ENAJENADXS Salud Mental y Revuelta

March 22, 2017 | Author: patxi | Category: N/A
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varios autores. compilado de textos, algunos de teoría y otros de personas que pasaron por centros de salud ment...

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Este libro se vende a 40 pesos para cubrir: los costos de una próxima edición, inflación incluida; los libros que se regalan a espacios colectivos y/o alguna causa social que nos apetezca. Costo de producción por unidad: 20 pesos Tirada: 300 ejemplares

1ª edición: enero 2008, 194 pág. 2ª edición: abril 2010, 444 pág.

pedaleadorxs del infierno ediciones [email protected] pdiediciones.blogspot.com

la reproducción, distribución y exhibición total o parcial de este libro, no sólo está permitida sino alentada NO comercial este libro no está financiado por nadie

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enajenadxs salud mental y revuelta

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indice introducción dos prólogos

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vencer tiene que ser la ostia

11

I

25

II

55

III

atrévete a enfadarte

IV

89 107

V

dichosos los normales, esos seres extraños

131

VI

¡rechazad el consuelo, elogiad la intolerancia! 

141

VII en defensa de la anormalidad

171

VIII lo bello es necesariamente irreductible...

191

IX

205

y por eso caos nunca murió.

anexo



253

un epílogo

contra viento y marea

429

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introduccion Ésta es nuestra segunda edición de Enajenadxs. La primera salió de la imprenta en enero de 2008 y quizás todavía no se había secado la cola de sus lomos cuando ya no nos quedaban más. Fue una tirada corta, nuestra primera publicación (se le notaba por todos lados, pero estábamos más que contentxs), esos libros se fueron muy rápido y despertaron el interés de muchxs. Sabíamos que quedaba pendiente esta reedición. En aquel momento fue necesario descartar parte del material de Enajenadxs por cuestiones de costos. Se descartó “Enajenadxs 2” y algunos textos de los demás fanzines, priorizando los materiales más poéticos y vivenciales, por sobre la teoría. En esta edición, el desafío es editar el libro entero, los nueve fanzines completos más un anexo que se escribió después. Algo parecido a lo que ya han hecho en el Estado Español con el libro “UHP (Unidos hermanxs psiquiatrizadxs en la guerra contra la mercancía)”, editado en el 2007 por la editorial Taller de Investigaciones Subversivas. UHP es parte de la propuesta que busca abrir el tema al gueto anticapitalista para poder generar debates y análisis (tanto individuales como colectivos) ante esta metodología “sutil” de control social: la psiquiatrización como base normalizadora. Los motivos para editar este material siguen sobrando, al día de hoy hay miles de personas internadas contra su voluntad, muchas de ellas hacinadas, sobremedicadas y sufriendo (otros) malos tratos. Afuera de los hospitales, las cosas no van mucho mejor, son muchas las personas que después de toda una vida de ritmos enfermos, de reprimir los deseos, comer basura enlatada y dormir para la mierda, un día se levantan tristes y la tristeza no quiere irse... y entonces van a un psiquiatra para que solucione el problema. Este libro pone el problema en otro lugar, y el juego terapéutico es luchar contra lo que nos enferma. ¿Qué es la salud? ¿La normalidad? ¿A qué costo se impone y quién sale ganando con todo esto? Pensamos que este material es valioso por su contenido y por la escasez de cosas similares, de ahí nuestro interés por publicarlo -7-

entero, incluso los textos que están más centrados en el contexto español, los escenarios son distintos pero muchas problemáticas se repiten. En la primera edición argentinizamos muchos términos. En ésta decidimos mantener los textos originales (“¡Que lo leas así gilipollas, vas a ver que se entiende!”) tanto los modismos como las terminaciones de género (masculino, femenino, degenerado) Desde PeDeI*, queremos usar la imprenta como herramienta colectiva. Esto quiere decir que quizás las cosas que editamos no necesariamente aborden temas que trabajamos específicamente en nuestra cotidianeidad, pero consideramos que el editar es un aporte a que estos temas no queden parados en el tiempo, que sigan circulando, sean discutidos y re-pensados; y que exista la posibilidad de que cada vez llegue a más lugares (por eso pensamos que en la primera edición nos quedamos cortxs, no fueron más de 120 libros y bue! parte del aprendizaje). Por eso esta re-edición es vomitada con más presión para que pueda llegar a más lugares, a más manos, a más mentes.

*– pequeñísima editorial/cooperativa, donde nuestro método de laburo se basa en que todas participamos de las decisiones, cada una realiza todas las tareas de producción, y lo ganado o perdido como “sustento personal” es repartido por igual Aclaramos que no tenemos ningún tipo de relación con P.D.I (Policía de Investigaciones chilena) es más, repudiamos su pusilánime existencia.

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DOS PRÓLOGOS

vencer tiene que ser la ostia «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo.» Dylan Thomas «Hablo con autoridad del fracaso.» Scott Fitzgerald

Escribir este prólogo, más de media década después de sacar aquel primer número de Enajenadxs (realmente el fanzine no está fechado y no recuerdo cuando lo hice con exactitud), es un mal síntoma. Si la publicación hubiera cumplido su función no estaríamos aquí... pero no lo hizo y perdí. La idea inicial que puso en marcha el proyecto era retomar el camino abandonado en los años ochenta del siglo pasado, recoger un hilo que se había perdido y tratar de tejer nuevas tramas alrededor de la salud mental y los planteamientos y prácticas revolucionarias. La propuesta era sencilla: sacar a debate dentro del gueto político anti capitalista el tema de la enfermedad mental, rescatar un frente de lucha necesario y vital para cualquier colectivo o individualidad que desafíe el orden social. Como expliqué durante las jornadas celebradas en el Local Anarquista Magdalena de Madrid a finales de noviembre del 2005 (y de las que incluimos en este libro dos charlas -11-

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que allí tuvieron lugar), creo que esta brecha sigue sin pelearse, no hay una conciencia desarrollada y autónoma sobre la cuestión, y lo que es peor, aún hoy todo lo relacionado con la salud mental tiene algo de tabú para la gente. En mi opinión, nos están inflando a ostias por este lado, pero pocas son las personas que se han dado cuenta y que hacen algo por remediarlo, para el resto se trata un asunto parcelario y periférico, una anécdota entre otras que proporciona la supervivencia en la civilización occidental. Para mí, las mentes son el campo de batalla donde una pelea a muerte por el control de los individuos está teniendo lugar día a día, es el punto a partir de lo cual todo cobra o rechaza el sentido, el terreno donde mis enemigos quieren clavar su bandera y sacarse una fotografía con los rostros encendidos por una sonrisa definitiva. En la lucha por la conquista de la vida en todas y cada una de sus facetas, la mente es la llave que abre las puertas y las heridas. Sólo hablando en términos de guerra psicológica podemos entender que la democracia sea un hecho tan indiscutible como que la lluvia te moja o el fuego te quema. La existencia asistida por muebles del Ikea, Prozac y cocaína, tiene lugar gracias a la obediencia plena que permite a un nuevo horror amanecer cada mañana. Desde hace al menos veinticinco años, la histórica expropiación de la fuerza de trabajo y el consiguiente dominio sobre el cuerpo del trabajador, se ve completada por el control de la esfera más íntima del ser humano, aquella en la que reside la voluntad, el deseo y la capacidad creadora. Las estructuras de dominación han llegado a abolir de las cabezas de la población la más simple y explosiva motivación humana: la libertad. Los vestigios de esta se borran justo después del segundo asalto proletario a la sociedad de clases, ese periodo que fue desde el mayo del sesenta y ocho hasta las últimas derrotas de la autonomía obrera en Italia y España. A partir de ese momento, el control excedió definitivamente a los cuerpos de los dominados y pasó a colonizar sus aspiraciones y sueños, a incrustarse en sus cerebros como nunca antes lo había hecho. Esta es la razón que explica dos cosas: 1) que la de nuestros padres haya sido una vida de perros y la nuestra transcurra sin pena ni gloria (como bien dice la canción), 2) que cuando un rebelde le habla a un ciudadano de la libertad, de la necesidad de cambiar e incendiar, este no entienda su lenguaje, no entienda sus conceptos porque aparentemente ya nada tienen que ver con su vida (y aquí la apariencia es quien manda). El sistema que pone orden al mundo, el que hace a los hombres hablar sus palabras y a la tierra perecer bajo sus pasos, -12-

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puede ser entendido como un macro organismo. Al fin y al cabo es una compleja red de relaciones y valores que no tiene otro fin que no sea la propia perpetuación. En otras palabras: ser lo que es y no dejar de serlo jamás. Las hostilidades que suponen la invasión y colonización de los sujetos provocan su medicalización masiva (en el caso de las drogas legales y en el de las ilegales), tanto de niños como de adultos, tanto de los que tienen dinero como de los que no lo tienen, tanto de los que se encuentran en la calle como de los que están presos... y este es un hecho fundamental para todos los que quieran recuperar el poder sobre sus condiciones de existencia. La forma en la que se gestiona la salud mental en las sociedades en las que vivimos es el máximo exponente de lo que está por venir, de los caminos que esboza la represión con el cambio de los tiempos Aguantar la realidad tiene un coste. Por eso el sistema suministra ayudas químicas. Por eso la tasa de suicidios crece vertiginosamente. Y por eso también luchamos por cambiarla. Esta lucha duele, escuece en nuestra piel y nuestros cerebros. Enajendxs surgió a partir de estas constataciones. Si de verdad se hubiera creado un marco de reflexión que afrontara estos hechos, no sería necesario este libro. El debate habría generado por sí mismo materiales más ricos y diversos que los que aquí presentamos, el nivel de conciencia adquirido habría dado lugar a más teorías y prácticas en el ámbito antipsiquiátrico. Es por esto que se puede decir sin temor a equivocarse que la publicación fracasó, y es por ello que también parece necesario compilar todo el material editado y presentarlo de la mejor manera posible, es decir: acompañando otros textos que lo complementen y ayuden a realizar una síntesis de la aportación hecha a la teoría antipsiquiátrica en estos últimos años. Puede que se me reproche el haber pecado de ambicioso, pero lo asumo con mucho gusto y defiendo esa ambición como una característica inherente a cualquier posición libertaria y anti capitalista a día de hoy, en lo que Amorós llama certeramente «la más hostil de las condiciones». Con esto, quienes hemos trabajado en la elaboración y selección de materiales, buscamos escribir un punto y a parte, dejar constancia de nuestra andadura para construir, con toda la humildad posible y sin ninguna complacencia, una herramienta para los tiempos que vienen, para todos aquellos compañeros que quieran indagar sobre la salud mental desde la perspectiva de la revuelta. No estamos clausurando caminos, sino que estamos volviéndolos a trazar para tratar de encontrarnos a nuevas individualidades y nuevos colectivos en -13-

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nuestras idas y venidas por ellos. No abandonamos pues este conflicto, sino que volvemos a pensarlo y hacemos otro llamamiento (casi desesperado) a guerrear en él En una ocasión se me dijo que el fanzine no ofrecía teoría alguna, sino que se trataba de «literatura». De todos los reproches que se han realizado a la publicación, este es uno de los que más dolió. Desde luego, con la edición de toda esta cantidad de páginas fotocopiadas nunca se buscó entretener a nadie ni ensayar juegos lingüísticos. Sí es verdad que en ocasiones, para expresar ciertas cosas se ha intentado transgredir los límites que marcaba el lenguaje. Que se haya hecho mejor o peor no es aquí la cuestión, pues en todo caso la intención siempre fue la de comunicarse lo mejor posible. A menudo lo que salió tiene más de poesía que otra cosa, lo siento por todos aquellos que se sientan irritados por la poesía: es lo que hay. Pero en ningún caso hubo nada gratuito, las palabras siempre quieren decir algo, aunque ese algo no sea lo que estemos acostumbrados a oír. Sencillamente hay conceptos y sensaciones más difíciles de transmitir que otras, y a menudo uno tiene que inventarse las maneras de hacerlo. También influyen las capacidades, y uno hace lo que puede o está en condiciones de hacer. Enajenadxs ha dejado de salir entre otras cosas porque no tengo mucho más que decir y este formato ha agotado sus posibilidades. En defensa de la anormalidad, el número siete, sintetiza casi todo lo que se ha querido expresar con el fanzine. En realidad debería ser el primero en la compilación, pero las personas más cercanas han considerado que es mejor guardar el orden cronológico ya que ayuda en la lectura y proporciona una cierta cohesión formal Si seguimos hablando desde la perspectiva del fracaso, hay que señalar la inutilidad de la página web que funcionó durante algún tiempo de forma paralela a la publicación. En un principio trató de complementar al fanzine para facilitar tanto su difusión como posibles colaboraciones, pero las razones por las que se desmontó fueron sencillas: no se produjo ni una sola aportación a través de ella, y se evidenció como un medio sumamente pobre en cuanto a la transmisión de contenidos. Por muchas visitas que se realizasen, no produjo contactos reales entre personas. Únicamente sirvió para alimentar la impotencia al recibir numerosos correos de gentes jodidas que buscaban un apoyo terapéutico que desde luego no estoy en condiciones de ofrecer. La intención de ser un instrumento de expresión para los psiquiatrizados en lucha se esfumó. En todo caso -14-

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sirvió para dejar bien claro, que por un lado hay un montón de gente cercana a las ideas antiautoritarias que está seriamente jodida y no encuentra ningún referente práctico para afrontar su situación, y por otro, que Internet como medio de comunicación es una puta mierda. Su única utilidad es la de proporcionar libre acceso a los textos desde distintas regiones geográficas, ni más ni menos. Y eso se puede hacer sin montar una web temática, sino realizando enlaces en la de algún proyecto afín (como es el caso de la Biblioteca social Hermanos Quero, en cuya web: www.bsquero.net, se encuentran los textos del fanzine que aparecen en este libro). Cuando he tenido la oportunidad de leer las polémicas y discusiones surgidas a raíz de que se colgasen textos del Enajenadxs en algún espacio telemático, no he hecho sino constatar estas sospechas. La gente tiene una tendencia especial a montarse pajas mentales y desatar disputas estériles cuando está delante de la pantalla, no sé si la razón hay que buscarla en el anonimato y la cualidad aséptica del medio, o en un infantilismo intrínseco a las comunicaciones informáticas, pero lo cierto es que desde que los esfuerzos propagandísticos (en el mejor de los sentidos de la palabra) y editoriales se centran en red y no en el papel impreso, estamos peor que nunca. Lo asiduos a los foros «antagonistas» de Internet suelen argumentar en su defensa que en ellos hay una libertad absoluta para opinar, pero la verdad práctica apunta a que en ellos lo que básicamente hace la gente es juzgar (como en caso de los foros que tratan de deportes o electrodomésticos), y por lo general sin estar en condiciones de hacerlo. En el continuo intento por lograr afinidades, hubo otro episodio desalentador que merece la pena mencionar y del que se puede extraer alguna conclusión bastante útil para el futuro. Hace unos años se produjo en el estado español un tímido y aparente resurgir de iniciativas críticas en torno a la salud mental. El origen tuvo lugar principalmente en algunas facultades de psicología, y los dos centros geográficos fundamentales de aquel efímero movimiento fueron Madrid y Málaga. Su mayor virtud fue la de tratar de recuperar la comunicación con personas y trabajos pertenecientes a otras generaciones, que habían vivido todo el tránsito y evolución de las prácticas psiquiátricas durante las décadas precedentes. Sin embargo, su propia naturaleza universitaria reducía su amplitud de miras y mermaba su potencialidad. Cuando una propuesta nace en un contexto académico, suceden cuanto menos tres cosas: la primera es el condicionamiento temporal, ya que la universidad supone -15-

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en sí misma un ciclo delimitado que reduce los proyectos nacidos a su amparo a unos pocos años; la segunda es que la sombra de la institución es larga y poderosa, de manera tal que condiciona en mayor o menor grado todo cuanto sucede en ella; y la tercera y última, hace referencia al lenguaje y las formas que se asimilan en la facultad, y que se caracterizan por estar totalmente escindidas de la realidad. La máxima expresión de esta tendencia contrapsicológica tuvo lugar en la celebración de jornadas de charlas y debates, realizadas en las instalaciones universitarias y con recursos económicos proporcionados por la institución. Tanto a mi entender como al de otras personas cercanas y situadas desde la misma perspectiva de la enfermedad, no podían darse unas condiciones aptas para la comunicación mientras esta se planteara en los términos del enemigo. Nos negamos a acudir a hablar de salud mental en un aula de la universidad de psicología, en unas jornadas presentadas por el decano de las mismas y pagando encima una cuota de inscripción. Es más, aquello nos parecía delirante. Al instante se nos acusó de puristas revolucionarios, a lo que contestamos que nuestra condición era la de enfermos cabreados. Aquella disputa sirvió para poner en evidencia que entre el enfermo y el profesional de la salud (en este caso: profesionales en ciernes) suele existir una brecha profunda y oscura. Los intereses parecían situarse en lugares completamente distintos. Otro tanto sucedía con el lenguaje academicista, especializado y pedante que se utilizaba en textos y ponencias, lo planteado no se dirigía en ningún caso a nosotros, sino que lo hacía a la pequeña comidilla elegida que era capaz de descifrarlo y regodearse en él. Las palabras bailaban sobre las mesas y nos encontrábamos fuera de lugar (una vez más), se hablaban idiomas incomprensibles los unos para los otros. Y en cuanto a la duración de todo aquello, las licenciaturas se encargaron de poner el punto y final a la aventura. Nosotros aquí seguimos, jodidos y peleando, mientras la mayor parte (salvando algunas honradas excepciones) de aquellos universitarios voluntariosos y bienintencionados perdieron su interés por la enfermedad mental, se centraron en su proyección laboral y hoy pueden decir que una vez fueron radicales. La enfermedad no dura cinco años ni se supera con exámenes y trabajos, por lo tanto, es necesario entender que no es lo mismo ser el que tiene la herida que ser el que diserta sobre ella Situado en las antípodas de la producción teórica universitaria, para comprender el sentido del Enajenadxs hay que tener en cuenta -16-

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que surgió en un contexto personal muy concreto. Por aquél entonces algunos llegamos a la conclusión de que era hora de hacer teoría desde nuestras propias experiencias, echarse adelante y tratar de escribir partiendo de nosotros mismos. Con ello queríamos romper en cierta medida con la lógica de reeditar textos continuamente y basarse en materiales que por lo general tenían al menos dos o tres décadas de antigüedad. Yo había sufrido hacía poco mi primer encuentro con el Sistema de Salud Mental, a lo que siguió una temporada de acercamiento a todo lo que tenía que ver con el tema, desde libros o artículos hasta las experiencias de personas más o menos cercanas. Poco a poco fui llegando a algunas conclusiones, que sin tener nada de nuevas en sí mismas, sí constituían una novedad en los entornos por los que me movía. Me di cuenta de que la enfermedad mental (entendida explícitamente, como dolor) era algo totalmente extendido en el ámbito antiautoritario (o como se le quiera llamar... me estoy refiriendo a toda esa amalgama de publicaciones, centros sociales, colectivos etcétera), pero que no era abordado públicamente ni debatido. El paso siguiente fue la socialización de conocimientos. Yo aprendo primero para mí mismo, y segundo para hacer colectivo lo conocido. Es la única manera en la que entiendo que se puede aprender, es la hermosa simpleza del comunismo. A cada momento que un grupo de personas coordinadas o alguien por su cuenta libera un determinado conocimiento, se consigue romper con los esquemas productivistas del saber, poniendo en juego otra manera no oficial de acercarnos a las cosas (o mejor dicho: a lo que hay detrás de las cosas). Cuando aprendo algo con un interés para los míos, lo desato y lo pongo en común. Eso mismo es lo que ha hecho otra gente en el estado español con la crítica a la tecnología o con los entresijos del mercado inmobiliario. La iniciativa fue totalmente individual, mi intención era entrar en contacto con más gente y recoger textos para sacar adelante la publicación. Estos llegaron con cuentagotas, pero siempre saqué de algún lugar las ganas para preparar un nuevo número A algunos les extrañará que cuando me he pasado años hablando en plural, ahora utilice la primera persona del singular. Ciertos textos que aparecen en los diferentes números del Enajenadxs sí responden a una autoría colectiva, otros no. Cogí la costumbre para intentar no personalizar lo que editaba, pero con el tiempo dio igual y acabó por ser de sobra conocido que yo era el tipo que sacaba la publicación. Esa ha sido otra de las razones para abandonar el -17-

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proyecto. Es desesperanzador ver que las contribuciones no llegan, pero sí las consultas de todo tipo sobre qué hacer o dejar de hacer con compañeros jodidos, a dónde pedir ayuda o sencillamente, cómo conseguir una baja laboral por depresión o ansiedad. En este último caso, puedo decir que me han preguntado más veces sobre este asunto que colaboraciones han sido publicadas en el fanzine. Y con lo de la ayuda, se mezcla de nuevo la impotencia por no poder proporcionar soluciones terapéuticas y la falta de respeto de buena parte del personal (no toda, pero sí en la mayoría de los casos), que una vez le ha sido proporcionada información sobre medicación o lo que sea, han desaparecido del mapa sin un jodido gracias. Tengo la malsana inclinación a entender que si te ponen un problema enfrente de tus narices, lo más normal es que te acabes implicando con él de una u otra manera. Pues bien, puedo contar con la mitad de los dedos de una mano las personas que cuando han llegado tiempos mejores se han tomado la molestia de dar un telefonazo y decir: «Eh, ¿te acuerdas de aquello por lo que te llamamos? Pues todo anda mejor». A esta altura de este prólogo, creo que ya podéis ir comprendiendo que haya acabado tremendamente quemado Pero no todo es tan malo, y tengo que dar las gracias a todos aquellos compañeros que han echado un cable. Desde los que sencillamente me han aguantado en esta guerra diaria, hasta los que han copiado y distribuido el fanzine, o me han ayudado a grapar los cientos de copias que se solían amontonar en el suelo de mi habitación. También tengo mucho que agradecer a otra publicación, más orientada a lo terapéutico que a lo político (simplificando mucho, ya que entiendo que sus tesis apuntan a una politización de la terapia), y cuyas páginas están llenas de contenidos interesantísimos: El rayo que no cesa. Y en especial a uno de sus redactores, Jau, de quien publicamos en este libro dos textos Tanto en el plano de la vida cotidiana y privada como en el específico de la lucha política, experimento una idéntica sensación: reconozco la fatalidad de lo real a la que ya hice mención un poco más arriba. Pero lo que no hago, y de ahí la razón tanto de Enajenadxs como de este libro, es aceptar el vacío y el absurdo al que me lleva. Me niego a asumir una rendición que es la norma en nuestros días. No me hace falta que ningún iluminado me venga a contar que todo está perdido, que no se puede vencer. Menos aún que me digan que es una estupidez hablar de vencer porque -18-

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es utilizar terminología militar. Quiero cagarme en la enfermedad y sacudir a mis enemigos. La conciencia de dónde estamos y qué es lo que queremos duele, de hecho, a menudo te mata de pena y te vuelve loco. Pero a la vez le permite a uno no convertirse en otro zombie de la democracia que trabaja, consume y muere, le permite a menudo una experiencia intuitiva y salvaje de lo que supondría la libertad. Cada centímetro de terreno que la lucha come a esa realidad, cada gesto en forma de solidaridad o sabotaje (ambas en sus mil y una acepciones) es ya una victoria y un adelanto de lo que podemos tener. Una victoria es ya cada persona liberada de los encierros químicos y físicos del Sistema de Salud Mental, cada persona que ha sobrevivido a la represión psiquiátrica y no ha acabado con las venas abiertas o el estómago lleno de pastillas, cada persona que defiende a cara perro su dignidad. Si de alguna manera a ello ayudan todas estas páginas, no habremos perdido el tiempo. Por que vencer tiene que ser la ostia.

sobre motivos y convicciones o el por qué de este libro «Algunas conductas reputadas como anormales serían precisamente la expresión de la norma social sin las trampas ni coartadas que la normalidad social establece.» J.V Marques “Quien cambia los términos, declara la guerra.» C. Rochefort

Supongo que el sentido de este libro hay que buscarlo en cada uno de los motivos de la gente que le hemos echado ganas para que saliera adelante. A modo de prólogo, yo sólo puedo hablar de aquellos que me han movido a mí para participar en este proyecto. Y no es una tarea fácil, porque este libro me pareció, desde que empezó a rondar la idea de sacarlo, algo incuestionablemente necesario. Y cuando algo es necesario, se sabe necesario y se siente necesario, resulta difícil argumentar su necesidad. Cuando algo se vive como convicción, intentar ex-19-

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plicar por qué se está tan convencida en unas pocas páginas supone una capacidad de síntesis de la que considero que carezco El primero de esos motivos es que a penas existen materiales recientes sobre este tema y quienes se acercan ahora por primera vez a la crítica y denuncia al Sistema de Salud Mental, siguen recurriendo a las mismas publicaciones y recursos que quienes nos interesamos por el tema hace diez años: los legados de la antipsiquiatría de los setenta y algunas publicaciones y experiencias muy concretas de los ochenta y los noventa. Y, para quienes lo hacen desde una perspectiva libertaria, entendiendo la lucha contra la psiquiatrización de la sociedad como parte fundamental en la lucha contra el Sistema, creo que no es pretencioso ni equivocado afirmar que las únicas herramientas teóricas disponibles en el Estado son los diez números de Enajenadxs. Sé que habrá quien piense que Enajenadxs, sobre todo alguno de sus números, tiene poco de teoría y mucho de «vómito emocional» o ejercicio catártico, que es más poesía que invitación a la acción; personalmente creo que no han entendido nada... En Política de la experiencia R.D. Laing afirma que «la elección de una sintaxis y de un vocabulario son actos políticos que definen y circunscriben la manera en que los hechos deben ser concebidos». Hay muchas cosas que no pueden ser explicadas mediante la sintaxis y el vocabulario de quienes pretenden marginarlas o ignorarlas. Por eso, donde otros ven «vómito emocional», encontramos un intento de subvertir el modo en que algunos hechos han de concebirse, una explicación desde la propia experiencia, indescriptible mediante otros códigos. Esto es, una invitación a la comprensión, la reflexión y la acción: una herramienta teórica Al reunir los fanzines en una sola publicación (he aquí otro de mis motivos para considerar necesario este libro) se facilita, de alguna manera, la comprensión del peso teórico que tienen. Y, al mantener su orden cronológico, es posible discernir la evolución de la reflexión y la crítica que posibilitan esa teoría, que alcanza en el número siete (el número negro) su completa realización Cualquier teoría es herramienta para una práctica y, si bien con la publicación de Enajenadxs no se logró la revuelta que se promueve en sus textos -—la destrucción del entramado psiquiátrico y psiquiatrizante y de las relaciones viciadas y mercantilizadas que subyacen y posibilitan este entramado, que facilitan el funcionamiento del -20-

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Tinglao, y hacen de la locura o alienación una condición necesaria y una consecuencia inevitable del mismo—, yo sí veo algunas consecuencias prácticas, aunque a una escala mucho más pequeña: un cambio en la concepción que muchos individuos tienen de ciertos hechos, a saber, la locura y el orden psiquiátrico. Con esta publicación y la actividad de algunos colectivos durante los noventa, la lucha contra el Sistema de Salud Mental recuperó un hueco en los espacios libertarios del estado español del que carecía desde el apogeo de la antipsiquiatría en los años setenta. Aunque es cierto que las acciones se limitan, generalmente, a la organización de jornadas o charlas puntuales sobre el tema Tengo una visión particular, y seguramente discutible, sobre por qué, a diferencia de lo que ocurre con otras luchas concretas como la anticarcelaria o la liberación animal, la lucha antipsiquiátrica no termina de verse como elemento fundamental en la lucha contra el Sistema y toda forma de dominación: Frente a la obviedad y la brutalidad de la represión carcelaria y la explotación de otras especies, el entramado psiquiatrizante actúa de forma sutil, disfrazando el control de cuidado y ejerciendo dicho control desde el momento en que nacemos y en todas las esferas que componen lo cotidiano: nuestra vida más íntima, nuestros deseos, nuestra forma de relacionarnos... El loco, a diferencia de la presa, no transgrede una ley explicita creada por el Sistema e impuesta a los individuos, sino que será castigado por no adaptarse a una normalidad que nos venden como natural —como ocurre con todo aquello que sirve o beneficia al orden establecido— y fuera de la que muchos, también dentro de los movimientos que se oponen al Sistema, no sabemos manejarnos. El enemigo no es en este caso tan evidente. No hay un nosotros y un ellos tan obvio: ¿Las familias? ¿La industria farmacéutica? ¿Los profesores y educadoras? ¿Los psiquiatras? ¿Las psicólogas? ¿Nosotros mismos como compañeros, amigas, amantes, hermanos...? ¿La propia cabeza de quien sufre? Una vaca no ha hecho nada para pasar su vida en cautividad y acabar en un matadero. El preso lo es por defender unas ideas y llevarlas a la práctica, por oponerse a las leyes del Poder. Pero, ¿por qué petan algunas cabezas? ¿Por qué sólo algunos y no todos si la educastración y el control social bajo el que vivimos es el mismo? ¿Qué hacer ante el dolor del otro? Si llegase a compartirlo, a -21-

