Evolucion de la Sevilla intramuros en el Siglo XVIII

June 30, 2018 | Author: Jmmag_Partners | Category: Seville, River, Street, Evolution, Agriculture
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Descripción: Trabajo sobre la Sevilla del Siglo XVIII con una vision del crecimiento de la ciudad desde sus origenes en ...

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII.

EVOLUCION DE SEVILLA INTRAMUROS durante el S. XVIII

Jorge Monedero Martín Enero 2009 Teoría de la Arquitectura_ ETSAS 2008_

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Índice Introducción............................................................................

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La ciudad en su relación fundacional: río, márgenes y puerto………………………………………………………...

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Muralla: evolución, funciones y puertas territoriales......... Entorno en su Organización Productiva: Explotación agraria, industrialización y transformación... Trafico marítimo y comercio con las Indias………………. Sociedad................................................................................... De 1700 a 1766......................................................................... La Sevilla de Olavide 1767 1778............................................ De 1779 a 1800......................................................................... Arquitectura Domestica Sevillana en el Siglo XVIII........... Hitos......................................................................................... Bibliografía y otros recursos.................................................. Conclusiones............................................................................

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Introducción Difícilmente podríamos entender la evolución de la ciudad sin un marco o enfoque amplio de relaciones tanto con el río y la orografía de sus zonas adyacentes --que determinan un amplio espectro de influencias en su evolución-- como del contenido vulnerable de una ciudad que nace para ser sitiada y en la mayoría de los casos impuesta por continuas dominaciones. Por ello que era inevitable acudir en primera instancia al final de la historia o mejor dicho al principio del origen de la ciudad. No se podría entender el siglo XVIII de una forma aislada sin un origen y un final a este transcurso evolutivo de continuos crecimientos y decrecimientos demográficos, continuas crecidas e inundaciones del río o las influencias políticas y sociales que determinan tanto el urbanismo como la generación de recursos de su sociedad. Desde la raíz semítica de ―Spal‖, denominación probable de la Sevilla original y cuya denominación parece ser de los habitantes de los Alcores que lo hacían refiriéndose a ―tierras de abajo‖ para nombrar a los habitantes del único montículo, posiblemente aluvión, que se elevaba sobre una zona de paso del río que iba a dar a una zona mas ancha y de amplias mareas salinas que los romanos denominaron Lago Ligustino a la altura de Puebla del Río hasta Sevilla.

refrendada por Avieno en la Ora Marítima, donde aparece claramente que esa ciudad se halla asentada sobre una isla en la desembocadura del río del mismo nombre. Supuestamente en la desembocadura se había formado un delta constituido por múltiples islas y diversos brazos del río. Una de esas islas estaría ocupada por Tartessos la mítica ciudad portuaria y capital del reino más antiguo de Occidente. Sabemos por estudios geológicos recientes que en la época a la que se refiere el relato de Avieno (S.VI a.C.) el actual Guadalquivir desembocaba en el denominado ―Estrecho de Coria‖ (cuyos dos vértices serían Caura y Orippo) en un extenso Golfo marino denominado ―Golfo Tartésico‖ que podemos considerar mar abierto y que ocuparía todo el sur de la provincia de Sevilla en una zona que comprendería las Marismas e Islas del Guadalquivir. Las poblaciones tartésicas se hallaban distribuidas en las riveras del Golfo Tartésico y del lago Ligur o Lago Ligustino disfrutando de buenas comunicaciones gracias a la navegabilidad de toda el área. El lago estaba bajo la influencia de las mareas con aguas mixtas saladas-dulces, tenía numerosos caños laterales e islas formadas entre brazos de agua. Este lago tenía un singular y trascendental valor estratégico como vía de comunicación pues además era punto de arranque y destino de la navegación del propio río Tartessos (navegable también en gran medida hasta su cuenca superior mucho más allá de Córdoba).

La localización de Tartessos (1200-550 a.C) nos viene

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Alrededor del siglo VI antes de nuestra era la desembocadura del Guadalquivir se situaba aproximadamente a la altura de la actual Puebla del Río, precedida por una zona amplia de marismas que se iniciaban a la altura de Alcalá del Río, y bordeada por dos elevaciones amesetadas que hoy conocemos como Los Alcores y el Aljarafe. Esta ―marisma‖ o Lago Ligustino —Lago del lobo, como lo conocieron los romanos— es el enclave territorial de la ciudad de Sevilla. Dentro de la topografía de este terreno, se encontraban algunas elevaciones o islas que sirvieron para el primer asentamiento humano en el territorio. Una de ellas, la más significativa y génesis de la ciudad, es la conocida arqueológicamente como Cota 14, elevación central en los alrededores de la actual plaza de la Alfalfa donde se ubicó, a tenor de los datos que poseemos, la primera factoría fenicia para el comercio con los indígenas de las tierras altas. La enorme vulnerabilidad de la ciudad tiene su relevancia ya que los accesos al núcleo elevado era posible por la mayoría de los flancos, además de su acceso fluvial a través del río que permitían incluso ser dominado por zonas adyacentes mas altas, de mejor abastecimiento a tropas y agrupamiento en la zona del lago de barcos. Este carácter de accesibilidad le dio enormes posibilidades de ser nexo de unión entre comerciantes y navegantes. Como sistema defensivo se construyo en sucesivas etapas y

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ampliaciones un muro que rodeaba a la ciudad. El actual de origen almohade, hecho de manera muy sólida de tapial y más de cien torres en los albores de entrada del siglo XVIII. Pero no se podría entender todo este entramado de relaciones de un montículo elevado sobre las aguas de no más de 12 metros sobre el nivel de mar y sitiado por las enormes crecidas del río sin una relación con las ricas tierras adyacentes y en especial en un siglo en donde se inicia la arquitectura de hacendados agricultores que provienen de los repartos que desde 1200 el rey Fernando hace tras su dominación sevillana. Por ello el estudio presente intenta dar sentido a las formas de crecimiento en su razón fundacional, en su relación con el puerto fluvial y la ciudad puente. En su aspecto territorial con sus límites, las secuencias que explican el proceso y el resultado del siglo que nos ocupa con sus puertas territoriales y de abastecimiento. En las primeras averiguaciones sobre el plano topográfico actual del que disponemos se realizó las primeras líneas de cotas sobre el nivel máximo intuyendo la entrada de río a la ciudad y sus bajos en laguna que se formaban en la zona de Alameda en la antigüedad. El siglos XVIII sevillano evoca un siglo anterior cargado de catástrofes que incluía el resultado de la perdida del 50% de la población en las plagas que asolaron dicho siglo. De ser una de las ciudades mas pobladas y mas prosperas del mundo superando a Paris o Roma, Sevilla pierde su monopolio con

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. America y se convierte en una ciudad donde la propiedad de la Iglesia incluía el 97% de las edificaciones civiles. La fuerte atracción de capitales y de familias acaudaladas que durante los siglos anteriores había propiciado una ciudad de corte monárquica muy pronunciada hizo del primer tramo del siglo un ir y venir de visitas, fastos, bodas y demas eventos relacionados con la nobleza y la monarquía de la época. Sevilla seguía siendo una ciudad privilegiada donde mantenía importantes monopolios reales como el tabaco, la fundición de cañones, la fabrica de la moneda y la del salitre. La segunda mitad del siglo estuvo marcado por dos acontecimientos que generaron los principales cambios en las obras de la ciudad: el terremoto de Lisboa 1755 y la venida como intendente de la ciudad de Pablo de Olavide. El terremoto originó una fe inusitada y marcó la construcción de decenas de nuevas iglesias, capillas y auspicios. La figura de Pablo de Olavide la apertura de la ciudad a la intelectualidad ilustrada contando en aquel tiempo con la presencia de Jovellanos. Además de atraer los primeros avances de transformaciones de paseos, espacios públicos y verdes arbolados.

integrados plenamente en conventos. En la Arquitectura domestica Sevillana iniciamos un estudio del diseño y edificación de la arquitectura doméstica en la ciudad durante la segunda mitad del siglo XVIII. Se indaga sobre la labor proyectual de los arquitectos locales, y el modo en que condiciona el proceso de construcción de estos edificios la labor supervisora de los maestros mayores de la ciudad y la normativa municipal, inspirada en los principios ilustrados. Se analizan las características de su arquitectura en cuanto a planta, volúmenes, alzados y decoración, y se documentan algunas de las casas principales y casas-palacios representativas de la segunda mitad del siglo.

Mas del 50% de las casas sevillanas estaban en ruinas tras el terremoto de Lisboa, ese transito hasta la reconstrucción dio lugar a agregaciones y segregaciones de enorme calado, llegando algunos conventos a duplicar su superficie mediante la agregación de casas conservándose aun hoy adarves

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII.

Situación del estuario aprox. hace 20.0006.000 años. Esta escotarura marina en el sur de la provincia de Sevilla puede ser observada en mapas de la península a gran escala medievales e incluso hasta del s. XVI.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. El río, márgenes y puerto. El río a su paso por Sevilla no solo va a suponer una amenaza permanente por sus enormes crecidas sino también un motivo de ocio en los acalorados días del verano y la vía principal de su comercio. Los refuerzos en contención frente a las crecidas en los márgenes mas cercanos a la ciudad son aprovechados para acondicionar paseos y pavimentar zonas como es el Patín de las Damas. Situado en el extremo final de la ciudad. Se urbaniza toda la zona de la hoy actual calle Torneo denominada de las Delicias y se hace todo un malecón en la zona del arenal. En 1.726 el Arzobispo Salcedo prohíbe que las mujeres se bañen en el río ―so pena de excomunión‖ y niega sepultura a las ahogadas; intenta así evitar el escándalo de la mezcla de sexos. Algo que resulto parecer grotesco pues el Ayuntamiento convocó una junta de médicos que votó a favor de la utilidad de los baños de modo que el Arzobispo tuvo que revocar el edicto sin dejar de exigir vigilasen la decencia.

husillo del convento de Los Remedios hasta El Agujero donde se vende naranjas. Se nombran dos buzos o maestros de agua con chaleco y calzones de lienzo por debajo de la rodilla que hacían sonar un caracol de campo ante el peligro. Cada año había entre 30 y 60 ahogados que eran asistidos en el Hospital de la Caridad. El puente tiene ahora diez barcos chatos (antes 11). Por el lado de Sevilla hay una glorieta cercada de poyos y barandas de hierro, y en los antepechos de ambos lados estaban pintadas figuras de la Virgen y de santos sobre fondo verde, debajo de las cuales había otras bastante grotescas de moros. Tras la riada las ordenanzas de 1.784 ponen el puente bajo la administración del Ayuntamiento que sustituirá así al antiguo arrendador. El servicio de guardia permanente estaba formado por dos mozos para achicar y un "sobrestante" que era un vigilante y administrador que se alojaba por la noche en la cámara de uno de los barcos.

Desde 1.742 fueron prohibidas varias veces las veladas en el río por los excesos nocturnos y desde Olavide los baños quedarán reglamentados: desde los Humeros hasta la puerta de San Juan para las mujeres; los hombres desde el husillo frente al Almacén de Maderas del Segura hasta el barranco de la cal vieja; los de Triana desde el Castillo de Triana y Puente de Barcas.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. La significación de la relación entre la ciudad de Sevilla y el río Guadalquivir y algunas hipótesis de interpretación parecen referirse a las relaciones de Sevilla con su río con pretensión de alguna originalidad es una tarea realmente difícil dada la abundante bibliografía dedicada a esta ciudad, la que dedica al Guadalquivir una atención preferente, aunque desde distintas perspectivas, constituye una proporción muy destacable. Este hecho pone de manifiesto, en primer lugar, la significación fundamental del Guadalquivir, y de la red hidrográfica tributaria, para la comprensión del emplazamiento, la función, la forma y la estructura de Sevilla; en segundo lugar, la repercusión de esta realidad en la imagen que la ciudad tiene de sí misma, expresada en la abundante iconografía sobre el río y en su permanencia en los mitos urbanos.

contaminación) que ellos mismos entrañan (Pelletier, 1990). — La importancia de las características del régimen hidrológico mediterráneo para la comprensión de las especiales tensiones en el diálogo entre el río y la ciudad en la mayor parte del Estado español, sin perder de vista los rasgos más específicos que condicionan cada caso concreto, por ejemplo el carácter de estuario (Moral Ituarte, 1992). — El tránsito desde un modelo de relación fundado en el dominio y el aprovechamiento hacia un nuevo paradigma definido por la voluntad de integración (Zoido Naranjo y Fernández Salinas, 1996), condicionado a cambios tecnológicos, pero también a modificaciones en las percepciones y en los equilibrios de los intereses sociales implicados.

Estos rasgos justifican, quizás, el especial interés de la relación entre la ciudad de Sevilla y el río Guadalquivir como laboratorio donde contrastar determinadas hipótesis sobre la naturaleza y la dinámica de las relaciones entre el agua y el espacio urbano. De entre estas hipótesis, a modo de marco general al que referir los resultados del análisis de nuestro caso, cabría destacar las siguientes:

— La importancia de las intervenciones públicas en los espacios fluviales (motivadas por las afecciones al dominio público, la interrelación de intereses y la necesidad de intervenciones de gran intensidad) y la diversidad de las lógicas de actuación dominantes en las diferentes administraciones en presencia.

— El carácter complejo y dinámico de la relación entre el río y la ciudad, fruto de la combinación, históricamente cambiante, de recursos y oportunidades (comunicación, abastecimiento, eliminación de residuos, recursos espaciales) aportados por los ríos, y de riesgos y amenazas (inundación,

Los rasgos geográficos básicos de la ría de Guadalquivir son que esta situado en el extremo superior del tramo de estuario accesible a las embarcaciones marinas, la relación de Sevilla con su río ha estado condicionada secularmente por el progresivo deterioro de las condiciones de navegación. El

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. estuario del Guadalquivir se desarrolla a lo largo de una llanura de pendiente prácticamente imperceptible formada por materiales aluviales que se vienen sedimentando a razón de entre 1 y 2,5 mm/año en los últimos milenios. La falta de pendiente y la naturaleza deleznable de estos materiales, unidos a la violencia de sus avenidas, motivan el carácter sinuoso e inestable de su cauce, que aguas abajo de Sevilla se dividía en diversos brazos de trazado meandriforme.

intervención sobre el cauce, que por medio de diferentes cortas o rectificaciones ejecutadas en los últimos 200 años, ha reducido en cerca de 40 kilómetros el desarrollo inicial del estuario. Concretamente la Corta de la Merlina –a la altura de Puebla y Coria del Río--que se ejecuta al final del siglo y que reduce la extensión del río en varios kms dándole mayor capacidad de desagüe frente a las inundaciones.

A consecuencia de la irregularidad de su régimen, el «Río Grande» de Andalucía ha merecido la calificación de «gran torrente» (Vanney, 1970). Efectivamente, con un módulo que ronda los 185 m3/s y con estiajes que, antes de la regulación a la que actualmente está sometido, descendía por debajo de los 10 m3/s el Guadalquivir experimentaba crecidas de 5.000 m3/s y 9.000 m3/s con periodos de recurrencia de 5 y 100 años respectivamente. En estas condiciones, las aguas alcanzaban una altura de 7 y 10 metros sobre el cero geográfico, amenazando con diferente intensidad a una ciudad que en gran parte se extiende sobre el propio llano de inundación del Guadalquivir y cuyas áreas más deprimidas (la Alameda de Hércules, sobre un lecho fosilizado) se sitúan a la cota 4,30. En estas condiciones, la relación de Sevilla con el río que le da sentido ha estado marcada por la lucha secular por la preservación de la navegabilidad y por la defensa frente a la amenaza constante de inundación (Palomo, 1878). Esta dinámica ha dado como resultado un proceso de intensa

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Muralla: evolución, funciones y puertas territoriales. La primitiva ciudad fundada por los fenicios solamente ocupaba las cotas 12 y 14, es decir, lo que hoy son las calles Abades, San Isidoro, la Cuesta del Rosario, y muy poco más. Tanto para festejar el triunfo de Munda, como para asegurarse un punto fortificado en la región Bética, Julio César decide convertir Sevilla en una plaza fortificada, ensanchando su perímetro, y sustituyendo por murallas recias la antigua empalizada de troncos trabados con barro, que había existido en la época cartaginesa. Podemos establecer como fecha válida la del año 45 a.J. para la construcción de la muralla (en Abril de dicho año había estado César en Sevilla). La muralla se construye con el material llamado "opus caementicium", compuesto de argamasa rica en cal y trabada con guijarros de rio: este material, famoso conocido con el nombre vulgar de (mortero romano), tiene la propiedad de que su riqueza en cal y la manera de amasarla, le da una dureza extraordinaria y una duración demostrada por el excelente estado en que se encuentran estos muros al cabo de dos mil años. Parece ser que la muralla describió primeramente el contorno de un recinto pequeño, y gracias a los hallazgos de cimiento y resto de esta muralla puede fijarse con bastante exactitud cual sería su trazado. Según las autorizadas opiniones de los profesores don Antonio Blanco Freijeiro, don José Guerrero Lobillo y don

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Francisco Collantes de Terán, el perímetro de la muralla sería el siguiente: Catedral -- calle Mateos Gago "donde hay vestigios de un lienzo de muralla" -- Puerta de la Carne -Puerta Osario -- calle Alhóndiga "donde se ha encontrado cimientos de una puerta" -- Plaza de Villasis "donde se ha encontrado otra puerta" -- calle Cuna -- Plaza del Salvador -Catedral. Queda una ligera reserva respecto al trazado del muro sur, si iría exactamente por calle Mateos Gago, o más hacia el Alcazar, reserva que manifiesta explícitamente el profesor Blanco Freijeiro; pero en todo caso no cambia sustancialmente la cuestión, sino en unos metros más o menos. Calles principales de la Sevilla romana. En esta primera época, en que Sevilla era como la que acabamos de describir, tuvo, según Guerrero Lobillo, como calle principal o "Cardo máximo" la actual calle Abades, con la particularidad de que era doble de ancho que ahora, puesto abarcaba en una sola anchura las dos calles actuales de Abades y don Remondo. Blanco Freijeiro piensa que Sevilla debió parecerse mucho en su trazado a Tréveris, y que el Foro estaría en la plaza de la Alfalfa, y el principal templo sería el que nos ha dejado el soberbio testimonio de sus columnas en la calle Mármoles. Ampliación de la muralla: Aumentado el número de habitantes de Sevilla, tanto por crecimiento vegetativo, como por inmigración, atraída ésta por la importancia creciente de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. la industria y el comercio de la floreciente capital de la Bética, se hizo necesario ensanchar la ciudad. Esto debió ocurrir después de Augusto. Para el ensanche, se derribó la muralla en su tramo comprendido entre la actual plaza de Villasis -- Alhondiga -- Puerta Osario, y se hizo una nueva muralla que iba desde San Martín -- calle Doctor Letamendi - Feria -- Resolana -- Macarena -- Puerta de Córdoba -Osario. Es a partir de este momento cuando Sevilla cuenta ya con su muralla romana definitiva, cuyas puertas serían: Puerta de la Carne, Puerta Carmona, Puerta Osario, Puerta del Sol, Puerta de Córdoba, Puerta de la Macarena, posible Puerta en Relator, esquina a Feria, posible Puerta de San Martín, Puerta en Villasis, posible puerta en el Salvador, posible puerta en Mateos Gago. Todas las que damos como posibles desaparecieron en la época árabe al hacerse el ensanche hacia el Oeste Aumentado considerablemente el perímetro de Sevilla, con esta nueva alineación de la muralla, cambió la topografía urbana. Ya el -- Cardo máximo -- no va a ser la calle Abades, sino una larga vía que irá desde la muralla de la calle Mateos Gago hasta la Puerta de la Macarena, o sea la calle Abades, la de Cabeza del Rey Don Pedro, la de Alhóndiga, la de Bustos Tavera, y la calle San Luis. Este -- Cardo máximo -- o calle principal tendría sus -- documanos -- o calles transversales, perpendiculares a ella, siendo el -- documano máximo -- la actual Cuesta del Rosario, prolongada por calle Aguilas y San

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Esteban, o sea desde la puerta de muralla que habría en el Salvador hasta la Puerta de Carmona. Otro -- documano -seria la calle del Sol, prolongada por las de Imagen y Laraña hasta Villasis, o sea uniría la puerta de muralla en Villasis, con la Puerta del Sol. Finalmente habría un -- documano inferior -- que sería la actual calle Relator, y su prolongación Fray Diego de Cádiz, uniendo de este modo la Puerta de Córdoba con la Puerta de Muralla que daba al río, que entonces pasaba por lo que hoy es la Alameda de Hércules. Añadiremos que el nombre de Macarena debió aparecer precisamente en la época de construcción de esta segunda muralla posterior a Augusto. Macarena significa Macariusena o sea -- propiedad o pesesión de Macarius --, por haber en sus proximidades terrenos, y una torre, propiedad de un romano llamado Macario. En la época definitiva del amurallamiento romano, contaba éste con 166 torres y otros tantos lienzos de murallas.

Plano de época del Tagarete

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Primer plano topográfico de Sevilla mandado levantar por Olavide, delineado por Francisco Manuel Coelho y grabado por José Amat en 1.771.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Plano de la Casa de la Moneda

Fuente del arzobispo, plano sobre el sistema de fuentes y abastecimientos mandado a elaborar para cubrir necesidades de abastecimiento desde la indicada fuente a diversos puntos de la ciudad.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Entorno en la Organización Productiva: Explotación agraria, industrialización y transformación

Plano de la zona de la Fábrica de Tabacos

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El reino de Sevilla va a la cabeza de la renta industrial de Castilla y León según el catastro de Ensenada (1.750/ 1.754) con 148,43 millones de reales (14,96 %) seguida de Madrid con 122,84 millones aunque esto se deba fundamentalmente a las rentas del tabaco. La primitiva fábrica de tabacos, enfrente de San Pedro, comprendía a principios del XVIII toda la manzana colindante con el hospital del Buen Suceso, ampliado luego con más locales en 1.714, 1.726 y 1.737 ya que el magnífico negocio se convirtió en monopolio por R.C. de 20 de diciembre de 1.730. Los primeros planos del nuevo edificio son de Antonio Salas de 1.728, pero se paralizó todo dos años después a causa de las innovaciones técnicas introducidas por Sebastián de Bustos (horno para secar el tabaco) y Sebastián Caballero (molinos de dos piedras) que obligan a elaborar otros plano en 1.731 a manos de Diego Bordick. Comenzó a funcionar el 9 de junio de 1.758: en planta baja estaban los molinos tirados por acémilas en casi total oscuridad, las cuadras de cernido y los almacenes de tabaco en rama. En planta alta los talleres de cigarros, desconocidos en Europa, que se fuman cada vez más sobre todo si son habanos ya que la pipa no triunfa en España excepto en Cataluña. El suelo era de tierra o de ladrillos de canto. Los 174 molinos producían un polvo estornutatorio más fino que el rapé francés que se obtenía raspando las hojas pero que por cuestiones de moda acabó elaborándose aquí por R.C. de 22 de julio de 1.786; el polvo sevillano o

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. "cucarachero"se mezclaba con tierra roja llamada almazarrón procedente de Murcia con fines industriales y lícitos. Por R.O. de 16 de julio de 1.730 se reduce la fabricación de monedas a Madrid y Sevilla y ante la insistencia de Segovia se le autorizó en 1.747 el acuñamiento de maravedíes de cobre. Se importa algodón en rama, colonias, pesca salada o ahumada y manufacturas en especial de textiles. La exportaciones a Francia, Inglaterra, Bélgica (el 15 % de los navíos de Ostende proceden de Sevilla), y Alemania fueron hasta 1.765 lana y seda. Las mercancías americanas eran de azúcar, cacao, vainilla y tabaco. El R.D. de 12 de mayo de 1.717 trasladaba a Cádiz los tribunales de la Casa de Contratación y del Consulado Marítimo, lo que acentúa las resentidas sátiras contra Cádiz y el señor Patiño. La lonja se quedará vacía hasta que a fines de siglo se instale el Archivo General de Indias. Como compensación los corredores de lonja vieron confirmados sus privilegios hasta que en 1.756 se liberalice el comercio americano.

