Helvetius - De Espíritu

February 11, 2018 | Author: lagatadezinc5733 | Category: Feudalism, Jean Jacques Rousseau, Society Of Jesus, John Locke, Voltaire
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Descripción: Claude-Adrien Helvetius, Del espíritu, Editora Nacional, Madrid, 1984. Edición preparada por José Manuel Be...

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DEL ESPIRITU

© Copyright, 1984 EDITORA NACIONAL. Madrid (España) I.S.B.N.: 84-276-0636-2 Depósito legal: M. 42.037-1983 Impreso en España - Printed in Spain Gráficas Valencia, S. A. Los Barrios, 1. Pol. Ind. Cobo Calleja. Fuenlabrada (Madrid) CLASICOS PARA U N A BIBLIOTECA C O N TEM PO R A N EA

Pensamiento Serie dirigida por José Manuel Pérez Prendes

CLAUDE-ADRIEN HELVETIUS

DEL ESPIRITU Edición preparada por José Manuel Berm udo

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INTRODUCCION

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IN D U STRIA L, T ER R A TEN IEN TE Y FILÓSOFO

Y. Belaval 1 considera que la vida de Helvétius, como la de d’Holbacb, apenas tiene interés. No obstante, nos atrevemos a sospechar, por lo poco que de ella se conoce 2, que fu e una vida muy sugestiva, digna de los mejores relatos literarios. U na vida entregada a negocios financieros, industriales y agrícolas, bien repartidos con la dedicación al estudio, a la corte y a l amor de las mujeres, presente en los mejores salones, tertulias y teatros, relacionada con lo más selecto de la nobleza, de la alta burguesía y de la «république des lettres». Una vida en la que no fa lta el elemento romántico, como cuando incita a los campesinos de los que debe recaudar impuestos a la sublevación: T ant que vous ne ferez que vous plaindre, on ne vous accordera pas ce que vous demandez. Faites-vous craindre. Vous pouvez vous assem bler au nom bre de plus de dix mille. Attaquez nos employés: ils ne sont pas deux

1 En su «Présentation d ’H elvétius» a la edición rep rin t de las Oeuvres completes, de C. A. H elvétius, hecha p o r G eorg O lm s V erlag, H ildesheim , 1969 (sobre la ed. de D ideror, París, 1795). 2 Los datos biográficos siguen siendo los contenidos en el relato hagiográfico de su discípulo y biógrafo Saint-Lambert, Essai sur la ríe et les oeuvres d'Helvétius, incluido en las ediciones de D idot, de Lapetit, y que es asequible p o r ei rep rin t de O lm s, 1969; la biografía, no m enos apasionada, de A lbert K eim, Helvétius, sa fie et son oeuvre, d'apres ses ouvrages. des écrits divers et des documents inédits, París, Alean, 1907; algunas m em orias y docum entos de la época, com o el Journal de Collé, el Journal d e Barbier, las Mémoires de M arm ontel, las Mémoires d e M olleret, la Correspondance littéraire de G rim m , sobre todo, la correspondencia cuya edición crítica se está1llevando a cabo po r D. W. Smith, Presses de l’U niversité de Toronto. V er a este respecto el artículo de D. W. Sm ith, «La correspondance d’H elvétius», en D ix-huitieme siécle, V (1973), pp. 331-361.

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cents. Je me m ettrai á leur tete, e t nous nous défendrons; mais enfin vous nous battrez; e t Ton vous rendra justice 3.

Una vida donde no escasean las anécdotas sabrosas, como la que se reco­ ge en el tomo I X de la Correspondance de Grim m : Un financiero se acercó una noche en la C om édie a la actriz Mlle. Gaussin y le dijo: «Señorita, seríais tan amable de aceptar seiscientos luises a cambio de algunas complacencias.» La actriz le respondió en voz alta para que Helvétius, sentado a escasos metros, lo oyera: «Señor, yo os daré doscien­ tos si podéis venir a m i casa m añana acompañado de aquél; una vida, en fin , en la que no fa lta el drama, como el acoso que recibió por la publicación del D e l’Esprit, que lo condené al silencio durante el resto de su vida. U na vida así vale la pena ser conocida, y en ello estará de acuerdo Belaval, quien sólo pretende señalar el escaso interés de la biografía como instancia de apoyo en la bistoriación de su pensamiento. Ahora bien, en este aspecto no nos parece del todo justo equiparar a Helrétius con d ’Holbacb. A unque sólo sea porque éste ha sabido separar e incomunicar radical y hábilmente su vida de su actividad filosófica, hasta el punto de que sólo tres o cuatro, y no más, amigos íntimos sabían de sus tareas propagandísticas y de sus escritos, pasando ante los otros como un hombre discreto, sorprendentemente respetuoso de los usos y costumbres, de la cortesía, del protocolo, del ritual del «grand monde» 4. En Helrétius éste no es el caso. Quizás porque, en consecuencia con su pensamiento, era más apasionado, más audaz, más deseoso de gloria, más im pru­ dente... Pero también porque su pensamiento es mucho más deudor de su vida que el de d ’Holbach, el cual se forjó racionalmente, en su diálogo reflexivo con los textos críticos de el religión, del orden social, y del viejo saber. Helvétius, como d ’Holbach, desciende del Palatinado y, perseguida su fa m ilia durante la Reforma, se instalaron en Holanda, para luego pasar a París. El abuelo de Helvétius, médico, recibió título nobiliario de manos de Luis X I V . Su padre, médico de la corte, por sus éxitos en la curación de L uis X V fu e nombrado médico de la reina M aría Leczinska s. Todo fueron facilidades. Helvétius estudió, como correspondía a los jóvenes de su clase, con los jesuítas de Louis-le-Grand. Pronto descubrió

3 Lo cuenta Saint-Lam bert (op. cit., p. 15). El Estado intentaba im poner a los cam pesinos un nuevo im puesto sobre el vino, io que agravaba terrib lem en te su ya m iserable sobrevivencia. H elvétius, encargado de recaudar los im puestos, ponía así de clara la situación. 4 V er nuestra «Introducción» a ia edición de Le Systeme de la Nature, de d’H olbach, en versión castellana, d e la Editora Nacional, en esta misma colección. 5 Sobre los ascendentes d e H elvétius, incluido el origen de este nom bre, ver A. Keim, op. cit., cap. I; L. Lafond, La dinastie des Helvétius. Les remedes du roi, París, 1926. M . Chiray. «La famille des H elvétius», en París-Médica, 1921.

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el Essay on human understanding (1690) de Locke, que, si creemos a Saint-Lambert, decidió su trayectoria filosófica. Locke, que pretendía hacer en la moral, en la ciencia del hombre, lo que Neivton hiciera en las ciencias físicas. Locke y S e n ton, pero también Bayle y Fontenelle, los que trazaron las líneas del pensamiento ilustrado. Y Volt aire, el grande de la época, el único que gozó de esa fam a, de esa gloria que tanto tentara a Helvétius, como tentó a Rousseau y a tantos otros. Y ¡cómo no!, los círculos enciclopedistas, los fisiócratas, y siempre Hobbes latiendo en el fondo. Sobre ello ya volveremos, pues en ese fondo hay que diseñar la fig u ra filosófica de Helvétius, trazar sus límites, su diferencia. De momento su fa m ilia le compra el título de «.fermier general» en 1738. Tenía sólo 23 años y ya disponía de un cargo q m le proporcionaba una cuantiosa fortuna. Los «fermiers», ju n to a aquellos que habían com­ prado los privilegios de sumintstro a los ejércitos, Compañía de las In ­ dias, etc., se constituyeron en una poderosa élite reproductora del antiguo régimen 6. La corona establecía los impuestos y el «fermier», que había comprado el derecho de recaudación en una zona, se encargaba de hacerlos efectivos recibiendo un importante porcentaje. Helvétius entra así en el rango de los grandes financieros. Esta experiencia le propor­ cionó una información importante respecto a los vicios del sistema. Ellos eran la burocracia que, entre el rey y los súbditos, posibilitaba los abusos, la prostitución, la dominación. H ehétius pudo aprender el f u n ­ cionamiento del «anden réghne», su arbitrario uso del poder, sus efectos sociales y humanos, la injusticia de esos privilegios comprados por dinero por gente mediocre. G uy Besse 1 señala que no sólo fue Helvétius, sino también otros «fermiers», los que, dotados de un nuevo espíritu y sensibles a la si­ tuación social, se rebelaron contra esta situación y denunciaron la degeneración del régimen. Efectivamente, algunos de estos altos funciona­ rios supieron ver en la estructura de impuestos no sólo una injusticia que hundía en la miseria a las capas populares, sino la forma moderna de reproducción del orden feudal. Por eso todos ellos, y especialmente Helvétius, tomaron posición confrontada a l Espnt des lois de Montesquieu, cuyo espíritu renovador se vio limitado por su reconocimiento de los privilegios y de la estructura de estamento del antiguo régimen. Pero no jueron sus trece años dedicados a las tareas fiscales 8 la 6 V er A. Soboul «Classes e t luttes d e classes sous la Révolution franp. 3 3 2 -3 3 4 y A Preliminary Bibliographical L ist of Editions o f Hel­ vétius’ Works; en A u stra lia n J o u r n a l o f F re n ch S tu d ie s, V il (1910), pp. 299-347) ha recogido unas veinte ediciones, pero todas ellas en el X V I I I . La proliferación de ediciones no ha complicado en absoluto nues­ tra tarea porque el texto se ha conservado íntegro en todas ellas, al menos en las que hemos consultado. El propio Sm ith, tan crítico ante la autenticidad de ciertos textos, incluido el D e l’H o m m e , y que en su «A Reprint o f Helvetius’ Oeuvres» (Zeitschrift f ü r Franzosische Sprache u n d Literatur, L X X X (1911), pp. 2 6 7 -2 7 5 ) lamenta la reedición en Geory Olms (Hildesheim, 1967, a l cuidado de Y. Belaval) de la clásica edición Didot, no pone ninguna duda sobre el texto del D e l’E sp rit. A nte la u nanim idad de la crítica en cuanto a la fia b ilid a d del texto, hemos optado por realizar la traducción sobre lo que se considera clásico: la edición de las O e u v re s C o m p le te s , París, Didot, 1795, realizada por Lefebvre Laroche por encargo de Mme Helvétius, usando los manuscritos de Helvétius. Esta edición, en 14 vols. in 18°, ha sido reimpresa en G. Olms en 1967, con la «Introducción» de Y. Belaval. El D e l’E sp rit comprende los seis primeros tomos de D idot (tres volúmenes del reprint de Olms) y va precedido del Essai biográfico de SaintLambert y de un prefacio. Hemos tenido presente la edición de D e l’E sp rit de Arkstée et l’E sp rít en el

Merkus (Amsterdam, 1761, 2 vols., in 8 o que se encuentra en la Biblioteca Universitaria de Barcelona). En el vol. 1 incluye los Discursos 1, 11 y parte del III; en el vol. II, el resto del III y el IV , más el M andem ant de 3 0 páginas del Arzobispo de París, C h ris to p h e d e B e a u m o n t, condenando el libro, el C a té c h ism e d u liv re d e l’E sp rit o E lé m e n ts d e la p h ilo s o p h ie d e l’E sp rit, de 40 páginas, que resume el texto en jornia de preguntas y respuestas, y una selección de críticas al D e l’E sp rit, de 4 0 páginas. En lo que respecta a l texto del libro, no hay variación alguna respecto a la de Didot. Y si se tiene en cuenta que esta edición de Arkstée et M erkus es reimpresión en dos volúmenes de la que hicieron ambos en 1758 (Amsterdam y Leipzig, 3 vols. in 12°) podemos decir que el texto es fie l a la edición original. Pero, además hemos consultado la edición de D u ra n d (París, 1794) que está en la biblioteca de Reus, comprobando que no hay diferencia alguna en el texto. Y esta edición D u ra n d recoge la del mismo editor en París, 1748, in 4 o que fu e la primera en salir a l mercado. En fin , también hemos consultado la edición de Arkstée et Merku de 1776 (Amsterdam-Leipzig, 3 vols. in 12°, reimpresión de la misma de 1758) que se encuentra en la Biblioteca U niversitaria de Barcelona, y una edición de Londres, 1776, en dos volúmenes, in 8 o, de la Biblioteca Central de la Diputación de Barcelona. En todos los casos el texto es rigurosamente el mismo, excepto en algunas notas (cosa que Laroche señala). S i hemos tomado como base la de D idot es porque, aparte de ser (con la de Lepetit, 3 vols. in 8 °) la usualmente tomada como referencia, tiene la ventaja de ser asequible en el reprint de Olms. Hemos numerado las páginas de la edición base a l margen. E l hecho de que la numeración sea por tomos puede presentar cierta confusión. Pero, al ser el original un in-18° y al contener muchas notas del autor, indicar volumen, tomo y página habría convertido algunos már- . genes en un cuadro de números. Hemos optado por indicar sólo la página, considerando que el lector que tiene presente el D isc u rso que está leyendo, puede fácilmente determinar el volumen y tomo de referen­ cia. El punto exacto de cambio de página está señalado con | . Nuestras notas van numeradas por D isc u rso . A unque las notas de Helvétius en la edición de D idot no están numeradas, figurando sólo un asterisco como llamada a l pie de página, en nuestra edición castellana hemos optado por la numeración correlativa por D isc u rso , como aparece en otras ediciones. Para distinguirla de las nuestras, los números van entre paréntesis. En cuanto a la traducción, el único problema importante ha sido el de expresiones como «bel esprit», «bon ton», «bel usage», «gens du

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monde»..., difíciles en general de verter a l castellano y aún más con el sentido preciso que tenían e n el ambiente parisino del X V l l l . Por eso c o n frecuencia hemos optado por u na traducción casi literal, aclarando en nuestras notas el sentido; es decir, hemos pretendido — haciendo de la necesidad virtud — casi a c u ñ a r estas expresiones por considerarlo preferi­ ble a una traducción forzada o anacrónica.

OE U V R E s COMPLETES

D’ H E L V É T I U S . TOME

PREMIER,

A PARIS, BE L'IMPRIMEME DE P. DIDOT L AÍjí¿,

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máro»UQCi.

179 5.

... U nde animi constet natura videndum , Q ua fiant ratione, et qua vi quaeque gerantur In terris '. LuCRET. De rerum natura.

' Im pórtanos sobre todo indagar de qué elem entos constan alma y espíritu y (nos im porta indagar) también qué se produce en la tierra y en virtud de qué fu e ra . Lucret., De rerum natura, I. En realidad es una cita libre, hecha por reconstrucción en base a los versos 127 y 131 del Libro I. V er Lucrecio, De rerum natura, traducción a cargo de Eduard Valentí Fiol, Barcelona, Alma Mater, 1961, y la de su discípulo José Ignacio C iruelo Borge, Barcelona, Bosch, 1976. Leyden, 1725. (N . T.).

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P refacio

El o b je to q u e m e h e p r o p u e s to e x a m in a r e n e s ta o b ra es in te re s a n te e incluso n u ev o . H a s ta el p r e s e n te no se h a c o n s id e ra d o el e s p íritu m ás q u e b a jo algunas d e sus facetas. Los g ra n d e s e s c rito re s sólo h a n d a d o u n vistazo rá p id o a esta m a te ria y p o r ello m e a tre v o a tratarla. El c o n o c im ie n to d el e s p íritu , si se to m a esta p alab ra en to d a su e x te n sió n , e s tá ta n e s tre c h a m e n te re la c io n a d o co n e l c o n o c im ie n to d el co ra zó n y d e las p asio n es | d e l h o m b re q u e re su lta im p o s ib le e s c rib ir s o b re e s te te m a sin tra ta r al m e n o s a q u e lla p a rte d e la m o ra l co m ú n a los h o m b re s d e to d a s las n ac io n e s y q u e n o p u e d e te n e r, e n to d o s los g o ­ b ie rn o s, m ás q u e el b ie n p ú b lic o c o m o o b je to . P ie n so q u e los p rin c ip io s q u e e sta b le z c o en e s ta m a te ria so n c o n fo rm e s al in te ré s g e n e ra l y a la e x p e rie n c ia . D e los h e c h o s m e h e re m o n ta d o h a s ta las causas. M e h a p a re c id o q u e e r a n ec e sa rio tra ta r la m o ral c o m o to d a s las d em ás ciencias y e la b o ra r u n a m o ra l c o m o u n a física e x p e rim e n ta l. M e h e d e ja d o llev ar p o r e s ta id e a p o r e s ta r p e rs u a d id o d e q u e to d a m o ral | cuyos p rin c ip io s so n ú tiles al p ú b lic o es n e c e s a ria m e n te c o n fo rm e a la m o ral d e la re lig ió n , q u e n o es m ás q u e la p e rfe c c ió n d e la m o ral h u m an a. P o r lo d em ás, si m e h e e q u iv o c a d o y si e n c o n tr a d e lo q u e e sp e ra b a , alg u n o s d e m is p rin c ip io s n o so n c o n fo rm e s al in te ré s g e n e ra l, trátase d e u n e r r o r d e mi e s p íritu y n o d e m i co ra zó n y d e c la ro d e a n te m a n o q u e m e r e tr a c to d e ellos.

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S ólo p id o u n fa v o r a m i le c to r y es q u e m e e s c u c h e a n te s d e c o n d e n a rm e ; q u e siga la c o n c a te n a c ió n d e m is ideas; q u e sea ju e z y n o p a rte . E ste | ru e g o n o es el e fe c to d e u n a nec ia confian za; co n fre c u e n c ia h e e n c o n tra d o m alo p o r la n o c h e lo q u e acab ab a d e p a re c e rm e b u e n o p o r la m añ an a, a causa d e te n e r u n a o p in ió n d e m a sia d o elev a d a d e m is luces. T al vez haya tra ta d o u n te m a p o r en c im a d e m i capaci­ dad: p e r o ¿q u é h o m b re se c o n o c e lo s u fic ie n te m e n te a sí m ism o p a ra n o p re s u m ir en exceso? A l m e n o s n o te n d r é q u e r e p ro c h a rm e n o h a b e r h e c h o to d o el e s fu e rz o d el q u e soy capaz p a ra m e re c e r la a p ro b a c ió n d e l p ú b lic o . Si no lo o b ­ te n g o , e sta ré m ás aflig id o q u e so rp re n d id o : e n e s te a rte , n o basta d e s e a r p a ra o b te n e r. E n to d o lo q u e h e d ic h o h e b u sc a d o ú n ic a m e n te lo v erd a d e ro , n o | sólo p o r el h o n o r de d e c irlo , sin o p o r q u e lo v e rd a d e ro es ú til a lo s h o m b re s. Si m e h e a p a rta d o d e ello , e n c o n tr a r é e n m is p ro p io s e rro re s m o tiv o s d e co n su elo . Si, c o m o d ic e F o n te n e lle , los hombres no pueden llegar a algo razo­

nable, en cualquier arte, más que después de haber agotado todas las necedades imaginables, e n to n c e s m is e r r o re s p o d rá n se r ú tile s a m is co n c iu d a d an o s: h a b ré se ñ ala d o el esco llo p o r mi nau frag io . ¡C uántas necedades, a ñ a d e F o n te n e lle , diríamos 182

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ahora, si los antiguos no las hubieran dicho \ antes que nosotros y no nos las hubieran, por así decirlo, ahorrado! R e p ito , pues: n o g a ra n tiz o d e mi o b ra m ás q u e la p u re z a y la r e c titu d d e m is in te n c io n e s. Sin em b a rg o , p o r se g u ro q u e se e s té d e las p ro p ia s in te n c io n e s, los g rito s d e la en v id ia son tan fa v o ra b le m e n te e scu c h ad o s y sus fre c u e n te s d ec la m a­ cio n es so n ta n a p ro p ia d as p ara s e d u c ir a las alm as m ás h o n ­ radas q u e esclarecid as, q u e n o se p u e d e e sc rib ir, p o r así d ec irlo , m ás q u e te m b la n d o . El d e s a lie n to e n el cual im p u ta ­ cio n es a m e n u d o calu m n io sas h an a rro ja d o a los h o m b re s d e ' g e n io p a re c e ya p re sa g ia r el r e to r n o d e los siglos d e ig n o ran cia. E n | c u a lq u ie r a rte , sólo e n la m e d io c rid a d d e l ta le n to se p u e d e e n c o n tra r u n asilo c o n tra las p e rse c u c io n e s d e los en v id io so s. La m e d io c rid a d llega a se r e n to n c e s u n a p r o te c ­ ción; y p ro b a b le m e n te ya m e haya p ro c u ra d o e s ta p ro te c c ió n a p e s a r m ío. P o r o tra p a rte , c re o q u e la e n v id ia d ifíc ilm e n te p o d ría im p u ta rm e el d e s e o d e h e r ir a n in g u n o d e m is co n c iu d a d a ­ nos. El g é n e r o d e e sta o b ra, en la cual n o c o n s id e ro a n in g ú n h o m b re e n p artic u la r, sino a lo s h o m b re s y las n ac io n e s en

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g e n e ra l, d e b e p ro te g e rm e c o n tra to d a so sp e c h a d e m alig n i­ d ad . In c lu so a ñ a d iría q u e , le y e n d o esto s D isc u rso s, se p e rc i­ b irá q u e am o a los h o m b re s , | q u e n o d e s e o m ás q u e su felicid a d , sin o d ia r ni d e s p re c ia r a n in g u n o en p articu la r. T al v ez algunas d e m is ideas p arezcan atrevidas. Si el le cto r las juzga falsas, le ru e g o q u e re c u e rd e , al co n d en arlas, q u e no es m ás q u e a la audacia d e lo s in te n to s a la q u e se d e b e fre c u e n ­ te m e n te el d e s c u b rim ie n to d e las m ás g ra n d e s v e rd a d e s y q u e el te m o r d e c o m e te r un e r r o r no d e b e a p a rtarn o s d e la b ú s­ q u e d a d e la v erdad. E n van o h o m b re s viles y co b a rd es q u e rría n p ro scrib irla y d arle a veces el o d io so n o m b re d e lib e rtin aje; en van o re p ite n q u e las v e rd a d e s so n a m e n u d o peligrosas: s u p o ­ n ie n d o q u e j algunas veces lo fu esen ¡cuánto m a y o r sería el p e lig ro al q u e se e x p o n d ría la nació n q u e c o n sin tie ra en estan ­ carse en la ignorancia! T o d a nación sin luces, cu a n d o d e ja d e se r salvaje y feroz, es u n a n ac ió n envilecida y ta rd e o te m p ra n o subyugada. F u e m e n o s el v alo r q u e la ciencia m ilitar d e los ro m an o s lo q u e triu n fó so b re los galos. Si b ie n el c o n o c im ie n to de u n a tal v e rd a d p u e d e te n e r alg u n o s in c o n v e n ie n te s e n u n d e te rm in a d o m o m e n to , u n a vez h ay a p asad o e s te m o m e n to , esta m ism a v erd a d v u elv e a s e r ú til a to d o s los siglos y a to d a s las n aciones. E sta es, en fin, la s u e rte d e las cosas h um anas; n o hay n in g u n a q u e n o p u e d a lle g a r a se r | p e lig ro sa e n d e te rm in a d o s m o m e n to s: p e r o só lo c o n e s ta c o n d ic ió n se g o za d e ella. ¡D e sg rac iad o a q u e l q u e in te n te , p o r e s te m o tiv o , p riv a r d e e lla a la h u m an id ad ! E n c u a n to se p r o h ib ie ra el c o n o c im ie n to d e ciertas v e r­ d ad e s, n o e sta ría p e rm itid o d e c ir nin g u n a. M iles d e h o m b re s p o d e ro s o s y, co n fre c u e n c ia , in c lu so m al in te n c io n a d o s, co n el p r e te x to d e q u e a veces re s u lta sabio callar la v erd a d , la d e s te rra ría n p o r c o m p le to d e l u n iv e rso . P o r eso , el p ú b lic o esc la re c id o , el ú n ico en c o n o c e r to d o su v alo r, la exige sin cesar: n o te m e e x p o n e rs e a m ales in c ie rto s p a ra g o z a r d e las v en taja s rea les q u e p ro c u ra . E n tre las j cu alid ad es d e los h o m b re s , la q u e m ás se e s tim a e s la e le v a c ió n d el alm a q u e se n ie g a a la m e n tira . S abe c u á n útil es p e n s a r to d o y d e c ir to d o , y q u e los p ro p io s e r r o re s d e ja n d e se r p e lig ro so s c u a n d o e s tá p e rm itid o n eg a rlo s. P u es so n p r o n to re c o n o c id o s c o m o e rro re s , p r o n to se d e p o s ita n p o r sí m ism o s e n los ab ism o s d e l o lv id o y sólo las v e rd a d e s p e rd u ra n e n la v asta e x te n s ió n d e los siglos.

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DISCURSO PRIMERO Del espíritu en sí mismo

C a pítu lo P rimero

| Se d isp u ta ca d a d ía s o b re lo q u e d e b e llam arse e sp íritu ; ca d a cual d a su o p in ió n ; n a d ie re la c io n a las m ism as id eas co n e s ta p a la b ra y to d o el m u n d o h ab la sin e n te n d e rs e .

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P ara p o d e r d a r u n a id e a ju sta y p re c isa d e la p alab ra

espíritu y d e las d ife re n te s a c e p c io n e s en las q u e se to m a, es n e c e s a rio , m ism o .

en

p rim e r

lu g ar,

c o n s id e ra r

al e s p íritu

en



| O b ie n se c o n s id e ra el e s p íritu c o m o e fe c to d e la fac u ltad d e p e n s a r (y el e s p íritu n o es, e n e s te se n tid o , m ás q u e el c o n ju n to d e lo s p e n s a m ie n to s d e u n h o m b re ), o b ien se le c o n s id e ra co m o la p ro p ia facultad d e p en sar. P ara sa b e r lo q u e es el e s p íritu , to m a d o en este ú ltim o sig n ificad o , es n ec e sa rio c o n o c e r cuáles so n las causas p r o ­ d u c to ra s d e n u e stra s ideas. T e n e m o s e n n o so tro s d o s fac u ltad e s o, si se m e p e rm ite la e x p re sió n , dos p o te n c ia s pasivas cuya ex iste n cia es g e n e ra l y d is tin ta m e n te re c o n o cid a . U n a d e ellas es la fac u ltad de re c ib ir las d ife re n te s im p re ­ sio n e s q u e p ro d u c e n so b re n o so tro s los o b je to s e x te rio re s; se la llam a sensibilidad física. La o tr a es la facu ltad d e c o n s e rv a r la im p re sió n q u e esto s o b je to s h an p ro d u c id o s o b re n o so tro s: se la llam a memoria y

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la m e m o ria n o es m ás q u e u n a | se n sac ió n c o n tin u a , p e r o m ás d é b il E stas fac u ltad e s, q u e c o n s id e ro c o m o las causas p r o d u c to ­ ras d e n u e s tro s p e n s a m ie n to s y q u e te n e m o s e n c o m ú n co n los an im ales, n o n o s p ro v e e ría n , sin em b a rg o , m ás q u e d e un n ú m e ro m u y p e q u e ñ o d e id eas, si n o e s tu v ie ra n u n id a s en n o s o tro s a c ie rta o rg an iz ac ió n e x te rio r. Si la n a tu ra le z a , e n lu g a r d e m a n o s y d e d o s flex ib les, h u b ie se te rm in a d o n u e s tra s m u ñ e c a s co n u n a p ata d e caballo, sin d u d a lo s h o m b re s , sin a rte s, sin v iv ien d as, sin d e fe n sa c o n tra los an im ales, esta ría n c o m p le ta m e n te o c u p a d o s en p ro v e e rs e d e a lim e n to s y e v ita r las b estias fe ro c e s, ¿n o e sta ría n aú n v ag a n d o p o r los b o sq u e s, co m o re b a ñ o s fu g iti­ v os (1)? | A h o ra b ie n , d e a c u e rd o Con e s ta su p o sic ió n , es evid e n te q u e la civilización 2 n o h u b ie s e lle g ad o én | n in g u n a so c ied a d al g ra d o d e p e rfe c c ió n q u e ha | alcan zad o . N o hay n ac ió n 3 q u e en | m a te ria d e e s p íritu n o h u b ie se p e rm a n e c id o m u y in fe rio r | a c ie rta s trib u s 4 salvajes q u e n o tie n e n ni d o sc ie n ta s id eas (2), ni d o sc ie n ta s p alab ras p ara e x p re sa r sus ideas; n o hay nació n cu y a le n g u a , p o r c o n s ig u ie n te , n o se h u b ie se re d u c id o , c o m o la d e los an im ales, a cin co o seis s o n id o s o g rito s (3), si se su p rim ie se d e e s ta m ism a le n g u a las p alab ras arcos, flechas, | re d e s , e tc ., q u e su p o n e n el u so d e n u e stra s m anos. D e d o n d e c o n c lu y o q u e , sin u n a c ie rta o rg an iz ac ió n e x te rio r, la se n sib ilid a d y la m e m o ria n o se ría n en n o s o tro s m ás q u e fa c u lta d e s esté rile s. A h o ra c o n v ie n e e x a m in a r si, con ay u d a d e e s ta o rg an iz a­ c ió n , estas d o s facu ltad es h a n p ro d u c id o re a lm e n te to d o s n u e s tro s p e n s a m ie n to s.

1Las dos «potencias pasivas», la capacidad de ser afectado y la capacidad de archivar esas sensaciones, presenta algunos problem as. Locke diría que hay una sola facultad pasiva, la sensibilidad, tanto interna com o externa. (V er cap. II del Libro II del Ensayo sobre el entendi­ miento humano.) En cam bio distinguiría com o potencias activas la percepción, «prim era facultad de la m ente» (Cap. IX , Libro II), la retentiva (que incluye tan to la «contem plación», o «conocer durante algún tiem po a la vista la idea que ha sido llevada a la m ente», com o la m em oria, o poder devolver a la m en te, hacer d e nuevo perceptibles ideas que lo fueron y desaparecieron — ver cap. X , Libro II del Ensayo— ) y el pensamiento (discernim iento, com para­ ción, com posición, etc. Cap. X I, Libro II). H elvétius parece más bien seguir a H um e, cuya distinción e n tre «im presiones» e «ideas», siendo éstas copias debilitadas de aquéllas, perm ite esta distinción de facultades. Ver el Libro I del Tratado sobre la Naturaleza H um ana de H um e. 2 En francés, «pólice». H em os traducido p o r «civilización», aunque el uso actual de este concepto no recoge al cien por cien el contenido del térm ino francés. 3 En francés, «nation». H elvétius usa el térm in o d e form a generalizada, sin rigor técnico, para referirse a «país», «estado», «pueblo», «tribu», etc. 4 En francés, «nations». Lo irem os traduciendo en función del contexto para facilitar la lectura.

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A n te s d e e n tra r e n e x a m e n re s p e c to a e s te te m a, tal vez se m e p re g u n te si estas dos fac u ltad e s so n m o d ific ac io n es d e u n a su stan cia e sp iritu a l o m a teria l. E sta c u e stió n , a n ta ñ o dis­ cutida p o r los filósofos (4), | d eb a tid a p o r los antiguos p ad res (5) y re n o v a d a en n u e s tro s días, n o e n tra | n e c e s a ria m e n te e n el plan d e m i o b ra. Lo q u e te n g o q u e d e c ir d el | e s p íritu c o n c u e rd a ig u a lm e n te con am b as h ip ó te sis. O b se rv a ré sola­ m e n te , re s p e c to a e s te te m a , q u e si la Iglesia n o h u b ie ra fija­ d o n u e s tra c re e n c ia s o b re e s te p u n to y h u b ié ra m o s te n id o q u e elev a rn o s, ú n ic a m e n te p o r m e d io d e la luz d e la razó n , h asta el c o n o c im ie n to d el p rin c ip io p e n s a n te , n o p o d ría m o s n e g a rn o s a c o n v e n ir en q u e n in g u n a o p in ió n d e e s te g é n e ro es su sc ep ­ tib le d e d e m o stra c ió n ; q u e d e b e m o s so p e sa r las ra z o n es a fav o r y en c o n tra , c o m p a ra r las d ific u ltad e s, d e te rm in a rn o s a fa v o r d e lo m ás v e ro sím il y, p o r co n sig u ie n te , n o e m itir m ás q u e ju ic io s p ro v iso rio s. E ste p ro b le m a , al igual q u e u n a in fin id a d de o tro s p ro b le m a s, n o p o d ría | re so lv e rse m ás q u e c o n ay u d a d e l cálculo d e p ro b a b ilid a d e s (6). N o m e d e te n g o e n to n c e s ¡ m ás en e s ta c u e stió n ; paso a m i te m a y d ig o q u e la se n sib ilid a d física y la m e m o ria , | o, p a ra hab lar m ás exacta m e n te , sólo la se n sib ilid ad p ro d u c e to d a s n u e stra s ideas. En e fe c to , la m e m o ria n o p u e d e | se r m ás q u e u n o d e los ó rg an o s d e la se n sib ilid ad física: el p rin c ip io q u e sie n te en n o so ­ tro s d e b e s e r n e c e s a ria m e n te el p rin c ip io | q u e re c u e rd a p u e s to q u e recordar, c o m o lo p ro b a ré , n o es p ro p ia m e n te m ás q u e sentir. | C u a n d o , co m o c o n s e c u e n c ia d e m is ideas 5, o p o r el e s tre m e c im ie n to q u e c ie rto s so n id o s causan en el ó rg a n o d e m i o íd o , re c u e r d o la im a g en d e un ro b le , e n to n c e s m is ó rg a n o s in te rio re s d e b e n | n e c e s a ria m e n te e n c o n tra rs e m ás o m e n o s e n la m ism a situ a c ió n en la q u e esta b a n v ie n d o e s te ro b le . A h o ra b ien , e s ta situ a c ió n d e los ó rg a n o s d e b e in c o n ­ te s ta b le m e n te p ro d u c ir u n a sensació n : es, p u e s, e v id e n te q u e re c o rd a r es se n tir. U n a vez se n ta d o e s te p rin c ip io , d ig o , ad em ás, q u e es e n la ca p acid ad q u e te n e m o s d e p e rc ib ir las se m ejan za s o las d ife re n c ia s, las c o n c o rd a n c ia s o d isc o rd a n cias q u e tie n e n e n ­ tr e sí o b je to s d iv e rso s, en lo q u e c o n siste n to d a s las o p e ra c io -

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5 H elvétius pasa alternativam ente d e la prim era persona al im personal, d el «je» al «nous» o al «on». N o siem pre hemos podido m an ten er su estilo.

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nes d e l e s p íritu . A h o ra b ie n , esta capacidad n o es m ás q u e la p ro p ia se n sib ilid ad física: to d o se re d u c e , p u es, a se n tir. P ara ase g u ra rn o s de e sta v e rd a d , c o n s id e re m o s la n a tu ra ­ leza. N o s p r e s e n ta o b je to s; esto s o b je to s tie n e n rela cio n e s co n n o so tro s y rela cio n e s e n tr e ellos; el co n o c im ie n to d e estas relaciones fo rm a lo q u e se llam a | Espíritu: es m ás o m e ­ n os g ra n d e , se g ú n q u e n u e s tro s c o n o c im ie n to s d e e s te g é n e ro sean m ás o m e n o s ex ten so s. El e s p íritu h u m a n o se elev a h asta el c o n o c im ie n to d e estas rela cio n e s, p e r o so n fro n te ra s q u e jam ás atraviesa. P o r e so todas las p alab ras q u e c o m p o n e n las d iversas len g u as y q u e p u e d e n c o n s id e ra rse co m o el c o n ­ ju n to d e lo s signos d e to d o s los p e n s a m ie n to s d e los h o m ­ b re s, o b ie n se re fie re n a im á g en e s, co m o las p alab ras roble, océano, sol; o b ie n d esig n an id eas, es d ec ir, las d iv ersas re la ­ cio n es q u e los o b je to s tie n e n e n tre ellos y q u e so n o sim ­ p les, c o m o las p alab ras grandeza, pequenez, o c o m p u e sta s, c o m o vicio, virtud; o b ien e x p re sa n , e n fin, las d iv ersas rela­ cio n es q u e los o b je to s m a n tie n e n co n n o so tro s, es d ecir, o n u e s tra acción so b re ellos, c o m o en las p alabras rompo, cavo, | levanto, o su im p re sió n so b re n o s o tro s , c o m o en: estoy herido, deslumbrado, asustado 6. Si h e re d u c id o m ás a rrib a la significación d e la p alab ra idea, q u e se to m a en ac ep c io n e s m uy d ife re n te s, p u e s to q u e se dice ig u a lm e n te la idea de un árbol y la idea de virtud, es p o r q u e la significación in d e te rm in a d a d e e sta e x p re sió n p u e d e h ac er c a e r algunas veces en los e rro re s q u e o casio n a sie m p re el a b u so d e las palabras. La co n c lu sió n d e lo q u e acab o d e d e c ir es q u e si to d a s las p alab ras d e las diversas lenguas n u n ca d esig n an m ás q u e los o b je to s o las rela cio n e s d e esto s o b je to s co n n o s o tro s y e n tre ellos, to d o el e sp íritu , p o r co n sig u ie n te , c o n siste en c o m p a ra r ta n to n u e stra s sen sac io n es co m o n u estra s id eas, es d ec ir, en v e r las se m ejan zas y las d iferen c ia s, las co n c o rd an cias y las d isc o rd a n cias q u e | tie n e n e n tre ellas. A h o ra b ie n , c o m o el ju ic io n o es m ás q u e e s ta a p e rc e p c ió n 7 o , al m e n o s,

6 Esta distinción e n tre imágenes e ideas es muy sui generis. Para Locke no existe tal distinción. Lo que H elvétius llama aquí ideas serían en Locke «ideas com plejas de relación». Tam poco coincide con H um e. Se ha aceptado con mucha superficialidad la herencia helvetiana del em pirism o inglés, p e ro un estudio m inucioso podría revelar im portantes diferencias. 7 En el origial, «appercevanee». En rigor «appercevance» es «facultad de percibir». H elvé­ tius, sin duda, se refiere a la acción, no a la facultad. H em os traducido «apercepción», y no «percepción», p o rq u e si bien hay cierta ambigüedad histórica en el uso de este concepto, nos parece que aquí H elvétius subraya el elem ento activo (frente a la percepción pasiva). C laro que

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el p ro n u n c ia m ie n to d e e s ta a p e rc e p c ió n , re s u lta q u e to d a s las o p e ra c io n e s d el e s p íritu se r e d u c e n a juzgar. U n a vez ce rc a d a la c u e s tió n d e n tro d e esto s lím ites, exa­ m in a ré a h o ra si ju zg a r es sentir. C u a n d o ju z g o el ta m a ñ o o el c o lo r d e los o b je to s q u e se m e p re s e n ta n , es e v id e n te q u e el ju icio e m itid o so b re las d ife re n te s im p re sio n e s q u e esto s o b je to s h an p ro d u c id o so b re m is se n tid o s no es p ro p ia m e n te m ás q u e u n a sen sac ió n , d e tal m o d o q u e p u e d o d e c ir ig u al­ m e n te : juzgo o siento; q u e , d e d o s o b je to s , u n o q u e llam o toesa 8 p ro d u c e so b re m í u n a im p re sió n d ife re n te q u e aq u e l o tr o q u e llam o pie; q u e el c o lo r q u e llam o rojo ac tú a so b re m is o jo s d ife r e n te m e n te d e l q u e llam o amarillo; y co n clu y o d e ello q u e , en un caso co m o é s te , ju zg a r | no es m ás q u e sentir. P e ro , se d irá, su p o n g a m o s q u e se q u ie ra sa b er si la fu e rz a es p re fe rib le al ta m añ o d el c u e rp o , ¿se p u e d e aseg u rar e n to n c e s q u e ju zg a r sea sentir? Sí, re s p o n d e ré , p u e s to q u e p a ra e m itir u n ju icio so b re este te m a , m i m e m o ria d e b e tra z a r su c e siv a m e n te los c u a d ro s d e las d ife re n te s situ acio n es d o n d e p u e d a e n c o n tra rm e m ás h a b itu a lm e n te a lo larg o d e m i vida. A h o ra b ie n , ju zg a r es v e r en e sto s d iv e rso s cu a d ro s q u e la fu e rz a m e se rá m ás a m e n u d o útil q u e el ta m a ñ o del c u e rp o . P ero , se rep licará , c u a n d o se tra ta d e juzg ar si en un rey la ju sticia es p re fe rib le a la b o n d a d , ¿se p u e d e im ag in ar q u e u n juicio n o sea e n to n c e s m ás q u e u n a sensación? E sta o p in ió n , sin d u d a , p a re c e al p rin c ip io u n a p ara d o ja; sin em b a rg o , p a ra p ro b a r su v erd a d , su p o n g a m o s en un h o m b re el c o n o c im ie n to d e lo q u e se | llam a el b ie n y el m al y q u e e s te h o m b re se p a ta m b ié n q u e u n a acción es m ás o m e n o s m ala se g ú n q u e p e r ju d iq u e m ás o m e n o s la felicidad d e la so ciedad. En e s e caso, ¿ q u é a rte d e b e e m p le a r el p o e ta o el o ra d o r, p a ra h a c e r p e rc ib ir m ás v iv a m e n te q u e la ju sti­ cia, p re fe rib le e n u n rey a la b o n d a d , co n serv a p ara el E stad o m ás ciu d ad an o s? El o r a d o r p re s e n ta rá tres cu a d ro s a la im ag in ació n d e este m ism o h o m b re : en u n o , le p in ta rá un re y ju sto q u e c o n d e n a y h ace e je c u ta r a u n crim in al; en el se g u n d o , u n rey b u e n o q u e h ac e a b rir la c e ld a de e s te m ism o crim in al, y lib e ra sus

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otras veces «percepción» se en tien d e com o «acción de percibir». El problem a, en fin, está en q ue «sensación», el concepto base d el cual los o tro s son m odalidades, a veces es pasión y otras acción (O , al m enos, reacción). En fin, la distinción leibniziana e n tre «percepción» y «apercep­ ción» (com o lado pasivo-ontológico y activo-epistem ológico) está en el am biente y ello es otra razón para nuestra traducción d e «appercevance» p o r «apercepción». 8 Toesa es una m edida d e longitud q u e equivalía aproxim adam ente a dos m etros.

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c a d en as; en el te rc e ro , p r e s e n ta r á a e s te m ism o crim in al q u ie n , a rm á n d o se d e su p u ñ a l al salir d e su celd a, c o r r e a m asacrar c in c u e n ta ciu d ad a n o s: a h o ra b ie n , ¿ q u é h o m b re , a la v ista d e e sto s tre s c u a d ro s [ n o s e n tirá q u e la ju sticia, q u e p o r la m u e rte d e u n o so lo p re v ie n e la m u e rte d e c in c u e n ta h o m b re s , es en u n rey p r e f e r ib le a la b o n d a d ? Sin em b a rg o , e s te ju icio no es re a lm e n te m ás q u e u n a sen sació n . En e fe c to , si p o r c o s tu m b re d e u n ir c ie rta s id e as c o n ciertas p alab ras se p u e d e , co m o la e x p e rie n c ia lo p ru e b a , a p lica n d o al o íd o c ie rto s so n id o s, ex c ita r e n n o s o tro s m ás o m e n o s las m ism as se n sa c io n e s q u e e x p e rim e n ta ría m o s en la p ro p ia p re ­ se n cia d e los o b je to s , es e v id e n te q u e , a n te la e x p o sic ió n d e e sto s tre s cu a d ro s, ju zg a r q u e en u n re y la ju sticia es p r e f e ­ rib le a la b o n d a d es sentir y v e r q u e e n el p rim e r c u a d ro n o se in m o la m ás q u e u n c iu d a d a n o y q u e en el te rc e ro se m a sac ra a c in c u e n ta : d e d o n d e co n c lu y o q u e to d o juicio no es m ás q u e u n a sensación. P e ro , se d irá, ¿acaso se d e b e rá in c lu ir ta m b ié n e n el ra n g o d e las se n sac io n es los | juicio s e m itid o s , p o r e je m p lo , so b re la ex c elen c ia m a y o r o m e n o r d e c ie rto s m é to d o s, co m o el m é to d o p ara g ra b a r m u c h o s o b je to s e n n u e s tra m e m o ria o el m é to d o d e a b stra c c io n e s o el d e l análisis? P ara r e s p o n d e r a e sta o b je c ió n , p r im e ro hay q u e d e te r ­ m in a r el sig n ificad o d e la palab ra método: u n m é to d o n o es m ás q u e el m e d io q u e se e m p le a p ara alcanzar u n fin q u e es p ro p u esto . S upongam os q u e u n h o m b re ten g a el p ro y ec to d e g ra b a r c ie rto s o b je to s o ciertas id eas en su m e m o ria y q u e el azar los h ay a o rd e n a d o d e m a n e ra q u e el r e c u e rd o d e un h e c h o o de u n a id e a lo h ay a aso cia d o al r e c u e rd o d e u n a in fin id a d d e o tro s h ec h o s u otras ideas, y q u e d e e s te m o d o h aya g ra b a d o m ás fác ilm e n te y m ás p r o fu n d a m e n te c ie rto s o b je to s en su m em oria, j E ntonces, juzgar q u e este o rd e n es el m e jo r y d a rle el n o m b re d e método eq u iv a le a d e c ir q u e se h a h e c h o m e n o s esfu e rz o s d e a te n c ió n , q u e se h a e x p e rim e n ­ ta d o u n a se n sac ió n m e n o s p e n o s a e s tu d ia n d o en e s te o rd e n q u e en c u a lq u ie r o tro . A h o ra b ie n , re c o rd a r u n a se n sa­ c ió n p e n o s a es se n tir; es e v id e n te , p u e s, q u e en e s te caso ju zg a r es sentir. S u p o n g am o s ta m b ié n q u e , p a ra p r o b a r la v erd a d d e cier­ tas p ro p o sic io n e s d e g e o m e tría y p ara hacerlas c o n c e b ir m ás fá c ilm e n te a los d iscíp u lo s, a u n g e ó m e tr a se le h ay a o c u rrid o h ac erle s c o n s id e ra r las líneas in d e p e n d ie n te m e n te d e su an-

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c h o y d e su esp eso r: e n to n c e s ju z g ar q u e e s te m e d io o e s te m é to d o d e ab stra cc ió n es ei m ás a p ro p ia d o p ara facilitar a sus a lu m n o s la c o m p re n s ió n d e ciertas p ro p o sic io n e s d e g e o m e tr ía e q u iv a le a d ec ir q u e h acen m e n o s e s fu e rz o s d e ate n c ió n y q u e e x p e rim e n ta n | u n a se n sac ió n m e n o s p e n o s a u sa n d o e s te m é to d o e n v ez d e o tro . S u p o n g a m o s, co m o ú ltim o e je m p lo , q u e m e d ia n te un ex a m e n se p a ra d o d e ca d a u n a d e las v e rd a d e s q u e c o n tie n e u n a p ro p o s ic ió n co m p lic ad a se alcance m ás fác ilm e n te la c o m p re n s ió n d e esta p ro p o sic ió n ; juzgar, e n to n c e s, q u e el m e d io o el m é to d o d e análisis es el m e jo r es, asim ism o , d e c ir q u e se h an h e c h o m e n o s esfu e rz o s d e a te n c ió n y q u e , p o r c o n s ig u ie n te , se h a e x p e rim e n ta d o u n a se n sac ió n m e n o s p e ­ n o sa c u a n d o se ha c o n s id e ra d o en p a rtic u la r ca d a u n a d e las v e rd a d e s c o n te n id a s en esta p ro p o sic ió n co m p lic ad a , q u e cu a n d o se ha q u e rid o captarlas to d a s a la vez. R e su lta d e lo q u e he d ic h o q u e los juicios e m itid o s so b re los m e d io s o los m é to d o s q u e el azar nos p re s e n ta p ara alcan zar c ie rto o b je tiv o | n o son p ro p ia m e n te m ás q u e sensacio n es y q u e e n el h o m b re to d o se re d u c e a se n tir. P e ro , se d irá, ¿c ó m o es p o sib le , q u e hasta hoy d ía se haya s u p u e s to e n n o so tro s u n a facultad d e ju z g ar d istin ta d e la facu ltad d e se n tir? N o se d e b e e sta su p o sic ió n , re s p o n d e ré , m ás q u e a la im p o sib ilid ad a n te la cual nos h em o s e n c o n ­ tra d o h asta el p r e s e n te d e ex p lica r d e o tr a m a n e ra cierto s e r r o re s del esp íritu . P ara allanar e sta d ificu ltad m o s tra ré en los sig u ien te s c a p ítu lo s q u e to d o s n u e s tro s falsos juicios y n u e s tro s e rro re s se d e b e n a d os causas q u e n o su p o n e n en n o so tro s m ás q u e la facultad d e s e n tir 9; q u e sería, p o r c o n s ig u ie n te , in ú til e in clu so a b s u rd o a d m itir e n n o so tro s u n a fac u ltad d e ju zg ar q u e n o ex p lica ría n ad a q u e n o p u d ie ra ex p lica rse sin ella l0. E n tro , p u es, e n m a te ria y d ig o q u e n o hay | falso ju icio q u e n o sea u n e fe c to , o b ien d e n u e s tra s p a sio n e s, o b ie n d e n u e s tra ignorancia.

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9 Esas dos causas son las pasiones y la ignorancia. El texto, que hem os traducido literalm ente, no es muy claro. H elvétius considera q u e la distinción en tre las dos facultades, de juzgar y de sentir, es efecto de la dificultad para explicar «ciertos errores del espíritu». A nte este hecho se recurría a la hipótesis de las dos facultades. Su proyecto es explicar ahora esos errores con la hipótesis de la facultad d e sentir com o única. La confusión nace de esas «deux causes qui ne supposent en nous que la faculté d e sentir». Lo que quiere decir H elvétius es que esos dos erro res pueden explicarse desd e dos causas cuyo funcionam iento no exige a la teoría más que el supuesto de una sola facultad sensible. 10 El «principio de econom ía», generalizado en todo el em pirism o, es usado con tenacidad por H elvétius. En él se apoya su «fenom enism o» antimetafísico.

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C apítu lo II De los errores ocasionados por nuestras pasiones

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Las p a sio n e s nos in d u c e n al e rro r, p o r q u e fijan to d a n u e s tra a te n c ió n so b re u n a cara d el o b je to q u e n o s p re s e n ta n y no nos p e r m ite n c o n s id e ra rlo b a jo to d a s las caras. U n rey an sia el títu lo d e co n q u ista d o r: la v ic to ria, dice, m e llam a al fin d el m u n d o ; c o m b a tiré , v e n c e ré , q u e b r a ré el o rg u llo d e m is e n e m ig o s, c a rg aré sus m an o s c o n ca d en as; y el te rr o r d e m i n o m b re, co m o u n a m uralla im p en etrab le, d efe n d erá la e n tra d a d e m i im p e rio . E m b riag a d o co n e s ta e s p e ra n z a , o l­ v ida q u e la fo rtu n a es in c o n sta n te , q u e el p e s o d e la m is e ria es s o p o rta d o casi e n igual m e d id a p o r el v e n c e d o r y el v en c id o , n o sie n te q u e el b ie n d e sus sú b d ito s n o le sirve m ás q u e d e p r e te x to a su f u ro r g u e r r e r o y q u e es el o rg u llo q u ie n fo rja las arm as y d e s p lie g a sus e sta n d a rte s; to d a su a te n c ió n está fijad a en el c a rro y el fa u sto del triu n fo . N o m e n o s p o te n te q u e el o rg u llo , el te m o r p ro d u c irá los m ism o s efecto s: se le v erá c re a r e s p e c tro s , esp arcirlo s a lre ­ d e d o r d e las tu m b a s y, en la o sc u rid a d d e los b o sq u e s, o fre c e rlo s a las m iradas d e l v ia je ro a su stad o , a d u e ñ a rs e d e to d a s las fac u ltad e s d e su alm a y n o d e ja r n in g u n a lib re p ara c o n s id e ra r la ab su rd id a d d e los m o tiv o s d e u n te rro r tan vano. I Las p asio n es no s o la m e n te n o nos d e ja n c o n s id e ra r m ás q u e c ie rta s caras d e los o b je to s q u e nos p re s e n ta n , sino q u e ad e m á s nos en g a ñ an m o strá n d o n o s a m e n u d o esto s m ism os o b je to s allí d o n d e no existen . S e c o n o c e el c u e n to d e un cu ra y u n a d am a g alan te u . H a b ía n o íd o d e c ir q u e la lu n a e sta b a h ab itad a , lo c re y e ro n y, te le s c o p io en m an o s, am b o s in te n ta ro n r e c o n o c e r sus h a b ita n te s. «Si n o m e e q u iv o c o , d ijo p rim e ro la dam a, p e rc ib o d os so m b ras; se in c lin a n u n a hacia la o tra ; n o d u d o e n a b s o lu to , so n d o s am a n te s felices...» . «¡Eh! vaya, s e ñ o ra , p ro sig u e el c u ra , estas d o s so m b ra s q u e veis so n d o s cam p a n ario s d e u n a ca te d ra l» . E ste c u e n to es n u e s tra histo ria; n o p e rc ib im o s en las cosas, la m a y o r p a rte d e las

11 La «anécdota», con frecuencia divertida, a veces osada, es utilizada por H elvétius sistemá­ ticam ente. R om pe así el discurso filosófico y logra convertir el texto en unos relatos cortados, ligados finalmente p o r el discurso teórico q u e sobresale al principio y al final de cada capítulo y en algunos m om entos d e su desarrollo.

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v eces, m ás q u e lo q u e d e se a m o s e n c o n tra r: ] ta n to en la tie rra c o m o en la lu n a , p a sio n e s d ife re n te s sie m p re n o s h arán v e r o b ie n am an te s o b ie n cam p an ario s. La ilu sió n es u n e fe c to n ec e sa rio de las p a sio n e s cuya fu e rz a se m id e casi s ie m p re p o r el g ra d o d e c e g u e ra en el q u e nos h u n d e n . Es lo q u e h ab ía s e n tid o m uy b ie n n o sé q u é m u je r, q u ie n , so r­ p r e n d id a p o r su am a n te en brazo s d e su rival, se a tre v ió a n eg a rle el h e c h o del cual e ra te stig o : « ¡Q u é !, le d ijo , ¿ta n ta es v u e stra d esv erg ü en z a?» «¡Ah! pérfido, exclam ó, lo veo, ya n o m e quieres; crees más e n lo q u e ves q u e en lo q u e yo te d igo.» E stas p alab ras no so n so la m e n te aplicab les a la p asió n d e am o r, sin o a to d a s las p asio n es. T o d a s n os afectan 12 co n la m ás p ro fu n d a ceg u era. Q u e se tra sla d e n estas m ism as p alabras a tem as m ás elev ad o s; q u e se a b ra el te m p lo | de M enfis: al p r e s e n ta r el b u e y A p is a los egipcios te m e ro so s y p ro s te rn a d o s , el sa c e rd o te grita: « P u e b lo s, b a jo e s ta m e ta m o rfo sis, re c o n o c e d la d iv in id ad de E g ip to ; q u e el u n iv e rso e n te r o lo a d o re ; q u e el im p ío q u e ra z o n a y d u d a , ex e crac ió n d e la tie rra , vil d e s e c h o d e los h u m a n o s, sea alcanzado p o r el fu e g o celestial. Q u ie n q u ie ra q u e seas, n o te m e s a lo s d io se s, m o rta l s o b e rb io q u e en A pis n o percibes m ás q u e un buey y crees m ás en lo q u e ves q u e en lo q u e yo te d igo». T ales e ra n , sin d u d a , los d isc u rso s d e los s a c e rd o te s d e M e n fis, q u ie n e s d e b ía n p e rsu a d irse , c o m o la m u je r citad a , q u e se d e ja b a d e e s ta r an im ad o p o r u n a p asió n fu e rte e n c u a n to se d e ja b a d e se r ciego. ¡C ó m o n o lo ib a n a cre er! Se v en to d o s los días in te re se s m u c h o m ás d é b ile s p r o d u c ir s o b re n o so tro s s e m e ja n te s efe cto s. | C u a n d o la am b ic ió n , p o r e je m p lo , p o n e arm as en las m an o s d e d o s n acio ­ n es p o d e ro sa s y lo s ciu d a d a n o s, in q u ie to s, p re g u n ta n u n o s a o tr o s s o b re las noticias: p o r un lado, ¡qué facilidad en c re e r e n las b u en as!; p o r o tr o lad o , ¡q u é in c re d u lid a d re s p e c to a las m alas! ¡C u án tas veces u n a co n fian za d e m a sia d o to n ta en m o n je s ig n o ra n te s n o ha h e c h o n eg ar a c ristian o s la p o sib ili­ d ad d e las an típ o d as! ¡N o hay siglo q u e p o r alg u n a afirm a­ c ió n o n eg a ció n rid ic u la n o haga r e ír al siglo sig u ien te! U n a lo c u ra p asad a e n raras o c a sio n e s escla re ce a los h o m b re s re s p e c to a su lo c u ra p re s e n te .

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12 En francés «frappent». Traducim os p o r «afectar» para usar el térm ino técnico y para evitar una acum ulación d e sinónimos. H elvétius usa indistintam ente, sin más razón q u e la estilística «frapper», «rem uer», «attacher», «troubler», «agiter»...

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P o r lo d em ás, estas m ism as p a sio n es, q u e d e b e n c o n s id e ­ ra rse c o m o el g e rm e n d e u n a in fin id ad d e e rro re s , so n ta m ­ b ié n la fu e n te d e n u estra s lu ces 13. A u n q u e nos ex tra v íen , so la m e n te ellas nos d an la fu e rz a n e c e sa ria p a ra cam in ar; sólo | ellas p u e d e n a rra n c a rn o s d e esta in e rc ia y e s ta p e re z a , sie m ­ p re d isp u e sta s a cap tar to d a s las facu ltad es d e n u e stra alm a 14. P e ro n o es é s te el lu g ar d e e x a m in a r la v erd a d d e esta p ro p o sic ió n . P aso a h o ra a la se g u n d a causa d e n u e s tro s e r r o ­ res.

C a p í t u l o III

De la ignorancia

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N o s eq u iv o ca m o s cu a n d o , a rra stra d o s p o r u n a p asió n y fija n d o to d a n u e s tra aten c ió n en u n o de los lados d e un o b je to , q u e re m o s ju zg ar el o b je to e n te ro seg ú n e s te ú n ico asp ec to . N o s eq u iv o ca m o s ta m b ié n c u a n d o , e sta b le c ié n d o n o s co m o ju e ce s e n u n a m a te ria , n u e s tra m e m o ria n o e stá | su fi­ c ie n te m e n te e q u ip a d a con to d o s los h e c h o s d e cu y a c o m p a ­ rac ió n d e p e n d e la co rrec ció n 15 d e n u e stra s d ecisio n es. N o es q u e cada cual carezca del e s p íritu justo: cada u n o ve b ien lo q u e ve; p e ro al n o d e sc o n fia r n ad ie de su p ro p ia ig n o ra n ­ cia, se c re e con d em asiad a facilidad q u e lo q u e se v e en un o b je to es to d o lo q u e se p u e d e v e r en él. E n las c u e stio n es u n p o co difíciles, la ig n o ran cia d e b e se r co n s id e ra d a co m o la causa p rin cip al de n u e s tro s e rro re s. P ara

13 El m ovim iento ilustrado se ha visto a sí m ism o com o ilum inador. Su época se ha puesto como época de la luz frente a las sombras. El constante juego con el térm ino «lumiéres» y otros más o menos equivalentes es difícil de traducir sin perd er matices. Por eso, aunque hoy diríamos más bien «hom bre inteligente» que «hom bre esclarecido» o que «hom bre con luces», hem os procurado m antener la expresión q u e se acerca más a la letra. 14 En todo el X V III hay una rehabilitación d e las pasiones. P o r un lado, al verlas como fenóm enos naturales; por o tro , al v er en ellas la fuente d e toda grandeza social (aunque también de todo vicio). El De l’Homme d e H elvétius es el texto más audaz en este terreno. El De l’Esprit, en el fondo, es en buena parte un reconocim iento de las pasiones, pues sólo si el hom bre es apasionado, el gobernante puede dirigir esas pasiones a grandes fines sociales. 15 En francés, «justesse». H ubiéram os preferido traducir «justeza» o «justedad» ya que H elvétius juega con los términos «justesse» y «juste» (en la frase siguiente), pero la extrañeza académica de esta palabra nos ha disuadido.

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sa b e r cu án fácil es, e n e s te caso, e n g a ñ a rse a sí m ism o y c ó m o , sa ca n d o c o n c lu sio n e s sie m p re ju stas d e sus p rin c ip io s, los h o m b re s llegan a re su lta d o s e n te r a m e n te c o n tra d ic to rio s, esc o g e ré co m o e je m p lo u n a cu e stió n u n p o c o com plicad a: tal es la d el lu jo , s o b re la q u e se han e m itid o juicio s m u y d ife re n te s se g ú n | se le h ay a c o n s id e ra d o b ajo u n a s p e c to u o tr o 16. C o m o la p alab ra lujo e s vaga, n o tie n e n in g ú n s e n tid o b ie n d e te rm in a d o y n o es e n g e n e ra l m ás q u e u n a e x p re sió n relativ a. E n p r im e r lugar se d e b e e n la z a r co n u n a id e a clara to m a n d o e s ta p a la b ra d e lujo en u n significado rig u ro so , y da, d e s p u é s , u n a d e fin ic ió n del lu jo c o n s id e ra d o e n re la c ió n a u n a n o ció n y en rela ció n a u n p a rtic u la r ' 7. E n un significado rig u ro s o , se d e b e e n te n d e r p o r lujo to d a e sp e c ie d e su p e rflu id a d e s, es d e c ir, to d o lo q u e n o es a b s o lu ta m e n te n ec e sa rio p a ra la co n se rv a c ió n d el h o m b re . C u a n d o se tra ta d e u n p u e b lo civilizado y de los h o m b re s q u e lo c o m p o n e n , esta p a la b ra lujo tie n e un significado co m ­ p le ta m e n te d ife re n te ; llega a s e r a b s o lu ta m e n te rela tiv o . El lu jo d e u n a nación civilizada es el e m p le o d e sus riq u ez as en lo q u e llam a | su p e rflu id a d e s el p u e b lo co n el q u e se com p ara e s ta nación. E ste es el caso en el q u e se e n c u e n tra In g la te rra co n re la c ió n a Suiza. El lu jo en u n p a rtic u la r es, asim ism o , el e m p le o d e sus riq u e z a s en lo q u e d e b e lla m a rse su p e rflu id a d e s re s p e c to al p u e s to q u e é s te o c u p a en u n E sta d o y al país e n el q u e vive: así e ra el lu jo d e B o u rv alais '8. U n a vez d ad a e s ta d e fin ic ió n , v e a m o s b ajo q u é asp ecto s d ife re n te s se ha c o n s id e ra d o el lu jo d e las n ac io n e s, cu a n d o u n o s lo han ju z g ad o ú til y o tro s p e rju d ic ia l p a ra el E stado. Los p rim e ro s d irig ie ro n sus m iradas so b re estas m a n u fa c­ tu ra s q u e el lu jo c o n s tru y e , d o n d e el e x tra n je ro se afana e n

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16 R especto al debate sobre el lujo, ver A ndré M orize, L'Apologie de luxe au X V lll* siecle, París, D idier, 1969. Puede consultarse tam bién, aparte de los dos prim eros discursos de Rousseau, el artículo «luxe» d e la Encyclopédie y Le Commence et la gouvernement consideres relativement l u n a l’autre, d e Condillac (en Oeuvres Philosophiques, París, PUF, vol. 11, 1948, pp. 308 y siguientes). 17 Eran los dos campos d e d eb ate so b re el lujo. Por un lado, su función social, su efecto en la salud de un Estado (H elvétius dice «nation» y hem os conservado «nación» aunque a veces sería más correcto Estado); p or otro, sus efectos en el individuo, en el hom bre particular. Ver el artículo «luxe» d e L ’Encyclopédie. V er tam bién el cap. X X V II de Le commence et le gouverne­ ment consideres relativament l’un a l’autre d e Condillac (en el vol. II d e sus Oeuvres Philosophiques, París, PUF, 1948). 18 Poisson de Bourvalais, d e origen cam pesino, que d esem peñó cargos de lacayo, o rd e ­ nanza, etc., gracias a ciertas protecciones llegó a recaudador de im puestos, acum ulando una copiosa fortuna. M urió en 1719.

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in te rc a m b ia r sus te s o ro s a ca m b io d e la in d u stria 19 d e un a n ación. V en el a u m e n to d e las riq u ez as tra e r tras sí | el a u m e n to d e lu jo y la p e rfe c c ió n de las a rte s ap ro p ia d as p ara satisfacerlo . El siglo del lu jo les p a re c e la é p o c a d e g ra n d e z a y p o te n c ia d e u n E stado. D ic e n q u e la a b u n d a n c ia d e d in e ro , q u e s u p o n e n q u e ac arrea, h ac e feliz a u n a n ac ió n e n el in te r io r y te m ib le e n el ex te rio r. Ese d in e ro p e rm ite asalariar u n g ra n n ú m e ro d e tro p as; co n él se c o n s tru y e n tien d as, se su m in istra n a rse n a le s y se e s ta b le c e n y m a n tie n e n alianzas co n g ra n d e s p rín cip es; y q u e gracias al d in e ro u n a n ació n , en fin, p u e d e n o so la m e n te re sis tir sin o ta m b ié n m a n d a r a p u e ­ blos m ás n u m e ro so s y, p o r co n sig u ie n te , re a lm e n te m ás p o d e ­ ro so s q u e ella. Si el lu jo h ace a u n E sta d o te m ib le en el e x te rio r, ¿q u é felicidad n o le p ro c u ra rá en su in te rio r? S uaviza las c o s tu m b re s, c re a n u ev o s p la c e re s y p ro v e e , p o r e s te m ed io, a la subsis | te n c ia d e u n a infinidad d e o b re ro s. D e s p ie r­ ta u n a codicia saludable q u e arran ca al h o m b re d e la in e r­ cia, d e l a b u rrim ie n to , q u e d e b e c o n s id e ra rse co m o u n a d e las e n fe rm e d a d e s m ás c o m u n e s y m ás c ru e le s d e la h u m a n id ad . Irra d ia p o r to d a s p a rte s u n ca lo r vivificante; h ac e circ u lar la v ida en to d o s los m ie m b ro s d e un E stad o , activa la in d u stria , hace a b rir p u e rto s, c o n s tru ir naves, los g u ía a trav és d e los o c é a n o s y hace, e n fin, c o m u n e s a to d o s los h o m b re s los p ro d u c to s y las riq u ez as q u e la n a tu ra le z a avara e n c ie rra en los p re c ip ic io s d e los m a re s, e n los abism os d e la tie rra o q u e m a n tie n e d isp e rso s en m il clim as d ife re n te s. E x am in em o s a h o ra el asp e c to q u e se o fre c e a los filósofos q u e | lo c o n sid e ra n co m o fu n e sto p a ra las n aciones. El b ie n e sta r 20 d e los p u e b lo s d e p e n d e ta n to d e la felici­ dad d e la q u e gozan en el in te r io r co m o d el re s p e to q u e in sp ira n en el e x te rio r. R e sp e c to al p rim e r o b je to , d irá n e s to s filó so fo s, el lu jo y las riq u ez as q u e p r o p o rc io n a a u n E stad o harían a los s ú b d i­ to s m ás felices si estas riq u ez as fu e ra n m e n o s d e sig u a lm e n te co m p a rtid a s y si cada cual p u d ie ra p ro c u ra rs e las c o m o d id a ­ d es d e las q u e la in d ig en cia le fu erza a p riv arse . El lu jo n o es, p u e s, p e rju d ic ia l en ta n to q u e lu jo , sino

19 H elvétius, que com partía las ideas fisiócratas, hace aquí referencia al mercantilismo, teoría que estimulaba la producción d e mercancías exportables para acum ular metales precio­ sos, índice d e la riqueza d e un Estado. 20 En francés, «bonheur». A unque con frecuencia significa felicidad a veces H elvétius lo usa en un sentido m enos psicológico, más objetivo. Aquí podría ser ése el caso.

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sim p le m e n te e n ta n to q u e e fe c to d e u n a g ran d e s p ro p o rc ió n e n tre las riq u ez as d e los c iu d a d a n o s (7). J^Así p u e s , el lu jo n u n ca es e x tre m a d o cu a n d o la re p a rtic ió n d e las riq u ez as n o es | d e m a sia d o desigual; a u m e n ta a m e d id a q u e éstas se acum u ía n e n m e n o r n ú m e ro d e m an o s; alcanza, p o r fin, | su ú ltim o p e río d o , c u a n d o la n ac ió n se d iv id e e n d o s clases, d e las q u e u n a a b u n d a en s u p e rflu id a d e s y a la o tra le falta lo n ecesario . U n a vez lle g ad o a e s te p u n to , la situ ac ió n d e u n a n ació n es ta n to m ás cru e l c u a n to q u e es in c u ra b le. ¿C ó m o v o lv e r a p o n e r, e n to n c e s, algo d e igualdad e n las fo rtu n a s d e los ciu d ad an o s? El h o m b re ric o h a b rá c o m p ra d o g ra n d e s se ñ o ­ ríos: capaz d e a p ro v e c h a rse d e los a p u ro s d e lo s v ecin o s, h ab rá re u n id o en p o c o tie m p o u n a in fin id ad d e p e q u e ñ a s p ro p ie d a d e s en su d o m in io . U n a vez haya d ism in u id o el n ú m e ro d e p ro p ie ta rio s, el de los jo rn a le ro s h ab rá a u m e n ­ tado: c u a n d o ésto s se hayan m u ltip lic a d o lo su fic ie n te co m o p ara q u e haya m ás tra b a ja d o re s q u e tra b a jo , e n to n c e s el jo rn a le ro se g u irá el c u rso d e to d a e sp ec ie d e m ercan cía, cu y o v alo r d ism in u y e cu a n d o es c o m ú n 2I. P o r o tra p a rte , | al h o m b re rico, q u e tie n e to d a v ía m ás lu jo q u e riq u ez as, le in te re s a b ajar el p re c io d e las jo rn a d a s, n o o fre c e r al jo rn a ­ le ro más q u e la paga a b s o lu ta m e n te necesaria para su su b sis­ te n c ia (8 ). La p o b re z a o b lig a a é s te a | c o n te n ta rse co n ello ; p e r o si le so b re v ie n e u n a e n fe rm e d a d o u n a u m e n to d e la fam ilia, e n to n c e s, p o r falta d e | a lim e n to s sanos o su fic ie n te m e n te a b u n d a n te s, se e n fe rm a , m u e re y d e ja al E sta d o un a fam ilia d e m e n d ig o s. P ara p re v e n ir se m e ja n te desgracia, h a­ b ría q u e re c u rr ir a u n a n u e v a re p a rtic ió n de las tierras: re p a rtic ió n sie m p re in ju s ta e im p ra ctic ab le. Es p u e s e v id e n te q u e u n a vez el lu jo ha lle g ad o a c ie rto esta d io , es im p o sib le v o lv e r a e s ta b le c e r iguald ad alg u n a e n tre la fo rtu n a d e los ciu d ad a n o s. L uego los rico s y las riq u ez as van a las cap itales a d o n d e les a tra e n los p la c e re s y las a rte s d e l lujo: e n to n c e s el ca m p o q u e d a in c u lto y p o b re ; sie te u o c h o m illo n es d e h o m b re s la n g u id e c e n e n la m iseria (9) y cin co o seis m il v iven | en u n a o p u le n c ia q u e les hace o d io so s, sin h ac erle s m ás felices.

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21 Estas páginas son únicas en los textos ilustrados. N o solam ente destaca la finura con la que se describe el proceso d e la división en clases en el capitalismo (que aún ésta en sus balbuceos), sino que anticipa b uena parte de las tesis marxistas, intuitivam ente, com o ésta de la conversión del trabajador en mercancía. Las páginas q u e siguen podrían pasar, a trozos, por «marxismo ortodoxo».

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En e fe c to , ¿ q u é p u e d e a p o rta r a la | felicid ad d e un h o m b re la mayor^ o m e n o r su c u len c ia d e su co m ida? ¿A caso n o le basta e s p e ra r el h a m b re , | h a c e r sus e je rc ic io s o p r o ­ lo n g a r sus paseo s e n p ro p o rc ió n al m al g u s to d e su co c in e ro , p a ra e n c o n tra r d e lic io so to d o p la to q u e n o sea re p u g n a n te ? P o r o tra p a rte , la fru g alid ad y el e je rc ic io ¿n o le e v ita n to d as las e n fe rm e d a d e s q u e o ca sio n a | la g lo to n e ría ex a ce rb a d a p o r la b u e n a com ida? La felicidad no d e p e n d e , p u e s, d e la ex c e­ le n cia d e la com ida. N o d e p e n d e ta m p o co d e la m agnificen cia d e la in d u m e n ­ taria ni d e los ca rru a jes: cu a n d o se a p a re c e en p ú b lic o cu ­ b ie rto d e u n v e s tid o b o rd a d o y e n u n a c a rro 2a b rilla n te , no se e x p e rim e n ta n p laceres físicos, q u e son los ú n ico s p laceres reales; se está afectad o , a lo su m o , p o r u n p la ce r d e van id ad , cuya p riv ac ió n sea tal vez in s o p o rta b le , p e ro cu y o g o ce es in síp id o . Sin a u m e n ta r su felicidad, el h o m b re rico n o h ace, p o r la o ste n ta c ió n d e su lu jo , m ás q u e o fe n d e r a la h u m a n i­ d ad y al infeliz, q u ie n , al c o m p a ra r sus an d ra jo s d e la m ise­ ria co n la v e stim e n ta d e la o p u le n c ia , se im ag in a q u e e n tre la felicidad del rico y la suya n o hay m e n o s d iferen c ia q u e e n tre sus v estid o s, reav iv a p o r esta o ca sió n | el re c u e rd o d e las d u ras p en as q u e so b re lle v a y se e n c u e n tra d e e s te m o d o p riv a d o d el ú n ic o alivio d el in fo rtu n a d o , del o lv id o m o m e n ­ tá n e o d e su m iseria. Es, p u e s, c ie rto , c o n tin u a rá n d ic ie n d o esto s filó so fo s, q u e el lu jo n o p ro p o rc io n a la felicidad d e n ad ie y q u e, al im plicar u n a d esig u ald ad d e m a sia d o g ra n d e d e riq u e z a e n tre los ciu ­ d ad an o s, im plica la d esg ra cia del m a y o r n ú m e ro d e ello s. El p u e b lo e n el q u e el lu jo se in tro d u c e no es p o r ta n to , feliz en su in te rio r: v ea m o s si es re s p e ta d o e n el ex te rio r. La a b u n d a n c ia de d in e ro q u e el lu jo ac arrea a u n E stad o se im p o n e en p r im e r lu g ar a la im aginación; e s te E stad o es, p o r alg u n o s in sta n te s, u n E stad o p o d e ro so : p e ro e s ta v e n ta ja ( s u p o n ie n d o q u e p u e d a ex istir alguna v e n ta ja in d e p e n d ie n te d e la felicidad d e los ciu d ad an o s) n o es, | co m o lo n o ta el Sr. H u m e 22, m ás q u e u n a v e n ta ja p asajera. S e m e ja n te a los

22 H u m e fue amigo d e H elvétius, d e Rousseau y del grupo enciclopedista en general. En sus viajes a París frecuentaba los salones d e M me. d ’H olbach y M me. H elvétius. Su Tratado sobre la naturaleza humana (1739), la m ejor expresión de la epistem ología em pirista clásica, tuvo un efecto im portante sobre H elvétius, quien la asum e en sus rasgos más generales. Tam bién su Historia natural de la religión (1757) será bien recogida entre los ilustrados, así como su m onum ental Historia de G ran Bretaña (1754-59). Pero, curiosam ente, los textos de H um e más conocidos en los círculos materialistas son los Ensayos morales y políticos, que luego

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m a re s, q u e a b a n d o n a n y c u b re n su c e siv a m e n te m il playas d ife re n te s , las riq u ez as d e b e n r e c o rr e r su c e siv a m e n te m il clim as d iv e rso s. C u a n d o , p o r la b ellez a d e sus m a n u fa ctu ra s y la p e rfe c c ió n d e las arte s d e lu jo , u n a n a c ió n h a atra íd o a ella el d in e ro d e los p u e b lo s v e c in o s, es e v id e n te q u e el p re c io d e los a lim e n to s y la m a n o d e o b ra d e b e n e c e s a ria m e n te b a ja r en e sto s p u e b lo s e m p o b re c id o s , q u ie n e s, to m a n d o al­ g u n o s m a n u fa c tu re ro s y alg u n o s o b r e r o s d e e s ta n ación, p u e d e n e m p o b re c e rla a su vez, s u m in istrá n d o le m ás b a ra to las m ism as m e rc an c ías q u e e s ta n ac ió n les p ro v e ía (1 0 ). A h o ra b ie n , e n c u a n to a la ¡ falta d e d in e ro se h a c e s e n tir e n un E sta d o a c o stu m b ra d o al lu jo , la n ac ió n cae e n el d e sp re c io . j P ara librarse d e ello, h a b ría q u e a c e rc a rse a u n a v id a sim p le y a c o s tu m b re s a las q u e las le y e s se o p o n e n . | P o r e s to , la é p o c a d e m a y o r lu jo d e u n a nació n es, e n g e n e ra l, la é p o c a m ás p ró x im a a su caída | y en v ilec im ien to . La felicidad y la p o te n c ia a p a re n te q u e el lu jo su m in istra , d u ra n te alg u n o s in sta n te s, a las n ac io n e s es c o m p a ra b le a estas fieb res v io le n ­ tas q u e d a n , en el d e lirio , u n a fu e rz a in c re íb le al e n fe rm o q u e d e v o ra n y q u e p a re c e n n o m u ltip lic a r las fu erzas d e | u n h o m b r e m ás q u e p ara p riv a rlo , en el o ca so d el d e lirio , ta n to d e estas m ism as fu erzas c o m o d e la vida. P a ra c o n v e n c e rs e d e e s ta v e rd a d , d irá n ad e m á s esto s m ism o s filó so fo s, b u sq u e m o s lo q u e h aría q u e u n a n ació n fu e ra re a lm e n te re s p e ta d a p o r sus vecinos: es in d is c u tib le ­ m e n te el n ú m e ro y el v ig o r de sus ciu d a d a n o s, su ap eg o p o r la p a tria y, p o r ú ltim o , su v a lo r y su v irtu d n . E n c u a n to al n ú m e ro d e c iu d a d a n o s, se sabe q u e los países co n lu jo n o son los m ás p o b la d o s; q u e e n la m ism a e x te n s ió n d e te r r e n o c u ltiv a d o , S uiza p u e d e te n e r m ás h ab i­ ta n te s q u e E spaña, F ran cia y h asta q u e In g laterra . El c o n s u m o d e h o m b re s q u e o ca sio n a n e c e s a ria m e n te un

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la historiografía ha dejado bastante de lado. H u m e había publicado, anónim os, sus Essays moral and political, en los q u e aborda temas muy variados, desde el m atrim onio al estilo d e escribir y el progreso de las ciencias. A hora bien, quizá aquí H elvétius se refiere a los Political Discourses, publicados en 1752, y que tienen cie rto éxito. E ntre éstos destacam os «O f C om m erce», «O f íuxury», «O f interst», « O f the populousness o f ancient nations» temas preferidos de H elvétius. Tam bién vale la pena recordar que en 1757 publica H um e sus Four dissertations, con temas tan atractivos com o « O f th e passions» y «O f th e standard o f taste». 23 N otem os, com o el lector ya habrá imaginado, q u e H elvétius entiende p o r «lujo» la producción d e mercancías, es decir, la producción capitalista (opuesta a una econom ía de autoconsum o, con pretensiones autárquicas). N o tem o s tam bién su coincidencia con Rousseau — aunque no hay, a oyfo nivel, h o m b re más distante al «individuo» rousseauniano que el diseñado po r H elvétius en D f l’Esprit y en De l'Homme— en esa correlación e n tre lujodegradación m oral-debilidad física-pérdida del patriotism o-ruina del Estado. Si la ciudad que R ousseau añora es agraria-religiosa-militarista, la de H elvétius es agraria-ética-militarista.

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g ra n c o m e rc io (11) n o es, en e s te país, | la ú n ica cau sa d el d e s p o b la m ie n to : el lu jo c re a m iles d e causas m ás, p u e s to q u e a tra e las riq u ez as a las ca p ita le s, d e ja los ca m p o s en la escasez, fa v o re c e el p o d e r a rb itra rio y, p o r j c o n s ig u ie n te , el a u m e n to d e las p e n s io n e s 24 y da, e n fin, a las n acio n es o p u le n ta s la facilidad d e c o n tra e r d e u d a s (12) q u e d e s p u é s n o p u e d e n ¡ sa ld ar sin so b re c a rg a r a los p u e b lo s c o n o n e r o ­ sos im p u e sto s. A h o ra b ie n , estas d ife re n te s causas d e | la d e s p o b la c ió n , al h u n d ir a u n país e n te r o en la m iseria d e b e n e c e s a ria m e n te d e b ilita r e n él la c o n s titu c ió n física d e los c u e rp o s. El p u e b lo e n tre g a d o al lu jo jam ás es u n p u e b lo ro b u sto : e n tre sus co n c iu d a d a n o s, u n o s e stá n e n e rv a d o s p o r la m o licie, los d e m á s a g o ta d o s p o r la n ec esid ad . Si los p u e b lo s salvajes o p o b re s , c o m o lo n o ta el cab a­ lle ro F o lard 25 tie n e n a e s te re s p e c to u n a g ra n su p e rio rid a d so b re los p u e b lo s e n tre g a d o s al lu jo , es p o r q u e el la b ra d o r es, e n las n ac io n e s p o b re s , a m e n u d o m ás ric o q u e e n las n ac io n es o p u le n ta s ; es p o r q u e u n ca m p e sin o su izo está m ás a sus an chas 26 q u e u n c a m p e sin o fra n cé s (13). I P ara fo rm a r c u e rp o s ro b u s to s , se n e c e sita u n a a lim e n ta ­ ció n sim p le a u n q u e sana y a b u n d a n te , u n e je rc ic io q u e sin s e r ex cesiv o sea fu e rte , la c o s tu m b re d e s o p o rta r las in te m ­ p e rie s d e las esta c io n e s, c o s tu m b re q u e c o n tra e n los ca m p e ­ sinos q u e , p o r esta raz ó n , so n in fin ita m e n te m ás capaces de s o p o r ta r las fatigas d e la g u e rra q u e los m a n u fa c tu re ro s de los q u e la m a y o r p a rte está a c o stu m b ra d a a u n a v id a s e d e n ta ­ ria. Es ta m b ié n en las nacio n es p o b re s d o n d e se fo rm a n los e jé rc ito s in c an sa b les q u e ca m b ian el d e s tin o d e los im p e rio s. ¿ Q u é o b stá c u lo s o p o n d ría a estas n ac io n e s u n país e n tr e ­ g a d o al lu jo y a la m olicie? N o p u e d e im p o n e rse a ellas ni p o r el n ú m e ro ni p o r la fu e rz a d e sus h a b ita n te s. El ap e g o p o r la | p a tria , se d irá, p u e d e su p lir al n ú m e ro y la fu e rz a d e los ciu d ad a n o s. P e ro ¿ q u ié n p ro d u c iría en tal país este v ir­ tu o s o a m o r p o r la p atria? El e s ta m e n to 27 de los ca m p e sin o s,

24 En francés, «subsides». La traducción literal p o r «subsidios» o «pensiones» podría oca­ sionar equívocos. H elvétius, obviam ente, no se re fie re a «Seguridad Social», sino a pensiones, cargos vitalicios q u e el rey otorgaba arbitrariam ente. Rousseau pasó m uchos años solicitando, sin éxito, una «pensión» q u e le perm itiera vivir y hacer su obra sin malgastar el tiem po en trabajos ^civiles. H elvétius gozó d e «pensiones» com prando el cargo d e «m aitre d ’hóteí» d e la reina M arie Leczinka, «ferm ier général», etc. 25 Jean-C harles d e Folard (1669-1752) fue un valeroso oficial q u e ganó gloria a las órdenes d e Carlos X II de S u ecia Sus obras m ilitares fueron muy leídas en el X V III. 26 En francés: «est plus á son aise» (más a su gusto). 27 En el original, «l’o rdre». «O rdenes» o «estam entos» son conceptos m uy usados antes de acuñarse el d e «clase». H em os traducido p o r «estam ento» p o rq u e parece de un uso más vigente q u e «orden».

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q u e c o n s titu y e p o r sí so lo lo s d o s te rc io s d e cada n ació n , es in feliz; el d e los a rte sa n o s n o p o s e e nada: traslad a d o d e su p u e b lo a u n a m a n u fa c tu ra o a u n a tie n d a y d e esta tie n d a a o tra , el a rte sa n o está fam iliariz ad o co n la id e a d e l d esp laza­ m ie n to , n o p u e d e c o n tra e r ap e g o p o r n in g ú n lugar; al e sta r a s e g u ra d a casi p o r to d a s p a rte s su su b sisten c ia , d e b e c o n sid e ­ ra rs e n o co m o ciu d a d a n o d e u n país, sino co m o u n h a b ita n te d e l m u n d o 28. S e m e ja n te p u e b lo n o p u e d e , p u e s , d istin g u irse d u ra n te m u c h o tie m p o p o r su valor; p o rq u e en un p u e b lo el v alor es, en g e n e ra l o b ie n el e fe c to d el v ig o r de sus g e n te s , d e esa ¡ co n fian za ciega en sus fu e rz a s q u e o c u lta a los h o m b re s la m ita d d e l p e lig ro al q u e se e x p o n e n , o b ie n el e fe c to d e u n v io le n to a m o r p o r la p a tria q u e les h ace d e s p re c ia r el p e li­ gro : a h o ra b ie n , el lu jo a g o ta a la larga estas d o s fu e n te s de valo r (14). P o d ría se r q u e d e la codicia | b ro ta ra u n a te rc e ra , si v iv iésem o s to d a v ía en aq u e llo s siglos b á rb a ro s d o n d e los p u e b lo s e ra n so m e tid o s a la escla v itu d y las ciu d ad es ab a n ­ d o n ad a s al pillaje. El so ld a d o , al n o se r ya im p u lsad o p o r e s te m o tiv o , n o p u e d e se rlo m ás q u e p o r lo q u e se llam a el honor; a h o ra b ie n , el d e s e o d e h o n o r se apaga en un p u e b lo c u a n d o el a m o r p o r las riq u ez as se e n c ie n d e (15). E n v an o se d irá q u e las n ac io n e s ricas g a n a n p o r lo m e n o s en felicid ad y e n p la c e re s lo q u e p ie rd e n en v irtu d j y valor: un e s p a rta n o (1 6 ) n o e ra m e n o s feliz q u e u n p ersa ; los p rim e ro s ro m a n o s cu y o v alo r e ra re c o m p e n s a d o p o r el d o n d e alg u n o s a lim e n ­ to s no h u b ie ra n e n v id ia d o la s u e rte d e C raso 29. C ay o D u ilio , q u ie n p o r o rd e n del se n a d o e ra to d a s las n o c h e s a c o m p a ñ a d o a su casa a la luz d e las a n to rc h a s j y co n el s o n id o de las flautas, n o e r a m e n o s se n sib le a e s te c o n ­ c ie r to g ro s e ro d e lo q u e lo so m o s n o s o tro s a la m ás b rilla n te so n a ta. P e ro aun a d m itie n d o q u e las n ac io n e s o p u le n ta s se p r o c u r e n algunas c o m o d id a d e s d esc o n o c id a s p o r los p u e b lo s p o b re s , ¿ q u ié n g o za rá d e estas c o m o d id a d e s? U n p e q u e ñ o

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28 N o podem os dejar d e recordar el slogan marxista de «los proletarios no tienen patria». La m agnífica intuición d e H elvétius unida a su experiencia d irecta con el m undo cam pesino y artesanal, le p erm iten estas descripciones q u e suenan a actuales. 29 H elvétius rep ite, literalm ente, los «ejem plos» d e la historia que R ousseau usa en sus Discursos sobre las ciencias y las artes (1750) y Discurso sobre el origen de la desigualdad (1753). En realidad son ejem plos tópicos d e la época y reiterad am en te usados en este debate sobre el m odelo de sociedad a instaurar. La historia — ya que no hay referencia absoluta desde donde decidir— se convierte en e le m en to d e la argum entación, en fuerza persuasiva. P ero una historia reducida a anécdotas, a tópicos: Esparta/A tenas, R om a republicana/R om a im perial, Trajano/ N e ró n , C iro/Jerjes, estoicos/hedonistas...

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n ú m e ro d e h o m b re s p riv ile g iad o s y rico s q u e , c re y é n d o se la nación e n te ra , c o n c lu y e n d e su c o m o d id a d p a rtic u la r q u e el c a m p e sin o es feliz. P e ro a u n q u e estas c o m o d id a d e s fu e ra n re p a rtid a s e n tre u n m a y o r n ú m e ro d e c iu d ad a n o s, ¿cuál es el p re c io d e e sta v e n ta ja co m p a ra d a a las v en taja s q u e p ro c u ra a los p u e b lo s p o b re s u n alm a fu e rte , v alien te y e n e m ig a d e la esclav itu d ? Las n ac io n e s e n las q u e el lu jo se in tro d u c e son, ta rd e o te m p ra n o , víctim as d el d e s p o tism o ; p re s e n ta n m an o s d é b ile s y flojas c o n tra las cad en as co n las q u e la tira n ía q u ie re | cargarlas. ¿C ó m o lib ra rse d e ellas? E n estas n acio ­ n es, unos viv en en la m o licie y la m o licie n o p ie n s a ni p rev é ; los o tro s la n g u id e c e n e n la m iseria; y p re s o s d e la n ec esid ad , e n te r a m e n te o cu p a d o s en satisfacerla, n o elev an sus m irad as hacia la lib e rta d . E n la fo rm a d e s p ó tic a , las riq u ez as d e estas n ac io n es son d e sus am os; en la fo rm a re p u b lic a n a , p e r te n e ­ c e n a la g e n te p o d e ro s a así co m o a lo s p u e b lo s v alien tes q u e so n sus vecinos. « T ra e d n o s v u estro s te so ro s, p o d ía n h a b e r d ic h o los ro ­ m an o s a los ca rtag in eses; n o s p e rte n e c e n . R o m a y C a rtag o h an q u e rid o am bas e n riq u e c e rse ; p e ro han e m p re n d id o ru tas d ife re n te s p a ra alcanzar este fin. M ie n tras v o so tro s fo m en tabais la in d u stria d e v u e s tro s ciu d a d a n o s, estab lecíais | m a n u ­ facturas, cu b ríais el m a r c o n v u estra s naves, ibais a e x p lo ra r costas d esh a b ita d a s y acarreabais el o r o d e las E spañas y d e A frica, n o so tro s, m ás p ru d e n te s , avezáb am o s n u e stro s so ld a­ d o s a las fatigas d e la g u e rra , a u m e n tá b a m o s su c o ra je , sa­ b íam o s q u e el in d u strio s o n o tra b a ja b a m ás q u e p a ra el v alien te. La h o ra d e g o zar ha llegado: d e v o lv e d n o s los b ie n e s q u e sois incapaces d e d e fe n d e r.» Si los ro m a n o s n o han e m p le a d o e s te le n g u a je , al m e n o s su c o n d u c ta p ru e b a q u e e ra n afe cta d o s p o r se n tim ie n to s q u e este d isc u rso su p o n e . ¿C ó m o la p o b re z a d e R o m a no h a b ría d e m a n d a r s o b re la riq u e z a d e C a rtag o y c o n serv ar, a e s te re sp e c to , la v e n ta ja q u e casi to d a s las n ac io n e s p o b re s h an te n id o s o b re las | n ac io n e s o p u le n tas? ¿A caso n o se ha v isto a la fru g al Laced e m o n ia triu n fa r so b re la rica y c o m e rc ia n te A ten a s; a los ro m a n o s p is o te a r los c e tro s d e o ro d e A sia? ¿ N o se h a v isto a E g ip to , F enicia, T iro , S id ó n , R o d a s, G é n o v a , V en e cia , su b ­ yugadas, o p o r lo m e n o s h u m illad a s p o r p u e b lo s a los q u e llam ab an b á rb a ro s? ¿Y q u ié n sab e si no se v erá u n d ía a la rica H o la n d a , m e n o s feliz e n su in te r io r q u e S uiza, o p o n e r a sus e n e m ig o s u n a re siste n c ia m e n o s o b stin ad a ? H e aq u í el

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p u n to d e v ista d e s d e el cual se p r e s e n ta el lu jo a los fd ó so fo s q u e lo h an c o n s id e ra d o c o m o fu n e sto a las nacion es. La co n c lu sió n d e lo q u e acab o de d e c ir es q u e los h o m ­ b re s, v ie n d o b ie n lo q u e v e n , sa ca n d o co n sec u en cias m uy justas d e sus p rin c ip io s, lleg an , sin em b a rg o , a re su lta d o s a m e n u d o c o n tra d ic to rio s; | p o r q u e n o tie n e n p r e s e n te s en su m e m o ria to d o s los o b je to s d e cuya c o m p a ra c ió n d e b e re s u l­ ta r la v e rd a d q u e buscan. Es in ú til d e c ir, p ie n so , q u e al p r e s e n ta r la c u e stió n d el lu jo b a jo d o s asp e c to s d ife re n te s , no p r e te n d o d e c id ir si el lu jo es re a lm e n te p e rju d ic ia l o ú til a los E stados; se d e b e ría , p ara re so lv e r c o rre c ta m e n te e s te p ro b le m a m o ra l, e n tra r e n d e ta lle s a je n o s al o b je to q u e m e p ro p o n g o ; h e q u e rid o sola­ m e n te p ro b a r , p o r e s te e je m p lo , q u e en las cu e stio n e s co m ­ p licadas y s o b re las cuales se juzga sin p asió n , u n o só lo y e rra p o r ig n o ran c ia, es d ec ir, im a g in a n d o q u e el lad o q u e se v e d e u n o b je to es to d o lo q u e hay q u e v e r e n e s te o b je to 30.

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C a p í t u l o IV

D el abuso de las palabras

O tr a causa d el e rro r, q u e se d e b e ta m b ié n a la ig n o ran c ia, es el ab u so de las p alabras y las ideas p o co claras q u e se en laz an co n ellas. L o ck e ha tra ta d o tan a fo rtu n a d a m e n te e s te te m a q u e m e p e r m ito e x a m in a rlo sólo p ara a h o rra r el tra b a jo d e b ú s q u e d a a los le c to re s , q u ie n e s no tie n e n to d o s la o b ra d e e s te filó so fo ig u a lm e n te p re s e n te e n su esp íritu . D e sc a rte s había ya d ic h o , a n te s d e L ocke, q u e lo s p e rip a ­ té tic o s , e sc u d a d o s tras la o sc u rid a d d e las p alab ras, e ra n

30 D ifícilm ente puede convencernos H elvétius de su neutralidad. H a presentado dos gran­ des posiciones, pero en el espacio dedicado a cada una y en el to n o deja ver su tom a de posición de forma clara e incluso apasionada. P ero el capítulo es curioso. El tem a es «la causa del error», la ignorancia, el parcialismo. Y H elvétius lo ilustra con un debate a la orden del día: Q uesnay-T urgot/C olbert, cam po/ciudad, la creciente desigualdad (acumulación originaria del capital). M irabeau, en L'A m i des hommes (1757), ya había clamado contra el hundim iento del pequeño propietario cam pesino, contra la proletarización creciente. Pero H elvétius hace bien en cubrirse: el tem a del lujo, d el p ro g reso en la forma concreta en q u e se im pone en el capitalismo, era com pleta. D e ja v er su opción, p ero reconoce que no puede resolverse tan fácilmente.

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b a s ta n te p a re c id o s a ciegos q u ie n e s, p ara h ac er el co m b a te | d e igual a igual, atraían a u n h o m b re c la riv id e n te a u n a c a v ern a o scura; q u e este h o m b re , añadía, sep a d a r luz a la caverna, q u e fu e rc e a los p e rip a té tic o s a en laz ar id eas n ítid as a las p alabras q u e usan, y s u tr iu n fo esta rá a seg u rad o . P a r­ tie n d o de D e sc a rte s y L ocke, p ro b a ré , p u e s , q u e en m e tafí­ sica y en m o ral el ab u so d e las palabras y la ig n o ran cia d e su v e rd a d e ro significado es, si se m e p e rm ite la e x p re sió n , un la b e rin to en el q u e los m a y o res g e n io s se han ex tra v iad o algunas veces. T o m a ré co m o e je m p lo algunas d e estas p ala­ bras q u e han d e s p e rta d o las m ás largas y m ás acaloradas d isp u tas e n tre los filósofos: ta les so n , e n m etafísica, las p alab ras materia , espacio e infinito. Se ha so ste n id o , en to d o s los tie m p o s, unas v eces q u e la m a te ria sen tía, o tra s veces q u e n o se n tía , y se ha | d isp u ta d o so b re este te m a m uy larga y v ag a m e n te. Se ha ta rd a d o en p re g u n ta rs e so b re q u é se d isp u ta b a y en en lazar u n a id e a p re c isa a la p alab ra materia. Si d e s d e u n p rin c ip io se h u b ie ra fija d o su significado, se h a b ría re c o n o c id o q u e los h o m b re s e ra n , si se m e p e rm ite la e x p re sió n , los c re a d o re s d e la m a te ria , q u e la m a te ria no e ra u n se r, q u e no h ab ía en la n a tu ra le z a m ás q u e in d iv id u o s a los q u e se h ab ía d a d o el n o m b re de cuerpo y q u e n o se podía e n te n d e r p o r esta palabra materia m ás q u e el c o n ju n to de las p ro p ie d a d e s c o m u n e s a to d o s los c u e rp o s. U n a vez d e te rm in a d o de e s te m o d o el sign ificad o de esta p alab ra, n o se tra ta b a m ás q u e d e sa b e r si la e x te n sió n , la solid ez y la im p e n e tra b ilid a d e ra n las únicas p ro p ie d a d e s c o m u n e s a to d o s los c u e rp o s; y si el d e s c u b ri­ m ie n to d e u n a fu erza , p o r e je m p lo , tal c o m o la atra cc ió n , no p o d ía h a c e r so sp e c h a r q u e los ¡ c u e rp o s tu v ie se n , ad em ás, algunas p ro p ie d a d e s d esc o n o c id a s, c o m o la facu ltad d e se n tir, q u e a p e s a r d e n o m an ifesta rse m ás q u e en los c u e rp o s o rg an iz ad o s d e los anim ales, p o d ía , sin em b a rg o , se r co m ú n a to d o s los in d iv id u o s. Al re d u c ir la c u e stió n a este p u n to , se h u b ie ra a p e rc ib id o 31 q u e si en rig o r es im p o sib le d e m o s tra r q u e to d o s los c u e rp o s son a b s o lu ta m e n te in se n sib le s, to d o h o m b re q u e no esté so b re e s te te m a escla re cid o p o r la rev e lac ió n n o p u e d e d e c id ir la c u e stió n m ás q u e calc u lan d o y c o m p a ra n d o la p ro b a b ilid a d de esta o p in ió n co n la p ro b a b i­ lidad d e la o p in ió n co n tra ria.

31 En el original, «senti».

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P a ra te rm in a r esta d isp u ta , n o era, p u e s, n e c e sa rio c o n s­ tr u ir d ife r e n te s siste m a s d el m u n d o , p e r d e rs e en la c o m b in a ­ ció n d e las p o sib ilid a d e s y h a c e r esto s esfu e rz o s p ro d ig io so s d e e s p íritu q u e n o h an d e s e m b o c a d o , y n o p o d ía n re a lm e n te d e s e m b o c a r, m ás q u e e n | e r r o re s m ás o m e n o s in g e n io so s. E n e fe c to (p e rm íta s e m e n o ta rlo aquí), si hay q u e sacar el m e jo r p a rtid o d e la o b se rv a c ió n , se d e b e ca m in a r ú n ic a m e n te c o n ella, d e te n e rs e e n c u a n to n o s a b a n d o n a y te n e r el c o ra je d e ig n o ra r lo q u e to d a v ía n o se p u e d e saber. In s tru id o s p o r los e r r o re s d e los g ra n d e s h o m b re s q u e n o s h a n p re c e d id o , d e b e m o s c o n c e b ir 32 q u e n u e stra s o b s e r­ v acio n es m ú ltip le s y re u n id a s ap e n as b astan p ara fo rm a r al­ g u n o s d e esto s sistem as p arc iale s c o n te n id o s e n el sistem a g e n e ra l; q u e es d e las p ro fu n d id a d e s d e la im a g in a ció n d e d o n d e h asta a h o ra se ha sacad o el sistem a d el u n iv e rso ; y q u e , si n u n ca se tie n e n m ás q u e n o tic ia s tru n c a d a s d e los p a íse s a le ja d o s d e n o s o tro s , los filó so fo s n o tie n e n , d el m ism o m o d o , m ás q u e n o tic ia s tru n c a d a s del siste m a d el m u n d o . C o n m u c h o e s p íritu y | m u c h as c o m b in a c io n e s, n o re c ita rá n m ás q u e fáb u las, h a sta q u e el tie m p o y el azar les hay an d a d o u n h e c h o g e n e ra l al cual to d o s los d em ás p u e d a n re m itirse Lo q u e h e d ic h o d e la p a la b ra materia, lo d ig o d e la d e espacio; la m a y o r p a rte d e lo s filó so fo s h a n h e c h o d e ello u n se r y la ig n o ra n c ia d el sign ificad o d e esta p a la b ra h a d ad o lu g ar a largas d isp u tas (17). Las h u b ie ra n a b re v ia d o , si h u b ie ­ ran e n la z a d o u n a id e a clara c o n e s ta palab ra: se h u b ie ra a d m i­ tid o q u e el espacio c o n s id e ra d o en los c u e rp o s es lo q u e se llam a extensión; q u e d e b e m o s la idea d e vacío, q u e c o m p o n e e n p a rte la idea d e esp ac io , al in te rv a lo p e rc ib id o e n tr e d o s m o n ta ñ a s elevadas; in te rv a lo | q u e , al n o e s ta r o c u p a d o m ás q u e p o r el aire, es d ec ir, p o r u n c u e rp o q u e a c ie rta d istan -

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32 D e nuevo, «sentir». N os parece q u e aquí «concebir» traduce bien el sentido. 33 H elvétius nos d eja con la m iel en los labios. Esperábam os q u e se intro d u jera en el tem a de la «materia» que tanta tinta y reflexión forzó a derrochar a los filósofos del X V II y X V III, p ero lo da p o r resuelto con esa definición — más hum eana q u e lockeana— de «materia» como una simple palabra q u e designa una colección de propiedades (ideas) com unes a las cosas. A punta el im portante tem a d e la «fuerza» y la «sensibilidad» com o posibles de incluir en esa colección. D id ero t en el Ret e de d ’Alembert (1769) H abía lanzado la «hipótesis» de la «sensibili­ dad universal». M aupertuis en la Venus physique y en el Systeme de la nature y Buffon en Histoire naturelle iban p o r este camino. La presencia de Leibniz, d o tando a la m ateria de fuerza, se hace sentir (ver J. Roger, Les sciences de la vie...}. En resum en, el forcejeo de la filosofía con la «materia» cartesiana, dem asiado po b re para adecuarse a las exigencias teóricas d e la ciencia de la vida, queda apuntado. P ero n o o p ta p o r e n tra r en eí asunto. Igual hará con el «espacio» y el «infinito».

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cia n o h ace m ás so b re n o so tro s n in g u n a im p re s ió n sen sib le, h a d e b id o d a rn o s u n a id e a d e l vacío, q u e n o es o tra cosa m ás q u e la p o sib ilid a d d e r e p re s e n ta rn o s m o n ta ñ as alejad as unas de o tras sin q u e la d istan c ia q u e las se p a re e s té lle n a p o r n in g ú n cu e rp o . R e sp e c to a la id e a d e infinito c o n te n id a ta m b ié n en la id e a d e espacio, dig o q u e no d e b e m o s esta id e a d el in fin ito m ás q u e a la p o te n c ia q u e un h o m b re situ ad o en u n a p lan icie tie n e d e h a c e r r e tr o c e d e r sie m p re los lím ites, sin q u e se p u e d a , re s p e c to a ella, fijar el té rm in o d o n d e su im ag in ació n d eb a d e te n e rs e : la ausencia de fronteras de cu a lq u ie r g é n e ro es p u e s la ú n ica id e a q u e p o d e m o s te n e r d e l infinito; si los filó so fo s, a n te s d e e s ta b le c e r n in g u n a | o p in ió n s o b re este te m a, h u b ie se n d e te rm in a d o el significado d e la p alab ra in fi­ nito, c re o q u e , fo rz ad o s d e a d o p ta r la d efin ició n d ad a m ás arrib a, n o h u b ie ra n p e rd id o su tie m p o en d isp u tas frívolas. Es a la falsa filosofía d e los siglos p re c e d e n te s a la q u e se d e b e a trib u ir p rin c ip a lm e n te la ig n o ran c ia g ro s e ra e n la q u e e stam o s del v e rd a d e ro significado d e las palab ras: e s ta filo so ­ fía co n sistía casi e n te ra m e n te e n el a rte d e ab u sar d e ellos. E ste a rte , en q u e co n sistía to d a la ciencia d e los esco lástico s, c o n fu n d ía to d as las ideas, y la o b sc u rid a d q u e ec h a b a s o b re todas las e x p re sio n e s se e x te n d ía , en g e n e ra l, so b re todas las ciencias y p rin c ip a lm e n te so b re la m o ral. C u a n d o el c é le b re se ñ o r d e La R o c h e fo u c a u ld d ijo q u e el a m o r p ro p io es el p rin c ip io d e todas n u estra s acciones ¡cóm o la ig n o ran c ia d el v e rd a d e ro sig n ific a d o | d e e s ta p alab ra, amor propio , su b le v ó a la g e n te c o n tra e s te ilu stre auto r! 34 Se to m ó el a m o r p ro p io p o r o rg u llo y vanidad y se im ag in ó , p o r c o n s ig u ie n te , q u e el se ñ o r d e La R o c h e fo u c a u ld situ ab a e n el vicio la fu e n te d e to d a s las v irtu d e s. E ra fácil, sin em b a rg o , p e rc ib ir q u e el a m o r p r o p io o el a m o r d e sí no e ra o tra co sa m ás q u e un s e n tim ie n to g ra b a d o en n o so tro s p o r la n a tu ra le z a 35; q u e

34 El du que d e La R ochefoucauld (1613-1680) fue un célebre autor del X V II. D e él se ha dicho que era arquetipo d e la aristocracia francesa del X V III. D e la vida, el gusto y la conversación de los salones d e M me. d e Sablé y M me. de La Fayette salieron frases lapidarias com o «las virtudes se pierden e n e l interés com o los ríos en el mar», «los vicios entran en la composición de las virtudes com o los venenos en la composición de los rem edios», que condensaban la reflexión m oral d e la época. H elvétius conocía m uy bien las M áximas d e La Rochefoucauld. V oltaire llegó a d ecir (carta a Richelieu de junio de 1772) que el De l’Esprit es una paráfrasis de los pensam ientos d e La Rochefoucauld. Pero, d e hecho, H elvétius va más lejos a la hora d e sacar consecuencias políticas. 35 El tem a del «amor d e sí» es m uy atractivo en los siglos X V II y X V III. D esde el «amor de sí» hobbesiano, ligado al egoísmo, a la tendencia a la conservación, pasando por el «perseverar en el ser» spinoziano, hasta la versión de M orelly (Code de la Nature, parte

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este s e n tim ie n to se tra n sfo rm a b a en cada h o m b re e n vicio o e n v irtu d , se g ú n los g u sto s y las p asio n es q u e le anim ab an ; y q u e el a m o r p ro p io , d ife r e n te m e n te m o d ificad o , p ro d u c ía ig u a lm e n te el o rg u llo y la m o d e stia . El c o n o c im ie n to d e estas id eas h a b ría p re se rv a d o al s e ñ o r d e La R o c h e fo u c a u ld d el re p r o c h e ta n tas veces r e p e tid o d e q u e v eía d e m asiad o n eg ra la h u m a n id a d ; la ha c o n o c id o tal co m o es. C o n v e n g o en q u e la | vista n ítid a d e la in d ife re n c ia d e casi to d o s los h o m b re s h ac ia n o so tro s es u n e s p ec tác u lo aflictiv o p a ra n u e s tra v an id ad ; p e r o , en fin, hay q u e to m a r a los h o m b re s c o m o son: irrita rs e c o n tra los efe cto s d e su a m o r p r o p io es q u e ja rse d e los ch u b a sc o s d e la p rim a v era, d e ios ca lo res d el v era n o , d e las lluvias d e o to ñ o y d e las h elad as d el in v ie rn o . P ara am ar a los h o m b re s hay q u e e s p e ra r de ello s p o co ; p ara v e r sus d e fe c to s sin am arg u ra , hay q u e a c o stu m b ra rse a p e rd o n a rle s , se n tir q u e la in d u lg e n c ia es u n a justicia q u e la h u m a n id ad d éb il tie n e el d e re c h o de ex ig ir de la sab id u ría. A h o ra b ie n , n ad a m ás a p ro p ia d o p ara im p u lsa rn o s a la in d u l­ g en c ia , p ara c e rra r n u e s tro s co ra z o n e s al o d io , p ara ab rirlo s a los p rin c ip io s d e u n a m oral h u m a n a y d u lce q u e el co n o c i­ m ie n to p ro fu n d o del c o ra z ó n h u m a n o , tal c o m o lo te n ía el | s e ñ o r d e La R ochefoucauld: p o r e s to los h o m b re s m ás esclarec id o s h an sid o casi s ie m p re lo s m ás in d u lg e n te s. ¡C u án tas m áxim as de h u m a n id ad esp arcid a s en sus obras! Mivid, d ec ía P la tó n , con vuestros inferiores y vuestros sirvientes como con am i­ gos desafortunados. « O iré s ie m p re , d ec ía u n filó so fo in d io , a los rico s gritar: se ñ o r, g o lp e a a q u ie n q u ie ra q u e n o s r o b e la m ás m ín im a p a rte d e n u e s tro s b ie n es; m ie n tra s q u e, co n u n a voz p la ñ id e ra y las m an o s e x te n d id a s hacia el cielo , el p o b re dice: se ñ o r, d am e p a rte d e lo s b ie n e s q u e p ro d ig as al rico ; y si los m e n o s a fo rtu n a d o s q u e yo m e sacan u n a p a rte , no im p lo ra ré tu v en g an za y c o n s id e ra ré e sto s h u rto s c o n los o jo s d el q u e v e, en tie m p o d e sie m b ra , a las p alom as e sp ar­ cirse e n | los cam p o s p a ra b u sc ar su alim e n to .» P o r lo d em ás, si la p a la b ra a m o r p ro p io , m al e n te n d id a , h a su b le v a d o ta n to s p e q u e ñ o s e s p íritu s c o n tra el s e ñ o r d e La R o c h e fo u c a u ld ¡qué d isp u ta s aú n m ás serias n o ha o ca sio ­ n a d o la p a la b ra libertad ! D isp u ta s q u e se h u b ie ra n fác ilm e n te

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prim era) y Rousseau que lo purifican, lo ennoblecen, lo liberan del egoísm o y lo convierten en vínculo de solidaridad (M orelly) o narcisista autocom placencia, autoelección propia d e ese ser solitario del individuo natural (Rousseau). H elvétius está próxim o a M orelly en este tema.

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te rm in a d o si to d o s los h o m b re s, ta n am igos d e la v erd a d co m o el p a d re M a le b ra n c h e , h u b ie ra n c o n v e n id o co n e s te hábil te ó lo g o en su Premoción física 36 en q u e «la lib e rta d e ra un m isterio . C u a n d o se m e e m p u ja hacia esta cu estió n , decía, e sto y fo rz ad o a d e te n e rm e e n seco». N o es qu e sea im p o si­ b le fo rm a rse u n a id e a clara d e la p a la b ra libertad, to m a d a en su significado co m ú n . El h o m b re lib re es el h o m b re q u e no e s tá ni cargado d e cad en as, ni d e te n id o en las cárceles, ni in tim id a d o , | co m o el esclavo, p o r el te m o r a los castigos; en e ste se n tid o , la lib e rta d del h o m b re c o n siste en el ejercic io (lib re) d e su p o te n cia : d ig o , d e su p o te n c ia , p o rq u e sería rid íc u lo to m a r p o r u n a n o -lib e rta d n u e s tra im p o ten c ia, d e a tra v esa r las n u b e s co m o el águila, d e vivir bajo las aguas co m o la b allen a y h ac ern o s rey , p ap a o em p e ra d o r. Se tie n e , p u es, u n a id e a clara d e la palab ra libertad, to ­ m ada en u n significado co m ú n . N o es así cu an d o se aplica e s ta p alab ra d e lib e rta d a la v o lu n ta d . ¿Q u é sería e n to n c e s la lib e rtad ? N o se p o d ría e n te n d e r, p o r e sta palab ra, m ás q u e el p o d e r lib re d e q u e r e r o d e n o q u e r e r u n a cosa; p e ro este p o d e r s u p o n d ría q u e p u e d e n h a b e r v o lu n ta d e s sin m o tiv o s y, p o r c o n s ig u ie n te , e fe c to s sin causa. S ería n ec esario q u e ¡p u ­ d ié ra m o s q u e r e r ta n to n u e s tro b ien co m o n u e s tro m al, su p o ­ sición a b s o lu ta m e n te im p o sib le. E n e fe c to , si el d e s e o d e p la c e r es el p rin c ip io d e to d o s n u e s tro s p e n s a m ie n to s y d e to das n u e stra s acciones, si to d o s los h o m b re s tie n d e n c o n ti­ n u a m e n te hacia su felicidad real o a p a re n te , todas n u estra s v o lu n ta d e s n o so n m ás q u e el e fe c to d e esta te n d en c ia. A h o ra b ie n , to d o e fe c to es n ecesario . E n este se n tid o , no se p u e d e en lazar n in g u n a id e a n ítid a co n la p alab ra libertad. P e ro , se dirá, si estam o s so m e tid o s a la n ecesid ad d e p e rs e ­ g u ir la felicidad p o r to d a s p a rte s d o n d e la p erc ib am o s, p o r lo m e n o s ¿som os lib re s d e la e le c c ió n d e los m e d io s q u e em p le am o s p a ra h a c e rn o s felices (18)? Sí, | re sp o n d e ré : p e r o libre hace m ás q u e c o n fu n d ir estas d o s n o cio n es: según q u e un h o m b re se p a m ás o m e n o s d e d e re c h o p ro ce sal y ju ris p ru ­ d encia, sea g u ia d o e n sus asu n to s p o r u n ab o g ad o m ás o m e n o s hábil, to m a rá p a rtid o m e jo r o p e o r; p e ro c u a lq u ie ra q u e sea | el p a rtid o q u e to m e , su d e s e o de felicid ad lo fo rzará sie m p re a e le g ir el p a rtid o q u e le p arezca m ás co n v e-

36 Se refiere a Réflexions sur la prémotion physique, 1715.

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n ie n te a sus in te re se s, sus g u sto s , sus p a sio n e s y fin a lm e n te a lo q u e c o n s id e ra co m o su felicidad. ¿C ó m o se p o d r ía ex p lica r filo só fic am e n te el p ro b le m a d e la lib e rta d ? Si, co m o L o ck e lo ha p ro b a d o , so m o s d iscíp u lo s d e n u e s tro s am igos, p a d re s, le c tu ra s y, en fin, de to d o s los o b je to s q u e nos ro d e a n , es n ec e sa rio q u e to d o s n u e stro s p e n s a m ie n to s y v o lu n ta d e s sean e fe c to s in m e d ia to s o c o n s e ­ cu en cias n ecesarias d e las im p re sio n e s q u e h e m o s re c ib id o 37. N o es p o sib le fo rm a rse n in g u n a id e a d e e s ta p alab ra d e libertad, aplicada a la v o lu n ta d (19); hay q u e c o n s id e ra rla | co m o un m isterio ; ex c la m ar con San P ablo: 0 a ltitu do!, co n v e n ir en q u e sólo la te o lo g ía p u e d e d isc u rrir s o b re s e m e ja n te m a te ria y q u e u n tra ta d o filo só fico d e la lib e rtad n o sería m ás q u e u n tra ta d o d e e fe c to s sin causa. | Es p a te n te q u é g e rm e n e te r n o d e d isp u ta s y calam idad e s c o n tie n e a m e n u d o la ig n o ran c ia del v e rd a d e ro signifi­ cad o d e las p alabras. Sin c o n ta r la sa n g re v e rtid a p o r los o d io s y las d isp u tas te o ló g ic as, d isp u tas casi todas fu n d ad as so b re un ab u so d e p alab ras, ¡cuántas desg racias e s ta ig n o ra n ­ cia h a p ro d u c id o y e n q u é e rro re s ha h e c h o caer a las naciones! E sto s e rro re s son m ás n u m e ro so s d e lo q u e se pien sa. Se c o n o c e e s te c u e n to d e u n c e n tin e la suizo: le hab ían co n sig ­ n ad o u n a p u e r ta d e las T u lle ría s co n ia p ro h ib ic ió n d e no d e ja r e n tra r a nadie. U n b u rg u é s se p re se n ta : « N o se e n tra » , le d ice el | suizo. « Ju sta m e n te , re s p o n d e el b u rg u é s, no q u ie ro e n tra r, sino só lo salir d e P o rt-R o y a l...» «¡A h! si se tra ta d e salir, c o n te sta el suizo , se ñ o r, p o d é is p asar (2 0 )» . ¿ Q u ié n to creería? E ste | c u e n to es la h isto ria d e l p u e b lo ro m a n o . C ésar se p re s e n ta e n la plaza p ú b lica, q u ie re h ac erse co ro n a r; y los ro m a n o s, p o r n o e n la z a r id eas p rec isas a la p a la b ra realeza, le c o n c e d e n , b a jo el n o m b re d e imperator, la p o te n c ia q u e le nieg an b a jo el n o m b re d e rex. Lo q u e d ig o d e los ro m a n o s p u e d e , e n g e n e ra l, aplicarse

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37 En el tem a de ia «libertad» ni se detiene H elvétius. Locke había incurrido en una incongruencia que ha sido ya señalada (ver W olfand von Leyden, «John Locke and the natural Laws» en Philosopby, 1956, pp. 23-35, recogido en el reading Locke, M ilano, ISEDI, 1978). Se trata de las dos filosofías d e Locke. U na, la del Essay concerning H um an Understanding (1690) y otra, la que está implícita en sus trabajos sobre la ley natural y el gobierno, en su doctrina política. A quí teoriza el individuo com o sujeto de derechos, com o subjetividad moral y religio­ sam ente responsable (tolerancia) y jurídicam ente reconocida (liberalismo). En el Ensayo, en cambio, el hom bre es un efecto d e la experiencia. Q uizá Locke no llegó a ver los efectos de su propia filosofía. Pero H elvétius la recoge, la radicaliza y teoriza un hombre-efecto del medio social (de la ley, d e la educación, d e las costum bres).

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a to d o s los d iv an es y a to d o s los c o n se jo s d e los p rín cip es. I E ntre los pueblos, al igual q u e e n tre los soberanos, no hay n in g u n o a q u ie n el ab u so de las p alab ras n o h ay a a rro ja d o a alg ú n e r r o r g ro se ro . P ara escap ar d e esta tram p a, h ab ría, seg ú n el c o n s e jo d e L eibniz, q u e c o m p o n e r u n a le n g u a filosófica, en la cual se d e te rm in a ría el significad o p re c iso d e cada p a la b ra 38. Los h o m b re s e n to n c e s p o d ría n e n te n d e rs e , tra n sm itirse e x a c ta m e n te sus ideas; las d isp u ta s q u e | e te rn iz a el ab u so d e las p alab ras se te rm in a ría n ; y los h o m b re s, en to d a s las ciencias, p r o n to esta ría n fo rz ad o s a a d o p ta r los m ism o s p rin cip io s. P e ro la e je c u c ió n d e un p ro y e c to tan útil y tan d e se a b le es im p o sib le . N o es a los filó so fo s, sin o a la n ec esid ad a lo q u e se d e b e la in v e n c ió n d e las lenguas 39; y la n ec esid ad d e este g é n e r o n o es difícil d e satisfacer. P o r c o n s ig u ie n te , p rim e ro se han e n la z a d o algunas ideas falsas a c ie rta s pala­ b ras; d e s p u é s se han co m b in a d o , c o m p a ra n d o estas id eas y estas p alab ras e n tre ellas; cada n u ev a co m b in ac ió n h a p ro d u c id o un n u e v o e rro r; e sto s e rro re s se han m u ltip lic ad o y al m u lti­ p lic arse se han co m p lic ad o ta n to q u e sería a h o ra im p o sib le , sin u n sacrificio y u n tra b a jo in fin ito s, ra stre a r y d e s c u b rir su fu e n te . P asa en las len g u as lo m ism o q u e en el cálculo algebraico: | se deslizan e n ella algunos e rro re s; esto s e rro re s n o son p e rc ib id o s; se o p e ra se g ú n los p rim e ro s cálculos; d e p ro p o sic ió n en p ro p o sic ió n , se llega a co n sec u en cias e n te r a ­ m e n te ridiculas. S e co n sta ta su a b su rd id a d : p e ro ¿c ó m o e n ­ c o n tra r el lugar d o n d e se ha d esliz ad o el p rim e r e rro r? P ara o b te n e r e s te e fe c to , es n ec esario v o lv e r a h ac er y a v erificar g ran n ú m e ro de cálculos: d e sg ra c ia d a m e n te hay p o ca g e n te q u e p u e d a e m p re n d e rlo , m e n o s aú n q u e lo q u ie ra , so b re to d o cu a n d o el in te ré s d e h o m b re s p o d e ro so s se o p o n e a esta verificación. H e m o stra d o las v e rd a d e ra s causas d e n u e s tro s falsos juicios; h e h e c h o v e r q u e to d o s los e rro re s d e l esp íritu tie n e n su fu e n te o b ie n en las p asio n es o b ie n en la ig n o ran -

38 Referencia al esfuerzo d e Leibniz p o r formalizar el discurso, convertirlo en un Ars Combinatoria y llegar a esa ilusión d e un lenguaje universal, de su Cbaracteristica Universalis. 39 El tem a del origen de las lenguas p reocupó m ucho a Rousseau (ver su Discours sur l’inégalité y su Essai sur l’origine des langues) y a los ilustrados. R ecuperar el «origen», sacarlo fuera d e lo divino, constituía la tarea d e la ciencia. Así, había q u e encontrar el origen del hom bre, de la sociedad, d e la religión, d e la tierra, de las gentes... y de la lengua. V er el estudio d e R. G rim sley a su edición d e Sur l’origine du langage (G inebra, D roz, 1971) con textos de M aupertuis, T u rg o t y M aine d e Biran.

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cía, ya de ciertos hechos, ya del v erd ad ero significado de ciertas palabras. El e rro r n o está, pues, esencial | m ente enla-zado a la naturaleza del esp íritu hum ano; n uestros falsos juicios son el efecto de causas accidentales, que no suponen en nosotros una facultad d e juzgar d istinta de la facultad de sentir; el e rro r no es más q u e un accidente; de d o n de resulta que todo s los h om bres tien en esencialm ente el espíritu justo ( 21). U na vez adm itidos estos principios, nada | m e im pide so stener que juzgar, com o ya lo he p ro b ad o , no es propia­ m ente más que sentir. La conclusión general d e este discurso es que el espíritu p u e d e ser considerado, o bien com o la facultad p ro d uctora de nuestros pensam ientos, y el espíritu en este sentido no es más que sensibilidad y m em oria, o bien com o un efecto de estas mismas facultades, y en este segundo significado el espíritu no es más que un co n ju n to de pensam ientos y puede subdividirse en cada h o m b re en tantas partes com o ideas tiene este hom bre. H e aquí los dos aspectos bajo los cuales se p resen ta el espíritu considerado en sí m ism o: exam inem os ahora lo que es el espíritu con relación a la sociedad.

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NOTAS AL DISCURSO PRIMERO

(1) Se ha escrito m u ch o so b re las alm as d e las bestias; unas veces se les ha q u itad o , o tras veces se les ha d e v u e lto la facultad d e pen sar, y tal vez no se haya buscad o co n su ficien te e scru p u lo sid ad en la diferen c ia física e n tre el h o m b re y el anim al la causa d e la in te rio rid a d d e lo qu e se llam a el alma ile los animales. 1.°

T o d as las patas d e lo s an im ales term in a n con un casco, co m o las del buey y el cierv o ; o co n u ñ as, c o m o las del p e rro y el lo b o ; o co n garras, com o las del leó n y el g ato . A h o ra b ien , esta d iferen cia d e organización e n tre n u estras m an o s y las patas d e los anim ales les priva, c o m o d ice B u ffo n , no so lam en te casi p o r co m p le to d el se n tid o del tacto, sino tam bién d e la habilidad n ecesaria p ara m a n e ja r un in stru m e n to o h a c e r d escu b rim ien to s q u e supongan el uso d e las m anos.

2 .°

La v id a d e lo s a n im a le s , e n g e n e r a l m ás c o r ta q u e la n u e s tr a , n o les p e r m ite h a c e r ta n ta s o b s e r v a c io n e s ni, p o r c o n s ig u ie n te , t e n e r ta n ta s id e a s c o m o e l h o m b re .

3 .°

Los anim ales, con m ás defensas, m e jo r vestidos q u e n osotros p o r la natura­ leza, tien en m e n o s n ecesid ad es y, p o r c o n sig u ie n te , m en o s inventiva. Si los anim ales vo races p o se e n , e n g en eral, m ás esp íritu q u e los dem ás anim ales, es p o rq u e el h am b re, sie m p re ingeniosa, los in d u jo a im aginar astucias p ara so rp re n d e r a sus víctimas. Los anim ales n o fo rm an m ás q u e una sociedad fugitiva ante el h o m b re, qu ien , con ayuda d e las arm as q u e se ha fo rja d o , se ha hech o te m ib le aun p ara el más fu e rte d e ellos.

