-8 (los 144.000 rescatados y preservados). En primer lugar (14,1-2) Juan ve al Cordero de pie sobre el monte Sión. Los dos símbolos son significativos. El Cordero es Jesucristo, el 110

LAS VISIONES PROFÉTICAS

que se apareció como Hijo del hombre al vidente en el c. 1 y cuya intervención en los siete sellos vimos en los cc. 5-7. El monte Sión representa el ámbito del Reinado de Dios. Junto al Cordero están los 144.000 que llevan en la frente el nombre del Cordero y de su Padre. Es la marca de Dios (el sello, ya sea el bautismo o la elección), como los adoradores de la Bestia llevaban la marca de la Bestia. La visión va acompañada de elementos auditivos (14,2): ruido de aguas, truenos y cánticos de cítaras. El cántico nuevo (14,3) resuena ante el trono, ante los cuatro Vivientes y los Ancianos. Es un canto exclusivo de los rescatados, de los redimidos (cf. Ex 15,1-21 y Ap 15,3-4). La descripción de los 144.000 (14,4-5) abarca los siguientes elementos:

· La virginidad: no se han manchado con mujeres (14,4a). Es curioso que la virginidad, que se concebía más bien como algo propio de la mujer, aquí se aplique a los hombres. En realidad se trata de una alusión a la fidelidad a Dios, sin dejarse llevar por la idolatría. Por consiguiente, vírgenes son los que no han adorado a la Bestia. Son hombres y mujeres. ¿Son igual que los 144.000 del c. 7?; ¿son los mártires?. Ciertamente es el Nuevo Pueblo de Dios, una comunidad virgen que se prepara para las Bodas del Cordero. · Siguen al Cordero. Son su acompañamiento (14,4b). · Han sido rescatados de entre los hombres. Son las primicias (14,4c): a ellos seguirá una muchedumbre inmensa. · No han mentido («en su boca no se encontró mentira», 14,5; cf. Nm 23,21). (En el Targum el término “mentira” se emplea para designar el culto a los falsos dioses.) La función de esta visión (para algunos la quinta de un septenario de señales y visiones) es presentar los personajes y elementos del contraataque, es decir, del juicio divino sobre las Bestias mediante la intervención del Mesías. Los ángeles anuncian la hora del Juicio (14,6-13). Luego vi a otro ángel que volaba por lo alto del cielo y tenía una buena nueva eterna que anunciar a los que están en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. 7Decía con fuerte voz: «Temed a Dios 6

111

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y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua.» 8 Y un segundo ángel le siguió diciendo: «Cayó, cayó la gran Babilonia, la que dio a beber a todas las naciones el vino del furor.» 9 Un tercer ángel les siguió, diciendo con fuerte voz: «Si alguno adora a la Bestia y a su imagen, y acepta la marca en su frente o en su mano, 10 tendrá que beber también del vino del furor de Dios, que está preparado, puro, en la copa de su ira. Será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos ángeles y delante del Cordero. 11 Y la humareda de su tormento se eleva por los siglos de los siglos; no hay reposo, ni de día ni de noche, para los que adoran a la Bestia y a su imagen, ni para el que acepta la marca de su nombre.» 12 Aquí se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. 13 Luego oí una voz que decía desde el cielo: «Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí –dice el Espíritu–, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.» Estamos ante el anuncio del juicio. La sección del juicio divino de aniquilación de los poderes hostiles (14,6 - 19,21) había empezado ya de suyo en el c. 12, con la derrota de Satanás en el cielo. Pero la lucha prosigue en la tierra. La visión de las dos Bestias, de una parte, y la visión del Cordero y sus acompañantes sobre el monte Sión, de otra, delimitan los dos campos: el de las fuerzas hostiles a Dios y el de la fuerza divina que lleva adelante el Mesías (el Cordero). Los episodios del juicio divino se van a ir sucediendo de forma inexorable. La sección se abre con tres proclamaciones angélicas invitando a la conversión. La Biblia de Jerusalén titula esta sección: “Los ángeles anuncian la hora del juicio”. La sección comienza con la expresión «Luego vi» que puede considerarse como la sexta visión del septenario de señales que comienza en 12,1. · El primer Ángel tiene una buena nueva eterna (un evangelio eterno, 14,6-7). La denominación “buena nueva eterna” califica como “evangelio” el mensaje del Apocalipsis (véase 10,7). Ahora bien, el mensaje central es el reinado de Dios, como hemos visto en las proclamaciones de 11,15 y 12,10ss. De esta manera, encontramos una profunda coincidencia con la conexión entre evangelio y reino que hay en los sinópticos (cf. Mc 1,15 y la denominación de Mateo “evangelio 112

LAS VISIONES PROFÉTICAS

del Reino” (4,23) y la de Lucas “evangelizar el reino de Dios” (4,43). Ese evangelio es la proclamación de la soberanía de Dios y de la salvación ofrecida en Cristo, la invitación a adorar al Único Dios y el anuncio de juicio divino para los que no se conviertan de sus iniquidades. Es una invitación a temer (adorar) y dar gloria a Dios, porque ha llegado la hora del juicio. En vez de adorar a la Bestia, se debe adorar únicamente al Creador. · El segundo Ángel proclama la caída de Babilonia (14,8) con las mismas palabras con que Isaías (21,9) la había cantado. Tenemos un anticipo de lo que veremos más adelante en los cc. 17 y 18. La proclamación tiene como finalidad la invitación al arrepentimiento. · Un tercer Ángel interviene y su proclamación contiene la amenaza del fuego del infierno para los adoradores de la Bestia (14,9-11). El castigo se describe con las siguientes imágenes: beber el vino del furor de Dios (14,10a); ser atormentado con fuego y azufre (como Sodoma y Gomorra, Gn 19,24) delante de los ángeles y del Cordero (14,10b); el tormento es eterno (14,11). Es pues el anuncio del juicio definitivo de castigo para los adoradores de la Bestia. · Sigue una invitación a los elegidos (santos) para que tengan paciencia en el sufrimiento (14,12). Son los que guardan los mandamientos y la fe en Jesús. Seguidamente encontramos una proclamación de la dicha de los muertos en el Señor (14,13). La promesa del Espíritu es el descanso. La expresión “sus obras los acompañan” nos remite al juicio universal, respecto del cual se afirma que los muertos serán juzgados cada uno según sus obras (20,13). La siega y la vendimia de las naciones (14,14-20). Y seguí viendo. Había una nube blanca, y sobre la nube sentado uno como Hijo de hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada. 15 Luego salió del Santuario otro ángel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: «Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.» 16 Y el que estaba sentado en la nube metió su hoz en la tierra y quedó segada la tierra. 17 Otro ángel salió entonces del Santuario que hay en el cielo; tenía también una hoz afilada. 18 Y salió del altar otro ángel, el que 14

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APOCALIPSIS

tiene poderío sobre el fuego, y gritó con fuerte voz al que tenía la hoz afilada: «Mete tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, porque están en sazón sus uvas.» 19 El ángel metió su hoz en la tierra y vendimió la viña de la tierra y lo echó todo en el gran lagar del furor de Dios. 20 Y el lagar fue pisado fuera de la ciudad y brotó sangre del lagar hasta la altura de los frenos de los caballos, en una extensión de mil seiscientos estadios. La sección tiene como finalidad proclamar la inminencia del juicio con la doble imagen bíblica de la siega y la vendimia. La expresión «seguí viendo» (14,14) indicaría de suyo una nueva sección (¿la séptima?), pero hay que tener presente el hecho de que en los versos siguientes el autor prosigue mencionando otros ángeles con la misma expresión (“otro ángel”), que hemos visto en 14,6.9. Ello puede ser un indicio de que el conjunto del c. 14 forma unidad literaria en torno a la intervención de seis ángeles más el Hijo del hombre. · El segador sentado sobre una nube blanca es uno como Hijo del hombre, con una hoz afilada. Los atributos de Rey-Juez están expresados en la corona de oro que lleva sobre la cabeza. La hoz en la mano simboliza el juicio (14,14). Otro Ángel (el cuarto) sale del Santuario y grita al Hijo del Hombre indicándole que siegue la tierra, que está ya madura (14,15). No debe extrañar que un ángel haga una indicación al Hijo del hombre, puesto que se trata no de una orden suya, sino de una indicación de parte de Dios. El que está sentado sobre la nube (el Hijo del hombre) siega toda la tierra (14,16). La acción se describe en perfecto profético. Recordemos que en la parábola de la cizaña (Mt 13,4142) el Hijo del hombre envía a sus ángeles a recoger de su reino a todos los escándalos y a todos los que cometen iniquidad; los arrojarán al horno de fuego, donde será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Cuál es el sentido de esta acción, recolección de los buenos o castigo de los malos? En seguida volveremos sobre el tema. · El vendimiador es un ángel (¿el quinto?) que sale del Santuario del cielo. Tiene también una hoz afilada (14,17). El término “hoz”, como instrumento para la vendimia, es una palabra genérica (instrumento de labrador). El que da la orden de vendimiar es otro ángel (¿el sexto?), que es el encargado del fuego (14,18). Se realiza la vendimia (también aquí se expresa en perfecto profético) y se echa todo en el gran lagar de la 114

LAS VISIONES PROFÉTICAS

ira de Dios (14,19). El contenido del lagar es pisado fuera de la ciudad y la sangre brota de él en una extensión de 1.600 estadios (40 x 40) (14,20). La acción de vendimiar parece ser entendida como castigo. Observemos concretamente la mención del «lagar del furor de Dios» y la mención de la sangre. No obstante, veremos en seguida la opinión del exegeta Feuillet. Si a la mención de los seis ángeles descritos en la sección anterior se añade la figura del Hijo del hombre descrita en la mitad de la misma sección, tendríamos un septenario (cosa muy del gusto del autor). Cuestión fundamental: ¿Son la siega y la vendimia dos imágenes sinónimas para expresar la misma acción? ¿Son contrapuestas?. a) En el caso de ser sinónimas, simbolizarían el castigo de los malvados (porque la vendimia aparece con connotaciones de castigo). La Biblia de Jerusalén titula la sección “El juicio de las naciones”. Ambas imágenes (siega y vendimia) serían acciones de castigo (anuncio que se cumplirá en 19,11ss). Merece ser mencionada al respecto una opinión especial. Para Feuillet, son dos imágenes anunciadoras de la pasión de Cristo, prolongada en los sufrimientos de los mártires. b) En caso de que siega y vendimia signifiquen acciones contrapuestas, la siega sería la recolección de los buenos y la vendimia el castigo de los malvados. Lo contrario no sería adecuado, porque las connotaciones de castigo están en la imagen de la vendimia. Para algunos autores (Prigent y Cerfaux-Cambier) se trata de dos cuadros contrapuestos:

· La siega de los elegidos nos llevaría a la comunión con los 144.000 vírgenes.

· La vendimia de los adoradores de la Bestia sería una descripción del juicio final de los malvados (en las inmediaciones de Jerusalén). El gran lagar es de proporciones mundiales (40 x 40). Estaríamos ante una representación del fin, paralela, pero con distintos matices, de la descripción de Ap 19-20. El texto se inspiraría en Jl 4,13, aunque especializando siega para elegidos y vendimia para malvados: ha llegado el momento de la siega y de la vendimia. En primer lugar, se hablaría de la siega-reco115

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lección de los elegidos por el Hijo del hombre (cf. Mateo 24,31: reunirán a los elegidos de los cuatro vientos). Sin embargo el texto de Mt 13,41-42 que hemos citado más arriba parece una objeción seria para esta hipótesis. En segundo lugar, se trataría de la vendimia (juicio de los malvados en el lagar de la cólera divina por mediación del ángel del fuego. Por nuestra parte, creemos oportuna una sugerencia: ¿no estaríamos ante un fragmento del Apocalipsis del Día de Yahvé (cc. 6-11) insertado aquí como anuncio del fin, antes del comienzo de la ejecución de las copas? ¿ Era tal vez el final mismo del Apocalipsis del Día de Yahvé? El cántico de Moisés y del Cordero (15,1-4).

15

Luego vi en el cielo otro signo grande y maravilloso: siete ángeles, que llevaban siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma el furor de Dios. 2 Y vi también como un mar de cristal mezclado de fuego, y a los que habían triunfado de la Bestia y de su imagen y de la cifra de su nombre, de pie junto al mar de cristal, llevando las cítaras de Dios. 3 Y cantan el cántico de Moisés, siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! 4 ¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque han quedado de manifiesto tus justos designios.» 1

La sección, que se enmarca en el contraataque del Cordero y su acompañamiento contra las Bestias y sus huestes, sirve de preludio a la sección siguiente de las siete copas. Es oportuno recordar el puesto que ocupa nuestra sección en del desarrollo de la parte profética cuya segunda sección ha comenzado en el c. 12 y que hemos llamado “El Apocalipsis de las Bestias y de su 116

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derrota por el Mesías”. El imponente cuadro de Ap 12, con la Mujer encinta y el Dragón que la acecha, es una presentación simbólica e intuitiva de la gran confrontación de la historia: la lucha dramática entre el bien y el mal, una lucha que se remonta al comienzo mismo de la humanidad (Gn 3,15) y que llegará hasta la consumación. El Dragón, derrocado del cielo y situado en la tierra, se propone hacer la guerra a los hijos de la Mujer, es decir, a los que guardan los mandamientos y mantienen el testimonio de Jesús. La Bestia que sube del Mar y que representa la síntesis de las cuatro Bestias de Dn 7, recibe del Dragón el poder y la tarea de hacer la guerra a los santos y vencerlos. En este cometido es ayudado por la segunda Bestia, la que sale de la tierra. El imperio romano, idólatra y perseguidor de los cristianos, es la encarnación de los poderes diabólicos (Dragón) y de las Bestias descritas en el c. 13. El c. 14 nos ha presentado un cuadro totalmente contrapuesto al anterior: el Cordero situado en el monte Sión acompañado de los ciento cuarenta y cuatro mil. Una serie de proclamaciones angélicas anuncian la iniciación de la hora del juicio. Dos imágenes de larga tradición bíblica, la siega y la vendimia, anuncian en pasado profético la realización del designio divino. Tanto el Hijo del hombre, que realiza la siega, como el ángel que lleva a cabo la vendimia son los agentes del juicio. Ahora el vidente contempla una nueva señal en el cielo: los siete ángeles con las últimas plagas, porque con ellas se consuma el furor de Dios (15,1). El furor de Dios es la ira divina por el pecado de idolatría y por las abominaciones que comete la humanidad. En esta batalla decisiva Dios va a poner en movimiento mediante los ángeles un septenario de plagas, simbolizadas en siete copas que traen una serie de calamidades que representan el castigo divino sobre la humanidad dominada por las fuerzas contrarias a Dios. Una nueva visión de los elegidos triunfantes cantando el cántico de Moisés (actualizado) sirve de coro a esta visión de los siete ángeles con las siete copas. Es difícil decir si esta señal grande y maravillosa forma inclusión con 12,1 (la señal grande). En tal caso, sería quizá la séptima señal del septenario que comienza en 12,1 (véase lo que decimos en el comentario a 14,14). Probablemente la expresión tiene presente ya el nuevo septenario de las copas. Su aparición sería el motivo del cántico que sigue. 117

APOCALIPSIS

En efecto, antes de pasar a la descripción de estas siete plagas, el autor nos hace asistir a una escena de triunfo y de cántico de los redimidos. El escenario es un mar de cristal (15,2) que nos recuerda a la vez el Mar Rojo y el pavimento cristalino parecido al mar debajo del trono de Dios de que habla Ex 24. Los triunfadores de la Bestia están de pie junto al mar de cristal cantando (15,3-4). Es el cántico de Moisés y del Cordero. El título nos lleva directamente a Ex 15, donde Moisés y el pueblo de Israel cantan al Dios que les ha liberado del Faraón y les ha hecho pasar milagrosamente por el Mar Rojo. El segundo de los nombres (“Cántico del Cordero”) indica que ahora la liberación se ha llevado a cabo mediante la sangre del Cordero, y que este es el nuevo y definitivo liberador del pueblo. Esta visión de los triunfadores que cantan, situada tras la proclamación de la siega y la vendimia, parecería un duplicado de la visión del Cordero y su acompañamiento en 14,1-5, donde los 144.000 cantan un cántico nuevo (14,3). Sin embargo, la escenificación es distinta. Allí es el monte Sión, lugar de la morada divina, un escenario contrapuesto a la ciudad de la Bestia. Aquí, en cambio, el lugar es un mar de cristal mezclado con fuego (15,2), que sin duda se corresponde muy bien con el canto de Moisés. Se trata, pues, de los triunfadores liberados de la Bestia que evocan los israelitas liberados del Faraón. El título “Cántico de Moisés y del Cordero” se inspira en Ex 15,1. El contenido del cántico es la proclamación de la grandeza de Dios y de sus obras y su justicia en tono exclamatorio: «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones!» (15,3b). Las “obras” de Dios son sin duda alguna las intervenciones divinas para castigar a los adoradores de la Bestia y para salvar a los elegidos. El mismo pensamiento expresa por paralelismo la segunda frase, relativa a la veracidad de los caminos (actuaciones) de Dios. Los títulos de “Señor, Dios Todopoderoso” y de “Rey de las naciones” indican el señorío divino sobre la historia. El título último manifiesta la principalidad de la consideración del reinado de Dios. Sigue una invitación a temer y glorificar a Dios mediante una pregunta poético-exaltadora: «¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre?» (15,4a). El motivo de exaltación es la proclamación de la santidad divina: «Porque sólo tú eres Santo» (15,4b). 118