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Las cigarreras" de Gonzalo de Bilbao

Los comerciantes del siglo XVII dedicaron gran parte de sus excedentes económicos a la compra de tierras. Ello les daba, además de beneficios en el marco del ciclo económico expansivo de la segunda mitad del siglo, un considerable prestigio social y el siempre ansiado reconocimiento nobiliario. Éste se lograba, una vez asentado el interesado en un término municipal, al ser recibido como hidalgo en su ayuntamiento y se consolidaba adquiriendo un cargo municipal. Por último, la transmisión de tal condición la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. aseguraba la fundación de un mayorazgo, en el que solía ser pieza clave la vinculación de una hacienda, con frecuencia conocida por el apellido de sus propietarios Ahora bien, no fueron estos mercaderes enriquecidos los únicos que en el siglo XVII adquirieron la propiedad de haciendas. Las más llamativas compras las llevó a efecto un personaje excepcional, que en modo alguno requería de la tierra como respaldo social, por la sencilla razón de lo tenía en grado superlativo. Nos referimos a don Fernando de Silva y Álvarez de Toledo, XII duque de Alba. Militar, político, académico e ilustrado, fue uno de los personajes más influyentes de la España de Fernando VI y de Carlos II. Instó a la expulsión de la Compañía de Jesús de España desde el Consejo extraordinario que decidió tan polémica medida y aún luego presionó en Roma para que se produjera, como a la postre ocurrió, la disolución universal de la orden. Se da la circunstancia de que el duque fue, a la vez, uno de los grandes beneficiados de la expulsión ya que compró algunas de las mejores y mayores fincas de la Compañía y que al igual que todos sus bienes fueron nacionalizados y luego subastados. En efecto, contamos con la relación de las fincas que Alba adquirió, de las cuales todas menos dos estaban en el entorno sevillano. Eran la hacienda San Ambrosio de Tarazona en La Rinconada; la hacienda y el

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cortijo La Pizana, en Gerena; las haciendas y los cortijos El Algarbejo y Los Ángeles Viejos en Utrera; la hacienda San Ignacio de Miraflores en La Rinconada; la hacienda Miraflores en Sevilla; la hacienda San Francisco Javier de los Ángeles en Alcalá de Guadaíra; la hacienda Los Ángeles en

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Alcalá de Guadaíra; la hacienda y el cortijo San Javier de la Montera en Utrera; la hacienda de Écija y la hacienda La Laguna en Baeza. Resulta imposible analizar estas explotaciones en tan breves páginas, siendo incluso complejo su mera identificación en algunos casos. Así, en la actualidad podemos reconocer Tarazona en La Rinconada, que se encuentra lamentablemente arruinada; La Pizana en Gerena, aún propiedad de la Casa de Alba; El Algarbejo en Alcalá de Guadaíra; Miraflores en Sevilla; Los Ángeles también en Alcalá de Guadaíra y La Laguna en Baeza Hay que insistir en la ubicación de las explotaciones, en el entorno de Sevilla, con la excepción de las haciendas de Écija y La Laguna en Baeza. No sabemos si el duque compró más ―bienes negros‖ en otros puntos de España, pero de no ser así resulta llamativo que su práctica totalidad estuviesen en las inmediaciones de Sevilla. Por otro lado, es del máximo interés la asociación que se hace de haciendas y cortijos, como ocurre, entre otros, en los significativos casos de La Pizana y El Algarbejo. En la actualidad, los caseríos de estas explotaciones responden fundamentalmente a la tipología edilicia del cortijo. Ahora bien, ello no es óbice, como a todas luces indica nuestra fuente, para que las explotaciones, especialmente las grandes, procuraran su diversificación productiva, por lo que no es de extrañar que La Pizana tenga

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molino aceitero. En este sentido ya se ha apuntado que las haciendas en modo alguno eran monocultivos olivareros, pero lo que en esta ocasión nos encontramos no son otros cultivos complementarios para el abastecimiento y subsistencia del personal de la propia finca, sino una combinación que a todas luces buscaba una mayor rentabilidad económica. Precisamente esta rentabilidad debió de ser la causa que llevó al duque de Alba a la adquisición de estas fincas. En efecto, don Fernando, lejos de responder al manido tópico de gran propietario absentista, fue un vanguardista agricultor que quiso convertir sus explotaciones en emporios productivos, en los que no faltó una innegable vocación fabril. Sin duda, el más representativo ejemplo de ello fue la construcción del monumental molino de San Fernando a las afueras de la localidad de El Carpio (Córdoba). A referida rentabilidad económica debió estar sin duda en relación con los postulados fisiocráticos de los ilustrados, los cuales además consideraban que la agricultura era el principal sector económico y el mayor generador de riqueza. Ahora bien, la voluntad mercantil de las adquisiciones sevillanas del duque de Alba no impidió que los caseríos de sus nuevas fincas fueran de inmediato timbrados con su linajudo escudo, representado en azulejos que presiden sus portadas, en ocasiones acompañados por los símbolos y los santos de la Compañía de Jesús. Se da la llamativa

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. circunstancia de que unos azulejos heráldicos idénticos, sólo que de mayor tamaño, presiden la portada del palacio de las Dueñas, la residencia hispalense de don Fernando, también por él remodelada. También en esto último, además de ese carácter fisiocrático aludido, cabría quizás rastrear una cierta emulación por parte del duque de Alba, ya que no debemos olvidar que a la vez que él llevaba a cabo sus numerosas adquisiciones sevillanas, el rey Carlos II disponía en Aranjuez dos interesantes ensayos agronómicos, el Real Cortijo de San Isidro fundado en 1766 y Campo Flamenco en 1775. Los caseríos de las haciendas: su relación con la arquitectura urbana y sus usos. La referida relación entre los caseríos rústicos del duque de Alba y su residencia sevillana nos lleva a un nuevo ámbito de análisis, el del estudio comparado entre la arquitectura agrícola y la urbana. Resulta frecuente en las clasificaciones tipológicas de los edificios la disociación de los rurales de los urbanos. También en esto la opulenta realidad de las haciendas resulta paradigmática, al quebrar por completo tan dogmática separación, ya que existen sus propiedades agrícolas -en este caso en relación a la famosa sucesora de don Fernando, doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XII duquesa de Alba- es analizado en HERERA GARCÍA, Antonio: ―Una muestra de las preocupaciones ―ilustradas‖ de la Duquesa de Alba en la administración de

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sus tierras sevillanas (1798)‖en L’ouvrier, l’Espagne, la Bourgogne et la vie provinciale: parcours d’un historien. Mélanges offerts à Pierre Ponsot. Haciendas tanto rurales como urbanas. Además, pensamos que la realidad constructiva del Antiguo Régimen en modo alguno distinguió los edificios por su localización urbana o rural, sino por su función. En este sentido ya hemos indicado que la hacienda sumó una serie de variadas funciones, entre las que destacó sobremanera la producción de aceite, llevada a cabo en la almazara. La preeminencia de tal producción la demuestra que la referida almazara no es sólo el elemento esencial e identificativo de la hacienda, sino que es la pieza más importante de su caserío, por lo cual no compartimos la habitual denominación de ―hacienda de olivar‖ que se le da, ya que además de la referida variedad de cultivos propia de esta explotación, en su caserío lo que prima es, mucho más que el olivar, la producción de aceite. Ahora bien, junto a esta pieza industrial, en la hacienda hay otras muchas dependencias, que cabría agruparlas en residenciales y ganaderas. De esta manera, hay que señalar que tras la almazara, en las haciendas el elemento más significativo es el señorío o residencia del propietario. Salvo contadas excepciones, las residencias señoriales son una serie de habitaciones, rematadas por un alto mirador y conectadas habitualmente con la capilla. Junto a ello es frecuente encontrar la vivienda de los caseros, apenas una o dos

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. estancias; las casillas para los recogedores, sólo una habitación, y en ocasiones para otros trabajadores, como el maestro molinero. Por último, hay que referir las dependencias ganaderas, que por lo general son cuadras, ya que fueron equinos los animales más utilizados en las fincas olivareras, y que ocupan la parte inferior de una crujía, en cuyo piso superior suele existir un pajar y granero. Ello diferencia las haciendas de los cortijos, en los que La almazara ocupa al menos una crujía del patio en torno al cual se organizan estos edificios y se articula usualmente mediante tres naves paralelas separadas por líneas longitudinales de arcos. Las dos primeras naves servían para el almacenamiento de la aceituna en lo que se denominan trojes, apenas unos tabiques y que producían la compartimentación de las referidas naves. También en estas primeras naves se disponía el molino de rulos que se instalaba en un arco de mayor luz que los restantes. Por último, la aceituna molida pasaba a la prensa, que se encontraba en la tercera nave, ocupada en su mayoría por una enorme viga encastrada en la torre de contrapeso. Por lo general en esta última nave también estaba la bodega, configurada por una serie de tinajas enterradas, en las que se guardaba el aceite tras haber sido decantado y separado del alpechín. Cabría hacer referencia también a la presencia porcina en las haciendas, pero al ubicarse las zahurdas separadamente del

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núcleo edificatorio no lo condicionaron. En cualquier caso, fueron muchas las funciones que hubo que articular en un mismo edificio, en el que dependiendo de su ubicación en el campo o en la ciudad hubo alguna diferencia. Así, en las urbanas es lógicamente menos habitual la presencia de capilla e igualmente se reducen los espacios destinados a los trabajadores ya que no hacía falta que viviesen en el caserío. La articulación de diferentes funciones, aperos, bestias y personas tiene orígenes remotos que cabría retrotraer a las villas romanas. No obstante, todo indica que su definición más acabada se produjo en el siglo XVII, momento en el que en el entorno sevillano alcanzó también gran desarrollo la vivienda urbana, por lo que pensamos que cabe plantear la comparación entre ambas. No obstante, la casa sevillana, a pesar de lo mucho que se ha divagado sobre ella, no ha sido hasta ahora estudiada con la profundidad que requiere o quizás habría que decir requería, ya que el sistemático y pavoroso proceso de destrucción que sobre la misma se lleva a cabo desde hace medio siglo ha ocasionado que en nuestros días su estudio deba ser realizado ya, más que desde la historia del arte, desde la arqueología. Por fortuna, otras localidades del entorno sevillano no han corrido tan aciaga suerte. En tal sentido es paradigmático el caso de Carmona, que conserva su caserío prácticamente intacto. Se trata en este caso de un caserío de tradición mudéjar, levantado a lo largo de los siglos de la Edad

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Moderna y en gran medida renovado tras el terremoto de Lisboa de 1755. Además, recientemente han aparecido diversos estudios que dan una primera aproximación general a tan interesante asunto. Así, se han establecidos diversos tipos, encabezados por la casa-palacio, denominación de imprecisos perfiles pero arraigada en el entorno sevillano, y cuyo ejemplo más acabado es la casa de los Rueda. A este tipo le siguen el que se ha convertido, además de fuente esencial, en crónica de una lamentable muerte anunciada. La que se ha denominado casa unifamiliar o popular mayor y, por último, la casa de vecinos o colectiva. Independientemente de sus discutibles denominaciones, resulta evidente que son las referidas casas palacios y las unifamiliares las que cabe relacionar con las haciendas. Es de destacar, en primer lugar, que eran precisamente los propietarios de éstas los que vivían en casas-palacios, como ocurrió en el caso de Carmona con, entre otros, los Lasso de la Vega, Briones o Caro. Sus residencias urbanas no responden a una formulación tan definida y acabada como la de la hacienda. Condicionadas por una estructura urbana de tradición islámica y con las limitaciones espaciales propias de las ciudades, estas grandes casas se articulan en torno a un patio principal y otros espacios menores, bien patios, bien jardines, bien corrales. No suelen responder a proyectos arquitectónicos ni unitarios ni levantados de una sola vez. Por el contrario, se trata de construcciones que en muchos casos incluyen estructuras medievales y renacentistas, una y otra vez remozadas, como ocurrió tras el

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terremoto de Lisboa, momento en el que numerosas viviendas adquirieron su actual aspecto barroco, bajo el cual son aún legibles atávicos sustratos mudéjares. En cualquier caso, sobre estas caóticas estructuras sobresalen ciertos hitos representativos, como portadas linajudamente blasonadas y con grandes balcones y, en menor medida, miradores. A las pautas básicas referidas, en las que se ven ya similitudes y diferencias con las haciendas, hay que añadir ciertas dependencias que no hacen más que agudizar estas relaciones. Así, lógicamente en las casas de Carmona primaba su función residencial, pero contaban con una fuerte componente agrícola, no sólo por tener sistemáticamente dependencias como cuadras, graneros, pajares y lugares de almacenamiento, sino también dependencias de producción – como huertas – e incluso de transformación, hasta constituir lo que se ha denominado una ―casa de labranza‖ dentro de la vivienda. Es más, aún se ha hecho referencia a un tipo específico de vivienda, denominada ―casas de labor‖ y en el que las dependencias agrícolas alcanzan un gran protagonismo. Se han definido como casas de medianos propietarios, caracterizadas por un menor desarrollo constructivo de las casas-palacios y en su mayoría dedicas a funciones agrícolas debido a que los cortijos o haciendas de sus propiedades no eran lo suficientemente grandes como para que resultara rentables en ellos la construcción de un caserío.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Como ya indicamos, carece de sentido por tanto establecer una línea divisoria entre la arquitectura urbana y la rural, ya que la existencia de una sutil gradación de casos impide en puridad saber dónde termina lo agrícola y dónde empieza lo ciudadano. Sin ninguna duda la estrechísima relación entre el campo y la ciudad, tan característica del Antiguo Régimen, fue la que ocasionó toda esta galería de posibilidades. No hemos de olvidar, además, que fueron los mismos arquitectos los que levantaron unas y otras. Ahora bien, la hacienda no sólo tuvo un destino meramente utilitario, como tampoco la casa en sus diversas modalidades, y por ello no debemos asociarla únicamente a su funcionalidad agrícola. Resulta evidente que su arquitectura en la mayoría de la ocasiones tenía un importante componente de representatividad social. Es bien conocido a este respecto cómo ya en el siglo XVI Serlio en el libro VII de su De architectura proponía toda una gama de casas de campo en función de la posición social de sus propietarios. Lo que ya no resulta tan claro es si ello quedó reducido a su mera materialidad o si la hacienda también recibió lo que podríamos denominar un ―uso representativo‖. En otras palabras, ¿sirvieron las haciendas a la manera de las villas clásicas? No es ésta una cuestión fácil de responder ya que contamos con pocas referencias y descripciones. Esta identidad de autoría se demuestra, por ejemplo, en el arquitecto Juan Navarro, que trabajó para el duque de Alcalá

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tanto en su sevillana Casa de Pilatos como en su hacienda nazarena de Quintos. A pesar de ello, creemos que no podemos partir de la automática identificación que en ocasiones se ha hecho de la hacienda con lo que de manera genérica se ha denominado villa. La hacienda, y ello no debe ser olvidado, es fundamentalmente el caserío de una explotación agrícola destinada a transformar la aceituna en aceite, mientras que en la villa es básica su componente residencial y lúdica, su carácter de evasión urbana y la evocación utópica de arcádico mundo pastoril. ¿Cabe rastrear algo de esto último en las haciendas del entorno sevillano? Acerca de esta villeggiatura hay que remitir al estudio de la villa suburbana realizado por Vicente Lleó en el marco del humanismo hispalense del siglo XVI. Ahora bien, estas villas eran, más que haciendas, huertas del entorno inmediato de Sevilla que sólo excepcionalmente se vieron interpretadas y usadas como auténticas villas, que cabría enlazar tanto con la tradición clásica como con la musulmana. Ahora bien, hay datos que apuntan a que las haciendas excepcionalmente sí fueron usadas a la manera de las villas. En este sentido resulta significativo el caso de las fiestas que el poeta Juan de Arguijo ofreció a la marquesa de Denia en su hacienda Tablantes de Espartinas con motivo de su visita a Sevilla en 1599. También se celebraron entonces grandes fiestas en la cercana hacienda Benazuza de Sanlúcar la Mayor.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Es más, la propia arquitectura de las haciendas pone en evidencia como su carácter residencial alcanzó un papel esencial y, sobre todo, su suntuosa decoración permite establecer esporádicas comparaciones con las villas italianas. En este sentido hay que decir que a veces los señoríos sobrepasaron su habitual ubicación en parte o en toda una crujía del patio, para configurarse como una entidad mayor y autónoma, casi como un edificio dentro de otro, al disponerse, a su vez, en torno a un patio. Al respecto cabría referir el señorío de la aludida Benazuza, que responde a las pautas de las casas-palacios sevillanas del siglo XVI. Más significativos aún por su cronología, primera mitad del siglo XVII, son el de la hacienda Mateo Pablo en Alcalá de Guadaíra y el de Ibarburu en Dos Hermanas. Ahora bien, no se trató solo de una cuestión de dimensiones constructivas sino, sobre todo, suntuaria, a partir de una decoración que prueba un afán que va más allá de lo meramente utilitario. En este caso resultan esenciales los paramentos recubiertos de frescos, que no sólo se encuentran en muchas capillas sino en algunos señoríos, como en los de Torrequemada en Gelves y La Soledad en Alcalá de Guadaíra. Una descripción que muestra la relativa suntuosidad de estos señoríos es la realizada en 1735 de la hacienda Torre de las Arcas en Bollullos de la Mitación: ―sobre la izquierda está la casa de vivienda con tránsito para entrar en ella y tres

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corredores, columnas y arcos, salas principales y diferentes divisiones que separan otras y el cuadro donde está el jardín y sus cercas, cocina baxa, lavadero, corral y sus cercas y todo doblado y la escalera principal que da paso a los cuartos y corredores con sus arcos y columnas y barandas de fierro. Y toda la dicha casa está solada de ladrillo raspado y con sus puertas y ventanas‖. También sabemos, por un inventario de 1714 que el edificio contaba con veintiocho lienzos ―de dos varas de alto, maltratados, de diferentes señores reyes, reinas y príncipes‖. No obstante, son escasísimas las referencias con las que contamos que prueben un uso más allá del agrícola de las haciendas. Un caso significativo en el marco cronológico que en esta ocasión tratamos podría ser el uso que hizo de la referida Tablantes como residencia el arzobispo don Francisco de Solís Folch de Cardona cuando ardió el cercano palacio arzobispal de Umbrete en 1762. Poco después fue de nuevo utilizado por otro prelado, en concreto por don Francisco Javier Delgado y Venegas el 20 de mayo de 1776. Este arzobispo viajaba a Sevilla para tomar posesión de su Sede, pero afectado en el viaje de fiebres tercianas se detuvo en Tablantes, donde fue cumplimentado por el cabildo sevillano. Si se trató de un acto producto de la necesidad o de un decisión meditada no lo sabemos, pero todo hace suponer que la hacienda contaría con las comodidades mínimas como para llevar a cabo con la solemnidad requerida la bienvenida del nuevo arzobispo. Quizás más significativas fueron las visitas reales giradas a Mateo Pablo en el siglo XVII, aún

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. recordadas por azulejos realizados por Gestoso a principios del siglo XX. El primero de ellos recuerda que el 6 de octubre de 1726, coincidiendo con el denominado Lustro Real en el que la corte de Felipe V residió en Sevilla, visitaron la hacienda el príncipe de Asturias, así como los infantes don Carlos y don Felipe, ―dedicándose al exercicio de caça‖. Carecemos de datos suficientes acerca de este asunto digno de estudio, pero es muy posible que las haciendas fueran utilizadas de forma más o menos generalizadas como cotos de caza, de manera que habría que añadir ésta a sus diversas funciones ya referidas. Así, al menos parece que ocurrió en la hacienda La Corchuela, tradicional cazadero de lobos. En cualquier caso, no creemos que ello sea suficiente para incluir las haciendas entre las variedades de las villas. Como ya hemos indicado, se trata de edificios que fueron ideados fundamentalmente asociados a las explotaciones agrícolas en las que se levantaban, lo que no fue óbice para que apuntaran en ocasiones un cierto carácter lúdico. Este uso lo suponemos paralelo al respaldo social que la propiedad de las mismas produjo en los hacendados, asunto del que nos hemos ocupado con anterioridad. Ahora bien, sólo desde época recientísima, apenas finales del siglo XIX y principios del XX, pueden hacerse referencias algo más numerosas a un uso recreativo de estos edificios, precisamente cuando fueron perdieron su tradicional utilidad agrícola. No obstante,

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incluso entonces ello siguió siendo la excepción y no la regla. Otras referencias al uso de diversas haciendas por parte de los arzobispos de Sevilla las dan los Anales de Justino Matute y de José Velázquez y Sánchez. De ellas destacamos en esta ocasión que el cardenal-infante don Luis de Borbón se retirase el 2 de septiembre de 1800 a la hacienda de Fuensanta para evitar la epidemia de fiebre amarilla que padecía entonces la ciudad. Trafico marítimo y comercio con las indias. La política reformista del Despotismo Ilustrado vinculó la recuperación de la economía española a la reactivación del comercio ultramarino, tal y como preconizaban los teóricos del mercantilismo tardío que le sirvieron de inspiración. De ahí que apenas acabada la Guerra de Sucesión, los ministros de Felipe V adoptaran una serie de medidas para reorganizar un sector profundamente deprimido y desarticulado. Ahora bien, por esta misma razón, antes de abordar la política reformista llevada a cabo en el ámbito del tráfico colonial, es conveniente trazar un somero panorama de la situación de partida. Una vez realizado el descubrimiento de América y comenzado el asentamiento de españoles en los primeros enclaves caribeños y centroamericanos como consecuencia de los viajes de exploración y la constatación de la existencia de oro y plata en las tierras recién halladas,

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. los Reyes Católicos se vieron en la necesidad de organizar una línea comercial que uniera los reinos hispanos con el Nuevo Mundo: la Carrera de Indias. Después de un período de vacilaciones, se adoptaron una serie de decisiones inspiradas por el naciente mercantilismo, que incluían la reserva del monopolio del comercio con las Indias a los súbditos españoles de los monarcas (fundamentado en las bulas alejandrinas de 1493 y el tratado de Tordesillas de 1494, que declaraban los derechos de la Monarquía Hispánica a la explotación del Nuevo Mundo), la constitución de un organismo de control de todo lo relacionado con dicho tráfico (la Casa de la Contratación) y la designación del puerto de Sevilla (―puerto y puerta de las Indias‖) como única cabecera de la ruta que debía unir la Península con las tierras americanas. En el plano de la navegación, tras un período presidido por los ―registros sueltos‖ que navegaron en solitario o en pequeños convoyes espontáneos hasta las Antillas primero y hasta el continente más tarde, sin fecha predeterminada para zarpar mas que por la oportunidad de los vientos y corrientes (corredor de los alisios en verano y corriente de Canarias en invierno), sin restricciones en las cargas (hasta 1543, en que se crea el Consulado y se estipula el valor mínimo de cada partida en 1.000 pesos), con el concurso de numerosos barcos (carabelas, naos, urcas, tipos de escaso tonelaje, entre 40 y 100 toneladas) propiedad de armadores procedentes de todo el litoral español y fabricados en su totalidad en astilleros

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nacionales, se fue dando paso, en un principio por razones de defensa para preservar la seguridad de las rutas atlánticas de los ataques de los corsarios isabelinos, a un sistema comercial regulado de un modo más estricto, que culminó con la promulgación del famoso Proyecto de Flotas y Galeones (1564, con algunas disposiciones complementarias posteriores), que establecía la salida anual de dos grandes flotas convoyadas al amparo de navíos de guerra fuertemente artillados. Las flotas se componían de barcos de muy diversos tipos (galeones, naos, urcas, filibotes, pingues, fragatas, zabras, pataches), aunque desde el último tercio del siglo acabaron predominando los galeones, grandes bastimentos que fueron aumentando las doscientas toneladas de arqueo de media de la segunda mitad del Quinientos hasta las quinientas o más de la segunda mitad del Seiscientos. A medida que se iba acentuando el gigantismo de las embarcaciones, se va degradando la operatividad del sistema de flotas y galeones al entrar en juego un poderoso oligopolio de intereses privados no coincidentes con el ―bien de la nación‖. Nos referimos a que emerge dentro de este sistema un implícito negocio de especulación comercial en los mercados americanos; de ahí que los flotistas intenten retrasar de forma deliberada la partida de los convoyes comerciales para que la carestía de productos incida en el aumento de los precios de los mismos.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Los buques son cada vez menos y más grandes (costosas estadías en la metrópoli y en América para llenar y vaciar las enormes bodegas), con el consiguiente encarecimiento del costo de construcción y la imposibilidad de poder obtener un bastimento por un precio módico, por lo que los propios flotistas se erigen en los dueños de los buques, ya que son los únicos que disponen de capitales lo suficientemente fuertes para invertir en barcos y afrontar no sólo la improductividad de los tiempos muertos durante el fondeo, sino también los gastos consiguientes a la estadía (impuestos de puerto, sustento de tripulaciones de mantenimiento y vigía, deterioro de los cascos, etc.), con lo que el sector del transporte deja de diferenciarse del sector comercial y se inicia una larga etapa de supeditación del sector naviero a los intereses del comercio. A esto hay que añadir que los flotistas estaban fuertemente respaldados por las autoridades de la Casa de la Contratación que, pese a una detallada normativa sobre la prelación y orden para la formación del buque de cada convoy, eran las que tenían la última palabra para designar los barcos que habían de integrar cada expedición. Si bien es cierto que no existió una normativa que impidiera directamente la participación en la Carrera de los armadores de cualquier punto del litoral español, la práctica indujo a la autoexclusión de los mismos, cuando al amparo del oligopolio del Consulado sevillano se produjo el cambio en las estructuras de la propiedad de los mercantes al servicio de

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la Carrera, que hacía prácticamente inviable el negocio de los fletes en el puerto hispalense y cortaba la posibilidad de la participación en las rutas americanas, las que daban mayores beneficios y podían ofrecer la oportunidad de la acumulación de capital previa para la inversión en nuevas unidades. Consecuencia de este cambio paulatino en la estructura de la flota fue la disminución del potencial numérico de la flota mercante, la primacía de los intereses del comercio especulativo sobre el sostenimiento de líneas comerciales dinámicas, la muerte por inanición del sueño de maestres y pilotos de la Carrera de convertirse en dueños de los barcos que patroneaban o pilotaban (como fruto de la inversión de los beneficios obtenidos en la realización de su tarea profesional), la autoexclusión de las rutas ultramarinas de los pequeños armadores y el surgimiento del puerto de Cádiz como alternativa a la plaza sevillana, dadas las crecientes dificultades que entrañaba el gran calado de los buques para superar la barra de Sanlúcar de Barrameda. Por otra parte, los intercambios no pudieron tener una base más sencilla a lo largo de todo el siglo. Consistieron en la exportación de productos agrícolas (vino y aceite, los llamados "frutos" por antonomasia) y productos manufacturados (sobre todo, las llamadas "ropas" por antonomasia: paños, bayetas, lienzos, sedas, terciopelos, brocados, encajes), además de hierro y clavazón y de los cargamentos de mercurio destinados al procedimiento de beneficio de la plata llamado amalgama (embarcados en una

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. flota separada de galeones conocidos con el nombre de "los azogues") y en la importación de metales preciosos (al principio oro, pero después fundamentalmente plata), que se complementaban con algunos otros productos, entre los cuales destacaban los colorantes (grana, añil y palos tintóreos). Artículos de menor consideración eran en el caso de las remesas metropolitanas algunos derivados de los principales productos agrarios (vinagre, aguardiente, aceitunas, alcaparras, harina) y algunos otros frutos secos (almendras, avellanas, pasas), así como otras manufacturas (peletería, jabón, papel, calzados, sombreros, medias, cintas, quincallería, cordelería, herramientas, cerámica), medicinas y algunos objetos de devoción (rosarios) y también culturales, como libros, obras de arte (especialmente pinturas) e instrumentos de música. En el caso de las importaciones, junto a los metales preciosos y los colorantes, hay que mencionar algunas otras materias primas (singularmente los cueros), algunos productos medicinales (jenjigre, zarzaparrilla, guayaco, cañafístula, jalapa), algún objeto suntuario (perlas, carey) y algunos otros géneros, entre los que merecen lugar aparte los productos de plantación como el tabaco (cuya elaboración y distribución se convertiría en un monopolio de la Real Hacienda a partir del siglo XVII), el azúcar o el cacao, que también hacen en el siglo XVII sus primeras y tímidas apariciones y, en menor medida, el algodón (ya en el XVIII).

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El cuadro no quedaría completo sin tener en cuenta que si los "frutos" eran fundamentalmente andaluces, el hierro era vizcaíno y el mercurio provenía de las minas de Almadén, el conjunto de las "ropas" estaba constituido masivamente por reexportaciones de tejidos procedentes de la Europa del Norte. Y que fue precisamente el valor muy superior de estas manufacturas textiles el que desató las críticas de los tratadistas coetáneos (que hablaron del avasallamiento de la plaza sevillana por la producción extranjera y que llegaron a imaginar a España como "las Indias de Europa"), así como el que permite caracterizar en gran medida el comercio sevillano como un comercio de intermediación, en el que muchos agentes españoles actuaban tan sólo como comisionistas, mientras los beneficios de las exportaciones industriales iban a parar a los proveedores extranjeros. Como la plata indiana servía naturalmente para pagar las remesas metropolitanas, una parte importante pasaba a manos de los mercaderes (españoles y también extranjeros) que hacían de intermediarios con los proveedores del norte de Europa, que se convertía así en el destino final de un porcentaje difícil de calcular del metal precioso, lo que hizo pensar en la economía española como mero "puente de plata" entre América y Europa. Sin embargo, tampoco debe desdeñarse la plata retenida en las arcas hispanas, tanto a través de la propia actividad comercial (avituallamiento de los buques, venta de licencias de embarque, producto de los fletes, beneficios del comercio a comisión, retribución de las exportaciones nacionales y

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. participación en los seguros y en los riesgos de mar, el sistema crediticio fundamental para el funcionamiento de la Carrera), como a través de los ingresos propios de la Corona (esencialmente los derechos de aduana y el quinto real sobre los metales preciosos). En cualquier caso, la investigación no ha resuelto aún la contradicción entre el proceso inflacionario vivido por España y la huida del metal precioso allende las fronteras peninsulares.

almojarifazgo de Indias y derechos de toneladas, que venían a representar aproximadamente el 35% del valor de las mercancías intercambiadas) uno de los mayores incentivos del fraude, que se vio potenciado además, en el caso de los metales preciosos, por la práctica viciosa de la incautación de los caudales en caso de necesidad de la Corona y por la demora en la entrega de los caudales a los particulares por parte de la Casa de la Contratación.

