Fenicios, Cartagineses y Griegos en La Península Ibérica

December 10, 2017 | Author: juanjbp | Category: Ancient Carthage, Phoenicia, Ancient History, Spain, Iberian Peninsula
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Módulo I Historia Antigua de Hispania

Comerciantes y colonos. Fenicios, cartagineses y griegos en la Península Ibérica [4.1] ¿Cómo estudiar este tema? [4.2] Los fenicios en la Península Ibérica [4.3] Los cartagineses en la Península Ibérica

TEMA

4

[4.4] Los griegos en la Península Ibérica

Historia de España de la Edad Antigua y la Edad Media

Esquema

TEMA 4 – Esquema

Historia de España de la Edad Antigua y la Edad Media

Ideas clave 4.1. ¿Cómo estudiar este tema? Para estudiar este tema lee el capítulo 3 “La Colonización”(páginas 143–164) del manual de referencia de la asignatura: Plácido, D. Hispania Antigua, Crítica Marcial Pons, 2009. No olvides leer las ideas clave del tema ya que en ellas se amplía información que no encontrarás en el manual de la asignatura. No olvides que para la correcta comprensión del capítulo resulta imprescindible consultar los mapas da las páginas 706 y 707, y que puede ser de utilidad usar como referencia la cronología de las páginas 652-662. Por último, debes leer los textos de las fuentes clásicas “El viaje de Coleo de Samos a la corte del rey Argantonio”, (páginas 746-747) y “La colonia griega de Emporion según dos fuentes” (páginas 747-748).

4.2. Los fenicios en la Península Ibérica Las prósperas ciudades de la costa fenicia, con Tiro a la cabeza, habían comenzado a experimentar un agotamiento de su sistema productivo ya a finales del segundo milenio a.C. Las crecientes exigencias de metales preciosos de los imperios emergentes del creciente fértil, (especialmente de una Asiria en expansión), la necesidad de encontrar grano y alimentos para unas ciudades costeras, inmensamente ricas, pero cada vez más superpobladas, y la propia urgencia de dar salida a este exceso de población obligaron a Tiro y al resto de las colonias fenicias a mirar hacia nuevos lugares que pudieran satisfacer las acuciantes demandas de sus ciudadanos. Su atención se dirigió entonces hacia las costas del Mediterráneo Occidental, donde parecía abundar precisamente todo lo que ellos necesitaban. En la Península Ibérica cuyas costas llevaban varios siglos recorriendo los navegantes fenicios, Tiro podía encontrar metales (estaño, oro, plata, hierro y plomo), alimentos (cereales, pescado y sal), y nuevos lugares donde

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construir colonias a las que enviar los excedentes de población. El territorio era relativamente bien conocido, porque los barcos fenicios lo habían surcado con frecuencia, y los indígenas parecían dispuestos a colaborar, o al menos no presentaban una abierta hostilidad. La costa sur, con fértiles valles fluviales bien comunicados y un fácil acceso a las zonas mineras del interior, se prestaba especialmente a estos propósitos.

Los historiadores romanos Estrabón y Veleyo Patérculo coinciden en identificar a Gadir como la primera gran ciudad de origen colonial en la Península Ibérica, atribuyendo su fundación, fechada en torno al 1100 a.C., a un oráculo fenicio. Tanto para los fenicios como para los griegos, la intervención de un oráculo era una parte casi indispensable de un proceso colonial, el punto de partida de todos los viajes que tenían como objetivo la fundación de una nueva ciudad en ultramar. Antes de partir, los viajeros consultaban siempre a la divinidad, confiando en que las oscuras palabras del oráculo les brindaran alguna indicación de utilidad. Al parecer, en el caso concreto de Gadir, un oráculo había dado instrucciones a los tirios de desplazarse hacia occidente, hasta llegar a las Columnas de Hércules, y de fundar allí una ciudad. Siguiendo al pie de la letra estas instrucciones los colonos de Tiro hicieron varios intentos en la costa sur de la Península, primero en Sexi y luego en Onuba, para finalmente decantarse por la bahía de Gadir, que presentaba unas condiciones inmejorables para una fundación colonial. Gadir ofrecía la posibilidad de construir un puerto seguro en varias islas muy cercanas a la costa, a salvo de las tormentas, pero también de posibles indígenas hostiles. La nueva ciudad se encontraría justo en una