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Como consecuencia de la grandeza divina, se anuncia que vendrán todas las naciones y adorarán a Dios, porque sus juicios se han hecho manifiestos (15,4c). Las siete plagas de las siete copas (15,5 - 16,21). Después de esto vi que se abría en el cielo el Santuario de la Tienda del Testimonio, 6 y salieron del Santuario los siete ángeles que llevaban las siete plagas, vestidos de lino puro, resplandeciente, ceñido el talle con cinturones de oro. 7 Luego, uno de los cuatro Vivientes entregó a los siete ángeles siete copas de oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos. 8Y el Santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder, y nadie podía entrar en el Santuario hasta que se consumaran las siete plagas de los siete ángeles. 5

16

Y oí una fuerte voz que desde el Santuario decía a los siete ángeles: «Id y derramad sobre la tierra las siete copas del furor de Dios.» 2 El primero fue y derramó su copa sobre la tierra; y sobrevino una úlcera maligna y perniciosa a los hombres que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen. 3 El segundo derramó su copa sobre el mar, y se convirtió en sangre como de muerto; y toda alma viviente murió en el mar. 4 El tercero derramó su copa sobre los ríos y sobre los manantiales de agua; y se convirtieron en sangre. 5 Y oí al ángel de las aguas que decía: «Justo eres tú, `Aquel que es y que era’, el Santo, pues has hecho así justicia: 6 porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas y tú les has dado a beber sangre; lo tienen merecido.» 7 Y oí al altar que decía: «Sí, Señor, Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos.» 8 El cuarto derramó su copa sobre el sol; y le fue encomendado abrasar a los hombres con fuego, 9 y los hombres fueron abrasados con un calor abrasador. No obstante, blasfemaron del nombre de Dios que tiene potestad sobre tales plagas, y no se arrepintieron dándole gloria. 10 El quinto derramó su copa sobre el trono de la Bestia; y quedó su reino en tinieblas, y los hombres se mordían la lengua de dolor. 11 No obstante, blasfemaron del Dios del cielo por sus dolores y por sus llagas, y no se arrepintieron de sus obras. 12 El sexto derramó 1

119

APOCALIPSIS

su copa sobre el gran río Éufrates; y sus aguas se secaron para preparar el camino a los reyes del Oriente. 13 Y vi que de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del falso profeta salían tres espíritus inmundos como ranas. 14 Son espíritus de demonios, que realizan signos y van donde los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla del gran Día del Dios Todopoderoso. 15(Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos, para no andar desnudo y que se vean sus vergüenzas.) 16 Los convocaron en el lugar llamado en hebreo Harmaguedón. 17 El séptimo derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: «Hecho está». 18 Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento. 19 La gran Ciudad se abrió en tres partes, y las ciudades de las naciones se desplomaron; y Dios se acordó de la gran Babilonia para darle la copa del vino del furor de su ira. 20 Entonces todas las islas huyeron, y las montañas desaparecieron. 21 Y un gran pedrisco, con piedras de casi un talento de peso, cayó del cielo sobre los hombres. No obstante, los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del pedrisco; porque fue ciertamente una plaga muy grande. Veíamos antes que el juicio divino anunciado por las proclamaciones angélicas y representado con la imagen de la siega y la vendimia consiste en la liberación del pueblo elegido y el castigo de los enemigos. Por ello, los triunfadores cantan el canto de Moisés y del Cordero. Ese juicio va a ser ahora expresado con el septenario de las copas. El autor nos hace asistir a una grandiosa escena en el cielo (15,5). Es un momento solemne. Se abre el Santuario de la Tienda del Testimonio. Con este nombre se indica el modelo celeste del santuario levantado por Moisés para el arca: la tienda de Ex 25,22. El autor no nos precisa dónde está ese Santuario. Más aún, al describir la Jerusalén celeste, se dice que en ella no hay Santuario. ¿Se trata pues de una denominación para indicar la Morada de Dios? Del Santuario salen siete ángeles resplandecientes con las siete copas. El autor destaca el atuendo de los ángeles: vestidos de lino puro, resplandeciente y ceñido el talle con cinturones de oro (15,6). 120

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Los ángeles participan del carácter regio que les proviene de su servicio a la divinidad. Uno de los Vivientes entrega a los ángeles las correspondientes copas “llenas del furor de Dios” (15,7a). Es digno de tener en cuenta esta forma de llamar a las copas, que el autor repite en 15,1.7; 16,1. En nuestra mención de 15,7 el autor añade «copas... llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos». Esta referencia a la eternidad divina refuerza la firmeza de la justicia divina. Tras la entrega de las copas, el Santuario se llena del humo de la Gloria de Dios, como en la inauguración del santuario del desierto (Ex 40,34-35) y en la inauguración del templo de Salomón (1 R 8,10) y como sucederá en el tiempo escatológico (2 M 2,4-8). Los ángeles reciben la orden de derramar las copas. El despliegue de las siete copas A continuación los siete ángeles van derramando sus copas. He aquí en esquema (cf. Martindale) el contenido de las copas: copa: 1ª 2ª 3ª

derramada sobre

consecuencias

tierra (16,2) mar (16,3) ríos (16,4)

úlceras sangre como de un muerto sangre

Proclamación: 16,5-7 4ª 5ª 6ª

sol (16,8-9 trono de la bestia (16,10) Éufrates (16.12)

fuego abrasador densa oscuridad se secó su cauce

Convocatoria: 16,13-16 7ª

aire (16,17-21)

terremoto, granizo

El despliegue de castigos nos recuerda las plagas de Egipto, con que Dios forzó al Faraón a dejar libre al pueblo de Dios. Asimismo nos recuerdan las plagas contenidas en el septenario de las trompetas en los cc. 8-9 del Apocalipsis. Estas plagas son ahora aplicadas a la Bestia y a su trono, y a los adoradores de la Bestia. Es el procedimiento derásico de actualización. 121

APOCALIPSIS

· La primera copa cae sobre la tierra (16,2) y produce úlceras malignas a los que llevan la marca de la Bestia. Nos recuerda la quinta trompeta (9,1-11: picadura de escorpión) y la sexta plaga de Egipto (pústulas: Ex 9,8). · La segunda copa cae sobre el mar (16,3), que se convierte en sangre como de muerto, y perecen las criaturas del mar. La plaga nos recuerda la segunda trompeta (8,8-9: el mar convertido en sangre) y la primera plaga contra Egipto (las aguas convertidas en sangre, Ex 7,20). · La tercera copa cae sobre los ríos y manantiales de agua (16,4), que asimismo se convierten en sangre; esta plaga nos recuerda asimismo la segunda trompeta (8,8-9: el agua convertida en sangre) y, sobre todo, la tercera trompeta (8,10-11: las aguas de los ríos y manantiales se vuelven amargas por la caída de la estrella Ajenjo). Esta tercera copa recuerda a la vez, como la anterior, a la primera plaga de Egipto (el agua convertida en sangre: Ex 7,20). · Proclamación de un ángel y respuesta desde el altar. Tras esta tercera plaga, encontramos (16,5-7) una proclamación del Ángel de las aguas. En ella, Dios («Aquel que es y que era») es proclamado justo y santo, puesto que hace justicia (15,5). Con la tercera plaga Dios da a beber sangre a los que derramaron la sangre de los justos y profetas (15,6). La respuesta que viene del altar ratifica la veracidad y justicia de Dios (16,7). Así pues, esta proclamación, a propósito de la sangre, da pie al vidente para recordarnos que las plagas son castigos divinos por la sangre de las mártires derramada. Al igual que las plagas de las trompetas, las copas son a la vez una llamada a la conversión (cf. 16,9.11: no se arrepintieron), pero en este septenario de las copas parece prevalecer más el aspecto punitivo. · La cuarta copa es derramada sobre el sol (16,8-9) y produce un fuego abrasador. Esta plaga nos recuerda la cuarta trompeta (la conmoción del sol: 8,12) y no tiene paralelo en las plagas de Egipto. El vidente añade aquí (como había hecho en 9,20) una observación sobre el carácter medicinal de estos castigos, como invitación a la conversión (16,9b). Los hombres se abrasan, pero no dan gloria a Dios (cf. el Faraón, que no glorificó a Dios). · La quinta copa cae sobre el trono de la Bestia y produce una densa oscuridad. El reino de la Bestia queda en tinieblas y los hom122

LAS VISIONES PROFÉTICAS

bres se muerden la lengua de dolor (16,10). La plaga está relacionada también con la cuarta trompeta: oscuridad (8,12) y con la novena plaga de Egipto (las tinieblas, Ex 10,21). Recuérdese que esta plaga es una de las más celebradas tanto en el Éxodo como en el resto de la tradición bíblica (cf. Sal 105,28; Sb 17,3 - 18,4). Con esta plaga queda afectado el centro neurálgico de la rebelión contra Dios: el corazón del imperio idólatra. También aquí el vidente recuerda el carácter medicinal de los castigos (16,11). El autor anota las blasfemias y la falta de arrepentimiento. · La sexta copa cae sobre el río Éufrates y seca su cauce, para que deje paso a los reyes del Oriente (que se reunirán para el combate escatológico; 16,12). Así se facilita la invasión de los ejércitos que finalmente serán vencidos. El Éufrates era mencionado también en la sexta trompeta, aunque en otro contexto. Recuérdese que Jr 51,36 y Za 10,11 hablan de los ríos y mares secos como castigo divino. Es interesante observar que con esta sexta copa queda afectada otra zona neurálgica en la geografía del hagiógrafo. · La convocatoria de las fuerzas hostiles para la gran batalla (16, 13-16). Tras la sexta copa, y antes de la séptima, el autor hace un paréntesis para indicar cómo de la trinidad infernal (Dragón, Bestia y falso Profeta) salen tres espíritus inmundos que van a seducir a los reyes de Oriente y a convocarlos para la gran batalla (Harmaguedón; 16,13-14). Es la visión de los tres espíritus inmundos como ranas que salen de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del falso Profeta. Con una maestría admirable, el autor nos recuerda que estamos en el Apocalipsis de las Bestias, y nos trae a escena los tres grandes personajes adversos a Dios. Los espíritus inmundos realizan señales y convocan a los reyes de todo el mundo a la gran batalla del Gran Día de Dios Todopoderoso. Es la batalla de Harmaguedón. Aquí el texto del Apocalipsis trae un aviso de vigilancia (16,15): un anuncio de la pronta venida de Cristo y una proclamación de felicidad (macarismo) dirigida a los que están en vela y vestidos. A continuación (16,16) se vuelve sobre el tema de la gran batalla: la batalla de Harmaguedón. El nombre está tomado del lugar bíblico de Meguido, donde se libraron batallas decisivas para el pueblo de Dios (recuérdese especialmente el desastre de Josías en el 609, según 1 R 23,29). 123

APOCALIPSIS

· La séptima copa (16,17-21) se derrama sobre el aire (recordemos que las anteriores se han derramado sobre tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia y Éufrates). · En este momento encontramos una proclamación (fuerte voz del Santuario): «Hecho está» (16,17). Es el cumplimiento del designio divino. En 16,18 aparecen una serie de signos teofánicos: relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto (cf. el terremoto entre la sexta y séptima trompetas; 11,13). Se describen los efectos del terremoto (16,19). La gran ciudad se abre. Las ciudades de las naciones se desploman. Dios se acuerda de la Gran Babilonia. Es una forma de indicar la proximidad del castigo. Se habla de grandes perturbaciones geológicas (islas y montañas; 16,20). Junto al terremoto aparece el granizo o pedrisco (16,21a; cf. primera trompeta, en 8,7, y séptima plaga de Egipto, en Ex 9,22-26). Esa plaga del pedrisco era clásica en la Biblia (Jos 10,11; Is 28,2; Ez 38,22 (contra Gog). · El autor vuelve a hacer hincapié en la falta de la respuesta oportuna (conversión) por parte de los hombres, y asegura que no se arrepintieron (16,21b). Como se ve, este septenario de las copas en el Apocalipsis de las Bestias anuncia el castigo divino sobre los perseguidores. Las copas son, pues, una nueva versión de los castigos divinos contenidos en el septenario de las trompetas y aplicados ahora a los adoradores de la Bestia y al trono de la Bestia. El lejano trasfondo de las trompetas y de las copas son las plagas de Egipto con que Dios castigó al Faraón. Los castigos son una última invitación a la conversión, aunque los hombres no se convierten. La gran batalla se acerca a su fin. 3.4. EL

CASTIGO DE

BABILONIA (17,1 – 19,10)

El septenario de las plagas (las copas) ha supuesto un duro golpe para las fuerzas hostiles a Dios. El abanico de afectados ha sido amplio: tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia, Éufrates, aire. En la séptima plaga Dios se acuerda de Babilonia para darle la copa del vino del furor de su cólera. En los dos capítulos que siguen (17 y 18) el autor se concentra en describirnos el castigo de Babilonia. Es como un destacar a primer plano y con detalles el contenido de la séptima copa. Los cc. 17-18 son una visión del castigo de la Roma pagana diseñada a partir de la imagen de la caída de Babilonia que se encuentra en 124

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Isaías (cc. 13 y 21) y la caída de Tiro en Ezequiel (c. 27). Son como una gran inserción en el Apocalipsis de las Bestias, inserción que ilustra y completa desde otra imagen el castigo de la ciudad perseguidora. El autor recoge en estos capítulos, y aplica a Roma, una larga tradición literaria en torno a la caída de Babilonia. Estamos ante una descripción del cumplimiento del anuncio angélico de 14,8: «Cayó, cayó la Gran Babilonia, la que dio a beber a todas las naciones el vino del furor» (el griego dice “de su fornicación”, como en 18,3; cf. nota de la BJ). Babilonia es la personificación de los enemigos del pueblo de Dios (cf. Is 21,9). La estructura de la sección es sencilla:

· Descripción de la célebre Prostituta sobre la Bestia (17,1-6a) y explicación del simbolismo aplicándolo a Roma (17,6b-18).

· Anuncio de la caída de Babilonia (18,1-3). · Invitación al pueblo de Dios a huir (18,4-8). · Lamentaciones por Babilonia (18,9-24). Juicio sobre Babilonia (c. 17) La célebre Prostituta (17,1-7).