Un lugar aparte hay que conceder al tráfico de esclavos. La existencia de mano de obra indígena no propició la entrada de esclavos africanos en América en los primeros tiempos del asentamiento hispano, al tiempo que la falta de bases en las costas occidentales de Africa (como consecuencia del tratado de Tordesillas) impedía la actuación directa de los mercaderes españoles en este ramo. De ahí que se recurriese a la suscripción de contratos para la introducción de esclavos, es decir a un sistema de asientos que no tenía paralelo en el modo general de funcionamiento de la Carrera de Indias.

Sumar este 35% a los beneficios obtenidos en las operaciones de exportación e importación resultó un incentivo muy apetecible para muchos comerciantes, que buscaron las formas de burlar a los agentes del fisco, la mayoría de las veces con la colaboración de las propias autoridades o de los propios capitanes de los barcos de las flotas, que participaban directamente del fraude. Y, finalmente, hay que sumar a este fraude generalizado el contrabando abierto, practicado por los extranjeros y sus agentes españoles y que alcanzaba su máxima expresión en la escala de las Canarias o en el comercio directo realizado por agentes no autorizados completamente al margen de las normas de la Carrera de Indias. Un rosario de puertos onubenses y gaditanos supieron rentabilizar su situación y, al tiempo que ayudaban a completar los cargamentos y a proveer de bastimentos a las naves, se dedicaron a atender las arribadas forzosas y a ejercer un activo contrabando, especialmente intenso en las localidades de la bahía gaditana.

Finalmente, una variable queda siempre fuera del cuadro, el fraude y el comercio de contrabando, imposible de evaluar, aunque debió ser mayor en términos relativos durante los momentos de mayor decadencia del tráfico y de mayor descontrol de la Casa de la Contratación, en las décadas finales del siglo XVII. Aunque hubo otras razones (la centralización del tráfico en el puerto sevillano, la exclusión de los extranjeros, la obligación de superar un determinado monto en la inversión), fue sin duda la presión fiscal (avería,

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Según los cálculos de las expediciones y los tonelajes, las

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. décadas finales del siglo XVII marcan una progresión en la caída, que no se detiene ni siquiera con el cambio de centuria, sino que llega hasta 1715, con la abrupta sima de 1709, la más profunda desde la inauguración del comercio ultramarino. Las razones de este largo periodo de contracción no parecen depender de causas vinculadas con la evolución de las colonias, es decir de una presunta "era de depresión" de la América hispana, sino que se derivan más bien de la crisis general de la metrópoli (crisis demográfica, económica, social y política, que tiene su trasunto en las continuas dificultades de la Real Hacienda y en el retroceso militar y territorial en Europa y fuera de Europa), con sus repercusiones en la Carrera de Indias. La situación a fines del siglo XVII señalaba el fin de una época: la Casa de la Contratación había declinado en sus funciones de control, el monopolio sevillano se había desplazado a otros puertos andaluces (y singularmente al puerto gaditano), las remesas de metal precioso se habían reducido a su mínima expresión, los efectivos navales era insuficientes, las flotas no salían anualmente, las rutas americanas durante la Guerra de Sucesión habían sido atendidas por buques franceses y había aumentado la presión fiscal y por ende el contrabando, de modo que los barcos extranjeros visitaban abiertamente los puertos americanos y se producía el auge del comercio directo entre los países europeos y las colonias americanas. Ante semejante estado de cosas, se imponía una reforma profunda de la Carrera de Indias, que sería abordada por los ministros de la nueva

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dinastía borbónica apenas concluida la Guerra de Sucesión. En efecto, la Carrera de Indias presentaba un panorama desolador al final de la guerra de Sucesión a la Corona de España. Por un lado, el comercio oficial había descendido durante la primera década de la centuria a cotas aún más bajas que las registradas en la segunda mitad del siglo XVII, al tiempo que aparecía más que nunca enteramente en manos de los fabricantes y mercaderes extranjeros. Por otro lado, la alianza con Francia, necesaria para sostener la causa de Felipe V, había supuesto la concesión de toda una serie de privilegios a los comerciantes de aquella nación, que habían consolidado sus posiciones en la bahía de Cádiz, habían obtenido a través de la Compagnie de Guinée el asiento para la introducción de esclavos en América y habían aprovechado su posición para irrumpir en el área del Pacífico, en el virreinato del Perú, convertido poco menos que en un coto reservado de los armadores galos a través sobre todo de los cap-horniens radicados en Saint-Malo. Finalmente, el propio tratado de Utrecht había dado carta de naturaleza legal a la penetración comercial inglesa en la América hispana, mediante la concesión del privilegio exclusivo de la introducción de mano de obra esclava a la South Sea Company (en detrimento de la compañía francesa) y del llamado "navío de permiso", que permitía la negociación de 500 toneladas anuales de mercancías en las ferias de Veracruz y Portobelo. Ante esta comprometida situación, y partiendo de la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. consideración del comercio con América como el principal motor para facilitar la rápida recuperación de la economía española, los sucesivos gobiernos de Felipe V llevaron a cabo una política de constante intervención en la organización de la Carrera de Indias, encauzando su actuación por una doble vía. Así, por un lado, adoptaron una actitud revisionista respecto de los privilegios obtenidos por franceses e ingleses como consecuencia de la guerra de Sucesión y la paz de Utrecht, es decir mantuvieron con tenacidad una política que miraba a la anulación por todos los medios posibles de las ventajas que habían pasado a disfrutar los extranjeros en el ámbito americano. Y, por otro, desplegaron un sistemático programa de reformas con el propósito de recuperar el control del comercio colonial, incrementar los niveles del tráfico de exportación e importación y promover una suerte de nacionalización de la Carrera de Indias. Siguiendo un orden estrictamente cronológico, las primeras medidas (las decididas durante los años 1717-1725) consistieron en la aplicación al ámbito del tráfico ultramarino de los principios de racionalización y de uniformización que estaban presidiendo las etapas iniciales del reinado de Felipe V en todos los órdenes de la vida española. Así, la primera iniciativa fue la de ordenar el traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz (1717), en realidad un acto legislativo que daba mera carta de naturaleza a un hecho consumado, el progresivo desplazamiento del negocio colonial desde Sevilla

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a la bahía gaditana, que ya había generado una acalorada polémica desde finales del siglo anterior y cuya solución consagraba la decadencia definitiva de la ciudad hispalense, en favor de la plaza gaditana, cuyo triunfo se vio sancionado por la construcción de toda una serie de fortalezas para la defensa del puerto y de las flotas. El decreto de 8 de mayo de 1717 introducía además algunas modificaciones en la estructura interna de la institución, cuya presidencia quedaba unida a la titularidad de la Intendencia General de la Marina, creada al mismo tiempo, aunque ambos cargos volverían a quedar separados a mediados de siglo por un decreto de 22 de octubre de 1754. Sin embargo, esta renovación institucional, al igual que el traslado simultáneo del Consulado, no tendrían verdadera trascendencia para la organización inmediata del tráfico. La segunda disposición reformista consistió en la introducción de una serie de mejoras de carácter administrativo dentro de un sistema que seguía asentado en los principios mercantilistas. Así, el nuevo instrumento concebido para la revitalización de la Carrera fue la publicación del llamado Proyecto de Flotas y Galeones de 1720. Al mismo tiempo piedra fundacional del nuevo orden y confirmación del sistema imperante desde 1564, el proyecto establecía una mejor reglamentación de las expediciones (flotas, navíos, cargamentos, fechas, habilitaciones, formalidades administrativas), lo que tuvo su reflejo en un considerable progreso en la rapidez de la tramitación de los registros, en la simplificación contable y en la prevención del

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. fraude. A este último fin se orientó uno de los capítulos básicos de la ordenanza, estableciendo un nuevo sistema arancelario que rebajaba los impuestos sobre los frutos y gravaba las manufacturas por el procedimiento del palmeo, es decir según los palmos cúbicos de los envases, privilegiando así los productos de más valor en relación a su volumen. En cualquier caso, la buscada claridad impositiva se vería comprometida por la permanencia del almojarifazgo de Indias y la aparición, pocos años más tarde, de nuevos derechos, como el de avisos, el de guardacostas o el de almirantazgo, poniendo de relieve las limitaciones del proyecto de renovación así como la excepción de la hacienda en el reformismo borbónico. Es decir, los redactores de la ordenanza se proponían promover el trafico introduciendo mejoras técnicas, pero no querían en absoluto renunciar a los fáciles ingresos que la Hacienda pública obtenía de una presión fiscal poco indulgente para con los cargadores a Indias. En la segunda línea de actuación, atendida simultáneamente, las autoridades borbónicas se propusieron la liquidación del avasallamiento legal del tráfico ultramarino por los comerciantes extranjeros que habían operado en América al socaire de la guerra de Sucesión y ahora lo hacían al amparo del tratado de Utrecht. La expulsión de los franceses del Mar del Sur se llevó a cabo durante el virreinato del marqués de Castelfuerte, que a partir de 1724 fue cercenando todos los privilegios obtenidos por los navíos de aquella nación bajo la

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capa protectora de la actitud condescendiente mantenida por el virrey marqués de Castelldosrius, hasta el punto de que la ruta de los cap-horniens pudo considerarse cerrada en torno a 1730. Mayores dificultades presentó la denuncia de las cláusulas del tratado de Utrecht favorables al comercio británico. El privilegio del "navío de permiso" era un puñal hundido en el costado de la Carrera de Indias. Por ello, si ya en 1725 las autoridades de Veracruz procedieron a confiscar el buque británico de aquel año, en 1729 el ministro José Patiño, aprovechando la prolongación de las negociaciones del tratado de Sevilla, negó la autorización para enviar el registro a América. Tal actitud por parte española no podía conducir sino a la ruptura de hostilidades, a una guerra que enfrentaría a ambos países durante diez años (1739-1748). La paz de Aquisgrán (1748) permitiría finalmente al gobierno español, ya bajo el reinado de Fernando VI, liquidar mediante la firma del tratado comercial de Madrid (1750) la espinosa cuestión de la South Sea Company y sus derechos al asiento de negros y al "navío de permiso", que eran abolidos mediante una compensación en metálico de cien mil libras esterlinas. En cualquier caso, esta mera reestructuración de un sistema plenamente mercantilista, en su fundamento y en su práctica, no satisfacía plenamente a los legisladores ilustrados, que pronto se manifestaron a favor de introducir nuevas piezas que corrigieran la excesiva rigidez de la Carrera de Indias. Al control del tráfico por los funcionarios de la Corona debía

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. unirse la participación de los agentes españoles en el comercio de exportación. Agentes que no eran sólo los cargadores, sino también los cosecheros y los fabricantes, y que no eran sólo los andaluces, sino también los del resto de las provincias hispanas. Ahora bien, ni el enunciado del principio ni la incitación formal por parte de los intendentes podían bastar para conseguir los resultados apetecidos, sino que era necesario articular los mecanismos que permitiesen promover la producción de las diversas regiones y canalizarla hacia América. La primera vía que se creyó hallar para tal fin fue la aplicación de una fórmula que no dejaba de ser también estrictamente mercantilista, la creación de compañías a las que se otorgaba el privilegio del tráfico exclusivo con las áreas que se les designasen para el ejercicio de sus actividades comerciales. Tal iniciativa tenía la doble ventaja de la incorporación de los agentes españoles que quisiesen insertarse en unas sociedades que tenían una marcada implantación territorial (San Sebastián, Granada, Sevilla, Barcelona, etc.) y la potenciación de aquellas áreas deprimidas que en América habían quedado al margen de los grandes circuitos servidos por las flotas. La primera de estas sociedades fue la Compañía Guipuzcoana de Caracas (1728), cuyos objetivos fueron los de garantizar las relaciones entre San Sebastián y Venezuela, el intercambio del hierro vascongado contra el cacao venezolano y la persecución del contrabando en el área

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(fundamentalmente el mantenido por los holandeses desde Aruba y Curaçao y por los ingleses desde Jamaica, bases fundadas en ámbitos territoriales desdeñados por los españoles por su escaso interés comercial). Aunque hubo de enfrentarse a diversas dificultades (el elevado precio del hierro o el conflicto entre los mercaderes y los cultivadores del cacao), alcanzaría una cierta longevidad, tras superar los perjuicios sufridos por las sucesivas medidas liberalizadoras de 1765 y 1778, para finalmente fundirse con la Compañía de Filipinas (1785). Le seguiría la Compañía de La Habana (1740), cuya actividad principal debía ser la compra y envío de tabaco y azúcar cubanos a España, pero que pronto diversificó sus negocios de manera irregular, dedicándose a la introducción fraudulenta de esclavos y a la exportación de tabaco a las colonias británicas, al tiempo que sus administradores se entregaban a la manipulación de los balances y a la práctica de la doble contabilidad. Tras deshacerse de la pesada obligación de fabricar una serie de navíos para la Corona en el arsenal de La Habana, la ocupación de la ciudad por los ingleses (1762-1763) cerró la primera etapa de la trayectoria de la sociedad, que sobrevivió sin embargo a la crisis, gracias a la autorización a introducir esclavos legalmente y a la adquisición de ingenios azucareros, que le permitieron comerciar con productos de su propiedad. La fundación de la Real Compañía de Barcelona (1756) fue resultado de la progresiva incorporación de Cataluña a la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Carrera de Indias, un fenómeno que venía produciéndose de forma significativa desde más de una década atrás. La nueva sociedad, cuyo establecimiento se justificaba por su misión de revitalizar las deprimidas economías de las islas de Santo Domingo, Puerto Rico y Margarita, pronto se enfrentó a las dificultades derivadas de sus insuficiencias financieras y de los bajos rendimientos de las inversiones de sus participantes. No obstante, el funcionamiento regular de su factoría de Santo Domingo y la ampliación de sus negocios, singularmente a la remisión eventual del añil de Honduras pero, sobre todo, a la continuada exportación del cacao de Cumaná, su renglón más rentable, le permitieron mantenerse en activo hasta que los decretos de 1765 y 1778 la condenaron a una lenta pero insoslayable decadencia. Las rutas ultramarinas estuvieron abiertas también a otras sociedades, como algunas de las compañías de Comercio y Fábricas (las de Granada y San Fernando de Sevilla), del mismo modo que todavía en la tardía fecha de 1785 se recurriría a este instrumento para fomentar el tráfico directo entre la metrópoli y las islas Filipinas, hasta ahora sólo garantizado mediante el galeón de Manila. No obstante, mucho antes de que se fundara la Real Compañía de Filipinas, las compañías privilegiadas habían pasado a convertirse en una fórmula obsoleta, criticada desde muchas instancias oficiales, donde se abría paso la idea de la libertad comercial como única vía para un verdadero progreso del tráfico colonial, como ya había predicado el equipo dirigido por Campillo en el seno de la secretaría de Marina e Indias

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desde antes de mediados del siglo. En efecto, había que abolir el sistema de Flotas y Galeones. La incidencia negativa del sistema, culpable del anquilosamiento de la marina mercante y de la perpetuación del verdadero monopolio, el consular, que entorpecía la extracción de géneros y frutos y daba preferencia al comercio ilícito sobre el comercio legal, comenzó a ser enfatizada durante la época del monopolio gaditano en las opiniones y comentarios de los proyectistas (conde de Torrehermosa, Legarra, Campillo, Ward y Campomanes), que expusieron claramente los efectos nocivos del sistema: las flotas no salían con regularidad ni en uno ni en otro continente y así las desabastecidas áreas americanas eran campo abonado para el surtimiento a través del contrabando. Los buques españoles que podían haberse dedicado a llevar los frutos y manufactiras desde la metrópoli no se construyeron jamás y el relevo lo tomaron los extranjeros, que hicieron su negocio a costa de un sistema de comercio y transporte que los favorecía, es decir que contribuía al desarrollo de las flotas nacionales de sus competidores. Como muestra, la opinión de Bernardo Ward, que en su Proyecto económico (1762) dice taxativamente: ―En una palabra, es tal el desorden en todo y en cada parte de nuestros intereses en América, que si los enemigos de España [...] se juntasen para discurrir el modo de inutilizárnosla, creo que no pudieran idear un medio más eficaz que la coordinación de un sistema [el de galeones y flotas], que ha producido los efectos que acabamos de reconocer‖.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. La objeción al sistema imperante es clara y no hay que olvidar que este escrito es posterior al ensayo de la navegación en ―registros sueltos‖, propiciada por un hecho fortuito (la guerra del asiento, más que las compañías privilegiadas, salvo quizás para el caso de Guipúzcoa), no calculado por los ministros borbónicos, el que terminaría potenciando la participación provincial, especialmente en el caso de Cataluña, sin duda la región más preparada para aceptar el reto. En efecto, la ya mencionada guerra contra Inglaterra (1739-1748) obligó a las autoridades españolas a imaginar una excepción a la regla que evitase el riesgo del bloqueo británico contra las flotas de la Carrera de Indias y al mismo tiempo garantizase tanto el abastecimiento de las colonias americanas como las remesas de plata y otros productos ultramarinos a la metrópoli. Se autorizaron así los registros sueltos, que ofrecían la ventaja de su flexibilidad, tanto para sortear con mayor facilidad el acecho de los buques ingleses como para zarpar con rapidez sin la servidumbre de la espera para constituir el convoy habitual. Sus resultados superaron las expectativas, incrementando el tráfico (no sólo con las plazas que servían de desembocadura a las flotas sino con las regiones marginales tradicionalmente mal abastecidas) y ofreciendo nuevas oportunidades a las empresas mercantiles de otras regiones metropolitanas apartadas del comercio directo en virtud de las exigencias del sistema de flotas y galeones. El caso de Cataluña, cuya marina mercante pudo volver a las aguas atlánticas casi dos siglos después de una renuncia impuesta por una práctica

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desfavorable para sus intereses, ilustra a la perfección esta influencia decisiva de un cambio en el sistema de navegación sobre la transformación del sistema comercial. Los registros sueltos de 1739 (que además se autorizaban utilizando la vía reservada de Indias al margen de la Casa de la Contratación) significaron el reverso y el fin del sistema implantado por el Proyecto de Flotas y Galeones de 1564 y abrieron así una nueva época en la Carrera de Indias. El final de la guerra con Inglaterra planteó la alternativa de mantener el sistema de registros sueltos o volver a la situación anterior. La exigencia de los Consulados de Cádiz, México y Lima, principales interesados en retornar al régimen primitivo, permitieron al conservador Julián de Arriaga (que había sustituido al marqués de la Ensenada en la secretaría de Marina e Indias) proceder al restablecimiento de las flotas destinadas a Veracruz en 1754 (por real orden de 11 de octubre), pero por el contrario los restantes destinos fueron atendidos ya por los registros sueltos que tan buenos resultados habían proporcionado, de tal modo que, pese a la concesión a los flotistas mexicanos y a sus aliados gaditanos, el tráfico al margen de las flotas vino a representar, entre 1754 y 1778, el 87% del comercio total entre la metrópoli y sus colonias americanas. De este modo, la exigencia de una particular coyuntura cobraba carta de naturaleza en la Carrera de Indias y preparaba el camino para asumir otras innovaciones más radicales sugeridas por los ministros ilustrados de ideas más avanzadas.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. La primera medida descentralizadora fue de alcance limitado. Se trató de la designación de un segundo puerto como sede de un monopolio secundario, la creación de un servicio de Correos Marítimos en la ciudad de La Coruña, que en realidad vino a constituir un apoyo a la exportación ultramarina de todas las regiones litorales del Cantábrico. Durante sus años de funcionamiento normalizado, los destinos más frecuentados por sus barcos fueron los de Buenos Aires (que concentró el 61% de las expediciones) y el complejo de las Islas de Barlovento, Tierra Firme y Nueva España, que absorbieron el 39% restante. Instaurado en 1764, su vigencia fue también corta, puesto que el decreto de 1778 le asestó el golpe de gracia, perdiendo La Coruña (lo mismo que Cádiz, que de todas formas centralizó un poco más del 75% del tráfico ultramarino) su condición de puerto privilegiado frente a las restantes plazas peninsulares. Ahora bien, por muy limitadas que fueran las cuñas introducidas en el sistema monopolístico gaditano por las compañías privilegiadas y por los correos marítimos, su importancia radica en la experimentación práctica del principio de liberalización comercial con la participación de otros puertos en el registro de los cargamentos destinados a América. Al año siguiente se entraba ya en una etapa diferente, que sin contrariar frontalmente la hegemonía de Cádiz significaba el abandono del sistema de puerto único y su sustitución por un sistema de contactos multitalerales entre diversos puertos metropolitanos y diversos puertos americanos, que de hecho dejaba expedito el camino para la instauración del Libre Comercio.

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El primer paso en esta vía, que tuvo todavía un alcance reducido, fue la promulgación del llamado Decreto de Comercio Libre de Barlovento (1765). Consistió en la autorización del tráfico directo a nueve puertos peninsulares (Barcelona, Alicante, Cartagena, Málaga, Cádiz, Sevilla, Gijón, Santander y La Coruña) con diversas islas antillanas (Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Margarita y Trinidad), a las que se sumaron, en ampliaciones sucesivas, otras diversas áreas, como fueron Luisiana (1768), Campeche y Yucatán (1770), Canarias (1772) y Santa Marta y Riohacha (1776). Aunque se trataba en general de áreas secundarias e incluso deprimidas, fueron muy numerosos los barcos que utilizaron los registros de Barlovento. Además, hay que decir que los efectos se vieron ampliados por la disposición que permitía la visita de diversos puertos caribeños en el transcurso de la misma expedición, lo cual facilitaba el comercio intercolonial, que también se estaba liberalizando paralelamente por las mismas fechas. En cualquier caso, la consecuencia más importante fue crear la conciencia entre las autoridades y los implicados del progresivo estado de disolución del monopolio gaditano, del abigarramiento producido por la coexistencia de los regímenes diferentes de flotas, registros sueltos, compañías privilegiadas y correos marítimos y, en resumidas cuentas, de la necesidad de una profunda transformación y simplificación del tráfico colonial, de una reforma completa de la Carrera de Indias. El Decreto de Libre Comercio de 2 de febrero de 1778, que incorporaba al ámbito liberalizado las regiones de Perú, Chile

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. y Río de la Plata, apenas si tuvo trascendencia en razón de su breve periodo de funcionamiento, pues a los pocos meses dejaba paso al más completo Decreto de Libre Comercio de 12 de octubre de 1778, que establecía el tráfico directo entre trece puertos españoles (los nueve ya citados, más los de Palma de Mallorca, Los Alfaques de Tortosa, Almería y Santa Cruz de Tenerife, a los que se sumarían algunos otros a lo largo del periodo de vigencia del sistema) con numerosos puertos de toda América (los nueve puertos mayores de La Habana, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso, Concepción, Arica, El Callao y Guayaquil, más los trece puertos menores de Puerto Rico, Santo Domingo, Monte Christi en La Española, Santiago de Cuba, Trinidad, Margarita, Campeche, Santo Tomás de Castilla, Omoa, Riohacha, Portobelo, Chagres y Santa Marta), con la excepción de las áreas de Nueva España y Venezuela, que no se incorporarían a la nueva situación hasta 1789. Entre las novedades más importantes introducidas destacaba un sistema arancelario menos gravoso y más flexible con una discriminación proteccionista en favor de los productos nacionales, una serie de medidas en favor de la nacionalización del transporte (barcos exclusivamente de propiedad nacional y tarifas proteccionistas para los de fabricación española o hispanoamericana), lastradas bien es verdad por toda una serie de excepciones debidas a la insuficiencia del armamento nacional, y la creación de una serie de "consulados nuevos" para defender los intereses de todos los agentes implicados en el comercio colonial. El año de 1778 se convirtió en un año de transición, en un momento

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especial durante el cual convivieron registros realizados por todos los sistemas imaginables (1720, 1764, 1765, febrero de 1778, octubre de 1778), y finalmente en un gozne que abría la puerta a la expansión del sistema ya radicalmente nuevo del Libre Comercio por antonomasia. ¿Qué balance cabe hacer de la política reformista ilustrada en relación con la Carrera de Indias? Desgraciadamente no es posible dar una respuesta definitiva a todas las preguntas, especialmente porque carecemos de suficientes evidencias cuantificables homogéneas sobre el valor del comercio antes y después de 1717 y a lo largo de los períodos de 1717-1778 y 1779-1828 (más bien 1818, año en torno al cual se debe establecer, aunque sea con reservas, el principio de la concienciación de la situación crítica a que debía enfrentarse España en las colonias y año en que se abrió la posibilidad de realizar expediciones desde los puertos metropolitanos a los buques extranjeros, gravados con un recargo del 4% en la habilitación de registros en concepto de bandera extranjera). Además, se debe tener presente, a la hora de la valoración de la etapa del Libre Comercio, que los preliminares de la crisis colonial se han de fijar en 1808 (cuando los representantes americanos en las Cortes de Bayona formularon una serie de peticiones tendentes a poner fin al pacto colonial), que las Juntas Americanas entre 1810 y 1814 iniciaron con carácter soberano relaciones con Gran Bretaña y Estados Unidos y que, si bien el triunfo de los movimientos revolucionarios pioneros fue efímero y al finalizar la guerra de la Independencia en el territorio peninsular la metrópoli logró

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. restaurar el régimen colonial (salvo en gran parte del Río de la Plata y Venezuela), las bases para el restablecimiento de la soberanía eran tan frágiles que entre 1818 y 1821 se produjeron una serie de declaraciones independentistas en cadena, quedando la resistencia de los grupos realistas reducida a algunos enclaves aislados, que tan sólo se pudieron mantener hasta 1824 ó 1826, fecha en que el derrumbe del dominio colonial fue claro y manifiesto. En cualquier caso, si seguimos los datos disponibles sobre los caudales procedentes de las colonias, el número de expediciones a América, la naturaleza de los géneros exportados y la participación regional, se puede obtener una idea aproximada de los efectos de las medidas del reformismo borbónico. En efecto, una magnitud significativa es el valor de los caudales recibidos de América, especialmente los que vienen por cuenta de particulares y que pueden por tanto suponerse en líneas generales equivalentes al producto de la venta de las mercancías exportadas. La posibilidad de contrastar las cifras correspondientes a tres momentos diferentes (1717-1738, 1747-1778 y 1782-1796), permite comprobar la evolución interna seguida durante los períodos aquí analizados. Mientras la primera etapa arroja un total de casi 131 millones de pesos, la segunda alcanza los 401 millones, lo que significa (por encima de la desigual duración de ambas etapas) un aumento más que considerable de las remesas metálicas entre las fechas consideradas, que se incrementan durante la primera etapa del Libre Comercio hasta alcanzar

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448 millones (sólo para Cádiz y Barcelona en una época jalonada de conflictos bélicos) De este modo, sin pretender deducir más conclusiones de las permitidas, no cabe duda de la espectacular progresión de los indicadores disponibles, aunque no respondan exactamente a las preguntas formuladas. El comercio creció sin duda a lo largo del periodo del monopolio gaditano, si bien este crecimiento no debe imputarse exclusivamente a la bondad de la política reformista en el terreno específico del tráfico ultramarino, sino al desarrollo general de la economía española a todo lo largo del Setecientos. En cualquier caso, el sistema de Libre Comercio representó un nuevo paso adelante en el crecimiento del comercio colonial, ya que, si volvemos a emplear los mismos indicadores (partiendo de la base de las 930 expediciones efectuadas en los últimos cincuenta años del monopolio sevillano), obtenemos los siguientes resultados: 1.188 expediciones (o viajes de ida), en los sesenta y dos años de vigencia del monopolio gaditano, frente a 3.949 expediciones durante los cuarenta años del libre comercio, acerca de los cuales existen cifras procedentes del cómputo de las fuentes oficiales (aunque se debe tener en cuenta que los buques empleados en la Carrera durante esta última etapa eran de menor tonelaje). El proyecto de dinamización del ritmo del tráfico se cumplió incluso más allá del desideratum expresado por Campomanes de tener cuarenta buques navegando anualmente en viaje redondo, ya que de 19 unidades anuales de media durante el monopolio gaditano se pasa a 87 expediciones de media

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. durante el período de libertad comercial. Ahora bien, incluso si consideramos que el número de expediciones en la ruta atlántica puede tener un correlato adecuado en las cifras de las exportaciones a América, faltarían otras variables para juzgar del éxito o el fracaso de la política borbónica. En efecto, tan interesante como el crecimiento general del tráfico resulta el grado de nacionalización obtenido a partir de la incorporación de las distintas regiones al comercio de exportación. En este sentido, los escasos datos disponibles para el período del monopolio gaditano no predisponen al optimismo, ya que durante dicho espacio la producción española podría haber representado tan sólo un 16% del valor total de las exportaciones, calculado a partir de la manipulación de los registros de la flota de 1757 y su extrapolación al conjunto de los años 1717-1778. Aunque carecemos de cifras para comprobar un posible progreso a lo largo de dicha etapa, en cualquier caso también aquí el Libre Comercio se reveló como el verdadero sistema rupturista, ya que la cifra del 52% para la exportación española en relación al total durante el periodo 1782-1796 permite constatar cómo, quizás por primera vez en la historia de la Carrera de Indias, las reexportaciones extranjeras se ven superadas por los géneros de la producción nacional. Tendencia que se mantiene e incluso se acentúa si llegamos hasta 1818 (62%), y hasta 1828, según los primeros datos de una investigación aún en curso.