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comprenderlo, ¿enloquecería yo también? Junto a la recopilación de los textos de Enajenadxs hemos incluido otros, más o menos recientes, sobre algunas cuestiones relacionadas con la llamada Salud Mental: la psiquiatrización de los menores, la relación entre las llamadas disciplinas psi y el control social, el uso y abuso de psicofármacos y la denuncia al entramado económico que lo sostiene, testimonios de etiquetados como enfermos mentales, algunos recursos útiles para afrontar —llegado el caso— una terapia o un internamiento psiquiátrico... a fin de arrojar un poco más de luz sobre el funcionamiento de este entramado y evidenciar la necesidad de oponernos a él, aunque no seamos «enfermas» ni personas sensibilizadas con el tema por nuestra profesión o por la situación de alguien cercano. El orden psiquiátrico se nos impone a todos, no sólo a quienes cruzan la delgada y difusa línea que separa la cordura de la locura, y lo hace de una forma descarada... hasta para currar de teleoperadora es necesario «superar» algún tipo de prueba psicológica... El poder tiene demasiadas caras, y el poder de las psiquiatras, psicólogos, educadoras y otros «carceleros de mentes» rara vez es desenmascarado. Disfrazadas de Ciencia, de salud mental, de apoyo y buenas intenciones, desarrollan sus prácticas represivas al servicio de una normalidad que apesta. Que estos textos se editen y difundan es otro de esos motivos por los que considero necesario este libro. Sabemos que estos textos no son todos los que hay[1], que —aunque no muchos más— existen otras personas implicadas en esta lucha y otras experiencias, otras voces que merecen ser oídas. Hablaba más arriba del desarrollo de algunas publicaciones y colectivos durante los ochenta y los noventa, herederos directos de la antipsiquiatría de los setenta. Algunos de estos colectivos ya no existen como tales, otros han tomado un «camino diferente» —por decir de alguna manera suave que puede ser que estén meti1. En «Antipsychologicum. El papel de la Psicología Académica: de mito científico a mercenaria del sistema» (Virus, 2006) y «Psicópolis: paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea» (Kairós, 2005), ambos coordinados por Jose Luis Romero y Rafael Álvaro, se recogen una serie de artículos y reflexiones de gran interés al respecto. Siendo las únicas publicaciones recientes en el Estado Español que abordan, desde diferentes ámbitos y con mucha lucidez, la crítica a las llamadas ciencias psi

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dos hasta el cuello en prácticas muy parecidas a las que criticaban hace unos años—, y quedan quienes continúan trabajando en la difusión de estas ideas y su puesta en práctica. A estos últimos, tanto a los que han participado en este libro como a los que no: muchas gracias. Creo que este libro es necesario porque esta lucha sigue siendo necesaria. En el psiquiátrico de Trieste (Italia) un muro reza: «La Libertad es Terapéutica». Creo que este libro se hace eco de esa pintada, y creo que para hacer Libertad hace falta mucho más que unas cuantas —contadas— publicaciones y un par de jornadas anuales Luco. Agosto 2006

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     I

Buenas Antes de nada, hemos creído necesario resumir qué es lo que nos ha llevado a sacar esta publicación, así como qué es lo que en mayor o menor medida pretendemos y esperamos de ella Ya desde hace unos cuantos meses veníamos comentando entre [email protected] de [email protected] la necesidad de publicar textos sobre salud mental e intentar abrir debate sobre un tema que nos parece que es dejado de lado sistemáticamente por la mayoría de movimientos antagonistas que tratan de hacer frente a la realidad impuesta. Esto no fue siempre así, y a decir verdad, en la década de los setenta y los primeros años de los ochenta, la crítica al sistema de salud metal fue un elemento importante en las luchas sociales libradas en Europa y en Norte América. A medida que fueron pasando los años y se cosechaban las derrotas, la crítica se diluía, o sencillamente era recuperada por elementos reformistas; la situación se -25-

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fue poco a poco estabilizando hasta el punto de que la denuncia de los abusos y la configuración del sistema psiquiátrico desapareció de los campus universitarios, de los hospitales y de las posiciones de la mayoría de los colectivos anti capitalistas. Quizás se debió a que se trata de una lucha más abstracta que la ecologista o la antimilitarista (por poner un par de ejemplos), o sencillamente porque el Sistema la digirió y asimiló con más sutileza y eficacia que a las otras. Lo cierto es que la tradición antipsiquiátrica en el Estado español nunca fue tan fuerte como en Gran Bretaña o Estados Unidos, puede que la falta de referencia tenga su parte de responsabilidad en el vacío que actualmente existe en todo lo referente a estos temas. Esta deficiencia es lo que nos ha impulsado a sacar este puñado de fotocopias, sentimos la necesidad de hablar y discutir sobre una serie de temas que por alguna extraña razón se han convertido en tabú incluso entre [email protected] militantes de diferentes colectivos y asambleas de corte libertario y autónomo (o la memez esa de la izquierda extraparlamentaria, lo que se quiera...), supuestos reductos revolucionarios donde las puertas de todas las luchas están abiertas. Pero reconocemos que rollos como el antifa pueden tirar más a la gente, que el intento de denunciar y atacar a las instituciones que en nombre de la ciencia, la medicina, el sentido común (algo que [email protected] estamos buscando desde hace años, pero que nunca llegamos a acabar de descubrir... —comenzamos a creer que o bien estamos tullidos en cuanto a él se refiere, o bien el tema tiene algo de ciencia ficción—), etc., nos están haciendo tanto daño a muchísimos y muchísimas de nosotros y nosotras. Hay que comenzar a darse cuenta de que con los actuales niveles de desarrollo tecnológico, las diferentes funciones del poder son menos explícitas que nunca; el sistema de salud mental (desde los centros públicos a las consultas privadas o los manicomios) constituye una solución social a una serie de compromisos que van bastante más allá de lo médico... aquí es donde debemos circunscribir nuestras ganas de destruir este aparato de exclusión y reeducación, de hacer volar por los aires la dolorosísima relación entre la ideología psiquiátrica y la ideología dominante La consecuencia es clara, ya que pensamos que, puesto que la situación del enfermo mental «es fundamentalmente (quitando aquellos trastornos patológicos cuya principal base es un desorden de índole física, y que creemos constituyen una minoría) el producto de una violencia social, el objetivo de la actividad te-26-

I rapéutica debe apuntar en última instancia al descubrimiento por parte del enfermo de la naturaleza de esta violencia» (Robert Castel). Aquí es donde [email protected] enlazamos la salud mental y la revuelta... no pretendemos caer en los archiconocidos y facilones posicionamientos que niegan sistemáticamente la enfermedad mental, jamás diremos eso de: «la enfermedad mental no existe, la sociedad es la que está loca, [email protected] somos [email protected] [email protected] [email protected] que lo pasamos fatal», la enfermedad existe y está ahí, hemos sufrido demasiado como para dudar de su existencia... lo que sí pretendemos hacer es desenmascarar el origen de la patología, del dolor; denunciar cómo la psicología y la psiquiatría con sus fármacos, sus diagnósticos o sus internamientos cumplen una función por la cual la sociedad se libra de elementos críticos, indeseables o simplemente improductivos. Esta es la relación antes mencionada entre ideología médica e ideología que impera en la sociedad, y esta es la relación que nos hemos propuesto atacar. Creemos que la revuelta contra las estructuras que dictan nuestras existencias es un acto de higiene mental, un camino hacia una mejor condición de vida infinitamente más efectivo y satisfactorio que la medicación salvaje o el internamiento. En la revuelta encontramos a nuestros enemigos, al entrar en conflicto con ellos, nos encontramos a [email protected] [email protected], debajo de la falsificación de valores y de la anulación del individuo que operan en el contexto social actual Nos etiquetan, nos encierran, nos drogan... somos socialmente indeseables y lo sabemos. La Norma nos ha herido por no querer abrazarla. Por nuestra parte, hemos declarado la guerra a la Norma. Respecto a la periodicidad (he incluso la misma continuidad) de esta publicación, dependerá de la aceptación que tenga entre la gente, de si nos llegan textos o no; si no tiene ningún tipo de eco, no se gastarán más esfuerzos y pasará a formar parte de esa caja enorme de proyectos frustrados que [email protected] [email protected] que queremos cambiar algo tenemos debajo de la cama. Creemos que tener una publicación, aunque sea de pequeña tirada como pueda ser esta, es una herramienta importante a la hora de difundir lo que se nos pasa por nuestras rotas cabezas, e intercambiar experiencias y puntos de vista con otras personas interesadas en construir caminos para destruir los andamios que nos comenzaron a implantar acá dentro, ya hace mucho tiempo atrás. -27-

salud mental y revuelta

carta a [email protected] [email protected] sistema de salud mental

trabajadores/as

del

Fdo.: [email protected] supervivientes del SSM

Antes de nada, hay que indicar que esta carta quiere tener como [email protected] a todas aquellas personas que actualmente se encuentran en periodos de formación que supuestamente desembocarán en un ejercicio profesional enmarcado en el área de la salud mental (psicó[email protected], psiquiatras, trabajadores-as y educadores-as sociales, etc.); respecto de aquellas personas que se encuentran estudiando estos temas con un interés meramente económico, morboso, o que buscan algún tipo de reconocimiento social, tan sólo diremos que [email protected] declaramos [email protected] [email protected] de antemano. A quien realmente queremos dirigirnos es a [email protected] [email protected] que dicen querer dedicarse a estas cuestiones con la intención de ayudar a otras personas cuyos desequilibrios o patologías (o lo que sea) les han conducido a una situación de sufrimiento La intención de este texto es la de tratar de provocar una reflexión que creemos indispensable en todas aquellas personas que vayan a formar parte de las instituciones que configuran el entramado del Sistema de Salud Mental (SSM). Reflexión esta, que creemos que casi nunca se llega a dar, gracias entre otras razones a la complicidad de las autoridades académicas. La cuestión que planteamos, es que a [email protected] estudiantes de estos campos les falta un punto de vista fundamental a la hora de querer afrontar la problemática de la enfermedad mental, a saber: el del propio enfermo o enajenado. Realmente, este es presentado a [email protected] [email protected] como un sujeto escindido cuyas consideraciones, palabras o sentimientos carecen de valor, excepto el que puedan tener para elaborar un diagnóstico de esos a los que la mayoría de psicó[email protected] y de psiquiatras son tan [email protected] Pues bien, aquí estamos para tratar de enseñaros, desde la condición de [email protected] con la que algún simpático profesional nos etiquetó en su día, algunas cositas que jamás os dirán en vuestras aulas Para poder ser capaz de ejercer una actividad realmente terapéutica, hay que abandonar todo tipo de posicionamiento que implique superioridad; se debe destruir el rol existente según el cual el terapeuta es un individuo lúcido y «entero» frente al pobre, descarriado y equivocado enfermo. Esa ayuda que pretendéis prestar -28-

I (y que de todo corazón esperamos que lleguéis a prestar) supone una relación de confianza que obviamente no puede ser impositiva ni jerárquica. Esta relación de confianza es precisamente todo lo contrario a lo que se está practicando en las instituciones vigentes, esta es una de las deficiencias que nos sirven como base para criticar dichas instituciones, y de paso hacer lo suyo también con los poderes académicos que prefiguran los valores que más tarde serán vigentes en los despachos, consultas y hospitales. Por tanto, lo que en primer lugar queremos pediros es que comencéis por no asumir lo que sale de boca de [email protected], catedrá[email protected] y profesoresas como algo incuestionable y correcto; si así fuera, las patologías irían remitiendo progresivamente, en vez de desarrollarse de manera espectacular a la par de sus supuestos progresos científicos (tanto en el campo teórico como en el práctico) Si [email protected] que sois [email protected] terapeutas del futuro no afrontáis con algo de capacidad crítica los conocimientos que se os presentan en vuestras facultades, ni os preocupáis por ahondar en las contradicciones sociales, en buscar en nuestra cotidianidad los orígenes de la enfermedad (en las formas de producción, en la configuración del trabajo, en el estado de las relaciones sociales, en las actuación de las diferentes instituciones que rigen nuestras vidas —desde la familia, al SSM o el sistema legal—, etc.) entonces por un lado [email protected] lo tendremos igual de jodido que ahora, y por otro [email protected] estaréis lejos de aportar esa ayuda que pretendisteis. En todo caso dispondréis de una serie de conocimientos y capacidades que servirán para mejorar alguna de las situaciones en las que podemos encontrarnos, pero jamás constituirán una herramienta eficaz con la que hacer frente a la enfermedad en cuanto tal, pues mientras que no se ataque a la situación que desencadena los síntomas, los terapeutas tendrán como principal función la de poner «parches» y poco más Posiblemente ya estéis adivinando a dónde queremos llegar. Creemos que cuando una persona toma la decisión de estudiar unas materias concretas con la finalidad de ejercer en el ámbito de la salud mental, debe plantearlo teniendo en cuenta un conjunto de factores que a menudo (desgraciadamente) son tomados a la ligera, parece ser que con las «ganas de ayudar» es suficiente... ejercer como terapeuta es una decisión política, supone intervenir de forma directa en la realidad en la que se vive, supone en definitiva un riesgo que nos tememos no todo el mundo está dispuesto -29-

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a aceptar. De otra manera seréis lindos surtidores de medicamentos o aplicaréis perfectamente las terapias estipuladas en vuestros manuales, os convertiréis en un engranaje más de la absurda máquina que nos discrimina, nos encierra, nos droga... contribuiréis más a la perpetuación de la enfermedad que a su erradicación. No necesitamos que nadie nos juzgue, que nadie nos eduque, ni mida nuestras inadaptaciones basándose en los parámetros que su maravilloso mundo «normal» le ha proporcionado. Necesitamos vuestra fascinación por las cabecitas humanas, vuestro saber... necesitamos que nos enseñéis a ver lo que no podemos, a hacer frente a nuestras dolencias Hace falta gente en el sistema de salud mental público que no nos llene la boca de pastillas nada más aparecemos por la puerta, nos gustaría poder solicitar ayuda libremente sin el miedo a ser [email protected], o [email protected], o a ser [email protected] sin más. Sabemos que algunas terapias pueden ayudar en casos concretos, sin embargo nos están negadas ya que lo más normal es que sólo se pueda acceder a ellas por medio de terapeutas privados... y ya se sabe, su saber tiene un precio que sólo [email protected] [email protected] pueden pagar (como anécdota sin importancia podemos comentar que un apreciado catedrático de la Complutense aplica terapias cognitivas-conductuales al módico precio de cincuenta mil pesetillas la hora; seguro que el muy cabroncete está orgulloso de la ayuda que ofrece) Si queréis ayudarnos venid con [email protected], luchad de nuestra mano, rechazad el mandato social de domesticación que habéis recibido, combatid junto a [email protected] la violencia segregada por este «mundo normal», actuad como agentes de transformación que desenmascaren la represión que nos hunde en la mierda, asumid el riesgo Si no queréis complicaciones siempre podréis seguir yendo a la facultad, copiar apuntes, preparar exámenes y pensar en la fiesta del fin de semana... EI problema es que vuestra decisión tiene consecuencias reales muy dolorosas, y si seguís en el redil, algún día tendréis que responder a un millón de porqués y contestar que sois [email protected] [email protected], que sólo cumplís con vuestro trabajo no eliminará vuestras responsabilidades. Decidid qué es lo que en verdad os importa, cuales son vuestras aspiraciones, elegir el bando en el que queréis estar... con [email protected] [email protected] o con [email protected] [email protected], perpetuando las condiciones existentes o destruyéndolas e inven-30-

I tando unas que no ahoguen nuestra existencia A día de hoy ya hay una cuestión que es fundamental para el futuro de [email protected] estudiantes de psicología y de psiquiatría principalmente. Dentro de muy poquito se pondrán en marcha reformas universitarias que afectarán de lleno a los estudios que hasta ahora se han venido cursando. Estas reformas giran en torno al controvertido Informe Bricall; en esencia se potenciará la participación de capital privado en las facultades y los planes de estudios de las mismas vendrán determinados por «las exigencias del mercado». Esta mercantilización de la universidad pública tiene unas consecuencias especialmente peligrosas en los ámbitos de la salud mental que no son demasiado difíciles de entrever: se fomentará la medicación salvaje (más si cabe de lo que ya se practica...), que es realmente la gallina de los huevos de oro, la industria farmacológica introducirá aún más sus tentáculos en las facultades, afectando a los programas de estudios y ofreciendo becas de investigación con la finalidad de generar más dividendos y nuevos [email protected] Como podréis adivinar, al mercado poco le importan las terapias que no generen dinero, es decir aquellas que no contengan una medicación por la que haya que pagar, el estudio e investigación de las mismas podría en un futuro inmediato verse seriamente afectado; poniéndonos en el peor de los casos, parece ser que todo apunta a que el Insalud seguirá una política de medicación masiva (lo cual se traduce en menos profesionales en el campo de la salud mental, puesto que es más barato medicar en serie que tener especialistas y tratar a [email protected] [email protected] de una manera continuada y seria) y el resto de alternativas quedarán cada vez más en manos privadas. Quién haya tenido alguna experiencia con el SSM sabrá que estamos lejos de estar tan sólo imaginándonos supuestos, lo que amenaza tan solamente es una radicalización de lo que ya está ahí: diagnóstico y medicación en treinta minutos, tres semanas para obtener una cita en un centro de salud mental, sesiones de quince-veinte minutos una vez a la semana (en el mejor de los casos), etc. La única manera de alterar el futuro es cambiando el presente, y eso nadie lo va a hacer por [email protected] Tenedlo en cuenta en la próxima huelga, en la próxima manifestación, cuando penséis que realmente esa historia no tiene que ver con [email protected] Desde luego que en los tiempos de apatía que corren tenemos todas las de perder y todo lo comentado anteriormente parece destinado a caer en saco roto. Pedir a la gente que se haga este tipo de -31-

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reflexiones puede parecer desperdiciar el tiempo. La rebelión no está de moda, eso ya lo sabemos, pero entended que a [email protected] nos va la vida en ello «El problema de la rehabilitación del enfermo mental se convierte en el problema del desenmascaramiento de las ideologías que, cada vez en mayor medida, lo encubren al tiempo que lo construyen a su imagen y semejanza. De aquello que originariamente era —una de las contradicciones humanas encerradas entre la vida y la muerte—, la enfermedad se transforma, cada vez más, en aquello que la define, para terminar identificándose con las instituciones a ella destinadas. Esto significa que la enfermedad asume cada vez un aspecto social diverso según las diversas racionalizaciones ideológicas que informan su terapia y su gestión, sin que en ningún momento se ponga en entredicho la instrumentación que de tal enfermedad se hace a unos niveles sociales bien concretos y específicos, instrumentación que permite o impide su rehabilitación en base a factores completamente extraños a ella En consecuencia, el objetivo de nuestra acción no debe ser la lucha contra la enfermedad mental, ni tampoco la esquemática afirmación según la cual la enfermedad mental no existe sino como producto social (lo cual no haría más que diferir el problema —que es biológico, psicológico y social a la vez— a un momento organizativo en el que todas las necesidades se vieran satisfechas). La verdadera lucha debería ahora dirigirse contra la ideología que tiende a cubrir toda contradicción natural convirtiéndola en una modalidad adaptada a los instrumentos de gestión y de control de que progresivamente disponemos. Es decir, adaptada para ser instrumentalizada según los fines deseados.» Franco Basaglia

carta a [email protected] directores médicos de manicomios Antonin Artaud

Señores: La Ley y la Costumbre conceden a ustedes el derecho de evaluar las mentes humanas. Se supone que ustedes ejercen esta soberana y temible potestad con discernimiento. No se molesten si nos reímos. La credulidad de las gentes civilizadas, profesores y administradores, atribuye a la psiquiatría una sabiduría ilimitada, sobrenatural. El caso de la profesión de ustedes está juzgado de antemano. No tenemos ni la menor intención de discutir aquí la -32-

I validez de su ciencia, ni la dudosa insistencia de las enfermedades mentales. Pero, por cada cien pretenciosos diagnósticos patogénicos, en los que reina la confusión entre el espíritu y la materia, por cada cien clasificaciones, de las cuales solamente las más vagas se mantienen en cierto uso, ¿cuántos nobles intentos se han hecho de aproximarse al mundo del espíritu, en el que viven tantos de los prisioneros de ustedes? Por ejemplo, ¿para cuántos de ustedes son algo más que un revoltillo de palabras los sueños de un esquizofrénico y las imágenes que le asedian? No nos sorprende descubrir que son ustedes inferiores a una tarea para la que pocos están predestinados. Pero protestamos enérgicamente contra el derecho atribuido a ciertos hombres, de mente estrecha o no, a sancionar sus investigaciones en el campo del espíritu con sentencias de reclusión perpetua ¡Y qué reclusión! Todos lo sabemos —no, no es suficientemente sabido— que los manicomios, lejos de ser asilos, son terribles cárceles, donde los reclusos constituyen una fuente de mano de obra gratuita y útil, y donde la brutalidad es la norma, y ustedes toleran todo eso. Un asilo mental, con la tapadera de la ciencia y de la justicia, es comparable a un cuartel, a una prisión, a una colonia de esclavos No vamos a plantear la cuestión del confinamiento arbitrario. Esto ahorrará a ustedes la preocupación de hacer apresurados desmentidos. Pero afirmamos categóricamente que un gran número de sus reclusos, completamente locos por definición oficial, se hallan también arbitrariamente confinados. Protestamos contra toda interferencia en el libre desenvolvimiento del delirio. Es tan legítimo y tan lógico como cualquier otra sucesión de ideas o actos humanos. La represión de reacciones anti-sociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son anti-sociales. Los locos, sobre todo, son víctimas individuales de la dictadura social. En nombre de la individualidad que pertenece específicamente al hombre, demandamos la liberación de esas gentes, convictas de sensibilidad. Porque aseguramos a ustedes que no hay leyes suficientemente poderosas para encerrar a todos los hombres que piensan y actúan Sin insistir en el carácter perfectamente inspirado de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida en que nosotros somos capaces de apreciarlas, afirmamos, sencillamente, que su concepto -33-

salud mental y revuelta

de la realidad es absolutamente legítimo, como lo son todos los actos que de él se derivan. Traten de recordar esto, mañana por la mañana, durante sus rondas, cuando, sin conocer su lenguaje, intenten ustedes conversar con esos seres, sobre los cuales —reconózcanlo— no tienen ustedes más que una ventaja, a saber, la fuerza

salud mental y matriz social

El texto que sigue no pretende ser ningún acto de pedantería u erudición, si hay quien lo encuentra denso en algunos pasajes, es por mi incapacidad para simplificar ciertas ideas o reflexiones; tampoco trata de ir más allá de ser un mero apunte (el tema es tan amplio que las posibilidades de abarcarlo son casi infinitas) sobre las relaciones que actualmente se dan entre la salud mental y la sociedad tal y como se encuentra configurada hoy en día. Apunte que creo útil para el debate, y sobre todo para la acción, es decir: plantear la denuncia de dichas relaciones, y la necesidad de la posterior destrucción de las estructuras que las determinan. Y es que, el enfermo mental que trato de describir sería el resultado de una no-correspondencia con las demandas y expectativas del grupo social (lo cual no quiere decir que esta sea la única causa de la enfermedad mental, pero creo que sí la principal, quedando las patologías de origen estrictamente físico en franca minoría). En pocas palabras: es este mundo tal y como está construido el que nos hace enfermar A partir de aquí desarrollaré distintos puntos en los cuales intentaré poner de manifiesto la relación entre lo sistémico y la enfermedad mental. Para ello trataré la evolución que del concepto de locura y enfermedad mental se ha tenido en los últimos cinco siglos, así como las relaciones entre estos conceptos y el pensamiento de cada época determinada, y las diferentes aptitudes que se tomaron para afrontarlos (lo que he hecho, no es sino un breve y simplificado resumen de «La historia de la locura en la época clásica» de Foucault, mi aportación es casi nula y en ocasiones parafra-

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I seo directamente al autor[1]). Finalmente hablaré de la salud mental en el siglo XX, de las incursiones que pensadores de tendencia marxista hicieron en este campo, y por último de la antipsiquiatría y su forma de enfocar los trastornos mentales. No intento hacer aquí un análisis profundo de los pensadores, filósofos y corrientes aludidas, sino valerme de ellos en la medida en que me aporten a la hora de tratar de elaborar mi (y el de otras muchas personas con las que coincido) discurso sobre la salud mental y la matriz social actual

locura y evolución histórica

Desde siempre y en todas las culturas, aunque con intensidades variables, ha habido personas de comportamientos insólitos o diferentes con respecto al comportamiento estándar de la mayoría de la población. Michel Foucault señaló que al final de la Edad Media, y con la disminución progresiva de los enfermos de lepra, los locos ocuparon el puesto de los leprosos como víctimas sociales. Es a partir del siglo XV cuando el hombre occidental comienza a fascinarse por la locura, una fascinación que ha llegado hasta nuestros días. La locura atrae en tanto que está relacionada de alguna forma con el saber. En este siglo la locura comienza a jugar un papel importante en la temática de la pintura y la literatura, y así lo podemos observar en obras de Erasmo, Brant, Durero, Bosco o Brueghel. Se da una conciencia crítica de la locura, conciencia que en sus formas médicas, morales o filosóficas está atada a una conciencia trágica Por un lado la locura se convierte en una forma relativa a la razón (toda locura tiene su razón y toda razón su locura), y por otro la locura se convierte en una de las formas mismas de la razón. Se establecen grandes paralelismos entre las formas de razón y las formas de locura, así como entre el sabio y el loco. Razón y locura pasan a ser algo así como vecinas. Montaigne visita al poeta italiano Tasso en pleno delirio de este último... el sentimiento experimentado es el de admiración, la abundancia de claridad es la que le ha cegado. La locura pasa a formar parte del esfuerzo de 1. Esta obra se encuentra publicada en el FCE en dos tomos de precio bastante desorbitado, por otro lado tienen unas dimensiones idóneas para su sustracción de alguna de las macro-librerías que existen en nuestras ciudades

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la razón el internamiento

En el siglo XVII se asiste a un regreso de la razón. Descartes sitúa a la locura al lado del sueño y de todas las formas de error. La locura, concebida como un peligro, desaparece con el ejercicio de la razón. Queda excluida por el sujeto que duda. Yo que pienso, no puedo estar loco. Este es el siglo de la creación de grandes internados; en 1656 se funda el Hópital Genéral en París que más que un establecimiento médico, es una estructura semijurídica En Francia, especialmente, se multiplican los internados, los cuales están gestionados por la burguesía con la participación del clero (hay rezos obligatorios, ejercicios de piedad, lecturas, plegarias, etc.). Las descripciones de la época nos relatan la excesiva similitud entre unos calabozos comunes y estos centros de reclusión, a ellos se les ha otorgado un poder situado entre la policía y la justicia. En Inglaterra, los orígenes del internamiento se sitúan en el 1575 con la creación de las «Houses of Correction»; a finales del siglo XVIII se convierte en una práctica corriente y se establecen internados por toda Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y España. Se establece la práctica del encierro como «reacción a la miseria», relación del hombre con lo que puede haber de inhumano en la existencia. Supone la concepción del enfermo como un obstáculo al orden. Las autoridades cristianas (tanto católicas como protestantes) apoyan las reclusiones, la separación de miserables; apartando así su «nuevo» mundo (cristiano) de la miseria que fue santificada en la Edad Media El internamiento supone la separación entre pobres buenos y pobres malos, se realiza una valoración ética del encerrado, y dependiendo del valor moral del sujeto al que se le interna, el internamiento es beneficio o castigo. La internación puede ser entendida como una de las respuestas dadas por el siglo XVII a una crisis económica del mundo occidental, al incrementarse la pobreza se inicia la persecución de indeseables. La miseria, de esta manera, ha perdido su sentido místico Con la superación de las crisis económicas, se da un cambio en la concepción del internamiento: en las zonas industrializadas (sobre todo en Inglaterra) los enajenados «capaces» y el resto de «inde-36-