4 .°

El h o m b re es, p o r o tro lado, el anim al más n u m ero so so b re la tierra; nace y vive en todos los clim as, m ien tra s q u e una p a rte de los dem ás anim ales, tales com o los leo n es, los elefan tes y los rin o c e ro n te s , no se e n c u e n tra n más q u e en ciertas latitu d es. A h o ra b ien, cu an to m ás se m u ltip lic a una especie anim al capaz d e o b se rv ac io ­ nes, m ás ideas y esp íritu tiene. P ero , se dirá, ¿p o r q u é lo s m o n o s, cuyas patas son casi tan hábiles com o n uestras m anos, n o hacen p ro g reso s iguales a los del h o m b re? Se d e b e a qu e p erm an ecen in ferio res e n m u chos asp ecto s; a q u e los h o m b re s se han m ultiplicado m ás so b re la tierra; a q u e, e n tre las diferen tes especies de m o n o s, hay pocas cuya

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fu erza sea co m p arab le a la d el h o m b re; a q u e los m o n o s son fru g ív o ro s, tie n e n m en o s necesid ad es y, p o r c o n sig u ie n te , m enos inventiva q u e los h o m b res; a q u e , p o r o tra p a rte , su v id a es m ás corta; a que no form an m ás q u e una sociedad fugitiva an te los h o m b res y tam b ién an te los anim ales, tales com o tigres, leo n es, etc.; e n fin, a q u e la disp o sició n orgánica d e su cu erp o , q u e los m a n tie n e en p e rp e tu o m o v im ien to , co m o los n iños, au n d esp u és d e q u e sus n ecesidades están satisfechas, les hace incapaces d e aburrimiento, el cual d e b e co n sid erarse, c o m o (o p ro b a ré e n el te rc e r discu rso , uno d e lo s p rin cip io s de perfe ctitib ilid ad d e l esp íritu hum ano. Sólo co m p aran d o to d as estas diferencias e n tre el físico del h o m b re y el d e la bestia p u ed e explicarse p o r qué la sensibilidad y la m em oria, facultades com u n es a los h o m b res y a los anim ales, no son en éstos, p o r así decir, m ás q u e facultades estériles. Tal vez se m e o b je te q u e D io s no p u e d e , sin injusticia, h a b e r so m e tid o al d o lo r y a la m u e rte a criaturas in o c e n te s y q u e, p o r ta n to , las bestias n o son más q u e p u ras m áquinas. R e sp o n d e ré a esta o b je c ió n d icien d o q u e, p u esto q u e la E scritura y la Iglesia n o han d ich o e n n in g u n a p a rte q u e los anim ales fueran p u ras m áquinas, p o d em o s m uy bien ig n o rar los m otivos d e la c o n d u c ta d e D io s hacia los anim ales y su p o n e r q u e estos m o tiv o s so n justos. N o es n ecesario re c u rrir al chiste del P. M aleb ran ch e q u e, cu an d o se sostenía ante él q u e los anim ales eran sensibles al d o lo r, resp o n d ía b ro m e a n d o q u e aparentemente habían comido heno prohibido. (2) Las ideas d e los n ú m e ro s, tan sim ples, tan fáciles d e a d q u irir y hacia las cuales la necesidad nos lleva sin cesar, son p ro d ig io sam en te lim itadas en ciertas naciones q u e n o p u e d e n c o n ta r m ás q u e hasta tres y q u e sólo ex p resa n los n ú m ero s q u e van más allá d el tres con la p alab ra mucho. (3) T ales son los p u eb lo s q u e D a m p ie rre e n c o n tró en una isla q u e no p ro d u cía ni árb o les ni arb u sto s; ésto s, al vivir del pescado que las olas del m ar arro jab an a las p eq u eñ as bahías d e la isla, no tenían o tra len g u a más q u e un clo q u eo p arecid o al del gallo d e India. (4) A pesar d e ser un esto ico d ecid id o , S éneca no estaba dem asiad o seg u ro de la esp iritu alid ad d el alm a. « V u estra carta, escrib e a uno d e sus am igos, ha llegado en un m o m e n to in o p o rtu n o . C u a n d o la recibí, estaba p aseán d o m e d elicio sam en te en el palacio d e la esp eran za; esta b a p e rsu a d ié n d o m e acerca de la in m o rtalid ad de m i alm a; m i im aginación, q u e len tam en te ard ía p o r los discursos d e algunos g ra n d e s h o m b re s, ya no d u d ab a d e esta in m o rtalid ad q u e , más q u e p ro b a r, p ro m e te n ; ya em p ezab a a d isg u starm e a m í m ism o, iba d e sp re c ia n d o los re sto s d e u n a vida desgraciada y m e ab ría con delicias las p u e rta s d e la E ternidad. Llega v u e s tra carta, m e d e sp ie rto , y d e un su e ñ o tan e n tre te n id o n o m e q u e d a más q u e el p esar d e re c o n o c e rlo com o un sueño». U n a p ru eb a, dice el se ñ o r D eslan d es en su Historia Critica de la Filosofía, d e q u e an tañ o n o se creía ni en la inm ortalidad ni e n la in m aterialid ad del alm a es q u e en tiem p o s d e N e ró n había q u ejas en R o m a d e q u e la d o c trin a del o tro m u n d o re c ie n ­ te m e n te in tro d u c id o hacía lan g u id ecer el valor d e los so ldados, los volvía m ás tím i­ do s, q u ita b a el prin cip al c o n su e lo d e los desgraciados y, en fin, e m p e o ra b a la m u e rte am en azan d o con m ás su frim ie n to s d esp u és d e esta vida. (5) S anta Ire n e so sten ía q u e e l alm a era un soplo. Flatus est enim vita. (La vida es un so p lo , N . T.). V er la Théologie paíenne. (Se re fie re a la o b ra d e L eresq u e de B ru g n y , a q u ien se le a trib u y ó el fam oso Examen critique des apologistes, de la religión mahométane. L o n d res, 1780. N . T .) T e rtu lia n o , en su Tratado del alma p ru e b a q u e es corporal. Tertull. De Anima, cap. 7, p. 268. San A m b ro sio en se ñ a q u e sólo la m uy S anta T rin id ad está ex e n ta d e com posición m aterial. Ambrosio De Abrahamo. San H ilario p re te n d e q u e to d o lo cread o es co rp ó re o . Hilar. In Matheo, p. 633. E n el seg u n d o C o n c ilio d e N ic e a todavía se creía en los ángeles co rp ó re o s. P o r ello se leen sin escándalo estas palabras de J e a n T h esalo n iq u e: Pingendi angeli quia corporei. (Los ángeles pueden representarse porque son corpóreos. N . T .). San Ju s tin o y O ríg e n e s creían q u e el alm a e r a m aterial; co n sid erab an su in m o rta ­ lidad co m o u n p u ro favor d e D ios; añadían que al cabo d e c ierto tie m p o , las alm as de

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los m alvados serían an iquiladas. Dios, decían, quien por naturaleza tiende a la clemen­ cia, se cansará d e castigarlos y re tira rá su gracia. (6) S ería im p osible aten erse al axiom a d e D esc a rte s y no acep tar m ás q u e la evidencia. Si se rep ite to d o s los días este axiom a e n las escuelas es p o rq u e no es p le n a m e n te en te n d id o ; p o rq u e D e sc a rte s, al no h ab er p u esto , si se m e p e rm ite la ex p resió n , ningún le tre ro en e l h o sta l de la evidencia, cada cual se cree e n d erech o d e alo jar ahí su o p in ió n . T o d o aq u e l q u e no ad m ita re a lm e n te m ás q u e la evidencia, no estará co n v en cid o m ás que de su p ro p ia existencia. ¿C óm o p o d ría estar co n v en ­ cid o , p o r ejem p lo , d e la de los cu erp o s? D ios, p o r su o m n ip o ten cia, ¿no p u e d e p ro d u cir so b re n u estro s se n tid o s las m ism as im p re sio n es qu e excitarían la presen cia de los o b jeto s? A h o ra b ien , si D io s lo p u e d e , ¿cóm o estar seg u ro d e q u e no hace a este resp ec to uso d e su p o d e r y q u e to d o el u n iv erso no es un p u ro fen ó m en o ? P or o tra p arte, si en los su e ñ o s som os afectados p o r las m ism as sensaciones q u e e x p e ri­ m en taríam o s en p resen c ia d e los o b je to s , ¿cóm o p ro b ar q u e n u e s tra vida no es un largo su eñ o ? N o es q u e yo p re te n d a negar la existencia d e los cu erp o s, sino so lam en te m o strar q u e estam os m en o s seg u ro s d e ella q u e de n u e s tra p ro p ia existencia. A h o ra bien, co m o la v erd ad es un p u n to indivisible, com o no se p u e d e d e c ir de una verdad que es más o menos verdadera, es e v id e n te q u e si estam os m ás seguros d e n u e stra p ro p ia ex isten cia q u e d e la d e los cu e rp o s, la existencia d e los cu erp o s no es, p o r consi­ g u ie n te , m ás q u e u n a p ro b ab ilid a d , p ro b ab ilid ad sin d u d a m uy g ran d e y q u e en la c o n d u c ta equ iv ale a la evidencia, p e r o q u e no d e ja d e ser, no o b sta n te , m ás q u e una pro b ab ilid ad . A h o ra b ien , si casi todas n uestras v erd ad es se red u cen a p ro b ab ilid a­ des, ¿qué g ratitu d m ere c e ría el h o m b re d e g e n io q u e se en cargara d e c o n stru ir tablas físicas, m etafísicas, m orales y políticas, d o n d e estu v ie ran m arcados con p recisión los div erso s grad o s d e p ro b ab ilid ad y, p o r co n sig u ien te, de creen cia q u e d e b e asignarse a cada opin ió n ? La existencia d e los cu e rp o s, p o r eje m p lo , estaría situ ad a en las tablas físicas co m o el p rim er g ra d o d e certeza; se d e te rm in a ría a c o n tin u ació n cu án to p u ed e ap o starse p o r la salida d e l sol m añana, en diez años, en v e in te , etcétera. En las tablas m o rales o políticas, se co lo caría d e l m ism o m o d o , c o m o p rim e r g ra d o d e certeza, la ex isten cia d e R o m a o d e L ondres, luego la d e h éro es com o C é sar o G u ille rm o el C o n q u istad o r, se b ajaría d e este m o d o , p o r la escala de p ro b ab ilid a d es hasta los h ech o s m en o s cierto s y, p o r ú ltim o , hasta los p re te n d id o s m ilagros d e M ahom a, h asta esto s p ro d ig io s atestig uados p o r tan to s árabes y cuya falsedad, sin em bargo, es to d av ía m uy p ro b a b le aq u í ab ajo , d o n d e los m en tiro so s son tan co m u n es y los p ro d ig io s tan raros. En tal caso, los h o m b res que n o d isien ten en se n tim ien to , la m ayor p a rte de las veces, más q u e p o r su incapacidad d e e n c o n tra r signos a p ro p iad o s p a ra ex p resar los div erso s grad o s d e creen cia q u e enlazan a su o p in ió n , se com unicarían m ás fácil­ m e n te sus ideas, p u esto q u e p o d rían , p o r así decir, re m itir sie m p re sus o p in io n e s a algunos d e los n ú m ero s d e estas tab las d e prob ab ilid ad es. C o m o la m archa d el esp íritu es sie m p re le n ta y los d e sc u b rim ie n to s e n las cien ­ cias están casi siem p re alejad o s unos d e o tro s, se c o m p re n d e q u e , u n a vez c o n s tru i­ das las tablas d e p ro b ab ilid ad es, n o cab ría hacer e n ellas m ás q u e cam bios ligeros y sucesivos q u e co n sistirían , c o n se c u e n te m e n te co n esto s d escu b rim ien to s, en a u m e n ­ tar o dism in u ir la p ro b ab ilid ad de ciertas posiciones q u e llam aríam os verdades y q u e n o serían m ás q u e p ro b ab ilid a d es m ás o m enos acum uladas. M e d ian te ello, el estado d e d u d a siem p re in so p o rta b le p ara el orgullo de la m ayor p arte d e los h o m b res sería m ás fácil d e aguantar; las d u das d e ja ría n de ser vagas al esta r so m e tid as al cálculo y al ser, p o r co n sig u ien te, ap reciables, se co n v ertirían en p ro p o sicio n es afirm ativas. E n­ to n c e s, la secta d e C a rn éad e s, co n sid e ra d a an ta ñ o co m o la de la filosofía p o r ex ce­ lencia, p u esto q u e se le d aba el n o m b re d e electiva, sería p u rg ad a de estos ligeros d efecto s que la ign o ran cia p e n d e n c ie ra ha re p ro c h a d o co n dem asiad a am arg u ra a esa filosofía, cuyos dogm as era n a p ro p iad o s tan to p ara esclarecer los esp íritu s com o p ara apaciguar las co stu m b res. Si b ien esta secta, co n fo rm e co n sus principios, no adm itía v erdades, adm itía al m en o s apariencias; q u e ría que se reg u la ra la vida d e acu erd o c o n estas apariencias,

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q u e se actu ara cu an d o p are c ie ra m ás co n v e n ie n te actu ar q u e exam inar, q u e se d e lib e ra ra seriam en te cu an d o se tuviese el tie m p o d e d e lib e ra r, q u e se d ecid iera con m ás seg u rid ad y sie m p re se d e ja ra a las nuevas v erd ad es u n a e n tra d a en el alm a q u e les era n eg ad a p o r los dogm áticos. P re te n d ía , adem ás, q u e se estu v iese m enos p e rsu a d id o d e las p ro p ias o p in io n e s, q u e se fuera le n to en co n d e n a r las o p in io n es d e los d em ás y, p o r c o n sig u ie n te , q u e se fu era m ás sociable; en fin, q u e la co stu m b re d e la d u d a, h acién d o n o s m en o s sensibles al d ise n tim ie n to , acabara con u n o d e ios m ás fecu n d o s g é rm e n e s d e o d io e n tre los h o m b res. N o se trata aq u í de v erd ad es reveladas, las cu ales son v e rd a d e s d e o tro o rd e n . (7) El lujo hace circular el d in ero ; lo saca de las cajas d e caudales d o n d e la avaricia p o d ría a m o n to n arlo . E s el lu jo , d ice alg u n a g e n te , lo q u e vuelve a p o n e r eq u ilib rio e n tre las fo rtu n as d e los ciudadanos. Mi re sp u e sta a este razo n am ien to es q u e el lu jo no p ro d u c e en ab so lu to este efecto. El lujo su p o n e sie m p re una causa de d esigualdad d e riq u eza e n tre lo s ciudadanos. A h o ra bien, esta causa q u e hace ricos a un o s cuantos, cu an d o el lu jo lo s ha a rru in a d o d e b e h acer ricos a o tro s; si se d e s tru ­ y era esta causa d e d esigualdad d e la riqueza, el lu jo d esap arecería con ella. N o existe lo q u e se llam a lujo en los países d o n d e las fo rtu n as d e los ciudadanos son m ás o m en o s iguales. A ñ ad iré a lo q u e acabo d e d ecir q u e , u n a vez estab lecid a esta d esi­ gualdad d e riqueza, el lu jo m ism o es en p a rte causa de la rep ro d u c ció n p e rp e tu a del lujo . En efecto , to d o h o m b re q u e se a rru in a a causa d e su lu jo , traslada ia m ayor p arte d e sus riq u ezas a ías m an o s de los artesanos del lujo; éstos, en riq u e c id o s con los d esp o jo s d e una infinidad d e d isip ad o res, llegan a ser ricos a su vez y se arruinan d e la m ism a m anera. A h o ra b ien , d e los re sto s d e tantas fortunas, la p arte de riq u eza q u e reflu y e al cam p o no p u e d e se r m ás qu e una p a rte m ínim a, p o rq u e los p ro d u cto s d e la tierra, d estin ad o s al uso com ún d e los h o m b res, no p u e d e n jam ás ex ced e r un c ierto p recio. N o o c u rre lo m ism o con esos m ism os p ro d u c to s c u a n d o han pasado a las m a n u ­ facturas y han sido em p leadas p o r la industria; el p recio llega a ser excesivo. El lu jo d e b e , p u es, re te n e r sie m p re el d in e ro en las m anos d e sus artesan o s., h acerlo circular sie m p re e n tre la m ism a clase d e h o m b res y, d e este m o d o , m a n te n e r siem p re la d esigualdad d e riq u eza e n tre los ciudadanos. (8) Se cre e h ab itu alm en te q u e ei cam p o está a rru in a d o a causa de las corveas, los im p u esto s y, so b re to d o , p o r los d e las tallas*. C o n v e n d ría de b u e n g rad o qu e son m uy o n ero sas. N o hay q u e im aginar, sin em b arg o , q u e so lam en te la su p resió n de este im p u esto vaya a h acer feliz la con d ició n d e los cam pesinos. En m uchas p ro v in ­ cias, la jo rn ad a está a ocho centavos (en 1758). A h o ra bien, si d e estos ocho centavos d e sc u e n to el im p u esto d e la Iglesia, es decir, m ás o m en o s n o v en ta fiestas o d o m in ­ gos y u n o s tre in ta días al añ o e n los q u e el o b re ro está en fe rm o , sin tra b a jo o em p lead o en las corveas, no le q u ed an más q u e seis centavos p o r día. M ien tras siga so lte ro , esto s seis cen tav o s bastan p ara sus gastos, lo alim en tan , lo v isten y alojan; en c u a n to esté casado, esto s seis centavos no p o d rán bastarle, p o rq u e e n los p rim e ro s años d e su m atrim o n io , su m u je r, e n te ra m e n te o cu p ad a en cuidar o am am antar a sus n iños, n o p u e d e ganar nada. S upongam os q u e e n to n c e s se le e n tre g a ra su talla* por e n te ro , es d ecir, cinco o seis francos, te n d ría un o ch av o m ás para gastar p o r día. A h o ra bien, este ochavo no cam biaría seg u ram en te en nada su situación. ¿Q u é es, en to n ces, lo q u e h abría q u e h acer para volverle feliz? A u m en tar co n sid erab lem en te el p recio d e las jornadas. P ara ello , los se ñ o res d eb erían vivir h ab itu alm en te en sus tierras. Al igual q u e sus p ad res, reco m p en sarían los servicios d e sus sirv ien tes con el d o n d e algunas fanegas d e tierra; el n ú m ero d e p ro p ie ta rio s au m e n ta ría len tam en te, el d e los jo rn alero s d ism in uiría, y éstos, al ser m ás escasos, exigirían p o r su trab ajo un p recio más alto. (9) Es ra ro que los países elogiados p o r su lu jo y su civilización sean tam bién * Las tallas son un im puesto adicional que se re p a rte e n tre los cam pesi­ nos. C ond illac, en su Dictionnaire de Synonymes (Oeuvres Ph.. III. París, PUF. 1951, p. 528) las d efin e co n m u ch a gracia: «H ay una im posición q u e se llam a talla no p o rq u e se tallen brazos y p iernas a los cam pesinos, sino p o rq u e el im p u e sto g en eral se div id e, se re p a rte e n tre ellos». (N . T.)

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los países d o n d e la m ay o r p a rte d e los h o m b res es m ás d esgraciada q u e e n las naciones salvajes, tan d esp reciadas p o r las naciones civilizadas. ¿Q u ién d u d a q u e el estad o d el salvaje no sea p re fe rib le al d el cam pesino? El salvaje no tie n te q u e tem er, com o él, la cárcel, la so b recarg a de im p u esto s, la vejación de un se ñ o r o el p o d e r arb itrario d e u n su b d eleg ad o ; no e s c o n tin u a m e n te hum illad o ni e m b ru te c id o p o r la presen cia co tid ian a d e h o m b res m ás ricos y más p o d e ro so s q u e él; sin su p e rio r, ni siervos, m ás ro b u sto q u e el cam pesino al ser m ás feliz, g oza de la felicidad de la igualdad y, so b re to d o , d el bien in estim ab le d e la libertad tan in ú tilm e n te reiv in d i­ cada p o r la m ay o r p arte d e las naciones. En los países civilizados, e l arte d e la legislación n o ha co n sistid o a m e n u d o más q u e en hacer c o n trib u ir a u n a infin id ad d e h o m b res a la felicidad d e un p e q u e ñ o n ú m ero , en m a n ten er, co n este o b je to , la m u ltitu d e n la o p re sió n y violar a n te ella tod o s los d erech o s d e la hu m anidad. Sin em b arg o , el v e rd a d e ro e s p íritu legislativo no d e b e ría o cu p arse m ás q u e de la felicidad general. P ara p ro c u ra r esta felicidad a los h o m b re s, tal vez sería necesario acercarlos a la vida de ios p astores. T al vez los d escu b rim ien to s en legislación nos co n d u zcan , a este re sp e c to , al p u n to del q u e se ha partido. N o es que q u ie ra d ecid ir u n a cu estión ta n delicada y q u e exigiría el m ás p ro fu n d o exam en; p e ro reco n o zco q u e es m uy s o rp re n d e n te q u e tantas form as d ife re n te s de go b iern o , establecidas al m en os con el p re te x to del bien p ú b lico , qu e tantas leyes, tan to s reg lam en to s, no hayan sid o , en la m ayor p a rte de los p u eb lo s, más q u e in stru m e n to s d e l in fo rtu n io d e los h o m b res. T al vez no se p u e d a escapar a esta desgracia sin v olver a co stu m b res in fin itam en te m ás sim ples. C o m p re n d o q u e sería necesario p ara ello re n u n ciar a u n a infinidad d e placeres d e io s cuales n o es posible d e s p re n d e rs e sin p en a; p e ro este sacrificio sería, sin em b arg o , un d e b e r, si el bien g e n e ra l lo exigiese. ¿A caso n o se tie n e e l d e re c h o d e so sp ech ar q u e la e x tre m a felicidad d e algunos p articu lares se d e b e a la desg racia d e l m ayor n ú m ero ? V erdad ex p resa d a con b astan te fo rtu n a p o r esto s d o s v erso s so b re los salvajes:

Entre ellos todo es común, entre ellos todo es igual: Como no tienen palacio, tampoco tienen hospital. (10) Lo q u e digo acerca d e l co m ercio de m ercancías de lu jo n o d e b e aplicarse a to d a clase d e com ercio. Las riquezas q u e las m anufacturas y la p erfe cció n d e las artes d e lujo atraen a u n E stado no son m ás q u e pasajeras y no au m en tan la felicidad d e los in dividuos. N o o c u rre lo m ism o con las riq u ezas q u e atrae el com ercio d e m ercancías llam adas de primera necesidad. Este co m ercio su p o n e un ex celen te cultivo d e las tierras, una subdivisión d e estas tierras en una infinidad de p e q u e ñ o s dom in io s y, p o r c o n sig u ie n te , una d istrib u ció n m en o s desigual d e las riqu ezas. Y a sé q u e el co m ercio d e esto s p ro d u c to s, d esp u és d e c ierto tiem po, p u e d e tam b ién o casio n ar una d e s p ro p o rc ió n m uy g ran d e e n tre las riquezas d e los ciu d ad an o s y tra e r tras sí el lu jo ; p e ro tal vez en este caso no sea im p o sib le d e te n e r el p ro g re so d el lujo . Lo q u e al m en o s p u e d e asegurarse es q u e la re u n ió n de las riqu ezas en pocas m anos se p ro d u c e en to n ces m u ch o m ás le n ta m e n te p o rq u e , p o r un lado, los p ro p ie ta rio s son a la vez cultiv ad o res y n egociantes; p o r o tro lado, al se r el n ú m ero d e p ro p ie ta rio s más g ran d e y el d e los jo rn alero s m ás p e q u e ñ o , ésto s, p o r ser escasos, p u e d e n , com o lo he dicho en un a de las notas p re c e d e n te s, im p o n erse, d e te rm in a r el p recio d e sus jornadas y exigir una paga suficiente para subsistir h o n rad am en te ju n to con sus fam ilias. E ste es el m o d o com o cada cual p articip a en las riq u ezas q u e p ro c u ra a los E stados el com ercio de estos pro d u cto s. A ñ ad iré tam b ién q u e este com ercio no está su je to a las m ism as rev o lu cio n es q u e el co m ercio d e las m an u factu ras d e lu jo . U n a rte, una m anufactura, pasa fácilm en te de un país a o tro ; p ero ¿cu án to tie m p o es necesario p a ra v en c e r la ig norancia y la p e re z a d e los cam p esin o s e in d u striales a ded icarse al cultivo d e un n u ev o p ro ­ d u c to ? P ara n atu ralizar este n u ev o p ro d u c to en un país, son n ecesario s u n cu id ad o y un gasto tal q u e sie m p re lleva v e n ta ja e n el co m ercio d e e s te p ro d u c to el país d o n d e crece n atu ralm en te y en e l cu al es cultiv ad o d e sd e hace m u ch o tiem po. Existe, sin em b arg o , un caso tal vez im aginario d o n d e el estab lecim ien to de m anufacturas y el co m ercio d e las artes de lu jo p o d ría se r c o n sid e ra d o com o m uy

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útil. T ai sería cu an d o la e x te n sió n y la fertilid ad d e un país no estu v ieran en p ro p o rc ió n con el n ú m ero d e sus h ab itan tes, es decir, cu an d o u n E stad o no p u d iera alim en tar a to d o s sus ciudadanos. E n to n c es, una nación q u e no fuese capaz de p o b lar u n país co m o A m érica, no te n d ría m ás q u e d o s posibilidades: una, enviar colonias p ara asolar las reg io n e s vecinas y estab lecerse, c o m o c ie rto s p u eb lo s, a m ano arm ada, en países lo su ficien tem en te fértiles p ara alim en tarlo s; otra, estab le­ cer m anufacturas, fo rzar a las naciones vecinas a aceptarles m ercancías y en treg arle a cam bio los alim en to s n ecesario s p a ra la su bsistencia de c ierto n ú m e ro de h ab itan ­ tes. E n tre estas d os p o sib ilid ad es, la últim a es in d isc u tib le m e n te la m ás hum ana. C u a lq u iera q u e sea la su e rte de las arm as, v ictoriosa o vencida, to d o país qu e e n tre a m ano arm ad a en u n a colonia, sie m b ra en ella seg u ram en te m ás desolación y ru in a de los q u e o casionaría la recaudación de u n a especie d e trib u to , exigido m en o s p o r la fu erza q u e p o r h u m anidad. (11) Esta p é rd id a de h o m b re s es, sin em bargo, tan grande, q u e n o se p u e d e c o n sid erar stn estre m e c im ie n to la qu e su p o n e to d o n u e stro co m ercio con A m érica. El se n tim ie n to d e h u m an idad q u e o rd e n a el am o r hacia to d o s los h o m b res exige q u e e n la trata d e n eg ro s se pon g a en igual rango d e d esgracia la m u e rte d e mis co m p atrio ta s co m o la d e ta n to s africanos a q u ien es anim a al co m b a te la esp era n za d e hacer p risio n ero s a n u estro s h o m b res con el d eseo de in tercam b iarlo s p o r n u estras m ercancías. Si se calcula el n ú m e ro d e h o m b re s q u e p e re c e , tan to p o r las g u erra s com o en la trav esía de A frica a A m érica; si se añ ad e el de los n eg ro s que, una vez llegados a su d e stin o , llegan a ser víctim as de los caprichos, la codicia y el p o d e r arb itrario d e un am o; y si se ju n ta a este n ú m e ro el de los ciudadanos que p e re c e n p o r la fieb re, el naufragio o el esco rb u to ; si se añade p o r ú ltim o , el de los m arin ero s que m u eren d u ra n te su estancia en S anto D o m in g o , o bien p o r las e n fe rm e d a d e s, o p o r la te m p e ra tu ra p articu lar de este clim a, o co m o co n secu en cia d e un lib ertin aje sie m p re tan p elig ro so en ese país, se co n v en d rá en q u e no llega n in g ú n barril d e azú car a E u ro p a q u e no esté te ñ id o de sangre hum ana. A hora b ien , ¿qu é h o m b re , a la vista d e las desgracias q u e ocasionan el cultivo y la ex­ p o rtació n d e este alim ento, se negaría a privarse de él y no renunciaría a un pla­ cer co m p rad o co n las lágrim as y la m u erte d e tantos desgraciados? A partem os la vis­ ta d e u n espectáculo tan funesto, q u e tanto avergüenza y horroriza a la hum anidad. (12) H o lan d a, In g laterra y F rancia están cargadas d e d eu d as y Suiza no d e b e nada. (13) N o basta, dice G ro tiu s, q u e el p u e b lo esté p ro v isto de cosas ab so lu ta­ m e n te necesarias p ara su conservación y su vida; ha de te n e r tam b ién lo agradable. (14) P o r co n sig u ien te, se h a co n sid erad o sie m p re al e sp íritu m ilitar com o in co m p atib le con el esp íritu d e com ercio. N o q u ie re d e c ir q u e no p u ed an ser conciliados, al m en o s h asta cierto p u n to ; sino q u e en p o lítica este p ro b le m a es uno de los m ás difíciles d e reso lv er. A q u ello s q u e hasta a h o ra han e scrito so b re el co m ercio lo han tra ta d o com o u n a cu estió n aislada, no han e n te n d id o 'c o n sufi­ cien te claridad q u e to d o tie n e sus rep ercu sio n es; q u e en m a te ria d e g o b ie rn o no hay p ro p ia m e n te n in g u n a cu estió n aislada; q u e e n esta m ateria el m érito d e un au to r co n siste en relacio n ar todas las p artes d e la adm inistración; y q u e , en fin, un E stad o es u n a m áq u in a m o v id a p o r d ife re n te s re so rte s, cuya fu erz a hay q u e a u m e n ­ ta r o d ism in u ir e n p ro p o rció n al ju eg o d e esto s re so rte s e n tre ello s y al efecto q u e se q u ie re p ro d u cir. (15) Es inútil ad v ertir q u e el lu jo es, a este re sp e c to , m ás p elig ro so para una n ació n situ ad a en tie rra firm e q u e p ara una insular; e n ésta sus m urallas son sus naves y sus soldados los m arineros. (16) U n día, m ien tras hacían d elan te de A lcibíades el elogio del valor d e los esp artan o s, éste p reg u n tó : ¿por qué se sorprenden?; con la vida desgraciada que llevan, no deben tener más que prisa para morir. E sta b ro m a e ra la d e un jo v en alim entado p o r el lujo . A lcibíades se equivocaba: L acedem onia no env id iab a la felicidad de A tenas. Y así p o d ía d ecir un anciano q u e e ra más d u lce vivir co m o los espartanos, a la so m b ra d e b u en as leyes, q u e a la so m b ra de un b o sq u e co m o los sibaritas. (17) V er las d isp u tas de C lark e y L eibniz. (V er A Collection o f Papers ubich passed betwen the late learned Mr. Leibiz and Dr. Clarke. Londres. 1717. N . T .)

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(18) E xiste todavía g e n te q u e co n sid e ra la su sp en sió n del esp íritu co m o una p ru e b a d e la lib ertad ; n o se dan c u e n ta d e qu e la su sp en sió n es tan necesaria com o la precip itació n en los juicios. C u a n d o , a falta d e ex am en , se está e x p u esto a alguna desgracia, in stru id o p o r e l in fo rtu n io , el am o r d e sí d e b e obligarnos a la su sp e n ­ sión. N o s eq uivocam os ig u alm ente re sp e c to a la p alabra deliberación. C reem o s d e lib e ­ rar, cu an d o p o r ejem p lo ten em o s q u e elegir en tre dos placeres m ás o m enos iguales y casi e n eq u ilib rio , sin em b arg o , no hacem os en to n c e s más q u e to m ar p o r d elib eració n la le n titu d con la cual, e n tre d o s p eso s más o m en o s iguales, el m ás pesad o inclina el platillo d e la balanza. (19) «La lib ertad , d ecían lo s estoicos, es una quim era. N o s creem o s lib re s p o r d esco n o cer los m o tiv o s y n o sa b er re la c io n a r las circunstancias q u e n o s d e te rm in a n a actu ar d e una cie rta m an era. ¿P u e d e p en sarse q u e el h o m b re ten g a v erd ad era­ m e n te e l p o d e r d e d ete rm in a rse ? ¿ N o son m ás bien los o b je to s ex tern o s, co m b in a­ d o s d e m il m aneras d ife re n te s, los q u e lo em p u jan y lo d e te rm in a n ? ¿A caso su volu n tad es una facultad vaga e in d e p e n d ie n te q u e actúa sin elecció n y p o r cap ri­ cho? A ctúa, ya sea co m o co n secu en cia d e un juicio, d e un acto del e n te n d im ie n to q u e le re p re se n ta q u e tal cosa es m ás v en tajo sa p ara sus in tereses q u e cu alq u ier o tra; ya sea q u e, in d e p e n d ie n te m e n te de este acto, las circunstancias e n q u e un h o m b re se e n c u e n tra lo in clinan, lo fuerzan a dirigirse hacia un cierto lado; y se jacta, en to n ces de dirig irse lib re m e n te , a p esar d e q u e no haya p o d id o q u e re r dirig irse hacia o tro .» (Historia Crítica de la Filosofía). (20) C u a n d o se ve a u n canciller co n su toga, su larga p elu ca y su cara de circunstancia, dice M o n taig n e, no hay cu ad ro m ás cóm ico q u e el de im aginar a este m ism o canciller co n su m an d o el acto d e u nión conyugal; tal vez no se esté m en o s te n ta d o d e re ír cu an d o se ve el a ire p re o c u p a d o y la gravedad im p o rtan te con la q u e algunos visires se sien tan en el diván para o p in ar y co n clu ir co m o el suizo: ¡A h!, si se trata de salir. Señor, puede pasar. La aplicación d e estas palabras es tan fácil y tan frec u en te q u e se p u e d e co n fiar, a este resp ec to , en la sagacidad d e los lecto res y asegurarles q u e e n c o n tra rá n p o r todas p artes cen tin elas suizos. N o p u e d o d ejai’ d e re la ta r so b re este tem a un h echo b astan te d iv ertid o : la resp u e sta d e un inglés a un m in istro d e E stado. « N a d a más rid íc u lo , decía el m in istro a los co rtesan o s, que la m a n e ra com o celeb ran c o n se jo algunas naciones negras. R e p re se n ta o s u n a sala de asam b lea d o n d e están colocados u n a d o cen a de gran d es cántaros o jarras llen as hasta la m itad de agua. A ellas se dirig en d esn u d o s y co n un an d ar g rav e una d o c e n a d e c o n se je ro s d e E stado. C ada u n o d e ellos salta d e n tro d e su cán taro y se m e te d e n tro hasta el cuello; en esta p o stu ra opin an y d elib eran so b re los asu n to s d e E stad o . P ero , ¿no se ríe?, p re g u n ta el m in istro al se ñ o r q u e está a su lado. N o , re sp o n d e éste, p o rq u e veo to d o s los días algo m ás d iv ertid o todavía. ¿Q u é, p u es?, dice el m inistro. Es un país d o n d e só lo los cántaros celeb ran co n sejo .» (21) N o se p u e d e d e c ir q u e los h o m b re s no tengan esp íritu re c to , en el se n tid o d e q u e ven lo que no ven, sino en el se n tid o de q u e no ven com o d e b e ría n ver, sí fijaran m e jo r su aten ción y se aplicaran a ver bien los o b je to s an tes de d ecid ir lo q u e son. A sí p u e s , juzgar no es m ás q u e ver o se n tir q u e un o b je to no es o tro , o co n statar q u e una cosa n o tie n e con o tra todas las relacio n es q u e se buscan o «se su p o n e n » .

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D IS C U R S O S E G U N D O Del espíritu con relación a la sociedad

C a pítulo P rim ero

| La ciencia no es más q u e el recu erd o o bien de hechos o bien de ideas de o tra p ersona; el espíritu, d istin to de la ciencia, es un co n ju n to d e nuevas ideas cualesquiera. Esta definición del espíritu es justa; hasta es m uy instruc­ tiva para un filósofo; p ero no p u e d e ser g en eralm en te adop­ tada; es necesario, para el público, | una definición que le perm ita com parar los d iferen tes espíritus en tre sí y juzgar su fuerza y su am plitud. A hora bien, si se adm itiera la defini­ ción que acabo de dar, ¿cóm o el público m ediría la am plitud de espíritu de un h om bre? ¿Y cóm o distinguir en él en tre la ciencia y el espíritu? Supongam os q u e p re te n d a d escu b rir una idea ya cono­ cida: sería necesario q u e el p úblico, p ara v er si m erezco real­ m en te a este respecto el título de segundo inventor, supiese prelim inarm en te lo q u e he leído, visto y en ten d id o ; datos que no se quiere ni p u ed e adquirir. P o r o tra p a rte , en la hipótesis im posible de q u e el público pudiese te n e r una enum eración exacta tanto d e la cantidad com o de la especie de las ideas de un h o m b re, en to n ces, com o consecuencia de esta | enum eración, el público se vería a m enudo forzado a situar en tre los genios a g e n te s d e las q u e ni siquiera sospe­ cha que se les p u ed a co n ced er el títu lo de h om bres de espíritu: tales son, en general, to d o s los artistas. P or frívolo que parezca el arte, es, sin em bargo, suscepti-

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ble de com binaciones infinitas. C uando M arcel, con la m ano apoyada en la fren te, la m irada fija, el cuerp o inmóvil y en actitud de p ro fu n d a m editación, exclam aba de golpe, viendo bailar a su alumna: «¡Cuántas cosas en un m inué!», es cierto q ue este bailarín percibía entonces, en la m anera de doblar, levantar y articular los pasos ', habilidades invisibles para m iradas ordinarias ( 1 ), y q u e su | exclam ación no es ridicula, sino por la importancia demasiado grande concedida a cosas pe­ queñas. A hora bien, si el arte de la danza contiene gran n ú m ero de ideas y de com binaciones, ¿quién sabe si el arte de la declam ación no su pone, en la actriz que sobresale en ella, tantas ideas com o em plea un político para form ar un sistem a de gobierno? ¿Q uién p u ede asegurar, cuando se consultán nuestras | buenas novelas, que en los gestos, la com ­ p o stu ra y los discursos estudiados de una p erfecta coqueta no en tran tantas com binaciones e ideas com o exige el descu­ b rim ien to de un sistem a del m undo; y que en géneros muy diferen tes, L ecouvreur y N in o n de l’Enclos no hayan tenido tan to espíritu com o A ristóteles y Solón? 2. N o p re te n d o dem ostrar, en rigor, la verdad de esta pro­ posición, sino hacer sentir solam ente q u e p o r ridicula que parezca nadie p u e d e resolverla con exactitud. E ngañados dem asiado a m enudo p o r n uestra ignorancia, consideram os com o lím ites del arte los lím ites que le da esta m ism a ignorancia. P ero supongam os que se pudiera, a este resp ecto , desengañar al público: afirm o que esclareciéndolo 3 no cam biaría su m anera de juzgar. | Jam ás m edirá su estim a p o r un arte en función del m ayor o m en o r n ú m ero de com binaciones para lograrlo: 1 .° p o rq u e la enum eración es im posible de hacer; 2 .° p o rq u e no d eb e considerar al espíritu sino bajo el p u n to de vista desde el cual es im portante conocerlo, es decir, con relación a la sociedad. A hora bien,

' En el original dice «em boítes ses pas». U sualm ente, la expresión «em boíter les pas» signi­ fica «pisar los talones». Creem os q u e q ueda más clara la idea de sincronización, de armonía, que H elvétius quiere dar, con la traducción literal. 2 A drienne Lecouvreur (1692-1730), actriz francesa, «com ediante ordinaria del rey» a ios veinticinco años. Su trágica vida fue narrada p o r Scribe y Leganne. A nne N inon de Léñelos (1620-1705), cortesana filósofa que m antuvo relaciones con los hom bres más ilustres d e la época. Escribió las Lettres y la Coquette Vengée. 3 H elvétius usa reiteradam ente «éclairer». Estas imágenes de la «luz», que expresan metafísicam ente su idea del saber com o «iluminación», no son fáciles d e traducir a nuestro lenguaje, m anteniendo el sentido. H u b iera sido más a nuestra m edida traducir por «ilustrándolo», pero no nos suena bien (sí, en cambio, «ilustrado»), y m ucho p eo r «iluminándolo». H em os optado por «esclarecer», quizá más neutro. «Educar», más usual e n tre nosotros, no expresa bien el sentido, un poco mesiánico y q u e abarca el efecto de «claridad» en el pensam iento de la adquisición del saber.

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bajo este aspecto, digo q u e el espíritu no es más que un co n ju n to m ás o m enos n u m ero so n o solam ente de ideas nuevas, sino de ideas in teresan tes para el público; y que es m enos al n ú m ero y la sutileza q u e a la elección afortunada de nuestras ideas a lo q u e se ha ligado la reputación del hom bre d e espíritu. En efecto , si las com binaciones del juego de ajedrez son infinitas, si no se p u e d e sobresalir en él sin hacer un gran n ú m ero de com binaciones, ¿por qué el público n o da | a los grandes jugadores de ajed rez el título de grandes espíritus? Es p o rq u e sus ideas no son para él útiles ni en tanto que agradables, ni en tan to q u e instructivas, y p o rq u e n o tiene, p o r consiguiente, ningún in te ré s en estim arlas. A hora bien, el in terés (2) p resid e to d o s n u estro s juicios. Si el público siem pre ha p re sta d o poca aten ció n a estos e rro re s cuya invención supone algunas veces más com binaciones y espíritu qu e el d escu b rim ien to de una verdad, y si estim a más a Locke que a M alebranche, es p o rq u e ajusta siem pre su estim a a su interés. ¿En q u é o tra balanza | pesaría el m érito de las ideas de los h om bres? Cada individuo particular juzga las cosas y las personas p o r la im presión agradable o desa­ gradable qu e recibe: el público no es más que el c o n ju n to de to d o s los individuos particulares; p o r consiguiente, nunca p u ed e tom ar más que su utilidad com o regla de sus juicios. Este p u n to de vista bajo el cual exam ino el espíritu, es, creo , el único desde el cual d eb e ser considerado: es la única m anera de apreciar el m é rito d e cada idea, de fijar sobre este p u n to la in certid u m b re de n u estro s juicios y d escubrir, en fin, la causa de la so rp re n d e n te diversidad de las opiniones de los hom bres en m ateria de espíritu, diversidad absoluta­ m e n te d ep e n d ie n te de la d iferencia de sus pasiones, sus ideas, prejuicios, sentim ientos y, p o r consiguiente, de sus intereses. H ab ría sido en efecto, m uy singular que | el in terés general (3) hubiese p u esto el p recio a las diferen tes acciones de los hom bres; que les h u b iera dado los n om bres de virtuosas, viciosas o perm itidas, según fuesen útiles, perjudiciales o indiferentes al público y q u e este m ism o in terés no hubiera sido el único d istrib u id o r d e la estim a o ei d esp recio en ­ lazado a las ideas d e los h o m b res 4. Se p u e d e n o rd enar

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4 Este párrafo presenta una redacción un tanto oscura. Lo q u e H elvétius parece q u erer decir

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las ideas, así com o las acciones, en tres clases diferentes. Las ideas útiles: y tom an d o esta expresión en el sentido más extenso, en tien d o p o r esta palabra to d a idea apropiada para instru irn o s o en tre te n e rn o s. Las ideas perjudiciales: son aquellas q ue pro d u cen en nosotros una im presión contraria. Las ideas indiferentes: q u iero decir ¡ todas aquellas que, poco agradables en sí mismas o dem asiado fam iliares, no provocan casi ninguna im presión sobre nosotros. A hora bien, sem ejantes ideas no tien en casi ninguna existencia y sólo p u ed en , p o r así decir, llevar p o r un instante el nom bre de in d iferentes; su duración o su sucesión, que les hace aburri­ das, las in tro d u ce rápid am en te en la cla§e d e las ideas p e rju ­ diciales. Para hacer ver en qué m edida esta m anera de considerar el espíritu es fecunda en verdades, haré sucesivam ente la aplicación de los principios q u e h e establecido a las acciones y las ideas de los h o m b res y p ro b a ré que, en to d o tiem po, en to d o lugar, tanto en m ateria de m oral com o en m ateria de espíritu, es el in terés personal q u ien dicta el juicio de los individuos particulares y es el in terés general quien dicta el de las naciones; y así, es siem pre, tanto p o r p a rte del | público en general com o p o r p arte d e los particulares, el am or o el reco ­ nocim iento quien elogia, el odio o la venganza quien d e sp re­ cia. Para d em o strar esta verdad y hacer p ercibir el exacto y p e rp e tu o parecido d e nuestras m aneras de juzgar las acciones o las ideas de los hom bres, consideraré la probidad y el espíritu en diferen tes aspectos y con relación: 1 .° a un parti­ cular; 2 .° a una p eq u eñ a sociedad; 3.° a una nación; 4.° a diferen tes siglos y d iferen tes países; 5.° al universo en te ro . Y tom ando siem pre la experiencia com o guía de mis investiga­ ciones, m ostraré q u e desde cada uno de estos puntos de vista el in terés es el único juez de la p robidad y el espíritu.

es que si fuera el /interés (general .el ,'autoride la ,escala de valores, es decir, que si fuera la pasión de los hom bres p or el bien com ún la autora de la jerarquía axiológica, entonces esa m isma pasión forzaría a amar y odiar las cosas en función d e dicha escala. N o es, en cambio, esto lo que se ve. Los hom bres aman y odian en función de su interés personal, pasión dom inante; luego habrá q u e reconocer q u e los valores, los juicios, los nom bres de virtudes y vicios dados a las cosas... responden ya a esta pasión particular, al «amor de sí» a que se refería en páginas anteriores.

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| C a pítu lo II

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De la probidad con relación a un individuo particular

N o es de la v erdadera p ro b id ad , es decir, de la probidad con relación al público, de lo q u e se trata en este capítulo; sino sim plem ente de la p robidad considerada en relación a cada particular. D esd e este p u n to de vista, digo que cada particular no llama probidad en o tro más que al hábito en las acciones que le son útiles: digo el hábito, p o rq u e no es una sola acción honrada, ni tam poco una sola idea ingeniosa; lo que nos consiguen el título d e virtu o so o | espirituales. Se sabe que no hay avaro o em b u stero que no haya hecho una buena acción, estú p id o que no haya dicho una buena palabra, ni ho m b re, en fin, que si se exam inan ciertas acciones de su vida, no parezca dotad o de todas las virtudes y de todos los vicios contrarios. M ayor consecuencia en la conducta de los hom bres supondría en ellos una continuidad de atención de la que son incapaces; no d ifieren unos de otros más que cuantitativam ente. El h o m b re absolutam ente consecuente no existe todavía; y p o r esto no existe nada perfecto sobre la tierra, ni en el vicio, ni en la virtud. Es, p ues, al hábito en las acciones que le son útiles a lo q ue un h o m b re particular da el n o m b re de probidad. D igo acciones p o rq u e no se es juez | de las intenciones. ¿C óm o serlo? U na acción casi nunca es el efecto de un sentim iento; ignoram os a m en u d o n osotros m ism os los m otivos que nos determ inan. U n hom bre o p u le n to enriquece a un hom bre estim able y p o b re; hace sin d uda una b u en a acción; p ero esta acción ¿es ú nicam ente el efecto del d eseo de hacer a un hom bre feliz? La piedad, la esperanza de gratitu d , la propia vanidad, todos estos diversos m otivos, separados o unidos, ¿no pued en , sin q u e sepa, haberle d eterm in ad o a esta acción loable? A hora bien, si la m ayor p arte de las veces u n o m ism o ignora los m otivos d e su buena acción, ¿cóm o ios iba a percibir el público? N o es p u es más q u e a través de las acciones de los h o m b res com o el público p u ed e juzgar acerca de su probidad. C onvengo en q u e esta m anera de juzgar es todavía fali­ ble. U n h o m b re tien e, p o r ejem p lo , v ein te grados de pa-

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| sión p o r la virtud, p e ro ama; tiene trein ta grados de am or p o r una m u jer y esta m u jer q uiere convertirlo en un asesino: en este caso hipotético, es seguro que este h o m bre está más cerca del crim en que aquel q u e ten ien d o sólo diez grados de pasión p o r la virtud no tenga más que cinco grados de am or p o r esta m u jer malvada. D e d o n d e concluyo que en tre dos hom bres, el más honrad o en sus acciones es, a veces, el m enos apasionado p o r la virtud 5. P or eso, to d o filósofo conviene en q u e la virtud de los hom bres d ep en de in finitam ente de las circunstancias en las cuales se encuentran. Se ha visto m uy a m enudo a hom bres virtuosos ced er a un encadenam iento desgraciado de aconte­ cim ientos extraños. A quél q u e en todas las posibles situaciones resp o n d e de su virtud es un im p o sto r o un | im bécil de qu ien tam bién se d eb e desconfiar. Luego de haber d eterm in ad o la idea que asocio a la palabra probidad, considerada con relación a cada hom bre particular, es necesario, para asegurarse de la exacitud de esta definición, recu rrir a la observación: ésta nos enseña que hay hom bres a quienes un natural afortunado 6, un fuerte deseo de gloria y de estim a, inspiran p o r la justicia y la virtud el m ism o am or que tienen los h om bres habitualm ente po r las dignidades y las riquezas. Las acciones personalm ente útiles a estos h om bres virtuosos son acciones justas, confor­ m es al in terés general o, al m enos, no contrarias a él. Estos hom bres son tan escasos q u e sólo los m enciono aquí p o r el h o n o r de la hum anidad. La clase más num erosa y que constituye | p o r sí sola casi to d o el g én ero hum ano es aquella en la que los hom bres, atentos únicam ente a sus intereses, jamás han dirigido sus m iradas al interés general. C o ncentrados, p o r así decir, en su bien estar (4), estos hom ­ bres no dan el nom b re de honradas más q u e a las acciones qu e les son perso n alm en te | útiles. U n juez absuelve a un culpable, un m inistro o torga h o n o res a un súbdito indigno; uno y o tro son justos, según dicen sus protegidos: pero si el

s El ejem plo es muy elocuente y expresivo de la posición de H elvétius. La base de su análisis son las pasiones com o lugar constitutivo del ser humano. D esde fuera, desde el m edio, llegan las determ inaciones (ideas, acciones, situaciones...) que las ponen en juego, desencadenando una confrontación de fuerzas cuya resultante, expresable en térm inos mecánicos — un vector con un sentido y una m agnitud— , vuelve hacia afuera en la acción. La acción, pues, com o resultante, no deja ver el juego interno, las «intenciones», la presencia cuantitativa de las diversas pasiones. El hom bre como un lugar de fuerzas y perm anece siem pre desconocido, pues sólo deja ver la «resultante». La «subjetividad» se disuelve en ese juego mecánico. 6 En el original, «un heureux naturel». El sentido es el de «carácter natural feliz».

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juez castiga o el m inistro rechaza, serán siem pre injustos a los ojos del crim inal y del desfavorecido. Si los m o n jes, encargados d esde sus prim eros tiem pos 7 de escribir la vida de nuestros reyes no narraron más que la vida de sus benefactores; si no designaron los otros reinos m ás que p o r las palabras «N ihil fecit» y si han dado el n om bre de Reyes holgazanes a príncipes m uy estim ables, es p o rq u e un m o n je es un h o m b re y p o rq u e todo hom bre no sigue en sus juicios más que el con sejo de su interés. Los cristianos q u e daban con justicia el n o m b re de barba­ rie y crim en a las crueldades que ejercían sobre ellos los paganos, ¿no d ieron el n o m b re | de celo a las crueldades 19 q u e ellos eje rc ie ro n a su vez so b re estos m ism os paganos? Exam ínese a los hom bres; se verá q u e no hay crim en que no sea p u esto en tre las acciones honradas p o r las sociedades a las cuales este crim en es útil, ni acción útil al público que no sea rep ro b ad a p o r alguna sociedad particular a la cual esta m ism a acción es perjudicial. ¿Q ué h o m b re, en efecto, si sacrifica el orgullo de decir que es más virtu o so que los dem ás al orgullo de ser más v erdadero y si sondea con un cuidado escrupuloso todos los pliegues de su alma, no se dará cuenta de q u e es únicam ente a la m anera d ife re n te en q u e el in terés personal se m odifica a lo que se deb en sus vicios y sus virtudes (5); de que todos los J hom bres son m ovidos p o r la m isma fuerza; ¡d e que 20-21 todos tien d en igualm ente a su felicidad; de q u e es la diversi­ dad de las pasiones y los gustos, de los cuales unos están conform es y o tro s se o p o n e n al interés público, la que de­ cide nuestras virtudes y n u estro s vicios? Sin d esdeñar al vicioso hay que com padecerse de él, alegrarse p o r tener un natural afortunado, agradecer al cielo p o r no habernos dado ninguno de los gustos y las pasiones que nos hubieran for­ zado a buscar n u estra felicidad en el in fo rtu n io de otro. Ya q u e , al fin, se o b ed ece siem pre al in terés p ro p io , y de ahí la injusticia de to d o s n uestros juicios y estos nom bres de justo y de in ju sto prodigados a la m ism a acción, según la ventaja o desventaja q u e cada cual recibe. Si bien el universo físico está so m etid o a las leyes del m ovim iento, el universo m oral no lo está m enos a las del

7 En francés dice «sous la p rem iére race». La expresión «desde sus prim eros tiem pos» nos parece que traduce bien el sentido. «N ihil fecit», en latín en el original: «nada se hizo».

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interés 8. El in terés es, sobre la tierra, el p oderoso | mago que cam bia a los ojos de todas las criaturas la form a de todos los ob jeto s. Este b orrego apacible que pasta en nuestras llanuras, ¿no es un o b je to de espanto y d e h o rro r para los insectos im perceptibles q u e viven en la espesura de la pam pa de las hierbas? «H uyam os, dicen, de este animal voraz y cruel, de este m onstruo, cuya boca nos engulle a la vez que a nuestras ciudades. ¿P or qué no sigue el ejem p lo del león y el tigre? Estos anim ales b ienhechores no d estruyen nuestras viviendas, no se alim entan de n uestra sangre; justos vengado­ res del crim en, castigan al b o rreg o p o r las crueldades que ejerce sobre nosotros». Es así cóm o intereses diferentes metam orfosean los objetos: el león es, a n uestros ojos, un anim al cruel; a los del insecto, lo es el carnero. P o r eso se p u e d e aplicar al | universo m oral lo que Leibniz decía del universo físico: que este m undo, siem pre en m ovim iento, ofrecía en cada instante un fen ó m en o nuevo y d iferen te a cada uno de sus habitantes. Este principio es tan conform e con la experiencia, que sin e n tra r en un exam en más largo creo ten er d erecho de con­ cluir q u e el in terés personal es el único y universal aprecia­ dor del m érito de las acciones de los hom bres; y que, de este m odo, la probidad, en relación con un particular, no es, conform e con mi definición, más q u e el hábito en las accio­ nes perso n alm en te útiles a este hom bre concreto.

| C a p í t u l o III

Del espíritu con relación a un individuo particular

T rasladem os ahora a las ideas los principios que acabo de aplicar a las acciones; se estará obligado a reco n o cer que cada 8 Es el presupuesto y la enunciación del programa. D esde Locke, que prom etió en su Ensayo escribir una Moral com o ciencia rigurosa, al m odo new toniano, no hay filósofo que no persiga ese objetivo. H um e, Beccaria, H elvétius... se alinean en ese esfuerzo por trazar una moral científica, en claves de necesidad mecánica y de inteligibilidad deductiva. Y todos coinciden en buscar en la naturaleza humana la ley, el principio desde el cual todo se deduzca rigurosam ente. El interés personal, fundado como tendencia a la sobrevivencia, com o ley natural, pretende ser la piedra filosofal q u e convierta e n verdad y orden el oscuro, am biguo y confuso territorio d e la reflexión moral.

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h om bre no da el no m b re d e espíritu más que a la costum bre de las ideas que le son útiles, ya en tan to que instructivas, ya en tanto que agradables; y q u e tam bién a este resp ecto el interés personal es el único juez del m érito de los hom bres. T o d a idea que se nos p resenta tiene siem pre algunas relaciones con nuestro estado, nuestras pasiones (5) y opi­ niones. A hora bien, en todos estos diferen tes casos, | cuanto más útil nos es esta idea m ás la apreciam os. El piloto, el m édico y el ingeniero tendrán más estim a p o r el constructor de naves, el botánico y el m ecánico, del que tendrían por estos mism os hom bres, el lib rero , el o rfe b re y el cons­ tru cto r, quienes p referirán siem pre al novelista, al dibujante y al arquitecto. C uando se trate de ideas para com batir o favorecer nues­ tras pasiones o n uestros gustos, las más estim ables a nues­ tros ojos serán, indiscutiblem ente, las ideas que más hala­ guen estas pasiones o estos g ustos ( 6 ). U na m u je r | tierna hará más caso a una novela que a un libro de metafísica; un h om bre com o Carlos X II p referirá la historia de A lejandro a cualquier o tra obra; el avaro no en contrará seguram ente es­ píritu más que en aquellos q u e le indicarán el m edio de p o n e r su d in ero al m ayor in terés 9. En m ateria de opiniones, com o en m ateria d e pasiones, para estim ar las ideas de o tro hay que estar interesado en estim arlas; p o r consiguiente, haré la observación de que, a este resp ecto , los h om bres p u ed en ser m ovidos por dos clases de interés. | H ay h om bres anim ados p o r un orgullo noble y esclarecido, quienes, am igos de lo verd ad ero , atados a su senti­ m iento sin obstinación, conservan su esp íritu en un estado de suspensión que d eja en trad a libre a las nuevas verdades; algunos de ellos son espíritus filosóficos y o tro s personas dem asiado jóvenes para hab erse form ado opiniones y ru b o ri­ zarse p o r cam biarlas; estas dos clases de hom bres estim arán

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v H elvétius se mueve en una oscilación e n tre dos tendencias filosóficas. A quí parece afirmar con fuerza la constancia de la estructura psicológica, perm itien d o pensar en que cada hom bre, según su constitución orgánica, biopsicológica — según su «naturel»— se dan las claves de sus gustos, de sus acciones. O tras veces, en cambio, disuelve la consistencia de esta estructura subjetiva y parece reducirla a simple sensibilidad en blanco donde, según las presiones del m edio, se generan unas u otras pasiones. Esta am bigüedad es com prensible. El esfuerzo es por articularla, es decir, p o r pensar la relación dialéctica en tre la «naturaleza» (en rigor, la herencia biogenética) y ia determ inación social. N o era fácil en su época definir justam ente la interrelación. D e ahí que, reconociendo la doble acción, la reciprocidad, se destaque una u otra según el m om ento del discurso.

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siem pre en los dem ás las ideas verdaderas, lum inosas y apro­ piadas para satisfacer la pasión que u n orgullo esclarecido les p resen ta com o lo verdadero.

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H ay otros h om bres, y e n tre ellos incluyo casi a todos, anim ados p o r una vanidad m enos noble; éstos no pu ed en estim ar en los dem ás más q u e las ideas conform es a las suyas (7) y apropiadas para justificar la | alta opinión que tienen todos de la perfección de su espíritu. Sobre esta analogía de ideas están fundados su odio o su am or. D e ahí proviene este instinto seguro y rápido que tiene casi toda la gente m ediocre para conocer y re h u ir a | la g e n te de m érito (8 ); de ahí este atractivo p o d ero so q u e los hom bres de espíritu ejercen unos sobre otro s, atractivo q u e los fuerza, p o r así de­ cir, a buscar a pesar del peligro q u e p o n e a m en u d o en su com ercio el deseo com ún que tienen de gloria; de ahí esta m anera segura de juzgar el carácter y el espíritu de un hom b re p o r la elección de sus libros y de sus amigos. Un necio, en efecto, nunca tien e más que amigos necios: toda relación de am istad, cuando no está fundada sobre un interés de conveniencia, am or, p rotección, avaricia, am bición o so­ bre algún m otivo parecido, supone siem pre alguna sem e| janza de ideas o de sen tim ien to s en tre dos hom bres. H e aquí lo q u e acerca a g en te de condiciones muy diferentes (9); he aquí p o r qué los A ugusto, los M ecenas, los Escipión, los Juliano, los R ichelieu y los C ondé vivían fam iliarm ente con la g e n te de espíritu y es lo q u e ha dado lugar al proverbio cuya trivialidad atestigua su verdad: Dime con quién andas y te diré quién eres. La analogía o la conform idad de ideas y de opiniones deb e, pues, ser considerada com o las fuerzas de atracción y repulsión que aleja o acerca los hom bres unos hacia otros (10). | T rasládese a C o nstantinopla a un filósofo que al no estar esclarecido p o r la luz de la revelación no pued a seguir más que la luz de la razón; q u e este filósofo niegue la m isión | de M ahom a, las visiones y los p reten d id o s m ilagros de este profeta; ¿quién duda d e q u e aquellos q u e se llaman buenos m usulm anes rechazarán a este filósofo, de que lo m irarán j con h o rro r y lo tratarán de loco, im pío y algunas veces hasta de h o m b re deshonesto? En vano diría que, en sem ejante religión, es absurdo creer en m ilagros de los que uno m ism o no es testigo; y que si hay siem pre más razones para apostar p o r una m entira que p o r un m ilagro ( 1 1 ), creerlos dem asiado

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fácilm ente es m enos cre e r en D ios que en los im postores. En vano m ostraría q u e si D io s h u b iera q u e rid o anunciar | la misión de M ahom a no hub iese hech o estos prodigios ridículos a los ojos de la razón m enos ejercitada, sino que hubiese hecho m ilagros visibles a todos los ojos, com o d e sp ren d er con la voz del p ro fe ta los astros del firm am ento, trasto rn ar los elem en to s, etc. P o r m uchas razones que este filósofo adujese de su incredulidad, jamás o b ten d ría la reputación de sabio y de hon rad o al lado de estos buenos m usulm anes, a no ser que llegase a ser lo su ficien tem en te im bécil para c re e r en cosas absurdas o lo bastante falso para fingir c re é r­ selas. Tan v erd ad ero es que los h o m b res no juzgan las opi­ niones de los dem ás más q u e según la conform idad que tienen con las suyas. P o r eso, jamás se p ersu ad e a los necios más que con necedades. Si el salvaje del C anadá nos p refiere a los dem ás pueblos de E uropa, es p o rq u e consentim os más | sus costum bres, su g é n ero de vida; es a esta atención a la que debem os el elogio m agnífico q u e cree hacer d e un francés cuando dice: Es un hombre como yo 10. En m ateria de costum bres, o piniones e ideas, parece que uno se estim a siem p re a sí m ism o en los dem ás; y es la razón p o r la cual los C ésar, los A lejan d ro y, g en eralm ente, todos los grandes h o m b res han siem pre ten id o o tro s g randes hom ­ bres a sus ó rd en es. U n prín cip e es hábil, tom a en sus m anos el cetro; en cuanto sube al tro n o , todos los lugares son ocupados p o r h o m b res superiores: el príncipe no los ha form ado, incluso parece haberlos tom ado al azar; p ero , for­ zado a no estim ar y no elevar a los prim eros p uestos más que a h om bres cuyo esp íritu es análogo al suyo, está, | p o r esta razón, siem pre obligado a buenas elecciones. C uando un príncipe, p o r el contrario , es p oco esclarecido; obligado, p o r esta m ism a razón, a atraer hacia él g e n te q u e se le parece, está casi siem pre obligado a una m ala elección. Es el séquito de sem ejantes príncipes q u ien a m en u d o ha h echo pasar de

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10 El tem a de los salvajes, y especialm ente los del Canadá, atrajo fuertem ente la atención de los filósofos del X V III (ver M. D uchet, «Bougainville, Raynal, D id erot et les sauvages du Cañada», en R .H .L.F., núm. 2 (1963). Louis A rm and de Lom d ’A rce, barón de La H ontan, escribió un texto que se hizo en o rm em ente famoso: Dialogues avec un sauvage (hay edición reciente en París, Editions Sociales, 1973), y q u e H elvétius tiene p resen te. Es muy sugestivo el trabajo de G. C hinard, L ’Amérique et le rere exotique dans la littérature francaise au X V I I e et au X V I I I e siecle (París, D roz, 1934). Sobre el tem a, ver el docum entadísim o texto de M. D uchet, Antbropologie et Histoire au siecle des lumieres (París, M aspero, 1971). H ay traducción castellana en Siglo X X I.

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necio a necio los puestos más im portantes, durante m uchos siglos. P or eso, los pueblos que no p u ed en conocer p erso­ nalm ente a su am o no lo juzgan más q u e según el talento de los h om bres que em plea y según la estim a que tiene p o r g en te de m érito: Bajo un monarca estúpido, decía la reina C ristina, toda su corte lo es o llega a serlo. P ero se dirá, se ve algunas veces a hom bres adm irar en los dem ás ideas q u e jamás hub ieran en co n trad o y que no tienen ninguna j analogía con las suyas. Se conocen estas palabras de un cardenal: después del nom b ram iento del papa, este cardenal se acerca al Santo Padre y le dice: «H eos aquí elegido; ésta es la últim a vez q u e oiréis la verdad: seducido p o r los resp eto s, p ro n to os vais a creer un gran hom bre. R ecordad q u e antes d e v uestra exaltación no erais más que un ignorante y un obstinado. A diós, me voy a adoraros.» Pocos cortesanos, sin duda, están d otados del espíritu y el coraje necesarios para p ro n u n ciar sem ejante discurso, p ero a la m ayoría de ellos, sem ejante a los pueblos que unas veces adoran, otras veces fustigan a su ídolo, secretam en te les en ­ canta ver hum illar al am o al q u e están som etidos. La ven­ ganza les inspira el elogio que hacen de sem ejantes rasgos y la venganza es un in terés. Q uien no está anim ado | p o r un in terés de esta especie no estim a, ni siquiera apercibe más que las ideas análogas a las suyas: p o r eso la varita mágica para d escubrir un m érito naciente y desconocido no está ni d eb e estar realm ente más q u e en m anos de g en te de espíritu, p o rq u e sólo el lapidario en tien d e de diam antes brutos y sólo el espíritu siente al espíritu. Sólo el ojo de un T u ren n e podía percibir, en el joven C hurchill, al fam oso M arlborough " . T oda idea dem asiado ajena a n uestra m anera de ver y de sen tir nos parece siem pre ridicula. El m ism o proyecto, que siendo vasto y gran d e parecerá sin em bargo fácil de ejecutar a un gran m inistro, será tratado p o r un m inistro ordinario com o loco e insentato; y este proy ecto, usando la frase habitual e n tre los necios, será rem itido a la \ República de Platón. H e aquí la razón p o r la cual en ciertos países, donde los espíritus enervados p o r la superstición son perezosos y p oco capaces de grandes em presas, se cree ridiculizar a un h o m b re cuando se dice de él: «Es un hom bre que quiere

11 Enrique de La Tour d'A uvergne, vizconde de Turenne (1611-1675), fue mariscal de Fran­ cia. Se distinguió especialm ente en la guerra d e los T reinta años. Jo h n Churchill fue un general británico, prim er d u que de M arlborough.

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reform ar el E stado». R idículo qu e, p o r la pobreza, el despo­ blam iento de estos países y, p o r consiguiente, la necesidad de reform a, recae a los ojos de los ex tran jero s, encim a de los burlones. O cu rre lo m ism o con aquellos pueblos que con estos graciosos su balternos (12) que creen | desh onrar a un h om bre cuando dicen de él, con un to n o neciam ente astuto: «Es un rom ano, es un espíritu». B urla qu e, devuelta a su sentid o preciso, enseña solam ente q u e este ho m bre no se parece a ellos en absoluto, es decir, q u e no es ni necio ni bribón. ¡C uántas veces un esp íritu a te n to oye, en las conver­ saciones, declaraciones im béciles y frases absurdas com o és­ tas que, reducidas a su significado exacto, sorprenderían m u­ cho a aquellos que las em plean! Por eso, el hom bre de m érito d eb e ser in d iferen te ta n to a la estim a com o al d espre­ cio de un h o m b re particular, cuyo elogio o crítica no signifi­ can nada salvo q u e este h o m b re piensa o no piensa | com o él. Podría todavía, p o r m edio de una infinidad de hechos más, p ro b ar que jamás estim am os más que las ideas análogas a las nuestras; p ero , para co n statar esta verdad, se debe apoyarla so b re pruebas de p u ro razonam iento.

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C a p í t u l o IV

De la necesidad en la que nos encontramos de no estimar más que a nosotros mismos en los demás D os causas igualm ente p o te n te s nos d eterm inan a ello; una es la vanidad y la o tra la pereza. D igo la vanidad, porque el deseo de estim a es com ún a todos los hom bres; no es que algunos de ellos no quieran unir al placer de ser adm irados el m érito de d espreciar la adm iración, p ero | este desprecio no es verd ad ero y jamás el adm irador es estú p id o a los ojos del adm irado. A hora bien, si todos los h om bres son ávidos de estim a, d ado que cada uno de ellos está instruido p o r la experiencia de que sus ideas no p arecerán estim ables o des­ preciables a los dem ás q u e en tanto que serán conform es o contrarias a sus opiniones, en to n ces esto im plica que cada cual, inspirado p o r su vanidad, no p u ed e d ejar de estim ar en

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los dem ás una conform idad d e ideas que le asegura ser estim ado p o r ellos, y odiar en los dem ás una oposición de ideas, garantía de ser odiado o p o r lo m enos despreciado p o r ellos, desp recio q u e d eb e considerarse com o un calm ante del odio 12. P ero, en el supu esto caso de que un hom bre llevara el sacrificio de su vanidad al am or de la verdad, si este hom bre no está anim ado p o r el más ard ien te deseo de instruirse, digo que su pereza no le p erm itirá ten er, p o r opiniones | ajenas a las suyas, m ás q u e una estim a bajo palabra. Para explicar lo q u e e n tie n d o p o r estima bajo palabra distinguiré en tre dos clases de estima. U na, q u e p u ed e considerarse com o el efecto, o bien del resp eto que se tiene p o r la opin ió n pública (13), o bien de la confianza | que se tie n e en el juicio de ciertas personas y que llam o estima bajo palabra. Así es la estim a que cierta g en te siente p o r novelas m uy m ediocres, únicam ente p o rq u e cree que son de algunos de nuestros escritores célebres. Así es, tam bién, la adm iración que se tiene p o r los D escartes y los N ew ton; adm iración que en la m ayor parte de los hom bres es más entusiasta cuanto m enos esclarecida, ya sea p o rque, des­ pués de haberse form ado una idea vaga del m érito de estos grandes genios, sus adm iradores resp etan en esta idea la obra de su im aginación, ya sea p o rq u e, estableciéndose com o jue­ ces del m érito de un hom b re com o N ew to n , creen asociarse a los elogios | que le prodigan. Esta clase de estim a, que nu estra ignorancia nos fuerza a m enudo a usar, es p o r esto m ism o la más com ún. N ada es tan raro com o juzgar uno m ism o 13. La o tra clase de estim a es aquella qu e, in d ep en d ien te de la opinión de los dem ás, nace ú nicam ente de la im presión que p ro d u cen sobre n osotros ciertas ideas y q u e, p o r esta razón, llam o estima sentida, la única verd ad era y de la que se trata aquí. A hora bien, para p ro b a r q u e la pereza no nos p erm ite o to rg ar esta clase de estim a más que a las ideas análogas a las nuestras, es suficiente notar que, com o lo

12 N o podem os dejar d e recordar a Spinoza (Etica. Parte tercera), q u e con claridad expuso el «narcisismo» del ser hum ano. A dm iram os a quienes nos admiran, em bellecem os a nuestros adm iradores p o rq u e así, al sentirnos admirados p o r gente de «grandes cualidades» nos sentim os más perfectos, nos amamos más a nosotros mismos... Tam bién a Rousseau, que en el segundo Discours puso el sentim iento d e «estim a pública», de «reconocim iento», como la causa de la degeneración de la naturaleza humana. 13 En el original, «juger d’aprés soi».

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p ru eb a sensib lem en te la geom etría, es m ediante la analogía y las relaciones secretas que las ideas ya conocidas tien e n con las ideas desconocidas com o se alcanza el conocim iento de éstas y que sólo siguiendo la prog resió n de estas analogías ¡ se p u ed e alcanzar el últim o térm in o de una ciencia. Lo que im plica que ideas q u e no tengan ninguna analogía con las nuestras serán para nosotros ideas ininteligibles. Pero se dirá, no hay ideas q u e no tengan en tre ellas, necesariam ente, alguna relación, sin lo cual serían universalm ente desconoci­ das. Sí, p e ro esta relación p u ed e ser inm ediata o lejana: cuando es inm ediata, el débil deseo que cada cual tiene de instruirse lo vuelve capaz de la atención que supone la com ­ p rensión de sem ejantes ideas; p ero , si es lejano, com o lo es casi siem pre cuando se trata d e las opiniones q ue son el resultado de un gran n ú m ero de ideas y de sentim ientos d iferentes, es evid en te que a m enos de que estem os anim a­ dos p o r un d eseo vivo de in stru irn o s y que nos en contrem os en una situación apropiada para satisfacer este deseo, la p e ­ reza | jamás nos p erm itirá co n ceb ir ni, p o r consiguiente, tener estima sentida p o r o p in io n es dem asiado contrarias a las nuestras. Un hom bre joven que se agita en todos los sentidos para alcanzar la gloria es acom etido de entusiasm o al o ír nom bre de gente célebre d e to d o género. U na vez q u e ha fijado el o b jeto de sus estudios y de su am bición, ya no tendrá estima sentida más que p o r sus m odelos y no concederá más que una estima bajo palabra a aquellos q u e siguen un curso diferente al suyo. El espíritu es una cuerda que no vibra más que al unísono. Pocos hom bres tien en el tiem po libre para instruirse. El p o b re , p o r ejem plo, no p u e d e reflexionar, ni exam inar; no recibe la verdad, al igual que el erro r, más que p o r prejuicio: ocupado en un trabajo cotidiano, no pued e elevarse a una cierta esfera de ideas; p o r eso p refiere | la biblioteca azul a los escritos de Saint-R éal, de la R ochefoucauld y del cardenal de Retz '4. P or ello, los días de en tre te n im ie n to s públicos en los que

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14 La «Biblioteca azul» es una colección d e libros de tapa azul, principalm ente com puesta p or adaptaciones de libros d e caballería d e la Edad Media. En esta colección se editaron, p o r eje m ­ plo, las obras de la Com tesse d e Ségur. Jean-Fran^ois Paul d e G o rd i, cardenal d e R etz (1613-1679) fue un político y escritor francés, a utor de Memorias q u e relatan los acontecim ientos en los que participó a lo largo de su agitada vida de intrigante y com o m iem bro d e la Fronda.

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el espectáculo se abre gratis, los com ediantes, ten ien d o en ­ tonces o tro s espectadores a q u ien es e n tre te n e r, p referirán re­ p re se n ta r Dom Japhet y Pourceaugnac a Heraclio y E l M isán­ tropo ls. Lo que digo del p u eb lo p u ed e aplicarse a todas las diferen tes clases de hom bres. La g en te del gran m undo se distrae con mil asuntos y mil placeres; las obras filosóficas tienen tan poca analogía con su espíritu com o El Misántropo con el espíritu del pueblo. P o r ello, preferirán en general, la lectura de una novela a la de Locke. Es p o r este principio de las analogías com o se explica q u e los sabios y hasta la gente de espíritu hayan p referid o los autores m enos estim ados | a los más estim ados. ¿P or q u é M alherbe prefería Estacio a cualquier o tro poeta? ¿Por qué H einsius (14) y Corneille hacían más caso a Lucano que a Virgilio? ¿Por qué razón A driano p refería la elocuencia de C atón a la de Cicerón? ¿P or qué Scaliger (15) consideraba a H o m e ro y H oracio com o m uy inferiores a V irgilio y Juvenal? Es p o rq u e la estim a m ayor o m en o r que se tiene p o r un au tor depen d e de la m ayor o m en o r analogía | que sus ideas tienen con las de su lecto r l6. En una obra m anuscrita y sob re la que no se tenga ninguna prevención, encárguese separadam ente a diez hom ­ bres de espíritu anotar los pasajes que m ayor im pacto les hayan causado: sostengo q u e cada u n o de ellos subrayará lugares d iferentes; y q u e si se com paran después los lugares aprobados con el espíritu y el carácter de cada uno de los ap robadores, se percibirá q u e cada u no d e ellos no ha elo­ giado más q u e las ideas análogas a su m anera de ver y de sen tir y q u e el espíritu es, rep ito , una cuerda que no vibra más que al unísono. Si el sabio abate de L onguerue, com o decía él m ism o, no reco rd ab a nada de las obras de San A gustín, salvo que el caballo d e T roya era una m áquina de guerra; y si | en la novela de C leopatra, un abogado célebre no encontraba in teresan te más q u e los defectos del m atrim onio de Elisa con A rtabán, hay que reco n o cer que la única diferencia que se en cu en tra a este resp ecto e n tre los sabios o la g ente de espíritu y los h om bres o rdinarios, es que al te n e r aquéllos m ayor nú m ero d e ideas, su esfera de analogías es m ucho más

15 Pourceagunac y E l Misántropo son obras de M oliere. Heraclio es una tragedia de C orneille. 16 Respecto a Scaligero, ver n o ta -15 del autor.

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extensa. ¿Acaso se tra ta de u n a clase de esp íritu muy dife­ re n te del suyo? Igual en to d o a los dem ás hom bres, el h o m b re de esp íritu no estim a más que las ideas análogas a las suyas. R eúnase a un N e w to n , un Q uinault, un M aquiavelo; que no se los nom b re y q u e no se les p e rm ita concebir uno p o r o tro esta especie de estim a q u e llam o estima bajo palabra, se verá que después de h ab er recíproca, p e ro inútilm ente in tentad o | com unicar sus ideas, N e w to n considerará a Q uinault com o un p o e ta stro insoportable; éste tom ará a N ew ton p o r un haced o r de alm anaques, am bos considerarán a M a­ quiavelo com o un p o líd co del Palacio Real; y los tres, p o r fin, al tratarse recíp ro cam en te d e espíritus m ediocres, se venga­ rán con el desp recio recíp ro co p o r la m olestia m u tua q u e se habrán causado. A hora bien, si los h o m b res superiores, e n te ra m e n te ab­ sortos en su g én ero de estudio, no p u e d e n te n e r estima sentida p o r un g é n e ro de esp íritu dem asiado d iferen te del suyo, to d o au to r que da al público ideas nuevas no puede en tonces esp erar estim a más que de dos clases de hom bres: o bien de jóvenes que, al no h ab er adoptado opiniones, tienen todavía el deseo y el tiem po libre para instruirse; o bien de aquellos cuyo esp íritu , am igo d e la verdad y análogo al del j au to r, sospecha d e an tem an o la existencia d e las ideas qu e se le p resen tan . El n ú m ero de estos h om bres es siem pre muy peq u eñ o ; he aquí lo que retrasa los progresos del espí­ ritu hum ano y p o r qué cada verdad es siem pre tan lenta en desvelarse a los o jo s d e todos. R esulta, de lo que acabo de decir, q u e la m ayor parte de los hom bres, som etidos a la pereza, no conciben más que las ideas análogas a las suyas, q u e no tien en estim a sentida más que p o r esta especie d e ideas; de ahí la alta opinión que cada cual está, p o r así decir, forzado a te n e r d e sí m ism o, opinión q u e los m oralistas tal vez no habrían atrib u id o al orgullo si hubiesen ten id o un conocim ien to más p ro fu n d o de los p rin ­ cipios establecidos más arriba. H ab rían en to n ces co m prendido que, en la soledad, el santo resp eto y la p ro fu n d a adm iración de los q u e algunas | veces nos sentim os p e n e tra d o s p o r nosotro s m ism os, no p u e d e n ser más que el efecto de la necesi­ dad en la q u e estam os d e estim arnos p re fe re n tem e n te a los demás. ¿C óm o no te n e r de sí m ism o la más elevada idea? N adie dejaría de cam biar de o piniones, si creyera que sus opiniones

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son falsas. C ada cual cree p ensar ju stam en te y, p o r consi­ guiente, m ucho m e jo r que aquellos cuyas ideas son contra­ rias a las suyas. A h o ra bien, si no hay dos hom bres cuyas ideas sean iguales, es necesario que cada cual en particular crea pensar m e jo r que cualquier o tro (16). La duquesa de La F erté decía | un día a la S eñora de Staél: «H ay que rec o n o ­ cerlo, mi q u erid a amiga, no e n c u e n tro más que a mí m ism a que tenga siem pre razón (17)». Escuchem os al m onje bu­ dista, al bonzo, al brahm án, al parsi, al griego, al im án, al hereje: cuando, en la asam blea del p u eb lo , predican unos contra otro s, ¿no dice cada u no de ellos com o la duquesa de La Ferté: «Pueblos, os aseguro: sólo yo tengo siem pre la razón»? C ada cual se cree un espíritu superior, y los necios no son aquellos q u e m enos | lo creen (18): es lo que ha dado lugar al cu en to de los cuatro m ercad eres que vienen a la feria para v en d er belleza, títulos, dignidades y espíritu y que sacan provecho d e sus m ercancías, salvo | el últim o que se retira sin vender. P ero, se dirá, se ve a alguna g e n te reco n o cer en los demás más espíritu q u e en sí misma. Sí, resp o n d eré, se ven hom bres que lo reconocen; y este recon o cim iento es el de una bella alma: sin em bargo, no tienen p o r aquel que reco ­ nocen com o superio r a ellos más q u e una estima bajo pa­ labra; no hacen más q u e p referir la opin ión pública a su propia opinión y convenir en q u e estas p ersonas son más estim adas, sin estar en su fuero in te rn o convencidos de que sean más estim ables (19).

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| Un hom b re del gran m undo co nvendrá sin dificultad en que es, en geom etría, muy inferior a los La Fontaine, los d’A lem bert, los Clairaut, los Euler; en poesía, a los M oliere, los R acine, los V oltaire; p ero digo al m ism o tiem po que este h o m b re, cuanto m enos caso haga a una profesión 17, más superiores reconocerá en él; y que, | p o r o tra parte, se creerá tan resarcido de la superioridad q u e tien en sobre él los hom bres que acabo de citar, ya sea in te n tan d o encontrar frivolidad en las artes y en las ciencias, ya sea p o r la variedad de sus conocim ientos, el sentido com ún, la m undo-

17 H em os traducido «genre» p o r «profesión» con la esperanza de clarificar el sentido. A veces lo traducimos p o r «arte» y, cuando el texto lo perm ite, p or hablar d e especialidades en el seno de un arte, por ejem plo, la novela, la poesía, etc., en el cam po d e la literatura (I), entonces m antenem os género.

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logia 18 o p o r alguna o tra v en ta ja com o ésta qu e, en resum i­ das cuentas, se creerá tan estim able com o cualquiera ( 2 0 ). | P ero, se añadirá, ¿cóm o im aginar que un hom bre que, p o r ejem p lo , d esem p eñ a las pequeñas funciones de la magis­ tratura, p u ed a c re e r te n e r tan to espíritu com o Corneille? Es verdad, re sp o n d e ré , q u e no se confiará en nadie a este res­ pecto: sin em bargo, cuando p o r u n exam en escrupuloso se ha descu b ierto cuántos sentim ien to s de orgullo nos afectan cotidianam en te sin darnos cuen ta y p o r cuántos elogios hay q ue estar anim ado para confesarse a sí m ism o y a los dem ás la pro fu n d a estim a q u e se tiene p o r su p ro p io espirita, se siente qu e el silencio del orgullo no p ru eb a su ausencia. Supongam os, para seguir el ejem p lo citado más arriba, que al salir del teatro el azar re ú n a a tres p rocuradores; llegando a hablar de C o rneille, tod o s los tres exclam arán a la vez que C orneille es el | m ayor g en io del m undo. Sin em bargo, si para descargarse del p eso in o p o rtu n o de la estim a, uno de ellos añadiese q u e este C o rneille es, en verdad, un gran h om bre, p e ro en un g é n e ro frívolo, es seguro, si se juzga p o r el desprecio que cierta gen te finge p o r la poesía, que los o tro s dos p ro cu rad o res podrían co m p artir la opinión del pri­ m ero. D espués, d e confidencia en confidencia, llegarían a com parar los pleitos a la poesía. El arte del d erech o procesal, diría o tro , tiene sus astucias, sus sutilezas y sus com binacio­ nes al igual que cu alq u ier o tro arte; v erd ad eram en te, res­ p o n d ería el tercero , n o hay arte más difícil. A h o ra bien, en la hipótesis m uy adm isible d e q u e, en este arte tan difícil, cada cual de estos p ro cu rad o res se creyera el más hábil sin que ninguno de ellos hubiese p ro n u n ciad o la palabra, el resultado de esta conversación sería | que cada uno de ellos creería te n er tanto esp íritu com o C orneille. N ecesitam os tanto, por vanidad y sobre to d o p o r ignorancia, estim arnos p re fe re n te ­ m en te a los dem ás, q u e el h o m b re más gran d e en cada parte es aquel q u e cada artista co nsidera el p rim ero tras él ( 2 1 ). En I tiem pos de T em ístocles, en los que el orgullo no era d iferen te del orgullo del siglo actual salvo en que era más ingenuo, cuando tod o s los capitanes q u e habían participado en la victoria de Salamina fu ero n obligados después de la batalla a declarar, p o r m ed io d e billetes tom ados en el altar de N e p tu n o , cada cual dióse el p rim e r lugar y otorgó el 18 En el original, «l’usage du monde». Ver nota 22 de este Discurso.

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segundo a T em ístocles; el p u eb lo creyó entonces su deber conced er la p rim era recom pensa a aquel q u e cada uno de los capitanes había considerado com o el más digno después de sí ' 9. Es, pues, seguro que cada cual tien e necesariam ente de sí la más elevada idea; y que, p o r consiguiente, jamás se estim a en los dem ás más q u e la p ro p ia im agen y el p ropio parecido. La conclusión general de lo que h e dicho del espíritu considerado en relación a un particular es que el espíritu | no es más q u e el co n ju n to d e las ideas interesantes para este p articular, ya en tanto que instructivas, ya en tanto que agradables: lo que im plica que el in terés personal, com o me había p ro p u e sto m ostrar, es en este g én ero , el único juez del m érito de los hom bres.

C a p ít u l o V

De la probidad con relación a una sociedad particular

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B ajo este p u n to de vista, digo q u e la probidad no es más q u e el hábito m ayor o m en o r de acciones particularm ente útiles a esta p eq u eñ a sociedad. N o es que ciertas sociedades virtuosas no parezcan a m en u d o despojarse de su propio interés, para em itir so b re las acciones de los hom bres | jui­ cios conform es al in terés público; p ero no hacen entonces más que satisfacer la pasión que un orgullo esclarecido les p o n e com o virtud y, p o r consiguiente, no hacen sino o b ed e­ cer, com o cualquier o tra sociedad, a la ley del interés perso­ nal. ¿Q ué o tro m otivo p o d ría d eterm inar a un hom bre a acciones generosas? Le es tan im posible am ar el bien p o r el bien, com o am ar el mal p o r el mal (22). | B ru to no sacrificó su hijo a la salvación de R om a más que p o rq u e el am or paternal ten ía sobre él m enos p o d e r que el am or de la patria. N o hizo entonces sino ceder a su pasión más fuerte: es ella quien, esclareciéndolo sobre el interés

19 Tem ístocles (528-464 a. C .) fue un general y político ateniense. V enció a los persas en Salamina.

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público, le hizo p ercibir en un parricidio tan g en eroso, tan apropiado para reanim ar el am o r p o r la libertad, el único recurso q u e podía salvar R o m a e im p ed ir q u e recayese bajo la tiranía de los T arquinos. En las circunstancias críticas en que R om a se en co n trab a en to n ces, sem ejan te acción debía servir de fu n d am en to a la inm ensa p o ten cia a la que la elevó desde ento n ces el am or d el bien público y de la libertad. | P ero com o hay pocos B ru to y sociedades com puestas p o r sem ejan tes h om bres, es del o rd en com ún de donde tom aré m is ejem plos, para p ro b a r q u e en cada una de las sociedades el in terés p articular es el único dispensador de la estim a concedida a las acciones de los h om bres. Para con­ vencerse de ello, que se d irija la m irada a un h o m b re que sacrifica todos sus bienes p ara salvar del rigor de las leyes a un p arien te asesino; este h o m b re pasará, seguram ente, en su fam ilia, p o r muy virtuoso, aunque realm en te sea muy in­ justo. D igo m uy injusto, p o rq u e si la esperanza d e la im pu­ nidad m ultiplica los crím enes en una nación, si la certeza del suplicio es absolu tam en te necesaria para m an ten er el ord en 20, es ev id en te q u e una gracia concedida a un crim inal es, hacia el público, u n a injusticia de la que llega a ser | cóm plice aquel q u e solicita sem ejan te gracia (23). | Si un m inistro, sordo a las recom endaciones de sus p arientes y de sus am igos, cree no d e b e r elevar a los prim e­ ros puestos más q u e a h o m b res de p rim e r m érito, este m inis­ tro tan justo pasará seg u ram en te en su sociedad fam iliar por un h o m b re inútil, sin am istad, tal vez hasta sin honradez. H ay que decirlo, para vergüenza del siglo: casi siem pre es a injusticias a las que un alto dignatario d eb e los títulos de buen am igo, de b uen p arien te, de h o m b re v irtuoso y bonda­ doso qu e le prodiga la sociedad en la q u e vive (24). | Si p o r sus intrigas u n padre o b tie n e el em p leo de general para u n hijo incapaz de m andar, e ste p adre será citado, en su familia, com o un h o m b re h o n rad o y bonda­ doso; sin em bargo, ¿qué p u ed e ser más abom inable que

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20 H elvétius expresa aquí una posición e n tre la sanción de la ley com ún en los círculos enciclopedistas y exigida p o r los p resupuestos filosóficos. R educida la conducta hum ana a efecto necesario, mecánico, de las pasiones (y aq u í no es relevante que se vean estas determ inaciones de la estructura biogenética o del m edio social, el h o m b re no es en sí b u eno ni malo, m oral o inm oral. Es según el efecto d e dichas acciones en el «interés público» com o se nom brará justa o injusta su conducta. Por tanto: e l h o m b re criminal no m erece la sanción, pero la sociedad necesita ejercerla; el criminal no es «malo», p ero es un «peligro» para la sociedad; no se le «castiga» sino que la sociedad se «defiende» d e él destruyéndolo. V er R. M ondolfo, Saggi per la storia della morale utilitaria, II. Le teorie morali e politiche de Claudio Adriano Helvétius. Turín, 1904.

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ex p o n er una nación o, p o r lo m enos, varias de sus provincias a los estragos que siguen a una d e rro ta únicam ente para satisfacer la am bición de una familia? ¿Q ué p u ed e ser m ás castigable que recom endaciones con tra las cuales es im posible que un soberano esté siem pre alerta? Sem ejantes recom endaciones, que dem asiado a menudo han | hun d id o las naciones en las m ayores desgracias, son fuentes inagotables de calam idades; calam idades de las q u e tal vez no se p u ed a librar a los p u eblos más que rom p ien d o e n tre los hom bres todos los lazos de parentesco y declarando a todos los ciudadanos hijos del Estado. Es el único m ed io de d estru ir vicios autorizados p o r una apariencia de virtud, de im pedir la subdivisión de un p u eb lo en una infinidad de familias o p equeñas sociedades, cuyos intereses, siem p re o puestos al in terés público, apagarían al fin en las almas to d o tipo de am or p o r la patria. Lo que he dicho p ru eb a suficientem ente que, ante el tribunal d e una p eq u eñ a sociedad, el in terés es el único juez del m érito de las acciones de los hom bres; p o r eso, no añadiría nada a lo que acabo de decir, si no m e hubiera pro p u esto la [utilidad pública com o m eta principal de esta obra. A hora bien, veo que un hom b re honrado, asustado por la influencia que debe necesariam ente te n e r sobre él la opi­ nión de las sociedades en las cuales vive, p u eda tem er, con razón, ser apartado de la virtud, sin saberlo. N o abandonaré, pues, este tem a sin indicar los m edios de escapar a las seducciones y evitar las tram pas que el interés de las sociedades particulares tien d e a la probidad de la g en te más honrada y en las cuales la ha so rp ren d id o dem a­ siado a m enudo.

C a p ítu lo VI

Medios, de estar seguros de la virtud

j U n h o m b re es justo cuando todas sus acciones tien d en al bien público. N o es suficiente hacer el bien para m erecer el títu lo de virtuoso. U n príncipe tiene mil puestos para otor-

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gar; hay q u e ocuparlos; no p u e d e d ejar de hacer felices a mil personas. Es, p ues, ú nicam ente de la justicia (25) o de la injusticia de sus elecciones de las que d ep en d e su virtud. Si, cuando se trata de un p u esto im p o rtan te, p refiere por amis­ tad, p o r | debilidad, p o r recom endación o p o r pereza, un h o m b re m ediocre a un h o m b re superior, d eb e considerarse injusto, p o r m uchos elogios que, p o r o tra parte, haga de su probidad el círculo social 21 en el q u e vive. En m ateria de probidad, es únicam ente el in terés público el que hay q u e consultar y en el q u e hay que creer y no en los hom bres q u e nos rodean. El in terés personal los engaña dem asiado a m enudo. En la co rte, p o r ejem p lo , ¿no da este in terés el nom bre de pruden cia a la falsedad y de necedad a la verdad, cuando habitualm en te se consideran p o r lo m enos com o locura, y debe considerarse así? La verdad es peligrosa en la corte; y las virtudes p erju d i­ ciales serán siem pre consideradas com o defectos. La verdad no cae en gracia más que a príncipes hum anos y buenos, com o los Luis X II, los | E nrique IV. Los com ediantes habían rep resen tad o a aquél en el teatro ; los cortesanos exhortaban al príncip e a castigarlos: « N o , dijo, son justos conm igo; me creen digno de e n te n d e r la verdad». E jem plo de m odera­ ción, im itado desde en to n ces p o r el d u q u e reg en te de O rleáns. Este p ríncipe, forzado a grabar algunos im puestos so­ b re el Languedoc y cansado de las am onestaciones de un diputado de los Estados de esta provincia, le respondió con vivacidad: «¿Y cuáles son vuestras fuerzas para o p o n ern o s a mis voluntades? ¿Q ué p odéis hacer?» « O b ed ecer y odiar» contestó el diputado. R espuesta noble, que h o n ra tanto al diputado com o al príncipe. Era casi tan difícil para uno com p ren d erla com o para el o tro decirla. Este m ism o príncipe tenía una am ante; un g en tilh o m b re se la había quitado; el príncipe estaba | enfadado y sus favoritos le incitaban a la venganza: «Castigad, decían, al insolente». «Y a sé, les res­ pondió, que la venganza m e es fácil; una sola palabra basta para deshacerm e de un rival y es lo que m e im pide p ro n u n ­ ciarla».

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21 H elvétius dice «societé». En e l capítulo anterior decía «société particuiiére». En rigor, se refiere a lo que hoy llamaríamos «círculos sociales» («grem ios», «familias», «estam entos», «aso­ ciaciones», «m edio social»...) q u e determ inan com portam ientos distanciados del bien público.

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S em ejan te m oderación es poco frecuente; la verdad es, en general, dem asiado mal acogida p o r príncipes y grandes para q u e p u eda p erm an ecer m u ch o tiem po en la corte. ¿C óm o p o d ría habitar en u n país en el que la m ayor parte de aquellos que se llam an g en te honrada, acostum brada a la bajeza y a la adulación, da y d eb e realm en te dar a estos vicios el nom b re de m undología? 22. D ifícilm ente se percibe el crim en d o n de se en cu en tra la utilidad. ¿Q uién duda, sin em bargo, que ciertas adulaciones son más peligrosas y, por consiguiente, más crim inales a los ojos de u n príncipe amigo ¡de la gloria, que libelos hechos con tra él? N o tom o aquí p artid o p o r los libelos, p e ro , en fin, una adulación puede apartar a un b uen príncipe del cam ino d e la virtud, sin que se dé cuenta, m ientras que un libelo p u ed e algunas veces hacer volver a la virtud a un tirano. A m enudo sólo es en boca de la licencia com o las quejas de los oprim idos pueden elevarse hasta el tro n o (26). P ero el in terés ocultará siem pre sem ejantes verdades a los círculos particulares de la corte. Tal vez sólo viviendo lejos de estas sociedades es posible d efen d erse de las ilusiones q u e les seducen. Al m enos es seguro qu e, en estas mismas sociedades, | no se p u ed e con­ servar una virtud p erm a n e n te m en te fu erte y pura sin tener habitu alm en te p re se n te en el esp íritu el principio de la utili­ dad pública (27), ni sin te n e r un co nocim iento p ro fu n d o de los verd ad ero s intereses de este público, p o r consiguiente, de la m oral y de la política. La p erfecta probidad jamás es com pañera de la estupidez; una p ro b id ad sin luces no es, a lo sum o, más que una probidad de intención, p o r la cual | el público no tiene ni d eb e efectivam ente te n e r ningún respeto: 1.°, p o rq u e no es juez de las intenciones; 2.°, po rq u e no adm ite consejo, en sus juicios, más que de su interés. Si se exim e de la m u e rte a aquel qu e, p o r desgracia, mata a su amigo en la caza, no es solam ente p o r la inocencia de sus intenciones q u e se le perd o n a, p u esto q u e la ley condena al suplicio al centinela q u e inv o lu n tariam en te se ha quedado dorm ido. El público | no perd o n a, en el p rim e r caso, más que para no añadir a la p érd id a de un ciudadano la de otro ciuda­ dano; no castiga, en el segundo, más q u e p ara p rev en ir las

22 En el original, «usage du m onde», q u e significa experiencia en el trato social. C reem os que «mundología» expresa gráficam ente y con fuerza el sentido de «usage du m onde».

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sorpresas y las desgracias a las q u e le expondría sem ejante falta de vigilancia 23. Es preciso, para ser h o n rad o , reu n ir nobleza de alma e ilustración de espíritu. Q u ien q u iera que reú n a en sí estos diferentes dones de la naturaleza, se com porta siem pre según la b rújula de la utilidad pública. Esta utilidad es el principio de todas las virtudes hum anas y el fu n d am en to de todas las legislaciones. D eb e inspirar al legislador y forzar a los p u e­ blos a so m eterse a sus leyes; es, en fin, a este principio al que hay q u e sacrificar todos los sentim ientos, aun el senti­ m iento de hum anidad. El sen tim ien to de hum anidad pública es algunas | veces despiadado hacia los particulares (28). C uando un velero es sorp ren d id o p o r largas calmas y el ham bre o rd en a con voz im periosa so rtear la víctim a d esafortunada que debe servir de alim ento a sus com pañeros, se la degüella sin | rem ordím ientos. El velero es el em blem a de cada nación; to do llega a ser legítim o y hasta v irtuoso para la salvación pública. La conclusión de lo q u e acabo de decir es que, en m ate­ ria de probidad, no es de las sociedades en que se vive de las que se d eb e adm itir consejo, sino únicam ente del interés público: quien lo co n su lte siem pre, nunca hará más que acciones, o bien in m ediatam ente útiles a la sociedad, o bien ventajosas a los particulares, sin ser perjudiciales al Estado. A hora bien, sem ejantes acciones son siem pre útiles a éste. El h om b re que ayuda al m érito desafortunado, da indis­ cu tiblem en te un ejem plo de beneficencia conform e con el in terés general; paga el im puesto que la p robidad im pone a la riqueza. La pobreza honrada n o tiene o tro | p atrim onio que los tesoros de la virtuosa opulencia. El qu e se com porta según este p rincipio p u e d e p ro cu ­ rarse un testim onio favorable de su p robidad, p u ede p ro ­ barse q u e m erece realm en te el títu lo de h o m b re honrado. D igo merecer: p o rq u e , p ara o b te n e r una reputación de este

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23 El tem a es im portante. La ley parece q u e juzga las intenciones: p o r eso no castiga a quien m ata a o tro accidentalm ente. Esto p erm ite creer q u e la ley juzga las «responsabilidades», es decir, que supone ios sujetos libres y acreedores del bien y el mal. H elvétius matiza que es sólo el interés público lo q u e defiende la ley: no juzga al hom bre, sino q u e defiende el orden social. El soldado no es responsable d e dorm irse. D esde una moralidad abstracta, hum anista, no es responsable y no d ebe ser castigado; desde la moralidad del interés público tam poco es résponsable, pero puede y d ebe ser ejecutado: así, la sociedad genera y fortalece hábitos que la defien­ den de los peligros.

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g én ero , no basta con ser virtuoso; es necesario, adem ás, que nos e n co n trem o s com o los C o d ro y los R égulo, felizm ente situados en tiem pos, circunstancias y p u estos donde nuestras acciones p u ed an influir m ucho sobre el bien público 24. En cualquier o tra posición, la p robidad del ciudadano, siem pre ignorada p o r el público, no es, p o r así decir, más que una cualidad para la sociedad particular, al uso de aquellos con los cuales vive. Es únicam ente p o r su talen to p o r lo que un hom bre privado p u ed e hacerse | útil y recom endable a su nación. ¿Q ué im p o rta al público la probidad de un particular (29)? Esta p ro b id ad no le es apenas de ninguna utilidad (30). Por eso juzga a los vivos com o la p o sterid ad a los m uertos: no se inform a de si Juvenal era m alvado; O vidio, vicioso; Aníbal, cruel; Lucrecio, im pío; H oracio, libertino; A ugusto, | di­ sim ulado, y C ésar, la m u jer de todos los m aridos: es única­ m e n te sus talentos los que juzga. N o ta ré , resp ecto a esto, q u e la m ayor parte de aquellos q ue se enfadan con fu ro r c o n tra los vicios dom ésticos de un h o m b re ilustre dan pruebas m enos de su am or p o r el bien público que de su envidia co n tra los talentos; envidia que a m enudo lleva para ellos la m áscara de la virtud, p e ro que no es fre c u e n tem e n te más que una envidia disfrazada, ya que, en general, no tienen el m ism o h o rro r p o r los vicios de un h o m b re sin m érito. Sin q u e re r hacer la apología del vicio, ¡cuánta g en te honrada ten d ría que ru b orizarse de sentim ien­ tos de los que se jacta, si se descu b riera de ellos su principio y su bajeza! Tal vez el público d em u estra dem asiada indiferencia por la virtud; tal vez nuestros au to res son a veces | más cuidado­ sos en la corrección de sus obras q u e en la de sus costum ­ bres y tom an com o ejem p lo a A verroes 25, este filósofo que se perm itía, se dice, bribonadas a las q u e consideraba no solam ente com o poco dañinas, sino hasta com o útiles para su

24 H elvétius es implacable. N o sólo la virtud es puesta por el bien general sino que se escribe con caracteres históricos. Cada m om ento exige unas cualidades, en función de la situación social. La sociedad sólo reconoce lo q u e directam ente le es útil. C odro, en la mitología griega (hijo de M elanto y rey d e Atenas), se sacrificó para salvar a su pueblo frente a la invasión doria del A ti­ c a Los atenienses le vengaron co n su victoria. 25 A verroes (1126-1198), nació en C órdoba, presigioso filósofo árabe. Ejerció de juez en Sevilla y C órdoba y acabó exiliado en M arruecos p or conflictos con e l poder. Fue un brillante com entador de A ristóteles en sus Comentarios m edios, mayores y m enores) al Corpus aristotelicum. Sobre su obra, ver M. A lonso, «La cronología en las obras d e A verroes», en Miscelánea Comillas, 1 (1943).

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reputación: d e este m odo, decía, engañaba a sus rivales y desviaba h ábilm ente hacia sus co stu m b res las críticas que hubiesen hecho de sus obras; críticas q u e, sin duda, hubieran atentado a su gloria m uy peligro sam en te. En este capítulo h e indicado el m ed io de librarse de las seducciones de las sociedades p articulares, de conservar una virtud siem pre in q u eb ran tab le an te el choque de miles de intereses particulares y d iferen tes; este m edio consiste en pedir, en todas las gestiones, con sejo al in terés público.

| C a p í t u l o VII

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Del espíritu con relación a las sociedades particulares

Lo que he dicho del esp íritu con relación a un solo ho m b re, lo digo del espíritu co nsiderado en relación a las sociedades particulares. N o rep etiré, pues, resp ecto a este tem a el detalle fatigoso d e las mism as pruebas; m ostraré solam ente, p o r nuevas aplicaciones del m ism o p rincipio, que cada sociedad, com o cada particular, no estim a o no d e sp re­ cia las ideas de las dem ás sociedades más q u e p o r la conve­ niencia o la desconveniencia e n tre sus ideas y sus pasiones, p o r su g é n e ro de espíritu y, finalm ente, p o r el rango que ocupan en el m undo aquellos q u e co m p o n en esta sociedad. | T rasládese a un fakir al círculo de sibaritas; este fakir ¿no será considerado con la piedad despreciativa que almas sensuales y dulces tienen p o r un h o m b re q u e se pierde placeres reales para c o rrer tras bienes im aginarios? In tro d ú z­ case a un co n q u istad o r en el retiro de los filósofos; ¿quién du d a de q u e tratará de frivolidades sus especulaciones más profundas; que los considerará con el d esprecio q u e un alma, qu e se dice g ran d e, tiene p o r las almas q u e cree pequeñas y que la p o ten cia tien e p o r la debilidad? P ero trasládese, a su vez, a este con q u istad o r al p ó rtico 26: «O rgulloso, le dirá el estoico ultrajado, tú quien desprecias almas más altas que la

26 El Pórtico o Stoa era el lugar d o n d e enseñaba Z en ó n de C itio escuela filosófica estoica.

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300 a. C .), fundador de la

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tuya, ap ren d e que el o b je to d e tus deseos es aquí el de nuestros desprecios; q u e nada parece grande sobre la tierra a qu ien la contem pla desde un | p u n to de vista elevado». En un bosque antiguo, es desde el pie de los cedros, d o n d e se sienta el viajero, desde donde su cima parece tocar los cielos; desde lo alto de las nubes, donde planea el águila, los altos oquedales rep tan com o el brezo y no ofrecen a la m irada del rey de los aires más q u e una alfom bra de v erdura desplegada sobre las planicies. Es así com o el orgullo h erido del estoico se vengará del desprecio del am bicioso y com o, en general, se tratarán todos aquellos q u e estén anim ados p o r pasiones diferentes. Si una m u jer joven, bella y galante, tal com o la historia nos describe a la célebre C leopatra quien, p o r la m ultiplici­ dad de sus bellezas, los encantos de su espíritu, la variedad de sus caricias, hacía disfrutar cada día a su am ante de las delicias de la in co n stan cia11, y cuyo p rim er goce no era, dice Echard, más que un | p rim e r favor; si una m u je r com o ésta se encontrara en la asam blea de estas gazm oñas cuya vejez y fealdad asegura su castidad, se despreciarían sus encantos y sus talentos. Protegidas de la seducción bajo la égida de la fealdad, estas gazm oñas no sienten cuán hala­ güeña es la em briaguez de un am ante; con qué pena, cuando se es bella, se resiste al deseo de revelar a un am ante el secreto de mil encantos ocultos; darían, pues, rienda suelta a su fu ro r contra esta bella m u je r y p ondrían sus debilidades en tre los m ayores crím enes. P ero si una de estas gazm oñas se presen tara, a su vez, en un círculo de coquetas, sería tratada sin ninguno de los m iram ientos que la juventud y la belleza d e b en a la vejez y la fealdad. Para vengarse de su gazm oñería, se le diría que la bella q u e cede al am or y la fea | q u e le resiste, no hacen am bas más que obed ecer al m ism o principio de vanidad; que, en un am ante, una de ellas busca un adm irador de sus atractivos, m ientras la otra reh u y e a un d elato r de su falta de atractivos; y que, anim adas am bas p o r el m ism o m otivo, en tre la gazm oña y la m u je r galante no hay más diferencia que la de la belleza. H e aquí cóm o las diferen tes pasiones se insultan recípro-

27 Las «delicias de la inconstancia» d ebe en ten d erse en el marco de la teoría del placer de H elvétius, según la cual la constancia de una sensación agradable deviene dolor.

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cam ente; y p o r q u é el glorioso, que desconoce el m érito de un hom b re de condición m ediocre, que lo desprecia y q u e ­ rría verlo arrastrarse a sus pies, es a su vez d esdeñado por la g en te esclarecida. Insensato, le dirían de b uen grado, hom bre sin m érito y hasta sin orgullo, ¿por qué te aplaudes? ¿Por los h o n o res q u e se te rinden? P e ro no es a tu m érito, sino a tu fasto y a tu potencia a lo q u e se rin d e hom enaje. N o eres nada | po r ti mismo; si brillas es p o r el resp lan d o r que refleja sobre ti el favor del soberano. M ira estos vapores que se elevan del fango d e las ciénagas: sostenidas en los aires, se transform an en nubes resplandecientes, brillan com o tú, p ero con un resp lan d o r to m ad o del Sol; en cuanto el astro se p o n e, desaparece el resp lan d o r de la nube. Si pasiones contrarias excitan el d esp recio respectivo de aquellos a quienes anim an, dem asiada oposición en los espíri­ tus pro d u ce más o m enos el m ism o efecto. O bligados, com o ya lo p ro b é en el capítulo IV, a no percibir en los dem ás, más q u e las ideas análogas a las nuestras, ¿cóm o adm irar un g én ero de espíritu dem asiado d iferen te del nuestro? Ya q u e sólo el estu d io de una ciencia o de un arte nos hace p ercibir en ellos una infinidad de bellezas y de dificultades, q u e | ignoraríam os sin este estudio, sólo para la ciencia y el arte que cultivam os tenem os necesa­ riam ente más de esta estim a que llam o sentida. N u estra estim a p o r las dem ás artes y ciencias es siem pre en p ro p o rció n a la relación más o m enos estrecha que hay e n tre éstas y la ciencia o el arte al q u e nos dedicam os. H e aquí p o r qué el g eó m etra tiene más estim a p o r el físico que p o r el poeta, quien a su vez debe co n ced er más estim a al o ra d o r q u e al g eóm etra. Con la m e jo r fe del m u n d o se ve a h o m b res ilustres en géneros diferen tes hacerse m uy poco caso unos a otros. Para convencernos d e la realidad del d esprecio, siem pre recíproco p o r su p arte (puesto que n o hay deu d a más fielm ente j pagada que el desprecio), p restem o s el oído a los discursos que se les escapan a la g e n te de espíritu. Sem ejantes a los charlatanes de feria 28 esparcidos en una plaza pública, cada u n o d e ellos llama a los adm iradores en to rn o a él y cree ser el único en m erecerlos. El novelista se persuade de q u e es su g é n e ro de o b ra la que supone más 28 En el original, «vendeurs d e M ithridate».

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invención y delicadeza de espíritu; el m etafísico se ve com o la fu en te de la evidencia y el co nfidente de la naturaleza: Sólo yo, dice, p u e d o generalizar las ideas y descu b rir el g erm en de los acontecim ientos que se desarrollan cotidiana­ m en te en el m u n d o físico y m oral; y es sólo p o r mí que el hom b re p u ed e ser esclarecido. El poeta, que considera a los m etafísicos com o locos serios, les asegura que si buscan la verdad en los pozos d o n d e se ha retirad o , | no tienen, para extraerla, más que el cubo d e las danaides 29; que los descu­ brim ientos del espíritu del m etafísico son dudosos, pero que los encantos del suyo son seguros. P or tales discursos estos tres h om bres se probarían recí­ p ro cam en te el p oco caso que hacen unos a otros; y si, en sem ejante discusión, tom asen a un político com o árbitro: A p ren d ed , les diría a todos, que las ciencias y las artes no son más que bagatelas serias y frivolidades difíciles. Puede uno dedicarse a ellas en la infancia para dar más ejercicio a su espíritu, p ero es únicam ente el conocim iento de los inte­ reses de los pueblos lo que debe ocupar la cabeza de un ho m b re hecho y sensato; cualquier o tro o b je to es p eq u eñ o y to d o lo que es p eq u e ñ o es despreciable. D e donde concluiría que sólo él es digno de adm iración universal. | A hora bien, para term inar este artículo con un últim o ejem plo, supongam os que un físico prestase oído a la ante­ rior conclusión. T e equivocas, resp o n d ería al político. Si no se m ide la grandeza d e espíritu más que por el tam año de los o b jeto s que considera, sólo a mí se m e d eb e estimar. U no solo de mis descubrim ientos cam bia los intereses de los pueblos. Im anto una aguja, la pongo dentro de una brújula y A m érica se descubre; se exploran sus m inas, mil buques cargados de o ro atraviesan los m ares, atracan en E uropa y la faz del m undo político ha cam biado. S iem pre ocupado en grandes o b jetos, si m edito en el silencio y la soledad no es para estudiar las pequeñas revoluciones de los gobiernos, sino las del universo; no es para p e n e tra r en los frívolos secretos de | corte, sino los de la naturaleza. D escubro cóm o los m ares han form ado las m ontañas y se han extendido sobre la tierra; m ido tan to la fuerza que m ueve los astros com o la extensión de los círculos lum inosos que describen en

29 Referencia al m ito d e las D anaides condenadas a llenar de agua una tinaia sin fondo. El cubo era un instrum ento inútil...

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el azul del cielo; calculo su masa, la com paro con la de la tierra y m e ru b o rizo p o r la p eq uenez del globo terráqueo. A hora bien, si tengo tanta vergüenza de la colm ena, im agí­ nate el desprecio que tengo p o r el insecto que la habita: el m ayor legislador no es a m is o jo s más que el rey de las abejas. H e aquí p o r qué razonam ientos cada cual se p ru eb a a sí m ism o q u e es el p o se e d o r del g é n e ro de espíritu más e s ti- ' m able; y cóm o, excitados p o r el d eseo de pro b arlo a los dem ás, la g en te de espíritu se desprecia recíp ro cam ente, sin darse cuenta de q u e cada uno de ellos, envuelto en el des­ precio q u e | inspira p o r sus sem ejantes, llega a ser el ju g u ete 98 y el h azm erreír d e este m ism o público p o r el cual d ebía ser adm irado. P o r lo dem ás, en vano se q u erría dism inuir el prejuicio favorable q u e cada cual tiene p o r su espíritu. Es o b je to de burla el floricultor, inm óvil al lado de un arriate de tulipanes, que m antiene su m irada siem pre fija en sus cálices y no ve nada más adm irable sobre la tierra q u e la delicadeza y la m ezcla de colores con el qu e, p o r su cuidado, ha forzado a la naturaleza a pintarlas. Cada cual es ese floricultor: si éste no m ide el espíritu de los h om bres más que según el conoci­ m iento q u e tien en de las flores, n osotros tam bién m edim os nuestra estim a p o r ellos sólo según la conform idad de sus ideas con las nuestras. N u e stra estim a es tan d ep e n d ie n te de esta conform idad de ideas, que nadie puede examinarse con |atención sin darse 99 cuenta de q u e si en todos los instantes del día no estim a al m ism o ho m b re precisam ente con el m ism o grado, es siem pre a algunas de estas consideraciones, inevitables en el com er­ cio íntim o y cotidiano, que d eb e atribuir la p e rp etu a varia­ ción del te rm ó m e tro de su estim a: p o r eso, todo hom bre cuyas ideas no son análogas a las de su sociedad es siem pre despreciado p o r ella. El filósofo q u e viva con p etim etres será el im bécil y el h azm erreír d e su sociedad; se verá im itado p o r el p e o r bu­ fón, cuyas pullas má-r insulsas pasarán p o r excelentes- pala­ bras, p u esto q u e el éxito de las brom as d ep en d e m enos de la finura del espíritu de su au to r que de su cuidado en no ridiculizar más q u e las ideas desagradables para su sociedad. Pasa con las | brom as lo m ism o que con las obras de partido: 100 son siem pre adm iradas p o r la cábala.

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El desprecio inju sto de las sociedades particulares en tre sí es, com o el desprecio d e individuo a individuo, únicam ente efecto de la ignorancia y del orgullo: orgullo sin du d a con d e­ nable, p ero necesario e in h e re n te a la naturaleza. El orgullo es el g erm en de tantas virtudes y de talentos que no hay que esperar ni d estruirlo, ni siquiera in te n ta r debilitarlo, sino so­ lam ente dirigirlo hacia cosas honradas. Si m e burlo aquí del orgullo, no lo hago sin duda más que p o r o tro orgullo, tal vez m ejo r en ten d id o q u e el suyo en este caso particular, más conform e al in terés general; p o rq u e la corrección de nuestros juicios y de nuestras acciones nunca es más q u e la confluencia | feliz de nuestro in terés y del in terés público (31). Si la estim a que las diversas sociedades tienen p o r ciertos sentim ientos y ciertas ciencias es d ife re n te según la diversi­ dad de las pasiones y del g é n ero de espíritu de aquellos que las com ponen, ¿quién d uda de que la diferencia en tre las condiciones | de los h om bres no produzca más o m enos el m ism o efecto y q u e ideas agradables para g ente de cierto rango sean aburridas para h o m b res de o tro status? Si un ho m b re de g u erra y un negociante disertan ante hom bres de toga, el uno sobre el arte de sitiar, sobre cam­ pamentos y maniobras militares, el o tro sobre el comercio de añil, de la seda, del azúcar y del cacao, serán escuchados con m enos placer y avidez que el hom bre que, más al tanto de las intrigas de palacio, de las prerrogativas de la m agistratura y de la m anera de dirigir un asunto, les habla de todos los o b jeto s que el g én ero de su espíritu o de su vanidad hace más particularm ente interesantes p ara ellos. En general, se desprecia el esp íritu en un hom bre de un status inferior | al de uno. P or m ucho m érito que tenga un burgués, será siem pre despreciado p o r un alto dignatario, si éste es estúpido; «aunque no haya, dice D om at, más que una distinción civil e n tre el burgués y el noble y una distinción natural e n tre el hom bre de espíritu y el noble estúpido». Es, pues, siem pre el in terés personal, m odificado según la diferencia de nuestras necesidades, nuestras pasiones, nues­ tro g é n e ro de espíritu y nuestras condiciones, lo que, com bi­ nándose en las diversas sociedades en núm ero infinito de m aneras, p ro d u ce la so rp ren d en te diversidad de opiniones. Es, p o r consiguiente, a esta variedad de intereses a lo que cada sociedad d eb e su tono, su m anera particular de juzgar y su gran espíritu, del que g u stosam ente haría un dios si el

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tem o r | p o r ios juicios del público no se o pusiera a esta apoteosis. H e ahí p o r q u é cada cual en cu en tra lo q u e le conviene. P o r eso, no hay estúpido, si p o n e cierto cuidado en la elección de su círculo social, q u e no p u ed a te n e r una vida tranquila en m edio de un concierto de halagos p o r parte de adm iradores sinceros; p o r lo m ism o, no hay hom b re de espí­ ritu que circule p o r d iferen tes am b ien tes sin q u e se vea tratado sucesivam ente de loco, sabio, agradable, aburrido, estúpido e ingenioso. La conclusión general d e lo que acabo de decir es que el interés personal, en cada sociedad, es el único canon del m érito de las cosas y de las personas. Sólo m e queda por m ostrar p o r qué los h o m b res más unánim am ente agasajados y buscados p o r sociedades p articulares, | com o la alta sociedad, no son siem pre los m ás estim ados p o r el público.

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C a p í t u l o VIII

De la diferencia entre los juicios del público y los de las sociedades particulares

Para descu b rir la causa de los juicios diferen tes que em i­ te n sobre la m ism a g en te el público y las sociedades particu­ lares, hay que observar q u e una nación no es más que el c o n ju n to de los ciudadanos q u e la com ponen; que el interés de cada ciudadano está siem pre, p o r algún lazo, atado al interés público; que, sem ejan te a los astros, que colgados en los desierto s del espacio son m ovidos p o r dos m ovim ientos | principales de los q u e el p rim e ro , más len to (32), les es com ún con to d o el universo y el segundo, más rápido, les es particular 30, cada sociedad es m ovida de este m o d o p o r dos d iferentes especies d e interés.

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30 Parece referirse a la teoría d e «epiciclos» y «deferente». El deferente era el círculo imaginario del cual se sirvieron los antiguos astrónom os para dar una explicación a los movimientos aparentes de los planetas. El sistema astronóm ico en que se incluía este elem ento era g eocéntrico, es decir, consideraba a nuestro planeta com o el centro del U niverso. En los sistemas planetarios antiguos el epiciclo era la órbita circular q u e se suponía describían los planetas, y cuyo cen tro giraba en to rn o a la Tierra.

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El p rim ero, más débil, les es com ún con la sociedad general, es decir con la nación; y el segundo, más p o te n te les es absolutam ente particular. C o n secu en tem en te con estas dos clases de interés, exis­ te n dos clases de ideas que p u ed en gustar a las sociedades particulares.

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U na, en una relación más inm ediata al interés público, tiene com o o b je to el com ercio, la política, la guerra, la legislación, las ciencias y las artes: esta especie de ideas interesantes para | cada uno de ellos en particular es, en consecuencia, la más g en eralm en te, aunque tam bién la más d éb ilm en te, estim ada p o r la m ayor parte de los círculos sociales. D igo la m ayor parte, p o rq u e hay sociedades, como las sociedades académ icas, para las cuales las ideas más gene­ ralm ente útiles son las ideas más p articularm ente agradables y cuyo in terés personal se encuentra, p o r este m edio, con­ fundido con el in terés público. La o tra especie de ideas tiene relaciones más inmediatas con el in terés particular de cada sociedad, es decir, con sus gustos, odios, proyectos y placeres. Más in teresante y más agradable, p o r esta razón, un círculo social concreto, es en general b astante indiferen te al público.

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U na vez adm itida esta distinción, q uienquiera que ad­ quiera un núm ero muy grande de ideas de esta últim a especié, es decir, | de ideas particularm ente interesantes para los am bientes sociales en q u e vive, d eb e ser considerado en ellos com o de m ucho ingenio; p ero si este hom bre se p re ­ senta al público ya sea en una obra, ya sea en un alto cargo, no le p arecerá a m en u d o más que un hom bre m ediocre. Es una voz encantadora en un salón, p ero dem asiado débil para el teatro. Si un h o m b re, p o r el contrario, no se ocupa más que de ideas g en eralm en te interesan tes, será m enos agradable a los círculos en q u e vive; hasta parecerá algunas veces pesado y desplazado; p ero si se ofrece al público, ya sea en una obra, ya sea en un alto cargo, brillando entonces de genio, m ere­ cerá el título de ho m b re superior. Es un coloso m onstruoso y hasta desagradable en el taller del escultor, p ero , situado | en la plaza pública, llega a ser la adm iración de los ciuda­ danos.

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A hora bien, ¿por qué no se reú n en en uno las ideas de una y otra clase y no se o b tie n e a la vez la estim a del pueblo y de la g en te de la alta sociedad? 3I. Para gustar en el gran m u n d o 32, no hay q u e profundizar en ninguna m ateria, sino re v o lo tear in cesantem ente de tem a en tem a; hay q u e te n e r conocim ientos m uy variados y, p o r tanto, superficiales; saber de todo, sin p e rd e r tiem po en saber p erfectam en te una cosa y dar, p o r consiguiente, al espíritu más superficie q u e profundidad. | A hora bien, el público no tiene ningún interés en estim ar a hom bres superficialm ente universales: puede ser que incluso no les rinda justicia en absoluto y q u e jamás se tom e el trabajo de tom ar la m edida de un esp íritu repartido en dem asiados g én ero s d iferentes. Interesad o s, únicam ente, en estim ar a aquellos que llegan a ser sup erio res en un g é n e ro y que hacen avanzar en este aspecto al esp íritu hum ano, el público d eb e hacer poco caso al espíritu del gran m undo. Es necesario, entonces, para o b te n e r la estim a general, dar al espíritu más p rofundidad que superficie y concentrar, p o r así decir, en un solo p u n to , com o en el foco de un cristal ardiente, to d o el calor y los rayos de su espíritu. ¿P ero cóm o rep artirse e n tre esto s d os g é n ero s de estu d io , ya que la vida que hay que llevar para seg u ir uno u o tro es e n teram en te | diferente? N o se p u e d e te n e r, pues, más que una de estas especies de espíritu, excluyendo la otra. Para adquirir ideas in teresan tes para el público es necesa­ rio, com o lo com probaré en los capítulos siguientes, m editar en el silencio y la soledad; p o r el contrario, es necesario, para p resen tar a las sociedades particulares las ideas más

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31 A quí hemos traducido «nation» p o r «pueblo», pues H elvétius contrasta «le grand m onde», es decir, la «alta sociedad», la élite distribuida en salones, «coteries», sociedades... O tras veces, «nation» viene a ser «Estado», o «tribu». Del mismo m odo, estamos traduciendo «société» po r «círculo social», por «am biente», etc., ya que H elvétius se refiere a «sociedades particulares»; pero, a veces, elim ina «particular», incluso da la im presión de que lo que nosotros llamamos «sociedad» es la «nación» de H elvétius, quien reserva el térm ino «société» para las asociaciones, organizaciones, grem ios, tertulias, etc. Pero tam poco esto es siem pre así. Hay, pues, mucha ambigüedad en estos conceptos y nuestra traducción tom a p o r norm a captar el sentido concreto, de ahí la variedad d e térm inos q u e usamos para v e rte r una misma palabra francesa. 32 H elvétius contrapone «(grand) m onde» a «public». Podría entenderse como contraposi­ ción «alta sociedad» «pueblo». P e ro n o s da la im presión de q u e aquí H elvétius está pensando e n el hom bre de letras y contrastando cóm o un ho m b re culto, respetado en «el gran m undo» de las artes y las letras, en el «m undillo del saber», diríam os nosotros, no tiene éxito ante el «público» (lector, espectador...) q u e m ide el genio, q u e sólo adm ira a quienes destacan en profundidad, no en extensión... Así lo hem os hecho y hem os m antenido la contraposición «gran m undo» «público». Al final d el capítulo, H elvétius aclara un poco las cosas, com o podrá verse.

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agradables para ellas, arro jarse absolutam ente en el to rb e ­ llino del m undo. A hora bien, no se p u ed e vivir en él sin llenarse la cabeza de ideas falsas y pueriles; digo falsas, po rq u e to d o h o m b re que no conoce más q ue un m odo de pensar considera necesariam ente su sociedad com o el uni­ verso p o r excelencia; debe im itar a las naciones en el d esp re­ cio recíproco que tienen p o r sus costum bres, su religión y hasta sus vestim entas diferen tes; en co n trar ridículo todo lo que contradice | las ideas de su sociedad y caer, p o r consi­ g u ien te, en lós erro res más groseros. Q u ien q u iera que se ocupe fu e rte m e n te de los p eq u eñ o s in tereses de las socieda­ des particulares debe necesariam ente conced er dem asiada es­ tim a e im portancia a estas sandeces. A h o ra bien, ¿quién p u ed e jactarse de escapar, a este respecto, a las tram pas del am or p ro p io , si no hay procura­ d o r en su estudio, consejero en su cámara, m ercader en su establecim iento, oficial en su guarnición, que no im agine el universo ocupado p o r lo q u e le in teresa (33)? | Cada cual p u ed e aplicarse este cuento de la m adre Jesús, quien , testiga de una disputa en tre la discreta 33 y la su periora | preg u n ta al p rim ero q u e en c u e n tra en el locuto­ rio: «¿Sabéis que la m adre Cecilia y la m adre T eresa acaban de enfadarse? ¿P ero os sorprendéis? ¡Qué! ¿D e verdad igno­ ráis su pelea? ¿D e d ó n d e venís pues?» Som os todos más o m enos la m adre Jesús: de lo que nuestra sociedad se ocupa es de lo q u e todos los h om bres deb en ocuparse; lo que ella piensa, cree y dice es el universo e n te ro quien lo piensa, cree y dice. ¿C óm o un cortesano que vive en un m undo en el que no se | habla más que de cábalas, intrigas de co rte, de aquellos que caen en gracia o en desgracia y q u e en el extenso círculo de sus sociedades no ve a nadie q u e no esté más o m enos afectado p o r las m ism as ideas; cóm o, digo, e ste co rtesano no iba a convencerse de que las intrigas de la corte son para el espíritu hum ano los o b jeto s m ás dignos de m editación y los más g en eralm en te interesantes? ¿P uede im aginar que, en la tien d a más cercana a su hotel, no se conoce ni a él ni a todos aquellos de los q u e habla; q u e no se sospecha ni siquiera la

33 En el original, «discréte». H elvétius d ebe referirse a las legas de un convento. D ebe ser term inología de la época. Posiblem ente viene de «discretum », es decir, separadas, que expresa la distinción en el convento.

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existencia de las cosas que lo ocupan tan vivam ente; que en un rincó n de su desván se aloja un filósofo, al cual las intrigas y las cabalas que fo rm a un am bicioso para hacerse engalanar con todas las bandas de E u ro p a p arecen tan p u eri­ les y m en o s | sensatas q u e un com p lo t de escolares para sustra e r una caja d e caram elos, y para qu ien , p o r fin, los am bicio­ sos no son más q u e viejos niños q u e no creen serlo? U n co rtesano no adivinará jamás la existencia de sem e­ jantes ideas. Si llegara a sospecharla, sería com o aquel rey del Pegú quien, habiendo p reg u n tad o a algunos venecianos el n o m b re de su soberano y habiendo éstos respondido que no eran g o b ern ad o s p o r reyes, en c o n tró esta respuesta tan ridicula que se reto rció de risa. Es verdad que, en general, los grandes no están sujetos a sem ejantes sospechas; cada uno de ellos cree ocupar un gran espacio sob re la tierra y se im agina que no hay más que un m odo de pen sar que deba ser ley e n tre los hom bres y que este m od o de p en sar está con ten id o en su m edio social. Si d e vez en | cuando se oye d e c ir q u e hay o piniones d iferentes a las suyas, no las p ercib e, p o r así decir, más que en una lejanía confusa; las cree todas confinadas en la cabeza de un muy p e q u e ñ o n ú m ero de insensatos; es, a este respecto, tan loco com o aquel geógrafo chino qu e, lleno de orgulloso am or por su patria, d ib u jó un m apam undi cuya superficie estaba casi e n teram en te cu b ierta p o r el Im p erio C hino, en los confines del cual apenas podían percib irse Asia, Africa, E uropa y A m érica. C ada u n o es to d o en el universo; los dem ás no son nada. Se ve, pues, q u e forzado a agradar a las sociedades parti­ culares, a in troducirse en el m undo, ocuparse de pequeños intereses y adoptar mil prejuicios, d eb e in sensiblem ente car­ garse la cabeza con una | infinidad de ideas absurdas y ridículas para el público. P or lo dem ás, estoy co n te n to de ad v ertir que no en ­ tiendo aquí p o r g en te del m undo, únicam ente a la g ente de la corte: los T u re n n e , los R ichelieu, los Luxem bourg, los La R ochefoucauld, los R etz y m uchos otros h om bres de su espe­ cie p ru eb an q u e la frivolidad no es necesariam ente patrim o­ nio de un rango elevado; y que sólo se d eb e e n ten d er p o r h om bres de m undo todos aquellos que no viven más que en su torbellino. Son éstos los q u e el p úblico, con tanta razón, considera

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com o g ente absolutam ente vacía de sen tid o ; ap ortaré com o p ru eb a de ello sus p reten sio n es locas y exclusivas sobre el buen to n o y el estilo refinado 34. H e elegido estas p re te n sio ­ nes com o ejem plos, sob re tod o , p o rq u e la g en te joven, engañada p o r [ la jerga del gran m undo, tom an dem asiado a m e ­ nudo su cháchara p o r espíritu y el sen tid o com ún p o r n ece­ dad.

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a p ít u l o

IX

Del buen tono y del estilo refinado

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En toda sociedad dividida re sp e c to al interés y al gusto sus m iem bros se acusan e n tre sí de mal tono; el de la g e n te joven disgusta a los viejos, el del h o m b re apasionado, al h o m b re frío, y el del cenobita, al h o m b re de m undo. Si se en tie n d e p o r buen to n o el apropiado para gustar igualm ente en to d a sociedad, en este sen tid o no hay hom bre de b uen tono. Para serlo, habría que te n e r todos los conoci­ m ientos, tod o s los g én ero s d e espíritu y tal vez todas las jergas d iferentes; | su p u esto im posible de realizar. N o se p u ed e, pues, e n te n d e r p o r las palabras b u en to n o más que el g é n e ro de conversación cuyas ideas y m o do de expresión agrada más a la g ente. A hora bien, el b uen tono, definido de este m odo, no p erten ece a ninguna clase de hom bres en particular, sino ú nicam ente a aquellos que se ocupan de ideas grandes y que, siendo extraídas de las artes y d e las ciencias

34 En el original, «bon ton» y «bel usage». H em os o p tado por la traducción de «buen tono» y «estilo refinado». La traducción con conceptos más usuales no es fácil. Por «buen tono», Helvétius designa la educación, p ero no tanto en contenido inform ativo cuanto en adecuación social (no desentonar) y e n expresión de la misma. Se trata de ese arte de «savoir faire», de bien decir, d e cortesía, d e urbanidad, es decir, de todo ese abanico que va de la «politesse» al cum plim iento del cerem onial, o sea, d e esa estética de la form a — pues el contenido siem pre es soportado en la m edida en q u e respete las formas, que siem pre son atem perantes— q u e dom inó el X V III parisino y que no tuvo o tro enem igo que la grosería y la insolencia. H em os, pues, traducido p o r «buen tono», aun sabiendo q ue no es un térm ino de uso habitual, p ero con la idea d e que describe m ejo r el carácter «formal» de «bon ton» que otros conceptos como «educación». A lgo parecido pasa con «bel usage». Podríam os decir que «ton» es en el decir lo q u e «usage» en el gesto, en el vestir, en lo visual. O sea, se refiere a la expresión de las costum bres más que al contenido de las mismas. «Ton» y «usage» son los dos niveles de la expresión cortesana q u e, si b ien dicen de unos contenidos, dan más relevancia a la expresión.

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tales com o la m etafísica, la guerra, la m oral, el com ercio, la política, p resen tan siem pre al esp íritu o b jeto s interesantes para la hum anidad. E ste g é n e ro de conversación, $in duda alguna el más g en eralm en te in teresan te, no es, com o ya lo he dicho, el más agradable para cada sociedad en particular. Cada una de ellas co nsidera su to n o com o su p erio r al de la g en te de espíritu; y el de la g en te de espíritu sim plem ente com o su p erio r a toda especie de tono. | Las sociedades son, a este resp ecto , com o los campesinos de diversas provincias, q u e hablan de m e jo r grado el dialecto de su región q u e la lengua de su nación, p e ro que p refieren la lengua nacional al dialecto de las dem ás provin­ cias. El buen to n o es aqu el q u e cada sociedad considera com o el m e jo r después del suyo; y este to n o es el de la g en te de espíritu. R eco n o ceré, sin em bargo, a favor de la alta sociedad que si fuera necesario elegir e n tre las diferen tes clases de hom ­ bres una al to n o de la cual se d eb iera dar preferencia, ésta sería indiscu tib lem en te la de la g en te de la corte: no es que un burgués no tenga tantas ideas com o un h o m b re del gran m undo; am bos, si se m e p erm ite la expresión, hablan a m en u d o en el vacío y no tien en tal vez en m ateria de ideas ninguna v en taja uno sobre o tro ; p ero aquél, p o r la posición en la que se en cu en tra, se ocupa | de ideas g en eralm ente más interesantes. En efecto, si las costum bres, las inclinaciones, los p re ju i­ cios y el carácter de los reyes tien en m ucha influencia sobre la felicidad o la infelicidad pública, si to d o conocim iento a este resp ecto es in teresan te, la conversación de un hom bre vinculado a la co rte, que no p u ed e hablar de lo que le preocupa sin hablar a m en u d o de sus am os, es necesaria­ m en te m enos insípido q u e la del burgués. P or o tra parte, la g en te de la alta sociedad, al estar en general muy p o r encim a de las necesidades y al no te n e r nada que satisfacer más que su placer, es tam bién seguro que su conversación debe, a este resp ecto , aprovechar las ventajas de su situación: lo que hace, en general, a las m u je re s de la co rte tan superiores a las dem ás m u jeres en espíritu y en | encantos; p o r ello la clase d e m u jeres de espítu está com p u esta casi sólo p o r m u jeres del gran m undo. P ero si bien el to n o de la co rte es superio r al de la burguesía, com o los nobles no siem pre tienen para contar

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anécdotas curiosas sobre la vida de los reyes, su conversación deb e habitualm ente versar sobre las prerrogativas de sus cargos, su nacim iento, sus aventuras galantes y sobre las ridiculeces dichas o contestadas en una cena: ahora bien, sem ejantes conversaciones d e b en ser insípidas para la m ayor parte de las sociedades. La g en te de la alta sociedad, con respecto a sí mismas, se com portan com o la g en te m uy ocupada en un oficio: hace de ello el único y p e rp e tu o tem a de conversación; en consecuencia, se la tacha de mal tono, Jporque es siem pre con una pala­ bra de desprecio com o un im p o rtu n ad o se venga de un im por­ tuno. Se m e resp o n d erá, tal vez, q u e nunca se acusa a la gente de la alta sociedad de mal tono. Si la m ayor parte de los am bientes sociales se callan a este respecto, es porque el nacim iento y las dignidades les im ponen resp eto, les im piden m anifestar sus sentim ientos y, a m enudo, confesárselos a sí mism os. Para convencerse de ello, interro g ú ese sobre este tem a a un ho m b re con sentido com ún: el tono del gran m un d o , dirá, no es m uy a m enudo más que una guasa ridi­ cula. Este to n o em pleado en la co rte fue sin duda in tro d u ­ cido p o r algún intrigante qu e, para ocultar sus tejem anejes, q u ería hablar sin decir nada. Engañados p o r esta guasa, los que lo siguieron, sin ten er nada que esconder, tom aron la jerga de éste y creyeron decir | algo cuando pronunciaban palabras bastante arm oniosam ente ordenadas. La g ente de altos cargos, para apartar a los nobles de los asuntos serios y hacerlos incapaces de ellos, aplaudieron este tono, perm itie­ ron q u e se llam ara espíritu y fuero n los prim eros en darle este nom bre. P ero p o r m ucho elogio que se haga d e esta jerga, si para apreciar el m érito de la m ayor parte de estas herm osas palabras tan adm iradas en buena com pañía se las trad u jera a otra lengua, la traducción disiparía su prestigio y la m ayor p arte de ellas se encontrarían vacías de sentido. Es p o r eso que m uchos, añadiría, sienten p o r lo que se llama la g e n te brillante un asco m uy m arcado y se rep iten a m e­ nudo estos versos de la comedia: C uando el buen tono aparece, el sentido común desaparece. El v erd ad ero buen to n o es, pues, el de la | gente de espíritu de cualquier condición que sea. A lguno dirá que p re te n d o q u e la g en te de m undo, ape­ gada a ideas dem asiado pequeñas, sea a este respecto inferior

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a la gen te de espíritu: ésta es, p o r lo m enos, su perior a aquélla en la m anera de expresar sus ideas. Su p retensión, a este respecto, parece in d iscu tib lem en te m ejo r fundada. A u n ­ que las palabras en sí mism as no sean ni nobles ni bajas y si bien en un país d o n d e el p u eb lo es respetado, com o en Inglaterra, no se hace ni se debe hacer esta distinción, en un Estado m onárquico, donde no se tiene ninguna consideración p o r el p ueblo, es seguro que las palabras d eb en tom ar una u o tra de estas denom inaciones, según sean em pleadas o recha­ zadas po r la corte, q u e la expresión de la g en te del gran m undo d eb e siem pre ser elegante: | de h echo lo es. P ero com o la m ayor p arte de los cortesanos no se dedica más que a m aterias frívolas, el diccionario de la lengua noble es por esta razón m uy corto y no basta para el g én ero de la novela, en el cual la g en te del gran m undo q u e quisiera escribir se encontraría a m enudo muy in ferio r a la g en te de letras (34). | R especto a los tem as que se consideran serios y que están vinculados con las artes y la filosofía, la experiencia nos enseña que sobre tales tem as la g ente de la nobleza apenas p u ed e balbucir sus pensam ien to s (35): de donde resulta que, en cuanto a la expresión, no tiene ninguna superioridad sobre la g e n te de espíritu y q u e tam poco la tiene respecto al com ún de los hom bres más q u e en m aterias frívolas a las que se han dedicado m ucho y en las cuales se han ejercitado y, p o r así decir, han hecho un arte particular; superioridad | que no está todavía bien constatada y que casi todo los hom bres exageran a causa del re sp e to m ecánico que tienen p o r el nacim iento y por los títulos.

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P o r lo dem ás, p o r m uy ridicula q u e sea la p reten sió n exclusiva de la alta sociedad al b uen to n o , esta ridiculez es m enos una ridiculez específica de su estado que genérica de la hum anidad. ¿C óm o no habría d e p ersu ad ir el orgullo a los grandes de q u e ellos y la g e n te de su especie está d otada del espíritu más apropiado p ara agradar en la conversación, p u esto que este m ism o orgullo ha persuadido a todos los hom bres en general d e que la naturaleza no había en cen d ido el Sol más que para fecundar en el espacio este p eq u eño punto llam ado T ierra y q u e no había sem brado el firm am ento de estrellas más que para esclarecerla p o r las noches? | Se es vano, despreciativo y, p o r consiguiente, in ju sto todas las veces q u e se p u ed e serlo im p u n em en te. Por eso todo h om b re se im agina q u e sobre la tierra no hay parte del

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m u n d o , en dicha p a rte del m u n d o nación, en la nación p ro ­ vincia, en la provincia ciudad, en la ciudad círculo social com parable al suyo; se cree, adem ás, el m ayor h o m b re de su sociedad y, de vez en cuando, se so rp ren d e reconociéndose com o el p rim e r h o m b re del universo (36). P o r ello, p o r locas q u e sean las p reten sio n es exclusivas al buen tono y p o r ridicula q u e parezca al público en este tem a la g e n te de la a lta , sociedad, esta ridiculez siem p re será p erd o n a d a ante la indulgente y sana filosofía q u e d eb e, aun a este resp ec­ to, ahorrarles la am argura d e los rem ed io s inútiles 3S. Si el anim al en cerrad o en una concha y que no conoce del universo más q u e la roca a la q u e está pegado, no p u ede juzgar su extensión, ¿cóm o el h o m b re del gran m undo, que vive co n cen trad o en una p e q u e ñ a sociedad, que se ve siem ­ pre ro d ead o p o r los m ism os o b je to s y que no conoce más qu e una sola opinión, p o d ría juzgar el m érito de las cosas? La verdad no se percib e y no se en g en d ra más que en la ferm entación de o piniones contrarias. El universo no nos es conocido más que p o r aquel con el que nos relacionam os. Q u ien q u iera q u e se en cierre en un círculo social no p u ed e evitar ad o p tar sus preju icio s, sobre to d o si halagan su org u ­ llo. ¿ Q u ién p u ed e librarse d e un e rro r, | cuando la vanidad, cóm plice de la ignorancia, lo ha atado a él y ha con v ertid o al e rro r en valioso p ara él? C om o efecto de la m ism a vanidad, la g ente del gran m undo se cree la única poseedora de estilo refinado que, según ella, es el p rim e ro de los m éritos y sin el cual no hay ninguno. N o se da cuen ta de que este estilo que considera com o el estilo del m u n d o p o r excelencia, no es más que el estilo p articular d e su m u n d o . En efecto, en M onom otapa, d on d e todos los cortesanos están obligados p o r cortesía a esto rn u d a r cuando esto rn u d a el rey, y d o n d e al propagarse el esto rn u d o de la c o rte a la ciudad y de la ciudad a las provincias, to d o el im perio parece afligido p o r un resfriado general, ¿quién d uda d e q u e haya cortesanos que se jacten de e sto rn u d a r más n o b lem en te q u e los dem ás hom bres, considerándose, a este | respecto, com o los únicos po seed o res

35 Esta es una diferencia principal en tre H elvétius y d’H olbach (y, en general, el «tono» de los ilustrados): más q u e crítica d e las costum bres, H elvétius se esfuerza en m ostrar la ilusión en la sociedad y la necesidad de esa ilusión. C osa q u e sirve al m enos para eso, para «ahorrar la amargura de los rem edios inútiles».