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encrucijada de las rutas que comunicaban el Atlántico y el Mediterráneo, bien conocidas y frecuentadas por los fenicios desde hacía siglos, y además ofrecía un excelente acceso, a través de ríos, a las ricas tierras mineras y agrícolas del interior. Aunque una fecha tan avanzada como el 1100 a.C. probablemente no sea cierta, y haya que retrasar la fundación de la ciudad hasta finales del siglo IX a.C., lo que no acepta discusión es que desde el momento de su fundación, Gadir se convirtió en una de las ciudades más importantes de la Península, con una enorme influencia, que se basaba no sólo en la fuerza de sus ejércitos y la altura de sus murallas, sino sobre todo en la autoridad de su santuario de Melkart y en el enorme poderío económico de sus comerciantes. Melkart era una divinidad fenicia que se identificaba con el Héracles griego o el Hércules romano, y que además de características guerreras, actuaba como un héroe civilizador, que exploraba los confines del mundo para llevar a sus habitantes los avances de las culturas del Mediterráneo Oriental. Era, por tanto, la divinidad más adecuada para patrocinar una ciudad como Gadir y pronto se convirtió en un santuario de referencia para los ricos navegantes que surcaban esa parte del océano.

Los fenicios establecieron varios emporios comerciales más a lo largo de toda la costa sur de la Península, en torno al estrecho de Gibraltar, escogiendo siempre penínsulas, islas cercanas a la costa o promontorios en el litoral. Desde estas nuevas ciudades desarrollaron prósperos intercambios comerciales, basados en los metales, el pescado, el tinte, y la importación de objetos provenientes del Mediterráneo oriental, especialmente cerámica griega. En los primeros momentos de la fundación, es probable que parte de los alimentos que necesitaba la colonia se obtuvieran gracias al

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intercambio con los indígenas de la zona, pero muy pronto los fenicios comenzaron la explotación agrícola de las tierras circundantes. Recordemos que la necesidad de encontrar nuevas zonas agrícolas para abastecer a las superpobladas ciudades de la costa fenicia había sido uno de los motivos de la colonización. Durante los siglos VIII y VII a.C., los enclaves fenicios en la Península prosperaron y extendieron su influencia hacia el interior. La influencia de estos enclaves dio origen al llamado período orientalizante en el Reino de Tarteso. Los príncipes de los incipientes estados indígenas del sur de la Península adoptaron las vestimentas, las costumbres y los rituales funerarios de los fenicios, y lo que es más importante, comenzaron a difundirse por el sur y la costa mediterránea de la Península el uso del hierro y el torno cerámico, dos importantísimos avances técnicos. Hasta tal punto son importantes estas transformaciones tecnológicas que supondrán para los indígenas el paso de la Edad de Bronce a la Edad de Hierro.

Sin embargo, después de dos siglos de prosperidad, a comienzos del siglo VI a.C. comenzaron a apreciarse algunos síntomas de crisis, que culminaron en torno al 550 a.C., cuando se abandonaron algunos de los enclaves fenicios, como Toscanos, y la población fenicia comenzó a concentrarse sólo en las ciudades más grandes: Gadir, Malaca o Sexi . No se ha llegado todavía a definir con certeza los motivos de esta crisis, aunque se han puesto en relación con algunos de los acontecimientos políticos de la metrópoli. A comienzos del siglo VI a.C. (586-573 a.C.) la ciudad de Tiro caía en manos del rey babilonio Nabucodonosor, iniciando una crisis de la que ya nunca se recuperaría. Por otro lado, el reino de Tarteso, probablemente el interlocutor más importante entre los indígenas de las ciudades fenicias atravesaba entonces una profunda crisis interna cuyos motivos son oscuros.