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Si la producción nacional se va haciendo poco a poco su hueco en las bodegas de los buques de la Carrera, éstos también se incorporan a un proceso de nacionalización en su fábrica (114.600 toneladas de construcción española frente a las 38.000 toneladas del monopolio gaditano) Ahora bien, no todo el litoral contribuyó en igual medida al progreso de la construcción naval. La construcción nacional se distribuyó de forma desigual por la geografía tanto española como americana, siendo Cataluña y Vascongadas las que más toneladas aportaron y Andalucía la que incluyó mayor número de bastimentos en la composición de la flota del Libre Comercio, lo cual no fue óbice para que los astilleros de Valencia y Baleares mostraran su vitalidad constructiva como beneficiarias de los cambios producidos en el tonelaje de los barcos a partir del cambio en el sistema de navegación y de las repetidas crisis bélicas que incidieron en el tráfico ultramarino (barcos de escaso porte por conveniencias de seguridad y división de riesgos). Por otra parte, la misma disparidad en la participación regional mostrada por las distintas áreas metropolitanas es exportable a los diferentes ámbitos hispanoamericanos involucrados en la construcción naval con representación en la Carrera, pudiéndose detectar un ritmo de crecimiento, siempre en progresión, a medida que se va consolidando el Libre Comercio y las distintas áreas americanas van progresando al beneficiarse de los efectos positivos de la libre circulación entre los puertos habilitados.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Continuando con el sector naval, los otros dos indicadores que sirven para mostrar el posible éxito de las medidas reformistas son el fomento del número de bastimentos mercantes para el mantenimiento de unas líneas regulares con las colonias ultramarinas y la modernización de los tipos de buques para adecuarse a las necesidades de mayor velocidad de rotación y de crucero. En ambos aspectos se puede convenir que se logró una mejora notable. En primer lugar, la flota mercante se incrementó con respecto al monopolio gaditano, de modo que de 598 barcos se pasó a 1.720 unidades, teniendo en cuenta que a esta cifra se han de añadir las embarcaciones del Libre Comercio que zarparon de los otros puertos habilitados al margen del tráfico gaditano. En segundo lugar, al tiempo que la velocidad de rotación se incrementó (son numerosos los barcos que habilitan en Cádiz dos veces en el mismo año), la velocidad de crucero se vio potenciada por la reducción del porte de los buques (el 62,75% de las expediciones se hicieron en buques de porte inferior a las 200 toneladas, mientras que en el monopolio gaditano sólo se realizaron el 32%, predominando las efectuadas en barcos de mayor tonelaje) y la modernización de sus perfiles y arboladuras. Los navíos, paquebotes, saetías y urcas del monopolio fueron desplazados por fragatas, bergantines, polacras y goletas, mientras se incorporan toda una serie de tipos de tradición mediterránea de velas latinas (jabeques, jabeques-místicos, jabeques-polacra), que progresivamente se van adecuando a las necesidades atlánticas a través de la adopción de aparejos mixtos, idóneos para barloventear ciñendo el viento de bolina. Y los cascos no

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sólo se estilizan por el procedimiento de de alargar la quilla con relación a la manga, sino que también comienzan a recubrirse con forros de cobre, contribuyendo a aumentar la velocidad, la maniobrabilidad y a disminuir los costos de estadía para las reparaciones inherentes a los forros de madera agredidos por la broma en las cálidas aguas de la costa americana. Resumiendo, la progresiva incorporación regional se vio favorecida desde el primer momento por la política reformista, tanto por la promoción de las compañías privilegiadas, como por la implantación de los registros sueltos o por la progresiva quiebra del sistema de puerto único permitiendo al menos la "multiplicación del monopolio". La reserva de espacios exclusivos en América para sociedades de base provincial, la posibilidad de navegar en barcos de modesto porte al margen del control de las flotas por parte de la oligarquía de los cargadores gaditanos y la utilización de los puertos más cercanos para el embarque de los géneros dejando para realizar en Cádiz tan sólo el trámite del registro de los cargamentos, fueron otras tantas bazas en el activo de las burguesías locales de las diversas regiones, incluso antes de la promulgación del Decreto de Libre Comercio de 1778. También en este terreno puede decirse que el reformismo cosechó indudables éxitos, aunque con una indudable diferenciación regional . Así, la respuesta regional fue inexistente en los casos de los puertos de los Alfaques de Tortosa, Cartagena, Almeria y

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Sevilla y extremadamente tímida en Alicante, Palma de Mallorca, Gijón y Santa Cruz de Tenerife. En mayor medida comparecieron las plazas de Santander, La Coruña y Málaga, mientras Cádiz retenía la mayor parte del tráfico por su ventaja inercial y Barcelona se revelaba como la gran beneficiaria del sistema gracias al proceso de crecimiento económico protagonizado por Cataluña a lo largo del Setecientos. En suma, el reformismo borbónico no supuso una alteración de las bases mercantilistas que fundamentaron el funcionamiento de la Carrera de Indias desde sus primeros momentos. En este sentido, la política llevada a cabo por los Borbones se mantuvo dentro de la lógica del absolutismo ilustrado, que buscaba en todos los campos soluciones para el apuntalamiento del Antiguo Régimen, nunca para su subversión. Ahora bien, dicho esto, la Carrera de Indias se benefició de la aplicación de principios de racionalización para conseguir un mejor rendimiento que se reflejase en el crecimiento del tráfico y en la nacionalización de las exportaciones. En este contexto, los métodos aplicados fueron cada vez más avanzados, en una secuencia que va desde la mera reordenación de comienzos de siglo hasta la adopción de medidas tendentes a erosionar la doctrina del puerto único y la amplia liberalización posterior a 1778.

impelidos por la cruda realidad se autorizó, por real decreto de 9 de febrero de 1824, el comercio directo con los extranjeros en los dominios de América, gravado con un recargo del 6% de habilitación por derecho de extranjería, para dificultar que los foráneos pudiesen participar de los beneficios reservados a los naturales. La modernización del sistema debía ser justamente la garantía de la perpetuación del propio sistema, por lo que la administración se mostró renuente a publicar el decreto de 21 de febrero de 1828, acta de defunción del Libre Comercio y, en definitiva, de la Carrera de Indias. Sin embargo, del mismo modo que la mayor racionalidad y eficacia del Despotismo Ilustrado permitió a la larga la aparición de una ideología independentista y la efectiva emancipación de América, el mejor funcionamiento de la Carrera de Indias contribuyó a la denuncia de los principios del pacto colonial favorable a la metrópoli en que tenía su fundamento. La independencia de América acabó con el sistema de intercambios establecido a raíz del descubrimiento justamente cuando el reformismo borbónico estaba empezando a producir sus mejores frutos en el sector del comercio ultramarino.

Naturalmente, nada en esta política lesionaba el dogma del control estatal y la reserva del espacio americano a los súbditos de la Monarquía Hispánica, incluso cuando

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Sociedad El arzobispo Arcas ordenó repartir sus rentas entre conventos, hospitales y pobres para conmemorar las victorias de Felipe V en Italia. Don Felipe Gil de Taboada (1.719-1.722) metió en la cárcel arzobispal a varios sacerdotes que se amotinaron para pedir mejor trato ( junio 1.721). Don Luis Salcedo y Azcona (1.722-1.741). Don Luis de Borbón (1.742-1.754) hijo de Isabel de Farnesio, tomó posesión a los 14 años por dispensa papal, de modo que la diócesis fue administrada de hecho por el arcediano Marqués de Campoverde, hasta que en 1.749 fuera sustituido por Francisco Solís Folch de Cardona, hijo del marqués de Montellano, que volvió luego a Sevilla como propietario de la mitra (1.755-1.775) falleciendo en Roma durante un cónclave.

Fachada y patio de la Real Audiencia.

De los 15.000 extranjeros a principios de siglo pasamos a 4.000 en 1.746 dedicados a oficios menospreciados como peluqueros, cocineros, carboneros, carniceros y taberneros; los flamencos y británicos se marchan a Cádiz. Los abogados sevillanos que se regían tradicionalmente por las ordenanzas de la Real Audiencia (1.603), deciden en 1.703 incorporarse al colegio de Madrid para sustanciar los pleitos en la capital, por más que ellos no se constituyan en colegio sino en 1.732 muy vinculado a los padres mercedarios en cuya casa grande, donde se rendía culto al Señor de la Pasión, celebran sus funciones religiosas hasta que en 1.768 fueran trasladados a la iglesia de los clérigos menores en la c/ Borceguinería.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. En 1.708 a la malísima cosecha se unió una plaga de langostas y miles de hambrientos se congregaron en las gradas, igual que en 1.717, y en 1.734 en que el Arzobispo puso remedio al entregar 20.000 fanegas de trigo. En la hambruna de 1.750 los pobres mendigaban de dos en dos vestidos de paño oscuro con un corazón rojo en el pecho. En el XVIII se recogieron en la Casa Cuna 28.000 expósitos con un promedio anual de 282, o sea más del 10% de los nacidos, de los que a los pocos meses sólo sobrevivían un 20 % amamantados por las amas de la institución que llegaron a ser 374 en 1.750. Los gitanos, que comenzaban a formar su cante, eran tratantes, esquiladores, herreros y oficiales de matadero. La R.O. de 1.745 les obliga a residir en ciertos pueblos, y la de 1.749 ordena la prisión, el embargo y la expulsión de la ciudad, aunque los que acreditaron buena conducta regresaron y fueron recluidos bajo vigilancia en el Corral del Agua (San Bartolomé). Luego, para integrarse, compraron las tallas de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias a las que dieron culto en el convento del Pópulo saliendo por primera vez de procesión en la Semana Santa de 1.758.

la Cruz (fallecido en 1.775 a los 115 años) fundó en San Roque la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores que hizo su última estación en 1.786 pues a fines de siglo sólo quedaba una docena de negros. De los 2.384 servidores "de librea" sobresalen los asturianos que también eran aguadores, costaleros, y mozos de cordel, con hermandad propia en el Patio de los Naranjos donde daban culto a Nuestra Señora de la Granada.

Carro de la máscara de 1.746 en homenaje a Felipe V y Doña Bárbara de Braganza por Domingo Martínez. Al fondo balcones del Ayuntamiento engalanados.

Los criados domésticos negros y mulatos eran ya más numerosos en Cádiz y Málaga que en Sevilla. Fue famosa la criada negra de la Condesa de Santa Gadea que fallecida en 1.735 fue sepultada en el panteón real. El negro Salvador de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. El correccional de los "Niños Toribios" fundado por Toribio de Velasco, se inició en modesta casa de la c/ Peral aunque luego el Ayuntamiento le ceda la Inquisición vieja, y después de 1.767 se trasladan al antiguo Hospital de Indias anejo al Colegio de San Hermenegildo. Se concibió para alternar la escuela de sastrería, zapatería, carpintería etc., con el rosario, misa y media hora de oración mental diaria, y disciplinarse en comunidad tres veces a la semana. Fallecido Toribio en 1.730, se fue convirtiendo en correccional donde por una módica pensión se admitía a los niños incorregibles. Después de la guerra napoleónica hubo que instalar un reñidero de gallos para poder sobrevivir, y en 1.830 sirvió de prisión a varios religiosos. La guerra de principios de siglo desnuda a la juventud del traje de golilla (adorno que circunda el cuello) mientras que por el contrario en 1.713 comienza a ser usado por los subalternos de la Audiencia con manteo (< manteau: capa larga con cuello sobre la sotana), puños blancos y peluca a la francesa que se dejó de usar cuando así lo hizo Jovellanos. La pragmática de 1.723 sobre el lujo obligó a Cabildo y Audiencia a vestir de negro en una medida que sólo se atempera con la llegada de las flotas en especial la de 1.758 en que aparecen las prendas recamadas en oro y plata. Hacia 1.725 se impuso la sustitución de la gineta (estribos cortos) por la brida (freno, riendas y correaje de cabeza) más conforme al traje corto que se empezó a usar. El 28 de noviembre de 1.700 el Cabildo acepta a Felipe de

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Anjou y manda a Madrid para rendirle pleitesía al diputado Miguel de Jáuregui, Marqués de Gandul, mientras que el Cabildo eclesiástico comisiona al canónigo Lorenzo Folch Cardona. Una "Relación de los servicios de Sevilla a Felipe V" explica que con medio millón de escudos se crearon cuatro regimientos de infantería y uno de caballería además de improvisarse una fábrica de pólvora en las afueras. En 1.707 fue motivo de fiestas que la reina se quedase preñada, la victoria de Almansa, y el nacimiento del infante Luis Fernando anunciado con repiques según reseña la Gaceta de Sevilla de ese año. Para conmemorar las victorias de Brihuega y Villaviciosa se saca a la Inmaculada conocida por el pueblo como "la cieguecita". Cuando en 1.724 María Luisa Gabriela Manuel subió al trono por renuncia de su padre, el Asistente Conde de la Jarosa arrojó al pueblo medallas de plata con la efigie del joven Luis I que reinó 9 meses. Las leyes prohibían el uso de armas cortas de fuego y el traje de golilla indispensable para justas, juegos de toros y cañas etc, de modo que se iba perdiendo el gusto por las armas y la cría de caballos. Para evitarlo el gobierno crea en 1.725 la Junta de Caballería del Reino y autoriza la reconstitución de la Real Maestranza de Sevilla (también de Ronda, Granada y Valencia) formada por 36 caballeros nobles que obtuvieron en 1.730 el privilegio de usar pistolas de arzón y uniformes de grana. Esta hermandad construyó una plaza cuadrángular de madera apoyada en uno de los muros del convento del Pópulo junto

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. al río donde se venían celebrando las corridas desde principios del XVIII. Sirvió hasta 1.733 en que se levanta una redonda de madera junto al Baratillo (el primer ruedo del país) aunque Felipe V dio privilegio para construir otra de material, La R.O. de 10 de mayo de 1.754 prohíbe la fiesta y durante los 5 años que duró se pudrieron las maderas. La reconstrucción se produce desde 1.759 de material el exterior y la tercera parte de las gradas para lo que hizo falta arrojar los escombros del vertedero al río. En la fiesta de dos días en mañana y tarde se lidiaban unos 40 ó 50 toros. Eran días festivos en que la afición, que iba prefiriendo el toreo a pie al tradicional rejoneo de los caballeros, se arremolinaba toda la noche anterior en las calles próximas pues el encierro matutino era gratuito. Destacaban el negro José Cándido (de Chiclana), Juan Romero (de Ronda), y el ídolo Juan Miguel de San Bernardo donde había una escuela de tauromaquia en el Matadero apodada El Colegio donde practicaban los maletillas. En el Corpus se colocan toldos o velas en Gradas, plaza de San Francisco, Salvador, Almirantazgo y Placentines, se hace la tarasca (sierpe monstruosa), y desfilan los gigantones, y los danzantes que solían ser valencianos que venían todos los años por 300 reales hasta que la prohibición de los autos en 1.765 acabó con ellos. Cuando el Asistente Carlos de Herrera concluyó el Coliseo en 1.675 coincidieron malas cosechas y epidemias que justificaron la intervención del Arzobispo Spínola, del jesuita

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Padre Tirso González, y de Miguel de Mañara que consiguen la prohibición de comedias en Sevilla en 1.679 convirtiendo el teatro de la Montería en viviendas para subalternos del Alcázar y caballerizas del Asistente. En 1.692 se permitió representar allí volatines y juegos de manos pero un fuego con consecuencias desgraciadas obligó al Asistente a prohibir todas las representaciones que pasaron a casas de vecinos. Durante la primera mitad del XVIII Sevilla se resigna a representaciones de titiriteros, teatros mecánicos de muñecos etc, en barracas de lienzo o madera por temporadas, y en casas ruinosas de la calle de las monjas de Gracia, o en unos almacenes de Triana frente a la Torre del Oro. La prohibición es reiterada por Felipe V para Sevilla en 1.731, y luego en 1.749 y en 1.755 aunque no parece que las compañías italianas la cumplan.

Plaza de toros de la Maestranza por Domínguez Bécquer

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. De 1700 a 1766 Para reorganizar la administración española según el modelo francés crea José Patiño, Secretario de Hacienda y Marina, en julio de 1.718 el cargo de Intendente de Provincias y Ejércitos pero ante la general oposición sus funciones quedan delimitadas a la Intendencia de Guerra. Al ser Sevilla ciudad realenga tenía Asistente que a lo largo del XVIII amplía sus facultades con la Superintendencia General de Rentas del Reino de Sevilla y la Intendencia General del Ejército. Entre 1.732-1.738 el Asistente será Rodrigo Caballero sucedido por Ginés de Hermosa y Espejo (marzo 1.738-julio 1.752) que restableció el orden en tabernas y casas de juego, y mejoró la administración de los pósitos (reservas de grano) con un sistema que estaría vigente hasta fines de siglo. Fernando de Valdés Quirós (1 de julio 1.7521.757) atendió los daños del terremoto del 1 de noviembre de 1.755 que arruinó 300 casas e hizo tañer las campanas de La Giralda por más que los daños no fueran comparables con los 600 pescadores ahogados que faenaban en Huelva. A pesar de los 8 ó 10 minutos que duró no causó demasiadas desgracias lo que se conmemora con el monumento del Triunfo en la plaza homónima. El Alguacil Mayor desempeñado tradicionalmente por la Casa de Medinaceli había perdido sus responsabilidades desde los Reyes Católicos que las atribuyeron al Asistente cuyos Tenientes presidían el Cabildo, firmaban las actas y su voto equivalía a una tercera parte de los de todos los demás capitulares.

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En el XVIII el Alguacil Mayor será un cargo honorífico pues sus funciones derivaron por el uso al Procurador Mayor de la ciudad al que correspondía el gobierno y orden en el Ayuntamiento ya que decidía en cuestiones graves y urgentes sin intervención del Cabildo; este cargo estuvo vinculado a perpetuidad a Gerónimo Ortiz de Sandoval, Conde de Mejorada, con el mismo nombre y apellido durante todo el siglo. El Alférez Mayor es un cargo venal encargado de portar el pendón y custodiar las llaves, ocupado desde 1.738 por Juan Ignacio del Río Estrada y Olloquí. El Teniente Alcalde de los Reales Alcázares es desde 1.738 Jacinto Márquez. En la Real Audiencia de Grados de la plaza de San Francisco son regentes: Pedro de Ursúa y Arismendi (1.698-1.706), Tomás Percero de Ulloa (1.706-1.709), Antonio Valcárcel (1.709), Antonio de Alcázar (1.713) con el que todos los ministros de la Audiencia vestirán golilla, Manuel de Torres (1.713-1.732), Joaquín Antonio de Bazán Marqués de San Gil (1.733), Jacinto Márquez (1.736) que murió aquí ejerciendo en 1.753, Francisco Fernández (1.753), Luis de Cárdenas y Montalvo (1.754), y Domingo Cerezo Nieva (1.755-1.770). En 1.717 se suprimen todos los "puertos mojados y secos" o fronteras interiores pero la reacción de Navarra y el País Vasco obligó a reponerlas allí en 1.722. Aparte el almojarifazgo mayor o aranceles aduaneros que iban a parar a la Real Hacienda, el Ayuntamiento se nutría de las rentas de Propios, de las rentas o impuestos sobre el comercio, y de los

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. arbitrios que eran gravámenes excepcionales que se seguían percibiendo por uso inveterado. Si en esta época el espíritu contrarreformista del XVII sevillano había sido de manera significativa en la construcción de una importante arquitectura religiosa principalmente de conventos que ocupaban en muchos casos manzanas enteras el XVIII lo fue de Iglesias. El clero sevillano poseía casi el 97% de las propiedades residenciales en la ciudad principalmente por razones económicas que hacían subsistir del diezmo en materias primas de sus grandes latifundios por otra del carácter económico de la ciudad que lo hacia de sus explotaciones agrarias. Los hacendados en períodos de incertidumbre no podían mantener sus propiedades y la iglesia parecía no verse afectada por esos rebotes de crisis dado su carácter en especie del que nutrían sus arcas. En los siglos XVII y XVIII Sevilla cae en una profunda decadencia económica y urbana. Se sospecha que en la gran epidemia de peste de 1649 murieron aproximadamente 60.000 personas, el 46% de la población existente, pasando Sevilla de 130.000 a 70.000 habitantes. La población de 65.000 habitantes en 1.650 asciende a 85.000 en 1.705 aunque la guerra y la epidemia de 1.719, que mató a 13.000, la reduce a 65.000 que se mantiene hasta 1.750. También transforma a Sevilla en una ciudad-convento. En 1671 existían 45 monasterios de frailes y 28 conventos

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femeninos. Todas las órdenes importantes, franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas, se instalaron en ella. El arte barroco, a menudo religioso, florece en pintura con nombres como Valdés Leal, Murillo y Zurbarán y en escultura con Martínez Montañés y Juan de Mesa. De esta época datan un gran número de iglesias y retablos así como muchas de las imágenes, pasos y costumbres de la Semana Santa sevillana. Sevilla es una ciudad amurallada y lo será hasta bien entrado el XIX. Cada invierno su cauce se desborda adoptando medidas de dudosa eficacia en su prevención como era el atracancamiento de las puertas de la muralla. De ello la importancia como muro defensivo de las riadas que otorgaban los gobernantes de la época. En la "Representación, manifiestos, exclamaciones y suspiros que hacen y dan los 17 gremios de mercaderes unidos" publicada en 1.701 pero redactada en 1.695, se dice exageradamente que de los 16.000 telares de seda, quedan en uso unos 200, y de los mercaderes de paños sólo quedan 3 ancianos. Los mercaderes que habían sido proveedores de materias e intermediarios de los artesanos, prefieren ahora importar géneros de Milán o Lyon dejando en paro a muchos de los 3.000 telares "de lo estrecho" (listonería y pasamanería). De fines del XVII nos quedan las colgaduras de las columnas de la catedral, donativo del comercio en acción de gracias por el salvamento de la flota acechada por los franceses.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. En 1.593 se prohíbe que los barcos construidos en Sevilla y su costa participen en la Carrera por la mala calidad de la madera que sólo servía para hacer barquitos de pesca, chalupas, gabarras que en un par de días traían la plata de la bahía, y los veloces "avisos" de 50 toneladas capaces de cruzar el Atlántico. La falta de calado impedía botar en los astilleros de Triana buques de más de 500 toneladas, y además había que importar de lejos cordaje, velamen y muchas otras piezas. En la segunda mitad del siglo el escaso tráfico llevó a la falta de barcos y a un olvido del arte de navegar pues apenas saben guiarse por las estrellas y abundan las pérdidas por la impericia de los pilotos.