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de estilo refinado y que traten de mala com pañía o de naciones bárbaras a todos los individuos y todos los p ueblos cuyo esto rn u d o les parezca m enos arm onioso? Los m arianeses, ¿acaso n o p re te n d e rán que la cortesía consiste en tom ar el pie de aquél a quien se q u iere honrar y frotarse con él d u lcem en te la cara y jamás escupir delante de un superior? Los chiringuanes, ¿no so sten d rán que son necesarios los pantalones, p e ro q u e el estilo refinado es llevarlos bajo el brazo com o noso tro s llevam os n uestros som breros? Los habitantes de Filipinas, ¿no dirán que no es el m arido q u ien deb e hacer ex p erim en tar a su m u je r los placeres del am or, qu e se trata de una carga de la que d eb e dispensársele | pagando p o r ello a o tra p ersona? ¿N o añadirán que una m u jer que todavía es niña en el m o m en to de su boda es una m u jer sin m érito, q u e no m erece más que desprecio? N o se sostiene en el P egú 36 que es d ecen te y de estilo refinado q u e el rey, con un abanico en las m anos, cam ine en la sala d e audiencia, p reced id o p o r cuatro de los jóvenes más bellos de la C o rte, quienes, destinados a su placer, son al m ism o tiem po los in té rp re te s y heraldos que declaran su vo­ luntad? Si reco rriera todas las naciones, enco n traría p o r todas partes estilos d iferen tes (37); y cada p ueblo, en par | ticular, se creerá n ecesariam ente en posesió n del m e jo r estilo. A hora bien, si nada hay más ridículo que sem ejantes pretensiones, incluso a los ojos del gran m undo, q u e se vuelva hacia sí m ism o y | verá q u e bajo o tro s nom bres es de sí de quien se burla. Para p ro b ar lo q u e se llam a aquí el estilo del m undo, lejos de g ustar u niversalm ente, disgustaría, p o r el contrario, de form a general, tra n sp ó rte se sucesivam ente a China, H o ­ landa e Inglaterra, al p e tim e tre más ex p erto en esta ensa­ lada 37 de gestos, palabras y m aneras, llam ado estilo del m u n d o y tam bién al h o m b re sensato cuya ignorancia a este resp ecto hace que se le trate de estú p id o o de | mala com pañía; es seguro que é ste pasará ante los diversos pueblos p o r

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36 El Pegú es una región d e la baja Birmania, explorado por los portugueses en el siglo X V I. Fue descubierto p o r A lo m p ra e n 1757 (un año antes de la publicación del De l'Esprit). 37 En francés dice «com posé d e gestes...». La traducción literal es fría y «ensalada de...» nos parece que recoge el sentido y la ironía d e H elvétius.

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más in stru id o acerca del v erd ad ero estilo del m u n d o que aquél. ¿Cuál es el m otivo de sem ejan te juicio? Es p o rq u e la razón, in d ep en d ien te de las m odas y de las costum bres de un país, no es en ninguna p arte ex tran jera ni ridicula; es porque, p o r el co ntrario, el estilo de un país, desconocido en o tro país, hace siem pre al o b serv ad o r de este estilo tanto más ridículo cuanto más ejercitad o está y más hábil se ha hecho en él. Si p ara evitar el aire p esad o y m etó d ico que horroriza a la buena compañía, nuestros jóvenes siem pre han jugado a ser ligeros, ¿quién d uda d e q u e a los o jo s de los ingleses, los alem anes o los españoles, n uestros p etim etres parecen tanto más ridículos cuanto más aten to s estén a este respecto en [cumplir con lo q u e ellos creen el estilo refinado. Es, p ues, seguro, al m enos si se juzga p o r la acogida que se da a nuestros exquisitos 38 en el ex tran jero , que lo que éstos llam an estilo de m undo, lejos de te n e r éxito universal­ m ente, p o r el contrario, disgustaría en general; y q u e este estilo es tan d iferen te del v erd ad ero estilo del m undo, siem­ pre fundado sobre la razón, com o la cortesía lo es del verda­ d e ro civism o 39. U n a no supone más q u e la ciencia de las m aneras y la o tra un sentim iento fino, delicado y habitual de bondad hacia los hom bres. P o r lo dem ás, au n q u e n o haya nada más ridículo que estas pretensiones exclusivas al buen tono y al estilo refinado, es tan difícil, com o lo he dicho más arriba, vivir en los am bien­ tes de la alta sociedad sin ad o p tar algunos de sus erro res, que la g en te | de espíritu, los más cuidadosos a este respecto, no están siem pre seguros de d efen d erse con tra ello. Por eso, son extrem ad am en te m últiples los e rro re s q u e determ inan al público a situar a los exquisitos en el rango de espíritus falsos y p eq u eñ o s; digo p eq u eñ o s p o rq u e el espíritu, que no es ni gran d e ni p e q u e ñ o en sí, tom a siem pre una u o tra de estas denom inaciones de la grandeza o la p equ eñ ez de los ob jeto s q u e considera y p o rq u e la g en te del gran m undo no p u ed e ocuparse más que de p e q u eñ o s objetos.

38 En francés, «agréables». H elvétius usa ese térm ino sustantivado varias veces. C reem os que «exquisitos» expresa bien e l sentido y la ironía del contexto. 39 En francés, «que la civilité l’est d e la vrai politesse».

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R esulta de los dos capítulos p reced en tes q u e el interés público es casi siem pre d ife re n te del de las sociedades parti­ culares; qu e, p o r consiguiente, los h om bres más estim ables para estas sociedades no siem pre son los más estim ables para el público. A hora m o straré | q u e aquellos que m erecen más estim a p o r parte del público d e b e n , p o r su m an era de vivir y de pensar, resu ltar a m e n u d o desagradables p ara las sociedades particulares.

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a p ít u l o

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Por qué el hombre admirado por el público no siempre es estimado por la gente del gran inundo

Para agradar a las sociedades particulares, no es necesario que el h o rizo n te d e nuestras ideas sea m uy extenso; p e ro es necesario co n o cer lo q u e se llama el gran m u n d o , te n e r relaciones en él y estudiarlo: p o r el co n trario , para ilustrarse en cualquier arte o ciencia y m erecer, p o r consiguiente, la estim a del público es necesario, com o he | dicho más arriba, hacer estudios m uy diferen tes. Supongam os h om bres deseosos de in struirse en la ciencia de la m oral. N o es más q u e con ayuda de la historia y sobre las alas de la m editación com o p o d rán elevarse, según las fuerzas desiguales d e su e sp íritu , a d iferen tes alturas, desde donde uno de ellos descu b rirá ciudades, el o tro naciones, éste p arte del m undo, aquél el universo en tero . Sólo con­ tem plando la tierra desd e este p u n to de vista, elevándose a esta altura, sob re ella, se red u ce insen sib lem en te a un p e ­ q u eñ o espacio ante un filósofo y to m a para él la form a de una aldea habitada p o r d iferen tes familias que llevan los nom bres de china, inglesa, francesa, italiana, en fin, todos los que se dan a las d iferen tes naciones. D e ahí que, al conside­ rar el | espectáculo d e las co stu m b res, leyes, hábitos, religiones y pasiones diferen tes, u n ho m b re q u e ha llegado a ser casi insensible tanto al elogio com o a la sátira de las nacio­ nes, p u ed e q u e b ra r to d o s los lazos de los prejuicios, exami-

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nar tranq u ilam en te el co n traste de las o piniones de los hom ­ bres, pasar sin sorpresa del serrallo a la cartuja, contem plar con p lacer la extensión de la necedad hum ana, ver del m ism o m odo a Alcibíades cortar la cola de su p erro y a M ahom a encerrarse en una caverna, u n o para burlarse de la ligereza de los atenienses, el o tro p ara gozar de la adoración del m undo. A h o ra bien, sem ejantes ideas no surgen más que en el silencio y la soledad. Si las m usas, dicen los poetas, am an los bosques, las praderas y las fuentes, es p o rq u e se disfruta ahí de una tranquilidad q u e rehúye las ciudades; y p o rq u e las reflexiones J q u e u n h o m b re, d esp ren d id o de los pequ eñ o s intereses de las sociedades, tiene sobre él m ism o son re fle ­ xiones que, siendo sob re el h o m b re en g eneral, p e rte n e c en y agradan a la hum anidad. A hora bien, en esa soledad en la que se está, com o a pesar de sí, im pulsado hacia el estudio de las artes y las ciencias, ¿cóm o o cuparse de una infinidad de p eq u eñ o s hechos sobre los q u e recae la conversación diaria de la g en te del gran m undo? P or esta razón n uestros C o rneille y n uestros La Fontaine han parecido algunas veces tan insípidos en nuestras cenas de buena compañía; su sencillez misma contribuía a que se los juzgara de este m odo. ¿C óm o la g e n te del gran m undo podría, bajo el m anto d e la sim plicidad reco n o cer al h o m bre ilustre? H ay pocos conocedores del verdadero m érito. Si la m ayor parte de los rom anos, dice Tácito, engañados p o r la dulzura y la sim plicidad de A g ríc o la 40 | buscaban al gran ho m b re bajo un aspecto m odesto, sin p o d e r reconocerlo, se concibe que el gran hom bre, dem asiado feliz de sustraerse al desprecio de las sociedades particulares, sobre to d o si es m odesto, d eb e ren u n ciar a la estim a sentida d e la m ayor parte de ellas. P or eso, no está más que d éb ilm en te anim ado p o r el d eseo de agradarles. S ien te confusam ente q u e la es­ tim a de estas sociedades no p ro b aría más q ue la analogía de sus ideas; que esta analogía sería a m en u d o poco halagüeña y que la estim a pública es la única digna de ser envidiada, la única deseable, p u esto q u e siem pre es un don el reconoci­ m ien to público y, p o r consiguiente, la p ru eb a de un m érito

40 C neo Ju lio Agrícola (40-93), general rom ano. Fue tribuno d e la plebe, pretor, legado de V espasiano y pontífice. Enviado a Bretaña por Vespasiano term inó la conquista de la isla bajo Domiciano. Se dice que fue encarcelado p or este em perador, envidioso de su fama, y que m urió envenenado.

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real. P or ello, el gran h o m b re, incapaz de hacer el esfuerzo necesario para agradar a las sociedades particulares, no aho­ rra esfuerzos para m e re c e r la estim a | general. Si el orgullo 145 de m andar a reyes resarcía a los rom anos de la d u reza de la disciplina m ilitar, en cam bio hoy el noble placer de ser estim ado consuela a los h o m b res ilustres de las injusticias mismas de la fortuna. En cuanto o b tie n e n esta estim a, se creen po seed o res del bien m ás deseado. En efecto, p o r m u­ cha indiferencia q u e se finja te n e r p o r la opin ió n pública, cada cual intenta estim arse a sí m ism o y se cree tanto más estim able cuanto más g e n eralm en te estim ado se ve. Si las necesidades, las pasiones y, so b re todo, la pereza no apagasen en nosotros e ste deseo de estim a, no habría nadie que no hiciera esfuerzos para m erecerla y no desease una opinión pública favorable com o garan te de la elevada o p inión que tendría d e sí. P o r eso se dice que el desprecio de la reputación y su sacrificio a la fo rtu n a y la considera­ ción, | es siem pre inspirado p o r la desesperanza de hacerse 146 ilustre. Se ha d e alabar lo q u e se tien e y d esd eñ ar lo que no se tiene. Es un efecto necesario del orgullo; é ste se indignaría, si no se p areciera estar eng añ ad o p o r él. Sería dem asiado cruel, en este caso, esclarecer a un h o m b re sobre los verda­ deros m otivos de sus desprecios; p o r eso el m érito nunca llega a este exceso de barbarie. T o d o h o m b re (perm itásem e observarlo de paso), cuando no ha nacido m alvado y cuando las pasiones no deslum bran las luces de su razón, será siem ­ p re tanto más in dulgente cu an to más esclarecido. Es una verdad que no m e negaré a dem ostrar, pues m e perm itirá ren d ir justicia a e ste re sp e c to al h o m b re de m érito, y m os­ trar más claram ente en los m ism os m otivos de su indulgencia la causa | del p oco caso q u e hace de la estim a de los círculos 147 sociales y, en consecuencia, del p oco éxito que d eb e ten e r en ellos. Si el gran h o m b re es siem p re el más indulgente, si consi­ dera com o un favor to d o el m al q u e los h om bres no le hacen y com o un don to d o lo q u e su iniquidad le deja, si vierte, en fin, sobre los defectos de los dem ás el bálsam o de la piedad y es lento en advertirle, es p o rq u e la altura de su espíritu no le p erm ite d e te n e rse en los vicios y las ridiculeces de un individuo sino en los de los hom bres en general. Si observa sus defectos, no es co n la m irada m aligna y siem pre injusta

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d e la en v id ia, sin o c o n la m ira d a s e re n a c o n la q u e se ex a m in a rían d o s h o m b re s cu rio so s d e c o n o c e r el c o ra z ó n y el e s p íritu h u m a n o , q u ie n e s se m ira ría n re c íp ro c a m e n te | co m o do s te m as d e in stru c c ió n o d o s cu rso s v iv ie n te s d e e x p e rie n ­ cia m oral: m u y d ife re n te s , a e s te re sp e c to , d e los m e d io e s p íritu s ávidos d e u n a re p u ta c ió n q u e los re h ú y e , sie m p re d e v o ra d o s p o r el v e n e n o d e la en v id ia, sin cesar al acec h o d e los d e fe c to s d e lo s d em ás, q u ie n e s p e rd e ría n to d o su p e ­ q u e ñ o m é rito , si lo s h o m b re s p e rd ie s e n sus rid ic u lec es. N o es a se m e ja n te g e n te a la q u e p e r te n e c e el c o n o c im ie n to del e s p íritu h u m a n o . E stán h ec h o s p a ra d ifu n d ir la c e le b rid a d d e los ta le n to s m e d ia n te lo s e s fu e rz o s q u e h ac en p a ra silen c iar­ los. El m é rito es c o m o la p ó lv o ra ; su ex p lo sió n es ta n to m ás f u e rte c u a n to m ás co m p rim id a. P o r lo d em ás, p o r m u c h o o d io q u e se te n g a a e sto s e n v id io so s, son, sin e m b a rg o , m u ­ ch o m ás d ig n o s d e lástim a q u e de re p ro b a c ió n . La p re se n c ia d el m é rito los im p o rtu n a ; si lo atacan c o m o a un e n e m ig o y si so n m alvados, es | p o r q u e so n in felices, es p o rq u e p e rs i­ g u e n en los ta le n to s la o fe n sa q u e el m é rito in fie re a su vanidad: sus c rím e n e s n o so n m ás q u e veng an zas. O tr o m o tiv o d e la in d u lg e n cia d e l h o m b re d e m é rito se d e b e al c o n o c im ie n to q u e tie n e del e s p íritu h u m a n o . H a e x p e rim e n ta d o ta n ta s veces su d e b ilid a d ; en m e d io d e los a p lau so s d e u n a re ó p a g o , ha sid o ta n tas veces te n ta d o , c o m o F o ció n 41, d e v o lv e rse hacia su am igo, p a ra p re g u n ta rle si no ha d ic h o u n a g ra n to n te ría q u e, sie m p re e n g u a rd ia c o n tra su v an id ad , p e rd o n a de b u e n g ra d o a los d em ás e r r o re s en los q u e él m ism o algunas veces ha caído. Es c o n s c ie n te d e q u e es a la m u ltitu d d e n ec io s a los q u e se d e b e la cre a c ió n d e la p alab ra hombre de espíritu; y q u e, e n r e c o n o c im ie n to d e ello , d e b e escu c h ar sin a m arg u ra las in ju ria s q u e le d irig e la g e n te m e d io c re , j D e je n a é sto s ja cta rse e n tr e ello s s e c re ta m e n te d e e n c o n tr a r rid ic u le c e s en el m é rito y se n tir d e s p re c io , seg ú n d ic en , p o r el e s p íritu ; son se m e ja n te s a los fa n fa rro n e s d e im p ied a d q u e n o b la sfe m a n m ás q u e te m b la n d o . La ú ltim a cau sa d e la in d u lg e n c ia del h o m b re d e m é rito se d e b e a la visión clara q u e tie n e d e la n ec esid ad d e los juicios h u m an o s. S abe q u e n u e s tra s ideas son, si se m e

41 Foción fue un general y político ateniense q u e apoyó a Esquines frente a D em óstenes. Sostenía la idea de una entente con la M acedonia de Filipo y Alejandro. C ondenado a m uerte en 318, p or la restauración dem ocrática, fue ejecutado. Plutarco escribió su Vida de Foción.

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p e rm ite la expresión, consecuencias tan necesarias de las sociedades en las q u e se vive, de las lecturas que se hace y de los o b jeto s que se p re se n ta n ante n u estro s ojos, que una inteligencia su p erio r podría, p o r los o b je to s q u e se nos han presentad o , adivinar n u estro s p en sam ien to s y, así m ism o, por nuestros pensam ientos, adivinar el n ú m ero y la especie de los o b jeto s que el azar nos ha p resen tad o 42. El h o m b re de espíritu sabe que los h o m b res son lo que d eb en ser, que | to d o odio c o n tra ellos es injusto, que un necio da necedades com o el arbolillo silvestre da frutos, am argos, que insultarle es re p ro c h a r al ro b le dar bellotas en vez de aceitunas, q u e si el h o m b re m ed io cre le p arece estú ­ pido él m ism o parece loco al h o m b re m ediocre: pues aunque to d o loco no sea h o m b re d e espíritu, to d o h o m b re de espí­ ritu parece, sin em bargo, siem p re loco a la g en te de cortos alcances. La indulgencia es siem pre el efecto de las luces m ientras las pasiones no in te rc e p te n su acción. P ero esta indulgencia, principalm ente fundada sob re la elevación del alm a que inspira am o r p o r la gloria, hace q u e el hom bre esclarecido sea m uy in d ife re n te a la estim a de las sociedades particulares. A hora bien, esta indiferencia, ju n to con los di­ ferentes g éneros d e vida y de estu d io necesarios para agradar o bien al público o bien a lo q u e se llama la buen a com pa­ ñía, | hace q u e el hom b re d e m érito sea casi siem pre un h om bre b astante desagradable p ara la g e n te del gran m undo. La conclusión gen eral de lo q u e he dicho del espíritu en relación a las sociedades p articulares es que, únicam ente som etida a su in terés, cada sociedad m ide según la escala de este m ism o interés el g rado de estim a q u e concede a los d iferentes g én ero s d e ideas y de espíritu. Lo m ism o ocurre con los que recibiría a D escartes, Locke o C orneille. ¿Está éste un pleito? Si el p ro ceso es grave, recibirá a su abogado con más atención, más testim onios de re sp e to y de estim a con los que recibiría a D escartes, Locke o C orneille. ¿Está resu e lto el proceso? Es p o r éstos, p o r quienes dem ostrará más consideración. La d iferencia de su posición d eterm inará la diferencia de sus acogidas. I D esearía, al te rm in a r este capítulo, p o d e r tranquilizar al p eq u e ñ o n ú m ero d e g e n te m o d esta que, distraída p o r

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42 Esta es la tesis central de H elvétius: el hom bre efecto de la sociedad, que escribe en él su propia esencia. D e aquí se deriva su actitud moral: si no hay sujeto libre, no hay responsabili­ dad moral.

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asuntos o p o r el cuidado d e su fo rtu n a, no ha p o d id o dem o s­ trar grandes talentos y no p u e d e , com o consecuencia de los principios más arriba establecidos, saber si en cuanto a espí­ ritu es realm ente digna de estim a. P o r m ucho que desee, a este respecto, hacerles justicia, se ha de convenir en que un hom bre q u e declara ser un gran espíritu, sin distinguirse p o r ningún talento, está en el m ism o caso q u e un h o m b re que dice que es noble, sin te n e r títulos de nobleza. El público no conoce ni estim a más q u e el m érito p ro b ad o p o r los hechos. ¿Tiene que juzgar a hom bres de condiciones diferentes? Pregunta al m ilitar: ¿qué victoria habéis conseguido?; a los cargos adm inistrativos: ¿qué alivio habéis | traído a las m ise­ rias del pueblo?; al h o m b re particular: ¿por qué obra habéis esclarecido a la hum anidad? Q u ien no tenga nada para res­ p o n d e r a estas preguntas, no es ni conocido ni estim ado por el público. Sé que seducidos p o r los prestigios del p o d e r, p o r el fasto que lo rodea, p o r la esperanza de los favores que concede un cargo adm inistrativo, m uchos h om bres rec o n o ­ cen m aquinalm ente un gran m érito d o n d e p ercib en un gran p oder. P ero sus elogios, tan pasajeros com o el créd ito de aquéllos a los que se lo prodigan, no se im ponen a la parte sana del público. P ro teg id o d e toda seducción, ex en to de to d o interés, el público juzga igual q u e el e x tran jero que no reconoce com o h o m b re d e m érito más que al h o m bre que se distingue p o r sus talentos: solam ente a éste busca con solicitud, solicitud | siem pre halagüeña para q u ien q u iera que sea su o b je to (38). C uando no se ocupan cargos preem in en tes, es el signo seguro de un m é rito real. Q uien quiera sab er exactam ente lo que vale, no puede, pues, ap ren d erlo más que del público y debe, p o r consi­ guien te, expo n erse a su juicio. Son conocidas las ridiculeces qu e a este resp ecto se im putan a los q u e p re te n d e n , en cualidad de autores, ganarse la estim a de su nación: p ero estas ridiculeces no im presionan al h o m b re de m érito; las | considera com o efectos de la envidia de estos pequ eñ o s espíritus que no p u e d e n so p o rtar que se p resen ten sem ejan­ tes títulos p o rq u e se imaginan que si nadie d iera pruebas de su m érito podrían creer q u e tien en tan to m érito com o el que más. O bsérvense todos los grandes espíritus tan halagados en las sociedades particulares; se ve que, situados p o r el público

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en el rango de h om bres m ed io cres, no d eb en la reputación de espíritu con la que alguna g e n te los d ecora más que a la incapacidad de éstos p ara p ro b a r su necedad, incluso p o r m edio de las malas obras. P o r eso, e n tre estos maravillosos, los que p ro m e te n m ás son en espíritu a lo sum o dudosos 43. ¡ P or cierta q u e sea esta verdad y p o r m ucha razón que tenga la g en te m odesta en dud ar de un m érito que no ha pasado p o r el crisol del público, es, sin em bargo, seguro que un h o m b re p uede, en cuanto a esp íritu , creerse realm ente digno de la estim a general: 1 ) cuando es p o r la g e n te más estim ada, p o r el público y las naciones ex tranjeras p o r qu ie­ nes siente más atracción; 2 ) cuando es halagado (39), com o dice C icerón, p o r u n h o m b re ya halagado; 3) cuando, en fin, o b tiene la estim a d e aquellos que, en sus obras o en puestos elevados, han hecho resp lan d ecer g randes talentos. La estim a p o r parte de ellos su p o n e una gran analogía e n tre sus ideas; y esta analogía p u e d e ser | considerada, si no com o una p ru eb a com pleta, al m enos com o una probabilidad bastante grande de que si se h ubiera, com o ellos, expuesto a las m iradas del público, h u b iera tenido, com o ellos, d erech o a su estim a 44 .

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C a p ít u l o X I

De la probidad con relación a l público

N o es de la probidad con relación a un individuo p articu ­ lar o una p eq u eñ a sociedad, sino de la verd ad era probidad considerada con relación al pú b lico , de la q u e se trata en este capítulo. Esta especie de p ro b id ad es la única que tiene realm en te m érito y q u e o b tien e en gen eral este nom bre. Sólo co nsiderando la p ro b id ad desde este p u n to de vista

43 H elvétius dice des peut-etre, sustantivándolo. 44 H elvétius se considera, p or esta tercera razón, con derecho a la estima. Amigo y estim ado de Fontenelle, d e V oltaire, d e d’A lem bert y una larga lista, ¿cómo no creerlo? Su «juego» es un tanto torpe. La sim patía la basaba en la «analogía» de ideas en orden a proxim idad de intereses; ahora, esa analogía es cuantitativa: son talentos, o con muchas posibilidades, aquellos amados p o r los talentos...

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p u e d e n fo rm a rse | id eas nítidas d e la h o n ra d e z y e n c o n tra r u n a g u ía p a ra la v irtu d . A h o ra b ie n , b a jo e s te a s p e c to , d ig o q u e ta n to el p ú b lic o , c o m o las so c ie d a d e s p a rtic u la re s so n d e te rm in a d o s e n sus ju icio s ú n ic a m e n te p o r el m o tiv o d e su in te ré s; el p ú b lic o no d a el n o m b re d e h o n ra d a s, g ra n d e s o h ero ic as m ás q u e a las acciones q u e le so n ú tile s y n o c o n c e d e su estim a p o r tal o cual acció n p o r el g ra d o de fu erza , g e n e ro sid a d o co ra je n e c e sa rio s p ara e je c u ta rla , sin o p o r la im p o rta n c ia d e esta acción y la v e n ta ja q u e saca d e ella. E n e fe c to , si a le n ta d o p o r la p re s e n c ia d e u n e jé rc ito , un h o m b re c o m b a te so lo c o n tra tre s h o m b re s h e rid o s, esta ac­ c ió n , sin d u d a estim a b le , n o e s, sin em b a rg o , m ás q u e un a acció n d e la q u e m u c h o s de n u e s tro s so ld a d o s so n capaces y | p o r la q u e jam ás se ría n c itad o s e n la h isto ria . P e ro basta q u e la salvación d e u n im p e rio q u e d e b e su b y u g a r al u n iv e rso e n te ro d e p e n d a del é x ito d e e s te c o m b a te p a ra q u e H o ra c io lleg u e a se r un h é ro e y la ad m ira c ió n d e sus co n c iu d a d a n o s y su n o m b re , c é le b re s en la h isto ria , se tra n sm ita n h asta los m ás le ja n o s siglos. D o s p e rso n a s se p re c ip ita n a u n abism o: es u n a acción c o m ú n a Safo y C u r c i o 45; p e ro la p rim e ra se a rro ja p ara a rra n c a rse a las desg racias d el a m o r y el se g u n d o p ara salvar a R om a; Safo es u n a loca y C u rc io un h é ro e . E n vano a lg u n o s filósofos d aría n ig u a lm e n te a estas dos accio n es el n o m b re d e lo c u ra ; el p ú b lic o , m ás escla re cid o q u e ello s s o b re sus v e rd a d e ro s in te re se s, jam ás d ará el n o m b re d e lo cos a aq u e llo s q u e lo están en su p ro v e c h o .

| C a p í t u l o X II

Del espíritu con relación a l público

A p liq u e m o s al e s p íritu lo q u e h e d ic h o acerca d e la p ro b id a d : se v erá q u e, sie m p re c o n s ta n te en sus ju icio s, el 45 Según la tradición, un caballero rom ano llamado M arco C urcio sacrificó su vida, en el siglo IV a C., respondiendo a la llamada d e los sacerdotes, quienes, al p roducirse una profunda grieta en el terren o del Foro, declararon q u e no se cerraría a m enos que algún ciudadano se

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p ú b lic o n o c o n su lta m ás q u e su in te ré s, q u e n o co n c e d e su e s tim a p o r los d ife re n te s g é n e ro s d e e s p íritu en p ro p o rc ió n a la d esig u al d ificu ltad d e esto s g é n e ro s, es d ecir, en p ro p o r­ ció n a la ca n tid a d y a la su tilez a d e las ideas necesarias p ara c o n se g u irlo , sino s o la m e n te a la v e n ta ja m ás ■■> m e n o s g ra n d e q u e o b tie n e d e él.

Si un general ig n o ran te gana tres batallas a un general todavía más ignorante que él, será, al m enos d urante su vida, cu b ierto de una gloria | q u e no se concederá ni siquiera al m ayor p in to r del m undo. E ste no ha m erecido, sin em bargo, el título de gran p in to r más q u e p o r una gran superioridad sobre hom bres hábiles y p o r sobresalir en un arte sin duda m enos necesario p ero tal vez más difícil que el de la guerra.

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D ig o m ás difícil p o r q u e a lo largo d e la h isto ria se ve a un a in fin id a d d e h o m b re s , ta le s c o m o los E p a m in o n d a s, los Lúculo, los A lejan d ro , los M ahom a, los S pínola, los C ro m w ell, los C arlo s X II, o b te n e r la re p u ta c ió n d e g ra n d e s ca p itan es el m ism o d ía en q u e han m a n d ad o y v en c id o e jé rc ito s; m ie n tras q u e n in g ú n p in to r, p o r m uy b u en a s a p titu d e s q u e haya re c i­ b id o d e la n atu ra lez a, llega a ser m e n c io n a d o e n tre los p in to ­ res ilu stre s si n o pasa al m e n o s diez o d o c e años d e su vida e n e s tu d io s p re lim in a re s d e e s te arte . ¿ P o r q u é , en to n c e s,

| conceder más estim a al general ignorante que al p in to r hábil? E ste d esig u al r e p a rto d e la g lo ria , tan in ju s to en a p a rie n ­ cia, se d e b e a la d esig u ald ad d e las v en taja s q u e esto s dos h o m b re s p ro c u ra n a su nació n . P re g ú n te s e ta m b ié n ¿p o r q u é el p ú b lic o d a al d ip lo m á tic o hábil el títu lo de e s p íritu su p e ­ rio r q u e niega al c é le b re ab o g ad o ? ¿A caso la im p o rta n c ia d e las n eg o ciacio n es q u e se en c arg an a a q u é l p ru e b a q u e te n g a alg u n a su p e rio rid a d d e e s p íritu re s p e c to a é ste? ¿ N o se n e c e ­ sita a m e n u d o ta n ta sagacidad y a g u d e za p ara d isc u tir los in te re se s y re so lv e r los p le ito s d e dos se ñ o re s d e la m ism a p a rro q u ia q u e p a ra pacificar d o s n aciones? ¿ P o r q u é , p u es, el p ú b lic o , tan avaro d e su e stim a hacia el a b o g a d o , es tan p ró d ig o hacia el d ip lo m á tic o ? Es p o r q u e el p ú b lic o , to d a s las v eces q u e n o e stá ceg ad o p o r algún p re ju ic io | o alg u n a su p e rstic ió n , es capaz d e hacer, sin d arse c u e n ta , los más su tiles ra z o n a m ie n to s so b re lo q u e le in te re sa . El in stin to q u e le hace r e fe rir to d o a sus in te re se s es co m o el é te r q u e

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precipitara voluntariam ente en ella. O tra leyenda cuenta q u e M etió C urcio atravesó con grandes dificultades las marismas, intentando escapar a Rómulo.

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p e n e tr a en to d o s los c u e rp o s sin p ro d u c ir n in g u n a im p re s ió n se n sib le e n ellos. N e c e s ita m e n o s p in to re s y ab o g a d o s cé le­ b res q u e g e n e ra le s y d ip lo m á tic o s h áb iles; c o n c e d e rá , p u e s , a los ta le n to s d e é sto s la ca n tid a d de e s tim a n ec esaria p a ra im p u lsa r sie m p re a algún ciu d a d a n o a ad q u irirlas. H a c ia c u a lq u ie r la d o q u e se d irija la m ira d a, se v erá sie m p re al in te ré s p re s id ir la d istrib u c ió n q u e h ac e el p ú b lic o d e su estim a. C u a n d o los h o la n d e se s e rig e n u n a e s ta tu a a G u ille rm o B u c k e lst, q u ie n les ha d a d o el se c re to d e salar y e m b a rrila r los a re n q u e s , n o c o n c e d e n el h o n o r a la e x te n sió n d el g e n io n e c e sa rio | p a ra e s te d e s c u b rim ie n to sin o a la im p o rta n c ia d el se c re to y las v en taja s q u e p r o c u r a a la nación. E n to d o d e s c u b rim ie n to , e s ta clase d e v e n ta ja se im p o n e d e tal m o d o a la im a g in a ció n q u e c e n tu p lic a el m é rito h asta p ara la g e n te sensata.

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C u a n d o los p e q u e ñ o s ag u stin o s d is p u ta ro n e n R o m a p a ra o b te n e r d e la S an ta S e d e el p e rm is o d e c o rta rs e la b arb a, ¿ q u ié n sab e si el P a d re E u sta q u io n o e m p le ó en estas n e g o ­ ciac io n es ta n ta su tilez a c o m o el p r e s id e n te J e a n n in en sus n eg o c ia cio n e s co n H o la n d a ? N a d ie p u e d e afirm a r n ad a s o b re e s te tem a. ¿A q u é a trib u ir, p u e s , los se n tim ie n to s d ife re n te s d e risa o d e estim a q u e su sc ita n estas d o s n e g o c ia c io n e s si no es a la d ife re n c ia d e sus o b je to s? S u p o n e m o s sie m p re q u e g ra n d e s causas tie n e n g ra n d e s efe cto s. | U n h o m b re o c u p a u n p u e s to elev ad o ; p o r la p o sic ió n e n la q u e se e n c u e n tra , o p e ra g ra n d e s cosas c o n p o c o e s p íritu : e s te h o m b re p asará, cara a la m u ltitu d , p o r s u p e rio r a a q u e l q u e , e n u n p u e s to in fe rio r y circ u n sta n cia s m e n o s a fo rtu n a d a s, n o p u e d e re a li­ zar c o n m u c h o e s p íritu m ás q u e p e q u e ñ a s cosas. E sto s d o s h o m b re s se rá n c o m o p e so s d esig u ales aplicado s e n d ife re n te s p u n to s d e u n a larga p alan c a, d o n d e el p e s o m ás lig e ro , si­ tu a d o e n u n a d e las e x tre m id a d e s, le v a n ta u n p e s o d ie z v eces m a y o r q u e el q u e e stá m ás c e rc a d e l p u n to d e ap o y o . A h o ra b ie n , si el p ú b lic o , c o m o acabo d e p ro b a rlo , n o juzga m ás q u e se g ú n su in te ré s , y si es in d ife re n te a to d a o tra e sp e c ie d e c o n sid e ra c ió n , e s te p ú b lic o , a d m ira d o r e n tu ­ siasta d e las a rte s q u e le so n ú tiles, n o d e b e ex ig ir a los artistas q u e las cu ltiv a n u n g ra d o d e p e rfe c c ió n ta n alto c o m o el q u e | q u ie re q u e alcan cen a b s o lu ta m e n te los q u e se aplican a a rte s m e n o s ú tiles y en los q u e a m e n u d o es m ás difícil te n e r éx ito . P o r eso , los h o m b re s, se g ú n se ap lican a a rte s

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m ás o m e n o s ú tiles son c o m p arab le s a u te n silio s g ro se ro s o a joyas: los p rim e ro s sie m p re son juzg ad o s b u e n o s m ie n tras el a c e ro es té b ie n te m p la d o y los se g u n d o s n o son estim a d o s m ás q u e cu a n d o son p e rfe c to s. Es p o r ello p o r lo q u e n u e s­ tra v an idad es s e c re ta m e n te m ás halagada p o r u n éx ito , c u a n d o lo o b te n e m o s en u n g é n e ro m e n o s útil al p ú b lic o , d o n d e es m ás difícil m e re c e r su a p ro b a c ió n y, en fin, en el q u e el é x ito su p o n e n e c e s a ria m e n te m ás e s p íritu y m é rito p e rso n a l. En e fe c to , ¡cuánta d ife re n c ia d e p re d isp o s ic ió n d e m u e stra el p ú b lic o | cu a n d o so p e sa lo s m é rito s d e un a u to r y d e u n g en e ral! C u a n d o juzga a u n a c to r lo co m p ara a to d o s a q u e ­ llos q u e h a n so b re sa lid o e n su g é n e ro y n o le c o n c e d e su e s tim a m ás q u e en c u a n to so b re p a sa o al m e n o s iguala a los q u e lo han p re c e d id o . Sin e m b a rg o , c u a n d o juzga a un g e n e ­ ral, n o ex am in a, a n te s d e elo g iarlo , si iguala e n hab ilid ad a los E scip ió n , los C é sa r o los S e rto rio . C u a n d o un p o e ta d ra m á tic o hace una b u e n a trag e d ia se g ú n un e s q u e m a ya c o n o c id o , se dice q u e es u n plag iario d esp re cia b le ; p e ro c u a n d o un g e n e ra l e m p le a en u n a ca m p añ a el o rd e n d e las batallas y las e stra ta g em a s d e o tr o g e n e ra l, a m e n u d o p a re c e au n m ás estim ab le. C u a n d o un a u to r g an a un p re m io e n tre se se n ta co n c u r­ sa n tes, si el p ú b lic o n o re c o n o c e el m é rito d e e sto s c o n ­ c u rsa n te s o si sus o b ra s s o n flojas, | el a u to r y su é x ito so n p r o n to o lvidados. P e ro cu a n d o un g e n e ra l h a triu n fa d o , ¿acaso el p ú b lic o , a n te s d e c o ro n a rlo c u e stio n a jam ás la habilid ad y el v alo r de los v en cid o s? ¿Exige d e u n g e n e ra l e ste s e n tim ie n to fin o y d elica d o d e g lo ria q u e , a la m u e rte de T u re n n e , d e te rm in ó a M o n te c ú c c u li a a b a n d o n a r el m a n d o d e los e jé rc ito s? «Y a no se m e p u e d e o p o n e r, decía, un e n e m ig o d ig n o d e m í». El p ú b lic o p esa en balanzas m uy d ife re n te s el m é rito d e un a u to r y el d e un g e n e ra l. A h o ra b ie n , ¿p o r q u é d e s d e ñ a r e n u n o la m e d io c rid a d q u e a m e n u d o se ad m ira e n el o tro ? Es p o r q u e n o saca n in g u n a v e n ta ja de la m e d io c rid a d d e un e s c rito r y p o r q u e p u e d e sacar v en taja s m u y g ra n d e s d e la d e u n g e n e ra l cuya ig n o ran c ia es, a veces, c o ro n a d a p o r el éxito. Le in te re sa , p u e s, | a p re c ia r e n u n o lo q u e d e s p re c ia en el o tro . P o r o tr a p a rte , si el b ie n e s ta r p ú b lic o d e p e n d e del m é rito d e la g e n te con cargos y si los g ra n d e s cargos son ra ra m e n te

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o c u p a d o s p o r g ra n d e s h o m b re s, p ara im p u lsa r a la g e n te m e d io c re a usar, en sus em p re sa s, to d a la p ru d e n c ia y la actividad d e la q u e son capaces, hay q u e ad u larlo s n ecesaria­ m e n te co n la e sp e ra n z a d e u n a gran g loria. S o la m e n te esta e sp e ra n z a p u e d e elev a r hasta el té rm in o d e la m e d io crid a d a h o m b re s q u e jam ás la h u b ie ra n alcan zad o , si el p ú b lic o , d e m asiad o se v ero al a p re c ia r su m é rito , les h u b ie ra d esg a­ n ad o d e su estim a p o r la d ific u ltad de o b te n e rla . H e aq u í la causa d e la in d u lg e n cia se c re ta co n la q u e el p ú b lic o juzga a la g e n te con cargos oficiales, in d u lg e n cia a v eces ciega en el p u e b lo , p e ro sie m p re e scla re cid a en el h o m b re d e | e s p íritu . S abe q u e los h o m b re s son los d isc íp u ­ los d e los o b je to s q u e los ro d e a n ; q u e la ad u lac ió n , asidua al lad o d e los g ra n d e s, p re sid e to d as las in stru c c io n e s q u e se les da; y q u e d e e s te m o d o n o se p u e d e , sin in ju sticia, p e d irle s ta n to s ta le n to s y v irtu d e s co m o se ex ig en a un p articu lar. Si el e s p e c ta d o r esclarecid o silba en el te a tro fran cés lo q u e a p la u d e en los italianos 46; si e n u n a m u je r b ella y un n iñ o b o n ito to d o es gracia, esp íritu y g e n tile z a , ¿p o r q u é no tra ta r a los g ra n d e s con la m ism a in d u lg en cia? M im ad o s p o r los a d u la d o re s, co m o las m u je re s b o n itas p o r los g alan tes, o c u p a d o s p o r o tra p a rte en m il p la ce re s, d istra íd o s p o r m il cu id ad o s, n o tie n e n | co m o u n filó so fo el tie m p o lib re p ara p en sar, a d q u irir u n g ran n ú m e ro de ideas (4 0 ), ni d e a leja r las fro n te ra s ta n to d e su e s p íritu co m o las d el e s p íritu h u ­ m an o . N o es e n a b s o lu to a lo s g ra n d e s a q u ie n e s se d e b e n los d e s c u b rim ie n to s en las a rte s y las ciencias; su m a n o n o ha d ib u ja d o el plan o d e la tie rra y d el cielo, n o h a c o n s tru id o lo s b u q u e s, ed ificad o | lo s palacio s, fo rja d o la r e ja d e los ara d o s, ni siq u iera e s c rito las p rim e ra s leyes: son los filó so fo s q u ie n e s han llevado las so c ie d a d e s d el e s ta d o salvaje al g rad o d e p e rfe c c ió n q u e p a re c e n h a b e r alcanzado. Si n o h u b ié ra ­ m os sido ay u d a d o s m ás q u e p o r las luces d e los h o m b re s p o d e ro so s, tal vez to d av ía n o te n d ría m o s trig o p a ra a lim e n ­ ta rn o s ni tije ra s p ara a rre g la rn o s las uñas. La su p e rio rid a d d e e sp íritu d e p e n d e , p rin c ip a lm e n te , c o m o lo p r o b a ré e n el d isc u rso sig u ie n te , d e u n c ie rto cú ­ m u lo d e circ u n stan cias en el q u e ra ra m e n te se hallan los p e q u e ñ o s , p e ro d o n d e es casi im p o sib le q u e los g ra n d e s se

4b «La Q uerelle des B ouffons»: pequeña guerra estética que dividió el París musical, a mediados del siglo X V III, e n tre el rincón del Rey, defensor de las tradiciones francesas (Fréron, d’A lem bert) y el rincón d e la Reina (G rim m , D iderot, d’H olbach, Rousseau).

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e n c u e n tre n . S e d e b e , p u e s, ju z g ar a los g ra n d e s co n in d u l­ g e n c ia y se r c o n s c ie n te d e q u e , en u n a lto cargo, u n h o m b re m e d io c re es un h o m b re m u y raro . [ Es p o r e s to q u e el p ú b lic o , so b re to d o en tie m p o s d e c a la m id a d es, les p ro d ig a u n a in fin id ad d e elogios. ¡C u án to s e lo g io s d a d o s a V a rró n p o r n o h a b e r d e s e s p e ra d o d e la salv ació n d e la rep ú b lica! E n circ u n sta n cia s p are cid a s a las q u e se e n c o n tra b a n e n to n c e s los ro m a n o s, el h o m b re co n v e rd a d e ro m é rito e ra u n dios. Si C am ilo h u b ie ra p re v is to las d esgracias cu y o c u rso d e ­ tu v o ; si e s te h é ro e , e le g id o g e n e ra l e n la batalla d e Allia, h u b ie s e d e r r o ta d o a q u e l d ía a los galos a q u ie n e s v en c ió al p ie d e l C a p ito lio ; C am ilo , al igual q u e c ie n o tro s ca p itan es, no h u b ie s e te n id o e n to n c e s el títu lo de s e g u n d o f u n d a d o r d e R o m a . Si en tie m p o s d e p ro s p e rid a d , V illars se h u b ie s e e n c o n tr a d o e n Italia el día d e D e n a in , si h u b ie se g an a d o esta b atalla en u n m o m e n to en el q u e F rancia no h u b ie se e sta d o a b ie rta al e n e m ig o , la v ic to ria h a b ría sid o m e n o s im p o rta n te , la | g ra titu d del p ú b lic o m e n o s p r o fu n d a y la g lo ria d el g e n e ral m e n o s g ra n d e 47. La c o n c lu sió n d e lo q u e acab o d e d e c ir es q u e el p ú b lic o n o ju zg a m ás q u e se g ú n su in te ré s: si se p ie rd e d e v ista e s te in te ré s , n o q u e d a n in g u n a ¡dea n ítid a d e la p ro b id a d ni d el e s p íritu . Si las n ac io n e s su b y u g a d as p o r un p o d e r d e s p ó tic o son d e sp re c ia d a s p o r las d e m á s nacio n es; si en los im p e rio s d e M o n g o lia y d e M a rru e c o s se v e n m u y p o c o s h o m b re s ilu s tre s, es p o r q u e el e s p íritu , co m o d ije m ás arrib a, al n o se r e n sí ni g ra n d e ni p e q u e ñ o , to m a u n a u o tra de estas d e n o m in a c io n e s se g ú n la g ra n d e z a o la p e q u e ñ e z d e los o b je to s q u e c o n si­ d era . A h o ra b ie n , e n la m a y o r p a rte d e los g o b ie rn o s a rb itra ­ rio s los c iu d a d a n o s n o p u e d e n , sin d isg u star al d é s p o ta , o c u ­ p a rse d el e s tu d io d el d e re c h o n atu ra l, el d e re c h o p ú b lic o , la m o ra l | y la p o lítica. N o se a tre v e n a re m o n ta rs e , en e s te

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47 M arco Furio Cam ilo (?-305 a. C.), trib u n o militar, cónsul y dictador. D estacó en la lucha contra los etruscos, los ecuos, los hérnicos y los volscos. M ereció el n o m bre de segundo fun­ dador de Roma. M arcus Terentius V arrón (116-27 a. C ), polígrafo y escritor, latino, lugarteniente de Pom peyo. A utor de Rerum Rusticorum Libri, De Lingua Latina. Allia fue la batalla e n la q u e los galos-senones, al m ando de B reno, destrozaron a los romanos. Claude Louis H écto r, D u q u e d e V illars (1653-1734), militar y diplom ático francés, vence­ d o r del príncipe Eugenio en D enain (1712).

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g é n e ro , hasta los p rim e ro s p rin c ip io s d e estas cien cias, ni ele v a rse h asta g ra n d e s ideas; n o p u e d e n , e n to n c e s, m e re c e r el títu lo d e g ran d e s esp íritu s. P e ro si to d o s los juicios del p ú b lic o e stá n so m e tid o s a la ley d el in te ré s g e n e ra l, se rá n ec e sa rio , se dirá, e n c o n tra r en e s te p rin c ip io d el in te ré s g e n e ra l la causa d e to d a s las c o n tra d ic c io n e s q u e se c re e p e rc ib ir a e s te re sp e c to e n las ideas d e l p ú b lic o . C o n e s te o b je to , c o n tin ú o la c o m p a ra c ió n e n tre el g e n e ra l y el a u to r y m e p la n te o esta p re g u n ta : si el a rte m ilitar es el m ás ú til de to d as las a rte s ¿ p o r q u é ta n to s g e n e ra le s, cuya g lo ria en vida ec lip sab a la de to d o s los h o m b re s ilu stre s e n o tro s g é n e ro s, han sido, ju n to con su m e m o ria y sus hazañas, se p u lta d o s en la m ism a tu m b a , m ie n tra s q u e la g lo ria de los a u to re s , | sus c o n te m p o rá n e o s , c o n se rv a to d a v ía su p rim e r re sp la n d o r? La re s p u e s ta a e sta p r e g u n ta es q u e si se e x c e p tú a n los cap itan es q u e han re a lm e n te p e rfe c c io n a d o el a rte m ilitar y q u e , co m o los P irro , A níbal, G u sta v o , C o n d é y T u r e n n e 48, d e b e n se r co lo cad o s e n e ste g é n e ro e n tre los m o d e lo s e in v e n to re s, los d em ás g e n e ra le s, m e n o s hábiles q u e ésto s, d e ja n d o al m o rir d e se r ú tiles a su nació n , ya n o tie n e n d e re c h o a su r e c o n o ­ c im ie n to ni, p o r co n sig u ie n te , a su estim a: ah o ra b ien , co m o el re c o n o c im ie n to d e b e d u ra r ta n to c o m o el favor, su g lo ria n o p u e d e ec lip sarse m ás q u e en el m o m e n to e n q u e sus o b ras cesen ] d e ser ú tiles a su p atria. Es, p u es, ú n ic a m e n te a la d ife re n te y desigual utilidad q u e p a re c e n te n e r el a u to r y el g e n e ra l p ara el p ú b lic o , d e sp u é s d e su m u e rte , a lo q u e d e b e a trib u irs e esta sucesiva su p e rio rid a d d e g lo ria q u e o b ­ tie n e n el u n o s o b re el o tro en tie m p o s d ife re n te s. H e aq u í la raz ó n p o r la cual ta n to s rey es, d eificad o s so b re el tro n o , han sid o o lv id a d o s in m e d ia ta m e n te d e s p u é s d e su m u e rte ; he aq u í p o r q u é los n o m b re s d e e sc rito re s ilu stre s, q u e en v id a en raras o ca sio n e s se e n c u e n tra n al lad o d e los p rín c ip e s, h a n sid o f re c u e n te m e n te c o n fu n d id o s con los d e los m ás g ra n d e s rey es, a la m u e rte d e esto s escrito res; p o r q u é el n o m b re d e C o n fu c io es m ás co n o c id o , m ás re s p e ­ ta d o en E u ro p a q u e el d e cu a lq u ie r e m p e ra d o r d e la C h in a y p o r q u é se m e n c io n a n los n o m b re s d e H o ra c io y d e V irg ilio al lado d el d e A u g u sto .

4X Pirro, Rey de Epiro (318-272 a. C.), en lucha contra Roma, invadió Italia. Aníbal (246-138 a. C.), general cartaginés, inició la segunda guerra púnica. Al no p o d e r sitiar Roma fue vencido en Zama p o r Escipión. Sobre G ustavo, ver nota 5, D iscurso III; sobre C ondé, ver nota 32 del D iscurso III; sobre T u ren n e, ver nota 11 de este D iscurso II.

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| A p liq ú e se a la d istan c ia e n tre los lu gares lo q u e d ig o d e la d istan c ia en los tie m p o s; p re g ú n te s e p o r q u é el sabio ilu s tre es m e n o s e stim a d o p o r su n ac ió n q u e el m in istro hábil y p o r q u é raz ó n u n R o sn y , m ás h o n ra d o e n tre n o so tro s q u e u n D e sc a rte s, es m e n o s re s p e ta d o q u e él en el e x tra n ­ je ro ; es, re s p o n d e ré , p o r q u e u n g ran m in istro n o es útil m ás q u e e n su país; y p o r q u e al p e rfe c c io n a r el in s tru m e n to a p ro p ia d o p ara el cu ltiv o d e las arte s y las ciencias, al acos­ tu m b ra r al e s p íritu h u m a n o a m ás o rd e n y p rec isió n , D e sc a r­ tes se ha h e c h o m ás útil al u n iv e rso y d e b e , p o r co n si­ g u ie n te , se r m ás re sp e ta d o . P e ro , se dirá, si en to d o s sus juicios las n aciones sie m p re c o n su lta se n ú n ic a m e n te su in te ré s , ¿ p o r q u é el la b ra d o r y el v iñ a d o r, m ás ú tiles sin d u d a q u e el p o e ta y el g e ó m e tra , serían m e n o s estim ad o s? | Es p o rq u e el p ú b lic o s ie n te c o n fu sa m e n te q u e la es tim a es e n tre sus m a n o s u n te s o ro im ag in ario , q u e n o tie n e v alo r real m ás q u e e n c u a n to h ace d e ella una d istrib u c ió n sabia y cu id ad o sa ; q u e , p o r co n sig u ie n te , n o d e b e m o stra r su estim a a tra b a jo s d e los q u e to d o s los h o m b re s son capaces. La estim a , e n to n c e s d e m asiad o co m ú n , p e rd e ría , p o r así d ec ir, to d a su v irtu d ; n o fe c u n d a ría m ás los g é rm e n e s del esp íritu y d e p ro b id a d e sp a rc id o s e n to d a s las alm as y n o p ro d u c iría m ás h o m b re s ilu stre s en to d o s los g é n e ro s , a q u ie n e s an im a a la b ú sq u e d a d e la g lo ria la p ro p ia d ificu ltad d e o b te n e rla . El p ú b lic o p e rc ib e , p u e s, q u e re s p e c to a la a g ric u ltu ra es el a rte y n o al artista lo q u e d e b e se r h o n ra d o y q u e si a n ta ñ o , b ajo los n o m b re s d e C e re s y d e B aco, h an sido d eificad o s el p r im e r la b ra d o r y el p rim e r v iñ a d o r, e s te h o n o r | tan ju stam e n te o to rg a d o a los in v e n to re s d e la a g ric u ltu ra n o d e b e s e r p ro d ig a d o a b rac ero s 49. En to d o país d o n d e el c a m p e sin o no está so b re c a rg a d o d e im p u e sto s, la e s p e ra n z a d e la g an an cia q u e d e p e n d e d e la co sec h a basta p ara im p u lsarle al cu ltiv o d e las tie rra s; co n ­ clu y o d e ello q u e en c ie rto s casos, c o m o ya lo d e m o stró

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49 P uede parecer artificioso, p e ro es, en todo caso, ingenioso. N o es fácil reducir la vida social a una sola pasión, la pasión d e la gloria, fundada en un «instinto» del pueblo para prem iar todo lo q u e es útil. Estos pasajes hacen recordar «la astucia d e la razón», o la «voluntad d e vivir», q u e se abre p aso en una m etam orfosis de formas d e la pasión. A H elvétius le parecía muy restrictivo e l «deseo d e vivir» hobbesiano y ahora po n e el «deseo d e gloria» com o máscara de aquél, q u e p erm ite explicar esa preferencia del honor a la vida, o m ejor, lo pone com o exigencia social, co m o útil socialm ente. La sociedad consigue esa ilusión: dar la primacía a la gloria, lo q u e llevará al individuo, si es necesario, a sacrificar su vida a la sociedad. H obbes dictó ia ley natural d el individuo; H elvétius, la de la sociedad.

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D u e lo s (4 1 ), es del in te ré s d e las n ac io n e s m o stra r estim a no so la m e n te en p ro p o rc ió n a la u tilid ad de u n a rte , sin o ta m ­ b ié n a su dificultad.

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¿ Q u ié n d u d a d e q u e u n a re c o le c c ió n d e h ec h o s, c o m o el d e la Biblioteca oriental, es tan in stru c tiv o , tan ag rad ab le y, p o r c o n s ig u ie n te , ta n útil co m o u n a e x c e le n te trag ed ia? ¿P o r q u é , e n to n c e s, el p ú b lic o estim a m ás | al p o e ta trág ico q u e al sa b io c o m p ila d o r? Es p o r q u e , c o n v e n c id o d e la d ificu ltad del g é n e r o d ra m á tic o p o r el g ran n ú m e ro d e in te n to s c o m p arad o al p e q u e ñ o n ú m e ro d e éxito s, el p ú b lic o sie n te q u e p ara fo rm a r u n o s C o rn e ille , R acin e, C ré b illo n y V o lta ire d e b e c o n c e d e r in fin ita m e n te m ás g lo ria a sus é x ito s m ie n tra s q u e, p o r el c o n tra rio , b asta co n h o n ra r a los sim p les co m p ila d o re s c o n el m ás d éb il g é n e ro d e estim a, p ara e s ta r a b u n d a n te ­ m e n te p ro v isto d e estas o b ras d e las q u e to d o s los h o m b re s so n capaces y q u e n o so n p r o p ia m e n te m ás q u e o b ra del tie m p o y de la paciencia. A q u e llo s sabios, to ta lm e n te p riv a d o s d e lu ces filosóficas, q u e n o h ac en m ás q u e re u n ir en lib ro s los h e c h o s d isp e rso s en las ru in as d e la a n tig ü e d a d so n , en rela ció n al h o m b re d e e s p íritu , c o m o | los ca n te ro s en rela ció n al a rq u ite c to ; son ello s q u ie n e s su m in istra n los m a te ria le s p a ra la c o n stru c c ió n ; sin ello s, el a rq u ite c to se ría in ú til. P e ro p o c o s h o m b re s p u e ­ d en llegar a se r b u e n o s a rq u ite c to s; to d o s sirv en p ara a rra n ­ car la p iedra: es, p u e s, de in te ré s p ara el p ú b lic o o to rg a r a los p rim e ro s u n a p ag a d e estim a en p ro p o rc ió n con la d ificu l­ tad d e su arte. P o r e s te m ism o m o tiv o y p o r q u e el e s p íritu d e in v e n ció n y de sistem a n o se a d q u ie re , en g e n e ra l, m ás q u e p o r m e d io de largas y p en o sas m e d ita c io n e s, se m u e stra m ás estim a a e s te g é n e r o d e e s p íritu q u e a c u a lq u ie r o tro ; y, e n fin, en to d o s los g é n e ro s ig u a lm e n te ú tiles, el p ú b lic o m u e s tra sie m p re estim a en p ro p o rc ió n a la desig u al dificu ltad d e e sto s d iv e rso s g é n e ro s. D ig o ig u a lm e n te ú tiles, p o r q u e si fu e ra p o sib le | im aginar u n a clase d e e s p íritu a b s o lu ta m e n te in ú til, p o r m uy difícil q u e fu e ra so b re sa lir e n él, el p ú b lic o n o m o stra ría n in g u n a e stim a p o r s e m e ja n te ta le n to ; tra ta ría al q u e lo h u b ie ra ad ­ q u irid o co m o A le ja n d ro tra tó , se g ú n d ic e n , a un h o m b re q u e lan zab a d e la n te d e él, co n u n a h ab ilid ad m arav illo sa, g ran o s d e m ijo a trav é s d el a g u je ro de u n a ag u ja y q u e n o o b tu v o d e la e q u id a d d e l p rín c ip e m ás q u e u n ce le m ín d e m ijo co m o re c o m p e n sa .

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La c o n tra d ic c ió n q u e se c re e p e rc ib ir algunas veces e n tre el in te ré s y los ju ic io s d e l p ú b lic o , n o es m ás q u e a p a re n te . El in te ré s p ú b lic o , c o m o m e h ab ía p r o p u e s to p ro b a rlo , es el ú n ic o d is trib u id o r d e la e s tim a a trib u id a a las d ife re n te s clases d e esp íritu .

| C a p í t u l o X II I

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De la probidad con relación a los diversos siglos y pueblos E n to d o s los siglos y d iv e rso s p aíses, la p ro b id a d no p u e d e ser m ás q u e la c o s tu m b re d e accio n es ú tile s p ara la p ro p ia n ación. A p e s a r d e la c e rte z a d e e sta p ro p o sic ió n , p a ra h a c e r se n tir m ás e v id e n te m e n te su v e rd a d m e esfo rza ré p o r d a r ideas claras y p re c isa s d e la v irtu d . C o n tal o b je to e x p o n d r é d o s s e n tim ie n to s q u e han c o m ­ p a r tid o hasta a h o ra los m o ra lista s so b re e s te tem a. U n o s so stie n e n q u e te n e m o s a c erca d e la v irtu d u n a id ea a b s o lu ta e in d e p e n d ie n te d e lo s siglos y los g o b ie rn o s, q u e la v irtu d es sie m p re | u n a y la m ism a. Los o tro s so stie n e n , p o r el c o n tra rio , q u e ca d a n ac ió n se fo rm a d e ella u n a id ea d ife re n te . Los p rim e ro s a p o rta n c o m o p r u e b a d e sus o p in io n e s los su e ñ o s in g e n io so s, p e r o in in te lig ib le s, d el p la to n ism o . La v ir­ tu d , se g ú n ellos, no e s o tr a co sa q u e la id e a d el o rd e n , d e la a rm o n ía y de 1(5 e s e n c ia lm e n te bello. P e ro e sta b ellez a es un m is te rio del q u e n o p u e d e n d a r u n a id e a p rec isa p o r esta ra z ó n , e sta b le c e n su siste m a s o b re el c o n o c im ie n to q u e la h isto ria nos d a del c o ra z ó n y del e s p íritu h u m a n o . Los se g u n d o s, y e n tr e ello s M o n ta ig n e 50, con arm as de u n te m p le m ás f u e r te q u e los ra z o n a m ie n to s, es d e c ir, con h e c h o s, atacan la o p in ió n d e lo s p rim e ro s , h acen v e r q u e u na acció n v irtu o sa al n o rte es ] viciosa al su r y c o n c lu y e n d e ello q u e la id e a d e v irtu d e s p u r a m e n te arb itra ria . E stas so n las o p in io n e s d e estas d o s e sp e c ie s d e filósofos. U n o s, p o r n o h a b e r c o n s u lta d o la h isto ria , vagan to d a v ía en

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50 M ontaigne (1533-1592) es una figura q u e juega un curioso papel en el siglo X V III (cosa que está p o r estudiar a fondo), ya que es usado com o autoridad p or diversos autores (H elvé­ tius, Rousseau, V oltaire, d’H olbach...) para d efen d er opciones filosóficas muy enfrentadas. A quí, H elvétius se refiere a los Essais, especialm ente el libro II.

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el d é d a lo d e u n a m e tafísica d e p alabras; los o tro s , p o r n o h a b e r ex a m in a d o co n s u fic ie n te p ro fu n d id a d los h ec h o s q u e la h isto ria nos p re s e n ta , h an p e n s a d o q u e el m e ro ca p rich o d ec id ía a c erca d e la b o n d a d o la m ald ad d e las accio n es hum an as. A m b as escu e las d e filó so fo s se h an e q u iv o c a d o , p e r o ta n to u n a co m o la o tra h u b ie ra n e s c a p a d o al e r r o r si h u b ie ra n c o n s id e ra d o c o n u n a m ira d a a te n ta la h isto ria d el m u n d o . E n to n c es h u b ie ra n n o ta d o q u e los siglos d e b e n n e ­ c e sa ria m e n te in tro d u c ir en lo físico y lo m o ral, re v o lu c io n e s q u e cam bian la faz d e lo s im p e rio s; q u e , en las g ra n d e s ■c o n m o ¡ ciones, lo s in te re s e s d e u n p u e b lo e x p e rim e n ta n sie m p re g ra n d e s cam bios; q u e las m ism as accio n es p u e d e n lleg ar a se rle su c e siv a m e n te ú tile s y p e rju d ic ia le s y, p o r co n sig u ie n te , to m a r u nas v ec es el n o m b re d e v irtu o sa s y o tra s veces d e vicios. C o m o co n se c u e n c ia d e esta o b se rv a c ió n , si h u b ie ra n q u e ­ rid o fo rm a rse de la v irtu d una id e a p u ra m e n te a b stra c ta e in d e p e n d ie n te d e la práctica, h u b ie ra n re c o n o c id o q u e p o r la p alab ra v irtu d no se p u e d e e n te n d e r m ás q u e el d e s e o d e felicidad g en e ral; q u e , p o r c o n s ig u ie n te , el b ie n p ú b lic o es el o b je to d e la v irtu d y q u e las ac cio n es q u e m a n d a son los m e d io s q u e e m p le a p ara alcanzar e s te o b je to ; q u e , d e e s te m o d o , la id e a d e v irtu d n o es arb itra ria ; q u e , en los d iv e rso s siglos y países, to d o s los h o m b re s, al m e n o s a q u e llo s q u e v iven en sociedad, han d e b id o fo rm a rse | la m ism a idea; q u e , e n fin, si los p u e b lo s se la re p re s e n ta n b ajo fo rm a s d ife re n te s es p o r q u e c o n s id e ra n co m o v irtu d los d iv e rso s m e d io s q u e ésta em p le a p ara alcanzar su o b je to . E sta d efin ició n d e la v irtu d da, p ie n so , u n a id ea clara, sim ple y c o n fo rm e a la ex p e rien c ia; c o n fo rm id a d q u e es la ú n ica q u e p u e d e c o n s ta ta r la v erd a d de u n a o p in ió n . La p irá m id e d e V e n u s - U r a n ia 51, cuya cim a se p e rd ía en los cielos y cuya base esta b a a p o y a d a so b re Ja tie rra , es el e m b le m a d e to d o sistem a, q u e se d e rru m b a a m e d id a q u e se lo c o n s tru y e si n o re p o sa s o b re la base in q u e b ra n ta b le d e los h ec h o s y la ex p e rien c ia. Es ta m b ié n so b re los h e c h o s, es d ecir, so b re la lo c u ra y la extravagancia, hasta el p re s e n te

51 Esta imagen arquitectónica e ra habitual en tre los ilustrados para simbolizar los sistemas. R ecordem os que D id ero t hace soñar al M angogul un viaje a lomos de un hipogrifo p o r la región de las hipótesis, donde en cu en tra un soberbio palacio apoyado solam ente en un vértice punzante... Es el castillo en el aire de los filósofos sistemáticos, un edificio sin base empírica... (D iderot, Bijonx indiscrets. cap. X X X III).

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in e x p lic ab le s, d e las diversas le y es y c o s tu m b re s so b re los q u e fu n d o la p r u e b a d e m i o p in ió n 52. | P o r m u y e s tú p id o s q u e se su p o n g a a los p u e b lo s , es se g u ro q u e, escla re cid o s p o r sus in te re se s, no han a d o p ta d o sin m o tiv o s las rid ic u las c o s tu m b re s q u e se e n c u e n tra n e s ta ­ b lecid as en alg u n o s d e ellos: la ex tra v ag a n cia d e estas co s­ tu m b re s se d e b e , p u e s , a la d iv e rsid a d d e los in te re se s d e los p u eb lo s. E n e fe c to , si sie m p re h an e n te n d id o c o n fu sa m e n te p o r la p alab ra v irtu d el d e s e o d e felicid ad pú b lica; si, p o r co n sig u ie n te , no h an d a d o el n o m b re de h o n rad a s m ás q u e a las accio nes ú tile s p a ra la p a tria y si la id e a d e útil ha sid o sie m p re asociada a la idea d e v irtu d , se p u e d e a s e g u ra r q u e las m ás rid icu las c o s tu m b re s, y au n las m ás c ru e le s, sie m p re h an te n id o c o m o fu n d a m e n to , co m o lo m o stra ré co n alg u n o s e je m p lo s, la u tilid ad real o a p a re n te d el bien p ú b lic o . El r o b o esta b a p e r m itid o en E sp arta; no se | castig ab a m ás q u e la to rp e z a del la d ró n s o rp re n d id o (42): ¡q u é e x tra ñ a c o stu m b re ! Sin e m b arg o , si se re c u e rd a n las leyes d e L icu rg o y el d e s p re c io q u e te n ía p o r el o ro y el d in e ro , en una re p ú b lic a d o n d e las ley es n o hacían c irc u lar m ás q u e un a m o n e d a d e h ie rro p esad a y á sp era, se c o m p re n d e rá q u e los ro b o s d e gallinas y d e le g u m b re s | fu e ra n los ú n ic o s q u e se p o d ía n c o m e te r. S ie m p re h e c h o s con h ab ilid a d , a m e n u d o n eg a d o s co n firm ez a (43), se m e ja n te s ro b o s m a n te n ía n a los la c e d e m o n io s a c o stu m b ra d o s al c o ra je y la vigilancia. La ley q u e p e rm itía el r o b o p o d ía , p o r ta n to , se r m uy útil a estep u e b lo q u e n o tem ía m e n o s la traició n d e los ilotas q u e la am b ició n d e los p e rsa s y q u e n o p o d ía o p o n e r ta n to a los a te n ta d o s d e u n o s co m o a los e jé rc ito s in n u m e ra b le s d e los o tro s m ás q u e el b a lu a rte d e estas d o s v irtu d e s. Es, p u es, se g u ro q u e el ro b o , p e rju d ic ia l p ara to d o p u e b lo rico , y n o o b s ta n te útil p ara E sparta, d e b ía se r h o n ra d o allí. | A l final del in v ie rn o , c u a n d o la falta d e v ív e re s o b lig a al salvaje a salir d e su ca b añ a y el h a m b re le o rd e n a ir a la caza d e n u ev a s p ro v isio n e s, algunas n a c io n e s salvajes se re-

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52 La crítica a los sistemas e stá hecha en el marco del Traite de systemes (1749) de Condillac. En el fondo, lo que se critica son los «sistemas metafísicos», es decir, no apoyados en ios hechos, en la experiencia, sin o productos d e la imaginación y las pasiones. N o obstante, los m aterialistas ilustrados tienen una exigente sed de sistemas, de «verdaderos sistemas». Más aún, la filosofía del X V III es insistentem ente sistemática. H elvétius es una buena prueba. Sólo D iderot (ver sus Pensées sur /'interprétation de la Nature) se vuelve contra toda sistematización, expresión de la tendencia a la pereza que lleva a hipótesis cómodas. En D id e ro t no hay sistema posible, sólo esfuerzo p o r sistematizar, p o r reducir a unidad la experiencia diversa y cambiante.

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u n e n an tes d e p a rtir, h a c e n su b ir a sus se x ag e n ario s e n c im a d e ro b le s y b razos n erv io so s sa c u d e n e sto s ro b le s; la m ay o r p a rte d e los v ie jo s ca e n y son m asacrad o s e n el ac to 53. E ste h e c h o es c o n o c id o y n ad a p a re c e , al p rin c ip io , m ás a b o m in a ­ b le q u e e sta c o stu m b re . Sin em b a rg o , ¡qué so rp re sa , c u a n d o se ve, al re m o n ta rs e a su o rig e n , q u e los salvajes c o n sid e ra n la caída d e esto s in felice s v ie jo s co m o la p r u e b a d e su im p o ­ te n cia p ara s o s te n e r las fatigas d e la caza! ¿Es m e jo r d e ja rlo s e n cabañas o b o sq u e s, v íctim as d el h a m b re o d e las | b estias fero ce s? P re fie re n a h o rra rle s la d u ra c ió n y la v io le n cia d e los d o lo re s y, p o r m e d io d e p a rric id io s rá p id o s y n ec esario s, a rran c ar a sus p a d re s a lo s h o r ro r e s d e u n a m u e rte d e m a ­ siado cruel y len ta. H e a q u í el p rin c ip io d e u n a c o s tu m b re ta n ex e crab le; h e aq u í có m o u n p u e b lo v a g a b u n d o , q u e la caza y la necesid ad d e v ív e re s re tie n e n seis m e ses en b o sq u e s in m e n so s se e n c u e n tra , p o r así d e c irlo , o b lig a d o a e s ta b a rb a ­ rie y có m o , en e sto s países, el p a rric id io es in sp ira d o y c o m e tid o p o r el m ism o p rin c ip io d e h u m a n id ad q u e n o s lo h ace c o n s id e ra r h o r ro r o s o (44). | P ero , sin re c u rr ir a las n ac io n e s salvajes, o b s é rv e se un país civilizado co m o C h in a; p re g ú n te s e p o r q u é se d a a los p a d re s el d e re c h o d e v id a y m u e rte s o b re sus h ijo s y se v erá q u e las tie rra s d e e s te im p e rio , p o r e x te n sa s q u e sean , no han p o d id o , sin e m b a rg o , s u b v e n ir a las n ec e sid a d e s d e sus n u m e ro so s h ab itan tes. A h o ra b ien , co m o la d e s p ro p o rc ió n d e m asiad o g ra n d e e n tr e la re p ro d u c c ió n d e los h o m b re s y la fe c u n d id ad d e las tie rra s o ca sio n a ría n e c e s a ria m e n te g u e rra s fu n estas, e n e s te im p e rio , y tal vez | h asta el u n iv e rso , se c o n c ib e q u e en u n m o m e n to d e h a m b re y p a ra p re v e n ir una in finidad d e asesin a to s y d e d esgracias in ú tiles, la nació n ch ina, h u m a n a en sus in te n c io n e s p e ro b á rb a ra en la elec ció n d e sus m e d io s, haya p o d id o p o r un se n tim ie n to d e h u m a n i­ dad p o c o esc la re c id o c o n s id e ra r estas c ru e ld a d e s c o m o n e c e ­ sarias p ara el re p o s o d e l m u n d o . «S acrifico, d ijo a sí m ism a, algunas víctim as d esa fo rtu n a d a s, a las cuales la in fan cia y la ig n o ra n c ia lib ra n d el c o n o c im ie n to y los h o r ro r e s d e la m u e rte , tal vez lo q u e tie n e é s ta d e m ás te m ib le » (45).

53 Estos «relatos de salvajes», que tanto apasionan en el X V III, son muy parecidos a los de Rousseau en su Discours sur l’origine de l’inégalité, especialm ente de sus notas añadidas. Es muy sugestivo el texto de Nicolás P errot, Mémoires sur les moeurs, coutumes et religión des saurages de l ’Amérique septentrionale. París, 1864. C om o ya hem os dicho, La H o n tan fue uno de los más exitosos autores de estos relatos. Sus Dialogues se p ueden encontrar en The John Hopkins Pres.1 d e Baltim ore (1931); sus Voyages y sus Mémoires han sido editados p o r R. G . Thw aiter en Chicago, 1905.

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| Es, sin d u d a, al d e s e o d e o p o n e rs e a u n a excesiv a m u ltiplicació n d e los h o m b re s, y p o r c o n s ig u ie n te al m ism o o r i­ g e n , a lo q u e d e b e a trib u irs e la v e n e ra c ió n rid ic u la q u e c ie rto s p u e b lo s d e A frica co n se rv a n to d a v ía hoy p o r so lita­ rio s q u e se p ro h íb e n co n las m u je re s el c o m e rc io q u e se p e r m ite n co n las bestias. H a sid o ig u a lm e n te el m o tiv o del in te ré s p ú b lic o y el d e s e o d e p r o te g e r la p ú d ic a b ellez a c o n tra los a te n ta d o s d e la in c o n tin e n c ia lo q u e a n ta ñ o in d u jo a los suizos a p u b lic a r un e d ic to p o r el cual n o so la m e n te esta b a p e rm itid o , sino h asta o rd e n a d o a cada sa c e rd o te p ro v e e rs e de u n a c o n c u b in a (46). | En las costas del C o ro m a n d e l, d o n d e las m u je re s se lib e ra b a n co n v e n e n o d el y u g o in o p o rtu n o d e l h im e n , el m ism o m o tiv o in d u jo al le g isla d o r a p ro v e e r a la se g u rid a d d e los m a rid o s con un r e m e d io tan o d io so c o m o el m al, fo rz a n d o a las m u je re s a q u e m a rs e so b re la tu m b a d e sus e sp o so s (47). | D e ac u e rd o co n m is ra z o n a m ie n to s, to d o s los h e c h o s q u e acab o de m e n c io n a r c o n trib u y e n a p r o b a r q u e la fu e n te d e las m ás c ru e le s y locas c o s tu m b re s ha sido sie m p re la utilid ad real o , al m e n o s, a p a re n te del p ú b lico . P ero , se dirá, estas c o s tu m b re s no p o r ello so n m e n o s o d io sas o ridiculas. C ie rto , p o rq u e ig n o ram o s los m o tiv o s de su es ta b le c im ie n to y p o rq u e estas c o stu m b re s, co n sag ra­ das p o r su an tig ü ed ad o p o r la su p e rstic ió n , han su b sistid o , p o r la n eglig en cia o la d e b ilid a d d e los g o b ie rn o s, m u c h o tie m p o d e s p u é s d e q u e d e sa p a re c ie ra n las causas d e su esta­ b le c im ie n to . C u a n d o F rancia n o era , p o r así d e c ir, m ás q u e un v asto b o sq u e , ¿ q u ié n | d u d a d e q u e estas d o n a c io n e s d e tie rra s sin cu ltiv o s h echas a ó rd e n e s religiosas d e b ie r o n e n to n c e s ser p e rm itid a s y d e q u e la p ro rro g a c ió n d e se m e ja n te p e rm is o sea a h o ra tan a b s u rd o y p e rju d ic ia l p ara el E stad o co m o p u d o h a b e r sid o sabio y ú til e n to n c e s, cu a n d o F rancia estab a to d a v ía sin cultivar? Las c o s tu m b re s q u e n o p ro c u ra n m ás q u e v en tajas p asaje ra s so n c o m o an d a m io s q u e hay q u e d e ­ rrib a r cu a n d o los palacio s han sido c o n stru id o s. N a d a fue m ás sabio p o r p a rte d el f u n d a d o r del im p e rio d e los Incas q u e an u n c ia r al p rin c ip io a los p e ru a n o s q u e e ra n h ijo s d el Sol y p e rsu a d irlo s d e q u e les traía ley es q u e le h ab ían sido dictadas p o r el dio s, su p ad re . E sta m e n tira im p o n ía a los salvajes m ás re s p e to p o r su legislació n ; era,

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p ues, d e m asiad o útil para e s te E sta d o n a c ie n te co m o p ara n o ser c o n sid e ra d a | co m o v irtu o sa . P e ro , d e s p u é s d e h a b e r a se n ta d o los fu n d a m e n to s d e u n a b u e n a legislación, d e sp u é s d e h a b e r g a ra n tiza d o , p o r la fo rm a del g o b ie rn o , el cu m p li­ m ie n to de las leyes, e ra n ec e sa rio q u e este le g isla d o r, m en o s o rg u llo so o m ás escla re cid o , p re v ie se las re v o lu c io n e s q u e p o d ía n o c u rrir en las c o s tu m b re s y los in te re se s d e sus p u e ­ blos y los cam bios q u e h a b ría q u e h acer, p o r co n sig u ie n te , en sus leyes; q u e él m ism o o sus su c eso res d ec la ra sen al p u e b lo la m e n tira útil y n ec esaria q u e h ab ía e m p le a d o p ara h ac erlo s felices; q u e p o r m e d io d e esta c o n fe sió n q u ita se a sus leyes el ca rá c te r d iv in o q u e , h ac ié n d o las sagradas e in v io ­ lables, se h u b ie se o p u e s to a to d a re fo rm a , y q u e tal vez un d ía h u b ie se c o n v e rtid o estas m ism as leyes en p e rju d ic ia le s p ara el E stado, si p o r el d e s e m b a rc o d e los e u ro p e o s | e s te im p e rio n o h u b ie se sid o d e s tru id o casi tan p r o n to co m o fu e fo rm a d o 54. El in te ré s d e los E stados está, co m o to d as las cosas h u ­ m anas, s u je to a m iles d e rev o lu c io n es. Las m ism as leyes y las m ism as c o s tu m b re s llegan a se r su c esiv a m e n te ú tiles y p e r ju ­ diciales p ara el m ism o p u e b lo ; d e d o n d e co n c lu y o q u e estas leyes d e b e n ser unas veces a d o p tad a s y o tras veces rech aza­ das y q u e las m ism as acciones d e b e n su c e siv a m e n te llev ar los n o m b re s de v irtu o sas o de viciosas: p ro p o sic ió n q u e n o se p u e d e n eg a r sin co n v e n ir en q u e hay acciones a la vez v irtu o sas y p e rju d ic ia le s p ara el E stad o , es d ec ir, sin so cav ar los fu n d a m e n to s d e to d a legislación y to d a so cied ad . La co n c lu sió n g e n e ra l d e to d o lo q u e acab o d e d e c ir es q u e la v irtu d n o es m ás q u e el d e s e o d e felicid ad d e los h o m b re s y q u e d e e s te m o d o la p ro b id a d , a la q u e | c o n si­ d e ro c o m o la v irtu d p u e s ta en acción, n o es, en to d o s los p u e b lo s y e n to d o s los d ife re n te s g o b ie rn o s m ás q u e la c o s tu m b re d e las acciones ú tiles p ara la nació n (48).

54 Este capítulo es im portante para ver aspectos significativos dei pensam iento de H elvétius. Com ienza buscando una tercera vía al platonismo (creencias en ideas absolutas intem porales) y al relativismo escéptico d e M ontaigne (reducción de las ideas al azar, la arbitrariedad, las pasiones humanas...). Para H elvétius, las virtudes son históricas: ni absolutas ni arbitrarias. Son efectos, cuyas causas p ueden y d eb en conocerse. Lo de m enos son los «ejem plos»: si algunos de éstos son poco em píricos, es necesario aceptar q u e hoy podem os po n er otros, más o m enos brillantes, pero válidos para defender su hipótesis. Lo que im porta es su posición: las virtudes las crea la sociedad en su autodefensa. En su origen no son ni ridiculas ni arbitrarias: son necesarias. Incluso se explica su pervivencia anacrónica... Las leyes, pues, cambian, pero se mantiene la gran ley: la del interés. Es la ley inherente a la naturaleza humana, pero que H elvétius, y ésta es su novedad, la hace funcionar a nivel del todo social: la sociedad se reproduce, sobrevive, incluso a costa del individuo.

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P o r e v id e n te q u e sea esta co n c lu sió n , co m o n o hay n a­ ció n q u e n o co n o z ca y n o c o n fu n d a dos d ife re n te s esp ecies d e v irtu d — u n a q u e lla m a ré virtud de prejuicio y la o tra verdadera virtud — c re o q u e , p ara n o d e ja r n ad a q u e d e s e a r so b re e s te te m a, d e b o e x a m in a r la n atu ra lez a d e estas d ife ­ re n te s clases de v irtu d .

IC a p í t u l o X IV

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Virtudes de prejuicio y verdaderas virtudes

D o y el n o m b re de v irtu d e s d e p re ju ic io a todas aq u éllas c u y a o b se rv a c ió n exacta no c o n trib u y e en n ad a al b ie n e s ta r p ú b lic o ; tales son la castidad d e las v estales y las a u s te rid a d e s d e esto s fak ires in se n sato s d e los q u e la In d ia está p o b lad a; v irtu d e s q u e , a m e n u d o in d ife re n te s y h asta p e rju d ic ia le s p a ra el E stado, son el suplicio d e aq u e llo s q u e se co n sag ran a ellas. Estas falsas v irtu d e s son m ás h o n rad a s, en la m ay o r p a rte d e las n acio n es, q u e las v erd a d eras v irtu d e s; y aq u ello s q u e las p rac tica n lo so n m ás q u e los b u e n o s ciu d ad a n o s 55. N a d ie es m ás h o n ra d o en el | In d o stá n q u e los b rah m a n es (49): se ad o ra h asta su d e sn u d e z (50); se re sp e ta n ta m ­ b ié n sus p e n ite n c ia s a u n q u e son re a lm e n te h o rrib le s (51): u n o s se q u e d a n to d a su v ida | atad o s a un árb o l, o tro s se b alan cean so b re llam as; alg u n o s llevan cad en as con un p eso e n o rm e , o tro s no se alim e n tan m ás q u e d e líq u id o s; ésto s c ierra n su b o ca con u n c a n d a d o y a q u é llo s se atan u n a ca m p a n ita al p re p u c io : es p r o p io d e u n a m u je r d e b ie n ir d e v o ta m e n te a b esar e sta ca m p a n ita y es u n h o n o r p ara los p a d re s p ro s titu ir sus hijas a fakires. E n tre las acciones o las c o s tu m b re s a las q u e la s u p e rs ti­ c ió n en laza el | n o m b re de sagradas, u n a d e las m ás g raciosas es, in d is c u tib le m e n te , la d e las ju ib u s, sa ce rd o tisas d e la isla

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55 En su Dictionnajre philosophique ( 1764_), V oltaire dice, en el artículo «vertu», virtud es «bienfaisance envers le prochain». Sólo es admisible com o virtud aquello beneficia al prójim o, a la sociedad. La virtud ante los hom bres es un com ercio de bienes. «virtudes teologales y cardinales» servirán para hacer santos, pero no hom bres virtuosos, o hom bres que contribuyen al bienestar social.

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que la que Las sea,

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d e F o rm o sa. « P ara oficiar d ig n a m e n te y m e re c e r la v e n e ra ­ ció n d e los p u e b lo s, d e s p u é s d e los se rm o n e s d e b e n c o n to r­ sio n a rse y lanzar alaridos, g rita r q u e v e n a sus d io ses; u n a vez la n zad o e s te g rito , ru e d a n p o r el su e lo , su b e n so b re los te c h o s d e las pagodas, d e s c u b re n su d e s n u d e z , g o lp e a n sus nalgas, su eltan o rin a, bajan d e s n u d a s y se lavan en p re se n c ia d e la asam blea (5 2 ).» D e m a sia d o felices so n to d a v ía los p u e b lo s en los q u e , al m e n o s, las v irtu d e s d e p re ju ic io son sólo ridicu las; a m e n u d o so n b árb aras (5 3 ). En la c a p i|ta l de la C o n c h in c h in a 56 se crían c o c o d rilo s, y c u a lq u ie ra q u e se ex p o n g a al fu ro r d e esto s anim ales y se haga | d e v o ra r p o r ellos es c o n ta d o e n tre los eleg id o s. E n el re in o d e M a rte m b a n 57, el d ía q u e se p asea al íd o lo es u n ac to d e v irtu d p re c ip ita rs e b ajo las ru e d a s d el c a rro o c o rta rs e el cu e llo c u a n d o pasa: el q u e se co n sag ra a tal m u e rte o b tie n e la re p u ta c ió n d e sa n to y su n o m b re es, con e s te fin, in sc rito en u n libro. A h o ra b ie n , igual q u e hay v irtu d e s, hay ta m b ié n crím en es d e p re ju ic io . Es u n crim en p a ra u n b ra h m á n casarse con un a v irg en . E n la isla d e F o rm o sa, si d u ra n te | los tres m eses, en q u e está o rd e n a d o an d a r d e s n u d o , un h o m b re se c u b re con el m ás p e q u e ñ o tro z o d e tela, se dice q u e lleva un a d o rn o in d ig n o d e u n h o m b re . E n e sta m ism a isla, es un crim en q u e las m u je re s em b arazad as d e n a luz an tes d e los tre in ta y cin co años. C u a n d o q u e d a n em b araz ad a s, se tu m b a n a los p ies d e la sa ce rd o tisa, q u e las p iso tea , en e je c u c ió n d e la ley, h asta q u e hayan ab o rta d o . E n el P eg ú , cu a n d o los sa c e rd o te s o m agos h an p re d ic h o la m u e rte de un e n fe rm o (5 4 ), es u n c rim en p o r p a rte d e é s te | el lib ra rse d e ella. D u ra n te su co n v a le ce n cia to d o s lo re h u y e n y lo in ju ria n . Si h u b ie ra sid o b u e n o , d ic en los sa c e rd o te s, D io s le h u b ie ra re c ib id o e n su co m p añ ía. T al vez n o haya n in g ú n país d o n d e no se ten g a, p o r alg u n o s d e esto s c rím e n e s d e p re ju ic io , m ás h o rro r q u e p o r los crím en es m ás a tro c e s y m ás p e rju d ic ia le s p ara la so ciedad. E n tre los G iag o s, p u e b lo a n tro p ó fa g o q u e d e v o ra a sus e n e m ig o s v en c id o s, se p u e d e , sin q u e sea un crim en , d ice el

56 En francés, «Cochin». G uy Besse, en la selección de textos del De l’esprit (París, Edirions Sociales, 1968, p. 104, n. 1), interpreta que se trata de Cochinchina. 57 Se trata, según G . B esse, op. cit.. de M astaban, reino de Asia, junto al Ganges.

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P. C avazi 5!i, a m o n to n a r a sus p ro p io s h ijo s en u n m o rte ro , c o n raíces, a c e ite y h o ja s y h a c e rlo s h e rv ir p ara e la b o ra r con ello s u n a pasta co n la q u e se fro ta para llegar a se r in v u ln e ra ­ ble; y sería u n sacrileg io a b o m in a b le n o m asacrar a g o lp e d e laya, en el m es d e m arzo , a un h o m b re y u n a m u je r jó v e n es, a n te la re in a del país. C u a n d o los g ran o s están m a d u ro s, | la re in a , ro d e a d a p o r sus c o rte sa n o s, sale de su palacio y d e g ü e ­ lla a los q u e se e n c u e n tre n en su cam in o y los d a a c o m e r a su sé q u ito . E stos sacrificios, dice, so n n ecesario s p ara apaci­ g u a r los m ales, las alm as d e sus an tep a sad o s q u e v en con p e s a r a g e n te c o m ú n go zar d e una vida d e la q u e ello s e stá n p riv ad o s; só lo e s te d éb il c o n su e lo p u e d e in d u c irlo s a b e n d e ­ c ir la cosecha. En el re in o del C o n g o , A n g o la y M a tam b a S9, el m a rid o p u e d e sin v e rg ü e n z a v e n d e r a su m u je r, el p a d re a su h ijo , el h ijo a su p a d re ; en e sto s p a íse s n o se c o n o c e m ás q u e un so lo c rim e n (55): | n e g a r las p rim icias d e su co sec h a al «chito m b é » , g ran sa c e rd o te d e la n ación. E sto s p u e b lo s, dice el P. L abat 60, tan d e sp ro v isto s d e las v erd a d eras v irtu d e s, son m u y e sc ru p u lo so s o b s e rv a d o re s de esta c o s tu m b re . U n o es ju z g ad o b u e n o ú n ic a m e n te cu a n d o e s tá o cu p a d o en el a u ­ m e n to de sus ren ta s; es to d o lo q u e les m a n d a el «chito m b é » . E ste n o d e s e a | q u e los n eg ro s lle g u en a se r m ás ilu s tra d o s y h asta te m e ría q u e id eas d em asiad o sanas d e la v irtu d d ism in u y e se n , ta n to la su p e rstic ió n co m o el trib u to q u e ésta le paga (56). Lo q u e h e d ic h o a c erca d e los c rím e n e s y de las v irtu d e s d e p re ju ic io es su fic ie n te p a ra a te stig u a r la d ife re n c ia e n tre estas v irtu d e s y las v e rd a d e ra s v irtu d e s, es d ec ir, las q u e sin cesar a u m e n ta n el b ie n e sta r p ú b lic o y sin las cuales las so c ie­ d ad es n o p u e d e n subsistir. D e a c u e rd o con estas d o s d ife re n te s esp ec ies d e v irtu d e s, d istin g u iré | dos d ife re n te s esp ec ies d e c o rru p c ió n d e eostu m b re s: una, a la q u e llam aré corrupción religiosa y o tra , corrupción política. E sta d istin ció n m e es necesaria: 1) p o rq u e c o n s id e ro la p ro b id a d filo só fic a m e n te y con in d e p e n d e n c ia

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58 El padre Cavazzi, capuchino, fue m isionero en el Africa negra. Sus relatos de viaje fueron traducidos al francés p o r el P. Labat. Cif. G . Besse, op. cit. 59 H elvétius cita de m em oria y, a veces, de oídas, los nom bres y p o r ello la ortografía no suele ser correcta. Si eso se une a lo exótico de estos países, se com prende la dificultad en identificarlos. Aquí se trata, posiblem ente, de M ataman, en el sur de Etiopía. 60J. B. Labat (1663-1738) fue un m isionero dom inico francés que describió en gruesos volúm enes lo q u e vio — e imaginó— en sus infatigables viajes. O bras suyas son: Noui-elle Rdation de l’Afrique occidentale (1728) y Relation historique de l’Ethiopie occidentale (1732).

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d e las rela cio n e s q u e la re lig ió n m a n tie n e co n la so cied ad ; lo q u e ru e g o al le c to r n o p e r d e r de vista en to d o el c u rso d e esta o b ra; 2) p ara ev itar la c o n tra d ic c ió n p e r p e tu a q u e se da en las nacio n es id ó la tras e n tre los p rin c ip io s d e la re lig ió n y los d e la p o lítica y la m oral. P e ro a n te s d e e n tra r en e s te ex a m e n , d e c la ro q u e escrib o en calidad d e filó so fo , y n o de te ó lo g o ; y q u e de e s te m o d o n o p r e te n d o , en e s te ca p ítu lo y los sig u ie n te s, tra ta r m ás q u e de v irtu d e s p u ra m e n te h u m a ­ nas. U n a vez h e c h a esta a d v e rte n c ia e n tro e n te m a y d ig o | q u e en m ateria d e co stu m b res se d a el n o m b re d e corrupción religiosa a to d a e sp e c ie d e lib e rtin a je y p rin c ip a lm e n te al de los h o m b re s con las m u je re s. E sta e s p e c ie d e c o rru p c ió n , d e la q u e n o soy d e n in g ú n m o d o ap o lo g ista y q u e sin d u d a es crim inal, p u e s to q u e o fe n d e a D io s, n o es, sin em b arg o , in c o m p a tib le co n el b ie n e s ta r d e u n a nación. D ife re n te s p u e b lo s han c re íd o y c re e n to d av ía q u e e s ta e s p e c ie d e co ­ rru p c ió n n o es crim inal. Lo es, sin d u d a , en F ran cia, p u e s to q u e in frin g e las leyes del país; p e ro lo se ría m e n o s si las m u je re s fu eran c o m u n e s y lo s h ijo s fu e ra n d e c la ra d o s h ijo s d el E stado: e s te c rim e n n o te n d ría e n to n c e s p o lític a m e n te n ad a d e p elig ro so . En e fe c to , cu a n d o se re c o rre la tie rra se la v e p o b la d a d e nacio n es d ife re n te s en las cuales lo q u e 11am am os libertinaje n o so la m e n te n o está | c o n sid e ra d o co m o u n a c o rru p c ió n d e las c o s tu m b re s, sino q u e se e n c u e n tra a u to riz a d o p o r las leyes y h asta c o n sa g ra d o p o r la relig ió n . Sin co n ta r, e n O rie n te , lo s h a re n e s q u e e s tá n b ajo la p ro te c c ió n d e las leyes, e n el T o n k ín , d o n d e se v e n e ra la fe c u n d id a d , la p e n a im p u e sta p o r la ley a las m u je re s e s té ri­ les es b u sc ar y p r e s e n ta r a sus esp o so s las chicas q u e le son ag rad ab les. C o m o c o n se c u e n c ia d e e sta legislación, los to n k in eses e n c u e n tra n rid íc u lo s a los e u ro p e o s p o r n o te n e r m ás q u e u n a m u je r; n o c o n c ib e n c ó m o , e n tr e n o so tro s , lo s h o m ­ b res raz o n ab le s c re e n h o n ra r a D io s p o r el v o to d e casti­ dad 61; s o stie n e n q u e , c u a n d o se p u e d e , es ta n crim in al n o d a r la v id a al q u e no la tie n e , co m o q u ita rla a los q u e ya la tie n e n (57).

61 El tem a del celibato fue muy debatido en los m edios enciclopedistas y entre los ilustrados en general. El mismo año 1758, el canónigo D esforgues publicó sus Les avantages du mariage et combien il est nécessaire et salu taire a u x pretres et a u x éveques de ce temps-ci d ’épouser une filie chrétienne. La gran extensión d ada p o r D id e ro t a su artículo «célibat» d e UEncyclopédie, es ya una buena muestra. En él, D id ero t enum era las muchas ventajas resum iendo el sentir de su época.

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| D e l m ism o m o d o , b a jo la salv ag u ard a d e las ley es, las siam esas, co n la g a rg a n ta y las nalgas m e d io d e sc u b ie rta s, llev ad as p o r las calles s o b re p a la n q u in e s, se p re s e n ta n en a c titu d e s m u y lascivas. E sta ley fu e e sta b le c id a p o r u n a d e sus re in a s, lla m a d a T¿randa q u e , co n e l fin d e q u e u n a m o r m ás d e s h o n e s to cau sara re p u g n a n c ia a los h o m b re s, cre y ó su d e b e r d e sp le g a r to d o el p o d e r de la belleza. E ste p ro y e c to , d ic e n las siam esas, tu v o éx ito . E sta ley, añ a d en , es p o r o tra p a rte b a sta n te sabia: es a g ra d ab le p a ra lo s h o m b re s te n e r d e s e o s y p ara las m u je r e s ex c ita rlo s. En ello c o n s iste la felicidad de los d o s sexos, el ú n ic o b ie n q u e el cielo m e zc la | co n los m ales co n los q u e n o s aflige: ¡y q u é alm a ta n b árb ara q u e rría q u itá rn o s lo (58)! E n el re in o d e B a tim en a (5 9 ), to d a m u je r, c u a lq u ie ra q u e sea su c o n d ic ió n , está fo rz a d a p o r ley y a riesg o de j su v id a a c e d e r al a m o r d e c u a lq u ie ra q u e la d e s e e ; un re c h a z o significa u n a se n te n c ia d e m u e r te c o n tra ella. N o te rm in a ría si q u isie ra d a r la lista d e to d o s los p u e b lo s q u e n o tie n e n la m ism a id e a q u e n o so tro s de esta e sp e c ie d e c o rru p c ió n d e c o stu m b re s: m e c o n te n ta ré , p u e s, d e s p u é s d e h a b e r n o m b ra d o alg u n o s d e los países d o n d e la ley a u to riz a el lib e rtin a je , co n citar a alg u n o s de aq u é llo s d o n d e este m ism o lib e rtin a je fo rm a p a rte del cu lto religioso. E n los p u e b lo s d e la isla d e F o rm o sa, la b o rra c h e ra y la im p u d ic ia so n acto s d e relig ió n . Las v o lu p tu o s id a d e s, d icen e s to s p u e b lo s, son hijas d el cielo , d o n e s d e su b o n d a d ; g o za r d e ello s es h o n ra r la D iv in id a d , es a c e p ta r sus favores. ¿ Q u ié n p u e d e d u d a r d e q u e el esp e c tá c u lo de las caricias y los g o c e s d e l a m o r p la c e n a los | dio ses? Los d io se s so n b u e n o s y n u e s tro s p la c e re s son p a ra ello s la m ás ag rad ab le o fre n d a d e n u e s tra g ra titu d . C o m o co n se c u e n c ia d e e s te ra­ z o n a m ie n to se d ed ica n p ú b lic a m e n te a to d o tip o d e p r o s titu ­ ció n (60). T a m b ié n p a ra h a c e r q u e los d io se s les sean fav o rab les, a n te s d e d e c la ra r la g u e r r a la re in a d e los G iag o s h ace v e n ir an te ella a las más bellas m u je res y los más bellos d e sus g u e rre ro s q u e , e n a c titu d e s d ife re n te s , g o za n en su p re se n c ia d e los p la c e re s del am o r. ¡En c u á n to s p aíses, dice C ic e ró n , el d e s e n fre n o tie n e sus te m p lo s!, ¡cu án to s altares elev a d o s a | p ro s titu ta s (61)! Sin r e c o rd a r el a n tig u o cu lto a V e n u s, d e C o tito , ¿los b an ian o s acaso n o h o n ra n , b ajo el n o m b re d e la d io sa B ananí a u n a d e sus rein a s q u e , seg ú n el te s tim o n io

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d e G e m e lli C a rre ri, « d e ja b a g o za r a su c o rte d e la v ista de to d as sus b ellezas y p ro d ig a b a su c e siv a m e n te | su s fav o res a v arios am an te s y h asta d o s a la vez»? N o c ita ré acerca d e e s te te m a m ás q u e u n so lo h e c h o r e fe rid o p o r Ju liu s F irm icus M a te rn u s, p a d re d e la Ig lesia d el se g u n d o siglo, e n u n tr a ta d o titu lad o : De errore profanarum religiorum. | «A siria, así c o m o p a rte d e A frica, dice este p a d re , a d o ra el aire, b ajo el n o m b re d e J u n o o d e V en u s virgen. E sta d io sa m a n d a los e le m e n to s. Se le co n sag ran te m p lo s: esto s te m p lo s d e b e n se r se rv id o s p o r sa c e rd o te s, q u ie n e s v estid o s y a d o rn a d o s c o m o m u je re s re z a n a la d io sa co n u n a voz lá n g u id a y afe m in ad a , e stim u la n los d e s e o s de los h o m b re s, c o n s ie n te n a ellos, se jactan de su im p u d icia y, d e s p u é s d e e sto s p la c e re s p re p a ra to rio s , c re e n su d e b e r in ­ v o ca r a la dio sa a g ra n d e s g rito s, to c ar in s tru m e n to s , d ec ir q u e e stá n llen o s d e l e s p íritu d e la d iv in id ad y p ro fe tiz a r» . H a y , p u e s, u n a in fin id ad d e p aíses d o n d e la c o rru p c ió n d e las c o s tu m b re s q u e lla m o religiosa está au to riz a d a p o r la ley o c o n sag rad a p o r la relig ió n .

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¡C u án to s m ales, se d irá, v in c u lad o s | a esta e s p e c ie d e c o rru p ció n ! P e ro , ¿ n o se p o d ría r e s p o n d e r q u e el lib e rtin a je n o es p o lític a m e n te p e lig ro so en un E sta d o m ás q u e cu a n d o está en o p o sic ió n c o n las leyes del país o cu a n d o se e n c u e n ­ tra u n id o a alg ú n o tr o vicio d el g o b ie rn o ? E n v an o se añ ad i­ ría q u e los p u e b lo s d o n d e re in a e s te lib e rtin a je so n d e s p re ­ ciados p o r el u n iv e rso . Y a q u e , sin h ab lar d e los o rie n ta le s y d e las n ac io n es salvajes o g u e rre ra s q u e , en tre g a d a s a to d a s u e rte d e v o lu p tu o s id a d e s, son felices p o r d e n tro y te m ib le s p o r fu era, ¡qué p u e b lo es m ás c é le b re q u e los g rieg o s!, p u e b lo q u e to d a v ía h o y p ro d u c e so rp re sa y ad m iració n y es h o n ra d o p o r la h u m a n id ad . A n te s d e la g u e rra d el P elo p o n eso , ép o c a fatal a su v irtu d , ¿ q u é nació n , q u é país ha ex is­ tid o tan fe c u n d o en h o m b re s v irtu o so s y en g ran d e s h o m bres? Se c o n o c e , sin e m b a rg o , el g u s to d e los g rie g o s p o r | el a m o r m ás d e s h o n e sto . E ste g u sto e ra ta n g e n e ra l q u e A rístid es, a p o d a d o el J u s to , e s te A rístid e s d el q u e d ecían los a te n ie n se s q u e esta b a n can sad o s d e se n tir alab arlo , hab ía a m ad o , sin em b a rg o , a T e m ísto c le s. F ue la b elleza del jo v en S tesilo u s, d e la isla d e C e o s, la q u e lle v an d o a sus alm as los d e s e o s m ás v io le n to s e n c e n d ió e n tre ellos las an to rc h as d el o d io . P la tó n era lib e rtin o . H a sta S ó crates, d e c la ra d o p o r el o rá c u lo d e A p o lo c o m o el m ás sabio d e lo s h o m b re s , am aba

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a A lcib íad e s y A rq u e la o , te n ía d o s m u je re s y vivía con todas las co rte san a s. Es, p u es, se g u ro q u e , d e a c u e rd o c o n la id e a q u e nos h em o s fo rm a d o acerca de las b u en a s c o s tu m b re s, los m ás v irtu o so s e n tre los g rie g o s no h u b ie ra n p asad o en E u ­ ro p a m ás q u e p o r h o m b re s c o rru p to s. A h o ra b ien , al e n c o n ­ tra rs e en G re c ia e ste tip o d e c o rru p c ió n d e c o stu m b re s, lle v ad o h asta el ú ltim o ex c eso , al ¡ m ism o tie m p o q u e e s te país p ro d u c ía g ra n d e s h o m b re s en to d o s los g é n e ro s, q u e hacía te m b la r P ersia y b rilla b a co n el m a y o r re sp la n d o r, se p o d ría p e n s a r q u e la c o rru p c ió n de las c o stu m b re s, a la cual doy el n o m b re d e religiosa, n o es in c o m p a tib le con la g ra n ­ d e z a y la felicidad d e u n E stado. E x iste o tr a e s p e c ie d e c o rru p c ió n d e las c o s tu m b re s q u e p re p a ra la caída d e un im p e rio y an u n c ia su ruina: d a ré a ésta el n o m b re d e corrupción política 62. U n p u e b lo es afe ctad o p o r ella, cu a n d o un g ran n ú m e ro de los in d iv id u o s q u e lo c o m p o n e n sep aran sus in te re se s d el in te ré s p ú b lic o . E sta e sp e c ie d e c o rru p c ió n , q u e se ju n ta algunas veces con la a n te rio r, h a d a d o lugar a q u e m u ch o s m o ralistas las c o n fu n d ie ra n . Si n o se c o n su lta m ás q u e el in te ré s p o lític o d e un E sta d o , é s ta sería | tal vez la m ás p e lig ro sa . U n p u e b lo , a u n q u e tu v ie ra en lo d em ás las m ás p u ra s c o s tu m b re s, si es atac ad o p o r e s ta c o rru p c ió n , es n ec e­ sa ria m e n te infeliz p o r d e n tro y p o c o te m ib le hacia fu era. La d u ra c ió n de un tal im p e rio d e p e n d e d el azar, q u e sólo r e ­ trasa o a p re su ra su caída. P ara h ac er se n tir hasta q u é p u n to esta an a rq u ía d e los in te re se s es p elig ro sa en u n E stad o , c o n s id e re m o s el m al q u e p ro d u c e en él la o p o sic ió n d e in te re se s d e u n c u e rp o 61 con los d e la rep ú b lica. D e m o s a los b o n zo s, a los sa ce rd o te s b u d istas siam eses to d a s las v irtu d e s d e n u e s tro s san to s. Si el in te ré s del cu e rp o d e los b o n zo s no está en laz ad o c o n el in te ré s p ú b lic o ; si, p o r e je m p lo , el c ré d ito d el b o n zo se d e b e a la c e g u e ra de los p u e b lo s, este b o n zo , n e c e sa ria m e n te

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62 Para H elvétius, en su radical reducción de la fuente de la virtud al interés social, en rigor sólo la violación d e la ley es corrupción. La ley traza lo q u e debe y no debe ser, dicta lo legítim o y lo ¿legítimo, lo b u eno y lo malo. Sólo la «corrupción política» de las costum bres es rigurosam ente corrupción. La «corrupción religiosa» de las costum bres aparece al juzgar las costum bres d e un p u eblo n o desde la ley d e ese pueblo que los legitima, sino desde la ley de o tro pueblo, o la ley divina; o sea, es efecto d e un anacronismo. 63 H em os m antenido la traducción literal de «corps» p o rq u e cuerpo es un térm ino técnico que, si bien hoy es poco usado y resulta un poco extraño, sigue definiendo una relación social precisa. Quizá hubiéramos podido traducir p o r «estam ento», pero hemos preferido m antener una term inología usual en la época.

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e n e m ig o d e la nació n q u e lo a lim e n ta , será, re s p e c to a esta n ació n , lo q u e los ro m a n o s e ra n | con rela ció n al m u n d o : h o n e s to s e n tre ellos, b a n d o le ro s co n re la c ió n al u n iv erso . A u n q u e cada u n o d e los b o n z o s e n p a rtic u la r se m a n tu v ie ra a p a rta d o d e las g ran d e zas, el c u e rp o no se rá m e n o s am b i­ cioso; to d o s sus m ie m b ro s tra b a ja rá n a m e n u d o sin sab erlo p ara su e n g ra n d e c im ie n to ; se c re e rá n a u to riz a d o s p o r un p rin c ip io v irtu o so (62). N o hay, p u e s, n ad a m ás p e lig ro so en un E stad o q u e un c u e rp o cu y o in te ré s n o e s té en laz ad o con el in te ré s g en e ral. Si los sa c e rd o te s del p ag a n ism o h ic ie ro n m o rir a S ó crates y p e rsig u ie ro n casi a to d o s los g ra n d e s h o m b re s fu e p o rq u e su b ie n p a rtic u la r se o p o n ía al b ie n p ú b lic o ; p o rq u e los sa c e rd o te s d e u n a falsa re lig ió n tie n e n in te ré s | e n r e te n e r al p u e b lo en la c e g u e ra y, co n e s te o b je to , p e rse g u ir a to d o s aq u e llo s q u e p u e d e n escla re ce rle: e je m p lo algunas veces im i­ ta d o p o r los m in istro s d e la v e rd a d e ra re lig ió n q u e , sin la m ism a n ec esid ad , han re c u rrid o a m e n u d o a las m ism as c ru e ld a d e s, han p e rse g u id o , h u n d id o a g ra n d e s h o m b re s , se h an c o n v e rtid o e n p a n e g irista s d e las o b ra s m e d io c re s y en crítico s d e las e x c e le n te s (63). | ¿ Q u é m ás rid íc u lo , p o r e je m p lo , q u e la p ro h ib ic ió n en c ie rto s p aíses d e in tro d u c ir c u a lq u ie r e je m p la r d e El Espíritu de las leyes 64, o b ra q u e m ás | d e u n p rín c ip e h ace le e r y re le e r a su h ijo ? ¿ N o se p u e d e d ec ir s o b re este te m a, re p i­ tie n d o lo q u e d ijo u n h o m b re d e e s p íritu , q u e al so licitar esta p ro h ib ic ió n los m o n je s h an h e c h o c o m o los escitas co n sus esclavos? Les re v e n ta b a n los o jo s p ara q u e g irase n la m u e la con m e n o s d istracció n . | P a re c e q u e es ú n ic a m e n te d e la co n fo rm id a d o la o p o s i­ ció n e n tre el in te ré s d e los in d iv id u o s y el in te ré s g e n e ra l de lo q u e d e p e n d e la felicid ad o la in felicid ad pú b lica; y q u e la c o rru p c ió n relig io sa d e las c o s tu m b re s, p u e d e , co m o la h isto ­ ria lo p ru e b a , aliarse a m e n u d o a la m ag n an im id ad , a la

64 El L ’Esprit des Lois (1748) d e M ontesquieu, texto q u e tanto afectó a H elvétius, fue mal recibido p o r los sectores eclesiásticos. Los jesuítas desde el Journal de Trévoux (abril, 1749) y los jansenistas desde las N out elles eclesiastiques (9 y 16 d e o ctu b re de 1749) usando la plum a del abate Fontaine d e la R oche, le acusan d e ofender la religión. M ontesquieu respondió con su Défense de «l’Esprit des Lois», q u e no satisfizo a sus enem igos. A pesar de que V oltaire intervino en su defensa (Remerciement sincére a. un bomme charitable, mayo 1750), el libro es puesto en el Indice en 1751 . La Facultad de Teología le condena en 1752 y 1754. En 1757, m uerto M ontesquieu (1755), J. B, d e Secondat saca una nueva edición del libro con un Eloge de Montesquieu p o r d’A lem bert, y otros docum entos. Lo cierto es que L ’Esprit des Lois se convirtió en un lugar d e com bate e n tre las dos grandes opciones filosóficas, la institucional y la ilustrada.

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g ra n d e z a | del alm a, la sa b id u ría, los ta le n to s, en fin, a to d a s las cu a lid a d es q u e fo rm a n a los g ran d e s h o m b res. N o se p u e d e n eg a r q u e c iu d a d a n o s tachados d e c o rru p to s hayan r e n d id o co n fre c u e n c ia a la p a tria serv icio s m ás im p o r­ ta n te s q u e los más se v e ro s a n a co retas. ¿ C u á n to d e b e m o s a la g a la n te circasiana q u ie n , p a ra ase g u ra r su belleza o la d e sus h ijas, ha sid o la p rim e ra en a tre v e rs e a inocularlas? ¿C u án to s n iñ o s h a a rra n c a d o a la m u e rte la in o c u lació n ? T al vez n o haya fu n d a d o ra d e o r d e n relig io sa q u e se haya h e c h o útil al m u n d o e n te r o co n una acción s e m e ja n te en b o n d a d y q u e , p o r c o n s ig u ie n te , h ay a m e re c id o ta n to su re c o n o c im ie n to 65. P o r lo d em ás, c re o q u e h e de r e p e tir o tra vez, ya al final de e s te ca p ítu lo , q u e no h e p r e te n d id o h a c e rm e ap o lo g ista d el | d e s e n fre n o . S o la m e n te h e q u e rid o d a r n o c io n e s claras d e estas dos d ife re n te s e sp e c ie s d e c o rru p c ió n de las c o s tu m ­ b re s q u e se h an c o n fu n d id o co n d em asiad a fre cu e n cia y so b re las cuales p a re c e q u e só lo se h a te n id o ideas confusas. I n s tru y é n d o s e ac erca d el v e rd a d e ro o b je to de la c u e stió n , se p u e d e c o n o c e r m e jo r su im p o rta n c ia , ju zg ar m e jo r el g rad o d e d e s p re c io q u e se d e b e asignar a estas d ife re n te s clases d e c o rru p c ió n y r e c o n o c e r q u e hay d o s tip o s d ife re n te s d e m a­ las acciones: unas, q u e so n viciosas en todas las fo rm a s del g o b ie rn o y o tra s, q u e n o son p e rju d ic ia le s y, p o r co n si­ g u ie n te , crim in ale s en un p u e b lo m ás q u e p o r la o p o sic ió n e n tr e estas m ism as acciones y las ley es del país. U n m e jo r c o n o c im ie n to d e l m al d e b e d a r a los m o ralistas m ás h ab ilid ad | p ara su cu ra ció n . P o d rá n c o n s id e ra r la m o ral d e s d e un p u n to d e v ista n u e v o y d e u n a cien cia e s té ril h acer u n a cien cia útil p a ra el u n iv erso .

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65 Se trata de la inoculación d e la viruela. En 1673 trajo lady M ontague, de Constantinopla, esta práctica de la inoculación (o vacunación). La técnica era conocida desde hacía m ucho tiem po en Africa y Asia (especialm ente en C iñ a s ¿a. al lado del m ar Carpió). La Sorbona se opuso radicalm ente y hasta 1764 no se aceptó. El m ism o Luis X V m urió d e viruela.

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C a p í t u lo XV En qué puede ser ú til para la moral el conocimiento de los principios establecidos en los capítulos precedentes

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Si la m o ral ha c o n trib u id o p o c o h asta ah o ra al b ie n e sta r d e la h u m a n id a d , no es p o rq u e los m oralistas n o hayan re u n id o afo rtu n ad as ex p re sio n es, m u ch a elo cu en cia y claridad c o n g ra n p ro fu n d id a d de e s p íritu y elev ació n d e alm a; p e ro p o r m uy b u e n o s q u e hayan sid o esto s m oralistas, hay q u e c o n v e n ir en q u e n o han c o n s id e ra d o su fic ie n te m e n te | los d ife re n te s vicios d e las n ac io n e s co m o n e c e s a ria m e n te d e ­ p e n d ie n te s d e la d ife re n te fo rm a d e su g o b ie rn o . S ólo co n si­ d e ra n d o la m oral d e s d e este p u n to de vista, ésta p u e d e lleg ar a se r re a lm e n te ú til p ara los h o m b re s. ¿ Q u é han p ro d u c id o h asta hoy día las m ás b ellas m áxim as d e la m o ral? H a n c o rre g id o e n alg u n o s in d iv id u o s d e fe c to s q u e tal vez se les re p ro c h a b a n ; sin em b a rg o , n o han p r o d u c id o n in g ú n cam b io en las c o s tu m b re s d e las n aciones. ¿C uál es la cau sa d e ello? Es q u e los vicios d e u n p u e b lo están , si se m e p e rm ite la e x p re sió n , sie m p re o c u lto s en el fo n d o de su legislación: es ahí d o n d e hay q u e b u scar, p ara a rran c ar la raíz p r o d u c to ra d e sus vicios. Q u ie n n o e s tá d o ta d o ni d e las luces, ni d el c o ra je n ecesario s p ara e m p re n d e rlo , n o p re sta , en e ste g é n e ro , casi n in g u n a utilidad al | u n iv e rso . Q u e r e r d e s tru ir vicios q u e d e p e n d e n d e la legislació n es p r e te n d e r lo im p o sib le , es re c h a z a r las justas co n sec u en cias d e p rin c ip io s q u e se a d m i­ ten . ¿ Q u é se p u e d e e s p e ra r d e tantas d ec la m ac io n es c o n tra la in fid e lid ad d e las m u je re s, si e ste vicio es el e fe c to n ec esario de u n a co n tra d ic c ió n e n tre los d eseo s d e la n atu ra lez a y los se n tim ie n to s q u e , p o r las leyes y la d ec en c ia , las m u je re s e stá n obligadas a fingir? En el M alab ar, e n M ad ag ascar, si to d a s las m u je re s son sinceras es p o r q u e satisfacen sin escá n ­ d alo to d a s sus fantasías, p o r q u e tie n e n m il g alan tes y no d e c id e n la elec ció n d e u n esp o so m ás q u e d e s p u é s d e r e p e ti­ d o s ensayos. Lo m ism o o c u rre con los salvajes d e N u e v a O rle a n s, p u e b lo s d o n d e las p a rie n ta s del g ra n Sol, las p rin c e sas n o b le s, | p u e d e n , cu a n d o se h a rta n de sus m arid o s, r e p u ­ d ia rlo s p a ra e s p o sa rse co n o tro s. En tales países, n o se e n ­ c u e n tra n m u je re s in fieles p o rq u e n o tie n e n n in g ú n in te ré s en serlo.

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N o p r e te n d o in fe rir d e esto s e je m p lo s q u e se d e b a n in tro d u c ir e n tr e n o so tro s se m e ja n te s c o stu m b re s. D ig o sola­ m e n te q u e n o se p u e d e d e m o d o ra z o n a b le re p ro c h a r a las m u je re s u n a in fid e lid ad q u e la d e c e n c ia y las leyes les h ac en n ecesarias, y q u e , en fin, n o se cam bian los e fe cto s d e ja n d o su b sistir las causas. T o m e m o s la m a le d ic e n c ia co m o se g u n d o e je m p lo . La m a­ le d ice n cia es sin d u d a u n vicio, p e r o es u n vicio n ec esario p o r q u e en to d o país d o n d e los c iu d ad a n o s n o p articip a n en el m a n e jo d e los a su n to s p ú b lic o s, los c iu d ad a n o s, p o c o in te re sa d o s e n in stru irse , | d e b e n p o d rirs e en u n a v e rg o n z o sa p e re z a . A h o ra b ie n , si en e s te país es c o s tu m b re y está d e m o d a la n za rse al g ra n m u n d o y es d e b u e n g u sto h ab lar m u c h o , el ig n o ra n te , al n o p o d e r h ab lar de las cosas, d e b e n e c e s a ria m e n te h ab lar d e las p e rso n a s. T o d o p a n e g íric o es a b u rrid o y to d a sátira es ag ra d ab le ; so p e n a de se r a b u rrid o , el ig n o ra n te está fo rz a d o a se r m a led icie n te. N o se p u e d e , p u e s, d e s tru ir este vicio, sin an iq u ila r la causa q u e lo p r o ­ d u c e , sin a rra n c a r a los c iu d ad a n o s d e la p e re z a y, p o r c o n s ig u ie n te , sin ca m b ia r la fo rm a del g o b ie rn o 66. ¿ P o r q u é el h o m b re de e s p íritu es, en g e n e ra l, m e n o s m o le s to e n los círc u lo s p a r tic u la re s q u e el h o m b r e d e m u n d o ? P o rq u e el p rim e ro , o c u p a d o en los m ás g ra n d e s o b je to s , n o h abla, en g e n e ra l, d e las p e rso n a s m ás q u e en c u a n to tie n e , c o m o los g ra n d e s | h o m b re s, u n a re la c ió n inm e d iata co n las cosas im p o rta n te s ; p o r q u e el h o m b re de e s p íritu , q u e n o m u rm u ra m ás q u e p ara v en g a rse, lo h ace m uy ra ra m e n te , m ie n tra s q u e el h o m b re d el g ra n m u n d o , p o r el co n tra rio , está casi sie m p re o b lig a d o a m u rm u ra r p ara hablar.

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Lo q u e digo de la m a led ice n cia , lo afirm o del lib e rtin a je c o n tra el cual los m o ralistas h an rea c c io n a d o sie m p re v io le n ­ ta m e n te . El lib e rtin a je es, e n g e n e ra l, d e m a sia d o re c o n o c id o c o m o c o n se c u e n c ia n e c e sa ria del lu jo co m o p ara q u e m e d e te n g a en p ro b a rlo . A h o ra b ie n , si el lu jo , co m o e sto y tan a le ja d o d e p e n s a rlo , p e r o c o m o se c re e en g e n e ra l, es m uy ú til al E sta d o ; si, co m o es fácil m o stra rlo , no se p u e d e e lim in a r el g u s to p o r él y re d u c ir a los ciu d ad a n o s a la 66 Esta es la lógica d e H elvétius: todo vicio tiene una causa social próxim a o una cadena de causas; y com o causa últim a y principal está el gobierno que, con poder y d e b er de reform ar las costum bres, por influencia o particularism o m antiene la «raíz del mal». Y a no es el hom bre el culpable, sino el príncipe. N o es extraño que su libro levantara oleadas de ira.

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p rá c tic a d e las leyes su n tu a rias sin ca m b ia r la fo rm a del g o b ie rn o , sólo j d e s p u é s de algunas re fo rm a s d e e ste g é n e ro sería p o sib le jactarse d e apagar e ste g u sto p o r el lib e rtin a je . T o d a d ec la m ac ió n so b re e s te te m a es b u e n a te o ló g ic a­ m e n te , p e ro n o p o lític a m e n te . El o b je to q u e se p r o p o n e n la p o lítica y la legislación es la g ra n d e z a y la felicidad te m p o ra l d e los p u eb lo s. A h o ra b ien , re sp e c to a e ste o b je to , afirm o q u e si el lu jo es re a lm e n te ú til p a ra F rancia sería rid íc u lo q u e r e r in tro d u c ir e n ella u n a rigidez d e c o s tu m b re s in c o m p a­ tib le co n el g u sto p o r el lu jo . N o hay n in g u n a p ro p o rc ió n e n tre las v en taja s q u e el c o m e rc io y el lu jo p ro c u ra n al E sta d o tal c o m o e stá c o n s titu id o (v en ta jas a las q u e h ab ría q u e re n u n c ia r p ara d e s te rra r d e ella el lib e rtin a je ) y el m al in fin ita m e n te p e q u e ñ o q u e o ca sio n a el a m o r d e las m u je re s. Es q u e ja rs e d e e n c o n tra r en u n a m in a rica algunas lam inillas d e co b re m ezcladas co n | vetas d e o ro . En todas p arte s d o n d e el lu jo es n ec esario , es u n a in c o n se c u e n c ia p o lític a co n s id e ra r la g a la n te ría co m o un vicio m o ral; y si q u ie re c o n s e rv a rse el n o m b re d e vicio, e n to n c e s se d e b e co n v e n ir en q u e hay vicios ú tiles e n cierto s siglos y c ie rto s países y q u e E g ip to d e b e su fertilid ad al lim o d el N ilo . E n e fe c to , q u e se ex a m in e p o lític a m e n te la c o n d u c ta d e las m u je re s galan tes; se v erá q u e, ce n su rab le s en cierto s asp ec to s, so n en o tro s m uy ú tiles al p ú b lic o , p u e s to q u e h acen u n uso d e sus riq u ez as en g en e ral m ás v e n ta jo s o p ara el E stad o q u e las m u je re s m ás serias. El d e s e o d e g u sta r q u e c o n d u c e a la m u je r g alan te al c in te ro , al v e n d e d o r d e telas o d e m o d a s, p e rm ite n o so la m e n te lib rar a u n a in fin id ad d e o b re ro s d e la in d ig e n cia a la q u e les re d u c iría | la p rác tica d e leyes su n tu a ria s, sino q u e in sp ira ta m b ié n acto s d e la m ás escla re cid a caridad. En el su p u e sto d e q u e el lu jo sea útil p ara una nación, ¿no son las m u jeres galantes las q u e, estim u ­ la n d o la in d u s tria d e los arte sa n o s d e lu jo , los h acen cada día m ás ú tiles p a ra el E stad o ? Las m u je re s serias, sie n d o g e n e ro ­ sas c o n m e n d ig o s o crim in ales, son p e o r ac o n sejad as p o r sus d ire c to re s q u e las m u je re s g alan tes p o r su d e s e o d e gu star: éstas alim e n tan a ciu d ad a n o s ú tile s y aq u é lla s a h o m b re s in ú ti­ les e in cluso a e n e m ig o s d e e s ta nació n 67.

67 Rousseau, que no com prendía bien a H elvétius, veía en esto una defensa del Jujo y se oponía en térm inos d e q u e el lujo reproducía profesiones inútiles. C iertam ente este pasaje es un poco sorprendente y contrasta con sus excursus del capítulo III del Prim er D iscurso. A unque H elvétius dice q u e el lujo fem enino son «laminillas d e cobre mezcladas con vetas de

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Se d e s p re n d e de lo q u e ac ab o d e d e c ir q u e n o es p o s ib le p re c ia rse de h a c e r n in g ú n c a m b io e n las ideas d e u n p u e b lo m ás q u e d e s p u é s d e h a b e r h e c h o cam b io s en su leg islació n ; q u e es p o r la re fo rm a d e las ley es p o r la q u e d e b e c o m e n ­ zar la refo rm a d e las j co stu m b res; q u e declam aciones co n tra un vicio útil en la fo rm a actual d e un g o b ie rn o serían p o lí­ ticam ente perjudiciales si n o fu eran vanas; p e ro serán siem p re e s té rile s , p o r q u e la m asa d e u n a n ac ió n n o se d esp laz a m ás q u e p o r la fu e rz a d e las leyes. P o r o tra p a rte , p e rm íta se m e o b se rv a rlo d e paso: e n tre los m o ralistas hay p o c o s q u e sep an o rie n ta r n u e s tra s p a s io n e s u n a s c o n tra o tra s y u sarlas co n eficacia, p ara h a c e rn o s a d o p ta r su o p in ió n ; la m a y o r p a r te d e sus c o n se jo s son d e m a sia d o in ju rio so s. D e b e ría n co n sta ta r, sin em b a rg o , q u e las in ju ria s n o p u e d e n c o m b a tir v e n ta jo s a ­ m e n te los se n tim ie n to s; q u e sólo u n a p a sió n p u e d e triu n fa r fre n te a u n a p asió n ; q u e , p o r e je m p lo , p a ra in sp ira r a la m u je r g alan te m ás d isc re c ió n y m o d e s tia f re n te al p ú b lic o , se d e b e o p o n e r su ¡ v an id ad a su c o q u e te ría , h ac erle se n tir q u e el p u d o r es u n a in v e n c ió n d el a m o r y de la v o lu p tu o s i­ d ad re fin a d a (6 4 ); | q u e es a la gasa co n la q u e e s te m ism o p u d o r c u b re las bellezas d e u n a m u je r a la q u e el m u n d o d e b e la m a y o r p a rte d e sus ¡ p la ce re s; q u e en el M a lab a r, d o n d e lo s jó v e n e s se p r e s e n ta n s e m id e sn u d o s en las asam ­ b leas, y en c ie rto s ca n to n e s d e A m éric a, d o n d e las m u je re s se o fre c e n sin v elo a las m ira d as d e los h o m b re s, lo s d eseo s p ie rd e n to d o lo q u e la c u rio sid a d les c o m u n ica ría e n vivaci­ d ad ; q u e en e sto s p aíses la b ellez a en v ilec id a n o tie n e co ­ m e rc io m ás q u e c o n las n ec e sid a d e s; q u e , p o r el c o n tra rio , e n los p u e b lo s d o n d e el p u d o r cu e lg a un v elo e n tre los d e s e o s y las d e s n u d e c e s, e s te v elo m iste rio so es el talism án q u e r e tie n e al a m a n te en las ro d illas d e su am ada; y q u e es, e n fin , el p u d o r el q u e p o n e en las d éb iles m an o s d e la b e lle z a el c e tro q u e m a n d a a la fuerza. S abed ad em ás, d iría n a la m u je r g a la n te , q u e los d esg ra cia d o s so n m u ch o s; q u e los d e s a fo rtu n a d o s, en e m ig o s n ato s del h o m b re feliz, c o n sid e ra n su felicidad co m o u n c rim e n ; | q u e o d ia n en el o tr o u n a felicid a d d e m asiad o a je n a a ello s; q u e el esp e c tá c u lo d e vues-

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oro», es decir, algo p eq u eñ o com parado con el lujo general (para él producción d e m ercancía), lo cierto es q u e lo justifica. En e l fondo tam bién R ousseau (ver sus Confessiom) que, com o H elvétius, gran aficionado al am or, confiesa amar aquello que la razón le invitaba a condenar: la m ujer noble, la belleza hecha, o ayudada, d e lujo. V er el interesante trabajo d e P. M. M asson, «Rousseau contre H elvétius», en Rerue d ’Histoire Littéraire de la Franee, 1911.

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tras div ersio n es es algo q u e hay q u e aleja r d e sus m iradas y q u e la in d e ce n cia , tra ic io n a n d o el se c re to de v u e s tro s p la ce­ re s, os e x p o n e a to d o s los tiro s d e su venganza. A l s u stitu ir d e e s te m o d o el to n o d e la in ju ria p o r el le n g u a je d el in te ré s , los m oralistas p u e d e n h a c e r a d o p ta r sus m áxim as. N o m e e x te n d e ré m ás so b re e s te p u n to . V o lv ie n d o a mi te m a in sisto en q u e lo s h o m b re s n o tie n d e n m ás q u e a su felicidad, q u e no se lo s p u e d e su stra e r d e esta te n d e n c ia , q u e sería in ú til e m p re n d e rlo y p e lig ro so lo g rarlo ; q u e , p o r co n sig u ie n te , n o es p o sib le c o n v e rtirlo s e n v irtu o so s m ás q u e u n ie n d o su in te ré s p e rso n a l co n el in te ré s g e n e ra l. U n a vez p la n te a d o e s te p rin cip io , es e v id e n te q u e la m o ra l n o es m ás q u e u n a ciencia frívola | si n o se la fu n d e co n la p o lític a d e la legislación; d e d o n d e co n c lu y o q u e , p a ra p re s ta r utilid ad al u n iv e rso , los filósofos d e b e n c o n s id e ra r lo s o b je to s d e s d e el p u n to d e vista q u e los c o n te m p la el legislador. S in e s ta r a rm a ­ d os d el m ism o p o d e r, d e b e n e s ta r an im ad o s p o r el m ism o esp íritu . Es el m o ralista q u ie n d e b e in d ic ar las ley es cu y a e j e ­ cució n el le g isla d o r g a ra n tiz a p o r la aplicació n d el sello d e su p o d e r 6!í. P oco s m oralistas h ay en q u ie n e s esta v e rd a d haya a rra i­ gad o con su ficien te fuerza; au n e n tre a q u e llo s c u y o e sp íritu está h e c h o p ara alcanzar las m ás altas ideas, hay m u c h o s q u e , en el e s tu d io d e la m o ral y e n los re tra to s q u e h ac en d e los vicios, n o están an im ad o s m ás q u e p o r in te re se s p e rso n a le s y o d io s p articu la re s. S ólo se d e d ic a n a la d e sc rip c ió n d e los vicios | in c ó m o d o s p ara su a m b ie n te social, y su e s p íritu , q u e p o co a p o c o se re d u c e al círc u lo d e su in te ré s, p r o n to carece d e la fu e rz a n ec esaria p a ra ele v a rse h a sta las g ran d e s ideas. En la ciencia d e la m o ral, la elev a ció n d el e s p íritu se d e b e a la elev a ció n d el alm a. P ara ca p ta r en e s te c a m p o las v e rd a ­ des re a lm e n te ú tiles a los h o m b re s, se ha d e e sta r an im ad o p o r la p asió n del b ie n g e n e ra l y, d esg ra c ia d a m e n te , en m oral co m o en relig ió n e x iste n m u c h o s h ip ó critas.

68 Así se induce a la teoría del «déspota ilustrado». El filósofo, al m enos el filósofo moral, el verdadero filósofo para H elvétius, es quien dice la ley en la m edida en que esa ley expresa el bien posible para cuyo conocim iento se necesitan las luces. El filósofo es así político: él dice la ley y el legislador, autorizado p o r su poder, la aplica. Por ello es sospechosa, aunque atractiva, la tesis de I. H orow ith en su libro Claude Helvétius, Philosopher o f Democracy and Enlightenment, N ueva Y ork, Paine W hitm an Public., 1954.

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C a p ít u l o X V I

De los moralistas hipócritas

E n tie n d o p o r h ip ó c rita a q u e l q u e n o se d e d ic a al e s tu d io d e la m o ral p o r el d e s e o d e felicidad | d e la h u m a n id ad , sin o q u e se p re o c u p a só lo de sí m ism o . H a y m u c h o s h o m b re s d e e s ta e sp ec ie: se los r e c o n o c e , d e u n a p a rte , p o r la in d ife re n ­ cia c o n la q u e c o n sid e ra n los vicios q u e d e s tru y e n los im p e ­ rio s; y, d e o tra , p o r la v io le n cia co n la q u e se en fa d an c o n tra vicios p riv ad o s é9. En v a n o s e m e ja n te s h o m b re s in sisten en q u e e s tá n in sp ira d o s p o r la p asió n d el b ie n p ú b lic o . Si e s tu ­ v ierais, se les re s p o n d e rá , re a lm e n te an im ad o s p o r e s ta p a­ sión, v u e s tro o d io p o r cada vicio e sta ría sie m p re en p r o p o r ­ ció n al m al q u e este vicio p r o d u c e a la so c ied a d ; y si la vista d e los d e fe c to s m e n o s p e rju d ic ia le s al E sta d o b astará p ara irrita ro s ¡con q u é o jo s co n sid eraría is la ig n o ran c ia d e los m e d io s a p ro p ia d o s para fo rm a r c iu d a d a n o s v alien tes, m ag n á­ n im o s y d e sin te re sa d o s! ¡Q u é triste z a se n tiríais | al p e rc ib ir alg ú n d e fe c to e n la ju ris p ru d e n c ia o en la d istrib u c ió n d e los im p u e sto s, al d e s c u b rir d e fe c to s e n la d isc ip lin a m ilitar, la cual d e c id e fre c u e n te m e n te el d e s tin o d e las batallas y el e s tra g o d e m u ch as provincias! E n to n c e s, p e n e tra d o s co m o N e rv a 7(), p o r el m ás vivo d o lo r se os v e ría a v o so tro s m is­ m o s e n fre n ta ro s a eso s vicios o d ia n d o el día q u e os h ace te stig o s d e los m ales d e v u e s tra p a tria ; o, al m e n o s, to m a r c o m o e je m p lo a aq u e l c h in o v irtu o s o q u ie n , ju sta m e n te irri­ ta d o p o r las v e ja c io n e s d e los g ra n d e s, se p re s e n ta an te el e m p e ra d o r y le e x p o n e sus q u ejas: « V e n g o , le d ic e, a o f re ­ c e rm e al suplicio al q u e s e m e ja n te s p alab ras han a rra s tra d o a se iscien to s d e m is co n c iu d a d a n o s; y te a d v ie rto q u e te p r e p a ­ re s a n uevas e je c u c io n e s: C h in a p o se e to d av ía d ie c io c h o m il b u e n o s p a trio ta s q u ie n e s, p o r la | m ism a causa, v e n d rá n sucesiv a m e n te a p e d irte la m ism a re c o m p e n sa » . Se calla d e s p u é s d e estas palabras; y el e m p e ra d o r, s o r p re n d id o p o r su firm eza, le c o n c e d e la re c o m p e n sa m ás h alag a d o ra p ara un h o m b re

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69 En el original, «vices particuliers». En rigor, H elvétius se refiere a los vicios de los «particulares». Usa «particulier» para designar al individuo; «société particulaire» para referirse a «sociedades privadas», asociaciones, círculos sociales, etc. 70 M arco N erva, em perador rom ano sucesor d e D om iciano. A do p tó y nom bró sucesor suyo a Trajano.

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v irtu o so : el ca stig o d e los cu lp ab le s y la su p re sió n d e los im p u e sto s. E ste es el m o d o d e m a n ifesta rse el a m o r al b ie n p ú b lico . Si re a lm e n te estáis an im ad o s p o r e sta p asió n , d iría a esto s c e n so re s, v u e s tro o d io p o r cada vicio se rá p ro p o rc io n a l al m al q u e e s te vicio o ca sio n a al E stad o ; si sólo os afectan p ro fu n d a m e n te los d e fe c to s q u e os p e rju d ic a n , u su rp áis el n o m b re d e m o ralistas, no sois m ás q u e egoístas.