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4.3. Los cartagineses en la Península Ibérica Coincidiendo precisamente con esta crisis del siglo VI a.C. y el abandono de muchos asentamientos fenicios, comenzaron a llegar importantes contingentes de población púnica, procedente del norte de África, que fueron ocupando el lugar que habían dejado los fenicios en algunas ciudades como Gadir o Sexi. Como sus predecesores fenicios, los cartagineses se concentraron en la explotación de las minas del interior, las factorías pesqueras, la producción de salazones y el intercambio de productos con el Mediterráneo Oriental, actuando como intermediarios en la importación de considerables cantidades de cerámica griega. Parece que fue en este momento cuando se comenzó a explotar intensivamente el centro minero de Castulo. Este importantísimo enclave minero, uno de los más destacados de la Península, por cuyo control llegarán a enfrentarse Roma y Cartago, permitía enviar su abundante producción a la costa a través del valle del Guadalquivir, pero también atravesando la cordillera en dirección este, hacia Baria o Carthago Nova. Desde el siglo VI a.C., con la difusión de nuevos aperos de labranza, empezó a producirse también una importante explotación agrícola del territorio, que ya habían iniciado los fenicios, pero que con los cartagineses adquiere una dimensión mucho más importante. En las cercanías de los grandes puertos comerciales comenzó a extenderse una amplia red de pequeños asentamientos rurales, que se internaban cada vez más en el interior de la Península y desde los que se empezó a exportar al resto del Mediterráneo cantidades crecientes de aceite, cereales o lana. Además de ocupar muchos de los asentamientos fenicios (recordemos que la propia Cartago era una colonia fenicia) los púnicos también fundaron algunos asentamientos en la Península, aunque muchas veces resulte difícil diferenciarlos de las fundaciones fenicias. Uno de los enclaves cartagineses más importantes de la Península fue sin duda Ebeussus, una nueva ciudad levantada en la isla de Ibiza. Al parecer, ya desde una fecha tan temprana como el siglo VII a.C. algunos fenicios de Gadir habían comenzado a establecerse en la isla, atraídos por sus posibilidades agrícolas y de comercio. Las baleares constituían una escala obligada en los intercambios marítimos con la costa catalana, el sur de la Galia y el norte de la Península Itálica, donde se encontraban algunas prósperas colonias como Massalia, y pueblos muy interesados

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en el comercio mediterráneo, como los etruscos. El crecimiento de la ciudad, impulsado por los púnicos, comenzó a finales del siglo VI a.C., entre el 540 y el 500 a.C., convirtiendo a Ebeussus en un gran centro urbano. Da idea de la importancia del enclave su necrópolis, localizada en Puig d’es Molins, y que es una de las mayores de occidente, con más de 4000 tumbas localizadas hasta el momento.

Como se ha señalado, los propósitos de la colonización púnica en esta primera etapa eran sobre todo comerciales, aunque se comenzara una explotación de las tierras del interior. En esta etapa, no parece que los cartagineses iniciaran una ocupación sistemática del territorio o que buscaran el sometimiento de los pueblos peninsulares. El considerable potencial militar del reino púnico se empleó durante los siglos VI y V a.C. en la conquista de Sicilia y Cerdeña, que enfrentaron a los cartagineses con las prósperas colonias griegas de la región. Tras el precedente de estas sangrientas guerras greco-púnicas, no es de extrañar que los colonos griegos asentados en la costa de la actual de Cataluña miraran con extrema desconfianza cualquier avance cartaginés en la Península Ibérica, dando origen a los numerosos tratados firmados entre los siglos VI y III a.C. entre Roma y Cartago, que delimitaban cuidadosamente las áreas de influencia de las dos grandes potencias en expansión. Mientras tanto, y durante varias centurias, los cartagineses limitaron su presencia en la Península a las regiones costeras y los puertos de intercambio de mercancías. Sin embargo, las cosas cambiarían sustancialmente tras la Primera Guerra Púnica, y la pérdida de Sicilia y Cerdeña a finales del siglo III a.C.

