Ignacio (Iggy) - La Guerra de los Reinos de la Llanura

March 28, 2018 | Author: LeiAusten | Category: Hair, Castle, Woman, Earth, Nature
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Descripción: En las Tierras Altas viven portentosas guerreras pertenecientes a diferentes clanes, todas altas, morenas y...

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La Guerra de los Reinos de la Llanura Ignacio (Iggy)

En las Tierras Altas viven portentosas guerreras pertenecientes a diferentes clanes, todas altas, morenas y de ojos claros, mientras que en la LLanura habitan guerreras más bajitas y rubias. Dos mundos diferentes a tan sólo unos días de distancia. Una guerra está a punto de estallar.

Renuncias de Autor: Esta novela contiene constantes referencias a relaciones amorosas entre mujeres, aunque no se hacen en ella descripciones sexuales explícitas. Dicho queda.

Nota: Todos los personajes y situaciones son originales y de mi absoluta y exclusiva propiedad. Al tratarse de un uber, la descripción de algún personaje puede resultarles familiar a quienes conozcan la serie Xena: Warrior Princess, pero eso no invalida en nada la frase anterior. El escenario de esta novela es fantástico, pero muy distinto al de la dicha serie.

Dedicatoria y agradecimiento: a Jenny, por un par de ideas pilladas al vuelo de una excelente y amena conferencia.

La Guerra de los Reinos de la Llanura AUTOR: IGNACIO (Iggy)

Capítulo 1

De Anuario actualizado de los planetas, edición 1174, varios autores, Ed. Stellarium, 1173, Tierra: «Sadal Suud III o, como es más conocido, Alanna, es uno de los mundos más interesantes colonizados por la raza humana. Sus características físicas (véase tabla) no tienen nada de particular entre los mundos.

Sadal Suud III (Alanna) Diámetro ecuatorial: 10.988 km Período de revolución sideral: 401 d 7 h 15 min 56 s Período de rotación sideral: 22 h 47 min 14 s Gravedad: 0,94 g Semieje mayor de la órbita: 1,27 ua Inclinación del ecuador: 31º 11’ »Habitados. Su singularidad es social, y debe esta, como tantos otros, a su aislamiento tras su colonización. En este particular, la mayoría de los estudiosos, aunque no todos, coinciden en señalar que tiene su origen en la disfunción hormonal producida en el organismo humano por un enzima nativo del planeta.»

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x Las Tierras Altas no eran un país acogedor. Ni siquiera agradable, aunque sí podía decirse que resultaba hermoso. De una terrible hermosura. Los peñascos de grisáceo granito se elevaban en abruptas formaciones rocosas, sobre las que el viento silbaba de manera constante. Entre las peladas cumbres se extendían valles, como heridas infligidas por aquellas cuchillas de afilada piedra. Aquí y allá, resistiendo al helado viento, matas de brezos y aulagas trataban valientemente de sobrevivir. La vegetación era escasa, tanto por el clima frío como por la poca tierra. El único árbol que resistía aquellas tierras era el siláceo. En realidad se trataba de una especie de árbol-helecho. Lo que desde la distancia parecían hojas, de cerca era un denso follaje de plumas verdeazuladas, insertas en grandes troncos negros dotados de múltiples ramas. El susurro de los siláceos en el viento resultaba característico. El suspiro de las Tierras Altas. La población de las Tierras Altas hacía como el matorral: se aferraba a la escasa tierra negra de los estrechos valles, tratando de succionar un pobre sustento de ella. Allí, los caseríos resultaban casi invisibles debido a su pardo color, dispersos aquí y allá, cobijados a veces entre oscuros bosquecillos de siláceos. Todas las Tierras Altas se extendían como una meseta montañosa. Los caminos entre los valles no siempre resultaban practicables del todo, ni en todas las estaciones. Ello explicaba que las Tierras Altas se hallasen divididas entre numerosos clanes. Estos con frecuencia eran feroces enemigos unos de otros. La vida era dura allí, los recursos escasos, y el saqueo una costumbre tan útil como, a veces, necesaria.

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Gwyn plantó ambos pies, bien separados, sobre la cumbre rocosa. Desde aquel punto de vista, podía ver casi todo el territorio de su clan. Cerca, sobre otra cumbre abrupta, se cernía el castillo de Glewfyng. Pese a su aspecto oscuro y anguloso, evocaba en ella la calidez del hogar. Después de todo, lo había sido durante casi toda su vida. A diferencia del resto de sus compañeras de adiestramiento, jamás lo había abandonado para regresar a la calidez de uno de los caseríos. Todavía no había optado por encontrar pareja, abandonar provisionalmente la vida guerrera y criar niños y cultivar campos, como el resto de las de su generación. A su edad, ya en absoluto juvenil, aquello no hacía más que crearle problemas. Tras un período de servicio de armas en el castillo, se suponía que todas las guerreras debían establecerse y cumplir con su obligación para con el clan de una forma distinta a la de las armas. Suspirando resignada, Gwyn dejó que sus pies la llevaran de nuevo ladera abajo, hacia el castillo. El sol ya estaba alto, iluminando un cielo que pasaba con rapidez del morado oscuro al azul violáceo. Las dos pequeñas lunas, las Amantes Desdichadas, se perseguían como siempre sin encontrarse jamás, ya hacia su ocaso. La Tawanna, la jefa de su clan, había convocado a sus guerreras a aquella hora. Todo hacía pensar que se trataría algún asunto de importancia.

x Las guerreras se hallaban dispuestas en ordenadas filas ante el estrado de la Tawanna. La mayoría eran jóvenes, y trataban de dar una impresión de severa marcialidad. Gwyn sonrió. Ella había adiestrado a la mayoría, y conocía sus defectos y virtudes. El defecto más habitual era el exceso de entusiasmo guerrero. La virtud más extendida era... el entusiasmo guerrero. Eran jóvenes, animosas, en la flor de la vida, y sólo querían resultar útiles a su clan. Aquello era bueno. Sin embargo, las hacía ser alocadas a veces, con excesos de valentía y desafíos de bravuconería que se convertían en dolores de cabeza para sus adiestradoras. Sin

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embargo, Gwyn sabía que aquello pasaría, encontrarían pareja, perderían su entusiasmo juvenil y cumplirían con su clan de forma más dulce y tranquila. Habían pasado por sus manos varias generaciones de entusiastas guerreras, y las había visto convertirse en pacíficas y alegres campesinas. Primero se emparejaban, después realizaban alguna visita a las Estancias Reservadas, y tras la ceremonia matrimonial por fin se establecían, para criar a sus hijas y cultivar la dura tierra. Gwyn suspiró, divertida y resignada a la vez. La mayoría de ellas habría protestado indignada ante esta predicción. Eran todavía muy jóvenes y no se imaginaban a sí mismas fuera del romántico servicio de armas para el clan. La Tawanna, una mujer vigorosa pero con un cabello que ya mostraba no pocas canas en medio del lustroso azabache, entró de repente, y todas las cabezas se volvieron en su dirección en cuanto subió a su estrado. Desde su puesto retrasado –el hecho de que a su edad siguiera soltera la hacía figurar entre las filas menos destacadas– Gwyn pudo ver todas aquellas oscuras cabezas seguir a su líder. Como era habitual en las Tierras Altas, la mayoría eran muy morenas de cabello, como ella misma. Sin embargo, y a diferencia de ella, solían llevar el pelo corto, como orgullosas de mostrar así su condición de guerreras en activo. Ella ya había pasado por aquella fase hacía tiempo; el cabello largo no tenía por qué molestar a una guerrera en absoluto. Aquello no era más que una afectación juvenil, pasajera como todas. También eran altas, como era habitual en su país y su clan. Y, cosa que desde su punto de vista no podía ver pero sí conocía en detalle, eran casi todas de piel y ojos claros. El pueblo de las Tierras Altas se caracterizaba por tener los ojos grises, azules o de un índigo casi negro, el cabello azabache o al menos de un marrón intenso, y una piel clara y luminosa. Ella misma respondía perfectamente al modelo, con su complexión fuerte y sus ojos de un azul celeste. Sus brillantes ojos, junto a su experiencia de combate, le habían proporcionado muchos éxitos. Después de todo, su vida, aunque soltera, no había sido monacal. Su posición como adiestradora le proporcionaba infinidad de ocasiones para

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mantener su camastro cálido y ocupado, pero... Gwyn abandonó abruptamente sus pensamientos. La Tawanna había empezado a hablar, y las guerreras le prestaban toda su atención.

x —Os he reunido a vosotras, mis guerreras, con un objetivo. Sobre vosotras va a recaer la responsabilidad de mantener intacto el honor del clan. Aquello se salía de lo común. No iba a tratarse de otra expedición de saqueo o represalia. Gwyn notó cómo las guerreras aguzaban el oído. —Todas recordáis el invierno de hace tres años. —prosiguió la Tawanna. Desde luego que lo recordaban. La llegada del viento del norte más de un mes antes de lo habitual supuso le pérdida de toda la cosecha. Tras una pausa para permitirles meditar sobre aquello, la Tawanna prosiguió. —También recordáis cómo nos salvamos de la muerte y el hambre. Contrajimos entonces una deuda con cierto reino de la Llanura. —La Tawanna se refería al reino de Athiria. En aquel difícil momento, su reina les ofreció entonces un considerable cargamento de trigo. Nada se hacía gratuitamente, y menos entre los pueblos de la Tierras Altas y los de la Llanura. —Ha llegado la hora de devolver el servicio. Vosotras, hijas del clan Glewfyng, saldaréis la deuda pagando el trigo con vuestra sangre. Mañana mismo partiréis hacia la tierra de Athiria, al servicio de su reina. Recordad —e hizo una pausa— que de vuestro valor y fidelidad depende el honor del clan. Que la Diosa os acompañe, hijas mías. La Tawanna hizo un amplio gesto que las abarcaba a todas. Las guerreras se fueron marchando, y pese a que una vez concluida la audiencia el silencio era

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la regla, los murmullos no tardaron en alzarse. Las jóvenes guerreras se veían excitadas, deseosas sin duda tanto de defender el honor del clan como de conocer las legendarias tierras de la Llanura. Lo cierto es que era relativamente habitual que las famosas guerreras de las Tierras Altas se empleasen como mercenarias para los más civilizados y refinados reinos de las Tierra Bajas. Sin embargo, aquellas eran guerreras jóvenes, en su período de servicio exclusivo. Por tanto, apenas habían salido de los reducidos territorios de su clan. Su excitación ante aquella aventura no era de extrañar. Gwyn, sin decir palabra, empezó a retirarse también. —Gwyn. La Tawanna había pronunciado su nombre, al tiempo que hacía un gesto. Las guerreras ya se dispersaban. Sin embargo, y por lo visto, la jefa del clan quería hablar con ella en privado. En consecuencia, se quedó en la estancia, esperando a que se vaciase. En cuanto se hubieron ido todas, se acercó al estrado. Desde cerca, las arrugas en el rostro de la Tawanna se hacían visibles. No sólo la edad, sino las preocupaciones de su cargo habían provocado aquellas estrías en las comisuras de ojos y boca de su líder. Sin embargo, pese a ello, seguía pareciendo hermosa, e incluso más majestuosa si cabe. —Gwyn. —repitió—. Deberás marchar a esta misión... Dejó la frase inconclusa. Parecía triste. —Lo sé. —repuso ella, con voz firme—. Estoy lista. Su actitud resuelta no pareció disipar la actitud melancólica de la Tawanna; más bien todo lo contrario: —Gwyn, Gwyn... ¿Por qué nunca te has casado?

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Aquella era una vieja discusión, en la que ella siempre se encontraba en inferioridad. —Yo... Nunca he encontrado a nadie que... —Excusas. —La Tawanna barrió sus viejos argumentos con un gesto de su mano—. Tienes esa obligación con tu clan. Nadie te puede forzar a ello, claro, pero... Habrías podido llegar tan lejos. Podrías haber sido mi sucesora, Gwyn. Aquello era una novedad en sus repetidas discusiones sobre este tema. La Tawanna debía buena parte de su prestigio a sus proezas como guerrera, pero aquello no era lo decisivo. Había llegado a su puesto tras criar a cuatro hijas, además de dos –no ya uno, lo que sería más que suficiente, sino dos– varones sanos y ya adultos. En este sentido, su prestigio era incontestable, y sus servicios al clan irrebatibles. Sin embargo, viendo las arrugas de preocupación en el rostro de la Tawanna, Gwyn comprendió que el argumento que pensaba utilizar contra los de ella tampoco la influiría. Sin embargo, a falta de otro, lo usó. —Yo... Con todo respeto... —bajó la cabeza— no sé si quiero tampoco llegar a tan alta posición. La mujer mayor torció el gesto, claramente decepcionada. Su expresión pareció hundirse, replegarse, y de repente pareció aún más vieja. —Gwyn... Esta misión... No importa. Puedes marcharte. Ante este gesto de despedida, bajó de nuevo la cabeza, tocó el suelo con una rodilla y abandonó la sala. Como exigía la costumbre tras ser despedida por la Tawanna tras una audiencia, ni dijo palabra ni la volvió a mirar.

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x Ella no debería estar allí. Como soltera, su presencia en las Estancias Reservadas resultaba casi injustificable. Como mínimo, sospechosa de perversión. Sin embargo, como miembro de una expedición guerrera a punto de partir hacia las tierras de la Llanura, tenía una excusa para acceder a aquel lugar. Así, las guardianas que flanqueaban la única entrada a aquella parte del castillo la dejaron pasar, no sin que una de ellas le lanzase una sonrisa maliciosa.

Aunque dentro del castillo, las Estancias Reservadas eran un mundo aparte. El mundo de los hombres. Eso se observaba ya en la informalidad que allí reinaba. Después de la serena ceremoniosidad de la audiencia de las guerreras con la Tawanna, la diferencia se hacía aún más perceptible. Tuvo que deambular durante un rato por pasillos y salas hasta dar con Fiedgral.

Fiedgral era, incluso para ser un hombre, un sujeto peculiar. Alto y desgarbado, su pelo rojizo y su palidez pecosa delataban un indeterminado origen mestizo. Sin embargo, era el experto en mapas y tierras lejanas, y su consejo sería imprescindible. La estancia en la que lo encontró se hallaba cubierta de estanterías llenas de viejos libros, mapas y sólidos tomos de enormes tapas metálicas. Sus cerraduras de hierro revelaban el carácter peligroso de los secretos que ocultaban estos últimos en sus páginas. Después de todo, la función de los hombres –una de sus dos funciones, se dijo con un ligero rubor– era la custodia del conocimiento. Era una ocupación adecuada para los hombres, tanto por su carácter poco práctico como por lo compatible que resultaba aquella ocupación con su vida recluida. No había hombres fuera de las Estancias Reservadas, no al menos en las Tierras Altas.

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La necesidad para los hombres de una vida resguardada y segura era evidente por sí misma. Aparte de tener sus órganos propios expuestos, de aquella forma tan vulnerable... Pero además, por misteriosas razones que jamás se habían podido desentrañar, casi todos los niños varones nacían muertos, no sólo en las Tierras Altas sino en todo el mundo. En consecuencia, los hombres eran, como todo lo escaso, un bien valioso que debía ser protegido. Pero no sólo por lo escaso, y por su necesario concurso para la continuidad de la raza. Gwyn, pese a su soltería, los había tratado bastante. Los conocimientos que custodiaban eran necesarios muy a menudo para sus tareas. Y así, había podido comprobar el carácter despreocupado, irresponsable incluso, de los hombres. Desde luego, el hecho de vivir una vida de reclusión, lejos de cualquier ocupación práctica, acentuaba aquel carácter natural en ellos.

Fiedgral era un buen ejemplo de todo aquello. Se hallaba rodeado de varias montañas de papeles y pergaminos, y apenas se había dado cuenta de su presencia. Gwyn carraspeó. —¿Oh? ¡Ah! Hola, Gwyn. Pasa, pasa. —¿Qué haces? —¿El qué? Ah, sí, esto... Intentaba dar con un mapa del viejo reino de Caliria. Es allí adonde vais, ¿no? —No, Fiedgral. La expedición es a Athiria... —Visto que no la invitaba a sentarse, lo hizo por su cuenta a su lado, echando una ojeada a los crujientes pergaminos. —Athiria. ¿Athiria? Ah, sí, claro, claro. Vamos a ver...

Empezó a revolver entre las pilas de papeles, poniendo en fuga a varias lepismas1, a las que ignoró como si no existiesen. Inclinada a su lado, Gwyn aprovechó la pausa para mirarle de reojo. ¿Cómo sería tener un hijo de él? Su carácter era sumamente inconstante, aunque eso mismo podía decirse de los 1

Insecto que se alimenta de moho, papel y cartón.

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demás hombres. Podría ser interesante tener una hija con aquel curioso pelo rojizo, y aquella piel lechosa... Sin embargo, por la razón que fuera, tal vez por su misma peculiaridad física, Fiedgral nunca había sido elegido como padre. Era joven, más que ella, aunque a esas alturas ya tendría que haber... Gwyn le sonrió, acodada a su lado. Él pareció confuso, aunque le devolvió la sonrisa. —Al menos, aquí tengo un mapamundi. —exclamó, tras un instante de vacilación, exhibiendo un pergamino de aspecto vetusto.

Ambos se inclinaron sobre el documento.

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Athiria no era ni el más antiguo ni el más poderoso de los reinos de la Llanura. Sin embargo, su posición era sólida, gracias tanto a sus campos de cultivo como a la situación de su capital en una encrucijada: en la confluencia de los ríos Agatón y Cotreo. Eso suponía considerables ingresos por comercio, que hacían de Athiria, ciudad y reino, un lugar no sólo próspero sino cosmopolita. Aún

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más que el resto de reinos de las Llanuras, famosos por su estilo de vida extravagante y hasta perverso. Al menos eso era lo que se decía en las Tierras Altas, y por tanto en los documentos y mapas de Fiedgral. Aunque la situación no les había sido explicada por la Tawanna, Gwyn había hablado con la capitana que dirigiría la expedición. Sabía, por lo tanto, que el actual enemigo de Athiria, y su probable objetivo bélico, era el reino de Deiria. —Deiria, Deiria... —masculló Fiedgral en cuanto le preguntó por él—. Ha sido siempre un reino poco importante. Sin embargo... Revolvió

de

nuevo

entre

los

papeles,

sacando

uno

de

aspecto

sorprendentemente blanco y nuevo. —Por lo visto, su nueva reina lo ha engrandecido últimamente. Mira, —dijo, señalando el informe— ya ha anexionado Filiria y Quirinia. Tal y como están las cosas, su próximo objetivo bien podría ser Athiria. Sin embargo, es extraño. —¿Por qué? —Pese a todo, Athiria sigue siendo mucho más fuerte. No me explico cómo puede Deiria pretender enfrentarse a un reino tan poderoso. Ya puestos... no me explico por qué Athiria os necesita. Hay algo extraño... Ninguno de los dos tenía la menor idea de cuál podía ser la solución a ese misterio. En consecuencia, la conversación murió y ambos quedaron un rato en silencio, pensativos. Al poco, Fiedgral rompió el silencio, cambiando de tema. —Me gustaría tanto acompañaros... —El suspiro del pelirrojo fue notable, incluso para alguien tan propenso a la ensoñación.

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Gwyn sonrió. —Sabes que no es posible, Fiedgral. Los hombres tenéis que estar a resguardo, y correremos grandes peligros. —Lo sé. —repuso—. Sin embargo... A veces me gustaría ir por el mundo, conocer todo lo que sale en los libros... Gwyn no necesitó contradecir algo tan obviamente poco realista. En cambio, tratando de animar al joven, le dio un amistoso golpe en el hombro, como haciéndole partícipe de la camaradería de las guerreras. Aunque le pilló desprevenido, y enclenque como era, casi lo lanza contra la mesa. —Ánimo, hombre. Esto no está tan mal. Aquí estás seguro. Nosotras, en cambio... ya veremos.

x 16 Algún tiempo antes, en otro lugar, en un país distinto...

Taia se dispuso a salir de palacio. Aquello no era algo sencillo; de hecho, suponía toda una elaborada serie de preparativos. Desde luego, debía presentar un buen aspecto. Aunque eso mismo ocurría cuando permanecía dentro. Con todo, debía revisarlo. Estudió su indumentaria en el espejo de plata pulida. Viendo que iba a arreglarse, sus sirvientas se apresuraron a su lado. —¿Os disponéis a salir, alteza? —le preguntó una, perspicaz. —Sí. Ve a dar las órdenes pertinentes.

Desde luego, necesitaría una escolta. En realidad no la necesitaba, pero su dignidad como princesa heredera del reino la obligaba a ello. También la acompañarían algunas esclavas, portando un palio en las ocasiones solemnes, o como en este caso, al menos una sombrilla. También debían acompañarla

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algunas ―amigas‖. Ese era el nombre oficial, aunque la mayoría no lo eran en ningún sentido de la palabra. Se trataba de mujeres nobles que habían ganado el privilegio de acompañarla de una u otra forma. Debía, por tanto, soportar su presencia. Su vida era una serie de actos perfectamente organizados, fuera de los cuales apenas le quedaba espacio para nada. Suspiró. Demasiadas responsabilidades... Aunque había que reconocer que no la afectaban en lo más mínimo, se dijo admirando su figura en el espejo. Llevaba el pelo rubio corto, en un simple flequillo. El peinado era una de las pocas opciones que tenía para salirse de la norma. Dejó que las sirvientas la vistieran, sin dejar por ello de admirar su figura en el espejo. Era ligeramente más baja que la media, con un cuerpo reforzado por el ejercicio. Aquello provenía de otra de sus obligaciones, su entrenamiento militar. Algún día sería reina, y debía estar familiarizada con el uso de las armas. —Buenas tardes, princesa. —dijo una voz profunda tras ella, contrastando vivamente con el suave bullicio de las sirvientas. Aquella voz provenía de la segunda de sus obligaciones. Era Gartión, su tutor. Por alguna razón, los hombres solían dedicarse a aquella tarea. Al menos entre las clases altas. Mostraba en su cuello, cómo no, la cinta negra de su condición, aunque la llevaba con un desparpajo notable, como si no fuera con él. Se trataba de un hombre ya mayor, de cabello ceniciento, y con dos características raras en los hombres: aceptable musculatura y un profundo bronceado. —Esta tarde no tendré tiempo para lecciones, Gartión. Voy a salir. —le dijo sin volverse, tras devolverle el saludo.

Por el espejo pudo ver que torcía el gesto. Pese a la cinta en su cuello, no faltaba la vez que se enfadaba con ella en ocasiones como esta. Pero Taia ya no era ninguna niña, y no podía reñirla ni mucho menos.

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—Quería comentaros algunos detalles de política. Vuestra madre la reina insiste en que estéis preparada para asumir el poder en cualquier momento. —replicó, pese a todo. —Mi madre reinará muchos años más. No hace falta tanta insistencia. —Pero... —Sin peros, Gartión. Mañana me pondrás al corriente. Lo despidió con un gesto de la mano. Tras un descarado instante de vacilación, se inclinó, retirándose. ¿Por qué serían hombres los tutores? Eran tan descarados, como si no supieran su lugar en la sociedad... Además, tan poco prácticos. Siempre insistiendo en que aprendiera aquellos detalles inútiles, absurdos... Claro que con el modo de vida que llevaban los hombres en general, no era de extrañar que fueran poco prácticos, irresponsables incluso. No era culpa suya. Aliviada de la presencia de Gartión, Taia contempló cómo la habían dejado sus sirvientas. La habían recubierto de gasas de colores hasta hacerla parecer una bola amorfa. —¡No, no, no! —exclamó. Las sirvientas se apartaron, sorprendidas. Se arrancó todo aquello. Expeditivamente, se puso una sencilla túnica corta de lino blanco, con bandas moradas. Se la ciñó con un cinturón dorado del que pendía una espada corta. Dudó, hasta que seleccionó un peto de acero dorado, con hombreras. ¿No debía dar imagen de competencia militar? Pues listos. Hizo una única concesión a la elegancia con una cadena de plata con pequeñas esmeraldas, que se colocó alrededor de su frente como muestra de su rango. También hacían juego con sus ojos, se dijo, sonriendo de nuevo. Acto seguido, salió en tromba, obligando a las sirvientas que la acompañarían a correr tras ella.

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—¿Adónde, alteza? —le preguntó, un tanto secamente, la jefa de su escolta, ya en el exterior del palacio. Era una mujer joven aunque extremadamente competente. Seria y eficaz, mostraba sin embargo una sonrisilla constante, como si su competencia la pusiera por encima de cualquier problema. Su nombre era Terinia, aunque se la conocía formalmente como la Capitana de la Guardia de Palacio. —Vamos a callejear un rato. Al mercado, tal vez. La guerrera, tan rubia como ella bajo su casco empenachado, asintió y se dispuso a encabezar la marcha. La multitud, en parte gracias al parasol que sostenía una sirvienta a su lado, la veía desde lejos y le abría paso. Athiria era una ciudad abigarrada, que le encantaba. Era lamentable no poder mezclarse con la multitud, de forma anónima. Se veía gente de todas partes de la Llanura, e incluso... —Capitana. Esta estuvo a su lado en un instante. Prefería consultar con ella que con sus ―amigas‖, a las que ignoraba olímpicamente. —¿Sí, alteza? —¿De dónde son aquellas mujeres de pelo negro? —las aludidas destacaban no sólo por su cabello oscuro en medio del mar rubio de la multitud, sino también por su elevada estatura y aspecto competente. —Son mercenarias de las Tierras Altas, princesa. —Eso me parecía. ¿Son mercenarias a nuestro servicio? —No, princesa. Ahora mismo no tenemos contratadas mercenarias de las Tierras Altas. Suelen crear problemas en tiempos de paz. Deben estar de paso.

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Lástima. Eran ciertamente exóticas, a su modo salvaje. Recordaba que Gartión le había contado, hacía tiempo, algunas cosas sobre esas tierras. Todas sus habitantes eran guerreras, y guardaban a sus hombres celosamente fuera de la vista del mundo. Estaban en perpetua guerra unas contra otras, y en los períodos en que reinaba algo parecido a la paz, se alquilaban como mercenarias en la Llanura. Su salvajismo no conocía límites, lo que explicaba que buscasen la guerra por cuenta ajena cuando no se estaban matando entre sí. Gartión le había explicado también que sus tierras eran pobres y que así conseguían dinero o algo parecido. No recordaba muy bien. En todo caso, hacía tiempo que Athiria vivía en paz, lo que explicaba que no hubiera visto a aquellas feroces guerreras antes. Fuera como fuere, pasaron de largo, en absoluto impresionadas por su séquito. Taia decidió que buscarlas o seguirlas estaría muy por debajo de su dignidad. Reemprendieron camino.

x Al fin pudo librarse de séquito, escolta y demás incordios. Taia se sacó la túnica por encima de la cabeza y se tendió sobre mesa de masajes boca abajo. Suspiró en cuanto sintió unos ágiles y firmes dedos sobre su espalda. —Hola, Arneo. —Buenas tardes, princesa. —respondió él, al tiempo que empezaba a atacar los tensos nudos de su espalda. Taia se relajó aún más. Sus visitas a los baños le resultaban cada vez más indispensables. Así lograba olvidarse de sus responsabilidades, y algo más. El esclavo tenía una especial habilidad. Siendo alguien ajeno a la corte y palacio, insignificante además como hombre que era, podía relajarse en su presencia.

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—Hoy he visto un grupo de guerreras de las Tierras Altas. —le comentó. —¿En serio? —respondió, con voz algo ansiosa—. He oído decir que son terribles. Grandes como hombres pero más fuertes que ninguna guerrera. También he oído que nunca jamás se relacionan con hombres, que los matan al nacer. Desde luego, por aquí nunca ha venido ninguna, y si lo hiciera, me moriría de miedo. Arneo siguió con su absurda y relajante cháchara, sin descuidar el masaje. Taia cerró los ojos y suspiró. —No tengas miedo. Aquí estáis seguros. Además, no todo lo que se dice debe ser verdad. ¿Cómo iban a tener hijos sin hombres? Se habrían extinguido hace tiempo. El esclavo no supo qué responder. Al menos, sus manos prosiguieron desanudando las tensiones que se habían acumulado en su espalda. Aquello era estupendo, pensó Taia. —Estáis muy tensa, princesa. Hacía tiempo que no os sentía tan agarrotada. Aquella línea de conversación la llevaría a recordar sus preocupaciones, por lo que no dijo nada. Al poco, se levantó. Además, Arijana estaría a punto de llegar. —Gracias, Arneo. Puedes retirarte. El esclavo se inclinó respetuoso y obedeció. Taia se envolvió en una toalla y pasó al baño de vapor. Arijana aún no había llegado. Siempre se encontraban allí. No había sido fácil dar con un lugar de encuentro tan adecuado. Necesitaban una cierta discreción, y un lugar como éste era inmejorable. Además, nadie le preguntaría por qué parecía tan feliz y relajada al salir...

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Al poco la puerta se abrió. Entró una chica de su misma estatura, cubierta también por una toalla. Era rubia, de redondas caderas y un pecho suficientemente abundante para sujetar la toalla en su lugar sin el menor problema. Su sonrisa era tan relajante como los cuidados de Arneo. —Hola, Arijana. —le devolvió la sonrisa, alegre por su presencia. —Hola, Taia. —Era la única que la llamaba por su nombre, aparte de su madre. Se sentó a su lado, y de momento, mantuvo la toalla en su sitio. —¿Cómo va todo? —le preguntó nada más acercarse a ella. Debió notar también su preocupación, porque siguió preguntando—. ¿Mal? Pareces desanimada. —A ti no te puedo ocultar nada, Ari. Mi madre insiste. Va en serio. —Oh. —pareció decepcionada, aunque no demasiado—. Era de prever. Al final tendrás que casarte. —Pero ¿por qué tengo que casarme con quien ella diga? Es absurdo, casarse con una persona desconocida, de otro reino además. Es absurdo... —insistió. —Oh, vamos. Sabías que al final pasaría. Ya sabes, la política de los reinos y todo eso. Matrimonios de Estado. A tu madre no le ha ido tan mal después de todo, ¿no? Se quieren mucho, o eso me has contado. —Sí, ya, pero... —se detuvo—. ¡Oye! ¿Tú de qué lado estas? Si me caso, es probable que no te pueda volver a ver...

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Arijana pareció triste, a su plácida manera. Aunque parecía haberse resignado. A decir verdad, la notaba algo distante desde hacía tiempo, como si se hubiera... —¿Te has cansado de mí, Ari? —¿Qué? ¿Yo? Vamos, cómo puedes decirme eso, Taia. —sonrió, burlona—. Sabes que no... La toalla cayó hasta sus caderas, y entonces pasó a demostrarle lo equivocada que estaba.

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Capítulo 2

De Introducción a un mito real: Alanna, por P. A. M. Terin, Ed. Rosgolim, Kalinia, 1095: «Sadal Suud III (esto es, el tercer planeta de la estrella Sadal Suud, conocido

localmente

como

Alanna)

fue

descubierto,

o

más

bien

redescubierto, en el año 1011 eE (era Espacial, 2968 de la antigua era Cristiana). Como pronto se hizo evidente, su descubrimiento original y subsiguiente colonización debía datar de varios siglos antes, probablemente durante el siglo III de la era Espacial. Como es bien conocido, durante este periodo se enviaron innumerables expediciones colonizadoras, con muchas de las cuales se perdió pronto contacto. Algunas de ellas dieron lugar a lo que popularmente se han conocido como los "mundos perdidos"...» De "Análisis clínico de las causas de la disfunción reproductiva en Alanna", por C. García Donoso, en Revista de bioquímica clínica, núm. 1.356, Ed. Conole, Tierra, 1097: «... En definitiva, y como consecuencia de los efectos hormonales anteriormente descritos, el cigoto masculino presenta diversos grados de malformación, extremadamente variables, y que no descartan un porcentaje de en torno al 18% de malformaciones irrelevantes, inapreciables o inexistentes. En consecuencia, alrededor de un 12% de los varones alcanzan la pubertad sin presentar problemas, momento a partir del cual se puede dar por segura la viabilidad del individuo.» De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed. Funambule, Tierra, 1123:

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«Sin duda, lo que más ha llamado la atención del público acerca del mundo de Alanna ha sido su peculiar orden social. Se ha hablado a veces de "matriarcado", con notable impropiedad. En esta obra divulgativa no entraremos en las causas que lo originaron. Lo que nos interesa conocer, en todo caso, es el reducido porcentaje de varones presentes en esta sociedad, en torno a un 15%. Esto significa, haciendo un sencillo cálculo, que en Alanna existen casi siete mujeres por cada hombre. Ya imagino las sonrisas en los rostros de mis lectores varones, pero la solución que a ellos sin duda les ha pasado por la cabeza, una poligamia rodeada de elementos orientales, no es ni mucho menos la que se dio en Alanna.»

x El día de la partida había comenzado ya. Como instructora, Gwyn disponía de su propia habitación en el castillo, no demasiado espaciosa sin embargo. Apenas cuatro paredes de piedra, una estrecha ventana, una alfombra, un tapiz y su camastro. Pese a su recalcitrante soltería, Gwyn no solía tener este último vacío. Su posición como guerrera veterana la convertía en cierto modo en referencia para la admiración de las jóvenes. Y Gwyn no era mujer capaz de resistir un asedio de ese tipo. —Vamos, levántate, Eilyn. Eilyn había compartido su cama durante los últimos meses. Era una de las guerreras que partirían con ella; por lo tanto, debían apresurarse las dos. El sol ya se insinuaba en una aurora gris a través de la ventana. Se vistieron y equiparon con prisas; la compañía debía estar a punto de formar en el patio del castillo. Extrañamente, habían recibido instrucciones de no vestir los colores del clan. Por lo tanto, se vistieron con faldas pardas, sin teñir.

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Eilyn se mostraba alegre y excitada ante la partida. Gwyn le echó una ojeada. Pelo tan negro como el suyo, no muy corto, ojos violeta profundo, alta, algo delgada. Casi demasiado para una guerrera. Otras como ella habían pasado por su cama. Sin embargo, su entusiasmo juvenil se desvanecía con el tiempo, y al final todas acababan encontrando pareja, casándose. Criando hijas en la placidez de un caserío, listas como guerreras retiradas para una leva de emergencia, sí, pero con su vida en el castillo superada. Y ella quedaba atrás, una y otra vez. Tenía que reconocer que ella tampoco había puesto mucho de su parte. Sea como fuere... —¡Vamos, Gwyn, no te quedes ahí! —le gritaba Eilyn, animándola a marchar. Remolona al principio, se le había acabado por adelantar. En consecuencia, abandonó su introspección y la siguió, ya lista, hacia el patio. Las guerreras ya habían empezado a formar en el frío patio de piedra. La aurora extendía sus débiles rayos, iluminando apenas la escena con diversas tonalidades de gris. La tropa sería pequeña: treinta guerreras jóvenes, todas las que estaban en su periodo de instrucción, dirigidas por una única oficial. Eso sí, las comandaría Rya. Gwyn la conocía bien. Era una de las mejores capitanas de la Tawanna, y su hermana, hijas además de la misma madre. Era viuda; no había tenido hijos propios. En cuanto estuvieron todas formadas, impartió unas pocas órdenes y formaron en fila doble para marchar por debajo de la arcada del castillo. En estas ocasiones, la costumbre dictaba que la presencia de la Tawanna era desaconsejable. Como madre simbólica de todas ellas, no debía contemplar su marcha a una posible muerte. Sin embargo, Gwyn creyó atisbar una figura muy parecida a ella, contemplándolas en silencio desde una alta ventana. Pero la dejaron atrás, y emprendieron la marcha sin saber si realmente era ella. El equipamiento de las guerreras era el habitual en las Tierras Altas: la gran espada recta, ancha y de doble filo, el pequeño escudo redondo y el hacha arrojadiza de combate. Vestían la falda corta de lana de las solteras, justo hasta por encima de la rodilla, un cinturón ancho de cuero, una manta arrollada en torno

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al torso y un justillo de cuero. El metal era escaso, y no se destinaba a proteger el cuerpo, sino a las armas ofensivas, al menos en las Tierras Altas. Las cobardes guerreras de las Tierras Bajas sí solían llevar cotas de malla, corazas y aún cascos, cosa que habría avergonzado a cualquier guerrera de cualquier clan. Tradicionalmente, cada guerrera acarreaba su equipamiento por sí misma, todo a su espalda. Era lo normal, dado que las expediciones de saqueo, que eran la operación militar más frecuente, no las solían llevar muy lejos. Esta vez, sin embargo, la expedición las llevaría a tierras lejanas, durante un periodo de tiempo indeterminado. En consecuencia, dispondrían de un ambulacro. No existiendo ningún animal de carga, desaparecidos (si es que habían existido alguna vez) los legendarios caballos, el ambulacro era la bestia de carga por excelencia. A falta de otra cosa. El nombre de bestia le venía ancho a ese extraño ser. Su mayor parecido era con una especie de oruga gigante algo aplastada de cuerpo. En realidad se trataba de una planta más que de un animal, aunque fuera móvil. Esto se veía en su color verde vivo, moteado de marrón. El ambulacro consistía en una serie variable de secciones, cada una con un par de patas flexibles, sin articulaciones, y acabadas en anchos pies en forma de ventosa. Por esos pies el ser sorbía la sustancia y la humedad del suelo, que sometía a fotosíntesis en su verdoso lomo. En consecuencia, el ambulacro sólo podía cargar bultos en alforjas bajo su cuerpo,

y no

encima.

De

hecho,

el ambulacro

caminaba

lenta

pero

incansablemente mientras fuera de día, estuviera nublado o no. Sólo por la noche se detenía. Así, había otra forma de pararlo: se le disponía una lona a uno de sus lados, y si se extendía sobre todo su lomo, el ser se detenía, creyendo que había llegado la noche. Así, se descorrió la lona del lomo del ya cargado ambulacro y comenzó la marcha. Se trataba, en este caso, de un ambulacro pequeño, de tan solo doce pares de patas. Cargaba con unas pocas tiendas de campaña, provisiones y poco más.

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Como siempre, las guerreras acarreaban sus propias armas. Otra de las ventajas del ambulacro era que se podía cortar una de sus secciones, delantera o trasera (el bicho no tenía un extremo distinto del otro, pues no tenía ojos ni boca ni el correspondiente orificio opuesto), y su carne se podía comer en caso de emergencia. Al poco tiempo, el ser desarrollaba una yema que se convertía en una nueva sección con su par de patas correspondiente. Así, escoltando al ambulacro, pues estos tenían tendencia a desviarse hacia tierra fresca, marcharon por los senderos de la tierra de su clan. A esa hora, como para saludar al sol, las habitantes de los caseríos ya se asomaban a sus puertas. En uno cercano, una mujer con un bebé en brazos las saludó con una sonrisa y un gesto de buena suerte. Gwyn, contemplándola y devolviéndole la sonrisa, se preguntó por qué nunca se habría casado. La sensación de melancolía aumentó cuando, volviendo de los campos, a aquella mujer se le unió su esposa, llevando igual que ella los pantalones holgados de las casadas. Ambas se abrazaron, con el bebé en medio, y saludaron de nuevo a la compañía de guerreras que ya se alejaba. Gwyn suspiró. Por alguna razón, todavía no había encontrado a la mujer que le hiciera parecer atractiva aquella escena, pero protagonizada por ella y en su compañía.

x Las Tierras Altas llegaban a un fin abrupto. A sus pies, envuelto en una neblina dorada, se extendía el país de la Llanura, las tierras bajas. Desde aquella altura, la vista alcanzaba distancias prodigiosas. Era como ver un mapa extendido ante ella, detallado y a la vez difuso, como si encerrase tantos misterios como revelaba. Justo bajo las Tierras Altas, como marcando la frontera, oscuros bosques se abrazaban a los pies de las montañas que habían sido su hogar. Tras ellos, luminoso bajo el brillante sol, se veía la enorme extensión de las Llanuras. Se podían vislumbrar plateadas cintas de ríos, caminos entrecruzados, colinas,

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bosquecillos, campos cultivados verdes y amarillos y... ciudades. Como intrincadas gemas lanzadas al azar, dispersas ciudades albergaban sin duda el famoso bullicio de las gentes de las Llanuras. En algún lugar indeterminado de aquella inmensidad debía hallarse el reino de Athiria. Tendrían que internarse en aquel país, tan seductor como peligroso. Aquella luz había atraído, y quemado como a curiosas polillas, a muchas de sus antecesoras. Ahora eran ellas las que deberían seguir ese camino, hasta el triunfo o el desastre. En la pared del reborde de las Tierras Altas se abría un estrecho desfiladero: el paso Berenia. Zigzagueaba cuesta abajo, lo que mantuvo a la compañía ocupada. El ambulacro tenía tendencia a seguir recto. La única manera de guiarlo era dándole fuertes golpes con los pequeños escudos. Creía así haber topado con una pared y variaba su rumbo. Se mantuvieron todas ocupadas por tanto escoltándolo a ambos lados, vuelta tras revuelta. Fueron así llegando a las Tierras Bajas, aunque antes tendrían que superar otro escollo. Entre ambos territorios se extendían densos bosques de robles negros. La tierra de los bosques era el territorio del misterio y las leyendas. Una de ellas indicaba que allí moraban hombres, hombres salvajes que vivían solos, sin mujeres, matando a las que hallaban. Lo obviamente absurdo de esta leyenda no le quitaba nada de su terrorífico encanto, que era tal vez la razón de su persistencia. Justo ante las primeras copas de los árboles, altos y amenazantes, Rya, la comandante, ordenó un alto. La lona se extendió sobre el lomo del ambulacro, tras lo cual toda la compañía se reunió alrededor de su jefa. —Ahora que ya hemos partido, puedo daros algunas explicaciones sobre nuestra misión. —dijo ella—. Que este secreto haya sido necesario hasta ahora ya os dirá algo, lo mismo que no llevemos los colores del clan. Nuestra misión ha de ser discreta, hasta cierto punto. Debemos llegar a Athiria sin llamar la atención. Por tanto, habremos de desviarnos del camino directo.

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El camino que habían seguido hasta entonces se abría paso, amplio y recto, a través del ominoso bosque. La implicación de aquello empezó a entrar en el cerebro de las guerreras. Algunas desviaron la vista hacia lo más espeso del bosque, y si no había miedo, al menos había inquietud en sus rostros. —Sí, —confirmó Rya— nos desviaremos del camino desde ya mismo. Eso nos permitirá surgir del bosque por un punto inesperado. Una guerrera alzó la voz. —Podemos aceptar eso. —dijo, con un cierto tono de desafío—. ¿Pero no podrás al menos contarnos por qué tanto secreto? ¿Cuál será nuestra misión? —No. —respondió la comandante con voz firme—. No os lo puedo explicar ahora. Cuando lleguemos a Athiria, las cosas se aclararán. Nadie respondió a aquello, y en consecuencia se volvió a alzar la lona del ambulacro y este fue guiado hacia el bosque.

x El resto del día trascurrió sin incidentes, hasta que la falta de luz, acentuada por lo espeso del bosque, obligó a un alto. Rya ordenó tres fuegos, sin montar las tiendas pues el tiempo era seco y cálido. El orden de las guardias fue sorteado. Una vez hecho todo esto, Rya llevó a Gwyn aparte. —La verdad es que podría contarles algo más de nuestra misión. —le confió—. Pero no quiero inquietarlas. —Comprendo.

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—Nuestra misión es muy complicada, Gwyn. Nos necesitan para algo que no pueden hacer ellas mismas, ¿sabes? Pero no quiero decir más. Todo a su tiempo. En todo caso, si me pasara algo por el camino... —Oh vamos, Rya... —Sí, sí, vale. Pero si pasara algo, limítate a llevarlas hasta Athiria. Allí te harán saber lo que hay. De hecho, no conozco todos los detalles. Pero, ante todo, pase lo que pase, llévalas hasta allí; de ninguna manera volváis. —Está bien. —repuso Gwyn. No iba a insistir en la invulnerabilidad de su comandante. Ella misma no parecía precisamente convencida. La conversación parecía haber acabado, por lo que volvió hacia las nacientes hogueras. —Otra cosa, Gwyn. —aquello lo hizo volverse.

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—¿Sí? —El hecho de que seas una simple guerrera no me influye para nada. Sé lo que vales, soltera o casada. Considérate mi primera oficial. La noche trascurrió sin problemas, pese a la inquietud con que dormían algunas. Puesto que estaban en campaña, cada una durmió sola sobre su manta, en marcial soledad. Eilyn, de hecho, se mantuvo algo aparte de Gwyn, como si también la considerara una oficial y por tanto, aparte de la camaradería de la tropa. A Gwyn no le pareció mal. Tenía mucho en que pensar, sin necesidad de tener a su lado una presencia embriagadora pero intocable.

x Acompañada de nuevo de todo su séquito, Taia salió a la calle. En efecto, ya se la veía mucho más feliz y relajada. Pero pese a la agradable compañía de Arijana, las preocupaciones habían sido aplazadas, no solucionadas. Ese

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pensamiento borró la sonrisa de su cara de inmediato. Se encaminó con paso firme de vuelta a palacio, obligando a sus sirvientas a correr tras ella con el parasol en mano. El día siguiente se presentó aburrido. Lecciones por la mañana con Gartión y audiencia con su madre la reina por la tarde. Esos dos solían conchabarse para amargarle días completos. Taia se resignó, y tras un breve desayuno se dirigió hacia la biblioteca. Allí estaba ya Gartión, como si nunca durmiera y en su ausencia sólo se quedara paralizado. Alzó la vista bajo sus espesas cejas grises. —Buenos días, princesa. Hoy tenemos un día atareado. Ella se limitó a suspirar, pero al fin devolvió el saludo. —Buenos días, Gartión. ¿Qué me preparas para hoy? —Política. Sentaos, por favor. —Política... —así lo hizo—. Lo de siempre, vamos. —Hoy hay novedades. Vuestra madre insiste en teneros al día de los asuntos de Estado. —Está bien. ¿Qué ocurre? —Llegan nuevos informes sobre el reino de Deiria. ¿Qué recordáis de Deiria? Gartión y sus preguntas repentinas. Sabía que, dijera lo que dijera, siempre le encontraría algún fallo. Trató de recordar. —Es uno de los reinos del Este. —enunció, esforzándose por recordar—. Su reina es... Erivalanna. —Gartión asintió, animándola a proseguir—. Hace sólo dos años que está en el trono. Su reino es la mitad del nuestro en extensión, y sólo un

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tercio en población. Aunque Erivalanna ha estado reclutando un ejército, no es rival para el nuestro. Ya no supo qué más decir. Contra su costumbre, Gartión asintió. —Muy bien. Pese a ello, ha conquistado hace poco el reino Quirinia. —Sí. No nos pareció mal, porque era un reino enemigo nuestro. —Exacto. Ahora, ahora mismo, acaba de conquistar también Filiria. Por sorpresa, a traición, y de un solo golpe. —¡Filiria es nuestro aliado! ¡Y era más poderoso que Deiria! —exclamó ella. Él asintió, tranquilo. —Eso es. Estamos al borde de la guerra. No hace falta que os diga que vuestra madre la reina está muy preocupada. No nos interesa una guerra, pero parece que no nos quedará más remedio. Sobre todo porque, según algunas noticias, podría conquistar un tercer reino. Si hiciera eso, y fuera otro de nuestros aliados, nuestras fuerzas ya no serían tan superiores. —Comprendo. —Eso espero. Ya tenéis edad de sobra como para responsabilizaros de ciertas cosas. ¿Cómo va vuestro entrenamiento militar? —Yo... —su entrenamiento iba muy bien. Por supuesto, no lo realizaba con un hombre, claro. La capitana de la guardia se encargaba de ello, y la verdad es que le gustaba más que todas las aburridas lecciones de Gartión. Sus bíceps eran buena prueba de ello. Sin embargo, nunca se le había ocurrido que aquello podría ir en serio. Era sólo ejercicio. Pero su madre ya era mayor. ¿Tendría que ir ella a comandar el ejército a esa guerra?— Va muy bien. —terminó de dudar. Al menos debía parecer segura de sí misma. Era una de las lecciones de su entrenadora.

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—Me alegro. Ahora, os dejo con estos volúmenes. Son historia de Deiria y de los reinos del Este. A media mañana os haré algunas preguntas.

x Dio un salto, esquivando un intencionado golpe a ras de suelo. Con su propio palo, detuvo abajo el de su oponente. Sonrió. Lanzó de pronto el otro extremo contra la cabeza, pero fue también detenido. Un súbito contraataque la golpeó en los tobillos y la hizo caer sobre su trasero. —Princesa. —La capitana le ofreció su mano, sonriendo levemente. —Gracias. —Agarró su antebrazo y se impulsó sobre sus pies. Ambas sudaban profusamente. La lucha, el entrenamiento en sí, había durado más que nunca. Pero Taia había acabado cayendo de nuevo. —Siempre me ganas, Terinia. —le dijo, algo resentida. —Progresáis día a día, alteza. Todo llegará. —Lo dices por decir. —Las últimas noticias la habían alterado. No se sentía en absoluto capacitada para dirigir un ejército. Se sentía como una farsante. —No, alteza. En absoluto. Terinia resultaba siempre tan seria. Vestidas ambas tan sólo con prendas cortas y ajustadas de entrenamiento, Taia no pudo sustraerse a la magnífica figura de su entrenadora y guardiana. Era algo más alta que ella, y su cuerpo estaba en perfecta forma, lo que no quitaba para que poseyera una voluptuosa y femenina figura. No por primera vez, se sintió algo atraída. Quizás no fuera arrebatadoramente guapa; su rostro era más regular que hermoso, de nariz y labios finos. Pero pese a su indudable atractivo, no se le conocían relaciones de

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ningún tipo, ni regulares ni ocasionales. Y eso que no era una jovencita, aunque podía parecerlo. Sus movimientos eran siempre tan precisos y exactos. Tensa y suave a la vez. Daba la impresión de que vivía completamente dedicada a sus obligaciones. Se acababa de soltar su rubio y lacio cabello, hasta entonces sujeto en una coleta, dando así por terminada la sesión. —¿Ya hemos terminado? —le preguntó. Ambas estaban cansadas y cubiertas de sudor. Pero a Taia le encantaba el entrenamiento. Además, hoy su finalización suponía el paso a la audiencia real, y eso no le apetecía en lo más mínimo. —Sí. Suficiente por hoy. —Terinia la traspasó con sus ojos color acero y le ofreció una de sus peculiares sonrisas. Era como si viera a través suyo y de sus motivaciones. Taia se ruborizó un poco y desvió la vista. Si no hubiera sido siempre tan impersonal, distante y uniformemente cortés... Era inútil darle vueltas. Sus problemas seguirían siendo los mismos, o tal vez mayores. —Está bien. Terinia, yo... —se detuvo. —¿Sí? —Supongo que conoces las últimas noticias. —En efecto. —Como siempre, no le ponía las cosas fáciles. —Parece que se prepara una guerra. —Eso parece. —¡Eso parece! ¡La primera guerra en más de quince años, y eso parece! —estalló Taia. No por primera vez, la exasperó su impasibilidad. Por un instante, ella pareció sorprendida de su reacción, dejando a un lado la toalla con la que se enjugaba el sudor y mirándola de nuevo.

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—Perdón, alteza. —dijo bajando los ojos. Cuando parecía sumisa, tenía un aire burlón, como si no fuera en serio. Sin embargo, su cortesía era siempre irreprochable—. ¿Os preocupa? Sí, supongo que sí. Vuestra madre es mayor ya... ¿Os preocupa el mando de las tropas? —Yo... No sé. Supongo que sí. No me siento capacitada. Todo este entrenamiento me ha parecido siempre simple ejercicio. Ahora me doy cuenta de lo que implica. —¿Os preocupa el combate? —No... ¡No! No es eso. No tengo miedo. Creo... Es que no me siento capacitada para dirigir a otras a la muerte. No me veo tomando decisiones que signifiquen muerte o vida, victoria o derrota... —Todas os seguiremos voluntariamente, alteza. —respondió, con esa rotunda devoción tan suya—. Sabemos a qué nos enfrentamos, sabemos lo que defendemos. Entre todas lo haremos lo mejor posible. Y además... —¿Sí? —Yo estaré en todo momento a vuestro lado, alteza. Ella siempre la había tratado así, con una fidelidad inquebrantable aunque impersonal. Aquello tuvo un efecto contraproducente. Toda aquella fidelidad y confianza la apabullaba. Las defraudaría, y... No quiso insistir y asintió, agradecida. Se vistió en silencio. No tenía sentido aplazarlo más; la audiencia real la esperaba.

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Capítulo 3

De Estudio preliminar de la ecología alaniana, por G. K. Hauser y P. Perrault, Ed. Universitas, Canopo, 1166: «Dejando de lado sus peculiaridades humanas, que son las que le han aportado fama o al menos notoriedad, Alanna presenta también interesantes motivos para el estudio de su fauna y flora. »Hay que empezar por decir que esta última distinción, tan habitual en la biología, es un tanto superflua en Alanna. En efecto, la diferenciación entre fauna y flora no es ni mucho menos evidente entre la vida nativa de Alanna, como veremos a lo largo de todo este estudio. De hecho, el concepto mismo de plantas sésiles no resulta en absoluto obvio. [...] »Pero antes de entrar en un estudio pormenorizado, hay que hacer algunas salvedades. Como mundo colonizado por la especie humana, la biología

original

de

Alanna

ha

experimentado

considerables

transformaciones con la introducción de especies originarias de la Tierra. Con todo, la vitalidad de la biología nativa ha ocasionado que no todas las especies introducidas hayan superado el reto: de entre la fauna doméstica introducida, ni los bóvidos ni los équidos superaron el desafío de la peculiar bioquímica alaniana. De hecho, la misma especie humana logró sobrevivir a duras penas, con las disfunciones que son conocidas y que no comentaremos aquí. Baste decir que sólo algunas especies introducidas superaron con éxito el desafío de la adaptación. Entre los cereales la supervivencia fue generalizada, así como con diversas especies de árboles y en general casi todas las especies vegetales. Sin embargo, en cuando a la fauna animal, sólo los ovinos (ovejas y cabras) sobrevivieron. [...]