I seables» se incorporan a la industria y mercados locales en forma de mano de obra barata. En la época clásica, la locura es concebida a través de la condenación ética de la ociosidad, la pereza es vista como subversión y el trabajo es el remedio-castigo frente a dicha transgresión. «El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones»[2]. Se realiza una peligrosa síntesis entre obligación moral y ley civil, se cambia el significado de la locura... esta pasa a ser un problema de la ciudad Podemos establecer una relación de fondo entre las prácticas que lo sistémico tenía para afrontar la locura en la época clásica y las que tiene hoy en día. El internado era algo semejante a un desagüe, un mecanismo más o menos perfeccionado para erradicar asociales; hoy en día esos mismos individuos pueblan penitenciarios, reformatorios, secciones de psiquiatría en los hospitales o gabinetes de psicoanalistas. El conflicto entre individuo y sociedad sigue siendo patente. Lo que cambian son las formas y maneras en las que se manifiesta dicho enfrentamiento

enajenación y moralidad

Es la organización del mundo ético (sea el momento histórico que fuere) la que establece separación entre bien y mal, individuos integrados e individuos condenados. Es esta misma organización la que genera nuevas formas de integración social. En el siglo XVII son la razón cristiana y las instituciones las que hacen que locura y pecado se acerquen poco a poco, hasta la disolución de la frontera entre ambas. Quizás podamos insertar aquí el origen de la culpabilidad que el alienado siente como destino y que el médico (hoy en día) descubre como verdad de su naturaleza. Aquí es especialmente observable el peligrosísimo parentesco, siempre existente, entre medicina y moral Los diferentes sistemas socioculturales que se van dando a lo largo de la historia desarrollan su propia estética o su propia ética. El 2. Foucault, Michel. «Historia de la locura en la Época Clásica» (Volumen 1, FCE, 1991). Pág. 119

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mundo del siglo XVII coacciona a aquello que se le escapa, la ética empapa la medicina, y los individuos no asimilados son víctimas de un juicio moral. Con el capitalismo, como supuesto culmen del progreso humano, no sucede algo demasiado diferente, la psiquiatría médica en muchos de los casos se encarga de catalogar y clasificar sujetos, de juzgarles basándose en la relación existente entre su comportamiento (el desenvolvimiento de su delirio) y las pautas aceptadas comúnmente como normales. Otra vez el mismo sistema que determina qué es lo normal, es el que juzga y condena al individuo enajenado Pasado el Renacimiento, se ataca de forma continua la homosexualidad, se crea un halo de prohibición y silencio entorno al tema. Se instauran nuevas relaciones entre el amor y la locura, se comienza a encerrar a homosexuales en instituciones destinadas a enfermos mentales. El fundamento de toda esta persecución no es otro que la familia, cuya moral ha hecho suya toda posible ética sexual. La familia significa contrato y razón, más allá de la cual sólo podemos encontrar la sinrazón. La extravagancia (síntoma inequívoco de la enfermedad) implicaba un desorden del corazón, desorden que debía ser perseguido policialmente. En el siglo XVIII estas experiencias tienen su expresión en el libertinaje, el cual supone el uso de la razón supeditada a los deseos y el corazón (la sinrazón); el máximo exponente sería Sade y sus Justine o Juliette El insensato que había venido mostrando las marcas de lo inhumano, comienza a mostrar una sinrazón demasiado cercana al hombre Tras el Renacimiento comienza a gestarse y desarrollarse una crisis del mundo ético, se da el conflicto razón/sinrazón, cuyos resultados podemos apreciar en lo que Foucault ha venido a denominar «figuras del desgarramiento», como Nietzsche, Sade o Artaud Debemos tener claro que nuestro conocimiento científico de la enfermedad mental está basado en la experiencia moral de la sinrazón, que llevó a cabo el clasicismo. Ya avanzado el siglo XVIII, el médico es capaz de transformar el presentimiento del jurisconsulto en certidumbre, pudiendo decretar la existencia o no de enfermedad partiendo de un sistema de señales emplazado en el ámbito de las pasiones. La figura del médico y sólo ella es capaz de introducir a alguien en la locura, siendo así que: «lo que puede determinar y aislar al hecho de la locura no es tanto una ciencia -38-

I médica como una consciencia susceptible de escándalo»[3]. La medicina juzga de esta forma la conducta social del hombre, dando lugar al dualismo de lo normal y lo anormal, lo sano y lo enfermo. Y en consecuencia, y de la misma manera que en los Estados democráticos de una civilización industrial avanzada, la medicina establece cuáles son los parámetros que justifican el internamiento De la oposición entre normal y anormal, surge otro dualismo: el del internado (sujeto cuya persona jurídica es limitada) y el «otro», el curador en cuyas manos se cae por lo jurídico. En el siglo XIX el internamiento pasa a ser considerado como acto terapéutico destinado a curar al enfermo. A partir de esto, tenemos dos experiencias de la alienación: la primera supone que un ser cae en el poder de otro (enfermo-curador), la segunda supone la no similitud fraternal de los hombres entre sí (los hay cuerdos y enajenados). Ambas implican una confusión antropológica de la que ya no se saldrá Los movimientos que constituyeron la razón y excluyeron a la sinrazón se revelan con fuerza en Spinoza y en los esfuerzos de la «Reforma del Entendimiento». Pero el paradigma presentado por estos intelectuales variará en el siglo XIX. En él, la razón no tendrá que desligarse de la locura, tan sólo deberá reconocerse siempre anterior a ella La locura se toma como un estadio anterior al de la razón, supone al hombre en inmediata relación con su animalidad. Así podemos entender parte de los tratos y procedimientos aplicados a los enajenados, puesto que eran aplicados a ellos en tanto que animales y no hombres. La posibilidad de la sinrazón la podíamos emparentar con aquel genio maligno cartesiano, un peligro que podría impedir el acceso a la verdad. Dentro de esta sinrazón es donde deberíamos incluir a la locura, los enajenados se encontraban encerrados con los libertinos, vagabundos y otros sujetos irracionales

conciencias de la locura

En el clasicismo podemos distinguir fundamentalmente entre cuatro conciencias de la locura, las cuales se apoyan las unas en las otras, pero siendo autónomas y no pudiendo así imbricarse 3. Íbid. Pág. 201

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una en otra * Conciencia crítica de la locura. Esta conciencia no define, denuncia. La locura, desde aquí, es entendida como oposición, es entendida como locura con una conciencia segura de sí misma, como sabiduría * Conciencia práctica de la locura. Está asociada a la separación dramática del grupo, conciencia de una realidad concreta: estar en el grupo o fuera de él * Conciencia enunciadora de la locura. No es sino una aprehensión perceptiva, es la conciencia que permite decir sin ningún análisis profundo que alguien está loco * Conciencia analítica de la locura. Ella funda la posibilidad de un saber objetivo sobre la locura Los siglos XIX y XX han exaltado la conciencia analítica, dejando a un lado los otros tipos de conciencia; pero esto no supone la inexistencia de estos: la crítica nietzschiana o los arrebatos de Artaud contra los manicomios son testimonios de que siguen existiendo las otras tres formas de conciencia. Hoy la locura no cae de forma directa bajo los sentidos, el loco no es el portador de un signo; nos creemos capaces de un reconocimiento indudable del loco dado el desfase entre sus acciones y las de otros hombres, pero no sabemos indicar dónde comienza la locura. Algo demasiado similar ya pasaba en el siglo XVIII, no se sabía definir la locura, pero sí reconocer al loco. El loco lo era, siempre que lo fuera para otras personas, por relación a los demás y no por sí mismo. El loco es percibido y la locura deducida. Las consecuencias nefastas y dolorosas de este planteamiento se pueden predecir con facilidad.

el origen de la locura i

Otro punto importante es la aparición de las primeras clasificaciones de enfermos y la búsqueda, en definitiva, de un origen de la locura. Un sin fin de investigadores, médicos y filósofos, comienzan a acometer esta tarea; dos de las primeras obras que suponen una clasificación sistemática de los enfermos mentales, son «Idea Universal de la Medicina» (Joston 1644) y «Praxeos Tractatus» (Plater 1609). Asistimos a una escisión entre la figura del loco y la locura; esta comienza a ser investigada en -40-

I busca de su origen y significación, así lo hacen Colombier, Doublet, Cullen o Tissot Bajo la influencia de Locke muchos médicos situaron el origen de la locura en una perturbación de la sensibilidad, el loco es un individuo con algún tipo de error en su constitución física que le diferencia de los demás Voltaire no diferenciará el alma de los sentidos, el alma tendría al cerebro por órgano, y son las perturbaciones de este las que provocan los desajustes del alienado. Estas consideraciones supusieron el deslizamiento de un problema en principio médico a uno filosófico, pues si los planteamientos de Voltaire fueran ciertos, ¿no sería la locura prueba de la materialidad del alma? Lo que en el siglo XVIII fue un problema de la disociación entre alma y cuerpo, condicionará de forma decisiva la psiquiatría del siglo XIX. Esta tendrá dos vertientes fundamentales: la espiritualista y la materialista, la primera asocia la locura al alma (realidad trascendental) y la segunda al cuerpo Las investigaciones anatómicas iniciadas por Bonet en su «Sepulchretum» (1679) son un intento en la determinación de las causas internas de la locura; en estos estudios se pesan, se describen las texturas, configuraciones y consistencias de las diferentes partes del cerebro. Queda establecido que la causa más cercana a la locura es un cambio o alteración de este, que es el órgano que se entiende más cercano al alma. En el siglo XVIII se comienzan a describir causas lejanas o ajenas de la locura, se señalan como origen de la misma la influencia de la luna (ya presente desde el siglo XVI), la alimentación deficitaria, el amor y los celos, la ambición, el onanismo, la embriaguez, o el estudio y la meditación demasiado profundas. Sobre todas ellas y detrás de ellas se encuentra la causa más recurrida: la pasión. Esta es la que da paso a la locura, la que supondrá el fraccionamiento del alma y el desorden de la imaginación. Se vuelve una vez más a la ya manida definición de locura en tanto que delirio, cercana siempre a lo onírico y lo erróneo La curación Otro punto clave para entender la locura en la época clásica (y por extensión en todo el periodo histórico que vendrá después), son los caminos que se establecen entre médicos y enfermos, y que tienen como objetivo la curación de estos últimos. Métodos estos encaminados a atacar la sinrazón y erradicar la enfermedad -41-

salud mental y revuelta

La cura es al mismo tiempo práctica y reflexión. Reflexión puesto que supone un pensamiento del hombre sobre su propia naturaleza, sobre la relación entre alienado y curador, y sobre la enfermedad en sí. Esta práctica reflexiva lleva a buscar elementos curativos en virtud de la naturaleza de los mismos, estos tendrían en su constitución una especie de secreto que permite hacer frente al mal. Son muchos estos remedios, de cariz místico y sin ninguna base científica, prescritos por las autoridades médicas del siglo XVII. Entre ellos podemos destacar el uso de materiales procedentes del cuerpo humano, como cabellos quemados, orina, polvos de cráneo de muerto o sangre caliente y el uso de sales, hierbas o piedras preciosas de propiedades curativas. También habría que hacer referencia al carácter simbólico de muchos de estos remedios, por ejemplo, Tissot recomienda el consumo de jabón dado el poder purificador del mismo. Poco a poco se van introduciendo en la relación curador-enfermo elementos más psicológicos, e intervienen en el proceso de curación, el razonamiento, la persuasión o el diálogo. Se trata de hacer despertar a los delirantes de su mundo onírico, y para ello, bien se aceptará el juego imaginario del paciente para despertar nuevas imágenes, o bien se tratará de hacer regresar al paciente a lo inmediato rompiendo el mundo de ilusión generado por la locura. Por un camino el médico se introduce por artimañas teatrales en el teatro del enfermo, y por otro el médico trata de suprimir ese mismo teatro. Esto culminará en el psicoanálisis, el cual viene a posibilitar al pensamiento médico un diálogo con la sinrazón, pero eso ya sería en la transición del siglo XIX al XX. Antes de ello hay que señalar un personaje fundamental en la evolución de las relaciones entre médico y paciente: es Philippe Pinel, el cual funda la neuropsiquiatría e introduce el trato humano a los enfermos al liberar a los locos de sus cadenas en el 1793, al ser nombrado director del Hospital de la Bicêtre en París

el origen de la locura ii

Si en el siglo XVII y XVIII se daba razón de la locura aduciendo al clima, la luna, el aire o el desenfreno de la pasión, en el siglo XIX será la riqueza y el progreso los que hagan favorable la aparición de individuos enajenados. La desaparición del despotismo y el surgir de una nueva libertad, conformará el marco que haga posible la -42-

I separación del hombre de su esencia y de su mundo. El hombre loco ya no será visto como animal. Es la represión de la existencia animal del hombre la que propicia la locura, y no la animalidad; desde este punto de vista los pueblos primitivos serían los menos predispuestos a la locura. Es la civilización la que ofrece al hombre múltiples caminos para su alienación. En este siglo Morel indica que es la miseria el campo de cultivo sin duda más favorable para la locura, esta se convierte así en un problema de clase y en condición del orden burgués imperante y su proclamada razón. La locura comienza a aproximarse a la historia, es una derivación de la misma; sus diferentes formas se determinan por las figuras mismas del devenir Los vínculos entre el poder constituido y la salud mental vienen ya de lejos, pero es en este siglo XIX donde la relación entre organización social y locura se hace más evidente. El siglo XVII segrega a los locos del resto de la población creando asilos especiales para ellos, la sociedad que los teme se encarga de aislarlos. Una vez aislada, la locura se convierte en objeto de percepción, su igualdad es fragmentada: aparecen diferentes (y casi inagotables) rótulos y etiquetas como consecuencia de esta percepción; hay débiles de espíritu, violentos, furiosos, imbéciles, insensatos, etc. Locura y confinamiento establecen lazos de unión decisivos, el loco es un símbolo del poder que se encarga de encerrarlo. Desde los comienzos de este siglo, en Francia se empiezan a mandar internados a explotar territorios coloniales Poco a poco y hacia finales de siglo, el confinamiento es criticado por razones principalmente económicas, su financiación es demasiado costosa. Se limita el internamiento y se comienza a integrar a la población confinada en los circuitos de producción. En un periodo en el que se busca valor económico a casi todo, los confinados no podían ser menos, eran una riqueza inutilizada que debía ser aprovechada El ámbito de curación de los enfermos pasará a ser la familia, en 1790 con la Declaración de los Derechos del Hombre el internamiento queda decididamente reducido a los ajusticiables y a aquellos casos de locura más extrema, aquellos que quedan incapaces debido a su afección. El papel del internamiento es el de reducir la locura a su verdad, y la verdad de la locura es la razón del hombre. El encierro cambia su sentido, la anulación de la libertad ya no es -43-

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consecuencia de la locura, es la esencia de la misma. Tan sólo se encierra a quien realmente muestre comportamientos de los que se pueda deducir que libre haría daño a los demás, o se lo haría a así mismo objetivización de la locura. el médico

La locura ya no será sujeto de sí misma, se convertirá en objeto, se intentará elaborar un conocimiento de ella desde las estructuras de un sistema que se revela a sí mismo como alienante. Cabe hacer la pregunta de hasta qué punto estamos o no dispuestos a heredar un conocimiento sobre la enajenación que ha sido elaborado por una estructura alienadora. Este conocimiento supone que quien lo posee ha conjurado de sí mismo la posibilidad de la locura; esta conciencia de la no-locura es la base sobre la cual comenzar a conocer la locura. Los estudiosos de las diferentes formas de enajenación impondrán el status de objeto a todo individuo alienado La locura ya no existirá sino como ser visto, el loco deberá someterse a la vigilancia y al enjuiciamiento de aquel que lo objetiviza. El loco se considera como un niño con fuerza y por tanto con la capacidad de hacer daño; el objetivo es incorporarle al mundo adulto de las relaciones sociales (Tuke) o insertarle en la moral uniformada de la sociedad (Pinel) El médico se revela como figura instaurada por el orden social y moral, él decide las entradas y salidas de los internados, se encarga de ser garantía moral y judicial. El antepasado de nuestros médicos actuales no tenía garantía científica alguna, era más bien un juez moral instaurado desde el poder con la capacidad de privar y dar la libertad a sus pacientes. El médico operaba desde el mito y la oscuridad, la práctica científica se encontraba totalmente confundida con la táctica moral La situación no cambiará en esencia con Freud, la consideración absoluta seguirá estando en la decisión del médico, este seguirá siendo la figura alienante que ya empezó a ser mucho tiempo atrás. El loco, es aquí cuando deja de ser el insensato de la época clásica y pasa a ser el alienado en la forma moderna de la enfermedad. El loco aparece ya inmerso en una dialéctica entre él mismo y lo otro, su verdad y lo contrario a su verdad -44-

I La locura, en los siglos XIX y XX, ya no es la pérdida en términos abstractos de la razón, es la contradicción en la razón; muestra la última verdad del hombre hasta la que le han empujado su mundo y sus pasiones. Esta locura pertenecerá a los trabajos de Artaud, Nietzsche o Van Gogh, lo mismo que otros elementos, pero participará de manera diferente. Cuando aparece, la obra provoca un desgarramiento que lleva al mundo, que creía medirla por la psicología, a preguntarse por sí mismo, a justificarse ante ella El Nietzsche de sus últimos días acaba por proclamarse Cristo y Dionisio, y en su última carta a Cósima Wagner, ya loco, escribe: «Esta vez, sin embargo, vendré como el victorioso Dionisio, convirtiendo el mundo en una fiesta... no me sobra el tiempo». La locura ha aniquilado a la obra y ha abierto un vacío en un mundo que creía poder acceder a ella y conocerla

salud mental en el siglo xx

Todo lo tratado anteriormente viene a ilustrar las diferentes interpretaciones que de la locura se han dado a lo largo de la época clásica, la evolución en el internamiento, el trato a los enfermos y las relaciones que se dieron entre la salud mental y las condiciones sociales y económicas. Partiendo de ahí podemos analizar con una mayor capacidad crítica la situación de la enfermedad mental hoy en día Ni los avances de las diferentes ciencias implicadas en el estudio de la enajenación, ni las diferentes corrientes del siglo XX han conseguido descifrar la locura, y acceder a ella para eliminarla. Los modelos psicoanalistas, fenomenológico, biológico o conductista han contribuido a entender determinadas formas de locura, a indicar las condiciones que las hacen posibles o a explicar con más o menos éxito algunos procesos psicopatológicos, pero ninguno ha sido capaz de dar razón a la anormalidad de todas las manifestaciones de la locura y de proponer soluciones a las mismas La realidad, una vez transcurrido el siglo XX, es que la enfermedad mental, lejos de haber sido esclarecida, es una de las grandes protagonistas de nuestra civilización. Muchos de los esquemas válidos en los siglos anteriores son aplicables a este; la antítesis entre individuos fundamentalmente buenos (lo otro) e individuos que no son buenos (enfermos) sigue vigente. Así como la relación -45-

salud mental y revuelta

paciente/doctor a la que tanto he aludido, que en este siglo sigue marcada por un fracaso en la comunicación de las dos partes. Los terapeutas siguen teniendo un halo de inmunidad rodeando a sus dictados, pero contra ellos está el hecho de que la mayor parte de las enfermedades mentales diagnosticadas no terminan de curarse nunca; los pacientes se ven sumergidos en multitud de tratamientos de todo tipo, fármacos e internaciones en centros psiquiátricos. Si los médicos en el XVIII son los guardianes de la moral imperante, en el siglo XX los terapeutas lo son del orden capitalista. Son una elite dedicada a emitir juicios sobre un mundo con el que tienen poca o ninguna relación; entre el especialista y su paciente existe un vacío comparable con el que experimenta el individuo contemporáneo frente a las razones e instituciones que determinan su vida (poder). Y es que ambos vacíos vienen a ser tan semejantes que en esencia son uno y el mismo. Lo sano viene en nuestra sociedad determinado por la adaptación, la locura por la no adaptación del individuo al sistema en el que vive; lo que tendríamos que preguntarnos es hasta dónde lo irracional (la no adaptación) es patológico, hasta dónde la locura decretada por las autoridades médicas determina al paciente a un destino etiquetado En las sociedades capitalistas existe un miedo a la locura, entendida como una situación infantil del hombre frente a la madurez necesaria para introducirse en las relaciones sociales y productivas de lo establecido. El loco es, al fin y al cabo, alguien que no se ha introducido en este juego y que no ha sido capaz (o no ha querido ser capaz) de insertarse en las relaciones que están constituidas entre los otros. La locura viene definida como un comportamiento inaceptable en una realidad cultural concreta, se constituye como un fenómeno social y cultural. Es un hecho social más que personal Una vez que una serie de síntomas (articulaciones lingüísticas anormales, conductas extrañas, alucinaciones sonoras o lo que sea) hacen que el sujeto voluntariamente o por medio de sus familiares, allegados o alguna autoridad (policía, por ejemplo) acabe en el terapeuta, este comenzará a aplicarle términos capaces de condicionar e invalidar al individuo. Las razones del etiquetamiento son sociales, y por tanto los rótulos son más terminología que condición. Aquí se rompe la posibilidad de comunicación entre médico y enfermo, el primero se limita a acumular información para elaborar un cuadro de los trastornos del paciente. Se llega a una -46-

I descripción psiquiátrica de vocabulario degradante y despectivo que finalmente guarda poca conexión con la realidad experimentada por el sujeto. Los modelos interpretativos fracasan una y otra vez. El individuo deja de ser una entidad autónoma inmersa en un contexto determinado, para ser un esquizofrénico o un maniacodepresivo, pasa a ser lo que otros definen que es; la rotulación conlleva una invalidación personal y social En 1911 Eugen Bleuder acuña el término esquizofrenia (mente dividida o cuerpo dividido) y se describen sus síntomas primarios: aparición de asociaciones rotas, distorsiones del afecto, autismo y constante cambio de opinión. Nadie desde entonces ha sido capaz de localizar fisicoquímicamente la existencia de la misma, pero en el mundo occidental han aparecido infinidad de esquizofrénicos. No se tiene esquizofrenia, se es esquizofrénico La locura en un mundo estructurado como el nuestro es una ruptura entre el yo interior que poseemos y el falso yo que ofrecemos en las relaciones con lo otro. La sociedad da prioridad a nuestra falsa otredad frente a la verdadera mismidad de nuestro yo, la locura es la alteración de esta prioridad y por tanto un problema social Este enfoque nos puede dar la posibilidad de afrontar de manera diferente los trastornos mentales, por ejemplo la psicosis. Esta, que ha sido entendida como un vuelco nervioso, un episodio esquizofrénico agudo, desde lo antes descrito podría entenderse como una caída súbita del falso yo que ha estado manteniendo la normalidad en el comportamiento exterior. Este hecho no sólo se puede entender como algo patológico, sino que pensadores como Laing indican que abre «una oportunidad para que una persona comience a remediar la división entre el yo verdadero y el falso, que ha deformado su vida» [4]. Estos nuevos intentos de comprender la locura, llevarán a la práctica de nuevas experiencias terapéuticas Existimos en un contexto social que condiciona nuestra vida desde el primer momento. Nos circunscribimos en hechos sociales que se dan en situaciones (contextos) a su vez enlazadas con metacontextos, y estos a su vez con metametacontextos, así hasta la totalidad del sistema en el que nos encontramos sumergidos. Una 4. VVAA. «Hacia la locura» (Ed Ayuso, 1976). Pág. 77. Artículo: En busca de una nueva psiquiatría, de R. D. Laing

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afección mental debe ser entendida desde la matriz social resultante del conjunto de todos los contextos, no nos podemos quedar ni en ella sola (aislada de las condiciones que la rodean), ni en la situación inmediata en la que se produce, debemos dar un paso más El campo de la salud mental es una parcela más donde la violencia institucionalizada y organizada del poder opera, es un ámbito más donde poner en funcionamiento estrategias sustentadoras del orden establecido. La perpetuación del sistema se cobra víctimas y algunas de ellas son los locos, blancos sociales de una operación política violenta que llega a suponer encierros, comas de insulina, tratamientos con electrochoques o psicocirugía. Todo por el bien del enfermo y de una sociedad que se revela a sí misma como más enferma todavía Este control social comienza a afectarnos de forma decisiva desde nuestros primeros años de existencia. La sociedad intoxica y destruye nuestro potencial creador, la violencia institucionalizada se oculta en el lenguaje, la educación o los medios de comunicación. Y una vez la socialización se lleva a cabo, el niño se conforma y pacta con la sociedad su propia traición, el loco puede verse como aquel que no se traiciona. Si así fuera... ¿cómo no iba a ser perseguido? En los comienzos del psicoanálisis se reconocen los efectos represivos de determinadas instituciones sociales, básicamente la familia y la rígida moral sexual de la época. Pero este estudio de los efectos de cierto autoritarismo es insuficiente, hay que analizar la capacidad perturbadora que tiene la sociedad en cuanto el todo que es. Los valores sobre los cuales es cimentado un mundo afectan de manera directa a la salud mental; podemos decir que existe una relación entre esta y el clima social ¿Cuáles son los valores que nos infundieron? ¿Cuáles son los que operan en el capitalismo de corte democrático? Las confusiones, las decepciones o las distorsiones del carácter son consecuencia de una sociedad, que de niños nos cuenta lo mala que es la mentira, lo maravilloso de la solidaridad o el respeto, y que de mayores nos revela la competencia y el desapasionamiento como únicos valores posibles. Sociedad y patología intrapsíquica caminan de la mano Los terapeutas tratan de ayudar al hombre enfermo a encauzarse -48-

I de nuevo en el mundo del que se salieron (o al que nunca llegaron a pertenecer del todo), a introducirlos en los valores de la amplia clase media. Lo sano guarda cordiales relaciones con las reglas sociales; entonces, los enfermos... ¿se curan o se adaptan? De esta manera, los terapeutas (como en los siglos anteriores) son poseedores de una verdad muy suya que tratan de imponer al paciente, lo ético de sus tratamientos y recomendaciones queda en entredicho La solución a la enfermedad pasa de forma necesaria por un cambio, la pregunta sería qué es lo que debe cambiar: ¿el individuo o la sociedad? Nuestra conciencia se ve afectada por la experiencia social, tal y como he dicho, lo cual nos puede llevar a plantearnos la posibilidad de aprovechar esta influencia con una finalidad terapéutica. Si las relaciones sociales existentes tienen efectos patológicos en nosotros, la destrucción o incluso la lucha por la destrucción de estas relaciones podrían tener un efecto terapéutico. El enfrentamiento con la opresión y la explotación dentro de la sociedad y dentro de nosotros mismos, tiene una función constructora que ayudaría bastante más que una actitud pasiva ante las condiciones de nuestra existencia. La confrontación puede ser tomada como tratamiento, un proceso liberador de los valores inculcados (lo cual no significa aceptados), una salida de un universo planteado en términos de explotación, donde las personas se utilizan como objetos, donde el individuo delega continuamente en organizaciones e instituciones que le son totalmente ajenas. «Descubrir quién es uno mismo es un proceso político, pues el cambio del concepto que uno tiene de sí mismo implica el cambio de las relaciones propias con las estructuras sociales existentes y el de los supuestos básicos propios»[5]. El proceso abierto es el de aprender a desaprender, aun teniendo en cuenta lo doloroso que podrá ser

marxismo y enfermedad mental

Desde lo anteriormente expuesto, se entenderá que en la segunda mitad del siglo XX los movimientos políticos antagonistas hayan tenido incursiones en temas referentes a la salud mental. El más significativo de ellos es el marxismo 5. Íbid. Pág. 217. Artículo: Cambio dentro de un centro de crisis contra-cultural, de Ted Clark y Dennis T. Jafle