17

Entonces vino uno de los siete ángeles que llevaban las siete copas y me habló: «Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Prostituta, que se sienta sobre grandes aguas; 2 con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución.» 3 Me trasladó en espíritu al desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. 4 La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, 5 y en su frente un nombre escrito –un misterio–: «La gran Babilonia, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra.» 6 Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús. Y me asombré grandemente al verla; 7 pero el ángel me dijo: «¿Por qué te asombras? Voy a explicarte el misterio de la mujer y de la Bestia que la lleva, la que tiene siete cabezas y diez cuernos. 1

125

APOCALIPSIS

[Simbolismo de la Bestia y de la Prostituta (17,8-18)] «La Bestia que has visto, era y ya no es; y va a subir del abismo, pero camina hacia su destrucción. Los habitantes de la tierra, cuyo nombre no fue inscrito desde la creación del mundo en el libro de la vida, se maravillarán al ver que la Bestia era y ya no es, pero que reaparecerá. 9Aquí es donde se requiere inteligencia, tener sabiduría. Las siete cabezas son siete colinas sobre las que se asienta la mujer. «Son también siete reyes: 10 cinco han caído, uno es, y el otro no ha llegado aún. Y cuando llegue, habrá de durar poco tiempo. 11 Y la Bestia, que era y ya no es, hace el octavo, pero es uno de los siete; y camina hacia su destrucción. 12 Los diez cuernos que has visto son diez reyes que no han recibido aún el reino; pero recibirán con la Bestia la potestad real, sólo por una hora. 13 Están todos de acuerdo en entregar a la Bestia el poder y la potestad que ellos tienen. 14 Éstos harán la guerra al Cordero, pero el Cordero, como es Señor de Señores y Rey de Reyes, los vencerá en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles.» 15 Me dijo además: «Las aguas que has visto, donde está sentada la Prostituta, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas. 16 Y los diez cuernos que has visto y la Bestia, van a aborrecer a la Prostituta; la dejarán sola y desnuda, comerán sus carnes y la consumirán por el fuego; 17porque Dios les ha inspirado la resolución de ejecutar su propio plan, y de ponerse de acuerdo en entregar la soberanía que tienen a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios. 18 Y la mujer que has visto es la gran ciudad, la que tiene la soberanía sobre los reyes de la tierra. 8

El introductor de la visión es uno de los siete ángeles que llevaban las siete copas. Las primeras palabras nos llevan al sentido del conjunto del relato: «Ven que te voy a mostrar el juicio de la célebre Prostituta» (17,1). Se trata, pues, del castigo de la Roma idólatra perseguidora de los cristianos (recuérdense las persecuciones de Nerón y Domiciano, esta última sufrida probablemente por el autor del libro). Todos los rasgos con que se describe a la Prostituta giran en torno a dos grandes vicios: prostitución y ebriedad (17,2). La mujer que aparece es una Prostituta (17,1b-2a), establecida sobre grandes aguas (= aguas caudalosas; 17,1b; cf. 17,15: los pue126

LAS VISIONES PROFÉTICAS

blos) y sentada sobre una Bestia roja con siete cabezas y diez cuernos, cubierta de títulos blasfemos (17,3). Es, pues, el imperio romano, con su colosal fuerza y con los títulos blasfemos que implican la divinización de Roma y del emperador. Esta representación de Babilonia-Roma como una célebre Prostituta montada sobre una Bestia (¿Nerón?) es otra manera de describir el poder idólatra (diabólico) perseguidor de los cristianos. Del mismo modo que en el c. 13 se describía el poder rival de Dios en forma de una Bestia, que sintetizaba las cuatro Bestias del libro de Daniel, así ahora se funde la imagen de Babilonia con la de la Bestia. Es, pues, la Bestia de 13,1: el imperio idólatra perseguidor de los cristianos. La mujer está lujosamente vestida (púrpura, escarlata y piedras preciosas y perlas, 17,4). Tiene en la mano una copa llena de abominaciones e impurezas. Lleva en la frente un nombre: la Gran Babilonia (17,5), nombre simbólico para los imperios perseguidores. Babilonia no es símbolo del Mal en cuanto entidad política, sino en cuanto entidad religiosa. Es el reino del mal, de la idolatría y de la injusticia; es el príncipe de este mundo en cuanto adverso a Dios; es el señorío y dominio del maligno (el reino de Babilonia) en cuanto contrapuesta al pueblo de Dios; es el símbolo de los paganos idólatras. Tampoco es una entidad geográfica (al igual que la Jerusalén mesiánica), sino religiosa. La mujer bebe (se emborracha) de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17,6a). Claramente se alude a las persecuciones que sufren los cristianos bajo el imperio romano. Explicación de la visión (17,6b-18) Ante el asombro del vidente (17,6b), el ángel explica el misterio de la Mujer y la Bestia. · La Bestia es descrita con la siguiente frase: «era y ya no es; y va a subir del abismo, pero camina hacia su destrucción» (17,8). Dos veces se repite este título (cf. también 17,11). Estamos ante una parodia del título divino «Aquel que era, que es y que va a venir» (1,4.8). La Bestia es, pues, Nerón (ver nota de la BJ a 17,3). En este lugar se inserta una llamada de atención del autor: «Aquí es donde se requiere inteligencia, tener sabiduría» (17,9a). Recordemos que una llamada semejante se encuentra en 13,18 para calcular la cifra de la Bestia. 127

APOCALIPSIS

· Las siete cabezas son siete colinas (17,9b) y siete reyes (17,9c11). Esta doble interpretación es muy propia del estilo apocalíptico de doble sentido. En cuanto a los siete reyes, teniendo presente que el autor, según parece, considera a Nerón como el octavo (aunque forma parte de los siete), la identificación del resto es muy distinta entre los autores. Unos piensan en los siguientes nombres: César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Galba, Nerón redivivo; otros creen que el número siete es un número simbólico para indicar la totalidad de los predecesores de Nerón. · Los diez cuernos son los reyes de las naciones satélites (17,12-13). · A continuación el autor anticipa el contenido de la futura guerra (combate escatológico) de la Bestia y los reyes de la tierra contra el Cordero, y anuncia la victoria del Cordero, porque es Señor de señores y Rey de reyes (17,14; cf. 19,16: Rey de reyes y Señor de señores). · Prosiguiendo su explicación de la visión, el ángel aclara al vidente que las aguas sobre las que está asentada la Prostituta son los pueblos, naciones y lenguas (17,15). Es, pues, el conjunto del Imperio Romano. El ángel precisa que los diez cuernos y la Bestia van a aborrecer a la Prostituta, la van a abandonar y la consumirán por el fuego (17,16). Algunos ven una alusión al incendio de Roma perpretado por Nerón. Otros piensan en la rebelión de los pueblos sometidos a Roma; otros, en la leyenda de Nerón redivivo, que vuelve con los ejércitos de Oriente para arruinar a Roma. Como razón de este castigo infligido a Roma por la Bestia y por los reyes satélites, se habla de un designio divino que permite que los reyes entreguen su soberanía a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios (17,17). Es difícil saber cómo la Bestia actúa contra la Prostituta. Quizá de nuevo tengamos una alusión al incendio de Roma por Nerón. La explicación del ángel termina con la identificación de la Mujer con Roma (17,18). Este cuadro al que acabamos de asistir es impresionante. El autor del Apocalipsis se enfrenta a la poderosa Roma mandada por Nerón y después por Domiciano. Su poderío es bestial; la persecución de los mártires la muestra como una mujer ebria de sangre. El castigo merecido está a las puertas. La victoria será del Cordero. Roma será destruida. ¿Se alude al incendio de Nerón? ¿Se anuncia proféticamente la caída del imperio romano? El autor, que lo da por hecho, canta su caída. 128

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Un ángel anuncia la caída de Babilonia (18,1-3)

18

Después de esto vi bajar del cielo a otro ángel, que tenía gran poder, y la tierra quedó iluminada con su resplandor. 2 Gritó con potente voz diciendo: «¡Cayó, cayó la gran Babilonia! Se ha convertido en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y detestables. 3 Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones, y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.» 1

El vidente contempla un Ángel resplandeciente que baja del cielo (18,1) y grita (18,2a). Sus palabras son una solemne proclamación (pasado profético): «Cayó, cayó la Gran Babilonia» (cf. Is 21,9). Se describe la situación de Babilonia, tras su caída, con términos que expresan el simbolismo de la ruina: morada de demonios, espíritus impuros y aves inmundas (18,2a). El motivo de la caída se centra en los siguientes delitos: embriaguez; fornicación; lujo (18,3). Como aparece por todo el contexto, son imágenes que indican la idolatría, el dominio despótico, el ansia de placer y el desenfreno de la capital del imperio pagano. Huida del pueblo de Dios (18,4-8). Luego oí otra voz que decía desde el cielo: «Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas. 5 Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades. 6 Dadle como ella ha dado, dobladle la medida conforme a sus obras, en la copa que ella preparó preparadle el doble. 7 En proporción a su jactancia y a su lujo, dadle tormentos y llantos. Pues dice en su corazón: Estoy sentada como reina, y no soy viuda y no he de conocer el llanto... 8 Por eso, en un solo día llegarán sus plagas: peste, llanto y hambre, y será consumida por el fuego. Porque poderoso es el Señor Dios que la ha condenado.» 4

La gravedad del desastre de Babilonia se pone de relieve mediante la invitación al pueblo de Dios a salir de la ciudad, que va a ser arrasada. Así lo dice la voz del cielo: «salid de ella, pueblo mío». 129

APOCALIPSIS

a) Sentido de la huida y de la separación (17,4). La huida tiene como finalidad no hacerse cómplices de los pecados de Babilonia (Roma). En cuanto a la interpretación de la huida, las opiniones son muy diversas entre los exegetas. Algunos autores ven en ella una alusión a la huida de los cristianos de Jerusalén a Pella. Esta opinión tiene como punto de partida la suposición de que nuestro capítulo sería el resultado de la fusión de un doble Apocalipsis: uno referente a Jerusalén como Babilonia y otro referente a Roma como Babilonia. Tendríamos el reflejo de una doble interpretación en dos estadios sucesivos. La opinión parece no tener base suficiente. Algunas sectas (p.e. Testigos de Jehová) ven una invitación a huir de la Iglesia organizada, especialmente de la Iglesia Católica. Los comentaristas cristianos, en general, piensan en la huida en sentido espiritual (evitar la contaminación con los pecados de la Gran Ciudad). b) Descripción de los pecados y del castigo (18,5-8). La invitación a huir de Babilonia está motivada por sus maldades, merecedoras del castigo divino. · El clamor de los pecados llega hasta el cielo (18,5). El autor usa la metáfora bíblica (antropomorfismo) del clamor que sube hasta el cielo, como en el caso de Sodoma y Gomorra (Gn 18-19) y asimismo el clamor de los sufrimientos del pueblo de Egipto (Ex 3,9). También es bíblica la forma de hablar de Dios indicando que se acuerda de las iniquidades para darles su justo castigo, como en el caso de la intervención divina contra los egipcios ante los gemidos de los israelitas (Ex 2,24). · Babilonia tendrá un castigo doble (18,6). En proporción a su jactancia y lujo, tendrá tormentos y llantos (18,7a). Su soberbia, al proclamarse reina y dichosa (18,7b), tendrá como consecuencia las plagas, peste, llanto y hambre (18,8a). La frase final «será consumida por el fuego» (18,8b) puede hacer alusión al incendio de Roma por Nerón. El juicio de Babilonia se inspira en el juicio de los tiranos de la Biblia (Tiro, Gog de Magog). Ese juicio consiste en la venganza de los derechos de Dios (cc. Ez 27-28), la reivindicación de la justicia y el castigo del imperialismo. Las lamentaciones por Tiro se aplicarán en seguida a Babilonia: los reyes (18,9); los mercaderes (18,11.15); los capitanes (18,17b). La razón que se da de este castigo es la proclamación de la justicia divina: «Poderoso es el Señor Dios que la ha condenado» (18,8b). 130

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Lamentaciones ante la caída de Babilonia (18,9-20). Llorarán, harán duelo por ella los reyes de la tierra, los que con ella fornicaron y se dieron al lujo, cuando vean la humareda de sus llamas; 10 se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, y dirán: «¡Ay, ay, la gran ciudad! ¡Babilonia, ciudad poderosa, que en una hora ha llegado tu juicio!» 11 Lloran y se lamentan por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos: 12 cargamentos de oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, toda clase de maderas olorosas y toda clase de objetos de marfil, toda clase de objetos de madera preciosa, de bronce, de hierro y de mármol; 13 cinamomo, amomo, perfumes, mirra, incienso, vino, aceite, harina, trigo, bestias de carga, ovejas, caballos y carros; esclavos y mercancía humana. 14 Y los frutos en sazón que codiciaba tu alma se han alejado de ti; y toda magnificencia y esplendor se han terminado para ti, y nunca jamás aparecerán. 15 Los mercaderes de estas cosas, los que a costa de ella se habían enriquecido, se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, llorando y lamentándose: 16 «¡Ay, ay, la gran ciudad, vestida de lino, púrpura y escarlata, resplandeciente de oro, piedras preciosas y perlas, 17 que en una hora ha sido arruinada tanta riqueza!» Todos los capitanes, oficiales de barco y los marineros, y cuantos se ocupan en trabajos del mar, se quedaron a distancia 18 y gritaban al ver la humareda de sus llamas: «¿Quién como la gran ciudad?» 19 Y echando polvo sobre sus cabezas, gritaban llorando y lamentándose: «¡Ay, ay, la gran ciudad, con cuya opulencia se enriquecieron cuantos tenían las naves en el mar; que en una hora ha sido asolada!» 20 Alégrate por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa. 9

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APOCALIPSIS

La sección comprende en primer lugar una patética lamentación por Babilonia pronunciada por reyes, mercaderes y marinos. A continuación escuchamos una invitación a la alegría de los justos. Después seguirá una proclamación angélica sobre la caída de Babilonia. A) Lamentación por Babilonia de reyes, mercaderes y marinos (18,9-19) Una serie de lamentaciones describen poéticamente la desolación y ruina de la ciudad. La sección se estructura en torno a una triple exclamación: «Ay, ay, la gran ciudad» (vv. 10.16.19), proclamada por: · Los reyes de la tierra (18,9-10). Estos son descritos como «los que con ella fornicaron y se dieron al lujo» (18,9b). Se trata, pues, de los reyes que han compartido la idolatría del imperio romano y su lujoso refinamiento. La sección se cierra con la exclamación «Ay, ay, la gran ciudad». Tras esta exclamación se da la razón de su caída: «En una hora ha llegado tu juicio» (18,10). Se trata, pues, de un castigo (un juicio) por su actitud idólatra y de derroche. · Los mercaderes (18,11-17). Es notable la descripción de toda clase de mercancías (18,12-14): metales preciosos, vestidos y objetos de lujo, perfumes, alimentos, animales de carga y transporte, esclavos y frutos en sazón. Todo ello nos da idea del refinamiento de una cultura urbana del placer y del lujo. Es penoso encontrar también la enumeración de los esclavos entre todas las cosas que se poseen. Seguidamente vemos y escuchamos el gesto de horror de los mercaderes al contemplar la gran ciudad (18,15). La sección contiene de nuevo la exclamación «Ay, ay, la gran ciudad» (18,16). Tras esta segunda exclamación, viene asimismo una indicación del motivo de su caída: el lujo, los vestidos y piedras preciosas («¡En una hora ha sido arruinada tanta riqueza!», 18,17a). · Los marinos (capitanes y gentes de barco; 18,17b-19). El autor nos hace oír en primer lugar una exclamación que la BJ traduce «¿Quién como la gran ciudad?». Esta pregunta (en tono de exaltación) no tiene sentido por el contexto. Por ello, nosotros creemos que la traducción coherente sería: «¿Qué ciudad es semejante [en su desgracia] a esta gran ciudad?». Se describe a continuación el gesto de dolor (echar polvo sobre la cabeza), y la sección termina, como en las 132

LAS VISIONES PROFÉTICAS

dos escenas anteriores, con la exclamación «Ay, ay la gran ciudad». Tras esta tercera exclamación, se añade también como causa de su caída la opulencia: «en una hora ha sido asolada» (18,19). El conjunto de elementos descriptivos tiene como función hacernos comprender las dimensiones de la caída de la ciudad. La exclamación “La Gran Ciudad” es una mezcla de ironía y de lamentación. B) Alegría de los justos ante el juicio divino (18,20). La alocución de 18,20 (que ya no pertenece a la sección anterior de los lamentos) es una especie de paréntesis que invita a la alegría de los justos ante el juicio divino. La alegría en el cielo tiene un claro motivo: «al condenarla a ella (a Babilonia), Dios ha juzgado vuestra causa» (18,20; cf. 19,2). Aquí aparece un elemento fundamental de la estructura profunda del Apocalipsis, un tema que recorre todo el libro: la intervención de Dios contra las fuerzas hostiles al pueblo santo es un acto de defensa de los elegidos. Como síntesis de ese pueblo de Dios (los santos), se enumeran a los apóstoles y los profetas. De esa manera se nos da una información sobre las dos dimensiones de la Iglesia cristiana (o quizá sobre el conjunto de AT y NT). La proclamación angélica sobre la caída de Babilonia (18,21-24) Un ángel poderoso alzó entonces una piedra, como una gran rueda de molino, y la arrojó al mar diciendo: «Así, de golpe, será arrojada Babilonia, la gran ciudad, y no aparecerá ya más...» 22 Y la música de los citaristas y cantores, de los flautistas y trompetas, no se oirá más en ti; artífice de arte alguna no se hallará más en ti; la voz de la rueda de molino no se oirá más en ti; 23 La luz de la lámpara no lucirá más en ti; la voz del novio y de la novia no se oirá más en ti. Porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque 21

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APOCALIPSIS

con tus hechicerías se extraviaron todas las naciones; 24 y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra. Esta vez es un ángel el que proclama la caída de Babilonia con un gesto simbólico (arrojar una piedra de molino), acompañado de una palabra de anuncio: «Así... será arrojada Babilonia». Sigue la descripción del cese de música, de artistas, de luz y de fiesta. La sección termina con dos frases que indican la culpabilidad de Babilonia. Primero una acusación directa: «con tus hechicerías se extraviaron todas las naciones» (18,23b); después una constatación de la inmensa mancha de sangre: «en ella (en Babilonia) fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra» (18,24). El clamor de los degollados por la Palabra de Dios (6,9-10) tiene ahora su respuesta en el castigo de Babilonia. Con el castigo de Babilonia prosigue la puesta en marcha del juicio divino de castigo para con las fuerzas hostiles al pueblo de Dios, que a la vez es el juicio de liberación de los elegidos. En su conjunto, la sección sobre el castigo de Babilonia (vv. 17-18) que acabamos de comentar emplea la imagen clásica de la tradición bíblica, que anunciaba el castigo de la Babilonia destructora del pueblo de Dios, y la aplica al imperio romano, anunciando su caída. La Roma pagana caerá inexorablemente. En ello el autor ve ya una realización anticipada del Fin. Cantos triunfales en el cielo (19,1-10).