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4.4. Los griegos en la Península Ibérica Al igual que ocurría con las leyendas fenicias, los griegos también habían incluido a Iberia en muchas de sus figuraciones legendarias sobre los confines del mundo conocido. Para los griegos, la Península Ibérica constituía uno de los extremos de la Tierra, más allá del cual se extendía solo el Océano. La Península era un lugar del que apenas se llegaba a conocer la costa, que los marineros veían extenderse desde sus barcos cargados de mercancías, y en el que en consecuencia eran también posibles todo tipo de criaturas y sucesos fantásticos. A este tipo de lugares acudían con frecuencia héroes como Heracles, que además de dar nombre a sus célebres columnas, había recuperado las manzanas de las Hespérides y robado los rebaños del rey Gerión. Como se ha señalado, a pesar de su aspecto fiero, los héroes como Heracles desempeñaban una labor civilizadora, que, después de explorar los territorios desconocidos y luchar contra las bestias que habitaban allí, llevaba las costumbres y la lengua griegas a los pueblos bárbaros, e incluía las nuevas tierras en la órbita de lugares conocidos para el mundo civilizado. En el imaginario griego, este tipo de lugares situados en los confines del mundo tendían también a albergar enormes riquezas, muy superiores a las que llegaban, lentamente, a las regiones civilizadas, cuyos recursos, sobreexplotados, se habían agotado hacía siglos. En el caso concreto de la Península Ibérica, estas teorías parecían encontrar además su confirmación en la existencia de prósperos enclaves fenicios, desde los que llegaban a las costas griegas todo tipo de metales preciosos, además de cereales, sal, pieles, los codiciados tintes y pescados en salazón. Debió de ser precisamente a través de las noticias de los marineros y comerciantes fenicios que los griegos supieron de la existencia de prósperos reinos en el interior de la Península, que, como el de Tarteso, pronto se hicieron célebres por las legendarias riquezas de sus reyes. Todos estos factores impulsaron muy pronto a los griegos a dirigir sus naves hacia el extremo occidente, y los primeros contactos de comerciantes griegos con la Península se remontan, como mínimo, a una época tan remota como las décadas centrales del siglo VIII a.C. La cerámica griega, de extraordinaria calidad, que ya había llegado a los puertos de la Península a través de los comerciantes fenicios, comenzó a hacerlo en barcos fletados por los propios griegos. Al principio, la encontramos sólo en las tumbas de los personales más destacados entre los indígenas, pero con el tiempo comienza a aparecer también en sus casas y templos.

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En el marco de estos contactos comerciales con la Península se enmarca el célebre viaje de Coleo de Samos, relatado por Herodoto, y que debió de tener lugar a mediados del siglo VII a.C. Al parecer, un mercader oriundo de Samos, llamado Coleo, que se dirigía a Egipto, fue desplazado por vientos adversos hasta llegar a la Península Ibérica, en cuyas costas atracó la nave. Coleo y sus compañeros trabaron pronto contacto con los indígenas, y llegaron a la corte del rey de Tarteso, con el que intercambiaron sus productos obteniendo desorbitados beneficios por valor de sesenta talentos. Muy similar a la narración de Coleo de Samos es otra historia relatada también por Herodoto, y protagonizada por navegantes oriundos esta vez de Focea. Según el historiador griego, los foceos también habían llegado al reino de Argantonio, y habían conseguido establecer relaciones tan estrechas con el legendario rey de Tarteso, que éste les pidió con insistencia que en lugar de regresar a su patria se instalaran en las tierras más fértiles de su reino, que el monarca ponía a la entera disposición de los griegos. Sin embargo, los foceos se negaron a instalarse en el reino de Tarteso e insistieron en su idea de regresar a Focea. A pesar de que estaba apenado por su partida, el rey les colmó de tal cantidad de regalos, que las ganancias que obtuvieron a su regreso sirvieron para pagar los gastos del amurallamiento de la propia ciudad de Focea. Sin embargo, a pesar de estos tempranos contactos comerciales, la llegada de contingentes significativos de colonos griegos a la Península fue paralela a los asentamientos púnicos, y no se produjo hasta el siglo VI a.C., en la última etapa de la colonización griega del Mediterráneo, una vez que los helenos ya habían fundado colonias por todo el Mediterráneo Occidental, Sicilia y el sur de la Península Itálica. La primera colonia fundada en territorio peninsular, a la que se le pueda dar con certeza el calificativo de griega, fue Emporion (Ampurias, cuyo nombre en griego significa, precisamente, “centro de comercio”). La mayoría de los autores coinciden en afirmar que fue fundada por colonos llegados desde Marsella en torno al 600 a.C., aunque otros se inclinan por considerarla directamente una fundación focea (recordemos que los foceos habían sido precisamente los fundadores de Marsella). La cuestión del origen de los colonos es importante, porque tradicionalmente los habitantes de la nueva ciudad mantenían una relación muy estrecha con su metrópoli. La colonia se regía por leyes y magistraturas