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Es, p u e s, p o r u n d e sa p e g o ab so lu to a sus in te re s e s p e rs o ­ nales, p o r un e s tu d io p ro fu n d o de la cien cia de la leg islació n , p o r lo q u e un m o ra lista p u e d e | se r ú til a su p atria. En tal caso es capaz d e so p e sa r las v en taja s y los in c o n v e n ie n te s de u n a ley o d e una c o s tu m b re y d e ju zg ar si d e b e se r ab o lid a o conservada. E stam os con dem asiada frecuencia co n streñ id o s a p re s ta rn o s a ab u so s y a c o s tu m b re s b árbaras. Si e n E u ro p a se han to le ra d o los d u elo s d u ra n te ta n to tie m p o , es d e b id o a q u e en estos p aíses d o n d e a d ife re n c ia d e R o m a no se está an im ad o p o r el a m o r d e la p atria, d o n d e el v alo r n o se e je rc ita p o r g u e rra s c o n tin u a s, los m oralistas tal vez n o im a­ g in a b an m e d io s d istin to s a los d u elo s p ara m a n te n e r el c o ra je en el co razó n d e los ciu d ad a n o s y su m in istra r al E sta d o v alien tes d e fe n so re s. C re e n , co n esta to le ran cia, c o m p ra r un g ran b ien al p re c io d e un p e q u e ñ o m al; y se eq u iv o c a n e n el caso p a rtic u la r del d u e lo , p e ro hay o tro s m il casos en los q u e se está re d u c id o a e s ta o p ción. F re c u e n te m e n te es | en la elec ció n e n tre d o s m a le s c o m o se re c o n o c e a u n h o m b re de g en io . ¡Lejos están d e n o s o tro s to d o s eso s p e d a n te s e n a m o ­ rad o s d e u n a falsa id e a d e p erfecció n ! N a d a es m ás p e li­ g ro so , en un E stado, q u e esos m oralistas d e c la m a d o re s y sin e s p íritu q u ie n e s, c o n c e n tra d o s en u n a p e q u e ñ a e sfe ra d e ideas, re p ite n c o n tin u a m e n te lo q u e h an o íd o d e c ir a sus amigos, re c o m ie n d a n sin cesa r la m o d e ra c ió n d e los d e s e o s y q u ie re n an iq u ila r las p a sio n e s en to d o s los co ra z o n e s; n o e n tie n d e n q u e sus p re c e p to s , ú tile s p a ra alg u n o s in d iv id u o s situ ad o s en ciertas circ u n stan cias, serían la ru in a d e las n a­ cio n es q u e lo ad o p ta se n . En e fe c to , si, c o m o nos e n s e ñ a la h isto ria , las p asio n es fu e rte s , tales co m o el o rg u llo y el p a trio tism o en los g rieg o s y los ro m an o s, el fa n a tism o en los á ra b es, la av aricia e n los | filib u ste ro s, e n g e n d ra n s ie m p re los g u e r r e r o s m ás te m ib le s, to d o g e n e ra l q u e m a n d a ra c o n tra se m e ja n te s so ld a d o s a h o m b re s sin p a sio n e s n o o p o n d ría m ás q u e tím id o s c o rd e ro s

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al f u ro r de los lobos. P o r e s o la sabia n a tu ra le z a ha d e p o s i­ ta d o en el c o ra z ó n d e l h o m b re c ie r to r e c e lo c o n tra los ra z o ­ n a m ie n to s d e e sto s filó so fo s; p o r eso las n ac io n e s, so m e tid a s in te n c io n a lm e n te a e s to s p r e c e p to s , so n d e h e c h o in d ó ciles. Sin esta feliz in d o c ilid a d , el p u e b lo e s c ru p u lo s a m e n te re s p e ­ tu o s o d e sus m áxim as lle g aría a ser el d e s p re c io y el esclavo d e los d em ás p u e b lo s. P ara d e te rm in a r h asta q u é p u n to se d e b e ex a lta r o m o d e ­ ra r el fu eg o d e las p a sio n e s, son n e c e sa rio s e sto s v asto s e s p íritu s capaces d e a b a rc a r to d a s las p a rte s del g o b ie rn o . Q u ie n q u ie ra q u e e s té así d o ta d o ha sido, p o r así d e c ir, | d e s ig n a d o p o r la n a tu ra le z a p ara o c u p a r al lad o d el le g isla d o r el carg o d e m in istro p e n s a d o r (6 5 ) y ju stifica r las p alab ras d e C ic e ró n d e q u e un hombre de espíritu jam ás es un simple ciudadano sino un verdadero m agistrado 1 1. A n te s d e e x p o n e r las v e n ta ja s q u e p ro c u ra ría n al m u n d o ideas m ás am p lias y m ás sanas de la m oral, c re o p o d e r su b ra y a r d e paso q u e estas id e as escla re c e ría n in fin ita m e n te | to d a s las ciencias y, s o b r e to d o , la d e la h isto ria , cuyos p ro g re s o s son a la vez e fe c to y causa d e los p ro g re s o s d e la m o ra l 72. Si tu v ie se n m ás in stru c c ió n acerca d el v e rd a d e ro o b je to d e la h isto ria , los e s c rito re s n o d e sc rib iría n d e la v id a p riv a d a d e u n rey só lo los d e ta lle s q u e m a n ifiestan su carácter; n o d e s c rib iría n tan c u rio s a m e n te sus c o s tu m b re s , vicios y v irtu ­ des d o m é stic o s; a d v e rtiría n q u e el p ú b lic o p id e cu e n ta s a los s o b e ra n o s d e sus e d ic to s y n o d e sus cenas; q u e el p ú b lic o d e s e a c o n o c e r el h o m b re q u e hay d e n tr o del p rín c ip e sólo e n c u a n to el h o m b re p a rtic ip a d e las d e lib e ra c io n e s d el p rín ­ cip e; y q u e las a n é c d o ta s p u e rile s d e b e n se r su stitu id a s, p ara

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71 El «ministre penseur», el filósofo q u e inspira la política ilustrada del déspota, viene a ser concebido cono un artista q u e es capaz d e diseñar adecuados equilibrios y oportunos desplaza­ m ientos entre las pasiones humanas cara a la maximización del bienestar colectivo. El «m inistre penseur» ha d e poseer un «esprit vaste», es decir, ha de ser un «hom bre d e talento» (frente al «hom bre d e genio»), d e visión global, d e mirada sintética, de dom inio en el cam po de la ciencia de la moral (de las pasiones) y d e la legislación (de la política). 72 Es im portante la «historia» en la ilustración. H ay razones para pensar que es este m om ento, con la idea d e p ro g reso co m o desarrollo abierto, cuando se traza la posibilidad de esta disciplina. Pero lo más im portante es el «sentido histórico» q u e tiñe todo el saber. C onocer es describir un p roceso desde el origen (sea éste la tabula rasa o el hombre estatua en la gnoseología; sea el «estado natural» e n la teoría social). Se trata de buscar el origen (de la tierra, d e las fuentes, del derecho, d e la religión, de la m oral...) para, así, iniciar el proceso descriptivo de la génesis («origen» com o principio) y valorar el p resen te («origen» com o canon y fundam ento de la m oral o el derecho). V er el cap. V, «La conquista del m undo histórico» de Cassirer, Filosofía de la Ilustración, M éxico, FCE, 1943.

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q u e in stru y a n y p lazcan p o r el cu a d ro ag ra d ab le o a te r ra d o r d e la felicid ad o d e la m is e ria p ú b lic a y d e las causas q u e las h an p ro d u c id o . D e la sim p le | ex p o sició n d e e ste cu a d ro su rg irían u n a in fin id ad d e re fle x io n e s y d e re fo rm a s ú tiles. Lo q u e d ig o en la h isto ria lo e x tie n d o a la m e tafísica y a la ju risp ru d e n c ia . H a y p o cas ciencias q u e n o te n g an alg u n a rela ció n co n la m o ral. La ca d en a q u e las en laza a to d a s tie n e m ás e x te n s ió n d e lo q u e se p ie n sa: to d o e s tá re la c io n a d o en el u n iv erso .

C a p ít u l o X V II

De las ventajas que resultan de los principios más arriba establecidos

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P aso rá p id a m e n te a las v en taja s q u e sacarían d e ello s los in d iv id u o s p a rtic u la re s. C o n sistiría n en d arles id eas claras d e es ta m ism a m o ral, cu y o s p re c e p to s, hasta a h o ra e q u ív o c o s y c o n tra d ic to rio s, han p e rm itid o | a los m ás in se n sato s ju stificar sie m p re la lo c u ra d e su c o n d u c ta co n algunas d e estas m áxi­ mas. P o r o tra p a rte , m ás in stru id o ac erca d e sus d e b e re s, el h o m b re d e p e n d e ría m e n o s d e la o p in ió n d e sus am igos: p ro te g id o c o n tra las in ju stic ias q u e las so c ied a d es en las cu ales vive le in d u c e n a c o m e te r, sin sa b e rlo , se lib ra ría al m ism o tie m p o del te m o r p u e ril d e lo rid íc u lo ; fan ta sm a q u e la p re se n c ia d e la raz ó n an iq u ila , p e r o q u e es el te r r o r d e esas alm as tím id as y p o c o escla re cid as q u e sacrifican sus g u sto s, su re p o so , sus p la ce re s, y algunas v ec es h asta su v irtu d , al h u m o r y lo s ca p rich o s d e e s to s a tra b ilia rio s, a cu y a crítica no se p u e d e e sc a p a r cu a n d o se tie n e la d esg ra cia de ser c o n o c id o p o r ellos. U n ic a m e n te si se so m e te a la raz ó n y a la v irtu d , p u e d e el h o m b re | d esafiar los p re ju ic io s y a rm a rse d e e s to s s e n ti­ m ie n to s v iriles y en é rg ico s q u e fo rm a n el c a rá c te r d istin tiv o d el h o m b re v irtu o so ; se n tim ie n to s d e se a b le s en cada ciu d a­ d a n o y q u e se tie n e d e re c h o de ex ig ir d e los g ran d e s 73.

73 «Des grands» refiere a la élite socio-política d e la sociedad. A veces podría traducirse por

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¿ C ó m o el h o m b re q u e h a sid o a sc e n d id o a los alto s cargos d e r r ib a r á los o b stá c u lo s q u e c ie rto s p re ju ic io s o p o n e n al b ien g e n e ra l y re sis tirá a las am en azas, las cábalas d e g e n te p o ­ te n te , a m e n u d o in te re sa d a e n la d esg ra cia p ú b lic a, si su alm a n o es in accesib le a to d a e s p e c ie d e te n ta c io n e s, te m o re s y p re ju ic io s? P a re c e , p u e s , q u e el c o n o c im ie n to de los p rin c ip io s m ás a rrib a esta b le c id o s p o r lo m e n o s p r o c u ra al h o m b re p a rtic u ­ la r la v e n ta ja d e d a rle u n a id e a n ítid a y se g u ra d e lo h o n ra d o , d e arra n c a rle a e s te re s p e c to d e to d a e sp e c ie d e in q u ie tu d , d e a seg u rarle el re p o s o d e su c o n c ie n c ia | y p r o p o rc io n a rle , p o r c o n s ig u ie n te , lo s p la c e re s in te rio re s y los se c re to s ligados a la p rá c tic a d e la v irtu d . E n c u a n to a las v e n ta ja s q u e sacaría d e e llo el p ú b lic o , se ría n sin d u d a m ás co n sid e ra b le s. C o n s e c u e n te m e n te con e sto s p rin c ip io s se p o d ría c o m p o n e r, si se m e p e rm ite la e x p re s ió n , un ca te c ism o d e p ro b id a d , cuyas m áxim as sim p les, v e rd a d e ra s y al alcance d e to d o s los e s p íritu s, e n s e ñ a ría n a lo s p u e b lo s q u e la v irtu d , in v ariab le en c u a n to al o b je tiv o q u e se p r o p o n e , no lo es e n c u a n to a los m e d io s ap ro p ia d o s p a ra alcan zar e s te o b je tiv o ; q u e se d e b e c o n s id e ra r a las accio n es c o m o in d ife re n te s en sí m ism as; q u e es n ec e sa rio c o m p re n d e r q u e la n e c e sid a d del E sta d o d e b e d e te rm in a r aq u e lla s q u e son dignas d e estim a o d e d e s p re c io ; y, en fin, q u e es el leg isla d o r, p o r el c o n o c im ie n to q u e d e b e te n e r d el in te ré s p ú b lic o , q u ie n d e b e fijar el in sta n te en q u e cada | acció n d e ja d e s e r v irtu o sa y llega a se r viciosa. U n a vez re c ib id o s esto s p rin c ip io s, ¡con q u é facilidad el le g isla d o r ap ag aría las a n to rc h a s d e l fan a tism o y d e la s u p e rs­ tic ió n , s u p rim iría los ab u so s, re fo rm a ría las c o s tu m b re s b ár­ b aras q u e , tal vez ú tiles c u a n d o f u e ro n e stab lecid as, han lle g a d o a se r ta n fu n esta s al u n iv erso ! C o s tu m b re s q u e no su b siste n m ás q u e p o r el te m o r d e n o p o d e r ab o lirías sin su b le v a r a los p u e b lo s, sie m p re ac o stu m b ra d o s a c o n fu n d ir la p rác tica d e ciertas accio n es co n la p ro p ia v irtu d , sin e n c e n ­ d e r g u e rra s largas y c ru e le s y sin o ca sio n a r, en fin, u n a d e estas se d ic io n e s s ie m p re azarosas p ara el h o m b re o rd in a rio y q u e n o p u e d e n r e a lm e n te s e r p rev istas ni apacigu ad as m ás q u e p o r h o m b re s co n u n ca rá c te r y u n e s p íritu vastos.

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«noble», pero a mediados del X V III hay una alta burguesía, en rigor «no noble», aunque con frecuencia com pre el título nobiliario, q u e ocupa altos cargos de la adm inistración, las finanzas, las instituciones, etc.

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| S ó lo d e b ilita n d o la e s tú p id a v en e ra c ió n d e los p u e b lo s p o r las v iejas leyes y c o s tu m b re s se p o n e a los so b e ra n o s en c o n d ic io n e s d e p u rg a r la tie rra d e la m a y o r p a rte d e los m ales q u e la asolan y se les su m in istra n los m e d io s de ase g u ra r la d u ra c ió n d e sus im p e rio s. A h o ra , cu a n d o los in te re s e s d e u n E stad o han ca m b ia d o y las ley es ú tiles en su fu n d ac ió n han llegado a ser nocivas p ara él, estas m ism as leyes, p o r el re s p e to q u e to d a v ía se co n serv a p o r ellas, d e b e n n e c e s a ria m e n te a rra stra r el E sta d o a la ruina. ¿ Q u ié n d u d a d e q u e la d e s tru c c ió n d e la re p ú b lic a ro m an a haya sido el e fe c to d e u n a rid ic u la v e n e ra c ió n d e las an tig u as leyes y d e q u e e s te ciego re s p e to haya fo rja d o las cad en as q u e C ésar im p u so a su p atria? D e sp u é s d e la d e s tru c c ió n d e C a rtag o , cu a n d o R o m a alcanzó la cim a d e la g ran d e za, los ro m a n o s | d e b ie ro n d arse c u e n ta de la re v o lu c ió n q u e a m e ­ n azaba al im p e rio d e b id a a la o p o sic ió n e n tre su s in te re se s, sus c o s tu m b re s y sus leyes, y c o m p re n d e r q u e , p a ra salvar el E stad o , la re p ú b lic a e n te ra n ec e sita b a a p re su ra rs e a h ac er en las ley es y el g o b ie rn o la re fo rm a q u e exigían los tie m p o s y las circ u n sta n cia s y, so b re to d o , d arse p risa en p re v e n ir los cam b io s q u e q u e ría in tro d u c ir la am b ició n p e rs o n a l de los le g isla d o re s, la m ás p e lig ro sa d e las a m b icio n es. Los ro m a ­ nos h ab ría n re c u rrid o a e s te re m e d io si h u b ie ra n te n id o id eas m ás claras s o b re la m oral. Si h u b ie se n e s ta d o in stru id o s p o r la h isto ria de to d o s los p u e b lo s h a b ría n a d v e rtid o q u e las m ism as leyes q u e los hab ían lle v ad o al ú ltim o g ra d o de elev a ció n n o p o d ía n so ste n e rlo s ahí; q u e u n im p e rio es c o m ­ p a ra b le a un navio q u e c ie rto s v ie n to s h an d irig id o a ciertas | la titu d e s 74, d o n d e , z a ran d ea d o p o r o tro s v ien to s, am en aza con n au frag a r si p a ra p r o te g e rs e del h u n d im ie n to , el p ilo to h ábil y p r u d e n te n o cam bia co n p r o n titu d d e m an io b ra: v e rd a d p o lític a q u e había c o n o c id o L o ck e q u ie n , e n el esta ­ b le c im ie n to d e su legislación en la C a ro lin a , q u iso q u e sus ley es n o tu v ie se n v igencia m ás q u e d u ra n te u n siglo y q u e, v e n c id o e s te p lazo, se an u la se n si n o e ra n d e n u e v o ex am i­ nadas y co n firm a d as p o r la nació n 75. E n te n d ía q u e un go-

74 «H auteur». A unque «altura» tam bién es un térm ino m arino, nos parece que «latitud» expresa m ejor la imagen que H elvétius quiere dar. 75 D e hecho tales leyes definían un Estado esclavista. Es el peligro de esta «doctrina ilustrada» de H elvétius, q u e e n nom bre del bienestar público, q u e es definido por el «m inistro filósofo», se p uede legitimar com o históricam ente moral la esclavitud o cualquier régimen despótico. El «bien» es dicho p or la «razón»; el individuo no tiene derecho a equivocarse, aunque sea para ser libre.

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b ie rn o n ec esitab a le y es d ife re n te s se g ú n fu e ra g u e r r e r o o c o m e rc ia n te y q u e u n a legislació n a p ro p ia d a p a ra fa v o re c e r el co m e rc io y la in d u stria p o d ía lle g ar a se r u n día fu n e s to p ara esta co lo n ia si los v e c in o s co n se g u ía n a d ie s tra m ie n to g u e ­ r re ro y las circu n stan cias exigían q u e e s te p u e b lo fu e se e n ­ to n c e s m ás m ilitar q u e c o m e rc ia n te . | A p liq ú e se esta idea d e L ocke a las falsas relig io n es; se estará p r o n to c o n v e n c id o d e la n ec e d a d ta n to d e sus in v e n to ­ res co m o de sus sectarios. E n e fe c to , c u a lq u ie ra q u e ex am in e las relig io n es (q u e , salvo la n u e stra , e stá n todas hech as p o r m an o s h u m an as) c o n s ta ta q u e jam ás han sido la o b ra del e s p íritu vasto y p ro fu n d o d e u n le g isla d o r, sin o del e sp íritu e s tre c h o d e un p articu la r; q u e , p o r c o n s ig u ie n te , estas falsas relig io n es jam ás han sido fu n d ad a s so b re la base d e las ley es y del p rin c ip io d e u tilid ad p ú b lic a, p rin c ip io sie m p re in v aria­ b le, a u n q u e , sie n d o ad a p ta b le en sus aplicaciones a to d as las d iv ersas p o sic io n e s d o n d e p u e d e e n c o n tra rse su c esiv a m e n te un p u e b lo , es el ú n ic o p rin c ip io q u e d e b e n a d m itir aq u e llo s q u e q u ie re n , co m o los A n astasio , R ip p e rd á , T h am as-K o u liK an y Je h an g ir 76, | d iseñar el p ro y ec to de una nueva religión y h ac erla útil p a ra los h o m b re s. Si en la c o m p o sic ió n d e las falsas relig io n es se h u b ie se se g u id o sie m p re e ste p lan , se h a b ría c o n se rv a d o to d o lo ú til q u e hay en estas relig io n es, no se h a b ría d e s tru id o el T á rta ro ni el E líseo, el le g islad o r h a b ría tra z a d o sie m p re cu a d ro s m ás o m e n o s agrad ab les o te rrib le s , se g ú n la fu e rz a m a y o r o m e n o r d e su im aginación. Estas relig io n es, sim p le m e n te d e sp o ja d a s de lo q u e tie n e n de p e rju d ic ia l, no h u b ie sen d o b le g a d o los e s p íritu s b ajo el yugo v e rg o n z o so de una necia cre d u lid a d ; ¡y c u á n to s c rím e n e s y su p e rstic io n e s h u b ie se n d e s a p a re c id o de la tierra! N o se h ab ría v isto al h a b ita n te d e la g ran Ja v a (6 6 ), p e rsu a d id o a la m ás lig era in c o m o d id ad d e q u e la h o ra fatal ha lleg ad o , a p re su ra rs e | a ju n ta rse c o n el D io s d e sus p a d re s, im p lo ra r la m u e rte y c o n s e n tir en rec ib irla; lo s sa c e rd o te s h ab rían in te n ta d o en vano a rre b a ta rle se m e ja n te c o n s e n tim ie n to p ara ah o g a rle d e s p u é s co n sus p ro p ia s m an o s y atra ca rse d e su carn e. P ersia n o h a b ría a lim e n ta d o a e s ta secta ab o m in a b le d e d erv ic h es q u e p id e lim o sn a a m a n o arm ada, q u e m a ta

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76 Juan G uillerm o, D uque d e R ipperdá (1680-1737), fue un aventurero político holandés q ue trabajó al servicio de Felipe I. G ehan-G ir o Jehangir, fue un em perador mongol de com ienzos dei X VII. En cuanto a A nastasio, quizá se refiere a Anastasio II, em perador de O riente de 713 a 715, q u e se hizo m o n je y acabó decapitado.

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im p u n e m e n te a q u ie n q u ie ra q u e n o a d m ita sus p rin c ip io s, q u e le v a n tó u n a m an o h o m ic id a so b re un asceta y h u n d ió el p u ñal en el sen o d e A m u ra th 77. Los ro m a n o s, ta n su p e rsticiosos co m o los n eg ro s (67), n o h a b ría n m e d id o su | c o ra je según el a p e tito de gallinas sagradas. E n fin, las re lig io n e s no h ab ría n fe c u n d ad o en O rie n te los g é rm e n e s de estas g u e rra s (68) largas y cru eles | q u e los sa rrac en o s e n ta b la ro n , p rim e ro c o n tra los cristianos, lu e g o , b a jo las b an d e ras d e los O rn a r y los A l i 78, e n tre ellos, g u e rra s q u e in sp ira ro n la fá b u la q u e em p leó un p rín cip e d el In d u stá n p ara r e p rim ir el ce lo in d is­ c re to d e u n imán. S o m é te te , le decía el im án, a la o rd e n d el A ltísim o . La tie rra re c ib irá su santa ley, la v ic to ria m a rc h a en to d a s p a rte s p o r d e la n te d e O rnar. M ira A rab ia, P ersia, Siria, A sia e n te ra su byugadas, el águila ro m a n a p iso te a d a p o r los pies d e los fieles y la espada del | te r r o r p u e s ta e n m an o s d e K haled. P o r esto s signos c e rte ro s, re c o n o c e la v e rd a d d e m i relig ió n y, so b re to d o , la sublim id ad d el C o rán , la sim p licid ad d e los dogm as, la d u lz u ra d e n u e s tra ley. N u e s tro D io s n o es u n D io s cru el; n u estro s p la ce re s le h o n ran . R e sp ira n d o el o lo r d e los p e rfu m e s, d ice M a h o m a, e x p e rim e n ta n d o las v o lu p ­ tu o sas caricias del am o r, mi alm a se e n c ie n d e co n m ás ferv o r y se lanza m ás rá p id a m e n te hacia el cielo. In se c to co ro n a d o , ¿lucharás d u ra n te m u c h o tie m p o c o n tra tu D ios? A b re los o jo s, m ira las su p e rstic io n e s y los vicios d e los q u e tu p u e b lo está infectad o : ¿lo p riv arás sie m p re d e las lu ces d el C o ­ rán? 79. Im án , re sp o n d ió el p rín c ip e , h u b o u n tie m p o en el q u e en la re p ú b lic a de los ca sto res, co m o en mi im p e rio , h ab ía q u ejas p o r el ro b o d e alg u n o s d e p ó s ito s \ e in c lu so p o r alg u ­ nos asesin ato s; p ara p re v e n ir los c rím e n e s b a sta b a co n ab rir alg u n o s d e p ó s ito s p ú b lic o s, en sa n c h a r las g ra n d e s ru ta s, e s ta ­ b le c e r alg u n o s p u e sto s de vigilancia. El se n a d o d e c a sto res e sta b a d isp u e sto a to m a r e s te p a rtid o , c u a n d o u n o d e ello s, d irig ie n d o su m irad a al azul d e l firm a m e n to , ex c la m ó d e re -

77 Los derviches o dervis son los m iem bros de una secta musulmana. En cuanto a su referencia a Am urath, posiblem ente H elvétius quisiera referirse al gran visir otom ano Sokollu, quien fue apuñalado p o r un m endigo en 1579, du ran te el reino d e M urat III. Con la m uerte de Sokollu, el im perio otom ano cae en un período d e decadencia. 78 O rnar y Alí fueron, respectivam ente, el segundo y el cuarto califas del Islam. O rnar conquistó Siria, Persia y Egipto. Alí tuvo una larga lucha contra M oaviah. Ambos fueron asesinados. 79 Khalid Ibn Al-W alid, general árabe que pasó al Islam en 629. Tras la batalla de M uta contra Bizancio, fue apodado «Espada de Dios». C onquistó La Meca, Irak y parte de Siria.

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p e n te : « T o m e m o s e je m p lo d e l h o m b re . C re e q u e e s te p ala­ cio d e los aires está c o n s tru id o , h a b ita d o y reg id o p o r u n ser m ás p o te n te q u e él; e s te se r lleva el n o m b re d e Michapnr. P u b liq u e m o s e s te d o g m a; q u e el p u e b lo d e los ca sto res se so m e ta a él. P e rsu a d á m o sle d e q u e un g e n io está, p o r o rd e n d e e s te dios, p u e s to co m o c e n tin e la en cada p la n eta ; q u e d e ahí, c o n te m p la n d o n u e stra s accio n es, se o cu p a d e d is trib u ir b ie n es a los b u e n o s y m ales a los m alos. U n a vez rec ib id a esta c re e n c ia , el c rim e n h u irá le jo s d e n o so tro s» . Se calla, los d em ás c o n su lta n , | d e lib e ra n ; la id e a g u sta p o r su n o v ed a d ; es a d o p ta d a ; h e aq u í q u e la re lig ió n es e sta b le c id a y los casto res v iven al p rin c ip io co m o h e rm a n o s. Sin e m b a rg o , p r o n to nace un a g ran controversia. Fue la nutria, dicen unos; fue la rata alm izclera, re s p o n d e n o tro s, la p rim e ra en p r e s e n ta r a M ic h a p u r los g ra n o s d e are n a co n los q u e fo rm ó la tie rra . La d is p u ta su b e d e to n o ; el p u e b lo se d iv id e ; se llega a las in ju ria s y de las in ju ria s a los g o lp e s; el fan atism o toca z a fa rra n c h o d e c o m b a te 80. A n te s d e esta relig ió n se c o m e ­ tían alg u n o s ro b o s y alg u n o s asesin ato s: a h o ra la g u e rra civil se e n c ie n d e y la m itad d e la n ac ió n es dego llad a. In stru id o p o r esta fábula, n o p re te n d a , pues, ¡oh, cruel im án!, añadió e s te p rín c ip e in d io , p ro b a r m e la v erd ad y la u tilid ad d e un a relig ió n q u e asóla el u n iv e rso . R e su lta d e e s te ca p ítu lo q u e si el | le g islad o r es tu v ie ra a u to riz a d o , c o n s e c u e n te m e n te c o n los p rin c ip io s m ás arrib a esta b le c id o s, a h a c e r e n las ley es, las c o stu m b re s y las falsas re lig io n e s, to d o s los cam b io s q u e ex ig en el tie m p o y las circ u n sta n cia s, p o d ría secar la fu e n te de u n a infin id ad d e m ales y a seg u rar el re p o s o d e los p u e b lo s, e x te n d ie n d o así la d u ra c ió n de los im p e rio s.

P or o tra parte, ¡cuánta luz arrojarían estos principios sobre la m oral, haciéndonos p ercib ir la d ep en d en cia necesa­ ria que enlaza las costum bres con las leyes en un país y enseñánd o n o s que la ciencia de la m oral no es o tra cosa que la ciencia de la legislación! ¿Q uién duda de que si fuesen los m oralistas más asiduos en este estu d io podrían elevar esta ciencia hasta un grado de p erfección que los buenos espíritus no p u ed e n ahora más que en tre v e r y que tal vez | no se imaginan que p u ed a ser jamás alcanzado (69)? Si en casi to d o s los g o b ie rn o s las leyes, sin c o h e ren cia

80 En el texto francés, «sonne la charge».

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e n tre ellas, p a re c e n se r la o b ra | d e l p u r o azar, es p o r q u e aq u e llo s q u e las h ac en , g u ia d o s p o r fin es e in te re se s d ife re n ­ te s, se p re o c u p a n p o c o ac erca d e su re la c ió n e n tr e sí. P asa c o n la fo rm a ció n d el c u e rp o e n te r o d e leyes lo m ism o q u e c o n la fo rm a c ió n d e ciertas islas: los ca m p e sin o s q u ie re n v aciar su ca m p o d e m ad eras, p ie d ra s, h ie rb a s y lim os in ú tiles; co n e s te fin, los a rro ja n a u n río d o n d e v eo esto s m a te ria le s, a rra stra d o s p o r las c o rrie n te s, ac u m u la rse a lre d e d o r d e alg u ­ nas cañas, c o n so lid a rse y fo rm a r, e n fin, u n a tie rra firm e. Sin em b a rg o , es a la u n ifo rm id a d d e los fin es d el legisla­ d o r, a la d e p e n d e n c ia d e las ley es e n tre sí, a lo q u e se d e b e su ex celen cia. P ara e s ta b le c e r esta d e p e n d e n c ia es n e c e s a rio re fe rirla s to d a s a un p rin c ip io sim p le tal c o m o el d e la u tilid ad p ú b lic a, es d ec ir, d el m a y o r n ú m e ro | d e h o m b re s so m e tid o s a la m ism a fo rm a d e g o b ie rn o ; p rin c ip io cuya e x te n sió n y fec u n d id ad n ad ie co n o c e ; p rin c ip io q u e ab arca to d a la m o ral y la leg islación, q u e m u c h a g e n te re p ite sin e n te n d e r y d el q u e los m ism o s leg isla d o re s n o tie n e n to d a v ía m ás q u e u n a idea su p erficial, al m e n o s si se ju zg a p o r la d esg racia d e casi to d o s los p u e b lo s d e la tie rra (70).

|C a p í t u l o X V III

D el espíritu considerado con relación a diversos siglos y países

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H e p ro b a d o q u e las m ism as ac cio n es, su c e siv a m e n te ú ti­ les y p e rju d ic ia le s e n d iv e rso s siglos y países, e ra n u n as veces estim a d as, o tra s veces d e sp re cia d as. Pasa co n las ideas lo m ism o q u e c o n las acciones. La d iv e rsid ad d e los in te re se s de los p u e b lo s y los cam bios o c u rrid o s en e sto s m ism o s in te re ­ ses p ro d u c e n re v o lu c io n e s en sus g u sto s, d an lu g ar a la c re a c ió n o a la an iq u ilació n re p e n tin a y to ta l d e cierto s g é n e ro s de e s p íritu y | el d e s p re c io , in ju s to o le g ítim o , p e ro sie m p re re c íp ro c o , q u e en m a te ria d e e s p íritu lo s d iv erso s siglos y p aíses s ie n te n sie m p re u n o s p o r o tro s. P ro p o sic ió n cu y a v erd a d p ro b a ré e n los d o s ca p ítu lo s sig u ie n te s p o r m e d io de e je m p lo s.

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C a p í t u l o X IX

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La estima por los diferentes géneros de espíritu es en cada siglo proporcionada a l interés que se obtiene de estimarlos

P ara d e m o s tra r la to ta l e x a c titu d d e e sta p ro p o sic ió n , to m e m o s en p r im e r lu g a r las n o v elas c o m o e je m p lo . D e sd e los A m ad ís h a sta las n ovelas de n u e s tro s días, este g é n e ro h a e x p e rim e n ta d o su c e siv a m e n te | m iles d e cam bios. ¿Se q u ie re sa b e r la causa? P re g ú n te s e p o r q u é las n o v elas m ás estim ad as hace tre sc ie n to s a ñ o s nos p a re c e n h oy a b u rrid a s o rid icu las y se a d v e rtirá q u e el p rin c ip a l m é rito d e la m a y o r p a rte d e estas o b ras d e p e n d e d e la e x a c titu d co n la q u e se d e s c rib e n en ellas los vicios, las v irtu d e s , las p asio n es, lo s usos y las rid ic u le c e s d e u n a nación. A h o ra b ie n , las c o s tu m b re s d e u n a nació n ca m b ian a m e n u d o d e u n siglo a o tro ; e s te c a m b io d e b e p ro d u c ir v aria­ cio n e s e n el g é n e r o d e sus n o v elas y d e su g u sto : u n a nación está, p o r in te ré s e n su e n tre te n im ie n to , casi sie m p re fo rz ad a a d e s p re c ia r en u n siglo lo q u e a d m ira b a en el siglo p re c e ­ d e n te (71). L o q u e d ig o d e las n ovelas | p u e d e aplicarse casi a to d a s las o bras. P e ro p ara d e m o s tra r con m ás | fu e rz a es ta v e rd a d , tal vez se d e b a c o m p a ra r el e s p íritu d e los siglos d e ig n o ra n c ia 81 c o n el e s p íritu d e n u e s tro siglo. D e te n g á m o n o s u n m o m e n to en e s te ex a m e n . C o m o los eclesiástico s e ra n lo s ú n ic o s q u e sabían e scrib ir, n o p u e d o sacar m is e je m p lo s m ás q u e d e sus o b ras y d e sus se rm o n e s. Q u ie n los lea n o p e rc ib irá m e n o s d ife re n c ia e n ­ tre los d e M e n o t (7 2 ) | y lo s d e l p a d re B o u d a lo n e q u e e n tre el Caballero del sol y la Princesa | de Cleres 82. A l cam b iar nú estras c o s tu m b re s y a u m e n ta r n u e stra s lu c es, nos | re iría m o s h o y d e lo q u e se a d m ira b a an tañ o . ¿ Q u ié n n o se re iría d el se rm ó n d e u n p re d ic a d o r d e B u rd e o s q u ie n , p a ra p ro b a r to d a la g ra titu d d e los m u e rto s p o r a q u e llo s q u e d a n d in e ro a

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81 Los «siécles d’ignorance» son la Edad M edia, para los ilustrados, la época del dom inio de la «som bra», cuya salida a la «luz» se inicia en el R enacim iento y «resplandece» en ei «siglo de las luces», iluminado, esclarecido... 82M ichel M enot (1440-1518): predicador francés d e la orden de los «cordeleros»; fue apodado Lengua de Oro. Sin em bargo, se encuentran en sus serm ones, al lado de fragmentos retóricam ente adm irables, paisajes burlescos, escritos en un lenguaje macarrónico. La Princesa de Cleves (1678), obra principal de Mme. de La Fayette, es considerada como el m odelo más pu ro del arte clásico d el siglo X V II. Introduce la era d e la novela psicológica moderna.

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los m o n je s para q u e re c e n a D io s p o r ellos, decía g ra ­ v e m e n te en el p u lp ito q u e «basta co n el so n id o d el d in e ro q u e cae en el cepillo o la bacinilla y q u e h ace tm tin tin, p ara q u e todas las alm as d el p u rg a to rio se e c h e n ta n to a re ír q u e hagan ja ja ja, ji ji ji (73)?» | En la sim plicidad d e los siglos de ignorancia, los o b je to s se re p re s e n ta n b ajo un a sp e c to m uy d ife re n te a a q u é l b a jo el cual se los c o n s id e ra en los siglos esclarecid o s. Las trag ed ias d e la P asión, ed ifican tes p ara n u e s tro s a n te p a sa d o s, n o s p a re ­ cerían a c tu a lm e n te escandalosas. P asaría lo m ism o con casi to d a s las sutiles cu e stio n e s q u e se d eb a tía n e n aq u el tie m p o en las escu elas de teo lo g ía. N a d a p a re c e ría h o y m ás in d ec e n te q u e unas d isp u tas en reg la | p a ra sa b e r si D io s está v estid o o d e s n u d o en la h o stia, si D io s es to d o p o d e ro s o , si tie n e el p o d e r de p e c a r, si D io s p o d ría a d o p ta r la n atu ra lez a d e la m u je r, del d ia b lo , el asno, la ro ca o la calabaza y m iles de c u e stio n e s to d a v ía m ás ex tra v ag a n tes (74). T o d o , hasta los m ilagros, llev ab an en e s te tie m p o d e ig n o ran c ia la h u ella del m al g u sto d el siglo (7 5 ).

10-11 | E n tre m u c h o s d e esto s p re te n d id o s | m ilagros rela tad o s 12 en las Memorias \ de la Academia de las Inscripciones y Bellas Letras (7 6 ), e lijo u n o q u e o c u rrió a favor de u n m o n je . «E ste m o n je volvía d e u n a casa e n la q u e se in tro d u c ía to d as las n o ches. T e n ía q u e a tra v e sa r a la v u e lta un río: S atán v o lc ó la b arca y el m o n je se a h o g ó m ie n tra s co m e n z a b a el in v ita to rio d e las m a itin e s d e la V irg en . D o s d iablos se a p o d e ra n de su alm a y son d e te n id o s p o r dos án geles q u e la rec lam a n en 13 cu alid ad d e cristian a.» « S e ñ o re s, d ic e n los | d ia b lo s, es v e r­ d ad q u e D io s ha m u e rto p ara sus am igos y esto no es u n a fáb ula, p e ro é s te esta b a e n tre los e n e m ig o s d e D io s. Y p u e s to q u e lo h e m o s e n c o n tra d o e n la b asu ra d el p ec ad o , lo tira re m o s al lodazal d el in fie rn o ; se re m o s b ien re c o m p e n s a d o s p o r n u e s tro s p re b o s te s .» D e s p u é s d e m uchas p ro te sta s, los án g eles p r o p o n e n lle v ar el litig io al trib u n a l de la V irg en . Los d iab lo s re s p o n d e n q u e d e b u e n g ra d o to m a rá n a D io s p o r ju ez, p o r q u e juzga se g ú n las ley es; p e r o d e la V irg e n , d icen: « n o p o d e m o s e s p e ra r justicia: ro m p e ría to d as las p u e rta s del in fie rn o an tes d e d e ja r en él u n so lo día al q u e d u ra n te su v id a haya h e c h o algunas re v e re n c ia s a su im agen. D io s n o la con14 tra d ic e en nada. P u e d e | d ec ir q u e la u rra c a es n e g ra y q u e el agua tu rb ia es clara: le c o n c e d e to d o . Y a n o sa b em o s a q u é a te n e rn o s: d e u n a m b o h ac e u n te rn o , de un d o b le d o s, un

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q u in te rn o ; tie n e el d a d o y la su e rte : el d ía e n q u e D io s hizo d e ella su m a d re fu e fatal p ara n o so tro s.» Sin d u d a sería m o s p o c o ed ificad o s p o r u n m ilag ro se m e ­ ja n te y n os re iría m o s ig u a lm e n te d e e s te o tro m ilag ro sacado d e las Cartas edificantes y curiosas sobre la visita del obispo de Halicarnaso y q u e m e ha p a re c id o d e m a sia d o g rac io so p ara re s is tir al d e s e o d e p o n e rlo aquí. P ara p r o b a r la ex c elen c ia del b a u tism o , el a u to r c u e n ta q u e « an tañ o , e n el re in o d e A rm e n ia , h u b o u n re y q u e te n ía m u c h o o d io c o n tra lo s cristian o s; p o r eso p e rsig u ió la re li­ g ió n d e u n a m a n e ra m uy cru el. | M e re c ía q u e D io s le castig ara. S in em b a rg o , D io s, in fin ita m e n te b u e n o , q u e a b rió el c o ra z ó n d e San P ab lo p a ra c o n v e rtirlo m ie n tra s p e rse g u ía a los fieles, a b rió ta m b ié n el co ra z ó n d e e s te rey p ara q u e co n o c ie se la sa n ta relig ió n . U n a vez, m ie n tra s el re y ce le­ b ra b a c o n s e jo en el p alacio c o n los m a n d a rin e s, p a ra d e lib e ­ ra r so b re los m e d io s d e a b o lir e n te ra m e n te la relig ió n cris­ tia n a e n el re in o , d e r e p e n te el rey y los m a n d a rin e s se tra n sfo rm a ro n e n ce rd o s. T o d o el m u n d o a c u d ió a cau sa d e los g rito s d e e sto s ce rd o s, sin sa b er cuál p o d ía se r la causa d e un a cosa tan ex tra o rd in a ria E ntonces, un cristiano llam ado G re g o rio q u e h ab ía sido to r tu r a d o el día a n te rio r a c u d ió a cau sa del ru id o y r e p ro c h ó al rey su c ru e ld a d hacia la re li­ g ió n . Al h a c e r G re g o rio | e s te d isc u rso , los c e rd o s se d e tu v ie ro n ; y, u n a vez callados, le v a n ta ro n el h o cico hacia a rrib a p a ra escu c h ar a G re g o rio , q u ie n in te rro g ó a to d o s los c e rd o s en esto s té rm in o s: «¿E stáis d e c id id o s a c o rre g iro s d e s d e a h o ra en a d e la n te? Al o ír e s ta p re g u n ta , to d o s los c e rd o s h ic ie ro n u n m o v im ie n to c o n la ca b ez a y g ru ñ ie ro n s3, co m o si h u b ie ra n | d ic h o sí. G re g o rio v olvió a to m a r la palabra: «Si estáis d ecid id o s a c o rre g iro s, si o s a rre p e n tís d e v u e s tro s p e c a d o s y q u e ­ ré is ser b au tizad o s p a ra o b s e rv a r p e rfe c ta m e n te la re lig ió n , el S e ñ o r os co n sid e ra rá e n su m ise ric o rd ia ; si n o , seréis in felices e n e s te m u n d o y e n e l o tro » . T o d o s los c e rd o s m o v ie ro n la cabeza, h ic iero n u n a re v e re n c ia y g ru ñ e r o n c o m o si h u b ie ra n q u e rid o d ec ir q u e así d e s e a b a n q u e fu era. G re g o rio , al v e r a los c e rd o s h u m ild e s d e e s te m o d o , to m ó agua b e n d ita y b a u ­ tizó a to d o s los ce rd o s. Y o c u rrió e n el ac to un g ra n m ilagro: a m e d id a q u e b au tiza b a cada ce rd o , p r o n to é s te se tra n sfo rm a b a en u n a p e rso n a m ás b ella q u e antes.

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83 H elvétius juega con la onom atopeya «ouen, ou en , ouen» y el «oui» del sí francés.

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E sto s m ilag ro s, se rm o n e s, trag ed ias y estas c u e stio n es te o ló g ic as q u e ah o ra n os p a re c e n tan ridicu las e ra n y d eb ían se r a d m irad o s e n lo s siglos d e ig n o ran cia, p o r q u e estab a n ad e c u a d o s al e s p íritu d el tie m p o y p o r q u e los h o m b re s sie m ­ p re ad m iran las ideas análogas a las suyas. La im b ecilid ad g ro s e ra d e la m a y o r p a rte de ello s n o les p e rm itía c o n o c e r la sa n tid a d y la g ra n d e z a d e la relig ió n ; e n casi todas las cabezas, la | re lig ió n n o era, p o r así d ec ir, m ás q u e u n a su p e rsti­ ción y u n a id o latría. En favor d e la filosofía, se p u e d e d ec ir q u e te n e m o s u n a m ás alta o p in ió n de la relig ió n . P o r in ju sto q u e sea u n o hacia las ciencias, p o r m u c h o q u e se las acu se d e in tro d u c ir la c o rru p c ió n en las c o s tu m b re s, es c ie rto q u e las d e n u e s tro c le ro son ah o ra ta n p u ras c o m o d ep ra v ad as eran e n to n c e s, al m e n o s si se c o n su lta n ta n to la h isto ria co m o los a n tig u o s p re d ic a d o re s 84. M aillard y M e n o t, los m ás cé le b re s e n tre ello s, tie n e n sie m p re e s ta p a la b ra e n la boca: Sacerdo­ tes, religiosi concubinari. ¡M alditos!, g rita M aillard 8S, in fam es cu yos n o m b re s e stá n in sc rito s en los re g istro s d el d iab lo ; la d ro n e s, co m o d ic e San B e rn a rd o , ¿acaso p en sáis q u e los fu n d a d o re s d e v u e s tro s b en e ficio s os los han d a d o p a ra q u e n o hagáis o tra cosa | q u e vivir e n p ro m isc u id a d co n m u je res? Y v o so tro s, se ñ o re s g o rd o s abares, q u e con v u e s tro s b e n e fi­ cios alim e n táis caballos, p e rro s y m u je re s, p re g u n ta d a San E ste b an si llegó al p araíso p o r llevar s e m e ja n te vida, d án d o s e co m ilo n a s, e s ta n d o sie m p re e n tre festin es y b a n q u e te s y r e ­ p a rtie n d o los b ie n e s d e la Iglesia y d el c ru c ifijo a las m u je re s d e la vida (77)». | N o m e d e te n d r é m ás en c o n s id e ra r e sto s siglos g ro se ro s d o n d e to d o s los h o m b re s, su p e rsticio so s y v alien tes, n o se d iv e rtía n m ás q u e co n c u e n to s d e m o n je s y h azañas d e caballería. La ig n o ran c ia y la sim plicidad so n sie m p re m o n ó ­ to nos: an tes d e la re n o v a c ió n de la filosofía, los a u to re s , a u n q u e n acid o s e n siglos d ife re n te s , e scrib ía n to d o s co n el m ism o to n o . Lo q u e se llam a g u sto su p o n e c o n o c im ie n to . N o hay g u sto ni, p o r co n sig u ie n te , re v o lu c io n e s d el g u sto en

84 H elvétius al referirse a la «filosofía» está indicando el saber ilustrado d e su siglo en que p or «filósofo» se entiende ese h o m b re n o som etido a la religión y las buenas costum bres. Su referencia a las ciencias señala q u e esos clérigos que se han entregado a la práctica científica (muchos de ellos colaboradores d e la Enciclopedia), frecuentem ente acusados p o r la jerarquía, tienen más valor que aquellos medievales o m edievalizantes que, si bien fíeles a la ortodoxia, reproducían historietas com o la de los cerdos de G regorio. 85 O liver Maillard (1430-1502), predicador franciscano, vicario general de su orden. Fue confesor de Carlos V III. D octor d e la Universidad de París, predicó en toda Europa.

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los p u e b lo s | b árb a ro s; o, al m e n o s, n o so n n o ta b les m ás q u e e n los siglos esclarecid o s. A h o ra b ie n , e s to s tip o s de re v o lu ­ cio n es van sie m p re p re c e d id o s p o r algún cam bio en la fo rm a d e g o b ie rn o , en las c o s tu m b re s, las leyes y la p o sic ió n d e un p u e b lo . E xiste, p u e s , u n a d e p e n d e n c ia se c re ta m e n te e s ta b le ­ cid a e n tre el g u sto d e u n a nació n y sus in te re se s S6. P ara e s c la re c e r e s te p rin c ip io p o r m e d io de algunas ap li­ ca cio n es, p re g ú n te s e p o r q u é la p in tu ra trágica d e las v e n ­ ganzas m ás m e m o ra b le s, tales co m o la d e los A trid as 87, no e n c e n d e ría n ya e n n o so tro s los m ism o s a rre b a to s q u e ex c ita­ ban a n ta ñ o en los g rie g o s, y se v erá q u e esta d ife re n c ia d e im p re s ió n se d e b e a la d ife re n c ia e n tre n u e s tra relig ió n , n u e s tra civilización y la re lig ió n y civilización d e los g rieg o s. | Los an tig u o s elev a b an te m p lo s a la venganza. E sta pasión, c o n s id e ra d a h oy día c o m o un vicio, c o n ta b a e n to n c e s e n tre las v irtu d e s. La civilización an tig u a favorecía e s te cu lto . En u n siglo d e m asiad o g u e r r e r o p ara n o se r un p o c o fero z, el ú n ic o m e d io d e en lazar la có lera, el f u ro r y la traició n e ra atar el d e s h o n o r al o lv id o de la in ju ria , situ ar sie m p re el cu a d ro d e la ven g an za al lad o del cu a d ro de la afren ta. D e e s te m o d o se m a n te n ía en el co ra zó n d e los ciu d a d a n o s u n te m o r re s p e tu o s o y salu d ab le q u e sup lía la falta d e civiliza­ ción. La d e sc rip c ió n d e e s ta p asió n e ra , p u es, d em asiad o an álo g a a la n ecesidad y al p e rju ic io d e los p u e b lo s an tig u o s p a ra n o ser c o n s id e ra d a co n placer. P e ro en el siglo en el q u e vivim os, en un tie m p o e n el q u e la civilización e stá m u y p e rfe c c io n a d a , a e s te re sp e c to d o n d e | p o r o tra p a rte n o e sta m o s so m e tid o s a los m ism o s p re ju ic io s, es e v id e n te q u e c o n s u lta n d o d e igual m a n e ra n u e s ­ tr o in te ré s sólo p o d e m o s v e r co n in d ife re n c ia la p in tu ra d e u n a p asió n q u e , le jo s de m a n te n e r la paz y la a rm o n ía e n la so c ied a d , no o ca sio n a ría en ella m ás q u e d e s ó rd e n e s y c ru e l­ d ad es in ú tiles. ¿ P o r q u é las trag e d ias llenas d e esto s s e n ti­ m ie n to s viriles y e n é rg ic o s q u e in sp ira el a m o r p o r la p atria p ro v o ca ría n e n n o s o tro s só lo im p re sio n e s ligeras? P o rq u e es m uy ra ro q u e los p u e b lo s u n a n c ie rta e sp e c ie d e c o ra je y d e

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86 Por «goút», concepto im portante en el siglo X V III, debem os entender «sensibilidad» estética, tinura... H em os m antenido «gusto» porque H elvétius entiende por «sensibilité» la sensibilidad física, el ser sensible. En la expresión castellana «buen gusto» se expresa bastante bien el sentido de «goüt». H7Los Atridas son los descendientes d e A treo, sobre los cuales pesa la maldición d e un prim er crimen por parte d e éste junto con Tiestes, al matar a su herm ano Crisipo. La cadena d e crím enes no se detiene hasta llegar a O restes.

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v irtu d co n el m ás e x tre m o s o m e tim ie n to , p o r q u e los ro m a ­ n o s lle g a ro n a se r b ajo s y viles en c u a n to tu v ie ro n u n a m o y p o r q u e , e n fin, co m o d ic e H o m e ro : «El h o rrib le in sta n te q u e carga d e cad en a s a u n h o m b re lib re , le a rre b a ta la m itad d e su v irtu d p rim e ra » . D e d o n d e co n c lu y o q u e los siglos d e ¡ lib e rta d e n los q u e se e n g e n d ra n los g ra n d e s h o m b re s y las g ra n d e s p a s io n e s son ta m b ié n los ú n ic o s en los q u e los p u e b lo s so n v e rd a d e ra ­ m e n te a d m ira d o re s de se n tim ie n to s n o b le s y v alien tes. ¿ P o r q u é el g é n e ro d e C o rn e ille e ra m ás ap re c ia d o en v ida d e e s te ilu stre p o e ta q u e ah o ra? P o rq u e se salía e n to n ­ ces d e la Liga, de la F ro n d a 8S, de esto s tie m p o s ag itad o s en los q u e los e s p íritu s, to d a v ía e n a rd e c id o s p o r el fu e g o d e la se d ició n , e ra n m ás a tre v id o s, estim a b an m ás los s e n tim ie n to s au d a ce s y e ra n m ás su sc e p tib le s d e am b ició n ; p o rq u e los c a ra c te re s q u e C o rn e ille da a sus h é ro e s , los p ro y e c to s q u e h ace c o n c e b ir a sus am b icio so s e ra n , p o r c o n sig u ie n te , m ás a n álo g o s al e s p íritu d e su siglo q u e al d el actual; p o rq u e a h o ra se e n c u e n tra n p o c o s h é ro e s (7 8 ), p o co s ciu d ad a n o s | y p o c o s am bicio so s; p o r q u e u n a calm a feliz ha su c ed id o a ias m u ch as to rm e n ta s y los v o lcanes de la se d ic ió n están p o r to das p a rte s apagados. ¿C ó m o p u e d e n s o r p re n d e r a u n a rte sa n o a c o stu m b ra d o a g e m ir b ajo el p e s o d e la in d ig e n cia y d el d e s p re c io , a u n h o m b re rico y h asta a u n g ra n s e ñ o r a c o stu m b ra d o a a rra s­ tra rse d e la n te d e u n alto d ig n a tario , a c o n s id e ra rlo co n el sa n to r e s p e to q u e el eg ip cio tie n e p o r sus d io se s y el n e g ro p o r su fe tic h e , eso s v erso s d o n d e C o rn e ille dice: « P o r ser m ás q u e u n rey, ¿te cre e s alguien?» S e m e ja n te s se n tim ie n to s d e b e n p a re c e rle s lo co s y g igan­ tesco s; n o p o d ría n a d m ira r su elev ació n sin te n e r q u e ru b o rizarse p o r la b a je z a | d e los suyos. Es p o r ello p o r lo q u e , e x c e p tu a n d o a u n p e q u e ñ o n ú m e ro de e sp íritu s y d e ca ra c te ­ res elev a d o s q u e c o n serv an to d a v ía p o r C o rn e ille u n a estim a ra z o n a d a y se n tid a , los d em ás a d m ira d o re s d e e s te g ra n p o e ta lo estim a n m e n o s p o r se n tim ie n to q u e p o r p re ju ic io y d e palabra.

Pierre C orneille (1606-1684) es el p rim er gran dram aturgo de Francia y uno d e los más grandes trágicos universales. A u to r d e E l Cid, Horacio, Cinna, Polyeucto, etc. La Fronda fue una especie d e partido revolucionario d e la nobleza francesa que durante la minoría de edad de Luis X IV com batió el absolutism o del cardenal M azarino. La Liga fue una confederación católica fundada en 1576 para defender el catolicismo contra los calvinistas y derrocar a Enrique III.

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T o d o ca m b io q u e o c u rra en el g o b ie rn o o e n las c o stu m ­ b re s d e u n p u e b lo d e b e n e c e s a ria m e n te causar re v o lu c io n e s e n su g u sto . D e u n siglo a o tr o un p u e b lo es afe ctad o en d iv ersas fo rm as p o r los m ism o s o b je to s , según la p asió n d ife re n te q u e lo anim a. O c u rre co n los s e n tim ie n to s d e los h o m b re s lo m ism o q u e co n sus ideas: d e l m ism o m o d o q u e n o co n c eb im o s en lo s o tro s m ás q u e las ideas análogas a las n u estra s, n o p o d e ­ m o s se r afe cta d o s co m o d ic e S alustio m ás q u e p o r p asio n es q u e nos | c o m u n ic a n a n o so tro s m ism o s co n fu e rz a (79). P a ra ser afe cta d o p o r la d escrip ció n d e alguna p asió n , es n e c e s a rio h a b e r sido u n o m ism o su ju g u e te . S u p o n g a m o s q u e el p a s to r T irso y C a tilin a 89 se e n c u e n ­ tre n y se co n fíe n re c íp ro c a m e n te los se n tim ie n to s d e a m o r y d e am b ició n q u e lo s agitan; n o p o d rá n d e m o d o c ie rto co ­ m u n ic a rse las im p re sio n e s d istin ta s q u e ex c ita n en ellos las p asio n es d ife re n te s q u e los anim an. El p rim e ro , no co n c ib e lo q u e tie n e de tan se d u c to r el p o d e r s u p re m o y el se g u n d o , lo q u e la c o n q u ista d e u n a m u je r p u e d e te n e r d e tan hala­ g ü e ñ o . A h o ra b ie n , p ara ap licar a los d ife re n te s g é n e ro s trág ico s e s te p rin c ip io , d ig o q u e e n | to d o país d o n d e los h a b ita n te s n o p a rtic ip a n en el m a n e jo d e los asu n to s p ú b li­ cos, d o n d e se m e n c io n a n r a ra m e n te las p alab ras p a tria y c iu d ad a n o , no se c o m p la c e al p ú b lic o m ás q u e p re s e n ta n d o e n el te a tro p asio n es q u e c o n v ie n e n al in d iv id u o p riv ad o , tales co m o las del am o r. N o es q u e to d o s los h o m b re s sean ig u a lm e n te sen sib le s a ella; se g u ra m e n te las alm as altivas y au d aces, las alm as d e los am b icio so s, p o lítico s, avaro s, an cia­ n o s o n eg o c ia n tes, se c o n m u e v e n p o co a n te la d e s c rip c ió n d e e s ta pasión: y es p re c is a m e n te la raz ó n p o r la cual las o b ra s d e te a tro n o tie n e n é x ito s p le n o s y c o m p le to s 90 m ás q u e en los E stad o s re p u b lic a n o s, d o n d e el o d io d e los tira n o s, el a m o r a la p a tria y a la lib e rta d so n , si se m e p e rm ite la e x p re sió n , p u n to s d e c o n v e rg e n c ia d e la estim a pública.

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89 El pastor Tirsis es Baco, cuya figura suele llevar como cetro una vara enram ada, cubierta de hojas d e vid y de h ie d ra Lucio Sergio Catilina (109-62 a. C.) fue un noble rom ano, jefe de una conspiración descubierta por C icerón. 90 A veces da la im presión que H elvétius está escribiendo una especie de «psicología del público» (entendido éste com o ese sector social que asiste al teatro, al concierto, al salón de a rte y que lee las obras literarias) instrum ental para el autor (filósofo, com ediante, músico, artista...) que desee conseguir satisfacer sus justas y nobles pasiones d e gloria. Y, en ese proyecto, aparecen dos tipos d e «public», q u e corresponden a dos sistemas de legislación y de moral: aquel que está dom inado p o r lo «particulier», p or lo privado, y el q ue se agita animado por lo universal, p or el interés público.

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| E n c u a lq u ie r o tr o g o b ie rn o , al n o e sta r los ciu d ad an o s re u n id o s p o r el in te ré s co m ú n , la d iv e rsid ad d e los in te re se s p e rso n a le s d e b e n e c e sa ria m e n te o p o n e rs e a la u n iv ersalid ad d e los aplausos. En esto s p aíses n o se p u e d e as p ira r m ás q u e a éx ito s m ás o m e n o s e x te n so s, d e s c rib ie n d o p asio n es m ás o m e n o s g e n e ra lm e n te in te re sa n te s p a ra los p articu la re s. A h o ra b ien , e n tre las p asio n es de e sta e sp e c ie , nadie d u d a d e q u e la del am o r, fu n d a d a en p a rte so b re u n a n ecesid ad d e la n a tu ra ­ leza, sea la m ás u n iv e rsa lm e n te sentida. P o r es ta raz ó n se p re fie re ah o ra , en F rancia, el g é n e ro d e R acin e al d e C o rn e i­ lle q u e , en o tr o siglo o en un país d ife re n te , co m o p o r e je m p lo In g la te rra , p ro b a b le m e n te sería p re d ile c to . Es u n a c ie rta d e b ilid a d d e carácter, co n se c u e n c ia necesaria del lu jo y | del cam b io e fe c tu a d o e n n u estra s c o stu m b re s, la q u e p riv á n d o n o s d e to d a fu e rz a y d e to d a elev ació n en el alm a, nos hace p re fe rir las co m ed ia s a las trag ed ias, no sie n d o éstas a h o ra m ás q u e co m ed ia s de un estilo ele v a d o y cuya acción tra n sc u rre en los palacios d e los reyes. Es el a fo rtu n a d o a u m e n to d e la au to rid a d so b e ra n a el q u e , d e s a rm a n d o la se d ició n , d e g ra d a n d o la c o n d ic ió n d e los b u rg u e se s, les ha d e s te rra d o casi p o r c o m p le to d e la escen a cóm ica, d o n d e n o se ve m ás q u e a g e n te d e b u e n a s p e c to y d el gran m u n d o , q u ie n e s o c u p a n el lu g a r q u e an tes o cu p a b a la g e n te de u n a co n d ició n c o m ú n y so n p ro p ia m e n te los b u rg u e se s del siglo. Se ve, p u es, q u e en tie m p o s d ife re n te s c ie rto s g é n e ro s del esp íritu p ro d u c e n e n el p ú b lico im p re sio n es | m uy d ife ­ re n te s, p e ro sie m p re en p ro p o rc ió n al in te ré s q u e tie n e en estim arlas. A h o ra b ie n , e s te in te ré s p ú b lic o es algunas veces, d e u n siglo a o tro , lo su fic ie n te m e n te d ife re n te co m o p ara o ca sio n a r, c o m o lo p ro b a ré , la cre ació n o la an iq u ilació n re p e n tin a d e c ie rto s g é n e ro s d e ideas y d e o b ras; tales son to d a s las d e c o n tro v e rsia , o b ras a h o ra tan ig n o rad as co m o a n ta ñ o cono cid as y adm iradas. E n e fe c to , en u n tie m p o en q u e los p u e b lo s d iv id id o s p o r sus creen cias estab a n an im ad o s p o r el e s p íritu d el fan atism o ; cu a n d o cada secta, a r d ie n te m e n te en la d e fe n sa d e sus o p i­ n io n e s, a rm a d a d e esp ad a o d e a rg u m e n to s p re te n d ía a n u n ­ ciarlas, p ro b arías, hacerlas a d o p ta r p o r el m u n d o e n te ro , las c o n tro v e rsia s era n , p o r u n lado, en c u a n to a la elecció n d el te m a , o b ra s de un in te ré s d em asiad o g e n e ra l | p ara n o ser u n iv e rsa lm e n te estim adas; p o r o tro , estas obras d eb ían e sta r

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h ec h as, la fu e rz a p o r p a r te d e c ie rto s h e re je s , co n to d a la h ab ilid a d y el e s p íritu im ag in ab les; p u e s to q u e , en fin, p ara p e rs u a d ir a las n ac io n e s acerca de los c u e n to s d e Pean d ’Ane y d e Barba A zu l, c o m o so n algunas h e re jía s (80), e ra im p o ­ sib le q u e las c o n tro v e rs ia s n o e m p le a se n en sus e scrito s to d a la agilidad, al fu e rz a y los re c u rso s d e la lógica, q u e sus o b ras n o fu ese n o b ra s m a estra s d e su tilez a y tal vez el m á x im o e s fu e rz o d el e s p íritu h u m a n o en e s te g é n e ro . Es, p u e s, c ie rto q u e , ta n to p o r la im p o rta n c ia d e la m a te ria co m o p o r la m a n e ra de tratarla, los c o n tro v e rs ista s d eb ían e n to n c e s ser c o n s id e ra d o s | c o m o lo s m ás estim a b les esc rito re s. P e ro en un siglo en q u e el e s p íritu d e l fan a tism o ha casi e n te r a m e n te d e sa p a re c id o , en q u e los p u e b lo s y los rey e s in s tru id o s p o r las d esg racias pasadas n o se o c u p a n m ás d e d isp u ta s teoló g icas; en q u e, p o r o tr o lado, los p rin c ip io s d e la v e rd a d e ra re lig ió n se c o n so lid a n d e día en día, eso s escri­ to re s ya no p ro d u c e n la m ism a im p re sió n so b re los esp íritu s. P o r eso, el h o m b re d e m u n d o n o le e ría hoy aq u e llo s escrito s m ás q u e c o n el hastío q u e e x p e rim e n ta ría en la le c tu ra d e u n a c o n tro v e rs ia p e ru a n a e n la cual se e x a m in a ría si M a n co C apac e-s o no es el h ijo d el Sol 9I. P ara c o n firm a r lo q u e acab o d e d e c ir m e d ia n te un h e c h o o c u rrid o a n te n u e s tro s o jo s, r e c u é rd e s e el fan a tism o c o n el cual se d isp u ta b a la p re e m in e n c ia d e los m o d e rn o s s o b re los an tig u o s. | E ste fan atism o hizo e n to n c e s c é le b re s m u ch as dise rta cio n es m e d io c re s c o m p u e sta s so b re e s te te m a, p e r o la in d ife re n c ia con la q u e p o s te rio rm e n te se ha c o n s id e ra d o es ta d isp u ta ha d e ja d o en el o lv id o las d ise rta c io n e s del ilu stre D e la M 'otte y del sab io a b a te T e rra sso n ; d is e rta ­ cio n es q u e fu e ro n co n sid e ra d a s con ju sticia co m o o b ras m a estra s y m o d e lo s en e s te g é n e r o y q u e , sin e m b a rg o , ya casi no son cono cid as m ás q u e p o r la g e n te d e le tras 92. E stos e je m p lo s b astan p ara p ro b a r q u e es al in te ré s p ú ­ blico , d ife r e n te m e n te m o d ific ad o se g ú n los siglos, al q u e se d e b e a trib u ir la cre ació n y la a n iq u ila ció n d e c ie rto s g é n e ro s d e id eas y d e o bras. S ó lo m e q u e d a , p u es, p o r m o stra r có m o e s te m ism o

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vl M arco Capac es el legendario em perador inca de fines del siglo XII considerado el fundador del im perio incaico y descendiente del Sol. 92Jean Terrason (1670-1750) fue profesor de filosofía griega y latina en el C ollége de France. A utor de Seibos, Disertación crítica sobre la «llíada» ele Homero, La Filosofía aplicable a todos los objetos del espíritu y de la razón.

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interés público, a pesar de los cam bios q u e diariam ente ocurren en las costum bres, las pasiones | y los gustos de un pueblo, p u ed e, sin em bargo, asegurar a ciertos géneros de obra la estim a constante de todos los siglos. A este respecto, hay que reco rd ar que el g énero de espíritu más estim ado en un siglo y en un país suele ser el más despreciado en o tro siglo y en o tro país; que el espíritu, por tanto, no es p ro p iam en te más que lo que se ha conve­ nido en llam ar «espíritu» 93. A hora bien, en tre las conven­ ciones hechas en este tem a, unas son pasajeras y otras dura­ deras. Se pued e reducir a dos especies las d iferentes clases de espíritu: una, cuya utilidad m om entánea d epende d e los cam bios sobrevenidos en el com ercio, el g obierno, las pasio­ nes, las ocupaciones y los prejuicios de un pueblo; no es, por así decir, más que un espíritu de \ moda (81); la otra, cuya utilidad etern a, inalterable, in d ep en d ien te de las costum bres y de los diversos g obiernos, se debe a la naturaleza misma del hom bre; es, p o r consiguiente, invariable y p u ede ser considerado com o el v erdadero espíritu, es decir, com o el espíritu más deseable. U na vez reducidos de este m odo todos los tipos de espíritu a estas dos especies, distinguiré, en consecuencia, dos d iferen tes clases de obras. | U nas están hechas para te n e r un éxito brillante y rápido; otras para un éxito extenso y du rad ero . U na novela satírica en la q u e se describan de una m anera cierta y maligna, por ejem plo, las ridiculeces de los grandes, será con seguridad aplaudida p o r toda la g en te d e condición com ún. La natura­ leza, q u e graba en todos los corazones el sentim iento de una igualdad prim itiva, ha p u esto un germ en e tern o de odio en tre los grandes y los hum ildes V4. Estos aprovechan, con

93 H elvétius quiere decir q u e espíritu es sólo lo que se acuerda llamar así, es decir, que el espíritu es algo histórico, q u e en cada m om ento y lugar se llama «espíritu» a realidades muy diferentes, a conjuntos d e ideas, valores, com portam ientos, estilos... que un país, en un m om ento considera d e su interés. C on la palabra «espíritu» se designa lo que se quiere ennoblecer porque está d e acuerdo con el interés (particular o público). 94 H elvétius juega con la contraposición «grands» y «petits». Traducir por «grandes» y «pequeños» nos parece poco usual; p o r «ricos» y «pobres» es m ucho más gráfico, pero no capta todo el sentido, ya que Helvétius en tien d e aquí — no en otros m om entos, cuando critica a los «grands», que piensa en la alta sociedad parasitaria— por «grands», tanto a los nobles y a la alta burguesía, como a los cargos administrativos y los hom bres de letras y artistas que han destacado. Es decir, «grand» aquí es un concepto «relativo», que designa a todos los que destacan, los que se elevan sobre la condición com ún, los que no sufren las condiciones materiales del pueblo llano. Por eso hem os preferido traducir p o r «grandes» y «humildes», que es un poco equivalente a «ricos» y «pobres», pero también a «los q u e mandan» y «los que obedecen», «los q u e saben» y «los q u e ignoran», «los de espíritu amplio» y «los sin espíritu».

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codo el placer y la sagacidad posibles, los rasgos más sutiles de los cuadros ridículos d o n d e estos grandes parecen indig­ nos de su superioridad. Tales obras están llamadas a ten er un éxito rápido y brillante, p e ro poco extenso y duradero: poco extenso, p o rq u e tiene necesariam ente com o límites el país donde estas ridiculeces nacen; poco d u rad ero p o rq u e | la m oda, substituyendo co n tin u am en te una antigua ridiculez p o r una nueva, borra p ro n to del recu erd o de los hom bres las ridiculeces antiguas y los autores que las habían descrito; po rq u e, en fin, aburrida de la contem plación de la misma ridiculez, la malignidad de los hum ildes busca en nuevos defectos nuevos m otivos para justificar su desprecio p o r los grandes. Su im paciencia a este resp ecto apresura todavía más la caída de esta clase de obras, cuya celebridad a m enudo no iguala la duración de la ridiculez. Este es el g én ero de éxito que d e b en te n e r las novelas satíricas. C om parado con una obra de m oral o de metafísica, su éxito no p u ed e ser el m ism o: el deseo de instruirse, siem pre más raro y m enos vivo q u e el de censurar, no puede sum inistrar en una nación ni un n ú m ero tan grande | de lectores, ni lectores apasionados. Por o tra parte, los princi­ pios de estas ciencias, au nque estén presentados con m ucha claridad, exigen siem pre d e los lectores una d eterm inada atención q u e tam bién hace dism inuir co nsiderablem ente su núm ero. P ero si bien el m érito d e una obra de m oral o de m etafí­ sica se percibe con m enos rapidez q u e el de una obra satí­ rica, en cam bio es más generalm en te reconocido; po rq u e tratados com o los de Locke o N icole 9S, d o n d e no se trata ni de un italiano, ni de un francés, ni de un inglés, sino del h o m bre en general, d eb en necesariam ente en co n trar lectores en todos los pueblos del m undo y hasta conservarlos en todos los siglos. T o d a o b ra que no o b tien e su m érito más que de la agudeza de las observaciones hechas sobre la naturaleza del h o m b re y de las | cosas, no p u ede nunca d ejar de gustar.

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H e d ic h o su fic ie n te p a ra d a r a c o n o c e r la v e rd a d e ra causa Así, esta polarización se aplica a diversos niveles. En la «república d e las letras» hay «grandes» y «humildes», o en el clero..., es decir, la^iv isió n depende del espacio social a que se aplique. 95 Pierre N icole (1625-1695) fue un m oralista francés, a u to r d e los Ensayos de Moral. Muy adm irado por A rnaud, participó con éste en las polémicas de la época de form a muy eficaz a causa de su inmensa erudición. Sum inistró datos a Pascal para las Cartas Provinciales. Amigo de B ossuet, Boileau y Racine, fue céleb re y adm irado en la sociedad de su tiem po.

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d e las d ife re n te s esp ec ies d e estim a o to rg ad a s a lo s d ife re n ­ tes g é n e ro s d e esp íritu : si q u e d a to d a v ía alg u n a d u d a al re s p e c to , se p u e d e , p o r nu ev as ap licacio n es d e los p rin cip io s m ás a rrib a esta b le c id o s, a d q u irir nu ev as p ru e b a s d e su v e r­ dad.

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¿Se q u ie re sa b er, p o r e je m p lo , cuál se ría la d ife re n c ia e n tre los éx ito s d e d o s e sc rito re s, d e los cuales u n o se d istin g u ie ra ú n ic a m e n te p o r la fu e rz a y la p ro fu n d id a d d e sus p e n s a m ie n to s y el o tr o p o r la m a n e ra feliz d e ex p re sarlo s? C o n s e c u e n te m e n te co n lo q u e h e d ic h o , el éx ito d el p rim e ro d e b e ser m ás le n to , p o rq u e hay m u c h o s m ás ju e ce s d e la agudeza, d e las gracias, d e los floreros, de los en can to s d e un giro o una ex p resió n y, e n fin, d e todas las bellezas | estilísti­ cas, q u e ju e ce s d e la b ellez a d e las ideas. U n e s c rito r p u lid o c o m o M a lh e rb e d e b e , p u e s, te n e r éx ito s m ás rá p id o s q u e am p lio s y m ás b rilla n te s q u e d u ra d e ro s. Y ello p o r d o s causas. La p rim e ra , p o r q u e u n a o b ra tra d u c id a d e u n a le n g u a a o tra p ie rd e sie m p re en la tra d u c c ió n la fre sc u ra y la fu erza d e su c o lo rid o y, p o r c o n s ig u ie n te , n o pasa a los e x tra n je ro s m ás q u e d e s p o ja d a d e los en c a n to s del e stilo q u e , en este s u p u e sto , c o n s titu ía su p rin cip al atra ctiv o ; la se g u n d a, p o rq u e la le n g u a e n v e je c e im p e rc e p tib le m e n te , p o r q u e lo s g iro s m ás a fo rtu n a d o s llegan a s e r a la larga los m ás c o m u n e s; y un a o b ra d e s p ro v is ta , en el país m ism o d o n d e ha sido co m p u e sta , d e las b ellezas q u e la hacían ag ra d ab le a lo su m o c o n serv ará u n a estim a d e trad ició n . | P ara o b te n e r u n é x ito c o m p le to se d e b e r e u n ir el e n ­ c a n to d e la e x p re sió n co n la elec ció n de las ideas. Sin esta feliz e lec ció n , u n a o b ra no p u e d e so s te n e r la p ru e b a del tie m p o y s o b re to d o d e u n a tra d u c c ió n , q u e d e b e c o n s id e ­ ra rse co m o el crisol m ás a p ro p ia d o p ara se p a ra r el o ro p u ro d el o ro p e l. P o r estas raz o n es el in ju s to d e s p re c io q u e alg u n a g e n te ra z o n a b le h a co n c e b id o p o r la p o e s ía d e b e atrib u irse so la m e n te a la falta d e ideas, cosa m uy c o m ú n e n tr e n u e s tro s an tig u o s p o etas. N o a ñ a d iré m ás q u e u n a p a la b ra a lo q u e y a h e dicho: e n tr e las o b ras cuya c e le b rid a d d e b e e x te n d e rs e a to d o s los siglos y los d iv e rso s países, hay algunas q u e , sie n d o d e un in te ré s p r o fu n d o o g e n e ra l p a ra la h u m a n id a d , e s tá n llam adas a te n e r éx ito s m ás rá p id o s y m a y o re s. P ara c o n v e n c e rs e de ello , b asta co n re c o rd a r | q u e e n tre los h o m b re s hay p o co s q u e n o hayan e x p e rim e n ta d o alg u n a p asió n ; q u e la m a y o r

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parte de ellos son m enos im presionados p o r la profundidad de una idea que p o r la belleza de una descripción; que, com o la experiencia lo p ru eb a, casi tod o s han sentido más de lo que han visto, p ero han visto más de lo q u e han reflexio­ nado (82); que, de este m odo, la descripción de las pasiones d eb e ser g en eralm en te más agradable q u e la pintura de los o b jeto s de la naturaleza; y q u e la descripción poética de estos m ism os o b je to s d eb e en co n trar más adm iradores que las obras filosóficas. R esp ecto a estas obras, siendo los hom ­ bres e n general m enos curiosos acerca del | conocim iento de la botánica, de la geografía y d e las bellas artes que del conocim ien to del corazón hum ano, los filósofos que sobresa­ len en e ste últim o g é n e ro serán, en general, más conocidos y estim ados que los botánicos, los geógrafos y los grandes críticos. D e este m o d o D e la M o tte (p erm ítasem e citarlo com o ejem plo) hubiese sido, sin duda, más g en eralm en te estim ado, si hubiese aplicado a tem as más interesantes la m ism a agudeza, la m ism a elegancia y la m isma claridad que ha em pleado en sus discursos sobre la oda, la fábula y la tragedia. El público c o n ten to de adm irar obras m aestras de grandes poetas hace poco caso a los g ran d es críticos; sus obras no son leídas, juzgadas y apreciadas más q u e p o r la g en te de arte, a quienes estas obras son útiles. H e aquí la verd ad era causa de la | d esp ro p o rció n que se nota en tre la reputación y el mérito de D e la M otte. Veam os ahora cuáles son las obras llamadas a unir el éxito rápido y brillante con el éxito ex ten so y duradero. Sólo o b tien en a la vez estas dos m odalidades de éxitos las obras en q u e conform e a mis principios, se ha sabido unir la utilidad m om en tán ea con la utilidad d uradera, tal com o ocu­ rre en ciertos g éneros de poem as, novelas, obras de teatro y escritos m orales o políticos, tras lo cual conviene observar q ue estas obras, p ro n to despojadas de las bellezas que de­ p en d en de las costum bres, los prejuicios, el tiem po y el país d o n d e están hechas, no conservan a los ojos de la posteridad más que las únicas bellezas com unes a tod o s los siglos y a todos los países, y que | H o m e ro , p o r esta razón, debe p a re cem o s m enos agradable de lo q u e les pareció a los griegos de su tiem po. P ero esta pérd id a, si se me p erm ite la expresión, esta m engua en m é rito es m ayor o m enor según que las bellezas duraderas q u e en tran en la com posición d e

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u n a o b ra , y q u e so n sie m p re m ezcladas d e sig u a lm e n te co n las b ellezas p asaje ra s d o m in e n m ás o m e n o s so b re éstas. ¿P o r q u é Las Mujeres Sabias del ilu stre M o liere es ya m e n o s estim a d a q u e su Avaro, su Tartufo y su M isántropo? N o se ha calcu lad o el n ú m e ro d e ideas c o n te n id a s en cada u n a d e estas o b ras; no se ha d e te rm in a d o , p o r co n sig u ie n te , el g rad o de estim a q u e se les d e b e ; p e ro se ha e x p e rim e n ta d o q u e u n a c o m e d ia co m o la del Avaro, cu y o éx ito está fu n d a d o so b re la d e sc rip c ió n d e un vicio to d a v ía su b siste n te y n o civo | p ara los h o m b re s, c o n te n ía n e c e s a ria m e n te , en sus d etalles, un a in fin id ad d e bellezas d u ra d e ra s; q u e, p o r el co n tra rio , un a c o m e d ía co m o Las Mujeres Sabias, cu y o éx ito se ap o y a ú n i­ c a m e n te s o b re u n a rid icu lez p asajera, n o p o d ía b rillar m ás q u e p o r las bellezas m o m e n tá n e a s m ás análogas a la n a tu ra ­ leza d el p ú b lic o y tal vez m ás ap ro p ia d as p ara p ro d u c ir e n él im p re sio n e s fu e rte s , no p o d ía n afe cta rle d e fo rm a tan d u ra ­ d era. P o r esta razó n en las d ife re n te s n acion es sólo se v e a las o b ras d e c a rácter p asar c o n éx ito d e u n te a tro a o tro . La co n c lu sió n d e este ca p ítu lo es q u e la estim a en q u e se tie n e n los d iv e rso s g é n e ro s d e e s p íritu en cada siglo sie m p re está, en p ro p o rc ió n al in te ré s q u e se o b tie n e d e estim arlo s.

C a p ít u l o X X

D el espíritu considerado con relación a los diferentes países

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| A p lico lo q u e h e d ic h o d e los d iv e rso s siglos a los d ife­ re n te s países y e n c u e n tro q u e la estim a o el d e s p re c io v incu­ lad o con los m ism o s g é n e ro s d e e s p íritu en los d ife re n te s p u e b lo s es sie m p re el e fe c to d e la d ife re n te fo rm a d e su g o b ie rn o y, p o r co n sig u ie n te , de la d iv e rsid ad d e sus in te r e ­ ses. ¿P o r q u é la e lo c u e n c ia g o za de ta n ta estim a e n tre los rep u b lican o s? Es p o rq u e , en su fo rm a d e g o b ie rn o , la e lo ­ cu e n cia a b re el ca m in o a las riq u ez as y las gran d ezas. A h o ra b ien, el a m o r y el re s p e to q u e to d o s los h o m b re s tie n e n p o r el o ro y las d ig n id ad es d e b e n n e c e sa ria m e n te re fle ja rse en los m e d io s | a p ro p ia d o s p ara ad q u irirlo s. H e aq u í p o r q u é ,

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en las repúblicas, se h o n ra no solam ente la elocuencia, sino tam bién todas las ciencias qu e, tales com o la política, la jurisprudencia, la m oral, la poesía o la filosofía, p u ed en ser­ vir para form ar oradores. En los países despóticos, p o r el contrario, si se hace poco caso de esta especie de elocuencia es p o rq u e no conduce a la fortuna, p o rq u e no tiene en ellos ningún uso y p o rq u e no se hace el esfuerzo de p ersu ad ir cuando se p u ed e mandar. ¿Por qué los lacedem onios m anifestaban tan to desprecio p o r el g é n e ro de espíritu apropiado para p erfeccionar los o b je to s de lujo? P o rq u e una república p o b re y p equeña, que no podía o p o n e r más que sus virtudes y su valor a la p o te n ­ cia tem ible de los | persas, debía d esp reciar todas las artes apropiadas para ablandar el coraje, artes q u e tal vez con razón habían sido deificadas en T iro o Sidón. ¿A qué se d eb e que en Inglaterra se tenga m enos estim a p o r la ciencia m ilitar de la q u e se tenía en R om a y en G recia p o r esta m ism a ciencia? A q u e los ingleses, ahora más carta­ gineses que romanos, necesitan, por la form a de su gobier­ no y por su posición geográfica, m enos grandes generales que hábiles negociantes; p o rq u e el espíritu del com ercio, que necesariam ente arrastra tras de sí el gusto p o r el lujo y la m olicie, necesita cada día en a lte c er a sus o jo s el valor del o ro y de la industria, necesita dism inuir su estim a p o r el arte de la gu erra y hasta p o r el coraje, virtud que en un pueblo libre sostiene largo | tiem p o el orgullo nacional, p ero que al debilitarse día a día es tal vez la causa lejana de la caída o la esclavización de esta nación. Si los escritores célebres, por el contrario, com o lo p ru eb a el ejem plo de los Locke y los A ddison 9é, han sido hasta ahora más honrados en Inglaterra que en otras partes, es p o rq u e es im posible que no se haga caso del m érito en un país d o n d e cada ciudadano participa en el m anejo de los asuntos generales, d o n d e todo h o m bre de espíritu p u e d e esclarecer al público sobre sus verdaderos intereses. P o r esta razón se en c u e n tra tan frecu en tem en te en Londres gente instruida, cosa más difícil de conseguir en Francia, y no, com o se ha p re te n d id o , p o rq u e el clima inglés sea más favorable al esp íritu q u e el nuestro. La lista de nuestros hom bres célebres en la | guerra, la política, las cien-

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y6Jo sep h A ddison (1672-1719), p o e ta y político inglés. A utor de la tragedia Catón. M iem ­ bro del Parlam ento, prim er secretario del virrey d e Irlanda, secretario de Estado, etcétera.

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cías y las artes es tal vez más n um erosa que la suya. Si los señores ingleses son, en general, más esclarecidos que los nuestros es p o rq u e están forzados a instruirse. C om parando las ventajas que la form a d e n u estro g o b ierno p u ed e te n e r respecto al suyo, resulta a su favor una ventaja muy conside­ rable sobre nosotros, v en taja q u e conservarán hasta que el lujo haya en teram en te co rro m p id o los principios de su go­ bierno, los haya sin darse cu enta d oblegado bajo el yugo de la servidum bre y les haya en señ ad o a p re fe rir las riquezas a los talentos. H asta hoy en L ondres es un m érito instruirse; en París es una ridiculez. E sto basta p ara justificar la res­ puesta de un e x tran jero a q u ien el d u q u e de O rleans, re­ gente, interrogaba acerca d e las diferencias de carácter y de genio e n tre las naciones | de Europa: «La única m anera, le dijo el extran jero , de re sp o n d e r a v uestra alteza real, es rep etirle las prim eras p reguntas que se plantean, en general, en los diversos pueblos, acerca de un h o m b re q u e se p re­ senta en la alta sociedad. En España, añadió, se pregunta: ¿es noble de rancio abolengo? En Alemania:, ¿puede e n tra r en los capítulos? En Franda: ¿p erten ece a la corte? En Holanda: ¿cuánto oro tiene? En Inglaterra: ¿qué clase de hom bres es? 97. El m ism o in terés general que p reside en los Estados republicanos y en los de constitución m ixta la distribución de la estim a, en los im perios som etidos al despotism o es el d istrib u id o r único de esta m ism a estim a. Si en estos gobiernos | se hace caso del espíritu y si se tiene más considera­ ción, com o en Ispahán 9lt y en C onstantinopla, p o r el eu ­ nuco, el guardián del palacio del sultán o el bajá, que p o r el h o m b re de m érito, es debido a que en estos países no se tien e in terés alguno en estim ar a los grandes hom bres. N o es que estos grandes hom bres no sean útiles y deseables; pero com o ninguno de los individuos particulares cuyo conjunto form a el público tiene in terés en llegar a serlo se com prende qu e cada uno de ellos estim ará poco lo que no q u erría ser. ¿Q uién podría, en estos im perios, inducir a un particular

97 La pregunta en España, «Est-ce un grand de la prem iére classe?» debe entenderse en el sentido de si pertenece a la nobleza tradicional, d e cuna. En la preg u n ta propia d e Inglaterra, «Quel hom m e est-ce?», nos parece q u e e l sentido es el de si es o no un «gentlem ent», es decir, un concepto que, sin excluir lo económ ico, habla más de la posición social, del carácter, del estilo, del «espíritu». En Alemania, la pregunta es sobre si se tiene acceso a los «capítulos» eran una especie de «junta de notables». T ienen su origen en el Im perio de Carlomagno, pasando después al Sacro-Imperio. A los «capítulos» tenían acceso sólo los más altos miem bros de la nobleza. En ellos se tom aban todas las decisiones político-jurídicas im portantes. w Ispahán o Isfahán, ciudad de Irán.

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a aguantar la fatiga del estu d io y de la m editación necesaria para perfeccionar sus talentos? Los grandes talentos son siem pre sospechosos para los gobiernos injustos: los talentos no procu ran ni dignidades ni riquezas. A hora bien, las rique­ zas y las dignidades son, sin em bargo, los únicos | bienes visibles p ara todos los ojos, los únicos que tienen reputación de verdaderos bienes y son universalm ente deseados. En vano se dirá que a veces son fastidiosos para sus poseedores; a lo sum o son decoraciones, alguna veces desagradables a los ojos del actor, p e ro que, sin em bargo, parecerán siem pre adm irables desde el p u n to de vista del que los contem pla, el espectador. Para o b ten erlo s se hacen los m ayores esfuerzos. P o r eso los h om bres ilustres n o p roliferan más que en los países do n d e los grandes talentos se pagan con honores y riquezas; p o r eso los países despóticos son, p o r la razón o p uesta, siem pre estériles en grandes hom bres. Tras lo cual observaría q u e si el o ro tien e actualm ente un precio tan grande a los ojos de todas las naciones se d eb e a que en g o biernos infinitam ente más sabios y más esclarecidos la posesión | del oro es casi siem p re considerada com o el prim er m érito. ¡C uánta g e n te rica, enorgullecida p o r los hom e­ najes universales, se cree su p e rio r al ho m b re de talento (83), se | felicita con to n o so b erb iam en te m o d esto por haber preferid o lo útil a lo agradable y p o r h ab er hech o uso, a falta de espíritu, de sentido com ún, el cual, según el significado que enlazan a esta palabra, es el verd ad ero , bueno y suprem o espíritu! Esta g en te está obligada a tom ar a los filósofos por especuladores visionarios, a sus escritos p o r obras to talm ente frívolas y a la ignorancia p o r m érito. Las riquezas y las d ignidades son g en eralm en te dem asiado deseadas para que sean honrados los talentos en los pueblos d o n d e las p retensiones al m érito son exclusivam ente aspira­ ciones a la fortuna. A hora bien, para hacer fortuna, ¿en qué país no está constreñido el h o m b re de esp íritu a p e rd er en la antecám ara de un p ro te c to r el tiem po que, para sobresalir en cualquier arte | , d e b e ría em plear en estudios pertinaces y continuos? Para o b te n e r el favor de los grandes, ¿a qué adulaciones, a qué bajezas no se verá obligado a doblegarse? Si nace en T u rq u ía, ten d rá q u e ex p o n erse a los desprecios de un m uftí 99 o d e un sultán; en Francia, a los favores ultrajan-

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" E l «mufti» es un jurista m usulm án con autoridad para decidir sobre cuestiones jurídicoreligiosas.

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tes de un noble (84) o de un alto dignatario que, desp re­ ciando en él un g én ero de espíritu dem asiado diferente del suyo, lo considerará com o un h o m b re inútil al Estado, inca­ paz de asuntos serios y, a lo sum o, un niño bonito ocupado en ingeniosas bagatelas. Por o tra p arte, secretam ente celoso de la reputación de la g en te de m érito (85) y sensible a su crítica, | el alto dignatario los recibe en su casa m enos p o r gusto que p o r fasto, únicam ente para m o strar que hay de to d o en ella. A hora bien, ¿cóm o im aginar que un hom bre anim ado p o r tal pasión de gloria que lo arranca a los encantos del placer se degrade hasta este | p unto? Q u ien q u iera que haya nacido para ilustrar a su siglo está siem pre en guardia contra los grandes y al m enos no se vincula más que con aquéllos cuyo espíritu y carácter, hechos para estim ar los talentos y aburrirse con la m ayoría de la sociedad, buscan y en cu en tran en ellas al hom b re de espíritu con el m ism o placer con el que se encontrarían en China dos franceses, que se harían am igos a prim era vista. El carácter apropiado para form ar hom bres ilustres los expone necesariam ente al odio o al m enos a la indiferencia de los grandes y de los altos dignatarios, sobre todo en pueblos com o los orientales que, em brutecidos por la form a de su g o b iern o y de su religión, se p u d ren en una vergon­ zosa ignorancia y ocupan, si se m e p erm ite la expresión, un lugar in term ed io e n tre el h o m b re y la bestia.

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] D esp u és de haber p ro b ad o que la falta de estim a p o r el m érito está, en O rie n te , fundada sobre el poco interés que los p ueblos tien en en estim ar los talentos, y a fin de que se co m p ren d a m e jo r la p o ten cia de este interés, apliquem os este p rincipio a o b jeto s que nos sean más familiares. Exam í­ nese p o r qué el in terés público, m odificado según la form a de nuestro gobierno, g en era en nosotros, por ejem plo, tanto has­ tío p o r el g én ero de la disertación; p o r qué su tono nos parece insoportable y se com probará q u e ia disertación es pesada y fastidiosa p o rq u e los ciudadanos, al ten er p or la form a de nuestro g obierno m enos necesidad de instrucción que de e n ­ treten im ien to , no desean en general más que el tipo de espí­ ritu que los haga agradables en una cena; p o rque d eb en , en consecuencia, hacer poco caso del espíritu de razonam iento y | parecerse todos más o m enos a aquel cortesano quien, m enos aburrido que m olesto p o r los argum entos que un

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hom bre aducía com o p ru e b a de su opinión, exclam ó viva­ m ente: «¡Ah!, señor, no so p o rto que se m e d em u estre nada». T o d o d eb e ced er en noso tro s al in terés de la pereza. Si en la conversación no se em plean más que frases descosidas e hiperbólicas; si la exageración ha llegado a ser la elocuencia particular de n u estro siglo y de nuestra nación; si no se p resta atención a la exactitud y la precisión de las ideas y de las expresiones, es p o rq u e no estam os nada interesados en estim arlas. A causa de esta m ism a p ereza consideram os el gu sto com o un don de la naturaleza, com o un instinto supe­ rior a todo conocim iento razonado y, | en fin, com o un sen tim iento vivo y fugaz de lo b u en o y lo m alo; sentim iento que nos dispensa de to d o exam en y red u ce todas las reglas de la crítica a dos únicas palabras: delicioso u odioso. A esta m ism a p ereza debem os tam bién algunas de las ventajas que poseem os sob re las dem ás naciones. La poca costum bre que tenem os de p restar atención que p ro n to nos hace totalm ente incapaces de ello, nos lleva a exigir de las obras una claridad que com pense nuestra incapacidad de fijar la atención. C om o niños que necesitan andadores para cam inar, exigim os siem ­ p re orden para estar apoyados en nuestras lecturas. U n autor d eb e, pues, cargarse con todas las penas im aginables para ahorrarlas a sus lectores; d eb e a m en u d o rep etir, com o A le­ jandro: «¡O h atenienses, cuánto m e cuesta ser loado por vosotros!» A hora bien, la | necesidad de ser claros para ser leídos nos hace, a este respecto, superiores a los escritores ingleses: si éstos hacen p oco caso de la claridad, es p o rq u e sus lectores son m enos sensibles a ello y p o rq u e espíritus más ejercitados en la fatiga de la atención p u e d e n com pensar más fácilm ente a e ste defecto. Y esto, en una ciencia com o la metafísica, d eb e darnos algunas ventajas sob re nuestros veci­ nos. Si siem pre se ha aplicado a esta ciencia el proverbio: no hay ninguna maravilla sin velo, y si son estas tinieblas las que la han hecho resp etar d u ran te m ucho tiem po, ahora nuestra pereza ya no em p ren d e el esfu erzo de penetrarlas, su oscu­ ridad la hace despreciable, q u erem o s que se la d esp oje del lenguaje ininteligible con q u e está todavía revestida, que se la libre de las nubes m isteriosas que la rodean. A hora bien, este deseo que no se d eb e más | que a la pereza es el único m edio de con v ertir la m etafísica en una ciencia de las cosas, pues hasta ahora sólo ha sido una ciencia d e palabras. Mas, para satisfacer el g u sto del público sobre este p u n to , es

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necesario, com o lo n o ta el ilu stre historiógrafo de la Aca­ dem ia de B erlín, «que los espíritus, ro m p ien do las trabas de un re sp e to dem asiado supersticioso, conozcan los lím ites que d e b e n ete rn a m e n te separar la razón de la religión, y que los exam inadores, locam ente rebeldes contra toda obra de razo­ nam iento, no con d en en más a la nación a la frivolidad». Pienso que lo q u e h e dicho basta p ara hacernos d escubrir al m ism o tiem po la causa d e n u estro am o r p o r las historietas y las novelas, de n uestra habilidad en este g é n e ro , de nuestra superioridad en el arte frívolo, si bien en rig o r ¡ bastante difícil, de decir naderías y, en fin, de n u estra preferen cia por el espíritu d e recreo 100 a cualq u ier o tro g é n ero de espíritu; p referencia q u e nos acostum bra a considerar al h o m b re de espíritu com o d ivertido, a envilecerlo confu n diéndolo con el pantom im o; preferencia, en fin, que nos hace el p u eb lo más galante, más am able, p e ro tam bién más frívolo de to d a Eu­ ropa. C on tales costum bres, así d eb em o s ser. La ruta de la am­ bición está, p o r la form a d e n u e stro g o b iern o, cerrada a la m ayor p arte de los ciudadanos; no les queda más que la del placer. E ntre los placeres, el del am or es el más vivo y, para gozar de él, hay que hacerse agradable a las m ujeres. En cuanto la necesidad de am ar se hace sentir, la de gustar ha de en cen d erse en n u estra alma. D esafo rtu n ad am ente pasa con los am antes lo m ism o q u e con estos insectos alados | que tom an el color de la hierb a en la q u e se posan: sólo hacién­ dose sem ejan te al o b je to am ado un am ante logra gustarle. A h o ra bien, si las m u jeres d e b e n adqu irir, p o r la educación q ue se les da, más frivolidad y encantos que fuerza y rigor en las ideas, n uestros espíritus, m odelándose para ajustarse a los suyos, d e b e n ap etecer los m ism os vicios. H ay sólo dos m edios d e p ro te g e rse contra ello. El p ri­ m ero consiste en p erfeccio n ar la educación de las m ujeres, dar más elevación a su alma, más extensión a su espíritu. N ad ie d u d a q u e se la elevaría a las más grandes cosas si se tuv iera el am or p o r p re c e p to r y que la m ano de la belleza arro jaría en n uestra alm a los g érm enes del espíritu y de la virtud. El segundo m edio (y no es ciertam en te el q u e aconsejaría) j sería desem barazar a las m u jeres de un resto de p u d o r, cuyo sacrificio les da el d erech o de exigir el culto y la 100 En el original, «esprit d’agrém ent».

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adoración p e rp e tu a d e sus am antes. E ntonces los favores de las m u jeres, al ser más com unes parecerían m enos valiosos; por lo tanto, los hom bres más independientes y más sabios no perderían al lado de ellas más que las horas consagradas a los placeres del am o r y p o d rían e x te n d e r y fortalecer su espíritu p o r el estu d io y la m editación. En todos los p u eblos y en to dos los países dedicados a la idolatría de las m ujeres, hay q ue hacer de ellas rom anas o sultanas 10‘; el térm ino m edio e n tre estas dos partes es lo más peligroso. Lo q u e he dicho más arriba p ru eb a q u e es a la diversidad de los g o b iern o s y, p o r consiguiente, de los intereses de los pueblos, a la q u e d eb e atribuirse la so rp re n d e n te variedad de sus caracteres, de su | g e n io y su gusto. Si en algún caso se cree percib ir un p u n to co m ú n de la estim a general; si, por ejem p lo , la ciencia m ilitar es en casi todos los p ueblos consi­ derada com o la prim era, se d eb e a que el ex p erto m ilitar es en casi tod o s los países el ho m b re más útil al m enos hasta el establecim iento de una paz universal e inalterable. U na vez confirm ada esta paz, se p referirían indiscu tib lem ente los ho m b res céleb res al m e jo r capitán del m undo: de donde concluyo q u e el in terés general es, en cada nación, el único d istrib u id o r de su estim a. A esta m ism a causa, com o lo p ro b aré a continuación, d eb e atribuirse el d esp recio in ju sto o legítim o, p e ro siem ­ p re recíproco, q u e las j naciones tienen p o r sus diferentes co stum b res, usos y caracteres.

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E l mutuo desprecio de las naciones se debe a l interés de su vanidad O cu rre con las naciones lo m ism o que con los individuos particulares: si cada u no d e n o so tro s se cree infalible, con­ sidera el d isen tim ien to com o una ofensa y no p u e d e estim ar en o tro más q u e su p ro p io espíritu, del m ism o m odo cada

101 «D es R om aines o u des Sultanes». H elvétius po n e a la m u je r rom ana com o sím bolo de la elevación d e esp íritu y a la m u je r árabe, en el harén, com o expresión d e la simple satisfacción sexual.

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nación no estim a en las dem ás sino las ideas análogas a las suyas y to d a opin ió n contraria constituye en ellas un germ en de desprecio. E chese un vistazo rápido al m u n d o en tero . A quí el inglés nos tom a p o r cabezas frívolas, | m ientras nosotros lo tom a­ m os p o r cabeza loca. A hí el árabe, p ersu ad id o d e la infalibi­ lidad de su califa, se ríe de la necia credulidad del tártaro quien cree en el gran Lama inm ortal. En el Africa, el negro, siem pre en adoración ante una raíz, una pata de cangrejo o el cu ern o d e un anim al, no ve en la tierra más que una inm ensa m asa de divinidades y se ríe de la escasez de dioses en la q u e estam os; m ientras q u e el m usulm án, poco ins­ truido, nos acusa de reco n o cer tres dioses. Más allá, habitan­ tes de la m ontaña de Bata están p ersuadidos de que todo aquel que com a antes d e su m u e rte un cuco asado es un santo; se ríen, p o r consiguiente, del indio: ¡qué ridículo, dicen, es acercar una vaca al lecho de un m o rib u n d o e im aginar que si la vaca, al tirarle | de la cola, llega a orinar encim a de él algunas gotas, el en ferm o es un santo! ¡Q ué absurdo, p o r p arte de los brahm anes, exigir de sus nuevos conversos que, d u ran te seis m eses, se co n te n te n con el ex­ crem en to d e vaca (86) com o alim ento! El d esprecio m u tu o d e las naciones está fundado siem pre sobre sem ejan te diferencia de usos y costum bres. P o r este m otivo (87) | el h ab itan te de A ntioquía despreciaba antaño la sim plicidad de costum bres y la frugalidad del em perador Juliano l02, las cuales le hacían m e recer la adm iración de los galos. La diferencia de religión y, p o r consiguiente, de o p i­ nión, d eterm in ab a al m ism o tiem po a cristianos más diligen­ tes que justos a ensom brecer, con las más infames calumnias, la m em oria de un p ríncipe que, dism inuyendo los im puestos, restableciendo la disciplina m ilitar y reanim ando la virtud agonizante de los rom anos, ha m erecido tan justam ente ser considerado con el rango d e los más grandes em p erad o ­ res (88). | M írese p o r todas partes, todo está lleno de injusticias. C ada nación, convencida de que sólo ella posee la sabiduría, tom a a todas las dem ás p o r locas y se parece bastante al

102 El em perador Juliano (331-363) fue autor de Los Césares, E l Misopogón y algunos versos ligeros. Pagano tolerante y filósofo ecléctico em prendió una o b ra d e renovación pagana q u e no trascendió su reinado.

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m arilanés (89) que, persu ad id o d e q u e su lengua era la única del universo, concluyó q u e los dem ás hom bres no saben hablar. Si bajara del cielo un sabio q ue, en su conducta, no consultara más que las luces de la razón, este sabio pasaría universalm ente p o r loco. Sería, dice Sócrates, fren te a los dem ás hom bres, com o un m édico al q u e acusasen los paste­ leros ante un tribunal de niños, de h ab er p ro h ib id o las pas­ tas y las tartas y que seg u ram en te | p arecería culpable el cocinero jefe. En vano apoyaría sus opiniones sobre las más sólidas dem ostraciones; todas las naciones se com portarían con él com o aquel p u eb lo de jorobados p o r do n d e, según dicen los fabuladores indios, pasó un dios bello, joven y bien hecho; este dios, añaden, al e n tra r en la capital se vio ro ­ deado por una m ultitud d e habitantes; su figura les parecía extraordinaria, las risas y las pullas m anifestaban su sorpresa. Se habrían ex trem ado los u ltrajes si, para salvarlo de este peligro, uno de los habitantes, quien sin d uda había visto o tro s hom bres aparte de jorob ad o s, no hubiese de repente exclam ado: «¡Eh!, am igos, ¿qué vam os a hacer? N o insulte­ m os a este desgraciado contrahecho: si el cielo nos ha dad» a tod os el don de la belleza, si ha ado rn ad o nuestra espalda con una m ontaña de carne, llenos de recon o cim ien to | p o r los inm ortales vayam os al tem plo a dar las gracias a los dioses...» Esta fábula es la historia de la vanidad humana. T odo pueblo adm ira sus defectos y d esprecia las cualidades contrarias: para te n e r éxito en un país, cuando se viaja, hay q ue ten er la joroba d e esa nación. En cada país existen pocos abogados que defiendan la causa de las naciones vecinas, pocos hom bres que reconozcan en sí la ridiculez de la que acusan al ex tran jero y que tom en ejem p lo de no sé q u é tártaro que a este respecto hizo ru b o rizar al pro p io gran Lama p o r su injusticia. Este tártaro había reco rrid o el n o rte, visitado los países de los lapones y hasta co m prado vien to a sus brujos (90). | D e vuelta a su país, cu en ta sus aventuras. El gran Lama q u iere escucharlas y se d estornilla de risa p o r su relato. «¡D e cuánta locura, dice, es capaz el espíritu hum ano!, ¡de cuántas costum bres raras!, ¡qué credulidad la de los lapones!, ¿acaso son hom bres?» «Y tanto q u e sí, resp o n d ió el tártaro. Escu­ cha algo todavía más extraño. Estos lapones tan ridículos con sus brujos no se ríen m enos de n uestra credulidad q u e tú de

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la suya». «Im pío, resp o n d e el gran Lama, ¿te atreves a p ro ­ nunciar esta blasfem ia y com parar mi religión con la suya?» «Padre etern o , prosiguió el tártaro, antes de que la im posi­ ción sagrada de tu m ano sob re mi cabeza m e haya lavado de mi pecado, te m ostraré que p o r d iv ertirte no debes inducir | a tus súbditos a hacer un u so p ro fan o de su razón. Si el o jo severo del exam en y de la duda se dirigiese sobre todos los o b jeto s de la creencia hum ana, ¡quién sabe si tu culto estaría pro teg id o de las pullas d e la incredulidad! Tal vez tu santa orina y tus santos excrem entos (91), q u e tú distribuyes com o regalos a los príncipes de la tierra, les parecerían m enos valiosos; tal vez no les enco n trarían el m ism o sabor, no espolvorearían con ellos sus guisos y no los volverían a m ezclar con sus salsas. La im piedad niega ya en C hina las nueve encarnaciones de V isnú 103. T ú, cuya m irada abarca el pasado, el p re se n te y el fu tu ro , nos lo has rep e tid o a menudo; | al talism án de una creencia ciega debes tu inm ortali­ dad y tu p o d e r sobre la tierra. Sin la sum isión e n tera a tus dogm as, obligado a abandonar esta estancia de tinieblas, re ­ m ontarías al cielo, tu patria. Sabes que los lamas, som etidos a tu p o d e r, d eben un día elevarte altares en todas las partes del m undo: ¿quién p u ed e asegurarte q u e ejecu ten este p ro ­ yecto, sin la ayuda d e la credulidad hum ana y que sin esta credulidad, el exam en, siem pre im pío, no tom e a los lamas p o r brujos lapones que venden vientos a los necios que los com pran? Excusa, pues, ¡oh Fo 104 viviente!, los discursos que m e dicta el in terés de tu culto; y que el tártaro aprenda de ti a resp etar la ignorancia y la credulidad, de las que el cielo, siem pre im pen etrab le en sus designios, parece servirse para so m eter la tierra a tu personal.» P ocos h om bres logran que su nación com prenda, com o en este ejem p lo , | q u e se pone en ridículo a los ojos de la razón cuando, bajo u n nom b re ex tran jero , se ríe d e su p ro ­ pia locura; p ero todavía hay m enos naciones que sepan apro­ vechar sem ejantes advertencias. Todas están escrupulosa­ m en te apegadas al interés de su vanidad q u e jamás se dará en ningún país el nom bre de sabios más que a aquellos que, com o decía F ontenelle, están locos de locura común. P o r rara que sea una fábula siem pre hay alguna nación que cree en

103 Visnú o V istnú es el segundo térm in o de la trinidad brahmánica, o Trim urri, conservador del mundo. 104 «Fo» es la denom inación d e B uda en China.

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ella; y q u ien q u iera q u e d u d e de la m ism a es tratado com o loco p o r esta nación. En el rein o de Ju id a, d o n d e se adora a la serp ien te, ¿qué h o m b re se atrev ería a negar el cu en to que los m orabitos cuentan de un cerd o qu e, según dicen, insultó a la divinidad de la serpiente (92) | y se la comió? U n santo m orabito, añaden, se dio cu en ta y se q u e jó d e ello al rey. En el acto h u b o una co ndena a m u e rte con tra tod o s los cerdos y se llevó a cabo la ejecución. La raza habría sido aniquilada si el pu eb lo n o hubiese h ech o v er al rey que p o r un culpable no era justo castigar a tantos inocentes. Estas observaciones colm aron la cólera del príncipe, se apaciguó el gran m orabito, cesó la m asacre y los cerd o s recib iero n o rd e n de ser en adelante más resp etu o so s con la divinidad. ¡H e aquí, exclam a­ ro n los m orabitos, cóm o la serp ien te sabe e n cen d er la cólera d e los reyes para vengarse de los im píos; que el universo reconozca su divinidad, a su tem plo, a su sacerdote, a la o rd en de M orab ito los, destinada a servirle, en fin, a las vírgenes consagradas a su culto! Si, retirad o al fondo de su santuario, el dios serp ien te, | invisible incluso a los ojos del rey, no recib e sus dem andas y no da sus respuestas más que p o r m ed io d e los sacerdotes, los m ortales no d eb en dirigir a estos m isterios una m irada profana: su d e b e r es creerlos, p ro ste rn a rse y adorar. En Asia, p o r el co n trario , cuando los persas, todos m an­ chados (93) p o r la sangre de las serpientes inm oladas al D ios del bien, corrían al tem plo d e los M agos para jactarse de este acto de p iedad ¿puede im aginarse q u e un h o m b re que los h ubiera d eten id o para p ro b arles la ridiculez de su opinión habría sido bien recibido? C u a n to más loca es una opinión más h o n rad o y pelig ro so es d em o strar su locura. P o r eso, F ontenelle ha re p e tid o siem pre que si tuviera todas las \ verdades en su mano, se abstendría de abrirla para mostrarlas a los hombres. En efecto, si el descu b rim iento de una sola verdad en E uropa ha llevado a G alileo a arrastrarse en las cárceles de la Inquisición, ¿a q u é suplicio no se con­ d enaría a aquel q u e las revelara todas? (94). E n tre los lectores razonables q u e se ríen, en este ins­ tante, de la necedad del esp íritu hum ano y q u e se indignan del tratam ien to infligido a G alileo, tal vez no haya ninguno

105 Los morabitas son religiosos erm itaños musulmanes.

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que, en el siglo d e este filósofo, no hubiese solicitado su m u erte. H ab rían tenido opiniones | diferentes. ¡Y en qué crueldades no nos p recipita la bárbara y fanática adhesión a nuestras opiniones! ¡C uántos m ales esta adhesión ha sem ­ brado sobre la tierra! A dhesión de la qu e, sin em bargo, sería igualm ente justo, útil y fácil deshacerse. Para ap re n d e r a d u d ar de las opiniones propias, basta con exam inar las fuerzas del esp íritu , co nsiderar el cuadro de las necedades hum anas, recordar que fue seiscientos años des­ pués del establecim iento de las universidades cuando surgió p o r fin un ho m b re extraordinario (D escartes) 106 que su siglo persiguió y puso luego en el rango de los sem idioses p o r haber enseñ ad o a los hom bres a no adm itir p o r verdaderos más q u e aquellos principios de los cuales tuviesen ideas claras, verdad que poca gente | en tien d e en toda su extensión, pues para la m ayor p arte de los hom bres, los principios no con tien en consecuencias. Sea cual sea la vanidad de los h om bres, es seguro que si se acordaran a m en u d o de sem ejantes hechos, si, com o Fon­ tenelle, se d ijeran a m en u d o a sí m ismos: Nadie escapa al error, ¿acaso seré el único hombre infalible?, ¿no será que ju sta ­ mente en las cosas que sostengo con más fanatism o es donde me equivoco?; si los h om bres tuvieran esta idea habitualm ente p resen te en su espíritu, estarían más en guardia contra su vanidad, más atentos a las objeciones de sus adversarios, en m ejo res condiciones para p ercibir la verdad; serían más apa­ cibles, más tolerantes y, sin duda, ten d rían una opinión m e­ nos elevada de su sabiduría. Sócrates rep etía a m enudo: Todo lo que | sé es que no sé nada. Se sabe to d o en n u estro siglo, excep tu an d o lo q u e Sócrates sabía. Los hom bres no se dan cu en ta a m enudo de sus erro res, sólo p o rq u e son ignorantes y p o rq u e , en general, su locura más incurable es la de creerse sabios. Esta locura, com ún a todas las naciones y producida en p arte p o r su vanidad, les lleva no solam ente a despreciar las costum bres y los usos d iferen tes de los suyos, sino tam bién a considerar com o un don de la naturaleza la superioridad que no d eb en más que a la co nstitución de su Estado.

106 Galileo, Fontenelle, D escartes, son los tres grandes hom bres de espíritu admirados por H elvétius de en tre los m odernos. El cartesianism o de H elvétius ha sido estudiado p o r G . Besse en Un Maitre du rationalisme franca is au X V I I l e siécle, París, 1959.

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Por qué las naciones ponen en el rango de los dones de la naturaleza las cualidades qtie no deben más que a la forma de su gobierno

La vanidad es o tra vez la fu en te de este erro r. ¿Y qué nación p u ed e triu n far d e sem ejan te error? Supongam os, para dar un ejem plo, q u e un francés, acostum brado a hablar bas­ tante lib rem en te, a e n c o n tra r aquí y allá algunos hom bres verdaderam en te ciudadanos, d e je París y desem b arque en C onstantinopla. ¿Q u é idea se form ará de los países som eti­ dos al despotism o, cuando considere el envilecim iento en el q ue se en cu en tra en ellos la hum anidad, perciba p o r todas partes la huella de la esclavitud, | vea a la tiranía infestando con su aliento los g érm en es de todos los talentos y todas las virtudes, llevando al em b ru tecim ien to , al te m o r servil y el despoblam iento desde el Cáucaso hasta Egipto; cuando, por fin, aprenda que el sultán, tranquilam ente encerrado en su ha­ rén, mientras el persa vence sus tropas y hace estragos en sus provincias, b e b e su s o rb e te in d iferen te a las calam idades públicas, acaricia sus m u jeres, hace degollar a sus bajas y se aburre? S o rp ren d id o p o r la cobardía y la servidum bre d e estos pueblos, al tiem po que anim ado p o r un sentim iento de orgullo y de indignación, ¿qué francés no se creerá de una naturaleza su p erio r al turco? ¿H ay m uchos q u e co m prendan q ue el d esprecio p o r una nación es siem pre un desprecio injusto, que es de la form a más o m enos feliz de los go b ier­ nos de lo q u e d e p e n d e la su p erio rid ad de un p ueblo | sobre o tro y que, en fin, este tu rco puede darle la m ism a respuesta que un persa le dio a un so ld ad o lacedem onio q u e le re p ro ­ chaba la cobardía de su nación? « ¿P or q u é m e insultas?, le decía. Sabe q u e no hay nación allí d o n d e se reco n oce a un am o absoluto. U n rey es el alma universal de un Estado despótico; es su coraje o su debilidad lo q u e hace languide­ cer o vivificar este im perio. V en ced o res bajo C iro ’07, si so­ m os vencidos bajo Je rje s, es p o rq u e C iro fundó el tro n o en el que Je rje s se ha sen tad o al nacer; es p o rq u e C iro tuvo al

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107 C iro (529 a. C .) fu e el fundador d el im perio persa. C onquistó M edia, Lidia, Asia M enor y Babilonia. Jerjes, hijo d e D arío I, fue rey de Persia de 485 a 465 a. C. D irigió la expedición contra G recia (480), que después de forzar las Term opilas fue derrocada en Salamina y Platea.

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nacer iguales; es p o rq u e Je rje s estuvo siem p re ro d ead o de esclavos; y p o rq u e los m ás viles, tú lo sabes, habitan el palacio de los reyes. Es la hez de la nación lo que ves en los prim ero s puestos; es la espum a d e los m ares q u e se ha elevado a su superficie. R eco n o ce | la injusticia de tu d esp re­ cio y, si dudas d e ello, danos las leyes de E sparta y tom a tú a Je rje s com o am o; tú serás el cobarde y yo el héroe.» R ecordem os el m o m en to en que el g rito de gu erra había d esp ertad o todas las naciones de E uropa, d o n de su tru en o se hacía o ír del n o rte al sur d e Francia (95). Supongam os que en este m o m en to u n republicano, todavía enardecido del espíritu ciudadano, llega a París y se p resen ta en la alta sociedad. ¡Q ué sorpresa le causaría verla tratar con in d iferen ­ cia los asuntos públicos y no ocuparse anim adam ente más que de una m oda, una historia galante o un perrito! S orp ren d id o , a e ste resp ecto , p o r la diferencia entre nuestra nación y la | suya, casi no hay inglés que no crea ser de una naturaleza su p erio r, q u e no to m e a los franceses por cabezas frívolas y a Francia p o r un rein o de fruslería. Sería fácil para él, en verdad, d arse cu enta de que no es solam ente a la form a de su g o b iern o a la q u e sus com patriotas deben este espíritu de patriotas y de elevación desconocido en cualquier o tro país q u e no sea libre, sino q u e lo d eben tam bién a la situación geográfica de Inglaterra 10!i. En efecto, para e n te n d e r q u e esta libertad, de la que los ingleses se sienten tan orgullosos y q u e contiene realm ente el g erm en de tantas virtudes, es m enos el precio de su coraje que un don del azar, considerem os el nú m ero infinito de facciones que antaño han desgarrado Inglaterra; nos conven­ cerem os así de q u e si los m ares, abrazando este im perio, | no lo hubieran hecho inaccesible a los pueblos vecinos, estos pueblos, aprovechando las divisiones de los ingleses o bien

108 H elvétius resalta varias veces cóm o la «position physique de TAnglaterre» (que hemos traducido por «situación geográfica») influye en el carácter y espíritu de los ingleses. En realidad com parte la tesis d e la determ inación geográfica, y especialm ente climatológica, que M ontesquieu trazara en su L ’esprit des lois. A quí queda oscurecida porque, por un lado, la obsesión d e H elvétius es m ostrar la determ inación del m odelo político de un país en sus usos y costum bres, y, p o r o tro, él tiene una form a original de in terp retar la determ inación geográfica: no lo hace en enfoque naturalista, p o r sus efectos en la estructura psico-biológica del hom bre, sino en enfoque sociologista, es decir, p o r los efectos deí m edio físico en la organización social, especialm ente forzándola al militarism o o protegiéndola d e los vecinos. Esta es la determ ina­ ción más im portante, ya q u e o p o n e Estado g u e rre ro a Estado com ercial-industrial y liga a estos dos m odelos sendos repertorios d e pasiones adecuadas a los mismos, y de ella dependen los usos y costum bres, el g usto y el carácter, porque, en realidad, dichos cuadros de pasiones constituyen, en sus diferencias, los distintos «géneros d e espíritu».

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los hubieran subyugado, o bien hubiesen, al m enos, sum inis­ trad o a sus reyes los m edios de esclavizarlos; p o r tan to , su libertad no es el fruto de su sabiduría. Si, com o lo p retenden, tuvieran libertad sólo gracias a una firm eza y una prudencia particulares a su nación, d esp u és del h o rrib le crim en com e­ tido a la p erso n a de C arlos I, ¿no h u biesen aprovechado este crim en ventajosam ente? 109. ¿H u b iesen sop o rtad o que m e­ diante servicios y pro cesio n es públicas se elevara al rango de m ártir a un p ríncipe tal q u e in teresaba, según dicen algunos de ellos, q u e fuera co n sid erad o com o una víctim a inm olada al bien general y cuyo suplicio, necesario al m undo, debía espantar para siem pre a q u ien q u iera | q u e aspire a som ete r pueb lo s a una autoridad arbitraria y tiránica? T o d o inglés sensato convendrá, pues, en que es a la situación geográfica de su país a la q u e d e b e su libertad; q u e la form a de su g o b iern o no p o d ría subsistir en tierra firm e tal com o es sin ser infinitam ente perfeccionada; y q u e el único y legítim o m otivo de su orgullo se red u ce a la felicidad de h ab er nacido insular y no habitante del contin en te. U n ho m b re particular, sin d uda lo reconocería, p ero ja­ más un pueblo. Jam ás un p u eb lo im po n d ría a su vanidad las trabas de la razón: más eq u id ad en sus juicios sup o ndría una m oderación de esp íritu dem asiado escasa en los individuos particulares com o para e n co n trarla alguna vez en una na­ ción. Cada pueb lo elevará al rango de los d o n es de la natura­ leza | las virtudes que ha obtenido de la form a de su gobierno. El interés de su vanidad se lo aconsejará: ¿y quién se resiste al consejo del interés? La conclusión general d e lo q u e he dicho del espíritu, considerado en relación con los diversos países, se resum e en q u e el interés es lo único q u e distribuye la estim a o el d esprecio q u e las naciones tie n e n p o r sus co stu m bres, sus usos y sus d iferen tes g é n e ro s de espíritu. La única o b jeció n q u e p u e d e o p o n erse a esta conclusión es la siguiente: si el in terés, se dirá, fuera lo único que distribuye la estim a e n tre los diferen tes g é n ero s de ciencia y de espíritu, ¿p o r q u é la m oral, útil a todas las naciones, no es

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lüv Carlos 1, Rey de Inglaterra (1600-1649). H ijo de Jacobo I, sucedió a su padre en 1625. El dom inio que sobre él ejercían sus m inistros Buckingham y Strafford provocó una violenta protesta del Parlam ento, que ejecutó al segundo de ellos. A raíz d e este suceso estalló la guerra civil e n tre parlam entarios y realistas. C arlos I fue ejecutado p or los republicanos de Crom w ell en W hitethall.

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la más honrada? ¿P o r q u é el n o m b re de los D escartes, los N ew ton, son más célebres que los de Nicole, los de La Bruyére y de todos los moralistas que | en sus obras han dem ostrado tanto espíritu? 110. Es, resp o n d eré, p o rq u e los g randes físicos han sido útiles algunas veces al m u n d o e n te ro p o r sus descu­ brim ientos, m ientras que la m ayor p arte de los m oralistas no ha prestad o ninguna ayuda hasta ahora a la hum anidad. ¿Para qué sirve re p e tir sin cesar q u e es bello m orir p o r la patria? U n apotegm a no hace un héroe. Para m erecer estim a, los m oralistas debían h ab er em pleado en la b ú squeda de los m edios apropiados para fo rm ar h o m b res valientes y virtuosos el tiem po y el espíritu q u e p e rd ie ro n en co m p o n er máximas sobre la virtud. C uando O rnar escribía a los sirios: Enrío contra rosotros hombres tan áridos de muerte como rosotros de placeres. los sarracenos, engañados p o r el prestigio de la am bición y la credulidad, no veían el cielo, sino com o premió | p o r el valor y la victoria y el infierno com o castigo p o r la cobardía y la derro ta. Estaban anim ados p o r el más vio­ lento fanatism o, y son las pasiones y no las máximas de la moral las q u e form an a los h om bres valientes. Los m oralistas deberían co m p ren d erlo y saber que, al igual que un escultor hace de un tronco de árbol un dios o un banco, el legislador form a, según quiere, h éroes, genios y g e n te virtuosa. Pongo p or testigo a los m oscovitas transform ados en hom bres por P edro el G ran d e 11 En vano los pueblos locam ente enam orados de su legisla­ ción buscan en la no ejecución de sus leyes la causa de sus desgracias. La no ejecución de las leyes, dice el sultán M ahm ud, es siem pre la p ru eb a de la ignorancia del legislador: la recom pensa, el castigo, la gloria y la infam ia, som etidas | a sus voluntades, con cuatro especies de divinidades con las cuales pued e siem pre favorecer el bien público y crear hom ­ bres ilustres en todos los géneros. T o d o el estudio de los m oralistas consiste en determ in ar el uso que d eb e hacerse de estas recom pensas, de estas puniciones y las ayudas q u e p u ed en sacarse para enlazar el

ll0Jean de la B ruyére (1645-1696), moralista, autor influyente del siglo X V II. En los Caracteres de Teofrasto. describe con precisión y fuerza la sociedad francesa en una época en que se transformaba radicalmente. N icole. Ver nota 95 del segundo Discurso. 111 Pedro el G rande (1672-1725) de Rusia. Llegó a Zar en 1682. E uropeizó el país, reform ó el ejército y las leyes y creó una flota.

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in terés personal y el in te ré s general. Esta unión es la obra m aestra que d eb e p ro p o n e rse la moral. Si los ciudadanos no pudieran conseguir su felicidad personal sin favorecer el bien público, no habría o tro s viciosos que los locos, todos los hom bres estarían obligados a la virtud y la felicidad de las naciones sería un logro de la m oral. A hora bien, ¿quién duda de que, en este caso, esta ciencia no sería infinitam ente honrada y que los escrito res sobresalientes en este g én ero no | serían puestos, al m enos p o r la equitativa y agradecida posteridad, en el rango d e los Solón, Licurgo y C onfucio? “ 2. Pero, se replicará, la im perfección de la m oral y la len ti­ tud de sus progresos no p u ed en ser más que un efecto de la d esproporció n e n tre la estim a o torgada a los m oralistas y los esfuerzos del espíritu necesarios para p erfeccionar esta cien­ cia. ¿Acaso el in terés general, se añadirá, no p reside a la distribución de la estim a pública? Para resp o n d er a esta ob jeció n , es necesario buscar en los obstáculos insalvables que se han o p u esto al avance de la m oral las causas de la in d iferen cia con la cual ha sido considerada hasta ahora una ciencia cuyos progresos anuncian siem pre los de la legislación | y que, p o r consiguiente, todos los pueblos tienen in terés e n perfeccionar.

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De las causas que han retrasado hasta ahora los progresos de ¡a moral

Si la poesía, la geom etría, la astronom ía y, en general, todas las ciencias tien d en m ás o m enos ráp id am ente a su perfección, m ientras la m oral parece apenas salir de la cuna, 112 Solón (640-599 a. C.) fue legislador de Atenas y uno de los siete sabios de G recia. Introdujo im portantes reform as sociales y económ icas y transform ó la constitución ateniense en sentido democrático. Licurgo fue un famoso legislador espartano del siglo IX a. C., a quien se atribuye la constitución política d e Esparta. Confucio (551-478 a. C.) es e l más g ra n d e filósofo y estadista de la C hina tradicional. Fue consejero de varios príncipes feudales, asum ió altos cargos en el gobierno de China. El respeto extraordinario de que gozaba en vida, se convirtió más tarde en veneración llegando a ser adorado en templos propios. Su doctrina originariam ente no era una religión, sino una moral, fundada en el am or, el respeto m u tu o y la obediencia.

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es p o rq u e los hom bres, forzados a reu n irse en sociedad, a dotarse de leyes y costum bres, se han visto obligados a darse un sistem a de m oral antes de que la observación les hubiera revelado sus verdaderos principios. U n a vez hecho el sistem a, se dejó de observar; p o r eso j no tenem os, p o r así decir, más que la m oral de la infancia del m undo. ¿Y cóm o perfeccionarla? Para apresurar los progresos de una ciencia, no basta que esta ciencia sea útil al público; es necesario que cada uno de los ciudadanos q u e com ponen una nación en c u en tre alguna ventaja en perfeccionarla. A hora bien, en las revoluciones qu e han ex p erim entado to d o s los p u eb lo s de la tierra, al no estar siem pre conform e el in terés público, es decir, el interés de la m ayoría sobre la cual d eb en siem pre estar apoyados los principios de una buena m oral, con el in terés del más p o d e­ roso, éste, in d iferen te a los progresos de las dem ás ciencias, ha debido oponerse eficazmente a los progresos de la moral. En efecto, el am bicioso q u e fue el p rim ero en elevarse p o r encim a de sus conciudadanos, el tirano que los pisoteó bajo | sus pies, el fanático q u e todavía los tiene p o sternados, todas estas diversas plagas d e la hum anidad, todas estas dife­ ren tes especies de perversos, forzados p o r su interés parti­ cular a establecer leyes contrarias al bien general, han consta­ tado q u e su potencia no tenía com o fu n d am en to más que la ignorancia y la im becilidad hum anas; p o r eso siem pre han im puesto silencio a quien q u iera q ue, al in ten tar revelar a las naciones los v erdaderos principios de la m oral, les habría revelado todas sus desgracias y todos sus derechos y los habría arm ado con tra la injusticia. P ero, se replicará, si bien en los prim eros siglos del m undo, cuando los déspotas m antenían a las naciones escla­ vizadas bajo un cetro d e hierro, les interesaba ocultar a los pueblos los principios de la m oral, principios que, sublevándolos contra los tiranos, h u b iesen co nvertido | la venganza en un d e b e r para cada ciudadano, hoy, en cam bio, cuando el cetro ya no es el p recio del crim en, cuando ha sido p u esto con un consentim iento unánim e e n tre las m anos de los p rín ­ cipes y es conservado en ellas p o r el am or de los pueblos, cuando la gloria y la felicidad de una nación, representadas en el soberano, aum entan su grandeza y su felicidad: ¿qué enem igos de la hum anidad, se dirá, se o p o n en todavía a los progresos de la moral?

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Ya no son los reyes, sino o tras dos especies d e hom bres poderosos. Los p rim ero s son los fanáticos, y no los con­ fundo en absoluto con los h o m b res v e rd a d e ram e n te piado­ sos. Estos son los so sten es de las m áxim as de la religión, aquéllos son sus d estru cto res; unos son am igos (96) de la hum anidad, ¡ otros, apacibles p o r fuera y bárbaros p o r dentro, tienen la voz d e Jaco b y las m anos de Esaú ’ 13. Indife­ rentes a las acciones honradas, se juzgan virtuosos no según lo que hacen, sino sólo según lo que creen; la credulidad de los hom bres es, según ellos, la única p ru e b a de su probidad (97). O dian a m u erte, decía la reina C ristina " 4, a q u ien ­ quiera que no les | crea y su in te ré s les obliga a ello. A m biciosos, hipócritas y discretos, piensan q u e p ara esclavizar a los pueblos d eb en cegarlos. P o r ello, estos im píos acusan sin cesar de im piedad a to d o h o m b re nacido para esclarecer a las naciones; toda verdad nueva les es sospechosa; p arecen niños a quienes to d o espanta en las tinieblas. La segunda especie d e h o m b res p o d ero so s q u e se op o n e a los progresos de la m oral es la de los sem ipolíticos. E ntre éstos hay algunos q u e al te n d e r n atu ralm en te hacia lo verda­ dero no son enem igos d e las verdades nuevas más q u e p o r ser perezosos y p o r q u e re r sustraerse a la fatiga y la atención necesarias para exam inarlas. H ay o tro s anim ados p o r m otivos peligrosos y éstos son los más tem ibles; son h o m bres con | espíritu desp ro v isto d e talentos y alm a sin virtu des, a los cuales, para ser grandes canallas no les falta más q ue coraje. Incapaces de fines elevados y nuevos, creen que su conside­ ración se d eb e al re sp e to im bécil o fingido que exhiben p o r todas las opiniones y los e rro re s recibidos; furiosos contra todo hom b re q u e q u iera q u eb ran tar su im perio, arm an (98) contra él las pasiones y los p rejuicios q u e desprecian y | no cesan de asustar a los esp íritu s débiles con la palabra novedad. | C om o si las verdades d eb ieran d e ste rra r a las virtudes de la tierra, com o si to d o | favoreciese tan to el vicio que no

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113 Jacob es un patriarca del A ntiguo T estam ento q u e p o r un plato de lentejas com pró a su hermano Esaú el derecho d e primogenitura. Padre de doce hijos que fundaron las doce tribus d e Israel. 114 La Reina C ristina de Suecia (1626-1689) ha pasado a la historia com o amiga de la filosofía. Fue p ro tecto ra d e las artes y las letras y atrajo a su corte a num erosos sabios entre los que destaca Descartes. Se convirtió al catolicismo tras abdicar en su primo Carlos G ustavo, y fue acogida en el Vaticano. En su palacio, El Riario, en el Lungara, se reunían hom bres de letras y músicos. La academia A rcadia q u e fundó para filósofos y literatos todavía existe en Roma. Escribió sus Memorias. D ejó im portantes colecciones de libros y m anuscritos a la biblioteca del Vaticano.

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se p u d iera ser v irtuoso sin ser | im bécil, com o si la m oral dem ostrará la necesidad y el estudio de | esta ciencia devi­ niese, p o r consiguiente, fun esto para el m u n d o entero; quie­ ren que se m antenga a los pueblos arrodillados ante los prejuicios recibidos, com o d elan te de los cocodrilos sagrados de M enfis. Si se hace algún d escu b rim ien to en m oral, será sólo a nosotros, dicen, a quienes hay q u e revelarlo; sólo nosotros, com o los iniciados de Egipto, d ebem os ser sus depositarios: que el resto de los hum anos q u ede envuelto en las tinieblas del prejuicio, pues el estado natural-del hom bre es la ceguera. Sem ejantes a estos m édicos que, celosos del descubri­ m iento del vom itivo, abusaron de la credulidad d e algunos prelados para excom ulgar un rem ed io cuya ayuda es tan rápida y saludable, de igual m o d o abusaron ellos de la credu­ lidad de algunos h om bres honrados, p ero cuya probidad estúpida y seducida podría, bajo un g o b iern o | m enos sabio, arrastrar al suplicio la probidad esclarecida de un Sócrates. Tales son los m edios q u e han em pleado estas dos e sp e­ cies de hom bres para im p o n er silencio a los espíritus esclare­ cidos. En vano uno confiaría en el apoyo público para resis­ tirles. C uando un ciudadano está anim ado p o r la pasión de la verdad y del bien general, sé q u e siem pre em ana de su obra un p erfu m e de virtud q u e lo rinde agradable al público y que éste llega a ser su p ro tecto r; p e ro com o tras el escudo de la gratitud y la estim a públicas no se está p rotegido de las persecuciones de estos fanáticos, e n tre la g ente sabia hay muy pocos lo suficientem ente virtuosos para desafiar su fu­ ror. H e aquí qué obstáculos infranqueables se han opuesto] hasta ahora a los progresos de la m oral y p o r qué esta ciencia, casi siem pre inútil ha m erecid o en to d o tiem p o poca estim a, co n secu en tem en te con mis principios. Pero, ¿no es posible hacer e n te n d e r a las naciones el provecho que sacaría de una excelente m oral y no se podrían apresurar los progresos d e esta ciencia h o n ran do más a aque­ llos q u e la cultivan? En vista d e la im portancia de la m ateria, trataré este tem a, a riesgo de una digresión.