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Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa, que decía: «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, 2 porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la gran Prostituta que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.» 3 Y por segunda vez dijeron: «¡Aleluya! Su humareda se eleva por los siglos de los siglos.» 4 Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo: «¡Amén! ¡Aleluya!» 5 Y salió una voz del trono, que decía: «Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes.» 6 Y oí el 1

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ruido de muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: «¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. 7 Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado 8 y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura –el lino son las buenas acciones de los santos–.» 9 Luego me dice: «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.» Me dijo además: «Éstas son palabras verdaderas de Dios.» 10 Entonces me postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: «No, cuidado; yo soy un siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús. A Dios tienes que adorar.» El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía. El vidente oye en este momento, es decir, después de la proclamación de la caída de Babilonia, una serie de cantos triunfales. Unos son la conclusión del episodio anterior, otros, la anticipación del triunfo definitivo. La palabra clave de las proclamaciones que siguen es “Aleluya”. El autor ha sabido trasladar al cielo el grito de aclamación que resuena en los salmos de júbilo. Encontramos tres proclamaciones de la muchedumbre inmensa como núcleo de la sección. A) Primera proclamación de la muchedumbre inmensa (19,1-2) Se trata de un canto anunciando el triunfo divino: «¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder son de nuestro Dios» (19,1). Los tres términos atribuidos a Dios son muy adecuados al contenido del Apocalipsis. La “salvación” es la meta de toda la iniciativa divina de creación y redención. La “gloria” es la irradiación de la majestad divina (cf. Is 6,3ss). El “poder” es el reconocimiento de la omnipotencia divina; de ahí el empleo del calificativo “Todopoderoso”, tan frecuente en el libro. El motivo de la exaltación de Dios es porque sus juicios son justos (19,2). La justicia divina es una cualidad esencial que brota de su santidad. Por ello, sus juicios son justos. Ese juicio ha sido la condenación de la gran Prostituta. Con ello ha vengado la sangre de sus siervos. 135

APOCALIPSIS

B) Segunda proclamación de la muchedumbre inmensa (19,3) También esta proclamación comienza con un “¡Aleluya!”. Y también aquí el motivo es la condenación de la Prostituta: la humareda del fuego con que ha sido condenada se eleva por los siglos de los siglos. Es pues un castigo definitivo y eterno. Tras esta segunda proclamación, tiene lugar la adoración de los Ancianos y los cuatro Vivientes ante Dios, que está sentado en el Trono (19,4). Su canto es “Amén, Aleluya”, es decir, una escueta confirmación (Amén) y un grito de júbilo (Aleluya). A continuación escuchamos una voz que sale del trono (19,5): una invitación a todos los siervos, pequeños y grandes, para que alaben a Dios. C) Tercera proclamación de la muchedumbre inmensa (19,6-8) Este tercer grito de alegría tiene un relieve especial; es como el ruido de aguas caudalosas y el fragor de fuertes truenos. Comienza con el ¡Aleluya! (19,6) y presenta dos grandes motivos: el reinado de Dios y las bodas del Cordero. Veamos ambos motivos. a) Proclamación del reinado de Dios (19,6). El primer motivo es la proclamación del establecimiento del reinado de Dios: «Ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso» (19,6). La proclamación, idéntica a la de la séptima trompeta (11,15) y a la proclamación tras la derrota de Satanás (12,10), tiene una fuerza impresionante. La expresión “Dios reina” recorre toda la historia bíblica, desde la victoria del Éxodo (15,18), pasando por la proclamación del Segundo Isaías ante el retorno a la patria (Is 52,7), hasta el anuncio del Reino por Jesús (Mc 1,15 y par.). Ahora, con la victoria de las fuerzas hostiles, llega a su culminación ese Reinado. b) El anuncio de las Bodas del Cordero. Tras la invitación a dar gracias (19,7a) se nos da un segundo motivo de alegría. Es un gozoso anuncio: «han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado» (19,7b). El castigo de la mujer (Prostituta = porné), mencionada en los versos anteriores, evoca por contraposición la figura de la Mujer (Esposa = nymphé). El Esposo es el Cordero. Este anuncio anticipa ya el tema de la comunión eterna que se desarrollará en los cc. 21-22, donde se nos hablará de la Jerusalén, 136

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esposa del Cordero. De esa manera, la simbólica de las bodas de Yahvé con su pueblo, que había sido aplicado a Cristo y su Iglesia, llega a su máxima realización. La imagen del Cordero-Esposo sugiere amor nupcial, amor de intimidad, amor de comunión, amor de posesión, amor de alianza eterna: es la Salvación. Véanse notas de la BJ a Os 1,2 y Ef 5,22-32. La expresión «su Esposa se ha engalanado» forma parte del anuncio. El detalle del atavío de la novia indica la alegría del encuentro y el amor de la respuesta. Los vestidos de la esposa (19,8) significan pureza (lino blanco), santidad y fidelidad. Tras estas proclamaciones de la muchedumbre inmensa, habla el ángel al vidente. Es una proclamación de felicidad (macarismo): «Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero». ¿Pero quiénes son invitados? (cf. Mt 22,1-14). Podemos distinguir varios niveles: todos los hombres; los bautizados; los religiosos o consagrados por la virginidad. Sigue la ratificación de la veracidad de las palabras (19,9). El vidente quiere adorar al ángel, pero éste se define como mero consiervo de los que mantienen el testimonio de Jesús (19,10). El autor precisa que «el testimonio de Jesús es el espíritu de profecía». De esa manera intenta explicarnos esa densa expresión tantas veces usada en el Apocalipsis: «por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo» (cf. 1,2.9, etc.). La relación con el Espíritu de profecía indica que el Espíritu Santo es la fuente del testimonio en favor de Jesucristo. El discurso de despedida del cuarto evangelio nos lo explica detenidamente. 3.5. EXTERMINIO

DE LAS NACIONES PAGANAS

(19,11 – 20,10)

El “Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías” nos ha ofrecido en estos últimos capítulos dos secuencias decisivas en el contraataque del poder divino contra las fuerzas del mal. Los castigos divinos de las siete copas realizadas mediante los siete ángeles, y la proclamación de la caída de Babilonia anunciada por otro ángel de gran poder, llevan adelante el plan divino de aniquilación de las fuerzas hostiles. Ahora vamos a asistir a la gran confrontación en el doble combate escatológico. Sigue el juicio final. Después vendrán las bodas del Cordero. 137

APOCALIPSIS

La sección anterior comenzaba con los aleluyas por la caída de Babilonia y terminaba con los cánticos de la muchedumbre inmensa anunciando el reinado de Dios y las bodas del Cordero. La sección que ahora nos ocupa se centra en el establecimiento de ese reinado con la victoria del Mesías sobre las Bestias y sobre el Dragón. Esa victoria tiene lugar en un doble combate escatológico, con el intermedio del milenio (19,11 - 20,10). Después seguirá el juicio, resurrección y salvación definitiva de los redimidos. El conjunto supone la parte final del drama, que culmina en la visión de la Jerusalén celestial. En este final del drama confluyen las perspectivas del “Apocalipsis del Día de Yahvé” y del “Apocalipsis de las Bestias”, fundiéndose en un solo relato (la idea del Apocalipsis del Día de Yahvé aparecerá más nítida en el juicio según las obras). La victoria del Mesías contra las tropas (naciones) coaligadas, al frente de los cuales está la Bestia, había sido anunciada en 14,14-20 y en 17,12-14. Ahora el autor nos presenta la batalla decisiva. La Biblia de Jerusalén titula esta sección “Exterminio de las naciones paganas”, que abarca de 19,11 a 20,15 (final del c. 20). En este sentido, el doble combate escatológico sería complementario de la sección anterior (El castigo de Babilonia). Sin embargo, debe tenerse presente que la Bestia interviene también en estos combates escatológicos, lo que indica que, más que de secciones complementarias, se trata de versiones distintas (¿paralelas?) del mismo acontecimiento final. Algunos elementos de una u otra de estas versiones aparecen insertados por el autor en la otra versión para formar un conjunto más uniforme. Observemos las siete veces que en esta sección (19,11 - 20,15) aparece la expresión “vi” (griego eidon): 19,11.17.19; 20,1.4.11.12. El primer combate escatológico (19,11-21). Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama «Fiel» y «Veraz»; y juzga y combate con justicia. 12 Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; 13 viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. 14 Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. 15 De su boca sale una espada afilada para herir con ella a 11

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los paganos; él los regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa ira de Dios, el Todopoderoso. 16Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores. 17 Luego vi a un ángel de pie sobre el sol, que gritaba con fuerte voz a todas las aves que volaban por lo alto del cielo: «Venid, reuníos para el gran banquete de Dios, 18 para que comáis carne de reyes, carne de tribunos y carne de valientes, carne de caballos y de sus jinetes, y carne de toda clase de gente, libres y esclavos, pequeños y grandes.» 19 Vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército. 20 Pero la Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta –el que había realizado al servicio de la Bestia los signos con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen–; los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre. 21 Los demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes. Tras los cantos triunfales en el cielo, el vidente contempla de nuevo el cielo abierto. El objeto de la visión es un jinete montando un caballo blanco y acompañado de un ejército. Se disponen a vencer a las fuerzas hostiles. Es el llamado “primer combate escatológico”. A) La visión del jinete sobre el caballo blanco y su ejército La visión contiene una acumulación de datos que ponen de relieve el carácter mesiánico y divino de Jesucristo. El autor, a lo largo de su descripción, nos va a dar cuatro nombres para ese jinete, junto a una serie de detalles. El primer nombre es “Fiel y Veraz” (19,11a). Este apelativo nos recuerda la definición de Dios en Ex 34,6, que el autor del cuarto evangelio había aplicado a Jesucristo proclamándolo «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Como una explicación del primer nombre, y a la vez teniendo presente la batalla que va a comenzar, el autor añade a continuación el segundo nombre: «[el que] juzga y combate con justicia» (19,11b). El combate que se avecina es una lucha en favor de la justicia. 139

APOCALIPSIS

La descripción del jinete prosigue ahora con dos rasgos: los ojos son llamas de fuego (19,12a) y lleva muchas diademas sobre su cabeza (19,12b). Se trata, pues, del carácter divino (ojos de fuego) y regio (diademas) del jinete. En seguida se le llamará «Rey de reyes y Señor de señores» (19,16). En un intento de precisar más la personalidad del jinete, el autor nos orienta hacia otro nombre (el tercero): «lleva escrito un nombre que solo Él conoce» (19,12c). Sin duda, este nombre debe estar relacionado con la divinidad. En seguida se nos aclarará cuál es. Pero antes se nos ofrece un detalle relacionado con dicho nombre. El jinete lleva un manto empapado en sangre (19,13a). El autor no nos dice si es la sangre de la pasión de Cristo o la de los enemigos (véase Is 63,1-3). A continuación nos desvela ese nombre misterioso: «su nombre es: La Palabra de Dios» (19,13b). También este nombre aparece en el prólogo del cuarto evangelio, aunque en empleo absoluto. El título “Palabra de Dios” aplicado a Jesucristo nos recuerda a la vez la Palabra creadora, reveladora y salvadora del AT, y que ha sido amplificada en el Targum con el término “Memrá de YY”. Probablemente el autor conoce esta terminología targúmica. Precisamente en los lugares de castigo es donde el Targum sustituye a Dios por su Palabra. Ella es la ejecutora de sus órdenes. Por ello aquí, en el empleo del nombre “Palabra de Dios” aplicado a Jesucristo, el autor tiene presente principalmente este carácter vindicativo del Verbo divino (véase también Sb 18). Esta descripción de Cristo debía infundir en los cristianos una profunda confianza en el Señor Resucitado, dueño de los destinos de la historia y vencedor del mal. El jinete no está solo; le acompaña un ejército con vestiduras blancas y sobre caballos blancos (19,14). Es admirable la combinación de colorido (blancura) y movimiento (montados sobre caballos). El autor vuelve de nuevo al jinete y nos da algunos nuevos rasgos: «De su boca sale una espada afilada para herir con ella a los paganos» (19,15a). Este detalle está sin duda relacionado con el nombre “Palabra de Dios”. El autor añade: «los regirá con cetro de hierro» (19,15b). Esta referencia al Sal 2 pone de relieve la condición mesiánica del jinete. Un nuevo rasgo es el siguiente: «pisa el lagar el vino de la furiosa ira de Dios, el Todopoderoso» (19,15c). El jinete es el ejecutor del designio divino de castigar a las fuerzas hostiles al reinado de Dios. 140

LAS VISIONES PROFÉTICAS

Finalmente nos encontramos con otro nombre del jinete: «Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de reyes y Señor de señores» (19,16). Es el cuarto nombre que encontramos para describir al jinete. Ya en el saludo (1,5), el autor llamaba a Jesucristo «Príncipe de los reyes de la tierra»; en 17,14 empleaba para Jesucristo el título «Señor de señores y Rey de reyes»; ahora le llama «Rey de reyes», es decir, Rey supremo, y «Señor de señores», es decir, Señor supremo. Este título, además de la afirmación de la realeza de Jesucristo, contiene un derás de traspaso a Cristo de atributos divinos del AT. En efecto, se trata de un apelativo divino (cf. Dt 10,17; 2 M 13,4). Ese título es ahora atribuido a Jesucristo. Se trata, pues, de una proclamación de su mesianidad y de su divinidad. En nuestro caso además está determinado por la victoria sobre los reyes de la tierra, de la que en seguida se va a hablar. Antes de seguir adelante, quizá sea oportuno preguntarnos cómo puede conciliarse dentro del Apocalipsis la imagen de Jesucristo guerrero con la imagen de Jesucristo como Cordero sacrificado (c. 5) y con la representación de Cristo como Esposo (cc. 21-22). La respuesta va en la línea de la múltiple representación de Dios (y del Mesías) en el AT. En cuanto a la imagen de Dios guerrero, recordemos Ex 15,3; también el libro de la Sabiduría (c. 18) imaginaba el descenso de la Palabra divina para castigo de los egipcios como un guerrero inexorable. El Mesías guerrero era una concepción corriente en un sector de la tradición bíblica y targúmica. Para la concepción de Dios esposo y Mesías esposo remitimos a la sección de Ap 21-22. Por otra parte, la imagen de Jesucristo guerrero en el Apocalipsis es sólo la expresión gráfica de uno de los artículos del Credo: «Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos». B) La invitación a las aves para el banquete con la carne de los derrotados (19,17-18) Tras la descripción del jinete, encontramos una invitación del ángel a las aves para que vengan al banquete de la carne de los derrotados (19,17-18). Esta invitación está tomada de Ez 39,17-20 (en el célebre pasaje contra Gog de Magog). Es una magnífica ambientación de la inminencia del combate. 141

APOCALIPSIS

C) La victoria del Jinete (19,19-21). A continuación se describen los contendientes: de una parte están la Bestia y los reyes de la tierra con sus ejércitos; de otra, se hallan el jinete sobre el caballo blanco y su ejército. El vidente contempla a la Bestia y a los reyes de la tierra reunidos para el combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército (19,19). No se nos describe en qué consiste el combate. Solamente se constata el resultado: la captura de la Bestia y del falso Profeta, que son arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre (19,20). Los demás son exterminados por la espada que sale de la boca del que monta sobre el caballo, y son pasto de las aves (19,21). Es, pues, una victoria del Mesías. En seguida el autor nos traerá un segundo combate escatológico, con la victoria divina mediante fuego del cielo, que cae sobre los adversarios. La victoria del Mesías en este primer combate escatológico se inspira en Is 63 y en la interpretación del libro de la Sabiduría (c. 18) sobre la Palabra de Dios como guerrero inexorable en la actuación de la Noche Pascual. El que vence es el Mesías guerrero, la Palabra de Dios. A la vez, encontramos algunos elementos del Ex 15 (Dios guerrero victorioso), de Ez 39 (la invitación a las aves para el Banquete) y de Dn 7 (la derrota de las Bestias). Como hemos visto, esta primera versión del combate escatológico nos ofrece la confrontación entre el jinete y su ejército, de una parte, y las Bestias y su ejército, de otra. El desenlace es la victoria mediante la espada que sale de la boca del Mesías. La victoria lleva consigo la captura de la Bestia y del falso Profeta y el exterminio de sus ejércitos. Esta descripción de tipo profético-apocalíptico nos deja sin precisar el tiempo en que se realiza y a qué acontecimiento se refiere. Como veremos, unos autores la interpretan en relación con la primera venida de Cristo y otros con la última. Será el contexto en su conjunto el que pueda arrojarnos alguna luz. Veremos en seguida que el autor habla de un milenio consiguiente a esta victoria y de un segundo combate escatológico. En ello el autor, a nuestro parecer, se ha atenido a la doble forma con que en la tradición judía se narraba el acontecimiento escatológico, a saber, una victoria mediante el Mesías guerrero y otra mediante una intervención divina directa. En seguida nos ocuparemos de ello. Entretanto volvamos al relato del vidente. 142

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El reino de mil años (20,1-6).