El motrileño Martínez de la Mata "duro, bronco y sin letras", tercer seglar de San Francisco y procurador de galeotes, convocó a los gremios para dar respuesta a los géneros extranjeros que habían arruinado la producción propia, muy visible en el contraste entre la opulencia de las familias de estirpe extranjera frente a la miseria del pueblo sevillano en los años 50. En 1.679 el gobierno da un giro a su política económica según el rumbo marcado por el mercantilista ministro francés Colbert en el que la recuperación industrial es el primer objetivo. El gobierno promete apoyo legislativo, exención de la reglamentación gremial, desgravación tributaria, y permiso para traer oficiales extranjeros

Las fábricas de pólvora estaban en Los Remedios para aminorar los efectos de las explosiones accidentales como la de 1.613 que dañó las vidrieras de la catedral. Hacia 1.622 los molinos de Cuartos suministraban la pólvora a los galeones, pero a fines de siglo no queda ninguno. La fábrica de Artillería fundada a mediados del XVI por Juan Morel, fue vendida por sus descendientes a la familia flamenca o alemana Vanvel o Bambel que siguió a su frente después de vendérsela al Estado en 1.634; luego tomaron la contrata Francisco Ballesteros, Juan Sniders de Salazar, y Enrique Havet, hasta que en 1.717 pasó a la directa administración estatal: Sus cañones de bronce eran de mediana calidad pues el cobre venezolano no es el húngaro. La primera y única fábrica de tabacos de España estuvo en la morería, cerca de San Pedro, donde trabajaban 400 personas y 100 caballerías.

que enseñen las nuevas técnicas. Sin embargo en 1.680-84 las malas cosechas, los desastres naturales y la devaluación sumergen en el marasmo a la capital pese a que en 1.687 se constituya una Junta de Comercio presidida por el Asistente Conde de Montellano, y pese a seguir siendo en 1.700 la segunda ciudad de España. En 1717 la nueva administración borbónica ordenó el traslado de la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, puerto mejor adaptado al comercio transatlántico. Sevilla pierde así una gran parte de su importancia económica y política. El terremoto de Lisboa de 1755 también se sintió en los inmuebles de la ciudad afectando incluso a la Giralda y llegando a causar 9 víctimas. Las primeras referencias del consumo de tabaco en España se

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. atestiguan en Sevilla. También la primera fábrica de tabacos del país se asienta en esta ciudad. Se trata de la Real Fábrica de Tabacos, cuya construcción se inicia en 1728 y que es uno de los primeros grandes proyectos de edificio industrial en la Europa moderna. En 1729 la corte de Felipe V se traslada a Sevilla. La ciudad lo recibe en plena crisis económica, como consecuencia de las fugas de capital tras la perdida de monopolio con América y la inmovilidad de los bienes eclesiásticos y nobiliarios. El jesuita Antonio de Solís describe en su "Olimpiada" (Sevilla, 1.747) la llegada de los reyes que procedían de Badajoz de los esponsales del Príncipe de Asturias con Bárbara de Braganza, y del Príncipe de Brasil con Mariana Victoria de España. El 3 de febrero de 1.729 cruzan el puente de barcas los 85 coches, 350 calesas, 3 berlinas, 750 caballos, 3.121 acémilas y otros 88 carros y galeras con 636 criados que son recibidos con 18 cañonazos desde los altos del Baratillo, seguidos de otros de los barcos anclados y el repique de campanas durante tres horas. El Arzobispo Luis de Salcedo y Azcona salió a encontrarse con el rey en Santa Olalla, el Asistente Conde de Ripalda en Castilblanco, y el Ayuntamiento en Santiponce. Este desembolsó 150.000 escudos para agasajos y obligó a los pudientes a dar comida y alojamiento a embajadores, nobles y militares. La tropa se instala del siguiente modo: la guardia flamenca en la posada de San Pablo, la italiana en la de la Reina, la walona en el Corral de Pineda, la infantería en el Hospital de la Sangre, y los alabarderos en una casa alquilada cerca del Alcázar; la

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guardia de corps se instala en un cuartel de nueva planta en los Humeros, sobre el solar de las "cureñas" (putas) lo que hiere su orgullo pues se creen con derecho a casas particulares, e incendian el cuartel.

Plano de Collantes de Terán sobre inventario de propiedades de la iglesia.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Desde entonces el rey ordena que excepto los ministros de obligado servicio, todos los que viajasen por gusto pagasen por el alojamiento. Felipe V salía por las tardes del Alcázar a visitar monumentos, a dar batidas de lobos en La Corchuela, o a pasear en góndola de 20 remeros estofada por fuera y con terciopelo carmesí por dentro que le regaló el Ayuntamiento. En 1.729 se trasladó públicamente el cuerpo de San Fernando en la Capilla Real a la nueva urna de plata del platero Juan Laureano. Veraneó en el Puerto de Santa María y regresó la Corte a Sevilla el 27 de septiembre para que naciera el 17 de noviembre la infanta María Antonia Fernanda que se casaría en 1.750 con el Duque de Saboya. El Marqués de Branchas costeó banquetes, ópera, baile, castillos de fuegos y dos fuentes corrientes de vino en la plaza del Duque. En 1.730 veranean en la sierra de Cazorla hasta el 23 de agosto. En 1.731 muere el Asistente Conde de Ripalda, se firma el Tratado de Sevilla, se concluye San Luis de la Compañía de Jesús, y se marcha el 20 de octubre el infante Carlos (futuro Carlos III) a ocupar los ducados de Parma y Plasencia, y después el reino de las Dos Sicilias. La Corte parte de Sevilla el 16 de mayo de 1.733. Su hermano Fernando VI (1.746-1.759) disfrutó luego su luna de miel en el Alcázar. Aun cuando se vuelve a producir un resurgir económico en las artes y en la cultura el entorno urbano no podrá acometerse obras en la linea del Barroco Europeo, localizándose principalmente en la zona extramuros de la ciudad.

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Traslado del cuerpo de San Fernando a la urna de plata de la Capilla Real El problema principal radicaba en la ausencia de una política municipal auténticamente renovadora al modo europeo, ya que a principios del siglo el gobierno de la ciudad estaba en manos del estamento nobiliario que pretende perpetuar la situación de privilegio que heredaba de épocas anteriores mediante el apoyo de la alianza iglesia-estado. La población de 65.000 habitantes en 1.650 asciende a 85.000 en 1.705 aunque la guerra y la epidemia de 1.719, que mató a 13.000, la reduce a 65.000 que se mantiene hasta 1.750. La nobleza sevillana ha iniciado un periodo de deterioro económico que pone en peligro su identidad como casta. Para evitarlo trata de controlar el poder local, lo que se traduce en una política urbana conservadora que rechaza todo tipo de reformas que suponga un menoscabo de su patrimonio inmobiliario.. Como contrapartida, propondrá una serie de intervenciones de carácter emblemático que, además de ser

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. mucho mas económicas, supone el manifiesto publico de su adhesión a la nueva estética barroca. Me refiero a la proliferación de fachadas, torreones, miradores etc que introducidos de manera puntual en el entramado urbano, se erigirán en signos externos de un nuevo lenguaje. Sevilla seguía siendo una ciudad de palacios: en la plaza del Duque la mansión del Duque de Medina Sidonia; en la calle Dueñas el Duque de Alba había sucedido a los Pinedas; en la plaza de la Paja junto a Los Terceros vivía el Duque de Arcos; en la Casa de Pilatos el de Medinaceli y Alcalá; cerca del convento de San Antonio el Duque de Osuna; en la Borceguinería el de Veragua; frente a San Andrés los Duques de Alburquerque, y junto a Santa María la Blanca el de Sanlúcar Alguacil Mayor de la Santa Inquisición; los Marqueses de la Algaba en la plaza de la Feria, y los de Ayamonte en la de Regina; el Marqués de Paradas junto a San Juan de Dios; el de Torreblanca en la calle Santiago, y el de Moscoso en la calle del Corso; el de Montefuerte en la calle Palmas; el de Villafranca y Carrión en la calle Céspedes. El Conde de Águilas en la plaza de los Trapos, el Conde de Mejorada en la calle Real, el de Cantillana en la plaza de la universidad delante de la puerta de Jerez; el de Castellar en la calle homónima; el de Peñaflor en la plaza de Villasís; el de Monteagudo en la calle Sierpes; el de Benagiar en la calle Monsalves y el de Montelirio en la plazuela de su nombre. Además de los mayorazgos citados hay apellidos ilustres como los Tello en Sierpes, los Guzmán en la calle del Socorro, los Maestre en La Pajería, los Bucarelli en la calle

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de los Generales (calle Santa Clara), los Solís en el Duque, los Pumarejo (en su plaza), y los López Pintado en la calle Santiago. Los títulos de Castilla avecindados sumaban 40 marqueses y 14 condes en 1.770 pues los duques y grandes sólo tenían residencia esporádica en Sevilla. Muchos de ellos con títulos comprados por mercaderes extranjeros en tiempos de Carlos II y Felipe V: en total unas 200 familias muy otras de las que entraron con Fernando III. Las directrices europeas del barroco acerca de la nacionalización, ordenación y desahogo de la ciudad se vera plasmada en la creación de barrios periféricos, el derribo de construcciones prexistentes en un intento de generar ensanches interiores y la realización de espacios verdes para el disfrute de la población. En el sentido del jardín barroco francés donde la idea de l dominio de la razón sobre la naturaleza se ve plasmado en la Alameda de Hércules y la arboleda de la rivera del Guadalquivir. Hasta 1.731 La Alameda había sido un lugar maloliente pero con la corte aquí se limpiaron los canales que lo circundaban y se plantaron bancos y árboles para los conciertos vespertinos a que asistían los Infantes. En 1.764 el Asistente Larumbe instala 3 nuevas fuentes, otras 2 columnas a su término y siembra 1.600 álamos. Entre las 6 y las 8 y luego de 10 a medianoche concurrían en sus coches los caballeros con capa o uniforme y las damas con enaguas negras (basquiña o saya), mantilla negra de mañana y blanca por la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. tarde, y abanico esencial para comunicarse mediante signos. Junto al río se realizaban los saraos en el paseo de las Delicias que iba desde la puerta de la Barqueta, donde hay un plan enladrillado que llaman El Banquillo, hasta el Husillo Real. Desde San Laureano hasta la puerta de Triana y el almacén de maderas, estaba el paseo de El Malecón con cuatro hileras de álamos.

Fachada de la Universidad de Mareantes. Fachada churrigueresca diseñada por Leonardo de Figueroa muerto en 1.730 y concluida 4 años más tarde por su hijo Matías.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. El paseo de El Arenal sufrió modificaciones tras la inundación de 1.784 y llegaba hasta el Arquillo de la Plata y Arquillo de La Moneda junto a la Torre del Oro cuyo exterior se restauró en 1.760 porque la piedra estaba corroída y se le añadió el castillete de remate. La plaza de toros trazada por Vicente Martín (1.760) era de material en su fachada y en 1/3 del interior pues no se remató el trabajo hasta un siglo después. El paseo de la Bella Flor llegaba hasta la desembocadura del Tamarguillo, y desde allí una calle de álamos llegaba hasta la venta de Eritaña. Había vendedores de confites, helados y agua fresca en tenderetes, adornados con ramas de naranjos o limoneros, con cántaros de barro amarillento y pequeñas cañas adosadas a sus bocas para la entrada de aire y salida de agua según un dispositivo desconocido por los aguadores de Madrid. En 1.732 el asistente Manuel de Torres ordena que los vecinos coloquen faroles en las ventanas pues los farolillos de imágenes y retablos no evitaban los frecuentes crímenes y robos. El 27 de octubre de 1.760 el Asistente Larumbe establece que desde las 11 de la noche nadie salga a la calle sin luz. Desde 1.791 Sevilla cuenta con un servicio de alumbrado por obra del Asistente Avalos que colocó farolas por cuenta del ayuntamiento pero imponiendo una contribución al vecindario para mantener al cuerpo de mozos celadores del alumbrado. Los vecinos tenían la obligación de adecentar los

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proximidades de sus casas y de contribuir con un par de reales al año a la recogida de las basuras depositadas por cada familia en la puerta de la calle; esto se hacía cada mes mediante arrastre. En 1.758 el Asistente Marqués de Monterreal ordena que se barra una vez al mes toda la ciudad y en 1.767 comienza a regir el Reglamento General de limpieza de las calles por semanas exigiendo el pago a los propietarios de modo que al final de siglo el inglés Fisher alaba a la ciudad por su economía y limpieza. En 1.777 se establecen cinco sitios de vertederos de escombros: frente al hospital de la Caridad, junto a la venta de Eritaña, junto a la Cruz del Campo, delante del hospital de la Sangre, y junto a la huerta de La Torrecilla en Triana.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Hubo inundaciones en 1.708, 1.758, y la de fines de 1.783 y principios de 1.784 que se acercó a la de 1.626 pues el agua penetró en el recinto amurallado según describe poéticamente Cándido Mª trigueros en su poema heroico "La Riada". La de 1796 superó a todas las demás del siglo siendo conmemorada todavía por algunos azulejos que señalan la altura del agua. En el Alcázar se instaló el Colegio Mayor de Santa María de Jesús unido a la universidad y a la Casa de la Moneda, y allí tenían su sede el Asistente, el Regente del Alcázar, la Casa de la Contratación reparada en 1.756 y la Real Academia de Buenas Letras. Siguiendo por Génova veríamos la plaza de San Francisco desde 1.717 empedrada y con una fuente del cantero Juan de Iglesias (de Burgos) con un giraldillo de bronce como remate. En 1.720 se hizo lo mismo con la plaza de La Encarnación y su fuente. El terremoto de 1.755, conmemorado en el monumento del "Triunfo" (en plaza homónima), dejó ruinoso 1/6 parte del caserío de la ciudad (50 solares en la collación de San Vicente) que el Consejo de Castilla ordenó reedificar en el plazo de un año obligando a los propietarios. La Cárcel Real quedó ruinosa y se reparó ese mismo 1.755 y luego en 1.770, de modo que pudo prestar sus servicios hasta 1.887 en que fue vendida pasando la cárcel al exconvento del Pópulo. La cruz de la Cerrajería estaba en Sierpes (hoy en la plaza de Santa Cruz).

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La ruina de una parte importante del caserío de la ciudad tras el terremoto de Lisboa de 1755 obligó a proceder a un proceso de reconstrucción posterior, cuyo resultado se manifiesta al observar el alto porcentaje de la arquitectura doméstica objeto de protección que fue edificada durante esa centuria. Precisamente este proceso de obras que se lleva a cabo en Sevilla consolida un modelo de casa que sintetiza las aportaciones que la tradición y la historia han dejado sobre este género arquitectónico. Pero además, de manera dinámica, se producen una serie de cambios esenciales en la estructura del oficio de la arquitectura y en la responsabilidad sobre el diseño, relacionados con la política y el pensamiento ilustrados, que tienen sus consecuencias sobre los cambios reales en las plantas, espacios y alzados de las casas en Sevilla. El Asistente Ramón de Larrumbe (15 de noviembre de 1.760junio 1.767) gestionó la expulsión de los jesuitas, la restauración de los teatros y la introducción de la ópera.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. La Sevilla de Olavide 1767-1778

Casa Grande de San Francisco.

Pero, sin duda el personaje mas celebre de esa época y que de mas cambios nutrió a la sociedad y al urbanismo sevillano fue Pablo de Olavide intendente de los cuatro reinos de Andalucía (Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada) Olavide gozaría de autoridad sobre los intendentes locales, en asuntos militares y de guerra. Pero su cargo municipal le daba plenos poderes en todo lo tocante a Justicia, Política y Hacienda. Aparte de la jurisdicción absoluta que se le concedía en las Nuevas Poblaciones, quedaba encargado de liquidar los bienes de los jesuitas en su intendencia, aunque cada caso en particular estuviese al cargo de un "comisionado" para las Temporalidades. Queda comprobado, no obstante, por testimonios contemporáneos, que la eficacia de los intendentes estaba muy limitada por las autoridades locales, fuesen administrativas o judiciales. Pablo de Olavide y Jáuregui llega a Cádiz en junio de 1.752 procedente de Lima como Oidor de aquella Audiencia, en un cargo que obtuvo a los 20 años (1.745) de forma pintoresca. La nobleza local le abre las puertas de la corte donde se convierte en representante del pueblo con tanto acierto que Campomanes le sugiere a Carlos III que lo nombre asistente de Sevilla para dominar a su cabildo encaminándolo hacia la democracia corporativa y al liberalismo económico. Además se le nombra Intendente de Andalucía y Director de las Nuevas Poblaciones cuyos fueros redactó junto a Campomanes, y cuyos deslindes trazó camino de Sevilla el

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. 20 de agosto de 1.767; allí deja a su amigo el eficiente Manuel Gijón y León como Subdelegado para las Nuevas Poblaciones. Limita sus estancias en Sevilla pues visita brevemente las colonias en mayo y noviembre de 1.768 y abril de 1.769; luego se instala definitivamente en La Peñuela (luego llamada La Carolina) durante 5 años hasta 1.773 en que regresa a Sevilla para volver en 1.774 a Nuevas Poblaciones de donde es llamado a fines del 75 a Madrid para responder ante el Santo Oficio que lo condena a prisión. La 1ª y 2ª Tenencia de la Asistencia fue jurada el 5-XII-68 y el 22-XI-69 respectivamente por Juan Gutiérrez de Piñeres y Antonio Fernández de Calderón que con celo y fidelidad sirvieron a la causa ilustrada. El Asistente se estrena proponiendo al cabildo la prescripción del traje oscuro en las sesiones. Más tarde crea los alcaldes de barrio a imitación de lo hecho en Madrid en octubre de 1.768. Gestiona la R. C. de13 de agosto de 1.769 que ordena la división de Sevilla en 5 cuarteles (8 Madrid, 5 Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Valencia, y 4 en Palma) : uno para el arrabal de Triana y 4 a cargo de los 4 Alcaldes Mayores. Cada cuartel se subdivide en 8 barrios gobernados por uno de los vecinos honrados elegidos por los suyos con las mismas formalidades que las usadas para los Diputados o los Síndicos Personeros del Común. Cada alcalde dividirá su barrio en manzanas y matriculará a todos los vecinos del mismo (320 manzanas en total, 66 en Triana). Llevarán un bastón de vara y media con puño de marfil, y velarán por la limpieza, el alumbrado, fuentes etc, con facultad de prender a delincuentes y recoger mendigos y niños abandonados. Todas las casas, conventos e

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iglesias hubieron de ser numeradas con azulejos a costa de sus dueños. La jurisdicción de estos alcaldes de barrio será derogada por R. C. de 30 de diciembre de 1.800. En 1.776 una R.O. instituye un mando militar en Sevilla al mando de un Capitán General que se hace cargo del ejército y de las "sargentías" hasta entonces en manos del Intendente. El Asistente Francisco Antonio Domezain (1.776-1.782) cede a los Toribios el colegio de San Hermenegildo en cuya iglesia fue enterrado en 1.782. López de Lerena (1.782-1.785) hizo frente a la inundación del invierno de 1.783. José Abalos(1.785-1.793) más piadoso que gobernante murió en suma pobreza. Le sucede el Marqués de Uztáriz (1.7931.795) y Manuel Cándido Moreno (1.795-1.806) despreciado por su escaso talento pero casado con la hermana de Godoy. El siguiente, Vicente Hore Dávila. Los Regidores o Caballeros Veinticuatros eran 60 y a final de siglo 83 nobles de nombramiento real, mientras que los 72 Jurados eran elegidos por collaciones de entre sus nobles. Raramente las sesiones se celebraban con más de 20 asistentes, con un máximo de 44 para recibir a Olavide, de un total de 150 capitulares que reclaman no obstante su sueldo al gobierno que decide en julio de 1.770 que se pague a los enfermos y a los que estén verdaderamente ocupados por disposición del Ayuntamiento. Entre Veinticuatros y Jurados no podía haber amistad particular y de hecho había más bien odio como cuando ambos cuerpos nombran por su cuenta al Contador de Propios en dos personas distintas. El de los Jurados, Juan José Bulnes, fue acusado ante el Consejo de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Castilla de comprar votos y en carta al rey de 29 de enero de 1.766 el Ayuntamiento le pide que "separe de sus empleos a los culpables". Por R.O. de 5 de mayo de 1.766 Carlos III crea el cargo de Síndico Personero y 4 Diputados del Común que nombrará el común por parroquias. El rechazo del Ayuntamiento a estos nuevos cargos se manifiesta en las quejas de estos por el vacío que les hacían los Fieles Ejecutores en los mercados, y en el informe del Conde de Águila en septiembre de 1.766 donde pide que Sevilla quede excluida de la resolución del Consejo y que Mejorada continúe como Procurador Mayor hasta su muerte aunque entonces se adoptará la disposición general. Desde 1.737 era Provincial de la Santa Hermandad el Marqués de Paradas, Juan Ignacio Tello de Guzmán que pasó el cargo a Miguel Espinosa Maldonado (1.775) casado con la Marquesa de Paradas, y luego en 1.786 a su hijo Juan Ignacio con cuyo afrentoso asesinato en mayo de 1.808 quedó extinguida la Santa Hermandad en Sevilla. Son Regentes de la Audiencia José Martínez Pérez (1.770), Francisco Javier del Arco Marqués de Arco Hermoso (1.77176), Francisco de Olmedo y León Marqués de los Llanos (1.776-81), Gonzalo José Treviño (1.781-86), Benito Ramón de Hermida (1.786-92), Bernardo de Riega (1.792-94), Manuel de Soto (1.794-99), y Vicente Duque de Estrada. Tenía dos salas: la de lo civil atendida por Oidores, y la de lo criminal por los Alcaldes Mayores del Crimen. Se quejan de que con tantas jurisdicciones privilegiadas casi no queda

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nada para la ordinaria. Los salarios de los funcionarios del Ayuntamiento y de la Audiencia eran tan escasos que desde 1.768 se compensan con los aranceles que cobrarán por sus diversas actuaciones. Es todavía frecuente la compraventa de oficios: por poco más de 100 ducados se consigue un oficio de Jurado que suele ser comprado por un pobre hidalgo que lo fía todo a lo que pueda sacar del Ayuntamiento; lo mismo hacen regidores y alguaciles. Entre los propios Sevilla cuenta con 29.727 fanegas de tierra aunque Olavide en el informe de 18 de febrero de 1.768 explica al Consejo de Castilla que apenas está cultivada una tercera parte por culpa de las leyes que impiden cercar los campos de modo que el ganado destroza la labor; que los pelentrines o pequeños arrendatarios no trabajan bien la tierra porque se las arriendan como mucho por tres años y no viven cerca de ellas; que los braceros y jornaleros viven semidesnudos de pan y gazpacho y en el tiempo muerto de labor se dedican a mendigar. Olavide propone el reparto de la dehesa de Tablada y Tabladilla entre 180 colonos de Villamartín en lotes de 20 a 50 fanegas con la obligación de pagar a la Junta de Propios el octavo de las cosechas; tendrán que sufrir las envidias de los pueblos vecinos. La carestía de 1.734 llevó la hogaza de pan hasta los 28 reales pero luego pasó a 3 reales en los 80 y 24 cuartos en la siguiente década. Se achacaba la subida en los comestibles a la actividad de "estancadores" y "regatones" que sufrían multas de la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. diputación de vigilancia de los mercados que iban a parar directamente a los bolsillos de los capitulares con la natural indignación de los Jurados en 1.775. De los arbitrios tenemos que por cada libra de carne se había de pagar 4 maravedís para empedrado, fuentes y alcantarillado, 2 mrs. para la limpieza del río, 2 para el erario municipal y 8 para el "servicio de SM" que en julio de 1.777 se intenta suprimir aunque la propuesta fue desestimada por Real Providencia de 1.779 que mantiene los 8.

Patio del asistente de los reales Alcazares La Real Fábrica de Tabacos estaba en el solar de la plaza frente a San Pedro pero la R.O. de 18 de junio de 1725

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dispone la erección de otra que comenzó en 1.728 según proyecto del ingeniero militar Ignacio de Salas modificado luego por Diego de Bordick hasta que se paralizan las obras en 1.731 para reanudarse en 1.750 bajo la dirección del ingeniero Sebastián van der Borcht que agregó la fachada, vestíbulos, escaleras, salones y viviendas dándole ese carácter palacial: se hizo de fuerte armazón sin madera por temor a los incendios, gruesas paredes, pocos vanos en el piso bajo para oscurecer los almacenes y amplias terrazas para secar las hojas; 24 patios para la ventilación, 21 fuentes y 10 pozos; 87 cuadras para alojar 400 mulos y caballos para la molienda del tabaco. El 23 de febrero de 1.761 el Marqués de Esquilache firma la primera "Instrucción" para el gobierno de la fábrica: se expulsará a los que faltan, a los desidiosos, alborotadores y borrachos; se registrará a los operarios para evitar el abultado contrabando con penas de hasta 5 años en cárcel propia. Se entraba en verano a las 5 y en invierno a las 6 y media aunque en el nuevo "Reglamento" de 1.790 se retrasa a las 6 y las 7 respectivamente. Se salía a las 11.30 por la mañana y a las 4.30 ó 5 por la tarde. Disponían de 8.30 a 9 de la mañana para el almuerzo. El personal de 2.000 hombres sufría frecuentes pendencias y pasa a ser femenino en el XIX lo que le da un ambiente que retrata la ópera cómica "La Fábrica de Tabacos de Sevilla" estrenada en mayo de 1.850 en el teatro San Fernando con letra de José Sánchez Albarrán y música de Mariano Soriano sobre los amores de una cigarrera como en la "Carmen" (1.875) de Bizet. La capilla se

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. termina en 1.763, y se remata en 1.771 con el foso, la cárcel y las casas de la administración. La Real Fábrica de Salitre creada en 1.757 frente a la puerta del Sol quedó sin uso a principios del XIX cuando se comenzó a importar pólvora de Inglaterra. El Real Almacén de Maderas del Segura se instaló junto a la puerta de Triana. La Real Fundición de Artillería, hermoseada por Carlos III, purificaba el cobre y verificaba su aleación con el estaño. Durante el XVIII imprimen en la calle Génova los herederos de Juan Gómez de Blas en lo que sería la Imprenta Mayor de la Ciudad, y también el taller de Hermosilla; en las Siete Revueltas la de la familia de López de Haro, y la de Juan de la Puerta; en Vizcaínos, la de Garay; la de Leefdael en el Correo Viejo etc... En los 70 hay 27 fábricas de sombreros. Las de curtido oscilan entre 16 en 1.777 y 12 al año siguiente, siendo la más famosa la de Nathan Wetherell de 1.785 con 400 obreros en el antiguo convento de San Diego. Había medio centenar de hornos de cerámica, una fábrica de jabón, 13 de velas de sebo, 10 de esteras de juncos etc... Consecuencia del "Discurso sobre el fomento de la industria popular" (1.774) fue la creación en la primavera de 1.775 de una Sociedad Económica (inicialmente Patriótica) a impulso del Asistente y con socios como Francisco Javier Larumbe que en 1.775 presentó unas "Reflexiones sobre el modo de

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establecer la industria", o como Martín de Ulloa con un discurso sobre las fábricas de seda de Sevilla: en 1.713 había 405 telares que pasan a mil en 1.732 y luego decaen hasta los 463 de 1.778 que se mantendrían hasta final de siglo; sin embargo en la pasamanería pasamos de los 1.855 telares de Ulloa a los 2.778 de 1.791. En la industria lanera se pasa de los 91 telares de 1.747 a 39 en 1.777. La Sociedad creará dos escuelas de hilado (Triana y San Lorenzo) bajo la dirección de Jovellanos. En agosto de 1.780 fueron apresados más de un centenar de ingleses peritos en diferentes profesiones de los que 14 se bautizaron; aprovechando sus conocimientos se abrió una fábrica de alambres, y Antonio Arboré una de tejidos de lana inicialmente con gran éxito pero desde 1.785 retraído el capital y por la gran competencia se perdió esta oportunidad en favor de Cataluña y Valencia. Gracias a otro prisioneros la Económica instaló en 1.780 una fábrica de quincallería a la moda de Inglaterra: botones, hebillas, cubiertos, aguamaniles, escribanías, alfileres, cadenas etc.. pero las dificultades para importar las máquinas hicieron fracasar el proyecto. Los telares de lana se incrementan desde los 39 de 1.777 a los 169 de 1.791 (93 de paños, 37 de sayales, y 39 de cordonería). Esta industria textil decaerá de nuevo a principios del XIX. De algodón ni se habla pues están instaladas en Cataluña desde 1.741. El habilidoso constructor de claves y órganos Juan de Mármol disfrutó de una pensión de SM sobre las rentas del

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Alcázar y vio exentos del servicio militar a los alumnos del taller por él fundado. El salario medio del artesano excedía en un 142 % al de los braceros. Mientras en Castilla los oficiales eran deficitarios, en Sevilla había 7 veces más que maestros. A pesar de que en 1.778 nuestra marina mercante no llegaba al medio millar de navíos, se crea el 24 de noviembre de 1.784 el Consulado de comercio con independencia del de Indias, y en 1.790 se suprime la Casa de Contratación pues según el viajero Towsend en 1.784 el comercio con América ascendía a 93.256 libras esterlinas frente a los 3.621.443 de Cádiz. La R.C. de 30 de agosto de 1.747 había creado la Real Compañía de San Fernando a impulso de Francisco León y otros sevillanos para comerciar con tejidos y a los dos años mantenía 4.878 operarios con 400 de ells en Sevilla, pero no se hizo reparto entre los accionistas, la mayoría flamencos de Cádiz, hasta 1.764 y estos fueron perdiendo interés. Aunque los "caminos reales" pavimentados aparecen en 1.767, Floridablanca se queja en 1.788 de que en 20 años sólo se había terminado una legua en Andalucía. La cosa cambia con la creación del Cuerpo de Ingenieros de Caminos y Canales en 1.799 porque entre 1.800 y 1.808 se construyen en España 2.850 kms a una media de 320 al año por más que el sistema radial no se concluya sino en 1.840. Olavide intentó en 1.767 restablecer la navegación hasta Córdoba para lo cual envió un barco cargado de trigo y así experimentar las dificultades que intentaron subsanar los ingenieros Francisco de Gózar y Mr Expelieux enviados por el gobierno. El préstamo privado estaba montado sobre la usura y fueron

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sonadas las quiebras como la de los hermanos Morales en 1.704. Los montepíos se constituían con un fondo común de gremios o profesiones: Colegio de Abogados (1.782), de Escribanos y Procuradores (1.786), de Corredores de Lonja (1.792). El Monte de Piedad, en Madrid desde principios de siglo, llega a Sevilla en 1.773 por iniciativa de José del Castillo Cepeda. Olavide construyó un nuevo barrio sobre la antigua mancebía (La Laguna) entre la calle de La Pajería y la Puerta del Arenal, comenzado en 1.772 bajo la dirección del arquitecto Molviedro y terminado en 1.778.