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C a p ítu lo

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De los medios para perfeccionar la moral

Es suficiente a estos efectos, levantar los obstáculos que opo n en a sus progresos las dos especies de h om bres que he m encionado. El único m edio p ara lograrlo es desenm ascarar­ los, m ostrar a los d efen so res d e la ignorancia com o los más crueles enem igos d e la hum anidad, en señ ar a las naciones que los hom bres son, en g eneral, todavía más estúpidos que m alvados, q u e curándolos d e sus erro res se los curaría de la m ayor parte de sus vicios y q u e o p o n erse, a este respecto, a su curación, es co m eter un crim en de lesa hum anidad. T odo hom bre q u e observa en la historia | el cuadro de las m iserias públicas, p ro n to p ercib e que es la ignorancia quien, más bárbara todavía q u e el in terés, ha causado más calamida­ des sobre la tierra. S o rp ren d id o p o r esta verdad, se está siem pre ten tad o de exclamar: ¡Feliz es la nación en la que los ciudadanos no se p erm itan más q u e crím enes de interés! ¡C uánto los m ultiplica la ignorancia! ¡C uánta sangre ha hecho c o rre r sobre los altares (99)! Sin em bargo, el h o m bre está hecho | para ser virtuoso. En efecto, si es en la m ayoría donde reside esencialm ente la fuerza y en la | práctica de acciones útiles a la m ayoría en lo q u e consiste la justicia, es ev idente que la justicia está, p o r su naturaleza, siem pre ar­ m ada del p o d er necesario p ara rep rim ir el vicio y obligar a los hom bres a ser virtuosos. Si el crim en atrevido y p o d ero so encadena tan a m enudo la justicia y la virtud y si o p rim e a las naciones, | no lo logra más que con ayuda de la ignorancia; es ella quien, ocultando a cada nación sus verdaderos intereses, im pide la acción y la unión de sus fuerzas y d e este m o d o p ro teg e al culpable de la espada de la equidad. ¡A cuánto desp recio se ha de condenar, pues, a quien quiera re te n e r a los p ueb lo s en las tinieblas de la ignorancia! N o se ha insistido hasta ahora sobre esta verdad con sufi­ ciente fuerza. N o es que se deban d e rrib a r en un día todos los altares del erro r; sé con qué cuidado d eb e avanzarse una o p inión nueva; sé que, aun d estru y én d o lo s, d e b en resp etarse los prejuicios y que antes de atacar un e rro r g en eralm ente adm itido es necesario m an d ar a ex p lo rar algunas verdades,

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com o las palom as del A rca, para ver si el diluvio de los prejuicios no cubre todavía la faz de la tie r r a ,) si los erro res com ienzan a derru m b arse y se percibe aquí y allá el d esp u n ­ tar en el universo de algunas islas d o n d e la virtud y la verdad p u ed en echar raíces p ara com unicarse a los hom bres. P ero tantas precauciones no se tom an más que con p re ­ juicios poco peligrosos. ¿Q ué se m erecen hom bres que con ansias de dom inar q uieren e m b ru tecer a los pueblos para tiranizarlos? En necesario ro m p er, con una m ano valiente, el talism án de la im becilidad al que está atada la potencia de estos genios m alvados, revelar a las naciones los verdaderos principios de la m oral, enseñarles q ue, insen siblem ente arras­ trados hacia la felicidad aparente o real, el d o lo r y el placer son los únicos m o to res del universo m oral y que el senti­ m iento del am or de s í 115 es la única base sobre la cual p uedan echarse los cim ientos de una m oral útil. | ¿C óm o jactarse d e su straer a los h om bres el conoci­ m iento de este principio? Para lograrlo hay q u e prohibirles sondear sus corazones, exam inar su conducta, abrir los libros de historia donde se ven p ueblos de todos los siglos y de todos los países, únicam ente aten to s a la voz del placer, inm olar a sus sem ejantes no digo p o r grandes intereses, p ero sí p o r su sensualidad y en treten im ien to . T om o com o testi­ gos, tanto a estos viveros d o n d e la g lo to n ería bárbara d e los rom anos ahogaba a los esclavos y los entregaba, com o alimento a sus peces, para que luego su comida fuese más delicada; a esa isla del T íb er d o n d e la crueldad de los am os transportaba a los esclavos inválidos, viejos y enferm os y los d ejab a p erecer en el suplicio del ham bre; pongo co m o testigo tam bién las ruinas de esas vastas y soberbias arenas d o n d e están grabados los | fastos de la barbarie hum ana; d o n d e el pueblo más civilizado del universo sacrificaba miles de gladiadores p o r el solo placer que p ro d u ce el espectáculo de los com bates; d o n d e las m ujeres acudían en m ultitud; d o n d e el sexo, ali­ m entado en el lujo, la m olicie y los placeres, este sexo que, hecho para el ad o rn o y las delicias de la tierra, parece no d e b e r resp irar más q u e voluptuosidad, llevaba la barbarie

1,5 En el original, «am our d e soi». C onscientem ente no lo traducimos p o r «am or propio», que en nuestra lengua, actualm ente designa una pasión específica (una especie de orgullo positivo, de com petitividad, etc.). En el X V III, el «am our de soi» designa el principio fundam ental d e la naturaleza, la tendencia a sobrevivir, a perseverar en él ser y a ser reconocido com o tal (narcisismo).

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hasta el pun to de exigir de los gladiadores heridos que al m orir cayeran en una p o stu ra agradable. Estos hechos y otros miles de hechos sem ejan tes están dem asiado com probados com o para en orgullecerse de ocultar a los h o m b res su verda­ dera causa. Cada cual sabe q u e no es d e o tra naturaleza que los rom anos, que la diferencia de su educación p roduce la diferencia de sus sentim ientos y lo hace estrem ecerse p o r el solo relato de un espectáculo que la costu m b re le hubiese hecho agradable | si h u b iera nacido en las orillas del T íber. En vano algunos h om bres, engañados p o r su pereza de exam i­ narse y p o r su vanidad d e c reerse buenos, se im aginan que d eben a la excelencia particular de su naturaleza los sen ti­ m ientos hum anos q u e los afectarían an te sem ejan te espec­ táculo: el hom bre sensato conviene en que la naturaleza, como dice Pascal (100) y lo p ru eb a la experiencia, no es nada más que nuestra p rim era costum bre. Es, pues, absurdo q u e re r ocultar a los h om bres el principio q u e los m ueve. P ero supongam os que se logre ocultárselos: ¿qué ventaja sacarían de ello las naciones? N o se conseguiría seguram ente más que velar a los o jo s del vulgo el sen tim ien to de su am or de sí, no se | im pediría la acción de este sen tim iento sobre ellos, no cam biarían sus efectos, los h om bres no serían dife­ rentes de com o son: esta ignorancia no les sería, pues, útil en absoluto. D igo adem ás q u e les sería perjudicial. En efecto, al conocim iento del principio d e am o r de sí, d e b en las socie­ dades la m ayor p arte de las ventajas de las q u e gozan. Este conocim iento, a p esar de ser todavía im perfecto, ha hecho conscientes a los p ueblos de la necesidad de arm ar de p o d er la m ano de los m agistrados; ha hecho p ercib ir confusam ente al legislador la necesidad de fun d ar los principios de la p ro ­ bidad sobre la base del in terés personal. ¿Sobre qué otra base, en efecto, se los p o d ría apoyar? ¿Acaso sería sobre los principios de estas falsas religiones que, a pesar de ser falsas, se dirá, podrían ser útiles a la felicidad | tem p o ral de los hom bres (101)? P ero la m ayor p arte de estas religiones son dem asiado absurdas para dar sem ejantes puntales a la virtud. T am poco se la apoyará so b re los principios de la verdadera religión. N o p o rq u e su m oral n o sea excelente, p o rq u e sus máximas no eleven el alm a hasta la santidad y la llenen de una alegría in terio r, anticipo de la alegría celeste, sino p o r­ que estos principios no p o d rían convenir más q ue a un peq u e ñ o núm ero d e cristianos esparcidos sobre la tierra y

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p o rq u e un filósofo, que en sus escritos se supone que d eb e hablar al m undo e n te ro , d eb e dar a la virtud fundam entos sobre los cuales todas las naciones puedan igualm ente constru ir y, p o r consiguiente, | edificar sobre la base del interés personal. D eb e m an ten erse tan to más fu ertem en te apegado a este principio cuanto q u e m otivos de in terés tem poral, m a­ nejados con habilidad p o r un legislador hábil, bastan para form ar hom bres virtuosos. El ejem p lo de los turcos, que en su religión adm iten el dogm a de la necesidad, principio destru c­ tivo de toda religión, y que p u ed en , p o r consiguiente, ser considerados com o deístas; el ejem p lo de los chinos m ateria­ listas (102); el de los saduceos 116 q u e negaban la inm ortalidad del alm a y que recibían e n tre los judíos el título de justos por excelencia; en fin, el e jem p lo d e los gim nosotistas que, siempre acusados de ateísm o y siem pre respetad o s j p o r su sabi­ duría y su m oderación, cum plían con la más grande exactitud los deb eres de la sociedad; todos estos ejem plos y miles de ejem plos sem ejantes más p ru eb an que la esperanza o el tem o r de las penas o de los placeres tem porales son tan eficaces, tan apropiados para form ar h o m b res virtuosos, com o las penas y los placeres etern o s que, considerados desde la perspectiva del futu ro , p roducen en general una im presión dem asiado débil com o para sacrificar placeres crim inales, p ero presentes. ¿Cóm o no habrían d e p referirse los m otivos de interés tem poral? N o inspiran ninguna de estas piadosas y santas crueldades que condena (103) n uestra religión, esta ley | de am or y de hum anidad p e ro que sus m inistros han em pleado tan a m enudo, crueldades que serán para siem pre la vergüenza | de los siglos pasados, el h o rro r y la sorpresa de los siglos futuros. ¡Cuál no debe ser la sorpresa, en efecto, tanto del ciuda­ dano virtuoso com o del cristiano dotado de este espíritu de caridad tan recom endado en el Evangelio, cuando eche una ojeada a la totalidad del pasado! V erá diferentes religiones evocar todas el fanatism o y saciarse de sangre hum ana (104). A quí | son cristianos, libres de ejercer su culto si no hubiesen q u erid o d estru ir | el de los ídolos, com o lo p ru e b a W arb u rto n “ 7, quienes p o r su intolerancia inducen a la perse-

116 Los «saduceos» eran adversarios de los «fariseos» y hacían la apología del placer. 117 Guillaum e W arburton (1698-1779) fue un clérigo filósofo inglés q u e polem izó con V oltaire sobre temas teológicos. O bras suyas son La alianza entre la Iglesia y el Estado demos­ trada desde los principios de un deísta religioso (1736) y La misión divina de Moisés (1738).

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cución a los paganos. A llá son d iferen tes sectas de cristianos ensañadas unas con tra o tras, q u e desgarran el im perio de C onstantinopla; más lejos, se eleva en A rabia u n a religión nueva y m anda a los sarracenos a re c o rre r la tierra con la espada y la antorcha e n tre las manos. D esp u és de las irru p ­ ciones de estos bárbaros viene la g u e rra con tra los infieles: bajo el estandarte de los cruzados, naciones enteras desp u e­ blan E uropa, | p ara in u n d ar Asia, para e je rc e r en su ru ta los más horribles bandidajes y co rre r para e n te rra rse en las arenas de A rabia y de Egipto. Es el fanatism o quien po n e las armas en las m anos de los príncipes cristianos, o rd en a a los católicos la m asacre d e los h erejes, hace reap arecer sobre la tierra estas to rtu ras inventadas p o r la Falaris, los Busiris 118 y los N eró n , m o n ta y enciende en España las hogueras de la Inquisición, m ientras q u e los piadosos españoles se alejan de sus p u erto s y atraviesan los m ares para plantar la cruz y la desolación en A m érica (105). | D iríjase la m irada hacia n orte, sur, o rie n te y occidente; p o r todas p artes se ve el cuchillo sagrado de la religión levantado sobre el seno de m ujeres, niños y viejos; y la tierra hum eante de la sangre de las víctimas inm oladas a los falsos dioses o al Ser su p rem o no ofrece por todas partes a su mirada más que el vasto, repug­ nante y horrib le m o n tó n de cadáveres de la intolerancia. A hora bien, ¿qué h o m b re virtu o so y q u é cristiano, si su alma tierna está llena de la divina unción que se d e sp ren d e de las m áximas del Evangelio, si es sensible a las quejas de los desgraciados y si alguna vez ha secado sus lágrimas, no senti­ ría, ante este espectáculo, com pasión p o r la hum anidad (106) y no trataría | de fu n d ar la p ro b id ad so b re principios de los q u e sea m enos fácil abusar, com o son los m otivos del interés personal? | Sin ser co ntrario a los principios de n u estra religión, estos m otivos bastan para obligar a los h o m b res a ser v irtu o ­ sos. La religión de los paganos, pob lan d o el O lim po de m alvados, era indiscutiblem ente m enos apropiada que la nuestra para form ar hom bres justos. ¿Q uién p u e d e dudar, sin em bargo, de q u e los p rim ero s rom anos han sido más virtuosos que nosotros? ¿Q u ién p u ed e negar q u e las g e n ­ darm erías no hayan desarm ad o a más bandidos q u e la reli-

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118 Falaris fue un tirano d e A grigento del siglo V a. C., célebre p o r su crueldad; Busuris, un rey fabuloso de Egipto q u e mandaba ejecutar a todos los extranjeros que entraban en su Estado.

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gion? ¿Q ué el italiano, más d evoto que el francés, no haya hecho más uso del estilete y del v eneno con el rosario en la m ano? ¿Y que en tiem pos en que la devoción es más ar­ dien te y la civilización m ás im perfecta no se com etan infini134 tam en te más crím enes (107) q u e en los siglos en que la | devoción se entibia y la civilización se perfecciona? P o r tanto, únicam ente p o r m edio de buenas leyes (108) 135 se p u ed en form ar | hom bres virtuosos ll9. T o d o el arte del legislador consiste en forzar a los h om bres, a través de su sentim iento de am or de sí m ism os, a ser siem pre justos 136 |un o s hacia otros. A hora bien, para co m p o n er sem ejantes leyes, es necesario cono cer el corazón hum ano y, prelim i137 narm ente, saber q u e los h om bres, | sensibles para con ellos m ism os, indiferentes a los dem ás, no nacen ni buenos, ni malos, sino dispuestos a ser lo u no o lo o tro según que un 138 interés com ún | los reú n a o los divida; q u e el sentim iento de preferencia que cada cual siente p o r sí, sen tim iento del que d ep en d e la conservación de la especie, está grabado p o r ia 139 naturaleza de un m odo im borrable (109); que la sensibilidad | física ha p roducido en nosotros el am or del placer y el odio del dolor; que después el placer y el d o lo r han depositado y hecho florecer en todos los corazones el g erm en del am or de sí, cuyo desarrollo ha dado nacim iento a las pasiones de d o n d e han salido todos nuestros vicios y todas nuestras vir­ tudes. P or m edio de estas ideas prelim inares se ap rende p o r qué las pasiones, cuyo árbol p ro h ib id o no es, según algunos rabi­ nos, más que una ingeniosa im agen, llevan en sus ramas los frutos tanto del bien com o del mal; se concibe el m ecanism o que em plean para la producción de nuestros vicios y nuestras 140 virtudes; y, en fin, gracias a ellos el legislador descubre | el m edio de obligar a los h o m b res a ser p robos, forzando las pasiones a no llevar más q u e frutos de virtud y de sabiduría. 119 «Bonnes lois» es un concepto difícil de traducir, pues en él se condensa la teoría m oral de H elvétius. Fácilmente podem os sentirnos tentados d e traducirlo p o r «leyes justas», p e ro así comentaríam os una lam entable incongruencia. Para H elvétius, «justo» e «injusto» se predica de las acciones e instituciones sociales y se m ide, precisam ente, p or su adecuación a la ley. Esta pone, define lo que es justo e injusto: por tanto, ella no es calificable, en rigor, con esos términos. Ahora bien, H obbes diría que la ley pone el «bien» y el «mal» y, por tanto, ella no es ni «buena» ni «mala». H elvétius aq u í discreparía, ya que tiene de la ley un concepto más positivo, m enos naturalista, es decir, q u e la ley tam bién es calificable en función d e sus efectos en el interés general. Así, «buenas leyes» son las que protegen y producen el bienestar público, o m ejor, las que logran la arm onía e n tre interés personal e interés general. Por ello hemos m antenido esta traducción. D ecir «justa» d e una ley es sólo en un sentido literario, de «ajustada», de «aprobada», d e «buena», ya que H elvétius no acepta valores absolutos.

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A hora bien, si el exam en de estas ideas apropiadas para hacer a los hom bres virtuosos nos está p ro h ib id o p o r las dos especies de h om bres p o d ero so s m encionados más arriba, el único m edio de apresu rar el p ro g reso de la m oral sería, pues, com o lo he dicho an terio rm en te, p resen tar a estos p ro te c to ­ res de la estupidez com o los enem igos más crueles de la hum anidad, arrancarles el c e tro que d e b en a la ignorancia y q u e usan para m andar a los p ueblos em brutecidos. A cerca de lo cual observaré q u e este m edio, sim ple y fácil en la especu­ lación, es m uy difícil d e ejecutar. Y no p o rq u e no nazcan hom bres q u e reúnan en sí espíritus vastos y lum inosos y almas fu ertes y virtuosas. Existen ¡ h om bres quienes, persuadidos de que un ciudadano sin coraje es un ciudadano sin virtud, sienten que los b ienes y la vida m ism a de una p e r­ sona no son e n tre sus m anos más que algo depositado que el ciudadano siem pre d e b e e sta r d ispuesto a restituir, cuando la salvación pública lo exija, p e ro sem ejantes h om bres abundan dem asiado poco para esclarecer al público; p o r o tra parte, la virtud es siem pre débil cuando las costum bres de un siglo enlazan con ella la h e rru m b re de la ridiculez. P or eso la m oral y la legislación, q u e co n sid ero com o una sola y m isma ciencia, no harán m ás q u e progresos casi im perceptibles. U nicam ente, el lapso de tiem po perm itirá evocar estos siglos felices designados co n los nom bres de A strea o de Rea, que no eran m ás q u e el ingenioso em blem a de la p erfección de estas dos ciencias l2°.

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De la probidad con relación a l mundo entero

Si existiera una p robidad referid a al m undo, esta p ro b i­ dad no sería más q u e la costu m b re de las acciones útiles a 120 A strea, hija d e Zeus y d e Tem is, fue identificada en m últiples ocasiones con la Justicia. Según nos cuenta A rato, vivió e n tre los hom bres en la Edad d e O ro, se refugió en los montes, en la de Plata; y tuvo q u e huir al firm am ento en la d e B ronce, convirtiéndose en la constela­ ción de Virgo. A su vez, R ea era h ija d e U rano y d e G ea, m ujer de C ronos, quien devoraba los hijos qu e iba teniendo con ella. Al nacer Zeus, Rea huyó a C reta y salvó la vida de su hijo, consiguiendo q u e Cronos, engañado, se tragase una piedra envuelta en pañales en lugar de la criatura.

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todas las naciones. A hora bien, no hay acción que p u eda inm ediatam ente influir sobre la felicidad o infelicidad de todos los pueblos. La acción más g en ero sa con su ejem plo no g e n e ra en el m u n d o m oral un efecto más sensible que el que una pied ra tirada al océano p ro d u ce sobre los m ares, cuya superficie eleva necesariam ente. N o hay, pues, p robidad práctica en relación con el universo. R especto | a la p robidad de intención, que se reduciría al deseo constante y habitual de la felicidad de los hom bres y, p o r consiguiente, al d eseo sim ple y vago de la felicidad universal, creo que esta especie de probidad no es más que una quim era platónica. En efecto, si la oposición de los intereses de los p ueblos los m antiene, unos co n tra otros, en un estado de guerra p erp etu a; si las paces firm adas en tre las naciones no son p ro p iam en te más q u e treguas com parables al tiem po que, desp u és de un largo com bate, dos naves tom an para restaurarse y reco m en zar el ataque; si las nacio­ nes no p u ed en e x ten d er sus conquistas y su com ercio más que a costa de sus vecinos; en fin, si la felicidad y el engran­ decim iento d e un p u e b lo están casi siem pre vinculados a la desgracia y al d ebilitam iento de o tro , es ev idente que la | pasión del patriotism o, pasión tan deseable, virtuosa y esti­ mable en un ciudadano, qued a absolutam ente excluido del am or universal, com o lo p ru eb a el ejem p lo de los griegos y los rom anos. Sería necesario, para hacer posible esta especie de p ro b i­ dad, que las naciones, p o r leyes y convenciones recíprocas, se uniesen en tre ellas com o las familias q u e co m ponen un Estado; que el in terés particular de las naciones fuese som e­ tido a un interés más general; y que, en fin, el am or a la patria, al apagarse en los corazones, en cendiese en ellos el fuego del am or universal: suposición q u e no se realizará duran te m ucho tiem po. D e d o n d e concluyo que no p u ed e haber p robidad práctica, ni siquiera p robidad de intención a nivel del universo; y en este p u n to el espíritu difiere de la probidad. | En efecto, si las acciones de una p erso n a particular no pu ed en contrib u ir en nada a la felicidad universal y si las influencias de su virtud no p u e d e n ex ten d erse de form a sensi­ ble más allá de los lím ites de un im perio, no ocurre lo m ism o con sus ideas: si un h o m b re d escu b re un fárm aco, inventa una m áquina, com o un m olino de viento, estos pro-

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ductos de su esp íritu p u e d e n convertirlo en u n benefactor del m undo (110). j P o r o tra p arte, en m ateria de espíritu com o en m ateria de probid ad , el am or de la patria no excluye el am or univer­ sal. N o es a costa de sus vecinos com o un p u eb lo adquiere luces; p o r el contrario, cuanto más esclarecidas son las nacio­ nes, tanto más reflejan recíp ro cam en te sus ideas y tanto más aum enta la fuerza y la actividad del espíritu universal. D e donde concluyo q u e si no hay p robidad referida al universo, hay al m enos ciertos g én ero s d e espíritu que p u e d e n consi­ derarse bajo este aspecto.

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Del espíritu con relación a l universo

El espíritu co nsiderado bajo este p u n to de vista no será, conform e con las definiciones p reced en tes, más que el hábito de las ideas interesan tes para todos los pueblos, ya sea com o instructivas, ya sea com o agradables. E ste g é n e ro de espíritu es indiscutiblem ente el más d e ­ seable. N o hay ninguna época en la que la especie de ¡deas reputadas com o espíritu, p o r tod o s los pueblos, no sea v erd a­ d eram en te digna d e este n om bre. N o o cu rre lo m ism o con el género de ideas a las q u e una nación da algunas veces el n o m bre de espíritu. C ada nación tiene una época de estu p i­ dez y de degradación, d u ra n te la cual no tiene una idea clara del | espíritu y prodiga ento n ces este nom bre a ciertos conjuntos de ideas a la m oda, siem pre ridiculas a los ojos de la posteridad. Estos siglos d e degradación son, en general, los del despotism o. En ellos, dice un p o eta, D ios priva a las naciones de la m itad de su inteligencia para endurecerlas contra las m iserias y el suplicio de la esclavitud 12'.

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121 C om o se ve, el conductism o d e H elvétius no reconoce límites. Si en las ciencias de la vida apenas se está esbozando la idea transform ista, en la «ciencia moral» instaura H elvétius una teoría del hom bre en q u e éste reacciona, con agresividad o adecuación, incluso con «sublimaciones», a la determ inación del m edio. El hom bre es un lugar de efectos como cualquier o tro del ord en natural.

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E ntre las ideas q u e interesan a todos los pueblos algunas son instructivas: son las que pertenecen a ciertos géneros de ciencias y de artes; p e ro otras son agradables: así son, en prim er lugar, las ideas y los sentim ientos adm irados en cier­ tos pasajes de H o m e ro , Virgilio, C orneille, Tasso, M ilton, en los cuales, com o ya lo he dicho, estos ilustres escritores no se d etien en en la descripción de una nación o. de un siglo [ en particular, sino en la de la hum anidad; así son, en se­ gundo lugar, las grandes im ágenes con las q u e estos poetas han enriquecido sus obras. Para p ro b ar q u e en cu alquier g én ero artístico 122 hay bellezas que p u ed en g u star universalm ente, elijo estas mis­ mas im ágenes com o ejem p lo y digo que la grandeza es, en los cuadros poéticos, una causa universal de p lacer (111). Y no p o rq u e todos los ¡ h om bres sean igualm ente afectados ya que hay hom bres insensibles, tanto a las bellezas de la descripción com o a los encantos de la arm onía; y sería, | a este respecto, tan inju sto com o inútil q u e re r desengañarlos, pues han adquirido, p o r su insensibilidad, el d erech o desgraciado de negar un placer q u e | no ex perim entan; p ero estos hom ­ bres son escasos. En efecto, ya sea p o rq u e el deseo habitual e im paciente de felicidad, q u e nos hace desear todas las perfecciones com o m edios de acrecentar n u estro bienestar, nos haga agra­ dables todos estos grandes o b jeto s, cuya contem plación pa­ rece expansionar n uestra alma y dar más fuerza y elevación a nuestras ideas; ya sea p o rq u e los grandes o b jeto s p o r ellos mism os produzcan sobre nuestros sentidos una im presión más fuerte, más continua y agradable; ya sea, en fin, p o r alguna otra causa, lo cierto es que sentim os que la vista odia tod o lo que la limita, q u e se en cu en tra m olesta en los desfi­ laderos de una m ontaña o en el recinto de una gran pared, que ama, p o r el contrario, re c o rre r una llanura vasta, extenderse sobre la superficie de los | m ares, p e rd erse en un horizonte lejano. T o d o lo que es gran d e tiene el derech o de gustar a los ojos y a la im aginación de los hom bres. Esta especie de belleza triunfa ro tu n d am en te, en las descripciones, sobre to-

122 H em os traducido «gene» p o r «género artístico». C om o habrá observado el lector, H elvétius usa m ucho el térm ino «género», en el sentido de «tipo», «modalidad», «clase»... Pero, a veces, usa sólo «genre» para referirse a «géneros literarios» o «géneros artísticos», es decir, a las modalidades d e la expresión del «bel esprit» (artes, ciencias, letras...).

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das las dem ás bellezas que, al d ep en d er, p o r ejem plo, de la exactitud de las pro p o rcio n es, no p u e d e n ser ni tan viva ni tan g eneralm en te sentidas, p u esto q u e todas las naciones no tien en las mismas ideas sob re la arm onía. En efecto, si se com paran las cascadas que construye el arte, los subterrán eo s que cava, las terrazas que eleva, con las cataratas del río Saint-L aurent, las cavernas horadadas en el Etna, las masas eno rm es d e rocas am ontonadas sin ord en sobre los A lpes ¿no se sien te que el placer p ro d u cid o p o r esta prodigalidad, esta | m agnificencia ru d a y g ro sera que la naturaleza p one en todas sus obras es in finitam ente su p erio r al placer que resulta d e la exactitud de las p roporciones? Para convencerse de ello, que suba un hom bre p o r la noche a una m ontaña para con tem p lar desd e allí el firm a­ m ento. ¿Q ué encanto lo atrae? ¿Acaso es la sim etría agrada­ ble con la que están o rd en ad o s los astros? Por un lado, in num erables soles están am ontonados en la vía láctea sin o rd e n en tre ellos; p o r o tro lado, hay vastos desiertos. ¿Cuál es, pues, la fu en te de sus placeres? La in­ m ensidad m ism a del cielo. En efecto, ¿qué idea p u ed e fo r­ m arse de esta inm ensidad, cuando m undos llam eantes no parecen más que p u n to s lum inosos sem brados aquí y allá en las llanuras del é te r, cuando soles h u ndidos en las p ro fu n d i­ dades | del firm am ento no son percibidos más q u e con dificuitad? La im aginación que se lanza desd e estas últim as esfe­ ras para re c o rre r to d o s los m undos posibles ¿no debe p e r­ derse en las vastas e inconm ensurables concavidades de los cielos; hundirse en el arro b am ien to q u e p ro d u ce la co n tem ­ plación de un o b je to q u e ocu p a el alma en tera sin con ello cansarla? Es igualm ente la grandeza de estos d ecorados la que ha hecho decir que el arte era tan in ferio r a la natura­ leza, cosa que en térm in o s inteligibles sim p lem en te significa q ue los grandes cuadros nos parecen preferib les a los p e q u e ­ ños. En las artes susceptibles de este g én ero de bellezas, tales com o la escultura, la arq u itectu ra y la poesía, es la enorm i­ dad de las masas la q u e eleva el coloso de Rodas y las pirám ides de | M enfis al ran g o de maravillas del m undo. Es la grandeza de las descripciones la que nos hace co nsiderar a M ilton m , al m enos, com o la más fu erte y más sublim e

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123 Jo h n M ilton (1608-1674), autor de E l Paraíso perdido, vasta epopeya sobre la creación y la caída d e los prim eros hom bres.

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imaginación. P o r eso su tem a, poco fértil en bellezas de otra especie, es infinitam ente ab u n d an te en la belleza de las des­ cripciones. Al ser, p o r este tem a, el arquitecto del paraíso te rre stre , tenía que ju n tar en el corto espacio del jardín del E dén todas las bellezas que la naturaleza ha dispersado sobre la tierra para ado rn ar mil climas diferentes. Llevado p o r la elección de este tem a a las orillas del abism o inform e del caos, tenía q u e ex traer d e ahí la m ateria prim a apropiada para fo r­ m ar el universo, cavar el lecho de los m ares, coronar la tierra con m ontañas, cubrirla d e verde, m over soles, encenderlos, desplegar alred ed o r d e ellos el pabellón de los cielos, ¡ pintar, en fin, la belleza del p rim e r día del m u n d o y esta frescura prim averal con la q u e su im aginación ard iente em bellece la naturaleza nacida nuevam ente. D ebía, p ues, presen tarn o s no solam ente los más g ran d es cuadros, sino tam bién los más n u e ­ vos y los más variados, cosas que, p ara la im aginación de los hom bres, son las dos causas universales de más placer. O cu rre con la im aginación lo m ism o que con el espíritu: es p o r la contem plación y la com binación, ya sea de los cuadros de la naturaleza, ya sea de las ideas filosóficas, com o los poetas y los filósofos, perfeccio n an d o su im aginación o su espíritu, consiguen igualm ente sobresalir en g én ero s muy diferen tes y en los cuales es igualm ente raro y tal vez igual­ m ente difícil ten er éxito.

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¿Q ué hom bre, en efecto, no siente | que la m archa del espíritu hum ano d eb e ser uniform e en cualquier ciencia o en cualquier arte al que se aplique? Si para gustar al espíritu, dice F ontenelle, es necesario ocuparlo sin cansarlo, p resen ­ tándole ideas ordenadas, expresadas con las palabras más apropiadas, cuyo tem a sea uno, sim ple y, p o r consiguiente, fácil de abarcar y d o n d e la variedad se en c u e n tre identificada a la sim plicidad (112); si ello es así, es igualm ente a la triple com binación de grandeza, | novedad, variedad y sim plicidad en los cuadros a la q u e se d eb e el m ayor placer de la imaginación. Si, p o r ejem plo, la vista o la descripción de un gran lago nos es agradable, la d e un m ar tranquilo y sin lím ites nos es sin duda todavía más agradable; su inm ensidad es para nosotros la fu en te del más grande placer. Sin em ­ bargo, p o r bello que sea este espectáculo, su uniform idad llega a ser p ro n to aburrida. P o r eso, si la to rm en ta personifi­ cada p o r la im aginación del p oeta, envuelta en nubes negras y llevada p o r aquilones, se d esp ren d e del sur haciendo rodar

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ante ella las m óviles m ontañas de agua, ¿quién duda que la sucesión rápida, sim ple y variada de los cuadros espantosos que presenta la agitación de los m ares produciría en cada ins­ tante sobre nuestra im aginación im presiones | nuevas, atraería con fuerza n uestra atención, nos ocuparía sin cansarnos y nos gustaría, p o r consiguiente, más? Pero si la noche viene ade­ más a red o b lar los h o rro res de esta to rm en ta y si las m onta­ ñas de agua, cuya cadena term in a y ciñe el h o rizo n te, son en cada instante esclarecidos re p e tid a m e n te p o r los resp lan d o ­ res, los reflejos de los rayos y los relám pagos, ¿quién duda que este m ar oscuro, cam biado de re p e n te en u n m ar de fuego, form aría gracias a la novedad unida a la grandeza y la variedad de esta im agen, u no de los cuadros más apropiados para so rp ren d er nuestra im aginación? P or eso, el arte del poeta, considerado p u ra m e n te com o descriptivo consiste en no ofrecer a la vista más q u e o b jeto s en m ovim iento y, si p uede, alcanzar en sus descripciones varios sentidos a la vez. La descripción del | m ugido de las aguas, el silbido de los vientos, y el fragor del tru e n o ¿podrían, acaso, dejar de alim entar todavía m ás el secreto te m o r y, p o r consiguiente, el placer q u e nos hace ex p erim en tar el espectáculo de un mar enfurecido? C uando vuelve la prim avera, cuando la au­ rora desciende a los jardines de Marly para e n tre a b rir el cáliz de las flores, en este instante, los p erfum es que se d e sp ren ­ den, el g o rje o de mil p ájaros, el m u rm ullo de las cascadas, ¿acaso no aum entan todavía más el encanto de estos bosques em brujados? T odos los sentidos son otras tantas p uertas p o r las que las im presiones agradables p u e d e n en trar en nuestras almas: cuantos más se abren a la vez, tan to más p e n e tra el placer 124. Se ve, pues, q u e si bien hay ideas g en eralm en te útiles e instructivas para las naciones (así son las q u e | p e rte n e c en directam en te a las ciencias), hay tam bién ideas universal­ m en te útiles y a la vez agradables; y que, d iferen te en este p u n to de la probidad, el espíritu de un individuo particular p u ed e te n e r relaciones con el universo entero.

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124 H elvétius no sólo da lecciones al soberano para que sepa cómo gobernar m oralm ente, sino a los escritores y artistas para que aprendan las exigencias del éxito. La clave está en la «naturaleza humana». D e ella se d ed u ce lo que hace al hom bre feliz y cóm o tanto la tarea legisladora com o la artístico-literaria d eben estar dirigidas a maximizar esa felicidad; H elvétius puede sacar las «reglas d e gobierno» y las «reglas de creación estética». Sin entrar en su teoría estética, destaquem os su insistencia e n q u e el placer se consigue y m antiene en el cambio de la sensación, y en el contraste e n tre tranquilidad y agitación.

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La conclusión de este discurso es que, tanto en m ateria de espíritu com o en m ateria de m oral, p o r p arte de los hom bres es siem pre el am or o la gratitud quien halaga, el odio o la venganza, quien desprecia. El in terés es, así, el único d istrib u id o r de estim a. El espíritu, desde cualquier p u n to de vista q u e se lo considere, no es más que un co n ju n to d e ideas nuevas, interesantes y, p o r consiguiente, útiles p ara los hom bres, bien p o r ser instructivas, bien p o r ser agradables.

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NOTAS AL DISCURSO SEGUNDO

(1) E ste bailarín p re te n d e co n o cer el carácter de un h o m b re según la m anera de an d ar y la actitu d d el cu erp o . U n e x tra n je ro se p re se n ta un d ía en su sala: ¿D e qu é país sois?, le p re g u n ta M arcel. Soy inglés... ¿V os inglés?, rep lica M arcel. ¿D e esa isla d o n d e lo s ciu d ad an o s p articip an de la adm inistración p ú b lica y son p arte d e l p o d e r so b e ran o ? N o , se ñ o r, e s ta f re n te baja, esta m irada tím ida, esta m an era de andar in seg u ra n o m e anuncian m ás q u e al esclavo titu lad o d e un elector. (2) El vulgo lim ita, e n g en eral, el significado d e la p alabra in te ré s sólo al am o r p o r el d in ero . El le c to r esclarecid o se n tirá q u e to m o esta p alabra e n un se n tid o más ex ten so y q u e lo aplico, e n g en eral, a to d o lo q u e p u e d e p ro cu ra rn o s placeres o lib ra rn o s d e penas. (3) Se co m p ren d e q u e h a b lo aq u í en calidad de p o lítico y no de teólogo. (4) N u e s tro od io o n u e stro a m o r es un efecto del bien o del mal q u e se nos hace. En el E stad o d e los salvajes, d ice H o b b e s , sólo el h o m b re ro b u sto p u e d e ser m alvado, y en el estad o civilizado sólo p u e d e serlo el h o m b re autorizado. El p o d e ro so , to m ad o en estos d o s se n tid o s, no es, sin em bargo, más m alvado q u e el débil. H o b b e s e ra co n scien te d e ello, p ero sabía tam bién q u e no se d a el no m b re de m alvado más q u e a aq u ello s cuya m aldad es tem ible. N o s reím o s d e la có lera y de los go lp es d e un n iñ o , cosas q u e a m e n u d o nos p arecen graciosas; p e ro nos irritam o s co n tra el h o m b re fu e rte , sus golpes h ieren y lo tratam o s d e bruto. (5) El h o m b re h u m an o es aquel p ara q u ien el esp ectácu lo d e la desgracia de o tr o es in so p o rtab le y q u ie n , p ara lib ra rse d e este esp ectácu lo , se siente obligado, p o r así decir, a ay u d ar al desg raciado. El h o m b re in h u m an o es aq u el p a ra q u ien el espectácu lo d e la m iseria d e o tr o es u n esp ectácu lo agradable: para p ro lo n g ar sus placeres niega to d a ay u d a a los desgraciados. A h o ra bien, estos dos h o m b res tan d iferen tes tie n d e n , sin em b arg o , am bos a sus placeres y son m ovidos p o r el m ism o reso rte. P ero , se dirá, si to d o se hace p o r egoísm o, ¿nadie d e b e ninguna g ra titu d a sus b ien h ech o res? A l m en o s, re sp o n d e ré , el b ie n h e c h o r no tien e d e re c h o a exi­ girla; d e o tro m odo se ría un c o n tra to y no un favor q u e habría hecho. Los g erm an o s, d ice T ácito , dan y recib en p re se n te s y no exigen ni dan ninguna señal de g ratitu d . Es p ara fav o re cer a los desgraciados m ultiplicando el n ú m ero de b ie n h e ­ ch o res p o r lo q u e el p ú b lico im p o n e a los obligados, con razó n , el d e b e r d e la g ratitu d . (6) P ara b u rlarse de una g ran charlatana, p o r o tra p arte m u je r de e sp íritu , le

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p re se n ta n u n h o m b re d icién d o le q u e es un h o m b re de m u ch o esp íritu . E sta m u je r lo recib e m arav illo sam en te. C o n prisas d e h acerse adm irar p o r él, se p o n e a hablar y le p re g u n ta m iles d e cosas d ife re n te s, sin d arse cu e n ta de q u e no re sp o n d e a nada. U n a vez te rm in a d a la visita, se le p re g u n ta si está c o n te n ta d el h o m b re q u e le han p re se n ta d o . ¡Q u é e n c a n ta d o r es!, re sp o n d e , ¡cuánto esp íritu tiene! E sta excla­ m ación hace p ro rru m p ir en risas a to d o s: el gran esp íritu e ra un m udo. (7) T o d o s aq u ello s cuyo esp íritu es lim itad o critican sin cesar a q u ien es reu n en solidez y ex ten sió n d e esp íritu . Les acusan de se r dem asiad o refin ad o s y de p en sar en to d o d e m an era abstracta. «Jam ás ad m itirem o s, d ice H u m e , q u e una cosa es justa, si so b rep asa n u e s tra débil concepción. La d iferen cia, añ ad e este ilu stre filósofo, e n tre el h o m b re c o m ú n y el h o m b re d e g enio, se n o ta p rin cip alm e n te en la m ayor o m en o r p ro fu n d id a d de los principios so b re los cuales fu n d a sus ideas. P ara la m ayor p arte d e los h o m b re s, to d o juicio es particular; n o conduce sus op in io n es hasta p o sicio n es universales; to d a idea g en eral es o sc u ra p ara ellos.» (8) Los necios, si tu v ieran p o d e r, d e ste rra ría n de b u en g ra d o a la g e n te de esp íritu d e su sociedad y re p e tiría n , com o los efesios: S i a lg u ie n sobresale entre nosotros, que se vaya a sobresalir a otra parte.

(9) En la c o rte , los g ran d es d an ta n ta m e jo r acogida al h o m b re d e esp íritu cu an to m ás esp íritu tie n e n ellos. (10) Pocos ho m b res, si tuvieran el p o d e r, no em plearían la to rtu ra para hacer ad o p tar sus o p in io n es p o r todos. ¿Acaso no hem os visto en n u estro s días a g e n te tan loca y con un org u llo tan in to lera b le q u e llega a q u e re r in d u cir al m agistrado a castigar sin co n sid eració n a un e scrito r q u e p re fie re la m úsica italiana a la m úsica francesa, o tien e u n a o p in ió n d ife re n te a la suya? Si g e n e ra lm e n te sólo se co m eten excesos en las d isp u tas so b re religión, es p o rq u e las dem ás d isputas no p ro p o rc io ­ nan los m ism os p re te x to s ni los m ism os m edios p ara ser crueles. N o es m ás q u e a la im p o ten cia a la q u e se d e b e la m oderación. El h o m b re h u m an o y m o d e ra d o es un h o m b re m uy raro . Si se e n c u e n tra con un h o m b re d e una religión d ife re n te a la suya, d irá q u e es un h o m b re q u e , so b re estos tem as, tie n e o tras o p in io n e s q u e éi: ¿p o r q u é habría d e p erseg u irlo ? El E vangelio no ha o rd e n a d o e n n in g u n a p a rte q u e se em p leara la to rtu ra y la cárcel para la co n v ersió n d e los h o m b res: la v erd ad era religión jam ás ha c o n stru id o patíb u lo s; son sus m inistros q u ien es, p ara vengar su o rg u llo h erid o p o r o p in io n es d ife re n te s a las suyas, han arm ad o e n su favor a la estú p id a cred u lid ad d e los p u eb lo s y d e los príncipes. Pocos h o m b res han m erecid o el elogio q u e los sacerd o tes egipcios hacen a la re in a N e fté e n S eto s al decir: «Lejos d e excitar la anim osidad, la vejació n , la p ersec u ció n , p o r los co n sejo s de una p ied ad mal en te n d id a , no ha sacado de la religión m ás q u e m áxim as de dulzura, jam ás ha creído q u e estu v ie ra p e rm itid o a to rm e n ta r a los h o m b res para h o n rar a los dioses». (11) ¿C ó m o no h ab ría de se r sospechoso en se m ejan te religión el testig o de un m ilagro? Se ha d e estar, d ice F on ten elle, tan en g u ard ia c o n tra sí m ism o al relatar un hech o p rec isa m e n te com o se lo ha visto, es decir, sin añ ad ir ni q u itar nada, q u e to d o h o m b re q u e p re te n d a q u e en este se n tid o , jam ás se ha so rp re n d id o m in tien d o , es con .to d a seguridad un m en tiro so . ( 12) Los b u rg u eses o p u le n to s añ ad en , en burla, q u e se ve a m e n u d o al h o m b re d e esp íritu a la p u e r ta d e l rico y jam ás al rico a la p u e rta d el h o m b re de esp íritu . Es. resp o n d e el p o e ta Saadí, porque el hom bre de e sp íritu conoce el valor de las riquezas y porque el rico ignora e l valor de las luces. P or o tra parte, ¿cóm o p o d ría la riq u eza estim ar la ciencia? El sabio p u e d e ap reciar al ig n o ran te p o rq u e lo ha sido e n su infancia; p ero el ig n o ran te no p u e d e apreciar al sabio, p o rq u e jam ás lo ha sido. (13) La F o n tain e ten ía sólo esta clase d e estim a p o r la filosofía d e Platón. F o n ten elle co m e n ta resp ec to a este tem a qu e un día La F ontaine le dijo: Reconozca que este P latón era u n gran filósofo... Pero ¿ en cu en tra en él ideas claras?, le p re g u n ta F o n ten elle. ¡O h, no, es de una oscuridad im p en etra b le...! ¿No encuentra que se contra­ dice? ¡ O h ! verdaderam ente, d ijo La F ontaine, no es m ás que u n sofista. L uego, de re p e n te , olv idando las d eclaraciones q u e acababa de hacer, p ro sig u ió diciendo:

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Platón, ¡sitúa tan bien a sus personajes! «Sócrates estaba en el Píreo, cuando Alcibíades, con la cabeza coronada de flores»... ¡O h! este Platón era un gran filósofo. (14) «L ucano, d ecía H e in siu s *, es resp e c to a o tro s p o e ta s lo q u e un caballo s o b e rb io y q u e relin ch a o rg u lio sam en te es re sp e c to a un a m an ad a d e b u rro s, cuya voz in n o b le rev ela el g u sto q u e tie n e n p o r la esclavitud.» (15) Scaliger cita co m o o d io sa la o d a d iecisiete del cuarto lib ro d e H o racio q u e H ein siu s cita co m o u n a o b ra m a e stra de la A n tig ü ed ad . (P o sib le m e n te se r e fie re a G iu lio C e sare S caligero, 14 8 4 -1 5 5 8 , cuya Poética, 1561, esb o za los p rin c i­ p io s d e l clasicism o. P ero tam b ién p o d ría ser G iu se p p e G iu sto S caligero, 15401609, q u e p u b licó co m en tario s a a u to re s latines: V o rró n , V irgilio. N . T.). (16) La ex p erien cia n o s e n señ a q u e cada cual p o n e en el ran g o d e espíritus falsos y libros m alos a to d o h o m b re y a to d a o b ra q u e co m b ata sus o p in io n es; qu e q u e rría im p o n e r el silencio al h o m b re y su p rim ir la obra. Es u n a v en taja q u e los o rto d o x o s p o co esclarecid o s han d ad o algunas veces a los h e re je s. Si en un p ro c e so , d icen ésto s, u n a p a rte p ro h ib ie ra a la o tra im p rim ir p an fleto s p a ra so ste n e r su d e re c h o , ¿no se co n sid eraría e s ta violencia d e una d e las p artes co m o p ru e b a d e la in ju sticia d e su causa? (17) V ean las Memorias d e M m e . d e StaéI. (18) ¡Q u é e n g re im ie n to , dice la g e n te m ed io cre, la de aq u ello s a los q u e se llam a gente de espíritu! ¡Q u é su p e rio rid a d creen te n e r resp e c to a los dem ás h o m ­ bres! P ero , se les re sp o n d e ría , el cierv o q u e se jactase d e ser el m ás ráp id o d e los ciervos, sería sin d u d a un o rg u lloso; a h o ra b ien , p o d ría sin em b arg o , sin faltar a la m o d estia, d ecir q u e c o rre m ás q u e la to rtu g a . V o so tro s sois la to rtu g a; no habéis ni leíd o ni m ed itad o . ¿C ó m o pod ríais te n e r tan to esp íritu co m o un h o m b re q u e se ha to m ad o m uchas m o lestias p ara a d q u irir co n o cim ien to s? Lo acusáis d e e n g re im ie n to y sois vo so tro s q u ien es, sin e s tu d io ni reflexión, q u eréis se r iguales a él. Según v u e stra o p in ió n , ¿cuál d e los d o s e s eng reíd o ? (19) F.n poesía, F o n ten elle h ab ría co n v en id o , sin pena, en la su p e rio rid ad del g e n io d e C o rn e ille so b re el suyo; p e ro no lo h u b ie ra sentido. S up o n g am o s q u e, p ara co n v en cerse d e ello , se h u biese ro g a d o al m ism o F o n te n e lle q u e d iese la idea q u e ten ía fo rm ad a d e la p erfe cció n en m a teria de poesía. S eg u ram en te n o habría p ro p u e sto , en este g é n e ro , o tra s su tiles reglas q u e las q u e él m ism o había o b se r­ v ad o tan bien co m o C o rn e ille ; d e b ía c re e rse en su in te rio r tan b u en p o e ta com o cualq u iera; y, reco n o cién d o se in ferio r a C o rn eille, no hacía, p o r co n sig u ie n te , más q u e sacrificar su se n tim ie n to al del p ú b lico . P oca g e n te tie n e el valor d e re c o n o c e r q u e tien e p o r sí estim a d e la esp ecie q u e llam o sentida; p e ro lo n ieg u en o lo reco n o zcan , este se n tim ie n to n o d e ja d e existir en ellos. (20) N o s elo g iam o s p o r to d o . U n o s halagan su e stu p id e z d en o m in án d o la se n tid o co m ún ; o tro s elogian su belleza; algunos, en o rg u llecid o s de sus riquezas, atrib u y en esto s d o n es d e l azar a su esp íritu y p ru d en cia; la m u je r q u e hace cuentas p o r la n o ch e con su co cin ero se cre e tan estim ab le com o un sabio. H a s ta el im p re so r de in-folios d esp re c ia al d e novelas y se cre e su p e rio r, d e l m ism o m odo q u e el in-folio es m ayor q u e el folleto. (21) N in g ú n a rte, ningún ta len to m e re c e p re fe re n c ia so b re o tro salvo e n tan to q u e es realm en te m ás útil, ya se a p a ra e n tre te n e r, ya sea para in stru ir. Las co m p a­ racion es q u e e n tre ellos se hacen e n la alta sociedad, los elogios q u e se les pro d ig a jam ás d eterm in an la p re fe re n c ia q u e d e b e ría o to rg arse a cada u n o , d ad o que aquello s con q u ien es se h ab la y se d isp u ta están sie m p re in te rio rm e n te decid id o s a n o co n ced e r esta p re fe re n c ia m ás q u e al a rte o al ta le n to q u e adula más el in terés d e su ten d en cia o d e su v anidad. A h o ra bien, este in te ré s no p u e d e ser el m ism o en to d o s los ho m b res. (22) Las declaracio n es co n tin u as d e los m oralistas c o n tra la m aldad d e los h o m b res p ru e b a n sólo el p o co co n o cim ien to q u e tie n e n de él. Los h o m b res no son m alos, sino q u e están so m e tid o s a sus in tereses. Los grito s de los m oralistas no cam b iarán con to d a seg u rid ad este re s o rte del u n iv erso m oral. N o d e b e m o s q u e ­ * N . T.

Se re fie re a N icolás H e in siu s (1 6 2 0 -1 6 8 1 ), e d ito r d e clásicos latines.

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jarn o s d e la m aldad d e los h o m b res, sino d e la ignorancia d e los legisladores q u e sie m p re han o p u e sto el in terés particular al in te ré s general. Si los escitas eran más virtu o so s q u e n o so tro s era p o rq u e su legislación y su g é n e ro d e vida les inspiraban m ás pro b id ad . (23) « N o soy cu lp ab le, decía C h ilo n m ien tras agonizaba, más q u e d e un solo crim en: el d e h ab er, d u ra n te m i m ag istratu ra, salvado del rig o r d e las leyes a un crim inal, a m i m e jo r am igo.» C itaré tam b ién , so b re e s te tem a, un h ech o relatad o en el G alistan. U n árab e va a q u e ja rse al Sultán p o r la violencia q u e dos d esco n o cid o s ejercían so b re su casa. El Sultán se d esplaza hasta allí, o rd e n a apagar las luces, co g er a los crim inales, en v o lv er sus cabezas en un m an to y m an d a q u e se los apuñale. U n a vez co n su m ad a la ejecu ció n , el Sultán h ace e n c e n d e r o tra vez las an to rch as, m ira los cu erp o s d e los crim inales, levanta las m anos y d a las gracias a D ios. « ¿Q u é favor habéis recibido del cielo?, le p reg u n ta su Visir. H e creído, resp o n d e el Sultán, a m is hijos autores de estas violencias. P o r ello he q u e rid o q u e se apagaran las an to rch as, q u e se cu b riera con un m an to el ro stro de esto s desgraciados. T em ía q u e la te rn u ra p a te rn a m e hiciera faltar a la justicia q u e d e b o a m is sú bditos. Juzga, p u es, si no d e b o ag rad ecer al cielo, a h o ra q u e m e sie n to ju sto sin ser parricida.» (24) El día en q u e el aten ien se C ieó n p articip ó en la adm inistración pública, re u n ió a sus am igos y les d ijo q u e ren u n ciab a a su am istad, p o rq u e p o d ría llevarle a faltar a su d e b e r y c o m e te r injusticias. [C leó n (422 a. C .), o ra d o r d e ta len to , a la m u e rte d e P ericles (429) accede a la jefatu ra del p artid o d em o crático . N . T.] (25) En cierto s países se solía c u b rir con u n a p iel de asno a los altos dignatarios p ara en señ arle s q u e no d eb e n nada a lo q u e se llam a decencia, sino to d o a la justicia. (26) « N o es, dice el p o e ta Saadí, la voz tím ida de los m in istro s la qu e d e b e llevar al o íd o d e los reyes las q u ejas d e los desgraciados; sino q u e el g rito del p u eb lo d e b e p o d e r p e n e tra r d ire c ta m e n te hasta el tro n o .» (27) C o n se c u e n te m e n te con este p rin cip io , F o n te n e lle ha d e fin id o a la m e n ­ tira: C a lla r u n a verd a d que debe decirse. U n h o m b re sale d el lech o d e una m u je r, se e n c u e n tra con el m arido. ¿ D e dónde ven ís ? le p reg u n ta éste. ¿ Q u é re sp o n d e rle ? ¿Se le d e b e la v erdad? N o . dice F o n ten elle, porque entonces la verdad no es ú t i l p a r^ nadie. A h o ra b ien , la p ro p ia verd ad está so m e tid a al p rin cip io de utilidad pública. D e b e p resid ir el e stu d io de la historia, de las ciencias y de las artes, d e b e p resen tarse a los g ran d es y h asta arrancar el velo q u e c u b re en ellos los d efecto s d añinos p ara el p ú b lico; p e ro n o d e b e jam ás rev elar aquellos d efecto s q u e no dañan más q u e al h o m b re m ism o. T al cosa sería afligirle sin utilidad; sería, con el p re te x to d e ser veraz, ser m alvado y brutal; y eso es m enos am ar la verdad q u e glorificarse d e la hum illación d e otro. (28) E ste p rin cip io h a sid o consagrado e n tre los árabes p o r el eje m p lo de severidad d ad o p o r el fam oso Z iad, g o b e rn a d o r de Basora. D e s p u é s d e haber in ten tad o in ú tilm e n te p u rg a r esta ciudad d e los asesinos q u e la infestaban, se vio co n streñ id o a im p o n er la p e n a d e m u e rte c o n tra to d o h o m b re q u e se e n c o n tra ra de n o ch e p o r las calles. Se d e tie n e a un e x tra n je ro q u e , co n d u cid o an te el trib u n al del g o b e rn a d o r, in te n ta co n m o v erlo con lágrim as. «D esgraciado e x tra n je ro , le dice Z iad, d e b o p a re c e rte inju sto castigando la infracción d e unas ó rd e n e s q u e p o sib le­ m e n te ignorabas; p e ro la salvación d e B asora d e p e n d e d e tu m u erte. L loro y te co n d en o .» (29) El p ú b lico co n ced e elogios a la p ro b id ad d e una p erso n a; p e ro no am a v erd ad eram en te m ás q u e la clase de p ro b id ad q u e le es útil. La p rim e ra sirve de ejem p lo y, cu an d o no es dañina p ara la sociedad, es el g e rm e n d e la p ro b id ad útil al público: co n trib u y e, al m enos, a la arm o n ía general. (30) Está p e rm itid o h a c e r el elogio del p ro p io corazón y no el del p ro p io esp íritu , p o rq u e el p rim e ro no acarrea consecuencias. La envidia vigila q u e se m e­ jan te elogio o b te n d rá p o c o d el público. (31) El in terés no nos p re se n ta m ás qu e las caras d e los o b je to s con las cuales nos es útil p ercib irlo s. C u an d o se juzga co n fo rm e con el in terés p ú b lico , no es tan to a la p recisió n d e n u estro esp íritu y a la justicia d e n u e stro carácter a las que

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hay q u e h o n rar, sino al azar q u e n o s sitú a en circunstancias en las cuales ten em o s in te ré s en ver co m o el p ú blico. Q u ie n se exam ina p ro fu n d a m e n te se so rp re n d e tantas veces d e sus eq u iv o cacio n es q u e só lo p u e d e ser m o d esto , no se en o rg u llece d e sus luces, ig n o ra su su p e rio rid ad . El esp íritu es com o la salud; cu an d o se tien e, n o se nota. (32) S istem a d e los antiguos filósofos. (33) ¿Q u é litig an te n o se m aravilla ante la lectu ra de su alegato y no lo co n sid era m ás serio y m ás im p o rtan te q u e las obras d e F o n te n e lle y d e to d o s los filósofos q u e h an escrito acerca d e l co n o cim ien to d el corazón y del esp íritu hu­ m ano? Las obras d e é sto s, dirá, son e n tre te n id a s, p e ro frívolas y en ab so lu to dignas de ser o b je to d e estu d io . P ara h acer c o m p re n d e r m e jo r cu án ta im p o rtan c ia o torga cada cual a sus p ro p ias o cu p acio n es, citaré algunas líneas del prefacio d e un libro titu lad o Tratado del Ruiseñor. Es el a u to r q u ien habla: « H e em p lead o , d ice, vein te años en la co m p o sició n d e esta o bra. Ello p ru e b a q u e la g e n te q u e p ien sa com o se d e b e sie m p re h a c o m p re n d id o q u e el m ás g ra n d e y el m ás p u ro placer del q u e se p u e d a d isfru tar en este m u n d o es aquel q u e se sien te p re sta n d o utilidad a la sociedad. E ste es el p u n to d e re fe re n c ia q u e d e b e te n e rse en todas las acciones; y aquel q u e n o se o cu p a ta n to c o m o p u e d e del bien g en eral, p a re c e ig n o rar q u e ha nacido, tan to p o r el in te ré s d e lo s dem ás com o p o r el suyo p ro p io . T ales son los m otivos q u e m e han llevado a d a r al p ú b lico e s te Tratado del Ruiseñor». F.1 au to r añade, algunas líneas d esp u és: «El am o r d el bien público, q u e m e ha llevado a sacar a la luz esta o b ra, no m e h a d e ja d o olvidar q u e d eb ía ser escrita con fran q u eza y sinceridad. (34) Lo q u e más en g añ a a favor de la g e n te de la alta sociedad es la actitud co n fo rtab le y el g esto con los que acom pañan su discurso y q u e d e b e con sid erarse co m o el efecto de la co n fian za q u e da necesariam en te la v e n ta ja d e l rango. S on, a este resp ec to , m uy su p e rio re s en g en eral a la g e n te d e letras. A h o ra bien, la declam ación, co m o d ice A ristó teles, es la p rim e ra p a rte de la elocuencia. P u ed en p o r esta razón te n e r e n co n versaciones frívolas v e n ta ja so b re la g e n te d e letras; v e n ta ja cjue p ie rd e n en cu a n to e sc rib e n , no so la m e n te p o rq u e ya n o están so sten i­ d o s p o r el p restig io d e la d eclam ación, sino p o rq u e , ad em ás, sus escritos n u n ca tie n e n o tro estilo q u e el d e su s co nversaciones y p o rq u e se escrib e casi sie m p re m al cu an d o se escrib e co m o se habla. (35) N o h ab lo en e s te cap ítu lo m ás q u e de aquella g e n te d e la alta sociedad cuy o esp íritu n o está eje rc ita d o . ' (36) V ean Le Pédant joui (lil pedante engañado), co m ed ia d e C yrano de B ergerac. (La co m ed ia es d e 1634 y, ju n to con La muerte de AgripÍHé y algunas novelas cóm icas, d ie ro n a su a u to r g ran celebridad. N . T .) (37) En el re in o d e J u id a , cu an d o los habitantes se e n c u e n tra n , se tiran de sus ham acas, se p o n e n d e rodillas un o fre n te al o tro , besan la tie rra , ap lau d en , se hacen cum p lid o s y se levantan. Los ex q u isito s del país creen c ie rta m e n te q u e su m an era de saludar es la más co rtés. Los hab itan tes d e M an ila dicen q u e la b uena educación exige q u e al saludar se d o b le el cu e rp o h asta m uy a b ajo , q u e se pongan las d o s m an o s so b re las m ejillas y q u e se lev an te una p ie rn a al a ire , m a n te n ie n d o las rodillas dobladas. El salvaje d e N u e v a O rlean s so stien e q u e nos falta b u e n a educación hacia nu estro s reyes. « C u a n d o m e p re se n to , d ice, an te el gran jefe, lo saludo con un alarido; luego p e n e tro al fo n d o d e su cabaña, sin echar ni una sola o je a d a al lado d erech o , d o n d e el jefe e s tá sen tad o . A llí, vuelvo a saludar, lev an tan d o m is brazos p o r encim a d e mi cabeza y d a n d o tre s alaridos. El jefe m e invita a se n ta rm e co n un p e q u e ñ o su sp iro y le d oy las gracias con o tro alarido. A cada p re g u n ta del jefe, g rito una vez an tes d e re s p o n d e r y m e d esp id o d e él p ro lo n g an d o m i alarido hasta q u e d ejo d e estar en su p resencia. (38) N in g ú n elo g io h a halagado más a F o n ten elle q u e la p re g u n ta d e un sueco qu ien , al e n tra r a París, p re g u n tó a la g e n te de la p u e rta de la ciudad ¿d ó n d e está la casa d e F o n ten elle? E stos em p lead o s no su p ie ro n indicársela. «¡C óm o!, d ijo , voso­ tro s, franceses, ignorías d ó n d e está la casa d e u n o d e v u estro s m ás ilu stres ciu d ad a­ nos? N o sois d ig n o s d e se m e ja n te h o m b re.»

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(39) El g rad o d e esp íritu n ecesario p ara agradarnos es u n a m e d id a b astan te exacta del g rad o d e esp íritu q u e tenem os. (40) Es p ro b a b le m e n te lo q u e llevó a N ico le a so s te n e r q u e D io s había dado el d o n del esp íritu a la g e n te de con d ició n com ún, «para re sa rc irlo s d e las o tras v en tajas q u e los g ran d es tie n e n so b re ellos». D iga lo q u e diga N ic o le , n o creo que D io s haya co n d en ad o a los g ran d es a la m ediocridad. Si la m ay o r p a rte de ellos están p o c o esclarecid o s, es p o r elecció n , p o rq u e son ig n o ra n te s y no a d q u ie re n el h áb ito d e la reflex ió n . H asta añadiría q u e n o les in te re sa a los d éb iles q u e los p o d e ro so s no sean ilu strad os. [S o b re N ic o le , v er n u e s tra n o ta (9 5 ) al Discurso II. N . T.J (41) V er su ex celen te o b ra, Consideraciones sobre las Costumbres de este Sigb. (42) El ro b o es tam b ién h o n ra d o en el re in o d e l C o n g o , p e ro no d e b e ser realizado sin q u e lo sep a el p ro p ie ta rio d e la cosa robada: hay q u e q u ita r to d o p o r la fuerza. E sta c o stu m b re , d icen , m an tien e el co raje d e los p u eb lo s. E n tre los escitas, p o r el co n trario , ningún crim en era p e o r q u e el r o b o y su m an era de vivir exigía q u e se lo castigase se v era m e n te . Sus reb añ o s vagaban p o r las llanuras. ¡Q ué fácil e ra robarlos! y ¡qué d e s o rd e n h u b ie ra acaecido si se h u b ie ra n to lerad o se m e ­ jan tes robos! P o r eso, d ice A ristó teles, para g u ard ar los reb añ o s se ha establecido e n tre ellos la ley. (43) T o d o el m u n d o c o n o c e lo q u e se cu en ta d e un joven laced em o n io qu ien , an tes d e co n fesar su ro b o , d e jó q u e un jo v en z o rro q u e había ro b a d o y llevaba esco n d id o bajo su tú n ica, d ev o rase su v ien tre sin gritar. (44) En el re in o d e J u id a , en A frica, no se d a n in g u n a ayuda a los en ferm o s; se curan com o p u e d e n y, cu a n d o ya están restab lecid o s, viven con la m ism a cordialidad con aq u ello s q u e los habían ab an d o n ad o d e e s te m o d o . Los h ab itan tes d e l C o n g o m atan a los en fe rm o s q u e im aginan q u e no p u e d e n curarse; d icen q u e es p a ra ah o rra rle s los d o lo res de la agonía. En la isla d e F orm osa, cu an d o un h o m b re está p e lig ro sa m e n te e n fe rm o se le pasa un n u d o co rred izo al cu ello y se lo estran g u la para lib rarlo d e l dolor. (45) La m an era d e d esh acerse d e las chicas en los países católicos es forzarles a to m ar el velo. M uchas pasan, d e este m o d o , una vida infeliz, víctim as d e la d esesp eració n . Tal vez n u e s tra co stu m b re a este re sp e c to es m ás bárb ara que la de los chinos. (46) Z u in g lio , e sc rib ie n d o a los cantones suizos, les r e c u e rd a el e d ic to h echo p o r sus an tep asad o s q u e aco n sejab a a cada sa cerd o te te n e r una co n cu b in a, po r m ied o d e q u e a ten tase e l p u d o r d e l p ró jim o . Fra. Faolo. Historia del Concilio de Trento, lib. 1. E stá dich o en el can o n d iecisie te d el C oncilio d e T o le d o : « A q u el q u e se c o n te n te con una so la m u je r, a títu lo d e esposa o d e co n cu b in a, se g ú n su g rad o , no se rá ex co m u lg ad o » . E ra a p a re n te m e n te para p ro te g e r a la m u je r casada d e to d o in su lto p o r lo q u e la Iglesia to le ra b a las concubinas. (47) Las m u je re s d e M e zu ra d o son q u em ad as co n sus esp o so s. P iden ellas m ism as el h o n o r d e la h o g u era; p ero , al m ism o tiem p o , hacen to d o lo qu e p u e d e n p ara escapar. (48) C reo q u e no es necesario ad v ertir q u e n o hablo aq u í d e la probidad política, tam p o co d e la p ro b id ad religiosa q u e se p ro p o n e o tro s fines, se p rescrib e o tro s d eb eres y tien d e hacia o b je to s más sublim es. (49) Los b rah m an es tie n e n e l privilegio exclusivo d e p e d ir lim osna: ex h o rtan a d arla y n o la dan. (50) «¿P or q u é , p reg u n tan esto s b rahm anes, d eb eríam o s te n e r v erg ü en za d e ir d esn u d o s, si h em o s salido d esn u d o s y sin verg ü en za del v ie n tre d e n u e s tra m adre?» Los caribes n o sien ten m ás v erg ü en za de u n a v e stim e n ta q u e n o so tro s d e la desn u d ez. Si bien la m ay o r p a rte d e los salvajes cu b ren ciertas p a rte s d e su c u e rp o , esto n o es e n ello s e l e fe c to d e un p u d o r n atural, sin o d e la delicadeza, d e la sensibilidad d e ciertas p artes y d e l te m o r d e h e rirse atrav esa n d o b o sq u e s y breñas. (51) H ay e n el rein o d e l P egú anacoretas llam ados sa n to n e s q u e n o p id e n jam ás n ad a au n q u e e stén a p u n to d e m o rir d e ham bre. D e h e c h o , se p re v é n todos sus deseos. Q u ie n q u ie ra q u e se confiese a ellos no p u e d e se r castigado, cu alq u iera q u e

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se a el crim en q u e haya co m etid o . E stos sa n to n es viven en el cam po, en los tro n co s d e los árboles; d esp u é s d e su m u e rte , se los h o n rá com o dioses. (52) V iajes d e la co m p añ ía d e las Indias holandesas. (53) Las m u je re s d e M adagascar creen e n horas y días felices o infelices. Es un d e b e r d e la religión e x p o n e r sus n iños a las bestias, e n te rra rlo s o ahogarlos, cu an d o p a re n en las horas o días infelices. En u no d e los te m p lo s d e l im p e rio r d e P egú se ed u can las vírgenes. T o d o s los años, en la fiesta del íd o lo , se sacrifica una d e estas info rtu n ad as. El sa cerd o te , en háb ito s sacerd o tales, la d esp o ja, la estrangula, le arranca su co razón y lo tira a las n an ces d el ídolo. U n a vez h ec h o el sacrifico, los sa cerd o te s cen an , visten hábitos con u n a fo rm a h o rrib le y bailan a n te e l p u eb lo . En los dem ás tem p lo s d e m ism o país, no se sacrifican m ás q u e h o m b res. S e co m p ra p ara este fin un esclavo b ello y bien hecho. Este esclavo, v e stid o co n u n a tú n ica blanca, lavado d u ra n te tres m añanas, es lu e g o m o stra d o al p u eb lo . El cu are n ta v o día los sa cerd o te s le abren el v ien tre, arran can su co razó n , e m b ad u rn an al ídolo con su san g re y co m en su carne, com o sagrada. «La san g re in o cen te, dicen los sa cerd o te s, d e b e c o rre r p ara la expiación de los p ecad o s d e la nación; p o r o tra parte, es n ecesario q u e alguien vaya al lado del g ran D io s p ara reco rd arle a su p u e b lo .» C o n v ien e notar q u e los sa cerd o te s n u n ca se encarg an d el recado. (54) C u an d o un giago ha m u e rto , se le p re g u n ta p o r q u é se ha ido d e la vida. U n sa cerd o te , im itan d o la voz d el m u e rto , re sp o n d e q u e no ha h echo suficientes sacrificios a sus antep asad o s. E stos sacrificios co n stitu y en una p a rte co n sid erab le del in g reso d e los sacerd o tes. (55) En el rein o d e Lao, los m o n jes budistas, sa cerd o te s del país, no p u e d e n ser juzgados más q u e p o r el rey m ism o. Se confiesan to d o s los m eses. Fieles a este a catam ien to d e las reglas, p u e d e n , por o tra p a rte , c o m e te r im p u n e m e n te m iles de a tro cid ad es. C iegan hasta tal p u n to a los p ríncipes q u e un m o n je acusado d e falsificar m o n ed as fue una vez ab su elto p o r e l rey. «Los seculares, decía, deb ían h ab erle h echo m ay o res regalos.» Los m ás im p o rtan tes del país co n sid eran com o un gran h o n o r el p restarles los servicios m ás bajos. N in g u n o de ellos llevaría u n a v estim en ta q u e no h u b iese sid o usada d u ra n te algún tie m p o p o r un m o n je budista. (56) Este ch ito m b é alim en ta n o ch e y d ía un fuego sagrado cuyas ascuas v en d e m uy caro; aq u el q u e los co m p ra se cre e p ro te g id o d e to d o accid en te. E ste gran sa cerd o te n o re c o n o c e n in g ú n juez. C u a n d o se p re se n ta para visitar los países bajo su d o m in ació n , se está o b lig ad o , so p e n a d e m u e rte , a g u ard ar continencia. Los n eg ro s están p ersu ad id o s d e q u e si m u rie sen de m u e rte n atural, esta m u e rte acarrea­ ría la ru in a del u niverso; p o r eso, un su c eso r d esig n ad o los d eg ü ella en cu an to se p o n e n en ferm o s. (57) E ntre los giagos, cu an d o se p e rc ib e n en una chica las señales d e la fe c u n ­ d id ad , se hace u n a fiesta; c u a n d o estas señales d esap arecen en la m u jer, se la hace m o rir, p o r co n sid erarla indigna d e una vida q u e ya no p u e d e dar. (58) U n h o m b re d e e sp íritu decía so b re e s te te m a q u e se d e b ía ind iscu tib le­ m e n te p ro h ib ir a los h o m b res to d o placer co n trario al bien g en eral; p ero q u e antes d e esta p ro h ib ició n , se d eb ían hacer mil esfuerzos del esp íritu p ara in te n ta r conciliar e s te p lacer con la felicidad pública. «Los h om bres, añadía, son tan infelices q u e vale la p e n a q u e se in te n te lib ra r el p la c e r d e lo q u e p u e d e te n e r d e p elig ro so para un g o b iern o ; y tal vez sería fácil co n seg u irlo , si se exam inara con este fin la legislación d e los países d o n d e esto s p laceres están p erm itid o s.» (59) Cristianismo de las Indias, lib. IV , pág. 308. (60) E n el re in o d el T íb e t, las chicas llevan en el cu ello los d o n e s de la im p u d i­ cia, es decir, los anillos d e sus am an tes; cu an to s m ás anillos tien en , m ás céleb res son sus bodas. (61) En B abilonia, to d as las m u je re s plan tad as al lado d el te m p lo d e V en u s d eb ían o b te n e r una vez e n su vida p o r u n a p ro stitu c ió n ex p iato ria el p e rd ó n d e sus pecad o s. N o po d ían n egarse al d e s e o d el p rim e r e x tra n je ro q u e q u isiera purificar su alm a con el g o ce d e su cu erp o . Se p re v é q u e las bellas y las bonitas en seguida hacían p en iten cia; p e ro las feas esp erab an algunas veces m u ch o tie m p o al e x tra n je ro carita­ tiv o q u e d eb ía restitu irlas al estad o de gracia.

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Los co n v en to s d e lo s b o n zo s están llenos d e religiosas idólatras; se las recib e en cualidad d e concubinas. C u an d o se está cansado de ellas, se las d esp id e y se las su stituye. Las p u ertas d e esto s co n v en to s están sitiados p o r estas religiosas que, para ser adm itidas, o frecen reg alos a los b onzos, q u e los re c ib e n com o un favor q u e les conceden. En el rein o d e C o ch in , los b rahm anes, deseo so s d e hacer p ro b a r a las jóvenes casadas los p rim e ro s placeres d e l am or, hacen c re e r al rey y al p u e b lo q u e son ellos q u ien es d eb e n encarg arse de esta obra. C u a n d o e n tra n en alguna casa, los p ad res y los m arid o s los d ejan con sus hijas y sus m u jeres. (C ochin, en la India, ju n to a la costa M alabar, fue v isitada en 1502 p o r V asco d e G am a, d o n d e m u rió en 1524, co n so lid an d o u n a co lo n ia p o rtu g u esa. N . T.) (62) A u n en la v e rd ad era religión se han visto sa cerd o te s que, en los tiem p o s d e la ignorancia, han ab u sado de la pied ad d e los p u eb lo s p a ra a ten tar co n tra los d erech o s del cetro . (63) H e aq u í cóm o se ex p resa, resp ec to a M o n te sq u ie u , el P. M illot, jesuíta, en u n d iscu rso c o ro n a d o p o r la academ ia de D ijo n , so b re la p reg u n ta; ¿Es más ú til estudiar a los hombres que a los libros?... «Estas reglas d e co n d u cta, estas m áxim as de g o b ie rn o q u e d eb erían esta r grabadas so b re el tro n o d e los reyes y en el corazón de q u ien q u iera q u e esté rev estido d e autoridad, ¿acaso no las d eb em o s a un p ro fu n d o e stu d io d e los h o m b res? T estig o es e s te ilustre ciudadano, este ó rg an o , este juez de las leyes, cuya tu m b a Francia y E u ro p a e n te ra riega con lágrim as, p e ro cuyo g enio v erá sie m p re esclarecer a las naciones y trazar el plano d e la felicidad pública; este escrito r inm o rtal lo ab rev iab a to d o p o rq u e lo veía to d o y q u e ría hacer p en sar p o rq u e lo necesitam o s m ás q u e leer. ¡C on q u é ard o r, co n qu é sagacidad había estu d ia d o el g é n e ro hum ano! V iajan d o com o Solón, m e d ita n d o com o P itágoras, co n v ersan d o com o P latón, ley en d o co m o C ice ró n , d esc rib ie n d o com o T ácito; su o b je to fue siem ­ p re el h o m b re, su e stu d io e l de los h o m b res; los conoció. Y a em p iezan a flo rece r los g érm en es fecu n d o s q u e sem bró e n los esp íritu s m o d erad o re s d e los p u e b lo s y d e los im perios, ¡Ah!, reco jam o s los fru to s con g ratitu d , etc.» El p ad re M illo t añade e n una nota: « C u an d o un a u to r con u n a p ro b id ad reconocida, qu e pien sa con fuerza y q u e siem p re se ex p resa com o p iensa, dice e n té rm in o s form ales: La religión cristiana, que

no parece tener otro objeto que el de la felicidad en la otra vida, hace también nuestra felicidad en ésta; cu an d o añ ad e, re fu ta n d o u n a p eligrosa p a ra d o ja d e Bayle; q u e los principios del cristianismo, bien grabados en a corazón, serían infinitamente más fuertes que este falso honor de las monarquías, que estas virtudes humanas de las repúblicas Y que este temor servil de los Estados despóticos; es decir, m ás fu e rte s q u e los tres p rin cip io s del g o b iern o p o lítico estab lecid o s e n El Espíritu de las leyes: ¿ p u e d e acusarse a se m ejan te a u to r, si se h a leíd o su o b ra, d e h ab er p re te n d id o d e rrib a r el cristianism o?» (D e ja ­ m os esta nota, a u n q u e no se e n c u e n tra ni e n la edición original, ni en los m anuscritos del au to r. Nota del abate' Lanche.) (64) C o n sid eran d o el p u d o r d e sd e este p u n to d e vista p u e d e re sp o n d e rse a los arg u m en to s d e los esto ico s y de los cínicos, q u e sostenían q u e el h o m b re v irtu o so no hacía n ad a e n su in te rio r q u e no d e b ie ra hacer fre n te a las naciones y q u e creían, p o r co n sig u ien te, p o d e r en treg arse p ú b licam en te a los placeres del am or. Si la m ayor p a rte d e los leg islad o res han c o n d en ad o esto s principios cínicos y han p u e s to el p u d o r e n tre las v irtu d e s, es p o rq u e han te m id o q u e el fre c u e n te esp ectácu lo del goce causara cierto h astío d e u n p lacer d e l q u e d e p e n d e n la conservación d e la esp ecie y la d u ració n del m u n d o . H an c o m p re n d id o , p o r o tra p a rte , q u e una v estim en ta, al ocu ltar algunos d e los atractivos d e una m u je r, la ad o rn ab a co n todas las bellezas con las q u e la p u e d e em b e lle c e r u n a im aginación viva; q u e esta v estim en ta d e sp e rta b a curiosidad, hacía más deliciosas las caricias, m ás halagadores los favores y m u ltip li­ caba, e n fin, los p laceres d e la in fo rtu n ad a raza de los h o m b res. Si L icurgo había d e ste rra d o d e E sp arta cie rta esp ecie de p u d o r y si las chicas, en p re se n c ia d e to d o un p u eb lo , luchaban d esn u d as con lo s jóvenes laced em o n io s, es p o rq u e L icurgo q u e ría q u e las m adres, fo rtalecid as p o r sem ejan tes ejercicios, d iesen al E stado hijos más ro b u sto s. Sabía q u e si la co stu m b re de ver a las m u je re s d esn u d as e m b o ta b a el d eseo de co n o cer sus b ellezas ocultas, e s te d eseo no p o d ía apagarse, so b re to d o en un país d o n d e los m aridos no o b te n ía n m ás qu e se c re ta y fu rtiv am en te los favores d e sus

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esposas. P o r o tra p a rte , L icurgo hacía del am o r u n o d e los principales rec u rso s d e su legislación y q u e ría q u e fu e ra la re c o m p e n sa y no la ocupación d e los espartanos. (65) Se d istin g u en e n C hina d o s clases d e m inistros. U n o s son los firmadores; d an las au d ien cias y las firm as; los d em ás llevan el n o m b re de m in istro s pensadores; se en carg an d el cu id ad o d e fo rm a r p ro y ecto s, exam inar lo q u e se les p re se n ta y p ro p o ­ n e r los cam bios q u e el tie m p o y las circunstancias exigen q u e se e fe c tú e n en la ad m inistración. (66) A l o rie n te d e S um atra. (67) C u a n d o los g u e rre ro s d e l C o n g o van hacia el en em ig o , si e n c u e n tra n e n su m arch a u n a lieb re, u n a c o rn e ja o algún o tr o anim al tím id o , e re n q u e se tra ta del g e n io d el en em ig o q u e les avisa d e su te m o r. P o r ta n to , co m b aten c o n tra él con in tre p id e z. P e ro si han o íd o e l can to d el gallo a h o ra desusada, cre e n q u e este canto es el p resag io se g u ro d e u n a d e rro ta , a la cual jam ás se arriesgan. Si el can to d e l gallo es o íd o a la vez e n am b o s cam pos, no hay valor q u e lo aguante; los dos ejé rc ito s se d esb an d an y hu y en . C u a n d o el salvaje d e N u e v a O rle a n s cam ina hacia e l en em ig o co n m ás in tre p id e z, u n su e ñ o o el lad rid o d e u n p e r ro bastan p a ra h acerlo volver atrás. (68) Las pasio n es h u m an as h a n e n c e n d id o algunas veces se m ejan tes g u erra s en el sen o m ism o d el cristian ism o; e n cam b io , n ad a es m ás c o n tra rio a su e sp íritu de d e sin te ré s y d e paz; ni a su m o ral, q u e n o re fle ja m ás q u e d u lz u ra e indulgencia; ni a sus m áxim as, q u e p re sc rib e n p o r todas p artes la b o n d ad y la caridad; ni a la esp iritu a­ lidad d e los o b je to s q u e p resen ta; ni a la sublim idad d e su s m otivos; e n fin, ni a la g ran d eza y a la n atu raleza d e las reco m p en sa s q u e p ro p o n e . (N o ta q u e no se en c u e n ­ tr a ni e n la ed ició n original, ni e n e l m an u scrito d e l au to r.) (69) Es inútil d ecir q u e e s ta g ra n o b ra d e u n a ex celen te legislación no es el fru to d e la sab id u ría hu m an a, q u e este p ro y e c to es u n a q u im era. N o creo q u e una larga y ciega su cesió n d e a c o n te c im ie n to s, q u e d e p e n d e n to d o s unos d e o tro s y de los cuales el p rim e r d ía d e l m u n d o e n g e n d ra el p rim e r g e rm e n , sea la causa universal d e to d o lo q u e ha sido, e s y será. A u n ad m itien d o este p rin cip io , p re g u n ta ría p o r q u é si en esta larga cad en a d e aco n tecim ien to s están necesariam en te c o m p ren d id o s los sabios y los locos, los co b ard es y los h é ro e s y q u e han g o b e rn a d o el m u n d o , no hab ría d e estar c o m p re n d id o tam b ién el d e sc u b rim ie n to d e los v e rd a d e ro s principios d e la legislación a lo s cu ales e s ta cien cia d e b e rá su p erfe cció n y e i m u n d o su felicidad. (70) E n los m ay o res im p erio s d e O rie n te n o se tie n e ni la m ás m ínim a idea del d e re c h o p ú b lico y d el d e re c h o d e las p erso n as. T o d o aq u el q u e q u isiera esclarecer lo s p u eb lo s e n e s te p u n to , se e x p o n d ría casi sie m p re al f u ro r d e los tira n o s que asolan estas reg io n es desgraciadas. P ara violar im p u n e m e n te los d e re c h o s d e la hu­ m an id ad q u ieren q u e sus sú b d ito s ig n o ren lo q u e e n calidad d e h o m b re s tie n e n el d e re c h o d e e s p e ra r d e l p rín cip e, así co m o tam b ién el c o n tra to tá c ito q u e u n e a éste co n su p u eb lo . C u a lq u ier razón q u e a e s te re sp e c to aduzcan esto s p rín cip es d e su co n d u cta, jam ás p u e d e e s ta r fu n d a d a más q u e so b re el d e se o p e rv e rso d e tiranizar a sus súbd ito s. (71) N o es q u e esas antiguas novelas n o sean todavía agradables a algunos filósofos, q u e las co n sid eran co m o la v erd ad era h isto ria d e las c o stu m b re s d e un p u e b lo co n sid erad o e n u n cierto siglo y un a cie rta fo rm a d e g o b ie rn o . A estos filóso­ fos, con v encid o s d e q u e h ab ría u n a d iferen c ia m uy g ran d e e n tr e d o s novelas, una escrita p o r u n sib arita y la o tra p o r un c ro to n ia ta *, les g u sta juzg ar el carácter y el esp íritu d e u n a nación p o r e l g é n e ro d e no v ela q u e le seduce. E stas clases d e juicios so n , e n g en eral, b astan te ju sto s: un p o lítico hábil p o d ría, co n esta ayuda, d e te rm in a r con b astan te p recisió n las e m p resas q u e es p ru d e n te o te m e ra rio e m p re n d e r co n tra un p u eb lo . P ero el co m ú n d e los h o m b re s q u e le e las novelas, m en o s p a ra in stru irse q u e p a ra e n tre te n e rse , no las c o n sid e ra d e s d e e s te p u n to d e vista y n o p u e d e , p o r co n sig u ien te, em itir acerca d e ellas e l m ism o juicio. (72) E n u n o d e los se rm o n e s d e e s te M e n o t, se trata d e la p ro m e sa del * H a b ita n te d e C ro to n a q u e , co m o Sibarís, era n ciudades im p o rta n te s de la M agna G recia. N . T.

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M esías. «D io s, d ice, había d e te rm in a d o d e s d e la e te rn id a d la en carn ació n y la salvación d el g é n e ro h u m an o , p e ro q u e ría q u e g ran d es p e rso n a je s, tales com o los Santos P ad res, lo p id iese n . A d án , E nos, E noc*, M atu salén , Lam ec y N o é d esp u és d e h ab erlo solicitado in ú tilm e n te , se les o c u rrió m an d arle em b ajad o res. El p rim e ro fue M oisés, el se g u n d o D avid, el te rc e ro , Isaías, y el ú ltim o, la Iglesia. E stos em b ajad o res, al n o h a b e r co n seg u id o m ás q u e los m ism os patriarcas, c re y e ro n d e b e r co m isio n ar m u je re s. Eva se p re se n tó la p rim e ra y D io s le d io e s ta resp u esta: Eva, has pecado; no eres digna de mi hijo. D e sp u é s, Sara im p lo ró : ¡Oh Dios! Ayúda­ nos. D ios le co n testó : Te has hecho indigna de ello por la incredulidad que demostraste cuando te aseguré que serias madre de Isaac. La te rc e ra fue R eb eca; D io s le h ab lo así: Has hecho en favor de Jacob demasiado daño a Esaú. La cu arta fue J u d it, a quien d ijo D ios: Has asesinado. Y la q u in ta, E ster: Has sido demasiado coqueta, perdías demasiado tiempo en acicalarte para gustar a Asnero. E n fin, fue m an d ad a u n a sirv ien ta de cato rce años la cual, m a n te n ie n d o la vista b aja y to d a avergonzada, te rm in ó p o r decir: Que mi bien amada renga a m i jardín, que coma el fruto de sus manzanas; y el jardín era el v ie n tre virginal. A h o ra b ien , el h ijo , h ab ien d o o íd o estas palabras, d ijo a su p adre: Padre, he amado a ésta desde m i juventud y quiero tenerla por madre. En el acto, D ios llam a a G ab riel y le dice: ¡Oh! Gabriel, ve en seguida a Ñazaret, a María y preséntale de mi parte estas cartas. Y el h ijo añadió: Dtle de mi parte que la elijo como madre. Asegúrale, d ijo e l E sp íritu , que habitaré en ella, que será mi templo, y entrégale estas cartas de mi parte.» T o d o s los d em ás se rm o n es d e e s te M e n o t son m ás o m en o s del m ism o estilo. (73) En esto s tiem p o s e r a tan ta la ignorancia q u e a un cu ra q u e ten ía un p leito con sus feligreses resp ec to a q u ié n pagaría los gastos d e pav im en tació n d e la iglesia, cu an d o el ju ez estab a a p u n to de co n d e n a rle , se le o c u rrió citar este pasaje de Jerem ías: Paveant illi, et ego non paveam. (Que ellos atemoricen, pero yo no aterrorizaré. N . T.) El ju ez no su p o qué c o n te s ta r a la cita: o rd e n ó q u e la iglesia fu e ra p av im en ­ tad a a expensas d e los feligreses. H u b o un tie m p o en la Iglesia e n el q u e la ciencia y el a rte d e escrib ir fu e ro n co n sid erad as co m o actividades m u n d an as, indignas de un cristiano. H asta se dice so b re este te m a q u e los án g eles a z o ta ro n a San Je ró n im o p o r h a b e r q u e rid o im itar el estilo d e C ice ró n . El abate C a rta u t p re te n d e q u e es p o r h a b erlo im itado mal. (74) Utrum Deus potuerit suppositare mulierem, vel diabolum, vel asinum. reí

silicem, vel cucurbitam; et, si suppositasset cucurbitam, quemadmodum fuerit comionatura, editura miracula. et quonammodo fuisset fix a cruci. A polog. H e r o d o t., to m o III, pág. 127. (¿P o d ría D ios to m ar la fo rm a de u n a m u je r, del d iab lo , d e un asno, d e u n a p ie d ra o d e u n a calabaza; y, en el caso d e q u e to m ara la form a d e una calabaza, d e q u é m an era pred icaría la n atu raleza, p ro d u c iría m ilagros y d e q u é m o d o sería crucificado. N . T.) (75) C u a lq u ier co sa q u e se d ig a a favor d e los siglos d e ignorancia, no co n seg u irá hacer c re e r q u e hayan sid o favorables para la religión; no lo han sido m ás q u e p ara la su p erstició n . P o r eso , son ridiculas las d eclam acio n es q u e se hacen o bien c o n tra los filósofos o b ien c o n tra las academ ias d e provincia. A q u ello s q u e las c o m p o n en , se dice, n o p u e d e n esclarecer la tierra; harían m e jo r en cultivarla. S em ejan tes h o m b res, se replicará, no son capaces de labrar la tierra. P o r o tra parte, q u e re r el p ap el d e lab rad o re s co n e l p re te x to d e l in te ré s d e la ag ricu ltu ra, im p o n e r­ les, m ien tras se m an tien e a tan to s m endigos, soldados, artesan o s del lu jo y sirv ien ­ tes, equivale a q u e re r re sta b le c e r las finanzas de un E stado p o r ah o rro s de ch ich a y nabo. Incluso añ ad iré q u e , su p o n ie n d o q u e esto s académ icos d e p ro v in cia no h icieran o tra cosa q u e p o b re s y escasos d e sc u b rim ie n to s, m e n o s p u e d e n ser consi­ d erad o s co m o los canales p o r lo s cuales los co n o cim ien to s d e la capital se c o m u n i­ can a las provincias. A h o ra bien, n ada es m ás útil q u e esclare cer a los h o m b res. Las luces filosóficas, dice el abate de F elury, tío pueden dañar jamás. N o es m ás qu e p erfe ccio n an d o la razón h u m an a, añ ad e H u m e , com o las naciones p u e d e n jactarse d e p erfe ccio n ar su g o b ie rn o , sus leyes y su civilización. El esp íritu es com o el * E nos fu e u n h ijo d e C aín; E noc fue el sép tim o d e los diez patriarcas, p a d re d e M atusalén. N . T.

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fueg o , actúa e n to d o s lo s se n tid o s; hay pocos g ran d es p olíticos y capitanes en un país d o n d e n o hay h o m b re s ilu stres en las ciencias y las letras. ¿C ó m o p ersu ad irse d e q u e u n p u e b lo q u e n o c o n o c e n i el arte de escrib ir, ni el d e razo n ar, no p u e d e d a rse b u en as leyes ni lib e ra rse d e l yugo d e esta su p e rstició n q u e asóla los siglos de ignorancia? S oló n , L icurgo y P itág o ras q u e fo rm ó ta n to s leg islad o res, p ru e b a n hasta q u é p u n to los p ro g re so s d e la ra z ó n p u e d e n c o n trib u ir a la felicidad pública. A sí pu es, estas academ ias de p ro v in cia d e b e n se r con sid erad as co m o m uy útiles. D iré, ad em ás, q u e si se co n sid era a los sabios sim p le m e n te co m o co m ercian tes y si se co m p aran las cien m il libras q u e e l re y d istrib u y e a las academ ias y a la g e n te de letras co n el p ro d u c to d e la v e n ta de n u estro s lib ro s en el e x tra n je ro , se p u e d e aseg u rar q u e esta esp ecie de co m ercio ha d ad o un b en eficio d e mil p o r c ie n to al E stado. (76) Historia de la Academia de las Inscripciones y Bellas Letras, to m o X V III. (77) E ste M aillard , q u e declam aba de tal m a n e ra c o n tra el clero , n o estab a él m ism o ex e n to d e los vicios q u e re p ro c h a b a a sus cofrades. Se le llam aba el doctor gomorrano. Se había h ech o c o n tra é l este epigram a, q u e m e p a re c e b astan te bueno:

Nuestro maestro M aillard por todas partes mete la nariz; Unas reces va a l rey, otras a la reina; Hace de todo, sabe de todo, y en nada es idóneo; Es tan gran orador, poeta de los mejor nacidos, Tan buen ju ez que m il a l fuego ha condenado; Sofista tan perspicaz como las nalgas de un monje. Pero es tan malvado por no ser nada más que un canónigo, Que al lado de él son santos el diablo y los condenados. Si meterse en todo, gloria lo considera, ¿Por qué no está en Poissy, en la disputa? Dice que con gran pena está alejado de allí; Puesto que hasta Beze hubiese vencido, tan hábil es. ¿Por qué no está allí? Está atareado En reconstruir los cimientos de Sodonia. (78) Las g u erras civiles son u n a d esgracia a la cual se d e b e n a m e n u d o los gran d es h o m b res. (79) D el relato d e u n a acción h ero ica el lecto r cre e sólo lo q u e es capaz de hacer él m ism o; rech aza lo dem ás com o inventado. (80)' V er la Historia de las Herejías, p o r San E pifanio. (El c u e n to d e Peau d ’Ane, e n v erso, es d e C h a rles P e rra u lt, 1715. N . T.) (81) E n tie n d o p o r esta p a lab ra to d o lo q u e no p e rte n e c e a la natu raleza del h o m b re y d e las cosas; c o m p re n d o , p o r c o n sig u ie n te , bajo esta m ism a palabra, las o b ras q u e nos p arecen las m ás d u rad eras: tales son las falsas relig io n es q u e, sucesiv am en te reem p lazad as unas p o r otras, d e b e n , en relación con la ex ten sió n de los siglos, ser co n tad as e n tre las o b ras d e m oda. (82) H e aq u í p o r q u é e n G re c ia y R o m a y en casi to d o s los países, el siglo de los p o etas ha an u n ciad o y p re c e d id o sie m p re al de los filósofos. (83) S ed u cid o s p o r su p ro p ia vanidad y los elogios d e m il ad u lad o res, los más m ed io cres d e ellos se cre e n p o r lo m en o s m uy p o r en cim a d e cu alq u iera q u e no sea su p e rio r e n su g é n e ro . N o c o m p re n d e n q u é o c u rre co n la g en te de esp íritu co m o co n los c o rre d o res: F ulano n o c o rre nada, d icen e n tre ellos. Sin em b arg o , no es ni el inválido, ni el h o m b re o rd in a rio q u ien es lo alcanzarán en la carrera. Si se silencia la m ed io crid ad d e l e sp íritu de la m ayor p a rte de esta g e n te tan vana d e sus riq u ezas, es p o rq u e n i siq u iera se p iensa m encionarlos. El silencio so b re n o so tro s es sie m p re m ala señal; significa q u e n o ten e m o s una su p e rio rid ad so b re ellos d e lo q u e q u ieran vengarse. P ocas veces se habla m al d é aquellos que n o m ere c e n elogios. (84) Im itan a veces a la b u e n a g e n te , p e ro , a través d e su b o n d ad , com o a trav és d e los ag u jero s d el m an to d e D ió g en es, se p e rc ib e la vanidad. (85) «Al e n tra r en la alta sociedad, decía un d ía el p re s id e n te M o n te sq u ie u , se m e an unció co m o un h o m b re d e esp íritu . R ecibí u n a acogida b astan te favorable de

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los altos d ig n atario s; p ero tras el éx ito d e las Cartas Persas, co n cuya o b ra tal vez m o stré q u e ten ía e sp íritu y o b tu v e algún re c o n o c im ie n to p o r p a rte d e l p ú b lico , la estim a d e los altos d ig n atarios se en frió ; su frí m iles d e disgustos. P ien se n , añadía, q u e h erid o s in te rio rm e n te p o r la rep u tació n d e l h o m b re c é le b re , lo hum illan para v en g arse y es necesario que uno m ism o m erezca m uchos elogios p ara so p o rta r p acie n te m e n te el elo g io q u e se nos hace de o tra p erso n a.» (86) Teatro de la Idolatría, p o r A b rah am R oger. La vaca, en el in fo rm e de V inccent Le B lanc, es co n sid erad a santa y sagrada en C alcuta. N o hay ser q u e te n g a m ayor rep u tació n de santidad. P arece ser q u e la c o stu m b re d e co m er p o r p e n ite n c ia e x crem en to s d e vaca es m uy antigua en O rien te. (87) O fe n d id o p o r n u e stro s d e sp re c io s, « N o conozco o tro salvaje, dice el carib e, m ás q u e el e u ro p e o q u e no ad o p ta n in g u n a de mis co stu m b res» . Del Origen y de las Costumbre de los Caribes, de La B orde. (88) Se g rab ó en T arso, so b re la tu m b a de Ju lian o : A q u í yace Juliano, quien

perdió la t ida en las orillas del Tigris. Fue un excelente emperador y un valiente guerrero. (89) Viajes de la Compañía de las Indias Holandesas. (90) Los lap o n es tien en b ru jo s q u e v en d e n a los v iajero s cu erd itas cuyo n u d o , atad o a cierta altu ra, d e b e atra e r cierto viento. (91) Se d a al g ran Lam a e l n o m b re d e Padre Eterno. Los p ríncipes son g lo to n es co m ed o res d e sus ex crem en to s. Historia General de los Viajes, to m o V II. (92) Viajes de Guinea y de la Guayana, po r el P. Labat. (93) B e au so b re, Historia del Maniqueísmo. (94) P en sar, d ice A ristip o , es atraer el o d io irreco n ciliab le de los ig n o ran tes, d e los d éb iles, d e los su persticiosos y d e los h o m b re s c o rru p to s, q u ien es se declaran c o n tra to d o s aq u ellos qu e q u ieren captar en las cosas lo q u e hay de v erd ad ero y d e esencial. [A ntipo d e C ire n e (4 3 5 -3 6 0 a. C .) fu e discípulo de S ócrates, fu n d ad o r d e la escu ela filosófica cirenaica q u e p o n ía el placer co m o sum o bien. N . T . ] (95) En 1746, cu an d o los enem igos e n tra ro n e n P ro v en za, d esp u és de la batalla d e Plaisance, p e rd id o p o r el m o risco d e M aillebois. (96) D irían d e b u en g ra d o a los p e rse g u id o re s com o los escitas a A lejan d ro : No eres Dios, puesto que haces mal a los hombres. Si los cristianos, con ocasión d e S atu rn o o del M oloch cartaginés, al q u e se sacrificaban h o m b re s, han re p e tid o tan tas veces q u e la cru eld ad de se m e ja n te religión e ra u n a p ru e b a de su falsedad, ¿cuántas veces n u estro s sacerd o tes fanáticos no han p e rm itid o a los h e re je s so ste­ n e r c o n tra ellos este arg u m en to ? E n tre n o so tro s, ¡cuántos sa cerd o te s hay d e M o­ loch! (97) P o r eso, tie n e n to d o el tra b a jo d el m u n d o para co n v en ir en la p ro b id ad d e u n h ereje. (98) El in terés es sie m p re el m o tiv o o cu lto de la persecución: nadie d u d a de q u e la in to leran cia n o sea cristiana y p o líticam en te un mal. N o se está d isp u e sto a arre p e n tirse d e la rev o cación del E dicto de N an tes. Estas d isputas, se dirá, son peligrosas. Si, cu an d o la au toridad participa e n ellas: e n to n c e s, la in to leran cia d e un p artid o fu erza algunas v eces al o tro a to m a r las arm as. Si el m ag istrad o no se m ezclara, los teó lo g o s se p o n d rían d e acu erd o d esp u és d e h ab erse d ic h o algunos insultos: este h echo está p ro b a d o p o r la paz de la q u e se g oza e n los países to leran tes. P ero , se replica, e s ta to leran cia, c o n v en ien te p ara cierto s g o b iern o s, sería tal vez fu n esta e n o tros. Los tu rco s, cuya religión es una religión d e sangre y cuyo g o b ie rn o es u n a tiranía, ¿acaso no son m ás to le ra n te s q u e n o so tro s? Se ven iglesias en C o n sta n tin o p la y no m ezq u itas e n París, no a to rm en tan a los g riegos por sus creencias y su to leran cia no p ro v o ca n in g u n a gu erra. Si se co n sid era esta c u e stió n e n calidad d e cristiano, Ja p e rse c u c ió n es un crim en. Casi p o r todas p artes, el E vangelio, los ap ó sto le s y los p ad res p red ican la apacibilidad y la tolerancia. San P ablo y San C risó sto m o d ecían q u e un ob isp o d e b e llevar a cabo su d e b e r g an an d o a los h o m b re s p o r la p ersu asió n y no p o r el c o n stre ñ i­ m ien to ; los o b ispos, añ adían, no rein an m ás q u e so b re aquellos q u e lo q u ie re n , d iferen cián d o se en esto d e lo s rey es, q u e re in a n so b re aq u ello s qu e no lo q u ieren .

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Se c o n d e n ó en O rie n te al C o n cilio q u e h abía c o n se n tid o en hacer q u e m a r a Bogom ilio*. ¡Q u é e je m p lo d e m o d eració n n o s d a San Basilio en el c u a rto siglo d e la Iglesia! E n to n ces se d eb atía la cu estión d e la divinidad del E spíritu S anto, cu estió n que causaba tan tas p ertu rb ac io n e s. E ste S anto, dice San G re g o rio de N acian zo , a p esar de estar ap eg ad o a la v erd ad del do g m a d e la divinidad d el E spíritu S anto, consintió q u e no se d iese el títu lo d e D io s a la te rc e ra p e rso n a de la T rinidad. Si esta co n d escen d en cia tan sabia, según el se n tim ie n to d e T ille m o n t, fue co n d en ad a p o r algunos falsos d e fe n so re s, si acusaron a San B asilio d e traicionar la v erd ad p o r su silencio, esta m ism a co n d escen d en cia fue ap ro b ad a p o r los h o m b res m ás céleb res y piad o so s d e a q u e l tiem p o , e n tre otros, p o r el g ran San A tanasio, de qu ien no se so sp ech ab a q u e careciese d e firm eza. E ste h ech o está d etallad o en T ille m o n t, V id a de S a n B a silio , art. 6 3, 6 4 y 65. E ste a u to r añ ad e q u e el C o n cilio ecu m én ico de C o n sta n tin o p la a p ro b ó la co n d u cta d e San B asilio im itán d o lo . San A gustín d ijo q u e no se d e b e c o n d e n a r ni castigar a aquel q u e n o tien e d e D io s la m ism a id ea q u e n o so tro s, a m en o s q u e sea p o r o d io a D ios, lo q u e es im posible. San A tanasio, en sus E pístolas a d Solitarios, t. I, p. 8 8 5 , d ice q u e las p ersec u cio n es d e los arios son la p ru e b a d e q u e no tie n e n ni piedad, ni tem o r de D ios. Lo p ro p io d e la p ied ad , añ ad e, es p e rsu a d ir y n o c o n streñ ir; hay q u e tom ar e je m p lo del Salvador, q u e d e ja a cad a cual la lib erta d d e seguirlo. D ice tam bién, p. 83 0 , qu e, p ara hacer a d o p tar sus o p in io n es, el diablo p ad re de la m en tira , tiene necesidad d e hachas y d estrales; e n cam bio, el S alvador es la d u lzu ra m ism a; llam a a la p u e rta y, si ab ren , e n tra ; si lo rechazan, se retira. N o es de ningún m o d o con espadas, d ard o s, p risio n es, soldados, e n tin, a m ano arm ad a c o m o se en señ a la verd ad , sino p o r la voz y la persuasión. N o se re c u rre a la fu e rz a m ás q u e p o r falta d e razones. Si un h o m b re niega qu e los tres ángulos d e un trián g u lo so n iguales a d o s re c to s, nos reím os de él, p e ro no lo p erseg u im o s. El fuego y las h o rcas han serv id o a m enucio d e a rg u m en to a los teó lo g o s; han d ad o , a este re sp e c to , p áb u lo a los h e re je s y a los incrédulos. Je su c risto no v io len tab a a n ad ie; decía so lam en te: ¿Q ueréis seguirm e? El in terés no ha p erm itid o sie m p re a sus m in istro s im itar su m oderación. (99) U n rey d e M é jic o , e n la consagración d e un tem p lo , hizo sacrificar en cu atro días seis m il cu atro cien to s o c h o h o m b res, según el re la to d e G em elli C arreri, to m o VI, p. 56. En la Ind ia, los b rah m an es d e la escuela de N iagam ap ro v ech aro n q u e g ozaban de la estim a d e los p rín c ip e s p ara hacer m asacrar a los b udistas e n varios rein o s. Estos budistas son ateo s, los o tro s, deístas. B alta fue el p rín cip e q u e hizo c o rre r más sangre: p ara p u rificarse d e este crim en , se q u em ó con gran so lem nidad en la costa de O rích a. C o n v ien e o b se rv ar q u e fu e ro n deístas q u ie n e s hicieron c o rre r sangre h u ­ m ana. Ver las C a rta s d e l P . Pons, je s u íta . Los sacerd o tes d e M e ro e , en E tiopía, d espachaban cu an d o q u erían un co rre o al rey , p ara o rd e n a rle m o rir. V e r D iodoro. Q u ie n q u ie ra q u e m ate al rey d e S u m atra es eleg id o rey. Es, dicen esos p u eb lo s, p o r este asesinato com o el cielo d e c la ra su voluntad. C hardin re la ta h a b e r o íd o a un p re d icad o r q u e, d eclam an d o so b re el fasto de los sufíes, decía qu e eran ateos para q u em ar, q u e se so rp re n d ía q u e se los dejara vivir y q u e m atar a un sufí era una acción m ás agradable a D io s q u e la d e con serv ar la vida de d iez h o m b re s buenos. ¿C u án tas veces se h a h ech o e n tre n o so tro s el m ism o razonam iento? A la vista d e tan ta san g re v e rtid a p o r el fanatism o, el abate de L o n g u eru e, tan p ro fu n d o en h istoria, h a p o d id o d ecir q u e si se pon ían en los dos platillos de la balanza el bien y el m al q u e las relig io n es han h ech o , el m al trinfaría so b re el bien. T o m o I, p. 11. « N o habitéis una casa, dice so b re este tem a una se n ten cia persa, en un b arrio en el q u e la clase h u m ild e sea ig n o ran te o devota.»

* H e re je búlgaro. N . T.

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(100) S exto E m pírico h abía dich o , a n te s q u e él, q u e n u e stro s p rin cip io s n a tu ra ­ les no son tal vez m ás q u e n u e stro s p rin cip io s habituales. (101) C ice ró n n o lo p ensaba, p u e s to qu e al se r un alto d ig n atario cre ía un d e b e r m o strar al p u eb lo la rid icu lez de la religión pagana. (102) El P. Le C o m te y la m ayor p a rte de ios jesuítas co n v ien en e n qu e todos los letrad o s son ateos. El céleb re abate de L onguerue es de esta o pinión. (103) C u an d o B ayle dice q u e la religión, h u m ild e p acien te y b ie n h e c h o ra en los p rim e ro s siglos, ha llegado a se r d esd e en to n c e s u n a religión am biciosa y sanguinaria q u e pasa a cuchillo to d o lo q u e se le resiste, q u e re q u ie re verd u g o s, in v en ta supli­ cios, p ro m u lg a d ec re to s p ara incitar a los p u e b lo s a la rev u elta, anim a las co n sp ira­ ciones y, en fin, o rd e n a e l asesinato d e los p rín cip es, cuando dice esto, Bayle to m a la o b ra d el h o m b re p o r la d e la relig ió n ; y los cristianos no han d e jad o d e ser hom bres. C u an d o eran poco s, no hablaban m ás q u e d e tolerancia; al au m e n ta r su n ú m ero y su prestig io , p red icaro n c o n tra la tolerancia. B e llarm in o d ice so b re este tem a q u e si los cristianos no d estro n aro n a los N e r ó n y a los D io clecian o , no es p o rq u e no tuvieran d ere c h o a ello, sino p o rq u e no ten ían su ficien te fuerza: p o r e s o hay q u e co n v en ir en q u e han h ech o uso d e e lla cu an to han po d id o . F ue a m ano arm ad a com o los e m p erad o res d e stru y e ro n e l paganism o, co m b atiero n las h erejías, p red icaro n el E vangelio a los friso n es *, a los sajones y en to d o el n o rte. T o d o s estos hechos p ru e b a n q u e se abusa d em asiad o a m e n u d o d e los p rin cip io s d e u n a religión santa. (104) En la infancia d e l m u n d o , el p rim e r uso q u e el h o m b re hace d e su razón es crearse dioses cru eles; p ie n sa q u e sólo p o r el d e rra m a m ie n to de sangre hum ana le serán p ro picios; es e n las en trañ as palp itan tes de los ven cid o s d o n d e lee las sentencias d el d estin o . D esp u é s d e h o rrib le s im p recacio n es, el g e rm a n o consagra a la m u e rte a to d o s sus en em ig o s, su alm a no se abre m ás a la p ied ad , la co nm iseración le p arecería u n sacrilegio. Para calm ar la có lera d e las N e reid as, p u eb lo s civilizados atan a A n d ró m e d a a la roca; p ara apaciguar a D ian a y ab rirse la ru ta d e T ro y a, A g am en ó n m ism o arrastra a Ifigenia al altar, C alcante la h iere y así cree h o n rar a los dioses. E n lu g a r de esta n o ta se lee en la edición o rig in a l: Los p aganos no acusaron al p rin cip io a los cristian o s d e asesinatos ni d e incendios, sino q u e los co n v en ciero n , d ice T ácito , del crim en d e la in so cia b ilid a d ; crim en, añade el histo riad o r, q ue les fu e siempre com ún con los ju d ío s , gente testa ru d a , apegada a su creencia y que, penetrada p o r el e sp ír itu im placable del fa n a tis m o , te n ía contra las demás naciones u n odio im placable.

M uchos o tro s au to res citad o s e n G ro tiu s traen el m ism o testim o n io . A bdas, obispo p ersa, d e rrib ó u n tem p lo d e m agos y su fanatism o p ro v o có u n a larga p ersecu ció n c o n tra los cristianos y g u erra s cru eles e n tre los ro m an o s y los persas. (105) A sí p u es, en u n a e p ís to la su p u e stam en te d irig id a a C arlos Q u in to , se hace hablar a un am erican o d el siguiente m odo; N o somos nosotros los bárbaros: Son, Señor, vuestros C ortés, vuestros P iza rra . Q ue p a ra enseñarnos u n nuevo sistem a R eú n en contra nosotros a l cura y a l verdugo.

(106) Es con o casión de la p ersecu ció n cu an d o al se n a d o r T h em isto , en un escrito d irigido al e m p erad o r V alens, le dice: «¿A caso es un crim en p en sar d ife re n ­ te m e n te d e vos? Si los cristian o s está n divididos e n tre ellos, los filósofos tam bién lo están. La verdad tien e una infinidad de caras bajo las cuales se la p u e d e considerar. D ios ha g rab ad o en to d o s los co razo n es re sp e to p o r sus a trib u to s, p e ro cada cual es lib re d e m an ifestar e s te re sp e to d e la m an era q u e crea m ás ag radable p ara la divini­ dad; nadie tie n e d erech o de esto rb arle en este p u n to » . San G re g o rio N acian c en o estim ab a m u ch o a T h e m isto , es a él a q u ien escribió: «Sois el único, ¡oh T h em isto !, q u e lucháis c o n tra la d ecad en cia d e las letras; estáis a

* (Los frisones eran un p u e b lo germ án ico estab lecid o e n tre los ríos E s­ calda y W eser. N . T.)

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la cab eza d e la g e n te esclarecida; sabéis filosofar en los m ás altos lugares, un ir el e s tu d io con el p o d e r y las d ignidades con la ciencia». (1 0 7 ) H ay p o ca g e n te a q u ie n e s la religión co n ten g a. ¡C uántos crím en es com e­ tidos h asta p o r aqu ello s q u e están e n carg ad o s de g u iarn o s en las vías d e la salvación! La N o c h e d e San B a rto lo m é , e l asesinato d e E n riq u e III, la m asacre de los T e m p la ­ rios, etc., son p ru e b a d e ello. (108) E u seb io , Preparación Evangélica, libro VI, cap. 10, relata este frag m en to n o tab le d e un filósofo sirio, llam ado B ardezanes: A pud Seras, lex est qua caedes,

scortatio, furtum et simulacrorum cultus omnis prohibetur; quare, in amplissima regione, non templum videas, non lenam, non meretrkem, non adulteram, non furem in ju s raptum, non homicidam, non toxicum. (E ntre los seras hay una ley q u e castiga y se p ro h íb e el asesin ato , el lib ertin aje , e l ro b o y to d a clase de cultos idolátricos; p o r lo cual, en una am p lísim a reg ió n , no verás te m p lo alg u n o en d o n d e se p ractiq u e la idolatría, ni una p ro stitu ta , ni u n a m e re triz , ni u n a a d ú lte ra , ni un ladrón llevado an te la justicia, ni un h o m icid a, ni un e n v e n e n a d o r. N .T .) N o se term in a ría nunca, si se q u isie ra dar la lista d e to d o s los p u e b lo s q u e, sin la id ea d e D io s, n o p o r e llo d e ja n d e vivir en sociedad y m ás o m e n o s felizm en te, según la habilidad m ay o r o m e n o r d e su legislador. N o citaré m ás q u e los n o m b res d e los p rim e ro s q u e se o frecen a m i m em oria. Los m arian eses, an te s d e q u e se les p red icara el E vangelio, no ten ían , dice el jesu íta P. Jo b ie n , ni altares, n i tem p lo s, ni sacrificios, ni sacerdotes: ten ían so lam en te e n tre ellos a algunos b rib o n e s llam ados Macanas, q u ie n e s p red ecían el porv en ir. C re e n , sin em b arg o , e n un in fie rn o y un paraíso. El in fie rn o es una h o g u e ra d o n d e u n d iablo g o lp ea las alm as con un m artillo, com o el h ie rro e n la h e rre ría ; el paraíso es un lu g ar lleno d e cocos, azúcar y m u jeres. N o es ni el crim en ni la v irtud las que co n d u cen al in fiern o o al paraíso: a los q u e m u eren d e m u e rte v io len ta les to ca el in fie rn o y a los dem ás el paraíso. El P. J o b ie n añ ad e q u e al su r d e las islas M arianas, hay 32 islas h abitadas p o r p u e b lo s q u e no tien en a b so lu ta m e n te ni relig ió n , ni co n o cim ien to alg u n o d e la d ivinidad y q u e no se o cupan más q u e d e b e b e r, co m er, etc é te ra . Los carib es, en el relato de L a B o rd e , q u ie n se o c u p ó d e su c o n v ersió n , n o tien en ni sacerd o tes, ni altares, ni sacrificios, ni id ea de la D ivinidad. Q u ie re n ser bien pagados p o r aqu ello s q u e q u ie re n hacerlos cristianos. C re e n q u e el p rim e r h o m b re, llam ado Longo, ten ía u n g ran o m b lig o , de d o n d e salieron los h om bres. E ste Longo es el p rim e r ag en te; h ab ía h ech o la tie rra sin m ontañas, las cuales fu e ro n o b ra de un d iluvio. La envidia fu e u n a d e las p rim e ra s criaturas y p ro p ag ó m uchos m ales so b re la tierra. Se la creía m uy bella, p e r o al ver el Sol se esco n d ió y no apareció m ás q u e po r la noche. Los chiriguanos no reco n o c e n n in g u n a divinidad. Cartas edif., 1.24. Los giagos, según el P. Cavayss, no reco n o cen ningún ser d istin to d e la m ateria y no tien en en su len g u a ni siq u iera p alabra alguna p ara ex p resa r esta idea. Su único cu lto es el d e sus an tep asad o s, a q u ie n e s creen todavía vivos; im aginan q u e su p rín cip e m anda so b re la lluvia. En el ln d o stán , dice e l jesu íta P. P ons, hay u n a secta de b rah m an es q u e piensa q u e el espíritu se u n e a la m a te ria y se ab raza a ella; q u e la sabiduría, p u rificad o ra d e alm as, no es o tra cosa q u e la ciencia d e la verdad q u e p ro d u c e la liberación del esp íritu p o r m ed io del análisis. A h o ra bien, el e sp íritu , según estos b rah m an es, se lib e ra unas veces d e una fo rm a, o tras veces de una cualidad, p o r estas tres v erdades. No estoy en ninguna cosa, ninguna cosa está en mi. el yo no es en absoluto. C u a n d o el esp íritu esté lib erad o d e to d as sus form as, he ahí el fin del m u n d o . A ñ ad en que, lejos de ay u d ar al esp íritu a lib erarse de sus form as, las relig io n es no hacen m ás q u e e strech a r los lazos en los cuales q u e d a preso. (109) El so ld ad o y el m arino desean la g u e rra y nadie lo co n sid era com o un crim en . Se c o m p re n d e q u e su in terés n o está lo su fic ie n te m e n te u n id o al in terés gen eral. (110) P o r eso , el e sp íritu es la p rim e ra d e las ventajas y p u e d e co n trib u ir in fin itam en te m ás a la felicidad de los h o m b res q u e la v irtu d de un in d ividuo p a rtic u ­ lar. C o rre sp o n d e al esp íritu e s ta b le c e r la m e jo r legislación y, p o r c o n sig u ie n te , hacer

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a los h o m b res lo m ás felices p o sib le. Es verdad qu e ni siq u iera la d escrip ció n de esta legislación está h ech a y que pasarán m u ch o s siglos antes de que se realice la ficción; p e ro , en fin, arm án d o se d e la paciencia del ab ate d e S ain t-P ierre, se p u e d e p red ecir, según él, q u e to d o lo im aginable existirá. Los h o m b res p erc ib e n co n fu sam en te que el esp íritu es el p rim e ro d e los do n es, p u e s to q u e la envidia só lo p e rm ite a cada cual ser el panegirista d e su p ro b id ad y no d e su espíritu. (111) Si las g ran d es escenas no sie m p re nos afectan con fu erza, esta falta de efe c to d e p e n d e , en g en eral, d e u n a causa aje n a a su g randeza. F re c u e n te m e n te se d e b e a q u e estas re p re sen tacio n es se e n c u e n tra n unidas e n n u e stra m em o ria a algún o b je to d esagradable. S o b re lo cual o b se rv aré q u e es m uy raro , en la le c tu ra d e una d escrip ció n po ética, recib ir ú n icam en te la im p resió n p u ra q u e d e b e causar e n noso­ tro s la visión ex acta d e e s ta im agen. T o d o s los o b je to s p articipan de la fealdad así co m o d e la belleza d e los o b je to s a los cuales están h ab itu alm en te unidos: a esta causa d eb e atrib u irse la m ayor p a rte de n u estro s rechazos y n u e stro s entusiasm os in justos. U n p ro v erb io h abitual e n las plazas públicas, a u n q u e sea excelen te, nos p arece siem p re g ro sero , p o rq u e se asocia n ecesariam en te en n u e s tra m em o ria con la im agen d e aquellos que lo em plean. ¿P u ed e d u d arse d e q u e , p o r la m ism a razón, los cu en to s de fantasm as y esp ectro s au m en tan a los ojo s d el viajero extraviado los h o rro re s de un bosque? ¿D e qu e so b re los P irin eo s, e n m ed io de lo s d esierto s, los abism os y las rocas, la im aginación im p resio n ad a p o r la im agen d e l com bate d e los titanes, c re e rá re c o n o c e r las m o n ta­ ñas d e O ssa y d e Pélion y m irará co n m ied o el cam po d e batalla d e esto s gigantes? ¿Q u ién d u d a d e q u e el re c u e rd o d e esa flo resta, d e sc rita p o r C a m o e n s *, d o n d e las ninfas d esn u d as, fugitivas y perseg u id as p o r lo s d eseo s ard ien tes, caen a los p ies d e los p o rtu g u eses, d o n d e e l am o r brilla en sus o jo s, circula e n sus venas, d o n d e las palabras se co n fu n d en ; ah í d o n d e se oye, en fin, el m u rm u llo de los suspiros del am o r feliz; q u ién d u d a, d ig o , d e q u e el re c u e rd o d e u n a d escrip ció n tan v o lu p tu o sa no em b ellecerá p ara sie m p re todas las florestas? H e aq u í la razón p o r la cual es tan difícil sep ararse del placer total q u e recibim os en p resen cia d e un o b je to , de to d o s los placeres particulares q u e son, p o r así decir, reflejad o s p o r los o b je to s con los cuales se e n c u e n tra n unidos. (112) C o n v ien e n o tar q u e la sim plicidad en un tem a y en una im agen es una perfecció n relativa a la debilidad d e n u estro espíritu.

* Luis V. C a m o e n s (1 5 2 4 -1 5 8 0 ) fue un p o e ta lírico p o rtu g u é s, petrarq uista, cuyos Sonetos y canciones y, esp ecialm en te, su p o e m a ép ico Os Lusiadas (Los Lusitanos), c e n tra d o e n la expedición d e V asco d e G am a, le hizo fam oso.

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DISCURSO TERCERO Sobre si el espíritu debe ser considerado un don de la naturaleza o un efecto de la educación

C

a p ít u l o

P

r im e r o

(Exam inaré en e ste discurso el p o d e r que sobre el espíritu tien en la naturaleza y la educación; para ello p rim e ro he de p recisar lo q u e se e n tie n d e p o r naturaleza. Esta palabra p u e d e provocar en noso tro s la idea confusa de un ser o de una fuerza q u e | nos ha d o tad o d e todos n uestros sentidos; ahora bien, los sentidos son la fu ente de todas nuestras ideas; p rivados de un sentido, nos vem os privados de todas las ideas con él relacionadas; p o r esta razón, un ciego de n acim iento no tiene ninguna id ea de los colores Es, pues, e v id e n te q u e en este sen tid o el espíritu d eb e ser p o r en tero con sid erad o com o un don de la n a tu ra ­ leza. P ero si tom am os esta palabra en una acepción d ife ren te y si pensam os q u e e n tre h o m b res bien conform ados, dotados de todos sus sentidos y en cuya organización no se aprecia ningún defecto, la naturaleza ha establecido, sin em bargo, tantas diferencias y tanta desigualdad en las disposiciones de su espíritu, q u e unos están organizados p ara ser estúpidos y

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1 El tem a de los «ciegos» es im p o rtan te en el desarrollo de la filosofía em pirista. Locke ya lo plantea en su Ensayo (1690); V oltaire, en sus Eléments de la philosophie de Newton (1738); Condillac, en su Essai sur l’origine des connaissances humaines; La M ettrie, en el Traite de l’ame (1745); D idero t, en la Lettre sur les aveugles (1749); Buffon, en la segunda parte de su Histoire naturelle de l’homme. Vale la p en a ver el artículo aveugle de d’A lem bert en la Encyclopédie. Inform ación abundante nos ofrece P ie rre V illey en Le Monde des aveugles. París, Flammarion, 1914.

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los otros para ser h o m b res d e espíritu, la cuestión se hace más delicada. | Confieso, en principio, q u e no se p u ed e considerar la gran desigualdad en el espíritu de los hom bres sin adm itir en tre los espíritus la m ism a diferencia que existe en tre los cuerpos, e n tre los cuales los hay débiles y delicados m ientras otros son fuertes y robustos. ¿A qué p u ed en deb erse, se dirá, estas diferencias en la m anera uniform e con que la naturaleza opera? Este razonam iento se funda sólo en una analogía. Es muy parecido al de unos astrónom os q u e concluyeran que la luna está habitada p o rq u e está com puesta de una m ateria casi igual a la del globo terráq u eo . P or débil que este razonam iento sea en sí m ism o, parece, sin em bargo, que d eb a ser dem ostrativo; pues, se dirá, ¿a qué causa atribuirem os la gran desigualdad que | apreciam os en tre hom bres que p arecen h ab er recibido la m ism a educa­ ción? Para co ntestar a esta objeción, hay que exam inar, prim e­ ram ente, si varios h o m b res p u ed en , en rigor, h ab er recibido la m ism a educación y, p ara ello, fijar la idea q ue se atribuye a la palabra educación. Si p o r educación en ten d em o s, sim plem ente, aquello que se recibe en los m ism os lugares y p o r los m ism os m aestros, en este sentido la educación es la m ism a para una infinidad de hom bres. P ero si dam os a esta palabra una significación más verda­ dera y más extensa, co m p ren d ien d o to d o lo que, en general, contribuye a n u estra instrucción, ento n ces digo que nadie recibe la m ism a educación, p o rq u e cada u n o tiene p o r p re ­ ceptores, m e atrevo a decir, tam bién al g o b iern o bajo el cual vive, a sus amigos, | a sus am antes 2, a las gentes que les rodean, a sus lecturas y, finalm ente, al azar, es decir, aquella infinidad de sucesos cuyo en cad en am ien to y cuyas causas n uestra ignorancia no nos p e rm ite percibir. A hora bien, este azar participa más de lo q u e se piensa en n uestra educación. Es él, q u ien p o n e a veces bajo nuestros ojos determ inados objetos q u e ocasionan en nosotros las ideas más afortunadas y nos conduce a veces a los más g randes descubrim ientos. Fue el azar, para d ar algunos ejem plos, lo q u e llevó a G alileo

2 En el original, «maítresses».

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a los jardines de Florencia cuando los jardineros hacían fun­ cionar las bom bas; el q u e inspiró a estos jardineros, que no podían elevar el agua p o r encim a de los tre in ta y dos pies de altura, a p reg u n tar a G alileo a qué era d eb id o , estim ulando con esta p re g u n ta el esp íritu y la vanidad de este | filósofo; a continuación su vanidad, p u e sta en acción p o r este golpe del azar, le obligó a reflex io n ar sobre este efecto natural hasta que, p o r fin, llegó al d escu b rim ien to del p rincipio de la pesantez del aire, que dio la solución a este p ro b lem a 3. En un m o m en to en q u e el alm a tranquila de N ew to n no estaba ocupada en nada, ni se hallaba agitada p o r ninguna pasión, tam bién el azar, atrayéndole bajo una hilera de m an­ zanos, hizo caer algunos fru to s de sus ram as y sugirió a este filósofo la p rim era id ea d e su sistema: fue realm ente este hecho lo q u e le llevó a reflexionar si tam bién la luna gravi­ taba hacia la tierra con la m ism a fuerza con q u e los cuerpos caen sobre la superficie 4. Así p ues, el azar ha d eterm in ad o a los grandes genios a co n ceb ir m uchas de sus más felices ideas. ¡Cuánta g en te d e talento p erm anece | en el anonim ato en tre la m u ch ed u m b re d e h o m b res m ediocres p o r no haber ten id o la suficiente tranquilidad d e ánim o, o no h a b e r en co n ­ trado al jardinero, o no h ab er asistido a la caída de una manzana! C o m p ren d o que, en principio, no se p u e d e n atrib u ir sin dificultad unos efectos tan g ran d es a unas causas tan alejadas y tan pequeñas en apariencia (1). Sin em bargo, | la experiencia nos enseña que, tan to en la física com o en la m oral, los más grandes sucesos son a veces efecto de causas casi inapre­ ciables. ¿Q uién duda d e q u e A lejan d ro d eb iera en parte la conquista de Persia al instau rad o r de la falange m acedónica? ¿Q ue el cantor d e Q uiles, anim ando a este prín cip e con el ansia de gloria, tuviera p arte e n la d estrucción del im perio de D arío, así com o Q u in to C u rd o la tuvo en las victorias de Carlos X II? | ¿Q ue los ruegos de V eturia, al desarm ar a C oriolano, hubieran fortalecido el p o d e r de R om a, a p u n to de sucum bir bajo el e m p u je de los volscos, d an d o lugar a

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3 A unque no está claro q u e la anécdota fu era con jardineros, parece ten er autenticidad. Se encuentran referencias e n los Dialogi (V III, 64-603) y Lettere X IV , 128, 158; X V , 186; X V I, 222; X V II, 288; X V III, 70. G alileo fija alturas variables para el agua, unas veces 18 brazos, otras 18 pies, etc. Las referencias so n d e las Opere, a cargo de A. Favaro, B arbera Editore, Florencia, 1968. 4 Sobre la anécdota d e la manzana, ver M . D ugas, La mécanique au X V I P siécle, N euchátel, Ed. d e G riffon, 1954, q u ien com enta las fuentes d e la misma.

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este largo encadenam iento de victorias que cam biaron la faz del m undo, p o r lo q u e E u ro p a d eb e su situación actual a las lágrimas de V eturia? ¡C uántos otros hechos parecidos no podríam os citar! (2) G ustavo, dice el abate | V erto t, recorría en vano las provincias de Suecia, andaba erra n te desde hacía más de un año p o r las m ontañas de la D alecarlia. Las gentes de las m ontañas, au n q u e dispuestas a su favor p o r su buen sem blante, su gran estatu ra y la fuerza ev idente de su cuerpo, no se habrían, sin em bargo, decidido a seguirle si, el día m ism o en que este príncipe arengara a los dalecarlianos, los ancianos de la región no h ubieran n otado que el viento del n o rte había estad o soplando siem pre. Este viento les pareció un signo cierto de la p ro tecció n del cielo y una ord en para el apoyo arm ado del héro e. Fue, pues, el viento del n o rte quien puso la corona de Suecia sobre la cabeza de G ustavo 5. La m ayoría de los sucesos tienen causas pequeñas: si las desconocem os, es p o rq u e la m ayoría de los historiadores las han ignorado, o p o rq u e | no han ten id o ojos para darse cuenta de ellas. Es verdad q u e en este aspecto el espíritu p u ed e corregir sus om isiones; el conocim iento de ciertos principios suple fácilm ente el conocim iento de ciertos h e­ chos. Así, sin pararm e a d ar más p ruebas de que el azar juega en este m u n d o un papel m ucho más im p o rtan te de lo que se piensa, concluiré d e lo que acabo de decir que, si bajo la palabra educación co m p ren d em o s, en general, todo lo

s Q uinto C urcio fue un historiador latino (siglo 1 a. C.), au to r de una Vida de Alejandro. Carlos X II de Suecia (1682-1718) se distinguió p o r su genio militar. D e rro tó a daneses, sajones, polacos, rusos, invadiendo Rusia, d o nde fue aplastado en 1709 en Poltava, con su ejército destrozado p or el invierno ruso. Se refugia en territo rio turco e intenta lanzar a éstos contra Pedro el G rande. Los turcos le traicionan, escapa, tras mil aventuras, llega a Suecia. M uere en lucha con N oruega. Su im petuosidad m ilitar apasionó a Europa. Los poetas cantaron sus aventuras. V oltaire lo veía como h éro e de una epopeya y así lo pintó en su Histoire de Charles X l l (1731), donde aparece como mitad A lejandro y mitad D on Q uijote, p o r ser «excesivamente grande, desgraciado y loco». Cayo M arcio V oriolano, general rom ano del siglo V a. C. Su política oligárquica lo enem istó con el pueblo. Fue condenado al exilio o marchó por voluntad propia. Se refugió entre los rolscos (en la llanura litoral en tre A ntium y Terracina) a quienes impulsó contra los rom anos y se puso al mando de su ejército. El Senado, atem orizado p or sus éxitos, le suplicó e n vano que dejara de luchar co n tra su propia patria, p ero sólo los ruegos de su m adre, V eturia, y d e su esposa, V olumnia, le doblegaron. Entonces m andó a los volscos retirarse y éstos le condenaron a m uerte. Shakespeare tiene una tragedia con este título, Cariolanus (1607). Gustavo I Vasa (1496-1560) fue rey de Suecia, fundador de la dinastía nacional. Sublevando Dalecarlia y tom ando U ppsala, apoyado p o r Lübeck, logró expulsar a los daneses. Dalecarlia se consideró, pues, la cuna d e la independencia sueca en el siglo X V I. R ené A bbé de V e rto t (1655-1735), historiador francés, autor de una Historia de las revoluciones de Suecia (1695). Su o b ra más célebre es la H istoria de la Orden de M alta (1726).

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que con trib u y e a n u estra instrucción, este azar ha de jugar necesariam ente un gran papel; y que, p u esto q u e nadie está situado exactam ente en u n m ism o concurso de circunstan­ cias, nadie recibe exactam en te la mism a educación. Sentado esto, ¿quién p u e d e asegurar que la d iferencia de educación no p ro d u zca la d iferencia que se o b serva e n tre los espíritus? ¿Q ue los h o m b res | no sean sem ejantes a estos árboles de la misma especie cuya sem illa, in d estructible y exactam ente igual, al no ser sem brada exactam ente en la m ism a tierra, ni expuesta exactam ente a los m ism os vientos, al m ism o sol, a las m ism as lluvias, tienen, al d esarrollarse, q u e tom ar necesariam ente una infinidad de form as d iferen­ tes? Podría, pues, concluir q u e la desigualdad del espíritu de los hom bres p u ed e ser considerada in d ife re n te m en te com o efecto de la naturaleza o de la educación. P ero, p o r verda­ dera que fuese esta conclusión, com o no dejaría de ser vaga y de reducirse, p o r así decir, a un tal vez, considero un d e b er ab ordar esta cuestión d esd e un nuevo p u n to de vista y refe­ rirla a unos principios más ciertos y precisos. C o n este fin hay que red u cir esta cu estió n a unos p u n to s sim ples, re m o n ­ tarnos | hasta el origen d e nuestras ideas, al desarrollo del espíritu y recordar q u e el h o m b re no hace más q ue sentir, rem em orar y o bservar las sem ejanzas y las diferencias, es decir, las relaciones q u e tien en e n tre sí los diversos objetos que se aparecen an te él o que su m em oria le p resenta; ya que, de esta form a, la naturaleza no p u ed e dar a los hom bres más o m enos capacidad de esp íritu sino d o tan d o a unos, con preferencia a los otro s, d e un p o co más de agudeza en los sentidos, de una m ayor exten sió n en la m em oria y de una su p erior capacidad d e atención.

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C a p í t u l o II

De la agudeza 6 de los sentidos

| La m ayor o m e n o r p erfecció n de los órganos de los sentidos, en la que se en c u e n tra necesariam ente com pren6 En el original «finesse».

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dida la de la organización in terio r, p u esto q u e no juzgo aquí la agudeza de los sen tid o s más que p o r sus efectos, ¿podría ser la causa de la desigualdad del espíritu d e los hom bres? Para razonar con una cierta exactitud sobre este tem a hay que exam inar si la m ayor o m e n o r agudeza de los sentidos p ro p o rcio n a al esp íritu una m ayor ex tensión o una m ayor precisión, cosas que, tom adas en su v erd ad ero significado, encierran todas las cualidades del espíritu. El grado de p erfección | de los órganos de los sentidos no influye para nada en la precisión del espíritu si los hom bres, cualquiera q u e sea la im presión que reciben d e los m ism os o b jeto s, tienen sin em bargo q u e p ercib ir siem pre las mismas relaciones e n tre estos o bjetos. A hora bien, para pro b ar que las p erciben, he tom ado p o r ejem plo el sentido de la vista, p o r ser aquél al q u e d ebem os el m ayor n ú m ero de ideas; y p reg u n to si, a ojos diferen tes, los m ism os o b jeto s parecen más o m enos grandes o peq u eñ o s, brillantes u oscuros. Si la toesa, p o r ejem plo, es a los o jo s de tal hom bre más pequeña, la nieve ! m enos blanca y el éb ano m enos negro que a los ojos de tal o tro , estos dos hom bres percibirán, sin em bargo, siem pre las mismas relaciones e n tre todos los objetos: por consiguiente, la toesa les p arecerá siem pre, a los dos, más grande q u e el pie, la nieve más blanca que cualquier o tro cuerp o y el ébano la más negra de todas las m aderas. A hora bien, com o la precisión del espíritu consiste en la clara visión de las verdaderas relaciones que hay en tre los o b jeto s, y com o trasladando a los o tro s sentidos lo que he dicho sobre el de la vista llegarem os siem pre al m ism o resul­ tado, concluyo q u e el grado, m ayor o m en o r, de perfección de la organización, tanto in te rio r com o exterior, no puede influir en nada en la precisión de n u estro s juicios 1. A ñadiré que, si distinguim os la extensión de la precisión del espíritu, la m ayor o m e n o r agudeza de los sentidos no añadirá nada a esta extensión. En efecto, tom ando siem pre el sentido de la vista, p o r ejem p lo , ¿no es ev idente que la

7 Es curioso el argum ento d e H elvétius. D eja d e lado el problem a de la relación e n tre el o bjeto y la percepción del objeto: no es esa relación de adecuación imagen-cosa la que define la perfección de los sentidos. V iene a decir que si hay un error entre el objeto y la imagen, una especie de «error d e medida», ese e rro r se producirá en cualquier m edición de cualquier objeto. Por tanto, la relación en tre ambos objetos, q u e es lo que realm ente se percibe, es correcta. O sea, si medimos dos objetos con dos instrum entos de distinta precisión, en ambos casos la relación entre las medidas de ambos sería la misma. En definitiva, los sentidos al percibir las relaciones son igualmente adecuados.