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Luego vi a un ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del abismo y una gran cadena. 2 Dominó al Dragón, la serpiente antigua –que es el diablo y Satanás– y lo encadenó por mil años. 3 Lo arrojó al abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene que ser soltado por poco tiempo. 4 Luego vi unos tronos, y se sentaron en ellos, y se les dio el poder de juzgar; vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años. 5 Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil años. Es la primera resurrección. 6 Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años. 1

Entre los dos combates escatológicos el autor inserta una sección que, de una parte, completa la derrota del primer combate escatológico, y de otra sirve para preparar el segundo. Es el reino de los mil años. Previamente el autor nos presenta el encadenamiento del Dragón. En efecto, tras la captura de la Bestia y del falso Profeta y el aniquilamiento del ejército coaligado, es ahora el Dragón el que es encadenado. Un ángel que baja del cielo es el encargado de dominarlo y encadenarlo (20,1-2). De otra parte, es la primera vez que aparece aquí la cifra de mil años, que en seguida recurre otras tres veces (20,3.4.6). Satanás, encadenado, es arrojado al Abismo (20,3a) y encerrado para que no seduzca a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene que ser soltado por poco tiempo (20,3b). Estamos en uno de los lugares más difíciles del misterioso libro del Apocalipsis. De una parte, es claro el sentido del pasaje. Satanás ha sido vencido. Recordemos que en el c. 12 se hablaba de que había sido arrojado desde el cielo a la tierra. Ahora es arrojado al Abismo. Sin duda, también aquí la victoria redentora de Cristo es la fuerza que hace posible este desenlace del drama escatológico. Por ello, es tal vez preferible proseguir nuestra lectura del texto y en seguida volveremos sobre el significado de esta cifra, sin duda alguna simbólica. 143

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En efecto, inmediatamente después el vidente contempla unos tronos con la función de juzgar y ve a las almas de los mártires (decapitados por la Palabra de Dios y por el testimonio de Jesús) y a los fieles (que no llevaron la marca de la Bestia): «Revivieron y reinaron con Cristo mil años» (20,4). En 20,5 se nos aclara que ésta es una primera resurrección y que es parcial, puesto que los demás muertos no resucitaron hasta que se acabaron los mil años. Son, pues, los mártires y fieles que no adoran a la Bestia. Sigue un macarismo (“dichosos...”) proclamando la dicha de los participantes en esta primera resurrección (20,6): serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y serán a la vez reyes; reinarán con él mil años. La expresión «sacerdotes de Dios y de Cristo» contiene un derás de traspaso: aplicación a Cristo de atributos divinos. El detalle «reinarán con él mil años» indica que los mártires y fieles participan de la potestad regia de Cristo. Interpretación del milenio: El reinado de Cristo y de los mártires (primera resurrección) Los episodios que siguen al milenio (el hecho de que sea soltado Satanás, el segundo combate escatológico y el juicio y resurrección universales) están situados por el autor «cuando se terminen los mil años» (20,7). Después comentaremos estos acontecimientos fundamentales; ahora es preciso preguntarse por el significado del milenio, es decir, del período de mil años en que será encadenado Satanás y en que los mártires y los fieles resucitarán y reinarán con Cristo en la primera resurrección. Como es lógico, el autor ha ligado ambos acontecimientos en su concepción del milenio. Sin duda, el autor definitivo del Apocalipsis piensa en un momento (de duración simbólica) del reinado de Cristo, antes de un último intento de las fuerzas del mal. ¿Qué representan para el autor esos mil años? Los apocalipsis judíos del final del s. I (como el IV Esdras) contemplaban un reinado del Mesías sobre la tierra durante un período prolongado (en IV Esdras un período de 400 años). Tras ese período, IV Esdras contempla la muerte del Mesías y el silencio anterior a la Resurrección. He aquí el texto de 4Esdr 7,26-34: 144

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He aquí que viene el tiempo en el que sucederá que, cuando se cumplan los signos que te he predicho, aparecerá la esposa en apariencia de ciudad y será manifestada la tierra que ahora está oprimida, 27 y todo el que sea librado de los males predichos verá mis maravillas. 28 Pues se revelará mi Hijo Jesús con todos los suyos, y alegrará durante cuatrocientos años a los que hayan quedado. 29 Y sucederá que, tras estos años, morirá mi hijo Cristo y todos los que tienen aliento de hombre, 30 y el mundo volverá al silencio de antes, siete días, como en los primeros comienzos de manera que nada quede. 31 Y sucederá que, tras estos siete días, será despertado el mundo que todavía no está despierto, y morirá el mundo corrompido, 32 y la tierra devolverá a los que duermen en ella, y el polvo, a los que habitan en el silencio, y las despensas darán las almas que les fueron encomendadas 33 y se revelará el Altísimo sobre el trono del juicio y pasarán las misericordias, y se congregará la longanimidad, 34 permanecerá sólo el juicio, y estará firme la verdad. 26

No obstante el interés de este texto, es preciso tener presente la diferencia que hay entre la apocalíptica judía (del IV Esdras), que pone la venida del Mesías al final de los tiempos, y la concepción cristiana, que sitúa la (primera) venida del Mesías en la plenitud de los tiempos, es decir, en el corazón de la historia. Como veremos en seguida, la interpretación del milenio en el Apocalipsis de Juan está estrechamente ligada a las opiniones sobre la naturaleza de la victoria en el primer combate escatológico y sobre el alcance de la primera resurrección. Como hemos visto, el primer combate termina con la victoria del Mesías contra la Bestia y el Falso profeta y los reinos coaligados. En consecuencia, es el desenlace del Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías. Esa victoria es seguida de la primera resurrección y del reinado de mil años. ¿Cuándo tiene lugar esa victoria y cuál es el significado del milenio?. Aquí las opiniones se dividen, y en consecuencia también la concepción de la primera resurrección y de los mil años subsiguientes y del segundo combate escatológico. Veamos las tendencias principales: 145

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a) El milenio como reinado de Cristo en su Iglesia tras la muerte y resurrección. Para unos (como san Agustín), esa primera victoria tendría lugar en la misma muerte y resurrección de Cristo, tras la derrota de Satanás en el c. 12 (cf. nota de la BJ a 20,4b). En este caso los mil años serían un período simbólico para indicar el reinado de Cristo en su Iglesia en la tierra hasta su segunda venida (los mártires reinarían especialmente en el sentido de la veneración y culto especiales que reciben en la Iglesia). De esta manera, habría que interpretar el primer combate escatológico como la primera venida de Cristo. La cosa no deja de ser un tanto extraña, puesto que las imágenes guerreras (19,11ss) no cuadran del todo con la victoria por la Pasión-Resurrección. La primera resurrección sería en este caso una resurrección espiritual, y el período de mil años, una cifra simbólica. El Reinado temporal al final del primer combate escatológico sería un símbolo apocalíptico para indicar que con Cristo han llegado los últimos tiempos. b) Los mil años como período de reinado espiritual en la Iglesia tras la destrucción de Jerusalén o la caída del imperio romano. Para otros, esa primera victoria sobre la Bestia tendría lugar tras la venida de Cristo, contemplada en acontecimientos decisivos, como la caída de Jerusalén o la conversión del Imperio idólatra. Este último acontecimiento habría supuesto la derrota espiritual del imperio romano idólatra en tiempos de Constantino. En consecuencia, los mil años serían el período de paz, tranquilidad y civilización cristiana inaugurada con la caída del imperio romano idólatra. Esta interpretación es parecida a la anterior (de san Agustín), aunque con algunos matices específicos. Ciertamente, si el primer combate se identifica con la caída de Jerusalén o la conversión del imperio romano, la dificultad de las imágenes guerreras para expresar la PasiónResurrección desaparecería. En esta hipótesis la resurrección habría de entenderse también en sentido espiritual. Por supuesto, este acontecimiento puntual (caída de Jerusalén, conversión del imperio pagano, destrucción del imperio romano idólatra) estaría de alguna manera relacionado tanto con la primera venida de Cristo, en cuanto origen, como con la segunda venida, como anticipación y signo. Sin duda alguna, el primer combate escatológico, en su actual posición, debe identificarse con algún acontecimiento en que queden 146

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derrotados la Bestia y el falso Profeta. Por ello, esos autores apuntan a una posible alusión a la destrucción del imperio idólatra y perseguidor de los cristianos. Tal destrucción en sentido simbólico podría tal vez interpretarse en referencia a la aceptación de la fe cristiana por el imperio romano. En este caso, el milenio coincidiría de hecho con el tiempo de la Iglesia, como quiere la interpretación espiritualista. En esta perspectiva el autor del Apocalipsis, al tratar de compaginar la doble tradición sobre el fin (una en el Apocalipsis de las Bestias y otra en el Apocalipsis del Día de Yahvé), habría pensado en un reinado espiritual. El milenio sería, pues, también aquí, el reconocimiento de la soberanía de Dios y de Cristo durante un largo período de la historia y con un culto especial de los mártires. c) El milenarismo como reinado terreno tras la segunda venida de Cristo. Otros interpretan el milenio como un período de esplendor consiguiente a la Parusía o segunda venida de Cristo. Según estos autores, la victoria sobre las Bestias y los reyes coaligados sólo tendrá lugar al final de la historia, con la segunda venida de Cristo. El milenio sería el reinado terreno de Cristo consiguiente a su Parusía. La forma más común de entender este período es el milenarismo. Se trataría de un reinado pacífico del Mesías en la tierra durante mil años, después de su segunda venida. Ésta es la opinión de algunos sectores del cristianismo primitivo (milenarismo) y modernamente de algunas sectas, como los Testigos de Jehová, para los cuales durante ese período sólo resucitarán los Testigos, que serán los mandatarios en ese reino temporal. En este caso, la resurrección de los mártires y de algunos otros (los fieles) sería real. Asimismo el período de mil años como tiempo del reinado de Cristo y de los suyos en la tierra, sería para los milenaristas un período no simbólico, sino real. Esta interpretación de los Testigos de Jehová se fundamenta en una exégesis literalista de las profecías y del Apocalipsis. La Iglesia Católica no se muestra favorable a esta interpretación del milenio. Ciertamente, algunos Padres de la Iglesia creyeron que el milenarismo era una enseñanza del autor del Apocalipsis. Pero el mejor conocimiento de las tradiciones judías y el contexto del conjunto del NT, especialmente del cuarto evangelio, nos autorizan a ver en la representación del milenio del c. 20 una concepción simbólica que excluye una interpretación literalista. 147

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Para juzgar el alcance de las expresiones llenas de imágenes y de simbolismo que utiliza el autor del Apocalipsis, es oportuno tener presente que en la concepción de los Evangelios y de san Pablo, la segunda venida de Cristo no aparece en conexión con la instauración de un Reinado de Cristo en la tierra durante un período determinado, es decir, con la instauración de un reinado terreno. En las fuentes evangélicas y paulinas, esa segunda venida da paso al reinado eterno. Este contexto del NT es importante para entender qué tipo de reinado de Cristo y de los mártires tiene presente el autor del Apocalipsis durante esos mil años. d) Los mil años como cifra simbólica para expresar la salvación eterna. Una forma de interpretar el milenio, identificando el primer combate escatológico con la segunda venida de Cristo, es la comprensión del término “mil años” por un período indefinido. Se pueden aducir razones de tipo literario y teológico. La concepción de los mil años que seguirían a la segunda venida (en gloria) de Cristo, sería una forma simbólica de expresar el reinado ilimitado de Cristo en el cielo, con los suyos, y la eterna felicidad de los elegidos. Ésta podría haber sido la significación originaria del milenio en el Apocalipsis de las Bestias. En este caso, la victoria y el consiguiente reinado de Cristo habría tenido una primera realización con su muerte y resurrección-ascensión (c. 12), y se completaría en la segunda venida. Por ello se utilizan las imágenes bélicas. En efecto, la expresión “mil años” puede de suyo indicar un período indefinido, como en la frase de que Dios hace misericordia por mil generaciones para con los que le temen y guardan sus mandatos (cf. Ex 34,6-7). En este caso, el milenio sería lo mismo que el reino eterno que se describe en los cc. 21-22, es decir, la vida eterna. Los dos combates escatológicos serían una representación de la misma y única victoria definitiva de Dios y del Mesías sobre las fuerzas del mal. Como expondremos más adelante, la yuxtaposición del doble combate escatológico en los cc. 19-20 correspondería a la doble tradición en la literatura judía acerca de la victoria sobre las fuerzas hostiles: una versión concebía la victoria divina con la intervención del Mesías; otra versión representaba la victoria divina con la inter148

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vención del fuego bajado del cielo. Téngase presente que, en la versión sobre la victoria por medio del Mesías, las tradiciones judías hablaban de un largo período de reinado terrestre del Mesías (unos hablaban de 400 años, otros de diversas cifras). El texto lo hemos dado más arriba. Nosotros pensamos que esta última interpretación que considera la expresión “mil años” en sentido de un período indefinido es la más probable. Pero entonces, ¿cómo entender la expresión de 20,7 que habla de que, al terminar el período de mil años, será soltado Satanás y tendrá lugar el segundo combate escatológico? La solución a esta dificultad no es sencilla. Volveremos en seguida sobre ello. Pero antes veamos cómo se describe tanto el encadenamiento de Satanás como el segundo combate escatológico. El sentido del encadenamiento de Satanás durante mil años (20,3) El sentido de este elemento depende de la interpretación que se dé al primer combate escatológico, al milenio y a la primera resurrección. Es oportuno notar que en 12,17 se dice que Satanás cae del cielo y está en la tierra para perseguir a la descendencia de la Mujer, mientras que en el c. 20 se habla de Satanás encadenado en el Abismo. Es posible que se trate de dos formas distintas y complementarias de concebir la derrota de Satanás, dos representaciones que no tienen de suyo por qué ser sucesivas. En la actual redacción del Apocalipsis se afirma que, al final de los mil años, Satanás será soltado, aunque por un breve tiempo. Este detalle era imprescindible al presentarse el doble combate escatológico como una secuencia de dos acontecimientos, uno tras otro. En consecuencia, este detalle indica que el autor del Apocalipsis ha entendido el milenio como un tiempo de duración limitada, cambiando así la perspectiva del sentido que tal vez tenía este milenio en la tradición que parece recoger el Apocalipsis de las Bestias. Como este período es consiguiente al primer combate escatológico, es decisivo saber a qué acontecimiento ha querido referirse el autor al colocar este primer combate en su situación actual. Ya hemos indicado que es difícil pensar que con las imágenes del Mesías guerrero haya querido referirse a la muerte y resurrección de Cristo. También hemos expuesto nuestra opinión sobre las teorías que hablan del primer 149

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combate refiriéndolo a la caída de Jerusalén o a la caída del imperio romano idólatra. A nuestro parecer, el autor sitúa este primer combate escatológico al final de la historia. Los autores antiguos que entendían el primer combate escatológico al final de la historia afirmaron que el vidente de Patmos era milenarista, aunque ciertamente no se tratara de un milenarismo terreno-político, sino de un reinado con dimensión espiritual, según lo afirma el macarismo: «Dichosos los que tengan parte en la primera resurrección... serán sacerdotes de Dios». En esta perspectiva, el Apocalipsis habla de un reinado no político, sino espiritual, de Cristo y de los suyos. Ese reinado es el reconocimiento de la soberanía de Dios y la aceptación de la salvación, tanto en la historia después de su primera venida como en su consumación tras la segunda venida. El segundo combate escatológico y victoria definitiva (20,7-10) Cuando se terminen los mil años, será Satanás soltado de su prisión 8 y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar. 9 Subieron por toda la anchura de la tierra y cercaron el campamento de los santos y de la ciudad amada. Pero bajó fuego del cielo y los devoró. 10 Y el diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. 7

Este segundo combate escatológico comienza tras los mil años, cuando es soltado Satanás (20,7). Estamos, pues, ante una nueva descripción de la acción seductora del Dragón, coaligando a los reyes de la tierra para cercar al pueblo santo. Es para nosotros un misterio por qué Dios permite este hecho. La permisión de la actuación del Maligno es uno de los más oscuros enigmas en la revelación. Satanás seduce a los pueblos para que ataquen el campamento de los Santos y de la Ciudad Amada (20,8). Los coaligados asedian la Ciudad Santa y son devorados por el fuego bajado del cielo. Esta versión del combate escatológico se inspira en Ez 38-39 (cf. 38,22; 39,6). Como indica la BJ en nota a 20,8, el autor del Apocalipsis desdobla a Gog, rey de Magog (Ez 38), en dos personajes (Gog 150