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El pensamiento de Marcuse quizás sea uno de los más significativos, para él, economía y sufrimiento de la humanidad se encuentran enlazados, los hombres se encuentran alienados por: la naturaleza, ellos mismos y sus semejantes. Lo cual deriva en el «principio de rendimiento» al cual debe someterse la humanidad, este principio no es otra cosa que un estilo de vida desexualizador. El resultado es un hombre unidimensional y deshumanizado, cuya capacidad de goce queda restringida a los órganos genitales, y cuyo cuerpo restante se transforma en instrumento de trabajo del orden establecido. Este hombre unidimensional es el que es susceptible de padecer trastornos mentales, el intentar suprimir estos pasa por cambiar el contexto social Jacques Lacan es la perfecta representación de puente entre el activismo político y el activismo específicamente antipsiquiátrico. Desde su particular psicoanálisis Lacan renuncia a la locura como un bien del que haya que hacer apología, se trataría de algo semejante a una comunicación, pero difícilmente descifrable «dado que el psicótico no ha accedido plenamente a la comunicación, la dimensión simbólica, el orden del lenguaje y de la sociedad»[6]. Nuestra inmersión en la dimensión simbólica se produce al entrar dentro de nosotros las reglas sociales y el lenguaje social por medio de nuestros padres. Para Lacan no existe un yo autónomo, y por tanto la idea misma de libertad y autonomía queda cuestionada; ya de niños nos incorporamos en un marco que estaba configurado con anterioridad: el lenguaje La breve introducción al pensamiento lacaniano nos permitirá abordar el tema de la subversión lingüística. Es un tema que Gilles Deleuze y Félix Guattari trataron desde su antipsiquiatría enraizada en el marxismo francés. Ambos llevan a cabo un intento de crear un tipo de discurso totalmente nuevo, tarea que ya había sido acometida por los surrealistas o pensadores como Wittgestein o Lacan La intención, ya indicada en el «Tractatus» de Wittgestein, es que un texto no se limite a transmitir, sino que sea capaz de hacer algo al lector. Esto es justamente lo que Deleuze y Guattari desarrollan

6. Editor David Igleby. VVAA. «Psiquiatría crítica. La política de la salud mental» (Ed. Crítica, 1982). Pág. 202. Artículo: La antipsiquiatría francesa de Sherry Turkle

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I en «El Anti-Edipo»[7], el texto asalta al lector, intentando transformar el modo que tiene de pensar sobre sí mismo y sus condiciones. En esta obra se lleva a cabo una de las más devastadoras críticas al psicoanálisis jamás realizada, una crítica que se extiende a todas las formas del mismo, incluidas las más revolucionarias como la de Lacan. El psicoanálisis se habría quedado encerrado en los conceptos de sexualidad y familia propios del capitalismo, hay que romper con la recurrencia a la familia edípica En este intento de superación de las teorías psicoanalíticas, los autores consideran a los seres humanos como máquinas de desear entre las que se pueden dar una infinidad de relaciones. El capitalismo ejerce una actividad restrictiva al tolerar sólo algunas de ellas. Es este capitalismo el que ha producido un yo, de la misma manera que ha generado conceptos como el de propiedad privada o familia nuclear. La modalidad terapéutica propuesta por Deleuze y Guattari es el esquizoanálisis, una liberación del individuo consistente en descubrir cómo el campo social está instalado en nuestro subconsciente. Proponen una esquizofrenia (distinta de la nosológica) como camino para desvelar los vínculos entre fuerzas sociales, lenguaje y yo. Mediante ella se pueden descubrir las máquinas de desear, y por tanto acercarnos a la verdad del sujeto El individuo no se encuentra determinado por un sistema familiar concreto, sino por una situación histórico-política. Podemos establecer similitudes entre este pensamiento y el de otro intelectual francés: Foucault. Él también propone hacer una ontología crítica de nosotros mismos, con la finalidad de hacer visibles los sistemas implícitos que determinan nuestra conducta habitual sin que nos demos cuenta de ello; es decir: objetivar la coacción que se nos impone y desenmascarar los rituales que se encuentran detrás de nuestros actos más cotidianos

7. Guattari, Félix; Deleuze, Guilles. «El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia» (Ed Paidós, 1985)

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antipsiquiatría

Por último trataré la antipsiquiatría o psiquiatría radical, a la que de forma indirecta ya he aludido. Esta corriente, en sus diferentes versiones, suele partir de dos premisas fundamentales, a saber: que el hombre es deshumanizado por la civilización, y que existe una importante capacidad de comunicación recíproca entre personas La realidad está caracterizada por la opresión, coerción ejercida sobre los seres humanos mediante la fuerza o las amenazas de la misma. La alienación es el resultado final que se da cuando los oprimidos aceptan las mistificaciones y mentiras acerca de su opresión. Esta alienación es la esencia de las situaciones psiquiátricas. La liberación es la toma de conciencia de la opresión sufrida y de la fuente de la que emana, las personas alienadas pasan a ser personas indignadas. La indignación o la rabia son más bien muestras de tener una conciencia de la realidad tal como es, que rasgos neuróticos El capitalismo oprime en diferentes sentidos y aspectos de la vida, pero siempre con el mismo cariz autoritario. Oprime a las mujeres con una sociedad patriarcal, oprime el hecho de que las personas deleguen continuamente sus decisiones en estructuras que les superan, o el control policial financiado por el sistema que mantienen, oprime con instituciones jerárquicas como la familia o la escuela. Oprime de mil y una maneras, y todas ellas contribuyen a nuestra alienación El sistema de salud mental insiste en que existen desajustados, cuando lo que existe son oprimidos. El sistema de salud mental ejerce de juez que castiga a quien actúa al margen de los hábitos y costumbres generadas por el sistema; los locos y los presos viven una existencia semejante. El objeto de esta opresión no es desarrollar una cultura o mantener una moral determinada, sino crear una «estructura de carácter» que permita el mantenimiento de una sociedad concreta y los valores que la regentan Mediante la opresión, lo que una persona es y hace se encuentra en función del contexto social, las expectativas que de ella se esperan y la autoridad. Frente a los tratamientos tradicionales de la psiquiatría clínica, se plantean diferentes alternativas (que no voy a enumerar y analizar aquí), lo más significativo es el rechazo generalizado a las prácticas de internamiento y la industria far-52-

I macológica. En el no-tratamiento clínico es donde ven que se pueden experimentar mejorías, son los excesos del comportamiento los mecanismos que tenemos para liberar nuestra angustia. Por ejemplo, la regresión es entendida como una especie de válvula de seguridad y todo aquello que esté encaminado a coartarla acabará por ser destructivo. El único camino para superar la locura es caminar a través de ella, aquí convergen terapias como la coescucha (desahogo de la angustia al compartirla con otros) o el esquizoanálisis El sistema de salud mental tiene tras de sí un motivo económico, el enfermo es convertido en un consumidor del mercado de fármacos, de los despachos de psicoanalistas, de tratamientos en residencias, etc. Etiquetar a la gente es una forma de generar dividendos, las empresas farmacéuticas tienen más beneficios que las compañías petroleras (en España se diagnostican dos millones de casos de depresión al año y en 1998 el gasto en antidepresivos, hipnóticos y sedantes, tranquilizantes, psicoestimulantes y neurolépticos ha ascendido a 89.472 millones de pesetas[8]); los productos ofrecidos pueden reprimir los síntomas pero de ninguna manera afectan a las causas de la locura. Lo cual, opino que no supone una razón autosuficiente para rechazar sistemáticamente y de pleno los avances y productos médicos. Esto es lo que han venido haciendo en las últimas décadas multitud de antipsiquiatras de salón, que lejos de padecer los efectos de ninguna afección mental exaltaban sin más la locura y sus virtudes (si es que pudiera tenerlas). Muchos autores olvidan al enfermo y sus padecimientos. La crítica destructiva que hay que hacer del sistema de salud mental y la sociedad que lo promueve, no debe abandonar el pragmatismo que pudiera permitir que algunos de los enfermos mentales pudieran mejorar sus dolencias con alguna ayuda química. El que sepamos de dónde proceden nuestras dolencias no hace que estas no sean reales, me explico: puede ser que, por ejemplo, un dolor agudo de cabeza (o una serie de crisis de ansiedad) responda a una psicosomatización concreta, pero el saber esto no nos lleva a la eliminación del dolor; este está ahí, y aunque sepamos que una determinada pastillita no va a acabar con nuestra afección, puede ayudarnos a sobrellevarla en la lucha que tenemos contra ella, y 8. Datos del Ministerio de Sanidad y Consumo. Publicados por El País el 2 de Enero de 2000

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por ende, contra su fuente de origen. De todas formas este es un tema bastante espinoso, y merece un texto propio para ser discutido. No creo que pueda tener ningún tipo de legitimidad quien critica desde su posición (por lo general a mil mundos de distancia del individuo que padece una determinada enfermedad mental) a quien consume medicamentos; cada caso es demasiado particular, y las posiciones generalizadoras pueden parecer tremendamente revolucionarias y rupturistas, pero no esconden más que desconocimiento de lo jodido que es estar enfermo y una pose demasiado fácil Del estudio histórico de la locura, del análisis del funcionamiento del sistema de salud mental actual, de la reflexión sobre la crítica planteada por algunos pensadores a las concepciones clínicas de la enfermedad mental y su curación, y de la experiencia, algo queda claro: tenemos motivos para estar locos y enfermar. El camino para combatir la afección pasa principalmente por intervenir en la realidad, y atacar los contextos y relaciones sociales que contribuyen a nuestra alienación

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    II

En este segundo número de [email protected], reproducimos un texto de 1971, en el que Harold Heyward busca el eslabón que une la opresión de la máquina con el individuo oprimido a quien se coloca el título de esquizofrénico. Para probar sus hipótesis, el autor escogerá las historias clínicas de Kraepelin, llevándonos, por unas páginas salpicadas de ironía, a preguntamos si realmente era necesario para Kraepelin y la psiquiatría alemana descubrir la esquizofrenia. A partir de ahí se desata una cadena de reflexiones e interrogantes... ¿No será la sustitución de la palabra persona por el vocablo enfermo algo más que una simple cuestión de gramática? ¿No será la esquizofrenia un término de invalidación social y personal? ¿No implicará la comprensión de la persona afectada un desmantelamiento ideológico de la enfermedad mental? ¿No actuarán los médicos como depositarios de una responsabilidad social cuyo fin es mantener una forma convencional de comporta-55-

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miento y experiencia?.

¿locura o enfermedad mental? Harold Heyward el problema

Si los padres de un joven maoísta me expresasen sus temores por su hijo y me pidiesen examinarle antes de que hiciese cualquier tontería, no me costaría ningún trabajo establecer de antemano el cuadro nosológico que le fuese apropiado. El contraste entre el ejemplo y los llamamientos que propugnan la persuasión y la acción colectiva, y por otra parte la violencia minoritaria, ¿no es un buen ejemplo de discordancia? Con la ayuda de las contradicciones y las inconsecuencias normales de la adolescencia, no es dudoso que el diagnóstico «a priori» de esquizofrenia convendrá perfectamente «a posteriori» Pero si el interesado viene, efectivamente, a consultarme en respuesta a un vago temor, o por el deseo de tranquilizar a sus padres, es evidente que mi diagnóstico le quitará toda posibilidad de rebelión. Él mismo dudará de su integridad, sus compañeros, convenientemente advertidos por sus padres, considerarán como un deber excluirle, etc. Mi tentativa de proteger a un «desviado» contra los excesos de la rebeldía o de la represión será un medio soberanamente eficaz de reprimir su propia rebeldía Este puede ser el momento de dudar, de plantearme ciertas cuestiones. Bajo el pretexto de salvaguardar, de obedecer a una vaga piedad, me hago cómplice del terror. Un psicoanalista, quizás, no vería ahí más que el solo terror de la integridad del «yo», pero yo me veo obligado a atravesar ese «yo» para allí descubrir la internalización del terror represivo de la sociedad Y la propia comodidad de mi diagnóstico prefabricado vuelve a poner en entredicho el valor nosológico de la esquizofrenia misma. La sospecha me la produce el que se trate de una entidad realmente demasiado cómoda, demasiado conformista, demasiado fácilmente utilizable para fines no médicos. A menos, y esto es -56-

II evidente, que no hubiese tenido jamás fines realmente médicos.

la cuestión

Me sorprendo al preguntarme de dónde viene la noción de esquizofrenia. Sé, naturalmente, como todo el mundo, que se trata de una silueta alemana vestida por un gran costurero suizo, pero, en definitiva, no sé nada de sus ascendientes. ¿Dónde estaban los esquizofrénicos antes de Kraepelin? Debemos hallarlos en Morel o Esquirol Ahora bien, se pueden compulsar todos los grandes nosólogos franceses del siglo XIX, y no se encontrará ni una sola palabra concerniente a la esquizofrenia. Hasta la famosa demencia precoz de Morel no es más que una encefalitis. Se la cree encontrar en el apartado de las «locuras morales», pero este cuadro corresponde mejor a las personalidades psicopáticas de hoy día. ¿Dónde están, pues, los esquizofrénicos de antaño? Al releer a Regis o a Christian se tiene la sospecha de que sus honestas referencias a Morel o a Esquirol no son más que tentativas xenófobas de dar antecesores franceses a un descubrimiento alemán, lo mismo que otros han querido hacer el ejército prusiano de descendientes de hugonotes franceses exiliados Bien entendida, esta laguna podría provenir de una carencia clínica de los alienistas franceses. Pero realmente..., ¿un Esquirol o un Morel podían estar ciegos hasta ese punto? Veamos ahora otra enfermedad: la manía, por ejemplo. Aquí todo vuelve a ser transparente. Pues desde Areteo hasta BiensWanger reconozco los enfermos. Me sorprendo exclamando ante el hallazgo de uno, ante la torpeza del otro... «Claro, está bien»... «No, tú te equivocas»... Hablamos todos de lo mismo, con el mismo lenguaje. Estos eran los famosos clínicos. ¿Entonces cómo explicar la extraña ausencia de la esquizofrenia sino suponiendo que no existía, que apareció como una nueva enfermedad hacia finales del siglo XIX?

la historia natural

Kahlbaum fue quien describió en 1863 los primeros casos de esta -57-

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extraña afección, bajo el nombre de Parafrenia Hebética[1]. No he podido descubrir de dónde sacaba sus clientes, pero me gustaría que fuese de Gorlitz, en la encrucijada de los mundos germánico y eslavo; rebeldes oprimidos y opresores seguros de su derecho A decir verdad, fue necesaria la catatonia[2] para que la atención médica se inclinase sobre este nuevo mal que, por aquel entonces, tardó sus buenos veinte años en llegar a Heidelberg y su nosólogo: Kraepelin. En esta época (1894) se encuentran algunas trazas de la demencia precoz en San Petersburgo, muy pocas en Viena, ninguna en Inglaterra, Francia e Italia y algunos casos en América Luego, bruscamente a partir de Munich (donde se estableció Kraepelin), el mundo germánico y su derivado, el mundo anglófono, fueron invadidos. Se diría una epidemia, cuyo virus seguía caminos esencialmente lingüísticos y culturales.

la sospecha

Y ante esta extensión «antinatural», que evitó Francia durante mucho tiempo, tuve la sospecha de que la Demencia Precoz[3] fue inventada por los alemanes para luchar contra la revolución francesa, para poner a los jóvenes revolucionarios al amparo de un diagnóstico que les condenaba a la demencia, para disfrazarles con una enfermedad mental que les impediría hacer locuras Me imagino, en definitiva, que los psiquiatras alemanes se encontraban en mi caso. La única diferencia de talla reside en que yo dispongo del cuadro nosológico apropiado, mientras que ellos no tenían en dónde relacionar a sus «protegidos»

1. N. del T. — Uno de los cuatro tipos de esquizofrenia admitidos desde Bleuler, cuyas características fenomenológicas fundamentales son: personalidad desintegrada, amaneramiento, absurdidad, delirio cuya coherencia parece laxa, y comportamiento bizarro. Desde Heckez es conocida con el nombre de hebefrenia 2. N. del T. — Tipo de esquizofrenia en la que la motilidad voluntaria se encuentra abolida mientras se conserva la motilidad refleja 3. N. del T. — La Demencia Precoz fue posteriormente llamada por Bleuler esquizofrenia

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II didáctica

Todo esto lleva el camino de una intuición delirante, apropiada, cierto, pero poco seria. ¿Cómo habrían podido estos experimentados clínicos, con propósito deliberado, montar semejante ficción en el sistema nosológico? Habría hecho falta una complicidad inverosímil. Por tanto, hay que abandonar esta sospecha paranoica ¿Y si esto no fuese deliberado? No vale la pena aferrarse a un sueño Por tanto, mi situación es real, y tan real como la ausencia de esquizofrénicos entre los jóvenes franceses del siglo XIX... ¿Entonces? Veamos: para hacerse hospitalizar hacían falta, en la misma Alemania, serios desórdenes de comportamiento. Se trataba ciertamente de enfermos... O quizás, rigurosamente, de locos... De jóvenes dispuestos a hacer una locura... como mi futuro cliente. No veo a dónde quiero llegar. Alguien ha dicho en alguna parte, en una memoria, que la enfermedad mental era una forma de despojar de su locura al loco, de quitarle el derecho de ser loco. ¿Es esto lo que pienso? Es posible. Indaguemos más. Todos estos desórdenes de comportamiento variaban forzosamente de un individuo a otro. Si presentaban puntos comunes no podía ser más que gracias a una enfermedad común, a un desorden endógeno específico. Es una tontería lo que estoy diciendo. Podía muy bien provenir de una causa exterior común: cada uno tiene el mismo comportamiento ante un incendio Si, pero aquí se trataría de un incendio imaginario. Y la revolución de mi maoísta... ¿Acaso no es imaginaria? En fin, podría muy bien realizarse... Se ha visto ya... Por supuesto, pero lo que es cierto es que eso, por el momento, no existe. Lo que existe perfectamente es la represión, el miedo Entonces, según mi parecer, los desórdenes de comportamiento ¿nacerían de la conciencia de una revolución latente, con la represión y el miedo? Es más o menos así, en efecto. Hay miedo como desorden endógeno de los revolucionarios fracasados, y la represión-revolución como contradicción externa. Esta es la situación de mi maoísta -59-

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O más bien esta sería su situación si viniese a verme, cosa que por el momento, no ha hecho. ¿Existía una situación análoga en la Alemania de la Demencia Precoz, o en el mundo de la esquizofrenia? Es incontestable. ¿Entonces tal situación no existía en la Francia del siglo XIX? Es igualmente incontestable. La revolución estaba hecha, nadie tenía miedo a los jóvenes... Al menos hasta la Comuna. ¿Y antes? Antes... no había hospitales psiquiátricos, ni siquiera asilos de alienados. Pero todo esto se hace irreal. Sin embargo, ¿no vaya a convencerme de que Kraepelin ha encontrado deliberadamente un medio científico elegante de condenar a los revolucionarios a la demencia de por vida? Tampoco es esto lo que pienso. En primer lugar no creo que una acción deliberada haya podido ser tan eficaz. Después, los revolucionarios no son los únicos en temer la revolución o la represión... Existiendo el miedo, existiendo los desórdenes que engendra, me parece que el resto pertenece al clínico y que su acción no puede tener éxito, a menos que sus motivaciones estén reprimidas, sean inconscientes. Conozco a quienes, como yo, han inducido delirios o impulsiones. Entonces, lo que quiero decir, es que lo que cuenta no es el desorden, sino su morfología nosológica, su transformación en enfermedad mental Esto es, en efecto, lo que quiero decir. Creo que es necesario estudiar la demencia precoz como un error de diagnóstico, como una especie de incomprensión de la locura, pero como una incomprensión sistemática capaz de erigir este tipo de locura en entidad científica. Hace falta discernir en el seno mismo de la incomprensión del clínico, aquella otra comprensión que implica, inconscientemente, la causa común Aún me queda mucho camino por recorrer, pero antes me gustaría citar unas frases de los «Annales Médico-Psychologiques» de 1899 (8ª serie, tomo 10, págs. 164-165), del capítulo titulado alegremente Variétés «Leído en Le Temps (número correspondiente al domingo 4 de junio de 1898): “fue una conferencia verdaderamente interesante la que el profesor Mendel dio el otro día en Berlín sobre este asunto: -60-

II anarquismo y enfermedad mental. Su punto de partida es conocido, pero este célebre alienista ha añadido precisiones más claras y una clasificación que da verdadera luz a los hechos y gestas de los más famosos anarquistas de estos últimos años. ... El profesor Mendel estableció resueltamente el parentesco entre la flor y nata del anarquismo y los alienados megalómanos, como son esos Cristos imaginarios recluidos en casas de salud, que se lamentan de ser perseguidos, en su obra de redención, por los enemigos de la verdad y de la humanidad.” Al término de su exposición, M. Mendel ha lamentado que en los procesos anarquistas se titubee a menudo en sacar a relucir la naturaleza patológica del delincuente, por temor a paralizar la represión legal.» El profesor Mendel no ha alcanzado la gloria. No ha sabido reprimir sus verdaderas motivaciones. El silencio le habría podido, quizás, hacer un genio... como a Kraepelin kraepelin

Con la ayuda de mi didáctica he llegado a la conclusión de que me hace falta estudiar la incomprensión de un gran clínico para descubrir la génesis de la esquizofrenia. Y sólo uno está realmente disponible: Kraepelin en sus lecciones clínicas Mi vanidad quisiera hacerme creer que he llegado solo. Quisiera hacerme olvidar a Laing. Pues ha sido Laing quien nos ha abierto los ojos a todos. Básteme con citarle (Laing. «Le Mói Divisé» (Editions Stock, 1970)): «He aquí cómo en 1905 Kraepelin comentaba delante de sus alumnos el caso de un paciente que presentaba signos de excitación catatónica: “El paciente que les voy a presentar ha debido, casi, ser transportado hasta aquí, pues camina con las piernas separadas y los pies replegados. Al venir ha tirado sus zapatillas, se ha puesto a cantar un himno y ha gritado dos veces: `¡Mi padre, mi verdadero padre!´ Tiene dieciocho años. Es un alumno de la Oberrealschule. Es alto, de complexión bastante fuerte, pero de tez pálida, a pesar de que se sonroja frecuentemente. Ustedes ven a este paciente sentado, los ojos cerrados, indiferente a lo que le rodea. No levanta la vista -61-

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aunque se le hable. Sus respuestas son formuladas primero en voz baja, pero poco a poco se pone a gritar cada vez más fuerte. Cuando se le pregunta dónde está, responde: `¿También quiere usted saberlo? Yo os digo quién está `medido´ y quién será `medido´. Yo sé todo esto y podría decirlo, pero no tengo ganas´. Cuando se le pregunta su nombre, grita: `¿Cuál es su nombre? ¿Qué es lo que cierra? Cierra los ojos. ¿Qué es lo que entiende? No comprende´... Cuando le digo que mire, no mira como es necesario. `iUsted, el de ahí, mire! ¿Qué es eso?’ ¡Espere! No espera. Le pregunto qué pasa. `¿Por qué no me contesta? ¿Va a ser insolente de nuevo? ¡Le voy a enseñar! ¿No quiere hacer de puta para mí? No se las dé de listo, usted es un insolente y un canalla. ¿Comienza de nuevo? Usted no comprende nada, etc.´ Finalmente no profiere más que sonidos inarticulados”. Kraepelin observa, entre otras cosas, la inaccesibilidad del cliente: Aunque él haya, innegablemente, comprendido todas las preguntas, no nos ha aportado un solo elemento de información utilizable. Las palabras no han sido más que sucesiones en frases incoherentes, sin ninguna relación con la situación Por supuesto que no es dudoso que este paciente presenta “signos” de excitación catatónica. Nuestra interpretación del comportamiento dependerá de la relación que tengamos con él, y sabemos, gracias a Kraepelin, de su descripción viviente, que permite al paciente, de alguna manera, llegar hasta nosotros salvando una distancia de cincuenta años. ¿Qué parece hacer? Evidentemente prosigue un diálogo entre la imagen paródica que él pinta de Kraepelin y su propio yo, rebelde y provocativo. Se le siente probablemente muy lacerado por este interrogatorio ante una asamblea de estudiantes, y sin duda no se le ocurre otra cosa que hacer ante las situaciones que le hacen sentirse desgraciado Pero esto no representa para Kraepelin una información “aprovechable”; todo lo más, “signos” de una enfermedad Kraepelin le pregunta su nombre, el paciente responde con un discurso exasperado en el que expresa lo que él cree que es la actitud implícita de Kraepelin, en lo que a él se refiere: “¿Cómo se llama usted?... ¿Qué cierra? Cierra los ojos (...) ¿Por qué no me contesta?... ¿Va a ser insolente de nuevo? ¿No quiere hacer de puta para mi?... (Piensa que Kraepelin no quiere estar dispuesto a prostituirse ante los estudiantes) -62-

II En definitiva, está claro que el comportamiento de este paciente se puede interpretar al menos de dos maneras, análogas a las formas de ver un jarrón o una cara según la figura de que se trate. Se puede ver este comportamiento como “signo de una enfermedad”; podemos ver ahí también la expresión de la existencia del paciente. La interpretación fenomenológico-existencial es una deducción de la forma según la cual el otro piensa y obra. ¿Qué le pasa al joven de Kraepelin? Parece estar atormentado y desesperado. ¿Qué hace hablando y obrando como le hemos visto? Rehúsa ser “medido” y tratado como una cobaya. Quiere ser “escuchado”.» Evidentemente, el análisis de Laing no es refutable. Kraepelin ha sido cogido en flagrante delito de incomprensión. O es efectivamente asombroso que un clínico tan escrupuloso no se haya apercibido de la transparente intención de su enfermo. Podemos creer que no fue esta la única vez. Determiné, pues, saber a qué atenerme Sin embargo, antes de proseguir, necesito recalcar la capital importancia del descubrimiento de Laing. Si Kraepelin hubiese tenido conocimiento de este análisis, sin duda se habría sentido abrumado, se habría interrogado a sí mismo. ¿Qué habría ocurrido entonces con la Demencia Precoz, en vías de elaboración? La respuesta depende, evidentemente, de su incomprensión ante otros casos de su nosología. Pero podemos apostar que se habría hecho más prudente y que la demencia precoz habría tardado en nacer Pero la actitud de Laing no me satisface. No puedo suscribir su opción que limita el conflicto a la única relación médico-enfermo. Aquí veo la totalidad, en el caso del enfermo, de todas las groserías, de todas las novatadas del mundo. Esto es la rebelión, inadaptada, ciertamente, pero auténtica, de un auténtico oprimido. La relación médico-enfermo no hace aquí más que señalar la verdadera opresión No es inútil, quizás, revisar este caso a la luz de Kraepelin. Según la traducción de la que dispongo, es el inglés la lengua en la que el joven enfermo grita: «My father, my real father». Este evidente amaneramiento reviste también el valor de un idioma secreto, una especie de súplica fingida. La prosecución implacable por Kraepelin de su empresa de disección pública no aparece más que como una forma de «traición» y justifica ampliamente el análisis de Laing. Podríamos contentarnos con esto -63-

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Sin embargo, una observación: se trata de un escolar que podía, por su condición, llegar a ser algún día universitario, como los que le rodean... Volvamos a Kraepelin: «El padre del enfermo bebió mucho y tuvo algunos desórdenes psíquicos; la madre había cometido también algunos excesos con la bebida. En cuanto a él, ha sido siempre tranquilo, trabajador y bastante bien dotado...» Kraepelin confirma, pues, lo bien fundado de la ambición social del joven. Sin embargo, simultáneamente, mide la distancia social a franquear y ya expone implícitamente la situación del enfermo como una imposibilidad de hecho. No se contenta con hacernos entender que eso está por encima de sus fuerzas; afirma como «dando por descontado» que la empresa es desesperada para cualquiera. Existe, en la exposición del contraste entre la decadencia de los padres y los méritos del hijo, toda una filosofía social inexpresada que es precisamente la de Kraepelin. La inutilidad de la rebeldía, comprensible, cierto, pero culpable, se revela ahí de maravilla. Lo asombroso es que Kraepelin transforme su propia comprensión de la situación en una incomprensión del enfermo Prosigamos: «Hace siete meses, durante las vacaciones, se puso a trabajar de forma exagerada; creía que nos reíamos de él porque estaba sucio, y se pasaba todo el día lavándose...» La pseudo-previsión de Kraepelin se confirma, pues (se trata en efecto de una «previsión» didáctica), y vemos los esfuerzos desesperados del enfermo para franquear los obstáculos... Él ya se apercibe de que el trabajo no basta, por muy duro que sea. Son necesarias otras muchas condiciones simbolizadas por la limpieza Estamos ya ante la capitulación, la búsqueda de otra vida, casi mágica. Pero nada de esto importa, y el obstáculo social se revela tal como es; una verdadera oposición activa y nefasta destinada a ponerle de nuevo en su sitio: temía que le quitásemos de sus ocupaciones y creía que se incrustaba en las baldosas; parece ser que oía voces; golpeaba a su madre, se agachaba a escarbar y ya no decía ni una palabra El mayor obstáculo a la ambición del enfermo demuestra ser su nacimiento, simbolizado por el padre. Y es el mismo Kraepelin -64-