La ubicación de la Mancebía de Sevilla (siglo XVI)

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Aunque la voluntad municipal era relegar la mancebía a zonas fuera de la ciudad, la realidad fue que, dado el carácter portuario de la ciudad, el burdel publico se sitúo en al propio corazón de la ciudad, en el llamado compás de la laguna, en el barrio del arenal. Aunque el trazado urbano de esta zona de Sevilla ha sufrido importantes transformaciones desde los tiempos de la Mancebía hasta hoy, podríamos reconstruir el trazado casi exacto del recinto a partir de los datos fragmentarios que se poseen. Por el lado del río, el límite oficial lo ponía el trazado de la Muralla que, desde la actual confluencia de las calles Almansa y Santas Patronas, discurría trazando un ángulo por detrás de la calle Santas Patronas, llegando hasta la calle de la Mar. En algún punto hacia la mitad del trazado de esta calle se ubicaba una puerta secundaria del recinto, que comunicaba con el Arenal y el río, puerta que fue objeto de continuos cuidados por parte de las autoridades municipales, ya que a través de ella se hacían fáciles el acceso o la huida de los rufianes y aun de las mismas rameras. Desde aquí, una tapia especialmente construida al efecto cercaba la casa pública. La tapia subía desde la desembocadura de Castelar en García de Vinuesa (calle de la Mar), discurriendo por la calle Harinas. A diferencia de la actualidad, la calle de la Mar no se comunicaba con la calle Castelar. De hecho, hasta las reformas urbanísticas emprendidas en esta parcela urbana en los años cincuenta y sesenta del siglo XVIII por mano del arquitecto Molviedro, no se daría comunicación entre ambas calles. Para más detalle, el continuador de los Anales de Ortiz

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de Zúñiga en el siglo XVIII, el académico Luis Germán y Ribón, fecha en el 15 de noviembre de 1760 el inicio del derribo de la tapia y las casas que posibilitó la "entrada al sitio o Barrio de la Laguna". Probablemente, la tapia no se erigía justo en el límite de las casas con la calle Harinas, sino algo más hacia atrás, de forma paralela a la calle; la descripción de algunas de las casas que el Cabildo catedralicio poseía en la zona en los años cuarenta del siglo XVI relata que las casas tenían entrada por la calle Harinas, pero tras patios y corralones se salía a la Mancebía. A mitad del recorrido de esta calle, girando hacia la izquierda, se entraba en la calle Boticas (actual Mariano de Cavia); el propio nombre nos hace sospechar que estamos en los mismísimos umbrales del burdel. En efecto, en este callejón se situaba la entrada oficial a la Mancebía, la puerta principal ubicada bajo el Arquillo de Nuestra Señora de Atocha. La puerta era más conocida por El Golpe, a causa de poseer uno de esos pestillos que se cierran solos con un simple golpe; en el Golpe se sentaba habitualmente el "mozo del golpe", un empleado de los padres encargado de la vigilancia. La tapia continuaba, pegada a las casas lindantes (lo que facilitaba la existencia de entradas y salidas secretas), por entre las calles Piñones (actual Padre Marchena) y Pajería (hoy Zaragoza), quizá más cercana a esta última; de unas casas que por allí poseía el Cabildo de la Catedral a principios del siglo XV, se dice que tenían puertas a la Pajería y a La Laguna.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Desde este punto, el trazado de los linderos de la casa pública se hacen menos reconocibles en el viario actual. Desde Piñones, la tapia continuaba por detrás de la calle Quirós y Rositas, para enlazar con el tramo final de la Pajería que iba a morir en la calle del Rey (San Pablo), donde el cerco se cerraba con el encuentro entre la tapia y la Muralla. Del interior poco sabemos. La actual calle Castelar describía el eje longitudinal del recinto, la calle principal donde se situaban las boticas de más asegurada clientela. La calle se ensanchaba algo, formando la actual plaza de Molviedro, lugar de encuentros, fiestas y comilonas, además de algún que otro bodegón (aunque las ordenanzas lo prohibiesen). Otras calles ya de menos importancia prostibularia, eran las actuales Santas Patronas, Galera, Doña Guiomar y Rositas.

reclamaban al cabildo la urgencia de varias reparaciones, en especial del muro, a causa de los agujeros practicados en el mismos por las mujeres. Para solucionarlo, pedían que se elevara la altura del muro, que se empedrasen las calles interiores y que se limpiasen los montones de basura apilados junto a la muralla y la tapia (lo que también facilitaba el acceso de los rufianes).

Allí junto al lugar donde fondeaban los navíos, donde acudían los marineros y los emigrantes, el negocio era más intenso y directo. Esta ubicación central (pues el puerto era ya entonces, como lo sería mucho más en el siglo siguiente, el verdadero corazón de Sevilla) explica la reiterada decisión del Concejo por aislar la Mancebía lo más posible, ordenando tapiar todo su contorno y eliminar portillos que daban paso a calles secundarias. A lo largo del siglo XVI hubo que hacer frente a diversas reparaciones en el sistema de aislamiento en buena parte, hubo que enfrentarse a la propia acción de las rameras, reticentes siempre a ser encerradas en el Compás. En una solicitud sin fecha, pero sin duda de la década de los setenta, los padres de la Mancebía, Rafael Rodriguez y Juan de Jódar,

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La decisión municipal de aislar el burdel sería sistemáticamente violada en los años siguientes, cuando el Arenal sevillano se transformase en la Babilonia cantada por Lope de Vega; frente a la reclusión, las rameras y sus rufianes respondieron practicando numerosas entradas secretas en el lienzo de muralla que separaba a la Mancebía del puerto, al

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. objeto de favorecer los encuentros furtivos y, sobre todo, la huida de los rufianes en caso de visitas de los alguaciles. Al mismo tiempo, se favorecía así el que las mujeres públicas pudiesen salir a ejercer su oficio subrepticiamente por las calles, lejos del control del "padre" y de las restricciones horarias. Una petición del cabildo de los jurados a los caballeros veinticuatros de la ciudad, fechada el 11 de julio de 1576 nos acerca a las prácticas mediante las cuales prostitutas y rufianes obviaban el cerco institucional. Los jurados denuncian la existencia de numerosas aberturas en el muro de la Mancebía, por las cuales burlaban a las justicias los numerosos delincuentes que encontraban en el barrio su más seguro refugio; la petición de aumentar la vigilancia y reforzar los muros se fundamenta en que: "tan necesario es que semejante lugar donde gente tan desenfrenada como es notorio que a éste acude esté como conviene guardado, por excusar los muchos males que de no estar guardado han resultado y resultan" Unos pocos años después, en 1583, hubo que asegurar el portillo que, a través de las murallas, daba salida al Arenal; se construyó una sólida puerta y se la afianzó con una buena reja. Ni puerta ni reja debían ser de excesiva solidez, habida cuenta de que siete años más tarde el padre de la Mancebía, Diego Felipe, recordó al cabildo que, aunque lo había ordenado reparar tres meses atrás, el portillo de la muralla seguía caído; por él continuaban entrando "hombres de mala

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vida". Lo peor no era eso, sino que, al amparo de la noche, las casas que el cabildo poseía en el recinto estaban siendo sistemáticamente robadas: puertas, herrajes y hasta tejas habían ya pasado a otras manos, añadiéndose a ello la cantidad de basuras que la gente iba arrojando dentro de la Mancebía. Este problema de múltiples accesos también fue denunciado por el Padre León a las autoridades: "Procuré con grande instancia con la justicia, que me cerrasen una puerta de verjas de hierro que sale a la puerta del Arenal, y otra que está hacia La Laguna de la misma Marina, y que se clavasen las verjas de hierro en el suelo, para que no faltando a la necesidad que hay de desaguar aquel maldito lugar de las lluvias, se acudiese a remediar un grandísimo daño y daños que resultan de aquella casa pestilencial tuviese más de una puerta. Porque además y allende de que se podrán escabullir con facilidad los delincuentes de la mano de la justicia, entrando por una puerta y saliendo por otra, en la misma casa, se hacían muchos males y habían muy grandes pendencias con confianza de poderse escapar por esta o por aquella puerta; pero para mi propósito también me estaba muy mal que estuviesen estas puertas abiertas, porque los hombres que echábamos de una casa afuera para predicarles, salían por una puerta y se volvían a entrar por las otras dos. Y aún allá suelen decir: renegad de casa que tiene dos puertas, cuánto más nos hacían regañar las dos puertas excusadas fuera de la principal; y para tan mala casa bastaba una puerta y ésa se

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. había de cerrar a piedra y lodo. Pues tiene otro daño más grave esta puerta de hierro, que sale al Arenal, digo a la puerta del Arenal, y es que con ocasión de comprar alguna cosa de las que venden allí, salen las mujercillas de la casa pública y desde su puerta llaman a los mozuelos y otros sin llamarlos viendo la ocasión tan cerca se lanzan por aquella puerta del infierno (que así la llamaba yo) y quedan presos de vicio bestial de la carne, y otros que con achaque caen en lo atroz del alma hocicando en el cieno de la lujuria." "Compendio..." del P. León, 1ª parte Cap. 6

A pesar de los desvelos municipales, la banda de la Mancebía que daba al Arenal estuvo siempre sometida a diversos ataques. Ante todo, los realizados por las propias mujeres y sus rufianes, verdaderos especialistas en practicar "butrones" allá donde se pretendiera ilusamente enclaustrarlos, con la facilidad que para ello daba la noche, la confusión humana reinante en el puerto y la falta de vigilancia extramuros. Pero, sobre todo, el principal enemigo del muro fue el propio Guadalquivir, que a la mínima crecida invadía la ciudad precisamente por la zona deprimida que era la Laguna (antiguo brazo del río desecado siglos atrás), quedando durante semanas totalmente anegada y despoblada de habitantes.

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"...porque el lugar de la dicha mancebía, como es notorio, es lugar público e mui antiguo para lo que es y con el se escuzan otros muchos ynconvinientes que podrian suseder y en ninguna parte se puede poner questé mas acomodada, porque semejantes lugares an destar en las çiudades tan prençipales como ésta en la parte e lugar donde del ordinario la justicia la bea o bisite para quitar e prebenir a los delitos que de hordinario como se bee por espiriencia, suelen suseder en semejantes lugares, por ser frequentados de hombres estranjeros y forasteros y de mal bibir, que a ellos revierten e si la justicia no estubiese de hordinario en ella podrían yr en cresimiento los dichos delitos, e quedar sin castiglo, de que vendría muncho daño a la Republica..." Informe de los Jurados al Cabildo municipal, 1575, por el intento de traslado de la Mancebía

Otras obras civiles notables son el mercado de la calle Feria (1.719), el Alfolí de la Sal (1.724) instalado en una ampliación de la vieja fábrica de tabaco, y la reparación de la Alhóndiga. En la tertulia de Olavide en el Alcázar se celebraba un concierto cada semana y el resto de ella se dedicaba a discutir sobre filosofía, religión, ciencia, literatura y sobre novedades editoriales a veces prohibidas. Son contertulios los condes de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Malaspina y del Águila, los fiscales Bruna o Jovellanos, marinos como Antonio de Ulloa, y eclesiásticos como Cándido Mª Trigueros o J. Cevallos. Se traducen tragedias francesas de Racine, Lemierre, Regnard, Mercier, Piron, Beaumarchais y de Voltaire; el propio Olavide tradujo 10 que se estrenaron en Madrid, Sevilla y Barcelona. Aquí nació la "poesía filosófica" imitando a Pope por instigación de Jovellanos que a su vez escribió el primer drama prerromántico europeo "El delincuente honrado"(1.774); aquí hizo González de León su zarzuela "El hijo de Ulises", y Trigueros compuso varias de las suyas; también se cultivó la anacreóntica y la epístola en correspondencia con la escuela de Salamanca. En cambio, como Asistente de la ciudad de Sevilla -cargo equivalente al de Corregidor en otras ciudades pero de mayor importancia- su autoridad era plena e indiscutida, aunque no siempre acatada con sumisión. Durante los dos primeros años de su Asistencia, remitió a Madrid informe tras informe, de los más variados asuntos: reforma universitaria y docente, libertad de comercio, navegación del río, reforma agraria, beneficencia municipal, etc. Reglamenta, proyecta, ordena y no da tregua de descanso ni a su pluma ni a sus colaboradores. Se enfrenta con los orgullosos capitulares de la ciudad, que ven peligrar sus ancestrales privilegios; con los gremios, dueños del comercio y de la industria artesana, cuyos monopolios intenta destruir; con el contrabando y los fraudes

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a la Real Hacienda; con la escasez de alimentos; con los abusos en la administración de las rentas municipales; con la injusta distribución de la tierra; con la vida relajada de los numerosos conventos que poblaban la ciudad. A todo llega la mano firme y renovadora de Olavide, bien hallado en su cargo político, crecido por las circunstancias, haciendo gala de una conciencia recta que él mismo había ignorado algunos años antes. Su gobierno municipal no se limitó al saneamiento de fraudes y ―torcidas‖ costumbres. Su estrechísima colaboración con los "ilustrados" ministros de Carlos III, su temperamento activo y entusiasta y su privilegiada situación política en Andalucía fueron los factores que determinaron su condición de fiel ejecutor de los deseos reformistas del rey y de sus ministros. Proyectó un gran hospicio general, valiéndose de su anterior experiencia en la corte; gestionó la creación de la Sociedad Patriótica; reglamentó los baños en el río, las representaciones teatrales y el nefando baile de máscaras en Carnaval, la limpieza de la ciudad y las manifestaciones callejeras de la devoción popular. Su condición de americano, exento de los prejuicios de orden social o religioso que predeterminaban la actuación de todo español por el mero hecho de serlo, le permitió acometer con alegría y desenfado estas empresas, temerarias para un español peninsular, que sintiese sobre sus hombros todo el peso de una tradición amparada desde muy antiguo por el casi sagrado marchamo de "intocable".

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. No terminan aquí sus trabajos en Sevilla, la ciudad natal de su abuelo materno. Ordenó la destrucción y posterior trazado urbanístico de la malsana e inmoral barriada de "La Laguna", que convirtió -con la ayuda del arquitecto Molviedro- de mancebía en magnífica zona residencial, a espaldas del Arenal, cuya calle principal llevó su nombre durante muchos años. Dividió la ciudad en cinco cuarteles, para mejora de la administración y orden público; numeró los barrios y manzanas; adecentó la orilla izquierda del río, dotándola de malecones y excelentes paseos, al mejor de los cuales denominó de "Las Delicias", quizá en recuerdo de la finca de Voltaire, donde vivió algunos días. Finalmente, encargó en 1771 el primer plano de la ciudad, que fue premiado por la Real Academia de San Fernando. En él quedaba de manifiesto la nueva división de la ciudad, manifestada en sus calles con rótulos en azulejos, muchos de los cuales aún pueden verse por Sevilla. En el orden cultural, se debe a Olavide el Plan general de enseñanza; el fomento de la bella literatura; la protección de la biblioteca pública y la ardiente defensa del teatro. Por lo que respecta a este último, ha de saberse que, al llegar a Sevilla, sólo estaban permitidos para la recreación popular, los inocentes juegos circenses de volatines, sombras chinescas y pantomimas, aparte de alguna representación aislada de ópera para las clases elevadas. El teatro, propiamente tal, era desconocido en Sevilla desde

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hacía más de un siglo, por motivos de rigidez moral. En este punto el municipio sevillano -aconsejado por famosos predicadores- siempre fue intransigente. Tuvo que luchar el Asistente contra la antiquísima prohibición. No sólo autorizó las representaciones, sino que acondicionó un local provisional en la calle San Eloy mientras se terminaba la construcción de uno de nueva planta en la plaza del Duque. En los años de su Asistencia se pusieron en escena más de 600 títulos, algunos de obras francesas traducidas por él mismo. A más llegó su ambicioso proyecto. Estableció la primera escuela dramática del país, hecho insólito que produjo gran escándalo en las gentes timoratas, pero que surtió de actores a los teatros de los Reales Sitios durante varios años. En la tertulia de Olavide en el Alcázar se celebraba un concierto cada semana y el resto de ella se dedicaba a discutir sobre filosofía, religión, ciencia, literatura y sobre novedades editoriales a veces prohibidas. Son contertulios los condes de Malaspina y del Águila, los fiscales Bruna o Jovellanos, marinos como Antonio de Ulloa, y eclesiásticos como Cándido Mª Trigueros o J. Cevallos. Se traducen tragedias francesas de Racine, Lemierre, Regnard, Mercier, Piron, Beaumarchais y de Voltaire; el propio Olavide tradujo 10 que se estrenaron en Madrid, Sevilla y Barcelona. Aquí nació la "poesía filosófica" imitando a Pope por instigación de Jovellanos que a su vez escribió el primer drama prerromántico europeo "El delincuente honrado"(1.774); aquí hizo González de León su zarzuela "El hijo de Ulises", y

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Trigueros compuso varias de las suyas; también se cultivó la anacreóntica y la epístola en correspondencia con la escuela de Salamanca.

hacer útiles a los gitanos para el Estado: La medida afecta a 1.615 de Sevilla, 668 de Jerez, y 590 de Cádiz con un total de 7.933 en Andalucía.

Se llega a las 15.830 personas dedicadas al culto en el Reino de Sevilla: 45 conventos de religiosos y 28 de monjas, 27 parroquias, ermitas, capillas y humilladeros hasta los 150 lugares de oración. Olavide los critica no tanto por asistir a las comedias sino por el contrabando generalizado que les permite la exención jurisdiccional de sus privilegios. Carlos III ordena en 1.764 que los carmelitas de Sevilla se retiren a la clausura, en 1.767 expulsa a la Compañía de Jesús odiada por el clero secular a pesar de estar formado en sus aulas, y en 1.769 nombra un visitador para la reforma de los trinitarios. Los padres filipenses, que en 1.781 inauguran una casa de ejercicios espirituales, sustituyen a los jesuitas en la dirección espiritual de la alta sociedad hispalense que acude con frecuencia a las audiciones musicales de San Felipe Neri. Olavide destinó el ahora vacío colegio jesuita de San Hermenegildo a hospicio. En 1.792 Sevilla acogió a 160 sacerdotes franceses exiliados por no someterse al juramento cívico exigido por la Asamblea de la República, pero casi todos regresaron en 1.797.

Los dementes se recluían en el Hospital de Inocentes con separación de sexos pues allí iban a parar también prostitutas incorregibles, acusados de escándalo público, o simples familiares de convivencia difícil; los había de caridad pero también de pago. En 1.770 había 39 recluidos, y 72 en 1.792.

La población activa sumaba un tercio de los que 14.000 eran de gremios industriales principalmente domésticas y suntuarias a los que hay que sumar unos 12.000 entre artesanos por cuenta propia, profesionales y comerciantes. La Pragmática de Carlos III de 19 de septiembre de 1.783 decide

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En la Real Audiencia los antiguos Jueces de Grado y Alcaldes de la Cruzada fueron sustituidos en esta época por Oidores y Alcaldes del Crimen presididos por el regente como pudo ser Francisco de Bruna, Melchor de Jovellanos o Juan Pablo Forner. El edificio fue reparado en 1.783. Los delitos más corrientes son la embriaguez, escándalos, robos a mano armada y homicidios ya que las reyertas entre guapos o valentones son frecuentes y muchos acaban en el hospital de San Hermenegildo, o en el del Cardenal también llamado "de heridos". Casos famosos son el del criado mulato que apuñaló al Marqués de Moscoso (1.750), o el del asesinato del Hermano Mayor de la Santa Caridad por un noble que fue ejecutado en 1.800. En la década de los 60 los alguaciles no se atrevían con Miguel Pérez alias Carmona el Lanero que les hacía frente hasta que murió de un disparo. Algún bandolero fue noble como Francisco Huertas, sobrino del Regidor de Écija, que sufrió garrote en sillón cubierto de bayeta negra en la plaza de San Francisco en 1.798. En mayo de 1.781 se ahorcó a sus 24 años al salteador de caminos Diego

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Corrientes que aunque no tenía delitos de sangre, sí tuvo el atrevimiento de humillar al soberbio "Sr. del Gran Poder" Francisco de Bruna: arrastrado por las calles, ahorcado en Sevilla y descuartizado en la puerta de Carmona de modo que su cabeza enjaulada quedó colgada en la venta de La Alcantarilla donde tuvo el incidente con el Oidor. La Cárcel Real tenía un patio de 130 pies de ancho con las celdas que daban a la calle para las mujeres, mientras que los hombres se hacinaban en las galeras interiores con mala ventilación y olores. Se utiliza la tortura según defiende el canónigo Pedro de Castro como pueda ser la "cama de tortura" con sogas que oprimen pecho y vientre a vueltas de torniquete. Otras cárceles son: la de Caballeros en la puerta de Triana, la de la Audiencia, la del Arzobispo, la de la Fábrica de Tabacos, y la de la Santa Hermandad. La tranquilidad social del XVIII sólo se vio amenazada cuando el Regimiento de Córdoba destinado a Cuba desde 1.763, llegó a Sevilla y reclamó un aumento de la paga que fue denegada; se encerraron en el convento de San Francisco de donde fueron desalojados por 5 regimientos mandados por el Ministro de la Guerra Gregorio de Muniain. En 1.785 la inundación trajo un enjambre de jornaleros que pudieron emplearse en número de 3.000 en las obras del malecón del río con el objetivo tanto de detener las aguas como de aliviar la miseria. Las mesas de trucos habían sido prohibidas por el Consejo de

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Castilla el 2 de septiembre de 1.755, pero Carlos III las autoriza sólo para las clases distinguidas. Se permitía el ajedrez, damas, tablas de trucos y billar; también había casas clandestinas con juego de Banca como en la del músico de la catedral Fabián Rodríquez (1.784), o como la que había en 1.805 en la fonda de las Cuatro Naciones propiedad de Juan Brull también empresario de teatro. Habrá festejos militares desde que en 1.776 se instale guarnición fija. En la proclamación de Carlos III(1.7591.788) hubo toros en la plaza vieja del Baratillo; en la de Carlos IV (1.788-1.808) Félix Caraza, Arquitecto Mayor, diseñó la fachada de un palacio clásico para cubrir todo el frente del Ayuntamiento con la colaboración de los pintores Joaquín de Cabra (Cabral) Bejarano, José Guerra, Francisco Jiménez y Manuel Carmona; el arquitecto Lucas Cintora levantó en el Patio Banderas el mayor arco del que haya memoria justo el mismo 1.789 en que se toma la Bastilla. Seremos de nuevo Corte en 1.796 cuando Carlos IV acude con la reina María Luisa y sus hijos a cumplir la promesa de rezar ante el cuerpo de San Fernando por la recobrada salud del futuro Fernando VII. La ciudad gastó 134.000 pesos en adornos y fiestas para los 11 días que el rey dedicó a pescar sábalos, a cazar lobos en Gerena y avutardas en Santiponce. Su valido Manuel Godoy fue obsequiado con plaza vitalicia de Caballero Veinticuatro, y su hermana casada con el Asistente mereció la banda azul de la orden de María Luisa. Sin embargo al conocerse la caída de Godoy en marzo de 1.808 una masa de más de 300 personas vencieron las puertas

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. del convento de San Juan de Dios para hacer añicos un retrato del valido que se había colocado junto al altar mayor. Fiesta señera fue el recibimiento que la Junta Suprema presidida por Francisco de Saavedra dio al victorioso general Castaños tras derrotar al mariscal Dupont en Bailén. En los 70 nace la rivalidad taurina entre José Delgado (Pepe Hillo), Joaquín Rodríguez (Costillares), y Pepe Romero, el rey de los toreros. De 1.771 a 1.785 la tauromaquia repartió 100.000 reales al año a la Maestranza hasta ese último año el Asistente Ábalos solicitó al rey la supresión definitiva para frenar el lujo. Aunque Forner dirá que el sevillano "para comer no trabajará, para lucir se enardecerá", defiende la licitud de divertir al pueblo con lo que se renuevan los festejos en abril de 1.793 con rápido encumbramiento del sevillano Francisco Garcés. El jueves 22 de enero de 1.761 fue la primera representación de ópera en Sevilla llevada a cabo por la compañía bufa italiana de Antonio Ribalto en un solar de la calle Carpio con vistas al convento dominico de monjas de Santa María de Gracia, y gracias a una iniciativa del propio Asistente Larrumbe que doblegó al Ayuntamiento y consiguió un gran éxito entre las clases distinguidas. En vista del éxito José Chacón, empresario de una compañía que representaba en San Juan de Aznalfarache, solicitó permiso para establecerse en la capital al Consejo de Castilla el 12 de febrero de 1.767 que le reiteró la prohibición que al

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mes siguiente es refutada por Chacón en un Memorial que se constituye en el primer cimiento de toda la defensa posterior del teatro, y donde reitera la solicitud de licencia por 10 años tras los cuales los beneficios irán destinados al proyectado hospicio para pobres. Campomanes accede y obliga al Ayuntamiento que acuerda la conformidad el 26 de junio de 1.767, al día siguiente de la jura de Olavide como Asistente. Desde el 5 de octubre la compañía cómica de Chacón sustituye a la italiana de ópera en el local de Santa María de García mientras se construye a marchas forzadas otro también provisional y de madera en la calle San Eloy, esquina al Dormitorio de San Pablo que abrió el 25 de diciembre con "Las armas de la hermosura" de Calderón. Olavide puso al frente a Cayetano Valdés para que todo se ejecutase con puntualidad y decoro. Los coches aparcaban en la plaza del Duque y se prohibía fumar, andar embozados a la entrada, entrar en los vestuarios y dar voces o perturbar la representación; en los lugares distinguidos se usaba traje militar pues la capa en el hombre y el manto o mantilla en la mujer sólo se permitía en la Cazuela (2 reales) o en los pisos altos (3 reales); los camarotes bajos y altos del primer piso costaban 12 reales de vellón por día, los del segundo piso a 8 reales ya que así se aseguraban de no permanecer de pie. En este lugar introdujo Olavide en Sevilla el baile de máscaras en el carnaval de 1.768 que sólo podían ponerse en el teatro donde no se admitían menores ni armas; se prohibían las máscaras de magistrados, de eclesiásticos o de órdenes, de colegios o de ermitaños, y los trajes indecentes, sucios o de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. personas bajas como se consideraba a los gitanos. El primer día fue el 20 de enero con 216 máscaras repitiéndose 10 días no consecutivos hasta el 20 de febrero con una recaudación total de 52.230 reales por entradas a 10 reales; el baile consistía en minués y contradanzas de parejas organizadas por un maestro de música que instruía en las reglas del baile. Olavide creó la primera escuela de actores de España con la ayuda del Marqués de Grañina adiestrando niños/as pobres en el arte dramático de la mano del francés Louis Reynaud con tal acierto que recibieron peticiones de actores para los Reales Sitios. Allí se formaron las futuras primeras figuras María la Bermeja, las hermanas Duque, Gertrudis Valdés, Polonia Rachel y María del Rosario Fernández la Tirana. Otros actores sevillanos de la época fueron Antonio de la Fuente, Vicente Casas, Mariano Querol y Antonio Robles. Olavide quiso construir un grandioso teatro definitivo en un local del Duque de Medina Sidonia en la plaza del Duque esquina con la calle Armas; lindaba por la plaza con la casa ducal, y por la izquierda con un callejón sin salida que daba al colegio de los Ingleses. Encargó el trabajo al arquitecto francés Charles la Treverse y el duque Pedro de Alcántara cedió los locales por 4.080 reales al año. La marcha de Olavide a las Nuevas Poblaciones paralizó las obras ese mismo año, de modo que en 1.783 el nuevo Asistente alquiló el local para atahonas, fábrica de hules etc. Poco después la casa de Medina Sidonia recupera la propiedad para venderla en pública subasta en 1.785.