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»La especie nativa más singular, y que más atención ha despertado, es el peculiar ambulacro (Multipodius ambulantis), que...»

x —Sacad las hachas. Partiremos el ambulacro. La orden de Rya llegó cuando, al final de la mañana siguiente, alcanzaron el linde del bosque. Pese a múltiples aprensiones y misteriosos crujidos, no habían avistado un solo hombre, salvaje o civilizado. Rya había ordenado un alto, todavía entre la espesura, como si no se atreviera a salir a campo abierto. Las guerreras cumplieron la orden. Tras varios golpes de hacha, donde antes había un ambulacro de doce pares de patas, ahora había dos, de seis pares cada uno. Eso sólo podía significar una cosa. —El pelotón izquierdo vendrá conmigo. El derecho irá con Gwyn, a sus órdenes. —recalcó la comandante. —Pero Rya... —le susurró la aludida. —Sin peros, Gwyn. En este pergamino tienes tu ruta. No tiene pérdida. En dos grupos llamaremos menos la atención. Ya sabes: discreción. Procurarás entrar en Athiria de noche. ¿Está claro? —Sí, Rya. —Gwyn no tuvo presencia de ánimo para seguir protestando, y asintió. Aquella misión resultaba cada vez más extraña.

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El primer grupo partió primero, con Rya al frente. Hasta que no dio la orden de marcha, Gwyn no se percató que Eilyn había partido con él.

x El mapa que Rya le había dado recogía su itinerario. Por lo visto, este era de lo más enrevesado. Daba vueltas y más vueltas. El objetivo estaba claro: cualquiera que las avistara sólo vería un reducido grupo de guerreras morenas encaminadas en cualquier dirección menos hacia Athiria. Sin embargo, poco a poco se irían acercando a su destino, siempre de forma indirecta. El paisaje era muy distinto al que conocían y estaban acostumbradas. En la Llanura, los campos cultivados no eran la excepción, sino la norma. Aquí y allá se veían interrumpidos por pequeños bosquecillos. En consecuencia, solían cruzarse de vez en cuando con rubias mujeres que iban y venían de los campos. A Gwyn aquello la preocupó; pero pronto vio que no les prestaban demasiada atención. Ni la dirección que tomaban ni su indumentaria permitiría que el secreto se rompiese. Sin embargo, se cuidó muy mucho de permitir que sus guerreras confraternizasen con la población. Pese a sus protestas, se negó por completo a permitirles visitar las posadas del camino, y siempre acamparon al raso. Los caminos transitaban rectos bajo el inclemente sol del verano. Las espigas se mecían, maduras, en los campos. Las campesinas, tan rubias como sus cultivos, segaban sin parar, sudando y sin apenas volverse para mirar a las morenas guerreras que pasaban. Todo trascurrió, así, en una plácida tensión. Hasta que, a falta ya sólo de dos días de su destino, se produjo el incidente que, de alguna forma, Gwyn venía temiendo. —Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Unas descastadas, parece.

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Quien pronunció estas palabras era la comandante de un grupo de guerreras de las Tierras Altas. Se acababan de topar con ellas justo en un puente sobre un riachuelo. —Pero no soy idiota, y creo saber de qué clan sois. —insistió. No era de extrañar que lo supiera. Sus colores la identificaban, a ella sí, como miembro del clan Lewellyn. Clan vecino de Glewfyng, y sobre todo, enfrentados ambos en una de esas enemistades que duran tanto que nadie recuerda ya a qué causa se remonta. —Sois esas piojosas de Glewfyng. —remachó, en efecto, con una sonrisa. Gwyn se adelantó. —Ahora estamos todas en las Tierras Bajas. Quítate de en medio —su ambulacro estaba cerrando el paso del puente— y cada una se irá a sus asuntos. Su interlocutora evaluó su situación mirando sobre su hombro a sus propias guerreras. Eran menos, sólo ocho. Sin embargo, eran todas guerreras veteranas, no las jovencitas en pleno período de instrucción que se les oponían. Así, pareció llegar a una decisión. —No tengo nada en contra de unas descastadas que ocultan su clan, cierto. Pero me gustaría saber adónde vais. Si vuestro clan está indefenso, será una interesante noticia para nuestra Tawanna. —No te importa adónde vamos. —repuso Gwyn, tensa pero sin ceder a la provocación. —Ahhh... Secreto. Interesante. Veo que vais hacia Umbrelicania. Pero... También estáis muy cerca de Athiria, y he oído rumores muy interesantes sobre Athiria últimamente...

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A Gwyn le dio un vuelco el corazón. Si les permitía marchar con aquella información, todo estaría perdido. Tomó una resolución. —Sí, somos del clan Glewfyng. El mismo que siempre patea el culo de las desgraciadas de Lewellyn. El año pasado os robamos doscientas de vuestras ovejas, y yo misma hasta me llevé a una de vuestras guerreras. No era fácil distinguirla de una de las ovejas negras, pero una vez lavada no estaba del todo mal. Al principio se resistía, pero después de pasar por mi cama ya no quería volver... Vio la cara de su interlocutora ir adquiriendo un color rojo que acabó por llegar al púrpura. Como no podía ser menos, su provocación había surtido efecto. —¡Tienes mucha cara para decir eso, tú que vas por ahí ocultando tu clan! ¡Compañeras, vamos a darles una lección! —exclamó, sacando su espada y volviéndose a sus guerreras. —Vamos, vamos... —Gwyn ni se inmutó. Al contrario, lejos de desenvainar, cruzó los brazos ante el pecho y sonrió—. Somos casi el doble. No queremos destrozaros tan fácilmente. Luego las vuestras dirían que no tenemos honor. Como hacen siempre que les damos fuerte. ¿Tendrás el valor de batirte conmigo? La otra pareció confundida. Miró a su grupo, luego al de enfrente, evaluando sin duda número contra experiencia. Al fin se decidió. —Batirme, destrozaros, es lo mismo. Como quieras. Mejor así; me llevaré a tus niñas y por fin sabrán lo que es estar con una mujer, que ya casi les ha llegado la edad. El duelo entre capitanas era algo habitual en las Tierras Altas. Con una población reducida, era un buen recurso. Las guerreras eran demasiado valiosas para perderlas por un asunto menor.

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—Muy bien. Según las reglas de duelo de capitanas pues. ¿Tu nombre? —Morwyll. ¿El tuyo? —Gwyn. La regla era muy sencilla: las capitanas se batían a muerte, y la vencedora obtenía a las guerreras de la vencida como botín. Así, no sólo no se perdían en combate, sino que pasaban a engrosar las filas de la vencedora y se unían al otro clan. Aquello no podía ser más adecuado para Gwyn: si vencía, se las llevaría a todas a Athiria y el secreto de la misión quedaría a salvo. Sin más preámbulos, su rival alzó su espada, y sin darle tiempo a desenvainar, se lanzó contra ella dando un alarido. Gwyn se apartó, y la pesada espada cayó contra el suelo sobre el que un instante antes había posado sus pies. Logró transformar su movimiento al esquivar en un floreo que le permitió extraer su espada. La espada de las Tierras Altas era más un arma de demolición que algo adecuado para la esgrima. En la batalla, se la solía alzar en alto, con ambas manos, para dejarla caer, con toda su fuerza, sobre la adversaria. Tal y como había hecho la otra. En un duelo, la cosa se complicaba. Gwyn extrajo con su mano izquierda su hacha de combate. Arma arrojadiza, en aquella situación se podía usar de otra forma. Apoyándola contra el filo de la espada, le permitía a esta parar. Usándola de esta forma, logró detener la segunda embestida. El acero resonó con fuerza. Esa jugada tenía una ventaja añadida. El golpe era tan brutal que podía dislocar el brazo de la rival. Morwyll, en efecto, se resintió, retirándose al tiempo que se masajeaba el codo derecho. Pero de inmediato sonrió, una sonrisa llena de brillantes y apretados dientes. Hubo un instante de pausa tensa, mientras se evaluaban la una

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a la otra. De repente, con un gesto demasiado rápido para ser visto, su rival le lanzó su propia hacha. Era un truco arriesgado, pero efectivo. Aparentando más sangre fría de la que sentía, Gwyn se mantuvo a pie firme. Paró la volteante hacha son su espada ante ella. El hacha salió rebotada hacia un lado, fuera del alcance de cualquiera de las dos. No era ese el único truco de Morwyll. Antes incluso de que el hacha llegase al suelo, ya había levantado su espada y acometía con ella en alto por tercera vez. Tomada por sorpresa, Gwyn apenas logró alzar su espada para defenderse. Sin el apoyo del hacha, sólo pudo desviar de refilón. Sintió que el filo la rozaba en el hombro derecho. Al principio sólo sintió un frío extremo. Oyó un gemido, y supo que había salido de las gargantas de sus guerreras. Se apartó, notando que el helor iba siendo sustituido por una líquida y dolorosa calidez. El brazo se le iba a quedar pronto inutilizado. Ya lo sentía cada vez más pesado. Su jugada de respuesta no logró, en consecuencia, el efecto sorpresa. Lanzó su hacha con la izquierda, pero esto era previsible, y Morwyll lo esquivó agachándose. Se cambió entonces Gwyn la espada de mano. Jadeando ambas, caminaron en círculos la una en torno a la otra. —Tus guerreras están un poco flacuchas, pero me vendrán bien. —dijo Morwyll, sonriendo. —Las tuyas, en cambio, parecen unas viejecitas. ¿No deberían estar hilando? Las dos estaban demasiado doloridas como para continuar con esa esgrima verbal, y en consecuencia las pullas no continuaron. A las dos se les iba acabando el aliento y hasta el ingenio. Gwyn se acercó a su rival de forma indirecta,

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arrastrando la espada por el suelo tras ella. Tenía que jugársela; se le empezaba a nublar la vista. Viéndola desprotegida, Morwyll la lanzó un tajo lateral, con ambas manos, con intención de partirla en dos. Gwyn se agachó, echándose a tierra. Al mismo tiempo, lanzó un tajo también lateral, a ras de suelo. Alcanzó el tobillo de su rival, haciéndola caer de espaldas. Con decisión, Gwyn se puso de nuevo en pie. Como un rayo, con su último aliento, alzó la espada con el pomo hacia arriba. Con las dos manos y toda su fuerza, lo lanzó hacia abajo. Se hundió en medio del pecho de Morwyll. El crujido se confundió con su agonía, y al instante siguiente sus ojos estaban vidriosos. Su sonrisa desapareció y murió. —Muy bien. —se dirigió a las sorprendidas guerreras rivales—. ¡Ahora sois honorables hijas del clan Glewfyng! Sintió que se le iba la cabeza, pero pronto fue sujetada por sus compañeras. La abrazaron, felices y sonrientes. La hicieron sentarse sobre el suelo, de forma que no llegó a perder el conocimiento. Reuniendo todo su aplomo, dio instrucciones referentes a las nuevas guerreras, que las acompañarían hasta Athiria. Al mismo tiempo, hizo que le cosieran la herida. Su indiferencia –contuvo cualquier gesto de dolor mientras hacía que le cosieran la herida– le ganó el respeto de aquellas veteranas, como pudo ver en su expresión.

x Tal y como había previsto, se acercaron a los muros de Athiria antes de la medianoche tras una corta marcha. Su herida había cicatrizado bien; era algo habitual en ella, y que acreditaban otras cicatrices por su cuerpo. Ante ella, en la oscuridad, la ciudad era un muro negro, alto e imponente. La muralla, entrevista a la pálida luz de las Amantes Desdichadas, se veía llena de almenas, torres y puertas. Se trataba de una ciudad grande y cosmopolita, incluso para lo habitual en la Llanura. Siempre estaba llena de forasteras de paso, mercenarias como

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ellas, comerciantes, comediantes y todo tipo de gente que le daba una vida singular. Para las sobrias guerreras de las Tierras Altas, una ciudad como Athiria era a la vez antro de perversión y excitante mundo lleno de todo tipo de placeres. Aquello ya se veía en las miradas de anticipación las guerreras, que brillaban como las dos lunas. Ninguna de ellas había estado jamás allí. Sólo Gwyn había estado antes en alguna ciudad de la Llanura, aunque no en aquella. Siguiendo las instrucciones del plano que Rya le entregara, se habían acercado a la ciudad desde el lado opuesto al que habrían llegado de haber tomado una ruta directa. Rya incluso había señalado la puerta por la que deberían entrar. La puerta, al ser ya de noche, estaba cerrada. Confiando en el sentido común de su capitana, Gwyn golpeó esta puerta sin dudarlo. —¡Abran! ¡Somos viajeras rezagadas! De inmediato, la enorme puerta de madera y bronce crujió y se entreabrió. Una mujer con armadura y casco dorados se asomó. —Adelante, pasen. —susurró, ni muy alto ni muy bajo. En cuanto se deslizó por la rendija, Gwyn pudo ver a Rya justo tras la guardiana. —Muy bien, Gwyn. ¿Sin novedad? —le preguntó la capitana. —Bueno... no exactamente. —repuso ella. Entonces la capitana vio a las guerreras de Lewellyn, que entraron tras las demás. —¿Qué es esto? —preguntó, sorprendida. —Bien... Tuvimos un pequeño incidente por el camino. —Gwyn pasó a relatarle un escueto resumen de lo sucedido.

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—¿Estás loca? ¡Has podido hacer fracasar toda la misión! —le respondió Rya en cuanto hubo terminado. —No tenía otra opción, Rya. Si las hubiera dejado partir, se habría sabido todo. Peor aún, si hubiéramos combatido grupo contra grupo, incluso venciéndolas alguna podría haber escapado. Ahora están aquí, no les he quitado ojo, y nadie se tiene que enterar de nada. —Mmm... Demonios, Gwyn. ¿Y si te hubiera matado? —Era un riesgo que debía correr. —respondió, encogiéndose de hombros—. Además, si me hubiera vencido, se habría llevado a las chicas a su clan a toda prisa. Habría estado mucho más interesada en mostrar su botín que en hacer circular rumores por la Llanura. Al menos por un tiempo, el asunto habría pasado desapercibido. Y tú todavía conservarías al menos a la mitad de la expedición. Creía que esa era la razón para venir en dos grupos. —Uhmm... Bueno. Dejémoslo así. Pero no pueden quedarse aquí, ni acompañarnos. Las enviaré de vuelta con Saidlyn. El duelo suponía un juramento de fidelidad. Las podían enviar de vuelta escoltadas por una sola guerrera, sin miedo a que escaparan. De hecho, si como era probable estaban casadas, lo más normal sería que fueran intercambiadas, o rescatadas a cambio de dinero. Antes de un año estarían de vuelta en su clan natal. Rya arregló el asunto en un momento, dando a la decepcionada Saidlyn instrucciones precisas. Saidlyn era la más joven de la expedición, una niña apenas, y se resistió a las órdenes tanto como pudo. Después de tener la ciudad ante sus ojos, se la perdería, así como toda la acción que viniera después, según argumentó. A su edad, quería entrar por fin en combate, como todas, y como Gwyn sabía bien. Pero Rya se mostró inflexible, y bajo su renuente dirección, pronto las de Lewellyn hubieron marchado de nuevo.

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—¿Y cómo os ha ido a vosotras? —preguntó Gwyn entonces—. Mejor, espero. —Bien. Nosotras llegamos anoche, según lo previsto. Hey, vosotras, —se dirigió al resto de las guerreras, que esperaban expectantes tras ella— llevad el ambulacro a aquellos establos. Luego volved todas en silencio. En los establos cubrirían y regarían al ambulacro, dejándolo listo para una nueva marcha. La orden se cumplió con rapidez y eficacia, aunque algunas guerreras no perdían detalle de la ciudad en la que se hallaban. Miraban a un lado y otro, asombradas ante las enormes dimensiones de todo. Aquella zona se veía vacía y oscura; sin embargo, un cierto resplandor y un murmullo animado sugería que no toda la ciudad dormía. —Muy bien, chicas. A partir de ahora ya no hace falta tanta discreción. —les dijo Rya, en cuanto tuvo a las guerreras en corrillo a su alrededor—. No partiremos hasta dentro de unos días. Entretanto, podéis conocer un poco la ciudad. La noticia tuvo un magnífico efecto sobre la tropa. Algunas sonreían, otras se daban codazos, animadas, y en definitiva parecían muy alegres y excitadas ante la posibilidad de conocer la ciudad y sus legendarios encantos. —De hecho, —prosiguió la capitana, poniéndose algo seria como para compensar aquellas risitas— preferiría que os dispersarais un poco. No forméis grupos grandes, no llaméis la atención y no habléis con nadie de nuestra misión. Y por favor, nada de peleas, ¿vale? Por lo demás, divertíos. —En ese punto agitó una tintineante bolsa—. Por cortesía de la reina, aquí tenéis cinco soles para cada una, para vuestros gastos. Fue repartiendo las monedas entre la fila que se formó ante ella. Mientras lo hacía, iba dando las últimas instrucciones.

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—Nos veremos aquí, a esta misma hora, dentro de tres días. Las de las Tierras Altas somos una rareza por aquí; eso os dará muchas posibilidades de pasarlo bien. Pero si os proponen matrimonio, rechazadlo firme pero educadamente. Este no es lugar para nosotras. Y por favor, recordad: no mencionéis a nadie vuestro clan natal. Es muy importante. Por último, sólo tres advertencias a las que nunca habéis estado en una ciudad de la Llanura: no entréis en locales marcados con el símbolo de una flecha, no os emborrachéis hasta caer inconscientes en la vía pública y no abracéis a las bailarinas mientras están sobre la tarima. En definitiva, no os metáis en líos y pasadlo bien. Tras el pequeño discurso, la tropa se dispersó como llevada por el viento, en moderados grupos de dos o tres. Como ella ya esperaba, Gwyn fue llamada a un lado por Rya. —Ven, vamos. Tenemos que hablar. —le dijo. Emprendieron la marcha, mientras la capitana le pasaba un brazo por los hombros. La condujo, callejeando, hasta una pequeña taberna. Era un local situado en un semisótano, de techo bajo e iluminación pobre. Las dos, pese a que Rya era algo más baja, tuvieron que agacharse para pasar bajo el dintel de la puerta. Al fondo había varios reservados. Se acercaron a uno de ellos y se sentaron. Rya, con un gesto, ordenó dos jarras de vino. En los reservados contiguos se podían ver algunas parejas, en diversas fases de encariñamiento. En cuanto la camarera hubo depositado las dos jarras ante ellas y se hubo marchado, Gwyn esbozó una media sonrisa sardónica y alzó una ceja. —No me habría esperado esto de ti, Rya... A tus años, y metiéndome en encerronas —le dijo, en tono ligero. —No seas idiota, Gwyn. —repuso la otra, seria. Había apoyado ambos codos sobre la mesa al tiempo que empezaba a beber—. Tenemos que hablar en privado.

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—Ya me lo suponía. —Gwyn torció el gesto y abandonó el tono de broma—. ¿Fue todo bien? —Sí, todo muy bien. Lo serio no empezará hasta dentro de unos días. —¿Y qué es lo serio? ¿Me lo contarás al fin? —Sí, bueno. A ti sí, pero antes... —dio un buen sorbo a su jarra, que se vació en un instante, como por arte de magia. A un gesto suyo, otra fue depositada ante ella casi tan velozmente—. Son bonitas las chicas de por aquí... —comentó acto seguido,

contemplando

el

trasero

de

la

camarera,

que

se

alejaba

contoneándose—. Un poco demasiado fofas y tetonas para mi gusto, pero... —Rya. La misión. —Oh sí. Bueno... —dio un nuevo sorbo tremendo—. Hay una razón para que no vistamos los colores de nuestro clan. Y es que lo que debemos hacer por cuenta de la reina no la debe implicar a ella. Por eso no puede utilizar a sus propias guerreras. Aparte que son todas demasiado bajitas y flojuchas, claro. Su mirada se desvió ahora hacia las mesas contiguas, las de la zona común, ocupadas todas por rubias mujeres locales. Prosiguió. —Buenas para lucir con todos esos oropeles en la guardia de la reina, sí, y buenas para la cama, sin duda, pero... —Rya. Céntrate, por favor. Ya iremos de cacería luego, si quieres. —la capitana parecía sorprendentemente dispersa. Ella siempre había sido seria y solemne, más de lo habitual incluso. Su posición como hermana de madre de la Tawanna le otorgaba una posición de la que siempre había sido consciente. Ahora, sin embargo...

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—Oh no, yo no... Desde que murió Elsa, yo no... —Elsa había sido su mujer. Había muerto hacía dos años en una expedición de saqueo. Había tenido dos hijas junto a ella, ambas ya casadas. Rya, siempre ocupada con sus obligaciones militares, no había llegado a tener hijas propias antes de quedar viuda. —¿No? Oh bueno, así se comprende que no puedas centrarte... —No seas idiota, Gwyn. No es eso. Es que... ¿No te llama la atención que ninguna de las que formamos la expedición esté casada ni tenga hijos que dependan de ella? —Bueno, es lo normal, si han venido sólo las que están en período de instrucción. —Sí, ya, ¿y por qué sólo una oficial, viuda y sin hijas además? —Bueno... —Piensa, Gwyn. Nadie que dependa de nosotras, nadie que quede desamparada si nosotras... La comprensión fue aflorando a la mente y rostro de Gwyn. Rya dio otro largo sorbo a su jarra, que fue reemplazada otra vez, antes de proseguir. —Eso es. No es una misión suicida, pero casi. Lo previsible es que ninguna de nosotras vuelva a ver las montañas y valles de... —Pero... —interrumpió Gwyn, sin saber qué decir. —Era mejor que las demás no lo supieran. La deuda que contrajimos tiene que ser saldada. Además, de todas formas hubieran querido venir. Ya sabes como son. Así estarán más felices entretanto, si no conocen más que los mínimos detalles.

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—¿Y tú? ¿Te designaron por...? —Claro que no. Me ofrecí voluntaria. Debía ir una oficial. Todas nos ofrecimos voluntarias, pero yo era la única que no dejaría una cama solitaria ni una cuna llena. Querían realizar un sorteo, pero insistí y no pudieron rebatir mis argumentos. —Pero, ¿qué tiene de imposible la misión? ¿En qué consiste? —Bueno... —Rya se acodó sobre la mesa, inclinándose sobre su jarra, ya casi vacía de nuevo—. Es una misión ridícula. ¿Sabes algo de la política de Athiria? ¿La reciente? —Sé que el reino de Deiria está expandiéndose. Pero creo que Athiria sigue siendo mucho más poderoso. —Exacto. Y entonces, ¿por qué Athiria no hace nada para detener la expansión de Deiria? —Pues... —Pues porque no puede. Resulta —en este punto Rya bajó la voz y se acercó a Gwyn— que la princesa heredera, la única hija propia de la reina de Athiria, es prisionera de la reina de Deiria. —Oh. Comprendo. —Esto no es del dominio público. Es otra de las razones para no contarles a las chicas los detalles de la misión. La cuestión es que la princesa es rehén y garantía de la neutralidad de Athiria. Así, la reina de Deiria podrá ir conquistando pequeños reinos y expandiéndose sin que Athiria pueda hacer nada. Se irá fortaleciendo, hasta que sea más poderosa que Athiria. —Entonces, nuestra misión...

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—Exacto... —Rya se inclinó más todavía hacia ella. Parecía algo borracha ya, lo que no era de extrañar después de lo que había trasegado—. Nuestra misión es casi imposible. Rescatar a la princesita de las narices y traérsela a su desconsolada mamaíta. Tendremos que internarnos en pleno reino de Deiria y colarnos en sus más profundos calabozos. Lo tenemos crudo... pero no podemos negarnos. Ni podemos regresar fracasadas. Éxito o muerte. Sólo uno de esos dos desenlaces dejará pagada nuestra deuda con estas rubias decadentes. —¿Y por qué no se debe conocer cuál es nuestro clan? —Oh bueno. Ya te dije que la princesa es rehén del comportamiento de la reina. Estas estúpidas hipercivilizadas hasta tienen unas reglas establecidas para las rehenes. El intento de rescate por la fuerza implica un correctivo para la rehén. Nada serio, pero la reina no quiere que las delicadas espaldas de su hijita prueben el látigo. No es que a mí me importe, pero si eso ocurriera por nuestra indiscreción, tampoco quedaría nuestro clan muy lucido. Por tanto, como todo el mundo sabe que el clan Glewfyng está en deuda con el reino de Athiria, si nos pillaran tratando de rescatar a la princesa, la implicación de Athiria quedaría probada. Y la princesita vería perturbado su alegre cautiverio... no queremos que eso ocurra, oh no... Definitivamente, Rya estaba borracha. De todas formas, ya era muy pasada la medianoche. Gwyn miró a su alrededor, y sin que esta se resistiera, arrastró a su comandante fuera del local. Al menos estaba lo bastante sobria como para indicarle dónde se alojaba. Pero poco más. Medio ayudándola, medio acarreándola, logró al fin dar con la pensión. Saludó con un gesto a la recepcionista, que no pareció ni mucho menos sorprendida por la situación. Tras un corto tramo de escaleras, logró al fin llevarla hasta la cama. Ahí se reanimó algo, y cooperó algo en la tarea de desnudarla. Parecía muy triste,

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acurrucada en la cama, sola a la media luz y el murmullo del bullicio que entraba por la ventana. Gwyn suspiró y empezó a desnudarse también. Un poco de compañía no le vendría mal... a ninguna de las dos. En cuanto se deslizó entre las sábanas, se arrimó a ella, sólo para comprobar que estaba dormida como un tronco. La expresión de Gwyn habría resultado cómica si alguien la hubiera podido apreciar. Se encogió de hombros y se acurrucó contra Rya, rodeándola con sus brazos. La verdad era que estaba tanto o más exhausta que ella. Al poco estaba también dormida.

x Como siempre que había audiencia real, Taia hubo de pasar revista a la Guardia de Palacio, formada ante las puertas de la sala del trono. Casi por vez primera, se fijó en los rostros de las guerreras. Tan serias y firmes. Le habría gustado ser una de ellas. Podría sustraerse a todo aquel ceremonial y ser ella misma. Conocería nuevos territorios, nuevos paisajes y nuevas gentes. No en las aburridas lecciones de Gartión, sino por sí misma. Dejaría las responsabilidades sobre otros hombros y se limitaría a cumplir órdenes. Una vida aventurera, y sin presiones como las que sufría. Podría hacer lo que quisiera. Tal vez estaría a las órdenes de Terinia y sabría cómo era en realidad, al margen del formal respeto con que la trataba siempre. Seguro que con sus guerreras era mucho más espontánea. Además, se decía que las guerreras, en sus cuarteles, solían... No importaba. Borró esos pensamientos de su cabeza, compuso una expresión seria y traspuso las puertas de la sala del trono. Se trataba de una magnífica sala abovedada, con galerías laterales. La decoración en mosaicos y dorados realzaba el sencillo trono, dispuesto al fondo sobre un estrado. La reina se encontraba sobre él. Su rostro se mostraba sereno, como siempre. Vestía a la vez con sencillez y elegancia, y de alguna forma lograba que su aspecto congeniase con los azules, rojos y dorados de la

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decoración, como si ella misma formase parte de los mosaicos de la sala. Siempre había sido así; de alguna forma conseguía trasmitir serenidad y majestad. Parecía hecha para el cargo. Con el tiempo, la edad le había otorgado aún más realeza. La banda de lino blanco que llevaba en torno a la frente parecía inseparable de su persona. Taia se acercó al grupo que esperaba respetuosamente al pie del estrado. Mujeres jóvenes y viejas, todas formando parte del consejo, se agrupaban delante de la mesa dispuesta en el centro de la sala. Un par de hombres estaban situados discretamente a un lado. Después de los saludos de rigor, la guardia cerró las puertas, quedando fuera. El consejo había comenzado. Como consecuencia, se produjo una inmediata relajación en la formalidad. La reina se puso en pie y bajó lentamente del estrado. Las consejeras tomaron asiento a ambos lados de la larga mesa; la reina se situó a la cabeza. Los dos hombres, entre los que se encontraba Gartión, naturalmente no tomaban parte formal en el consejo, y se mantenían de pie, tras las consejeras. Estaban allí como asesores, y sólo tomarían la palabra si se les consultaba. Taia echó un vistazo a las consejeras alrededor de la mesa. El grupo se podía dividir en dos mitades. Por un lado, las jóvenes, casi todas guerreras. Terinia estaba allí, como jefa de la guardia. También otras oficiales, de aspecto tan saludable como ella. Por otra parte, estaban las consejeras de la generación de su madre. Eran mujeres algo mayores, de aspecto sensato y reposado, con la sabiduría y la prudencia emanando de sus contenidos gestos. También, justo frente a ella, estaban sus dos hermanas de matrimonio, ambas más jóvenes. Olaia, la mayor, tenía dieciséis años, y parecía alerta y despierta. Era una jovencita seria y formal, a la que Taia había tratado menos de lo que debería en una hermana. Tisque, la más joven, mostraba a las claras su impaciencia por encontrarse en aquel aburrido lugar, lleno de gente vieja y seria. Taia sonrió, recordando esa misma actitud en sí misma, y no sólo a los trece años, sino casi hasta ayer. Sus dos hermanas parecían dividir su atención entre la reina y su

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propia madre, la esposa de la reina, que como de costumbre se sentaba al otro extremo de la mesa, frente a su consorte. Al fin, la atención de todas fue reclamada por la reina, que inició la discusión. —Creo que ya conocemos todas la situación. La caída de Filiria es una noticia tan sorprendente como preocupante. Cuando Deiria comenzó su programa de expansión, escuchamos aquí algunos consejos, que seguimos, y que a la luz de los recientes acontecimientos parecen ahora desacertados. Madre se refería a la guerra de Deiria contra Quirinia. Este último reino se encontraba entre Deiria y Athiria, y había sido desde siempre enemigo suyo. Era casi tan poderoso como Athiria, de modo que muchas de las consejeras habían visto con regocijo sus dificultades. Ahora, sin embargo, veían su error. Habían dejado crecer a Deiria, un reino insignificante hasta entonces. Además, ahora tenían frontera directa en común. Esto no tenía por qué ser malo, salvo que Deiria parecía haberse embarcado en un programa de expansión, a costa ahora de sus aliados. La acusación de la reina hizo mella en varias de las consejeras aludidas; unas se mostraron cabizbajas, otras ofendidas. Taia se fijó en Terinia. Esta sonreía de forma levísima, casi imperceptible. Ella había aconsejado, por el contrario, ayudar a Quirinia como método tanto de defensa como de reconciliación con las viejas enemigas. Ahora se veía lo acertado de su consejo. Como consecuencia, la reina se dirigió a ella, lo que pareció sobresaltarla un poco; la verdad era que en los consejos no solía tener mucha relevancia, joven como era. —Algunos consejos son mejores que otros, aunque no sean mayoritarios, ahora lo veo. —estaba diciendo la reina mientras miraba de reojo a la joven guerrera—. Pero lo importante ahora es acertar en nuestro próximo movimiento. En ese sentido, parece que debemos pararles los pies a nuestros enemigos. Terinia, ¿cuáles son nuestras fuerzas? ¿Qué podemos hacer?

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La aludida se puso en pie, como correspondía al ser interpelada por la reina. Parecía apurada. Taia se sorprendió. No podía imaginar que Terinia se pusiera nerviosa por tener todas las miradas centradas en ella. Era siempre tan firme, tan segura de sí misma... Al fin miró a un lado y a otro y se aclaró la voz. —Nuestra fuerza ha sido siempre la de nuestras alianzas, majestad. En este sentido, la pérdida de Filiria ha sido un duro golpe. Sin embargo, el peligro nos permitirá reclutar aliadas. El problema es que esto no es ni sencillo ni rápido. Hasta dentro de un mes, por lo menos, no tendremos listo un ejército capaz de enfrentar al que Deiria ya tiene en campaña. —¿Pero podremos hacerle frente? En definitiva, ¿aconsejas la guerra? —Majestad, yo... Sí. El programa de Deiria parece claro: ir conquistando a nuestras aliadas y a nuestras enemigas, una a una, hasta que quedemos a su merced. Debemos adelantarnos a esta amenaza. —Muy bien. Gracias por tu informe y consejo. Terinia se sentó de nuevo, mirando modestamente hacia abajo. Parecía apabullada. Taia sonrió, sintiéndose orgullosa de ella, no sabía bien por qué. —Bien. Sin embargo, hay algo que se me escapa. —estaba diciendo la reina, con aire reflexivo—. Si los planes de Deiria son tan transparentes, ¿cómo esperan salirse con la suya? Si lo he entendido bien, todavía podemos aplastarlas, ¿no es así? La pregunta parecía dirigida al aire, a nadie en concreto. Casi todas las consejeras, jóvenes y viejas, asintieron. Desde luego, aquello no pareció disipar las dudas de la reina, que prosiguió reflexionando en voz alta.

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—Por tanto, necesitan que nosotras, como cabeza de nuestra coalición, nos mantengamos inactivas mientras hacen caer a nuestras aliadas una por una. No entiendo cómo pretenden conseguir esto. ¿Gartión? El aludido salió de las sombras bajo la galería lateral para situarse respetuosamente de pie tras la reina, como le correspondía. —¿Sí, majestad? —preguntó, tan solícito y serio como siempre. —¿Podemos confiar en nuestras aliadas? —le preguntó la reina, sin volverse—. ¿Hay algo que nos haga pensar que Deiria ha llevado adelante alguna ofensiva diplomática en paralelo a su ofensiva guerrera? —Majestad, no hasta donde yo conozco. Nuestras alianzas son tan firmes como siempre. Desde luego, ha habido problemas entre algunas de ellas, pero en conjunto nos son tan fieles como siempre lo han sido. El único problema son sus disensiones. Sólo se pondrán en marcha si nuestro reino las encabeza. La reina hizo un gesto displicente con la mano, y Gartión, inclinándose de nuevo, regresó a las sombras de las que había salido. —En definitiva, es extraño. No puedo dejar de pensar que hay algo que se nos escapa en todo esto. No puede ser tan sencillo. A partir de entonces, la sesión fue decayendo. Nadie tenía ninguna idea que aclarase las dudas de la reina. Con todo, se resolvió por amplio consenso que el reino debía prepararse para la guerra. Al fin, las consejeras se pusieron en pie y, tras saludar a la reina, se fueron retirando. Taia se disponía a hacer lo mismo, cuando escuchó la voz de su madre. —Mis tres hijas, por favor, desearía que se quedasen todavía unos instantes.

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Las tres se miraron. Aquello no era demasiado extraño, y menos dadas las circunstancias. Mientras la espléndida sala se vaciaba, todas mantuvieron un tenso silencio. —Hijas mías, —empezó la reina en la sala cavernosamente vacía— espero que estéis las tres a la altura de lo que nos espera. Cada una de vosotras tendrá una responsabilidad en los acontecimientos que, por desgracia, están por venir. Tú, hija mía, —y aquí se dirigió a Taia— conducirás mis ejércitos en mi nombre. —Madre... —quiso interrumpir ella, pero una mano alzada la detuvo. —Luego. Olaia, tú estarás a su lado. Aún eres muy joven, pero quiero que aprendas tanto como puedas de todo lo que veas. Aunque no seas hija de mi seno, te considero una hija del alma y espero y deseo que estés también a la altura. Obedece en todo a tu hermana y sé valiente y fiel. Y Tisque, —se dirigió a la más joven— tú permanecerás a nuestro lado. Eso no quiere decir que seas menos importante. Estarás como... como reserva, por si algo... si algo saliera mal. La madre de ambas, que hasta entonces se había mantenido en silencio y a distancia, las miró con severidad. Tisque pareció a punto de refunfuñar. Era a veces muy infantil, malcriada incluso, lo que no era de extrañar en la hermana más joven. Con todo, se limitó a cruzarse de brazos y a fruncir el ceño. —Está bien. —dijo al fin. —Madre, estoy dispuesta. No tendrás queja. —dijo Olaia entonces. Se la veía contenta, aunque al principio parecía que iba a protestar por la misión pasiva que le había reservado. Olaia siempre había tenido ambiciones, mucho más que Taia misma. No era habitual que las hijas del matrimonio de la reina heredasen, aunque se había dado el caso. Taia no sabía cómo interpretar la actitud de su hermana. A veces la preocupaba su actitud aparentemente arribista. Otras veces, en cambio, deseaba que todas sus cargas y responsabilidades cayeran sobre sus

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hombros. En el mejor de los casos, ella se lo habría buscado. Eran ocasiones como esta, en la que Taia sentía que no iba a estar a la altura. En definitiva, cuando pensaba que lo que le había caído encima la superaba. —Muy bien. ¿Y tú, hija mía? —se dirigió por fin la reina a ella. —Madre, yo... No sé si lo podré hacer... —Lo harás. Todas hemos sentido dudas alguna vez. —En este punto, Olaia resopló, y Taia le echó una mirada de reojo—. Tienes que cumplir con tus deberes... con todos tus deberes. La reina intercambió una mirada de comprensión mutua con su esposa. Las dos solían comunicarse de esa forma, fruto de una larga convivencia que hacía superfluo el hablar. Su atención se dirigió entonces a su hija, a la que contempló con severidad. Aquí estaba de nuevo, el asunto del matrimonio de estado. —Mamá, yo... eso no, por favor. —Hija, tienes que decidirte. Tienes que casarte con una princesa real, alguien que aporte a nuestro reino ayuda, más ahora que la necesitamos. —No creo que... —Ya basta. —Alzó de nuevo una mano, parando en seco sus protestas—. Un día serás reina, y el privilegio conlleva responsabilidades. Cuando vuelvas de la guerra trataremos este asunto de nuevo. Sin embargo, todavía hay algo más. La mirada de su madre se hizo acerada, más que antes. Taia sintió que esa mirada traspasaba todos sus secretos. En efecto, la reina prosiguió. —Sé muy bien lo que te traes con esa, esa... Esa trepa de Arijana. Lo sé todo, cuándo os veis, dónde, todo. Eso sí que tiene que acabar.

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—¡Madre! —Taia se sentía al borde de las lágrimas. Sentía una horrible vergüenza, aumentada por el hecho de tener a sus hermanas presentes—. ¡Ya basta! ¡Yo la quiero! —Hija, hija... —la reina sacudió la cabeza a un lado y a otro, mientras sus dos hermanas la contemplaban con sendas sonrisitas—. Ella no te quiere a ti. Ya te he dicho que lo sé todo de ella. Está contigo porque le conviene. Sé que es duro de admitir, pero es así. Es lo que pasa cuando tienes algo que otras quieren. Sé de buena tinta que su familia pasa por dificultades financieras. Temo que intente sacarte dinero, favores o algo así. —¿Cómo puedes decir eso? —exclamó Taia, sin importarle ni su condición real ni el regocijo de sus hermanas—. ¿Qué sabrás tú? —Más de lo que crees, hija. Más de lo que crees. Por favor, dejemos lo del matrimonio a un lado ahora, ¿de acuerdo? Será cuando tú quieras. Te prometo además que no interferiré; no voy a meterme por medio entre esta chica y tú. Pero prométeme que no volverás a verla. Hija, temo por ti... —¡No voy a prometerte nada! —chilló, las lágrimas fluyendo de decepción y humillación—. ¡¡Haré lo que me dé la gana!! Dicho esto, y ante la mirada pasmada y triste de su madre, dio media vuelta y salió en tromba del salón. Las pesadas puertas resonaron por todo el palacio a sus espaldas.

x "Necesito verte. Es muy urgente, de verdad. Por favor, ven esta misma noche a la dirección escrita al dorso. Te aseguro que no te lo pediría si no fuera muy importante. Ven lo más discretamente posible. De hecho, lo mejor sería que vinieras sola y de incógnito. No puedo contarte más aquí; no sé en qué manos

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podría caer esta carta. No me contestes. Te esperaré toda la noche si es necesario. "Besos. Te quiero, "Ari."

La carta le quemaba en las manos. Era la noche anterior a su partida al frente del ejército. La verdad era que, pese a que no le había prometido nada a su madre, no había visto a Ari desde la discusión que mantuvieron. Y no porque no la echara de menos. La añoraba, y mucho. Pero sus múltiples ocupaciones, la enorme masa de responsabilidades que le había caído encima desde entonces la había mantenido apartada de ella. Y ahora esto. Revolvió la carta, miró la dirección, la volvió de nuevo. ¿Querría despedirse? ¿Hasta su vuelta? ¿O para siempre? ¿O tal vez su madre había interferido, pese a sus promesas? Tal vez la había intimidado, u obligado de alguna forma. ¿Le habría ofrecido dinero a cambio de que no la volviera a ver? Eran demasiadas incógnitas. Lo peor era que Ari sabía bien que lo que pedía le iba a resultar muy difícil, tal vez imposible. Y eso mismo hacía que la carta pareciera aún más preocupante. Ari nunca le habría pedido algo así en una situación normal. Taia miró a un lado y otro, indecisa. Jamás podría escapar de palacio sin que nadie se enterara, al menos no con tan poco tiempo para prepararlo. Era indudable que, si quería ver a Ari, debería arriesgarse. Y desde luego que quería verla. Tras unos instantes de duda y vacilación, se vistió de la forma más discreta posible y salió de sus habitaciones.

Dos guerreras de la guardia flanqueaban la puerta en el pasillo. —Querría ver a Terinia. Ahora mismo, si es posible. —les dijo. Ellas se miraron entre sí, y como de común acuerdo una asintió y marchó por el pasillo sin decir palabra.

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—Esperaré dentro. Que no pierda tiempo anunciándose. —le dijo a la otra en cuanto la primera desapareció por tras una esquina. Pasó lo que le pareció un largo rato. El tiempo lo medían sus frenéticos paseos de un lado a otro de la habitación, pues se sentía incapaz de serenarse. Repasó mentalmente lo que le diría a la jefa de la guardia de palacio, incapaz de dar con algo mejor. Pese a su ansiedad, o por ella, los dos golpecitos en la puerta la sobresaltaron. —¡Adelante! —graznó, olvidando de aclararse su agarrotada garganta. Pese a sus instrucciones, era Terinia, incapaz por lo visto de entrar sin avisar en los aposentos de una princesa. Su mirada era inquieta y suspicaz. No hizo pregunta ni presentación alguna; tendría que ser su interlocutora quien se explicase. —Terinia... Me alegro de verte. Siento haberte llamado con tanta prisa, pero no sabía a quién acudir. Yo... Sabes quién es Arijana, ¿verdad? Terinia la había acompañado a muchas de sus citas con ella, pero no se habían encontrado jamás. Ella lo había preferido así, con la vana intención de mantener aquella relación en secreto. Sin embargo, sabía que Terinia no era estúpida. En absoluto. De hecho, era posible que la fuente de información de su madre fuera ella. En tal caso, todo sería aún más difícil. —Sí, alteza. Lo sé. —repuso tan solo, asintiendo con la cabeza. —Sí, bien. Yo... Bien, yo la quiero. Mi madre no aprueba lo nuestro, lo sé y seguramente tú también lo sabes. Jamás te pediría algo así. Pero necesito verla. Esta noche, al menos, antes de que partamos a la guerra. Terinia parpadeó. La miró con una ternura desconocida en ella, siempre tan fría y distante. Incluso por un instante temió que la fuera a abrazar y consolar.

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Justo entonces comprendió Taia lo que pasaba por la cabeza de la guerrera, y empezó a ponerse más y más colorada. Ella no había leído la carta y creía que quería verla para... para... antes de ir a la guerra, y por si no volvía... —Yo... no... —balbuceó, sin saber cómo contradecirla. Pero de repente se dio cuenta que, así, tal vez consiguiera que la ayudara. Bajó los ojos, todavía algo avergonzada, y terminó, odiándose un poco—: Yo... necesito verla, Terinia. Por si... por si fuera la última vez... —Está bien, princesa, no necesitáis dar explicaciones. —respondió ella, tal vez algo apurada. Miró a un lado y otro, como valorando las posibles vías de escape—. Os ayudaré. Pero no puedo permitir que vayáis sola. Dejadme que os acompañe con la guardia. —Pero... —Por favor, princesa. Al menos con un par de guerreras. —dijo, mirando por encima de su hombro—. Son de mi total confianza, y os aseguro que serán totalmente discretas. —Necesito ir sola, de verdad. —Alteza. Temo por vos. Si os pasara algo, no sé cómo me presentaría ante vuestra madre. Nos limitaremos a escoltaros. Confiad en mí. Al fin Taia dio su brazo a torcer. Difícilmente lograría otra cosa, que era más de lo que podía razonablemente esperar. Terinia se asomó al pasillo y susurró algunas órdenes. Se volvió y asintió. —¿Estáis dispuesta? —le preguntó. Ella asintió. Se acercó a ella y le dijo: —Terinia. Gracias. Muchas gracias, de verdad.

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—No tenéis por qué darlas, alteza. Vamos. Se deslizaron por pasillos del palacio que ella apenas conocía, y acabaron saliendo por una discreta puerta trasera que jamás había usado. Una vez en la calle, Terinia la acompañaba a su lado, pasando a veces una protectora mano sobre su hombro o brazo. Las otras dos las seguían en un discreto silencio, algo más atrás. Se deslizaron por calles vacías y mal iluminadas, aunque aquello no tenía nada que ver con la discreción. Al menos no con la que ellas buscasen. Sencillamente, la dirección que le había dado Ari estaba en medio de una de las zonas menos animadas de la ciudad. De hecho, la mayor parte de las casas de aquel barrio se veían abandonadas. El silencio era opresivo, y la oscuridad, lejos de parecer protectora, resultaba inquietante. Al fin llegaron a la dirección. A la media luz de las lunas, Taia volvió a mirar el dorso de la carta: sí, era allí. Parecía una casa abandonada. De hecho, se trataba de una planta baja con una puerta medio arrancada y entreabierta, sin luz alguna en su interior. —Alteza... —se interpuso Terinia, preocupada. —No. Pasaré yo. Pero estad atentas. Las guerreras se hicieron a un lado, aunque siguiéndola de cerca. Taia apartó la destrozada puerta, y se internó poco a poco en la oscuridad. —¿Ari? ¿Estás ahí? —preguntó hacia lo que estaba oscuro como noche sin lunas. Por unos instantes sólo pudo percibir la presión del aire, como si la negrura estuviera llena de sustancia. Por fin, en medio de la oscuridad surgió la redonda cara de Ari. Sus ojos y boca estaban muy abiertos; se veía asustada o sorprendida. Tras ella, surgiendo igualmente de la oscuridad aparecieron varias

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figuras de negras cabelleras. Iban armadas hasta los dientes, y avanzaron hacia ella. De repente, se sintió empujada hacia atrás. Terinia, junto a las otras dos guerreras de la guardia, se había interpuesto entre ella y las intrusas. Habían desenvainado sus espadas. —Atrás, princesa. —le susurró Terinia, protegiéndola con su cuerpo. Pero eran sólo tres contra al menos seis. Todas las intrusas parecían más altas y fuertes, y llevaban espadas largas. Sin mediar palabra, entrechocaron los aceros. La pelea fue breve. Nuevas guerreras surgieron de las sombras, a espaldas de las tres guardianas. Taia recibió un golpe en la cabeza, desde atrás, y perdió el conocimiento. Mientras caía, pudo ver como sus tres guardianas eran atravesadas y muertas. Recuperó la consciencia poco a poco, con el corazón en un puño. —¡Terinia! —exclamó. En cambio, se encontró con una cara desconocida. —¿Ya estás consciente? Bien. Vámonos. —La mujer que dijo eso parecía la jefa de las intrusas, pues lo último lo dijo volviéndose hacia las demás. Taia pensó que era curioso que la menos alta de todas fuera la jefa. Cayó entonces en la cuenta: se trataba del mismo grupo que había visto por la calle. Notó entonces que tenía las muñecas atadas juntas con una cuerda muy apretada. La pusieron en pie y tiraron de ella; se vio obligada a avanzar, trastabillando. Se resistió un poco, al tiempo que miraba hacia atrás. Pudo ver dos cosas. Primero, los cuerpos ensangrentados y definitivamente muertos de sus tres guardianas. Y además, vio a Arijana. La miraba todavía con aquella expresión asombrada. Pero había más en aquella mirada. Culpa, temor, tal vez solicitud de perdón. Una bolsa en su mano evidenciaba que la había vendido.

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Una vez fuera del recinto, la amordazaron. Transitaron por callejuelas solitarias, dando muchas vueltas. Al fin se encontraron ante lo que reconoció como una de las puertas de la ciudad. Allí, la jefa de las secuestradoras habló con alguien y les fue abierta la puerta. A lo largo de todo lo que quedaba de noche, la obligaron a caminar sin parar, deseosas sin duda de poner tierra de por medio antes de que se descubriera el secuestro. A Taia le costaba cada vez más caminar. Sentía que la sangre le manaba de la herida que le habían producido en la cabeza. Además, la mordaza le impedía respirar. La jefa se dio cuenta –ya estaba a punto de perder el conocimiento– y se le acercó. Le sacó la mordaza, que quedó en torno a su cuello. —Silencio, o te haré callar de un modo que no olvidarás. —le susurró—. De todas formas, ya estamos lejos y nadie puede oírte. Caminarás hasta el alba. —¿Quién eres? ¿Quiénes sois? —le preguntó. Ella pareció sorprendida por la pregunta. Pareció reflexionar por unos instantes. Decidió entonces que la pregunta era juiciosa. —Soy Morwyll. Puedes llamarme con ese nombre. —¿Qué queréis? ¿Por qué...? —su gesto hacia sus ataduras evidenció el resto de la pregunta. —Esto es un encargo. Ya te enterarás cuando lleguemos. Sin embargo, de momento no hay problema en que sepas quién ha pagado por esto: la reina de Deiria. El resto de tus preguntas se las podrás dirigir a ella. En efecto, caminaron casi hasta el alba. Para cuando el cielo empezó a clarear por oriente, a sus espaldas, llegaron a un bosquecillo. En su interior esperaban otras dos guerreras, también morenas. Custodiaban un ambulacro, tapado. A Taia le fue permitido echarse, y pese a todo lo pasado ya estaba

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dormida cuando tocó el suelo de hojas muertas, de puro agotamiento. Tras lo que le parecieron apenas unos minutos, fue sacudida y despertada. Tenía la boca pastosa, y le dolía horriblemente la cabeza. —¡Arriba, princesita! —oyó, al tiempo que sentía que la alzaban. Seguía con las manos atadas. Pese a que creía no haber dormido apenas, ya era pleno día. La compañía de sus captoras formaba ahora alrededor de un pequeño ambulacro. La cuerda a la que estaba atada fue amarrada a uno de los extremos del animal-planta. Así, en cuanto a este le retiraron la lona, no le quedó más remedio que caminar tras él. El día se fue alargando, y curiosamente la fatiga le despejó la cabeza. Hasta ese momento no había aceptado realmente lo ocurrido. Sólo entonces reflexionó. Ari. Madre tenía razón. La había traicionado, vendido por un saco de monedas. La realidad de su situación la golpeó entonces, y lloró. No por la traición de Ari. No. Pensó en Terinia. Su inquebrantable fidelidad, su tensa seriedad, su hermoso cuerpo, todo eso había desaparecido. Y era por su culpa. Ya no sabría lo que había tras la máscara de perfecta cortesía que siempre exhibía. Recordó sus sesiones de entrenamiento, llena de nostalgia por aquellos momentos, tan felices ahora en la distancia aunque entonces no los hubiera apreciado en cómo debía. Recordó cómo ella la ayudaba a levantarse cuando, como siempre, acababa por derribarla. Si alguna vez hubiera continuado el movimiento y la hubiera atraído hasta ella, pasando el brazo en torno a su cintura... Ya nunca sabría lo que hubiera ocurrido. Seguro que el sexo con ella habría sido muy distinto. Dudaba que hubiera sido plácido y suave, como con Ari. Habría sido sudoroso, intenso, incluso feroz. Bajo sus perfectos modales y sus movimientos acompasados, había adivinado una personalidad apasionada. Ojalá le hubiera dicho alguna vez lo que sentía por ella, la admiración, el respeto, el cariño... y todo lo demás. Ahora ya era tarde. Muy tarde.

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Capítulo 4

De Manual de sociología comparada, vv. aa., Ed. Constel, Sirio, 1156: «En Alanna, la institución del matrimonio presenta asombrosas diferencias con el matrimonio heterosexual, y aún más asombrosas similitudes. »La existencia misma del matrimonio puede resultar sorprendente en una sociedad como esta, y sin embargo resulta algo totalmente lógico una vez estudiado el tema en detalle. Como en la mayoría de los casos estudiados por la ciencia sociológica, el matrimonio en Alanna tiene propósitos fundamentalmente reproductivos: en definitiva, el formar una familia capaz de criar convenientemente a los hijos habidos en su seno. Desde luego, al tratarse de una institución social protagonizada total y exclusivamente por mujeres, en un ámbito científicamente atrasado, es evidente que se necesita una tercera parte masculina para lograr la concepción. Este acto se logra de diversas formas en las diferentes subculturas de Alanna; lo universal es su resultado, que es que los hijos se crían como parte integrante del matrimonio entre dos mujeres, mientras que el padre o padres biológicos carecen de cualquier función en este aspecto. »En definitiva, los hijos nacidos en el seno del matrimonio son criados como habidos por ambas integrantes de este. Existen ciertas diferencias entre la "madre propia" y la "madre del matrimonio" (la biológica y la pareja de la biológica, respectivamente), pero estas diferencias carecen por lo general de relevancia. Las hijas biológicas de ambas integrantes del matrimonio se consideran hermanas entre sí, pese a carecer por lo general de cualquier parentesco genético.»

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De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed. Funambule, Tierra, 1123: «Tampoco se trata, pese a alguna afirmación inexacta, de una reversión de los papeles varón-mujer que se dieron en el contexto de la vieja Tierra antes de la era Espacial. Si bien hay que reconocer que se dan algunos elementos que han contribuido a difundir este paralelismo simplista. Sin duda, el varón, en Alanna, está excluido de la mayor parte de las posibilidades

sociales.

También

carece

de

casi

cualquier

posición

económica (si bien en muchas zonas posee, en sí mismo, un considerable valor pecuniario: véase capítulo III: la esclavitud en Alanna). Y no es menos cierto que su situación se acompaña y justifica por una abundante retórica paternalista (quizá deberíamos decir "maternalista", si no condujera a confusión), que define al hombre como ser débil que debe ser cuidado y protegido tanto por su bien como por el del cuerpo social. Sin embargo, existen innumerables diferencias...»

x La viva luz del sol la hizo parpadear. Rya también estaba despertándose, muy poco a poco, cobijada como un bebé entre sus brazos. Se apretó contra sus pechos, como si fueran una almohada, suspirando. De repente abrió mucho los ojos. —¿Eh? ¿Qué es esto...? ¿¿Gwyn?? —Buenos días, capitana. —sonrió ella—. ¿Ya mejor?