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y Magog), que simbolizan a las naciones paganas coaligadas contra la Iglesia al fin de los tiempos. El Targum Palestinense a Nm 11,26 nos describe también el combate escatológico con unos rasgos que ha podido tener presente el autor del Apocalipsis. Éste es el texto de Nm 11,26 en el Targum Neófiti: «Los dos [Eldad y Medad] profetizaban a una diciendo: Al fin de los días Gog y Magog suben a Jerusalén y caen en las manos del Rey Mesías; y siete años encenderán fuego los hijos de Israel con sus armas y los carpinteros no tendrán que salir [por leña]». El núcleo de este combate, expresado en lenguaje simbólico profético, es la victoria definitiva de Dios sobre las fuerzas hostiles. Como hemos indicado, podría ser una reiteración, bajo una nueva versión, de lo expresado en el primer combate escatológico. Ahora el Diablo es arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso Profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (20,10). Esta victoria se describe, pues, como una intervención divina directa (sin el Mesías). Es probable que el Apocalipsis del Día de Yahvé terminara con el combate de Gog de Magog contra la Ciudad Santa, combate que concluía con la victoria divina con el fuego bajado del cielo. Esta perspectiva estaría recogida en el que ahora es el segundo combate escatológico. Para los que interpretan el milenio como el tiempo de la Iglesia, el segundo combate coincidiría con la segunda venida de Cristo. En cualquier caso, siguen la resurrección y juicio universales. En conjunto, los acontecimientos finales (el hecho de ser soltado Satanás y el segundo combate escatológico) representan el final de la historia con la imagen del asedio a la Ciudad Santa y con la intervención de Dios, que vence a los enemigos. Es una forma de expresar que la victoria final en la historia es de Dios, que el mal no tiene la última palabra y que la lucha contra Dios, incluso agudizada en un momento del final de la historia, es una lucha que termina en una derrota segura de las fuerzas del mal. ¿Cómo conciliar la concepción del milenio (como expresión de salvación eterna) con el doble combate escatológico? Una vez que hemos visto el contenido de este segundo combate escatológico, es el momento de volver a preguntarnos sobre la forma de conciliar el milenio (como salvación definitiva) y el doble comba151

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te. Recordemos que ésta es la opinión que hemos considerado como la más probable. Ciertamente en esta hipótesis del milenio como salvación definitiva, es preciso afirmar que el primer combate escatológico, en el alcance que tenía en la tradición recogida en el Apocalipsis de las Bestias, consistiría en la segunda venida de Cristo. De otra manera no tiene sentido. Sin duda es necesario reconocer que el autor ha imaginado tres momentos: a) primera victoria del Mesías; b) reinado de mil años; c) segunda victoria escatológica (con el juicio universal). En consecuencia, el autor deja suponer que el Dragón ha estado encadenado los mil años del reinado del Mesías y los suyos, y que al final ha sido soltado para formar una nueva coalición contra la Ciudad Santa, coalición que es derrotada por la intervención divina. En una primera lectura superficial del texto, en la actual secuencia del Apocalipsis (cc. 19-20), el milenio debe interpretarse como un reinado largo (aunque limitado) del Mesías y los suyos en la tierra, o como reinado en la Iglesia. Pero es preciso reconocer también que su lenguaje aquí (como en el c. 7, al hablar de los 144.000 mártires) es simbólico y que al autor le gusta desarrollar la misma idea en cuadros sucesivos que, no obstante, parecen ser de referente idéntico (como los sellos y las trompetas, de una parte, y las copas, de otra). A nuestro parecer, como hemos dicho más arriba, el autor tenía ante sí una doble tradición sobre el fin, y ésa es la explicación de la actual secuencia del doble combate escatológico y del milenio en el Apocalipsis (cc. 19-20). Las dos versiones del combate escatológico que encontramos en el Apocalipsis podrían ser dos versiones paralelas acerca del fin (probablemente una era la del Apocalipsis de las Bestias y otra la del Apocalipsis del Día de Yahvé). De suyo ambas serían equivalentes y se remontarían a dos concepciones respectivas en la literatura bíblica e intertestamentaria. Evidentemente, si el autor quería recoger la doble tradición apocalíptica sobre el fin, tenía que engarzarlas. La frase de 20,7 (sobre que al final del período de mil años será soltado Satanás) podría ser ese engarce. Estamos ante una disposición del material en que el milenio sirve de puente y solución de compromiso ante la necesidad de coordinar las dos representaciones del fin, heredadas en parte de la apocalíptica judía. Ello no significa que el autor haya querido 152

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informar efectivamente de dos momentos del combate escatológico. Conforme al estilo del Apocalipsis, habría que suponer más bien que (y a pesar de 20,7) su intención ha sido presentarnos dos representaciones paralelas del fin que, con su doble simbolismo, nos confirmen en la victoria final del Señor y de su Mesías contra las fuerzas del mal. De esa manera habría querido visualizar la venida victoriosa de Cristo que precede al juicio y resurrección universales. El autor habría coordinado ambas representaciones del fin estableciendo un período intermedio (el reinado de mil años), que es una cifra simbólica para expresar el triunfo de los elegidos. Además, es posible que esta mención de los mil años (entendida en el sentido de período indefinido equivalente a la Salvación eterna y victoria definitiva) hubiera sido el final del Apocalipsis de las Bestias. Al introducir el autor el segundo combate escatológico, el sentido del milenio (duración ilimitada) queda reducido por el contexto a un período limitado, intermedio entre el primer combate escatológico y el segundo. Este ajuste es el que ha permitido las diversas interpretaciones del primer combate escatológico y del milenio que hemos enumerado. Así pues, la actual situación del milenio ha surgido ante la necesidad de conciliar la doble versión sobre el final. Por ello, algunos autores hablan de duplicado para explicar el doble combate escatológico. Éste es el texto de la nota de la BJ a 20,4a: «Este difícil versículo es uno de los que parecen dejar traslucir etapas y retoques en la redacción del libro. ¿Será 20,1-6 un duplicado de 19,11-21? Cf. Mt 19,28; 1 Co 6,2-3». Este triunfo habría sido expresado como reinado con Cristo sobre la tierra, pero en realidad, a nuestro parecer, es el mismo que en 21,1ss se describirá como los nuevos cielos y la tierra nueva. Otra nota de la BJ a 20,6b (ed. 1967) va en la misma dirección: «Este reino estaba anunciado, 5,9-10. Será también el reino que, bajo el símbolo de la Jerusalén futura, se describirá en 21,9 - 22, 2 y 22,6-15, aunque este pasaje venga después de la evocación del Juicio final, 20,13-15». Así pues, el autor de esta nota parece referir el reinado de los mil años al reinado de los fieles de Cristo anunciado en 5,9-10, que sería el mismo al que se refiere la sección de la Jerusalén futura de 21,9 - 22,2 y 22,6-15. Estamos de acuerdo con la línea general de esta nota, aunque, a nuestro parecer, hay diferencia entre el reinado de 5,9-10 (el pueblo sacerdotal) y la sección de la Jerusalén futura, en 153

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que no se habla ya de un reinado sobre la tierra (a pesar de que se mantiene la imagen de la Jerusalén mesiánica). En consecuencia, nos parece que el conjunto de los dos combates escatológicos (incluyendo el milenio) se refieren a la victoria final (escatológica), que corresponde a la segunda venida del Mesías y al juicio universal que aparece en la tradición sinóptica. La perspectiva de un reinado material sobre la tierra sería una falsa inteligencia del carácter simbólico de las expresiones. De la misma manera, la perspectiva de una lucha militar parece ser asimismo una falsa interpretación del carácter simbólico de las representaciones proféticas, tal y como las utiliza el autor del Apocalipsis (y prescindiendo del alcance que pudieran tener en los escritos proféticos cuyos textos se recogen y se releen aquí). Cuando el autor habla, pues, de primera resurrección y del reinado con Cristo de los mártires durante mil años (20,5-6) como distinto de la resurrección universal, sus expresiones quieren indicar la gloria especial de los mártires en la segunda venida de Cristo y su situación definitiva de redimidos (sin que tengan que temer el juicio universal y la condenación –muerte segunda–). Ésa nos parece ser la perspectiva más coherente. La interpretación de la primera resurrección referida al Bautismo (cf. BJ nota a 20,4b) está en conexión con la doctrina de san Agustín sobre el comienzo del milenio a partir de la resurrección de Cristo. Pero, como hemos indicado, no parece que esa interpretación dé razón de las expresiones de Ap 19-20. En consecuencia, los mil años que estaría encadenado Satanás y durante los cuales reinarán los santos y mártires, sea cual sea el origen de esta tradición y su significado en otros apocalipsis, parecen tener en nuestro libro una función determinada: servir de puente entre la doble versión del combate escatológico que el autor recoge. El autor del Apocalipsis, al recoger las dos versiones paralelas del fin, nos habría querido remitir, en dos cuadros sucesivos, a dos elementos de la fe cristiana:

· La segunda venida (gloriosa) de Cristo al final de los tiempos. · El Juicio definitivo de Dios sobre la historia con la resurrección y juicio universales: salvación de los buenos (vida eterna) y condenación de los malvados. 154

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Visión de conjunto del doble combate escatológico y milenio en el Apocalipsis (19,11 – 20,10) 1) Para los que interpretan el Milenio como tiempo de la Iglesia. A) El primer combate escatológico: símbolo de la victoria de Cristo en la Cruz-Resurrección. B) Milenio: tiempo de la Iglesia. La concepción de Satanás soltado al final de los tiempos podría ser una expresión paralela de la idea de la aparición del Anticristo y del crecimiento de apostasía (como se encuentra en los Evangelios y en Pablo). C) El segundo combate escatológico: combate final y juicio definitivo (segunda venida gloriosa, resurrección y juicio). 2) Para los que interpretan el Milenio como Reinado terreno de Cristo al fin de los tiempos entre los dos combates. A) El primer combate escatológico: Segunda venida de Cristo y resurrección de los mártires. B) Milenio: reino terreno de Cristo y de los suyos en el período que sigue a la segunda venida (entre los dos combates). C) El segundo combate escatológico: juicio y resurrección universales tras el Milenio 3) Para los Testigos de Jehová (como la anterior pero con algunas peculiaridades). A) El primer combate escatológico: batalla de Harmaguedón (que es la venida de Cristo a la tierra en un tiempo próximo). B) Milenio: reino en la tierra bajo el gobierno de los 144.000 testigos. C) El segundo combate escatológico: juicio definitivo con la aniquilación de los malos. 4) Para los que interpretan el milenio (unido al primer combate escatológico) como un símbolo de la victoria final de Cristo. En este supuesto la versión del primer combate sería paralela y equivalente del segundo combate. Según esta interpretación, a la que nos inclinamos, tendríamos las siguientes correspondencias: A) El primer combate escatológico: versión (primera) de la victoria final con la imagen de Cristo que vence a los enemigos (segunda venida del Señor). 155

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B) Milenio: reinado de mil años (período sin límite en el Apocalipsis de las Bestias); en la actual situación del libro, en que el milenio está colocado antes del segundo combate escatológico, sería un período limitado. El milenio en este caso, además de ser un elemento de la versión primera con que se representa el fin, sirve de puente y solución de compromiso ante la necesidad de coordinar ambas representaciones, heredadas en parte de la Apocalíptica judía. Parece natural que el milenio siguiera al primer combate escatológico (como en los Apocalipsis judíos). En este caso, su significado es el reinado del Mesías después del primer combate escatológico, combate que tiene lugar entre las Bestias y el Mesías y en el que las Bestias quedan derrotadas. Debe tenerse presente que en los Apocalipsis judíos, tras el milenio, no hay un nuevo combate, sino la muerte del Mesías, un período de silencio y la resurrección y juicio universales (el texto de IV Esdras lo hemos dado más arriba). C) El segundo combate escatológico: versión (segunda) de la victoria final con la imagen de Dios que vence a sus enemigos y juzga a la humanidad. El Juicio de las naciones y la resurrección universal (20,11-15). Luego vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él. El cielo y la tierra huyeron de su presencia sin dejar rastro. 12 Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras. 13 Y el mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras. 14 La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego –este lago de fuego es la muerte segunda–, 15 y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego. 11

La resurrección universal y el juicio consiguiente nos remiten ya a la metahistoria. La Biblia de Jerusalén incluye esta sección bajo el título “El juicio de las Naciones”. Pero este título es adecuado sólo en parte. El autor del Apocalipsis parece abordar aquí el gran tema de 156

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la resurrección y juicio universal divino sobre la humanidad, un juicio según las obras y que lleva consigo el castigo definitivo de los malvados. Esta sección, en la situación actual del libro, es el fin tanto del Apocalipsis del Día de Yahvé como del Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Hijo del hombre. Comienza con la visión del Juez: «Luego vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado sobre él. El cielo y la tierra huyeron de su presencia sin dejar rastro» (20,11). El vidente contempla a continuación a los que van a ser juzgados: «Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono; fueron abiertos unos libros, y luego se abrió otro libro, que es el de la vida; y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros, conforme a sus obras» (20,12). Los libros abiertos parecen significar los libros de las acciones de la humanidad. El libro de la vida contiene el nombre de los predestinados. Por dos veces se dice que el juicio es conforme a las obras. Ello indica el sentido del libro de la vida y en qué modo se puede hablar de los “predestinados”. La resurrección se expresa con la misma imagen del Targum Palestinense a Ex 15: El mar devuelve los muertos y la Muerte y el Hades devuelven a sus muertos (20,13). En un alarde de expresión simbólica, se dice que la Muerte y el Hades son arrojados al lago de fuego (se precisa que este lago es la muerte segunda: 20,14). Los no inscritos en el libro de la vida son arrojados también al lago de fuego. En los dos capítulos siguientes (21-22) se describirá la salvación definitiva de los redimidos. En este contexto no se habla de “segunda resurrección”, tal vez porque la resurrección de los malvados solamente es para juicio. Los cc. 19-20 que acabamos de exponer contienen la visión divina sobre el final de la historia. El doble combate escatológico significa la lucha entre el Bien y el Mal anunciada ya en Gn 3,15, y que se prosigue en la historia hasta una confrontación final en que la victoria será de Dios por medio de su Mesías. Junto a esta perspectiva y estrechamente ligada a ella está la del Juicio de Dios sobre las acciones de los hombres, un juicio final conclusivo de la historia en que se haga justicia a los buenos y se dé su merecido a los malvados. El libro de la vida es el símbolo para indicar la salvación eterna. 157

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Visión de conjunto del mensaje de la segunda sección de la parte profética del Apocalipsis (cc. 12-20) La segunda sección de la parte profética de nuestro libro, que acabamos de describir, la hemos titulado “Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías”. Los dos últimos capítulos forman la coronación de todo el libro. En cuanto a la descripción de la confrontación de las fuerzas del mal y del bien, esta parte del Apocalipsis nos ilustra sobre el origen diabólico del poder idólatra perseguidor de los cristianos. La calificación de “bestial” dada al poder idólatra perseguidor y a la propaganda del mismo (siguiendo la imagen clásica de Dn 7) comporta un juicio decisivo sobre la irracionalidad y la crueldad del poder idólatra y, en consecuencia, rival y enemigo del verdadero Dios. La figura de Nerón llevando a muerte a los cristianos es una visible manifestación de esa locura infernal. La representación de la persecución con la imagen de una Prostituta que, montada sobre la Bestia, se embriaga con la sangre de los cristianos es otra imagen expresiva de la soberbia, lujuria y crueldad diabólica que está en el origen de la persecución. Pero esta parte del libro pone también de relieve la intervención divina vengando la sangre de los mártires y juzgando y condenando a las potencias del mal. El Apocalipsis es en consecuencia la proclamación del juicio divino. Ya en la visión de la Mujer y el Dragón se narra la derrota inicial del Dragón por la muerte y resurrección de Cristo. La lucha entre Miguel y el Dragón y la victoria de aquél es la representación figurativa de esta victoria de Cristo. A partir del c. 14 el autor nos informa del contraataque del Mesías y de su ejército (los fieles –vírgenes y mártires–) contra las fuerzas de las Bestias y de los que llevan su marca. Las plagas de las siete copas, el castigo de Babilonia (ruina y desolación) y la victoria de Dios y de su Mesías en el doble combate escatológico nos aseguran que el triunfo definitivo es el triunfo del bien, de la fidelidad, de la adoración del Único Dios, de la pureza, de la valentía hasta la muerte. Ese triunfo culmina en la gloria eterna. Nuestra sección nos hace contemplar proféticamente el destino de la Iglesia. En el horizonte inmediato está la persecución coexistente con el reinado inicial de Cristo. Pero en el horizonte final está 158

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el triunfo del Bien sobre el Mal. El drama de la historia es un Drama Redentor. La condenación, que en este libro, siguiendo la tradición apocalíptica, se representa con la imagen del lago de fuego con azufre, está reservada solamente para aquellos que no quieren convertirse de su idolatría, de sus asesinatos, de sus robos y de sus fornicaciones. Pero el grito que domina en el Apocalipsis de Juan es la proclamación de 19,6b: «¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso». Es el mismo grito de júbilo que veíamos en 7,10: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». La visión final (cc. 21-22), que en seguida comentaremos, lo confirma.