II quien lo designa como causa principal del descalabro. Aquí es imposible evitar la sospecha de que Kraepelin no dé una lección de clínica, sino una lección de moral; enseña a sus alumnos los artilugios psíquicos de una transgresión, aunque justificada, del orden social Entonces, la patética llamada del enfermo reviste una dimensión completamente distinta de la de una simple herida narcisista. «My father, my real father», es una demanda de adopción, una esperanza mágica de que Kraepelin le presentase a esta asamblea de estudiantes como su igual, su hijo...(En este sentido, por la ejemplar docilidad de su rebeldía, el enfermo ha llegado a ser su hijo. Desgraciadamente, Kraepelin le abandona durante cinco años en el asilo de donde saldrá curado) Y tras la diatriba en que se totalizan todas las novatadas del mundo, no le queda al enfermo más que lanzar un despectivo «Buenos días, señores, esto no me ha gustado...» Se encuentra, pues, que a la transparencia de propósitos de este enfermo hay que añadir la transparencia de su situación. O no puedo atribuir esta doble nitidez más que al propio Kraepelin Es por lo que he recogido todos los casos descritos por Kraepelin en sus lecciones clínicas, utilizando la traducción francesa de la segunda edición alemana. Esta traducción es mala, mucho peor, al parecer, que la traducción inglesa de la que disponía Laing. Da, sin embargo, los datos esenciales para una interpretación intuitiva, por poco que uno se fíe de la intuición de los traductores, también psiquiatras Me he limitado a aquellas lecciones concernientes explícitamente a la Demencia Precoz, donde he enumerado diecisiete ejemplos, entre ellos el citado por Laing. Los he numerado haciendo seguir a las dos cifras de la lección el número de orden del caso El caso siguiente va en la misma lección e inmediatamente detrás del citado por Laing, y me parece aún más revelador. Lleva el número 092 en mi numeración: Se trata de una mujer de veintinueve años, de la que Kraepelin dice: «La mayor parte del tiempo no pronuncia más que palabras estúpidas y carentes de sentido: Muñeca bups, moll, usted ya sabe. Temperatura, seguro contra incendios. Agua, Weinheiln, agua, -65-

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creolina. Dios le castigue, veinte marcos Di algo. Agua, creolina. No mire ahí. Veinte marcos. Di lo que quieres. Dios le castigue. Agua. Yo no. Veinte marcos Ya está. Dios le castigue. ¡Ah, querido niño! Quédate en casa con tu mujer... Tesoro... Cerdo. ¿Qué quieres? Gracias. Etc., etc Por momentos imita el canto del gallo y el graznido del cuervo, o bien canta con mucho sentimiento un canto religioso que continúa con una canción trivial; rompe a reír. Luego solloza sin motivo.» No necesitamos ayuda alguna para adivinar la profesión de esta enferma. Quede bien entendido que mi presentación de sus monólogos no es ni la de Kraepelin ni la de sus traductores, pero de cualquier manera que se lea es imposible no quedar sorprendido por la potencia evocadora de la enferma. Nos preguntamos cómo podríamos describirlo de forma más concisa, más viva, más ilustrada, más rebelde No hay duda que nos encontramos ante una descripción extraordinaria, sobrecogedora, de vida sórdida de una prostituta. Aquí está todo: los comienzos utilitarios, las ablaciones antisépticas, el precio, las maldiciones, los duros reproches, los insultos opuestos al acercamiento, los embarazos. El relato de la enferma es hasta tal punto alucinante que he tenido por un instante la sacrílega idea de que Kraepelin hubiese sido un cliente secreto. He leído este relato a una decena de personas diferentes y, salvo dos, todas hicieron el mismo diagnóstico que yo Aquí necesito citar a Kraepelin de nuevo: «Lo que sorprende a primera vista al observador en medio de toda esta excitación es el contraste entre la incoherencia de los monólogos y el mínimo alcance de la inteligencia y de la orientación. El padre de nuestra enferma era un bebedor. Ella misma ha sido siempre de una inteligencia bastante inferior. A los veintitrés años sufrió una herida en la cabeza, complicada probablemente con una erisipela. A partir de entonces se operó un cambio completo en su conducta. Se volvió tímida, reconcentrada, olvidadiza, ansiosa, creía que se quemaba y que le echaban agua en su cama. Después de su marcha llevó una vida totalmente desordenada y -66-

II en completa oposición con su conducta ordinaria. Cogió la sífilis y dio a luz tres niños ilegítimos, asfixiando al último en su cama poco después de nacer. No se la condenó más que a tres meses de prisión, en consideración a su debilidad mental.» El mismo Kraepelin es quien nos confirma el diagnóstico obtenido de la narración de la enferma. ¿Por qué nos dice que se trata de palabras estúpidas y carentes de sentido? Tratemos de volver a examinar el caso, sin tener en cuenta la relación Kraepelin-enferma. El procedimiento es una trampa en la que es preciso guardarse de caer, pues es imposible contar con la enferma real. El único interés aquí es sustituir la relación médicoenferma por otra relación médico-enferma ficticia que permita mejor delimitar la primera Se trata, en el fondo, de una discontinuidad en el comportamiento, de una brusca modificación de la conducta y de la personalidad; de lo que desde Jaspers se llama un proceso. Este proceso sería consecutivo a una herida en la cabeza. A partir de ahí su canto religioso se transforma en una canción trivial, su risa en sollozos, su canto de gallo en graznido En el fondo esta enferma tiene tendencia a realizar símbolos; hace notar lo que ellos simbolizan, habla con su vida. No hay que tomarla al pie de la letra, sino como símbolo. Esos símbolos son además muy inmediatos, muy poco «simbólicos» Bien entendido, hizo un episodio de tipo confuso-onírico después de su herida en la cabeza; veía el fuego. A menos que este fuego sea también un símbolo que, en su lenguaje, debe significar precisamente el fuego. ¿Hubo ciertamente fuego en su casa? ¿Cómo saberlo? ¿O lo que temía era que no ardiese? ¿O que no ardió? Esto explicaría el agua, el seguro contra incendios. Y si se lo hubieran hecho creer, ¿lo hubiera creído? Seguramente no; hubiera hecho falta algo más que una simple amenaza, aun en el caso de una débil... Falta el terror. El terror aportado por la enfermedad. La erisipela, por ejemplo. Naturalmente, la erisipela quema como el fuego, hace daño..., y las sulfamidas no se habían inventado aún. Una herida que quema; parece un poco mágico... Creer en esta magia es un poco onírico... Esto ya es coherente. -67-

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Pero esto no debería durar más que el tiempo que dura la fiebre Precisamente se volvió tímida, reconcentrada, olvidadiza, ansiosa... Es posible que aterrorizada. Kraepelin presenta este viraje como una modificación duradera. Pero esto ya no es onírico. Por tanto, la erisipela está ahí para algo. Aquí tenemos la herida... Es evidente. Pero no era una herida accidental. ¿Fue quizás su Jules? ¿Para obligarla a trabajar para él? ¿Y amenazándola con quemarla entera la próxima vez? ¿Se debe a esto el que ella no esté de acuerdo con lo que hace? ¿Y que ella no se atreva a decirlo abiertamente? Se siente dominada por una fuerza mágica; la de su chulo. Estoy delirando, ya, pero. Volvamos a la realidad. No estoy en relación con la enferma, sino en relación con Kraepelin. No es, pues, la enferma quien me permite esta interpretación delirante, sino Kraepelin Poco importa que mi versión sea exacta o no; lo esencial es que existen dos versiones, de las cuales una supone la creación de una nueva enfermedad, mientras que la otra se contenta con una debilidad que existe desde siempre; una precisa de la incomprensión del clínico, mientras que la otra tiene en cuenta la comprensibilidad de la enferma Nadie me quitará de la cabeza que es el deseo de crear una nueva enfermedad lo que explica en parte la incomprensión de Kraepelin. Pues, aun suponiendo que no tuviese un error de diagnóstico, la evidencia prueba que tuvo un error de comprensión. Pero si suponemos que mi versión es aproximadamente exacta, el problema se complica. No opino así Kraepelin ha seleccionado, entre todos los detalles insólitos del comportamiento de su enferma, precisamente, los que me han permitido delirar. Esta es, en definitiva, su versión. Es Kraepelin quien nos habla del canto religioso, del cuervo, etc. En el orden sugestivo... que atrae nuestra atención sobre el simbolismo de la enferma. En el fondo Kraepelin es un tipo singular, que da dos versiones de sus enfermos; una versión lúcida, pero mutilada, y una versión inconsciente, pero comprensible y completa. Ocurre así, porque trata con todas sus fuerzas de comprender a sus enfermos, y nos proporciona entonces historias clínicas tan ricas. Al no fiarse de -68-

II su intuición por tratar de ser científico, es por lo que cree no comprender a sus enfermos. Como esta desconfianza está en contradicción con su profunda convicción de haber comprendido, cree que su incomprensión es cierta; «comprende» que su enferma es incomprensible. Todo esto a fuerza de querer ser «científico»... a fin de dejar un nombre a la posteridad, de crear una nueva nosología... Con el fin de convencer también A fin de cuentas, Kraepelin ha releído su manuscrito. Ha corregido las pruebas. Fue publicado y abundantemente discutido por personas que no estaban todas de acuerdo con él. ¿Y nadie comprendió lo que él juzgaba incomprensible? ¿Un Krafft Ebing, que no creía en la Demencia Precoz, no supo descubrir el secreto mensaje que contenían las palabras «carentes de sentido»? ¿Y los traductores que veían perfectamente que los absurdos eran traducibles? A decir verdad, los traductores franceses creían tan poco en esto que no hicieron ningún esfuerzo. Sin embargo, yo lo he conseguido ¿Y Regís, que disponía de la misma traducción que yo? ¿Y De Clerambault? Es realmente increíble Felizmente apareció Laing al fin... , sin esta circunstancia seguro que jamás me habría aventurado A menos. A menos que la ceguera de Kraepelin explique también la de los otros. Debido, quizás, a que ellos habían comprendido parcialmente la profunda comprensión de Kraepelin, no pusieron en duda su propia incomprensión. Eran de la misma raza... Tenían la misma estructura de científicos que creían en la Parálisis General, en los microbios de la locura. Hacía falta un antipsiquiatra para ver claro. Qué suerte... ¿Seré yo? Ahora dispongo de una falsilla para escribir. Kraepelin, como todo el mundo, se utiliza como instrumento diagnóstico. Pero en los dos casos anteriores usa un instrumento deformante que hace «absurda» la comunicación y «clarifica» la vivencia Evidentemente, este instrumento no puede ser único. En efecto, la comunicación «absurda» es perfectamente comprendida y -69-

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transmitida por Kraepelin Hay que pensar, pues, que el instrumento de Kraepelin es doble: comprende primero, intuitivamente, tanto la vivencia como la comunicación. Pero enseguida enmascara la comunicación para no dejar filtrarse más que la vivencia. Se trata, entonces, de una supresión secundaria, supresión en que semeja estar a punto de equivocarse por un «rechazo». Si pensamos que Kraepelin llevaba en sí mismo fuertes pulsiones de rebelión, muy reprimidas —imagen «yoica» de la rebelión social reprimida— , podríamos decir que en esos dos casos Kraepelin utiliza su propia contradicción de clase como instrumento privilegiado de diagnóstico de la Demencia Precoz Tan pronto como llamó «Demencia Precoz» a estos casos le despertaron la antigua lucha de sí mismo contra sí mismo Y la misma intensidad de su retroceso se puede medir en la ferocidad de su implacable negativa de escuchar la súplica del joven enfermo citado por Laing. Para reencontrar el pensamiento de Kraepelin tengo pues que establecer un vínculo comprensible entre el lenguaje del enfermo y su currículum, todo ello bajo una óptica de rebelión reprimida. Que es lo mismo que decir que tengo que «desclasar» la incomprensión de Kraepelin caso núm. 093

No carece de interés exponer el último caso de la novena lec­ción, que va inmediatamente detrás de los dos ya citados «He aquí ahora, una mujer de veintitrés años, obrera de una fábrica, que nos ofrece un cuadro clínico completamente dis­tinto. Saluda con afectación y torpeza, pero rehúsa sentarse y charlar con nosotros. “Gracias a los adoradores”, dice. Se pasea a lo largo y a lo ancho, camina lenta y pretenciosamente y se pone a declamar y recitar. Mientras expongo su caso, me inte­rrumpe para deslizar algunas observaciones maliciosas; se llama como el cura le ha puesto, y tiene tantos años como su dedo meñique.» Kraepelin posee el genio de la reconstitución, sabe dar vida a una enferma con pocas palabras. Aquí tenemos la impresión de una excitación maníaca -70-

II «Mezcla voluntariamente en sus incoherentes discursos ex­ presiones de mal francés y citas completamente desfiguradas y absurdas: “La ingratitud es el mérito del mundo”.» Pero esto no es ninguna tontería; es casi un lugar común. «Muchas manos, muchas ideas.» Mao Tse-Toung... ¡Ah! Es verdad, Marx ya lo había dicho. «Repite hasta la saciedad frases groseras: “mierda del dia­blo en los pies del alma, el pie del alma en el excremento del diablo”. Construye a menudo palabras y frases completamente incomprensibles.» Se necesita estiércol para hacer crecer las flores... Esto me gusta bastante «No quiere dar la mano porque dice que es la suya.» A pesar de todo, esto es cierto «No quiere escribir y contesta riéndose de lo que se le pre­gunta. Parlotea continuamente, sin dejar a su interlocutor de­cir ni una palabra.» Me empieza a gustar. Y tengo la impresión de que Kraepe­lin se deja ganar también. No nos aburrimos con enfermas como esta, ¿eh? Sobre todo porque todos ellos deben bromear a costa suya «Sus vestidos están adornados con bordados de caprichoso dibujo y colores chillones. Se considera la dueña de la casa, paga a las enfermeras y pretende tenerlas contratadas; desea ser atendida por los mejores médicos. Además se queja de ha­ber sido víctima de un ataque sexual; los pulmones, el corazón, el hígado, todo le ha sido arrancado. Hace tiempo ha sido novia de un médico de la clínica. Ha hecho preceder su apellido de la partícula “de”. Parece que en otro tiempo ha oído voces, pero sus indicaciones en este sentido son muy discordantes.» Todo esto es ciertamente Parálisis General... Pero, ¿por qué buscar alucinaciones cuando no hay? La descripción cambia un poco. Ya no es tan agradable. «Desde el punto de vista de la emotividad, hemos de señalar una caracterizada exageración del amor propio, una fuerte ex­citación sexual y una irascibilidad muy acusada. Añadamos que el sentido del pudor está de lo más arraigado, como lo testimo­nia la

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coprolalia»[4] Kraepelin fuerza un poco la dosis de pudibundez, pero ha­ciendo desviar la descripción más hacia lo desagradable «En numerosas circunstancias la enferma se ha mostrado muy violenta, animada incluso por un deseo de venganza que se expresaba sin ambages y con una socarronería salvaje.» Ya perdí el hilo. Ya no se trata de la misma... Parece que Kraepelin, bruscamente, se empeña en detestarla... ¿Y por qué la venganza? ¿Vengarse de qué? «Aún se trata aquí, seguramente, de una forma de catatonia.» Lo que significa que Kraepelin está lejos de estar en lo cierto «En su juventud había sido siempre muy testaruda y per­turbadora. Primero fue sirvienta, después obrera en una fábrica. Ha tenido dos hijos ilegítimos y un aborto. Seis meses más tarde, hace ahora dos años, se volvió muy ansiosa, oía vo­ces que la insultaban a gritos y veía por todas partes hombres bebidos y cabezas de mujer.» ¿Supone el aborto un comienzo grave? «Entretanto escribió una carta de amor al propietario de la fábrica; despedida, se encontró en la calle desprovista de todo recurso.» Kraepelin se nos muestra aquí del más innoble pelaje. En los dos casos precedentes su incomprensión hace sonreír ligeramente, a pesar de todo estaríamos dispuestos a perdonarle si no se hubiese aferrado a la Demencia Precoz. Pero aquí toma un grave cariz Tratemos de interpretar, es decir, de poner en relación el comportamiento patológico con la vivencia de la enferma; no podemos decir nada claro. Kraepelin parece establecer su diagnóstico, titubeante, sobre el contraste entre un compromiso juguetón y otro altivo y singularmente agresivo de la enferma Solamente una cosa: Kraepelin se ha traicionado... ¿Por qué habla de venganza y no simplemente de agresividad o de violencia? ¿Han adivinado de quién quería ella vengarse? ¿Es evidente? Asiento de buena gana... ¿Pero es posible que no hayan adivinado todavía por qué quería vengarse? 4. N. del T. — Lenguaje obsceno obsesivo o descontrolado

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II ¿Ya está? Entonces han comprendido, como Kraepelin, que se trata perfectamente de venganza y no de simple violencia. Así, con unas cuantas «vueltas» clínicas se establece el diag­nóstico que permite escamotear la importancia de la vivencia. ¿Acaso no es una forma elegante de proteger al propietario contra toda sospecha? Como el discreto «entretanto» que permite fechar la carta posteriormente a la enfermedad sin mentir realmente. Y ustedes han comprendido perfectamente que no había lu­gar a comprobar el relato de la enferma, investigar en la fá­brica, preguntar lo que realmente había pasado, pues Kraepelin «sabía»; su sentido clínico no le engañaba. Da igual atreverse a llamar a esto excitación catatónica, que hacerlo un prototipo de la Demencia Precoz. Y sobre todo presentar en la misma lección tres casos tan transparentes... ¡Hace falta genio! No tengo la intención de imponerles la descripción detallada de todos los casos que he acertado a interpretar. Son trece de un total de diecisiete. Cualquiera puede intentarlo. Como la edición de la que dispongo no se puede encontrar actualmente, recomiendo la copia publicada en 1970 por Privat, en la colec­ción «Rhadamanthe». Desgraciadamente esta copia presenta nu­merosos errores, aunque no creo que esto suponga un obs­táculo serio a la interpretación. Dos de los diecisiete casos no se encuentran en esta copia, pues uno se incluye en la lección trece sobre los delirios, y el otro, en la lección catorce sobre la locura puerperal No resisto, sin embargo, la tentación de exponerles el nú­cleo esencial de uno de los casos en que no he tenido éxito al interpretar; se trata del primer caso sobre la Demencia Pre­coz (núm. 031) «No obstante, un día, dirigió al médico un desordenado es­crito, incoherente, incompleto, entrecortado con palabras infan­tiles. Pedía, por ejemplo, “algo más de alegría en el tratamien­to, una mayor libertad de movimientos para ensanchar el hori­zonte”; pues quiere disminuir un poco la seriedad de las leccio­nes; y, “nota bene”, ruega por el amor de Dios no ser mezclado con el club de inocentes; la vocación por el trabajo es el bál­samo de la vida.» «Toda la carta, como toda su forma de ser exterior, todo lo que -73-

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piensa del mundo, la índole de la filosofía moral que ha construido, muestran sin contestación posible la ausencia de afectividad, que coincide con una pérdida muy especial del juicio...» Me doy cuenta, sin ningún placer, que no he llegado a pe­netrar en el secreto de este enfermo; Kraepelin, al contrario, lo consigue sin esfuerzo. Por lo tanto, existe una interpretación posible, la confesión del mismo Kraepelin. Veo además unos vagos destellos, tanto más que las frases son tan bellas. ¡Pero de aquí a descubrir una filosofía moral, una visión del mundo!... Forzado me veo a inclinarme ante un maestro Ello no impide que este caso se añada a los otros trece, pues si no lo he interpretado he asegurado que sea posible... Catorce casos de diecisiete; esto no deja la menor opción a la verda­dera incoherencia... Mi sospecha del principio se confirma plenamente

kraepelinología

No sé si mis interpretaciones son todas válidas Pero pretendo que sean todas posibles y coherentes. Que exista al menos un caso en el que Kraepelin haya sido cogido en flagrante delito de falsedad. Me digo que esto es impensable Que está todo montado en el aire. Pues resumiendo; el fundamento supremo de la noción de Demencia Precoz, más tarde esquizofrenia, fue establecido por Jaspers; este es el proceso; una discontinuidad en el desarrollo de la personalidad, sin que ningún vínculo comprensible enlace los dos fragmentos Y Jaspers edificó su criterio tanto sobre Kraepelin como sobre Bleuler, como sobre su propia experiencia Ahora bien, en los casos de Kraepelin existe esta ruptura de la vivencia. Pero no es más que aparente porque existe un vínculo comprensible que permite totalizar el conjunto Tanto decir que ya no hay Demencia Precoz posible, que se trata de una entidad enteramente artificial. Que es lo que yo afirmo. -74-

II Precisamente he descubierto el proceso por el que Kraepe­lin logra presentarnos como incomprensible un conjunto que había comprendido muy bien; es sutil y evidente. Si queremos tener bien presente cada uno de esos casos como una novela cuidadosamente redactada por Kraepelin, nos apercibimos que tienen todos la misma estructura (como todos los demás casos de esta obra); están redactados al revés. Co­mienzan por la mitad y terminan por el principio, estando el final desplazado en notas marginales. He estado constantemente obligado a restablecer in petto el orden cronológico normal antes de estar en condiciones de interpretar. Si no el enfermo llegaba a ser, mediante una lec­tura superficial, efectivamente incomprensible Pero esta inversión cronológica no es una disimulación; es un procedimiento perfectamente normal cuando se trata de lecciones clínicas y Kraepelin no es el único en haberlo em­pleado. Es una especie de «suspense» didáctico y se puede afir­mar que Kraepelin fue cogido en la trampa de su estatuto de instructor Ello no impide que este procedimiento relegue la vivencia a un anexo, una vez hecho el diagnóstico, pues ya no queda sitio donde integrarla. Kraepelin minimiza sistemáticamente la im­portancia de la vivencia. Como ahí el desarrollo está invertido, da la impresión de una verdadera ruptura entre el «ahora» y el «antes» Y cualquiera cree en una ruptura de la personalidad cuando no se trata más que de una ruptura en el relato... Es un pro­ceso artificial, fáctico. Sin embargo, no funciona plenamente más que para los de­mentes precoces. Los demás casos de otras lecciones son rela­tivamente claros Esta inversión fue la técnica empleada por Kraepelin para descubrir la Demencia Precoz. Juzguemos: (Caso núm. 211) «Recuerdo todavía demasiado bien con qué perplejidad intenté durante años oponer, de estos numerosos casos de debilidad mental que pueblan los asilos de crónicos, unos a otros. Constatemos entonces, que en el caso de la mayoría de es­tos sujetos, cuya demencia oscila entre amplios márgenes, se notan signos más o menos claros, pero característicos, de De­mencia Precoz. -75-

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Así, no existe más que un medio de resolver este problema tan delicado como importante; que es explicar las fases ante­riores del mal por su período terminal, en lugar de prejuzgar desde el principio cuál será este último y a qué evolución con­ducirá...» ¡Kraepelin estudiaba su psiquiatría al revés!. Buscaba signos de asilismo desde el comienzo de la enfer­medad... Probablemente se los sugería al enfermo. No sé si realmente fue un reaccionario social, lo cual no me asombraría. Al contrario, afirmo que fue un «reaccionario» cronológico y que fue de esta forma «inofensiva», como redujo su propia contradicción de clase Así fue cómo él se «descomprendió» No importa que esto cause una sagrada diferencia con la lu­cidez de un Freud (a pesar de todo, su seguidor). Kraepelin no es menos intuitivo que Freud, pero retrocedió magistralmente... Está a la vista Es cierto que Freud se había beneficiado del ejemplo de un Charcot, fabricante de histéricas con todas sus fuerzas. Nos ocupamos de Kraepelin, ¿pero y Bleuler? ¿Bleuler? Hablemos de él. No hay más que una traducción inglesa cuya primera tirada data de 1950. Lo que supone hasta qué punto era desconocido. Pero me fue imposible, sobre esta traducción, interpretar lo más mínimo; los enfermos están troceados en capítulos, en pá­rrafos, en rebanadas esquizobíblicas, rejuntados según su as­pecto; no se encuentra nada mínimamente humano. Se ha des­pachado a gusto y nadie puede garantizar que la disociación sea debida al enfermo; tan grande es su influencia en la expo­sición. Es peor que Kraepelin, y es lástima, pues Bleuler es manifiestamente un excelente clínico. Por contraste podemos señalar la extraordinaria sobriedad de Krafft-Ebing («Traité clinique de Psychiatrie», 1897, pág. 181), que describió una hebefrenia con el cuidado y delicadeza de reducir todos los signos a lo normal; ganas me entran de des­granar el vocabulario de Bleuler, pero... Todo es tan directo, banal, exento de misterio. Una salvedad: Krafft-Ebing no creía en la hebefrenia y su exposición es una notable lección de antipsiquiatría. -76-

II Como último análisis, con la ayuda del contraste, la esquizo­ frenia se muestra como una disociación de la exposición que hace el alienista; es la única certeza que podemos tener.

nosogénesis

¿No se lo creen? Lo comprendo. Hay que tomar una determinación. Voy a intentar, ahora, imaginar la verdadera nosogénesis; que incumbe en primer lugar a los enfermos. Desde luego que no se trata nunca de revolucionarios. Se encuentran siempre en situación forzada, de imposibilidad de ser, y son a menudo rebeldes Pero esta rebeldía no la llevan a cabo jamás; se contentan con expresarla. Y la expresan con su vida; es lo que da a su vocabulario el énfasis de un melodrama. Esta es su técnica propia Ahora bien, esta técnica que consiste en transformar su vida en expresión les coge en la trampa, pues frena forzosa­mente su vida en un estadio de constante tensión, y que es en definitiva una especie de fascinación embebida en el obstácu­lo, que traduce su mensaje vital Debido a esta desviación obedecen directamente a las nor­mas impuestas por la sociedad, de la misma forma que aque­llos que aceptan convertirse en productos dóciles de su clase, llegan a ser los muertos-vivientes conformistas. En definitiva, su rebeldía mudada en expresión no es más que pura obediencia y resalta menos su desacuerdo con su condición que con su incapacidad personal para conformase. Estos son los auténticos antirrevolucionarios que se ponen en evidencia por no poner en evidencia a la sociedad Esto es profundamente falaz ¿Cómo descubren esta técnica que les hace señalarse? Podemos imaginar que, llegados a una etapa crítica de su vida, se juzgan incapaces de franquearla. Necesitarían un sobresalto, una transformación radical y deliberada de su personalidad, análoga a esos arrepentimientos y a esas conversiones que jalonan las vidas -77-