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Rya pareció percibir justo entonces su brutal resaca. —¡Au! —entrecerró sus asombrados ojos, protegiéndolos de la luz del sol—. No... Nada mejor. ¿Pero qué demonios haces aquí...? —Bueno, no tenía dónde alojarme, y ya era tarde para buscar algo. Además, parecías necesitar compañía, después de la charla de anoche. —¿Charla? —su expresión era confundida. Se apartó de su lado, apoyándose en la almohada y frotándose los ojos—. ¿Qué... qué te conté de la misión? —Todo. O casi todo. Lo importante, al menos. No te preocupes. Estabas casi sobria entonces. Todavía... —Oh... Bueno, esa era la idea. Pero, ¿qué es lo que...? ¿Qué hicimos? —Oh vamos, no te escandalices ahora. —sonrió Gwyn, divertida por la expresión de Rya. Simuló algo de indignación—. Anoche no te quejabas... —Pero, pero... —Jajaja, tranquila, jefa. Ni te quejabas ni hacías ninguna otra cosa. Caíste dormida como un tronco en cuanto tocaste la cama. Vamos, que no estabas para nada. Aunque no entiendo tu espanto... —terminó, exhibiéndose un poco, ya de pie al lado de la cama. —Bueno, no, no quería decir... Eres una idiota, Gwyn. —repuso al fin la capitana, recuperando poco a poco su habitual aplomo, incorporándose—. La próxima vez que te metas en mi cama, quiero estar consciente. Los dos rieron un poco. Sin embargo, el momento había pasado, y al cabo de un rato ya estaban vestidas y en la calle, desayunando en habitual camaradería. Por un mudo acuerdo, concluyeron que ninguna de las dos

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necesitaba un lío ahora, y menos con lo que tenían por delante. Después de todo, no había pasado nada, y ninguna de las dos tenía interés en que pasara.

x Encontró a Eilyn en una enorme taberna. Se encontraba sentada a una mesa, acompañada de otra guerrera. De momento no parecían tener ningún otro tipo de compañía, aunque no pocas chicas locales miraban con insistencia y curiosidad a las exóticas y morenas forasteras.

En cuanto la vieron se pusieron un tanto firmes, aunque sin alzarse de sus asientos. —Relajaos. ¿Todo bien? —les preguntó, de pie ante la mesa. —Sí, Gwyn. Muy bien. —le contestó Eilyn—. ¿Qué haces? —Nada, de ronda a ver cómo va todo. ¿Os molesta si me uno a vosotras un rato? —¡Claro que no! —repuso Eilyn, aunque la otra no pareció tan entusiasmada. Pese a ello, nada dijo y Gwyn se sentó. —Oye Gwyn, —susurró Eilyn, inclinándose hacia ella por encima de su jarra— hay algo que nos intriga, y que no nos hemos atrevido a preguntar para no parecer unas palurdas. ¿Por qué no debemos entrar en los locales marcados con una flecha? —Oh, eso. —repuso ella, divertida—. Bueno, aquí no hay Estancias Reservadas, no exactamente, ¿sabéis?

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—¿Qué quieres decir? —pregunto la otra, súbitamente interesada—. ¿Qué los hombres andan sueltos por ahí? No hemos visto ninguno por la calle... creo. —La muchacha parecía indecisa entre el escándalo y el interés morboso. —Habéis visto mujeres con una cinta negra en el cuello, ¿no es así? —Sí, eso sí, ¿y qué? —insistió la otra. —Bueno, aquí existe la esclavitud. Algunas mujeres, prisioneras de guerra, criminales y tal, son propiedad de otra gente. La cinta, o directamente una argolla de metal negro, es el símbolo de su estatus. Pues bien, —hizo una pausa y alzó un didáctico dedo— los hombres, todos los hombres, están en esa misma situación. —¿Y? —la apremió Eilyn. —Pues que si todos los hombres fueran propiedad de unas pocas, la raza se extinguiría. Por lo tanto, algunas mujeres ricas ofrecen los servicios de los hombres de su propiedad al resto de mujeres. Es en esos locales, a veces llamados baños y marcados con una flecha, donde esto ocurre. —¡Pero esos sitios parecen tabernas! —repuso Eilyn, con los ojos muy abiertos. —Bien, esos locales ofrecen algunos otros servicios complementarios: taberna, baños, etcétera. Incluso las hay que los visitan para divertirse con los hombres, y no realmente para concebir... —¡Eso es absolutamente perverso! —exclamó Eilyn, aunque parecía más divertida que otra cosa. La otra chica parecía más genuinamente indignada, aunque no dijo palabra.

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—Sí, bueno, —prosiguió— por eso no queríamos que entrarais. Podríais haberos sorprendido y haber armado un escándalo. Sea como sea, es la costumbre aquí, y hay que respetarlo. —Oye Gwyn, —interrumpió la otra, Deirwyn creía recordar que se llamaba—. ¿Y por qué no debemos abrazar a las bailarinas? —preguntó, como deseosa de cambiar tan escabroso tema. —Sí, no parecen precisamente virginales... —remachó Eilyn, señalando con el pulgar a una de ellas. Se trataba de una chica muy rubia y delgada aunque de nudosos músculos, que se contorsionaba lánguidamente sobre un estrado con apenas un par de gasas cubriéndola. Por lo demás, llevaba una cinta de satén negro al cuello, lo que evidenciaba que era propiedad de alguien, cosa frecuente entre las bailarinas. Pese a ello, estas solían llevar una vida sorprendentemente independiente. Probablemente era propiedad del local, y aparte del baile, hacía lo que le venía en gana. —Jajaja, —rio Gwyn, mirándola también— no hay nada perverso en eso. Sólo debéis dejarlas en paz cuando están actuando. No son en absoluto virginales, no. Lo que pasa es que exigen respeto por su arte. Pero una vez han acabado sí que admiten felicitaciones... y proposiciones. De hecho, puedo ver a más de una algo impaciente ya. Lo que pasa es que si os quisierais adelantar a las demás, ¡el resto de la concurrencia os echaría a patadas del local! Las tres rieron, al tiempo que miraban más apreciativamente a la bailarina. Sus movimientos eran lánguidos aunque complicados. No sonreía, y de hecho miraba a la concurrencia como si se tratara de la última escoria. Aquello cambiaría en cuanto la suave música cesase, como bien sabía Gwyn. Al poco, esta se levantó.

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—Bueno, veo que todo va bien por aquí y no me necesitáis. —Eilyn pareció a punto de decir algo, pero echó una mirada de reojo a Deirwyn y se contuvo—. Voy a seguir la ronda. Siguió callejeando y asomándose a los locales a la búsqueda de alguna cabeza oscura. Al poco dio con un grupo de las suyas. No necesitó la vista para localizarlas; ya pudo oír la algarabía que armaban desde el exterior. Pese a las advertencias de la capitana, cinco guerreras atestaban una mesa, en medio de una taberna grande y cavernosa. La algarabía y los efluvios etílicos eran formidables. Aun así, las representantes del clan lograban destacar. Gwyn compuso su mejor expresión de instructora severa y se acercó decidida a la mesa. Aquello parecía funcionar como siempre, puesto que las cabezas rubias le fueron abriendo paso como si fuera la hija de la muerte. En principio, las cinco guerreras no le hicieron mucho caso. Estaban en diversos grados, aunque todos avanzados, de intoxicación. De hecho, una de las guerreras no le prestaba la menor atención. En cambio, agarró por la cintura a una atareada camarera. Esta llevaba un vestido campesino, de coloridas y amplias faldas y una blusa blanca que dejaba sus hombros al aire. Iba cargada con una bandeja repleta de jarras. Con una habilidad sin duda fruto de una amplia experiencia, logró acabar sentada sobre las rodillas de la guerrera, dejando a la vez con el mismo impulso la bandeja sobre la mesa, milagrosamente intacta. Su presencia había hecho morir las conversaciones a su alrededor. Pese a ello, Gwyn necesitó llamar la atención de la que había agarrado a la camarera. —¿Oh? Hola, Gwyn. —contestó esta, sin soltar a la chica de sobre su regazo—. ¿Vienes a unirte a la fiesta...? Ella intentó traspasarla con la mirada. —No. Estás muy borracha, Uvlyn. Suéltala. Está trabajando.

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—Oh-ohh... Ya lo creo que está trabajando. ¿Y sabes qué? Le voy a dar mucho más trabajo... —Vamos, guerrera. No queremos líos, ¿recuerdas? Estás más trompa que un ambulacro caminando sobre cerveza. Déjala y te llevaré a tu alojamiento. —¡No me vas a llevar a ninguna parte! —La guerrera se puso repentinamente en pie, lanzando a la camarera de su lado—. Estoy borracha, sí... ¿y qué? —Su tono de voz era cada vez más pastoso. Extendió un dedo—. ¿Sabes una cosa? No me gustas. No me gustas nada, las tías como tú sois unas aguafiestas. Tu chica está por ahí divirtiéndose con otra, y tú aquí en cambio amargándonos a nosotras. Amárgate tú solita, solterona de las nari... Justo en ese instante sus ojos rodaron hacia atrás. El exceso de vino se le había subido súbitamente a la cabeza al ponerse en pie tan de repente. Se desplomó como un árbol, lenta pero irremisiblemente, todavía con el dedo en alto. Las muchas jarras que había sobre la mesa salieron despedidas en todas direcciones, haciéndole sitio sobre ella. Gwyn no descompuso el gesto en lo más mínimo. Seleccionó a otras dos que parecían casi tan borrachas y les dijo: —Vosotras, recogedla y llevadla a su habitación. No estaban tan bebidas como para desobedecer su orden, y arrastraron a su inconsciente compañera fuera del local. La camarera, ya libre, se afanaba en recoger el estropicio. Gwyn le pidió disculpas. —Oh, no pasa nada. Ya estamos acostumbradas. —Su luminosa sonrisa dio veracidad a sus palabras, al tiempo que se apartaba el rubio pelo de la frente—. De hecho, si no hubiera sido tan brusca... Dejó su insinuación en el aire, y sonriendo a las dos que quedaban, se retiró. No sin que antes Gwyn le pidiera una jarra pequeña. Acto seguido tomó asiento.

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x Pasó el resto del día haciendo la ronda por las tabernas por las que se habían dispersado sus guerreras. En consecuencia, estaba algo achispada cuando, ya al atardecer, apareció Rya. Parecía bastante recuperada de la noche anterior, y de hecho algo seria. —Hola a todas. —dijo sin sonreír al acercarse a su mesa. Miró a Gwyn—. Ven conmigo. Nos esperan en palacio. Algunas guerreras, definitivamente más que achispadas, hicieron algunos comentarios groseros acerca de qué iban a hacer en palacio. Pero puesto que Rya decidió ignorarlas, Gwyn hizo lo mismo y se puso en pie. Durante el camino, Rya no le aclaró gran cosa sobre aquella visita. Se limitó a decirle que era importante y que debían acudir deprisa. Para sorpresa de Gwyn, las rubias guerreras que custodiaban la magnífica entrada les franquearon el paso sin una palabra. Mientras caminaban por los espléndidos pasillos, Rya pareció recobrar la locuacidad. —Vamos a ver a la reina. No es una mujer dada a la informalidad, así que por favor compórtate. —le dijo, echándole una mirada de reojo. —¡Estoy más sobria que un ambulacro reseco! —se indignó ella, divertida a la vez. —Está bien. —recibió por respuesta, con poco entusiasmo—. Recuerda: es su hija, la única hija de su seno, la que ha sido secuestrada y que debemos rescatar. Es una mujer realista, y sabe tan bien como nosotras que nuestras probabilidades de éxito son escasas. También es una mujer destrozada, pero guárdate tu compasión. Tiene su orgullo y no le haría gracia.

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—Comprendo. De nuevo dos guerreras les abrieron paso a una sala inmensa. Pese a que se hallaba casi en penumbra, Gwyn no pudo evitar quedarse con la boca abierta, mirando hacia arriba. La sala era enorme, abovedada y con filas de columnas a ambos lados. A la media luz del atardecer brillaban mosaicos y dorados. El suelo era de un increíble mármol blanco y brillante, con vetas de lo que no podía ser sino oro. Al fondo de la sala, y pareciendo minúscula y abandonada en medio de aquella inmensidad, una solitaria mujer se sentaba en un trono. Rya se acercó a buen paso, erguida, pero al llegar a los pies del estrado sobre el que estaba el trono se inclinó y tocó el suelo con la rodilla derecha. Con una ligera vacilación, Gwyn hizo lo mismo. Las dos inclinaron respetuosamente la cabeza al tiempo que Rya saludaba: —Rya y Gwyn del clan Glewfyng a vuestro servicio, majestad. La reina asintió con un gesto lánguido de la mano. Todavía con la rodilla en tierra, Gwyn se atrevió a alzar la vista. Vio a una mujer de apariencia envejecida pese a su aún brillante cabello rubio, vestida con suntuosas ropas blancas, doradas y púrpura. Llevaba una cinta blanca sin joyas ni insignias alrededor de la frente. —Alzaos, por favor. —dijo la mujer, con voz frágil—. Mis ayudantes os habrán puesto al corriente de todos los detalles, —Rya asintió—, pero quería veros con mis propios ojos. Sé que vuestro clan está en deuda con mi reino, y que es por eso por lo que partís. También sé que no me debéis más lealtad que la de una deuda que hay que saldar. Sin embargo, os ruego, como madre que soy, y si lo sois también lo entenderéis, que hagáis todo lo posible para rescatar a mi hija Taia.

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Rya asintió, seria. Sin duda ella sí sabía lo que era ser madre y ver a su hija en peligro. Gwyn se sintió algo vacía al no poder compartir ese sentimiento, pero su atención se desvió al escuchar la voz de su compañera. —Haremos todo lo que esté en nuestras manos, majestad. La reina asintió, sin entusiasmo pero sin poner aquellas palabras en tela de juicio, como si supiera que no podía razonablemente esperar más. Con todo, añadió: —Está bien. Una madre que tiene que elegir entre la vida de su hija y el bienestar de los suyos no es alguien razonable. Además, no podré seguir aplazando esa elección por mucho tiempo más. La reina de Deiria avanza en sus objetivos, y antes o después se dirigirá contra esta ciudad. Y no sé qué haré entonces. No lo sé... Pese a la supuesta impasibilidad de la reina, esta parecía a punto de derrumbarse. Sus ojos brillaban, suplicantes. Gwyn se sintió conmovida por su majestad herida. En efecto, el dolor de la madre parecía pugnar en ella con el orgullo de la reina. Por tanto, se sorprendió al escucharse a sí misma, con voz firme: —Os la traeremos de vuelta. Os lo juro por el honor de mi clan. Rya la miró sorprendida, pero no dijo nada. La reina sonrió levemente. Gwyn no pudo decidir si lo hacía divertida por su arrebato algo juvenil o agradecida por su compromiso. —Si cumples tu juramento, yo cumpliré este: podrás pedirme, de entre todo lo que tengo, lo que tu corazón más quiera. —dijo la reina, como si no la creyera, o como si deseara hacerlo pero le costara esfuerzo. En todo caso, la audiencia había terminado, y se despidieron tocando levemente el suelo con sus rodillas de nuevo.

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Una vez fuera, Rya no hizo el menor comentario. En cambio, la guio hacia otra sala. Ésta era bastante más reducida, aunque igual de suntuosa. Una enorme mesa de oscura y barnizada madera se alzaba en su centro, sobre una mullida alfombra carmesí, negra y verde pino. Sobre la mesa brillaban velas en candelabros dorados, esparciendo una rica luminosidad. Rya se acercó a unos espléndidos mapas que había sobre la mesa.

—Esto es Athiria, como ves. —dijo posando un dedo sobre el mapa. El dedo siguió la roja tinta por un sendero en dirección nordeste—. Hay varios caminos hacia Deiria, pero sólo uno útil para nosotras. Nos dirigiremos por los caminos que seguisteis vosotras hacia aquí, y luego torceremos hacia el norte. Nos adentraremos en las estribaciones de las montañas de nuestro país, cruzaremos el Tercles en un punto aguas arriba de este vado, y desde el bosque al norte nos volveremos hacia Deiria. Es la única forma de llegar sin ser vistas, y recuerda que el secreto será nuestro único aliado. Ella asintió, contemplando el mapa, mucho mejor que cualquiera de los que ellas tenían en las bibliotecas de los hombres en el castillo. —¿Qué territorios ha conquistado ya Deiria? —preguntó. Rya señaló con dedo firme, al tiempo que enumeraba: —Quirinia, Memnaia, Filiria, junto con el resto de las ciudades dependientes de esta. Gwyn silbó. En muy poco tiempo, Deiria había pasado de ser un reino de poca monta en las estribaciones de la cordillera, a un pequeño imperio, comparable al de Athiria. —Sí. Por lo que me han contado, ahora su reina se dirige contra Latiria con un gran ejército. Eso nos será útil, aunque luego es posible que se dirija contra Umbrelicania, lo que nos cortaría el regreso. Si me pasara algo... haz lo que

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puedas. Trata de regresar siguiendo el río corriente abajo, o por las estribaciones de la cordillera, o... no sé. Haremos lo que podamos, Gwyn, pero dudo que puedas hacer honor a tu apresurado juramento.

x Un largo y agotador trayecto la llevó, en efecto, hasta la ciudad de Deiria. Por lo visto, toda la operación había sido planeada hasta en sus últimos detalles. Habían caminado de día, siempre con ella atada tras el ambulacro, y durante algunas noches habían navegado por el río. Diversas barcazas las habían esperado en puntos convenidos. Para Taia, el viaje fue terrible, y el cansancio acabó por sustituir a cualquier reflexión. Sólo existía el camino, la necesidad de poner un pie ante otro, y por la noche, caer rendida.

Eso cambió en cuanto vio alzarse ante ella las murallas de Deiria. Era una ciudad pequeña, aunque muy bien fortificada. Las montañas del norte se alzaban tras ella como un telón majestuoso. Pese a su increíble cansancio, no pudo dejar de fijarse en la ciudad. Poseía unas murallas almenadas, y hacia el lado oriental de la ciudad se alzaba el palacio. Este estaba situado junto a las murallas, formando con ellas un reducto aparte. De hecho, fue llevada no hacia las puertas de la ciudad propiamente dicha, sino hacia una que daba directamente al palacio.

Ninguna de las guardianas pareció sorprendida por su presencia. El ambulacro fue por fin tapado, aunque ella siguió atada. Con una media sonrisa, la jefa de las secuestradoras la llevó a través de la puerta tirando de la cuerda. Taia se arrastró con sus últimas fuerzas. Pasadizo tras pasadizo, la arrastró a buen ritmo, como si no pudiera esperar a entregar su presa. Al fin, una sala grande y bien iluminada se abrió ante ellas. Debía ser la sala del trono, se dijo Taia, aunque su magnificencia estaba lejos de la del palacio de Athiria. Era una sala amplia, de una sola nave, quizás más propia para asambleas guerreras que para reuniones del consejo. Su ornamentación era muy discreta. Sobre un podio poco elevado,

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apenas una banqueta de campaña hacía las veces de trono. Una afectación, sin duda. La reina quería dar a entender que era una guerrera, ajena a los oropeles de la realeza. En efecto, la reina entró casi al mismo tiempo en la sala, por una puerta lateral, y se dirigió hacia el estrado. Como para confirmar sus ideas, llevaba una coraza dorada, así como una espada corta al cinto. No llevaba casco, lo que dejaba a la vista sus largos y rizados cabellos rubios. Nada más sentarse la miró y sonrió, una sonrisa de dientes afilados.

Taia sintió una pesada mano sobre su hombro. —¡Arrodíllate! —sintió la voz de la guerrera morena a su espalda. —Oh, está bien, no es necesario. —dijo la reina, haciendo un gesto con la mano y sin dejar de sonreír. Con todo, había caído sobre sus rodillas, y nadie pareció que fuera a alzarla de nuevo. De hecho, estaba más cómoda así, sentada sobre sus talones. Dudaba que pudiera ponerse en pie de nuevo por sus propias fuerzas. —Te preguntarás por qué estás aquí. —dijo la reina, acariciándose la barbilla. Taia no se dignó responder, si es que aquello era una pregunta—. Serás rehén de la buena voluntad de tu madre la reina, princesa. —prosiguió de inmediato—. Has caído en mi poder, y según los códigos, hay varias cosas que puedo legítimamente pedir a tu madre. Desde luego, que no me ataque. De hecho, eso será todo lo que le pediré a cambio de tu bienestar. No se podrá decir que no soy pacífica, ¿eh? Entonces sonrió con aún mayor alegría. Pareció que se echaría a reír, pero en cambio le hizo un gesto con el dedo anular a la guerrera tras ella. Por la expresión de la reina, ésta debió asentir. La guerrera se inclinó a su lado y le quitó su anillo de ópalo, el símbolo de su condición de princesa real. Se lo alcanzó a la reina, que lo contempló de cerca.

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—Excelente... —murmuró haciéndolo girar a la luz—. Excelente. Se lo enviaré a tu madre como prueba. Tú recibirás un trato adecuado, dependiendo de tu colaboración. El código de rehenes permite, con todo, ciertos niveles distintos de trato, como sabrás, y siempre dependiendo de que tu madre colabore... Erivalanna –este era el nombre de la reina, como recordaba de sus lecciones con Gartión– se refería a toda una serie de costumbres no escritas para casos como éste. En efecto, podía retenerla indefinidamente, a cambio de no ser atacada. Ella no podía recibir ningún maltrato físico, salvo en el caso de ataque o intento de rescate violento. Eso no significaba necesariamente que fuera a recibir un alojamiento agradable. Sobre eso no había una regla estricta. Taia se limitó a asentir. —Bien, bien. —prosiguió la reina—. Me alegro de tenerte aquí. Puesto que serás mi huésped de forma indefinida, no hay problema en que conozcas mis planes. No saldrás de aquí hasta que no haya completado del todo mis objetivos... Lo que lograré gracias a ti. A partir de ahora podré atacar tranquilamente a todos los reinos del Este, y uno a uno caerán en mis manos. Tu madre no podrá hacer nada... Hasta que sólo quede Athiria. Entonces —en este punto estampó su puño derecho contra su mano izquierda— también Athiria será mía. A Taia el corazón le dio un vuelco. A causa de su inconsciencia, su madre se iba a ver impotente ante este plan. De hecho, aunque sospechase, nada podría hacer. Taia se quiso morir. Después de todo, si lo hiciera, al menos frustraría a aquella mujer. Ésta estaba contemplando de nuevo su anillo, dándole vueltas a la luz. —De hecho... —y sonrió de nuevo, mirándola ahora a los ojos— cuando todo esté acabado, aún te necesitaré. Tendré que gobernar Athiria, y eso es algo que no será sencillo. Será mejor si cuento con alguna legitimidad. —En ese momento mostró los dientes con enorme alegría y la traspasó con la mirada—. Para

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entonces, seguro que habrás aprendido a apreciarme. Me encargaré de que lo hagas, de hecho. Entonces me casaré contigo y mi gobierno sobre Athiria estará asegurado. Su expresión de horror debió ser evidente, pues la reina rio con voz cantarina. —Jajajaja... no te preocupes. No será tan malo. No en comparación con lo que te espera. Tengo que protegerte, compréndelo. Si te rescataran, todo mi plan se vendría abajo. Con el tiempo, apreciarás la posibilidad de cambiar tu calabozo por mi cama, te lo aseguro. De hecho... —y la miró con más detenimiento— creo que no será un matrimonio de apariencia... Jaja, ahora te horroriza, ¿no es así? No lo entiendo, no creo ser tan horrible. —fingió, pasándose una mano por el costado de arriba abajo—. Con el tiempo, comprobarás cómo tus ideas irán cambiando. No serás la primera que se alegra de dejar mis calabozos por mi cama, te lo aseguro. Ya lo verás. Un día recordarás este momento y te sorprenderás de lo que piensas ahora... —insistió, mirándola apreciativamente de arriba abajo—. Pero mientras tanto... Hizo un gesto aleteante con el dorso de la mano, ya sin sonreír. Taia sintió que unos fuertes brazos la alzaban de nuevo. Otra vez fue conducida por pasillos, luego por escaleras de caracol, siempre abajo y más abajo. Al fin, tanto ella como su captora llegaron a una sala profunda, sin ventanas pero bien iluminada por antorchas. Comprobó con horror que se trataba sin ninguna duda de una cámara de torturas. No tenía muy claro cuál era el propósito de la mayoría de las máquinas que allí se hallaban, pero era evidente que no era otro que causar dolor. Allí, dos guerreras rubias parecían estar de guardia. Alzaron la vista con expresión aburrida en cuanto las vieron. De inmediato comprobaron su expresión asustada y rieron.

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—Jajaja, no os preocupéis, princesa. —dijo una de ellas—. Esto no es para vos, al menos, no mientras vuestra madre cumpla con sus deberes. Simplemente, éste será vuestro alojamiento. Dirigieron la mirada hacia un lado. En efecto, la sala se hallaba rodeada de pesadas puertas de madera reforzada con metal y dotadas de pesadas cerraduras. Una de las guardianas se dirigió hacia una de estas puertas. Esgrimiendo un juego de llaves, la abrió. Entretanto, la habían desatado. La dirigieron hacia la puerta abierta y, de un empujón, la arrojaron dentro. La puerta resonó al cerrarse, dejándola en lo que parecía una absoluta oscuridad.

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Capítulo 5

De El mundo de las mujeres guerreras, por T. J. Warhound, Ed. Funambule, Tierra, 1123: «¿Por qué, entonces, la esclavitud masculina? En la sociedad de las Tierras Bajas, al menos, esta situación es generalizada, y se la considera imprescindible para el buen orden social. Hay que considerar que esta es la sociedad más compleja y avanzada de Alanna. La necesidad de control se hace, por tanto más imperiosa. En una sociedad como la de las Tierras Altas, en cambio, todo el mundo se conoce entre sí, al menos dentro del clan, y los comportamientos sociales resultan más conformistas. »Así, en las Tierras Bajas, la existencia misma de la esclavitud permite un control más rígido del elemento masculino, imprescindible para la supervivencia en el tiempo de la sociedad misma. No conviene olvidar que en las Tierras Bajas, la esclavitud no afecta en exclusiva a los varones, aunque sólo a estos se les aplica de forma generalizada. De hecho, existe un contingente incluso ligeramente superior de mujeres sometidas también a esclavitud, cosa que se suele olvidar en las obras de divulgación sobre este tema. »Mientras que en el caso de las esclavas, se observa con claridad el origen económico de la esclavitud, en el caso de los hombres se percibe que otras causas son las decisivas. Así, el esclavo rara vez trabaja, salvo que se considere trabajo su servicio en las peculiares instituciones conocidas más o menos eufemísticamente como "baños públicos" (a este respecto, véase capítulo IX: la heterosexualidad en Alanna). En todo caso, los esclavos son considerados trabajadores de alto nivel, y se dedican a tareas intelectuales

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como bibliotecario o educador, al menos a partir de cierta edad. Muy raramente se dedican a actividades pesadas, en consonancia con su calificación como "sexo débil" (sic). Asimismo, su posesión es un símbolo de status social y económico, no exento de ostentación inútil. Con todo, un excesivo acaparamiento se considera de mal gusto, lo que entre otras razones ha contribuido a la mencionada institución de los "baños públicos", a mitad camino entre la filantropía social y la descarada prostitución y proxenetismo.»

x El día de la partida llegó más pronto de lo esperado, por algunas al menos. Como era de temer, no pocas guerreras comparecieron acompañadas de chicas locales. Hubo tristes despedidas, apasionados besos y alguna lágrima. Pero se habían presentado todas. Ya se les pasaría; eran jóvenes. Al poco estaban todas formando y atendiendo con seriedad a su comandante. Las rubias acompañantes suspiraron, agrupadas como para no sentirse tan solas, y se dispusieron a despedirlas y verlas marchar. Saludaron agitando los brazos mientras la compañía desfilaba en fila doble, recta y militar, por la puerta de la ciudad. No sin que alguna de las guerreras echara alguna última –y poco marcial– mirada de anhelo por encima del hombro. La marcha trascurrió sin incidentes, día tras día, por el camino marcado por el dedo de Rya sobre aquel mapa en aquella hermosa sala. Nada alteró su caminar, pues la tierra parecía extrañamente desierta, como expectante de

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terribles acontecimientos. Nada salvo, para Gwyn, un día durante un alto en que tuvo una conversación con Eilyn, su Eilyn.

x Ella se le acercó despacio. Venía acompañada por otra guerrera, Deirwyn. Era la que había estado con ella en la ciudad y después. Caminaba tras ella, aún más tímida aunque a la vez algo desafiante. Era una guerrera fuerte y despierta, algo mayor que Eilyn. Su aspecto era vagamente mestizo, aunque no tanto como Fiedgral, desde luego. Su cabello era castaño, y algo ondulado, y sus ojos parecían variar de color entre el gris, en marrón y el verde, según la hora del día. Su cara era más ancha y su piel más morena de lo habitual en las Tierras Altas. Gwyn la recordaba, y no sólo por haber sido su instructora. Esas dos habían estado mucho tiempo juntas durante la marcha. —Gwyn, yo... —Eilyn se miraba los pies, que removían el suelo—. Quería presentarte a Deirwyn. Bueno, ya la conoces, es que yo... —se ruborizó entonces hasta la raíz del cabello, aunque al fin reunió el coraje suficiente para mirarla a los ojos—. Ella y yo nos vamos a casar cuando regresemos... —Oh... —Pese a la cantidad de veces que le había ocurrido aquello, a Gwyn siempre le pillaba desprevenida. Sin embargo, pronto recobró su aplomo. Esas dos esperaban su bendición o algo así, como si ella tuviera algún derecho sobre Eilyn por haber compartido su cama. —Muy bien. Permitidme que os felicite. Me alegro por las dos. —sonrió, haciendo lo que se esperaba de ella—. Os deseo mucha suerte.

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La sinceridad de sus deseos quedó sellada con sendos abrazos. Al fin pudo deshacerse de ellas, no sin antes desearles muchas hijas y al menos un hijo, de todo corazón. Así, cuando regresaran, y después de la ceremonia en el castillo, obtendrían o construirían un caserío. Eilyn tal vez tuviera que completar todavía su instrucción militar, aunque sin duda Deirwyn ya estaba lista para ser licenciada. Una vez casadas, recibirían permiso para visitar las Estancias Reservadas. Con la condición de no quedarse embarazadas las dos a la vez, puesto que siempre debía quedar una de las dos lista para ser llamada a filas en caso de emergencia. Cultivarían la tierra, criarían hijas y Eilyn olvidaría rápidamente a Gwyn, sin la menor duda. En fin.

x Durante los últimos días, la marcha se hizo dificultosa. Habían abandonado todo sendero, internándose en las colinas al pie de la muralla de la cordillera. Al menos, las altas cumbres parecían protegerlas de todas las miradas. Atravesaron un riachuelo, el Tercles muy cerca de su nacimiento. Al otro lado, un bosque les ofrecía una protección suplementaria. Rya ordenó abandonar las dos mitades del ambulacro. —Ya no los necesitaremos. —dijo, y los dos seres se alejaron, bajando y subiendo sus patas insensatamente. Durante el camino, el humor de Rya había ido haciéndose más y más taciturno. Para Gwyn no era un secreto el porqué; sabía que tenían pocas posibilidades de éxito. Las guerreras, en cambio, desconocían casi todos los detalles, y se mostraban animosas. Para Gwyn esto aumentaba su tristeza. Con qué confianza se internaban en el peligro... Para no sentirse peor, fue rechazando durante el camino la bulliciosa compañía de las jóvenes, buscando en cambio la hosca y silenciosa presencia de Rya. —No lo siento por mí, sino por ellas. —le

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comentó esta una noche, sentadas las dos apartadas con sus espaldas contra el tronco de un árbol. A esto, ella tan sólo asintió. Pero al fin el día llegó. Abandonaron el cobijo del bosque y allí, hacia el sur, sobre una colina, divisaron la ciudad de Deiria. Rya atisbó entre los árboles y ordenó esperar al anochecer. También hizo reunir a las guerreras, que la miraron muy serias, todo el bullicio del camino desaparecido ahora que el momento decisivo se acercaba. —Mañana por la mañana todo estará hecho, para bien o para mal. —les dijo, en medio de las luces del crepúsculo—. Nos acercaremos a esa ciudad, Deiria, e intentaremos forzar la entrada al palacio real. Nuestra misión será rescatar a la hija de la reina de Athiria. El nombre de la princesa es Taia. Hay razones para creer que estará prisionera en los calabozos subterráneos del palacio. Por fortuna, éste está al lado Oeste de la ciudad, y tiene una puerta que da al exterior. Esta puerta es la de los calabozos. En el momento en que se cambia la guardia, durante la madrugada, la puerta se abre. Atacaremos por sorpresa entonces, nos internaremos y trataremos de encontrar a la princesa. Si alguien la encuentra y la saca fuera, que no espere a las demás. Las que podamos nos encontraremos en este mismo lugar al cabo del día. ¿Alguna pregunta? No hubo preguntas. El silencio de las guerreras demostró que habían comprendido, también lo que aquellas instrucciones implicaban. En el mejor de los casos, no todas volverían para ver aquel mismo atardecer al cobijo de los árboles. Desde luego, ninguna protestó.

x Marcharon al poco rato, todavía a la media luz del sol poniente. Por el camino pudieron ver una colina al Oeste de la ciudad, coronada por un bosquecillo de abedules.

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—Ese será un buen lugar para acechar el cambio de la guardia. —señaló Rya. De alguna forma, se la veía más animada. Era como si se hubiese quitado un peso de encima, o como si hubiese renunciado a la esperanza. En efecto, tras una larga marcha a la luz de las estrellas, se cobijaron entre los plateados troncos. Habían llegado con tiempo de sobra, de modo que se sentaron a descansar, silenciosas. Gwyn sentía que debía hablar con todas aquellas camaradas. Ninguna había hecho la menor sugerencia de volver. Nadie recordó a Saidlyn, la joven guerrera que había regresado escoltando a las prisioneras de Lewellyn. Nadie sugirió que había tenido suerte, ni aún menos que había habido favoritismo por parte de Rya al enviarla de vuelta. Era la más joven de la partida, y había protestado al ser enviada de regreso. Gwyn sintió que todas ellas protestarían también si las enviaran ahora a casa sin combatir. Sentía que debía decirles lo orgullosa que estaba de estar con ellas, lo orgullosa que se sentía de haberlas adiestrado. Sentía que debía decirles todo aquello, junto con algunos otros sentimientos para los que no hallaba palabras. Sin embargo, no dijo nada, sino que se limitó a estar allí sentada, su espalda contra la rugosa corteza de los abedules, como ellas, a su lado.

x Al fin las estrellas se dispersaron en una oscuridad menos intensa, que anunciaba el alba. Sin necesidad de órdenes, las guerreras se pusieron en pie, una tras otra. Siguieron a Rya hasta el borde del bosquecillo, desde el que atisbaron la muralla. Allí, en efecto, se abría una pequeña puerta, cerrada por una reja de hierro. Mientras la miraban, la reja se alzó, lentamente, con un chirrido que les llegó a través del helado aire de la mañana. Rya hizo pasar las instrucciones. —Atacaré con las ocho del primer grupo. Las demás se quedan con Gwyn de reserva. —Y a ella, que estaba codo con codo a su lado, le susurró—: Síguenos si

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despejamos el paso. Si algo falla, lo dejo a tu criterio. —y con una mirada afectuosa tanto más extraña en ella le apretó el brazo. A su gesto, ocho de las guerreras más experimentadas se pusieron en pie y saltaron fuera de la protección de los árboles. Cubrieron la distancia que las separaba de la puerta de rejas cuando esta terminaba de abrirse. Mientras Gwyn miraba, conteniendo el aliento, un grupo de apenas cuatro rubias guerreras asomó por la entrada. Sus redondos ojos y bocas evidenciaron su sorpresa al encontrarse con aquel ataque. La pelea fue breve: las guardianas eran más bajas y menos fuertes que sus oponentes, que además las doblaban en número. Fueron abatidas en medio de un estrépito moderado, como si lucharan con sordina en la distancia. Rya se volvió hacia el bosquecillo en cuanto todo hubo terminado, con una sonrisa de incrédulo triunfo. Gwyn le devolvió la mirada, y aquella fue la última vez que la vio. De repente, dos secciones de la pared a ambos lados de la entrada se derrumbaron. Eran en realidad dos puertas camufladas. Por ellas salieron innumerables guerreras rubias, armadas hasta los dientes, gritando con sus cortas espadas en alto. Se interpusieron entre el bosquecillo y sus hermanas, ocultándolas de la vista. Gwyn se puso en pie al instante, como impulsada por un resorte. Vio cómo el enorme pelotón de deirianas, ahora en superioridad numérica, reducía y mataba al primer grupo. Gwyn no dudó por mucho tiempo. Alzó su espada, dio su grito de batalla y se lanzó colina abajo hacia la refriega. No necesitaba mirar para saber que el resto de la compañía la seguía. De hecho, algunas guerreras se habían lanzado antes de que ella lo hiciera. Pero con su larga zancada las dejó algo atrás, encabezando el desesperado ataque. Antes de llegar ya pudo ver que era tarde. Las deirianas que se interponían se habían vuelto hacia ellas, pues habían acabado con Rya y las suyas. De hecho, aún tuvieron tiempo de formar en una línea que protegía la entrada. Pudo verlas, cada vez más cerca, rubias, hermosas, protegidas por brillante acero y

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engalanadas de marfil y oro, con penachos de plumas blancas y rojas ondeando en sus dorados cascos. Se cubrieron tras sus anchos escudos, que tenían en el suelo ante ellas, y alzaron sus arcos, todas a la vez, serias y ordenadas como la muerte. De la andanada de flechas una la alcanzó en el hombro. El impacto la detuvo, pero no por mucho tiempo. Se arrancó el astil de la flecha, apretando los dientes, y reanudó la carrera. Aquello le hizo perder la vanguardia. La habitual andanada de las hachas de guerra pareció abatir la fila enemiga, pero una nueva fila reemplazó a las caídas tras los escudos. La vanguardia alcanzó al fin la línea, y la refriega empezó antes de que ella hiciera lo propio, pese a sus largas zancadas. Pudo ver así como sus guerreras eran abatidas, atacadas por tres y cuatro deirianas a la vez. Pelearon con bravura, y pudo ver a Eilyn repartiendo mandobles a diestro y siniestro, como una fiera temible, rodeada pero inalcanzable. Ella misma alzó en alto su enorme espada con dos manos, y la abatió contra un grupo de rubias guerreras que se agazapaban tras sus escudos. Destrozó cuanto quedó bajo su tremendo ataque. Sonrió, desesperada pero con una extraña euforia latiéndole en el pecho. El fragor de la batalla era terrible; apenas alcanzaba a oír sus propios gritos de batalla. Alzó de nuevo su espada, lista para dejarla caer de nuevo como una maza, cuando sintió un helado y tremendo golpe en el mismo hombro de la flecha. El impacto la hizo casi darse la vuelta, y empezó a caer boca abajo, desorientada, al tiempo que sentía que la cabeza se le iba. No llegó a notar el impacto de su caída contra el suelo.

x Gwyn despertó sintiendo una horrible punzada en el hombro. Por un instante no supo dónde estaba ni qué ocurría. Sin embargo, antes incluso de ver lo que la rodeaba, recordó lo último que había visto antes de perder el conocimiento. No fue por el dolor por lo que deseó volver a la inconsciencia. —Ya está. Véndalo. Ves con cuidado, es la última que queda. —escuchó, sin desearlo pero sin poderlo evitar.

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Abrió los ojos. Pudo ver dos cabezas de cabello dorado inclinadas sobre ella, una cerca y la otra como en las alturas. Se encontraba tendida, y una de las mujeres estaba arrodillada a su lado y le vendaba el hombro. La otra, de pie, le sonreía. —Estás despierta. —No fue una pregunta lo que escuchó a la misma voz—. Tu herida no es seria. Eso está bien, pues eres la única superviviente de tu patético grupo. Han combatido como si desearan la muerte. Y la han logrado todas menos tú. Pero la reina querrá ver alguna prisionera. En consecuencia, caminarás. Sintió entonces un brutal tirón, que amenazó con hacerle perder el sentido de nuevo. Sin embargo, logró mantenerse sobre sus pies. Era más alta que cualquiera de las que la rodeaban. Que aquellas mequetrefes de pelo de paja hubieran acabado con todas... Habría llorado, pero no se lo permitió a sí misma. Antes de que pudiera darse cuenta, unos pesados grilletes de negro hierro se habían cerrado sobre sus muñecas. Acto seguido, otro tanto ocurrió con sus tobillos. Se los miró, sorprendida, cuando una firme mano la obligó a alzar la vista. Retiró la cabeza de aquel contacto. Fue más un impulso que una decisión consciente, pero logró reunir el aplomo suficiente para lanzar una mirada de odio a su captora. Se trataba de la misma que había hablado antes, que debía ser la comandante. —Muy bien. —exclamó ésta—. Fuerte y rebelde, como todas las salvajes de las Tierras Altas. La reina estará satisfecha. ¡En marcha! Un tirón de las pesadas cadenas que sujetaban sus grilletes y se vio obligada a poner un pie delante de otro. Miró atrás, al disperso campo de batalla, Apenas pudo entrever algunos bultos negros, tirados aquí y allá. —Eilyn... —sólo entonces se permitió, vuelta la cabeza, una única lágrima.

x

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Su estancia se prolongó día tras día. O eso creía ella, porque entre aquellas cuatro paredes de piedra no había más amanecer que el desayuno, ni más anochecer que la cena. Eso, si no se había descontado. Estaba todo el tiempo a oscuras, con apenas unas rendijas de luz en la puerta para recordarle la sala de torturas y sus guardianas. Estas se mantenían aparte, y sólo le dirigían unas escuetas palabras para llevarle la comida. Al cabo de un tiempo indeterminado, Taia habría deseado que le hiciesen algún caso, lo que fuera para matar el tedio y la tristeza. Al fin, un día como otro cualquiera fue sacada de la mazmorra sin previo aviso ni explicaciones de ninguna clase. La escoltaron y condujeron arriba, arriba de nuevo, hasta que la luz natural la hizo parpadear y lagrimear. Se sentía muy débil, y de hecho sus guardianas la sostenían por ambos brazos más para mantenerla en pie que para evitar que huyera. Fue conducida hasta una salita pequeña. Allí parecían esperarla una serie de esclavas, pues todas se volvieron hacia ella en cuando entró. Todas sonrieron. Las guerreras les dieron unas breves instrucciones, tras lo que las dejaron. Las esclavas parecían felices, y de hecho sólo una cinta oscura en sus cuellos evidenciaba su condición. La rodearon, quitándole la ropa y haciéndola pasar a otra sala, también de reducidas dimensiones. Se trataba de unos baños. Haciendo comentarios sobre su mal aspecto y estado de higiene, se dispusieron a remediarlo. La bañaron, secaron y peinaron a lo largo de varias salas destinadas a estos usos. Su cabello había crecido algo; lo cepillaron hasta dejarlo brillante de nuevo. Al fin procedieron a vestirla, con lo que debía ser una especie de versión de fiesta del traje campesino local: larga falda de volantes, no demasiado amplia, blusa lujosamente bordada en varios colores y una faja de seda roja. Al final le colocaron unos pequeños pendientes de rubíes y un discreto collar de oro con otro rubí y se alejaron un poco, como admirándola. Hasta entonces, Taia no había hecho comentarios ni preguntas; era suficiente

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estar recibiendo aquellas atenciones después de la mazmorra. Pero entonces se preguntó a qué venía todo aquello. De hecho, hizo la pregunta en voz alta. —Tenéis audiencia con la reina, princesa. —le contestaron, algo más serias. —Acaba de regresar de la guerra. —dijo otra, pensativa. —Debéis estar contenta por su vuelta, princesa. Tal vez ahora las cosas mejoren para vos. —afirmó una tercera. Taia se reservó sus comentarios. De hecho, no tuvo ocasión para mucho más; las guerreras regresaron entonces y la escoltaron de nuevo hacia otra parte del palacio. Estaban de nuevo en la zona noble, lo que le llevó a pensar que la conducirían de nuevo a la sala del trono. En cambio, entraron en una sala más reducida, aunque decorada de forma más lujosa. Por lo visto a través de las ventanas, debía ser por la tarde, y no demasiado temprano. Las guerreras la dejaron a solas en medio de la sala, en el centro de la cual había una mesa servida con no pocas viandas y jarras de cristal llenas de rojo vino. Taia se acercó, pese a que no se atrevía a tomar nada. Aunque no dejaba de ser tentador, después de la mazmorra... De repente, se abrió otra puerta, distinta a aquella por la que había entrado. De hecho, no se había fijado en su existencia, y la irrupción la sobresaltó. —Buenas tardes, princesa. —le dijo la reina Erivalanna, sonriente. Iba vestida con coraza de escamas doradas, hombreras del mismo color y espada. Parecía recién salida del campo de batalla. De hecho, llevaba el casco empenachado de rojo bajo el brazo—. Me alegra veros. Tomad asiento, por favor. Me complacerá compartir este pequeño banquete con vos, ahora que por fin puedo. Acabo de regresar de una larga expedición, y lo primero que he pensado al volver ha sido en vos. —terminó, haciendo un gesto hacia el asiento ante ella y sentándose en el propio tras dejar el casco a su lado—. Debéis perdonar mi

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aspecto, princesa, pero mi ansia por veros me ha impedido perder el tiempo quitándome el polvo del campo de batalla. —continuó, y sirvió entonces vino para ambas en copas de fino cristal—. Pero os veo callada. ¿No os han tratado bien en mi ausencia? Debo decir que vuestro aspecto es excelente. Taia pasó sus dedos por la copa, sin tocarla. Aquello era una indudable comedia. Se resistía a contestar, aunque en un impulso abrió la boca. —Sabéis muy bien cómo me han tratado, reina Erivalanna, puesto que estoy en vuestro poder. Por otra parte, estáis en vuestro derecho. Ni he pedido ni quiero todo esto. —Oh vamos, princesa. Y no me llaméis reina Erivalanna. Es muy formal y estamos a solas. Os llamaré Taia, ¿de acuerdo? Podéis llamarme Eri. —Sin esperar respuesta prosiguió—. Todo se debe a mi deseo de asegurarme vuestra compañía. Vuestra madre podría intentar algo, y no queremos que nada de eso suceda y me vea obligada a tomar represalias sobre vuestra hermosa persona, ¿no creéis? De hecho, conozco algunos rumores que me hacen pensar que prepara algo. Pero no hablemos de eso... Taia no se dignó a contestar a la velada amenaza, y la reina prosiguió, empezando a comer. —Esto está delicioso. ¿No os apetece algo, Taia? Adelante... —dijo, al ver que sus ojos se iban hacia los manjares dispuestos sobre la mesa. —Bien, ¿por qué no? —repuso ella, alcanzándose un muslo de pollo asado—. Pero supongo que no estáis aquí para aseguraros de mi correcta alimentación. —He venido para eso y para mucho más, Taia. —sonrió ella de nuevo—. De hecho, no podía esperar a contaros las últimas novedades. Me alegra poder comunicaros que han caído en mi poder los reinos de Umbrelicania y Latiria.

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Taia, pese a que se había prometido mantenerse impasible, no pudo evitar un respingo. Umbrelicania era una de las ciudades más cercanas a Athiria, y más que una aliada era casi una parte del reino. Latiria era uno de los reinos más poderosos entre los aliados de su madre. Erivalanna sonrió al ver su desconcierto, mostrando los dientes. —¿Os sorprendéis? Bien, no es de extrañar, pues vuestra madre ha cumplido con su parte y no ha movido un dedo para ayudarlas. Aunque eso es lo de menos. Lo más importante es que el tiempo de vuestro cautiverio se acorta. Sufro tanto como vos al pensar en la mazmorra que, por desgracia, sigue siendo necesaria para asegurarme vuestra deliciosa compañía. Pero pronto eso no será necesario, en cuanto Athiria caiga en mis manos. Entonces podremos entrar ambas una al lado de la otra en el que será nuestro reino. Cuento los días que quedan para que ese deseo se haga posible... Al acabar de decir esto alargó la mano a través de la mesa, posándola en la suya. Taia la retiró de inmediato, consternada. —Jajaja —rio la reina— no temáis. Veo que aún no os habéis acostumbrado a mi compañía. Me temo que os he desatendido de forma inexcusable. Y aún temo más, puesto que pronto tendré que salir en una nueva campaña. Pero a mi vuelta, os prometo que todo será muy distinto... El resto de la velada la pasaron comiendo y bebiendo, con tan solo unos parcos comentarios de la reina y un obstinado silencio por parte de Taia. Erivalanna no pareció molesta por ello, sino que se concentró en su comida. De hecho, pareció haber perdido el interés en ella, y al terminar se puso en pie. Tras una breve despedida se marchó de forma algo brusca por donde había venido. Casi al instante volvieron las guardianas. Su actitud hacia ella no parecía haber cambiado en lo más mínimo, y la condujeron de vuelta abajo, a su mazmorra.

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Capítulo 6

De "Alanna: ¿una sociedad lésbica?", por A. Anastasic, en La Isla de Safo, Revista de la A.L.I., núm. 567, Alfa, 1123: «Aunque esta sociedad cabe describirla desde luego como básicamente lésbica, no conviene realizar valoraciones apresuradas, ni lanzarse a consideraciones entusiásticas. »En primer lugar, las nativas de Alanna carecen de una palabra equivalente, e incluso del concepto mismo de lesbianismo. Sin duda, intentar explicarles la idea de relación homosexual femenina tendría el mismo efecto que tratar de introducir en concepto de "humedad" en una sociedad de peces. »Por otra parte, conviene aclarar desde el principio que la casi totalidad de mujeres de Alanna mantiene relaciones sexuales con varones, aunque de un modo totalmente distinto al de cualquier otra sociedad. Esto tampoco debe conducir a valoraciones descalificatorias. Como veremos, las presiones sociales y las necesidades reproductivas singulares de este mundo han dado lugar a soluciones de indudable ingenio y adaptabilidad. [...] »Pese a lo anteriormente dicho, el concepto de sexualidad "desviada" o "no ortodoxa" para calificar las relaciones heterosexuales (sic) sí que existe en esta sociedad, lo que puede llevar a la perplejidad a quien se aproxime a estos estudios por vez primera. En efecto, estos conceptos se aplican, usando la idea de "perversión", para calificar a aquellas mujeres que buscan el contacto sexual con varones más allá de la necesidad puramente reproductiva, o con más regularidad de la socialmente aceptada. La

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frecuencia de estos comportamientos es difícil de cuantificar, aunque se puede decir que es bastante ocasional. Por otra parte, en casi ningún caso conlleva un abandono de la sexualidad considerada "ortodoxa", en este caso lésbica, sino que se suele simultanear. Esto muestra hasta qué punto la sexualidad lésbica ha alcanzado en Alanna un grado tal de difusión social, que se ha convertido en parte integrante del "sentido común social", y por tanto no se la cuestiona en ningún caso.»

x La llevaron hasta una gran sala casi vacía aunque bien iluminada por luz natural. En un estrado se sentaba una mujer. Su asiento era cualquier cosa menos un trono; apenas una banqueta de campaña. Se inclinaba hacia delante. Llevaba una sencilla túnica blanca, cubierta en parte por una coraza de escamas doradas. Su cabello, rubio y ondulado, le caía en ondas a ambos lados de la cara. Sobre su corta falda blanca descansaba una espada. Sus sandalias eran también doradas. Sobre su frente llevaba la cinta de lino blanco de la realeza. Una vez en su presencia, a los pies del estrado, su captora la golpeó tras las rodillas. —¡Al suelo! ¡Inclínate en presencia de la reina! Gwyn así lo hizo, cayendo sobre sus rodillas. Aunque alzó la vista para contemplarla. —Vaya. Debía haberlo supuesto. Una mercenaria de las Tierras Altas. —dijo la reina, pensativa—. ¿También las demás?

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Esto último iba dirigido a la capitana. —Todas, majestad. —contestó. —Era de suponer. ¿Cómo te llamas? —Esto ya iba a ella. Aquello podía responderlo sin ningún cargo de conciencia. Tras un instante, en efecto, lo hizo: —Gwyn. —Muy bien, Gwyn. ¿De qué clan eres? Se lamió los labios antes de responder. Recordó a Rya. —De ninguno. Recibió entonces una patada en la espalda, que la lanzó de bruces contra el suelo. —¡Dirígete a la reina como majestad! ¡Y no te atrevas a mirarla! —exclamó la capitana. —Está bien, Alina. Ya habrá tiempo... —dijo la reina, con tono mesurado—. Está bien, guerrera. Hay algo más que quiero saber. Contesta y tu destino no será tan malo. —Pese a la orden, Gwyn había alzado el rostro y la contemplaba de nuevo. Era el único gesto que podía hacer, pues Alina la mantenía contra el suelo con un pie sobre su espalda. —Hasta podría ser un destino agradable... —proseguía la reina, sonriendo ahora al tiempo que la miraba con detenimiento—. Veníais de parte de la reina de Athiria, ¿no es así? Aquella era la pregunta que no debía responder jamás. Una simple afirmación y todo el honor del clan quedaría destruido. Las habían requerido para esa misión con el objetivo de no comprometer a Athiria. Si traicionaba aquello, la princesa a la que habían ido a rescatar pagaría las consecuencias, la reina de

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Athiria lo sabría y el honor del clan quedaría mancillado sin remedio. Apretó los dientes y negó. El pie sobre su espalda apretó aún más. Sin embargo, la reina hizo un gesto para detener a su capitana. Esa mano se inclinó de nuevo, y cuando se volvió a alzar, portaba un látigo. —Ya veo. —susurró la reina—. Una salvaje con sentido del honor. Tendremos que tomar medidas... Fue arrastrada hasta una pared. Sus grilletes fueron fijados a algún soporte, y alzados. Al fin, las puntas de sus pies dejaron de tocar el suelo. La herida en su hombro se estiró, los grilletes se le clavaron en las muñecas. Su justillo de cuero fue arrancado. —Te lo preguntaré de nuevo. —oyó a la reina tras ella—. ¿Veníais a rescatar a la princesa por cuenta de la reina de Athiria? —No. —respondió con voz firme, y apretó los dientes. Era extraño que fuera la propia reina quien ejecutara el castigo. Aquello no podía ser sino malo; significaba tanto destreza como vocación por el látigo. El inmediato golpe sobre su desprotegida espalda la dejó sin aliento, aunque no le arrancó en menor gemido. —Sé perfectamente que era así. Sólo quiero que me lo confirmes y esto acabará. ¿Veníais de Athiria? —No. El siguiente golpe le cruzó la espalda en la diagonal opuesta. Le alcanzó por tanto la herida del hombro, que ardió con renovado fuego. Gwyn apretó los dientes aún más fuerte; ni un susurro escapó por su boca.