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m a y o r o m e n o r e x te n s ió n d el e s p íritu d e p e n d e d e l n ú m e ro m a y o r o m e n o r d e o b je to s q u e , co n | e x c lu sió n d e o tro s , u n h o m b re d o ta d o d e u n a v ista m u y fina p o d ría g u a rd a r e n su m e m o ria? A h o ra b ie n , hay m u y p o c o s d e e sto s o b je to s casi im p e rc e p tib le s p o r su p e q u e ñ e z q u e , c o n sid e ra d o s p re c isa ­ m e n te co n la m ism a a te n c ió n p o r o jo s ig u a lm e n te jó v e n es y e je rc ita d o s sean p e rc ib id o s p o r u n o s, m ie n tra s escap an a los o tro s. In c lu so p u e d o d e m o s tra r q u e la d ife re n c ia q u e la n atu ra lez a p o n e a e s te re s p e c to e n tre los h o m b re s q u e yo llam o bien o rg an iz ad o s, es d e c ir, q u e en su o rg an iz ac ió n no se ap re cia n in g ú n d e f e c to (3 ), a u n q u e | fu e ra m u c h o m a y o r d e lo q u e re a lm e n te es, n o p ro d u c iría n in g u n a d ife re n c ia so b re la e x te n sió n d el e s p íritu . S u p o n g a m o s a u n o s h o m b re s d o ta d o s d e u n a m ism a ca­ p acid ad de ate n c ió n , d e u n a m e m o ria ig u a lm e n te ex ten sa , es d e c ir, dos h o m b re s iguales en to d o m e n o s en la a g u d e za d e los se n tid o s; en esta h ip ó te sis, el q u e te n g a la v ista m ás fina p o d rá sin n in g u n a o b je c ió n g u a rd a r e n su m e m o ria y c o m p a ­ ra r e n tr e sí varios d e los o b je to s q u e p o r su p e q u e ñ e z n o so n p e rc ib id o s p o r aq u e l c u y a o rg a n iz a c ió n a e s te r e s p e c to es m e n o s p e rfe c ta . P e ro si e s to s d o s h o m b re s tie n e n , su p o n g a ­ m o s, u n a m e m o ria ig u a lm e n te ex ten sa , capaz, p o r e je m p lo , d e c o n te n e r d o s m il o b je to s , ta m b ié n es c ie rto q u e el se­ g u n d o p o d rá re e m p la z a r co n h e c h o s h istó ric o s los o b je to s q u e p o r su m e n o r a g u d e z a en la v ista n o ¡ h a b rá p o d id o p erc ib ir, y q u e p o d rá alcanzar, si así lo q u ie re , el n ú m e ro d e dos m il o b je to s q u e es el c o n te n id o p o r la m e m o ria del p rim e ro . A h o ra bien, si d e esto s d o s h o m b re s, el q u e tie n e la v ista m e n o s fina p u e d e e n c a m b io g u a rd a r e n el alm acén d e su m e m o ria el m ism o n ú m e ro d e o b je to s q u e el o tro , y si, p o r o tra p a rte , e sto s d o s h o m b re s son iguales en to d o , han d e p o d e r h ac er, e n c o n se c u e n c ia , el m ism o n ú m e ro d e co m b in a c io n e s y, se g ú n m i o p in ió n , te n e r ta n to e s p íritu el u n o co m o el o tro , p u e s to q u e la e x te n sió n d el e s p íritu se m id e p o r el n ú m e ro d e id e as y d e c o m b in ac io n e s. El m a y o r o m e n o r g ra d o de p e rfe c c ió n d el ó rg a n o d e la vista n o p u e d e in flu ir m ás q u e e n el g é n e r o d e su e s p íritu , h a c e r a u n o d e ello s u n p in to r, un b o tá n ic o , y al o tr o u n h isto ria d o r, u n p o lític o ; p e ro nada p o d rá in flu ir e n la e x te n s ió n | d e su esp íritu . ¿ N o o b se rv a m o s ta m b ié n la m ism a a ltu ra d e e s p íritu en los q u e tie n e n u n a g ra n fin u ra e n el s e n tid o d e la v ista y d el o íd o y e n aq u e llo s q u e p o r u sa r le n te s y tro m p e tilla s p o n e n

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e n tre ellos y lo s o tro s h o m b re s m ás d iferen c ia s d e las q u e a e s te re sp e c to e sta b le c e la natu raleza? D e d o n d e co n c lu y o q u e, e n los h o m b re s q u e y o llam o b ie n o rg an iz ad o s, la s u p e ­ rio rid a d d el co n o c im ie n to no se d e b e al g ra d o d e p e rfe c c ió n d e los ó rg an o s ta n to in te rn o s c o m o e x te rn o s d e lo s se n tid o s, y q u e la g ran d esig u ald ad d e los esp íritu s d e p e n d e n ec esa­ ria m e n te d e o tr a causa.

C a p í t u l o III

De la extensión de la memoria

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| La co n c lu sió n del c a p ítu lo p re c e d e n te hará sin d u d a b u scar en la desigual e x te n sió n de la m e m o ria d e los h o m ­ b res la d esiguald ad d e su esp íritu . La m e m o ria es el alm acén en el q u e se d e p o sita n las se n sacio n es, los h ec h o s y las ideas, cuyas diversas co m b in a c io n e s fo rm a n lo q u e llam am os espíritu. Las sen sacio n es, los h e c h o s y las ideas h an d e ser co n si­ d era d as co m o la m a te ria p rim a del e s p íritu . A h o ra b ie n , cu a n to más g ra n d e es el alm ac én d e la m e m o ria, ta n to m a y o r es la ca n tid ad d e m a te ria p rim a c o n te n id a y m a y o r será, d icen , la ap titu d del esp íritu . P o r fu n d a d o q u e p are zca e s te a rg u m e n to , | al p ro fu n d iz a r en él tal vez lo e n c o n tra re m o s falaz. P ara ello hay q u e e x am in ar, p rim e ra m e n te , si la d ife re n c ia de e x te n sió n en la m e m o ria d e los h o m b re s b ie n o rg an iz ad o s es, e n e fe c to , tan c o n sid erab le co m o lo es en apariencia; y, en el caso d e q u e lo fu e ra , hay q u e sa b er, e n se g u n d o lugar, si p o d e m o s co n si­ d e ra rla co m o la causa d e la d esigualdad d e los esp íritu s. R e fe re n te al p r im e r o b je to d e mi ex a m e n , d iré q u e sólo la ate n c ió n p u e d e g ra b a r e n la m e m o ria los o b je to s q u e , v istos sin aten c ió n , no p ro d u c iría n en n o so tro s m ás q u e unas im p re sio n e s sen sib les parecid as a p ro x im a d a m e n te a las q u e u n le c to r re c ib e su c e siv a m e n te d e cada u n a d e las le tras q u e c o m p o n e n la h o ja d e un lib ro . Es, p u es, c ie rto q u e p ara ju zg ar si el d e fe c to | d e m e m o ria p u e d e se r c o n s id e ra d o en los h o m b re s e fe c to d e u n a falta de a te n c ió n o d e u n a a n o m a ­ lía e n el ó rg an o q u e la p ro d u c e , hay q u e re c u rr ir a la e x p e ­ riencia. Ella nos m u e stra q u e e n tre los h o m b re s hay m u c h o s,

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c o m o S an A g u stín y M o n ta ig n e c u e n ta n de sí m ism o s, q u e te n ie n d o al p a re c e r u n a m e m o ria m uy d é b il, h an lo g ra d o , no o b sta n te , gracias a su d e s e o d e sa b er, m e te r e n su re c u e r d o u n n ú m e ro m uy g ra n d e d e h e c h o s e id eas, hasta el p u n to d e situ a rse en la c a te g o ría d e las m e m o ria s ex tra o rd in a ria s. A h o ra b ie n , si el d e s e o d e in s tru irs e b asta al m e n o s p a ra sa b e r m u c h o , c o n c lu iré q u e la m e m o ria es casi e n te ra m e n te artificial. A sí, p u es, la e x te n s ió n d e la m e m o ria d e p e n d e : 1) d el u so d ia rio q u e h a c e m o s de ella; 2) d e la a te n c ió n co n la q u e co n sid e ra m o s los o b je to s q u e q u e re m o s q u e la im p re s io ­ n en y q u e , vistos j sin a te n c ió n , no d e ja ría n , co m o acab o d e d e c ir, m ás q u e u n le v e ra s tro p r o n to e n b o rra rse ; 3) y d el o rd e n en q u e co lo ca m o s su s ideas. T o d o s los p ro d ig io s d e la m e m o ria son d e b id o s a e s te o rd e n , el cual c o n siste en a g ru p a r to d a s sus id eas c o n el fin d e n o carg ar a la m e m o ria m ás q u e c o n o b je to s q u e, p o r su n a tu ra le z a o p o r la m a n e ra c o m o los co n s id e ra m o s, c o n s e rv e n e n tr e sí su fic ie n te rela ció n p ara q u e se e v o q u e n u n o s a o tro s K. Las re p e tid a s re p re s e n ta c io n e s de los m ism o s o b je to s en la m e m o ria son, p o r así d e c ir, co m o o tro s ta n to s g o lp e s d e b u ril q u e los g rab an ta n to m ás p r o fu n d a m e n te c u a n to m ás m e n u d e a n sus re p re s e n ta c io n e s (4). A d em á s, e s te o rd e n | q u é p e rm ite re c o rd a r u n o s m ism o s o b je to s , n o s d a u n a explicació n a to d o s lo s f e n ó m e n o s d e la m e m o ria ; nos e n s e ñ a q u e la sagacidad d e e s p íritu d e u n o , es d e c ir, la rap id e z co n la q u e un h o m b re ca p ta u n a v e rd a d , d e p e n d e a m e n u d o d e la an alo g ía d e esta m ism a v e rd a d co n los o b je to s q u e tie n e h a b itu a lm e n te p re s e n te s e n la m em o ria; q u e la le n titu d d e e s p íritu d e o tro a e s te re s p e c to es, p o r el c o n tra rio , e fe c to d e la p o ca analogía e x iste n te e n tr e e s ta v erd a d y los o b je to s d e los q u e se ocupa. N o p o d r ía cap tarla, ni p e rc ib ir to d a s sus rela cio n e s, sin a p a rta r to d a s las p rim e ra s id eas q u e se p re s e n ­ ta n a n te su re c u e rd o , sin a lte ra r el alm acén d e su m e m o ria

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8 N otem os la ingeniosidad del razonam iento, abstracto y mecánico, de H elvétius. Si el espíritu, en cuanto a su extensión, se m ide por el núm ero de ideas y de com binaciones entre ideas, dados dos hom bres en los q u e la m em oria es igualm ente extensa, la agudeza d e los sentidos no les sirve para am pliar el espíritu. Si sólo caben 2.000 ideas, uno las sacará de percepciones d e objetos casi insensibles, que no alcanza el o tro , p e ro éste las saca de la historia. Puesta la m em oria, el almacén, com o igual en am bos, las com binaciones matemáticas son iguales. D espués adm ite la hipótesis d e m em orias d e desigual potencia. D esde aquí se im pone la desigualdad de espíritus en su co n cep to extensivo del mismo. Pero ahora no es el razonam iento abstracto el q u e le sirve, sino q u e recu rre a la «experiencia», una experiencia poco controlada, que no pasa d e una selección d e anécdotas (San Agustín, M ontaigne). Así, la m em oria es algo artificial, no una cualidad natural más o m enos perfectible. T odo se reduce a la «educación».

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p ara b u scar las id eas q u e | se re la c io n e n con e s ta v erd a d . H e ahí p o r q u é tan tas p e rso n a s so n in se n sib le s a la ex p o sició n d e cierto s h ec h o s o d e c ie rta s v e rd a d e s q u e , en ca m b io , afectan v iv a m en te a otras p o r q u e e sto s h e c h o s o estas v e rd a d e s sa cu d e n to d a la ca d e n a d e sus p e n s a m ie n to s al d e s p e rta r un g ran n ú m e ro de ello s e n su esp íritu : es un rá p id o re lá m p a g o q u e lanza u n a luz rá p id a s o b re el h o riz o n te d e sus ideas. Es al o rd e n al q u e d e b e m o s a m e n u d o la sagacidad d e n u e s tro es p íritu y sie m p re la e x te n sió n d e n u e s tra m em o ria; es, en cam b io , la falta d e o rd e n , e fe c to d e la in d ife re n c ia p o r c ie rto g é n e ro de estu d io s, la q u e p riv a d e m e m o ria d e m a n e ra ab so lu ta e n c ie rto s a sp e c to s a q u ie n e s en o tro s p a re c e n d o ta d o s de una m e m o ria su m a m e n te ex ten sa. H e ah í p o r q u é el e ru d ito en le n g u as e h isto ria , el cual m e d ia n te el

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ord en cronológico im prim e | y conserva fácilm ente en su m em oria unas palabras, unas fechas y unos hechos históricos, no p u ed e a m enudo re te n e r la p ru eb a de u n a verdad m oral, la dem ostración de una verdad m atem ática, o la im agen de un paisaje que haya contem plado largam ente. En efecto, esta clase de o b jeto s, al no te n e r ninguna analogía con el resto de hechos o de ideas con las q u e ha llenado su m em oria, no pued en rep resen tarse en ella con rapidez ni im prim irse con profundidad ni, p o r consiguiente, conservarse durante m ucho tiem po.

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E sta es la causa p ro d u c to ra d e todas las d ife re n te s e s p e ­ cies d e m e m o ria y la ra z ó n p o r la cual los q u e sa b en m e n o s d e u n a m a te ria son lo s q u e m ás o lv id a n d e e s ta m ism a m a te ­ ria. P arece q u e la g ran m e m o ria es, p o r así d e c ir, u n fen ó m e n o del o rd e n ; q u e es casi e n te r a m e n te | artificial y q u e e n tre los h o m b re s q u e llam o b ie n o rg an iz ad o s es ta g ra n d esigualdad en la m e m o ria es m e n o s el e fe c to d e u n a d esi­ gual p e rfe c c ió n en el ó rg a n o q u e la p ro d u c e q u e d e u n a desigual ate n c ió n e n cultivarla. P e ro in clu so s u p o n ie n d o q u e la desigual e x te n sió n d e m e m o ria q u e o b se rv a m o s en los h o m b re s fu e ra e n te ra m e n te o b ra de la n atu ra lez a, y fu era d e h e c h o ta n g ra n d e co m o lo es en apariencia, afirm o q u e no p o d ría in flu ir en n ad a e n la e x te n sió n de su esp íritu : 1) p o r q u e el g ra n e s p íritu , co m o d e m o stra ré , n o su p o n e u n a g ra n m e m o ria , y 2) p o r q u e to d o h o m b re está d o ta d o d e u n a m e m o ria su fic ie n te p a ra ele v a rse al m ás alto g ra d o d e esp íritu .

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A n te s de p ro b a r la p rim e ra de estas p ro p o sic io n e s , hay q u e o b se rv a r q u e ¡ si la p e rfe c ta ig n o ran c ia hace al p e r f e c to im b écil, el h o m b re d e e s p íritu p a re c e a veces c a re c e r d e m e m o ria sólo p o r q u e d am o s in su fic ie n te e x te n sió n a la p ala­ b ra memoria, cuya sign ificació n re strin g im o s al solo re c u e rd o d e los n o m b re s, fechas, lu g a re s y p e rs o n a s p o r los q u e las g e n te s de e s p íritu n o s ie n te n c u rio sid ad y a m e n u d o n o las re c u e rd a n . P e ro si en la significación d e esta p a la b ra c o m ­ p re n d e m o s el re c u e r d o d e las ideas, d e las im á g en e s o d e los ra z o n a m ie n to s, n in g u n a d e ellas c a re c e rá d e esto s re c u e rd o s : d e d o n d e re su lta q u e n o ex iste e s p íritu sin m em o ria. H e c h a esta o b se rv a ció n , h ay q u e sa b e r q u é e x te n s ió n d e m e m o ria su p o n e el g ra n e s p íritu . E sco jam o s d o s h o m b re s ilu stre s en g é n e ro s d ife re n te s , tales c o m o L ocke y M ilto n ; v eam o s si la g ra n d e z a d e j su e s p íritu d e b e se r c o n s id e ra d a c o m o e fe c to d e la g ra n e x te n s ió n d e su m em o ria.

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Si nos fijam o s p rim e ra m e n te en L o ck e e im ag in am o s q u e , ilu m in a d o p o r una id e a feliz, o p o r la le c tu ra de A ristó te le s , d e G assen d i o d e M o n ta ig n e , e ste filó so fo ha d e s c u b ie rto en lo s se n tid o s el o rig e n c o m ú n d e to d a s n u e stra s id eas, c o m ­ p re n d e re m o s q u e p ara d e d u c ir to d o su sistem a d e esta p r i­ m e ra id e a no ha n e c e s ita d o ta n to la e x te n sió n d e la m e m o ria co m o la p e rse v e ra n c ia e n la m e d ita c ió n ; q u e le b astab a u n a m e m o ria m u y p o c o e x te n s a p a ra c o n te n e r to d o s los o b je to s d e cu y a co m p arac ió n d e b ía re s u lta r la c e rte z a d e sus p rin c i­ p io s, p ara d e s a rro lla r su e n c a d e n a m ie n to y h ac erle p o r co n si­ g u ie n te m e re c e r y alca n za r el títu lo d e g ran esp íritu . P asan d o a M ilto n , si lo c o n s id e ro | d e s d e el p u n to d e v ista d e q u e , se g ú n o p in ió n g e n e ra l, es in fin ita m e n te su p e ­ r io r a los o tro s p o e ta s, si c o n s id e ro la fu erza , la g ra n d e z a , la v erd a d y, fin alm en te , la n o v e d a d de sus im á g en e s p o é tic a s, e sto y ob lig ad o a c o n fe sa r q u e la su p e rio rid a d d e su é s p íritu e n e s te g é n e ro n o su p o n e ta m p o c o u n a g ra n e x te n s ió n d e la m e m o ria. E n e fe c to , p o r g ra n d e s q u e se an sus c o m p o sic io n e s (c o m o aq u e lla en la q u e , u n ie n d o el fu lg o r del fu e g o a la so lid ez de la m a te ria te rr e s tre , p in ta el su e lo d el in fie rn o a rd ie n d o c o n u n fu e g o só lid o , m ie n tra s el lago a rd ía co n u n fu e g o líq u id o ), p o r g ra n d e s, dig o , q u e sean sus c o m p o sic io ­ n es, es e v id e n te q u e el n ú m e ro d e im á g en e s a tre v id as c o n las q u e h a c e r tales d e s c rip c io n e s h a d e se r e x tre m a d a m e n te lim i­ tad o ; p o r co n sig u ie n te , la g ra n d e z a d e la im ag in ació n d e e s te p o e ta es m e n o s | e l e fe c to d e u n a g ra n e x te n sió n d e la m e -

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m o ria q u e d e u n a re fle x ió n p ro fu n d a s o b re su arte . E sta re fle x ió n , al h a c e rle b u sc ar la fu e n te d e los p la c e re s d e la im ag in ació n , le ha p e rm itid o d e sc u b rirla , ta n to e n la n u e v a co m b in ac ió n d e im ág en es co n las q u e fo rm a r g ra n d e s cu a­ d ro s a u té n tic o s y p ro p o rc io n a d o s , c o m o en la c o n s ta n te e lec­ c ió n d e estas fu e rte s e x p re sio n e s q u e so n , p o r así d ec ir, los co lo re s d e la poesía, p o r m e d io d e las cuales h a h e c h o sus d e sc rip c io n e s visibles a lo s o jo s d e la im aginación.

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C o m o ú ltim o e je m p lo d e la p o c a e x te n sió n d e m e m o ria q u e exige u n a b ella im ag in ació n , d oy en u n a n o ta la tra d u c ­ ción d e u n fra g m e n to d e p o e sía ing lesa (5). E sta tra d u c c ió n y los ¡ e je m p lo s p re c e d e n te s p ro b a rá n , c re o , a los q u e an alicen las o b ras de los h o m b re s ilu stre s, q u e un j g ra n e s p íritu n o su p o n e u n a g ran m em o ria. Y o añ a d iría in clu so q u e la g ran e x te n sió n d e l p rim e ro ex c lu y e | a b s o lu ta m e n te la e x tre m a d a e x te n sió n de la segunda. Si la ig n o ran c ia hace la n g u id e c e r el

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espíritu, falto de alim ento, ¡ la vasta erudición, p o r una so­ breabundancia de alim ento, a veces lo ahoga. Para conven-

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ce rse d e ello basta e x a m in a r el uso | d if e re n te q u e h an d e h ac er d e su tie m p o dos h o m b re s q u e q u ie re n se r su p e rio re s a los o tro s, | el u n o e n e s p íritu y el o tr o en m e m o ria .

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Si el e s p íritu n o es m ás q u e u n a am alg am a d e ideas n u evas, y si to d a id e a nuev a ¡ n o es m ás q u e u n a n u ev a rela ció n d e s c u b ie rta e n tre c ie rto s o b je to s , el q u e q u ie ra d is­ tin g u irse p o r su e s p íritu ha d e e m p le a r n e c e s a ria m e n te la m a y o r p a rte d e su tie m p o e n la o b se rv a c ió n d e las d iv ersas rela cio n e s e x iste n te s e n tre los o b je to s y g astar el m ín im o p o sib le en co lo car h e c h o s o ideas e n su m em o ria. P o r el co n tra rio , el q u e q u ie ra s u p e ra r a los d em ás e n e x te n sió n d e m e m o ria d e b e , sin p e r d e r tie m p o en m e d ita r y en co m p a ra r los o b je to s e n tre sí, e m p le a r días e n te ro s en a lm ac en a r sin p a ra r n u ev o s o b je to s e n su m em o ria. A h o ra b ie n , co n un e m p le o tan d ife re n te d e su tie m p o , es e v id e n te q u e el p ri­ m e ro d e esto s d o s h o m b re s ha de ser tan in fe rio r en m e m o ­ ria al se g u n d o co m o s u p e rio r en esp íritu : v e rd a d q u e v ero sím ilm e n te había a p e rc ib id o ya D e sc a rte s c u a n d o | d e c ía q u e p ara p e rfe c c io n a r el e s p íritu es m e n o s n e c e sa rio a p re n d e r q u e reflex io n ar. D e d o n d e co n c lu y o q u e u n g ra n e s p íritu no só lo n o su p o n e u n a g ra n m e m o ria, sino q u e la m áx im a ex ­ te n sió n del p rim e ro ex c lu y e sie m p re la e x te n sió n e x tre m a d e la segunda. P ara te rm in a r e s te c a p ítu lo y p ro b a r q u e a la d esig u al

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e x te n sió n d e la m e m o ria n o d e b e a trib u irs e la fu e rz a d esig u al d e los esp íritu s, só lo m e q u e d a el d e m o s tra r q u e los h o m ­ b re s c o m ú n m e n te b ie n o rg a n iz a d o s e stá n to d o s d o ta d o s d e u n a e x te n s ió n de m e m o ria su fic ie n te p a ra ele v a rse a las m ás altas ideas. T o d o h o m b re h a sid o , a e s te re sp e c to , b a sta n te fa v o re c id o p o r la n a tu ra le z a si el alm acén d e su m e m o ria es capaz d e c o n te n e r u n n ú m e ro d e id eas o d e h e c h o s tales q u e , co m p a rá n d o lo s e n tre sí sin cesar, p u e d e f sie m p re p e rc ib ir alg u n a nueva relación, a u m e n ta r c o n tin u a m e n te el n ú m e ro de sus ideas y, p o r consiguiente, co n seg u ir u n a m ayor ex ten sió n p a ra su esp íritu . A h o ra b ie n , si tr e in ta o c u a re n ta o b je to s , c o m o lo d e m u e stra la g e o m e tría , p u e d e n c o m p a ra rse d e ta n ­ tas m a n eras q u e, e n el c u rso d e u n a larga v id a n ad ie p u e d a o b se rv a r todas las rela cio n e s, ni d e d u c ir to d a s las ideas p o si­ b les; y si e n tre los h o m b re s q u e llam o b ie n o rg a n iz a d o s no ex iste u n o solo cuya m e m o ria n o p u e d a c o n te n e r, n o sólo to d a s las p alab ras d e u n a le n g u a, sino ad em ás u n a in fin id ad d e d a to s, d e h ec h o s, d e lu g a re s y d e p e rso n a s y, fin a lm e n te , u n n ú m e ro d e o b je to s q u e su p e ra e n m u c h o el d e seis o sie te m il; m e a tre v e ría a c o n c lu ir q u e to d o h o m b re b ie n o rg a n iz a d o e stá d o ta d o d e u n a | capacidad d e m e m o ria m u y s u p e rio r a la q u e p o d rá u tiliz a r para el a c re c e n ta m ie n to d e sus id eas; q u e u n a m a y o r e x te n s ió n d e m e m o ria n o le p r o ­ p o rc io n a ría u n a m a y o r e x te n sió n a su e s p íritu ; y q u e así, le jo s d e c o n s id e ra r la d esig u ald ad d e la m e m o ria d e los h o m b re s co m o la ca u sa d e la d esig u ald ad d e su e s p íritu , e s ta ú ltim a d esig u ald ad es ú n ic a m e n te e le c to , o d e la m a y o r o m e n o r aten c ió n con la q u e o b s e rv a n la re la c ió n d e los o b je ­ to s e n tre sí, o d e la m a la elec ció n de los o b je to s cu y o r e c u e rd o g u ard a n . E xisten , e n e fe c to , o b je to s e s té rile s q u e , ta les co m o fechas, n o m b re s d e lugar o d e p e rso n a s y sim ila­ re s, o cu p a n m u c h o esp acio en la m e m o ria sin q u e p u e d a n p ro d u c ir ni una id e a n u ev a , ni u n a id e a in te re s a n te p a ra el p ú b lic o . La d esig u ald ad d e los e s p íritu s d e p e n d e , p u e s , e n p a rte d e 1a elec ció n d e lo s o b je to s q u e se g rab a n ] e n la m e m o ria . Si los jó v e n e s q u e e n el c o le g io h a n lo g rad o los é x ito s m ás b rilla n tes n o s ie m p re lo s c o n s ig u e n lu e g o c u a n d o so n m a y o re s, es p o r q u e la c o m p a ra c ió n y la feliz ap licació n d e las reglas d e D e s p a u té re 9, q u e h a c e n a los b u e n o s esco la-

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9Jean D espauter o de S pouter fu e un gram ático flamenco conocido com o Jean el N ivinita (1480-1520). Alcanzó ren o m b re con su Comentarii gramatici (1537) que hasta el siglo XVIII se usó en los centros de enseñanza d e varios países europeos.

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re s, n o g ara n tiza n q u e m ás ta rd e e sto s m ism o s jó v e n e s p o n ­ g an su a te n c ió n e n o b je to s d e cuya co m p a ra c ió n re s u lte n id eas in te re sa n te s p ara el p ú b lic o ; y así, ra ra m e n te se es u n g ra n h o m b re si n o se tie n e la v alen tía d e ig n o ra r u n a in fin i­ d ad d e cosas in ú tile s l0.

C a p í t u l o IV

De la desigual capacidad de atención

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| H e m o stra d o q u e d e la m a y o r o m e n o r p e rfe c c ió n d e los ó rg a n o s d e los se n tid o s y de la m e m o ria n o d e p e n d e la g ra n d esig u ald ad d e lo s esp íritu s. N o p o d e m o s, p o r ta n to , b u sc ar su causa m ás q u e e n la d esig u al capacid ad d e a te n c ió n d e los h o m b re s. C o m o es la a te n c ió n m ás o m e n o s in te n sa la q u e g ra b a m ás o m e n o s p ro fu n d a m e n te los o b je to s en la m e m o ria , la q u e p e rm ite p e rc ib ir m e jo r o p e o r las re la c io n e s q u e c o n s ti­ tu y e n la m a y o ría d e n u e s tro s juicio s v e rd a d e ro s o íalsos; y co m o es, fin a lm e n te , a esta a te n c ió n a la q u e d e b e m o s casi

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todas | nuestras ideas es evid en te, se dirá, que de esta desi­ gual capacidad de atención de los h o m b res d e p en d e la fuerza desigual de su espíritu. A h o ra b ien , si la m ás le v e e n fe rm e d a d , a la q u e p o d ría ­ m os llam ar in d isp o sició n , b a sta p ara q u e la m a y o ría d e los h o m b re s se sie n ta n in cap aces d e u n a a te n c ió n c o n tin u a d a , te n d ré q u e c o n s id e ra r q u e es sin d u d a a u n as e n fe rm e d a d e s, p o r así d ec ir, im p e rc e p tib le s y, p o r c o n s ig u ie n te , a la d e si­ g u ald ad d e fu e rz a q u e la n a tu ra le z a d a a cada h o m b r e , a lo

10 El tem a d e la m em oria es fundam ental en el pensam iento em pirista del XVIII. D estruido el «sujeto pensante» com o sustancia, e l principal problem a para explicar las leyes de asociación d e ideas en que consiste p ara ellos el pensam iento, es definir el juego de la m em oria. N otem os que H elvétius, que a veces reduce pensar a recordar, aquí se en red a un tanto. La m em oria almacena imágenes d e objetos. P ero pensar, viene a decir, n o es sólo flujo d e im ágenes según las leyes d e asociación regulares, al estilo de H um e, inspiradas en la atracción-repulsión new toniana (m odelo que H elvétius usa constantem ente al señalar cómo la analogía e n tre lo percibido y las ideas q u e u n o tiene favorece la grabación...). A quí, H elvétius, esforzándose en distinguir «espíritu» d e «m em oria», p o n e a ésta com o almacén de objetos q u e el espíritu (aquí espíritu-facultad, pensam iento) compara. El espíritu compara, capta las relaciones e n tre ios objetos que la m em oria p o n e en la imaginación. Y esta comparación parece ser la que establece la desigualdad d e los espíritus d e los hom bres.

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q u e d e b e m o s a trib u ir p rin c ip a lm e n te la incapacidad to ta l d e a te n c ió n q u e n o ta m o s en la m a y o ría d e ellos y su d esig u al d isp o sició n p ara el e s p íritu . D e d o n d e co n c lu ire m o s q u e el e sp íritu es sim p le m e n te u n d o n d e la n atu ra lez a. P o r v e ro sím il q u e p a re z c a e s te ra z o n a m ie n to , n o h a sid o , sin em b a rg o , c o n firm a d o p o r la ex p e rien c ia.

j Si ex c e p tu a m o s a las p e rso n a s afligidas p o r e n fe rm e d a d es cró n icas y q u e o b ligadas p o r el d o lo r a p o n e r to d a su ate n c ió n en su e s ta d o n o p u e d e n p re sta rla a los o b je to s p ro p io s p a ra p e rfe c c io n a r su e s p íritu ni, p o r c o n s ig u ie n te , p u e d e n se r c o n tad a s e n tre lo s h o m b re s q u e llam o b ie n o rg a­ nizad o s, v e re m o s q u e to d o s los o tro s h o m b re s, in c lu so a q u e ­ llos q u e p o r ser d é b ile s y d e lic a d o s d e b e ría n , d e a c u e rd o co n el ra z o n a m ie n to p r e c e d e n te , te n e r m e n o s e s p íritu q u e las g e n te s b ien c o n stitu id as, p a re c e n a e s te re s p e c to se r los m ás fav o rec id o s p o r la n atu raleza. E n tre las p e rso n a s sanas y ro b u sta s q u e se d e d ic a n a las a rte s y a las ciencias, p a re c e q u e la fu e rz a d e su te m p e ra ­ m e n to , al p ro v o c a rle s u n a n ec esid ad a p re m ia n te d e p la c e r, les a p a rta m ás a m e n u d o d e l e s tu d io y d e la m e d ita c ió n d e lo q u e la d eb ilid a d d e te m p e ra m e n to , | d e b id a a sus lig eras y fre c u e n te s in d isp o sicio n es, p u e d a a p a rta r a las p e rso n a s d e li­ cadas. T o d o lo q u e p o d e m o s d e c ir es q u e , e n tre los h o m b re s an im ad o s d e u n m ism o a m o r p o r el e s tu d io , el é x ito e n b ase al cual se m id e la fu e rz a d e l e s p íritu p a re c e d e p e n d e r e n te ­ ra m e n te , ta n to d e las d istra c c io n e s m ás o m e n o s g ra n d e s ocasio n adas p o r la d ife re n c ia d e g u sto s, d e fo rtu n a s, d e e sta ­ d o s, co m o d e la e le c c ió n m ás o m e n o s feliz d e los te m a s a tra ta r, d el m é to d o m ás o m e n o s p e r f e c to q u e se sigue p ara c o m p o n e r, del h áb ito m ás o m e n o s g ra n d e q u e se tie n e d e re fle x io n a r, de los lib ro s q u e se le e n , d e las g e n te s refin ad a s q u e se fre c u e n ta n y, fin a lm e n te , d e los o b je to s q u e el azar p o n e a d ia rio a n te n u e s tro s o jo s. P a re c e q u e en el c o n c u rs o d e los a c cid en te s n e c e s a rio s p a ra fo rm a r a u n h o m b r e d e e s p íritu , la d if e r e n te capacid ad d e ate n c ió n q u e p o d r ía | p ro d u c ir la fu erza d ife re n te d e l te m p e r a m e n to n o d e b ie ra se r to m a d a e n co n sid erac ió n . A sí, p u es, es in a p re c ia b le la d e s i­ g u ald ad d e e s p íritu o ca sio n a d a p o r la d ife re n te c o n s titu c ió n d e lo s h o m b re s. H a s ta el m o m e n to n in g u n a o b se rv a c ió n ex a cta h a p o d id o d e te r m in a r ia e sp e c ie d e te m p e ra m e n to q u e es m ás a d e c u a d a p ara f o rm a r h o m b re s d e g en io , d e m o d o q u e to d a v ía n o se h a c o n s e g u id o sa b e r q u é clase d e

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h o m b re s, si alto s o b a jo s, g o rd o s o d elg ad o s, b ilio so s o sa n g u ín eo s, tie n e n m ás a p titu d p ara el esp íritu . P o r lo dem ás, a u n q u e e sta re s p u e s ta su m a ria p u d ie ra b astar p a ra re fu ta r u n ra z o n a m ie n to q u e sólo se fu n d a en v e ro sim ilitu d e s, sin em b a rg o , co m o esta c u e stió n es m u y im „ p o rta n te , p a ra re so lv e rla co n p re c isió n es n e c e sa rio exam i211 n ar si la falta d e a te n c ió n es en los h o m b re s | e fe c to d e la im p o sib ilid ad física d e aplicarse, o d el d e s e o d e m a sia d o d éb il d e in stru irse . T o d o s los h o m b re s q u e llam o b ie n o rg an iz ad o s son cap a­ ces de aten c ió n , p u e s to q u e a p re n d e n a le e r, a p re n d e n su le n g u a y p u e d e n c o m p re n d e r las p rim e ra s p ro p o sic io n e s d e E uclides. A h o ra b ien , to d o h o m b re capaz d e co n c e b ir estas p ro p o sic io n e s tie n e p o te n c ia física p ara e n te n d e rla s to d as. En e fe c to , en g e o m e tría , co m o e n to d as las o tras cien cias, la m a y o r o m e n o r facilidad d e ca p ta r u n a v e rd a d d e p e n d e d el n ú m e ro m a y o r o m e n o r d e p ro p o sic io n e s a n te c e d e n te s q u e , p a ra co n c e b irla , hay q u e te n e r p re s e n te s en la m e m o ria. Si to d o h o m b re b ie n o rg a n iz a d o p u e d e , co m o lo h e p ro b a d o en el ca p ítu lo p re c e d e n te , c o lo ca r e n su m e m o ria u n n ú m e ro d e 212 id eas m uy su p e rio r ¡ al ex ig id o p o r la d e m o stra c ió n d e cu al­ q u ie r p ro p o sic ió n g e o m é tric a , y si m e d ia n te el o rd e n y la re p re se n ta c ió n fre c u e n te d e las m ism as id e as se p u e d e , co m o p ru e b a la ex p e rien c ia, hacerlas tan fam iliares y h a b itu a lm e n te p re s e n te s co m o p ara re c o rd a rlo s sin d ific u ltad , se co n c lu y e q u e cada u n o tie n e la p o te n c ia física d e seg u ir la d e m o stra c ió n d e c u a lq u ie r v erd a d g e o m é tric a y q u e, d e s p u é s d e h a b e rse ele v a d o de p ro p o sic ió n en p ro p o sic ió n y d e id e a an álo g a en id e a análoga h asta el c o n o c im ie n to , p o r e je m p lo , d e n o v e n ta y n u e v e p ro p o sic io n e s, to d o h o m b re p u e d e c o n c e b ir la c e n té ­ sim a co n la m ism a facilidad c o m o la se g u n d a, q u e d ista ta n to d e la p rim e ra co m o la c e n té sim a de la n o n a g é sim o nona. 213 | A h o ra c o n v ie n e e x a m in a r si el g ra d o d e a te n c ió n n e c e ­ sa rio p a ra co n c e b ir la d e m o stra c ió n d e u n a v erd a d g e o m é ­ trica n o basta p a ra el d e s c u b rim ie n to de estas v e rd a d e s q u e co lo ca n al h o m b re e n el ra n g o d e la g e n te ilu stre . C o n e ste p ro p ó sito ru e g o al le c to r q u e o b se rv e co n m ig o la m a rc h a q u e lleva el e s p íritu h u m a n o , ya sea cu a n d o d e s c u b re u n a v erd a d , ya sea c u a n d o sim p le m e n te sig u e la d e m o stra c ió n . N o voy a p o n e r u n e je m p lo sacado d e la g e o m e tría p o r q u e su c o n o c im ie n to es a je n o a la m a y o ría d e los h o m b re s; lo sacaré d e la m o ral, y el q u e p ro p o n g o es el sig u ien te : «¿Por

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qtíe las conquistas injustas no deshonran tanto a las naciones como los robos deshonran a los particulares?» P ara re so lv e r e s te p r o b le m a m o ral, las ideas q u e se p r e ­ se n ta rá n e n p r im e r lu g a r e n m i e s p íritu so n las id eas d e ju sticia j q u e m e so n m ás fam iliares; así q u e c o n s id e ra ré la ju sticia e n tre p a rtic u la re s y re c o n o c e ré q u e los ro b o s , q u e a lte ra n y tra sto rn a n el o rd e n d e la so c ie d a d , son c o n s id e ra ­ d o s ju s ta m e n te c o m o d e s h o n ro so s . P e ro p o r m uy c o n v e n ie n te q u e fu e ra aplicar a las n acio ­ nes las ideas q u e te n g o d e la ju sticia e n tr e ciu d ad a n o s, sin e m b a rg o , a la v ista d e ta n ta s g u e rra s in ju s ta s e m p re n d id a s en to d a s las ép o cas p o r p u e b lo s q u e so n la a d m ira c ió n d el m u n d o , p r o n to so sp e c h a ría q u e las id eas d e ju sticia co n re fe re n c ia a u n p a rtic u la r n o so n ap licab les a las nacio n es. E sta so sp e c h a se rá el p r im e r p aso q u e d ará m i e s p íritu p ara lle g ar al d e s c u b rim ie n to q u e se p ro p o n e . P ara aclarar e sta so sp e ch a , a p a rta ré e n p r im e r lu g a r las id eas de ju sticia q u e m e so n m ás fam iliares. E v o c a ré e n m i m e m o ria | p ara rec h azarlas in m e d ia ta m e n te , u n a in fin id a d d e ideas h asta el m o ­ m e n to en q u e m e d a ré c u e n ta de q u e , p ara re s o lv e r e sta c u e s tió n , hay q u e fo rm a rse p re v ia m e n te ideas claras y g e n e ­ rale s d e la justicia, p a ra lo cual hay q u e re m o n ta r s e h a s ta el e s ta b le c im ie n to d e las so c ied a d es, h asta eso s tie m p o s aleja d o s e n los q u e se p u e d e p e rc ib ir m e jo r el o rig e n y d o n d e , p o r o tr a p a rte , se p u e d e d e s c u b rir m ás fá c ilm e n te la razó n p o r la cual los p rin c ip io s d e la ju sticia c o n s id e ra d a co n re s p e c to a los ciu d ad a n o s no son ap licab les a las n aciones. E ste será, m e a tre v o a d e c ir, el s e g u n d o p aso d e mi e sp íritu . M e re p r e s e n ta r é a lo s h o m b re s co m o si n o tu v ie ra n n in g ú n c o n o c im ie n to d e las ley es, ni d e las arte s, ap ro x im a ­ d a m e n te tal co m o d e b ía n s e r e n los a lb o re s del m u n d o " .

Los veo entonces dispersos en los bosques com o los otros anim ales | salvajes; veo que, dem asiado débiles antes de la

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11 Entram os en el tem a del «origen». En el siglo XV1I1, cuando la moral con código teológico, absoluto, no sirve en la argum entación, la historia pasa a ser autoridad. P ero no sólo la historia, es decir, esas anécdotas, estos tópicos, esos nom bres de hom bres y pueblos que simbolizan la virtud y el vicio; tam bién la historia com o m étodo, com o m odelo de inteligibili­ dad. C onocer es, ahora, describir la génesis. El «origen» es principio necesario para iniciar esa descripción y para fundam entar la valoración m oral del proceso. U n «origen» que, como señala Rousseau en el segundo Discurso, no es cognoscible, quizá nunca haya existido. O sea, q u e hay que imaginar. Y, com o R ousseau, com o H o b b es, H elvétius lo construye-im agina por el m étodo de la aniquilatio, es decir, p o r la eliminación de lo histórico-social... A unque, curiosam ente, no todos llegan al mismo final en la reducción. H elvétius se queda más cerca de H obbes que de Rousseau. El cuadro que pinta a los salvajes errantes por el bosque es rousseauniano, pero tam bién lucreciano. El De rerum natura era bien conocido por H elvétius.

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in v e n ció n d e las arm as p a ra re sistir a las b estias fero ce s, esto s p rim e ro s h o m b re s, in stru id o s p o r él p e lig ro , la n ec esid ad o el m ie d o , han c o m p re n d id o q u e era in te re s a n te p ara cada u n o d e ellos re u n irs e fo rm a n d o so ciedad y c o n s titu ir u n a liga c o n tra los anim ales, sus e n e m ig o s co m u n es. V eo a c o n tin u a ­ ció n q u e estos h o m b re s, aso ciad o s, se c o n v irtie ro n p r o n to en en e m ig o s p o r el d e s e o d e p o s e e r las m ism as cosas y se a rm a ro n p ara a rre b a tá rse la s m u tu a m e n te ; q u e el m ás fu e rte las a rre b a tó p rim e ra m e n te al m ás d éb il, p e ro é s te in v e n tó las arm as y le p re p a ró em b o scad as p ara r e c u p e ra r aq u e llo s b ie ­ nes; q u e la fu erza y la h abilidad fu e ro n p o r co n sig u ie n te los p rim e ro s títu lo s d e p ro p ie d a d ; q u e la tie rra p e rte n e c ió p r i­ m e ra m e n te al m ás f u e rte y, s e g u id a m e n te , al m ás astu to ; | q u e a base d e sólo e s to s títu lo s se p o se y ó to d o al p rin cip io . P e ro , fin a lm e n te , ilu m in ad o s p o r el m al c o m ú n , lo s h o m b re s c o m p re n d ie ro n q u e su asociación n o re su lta ría v e n ta jo s a y q u e las so c ied a d es no p o d ría n su b sistir, a m e n o s q u e a sus p rim e ra s c o n v e n c io n e s añ a d ie ra n otras en v irtu d d e las cuales cada u n o en p a rtic u la r re n u n c ia ra al d e re c h o d e la fu e rz a y d e la astucia, y to d o s e n g e n e ra l se g a ra n tiza ran re c íp ro c a ­ m e n te la co n serv ac ió n d e su v id a y d e sus b ie n e s y se c o m ­ p ro m e tie ra n a arm a rse c o n tra el in fra c to r d e estas c o n v e n c io ­ nes; fu e así co m o d e to d o s los in te re se s d e los p a rtic u la re s se fo rm ó u n in te ré s c o m ú n q u e b au tizó las diversas accio n es con los n o m b re s d e ju stas, p e rm itid a s o in ju stas, seg ú n q u e fu eran ú tiles, in d ife re n te s o p e rju d ic ia le s p ara las so cied ad es. | U n a vez lle g ad o a esta v e rd a d , d e s c u b ro fá c ilm e n te la fu e n te d e las v irtu d e s h u m an as; v e o q u e sin la se n sib ilid ad al d o lo r y al p la c e r físico, sin d eseo s, sin p asio n es, in d ife re n te s a to d o , los h o m b re s n o h u b ie ra n c o n o c id o el in te ré s p e r s o ­ nal; q u e sin in te ré s p e rso n a l n o se h ab ría n ag ru p a d o en so c ie­ dad, ni h ab rían e sta b le c id o e n tre ellos co n v e n c io n e s; q u e no h ab ría ex istid o n in g ú n in te ré s g e n e ra l y, p o r co n sig u ie n te , ta m p o c o acciones ju stas o in ju stas 12; y q u e , p o r co n si­ g u ie n te , la sensibilidad física y el in te ré s p e rso n a l han sido los a u to re s d e to d a ju sticia (6). Esta v erd a d , ap o y ad a e n e s te axiom a d e ju risp ru d e n c ia , el

interés es la medida de las acciones de los hombres, y | corrobo-

12 Com o se ve, el argum ento es im pecablem ente hobbesiano en su naturalism o (a partir de la sensibilidad, placer-dolor...) y en la concepción del pacto social com o sum isión al interés general para salvar el interés personal. Y es hobbesiano — se verá en las páginas que siguen— en su m anera de en ten d er la relación del hom bre con la ley.

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rad a ad em ás p o r m il h e c h o s, m e p ru e b a q u e , v irtu o so s o viciosos, se g ú n q u e n u e s tra s p asio n es o n u e s tro s g u sto s p a r­ ticu lares sean c o n fo rm e s o co n tra rio s al in te ré s g e n e ra l, te n ­ d em o s d e fo rm a tan n e c e sa ria a n u e s tro b ie n p a rtic u la r q u e el p ro p io le g isla d o r d iv in o ha c re íd o q u e , p ara a n im ar a los h o m b re s a la p ráctica d e la v irtu d , d e b ía p ro m e te rle s un b ien e te rn o a ca m b io d e los p la c e re s te m p o ra le s q u e algunas veces se v en o b lig a d o s a sacrificar. S e n ta d o e s te p rin c ip io , m i e s p íritu saca co n sec u en cias y m e d o y c u e n ta d e q u e to d a c o n v e n c ió n en la q u e el in te ré s p a rtic u la r se e n c u e n tra en o p o sic ió n co n el in te ré s g e n e ra l h ab ría sido sie m p re v io la d a si los le g isla d o re s n o h u b ie ra n o fre c id o g ran d e s re c o m p e n sa s a la v irtu d y si n o h u b ie se n c o n tin u a m e n te o p u e s to el d iq u e d el d e s h o n o r y d e l su p licio a la te n d e n c ia natu ral q u e lleva a los h o m b re s a la u su rp a ción. V eo, p u es, q u e el castigo y el p re m io so n los d o s ú n ico s lazos p o r m e d io d e los cuales han p o d id o m a n te n e r u n id o el in te ré s p a rtic u la r al in te ré s g e n e ra l, y co n c lu y o q u e las ley es, h ech as p ara la felicidad de to d o s, n o se rían o b s e r­ vadas p o r n ad ie si los m a g istrad o s no tu v ie ra n el p o d e r n e c e ­ sario para aseg u rar su c u m p lim ie n to . Sin e ste p o d e r, violadas las ley es p o r la m ayoría, se rían co n ju sticia in frin g id as p o r cada in d iv id u o , p o rq u e al te n e r las leyes p o r fu n d a m e n to la u tilid ad p ú b lic a, d e s d e el m o m e n to e n q u e p o r la in fra cc ió n g e n e ra liz a d a se v u elv en in ú tile s, son nulas y cesan d e ser leyes: cada u n o v u e lv e a sus p rim e ro s d e re c h o s; cada u n o sólo se d e ja a c o n se ja r p o r su in te ré s p a rtic u la r, | q u e co n ra z ó n le p r o h íb e o b s e r v a r u n a s le y e s q u e se v u e lv e n p e rju d ic ia le s para el q u e fu e ra solo e n o b serv arlas. P o r esto , si p a ra la se g u rid a d d e las c a rre te ra s se h u b ie ra p ro h ib id o a n d a r p o r ellas co n a rm a s y p o r falta d e g e n d a rm e s las g ra n d e s ru ta s se v ie ra n in fe sta d a s de la d ro n e s, es ta ley no h ab ría cu m p lid o su o b je tiv o , en cu y o caso n o sólo un h o m ­ b re p o d ría viajar con arm a s y violar e s ta co n v e n c ió n o es ta ley in ju sta, sino q u e se ría u n a lo c u ra o b se rv a rla. D e sp u é s d e q u e mi e s p íritu haya lle g ad o , p aso a p aso , a fo rm a rse ideas claras y g e n e ra le s d e la justicia; d e s p u é s d e h a b e r re c o n o c id o q u e co n siste en la ex acta o b se rv a n cia d e las co n v e n cio n es q u e el in te ré s c o m ú n , j es d ec ir, la re u n ió n d e to d o s los in te re se s p a rtic u la re s, les ha e m p u ja d o a e stab lece r; só lo le q u e d a a mi e s p íritu ap lica r a las nacio n es estas id eas de justicia. B a jo la luz d e lo s p rin c ip io s esta b le c id o s an te-

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rio rm en te, observo de inm ediato que no todas las naciones han establecido en tre ellas unas convenciones que les garan­ ticen recíp ro cam en te la p osesión de los territo rio s 13 que ocupan y de los bienes q u e poseen. Si q u iero descubrir la causa, mi m em oria, reco rd án d o m e el m apa general del m undo, m e enseña q u e los p ueblos no han hecho en tre ellos esta clase de convenciones, p o rq u e no han tenido para hacer­ las un interés tan u rg en te com o los individuos, po rq u e las naciones p u ed en subsistir sin convenciones e n tre ellas, m ien­ tras que ias sociedades no p u e d e n m an ten erse sin leyes. D e 223 do n d e concluyo q u e | las ideas de justicia, consideradas en tre naciones o e n tre individuos, han de ser extrem ada­ m en te diferentes. Si la Iglesia y los reyes p e rm ite n la trata de negros; si ei cristiano, que m aldice en n o m b re de D ios al que provoca trastornos y disensiones en las familias, bendice al com er­ ciante que recorre la C osta de O ro o el Senegal para cam biar po r negros las m ercancías q u e los africanos codician; si p o r este com ercio los euro p eo s provocan sin rem ordim ientos guerras eternas en tre estos pueblos, es d eb ido a que, con excepción de los tratados particulares y los usos general­ m en te aceptados a los q u e se da el n o m b re de derecho de gentes, la Iglesia y los reyes piensan q u e los pueblos están en tre sí exactam ente en el m ism o caso que los prim eros 224 hom bres antes de q u e | h ubieran form ado sociedades y h u ­ bieran conocido o tros derechos adem ás de la fuerza y la astucia, antes de que h u b iera e n tre ellos ninguna convención, ninguna ley, ninguna propiedad, y de que p u d iera haber, p o r consiguiente, ningún robo ni ninguna injusticia. Con respecto a los tratados particulares q u e las naciones acuerdan en tre sí, veo que, al no h ab er sido suscritos p o r un n úm ero bastante grande de naciones, casi nunca han p o d id o m antenerse p o r la fuerza y que, p o r consiguiente, com o leyes sin fuerza, han ten id o que q u ed ar sin ejecución. C uando, al aplicar a las naciones las ideas generales de la justicia, mi espíritu ha red u cid o la cuestión a este p unto, descubre a continuación p o r qué el p u eb lo que infringe los tratados hechos con o tro p ueblo es m enos culpable que el 225 individuo que viola las convenciones j hechas con la socie13 En el original, «pays». T raducir p o r «países» podría en ten d erse que habla d e las «pose­ siones» d e otros países, colonias, dom inios, etc. C reem os que aquí H elvétius había de la «nation» como Estado y d el «pays» com o su territorio.

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dad ; y p o r q u é , c o n fo rm e a la o p in ió n p ú b lic a, las co n q u ista s in ju stas d e s h o n ra n m e n o s u n a n ac ió n d e lo q u e los ro b o s d e g ra d a n a u n in d iv id u o e n p articu la r. B asta re c o rd a r la lista d e to d o s los tra ta d o s v io la d o s en to d as las ép o c as p o r to d o s los p u eb lo s. E n c u e n tro así q u e hay sie m p re u n a g ra n p r o b a ­ b ilid ad d e q u e , sin te n e r e n c u e n ta sus tra ta d o s, a p ro v e c h e n las ép o cas de p e rtu rb a c io n e s y calam id ad es p ara atacar a sus v ecin o s co n v en taja , c o n q u ista rlo s o, c o m o m ín im o , p o n e rlo s e n co n d ic io n e s d e q u e n o les p u e d a n p e rju d ic a r. A h o ra b ien , cada n ación, in stru id a p o r la h isto ria , p u e d e c o n s id e ra r q u e e s ta p ro b ab ilid ad es ta n g ra n d e co m o p a ra p e rsu a d irs e d e q u e la in fracció n d e u n tra ta d o q u e re s u lta v e n ta jo s o v io lar es u n a cláu su la tácita d e to d o s los tra ta d o s q u e n o so n , en rea lid ad , m ás q u e u n as treg u a s; y q u e al a p ro v e c h a r | la o ca sió n fav o rab le p a ra r e d u c ir a sus v ec in o s, n o h ace m ás q u e llevarles la d e la n te ra , p o r q u e to d o s los p u e b lo s, fo rzad o s a e x p o n e rs e al r e p ro c h e d e la in ju stic ia o al yugo d e la se rv i­ d u m b re , son re d u c id o s a la a lte rn a tiv a d e ser esclavos o so b e ­ ra n o s 14. P o r o tra p a rte , si en to d a nació n la situ ac ió n d e m e ra co n serv ac ió n es algo e n q u e es casi im p o sib le m a n te n e rs e , y si el lím ite d el e n g ra n d e c im ie n to d e un im p e rio d e b e ser co n sid e ra d o , co m o lo p ru e b a la histo ria de R o m a, co m o un p re sa g io casi c ie rto d e su d ec ad e n cia, es e v id e n te q u e cad a n ac ió n p u e d e llegar a c re e rs e ta n to m ás a u to riz a d a a estas co n q u ista s co n sid erad a s in ju stas, p o r c u a n to q u e , al no e n ­ c o n tra r e n la g ara n tía, p o r e je m p lo , d e d o s n ac io n es c o n tra u n a te rc e ra , ta n ta se g u rid a d c o m o la q u e u n p a rtic u la r e n ­ c u e n tra en la g ara n tía d e su | nació n c o n tra o tro p a rtic u la r, el tra ta d o ha de re s u lta r m e n o s sag rad o , p u e s su c u m p lim ie n to re su lta in cierto . Es en e ste m o m e n to e n q u e m i esp íritu ha p e n e tr a d o h asta esta ú ltim a id e a c u a n d o d e s c u b ro la so lu c ió n d el p r o ­ b lem a d e m o ral q u e m e h ab ía p ro p u e s to . C o m p re n d o a h o ra q u e la violació n d e los tra ta d o s, e sta e sp e c ie d e b a n d id a je e n tre n acio n es, p e rsistirá , c o m o lo p ru e b a el p asad o , g a ra n tía d el fu tu ro , h asta q u e to d o s lo s p u e b lo s , o al m e n o s la m ayo-

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14 Resaltamos una vez más la sem ejanza con H obbes. Estas páginas no desentonarían introducidas en el De C ite o en el Leviathan. a no ser p o r g en erar repeticiones. A unque, bien m irado, sorprendería el estilo. H elvétius ha adoptado ahora el «m étodo d e análisis» cartesiano. Es decir, en prim era persona nos expone figuradam ente el «camino del descubrim iento». Ha sustituido el «on» p or el «je». Pero a veces pasa al «nous», los tiem pos de la acción se cambian incluso en el mismo párrafo y g en era un curioso trastrueque de planos. En lo posible hemos intentado hom ogeneizarlo.

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ría d e ello s, su sc rib an u n o s c o n v e n io s g e n e ra le s; hasta q u e las n ac io n e s, c o n fo rm e al p ro y e c to d e E n riq u e IV o del a b a te d e S a in t-P ie rre ls, se hayan g a ra n tiz a d o re c íp ro c a ­ m e n te sus p o se sio n e s, se h ayan c o m p ro m e tid o a a rm a rse c o n tra el p u e b lo q u e q u isiera so m e te r a o tro ; h asta q u e , p o r fin, el azar haya esta b le c id o u n a d esig u ald ad | ta n g ra n d e e n tre el p o d e r d e cada e sta d o en p a rtic u la r y el d e to d o s los o tro s re u n id o s, q u e e sto s c o n v e n io s se p u e d a n m a n te n e r p o r la fu erza; hasta q u e lo s p u e b lo s p u e d a n e s ta b le c e r e n tr e ello s la m ism a p o lítica q u e un sa b io le g isla d o r e s ta b le c e e n tr e los ciu d ad a n o s cu a n d o , m e d ia n te la re c o m p e n s a asig n ad a a las b u en a s acciones y las p en a s infligidas a las m alas, les o b lig a a la v irtu d d a n d o a su h o n ra d e z el re sp a ld o d el in te ré s p erso n a l. Es cosa c ie rta q u e , c o n fo rm e a la o p in ió n p ú b lic a, las co n q u ista s in ju stas, m e n o s c o n tra ria s a las leyes e q u itativ as y, p o r c o n s ig u ie n te , m e n o s crim in ale s q u e los ro b o s e n tre p a r ­ tic u la re s, n o d e s h o n ra n a las n ac io n e s ta n to co m o los ro b o s d e s h o n ra n a un ciu d ad an o . R e su e lto e s te p r o b le m a m o ral, si o b se rv a m o s el c a m in o q u e mi esp íritu ha se g u id o ¡ para re so lv e rlo v e re m o s q u e yo h e e m p e z a d o p o r re c o rd a r las ideas q u e m e e ra n m ás fam ilia­ res, las he c o m p a ra d o e n tr e sí, h e o b se rv a d o su c o n fo rm id a d o d isc o n fo rm id a d re s p e c to al o b je to d e m i ex a m e n ; a c o n ti­ n u ac ió n h e rec h aza d o estas ideas, h e re c o rd a d o o tra s y h e r e p e tid o e s te m ism o p ro c e d im ie n to h a sta q u e, p o r fin , m i m e m o ria m e ha p re s e n ta d o lo s ,o b je to s d e la co m p a ra c ió n d e los q u e d e b ía re su lta r la v erd a d q u e an d a b a b u sc an d o . A h o ra b ie n , co m o el m é to d o se g u id o p o r el e s p íritu es sie m p re el m ism o, e s ta m a n e ra de d e s c u b rir u n a v erd a d q u e h e d e s c rito ha d e p o d e rs e ap licar a todas las v e rd a d e s. S ó lo q u isie ra re sa lta r so b ré e s te te m a q u e , p ara h ac er un d e s c u ­ b rim ie n to , es n ec e sa rio te n e r en la m e m o ria los o b je to s cuyas rela cio n e s c o n tie n e n e s ta v erd a d .

15 H elvétius se refiere al proyecto, dudoso, q u e según Sully tenía Enrique IV para lograr la unidad de la cristiandad. Cada Estado contaría con la garantía de los otros Estados cristianos y en todos se desarrollarían con igual libertad las distintas religiones cristianas (Cf. G. Besse, op. cit., p. 134). En cuanto al abate d e Saint-Pierre (1658-1743), en sus obras configuró la idea de la unión de los Estados de Europa, incluyendo al zar de Rusia y a los Estados norteafricanos. La U nión se formaría para garantizar la paz y bajo el respeto a los Estados m iem bros. La U nión controlaría los efectivos militares de cada Estado, arbitraría los conflictos e n tre ellos, y contaría con unas fuerzas militares propias formadas por soldados de diversas naciones. V er obras suyas como Mémoire pour rendre la p a ix perpétuelle en Europe (1712), Projet pour rendre la paix perpétuelle entre les souverains chrétiens (1717).

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¡ Si re c o rd a m o s lo q u e h e d ic h o co n a n te rio rid a d al e je m p lo q u e acabo d e d a r, y e n c o n s e c u e n c ia nos p r o p o n e ­ m o s sa b er si to d o s los h o m b re s b ien o rg a n iz a d o s e stá n re a l­ m e n te d o ta d o s de u n a a te n c ió n su fic ie n te p ara ele v a rse a las ideas m ás elevadas, hay q u e co m p a ra r las o p e ra c io n e s d el e s p íritu cu a n d o hace el d e s c u b rim ie n to o c u a n d o sig u e sim ­ p le m e n te la d e m o stra c ió n d e u n a v erd a d y e x a m in a r cuál d e estas o p e ra c io n e s e x ig e n u n a m a y o r a te n c ió n l6. P ara se g u ir una d e m o s tra c ió n d e g e o m e tría es in ú til tra e r al e s p íritu m u c h o s o b je to s ; c o rre s p o n d e al m a e stro p re s e n ta r a los o jo s d e su a lu m n o lo s ad e c u a d o s p ara d a r la so lu ció n d el p ro b le m a q u e él le h a p ro p u e s to . P e ro , ta n to si un h o m b re d e s c u b re u n a v e rd a d c o m o si sig u e u n a d e m o s tra ­ ció n , | d e b e , ta n to e n un caso c o m o e n el o tro , o b se rv a r ig u a lm e n te las re la c io n e s q u e tie n e n e n tre sí los o b je to s q u e su m e m o ria o su m a e stro le p re se n ta n . A h o ra b ie n , co m o no es p o sib le , si n o es p o r u n azar sin g u lar, re p r e s e n ta r s e ú n i­ c a m e n te las ideas n e c e sa ria s para el d e s c u b rim ie n to d e u n a v erd a d y c o n s id e ra r só lo lo s asp ec to s b a jo los cuales d e b e n c o m p a ra rse e n tre sí, es e v id e n te q u e , p a ra h a c e r u n d e sc u ­ b rim ie n to , hay q u e r e c o rd a r al e s p íritu u n a g ran ca n tid ad d e ideas ex tra ñ as al o b je to q u e se in v estig a y h ac er u n a in fin i­ d ad d e c o m p a ra c io n e s in ú tile s, c o m p a ra c io n e s cu y a m u ltip li­ cidad p u e d e d esan im ar. H a y q u e e m p le a r u n tie m p o e n o r ­ m e m e n te s u p e rio r |p a ra d e s c u b rir una v erd a d q u e p ara se g u ir la d e m o stra c ió n . P e ro el d e s c u b rim ie n to d e esta v erd a d n o exige en n in g ú n m o m e n to u n e s fu e rz o d e a te n c ió n su p e rio r al q u e re q u ie re el se g u im ie n to d e u n a d e m o stra c ió n . Si, p ara c o m p ro b a rlo , o b se rv a m o s a u n e s tu d ia n te d e g e o m e tría , v ere m o s q u e é s te ha d e p re sta r una m a y o r a te n ­ ció n e n c o n sid e ra r las fig u ras g e o m é tric a s q u e el m a e stro le p re s e n ta , pues, sié n d o le e s to s o b je to s m e n o s fam iliares q u e los q u e le p re se n ta ría la m e m o ria , su e s p íritu d e b e o c u p a rse d el d o b le cu id ad o d e c o n s id e ra r estas figuras y d e d e s c u b rir las re la c io n e s e x iste n te s e n tr e ellas: d e d o n d e se sig u e q u e la a te n c ió n n ecesaria p ara se g u ir la d e m o stra c ió n de u n a p ro p o -

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16 H o b b es en su De Corpore distinguía el m étodo compositivo (sintético) y el descompositivo o resolutivo (analítico) inclinándose por el prim ero, cuyo m aestro sería Euclides. (V er De Corpore, I, VI, 10 ss.)- Tam bién D escartes, especialm ente en su Réponse a las objeciones de M ersenne a sus Meditaciones Metafísicas, distingue ambos, inclinándose p or el analítico, si bien reconociendo al sintético ventajas didácticas. Spinoza y N ew ton estaban más en la línea de H obbes; H arvey y G alileo estaban próxim os a D escartes. En cualquier caso constituía un gran debate filosófico en los m om entos d e constitución de la nueva ciencia, q u e prorroga el X V III.

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sición g e o m é tric a basta p a ra d e s c u b rir u n a v erd a d . Es c ie rto q u e, e n este ú ltim o caso, la ate n c ió n ha d e se r m ás c o n ti­ nuada; p e ro esta co n tin u id a d d e la ate n c ió n n o es p ro p ia ­ m e n te o tra cosa q u e la re p e tic ió n de los m ism o s acto s d e aten c ió n . A dem ás, si to d o s los h o m b re s, co m o h e d ich o | m ás arrib a, son capaces d e a p r e n d e r a le e r y d e a p re n d e r su len g u a, son ta m b ié n capaces, n o sólo d e la a te n c ió n viva, sino ta m b ié n de la a te n c ió n c o n tin u a d a q u e el d e s c u b ri­ m ie n to d e u n a v erd a d exige. ¡Q u é c o n tin u id a d d e a te n c ió n n o se n ec esita p ara c o n o c e r las letras, agru p arlas, fo rm a r sílabas, c o m p o n e r p alab ras, o p ara a g ru p a r en la m e m o ria o b je to s d e u n a n atu ra lez a d ife ­ r e n te q u e no tie n e n e n tre ellos m ás q u e u n as rela cio n e s arb itra ria s, co m o las p alab ras encina, grandeza, amor, q u e n o tie n e n n in g u n a re la c ió n real co n la id ea, la im ag en o el s e n tim ie n to q u e ex p resan ! Es, p u e s, c ie rto q u e, si p o r la co n tin u id a d d e aten c ió n , es d ecir, p o r la re p e tic ió n fre c u e n te d e los m ism os actos d e a te n c ió n , to d o s los h o m b re s consig u e n g ra b a r su c e siv a m e n te en su m e m o ria todas las | p alab ras de u n a len g u a, e stá n to d o s d o ta d o s d e la fu e rz a y la c o n ti­ n u id ad d e aten c ió n necesarias p ara elev a rse a estas g ra n d e s ideas cu y o d e s c u b rim ie n to lo s coloca e n la ca te g o ría d e h o m b re s ilu stres 17. P e ro , se d irá , si to d o s los h o m b re s están d o ta d o s d e la aten c ió n necesaria p ara d e s ta c a r en u n g é n e ro cu a n d o la falta d e h á b ito n o los h a h e c h o incapaces, ta m b ié n es c ie rto q u e esta ate n c ió n cu e sta m ás a u n o s q u e a o tro s. E n to n c e s, ¿a q u é o tra cau sa q u e n o sea a la m a y o r o m e n o r p e rfe c c ió n d e la organ izació n a trib u iría m o s esta m a y o r o m e n o r facilidad d e aten ció n ? A n te s d e c o n te s ta r d ire c ta m e n te a esta o b je c ió n , q u e rría h a c e r n o ta r q u e la a te n c ió n n o es e x tra ñ a a ia n atu ra lez a d el h o m b re . E n g e n e ra l, c re e m o s q u e es difícil so s te n e r la aten ció n , p o r q u e to m a m o s la | fatiga d el fastid io y d e la im p acien -

17 N otem os la finura d e H elvétius, su capacidad d e reducir todo fenóm eno — la vida o el pensam iento— a efecto de una serie d e factores; su habilidad para, fijando hipotéticam ente esta o aquella variable, m ostrar la insuficiencia d e las otras. Y todo ello no para «sospechar» que el fenóm eno es com plejo, irreductible a síntesis d e factores diferenciales, sino, al contrario, para m ostrar que todos esos factores, naturales o reducibles a elem entos naturales, no explican el espíritu y sus diferencias. Así le queda abierto el cam ino de su tesis: el espíritu es efecto d e la educación. Para ello hay q u e dem ostrar lo q u e la «experiencia» (a la q u e a veces dice recurrir) parece incapaz d e dem ostrar, a saber, que todos los hom bres están orgánicamente, natural­ m ente y uniform em ente bien dotados para elevarse al espíritu en cualquiera de sus géneros. Sólo la educación pone la diferencia y la desigualdad.

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cía p o r la fatiga d e la aplicación. En e fe c to , si n o e x iste un h o m b re sin d e s e o s, n o e x iste u n h o m b re sin aten c ió n . C u a n d o se ha a d q u irid o el h á b ito , la a te n c ió n se c o n v ie rte en u n a n ecesid ad . Lo q u e c o n v ie rte a la a te n c ió n e n fatig o sa, es el m o tiv o q u e n os d e te rm in a a p re stá rse la . ¿Es e s te m o tiv o la n ec esid ad , la indig en cia, el m ie d o ? La a te n c ió n es e n to n c e s un dolor. ¿Es la esperanza d el placer el m otivo? La atención se co n v ie rte e n to n c e s ella m ism a en p la ce r. P re s e n te m o s a u n a m ism a p e rso n a d o s e s c rito s difíciles d e descifrar; el u n o es un p ro c e so verb al, el o tr o e s la ca rta d e u n am an te : ¿q u ién d u d a d e q u e to d o lo q u e tie n e d e p e n o s o la a te n c ió n en el p rim e r caso lo tie n e d e a g ra d a b le en el se g u n d o ? C o m o c o n s e c u e n c ia d e esta o b se rv a c ió n se p u e d e fá c ilm e n te ex p li­ car p o r q u é la a te n c ió n c u e sta m ás a u n o s q u e a o tro s, j P ara ello n o hay q u e s u p o n e r q u e ex ista e n tre los h o m b re s n in g u n a d ife re n c ia d e o rg an izació n : b asta h a c e r n o ta r q u e , en e s te asp ec to , la p e n a d e la a te n c ió n es sie m p re p r o p o rc io ­ n ad a al m a y o r o m e n o r g ra d o d e p la c e r q u e cada u n o c o n si­ d e ra co m o re c o m p e n sa p o r e s ta p en a . A h o ra b ien , si los m ism o s o b je to s n o tie n e n s ie m p re el m ism o v alo r p ara d is­ tin to s o jo s, es e v id e n te q u e al p r o p o n e r a d iv e rso s h o m b re s el m ism o o b je to c o m o r e c o m p e n s a n o se les p ro p o n e re a l­ m e n te la m ism a re c o m p e n sa ; y q u e si e stá n o b lig a d o s a rea liza r los m ism o s e s fu e rz o s d e a te n c ió n , e sto s e s fu e rz o s re su lta rá n , p o r co n sig u ie n te , m ás p e n o s o s p ara u n o s q u e p ara o tro s. Es, p u es, p o sib le re so lv e r el p ro b le m a d e u n a a te n c ió n m ás o m e n o s fácil, sin te n e r q u e re c u rr ir al m is te rio d e un a d esig u al p e rfe c c ió n e n los ó rg an o s q u e la | p ro d u c e n . P ero a d m itie n d o incluso, a e s te re s p e c to , u n a c ie rta d ife re n c ia en la o rg an iz ac ió n d e los h o m b re s, afirm o q u e si su p o n e m o s en ello s un vivo d e s e o d e in s tru irs e , d e s e o d el q u e to d o s los h o m b re s son su sc ep tib les, n o hay e n to n c e s n in g u n o q u e n o esté d o ta d o d e la capacidad d e a te n c ió n n ec esaria p a ra d is­ tin g u irse e n u n arte . En e fe c to , si el d e s e o de felicidad es co m ú n a to d o s los h o m b re s , si es é s te el se n tim ie n to m ás vivo, es e v id e n te q u e , p a ra o b te n e r e sta felicidad, cada u n o hará sie m p re to d o lo q u e e s té e n su p o d e r hacer. A h o ra b ie n , to d o h o m b re , co m o ac ab o d e p ro b a r, es capaz d el g ra d o d e a te n c ió n su ficien te p ara ele v a rse hasta las id eas m ás e le ­ vadas. A sí, p u e s, h ará u so de esta capacidad d e a te n c ió n cu a n d o p o r la legislació n d e su país, su g u sto p a rtic u la r o su ed u c ac ió n , la felicid ad I se c o n v ie rta e n el p re m io d e e s ta

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aten c ió n . S erá difícil re sistirse a esta co n c lu sió n , s o b re to d o si, co m o p u e d o p ro b a rlo , n o es n ec esario , para h a c e rse s u p e ­ rio r e n un a rte , p re sta rle to d a la a te n c ió n d e q u e se es capaz.

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P ara no d e ja r n in g u n a d u d a acerca d e e s ta v e rd a d , c o n ­ su lte m o s la ex p e rien c ia. I n te rro g u e m o s a la g e n te d e letras: to d o s h an c o n s ta ta d o q u e lo s m ás b ello s v erso s d e sus p o e ­ m as no se d e b e n a los m ás p e n o s o s esfu e rz o s d e a te n c ió n , ni las situ acio n es m ás o rig in a les d e sus n o v elas, ni los p rin c ip io s m ás lu m in o so s de sus o b ra s filosóficas. C o n fe sa rá n q u e to d o lo d e b e n al e n c u e n tro feliz de c ie rto s o b je to s q u e el azar ha p u e s to a n te sus o jo s o ha p re s e n ta d o a su m e m o ria , d e cuya co m b in a c ió n h an re s u lta d o e sto s h e rm o so s v erso s, estas | si­ tu a cio n e s s o rp re n d e n te s y esta s g ra n d e s ideas filosóficas; ideas q u e el e s p íritu c o n c ib e co n m a y o r ra p id e z y facilidad p o r q u e son m ás v e rd a d e ra s y m ás g e n e ra le s. A h o ra b ien , si en to d a o b ra estas h e rm o sa s id eas, sean d e la clase q u e sean, so n , p o r así d ec ir, la h u e lla del g en io ; si el a rte d e em p lea rlas n o es m ás q u e u n a o b ra del tie m p o y d e la p a c ie n c ia y d e esto q u e se llam a tra b a jo d e o p e ra rio , es p u e s c ie rto q u e el g e n io es m e n o s el fru to d e la a te n c ió n q u e un d o n d e l azar, el cual p re s e n ta a to d o s los h o m b re s estas ideas felices de las q u e sólo se a p ro v e c h a aq u el q u e , se n sib le a la g lo ria , está a te n to a captarlas. El azar es, en casi to d a s las a rte s, r e c o n o ­ cid o g e n e ra lm e n te c o m o el a u to r de la m a y o ría d e los d e s c u ­ b rim ie n to s; y si e n las ciencias esp ec u lativ as su p o d e r se n o ta m e n o s, | no p o r ello es m e n o s real y n o d e ja d e p re s id ir el d e s c u b rim ie n to de las ideas m ás h erm o sa s. A sí, tal co m o h e dich o , n o so n éstas el p re m io a los m ás p e n o s o s e s fu e rz o s d e aten c ió n , y p o d e m o s ase g u ra r q u e la a te n c ió n q u e ex ig e el o rd e n de las ideas, la m a n e ra de ex p re sa rla s, y el a rte d e pasar de u no a o tr o te m a (7), es sin o b je c ió n p o sib le, m u c h o m ás fatigoso; y q u e , fin a lm e n te , la m ás p e n o s a d e to d as es la q u e exige la c o m p a ra c ió n d e los o b je to s q u e n o n o s so n fam iliares. P o r e s to el filósofo, capaz d e seis o sie te h o ras d e p ro fu n d a m e d ita c ió n , no p o d rá , sin cansar d em asiad o la a te n ­ ción, p asar estas seis o sie te h o ras e n el ex a m e n d e un p r o c e d im ie n to judicial o e n co p ia r j fiel y c o rre c ta m e n te un m a n u scrito ; p o r esto , lo s c o m ien z o s d e c u a lq u ie r cien cia so n sie m p re ta n espin o so s. P o r ta n to , al h áb ito d e c o n s id e ra r c ie rto s o b je to s le d e ­ b em o s no sólo la facilidad co n la q u e los co m p a ra m o s, sino ta m b ié n la co m p arac ió n a c e rta d a y rá p id a q u e h ac em o s d e

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esto s o b je to s e n tre sí. E sta es la raz ó n p o r la q u e el p in to r p e rc ib e a la p rim e ra o je a d a los d e fe c to s d e d ib u jo o d e c o lo r q u e hay e n un cu a d ro , in visibles a los o jo s d e l h o m b re co m ú n ; p o r la q u e el p a s to r, a c o stu m b ra d o a o b se rv a r a sus o v ejas, d e s c u b re e n tr e ellas p a re c id o s y d iferen c ia s q u e le p e rm ite n distinguirlas; y p o r la que sólo se do m in an las m a te ­ rias ac erca d e las q u e se h a m e d ita d o d u r a n te m u c h o tie m p o . Sólo a la aplicación m ás o m e n o s c o n s ta n te co n la q u e jex am in em o s u n te m a d e b e m o s las ideas su p e rfic iale s o p ro fu n d as q u e te n e m o s so b re el m ism o. P a re c e q u e las o b ras m uy m e d ita d as y q u e han ta rd a d o e n c o m p o n e rs e so n las m ás ricas d e c o n te n id o , y q u e e n las o b ra s d e l e s p íritu , co m o en m ecánica, se g a n a e n fu erza lo q u e se p ie rd e en tie m p o

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P e ro , p ara n o a p a rta rm e d el a su n to , r e p e tiré q u e si la ate n c ió n m ás p e n o s a es la q u e se aplica a la co m p arac ió n d e o b je to s q u e n o s so n p o co fam iliares, y si esta ate n c ió n es p re c isa m e n te d e la clase q u e exige el e s tu d io d e las len g u as, to d o s los h o m b re s, p u e sto q u e so n capaces de a p re n d e r su le n g u a, e stá n d o ta d o s d e u n a fu erza y d e u n a co n tin u id a d d e a te n c ió n su ficien te s p ara ele v a rse al ran g o d e los h o m b re s ilu stres. C o m o ú ltim a p ru e b a [ d e esta v erd a d só lo nos q u e d a re c o rd a r aquí q u e el e rro r, s ie m p re ac cid en ta l, c o m o h e d ic h o ya en m i p r im e r D isc u rso , n o es in h e re n te a la n a tu ra ­ leza p a rtic u la r d e c ie rto s esp íritu s; q u e to d o s n u e s tro s ju icio s falsos son e fe c to , o d e n u e s tra s p a sio n es, o d e n u e s tra ig n o ran cia: de d o n d e se sig u e q u e to d o s los h o m b re s están d o ta d o s p o r la n a tu ra le z a d e u n e s p íritu ig u a lm e n te ju sto y q u e si se les p re se n ta n lo s m ism os o b je to s , fo rm a rían to d o s los m ism os juicios. A h o ra b ien , co m o la e x p re sió n espíritu justo, to m a d a en to d a su e x te n sió n , c o m p re n d e to d a clase de e s p íritu s, el re su lta d o d e lo q u e he d ic h o m ás arrib a es q u e to d o s los h o m b re s q u e lla m o b ien o rg an iz ad o s, h a b ie n d o n acid o con un e sp íritu ju sto , p o se e n to d o s el p o d e r físico d e elev a rse hasta las m ás altas ideas (8). j P ero , se nos rep licará, ¿ p o r q u é hay tan p o co s h o m b re s

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lH Para H elvétius, el «genio» es un azar o, en todo caso, no algo orgánicam ente determ i­ nado sino efecto de condiciones externas fortuitas. T o d o hom bre p uede tener m om entos de genio, elevarse al m ayor nivel en un arte, si se dan las determ inaciones precisas. D iderot, en la Réfutation de H elvétius, to ca este tem a en la versión opuesta. El genio tiene una base orgánica y es pensable como desviación d e la ley de reproducción, por lo cual esa m utación no queda fijada en la especie, no es hereditaria.

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ilu stres? Lo q u e su c e d e es q u e el e s tu d io es u n p e q u e ñ o su frim ie n to , y p ara v e n c e r la d e sg an a d e l e s tu d io se n ec esita, co m o ya lo h e in d icad o , e s ta r an im ad o p o r u n a p asió n . E n la p rim e ra ju v e n tu d , el m ie d o | de los castigos basta p a ra o b lig ar a los jó v e n e s a e s tu d ia r; en ca m b io , al h a c e rn o s m a y o re s rec ib im o s o tro tra to y p a ra e x p o n e rn o s a la fatiga d e u n a d ed ica ció n hay q u e se n tir el a rd o r de la p asió n , co m o , p o r e je m p lo , la de la g loria. La fu e rz a d e n u e s tra a te n c ió n es e n to n c e s p ro p o rc io n a d a a la fu e rz a de n u e s tra p asió n . F ijé ­ m o n o s e n los niños: si sus p ro g re so s en su le n g u a n atu ra l so n m e n o s d esig u ales d e los q u e h ac en en una le n g u a e x tra n ­ je ra , es p o rq u e en aq u é lla se v e n ex c ita d o s p o r unas n ec esi­ d ad es casi iguales, es decir, p o r la gula, p o r la afición al ju e g o y p o r el d e s e o d e d a r a c o n o c e r los o b je to s d e su a m o r y d e su aversión; ah o ra b ie n , unas n e c esid ad e s a p ro x i­ m a d a m e n te iguales h an d e p r o d u c ir e fe cto s a p ro x im ad a­ m e n te iguales. P o r el co n tra rio , co m o los p ro g re so s e n u n a le n g u a e x tra n je ra j d e p e n d e n del m é to d o u tiliza d o p o r los m a e stro s, del te m o r q u e in sp ira n a sus alu m n o s, y d el in te ré s q u e los p ad re s tie n e n en los e s tu d io s d e sus h ijo s, se d e s­ p re n d e q u e u n o s p ro g re so s q u e d e p e n d e n d e causas tan d ife re n te s, q u e actú an y se c o m b in a n ta n d iv e rsa m e n te , han d e se r p o r esta raz ó n m uy desig u ales. D e d o n d e co n clu y o q u e la g ra n d esig u ald ad d e e s p íritu q u e se ap re cia e n tre los h o m b re s d e p e n d e tal vez d el d e s e o d esig u al q u e tie n e n de in stru irse . P ero , se d irá, e s te d e s e o es el e fe c to d e u n a p asión. A h o ra b ien , si só lo d e b e m o s a la n a tu ra le z a la fu e rz a m ás o m e n o s g ra n d e d e n u e s tra s p asio n es, d e e s to se sigue q u e el e s p íritu ha d e c o n s id e ra rse co m o u n d o n d e la n a tu ra ­ leza. A e s te p u n to , v e rd a d e ra m e n te d elica d o y d ecisiv o , se re d u c e to d a | e sta c u e stió n . P ara re so lv e rla hay q u e c o n o c e r las p asio n es y sus e fe c to s y s o m e te r e s te te m a a u n ex am en p r o fu n d o y detallad o .

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C a p ít u l o

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De las fuerzas que actúan sobre nuestra alma

S ólo la e x p e rie n c ia p u e d e d e s c u b rirn o s cuáles so n estas fu erzas. N o s e n s e ñ a q u e la p e re z a es n a tu ra l al h o m b re , q u e la a te n c ió n le fatig a y a p e sa d u m b ra ; q u e g ra v ita j c o n tin u a m e n te hacia el re p o s o , c o m o los c u e rp o s hacia u n c e n tro ; q u e , a tra íd o c o n tin u a m e n te hacia e ste c e n tro , se m a n te n d ría firm e m e n te s u je to a él si n o fu e ra a cada m o m e n to re c h a ­ z a d o p o r d o s clases d e fu e rz a s q u e c o n tra rre s ta n en él las d e la p e re z a y la in e rc ia, y q u e le son co m u n ica d as, u n a p o r | las p asio n es fu e rte s y la o tra p o r el o d io al a b u rrim ie n to . El a b u rrim ie n to es e n el u n iv e rso u n re s o rte m ás g e n e ra l y m ás p o d e ro s o d e lo q u e u n o se im agina. D e to d o s los d o lo re s es, sin q u e n ad a p u e d a o b je ta rs e , el m e n o r; p e r o d e to d a s fo rm a s es u n d o lo r. El d e s e o d e felicidad h a rá q u e v eam o s sie m p re la au sen c ia d e p la c e r c o m o un mal. N o s o ­ tro s q u isié ra m o s q u e el in te rv a lo n e c e sa rio q u e se p a ra los p la c e re s vivos, sie m p re u n id o s a la satisfacción d e n e c e sid a ­ d es físicas, fu e ra lle n a d o p o r algunas d e estas se n sac io n es q u e so n sie m p re ag ra d ab le s c u a n d o n o so n d o lo ro sas. D e se a ­ ríam o s, p u es, p o r m e d io de im p re sio n e s sie m p re n u ev as, se r en ca d a m o m e n to a d v e rtid o s d e n u e s tra ex iste n cia , p o r q u e cad a u n a d e estas a d v e rte n c ia s es p ara n o s o tro s un p lacer. H e ahí p o r q u é el salvaje, en c u a n to ha sa tisfec h o sus n e c e ­ sid ad es, c o rre j a orillas d e u n a rro y o d o n d e la rá p id a sucesió n d e las aguas q u e se e m p u ja n in c e s a n te m e n te p ro v o c a e n él n u ev as im p re sio n e s. E ste es el m o tiv o p o r el cual p r e f e r i­ m o s v e r o b je to s e n m o v im ie n to e n lugar d e o b je to s en re p o so . Y a lo dice el p ro v e rb io , el fuego hace compañía; es d ec ir, nos a rran c a del te d io l9.

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19 Esta teoría está m uy generalizada en el siglo X V III. C onviene verla proyectada a la hobbesíana. Para H o b b es, la necesidad d e la sucesión de sensaciones es entendida como «efecto necesario» en un lugar d e la naturaleza, com o es el organism o vivo, por la interacción constante d e los seres. El ser vivo sufre necesariam ente sensaciones d e placer o dolor mientras vive. La m uerte q u iere decir p érd id a d e la capacidad d e ser afectado, disolución d e la sensibili­ dad. H elvétius, en cambio, en tien d e esa «necesidad» com o efecto d e una carencia, com o si fuera posible un m om ento d e insensibilidad. Filosóficam ente es más coherente la versión hobbesíana. P ero la d e H elvétius tiene su sentido p o rq u e, en el fondo, más que afirm ar la posibilidad de momentos sin sensaciones, quiere decir m om entos en que las sensaciones, por ser más suaves, m onótonas, hom ogéneas, describen una situación d e gran equilibrio, d e «re­ poso». D e todas formas es in teresan te destacar que si en H o b b es sé respeta siem pre la casualidad eficiente, en H elvétius q ueda arropada p o r cierto finaiismo disimulado. ¿Q ué quiere

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Es esta n ec esid ad q u e te n e m o s d e q u e algo n o s afe cte , y la e sp ec ie d e in q u ie tu d q u e nos p ro d u c e e n el alm a la a u se n ­ cia d e im p re sio n e s, lo q u e e n b u e n a p a r te c o n s titu y e el p rin c ip io d e la in c o n sta n cia y d e la p e rfe c tib ilid a d d el esp í­ ritu h u m a n o , y lo q u e , fo rz á n d o lo a ag itarse e n to d o s los se n tid o s, le lleva, al cabo d e u n a in fin id a d de siglos, a in v e n ­ ta r y p e rfe c c io n a r las a rte s y las ciencias y, fin a lm e n te , a la d ec ad e n cia d el g u sto (10). | En e fe c to , si las im p re sio n e s so n ta n to m ás ag rad ab les c u a n to m ás vivas so n , y si la d u ra c ió n d e u n a m ism a im p re ­ sió n e m b o ta su vivacidad, h e m o s d e se r ávid o s d e aq u ellas im p re sio n e s q u e p ro d u c e n e n n u e s tra alm a el p la c e r d e la so rp re sa. Los artistas q u e d e s e a n g u sta rn o s y e x c ita r e n n o so ­ tro s e sta clase d e im p re sio n e s d e b e n , d e s p u é s d e ag o ta r en p a rte to d a s las c o m b in a c io n e s d e lo b ello , su stitu irlo p o r lo o rig in al, q u e | p re fe rim o s a lo b ello p o r q u e p ro v o c a e n n o s o ­ tro s u n a im p re sió n m ás n u e v a y, p o r c o n s ig u ie n te , m ás viva. E sta es, e n las n ac io n e s civilizadas, la cau sa d e la d e c a d e n c ia d el g u sto . P ara c o n o c e r aú n m e jo r la in flu e n cia q u e p u e d e n e je r c e r e n n o so tro s el o d io al a b u rrim ie n to y cuál es, a v eces, la actividad de e s te p rin c ip io (1 1 ), la n c e m o s s o b re el j h o m b re u n a m ira d a o b se rv a d o ra y v e re m o s q u e es el m ie d o al te d io lo q u e nos im p u lsa a a c tu a r y a p e n s a r a la m a y o ría d e n o so tro s; q u e p a ra h u ir del a b u rrim ie n to , los h o m b re s , au n a riesg o d e re c ib ir im p re sio n e s d e m a sia d o fu e rte s y, p o r co n si­ g u ie n te , d esag rad a b les, bu scan co n afán to d o lo q u e p u e d e afectarles fu e rte m e n te ; q u e e s te d e s e o h ace j al p u e b lo ac u ­ d ir a la plaza d e la G ré v e 20 y a la g e n te d istin g u id a al te a tro ; q u e p o r e ste m ism o m o tiv o las ancianas bu scan re m e d io p ara su te d io e n u n a d e v o c ió n tr is te e in c lu so e n los e je rc ic io s a u s te ro s d e la p e n ite n c ia : p o r q u e D io s, q u e p ro c u ra p o r to d o s los m e d io s h a c e r q u e el p e c a d o r vu elv a a él, e m p le a a veces el del a b u rrim ie n to . P e ro es p rin c ip a lm e n te e n las épocas en q u e las g ra n d e s

decir que se huye del aburrim iento? En H obbes esta pasión no tiene, en rigor, sentido. H elvétius puede decir q u e «por aburrim iento», los hom bres buscan unas nuevas sensaciones; H obbes diría que nada se hace sin necesidad y q u e el aburrim iento, e n tendido com o equilibrio-reposo, es el objetivo d e la naturaleza. La diferencia está en q u e para H obbes placer es todo aquello que aum enta el poder, la potencia d e ser, la seguridad de vivir, m ientras que para H elvétius, el hom bre desea el placer incluso más que la vida, aunque todo lo que prolongue la vida da placer. 20 Plaza d e la ciudad de París d o nde solían efectuarse las ejecuciones públicas.

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p asio n es so n re p rim id a s, ya p o r las c o s tu m b re s, ya p o r la fo rm a d e g o b ie rn o , c u a n d o el a b u rrim ie n to ju e g a u n g ra n p ap el: se c o n v ie rte e n to n c e s e n el m óvil universal. En las c o rte s, a lre d e d o r del tro n o , el m ie d o al a b u rri­ m ie n to , ju n to a u n a d é b il a m b ic ió n , h ac e de los c o rte sa n o s o cio so s u n o s p e q u e ñ o s am b icio so s, e s tim u lá n d o le s a c o n c e b ir p e q u e ñ o s | d eseo s, h a c e r p e q u e ñ a s in trig a s, p e q u e ñ a s cam arilias, p e q u e ñ o s c rím e n e s p ara o b te n e r p e q u e ñ o s carg o s p r o ­ p o rc io n a d o s a la p e q u e ñ e z d e sus p asio n es: p ro d u c e S ejan o s p e r o n u n ca O ctav io s. Si, p o r u n lado, es su ficien te p a ra alcan zar u n a p o sic ió n en la q u e r e a lm e n te se g o za d e l p riv i­ leg io d e ser in so le n te , lo c ie rto es q u e se b usca e n v an o u n a p ro te c c ió n c o n tra el te d io . E stas son, yo diría, las fu erza s activas y las fu erzas pasivas q u e ac tú a n so b re n u e s tra alm a. P ara o b e d e c e r a estas d o s fu erzas co n tra rias d e s e a m o s en g e n e ra l se r afe cta d o s sin p re o c u p a rn o s d e a fe c ta rn o s a n o so tro s m ism o s; p o r e s ta r a ­ zón q u e rría m o s sa b e rlo to d o , sin p re o c u p a rn o s en a p re n d e r; p o r e s to los h o m b re s, m ás d ó ciles a la o p in ió n q u e a la raz ó n , la cual nos im p o n d ría en to d o s los casos la fatiga d el | ex a m e n , a c e p ta n in d ife re n te s , al e n tra r e n el m u n d o , to d a s las ideas v e rd a d e ra s o falsas q u e les p re s e n ta n ( 12); y p o r esto , fin alm en te, ¡ llevado p o r el flu jo y re flu jo d e los p re ju icios, ta n p r o n to hacia la sa b id u ría co m o hacia la lo c u ra , raz o ­ n ab le o loco al az ar | el esclav o d e la o p in ió n es s ie m p re in se n sa to a los o jo s d e l sabio, ta n to si s o stie n e u n a v e rd a d co m o si p ro p o n e j u n e rro r. Es u n cieg o q u e ad iv in a p o r casu alid ad el c o lo r q u e se le m u e stra. | V e m o s, p u e s , q u e so n las p asio n es y el o d io al a b u rrím ie n to los q u e c o m u n ica n al alm a su m o v im ie n to , la a rra n ­ can a la te n d e n c ia ! n atu ra l q u e tie n e hacia el re p o s o y le h acen su p e ra r esta fu e rz a d e la in e rc ia a la q u e e stá sie m p re d isp u e sta a ce d er. | P o r c ie rta q u e p a re z c a e s ta p ro p o sic ió n , p u e s to q u e e n m o ral co m o en física hay q u e fu n d a r sie m p re so b re h e c h o s las o p in io n e s, voy e n lo s c a p ítu lo s sig u ie n te s a p ro b a r, m e d ia n te e je m p lo s, q u e só lo las p a s io n e s fu e rte s e m p u ja n a e je c u ta r estas accio n es v alien tes j y a co n c e b ir estas g ra n d e s id eas q u e so n el a so m b ro y la ad m ira c ió n d e to d o s los tie m p o s.

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C a p ít u l o VI

Del poder de las pasiones

Las p asio n es son p ara la m o ral lo q u e el m o v im ie n to p ara la física, é s te crea, d e s tru y e , co n serv a, lo anim a to d o , y sin él todo está m u e rto ; aquéllas tam bién vivifican el m u n d o m o­

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ral. Es la avaricia la q u e g u ía las naves a trav é s d e los d e s ie rto s d el O cé an o ; el o rg u llo , el q u e llen a los valles, allana las m o n ta ñ as, se a b re cam ino a trav és d e las ro cas, elev a las p irám id es d e M e n fis, a b re el lago d e M o e ris y le v an ta el co lo so d e R odas. El a m o r afiló, se d ic e , el lápiz d el p rim e r d ib u ja n te . En un país en d o n d e la re v e la c ió n aú n n o h ab ía p e n e tra d o , fu e ta m b ié n el a m o r el q u e , p a ra co n so ­ lar el dolor de una viuda afligida p o r la m u e rte d e su joven es­ p o so , le d e sc u b rió el sistem a d e la in m o rta lid a d d el alm a. Es el e n tu sia sm o del ag ra d e c im ie n to lo q u e e le v ó al ra n g o d e los dioses a los b ie n h e c h o re s d e la h u m a n id a d , lo q u e in ­ v e n tó ta m b ié n las falsas relig io n es y las su p e rstic io n e s, las cu ales no to d a s han to m a d o su p u n to d e p a rtid a e n p asio n es tan n o b le s co m o el a m o r y el a g ra d ecim ie n to . A las p asio n es fu e rte s d e b e m o s la in v e n ció n y las m arav i­ llas d e las artes: d e b e n , p u es, se r co n sid e ra d a s c o m o la se m i­ lla p ro d u c to ra d e l e s p íritu y el p o d e ro s o r e s o r te q u e llev a a los h o m b re s a las g ra n d e s acciones. P e ro an tes d e seg u ir a d e la n te h e d e p re c isa r la id e a q u e p ara m í c o rre s p o n d e a la p alab ra j pasión fuerte. Si la m a y o ría de h o m b re s h ab lan sin e n te n d e rs e , ello es d e b id o a la o sc u rid a d de las p alab ras; a esta causa (13) p o d e m o s a trib u ir la p ro lo n g a c ió n d el m ilag ro d e la to r re de B abel. E n tie n d o p o r pasión fuerte una p asió n cuyo o b je to es tan | n ec e sa rio p ara n u e s tra felicid ad , q u e la v id a nos re s u lta in so ­ p o rta b le sin su p o se sió n . E sta es la id e a q u e O rn a r 21 te n ía d e las p asio n es c u a n d o decía: « Q u ie n q u ie ra q u e tú seas, am a n te d e la lib e rta d , si q u ie re s s e r ric o sin fo rtu n a , p o d e ro s o sin sú b d ito s, sú b d ito sin d u e ñ o , a tré v e te a d e s p re c ia r a | la m u e rte : los rey e s te m b la rá n a n te ti; so lo tú n o te m e rá s a n ad ie» . S ólo las p asio n es llevadas a e s te g ra d o d e fu e rz a p u e d e n

21 Se refiere a O rnar (581-644), prim o d e M ahom a, califa, filósofo y conquistador.

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e je c u ta r las m ás g ra n d e s ac cio n es y d esafiar los p e lig ro s, el d o lo r, la m u e rte y el m ism ísim o cielo. D ice arco , g e n e ra l d e F ilip o , le v an ta en p re s e n c ia d e su e jé rc ito dos altares, u n o a la im p ied a d y el o tr o a la in ju s ti­ cia, h ac e sacrificios y m a rc h a c o n tra las C icladas 22. U n o s días a n te s d el a se sin a to d e C é sar, el a m o r co n y u g al, u n id o a la p asió n d e un n o b le o rg u llo , im p u lsa a P o rcia 23 a a b rirse el m u slo y a m o s tra r la h e rid a a su m a rid o d ic ien d o : « B ru to , tú m a q u in as algo y m e esc o n d e s u n g ra n p ro y e c to . H a s ta el m o m e n to n o te h e h e c h o n in g u n a p r e g u n ta in d is­ cre ta; n o o b sta n te , yo sabía q u e | n u e s tro sexo, d éb il p o r sí m ism o , se fortificab a m e d ia n te la rela ció n co n h o m b re s sa­ b io s y v irtu o so s. Soy h ija d e C a tó n y e sp o sa d e B ru to : p e ro m i a m o r tím id o m e ha h e c h o d e sc o n fia r d e m i d eb ilid a d . T ú v es la p ru e b a d e mi valor: juzga si soy d ig n a d e tu s e c re to a h o ra q u e h e h e c h o la p ru e b a d el d o lo r» . S ó lo la p asió n del h o n o r y el fan a tism o filo só fico p o d ía n im p u lsar a la p ita g ó rica T im ic h a , e n m e d io d e l to rm e n to , a c o rta rs e la len g u a co n los d ie n te s p ara n o e x p o n e rs e a r e ­ v elar los se c re to s d e su secta. C u a n d o C a tó n , to d a v ía jo v e n , su b e al p alacio d e Sila a c o m p a ñ a d o p o r su p re c e p to r y ve las cabezas san g rie n ta s d e lo s p ro sc rito s, p r e g u n ta el n o m b re del m o n s tru o q u e h ab ía j asesin a d o a ta n to s ro m an o s: «Es Sila, le d icen . ¡C óm o ! ¿Sila los ha asesin a d o y to d a v ía vive?». El solo n o m b re d e Sila, le rep lican , d esarm a el b raz o d e n u e s tro s ciu d ad a n o s. « ¡O h R o m a, exclam a e n to n c e s C a tó n , q u é triste es tu d e s tin o si d e n tro d e l re c in to d e tu s m u rallas n o e n c ie rras ni a un solo h o m b re v irtu o so y si c o n tra la tiran ía sólo p u e d e s a rm a r el b raz o d e un débil n iñ o !» . D ic h o e s to , se volv ió a su p re c e p ­ to r: « ¡D a m e , le d ijo , tu esp ad a; la e s c o n d e ré d e b a jo d e mi

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22 D icearco (347-285 a C .) fue historiador, geógrafo y filósofo griego. A utor de Corintiacos y Lesbiacos. Filipo (382-336 a. C.), rey d e M acedonia. Som etió sucesivam ente m ediante con­ quista o alianza todos los Estados griegos. Fue asesinado cuando preparaba una expedición contra los persas. Cicladas: archipiélago del mar Egeo en form a de círculo en torno a Délos. Las Cicladas, en unión con algunas ciudades griegas de la costa, constituyeron una federación religioso-política p erteneciente a la simaquia ateniense. A la caída de aquel sistema entraron a form ar parte de los dom inios m acedonios, egipcios y rom anos sucesivam ente. 23 Porcia (1 a. C). H ija d e C atón d e Utica, estoica y republicana, fue m ujer de M arco Junio Bruto. Adivinó los proyectos d e B ru to resp ecto a la conjuración contra César. Al ser César asesinado, el pueblo, instigado p o r M arco A ntonio, se sublevó contra los conjurados que tuvieron que abandonar R om a y dirigirse a G recia. B ruto y Casio, al m ando de los republica­ nos, fueron derrotados en Filipos (43 a. C.) p o r Octavio y M arco A ntonio. Al verse vencido, B ruto se suicidó dejándose caer sobre su espada. Porcia tam bién se dio m uerte después del desastre de Filipo.

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ro p a, m e ac ercaré a Sila y le m a taré. C a tó n vive. R o m a sigue sie n d o lib re !» (14). | ¿En q u é países n o ha e je c u ta d o e s te a m o r v irtu o s o p o r la p a tria accio n es h eroicas? En la C h in a, u n e m p e ra d o r p e r ­ se g u id o p o r las arm as v ic to rio sas d e un c iu d a d a n o q u ie re u tilizar el re s p e to relig io so q u e e n e s te país tie n e u n h ijo p o r las ó rd e n e s d e su m a d re , p ara o b lig a r a e s te ciu d a d a n o a d e p o n e r las arm as. E n v ia d o an te esta m a d re , un oficial d el e m p e ra d o r, p u ñ al e n m a n o , le d ic e q u e n o tie n e o tr a e le c ­ ció n q u e m o rir u o b e d e c e r. « ¿ C re e acaso tu d u e ñ o , le conte sta ella | co n una sonrisa am arga, q u e d e s c o n o z c o el c o n v e ­ n io tá cito p e ro sa g ra d o e x iste n te e n tre los p u e b lo s y sus so b e ra n o s, en v irtu d d e l cual los p u e b lo s se c o m p ro m e te n a o b e d e c e r y los rey e s a h ac erlo s felices? El ha sido el p rim e ro en v io la r e s te co n v e n io . ¡C o b a rd e e je c u to r d e las ó rd e n e s d e un tira n o , a p re n d e d e u n a m u je r lo q u e en e sto s casos se d e b e a la p a tria 24! D ic h o e sto , a rra n c a n d o el p u ñ a l d e m an o s del oficial, se lo clava y le dice: «E sclavo, si aú n te q u e d a alg u n a v irtu d , lleva a m i h ijo e s te p u ñ al e n s a n g re n ta d o , dile q u e v e n g u e a su nación, q u e ca stig u e al tira n o . Y a n o tie n e nada q u e te m e r p o r m í, n ad a q u e pactar: a h o ra es lib re d e se r v irtu o so » (15). | Si el n o b le o rg u llo , la p asió n del p a trio tis m o y d e la g lo ria d e te rm in a n a los c iu d a d a n o s a ac cio n es tan J v alien tes, ¿q u é firm eza y q u é fu e rz a n o in sp ira rá n las p asio n es a q u ienes q u ie re n ilu s tra rse | en las ciencias y e n las a rte s, a los q u e C ice ró n llam a héroes tranquilos? Es el d e s e o d e la g lo ria el q u e en la cim a h e la d a d e las m o n ta ñ a s, en m e d io d e las nieves y d el h ie lo inclina los a n te o jo s del a s tró n o m o ; el q u e , p ara re c o le c ta r p la n tas, lleva al b o tá n ic o al b o rd e d e los precipicios; el q u e a n tig u a m e n te guiab a a los jó v e n es am an tes de las ciencias a E g ip to , a E tio p ía e in c lu so h asta las Indias

24 Lucio C ornelio Sila (138-78 a. C.)> político rom ano que im plantó, m ediante grandes reformas jurídicas e institucionales y medidas dictatoriales, una verdadera m onarquía dentro del marco republicano creando el Im perio por prim era vez. H elvétius, p robablem ente, se refiere aquí a los acontecim ientos de otoño 82-junio 81 en los que Sila elim inó la oposición ju n to con unos 3.000 caballeros y hom bres ricos cuyos bienes pudo así confiscar. M arco Porcio C atón d e U tica (95-46 a. C ), a su regreso de M acedonia fue nom brado cuestor y com o tal obligó a los antiguos agentes de Sila a restituir las riquezas que habían atesorado indebidam ente (65 a. C ). Catón fue un vigoroso defensor de la libertad y uno de los adeptos más im portantes del estoicismo. Señalemos también el éxito d e la tragedia Catón de Utica d e Joseph Addison, en 1713, en torno a este personaje. D esde el p u n to d e vista literario, Catón p ro d u jo una ruptura con la tradición del teatro inglés, inspirándose en la tragedia clásica francesa.

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p ara v e r a los filó so fo s m ás c é le b re s y d e s c u b rir e n su c o n ­ v ersa ció n los p rin c ip io s d e su d o ctrin a. ¡Q u é d o m in io n o te n ía e s ta p asió n so b re D e m ó s te n e s , el cual, p ara p e rfe c c io n a r su p ro n u n c ia c ió n , se p o n ía a orillas d el m a r y, co n la b o ca llen a d e g u ija rro s, a re n g a b a cada d ía al m a r en c ab rita d o ! E ste m ism o d e s e o d e la glo ria, j p ara h a c e r c o n tra e r a los jó v e n e s p ita g ó rico s el h á b ito d e la c o n c e n tra ­ ció n , les im p o n ía un silen cio d e tre s años; p ara su s tra e r a D e m ó c rito (16) a las d istra c c io n e s del m u n d o , le e n c e rra b a en u n a tu m b a para allí b u sc ar estas v e rd a d e s precisas cuyo d e s c u b rim ie n to , s ie m p re tan difícil, es sie m p re ta n p o c o e s­ tim ad o p o r lo s h o m b re s; p o r e s ta g lo ria , p ara d a rse p o r e n te r o a la filosofía, H e rá c lito se d e c id e a c e d e r a su h e r ­ m a n o m e n o r el tro n o d e E feso (17) q u e le c o rre sp o n d ía | p o r d e re c h o de p rim o g e n itu ra ; p a ra c o n se rv a r to d a su fu erza, el atleta se p riv a d e los p la c e re s d el am or. El m ism o d e s e o d e g lo ria o b lig ab a a c ie rto s sa c e rd o te s d e los an tig u o s, co n la e sp e ra n z a d e ser m ás c o n s id e ra d o s , a re n u n c ia r a esto s m is­ m o s p la c e re s sin q u e su c o n tin e n c ia tu v ie ra o tra re c o m p e n sa , co m o d ec ía g ra c io sa m e n te B o in d in 25, q u e la e te r n a te n ta c ió n q u e p ro cu ra. H e m o stra d o q u e casi to d o s lo s o b je to s d e n u e s tra ad m i­ ració n e n esta tie rra los d e b e m o s a las p asio n es, las cu ales n o s h acen a rro s tra r los p e lig ro s, el d o lo r, la m u e rte y nos llevan a las re so lu c io n e s m ás audaces. A co n tin u a c ió n voy a p r o b a r q u e | en las o ca sio n e s d elicadas sólo ellas, a c u d ie n d o e n ayu d a de los g ra n d e s h o m b re s, p u e d e n in sp ira rles a d e c ir o h a c e r lo m e jo r. R e c o rd e m o s, a p r o p ó s ito d e e sto , la c é le b re y b re v e are n g a d e A níbal a sus so ld a d o s el día d e la batalla d el T e sin o y c o m p re n d e re m o s q u e sólo su o d io p o r los ro m a n o s y su p asió n p o r la g lo ria p o d ía n in sp irarla: « C o m p a ñ e ro s, les d ijo , el cielo m e an u n c ia la v ic to ria. S on los ro m a n o s q u ie n e s han de te m b la r, n o v o so tro s. E chad u n a o je a d a al ca m p o d e batalla: no hay re tira d a p o sib le para los c o b a rd e s; to d o s m o ­ rire m o s si som os v en cid o s. ¿ Q u é m e jo r g a ra n tía del triu n fo ? ¿ Q u é signo m ás claro d e la p r o te c c ió n d e los d io ses? E llos no s h an co lo ca d o e n tr e la v ic to ria y la m u e rte » .

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25 Nicolás B oindin (1676-1751), eru d ito francés, autor d e algunas com edias (Los tres gasco­ nes. el Baile de A u teil. El puerto) y tam bién d e Cartas Históricas sobre todos los Espectáculos de París (1719), discursos Sobre las Tribus Romanas, Sobre la Forma del Teatro Antiguo, Sobre las Máscaras.

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| ¿ Q u ié n p o d ría d u d a r de q u e estas m ism as p asio n es an im ab a n a Sila cu a n d o , h a b ié n d o le p e d id o C raso u n a esco lta p ara ir a h a c e r n u ev o s e n ro la m ie n to s e n el país d e los m arsos 26, Sila le c o n te stó : «Si te m e s a tu s e n e m ig o s, te d aré e sco lta a tu p a d re , tu s h e rm a n o s, tu s p a rie n te s , tu s am igos, los cuales, m u e rto s p o r tu s tira n o s, clam an v en g a n za y la e s p e ra n d e ti.» C u a n d o los m a c e d o n io s, cansados d e la g u e rra , ru eg a n a A le ja n d ro q u e los licencie, el o rg u llo y el a m o r a la g lo ria d ic tan a e s te h é ro e esta o rg u llo sa re sp u e sta : « Id o s, in g rato s; h u id , co b a rd es; yo s o m e te ré el u n iv e rso sin v o so tro s. A le­ ja n d ro e n c o n tra rá s ú b d ito s y so ld a d o s p o r d o n d e q u ie ra q u e haya h o m b res.» S e m e ja n te s d isc u rso s so n sie m p re j p ro n u n c ia d o s p o r g e n te ap asionada. In c lu so el e s p íritu , en situ ac io n es co m o éstas, n o p u e d e n u n ca s u stitu ir al se n tim ie n to . Se ig n o ra sie m p re la le n g u a d e las p a sio n e s q u e n o se sie n te n . P o r lo dem ás, n o es só lo e n el a rte d e la elo c u e n c ia , sino e n c u a lq u ie r o tr o g é n e ro , d o n d e las p asio n es d e b e n se r c o n ­ sid e ra d as co m o el g e rm e n p ro d u c tiv o del e s p íritu ; so n ellas las q u e , a lim e n ta n d o u n a c o n tin u a fe rm e n ta c ió n e n n u estra s id eas, fe c u n d a n e n n o s o tro s estas m ism as ideas, las cu ales, e s té rile s e n las alm as frías, se rían c o m o la sem illa ec h a d a s o b re u n a p ie d ra . Las p asio n es, al h a c e r fija r f u e rte m e n te n u e s tra a te n c ió n s o b re el o b je to de n u e s tro s d e s e o s, n o s lo h acen c o n s id e ra r b ajo asp ecto s d e sc o n o c id o s p ara los o tro s h o m b re s, y, p o r co n sig u ie n te , h acen c o n c e b ir y e je c u ta r a los h é ro e s estas atrev id as em p re sas q u e, h asta | q u e el é x ito n o las co ro n a , p a re c e n locas, y así p a re c e n n e c e s a ria m e n te a la m u c h e d u m ­ bre. H e ahí p o r q u é , d ijo el c a rd e n a l R ic h e lie u 27, el alm a d éb il e n c u e n tra im p o sib le el p ro y e c to m ás sim p le, m ie n tra s q u e el m ás g ra n d e p a re c e fácil al alm a fu e rte : d e la n te d e é sta

26 Los marsos eran un p u eblo d el n o rte de Italia en revuelta contra Roma. Ju n to con los samnitas, prom ovieron una dura g u erra contra R om a en to rn o al 90 a. C. M arco Licinio Craso (115-53 a. C .) fue un político rom ano que logró acum ular enorm es riquezas, hasta el p u n to d e q u e «craso» es sinónim o de «rico». 27 Armand-Jean du Plessis d e Richelieu (1585-1642). Cardenal, ministro d e Luis X III. Fue el verdadero creador del absolutism o real y su política la encam inó hacia tres objetivos principales: reducir la fuerza del protestantism o, dom inar la nobleza y abatir el poderío de la casa de Austria. Realizó im portantes reformas en las finanzas, el ejército, la legislación y fundó la A cademia francesa.

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las m o n ta ñ a s e m p e q u e ñ e c e n , m ie n tra s q u e , a los o jo s d e aq u é lla , unas lom as se m e ta m o rfo se a n e n m o n tañ as. E n e fe c to , sólo las p a sio n e s fu e rte s , m ás escla re cid as q u e el se n tid o c o m ú n , p u e d e n e n s e ñ a rn o s a d istin g u ir lo e x tra o r­ d in a rio d e lo im p o sib le , lo q u e las g e n te s sen satas c o n fu n d e n casi sie m p re p o rq u e , al n o e sta r anim adas d e fu e rte s p asio ­ nes, estas g e n te s sen satas so n sie m p re h o m b re s m e d io cres. P ro p o sició n q u e voy a p ro b a r, p a ra p o n e r d e re lie v e | to d a la su p e rio rid a d del h o m b r e ap a sio n a d o so b re los o tro s h o m b re s y m o s tra r c ó m o só lo las g ra n d e s p asio n es p u e d e n e n g e n d ra r a los g ra n d e s h o m b res.

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C a p í t u l o V II

De la superioridad de espíritu de las gentes apasionadas sobre las gentes sensatas

\ Si an tes d el éx ito lo s g ra n d e s g en io s d e to d a clase son casi sie m p re tra ta d o s d e lo c o s p o r las g e n te s se n satas, es p o r q u e estas ú ltim as, | in c ap a ce s d e n ad a g ra n d e , n o p u e d e n ni siq u iera so sp e ch a r la e x iste n c ia d e los m e d io s d e los q u e se sirv en los g ra n d e s h o m b re s p a ra realizar las g ra n d e s cosas. P o r esto , d ic h o s g ra n d e s h o m b re s p ro v o c a n sie m p re la risa h asta q u e log ran ca u sa r ad m iració n . C u a n d o P a rm e n ió n , in stad o p o r A le ja n d ro a p ro n u n c ia rs e s o b re los o fre c im ie n to s d e paz q u e hacía D a río , le dijo: Yo los aceptaría si fuera Alejandro; ¿q u é d u d a ca b e d e q u e an tes d e q u e la v icto ria h u b ie ra ju stifica d o la a p a re n te te m e rid a d del p rín c ip e , la o p in ió n d e P a rm e n ió n d eb ía p a re c e r m ás se n sa ta a los m aced o n io s q u e la re s p u e s ta d e A le ja n d ro : y yo también, si fuera Parmenión? U n a es la o p in ió n de u n h o m b re c o r rie n te y se n sato , y la o tra la d e u n h o m b re e x tra o rd in a rio . A h o ra b ien , hay m ás h o m b re s d e la p rim e ra clase q u e d e la se­ g u n d a. Es p u e s e v id e n te , | q u e si el h ijo d e F ilipo, p o r sus g ra n d e s acciones, n o se h u b ie ra ya g an a d o el re s p e to d e los m a c e d o n io s, y n o los h u b ie ra ya a c o stu m b ra d o a em p re sas e x tra o rd in a ria s, su re s p u e s ta les h u b ie ra p a re c id o a b so lu ta ­ m e n te ridicula. N in g u n o d e e llo s h u b ie ra b u sc ad o el m o tiv o , 321

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ni en el se n tim ie n to in te rio r q u e e s te h é ro e d eb ía te n e r d e la su p e rio rid a d d e su valor, su in telig en cia y d e la v en taja q u e estas d o s cu alid ad es le d a b a n s o b re u n o s p u e b lo s afe m i­ n ad o s y blan d o s co m o los p ersa s, ni e n el c o n o c im ie n to q u e él te n ía del c a rácter d e los m a c e d o n io s y d e su d o m in io s o b re su e sp íritu y, p o r c o n sig u ie n te , d e la facilidad co n la cual él p o d ía , con sus g e sto s, sus d isc u rso s y sus m irad as, co m unicarles la audacia q u e le anim aba. Y , n o o b sta n te , fu e ro n esto s d iv e rso s m o tiv o s, u n id o s a la sed a rd ie n te d e | g lo ria q u e le e m p u ja b a a c o n s id e ra r co n ra z ó n la v ic to ria m u c h o m ás se g u ra d e lo q u e le p are cía a P a rm e n ió n , los q u e le in sp ira ro n u n a r e s p u e s ta m ás elevada. C u a n d o T a m e rlá n 28 p la n tó su b a n d e ra al p ie d e las m u ra ­ llas d e E sm irna, c o n tra las q u e ac ab ab an d e fracasar las fu e r­ zas del im p e rio o to m a n o , c o m p re n d ía la d ificu ltad d e su e m p re sa ; c o n o c ía b ie n q u e atac ab a u n a p la za q u e la E u ro p a cristian a p o d ía c o n tin u a m e n te avituallar; p e r o la p asió n d e la g lo ria q u e le lanzaba a esta e m p re sa le p ro p o rc io n ó los m e d io s p a ra e je c u ta rla . R e lle n a el fo n d o d e las aguas, o p o n e u n d iq u e al m a r y a las flotas e u ro p e a s, e n a rb o la sus e s ta n ­ d a rte s v ic to rio so s s o b re las b re c h a s de E sm irn a y d e m u e s tra al m u n d o a so m b ra d o q u e i n ad a es im p o sib le p ara los g ra n ­ d es h o m b re s (18). C u a n d o L icurgo 29 q u iso h a c e r d e la L ac ed e m o n ia u n a rep ú b lica de h éro e s, n o se le vio seg u ir la m arch a lenta, y d esd e en to n c e s incierta, d e lo q u e se llam a p ru d en c ia, y p ro c e d e r p o r m e d io d e cam b io s im p e rc e p tib le s, j E ste g ran h o m b re , exaltad o p o r la p a sió n d e la v irtu d , c o m p re n d ió q u e m e d ia n te arengas o su p u e sto s o rác u lo s p o d ía in sp ira r a sus co n c iu d a d an o s los se n tim ie n to s q u e a él le in flam ab an ; y q u e , ap ro v e c h a n d o el p r im e r m o m e n to d e fe rv o r, p o d ría ca m b ia r la c o n s titu c ió n d el g o b ie rn o y h a c e r e n las c o s tu m ­ b res de e ste p u e b lo u n a re v o lu c ió n sú b ita q u e , p o r los cam i­ no s o rd in a rio s de la p ru d e n c ia , n o h u b ie ra p o d id o e fe c tu a r m ás q u e a lo larg o d e m u c h o s años. C o m p re n d ió q u e las p a sio n e s son p are cid a s a los v o lc an e s, cuya sú b ita e ru p c ió n cam b ia d e g o lp e el le c h o d e u n río q u e u n a rte n o p o d ría

2KTamerlán, o Timur-Lenk (1336-1405), fue fundador del segundo im perio mongol que se extendía desde la India hasta el Asia M enor y Egipto. Tim ur term inó su conquista del Asia M enor destruyendo la guarnición d e los hospitalarios en Esmirna (1402), en la costa del mar Egeo. 29 Licurgo fue un célebre legislador espartano, siglo IX a. C., a quien se atribuye toda la constitución política de Esparta.

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ca m b ia r sin a b rirle u n n u e v o le c h o y, p o r co n sig u ie n te , co n tie m p o y o b ras in m en sas. E s así, c o m o lo g ró el é x ito e n u n p ro y e c to , tal vez el m ás a tre v id o q u e haya sido jam ás [con­ c e b id o ; y en cuya e je c u c ió n fracasaría c u a lq u ie r h o m b re se n ­ sa to q u e , n o d e b ie n d o e s te títu lo d e se n sa to m ás q u e a su in cap acidad de ser m o v id o p o r p a s io n e s fu e rte s , ig n o ra sie m ­ p r e el a rte de inspirarlas. Estas p asio n es, co n fre c u e n c ia m a n eja d as p o r q u ie n e s las h an v isto co m o m e d io s d e e n c e n d e r el fu e g o d e l e n tu sia s­ m o , han sid o co n sid e ra d a s p o r la g e n te sensata, d e s c o n o c e ­ d o ra a este re sp e c to d e l c o ra z ó n h u m a n o , co m o p u e rile s y rid icu las an tes d e q u e lo g ra ra n el éxito. T al es el m e d io d el q u e se sirvió P e ric le s 30 q u ie n , cu a n d o se d irig ía c o n tra el e n e m ig o , q u e r ie n d o tra n s fo rm a r a sus so ld a d o s en o tro s ta n ­ to s h é ro e s, h izo e s c o n d e r e n u n b o sq u e o sc u ro , m o n ta d o en u n c a rro en g a n c h a d o a c u a tro caballos blancos, a u n h o m b re e x tra o rd in a ria m e n te alto , el cual, c u b ie rto con u n rico m a n to , los p ie s calzados c o n { b o rc e g u íe s b rilla n te s, la ca b eza ad o rn ad a co n u n a c a b e lle ra d e s lu m b ra n te , ap a re c ió d e r e p e n te a n te el e jé r c ito y, p a sa n d o rá p id a m e n te p o r d e la n te suyo, g ritó al g en e ral: Pericles, yo te prometo la victoria. E ste es el m e d io q u e e m p le ó E p a m in o n d a s 31 p a ra ex citar el v alo r d e los te b a n o s c u a n d o h izo ro b a r d e n o c h e las arm as colgadas en un te m p lo y c o n v e n c ió a sus so ld a d o s d e q u e los d io se s p ro te c to r e s d e T e b a s las h ab ían co g id o p a ra a rm a rse y lu c h a r al d ía sig u ie n te c o n tra sus en e m ig o s. T al es, fin a lm e n te , la o r d e n q u e Z isk a d ic ta en su le ch o d e m u e rte cu a n d o , a n im a d o aú n p o r el o d io m ás v io le n to c o n tra los cató lico s q u é lo h ab ían p e rs e g u id o , o rd e n a a sus p a rtid a rio s q u e le d e s u e lle n in m e d ia ta m e n te d e s p u é s d e su m u e rte y q u e hagan u n ta m b o r co n su p ie l, p ro m e tié n d o le s la v icto ria | sie m p re q u e m a rc h e n c o n tra los católicos al so n d e e s te ta m b o r. P ro m e s a q u e fu e sie m p re ju stifica d a p o r el éx ito . V e m o s q u e los m e d io s m ás d ecisiv o s, los m ás a d e cu a d o s

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30 Pericles (499-429), estratega ateniense, jefe del partido democrático. G obernó durante quince años, consolidando la hegem onía ateniense y llevando a Atenas a la cum bre d e su esplen­ d o r cultural y político. Inició la desafortunada guerra del Peloponeso. Pericles, al que se llamó «el olímpico», ejerció, se dice, la dictadura d e la inteligencia, d e la elocuencia y del carácter. 31 Espaminondas (418-36 a. C.), general y estadista beodo. U no de los más grandes capitanes de la Antigüedad. Venció a los espartanos en Leuctra (371) y M antinea (362); cayó en esta última batalla.

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p ara p ro d u c ir g ra n d e s efe cto s, d e sc o n o c id o s sie m p re p o r aq u e llo s q u e llam am os sen sato s, n o p u e d e n se r c o m p re n d i­ d os m ás q u e p o r h o m b re s ap a sio n a d o s q u ie n e s, co lo cad o s en las m ism as circ u n stan cias q u e esto s h é ro e s , h a b ría n e x p e ­ rim e n ta d o los m ism o s se n tim ie n to s. Si no fu era p o r el r e s p e to q u e m e,rece la re p u ta c ió n d el G ra n C o n d é , ¿c o n sid e ra ría m o s c o m o fu e n te d e em u la c ió n p a ra los so ld ad o s el p ro y e c to de e ste p rín c ip e d e h a c e r re g istra r en cada re g im ie n to el n o m b re d e los so ld ad o s q u e se h u b ie ra n d istin g u id o p o r algunos h ec h o s o alg u n o s d ich o s m em o rab le s? El in c u m p lim ie n to d e e s te p ro y e c to , ¿n o p ru e b a q u e n o se | ha sa b id o re c o n o c e r su u tilid ad ? ¿R ec o ­ n o ce m o s, co m o el ilu s tre ca b allero F o lard , el p o d e r d e las aren g as so b re los soldados? T o d o s re c o n o c e n ig u a lm e n te la gallardía de las p alab ras d e V e n d ó m e cu a n d o , te stig o d e la h u id a d e algunas tro p as a las q u e sus oficiales in te n ta b a n en v an o rea g ru p a r, e s te g e n e ra l se lanza en m e d io d e los fu g iti­ vos y g rita a sus oficiales: Dejad tranquilos a los soldados; no es aquí, sino allí (m o stra n d o u n árb o l d ista n te u n c e n te n a r d e pasos) adonde van y deben reagruparse. C o n e s te d isc u rso no d e ja b a e n tre v e r a lo s so ld a d o s n in g u n a d u d a s o b re su valor; con e s te m e d io d e s p e rta b a e n ello s las p asio n es d e la v e r­ g ü e n z a y d el h o n o r q u e d e s e a b a n to d a v ía c o n s e rv a r a n te sus ojo s. E ra el ú n ic o m e d io d e d e te n e r a los fu g itiv o s y d e re c o n d u c irlo s al c o m b a te y llevarlos a la v ic to ria ,2. | A h o ra b ie n , ¿ q u ié n d u d a rá d e q u e u n tal d isc u rso es un rasgo d e c a rá c te r y d e q u e , e n g e n e ra l, to d o s los m e d io s d e los q u e se han se rv id o los g ra n d e s h o m b re s p ara e n c e n d e r en las alm as el fu eg o d e l e n tu sia sm o les fu e ro n in sp irad o s p o r las p asio n es? ¿ H u b ie ra u n h o m b re se n sa to a u to riz a d o a A le ja n d ro , p ara d e s p e rta r u n a m a y o r co n fian za y m ás re s p e to a los m a c e d o n io s, a d e c irse h ijo d e J ú p ite r H a m ó n ; h u b ie ra a c o n se ja d o a N u m a fin g ir u n a rela ció n co n la n in fa E gería; a Z am olxis, a Z a le u c o , a M n e v e s a d ec irse in sp ira d o s p o r V esta, M in e rv a o M e rc u rio ; a M a rio a llevar co n sig o a un a adivina; a S e rto rio a c o n s u lta r a su cierva; y, p o r fin, al co n d e d e D u n o is a arm a r a u n a d o n c e lla p ara v e n c e r a lo s ingle-

32 Luis II, príncipe de Condé, llamado el G ran Condé (1621-1686); Louis-Joseph Vendóme (165’4 -1712), grandes generales del reino de Luis XIV. A H elvétius le agrada el constamr intercambio de referencia a héroes clásicos y a héroes m odernos. 33 N um a Pompilia (715-672 a. C.), segundo rey legendario de Roma, autor de la organiza

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S o n p ocas las p e rso n a s q u e elev a n sus p e n s a m ie n to s p o r e n c im a de las ideas c o m e n te s ; y to d a v ía son m e n o s | las q u e se a tre v e n (19) a e je c u ta r y a d e c ir lo q u e p ie n san . Si los h o m b re s sen sato s q u isie ra n e m p le a r m e d io s p a re c id o s, al es­ ta r faltos d e u n c ie rto ta c to y d e u n c ie rto c o n o c im ie n to d e las p a s io n e s n o h a b ría n sid o n u n c a capaces d e ap licarlo s fe liz m e n te . E stán h e c h o s p a ra se g u ir los cam in o s trillad o s; | si los a b a n d o n a n , se ex tra v ían . El h o m b r e se n sa to es aq u el en cu y o c a rá c te r d o m in a la p e re z a : no e stá n d o ta d o s d e esa activ id ad d el alm a q u e , en lo s p rim e ro s p u e s to s , h a c e in v e n ­ ta r a los g ra n d e s h o m b re s n u ev o s re s o rte s p a ra m o v e r el m u n d o , o les h ac e se m b ra r h o y la sem illa d e los su c eso s d el fu tu ro . Así, el lib ro d e l f u tu ro sólo se a b re p a ra el h o m b re ap a sio n a d o y áv id o d e gloria. El d ía de la batalla d e M a ra tó n , T e m ísto c le s fu e el ú nico g rie g o q u e p re v io la batalla d e S alam ina y q u e s u p o , e je rc i­ ta n d o a los a te n ie n se s e n la n av e g ac ió n , p re p a ra rle s p ara la v ic to ria 34. C u a n d o C a tó n el c e n so r, h o m b re m ás p r u d e n te q u e ilu ­ m in a d o , o p in a b a, ju n to co n to d o el se n a d o , q u e C a rtag o h ab ía d e se r d e s tru id a , ¿ p o r q u é sólo E scip ió n 35 se o p o n ía a la ru in a d e esta ciu d ad ? P o r q u e | só lo él v eía a C a rtag o , n o só lo co m o u n a rival digna d e R o m a, sino co m o un d iq u e q u e

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ción religiosa de la ciudad. Se le atribuían poderes mágicos y decía recibir en una gruta por las noches los consejos d e la ninfa Egeria. M nevis es transcripción griega d e m erur, nom bre egipcio del toro sagrado de Heliópolis. M inerva es una antigua divinidad itálica, p ro tecto ra d e las artes, los artífices y las profesio­ nes. Más t^rde, identificada co n la diosa griega Palas Atenea. Z aleuco fue un legendario legislador d e Locria (V II a. C.). Según la tradición era un pastor al que sus conciudadanos, p o r sugerencia de A polo, encargaron redactar un código de leyes. Vesta tue la diosa romana protectora del hogar y M ercurio el dios rom ano del comercio. M ario Cayo (156-86 a. C.), general y político rom ano. V encedor de Y ugurta, de N um idia, d e los teuton es en Aix y d e los cim brios en Vercoli. Jefe del partido popular, luchó contra Sila en la guerra civil. Sertorio Q uinto (121-72 a. C.) fue un general rom ano partidiario de Mario. D espués de su victoria se m antuvo independiente en España, venció a M etelo y Pom peyo y fue asesinado por orden de Porsena. Juan de O rleans, C onde d e D unois (1403-1468), príncipe C apeto, hijo d e Luis I, duque de O rleans. D efendía O rleans asediada p o r T albot, cuando Ju an a d e A rco fue a liberar la ciudad. C ontinuó la obra d e Juana y fue uno d e los principales ejecutores d e la expulsión de los ingleses. C ontribuyó a la liberación de París, a la reconquista de N orm andía y de la Guyana. 34 En la batalla d e M aratón (490 a. C.), el ejército persa fue vencido por el ejército ttteniense de Milcíades. En la de Salamina (480 a C.), la flota griega m andada p o r Tem ístocles venció a la escuadra persa d e Jerjes. Tem ístoles (528-464 a. C .) fue general y político ateniense que, tras vencer a los persas en la batalla naval de Salamina contribuyó a la form ación de la Liga marítim a de Délos bajo la hegem onía de Atenas. D esterrad o , m urió en la corte de A rtajerjes. 35 Publio C ornelio Escipión. El Africano (235-183 a. C.) fue el general rom ano que durante la segunda guerra púnica expulsó a los cartaginenses de España y d errotó a Aníbal en

£ama (202).