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Mientras, se había seguido representando en el teatro de San Eloy hasta que se suspendieron las funciones por ruina del local el 2 de enero de 1.778. Parte de la compañía siguió representando en el antiguo local de La Montería, y parte en un local abandonado de Los Remedios. El 29 de junio de 1.778 el Ayuntamiento ordenó el cese definitivo de las comedias. En los casi doce años de comedias se representaron más de 400 obras en más del 50 % de Calderón y su escuela como son Moreto, Rojas Zorrilla, Matos Fragoso, Diamante, Bances Candamo y José Cañizares, aunque el mayor éxito se lo llevara la comedia de magia "El diablo predicador" (20 representaciones) del sevillano Luis Belmonte Bermúdez. De los autores modernos tenemos a los italianos Metastasio y Goldoni con óperas bufas, tragedias y comedias sentimentales, los franceses Racine, Moliere, Lemierre, Beaumarchais o Voltaire con "La escocesa" y El huérfano de la China" traducidas por Iriarte y estrenadas en 1.774 y 1.778 respectivamente. La mayor parte se tradujo en la tertulia de Olavide donde también se presentaron originales de los participantes como Antonio González de León, Cándido María Trigueros o el propio Jovellanos que escribió aquí "El delincuente honrado" (1.774). El Marqués de Gandul abre su casa en 1.788 a una nueva generación de poetas, entre los que se encuentra su hijo Francisco, que fundan la Academia de los Horacianos donde se impone Manuel María Arjona, sacerdote, pues los demás

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. son estudiantes de teología. Son neoclásicos que imitan a los latinos y a los españoles del siglo XVI en especial los sevillanos, pero que se lamentan como hace Justino Matute del hinchado estilo de Góngora pues prefieren a Garcilaso, Villegas o Argensola. Al ausentarse Arjona la academia decayó y trasladada ya a la Biblioteca Pública de San Acacio desaparece en diciembre de 1.791 pese a ingresar un mes antes el fiscal Forner. Recogen la antorcha los teólogos José María Roldán (22 años) y Félix José Reinoso (21 años) que en 1.793 convencen a la universidad de la necesidad de fundar una Academia de Letras Humanas ya que esta materia no se impartía en sus aulas. El primer año Reinoso llevó el peso pero en diciembre ya eran miembros los teólogos Alberto Lista, Blanco-White y Eduardo Vácquer (sic). En 1.797 tuvo sede en el colegio de Santa María de Jesús donde Blanco-White era colegial secretario. A principios de 1.798 entran Matute, Sotelo, Núñez Díaz, Mármol, y Álvarez Santullano dando la mayor brillantez a la academia justo cuando sufrió la perfidia anónima de la "Carta familiar de D. Myas Sobeo a D. Rosauro de Safo"; ellos responden con la edición de sus poesías en 1.797, las "Memorias" anuales de trabajos académicos, la convocatoria de premios literarios, y la lectura de disertaciones conservadas en la Biblioteca Universitaria de Sevilla. La epidemia de 1.800 acabó con la Academia. Por los mismos años y en el mismo colegio de Santa María de Jesús funcionaba la Academia de Historia Eclesiástica con Arjona, Blanco, Sotelo etc.

reuniones amistosas y privadas en 1.759, pero ya en 1.769 su protector Francisco de Bruna les consigue una pensión con cargo a las rentas del Alcázar, y una casa frente a la "Pila seca"; en 1.775 fue reconocida oficialmente y comenzó a funcionar al año siguiente. En 1.827 se llamaría Real Academia de Santa Isabel, en 1.850 Real Academia de Bellas Artes, y desde 1.936 Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. En mayo de 1769, Olavide abandonó temporalmente su residencia del Alcázar sevillano para trasladarse a las Nuevas Poblaciones, donde permanecería durante cuatro años. Sacrificando su afición al lujo y al bienestar, trasladó su vivienda al pequeño palacio de La Peñuela (más tarde llamada La Carolina). Volvió Olavide a Sevilla en 1773, pero marchó a los pocos meses a Sierra Morena, donde urgían su presencia los graves problemas que planteaba la colonización. A fines de 1775 es llamado a Madrid para responder de las acusaciones presentadas contra él por el Santo Oficio. El proceso, la condena y la prisión le alejarán para siempre de la Sevilla que organizó, la del río Guadalquivir cuyas riberas embelleció, la de las inolvidables tardes del Alcázar, en la que, con sus "ilustrados" amigos, proyectó los revolucionarios perfiles de la Sevilla futura, soñando con la ilusión de una patria mejor.

La Real Escuela de las Tres Nobles Artes tuvo su origen en

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. De 1779 a 1800

muere. D. Alonso Marcos Llanes (1.782-1.795) enlosa la catedral.

El censo de Floridablanca (1.786) recoge 76.000 habitantes. En agosto de 1.800 prende en Triana la fiebre amarilla que se extiende durante 4 meses y acaba con 11.000 hombres y 3.672 mujeres. Se tomaron medidas higiénicas como aislar a los contagiados y cerrar los teatros aunque se consintió el rosario; se organizan en las parroquias "Juntas de Piedad" formadas por voluntarios que trasladan los cadáveres, a la vez que los hermanos de la Santa Caridad solicitan limosnas. La Regia Sociedad de Medicina colaboró heroicamente mientras que las autoridades civiles huían sin vergüenza dejando la ciudad en manos de dos beneméritos capitulares: Juan Manuel Urriortia y Antonio Fernández Soler. Se improvisaron dos fosas comunes: una junto a la ermita del santo en el Prado de San Sebastián, y la otra en La Macarena cerca de San Onofre.

Nobles ilustres son el Oidor Francisco de Bruna, Teniente Alcalde de los Alcázares y coleccionista de objetos de arte que se mostraban como el principal museo de la ciudad. Miguel Espinosa y Maldonado, Conde del Águila, regaló a la R.A.E. el único retrato tenido por verdadero de Cervantes para la edición del Quijote de 1.780, y reunió una colección de manuscritos sobre la historia de la ciudad. Martín de Ulloa, hermano del marino Antonio, de la Academia de la Historia, de la Sevillana de Buenas Letras, y director de la Sociedad Patriótica pronunció aquí unas "Oraciones" inaugurales de entre las que sobresalió una sobre la historia de los godos. Luis Daoíz y Torres nació el 10 de febrero de 1.767 en la casa de su abuela materna, la Casa de Flores, en la plaza de la Gavidia y murió heroicamente el 2 de mayo de 1.808.

En mayo de 1.803 el Ayuntamiento manda la construcción de un cementerio permanente según proyecto de Félix Caraza que funcionará 15 años después. El cronista Félix González de León dice que de 80.000 habitantes se descendió a 65.000. Luego, a pesar de la guerra y de la epidemia de 1.819, se llegó a los 75.000 en el censo de 1.821-22.

El 17 de octubre de 1.795 se abre el Teatro Cómico en un local de madera de la calle de la Muela con tres pisos para 2.281 personas y Café anejo, estrenando "El maestro de Alejandro", comedia de Zárate, y una "Loa" del fiscal Juan Pablo Forner en la que defiende al teatro de los abusos de la predicación sagrada; esta levantó polémica como cuando José Álvarez Caballero, funcionario del Archivo de Indias que en 1.812 sería redactor del Diartio del Gobierno de Sevilla, publicó en 1.796 "La loa restituida a su primitivo ser". La cartelera continuó fiel a los gustos calderoniano con algunas

Al Arzobispo Folch de Cardona le sucede Francisco Delgado (1.776-1.781) que sólo estuvo aquí un año pues en 1.777 se le nombra Patriarca de las Indias y marcha a Madrid donde

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. novedades como los dramas históricos de Comella, las refundiciones de Trigueros, Dionisio Solís, y Rodríguez de Arellano, y las nuevas obras de Moratín y Quintana traídas aquí al poco de ser estrenadas en Madrid. En 1.806 se estrena "Otelo" de Shakespeare, "Pablo y Virginia", óperas de Orlandi, Pergolesi, y Manuel García. El único sevillano Juan María Rodríguez autor de la tragedia "La noche terrible o Inés de Castro" (1.797), se malogró en la epidemia de 1.800.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII.

Arquitectura domestica Sevillana durante la segunda mitad del siglo XVIII El siglo XVIII es un período histórico de importancia sobresaliente para el patrimonio arquitectónico de la ciudad de Sevilla. Entre otras razones, la ruina de una parte importante del caserío de la ciudad tras el terremoto de Lisboa de 1755 obligó a proceder a un proceso de reconstrucción posterior, cuyo resultado se manifiesta al observar el alto porcentaje de la arquitectura doméstica objeto de protección que fue edificada durante esa centuria. Precisamente este proceso de obras que se lleva a cabo en Sevilla consolida un modelo de casa que sintetiza las aportaciones que la tradición y la historia han dejado sobre este género arquitectónico. Pero además, de manera dinámica, se producen una serie de cambios esenciales en la estructura del oficio de la arquitectura y en la responsabilidad sobre el diseño, relacionados con la política y el pensamiento ilustrados, que tienen sus consecuencias sobre los cambios reales en las plantas, espacios y alzados de las casas en Sevilla. Maestros de Obras y arquitectura domestica. Tradicionalmente, el gremio de albañilería, quién decidía sobre la competencia para el ejercicio de la profesión de la

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. arquitectura a través de los exámenes de maestría, gozaba igualmente del dominio sobre aspectos fundamentales de la arquitectura doméstica en la ciudad. Sus alarifes, cargos ejecutivos del gremio que se renovaban anualmente, eran los encargados de inspeccionar y dar su aprobación a las medidas y diseño de los nuevos edificios que se fueran a construir en la ciudad. El acto administrativo donde se concretaba tal vigilancia era la denominada dación de medidas, en la que participaban también el maestro encargado de la construcción, el maestro mayor de obras de la ciudad y representantes delegados del cabildo municipal. El maestro que recibía el encargo por el propietario del inmueble solicitaba al municipio la presencia de sus representantes para este acto antes del inicio de la obras, y la aquiescencia del arquitecto municipal, y sobre todo de los alarifes gremiales, era el trámite principal para comenzar la construcción. Los alarifes cuidaban de que se cumplieran normas de policía y ornato urbano, como por ejemplo las dimensiones del vuelo de cornisas o portadas de las viviendas, así como de una modesta modernización urbanística de la trama de la ciudad, a través del atirantado de los frentes de fachada de las nuevas construcciones, que permitía una paulatina alineación de tramos de las vías públicas, si bien sobre el marcado carácter sinuoso e irregular de su trazado general. La presencia de los alarifes gremiales suponía la aceptación social de su papel preeminente en lo legal y efectivo sobre las

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construcciones domésticas, dentro de una estructura global de control exhaustivo del oficio, de procedencia tardomedieval. Pero asumido este reconocimiento de la superioridad del gremio y sus representantes, las condiciones establecidas se circunscribían a la adopción de ciertas normas de seguridad y respeto al común, de modo que subsistía un amplio margen

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. para la libertad de los maestros de obras en la creación y el diseño arquitectónico, dentro del influjo general de la estética del clasicismo asumida desde el Renacimiento, y de la tradición específica local. En cualquier caso, debemos hablar, al menos para el siglo que nos ocupa, de una arquitectura de diseño y autor que evita encuadrar sus realizaciones bajo el término de arquitectura popular. La Casa en la ciudad ilustrada. Los cambios que se producen en la política ciudadana en el último tercio del siglo tendrán sus repercusiones sobre la arquitectura doméstica que se desarrolla en la ciudad. La creación de la Real Academia de San Fernando de Madrid y el establecimiento de unas normas legales para promover el control del diseño arquitectónico y de la formación profesional de los arquitectos en el seno de esa institución tendrán como consecuencia en la ciudad de Sevilla el intento de reforzar la autoridad del municipio y centralizar la actividad en este aspecto. Para ello se adoptan medidas para dotar a la ciudad de unas ordenanzas de policía y ornato propias, y para conseguir reforzar el papel del arquitecto titular de la corporación sobre la arquitectura doméstica. En 1779 el municipio trató en cabildo sobre las ordenanzas de Madrid para la construcción de edificios, normas que habían supuesto para la villa y corte la alianza entre la corporación municipal y la Real Academia y el alejamiento definitivo sobre cualquier responsabilidad en el diseño de la

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arquitectura doméstica de aquella ciudad del gremio de albañilería. En Sevilla se decidió adoptar esa normativa, con la elaboración de unas ordenanzas propias y la adopción de una serie de medidas prácticas sobre la construcción en la ciudad. Las decisiones del cabildo manifestaron una visión global de los problemas de la ciudad, y una interpretación de la misma como objeto de las reformas políticas y estéticas de acuerdo con el marco de acción del pensamiento ilustrado. Las implicaciones de estas decisiones del cabildo en el campo de la arquitectura doméstica son profundas, puesto que se reconoce por el municipio que ―esta clase de policía no había sido mirada con el cuidado y esmero que exigía‖ con el resultado de ―no establecerse la decoración del aspecto público‖. La mención a la ―decoración del aspecto público‖ alude por supuesto al diseño de la arquitectura de la ciudad, en especial a la doméstica. Para reforzar el control del cabildo y del arquitecto titular elegido por la ciudad sobre las trazas, se decide que los maestros de obras que fueran a realizar las obras pasasen al arquitecto municipal un borrador, sobre el cual expresaba el arquitecto su conformidad mediante una licencia de obras, y una vez aceptado podría procederse a la dación de medidas. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede en Madrid, en Sevilla se mantiene la presencia de los alcaldes alarifes del gremio como parte de este acto de las medidas, de modo que aún se colegia y a la vez se dispersa la facultad del control sobre el diseño de la arquitectura doméstica. A lo largo del resto del siglo, y también durante

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. las primeras décadas del siglo XIX los arquitectos titulares revindicarán un protagonismo único en la aprobación de los diseños, de modo que solicitan que los cargos gremiales no comparezcan al acto de la dación de medidas. Para ello no dudan en acusar a estos representantes del gremio del ―mayor desorden y falta de conocimiento‖ como hace en 1794 el arquitecto municipal José Echamorro. Es indudable que sobre esa carencia de decoración del aspecto público a la que se aludía anteriormente se aprecia una crítica a la libertad de los maestros de obras sevillanos autores de los edificios. El acoso a su responsabilidad sobre tal apartado de la arquitectura de la ciudad proviene tanto de una visión despectiva generalizada que parte de ciertos promotores de los encargos en la Sevilla del XVIII como por la crítica ilustrada hacia los gremios y la formación intelectual de sus integrantes, y el prestigio de la enseñanza académica. Esta retórica se expresa desde el punto de vista formal en una crítica a la utilización libre del ornato, es decir a la presencia del adorno barroquista en la arquitectura de la ciudad, mientras se potencia la homogeneidad del diseño y disminución de lo ornamental, especialmente en las superficies murales domésticas. Sin embargo, en el ámbito complejo del dieciocho sevillano, existen una serie de dificultades para la conversión de la arquitectura a los presupuestos ilustrados, y también en el campo de la arquitectura civil.

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Las licencias de obras otorgadas por los arquitectos municipales no se ponen en marcha hasta 1789, y no se consolida el modelo hasta los inicios del siglo XIX, perviviendo con situaciones donde se limita la acción directora del arquitecto a su comparecencia en el acto de dar las medidas8. Además, los propios arquitectos al servicio del ayuntamiento, que no tienen aún en Sevilla una formación ni grado académico, no expresan reservas a la acción de los maestros de obras, y no ponen excesivas dificultades a la hora de aprobar los diseños de las viviendas elaborados por sus colegas. Finalmente, hay que considerar que los autores de las casas siguen patrones heredados de su formación tradicional, de índole barroquista y marcada por la tradición, presente especialmente en este género arquitectónico. La Arquitectura Domestica. Plantas. El elemento fundamental de la casa sevillana acomodada es el patio, que se convierte en organizador de los diversos espacios de la vivienda. Por cualquier cambio que se produzca en la evolución de la arquitectura doméstica en la ciudad, éste aparece siempre como invariable núcleo esencial. Su carácter instrumental y simbólico en la etapa musulmana fue rescatado por a través de la síntesis del mundo mudéjar para la Sevilla cristiana. La casa sevillana por excelencia, Los Reales Alcázares, en su distribución de

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. cuartos y patios, conformó un modelo que se imita a través de las casas señoriales de las familias aristócratas residentes en la ciudad. De este esfuerzo constructivo, y a través de la síntesis de diversos aspectos mudéjares con posteriores aplicaciones de materiales y lenguaje del Renacimiento durante la segunda mitad del siglo XV y el XVI se establece un tipo de casa que aunque en constante evolución no pierde sus rasgos más esenciales hasta la Edad Contemporánea. En el siglo XVIII se produce la definitiva integración entre el patio como elemento organizador de la casa y el diseño de su planta, de modo que se adoptan diseños regulares o semiregulares para establecer las distintas estancias y habitaciones en su entorno, que toman para su simetría el eje central del patio. La tendencia es que el propio patio adopte una figura en ángulos rectos en las obras de nueva planta, como ocurre en la casi completa reconstrucción de Conde de Ibarra 18 por su propietario el comerciante Keyser en 1774 [Lámina de encabezamiento]. Esta relación proporcional entre el patio y otros compartimentos de la casa se produce igualmente entre aquel y el frente de fachada del edificio, de modo que desaparece el característico eje acodado que había señalado el acceso desde la calle hacia las mansiones sevillanas y que ha sido identificado como pervivencia del concepto de intimidad propio de la casa musulmana. Durante la segunda mitad de siglo la conexión puerta-casa se realiza mediante un eje longitudinal, que se pretende en muchos casos centrado en la mitad de su superficie, y que lleva directamente hasta el propio patio del

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edificio.

Corral del Lucero Es posible que esta solución, que se va extendiendo como recurso en las obras realizadas después del terremoto de Lisboa, hiciera señalar a algunos viajeros, como el caso del conde Miot de Melito, una cierta regularidad en la conformación de las viviendas sevillanas, por lo demás caracterizadas por los patios de columnas cuya prolijidad había asombrado a Ponz11. Su éxito es tal que a comienzos

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. del siglo XIX se interviene en la más cualificada mansión de la ciudad, los Reales Alcázares, para abrir un acceso directo desde el portada del Palacio del Rey Don Pedro hasta el Patio de las Doncellas, operación que hizo el maestro M a n u e l Cintora en 1805. El empleo de esta vía directa de acceso al interior de la casa tiene diversas implicaciones. Se convierte en un nuevo recorrido representativo del edificio, y también en un nuevo eje visual y perspectivo. El zaguán de la casa adquiere un papel protocolario, puramente un tránsito entre la puerta de la calle y el postigo de la casa, llamado en efecto ―puerta de en medio‖. En ejemplos más tardíos, la profundidad de la vivienda es mejorada mediante la apertura de huecos en el frente contrario del patio, que termina en ocasiones en el jardín al fondo de la parcela, rematada tal fuga en una fuente u otro elemento significativo.

extremos del recorrido, mientras que la distribución del edificio, correspondiente a dos áreas análogas cada una en torno a un patio, tenía como eje de simetría una crujía paralela a las líneas de fachada en el centro del edificio, donde se disponía la escalera principal de la casa [lám. 1]. La paulatina conciencia en la planificación de la vivienda que exige tal modelo tendrá un tardío y depurado ejemplo en la

La conexión portada-patio-jardín está presente en Conde de Ibarra 18, Ximénez de Enciso 33, o Dos Hermanas 9, sólo algunos ejemplos entre la arquitectura doméstica del conjunto histórico de la ciudad. Otras casas principales presentaban variaciones en torno a este tipo. En la desaparecida Casa-palacio de Molviedro, este eje finalizaba en un patio abierto hacia el testero de la vivienda, por cuanto la amplitud en anchura de la casa hacia posible la situación lateral del jardín. En la Casa de las Columnas en Triana, la axialidad longitudinal del edificio, en una parcela estrecha entre Pureza y calle Betis, permitía el tránsito entre ambos accesos en los

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Casa de los Condes de Casa-Galindo, construida ya en el XIX por el maestro Alonso Moreno para Don Vicente Torres Andueza y que se conoce por el título de su posterior propietario, el aristócrata Andrés Lasso de la Vega. Esta casapalacio, con amplio zaguán y triple arquería de acceso al patio, posee una estancia intermedia y destacada entre éste y el jardín trasero. Estos cambios aumentan las posibilidades expresivas de la arquitectura doméstica, integrando sus interiores dentro del concepto ilustrado de ―aspecto público‖, por cuanto la visión desde la calle limita la intimidad a la vez que magnifica la capacidad de ostentación de las viviendas.

permanecen sin alteraciones importantes en estos años últimos del siglo. Continúa la escasa especialización de los espacios, de modo que sólo se puede hablar de áreas funcionales en la casa, como las zonas de servicios y cocinas, situadas cerca de pozos, en áreas marginales con respecto al eje de la casa. Por lo que respecta a aquellos elementos de uso más definido, el zaguán pierde su función como apeadero, y adquiere el valor representativo antes mencionado. Las cocheras o caballerizas toman acceso independiente desde el frente de fachada del edificio se sitúan, si existe otro frente a calle, en relación con esa entrada secundaria.

Esta ambivalencia entre lo privado y lo público prepara la aparición de las cancelas como sustitución de los cerrados postigos en los zaguanes, cuyo uso se extiende por la ciudad a comienzos del siglo XIX. La labor de rejería de ―gitanilla‖, que se populariza como escudos decorativos de balcones y ventanas, pasa también a definir el acceso intermedio al patio desde el zaguán, de modo que se consigue atenuar el efecto de absoluta impudicia mientras permite vislumbrar el aspecto interior de los edificios. Además, absorbe las posibilidades decorativas en las fachadas, mientras se insiste en la sencillez y la exclusión del adorno de sus paramentos.

La parte más esencial continúa siendo el cuerpo de la casa, la crujía de fachada, que suele ser además la zona de la casa con un volumen más potente. Allí suele disponerse el salón de estrado, o sala principal de la casa, que en casas importantes se duplica en el piso superior. En continuidad con el modelo tradicional, pervive en los pisos principales de las casas acomodadas la consabida división en salas, recámaras y gabinetes15, aunque en viviendas de menor prestancia se mantiene la tendencia a acomodar las estancias en los volúmenes determinados por las crujías. Sólo se mencionará expresamente el influjo francés de la distribución en departamentos a partir de la invasión francesa.

Espacios y volúmenes. Pese a los ajustes que la tendencia a la regularidad y a la axialidad implican en las casas sevillanas, la distribución del interior y la presencia de determinados espacios tradicionales

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El patio se forma con columnas sobre las que voltean arcos de medio punto o escarzanos, a veces coexistiendo en un

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. mismo espacio, como el caso de Conde de Ibarra 18 [lám. 2] . En el piso superior se emplean de nuevo galerías de columnas o balcones que se abren desde corredores. No es extraño que aparezcan, incluso en casas de cierta apariencia, patios sin columnas, con corredores altos sobre vigas, quizás asociados al uso de los bajos como oficinas o casas comerciales. Así ocurre por ejemplo, en varias viviendas construidas tras la ordenación del barrio de la Laguna desde 1772, como Castelar 14 y 16, Gamazo 24 o Padre Marchena 16 y 18, junto a otras más principales con amplio patio de arquerías, como la casa del hacendado Don Pedro de la Cuesta en Castelar 26-28. Las casas acomodadas abren escalera al piso superior en algún frente o ángulo del patio. Tras el patio se abren diversas habitaciones a un lado del tránsito principal del edificio, o a ambos en caso de estar centrado en eje con el zaguán. En un lugar contrario o distante de la parcela al de la crujía de fachada suele situarse el jardín, definido en un tono culto, con la presencia en ocasiones de algún frente de arcos formando una logia abierta al mismo, y donde, en continuidad con la adquisición de estos elementos en el Renacimiento, con la presencia de fuentes parietales, los antiguos riscos, cuya visión completaba en ocasiones el eje perspectivo de la casa desde su principal acceso. La distribución de la planta baja suele repetirse en el principal en las casas acomodadas, dualidad más acusada cuanto mayor rango tenga la vivienda.