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—Vamos, vamos... ¿Por qué toda esta ridícula abnegación? Una sola palabra, y quien pagará por los actos de la reina de Athiria será su hija, no tú. ¿Por qué recibir los latigazos que en justicia le están destinados a ella? —La reina no parecía enfadada por su resistencia. Antes bien, su voz parecía entre divertida y animada, lo que confirmó las sospechas de Gwyn—. Eh, vamos, todas lo sabemos ya. Sólo necesito oírlo de tu boca. ¿Vienes de parte de la reina de Athiria? —No... La fuerza del tercer latigazo hizo que los dos precedentes parecieran dados con desgana. Gwyn sintió que se le nublaba la vista. Se mordió el labio inferior con fuerza, en silencio. —Ya está bien, se acabaron las preguntas. Por última vez, ¿me complacerás en lo que deseo?

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—No. Los latigazos se sucedieron ahora sin preguntas ni pausas, con previsible regularidad. En medio de la marea de dolor, que iba y venía en oleadas sucesivas, Gwyn pensó que, en efecto, la reina era tan experta como entusiasta en el manejo del látigo. Sin embargo, ni un solo golpe la hizo gemir, hasta que una dulce inconsciencia la arrebató.

x Despertó de repente en un pequeño calabozo. Acababa de recibir un cubo de agua fría sobre sus hombros, que era lo que la había despertado. Estaba echada de bruces contra el suelo de piedra. La estancia era minúscula y sin ventanas; sin embargo, parecía bastante iluminada.

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Seguía llevando los grilletes en muñecas y tobillos. Sólo la cubría su falda de guerrera. De alguna forma, sus botas habían desaparecido también. Miró a su alrededor y comprobó que la luz provenía de varias antorchas situadas fuera del calabozo. La puerta estaba abierta, y bajo su dintel se hallaba de nuevo la reina; tras ella, varias guerreras de su escolta. —Eres admirable. —dijo—. Salvaje pero admirable. Sin embargo, aquí abajo podría tratar de arrancarte la verdad con métodos más sofisticados. —La mirada de la reina se desvió hacia fuera del calabozo. Allí parecía haber una complicada serie de potros y marcos de madera, con grilletes y otros instrumentos metálicos de dudoso propósito—. No le debes nada a esa princesita, Gwyn. —continuó, mirando subrepticiamente a un lado. Desde el suelo, ella no pudo ver adónde—. Confiesa, y tus penalidades acabarán, y los latigazos que has recibido caerán sobre otras espaldas. Después de todo, es por culpa de la princesa que estás aquí, ¿no es así al fin y al cabo? Incluso te permitiría que la castigaras tú misma. Ella es quien tiene la culpa de tu situación, de la muerte de tus compañeras. ¿No sería una compensación azotarla como yo he hecho contigo antes? Te aseguro que ella sí gemiría, Gwyn. Y es mucho más satisfactorio así. Vamos, ¿qué le debes? Nada. En cambio, si confiesas, te ahorrarás todo lo que mis métodos de tortura pueden imaginar, y te aseguro que no es poco... Se detuvo un instante, contemplándola ahora directamente desde arriba, y ya no mirando de reojo a aquel lado de la pared. Al fin, viendo su falta de respuesta, prosiguió, con un tono de voz diferente. —Pero sé que no serviría de nada. —dijo—. Las cosas te podrían haber ido bien, incluso muy bien. Eres salvaje, pero fuerte y hermosa. Te podría haber buscado ciertos usos si tan sólo hubieras cooperado. Una lástima. Morirías antes que confesar, ¿no es cierto?

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—Mátame ahora. —le respondió sin dudar, recordando a sus compañeras caídas en el campo de batalla—. Rápida o lentamente, es lo mismo. —Ya veo. Sí, una lástima. Tal vez fuera divertido intentarlo, pero acabaría frustrada y sin respuestas, ¿verdad? Bueno, dejémoslo. De momento. Dicho esto, la reina dio media vuelta y, sin más, abandonó el calabozo. La pesada puerta se cerró con un retumbar, dejándola en las tinieblas. Justo en ese momento, escuchó un chasquido. Con el último resplandor de luz, vio que había una especie de ventanuco en la pared, que era aparentemente hacia donde había dirigido su mirada de reojo la reina. Al cerrarse la puerta, el pequeño ventanuco había sido cerrado también con una gruesa hoja de madera.

x No pasó mucho tiempo hasta que la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era sólo la capitana, Alina, con dos guerreras más. —Ponedla en pie. —les dijo. Así lo hicieron, sujetándola por ambos brazos. —Ya no tienes valor para la reina. No mucho, al menos. —le dijo Alina, acercándosele—. Sin embargo, aún se puede sacar algo de ti. —Dicho esto, le colocó y cerró en torno al cuello un nuevo grillete de negro metal—. Ahora eres una esclava. Intentaremos sacar algunas monedas por ti. Si no, irás a las minas. Y ya sabrás que nadie regresa de las minas. Fue arrastrada fuera del calabozo, tal y como estaba, aherrojada de pies y manos, con su grillete al cuello pero sin cadena, puramente simbólico, al menos de momento. El exterior del calabozo era, en efecto, una compleja sala de torturas. Las puertas de otros calabozos, cerradas, daban también a ella. La condujeron hacia arriba, por pasadizos y escaleras de caracol.

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Sólo después de ese recorrido salieron a lo que le pareció la intolerable luz solar. Gwyn parpadeó. Una fachada lateral del palacio de la reina daba a una amplia y concurrida plaza. La portezuela por la que habían salido daba a un gran estrado. Sobre él, a su lado, había algunas mujeres, también con grilletes en torno a sus cuellos, aunque no sobre sus muñecas y tobillos. Parecían abatidas, al contrario que las guerreras que las custodiaban. Bajo el estrado se apiñaba una dispersa multitud, que miraba a las del estrado. —¡Sólo quince soles! —gritaba una mujer libre, elegantemente vestida. Señalaba a una mujer de pelo oscuro y lacio, corta estatura, piel morena y enormes ojos marrones—. ¡Vamos! ¿Nadie pujará? Es dócil, proveniente de la Tierra de las Islas. ¡Excelentes cocineras! Se trataba, evidentemente, de un mercado de esclavas. Las transacciones se fueron desarrollando una tras otra. Gwyn era la última; para cuando la empujaron hacia el frente del estrado, la mayor parte de la multitud de compradoras ya se había dispersado. Pudo comprobar entonces que, en realidad, ya estaba anocheciendo. Sus ojos se habían acostumbrado de nuevo al exterior, habían dejado de lagrimear y podía ver bien. —Esto, ejem... ¡Una verdadera novedad! —gritó la vendedora, tras mirarla de reojo—. ¡Una salvaje guerrera de las Tierras Altas! ¡Fuerte, alta y de exuberante cabello negro! —Le palmeó entonces los bíceps, como para evidenciar sus cualidades—. ¿Nadie pujará por esta exótica salvaje? La verdad era que apenas nadie le prestaba atención. Apenas un par de grupitos se dignaban mirarla. Entre ellos, una mujer de mediana edad, de rubio pelo ya algo canoso. A su lado, una jovencita alta y delgada le hablaba. —¡Vamos, mamá! Mírala. Parece muy fuerte. ¿Por qué no?

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La mujer pareció poco animada. —Oh vamos, Lidonie. ¿No la ves? ¡Si está hecha una piltrafa! Debe ser una criminal. —¡Ohh por favor, mamá! Me gustaría tanto tener una esclava de las Tierras Altas. ¿Quién más tiene una esclava de las Tierras Altas, eh? La vendedora se animó algo ante esta discusión. —Sólo diez soles, señoras. ¡Una auténtica ganga! —Si nadie tiene a una de esas salvajes en su casa, por algo será. He oído decir que son indómitas. —continuó la madre, impertérrita—. ¿Quieres que nos degüelle mientras dormimos? —Oh vamos, mamá, no lo dirás en serio. Yo me encargaré de ella, ¿de acuerdo? Te aseguró que conseguiré que sea dócil y trabajadora. —insistió la joven, con una sonrisita y un mohín. —Bueno, está bien. Total, por ese precio... —admitió al fin la mujer mayor—. Pero si da problemas, nos desharemos de ella. ¿Entendido, Lidonie? —¡Sí, sí, mamá! ¡No te preocupes! —exclamó la joven, entusiasmada, dando saltitos al tiempo que batía palmas. La madre pujó entonces, y ante la falta de competencia, la transacción se liquidó en un instante. La vendedora recogió sus bártulos, al tiempo que las guerreras empujaban a Gwyn escaleras abajo del estrado. La jovencita, sonriente y excitada como ante una nueva mascota, le pasó una cadena por el grillete del cuello. Tirando de él, hizo que Gwyn, abatida más allá de la idea misma de rebeldía, las siguiera por las cada vez más oscurecidas calles de la ciudad. Entre su lamentable estado y la oscuridad creciente, Gwyn apenas logró fijarse en nada de lo que la rodeaba. Arrastraba sus pies encadenados por el polvo de la calle, mientras era observada con diversos grados de interés o

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curiosidad. Cabizbaja y algo avergonzada por su situación, apenas alzó la vista cuando se internaron en un oscuro pórtico. Este dio paso a una puerta, y esta, a un vestíbulo iluminado por unos candiles. —Llévala a las habitaciones de los esclavos. —dijo la mujer mayor, desentendiéndose. De hecho, ni siquiera la miró—. Recuerda que dijiste que te ocuparías de ella. —A quien se dirigía era a su hija. —Sí mamá. —repuso esta—. Ven, vamos. Sígueme. —le dijo a ella, agitando la cadena. Por fin, Gwyn sintió hervir la rabia en su interior. Pero encadenada de pies y manos como estaba, y exhausta y dolorida por los latigazos, poco podía hacer. Obedeció. Como después conocería bien, la casa era amplia y lujosa. La parte frontal en la que se hallaban incluía el vestíbulo y una serie de lujosas habitaciones destinadas sobre todo a las visitas. Tras esta parte, se abría un hermoso patio abierto al cielo y rodeado de una galería. A izquierda y derecha se abrían los dormitorios de las habitantes de la casa. Tras esta zona, en la parte trasera, se hallaban las habitaciones de las esclavas y las instalaciones anejas, la zona menos noble, con cocina, baños y almacenes. Hacia allí fueron. Entraron en una sala, amplia aunque desolada. En medio de las desnudas paredes tan sólo se veían una serie de camastros y unas cómodas de mimbre. Algunas esclavas, rubias todas, se hallaban sentadas sobre las camas. Todas se pusieron en pie, sorprendidas, en cuanto ambas entraron en la sala. —Hola a todas. —dijo Lidonie—. Os traigo a una nueva compañera. Lo ha pasado mal, así que ayudadme con ella.

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Entre todas la tendieron boca abajo sobre un camastro. En cuanto vio en detalle todos los golpes de látigo sobre la espalda de Gwyn, Lidonie se llevó una mano a la boca y soltó un pequeño gemido. —Oh, diosas. ¿Qué te han hecho? La pregunta parecía retórica, y de hecho lo único que hizo Lidonie fue impartir órdenes para que la acabaran de desnudar y le lavaran las heridas. También le quitaron al fin los grilletes y cadenas, aunque la argolla en torno al cuello siguió en su sitio. Bajo las órdenes de su joven ama, las esclavas cuidaron las heridas de Gwyn, que suspiró aunque se abstuvo de mostrar dolor. Así y todo, se sintió a punto de perder el conocimiento varias veces. —¿Qué has hecho para que te hayan castigado así? —preguntó al fin Lidonie, pasando con cuidado una mano por su espalda. Esta vez la pregunta sí parecía exigir una respuesta. Gwyn hizo un esfuerzo y se volvió para mirar por sobre su hombro. Lidonie se hallaba pulcramente sentada al borde del camastro. Pese a lo que esperaba ver Gwyn, su expresión sólo mostraba piedad. Mirándola a los ojos, le respondió. —Si no te importa, preferiría no hablar de ello. —Oh. —la joven pareció más sorprendida que enfadada por su altanera respuesta—. Está bien. Ya habrá tiempo para eso. Ahora descansa. Ellas se ocuparán de ti. Pareció a punto de levantarse e irse. También parecía dudar. Pasó una mano por su costado, libre de golpes de látigo. Más parecía la caricia que dedicaría a una mascota que algo lascivo. También recorrió todo su desnudo cuerpo con la mirada. Era evidente que se fijaba en los latigazos, y también en las otras cicatrices, ya viejas, que adornaban su piel.

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—Supongo que eras una gran guerrera, allá en tu tierra. Ya me contarás, espero. —prosiguió. Suspiró, como resignada ante su falta de colaboración. Al fin su mano se posó sobre su cuello—. Si eres buena, te cambiaré esto —se refería a la argolla de metal— por una cinta de tela como a las otras. Pero todo llegará. Ahora descansa. Se levantó al fin y se fue sin mirar atrás ni impartir nuevas órdenes. Gwyn se sintió alcanzada de repente por todo el peso de aquel espantoso día, y su conciencia se disolvió en un bendito olvido. Al día siguiente, su aburrida rutina fue interrumpida de nuevo. Al principio sólo se escucharon algunos sonidos justo fuera de su mazmorra. Una puerta se abrió, aunque no era la suya. Parecía tratarse de un grupo numeroso, y pese al grosor de las paredes, creyó escuchar la voz de la reina. Repentinamente, la puerta de su calabozo se abrió y dos guerreras irrumpieron dentro. Taia parpadeó ante la súbita luz de las antorchas. Su confusión aumentó cuando las guerreras la pusieron en pie y la obligaron a acercarse a una de las paredes, en vez de sacarla de allí. A un lado de la celda, casi junto al techo, existía un minúsculo ventanuco permanentemente cerrado con una plancha de gruesa madera. Taia siempre se había preguntado para qué serviría. No daba al exterior, puesto que estaban bajo tierra, ni tampoco a la sala de torturas, ya que daba a un lado. De inmediato pudo comprobar su propósito, puesto que fue abierto y ambas guerreras la obligaron a mirar por el pequeño hueco agarrándola por el pelo. Allí, en una celda idéntica a la suya, puedo ver a una mujer tirada en el suelo de piedra. Tenía los cabellos largos y oscuros, y parecía alta y fuerte; sin duda una guerrera de las Tierras Altas. Por un momento pensó en las que la habían secuestrado, pero pudo ver que no, no debía ser una de ellas. Tan solo llevaba una falda encima, y sus anchas espaldas estaban cruzadas por las marcas de innumerables latigazos recientes. También pudo escuchar la voz, sin duda de la reina, que se dirigía a aquella mujer.

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—... podría tratar de arrancarte la verdad con métodos más sofisticados. —le estaba diciendo la reina. Desde su posición, Taia apenas podía verla, aunque la escuchaba con claridad. La verdad era que no podía hacer otra cosa; las dos guerreras la obligaban a mirar por el ventanuco—. No le debes nada a esa princesita, Gwyn. —continuó, al tiempo que la guerrera se incorporaba lentamente, como si hacerlo requiriera todo su esfuerzo—. Confiesa, y tus penalidades acabarán, y los latigazos que has recibido caerán sobre otras espaldas. Después de todo, es por culpa de la princesa que estás aquí, ¿no es así al fin y al cabo? —Taia contuvo el aliento. Sin duda hablaban de ella. ¿Había tratado de rescatarla esa guerrera? Si era así, su fracaso no podía resultar más lastimoso. Había recibido más latigazos de los que una persona podía razonablemente recibir. Pero, ¿de qué trataba de convencerla la reina? —... te permitiría que la castigaras tú misma. —proseguía la reina—. Ella tiene la culpa de tu situación, de la muerte de tus compañeras. ¿No sería una compensación azotarla como yo he hecho contigo antes? Te aseguro que ella sí gemiría, Gwyn. Es mucho más satisfactorio así. Vamos, ¿qué le debes? Nada. En cambio, si confiesas, te ahorrarás todo lo que mis métodos de tortura pueden imaginar, y te aseguro que no es poco... ¡Estaba hablando de ella! Claro, recordaba lo que le dijo: un intento de rescate significaría un castigo para la rehén, como disuasión. Contempló la espalda de la guerrera y se estremeció. Erivalanna había sido toda amabilidad hasta entonces, pero de alguna forma había intuido su crueldad. Ahora la veía con sus propios ojos. Entretanto, la guerrera se había incorporado un poco sobre sus manos, volviéndose hacia su interlocutora. Pese a su lamentable estado, Taia pudo ver entonces relampaguear sus ojos, de un azul intensísimo. La reina también pareció comprender su actitud indomable, y calló por unos instantes, para proseguir en tono decepcionado:

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—Pero sé que no serviría de nada. Las cosas te podrían haber ido bien, incluso muy bien. Eres salvaje, pero fuerte y hermosa. Te podría haber buscado varios usos si tan sólo hubieras cooperado. Una lástima. Morirías antes que confesar, ¿no es cierto? Definitivamente, estaba tratando de hacerle admitir que había ido en su rescate, para así poder castigarla a ella. Taia contuvo el aliento. ¿Por qué se resistía? No la conocía de nada, no le debía nada, y sin embargo parecía dispuesta a lo que fuera. Entonces respondió al fin, y pudo escuchar su voz. —Mátame ahora. Rápida o lentamente, es lo mismo. —Ya veo. Sí, una lástima. Tal vez fuera divertido intentarlo, pero acabaría frustrada y sin respuestas, ¿verdad? Bueno, dejémoslo. La reina dio media vuelta y la puerta se cerró con un brusco estampido, quedando la celda súbitamente a oscuras. Las dos guerreras a su lado también cerraron el ventanuco y la alejaron de él. Al instante se volvieron, abriendo la puerta de su mazmorra. La reina entró por ella, al tiempo que las guerreras salían. Por unos instantes, la reina se limitó a contemplarla, pensativa. Taia no sabía qué decir ni dónde meterse. Habría huido de haber podido hacerlo, pero lo único a su alcance era el extremo opuesto de la celda. —Ya lo has visto. —dijo al fin la reina, señalando hacia la celda contigua—. Te has salvado, y no alcanzo a comprender por qué. Podría haberse librado desde el principio con sólo una palabra, y todos esos golpes habrían caído sobre tu deliciosa espalda. Ay... Estas guerreras salvajes son a veces muy útiles, pero siempre tercas. Esta es la única superviviente del grupo que trataba de rescatarte. Una tal Gwyn; su nombre es todo lo que he logrado sacarle. Me habría gustado darte las mismas caricias que le di a ella... La experiencia me ha demostrado que

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sirven para domar a algunas, si no a todas. —Taia vio que pasaba su mano por un látigo enrollado en su cinto, y se estremeció—. Y aún podría. —No me hagas daño, por favor... —suplicó, y se retrepó ella contra la esquina opuesta de su celda, aterrorizada. —Oh bueno, podría hacerlo. Te aseguro que ha sido un intento de rescate, sin duda enviado por tu madre. Un intento patético, eso sí. Pero eso es lo de menos... La cuestión es que, como ella, necesitas ser domada. He intentado ser amable contigo, y sólo he conseguido silencio y miradas de desprecio. Pero ahora tengo prisa, y tú mereces toda mi atención. Pronto tendré todo lo que quiero, y eso te incluye a ti, de una forma o de otra. Tu castigo queda aplazado. Reflexiona sobre ello. Dio de repente media vuelta y se marchó, dando largas zancadas. La puerta se cerró de nuevo, y esta vez la oscuridad resultó bienvenida.

x Poco después volvió a escuchar ruidos, y su corazón se desbocó al pensar que quizás la reina había cambiado de opinión. Pero por los sonidos que oía, parecía que se llevaban a la guerrera a la rastra. Taia se mordió un nudillo, pensando que sin duda se la llevaban para ejecutarla. Vertió algunas lágrimas, pensando que de nuevo moría gente por su culpa. En todo caso, y por lo que pudo oír, ni suplicó ni chilló. No pudo dejar de envidiar la firmeza desafiante de aquella guerrera. Ojalá pudiera ser como ella, suspiró. Pronto volvió el absoluto silencio habitual. A partir de entonces no siempre estuvo en la misma mazmorra. Sus guardianas pretextaban motivos de seguridad, explicando que la posibilidad de una intrusión en el palacio las obligaba cambiarla de lugar de encierro. Sin embargo, no parecían ni preocupadas ni apresuradas. Se limitaban a sacarla de

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su mazmorra, tanto durante el día como en medio de los períodos que ella consideraba la noche. Estos quedaban definidos simplemente por su sueño, que las guardianas interrumpían bruscamente para llevársela sin ninguna explicación. Jamás le decían adónde la llevaban, y de hecho a veces parecía que la llevarían de vuelta al palacio. Pero nunca lo hacían. La conducían arriba y abajo, desorientándola, y por lo general la acababan arrojando a una mazmorra aún más pequeña, húmeda y tétrica. A veces parecían olvidarla, y pasaba lo que parecía un día o dos sin que le trajeran alimentos ni agua ni escuchara el menor ruido. Pero al final siempre la sacaban de nuevo de allí, y tras más vueltas y revueltas la conducían a su mazmorra original, para reiniciar el proceso al poco tiempo. Un día la despertaron de nuevo de repente, algo agitadas esta vez. La llevaron hacia arriba, y en esta ocasión sí que acabaron apareciendo en el palacio propiamente dicho. Esta vez no se vio deslumbrada; por las ventanas titilaban las estrellas. A aquellas alturas, su hermoso vestido de volantes estaba casi destrozado, y su estado era aún más lamentable que la vez anterior en que pisó el palacio. La llevaron de nuevo a los baños, aunque esta vez los cuidados que recibió fueron más elementales y apresurados: apenas un baño perfumado. Un par de esclavas, ya no tan juguetonas como la otra vez sino serias y concentradas, la secaron y la vistieron con prisas. No le pusieron esta vez un vestido, sino que la cubrieron con unas pocas gasas de seda, aquí y allá. Le colocaron muchísimas joyas de oro, en brazos, tobillos, cuello y aun otras partes de su no muy oculto cuerpo. De repente, las guerreras volvieron y la arrastraron sin miramientos a una sala que no era ninguna de las que había visitado con anterioridad. Se sentía muy débil; de hecho sólo los fuertes brazos que la arrastraban la mantenían en pie. Al entrar en la sala, esos mismos brazos la lanzaron de bruces al suelo y pronto se encontró de nuevo sola. Se encontraba sobre una mullida alfombra. Alzó la vista, y creyó que se encontraba sola en la amplia habitación. Pero entonces vio que no era así; la reina se encontraba sentada sobre el borde de una gran cama con dosel. No llevaba

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armadura esta vez, sino tan solo la sencilla túnica blanca con bordado de oro que solía llevar debajo de sus implementos militares. Alzó la vista y la miró, aún tirada sobre la alfombra. Lo que sí llevaba, se dio cuenta Taia, era su cinturón, del que pendía la espada, y además el látigo. Se alzó, se le acercó y la contempló desde arriba, acariciando precisamente el látigo. —Bien, princesa, ha llegado la hora de escoger. Debo decir que la próxima vez que vuelva, será ya con Athiria en mis manos. En consecuencia, cuando eso ocurra, ya no me serás de utilidad. Por tanto, debes escoger, aquí y ahora, si quieres ser mi novia, y compartir conmigo mi triunfo, o mi prisionera. Debo decir que en ese caso, también compartirás entonces mi triunfo, pero cargada de cadenas y arrastrada ante tu pueblo para que vea quién es la vencedora y quién la vencida. Sea como sea, de una forma o de otra entraremos juntas en Athiria, amor. —concluyó, inclinándose para acariciarle el mentón. Ella trataba de incorporarse sobre manos y pies, y de la misma lastimosa forma trataba de imitar la desafiante negativa de la guerrera norteña. Erivalanna pareció ver aquello en su expresión, porque torció la cara y dijo: —Debo decir todavía otra cosa. No es sólo tu bienestar el que está en juego, —susurró, acariciando de nuevo el látigo— sino el de tu pueblo y tu familia. En cuanto Athiria esté en mis manos, te haré pagar cada instante de resistencia a mi voluntad con muerte y dolor, pero el de tus conciudadanas. Sabes que antes o después te doblegarás. Incluso, si sobreviven a la guerra, creo echaré mano de tus hermanas. Tal vez alguna de ellas sea más inteligente que tú y, tras escuchar mis "argumentos" —aquí sonrió con crueldad y volvió a acariciar el látigo— me den lo que necesito. Sí. Sé que alguna de ellas me lo dará... Taia había logrado incorporarse sobre sus rodillas. Miró arriba a la cruel reina y asintió. —Sí. —dijo—. Haré todo lo que quieras.

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La reina ensanchó una sonrisa de salvaje triunfo. Sin una palabra más, la condujo hacia la amplia cama, mientras Taia trataba de ocultar sus lágrimas.

x Parpadeó, deslumbrada por la intensa luz solar. Suaves sábanas la envolvían, sentía una calidez que... ¿Dónde estaba? ¿Había sido todo un sueño? ¿Una pesadilla? Miró a su alrededor y vio a la reina de pie junto a la cama. Esta vez estaba de nuevo vestida con todas sus armas, y la contemplaba. —Buenos días, amor. —sonrió—. Me temo que debo abandonar tu lado de nuevo, aunque desearía no tener que hacerlo. Pero el deber me reclama, y debo renunciar al placer. "Oh diosa", pensó Taia. "¿Qué he hecho?" Entonces recordó, y se le revolvió el estómago. Lo la reina que le había hecho... lo que ella había hecho... Estaba desnuda bajo las sábanas, y la noche anterior volvió a ella poco a poco, como retazos de recuerdos de una borrachera. La reina se sentó a su lado, sobre el borde de la cama, y le besó suavemente en los labios. Se apartó un poco, al tiempo que ella se incorporaba. —Pero antes... quiero que veas que no tengo secretos para ti. No debemos tener secretos entre nosotras. Escucha. Hasta ahora he respetado el reino de tu madre. Me he limitado a atacar a mis enemigas, algunas de las cuales son enemigas de tu madre también. Pero llegará, y pronto, el momento en que tenga que tomar una decisión. —Los ojos de Erivalanna relampagueaban, muy cerca de los suyos—. Si tú quieres, creo que podremos entrar pacíficamente en Athiria. Iré sentada en el trono, llevada por doce esclavas porteadoras. Y tú irás conmigo, sentada sobre mi regazo. Tu pueblo nos aclamará, porque lo habremos librado de la guerra y la esclavitud. ¿Comprendes?

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Taia asintió. Erivalanna le sostuvo el mentón en alto con una mano suave pero firme, y la besó de nuevo. Era una mujer extraña, se dijo. Capaz de las cosas más sorprendentes. Tan pronto cruel e implacable como dulce y comprensiva. Recordó de nuevo algunos retazos de la noche anterior y se ruborizó. La reina rio, pero con calidez, como si la comprendiera perfectamente. De repente se puso en pie de nuevo. —Debo pedirte disculpas, mi princesa, pero todavía no me fío de ti. —La reina miró a su lado, y Taia pudo ver que habían acudido dos guerreras—. Hasta mi vuelta, me temo que deberé tomar medidas para asegurarme tu deliciosa compañía. Pero no te preocupes; —y en ese momento se inclinó para acariciarle la mejilla y el pelo— en cuanto regrese de nuevo volveremos a estar juntas para siempre. Se dio la vuelta de repente, y sin mirar atrás se marchó. Las dos guerreras la agarraron y la sacaron de la cama. A duras penas consiguió Taia agarrar una sábana y cubrirse con ella, mientras la conducían de nuevo hacia abajo. Sin más contemplaciones que antes, cuando no era la "novia" de la reina, la arrojaron en su antigua celda y la dejaron en medio de la oscuridad.

x Allí tuvo tiempo de reflexionar. Era evidente que, como esposa de la reina Erivalanna, no sería más que su instrumento. Pero no se iba a negar. Todo aquello había sido culpa suya, y de todas formas ya no había escapatoria. El intento de rescate había fracasado lastimosamente, como se habían encargado de mostrarle a través del ventanuco que daba a la celda contigua, y la última esperanza se había desvanecido. En definitiva, puesto que no había salida y ella era la responsable, asumiría las consecuencias. No es que no se diera cuenta de cómo había sido manipulada; conocía el porqué de malos y buenos tratos, encierros, distorsión de su percepción

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del espacio y el tiempo, dosificación de malas noticias, verdades y mentiras, promesas y amenazas. Y, desde luego, el propósito de lo que había ocurrido a lo largo de aquella última noche... Sintió, al pensarlo, que su cara irradiaba calor en la oscuridad, que las palmas de sus manos le picaban, inquietas. Desde luego, no había habido muchas reservas durante aquella noche. Eri había hecho con ella lo que había querido, y ella había cooperado completamente. Su largo encierro, el vino que bebieron y el lujo repentino habían asegurado que así fuera... Apartó con esfuerzo aquellos recuerdos tan vívidos. Se estaba justificando, cuando lo que debía hacer era asumirlo. El propósito de todo era evidente. Sin embargo, el saberlo no la ayudaba a escapar de ello. Ella era responsable. Ya había llevado calamidades suficientes a su país y su familia. No permitiría que sus hermanas pasaran por eso... No sería más que un instrumento en manos de Erivalanna, pero lo aceptaría. Sí, lo haría, sin más reservas. Aquella decisión, extrañamente, la calmó y le permitió al fin dormir. Un sueño inquieto, con todo.

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Capítulo 7

De "Alanna: ¿una sociedad lésbica?", por A. Anastasic, en La Isla de Safo, Revista de la A.L.I., núm. 567, Alfa, 1123: «En cuanto al grado de represión de estas actitudes, veremos que varía bastante. Se puede afirmar que la "perversión" es tanto más tolerada cuanto más desarrollada está la subcultura o zona geográfica, y también más cuanto más arriba se está en la escala social. Con todo, la represión suele ser puramente moral, y más encaminada a impedir excesos antisociales que actividades puntuales. En general, la mujer "perversa" se expone a lo sumo a comentarios maliciosos y a un cierto ridículo y oprobio social. »El caso de la Reina Distis es ilustrativo acerca de la reacción social ante este tipo de actitudes. La reina Distis se hizo famosa (o infame) por el nutrido harén masculino que reunió en torno a sí. Los relatos y romances tradicionales sobre Distis la Perversa se hallan teñidos de una cierta fascinación morbosa, en la que se detectan elementos de horror, desaprobación, envidia social y económica y moralización ejemplar. En este último sentido, el lamentable final de la reina, pese a no tener una relación directa con sus actitudes sexuales, se considera universalmente en la literatura de Alanna como un tan inexorable como previsible castigo del destino.»

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Durante el día siguiente le permitieron descansar. La sala en que se hallaba era el dormitorio común de las esclavas, seis en total como supo después. Aunque débil y dolorida, Gwyn sintió que sus fuerzas retornaban. Mientras las demás se atareaban con sus ocupaciones, pudo reflexionar en soledad. Su situación era lamentable, aunque tenía la ventaja de ser mejorable. Escapar no parecía ni mucho menos imposible. Como pudo comprobar a su alrededor, las esclavas se dedicaban a sus tareas casi sin supervisión ni vigilancia. Nada impedía que se arrancaran las cintas de tela de sus cuellos y huyeran. Sin embargo, su propia situación era distinta. ¿Qué sentido tendría escapar? Regresar a su clan resultaba menos atractivo a medida que iba pensando en ello. Regresar sola, fracasada, sin haber cumplido su misión y con todas sus compañeras muertas... ¿Por qué estás tú viva y las demás muertas? La pregunta no sólo se la hacían en su imaginación, a su hipotético regreso al clan. También se la hacía ella misma. Someterse tampoco era algo que se sintiera inclinada a hacer. Una hija de su orgulloso clan, convertida en criada de aquellas decadentes y blandas mujeres... Su corazón se rebelaba ante la idea. Con todo... era la situación en la que estaba, le gustara o no. Podría haber sido peor, y haber acabado en las minas. Difícilmente le habrían concedido un día para recuperarse allí. Había oído hablar de aquellas minas. En cambio, Lidonie, aunque caprichosa y probablemente mimada, parecía dulce y razonable. En fin. Esperaría y vería.

x A lo largo de todo el día no vio de nuevo a Lidonie ni a nadie aparte de las esclavas. Las demás esclavas, se dijo Gwyn, resignada. Con todo, a la mañana del día siguiente, una de ellas, la mayor de todas y la que solía ser su portavoz, se

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acercó a su camastro. Con voz razonable pero firme, le preguntó cómo se encontraba y la conminó a levantarse y a que se ocupara de lo que serían sus tareas a partir de entonces. —Tal vez aún no estés muy bien, pero eres fuerte. Te dedicarás a acarrear cosas y tal. Empieza por traer leña a la cocina. —le dijo. Se levantó al fin. Las esclavas solían llevar encima tan sólo una pieza de tela, como una sábana, anudada en torno al pecho y sujeta con una tira de tela por la cintura. Gwyn se cubrió así, aunque dada su estatura, la pieza le quedaba algo corta. Mientras las demás fregaban el suelo o preparaban el desayuno, se dedicó a acarrear la leña y a otras tareas durante un par de horas. Luego fue al pozo, situado en medio del patio, a traer agua para los baños. Allí la vio Lidonie, que salía de su habitación. Evidentemente, se acababa de levantar, pues se frotaba los ojos y miraba a su alrededor parpadeando. —Oh, hola, buenos días. ¿Estás mejor? —le sonrió. —Sí, sí, muchas gracias. —le devolvió la sonrisa, marchando de inmediato a sus tareas. No la volvió a ver durante el resto del día. Sin embargo, tras la cena, que fue servida por otras y no por ella –seguía ocupada de la leña, que era una tarea constante– otra esclava le hizo saber que la esperaban en una salita lateral. Se trataba de una habitación pequeña, bien iluminada y con estantes llenos de pergaminos. Como único mueble, había en su centro una especie de sofá sin respaldo, lujosamente tapizado en raso rojo bordado. Sobre él se recostaba Lidonie. Ya no parecía recién levantada. Su peinado se había trasformado en una complicada cascada de rizos rubios, sujetos mal que bien por un pañuelo púrpura en torno. Llevaba encima una túnica de seda, blanca con bordados dorados y en

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diversos tonos de morado. La chica la contempló, pareciendo insegura por un instante. —Vamos, siéntate. Espero poder charlar contigo un rato. —le dijo al fin, contemplándola con sus plácidos ojos color miel. Gwyn miró a su alrededor, confundida. En la pequeña sala no había otro asiento, y Lidonie ocupaba el único que había. Al fin comprendió. Se sentó sobre la mullida alfombra, a sus pies. Nuevamente Lidonie la acarició como si fuera un perrito, esta vez su cabello. Gwyn sintió hervir una súbita rabia en su interior. Pero la chica la miraba con inocente afecto. Era claro que actuaba con lo que consideraba amistad, sin olvidar, eso sí, que trataba con una esclava. Era una niña rica; enfadarse con ella sólo la confundiría. Vivía en una sociedad con sus propias reglas, y actuaba con lo que consideraba simpatía hacia alguien que, de todas formas, era inferior. Gwyn sintió que su resentimiento se desvanecía, a su pesar. —Qué pelo tan bonito... No es muy habitual aquí. —le decía ella. —Lo sé. —respondió tan sólo, controlándose poco a poco. —Cuéntame alguna cosa. —La chica no parecía saber qué preguntar—. ¿Eras una guerrera, verdad? —Sí, lo... lo era. —Eres muy fuerte... ¿Por qué te castigaron así? Su mirada seguía llena de inocencia. Gwyn pensó en dar otra respuesta cortante, pero al fin suspiró, resignada.

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—Fui capturada tras una batalla. Todas mis compañeras murieron, menos yo. Vuestra reina necesitaba cierta información; trató de sacármela por la fuerza. Luego se cansó, me puso en venta, y aquí estoy. —Oh. Lo siento mucho —pareció sinceramente horrorizada—. ¿Qué le dijiste? —Nada. —Oh... Comprendo... Lo siento. Hubo un instante de incómodo silencio. Con lo que después conoció como su típica inconstancia, Lidonie cambió súbitamente de tema. —Me gustaría tanto que me contaras cosas de tu tierra, de las Tierras Altas... —Es una tierra áspera y dura. No es como esto. Allí no hay lujos, ni tampoco esclavitud. —¿En serio? No lo sabía. ¿Y los hombres? ¿Son también guerreros? Preguntó esto último con un cierto espanto incrédulo. Gwyn sonrió. —No, no. Viven en estancias aparte, en los castillos. Protegidos. —Ah. Ya veo. No es tan distinto, después de todo. A partir de entonces la chica pareció aburrida, aunque por alguna razón no se decidía a marcharse. Con todo, pareció a punto de hacerlo. Dudó, mirando a uno y otro lado. —¿Estás ya bien? —le preguntó al fin. —Sí, sí. Ya estoy trabajando.

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—Ah. Bien, bien. Me alegro. —se puso súbitamente en pie—. Quiero que esta noche vengas a mi habitación. Sin esperar respuesta ni dar mayor aclaración, se marchó sin mirar atrás, tan altiva como elegante.

x Gwyn despertó a la mañana siguiente algo confundida. ¿Dónde estaba? De repente, al notar el bulto de un dormido cuerpo a su lado, recordó. Lidonie no era ni mucho menos una niña, después de todo. Desde que la recibió en su habitación, había dado por supuesto que ella no iba a negarse a compartir su cama. Eso era sin duda porque ninguna otra esclava lo había hecho, sin duda. Se notaba en su modo de actuar que se trataba de algo relativamente habitual. El bulto a su lado se removió un poco. —Mmm... Oh, ¿aún estás aquí? —murmuró la chica, su cara enterrada en la almohada. Con su cadera la empujó un poco hacia el lado de la cama—. Vamos, ya deberías estar trabajando con las demás. —prosiguió—. No querrás que me acusen de favoritismo. Fuera, fuera... —insistió, sacándola de la cama sin cambiar de postura. Gwyn se incorporó. A tientas, se anudó en torno al pecho la pieza de tela con la que se cubría habitualmente. Salió de la habitación, parpadeando ante las primeras luces del alba. Por lo visto, lo ocurrido allí dentro durante la noche anterior no había cambiado en nada su estatus. Iba a tener que acostumbrarse a todo aquello.

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x Lidonie vivía con su madre, Evanna. Esta era viuda o divorciada; nunca se hablaba del asunto, así que Gwyn no pudo averiguar nada sobre la otra madre de la chica. Aunque, por los rumores que había oído, algunas mujeres de las Llanuras concebían sin estar casadas, simplemente visitando los locales de hombres. Aquello estaba prohibido en las Tierras Altas, y contribuía a la fama de perversión de la Llanura. Compartían además la amplia casa con sus tías, algo más jóvenes que su madre, y que tenían dos niñas pequeñas. El servicio consistía en seis esclavas –siete contando a Gwyn– y, lo más extraño, un esclavo. Este era un hombre de mediana edad, delgado y casi calvo. Era elegante y de modales refinados, callado y serio, y se mantenía al margen de las tareas habituales de la casa. Desde luego, se alojaba aparte de la habitación común de las esclavas. Lidonie había reído cuando le había preguntado si era su padre. —Jajajaja, no, no. Fue mi tutor, y ahora lo es de mis primas. Es muy culto, aunque algo estirado, como ya habrás visto. Su madre, por su parte, era una mujer importante. La presencia en la casa de un esclavo masculino, y uno con la ocupación de tutor además, suponía ya un grado de distinción. Evanna era magistrada de la ciudad, e impartía justicia todos los días en el propio palacio. A cuenta de todo esto, Gwyn fue forjando poco a poco un plan en su mente. Su alma de guerrera de las Tierras Altas se rebelaba contra su situación. Lidonie, pese a sus caprichos y sus cambios de humor, era agradable y buena con ella. Pero era precisamente por eso por lo que Gwyn se sentía incómoda. No podía olvidar la sangre de sus hermanas. El estado de cosas en que se hallaba, por aceptable que fuera, era un insulto para todas aquellas que habían dado su vida por aquella misión. No podía someterse; tenía que intentar algo. Que ese algo fuera imposible, una misión suicida, no cambiaba las cosas. Con todo, en los

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momentos más agradables de su nueva vida, su resolución se desvanecía. Era imposible, no había nada que hacer. Los planes se aplazaban, la vida discurría suavemente. Definitivamente, Lidonie se había encaprichado de ella, y compartían más y más tiempo. Así, su relación se fue haciendo más equilibrada, aunque a veces la sorprendía recordándole de forma implícita que no era otra cosa que una esclava de la casa. Con todo, el plan fue tomando forma, casi a su pesar. Evanna, la madre de Lidonie, tenía acceso al palacio. Además, se hacía acompañar a su diario destino por alguna esclava, a modo de escolta. Fuera por falta de confianza, fuera por la actitud posesiva de Lidonie, Gwyn nunca había recibido aquella misión. Pero creía que, a poco que insistiera, Lidonie le daría permiso para acompañar a su madre alguna vez. Se aplicó a ello, odiándose un poco por sus innobles zalamerías, y la muchacha al fin cedió. —Nunca salgo de casa, y me gustaría conocer la ciudad, el palacio, todo eso. —le había solicitado. —No sé para qué quieres volver a ese horrible palacio, donde tan mal te trataron. —se resistió Lidonie al principio. —Vamos, por favor. Nunca te pido nada para mí... Al final había cedido a sus almibarados ruegos, como sabía que acabaría por hacer. Desde entonces, Gwyn acompañó a Evanna de vez en cuando. Pudo comprobar que el acceso al palacio no suponía ningún problema, aunque debía dejar las armas que llevara en la puerta de guardia. Sin embargo, se daban algunas ventajas. No la registraban, puesto que iba con una magistrada; así pues, no tendría problemas para ocultar y pasar un arma pequeña. Además, una vez dentro, apenas le quedaba nada que hacer. Podía vagar por algunas zonas del palacio, lo cual le permitió identificar el acceso a los calabozos, situados en los sótanos. La puerta estaba bien custodiada, y no pudo ir más allá en aquellas exploraciones preliminares.

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Al fin se decidió. Pese a que le había tomado cariño a Lidonie, no podía seguir así. Debía intentarlo al menos. Al día siguiente acompañaría de nuevo a la magistrada. Ya se había hecho con una espada corta y una cachiporra, que esperaba poder pasar dentro del palacio, ocultas ambas bajo sus ropas. Era la última que quedaba de aquella maldita expedición. Debía intentarlo al menos. Saliera bien o saliera mal, no sería nunca más la esclava de nadie, por más dulce y amistosa que fuera su ama. Con todo, aquella noche, y por vez primera, hizo el amor con Lidonie con verdadera pasión. La joven, sorprendida y deleitada, quedó dormida al poco de relajarse. Gwyn la contempló a la media luz de las lunas. De una forma o de otra, aquella sería la última vez. Se despidió de ella en silencio, con un leve beso sobre sus fruncidos e infantiles labios.

x La mañana era espléndida, y se sentía alegre y alerta, una vez tomada su decisión. Sentía los ocultos bultos de sus armas bajo la túnica, algo reconfortante aunque incómodo. Seguía a Evanna a corta distancia, camino de palacio, sin perder de vista a nada ni a nadie. Deiria era un poco como cualquier otra ciudad de la Llanura, aunque había algunas diferencias. Se veían más guerreras de lo normal, algo que sin duda tenía que ver con las ambiciones expansionistas de su reina. Y por encima de los tejados de las casas y de la muralla, en la lejanía, se veía la línea azulada de las montañas. Deiria estaba situada al norte, más que ninguna otra ciudad de la Llanura, y así, desde allí, se podían vislumbrar las Tierras Altas. Gwyn contempló la quebrada línea, preguntándose si algún día volvería a aquel lugar. Pronto su atención fue reclamada por asuntos más inmediatos. Estaban a las puertas del palacio, y las guardianas le reclamaban su espada para poder acceder a él. La entregó con naturalidad, muy consciente del otro cuchillo que llevaba bajo sus ropas. Por fortuna, nada más le fue requerido, y de hecho las guardianas

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apenas le prestaron atención. Tampoco Evanna se preocupó más por ella, y sin siquiera volverse le dijo que no iba a necesitar sus servicios hasta que saliese de la sala de juicios. Podía esperar fuera. Gwyn se obligó a no apresurarse. Estuvo un buen rato, todo el que sus nervios le permitieron, remoloneando junto a la entrada de la sala. De hecho, pasó toda la mañana por allí, tratando de no llamar mucho la atención. Al fin, y como caminando sin rumbo, se dirigió hacia la puerta que había localizado en sus anteriores visitas. De la forma más casual, se dirigió hacia las dos guardianas. —Perdón. Perdónenme, —les dijo, combinando servilismo con una no tan fingida agitación— mi ama las necesita en la sala de juicios. Necesita un par de guardianas, quiero decir. Deprisa. Es urgente. Las dos se miraron la una a la otra, dejando traslucir que aquello se salía de lo reglamentario. Gwyn aprovechó su momento de duda. —Es un momento. Ha ocurrido un incidente. Al menos una de las dos, rápido, por favor... Al fin, sin una palabra, una de ellas asintió y se dispuso a seguirla. Primer paso conseguido, se dijo Gwyn, reprimiendo una sonrisa. Difícilmente habría podido hacerse con las dos a la vez, así que primer logro: enemigo dividido. Se apresuró por los pasillos del palacio, obligando a la guerrera a seguirla a la carrera. Justo cuando pasaban por un corredor particularmente silencioso y vacío, se detuvo de repente. La guardiana chocó contra ella. No tuvo más que volverse para asestarle un puñetazo directo a la mandíbula. La guerrera quedó instantáneamente sin sentido. La arrastró por los pies hasta un cuartucho abandonado que había localizado en sus anteriores vagabundeos. La ató y amordazó con tiras de sus propias ropas, tras lo que extrajo de las suyas la espada y la cachiporra. Pasó la primera por su

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cinto, a su espalda, mientras ocultaba la otra con su antebrazo. Sin perder un instante, volvió sobre sus pasos, simulando aún mayor agitación. —Oh, por favor, por favor. Se va a armar una buena. Ha ocurrido... Logró tomar igualmente desprevenida a la segunda guardiana. El golpe de la porra sobre su cabeza apenas varió su expresión de desconcierto. Ya en el suelo e inconsciente también, le quitó las llaves, que esperaba le sirvieran no sólo para abrir una puerta sino más. Una vez hubo dispuesto de la segunda guardiana como de su compañera, se internó tras la puerta de los calabozos subterráneos. A partir de entonces, no podía perder un instante. Antes o después, la ausencia de las guardianas sería notada. Ya no iba a poder andarse con remilgos. Renunció a la cachiporra y esgrimió la espada corta que había llevado al cinto. Sin dudarlo, se lanzó por la descendente escalera de caracol, negra como la muerte. Se dejó guiar por sus confundidos recuerdos. Cuando la metieron allí, apenas se hallaba consciente. Cuando la sacaron, no se encontraba en mucho mejor estado. Pero algo recordaba, y eso la guio a través de aquel laberinto. En realidad, no era tan difícil. Numerosos pasadizos se abrían a la escalera mientras esta descendía, pero creía recordar que su celda había estado situada en lo más profundo. No tenía más que bajar y bajar, ignorando el resto de caminos que se le ofrecían. Todo su plan se basaba en unos recuerdos confusos y en una intuición. Recordaba el ventanuco de su celda, y recordaba cómo se había abierto y cerrado. Creía saber el porqué. Y aquella deducción, esperanza más bien, era toda la guía que tenía. Alcanzó el final de la profunda escalera, y sólo un corto pasadizo daba a ella. Y al final de él, una débil luz iluminaba su destino. Si se había equivocado en algo... bueno, no estaría peor que el resto de sus compañeras. O tal vez sí, pensó, recordando la cruel reina y su látigo. Apartó esos pensamientos de su mente y se deslizó, silenciosa, hacia la luz.

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El final del pasadizo se encontraba cerrado por una pesada puerta de madera. Un pequeño ventanuco con barrotes se abría en ella, y permitía el paso de la luz que la había guiado hasta allí. Con infinito cuidado, escudriñó por la abertura. Era el lugar. Pudo ver una amplia sala, iluminada por antorchas. La siniestra maquinaria que entrevió la vez anterior estaba allí, con sus ominosos propósitos más evidentes ante un escrutinio más calmado. Tres guardianas se encontraban a un lado, sentadas a una mesa y mostrando un intenso aburrimiento. El corazón de Gwyn se aceleró. Cuando menos, era evidente que vigilaban algo o a alguien. Si no, no estarían allí. Contemplándolas, evaluó sus posibilidades. Sería casi imposible sorprenderlas. Sobre todo porque no sabía cuál era la llave que correspondía a aquella cerradura. Tendría que hacer un único intento, y a partir de ahí, y según el resultado, actuar de una forma o de otra. Se agachó e insertó una llave con cuidado. Como suponía, se resistió al girarla, produciendo un ruido metálico que, en aquella siniestra quietud, resonó con fuerza. Sin perder un instante, se apartó a un lado, junto a los goznes. Esperó, con el corazón martilleándole con fuerza en el pecho. Tras cortos pero intensos segundos, la cerradura giró, produciendo aún más intensos chirridos. La puerta se abrió con exasperante lentitud, acercándose a ella poco a poco. En cuanto una cabeza dorada surgió por la abertura, empujó la pesada puerta contra ella. El golpe se unió al grito que dio la guardiana, mientras ella volvía a abrir la puerta con violencia. Esgrimiendo la espada, atravesó a la tambaleante guardiana. Pasó sobre ella mientras se derrumbaba, profiriendo un grito de guerra. Las otras dos guardianas seguían sentadas a la mesa, y se pusieron en pie con el desconcierto pintado en sus rostros. Gwyn paró el ataque de una espada mientras daba un codazo en un asombrado rostro. Descuidando su defensa por un lado, se volvió de repente y atravesó otro cuerpo. Dando su espada por perdida, pues sabía que no podría extraerla del muerto cuerpo a tiempo, se volvió de nuevo. Agachándose, esquivó un tajo mortal dirigido a su cuello. Se puso en pie de repente, estrellando su cabeza contra una mandíbula. El

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golpe le permitió aferrar la muñeca que sostenía la espada. Forcejearon las dos, tensas, durante unos instantes interminables. Poco a poco, su superior estatura y fuerza se fueron imponiendo, y vio en el rostro de la guerrera el terror al comprender que la espada se acercaría más y más a su cuello. Sacando fuerzas de la desesperación, su oponente logró empujarla lejos de sí. Sin dudarlo un instante, dio media vuelta y salió corriendo por la puerta, saltando por encima de su compañera muerta. Desesperada ante esta actitud sorprendente –si lograba huir y daba la alarma jamás lograría salir con vida de aquella tumba– Gwyn lanzó con fuerza la espada contra la espalda que huía. La guerrera se desplomó de bruces, atravesada de parte a parte, con irreal lentitud. Jadeando sin resuello, tanto a causa de la pelea como del miedo, se aproximó a las celdas. La primera de la izquierda era sin duda la que ella había ocupado. Se acercó a la contigua. Rebuscó entre sus llaves con manos temblorosas. Si resultaba estar vacía, todo habría sido en vano. Probó una llave, luego otra. El lugar se encontraba en un completo silencio. Podría haber preguntado hacia el interior de la celda, pero por alguna razón no se atrevía. Quería ver con sus propios ojos si había acertado. En todo caso, alguien debía haber allí; de otra forma, no habría habido guardianas vigilando. Al fin una llave giró del todo, produciendo el característico chasquido metálico. Abrió la pesada puerta, y la luz de las antorchas hizo retroceder poco a poco las tinieblas del interior. Y allí, en efecto, sentada sobre un banco, se encontraba una chica rubia y de aspecto desaliñado. La miraba como embobaba, o sorprendida tal vez. Ni se movía, ni hablaba. De hecho parecía incluso asustada ante ella. Gwyn vio que su corto cabello se hallaba en desorden, y que se cubría apenas con lo que parecía una incongruente sábana de satén. Se acercó a ella poco a poco, con cautela. —¿Princesa? ¿Princesa Taia? —preguntó.

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—Eres tú... —respondió ella, de forma incongruente, con los ojos muy abiertos. —Princesa Taia, —insistió ella— ¿estáis bien? He venido a rescataros; tenemos que huir deprisa. Sus palabras parecieron sacarla de un ensueño. Agitó la cabeza, como para despejarla, y se incorporó. Para su propia sorpresa, sus piernas no la sostuvieron, y cayó atrás de nuevo sobre el banco. —No... No puedo... —dijo, tendiendo las manos hacia ella y pareciendo intensamente desvalida. Sorprendida, Gwyn se acercó y tendió sus manos hacia delante. La princesa las aferró y se impulsó de nuevo sobre sus pies. Con todo, sus rodillas flojearon de nuevo y se vio obligada a sujetarla por la cintura. Pudo comprobar así que, en efecto, llevaba una sábana encima, algo rota puesto que parecía haberle arrancado una tira con la que la sujetaba a su cintura. Sus brazos también percibieron que la princesa era más fuerte de lo que parecía a primera vista; más que débil, parecía mareada. Esta alzó la vista. Tenía unos ojos verdes que relampagueaban a la danzante luz de las antorchas y era una cabeza más baja que ella. Sonrió sosteniéndose en sus hombros, como avergonzada. —Ya... ya estoy mejor. Creo que podré caminar, Gwyn. —dijo. —¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó, sorprendida a su pesar, puesto que aquello confirmaba sus deducciones. —Es largo de contar... —sonrió de nuevo, desviando la vista y sosteniéndose todavía en ella—. Por favor, ayúdame. —Lo haré, princesa. Lo haré. Y ahora...