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se p o d ía o p o n e r al to r r e n te d e vicios y d e c o rru p c ió n q u e esta b a a p u n to d e d e s b o rd a rs e p o r Italia. E stu d io so d e p o lí­ tica y de h isto ria , a c o stu m b ra d o a re fle x io n a r, a esta fatiga de la ate n c ió n d e la q u e sólo la p a sió n de la g lo ria n o s hace capaces, h ab ía lleg ad o p o r e s te ca m in o a u n a e sp ec ie de adivinación. P resag iab a to d a s las desgracias a las q u e R o m a su c u m b iría en el m o m e n to en q u e esta d u e ñ a d el m u n d o elev a ra su tro n o so b re las ru in as d e to d as las m o n a rq u ía s d el u n iv erso ; veía ta m b ié n a p a re c e r p o r to d as p a rte s a M ario s y Silas; oía ta m b ié n p u b lic a r las fu n estas listas d e p ro sc rip c ió n cu a n d o los ro m an o s sólo v eían p o r todas p a rte s p alm as triu n fales y sólo oían | los g rito s d e la victoria. E ste p u e b lo era e n to n c e s c o m p a ra b le a e so s m a rin e ro s q u e , v ie n d o el m ar en calm a, los céfiro s h in c h a r s u a v e m e n te las velas y rizar la su p e rfic ie de las aguas, se a b a n d o n a n a u n a aleg ría d escu i­ dada, m ie n tras q u e el p ilo to a te n to ve a p u n ta r al fo n d o del h o riz o n te la te m p e s ta d q u e p r o n to tra s to rn a rá los m ares. Si el sen ad o ro m a n o n o h izo caso del c o n s e jo d e E$cipió n , es p o r q u e hay m uy p o cas p e rso n a s a las q u e el c o n o ­ cim ie n to del pasad o y del p r e s e n te les re v e le el d el fu tu ro (20). A sí co m o el c re c im ie n to y la d e c a d e n c ia d e la en cin a es in a p re cia b le p ara los in se cto s e fím e ro s q u e se arrastra n b ajo ; su so m b ra , lo s im p e rio s p a re c e n e s ta r en u n a e sp ec ie d e e sta d o d e inm ovilidad para la m ay o ría de los h o m b re s , q u e están satisfechos co n esta ap a rien c ia d e in m o v ilid a d , p o r q u e favorece aún m ás su p ereza, la cual se c re e e n to n ce s d esca rg a d a del cu id ad o d e la p rev isió n . En lo m o ral pasa c o m o en lo físico. M ie n tra s el p u e b lo cre e q u e los m ares p e rm a n e c e n c o n s ta n te m e n te en c a d e n a d o s en sus le ch o s, el sabio ve có m o su c e siv a m e n te d e s c u b re n y su m e rg e n ex ten sas re g io n e s y c ó m o la nave su rca las llan u ras q u e hace p o co surcaba el arad o . M ie n tras el p u e b lo ve la cabeza d e las m o n ta ñ as alzarse sie m p re igual e n tre las n u b e s , | el sabio ve sus cim as, c o n tin u a m e n te d e m o lid a s p o r los si­ glos, d e s m o ro n a rse en los valles y lle n arlo s co n sus ruinas. S ólo u n o s h o m b re s ac o stu m b ra d o s a re fle x io n a r, a v e r el u n iv e rso m o ral, al igual q u e el u n iv e rso físico, en u n e stad o d e e te rn a y sucesiva d e s tru c c ió n y re p ro d u c c ió n , p u e d e n p e rc ib ir las causas le jan a s d e la d e m o lic ió n d e los E stad o s. Es la vista de águila d e las p asio n es la q u e p e n e tra en el ab ism o te n e b ro s o del fu tu ro ; la in d ife re n c ia ha nacid o cieg a y e s tú ­ pida. C u a n d o el cielo e stá se re n o y los aires so n p u ro s, el

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ciu d a d a n o n o p re v é la to rm e n ta ; es el o jo in te re s a d o d el ca m p e sin o a te n to el q u e ve co n e s p a n to los v ap o re s elev a rse in s e n sib le m e n te d e la su p e rfic ie d e la tie rra p ara c o n d e n sa rse e n los cielos y c u b rirlo s co n estas n u b e s n eg ras 1 q u e p o r sus flancos e n tre a b ie rto s p r o n to v o m ita rá n los rayos y el g ran iz o q u e a rru in a rá n las cosechas. F ijé m o n o s en cada p a sió n en p artic u la r, y v e re m o s q u e to d a s están b ien in fo rm ad a s ac erca del o b je to d e sus in v e sti­ g ac io n e s, q u e só lo ellas so n capaces d e p e rc ib ir la cau sa d e los efectos q u e la ignorancia atrib u y e al azar, q u e, p o r consi­ g u ie n te , só lo ellas p o d rá n lim ita r y alg ú n d ía tal vez d e s tru ir c o m p le ta m e n te el im p e rio d e e s te azar cuyos lím ite s se r e d u ­ ce n n e c e s a ria m e n te a cada n u e v o d e s c u b rim ie n to . Si las ideas y las accio n es q u e h a c e n c o n c e b ir y llev ar a la p rá c tic a p asio n es c o m o la avaricia y el a m o r so n p o r lo g e n e ra l p o c o estim a d as, n o es ello d e b id o a q u e estas id eas y estas acciones n o ex ijan a m e n u d o m u ch as c o m b in a c io n e s y m u c h o e s p íritu ; lo q u e pasa es q u e ta n to unas co m o o tra s so n in d ife re n te s o in c lu so I p e rju d ic ia le s p a ra la g e n te c o m ú n q u e só lo c o n c e d e , co m o h e d e m o s tra d o e n el d isc u rso p r e c e ­ d e n te , los títu lo s d e v irtu o sa s o e s p iritu a le s a las ac cio n es y a las ideas q u e le so n útiles. A h o ra b ien , el a m o r a la g lo ria es, e n tr e to d as las p asio n es, la única q u e p u e d e sie m p re in sp ira r accio n es e ideas de e s ta esp ec ie. S ó lo ella ex a lta b a a un rey d el O rie n te cu a n d o exclam aba: «¡Ay d e los so b e ra n o s q u e m a n d an so b re p u e b lo s esclavos! Las d u lz u ra s d e u n a ju sta alab an za, tan codiciada p o r los d io se s y los h é ro e s, n o e stá n hech as p ara ellos. ¡O h, p u eb lo s! añ ad ía, en v ile c id o s p o r h a ­ b e r p e rd id o el d e re c h o d e c e n s u ra r p ú b lic a m e n te a v u e s tro s am o s, habéis p e rd id o ta m b ié n c u a lq u ie r d e r e c h o a alab arlo s. El elo g io del esclavo e s so sp e c h o so ; el d e sg ra c ia d o q u e los g o b ie rn a n o sab rá n u n ca si es d ig n o d e e stim a o d e d e s p re ­ cio . I ¡Q u é to rm e n to p a ra u n alm a n o b le v iv ir e n tre g a d o al su p licio d e esta in c e rtid u m b re !» E sta clase d e se n tim ie n to s su p o n e sie m p re u n a pasión a rd ie n te p o r la gloria. E sta p a sió n es la v id a 36 d e los h o m ­ b re s d e c u a lq u ie r clase d e ta le n to o d e g e n io ; a e s te d e s e o d e b e n el e n tu sia sm o q u e tie n e n p o r su a rte , al q u e a veces c o n sid e ra n la única o cu p a c ió n dig n a del e s p íritu h u m a n o . P o r

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36 En el original «l’áme». T raducir «esta pasión es el alma» podría prestarse a confusión. C om o aquí «ame» se usa com o «principio que anima», «principio vivificador», nos ha pare­ cido que «vida» recogía bien el sentido de la m etáfora.

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e s ta o p in ió n , las g e n te s s e n s a ta s lo s c o n s id e ra n u n o s lo c o s, p e r o n o así e l h o m b r e ilu s tra d o , e l c u al e n la c a u sa d e su lo c u r a p e rc ib e la ca u sa d e s u ta le n to y d e s u é x ito . La c o n c lu s ió n a q u e lle g a m o s e n e s te c a p ítu lo es q u e e sta s g e n te s s e n s a ta s, e s to s íd o lo s d e las g e n te s m e d io c re s , so n s ie m p r e m u y in f e r io r e s a las g e n te s a p a sio n a d a s; y q u e so n las p a s io n e s fu e r te s las q u e n o s a rra n c a n d e la p e re z a y las ú n ic a s q u e n o s p u e d e n d o ta r d e e s ta c o n tin u id a d d e la a te n c ió n q u e c o r r e s p o n d e a la s u p e r io r id a d d e l e s p íritu . S ó lo m e q u e d a , p a ra c o n firm a r e s ta v e rd a d , m o s tr a r e n el c a p ítu lo s ig u ie n te c ó m o a q u e llo s h o m b r e s a lo s q u e h e m o s , c o n ra ­ z ó n c o lo c a d o e n la c a te g o ría d e lo s h o m b r e s ilu s tr e s d e s ­ c ie n d e n a la clase d e lo s h o m b r e s m ás m e d io c re s e n el m ism o m o m e n to e n q u e ya n o so n s o s te n id o s p o r el f u e g o d e las p a sio n e s.

C a p ít u l o V I l i

Se deviene estúpido en cuanto se deja de ser apasionado

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| E sta p ro p o s ic ió n e s u n a c o n s e c u e n c ia n e c e sa ria d e la p r e ­ c e d e n te . E n e fe c to , si el h o m b r e p r e s o d e l d e s e o m á s v iv o d e la e s tim a , y capaz e n e s te g é n e r o d e la m á s f u e r te p a s ió n , n o e s tá e n c o n d ic io n e s d e s a tisfa c e rla , e s t e d e s e o d e ja r á p r o n t o d e a n im a rle , p o r q u e p o r n a tu r a le z a to d o d e s e o se a p a g a si n o e stá a lim e n ta d o p o r la e s p e ra n z a . A h o ra b ie n , la m ism a c a u sa q u e e x tin g u e e n él la p a s ió n d e la e s tim a h a d e s o fo c a r n e c e s a r ia m e n te e l g e r m e n d e l e s p íritu . Q u e se n o m b r e p a ra la re c a u d a c ió n d e u n | p e a je , o p a ra o tr o e m p le o p a re c id o , a h o m b r e s ta n a p a s io n a d o s p o r la e s tim a p ú b lic a c o m o d e b ía n s e r lo lo s T u r e n n e , C o n d é , D e s ­ c a rte s , C o rn e ille y R ic h e lie u . P riv a d o s p o r su p o s ic ió n d e to d a e s p e r a n z a d e g lo r ia , s e v e rá n in m e d ia ta m e n te d e s p r o v is ­ to s d el e s p íritu n e c e s a r io p a ra d e s e m p e ñ a r e s to s e m p le o s . P o c o a p to s p a ra el e s tu d io d e las o rd e n a n z a s o d e las tarifa s, n o te n d r á n a p titu d e s p a ra u n e m p le o q u e p u e d e h a c e rlo s o d io s o s a la c o le c tiv id a d ; s ó lo s e n tir á n d is g u s to p o r u n a c ie n c ia e n la q u e el h o m b r e m á s in s tru id o , y q u e p o r c o n si-

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g u íe n te se h a a c o s ta d o s a b io y r e s p e ta b le a su s p r o p io s o jo s , p u e d e d e s p e r ta r s e m u y ig n o r a n te y m u y in ú til si e l m a g is­ tr a d o h a c re íd o q u e te n ía q u e s u p r im ir o s im p lific a r e s to s d e re c h o s . E n tre g a d o s p o r c o m p le to a la fu e r z a d e la in e rc ia , e s te tip o d e h o m b r e s s e r á n | p r o n t o in c a p a c e s d e c u a lq u ie r e s p e c ie d e a p lic a c ió n 37. H e a h í p o r q u é , en la g e s tió n d e u n e m p le o s u b a lte r n o , lo s h o m b r e s n a c id o s p a ra lo g r a n d e so n a m e n u d o in f e r io r e s a lo s e s p ír itu s m á s c o m u n e s . V e s p a s ia n o 3K, q u e e n el tr o n o fu e la a d m ira c ió n d e lo s ro m a n o s , h a b ía sid o o b j e t o d e su d e s p r e c io e n el c a rg o d e p r e t o r (2 1 ). El á g u ila q u e a tra v ie s a las n u b e s c o n u n v u e lo a u d a z , a ra s d e tie r r a tie n e u n v u e lo m e n o s r á p id o q u e el d e la s g o lo n d r in a s . D e s tr u id e n u n h o m b r e la p a s ió n q u e le a n im a y e n e l m is m o in s ta n te le p riv á is d e to d a s sus lu c e s. La c a b e lle ra d e S a n só n p a re c e s e r a e s te re s p e c to el e m b le m a d e la p a s ió n : c o r ta d a su c a b e lle ra ,! S a n só n p asa a s e r u n h o m b r e o rd in a rio . P a ra c o n firm a r e s ta v e rd a d c o n u n s e g u n d o e je m p lo , e c h e m o s u n a m ira d a s o b r e e s to s u s u r p a d o r e s d e O r ie n t e q u e a m u c h a a u d a c ia y p r u d e n c ia u n ía n n e c e s a r ia m e n te g ra n d e s lu ces. P r e g u n te m o s p o r q u é la m a y o r ía d e e llo s h a n m o s­ tr a d o p o c o e s p ír itu e n el tr o n o , p o r q u é , m u y in f e r io r e s e n g e n e r a l a los u s u r p a d o r e s d e O c c id e n te , casi n i n g u n o d e e llo s , c o m o lo p ru e b a la fo r m a d e lo s g o b ie r n o s a siá tic o s, p u e d e s e r p u e s t o e n el n ú m e r o d e lo s le g is la d o re s . N o es q u e d e s e a r a n s ie m p re la d e s g r a c ia d e s u s s ú b d ito s , s in o q u e al to m a r la c o ro n a e l o b j e t o d e su d e s e o h a b ía s id o a lc a n ­ z a d o . A s e g u ra d a su p o s e s ió n p o r la b a je z a , la s u m is ió n y la o b e d ie n c ia d e u n p u e b lo | e s c la v o , la p a sió n q u e lo s h a b ía lle v a d o al p o d e r d e ja b a e n to n c e s d e a n im a rlo s ; n o te n ie n d o ya n in g ú n m o tiv o b a s ta n te p o d e r o s o p a ra d e te r m in a r lo s a s o p o r ta r la fatig a d e la a te n c ió n q u e e x ig e n el d e s c u b r i­ m ie n to y e l e s ta b le c im ie n to d e le y e s b u e n a s , se e n c o n tr a b a n e n el e s ta d o , d e s c r ito m á s a rr ib a , d e lo s h o m b r e s s e n s a to s

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FJ ejem plo difícilm ente p u ed e considerarse indiferente a su propia experiencia de «fermier general». Ciertam ente, pesaba m ucho a H elvétius, hom bre d e ideas, som eterse a una práctica cuyas reglas poco razonables estaban rígidamente trazadas. D e todas formas engaña un poco, pues últim am ente se han descubierto docum entos que prueban que H elvétius cumplió con escrupulosidad y eficacia su función, aunque, eso sí, no le produjera especial placer. Ver Roland Desné, «La Tournee du Ferm jer general H elvétius dans les Ardennes (1738)» en Dix-buineme siiclt, núm. 3 , p£> 3-40. T ito Havio Vespasiano (9 -79 d.C.). em perador rom ano que restauró la autoridad imperial y pacificó el Imperio. H abía sido pretor e n época de Calígula-

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q u e n o e s ta n d o an im ad o s d e u n viv o d e s e o n o tie n e n el v alor d e su stra e rse a las delicias d e la p ere za. Si e n O c c id e n te , p o r el c o n tra rio , v ario s u su rp a d o re s han h e c h o b rilla r en el tr o n o g ra n d e s ta le n to s; si los A u g u sto y los C r o m w e ll39 p u e d e n se r co lo ca d o s e n el ran g o d e los le g isla d o re s, es p o rq u e , te n ie n d o q u e tra ta r con u n o s p u e ­ blos q u e se im p a c ie n ta b a n c o n el fre n o y q u e te n ía n u n alm a m ás a tre v id a y m ás elevada, les e s p o le a b a el te m o r d e p e r d e r el o b je to d e sus d e se o s; yo d iría, [ la p a sió n d e la am bició n . S u b id o s a u n tro n o s o b re el q u e n o se p o d ía n im p u n e m e n te d o rm ir, sabían q u e te n ía n q u e h a c e rse ag rad a­ bles a u n o s p u e b lo s o rg u llo so s, e s ta b le c e r u nas ley es (22) q u e fu e ra n ú tile s p ara el m o m e n to , en g a ñ arlo s y al m e n o s im p o ­ n e rse a ellos con la ilu sió n de u n a felicidad p a s a je ra q u e les re s a rc ie ra de las desg racias rea les q u e la u su rp a c ió n lleva tras d e sí. O sea, los p elig ro s a lo s q u e esto s ú ltim o s se han v isto e x p u e s to s | en el tro n o le s ha d ad o esta su p e rio rid a d d e ta le n to q u e los coloca p o r en cim a d e la m a y o ría d e los u s u rp a d o re s de O rie n te . Su caso es sim ilar al d el h o m b re d e g e n io e n o tro s cam pos, el cual, sie m p re e x p u e sto a la crítica y c o n tin u a m e n te in q u ie to p o r go zar d e u n a re p u ta c ió n q u e e stá sie m p re en p elig ro d e p e rd e r, se d a c u e n ta d e q u e no es él el ú n ic o q u e sie n te la p asió n d e la v anidad y q u e si la suya le h a c e d e s e a r la estim a d e los d em ás, la d e los o tro s h ace q u e se la re h ú se n si p o r m e d io d e o b ras ú tiles y ag ra d ab le s y m e d ia n te c o n tin u o s esfu e rz o s d el e s p íritu n o c o n s u e la a los h o m b re s p o r el d o lo r d e te n e rle q u e alabar. E n el tro n o , en c u a lq u ie r actividad, e s te te m o r m a n tie n e al e s p íritu fecu n d o : si se an iq u ila este te m o r, la fu e rz a del e s p íritu es d e s tru id a . Q u é d u d a cabe de q u e un físico p o n e I infin itam en te más a te n c ió n e n el ex a m e n q u e h a c e de u n h e c h o d e la física, a m e n u d o p o c o im p o rta n te p ara la h u m a n id a d , q u e u n su ltán e n el e x a m e n d e u n a ley d e la q u e d e p e n d e la felicid ad o la d e s g ra c ia d e varios m iles d e h o m b re s. Si é s te e m p le a m e n o s tie m p o e n m e d ita r, en re d a c ta r sus o rd e n a n z a s y sus e d ic to s , q u e u n h o m b re d e e s p íritu e n c o m p o n e r u n m a­ d rigal o u n epig ram a, se d e b e a q u e la m e d ita c ió n , sie m p re

39 O liverio C rom w ell (1599-1658), lord pro tecto r d e la R epública inglesa, gobernó como dictador durante diez años. D ecretó el Acta de N avegación, base del p oderío naval inglés y aniquiló a sus enem igos políticos y religiosos.

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fatig an te , es, p o r así d ec ir, c o n tra ria a la n a tu ra le z a (2 3 ); y, | a c u b ie rto en el tro n o , ta n to del ca stig o co m o d e los d a rd o s d e la sátira, el su ltán n o tie n e n in g ú n m o tiv o p ara v e n c e r u n a p e re z a q u e es tan a g ra d a b le p ara to d o s los h o m b re s. P a re c e , p u e s, q u e la activ id ad d el e s p íritu d e p e n d e d e la activ id ad d e las p asio n es. P o r e s to es en la e d a d d e las p asio n es, d e los v e in tic in c o a los tre in ta y cin co o c u a re n ta años, cu a n d o u n h o m b re es capaz d e los m a y o re s esfu e rz o s d e v irtu d y d e g en io . A esta e d a d , los h o m b re s nacid o s p ara algo g ra n d e han a d q u irid o u n c ie rto n ú m e ro d e c o n o c im ie n ­ to s sin q u e sus p asio n es hay an to d a v ía p e rd id o casi n ad a d e su actividad. P asada esta ed a d , las p asio n es se d e b ilita n y te rm in a el c re c im ie n to del e s p íritu , d e ja n d e a d q u irirse n u e ­ vas id eas y, p o r im p o rta n te s q u e sean las o b ras q u e a p a rtir d e e n to n c e s se c o m p o n e n , n o | se h ace m ás q u e ap licar y d e s a rro lla r las ideas c o n c e b id a s e n la ed a d d e la e fe rv e sc e n c ia d e las p asio n es y q u e to d a v ía n o h ab ía u tilizad o . Sin e m b a rg o , n o s ie m p re d e b e a trib u irs e el d e b ilita ­ m ie n to d e las p a sio n e s a la e d a d . U n o d e ja d e e s ta r a p a sio ­ n a d o p o r un o b je to c u a n d o el p la ce r q u e e s p e ra o b te n e r con su p o se sió n n o iguala a la fatiga n ec esaria p ara a d q u irirlo . El h o m b re q u e am a la g lo ria n o le sacrifica sus g u sto s si no c re e q u e se resa rc irá d e e s te sacrificio con la e stim a q u e es el p re m io . P o r e s to , ta n to s h é ro e s n o p o d ía n esca p ar d e las re d e s d el p la c e r m ás q u e en el tu m u lto del c a m p o d e b atalla y e n tre los c a n to s d e v icto ria; p o r esto el G ra n C o n d é sólo d o m in a b a su h u m o r el día d e u n a batalla, q u e es cu a n d o te n ía m ás san g re fría; y J si p o d e m o s c o m p a ra r co n las g ran d es cosas aquellas a las q u e llam am o s p e q u e ñ a s , c ita re m o s a D u p ré q u e an d ab a d e una m a n e ra d e sc u id a d a y q u e só lo su p e ra b a este d e fe c to e n el te a tro , p u e s los ap lau so s y la a d m iració n de los e s p e c ta d o re s le resa rc ían del e s fu e rz o q u e te n ía q u e h ac er para g u sta rle s. N a d ie triu n fa d e sus h áb ito s y d e su p e re z a si n o am a la g lo ria ; y los h o m b re s ilu stre s a v eces sólo son sen sib le s a la g lo ria m ás g ra n d e . Si no p u e d e n alcan zar la to ta lid a d d e la estim a , la m a y o ría se a b a n d o n a n a u n a p e re z a v erg o n z o sa. El o rg u llo e x tre m a d o y la e x tre m a a m b ic ió n les p ro d u c e a m e n u d o el e fe c to d e la in d ife re n c ia y la m o d e ra ció n . E n e fe c to , u n a p e q u e ñ a g lo ria só lo p u e d e ser d e s e a d a p o r u n alm a p e q u e ñ a . Si las p e rs o n a s p re o c u p a d a s p o r la m a n e ra | d e v e s tirse , d e p re s e n ta rs e y d e h a b la r en so c ied a d so n g e n e ra lm e n te in c ap a ce s d e g ra n d e s cosas, es no

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sólo p o rq u e en a d q u irir u n a in fin id ad d e p e q u e ñ a s h a b ilid a ­ d es y p e q u e ñ a s p e rfe c c io n e s p ie rd e n u n tie m p o q u e p o d ría n e m p le a r e n el d e s c u b rim ie n to d e g ra n d e s ideas y en cu ltiv a r g ra n d e s a p titu d e s, sin o p o rq u e la b ú sq u e d a d e u n a p e q u e ñ a g lo ria su p o n e q u e sus d e se o s so n d e m asiad o d é b ile s y m o d e ­ rados. A sí p u es, lo s g ra n d e s h o m b re s son casi to d o s in c ap a­ ces de los p e q u e ñ o s cu id ad o s y de las p e q u e ñ a s a te n c io n e s n ecesarias p ara a tra e rse la co n sid e ra c ió n ; d e s d e ñ a n u sar tales m ed io s. « D esc o n fiad , d ec ía Sila, h ab lan d o d e C é sar, d e e s te jo v e n q u e an d a p o r la calle sin n in g u n a m o d e stia . V e o e n él a varios M ario.» 34

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C re o h a b e r d e m o s tra d o su fic ie n te m e n te | q u e la falta to ­ tal d e pasio n es, si p u d ie ra ex istir, p ro d u c iría en n o s o tro s un to ta l e m b ru te c im ie n to , e s ta d o al q u e nos ac erca m o s ta n to m ás c u a n to m e n o s ap a sio n a d o s som os (24). Las p a sio n e s son, en efe cto , el fu eg o c e le s te q u e vivifica el m u n d o m o ral: a las p asio n es d e b e n las ciencias y las arte s sus d e s c u b rim ie n to s y J el alm a su elevación. Si la h u m a n id ad les d e b e ta m b ié n sus vicios y la m ay o ría d e sus d esgracias, estas desg racias n o d an a los m o ralistas el d e re c h o d e c o n d e n a r las p a s io n e s y c o n si­ d era rla s co m o locuras. La su b lim e v irtu d y la p re c la ra sa b id u ­ ría son d o s p ro d u c to s d e esta locura lo b asta n te h e rm o s o s co m o p a ra q u e n o s p are zca re sp e ta b le . La co n c lu sió n g e n e ra l d e c u a n to h e d ic h o so b re las p asio ­ nes es q u e sólo su fu e rz a es capaz d e c o n tra rre s ta r en n o s o ­ tro s la fu e rz a d e la p e re z a y de la inercia, a rra n c a rn o s d e la in actividad y d e la e s tu p id e z hacia las q u e c o n tin u a m e n te te n d e m o s y p ro p o rc io n a rn o s esta c o n tin u id a d en la a te n c ió n d e la q u e d e p e n d e la su p e rio rid a d del ta len to .

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P e ro , se nos d irá, ¿las d esig u ales d isp o sicio n e s co n las q u e la n atu ra lez a ha d o ta d o el e s p íritu de los h o m b re s n o se d e b e n a q u e ha e n c e n d id o en u n o s unas p a sio n e s s u p e rio ­ res q u e e n o tro s? C o n te s ta ré a e sta p re g u n ta d ic ie n d o q u e si p a ra so b re sa lir en un g é n e ro n o es n ec esario , c o m o h e p r o ­ b ad o m ás arrib a, d a rle to d a la aplicación d e la q u e so m o s capaces, ta m p o c o es n ec e sa rio , p a ra in stru irse en e s te m ism o g é n e ro , estar an im ad o d e la m ás viva p asió n , sin o só lo del g ra d o d e p asió n su fic ie n te p a ra h a c e rn o s e s ta r a te n to s . A d e ­ m ás, es in te re sa n te h a c e r o b se rv a r q u e , to c an d o a las p asio ­ n es, los h o m b re s n o d ifie re n e n tre sí ta n to co m o n o s im ag i­ nam os. P ara sa b er si la n a tu ra le z a e n e s te p u n to h a r e a lm e n te h e c h o u n re p a rto desigual, hay q u e e x a m in a r a n te s si to d o s

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los h o m b re s son su sc e p tib le s d e p a sio n e s y, p a ra ello , hay q u e re m o n ta rs e hasta sus o ríg e n e s.

C a p í t u l o IX

Del origen de las pasiones

i P ara a c c e d e r a e s te c o n o c im ie n to hay q u e d is tin g u ir d o s clases d e pasiones. Las hay q u e nos h an sid o d adas in m e d ia ta m e n te p o r la n atu raleza; las hay q u e d e b e m o s ú n ic a m e n te al esta b le c i­ m ie n to d e las so c ied a d es. P ara sa b er cuál d e estas d o s d ife ­ re n te s clases d e p a sio n e s ha p ro d u c id o la o tra , h em o s d e tra n s p o rta rn o s co n el p e n s a m ie n to a los inicios del m u n d o . V e re m o s e n to n c e s c ó m o la n a tu ra le z a , p o r m e d io d e la sed, el h am b re , el frío y el calor, a d v ie rte al h o m b re d e sus n ec e sid a d e s y ad scrib e in n u m e ra b le s p la c e re s y d o lo re s a la satisfacción o a la p riv ac ió n d e las m ism as; v e re m o s i al h o m 38 b r e capaz d e re c ib ir las im p re sio n e s d e p la ce r y de d o lo r y n ac er, p o r así d ec ir, co n el a m o r al p la ce r y el o d io al d o lo r. T al es el h o m b re al salir d e las m an o s d e la n atu raleza. En e s te esta d io n o ex istían p ara él la en v id ia, el o rg u llo , la avaricia, la am b ició n , | se n sib le ú n ic a m e n te al p la ce r y al d o lo r físicos, d esco n o c ía to d a s estas p e n a s y esto s p la ce re s artificiales q u e n os p ro p o rc io n a n las p a sio n e s q u e acabo d e citar. E stas p asio n es n o n o s h an sid o d adas in m e d ia ta m e n te p o r la n atu raleza; p e r o su ex iste n c ia , q u e su p o n e la d e las so c ied a d es, su p o n e ta m b ié n e n n o so tro s la sem illa o cu lta de estas m ism as pasio n es. Si la n a tu ra le z a n o nos d a al n acer m ás q u e n ec esid ad e s, e n ellas y e n n u e s tro s p rim e ro s d eseo s ¡ d e b e m o s b u sc ar el o rig e n d e estas p a sio n e s artificiales q u e 39 n o p u e d e n se r o tra co sa q u e un d e s a rro llo d e la fac u ltad d e se n tir. P arec e c o m o si en el u n iv e rso m o ral y en el u n iv e rso físico, D ios h u b ie ra p u e s to u n solo p rin c ip io en to d o lo q u e h a sido. Lo q u e es, y lo q u e será, n o es m ás q u e u n d e s a rro ­ llo n ecesario. El h a d ic h o a la m ateria: yo te d o to d e fu erza. In m ed iata -

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m e n te los e le m e n to s, so m e tid o s a las leyes d el m o v im ie n to , p e ro e rra n te s y m ezclad o s e n los d e s ie rto s d e l esp ac io , han fo rm a d o m il c o m b in ac io n e s m o n stru o sa s, han p ro d u c id o m il d iv e rso s caos, hasta q u e p o r fin se han c o lo ca d o e n el e q u ili­ b rio y o rd e n físico en el q u e h o y p a re c e o rd e n a d o el u n i­ v erso. P arec e co m o si le h u b ie ra d ic h o asim ism o al h o m b re : Y o te d o to d e sensib ilid ad ; | gracias a ella, ciego in s tru m e n to d e mi v o lu n ta d , incapaz d e c o n o c e r la p ro fu n d id a d d e m is in ­ te n c io n e s, tú d e b e s cu m p lir, sin sa b e rlo , to d o s m is d esig n io s. T e p o n g o b ajo el c u id a d o d el p la c e r y d el d o lo r: u n o y o tr o v elarán p o r tu s p e n s a m ie n to s y tu s acciones; e n g e n d ra rá n tus p a sio n es, ex c itarán tu s av e rsio n es, tu s am ista d es, tu s te r n u ­ ras, tu s fu ro re s; ilu m in arán tu s d e se o s, tu s te m o re s, tu s e s p e ­ ranzas; te d e s c u b rirá n las v e rd a d e s, te h u n d irá n e n el e r r o r y, d e s p u é s d e h a b e rte h e c h o a lu m b ra r m il sistem as a b s u rd o s y d ife re n te s d e m oral y d e legislación, u n día te d e s c u b rirá n los p rin c ip io s sim ples a cu y o d e sa rro llo se hallan ad scrito s el o rd e n y la felicidad del m u n d o m oral 40. En e fe c to , su p o n g a m o s q u e el cielo d a vida d e p r o n to a v arios h o m b res. Su p rim e ra o cu p a ció n será la d e satisfacer | sus n ec esid ad e s; in m e d ia ta m e n te d e s p u é s in te n ta rá n e x p re ­ sar, m e d ia n te g rito s, las im p re sio n e s d e p la ce r o d e d o lo r q u e re c ib e n . E stos p rim e ro s g rito s fo rm a ro n su p rim e ra le n ­ gu a, q u e , a juzgar p o r la p o b re z a d e las lengu as d e alg u n o s salvajes, ha d e b id o se r en u n p rin c ip io m uy re d u c id a , lim i­ ta d a a esto s p rim e ro s so n id o s. C u a n d o los h o m b re s, al m u l­ tip lica rse, e m p e z a ro n a e x te n d e rs e p o r la su p e rfic ie d e la tie rra y, c o m o las olas del o c é a n o q u e in v a d en tie rra a d e n tr o sus o rillas p ara re p le g a rse in m e d ia ta m e n te en su se n o , varias g e n e ra c io n e s h u b ie ro n a p a re c id o so b re la tie rra p a ra r e p le ­ g a rse en el abism o en el q u e los se re s se d e s tru y e n ; cu a n d o las fam ilias e s tu v ie ro n m ás cerca las unas d e las o tra s, e n to n ­ ces, el d e s e o d e to d o s d e p o s e e r las m ism as co sas, tales

40 D estaquem os los principios q u e H elvétius acaba de establecer. U n principio monista: la materia dotada de fuerza, lanzada al m ovim iento, a la com binación y disgregación, origina el m undo como orden, com o form a surgida al azar, de en tre las infinitas com binaciones posibles de los elem entos materiales; y m anteniéndose p o r ser una form a estable. Ei orden no es sino el nom bre que damos a un equilibrio estable. Un principio naturalista, la sensibilidad, propiedad del ser vivo, especialm ente del hom bre, es ei nom bre de la capacidad de ser afectado, de generar un sentim iento d e placer o d e dolor, que queda establecido com o tendencia natural a la que se subordinan los demás m ovim ientos del organismo, desde las reacciones espontáneas o reflejas a la inteligencia. D os principios simples desde donde se ve el orden y la necesidad del m undo, desde d o n d e se contruye una representación del m undo.

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co m o lo s fru to s d e u n c ie rto árb o l o los fav o res d e c ie rta 1 m u je r, g e n e ra ría d isp u ta s y c o m b a te s e n tre ellos: así n ac ería n la c ó le ra y la v enganza. C u a n d o , h a rto s d e sa n g re y can sad o s d e vivir c o n tin u a m e n te a te m o riz a d o s,, c o n s in tie ro n en p e r d e r u n p o c o d e la lib e rta d q u e p o se ía n en el e s ta d o n atu ra l y q u e les p e rju d ic a b a , p ac ta ría n co n v e n io s. E stos co n v e n io s se rá n sus p rim e ra s leyes, y h e c h a s las le y es, e ra n ec e sa rio en carg ar a alg u n o s h o m b re s d e su eje c u c ió n : ya te n e m o s a los p rim e ­ ro s m a g istrad o s. E sto s m a g istra d o s p rim itiv o s de los p u e b lo s salvajes vivirían en u n p rin c ip io en la selva. D e sp u é s d e h a b e r d e s tru id o p a rte d e lo s anim ales, cu a n d o los h o m b re s ya n o v ivieran d e la caza, la escasez d e a lim e n to s les e n s e ñ a ría el a rte d e criar re b a ñ o s. E sto s re b a ñ o s les p ro p o rc io n a rá n to d o lo su fic ie n te p a ra satisfacer sus n ec e sid a d e s y los p u e b lo s ca za d o re s se h ab rá n | c o n v e rtid o en p u e b lo s p a s to re s. D e s p u é s d e u n c ie rto núm e ro d e siglos, cu a n d o e s to s ú ltim o s se m u ltip lic a ro n ta n to q u e la tie rra ya no p o d ía , e n el m ism o esp acio , p ro p o rc io n a r la alim e n tac ió n de un m a y o r n ú m e ro de h a b ita n te s sin se r fe c u n d a d a p o r el tra b a jo h u m a n o , e n to n c e s los p u e b lo s p a s­ to re s d e s a p a re c ie ro n p ara d a r paso a los p u e b lo s ag ric u lto res. La ex ig encia del h a m b re , al d e s c u b rirle s el a rte d e la ag ric u l­ tu ra , ta m b ié n les e n se ñ a rá el a r te d e m e d ir y d e re p a rtir las tie rra s. U n a vez re p a rtid a s hay q u e ase g u ra r a cada u n o su p ro p ie d a d y e s to o rig in a u n g ra n n ú m e ro d e cien cias y d e leyes. Las tie rra s, p o r sus d ife re n c ia s en n a tu ra le z a y cu ltiv o , p ro d u c irá n fru to s d ife re n te s y los h o m b re s h arán tru e q u e s, p e ro p ro n to c o m p re n d e rá n la v en taja q u e su p o n d ría c o n ­ venir e n tre todos u n intercam bio p o r m edio de algo q u e re ­ p r e s e n ta r a | to d o s lo s p ro d u c to s y e leg irán p ara e llo alg u n as co n ch as o algunos m etales. C u a n d o las socied ad es habían lle­ g ad o a e s te p u n to d e p e rfe c c ió n , d e s a p a re c e ría la ig u ald ad e n tre to d o s los h o m b re s y se d istin g u iría n los s u p e rio re s d e los in fe rio re s. E n to n c e s, esta s p alab ras bien y mal, cread as p a ra ex p re sa r las se n sac io n es de p la c e r o d e d o lo r físico q u e re c ib im o s d e los o b je to s e x te rio re s , se e x te n d e ría n p ara apli­ carse d e una m a n e ra g e n e ra liz a d a a to d o a q u e llo q u e p u e d e p ro d u c irn o s u n a u o tr a d e estas se n sac io n es, ac re c e n ta rla s o d ism in u irlas, co m o , p o r e je m p lo , las riq u ez as y la in d ig en cia. D e e s te m o d o , las riq u e z a s y los h o n o re s, p o r las v e n ta ja s q u e c o m p o rta n , se c o n v e rtirá n e n o b je to g e n e ra l d e l d e se o d e los h o m b re s. E n g e n d ra rá n , se g ú n la d ife re n te fo rm a d e

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los g o b ie rn o s, p asio n es crim in ale s o v irtu o sa s, co m o j la e n ­ vidia, la avaricia, el o rg u llo , la am b ició n , el a m o r a la p atria, la p asió n de la g lo ria, la m a g n an im id ad e in c lu so el am o r, q u e , al h a b e rn o s sid o d a d o p o r la n a tu ra le z a c o m o u n a n e c e ­ sidad, al c o n fu n d irse co n la v an id ad , se c o n v e rtirá en u n a p asió n artificial q u e, co m o las otras, no será m ás q u e un d e sa rro llo d e la se n sib ilid ad física. P o r c ie rta q u e sea esta co n c lu sió n , hay p o c o s h o m b re s q u e c o n c ib a n con clarid ad las id eas de las q u e se d eriv a. P o r o tra p a rte , al r e c o n o c e r q u e n u e stra s p asio n es tie n e n su fu e n te , o rig in a ria m e n te , e n la se n sib ilid ad física, p o d ría m o s c re e r q u e en el e s ta d o actual de las nacio n es civilizadas estas p asio n es e x iste n in d e p e n d ie n te m e n te d e la causa q u e las ha p ro d u c id o . Y o voy a h o ra a m o stra r, sig u ien d o la m e ta m o rfo sis d e las p e n a s y j d e lo s p la c e re s físicos en p e n a s y p la ce re s artificiales, q u e en p asio n es ta le s c o m o la avaricia, la am b i­ ción, el o rg u llo y la am istad , cu y o o b je to n o p a re c e p e r te n e ­ c e r a los p la c e re s d e lo s se n tid o s, es sin em b a rg o el d o lo r y el p la ce r físico el q u e s ie m p re re h u im o s o b u s c a m o s 41.

C a p ít u l o X

De la avaricia

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El o ro y la plata p u e d e n se r c o n sid e ra d o s c o m o m a terias ag rad ab les a n u e s tra vista; p e r o si d e se á ra m o s p o s e e rlo s ú n i­ c a m e n te p o r el e s p le n d o r y la b e lle z a d e e sto s m e ta le s, el av aro se c o n te n ta ría c o n la lib re c o n te m p la c ió n d e las riq u ezas acum uladas ¡ e n el te s o ro p ú b lic o . P e ro c o m o e sta c o n ­ te m p la ció n n o satisfacería su p asió n , es n e c e sa rio q u e el av aro, d e c u a lq u ie r clase q u e sea, d e s e e las riq u e z a s, ya sea p ara in te rcam b iarla s p o r to d o s los p la ce re s, ya sea co m o ex e n ció n d e todas las p e n a s q u e van u n id a s a la in d ig en cia. S e n ta d o e s te p rin c ip io , d iré q u e co m o el h o m b re , p o r n atu ra lez a, sólo es se n sib le a los p la c e re s de los se n tid o s,

41 La teoría d e las pasiones d e H elvétius tiene su base en ia de H obbes. V er el Leviathan, cap. VI de la Prim era Parte.

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e sto s p laceres son, p o r co n sig u ie n te , el ú n ic o o b je to d e sus d eseo s. La pasió n del lu jo , d e la m a g n ifice n cia e n el v e s tu a ­ rio , las fiestas y el m o b iliario , es una p asió n artificial d e te r ­ m in ad a p o r las n ec esid ad e s físicas, o del a m o r, o d e la m esa. E n e fe c to , ¿q u é p la c e re s re a le s p ro c u ra ría n e s te lu jo y esta m ag n ificen cia al avaro v o lu p tu o s o si é s te no los c o n sid erara co m o un m e d io , o d e g u s ta r a las m u je re s, si las am a, y de (o b te n e r sus favores, o d e im p o n e rse a los h o m b re s y fo rzarlos, co n la con fu sa e s p e ra n z a de u n a re c o m p e n sa , a ap a rtar de él to das las p e n a s y a r e u n ir ju n to a él to d o s los p laceres? En esto s avaros v o lu p tu o s o s, q u e n o m e re c e n p ro p iam e n te el n o m b re d e avaros, la avaricia es el e fe c to in m e d ia to d el te m o r al d o lo r y d el a m o r al p la ce r físico 42. P e ro , se dirá, ¿có m o p u e d e n e s te m ism o a m o r al p la c e r o e s te m ism o m ie d o al d o lo r p ro v o c a rla en los v e rd a d e ro s avaros, e n esto s d esg raciad o s avaros q u e n o cam bian nu n ca su d in e ro p o r p laceres? Si e sto s p asan su vida p riv á n d o se d e lo n ec esario , y si ex ag eran a sí m ism o s y a lo s dem ás el p la c e r q u e sie n te n p o r la p o se sió n del o ro , es p ara o lv id a rse d e u n a d esg ra cia a la q u e n ad ie q u ie re ni d e b e c o m p a d e c e r. | P o r s o rp re n d e n te q u e p are zca la co n tra d ic c ió n existe n te e n tre su co n d u c ta y lo s m o tiv o s d e su m a n e ra d e ac tu a r, tra ta ré d e d e s c u b rir la causa q u e , d e já n d o le s d e s e a r c o n tin u a m e n te el p la ce r, los p riv a sie m p re d e él. O b se rv a ré , en p rim e r lugar, q u e esta m o d a lid a d d e avari­ cia se origina en u n m ied o excesivo y ridículo, tan to de la p o sib ilid ad d e la m iseria c o m o d e los m ales q u e a ella se d e b e n . Los avaros se p a re c e n m u c h o a los h ip o c o n d ríaco s, los cuales viven en c o n tin u a zo z o b ra, v en p elig ro s p o r todas p a rte s y te m e n q u e to d o lo q u e se les a c e rq u e les cause daño. E n tre las p e rso n a s nacidas e n la in d ig en cia e n c o n tra m o s g en eralm en te esta clase d e avaros; han co m p ro b ad o en ellos m ism os los m ales q u e la p o b rez a com porta: p o r esto su locura es | m ás p e rd o n a b le d e lo q u e lo sería en u n o s h o m b re s nacidos en la a b u n d a n cia, e n tr e los cuales n o su e le n e n c o n ­ tra rse m ás q u e avaros fa stu o so s o v o lu p tu o so s.

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42 U n im portante matiz q u e separa a H elvétius de H obbes es la insistencia de aquél en el «placer físico» y, especialm ente, en el «placer amoroso». Para H obbes tam bién todas las pasiones son reductibles a placer y dolor, como Spinoza (alegría y tristeza); pero éstos entien­ den por «placer» aquello q u e aum enta el poder d e sobrevivir, la potencia de ser (para ellos perfección), mientras q u e H elvétius en tien d e por «placer» algo más ligado al disfrute sensual, al goce de los sentidos.

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P ara d e m o s tra r có m o e n los p rim e ro s el te m o r d e no te n e r lo n ec esario les o b lig a c o n tin u a m e n te a p riv a rse d e ello , su p o n g a m o s q u e , p o s tra d o p o r la carga d e la m iseria, alg u n o c o n c ib e el p ro y e c to d e lib ra rse d e ella. U n a vez c o n c e b id o este p ro y e c to , la e s p e ra n z a da án im o s a e sta alm a ab a tid a p o r la m iseria, le in fu n d e activ id ad , le h ace b u sc ar alg unos p ro te c to re s , le e n c a d e n a en la an te c á m a ra d e sus am os, le fu erza a in trig a r e n tre lo s m in istro s, a a rra stra rse a los pies d e los g ra n d e s y a e n tre g a rs e a u n a fo rm a d e v id a d e las m ás tristes h a sta o b te n e r algún p u e s to q u e le p o n g a al ab rigo d e la m iseria. L leg ad o a esta situ ac ió n , | ¿será su ú n ic o o b je tiv o la b ú sq u e d a del p lacer? E n un h o m b re q u e , seg ú n mi o p in ió n , será d e ca rá c te r tím id o y d e sc o n fia d o , el vivo r e c u e rd o de los m ales q u e ha e x p e rim e n ta d o h an d e in sp i­ ra rle d e fo rm a in m e d ia ta el d e s e o d e ev itarlo s y p o r es ta raz ó n d e te rm in a rlo a p riv a rse in clu so de lo n ec e sa rio , cosa a la q u e su p o b re z a a n te rio r le ha ac o stu m b ra d o . U n a vez e s té p o r en cim a de la n ec esid ad , ¿q u é hará e ste h o m b re si, un a vez ha alcanzado la e d a d d e tre in ta y cin co o c u a re n ta años, el a m o r al p lacer, cuya fu erza el tie m p o va d ism in u y e n d o , se hace s e n tir co n m e n o s in te n sid a d en su co ra zó n ? M ás exi­ g e n te to c a n te a p la c e r e s 43, si le g u sta n las m u je re s las n e c e ­ sitará m ás h erm o sa s y sus fav o res serán m ás caros: q u e rrá e n to n c e s a d q u irir m ás riq u e z a s p ara sa tisfac er sus n u ev o s g u sto s. A h o ra bien, d u r a n te el tie m p o q u e e m p le a rá | en esta ad q u isic ió n , si la d esco n fian z a y la tim id ez, q u e van en au ­ m e n to co n la ed ad y q u e p u e d e n v erse c o m o e fe c to d el s e n tim ie n to d e n u e s tra d e b ilid a d 44, le d e m u e s tra n q u e to ­ can te a riq u ez as bastante n o es n u n ca b a sta n te y si su co d icia iguala a su am o r p o r los p la ce re s, se v erá s o m e tid o a d o s atra cc io n es d ife re n te s. P ara o b e d e c e r a las dos, sin re n u n c ia r al p la ce r, e ste h o m b re se p e rsu a d irá d e q u e d e b e al m e n o s p o s p o n e r su d isfru te h asta el m o m e n to e n q u e , p o s e e d o r d e las m a y o re s riq u ezas, p u e d a d arse p o r e n te ro a los p la ce re s p re s e n te s sin te m o r en el fu tu ro . D u ra n te e s te n u e v o esp acio d e tie m p o e m p le a d o en a c u m u la r esto s n u ev o s te so ro s , si la e d a d le ha h e c h o in se n sib le to ta lm e n te a los p la ce re s, ¿cam ­ biará su g é n e r o d e vida? ¿ R en u n c iará a unas c o s tu m b re s q u e, p o r la incapacidad | d e c o n tra e r o tras n u ev as, le so n m u y

43 En el original, «plus difficile en plaisirs». 44 En el original pone «faiblesse».

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q u erid a s? I n d u d a b le m e n te no; satisfec h o al c o n te m p la r sus te s o ro s co n la sim p le p o sib ilid a d d e lo s p la c e re s q u e co n sus riq u ez as p o d ría o b te n e r , e s te h o m b re , p a ra e v ita r las m o ­ lestias físicas del te d io , se e n tre g a r á p o r c o m p le to a sus o c u ­ p ac io n e s o rd in aria s. C o n la v e je z se h ará to d a v ía m ás av aro , p u e s to q u e la c o s tu m b re d e a m o n to n a r riq u ez as, ya n o c o n tra ­ rre s ta d a p o r el d e s e o d e g o z a r, será m a n te n id a p o r el te m o r a u to m á tic o d e p asar d ific u lta d e s en la v ejez. La co n c lu sió n d e e s te c a p ítu lo es, p u e s , q u e el te m o r ex cesiv o y rid íc u lo d e lo s m a le s p ro p io s d e la in d ig e n cia es la cau sa d e la a p a re n te c o n tra d ic c ió n q u e o b se rv a m o s e n tr e la c o n d u c ta d e c ie rto s av a ro s y los m o tiv o s q u e los m u e v en . Es así [ com o, d e s e a n d o s ie m p re el p la c e r, la avaricia p u e d e p riv arlo s d e él 45.

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C a p ít u l o X I

De la ambición

El c ré d ito de q u e gozan los g ra n d e s cargos, así co m o las g ra n d e s riq u ez as, p u e d e e v ita rn o s las fatigas, p ro c u ra rn o s p la c e re s y, e n c o n se c u e n c ia , p o d e m o s c o n s id e ra rlo co m o m e d io d e in te rc a m b io . P o r ta n to , cabe aplicar a la am b ició n lo q u e h e m o s d ic h o d e la avaricia. E n tre los p u e b lo s salv ajes, cu y o s jefes y rey e s no tie n e n o tr o p riv ile g io q u e el d e se r v e stid o s y a lim e n ta d o s co n la caza q u e c o n sig u e n p a ra ellos lo s g u e r r e r o s d e su p u e b lo , el d e s e o d e a s e g u ra r la satisfacción d e sus n ec e sid a d e s cre a h o m b re s am biciosos. j E n la R o m a p rim itiv a , c u a n d o c o m o re c o m p e n s a p o r las g ra n d e s acciones se co n c ed ía ú n ic a m e n te el tro z o d e tie rra q u e u n ro m a n o p u d ie ra a ra r y r o tu ra r en un día, e s te m o tiv o e ra su ficien te p ara q u e h u b ie ra h é ro e s. Lo q u e digo d e R o m a lo d ig o d e to d o s los p u e b lo s p o b re s: lo q u e h a c e su rg ir d e e n tre ello s a los h o m b re s

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4S D e nuevo se ve el tem ple epicúreo de H elvétius frente a H obbes. A quél parece lamentar ei e rro r del avaro, o su fatalidad: persigue el placer y no lo encuentra, o p e o r aún, se lo niega al buscarlo. H obbes diría: ¿le d a el dinero seguridad? Si es así, ¿qué más placentero?

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am b icio so s es el d e s e o d e ev itar las e s tre c h e c e s y el trab a jo . P o r el c o n tra rio , en los p u e b lo s rico s, e n los q u e q u ie n e s está n llam ados a los g ra n d e s d e s tin o s p o s e e n ya to d a s las riq u ez as necesarias p a ra p ro c u ra rse n o ya só lo las cosas n e c e ­ sarias, sino ta m b ié n las co m o d id a d e s d e la vida, el o rig e n d e la am b ició n es casi sie m p re el a m o r al placer. 56

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P e ro se nos dirá, la p ú rp u ra , las tiaras y, g e n e ra lm e n te , to d o s los sím bolos del h o n o r, n o n o s p ro d u c e n | n in g u n a im p re sió n física de p lacer; la am bición n o se fu n d a, p u es, en e s te a m o r del placer, sin o e n el d e s e o d e la e stim a y d el re s p e to ; p o r ta n to , n o es e fe c to de la sen sib ilid ad física. Si el d e s e o de p re stig io , digo, só lo fu e ra e n c e n d id o p o r el d e s e o d e la estim a y d e la g lo ria, n o su rg irían am b icio so s m ás q u e e n las rep ú b licas, ta le s c o m o las d e R o m a y E sp arta, en d o n d e las d ig n id a d es e ra n g e n e ra lm e n te an u n c io d e g ra n ­ d es v irtu d e s y d e g ra n d e s ta le n to s, d e las q u e eran re c o m ­ p en sa. En e sto s p u e b lo s, la p o se sió n d e d ig n id a d es p o d ía satisfacer el o rg u llo , p u e s le aseg u rab a n a u n h o m b re la estim a de sus co n c iu d a d an o s; así q u e e s te h o m b re , te n ie n d o sie m p re g ra n d e s e m p re sa s p o r realizar, p o d ía m ira r los g ran d es d e stin o s co m o m e d io s p a ra h ac erse c é le b re y | p ro b a r su su p e rio rid a d so b re lo s dem ás. P e ro el am b icio so c o n tin ú a p e rsig u ie n d o p restig io s e n u nas ép o cas en las q u e esto s p re s ­ tigios son o b je to d e d e s p re c io p o r la clase d e h o m b re s a los q u e se las c o n c e d e y, p o r c o n s ig u ie n te , su p o s e sió n no es m o tiv o d e orgullo. La a m b ic ió n n o se fu n d a en el d e s e o d e la estim a. E n vano se nos d irá q u e el am b icio so p u e d e eq u iv o ­ carse al resp e cto : las m u e stras d e c o n sid e ra c ió n q u e se le p ro d ig a n le a d v ie rte n a cada m o m e n to d e q u e h o n ra n su cargo y n o a él. Se. da c u e n ta d e q u e la c o n sid e ra c ió n d e la q u e goza n o es a títu lo p erso n al, q u e se d esv an e ce co n la m u e rte o la caída e n desg racia del am o, q u e in clu so la v ejez d el p rín c ip e basta p a ra d e stru irla , q u e los h o m b re s elev a d o s a los p rim e ro s p u e s to s a lre d e d o r d el s o b e ra n o so n co m o estas n u b e s d e o ro q u e | ro d e a n a la p u e s ta d e sol y cu y o e s p le n ­ d o r se o sc u re ce y d e sa p a re c e a m e d id a q u e el a s tro se h u n d e tras el h o riz o n te . M il veces ha o íd o , y él m ism o h a re p e tid o , q u e al m é rito no se le co n c e d e n h o n o re s; q u e la p ro m o c ió n a las d ig n id a d es n o es a los o jo s d e la g e n te u n a p ru e b a d e un m é rito real; q u e , p o r el c o n tra rio , es casi sie m p re c o n sid e ­ rad a co m o el p re m io a la in trig a, a la b ajez a y a la acción d e im p o rtu n a r. Si se d u d a de e sto , c o n s ú lte se la h isto ria , y

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s o b re to d o la d e B izancio; se v erá c ó m o un h o m b re p u e d e e s ta r re v e stid o d e to d o s lo s h o n o re s d e un im p e rio y, a la vez, m e re c e r el d e s p re c io d e to d o s los p u eb lo s. P e ro voy a a c e p ta r q u e el am b icio so , c o n fu sa m e n te áv id o d e estim a , cre a q u e en los g ra n d e s cargos sólo b usca la estim a: es fácil d e m o stra rle q u e n o es é s te el v e rd a d e ro m o tiv o q u e | lo d e te rm in a y q u e s o b re e s te p u n to es víctim a d e u n a ilu sió n , p u e s n o se d esea , c o m o lo p r o b a r é en el ca p ítu lo d el O rg u ­ llo, la estim a p o r la e stim a m ism a, sino p o r las v en taja s q u e d ep ara. El d e s e o d e g ra n d e z a s no es e fe c to del d e s e o d e estim a. ¿A q u é d e b e m o s a trib u ir el afán co n q u e se p e rsig u e n las d ig n id ad es? A e je m p lo d e e sto s jó v e n es ricos q u e sólo les g u sta m o stra rse al p ú b lic o v estid o s d e m a n e ra a tre v id a y o ste n to sa , ¿ p o r q u é el a m b icio so n o q u ie re m o stra rse m ás q u e ad o rn a d o con algunas m u e stra s de h o n o re s? P o rq u e c o n sid e ra esto s h o n o re s c o m o p o rta v o c e s q u e a n u n c ia n a los h o m b re s su in d e p e n d e n c ia , el p o d e r q u e tie n e de h acer, a su v o lu n ta d , a u n o s h o m b re s felices y a o tro s d esg ra cia d o s y el in te ré s q u e tie n e n ésto s d e m e re c e r su fav o r, sie m p re | p ro p o rc io n a d o a los p la c e re s q u e sepan p ro c u ra rle . P e ro se n o s d irá , ¿no se tra ta m ás b ie n d e q u e es ce lo so d el re sp e to y d e la a d o ra c ió n d e los h o m b re s? En e fe c to , d e s e a el re s p e to d e los h o m b re s, p e r o , ¿ p o r q u é lo desea? E n los h o m e n a je s q u e se rin d e a lo s g ra n d e s, n o es el g e s to d e re s p e to lo q u e les gusta. Si e s te g e s to fu e ra e n sí m ism o a g ra d ab le , c u a lq u ie r h o m b re rico, sin salir d e su casa y sin c o r r e r tras las d ig n id a d es, p o d ría p ro c u ra rs e esta felicid ad . P ara d arse e s te g u sto le b astaría co n a lq u ila r u n a d o c e n a d e g an a p an e s, los vestiría c o n m ag n ífico s tra je s, los c u b riría co n to d a s las co n d e c o ra c io n e s d e E u ro p a y los h a ría v e n ir cada m a ñ an a a su a n tec ám a ra p ara satisfacer su vanidad co n un trib u to de in c ien so y d e re sp e to s. ¡ La in d ife re n cia d e las g e n te s ricas p o r e s ta clase d e r e s p e to p ru e b a q u e é s te n o es q u e rid o c o m o tal re s p e to , sin o co m o u n a c o n fe sió n d e in fe rio rid a d p o r p a rte d e los o tro s h o m b re s , co m o g a ra n tía d e su fav o rab le d isp o sició n hacia n o s o tro s y d e su d ilig en c ia e n e v itarn o s d o lo re s y en p ro p o r ­ c io n a rn o s p la ce re s 46.

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46 Aquí, H elvétius sí ha aprendido la lección de H obbes: todo es convertible a ese valor de cam bio universal que es el poder. La fama es poder, pues protege, da seguridad. A demás, la

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A sí p u e s, el d e s e o d e g ra n d e z a s se fu n d a ú n ic a m e n te en el m ie d o al d o lo r y e n el a m o r al placer. Si e s te d e s e o no tu v ie ra e s te o rig en , n ad a h a b ría m ás fácil q u e d e s e n g a ñ a r al am b icio so . ¡O h, tú! le d iría m o s, q u e te co n su m es d e en v id ia al c o n te m p la r el fa u sto y la p o m p a d e los g ra n d e s cargos, a tré v e te a e le v a rte a un o rg u llo m ás n o b le y su e s p le n d o r d e ja rá d e im p re sio n a rte . Im agina p o r u n m o m e n to q u e n o ere s m e n o s s u p e rio r a los o tro s h o m b re s d e lo q u e los in se c to s les son in fe rio re s; e n to n c e s | v erás a los c o rte sa n o s co m o ab e ja s q u e z u m b a n a lre d e d o r d e su rein a ; in clu so el c e tro te p a re c e rá u n a v an a g lo ria 47. ¿ P o r q u é los h o m b re s n o p re sta n o íd o a tales raz o n a­ m ie n to s, tie n e n p o ca c o n sid e ra c ió n p o r los q u e d is p o n e n d e p o c o p o d e r y p re fie re n los g ra n d e s cargos a los g ra n d e s ta len to s? S en cilla m en te, p o r q u e las g ran d e zas so n un b ien y p u e d e n , al igual q u e las riq u e z a s, ser vistas co m o algo in te r ­ cam biable p o r u n a in fin id ad d e p laceres. T a m b ié n se las busca co n g ra n a rd o r p o r q u e p u e d e n d a rn o s u n m a y o r p o d e r so b re los h o m b re s y, p o r co n sig u ie n te , p ro c u ra rn o s m ás v e n ­ tajas. U n a p ru e b a d e esta v erd a d es q u e p u d ie n d o e sc o g e r e n tre el tro n o d e Isp ah á n y el d e L o n d re s, n o hay n a d ie q u e d e ja ra d e p re fe rir | el c e tro fé r re o de P ersia al 'de In g laterra . ¿ Q u ié n d u d a e n ca m b io d e q u e p ara u n h o m b re h o n ra d o el se g u n d o le p a re c e ría m ás d e se a b le y d e q u e si tu v ie ra q u e e sc o g e r e n tre estas dos c o ro n a s un h o m b re v irtu o s o se d e c i­ d iría a fav o r d e aq u e lla en la q u e el rey, p o r lim ita ció n en su p o d e r, se e n c u e n tra en la feliz im p o sib ilid ad d e p e rju d ic a r a sus sú bditos? Si, e n cam bio, n o hay n in g ú n am b icio so q u e no p re firie se m a n d a r s o b re el p u e b lo esclavo d e los p ersa s q u e so b re el p u e b lo lib re d e los in g leses, se d e b e a q u e un p o d e r más ab so lu to so b re lo s h o m b re s h ace a é sto s m ás d isp u e sto s a ag rad arn o s. In stru id o s p o r u n in s tin to se c re to , p e r o se g u ro , to d o s sab em o s q u e el m ie d o rin d e m ás h o m e n a je q u e el am o r; q u e los tiran o s, p o r lo m e n o s m ie n tra s v iv en , han sido sie m p re o b je to d e m ás h o n ra s q u e los b u e n o s rey es. El | a g ra d e c im ie n to ha le v a n ta d o s ie m p re te m p lo s m e n o s s u n tu o ­ sos a los dio ses b ie n h e c h o re s q u e llevan el c u e rn o d e la ab u n d a n c ia (2 5 ), d e los q u e el m ie d o ha c o n s a g ra d o a los d io se s cru e le s y co lo sales, lo s cuales, p o r su afición a los

estima pública es reconocim iento d e ese poder, lo cual aum enta realm ente la eficacia del poder, extiende la seguridad. 47 En el original, «gloriole».

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h u rac an es y | las te m p e s ta d e s, c u b ie rto s d e u n ro p a je d e 65 relá m p ag o s, son p in ta d o s c o n el ray o e n la m ano. E n fin, ilu s tra d o p o r e s te c o n o c im ie n to , ca d a u n o d e n o so tro s tie n e q u e re c o n o c e r q u e se p u e d e e s p e ra r m ás d e la o b e d ie n c ia d e u n esclav o q u e d e l a g ra d e c im ie n to d e u n h o m b re libre. La co n c lu sió n d e e s te c a p ítu lo es q u e el d e s e o d e los g ra n d e s es sie m p re e fe c to d e l m ie d o al d o lo r o del a m o r a los p la ce re s de los se n tid o s, a lo s q u e se r e d u c e n n ec esaria­ m e n te to d o s los o tro s. Los d e riv a d o s del p o d e r y d e la c o n s id e ra c ió n no s o n p ro p ia m e n te p la ce re s 48. Los llam am o s así só lo p o rq u e la e s p e ra n z a y los m e d io s d e p ro c u ra rse p la ce re s son ya p la ce re s; a u n q u e é sto s d e b e n su ex iste n cia só lo a la d e los p la c e re s físicos (2 6 ). | Y a sé q u e es difícil a p re c ia r en los p ro y e c to s y | e m p re - 66-67 sas, e n los c rím e n e s y v irtu d e s, y e n la p o m p a d e s lu m b ra n te d e la am b ició n la o b ra d e la se n sib ilid ad física. ¿C ó m o p o ­ d re m o s, en esta fero z a m b ició n q u e c o n el b ra z o h u m e a n te p o r la ca rn ice ría se sie n ta e n los ca m p o s de batalla s o b re un m o n tó n d e ca d áv e re s y ag ita e n señal d e v ic to ria las alas c h o rre a n te s d e sangre; c ó m o p o d re m o s , dig o yo, e n u n a am b i­ ción q u e así se m an ifiesta r e c o n o c e r a la hija de la v o lu p tu o ­ sidad? ¿C ó m o im a g in a r q u e sea la v o lu p tu o sid a d lo q u e p e rse g u im o s a trav é s d e lo s p e lig ro s, las fatigas y las p e n a li­ d a d e s d e la g u e rra ? Y , sin e m b a rg o , re s p o n d e ré , só lo ella, b ajo el n o m b re d e lib e rtin a je , alista a los e jé rc ito s d e casi to d a s las naciones. A m am o s lo s p la c e re s y, p o r c o n s ig u ie n te , los m e d io s de p ro c u rá rn o slo s. Los h o m b re s d e se a n ta n to las riq u ez as co m o las d ig n id a d es. Q u e rría n , | ad em ás, h a c e r fo r68 tu n a en un día, y la p e re z a les in sp ira e s te d e se o . A h o ra b ien , la g u e rra , q u e p r o m e te al so ld a d o el p illa je d e las ciu d ad e s y h o n o re s al oficial, halaga a e s te re sp e c to , ta n to su p e re z a co m o su im p acien cia. Los h o m b re s so p o rta n m ás a g u sto las fatigas d e la g u e r r a (27) q u e lo s tra b a jo s d el c a m p o q u e les p r o m e te n riq u e z a s só lo p ara u n fu tu ro le ja n o . P o r e s to los g e rm a n o s, lo s tá rta ro s, los h a b ita n te s d e las co stas d e A frica y los ára b es h an sid o sie m p re m ás d ad o s a la p ira te ría q u e al cu ltiv o de la tie rra . 48 D e nuevo, H elvétius se separa de H obbes en la línea que hem os señalado. El poder y los cargos o hechos que dan formas d e po d er (fama, gloria, honra...) sólo son placeres en cuanto su posesión ya es placentera p o rq u e da la garantía d e poseer los placeres de los sentidos. Com o hem os dicho, H obbes po n e el placer en la seguridad, en la garantía de vida; H elvétius Jo entiende en un sentido m ucho más epicúreo.

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| E n la g u e rra pasa co m o e n el ju e g o , q u e p re fe rim o s las g ra n d e s ap u e sta s a las p e q u e ñ a s , a u n a riesg o d e a rru m a rn o s, p o rq u e la g ran a p u e sta nos halaga co n la e sp eran z a d e g ra n ­ d es ganancias y nos p r o m e te o b te n e rla s e n un in stan te . P ara elim in a r d e los p rin c ip io s q u e h e e sta b le c id o cu a l­ q u ie r aire d e p a ra d o ja , voy a e x p o n e r en el títu lo d el cap í­ tu lo sig u ien te la única o b je c ió n q u e m e q u e d a p o r c o n te sta r.

C a p ít u l o

X II

Si en la búsqueda del prestigio 49 no buscamos más que un medio de sustraernos al dolor o de gozar un placer físico, ¿por qué el placer se escapa tan a menudo de las manos del ambicioso?

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1 P o d e m o s d istin g u ir d o s clases de am bicioso s. H a y h o m ­ b res q u e han nacid o d esg raciad o s, los cuales so n en e m ig o s d e la felicidad a jen a y d e se a n los g ra n d e s carg o s n o p ara g o za r d e las v en taja s q u e p ro p o rc io n a n , sin o p ara g o z a r el ú n ico p la c e r d e los d esg ra cia d o s, el d e a to rm e n ta r a los h o m b re s y g o za r con su desgracia. E sta clase d e am b icio so s so n d e u n carácter m u y p a re c id o al de los falsos d ev o to s, los cuales pasan en g e n e ra l p o r J m alos, n o p o r q u e la ley q u e p ro fe sa n no sea una ley d e a m o r y caridad, sin o p o rq u e los h o m b re s n o rm a lm e n te m ás in c lin a d o s a una d e v o c ió n a u ste ra (28) son en ap a rien c ia h o m b re s d e s c o n te n to s d e e s te m u n d o vil 50, q u e sólo p u e d e n e s p e ra r | la felicidad e n la o tra vida y q u e, apagados, tím id o s y d esg raciad o s, buscan en el e s p e c ­ tácu lo d e los m ales a je n o s u n a d istra cc ió n a los suyos. Los am biciosos d e esta clase so n escasos, n o tie n e n e n su alm a nada g ra n d e ni n o b le , só lo se c u e n ta n e n tre los tira n o s y, p o r la n atu ra lez a m ism a d e su am b ició n , están p riv ad o s d e to d o s los placeres. ! H ay am biciosos d e o tr a clase y en e s te g ru p o in c lu y o a casi to d os: so n aq u e llo s q u e e n los g ra n d e s cargos b u scan tan sólo go zar d e las v en taja s q u e los aco m p añ an . E n tre e sto s am b icio -

49 H em os traducido «grandeur» unas veces p or «prestigio» y otras p or «grandeza», según el contexto. 50 En el original «bas m onde».

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sos ios hay q u e, p o r n a c im ie n to o p o r su p o sició n , so n p r o n to elev ad o s a cargos im p o rta n te s : ésto s p u e d e n co n fre c u e n c ia au n a r el p la ce r con las ex ig en cias d e la am bición. Al n acer h an sid o co lo cad o s, p o r así d ec ir, en la m itad (29) d el c a m in o q u e tie n e n q u e re c o rre r. N o es lo m ism o p ara el h o m b re q u e d e sd e una p o sic ió n m u y m e d io c re q u ie re , co m o C ro m w ell, ele v a rse a los p rim e ro s p u e s to s. P ara a b rirse el ca m in o d e la am b ició n , en el q u e lo s p rim e ro s paso s | son o rd in a ria m e n te los más difíciles, tie n e q u e trazar m il intrigas y c o n q u is ta r a m il am igos; tie n e q u e o c u p a rse , ta n to de fo rm a r g ra n d e s p r o ­ y ecto s co m o d el d e ta lle d e su e je c u c ió n . A h o ra b ien , p ara c o m p re n d e r có m o tales h o m b re s, q u e buscan a r d ie n te m e n te to d o s los p la ce re s an im ad o s p o r e s te ú n ic o m o tiv o , se v en a m e n u d o p riv ad o s d e ellos, im ag in em o s q u e , áv id o d e esto s p la ce re s y p re so del afán co n el q u e in te n ta ad e la n ta rse a los d e se o s d e los g ran d e s, u n h o m b re d e e s te tip o q u ie ra elev a rse a los p rim e ro s p u e sto s. E ste h o m b re , o n ac erá en u n o de esto s p aíses en los q u e n o se p u e d e c o n q u ista r el re c o n o c im ie n to p ú b lic o m ás q u e m e d ia n te servicios h ec h o s a la p atria, y d o n d e el m é rito e s n ec esario , o n ac erá en p aíses g o b e rn a d o s d e s p ó tic a m e n te , co m o el d e l M o g o l, | en los q u e los h o n o re s son el p re m io d e la intriga. P e ro , c u a lq u ie ra q u e sea el lugar d e su n ac im ien to , afirm o q u e p ara alcanzar g ra n d e s cargos no p u e d e c o n c e d e r casi n in g ú n tie m p o a los placeres. C o m o p ru e b a , voy a to m a r co m o e je m p lo el p la c e r del a m o r, n o sólo p o rq u e es el m ás in te n so , sin o p o r q u e es el r e s o r te casi ú n ico d e las so cied a d es civilizadas, p u e s vale la p e n a se ñ ala r d e p aso q u e el am o r es en to d o s los p u e b lo s u n a n ec esid ad física q u e hay q u e c o n s id e ra r co m o el alm a u n iv e rsa l d e los m ism os. E n tre los salvajes del n o r te , los cuales, e x p u e sto s co n fre c u e n c ia a h o rrib le s h a m b re s, están sie m p re o c u p a d o s en la caza y la pesca, es el h a m b re , y no el am o r, el q u e p ro d u c e to d a s las ideas. Esta n e c e sid a d es el g e rm e n de to d o s sus p e n sa m ie n to s. A sí, casi to d a s las co m b in a c io n e s d e su e sp í­ ritu | g iran a lre d e d o r d e las astucias d e la caza y d e la p esc a y a c erca d e los m o d o s p ara satisfacer la n ec esid ad del h am b re . P o r ei c o n tra rio , el a m o r d e las m u je re s es, e n las n acio n es civilizadas, el re s o rte casi ú n ic o q u e las m u e v e (30). En esto s p aíses el a m o r lo in v e n ta | to d o , lo p ro d u c e to d o : la m ag n ificencía, la cre ació n d e las a rte s del lu jo | son las c o n s e c u e n cias n ecesarias del a m o r d e las m u je re s y d e las g anas d e g u sta rles; el m ism o d e s e o q u e te n e m o s d e im p o n e rn o s a los

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h o m b re s co n n u e stra s riq u e z a s y d ig n id a d es, n o es m ás q u e un n u e v o m e d io d e seducirlas. S u p o n g am o s, p u es, q u e un h o m b re , nacid o sin b ie n es, p e r o ávido d e los p la ce re s d el am or, haya visto q u e las m u je re s se rin d e n fá c ilm e n te a los d eseo s de su am a n te c u a n to m ás elev a d a es su p o sic ió n p o r q u e é sta les r e p o rta a ellas u n a m a y o r co n sid e ra c ió n ; y q u e , ex citad a su am b ició n p o r la p asió n d e las m u je re s, el h o m b re del q u e h ab lo asp ire a u n p u e s to d e g e n e ra l o d e p rim e r m in istro . P ara alcan zar esto s p u e s to s, d e b e e n tre g a rse p o r e n te r o ál cu id ad o d e a d q u irir a p titu d e s o in trig ar. A h o ra b ien, el g é n e ro de v ida a p ro p ia d o p ara fo rm a r, ta n to u n hábil in trig a n te co m o un h o m b re d e m é rito , es c o m p le ta m e n te o p u e s to | al g é n e ro d e vida p ro p io p ara se d u c ir a las m u je ­ res, co n las q u e , p a ra g u sta rles, hay q u e e m p le a r u n a asid u i­ d ad in c o m p atib le co n la v id a d e u n am b icio so . Es n ec esario q u e e n su ju v e n tu d , y hasta q u e n o haya co n se g u id o esto s g ra n d e s cargos en los q u e las m u je re s le c o n c e d e rá n sus favores a cam b io d e su influ en cia, e s te h o m b re re n u n c ie a to d o s sus g u sto s y sa crifiq u e casi sie m p re el p la c e r actu al a la e sp eran z a d e los p la c e re s fu tu ro s . D ig o casi sie m p re , p o rq u e el cam in o d e la am b ició n es g e n e ra lm e n te m u y larg o de re c o rre r. S in h ab lar d e a q u e llo s cuya am b ició n , q u e a u m e n ta ap enas se ve satisfecha, su stitu y e c o n tin u a m e n te un d e se o satisfech o p o r u n n u e v o d e se o , d e cu a n to s m in istro s q u e rría n se r rey e s, d e cu a n to s re y e s asp ira rían co m o A le ja n d ro a u n a m o n a rq u ía un iv ersal y q u e rría n se n ta rse e n u n tro n o en el q u e los | te stim o n io s de re s p e to u n iv e rsa l les aseg u raran de q u e el u n iv e rso e n te r o se in te re s a p o r su felicid ad ; d e ja n d o de lado a esto s h o m b re s e x tra o rd in a rio s, y s u p o n ie n d o in ­ cluso q u e p u e d e h a b e r m o d e ra c ió n e n la am b ició n , es ‘ev i­ d e n te q u e el h o m b re q u e se ha v u e lto am b icio so p o r la p asión de las m u je re s n o alcanzará p o r lo g e n e ra l los p rim e ­ ros p u e s to s hasta u n a ed a d en la q u e to d o s e s to s d e s e o s se v en apagados. P e ro , a u n q u e esto s d eseo s e stu v ie ra n ú n ic a m e n te d e b ili­ ta d o s, apenas e s te h o m b re alcanza su o b je tiv o se e n c u e n tra co lo cad o so b re un escollo esca rp a d o y resb a lad izo , se vee x p u e s to al acech o d e los en v id io so s q u e , d isp u e sto s a d e rri­ b arle, m a n tie n e n a su a lre d e d o r lo s arcos sie m p re e n te n sió n . E n to n c es d e s c u b re h o rro riz a d o el te rrib le ab ism o q u e le ro d ea ; sie n te q u e, en su caída, triste p a trim o n io d e la grandeza, se c o n v e rtirá e n m ise ra b le s in f se r co m p a d e c id o ; qu e,

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e x p u e sto a lo s in su lto s d e a q u e llo s a los q u e su o rg u llo u ltra jó , será b la n co d el d e s p re c io d e sus rivales, d e s p re c io aú n m ás cru e l q u e lo s u ltra je s; q u e, c o n v e rtid o e n el h azm ere ír d e sus in fe rio re s, é sto s se lib ra rá n d e e s te trib u to d e re s p e to del q u e , a u n q u e alg u n a vez p u d o p a re c e rle fasti­ d io so , le re su lta in s o p o rta b le v erse p riv ad o , p u e s su g o c e es u n h á b ito q u e se ha c o n v e rtid o p a ra él e n n ec esid ad . C o n s­ tata q u e , p riv a d o del ú n ic o p la c e r del q u e ha g o z a d o , y h u m illad o , ya n o p u e d e g o za r, c o n te m p la n d o sus g ran d e zas c o m o el avaro sus riq u e z a s, d e la p o sib ilid a d d e to d o s los g o ce s q u e aq u ellas p o d ría n p ro c u ra rle . E ste am b icio so se ve, p u e s , d e te n id o , p o r m ie d o a las p re o c u p a c io n e s y al d o lo r, e n la ca rre ra en la q u e el a m o r al p la c e r le ha fo rz ad o p articip a r: el d e s e o d e c o n s e rv a r | suced e e n su co ra zó n al d e s e o d e ad q u irir. A h o ra b ien , los c u id a­ d o s n ec esario s p ara m a n te n e rs e en sus cargos son ap ro x im a ­ d a m e n te los m ism o s q u e p a ra c o n se g u irlo s, p o r lo cual, es e v id e n te q u e e s te h o m b re te n d rá q u e p a sa r la é p o c a d e su ju v e n tu d y de la ed a d m a d u ra o c u p a d o en c o n s e g u ir o c o n ­ se rv a r u n o s cargos q u e h an sid o ú n ic a m e n te d esea d o s co m o m e d io s p ara a d q u irir los p la c e re s de . los q u e sie m p re se ha p riv ad o . D e e sta fo rm a , al lle g ar a la ed ad en la q u e se es in cap az d e a d o p ta r u n n u e v o g é n e r o d e vida, se e n tre g a , y d e h e c h o d e b e e n tre g a rse e n te r a m e n te , a sus an tig u as o c u p a c io ­ nes; p o rq u e un alm a sie m p re ag itad a p o r te m o re s y vivas esp eran z as y m o v id a sin c e sa r p o r fu e rte s p asio n es, p re fe rirá sie m p re el to rm e n to d e la a m b ic ió n a la in síp id a calm a de u n a v id a tran q u ila. P a re c id o s a las naves a las q u e las olas m a n tie n e n | en la co sta d e l su r, a u n q u e los v ie n to s d el n o r te n o agiten los m a re s, lo s h o m b re s sig u en e n la v e je z la d ire c ­ ció n q u e las p asio n es les h an d a d o en la ju v e n tu d . H e m o stra d o có m o , a tra íd o hacia los p u e s to s d e p re stig io p o r la p asió n de las m u je re s , el am b icio so e m p re n d e u n ca m in o árido. Si e n c u e n tra e n él alg u n o s p la c e re s, ésto s están sie m p re m ezclados d e am arg u ra ; si los d isfru ta co n fru ic ió n es sólo p o rq u e son raro s y espaciad o s, c o m o esto s árb o le s q u e e n c o n tra m o s m u y d e vez e n c u a n d o en los d e s ie rto s d e L ibia y cu y o fo llaje re se c o o fre c e u n a so m b ra sólo ag rad ab le p ara el re q u e m a d o african o q u e d escan sa a su vera. La c o n tra d ic c ió n q u e a p re c ia m o s e n tre la c o n d u c ta d el am b icio so y los m o tiv o s q u e le im p u lsan a o b ra r n o es m ás q u e a p a re n te ; la a m b ic ió n se e n c ie n d e e n n o so tro s só lo p o r

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am o r al p la c e r y te m o r al d o lo r. P e ro , se n o s d irá, si la avaricia y la a m b ició n so n j e fe c to d e la se n sib ilid ad física, p o r lo m e n o s el o rg u llo n o tie n e el m ism o o rig en .

C a p í t u l o X III

Del orgullo

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El orgullo n o es m ás q u e el se n tim ien to , v e rd a d e ro o falso, q u e te n e m o s d e n u e s tra su p e rio rid a d ; s e n tim ie n to q u e p o r d e p e n d e r d e la co m p arac ió n q u e h ac em o s d e n o s o tro s m is­ m os co n los d em ás, fa v o ra b le p a ra n o so tro s, su p o n e la ex is­ te n cia de los h o m b re s y ta m b ié n d el e s ta b le c im ie n to d e las so cied ad es. El se n tim ie n to d e l o rg u llo n o es in n a to c o m o el d el p la ce r o d el d o lo r. El o rg u llo no es m ás | q u e un s e n tim ie n to artificial q u e su p o n e el c o n o c im ie n to d e lo h e rm o s o y d e lo ó p tim o . A h o ra bien, lo ó p tim o y lo h e rm o s o es lo q u e la m a y o ría d e los h o m b re s sie m p re h an c o n s id e ra d o y e stim a d o co m o tal. La id e a d e la e stim a h a p re c e d id o a la id e a d e lo estim ab le. La v erd a d es q u e esta s dos id eas d e b e n d e h a b e rse co n fu n d id o . A sí, el h o m b re q u e an im a el n o b le y so b e rb io d e se o d e g u sta rse a sí m ism o y q u e c o n te n to co n su p ro p ia estim a se c re e in d ife re n te a la o p in ió n g e n e ra l, se d e ja en este p u n to en g a ñ ar p o r su p ro p io o rg u llo y to m a el d e s e o d e ser e stim a d o p o r el d e se o d e se r d ig n o d e estim a. El o rg u llo , e n efe cto , n o p u e d e se r m ás q u e u n d e se o s e c re to y d isim u la d o d e la e stim a pú b lica. ¿ P o r q u é el m ism o h o m b re q u e en las selvas d e A m é ric a se e n o rg u lle c e d e su h ab ilid ad , d e la | fu erza y agilidad de su c u e rp o , no se e n o r ­ g u lle c e en F ran cia d e estas cu alid ad es c o rp o ra le s si n o es a falta d e cu alid ad es m ás esenciales? Es d e b id o a q u e la fu e rz a y la agilidad del c u e rp o n o so n , ni d e b e n se r ta n estim a d as p o r u n fra n cé s co m o p o r u n salvaje. P ara p r o b a r q u e el o rg u llo n o es m ás q u e u n a m o r d isim u la d o d e la estim a, su p o n g a m o s u n h o m b re p re o c u p a d o ú n ic a m e n te p o r el d e s e o d e c o n v e n c e rse d e sus in m e jo ra b le s cu a lid a d es y d e su s u p e rio rid a d . D e n tr o d e es ta h ip ó te sis, la

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su p e rio rid a d m ás p e rso n a l, la m ás in d e p e n d ie n te d el azar, le p a re c e ría sin d u d a la m ás h alagadora. T e n ie n d o q u e esco g e r e n tre la g lo ria d e las le tra s y la g lo ria d e las arm as, d aría su p re fe re n c ia a la p rim e ra . ¿A caso se a tre v e ría a c o n tra d e c ir al p ro p io C ésar? ¿ N o q u e rría a d m itir con e s te h é ro e q u e , p ara el p ú b lic o ilu stra d o , los la u re le s d e la v ic to ria | se r e p a rte n e n tre el so ld a d o y el azar, y q u e , p o r el c o n tra rio , los la u re les de las m usas p e r te n e c e n p o r e n te r o a q u ie n e s ellas in sp iran ? ¿ N o a c e p ta ría q u e el azar ha c o lo c a d o a m e n u d o a la ig n o ran c ia y la co b a rd ía so b re u n c a rro triu n fa l, p e r o q u e n o ha c o ro n a d o n u n ca la f re n te d e u n a u to r e s tú p id o ? C o n s u lta n d o ú n ic a m e n te a su o rg u llo , es d e c ir, b ajo el d e s e o d e c o n v e n c e rs e d e su p ro p ia ex celen cia, se g u ro q u e la p rim e ra clase d e g lo ria le p a re c e ría la m ás estim a b le. Las p re fe re n c ia s d e q u e g o za el g ra n cap itán s o b re el filósofo p r o fu n d o n o le h aría n c a m b ia r d e o p in ió n ; e n te n d e ría q u e si el p ú b lic o o to rg a m ás e stim a al g e n e ra l q u e al filó so fo es p o r q u e las h ab ilid a d es d el p rim e ro tie n e n u n a in flu e n cia m ás in m e d ia ta so b re la felicid ad p ú b lic a q u e las m áxim as d e un J sabio, q u e n o resu ltan d e u tilid ad in m e d ia ta m ás q u e p ara el p e q u e ñ o n ú m e ro de a q u e llo s q u e q u ie re n se r ilu stra d o s. A h o ra bien, si n o e x iste , sin em b a rg o , en F rancia n ad ie q u e n o p re fie ra la g lo ria d e las arm as a la d e las le tras, llego a la co n c lu sió n d e q u e el d e s e o d e se r d ig n o d e e stim a se d e b e só lo al d e s e o d e se r e stim a d o y, q u e el o rg u llo no es m ás q u e el a m o r m ism o d e la estim a. P ara p ro b a r, a c o n tin u a c ió n , q u e la p a sió n d el o rg u llo o d e la estim a es un e fe c to d e la sen sib ilid ad física, hay q u e ex a m in a r a h o ra si d e se a m o s la estim a p o r la estim a m ism a y si e ste a m o r de la estim a n o p u e d e ser e fe c to d el m ie d o al d o lo r y del a m o r al placer. ¿A q u é o tra causa p o d ría m o s, en efe cto , a trib u ir el afán co n el q u e se b usca la e stim a pú b lica? ¿Se d e b e acaso a la d esco n fian z a in te r io r q u e j ca d a u n o sie n te p o r su m é rito y, p o r co n sig u ie n te , al o rg u llo , el cual, q u e rie n d o su p ro p ia estim a y n o p u d ie n d o e stim a rse él solo, n e c e sita el su frag io p ú b lic o p ara re fo rz a r la alta o p in ió n q u e tie n e d e sí m ism o y p a ra g o za r d el d elicio so se n tim ie n to d e su excelencia? P e ro si e s te fu e ra el ú n ic o m o tiv o q u e te n e m o s p ara d e s e a r la estim a, e n to n c e s, la estim a m ás e x te n d id a , es d ecir, la q u e nos es o to rg a d a p o r el m a y o r n ú m e ro de h o m b re s , n o s p a re c e ría sin d u d a la m ás h alag a d o ra y la m ás d e s e a b le , 349

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co m o la m ás ad e cu a d a p ara acallar en n o c o tro s u n a in o p o r­ tu n a d esco n fian z a y p ara c o n v e n c e rn o s d e n u e s tro m é rito . A h o ra b ien , su p o n g a m o s q u e los p la n eta s fu e ra n h ab itad o s p o r seres p are cid o s a n o so tro s; su p o n g a m o s q u e un g e n io v in ie ra a cada m o m e n to a in fo rm a rn o s de lo q u e p asa en ellos y q u e un h o m b re tu v ie ra q u e e sc o g e r e n tre la estim a de su | país y la de to d o s los m u n d o s celestes. D e n tr o d e esta h ip ó te sis, ¿no es e v id e n te q u e d e b e ría m o s p r e f e r ir la estim a m ás e x te n d id a , es d ecir, la d e to d o s los h a b ita n te s p la n e ta ­ rios, a la d e n u e s tro s co n c iu d a d an o s? Sin em b a rg o , n o hay nadie q u e , e n estas circ u n stan cias, n o se d e c id ie ra a fav o r d e la estim a nacional. A sí, p u es, el d e se o d e e stim a n o se d e b e al d e s e o q u e te n e m o s d e c o n v e n c e rn o s de n u e s tro m é rito , sino a las v e n ta ja s q u e esta estim a p ro cu ra. P a ra c o n v e n c e rn o s d e ello , p re g u n té m o n o s d e d ó n d e v ien e el afán co n q u e q u ie n e s se d ic en m ás celo so s d e la e stim a p ú b lic a buscan los g ran d e s cargos in clu so en las é p o ­ cas en q u e, c o n tra ria d o s p o r in trig as y co n ju ra c io n e s, no p u e d e n h a c e r nada ú til p ara su nació n , e x p o n ié n d o se así, a las burlas d el | p ú b lic o q u e, sie m p re ju sto e n sus ju icio s, d e sp re c ia a to d o aq u el q u e es lo b a sta n te d ife re n te a su estim a p ara a c ep tar u n e m p le o q u e n o p u e d e d e s e m p e ñ a r d ig n a m e n te ; p re g u n té m o n o s ta m b ié n p o r q u é n o s se n tim o s m ás halagados p o r la e stim a d e u n p rín c ip e q u e p o r la d e u n h o m b re sin n in g ú n cré d ito : y v e re m o s q u e en to d o s los casos n u e s tro am o r p o r la estim a es p ro p o rc io n a l a las v e n ta ja s q u e nos p ro m e te . Si a la estim a d e u n p e q u e ñ o n ú m e ro d e h o m b re s selectos p re fe rim o s la de una m u ltitu d d e g e n te vulg ar, es p o rq u e en e sta m u ltitu d v em o s a m ás h o m b re s so m e tid o s a esta clase de d o m in io q u e la estim a e je rc e so b re las alm as; y p o r q u e un n ú m e ro m a y o r d e a d m ira d o re s ev o c a m ás a m e n u d o en n u e s­ tro e s p íritu la im ag en agrad ab le d e los p la ce re s q u e aq u éllo s p u e d e n p ro c u ra rn o s.

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¡ P o r esta raz ó n n o s tie n e sin cu id ad o la ad m iració n d e u n p u e b lo co n el q u e n o te n e m o s n in g u n a re la c ió n y hay m u y p o co s fran ceses a los q u e les em o c io n a ría la estim a q u e p u d ie ra n te n e r p o r ello s lo s h a b ita n te s d el g ra n T íb e t. Si hay h o m b re s q u e q u e rría n a p o d e ra rse d e la estim a u n iv e rsa l, y q u e esta ría n in clu so celo so s d e la estim a d e las tie rra s a u s tra ­ les, e s te d e s e o n o es e fe c to d e u n a m o r m ás g ra n d e p o r la

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estim a, sino tan sólo del hábito que tienen de unir la idea de una m ayor felicidad con la idea de una m ayor estim a (31). La últim a y más fu e rte p ru eb a ¡ de esta verdad es la desgana que se tiene p o r la estim a (32) y la escasez que hay de grandes hom bres en las épocas en q u e no se conceden grandes recom pensas al m érito. Parece com o si un hom bre capaz d e g randes aptitu d es y de grandes virtudes firm ase un co n trato tácito con su nación en virtud del cual se co m pro­ m ete a hacerse ilustre m ed ian te disposiciones y acciones útiles para sus conciudadanos, a cam bio de que éstos, agra­ decidos, atentos a aliviarle en todas sus dificultades, le p ro ­ porcionen todos los placeres. D e la negligencia o de la diligencia m ostrada ¡ p o r el público en cum plir esto s com prom isos tácitos d ep en d e, en todas las épocas y en todos los países, la abundancia o escasez de grandes hom bres. Así pues, no am am os la estim a p o r la estim a, sino úni­ cam ente p o r las ventajas q u e procura. En vano p re ten d ería ­ m os opon ern o s a esta conclusión con el ejem plo de C u r­ cio 5I: un hech o casi único nada p ru eb a en contra de unos principios apoyados en experiencias muy num erosas, prin ci­ p alm en te cuando este m ism o h echo p u e d e atribuirse a otros principios o explicarse naturalm en te p o r otras causas. Para form ar un C urcio, basta con que un h om bre, can­ sado de la vida, se en c u e n tre en la desgraciada disposición de ánimos 52 que determ ina a tantos ingleses al suicidio; o que, en | un siglo muy supersticioso, com o el de Curcio, nazca un h o m bre que, más fanático y más créd u lo aún que los otros, crea que p o r su e n treg a pod rá adquirir un lugar e n tre los dioses. T an to en una hipótesis com o en la otra, u no p u ede hacer voto de m atarse, ya sea para p o n er fin a sus miserias, ya sea para abrirse u n acceso a los placeres celestiales. La conclusión de este capítulo es, q u e si deseam os ser dignos de estim a es sólo para ser estim ados, y que sólo deseam os la estim a de los h o m b res para gozar d e los placeres que acom pañan a esta estim a. El am or a la estim a no es más q ue el am or disfrazado d e placer. P ero sólo existen dos clases de placeres: unos, son los placeres de los sentidos, y los otros, son los m edios de adquirir estos m ism os placeres,

51 Ver nota 45. D iscurso II. 52 En el original, «disposition d e corps».

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m edios q u e colocam os en la categoría de placeres | po rq u e la esperanza de un p lacer es ya un principio de placer, el cual, sin em bargo, no existe más que cuando esta esperanza se pued e realizar. La sensibilidad física es así la sem illa pro d u c­ to ra del orgullo y d e todas las otras pasiones, e n tre las cuales cu en to la am istad, la cual, más in d ep en d ien te en apariencia del placer de los sentidos, m erece ser estudiada para confir­ m ar, con este últim o ejem plo, to d o lo q u e he dicho sobre el origen de las pasiones.

C a p ít u l o X IV

De la am istad

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f A m ar es te n e r una necesidad. N o existe amistad sin necesidad: sería un efecto sin causa. N o todos los hom bres tienen las mismas necesidades; la amistad se funda, pues, sobre m otivos diferentes. Los hay que necesitan placer o dinero, o tro s necesitan crédito, éstos necesitan conversar, aquéllos confiar sus penas. En consecuencia, existen amigos po r placer, p o r d in ero (33), [ p o r la intriga, p o r espíritu y po r la desgracia. N o hay nada más útil que considerar I la amistad desde este p u n to de vista y form arse de ella ideas claras. j En am istad, co m o en am o r, in v e n ta m o s a m e n u d o novelas: buscam os h éro es p o r todas p artes; j a cada m o­ m en to creem os haberlo encontrado; nos agarram os al p ri­ m ero que llega; lo am am os en tanto que lo conocem os poco y tenem os curiosidad p o r conocerlo. En cuanto hem os satis­ fecho nuestra curiosidad, sentim os hastío: no hem os encon­ trado al h éro e de nuestra novela. Es así com o llegam os a ser susceptibles de apasionam iento, p e ro som os incapaces de amistad. P o r el p ropio in terés de la am istad es necesario que tengam os de ella una idea clara. H e de confesar, p o r co nsiderar la am istad com o una nece­ sidad recíproca, q u e es m uy difícil q u e esta necesidad, y por consiguiente la m ism a amistad subsista | d u rante un largo p erío d o de tiem po (34), e n tre dos hom bres. En efecto, no hay nada más raro que las antiguas am istades (35).

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Y a que el sentim iento d e la am istad, m ucho más dura­ d ero que el del am or, tiene un nacim iento, un crecim iento y una decadencia, | quien lo sabe no pasa de la am istad más intensa al odio más fu e rte ni se halla ex p u esto a d etestar lo que ha amado. ¿Le ha fallado un amigo? N o se encoleriza con él, sino que se lam enta de la naturaleza hum ana y ex­ clama llorando, ¡ M i amigo ya no tim e las mismas necesidades! Es difícil form arse una idea clara de la am istad. T odo lo que nos rodea in ten ta engañarnos sobre esta cuestión. E ntre los hom bres los hay q u e para sobrevalorarse ante sus propios ojos exageran los sentim ien to s que sien ten p o r sus amigos, se forjan descripciones novelescas de la am istad y se persua­ den de su realidad hasta el m o m e n to en que se p resen ta una ocasión qu e, desengañándoles de sus amigos, les hace darse cuenta de q u e no am aban ta n to com o creían. | Esta clase de perso n as suelen p re te n d e r que sienten la necesidad de am ar y d e ser am ados con gran intensidad. A hora bien, debido a q u e cuando nos sentim os más im pre­ sionados p o r las v irtu d es d e un ho m b re es al verlo las prim e­ ras veces; com o la co stu m b re nos vuelve insensibles a la belleza, al espíritu e incluso a las cualidades del alma; com o nos dejam os im presionar vivam ente p o r el placer de la sor­ presa, un hom bre de ingenio p u d o decir a este resp ecto que los que q u ieren ser am ados con tanta fuerza (36) d eben, en amistad com o en am or, te n e r m uchas relaciones pasajeras y ninguna pasión: p o rq u e | los inicios, decía, tanto en el am or com o en la am istad, son siem pre los m om entos más intensos y más tiernos. Pero, por cada hom bre que se hace ilusiones, hay en amis­ tad diez hipócritas que afectan unos sentim ientos que no sienten, engañan sin ser engañados. Pintan a la am istad con vivos colores, p e ro falsos; só lo atentos a su in terés, quieren obligar a los dem ás a ajustarse, en su favor, a un tal re tra ­ to (37). | Expuestos a tantos erro re s, es difícil hacerse una idea clara de la amistad. P ero, se nos dirá, ¿qué mal hay en exagerar un poco la fuerza d e este sentim iento? El mal de acostum brar | a los h om b res a exigir de sus am igos unas perfecciones q u e la naturale 2 a no com porta. Seducidos p o r estas descripciones y al fin ilum inados p o r la experiencia, una infinidad d e g entes nacidas sensibles, pero cansadas de c o rre r en p os de una quim era, se desenga-

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ñan de la amistad, para la q u e h u b ieran tenido disposición si no hubieran tenido d e ella una idea novelesca. La am istad supone una necesidad; cuanto más intensa sea este necesidad, más fu e rte será la am istad. La necesidad es la m edida del sentim iento. Im aginem os a un hom bre y una m u jer que, escapando a un naufragio, buscan salvación en una isla desierta; sin esperanzas de volver a ver la patria, se ven obligados a ayudarse m u tu am en te para d efenderse de las bestias feroces, para vivir y librarse de la desesperación; no existe una am istad m ás intensa q u e la de este | h om bre y esta m u jer que tal vez se habrían d etestad o si se hubieran q u e ­ dado en París. ¿M uere uno de ellos? El o tro q u eda com o si hubiera realm ente p erd id o la m itad de sí m ism o; ningún do lo r iguala a su dolor. H ay que h ab er vivido en una isla desierta para sentirlo con to d a su violencia. P ero si la fuerza de la amistad es siem pre proporcional a nuestras necesidades, existen, p o r consiguiente, unas form as de go b iern o , unas costum bres, unas condiciones y, final­ m ente, unos tiem pos más favorables q u e o tro s a la am istad. En los tiem pos de la caballería, cuando se tom aba un com pañero de arm as, cuando dos caballeros com partían p o r igual gloria y peligro, cuando la cobardía de uno podía costar la vida y el h o n o r al o tro , al ten er p o r p ropio interés que escoger con la m ayor atención [ a los amigos, éstos se sentían muy fu ertem en te unidos. C uando la m oda de los duelos sustituyó a la caballería, las gentes que cada día se exponían juntos a la m u erte debían ciertam ente ser m uy q ueridos los unos a los otros. Entonces la am istad era o b je to de gran veneración y era contada en tre las virtudes. Al m enos suponía en los duelistas y en los caballeros una gran lealtad y valor, virtudes que eran muy celebradas y que debían serlo ex trem ad am en te p o rq u e estas virtudes estaban casi siem pre en acción (38). C onviene reco rd ar que algunas veces | unas m ism as vir­ tudes son sujetas a distintas valoraciones según los tiem pos, dep en d ien d o del distinto g rad o d e utilidad del que gozan en cada época. ¿Q uién duda de q u e en épocas de trasto rn os y de rev o lu ­ ciones, y bajo form as d e g o b iern o q u e se prestan a las facciones, la amistad deba ser más fu e rte y más valiente que en un estado tranquilo? La historia nos prop orciona en este cam po mil ejem plos de heroísm o. En aquellos m o m entos la

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am istad supone valor, discreción, firm eza, inteligencia y p ru ­ dencia, cualidades que, absolu tam en te necesarias en épocas revueltas y que raram en te se dan juntas en un m ism o hom ­ bre, han d e hacerlo m uy q u erid o a su amigo. Si dadas nuestras costum bres no pedim os estas mismas cualidades (39) a n uestros am igos, | es p o rq u e ya no nos son útiles, p o rq u e ya no ten em o s secretos im portantes que con­ fiar, ni com bates q u e librar y, p o r consiguiente, po rq u e ya no necesitam os ni la prudencia, ni la inteligencia, ni la dis­ creción, ni el valor del amigo. En la form a actual de n u estro | g o b iern o los particulares no están unidos p o r ningún in terés com ún. Para hacer for­ tu n a se necesitan m enos am igos que pro tecto res. Al abrir la p u erta de todas las casas, el lujo y esto que se llama el espíritu de sociedad han elim inado en una infinidad de p e r­ sonas la necesidad de la am istad. N in g ú n m otivo, ningún interés son suficientes para hacernos hoy so p o rtar los defec­ tos reales o relativos de n uestros amigos. La am istad ya no existe (40); ya no unim os a la palabra amigo las mismas ideas que en otros tiem pos le atribuíam os; en nuestros tiem pos podem os, pues, exclam ar con A ristóteles (41): ¡Oh amigos míos! ya no hay amigos! I A hora bien, así com o se dan épocas, costum bres form as de g o b iern o en las q u e hay más o m enos necesidad de amigos, y si la fuerza de la am istad es siem pre p ro p o rcio ­ nada a la intensidad de esta necesidad existen tam bién situa­ ciones en las que el corazón se abre más fácilm ente a la amistad: son o rd in ariam en te aquellos m om entos en los que necesitam os la ayuda de los demás. Los desgraciados son en general los am igos más tiernos; unidos p o r una com unidad de sufrim iento, I al lam entar los males de su am igo gozan del placer de com padecerse de sí m ism os. Lo que he dicho acerca de las situaciones, vale para los caracteres: los hay que no pueden prescindir de los amigos s3. E ntre ellos, unos son esos caracteres débiles y tím idos que en su conducta n o se d eciden si no es con la ayuda y el

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53 En el original: «il en e st qui ne peuvent se passer d’amis». Esto origina una fuerte confusión en las páginas que siguen. D e hecho, H elvétius va a com entar los caracteres que no pueden pasar sin la amistad y los q u e no necesitan de ella. Pero, a su vez, en la prim era clase distingue «prim eros» y «segundos», lo que origina dicha confusión. Para obviarla hemos ordenado un poco el texto.

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consejo de o tro; o tro s son caracteres m alhum orados, desp ó ­ ticos, severos, que, cálidos am igos de aquéllos a quienes tiranizan, son m uy parecidos a una de las dos m u jeres de Sócrates, la que a la m u erte de este gran h o m bre se aban­ dona a un dolor más intenso q u e el d e la segunda, porque esta última, de carácter dulce y am able, no perdía con Sócra­ tes más que a un m arido, m ientras que aquélla perdía al m ism o tiem po al m ártir de sus caprichos y al único hom bre capaz de soportarlos. Existen, en fin, h o m b res exentos de | toda am bición, de pasiones fuertes, y que les encanta la conversación de las g entes instruidas. En nuestras costum bres actuales los hom ­ bres de este tipo, si son virtuosos, constituyen los amigos más afectuosos y constantes. Su alma, siem pre abierta a ia amistad, capta todo el encanto de la misma. N o teniendo, según im agino, ninguna pasión que p u ed a contrarrestar en ellos este sentim iento, é ste se co nvierte en su única necesi­ dad: p o r esto son capaces de una am istad m uy ilustre y valiente, sin que lo sea tan to com o la de los griegos y los escitas 54. P o r el contrario, se es p o r lo general m enos susceptible de amistad cuanto más in d ep en d ien te se es de los dem ás hom bres. Así, p o r ejem p lo , las p ersonas ricas y poderosas suelen ser poco sensibles a la am istad, | llegando incluso a parecer duros. En efecto, sea p o rq u e los hom bres son natu­ ralm en te crueles siem pre q u e p u ed an serlo im p u n em en te, sea p o rq u e los ricos y los p o d ero so s consideran la m iseria ajena com o un rep ro ch e a su felicidad, sea p o rq u e se quieren sustraer a las ino p o rtu n as peticiones de los desgraciados, lo cierto es que casi siem pre m altratan al m iserable (42). El espectáculo del desgraciado p ro d u ce sob re la m ayoría de los hom bres el m ism o efecto q u e la cabeza de la m edusa: a su vista los corazones se transform an en roca. Existen adem ás personas ind iferen tes a la amistad; son aquellas q u e se bastan j a sí m ism as (43). A costum bradas a buscar y en co n trar la felicidad en sí mismas y, p o r otra parte, dem asiado inteligentes p ara gozar con el p lacer de ser engañadas, no p u e d e n g u ard ar la feliz | ignorancia acerca de la

54 Los escitas eran un pueblo nómada, de origen iranio, que p en etró en el Asia M enor y Egipto. D espués de haber fundado un Estado bastante fuerte (siglo II a. C.), los escitas se fundieron con los invasores d e A sia a fines de la Antigüedad.

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m aldad de los h o m b res (ignorancia preciosa que, du ran te la prim era juven tu d , asegura m uy fu erte los lazos de la amis­ tad). P or esto son poco sensibles al en can to de este senti­ m iento, | aunque son susceptibles de él. A bundan menos, ha dicho una m ujer m uy aguda, los hombres insensibles que los hombres desengañados. | D e lo que he dicho se deduce que la fuerza de la am istad es siem pre p ro p o rcio n ad a a la necesidad q u e los hom bres tien en los unos d e los o tro s (44), y que esta [- necesidad varía de acuerdo con los tiem pos, las costum bres, las form as de go b iern o , las circunstancias y los caracteres. P ero, se nos dirá, si la am istad su p o n e siem pre una necesidad, no tiene p o r qué tratarse d e una necesidad física. ¿Q ué es un amigo? U n p arien te de n u estra elección. Se desea un amigo para, po r así decir, vivir en él, para desahogar n uestra alma en la suya y gozar con una conversación q u e la confianza hace siem pre muy agradable. Esta pasión no se funda ni en el te m o r al do lo r, ni en el am o r a los placeres físicos. Pero, replicaré, ¿en qué resid e el | encanto de la conversación con un amigo? En el placer de hablar d e uno mismo. Si la fo rtu n a nos ha colocado en una buena situación, hablam os con n u estro am igo de la m an era d e au m en tar n uestros bie­ nes, nuestros h onores, n u e stro créd ito y reputación. Si nos ha p u esto en la m iseria, buscam os con este am igo la m anera de librarnos de la pobreza y, m ientras hablam os de ello, al m enos nos libram os en la desgracia del fastidio de las con­ versaciones indiferentes. P o r consiguiente hablam os siem pre de nuestras penas o d e n u estro s placeres con nuestro amigo. P ero si, com o he p ro b ad o más arriba, no hay más placeres y penas verdaderas q u e los placeres y penas físicos; si los m edios de procurárnoslos n o son más que placeres de espe­ ranza, q u e su ponen la existencia de los p rim eros, d e los que no son m ás, p o r así decir, más q u e una consecuencia; ia conclusión es que | la am istad, lo m ism o que la avaricia, el orgullo, la am bición y las o tras pasiones, son efecto inm e­ d iato de la sensibilidad física. C om o últim a p ru eb a d e esta verdad voy a m ostrar que con la ayuda de estas m ism as penas y de estos m ism os placeres p odem os excitar en n osotros toda clase de pasiones y que, así, las penas y los placeres de los sentidos son el germ en p ro d u c to r de todos los sentim ientos.

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C a p ítu lo

XV

Respecto a que el temor a las penas, o el deseo de los placeres físicos, pueden alumbrar en nosotros toda clase de sentimientos

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| C onsultem os con la historia y verem os que en todos los países en los que se han favorecido ciertas virtudes con la prom esa de los placeres d e los sentidos, estas virtudes han sido las más usuales y las q u e más han resplandecido. ¿P or qué los cretenses, los beocios 55 y, en general, todos los pueblos más dados al am o r han sido los más valientes? Es sin duda, p o rq u e en estos países las m u jeres concedían sus favores sólo a los valientes, p o rq u e los placeres del am or, com o hacen notar | Plutarco y P latón, son los más aptos para elevar el alm a de los pueblos y la más digna recom pensa de los héroes y de los h om bres virtuosos. P o siblem ente fuera e ste el m otivo q u e llevó al senado rom ano, para halagar a César, al decir de algunos historiado­ res, a concederle m ediante una ley expresa el d erech o de gozar de todas las damas rom anas; y tam bién el que, d e acuerdo con las costum bres griegas, hiciera decir a Platón que, al fin del com bate, el más h erm oso había de ser la recom pensa para el m ás valiente, proy ecto que ya se le había o cu rrid o a E pam inondas cuando, en la batalla de Leuctra 5f>, puso al am ante al lado de la am ada, práctica que le pareció muy apropiada para asegurar los éxitos m ilitares. ¡Q ué p o d e r no tien en sobre noso tro s los placeres de los | sentidos! Ellos hicieron invencible al batallón sagrado de los tebanos; ellos inspiraron el valor más gran d e a los p ueblos antiguos, cuando los vencedores se repartían las riquezas y las m u jeres de los vencidos; ellos m oledaron, en fin, el carácter de estos virtuo­ sos sam nitas 57 en tre los que la m ayor belleza era el prem io de la m ayor virtud. Para d em o strar esta verdad con un ejem plo más deta-

55 Los cretenses eran u n pueblo d e la isla de C reta, q u e desarrolló, hacia el tercer m ilenio a. d e C ., una adelantada cultura neolítica y una brillante talasocracia. Los beocios eran un pueblo d e G recia central, con capital en Tebas, que, bajo el m ando de Epaminondas, ejerció la hegem onía sobre G recia, a principios del siglo III a. de. C. 56 En Leuctra, los tebanos vencieron a los espartanos (371 a. C.). 57 Los samnitas eran u n antiguo pueblo itálico que com batió du ran te treinta y siete años (327-290 a. d e C.) contra los rom anos; al final fu eron vencidos y anexionados p o r R om a después de la batalla d e Sentinum.

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liado, estudiem os los m edios de que se valió Licurgo para llevar al corazón de sus conciudadanos el entusiasm o y lo que podríam os llam ar fiebre de la virtud y verem os que si ningún pueb lo su p eró a los lacedem onios en valor fue p o r­ que ningún p u eb lo h o n ró tan to a la virtu d ni recom pensó m e jo r el valor que ellos. R eco rd em o s las fiestas solem nes en las que, conform e | a las leyes de Licurgo, las herm osas jóvenes lacedem onias avanzaban danzando sem idesnudas en las asam bleas del pueblo. Allí, en p resencia de la nación 5S, insultaban con sátiras a los que habían dado m uestras de alguna debilidad en la g u erra y celebraban con canciones a los jóvenes g u e rre ro s que se habían señalado p o r algunas hazañas resplandecientes. ¡Q u ién d uda de q u e el cobarde, expuesto delante d e to d o el p u eb lo a las burlas de estas jóvenes, p reso del to rm e n to de la vergüenza y la confusión, estaría devorado p o r el más cruel arrep en tim ien to ! Y, p o r el contrario, ¡qué triunfo para el joven h éro e que recibía la palm a de la gloria d e m anos d e la belleza, que leía la estim a en la frente de los viejos, el am or en los ojos de estas jóvenes y la seguridad de u n o s | favores cuya sola esperanza es ya un placer! ¿Q u ién dudará de q u e este joven g u errero estaba loco p o r la virtud? Así, los espartanos, siem pre im pa­ cientes p o r luchar, se p recipitaban con fu ro r contra los bata­ llones enem igos y, ro d ead o s p o r todas partes p o r la m u erte, sólo pensaban en la gloria. T o d o en esta legislación concurría para m etam orfosear a los h om bres en héroes; p ero para aplicarla era necesario q u e Licurgo, convencido de que el placer es el único m o to r universal de los h om bres, hubiera com prend id o que las m ujeres, que com o las flores de un herm oso jardín parecían no estar hechas más q u e para el adorno de la tierra y el p lacer de los ojos, podían ser em ­ pleadas para un uso m ás noble; q u e este sexo, despreciado y degradado en casi todos los p u eb lo s del m u n d o , podía gozar de la | gloria ju n to con los h om bres, participar con ellos de los laureles que les ofrecía y convertirse, p o r fin, en uno de los principales reso rtes d e la legislación. En efecto, si el p lacer del am o r es para los h o m bres el

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58 En el original, «nation». Y a hemos señalado la ambigüedad de H elvétius en el uso de este concepto. A quí su sentido parece ser el de «pueblo» o «país», es decir, que incluye a los hom bres, a las instituciones, a las costum bres... H em os traducido p o r «nación» y no por «pueblo» para evitar q u e p u d ie ra leerse ese térm ino con el significado de «conjunto de hom bres».

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más intenso de los p laceres ¡qué g erm en de valor no encierra y qué entusiasm o p o r la virtud no ha de inspirar el deseo de las m ujeres! (45). Q uien reflexione sobre esta cuestión co m p renderá que, si la asam blea de los espartanos h u b iera sido m ás num erosa, de m anera q u e a los cobardes se les h u b iera cubierto aún más de ignom inia, y hubiera sido posible co n ced er aún más resp eto y m ayores h om enajes j al valor, E sparta h ubiera ido aún más lejos en su entusiasm o p o r la virtud. Para probarlo, supongam os q u e p rofundizando, yo diría, en los designios de la naturaleza, se h u b iera im aginado que ésta, al adornar a las bellas m u je re s con tantos atractivos y al procurarnos con su goce un placer indecible, h ubiera q u erido que fueran la recom pensa a la más alta virtud; supongam os, adem ás, que, a ejem plo de estas vírgenes consagradas a Isis o a Vesta, las más bellas lacedem onias hubieran sido consagra­ das al m érito; que, haciéndolas p resen tarse desnudas en las asambleas, hubieran sido arrebatadas p o r los g u erre ro s com o prem io a su valor y que estos jóvenes g uerreros hubieran experim entado sim ultáneam ente la doble exaltación del am or y de la gloria. Por extravagante y alejada de nuestras costum bres que parezca esta j legislación, lo cierto es que hubiera hecho a los espartanos aún más virtuosos y valientes, porque la fuerza de la virtud es siem pre proporcionada al grado de placer que se le asigna com o recom pensa. A p ro p ó sito de esta costum bre, q u iero señalar que, p o r extravagante que parezca, está en uso en el reino de Vijayanagar, cuya capital es N arsin g p u r S9. Para aum en tar el valor de sus g u errero s, el rey de este im perio, según cuentan los viajeros, com pra, alim enta y viste de la m anera más seduc­ tora y magnífica a unas m u jeres destinadas al placer de los g u errero s q u e se han destacado en alguna gran hazaña. D e esta m anera inspira u n gran valor a sus súbditos y atrae a su corte a todos los g u e rre ro s d e los pueblos vecinos, los cua­ les, ilusionados con la esperanza de gozar de estas herm osas m ujeres, abandonan | su país y se instalan en Narsingpur, en donde sólo se alim entan de la carne de leones y tigres y sólo beben la sangre de estos anim ales (46).

59 Vijayanagar (en francés, Bisnagar) fue ei im perio hindú q u e ejerció la soberanía en ia India M eridional durante los siglos XIV y XVI y que rep resen ta la últim a resistencia del espíritu nacional contra el islamismo conquistador. Narsingpur (en el texto francés, Narsingue) es una ciudad de la India.

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D e todos estos ejem p lo s q u e hem os aportad o , se deduce que las penas y los p laceres | de los sentid o s, p u e d e n inspirarnos toda clase de pasiones, de sen tim ien to s y de virtudes. Y com o últim a p ru eb a d e e sta verd ad citaré, sin recu rrir a etapas históricas o países tan alejados, a la ép o ca caballeresca, cuando las m u jeres enseñaban a los aspirantes a caballero el arte y el catecism o de amar. Si en aquellos tiem pos, com o dice M aquiavelo, al insta­ larse los franceses en Italia parecían tan valientes y terribles a los descen d ien tes d e los rom anos, era p o rq u e estaban anim a­ dos del m áxim o valor. ¿Y cóm o podían no estarlo? Las m u jeres, añade este histo riad o r, sólo concedían sus favores a los más valientes d e ellos. Para juzgar los m éritos de un am ante y su tern u ra, las p ru eb as que ellas exigían eran la de hacer prisioneros d e | gu erra, in te n ta r un asalto o arreb atar una posición a los enem igos; p referían v er m o rir a su am ante antes que verlo huir. Un caballero estaba en esos tiem pos obligado a luchar para conservar la belleza de su dam a y su extraord in ario am or. Las hazañas de los caballeros eran tem a p e rm a n e n te de las conversaciones y de las novelas. En todas partes se recom endaba la galantería. Los poetas p reten d ían que en m edio de los com bates y de los peligros, el caballero tenía siem pre p re se n te en su m em oria la im agen de su dama. En los torneos, antes de q u e tocaran a la carga, p reten d ían que el caballero fijara los ojos en su am ante, com o atestigua esta balada:

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Servidores del am or, m irad dulcem en te, a los graderíos, ángeles del paraíso; com batiréis en to n ces valiente y felizm ente y seréis h o n rad o s y am ados. | T od o predicaba el am or. ¿Q ué re so rte más p o d ero so que él para m over a las almas? El p o rte , las m iradas, los m enores gestos d e la belleza, ¿no encantan y em briagan los sentidos? ¿ N o p u e d e n las m u jeres crear si les place almas y cuerpos fu ertes d o n d e sólo habían im béciles y débiles? ¿N o ha elevado Fenicia, b a jo el n o m b re de V enus o A starté, alta­ res a la belleza? Sólo n u estra religión p u d o d e stru ir estos altares. ¿Q ué o b je to es, en efecto, más digno de nuestra adoración (para el que no está ilum inado p o r los rayos de la fe) q u e éste al que el cielo ha h ech o p recio so d ep o sitario del más intenso de

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nuestros placeres? Placeres cuyo solo goce p u ed e hacernos sopo rtar con fruición el penoso fardo d e la vida y consolar­ nos p o r la desgracia d e existir. | La conclusión general de lo que he dicho acerca del origen de las pasiones, es q u e el d o lo r y el placer d e los sentidos hacen actuar y p en sar a los h o m b res y son el único contrapeso que m ueve el m u n d o m oral. Las pasiones son, pues, el efecto inm ediato de la sensibi­ lidad física. P or consiguiente, todos los hom bres son sensi­ bles y susceptibles d e pasiones, todos llevan en sí m ism os el g erm en p ro d u c to r del espíritu. P ero, se nos dirá, aunque los hom bres sean sensibles a las pasiones, no lo son todos tal vez en el m ism o grado; vem os, p o r ejem p lo , pueblos enteros indiferentes a la pasión d e la gloria y la virtud; luego, si los hom bres no son susceptibles de pasiones igualm ente fu e r­ tes, tam poco son capaces de esta m ism a continuidad de la atención que d ebem os considerar com o la causa de la gran desigualdad de su inteligencia. | D e d o n d e resulta que la na­ turaleza no ha co n cedido a todos los hom bres las mismas disposiciones al espíritu. Para contestar a esta o b jeció n no es necesario exam inar si todos los hom bres son igualm ente sensibles. Esta cuestión, tal vez más difícil d e resolver de lo q u e parece, es por otra parte ajena al tem a q u e m e ocupa. Sólo m e pro p o n g o exa­ m inar si todos los hom bres no son al m enos susceptibles de pasiones lo bastante fu ertes para dotarlos de la atención continuada que siem pre acom paña a la superioridad del espí­ ritu. C on este o b je to refu taré, en p rim er lugar, el argum ento sacado de la insensibilidad d e ciertas naciones a las pasiones de la gloria y de la virtud, arg u m en to m ediante el cual creen pro b ar que no todos los h o m b res son susceptibles d e pasiones. D iré, pues, q u e la insensibilidad | de estas naciones no deb e ser atribuida a la naturaleza, sino a causas accidentales, tales com o, p o r ejem p lo , a la form a d iferen te de sus go b ier­ nos.

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C a p í t u lo X VI A qué causa debe atribuirse la indiferencia de ciertos pueblos por la v irtu d

Para saber si la indiferencia de ciertos p ueblos p o r la virtud d ep en d e de la n aturaleza o de la form a particular de los gobiernos, hay q u e co n o c e r p rev iam en te al h o m bre, p e­ netrar hasta lo más h o n d o del corazón hum ano, reco rd ar que, nacido sensible al d o lo r y al placer, d eb e a la sensibili­ dad física sus pasiones y a éstas | to d o s sus vicios y todas sus virtudes. Sentados estos principios, para reso lv er la cu estión p ro ­ puesta más arriba hay q u e exam inar a continuación si las mismas pasiones, m odificadas de acuerdo con las diferentes form as de go b iern o , no p ro d u cirán en n o so tro s los vicios y las virtudes contrarias. C onsiderem os a u n h o m b re tan am ante de la g loria com o para sacrificar a ella todas las otras pasiones; si, p o r la form a de go b iern o , la gloria es siem p re el p rem io de acciones virtuosas, es ev id en te q u e este ho m b re estará em p ujado ne­ cesariam ente a la v irtu d y qu e, para hacer de él un Leónidas o un H o racio C ocles 60, no hay m ás que colocarle en un país y en unas circunstancias parecidas. P ero, se nos dirá, hay p ocos h om bres q u e se eleven a este grado de pasión. C o n testaré q u e sólo el h o m b re fu e rte ­ m en te apasionado p u e d e p e n e tra r | hasta el santuario d e la virtud. Lo que no pasa con esos h om bres incapaces de in te n ­ sas pasiones y a los q u e llam am os honrados. Si, au n q u e lejos de este santuario, estos últim os son m an ten id o s p o r los lazos de la pereza en el cam ino d e la virtud, es p o rq u e no tienen ni siquiera la fuerza p ara ap artarse d e él. Sólo la virtud d el p rim e ro es una virtud in teligente y activa; p e ro esta virtud no crece, o al m enos no alcanza un cierto grado de elevación, m ás que en las repúblicas g u erre ­ ras, p o rq u e únicam en te b ajo esta form a de g o b iern o la es­ tim a pública p u ed e elevarnos p o r encim a de los o tro s h o m ­ bres y hacernos m ereced o res de u n m ayor re sp e to de su

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60 H oracio Cocles es un h éro e d e la leyenda rom ana, q u e defendió él solo el p uente de Sublicio contra el ejército etrusco y perdió un ojo (cocles) en la acción.

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parte, estim a q u e es la cosa m ás halagadora, más deseable y más apropiada para p ro d u c ir g randes efectos. | La virtud de los h om bres honrados in serta en la pereza y producida, m e atrev eré a decir, p o r la ausencia de pasiones fuertes, no es más q u e una virtud pasiva qu e, poco ilustrada y, p o r consiguiente, m uy peligrosa en los p rim eros puestos, es p o r o tra parte bastante segura. Es com ún a todos aquellos a los que llam am os gente honrada, más apreciados p o r los males que no hacen q u e p o r los bienes que proporcionan. R esp ecto a los apasionados que he citado en prim er lu­ gar, es evid en te q u e el m ism o d eseo de gloria q u e en los prim ero s siglos de la repú b lica rom ana había en g en d rad o a los C urcio y a los D ecio, d eb ió p ro d u cir a los M ario y los O ctavio en m om en to s d e trasto rn o s y revoluciones, cuando la gloria, com o ocurría en los últim os tiem pos de la república, sólo iba unida a la tiranía y al p o d er. | Lo que digo de la pasión de gloria, es ig ualm ente aplicable al am o r p o r la consideración, que no es m ás q u e un dim inutivo del am or a la gloria y o b je to de los deseos de aquellos que no pueden alcanzar la celebridad. Este deseo de consideración d eb e, igualm ente, p ro ducir en épocas distintas unos vicios y unas virtudes contrarias. C uando el créd ito va d elante del m érito, este d ese o crea a los intrigantes y a los aduladores; cuando el din ero es más honrado q u e la virtud, p ro d u c e a los avaros que buscan las riquezas con el m ism o afán con el que los prim eros rom anos las huían p o rq u e era vergonzoso poseerlas: de do n d e con­ cluyo qu e, siendo las co stu m b res y los g o b iernos diferentes, el m ism o deseo ha d e p ro d u c ir a los C in c in a to 61, a los Papirio 62, a los C raso y a los Sejano 63. | A este pro p ó sito , q u ie ro hacer n o tar de paso la dife­ rencia que debe establecerse e n tre los am biciosos de gloria y los am biciosos de cargos y d e riquezas. Los prim eros sólo

61 Lucio Q uinto Cincinato fue un rico agricultor rom ano, nom brado cónsul (460 a. C.) y dictador (468 a. C ). V enció a los volscos; pasado el peligro, volvió a sus campos. 62 D e en tre los Papirio destacan en la historia d e Roma: Sexto Papirio, legendario legislador rom ano, contem poráneo de Tarquino el Soberbio. Cayo Papirio Cargo, orador rom ano, tribuno d e la plebe. Fue triunviro con Cayo G raco y cónsul en 120. A cusado p or Licinio C raso de complicidad con los gracos, se suicidó. Lucio Papirio Craso, magistrado rom ano del siglo IV a. d e C. M agister equitum con el dictador Lucio Papirio C ursor. Lucio Papirio C ursor, militar rom ano del siglo IV. D ictador en 325 a. de C., venció a los samnitas. 63 Lucio Aelio Sejano (2 0 a. C.-31 d. C.). Fue colaborador d e T iberio. C ruel y corrom pido, fue degollado p or orden del Em perador.

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pu ed en ser grandes crim inales p o rq u e los grandes crím enes, p o r la superioridad del ta le n to necesario para ejecutarlos y p o r el gran prem io q u e va u n id o a su éxito, son los únicos que p u e d e n im p resio n ar la im aginación d e los h om bres y arrebatar su adm iración; adm iración que tien e su raíz en el deseo in te rio r y secreto d e p arecerse a estos ilustres culpa­ bles. T o d o h o m b re am ante d e la gloria es, pues, incapaz de los p e q u eñ o s crím enes. Si esta pasión p ro d u ce a los Crom well, no hace nunca a unos C arto u ch e 64. D e d o n d e concluyo que, salvo las situaciones raras y extraordinarias en que se en co n traro n los Sila y los C ésar, en cualq u ier o tra situación | estos m ism os h om bres, p o r la p ro p ia naturaleza de sus pasiones, se hubieran m an ten id o fieles a la virtud; bien d iferen ­ tes en este aspecto de esos intrigantes y esos avaros, la bajeza y la oscuridad de cuyos crím en es los p o n en en condi­ ciones de co m eter cada día o tro s nuevos. D espués de h ab er m o strad o cóm o la m ism a pasión que nos obliga al am or y a la práctica de la virtud p u ed e, en épocas y con gobiern o s d iferen tes, p ro d u c ir en nosotros los vicios contrarios, in ten tarem o s ahora p e n e tra r más hondo en el corazón hum ano y d escu b rir p o r q u é el h o m bre, cual­ qu iera q u e sea el g o b ie rn o al q u e está so m etid o , tien e una conducta incierta, ya q u e se v e d e te rm in a d o p o r sus pasiones tan to a las buenas com o a las malas acciones, y p o r qué su corazón es un cam po siem p re | ab ierto a la lucha e n tre el vicio y la virtud. Para resolver e ste p ro b le m a m oral, hay q u e buscar la causa de la alteración y d e la sucesiva tranquilidad d e la conciencia, de estos m ovim ientos confusos y diversos del alm a y de estos com bates in terio res q u e si el p o e ta trágico puede rep resen tarlo s con ta n to éxito en escena, es p o rq u e todos los espectadores han ex p erim en tad o com bates sem e­ jantes. H ay que p re g u n ta rse cuáles son estos dos yo que Pascal (47) y algunos filósofos indios han en co n trad o d en tro de sí. Para descu b rir la causa universal de todos estos efectos, basta con observar | q u e ios h o m b res n o son m ovidos p o r una sola especie de sen tim ientos; q u e no hay ninguno ani­ m ado únicam ente p o r pasiones solitarias que llenen to d a la

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64 Louis D om inique C artouche (1 693-1721), célebre jefe d e una banda de ladrones en París. V aliente y galante, gozó d e la sim patía popular.

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capacidad de un alma; qu e, arrastrado alternativam ente por pasiones d iferentes, d e las q u e unas son conform es y las otras contrarias al in terés general, cada ho m b re se halla so­ m etido a dos atracciones d iferentes, de las que una le lleva al vicio y la o tra a la virtud. D igo cada h o m b re, p o rq u e no existe p robidad m ás u niversalm ente reconocida que la de C atón y B ruto, p o rq u e nadie p u ed e jactarse de ser más virtuoso que estos | dos rom anos y, sin em bargo, el prim ero, cogido p o r un m ovim iento de avaricia, com etió algún abuso de p o d e r d u ran te su gob iern o ; y el segundo, conm ovido p o r los ruegos de su hija, o b tu v o del senado, para B íbulo, su yerno, una gracia q u e había h echo deneg ar para su amigo C icerón, p o r ser contraria al in te ré s de la república. H e aquí la causa de esta m ezcla d e vicio y virtud que observam os en todos los corazones y p o r la cual no existe sobre la tierra ni vicio ni virtud puro. Para saber lo q u e lleva a atrib u ir a un ho m bre el califica­ tivo de virtuoso o d e vicioso, conviene observar que, en tre las pasiones que anim an a un hom b re, existe siem pre una que preside principalm ente su con d u cta y q u e predom ina en su alma sobre las otras. A hora bien, según q u e esta últim a | g o b iern e más o m e­ nos im periosam ente y según que sea, p o r naturaleza o p o r las circunstancias, útil o perjudicial para el Estado, el hom bre que se halla determ in ad o más a m en u d o al bien o al mal recibe el nom bre d e virtuoso o de vicioso. A ñadiré, tan sólo, que la fuerza de sus vicios o d e sus virtudes será siem pre proporcionada a la intensidad de sus pasiones, la cual se m ide p o r el grado de placer q u e en cu en tra en satisfacerlas. Por este m otivo, en la prim era juventud, en la que se es más sensible al placer y más capaz de pasiones fuertes, se es en general capaz de las más g randes acciones. La virtud más alta, así com o el vicio más vergonzoso, es en nosotros el efecto del p lacer más o m enos vivo que sentim os al en treg arn o s a ellos. Así, sólo tenem os una m ed id a exacta de | nuestra virtud después de h aber descubierto, m ed ian te un exam en escrupu­ loso, la cantidad y el grad o de penas que una pasión tal com o el am or a la justicia o a la gloria p u ed en hacernos soportar. A quel para quien la estim a lo es todo y la vida no es nada, sufrirá, com o Sócrates, antes la m u erte que p edir cobarde­ m ente la vida. A quel q u e se ha con v ertid o en el alma de un

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Estado republicano y al q u e el orgullo y la gloria le hacen apasionado p o r el b ien público, prefiere, com o C atón, la m uerte a la hum illación d e verse, él y su patria, som etidos a una autoridad arbitraria. P ero estas acciones son efecto de un gran am or p o r la gloria. Es éste el fin que se afanan en alcanzar las más fu ertes pasiones, y en el q u e la naturaleza ha colocado los lím ites d e la virtud hum ana. Sería inútil que quisiéram os ocultárn o slo | a nosotros mismos; nos convertim os n ecesariam ente en enem igos de los h om bres cu an d o no p o d em o s ser felices más q u e a costa de su infortunio (48). Es la feliz conform idad e n tre nuestro interés y el in terés público, conform idad g en eralm en te p ro ­ ducida p o r el d eseo d e la estim a, la q u e nos hace sen tir p o r los hom bres estos tiern o s sentim ien to s q u e ellos nos reco m ­ pensan con su afecto. A quel q u e para ser v irtuoso tuviera siem pre q u e luchar co n tra sus inclinaciones, sería necesaria­ m ente un canalla. Las v irtu d es m eritorias no son nunca virtu­ des seguras (4 9 ). Es posible ¡ en la práctica librar cada día una batalla contra nuestras pasiones sin p e rd e r un gran núm ero de veces. O bligados siem pre a c e d e r al in terés más p o d ero so , cual­ quiera que sea el am or q u e se tenga p o r la estim a, no le sacrificarem os nunca unos placeres más grandes de los que ella nos procura. Si en ciertas ocasiones algunos santos p e r­ sonajes se han e x p u esto al d esp recio de la g en te, es porque no quisieron sacrificar su salvación a su gloria. Si algunas m ujeres resisten al solícito asedio de un p ríncipe, es porque consideran q u e su conquista no les com pensa de la pérdida de su reputación. H ay pocas q u e sean insensibles al am or de un rey, casi ninguna q u e no ceda al am or de un rey joven y am able, y ninguna q u e p u ed a resistirse a estos seres buenos, am ables y | poderosos, tal com o nos describen a los silfos y los genios, los cuales, m ed ian te mil encantam ientos, podrían em briagar todos los sentidos d e una m ortal. Esta verdad fu ndada en el sen tim ien to del am or de sí, no sólo es reconocida, sin o incluso confesada p o r los legisladores. C onvencidos de q u e el am o r a la vida era g en eralm en te la más fu e rte pasión de los hom bres, los legisladores no han considerado nunca com o crim inal ni el hom icidio com etido en defensa propia, ni el rechazo que sentiría un ciudadano, de co m p ro m eterse com o D ecio a m o rir p o r la salvación de su patria.

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El h o m b re v irtuoso no es, p ues, el q u e sacrifica sus placeres, sus costum bres y sus pasiones más fuertes al interés público, p u esto q u e u n tal h o m b re | sería im posible que existiera (50) sino aquél cuya pasión d o m in an te está tan de acuerdo con el in terés general, q u e está casi siem pre obli­ gado a la virtud 65. C uanto más nos acercam os a la perfección y cuanto más m erecem os el n o m b re de virtuosos, necesita­ mos, para d eterm in arn o s a realizar una acción m ala o crim i­ nal, un m otivo más gran d e d e placer, un interés más p o d e ­ roso, más capaz de inflam ar n uestros deseos, lo que supone | en noso tro s una m ayor pasión p o r la honradez. C ésar no era, sin duda, uno de los rom anos más v irtu o ­ sos. Sin em bargo, si él no p u d o ren u n ciar al título de buen ciudadano más q u e tom ando el de d u eñ o del m undo, tal vez no tenem os d erech o de proscribirlo de la clase de los hom ­ bres honrados. En efecto, e n tre los h om bres virtuosos y realm en te dignos de este títu lo , ¿cuántos de e n tre ellos, situados en las mism as circunstancias, h ubieran rehusado el cetro del m undo, sobre to d o si se hubieran sentido, com o C ésar, dotados de este talento sup erio r q u e asegura el éxito de las grandes hazañas? M enos talen to les convertiría, tal vez, en m ejo res ciudadanos; una virtud m ediocre, acom pa­ ñada de una m ayor inseguridad sobre el éxito, bastaría para hacerles p e rd e r la ilusión p o r un proy ecto tan atrevido. A veces es una | falta de capacidad lo que nos preserva del vicio; a m enudo d eb em o s a este m ism o defecto el com ple­ m en to de nuestras virtudes. P o r el contrario, cu an to m e n o r es la ho n radez, se necesi­ tan para llevarnos al crim en m otivos de placeres m enos po­ derosos. C om o, p o r ejem plo, el de algunos em peradores de M arruecos que, sólo para h acer alarde de su destreza en el

65 C om o se ve, la virtud no es un m érito personal. El hom bre se ve lanzado al vicio o la virtud sin posibilidad de opción. La virtud es el nom bre q u e la sociedad pone a aquellas pasiones y acciones que la consolidan y engrandecen: la virtud es siem pre en relación al interés general. A hora bien, si el h o m b re es sólo un lugar d o nde pasiones cuyo origen es externo, luchan por im ponerse, la legislación, el o rd en social es el responsable de que ganen unas u otras. El buen legislador es el artista q u e sabe hacer generar y triunfar las pasiones útiles. Pero, así, podríam os decir, el «hom bre virtuoso» es aquel en quien triunfan las pasiones que anteponen el bien público al bien privado, es decir, el hom bre que cae en la ficción de som eter su «amor d e sí», incluso su deseo d e sobrevivencia, a la estima pública. H elvétius prefiere no llegar al fondo del conflicto y pensar en un nivel donde, no estando en riesgo la vida, anteponer el bien público p u ed e coincidir con el deseo individual de máximo placer. Pero, no obstante, el tem a queda planteado. Y , como hemos dicho, a diferencia de H obbes, el placer para H elvétius no es el efecto de p oseer más garantía de vida. Al contrario, la vida es deseo de placer. Por eso p uede ponerse en juego y perderse placenteram ente (pues la esperanza de placer es ya un placer) luchando p o r un placer prom etido.