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muy similares a las de su metrópoli, y con frecuencia tendía a mantener, al menos durante un tiempo, las mismas alianzas y enemistadas que la ciudad de origen. En cualquier caso, independientemente de que hubiera sido fundada por masaliotas o por colonos foceos, Emporion estaba indudablemente ligada a Marsella desde su fundación, y no es de extrañar que varios siglos después ambas ciudades todavía presentaran un frente común en las negociaciones con Roma y Cartago. El asentamiento ocupaba una isla (hoy San Martín de Ampurias, unida al continente por un brazo de tierra) en una bahía con condiciones óptimas para el atraque de naves comerciales, fácil de defender, pero al mismo tiempo cercana a enclaves indígenas con los que establecer relaciones, en este caso, el poblado íbero de Indike. Este primer asentamiento recibía normalmente el nombre de palaiopolis, “ciudad vieja”. Una vez que el enclave estaba consolidado, y si sus relaciones con los indígenas del entorno eran buenas, ese pequeño primer enclave se extendía a los territorios colindantes de la costa, más difíciles de defender, y recibía el nombre de neapolis, “ciudad nueva”. La palaiopolis, donde se había construido el primer santuario del dios principal de la ciudad, quedaba entonces dedicada a actividades de culto o de gobierno, mientras que las actividades económicas se trasladaban a la nueva ciudad. En esta nueva extensión de la ciudad era fácil encontrar como habitantes no sólo a los colonos griegos, sino también a comerciantes o artesanos procedentes de otros lugares del Mediterráneo y, sobre todo, a un número creciente de indígenas, que acudían a la nueva ciudad atraídos por las posibilidades económicas del enclave. En el caso de Ampurias, parece que el traslado a tierra firme tuvo lugar muy pronto, transcurrida apenas una generación desde la fundación de la palaiopolis. Tras Ampurias se fundó la segunda colonia de seguro origen griego en la Península: Rhode-Rosas, cuya creación se sitúa normalmente en algún momento difícil de determinar a mediados o finales del siglo VI a.C. Esta segunda ciudad se fundó muy cerca de Ampurias, al norte del mismo golfo de Rosas. Es probable que los fundadores de la nueva colonia también provinieran de Marsella, y que se hubieran decidido a trasladarse a la Península Ibérica tras el rápido éxito de Ampurias. De hecho, las dos colonias mantuvieron activos contactos comerciales con el sur de la Galia, hacia donde exportaban los productos peninsulares.

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Con la fundación de las dos colonias comienza la etapa de mayor influencia griega en la Península, que se manifiesta primero en la importación de objetos griegos, especialmente cerámica ática, pero que pronto se extiende a otros ámbitos, como la lengua, la religión o la cultura. Los indígenas de la región tomaron de los griegos el uso de la moneda, tal vez el alfabeto (que también podía haber llegado a través de los fenicios o los púnicos), y numerosos gustos y técnicas artísticas que pueden rastrearse en la cerámica y la escultura íberas. Por lo que respecta a la integración de los indígenas en la política exterior de estas colonias, está bien documentada la presencia de mercenarios ibéricos en los ejércitos cartagineses que se enfrentaron a las ciudades griegas de Sicilia, pero también se conocen mercenarios peninsulares luchando, junto a los griegos, en la Guerra del Peloponeso.

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Lo + recomendado Clases magistrales La fundación de una colonia Clase dedicada a explicar las razones que motivaron la colonización de la Península Ibérica por parte de fenicios, cartagineses y griegos.

No dejes de leer… Panorama general de la presencia fenicia y púnica en España VV.AA. (eds.) Atti del I Congresso Internazionale di Studi Fenici e Punici. Roma 1979. Roma 1983. Páginas 311-373. En este artículo Blázquez Martínez hace un revisión de lo que fue la presencia fenicia y púnica en España y de los restos arqueológicos que han permitido acreditar su presencia en distintas regiones. El artículo está disponible en el aula virtual o en la siguiente dirección web: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/35727230101250942976613/013250.pdf

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Las colonizaciones púnica y griega en la Península Ibérica VV.AA. IV Congreso Internacional de ciencias Prehistóricas y Protohistóricas, Madrid, 1954. En este artículo García y Bellido hace un repaso de la huella dejada por la colonización púnica y griega en España. El artículo está disponible en el aula virtual o en la siguiente dirección web: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/68094918212376610754491/026660.pdf

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motivaciones que trajeron a griegos y fenicios a la Península Ibérica y qué aportaciones dejaron en diversas ciudades del sur de España.

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Los fenicios - 1 Documental dedicado a los fenicios que muestra la gran capacidad de estos para la navegación, la pesca y el comercio.

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Los fenicios – 2 En este vídeo se plasma la gran habilidad de los fenicios en el ámbito naval aportaciones a otros pueblos.