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Se volvió hacia fuera de la celda, todavía pasando un brazo por su cintura, insegura de si se sostendría. Por fortuna pareció ir recobrando fuerzas, hasta el punto que pudo dejarla un instante mientras recogía un par de cosas de la sala de torturas. Entonces su mirada se posó en los siniestros aparatos que allí se encontraban, y dirigió una mirada preocupada a la princesa. —No. A mí no. —respondió ella a la pregunta no formulada—. Pero sé lo que te hicieron a ti... Gwyn no perdió tiempo en más preguntas. Estaba claro que, como había supuesto, la princesa había sido testigo de sus andanzas en aquel lugar. Acabó de recoger lo que necesitaba, comprobó que todas las guerreras estaban efectivamente muertas y volvió junto a la princesa. —Es una larga subida. —le dijo. —Lo sé. —¿Podrás...? —Lo intentaré. Me ayudarás, ¿no es cierto? Ella asintió, y le volvió a pasar un brazo en torno a la cintura. Iniciaron el largo y penoso ascenso. Salvo por un par de paradas para recuperar el aliento, la princesa lo consiguió sin problemas. Parecía ir recuperando poco a poco tanto las fuerzas como la lucidez. Gwyn aprovechó para darle algunas instrucciones. —Cuando lleguemos arriba nos disfrazaremos. Debes hacer todo lo que yo te diga, sin dudarlo, por extraño que te parezca. Si somos descubiertas o atacadas, limítate a echarte al suelo. Yo haré lo que pueda. —Gwyn... —¿Sí?

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—No quiero volver. Si todo falla, ¿harás algo por mí? —¿El qué? —preguntó, extrañada. —No quiero seguir en manos de la enemiga de mi país. Le serviré mejor muerta. ¿Lo harás? —Yo... —Gwyn volvió la cara—. Haré lo que tenga que hacer. Pero dejémoslo, ¿de acuerdo? Vamos a conseguirlo. —Sí. Está bien. —asintió ella, sin volver a insistir. Una vez arriba comprobaron las ataduras de la guardiana. Había recuperado el sentido, pero no había podido escapar. Gwyn procedió a quitarle toda su armadura. Por fortuna, era de estatura y complexión muy similar a la de Taia. Con el peto, las hombreras y el casco, Taia podía pasar por una guardiana más, siempre que no se la mirase con demasiado detenimiento. Contemplando a la princesa, Gwyn se pasó un dedo por la cinta negra de su cuello. De alguna forma sentía que romperla suponía romper definitivamente con Lidonie. Recordaba el día en que le había quitado el collar de hierro y le había anudado aquella cinta. La muchacha había actuado como si aquello fuera un regalo para ella. Tensó el dedo, la tela cedió. La lanzó a un lado. Recuperó el collar de hierro que había preparado, se lo colocó y pasó una cadena por él. Le pasó la cadena a Taia. —¿Has entendido lo que has de hacer? —le insistió, después de habérselo explicado en detalle—. ¿Podrás hacerlo? —Sí. Lo intentaré. —asintió la joven. Caminaron por los pasillos del palacio con toda la naturalidad que pudieron conseguir. Gwyn ya tenía práctica en ser una esclava. Con todo, caminaba delante, esperando que no se notase mucho que era ella quien guiaba a quien se suponía era su guardiana. Mantenía la vista baja y la actitud abatida que se

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esperaría de ella. Con el casco echado hacia delante, Taia resultaba creíble como guerrera. Pasaron ante varias mujeres que no las miraron dos veces. Aquello podía dar resultado. Al fin, con los nervios a flor de piel, alcanzaron la pequeña puerta que Gwyn recordaba. Salieron a la plataforma, y siguiendo sus instrucciones, Taia se dirigió directamente hacia la mujer sentada ante la mesa. Ignoró a las aburridas guardianas, que por fortuna hicieron lo mismo, y habló a la vendedora con notable aplomo. —Esta esclava ya ha sido vendida. —dijo, agitando la cadena—. A la jueza Evanna, por doce soles. —¿Mmm? —la vendedora apenas le echó una mirada de reojo—. ¿Otra norteña? Debe haberles pillado gusto. Algo deben tener estas salvajes... —Sonrió y le hizo un lascivo guiño a Taia. Viendo su falta de reacción, se encogió de hombros y realizó algunas anotaciones en su libro—. Está bien. Puedes llevártela. Conteniendo el aliento, las dos bajaron de la plataforma y se perdieron entre la multitud tan rápido como pudieron. Procurando, eso sí, no apresurarse de forma evidente.

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Capítulo 8

De Manual de Geografía Planetaria Comparada: Vol. 3., Hidrografía, vv. aa., Ed. Mirabilis, Tierra, 1126: «El caso de Alanna ilustra cómo una estructura general sencilla puede contener complejos elementos. La red hidrográfica del único continente es aparentemente poco complicada: de las tierras altas del norte bajan cuatro grandes cuencas hidrográficas hasta la costa sur. La disposición en cuesta del continente, de norte a sur, asegura esta disposición general, con tierras bajas, costas recortadas y zonas pantanosas al sur. Con todo, el estudio en detalle revela interesantes procesos. La composición de las tierras del norte, formadas por materiales porosos, impide la existencia de grandes ríos. De hecho, apenas existen arroyos, que desembocan en lagos cerrados de origen diverso, sobre todo aunque no exclusivamente glaciar. Otros arroyos simplemente desaparecen en pequeños pantanos y cuevas calizas. Las aguas discurren subterráneamente hasta emerger, en forma de manantiales, a los pies de las cordilleras, ya en el borde norte de las llanuras centrales, creando el inicio de las mencionadas cuencas. Esto asegura la existencia de una original y compleja red hidrográfica subterránea en la zona norte, cuyo estudio...»

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La noche avanzaba sobre el atardecer. Desde su escondrijo pudieron ver cómo las multitudes se dispersaban y desaparecían a medida que se acercaba el ocaso. Taia se había mantenido en silencio durante las horas que habían pasado escondidas en el bosquecillo de abedules. Habían podido salir de la ciudad sin excesivos problemas. Pero a esas alturas, sin duda ya se habría dado la alarma. No se habían atrevido a salir a campo abierto durante las horas de luz, de modo que Gwyn había decido refugiarse en el bosquecillo que tan bien conocía. Allí, Taia se había limitado a acurrucarse junto a ella, sin hacer preguntas. Ni tan siquiera dormía, se limitaba a estar allí. Gwyn le acarició un mechón de cabello que le escapaba del casco para caer sobre su mejilla. Debía haberlo pasado muy mal, puesto que se negaba a hablar de ello. La sacudió al ponerse en pie. —Vamos. —le dijo, tendiéndole la mano—. Debemos ponernos en marcha. De momento conservarían sus disfraces, por si se topaban con alguien. Sin embargo, esperaba que al final de la noche ya estarían lejos. Echó un vistazo a la línea de las montañas, ya casi totalmente oscurecida y sólo contrastada por las estrellas. Por desgracia, en aquella zona no había ningún paso. En esa época del año podrían escalar las montañas, pero sería un camino difícil. Además, debía llevar a la princesa hasta Athiria, no a las Tierras Altas. Con un suspiro, volvió la espalda a las montañas y dirigió su mirada hacia el valle. Había llegado por él hacía años, según le parecía entonces. Caminaron toda la noche, y el siguiente amanecer las sorprendió cerca del río Tercles, que desembocaba en el Cotreo, que a su vez moría junto a Athiria. De nuevo buscaron el refugio de uno de los bosquecillos que por suerte eran muy abundantes en aquella zona. Gwyn se dejó caer sobre el lecho de hojas secas, se quitó el collar y lo lanzó lejos. —Ya no necesitaremos estos disfraces. —le comentó a la princesa, masajeándose el cuello.

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A su vez, ella se quitó el casco, revelando su dorado cabello, que refulgió como oro viejo a la luz del alba. Prudentemente, escondió la armadura bajo un montón de hojas, aunque conservó la espada. Compartieron en silencio las magras provisiones que Gwyn había llevado consigo. Sin decir palabra, la princesa se acurrucó de nuevo a su lado, con la intención de dormir. —¿Estás cansada? —le preguntó, pasando un brazo en torno a ella, puesto que en esa postura era lo que parecía que se esperaría de ella. —No. Sí. No sé. —respondió, sin alzar la vista. La verdad era que parecía desvelada y fatigada a la vez. —Tu madre se alegrará mucho de verte de nuevo. —le comentó, tratando de hacerla hablar. —No estoy muy segura de eso. —¿Hablas en serio? —le preguntó, extrañada. —Del todo. —¿Cómo puedes decir eso? Tu madre ha hecho todo lo posible para asegurarse que no te pasaba nada. Aunque tenía un ejército listo, por lo que he oído no ha lo ha utilizado, para protegerte. —A eso me refiero. Y todo por mi culpa. —la muchacha seguía sin alzar la vista. Se limitaba a mantener su cara recostada contra su costado. —Oh, vamos. Ahora que estás libre, todo se arreglará. —¿Por qué no le dijiste a la reina lo que quería saber? —le preguntó cambiando de tema de repente y alzando, ahora sí, la vista hacia ella. Durante el camino, en uno de sus escasos momentos de locuacidad, le había explicado que había sido ella, en efecto, quien estuviera al otro lado de aquel ventanuco.

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—Era mi deber. —Pero las consecuencias sólo las habría pagado yo. —Precisamente. —sonrió. —No lo entiendo. —La princesa volvió a bajar la vista—. Creo que no valgo para ser una guerrera, y mucho menos una reina. No sé. Me siento muy confusa... Al decir esto se pegó aún más a ella, pasando un brazo por delante de su cintura. Gwyn sintió que todos los nervios de su piel se sensibilizaban a la vez. Le acarició la nuca y le besó la frente. La muchacha suspiró. Le pasó entonces la otra mano por delante. Entonces notó que se tensaba bajo sus caricias. —¿Prefieres que te deje? —le preguntó, confusa. —Me has rescatado. Puedes hacer lo que quieras. Gwyn abrió mucho los ojos y sacudió la cabeza. —No es eso. Creía que tú... es decir... Perdona. No te voy a imponer mi voluntad. —Yo... No sé. Me siento muy rara. —insistió—. No he querido decir eso. Pero tampoco sé lo que quiero. —Está bien. No ha sido nada que haya planeado. Me he dejado llevar. Olvídalo. Descansa. La chica asintió. Pese al incidente, siguió recostada sobre ella, y al poco parecía dormida. Sin embargo, la princesa tardó más en dormirse de lo que se podía esperar. Durante un buen rato estuvo recostada sobre la guerrera, los ojos cerrados y

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relajada, pero despierta. Sintió que el corazón que latía bajo su oído volvía a serenarse poco a poco. Al rato la guerrera estaba dormida, ella sí. Sus caricias la habían sorprendido, y no había sabido reaccionar. Aquello no debería haberla tomado por sorpresa. Era una mujer, ella también... Pero era cierto que se sentía muy confusa. No había contado con aquel rescate, y ahora... Ahora debería presentarse ante su madre, sus hermanas, y temía el momento. Jamás se había sentido segura con su destino de reina, pero ahora sabía que era un fracaso. Le habría gustado que la guerrera la llevara lejos, a sus montañas salvajes tal vez. Pero su deber la obligaba a volver a su país. Y si algo no necesitaba, era complicarse con aquella hermosa guerrera, pese a que todo su cuerpo se lo pedía a gritos. Ya había complicado bastantes cosas con su poca cabeza a la hora de buscar pareja. Tal vez su madre tenía razón y lo que necesitaba era un matrimonio de conveniencia. Al fin, poco a poco, se serenó, sus pensamientos se desvanecieron en una agradable bruma y se durmió.

x Como por un acuerdo tácito, ninguna de las dos habló de lo ocurrido el día anterior. Gwyn contempló subrepticiamente a la muchacha mientras se disponían a reemprender la marcha. Era hermosa, mucho más firme y fuerte de lo habitual en las mujeres de las Tierras Bajas. No era de extrañar que casi pasara lo que al final no pasó. De hecho, ni siquiera lo había planeado; simplemente ocurrió. Pero era absurdo. Era una princesa, una futura reina, y no tenía nada que ver con ella, una simple guerrera de un clan remoto. Aunque lo hubieran hecho, sin duda al llegar junto a su familia se hubiera olvidado de que ella existía. Era mejor así. Con el mejor ánimo que pudo reunir, se encaminó entre las sombras de la noche hacia el río. Si todo salía como planeaba, su camino sería mucho más fácil a partir de entonces. En efecto, junto a una cabaña encontró un embarcadero, y amarrado a él, un bote. Le hizo una seña a Taia y las dos se deslizaron en silencio, protegidas por las sombras.

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El robo no fue detectado, y al poco se dejaban deslizar corriente abajo. El bote era pequeño y estrecho, pero eso lo haría más discreto y difícil de ver. Como un regalo adicional, disponía de una tela embreada, que les serviría tanto para ocultarse como para protegerse de la lluvia. Con todo, no sería aquella noche cuando lo necesitaran. Las estrellas refulgían con fuerza; el cielo se mostraba despejado. Además, las Amantes aún no habían salido. Así, eran tan solo una sombra que se deslizaba por el centro del río, invisibles salvo para quien supiera que estaban allí. —Hemos tenido suerte. No tendremos que caminar, de momento. —le comentó a Taia, tratando de sacarla de su mutismo. —Sí. Casi no podía más. —respondió ella, masajeándose los pies. —El río nos llevará hasta Quirinia... La princesa desvió la vista. Sabía en qué manos estaba la ciudad. —Sí. Será un problema. —dijo, en efecto—. Está en manos de Erivalanna. —¿Llamas a la reina de Deiria por su nombre? —preguntó sin poder contenerse Gwyn, extrañada. De nuevo la muchacha desvió la vista, e incluso en medio de aquella oscuridad pudo ver que se ruborizaba con intensidad. En esta ocasión no dijo nada más. —¿Te ocurre algo? —le preguntó al cabo de un rato, viendo su expresión de intensa incomodidad. Le posó una mano sobre su hombro, que ella contempló como si no debiera estar allí. —No... Nada. Olvídalo. —repuso al fin.

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Gwyn decidió que sus intentos de conversación no hacían más que molestar a la princesa, por razones que se le escapaban totalmente. A partir de entonces se mantuvo en silencio.

x La aurora las sorprendió deslizándose cerca de un cañaveral. Gwyn guio la barca hacia él, saltando a la ribera. En cuanto Taia hizo lo mismo, lo ocultó lo mejor que pudo y las dos se dispusieron a dormir durante el resto del día. Durante la noche siguiente pasarían ante Quirinia, y convenía que estuvieran alertas. Gwyn se despertó cuando todavía era de día. Se habían dormido algo alejadas la una de la otra, pero de alguna forma la muchacha había acabado acurrucándose de nuevo a su lado. Sonrió al verla allí. Sin duda había estado muy sola durante mucho tiempo. Le revolvió el brillante cabello, despertándola. —Despierta, mi princesa. El día acaba. Ella parpadeó a la luz que se filtraba entre las cañas, desorientada sin duda. Se apoyó en un brazo para incorporarse, y aunque no dijo nada, tampoco pareció avergonzada o incómoda. Tomaron un frugal desayuno (¿cena?) y escudriñaron hacia el río desde su refugio. Todo parecía despejado, y Gwyn decidió correr el riesgo. Pronto estuvieron de nuevo en medio del río. Ello les permitió contemplar un ocaso espectacular. Los bermellones, ocres y dorados fueron virando al azur y el violeta, incendiando unas nubes que se iban desarrollando con rapidez. —Esta noche tendremos agua debajo y agua encima. —comentó Gwyn, repasando el estado de la tela embreada. Y en efecto, antes de la salida de las lunas el cielo ya estaba totalmente cubierto. Algunos rayos anunciaban la tormenta por venir.

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Las dos tuvieron que acurrucarse bajo la tela, que por fortuna era bastante impermeable. También tuvieron que achicar, puesto que acabó jarreando agua con intensidad. Curiosamente, en medio de los rayos, el frío y el agua, Taia pareció animarse. Una vez tenía algo que hacer, un propósito concreto, parecía otra. Achicaba agua con energía, sus ojos brillaban cuando los rayos se los mostraban por un instante. Incluso parecía sonreír. Gwyn sonrió también, alegre al verla recuperarse. Sostuvo la tela con ambos brazos sobre ellas, mientras la princesa se esforzaba achicando agua con el cubo. La tormenta pasó al fin, aunque había durado casi toda la noche. Al no poder remar, y debido también al semiinundado bote, habían avanzado menos de lo que esperaban. En consecuencia y por desgracia, aún no habían pasado ante Quirinia, y si seguían, lo harían a pleno día. —Vamos a la orilla. —comentó Gwyn al contemplar las primeras luces del alba. —No hay dónde ocultarse aquí. —objetó Taia, mirando a una orilla y a otra. En efecto, no se veía bosquecillo alguno, ni refugio de ninguna otra clase. —Lo sé. Ni lo hay ni lo encontraremos más tarde. Y tampoco me atrevo a pasar junto a Quirinia a plena luz. Me temo que deberemos seguir a pie. Taia pareció disgustada, pero no dijo nada. Dejaron el bote abandonado entre unos cañaverales, recogieron lo poco que llevaban. Sin pausa alguna se dirigieron hacia el interior del país, dando la espalda al sol naciente. Estaban poco menos que empapadas, pese a la tela embreada. Con todo, el día sería cálido. Ya se secarían durante el camino. En aquellas condiciones sería mejor caminar de día y dormir de noche, puesto que ocultarse sería poco menos que imposible. En consecuencia, lo mejor sería tratar de parecer dos viajeras convencionales y no llamar la atención buscando una invisibilidad que no conseguirían de todas formas.

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—Conozco esta zona. Por aquí pasé cuando me dirigía hacia tu ciudad cuando nos reclutaron. —le comentó a Taia, tratando de hacerle olvidar que no habían dormido ni lo harían hasta el final del día. —¿Cómo? Este no es el camino que lleva desde tu país al mío. —Tuvimos que dar algún rodeo para no llamar la atención. Tu madre no quería que se supiera que nos habían reclutado para rescatarte. No quería que te pasara nada... Mientras lo iba diciendo, se fue dando cuenta de su error. Y en efecto, aquello volvió a sumir a la princesa en un triste y meditabundo silencio. Gwyn se maldijo por su falta de tacto. Aunque era una guerrera. No la habían reclutado para animar princesas tristes, se dijo, sino para rescatarlas en todo caso. Y lo estaba haciendo bien después de todo, ¿no?, se animó, contemplando a la cabizbaja joven mientras caminada a su lado. En contra de lo que temía, a lo largo de todo el día no surgieron las menores protestas por parte de la princesa. Aunque parecía agotada, caminaba sin descanso, sin preguntar siquiera cuándo o dónde dormirían. Gwyn esperaba alejarse algo de la zona controlada por Deiria antes de buscar un lugar donde dormir. Pero al fin el día fue tocando a su fin. Apenas se habían cruzado con lugareñas, y esas pocas no les prestaron la menor atención. Lo ideal habría sido buscar una posada, pero no se atrevía a meterse en un lugar público tan cerca de Quirinia. En cuanto vio un granero a lo lejos, a un lado del camino, llamó la atención de Taia hacia él. —Tal vez sea un buen lugar para pasar la noche. Además, como la noche anterior, las nubes volvían a desarrollarse en el cielo. De hecho, lo hicieron con mucha mayor rapidez. Densos cúmulos se arremolinaron sobre sus cabezas, y un súbito viento las azotó. Aún antes del

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ocaso, las nubes de tormenta habían traído una oscuridad repentina y amenazante. —¡Vamos, deprisa! —exclamó señalando el granero en cuanto sintió las gruesas gotas repiquetear sobre el polvo del camino. Llegaron jadeando, y sin apenas detenerse empujaron la gran puerta y entraron en el amplio recinto. Las dos reían; la carrera contra la lluvia había despertado en ambas algún instinto infantil. La verdad era que casi se habían empapado de nuevo, de tan fuerte y repentina como llegó la lluvia. El lugar estaba a oscuras. Tanteando, Gwyn dio con lo que al tacto parecía una lámpara de aceite. En efecto lo era, una lámpara de seguridad con protección de vidrio. Con dedos torpes y temblorosos la encendió. A la dorada luz pudo ver que estaban en un pajar. El olor del heno recién cortado era intensísimo, casi mareante. A su lado, muy cerca, estaba Taia, en efecto casi empapada. La sábana reconvertida en túnica corta se le había pegado al cuerpo como una segunda piel. Su respiración era agitada, y sonreía como si estuvieran cometiendo alguna travesura. Su pecho subía y bajaba, su boca estaba entreabierta y húmeda, sus ojos brillaban. Con una expresión extraña aunque sonriente la princesa se dejó caer sobre un montón de aromático heno. Sus musculosos brazos y muslos estaban algo separados, y su túnica parecía a punto de disolverse o de fundirse con su tersa piel. Tenía su pelo dorado más brillante que nunca a la oscilante luz de la linterna, mojado y revuelto. Su respiración pesada ya no parecía tener mucho que ver con la carrera, sino más bien con el tono encendido de sus mejillas. En aquel momento estaba sencillamente arrebatadora. —Vamos, guerrera. Ven a coger tu recompensa. Si la quieres, es tuya. —le dijo con una voz curiosamente ronca, traspasándola con la mirada. Gwyn fue consciente de su propia respiración agitada. No podía quitar los ojos de encima de aquella extraña princesa. La verdad era que en aquel momento parecía cualquier cosa menos una princesa, vestida casi con harapos y encendida

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de una repentina pasión. Pero lo era... No tenían nada en común, y la otra noche había sentido que era lo mejor cuando ella la rechazó, y... Agitó la cabeza, maravillándose de su autocontrol. ¿Cómo había podido resistirse hasta entonces? Notaba que la electricidad de la tormenta impregnaba el aire; sentía su piel hormiguear casi dolorosamente. La contempló allí, echada sobre el fragante heno. Ella la miraba como desafiándola, expectante. Su pecho subía y bajaba profunda e intensamente. Sintiéndose en medio de un sueño, o de una borrachera, Gwyn se encontró a sí misma abrazándola y besándola, y a ella respondiéndole con una urgencia no menor a la suya. Ya había esperado demasiado. A lo largo de la prolongada y tormentosa noche hubo tiempo para dormir, despertarse, volver a hacer el amor e incluso para las confidencias. Una vez rotas todas sus inhibiciones, Taia le contó todas sus desventuras, sus miedos y sus errores desde que había sido capturada, sin dejarse nada. Gwyn la consoló como pudo, con palabras sin sentido y murmullos arrulladores. Ella lloró sobre su hombro, se apaciguó, volvió a insistir con sus relatos y volvieron a hacer el amor una y otra vez. Con su estilo más sucinto y lacónico, Gwyn también le contó todas las circunstancias por las que había pasado hasta poder rescatarla. Taia se sorprendió por todo lo que le contó, y le pidió disculpas por pensar que sólo ella había sufrido pérdidas y penalidades. En definitiva, se reconfortaron mutuamente. Ya muy pasada la medianoche, Taia se recostó sobre Gwyn y le susurró: —¿Y sabes lo peor? Gwyn sólo necesitó abrazarla más fuerte para hacerle saber que estaba despierta y escuchando. —Creí que mi madre sólo se preocupaba por su reino. —prosiguió—. Que yo sólo le importaba como heredera. Me daba la educación adecuada para serlo, me hacía asistir a todos los consejos, me buscaba un buen matrimonio de conveniencia... Y ahora... Ahora resulta que, por lo visto, está dejando su reino caerse a pedazos para salvarme a mí. Me siento como una estúpida...

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Gwyn sintió una punzada en el corazón cuando escuchó lo del matrimonio, aunque se mantuvo impertérrita. La consoló de nuevo como sólo ella podía hacerlo, y al fin ambas cayeron dormidas de nuevo. Cuando el sol volvió a salir para dispersar la tormenta, estaban recuperadas de casi todo lo que las afligía. No se esperaban, por tanto, lo que estaba por venir.

x Sus idas y venidas no habían pasado desapercibidas. Una guerrera alta y morena no dejaba de llamar la atención en la Llanura. Como ellas ya sabían, fueron vistas. Las lugareñas no conocían la fuga de la princesa, pero en cuanto estas noticias llegaron a ciertos oídos, fue evidente quiénes eran. Ojos alerta pero prudentes las habían seguido hasta el pajar, de modo que un contingente de guerreras de Deiria había caminado durante toda la noche hasta dar con él. Así, cuando al amanecer la guerrera y la princesa se dispusieron a seguir su camino, un pelotón de seis guerreras las acechaba justo fuera del pajar. —Nos queda aún un largo camino. ¿Vamos? —dijo Taia animosamente, en cuanto se hubo vestido. A la débil luz que entraba por las ventanas altas del pajar, Gwyn pudo ver que sus ojos relucían con un renovado vigor. Se la veía cambiada, como si se hubiera quitado un peso de encima. Pero ese mismo peso lo sentía Gwyn sobre sus hombros. Como compensando la alegría de la rubia princesa, sentía una opresión, como si el aire fuera pesado, denso y amenazador. —Espera. —respondió, reteniéndola cuando ya se disponía a salir. Taia la miró con extrañeza, pero calló cuando ella le hizo un gesto con su dedo sobre sus labios. Gwyn se encaramó a la parte alta del pajar. Desde allí se asomó a la incierta mañana y pudo ver a las guerreras, sus espaldas apretadas contra las paredes del pajar, cerca de la puerta. La misma puerta por la que ellas iban confiadamente a salir. "Maldición", se dijo. Era verdad que todavía les quedaba un largo camino, pero no era menos cierto que ya casi habían abandonado el territorio controlado

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por Deiria. Un poco más, y habrían estado razonablemente a salvo. Ahora... Ahora deberían luchar. —Problemas. —susurró en cuanto estuvo de nuevo junto a Taia—. Quiero que te mantengas tras de mí. No te pido que no pelees. —admitió, justo cuando la muchacha iba a protestar—. Pero prefiero que tengas una pared a tu espalda. Sospecho que tratarán de capturarte con vida. Así que cúbreme las espaldas y encárgate de las que te envíe. ¿De acuerdo? Ella sintió, muy seria, y en efecto se situó a unos pasos tras ella, cerca de una pared por fortuna en las sombras. Sólo tenían una espada; Taia se hizo con una horca que esgrimió como si supiera muy bien cómo usarla. Gwyn se volvió, hizo un gesto de asentimiento que le fue devuelto. "Allá vamos", pensó. Abrió repentinamente las puertas del pajar, haciéndolas chocar contra las paredes a su lado. O más exactamente, contra quienes se ocultaban tras ellas. El golpe no dejó fuera de combate a ninguna, pero las aturdió y desconcertó. Dando un grito, atravesó a una guerrera con su espada en el vientre, y antes de que las demás pudieran rodearla se retiró hacia las sombras del pajar. Allí sólo podían atacarla de dos en dos, siempre y cuando Taia se mantuviera tras ella. Las espadas silbaron sobre su cabeza; se agachó. Una guerrera trató de darle una patada en la cabeza. Gwyn le aferró el pie, obligándola a dar saltitos, con el terror de verse desvalida mostrándose en su cara. Girando, le retorció el tobillo hasta que sintió los ligamentos crujir. Con el mismo impulso la lanzó contra Taia, que completó el asunto ensartándola con su horca. La otra guerrera había tratado de atacarla, aprovechando el instante en que le daba la espalda. Gwyn paró el golpe con su espada por encima de sus hombros. Se volvió para ver cómo Taia había usado el otro extremo de la horca para derribar a esta oponente de un golpe. Un tajo y Gwyn terminó con aquello. Taia la miró en ese instante de momentánea tregua, sonriendo y con sus ojos brillando de excitación. Había visto esa sonrisa y ese brillo en los ojos, y no hacía mucho.

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Quedaban tres guerreras. Estas se miraron entre sí, como evaluando sus ya no tan brillantes posibilidades. Al fin dos atacaron simultáneamente, y Gwyn se agachó de nuevo. Pudo sentir el palo de la horca silbar por encima de su cabeza, y el golpe tremendo al estrellarse contra las dos cabezas. Sólo necesitó alzarse de nuevo para encontrarse con dos rivales atontadas por sendos golpes. Las despachó con una facilidad que sólo podía significar una costumbre largamente utilizada. La guerrera restante vio que sus compañeras se desplomaban, ensangrentadas, y dudó por última vez. Dando media vuelta, salió corriendo a toda velocidad. —¡Vamos! —la urgía Taia, sus ojos todavía brillantes de excitación guerrera. Lo que sólo podía indicar que el combate real no era algo habitual para ella, se dijo Gwyn. Negó con la cabeza. —¡Pero se va a escapar! ¡Dará la alarma y vendrán más! —insistió la princesa. —Siguiéndola sólo conseguiremos alejarnos de nuestro destino y acercarnos a más problemas. —le respondió, reteniéndola del brazo—. Vamos. Debemos correr, sí, pero en dirección contraria. Eso nos alejará lo suficiente de toda la ayuda que esa pueda encontrar. Al fin la chica asintió, reconociendo la verdad en sus palabras. Sin una mirada atrás, desaparecieron dando la espalda al sol que empezaba a alumbrar la llanura.

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Capítulo 9

De El país de las amazonas: Los clanes guerreros de las Tierras Altas de Alanna, de A. Karaik, Ed. Unaia, Barnard, 1151 «Sólo si las Tierras Altas fueran la cultura dominante de Alanna se hablaría de este mundo como el de las "amazonas". Sin embargo, no es así. Las Tierras Altas son un territorio marginal, pobre, en el que la vida es difícil y con frecuencia breve. Esto ha hecho que se le preste una menor atención, comparada con la que reciben los Reinos de la Llanura. Con todo, hay mucho de interés en estas tierras y en su estudio. [...] »Como ya se insinuaba anteriormente, la sociedad de las Tierras Altas está dominada por la guerra. La dureza de la vida es sin duda la responsable. Con frecuencia, las expediciones de saqueo son el último recurso para una mala cosecha o una dificultad similar. Las presiones de la supervivencia han hecho que los clanes se adapten a la vida guerrera, aunque desde luego sólo las mujeres toman parte en esta. Los hombres, que ya son un bien escaso en la Llanura, lo son aún más en las duras Tierras Altas, y por tanto se los protege todavía más. Las mujeres, en cambio, acceden al castillo del clan a la edad de 14 años, para iniciar su instrucción militar. Anteriormente se han criado con sus madres en los caseríos. Esta edad puede parecer excesivamente temprana, pero como demuestra la historia antigua de la Tierra, la brevedad de la vida impone una maduración rápida. Las guerreras se licencian a la edad aproximada de 17-20 años, en un proceso ligado frecuentemente al matrimonio, con otra mujer desde luego. Esto las separa del castillo, y las lleva a fundar una nueva familia, pero no conduce al abandono de las armas. Tradiciones no escritas pero de fuerza indudable impiden que las dos integrantes de estos matrimonios homosexuales

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queden embarazadas a la vez. Esto se consigue gracias al control exhaustivo del acceso a los varones. El propósito de esta costumbre es lograr que siempre haya al menos una mujer en cada familia lista para la llamada de emergencia a las armas, lo que permite levas inmediatas y numerosas, en relación a la escasa población de los clanes. [...] »Con el tiempo, esta disposición guerrera de los clanes de las Tierras Altas les ha permitido una nueva fuente de ingresos para sus magras economías: el alquiler de mercenarias, famosas y temidas en todos los Reinos de la Llanura...»

x 150 Caminaron a buen paso, sin apresurarse pero sin detenerse demasiado. No podían evitar la sensación de ser las presas de una cacería que les pisaba los talones. Con todo, no vieron más guerreras, en parte porque desconfiaban de todo. Evitaban los caminos y las zonas habitadas, refugiándose apenas en los ribazos de los arroyos para echar rápidas cabezadas. Se acurrucaban como animales entre las cañas, y además Gwyn apenas dormía. No iba a permitir que le fuese robado el triunfo cuando tan cerca estaba. En consecuencia, se mantenía en vela, alerta a cualquier ruido. Cada vez que Taia despertaba, todavía de noche, la veía allí, a su lado. Los azules ojos relumbraban a la luz de las estrellas, alertas, vigilantes y tranquilizadores, y una sonrisa los acompañaba al verla despierta. Taia se levantaba, dispuesta a proseguir pese a lo poco que había descansado. Gwyn le decía que podía dormir un poco más. Pero Taia insistía en continuar, y la guerrera cedía enseguida, sin discutir, tan ansiosa como ella de alcanzar la seguridad.

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En definitiva, poco a poco fueron dejando atrás la indefinida frontera que separaba los dominios de Deiria de los de Athiria. Aunque no conocían bien los últimos acontecimientos, y podía haber ocurrido que esa frontera hubiera sido llevada más allá. De forma que no se relajaron en ningún momento. Taia temía llegar a su ciudad demasiado tarde, verla en manos de ejércitos enemigos, ardiendo tal vez. Pero no compartía estos temores con su compañera de huida, de manera que caminaban en silencio, concentradas y alertas. Por lo demás, en aquellas condiciones, no volvieron a tener un instante de relajación. En consecuencia, por un tácito y no expresado acuerdo, no se volvió a repetir lo ocurrido en el pajar. Así se aproximaron a las cercanías de Athiria, de noche cerrada. La imponente muralla de la ciudad se recortaba en negro contra el cielo cuajado de estrellas, reflejándose en el río de luminosa tinta. La ciudad parecía intacta, o tranquila cuando menos. Demasiado tranquila, le pareció a Taia. Sin embargo, a esa hora era lo normal. Las puertas estarían cerradas, el bullicioso tránsito paralizado hasta el alba. Prudentes hasta allí, se acercaron despacio y aprovechando las sombras a la puerta oriental. Allí una rubia guerrera las interceptó. Estaba acompañada por varias otras, que se mantuvieron atrás, alertas. Aquello no era habitual, como Taia sabía bien. Sólo dos guerreras custodiaban las puertas por la noche, no todo un pelotón como aquel. —¡Alto! ¡Sabemos que sois dos! ¡Diez flechas os apuntan! ¡Mostraos! —ordenó con voz firme y autoritaria la guerrera. Taia se sintió desfallecer, temerosa de haber llegado demasiado tarde. Agazapada, Gwyn la miró, como esperando sus órdenes. Debía haber deducido que algo iba mal por su expresión angustiada, y la contempló, tensa y expectante. Hasta que la rubia guerrera dio un paso adelante y Taia le pudo ver la cara. —¡Naira! —exclamó, presa de alegría, y saltó en pie para poder ser vista. Se trataba de una de las guerreras de la guardia de palacio, y la conocía bien.

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La guerrera pareció desconcertada por unos instantes al verla. Se mantuvo paralizada, hasta que su sonrisa se ensanchó. —Princesa... ¡Princesa! —balbuceó todavía un poco—. Es increíble. ¿Cómo...? Pero... ¿Quién os acompaña? ¿Estáis bien? —Sí, sí. Sal a la vista, Gwyn, está todo bien. —A su gesto, la norteña adelantó su formidable presencia a su lado. Las guerreras de guardia parecieron por un instante temerosas de nuevo, reagrupándose tras su comandante. Sin duda sabían que guerreras de las Tierras Altas la habían secuestrado. —No ocurre nada. —insistió Taia, agarrándola de la mano—. Ella... Ella me rescató. Hemos huido de Deiria hasta aquí... Todo se tranquilizó entonces, y las puertas se entreabrieron para dejarla pasar. Pese a lo que Taia temía –reproches por ser ella culpable de la situación de alerta y peligro en que la ciudad se hallaba– fue acogida con entusiasmo. —Nos alegramos tanto de veros libre, princesa. —decía una joven guerrera a la que no conocía, sinceramente alegre—. Ya hemos enviado una mensajera a palacio. Esto lo cambia todo. —decía otra, con un cierto brillo de ardor guerrero en sus ojos—. Ahora verán las deirianas. —confirmó otra más. Al fin, todo el pelotón la acompañó por las vacías calles. Todo había cambiado en la ciudad. Ya no se veía

el

bullicio

nocturno

habitual.

Tampoco

aparecían

las

mercancías

almacenadas junto a las puertas, a la espera de salir por la mañana. Sin duda, Athiria se hallaba en peligro, y todo el mundo lo sabía. Pero por lo escuchado a las guerreras, todo cambiaría muy pronto. O al menos eso esperaban ellas. Al fin alcanzaron el palacio, tan triste y desierto como el resto de la ciudad. Ni una luz relumbraba en sus ventanales, aunque una fuerte guardia se apostaba a sus puertas. La noticia las había precedido, y algunas de las guardianas más jóvenes olvidaron su marcialidad y la rodearon, felicitándola alborotadamente por

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su libertad recobrada. Al fin las capitanas impusieron el orden, y fueron escoltadas al interior. —La reina os espera. —dijo una de las capitanas veteranas, más lacónica, caminando ante ellas con fuertes pisadas sobre el mármol de los pasillos. —¿Ha sido despertada? —preguntó Taia. —No. Suele pasar las noches en vela, últimamente. —le respondieron, y ella no necesitó preguntar más. Se detuvieron ante una sala de recepción pequeña. Allí, por un momento las guardianas parecieron dudar ante Gwyn, como si no quisieran dejarla pasar a presencia de la reina. —Ella me salvó. —dijo Taia, quizás algo más glacialmente de lo necesario—. Si estoy aquí, es porque ella me ha traído. Me entregará a mi madre. No hubo discusiones ante aquello, y les fueron franqueadas las puertas. Pese a lo dicho, fue más bien Taia quien guio a Gwyn al interior, tomándola de la mano de nuevo. La sala parecía a oscuras. No lo estaba en realidad; un par de velas daban una luz mortecina. Pesadas cortinas cerraban una única ventana. Toda el lugar resultaba sofocante. Muchos muebles, pesados cortinajes y alfombras y poco espacio libre. Gwyn sintió que la mano de Taia la soltaba en la entrada y que la muchacha se dirigía hacia la única figura presente. Se trataba de un encorvado bulto oscuro sentado al otro extremo de una pesada mesa. La joven se fue deteniendo poco a poco en su impulso, hasta quedar frente a la mujer, que llevaba una capucha sobre su cabeza, lo que velaba aún más sus facciones. —¿Madre?

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La figura pareció reaccionar. Al menos, su embozada cabeza se incorporó, como si una mujer ciega buscase el origen del sonido que había perturbado la quietud. —Hija... Taia, hija mía... —murmuró, como sin fuerzas. Al fin echó las manos tras la cabeza y se descubrió. Gwyn pudo ver que era, en efecto, la reina, aunque aún más envejecida que la última vez que la había visto. Lentamente extendió los brazos y se incorporó con decrépita lentitud. Taia, como impulsada por un resorte, se precipitó entre esos brazos. Gwyn desvió la vista, algo incómoda. Tal vez no debiera estar allí, después de todo. Las dos mujeres se abrazaron por largo rato, murmurando palabras inconexas. Al fin se separaron un poco, y Taia fue consciente del mal aspecto de su madre, algo que no pudo ocultar en su mirada. —Sí... Estos últimos tiempos no han sido buenos conmigo, aunque ya no soy joven de todas formas. —dijo la reina—. Además, cuando la expedición de rescate se perdió, juré no volver a descubrirme hasta que estuvieras a mi lado, así que ya ves. Ahora tendré que mostrarme de nuevo. —Sonrió sin humor al decir esto último. —Madre... Lo siento tanto. Todo ha sido culpa mía. Tú tenías razón y yo estaba equivocada. No sé si el reino aún se puede salvar, pero... yo no lo quiero. —No, hija. —la voz de la reina, y hasta su mirada, pareció recuperar algo de su dureza—. No puedes escapar de tu responsabilidad. Tienes razón. Has cometido graves errores. Tienes que corregirlo. Olaia es muy joven aún, y a mí ya no me llegan las fuerzas. Ahora que estás libre, nos espera la guerra. Y tú la encabezarás. Taia pareció a punto de discutir, pero acabó bajando la cabeza. Aquello daba la impresión de una disputa aplazada por la presencia de una extraña. De hecho, la reina dirigió su mirada hacia el fondo de la sala, donde estaba Gwyn.

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—Esta es la guerrera que te ha rescatado. —dijo, no preguntó, y tampoco se dirigió a su hija—. Te recuerdo, guerrera. Gwyn avanzó, se detuvo ante las dos mujeres y se inclinó, posando una rodilla en tierra. —Majestad. Soy Gwyn de Glewfyng. La única superviviente de mis hermanas, que fueron al rescate de vuestra hija. —Lo sé, y lo siento. La deuda de tu clan con mi reino se puede dar por saldada. Gwyn no contestó, sino que agachó más la cabeza en señal de asentimiento. Aquello parecía una despedida, y empezó a incorporarse. —Madre... —interrumpió Taia—. Ella... Ella ha hecho más que rescatarme. —Por un horrible momento, Gwyn pensó que le iba a contar lo que ocurrió en el granero, pero pronto vio que no—. Ha sido ingeniosa y valiente. Me rescató ella sola después de perder a todas sus hermanas y ser capturada. Tiene... Tiene todo lo que a mí me falta. Si voy a tener que ir a la guerra, la voy a necesitar a mi lado. Tiene que quedarse. —Hija... No puedo retenerla a mi lado. Ha cumplido con su deber, y ahora es libre. Ha sufrido graves pérdidas, y de hecho... De hecho le hice una promesa personal. Aparte de la deuda de su clan. Así pues... ¿Qué deseas de todo lo que tengo, guerrera? Por un delirante momento, Gwyn contempló a Taia. Pese a los harapos, se la veía radiante a la vaga luz de las velas. Dorada y preciosa como una joya escondida en el fondo de un arcón. Ella la miraba expectante, mientras sus ojos brillaban de forma maravillosa. Entonces vio el lujo que la rodeaba, y bajó la cabeza.

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—Majestad. Prefiero reservarme ese derecho. Tal vez un día mi clan o yo lo necesitemos más que ahora. —Es tu derecho. Pero te advierto: tal vez mi reino no sobreviva el tiempo suficiente como para poder cumplir con tu deseo. Te prometí que te daría a elegir de entre todo lo que tengo; aunque tal vez muy pronto no tenga nada. Ella sólo asintió, como asumiendo el riesgo. Acto seguido se levantó, dispuesta a marchar. —¡No! —saltó Taia—. La sigo necesitando. No puedes despedirla. —Ahora es libre. De hecho, soy yo la que estoy en deuda con ella. —Dale... Ofrécele. ¿No puedes contratarla? ¿Cómo mercenaria? Seguro que necesitaremos mujeres como ella. —De hecho... Lo que dice mi hija es cierto. Guerrera, ¿querrás combatir por Athiria, sabiendo que tal vez no sea el bando ganador? Poco es lo que puedo ofrecerte ya, y menos si perdemos. Baratijas, comparado con una hija recobrada, pero el oro de mi reino estará mejor en manos de las tuyas que en las de mis enemigas. Es tuyo, hasta donde llegue. —Majestad. —Gwyn no se volvió a arrodillar, aunque asintió—. Estaría... Estaría al lado de vuestra hija sólo con que ella me lo pidiera. —sintió que se ruborizaba, y temió haber ido demasiado lejos. Después de todo, ya había renunciado a la princesa durante el camino de vuelta, sabiendo que eran de dos mundos muy diferentes. Tras esa vacilación, prosiguió con voz más firme—: En cuanto a mis hermanas, les puedo hacer llegar vuestra oferta. Estarán deseosas de vengar a sus caídas, y si les ofrecéis una paga, creo que acudirán a vuestro lado.

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La reina asintió. —Así sea. Ahora, marchad a que os cambien estos harapos por algo más cómodo. Yo iré a dormir... al fin. —terminó, en su susurro. La reina las acompañó fuera. Una vez allí, unas sirvientas que habían acudido mientras se desarrollaba la entrevista las rodearon. Las condujeron a cada una en una dirección distinta, y pese a que se resistió un poco y la siguió con la vista, pronto Taia se perdió tras una esquina, acompañada de su séquito. Gwyn suspiró, y se dejó conducir a donde fuera que la llevaran.

x Fue bañada, secada y peinada como si fuese una inválida. Una multitud de esclavas, identificables por su cinta al cuello, la atendieron con obsequiosa solicitud. Gwyn, que recordaba bien haberse visto en la situación de aquellas muchachas, no pudo dejar de admirarse. Era increíble lo fácil que resultaba estar al otro lado. Bastaba con dejarse llevar... Todo aquel lujo la relajó más de lo que estaba dispuesta a permitirse. Acabó por sentir el peso de todo lo ocurrido, desde la huida de su propia esclavitud. La sedosa suavidad de las ropas que le habían puesto, junto al olor de los jabones y aceites que habían aplicado a su piel, acabaron por relajarla del todo. Sintió que sus párpados caían, incluso que sus miembros no lograban sostenerla. Las esclavas, como siempre pendientes de ella, advirtieron aquello. La sostuvieron al tiempo que la conducían hacia "sus aposentos", según sus propias palabras. Gwyn se dejó llevar, incapaz de oponer la menor resistencia. No había dormido apenas en los tres últimos días; era sorprendente que aún se tuviera en pie. La llevaron hasta una pulcra habitación, con ventanal y cama con dosel. Las hermosas esclavas la acostaron, y no faltó una que se ofreció para "lo que deseara". Gwyn sonrió con sus últimas fuerzas, deshaciéndose al fin de aquella cohorte, más temible que la de las guerreras. Al fin sintió que sus párpados se

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cerraban. Con todo, aún tuvo lucidez suficiente para pensar en Taia. ¿Dónde estaría ahora? Estaba claro que no podía pretender tenerla allí, como a aquella esclava que se había ofrecido a meterse con ella bajo las sábanas. De hecho, pensar en ella era un absurdo. Lo había sabido antes, pero al verla allí, con su madre, su séquito, su mundo, había comprendido realmente que la distancia que las separaba era mucho mayor que unos metros por unos pasillos. Pero con todo, con esa irrealidad que sólo se siente cuando se está al borde del sueño, no podía dejar de preguntase... ¿por qué no estaba allí con ella, bajo aquellas sedosas sábanas, recostando contra ella su hermoso y firme cuerpo...?

x En el momento en que Gwyn cedía al fin al sueño, Taia estaba aún despierta. El tratamiento de cuidados y atenciones al que la habían sometido no envidiaba en nada al de Gwyn, desde luego. Un auténtico tropel de muchachas se había encargado de ella y de su dolorido y sucio cuerpo. Taia ya estaba acostumbrada a aquellas atenciones, de forma que se dejó llevar desde el principio. Por lo tanto, acabaron con ella antes. Pese a todo, ya arrebujada en una cama aún más lujosa que la de Gwyn, seguía despierta, dando vueltas y más vueltas. No podía evitar una marea de miedos, recelos, pensamientos desagradables, todo lo que la había abrumado hasta entonces sólo como cuestiones futuribles. Ahora eran hechos a los que se debería enfrentar. En primer lugar, no comprendía cómo, después de haber demostrado tan evidentemente su incapacidad y falta de juicio, su madre lanzaba toda aquella responsabilidad sobre sus hombros. Además, tampoco comprendía a Gwyn. Por un delirante momento, al verla allí ante su madre, creyó que lo que le iba a pedir era... Mejor ni pensar en ello. Desde luego, su madre habría reaccionado ultrajada. Eran de mundos muy distintos, era cierto. Pero la necesitaba. La necesitaba para darle la seguridad y competencia

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que poseía y que a ella le faltaba. Y sobre todo... La necesitaba ahora, allí, a su lado. Sí, era mucho pedir, argumentó contra sí misma en su cabeza. En el palacio de su madre, y con una mercenaria norteña. Ya había dado bastantes muestras de desatino como para añadirle ahora correrías nocturnas de pasillos. Pero la seguía necesitando. Recordó la noche en el pajar. Era ella quien la había provocado, sorprendiéndose a sí misma, sin haber planeado nada parecido. Ahora sólo podía recordar, y sentir una calidez creciente con el recuerdo, vívido y detallado... Sintió que la cabeza se le iba, víctima de una mezcla de fatiga, frustración y deseo... A partir de entonces, los días trascurrieron deprisa. Los preparativos de la guerra absorbieron a Taia. Se requería su atención e incluso su autorización para todo, desde suministros hasta reclutamiento, compra de armas, contactos diplomáticos. Apenas pudo ver a Gwyn de pasada un par de veces, pese a lo mucho que la echaba de menos. Abrumada, al fin se hizo acompañar siempre por su hermana Olaia. —Quiero que estés a mi lado en todo momento. Quiero que escuches, que estés al tanto de todo, que aprendas. Nunca se sabe lo que puede pasar. —le dijo, y esta asintió, muy seria. Su madre parecía extraoficialmente retirada. Apenas la veía tampoco, y cuando lo hacía, esta apenas le ofrecía consejo. Era como si le dijera: "ahora es tu problema, apáñate". Y ella hacía lo que podía, aunque hubiera deseado tener a Gwyn a su lado. Gwyn, por su parte, se encargó de sus propios preparativos. Escribió una carta a su clan, en el que no debía dar la penosa noticia de la muerte de sus hermanas porque allí ya la conocían. Pero hubo de explicar por qué ella estaba viva y las demás muertas, lo que no era fácil. Además, hubo de incluir la propuesta de la reina. Lo presentó como una oportunidad de alcanzar la debida venganza, además de no poco provecho. Si conseguían una buena paga, su clan se

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aseguraría el futuro contra nuevas épocas de escasez. También dirigió cartas de contenido mucho más claramente mercantil a otros clanes. No sabía por qué, pero el destino de aquella guerra se había convertido en algo que la interesaba personalmente.

Consiguió

así

nuevos

reclutamientos

de

mercenarias,

administrando la generosa oferta de la reina. Todo aquello la mantenía ocupada, haciéndole más llevadera la distancia obligada con Taia. También echaba de menos su patria, sus montañas y sus caseríos. Aquella melancolía se juntaba con la falta de Taia, haciéndola sentirse débil y triste. Por la noche, aquella ausencia se hacía más difícil de soportar. Aunque era probable que la joven princesa ya lo hubiera olvidado todo, absorbida como estaba por su propio mundo. Con todo, las miradas que le dirigía la princesa durante las pocas veces que coincidían desmentían aquella idea. Como en aquella ocasión en que fue llamada al consejo de guerra de la princesa. Ella era la única cabeza morena en aquel mar de cabellos rubios. Algunas de las consejeras más veteranas la miraban con cierta desconfianza. Se encontraban en una sala amplia, con ventanales en dos costados que daban una magnífica iluminación. Una amplia mesa ocupaba la parte central de la estancia, cubierta de mapas e informes. La plana mayor estaba de pie a su alrededor. Pese al aspecto informal de la reunión, Gwyn pudo percibir que cada cual se movía de forma precisa, manteniendo reglas probablemente no escritas. La princesa era el centro de

aquellas

órbitas.

La

rodeaban

unas

pocas

consejeras

veteranas,

probablemente de la generación de su madre, serias y hoscas, como conscientes de su posición eminente. Sin embargo, había a su lado una muchacha muy joven, delgada y que no decía palabra, aunque era la más próxima a la princesa. Unas pocas mujeres jóvenes también se hallaban cerca de ella, todas con el uniforme de la guardia. La princesa les hacía mucho más caso que a las veteranas. Luego, a más distancia, se situaban las que debían ser las encargadas de cuestiones concretas, como aprovisionamiento y cosas así. Al otro lado de la mesa, algunas sirvientes, incluidas algunas esclavas, parecían más pendientes de transmitir informaciones que de ofrecer consejo. En este grupo se incluían un par de

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hombres, uno de ellos alto y mayor, que adoptaba una actitud curiosamente soberbia. Más extrañamente, Taia parecía muy pendiente de él, pese a la distancia que los separaba. Y por último, al otro lado de la mesa respecto a la princesa, se encontraba ella. Taia le echaba furtivas miradas, sin sonreír. Las cuestiones menores se trataron sin llegar a difundirlas entre todo el grupo. Gwyn se sorprendió al ver a Taia solventar aquellas consultas de forma casi displicente. Aquella no parecía la Taia insegura y tímida que ella conocía. Con sólo un gesto o un asentimiento autorizaba o denegaba, sin apenas conceder un instante de su atención. Desde luego, parecía en su elemento. —Vamos a tratar ahora algunas cuestiones de importancia, para lo que solicito vuestro consejo. —dijo al fin a todo el mundo, con voz sorprendentemente firme—. Nuestro problema principal es de tiempo. Cuanto más esperemos, más refuerzos aliados recibiremos. Pero el tiempo no corre sólo a nuestro favor. Hemos recibido informes sobre el ejército de Deiria. Se hallaba ocupado en Ettira, pero al saber de... mi retorno, se ha dirigido hacia el norte, hacia Latiria, donde parece que está recibiendo sus propios refuerzos. En cualquier momento puede volverse hacia aquí. —concluyó, señalando un mapa.