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«honorables». Este esfuerzo no es en modo alguno una rebelión; es, de buena fe, el esfuerzo de transfiguración que les es exigido para mejor conformarse a las delimitaciones de la sociedad. Está bien lo que intentan hacer, pero hay en ellos un inconformista que se rechaza; esto es lo mismo que decir locura En ese punto titubean, a mitad de la conversión, al borde de la decisión, tendidos entre el riesgo y la seguridad; ahí su vida se para, se congela. Sólo una rebelión verdadera, materia­lizada, les podría liberar; pero no se atreven. Expresar su re­belión les dispensa de realizarla... Esto es pánico; no enfermedad. Volvamos al meollo de la cuestión Érase una vez una enfermedad mental verdadera... Era un debilitamiento intelectual acompañado de una parálisis debida a una meningitis crónica. Su descubrimiento fue esencialmente obra de alienistas franceses y se la llamó Parálisis General. Era siempre mortal[5]. Desde 1857 se sospechaba su naturaleza sifilítica, que fue después ampliamente comprobada, esencialmente por alienis­tas alemanes Este origen vergonzoso fue naturalmente explotado por las autoridades morales y religiosas. Uno de los argumentos de Kraepelin, lo mismo que de Régis, para deducir su naturaleza venérea, fue precisamente que era excepcional tratándose de sacerdotes Gracias a esta explotación, cada cual tuvo oportunidad de aprender muy bien que la sanción inmanente del pecado era una demencia mortal Frente a esta vulgarización de buena ley se encontraban alienistas de un país que acababa de conquistar su autonomía a fuerza de puños... Y puñetazos, a expensas de Francia, entre otros... Les era naturalmente intolerable que el desorden revo­lucionario francés hubiera podido descubrir una enfermedad científicamente demostrada. Les hacía falta una enfermedad análoga, una Parálisis General Alemana Se encuentran, pues, cara a cara, un pecador contra el or­den mo5. N. del T. — Sin embargo, la Parálisis General, y pese al hallazgo de treponemas sifilíticos en el cerebro, no deja explicado el contenido de los famosos delirios de grandeza. Para ello hay que recurrir a la biogra­fía del paciente y a su entorno social

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II ral, desobediente, miedoso, y un observador «imparcial». Nada les puede unir todavía en el presente; sólo tienen abierto el porvenir... Y precisamente lo que les aproxima es la reali­zación concreta, actual, de su porvenir anticipado El primer movimiento procede del penitente impenitente; exterioriza aquello que teme: la demencia. Y el vocabulario que utiliza es el de la vida; se vuelve lelo (cfr. el caso núme­ro 091; interpretado por Laing) A partir de ahí, es la chochez lo que une a la víctima y al depredador. El uno, expresando con su vida el fracaso de su re­belión, expone mediante su incontinencia el «temor» que le invade; el otro, atisbando los signos insólitos de una enferme­ dad desconocida, descubre en esta materia fecal la realización de su «esperanza»... Por esta desviación, el rebelde obedece por fin al destino que la sociedad le reserva. A partir de entonces comienza la era alemana de edifica­ción paciente, metódica, de una enfermedad artificial partiendo de la anticipación imperativa de un síntoma científicamente «deducido» La Parálisis General comporta parálisis, pues le faltan a esta nueva demencia desórdenes musculares de tipo análogo. Y palpar músculos, «percutir reflejos», medir, observar, bajo la atenta mirada, aprensiva y todavía deslumbrada del (todavía no) enfermo que no sabe qué le buscan y aguarda ansiosa­mente en los ojos de los clínicos la confirmación de que su mecánica está bien deteriorada en el sentido que teme Hasta que un día, con todos los músculos tirantes por esta mansa atención, el enfermo «olvida» bajar el miembro explorado, como en espera de una orden... entonces es el «eureka» de la catalepsia. Cogido para lo sucesivo en la trampa de su técnica y de su angustia, será siempre con su vida con lo que el enfermo expresará su rebeldía contra este nuevo vínculo que le aprisiona... Entonces es el «eureka» renovado del negativismo. La síntesis bismarckiana, que sirve de modelo, hace en lo sucesivo lícito al clínico reunir estos dos síntomas en una catatonia que llegará a ser el embrión de la nueva enfer­medad La Parafrenia Hebética descrita por Kahlbaum en 1863 se parecía a una encefalitis puberal. No interesó a nadie. Fue de­tallada de nuevo en 1871 por Hecker. Tampoco tuvo éxito. Pero en 1874 Kahlbaum describió la catatonia, que interesó a un cierto núme-79-

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ro de alienistas. No puedo impedirme el creer que la consecución de la unidad alemana estuviese interesada en este éxito, de tanto prestigio... Pero lo que me interesa es apuntar que, si mis informaciones son exactas, pues no tengo nada sobre Kahlbaum, no hay ninguna medida común entre la hebefrenia propiamente puberal y la catatonía Desde entonces la marcha nosogenética de Kraepelin se deja analizar mejor. La comprensión intuitiva profunda que tenía de sus enfermos no le permitía creer enteramente en su incomprensibilidad. Rehusó pensar que era por completo víc­tima de sus «vueltas» clínicas Le hacía falta una base objetiva. Y es en su propio análisis clínico de la trayectoria de Kahlbaum donde la va a encontrar. Reuniendo la hebefrenia y la catatonía bajo el nombre de demencia precoz, Kraepelin no hace más que dar el nombre de demencia precoz a la imagen clínica que se ha hecho de Kahl­baum Curioso enfermo, pues persiste en esta demencia terminal, cuya chochez y catatonía no constituyen más que el preámbu­lo. Es evidente por completo que el enfermo no podía inven­tarlo solo. Es por lo que interesa subrayar que la incomprensi­bilidad es el único signo clínico de demencia del que dispone realmente Kraepelin. Siendo el enfermo perfectamente trans­parente, esta demencia desaparece. ¿Entonces? Entonces la demencia terminal no es otra cosa que el asilismo. Confinando en el asilo a estos enfermos, cuya cronicidad «prevé», Kraepelin los condena a revestir la máscara asilar de la demencia. Les obliga a imitar a esos Paralíticos Generales que servirán a todos de modelo. Hoy mismo, cuando la catatonía ha llegado a ser inencontrable, cuando la esquizofrenia ha llegado a ser un uniforme apropiado para cualquiera, persiste esta incomprensibilidad que el clínico resume en un pomposo Praecoxgefühl; el «sentido» esquizo. Esta es, en definitiva, la impresión producida por la mirada vacía del enfermo que presume de vida interior. Des­pués de haber leído a Kraepelin comprendo mejor que esta impresión de vacío no es otra cosa que una ilusión provocada por la intimidación sistemática del enfermo. Este en lugar de esperar del interlocutor un destello de comprensión, busca ahí, esencialmente, esos instantes fecundos de incomprensión que confirman sus temores; que es lo único que -80-

II le interesa. Increíble, ¿no es cierto? No puedo hacer nada. Existe otra nosogénesis; la de Christian. Este último, del otro lado del Rhin, hizo el diagnóstico de Demencia Precoz mu­cho antes que Kraepelin. Se guiaba por la hebefrenia de Kahl­baum y despreció decididamente la catatonía. Descubrió mu­chas más cosas; cuatro veces más que Kraepelin Ahora bien, su criterio esencial era el fracaso escolar en el caso de un sujeto anteriormente inteligente o brillante. Aquí siento el mal olor de Binet y Simón. La etiología esencial de la demencia precoz de los jóvenes era para él el exceso de trabajo, sobre todo el exceso de tra­bajo escolar En ello se funda, todavía hoy, toda la mitología francesa sobre la esquizofrenia Hace falta, pues, comprender que a pesar de la discordan­cia aparente en los criterios de diagnóstico, a pesar de la «organogénesis» de uno y de la «psicogénesis» del otro, estas dos demencias precoces, la de Kraepelin y la de Christian, se pa­recen como dos gotas de agua Puedo apostar a que la joven prostituta de Kraepelin, a pesar de su elocuencia poética, sacó un cero en redacción. El criterio de Christian se basa, en efecto, sobre la incompren­sión, al igual que el de Kraepelin, solamente que en lugar de ser la incomprensión del clínico, se trata de la del examinador escolar. Christian tiene la osadía de delegar, su negativa a com­prender, en otro. Cierto es que está lejos de poseer la enver­gadura clínica de Kraepelin. Y nosotros no valemos más que él. Hacemos todos como Christian cuando ponemos la etiqueta «esquizo» a todo lo que no nos parece evidente; delegamos en Kraepelin, en Bleuler, en Minkowski, nuestra propia negativa a comprender. Esto facilita el trabajo.

analógica

He logrado convencerme de que Kraepelin ha inventado real­ mente la demencia precoz. El mecanismo de creación consistió -81-

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en imponer inconscientemente, desde el comienzo de los des­ órdenes, los signos de asilismo que había descubierto en los ca­ sos de enfermos crónicos. Al hacer esto, he descubierto que sus «enfermos» no eran revolucionarios, sino rebeldes que ha­bían tenido la debilidad de ponerse en tela de juicio y de con­sultarle No puedo quedarme ahí. La ausencia de dementes preco­ces antes de Kahlbaum y Kraepelin me hace creer en un hecho nuevo que supongo era una nueva represión social, creadora, a su alrededor, de nuevas rebeliones Es demasiado fácil decir que se trata simplemente de la ex­ plotación capitalista y que sólo la lucha de clases explica la alienante relación entre Kraepelin y su enfermo. No es, desde luego, falso, pero la explotación capitalista existe desde, al menos, el siglo XVI. ¿Por qué habrían hecho falta tres siglos para inventar la Demencia Precoz? Además antes de la Revolución Francesa no se podía tratar de una cuestión de asilismo. Los asilos de pobres se destinaban, en efecto, a otra categoría de gentes asociales, y los locos de entonces tenían, de alguna manera, su utilidad social: se les pagaba para serlo. A esto se debe que se me ocurriese la idea de buscar al cul­pable en ese subproducto del capitalismo que es la división excesiva del trabajo El trabajo artesano de la Edad Media respeta, efectivamen­te, la totalidad del hombre. Entonces la explotación era al me­nos tan feroz como hoy día, pero el hombre conservaba la integridad de su personalidad. Las locuras de entonces eran esas «Holopsicosis» que embargaban al hombre por completo: manía, melancolía, idiotez, histeria. La primera parcelación del hombre fue aportada por la ma­ nufactura, como Marx lo ha demostrado admirablemente. Sin embargo, la situación del individuo no se había modificado nada. Naturalmente, el objeto se encontraba recorriendo diver­sas etapas, en cada una de las cuales era una no-mercancía, pero este recorrido se calculaba sobre la habilidad del hombre, y el objeto quedaba subordinado al hombre, aunque fuese par­cialmente. Fue el maquinismo quien trastornó esta situación. La má­quina sustituye la destreza humana por una destreza cristali­zada, de una pureza geométrica, que el hombre no sabría imi­tar pero que se calca sobre la naturaleza mineral del objeto a crear. La misma -82-

II simplicidad de las formas creadas por la má­quina obliga a establecer un orden de creación que va de lo más simple a lo más complicado. Sobre todo, la máquina exige que el hombre se despoje de su destreza mecánica, por lo cual el hombre no puede someterse más que complicando la suya propia; despieza al hombre en figuras geométricas... Este des­piece «maquinista» se extendió muy rápidamente a toda la or­ganización social, gracias en particular a Napoleón, que hizo de ello una estrategia y un código Es entonces cuando aparece una nueva nosología, sobre­añadida a la precedente, de la que Esquirol fue el Sumo Sacer­dote Maquinista Fue él quien describió las primeras psicosis de este «des­piece»; las monomanías o locuras parciales, imágenes negati­vas de la parcelación que exigía la sociedad, tanto entonces como hoy día Fue él sobre todo quien describió en términos típicamente capitalistas la distinción que establecía la máquina entre idio­tez y demencia: «El hombre en demencia está privado de los bienes de los que disfrutaba en otro tiempo; es un rico que se ha convertido en pobre; el idiota ha estado siempre en el infortunio y en la miseria.» Podemos asombrarnos, justamente, de que una distinción tan elemental haya escapado a la perspicacia de los grandes clínicos que precedieron a Esquirol. Recuerdo, en mis comien­zos, haber encontrado esta frase de una desoladora banalidad tal, que frisaba en la perogrullada, y no haber encontrado nin­gún otro título merecedor de gloria. Ahora comprendo que yo estaba intoxicado por la máquina. En la fase manufacturera del trabajo el idiota era, efectiva­mente, tan productivo como cualquier otro: «También un cierto número de manufactureros, hacia la mi­tad del siglo XVIII, empleaban preferentemente para ciertas operaciones de las llamadas secretos de fabricación, a obreros medio idiotas» (Marx, «El capital») Pero lo que bastaba a la manufactura, todavía respetuosa con la dinámica humana, no podía satisfacer a la máquina, cuya exigencia de parcelación antinatural era contraria a la naturaleza del idiota, forzosamente de una pieza... Y este se vio redu­cido en su capacidad. -83-

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El deber del psiquiatra era, pues, descubrir y eliminar al idiota con el que, tanto la máquina industrial como la maqui­naria social, no tenían nada que hacer Pero algunos obreros, capaces de someterse por un tiempo a la máquina, obtuvieron de ahí su desgracia; se convirtieron en idiotas, a su vez. Entonces el deber del psiquiatra era descubrir esta deterioración antes de que causase cualquier daño a la máquina: la demencia en el sentido de Esquirol hacía su apa­rición en la escena psiquiátrica. Vean, en efecto, cómo se pue­de parodiar fácilmente la frase del famoso «Mecanosólogo»: «El hombre en demencia me priva de los bienes con que me colmaba en otro tiempo; es un beneficio que se ha conver­tido en pérdida; el idiota no me ha reportado jamás el menor provecho.» Volviendo a Kraepelin y a su demencia precoz, de la que todos sus sucesores afirmaban que no era ni demencia, ni precoz, podemos creer que por demencia, Kraepelin entendía, como Esquirol, el desorden que hace al hombre inútil para la máquina. Además podemos pensar que en tiempo de Kahlbaum la explotación de los niños entrañaba una inutilidad precoz que supo retardar el establecimiento de leyes sociales, elevando la edad de contratación (efectivamente, la edad media de los en­fermos de Kraepelin es de veintinueve años). Tengo alguna tendencia a creer que la enseñanza, fruto de esas leyes sociales, se revistió a su vez con la estructura im­puesta por la máquina. Así es como me explico la diferencia estructural entre la enseñanza primaria, calcada sobre la ma­nufactura, y la secundaria recortada conforme a la máquina. Los dementes precoces de Christian fracasan ante la vida al igual que los de Kraepelin, pero aquellos fracasan más pronto y de forma más desesperada, ya que el éxito en los exámenes es en Francia el único medio oficial y maquinista de escapar de la máquina. La máquina industrial sería, pues, con su ahijada la maqui­naria Social, el microbio de la esquizofrenia, de la misma forma que treponema es el de la Parálisis General. Este es el homenaje que puedo rendir a Krafft-Ebing, cuyo binomio «civilización-sifilización» expresa fielmente las causas del crecimiento moderno de las enfermedades mentales... Pero atribuyendo la esquizofrenia a un microbio, haciéndola una enfermedad, Kraepelin y sus sucesores han disimulado la verdadera respuesta... Que estaba ahí también, -84-

II y era su deber hacia la máquina Sin embargo, no puedo parar en ese punto mi razonamiento analógico. Marx, al fiarse demasiado del progreso, no me es de ninguna ayuda en la investigación sobre la servidumbre psí­quica impuesta por la máquina. Necesito dirigirme a mi expe­riencia clínica y, sobre todo, a Sartre: «En los primeros tiempos de las máquinas semi-automáticas, unas encuestas han mostrado que las obreras especializa­das se abandonaban durante el trabajo a una ilusión de carác­ter sexual, se acordaban de la habitación, la cama, la noche, de todo lo que no concierne más que a la persona en la soledad de la pareja encerrada en sí misma. Pero era la máquina en ellas quien soñaba caricias: el género de atención requerido por su trabajo no les permitía, en efecto, ni la distracción (pen­sar en otra cosa), ni la aplicación total del espíritu (el pensa­miento retarda aquí el movimiento); la máquina exige y crea en el hombre un semi-automatismo invertido que la comple­ta...» («Crítica de la Razón Dialéctica») ¿Habría nacido la Demencia Precoz de la máquina semi-automática? Yo mismo recibí las confidencias de una obrera que, desde sus comienzos en un taller de montajes electrónicos, se deses­peraba por no poder seguir el ritmo de sus compañeras. Los dedos se le entumecían por la atención que ponía en acoplar­los al ritmo de la cadena. Hasta que un día una compañera le reveló su secreto: se imaginaba sola, medio desnuda, echada al borde de un plácido lago, con una temperatura ideal, con­templando sin apremio la tranquilidad del lugar... Efectivamente, este sueño permitió a mi interlocutora ponerse al nivel de sus compañeras... Sentí vértigo al imaginarme ese taller de veinte obreras, echadas en los bordes de veinte lagos diferen­tes, emancipando sus dedos por veinte sueños igualmente plá­cidos. Aquí reside precisamente la primera escisión impuesta al hombre por la máquina; es necesario vaciar su cuerpo de toda voluntad propia, desatar su espíritu... El dualismo cartesiano es la primera exigencia de la máquina, y Descartes se revela tanto por este dualismo, como por la parcelación expresada en sus preceptos no como sacerdote de la manufactura tal como le creía Marx, sino como el profeta de la máquina. Y este dua­lismo es el fruto de sus reflexiones sobre el cuerpo humano, re­presentado como un aco-85-

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plamiento de máquinas montadas en serie en una fábrica. Por muy seducido que esté por estos descubrimientos, debo de reconocer, sin embargo, que falta un eslabón en mis analo­gías. Ni la máquina, ni su ahijada burocrática, tienen el poder de reprimir al individuo hasta el punto de hacerle huir de la vida. Es necesario un instrumento intermediario de opresión. Y creo que este instrumento es la estructura familiar modifi­cada por la industria. Es seguramente, por la experiencia de todos, el mayor instrumento de tiranía del esquizofrénico, pero no sé, mediante qué mecanismos, relacionarlo con la máquina. Puede que la debilitación de una familia reducida solamente a los padres juegue ahí un papel, puede ser la tiranía del padre como único gana-pan, que es predominante... El eventual chulo de la joven prostituta de Kraepelin, ¿no sería su padre?.

cardinal

Ha llegado el momento de hacer un alto, pues descubro un mundo al revés... Si me he enterado bien, el hombre «normal», el que llega a obedecer a la máquina, a separar su cuerpo de su espíritu, a disociarse, ese sería el verdadero esquizofrénico, o mejor di­cho, esquizotropo Pero este hombre «normal», «normalizado», que satisface a las normas de producción, corre el riesgo de disociarse verda­ deramente, de debilitar su naturaleza al especializarla, de perder su soberana integridad para convertirse en el esclavo des­trozado de una mecánica incontrolable. No porque algunos ha­yan denunciado este peligro, ha sido conjurado, y lo cotidiano nos recuerda hasta qué punto se realiza la alienación diseccio­nante de cada uno. Ese hombre del que hablamos ya no puede servir de criterio de humanidad Peor aún; de entre estos esquizotropos se desprenden las siluetas de aquellos que se disocian «al revés», que separan su espíritu de su cuerpo, siempre en obediencia a la máquina, pero esta vez para someterle no ya su cuerpo, sino su espíri­tu; estos son los educadores, los sacerdotes, los psi... De todo pelaje, y otros hechiceros, cuyo papel fundamental es imponer sumisión a la máquina. La fría silueta de Kraepelin se desin­tegra, allí, en su sitio... Frente a -86-

II esta pesadilla cartesiana se revelan esos hombres enteros que no se atreven, no pueden o no quieren disociarse. La paradoja de la máquina, que es tam­bién su «mecanismo de defensa», es denunciar una debilidad cuando se trata de una integridad. Pero la suprema maquinación del alienista diseccionador es erigir la integridad en enfer­medad, tratarla para imponerle el silencio ¿Por qué Kraepelin no escucha esa advertencia solemne que le prescribe «disminuir un poco la altura de las lecciones», cuya parodia caricaturesca es precisamente garantía de sinceridad? ¿Para qué, sino para mejor servir a la máquina hacien­do creer a sus esclavos que están en lo cierto? ¿Para qué si no crearía «un movimiento con toda libertad para ensanchar el horizonte», y qué es precisamente lo que rehúsa? Entre esos hombres enteros sólo un pequeño número se libra de Kraepelin. Y son los que se quedan enteros por temor; los que, habiendo intentado escindirse según el dualismo maquinista, descubren ahí el riesgo de conseguir su despersona­lización y de separar realmente su espíritu de su cuerpo. Estos hombres enteros a pesar suyo, aceptan el veredicto maquinal del psiquiatra con la esperanza de salvar su alma Sin embargo, aun inmersos en esta «enfermedad» que ali­menta su temor, saben manifestar su integridad. Su mensaje nos emociona porque proviene de un universo que hemos per­dido, porque aclara nuestro espectral universo con una luz to­tal que no descompone ninguna red maquinada Por esto importa en primer lugar desprender este mensaje de sus artificios, discernir lo que, en la locura, pertenece al mito maquinal de la enfermedad y lo que es iluminación Pues la prisa de la máquina se atenúa. Y no quiero tener por prueba más que el hecho mismo de comprender, en fin, lo que fue incomprensible. Mañana la desintegración del hom­bre en funciones distintas cesará al mismo tiempo que el au­tomatismo someterá toda una cadena de producción a la sobe­ranía de un solo obrero. Ciertamente la opresión capitalista en ese punto perfeccionará su ferocidad, pero atacará a un hom­bre completo. El iluminado, ahí, volverá a encontrar su papel, por poco que la sociedad reconozca su enfermedad como un mito y su palabra como una revelación. Aún es necesario pre­pararle Termino. Mi osadía no llega a esperar haber interpretado esta fi-87-

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losofía moral que Kraepelin rechazaba. Al contrario, pien­so que he expuesto en este párrafo lo esencial del mensaje contenido en las palabras incomprensibles del segundo enfermo de Kraepelin (caso núm. 032): «Es la guerra. Ya no come nada. Viva la palabra de Dios. Un cuervo está en la ventana y quiere comer su carne.» Para que cesen los sacrificios humanos es necesario volver a dar la palabra a los hombres

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    III atrevete a enfadarte «No tengas miedo. Sólo ve hacia delante y juega.» Charlie Parker

casi una presentación. Año 17 de la era Orwell -Primavera-

Hasta aquí hemos llegado, y algo es algo. Antes de nada, queremos: 1) Dar las gracias a [email protected] [email protected] compañ[email protected] que han fotocopiado, distribuido, discutido este zine´. El saber que hay para quien todo esto no le es indiferente es lo mejor que nos podía pasar 2) Mandar a la mierda a todos esos grandilocuentes charlatanes (siempre repulsivos) que juegan a ser irrisorias vanguardias intelectuales de no se sabe muy bien qué movimiento, y que en su día miraron con desprecio y esbozando alguna que otra sonrisilla esta publicación. Quien quiera entender, que entienda 3) Pedir disculpas a la redacción del Molotov por habérsenos -89-

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ocurrido la posibilidad de que nos reseñasen el número 1 de este puñado de fotocopias grapadas. Sentimos de todo corazón haber pedido algún tipo de apoyo a un medio de contrainformación de semejante tradición y prestigio Ahora que nos hemos liberado de amores y resentimientos (somos unos resentidos conscientes y orgullosos), podemos continuar. El Invierno ya pasó, y nos dejó un espantoso sabor de boca. Continuamos cosechando derrotas, tantas que hace ya tiempo que perdimos la cuenta. Nos llovieron demasiados palos en este Madrid, y todavía andamos un poco perdid*s. Eso sí, algo hemos aprendido... resistir ya nunca más significará vencer. La resignación no podrá tener lugar en nuestras almas inquietas, estas han encontrado por fin su deseo: latir con la mayor fuerza posible. No queremos sobrevivir, no queremos aspirar a la autogestión de nuestra tristeza... «de la misma manera que ya no hay chantajes que nos hagan aceptar esta realidad miserable, tampoco los hay para que dejemos en pie este mundo». Hemos comprendido que una vida llena de sorpresas es mucho mejor que una vida sin ellas Los tiempos cambian, la rabia crece. No somos dueñ@s de nuestras vidas y lo sabemos. Eso nos convierte en proletarios. Para los verdaderos dueños de nuestra existencia no somos más que [email protected], mercancías, trabajadores precarios, vándalos, [email protected], [email protected], [email protected], estudiantes sin presente ni futuro, putas, subproductos. No les interesamos, ya no pueden darnos trabajo y apenas podemos consumir. Mientras ellos se ponen de acuerdo en cómo gestionar este sistema, [email protected] agonizamos en sus hospitales, en las universidades, en los manicomios, en las fábricasalmacenes-tiendas-oficinas-etc., en las calles, en la cárcel... en los dominios del viejo mundo. Paso a paso vamos aprendiendo de nuestros errores, y de los pocos aciertos que hemos cometido. Somos supervivientes del Sistema de Salud Mental, fuimos y somos [email protected], y hemos tomado una determinación: PREFERIMOS ESTAR FURIOS*S A ESTAR TRISTES. Nos hemos decidido a enfadarnos en un mundo en donde palabras como consenso, diálogo o tolerancia se encuentran revestidas de un halo sagrado. Parece que nadie se atreve a preguntarse quién sacó a escena esta colección de anatemas. Sin embargo, no es excesivamente difícil dar con la respuesta... las personas se dividen en decididores y -90-

III ejecutantes, en explotadores y explotados, la Máquina basa su funcionamiento en esta división de los papeles. La condición siguiente que hace que no se pare, que no sufra ningún percance, es la siempre necesaria paz social. Sin ella, la articulación entre los que deciden y los que hacen sería imposible. Por eso se hace necesario que l*s pisad*s toleremos, dialoguemos y alcancemos consensos con quienes nos pisan. Aceptarlo es señal de sentido común, civismo y talante democrático... lo contrario es lo propio de [email protected] [email protected], [email protected] salvajes y [email protected] [email protected] mentales. Lo único que podemos hacer es asumir nuestra condición y tirar a dar Lxs chicxs malxs están enfadadxs, quieren ajustar cuentas y sonríen junto a las hogueras. No pedirán perdón ya nunca más BeS.O.S

los jueces ordenaron 5.000 ingresos en centros psiquiátricos el año pasado El País. Secc. Madrid. Lunes, 29 de Enero del 2001

Los jueces de Madrid ordenaron el año pasado casi 5.000 ingresos involuntarios de ciudadanos en centros psiquiátricos de la región, casi mil más que en 1999, según datos que figuran en un avance de la memoria de actividades de los juzgados de la Plaza de Castilla de Madrid relativa al año 2000. Dos juzgados (los números 30 y 65) se encargan en Madrid de supervisar los internamientos involuntarios en centros psiquiátricos El avance de la memoria indica la enorme actividad de estos dos juzgados. En 1999 fueron 4.034 las personas que ingresaron en instituciones psiquiátricas por mandato judicial. En el 2000, la cifra de ingresos involuntarios se ha elevado a 4.941. En algunos casos se tratan de las mismas personas que sufren cuadros maníacos esporádicos que requieren asistencia médica urgente y, en no pocos casos, prolongada. Los enfermos mentales que cometen delitos graves suelen ir a centros penitenciarios psiquiátricos, y, si se trata de delitos leves, a las áreas psiquiátricas de la red sanitaria pública -91-

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El internamiento de una persona en un centro contra su voluntad, haya o no cometido un delito, precisa de autorización judicial. «En el 2000, 4.250 personas con cuadros graves fueron conducidas directamente a un centro psiquiátrico, si bien inmediatamente después se comunicó la hospitalización al juez para que autorizase o no el internamiento», explica el juez decano de Madrid, Fernando Fernández Martín. «También hubo otros 691 casos de personas cuyas familias solicitaron previamente al juez el internamiento y este lo validó», añade.

tontas y orgullosas

La psicología cuenta con los tests (ya sean de personalidad, inteligencia, aptitudes, etc.) como sus instrumentos principales a la hora de evaluar «sujetos» Los tests se suponen instrumentos rigurosos y objetivos, y sirven para medir una serie de constructos tan esenciales para la psicología experimental como irreales ¿Qué es por ejemplo la inteligencia? Para ser sincera, después de cuatro años estudiando psicología, no lo sé. Aunque viendo cosas como esta empiezo a ver por dónde van los tiros. La «Escala de inteligencia de Wechsler para adultos» (WAISIII) es una batería de tests de inteligencia, que según dice el tal D. Wechsler en el prólogo de su manual de instrucciones, «es un instrumento para la evaluación de la capacidad intelectual, un herramienta esencial a utilizar en una extensa variedad de contextos, principalmente, dentro del contexto escolar y clínico...» Vamos, que como herramienta esencial, podemos afirmar que el WAIS es considerado una buena forma de medida de la inteligencia (afirmación ampliamente respaldada por un montón de cálculos estadísticos y un sinfín de profesionales de la psiquiatría y la psicología) Pues bien, el WAIS-III consta de 14 pruebas, una de las cuales dice así: -92-