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y sus

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+ Información A fondo Los griegos en la Península Ibérica, s. VII-V A.C. Homenaje a García y Bellido 5. Anejos de Gerión vol. 1. Madrid. 1988. Páginas 9-18

Este artículo de José María Blázquez Martínez hace una analogía entre la colonización griega de la Península Ibérica y la colonización griega del Mar Negro. El artículo está disponible en el aula virtual o en la siguiente dirección web: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12159067558098298532624/014763.pdf

Los griegos en la Península Ibérica: de la leyenda a la Arqueología Anales de Prehistoria y Arqueología, 5-6. 1989. Páginas 89-94.

Este artículo de Flores Arroyuelo repasa las aportaciones arqueológicas que sustentan el estudio del paso de los griegos por la Península Ibérica. El artículo está disponible en el aula virtual o en la siguiente dirección web: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=112584

Webgrafía Aunque la mayoría de los textos necesarios para seguir la asignatura aparecen en la última parte del manual, puede ser útil saber que hay algunas páginas en internet que ofrecen una excelente recopilación de textos clásicos, griegos, latinos e incluso altomedievales.

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The Latin Library Una de las mejores páginas en este sentido, que tienen el inconveniente, eso sí, de estar en inglés.

http://www.thelatinlibrary.com

Biblioteca Augustana Otra de las páginas de recopilaciones de textos clásicos más consultadas. En este caso, la navegación por la página es un poco más confusa, pero a cambio incluye muchos más textos que la Latin Library, remontándose más en el tiempo y llegando también a épocas más recientes, pues incorpora muchos textos medievales.

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http://www.hs-augsburg.de/~harsch/augustana.html

Bibliografía AUBET, M. E. (ed.) Tiro y las colonias fenicias de Occidente. Crítica. Barcelona. 1994. BLÁZQUEZ, J. Mª. “Últimas aportaciones a la presencia de fenicios y cartagineses en Occidente”. Gerión 25. 2007. pp. 9-70. CABRERA BONET, P., SÁNCHEZ FERNÁNDEZ, C. (eds.) Los griegos en España. Tras las huellas de Heracles. MEC. Madrid. 2000.

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Test 1. Los autores griegos sitúan la fundación de Gadir: A. Inmediatamente después de las Guerras Médicas. B. Poco después de la Guerra de Troya. C. Unos años antes de la celebración de la primera olimpiada. D. Mientras tenía lugar la 1ª Guerra Púnica. 2. Ebeussus es una colonia fundada por: A. Griegos. B. Romanos. C. Fenicios. D. Cartagineses. 3. El garum es: A. Una salsa realizada con tripas de pescado. B. Un tipo de cerámica a torno. C. Una clase de aceite. D. Una medida para los lingotes de plata 4. Para varios autores griegos, Eritía “la isla roja” del crepúsculo, se identificaba con: A. La isla portuguesa de Madeira. B. Las Columnas de Hércules. C. Un lugar indeterminado situado en la costa de Málaga. D. La isla de Gades. 5. Los viajes de Coleo de Samos le llevaron hasta: A. Galaecia. B. Las tierras de los cántabros. C. Tarteso. D. Gades.

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6. Según Herodoto, las riquezas más apreciadas se encontraban: A. En las alturas de los montes. B. En las tierras habitadas por salvajes. C. En las regiones extremas del mundo conocido. D. En las zonas habitadas donde prosperaba el comercio. 7. Un pentecóntero es: A. Una nave griega de cincuenta remos. B. Un molusco del que se extraía tinte púrpura. C. Un tipo de arma empleada por los púnicos. D. Una moneda griega realizada con una aleación de plata y oro. 8. La primera fundación de Emporion se situó: A. En una bahía rodeada por colinas. B. En una zona llana apta para la agricultura. C. En un islote cerca de la costa. D. En una colina rodeada por un río. 9. Los indígenas y los griegos que habitaban en Emporion: A. Constituían dos comunidades diferentes separadas por una muralla. B. Vivían juntos en la ciudad sin distinciones de origen. C. A los indígenas no les estaba permitido ser habitantes de Emporion. D. Tenían derecho a elegir gobernantes de la ciudad en años alternos. 10. A partir de los siglos V y IV aumenta enormemente: A. La exportación de garum. B. La importación de cerámica ática. C. La importación de joyas y objetos de adorno personal. D. La exportación de lana, aceite y pescado en salazón.

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