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En este, copia reciente de uno más antiguo, alguien había coloreado con tinta verde los países sometidos a Deiria, por un lado, y los sometidos y posibles aliados de Athiria con tinta morada, por otro. —La reina de Tirelia remonta el río para acudir en nuestro auxilio. De camino recogerá lo que queda del reino de Ettira. Pero su marcha es lenta, al navegar corriente arriba. —confirmó una de las jóvenes consejeras de la guardia. —¿De qué fuerzas podemos disponer ahora mismo? —preguntó la princesa. —Nuestro prestigio, debido a los... uhm, recientes acontecimientos, no es muy bueno. —dijo una de las consejeras veteranas. Gwyn se sorprendió de su falta de tacto. Evidentemente, se estaba refiriendo a que, con el secuestro de la princesa, Athiria no pudo defender a sus aliadas. En consecuencia, su autoridad y prestigio había decaído, por culpa de la princesa. La consejera había sido deliberadamente ofensiva con Taia. Se hizo un silencio espeso, al tiempo que la propia Taia bajaba la vista, avergonzada y sin atreverse a replicar a la mujer mayor. —Sin embargo, la reina de Tirelia, pese a su lejanía, viene en nuestro auxilio con grandes fuerzas. —dijo con arrogancia la jovencita que estaba siempre tras Taia, increíblemente—. Además, Caliria, que ha sido enemiga nuestra desde siempre, nos apoya. —insistió. La intervención de la joven rompió el embarazoso silencio. Al fin, quedó claro que disponían de 2.000 guerreras de Athiria, a las que se debían añadir otras 700 de las ciudades aún bajo su dominio. Además, 1.000 de las mejores guerreras de Caliria estaban a sólo dos jornadas de camino. En total, 3.700. —Es apenas la mitad de las que tiene ahora mismo la reina Erivalanna acantonadas en Latiria. —dijo con su voz retumbante el hombre mayor, cerca de

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Gwyn, sin que nadie le preguntara. Esta se sorprendió de nuevo de su arrogancia, grosería casi, considerando que era un hombre. Pero Taia asintió, asumiendo su objeción y sin reconvenirle. —¿Cuántas más podremos conseguir, y cuándo? —preguntó. —2.000 vienen con la reina de Tirelia, alteza. —dijo una de las consejeras más alejadas, mucho más tímida que el hombre, pese a su sexo—. Puede que traiga 1.000 más desde Arettira. —añadió, en voz aún más baja. —No es suficiente, aunque las esperemos... —murmuró la princesa, abatida. —Princesa... —intervino Gwyn, sintiendo que todos los ojos se clavaban en ella—. He recibido respuesta de mi clan. 800 de las mejores guerreras, veteranas de las Tierras Altas, vienen ya hacia aquí. —Sigue sin bastar... Lo mejor será que nos aprovisionemos y preparemos la ciudad para un asedio. —dijo otra consejera mayor, casi sin hacerle caso. —Eso no es todo. —interrumpió Gwyn, lanzado una mirada acerada a aquella mujer—. He conseguido reclutar a otras 1.500 guerreras de los clanes Eongall, Kyrwyn y Candwallann. Llegarán junto a mis compatriotas en dos semanas. Y si se me permite decirlo aquí, cada una de ellas vale al menos por cinco guerreras de la Llanura... Pese a su arrogancia, nadie osó responderle. Lo que había dicho era algo asumido, aunque no les gustase admitirlo. Con más de 2.000 guerreras como ella, la situación podía considerarse distinta. Gwyn, con su estatura y su presencia, parecía el ejemplo viviente de sus propias afirmaciones. —Eso puede cambiarlo todo... —murmuró Taia, sin mirarla, como si no se atreviese—. Sin embargo, puede ser demasiado tarde. Sea como sea, ahora ya

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tenemos todos los datos. Tardaremos dos semanas en poder estar en situación de campaña. Así pues, ¿qué curso de acción me aconsejáis? Tras una corta discusión, se convino que, puesto que no quedaba más remedio que esperar, no tenía sentido tomar decisiones de campaña. La reunión se disolvió, poco a poco, y Gwyn empezó a salir de la sala. Se detuvo un momento ante la puerta, demasiado concurrida, cuando escuchó una voz a sus espaldas. —Gwyn. Un momento, por favor. El sonido de la voz de Taia la hizo volverse de inmediato. Se encontraba rodeada por unas pocas consejeras, todas jóvenes, aunque entre ellas destacaba aquel hombre tan arrogante. A un gesto de la princesa, Gwyn se acercó al grupo. —Princesa... —Gwyn no sabía con qué grado de formalidad debía tratarla en esa situación. Aquello parecía una reunión de confianza, así que se limitó a hacer una tenue reverencia. —Gwyn. Quería presentarte. Esta es Olaia, mi hermana. —dijo Taia, haciendo un gesto hacia la jovencita a su lado. —Oh sí. Vuestra hermana me ha hablado mucho de vos, alteza. —la saludó, con algo más de formalidad. —No hacen falta los tratamientos ahora, Gwyn. —interrumpió Taia, lanzando una mirada nada amistosa hacia las consejeras que se iban retirando. —Está bien. —sonrió en respuesta—. Me alegra conocerte, princesa Olaia. —Lo mismo digo. —respondió la joven, devolviéndole la sonrisa—. Pese a mi insistencia, mi hermana no me ha hablado mucho de ti, pero aún así deseaba conocerte. Ya sabes que no somos hermanas de madre...

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—Ya me lo dijo. Tal vez no os parezcáis mucho, aunque para mí no es tan fácil distinguir entre dos hermosas y rubias muchachas. La princesa Olaia se ruborizó algo ante el cumplido. Sin embargo, el resto de la audiencia no se lo tomó a mal. De hecho, algunas de las guerreras de la guardia sonrieron. —Vamos, Gwyn, no avergüences a mi hermana. Es joven aún... —Taia, más cómoda cada vez, la tomó por la mano y le fue presentando—. Girlit, Yaäna, Parisis... —fue señalando a las guerreras—. Debo decir que todas ellas son admiradoras tuyas desde que conocen algunos de los detalles que he contado sobre el rescate. Para ellas, el valor es la única virtud, me temo. Y mi tutor, Gartión. Para él, en cambio, todo es conocimiento... —El hombre no sonrió, aunque hizo una respetuosa inclinación de cabeza. —Quería agradecerte todo lo que has hecho. —dijo la princesa una vez dadas las presentaciones—. Y me refiero ahora a tus gestiones y tus palabras hoy. Como habrás comprobado, cualquier ayuda nos será necesaria. —Lo sé. También será conveniente para los clanes. El dinero significa una reserva para futuras dificultades. Casi todas las guerreras que vendrán tienen hijas a las que asegurar un futuro mejor. —Lo comprendo. Si me ayudan a triunfar, no volverán a tener escasez, te lo puedo prometer. —En este punto, Taia lanzó una mirada de reojo a Olaia, que asintió—. Bien, y ahora... Me gustaría poder hablar contigo a solas un momento... —Esto último fue dirigido al resto. Las guerreras y Gartión se retiraron, la seriedad absoluta pintada en sus rostros. Olaia, en cambio, echó una par de miradas socarronas a su hermana por encima del hombro antes de salir. Tras cerrarse la puerta, Taia se mantuvo unos instantes en silencio, aunque sin soltarle la mano. Luego suspiró.

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—Gwyn, Gwyn... Estás muy guapa con esas ropas de mujer de la Llanura... —sonrió. Esta se contempló a sí misma. —No me siento muy cómoda... Todo me viene estrecho y corto aquí... —Eso forma parte de lo que me gusta. —sonrió con picardía la princesa, aunque se puso seria casi de inmediato—. Te he echado tanto de menos... —su otra mano rodeó su cintura. Esta la acarició la mejilla. —Yo también... Aunque cabía la posibilidad de que te hubieses olvidado de mí. —¡Jamás! —replicó Taia con vehemencia—. No he podido verte antes. Si hubiera podido... Pero mi situación es peculiar. Mi madre se propone abdicar en mí a mi regreso de la guerra, si es que... regreso. Entretanto, debo guardar algunas apariencias, al menos dentro de estas paredes. Es curioso, ¿sabes, Gwyn? Cuanta más autoridad tienes, menos cosas puedes hacer. Todo el mundo está pendiente de mí, ya lo has visto... No he empezado con muy buen pie, que digamos, y debo hacer todo lo que se espera de mí. —Lo comprendo, Taia. —A esas alturas, la princesa había recostado su cabeza sobre su pecho, y ella le acarició la nuca—. Lo comprendo. Volverás, te lo aseguro, y serás una reina magnífica. Al escuchar esto, la rubia muchacha alzó la vista. —No sé. Ahora mismo, lo único que querría es tenerte a ti. En cuanto al futuro, me temo que soy la persona menos indicada para hacer planes. —También lo comprendo... Todo irá bien.

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—Ya veremos. De momento... ¿vendrás cuando salgamos en campaña, verdad? —Claro que sí, si es lo que quieres. —No podría hacerlo sin ti... Entonces se besaron. Gwyn la estrechó con fuerza. Si por ella hubiera sido, la habría lanzado sobre aquella mesa abarrotada de papeles y le hubiera arrancado sus lujosas ropas. Con todo, era consciente de la situación y se contuvo. Al poco se separaron, y tras despedirse hasta "cuando pudieran", salieron bien separadas de la estancia.

x No había trascurrido aún el plazo dado, cuando Gwyn fue convocada de nuevo al consejo. Entretanto, el "cuando pudieran" no se había llegado a realizar. En consecuencia, y ya sin apenas nada que hacer, Gwyn se iba sintiendo cada vez más como un animal enjaulado. La vida de palacio era rígida y protocolaria, incluso en unas circunstancias tan inusuales como las presentes. Hasta para una completa extraña como ella era evidente la tensión en el ambiente, bajo todas aquellas ceremonias. Hasta las esclavas –o tal vez precisamente ellas– conocían conspiraciones y envidias, los tejemanejes que se desarrollaban alrededor de la sucesión de la reina. Y por alguna razón, tal vez por percibirla como una de ellas, le informaban de aquellos rumores. No era de extrañar que Taia, el centro de aquellos movimientos, se sintiera incómoda y no se atreviera a ponerse en ninguna situación complicada. Como Gwyn pudo saber de inmediato, la reunión había sido convocada al conocerse noticias provenientes del sur. La expedición de auxilio de Tirelia se había visto desviada. La reina de Ettira la había convencido para que recuperasen

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su reino en lugar de proseguir río arriba. En consecuencia, no podía esperarse su llegada en la fecha prevista, ni tal vez nunca. Las noticias eran pésimas. El consejo degeneró en una serie de comentarios atropellados, casi todos derrotistas. Se oyeron recriminaciones y pocos consejos constructivos. Extrañamente, fue Gartión quien puso orden. —Esto no conduce a nada. Lo que debemos decidir, en definitiva, es si esperamos a Tirelia o partimos en cuanto recibamos los refuerzos de las Tierras Altas. —dijo con su voz profunda. Gwyn no dejaba de sorprenderse de su osadía. Debía ser la costumbre adquirida al poder reñir a integrantes de la realeza, aunque fueran de corta edad. Su intervención tuvo la virtud de serenar el debate. Demasiado, de hecho, pues por unos instantes nadie dijo nada. Con un considerable esfuerzo, Gwyn se decidió a tomar la palabra. —Si lo he entendido bien, en cuanto lleguen mis hermanas, dispondremos de algo más de 5.000 guerreras. La cuestión es si será bastante. ¿A qué fuerzas nos enfrentaremos? Taia murmuró, sin alzar la cabeza, inclinada sobre la mesa: —No menos de 10.000, puede que más. Es demasiado... —¡No lo es! —exclamó una voz clara. Era Olaia. Por lo visto, aquel consejo iba de sorpresa en sorpresa—. ¿No lo recordáis? Son 2.000 guerreras de las Tierras Altas, todas veteranas. ¿No es así, Gwyn? —En efecto. —¡Entonces ataquemos! ¡Por más que esperemos, no tendremos más!

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La propuesta fue aprobada más que nada por la falta de alternativas, aunque algunas consejeras veteranas recomendaron encerrarse en la ciudad y prepararla para un asedio. Pero aquello sería volver a la táctica de pasividad que las había llevado a la presente situación. De hecho, una de las más mayores recordó que su pasividad anterior se debía a la "situación de la princesa heredera", velada recriminación que como siempre tuvo el efecto de deprimir aún más visiblemente a Taia. Pero sus consejeras de la guardia hicieron ver que los reproches no las sacarían de su situación. La reunión amenazó con ponerse desagradable, cuando una nueva intervención de Gartión serenó los ánimos. Al fin se convino en reunir el ejército para que estuviera listo para partir en el mismo momento en que llegaran los refuerzos de las Tierras Altas. Taia partiría a su frente, puesto que "lo que ella había provocado, ella lo debería resolver", como dijo una de las más desagradables consejeras. Al menos, esta vez todo el mundo salió de la reunión sabiendo lo que debía hacer a continuación. De hecho, daba la impresión de un animado frenesí, como si todas ellas se hubieran quitado un peso de encima. Aunque esta vez, una cabizbaja y reconcentrada princesa Taia no llamó a nadie a su lado el levantarse la sesión.

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Capítulo 10

De "Análisis preliminar de las estructuras políticas de Alanna", por H. Karpic, en Revista interplanetaria de ciencias sociales, núm. 2896, Tierra, 1036: «Es conveniente comenzar aclarando que el medievalismo de Alanna es más aparente que real. En efecto, el más elemental análisis de sus estructuras políticas no revela el menor atisbo de estructuras feudales. Siguiendo la clásica definición del profesor Sánchez Albornoz, no se encuentra rasgo alguno de relación feudo-vasallática, ni nada parecido a su expresión contractual, el homenaje. Ni siquiera siguiendo a la escuela social podemos calificar a Alanna como mundo feudal: tampoco se halla la imprescindible estructura de la servidumbre agraria. En definitiva, las estructuras políticas de Alanna deben definirse por sí mismas, lo que tampoco extrañará a nadie considerando sus conocidas peculiaridades. »No pasaremos por alto aquí las estructuras más o menos marginales, pero comenzaremos por las más extendidas y representativas: las de las Tierras Bajas, o reinos de la Llanura. Aquí, políticamente impera el concepto de realeza. Como puede comprobarse, la realeza es algo que va unido necesariamente a la estructura ciudadana. No se trata de reinos territoriales; en principio, a cada ciudad le corresponde su reina. Con todo, la evolución interna del sistema ha dado lugar a una jerarquización, que como veremos se halla algo enmascarada. En efecto, las guerras y las alianzas (matrimoniales y de otro tipo) han dado lugar a que existan ciudades sometidas a reinas ajenas. Estas ciudades sometidas pueden conservar su propia realeza o no; en el segundo caso, se entiende que la reina extranjera lo es también de la ciudad sometida. Además, hay toda una serie de

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variantes intermedias. Una ciudad puede conservar a su reina, pero estar sometida a otra, en diversos grados de mayor o menor independencia. Por lo tanto, no siempre es fácil decir qué ciudades forman parte o no de reinos más extensos. Pese a esto, no ha surgido en ningún momento ni el concepto ni el título imperial. Todas las reinas, soberanas de varias ciudades o no, sometidas a otras o no, conservan el mismo título. No existe el título de Emperatriz, ni de Reina de reinas, ni siquiera el de Gran Reina. Esto aumenta la confusión en el análisis. También revela la correspondencia absoluta en la mentalidad política de los conceptos "reina" y "ciudad". Ciudad es aquella que tiene reina, reina es la que domina una ciudad. Ni siquiera en reinos tan importantes, con ciudades tan claramente "imperiales" como Siris o Talmadia, se ha dado paso a ese concepto.»

x El día de la revista de tropas llegó en medio de un nerviosismo generalizado y creciente. Los informes sobre el ejército de Tirelia habían contribuido a ello. Tan pronto se hablaba de sus éxitos como de sus retrasos. Las noticias eran confusas y poco fiables. Fuera como fuese, parecía que el ejército de Deiria se había retirado, de modo que se había recuperado Ettira. Aquello eran buenas y malas noticias a la vez. Era un éxito, sin duda, pero debido sólo a que sus comunes enemigos estaban en otra parte, presumiblemente reuniendo sus fuerzas. Además, al recuperar Ettira, una parte del ejército que la había ocupado se quedaría allí. Según los últimos informes, apenas 2000 de las 3000 guerreras partirían efectivamente en su auxilio. Y ni siquiera eso se podía asegurar. Llevaban retraso, y además habían cambiado de ruta. Ya no seguirían el río, sino que se les unirían marchando por el interior, no se sabía bien dónde ni cuándo.

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Además, se decía que la llegada de las guerreras del norte era inminente –se había planeado que su llegada coincidiera con la revista, para partir a la mañana siguiente temprano– por lo que el nerviosismo por su llegada se extendía incluso entre la población civil. Gwyn, tan nerviosa como la que más, siguió el desarrollo de la revista desde lo alto de las murallas. Sobre la explanada ante la ciudad se extendía el ejército, formando en gallardos grupos según su origen. Destacaba el de la propia ciudad de Athiria. Si la elegancia y el porte espléndido ganaran batallas, sin duda serían imbatibles, se dijo Gwyn algo cínicamente. Pronto se corrigió a sí misma. No parecían malas guerreras. La guardia de palacio parecía preparada y dispuesta, y el resto consistía fundamentalmente en magníficas arqueras. Su educación militar le había llevado a despreciar aquel método de combate, pero debía reconocer su eficacia. Eran todas mujeres seleccionadas por su estatura –no muy altas, aunque más de lo habitual en la Llanura– y capaces por tanto de tender el arco largo, que pisaban en su extremo inferior con el pie izquierdo. Todas ellas lo portaban durante la revista, destacando así entre el resto. Desde aquella posición privilegiada, Gwyn pudo casi disfrutar del espectáculo, pese a las nerviosas miradas que echaba hacia el oeste, a la espera de divisar una llegada que aún no se producía. El día era espléndido, y el sol brillaba sobre un mar verde, cubierto por las vestimentas blancas y los dorados de armaduras, cascos y rubios cabellos. Los ambulacros de carga hormigueaban como gusanos, vistos desde la distancia. Numerosas tiendas de distintos tamaños se hallaban ya montadas, con sus multicolores banderolas al viento, pues el ejército pasaría la noche en aquella misma llanura. Con todo, pese a aquel despliegue, visto desde allí no resultaba ser un gran ejército. A un lado de la ciudad, en el muelle junto al puente, todavía se construían las barcas de guerra. Aquel esfuerzo no llegaría a tiempo, y deberían marchar sin aquella cobertura fluvial. Tendrían además que dejar atrás a algunas guerreras

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para que, cuando al fin las barcas estuvieran listas, las condujeran río arriba en su auxilio. Aquello significaba que difícilmente podrían atravesar río alguno. Con todo, los sones de las trompetas, los estandartes, los penachos ondeando sobre las compactas filas, todo aquello animaba el corazón guerrero de Gwyn. En cuanto sus compañeras llegaran, aquello se convertiría en un ejército temible, ya que no enorme. Echó una nueva mirada hacia el oeste. ¿Por qué no se las divisaba? Nadie estaba más segura de su llegada que ella, y aún así sentía crecer la incertidumbre. Sin duda, parte del séquito de la princesa expresaba aquellas dudas en voz alta en aquel mismo. Divisó en la lejanía aquel grupo, que se movía con lentitud entre las filas. Creyó distinguir entre ellas a Taia. Tan pequeña, tan vulnerable entre todo aquello... Sintió deseos de estar a su lado, y de estrecharla. Aunque no podía; incluso más que eso necesitaba otear la lejanía para ser la primera en ver llegar a las suyas. Se había comprometido a hacerlas venir. El sol fue declinando, alargando las sombras de las guerreras, transformando el dorado vivo en oro viejo. De hecho la revista ya estaba finalizada, y los refuerzos seguían sin llegar. Bajo ella, Gwyn vio que el séquito de la princesa abandonaba el campo, y se dirigía hacia las puertas bajo ella. No quiso ni imaginar lo que se estaría comentando en aquella compañía. Ya entraba la princesa en la ciudad cuando Gwyn oteó a lo lejos, desesperada. Una mancha oscura sobre el camino del oeste... ¡Sí! ¡Allí venían, según lo prometido! Sintió que sus pies querían ir a la vez en una dirección y en otra. Se contuvo el tiempo suficiente como para comprobar que eran efectivamente ellas. El color oscuro y pardo de aquellas guerreras contrastaba vivamente con el lujo de la revista de tropas. Por lo que podía verse, eran unas 2.000, una fuerza enorme para tratarse de guerreras de los clanes. Al fin dejó volar a sus pies y bajó a saltos las escaleras de la torre, deseosa de interceptar al séquito y darle las buenas nuevas. De un último salto se plantó ante ellas, con la princesa al frente.

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—... cuatro mil quinientas, ni una más. Y tendremos que dejar al menos quinientas con las barcas, y... —estaba diciéndole a Taia la jefa de la guardia, Girlit, cuando ambas la vieron y se quedaron sorprendidas. —¡Ya están aquí! —exclamó, abriendo los brazos—. ¡Todas y cada una, según prometí! En cuanto comprendieron a qué se refería, abandonaron su expresión huraña y la felicitaron y le dieron las gracias. Aquello pareció cambiar el humor de todo el grupo de forma radical. De hecho, ya se estaban retirando a palacio, por lo que sus noticias cambiaron los planes. —Debemos quedarnos para darles la bienvenida. —sugirió antes que nadie Olaia, la jovencita y descarada princesa. —Es cierto. Pero tú deberías volver a palacio y descansar. Mañana partiremos temprano. —le contestó su hermana. —¡Nada de eso! —respondió. —¡Quiero verlas! No hubo forma de convencerla, y al fin el grupo marchó al encuentro de las recién llegadas, Gwyn incluida. La joven princesita se situó a su lado, por lo que hubo de resignarse a no tener a Taia cerca. La muchacha parecía más animada que nadie, lo que no era de extrañar, pues era la primera vez que veía algo parecido aquello. Todavía era muy joven como para pensar que no todas regresarían con vida, en el mejor de los casos. —¿Son todas tan altas como tú, Gwyn? —le preguntó, algo arrebolada. Ella sonrió. Conocía el efecto que las guerreras de las Tierras Altas tenían sobre las jóvenes de la Llanura. Era una suerte que fueran a partir a la mañana siguiente y a acampar aparte. Si no, la noche podría hacerse muy, muy larga.

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—Algunas aún más. —le respondió al fin—. Pero te aviso que casi todas están casadas... Olaia se ruborizó entonces por completo. No era tan joven después de todo. Por fortuna, su rubor le impidió seguir con sus preguntas. Al fin alcanzaron a la vanguardia de oscuras guerreras, que ordenó el alto. Taia se adelantó, realizando los saludos formales. Aseguró la amistad eterna y el beneficio concreto para aquellas guerreras, mercenarias después de todo. Sólo entonces se adelantó Gwyn. Los saludos fueron menos formales. Fue ella quien les dio las instrucciones, pues desde la muralla había visto dónde se deberían alojar las recién llegadas. —Partiremos mañana al alba. —añadió—. Siento que no podáis entrar siquiera en la ciudad. —No es problema. —le dijo una comandante del clan Kyrwyn, que eran las que marchaban al frente—. Los placeres de la ciudad no nos interesan. Hemos dejado atrás esposas e hijas. Lo único que queremos es asegurar el futuro de nuestros clanes, así que cuanto antes partamos, mejor. Sus palabras fueron asumidas como una invitación a dejar de lado las ceremonias. Fueron por tanto conducidas hasta sus tiendas. La princesa y sus acompañantes partieron de vuelta a palacio por fin. Gwyn dudó si acompañar a sus compatriotas, hasta que Taia le indicó que formaría parte de su estado mayor, por lo que debía seguirla hasta palacio. Una vez allí, por desgracia, cada una marchó hacia sus propias habitaciones, por separado de nuevo.

x La partida se realizó a la mañana siguiente, muy temprano. Se decidió dejar atrás un contingente de 500 guerreras. Estas se harían cargo de las barcas de

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guerra que todavía se estaban acabando de construir en los muelles. En cuanto estuvieran listas, las conducirían río arriba. Como consecuencia, la expedición seguiría el río, en su margen izquierda. Aquello les impediría atacar directamente Deiria, al menos hasta que tuvieran las barcas. Pero se decidió que era lo más sensato, teniendo en cuenta que el ejército de Deiria se hallaba estacionado en Latiria, según los últimos informes. Estos no aclaraban qué había sido del ejército que debía reforzarlas desde Tirelia; se decidió actuar como si no fuera a llegar, lo que tal vez no fuera desencaminado. De madrugada, con el sol ya asomando ante ellas, las guerreras formaron en orden de partida en la inmensa explanada oriental de la ciudad. Allí arrancaba el camino del este, que después de dejar atrás esa explanada atravesaba el río Cotreo por un puente no muy lejano. La partida no fue solitaria, aunque sí silenciosa. Buena parte de las ciudadanas se agolpaba en lo alto de las murallas, pero no vitoreaban. Sabían bien que la ciudad quedaba completamente indefensa. Si aquel ejército no volvía, la ciudad caería sin la menor duda. Aquella idea, junto a su inferioridad numérica respecto al enemigo, era sin duda lo que mantenía a las ciudadanas en silencio mientras el ejército desfilaba. Sin duda, además, entre las filas tenían a hijas, hermanas y esposas. Entre la multitud sobre las murallas, Gwyn pudo adivinar la figura de la reina. Su porte digno aunque algo distante le recordó algo intensamente... hasta que recordó a su Tawanna, asomada a aquella ventana, desafiando la costumbre, mientras las veía partir a lo que sabía era una marcha sin retorno. Vio también que Taia había visto a su madre. Ella estaba a su lado, y sus miradas se cruzaron. No dijeron nada, aunque una corriente de simpatía y afecto las unió por un instante. Gwyn sonrió por vez primera aquella mañana, y habría abrazado también a la princesa si las circunstancias se lo hubieran permitido de una maldita vez. La verdad era que tenía un aspecto inmejorable, después de todo. Llevaba una coraza dorada y labrada en complicados arabescos, con hombreras a juego.

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El casco era similar, y coronado por el penacho rojo de las oficiales. De su cinturón pendía la espada corta de las Tierras Bajas, en una vaina repujada e incrustada de jade. Su faldellín corto estaba orlado de púrpura y bordado en hilo de oro. En cambio, llevaba las mismas sandalias que cualquier guerrera. Gwyn, por su parte, gracias a la llegada de sus compatriotas había recuperado su vestimenta y armas habituales. Desde luego, la lana parda teñida de colores apagados y el cuero oscuro no podían rivalizar con la majestuosa elegancia de las athirianas, pero se sentía a sus anchas al fin, lista para entrar en acción. En efecto, el ejército resultaba magnífico. Las guerreras de la Llanura tal vez no fueran tan temibles como las de las Tierras Altas, pero no se podía decir que no resultaran marciales. Formaban en compañías, cada una conduciendo su propio ambulacro con la impedimenta. Por su parte, Gwyn se había visto obligada a marchar con la plana mayor. Por su parte, habría preferido ir con sus hermanas de clan, que iban casi en vanguardia. Pero Taia había insistido, y desde luego ella no había sabido resistirse. Su función, con el mando, consistiría precisamente en ser el enlace con las mercenarias, como no podía ser de otra forma dada su dudosa situación allí. Aquello le permitía estar cerca de Taia, aunque sin poder abrazarla. Lentamente, compañía tras compañía, el ejército fue atravesando el puente. La ciudad fue quedando atrás, y las multitudes en lo alto de sus murallas se fueron difuminando en la distancia. Gwyn, no por primera vez, echó un vistazo de reojo a la princesa. Se la veía indudablemente animada; su buen aspecto no obedecía sólo a su espléndido atuendo. Estaba sonriente, sus ojos brillaban contemplando el ejército marchando ante ella. Tal vez aquello se debiera a que las consejeras más veteranas habían quedado atrás, en la ciudad. Sin duda se sentía liberada, rodeada ya tan sólo por su guardia de confianza. Olaia, la joven princesa, se veía todavía más alegre, y poco le faltaba para ir dando saltitos. Como adiestradora de guerreras, Gwyn conocía bien aquella actitud; se le pasaría tan pronto como la dureza del camino se hiciera evidente.

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El primer día de marcha, como solía ocurrir, las hizo adelantar bastante, sin encontrar el menor problema. Por eso mismo, se ordenó el alto todavía con el sol en el cielo. Las tiendas se alzaron, se encendieron hogueras y se designaron las guardias y el santo y seña. Gwyn marchó a comunicarlo a sus compatriotas, lo que le permitió pasar un rato con ellas al fin. Comprobó con alivio que no se la culpaba de la muerte de sus compañeras en la anterior expedición, y aún menos por haberlas implicado en aquella guerra ajena. Aunque las perspectivas no fueran demasiado buenas, se valoraba aquello como una buena oportunidad de salir de las precarias condiciones de vida que reinaban en las Tierras Altas. Ella conocía bien aquella abnegación y sentido del deber, y no le extrañó. Por otra parte, de los otros tres clanes reclutados no se podía decir que fueran amigos: eran todos vecinos, incluido el suyo, y no pocas veces se habían enfrentado en operaciones de saqueo. Sin embargo, si todas volvían enriquecidas, sabían que los malos tiempos de los saqueos por necesidad pasarían para no volver en un largo tiempo. Por tanto, el espíritu no era de camaradería, pero sí al menos de conveniencia mutua, y no se respiraba la menor animadversión entre los cuatro clanes. A causa de todas aquellas averiguaciones, Gwyn acabó retornando tarde al campamento de las jefas del ejército. En el centro se había montado una tienda particularmente grande, rodeada de otras más pequeñas. Cayó entonces en la cuenta de que no sabía dónde debía alojarse. En cuanto se cruzó con la guardia, tras dar el santo y seña, les preguntó por aquel particular. La jefa de guardia le indicó que había sido llamada por la princesa a su tienda en cuanto volviera, sin que supiera decirle más. Su gesto señaló hacia la tienda grande, lógicamente. Por tanto, hacia allá se dirigió Gwyn. El interior de la tienda era aún más espléndido que el exterior. Había alfombras en el suelo, e incluso algunos muebles plegables. A una mesa estaba sentada Taia, junto a su hermana. Ninguna de las dos llevaba ya sus magníficas armaduras, aunque sí sus no menos elegantes túnicas.

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—¿Sin novedad? —le preguntó la mayor de las dos, levantando la vista y sonriéndole. —Todo bien. —respondió ella, algo envarada. —Bien, bien... —murmuró Taia, levantándose y rodeando la mesa—. Como tal vez habrás podido comprobar, aquí, con mi ejército, las cosas resultan muy distintas. De hecho, ya nadie me controla... En cuanto hubo dicho esto, la rodeó con sus brazos por la cintura, alzando la cara hacia la suya. Gwyn echó un vistazo a Olaia, que miraba hacia algún punto indefinido a un lado. —Hum, sí, ya veo... Aquí todo el mundo es de tu confianza, ¿no es así? —le dijo, abrazándola sólo un poco. —Oh, sí... Nadie puede decirme con quién puedo o no puedo dormir... —respondió, restregándose descaradamente contra ella. —Ejem... —pese a que su cuerpo le pedía todo lo contrario, Gwyn se apartó un poco. —Oh, sí. ¿No querías ir a dar un paseo, Olaia? —preguntó Taia, sin volverse hacia su hermana. —Oh, sí, sí, es verdad. —respondió ella, poniéndose repentinamente en pie—. Quería ver a las guerreras de las Tierras Altas, por fin... —Estupendo. Y ya sabes que si alguien te ofrece una cama en la que dormir, bien puedes aprovecharla... —sonrió Taia. —Sí... Sí, lo haré... —dijo la joven, cada vez más incómoda. Con todo, se volvió antes de salir y las miró—. No os preocupéis. Ya me apañaré... —y sonrió tímidamente antes de desaparecer.

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—Vaya... Pareces otra... —le dijo entonces Gwyn a Taia, ya más a sus anchas. —Sí... Lo soy... —y la besó el cuello. Gwyn no pudo evitar echar la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos, aunque aún consiguió murmurar: —Me preguntaba dónde iba a dormir... —Deja de preguntártelo... —le respondió la princesa con voz ronca, apartándose un poco y soltándose el cierre de la túnica, que cayó como liberada a sus pies.

x El camino del Este era fácil. La carretera se extendía recta, con la cinta plateada del río Cotreo a su izquierda. A ambos lados del camino se veían pequeñas huertas, llenas de toda clase de productos ya maduros para el mercado de Athiria. Los pequeños caseríos le recordaban a Gwyn los de su tierra, aumentándole la añoranza. Pero su tierra no conocía aquella verde abundancia. De hecho, el verano iba tocando a su fin, incluso en aquellas tierras sureñas. Un frío viento soplaba del suroeste, como empujándolas a su destino. Gwyn se volvió hacia el sur, contemplando en la lejanía las estribaciones de la meseta Terempe, que las escoltaba a su derecha como el río a su izquierda. Tras aquella muralla, e impulsada por el viento, otra estribación gris se cernía sobre ellas: un frente nuboso. Al fin las alcanzó, cubriendo el cielo hasta entonces azul, agrisándolo. Sucesivas cortinas de lluvia se abatieron sobre el ejército, que prosiguió su marcha impertérrito. Las guerreras se arrebujaban en sus capas, juntándose unas con otras como en busca de abrigo. Gwyn se aproximó a su princesa, que le sonrió en respuesta. La lluvia le goteaba del flequillo, sus pies calzados en sandalias chapoteaban en el barro, y pese a todo se la veía feliz. Como una flor alada, Gwyn se aproximó más a ella, sintiéndose también extrañamente alegre. Pese a que no había abrigado ni esperanzas ni casi deseos, la desamparada

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fugitiva se había vuelto hacia ella con tanta o más pasión ahora que era princesa y virtual reina. No parecía lógico, ni sensato, pero no sería ella quien pusiese objeciones. La marcha del ejército no se ralentizó por las lluvias, ni mucho menos. De hecho, los ambulacros se animaban al sentir la tierra húmeda bajo sus patas, y la falta de sol directo no los afectaba: lo sentían a través de las nubes. En consecuencia, a los pocos días de marcha llegaron a las cercanías de Daäna. Esta ciudad, integrada en el reino de Athiria, había sido conquistada por Deiria recientemente. Por tanto, se adoptaron todo tipo de precauciones. Fueron enviadas exploradoras, mujeres rápidas y ágiles entrenadas como mensajeras también. Sus informes fueron tranquilizadores: la pequeña ciudad de Daäna había sido abandonada por el enemigo. Según informaban las propias ciudadanas, la reina de Deiria concentraba todas sus fuerzas más al este, y no dejaba guarniciones en sus conquistas. Aquello era bueno y malo. Por un lado, no necesitarían reconquistar aquellas ciudades... si es que vencían. Ni siquiera tendrían que hacerlo ahora, pues de otra forma, el avanzar dejando una fuerza a sus espaldas habría resultado peligroso. Pero por otro lado, eso quería decir que se iban a enfrentar a una fuerza considerable. Una vez estudiados todos estos informes, el consejo de guerra decidió seguir adelante a buen ritmo. Cada segundo perdido significaba sin duda un pelotón enemigo más. Por lo tanto, dejaron a su derecha el camino de Daäna, sin llegar apenas a ver la pequeña ciudad en la lejanía, sobre las grises estribaciones de la meseta. Siguieron recto por el camino del este por tanto, en dirección hacia Latiria, donde según todos los rumores se concentraban las fuerzas deirianas.

x Con el paso de los días, el sol volvió a salir, como dando un último respiro de verano antes de la llegada definitiva del invierno. Aquello animó a la tropa, harta

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de chapotear en el frío barro tras unos animados ambulacros. El paisaje también cambió, el río se alejó del camino, girando hacia el norte, al tiempo que las huertas y granjas se veían sustituidas por pastizales. La tierra se extendió por lo tanto, ganando en amplitud. Aquí y allá se veían pequeños oteros en medio de la verde llanura, algunos coronados por bosquecillos. Para las guerreras de las Tierras Altas, aquel paisaje ameno y suave era una auténtica delicia, aunque para las lugareñas fuera lo más normal del mundo. Con todo, la tensión crecía en el seno del ejército, tanto entre las simples guerreras como en el alto mando. Se acercaban a Ferilia, pequeña ciudad situada poco antes de Latiria. Como muchas oficiales habían señalado, aquel sería un buen lugar para que un ejército les saliese al paso. En consecuencia, de nuevo las exploradoras fueron enviadas por delante. Regresaron al poco, excitadas y con importantes noticias. Por lo visto, también Ferilia se había visto abandonada, aunque no hacía mucho. De hecho, el ejército enemigo acababa de pasar por allí. Pero en lugar de salirle a su encuentro, había torcido hacia el norte, en dirección hacia la importante ciudad de Quirinia. Esta ciudad, situada en la confluencia de los ríos Cotreo y Tercles, se encontraba al sur de la propia Deiria. Sin duda, la reina había decidido ir allí a recibir refuerzos de su propio reino. Gwyn recordaba que casi había pasado junto a Quirinia, cuando huía en un bote junto a una asustada princesa. Aquello parecía haber ocurrido años atrás. —El ejército que pasó por Ferilia tenía al menos diez mil guerreras. —relataron las exploradoras, si no asustadas al menos preocupadas—. Y van a recibir refuerzos. El consejo se reunió de nuevo para decidir qué ruta tomar. Cabía la posibilidad de avanzar hasta Ferilia y perseguir al ejército enemigo. También podían desandar el camino y retomar el desvío a Quirinia que habían dejado atrás. Pero como el tiempo apremiaba, y ambos caminos suponían dar un rodeo, se

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acabó por decidir que lo mejor sería marchar a campo traviesa, hacia el norte. Directo hacia Quirinia.

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183 Trayectos de los ejércitos de Athiria (en amarillo) y el Deiria y refuerzos (en verde)

Trayecto del ejército de Tirelia y Ettira (en amarillo). El ejército de refuerzo de Athiria remonta en barcas el río Cotreo desde Athiria hasta Quirinia (sin representar en el mapa)

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Capítulo 11

De "Análisis preliminar de las estructuras políticas de Alanna", por H. Karpic, en Revista interplanetaria de ciencias sociales, núm. 2896, Tierra, 1036: «Con todo, en la mismas Tierras Bajas, existen unas pocas ciudades que carecen absolutamente de realeza, siendo gobernadas de otras formas, y que nos permiten precisar más el concepto. Se trata de las llamadas "ciudades libres". Estas pocas ciudades se hallan todas aisladas del resto: carecen tanto de territorios sometidos a su alrededor, como de fronteras con otros reinos. Las hay de diversos tipos: unas son "repúblicas", gobernadas por magistradas electas de diversas formas. Otras son colonias: dependen en su gobierno de otras entidades políticas, sobre todo de los Países del Sur, y son por tanto colonias externas a estos países: su gobierno viene designado desde fuera, hasta cierto punto. Otras son conocidas como "principados". Aquí la distinción con la realeza se hace más imprecisa: la princesa de estas ciudades dispone de todas las prerrogativas reales, pero no del título. Esto nos permite precisar el segundo requisito para la realeza: la vecindad inmediata de otros reinos. No existe, por tanto, el reino aislado, sino en referencia a otros. La reina, así, lo es en relación con otras, y no por sí misma, lo que tal vez explique la ausencia del concepto imperial. Por lo demás, el análisis de las "ciudades libres" requeriría una extensión más amplia que la del presente artículo. »En cuanto a las competencias de las reinas, estas son en extremo variables, aunque nunca absolutas. En primer lugar, destaca su carencia de competencias judiciales: en todas las ciudades, aun en las de las reinas más poderosas, son siempre magistradas ajenas a la realeza las que ejercen esta

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función. Caso poco habitual en el resto, las magistradas judiciales suelen ser electas, según diversos tipos de elección. El poder real se ve limitado también, en lo político y legislativo, por consejos. Estos raramente son electos: el acceso a ellos se verifica por los más variados métodos. Con todo, la aprobación de estos consejos es importante para las reinas. Aunque carecen de derecho a destituir a las reinas, para estas su aprobación resulta imprescindible en casi todas sus decisiones. El gobierno sin esta aprobación se hace extremadamente difícil, como revela la historiografía local con numerosos ejemplos. Por lo demás, las competencias reales son, aquí sí, casi absolutas en el terreno militar. La reina dispone de un consejo militar, pero en este tiene potestad absoluta para nombrar y destituir a su antojo, a diferencia de los otros. Por tanto, si alguna comparación histórica se puede legítimamente establecer, esta sería con la de la época micénica, o con el Imperio Nuevo hitita. No, desde luego, con la Europa feudal.»

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x Taia despertó de repente. Por un instante, no supo si había sido a causa de los nervios del día antes de la batalla o por algún sonido que había desaparecido justo tras despertarla. Se hallaba tendida en el estrecho camastro de campaña, un lujo pese a todo, gracias a su condición de princesa. En realidad, se hallaba recostada más bien sobre Gwyn, que se despertaba más lentamente, al sentirla moverse. —¿Mmm? ¿Qué ocurre? —murmuró en la oscuridad la morena guerrera.

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Su pregunta no precisó respuesta, al sonar de nuevo la trompeta. Tocaba a batalla, no a diana. Gwyn se incorporó de repente, casi haciendo caer a Taia del camastro. Ésta se sujetó a ella, al tiempo que sonreía con algo de envidia. Su compañera tenía unos reflejos de guerrera mucho más despiertos que los suyos. —Perdona. —murmuró ésta, sujetándola a su vez por la cintura—. Será mejor que nos vistamos. Apenas estaban en ello cuando alguien irrumpió en la tienda. Casi no se había iniciado el alba, y se hallaban prácticamente a oscuras. Fue su joven voz la que reveló la identidad de la intrusa. —¡Vamos, vosotras dos, arriba! —exclamó Olaia. Estaba a medio vestir también, y sin armar, pero al menos parecía algo más espabilada que ellas—. Han llegado las exploradoras nocturnas. Ella no sabía mucho más que ellas, pero pronto se supo a qué venía la alarma. Después de todo, no era para tanto. O sí, según se mirase. —Las exploradoras han entrado en contacto con el ejército enemigo. —anunció una de las jefas, Parisis. Estaba vestida y armada de la cabeza a los pies. Taia la miró con algo de envidia. Ella apenas llevaba encima su túnica, e incluso iba descalza. Gwyn tampoco había logrado ponerse encima mucho más que su falda y una camisa, aunque llevaba una espada en la mano—. No todas han vuelto, y dudo que lo hagan. Tras unas colinas, y justo frente a Quirinia, a nuestro lado del río, se halla acampado el ejército enemigo. —prosiguió Parisis, al tiempo que hacía como que no notaba el aspecto desastrado de sus interlocutoras—. Según los recuentos de hogueras, pueden ser unas 12.000, aunque algunas exploradoras informan que siguen cruzando guerreras desde Quirinia, por el puente. Podrían ser hasta 15.000.

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El contenido del informe explicaba la seriedad que denotaba Parisis. Pronto se juntó a su alrededor un improvisado consejo. —Tal vez deberíamos retirarnos. —concluyó, al acabar su informe. La superioridad enemiga justificaba cuando menos aquella sugerencia, y las demás la consideraron en silencio. —Hemos venido a combatir. —se decidió Gwyn al fin a acabar con aquellas cavilaciones—. Si nos retiramos, el ejército enemigo no hará sino crecer. —Eso es cierto. —dijo otra de las jefas, Yaäna—. Con todo, es ridículo pensar que podamos atacar a un ejército tan grande. Tampoco tenemos ningún efecto sorpresa, ni una posición fácilmente defendible. —Si no la tenemos, ¡busquémosla! —interrumpió audazmente Olaia, que hasta entonces se había mantenido en un respetuoso silencio. Algunas jefas la miraron como si fuera una intrusa allí, aunque otras lo hicieron con admiración. —Tiene razón. —comentó Taia—. Parisis, ¿qué sabemos del terreno entre nosotras y las enemigas? —Las exploradoras han informado de un par de colinas boscosas junto al río, desde el que han podido observar. —Si han podido observar, y volver para informar, es que esas colinas están sin ocupar. —terció Gwyn. —Así es. —admitió Parisis. —Parece una buena posición para un ejército a la defensiva. Tal vez deberíamos ocuparlas antes de que a nuestras enemigas se les ocurra hacer lo mismo.

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La sugerencia de Gwyn fue admitida sin discusión, sobre todo por lo urgente de llevarla a cabo si tenía que tener éxito. En consecuencia, a las primeras luces del alba se dieron las órdenes, y mientras algunos contingentes partían, el resto volvió a sus tiendas para prepararse para la batalla.

x —¿Qué hay del ejército de Tirelia? Lo necesitamos ahora o nunca. —preguntó Taia a sus asistentes, al tiempo que se ponía la armadura. —Nada más que rumores. Hay quien dice que nos viene pisando los talones. Otros informes aseguran que se desviaron y llegan con retraso. Incluso se dice que no han salido de Ettira. —le contestó una guerrera, al tiempo que le cerraba los corchetes de la coraza a su espalda. —Tendremos que valernos con lo que tenemos. —añadió Gwyn, que se había equipado antes. Al fin las dos se unieron a la marcha del ejército, ya empezada la mañana. Se había decidido dejar las tiendas montadas y los ambulacros tapados. Nadie custodiaría el campamento; iban a necesitar a todas y cada una de las guerreras. Taia y Gwyn se unieron a la retaguardia, pues mucho antes habían partido los contingentes ligeros que iban a tomar las colinas. Iban casi rodeadas por el núcleo de las mercenarias de las Tierras Altas, por lo que Gwyn se sentía a sus anchas. Siguiendo su consejo, se había dotado a estas de escudos grandes de las Llanuras. Las guerreras los cargaban a sus espaldas, hoscas pero disciplinadas. Teniendo en cuenta que iban a tener que defenderse, parecía una medida adecuada. Las noticias que iban llegando mientras avanzaban eran buenas: no se

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había informado de resistencia alguna. El ejército enemigo continuaba agrupándose en la llanura junto al río, pese a que sin duda conocían ya su presencia allí. Tras una corta marcha, alcanzaron las dos colinas. A su izquierda relucía el río Cotreo, por el que todavía no se divisaban las barcas de refuerzo que debían llegar desde Athiria. De todas formas, su contingente era pequeño, sólo el imprescindible para tripular. La función de las barcas, cruzar el río, era algo que con toda probabilidad no iban a tener que hacer, por lo que pocas miradas se dirigían hacia ese lado. La masa del ejército se apiñaba en la vaguada entre ambas colinas, como buscando protección unas con otras. Las jefas que habían dirigido la vanguardia se reunieron con ellas en cuanto llegaron, para informar. —Sin novedad. —dijo Yaäna, a quien se le había encomendado hacerse con las colinas. Era una mujer sorprendentemente alta para lo común en esas tierras, casi de la estatura de Gwyn. Con todo, era muy rubia, de ojos más claros de lo habitual. Se movía con lentitud y un aire preocupado, como si temiera dañar a sus camaradas de menor tamaño—. He situado a mis mejores guerreras en las dos alturas. —prosiguió—. Hay una tercera colina más al norte, pero está demasiado cerca del campamento enemigo. Tengo algunas exploradoras allí, tan solo. —¿Avanzamos? ¿O nos parapetamos tras las colinas? —preguntó Parisis, una mujer baja pero compacta, de largos rizos rubios, de aspecto demasiado juvenil si sólo se mirada su cara redonda y sus hermosos ojos marrones. Contemplando sus bíceps, se olvidaba cualquier duda acerca de sus cualidades guerreras. —Tal vez deberíamos subir a una colina, para observar mejor el terreno. —sugirió Taia, antes de permitirles considerar la toma de decisiones tácticas.

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Todas asintieron, y se escogió la colina del este, la más alejada del río, por ser la más cercana al ejército enemigo. Desde allí pudieron atisbar el terreno, al abrigo de unos árboles de mariposas2, muy frondosos en esa época del año. En lontananza se veía el río, al girar hacia el este. La ciudad de Quirinia se adivinaba al otro lado; de ella salía un puente del que se bifurcaban dos caminos. Uno seguía el río hacia la colina del oeste, rodeándola. El otro las separaba de la tercera pequeña colina y del campamento enemigo. Este se intuía enorme, y se hablaba de unas 14.000 guerreras, aunque había quien rebajaba la cifra. —Esta posición es fuerte. —dijo Girlit, la jefa de la guardia, en cuanto hubieron contemplado el panorama—. Tal vez debiéramos concentrarnos en torno a esta colina y defenderla. La jefa de la guardia había accedido a su cargo recientemente. Aunque algo le había contado, a Taia no le gustaba hablar de las circunstancias en que eso había ocurrido. Era una mujer algo mayor que el resto de consejeras de confianza de la princesa, y su actitud hacia esta era algo protectora. No parecía especialmente terrible; más bien frágil, al menos para Gwyn, acostumbrada a otro tipo de guerreras. Pero su mirada era acerada, muy distinta de la expresión algo dulce de las demás. Hablaba poco, de modo que sus sugerencias se recibían con respeto. —Creo que deberíamos defender las dos colinas. —respondió Gwyn. Fue muy consciente de cómo el hecho de contradecir a Girlit no resultaba bien recibido. De hecho, se alzaron algunas voces para indicar que quedarían aisladas en dos grupos. Estas objeciones fueron cortadas en seco por la propia Girlit. Como siempre, todas callaron en cuanto ella habló. 2

Las hojas de los árboles de mariposas salen volando por sí mismas al llegar el invierno y emigran al sur, y regresan en primavera.

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—Gwyn tiene razón. Necesitamos establecer un frente, no un núcleo, o nos atacarán por todos lados. Las objeciones desaparecieron como por ensalmo. Animada por este apoyo, Gwyn pasó a explicar las ideas que se iban desarrollando en su mente. —Podríamos situar a las arqueras sobre las dos colinas. Así podrán alcanzar a más distancia, y estarán protegidas. Luego, establecemos un frente entre las dos colinas con las mercenarias. No les será fácil romper un frente con 2.000 guerreras de las Tierras Altas. —¿Y si nos rodean por un lado? Debemos proteger las alas. —advirtió Parisis. —Podemos organizar dos reservas con el resto de guerreras, una detrás de cada colina. Desde ahí, podrán reforzar el centro o salir a defender cualquier intento de rodearlas. —sugirió Girlit. —Pero esas tropas son ligeras... No sé si podrían detener un ataque importante... —murmuró Taia, callada hasta entonces y con aspecto preocupado. —Podemos establecer un pequeño contingente de las Tierras Altas protegiendo la colina derecha. —sugirió Gwyn. —¿Y el lado izquierdo? —objetó de nuevo Taia. —No creo que ataquen por ahí. Hay poco espacio entre la colina y el río. Ese lado más fácil de defender, y eso lo sabe el enemigo. Si hay un ataque por el flanco, será por el derecho. —razonó Gwyn, algo incómoda al contradecir a Taia, y no menos al dejar un tanto en evidencia sus limitaciones en cuestiones tácticas. El resto de las guerreras asintió, aprobando su explicación.

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—Muy bien. —admitió al fin la princesa—. Nos situaremos como hemos acordado. Ahora... —¡Un momento! —interrumpió inopinadamente Olaia, que se había mantenido callada y aparte hasta entonces—. ¿Y si no nos atacan? —Su objeción fue respondida con una serie de sonrisas de suficiencia por parte de las guerreras, todas más mayores. Sin embargo, esto no amilanó a la joven princesa—. Podrían dejarnos atrás, si nos ven en una posición fuerte. ¿Qué les impide eludirnos y marchar hacia Athiria, por ejemplo? Fue su hermana la que le contestó: —No harán eso. Yo... Conozco bien a la reina de Deiria. No eludirá una batalla, y menos con superioridad numérica. Ella... —Taia parecía muy incómoda; había bajado la cabeza y su voz era apenas audible—. Ella está acostumbrada a conseguir lo que quiere, y no se echa atrás ante nada. Nos atacará. Olaia parecía la única de las presentes ajena a la incomodidad de su hermana. Con aire testarudo retomó sus objeciones: —Vale, pero... ¿y si ve que el centro es la línea más fuerte? Deberíamos hacer lo posible para que nos ataque por donde más nos conviene. —¿Y cómo piensas lograrlo? —le preguntó Girlit, con algo de socarronería en su expresión sonriente. —¡Coloquemos una línea de guerreras jóvenes de la Llanura delante de la de las Tierras Altas! ¡Creerán que toda la línea que une las dos colinas está formada por las tropas más inexpertas y atacarán por allí! ¡Entonces las retiramos a un lado y se encuentran de frente con las morenas! La sonrisa de superioridad de Girlit fue desapareciendo poco a poco mientras escuchaba las entusiásticas palabras de Olaia. Al fin musitó: —Podría funcionar...