III «El sujeto debe contestar oralmente a una serie de preguntas cuyas respuestas se relacionan con experiencias de la vida cotidiana y con la capacidad de comportarse de forma adecuada y consecuente con los valores sociales.» Entre las 18 preguntas de esta prueba están las siguientes: 6) ¿Para qué se pagan los impuestos? Se obtendrán 2 puntos —puntuación máxima— si se contesta: · Ayuda, mantenimiento o contribución a las cargas económicas de la nación, estado, ciudad, comunidad. · Para mantener el país y mejorarlo 1 punto si la respuesta se parece a: · Para contribuir al bien social · Para que el Estado lo invierta en ayudas o prestaciones a los más necesitados · Para mantener y financiar la policía, las carreteras. Y la puntuación es de 0 si se dice: · Sostenimiento de una institución específica, trabajo u organización, con desconocimiento de que los impuestos sirven para el mantenimiento de todo el Estado · Para enriquecer a otros 10) ¿Por qué el Estado elige que tengamos testigos cuando nos casamos? Se obtendrán 2 puntos con respuestas como: · Necesidad de dar fe de que se ha celebrado el matrimonio · Para dar testimonio de que el matrimonio se ha realizado legalmente Y los puntos son 0, si dices: · Por burocracia · Respuestas sin relación con las anteriores 16) Dígame algunas razones por las que conviene que haya un régimen de libertad condicional: 2 puntos, si se reflejan dos de estos cuatro conceptos básicos: · Forma de recompensar a los delincuentes por buena conducta · Dar una segunda oportunidad a los criminales -93-

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· Seguir la pista a los delincuentes · Por la masificación de las cárceles Si sólo se refleja una de estas ideas, la puntuación es de 1, y 0 si la respuesta contiene otras ideas: Dinero de las fianzas, replanteamiento de las cárceles, etc Son [email protected] [email protected] [email protected] de estas pruebas [email protected] que luego nos cuentan que la psicología no tiene relación con la política, y que dado su incuestionable «carácter experimental», carece de ideología El que se obtengan más o menos «doses» en esta prueba, influye en la puntuación general de la capacidad intelectual Así que, si en la próxima entrevista de trabajo, o en la consulta de un psicólogo, nos pasan el WAIS-III, o algún test similar, y «averiguan» que somos poco inteligentes, os aseguro que tendremos motivos para sentimos orgullos*s.

medicacción

Intentaremos exponer de forma breve y concisa nuestras críticas hacia los actuales tratamientos farmacológicos que se están utilizando en las terapias de las denominadas «patologías» mentales Primero, debemos reevaluar el concepto de «salud mental» en la sociedad actual. Para la mayoría de los «profesionales» de la salud, sociólogos, educadores y demás gentucilla, el término «salud mental» equivale a adaptación social, es decir: serán patológicos todos aquellos procesos mentales que alteren la «normal» relación del individuo con la sociedad y con las personas que le rodean, y que le impidan desempeñar «roles normales» de comportamiento. (Pongamos como ejemplo a esa gran cantidad de niños diagnosticados de «hipercinéticos», que son incapaces de aguantar las interminables horas de tediosas clases y actividades «extraescolares», y que en consecuencia se encuentran aburridos, intranquilos, desmotivados... ¿patología?) Por otro lado, las causas o etiologías que producen estos procesos se reducen sistemáticamente a mecanismos genéticos y bioquímicos. Las explicaciones dadas son entonces del tipo: «Estás deprimido porque tienes la serotonina baja» -94-

III Dada esta concepción tan reduccionista de las enfermedades mentales, es fácil entender la sinrazón de muchos tratamientos. La mayoría de estos fármacos van únicamente encaminados a hacer desaparecer la sintomatología: «Este antidepresivo te va a curar la depresión porque te va a subir la serotonina», dejando de lado el resto de factores personales, sociales y económicos, verdaderos desencadenantes de muchos de estos trastornos (aunque no de todos, desde luego) Nosotras proponemos una vuelta de la tortilla: son esos factores que configuran nuestro día a día los que debemos transformar para superar estas situaciones Por tanto centramos nuestra crítica en que: 1.— Los fármacos utilizados sólo disipan los síntomas, pero no son curativos, es decir, que tras suspender el tratamiento con ansiolíticos, antidepresivos, etc... volverás a sentir ansiedad, depresión... etc. cuando se den las mismas situaciones de antes, ya que las condiciones que las provocan no han desaparecido 2.— Denunciamos el papel recuperador de estas terapias en las luchas sociales: «Tú no estás triste porque el mundo que te rodea sea absurdo, ni por haber sido reducido al papel de mercancía, ni por la prevalencia de las relaciones descuartizadas y espectaculares, sino porque tienes un gen chungo que no produce suficiente serotonina, dopamina... o lo que sea» Este papel «adormilador» es especialmente patente en una serie de situaciones, como por ejemplo en las cárceles, donde la administración forzosa de tranquilizantes, las inyecciones de neurolépticos y el resto de las drogas (heroína, metadona... etc.) mantienen a los presos y presas en un estado de sumisión, lejos de desencadenar acciones de protesta y lucha 3.— Las grandes empresas farmacéuticas se frotan las manos con el negocio: casi un cuarto de la población mundial sufrirá a lo largo de su vida problemas psicológicos, y la depresión se establece como la auténtica epidemia del siglo XXI 4.— Los efectos secundarios de estos medicamentos son enormemente dañinos e incluso insoportables para la persona que los toma. Las consecuencias que ocasionan a más largo plazo también son muy importantes, por más que las empresas farmacéuticas intenten encubrirlos. Un ejemplo escalofriante: casi la mitad de las -95-

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personas tratadas con neurolépticos (fármacos utilizados, principalmente, en el tratamiento de la esquizofrenia) durante más de seis meses desarrollan discinesias tardías (movimientos involuntarios, repetitivos, e irreversibles de diversos músculos). La pérdida de iniciativa que producen, el aletargamiento y la dependencia (tanto psicológica como física) que desarrollan, pueden perjudicar —más que beneficiar— la resolución de estas situaciones El dolor se lo pueden quedar todito los cristianos. Pero también somos conscientes de que vivimos en una realidad que no se va a trasformar de la noche a la mañana, y en la que tratamos de revolucionar nuestras vidas, evitando así pasarnos los días aguardando como idiotas una revolución que no vamos a traer a base de esperar. Entendemos que personas que están sufriendo puedan buscar apoyo en estos medicamentos (aún siendo conscientes de que no son realmente curativos, y del papel que cumplen), para disminuir la sintomatología que les atenaza y que no les permite embarcarse en la resolución-transformación de las condiciones de vida que les asfixian. Estos medicamentos pueden ser una ayuda en algunos casos, pero una terapia que se base únicamente en la administración de psicofármacos carece de sentido (tiene más bien poco de terapéutico), ya que estos inciden sobre la sintomatología y no sobre la causa real desencadenante No hacemos apología del martirismo, simplemente refutamos enérgicamente la tesis sostenida por el Sistema de Salud Mental y sus conocidas órbitas... a saber: que la medicación proporciona la cura efectiva de las patologías mentales. La utilización de psicofármacos debe tener detrás una conciencia, de que por un lado implican una serie de peligros de los cuales los pacientes no suelen ser informados, y por otro, de que no serán capaces de afectar la realidad que rodea al individuo que sufre. Por eso queremos dejar claro que las simplificaciones que algún-a [email protected] hace en estos temas («la medicación es veneno», «la medicación es contrarrevolucionaria», bla, bla, bla) tan sólo demuestra una capacidad de comprensión anulada. A quien sea tan purista que no pueda llegar a ver esto, le decimos simplemente: «No sabes lo oscuro que pueden llegar a verse las cosas desde el fondo del pozo» Cuando los psicofármacos no se venden en las farmacias. Criticamos y seguiremos criticando. Señalaremos la oscura labor de los recuperadores químicos, lleven bata o rastas, tengan títu-96-

III los universitarios o piercings y pelos de colores. No encontramos diferencia y, por tanto, os trataremos con el mismo desprecio: el desprecio hacia quien no duda en destrozar la salud y la vida de [email protected] compañ[email protected] para el lucro personal. Tratan de convertimos en mercancías, fomentando (en aras del desarrollo de sus negocios-chiringuitos) relaciones ocio-festivas que no son sino una prolongación más de los largos tentáculos del espectáculo, falsificación buenrollista de la amistad y del amor. El ocio aparece así como resignación y olvido, tiempo marcado por el consumo (y por tanto, por el trabajo necesario para poder consumir) y no como disfrute verdadero: acercarse y charlar, compartir abrazos y risas, y conspiraciones en voz baja. Apestosos hombres de negocios, vendéis vuestra basura en otro formato y en otras circunstancias, pero realmente cumpliendo una función muy similar a la de los psicofármacos. Incluso la composición química y mecanismos de acción farmacológicos son muy similares a los de los medicamentos psiquiátricos (ejemplo: cocaína y antidepresivos del tipo IMAO) La careta química del fin de semana nos ayuda a olvidar la miseria diaria: lejos de ayudar a la trasformación real de las condiciones de vida que nos van a producir gran parte de estos «problemas vitales», nos facilita la evasión mental y el dejar de pensar en la mierda que nos rodea, impidiendo así cualquier tipo de cambio, tanto personal como social. Brotes psicóticos tras tomar LSD, ataques de ansiedad y pánico con éxtasis y anfetaminas, depresión postcocaínica, delirium tremens, apatía cannábica... estos y otros muchos problemas son la maravillosa contribución que estos productos (que nos venden gente que hace creernos —vía apariencias, militancia, etc.— que son nuestros propios compañeros) hacen al mundo de la salud mental Para nosotras, son parte esencial del sistema de control social, y elemento dinamitador de las luchas por la transformación radical del mundo en el que vivimos... son nuestros enemigos Nosotras nos defendemos atacando. Pero si tenemos tan claro que ni las drogas (vengan de donde vengan...), ni las instituciones que trabajan en el ámbito de la salud mental nos pueden ofrecer una salida a la situación a la que nos arrastran nuestros trastornos y afecciones, alguna otra -97-

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alternativa tendríamos que plantear. Desde nuestra postura, afirmamos que la mayor parte de lo que conocemos bajo el nombre de enfermedades mentales son el producto de la violencia ejercida por el sistema en el que crecemos y vivimos (sin ir más lejos... ¿quién no encuentra en su día a día 1.000.000 de razones que podrían llegar a desencadenar una depresión?). Por lo tanto, la solución no puede estar en entregarnos a las manos de los gestores de ese sistema y sus fármacos. Cuando nos encontramos en un continuo estado de simulación, en el que vivir equivale a elegir entre el menú de libretos que nos ofrecen los amos para interpretar (el de asalariado, el de hijo, el de estudiante, el de consumidor compulsivo, el de revolucionario —sí, el de revolucionario también puede llegar a ser un rol totalmente determinado por las estructuras que rigen lo existente—, etc.), el desarrollo de la singularidad pasa por el enfrentamiento abierto con las pautas impuestas La lucha por la singularidad es el único camino que conocemos para combatir la interiorización de la opresión. Esta no puede ser frenada pagando consultas de psicólogos con un dinero que hemos obtenido mediante un trabajo deshumanizador y absurdo (como lo son la inmensa mayoría de trabajos que tenemos), ni llenando la boca de pastillitas que nos proporciona una sonriente bata blanca, ni siendo encerrados entre cuatro paredes por lúcidos profesionales... la única manera de enfrentamos a ella es rompiendo la condición de espectadores pasivos de nuestras propias vidas, y creando una alternativa real de escape. Para ello sólo hay un camino, y es el de la acción. Mediante esta revelamos nuestra cualidad de ser distintos, nos diferenciamos, para dejar así de ser meras mercancías en continua compra-venta. Abrimos una brecha entre lo que somos y lo que se espera de nosotros, posibilitamos lo inesperable y expandimos los límites con los que nos tropezamos cotidianamente La lucha contra la pasividad y la generalización de la impotencia no es un camino para héroes o elegidos. Pensamos que los héroes apestan. Tampoco se necesitan abanderados ni sacrificios, y ningún dirigente vendrá a explicamos cómo abrimos paso. No representamos a nadie, y menos al colectivo de enfermos mentales; atacamos en nuestro propio nombre. Las herramientas se encuentran al alcance de quien quiera utilizarlas... autoorganización, propa-98-

III ganda, mala ostia, complicidad, insulto, sabotaje... Atacar y escapar, liberar zonas, disfrutar con ello, y antes de que caigan sobre nosotras dar un salto más e inaugurar un nuevo frente de lucha Nuestras intenciones no podrían ser más claras: renegamos de este mundo de mierda y de la totalidad de sus valores (consenso, trabajo, competencia, consumo, prestigio, cánones de belleza, tolerancia, progreso, lucidez, etc.), lo consideramos causa de la miseria y banalización que nos tienen cogidos por el pescuezo, y por tanto nos declaramos en guerra. Así pues, pretendemos abrir procesos de liberación en los cuales podamos construir nuevas relaciones personales (con la previa condición de pasar a cuchillo las antiguas), espacios y tiempos desalienados, posibilidades de desatar nuestra propia creatividad e insertar en la fea realidad nuestras colecciones de deseos. Queremos aniquilar el aburrimiento en todas y cada una de sus formas, gozar, divertimos, e inventarnos un lugar donde la posibilidad de caer enfermos no esté a la orden del día La revuelta es la única receta contra la atomización y mercantilización sociales. Es el espacio y el tiempo mágicos en los cuales los niños asustados pueden jugar a que se les está quitando el miedo. ¿Y qué somos nosotros la mayor parte del tiempo salvo niños asustados?, ¿qué otra cosa podríamos ser cuando somos etiquetadosdiagnosticados, drogados o encerrados? Ya lo hemos dicho, no somos héroes y nos sobra el miedo. Lo que pasa es que ya hemos aprendido lo que hacer con él. que vuele la lechuza. proverbio ateniense

«Que vuele la lechuza. Que las acciones mal empezadas lleguen a buen puerto. Que la revolución, tanto tiempo aplazada por los revolucionarios, sea realizada a pesar de sus deseos residuales de paz social.»

El capital dará la última palabra a los batas blancas. Las prisiones no durarán mucho. Viejas fortalezas de un pasado que sobrevive sólo en fantasía exaltada de algún reaccionario jubilado, caerán con la ideología basada en la ortopedia social. No habrá más presos. La criminalización, que el capital llevará acabo en sus formas más racionales, pasará por los manicomios -99-

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Cuando toda la realidad es espectacular, rechazar el espectáculo significa estar fuera de la realidad. Quien rechace doblegarse ante el código de la mercancía está loco. Rechazar doblegarse ante el dios de la mercancía significará ser encerrado en un manicomio Aquí la cura será radical. No más torturas inquisitoriales ni sangre en las paredes: estas cosas impresionan a la opinión pública, hacen intervenir a los burgueses bienpensantes, generan justificaciones y reparaciones y trastornan la armonía del espectáculo. La total aniquilación de la personalidad, considerada como la única cura radical para enfermos mentales, no molesta a nadie. Mientras el hombre de la calle se sienta rodeado por la atmósfera impenetrable del espectáculo capitalista tendrá la impresión de que las puertas del manicomio no se cerrarán nunca a sus espaldas. El mundo de la locura le será extraño, incluso aunque haya siempre un manicomio junto a cada fábrica, frente a cada escuela, en cada campo, en medio de cada barrio popular Pongamos atención a no allanarles el camino, con nuestro embotamiento crítico, a los funcionarios estatales de camisa blanca El capital está programando un código interpretativo para poner en circulación a nivel de masas. En base a este código la opinión pública se acostumbrará a ver a aquellos que atenten contra el orden de las cosas de los amos, a los revolucionarios, como locos. De ahí la necesidad de meterlos en manicomios. También las cárceles actuales, racionalizándose según el modelo alemán, se están trasformando, primero en cárceles especiales para revolucionarios, luego en cárceles modelo, luego en verdaderos laagers para la manipulación del cerebro, finalmente en manicomios definitivos Este comportamiento del capital no viene dado solamente por la necesidad de defenderse de las luchas de los explotados. Es también la única respuesta posible sobre la base de la lógica interna del código de la producción mercantil Para el capital, el manicomio es un lugar donde la globalidad de la función espectacular se interrumpe. La cárcel trata desesperadamente de llegar a esta interrupción global pero no puede lograrlo por estar bloqueado por las demandas básicas de su ideología ortopédica El «lugar» del manicomio, en cambio, no tiene ni principio ni fin, no tiene historia, no es mutable como el espectáculo. Es el lugar del silencio -100-

III Por el contrario, el otro «lugar» del silencio, el cementerio, tiene la capacidad de hablar en voz alta. Los muertos hablan. Y nuestros muertos hablan con voz altísima. Nuestros muertos pueden ser muy pesados. Por eso el capital trata de usar los cementerios cada vez menos. Y aumentar a la vez, de manera correspondiente, el número de «invitados» a los manicomios. La «patria del socialismo» tiene mucho que enseñar en este campo El manicomio es la racionalización más perfecta del tiempo libre. La suspensión del trabajo sin traumas para la estructura mercantil. La ausencia de productividad sin negación de la productividad. El loco no necesita trabajar y, al no trabajar, confirma la sabiduría del trabajo como contrario a la locura Cuando decimos que no es el momento del ataque armado contra el Estado, estamos abriendo las puertas del manicomio a los compañeros que están llevando a cabo este ataque; cuando decimos que no es el momento para la revolución apretamos las correas de una camisa de fuerza; cuando decimos: estas acciones son objetivamente una provocación, nos ponemos las camisas blancas de los torturadores Cuando el número de oponentes era pequeño, la pistola funcionaba bien. Diez muertos son tolerables. Treinta mil, cien mil, doscientos mil podrían marcar un punto fundamental en la historia, una referencia revolucionaria de tan deslumbrante luminosidad que perturbaría durante tiempo la pacífica armonía del espectáculo mercantil. Por otro lado el capital se ha hecho más absoluto. El fármaco tiene una neutralidad que no poseen las balas. Tiene la coartada terapéutica Arrojemos a la cara del capital su propio estatuto de la locura. Pongamos al revés los términos de la contraposición En la totalidad mercantilizada del capital la neutralización del individuo es una práctica constante. La sociedad es toda ella un inmenso manicomio. El aplastamiento de las opiniones es un proceso terapéutico, una máquina de muerte. La producción no puede verificarse en la forma espectacular del capitalismo sin este aplastamiento. Y si el rechazo de todo esto, la elección del placer frente a la muerte, es un signo de locura, es el momento de que cada cual empiece a comprender la trampa que yace por debajo de todo esto Toda la máquina de la tradición cultural de Occidente es una -101-

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máquina de muerte, una negación de la realidad, el reino de lo ficticio que ha acumulado todo tipo de infamias y vejaciones, de explotación y genocidio. Si el rechazo de toda esta lógica de producción es condenado como locura, entonces debemos distinguir entre locura y locura El placer se arma. Su ataque es la superación de la alucinación mercantil, de la máquina y de la mercancía, de la venganza y del líder, del partido y de la cantidad. Su lucha rompe la línea de la lógica del beneficio, la arquitectura del mercado, el significado programado de la vida, el último documento del último archivo. Su violenta explosión derriba el orden de las dependencias, la nomenclatura de lo positivo y lo negativo, el código de la ilusión mercantil Pero todo esto se debe poder comunicar. No es fácil el paso de significados del mundo del placer al de la muerte. Los códigos recíprocos están desfasados, terminan por anularse mutuamente. Lo que en el mundo del placer es considerado ilusión, en el mundo de la muerte es realidad, y viceversa. La misma muerte física, por la que tanto se llora en el mundo de la muerte, es menos mortal que la muerte que se vende como vida De ahí la gran capacidad del capital para mistificar los mensajes del placer. Incluso los revolucionarios, en una lógica cuantitativa, son incapaces de comprender las experiencias del placer en profundidad. A veces lanzan condenas que no suenan muy diferentes a las condenas lanzadas por el capital En el espectáculo mercantil son las mercancías las consideradas significativas. El elemento activo de esta masa acumulada es el trabajo. Más allá de estos elementos del cuadro productivo nada puede tener un significado positivo y negativo a la vez. Existe la posibilidad de afirmar el no trabajo, pero no como negación del trabajo sino como su suspensión por un cierto periodo de tiempo Del mismo modo es posible afirmar la no mercancía, es decir el objeto personalizado, pero sólo como ratificación del tiempo libre, cualquier cosa producida como hobby, en los retazos de tiempo que nos deja el ciclo productivo. Está claro que estos signos, el no trabajo y la no mercancía, entendidos de este modo, son funcionales al modelo general de la producción Sólo por la clarificación de los significados del placer, y los correspondientes significados de la muerte, como elementos de dos -102-

III mundos contrapuestos que se combaten mutuamente, es posible comunicar algunos elementos de las acciones del placer sin, por otro lado, ilusionarnos con poder comunicarlos todos. Quien empiece a experimentar el placer, incluso en una perspectiva no directamente ligada al ataque contra el capital, está más disponible para atrapar el significado del ataque, al menos más que aquellos que se quedan atados a una anticuada visión del enfrentamiento basada en la ilusión cuantitativa De este modo es todavía posible que la lechuza alce el vuelo Texto extraído de EL PLACER ARMADO de A. M. Bonano

fragmentos un ejercicio de escritura compulsiva

«Lo que contribuye más significativamente a un sentimiento precoz de maldad es la sensación de que le han abandonado a uno (...). Es aterrador. Y para que suceda esto tan horrible, algo debe ir mal.» Matthew McKay y Patrick Fanning Autoestima. Evaluación y mejora (sic)

I Se acaba el tiempo, se acaba. Y hoy he visto de lejos la maligna pesadilla de la que estoy intentando despertar IRREALIDADES Surcos hiriendo al cielo y la tierra. Dibujos. Magia. Pena. Hileras de dientes impacientes. Deseos confundidos. Explosiones incontroladas. Temblores y dolores Mis tristezas en acción. Deriva. Caída. Radiografías de la miseria. Días perdidos. Amputaciones Decidle a Dios que le quiero

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II Intento calcular la velocidad a la que sería posible escapar. Fácil quemar momentos. Fácil olvidarse. Fácil inaugurar procesos de destrucción de recuerdos. Es inevitable hacerse daño. Brixton, Barrio de la Concepción, Nanterre, La Latina, mañana Bolivia, quién sabe si la India o los Fiordos... ¡Adiós!

III ¿No lo oís?, ¿no oís cómo cruje el cielo?, ¿no oís cómo se arrancan de cuajo las palabras...? [y las bocas se quedan mudas, resecas y doloridas] Otra y otra vez. Somos estúpidos, siempre se nos olvida que todavía se puede perder un poco más, que se puede rizar un poco más el rizo MASTICANDO CRISTALES

IV ¡Saltemos! Vacíos... esperas interminables. Nada—acaba—de—suceder. Evidente derrota ¿Cuál será la razón de 1000 olvidos? [...] ¿Un monstruo...?, ¿o quizás algo peor? Algo así debe ser, ¿pues qué otra cosa sino podría ser la causa de tanto desprecio? Asco, asco, asco

V Venga, vamos a romper silencios Gracias por tu regalo [aquellas lindas toneladas de ganas de morir]. Lo siento, yo-nosé, yo-nopuedo. Reventar a gusto, reventar a solas. Dialéctica salvaje: ellas me dicen, y yo me preparo para la puesta en escena, doy los últimos retoques a los artilugios con los que poder afrontar al público ¡Qué bonito habría sido el no haberte conocido jamás!

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III

VI El dragón nunca se muere Micabezaviejacajaderuidos Me duelen todas las palabras que no supe decir

VII Las pequeñas alfileres que me colgarán del cielo cuando muera van tejiendo desde dentro mi mortaja. No se pierden las horas. Eso nunca. Eso jamás Algo queda claro, que el monstruo es tratado como monstruo, y si acaso no lo fuera todavía del todo, acabaría por serlo como consecuencia inevitable del trato monstruoso Hay veces que no es posible dar con un cuento que acabe bien

VIII Vamos a ver romper olas. Mi dolor... ¡cuánto te echo de menos! Multitudinaria soledad. Tú también te ahogas de tanto respirar Esto sólo se puede parar a ostias. Vamos niña, vamos a la pelea. Yo siempre gano, yo siempre pierdo. [Vivir en un cuadrilátero...] Te envío besos [transoceánicos, de esos fabricados para subir todas las cuestas...] con mis labios partidos, con el sabor dulzón de mi sangre... aéreos sacrificios rituales. Sencillamente, no sé hacer nada más

IX Geografía de ansiedades. Vueltas de tuerca. Chirridos estruendosos. Nubes mefíticas que esconden territorios soñados—pensados—anhelados. Horizontes de guerra. Los únicos posibles. La Máquina avanza, hace y deshace. Universos resquebrajados. Batallas libradas a escondidas. Viviendo el miedo precedente al asalto. La arritmia. La revuelta convertida en cura... ESPERANZA. Ir más allá.

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X Porqué será, porqué, que tras sucesivas espantadas, aquí sólo quedan los que estaban cuando empezamos, mis niños luchando, mis hermanos. Demasiada casualidad, demasiada. ¿Seguirás aún pensando que no hay más que un solo mundo?

.