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En cuanto al uso, existía la conocida mudanza en la ocupación de los pisos del edificio, meses de calor el bajo, invierno en el piso principal, rito que implicaba incluso el traslado del mobiliario de la morada18. Posiblemente esta correspondencia entre la habitación de la vivienda y su altura en pisos fue menos estricta cuanto menor rango tuviese el edificio. En esta planta superior, el salón de estrado se dispone sobre la portada principal de la casa. Los dormitorios abren en el cuerpo de fachada hacia la calle, o sobre el jardín en los ubicados en cuerpos interiores de la vivienda. Una escalera, en ocasiones llamada falsa escalera, comunica las cocinas del bajo con las del piso superior, abarcando entonces estos servicios un ámbito de la vivienda en torno a un patinillo de luces. Los criados vivían cerca de las entradas secundarias, en las cercanías de las cocheras o caballerizas si están en cuerpos independientes al de fachada o en una tercera planta. Este tercer piso no se extendía por toda la superficie del inmueble, sino que remataba los volúmenes de algunos cuerpos del mismo, sin completa conexión, aunque tanto su presencia en las fincas urbanas construidas, como la superficie que en ellas ocupa, aumentan en estos años finales del siglo. Si existe, siempre aparece al menos en la crujía de fachada del mismo, en continuidad con un deseo de ostentación o apariencia continuado desde el Barroco. Este piso último se compone de soberado o miradores, que actúan como depósito de paja o grano, palomar o trasteros, abiertos a azoteas que conectan con otros miradores o lavaderos. En definitiva, es posible detectar desde las décadas avanzadas

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. del siglo XVIII una tendencia a la integración de las partes de la casa, que si no remite aún una la existencia de funciones específicas para cada espacio, si se concreta en una cierta regularidad y orden en la distribución y una cierta homogeneidad en sus volúmenes. Este camino del modelo de casa patio sevillana está relacionado con la naturaleza de sus promotores. Establecidas ya en la ciudad las mansiones de la aristocracia de mayor abolengo, los comitentes son ahora miembros de la nobleza de servicio, gentes recién ennoblecidas, o comerciantes, como Don Pedro de la Cuesta, Francisco Keyser, o Manuel Prudencio de Molviedro, que requieren modelos simplificados de las casas nobiliares históricas de la ciudad, más racionales en el tipo y más funcionales. También se observa en el cambio de siglo, frente a la tradicional sobriedad de la decoración de la casa hispánica de épocas anteriores, una mayor preocupación burguesa por el carácter del espacio doméstico. Se disminuye el volumen aparente de las piezas con la incorporación de falsos techos rasos bajo los forjados de madera, moda presente en la ciudad desde los años setenta. Igualmente se dotan con chimeneas los salones de las viviendas, y se refuerza la dotación de portajes y el uso de cristales19. Finalmente se divulgan nuevos usos para ciertas piezas, convertidas en chineros o escritorios. Todo ello en un ámbito cultural de ―domesticación‖ e individualización de la vivienda.

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Los Alzados Los arquitectos y maestros de obras más cercanos a las ideas ilustradas van a poner el acento en el orden y la simetría como valores fundamentales para la organización de los frentes de fachadas de los edificios. Tal preocupación es recurrente en los proyectos de reforma general de distintas áreas urbanas en Sevilla. Cuando los maestros de obras Lucas Cintora y Félix Caraza informan sobre el proyecto de derribo y ampliación de la zona del

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Corral de Olmos, tras el ábside de la Catedral, se pronuncian favorables a la proporción y correspondencia entre los diverso edificios que conformen esta área monumental. El maestro San Martín habla en 1789 de la obligación de seguir el ―buen aspecto y simetría‖ en la creación de los alzados exteriores de las casas. Esta simetría entre los elementos de la fachada se convierte también en relación entre diversas fachadas de una calle o plaza, guardando semejanzas en ornato y altura para sus diferentes casas, ―con la simetría y proporción de estar en ambas aceras las Paredes y tejados de una misma altura‖ tal como se expresa el promotor de la construcción del barrio de la Laguna, Manuel Molviedro, para explicar la debida apariencia de los alzados de la zona urbanizada. Estas consideraciones nos hablan de un nuevo papel con que se define a la arquitectura civil bajo la visión ilustrada, pues las nuevas edificaciones no son sólo expresión de los deseos individuales de sus dueños o constructores, sino también una responsabilidad colectiva que afecta a la imagen de toda la ciudad, adoptando un valor representativo que expresa el esfuerzo del común de sus habitantes, y que se desprende del uso de nociones ilustradas que aluden al aspecto o ornato público y al beneficio colectivo. De este modo, el que los edificios estuvieran ―arreglados a arte‖ era un elemento tan importante para que los arquitectos municipales dieran su licencia a las nuevas obras como el hecho de que no afectasen directamente con sus medidas los derechos del común. Conocemos algunos de los aspectos que las ordenanzas exigían a las nuevas casas que se fueran a

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edificar en la Sevilla de fines del XVIII. Aunque ignoramos si estas normas se explicitan en la reforma de las ordenanzas municipales de policía urbana en esta época, o ya estaban presentes como fundamentos en la construcción de los edificios en las décadas anteriores del siglo, lo cierto es que guardan una relación evidente con la preocupación por los principios estéticos que hemos señalado. Así, se pretende evitar la presencia de determinados elementos como los guardapolvos o tejaroces, por un motivo instrumental, ya que se consideran peligrosos por causar desprendimientos, y también por razones estéticas, ya que son vistos ejemplo de barroquismo y pretexto de excesivos adornos. En los edificios debe haber una proporción entre los pisos altos y bajos. Se determina que el vuelo de cornisas y balcones se encuentre proporcionado con la anchura de la calle donde se abren. Las ventanas deben guardar una relación de ancho y altura dependiendo del piso donde se encontrasen, y las ordenanzas señalaban la obligación de asegurar la intimidad de los vecinos. El uso de soportales se aconseja para las plazas y vías principales en razón de la comodidad y aspecto público. En cuanto a las realizaciones concretas, en la segunda mitad del siglo XVIII se divulga un modelo de fachada que es resultado de la absorción de los recursos propios del clasicismo por la arquitectura doméstica de la ciudad. Posee

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. dos cuerpos, con inclusión usual de un último piso o soberado, que actúa compositivamente como ático autónomo de los pisos inferiores. Los huecos en el muro se disponen de manera regular, donde alternan, también dentro de una misma fachada, balcones y ventanas cerradas con rejas voladas. Se destaca moderadamente el eje principal de la fachada, donde se dispone la portada y un vano correspondiente en el piso superior, con balcón destacado. Esta portada suele ser levemente saliente con respecto a la línea de fachada, y destaca en ella un juego tectónico que suele ser muy sintético, con pilastras y entablamento perfilados por el resalte y balcón superior que invade el supuesto entablamento de la portada. Los paramentos son enlucidos, y su superficie está parcial o totalmente avitolada. Si existe un soberado, suele diseñarse con vanos de medio punto cuya sucesión se inserta entre pilastras, sobre los que remata un volado tejado. Sobre este modelo general se establecen variantes, siendo la principal de ellas el desarrollo compositivo de estos elementos dentro de un orden gigante que los enmarca, de modo que se refuerzan los módulos verticales con la inclusión de cajas de pilastras, que se disponen formando calles en la fachada o señalado sus límites laterales, mientras se evita la autonomía formal del soberado. En este tipo de fachada se refuerza en ocasiones los signos clasicistas de su composición, con pilastras y frontones como ornato de los balcones dispuestos sobre las portadas, o definiendo los límites de la calle principal de la

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fachada. En este grupo se incluirían, entre otras, las fachadas de las viviendas de empleados de la Fábrica de Tabacos en la calle San Fernando, la Casa de Don Benito del Campo, Conde de Ibarra 18, Sánchez Bedoya 12, la casa de Pedro de la Cuesta en Castelar 26-28 [lám. 3] o San Marcos 13. La ordenación de los elementos de fachada y la austeridad decorativa pertenecen a una tradición local que tiene como modelos arquitectónicos del clasicismo a edificios como la casa Lonja o el Hospital de la Sangre, pero que se acentúa con el ejemplo de la construcción de los grandes edificios fabriles del XVIII, en especial de la Real Fábrica de Tabacos, en cuya obra se forman gran número de los maestros de obras que toman los encargos de la construcción de las nuevas residencias. Como ocurría con el interior de las viviendas, es este modelo de fachada el que va a continuar perviviendo en la Sevilla de fines del siglo XVIII, de modo que la incorporación de las novedades de la Ilustración en la arquitectura doméstica serán muy limitadas. En el caso de las fachadas que optan por ordenar sus elementos insertos dentro de un orden gigante, la adopción o reflexión sobre los órdenes clásicos y el ornato se traduce en el uso de elementos extraídos del repertorio puramente tectónico. Sin embargo, estos elementos se disponen, tanto cuantitativamente como por su situación en las zonas significativas de los alzados, de un modo aún barroquista. En la llamada casa de las Columnas de la calle Pureza (1780)

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. el uso de formas del repertorio clásico, como la reaparición de las columnas en su portada, se confunde en la reiteración de un orden mensular en el entablamento de la casa, portada y cierros, y la concentración de adornos fileteados en ventanas y vanos. En la Casa de los Medina (Calle Santa Ana), cuya fachada se construye entre 1790 y 1791 por el arquitecto Lucas Cintora, o en la adaptación como casa principal del antiguo Hospital del Rey, desde 179529, se aprecia igualmente la ambigüedad a la que nos referimos, pues junto a una cierta recuperación de una tectónica más canónica, se observa, tanto en la concepción general de estas fachadas -como máscaras de la edificación-, como en la reiteración de sus elementos, la pervivencia de lo tradicional. Junto a este grupo de fachadas asociadas a casas principales aparece otro en viviendas de menor entidad que avanza desde el modelo muy común de fachada de dos pisos y soberado que antes mencionamos, en una línea inspirada por los principios estéticos y a las normas de ordenanzas ilustradas. En general, se pierde la organización independiente del soberado, que poseía antes un sentido de término en altura o remate de fachada de índole barroquista. En las décadas finales del siglo su alzado exterior se integra en la composición general de la fachada o se subordina a ésta, desapareciendo los arcos y pilastras toscanas para trasformarse en simples vanos cuadrados, como pequeñas ventanas o balcones.

ligeramente curvilíneo, a modo de arcos rebajados. A la vez, el vuelo del tejado va dejando paso a una azotea con rejas y antepechos de material que sirven de soporte a jarrones y bomboneras, de acuerdo a un ornato más ortodoxo en el lenguaje clasicista. La integración de elementos y una cierta homogeneidad formal configuran el precedente inmediato de la casa burguesa sevillana del XIX. Sin embargo, el concepto general aún es claramente tradicional, con portadas diseñadas con una tectónica específica, el característico perfil bulboso bajo balcones y cierros, y el diseño de marcos con orejetas para los vanos. La extensión de las azoteas incluso hace más compleja la percepción volumétrica del edificio, que remata en sucesivos terrados y miradores. La tendencia a la pérdida de autonomía formal del soberado es ya distinguible en viviendas edificadas en el barrio de la Laguna en la década de los setenta, como en la casa esquina Castelar/Plaza de Molviedro, muy transformada, Doña Guiomar 1, o los citados nºs Castelar 14 y 16 o Gamazo 24. El camino hacia una mayor integración de los elementos de la fachada se observa en Mármoles 2 [lám. 4], o San Isidoro 18, casa rematada en 1794. Ya quizás de comienzos del siglo XIX son ejemplos Don Remondo 13, Gravina 57 (desaparecida) y Teodosio 21, mientras que la casa de Santa María la Blanca 17, cuya fachada se construyó bajo diseño de Fernando Rosales en 1806[lám. 5], puede ser ejemplo paradigmático de estos aspectos que hemos señalado.

Los dinteles de los vanos de las fachadas adoptan un perfil

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. En definitiva, la evolución de la casa sevillana bajo el influjo más o menos intenso de la Ilustración se caracteriza por la confusión en la adopción de las novedades formales, y en la pervivencia de los esquemas tradicionales hasta muy entrado el siglo XIX. La opción por otros modelos tienen una escasa fortuna, como sucede en 1794, año en que se decide edificar un nuevo alzado para el frente oriental de la plaza del Salvador, de índole más tradicional a la opción diseñada por el alarife Manuel de Silva, con un diseño de soportales de líneas castellanas y portada monumental. Cuando se trata de introducir algún aspecto aparentemente novedoso en su ornato, éste más que integrarse se ―incrusta‖ en el modelo dominante. Como Santa María la Blanca. Ejemplo de ello señalamos el caso de la construcción de la casa del comerciante Antonio Agustín Méndez, que en 1802 lleva a cabo el alarife Julián José de la Vega. La casa, actual sede de una institución bancaria, fue objeto de una reforma algunos años después, en 1807, por parte del mismo maestro de obras que lo había edificado, actuación de índole puramente estética, pues se limitó a cambiar la forma de la portada del edificio para incorporarle un entablamento de orden dórico con decoración icónica en las metopas, de modo que se justifica con un elemento culto y de modernidad el tono tradicional del propio diseño compositivo de la vivienda. Así, la fuerza de la tradición domina en este género arquitectónico, y pese a la crisis ilustrada, configura aspectos relativos al tipo, elementos y formas que van a continuar sin ruptura para integrarse en la arquitectura doméstica decimonónica.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Hitos 1.719 Construcción del mercado de la calle Feria 1.720 Fuente de la Plaza de la Encarnación. 1.724. Alfolí de la Sal instalado en una ampliación de la vieja fábrica de tabaco, y la reparación de la Alhóndiga. 1726 Marcos Sancho construye un puente sobre la alcantarilla del Tagarete en sustitución del antiguo. 1729 Felipe V traslada la Corte a Sevilla. 1732 Primeros ensayos de alumbrado, pidiendo a los vecinos que colocaran faroles en sus ventanas. 1755 Terremoto de Lisboa 1760 Segundo intento de alumbrado publico bajo multa (repetido 1766-70-72-77-79 de nuevo sin éxito) 1776 Se instauro un mando militar en la ciudad a cargo del Mariscal de Campo. 1757 Se colocaron varios husillos de desagüé en la ciudad, desde la puerta de San Juan al río. El desde 1 de noviembre comenzó la obligación de iluminar con faroles las calles principales

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1758 se comenzó a usar la real fábrica de tabacos aun sin terminar. Inauguración Iglesia de San Nicolás. Reparación de murallas Fabrica de salitre en la puerta del sol. Paseo del arenal se arreglo. Ensanchamiento de la entrada por la torre del oro y derribo de las dos barrancas. Incendio el 8/12 de la iglesia de San Roque. Gran inundación que afecta a la estructura de la Casa de la Moneda. Publicación del reglamento de limpieza de calles. 1760 Cortes y dragados hechos al río Derribo de casas salientes desde el compás de San Pablo hasta la esquina de la calle Cantarranas. Calle abierta desde la Puerta Jerez hasta el muro de Levante, abriendo en este una puerta que se llamo de San Fernando. El 28 de agosto aparece edicto en la fachada del Ayuntamiento de subasta de de los terrenos de la laguna, antigua mancebía, para edificar nuevas casas y urbanizar el barrio según módulos modernos. Expulsión de los jesuitas. Restauración de las obras teatrales con la introducción de la opera.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. 1761 Se dio comienzo a la maestranza en el monte del baratillo. 1762 Se terminan obras de fábrica de salitre Derribo la torre del almirantazgo unida a la catedral.

prosperidad. Petición de ampliación del superintendente de la casa de la moneda 1774 Reglamentación para el baño en el río dada la elevada mortandad por ahogos.

1763 Se terminaron cañerías de abastecimiento de fuentes públicas Finalización de las obras de la nueva portada de la Casa de la Moneda.

1775 Es llamado Pablo de Olavide a Madrid por el tribunal de la inquisición 1777 Finalizan las obras de la fábrica de tabacos.

1764 El asistente Lurumbe reforma la Alameda de Hércules y le imprime un valor real colocando el símbolo del León Tenante. 1765 Fundación de la escuela de San Luis. Obras de embellecimiento del Paseo de la Alameda 1966 Inundaciones en invierno Expulsión y ocupación de las 6 casas de la Cia de Jesús

1.778. Olavide construyó un nuevo barrio sobre la antigua mancebía (La Laguna) entre la calle de La Pajería y la Puerta del Arenal, comenzado en 1.772 bajo la dirección del arquitecto Molviedro 1783 Nueva petición de la Casa de la Moneda de ampliación del llamado Corral de Segovia 1784 Se construye el malecón del Arenal.

1769 Real cedula de división de Sevilla en cinco cuarteles, barrios y manzanas. 1767 Campomanes hizo de Olavide su colaborador en las empresas ilustradas de instaurar nuevas poblaciones en Sierra Morena y la ―hazañosa‖ tarea de someter y domeñar con mano dura al altivo y reaccionario municipio Sevillano abriendo la vida de la ciudad a una nueva etapa de

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1786. Inundación y embellecimiento de los márgenes del río. 1791 Primer servicio publico de alumbrado

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. casco histórico a lo largo de mas de 2600 años. Conclusiones En un principio para entender mejor el crecimiento de la ciudad, sucesivas y desafortunadas inundaciones nos planteamos investigar sobre un plano con trazado topográfico de la ciudad. Hecho que nos pareció de enorme trascendencia tras asistir a las primeras sesiones del aula con el profesor Juan Cascales y seguir el recorrido de fuentes a las que podíamos acudir. Sin dejar de obviar que durante este periodo de mas de dos mil años la topografía de la misma habría tenido enormes cambios, nos quedamos gratamente sorprendidos cuando tras unir todas las líneas de cotas, darles diferentes tonalidades a las mas bajas --mas azul intenso y las superiores situarlas en color tierra-- obtuvimos un plano que nos guío y motivó por todo el recorrido y crecimiento de la ciudad desde sus comienzos hasta la etapa actual. Haciendo una parada en el siglo que nos ocupa y las relaciones de tramas y vacíos existentes, su expansión se nos hacia mas visible por una pura eliminación de zonas de las que teníamos noticias de su creación anterior o posterior. Finalmente introduje sobre ese primer plano de la ciudad las variables que parecían probables en el continuo mareaje del brazo del río que transcurría de Norte a Sur entrando por la zona de la Alameda y saliendo por donde esta situada la plaza de toros. El resultado que parecía bastante coincidente con los trazados que se han hecho sobre las posibles etapas de evolución del

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Trabaje con el plano mas antiguo de Olavide y con una superposición al actual pudimos observar algunas desviaciones en su orientación, textura y dimensiones. Aun cuando de su estudio se puede observar una realidad presente a lo largo de todo el siglo XVIII y es que la organización Católica tenia casi la totalidad de la propiedad existente en la ciudad, descontando las de la aristocracia y de las instituciones publicas existentes en aquel periodo muy vinculadas a la iglesia católica hasta el punto que los edificios públicos o de servicios en la mayoría de las ocasiones se encontraban alojados en edificios propiedad de la iglesia. Como en el caso del propio ayuntamiento, la mayoría de los llamados hospitales y una multitud de otros que fueron desamortizados posteriormente. Si bien es cierto que tras la lectura de crónicas de la época, la propiedad en la ciudad no tenía prácticamente valor ya que de las sucesivas inundaciones, plagas que propiciaban muerte en proporciones de hasta el 50% de la población como las del siglo XVII, no era rentable para el capital existente y necesitaba de un enorme mantenimiento. Lo que hace presumir una creciente transformación urbana desde sus adentros, es decir por añadidos de casas y adarves que las propias organizaciones religiosas iban añadiendo a sus instalaciones. La Iglesia católica gobernaba en la ciudad por varios

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. motivos: su peso en la propiedad del territorio y su figura de cobro de ―diezmos‖ en especie. Ya que tenían abundantes latifundios repartidos por los alrededores y estos le generaba --aun en las crisis más agudas-- sus rentas en cosechas y genero de granja. Si esto añadimos el gran fanatismo de la época y las enormes catástrofes que se sucedían podemos hacernos un escenario sobre el ritmo de la ciudad tras las plagas del S XVII, las inundaciones del XVIII y el terremoto de Lisboa que asolo la ciudad y destruyo –según los cronistas de la época—casi el 50% de las edificaciones existentes.

estaba desplazado del arenal hacia el norte. La entrada por el aljarafe sevillano de provisiones diarias y de mayor cercanía origino una importante concentración de regadío y los primeros asentamientos de raíz musulmana de pequeños pueblos diseminados por toda ladera del aljarafe y la propia Triana como arrabal de Sevilla.

No nos paso desapercibido la relación territorial, la orografía de los primeros asentamientos y su vulnerable acceso. Ha sido invadida por múltiples civilizaciones con facilidad y aceptación de sus residentes. El protectorado recurrente en diversos tramos de la historia de grandes eventos, inversiones o monopolios como los que se establecieron con America o las sucesivas exposiciones del 1929 y 1992 que situaron a Sevilla en la cabecera de las inversiones del estado. Barrionuevo será el introduzca en la teoría de ―Ciudad Puente‖. Y que tras un estudio más riguroso del aspecto territorial nos dio algunas claves del puente de barcas y su relación con el abastecimiento y la nueva concepción de la ciudad musulmana. Los arrabales de Sevilla durante todo el periodo se habían convertido en refugio de aprovisionamiento y el puerto

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Cotas: +Altas Marrón +Bajas Azul

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En el plano de la figura adjunta se ha marcado las principales áreas urbanas de uso público con su foco principal de comunicaciones centralizado en torno a la catedral y el edificio de aduanas y antigua lonja. Sus amplias tramas norte- sur en la red de comunicaciones se presuponen de un periodo romano cuando el cardo máximo estaba formado en conexión con la Vía de la Plata sobre la calzada romana que comunicaba con Gijón en norte-sur la península.

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En el grafico de la derecha de la Sevilla del 1700 se ha realizado un inventario de las propiedades de la iglesia en aquel entonces. La Sevilla del S.XVII había sido la de los conventos. Grandes fundaciones de religiosos y religiosas establecían sedes del más diversos ámbito. Ordenes religiosas, militares descendientes de las cruzadas y un amplio abanico de servicios asistenciales de carácter benéfico o hospitalario. Algunas figuras al estar superpuestas sobre el plano actual de Sevilla aparecen desfiguradas sobre el plano de Olavide dada su inexactitud con respecto al plano actual.

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El plano superpuesto con el anterior, con las obras ejecutadas por la Iglesia en Sevilla en el siglo XVIII. Se puede observar la envergadura de obras y la transformación que en este ámbito sufrió la Sevilla post terremoto de Lisboa. Los cronistas de la época señalan como cundió el pánico en la ciudad y el fervor religioso no se hizo esperar --con no solo el establecimiento de multitud de capillas y auspicios-- sino con las ampliaciones de los conventos existentes y reformas de edificaciones

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En el siguiente plano donde se observa la relación de tramas con los espacios vacíos de la ciudad, podemos ver que son casi inexistentes. Con pequeñas aperturas del periodo barroco sevillano tardío-- que dio lugar a apertura de espacios públicos frente a las casas nobles para buscar de esta manera la perspectiva en su edificación tal y como comienzan a marcar los cánones renacentistas italianos. Hecho que difícilmente se podía producir en Sevilla, dado lo intrincado de sus calles y sus grandes estrecheces. De tal carácter se produce frente a la Casa Pilatos la primera actuación urbanística en este sentido --a principios del siglo que nos ocupa-- y alguna más como en la calle San Pablo o la demolición del Corral de los Olmos. Además de la Laguna de la Pajería.

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Evolución de Sevilla intramuros en el Siglo XVIII. Al abundar y acudir a la bibliografía y en los matices que hicieron al XVIII un siglo lleno de dinamismo y transformación. Sevilla gozó de fama y prestigio desde su concepto de ciudad-puerto, de ser centro de recepción de fiestas y demas eventos y de aglutinar a las mas altas corrientes sociales de su época. El dinamismo burgués en Sevilla fue sustituido por la aristocracia que controlaba los poderes fácticos desde la primera conquista de Sevilla y poco después su territorio al 100% junto a la Iglesia. Los primeros cambios de una ciudad que miraba a sus adentros --al estilo de las ciudades árabes— donde coexisten un entramado de calles --muchas de ellas de difícil acceso-- otras con núcleos diferenciados y separados. Se inician las aperturas de huecos a la calle a modo de ventanas, la sustitución de cuadras y almacenes de aperos por nuevos usos especializados en la vivienda. La incorporación de nuevos materiales como la fundición, el vidrio. El uso del zaguán como forma segura de crear una corriente en la casa y al mismo tiempo estando segura frente a robos. Esta es una moda que se instala definitivamente en este siglo tras seguir siendo una ciudad de callejones laberínticos de tápiales con un único hueco a la calle como puerta de acceso sin mas intermedio que un patio delantero que servia de vividero.

Las primeras aperturas de plazas se producen tras las nuevas corrientes barrocas que imprimen prestigio a los edificios.

El estuco decorativo era una muestra de buen gusto que se fue implantando a lo largo del periodo dorado del XVI y XVII.

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A: Transito del brazo del río antes de su desecación. B: acceso original a la ciudad en largas distancias y seguro frente a las crecidas que podían impedir su transito. C: Abastecimiento desde el Puente de las Barcas en el Siglo XII de la Sevilla Musulmana. D: Transito seguro al puerto de pasajeros y al comercio del oro.

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Tras trazar unas hipotéticas líneas de crecimiento y pensar en que para el transito de mercancías o abastecimiento era necesario pisar tierra firme, lejos del orillaje. Al menos hasta que fue avanzando el desecado del río al cavo de los siglos. Esto era trasladable a las huertas y las calzadas de acceso y sobre las vías de paso. Se trata del primer esqueleto de la evolución de la ciudad y sobre la que se sustenta toda su historia: la vía de acceso segura del orillaje, Las huertas con acceso directo al regadío del río formando una hilera a lo largo de todo San Luis. El arenal podía ser mas un puerto de control y aduana y situándose mas arriba del río las labores propias del transito de mercancías.

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La ciudad es una lección de idoneidad de un lugar en una lucha por el tiempo que va logrando una forma y un sentido. Siempre en esa tensión creativa surge el conflicto, crecer o decrecer, innovar o integrar lo adquirido. Es por tanto un producto creativo e integrador. Muchas veces me pregunto la Sevilla que pudo ser y que tras el continuo desecar del río fue olvidando: su propia naturaleza, primero marina y después de transito de agua acaudalada. La Venecia del Sur como un fortín y refugio de conexiones con cientos de sitios a través de la vía del río y de sus canales, obras de adecuación hidráulicas que podrían conectaran riveras con zonas residenciales, marismas con el alto Guadalquivir y finalmente en su doble vertiente Atlántica-Mediterránea.

menores para darle su lugar de sustento en la vibración y el dinamismo de sus gentes. Habría que poner como elemento de luz a la Giralda, que visionada desde los lugares recónditos nos devuelve el brillo de nuestra identidad. Es la metáfora que diría Romero de Solís de ―faro de luz‖ Por fortuna todavía quedan cuerpos para apreciar el mestizaje en el arco y la piedra que aquellos primeros almohades construyeron como primera mezquita. La ciudad es como la palma de una mano, contiene todas las señas y rasgos, daños pasados o futuro. Descifrarlo no es labor baladí, tal y como Calvino señalara como metáfora en Las ciudades invisibles. Esta singladura empieza su andadura y como tantos otros proyectos inacabados nos pone sobre los surcos de una mano, la de la voluntad que la maneja. La mano es el signo vivo de la coalición entre las fuerzas interiores y las posibilidades exteriores.

Sevilla, como diría Umberto Eco es percibida mas como un ―texto estético‖ que como una obra de arte. El dinamismo es subrayado, la dialéctica de la construcción-destrucción, la creación a modo de Shiva danzante que pisa con fuerza a los dioses Teoría de la Arquitectura_ ETSAS 2008_

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