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—¡Sí! —Olaia casi despegaba sus pies del suelo de puro entusiasmo—. ¡Dejadme dirigirlas a mí! Si se trata de buscar una guerrera que parezca una niña, yo soy la adecuada, ¿no? Su sonrisa de triunfo se desvaneció al escuchar a su hermana: —De eso nada, Olaia. Será una posición muy peligrosa. Si no te retiras a tiempo, os veréis atrapadas en medio de lo peor de la batalla. Tú te quedarás en la colina izquierda. Yo dirigiré esa primera línea, si se considera que la sugerencia de mi hermana tiene alguna utilidad. —Yo diría que la tiene... —intervino Gwyn. —Pues entonces... Olaia interrumpió a su hermana: —¡No es justo! ¡Me lo has quitado de las manos! ¡Fue mi idea! ¡El lado izquierdo es el que no atacarán, lo dijo Gwyn! Taia trató de tranquilizar a su hermana, dándole a su voz un tono pausado y razonable: —Olaia. Tú eres más importante que yo, te lo aseguro. Muy pronto lo comprobarás. Y ahora que por primera vez en mi vida estoy al mando, no quiero que te pase nada a ti. Te prometo que será la última vez en tu vida que tienes que cumplir mis órdenes. ¿Comprendes? Te lo prometo. Pero ahora, por favor, déjame que tome mis propias decisiones. Es muy importante para mí, más de lo que crees, y para ti también. ¿Me obedecerás? —Qué remedio me queda... —masculló la joven, aparentemente apaciguada. Entonces, una vez superado este conflicto, se acordó que el que sería el plan de batalla. Gwyn dirigiría en centro, con el contingente principal de las Tierras Altas. Yaäna estaría con la reserva izquierda, Girlit con la derecha. Parisis se situaría sobre la colina derecha con las mejores arqueras, una posición de importancia capital si todo iba según lo previsto, mientras Olaia dirigiría la más resguardada colina izquierda. La propia princesa Taia dirigiría la maniobra de engaño en la

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vanguardia, y se retiraría sin pelear hacia la colina derecha para convertirse en una nueva reserva. Así quedó acordado, y cada una de ellas se dirigió hacia sus destinos, de mejor o peor humor. Puesto que las dos iban hacia el frente entre las dos colinas, Taia y Gwyn partieron juntas. Una vez se hubieron alejado del resto, Gwyn tomó a la princesa del brazo, obligándola a detenerse y mirarla de frente. —Taia, una cosa antes de que nos separemos. —No estaremos muy lejos... —Lo sé. Pero... hay algo que me preocupa. Según el plan, debes retirarte antes de entrar en combate. —La miró intensamente entonces—. ¿Lo harás realmente? —¡Por supuesto que sí! ¿Qué temes? —No sé... Te he visto tan rara últimamente... Además, lo que le has dicho a tu hermana me ha sonado... siniestro. Temo por ti. La princesa sonrió de forma algo triste, aunque sus ojos relucían. Alzó la vista y se abrazó a ella. —No temas. Cumpliré con mi deber. Me retiraré antes de entrar en combate. No te preocupes, amor. —Me preocupo, cariño. Pero confío en ti. —admitió Gwyn, devolviéndole abrazo y beso antes de separarse para ir cada una a su puesto.

x

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Gwyn dio las órdenes de batalla a toda prisa, pues no sabía cuándo se produciría el ataque. Hizo cavar una trinchera ante la línea. Las guerreras se mostraron extrañadas, pues la cavaban tras la línea que tenían ante ellas. Precisamente allí debía estar ya Taia. Gwyn no dio explicaciones, pese a lo cual todas cumplieron con su cometido con rapidez. Los escudos se dispusieron tras la trinchera, y la primera línea de guerreras se colocó tras ellos. Al fin, viendo que aún había tiempo, Gwyn reunió a las comandantes en torno a sí. —Vamos a soportar, con toda probabilidad, el ataque principal. Dudo que podamos resistir por completo. Por tanto, nos dispondremos en líneas en profundidad. Las líneas se relevarán unas a otras según se necesite. Liswyn, quiero que reúnas a cuatrocientas de tus mejores guerreras y las lleves tras la colina este. Allí defenderás nuestro flanco. El resto nos quedaremos. En cuanto a la línea de guerreras de la Llanura que tenemos delante, no contéis con ellas. Se retirarán a un lado en cuanto llegue el primer ataque. No son más que un señuelo. Aquello tranquilizó a las más avispadas de las comandantes. No estaban muy seguras con aquel contingente de guerreras tan obviamente inexpertas delante suyo. Asintieron, sonriendo, como si sus sospechas se hubieran confirmado. —¿Está todo claro? ¿Alguna pregunta? Como suponía, nadie hizo el menor comentario. Sabían bien que ellas eran las mejores guerreras, y que en consecuencia soportarían lo más duro; estaban acostumbradas. Nadie se quejaría, al contrario. Preferían depender de ellas mismas que de otras. Así pues, la reunión se disolvió y las comandantes se encaminaron a sus unidades, a transmitir las órdenes. Gwyn miró hacia delante. Nada ni nadie. Alzó la vista al cielo. El sol estaba ya alto; el sudor le perlaba la frente. Desenvainó su espada, practicando un poco. La calma antes de la batalla nunca le había gustado. Mirando a su alrededor

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comprobó que las demás aguantaban la espera bastante mejor. Sólo vio miradas serias y concentradas. Aquello la tranquilizó. Con todo, seguía nerviosa a causa de la línea de rubias guerreras que había ante ellas, al otro lado de la trinchera. Allí debía estar Taia, aunque no lograba divisarla en aquel mar dorado. Mientras atisbaba, sin ver a quien buscaba, advirtió la tensión en la línea de rubias guerreras. Se movían a un lado y otro, como indecisas. Algunas parecían a punto de salir corriendo hacia el lado derecho. Se gritaron órdenes. La línea se mantuvo firme. Poco después pudo comprobar la razón de toda aquella alteración: la primera línea enemiga se acercaba. Lo primero que rompió la calma fueron los silbidos de las flechas. Desde la colina izquierda partieron densas andanadas, que cayeron ante el frente. A causa de la estratagema, no podía ver apenas al enemigo, pero sin duda ya avanzaba. La colina izquierda, algo más retrasada, lanzó sus flechas después. Todavía no se escuchaba ningún resonar de armas. Pero las rubias guerreras ante ellas no se retiraban. Gwyn dio saltos, tratando de ver por encima de las líneas. —Taia, Taia, qué haces... —murmuró—. Retírate, no hagas ninguna locura, por favor... Al fin, repentinamente y como respondiendo a sus ruegos, todas las guerreras rubias ante ellas salieron corriendo a la vez, hacia la derecha. La retirada fue tan súbita y eficaz que las que avanzaban sobre ellas se detuvieron un instante, dudando. Aquello permitió completar una retirada perfecta. Todas se encaramaron a la suave pendiente de la colina, poniéndose a salvo. Tal vez por lo mucho que deseaba verla, Gwyn creyó otear entre las que subían a la colina a Taia, la última en ponerse a salvo, animando a las rezagadas. El frente de ataque de las deirianas se lanzó al fin contra ellas, tras su breve momento de duda. Gwyn sonrió, enarbolando su espada. Se contuvo de lanzar su hacha de combate, pues sin duda la necesitaría más adelante. Las demás hicieron

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lo mismo. Los primeros sonidos de lucha le llegaron de un lado y otro, pues el ataque se concentraba sobre algunos puntos en concreto. Los choques de metal pronto se vieron acompañados de gritos. Incapaz de contenerse más, se abalanzó contra las deirianas que tenía frente a ella. El ataque fue duro, y hubo de pelear contra varias enemigas. Pero siempre estuvo acompañada a uno y otro lado. Así como los sonidos de batalla le llegaron primero de sus lados, escuchó gritos de victoria antes de lograrla en su posición. El ataque había sido rechazado. Aunque sin duda sólo era el primero. Las deirianas derrotadas se retiraron con prudencia, mirando hacia sus propias filas. Sin duda esperaban refuerzos. —Tiryn, ve a ver qué ocurre tras la colina y vuelve para informarme. —le dijo a una de las guerreras que tenía a su lado. Había observado que, durante la refriega, la reserva derecha había desaparecido de sus posiciones tras ellas. Sin duda en aquel flanco también tenían lugar combates. Si al final el ataque principal se producía por ese lado, todos sus planes podrían fracasar y deberían alterarlos—. ¡Ve! ¡Deprisa! —la animó.

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Capítulo 12

Taia

se sentía satisfecha por cómo había trascurrido la retirada. Todas

habían obedecido sus órdenes, aguantado hasta el último momento, y se habían retirado con rapidez. Con todo, no se sentía del todo satisfecha. Su papel no se podía decir que fuera demasiado heroico. Desde la ladera de la colina podía ver cómo las filas enemigas se abatían contra las oscuras guerreras. Creía ver a Gwyn allí, en el centro, repartiendo certeros golpes de espada. Aunque no podía estar segura. Por unos instantes, la línea retrocedió y ella contuvo el aliento... Pero la situación se restableció de inmediato. ¡Las habían rechazado! Las morenas guerreras se contuvieron, dando apenas algunos roncos gritos de victoria. Ni una sola abandonó la fila para salir en persecución de las derrotadas que se retiraban ordenadamente. Eran admirables; unas guerreras tan fuertes como serenas... Pero en cuanto se serenó, percibió que el fragor de la batalla aún resonaba. No venía del frente, sino del otro lado de la colina. Sin duda allí la pelea seguía. Contaban con la posibilidad de un ataque por ese lado, pero no uno en masa. Si aquel flanco cedía, de nada valdría la victoria que acababa de contemplar. Serían atacadas por la retaguardia, y todo estaría perdido... Apenas pudo contenerse más. —¡Quédate al mando! —le ordenó a su lugarteniente—. ¡Voy a ver qué ocurre en el ala derecha! —¡Alteza! ¡No vayáis! ¡Enviaré a alguien! —le respondió esta, asustada. —¡Debo ir yo! —exclamó, partiendo a la carrera.

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x Girlit se secó el sudor de la frente bajo su casco con el dorso de la mano, sin soltar su espada. El ataque era intenso, aunque, por lo que podía ver, no demasiado numeroso. Había acudido con su grupo de reserva a reforzar el flanco derecho. Pese a sus esfuerzos, la lucha proseguía. De la colina caía una granizada continua de flechas sobre sus enemigas, y ni aún así se retiraban. Al principio, la lucha había pintado mal. Apenas 400 guerreras de las Tierras Altas habían defendido aquella posición, frente a un enemigo que las multiplicaba varias veces. Habían aguantado firmes hasta su llegada, con la reserva de aquel lado. Aquel resultaba ser uno de los escasos momentos de pausa en la lucha. El asalto enemigo no recibía, de momento, refuerzo alguno, pese a lo cual se lanzaban al ataque una y otra vez. Aprovechando el respiro, Girlit echó un vistazo a la comandante a la que había ido a socorrer. Liswyn se llamaba. No parecía sudar; más bien parecía una estatua, una estatua alta y morena de rostro imperturbable. Había recibido su ayuda con un simple gesto de reconocimiento, como si de todas formas se hubiesen bastado. Era algo que resultaba un tanto ofensivo. Con todo, Girlit era lo suficientemente guerrera como para apreciar aquella confianza. Y aquella

competencia.

En

aquel

momento,

un

alboroto

interrumpió

sus

pensamientos. Provenía de detrás de ella. A desgana, dejó de contemplar a aquella magnífica guerrera, que seguía impartiendo órdenes como si nada, y se volvió. Su propia imperturbabilidad se esfumó al instante. —¡Alteza! ¿Qué hacéis aquí? —exclamó en cuanto vio que se trataba ni más ni menos que de la princesa Taia. —¡Quería comprobar si se necesitan refuerzos aquí! —respondió ella, deteniendo su carrera. —No era necesario, alteza. Además, aquí estáis en peligro...

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—Tal vez deba traer a mi grupo. —No, no, de momento estamos... Su objeción fue interrumpida de repente por la voz potente de Liswyn tras ella: —¡Atención! ¡Nuevo contraataque! Escuchó el sonido creciente de la refriega, el silbido de las flechas ante la nueva acometida. Se situó entre la princesa y el renovado asalto. Con satisfacción comprobó que la imperturbable Liswyn se había situado junto a ella, hombro con hombro, protegiendo ambas con su cuerpo a la princesa. Esgrimió su espada y derribó a una enemiga. Liswyn hizo lo propio con dos, pero esta vez la acometida parecía más profunda. Varias guerreras más venían de frente. Con el rabillo del ojo vio que la princesa desenvainaba su espada y se unía a la refriega. La expresión de su mirada le dijo que no debía insistir en que se retirara, sino mejor pelear junto a su lado. Alzó de nuevo su espada y lanzó un grito de guerra.

x La batalla se desarrollaba abajo, en la vaguada entre las colinas. Allí, en lo alto de la más occidental de ellas, la acción era mínima. Bueno, aquello no era cierto del todo. Las arqueras hacían cantar sus cuerdas sin parar, lanzando oleada tras oleada de flechas sobre las ofensivas que se abatían sobre las guerreras morenas, abajo. Pero aquello hacía sentirse a Olaia aún más inútil. Ella no estaba capacitada para manejar aquellos arcos largos. Se necesitaba una estatura superior, y desde luego, unos buenos brazos para tender aquellos arcos más altos que ella. Frustrada, se contentó con contemplar a las arqueras. No llevaban armadura, sino tan sólo un justillo de cuero y una pequeña espada al cinto, además de su arco y el carcaj a la espalda. Su casco, este sí de metal, disponía de visera. La mayoría de ellas procedían de Caliria, un reino tradicionalmente rival de Athiria. Sin embargo, ante el peligro común, habían acudido en su socorro. Se decía que las calirianas tenían algo de sangre de las Tierras Altas. Desde luego,

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eran tan rubias como cualquiera de la Llanura, pero al menos aquellas arqueras tenían la estatura y el cuerpo fornido que había visto en las guerreras de abajo. La verdad era que resultaban bastante atractivas, ejercitando su fuerza tendiendo una y otra vez los arcos, con su mirada tan concentrada. Mientras tanto, ella no tenía nada mejor que hacer que contemplar cómo les corría el sudor por sus fuertes brazos, mientras apoyaban la cuerda en su barbilla, miraban al frente por un instante, soltaban repentinamente la flecha... y vuelta a empezar. Ella estaba nominalmente al mando, aunque no creía realmente que fueran a hacerle caso si se ponía a dar órdenes. Así que allí estaba, lejos de la acción, lo más protegida que se podía estar. Pero al menos, desde allí no perdía detalle. Aprovechó que no parecía hacer falta en ningún sitio para subirse a uno de los árboles que coronaban la colina. Pudo ver el despliegue enemigo. Siguiendo el río, una columna se dirigía hacia ellas, hacia su colina. Aquello eran malas noticias. Habían supuesto que no las iban a atacar por aquel lado. Por lo tanto, estaban desguarnecidas. Aquello no tenía buena pinta... Se bajó del árbol de un salto, llamó a una exploradora y le ordenó que llevara un mensaje con aquella novedad a Yaäna, que dirigía la reserva de su lado. Aquello la hizo sentirse algo menos inútil. También estableció una guardia permanente en las copas de los árboles más altos, para que siguieran las evoluciones de aquel grupo. Por fortuna, de momento no parecían acercarse más, por lo que el peligro no era inmediato, aunque quedaba latente. Aquellas actividades la animaron. Se dirigió hacia la fila de arqueras, para inspeccionar la situación. Parecían necesitarla tanto como antes, es decir, nada. Sin embargo, algo útil podía hacer, aunque no fuera como comandante. Fue de acá para allá, llevando agua a las sudorosas arqueras. El detalle fue apreciado, y ella se sintió animada de nuevo. Abajo, la batalla iba por buen camino. Al encontrarse las líneas, las arqueras ya no podían disparar, por el riesgo de darle a sus propias guerreras. Así, hubo un momento de pausa. Olaia acababa de alcanzarle una cantimplora a una alta aunque joven arquera caliriana, que llevaba

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insignias de comandante. Esta la miró de reojo y sonrió agradecida, al tiempo que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano y echaba un trago. —¿Eres la princesa Olaia? Al principio se sintió ofendida, por el tratamiento informal. Pero casi de inmediato se sintió agradecida; aquello la hacía sentirse como una más. —Sí, lo soy. ¿Y tú...? —Liris, de Caliria. —sonrió la otra. —Oh... —era la princesa Liris de Caliria, la hija más joven de la reina. Se quedó algo sorprendida, sin saber qué más decir. La conocía por sus lecciones de genealogía, y sabía que era algo más joven que su hermana. Su aspecto era magnífico, con sus brazos adaptados perfectamente al uso del arco. Algo que no salía en las lecciones de Gartión... La verdad es que a ella le gustaban las chicas altas y fuertes, como a su hermana por lo visto. Pero aquella chica no era de las Tierras Altas. Era muy rubia, y sus ojos eran verde mar. —Eres nuestra comandante... —dijo ella, rompiendo el silencio que se había hecho entre ambas. Olaia creyó percibir un tono de altanería en aquella afirmación, como si no pudiera creerse que una jovencita como ella estuviera al mando. La sonrisa y la mirada de reojo que le dirigía mientras seguía bebiendo parecían confirmar aquella impresión. —Sí, lo soy. Estoy al mando de este grupo. Así lo han dispuesto las comandantes del ejército.

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—Me parece estupendo. Siempre admiro a comandantes que no tienen ningún problema en ayudar cuando es necesario, aunque sea llevando agua. Me alegro de conocerte, princesa. Espero que nos volvamos a ver. —Oh... —Volvió a quedar por unos instantes sin habla. Por lo visto, había malinterpretado a la chica. No era desprecio, sino camaradería. No estaba acostumbrada a la camaradería, claro... La verdad era que le gustaba cómo la miraba, cómo le hablaba, situada algo más de cerca de ella de lo que habría sido normal... Desvió la vista, deseando no haberse ruborizado, como temía. Recogió las cantimploras y se dispuso a seguir llevándolas a las demás arqueras—. Sí, yo también espero que nos veamos más tarde... —murmuró, al tiempo que se alejaba.

x Tal y como suponía, el ataque que habían rechazado no era más que el primero. Ahora, ya sin nadie por delante de sus líneas, Gwyn podía ver hasta más lejos. Una nueva columna avanzaba hacia ellas desde el norte, más nutrida que la anterior. En consecuencia, dio diversas órdenes. Lo principal era que las que más duro habían peleado pasasen a la retaguardia, relevándose por tropas más frescas. Si debían aguantar, no podían desgastarse. Con todo, ella se quedó al frente. Esbozó una sonrisa torcida. Tal vez le pudieran echar en cara que no se aplicase sus propias teorías, aunque... a ver quién se atrevía a hacerlo. Además, tenía que estar cerca de la acción para saber lo que pasaba. La columna que avanzaba hacia ellas era muy importante... tal vez demasiado. Sin duda habían conseguido atraer hacia ellas el ataque principal, como pretendían, pero tal vez se hubieran excedido. Mientras contemplaba con creciente aprensión el avance, observó más movimiento algo hacia la izquierda. "¡Demonios!", pensó. Era otra columna más, casi igual de grande. Probablemente había avanzado junto al río, amenazando con atacarlas por el

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flanco. En cambio, parecía que se iba a unir al segundo asalto. Aquello pintaba muy mal... Llamó a una mensajera. Le ordenó que se dirigiera a Yaäna, que estaba al frente de la reserva izquierda. —No va a haber ataque por su lado. Que deje esa posición y que esté alerta. Podemos necesitar que refuerce el centro, si acabamos cediendo. Que actúe según su criterio, pero que esté atenta a nuestra posición. ¿Entendido? —La mensajera asintió, muy seria, y partió a la carrera. Gwyn, por su parte, volvió a desenvainar la espada, preparándose para el inminente asalto. Pero antes echó un vistazo a la ladera de la colina dela derecha. Ahí debía estar Taia, a salvo. Ojalá no cometiera ninguna locura. Por lo que sabía, en la derecha se desarrollaban fuertes combates, pero estaban siendo controlados. Era de suponer que Taia había mantenido la serenidad. Al menos, sus tropas allí seguían, a la expectativa. Pronto su atención fue atraída por la carga enemiga. Esta vez eran dos columnas, que atacaban a la vez. Y la más importante se dirigía directamente hacia su posición. En esta ocasión no escuchó primero la refriega. El ataque se abalanzó sobre ella en primer lugar. —¡Las hachas! —exclamó, enarbolando la suya. No tendría sentido reservarlas más, si iban a ser vencidas antes. A su grito, las pesadas armas salieron volando hacia las enemigas, junto con las flechas de las colinas. Se abatieron conjuntamente sobre la línea que avanzaba, deteniéndola por un instante. Pero las supervivientes saltaron por encima de las caídas, y las espadas entrechocaron con su terrible sonido. Abatió a tantas enemigas como pudo, multiplicándose. No peleaba sola, y por un momento rechazaron la acometida. Pero en medio de la refriega, Gwyn acabó por ver que estaba casi sola. Las guerreras que peleaban a su lado habían caído. Estaba casi rodeada por rubias guerreras, que la miraban como si dudasen ante su fuerza. Las dudas se

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esfumaron de repente, y se vio atacada por tres costados. Pese a ello, consiguió retirarse en dirección a su retaguardia, peleando por su vida. —¡Retaguardia, avanzad! —exclamó, enarbolando en alto su espada. Más guerreras se le unieron, y se reanimó el combate. Con todo, sólo conseguían mantener a duras penas la línea. Aquí y allá, se las veía flaquear, y en el mejor de los casos, retroceder de forma ordenada, lenta pero constantemente. El asalto se hizo más feroz en cuanto las deirianas vieron que tenían una oportunidad de romper el frente. Entonces se escucharon unos claros sones de cuerno a sus espaldas. Antes de que pudieran volverse, la línea de guerreras de las Tierras Altas se vio superada por una multitud de rubias guerreras que avanzaban desde su retaguardia. Era Yaäna, con sus refuerzos de la reserva izquierda. Completamente frescas, irrumpieron como un vendaval, haciendo retroceder a las deirianas con su impulso. Pronto las abatidas guerreras morenas las acompañaron, haciendo huir en desorden a las que hacía poco estaban al borde de la victoria. En cuanto la última de las deirianas hubo saltado el foso de vuelta en su huida, los clamores de triunfo se alzaron aquí y allá. Gwyn se vio a sí misma uniéndose a él. Por todas partes, rubias y morenas se abrazaban, alborozadas. No eran tan malas guerreras, aquellas pequeñas rubitas. El entusiasmo entre las filas era tan intenso que Gwyn hubo de recordarse a sí misma que la batalla aún no había finalizado. Con un notable esfuerzo de voluntad, gritó a quien la quiso oír que debían reorganizarse. Poco a poco, la serenidad volvió a las filas, ahora mixtas, de las guerreras que defendían la posición.

x Taia detuvo su carrera. Se apoyó sobre sus propias rodillas, sin aliento. Alzó poco a poco la vista, una vez recuperado algo del resuello. La armadura y el casco no ayudaban; se hallaba cubierta de sudor. El sol la cegaba mientras alzaba la

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vista, sudorosa y sin aliento. Al menos, se hallaba rodeada por sus guerreras, de vuelta en la ladera de la colina. A salvo, en consecuencia, tanto como lo pudiera estar en aquella situación. La pelea en el flanco derecho había sido intensa y, sobre todo, persistente. Allí, el ataque no se había producido por oleadas, sino en una ofensiva constante. Recordaba los intentos protectores de Girlit y de aquella fornida comandante norteña, Liswyn. Pero no habían podido impedirle entrar en combate, ante la constante ofensiva. La lucha había pasado por momentos realmente difíciles, y se habían tenido que resignar a pelear por sus vidas, lo mismo que ella. En uno de los breves momentos de pausa, Girlit le había comentado que aquella insistencia enemiga era una buena señal. "Si insisten tanto en atacar sin pausa, es que no van a recibir refuerzos por aquí", le comentó. Claro que aquello significaba que el centro, con Gwyn, recibiría todos los ataques. Pese a todo, habían peleado y habían retrocedido, más y más. Y en ese momento, como contradiciendo las optimistas predicciones de Girlit, una gran columna de rubias guerreras había avanzado sobre su flanco. Todas se sintieron desfallecer. Si las atacaban por aquel lado, toda el ala caería y el centro se vería atacado por delante y por detrás. El desánimo se había pintado en todos los rostros, llegando hasta la desesperación, al ver cómo aquella columna se situaba tras las líneas enemigas. Habían avanzado por el camino de Ferilia, en una columna muy ordenada, sin duda tropas de refresco. Entonces Liswyn, desde su privilegiada estatura, se había erguido aún más, y su expresión había cambiado de repente. "¡Tirelia! ¡Es el ejército de Tirelia!", exclamó. "¡Al fin!", gritó ella, encantada. El perdido ejército de ayuda del sur había aparecido al fin. Tal vez no fueran suficientes –ahora que resultaban ser aliadas, su número no parecía tan impresionante como cuando las creían enemigas– pero llegaban justo a tiempo, y además, ¡estaban tras las líneas enemigas! No por eso se detuvo la pelea. Las deirianas, al verse sin escapatoria, habían tratado de seguir avanzando, pero estaba claro que, en aquel flanco al

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menos, la situación iba a cambiar. Entonces Girlit se había acercado a ella y la había hablado. —Ahora debéis retiraros, alteza. —le dijo—. Aquí podemos defendernos, pero tal vez las cosas sean distintas en la vaguada. Si el centro cede, todo estará perdido igual. Por favor, reuniros con vuestras tropas en el flanco de la colina, por si se necesitan refuerzos en el centro. Ella asintió ante el sensato razonamiento, aunque no dejaba de darse cuenta de lo que pretendía Girlit, que no era otra cosa que ponerla a salvo. Pese a todo asintió, tras lo que emprendió la carrera que la había llevado de vuelta hasta allí. Y lo que vio al llegar no había contribuido a mantener su optimismo. Una enorme ofensiva había sido rechazada por el centro, como bien podía ver desde aquella altura, y como le informaron sus oficiales nada más llegar. Pero para ello se había necesitado el refuerzo de toda la reserva izquierda. Habían estado a punto de ceder. Y lo que no era menos importante para ella, Gwyn había estado sin duda en medio de lo más duro de aquellos combates. Con todo, aún había más. A lo lejos se veía avanzar una nueva columna enemiga, inmensa, que en breve se reuniría con las que habían sido rechazadas en el combate anterior. Aquella masa se iba a abatir de nuevo contra el centro, ya diezmado. Como había dicho Girlit, si acababan por ceder ante aquel renovado ataque, de nada habría servido la resistencia en la derecha ni la llegada de las tirelianas. Ya no quedaba más reserva que el reducido contingente que la rodeaba ahora. Aquellas guerreras habían sido seleccionadas precisamente por ser las más jóvenes e inexpertas, para situarlas en vanguardia al principio y dar impresión de debilidad, no para que combatieran. Ahora aquellas jovencitas, algunas casi unas niñas de la edad de Olaia, la rodeaban y miraban como si de ella fuera a salir la solución. Estaban realmente expectantes, con sus ojos muy abiertos, viéndola recuperar el aliento. Eran toda la reserva de la que disponían, y se las veía muy conscientes de ello.

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Volvió a observar el avance enemigo contra el centro. Entonces notó que le tocaban el hombro. —¡Princesa! ¡Allí! —era su lugarteniente, que señalaba hacia el norte, a lo lejos. Y a lo lejos se veía una nueva columna, todavía muy lejana. Por lo visto, el inminente ataque ni siquiera iba a ser el último, sino que ya se preparaba un cuarto asalto. Se sintió desfallecer. Pero debía mantener la moral de la tropa como fuera, mientras aún hubiera alguna esperanza. —Sí, ya lo veo. —le susurró en respuesta—. Pero, ¡el ejército de Tirelia acaba de llegar! Han venido por el camino de Ferilia, y están atacando ese flanco. Tal vez puedan venir en nuestra ayuda. Su lugarteniente abrió mucho los ojos, aunque tampoco dio saltos de alegría. —¡Eso es estupendo! —dijo al fin—. ¿Se lo transmito a las demás? Ella reflexionó durante un instante. —Sí. Y además, diles que estén atentas y con las armas dispuestas. Si el centro cede, bajaremos en su auxilio. Somos la única reserva que queda. Pero que no se muevan hasta que oigan el cuerno. La orden fue transmitida en susurros a lo largo de la línea, y pudo comprobar que, a medida que se extendía como una ola, las jóvenes guerreras se reanimaban y erguían, como recobrando la fe en la victoria. Ya sólo le quedaba esperar. Iba a necesitar mucha sangre fría, sobre todo sabiendo que Gwyn estaba ahí abajo, y que estaba a punto de soportar un nuevo asalto. Eso si todavía estaba con vida... Sacudió su cabeza, apartando de sí esos pensamientos. Debía mantener la calma... Desde la ladera de la colina, con el sol ya inclinándose hacia el río, la vista era perfecta, como un manual de cómo se desarrollaban las batallas. La línea

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enemiga se detuvo a la distancia de alcance de las flechas, y se reorganizó para el asalto. Se extendió en un frente, y al lejano sonido de una trompeta, todas alzaron sus espadas, que relumbraron al sol, y se lanzaron al ataque. El griterío llegó hasta ella, moderado de repente por el silbido de las flechas que volaban por encima de su propia cabeza, desde la cima de la colina. Parisis estaba haciendo un buen trabajo allí arriba, y por fortuna aún les quedaban flechas. Pero la andanada se detuvo en cuanto las filas se mezclaron. Entonces el clamor fue el del acero chocando con el acero, mezclado casi de inmediato con los terribles alaridos de la muerte. Desde luego, desde aquel punto de vista la batalla era limpia, clara y sencilla. Pero en el flanco derecho Taia había tenido ocasión de comprobar cómo era desde dentro: terrible, cruel, sangrienta. Se peleaba por salvar la vida, más que por vencer, y se peleaba siempre con el terror de ser atacada por la espalda. Era muy difícil mantener la calma. La línea enemiga se había abatido sobre las filas athirianas, ahora mixtas, con guerreras morenas y rubias mezcladas. La línea defensiva vaciló, amenazó con quebrarse aquí y allá... Incapaz de aguantar un segundo más, Taia se puso en pie y alzó su espada al sol. —¡Athirianas! ¡A la carga! En respuesta, la corneta a su lado hizo sonar su instrumento, y otros le respondieron más lejos. Con la facilidad y empuje que daba la suave ladera, todas juntas se lanzaron sobre la batalla más abajo, como una sola mujer.

x Su llegada no pudo ser más oportuna. Las líneas estaban rotas, aquí y allá. Con todo, las guerreras se agrupaban, defendiéndose unas a otras con fiereza, pero cada vez más rodeadas. Taia lo pudo ver bien mientras avanzaba, a toda prisa. Sus inexpertas guerreras no necesitaron órdenes; se lanzaron hacia las aberturas, por las que entraban más y más enemigas, como un torrente continuo.

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Pese a que la situación parecía desesperada, Taia no lograba concentrarse. ¿Dónde estaba Gwyn? Se detuvo un instante, dejando que la oleada de guerreras que la acompañaba la rebasase. Miró a un lado y a otro, pero todo lo que pudo ver fue el caos de la lucha. Aquí y allá, aprovechando pequeños montículos, altas y morenas guerreras se agrupaban, peleando con increíble bravura. Al fin Taia sacudió la cabeza. Aquella búsqueda no tenía sentido. Se lanzó hacia uno de esos grupos, espada en alto. La llegada de las jóvenes guerreras tuvo un efecto catalizador sobre el resto. Las agrupadas guerreras dejaron de defenderse tan sólo, reanimadas por el auxilio. No iban a dejar que aquellas jovencitas, apenas unas niñas, peleasen por ellas. Pronto se les unieron, pasando a la ofensiva. Taia pudo percibir esto, pese a que se encontraba en lo más recio de la batalla. Notó que cada vez estaba más acompañada, y que la línea se restablecía, que avanzaba incluso. Entonces pudo ver que un grupo reducido de guerreras morenas había quedado aislado tras las líneas enemigas. Se habían agrupado en un montículo, y peleaban espalda contra espalda, haciendo girar ante ellas sus enormes espadas. Pese a que eran pocas, y a que estaban rodeadas por todas partes, conseguían mantener a las atacantes a raya. Pero eso no duraría mucho, tan mala era su situación. Entonces divisó a Gwyn en la lejanía, peleando como solo ella podía hacer, en medio de aquel grupo. Sí, sin duda era ella. Pero... —¡Rodeadme! —gritó a las que las acompañaban—. ¡Allá voy! Sabía que, si se lanzaba entre las líneas, poniéndose en peligro, las demás la seguirían. No dejarían que su comandante se viera rodeada y muerta, no al menos con ellas cerca. Así, se convirtió en la punta de lanza de una renovada ofensiva,

dirigida

hacia

el

desesperado

grupo

que

estaba

rodeado.

Milagrosamente, ninguno de los tajos a los que se enfrentó la alcanzó. Había que reconocer que las guerreras que la seguían se esforzaban por protegerla, aunque

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ella no se lo ponía fácil. Antes bien, se lanzaba en medio de la refriega una y otra vez, avanzando, avanzando más y más. Las guerreras rodeadas las vieron al fin, pese a que no podían hacer más que defenderse constantemente. También Gwyn acabó por alzar la vista, y la vio, a lo lejos pero avanzando hacia ella. Las dos intercambiaron una mirada por encima de las enemigas que la separaban, sorprendida por parte de Gwyn. Esta realizó algunos gestos y dio una serie de voces, que Taia no pudo oír en la distancia a causa de la refriega. Las rodeadas guerreras se agruparon y se abrieron paso a su encuentro, peleando duro. Poco a poco, se fueron acercando las unas a las otras. Entonces, cuando ya casi se habían unido, Gwyn recibió un golpe de espada. Lo desvió con el escudo, pero la alcanzó entre el hombro y el cuello, y cayó. Desapareció de la vista de Taia, en medio la multitud de enemigas que aún las separaba, como tragada por un mar. Taia lanzó un gemido y se lanzó de nuevo hacia delante. Mientras se abría paso, desesperada, vio resurgir a la alta guerrera. Se sujetaba el sangrante hombro con la mano derecha, pero seguía blandiendo la espada con la izquierda. Taia abatió a la última enemiga que las separaba, de un gran tajo, y se lanzó en su dirección. —¿Estás bien? ¿Estás bien? —balbuceó, abrazándola. —Eh, eh, despacio. —sonrió la otra—. Todavía estamos en medio de una batalla, ¿recuerdas? Taia miró a un lado y a otro, confusa. Se había lanzado entre los brazos de Gwyn, que parecían tan firmes y fuertes como siempre. Había pasado tanto miedo que casi había olvidado lo que ocurría a su alrededor. Ahora que lo pensaba, no se había fijado en nada desde que había visto a Gwyn en la lejanía. Sólo se había lanzado hacia delante, una y otra vez, sin mirar a los lados ni a ninguna otra parte. No tenía ni idea de cómo iba la batalla.

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—Oh, sí. Lo siento, yo... —se apartó de ella, mirando por vez primera a los lados, hacia la refriega—. Todavía nos pueden atacar desde cualquier... Entonces Gwyn la estrechó de nuevo, muy fuerte, rodeándola entre sus brazos. —No, ya no. —la oyó—. Están huyendo otra vez. Gracias, Taia... Se revolvió de nuevo, confusa. Era cierto. La contraofensiva de la que había formado parte había rechazado otra vez a las deirianas. Se batían en retirada, de forma mucho más desordenada que antes. De hecho, los clamores de victoria ya iban sustituyendo aquí y allá al estrépito de la lucha. —¡Lo hemos conseguido! —exclamó, sinceramente sorprendida. Le devolvió entonces el abrazo, aunque la sintió estremecerse y se apartó—. ¡Oh diosa! ¿Estás bien? —Sí, sí, no te preocupes. Apenas un par de rasguños... No eran rasguños, y eran más de un par. Al examinarla de cerca pudo ver que, además del tajo en el hombro izquierdo, tenía otro a la altura del derecho. Este debía ser anterior, porque estaba rodeado por una improvisada y sucia venda. Además, le goteaba sangre de un costado de la frente, cerca de la sien. —¡Oh diosa! —repitió, concluida la inspección—. Te sangra la cabeza... No parecía ser consciente de ello, porque sacudió la cabeza, confusa. —¿Sí? Oh, sí. —murmuró en cuanto se hubo pasado una mano por la zona—. Bueno, no es nada serio. Tranquilízate, por favor. Las hemos rechazado, pero pueden volver en cualquier momento. Entonces recordó Taia que, en efecto, una nueva línea de ofensiva avanzaba sobre ellas, y se le encogió en corazón. Ya no tenían más reservas, y la línea de defensa, victoriosa y todo, se veía tremendamente rota y desorganizada.

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—Es cierto... —murmuró—. Habría que echar un vistazo... La pequeña elevación sobre la que se habían defendido Gwyn y las suyas sería un buen puesto de observación. Se dirigió hacia su cima, oteando la lejanía con miedo, mientras Gwyn, más despacio, la seguía. —¡Ahí están! —exclamó, volviéndose hacia la castigada guerrera, que la miró sorprendida. Pronto vio que saltaba de alegría, por lo que se apresuró a su lado. Taia señaló con el dedo. —¡Son las de Tirelia! ¡Acaban de llegar por fin del sur! Gwyn miró con expresión de duda, pues desde allí sólo se advertía un grupo de guerreras de las Llanuras, no se podía saber si amigas o enemigas. —¡Sí, son ellas! ¡Han auxiliado al flanco derecho, y ahora se han situado tras las líneas enemigas! En efecto, Gwyn pudo comprobar que aquel contingente, aunque poco numeroso, se había deslizado sobre la retaguardia del ejército que las acababa de atacar y que ellas habían rechazado. El enemigo estaba por tanto rodeado, con una sola escapatoria por la izquierda, hacia el río. Las dos se miraron y sonrieron, alborozadas. ¿Era posible que la victoria hubiera llegado al fin? Ante sus ojos, como confirmando sus esperanzas, las guerreras enemigas miraron a un lado y otro, desanimadas. Comprobaron que, atacaran por donde atacaran, siempre dejarían sus espaldas descubiertas. Dudaron de forma evidente, yendo a un lado y a otro. —¡Atención! —gritó Gwyn, obligando a las que la rodeaban a concentrarse de nuevo. Las guerreras, a las que no se les había escapado detalle de todo aquello, se abrazaban unas a otras, confundidas rubias y morenas. Pronto atendieron—. ¡Todas en posición! —continuó Gwyn—. ¡La victoria está en

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nuestras manos, pero aún se nos pueden escapar! ¡Atentas a empezar una persecución o a atacar de frente, si tratan de escapar! Tenía razón, se dijo Taia. Aunque rodeadas, aún tenían escapatoria, hacia el río. Como ella sabía bien, aquel flanco estaba totalmente desguarnecido. El ejército deiriano, aunque rechazado y casi rodeado, era todavía más numeroso que el suyo. Si la mayoría escapaba, la victoria podría no significar nada.

x Desde su posición en las alturas, Olaia pudo contemplar todo el desarrollo de la batalla. Por un momento pareció que todo estaba perdido, y la desesperada defensa se agrupó en montículos, combatiendo cada una por su vida. Entonces pudo ver la impresionante acometida de la reserva derecha. Aquel pequeño contingente, pese a estar compuesto por las más jóvenes guerreras, le había dado la vuelta a la lucha. Era el grupo que ella debería haber comandado, se dijo con no poca rabia. Y encima, seguro que su hermana había dirigido aquel contraataque. Mientras ella estaba allí arriba, mirando, sin hacer nada de nada. A resguardo, como todas querían. Luego había visto aquel contingente llegando desde el lado opuesto, tras las líneas enemigas. Había sido un momento difícil, y había temido tanto por el desarrollo de la batalla como por su hermana, que sin duda estaba allí abajo. Pero entonces Liris había saltado alborozada, riendo, y la había abrazado si dejar de saltar. —¡Son las de Tirelia! ¡Por fin! ¡La batalla está ganada! —había exclamado, riendo. Al principio ella no había comprendido, pero poco a poco lo vio. ¡Eran los refuerzos perdidos! Habían rodeado a la ofensiva enemiga, y todo iba a salir bien. ¡Victoria! Cuando se le pasó su propio alborozo se encontró a sí misma abrazada a Liris. Las dos se habían detenido de repente, y mirado la una a la otra desde muy muy cerca. Ella se había apartado despacio, algo confundida y, estaba

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convencida, muy ruborizada. Liris se había limitado a mirarla con una media sonrisa, como si supiera perfectamente lo que estaba pensando. Ahora, ya más calmada, se apartó y dirigió su atención hacia el casi rodeado ejército enemigo. —Sí, parece que está ganada la batalla... —murmuró ella—. Pero por otra parte... Le explicó a Liris lo que pensaba. Justo bajo ellas, al pie de la colina, había un hueco por el que el ejército de Deiria podía escapar. Nadie defendía aquel flanco. —¿Crees que es una buena idea? —le preguntó, una vez que le hubo explicado su plan. Temía que fuera una tontería, o que luego la acusaran de haber querido meterse en medio de la batalla como una niña caprichosa, para no ser menos que su hermana. No quería que le dijeran que, por su estupidez, habían muerto inútilmente guerreras a su cargo. Por otra parte, ella estaba al mando, y debía tomar sus propias decisiones. Sobre todo cuando parecía que un instante de duda podía echarlo todo a perder. —Sí... —murmuró Liris, con aspecto concentrado, mirando al frente—. Si lo hacemos... No dijo más, sino que empezó a cuchichear órdenes, que se fueron pasando a lo largo de la línea de arqueras. Al fin, a un toque de cuerno, todas desenvainaron sus pequeñas espadas y se lanzaron corriendo cuesta abajo. Siguiendo a Liris, ella hizo lo mismo, sintiéndose un poco extraña.

x

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El grueso del ejército deiriano se había rendido. Aquí y allá, las guerreras estaban agrupadas, sentadas en cuclillas, con sus armas abandonadas a su alrededor. Taia, acompañada de Gwyn, inspeccionaba la situación. —Esto sólo ha sido posible gracias al ataque que montó tu hermanita... —dijo Gwyn a su lado—. Si no hubiera sido por ella, podrían haber huido. Sólo tuvo que bajar su contingente de la colina y se vieron completamente rodeadas. Por eso soltaron las armas tan fácilmente. —Lo sé. —respondió ella, sonriente—. Te aseguro que no le tengo los más mínimos celos. Podrás comprobarlo muy pronto, te lo aseguro... Gwyn miró con detenimiento a Taia mientras decía esto. Aquello sonaba un tanto misterioso... Pero seguía hablando, y no tuvo ocasión de preguntarle qué había querido decir. —... ahora sólo espero que esté bien. Debe estar hacia... Entonces, en efecto, vieron a Olaia. Se encontraba rodeada de unas cuantas guerreras, con una bastante alta aunque muy rubia a su lado, en una postura un tanto protectora. En cuanto las vio sonrió con su típica timidez, sin moverse apenas. —¡Olaia! ¡Menos mal! —exclamó Taia nada más verla. De hecho, salió corriendo en su dirección. En cuanto la alcanzó las dos se fundieron en un tremendo abrazo. —¡Hermanita! ¡Estás bien! —reía Taia, alborozada—. ¡Has estado magnífica! ¡Me siento muy orgullosa de ti! —Gracias... Yo también me alegro de verte. He pasado mucho miedo, sabiendo que estarías aquí abajo. ¡Hey! ¿Estás bien? ¿Es esto sangre?

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—Sí, pero no mía. Me temo que es de Gwyn. Pero está bien. ¡Es fantástico! Gwyn y Liris se limitaron a mirarse por encima de las dos entusiasmadas hermanas. Al fin estas se separaron. —Esta es Liris, de Caliria. Princesa de Caliria, debería decir. Me ha ayudado mucho. —dijo Olaia—. Son mi hermana Taia, futura reina, y Gwyn. Gwyn es su... su comandante de mercenarias... Las presentaciones no duraron mucho. El día iba tocando a su fin, y había aún mucho que hacer. Al fin se separaron, una vez hubieron tomado algunas decisiones. Por lo que habían averiguado, la reina de Deiria había escapado, encerrándose en Quirinia con lo poco que quedaba de su ejército. Entretanto, además, las barcas de refuerzo habían llegado al fin por el río. Por lo tanto, no había que temer contraataque alguno. La huida de Erivalanna no hizo ninguna gracia a Taia, pero se dejó aquel asunto para más adelante. La noche ya avanzaba, y una vez establecidas las guardias, aseguradas las prisioneras y atendidas las heridas, se retiraron todas al campamento. La alegría de la victoria se extendió entre las brillantes hogueras, matizada por la tristeza por las hermanas caídas. La que sería después conocida como batalla de Quirinia 3 se podía dar por finalizada.

x Olaia, algo abrumada, no sabía adónde ir ni qué hacer. Se encontró a sí misma siguiendo a Liris, hasta que esta se volvió y le sonrió. —Voy a mi tienda. Realmente necesito ir, después de un día tan largo ¿Vienes?

3

La batalla de Quirinia se describe de forma detallada y objetiva al final del presente volumen, en el apéndice A.

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—Con mucho gusto. —sonrió—. La verdad es que, desde que mi hermana está con Gwyn, no tengo adónde ir... —Puedes quedarte en mi tienda. Hay mucho sitio. —sonrió Liris, haciéndola pasar adentro. —Gracias, yo... —Olaia parecía algo incómoda, o nerviosa tal vez. —Necesitaba quitarme esto... —murmuró Liris, derrumbándose sobre una silla y alzando el jubón de cuero por encima de su cabeza—. Ha sido todo un día... ufff... Olaia se acercó tras ella, contemplando los fuertes hombros bajo la delicada tela de la túnica. Como impulsadas por una voluntad ajena, sus manos se posaron sobre los tensos músculos. —Ohh, magnífico. —suspiró la otra en respuesta—. ¿Sabes dar masajes? —Sí, yo... —Pues vamos, sigue... Esto sí que lo necesitaba, de verdad... Sus manos disolvieron trabajosamente los nudos de hombros y cuello. Trató de concentrarse en ello, intentando no ver más allá. Aquella chica le resultaba tan atractiva... —Mmm, ya está bien... —escuchó. Ella había cerrado los ojos, como para sentir mejor los músculos que masajeaba. Por eso se sorprendió al ver que Liris se había medio vuelto, y que le había pasado un brazo en torno a la cintura. Antes de que se diera cuenta, la había sentado sobre su regazo—. Olaia... Si he comprendido bien, no tienes ningún lugar en el que dormir, ¿no? —No, yo... —Estaban muy cerca, y la chica le sonreía de un modo que no se podía malinterpretar, no con ella allí, sentada sobre su regazo. Y desde luego, sólo

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había un camastro en la tienda—. Es que mi hermana está con Gwyn, ¿sabes?, y yo... —Entonces quédate a pasar la noche. —interrumpió de repente. —Yo... —¿Cómo resistirse?, pensó—. Está bien. ¿Por qué no? —sonrió. En respuesta, recibió una aún más ancha sonrisa, al tiempo que el brazo en torno a su cintura la atraía más y más cerca...

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Capítulo 13

De Los mundos perdidos: estudio de sus circunstancias. Tesis doctoral, por G. Tarbes, Ed. Central Universitaria de Gelasia, Asfenor, 1151: «Las razones por las que tan frecuentemente los "mundos perdidos" han caído en el medievalismo han sido profusamente tratadas en la bibliografía, con resultados de interés variable. Entre las teorías más aceptadas, está la de A. J. Herringhausen ("La caída de los Mundos Perdidos", Ed. Universitas, Canopo, 1145). Este estudioso afirma que estos mundos, al perder contacto con el resto de la Humanidad, se ven incapaces de seguir el ritmo del progreso científico. Como consecuencia de ello, la ciencia, nunca bien comprendida por los colonos (que suelen poseer capacitaciones prácticas pero raramente teóricas), se estanca. Así, la ciencia no progresa, sino que convierte a lo sumo en una serie de conocimientos prácticos que acaban por decaer al estropearse las máquinas más allá de la capacidad de los colonos para repararlas. Con todo, estas conclusiones han sido discutidas por H. Havilland, quien en...»

x Era impresionante lo mucho que había que hacer después de ganar una batalla. Una habría creído que todo serían desfiles y felicitaciones, pero no, nada de eso, se dijo Taia. Se había levantado antes del alba, dejando la cama en exclusiva a una agotada Gwyn. La pobre había sufrido heridas más serias de lo

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que quería reconocer. Pero parecía estar bien. Todo lo que necesitaba era descanso. Y descanso que se le negaba a ella. La primera fuente de su inquietud había sido las prisioneras. Caminó de regreso al campo de batalla, todavía a la luz de las estrellas. Allí las habían agrupado a todas, custodiadas por las pocas guerreras que no habían entrado en combate, casi todas arqueras. Deslizándose entre las sombras, le fue dado un nervioso alto. En cuanto dio el santo y seña se le acercó la que estaba al mando. —Primero, debemos usarlas para enterrar a las caídas. —le comentó tras los saludos de rigor, pensando que no podían aplazar mucho aquella melancólica tarea. Estaban a mano, y resultarían útiles. Poco a poco, la orden fue cumplida, y las abatidas prisioneras fueron conducidas con la necesaria escolta. Taia se obligó a sí misma a participar, pese a que no le hacía ninguna gracia. Pero era su responsabilidad, en muchos sentidos. La trinchera abierta en el frente de batalla fue aprovechada para aquel fin, aunque no era suficiente. Una segunda zanja paralela fue excavada por las prisioneras. Así, guerreras rubias y morenas, amigas y enemigas fueron enterradas en la triste camaradería de la muerte. No era mal sitio para estar enterrada, se dijo mientras la húmeda tierra era paleada sobre aquellos cuerpos, poco antes llenos de vida, propósitos y alegrías. El alba ya iluminaba el campo de batalla, convertido en cementerio. Las dos colinas escoltarían para siempre a aquellas bravas mujeres. Una vez acabada aquella triste misión, Taia volvió a llamar a la jefa de guardia a su lado. —Hay que separar a las que han combatido por obligación aparte de las deirianas y las mercenarias. A las primeras las enviaremos de vuelta a sus países. Así podrán restaurar sus reinos. Quiero que vayan con nuestros mejores deseos. Si todo esto no refuerza la paz entre los países del valle, habrá sido peor que inútil. La comandante asintió con seriedad. —¿Y las otras?

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—No podemos mostrar debilidad. A las que hayan luchado por su propia voluntad las encadenarás y enviarás a Athiria, al mercado de esclavos. Envía a las guerreras más jóvenes, las que combatieron conmigo, como escolta. Añade a las heridas que puedan viajar. —Así se hará, princesa. —Tras esperar un instante por si había más órdenes, se dio la vuelta y marchó a cumplir su cometido. Tras arreglar aquello, paseó lentamente por el melancólico cementerio, contemplando una aurora que aquellas mujeres ya no verían. Pateó la tierra suelta, caminando sin rumbo, ni en sus pies ni en su cabeza. Pero por lo visto, no iba a tener tiempo que perder. Una mensajera se le acercó, deprisa al principio, lentamente después, en cuanto vio su expresión. —¿Tenéis un momento, alteza? —le preguntó, sin acabar de acercarse, como no queriendo violar su intimidad. Ella se forzó a sonreír. —Claro. ¿Qué ocurre? —Las guerreras de las barcas quieren saber qué tienen que hacer. La guardia situada frente a Quirinia avisa también de algunos movimientos en la ciudad. No pudo evitar suspirar. Aquello no había terminado. En la ciudad de Quirinia, tras sus muros y el río, se escondía su enemiga, la reina Erivalanna. Todavía tenía consigo algunas tropas, y sin duda evaluaba furiosamente sus opciones. No podía descuidarla, si no quería que aquello se repitiese, quién sabía con qué resultado. —Las barcas deben colocarse frente a Quirinia, y preparase para embarcar tropas y pasarlas al otro lado del río. —El alba ya se transformaba en un nuevo día, y los cuernos habían tocado a diana—. Intentaremos rodear la ciudad, sin olvidar los dos puentes, para evitar que nadie escape.

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Una frenética actividad la acabó por rodear, en cumplimiento de sus órdenes. Todo aquello la hizo sentirse inútil, como si hubiera hecho rodar la piedra cuesta abajo y ya no se la necesitara para mantenerla en movimiento. Se volvió hacia el campamento, a su tienda. —¿Estás bien? —murmuró, inclinándose sobre una ya despierta Gwyn. —Claro. —respondió, incorporándose—. Habrá que ir preparando el sitio de Quirinia, ¿no? —Eso ya está en marcha. —sonrió—. No te preocupes. No nos necesitan, de momento. —Oh. —Se dejó caer de vuelta sobre el camastro, como si hubiera perdido su impulso. Sin embargo, trató de incorporarse de nuevo, y ella se lo impidió. —Tranquila. Descansa. Ya has cumplido. De hecho, si todo va bien, me propongo enviaros de vuelta a las Tierras Altas. Con toda la recompensa prometida, por supuesto. —Oh. —repitió. Se incorporó de nuevo sobre sus codos—. Eso está bien... para mis hermanas. Yo... yo no voy a ninguna parte. No todavía. A menos que tú... —no concluyó la frase. Aquello la hizo sonreír de nuevo. —No esperaba menos. Me gustaría que estuvieras a mi lado al menos hasta que vuelva a Athiria. Pero, por otra parte... a partir de ahí, no puedo prometerte nada. Se producirán grandes cambios. Nada volverá a ser lo que fue, al menos para mí. —Yo también me propongo seguirte hasta Athiria... al menos. —comentó Gwyn algo enigmáticamente—. Mi llegada allí no desmerecerá la tuya, te lo aseguro. —Sonrió entonces de una forma muy extraña, al tiempo que se incorporaba más, con la evidente intención de besarla.

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—¡Hey, vamos, Gwyn! ¡Veo que estás muy recuperada! —rio ella en respuesta, rechazándola un poco—. ¿Qué has querido decir? —Nada. Ya lo verás. Ahora, será mejor que nos pongamos en marcha. En este caso, nada pudo hacer para impedírselo. Fuera como fuere, parecía muy en forma. —¿Te propones sitiar o asaltar Quirinia? —le preguntó Gwyn, al tiempo que se vestía y armaba—. Y además, ¿quieres capturar a Erivalanna o dejarle el campo libre para que huya? —Mmm... Creo que lo mejor será tratar de capturarla. No sé de qué sería capaz si escapa. —Entonces será mejor que veamos qué se está haciendo para lograrlo.

x En cuanto se hubieron incorporado al ejército, ya en acción de nuevo, se encontraron con buenas y malas noticias. En primer lugar, de Quirinia había salido una delegación compuesta por tres hombres4, lo cual quería decir que pretendían parlamentar, y probablemente, rendirse. Por otra parte, estos mismos hombres informaron que la reina Erivalanna había abandonado la ciudad durante la noche, con la mayor parte de sus tropas, y había partido hacia el norte, hacia Deiria. Una vez hubo escuchado a la delegación, Taia se retiró. No había nada que hacer. Los delegados de Quirinia invocaron las reglas de rendición, con lo que sólo quedaba por negociar el rescate. Si la ciudad hubiera caído por la fuerza, habría sido saqueada, siguiendo las reglas de guerra, desde luego. Al rendirse, 4

Las delegaciones de paz están casi siempre compuestas por hombres, puesto que nadie se atrevería a atacarlos. Un ejército sin un solo hombre en él se considera un ejército dispuesto a no rendirse jamás.