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APOCALIPSIS

4. LA NUEVA JERUSALÉN. EL REINO ETERNO DE DIOS (cc. 21-22) El drama escatológico, una vez vencidas las fuerzas hostiles a Dios, termina en la salvación de los elegidos. La descripción de la vida eterna en la Jerusalén futura es la forma inspirada de concluir la Biblia (como concluye el Credo). Los destinos de la Iglesia, como los destinos del mundo redimido, son la comunión con Dios. Los dos últimos capítulos del Apocalipsis nos introducen en este misterio de consumación. Con ellos el autor termina su libro. 4.1. EL

REINADO ETERNO DE

DIOS (21,1 – 22,5)

La sección contiene una doble visión de la Ciudad Santa. Algunos, como la Biblia de Jerusalén, hablan de la Jerusalén celestial en la primera sección (21,1-8) y de la Jerusalén mesiánica en la segunda (21,9 - 22,5). Es evidente que el autor quiere expresar una sola realidad: la comunión eterna en el cielo. Pero, para expresarlo, ha tomado imágenes de dos representaciones distintas: la primera es la concepción de una Jerusalén celeste, concepción que responde a la idea de que las realidades de este mundo, especialmente el Santuario (TabernáculoTemplo), tienen su modelo celeste (cf. el modelo mostrado a Moisés según Ex 25-30). La segunda representación es la concepción de la Jerusalén mesiánica, tal y como había sido descrita por los profetas como centro de agrupación de todas las naciones y como faro de luz encumbrado como enseña de los pueblos (véase Is 2,2-5; Mi 4,1-3). Algún autor piensa que esta doble visión de Jerusalén puede explicarse como un elemento más del doble apocalipsis incorporado por el autor (que nosotros hemos llamado el “Apocalipsis del Día de Yahvé” y el “Apocalipsis de las Bestias y de su derrota por el Mesías”). La evidencia es muy escasa y es mejor pensar que el autor, para expresar el reino eterno de Dios, ha acumulado sucesivamente la doble concepción que le ofrecía la tradición. La Jerusalén celestial (21,1-8)

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Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva –porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. 2 Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del 1

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cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. 3 Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. 4 Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.» 5 Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago nuevas todas las cosas.» Y añadió: «Escribe: Éstas son palabras ciertas y verdaderas.» 6 Me dijo también: «Hecho está; yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. 7 Ésta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí. 8Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda». La sección consta de tres partes: una visión, un oráculo y la confirmación divina. a) La visión: el cielo nuevo y la tierra nueva; la Nueva Jerusalén engalanada como una novia (21,1-2). El autor contempla «un cielo nuevo y una tierra nueva» (21,1a). La expresión en Isaías (65,17) indicaba la renovación del mundo presente. Juan nos lleva a una realidad nueva. Así lo indica el autor: «porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya» (21,1b). Estamos, pues, no ante el mundo presente renovado (como quieren los Testigos de Jehová), sino ante una nueva creación. En este mundo nuevo, el autor contempla «la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo» (21,2). También la ciudad de Jerusalén que contempla el autor es nueva. Su origen es celeste. Baja del cielo, de junto a Dios. Jerusalén queda así convertida en uno de los símbolos más evocadores del mundo de la Biblia. Un poco más adelante (21,10) la llama «la ciudad santa de Jerusalén». Está engalanada como una novia ataviada para su esposo. Aparece así uno de los rasgos que ya se habían anticipado al hablar de 161

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las Bodas del Cordero (19,7: su esposa se ha engalanado). Ese atavío de la Jerusalén celestial es la gracia, el amor de alianza eterna. En seguida veremos también el calificativo de “esposa” dado a la Jerusalén, que trae consigo la gloria de Dios (21,9-10). b) El oráculo: morada de Dios; alianza eterna y liberación del mal (21,3-4). Ante esta visión de la nueva Jerusalén, un cielo nuevo y una tierra nueva, el autor escucha una fuerte voz que habla desde el trono. El oráculo divino proclama: «Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo, y él, Dioscon-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (21,3-4). El texto es fundamental. Dos veces se repite la idea de la ‘morada’ de Dios con los hombres (v. 3). Con la nueva Jerusalén llega a su culminación la comunión de Dios con la humanidad, la morada de Dios con los hombres. Ésta había sido la promesa divina hecha a Moisés y prefigurada en el Tabernáculo-Templo (Ex 25); ésta había sido la promesa de Ezequiel para la Nueva Alianza (Ez 36,25-28). Esa morada había sido expresada también por otros profetas. Así, Zacarías se dirige a Sión con estas palabras: «Grita de gozo y regocíjate, Sión capital, pues vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahvé. Aquel día se unirán a Yahvé numerosas naciones: serán un pueblo para mí, y yo moraré en medio de ti. Sabrás así que Yahvé Sebaot me ha enviado a ti» (Za 2,14-15). Asimismo Isaías canta: «¡Qué grande en medio de ti el Santo de Israel!» (Is 12,6). También los Salmos hablan de que Dios está en medio de ella (Sal 46,6) y de que el Monte Sión es la morada del gran Rey (Sal 48,3). Esta promesa de habitar en medio de su pueblo había sido realizada de una manera definitiva en el misterio de la Encarnación del Verbo (habitó entre nosotros, Jn 1,14). Ahora la Jerusalén celestial será la morada definitiva de Dios con la humanidad. Difícilmente puede expresarse con más fuerza el designio salvador de Dios y su amor a los hombres. La promesa «pondrá su morada entre ellos» continúa con la siguiente afirmación: «y ellos serán su pueblo, y él, Dios-con-ellos, será su Dios» (21,3b). El término “pueblo” se encuentra en muchos manuscritos en plural: “sus pueblos”. Esta lectura es preferida por muchas ediciones críticas. Con ella se habría querido expresar la 162

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diversidad de pueblos que forman la Jerusalén celestial. En cualquiera de las dos variantes está presente la fórmula de la Alianza (ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios), que recorre toda la Biblia: Ex 6,7; Dt 26,17-18; Jr 31,32; Ez 36,38; etc. Ahora los redimidos son el pueblo santo, lleno de la Gloria de Dios, unido a él eternamente. Y Él es su Dios, el Dios Uno y Trino, adorado eternamente y reconocido como el Creador y Señor. Es digno de notarse la forma original con que Dios es nombrado en este lugar: “el Dios-con-ellos será su Dios”. En una retrotraducción al hebreo habría que decir: “el Emmanuel será su Dios”. El Dios verdadero y único es el Dios con nosotros (cf. Is 7,14). Las otras variantes de esta expresión (véase la nota de la BJ) destacan también en sus diversas lecturas la intensidad de esta Comunión. Tras esta promesa con la formulación de la Alianza, la voz del trono prosigue: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos». Las lágrimas, signo del dolor, serán enjugadas por Dios, por su amor eterno. «No habrá ya muerte, ni llanto ni grito, ni fatigas»; es la liberación definitiva del mal, especialmente de la muerte en los redimidos. El texto termina diciendo: «porque el mundo viejo ha pasado» (21,4c). Esta historia de la humanidad que el autor nos ha descrito llena de luchas, de victorias y derrotas, la historia de una humanidad sometida a la muerte, ha pasado. Esa expresión sobre la transitoriedad del mundo es la perspectiva del creyente sobre el sentido de la vida humana (cf. la Constitución Gaudium et Spes [nº 39], que ha acudido a estos textos). c) Confirmación divina: creación del mundo nuevo; Dios, el Primero y el Último; filiación divina; exclusión de los malvados (21,5-8). Hasta aquí hemos escuchado una voz que salía del trono. Ahora vamos a escuchar al mismo Dios: «Entonces dijo el que estaba sentado en el trono: Mira que hago nuevas todas las cosas» (21,5a). El oráculo divino tiene una primera sentencia: el Dios creador del cielo y de la tierra ahora crea un mundo nuevo. Es el mundo de la comunión eterna, el mundo libre de trabajos, de dolor, de penas y de muerte; es el mundo de la salvación. El lenguaje popular lo llama “cielo”. El oráculo divino prosigue: «Escribe: Éstas son palabras ciertas y verdaderas» (21,5b). Las promesas son tan espléndidas que Dios quiere ratificarlas con su autoridad divina. A continuación añade el autor: «Me dijo también: Hecho está; yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré el manantial del agua 163

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de la vida gratis. Ésta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí» (21,6-7). La proclamación «Hecho está» (21,6a) sella el misterio de la creación y de la historia. La autopresentación divina que sigue nos remite al principio y al fin de todo: «Yo soy el Alfa y la Omega, El Principio y el Fin» (21,6b). Estos títulos divinos (cf. Is 44,6; 48,12) vienen aquí a dar fuerza y a ratificar la proclamación «Hecho está». En efecto, Dios está al comienzo de la creación y al final de la historia. Él es el Alfa y la Omega, el Primero y el Último (el Eterno). Recordemos que estos atributos aparecen también referidos a Jesucristo en 1,17 y en 2,8. Jesucristo, por su divinidad, participa de estos atributos. Junto a la autopresentación divina encontramos una invitación. Es ésta una secuencia propia de la Escuela de Juan (Jn 6,35; 8,12, etc.). La invitación aquí es la siguiente: «Al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis» (21,6b). Es la promesa de la vida eterna simbolizada en el manantial del agua de la vida (cf. Jn 4,10-14; 7,37-39; 19,34). El don es gratuito, fruto del amor misericordioso de Dios. La fórmula es promesa e invitación. Sólo hace falta “tener sed” (cf. Is 55,1ss). El oráculo divino prosigue directamente: «Ésta será la herencia del vencedor» (21,7a). La frase nos recuerda las promesas de las cartas al vencedor. Sin duda son palabras de consuelo para unos lectores sumergidos en una brutal persecución. La fórmula de la Alianza («Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí», 21,7b) se presenta ahora con una variante significativa. El vencedor será “hijo” (cf. 2 Co 6,16-18). Esta perspectiva de la filiación va hacia el sentido más profundo de la expresión “ellos serán mi pueblo”. La relación de filiación es la culminación del designio divino de un pueblo de hijos en el Hijo. El oráculo divino termina: «Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (21,8). Esta exclusión de los malvados de la alianza eterna es una advertencia en labios del autor del Apocalipsis. El mal moral excluye del Reino eterno. Ello pone de relieve la finalidad exhortatoria de la visión. Los vicios que se recriminan giran en torno a los mandamientos del decálogo, destacando la impureza, el asesinato, la idolatría y la mentira. Recordemos lo que dice el autor en 9,20-21. 164

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La Jerusalén mesiánica (21,9 - 22,5). Entonces vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete últimas plagas, y me habló diciendo: «Ven, que te voy a enseñar a la Novia, a la Esposa del Cordero.» 10Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, 11 y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino. 12 Tenía una muralla grande y alta, con doce puertas; y sobre las puertas, doce ángeles y nombres grabados, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel; 13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al occidente tres puertas. 14 La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. 16 La ciudad es un cuadrado: su longitud es igual a su anchura. Midió la ciudad con la caña, y tenía doce mil estadios. Su longitud, anchura y altura son iguales. 17 Midió luego su muralla, y tenía ciento cuarenta y cuatro codos –con medida humana, que era la del ángel–. 18 El material de esta muralla es jaspe y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio puro. 19 Los pilares de la muralla de la ciudad están adornados de toda clase de piedras preciosas: el primer pilar es de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de calcedonia, el cuarto de esmeralda, 20 el quinto de sardónica, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista. 21 Y las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla; y la plaza de la ciudad es de oro puro, transparente como el cristal. 22 Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. 23 La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero. 24 Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor. 25 Sus puertas no se cerrarán con el día –porque allí no habrá noche– 26 y traerán a ella el esplendor y los tesoros de las naciones. 27 Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero. 9

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Luego me mostró el río de agua de vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. 2 En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay un árbol de vida, que da fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles. 3 Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. 4 Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. 5 Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos. 1

Ahora interviene uno de los siete ángeles que tenían las siete copas con las siete últimas plagas (21,9). El ángel va a enseñar al vidente a la Novia, la Esposa del Cordero. Según indica la nota de la BJ a 21,9, estamos ahora ante una representación de la Jerusalén mesiánica, puesto que las naciones acuden a ella. No obstante, como hemos dicho más arriba, la realidad es la misma de la Jerusalén celestial. La descripción de la Jerusalén mesiánica se inspira en Ez 40-48. Esta descripción (21,9ss) quiere ayudar al lector a que imagine la belleza y grandiosidad de la salvación comunitaria y a la dicha de la presencia de Dios (21,22-26). El vidente es trasladado por uno de los siete ángeles a un monte grande y alto (21,9). El autor quiere darnos una perspectiva de conjunto de la Ciudad, una panorámica de la mansión eterna. Éstos son los diversos elementos de la visión: a) La ciudad y su resplandor (21,10-11). La esposa resulta ser la Ciudad (21,10a). Se la llama Ciudad Santa de Jerusalén. También aquí, como en la primera descripción (21,2), baja del cielo, de junto a Dios (21,10b), pero ahora el autor añade un detalle precioso: «y tenía la gloria de Dios» (21,11a). Con esta pincelada el autor nos introduce en el paquete riquísimo de asociaciones que el concepto de gloria tiene en la Biblia: la representación de las apariciones divinas en la tradición sacerdotal (Ex 16,7.10); la figura de la gloria de Dios en Ezequiel (1,28; 3,23; 10,18-22; 43,4); la gloria que llenaba el Santuario (Ex 40,34-35) y el Templo (1 R 8,10-11). La gloria es presencia divina, luz y resplandor; es manifestación, santidad y fuego de amor. Por ello, el autor habla a continuación del res166

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plandor de la Ciudad. Recordemos que el Verbo encarnado es descrito en el cuarto evangelio como poseedor de la gloria: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria» (1,14). Esta visión de la Jerusalén futura es la síntesis de la promesa del AT y del NT sobre la salvación como comunión divina y como congregación de todos los pueblos en el banquete mesiánico. El vidente nos da ahora una pincelada de la ciudad: «Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino» (v. 11). El autor, que, como en seguida veremos, tiene un amplio conocimiento de las piedras preciosas, nos ofrece aquí ya una primera muestra de su repertorio. b) La muralla y las puertas (21,12-14). Como en todas las ciudades antiguas conocidas por el autor, la Jerusalén que baja del cielo tiene una muralla. El simbolismo de la muralla para el mundo antiguo es riquísimo. La muralla era protección e indicación de un recinto de convivencia y de seguridad; era adorno y defensa. En el centro de la ciudad están la plaza y el Templo. La muralla que contempla el autor tiene doce puertas. Se trata de un número lleno de simbolismo, que el autor pone de relieve con nuevos elementos. Sobre las puertas hay doce ángeles y están grabados los nombres de las doce tribus de Israel (21,12). Tres están situadas en cada uno de los cuatro puntos cardinales (21,13). La Jerusalén que baja del cielo tiene, pues, doce ángeles protectores, y es el nuevo Israel. La mención de las doce tribus (como en el c. 7) es una indicación del conjunto del pueblo de Dios, del AT y del NT. En efecto, nos dice el autor: «La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (21,14). Es admirable la riqueza teológica que encierra esta consideración, con la mención de los nombres de las doce tribus y los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Toda la historia de la salvación se funde ahora en la Ciudad Santa que baja de cielo. c) Dimensiones y fundamentos de la ciudad: Puertas y plaza (21,15-21). El autor nos ofrece una serie de detalles sobre las dimensiones de la ciudad. Es un cuadrado y mide 12.000 estadios, una cifra simbólica, resultado de la multiplicación de 12 x 1000 (ambos números per167

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fectos); la muralla mide 144 codos (también el resultado de 12 x 12). El material de la muralla es jaspe, y la ciudad es de oro puro semejante al vidrio puro (v. 18). A continuación hace el autor un alarde de enumeración de las piedras preciosas con que están adornados los asientos de la muralla de la ciudad (recordemos que en ellos están grabados los nombres de los doce apóstoles del Cordero): «Los pilares de la muralla de la ciudad están adornados de toda clase de piedras preciosas: el primer pilar es de jaspe, el segundo de zafiro, el tercero de calcedonia, el cuarto de esmeralda, el quinto de sardónica, el sexto de cornalina, el séptimo de crisólito, el octavo de berilo, el noveno de topacio, el décimo de crisoprasa, el undécimo de jacinto, el duodécimo de amatista» (21,19-20). Algunos autores ven un simbolismo cristológico en esta enumeración de piedras preciosas. La descripción se completa con la mención del material de las puertas y de la plaza: «Y las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla; y la plaza de la ciudad es de oro puro, trasparente como el cristal» (21,21). d) La presencia de Dios y del Cordero hace de toda la ciudad un Santuario divino (21,22). En este momento el autor hace una indicación. En la Jerusalén histórica había un Santuario que representaba la morada de Dios; en la nueva Jerusalén no hay santuario, «porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario» (21,22). La ciudad está tan llena de la presencia de Dios que toda ella es lugar santísimo. Es interesante observar la forma con que el autor introduce al Cordero junto al Dios Todopoderoso. Es una de las muchas formas con que el libro del Apocalipsis nos expresa la divinidad de Jesucristo. e) Ciudad iluminada con la gloria de Dios (21,23). Un nuevo detalle nos explica las peculiaridades de la nueva Jerusalén: «La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero» (21,23). Ya hemos indicado que la gloria de Dios es la manifestación luminosa del ser divino. El Cordero, que participa de la divinidad, es por ello fuente de luz, lámpara de la nueva Jerusalén. No podemos menos que recordar toda la concepción del cuarto evangelio sobre Cristo luz (Jn 1,4-5; 3,19; 8,12; 9,5; 12,46). 168