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m o m en to de m o n tar a caballo, cortaban con un solo golpe de sable la cabeza d e su escudero. Esto es lo que d iferencia de la m anera más lim pia, más precisa y más con fo rm e a la experiencia, al h o m b re virtuoso del h o m b re vicioso, con ello la g e n te p o d ría c o n stru ir un term ó m e tro exacto en el q u e serían m arcados los diversos grados de vicio o d e v irtu d de todos los ciudadanos si, p e n e tra n d o en el fondo d e los corazones, | p u d iera descubrir el precio que cada uno p o n e a su virtud. La im posibilidad de alcanzar este co nocim iento ha forzado a no juzgar a los h om bres más q u e p o r sus acciones, juicio extrem adam ente falaz, en algún caso particular, p e ro en co n ju n to bastante conform e con el in terés general y casi tan útil com o si fuera más preciso. D espués de h ab er exam inado el juego de las pasiones y explicado la causa d e la m ezcla de vicios y de virtudes que se da en todos los hom bres, de haber establecido el lím ite de la virtud hum ana, y fijado, p o r últim o, la idea q u e d eb e atri­ buirse a la palabra virtuoso, estam os ahora en situación de juzgar si debe atribuirse a la naturaleza o a la legislación particular de algunos Estados la indiferencia de ciertos p u e­ blos p o r la virtud. Si el placer es el único o b je to buscado p o r el hom bre, para | inspirarle el am o r a la virtu d no hay más q u e im itar a la naturaleza, q u e con el p lacer m anifiesta sus voluntades y con el d o lo r sus prohibiciones; y el h o m b re le obedece dócilm ente. A rm ado con el m ism o p o d e r, ¿p o r qué el legis­ lador no habría de p ro d u c ir los m ism os efectos? Si los hom ­ bres no tuvieran pasiones, n o habría ningún m edio de hacer­ los buenos: p ero el am or del placer, con tra el cual se han levantado gentes de una p ro b id ad más resp etab le que inteli­ g en te, es un fren o con el q u e se p u ed e siem pre dirigir al bien general las pasiones particulares. El odio de la m ayoría de los hom bres p o r la virtud no es el efecto de la c o rru p ­ ción de su naturaleza, sino d e la im perfección (51) d e la le­ gislación. | Casi m e atrevería a d ecir q u e es la legislación la que nos im pulsa al vicio al m ezclar con él placeres con harta frecuencia. El gran a rte del legislador es el arte d e separarlos y de elim inar toda p ro p o rc ió n e n tre el beneficio q u e el cri­ m inal saca del crim en y la p en a a la que se expone. Si en tre las personas ricas, a m e n u d o m en o s virtuosas q u e los indi­ gentes, encontram os p o co s lad ro n es y asesinos, es p o rq u e el

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p rovecho del ro b o n o está para un h o m b re rico proporcionado al riesgo de la | condena. N o sucede lo m ism o con el indigente, al ser esta desp ro p o rció n con respecto a él infini­ tam ente m enor, se m an tien e en equilibrio e n tre el vicio y la virtud. N o es q u e yo p re te n d a aquí insinuar q u e hay que m andar a los h o m b res con una vara de hierro. Con una buena legislación y en el seno d e un p u eb lo virtuoso, el des­ precio, q u e priva a un h o m b re de que alguien le consuele y q ue le deja aislado en m edio d e su patria, es un m otivo sufi­ ciente para form ar almas virtuosas. C ualquier o tra clase de castigo hace al h o m b re tím ido, cobarde y estúpido. El tipo de virtud que resulta del m iedo a los suplicios se resiente de su origen: esa virtud es pusilánim e y falta de luz; o más bien, el m iedo sólo rep rim e los vicios, p ero no p roduce virtudes. La v erd ad era virtud se funda en el deseo de la estim a ] y de la gloria y en el h o rro r p o r el desprecio, más tem ible que la m ism a m uerte. D aré com o e jem p lo la resp u esta que el Espec­ tador inglés 66 p o n e en boca de un soldado duelista al que el príncipe Pharam ond reprochaba el h aber co ntravenido a sus órdenes: «C óm o, le contestó, h u b iera d eb id o so m eterm e a ellas? T ú castigas con la m u e rte a los q u e las violan y con la infam ia a los q u e las obedecen. A p ren d e que yo tem o m enos a la m u erte que al desprecio». D e lo dicho se p odría concluir que no dep en d e de la naturaleza, sino de la d iferen te constitución de los Estados, el am or o la indiferencia de ciertos pueblos p o r la virtud. Pero p o r exacta que fuera esta conclusión, no sería suficiente­ m ente p robada si, para echar más luz sobre este tem a, yo | no buscara con más detalle, e n los g obiernos libres o d esp ó ­ ticos, las causas d e este am or o de esta indiferencia p o r la virtud. Voy, en p rim e r lugar, a ocuparm e del despotism o; para conocer m ejo r la naturaleza del m ism o, voy a exam inar cuál es el m otivo q u e en cien d e en los hom bres este deseo desenfrenado de un p o d e r arb itrario tal com o es ejercid o en O riente. Si he escogido com o ejem p lo el O rie n te , es p o rq u e la indiferencia p o r la virtud sólo se d eja sen tir de una m anera constante en los gobiernos de esta especie. Es inútil que

66 H elvétius se refiere a The Spectator, revista literaria inglesa, entre 1711 y 1714, fundada por J. A ddison. Fue el m odelo d e las revistas de tendencia moralizadora. Entre 1722 y 1723, M arivaux redactaba en París Le Spectateur Franc/tis sobre el m odelo inglés.

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algunas naciones vecinas y celosas nos acusen de que nos doblegam os bajo el yugo del d espotism o oriental. Les diré que nuestra religión no p e rm ite a los príncipes usurpar un p o d er de esta clase; q u e n u estra constitu ció n es m onárquica y | no despótica; q u e los particu lares no p u ed en , p o r consiguiente, ser despojados d e su p ro p ied ad más que p o r la ley y no p o r una voluntad arbitraria; q u e n u estro s príncipes aspi­ ran al título de m onarca y no al de déspota; que reco n o cen las leyes fundam entales d el rein o ; q u e se declaran padres y no tiranos de sus súbditos. A dem ás, el desp o tism o no se podría establecer en Francia sin q u e fuera inm ediatam ente sojuzgada p o r algún o tro país. N o pasa en este reino lo que en T u rq u ía o en Persia, im perios defen d id o s p o r vastos d e­ siertos y cuya en o rm e extensión, com pensando la despobla­ ción que el d espotism o ocasiona, p ro p o rcio n a co n tinuam ente ejército s al sultán. En un país p e q u e ñ o com o el n u estro y rod ead o p o r naciones adelantadas y poderosas, las almas no se dejarían im p u n em en te hum illar, j Francia, d espoblada p o r el despotism o, sería p ro n to presa d e estas naciones. C ar­ gando de grilletes las m anos de sus súbditos, el p rín cip e, al ponerlo s bajo el yugo d e la esclavitud, no haría más que so­ m eterse él mism o al yugo de los príncipes vecinos. Es, pues, im posible que tenga tales proyectos.

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C a p í t u l o X V II

D el deseo que todos los hombres tienen de ser déspotas, de los medios empleados para lograrlo y del peligro a l que el despotismo expone a los reyes

Este deseo tiene su o rigen en el am o r al placer y, por consiguiente, en la p ro p ia naturaleza del hom bre. | T odos q uieren ser lo más felices posible. T od o s q u ieren estar revestidos de un p o d e r q u e obligue a los h o m b res a c o n tri­ buir con todas sus fuerzas a su felicidad: p o r esto qu ieren m andar so b re ellos. Los p ueblos están regidos, o m ediante unas leyes y con­ venciones establecidas, o p o r una voluntad arbitraria. En el

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p rim er caso, el p o d e r sob re ellos 67 es m enos absoluto y están m enos obligados a darles gusto; adem ás, para go b ern ar a un p u eb lo conform e a sus leyes hay que conocerlas, m edi­ tarlas, realizar unos fatigosos estudios de los que la pereza quiere siem pre apartarles. Para satisfacer esta pereza, todos aspiran al p o d e r absoluto que, al tiem po q u e les dispensa de cualquier preocupación, d e cualquier estu d io y de la fatiga de la atención, som ete servilm ente a los hom bres a su voluntad. | Según A ristóteles, el g o b iern o despótico es aquel en el que sólo hay esclavos, en el q u e no se en cu en tra más que a un hom bre libre. Es p o r esto q u e todos q u ieren ser déspotas. Para serlo intentan hum illar el p o d e r d e los grandes y del p u eblo y, p o r consiguiente, dividir los intereses de los ciudadanos. A lo largo d e los siglos el tiem po ofrece siem pre a los soberanos, en algún m om ento, la ocasión propicia para ello y, anim ados por un in terés más ard ien te que bien en ten d id o , se agarran a ella con avidez. S obre esta anarquía de in tereses se ha instaurado el des­ potism o oriental, muy p arecid o a la descripción que M ilton hace del im perio del caos, el cual, según dice, extiende su pabellón real sobre un abism o árid o y desolado en el que la confusión, en red ad a en sí m ism a, alim enta la anarquía y la discordia | de los elem entos, y gobierna cada áto m o con un cetro de. hierro. U na vez sem brada la división en tre los ciudadanos, para co rro m p er y degradar a las almas hay que hacer brillar cons­ tan tem en te ante los o jo s de los pueblos la espada de la tiranía, p o n e r a la 'v irtu d en la categoría de los crím enes y castigarla com o tal. ¿A q u é crueldades no ha llegado en este aspecto el despotism o, no sólo en O rie n te , sino incluso bajo los em peradores rom anos? Bajo el reinado de D om iciano, cuenta Tácito, las v irtudes eran d ecreto s d e m uerte. R om a estaba llena de delatores, el esclavo era el espía de su am o, el liberto lo era de su patrón, el am igo de su amigo. D u ran te estas épocas de calam idades, el h o m b re virtuoso no aconse­ jaba el crim en, p e ro tenía que p restarse a él. T e n e r más valor h ubiera sido considerado una mala acción. E ntre los

67 En rigor, H elvétius dice «n o tre puissance sur eux...». Q ue use la prim era persona, dando la im presión de que habla a los d e su clase, reconociéndose a sí mismo entre los dom inadores, hay que entenderlo com o u n recurso puram ente estilístico. Por ello hem os preferido pasarlo a la descripción monarca-pueblo. A demás, en el párrafo siguiente H elvétius abandona el «nous».

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¡ rom anos degradados, la debilidad era un heroísm o. P udo verse bajo este régim en, castigar en S enecio y R ústico a los panegiristas de las v irtu d es d e T rasea y H elv id io 68, tratar a estos ilustres o rad o res d e crim inales del Estado y q uem ar sus obras p o r o rd en de la autoridad pública. Se vio a escritores célebres, tales com o Plinio, reducidos a co m p o n er obras de gram ática, p o rq u e cu alquier o tro g én ero de obras más ele­ vado era sospechoso para la tiranía y peligroso para su autor. Los sabios atraídos a R om a p o r los A ugusto, los V espasiano, los A nto n in o y los T rajan o , eran d esterrad o s p o r los N e ró n , los Calígula, los D om iciano y los Caracalla. Se expulsó a los filósofos, se proscrib iero n las ciencias. Estos tiranos querían aniquilar, dijo T ácito, to d o lo que llevaba la huella del espí­ ritu y de la virtud. La tiranía sabe cóm o deg rad ar las almas m anteniéndolas co n tinuam en te en ¡ la angustia del m iedo; es ella la que inventa en O rie n te esas to rtu ras, esos suplicios (52) tan cru e­ les; suplicios que algunas veces son necesarios en estos países abom inables p o rq u e los pueblos son im pulsados al crim en, no sólo p o r su m iseria, sino tam bién p o r el sultán, que les da el mal ejem plo y les enseña a d espreciar a la justicia. Estos son los m otivos en los q u e se funda el am or al despotism o y los m edios q u e se em plean para alcanzarlo. Es así com o, locam ente en am o rad o s | del p o d e r arbitrario, los reyes se lanzan sin reflexionar p o r un cam ino in tercep tad o p o r mil precipicios, en el q u e mil de ellos han perecido. Para la felicidad de la hum anidad y la de los soberanos, atrevám o­ nos a ilustrarlos so b re este m undo, enseñarles el peligro al que con un g o b iern o d e esta clase se ex p o n en ellos y sus pueblos. Q u e aparten d e su lado a estos pérfidos consejeros que. quisieran inspirarles el deseo de un p o d er arbitrario: que sepan, en fin, que el tra ta d o más d u ro con tra el d espotism o sería un tratado so b re la felicidad y la conservación de los reyes. Pero, se nos dirá, ¿quién p u ed e ocultarles esta verdad? ¿Es que no saben com parar el red u cid o núm ero de príncipes

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68 H eren io Seneción, escritor hispano-rom ano del siglo I. Por haber escrito en térm inos encomiásticos la vida de H elvidio Prisco fue m andado quem ar vivo p o r D om iciano. Trasea fue un senador rom ano estoico. C om batió la política d e N e ró n , quien aprovechó la conspiración de Pisón para envolver en ella a Trasea. Se abrió las venas y m urió con la m ayor dignidad. Su panegírico fue pronunciado por su amigo A ruleno Rústico, q u e pagó, años más tarde, con la vida este acto d e valor. Trasea tuvo p o r yerno a H elvidio Prisco, estoico com o él.

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desterrados de Inglaterra con el nú m ero extraordinario de em peradores griegos o turcos asesinados en el tro n o de C onstantinopla? Si los | sultanes no se d etien en ante estos espantosos ejem plos es p o rq u e no tien en este cuadro habi­ tualm ente p resen te en su m em oria, es p o rq u e son continua­ m ente em pujados al despotism o p o r aquellos que quieren com partir con ellos el p o d e r arbitrario, es p o rque la m ayoría de los príncipes del O rien te, instru m en to s de la voluntad de un visir, ceden p o r debilidad a sus deseos y no son suficien­ tem e n te advertidos de su injusticia p o r la noble resistencia de sus súbditos. La entrada al despotism o es fácil. R aram ente prevé el pueblo los males q u e le p rep ara una tiranía consolidada. C uando, p o r fin, se da cuenta, ha sucum bido ya bajo el yugo, se halla encadenado p o r todas p artes y, en la im posibilidad de d efenderse, sólo le qued a esperar, tem blando, el suplicio al que se le q uerrá condenar. | E nardecidos p o r la debilidad de sus pueblos, los prínci­ pes se convierten en déspotas. N o saben que están suspen­ diendo ellos m ism os, sobre sus cabezas, la espada que les ha de m atar. Porque, para abrogar todas las leyes y reducirlo todo al p o d e r arbitrario, hay q u e recu rrir continuam ente a la fuerza y em plear a m en u d o la espada del soldado. A hora bien, el uso habitual d e estos m edios, o subleva a los ciuda­ danos excitándolos a la venganza, o los acostum bra insensi­ blem ente a no reco n o cer más justicia que la fuerza. Esta idea tarda en difundirse p o r el p ueblo, p ero final­ m en te p e n e tra y llega hasta el soldado. El soldado se da entonces cuenta de q u e no hay en el Estado ningún orga­ nism o q u e se le pueda opon er: qu e, odiado p o r sus súbditos, el p ríncipe le d eb e to d o su poder: su alma se abre sin q u ere r a proyectos am biciosos, | desea m ejo rar su condición. Si e n ­ tonces un h o m b re atrevido y valiente le tienta con esta posibilidad y le p ro m e te el pillaje de algunas grandes ciuda­ des, este h om bre, com o lo p ru e b a la historia, basta para hacer una revolución, revolución que es p ro n to seguida p o r una segunda, p o rq u e en los Estados despóticos, com o señala el ilustre p resid en te M o n tesq u ieu , a m en u d o se destruye al tirano sin d estru ir la tiranía. U na vez q u e el soldado ha descu b ierto su fuerza, ya nada le p u ed e contener. Podría, para ilustrar este tem a, citar todos los em p eradores rom anos proscritos p o r los p reto rian o s por h aber q u erid o lib ertar a la

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patria de la tiranía de los soldados y restab lecer la antigua disciplina en los ejércitos. Para m andar sobre u n o s esclavos, el d ésp o ta está obli­ gado a o b ed ecer a unas | milicias co n tin u am en te inquietas e im periosas. N o sucede lo m ism o cuando el p ríncipe ha creado en el estado u n c u erp o p o d ero so de m agistrados. Juzgado p o r estos m agistrados, el p u e b lo tiene ideas de lo justo y de lo injusto; el soldado, q u e p ro ced e siem pre del cuerpo de los ciudadanos, conserva en su nuevo Estado una idea de la justicia. A dem ás, co m p ren d e que, instigado p o r el príncipe y los m agistrados, el cu erp o e n te ro de los ciudada­ nos, bajo el estandarte de las leyes, se o p o n d ría a las e m p re ­ sas osadas que p udiera in te n ta r y qu e, cualquiera que fuera su valor, sucum biría p o r fin bajo el núm ero. Así, pues, se ve afirm ado en el cum plim iento de su d eb er, tan to p o r la idea de justicia com o p o r el m iedo. Este cuerp o p o d ero so de los m agistrados es necesario para la seguridad d e los reyes. Es un escudo bajo el cual en cuentran refugio el p u e b lo y el príncipe: el prim ero, contra [ las crueldades d e la tiranía, y el o tro , contra los furores de la sedición. Para sustraerse al pelig ro q u e p o r todas p arte ro d ea a los déspotas, el califa H arú n A l-R asid 69 pidió un día al célebre tíelúl, su herm ano, algunos consejos para bien reinar: «H aced, le dijo, que v u estra voluntad se conform e a las leyes y no las leyes a vuestra voluntad. Pensad que los hom bres sin m érito piden m ucho y q u e raram en te lo hacen los gran­ des hom bres; resistid, pues, a las peticiones de aquéllos y adelantaos a las de los otros. N o carguéis a vuestros pueblos con im puestos dem asiado onerosos: recordad a este respecto el consejo del rey N u ch irv ó n el Ju s to a su hijo O rm uzd: 70 Hijo mío, le dijo, nadie será feliz, en tu imperio si sólo | piensas en tu satisfacción. Cuando tendido sobre cojines estás a punto de adormecerte, recuerda a aquellos a los que la opresión mantiene despiertos; cuando te presenten una comida espléndida, piensa en los que languidecen en la miseria; cuando recorras los deliciosos bosquecülos de tu harén, acuérdate de los desgraciados a los que la tiranía mantiene encadenados. Todavía añadiría algo, dijo Be-

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69 Harún-al-Rashid (766-809) fue e l más célebre califa abasí. Es el h éro e d e muchas narra­ ciones de has m il y una noches, q u e deb en su existencia a la celebridad de H arú n com o soberano fastuoso de Bagdad. 70 O rm uz u O rm uzd son una dinastía d e reyes sasánidas.

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lúl, a lo que ya h e dicho: «P oned d e v u estra p arte a las personas em inentes en las ciencias; conducios conform e a sus consejos, a fin de q u e la m onarquía sea o b e d ien te a la ley escrita y no la ley a la m onarquía» (53). T em istio (54), encargado p o r el ¡ senado d e arengar a Joviniano a su advenim iento al tro n o , le dijo más o m enos lo m ism o al em perador: 71 «A cordaos, le dijo, q ue si las gentes de g u e rra os han elevado al im perio, los filósofos os enseña­ rán a g o b ern arlo bien. A quéllos os han dado la p ú rp u ra de los césares, éstos os enseñarán a llevarla dignam ente». Incluso en tre los antiguos persas, los más viles y cobardes de todos los pueblos, estaba p erm itid o a los filósofos encar­ gados de consagrar a los príncipes (55) rep etirles estas pala­ bras el día de su coronación: «Sabe, ¡oh rey!, que tu autoridad dejará de ser legítim a el día m ism o en que j dejes de hacer felices a los persas». V erdad q u e parecía haber p e n e ­ trado en Traja.no cuando, al ser elevado al im perio, y cuando, según la costum bre, hacía entreg a de una espada al prefecto del p reto rio , le dijo: «Recibid de mis m anos esta espada y servios d e ella en mi rein ad o , ya sea para d efen ­ derm e com o p ríncipe justo, ya sea p ara castigarm e com o tirano». C ualquiera que, bajo p re te x to de m an ten er la autoridad del príncipe, quiere llevarla hasta el p o d e r arbitrario, es a la vez un mal padre, un mal ciudadano y u n mal súbdito: un mal p ad re y un mal ciudadano, p o rq u e carga a su patria y a sus descendientes con las cadenas de la esclavitud; un mal súbdito, p o rq u e cam biar la autoridad legítim a p o r la a u to ri­ dad arbitraria es convocar contra los reyes la am bición y la desesperación. T om o co m o testigos los tronos | de O rien te, tan a m en u d o teñidos con la sangre de sus soberanos (56). El interés bien en ten d id o d e los sultanes no les d eb ería perm i­ tir, ni d esear un tal p o d er, ni ced er sob re este p u n to a los deseos de sus visires. Los reyes han de ser sordos a estos consejos y d eb en re c o rd a r q u e su único in terés consiste en m an ten er en buenas condiciones el estado para él y sus descendientes. Este in terés v erd ad ero sólo p u ed e ser en ten -

7 lTem istios (317-388) fue un retó rico griego, senador y luego procónsul. A utor de las Paráfrasis sobre Aristóteles y d e treinta y cinco Discursos. jFlavio Claudio Joviano (331-364) fue un em perador rom ano. Las legiones de IÜria lo proclam aron em perador a la m u e rte d e Juliano (363).

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dido p o r los príncipes ilustrados. Para los otro s, la p eq u eñ a vanagloria de | m andar com o amos y el interés de la pereza, que les oculta los peligros q u e les rodean, ten d rán p re fe re n ­ cia sobre cu alquier o tro interés; y tod o s los gobiernos, com o la historia lo confirm a, ten d erán siem p re al desp otism o 72.

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Principales efectos del despotismo D istinguiré ante to d o dos especies de despotism o: uno que se instaura de g o lp e p o r la fuerza de las arm as sobre una nación virtuosa que lo su fre con im paciencia. Esta nación es com parable a un rob le d o b lad o a la fuerza y cuya elasticidad ro m p e p ro n to los cables q u e lo curvaban. G recia nos ofrece mil ejem plos de este caso. | El o tro se basa en el tiem po, el lu jo y la molicie. La nación que lo sufre se parece a este m ism o roble que, curvado p o q u ito a poco, va p e rd ie n d o in sen sib lem ente la elasticidad necesaria p ara erguirse de nuevo. Es de esta se­ gunda especie de d esp o tism o d e la q u e vam os a tratar en este capítulo. En los pueblos som etid o s a esta form a de g o b iern o , los hom bres q u e ocupan cargos no p u e d e n te n e r ninguna idea clara d e la justicia; sob re esta cuestión se hallan h undidos en la más p ro fu n d a ignorancia. En efecto, ¿qué idea po d ría un visir hacerse de la justicia? El ignora lo q u e es un bien público y sin este cono cim ien to uno va divagando d e un lado a o tro sin guía; las ideas d e lo ju sto y lo in ju sto , recibidas en nuestra p rim era ju v entu d , se oscurecen in sen sib lem ente y, al fin, desaparecen totalm ente. | P ero, se dirá, ¿quién p u e d e h u rtar este co n o cim iento a los visires? Y contestaré: ¿cóm o podrían ad q u irirlo en estos países despóticos, en los q u e los ciudadanos no tienen n in ­ gu n a participación en el m an ejo de los asuntos públicos, en

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72 H elvétius deja ambigua esta tesis. N o es claro si se refiere a to d o gobierno o a todos aquellos no ilustrados, d e los que habla en el párrafo. C reem os que, com o tendencia, él lo aplica a todos: la ilustración d el príncipe es la fuerza capaz d e neutralizar dicha tendencia.

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los que es mal visto cualquiera q u e dirija la m irada sobre las desgracias de la patria, en los que el interés mal en tendido del sultán se en cu en tra en oposición con el interés de sus súbditos, en los q u e servir al príncipe es traicionar a la p ropia nación? Para ser justo y virtuoso hay que saber cuáles son los d eb eres del prín cip e y de sus súbditos y estudiar los com prom isos recíprocos q u e atan juntos a todos los m iem ­ bros de la sociedad. La justicia no es más que el conoci­ m ien to p ro fu n d o de estos com prom isos. Para elevarse a este conocim iento hay que pensar: pero, ¿qué ho m bre se atreve a pen sar de un p u eb lo som etido a un p o d e r arbitrario? La | pereza, la falta de utilidad y de hábito, e incluso el peligro de pensar, acarrean p ro n to la im posibilidad d e pensar. Se piensa poco en los países en los q u e se callan los pensam ientos. Es inútil que se diga q u e si se calla es p o r p rudencia, y p re te n ­ der que no p o r ello se piensa m enos; lo cierto es que se deja de pensar y q u e ninguna idea noble y valiente se engendra en las cabezas som etidas al despotism o. En estos gob iern o s sólo se anim a este espíritu de egoísm o y de vértigo q u e anuncia la d estrucción de estos im perios. C ada uno, al te n e r los ojos fijos en su interés particular, no los vuelve nunca hacia el in terés general. Los pueblos no tien en en estos países ninguna ¡dea del bien público, ni de los d eb eres de los ciudadanos. P or esto los visires, sacados del cuerpo d e esta m ism a nación, no tienen, cuando | pasan a ocupar su cargo, ningún principio de adm i­ nistración ni de justicia; así, pues, es para hacerle la co rte y participar del p o d e r del soberano, y no para hacer el bien, p o r lo q u e van en p os de los g randes cargos. P ero aunque los supongam os anim ados p o r el deseo del bien, para hacerlo hay q u e ilustrarse: y los visires, arrastrados necesariam ente p o r las intrigas del harén, no tien en tiem po para m editar. A dem ás, para ilustrarse hay q u e so m eterse a la fatiga del estudio y de la m editación: ¿y q u é in terés podrían ten er en ello? T am poco les anim a el m iedo a la censura (57). Si es posible com parar las cosas p eq u eñ as | con las gran­ des, im aginem os el estado de la república de las letras. Si se d esterrara a los críticos, ¿no veríam os ento n ces cóm o, libre del te m o r secular d e la censura, q u e obliga ahora a un au to r a c u id a r y p e r f e c c io n a r sus c u a lid a d e s , e s te m ism o autor presentaría ento n ces al público tan sólo obras descuida-

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das e im perfectas? P ues é ste es p recisam ente el caso de los visires; ésta es la razón p o r la q u e no p restan ninguna aten­ ción a la adm inistración de los asuntos y, en general, no con­ sultan nunca a las personas entendidas (58). | Esto que digo d e los visires lo digo de los sultanes. Los príncipes no se libran de la ignorancia general de su nación. A este respecto, sus o jo s se hallan cubiertos de tinieblas más espesas que las de sus súbditos. Casi todos aquellos que los educan o que los rodean, ávidos d e g o b ern ar bajo su nom bre (59), tienen in terés en em b ru tecerlo s. Así, los j príncipes destinados a reinar, en cerrad o s en el' serrallo hasta la m u erte de su padre, pasan del h arén al trono, sin h ab er recibido ninguna idea clara d e la ciencia de go b ern ar, ni h ab er asistido ni una sola vez al diván 73. Pero, ¿p o r qué, a sem ejanza de Filipo de M acedonia, a quien un valor e inteligencia superiores no le inspiraban ninguna ciega confianza, y q u e pagaba a unos pajes para q u e cada día le rep itieran estas palabras: Filipo, acuérdate de que eres un hombre, p o r qué, re p ito , los visires no d eberían perm i­ tir que unos críticos les reco rd aran algunas veces J su hum anidad? (60). ¿P o r q u é no habría de p o d erse, sin que fuera ningún crim en, d u d ar d e la justicia de sus decisiones y re p e ­ tirles, siguiendo a G ro cio , que toda orden o toda ley cuyo examen y cuya critica está prohibida, sólo puede ser una ley in ­ justa? La respuesta es q u e los visires son hom bres. ¿H ay m u­ chos autores que ten d rían la genero sid ad de p e rd o n ar a sus críticos si tuvieran el p o d e r d e castigarlos? En to d o caso, sólo unos hom bres d otados de un espíritu su p erio r y de un carác­ te r elevado, sacrificando su resen tim ien to a favor ¡ del público, conservarían en la rep ú b lica de las letras a los críticos, tan necesarios para el p ro g reso d e las artes y de las ciencias. Luego, ¿cóm o podríam os esp e ra r tanta g enerosidad p o r parte d e los visires? «Existen, dice Balzac, pocos m inistros lo bastante g e n e ro ­ sos para p re fe rir las alabanzas de la clem encia, q u e p e rd u ra ­ rán m ientras haya m undo, al p lacer q u e p ro p o rcio n a la ven­ ganza, a p esar de q u e d u ra tan p o co com o el golpe de hacha q u e hace ro d a r una cabeza.» Pocos visires son dignos del

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73 El Diván era el consejo d e l sultán turco y, p o r extensión, el propio gobierno turco.

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elogio dado en Sethos a la reina N e fte cuando los sacerdo­ tes, al pronunciar su panegírico, dicen: «Ella ha p erdonado, com o los dioses, ten ien d o p le n o p o d e r de castigar.» El p o d ero so será siem pre inju sto y vengativo. El S eñor de V endóm e decía a este respecto, brom eando, que en la | m archa de los ejércitos había a m en u d o observado las dispu­ tas en tre m ulos y m uleros y que, para vergüenza de la hum anidad, la razón estaba casi siem pre de p arte de los mulos. El señor D uverney, tan sabio en historia natural, y que conocía sólo con exam inar la d en tad u ra de un anim al si era carnicero o herbívoro, decía a m enudo: «Q ue m e presen ten la dentad u ra de un anim al desconocido; de ella deduciré sus costum bres.» Siguiendo su ejem plo, un filósofo m oralista podría decir: E nseñadm e el grado de p o d er del que un hom b re está revestido y juzgaré acerca de su justicia. Sería inútil que intentáram os, para desarm ar la crueldad de los visires, re p e tir con T ácito, q u e el suplicio de los críticos es la tro m p eta q u e anuncia para la posteridad la vergüenza y los vicios de sus | verdugos. En los Estados despóticos no se preocupan, ni tienen p o r q u é p reocuparse, de la gloria y de la posteridad, p u esto q u e no aman, com o lo he dem ostrado más arriba, la estim a p o r la estim a m ism a, sino p o r las ventajas que proporciona, y n o co n ceden al m érito ninguna ventaja, m ientras que no se atreven a negársela al poder. Los visires no tienen, pues, ningún in terés en instruirse ni, por consiguiente, en so p o rtar la censura. P or tanto, han de ser poco ilustrados (61). Lord | B olingbroke decía a este respecto: «Que, siendo aún joven, al principio se había | ima­ ginado a los que g obernaban las naciones com o a unas inteli­ gencias superiores. Pero, añadía, la experiencia m e desengañó pronto. O bservaba a los que en Inglaterra llevaban el tim ón de los asuntos y co m p ren d í q u e los grandes eran bastante parecidos a estos dioses de Fenicia sobre cuyos hom bros ponían una cabeza de buey, en señal de p o d e r suprem o, y que, en general, los h o m b res eran g o b ern ad os p o r el más to n to de ellos.» Esta verdad, q u e B olingbroke aplicaba tal vez p o r rabia a Inglaterra, es sin d uda incontestable en casi todos los im perios del O riente.

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El menosprecio y el envilecimiento en que se hallan los pueblos conservan la ignorancia de los visires: segundo efecto del despotismo | Si los visires n o tienen ningún in terés en instruirse, es de interés público q u e sean in struidos; to d a nación qu iere ser bien gobernada. ¿P o r q u é n o en co n tram o s en estos países a ningún ciudadano bastante v irtuoso com o p ara re p ro ch a r a los visires su ignorancia y su injusticia y obligarles, p o r m iedo al desprecio, a co n v ertirse en ciudadanos? P o rq u e lo p ro p io del despotism o es envilecer y deg rad ar a las almas. En los Estados en los q u e sólo la ley castiga | y recom pensa, en los q u e sólo se o b ed ece a la ley, el hom bre virtuoso, siem pre a salvo, a d q u iere una firm eza de ánim o y una gallardía q u e necesariam en te se debilita en los países despóticos, en d o n d e su vida, sus bienes y su libertad d e ­ penden del capricho (62) y de la voluntad arbitraria de un solo hom bre. En este país sería tan insensato ser virtuoso com o hubiera sido | no serlo en C reta o en Lacedem onia. P o r esto no vem os a nadie levantarse c o n tra la injusticia y, no ya aplaudir, sino gritar, com o el filósofo Filoxeno 74: ¡Que me lleven a las canteras! En estos g o b iern o s ¡lo que cuesta ser virtuoso! ¡A cuántos peligros se ex p o n e la probidad! Im aginem os a un hom bre apasionado p o r la virtud: p re te n d e r que un h om bre com o éste perciba en la injusticia y la incapacidad d e los visires o de los sátrapas la causa de las m iserias públicas, y que se calle, es p re te n d e r lo im posible. A dem ás, una p ro b i­ dad m uda sería, en e ste caso, una p ro b id ad inútil. C uanto más virtuoso sea este h o m b re, tan to más se apresurará a denunciar a aquel so b re el q u e ha d e caer el desprecio nacional: yo añadiría q u e d eb e hacerlo. P e ro com o la in ju sti­ cia y la im becilidad | de u n visir se en cu en tran siem pre, com o he dicho más arriba, revestidas del p o d e r necesario para condenar el m érito a los más grandes suplicios, este

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74 Filoxeno (435-380 a. C.), p o eta ditirám bico griego. Estuvo en Sicilia invitado p o r D ioni­ sio el Viejo, quien lo envió castigado a las Latumias p o r haber m enospreciado las dotes poéticas del tirano. Filoxeno se vengó después escarneciéndole en un poem a alegórico, El Cíclope o Galatea.

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hom b re será red u cid o al silencio con tanta m ayor rapidez cuanto más am igo sea del bien público y de la virtud. Si N erón obligaba en el teatro a los espectadores a aplau­ dir, más bárbaros aún q u e N e ró n , los visires exigen los elo ­ gios de aquellos m ism os a las q u e sobrecargan con im puestos y m altratan. Son parecidos a T iberio: bajo su reinado eran considerados facciosos incluso los gritos, incluso los suspiros de los infortunados a los q u e oprim ía, p o rq u e todo es crim i­ nal, dice Suetonio 7S, b ajo un príncipe que se siente siem pre culpable. N o existe ningún visir que no quisiera reducir a los hom bres a la condición d e ¡ estos antiguos persas que, cruelm ente azotados p o r o rd en del príncipe, eran obligados a continuación a p resen tarse ante él y a decirle: «V enim os a agradeceros q u e os hayáis dignado acordaros de noso­ tros. » La noble valentía d e un ciudadano bastante virtuoso para reprochar a los visires su ignorancia y su injusticia, sería inm ediatam ente seguida p o r su suplicio (63); y no hay nadie que quiera exp o n erse a ello. Pero, se dirá, ¿dónde está el héroe, el valiente? C on testaré q u e allí d o n d e está apoyado p o r la esperanza de la estim a y de | la gloria. ¿N o tiene esta esperanza? E ntonces su valor le abandona. E n un pueblo esclavo darían el n o m b re de faccioso a este ciudadano g e n e ­ roso; su suplicio encontraría quien es lo aprobaran. N o hay crím enes a los q u e no se p ro d ig u en elogios cuando en un Estado la bajeza se ha convertido en costum bre. «Si la peste, dice G o rd o n , concediera condecoraciones y pensiones, habría teólogos bastante viles y jurisconsultos bastante bajos para sosten er que el rein o d e la peste es de d erecho divino; y que inten tar librarse | d e sus malignas influencias es vol­ verse culpable ante el gran jefe.» En estos g o biernos, es más sabio ser cóm plice q u e acusador de estos bandidos: las virtu­ des y los talentos están siem pre en ellos expuestos a la tiranía. D espués de la conquista d e la India p o r Tham as-K uliKan, el único hom bre digno de estim a que este príncipe enco n tró en el im perio del M ogol fue un h om bre llam ado M ahm ut, y el tal M ah m u t se hallaba exiliado. En los países som etidos al despotism o, el am or, la estim a, las aclam aciones del público son crím enes p o r los que el

75 Cayo Suetonio T ranquilo (hacia 69-128), historiador latino, autor de los Doce Césares.

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príncipe castiga a los q u e los reciben. D esp u és de que A grí­ cola triunfase sob re los británicos, para librarse a la vez de los aplausos del público y del fu ro r de D om iciano, atraviesa de noche las calles de R om a y se p resen ta en el | palacio del em perador; el príncipe le abraza fríam en te, A grícola se retira y el ven ced o r de B retaña, dice T ácito, se p ierd e al instante en tre la m uch ed u m b re de los o tro s esclavos. Es en estas épocas desgraciadas cuando se p o d ía en R om a exclam ar con B ruto: « ¡Oh v irtu d !, eres sólo una palabra vana.» ¿C óm o p o d ría haber v irtu d e n unos p u eb lo s que viven en continua angustia y en los q u e el alma, abatida p o r el m iedo, ha perd id o toda su capacidad d e reacción? En estos pueblos sólo encontram os pod ero so s insolentes y esclavos viles y cobardes. ¡Q ué cuadro más hum illante para la hum anidad no ofrece la audiencia de un visir, cuando, con una gravedad y una im portancia estúpidas, avanza en m edio de una m uche­ dum bre de clientes, m ientras estos últimos, serios, m udos, inmóvi­ les, con la m irada fija y baja, esperan tem blando | el favor de una m irada (64), más o m enos en la m ism a actitud de esos brahm anes qu e, con la m irada fija en la p u n ta de su nariz, esperan la llama azul y divina con la q u e el cielo los ha de ilum inar y cuya aparición ha d e elevarlos, según ellos, a la dignidad de pagoda! C uando vem os el m é rito así hum illado ante un visir sin talento, o incluso an te u n vil eu n u co , nos acordam os, a pesar nuestro, de la veneración ridicula que en el Jap ó n se tiene p o r las grullas, cuyo n o m b re no p u ed e p ronunciarse si no es p recedid o de la palabra O-thurisama, es decir, monseñor.

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Del desprecio de la virtud y de la falsa estima en que se tiene; tercer efecto del despotismo

| Si, com o he p ro b ad o en los capítulos p reced en tes, la ignorancia de los visires es u n a consecuencia necesaria de la form a despótica de g o b iern o , tam bién m e parece que es efecto del m ism o el ridículo en q u e se p o n e en estos países a la virtud. 383

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N o hay duda de q u e e n sus fastuosas com idas, los persas, en sus cenas de amigos, se burlaban de la frugalidad y de la rudeza de los espartanos. Y de q u e unos cortesanos, acostum brados a arrastrarse en la | antecám ara de los eunucos para p erseg u ir el vergonzoso h o n o r de ser su ju g u ete, daban el nom bre de ferocidad al n o b le orgullo que im pedía a los griegos arrodillarse ante ei gran rey. U n p u eb lo esclavo necesariam ente ha de p o n e r en ridí­ culo la audacia, la m agnanim idad, el desin terés, el desprecio de la vida y, p o r fin, todas las virtudes fundadas en un gran am or p o r la patria y la libertad. En Persia debían tratar de loco, de enem igo del príncipe, a cu alquier su jeto virtuoso que, im presionado p o r el heroísm o de los griegos, hubiera exh o rtad o a sus conciudadanos a parecérseles y a evitar, m ediante una rápida reform a en el go b ierno, la próxim a ruina de un im perio en el q u e la virtu d e ra m enospreciada (65). Los persas, j so p en a d e m ostrarse viles, debían encon­ tra r a los griegos ridículos. Sólo pod em o s im presionarnos p o r aquellos sentim ientos q u e som os capaces de sentir con fuerza. U n gran ciudadano, o b je to de v eneración en todas partes en donde hay ciudadanos, será co nsiderado un loco en un país g o b ern ad o despóticam ente. E n tre nosotros, los europeos, más alejados de la vileza de los orientales q u e del heroísm o de los griegos, ¡cuántas ac­ ciones nos parecerían sin em bargo locas si estas mismas acciones no hubieran sido consagradas p o r la adm iración | de todos los tiem pos! Sin esta adm iración, ¿quién no considera­ ría ridicula esta o rd en q u e antes de la batalla d e M antinea recibió ei rey Agis 76 del p u eb lo de Lacedem onia: « N o os aprovechéis de la superioridad en n ú m ero ; licenciad una parte de vuestras tropas; n o com batáis al enem igo más que con una fuerza igualada»? T am bién consideraríam os insensata la resp u esta que en la batalla de las A rginusas dio Calicrátidas 11, general de la flota lacedem onia, a H erm ó n que le

76 Se trata de Agís II, rey d e Esparta d e 427 a 398 a. de C. D esde la paz de N icias m andó el ejército espartano. Socorrió a la ciudad d e Epidauro am enazada p o r los argivos, los d e rro tó y, de m anera inexplicable, firm ó una paz q u e Argos rom pió p o r sorpresa. Los espartanos arrasaron la casa d e Agis y le im pusieron una m ulta d e 100.000 dracmas. Se le rehabilitó al vencer nuevam ente a los argivos en M antinea (418). 77 En la batalla d e Arginusas se dio la victoria d e la flota ateniense (cerca del archipiélago Arginusas, al este de; Lesbos), dirigida p o r Tesam enes y Trasíbulo sobre los lacedem onios (406 a. C.). Los generales vencedores fu eron ejecutados por no haber recogido y enterrado a las víctimas d e la batalla. Calícrátidas fue un jefe d e la m arina espartana en la últim a cam paña de la guerra dei

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aconsejaba de no co m b atir con fuerzas dem asiado desiguales a la flota de los atenienses: « ¡O h H erm ó n !, le dijo, no quiera D ios q u e siga un co n sejo cuyas consecuencias serían funestas para mi patria! E sparta no será d esh o n rad a p o r su general. A quí, con mi ejército , h e d e v encer o m orir. ¿D ebería acaso Calicrátidas | en señ ar el a rte d e la retirad a a unos hom bres que hasta hoy no han p reg u n tad o nunca cuántos eran, sino sólo d ó n d e acam paban sus enem igos?» U na respuesta tan noble y tan elevada po d ría p arecer loca a la m ayoría de las gentes. ¿Q ué h o m b res p o seen una tan gran d e elevación del alma, un co nocim iento tan p ro fu n d o de la política, para co m p ren d er, com o Calicrátidas, la im portancia que tenía ali­ m entar en los espartanos la audaz testarudez que los hacía invencibles? E ste h é ro e sabía que, ocupados sin cesar en alim entar en sí m ism os el sen tim ien to del valor y d e la gloria, un exceso de pru d en cia p o d ría em b o tar su astucia, y q ue un p u eb lo no tiene virtudes de las q u e no tenga escrú ­ pulos. Los políticos a m edias, al no ser capaces de abarcar una gran extensión de ] tiem p o , se d e ja n siem pre im presionar dem asiado p o r un pelig ro p re se n te . A costum brados a consi­ d erar cada acción in d e p e n d ie n te m e n te de la cadena q u e las une todas e n tre sí, cuando creen correg ir en un p u eb lo el exceso d e virtud, lo q u e hacen más a m en u d o es quitarle el p a la d ió n 78 al q u e hay q u e atrib u ir sus éxitos y su gloria. Así pues, a esta antigua adm iración debem os la que hoy guardam os para estas acciones: au n q u e ésta no es más que una adm iración hipócrita o d eb id a al prejuicio. U na adm ira­ ción verd ad eram en te sentida nos llevaría necesariam ente a su im itación. ¿Q ué hom b re, incluso e n tre aquellos q u e se dicen apa­ sionados p o r la gloria, e n ro je c e p o r una victoria que no deba en teram en te a su valo r y a su habilidad? ¿H ay m uchos| com o A ntíoco-S oter. E ste prín cip e, al ver q u e d ebe la d e ­ rro ta de los gálatas tan sólo al esp an to que había sem brado en sus filas la aparición in esp erad a de sus elefantes, derram a

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Peíoponeso. En 406 a. d e C . se a p o d eró d e M etim m a en Lesbos, derrotando a C onón el ateniense y sitiándole en M itilene, p e ro en el mismo año sucum bió en un com bate contra la flota enem iga en las Arginusas. 78 En el original, «palladium». H elvétius usa m etafóricam ente el «paladión» o estatua de Palas, diosa p ro tecto ra d e A tenas, sím bolo d e su defensa.

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lágrimas sobre sus palm as triunfales y hace elevar en el cam po d e batalla u n tro fe o a sus elefantes 79. Se exalta la generosidad de G elón. D esp u és d e la d erro ta infligida al n u m ero sísim o e jé rc ito d e ios cartagineses y cuando los vencidos preveían las más duras condiciones, este príncipe no exige d e la hum illada C artago más que la aboli­ ción de los bárbaros sacrificios q u e hacían a S aturno de sus propios hijos. Este v en ced o r n o q uiere aprovecharse de su victoria más q u e para concluir el único tratado que quizá haya sido hecho nunca a favor de la hum anidad. ¿P or qué en tre tantos adm iradores G e ló n no tiene ningún im itador? Mil héroes | han sojuzgado, u n o tras o tro , el Asia: sin em ­ bargo, no hay ninguno qu e, sensible a los m ales de la hum a­ nidad, se haya aprovechado de su victoria p ara descargar a los orientales del peso d e la m iseria y del envilecim iento con los que el d espotism o los agobia. N in g u n o de ellos ha destru id o esta casa de d o lo r y d e lágrimas en d o n d e los celos m utilan sin piedad a los desgraciados destinados a guardar sus placeres, co n denados al suplicio de un deseo que conti­ nuam ente renace y siem pre im p o ten te. N o se tiene, pues, p o r la acción de G elón, más q u e una estim a hipócrita o de prejuicio. N o so tro s h onram os el valor, p e ro m enos de lo que se le honraba en Esparta. Así, no experim en tam o s, a la vista de una ciudad fortificada, el sen tim ien to de d esprecio que em ­ bargaba a los lacedem onios. A lgunos de ellos, pasando bajo los muros de C orinto preguntaron: «¿Q ué m ujeres habitan ¡ esta fortaleza?» Les co n testaro n q u e eran los corintios. A lo que replicaron: «¿N o saben estos h om bres viles y cobardes que los únicos m uros im penetrables para el enem igo son unos ciudadanos d ispuestos a m orir?» T an to valor y tanta elevación del alm a sólo se en cu en tran en las repúblicas g u e ­ rreras. P or grande q u e sea el am or q u e sentim os p o r la patria, no verem os e n tre n o so tro s a ninguna m adre, después de la p érd id a de un h ijo m u e rto en com bate, rep ro ch ar al hijo q u e le q u ed a el h a b e r sobrevivido a su derro ta. N adie tom ará p o r ejem p lo a estas virtuosas lacedem onias. D es-

79 D e la larga lista d e A ntíocos, quizá H elvétius se refiere a A ntíoco III Megas (El G rande) (223-187 a. C.), rey seléucida d e Asia occidental. Pasó a G recia con el propósito de dom inar Tracia, pero fue vencido p or los rom anos. Les entregó, d e hecho, Asia M enor y renunció a su flota. Los gálatas eran un pueblo d e origen celta establecido en Asia M enor.

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pués d e la batalla d e Leuctra so, avergonzadas p o r haber llevado e n su seno a unos h o m b res capaces de h uir, aquellas cuyos hijos habían escapado a la m o rtan d ad se retiraban al fondo de sus casas doloridas y en silencio; m ientras que, p o r el | contrario, las m adres cuyos hijos habían m u e rto en el com bate, llenas d e alegría y con la cabeza coronada de flores, iban al tem plo a d ar gracias a los dioses. P or valientes q u e sean n u estro s soldados ya 110 se verá más a un c u erp o d e e jé rc ito de mil doscientos hom bres hacer fren te, com o los suizos en el com bate d e SaintJacques-l’H ópital, al ataque de un e jército de sesenta mil hom bres que pagó su victoria con la pérdida de ocho mil sol­ dados (66). Y a no se verán g o b iern o s q u e traten de cobar­ des y, a tales condenen |a la últim a pena a diez soldados que, escapando a la m ortandad de aquella jornada, llevaron a los suyos la noticia d e una d e rro ta tan gloriosa. Si en la p ro p ia E uropa ya n o existe más q u e una adm ira­ ción estéril p o r tamañas acciones y p o r tales virtudes, ¿cuál no ha de ser el d esprecio d e los p ueblos de O rie n te p o r estas m ism as virtudes? ¿Q uién p o d ría hacérselas respetar? Estos países están p o b lad o s p o r almas abyectas y viciosas: ahora bien, en cuanto | los h o m b res virtuosos no son ya lo bastante n um erosos en u n a nación para d ar el tono, ésta lo recibe necesariam ente de las gentes corrom pidas. Estos últi­ m os, siem pre interesad o s en ridiculizar los sentim ientos que ellos no ex perim entan, hacen callar a los virtuosos. D esgra­ ciadam ente hay pocos q u e no cedan a los clam ores de los que les rodean, q u e sean lo bastante valientes para desafiar el desprecio de su nación y q u e co m p ren d an con suficiente cla­ ridad que la estim a d e una nación caída en un cierto grado de envilecim iento es una estim a q u e más d esh o n ra que no halaga. El poco caso q u e hacían de Aníbal en la co rte de A ntioco, ¿ha d esh o n rad o acaso a e ste gran hom bre? La cobardía con la que Prusia quiso v en d erle a los rom anos, ¿ha causado algún perju icio a la gloria d e este ilustre cartaginés? | N o ha hecho más q u e d esh o n rar a los ojos de la p o sterid ad al rey, al consejo y al p u e b lo q u e iban a entregarlo. La consecuencia de lo q u e he dicho es q u e en los im pe­ rios despóticos no hay realm en te más que d esprecio p o r

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80 Leuctra es la batalla en la q u e venció Epam inondas sobre los espartanos (371 a. C.)-

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la virtud y sólo se hon ra su nom bre. Si co n tin u am en te se la invoca y si la exigen a los ciudadanos es p o rq u e pasa con la virtud lo m ism o que con la verdad, q u e se la exige a condi­ ción de que sea lo bastan te p ru d e n te para silenciarla.

C a p ít u l o X X I

De la caída de los imperios sometidos a l poder arbitrario; cuarto efecto del despotismo 215

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| La indiferencia d e los orientales p o r la virtud, la igno­ rancia y el envilecim iento de las almas, consecuencia necesa­ ria de la form a de su g o b iern o , ha de en g e n d rar unos ciuda­ danos que son a la vez b rib o n es e n tre ellos y sin valor fren te al enem igo. Esta es la causa d e la so rp re n d e n te rapidez con la q u e los griegos y los rom anos sojuzgaron el Asia. ¿C óm o unos escla­ vos, criados en la antecám ara de un am o, p o drían haber sofocado, an te la espada de los rom anos, sus habituales sentim ientos de | te m o r q u e el d esp o tism o les había hecho co n ­ traer? ¿C óm o estos h o m b res em bru tecid o s, sin elevación de alma, acostum brados a pisar a los débiles y a arrastrarse ante los podero so s, podrían n o h aber cedido an te la m agnanim i­ dad, la política y el valor de los rom anos, m ostrándose igualm ente cobardes en el g o b iern o y en el com bate? Si los egipcios, dice a este resp ecto Plutarco fu eron suce­ sivam ente esclavos de todas las naciones, es p o rq u e fueron som etidos al despotism o más duro: p o r esto casi siem pre dieron sólo pruebas de cobardía. C uando el rey C leóm en e s 81, expulsado de E sparta y refugiado en E gipto, fue en ­ carcelado p o r la intriga d e un m inistro llam ado Sobisius, logra m atar a sus guardianes y, rotas sus cadenas, el príncipe se p resen ta en las calles de A lejandría; en vano ] ex h o rta a los ciudadanos a vengarle, a castigar la injusticia, a sacudir el yugo de la tiranía: no en cu en tra, dice Plutarco, más que

81 Cleóm enes III, rey d e Esparta (235-222 a. C.). Intentó reconstruir la antigua Esparta. D erro tó varias veces a los aqueos, p e ro al p ed ir Arato ayuda a A ntígono D osón de M acedonia, Cleóm enes se refugió en Egipto, en la corte de Tolom eo Evergetes. Se enem istó con su sucesor, Tolom eo Filopátor, y fue encarcelado. Trató, evadiéndose, de sublevar al pueblo de Alejandría. Al no conseguirlo, term inó suicidándose.

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inm óviles adm iradores. S ólo q u edaba a este pueb lo vil y cobarde la clase d e valentía q u e hace adm irar las grandes acciones, p ero no la q u e las hace ejecutar. ¿C óm o un p u eb lo esclavo p o d ría resistir a una nación libre y poderosa? Para h acer uso im p u n em en te del p o d er arbitrario, el désp o ta está obligado a d eb ilitar el espíritu y el valor de sus súbditos. Lo q u e le hace p o d ero so de puertas a d e n tro lo vuelve débil d e p uertas afuera. C on la libertad, destierra de su im perio todas las virtudes; éstas no pueden, dice A ristóteles, habitar e n almas serviles. H ay q u e em pezar p o r ser mal ciudadano, añade el ilustre p re sid e n te d e M o n ­ tesquieu que hem os ya citado, | p ara convertirse en buen esclavo. A los ataques d e u n p ueblo com o el ro m ano sólo pued e o p o n e r un consejo y unos generales to talm ente nue­ vos en la ciencia política y m ilitar, y sacados de una nación cuyo valor ha ablandado y cuyo espíritu ha reprim ido; p o r consiguiente, ha de ser vencido. Pero, se nos dirá, las v irtudes han brillado algunas veces con gran esp len d o r en los Estados despóticos. C ierto , cuando el tro n o ha sido ocupado sucesivam ente p o r varios grandes hom bres. La virtud, ad o n n ecid a p o r la presencia de la tiranía, se reanim a a la aparición d e u n p ríncipe virtuoso. Su p resen ­ cia es com parable a la del sol: cuando su luz atraviesa y disipa las nubes tenebrosas q u e cubrían la tierra, entonces todo se reanim a, to d o se vivifica en la naturaleza, las llanuras se pueblan de cam pesinos, en los bosques | resuenan conciertos aéreos y la población alada del cielo vuela hasta la copa de los robles para can tar la vuelta del sol. «¡O h tiem pos felices!, exclama T ácito b ajo el reinado de T rajano, cuando sólo se obed ece a las leyes, se p u e d e pen sar lib rem en te y decir librem en te lo q u e se piensa, cuando se ven los corazo­ nes volar todos al en cu en tro del príncipe, cuya sola aparición es una bendición.» Sin em bargo, el resp lan d o r que d esp id en estas naciones es siem pre de poca duración. Si alguna vez alcanzan el más alto grado de p o d e r y d e gloria, y destacan p o r toda clase de éxitos, estos éxitos, que com o he dicho se d eb en a la sabidu­ ría de los reyes que las g obernaban y no a la form a de gobierno, son siem pre tan pasajeros com o brillantes. La fuerza de estos Estados, p o r | g ran d e que sea, no es más que una fuerza ilusoria. Es com o el coloso de N ab u co d onosor: sus pies son de arcilla. Pasa co n estos im perios com o con el

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abeto soberbio: su copa toca a los cielos, los anim ales de los llanos y de los aires buscan refugio b ajo su som bra, p ero , agarrado al suelo con raíces dem asiado débiles, es derribado al p rim er huracán. Estos Estados sólo duran un m o m ento, a no ser q u e estén ro d ead o s p o r naciones p oco em p ren d ed o ras y som etidas a un p o d e r arbitrario. La fuerza respectiva de estos Estados consiste en to n ces en el equilibrio de su debili­ dad. Si un im perio d esp ó tico sufre algún revés y el tro n o no p u ed e ser afianzado p o r una resolución viril y valiente, este im perio es d e s tr u id o 82. Los pueblos q u e gim en bajo un p o d e r arbitrario no tienen más q u e éxitos | fugaces, sólo destellos de gloria; tarde o tem prano sufrirán el yugo de una nación libre y e m p re n d e­ d ora: P ero, aún su p o n ien d o que unas circunstancias y unas situaciones especiales las librasen de este peligro, la mala adm inistración de estos reinos bastaría p ara destruirlos, des­ poblarlos y co nvertirlos e n d esiertos. La languidez letárgica, que uno tras o tro se apod era d e tod o s sus m iem bros, p ro ­ duce este efecto. Es p ro p io del d espotism o ahogar las pasio­ nes. A hora bien, desd e el m o m en to en q ue las almas han p erd id o su actividad p o r falta de pasiones, cuando los ciuda­ danos están p o r así d ecir adorm ecidos p o r el opio del lujo, del ocio y de la m olicie, ento n ces el E stado cae en consun­ ción. La calma aparen te d e la que disfruta no es, a los ojos del hom bre esclarecido* m ás q u e el d eb ilitam iento precursor de la m uerte. | Las pasiones son necesarias en un Estado; son el alma y la vida del m ism o. El p u eb lo más apasionado es, a la larga, el p u eb lo triunfador. La efervescencia m o d erad a de las pasiones es saludable para los im perios; son, a este respecto, com parables a los m ares, cuyas aguas inm óviles exhalarían, al co rrom perse, va­ p ores funestos para el u n iv erso si la tem p estad no las d e p u ­ rase al agitarlas. P ero si la grandeza d e las naciones som etidas a un p o d er arb itrario es sólo una g randeza pasajera, no lo es en cam bio la de los gobiern o s co m o en G recia y R om a en donde el

82 P uede so rprender un p o co la form a q u e tiene H elvétius d e tratar las relaciones interna cionales. En rigor, en esto destaca p o co d e su tiem po. A unque el Derecho de Gentes tenía com«» interés, ideas como las del abate d e Saint-Pierre, sobre un proyecto macronacional no calan hondo. En rigor, se tiende a aceptar q u e, e n tre naciones, rige la ley de la naturaleza, es decir, no hay justo e injusto y sólo d eb en valorarse p o r los efectos d e su país. Es decir, en In internacional el derecho de un Estado liega hasta donde llega su poder. Sólo en este contexto ideológico tom a sentido esta defensa co n stan te del «Estado g uerrero».

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p o d er se re p a rte e n tre el p u e b lo , los grandes y los reyes. En estos Estados el in terés p articular, estrech am en te ligado al interés público, convierte a los h om bres en ciudadanos. En estos países el p ueblo, cuyos éxitos se en cu en tran en la propia | constitución de su g o b iern o , p u e d e p ro m eterse éxitos duraderos. La necesidad en que ento n ces se e n c u en tra el ciudadano de ocuparse de o b jeto s im p o rtan tes, la libertad q u e tiene de p ensarlo y d ecirlo to d o , dan más fuerza de elevación a su alma; la audacia de su esp íritu pasa a su corazón, le hace concebir p ro y ecto s más vastos, más atrevi­ dos y ejecu tar acciones más valientes. Y o añadiría que si el in terés particular no está e n te ra m e n te desligado del interés público, si las costum bres de un p u eb lo com o el rom ano no están tan corrom pidas com o lo estaban en tiem pos d e los M ario y los Sila, el espíritu de vigilancia, que obliga a los ciu­ dadanos a observarse y a rep rim irse recíp ro cam ente, es el espíritu conservador d e estos im perios. Sólo se so stienen con el equilib rio de los in te re se s | o puestos. N u n c a los cim ientos de estos Estados son más firm es que en estos m om entos de ferm entación e x terio r e n q u e p arecen a p u n to de d e rru m ­ barse. Así, el fo n d o d e los m ares p erm an ece en calma y tranquilo, incluso cuando el aquilón, d esencadenado en su superficie, parece que los rev u elv en hasta sus abismos. D esp u és de h ab er m o strad o el despotism o oriental com o la causa de la ignorancia d e los visires, de la indiferencia de los pu eb lo s p o r la virtud y d el d erru m b am ien to de los im p e­ rios som etidos a esta form a d e g o b iern o , voy a m ostrar cóm o otras form as de E stado son causa de efectos contrarios.

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C a p í t u l o X X II

Del amor de ciertos pueblos a la gloria y a la virtud

| Este capítulo es una consecuencia tan necesaria del p re ced e n te, que m e p arecería estar dispensado de so m eter este tem a a exam en si no fuese p o rq u e e n tie n d o que la exposición de los m edios aptos para obligar a los hom bres a la virtud pued e ser agradable a la g en te y p o rq u e los detalles sobre una m ateria co m o ésta son instructivos incluso para los

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que la conocen m ejor. V oy a en trar, pues, en m ateria. R eco­ rro con la m irada las repúblicas más fecundas e n hom bres virtuosos y m e d eten g o en G recia y en Rom a; veo allí surgir una m u ltitud de héroes. Sus g randes acciones, | guardadas cuidadosam ente p o r la historia, p arecen allí reunidas para difundir los olores d e la v irtu d en los siglos más corrom pidos y más lejanos; estas acciones son com o esas vasijas con incienso que, colocadas sob re los altares de los dioses, bastan para llenar de perfu m es la vasta exten sió n de su tem plo. E xam inando la continuidad de acciones virtuosas que la historia d e estos p u eb lo s p resen ta, cuando busco su causa la en cu en tro en la habilidad con la q u e los legisladores habían ligado el in terés particular con el in terés público (67). T o m o la hazaña d e R égulo com o p ru eb a de esta verdad. N o voy a tom ar en consideración ningún sen tim ien to heroico | que este general p u d ie ra abrigar, ni tam poco los que le debió inspirar la educación rom ana, p ero diré que, en la época de este cónsul, la legislación era en ciertos aspectos tan perfecta qu e, incluso ate n d ie n d o exclusivam ente a su interés personal, no podía R égulo d e ja r de eje c u ta r la acción g en e­ rosa que hizo. En efecto, si, co n o ced o res de la disciplina de los rom anos, reco rd am o s q u e la huida, o la sola p érd id a del escudo en el com bate, era castigada con el apaleam iento, pena que n orm alm ente causaba la m u erte del culpable, es ev idente que u n cónsul vencido, h ech o p risio n ero y enviado p o r los cartagineses para negociar u n intercam b io de prisioneros, no podía p resentarse ante los rom anos sin el tem o r de incurrir en el desprecio hum illante d e los republicanos, tan insoportable para un alma elevada. Así pues, la única actitud | que R égulo 83 podía to m ar para b o rra r la vergüenza de su d e rro ta era realizar una acción heroica. T en ía q u e o p o n erse al tra­ tado de intercam bio q u e el senado estaba d ispuesto a firmar. C iertam en te, con este con sejo exponía su vida; p e ro este peligro no era inm inente. Existía la posibilidad d e que el senado, adm irado d e su valor, se apresu rara a concluir un tratad o que deb ía devolverle a un ciudadano tan virtuoso. P o r o tra parte, en el caso de que el sen ad o siguiera su consejo, era tam bién p osible que, p o r te m o r a las represalias,

83 El cónsul rom ano R égulo fue hecho prisio n ero p o r los cartagineses en 255 a. d e C. Le enviaron a Roma, bajo palabra, para negociar un intercam bio de prisioneros, pero él mismo disuadió al Senado d e aceptar la oferta. Regresó a C artago y fue ejecutado.

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o p o r la adm iración de su virtud, los cartagineses no le hicieran sufrir la p en a con la q u e habían am enazado. Así pues, R égulo no se exponía m ás que al peligro al q u e, no ya un héro e, sino un h o m b re p ru d e n te y sensato debía ex p o ­ nerse si quería evitar el d esp recio | y o frecerse a la adm iración d e los rom anos. Existe un arte d e obligar a los h o m b res a las acciones heroicas, sin que yo p re te n d a aquí insinuar q u e R égulo hu­ biera sólo o b ed ecid o a esta exigencia y p erju d icar de esta m anera a su gloria. La acción d e R égulo fue, sin duda, efecto del im petu o so entusiasm o que le llevaba a la virtud; p ero un tal entusiasm o sólo p o d ía en ce n d e rse en Roma. Los vicios y las virtudes d e un p u eb lo son siem pre efecto necesario de su legislación. El conocim ien to de esta verdad ha dado lugar a esta herm o sa ley en China: para fecundar la sem illa de la virtud se establece que los m andarines partici­ pen de la gloria o d e la vergüenza de las acciones (68) virtuosas o infam es com etidas en sus g obiernos; | y, en consecuencia, estos m andarines serán elevados a cargos superio­ res o rebajados a categorías inferiores. N o es posible d u d ar d e que la virtud es, en todos los pueblos, efecto de la m ayor o m en o r sabiduría de la adm inis­ tración. Si los griegos y los rom anos estu v iero n d u ran te tanto tiem po anim ados p o r estas v irtu d es viriles y valientes que son, com o dice Balzac, unas incursiones que el alma hace más allá de los deberes comunes, es p o rq u e las virtudes de este tipo son casi siem pre | p atrim o n io de los p ueblos en los que cada ciudadano participa d e la soberanía. Sólo en estos países en co n tram o s a un Fabricio. Instado p o r P irro 84 para q u e le acom pañara al E piro, le dijo: «Pirro, sois sin d uda un p rín cip e ilustre, u n gran g u errero ; pero vuestros p u eb lo s gim en en la m iseria. ¡Q ué tem eridad, la de q u ererm e llevar al Epiro. ¿D udaréis de que, som etidos a mi ley, vuestros p ueblos p referirán p ro n to la exención de trib u ­ tos a la sobrecarga d e vuestros im pu esto s, y la seguridad a la inseguridad de sus posesiones? H o y v u estro favorito, m añana yo sería v u estro am o!» U n tal discurso sólo p o d ía ser p ro ­ nunciado p o r un rom ano. Sólo en las repúblicas (69) | vem os

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84 Cayo Fabricio fue cónsul rom ano en 282-278 a. de C. Es uno de los prototipos d e la sencillez y del desinterés de los antiguos romanos. C uando fue a negociar con Pirro II, después de la batalla de H eraclea (270), se m ostró incorruptible e insensible a las amenazas de este rey que le admiraba y hubiera querido que se uniera a él.

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con asom bro hasta d ó n d e p u e d e llegar la altura del valor y el heroísm o de la paciencia. C itaré a T em ístocles com o ejem plo d e este género. Pocos días antes d e la batalla de Salamina, este g u errero , insultado en p len o con sejo p o r el general de los lacedem onios, sólo co n testa a sus am enazas con estas palabras: «Golpea, j pero escucha.» A ñadiré a este ejem plo el de T im o le ó n 85; ha sido acusado de m alversación y el p u eblo está a p u n to de hacer pedazos a sus delatores. Pero d etien e su fu ro r diciéndoles: «¡Siracusanos! ¿Q ué vais a hacer? Pensad que to d o ciudadano tiene el d erech o de acusarm e. M ovidos p o r el agradecim iento no vayáis a atacar esta libertad que m e glorío de haberos entregado.» Si la historia griega y rom ana está tan llena de estas heroicas hazañas, y si en vano reco rrem o s la historia del despotism o en busca d e hechos parecidos, se debe a que en estos g obiernos el in terés particular no va nunca ligado al interés público, a q u e en estos países, e n tre mil cualidades prefieren honrar la bajeza y reco m p en sar la m ediocridad (70). | A esta m ediocridad se confía casi siem pre la adminis­ tración pública y se apartan de ella a las g entes de espíritu. Estas, se dice, dem asiado inquietas, dem asido activas, altera­ rían la tranquilidad del Estado: tranquilidad com parable a este m o m en to de silencio que, en la naturaleza, p reced e de inm ediato a la tem pestad. La tranquilidad de un Estado no es siem pre p ru eb a de la felicidad de los súbditos. En los g o ­ biernos arbitrarios los h om bres son com o esos caballos que, apretados con el acial, sufren sin m overse las más crueles operaciones; el corcel en libertad se encabrita al prim er golpe. La pasión de | gloria, desconocida en estas naciones, es la única que p u ed e alim entar en el cu erp o político el suave ferm en to que lo vuelve sano y ro b u sto y q u e desarrolla toda especie de virtudes y talentos. P or esto, los siglos más favo­ rables a las letras han sido los más fértiles en grandes gen era­ les y en grandes políticos: un m ism o sol vivifica los cedros y los plátanos. P or lo dem ás, esta pasión de gloria que, divinizada p o r los paganos, ha recibido el h o m en aje de todas las repúblicas,

85 Tim oleón (410-336 a. d e C .) fue un gran estadista griego. Fue enviado a Sicilia en socorro de Siracusa y obligó a D ionisio el Joven a abdicar. Una ola de republicanism o d errocó a todos los tiranos d e Sicilia hostiles a Tim oleón, quien organizó en Sicilia una dem ocracia moderada y creó un consejo d e seiscientos miem bros. Tras considerar su obra cumplida, abdicó.

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ha sido principalm ente h o n rad a en las repúblicas pobres y guerreras.

C A P ÍT U L O

X X III

Las naciones pobres han sido siempre más ávidas de gloria y más fecundas en grandes hombres que las naciones opulentas

| Parece que los héroes, e n las repúblicas dedicadas al com ercio, sólo se p re se n ta n para d e stru ir la tiranía y desapa­ recer luego con ella. En los prim eros m om entos de la lib er­ tad de H olanda, Balzac d ijo de sus habitantes «que m erecían haber ten id o a D ios p o r rey, p u esto q u e no habían soportado te n e r a un rey p o r D ios». El suelo p ro p io para la producción de grandes hom bres se agota p ro n to en estas repúblicas. La gloria de Cartago, que desaparece | con Aníbal, es un ejem pío. El espíritu com ercial d estru y e necesariam ente el espíritu de la fuerza y el valor. «Los pueblos ricos, dice el m ism o Balzac, se rigen p o r los discursos de la razón, que se orienta a lo útil, y no conform e a la enseñanza m oral, que se p ro p o n e lo honesto y lo azaroso.» El valor v irtuoso se conserva sólo en las naciones pobres. D e todos ios pueblos, los escitas eran tal vez los únicos que entonaban him nos a los dioses sin pedirles nunca ninguna gracia, pues estaban persuadidos, decían, de q u e nada le falta al hom bre valiente. S om etidos a unos jefes cuyo p o d e r era bastante grande, se m antenían in d ep en d ien tes p o rq u e d e ja ­ ban de o b ed ecer al jefe e n cuanto éste dejaba de ob ed ecer las leyes. Las naciones ricas no son com o la de los escitas, los cuales no tenían | o tra necesidad q u e la gloria. Allí donde florece el com ercio se p re fie re n las riquezas a la gloria, p o rq u e estas riquezas se p u e d e n cam biar p o r todos los place­ res y su adquisición es m ás fácil. P ero ¡qué escasez de virtudes y de talentos ocasiona esta preferencia! Al no p o d e r ser la gloria otorgada más que p o r el reconocim iento público, ella es siem pre el prem io a unos servicios rendidos a la patria. El deseo de gloria supone siem pre el deseo de ser útil a la nación.

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N o pasa lo m ism o con el d eseo de riquezas. Estas pu ed en ser alguna vez el p rem io de la especulación de la bajeza, del espionaje y, a m enudo, del crim en; raram en te son p atrim o ­ nio de los h om bres d e más esp íritu y de los más virtuosos. El am or a las riquezas no lleva, | pues, n ecesariam ente al am or a la virtud. Los países com erciantes d e b en p ro d u c ir más bue­ nos negociantes que buenos ciudadanos y más banqueros que héroes. Así, pues, no es en un te rre n o de lujo y de riquezas, sino en el de la pobreza d o n d e crecen las sublim es virtu­ des (71); nada más raro q u e e n co n trar almas elevadas (72) en los im perios opulentos; los | ciudadanos co n traen allí dem a­ siadas necesidades. Q u ien las ha m ultiplicado ha en tregado a la tiranía los reh en es de su bajeza y su cobardía. Sólo la virtud, q u e se co n ten ta con poco, está al abrigo de la co rru p ­ ción. Esta clase de virtud inspiró la resp u esta que dio a un m inistro inglés un noble q u e se había distinguido p o r su m érito. T en ien d o la co rte in terés en atraérselo de su parte, W alpole va a visitarlo y le dice: «V engo de parte del rey a aseguraros su p rotección, a m anifestaros el sentim iento que tiene de no haber hecho todavía nada p o r vos y a ofreceros un em pleo más adecuado a vuestro mérito»,. «M ilord, le replicó el noble inglés, antes de co n testar a vuestro ofreci­ m iento, p erm itid q u e m e haga traer la cena estando vos delante.» Le sirven inm ed iatam en te un picadillo preparado con los restos de la | p iern a de co rd ero q u e había tenido com o alm uerzo. V olviéndose ento n ces hacia W alpole, aña­ dió: «M ilord, ¿creéis que un hom bre que se contenta con esta cena es alguien a quien la corte p u ed e fácilm ente con­ quistar? Explicad al rey lo q u e habéis visto; es la única respuesta que p u e d o darle». U n tal discurso p arte de un carácter que sabe restringir el círculo de sus necesidades: ¿y cuántos hay en un país rico que sean capaces de resistir a la tenta­ ción continua de cosas supérfluas? La pobreza de una nación p ro p o rcio n a a la patria m uchos h om bres virtuosos a los que el lu jo hubiera corrom pido. «¡O h filósofos!, exclam aba a m en u d o Sócrates, v osotros q u e rep resen táis a los dioses so­ b re la tierra, sabed, com o ellos, bastaros a vosotros m ism os, con ten tao s con poco; so b re to d o , no os arrastréis a im portunar a los príncipes y a los j reyes.» « N ad a hay m ás firm e y más virtuoso, d ijo C icerón, q u e el carácter de los prim eros sabios de G recia. N in g ú n peligro los espantaba, ningún obs-

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ráculo les desanim aba, ninguna consideración les hacía d e te ­ nerse o les hacía sacrificar la verdad a la voluntad absoluta de los príncipes.» P ero estos filósofos habían nacido en un país pobre: p o r esto sus sucesores no conservaron siem pre las m ism as virtudes. Se ha rep ro ch ad o a los filósofos de A lejan­ dría el haber ten id o dem asiada com placencia con los prínci­ pes, sus p ro tecto res, y el h ab er com prado con bajeza el ocio tranquilo q u e estos príncipes les p erm itían disfrutar. A p ro ­ pósito de esto exclam aba P lutarco: «¡Q ué espectáculo más vergonzoso para la hum anidad co n tem p lar a los sabios p ro sti­ tu ir sus elogios a las g e n te s bien situadas! Ju sta m en te son | las cortes de los reyes el escollo con tra el cual naufragan la sabiduría y la virtud. ¿C óm o no se dan cuenta los grandes de que aquellos q u e les cu en tan sólo cosas frívolas los engañan? (73). La verdadera m anera d e servirlos es rep ro ch ándoles sus vicios y sus d efectos y | enseñ án d o les que no les cuadra pasar el tiem po en diversiones. E ste es el único lenguaje digno de un h o m b re virtuoso; nunca en sus labios se instala la m entira o la adulación». Estas palabras d e Plutarco son, sin duda, muy bellas; p e ro son más una p ru eb a d e su am o r p o r la virtud que de su conocim iento de la hum anidad. Pasa lo m ism o con Pitágoras: «Y o reh ú so , decía, d ar el n o m b re de filósofos a aquellos que ceden a la corrupción d e la co rte. Sólo son dignos de este nom bre aquellos q u e están dispuestos a sacrificar ante los reyes su vida, sus riquezas, sus dignidades, sus familias e incluso su reputación. M ed ian te este am or p o r la verdad, añade Pitágoras, participam os d e la divinidad y nos unim os con ella de | la m anera más noble y m ás íntim a». H o m b re s com o éstos n o nacen bajo cualquier form a de gobierno. U n acopio tal d e v irtudes son efecto, o de un fanatism o religioso que se apaga rápid am en te, o de una e d u ­ cación singular, o d e una legislación. Los filósofos com o éstos de los q u e hablan P lutarco y Pitágoras, han nacido en el seno de p ueblos p o b re s y apasionados p o r la gloria. N o es que yo co n sid ere la m iseria com o la fu ente d e las virtudes. Es a la adm inistración más o m enos sabia de los h o nores y Ia:s recom pensas a la q u e d eb em o s atrib uir en to ­ dos los pueblos la aparición de los g randes hom bres. P ero lo que no todos com prenderán sin dificultad es que en ningún | sitio son recom pensadas las v irtudes y las cualidades tan ha­ lagadoram ente com o en las repúblicas p o b res y guerreras.

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C a p í t u l o X X IV

Prueba de esta verdad

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Para quitarle a esta proposición cualquier aire de para­ doja, bastará observar que los dos o b je to s más generales de deseo de los hom bres son las riquezas y los honores. D e estos dos ob jeto s, p re te n d e n con más avidez los h o nores cuando éstos son dispensados d e una m anera que halague el am or propio. El deseo de o b ten erlo s co nvierte a los h om bres en capa­ ces de los m ayores esfuerzos y, entonces, obran verdaderos prodigios. A hora bien, estos h o n o res no | se rep arte n en ninguna p arte con m ayor j usdcia que e n tre los pu eb lo s que, no ten ien d o más q u e esta m on ed a para pagar los servicios rendidos a la patria, tien en el m ayor in terés en valorarlos. Por esto las repúblicas p o b re s de R om a y de G recia han dado más h om bres grandes q u e todos los extensos y ricos im perios del O riente. En los pueblos o p u len to s y som etidos al despotism o se deb e hacer, y se hace, p oco caso de los h o n ores com o m oneda. En efecto, si los h o n o res reciben su valor p o r la m anera com o son adm inistrados, y si en O rien te son los sultanes quienes los dispensan, se co m p ren d e q u e éstos a m en u d o los desacreditan p o r lo mal q u e eligen a sus d esti­ natarios. Así, pues, en estos países los h o n o res no son propíam ente más que títulos; poco p u ed en | halagar el orgullo p u esto q u e raram en te van unidos a la gloria, la cual no pued e ser dispensada p o r los príncipes, sino p o r el p ueblo, ya q u e la gloria no es más q u e la proclam ación del reco n o ­ cim iento público. C o n el desprestigio de los honores, el deseo de obten erlo s dism inuye; este d eseo ya no lleva a los hom bres a realizar grandes cosas; y los hon o res se vuelven en el Estado un reso rte sin fuerza que las g en tes en el p o d er, con razón, no se cuidan de utilizar. Existe una región en A m érica en d o n d e, cuando un sal­ vaje ha obten id o una victoria o ha conducido d iestram ente una negociación, en una asam blea de su nación le dicen: «Eres un hom bre». E ste elogio le incita m ás a las grandes acciones q u e todas las dignidades que en los estados d esp ó ti­ cos son ofrecidas a aquellos que se distinguen p o r sus cuali­ dades.

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| Para c o m p ren d er to d o el desp recio q u e alguna vez recae sobre los honores p o r la m anera ridicula com o son adm inis­ trados, basta con q u e reco rd em o s el abuso q u e se hacía de ellos bajo el rein ad o d e C laudio. B ajo este em p erador, dice Plinio, un ciudadano m ató u n cuervo célebre p o r su habili­ dad; este ciudadano fue co n d en ad o a m uerte. Se hizo a este pájaro unos funerales m agníficos; un to cad o r de flauta p re ­ cedía la cam a sobre la cual el cuervo era llevado en andas p o r dos esclavos y cerraba la com itiva una infinidad de gentes de todas edades y sexo. A p ro p ó sito de ello exclam aba Plinio: «¡Q ué dirían nuestros antepasados si, en esta m ism a R om a en la q u e se en terrab an a n u estro s p rim ero s reyes sin pom pa, en la qu e no se ha vengado la m u erte del d e stru cto r de Cartago y de N um ancia, asistieran a las exequias d e un cuervo!» | Pero, se nos dirá, no ob stan te, en los países som etidos a un p o d e r arb itrario los h o n o res son algunas veces el p re ­ m io al m érito. Sin duda sí, p e ro más a m en u d o lo son al vicio y al servilism o. Los h o n o re s son, en estos gobiernos, com parables a estos árboles dispersos p o r el d esierto cuyos frutos, cogidos a veces p o r los pájaros, son más a m enudo presa d e la serp ien te q u e d esd e el pie d el árbol ha subido rep tan d o hasta la cima. D espreciados los honores, los servicios rendidos al Estado sólo se pagan con dinero. A h o ra bien, una nación que paga sus deudas sólo con d in e ro se ve p ro n to sobrecargada de gastos. El Estado, em pobrecido, se vuelve insolvente; en to n ­ ces ya no hay recom pensas p ara las virtudes y los talentos. | Es inútil que se diga q u e los príncipes, ilum inados p o r la necesidad, llegados a estos extrem os usarían los honores com o m oneda. Si en las repúblicas po b res, en las que la nación en tera es la dispensadora de las gracias, es fácil realzar el valor de estos honores, resu lta muy difícil hacerlos valorar en un país despótico. ¡Cuánta honradez sería necesaria en aquellos q u e quisieran dar curso a esta m oneda d e los honores! ¡Q ué fuerza de carácter se necesitaría para resistir a las intrigas de los cortesanos! ¡Q ué discern im ien to sería necesario para otorgar estos hono res sólo a los g randes talentos y a las grandes virtudes y rehusarlos co n stan tem en te a estos hom bres m e­ diocres que los desacreditarían! ¡Q ué finura de percepción para captar el m o m en to exacto en el que, p o r haberse hecho

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estos hon o res dem asiado com unes, y no excitar ¡ ya a los ciudadanos a los m ism os esfuerzos, han de ser creados otros nuevos! N o pasa con los h o n o res com o con las riquezas. Si el interés público p ro h íb e las refundiciones de m onedas de oro y plata, exige en cam bio q u e se hagan con la m oneda de los honores cuando han p e rd id o su valor, q u e sólo d eb en a la opinión de los hom bres. Y o señalaría a este resp ecto q u e no p o d em os considerar sin asom bro ia conducta d e la m ayoría de las naciones que ocupan tantas personas en la adm inistración de su hacienda y no nom bran ninguna para cuidar de la adm inistración de los honores. N o obstante, nada sería más útil q ue la discusión severa del m érito de aquéllos a los q u e se honra. ¿P or qué las naciones no d eberían te n e r un tribunal que, | m ediante un exam en p ro fu n d o y público, asegurara la realidad de las cuali­ dades que recom pensa? ¡Q ué gran valor no aportaría este exam en a los honores! ¡Qué deseo de m erecerlos! ¡Q ué cam bios tan felices no in troduciría este deseo en la educa­ ción privada y, poco a poco, en la educación pública! C am ­ bios de los que tal vez d ep en d en todas las diferencias que observam os e n tre los pueblos. E ntre los viles y co bardes cortesanos de A ntioco, ¡cuán­ tos h om bres, si hubieran sido desde niños criados en Rom a, habrían, com o Popilio, trazado a lre d e d o r del rey el círculo del q u e no podía salir sin convertirse en esclavo o en en e­ m igo de los rom anos! D espués de h ab er p ro b ad o que las grandes recom pensas hacen las grandes v irtudes y q u e la sabia adm inistración de los h o n o res es el lazo más tu e rte q u e los J legisladores p u e­ dan em plear para unir el in terés particular al interés público y form ar unos ciudadanos virtuosos, tengo derecho, creo, concluir que el am or o la indiferencia d e algunos pueblos por la virtud es efecto de la d iferen te form a de sus go b ier­ nos. A hora bien, lo que he dicho de la pasión de la virtud, a la q u e he p u esto d e ejem plo, p u ed e ser aplicado a cualquier o tra especie de pasión. P or tanto, no d eb e atribuirse a la naturaleza el grado desigual de pasiones de q ue los distintos pueblos parecen susceptibles. C om o últim a p ru eb a de esta verdad, voy a m ostrar cóm o la fuerza de nuestras pasiones es siem pre p ro p o rcionada a la fuerza de los m edios em pleados para excitarlas.

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C a p itu lo XXV

De la exacta proporción entre la fuerza de las pasiones y la m agnitud de las recompensas que uno se propone por objetivo

| Para c o m p re n d e r toda la exactitud de esta p ro p o rció n hem os de recu rrir a la historia. E m piezo con la de M éxico. V eo unos m o n to n es d e o ro q u e re p re se n ta n para los avari­ ciosos españoles una riq u eza su p erio r a la q u e les habría p rocurado el pillaje d e toda Europa. A nim ados p o r el deseo de apoderarse de este o ro , estos m ism os españoles abando­ nan sus bienes y sus familias; e m p ren d en , bajo la dirección de C ortés, la conquista del N u e v o M undo; luchan contra el clima, la necesidad, el n ú m ero , la calidad, | y salen victoriosos gracias a una valentía tan o b stinada com o im petuosa. T odavía más exaltados p o r la sed d el o ro y aún más ávidos de riquezas, p o rq u e son aún más m iserables, veo a los filibusteros pasar de los m ares del n o rte a los del sur, atacar unas fortificaciones im p en etrab les, d erro tar, con un puñado de hom bres, a n um erosos cu erp o s de soldados disciplinados. Y a estos m ism os filibusteros, d esp u és de haber arrasado las costas del sur, abrirse d e n u ev o paso hacia los m ares del norte, superando, con increíbles esfuerzos, continuos com ba­ tes y una valentía a toda p ru e b a , los obstáculos que los hom bres y la naturaleza les ofrecían a su regreso. Si echo una m irada a los pueblos del n o rte, los prim eros p ueblos que se p resen tan a mi vista son los seguidores de O dín. Se hallan anim ados p o r la esperanza [ de una recom pensa imaginaria, p e ro la m ay o r de todas, desde el m o m en to en que su credulidad las hace reales. Así, p ues, al ser anim a­ dos p o r una fe tan viva, m anifiestan una valentía que, p ro ­ p orcionada a unas recom pensas celestes, es todavía su perior a la de los filibusteros. « N u e stro s g u errero s, deseosos d e la m u erte, dice u no de sus po etas, la buscan con afán: en los com bates, heridos d e m u erte, se les ve caer, re ír y m orir.» Lo que confirm a u n o d e sus reyes, llam ado Sodbrog, cuando exclama en el cam po d e batalla: «Siento una alegría descono­ cida. M e m uero: oigo la voz de O d ín q u e m e llama; las p uertas de su palacio se abren; veo salir a unas jóvenes sem idesnudas; una banda azul las ciñe y destaca la blancura de su seno; avanzan hacia mí | y m e o frecen para b eb e r una

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deliciosa cerveza en el cráneo ensang ren tad o de mis en em i­ gos.» Si pasam os ahora al sur, veo a M ahom a, creador de una religión parecida a la d e O d ín , decirse enviado del cielo y anunciar a los sarracenos que el T o d o p o d ero so les ha e n tre ­ gado la tierra, q u e les hará p re c e d e r p o r el te rro r y la desolación, p e ro que es necesario m erecer este dom inio con el valor. Para exaltar su valentía, les enseñ a que el E tern o ha colocado un p u e n te so b re el abism o de los infiernos. Este p u e n te es más estrecho q u e el filo de una cim itarra. D espués de la resurrección, el valiente lo franqueará con paso ligero y se elevará sobre la bóveda celeste; y el cobarde, precipitado desde este p u en te, caerá en la boca de la horrible serpiente que habita la oscura caverna de la casa del humo. Para confirm ar | la m isión del profeta, sus discípulos añaden que, m ontado en A l-borak, ha reco rrid o los siete cielos, ha visto al ángel de la m u e rte y al gallo blanco que, los pies apoyados en el prim er cielo, esconde la cabeza en el séptim o; q u e M ahom a ha partid o la luna en dos, ha hecho brotar fuentes d e sus dedos, ha concedido la palabra a las bestias, se ha hecho seguir por los bosques, saludar p o r las m ontañas (74); y que, amigo de D ios, | les trae la ley q u e este D ios le ha dictado. Im presio­ nados p o r estos relatos, los sarracenos dispensan a M ahom a unos oídos aún más crédulos p o r cuanto les hace una des­ cripción de las más voluptuosas de la estancia celeste ded i­ cada a los hom bres valientes. Interesados p o r los placeres de los sentidos en la existencia d e estos herm osos lugares, los veo exaltados p o r la más viva creencia y, suspirando | conti­ nuam ente p o r las huríes, lanzarse con fu ro r sobre sus enem i­ gos. « G u errero s, exclam a d u ran te el com bate uno de sus generales llam ado Ikrim ach, veo estas herm osas jóvenes de ojos negros; son ochenta. Si una de ellas apareciera sobre la tierra, todos los reyes bajarían del tro n o p ara seguirla. Pero, ¿qué estoy viendo? H ay una q u e se adelanta. Va calzada con un co tu rn o de oro; en una m ano tien e un pañuelo de seda verde y en la o tra una copa d e topacio; m e hace una seña con la cabeza diciendo: venid aquí, amado mío... ¡Esperadm e, divina hurí! Voy a lanzarm e con tra los batallones de infieles, doy la m u erte, la recibo y os doy alcance.» M ientras los ojos crédulos de los sarracenos veían con tanta claridad | a las huríes, la pasión de las conquistas, p ro ­ porcionada a la m agnitud d e las recom pensas que les espera-

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ban, les anim ó con un valor su p erio r al q u e inspira el am or de la patria. Esto fue causa d e los m ayores efectos y se les vio, en m enos de un siglo, so m eter más p ueblos que los rom anos en seiscientos años. T am bién los griegos, su p erio res a los árabes en núm ero, en disciplina, en arm am en to y en m áquinas de guerra, huían ante ellos com o las palom as a la vista del gavilán (75). | A unque todas las naciones se h ubieran unido, no habrían sido capaces de o p o n erles ninguna barrera eficaz. Para hacerles fre n te h u b iera sido necesario arm ar a los cristianos con el m ism o esp íritu con el q u e la ley de M ahom a anim aba a los m usulm anes: p ro m e te r el cielo y la palm a | del m artirio, com o San B ern ard o p ro m etió en tiem po de las C ruzadas, a to d o aquel q u e m u riera com batiendo con los in­ fieles. Proposición q u e el e m p e ra d o r N ic é fo ro hizo a los obispos reunidos en asam blea y q u e éstos, m enos hábiles que San B ern ard o , rechazaron co n ju n tam en te (76). N o supieron ver que esta negativa desalentaría a los griegos, favorecería la extinción del cristianism o | y los p ro g reso s de los sarracenos, a los que sólo era posible opon érseles con el dique de un celo igual a su fanatism o. Estos obispos co ntinuaron atri huyendo las calam idades q u e desolaban el im perio a los crím enes de la nación, cuando cualquiera que tuviera alguna luz en su e n ten d im ien to habría descu b ierto que la causa era la ceguera de estos m ism os prelados, los cuales, en tal coyun­ tura, podían ser considerados com o el azote con el que el Cielo hería el im p erio y com o la plaga con la q u e lo afligía. Los so rp ren d en tes éxitos de los sarracenos eran una con­ secuencia tan directa d e la fuerza de sus pasiones, y la fuerza de sus pasiones de los m edios q u e se em pleaban en en cen ­ derlas, que estos m ism os árabes, estos g u errero s tan peligro­ sos, ante los cuales la tierra tem blaba y los ejércitos griegos huían dispersados com o el polvo | ante los aquilones, tem biaban ante la aparición d e una secta m usulm ana llam ada de los safrianos (77). Exaltados, com o todos los reform adores, p o r un orgullo más fiero y una creencia más firm e, los seguidores de esta secta tenían una visión más distinta de los placeres celestes q u e los o tro s m usulm anes, a los que | la esperanza se los situaba en una lejanía más confusa. Estos feroces safrianos q uerían p u rg ar la tierra de sus e rro res, ilu­ m inar o ex term in ar a las naciones, las cuales, al verlos, im ­ presionadas p o r el te rro r o p o r la luz, debían d e sp ren d erse

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de sus prejuicios o sus opiniones tan rápidam ente com o la flecha se d esp ren d e del arco q u e la dispara. Lo que digo d e los árabes y de los safrianos pued e aplicarse a todas las naciones m ovidas p o r resortes religiosos; pues un m ism o grad o d e credulidad p ro d u ce en todos los pueblos el equilibrio e n tre su pasión y su valor. C on respecto a o tro tip o de pasiones, tam bién un distinto grado de intensidad d e las m ism as, siem pre ocasionado p o r la diversidad de g ob iern o y situación de los pueblos, | los d e ­ term ina, en la m ism a situación, a opciones m uy diferentes. C uando T em ístocles fue a percib ir, a m ano arm ada, im ­ p o rtan tes subsidios e n tre los ricos aliados de su república, estos aliados, cuenta Plutarco, se apresuraron a entregárselos, p o rq u e un tem o r p ro p o rcio n ad o a las riquezas que aquél les podía arrebatar, les hacía dóciles a la voluntad de Atenas. P ero cuando este m ism o T em ístocles se dirigió a pueblos p obres y, desem barcado en la isla de A ndros, hizo las m is­ mas peticiones a los isleños, advirtiéndoles que iba acom pa­ ñado de dos poderosas divinidades, la necesidad y la fuerza, las cuales eran muy persuasivas, los habitantes de A ndros le contestaron: «T em ístocles, nos som eteríam os a tus órdenes, igual com o los o tro s aliados, si | no estuviéram os nosotros tam bién proteg id o s p o r d os divinidades tan poderosas com o las tuyas, la indigencia y la desesperación, que no reconocen la fuerza.» La intensidad d e las pasiones d ep en d e, pues, o de los m edios (78) que el legislador em plea para encenderlas, o de la situación en la q u e la | fo rtu n a nos ha colocado. C uanto m ás1vivas son nuestras pasiones, tanto m ayores son los efec­ tos que producen. P o r esto los éxitos, com o lo p ru eb a la historia, acom pañan siem pre a los p u eb lo s anim ados p o r fuertes pasiones. V erdad m uy poco conocida y cuya ignoran­ cia se ha o p u esto a los progresos q u e p u dieran haberse hecho en el arte | de inspirar las pasiones, arte hasta hoy desconocido incluso para estos políticos fam osos que saben calcular bien los in tereses y las fuerzas de un estado, p ero que no han sabido v er los recursos extraordinarios que en m om entos críticos p u ed en sacarse de las pasiones si se ha ten id o el arte d e encenderlas. Los principios de este arte, tan ciertos com o los de la geom etría, parece q u e hasta ahora sólo han sido captados p o r los grandes hom bres en la g u erra o en la política. Acerca de 404

lo cual yo quisiera h acer n o ta r que, si la virtud, el valor y, p o r consiguiente, las pasiones que anim an a los soldados, con trib u y en al éxito d e las batallas tan to com o el o rd e n en el que han sido colocados, un tratado sobre el arte de inspirar­ las sería tan útil para la instrucción de los generales com o el excelente | T ratado del ilu stre caballero Folard sobre la táctica (79). Las pasiones del am o r a la lib ertad y del odio p o r la esclavitud, unidas, co n trib u y ero n , más que la habilidad de los ingenieros m ilitares, a la céle b re obstinación de los defenso­ res de A bidos, de Sagunto, d e C artago, de N u m ancia y de Rodas. A lejandro sobrepasó a casi tod o s los o tro s capitanes en el arte d e excitar las pasiones. A este arte d eb ió sus éxitos, atribuidos tantas veces, p o r g e n te s llam adas sensatas, | al azar o a una loca tem eridad, p o rq u e no supieron ver los resortes casi invisibles que e ste h é ro e pulsó para o b rar tantos p ro d i­ gios. La conclusión de e ste capítulo es que la fuerza d e las pasiones es siem pre p ro p o rcio n ad a a la fuerza de los m edios em pleados para encenderlas. A hora voy a exam inar si estas mismas pasiones p u ed en , e n tod o s los h om bres co m ú n m en te bien organizados, exaltarse hasta el p u n to de dotarlos de esta continuidad de aten ció n q u e acom paña a la superioridad del espíritu.

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C a p ít u l o X X V I

De qué grado de pasión son susceptibles los hombres

\ Si, para fijar este g rad o , m e traslado a las m ontañas de Abisiriia, veo ellí, a la o rd e n de sus califas, h om bres deseosos d e j m o rir q u e se arro jan , los unos, contra la p u n ta de puñales o de rocas, y los o tro s, al fondo del mar. Si bien no se les ha p ro m etid o m ás recom pensa que los placeres celes­ tiales ofrecidos a to d o s los m usulm anes, la p osesión les p a­ rece a aquéllos más segura; p o r consiguiente, sienten más inten sam en te el deseo d e gozarlos y sus esfuerzos p o r m e re­ cerlos son m ayores.

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En ninguna o tra p a rte se ha em pleado tanto cuidado y tanto arte com o en A bisinia para fo rtalecer la credulidad de estos ciegos y celosos e je c u to re s de la v oluntad del príncipe. Las víctim as destinadas a este em p leo n o recibían, ni habrían recibido en ninguna o tra p a rte , una educación más idónea para fo rm ar fanáticos. T ran sp o rtad o s desde la más tierna infancia a un lugar apartado, d e sie rto y prim itivo del serrallo, allí extraviaban | su razón en las tinieblas de la fe m usulm a­ na, les anunciaban la m isión, la ley de M ahora, los p ro d i­ gios obrados p o r este p ro fe ta y la en te ra devoción que era debid a a las ó rd en es del califa; allí les hacían las descripcio­ nes m ás voluptuosas del paraíso y excitaban en ellos la sed más ard ien te de los p laceres celestiales. A penas alcanzaban aquella edad en q u e u n o es p ró d ig o de su ser, cuando, m ed ian te deseos fogosos, la naturaleza m anifiesta tanto la im paciencia com o el p o d e r q u e tien e de gozar de los más vivos deseos, entonces, para fo rtalecer la fe del joven e inflam arle con el fanatism o m ás violento, los sacerdotes, des­ pués de h ab er m ezclado en su b ebida u n licor som nífero, le transp o rtab an d u ran te el su eñ o desde su triste m orada hasta un bosquecillo en can tad o r q u e tenían destin ad o a este uso. ¡ Allí, acostado sobre flores, ro d ead o p o r fuentes, reposa hasta el m o m en to en q u e la au ro ra, al dev o lv er al universo sus form as y colores, d esp ierta todas las potencias p ro d u cto ­ ras de la naturaleza y hace circular el am o r p o r las venas de la juventud. Im presionado p o r la novedad de los o b jeto s que le rodean, este joven dirige sus m iradas a su alre d ed o r y se d etien e sobre unas m u je re s en cantadoras q u e su im aginación crédula transform a en huríes. C óm plices de la astucia de los sacerdotes, ellas están instruidas en el arte de seducir. El joven ve cóm o se le acercan bailando; ellas gozan viendo su sorpresa; m ediante mil juegos infantiles, excitan en él deseos desconocidos, o p o n en la débil b a rre ra de un fingido p u d o r a la im paciencia d e los d eseos q u e ellas provocan y, p o r fin, ceden a su am or. E ntonces, su stitu y en d o | estos juegos infan­ tiles p o r arrebatadas caricias, le hacen caer, ebrio de am or, en este arro b am ien to cuyas delicias el alm a apenas p u ede sopo rtar. A esta ebriedad sucede un sen tim iento tranquilo, p e ro vo lu p tu o so , q u e p ro n to es in terru m p id o p o r nuevos placeres hasta que, ago tad o su deseo, estas m ism as m u jeres le sientan a un delicioso b a n q u e te , le em briagan de nuevo y, d u ran te el sueño, es tra n sp o rta d o a su a n te rio r m orada. Allí

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busca, al d espertar, los o b je to s que lo han encantado y que, com o una aparición ilusoria, han desaparecido de su vista. Sigue llam ando a las huríes, p ero sólo en cu en tra a su lado a los imanes. Les explica los sueños que le han fatigado. Al oír su relato, los im anes, con la fren te apoyada en el suelo, exclaman: « ¡H ijo m ío, has sido elegido!, sin d uda | n u estro santo p ro feta te ha arreb atad o a los cielos, te ha hecho gozar de los placeres reservados a los fieles para fortificar tu fe y tu valor. H azte, pues, m e re c e d o r de un tal favor m ediante una devoción absoluta a las ó rd en es del califa.» Con una educación parecid a los derviches anim aban en los ism aelitas86 las más firm es creencias; lograban insuflarles, m e atrevería a decir, el o d io a la vida y el am or a la m uerte; les hacían ver la p u e rta d e la m u e rte com o la en trad a a los placeres celestes y les inspiraban, finalm ente, esa d eterm in a­ ción valiente que d u ran te unos instantes ha asom brado al universo. D igo unos instantes, p o rq u e esta especie de valor desapa­ rece p ro n to junto con la causa que la produce. D e todas las pasiones, la del fanatism o, | q u e al estar fundada en el deseo de los placeres celestiales es, sin duda, la más fu erte, en cam bio es siem pre la m enos durad era en un p ueblo, p o rq u e el fanatism o se funda so b re unas ilusiones y seducciones cuyos cim ientos va m inando la razón insensiblem ente. Así, los árabes, los abisinios y, g en eralm en te, todos los pueblos m ahom etanos, p erd iero n , en el espacio de un siglo, toda la superioridad en valor q u e tenían sobre las otras naciones, p o r lo que fueron, en este aspecto, m uy inferiores a los rom anos. El valor de estos últim os, excitado p o r la pasión del patriotism o y fundado en recom pensas reales y tem porales, hubiera p erd u rad o siem p re si el lujo no h u b iera pasado a Rom a con los despojos d e Asia, si el deseo de riquezas no hubiera ro to los lazos que unían | el in terés personal con el interés general y no h u b iera co rro m p id o en este p u eblo tanto las costum bres com o la form a de gobierno. N o p u ed o m enos q u e observar, a p ro p ó sito de estas dos clases de valor, fundadas la una sob re el fanatism o de la

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86 Los derviches eran una secta d e m onjes m endicantes m ahom etanos. Los ismaelitas eran una secta de m usulmanes chiítas q u e contaba con adeptos en Siria, Persia, Afganistán, Africa oriental y, sobre todo, en la India.

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religión y la otra, sob re el am or a la patria, que esta últim a es la única que un legislador d eb e inspirar a sus conciudada­ nos. El valor fanático se debilita y se apaga p ro n to . P or o tra parte, puesto que este valor tien e su o rigen en la ceguera y la superstición, en cuanto una nación ha p erd id o su fana­ tism o, sólo le q u eda su estupidez. E ntonces se convierte en o b jeto del desprecio p o r p arte de tod o s los pueblos, a los que es realm en te in ferio r en to d o s los aspectos. M uchas de las victorias q u e los cristianos han o b tenido sobre los turcos se d e b e n a la estupidez m usulm ana, pues por | su solo núm ero, com o dice el caballero Folard, serían en o rm em en te peligrosos si hicieran algunos cam bios en su o rd en de batalla, en su disciplina y en su arm am ento, si cam biaran el sable p o r la bayoneta y si pudieran, p o r fin, salir del em b ru tecim ien to en el que sus creencias les re te n ­ drán siem pre. Pues su religión, añade este ilustre autor, es propia para eternizar la estupidez y la incapacidad de esta nación. H e dem ostrado que las pasiones podían exaltarse en no­ sotros, m e atrevería decir, hasta el paroxism o: verdad p ro ­ bada, tanto p o r el valor d esesperado de los ism aelitas, com o por las m editaciones de los gim nosofistas S7, cuyo noviciado concluía sólo después de tre in ta y siete años de retiro , de estudio y de silencio, q u e p o r las bárbaras y continuadas m ortificaciones de los faquires, p o r el fu ro r vengador | de los japoneses (80), p o r los duelo s de los eu ro p eo s, y, en fin, p o r la firm eza de los gladiadores, de estos h o m b res tom ados al azar, los cuales, heridos de m u erte, caían y m orían sobre la arena con el m ism o valor con que habían com batido. T odos los hom bres, com o m e había p ro p u e sto pro b ar, son en general susceptibles de un grado de pasión más que sufi­ ciente para hacerlos triu n far sobre su p ereza y dotarlos de aquella continuidad en la atención que acom paña a la su p e­ rioridad del espíritu. La gran desigualdad de espíritu que apreciam os en tre los hom bres d ep en d e, pues, únicam ente de la d iferen te | educa­ ción que recib en y del desconocido y diverso encadena­ m iento de las circunstancias en las que se en cuentran coloca­ dos.

87 Los gimnosofistas eran filósofos d e India q u e A lejandro en contró en su expedición y que siem pre permanecían desnudos.

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En efecto, si tocias las operacio n es del espíritu se reducen a sentir, a re m e m o ra r y a o b serv ar las relaciones que estos diversos o b jeto s tien en e n tre ellos y con nosotros, es evi­ d en te qu e, estando d o tad o s tod o s los h om bres, com o acabo de dem o strar, de la agudeza de los sentidos, d e la extensión de la m em oria y, finalm ente, de la capacidad de atención necesarias para elevarse a las más altas ideas, no existiría en tre los h om bres co m ú n m en te bien organizados (81) nin­ g u n o que, ten ien d o g randes cualidades, no p u ed a hacerse lam oso. | Y o añadiría, com o una segunda d em ostración de esta verdad, que todos los falsos juicios, tal com o he p ro b ad o en mi prim er D iscurso, son efecto o de la ignorancia, o de las pasiones. D e la ignorancia, cuando no ten em o s en la m em o­ ria los o b jeto s de la com paración de los q u e ha de resultar la verdad que se busca; de las pasiones, cuando están tan m odi­ ficadas q u e tenem os in terés en v er los o b jeto s diferentes a com o son. A hora bien, estas dos únicas causas generales de nuestros e rro res son dos causas accidentales. En prim er lu­ gar, la ignorancia no es necesaria, no es efecto de ningún defecto de organización, pues, tal com o he m ostrado al p rin ­ cipio de este discurso, no existe ningún h o m b re que no esté d o tado de una m em oria capaz de c o n te n e r un núm ero infini­ tam ente superio r | d e o b je to s de los q u e exige el descubrím ien to de las más altas verdades. C on respecto a las pasio­ nes, puesto que las necesidades físicas son las únicas pasiones q u e nos han sido dadas inm ediatam ente p o r la naturaleza y ya que estas necesidades no engañan nunca, es tam bién evi­ d en te que el defecto en la fin u ra del espíritu no es afecto de un defecto en la organización, que todos ten em o s el m ism o p o d er de form arnos un m ism o juicio sobre las mismas cosas. Luego, si vem os igual, es q u e tenem os igualdad de espíritu. Es, pues, cierto que la desigualdad de esp íritu que se observa en tre hom bres a los q u e llam o co m ú n m en te bien organiza­ dos no d ep en d e en abso lu to del m ayor o m en o r grado de su organización (82), sino d e la educación d iferen te | que reciben, de las diversas circunstancias en las que se encuentran y, p o r fin, del poco háb ito q u e tien en de p ensar, del conse­ c u ente odio que | contraen en su p rim era juventud por una aplicación de la que serán incapaces en una edad más avan­ zada. P or pro b ab le que sea esta opinión, com o su novedad

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p odría aún so rp ren d er, ya q u e resu lta difícil d esp ren d erse de los viejos prejuicios, y dado que la verdad d e un sistem a se p ru eb a con la explicación de los fen ó m en o s que d ep en d en de él, en consecuencia con mis principios voy a d em o strar en el capítulo siguiente, p o r qué encon tram o s tan poca g en te de gen io en tre tantos h o m b res hechos tod o s para tenerlo.

C a p í t u l o X X V II

De la relación entre los hechos y ¿os principios establecidos más arriba

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| La experiencia p arece d esm en tir mis razonam ientos y esta contradicción ap aren te p u ed e co n v ertir a mi opinión en sospechosa. Si todos los h om bres, se nos dice, tuvieran una igual disposición del espíritu, ¿por qué en un reino com ­ puesto de quince o dieciocho m illones de almas vem os tan pocos h om bres com o a los T u re n n e , R osny, C olbert, D escar­ tes, C orneille, M oliere, Q uinault, L ebrun 8S, considerados com o la hon ra de su época y su país? Para resolver esta cuestión, exam inem os la m ultitud de circunstancias | q u e han d e co n cu rrir de una m anera absolu­ tam en te necesaria para q u e se form e un hom bre ilustre en el gén ero que sea; y habrá q u e confesar que los hom bres se en cu en tran colocados tan raram en te en esta feliz co n c u rre n ­ cia de circunstancias, q u e los genios de p rim e r o rd e n han de ser p o r fuerza tan raros com o son. Im aginem os en Francia a dieciséis m illones de almas d o ­ tadas de la m ayor disposición de espíritu; im aginem os que el g o b iern o desee vivam ente destacar estas disposiciones; si,

KK Enrique de la T o u r d’A uvergne, vizconde de T u ren n e (1611-1675), fue un ilustre mariscal francés. Juan Bautista C o lb e rt (1619-1683) era m inistro d e H acienda d e Luis X IV . Philippe Q uinault (1635-1688), dram aturgo, au to r de El fingido Alcibíades, Agripa, Astrate, etc. Sully, barón de Rosny, m inistro d e Enrique IV. Ponce D enis Ecouchard Lebrun (1729-1807), poeta, autor d e Dos Odas sobre el Desastre de Lisboa, A Voltaire, A Buffon, etc. F u e llamado Píndaro p or su vocación precoz, su entusiasm o lírico y p recisió n . didáctica. Charles Le B run f l6 l 9 -l6 9 0 ), pintor, decorador de Versalles y del Louvre.

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com o la experiencia dem u estra, los libros, los h om bres y las ayudas propias para desarro llar en n osotros estas disposicio­ nes sólo se en cu en tran en una ciudad rica, será en tre las ochocientas mil almas q u e viven o han vivido largo tiem po en París (83) d o n d e | hem os d e buscar y p o d rem o s en c o n tra r estos hom bres superiores en los diferentes géneros de ciencias y de artes. Pero, de estas ochocientas mil almas, si suprim i­ m os, en p rim er lugar, a la m itad, es decir, a las m ujeres, cuya educación y form a d e vida se o p o n en al p ro g reso q u e podrían hacer en las ciencias y en las artes; si restam os, adem ás, a los niños, los viejos, los artesanos, | los trabajadores, los criados, los m onjes, los soldados, los com erciantes y, en general, a todos aquellos que, p o r su E stado, sus altos cargos, sus ri­ quezas están sujetos a d e b e re s o en tregados a placeres que ocupan una p arte de su tiem po; si, p o r fin, sólo considera­ m os al p eq u e ñ o n ú m ero d e los qu e, colocados desde su juventud en este estado de m ediocridad en el q u e la única pena que se tiene es la d e no p o d er aliviar a todos los desgraciados, en el que, p o r o tra parte, u no p u ed e entregarse sin ninguna inquietud y p o r e n te ro al estu d io y a la m edita­ ción, seguro que este n ú m ero no ex cederá de los seis mil. D e estos seis mil no hay m ás que unos seiscientos anim ados del deseo de instruirse; de estos seiscientos no llegarán a la m itad los q u e se hallan anim ados p o r este deseo en un grado d e exaltación capaz de fecu n d ar en ellos las grandes ideas; no llegarán a cien los que, | al deseo de instruirse, unen la constancia y la paciencia necesarias p ara p erfeccionar su ta­ lento y reú n en así dos cualidades a las que la vanidad, dem a­ siado im paciente para realizarse, im pide casi siem pre su alianza; en fin, no habrá más d e cincuenta que, en su prim era juventud, aplicados siem pre al m ism o g én ero de estudio, insensibles siem pre al am o r y a la am bición, no hayan m al­ gastado, en estudios dem asiado diversos, en los placeres, o en las intrigas, unos m o m en to s cuya p érd id a es siem pre irreparable para to d o aquel q u e quiera hacerse su p erio r en cualquier ciencia o cu alquier arte. A hora bien, de estos cin­ cuenta, que divididos e n tre los diversos g én ero s de estudios darían uno o dos h om bres para cada uno de ellos, si deduzco a los que no han leído las obras | ni han vivido con los hom bres más aptos para en señarles y, de este nú m ero así reducido, resto adem ás to d o s aquellos a los que la m u erte, los reveses de fo rtu n a u o tro s accidentes les han im pedido el

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progreso, te n d ré q u e afirm ar q ue, en la form a actual de n u estro go b iern o , el gran n ú m ero de circunstancias cuyo concurso es absolu tam en te necesario p ara form ar a los gran­ des h om bres se o p o n e a su proliferación, y que los hom bres geniales han de ser tan raros com o en realidad son 89. P or tanto, d eb em o s buscar en la m oral la v erdadera causa de la desigualdad de espíritu. E ntonces, para explicarnos la escasez o la abundancia d e grandes h om bres que se da en determ inadas épocas y en d eterm in ad o s países, no podem os ya recu rrir a las influencias atm osféricas, a la m ayor o m en o r distancia de | los climas soleados, ni a tod o s los razonam ien­ tos parecidos que, co n stan tem en te rep etid o s, han sido siem ­ pre desm entidos p o r la experiencia y p o r la historia. Si las tem p eratu ras de los diversos climas tuvieran tanta influencia sobre las almas y los espíritus, ¿p o r qué los rom a­ nos (84), tan grandes, tan audaces bajo el g o b iern o rep u b li­ cano, serían hoy tan blandos y afem inados? ¿Por qué estos griegos y estos egipcios, antiguam ente tan dignos ¡ de estim a p o r su espíritu y su virtud, q u e eran la adm iración del m undo, son hoy despreciados? ¿Por q u é estos asiáticos, tan valientes bajo el n o m b re de elam itas y tan cobardes y viles bajo el nom bre de persas en tiem pos de A lejandro, se con­ vertirían bajo el n o m b re de p artos en el te rro r de R om a en una época en la que los rom anos no habían todavía p erdido su valor y su disciplina? 90 ¿P or qué los lacedem onios, los más valientes y virtuosos d e G recia, m ientras observaban religiosam ente las leyes de Licurgo, p e rd ie ro n estas dos re­ putaciones cuando, después de la g u e rra del P eloponeso, el o ro y el lujo se in tro d u jo e n tre ellos? ¿P or qué los antiguos catos 91, tan peligroso para los galos, no tien en ya el m ism o valor? ¿P or q u é los judíos, tan a m en u d o | d erro tad o s p o r sus enem igos, m ostraro n bajo el g o b iern o de los m acabeos un valor digno de las naciones más belicosas? ¿P o r qué las ciencias y las artes, sucesivam ente cultivadas y abandonadas

89 H elvétius se desm arca d e la teoría d e los climas como instancia determ inante d e las desigualdades en los usos y costum bres d e los pueblos. H elvétius apunta, sin duda, contra M ontesquieu. (V er el libro X IV del De l'Esprit des Lois, que trata «D es lois dans le rapport qu ’elles o n t avec la nature ou clima».) D e todas formas aquí rom pe H elvétius con lo dom inante en la época, de Fénelon a D iderot, que reconocen la determ inación geográfica. 90 Los elamitas, habitantes de Elam, eran un pueblo al este del Tigris inferior, vecino de Asiria y de Babilonia. Los partos eran un pueblo iránico que habitaba al sur del m ar Caspio. 91 Los catos eran un p u eblo germ ano p erten ecien te a la familia de los suevos. Se sublevaron contra Roma, pero fueron más tarde absorbidos por los francos.

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p o r los diversos pu eb lo s, han sucesivam ente re c o rrid o casi todos los climas? En uno de los D iálogos de Luciano leem os: « N o fue en G recia, dijo la Filosofía, en d o n d e fijé m i p rim era dem ora. En principio dirigí m is pasos hacia el Indo; y el indio, para escucharm e, bajó h u m ild em en te de su elefante. D e las Indias m e dirigí hacia Etiopía; pasé luego a E gipto, y de E gipto pasé a Babilonia; m e d e tu v e en la Escitia y reg resé p o r la Tracia. H ablé con O rfeo , y O rfe o m e llevó a G recia». ¿P o r q u é la filosofía | ha pasado de G recia a la H esperia, de la H esp eria a C onstan tin o p la y a A rabia? ¿Y p o r qué, al volver de A rabia a Italia, ha en co n trad o asilo en Francia, en Inglaterra y hasta en el n o rte de E uropa? ¿P or qué ya no encontram o s un Foción en A tenas, un Pelópidas en Tebas, un D ecio en Rom a? La te m p e ra tu ra de sus climas no ha cam biado; ¿p o r qué, p ues, ten d ríam o s que atrib u ir la trasm i­ gración de las artes, las ciencias, el valor y la virtud, a otras causas q u e no fueran las m orales? Estas causas nos explican u n sin n ú m ero de fenóm enos políticos q u e en vano se in te n ta explicar p o r la física. Tales son las conquistas d e las g en tes del n o rte, la esclavitud de los orientales, el genio alegórico d e estas mism as naciones, la superioridad de ciertos p u eb lo s en | cierto g é n e ro de ciencias, superioridad q u e d ejará de atribuirse, creo, a la dife­ ren te tem p eratu ra d e los climas una vez q u e haya indicado rápidam ente la causa d e estos principales efectos.

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C a p í t u l o X X V III

De las conquistas de los pueblos del norte

D icen que la causa física de las conquistas de los sep te n ­ trionales es esa superioridad en el valor y en la fuerza con la que la naturaleza ha d o tad o a los p u eb lo s del n o rte con preferen cia a los del s u r 92. N ad ie se ha o p u esto a esta

92 D e nuevo dialoga con M ontesquieu, con su libro X V II, cap. VI, «N ouvelle cause physique d e la servitude d e l’Asie e t d e la liberté d e l’Europe», del De L ’Esprit des Lois.

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opinión halagadora para las naciones de E uropa, las cuales buscan casi todas su origen en los p ueblos del norte; sin em bargo, | para estar seguros de la verdad de una opinión tan halagadora, veam os si los sep ten trio n ales son realm ente más valientes y más fu e rte s q u e los p u eb lo s del sur. Para ello, sepam os antes q u é es el valor y rem o n té m o n o s hasta los orígenes, los cuales p u e d e n esclarecer una de las cuestio­ nes más im portantes de la m oral y la política. El valor es, en los anim ales, sólo el efecto de sus necesi­ dades; en cuanto estas necesidades están satisfechas, se vuel­ ven cobardes. El león h am b rien to ataca al h o m bre, el león harto lo huye. U na vez satisfecha el h am bre del anim al, el am or q u e todos los seres tien en p o r su conservación lo aleja de cualquier peligro. El valor en los anim ales es, pues, un efecto de sus necesidades. Si de los herbívoros decim os que son tím idos, es p o rq u e para alim entarse | no tien en necesi­ dad de desafiar ningún peligro. C uando tien en una necesidad, tien en valor: el ciervo en celo es tan furioso com o un animal feroz. A pliquem os al h o m b re lo q u e he dicho de los animales. La m u erte va siem pre p recedida de dolores; la vida, siem pre de algunos placeres. Estam os apegados a la vida p o r el m iedo al d o lo r y p o r el am o r al placer. C uanto más feliz es la vida, más tem em os perderla; de ahí el h o rro r que experim entan en el m om ento de la m u e rte aquellos q u e viven en la abun­ dancia. Por el contrario, cu an to más triste es la vida, m enos se siente p o r abandonarla: este es el o rigen de la insensibili­ dad con la que el cam pesino espera la m uerte. A h o ra bien, si el am o r p o r n u estro ser se funda en el tem o r al d o lo r y | el am o r al placer, el deseo de ser feliz es en nosotros más p o d ero so que el deseo de ser 93. Para alcan­ zar el o b jeto en cuya p osesión cifram os n uestra felicidad, cada u no de nosotros es capaz de expo n erse a peligros más o m enos grandes, p ero siem pre p ro p o rcio n ad o s al deseo más o m enos vivo que tenem os de p o se e r este o b je to (85). Para carecer to talm en te d e valor sería necesario carecer p o r com ­ pleto de deseos. Los o b jeto s de los deseos de los h o m b res son variados;

93 A ntes lo habíamos sugerido; ahora, H elvétius lo dice con sus propias palabras: el deseo d e felicidad es superior al deseo d e vida. A hí rom pe con H o b b es y, en general, con todo el naturalismo de su época.

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éstos están anim ados p o r pasiones d iferen tes, com o la avari­ cia, la am bición, el am o r a la patria, a las m ujeres, etc. P or consiguiente, el h o m b re capaz de las resoluciones | más atrevidas para satisfacer una cierta pasión, carecerá de valor cuando se trate de cu alq u ier o tra pasión. Mil veces se ha visto al filibustero, anim ado de un valor sob rehum ano cuando se halla so stenido p o r la esperanza del botín, carecer de valor p ara vengar u n a afrenta. C ésar, a q u ien ningún peligro espantaba cuando perseg u ía la gloria, m o ntaba tem ­ blando en su carro y no se sentaba nunca sin recitar antes tres veces supersticio sam en te un cierto verso que él creía había de im pedirle volcar ( 8 6 ). El h o m b re tím ido, que se asusta ante cualquier peligro, p u ed e anim arse de un desesp e­ rado valor si se trata de d e fe n d e r a su m u jer, a su am ante o a sus hijos. Es así, pues, com o p o d em o s explicar ¡ una p arte de los fenóm enos del valor, y la razón p o r la cual un m ism o h om bre p u ed e ser v aliente o tím ido según las diversas cir­ cunstancias en que se halla. D esp u és de h ab er p ro b ad o que el valor es un efecto de n u e stra s p a sio n e s, u n a fu e rz a q u e n os es c o m u n ic a d a p o r nuestras pasiones y que actúa sobre los obstáculos que el azar o el interés de los o tro s p o n en a n uestra felicidad, conviene ahora, para p rev en ir cu alquier o bjeción y proyectar más luz sobre u n tem a tan im p o rtan te, distinguir dos e sp e­ cies de valor. Existe uno al q u e yo llam o v erd ad ero valor: consiste en v e r el peligro tal cual es y afrontarlo. Existe o tro que sólo tie n e del p rim ero los efectos. E sta clase de valor, com ún a casi todos los ho m bres, les hace desafiar los peligros p o r­ q u e [ los ignoran, p o rq u e las pasiones les hacen fijar toda su atención sob re el o b je to d e sus deseos, escondiéndoles p o r lo m enos una p a rte d el p elig ro al q u e los exponen. Para te n e r una m edida exacta del v erd ad ero valor de esta clase de gen tes, habría q u e p o d e r sustraerle to d a la parte de peligro que las pasiones o los prejuicios les ocultan; y esta p a rte es ord in ariam en te m uy considerable. P ro p o n ed el pi­ llaje de una ciudad a este m ism o soldado q u e se apresta al asalto con te m o r y la avaricia le hipnotizará, esperará con im paciencia la hora del ataque, el peligro desaparecerá; cuanto más ávido, más in trép id o será. O tras m uchas causas p u ed e n p ro d u cir el m ism o efecto q u e la avaricia. El viejo soldado es valiente p o rq u e la co stu m b re de un peligro al que

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ha escapado siempre anula el riesgo ante sus ojos; el soldado | victorioso ataca in trép id o al enem igo p o rq u e no se espera que resista y cree q u e triunfará sin peligro. Este es osado po rq u e se cree afortunado; aquél, p o rq u e se cree duro: un tercero , p o rq u e se cree hábil. R aram ente, p ues, se funda el valor en un v erdadero d esp recio de la m u erte. Así, el h o m ­ bre in trép id o con la espada en la m ano será a m enudo pusilánim e en un com bate con pistola. M eted en un barco al soldado que desafía la m u e rte en el com bate y en la tem pes­ tad la verá con h o rro r p o rq u e sólo allí la ve realm ente. El valor es, a m enudo, el efecto de una visión poco clara del peligro que se afronta, o de la total ignorancia de este m ism o peligro. ¡C uántos h om bres hay que se asustan p o r ei ruido del tru e n o y que tem erían p a s a rla noche en un bosque alejado de las carreteras im po rtan tes, | m ientras que nadie tiene m iedo de ir de noche de París a Versalles! Y, sin em bargo, la torpeza de u n p o stillón o el asalto de un asesino en una carretera im p o rtan te son accidentes m ucho más co­ m unes, y p o r consiguiente m ucho más de tem er, q u e la descarga de un rayo o el en cu en tro con este m ism o asesino en un bosque apartado. ¿P or qué el te rro r es más com ún en el prim er caso que en el segundo? Es porque el brillo de los relám pagos y el ru id o del tru en o , así com o la oscuridad de los bosques presen tan a cada instante al espíritu la im agen de un peligro que no d espierta la carretera de París a V ersalles. Luego existen pocos h o m b res q u e resistan la presencia del peligro. Su aparición tie n e so b re ellos tal p o d e r, que se ha visto a hom bres que, avergonzados p o r su cobardía, se han dado m u e rte p o r no ser capaces de vengarse de una afrenta. | La presencia de su en em ig o ahogaba en ellos la llam ada del honor; para o b edecerla era necesario q u e exaltando este se n ­ tim iento d e n tro de ellos m ism os, aprovechasen un m om ento de exaltación para darse m u erte, yo diría, sin darse cuenta. P o r esto, para p rev en ir el efecto que p ro d u ce en casi todos los h o m b res la visión del peligro, en la g uerra, adem ás de colocar a los soldados de una m anera q u e dificulte su huida, se les exalta, en A sia con opio y en E uropa con aguardiente y se les aturde, o con el ru id o del tam b o r, o con los gritos que se les hace lanzar ( 8 7 ) . | D e esta m anera, ocultándoles una p arte del peligro al q u e se les expone, se logra equilibrar su tem o r con su am or p o r el honor. Lo que digo de los soldados vale tam bién para los capitanes; en tre los más va-

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lientes hay pocos que, en la cam a ( 8 8 ) o en el cadalso, co n tem p len | la m u e rte con una m irada tranquila. ¡Q ué debilidad m o stró en el suplicio este m ariscal B iro n 94, tan va­ liente en el com bate! Para so p o rtar la presencia de la m u e rte hay q u e estar, o hastiado de la vida, o dev o rad o p o r estas fuertes pasiones que determ in aro n a Calanus, a C atón y a Porcia a quitarse la vida. Los que sien ten estas fu e rte s pasiones sólo aman la vida bajo ciertas condiciones: su pasión no les oculta el peligro al que se exponen, lo v en tal com o es y lo desafían. B ru to q u iere lib rar a R om a d e la tiranía, asesina a C ésar, recluta un ejército, ataca, com bate a O ctavio, es vencido, se mata: la vida le resulta inso p ortab le sin la libertad de Rom a. C ualquiera q u e sea susceptible de pasiones tan intensas, es capaz de las más grandes cosas: no sólo | desafía a la m u erte, sino tam bién al dolor. N o es este el caso de los hom bres que se dan m u e rte p o r hastío de la vida. Estos m erecen tan to el n o m b re d e sabios com o el de valientes; la m ayoría no ten d rían valor p ara las torturas; no tienen bas­ tan te vitalidad y fuerza en sí m ism os para so p o rtar los d o lo ­ res. El desprecio de la vida no es en ellos el efecto d e una fu erte pasión, sino d e la ausencia de pasiones; es el resultado de un cálculo p o r el cual se convencen de q u e vale más no ser que ser desgraciado. A h o ra bien, esta disposición de su alm a los hace incapaces d e g randes cosas. El que siente hastío de la vida se ocupa p oco de los asuntos de este m undo. Así, p u es, e n tre tan to s rom anos q u e se han dado voluntariam ente la m u erte, ha habido pocos que se hayan atrevido, m atando al tirano, I a h acer q u e su m u erte fu era útil a la patria. En vano dirán q u e la g u ard ia q u e rodeaba p o r todas partes el palacio del tirano les im pedía el acceso: era el m iedo al suplicio lo q u e desarm aba su brazo. Estos hom bres se ahogan, se ab ren las venas, p e ro no se ex p o n en a suplicios crueles: ningún m otivo los m u ev e a ello. Todas las extravagancias d e esta clase de valor se explican p o r el m iedo al dolor. Si el h o m b re bastante valiente para dispararse un tiro en la sien no se atreve a herirse con un estilete, si siente h o rro r p o r ciertos tipos de m u e rte , este

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94 Se refiere a Carlos, d u q u e d e B iron, q u e conspiró, unido a España, contra Enrique IV y fue decapitado en 1602.

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h o rro r se funda en el tem o r, v erd ad ero o falso, de un dolor mayor. Los principios establecidos más arriba dan, creo, la solución a todas las cuestiones d e e ste g én ero y p rueban j que el valor no es, com o algunos p re te n d e n , un efecto de la dife­ re n te tem p eratu ra de los climas, sino u n efecto de las pasio­ nes y de las necesidades com unes a todos los hom bres. Los lím ites del tem a de esta obra no m e p e rm ite n hablar aquí de los diversos nom bres dados al valor, tales com o bravura, intrepidez, etc. P ro p iam en te no son más que las distintas m aneras con las q u e el valor se m anifiesta. Exam inada esta cuestión, pasaré a la segunda. Se trata de saber si, com o se dice, hay q u e atrib u ir las conquistas de los pueblos del n o rte a la fuerza y al vigor particular del que la naturaleza les ha dotado. Para p ro b ar la verdad de esta opinión sería inútil recu rrir a la experiencia. N ada hay ¡ hasta el m om ento que indique al observador concienzudo q u e la naturaleza sea, en sus p ro ­ ducciones del norte, más fu erte que en las del sur. Si el n o rte tiene sus osos blancos y sus uros, el A frica tiene sus leones, sus rinocerontes y sus elefantes. N adie ha hecho luchar un determ in ad o n ú m ero de negros en la C osta de O ro o del Senegal con un m ism o nú m ero de rusos o de finlande­ ses; nadie ha com parado su fuerza com parando los pesos que pud ieran levantar. Estam os lejos de haber com probado nada a este respecto, p ues si yo q uisiera com batir un p reju icio con o tro prejuicio, opondría a to d o lo q u e se dice acerca de la fuerza de las gentes del n o rte, el elogio q u e se hace de la de los turcos. N o se p u ed e fun d ar la opinión que se tiene de la fuerza y del valor de los septentrionales, más que en la historia de sus conquistas; pero , | entonces, todas las nacio­ nes p u ed en te n e r las mismas preten sio n es, justificarlas con los m ism os títulos y creerse igual dotadas p o r la naturaleza. R ecorram os la historia y verem os a los hunos, abandonar los Palus-M eótides 95 para ap resar unas naciones situadas al n o rte de su país; v erem os a los sarracenos bajar en tropel p o r las arenas ardientes de A rabia para vengar la tierra, dom ar a las naciones, triunfar en las Españas y llevar la desolación hasta el corazón de Francia; verem os a estos m is­ m os sarracenos ro m p e r con m ano victoriosa los estandartes 95 Palus-M eótides era el antiguo nom bre del m ar de Azov.

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de los cruzados; y a las naciones de E uropa, en reiteradas tentativas, m ultiplicar en Palestina sus d erro tas y su v er­ güenza. Si d irijo la m irada hacia o tro s países veo tam bién confirm arse la verdad d e mi opinión, ] tan to p o r los triunfos de T am erlán, el cual avanza co nquistando d esde orillas del In d o hasta las regiones heladas de Siberia, com o p o r las conquistas de los incas, y p o r el valor de los egipcios, los cuales, considerados en tiem pos de C iro com o los pueblos más valientes, se m o straro n en la batalla de T em b reia 96 a la altura de su reputación; y, finalm ente, p o r estos rom anos que llevaron sus armas victoriosas hasta Sarm acia y las Islas B ri­ tánicas. Así, pues, si la victoria ha volado alternativam ente del sur al n o rte y del n o rte a sur, si todos los p ueblos han sido alternativam ente conqu istad o res y conquistados, si, com o la historia nos enseña, los p u eb lo s sep ten trio n ales (89) no son m enos sensibles a los ard o res del su r q u e los p ueblos m eri­ dionales lo son a la d u reza d e los fríos | de! n o rte, y si hacen la guerra todos ellos co n d esventaja en los climas dem asiado diferentes al suyo, es ev id en te que las conquistas de los septentrio n ales son ab so lu tam en te in d ep en d ien tes de la par­ ticular tem p eratu ra de sus clim as y q u e sería inútil buscar en la física la causa de un hecho q u e la m oral explica de m anera sim ple y natural. Si ei n o rte ha p ro d u cid o a los últim os conquistadores de Europa, se debe a que los pueblos duros y todavía salvajes (90), tal com o lo eran en to n ces los sep ten trio n ales, | son, com o ha hecho n o ta r el caballero Folard, in finitam ente más valientes y aptos | para la g u erra que los p ueblos criados en el lujo y la m olicie y som etidos a un p o d e r arbitrario, com o lo eran (91) entonces los rom anos. Bajo los últim os em p era­ dores los rom anos no eran ya aquel p u eb lo v en ced or de los galos y de los germ anos que todavía m antenía ei sur bajo sus leyes: aquellos dueñ o s d el m u n d o sucum bían bajo las mismas virtudes que les habían h ech o triu n far en el universo. Pero, para sojuzgar el Asia, | se nos dice, sólo tuvieron que esclavizarla. La rapidez, les contestaré, con la que la conquistaron n o p ru eb a la cobardía de los p u eb lo s del sur. ¿Q ué ciudades del n o rte se han d efen d id o con m ás obstina­ ción que M arsella, N um ancia, Sagunto o Rodas? En tiem pos de C reso ¿no en co n traro n los rom anos en los p artos unos 96 T em breia es el n o m b re antiguo d e las llanuras rusas e n tre el V ístula y el Volga.

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enem igos dignos de ellos? Así pues, los rom anos d eb ie ro n a la esclavitud y a la m olicie d e los asiáticos la rapidez de sus éxitos. C uando Tácito dice q u e la m onarquía de los partos es m enos peligrosa para los rom anos que la libertad de los germ anos, es p o rq u e atribuye a la form a de gob iern o de estos últim os la superioridad d e su valor. P o r tanto, se deben a causas m orales, y no a la tem p eratu ra peculiar de los países | del n o rte, las conquistas d e los septentrio n ales.

C a p í t u l o X X IX

De la esclavitud y del genio alegórico de los orientales

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Im presionados tan to p o r la dureza del d espotism o o rie n ­ tal com o p o r la duradera y cob ard e paciencia d e los pueblos som etidos a este yugo odioso, los occidentales, orgullosos de su libertad, han re c u rrid o a causas físicas p ara explicar este fenóm eno político. H an sostenido q u e el Asia lujuriosa sólo eng endraba a hom bres sin fuerza, sin v irtu d , y que, en treg a­ dos a deseos brutales, no habían nacido más que para la esclavitud. H an añadido q u e los países del sur sólo podían, p o r | consiguiente, ad o p tar una religión sensual. Estas conjeturas son desm entidas p o r la experiencia y la historia. Sabem os q u e el Asia ha criado naciones m uy belico­ sas; que el amor no ablanda el valor (9 2 ); que las naciones más sensibles a sus placeres, | a m en u d o han m ostrado, com o señalan Plutarco y Platón, la m ayor bravura y el m ayor valor; que el deseo ard ien te d e las m u jeres no p u ed e ser nunca considerado com o p ru eb a de la debilidad del tem p eram en to de los asiáticos (93); y qu e, finalm ente, m ucho antes que M ahom a, O d ín había establecido en las naciones más se p ten ­ trionales una religión m uy parecida a la del p ro feta del O rien te (94). O bligados a abandonar esta opinión y a restitu ir, yo diría, el alma y el cuerpo a los asiáticos, se ha buscado | en la situación física de los p u eb lo s de O rie n te la causa de su servidum bre. En consecuencia, se ha visto el sur com o una

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extensa llanura cuya exten sió n p ro p o rcio n ab a a la tiranía los m edios para re te n e r a los p u eb lo s en la esclavitud. P ero esta suposición no ha sido confirm ada p o r la geografía. Se sabe q u e el sur de la tie rra se halla p o r todas partes erizado de m ontañas; q u e el n o rte , al co ntrario, p u ed e ser considerado com o una extensa llanura d esierta y poblada de bosques, com o lo han sido p ro b a b le m e n te en o tro s tiem pos las llanu­ ras de Asia. D espués de h ab er agotado in ú tilm en te las causas físicas en busca de los cim ientos d el desp o tism o oriental, hay que recu rrir a las causas m orales y, p o r consiguiente, a la historia. Ella nos enseña q u e las naciones, al civilizarse, p ie rd e n insen­ siblem ente | su valor, su virtud e, incluso, su am o r p o r la libertad; que in m ediatam ente después de su form ación, todas las sociedades se encam inan, según las circunstancias en que se encuen tran , con una m archa más o m enos rápida hacia la esclavitud. Luego, si los p ueblos del su r fu ero n los p rim eros en reunirse en sociedad, d e b en haber sido p o r consiguiente los prim ero s en ser som etidos al d espotism o p u esto q u e este es el fin al que tien d e cu alq u ier form a de g o b iern o y la fo r­ m a que cualquier E stado conserva hasta su total destrucción. A hora bien, dirán aquellos que creen que el m undo es más antiguo de lo q u e pensam os, ¿cóm o es q u e todavía existen repúblicas sob re la tierra? Si to d a la sociedad, les contes­ tarem os, tiende al despotism o al civilizarse, todo p o d e r despó­ tico tiende a la despoblación. Las regiones som etidas a este p o d er, | sin cultivar y despobladas, se convierten, al cabo de los siglos en desiertos; las llanuras en las que se extendían inm ensas ciudades, en las q u e se elevaban suntuosos edifi­ cios, se cubren p o co a p o co de bosques en los que se refugian algunas farrlilias q u e insen sib lem en te van form ando nuevas naciones salvajes; transform aciones q u e hacen que existan siem pre repúblicas so b re la tierra. A lo que acabo d e d ecir añadiría tan sólo q u e si los pueblos del sur son los pueblos esclavos desde más antiguo y si las naciones de E uropa, a excepción de los moscovitas, pue­ den ser consideradas co