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evitaba esto, si bien debía pagar una compensación. Pero aquello no le interesaba. La negociación la podrían sacar adelante otras más habituadas a aquellos menesteres. Lo importante era que Erivalanna había escapado, y que debía salir en su persecución. Por fortuna, puesto que el ejército estaba en acción, el consejo estaba reunido. —Debemos salir en su persecución hoy mismo. —dijo con toda rotundidad Girlit, nada más plantearse cuestión—. Cuanto más tardemos, más posibilidades tendrá de reunir un nuevo ejército. —No me cabe la menor duda. —añadió Taia—. La cuestión es: ¿de qué fuerzas disponemos? Gwyn tomó inmediatamente la palabra: —Puedo hablar por mis hermanas si digo que esperaban tomar parte en el saqueo de Quirinia. Puesto que eso no va a ocurrir, querrán seguir formando parte de la expedición, sobre todo si se dirige contra Deiria. —Muy bien. Si seguimos contando con ellas, podemos ir hacia el norte sin demasiado peligro. Con todo, no creo que podamos ponernos en marcha hoy mismo. ¿Girlit? —Es cierto, alteza. Me he precipitado un poco. Hoy podemos acabar de hacer cruzar el río al ejército, y mañana temprano podemos emprender la marcha. —Entonces, eso es todo.

x Mientras el breve consejo se desarrollaba, Gwyn no podía evitar contemplar a Taia. Tan joven y pequeña... y tan seria. Cada vez se comportaba más como una reina, no como la asustada jovencita a la que ella había rescatado. Probablemente ella misma no se daba cuenta de ello, pero iba ganando en

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aplomo y seguridad a cada momento que pasaba. Ya no quedaba nada de la tímida princesa que había recibido pullas en los consejos y había reaccionado bajando la vista y enmudeciendo. Ahora dirigía los asuntos con gesto autoritario, y sólo se hablaba de lo que ella proponía. Se movía con una notable economía de movimientos, y su mirada era directa y segura. Con todo, seguía habiendo mucho de la antigua Taia, lo bastante como para que siguiera sintiendo el deseo constante de estrecharla entre sus brazos. Claro que aquello no habría resultado muy propio en medio del consejo. Debía reprimirse, sin duda. Aquello la hizo sonreír, mientras era consciente de haber perdido el hilo de la discusión. Se concentró de nuevo, con dificultad. Y es que todo sería tanto más sencillo si ella no fuera una princesa... No por primera vez, deseó que aquella seria joven no fuera más que una simple guerrera. Alguien que tuviera que cumplir con sus deberes, pero luego, una vez cumplidos, fuera libre de hacer lo que quisiera, sin dar cuentas a nadie. Pero no había nada que hacer. Debería adaptar su comportamiento a las circunstancias, tal y como resultaban ser. Aunque no por eso se iba a rendir. Una guerrera de las Tierras Altas jamás se rendía, se dijo a sí misma. Aquella idea la hizo sonreír de nuevo con cierta socarronería, lo cual atrajo la atención de Taia. El consejo ya había terminado, y las dos se alejaban del grupo. —¿Qué es lo que te tiene tan contenta? —Oh, nada, nada... —respondió, aunque siguió alegre.

x La marcha hacia Deiria fue apresurada. Aquello hizo que buena parte del ejército quedara atrás. Junto con las bajas, se supuso que habían quedado reducidas a una tercera parte. Pero aquello no inquietaba a Gwyn. La mayor parte de sus hermanas de las Tierras Altas seguía con ellas, de modo que aún eran un ejército temible. Aunque un ejército mercenario tan grande no se podía mantener

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durante mucho tiempo. Aquello habría arruinado a cualquier reino. Ahora seguían marchando por la promesa de saqueo, pero pronto volverían a sus países, cargadas de riquezas con las que asegurar el futuro de las suyas por largo tiempo. Se iban a tener que apresurar, eso sí. A medida que avanzaban hacia el norte, el inminente invierno se iba haciendo notar. La tierra se elevaba poco a poco y el paisaje se veía salpicado por más y más colinas boscosas. Algunas de ellas ya mostraban árboles con hojas pardas. El viento, además, se iba haciendo más y más frío, anunciando lo que estaba por venir. A lo lejos, las montañas de la patria relucían con nieve nueva en sus cumbres. Pronto esa nieve llegaría más bajo, y los pasos de montaña quedarían bloqueados. Por lo tanto, las guerreras morenas caminaban en vanguardia, apresuradas, deseosas de acabar con aquello y volver a sus caseríos, con sus familias. Gwyn pensó en un fuego rugiendo en un hogar, tanto más cálido por el contraste con el exterior nevado. Una hermosa mujer, su mujer, se acurrucaba a su lado, dándole algo más que calor, envueltas las dos en una misma manta. En su fantasía, la mujer era rubia, y le sonreía con ojos de un verde brillante, tan verde como el paisaje que ahora atravesaba. Sacudió su cabeza. Fueran como fueran las cosas, aquello no sería para ella. Debía concentrarse mejor en lo que tenía delante. Si todo iba bien, aún tendría que hacer algo importante en Deiria. Y el momento se acercaba. Al fin, la ciudad enemiga se alzó ante el ejército. El tiempo había empeorado de nuevo. El cielo estaba totalmente cubierto, aunque por fortuna ni nevaba ni llovía. Un viento que anunciaba una de ambas cosas se sucedía a ráfagas. Pese a que todavía era temprano, el cielo encapotado no difundía más que un tenue grisor, como si la noche fuera inminente. En aquella indefinida atmósfera, sin sombras, las murallas de Deiria se alzaban negras e informes. Siguiendo el plan trazado previamente, el ejército se distribuyó a su alrededor, listo para el asalto. Gwyn se acercó a Taia, algo insegura de cómo afrontar lo que tenía en mente. —Supongo que vas a ocuparte de Erivalanna.

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—Sí. No puedo dejar que escape de nuevo. —le respondió, muy seria. —Bien. Debes saber que el palacio tiene una salida directa al exterior. Junto a ese bosquecillo de abedules que tal vez recuerdes. —señaló. —Debes asegurar esa posición para que no salga por ahí. —¿Qué quieres decir? ¿No vienes conmigo? —Yo... Tengo algo importante que hacer. Compréndelo, no te dejaría si no supiera que estás a salvo, con tu guardia. Pero creo que debo ocuparme de algo. No te preocupes. Nos reuniremos enseguida que acabe. ¿De acuerdo? Pareció que Taia le preguntaría algo más, pero al fin asintió. —Muy bien. Pero cuídate, ¿eh? —Claro que sí. Tú también. Marchó de inmediato hacia su posición. Las tropas se habían distribuido en torno a la ciudad, con preferencia por las puertas. Gwyn se unió a uno de aquellos grupos. Habían preparado escaleras, y todo parecía dispuesto. En aquella ocasión, nadie salió a parlamentar. La ciudad parecía expectante, como abandonada. Pero no era así. Algunos grupos de guerreras asomaban por las almenas, a la expectativa del inminente asalto. Pronto se daría la señal, y todas entrarían en acción. El sonido de los cuernos pareció reverberar contra la lejana cordillera, repitiéndose a sí mismo. A una, las escalas fueron apoyadas contra las murallas, y las guerreras se lanzaron al asalto. Tal y como habían supuesto, la refriega fue breve. Las defensoras opusieron una resistencia nominal. Al principio, trataron desesperadamente de hacer caer hacia atrás las escalas, ayudadas por largos palos ahorquillados, acompañados por lluvias de flechas. Pero en cuanto varios grupos de asalto se hubieron hecho fuertes en diversos puntos de las murallas, las defensoras se fueron rindiendo. Las puertas fueron abiertas, y el tropel de

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asaltantes se introdujo en masa por ellas. Las guerreras de las Tierras Altas se dispersaron, formando pequeños grupos de saqueo. Gwyn fue una de las primeras en irrumpir en la ciudad, si bien lo hizo sola. Despreciando precauciones, se internó por las callejuelas, tratando de recordar. Pronto se vio en una zona de la ciudad que conocía, y a partir de allí empezó a correr con deliberación. Las calles estaban vacías, pues sin duda las ciudadanas se habían refugiado en sus casas, temerosas del saqueo. Con su espada en la mano por si acaso alguna optaba por una resistencia más activa, Gwyn dobló callejuelas a un lado y otro, hasta que se paró ante una casa en concreto. La puerta estaba cerrada, como no podía ser menos. Las ventanas, antes relumbrando con finas hojas de vidrio, se mostraban ahora atrancadas con toscos maderos. Se dirigió hacia la entrada, probando su resistencia. Golpeó la sólida hoja de madera con el pomo de su espada. —¡Abrid! Desde luego, no recibió respuesta, aunque la pareció escuchar algún murmullo ahogado. Tanteó con la pesada cerradura con su espada. Tras algunos intentos, logró hacerla saltar. Como suponía, estaba atrancada, además. Pero sus embates hicieron crujir la tranca, primero, y saltar después. Irrumpió de repente en una estancia amplia, la sala de recibo. Las ventanas tapadas negaban casi toda la iluminación habitual, pero de inmediato pudo ver un grupo de mujeres agrupadas en una esquina. La miraban con espanto, sus ojos muy abiertos, abrazándose las unas a las otras, más o menos desarmadas. —No nos haga nada. Llévese lo que quiera. Se acercó, reconociendo la voz y el aspecto de la mujer mayor que había hablado. Por lo visto, ella no había sido reconocida, o tal vez sí.

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—¡Por favor! ¡No nos hemos resistido! ¡Son las leyes de saqueo! —gritó otra mujer, más joven, abrazada a la que había hablado antes. —Soy yo. ¿No me reconoces, Lidonie? —le preguntó, acercándose más para poder ser vista. Consciente de su amenazadora presencia, alejó la espada de ellas. —¿Gwyn? ¿Eres tú? —le preguntó, la muchacha, aún asustada—. ¿Por... por qué...? —balbuceó. —No temáis nada. He venido a protegeros, no a saquear. Mientras esté yo aquí no os pasará nada. Poco a poco, todas se tranquilizaron, aunque sin mostrar la menor confianza. Al fin, siguiendo sus instrucciones, se dispersaron por la casa, para vigilar la entrada trasera y el resto de ventanas. Si eran asaltadas, la avisarían y ella se encargaría de todo. Ella quedó en la sala de recibo, el lugar más expuesto, a solas con Lidonie, a la que pidió que la acompañara mientras vigilaba la entrada principal. Como suponía, casi de inmediato se asomaron por la rota puerta cuatro guerreras, mirando al interior con cuidado. —Esta casa está bajo mi protección. —les dijo—. Id a saquear a otra parte. Y no olvidéis las leyes de saqueo. No quiero nada de excesos, y menos aún fuego. Las guerreras asintieron, dejándola sola de inmediato. —Me cuesta creer que seas realmente tú... —le dijo Lidonie, una vez hubo pasado el peligro—. ¿Estás al mando o algo así? —Algo parecido. —sonrió ella—. En todo caso, no tenéis nada que temer. —Es asombroso... Pero... ¿por qué has venido?

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—Yo... Bueno, alguna clase de gratitud, supongo. A tu manera, fuiste buena conmigo. No quería que os pasara nada, ni a ti ni a tu familia. Lidonie pareció quedar sin habla por algunos instantes. Su aspecto era bueno. Se la veía aún algo desgarbada, rudamente bonita. Se le fue acercando poco a poco, como si aún la temiera. Al fin tomó asiento a su lado. —Me gustaría saber si mi huida os supuso alguna clase de problema. —le preguntó al fin, viendo que no decía palabra. —Fue todo un escándalo.

—respondió, bajando la vista, como si

recordara—. La reina montó en cólera, pero por suerte mi madre tiene su propia autoridad. Al final todo quedó en nada. —Lo siento si os supuso algún perjuicio. Pero tenía que cumplir con mi deber. Lidonie volvió a quedar en un pensativo silencio. Cuando ya parecía que no volvería a decir nada, alzó la vista para mirarla de frente. —¿Me utilizaste? Quiero decir... ¿me hiciste creer que... que te gustaba para preparar tu huida y el rescate de la princesa? Aquello la hizo sonreír con pesar. Sacudió la cabeza a un lado y otro, al tiempo que respondía despacio. —Lidonie... Hay algo que debes saber. No puedes acostarte con una esclava y pretender que sois amigas. O la liberas del todo, y entonces le haces una proposición, o todo lo que ocurra tendrá resultará siempre algo dudoso. —Entonces, me utilizaste. —No, Lidonie. —le acarició la mejilla. Pese a su edad, seguía siendo una niña en algunos aspectos. Recordó algo de lo que hubo de auténtico entre ellas

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dos. Después de todo, era aquello lo que la había llevado hasta allí—. No lo has entendido. Lo cierto es que, al principio, no dormí en tu cama ni por preparar mí huida, ni siquiera porque me lo ordenaras o porque fuera a suponer una vida menos mala para mí. Lo hice por gratitud, porque me salvaste de acabar en las minas, y porque me trataste bien cuando no tenías por qué hacerlo. Era gratitud, Lidonie. Amistad si quieres. Pero no amor. Se mantuvieron en silencio la mayor parte del rato que estuvieron allí. Lidonie, al final, pareció llegar a algún acuerdo consigo misma, y le empezó a preguntarle por sus aventuras después de haber huido. Gwyn le contó un breve resumen, que suscitó nuevas preguntas e incluso algún comentario incrédulo. En definitiva, acabó por parecerse la antigua Lidonie, alegre, despreocupada y un tanto irresponsable. Al fin, ya de noche, sonaron los cuernos que anunciaban el fin del saqueo. Se puso en pie, dispuesta a marchar. —Tengo que irme. Ya estáis a salvo. Despídeme de tu madre y tu familia. Jamás quise perjudicaros, al contrario. Hasta hoy, he sentido preocupación y algunos remordimientos por si os puse en dificultades al huir. De algún modo he creído que abusé de vuestra bondad y confianza, aunque no me quedaba más remedio que hacer lo que hice. Me ha alegrado de ver que estabais bien. Te aseguro que jamás os olvidaré. —Aquello sonaba tan definitivo como pretendía. —¿No quieres quedarte? Puedes pasar aquí la noche... Aquello la hizo sonreír con algo de tristeza. —No, Lidonie. El deber me llama de nuevo. Tengo que marcharme. Cuídate. La besó levemente en los labios y, sin mirar atrás, se internó de nuevo en la ciudad a oscuras, hacia el palacio.

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Recordaba sólo detalles sueltos, algún pasillo, alguna sala. Pero no habría podido orientarse. Por fortuna, unas cuantas guerreras le habían salido al paso y se habían ofrecido a conducirla junto a Taia. Según le contaron, la resistencia allí también había sido débil, aunque más nutrida. Sin embargo, las deirianas habían comprendido que no tenían ninguna posibilidad, y se habían acabado por rendir. Las vio a lo largo de los pasillos, sentadas sobre el suelo, ya desarmadas. Taia, por su parte, había irrumpido de inmediato en el palacio, tras la rendición. Por fortuna, había aceptado llevar consigo una guardia, y estaba bien. La escolta la condujo hasta la sala del trono, donde estaba Taia. Recordaba bien aquella estancia; recuerdos rodeados de dolorosas sensaciones. La peor de ellas, la derrota y la reciente pérdida de todas sus compañeras, más que el posterior encuentro con la cruel reina. Aún sentía las cicatrices en la espalda, pero aquel dolor había pasado. No así el interior. La sala estaba a oscuras. En todo caso, su esplendor no podía compararse con el de la sala del trono de Athiria. En su anterior visita no había tenido ocasión para valoraciones estéticas, pero se veía allí un lujo más sencillo, menos recubierto de historia y poderío. En medio de la sala, como una figura solitaria, se alzaba Taia. Estaba cabizbaja, como sin saber adónde mirar o ir. No se volvió cuando ella entró, pese a que sus pasos resonaron en la cavernosa estancia. —¿Taia? ¿Estás bien? Al fin se volvió. A la pálida luz de las lunas que se filtraba por los altos ventanales, su expresión no era ni alegre ni triste. Más bien como de total vacío. —¿Me escuchas? —insistió, acercándosele más—. ¿Y Erivalanna? —Allí... —respondió ella tan solo, señalando con su pulgar sobre su hombro hacia el trono. Y allí se veía tan solo un bulto oscuro que antes había pasado por alto, al pie del estrado.

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—¿La... la mataste? —No... —sonrió con aparente melancolía—. No me dio la opción. Cuando llegué, ya se había quitado ella la vida. Algo le dijo a Gwyn que debía abrazar a la princesa. En efecto, esta se acurrucó entre sus brazos, si bien se mantuvo serena. —¿Estás bien? ¿Qué pretendías si... si la hubieras capturado? —No sé... En el fondo, debería sentirme aliviada. Una responsabilidad menos, y desde luego que deseo quitármelas todas de encima. Pero no sé... Me había preparado para una confrontación, creo, y te aseguro que me costó esfuerzo. Y ahora... nada. —Ya veo... —le acarició la cabeza, apoyando su barbilla sobre ella—. ¿Qué le habrías dicho? —Ya no estoy segura. Tal vez que le perdonaba todo el daño que me había causado. Que me había hecho ver la vida de otra forma, que sin ella jamás me habría dado cuenta de algunas cosas... No sé... Es absurdo. Me hizo más daño que nadie en mi vida, en todos los sentidos. —¿Qué sentías por ella? —Tampoco lo sé. —De alguna forma, la sintió sonreír sin verla. Percibió su expresión con todo detalle—. La odiaba. La temía. La respetaba. No sé. Hizo conmigo lo que quiso, con mi mente también. Ahora me siento extraña. No sabría decir cómo. Jamás lo había sentido antes. —Liberada. ¿No es eso?

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Taia alzó la vista entonces. —Sí. Es eso. Jamás me había sentido tan libre. Su muerte hace que ya haya cumplido mi misión, y ahora me siento libre... y vacía. No hay nada más que hacer... —Por cierto... —dijo Gwyn, al poco—. Para acabar de hacer justicia, hay alguien más a quien pedir cuentas. ¿No es así? Taia asintió, como a desgana, sin decir más. —¿Qué piensas hacer con ella? —Insistió Taia. Se refería, desde luego, a Arijana, la novia que la vendió. —Nada. —¿Nada? —Eso es. Me traicionó. Me hizo mucho daño. Pero no pienso pasar por esto otra vez. —dijo, haciendo un gesto hacia el cuerpo tendido sobre el suelo—. No podría hacer lo que hay que hacer. Además... —¿Qué? —Debió huir de Athiria en cuanto se supo mi regreso. A estas alturas, puede estar en cualquier sitio. —Si te vendió a la reina de Deiria, lo normal es que viniera aquí. Y ya quedan pocos sitios en los que pueda refugiarse una aliada de Deiria. Taia asintió, aunque no parecía disfrutar de la información. Estuvo así largo rato, hasta que alzó la vista. —¿Sabes qué? —Dime...

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—Creo que el mejor castigo que podría recibir Ari es estar el resto de su vida huyendo de quien no la persigue. Gwyn asintió, reconociendo la sensatez de aquello. Todavía abrazándola, condujo a Taia fuera de aquel siniestro lugar. Mientras lo hacía, dio órdenes para que se llevaran en cadáver de Erivalanna, la última y más ambiciosa de las reinas de Deiria. A Taia, futura reina de Athiria y que pese a ello no veía ningún futuro en su vida, la llevó a un sitio donde pudiera descansar. Con todo, tras dejarla dormida en una estancia del palacio, la abandonó de momento. La pobre estaba física y emocionalmente exhausta. Salió, pues necesitaba aclarar un poco sus pensamientos. Paseó por los vacíos corredores. Algunos le recordaron combates y huidas, aunque no podía estar segura. Al igual que Taia, se sentía algo vacía. La guerra había terminado, en efecto, junto con la meteórica carrera de Erivalanna. Como consecuencia, sus caminos, los de Taia y el suyo, se separaban irremisiblemente. Ella volvería a las tierras ancestrales de su clan, y Taia a su patria, para convertirse en reina. Dos destinos bien distintos. Ya era triste que, para una vez en su vida en que lograba imaginarse a sí misma compartiéndolo todo con alguien, ese alguien estuviera tan fuera de su alcance. Tras cruzarse con un par de guerreras de guardia, que le dieron el "sin novedad", dirigió sus pasos hacia la habitación en la que dormía Taia. Sin duda estaba debía estar profundamente dormida, pues su agotamiento no era sólo físico. Pero sería mejor apurar cada instante a su lado. Ya iba a abrir la puerta, despacio, cuando sintió que su interior se rebelaba contra la fatalidad. ¡Maldición! Princesa o reina, no podía quitársela de la cabeza. Por osado, por absurdo que fuera, algo debía hacer. Entró en la habitación con más empuje, aunque cuidando de no despertarla. Una idea había tomado forma en su mente. No es que se diera esperanzas a sí misma, pero al menos aquello la había hecho sonreír de nuevo.

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Capítulo 14

De Las culturas de Alanna. Una aproximación comparativa, de T. Tiscali, Ed. Pan-Rígel, Rígel, 1184: «Es difícil encontrar un objeto de estudio social, antropológico o histórico que haya sido víctima de tantas aproximaciones infundadas, generalizaciones, tópicos o simples y crasos errores como lo ha sido del mundo de Alanna. El primero de estos últimos ha sido el considerarlo como una cultura homogénea. Incluso los estudiosos que no obviaban esta salvedad, acababan centrándose en la cultura de la Tierras Bajas, generalizando sus conclusiones a toda Alanna. La de las Tierras Bajas es sin duda la subcultura alaniana más difundida, dominante y avanzada, pero en modo alguno la única. Dejaremos de lado las obras de divulgación, centradas sin excepción en el lado más singular y morboso de la sexualidad alaniana, y que han conducido a una percepción popular de este mundo cuando menos sesgada. [...] »En esta introducción haremos algunos planteamientos iniciales, que luego y a diferencia de otros trabajos, nos servirán de guía conductora...»

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Tanto

la rápida victoria como la muerte de Erivalanna tuvieron positivas

consecuencias. En la misma ciudad de Deiria se produjo una reunión en la que participaron la mayor parte de las reinas del Gran Valle. Taia la presidió, dando muestras de su recién adquirido aplomo. Se reorganizaron los reinos, se hicieron promesas de alianza y paz perpetuas, y en general todo salió a las mil maravillas. Así lo sentía Gwyn, mientras caminaba de vuelta hacia Athiria. Todo había ido tan rápido y tan bien que incluso habría una celebración allí. Con la victoria, las guerreras de las Tierras Altas habían perdido algo de su actitud hosca. Aunque casadas en su mayoría, tampoco había razón para que se privaran de alguna de las diversiones de la ciudad. Además, entrarían en Athiria no como simples mercenarias de paso, sino como vencedoras, con desfile incluido. No era fácil resistirse a un programa así. Y puesto que al invierno aún le quedaba más de un mes por llegar, incluso ellas participarían. Estaban también de buen humor. Volverían cubiertas de riquezas, asegurando de esa forma aquel invierno y muchos más para sus clanes. Desde luego, la marcha no podía ser más distinta a la de la ida. Imperaba el bullicio y los comentarios de las unas a las otras sobre todo lo pasado. Aquellos comentarios, con el tiempo, se convertirían en largas historias contadas a la luz de la lumbre, durante los largos inviernos. Hijas y luego nietas los escucharían, embelesadas, una y otra vez. Algunos relatos acabarían incluso por convertirse en romances y cantos, inmortalizando a aquella tropa que tan poco mítica parecía ahora. Gwyn caminaba entre ellas, sonriendo y silbando entre dientes. Era magnífico aprovechar los últimos rayos cálidos del sol, la hierba verde y los últimos pasos del camino. —¿Qué es lo que te hace tan feliz? —le preguntó Taia, que caminaba a su lado. —Mmm... No sé. Todo. —Hizo un gesto, abarcando el ejército victorioso, el cielo azul, el aire fresco. Echó entonces una ojeada a la princesa. No parecía ni mucho menos tan alegre. Pobrecilla. Quizás odiaba tener que regresar a sus

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responsabilidades principescas, incluso reales, si como se rumoreaba la abdicación de su madre se acababa por concretar. Tal vez también suponía, y no sin razón, que a partir de allí tendrían que separarse. La verdad era que parecía incluso abrumada. Tampoco era de extrañar; la única triste en una compañía alegre. Le pasó un brazo por el hombro y la sacudió un poco—. ¡Vamos! ¡Alegra esa cara! ¡Disfruta de la vida tal y como viene! El mañana no existe, ¿de acuerdo? El sol brilla, y tú estás a mi lado. ¿No es estupendo? Sus sacudidas la hicieron sonreír de manera bastante forzada, eso era evidente. Al fin asintió, animándose un poco. —Sí lo es. —afirmó—. Pero, por otra parte... ¿No estás tú algo triste? ¿Un poco, tal vez? Sabía a qué se refería. Sus destinos se iban separando irremisiblemente. Pronto aquel camino se bifurcaría. Aquello hizo entrar a Gwyn en una cierta introspección. Era cierto. ¿Por qué estaba tan animada? La perspectiva de separarse de Taia no era nada alentadora. Debería estar algo melancólica. ¿Por qué no lo estaba? Tras analizarlo a fondo, decidió que había tomado una decisión, y aquello la liberaba. Si haces, o estás dispuesta a hacer lo que sea, por alocado que parezca, te sientes bien contigo misma. Ella había tomado una decisión, y el resultado ya no dependía de ella. Por tanto, se sentía liberada, y alegre y ligera. Poco importaba que el resultado fuera dudoso, o menos que eso. Haría todo lo que estaba en su mano. Volvió a contemplar a Taia a su lado, y sonrió. De alguna forma, esta vez sí consiguió contagiarle una verdadera sonrisa. —No. Te tengo a mi lado, y así no puedo estar triste. —le contestó.

x Milagrosamente, el buen tiempo las acompañó durante casi todo el camino de vuelta. En consecuencia, a su llegada a Athiria el sol brillaba esplendoroso. La ciudad, en la lejanía, parecía una joya radiante, con múltiples facetas de mil colores. Los dos ríos aportaban sus destellos, animando a las guerreras en los

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últimos pasos, alegrando sus caras. Todas estaban deseosas de entrar en la ciudad, y entre las filas se especulaba con el recibimiento que les darían. Pronto pudieron comprobar algunas de sus especulaciones. Los ríos, entre los dos puentes, se veían cubiertos por docenas de barcas, incluidas las dieciséis de guerra que ya habían vuelto con las heridas. Todas, las civiles y las militares, estaban cubiertas de banderines multicolores. Y lo mismo ocurría con las murallas de la ciudad, engalanadas para la ocasión. Una multitud parecía coronarlas, pero no era la única. Por lo visto, las más jóvenes de las habitantes de la ciudad, impacientes, habían salido y se agolpaban a ambos lados del camino. Apenas eran unas niñas, y correteaban de un lado a otro, iniciando el recibimiento. Las filas del ejército se vieron rodeadas por esta algarabía, llena de voces de felicitación. Al fin pasaron bajo las puertas de la ciudad, de las que pendían largas banderolas con los emblemas de los reinos aliados. Gwyn pudo comprobar con aprobación que no faltaban los de los clanes. Era un detalle de amistad, pues eso suponía considerar que habían combatido no sólo por la paga, sino que existía alianza. Pasaron entre las puertas abiertas del todo, y se internaron en la ciudad. Allí, el delirio de la multitud era indescriptible. Desde los pisos altos de las casas les lanzaron pétalos de flores, mientras diversas bandas de música las recibían. Eso hacía que, en su avance, fueran pasando de una melodía a otra, sin acabar de escuchar ninguna. Gwyn comprobó que, tras ella, las guerreras de las Tierras Altas se ponían serias. Desfilaban en un orden que no había visto en ningún momento durante el regreso. Se veía que querían ofrecer la mejor impresión, sin dejarse llevar por el entusiasmo que sin duda sentían. Preferían parecer serias y marciales, algo que hizo sonreír a Gwyn. Las guerreras rubias, en cambio, no tenían problema alguno en devolver saludos y besos a la multitud, demostrando su alegría de forma mucho más espontánea, aunque fuera menos guerrera. A su lado, Taia parecía a punto de despedazarse emocionalmente. Por un lado, ella era la comandante, y caminaba al frente vestida con su brillante

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armadura, siendo objeto de los mayores y más entusiásticos vítores de sus conciudadanas. Aquello la hacía sentirse sin duda de maravilla. Pero por otra parte, parecía temerosa de llegar al final del desfile. Gwyn la habría abrazado y animado. Pero se contuvo, dejando a la valiente y hermosa princesa brillar y destacar al frente de la comitiva, en medio de su ciudad. Al fin alcanzaron las puertas del palacio. Allí, el desfile se detuvo ante un estrado. Para su sorpresa, Gwyn comprobó que sobre él no estaba la reina. Tal vez esperara dentro. En todo caso, fue Taia la que se subió. Desde allí se dirigió con notable aplomo a la multitud. En primer lugar, realizó promesas de alianza y agradecimiento a los reinos aliados. Tras esto, se dirigió a las guerreras de los clanes. Señalando unos cofres, les hizo entrega de todo lo prometido y más. Les aseguró también su amistad, y la de sus sucesoras, más allá de pagos o promesas. Al fin se dirigió a sus conciudadanas, prometiéndoles que personalmente haría "lo mejor para ellas, fuera lo que fuera". Los vítores acompañaron su discurso hasta el final. Al acabar, las filas se disolvieron, y la multitud y las guerreras se fundieron en una sola masa que se dispersó por la ciudad. Tras un rato, sólo las comandantes y las guerreras de la guardia entraron en el palacio para una recepción con la reina, junto a aquellas que iban a ser condecoradas por actos de valor.

x La sala del trono estaba atestada. Gwyn no pudo por menos que admirar la diferencia respecto a su anterior visita. Entonces había parecido una sala magnífica, pero desolada. Ahora, todo era distinto. La luz entraba a raudales por las altas ventanas, haciendo relumbrar los mosaicos y los dorados. La nave central se hallaba relativamente despejada, lo que permitía admirar el espléndido mármol del piso. Pero una auténtica multitud se agolpaba a ambos lados, bajo las arcadas de las dos naves laterales y más allá. Además, cosa que en su anterior visita no vio, observó que existía una galería superior, a ambos lados. Las dos se

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hallaban llenas de gente también, todas con sus mejores galas, rivalizando en color y lujo con la sala. Al entrar allí las escogidas guerreras, la multitud prorrumpió en vítores. La luz, el color y el sonido se hacían casi mareantes, de puro intensos. Gwyn sonrió. No podía pedir un escenario mejor para sus planes. Al fondo de la sala, sobre el estrado, se hallaba el trono, tal y como lo recordaba. Sobre él, vestida también con elegante discreción, se encontraba la reina. Alguien, una chambelán tan vez, retuvo a las guerreras a la entrada, sin permitirles acercarse. En cambio, se llevó a Taia y Olaia. Debían estar al lado de su madre en aquel momento, cumplimentando a las guerreras que serían homenajeadas. Gwyn quedó atrás, mientras se llevaban a Taia. Esta le echó una mirada desolada por encima del hombro, como si la fueran a llevar lejos para siempre. Gwyn, con aspecto satisfecho, se limitó a sonreírle. Poco a poco, la chambelán fue dando paso a una guerrera tras otra. Iba consultando sus nombres en un pergamino, y tras unas breves instrucciones las enviaba hacia el frente. Desfilaban solas, en medio de la multitud, que una vez pasado el entusiasmo inicial mantenía un respetuoso silencio. Gwyn no pudo evitar sonreír al ver la cara de terror de algunas jóvenes guerreras. Se habían enfrentado a la muerte sin un instante de duda, y ahora dudaban, miraban a un lado y otro y hasta empalidecían solo por tener que cruzar la sala del trono en medio de multitud para ser homenajeadas. Pero lo conseguían, con más o menos vacilaciones, y llegaban ante el estrado. Allí, a un lado, Olaia leía de unos pergaminos sus méritos o actos heroicos, tras lo cual la reina pronunciaba unas pocas palabras de agradecimiento. Entonces entregaba un medallón a Taia, que se lo prendía a la guerrera al hombro. Los medallones eran auténticas obras de arte. Gwyn había visto algunos, arrumbados como recuerdos viejos en caserones de montaña. Los había de madera, finamente labrada, y también de marfil, hermosísimos, para actos de la mayor importancia y heroísmo. Al principio, se concedieron los menos importantes, y poco a poco Gwyn fue quedando sola al otro extremo de la sala. Al fin, la penúltima guerrera, una veterana de las Tierras

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Altas, fue llamada, y se encaminó con aplomo hacia el trono. En cuanto el medallón de marfil le fue prendido al hombro, Gwyn la siguió. Definitivamente, el lugar era mucho más impresionante lleno de gente que vacío. Los mosaicos recorrían la bóveda, representando el cielo y sus dones. Poco más abajo, las galerías estaban llenas de gente que la miraba desde arriba, entre sonriente y admirada. Abajo del todo, aún más gente la contemplaba de cerca, al pasar por su lado. Y al fondo, la reina la veía acercarse, seria e inexpresiva, aunque alerta. A su lado, de pie, Olaia dudaba entre centrar su atención en ella o en su pergamino. Taia, al otro lado y también de pie, la miraba fijamente, como hipnotizada. Ella, siguiendo el ceremonial, se arrodilló al llegar ante el estrado. Escuchó sus méritos recitados por la voz juvenil pero firme de Olaia, muy seria en su papel. Al fin, escuchó a la reina. —Ninguna de las recompensas que hoy se han dado se habría hecho realidad sin ti, Gwyn de Glewfyng. Ya tuve que ofrecerte toda mi amistad y lealtad antes, cuando me trajiste a mi hija de vuelta. Ahora, me traes la victoria, y a mis hijas sanas y salvas de nuevo. Aparte de este medallón, ¿qué más puedo ofrecerte que no lo haya hecho ya? Ella alzó la vista entonces, todavía arrodillada. No pudo evitar una sonrisa inquieta. Jamás podría haber esperado una entrada mejor para lo que planeaba decir, así que... —Majestad. —Miró entonces a Taia, que no le quitaba la vista de encima—. La última vez que estuve ante vos, me ofrecisteis lo que quisiera escoger. —Así es. —asintió ella—. Entonces te reservaste la oferta, y como no podía ser menos, ahora te la reitero. ¿Qué, de entre todo lo que tengo, puede hacerte feliz?

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—Sólo una cosa, majestad. Vuestra hija. —Y para hacer más evidentes sus palabras (y evitar confusiones), dirigió su mirada y gesto hacia Taia. Esta estaba como paralizada de asombro, con sus ojos y boca casi cómicamente abiertos. De inmediato, los murmullos se elevaron a sus espaldas, comentando sin duda su osadía. Alzó en consecuencia la voz para proseguir—: No os la pido para privaros de ella, sino para convertirla en mi esposa, si ella consiente. Esta vez los murmullos se convirtieron casi en griterío. ¿Cómo osaba ella, una montañesa, reclamar a la princesa de Athiria?, se oía casi clamar. La reina hubo de hacer un ademán y dirigir una mirada autoritaria hacia el auditorio para poder responder. —Me pides lo que jamás pensé en ofrecerte, guerrera. Además, hay un impedimento adicional, puesto que hoy mismo, aquí y ahora de hecho, pensaba ofrecer mi abdicación. De nuevo, el griterío se desató a sus espaldas. ¡Reina! Todas las miradas convergían en Taia, que parecía querer desvanecerse, sin conseguirlo. Sin embargo, su expresión se centró poco a poco, y miró a su alrededor como si por primera vez fuera consciente de estar allí. Entonces avanzó algunos pasos, y el ruido se aplacó al hacerse evidente que iba a hablar. —Yo también iba a hacer un anuncio hoy. Y por lo visto, tendré que hacer dos. El primero, el que había planeado: renuncio a ser vuestra reina. —Dejadme continuar, por favor... —trató de nuevo de serenar los murmullos, para proseguir, dirigiéndose al público—. No porque os abandone, ni a vosotras ni a mi madre. Es más sencillo. Los recientes acontecimientos me han convencido de no ser la reina que merecéis. Por mi culpa, esta guerra casi se pierde. He demostrado falta de criterio a la hora de juzgar a las personas, el peor defecto en una gobernante. Ese error ha provocado muertes y peligros. Pero no os podía abandonar así. En consecuencia, quise dejar resueltas las consecuencias de mis

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

errores para hacer efectiva, ahora sí, mi renuncia. Además, esta campaña me ha convencido de algo: no os dejo en malas manos. He descubierto a alguien que tiene la prudencia, el criterio y, cuando se necesita, el valor necesario para ser reina. Me refiero a mi hermana, Olaia. Esta vez fue el turno de la joven de parecer cómicamente sorprendida. Las palabras de su hermana tuvieron el efecto de centrar en ella todas las miradas y comentarios. Al poco, Taia prosiguió. —En la reciente batalla, demostró que sabe obedecer órdenes, aun cuando no le gusten. Algo imprescindible para quien tiene que hacerse obedecer. Y aún más, demostró que sabe tomar decisiones propias, sin confundir el valor con la inconsciencia. Hoy ha leído los méritos de otras. Pero no deben pasarse por alto los suyos propios. Por fortuna para su hermana, Taia se reservó una información que habría ayudado a su argumento. Durante el camino de regreso, Olaia le había contado que, a la vuelta aunque pasado un tiempo, se proponía hacer oficial su noviazgo con Liris. Las dos, desde la batalla, se habían hecho inseparables, y habían compartido tienda y casi todo su tiempo. Lo mejor de todo era que Liris era princesa de Caliria, un reino hasta entonces rival de Athiria. Había acudido en su ayuda, pero sólo porque Deiria era una amenaza común. Aquel compromiso, cuando se anunciase, sería recibido con alborozo, pues supondría consolidar aquella alianza oportunista, convirtiéndola con toda probabilidad en alianza y paz permanente. Caliria controlaba las rutas del oeste, por lo que su amistad era muy importante para Athiria. Gwyn, que conocía todos estos detalles, noviazgo incluido, no pudo dejar de admirar la maestría de Taia al callarlos. Cuando fuera la propia Olaia quien los anunciara, todo el mundo la adoraría. —Pero esto era sólo lo primero que iba anunciar. —interrumpió de nuevo los rumores—. Lo siguiente es que, por mi parte, quiero aceptar la oferta de Gwyn de

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Glewfyng. Porque para mí es una oferta, y no una petición. Sí, Gwyn, quiero ser tu esposa y seguirte allí adonde vayas. Bajó entonces los escalones, uno a uno, hasta detenerse al lado de la morena guerrera. Le tendió una mano, sonriente, para hacer que se levantara. Entonces, en medio de un griterío ya ensordecedor, se besaron. Lo hicieron largamente, con pasión, sin importarles todo lo que ocurría a su alrededor.

x De Estudio de la literatura de Alanna. Romances, odas y ciclos épicos, de O. Nobuyama, Ed. Unaia, Barnard, 1139: «La literatura alaniana presenta interesantes variedades. En este estudio nos centraremos exclusivamente en las tradiciones literarias de las tierras de la Llanura. Esto no ha de significar un menosprecio de las literaturas de las Tierras Altas o de los Países del Sur. Posteriores estudios harán honor a sus tradiciones literarias. [...] »Uno de los géneros más interesantes es el que ha sido etiquetado como "romances". Esta denominación, proveniente de la Baja Edad Media terrestre, tiene la virtud de la amplitud, y por lo general alterna pasajes en verso con largas descripciones en prosa. Como en los romances medievales,

los

alanianos

presentan

una

gran

amplitud

temática,

centrándose tanto en acciones heroicas como en historias de amor, en incluso en relatos épicos y guerreros. Desde luego, todas las historias de amor son de carácter lésbico, lo que es perfectamente natural teniendo en cuenta cuál es la sexualidad considerada "normal" en esta cultura. Las

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

historias de amor descritas en estos romances se hallan perfectamente integradas en la cultura alaniana, y desde luego carecen de cualquier carácter trasgresor. Por otra parte, es frecuente que se mezclen los relatos guerreros, de carácter mítico o histórico, con las historias románticas. En este sentido, el conocido como "Romance de la princesa Taia y la guerrera Gwyn" es tal vez la más hermosa...»

FIN

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE...

APÉNDICE A: La batalla de Quirinia.

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El terreno sobre el que se desarrolló la batalla de Quirinia se encontraba delimitado, por sus lados norte y oeste, por el río Cotreo, infranqueable salvo si se disponían de barcas suficientes. Sólo un puente cruza el río, pero da directamente a la ciudad de Quirinia (en poder de Deiria al comienzo de la batalla), de modo que también era infranqueable para las athirianas. El terreno se halla cubierto de pastos, algo húmedos en el momento de la batalla pero transitables. El camino que se origina en el puente se bifurca pronto, y un ramal se dirige hacia el suroeste y el otro hacia el sureste, delimitando con más precisión la zona sobre la que de desarrollaron todos los combates. El primero conduce hacia Daäna y Athiria, por donde llegó el ejército athiriano. El segundo lleva hacia Ferilia, y por él acabó por llegar el ejército de Tirelia. El campo de batalla era llano salvo por tres elevaciones: las denominadas aquí colinas Oeste, Este y Norte. De estas, las dos primeras son las más importantes, y se encuentran próximas la una a la otra y coronadas por pequeños bosquecillos que ofrecían un cierto resguardo. La situación de la línea de Quirinia responde, sobre todo, a su notable inferioridad numérica, apenas la mitad de las fuerzas de Deiria al comienzo de la batalla. Pese a esto, conviene recordar que las tropas athirianas eran de calidad muy superior, no sólo por la presencia de 2.000 guerreras de las Tierras Altas (Deiria contaba con unas 400, pero que se utilizaron como reserva alrededor de su reina y no llegaron a combatir). Además, hay que recordar la presencia de un amplio contingente de arqueras de la Llanura, especializadas y muy efectivas. En cambio, la mayor parte de las tropas de Deiria estaba constituida por guerreras de países sometidos, y que por tanto luchaban obligadas. Con todo, las tropas de Athiria, conscientes de su inferioridad numérica, se situaron a la defensiva. Sobre las colinas Oeste y Este se situaron los contingentes de arqueras, de modo que pudieran alcanzar tanto los flancos como el centro, en una posición muy ventajosa y difícilmente accesible. En medio de estas colinas se situó la fuerza principal athiriana, con las mercenarias. Ante ellas, para ocultar en lo posible la fortaleza de esta línea, se situó una débil fila con las guerreras athirianas más jóvenes. En cuanto a los flancos, el izquierdo era el más resguardado: la presencia del río Cotreo, a poca distancia, hacía ese lado el más fácilmente defendible. Suponiendo que no sería atacado, como así fue, no se le otorgó apenas protección. El flanco derecho, en cambio, corría más peligro, al estar abierto, con el camino a Ferilia a su lado. Por tanto, para reforzarlo, se situó un pequeño contingente de las Tierras Altas.

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

En cuando a la reserva, se establecieron dos, cada una tras ambas colinas. La reserva derecha, como era previsible, tendría que reforzar el flanco correspondiente, para evitar que el pequeño contingente que lo protegía quedara desprotegido.

250 En cuanto al despliegue deiriano, era más sencillo. Utilizando su iniciativa, se estructuró en una serie de ofensivas consecutivas. El ataque sobre el flanco izquierdo athiriano fue un señuelo; acabó atacando el centro. El ataque sobre el flanco derecho fue real, pero poco importante; no tenía más objetivo que dispersar el centro y restarle refuerzos. Contra el centro, el mando deiriano planeó cuatro ofensivas sucesivas, a la segunda de las cuales se debía sumar además el ala derecha, que como queda dicho no debía atacar la izquierda athiriana. Aparte de estos asaltos, se había previsto una reserva que no llegó a abandonar su campamento ni a entrar en combate. Además, la reina de Deiria se desgajó del flanco izquierdo, pasando a ocupar con su guardia de las Tierras Altas la colina Norte, sobre la que podía contemplar todo el desarrollo de la batalla desde una posición privilegiada.

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La batalla se inició poco después del mediodía. Siguiendo su plan de batalla, las fuerzas de Deiria (en rojo) se dividieron en tres alas, sumando en total menos de un tercio de sus fuerzas. El ala derecha (a la izquierda de la imagen) marchó junto al río y se detuvo antes de cruzar el camino a Daäna; como había previsto el mando athiriano, su avance era un señuelo. El ala izquierda se dividió: la reina junto a su guardia se situó sobre el cerro Norte, mientras el resto lanzaba un ataque destinado más bien a distraer a la reserva de Athiria y restar fuerzas de donde se debía lanzar el ataque principal, el centro. Por ahí avanzó el tercer grupo. En esta fase de la batalla aún no se produjeron combates.

251

Los primeros combates, siguiendo el plan de batalla deiriano, se produjeron sobre el ala derecha athiriana. Este ataque, como estaba previsto, atrajo a la reserva derecha. No pudo profundizar al encontrarse con la resistencia del pequeño cuerpo de las Tierras Altas (en moteado en el mapa) dispuesto allí con ese fin. Con todo, el asalto principal iba dirigido contra el centro. Según lo previsto por el mando athiriano, la débil línea de guerreras de la Llanura se deslizó hacia las faldas del cerro. Este, convirtiéndose en una nueva reserva derecha. Se reveló así que el principal cuerpo de las Tierras Altas (moteado) defendía el centro entre las colinas Este y Oeste.

La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

El primer asalto al centro athiriano fue rechazado sin excesivas dificultades, algo con lo que ya contaba el mando deiriano.

252 Esta curso

tercera fase, ya avanzada de

la tarde,

fue

la decisiva

en

el

la batalla. El ala izquierda deiriana, abrumada por las arqueras

situadas sobre la colina Este, quedó bloqueada y sin lograr romper ni rodear el ala. Con todo, el ataque decisivo, como ya ha quedado dicho, debía dirigirse en este momento contra el centro athiriano. Al fin, el ala derecha deiriana cruzó el camino a Daäna, uniéndose a la segunda oleada de asalto al centro. Pese a la abrumadora superioridad enemiga, el centro de las Tierras Altas resistió este segundo asalto, si bien con el auxilio de la reserva izquierda. Al final de este fracaso se divisó, por el camino de Ferilia, la llegada del esperado ejército de Tirelia. Se puede considerar, pues, el final de esta serie de movimientos como el punto culminante de la batalla, aunque mayores combates.

aún

quedaba

por

disputarse

los

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El

ejército

sorpresiva primer lugar,

de Tirelia,

aunque poco numeroso, tuvo

la virtud

de romper el curso de

con la

su irrupción batalla. En

logró rodear por completo a la ya desmoralizada ala izquierda

deiriana, que fue la primera en abandonar las armas y rendirse. Sin embargo, y ajenas a esta situación, los restos de los dos primeros ataques deirianos al centro se unieron a la tercera oleada de asalto. El feroz embate fue detenido a duras penas por las guerreras de las Tierras Altas, auxiliadas ahora por la reserva derecha, que antes había constituido la línea frontal y se había retirado a esta posición al principio de la batalla.

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El final de la batalla fue decidido por este combate. Entonces, la parte principal del ejército de Tirelia se situó tras la línea de ataque deiriana. Esto, junto al oportuno avance de la línea de la colina Oeste, sirvió para rodear al centro deiriano.

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Este, ya rechazado tres veces, al ver llegar el ejército de refuerzo por el río, abandonó las armas o se desbandó. El ejército de refuerzo no llegó a entrar en combate, ni siquiera a desembarcar, aunque su llegada acabó de descorazonar a los últimos restos enemigos. En cuanto al que debía haber sido el cuarto grupo deiriano de asalto del centro, al entrar en contacto con las tirelianas dio media vuelta, viendo perdida la batalla. Se retiró hacia su campamento junto a la reserva y la colina Norte con la guardia y su reina. Pronto esta, junto con los restos de su ejército (apenas unas 2.000 mujeres), abandonó el campo de batalla para buscar el refugio de la ciudad de Quirinia tras el río. Para el anochecer, todo el campo estaba completamente dominado por las vencedoras athirianas y sus aliadas.

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE B: Apuntes genealógicos del Reino de Athiria.

Tabla de las Reinas de Athiria (subrayadas).

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En primer lugar, para comprender este cuadro (y todo el sistema genealógico de los Reinos de la Llanura) hay que tener en cuenta que sólo incluye mujeres. Por lo tanto, las hijas de un matrimonio entre mujeres lo serán de una o de la otra, pero evidentemente no de ambas. Para distinguirlas se usa un sistema de colores. Cada una de las integrantes de un matrimonio dispone de un color, que es el que identifica a las hijas correspondientes.

La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

Hay que considerar que, en Alanna, las mujeres tienen hijas habitualmente tras contraer uno de estos matrimonios homosexuales, mediante el expediente de visitar las estancias o locales que albergan hombres para este propósito. Las hijas son criadas en común por ambas integrantes del matrimonio, con que

se

consideran

"hermanas",

pese

a

lo

que habitualmente no lo sean

en absoluto en caso de ser hijas de madres distintas y no tener un padre en común. Los escasos hijos varones, tras una breve crianza, son entregados a instituciones masculinas adecuadas, donde son cuidados aparte. Con todo, hay que decir que los hombres llevan registros genealógicos "convencionales"

en

sus

estancias

de palacios y castillos, en los que se

recoge la paternidad y maternidad de todo el mundo, hombres y mujeres. El único objeto de estos registros es evitar paternidades incestuosas por una

conveniente

información

falta

de

genética. Carecen de cualquier relevancia en

términos genealógicos, sucesorios o de simple derecho civil. Por otra parte, se puede observar en el cuadro que las esposas de las reinas suelen ser princesas de las casas reales de otras ciudades, lo que se indica dando su casa de procedencia. Esto tiene un propósito fundamentalmente político. Las casas reales de los reinos de la Llanura establecen de esta forma buenas relaciones entre sí, de manera similar a como ocurría en las Edades Media y Moderna de la antigua Tierra.

Como puede comprobarse también, lo habitual es que a las reinas (subrayadas en el cuadro) las sucedan sus hijas "propias". Con todo, esto no siempre ocurre así. Puede darse el caso de una reina que no tenga hijas propias, pero sí su esposa; entonces son las hijas "del matrimonio" las que optan a la sucesión. En el cuadro de las reinas de Athiria, el primero de estos casos es el de la reina Cirtis I, sucedida por Talaidis II, hija de su esposa Melnis de Tirelia.

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

También puede ocurrir que una reina no tenga hijas de ninguna clase, incluso puede no haber contraído matrimonio, como es el caso de la reina Dánais la guerrera. Entonces

la

sucede

alguna

de

sus

parientes,

no

necesariamente por línea "genética". En este caso, a la reina Dánais la sucedió su "prima" Melnis la grande, con la que no tenía la menor relación de parentesco genético. Caso aparte es el de la reina Distis la perversa, que nunca contrajo matrimonio. Eso desde luego no le impidió tener una hija propia, Mahaia la bastarda, que la sucedió en el trono. Aún más peculiar es el caso de la princesa Taia, que siendo la única hija propia de la reina Teraia, renunció a la sucesión en beneficio de su hermana "del matrimonio", la que fue entonces reina Olaia II. De hecho, tras su renuncia la princesa Taia sí contrajo matrimonio, con la guerrera Gwyn de las Tierras Altas. Juntas tuvieron sendas hijas, como se observa en el cuadro. Sin embargo, la sucesión continuó en la línea de la reina Olaia II. Esta, curiosamente, puso a su única hija el nombre de la esposa de su hermana, uno nada habitual en los reinos de la Llanura.

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

APÉNDICE C: Geografía de Alanna.

MAPA DE ALANNA (Continente el mapa es a una escala del 222%.

principal). Nota: la mejor forma de visionar

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

ENTIDADES POLÍTICAS PRINCIPALES:

Alanna está dividida en tres grandes unidades culturales y políticas. En el norte, las llamadas Tierras Altas se dividen en clanes, centralizados en sus castillos, con una población muy dispersa y de límites imprecisos. Los castillos apenas poseen población propia estable, si excluimos a la masculina (por lo demás muy escasa: ver apartado Población). En el extremo sur, en los Países del Sur o Tierra de las Islas, existen doce países, con su población distribuida a nivel de aldea y con una organización política muy rudimentaria e itinerante. No hay por lo tanto capitales, si bien ni todas las aldeas son de igual tamaño ni todos los países poseen igual número de aldeas. Por otra parte, las aldeas no son concentraciones de población, sino centros comunitarios para una población dispersa a su alrededor. La zona principal es la intermedia, los llamados Reinos o Países de la l lanura. Salvo excepciones (ver cuadro adjunto), se organizan en reinos. Esos se agrupan en cinco grandes conjuntos, separados entre sí por accidentes geográficos tales como desiertos, ciénagas o cordilleras. De oeste a este, y tal como se ven en el mapa, son: los Reinos de la Costa (con su ciudad principal Talmadia), que resulta ser la única zona costera; los Reinos tras los Desiertos (ciudad principal y la mayor de Alanna: Siris); los Reinos del Gran Valle, la zona más extensa (ciudad principal: Athiria); los Reinos del Valle Oculto, al sur del grupo anterior (ciudad principal: Ashara); y los Reinos tras las Ciénagas (ciudad principal: Euvippe). Por lo demás, hay que destacar que el planeta es fundamentalmente oceánico. Su único continente (también llamado Alanna), reproducido en el mapa, es de tamaño reducido. La mayor parte del resto del planeta consiste en mar abierto. Con todo, y aparte de las islas más inmediatas al continente, existen algunos archipiélagos dispersos que no han sido recogidos en el mapa. Estas islas están deshabitadas. Sin embargo, las habitantes de Alanna tienen un cierto conocimiento de estas islas, si bien reducido a noticias míticas. El conocimiento de la existencia de estos archipiélagos, jamás visitados, ni siquiera por las excelentes navegantes de la Tierra de las Islas, sólo puede explicarse por el recuerdo de la época en que Alanna fue colonizada y toda su superficie vista desde el espacio. Clanes (33) de las Tierras Altas (Castillos):

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La Guerra de los Reinos de la LLanura - Ignacio (Iggy)

POBLACIÓN (Todos los datos son aproximados):

Como puede observarse, la sex ratio de 8,3 mujeres por varón no está uniformemente distribuida. En las Tierras Altas, las duras condiciones de vida producen una mayor mortalidad infantil masculina. En las Llanuras, en cambio, y en particular en las ciudades, esta es mucho menor, y produce una sex ratio más ajustada y, en parte como consecuencia, un total de población mucho mayor que el del resto de zonas menos avanzadas.

En las Llanuras, la proporción población urbana / población rural es aproximadamente de 3:7. Así, las ciudades propiamente dichas sólo tienen una media de 13.000 habitantes, por tanto con una media de 30.000 habitantes más en su zona rural dependiente. En las Tierras Altas y los Países del Sur, se puede considerar al 100% de la población como rural.

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-

Superficie

terrestre

total

de

Alanna

(excluidos archipiélagos

alejados de la zona continental principal): 4,2 millones de km2 - Densidad media de población: 1,2 hab./ km2

Como

puede

verse,

la

densidad media

de

población

de Alanna se

encuentra al borde de lo que convencionalmente se considera terreno deshabitado (menos de 1 hab./ km2). Esto se debe a diversos factores: la baja esperanza

media de vida, las limitaciones reproductivas y la reciente

colonización a partir de un contingente original reducido. - Estructura de edades (para Alanna en su conjunto):

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La estructura de edades posee una notable similitud con la de los países subdesarrollados de la época preespacial terrestre (siglo XX de la era Cristiana), si bien no en su sex ratio, por razones obvias. Como matización, hay que decir que la población hasta 14 años no es tan numerosa como podría ser, debido fundamentalmente a la elevadísima tasa de mortalidad masculina, tanto postnatal como prenatal. Las causas de esta mortalidad se originan en un enzima local que ataca y muta el cromosoma Y. Por otra parte, en la estructura de edades también se puede comprobar que la esperanza de vida masculina, una vez superados los 14 años, es muy superior a la femenina. Así, la sex ratio se va equilibrando a medida que avanza la edad, si bien sin llegar a equipararse en ningún tramo.

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- Tasa de dependencia convencional: 0, 59 personas dependientes / persona productiva. La tasa de dependencia convencional [6] debe ser matizada para el caso de Alanna. Dadas sus peculiaridades, debemos introducir el cálculo de una tasa de dependencia propia, en la que se incluya, además de las categorías habituales, a todos los varones, cualquiera que sea su edad. - Tasa de dependencia alaniana: 0,82 personas dependientes / persona productiva. Esta tasa nos permite considerar más adecuadamente las dificultades económicas y sociales a las que se enfrentan las culturas alanianas.

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Nota a: Las ciudades inscritas con margen forman parte del reino cuya capital es la ciudad situada al principio. Nota b: Normalmente, la sex ratio se da en varones / mujer, pero en el caso de Alanna, por razones obvias, resulta más conveniente expresarla a la inversa. Para convertir la sex ratio alaniana a la nomenclatura standard, basta con realizar la operación: (sex ratio standard) = 1 / (sex ratio alaniana). Nota c: En el sistema convencional, (por lo general ―tasa de dependencia‖ a secas) se consideran dependientes las personas de menos de 15 años y más de 64, sin considerar su sexo.

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