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El autor introduce dos elementos más: las naciones caminarán a su luz y las puertas estarán abiertas para recibir las ofrendas de los pueblos (21,24-26). Estos elementos están tomados de las descripciones proféticas de la Jerusalén mesiánica futura. Recordemos los textos citados de Is 2 y de Mi 4. El autor habla como si todavía existieran las naciones. Su intención seguramente es indicar que la nueva Jerusalén es el cumplimiento de las profecías sobre Jerusalén, centro de los pueblos. f) Exclusión de los malvados (21,27). También aquí, como en 21,8, encontramos la exclusión de lo profano: «Nada profano entrará en ella, ni los que cometen abominación y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero» (21,27). Aquí el autor resume los vicios con dos términos (“abominación y mentira”) que de alguna manera quieren destacar lo esencial de la enumeración de 21,8. g) El río de agua de Vida y los árboles de la vida (22,1-2). Tras esta prolija descripción de la belleza y grandiosidad de la nueva Jerusalén, el ángel muestra al vidente «el río de agua de vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero» (22,1). La famosa visión de Ezequiel (c. 47) de la corriente de agua que brota del costado del templo es ahora actualizada mediante su aplicación a la Jerusalén de arriba. Allí el torrente salía del templo; aquí brota del trono de Dios y del Cordero. Tenemos de nuevo aquí la mención del Cordero unido a Dios en el trono. Es una forma de expresar su divinidad. Pero es importante detenernos en la expresión “río de agua de vida”. Efectivamente, el agua es un símbolo de la vida. El río de agua de vida es una imagen que expresa la realidad de la vida eterna. Recordemos los lugares del cuarto evangelio que hemos citado a propósito de la promesa de beber del agua de la vida en 21,6. Pero a este símbolo va a unirse inmediatamente otro, el del árbol de la vida: «En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay un árbol de vida, que da fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles» (22,2). Tener a disposición el alimento de vida era la condición del hombre en el paraíso (cf. Gn 2-3); ahora el autor imagina a una y otra margen del río árboles de vida que, además, tienen hojas medicinales para los gentiles (estamos de nuevo en la imagen de las profecías sobre la Jerusalén futura). 169

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h) Adoración y contemplación de Dios, vida de los habitantes de la Jerusalén futura (22,3-5). El autor pasa ahora a describirnos lo que podemos llamar la actividad de los redimidos en el cielo, es decir, la felicidad de los salvados. Aquí encontramos de nuevo la exclusión de la maldición (22,3a). La posible mejor colocación de 22,3-5 después de 21,4 (cf. nota de la BJ a 22,3) es una hipótesis que no tiene fundamento de crítica textual. En primer lugar se menciona el culto: «El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad, y los siervos de Dios le darán culto» (22,3b). De nuevo encontramos la expresión “el trono de Dios y del Cordero”; la denominación de “siervos de Dios” con relación a los redimidos es digna de atención. Expresa el servicio de Dios como timbre de honor y apunta a la adoración de la majestad divina. La expresión escueta “le darán culto” concentra toda la tradición sobre la adoración (tanto en el AT como en el NT) como actitud fundamental del hombre (cf. Dt 6,13; Mt 4,10). En la Ley se prescribía el trabajo seis días; el séptimo día era para dar culto a Dios (cf. Ex 20,811). Ahora es el sábado eterno. A continuación viene la cumbre de los bienes prometidos a los redimidos: «Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente» (22,4). El rostro divino que Moisés no podía contemplar sin morir, ahora se muestra a sus siervos en su belleza y en su gloria. Esa contemplación del rostro divino (22,4a), dirá después san Ireneo, es la fuente de la vida (Adversus Haereses IV, 20,5). El otro elemento de la descripción, relativo al nombre en la frente (22,4b), indica también la grandeza de la salvación. Como el Sumo Sacerdote llevaba la diadema con el nombre divino (Ex 28,36), ahora los redimidos llevan el nombre divino en la frente. Es señal de posesión y a la vez de dignidad sacerdotal. La marca del bautismo y de la confirmación es ahora la diadema con el nombre divino. El autor reitera que en la Ciudad no hay noche, porque el Señor Dios los alumbrará. Y añade: «y reinarán por los siglos de los siglos» (22,5b). Esta expresión con que termina la sección es de una fuerza imponente. Los redimidos reinarán eternamente (cf. reyes y sacerdotes: 1,5-6; 5,9-10). La frase «reinan [o ‘reinarán’] sobre la tierra» de 5,10 anticipa ya a la tierra el reinado de los redimidos. Ellos participan ya, en este mundo, del carácter regio de Cristo. El designio de Dios de crear a la humanidad es la salvación eterna. Y esa salvación 170

LAS VISIONES PROFÉTICAS

es el Reino. El reinado definitivo de los redimidos consiste en participar eternamente de la gloria y de la luz de Dios y de su amor creador y redentor. La realidad expresada con el conjunto de imágenes que acabamos de presentar (Jerusalén celestial y Jerusalén mesiánica) es la comunión eterna en el cielo. 4.2. CONCLUSIÓN

DEL LIBRO.

EL ALFA

Y LA

OMEGA (22,6-21)

Luego me dijo: «Estas palabras son ciertas y verdaderas; el Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado a su ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto. 7 Mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro.» 8 Yo, Juan, fui el que vi y oí esto. Y cuando lo oí y vi, caí a los pies del ángel que me había mostrado todo esto para adorarle. 9 Pero él me dijo: «No, cuidado; yo soy un siervo como tú y tus hermanos los profetas y los que guardan las palabras de este libro. A Dios tienes que adorar.» 10 Y me dijo: «No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca. 11 Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga santificándose. 12 Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo. 13 Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. 14 Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la vida y entrarán por las puertas en la ciudad. 15 ¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira!» 6

Epílogo Yo, Jesús, he enviado a mi ángel para daros testimonio de lo referente a las iglesias. Yo soy el retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba. 17 El Espíritu y la Novia dicen: «¡Ven!» Y el que oiga, diga: «¡Ven!» Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida. 18 Yo advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro: «Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este 16

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libro. 19 Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa, que se describen en este libro.» 20 Dice el que da testimonio de todo esto: «Sí, vengo pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! 21Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén! La conclusión contiene en una primera sección (22,6-9) la ratificación del contenido del libro. Tres son las personas que lo ratifican: el ángel guía, Jesús y el vidente. El ángel hace una nueva indicación al vidente. Estamos ya en la conclusión del libro. Sus palabras son de ratificación: «Estas palabras son ciertas y verdaderas; el Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado a su ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto» (22,6). El autor nos recuerda que el contenido de la parte profética del Apocalipsis es “lo que ha de suceder pronto” (cf. 1,1). Así, pues, se nos asegura la certeza de las palabras y la proximidad del cumplimiento. A continuación el ángel transmite un oráculo de Jesús: «Mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro» (22,7). La pronta venida del Señor se había expresado también en las cartas a las iglesias (2,15; 3,3); el macarismo (“dichoso...”) es, al mismo tiempo, una ratificación del valor profético del libro. Se proclama dichoso al que guarde las palabras proféticas. En 1,3 se nos hablaba del que lee y de los que escuchan y guardan las palabras de esta profecía. El vidente ratifica que él ha visto y oído estas cosas (22,8a). En un breve diálogo, el vidente quiere adorar al ángel (22,8b-9), pero éste le advierte que sólo a Dios se debe adorar. Una expresión parecida hemos encontrado en 19,10. Ello nos indica que cuantas veces en el libro se habla de la adoración al Cordero (p.e. 5,13-14) es una forma de expresar su divinidad. Jesús anuncia su pronta venida: autopresentación y ratificación (22,10-15). De nuevo el ángel transmite al vidente unas palabras de Jesús que contienen un rico mensaje: proclamación y oráculo, autopresentación y macarismo, y sentencia de exclusión. 172

LAS VISIONES PROFÉTICAS

En primer lugar se ordena al vidente no sellar la profecía del libro porque «el Tiempo está cerca» (22,10). Esta proclamación implica la proximidad del cumplimiento. Esta frase nos recuerda el anuncio del Reino por parte de Jesús (Mc 1,15 y par.). Con una frase inspirada en Dn 12,10, se insiste en la inexorabilidad del plan divino: «Que el injusto siga cometiendo injusticias y el manchado siga manchándose; que el justo siga practicando la justicia y el santo siga santificándose» (22,11). Jesús reitera a continuación su inminente venida para retribuir a cada uno: «Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo» (22,12). Este oráculo, además del anuncio de pronta venida, es de una importancia extraordinaria para la doctrina de la divinidad de Cristo. La acción de recompensar según las acciones es atribuida a Dios en Sal 62,13. El autor del Apocalipsis lo aplica a Cristo. Lo mismo encontramos en el verso siguiente: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (22,13). La autopresentación divina de Cristo aquí tiene un valor de ratificación de las afirmaciones anteriores. En sí misma es una de las afirmaciones más claras de la divinidad de Cristo. Las palabras “el primero y el último”, que Isaías (41,4; 44,6) atribuía a Dios, ahora son puestas en labios de Cristo. Es lo que hemos llamado “derás de traspaso”. La autopresentación va seguida de un macarismo: «Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la vida y entrarán por las puertas en la ciudad» (22,14). La proclamación de dicha tiene en este caso una condición y una promesa. La condición es lavar las vestiduras, es decir, dejarse purificar por la sangre de Cristo; la promesa es como una síntesis de cuanto se ha dicho en el capítulo: disponer del árbol de la vida (cf. 2,7) y entrar por las puertas de la ciudad. Es la promesa de la vida bajo los dos símbolos más significativos. A continuación encontramos una sentencia de exclusión de los malvados: «¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira» (22,15). Como se ve, es la transgresión de los mandamientos del decálogo lo que excluye de la entrada en la ciudad. El autor selecciona los más representativos y graves. 173

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Epílogo (22,16-21) Estamos en la parte final del Apocalipsis. Los versos que encontramos están llenos de fuego y deseo. Habla Jesús, hablan el Espíritu y la Novia, habla el vidente y hasta el lector es invitado a pronunciar su anhelo. Diálogo litúrgico lo llama Vanni. Danza final o coro final podríamos también llamarlo. Jesús ratifica el propósito del libro: dar un testimonio en relación con la Iglesias. Sigue una nueva autopresentación con dos títulos cristológicos «Yo soy el retoño y el descendiente de David, el Lucero radiante del alba» (22,16b). El primero de los títulos afirma que Jesús es el Mesías davídico, en cumplimiento de las profecías de 2 S 7,14; Is 11,1ss; etc. Este título había aparecido ya en boca de uno de los Ancianos en 5,5. El segundo título (“Lucero radiante del alba”) ya había aparecido también en la promesa al vencedor en la carta a la iglesia de Tiatira (2,28). El título hace referencia a la Resurrección de Cristo. Tras estas palabras de Jesús, el autor nos ofrece la expresión del anhelo de la Iglesia, que suspira por la venida del Señor. Este anhelo hallará su respuesta en 22,20 con la promesa, por parte del mismo Señor, de su pronta venida. He aquí, en primer lugar, el clamor de la Novia suscitado por el Espíritu: «El Espíritu y la Novia dicen: “¡Ven!”. Y el que oiga, diga: “¡Ven!”» (22,17a). El verbo central “ven” es el clamor que el Espíritu suscita en la Iglesia. El oyente o el lector está invitado a unirse a esta exclamación. Sigue la oferta del agua viva al que tenga sed: «Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida» (22,17b). La invitación reproduce las palabras de Is 55,1. La hemos visto en labios de Dios en 21,6. Recuérdese también la oferta del agua viva en Jn 7,37-39. El agua es don (gratis); la vida eterna es don gratuito. Leemos después (22,18-19) una amonestación intimando a no añadir ni quitar nada al libro; es un rasgo típico de los libros apocalípticos. Las amenazas que se anuncian a los transgresores son, en primer lugar, las plagas escritas en el libro (22,18) y, en segundo lugar, la exclusión del árbol de la vida y de la Ciudad Santa (22,19). Recurren aquí de nuevo, pero en sentido de amenaza de exclusión, los dos términos (árbol de la vida y recinto de la ciudad) que en 22,14 expresaban la dicha de los elegidos. 174

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Tras la advertencia del autor amenazando al que añada o quite algo al libro, encontramos una nueva intervención de Jesucristo: «Dice el que da testimonio de todo esto: “Si, vengo pronto”» (22,20a). Jesucristo aparece como el garante de todo el contenido del libro. Él es el que da testimonio. Recordemos que en 1,5 era presentado como “el testigo fiel” (cf. Jn 18,37). Él es el Sí de Dios; por ello, su última palabra es la reiteración de su próxima venida: “Sí, vengo pronto”. A lo largo de todo el libro Jesucristo ha anunciado su venida, primero en las cartas a las Iglesias (2,5.16; 3,3.11), más tarde en el septenario de las copas (16,15) y, sobre todo, en este último capítulo del libro (22,7.12). Cristo quiere asegurar a su Iglesia de que no la abandona. Su venida será el encuentro del Esposo con la Esposa. Esta promesa del Señor es respondida a su vez por la Iglesia con la expresión «¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (22,20b). El Amén es el acto de fe en la Palabra de Cristo. Es el “sí” de la Iglesia en correspondencia al “sí” de Cristo. La exclamación “Ven, Señor Jesús” es también la última palabra de la Iglesia. El anhelo por la venida del Señor había sido expresado por el Espíritu y la Novia en 22,17, invitando a la vez a decir “ven” a todo el que escucha el mensaje de este libro. La venida del Señor es el bien supremo, porque es la venida de la Vida eterna. El Apocalipsis recoge aquí toda la esperanza de la Iglesia, que san Pablo (1 Co 16,22) nos ha conservado en el idioma original arameo “Maranatha”: “¡Ven, Señor nuestro!”. La fórmula contiene una vez más una profesión de fe en la divinidad de Jesucristo y en su condición de Salvador, Señor y Esposo de la Iglesia. El vidente de Patmos termina su obra con el saludo siguiente: «Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!». El saludo nos lleva de nuevo a la profesión de fe en la divinidad de Cristo. Recordemos la despedida trinitaria de 2 Co 13,13: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros». El “Amén” final es una fórmula casi litúrgica de terminar el libro, una aceptación de su contenido y su mensaje, y un “sí” final a todo el designio creador y salvador de Dios que tiene su culminación en el Apocalipsis.

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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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MUÑOZ LEÓN, D., El Reinado de Dios y de su Cristo. Estudio Derásico del Apocalipsis de San Juan. Discurso de Ingreso en la Real Academia de Doctores, Madrid 1997. PASTOR, R., Lo que está a punto de suceder, Toledo 1997. PIKAZA, X., Apocalipsis, Estella 1999. PRIGENT, P., Les secrets de l’Apocalypis: mystique, ésotérisme et Apocalypse, París 2002. RICHARD, P., Apocalipsis. Reconstrucción de la Esperanza, San José de Costa Rica 1994. SAGNE, J.Cl., Lecture spirituelle de l’Apocalypse. Viens Seigneur Jésus, París 2003. SCHICK, J., El Apocalipsis, Barcelona 1974. SCHÜSSLER FIORENZA, E., Apocalipsis. Visión de un mundo justo, Estella 1997. VANNI, U., La struttura letteraria dell’Apocalisse, Brescia 1980. VON BALTHASAR, H.U., L’Apocalypse, París 2000.

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COLECCIÓN COMENTARIOS A LA BIBLIA DE JERUSALÉN CONSEJO ASESOR: Víctor Morla y Santiago García

ANTIGUO TESTAMENTO 1A. Génesis 1-11, por José Loza 2. Éxodo, por Félix García López 3. Levítico, por Juan Luis de León Azcárate 13A. Salmos 1-41, por Ángel Aparicio 13B. Salmos 42-72, por Ángel Aparicio 19A. Isaías 1-39, por Francesc Ramis Darder 22. Daniel, por Gonzalo Aranda

NUEVO TESTAMENTO 1A. Evangelio de Mateo, por Antonio Rodríguez Carmona 1B. Evangelio de Marcos, por Antonio Rodríguez Carmona 5. Corpus Paulino II. Efesios, Filipenses, Colosenses, 1-2 Tesalonicenses, Filemón y Cartas Pastorales: 1-2 Timoteo, Tito, por Federico Pastor 6. Carta a los Hebreos, por Franco Manzi 8. Apocalipsis, por Domingo Muñoz León

Este libro se terminó de imprimir en los talleres de RGM, S.A., en Bilbao, el 9 de marzo de 2007.

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