IV «Si somos unos “locos”, nuestra locura no es dulce, es la locura de querer vivir, de negarnos a someternos al trabajo asalariado, de romper el círculo de base de la banalidad, de utilizar todas las posibilidades de encontrarnos a nosotros mismos, de abrirnos y de reunirnos para mejor afirmar la autonomía de nuestros deseos insatisfechos por el capital.» Grupos Autónomos. Enero de 1979 Principios de Otoño del año 17 de la Era Orwell. Llegó la hora de ajustar las cuentas con quienes deciden quién es normal y quién no lo es

editorial

Otra vez entre vosotras. Más papelajos grapados, más ideas pasadas por la fotocopiadora. Lo primero que nos gustaría hacer es comentar-responder a algunos comentarios sobre los tres números anteriores que nos han llegado por un camino u otro — Hay quien nos dijo que tendíamos un poco al victimismo... a ver si somos capaces de entendernos: Evidentemente nos reconocemos como víctimas de la sociedad espectacular mercantil en la que vivimos... víctimas de nuestras familias, de las relaciones sociales planteadas, del Sistema de Salud Mental, de las empresas farmacéuticas, del trabajo asalariado, etc. De ahí, a hacer apología del victimismo hay un salto peligroso. El primer paso que hemos dado (y que nos esforzamos en actualizar cada día que pasa) es -107-

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el de reconocer cuáles son las estructuras represivas que actúan sobre nuestras vidas, y señalar a su vez cuáles son sus relaciones con la enfermedad mental. El segundo paso, es atacar dichas estructuras con todas las armas a nuestro alcance. No podemos concebir este proceso en partes separadas, si elaboramos planteamientos teóricos sobre las interacciones entre la configuración de este mundo y nuestras vidas, es para tomar conciencia de dónde ostias estamos y cómo está construido aquello que queremos demoler. Si efectivamente hiciéramos un fanzine para clamar a los cielos sobre las maldades de la civilización burguesa y repetirnos lo triste que es nuestra condición de explotad*s, se trataría de una publicación de corte llorón y victimista. Ahora bien, nuestra intención es radicalmente distinta. Reconocemos nuestra situación, reconocemos a nuestros enemigos, planteamos la necesidad de acabar con ellos, y por último estudiamos los caminos para hacer efectiva esa aniquilación. No reclamamos la compasión de nadie: necesitamos de la solidaridad de tod*s I*s revolucionari*s en este frente de lucha contra el capital y su miseria — A es*s que cuchichean a escondidas y se han referido a nosotr*s como «italianizad*s» nos referiremos con un solo adjetivo... ¡IGNORANTES! Vuestra necesidad clasificadora da claras evidencias del moho que habita vuestros cerebros y la opacidad de vuestras miradas. Os suponemos del lado de todos I*s fanátic*s de la rotulación: médicos, jueces, policías, periodistas, etc — Por otro lado, una hermosa muchacha estudiante de psicología a quien obsequiamos con nuestra publicación comentó, pasados unos días y tras haberle echado un vistazo, que no le gustaban «este tipo de publicaciones». Pensando que se trataría de una cuestión de formas (quizás unas pocas hojas dobladas provocaban la desconfianza en los círculos académicos), le pasamos un Rayo que no cesa (revista de antipsiquiatría y contrapsicología editada ya en imprenta y con bastante más presencia que el humilde fanzine que tenéis entre manos)... la respuesta fue idéntica: «no me gustan este tipo de publicaciones». Momentos de desconcierto. Somos conscientes de la invalidación sistemática que hacen los profesionales de la salud mental de todo aquello que sale de boca de «enferm*s» y «personas no cualificadas», pero no teníamos constancia (o queríamos no tenerla) de que esta posición estuviese tan extendida entre I*s jóvenes aspirantes al título universitario. Realmente pintan mal las cosas. Razón de sobra tenía quien afirmó -108-

IV la incultura y esterilidad que proporcionan los conocimientos estropeados y de segunda mano que se venden a toda prisa durante los cursos universitarios. De gente que desprecia materiales por la sencilla razón de no venir de ninguno de sus estimados profesores, o bien de no encontrarse publicados en alguna de las prestigiosas editoriales del ramo, sólo podemos esperar que sean eficientes engranajes dentro de un sistema que sólo causa dolor. Sin capacidad crítica alguna, sin la consciencia de saber dónde se está... sólo se puede aprender a hacer daño — Por último, queremos dar por cerrada la polémica «Molotov». En respuesta a su «Una reseña, una disculpa» del número veraniego, queremos dejar algunas cosas claras. De su ramplona ironía parece desprenderse que nos corremos con la idea de aparecer en su periódico. Chavales, chavalas, las cosas no van por ahí. Lo que les pedimos es sencillamente que echaran una mano en un proyecto que nos parece difícil llevar hacia delante (actualmente, y con una periodicidad y difusión que dejan bastante que desear, sólo somos tres las publicaciones sobre estos temas que pululan por el estado), pero como ya ha quedado suficientemente demostrado, les interesa bastante más llenar páginas con excitantes entrevistas a radicalizados (je) directores de cine, que dar cuenta de la lucha de otra gente. Cuando nos referimos a la prestigiosidad y pretensiones de la publicación, no hablábamos gratuitamente: cualquiera puede leer el capitulillo que a UPA—Molotov se dedica en el famoso libro de Lucha Autónoma (ha pasado el tiempo, pero los más viejos del lugar no se han movido), cualquiera puede echar un vistazo a las reseñas que han hecho de otras publicaciones o a algunos de los comentarios de Savater Junior. La cosa no da mucho más de sí, para nosotr*s, en líneas generales, destilan la misma rebeldía que el suplemento cultural de El País En cuanto a este número, poco que decir. Como parece ser que lo de los tests de inteligencia interesó a bastantes, la misma persona que lo escribió ha recuperado un artículo sobre el tema que aunque fue escrito hace unas décadas lo encontramos de actual vigencia. Queremos también dar las gracias al chaval que ha traducido el artículo del Prozac, y recordar que tenemos un e-mail por donde se puede contactar y mandar todo lo que sea susceptible de ser publicado Salud y Revuelta -109-

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Contra los amos, sus siervos sonrientes y sus falsos detractores. Somos jóvenes y hermosos, y vamos a vivir nuestra vida para destruir vuestro mundo «He recibido la vida como una herida, y he prohibido al suicidio que cure la cicatriz. Quiero que el Creador contemple, cada hora de su eternidad, la grieta abierta. Es el castigo que le inflijo.» Cantos de Maldoror. Conde de Lautreamont

Vuestros chantajes se quedan cortos frente a nuestras desmedidas pretensiones Hemos determinado dejar todas las heridas abiertas. Podéis tener ya claro que, de morir, moriremos matando. No os daremos la satisfacción que buscáis. Aprovecharemos todas las posibilidades de las que dispongamos para alcanzar la victoria. Nada podrá con la desenfrenada carrera a la que se echaron nuestros deseos. No hay excusas, no hay transacciones posibles. Nuestra concepción de una vida mejor lleva implícita la total aniquilación de vuestro reino de muerte. Es de él de quien toca hablar. Un día cantaremos al amor y a la rosa. Hoy es preciso hablar de la sangre, de la violencia y de la muerte AM ANFANG WAR DIE TAT (en el principio fue la acción...) Sin acción no hay dignidad, ni alteridad, ni subjetividad. Ella lo es todo... no puede ser de otra manera cuando no tienes absolutamente nada. Un umbral, un chispazo, una declaración de guerra, un insulto, una primera batalla. La carencia —después de lo que nos hemos atrevido a intuir— no podrá ser colmada con la medida, sino con el exceso. Ya nunca volveremos avergonzadas sobre nuestros pasos. La hora de sentar cabeza no llegará jamás Siempre nos visteis como un perfecto manojo de existentes impedidos. Esos gestos, esas voces que sólo nosotras oíamos, ese algo en los ojos, esos miedos que llamáis irracionales, esas noches tan largas acosados en silencio, ese desgaste invisible, esas ganas tan enormes de desaparecer... No, nunca parecimos estar en condiciones de producir. Parecía que tampoco nunca lo estaríamos para consumir... y sin embargo os las apañasteis para llenarnos la boca con pastillas de colores. Hoy, una vez que hemos comprendido, deberíais empezar a vernos como los pastores de fuego que somos -110-

IV El silencio es tan frágil... pronto no os quedarán manos suficientes con las que intentar taparos los oídos De esta manera, nos hemos comprometido definitivamente con el partido del Diablo, o sea, con ese mal histórico que lleva las condiciones existentes hacia su destrucción Cada uno ya ha declarado sus intenciones. Sólo nos queda jugar sin ningún tipo de trabas. Veremos Psiquiatrizad*s del mundo... ¡uníos en la guerra contra la mercancía!

para una in-definición social de la inteligencia Alberto García Espuche definiciones, no

Definir la inteligencia es definir a los inteligentes y por tanto a los idiotas. Pero no solo definir, sino encumbrar, felicitar y justificar, por un lado, y anular, compadecer y olvidar, por otro. Los psicólogos aficionados al orden han ideado, sin reparos ni problemas de conciencia, clasificaciones que escalonan a los menos dotados en torpes, casi deficientes, deficientes, imbéciles e idiotas, según que sus coeficientes de inteligencia anden por los 90, 80, 70, 50, 20 o menos puntos. Desde luego no es nada aconsejable cosechar esos 20 puntos y saberse idiota oficial, aunque lo normal es que el idiota, por eso del secreto técnico, no reciba comunicación alguna advirtiéndole de su condición de tonto reconocido. Quizás llegue a notar que le hacen menos caso que antes, que toda la atención de maestros, jefes y sargentos se concentra en los de siempre, en los listos Por lo tanto no se trata ahora de lapidar una nueva definición de inteligencia, de clasificar y compartimentar, de eliminar y seleccionar, puesto que para ello existen ya suficientes instrumentos. En todo caso, si se cae en la tentación de definir la inteligencia, será sobre todo para incordiar. Será para contrapesar tímidamente el concepto burgués que predomina y para insinuar que hay otras formas de ver la inteligencia, formas que nada tienen que ver con -111-

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los tests, los coeficientes y las clasificaciones inteligencia: propiedad privada

No se puede poner en duda que el tinglado haya sido bien montado. A todo el mundo parece importarle bastante la inteligencia propia, la de sus hijos y la de los candidatos al senado. Ser inteligente está bien considerado; ser «buena persona», «tener voluntad» son cualidades reconocidas, pero en realidad se supone que el bueno lo es porque no le toca otro remedio, porque es tonto; y el voluntarioso suple con voluntad lo que le falta de inteligencia Independientemente de las morales oficiales, la moral al uso es la de la inteligencia: el que vale, vale y el que no... Con este interés general es lógico que los padres empiecen a espiar las inteligencias de sus hijos desde que nacen, siguiendo las magistrales lecciones de Piaget o las modestas apreciaciones del pediatra de «pago». Y la inteligencia empieza a cumplir así su papel desde el primer momento: es una cualidad personal e intransferible, un documento de identidad que garantiza el éxito o justifica el fracaso, y todo ello dentro de los más puros y limpios límites del individualismo estricto. Esta propiedad privada, este capital es, como las demás propiedades, como los demás capitales, heredable. O por lo menos eso se pretende. De tal manera que, como los tests demuestran estadísticamente que las clases menesterosas son menos inteligentes y la inteligencia es heredada, las clases menesterosas seguirán siéndolo para siempre Para completar la puesta en escena, se supone que el éxito económico y social, el «ascenso», está en función de méritos propios entre los cuales la inteligencia es básica No hay como ser el autor del guión para que la película acabe como uno quiere controversia, eugenesia y una trampa para despistados

Nadie se ha puesto de acuerdo sobre lo que se entiende por inteligencia pero, como dicen los expertos, aunque no existe un acuerdo unánime sobre la definición de la Inteligencia, ello no ha impedido que se establezcan índices que midan su «capacidad» y -112-

IV lo dicen sin pizca de ironía Está claro que si nada ha impedido medir algo que no conocemos, por algo será. Ocurre que la inteligencia es una cualidad elegante, individual, heredable, digna de una civilización avanzada como la nuestra. El clasificar al ciudadano en función de los enemigos que mata, de las horas que reza, de los soldados que tiene o las mujeres que mantiene, ya no es fino, no es liberal ni democrático. Pero la inteligencia es otra cosa Y como es importante, se discute de ella con pasión. En Estados Unidos los negros no están dispuestos a aceptar el veredicto de los tests que los blancos han inventado, veredicto que anuncia sin ambages que, en promedio, los negros son algo así como quince puntos más idiotas que los blancos. Dado que la inteligencia es vital, no es de extrañar que se quiera linchar al profesor Shockley, premio nobel de Física, que afirma que los negros son hereditariamente poco avispados y que lo más prudente sería acabar discretamente con ellos antes de que su estupidez acabe con todos. Pero para entrar en estas escaramuzas no es difícil haber aceptado previamente la «economía de la inteligencia», la «inteligencia negocio», dando por hecho que el bien común es la suma de los bienes individuales, que la inteligencia de la nación es, como en economía, la suma de las inteligencias de los ciudadanos; que la felicidad individual regulada por el mercado conduce a la felicidad global La consecuencia obligada en el campo de la inteligencia es ni más ni menos que la eugenesia. Pero este engendro, con nombre de abuela que se quedó en el pueblo, podía hacer referencia, hasta no hace mucho, al color de los ojos (azules) y al color del pelo (rubio), a características de la «raza». Esto, en este momento, sería demasiado, al menos para confesarlo, aunque árabes importados sigan haciendo trabajos forzados por todas partes. Ahora es mucho más elegante hablar de la inteligencia, cualidad «eugenesizable» por excelencia. Evidentemente, si ser inteligente es ser eficaz, productivo, competitivo e importante. De ahí se implicará la mejora imparable, no ya de la nación, sino de la humanidad entera Se discute apasionadamente sobre si la inteligencia es heredada o no. Izquierdas y derechas forman bandos apretados y dispuestos a todo. La ideología los separa y la confusión los une Cuando nos preocupamos en luchar contra los generalmente -113-

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muy reaccionarios defensores de la teoría hereditaria, olvidamos por lo menos dos hechos importantes: primero, que el hecho de ser la inteligencia heredada o adquirida no debería importarnos mucho, puesto que en un medio socialista ninguna cualidad, heredada o adquirida, habría de ser base para discriminación; y segundo, que estamos defendiendo que la inteligencia se adquiere fundamentalmente a través del medio cultural, que es maleable y por lo tanto desarrollable en norma igualitaria, sin darnos cuenta de que tratamos de una cualidad que se adapta como anillo al dedo al sistema competitivo-productivista en que vivimos y que en ese medio socialista lo mejor que podríamos hacer es olvidarla Lamentablemente, no pocos políticos de izquierdas y científicos progresistas defienden la teoría de la «adquisición cultural» de la inteligencia, como condición sine qua non para emprender el socialismo. Es decir, parecen aceptar el hecho de que si se demostrara la certeza de la teoría «hereditarista», si la inteligencia se repartiera al nacer, ya nada podría hacerse en favor de la justicia social, puesto que la injusticia vendría dada ya en la cuna. Terrible Dejemos el comentar con más datos esta burda trampa, para analizar brevemente las características de la inteligencia burguesa la inteligencia, cualidad medible

La inteligencia burguesa es producto de la cuantificación y como tal está ya viciada de entrada. La cuantificación, la obsesión por los números y los ficheros, es una vieja manía del capitalismo, manía que tiene probablemente su origen en la necesidad de controlar el trabajo ajeno Controlar las mentes ajenas, numerarlas y pesarlas adjudicándoles un coeficiente es una prolongación perfectamente lógica y que desgraciadamente no se da ya únicamente en el capitalismo Para llevar a cabo esta importante tarea, la de legitimar las diferencias con una cualidad medible y menos grosera que la fuerza bruta, el psicólogo se vale de un instrumento valioso: el test de inteligencia. De este, se deduce un fatídico coeficiente que en EEUU (y próximamente en nuestras pantallas) acompaña al individuo hasta la muerte, y es un dato tan indiscutible como el color de los ojos o el grupo sanguíneo. El test de inteligencia se -114-

IV basa en una interminable serie de falsas suposiciones «científicas» que sería penoso describir aquí. Es, brevemente, un camelo de proporciones pasmosas Pero lo que interesa hacer notar es hasta qué punto el mismo espíritu del test es perfectamente represivo e ideológicamente tendencioso. Para empezar, el test de inteligencia es por supuesto individual. A nadie se le ha ocurrido hacer un test a un grupo de personas, para ver si son capaces conjuntamente de resolver una situación nueva o de tomar decisiones en común. Esto sería una práctica absurda y peligrosa, un aprendizaje malévolo. El test es una lucha individual Irónicamente, reciben el nombre de «colectivos» los test que se realizan como exámenes escritos en grupo, e individuales los que se llevan a cabo interrogando individualmente a cada individuo. El test «colectivo» es pues un clásico «examen», un simple ejercicio de campo de «concentración» En el test es importante la concentración. La concentración es un pilar del rendimiento, es silencio, incomunicación, aislamiento. De nada sirve que la respuesta la sepa el de al lado, o esté en un libro en la biblioteca. Hay que concentrarse solo y ser eficaz de uno en uno, infinitas veces En este ejercicio individual el factor tiempo suele ser decisivo; y es que el «tiempo» es fundamental en la vida que llevamos. No se puede perder un minuto, pero se pierden todos. El distraído no trabaja, el distraído no consume. Sin un control estricto del tiempo no es posible la eficacia y por lo tanto en una prueba como el test, que mide sobre todo esto, no puede dejar de valorarse la velocidad. Además de la velocidad es importante la masificación. La gran sala atiborrada de sillas con apoyabrazos, perfectamente alineadas, los cuestionarios idénticos repartidos al unísono, la señal de partida dada con el silbato, el control de los examinadores que contestan a las preguntas de los testados con las respuestas codificadas y neutras que no dan ventaja, y por descontado, con el mismo calor que podría hacerlo un máquina de cigarrillos Por último, como dice un entusiasta de los tests, es preciso «que el individuo que se somete al test demuestre por completo su capacidad en lo que este le exige, pero nada más». El dividir la vida en actividades estancas es un buena afición del poder. Hay que contestar si o no; ni soñar en contestar «quizás» o «no estoy -115-

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seguro». Se debe ceñir uno estrechamente al tema. Nada de irse por las ramas, nada de imaginación, de florituras o aportaciones personales Cuando se está haciendo el test, se está haciendo un test y basta. Si un niño dijera a su encuestador que no quiere seguir porque el test es feo, el encuestador no se inmutaría. Sencillamente escribiría en su cartulina: idiota Por supuesto, si un adulto encabeza la hoja diciendo que no quiere rellenar las casillas, recibirá la misma respuesta que el niño y habrá alcanzado la misma edad mental: idiota Para clasificar, es imprescindible que todos los clasificados sigan un mismo criterio: el del clasificador. No es difícil hacer el retrato robot del niño-inteligente-que-triunfa-en-el-test. Se trata de un niño bien educado, rápido, seguro de sí mismo, concentrado y serio, poco imaginativo pero buen calculador, dócil pero desconfiado, esperando una trampa detrás de cada palabra y dispuesto a esforzarse para salir bien parado de las pruebas. Ni que decir tiene que debe ser de cultura occidental e hijo de buena familia. Indios, negros, marginados e hijos de obreros abstenerse una cualidad nueva, que no sirve

La inteligencia burguesa es por lo tanto un número, como el número que indica el estado de una cuenta bancaria; y como el dinero, es productiva, no importando para qué se use, mientras dé dividendos La inteligencia burguesa es un potencial que se hereda, como se hereda un patrimonio, una finca o las acciones de una compañía. «Ser» inteligentes es lo importante, no «hacer» cosas inteligentes. Una vez que se ha probado que se es inteligente, cuando los números lo han dicho, no es necesario seguir probándolo continuamente, puesto que uno no puede dejar de «serlo» Las clases dominantes imponen sus ideas preferidas, las que les convienen. La inteligencia es relativamente nueva como cualidad básica. La religiosidad, la fuerza, el valor, el honor han tenido sus épocas. La inteligencia burguesa tiene ahora la suya En un modelo de sociedad en el cual los valores aclamados son la competencia, la productividad y la felicidad por el consumo, en el -116-

IV que con mucha preferencia va por delante el «tener» sobre el «ser», la inteligencia entendida como potencialidad para «llegar», para «vencer» debe ser forzosamente una cualidad principal Y como ironía del juego, la inteligencia, a la que tanta importancia quiere otorgar el sistema, no «sirve» para nada: con ella no se pueden escalar puestos directivos. El coeficiente de inteligencia sólo les vale a los hijos del director Es lo que podríamos llamar una estafa al cuadrado. La estafa simple consiste en pretender que una cualidad «heredada» sea la que separe a triunfadores de perdedores, dando por normal la injusticia del sorteo. En segundo lugar, estafa al cuadrado, la inteligencia no está correlacionada con el éxito económico, en la realidad del sistema Si a este doble engaño añadimos que la inteligencia no puede demostrarse que sea fundamentalmente heredada, comprenderemos que hay que rechazar este concepto de inteligencia y todas las trampas científicas, jerárquicas e ideológicas que se han creado a su alrededor La inteligencia burguesa es la aptitud fundamental del grupo dominante y sólo le sirve a él. Que se la midan ellos Y a ellos se aplica perfectamente la definición clásica de actuar «en inteligencia», «en confabulación o correspondencia secreta de dos o más personas entre sí». Desde luego que no se hacen test de sociabilidad, ayuda mutua, facilidad para entrar en éxtasis, para amar o hacer el vago. La inteligencia burguesa es la cualidad que permite hacer de cada momento de la vida un negocio, o un preliminar de un negocio. En una sociedad de marcas, de resultados, en una «sociedad anónima», las otras cualidades importan poco y además es difícil medirlas. En el campo de la inteligencia quedan excluidos los deficientes mentales, de la misma manera que en el salto de altura los minusválidos no son competitivos La inteligencia burguesa es legitimación. Es la piedra angular en que se basa todo el edificio de la «meritocracia», arquetipo hipócrita hacia el que apunta, en teoría, el capitalismo. Es viejo el problema trabajo intelectual-trabajo manual, pero esa contradicción que era y es reflejo de una situación política, resultado de la lucha por el poder y del dominio de las fuerzas productivas, se podía explicar antes como consecuencia de una decisión divina. Ahora, -117-

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cuando esto resulta ya un poco fuerte, el capitalismo justifica la contradicción por la posesión o la carencia de una cualidad individual, invisible y heredable. Trata de demostrar que el trabajo intelectual (entendido como de dirección y de toma de decisiones) lo hacen los que están capacitados para ello, mientras los otros hacen lo que pueden Para los puestos inferiores, el cinismo llega a decir a Ford que cuanto menos inteligentes sean los obreros, mejor. Lo ideal, una cadena de montaje llevada enteramente por «Gorilas de Taylor» por un acto completo de inteligencia

El coeficiente que mide «científicamente» la inteligencia no tiene ningún tipo de valor social (ni de ningún tipo). El que alguien esté en lo alto de la escala no dice nada realmente valioso sobre ese alguien. Los miembros de «Mensa», organización internacional fundada en Inglaterra y de la que forman parte personas con un coeficiente de inteligencia mayor de 150, podría reunir a los más importantes canallas del mundo. Y ello es posible porque el CI no hace referencia alguna a relaciones sociales políticas Es absurdo medir la inteligencia individual. Es bien significativo que no se mida la inteligencia nacional bruta, y en cambio se mida la riqueza nacional. La inteligencia, que conviene demostrar que es muy diferente para cada uno, se estudia siempre individualmente. La riqueza, que se pretende algo repartida, se trata en agregados y se transforma después en renta per cápita Entre las muchas definiciones de la inteligencia está la de Koehler, quien considera que para actuar inteligentemente es necesario comprender la situación, inventar una solución, y actuar en consecuencia. De forma parecida Claparède distingue en todo acto de inteligencia tres operaciones fundamentales: cuestión, invención de la hipótesis y control, necesarias para que se pueda hablar de un acto completo de inteligencia, de inteligencia «integral» Pero ¿actuar en consecuencia, tener un control de la situación, qué sentido tiene fuera de lo social, de lo político?, ¿qué control de la situación tiene el infeliz que intenta demostrar su capacidad en un test?, ¿qué pasaría si actuara realmente en consecuencia? Sólo es posible hablar de inteligencia integral fuera del plano -118-

IV de lo individual En una dictadura, actuar en consecuencia puede ser peligroso y el control de la situación sólo lo tienen el dictador y sus lacayos. ¿Son los únicos inteligentes? Para llegar a esa inteligencia integral de Claparède, se necesita, además de lo que él supone, la situación política que la permita, que dista mucho de ser la presente. En una dictadura, sólo el dictador se puede decir «libre», y en las manifestaciones, en la calle, se pide libertad. De igual manera, en el estadio de la inteligencia actual de nuestra sociedad, calificarse de inteligente no tiene sentido. Mientras funcionen centrales nucleares y se fabriquen armas atómicas, nadie debería creerse inteligente inteligencia oportunista o inteligencia colectiva

Para una inteligencia colectiva no se necesitan genios. En la concepción actual, unos cuantos genios equilibran la balanza, frente a una masa ignorante e ignorada, y esto se considera perfectamente normal, puesto que lo que prevalece es la noción de eficacia. Lo importante no es que todos sepamos de qué va el cotarro, sino que la máquina funcione con el máximo rendimiento. Por descontado, y como en la falacia de la división técnica del trabajo, el truco de los alfileres, no está nada claro que la máquina funcione mejor con unos pocos que dominen el conocimiento y muchos que no sepan nada. Pero institucionalmente es mucho más seguro. Con este criterio de eficacia se pueden producir sospechas como las que cita Stamp: «durante la vida y después de la muerte imponemos contribuciones a la inteligencia y al éxito hasta el punto de que apenas pueden propagar su especie. Michael Roberts vio en esto un peligroso descenso de la suma total en el promedio de inteligencia y de capacidad física del hombre, y que un aumento general del estándar de inteligencia y fuerza vital de las masas no contrapesaba la pérdida de lo que pudiera haberse conseguido por unos pocos seleccionados» (M. Roberts en «The state of mind»). La inteligencia se define también como la capacidad de adecuarse a algo: «capacidad general que pone el individuo de ajustar conscientemente su pensamiento a nueva exigencias» Pero en sociedad, y el hombre es un ser social, las exigencias -119-

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se definen socialmente, históricamente. Esa inteligencia sólo puede ser de todos. Pensada individualmente, esa «capacidad de adaptarse a las nuevas exigencias» no sería más que oportunismo, sería la «inteligencia del chaqueteo» Como dice Henri Salva, «la inteligencia forma parte integrante de la cultura». Por ello, es un proceso, un informe, una relación. No puede ser una facultad, una sustancia, una cosa. Es movimiento, es historia. De momento, nuestra inteligencia, no es gran cosa Para incordiar, no estaría de más dar una definición tan inútil como las demás, pero molesta. Quizás la Inteligencia puede ser una cualidad que permita decidir colectivamente los fines y elegir los medios para alcanzarlos y que, de paso, sirva para resolver los conflictos que surjan dentro y fuera de la colectividad, con el menor coste social. Esta inteligencia no sería una cualidad fácil de forjar, pero al menos no se podría medir con el test de Binet-Simon, lo cual es un consuelo. Dado que el carácter de una inteligencia así es variable, perfeccionable y maleable socialmente, estamos en realidad tratando de una in-definición de la inteligencia. Una indefinición que evita todo intento de clasificación, todo intento de adecuación a la norma de las inteligencias técnica, simbólica y colectiva

Louis Weber expone en El ritmo del progreso una teoría poco pretenciosa pero entretenida, según la cual dos tendencias predominan alternativamente en la historia del pensamiento humano: la tendencia técnica y la tendencia especulativa. La primera está en relación con las «iniciativas individuales de la inteligencia práctica» y la segunda con «la sociedad, el lenguaje y el pensamiento simbólico» La inteligencia técnica ha predominado durante la época de la piedra tallada y en las civilizaciones de Oriente y Egipto. La simbólica predominó en la época de la piedra pulida y en la especulativa Grecia. Durante la Edad Media se atravesó un eclipse con breves destellos de inteligencia práctica, hasta llegar a la civilización práctica de Occidente en donde triunfa la inteligencia especulativa. En el «momento actual», huelga decirlo, estamos sumergidos en una civilización técnica. Aceptando el juego propuesto, por otra parte no muy serio, hemos de preguntarnos si -120-

IV será posible iniciar una época en la cual predomine la «inteligencia integral», en el sentido de tomas de conciencia y decisión realmente sociales, superando el concepto individual y técnico de la primera inteligencia de que habla Weber, así como el más social pero restringido de la segunda De momento, sin respuesta posible, más nos vale dejar a la inteligencia in-definida y preocuparnos, no por la defensa de una cualidad burguesa, sino por la creación de una realidad política en la cual la inteligencia integral y colectiva sea posible

lo que me gustaría.

Dejar de ver ese algo hecho añicos en su mirada Aunque la verdad sea que ya sólo la veo acá, dentro de mi cabecita o en gastadas fotografías Y buscar, buscar. Encontrar a aquél que decidió, que no se encontraba nada más que frente a lo que le apetecía en aquella tarde Le he visto muchas noches. Siempre en aquellas que te pasas dando estúpidas vueltas entre las sábanas. Empapado de sudor. Esperando no se sabe muy bien a qué. Recordando palabras que ya quedan muy atrás en el tiempo. El mundo escuece. Tú lo sabes. Yo lo sé. Sólo hablamos una vez de ello. Jamás volví a abrir la boca. Buen cobarde Qué sé yo. Adulto, varón... ¿padre de familia?, ¿dueño de un precioso utilitario y una espaciosa vivienda unifamiliar?, ¿yonki?, ¿sacerdote?, ¿desahuciado?, ¿psiquiatra?, ¿ex-policía?, ¿militante de la extrema izquierda?, ¿ex-sindicalista?, ¿paciente?, ¿demócrata y tolerante?, ¿alcohólico?.

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Las obsesiones nunca caminan solas. Demasiada culpa para repartir. Da igual de dónde saquemos las explicaciones: ninguna convence. Respirar y odiarse a la vez no puede sino desquiciar. Querer morirse no acaba de tener sentido si uno no se muere Le llevaría a uno de esos infinitos descampados de esta ciudad (uno casi idéntico a ese por el que paseaba buscando niños despistados aquel día). Le tumbaría contra el suelo, le inmovilizaría pisándole los hombros. Colocado como Cristo, dejaría caer dos enormes piedras sobre los dedos de sus manos... no podría moverse Cuídate. Agárrate bien fuerte a algo. No siempre podrás vagabundear bajo las tormentas Me haría con un buen pedrusco, y procedería a golpear sus tobillos, sus tibias, sus rodillas... creando un ritmo asfixiante con los chasquidos de sus huesos. ¡Chask, chask, chask! Si gritase demasiado, le taparía la boca con cinta americana. Haría un corte dulce y profundo en una de sus dos muñecas y dejaría que se desangrase ¿Qué podíamos esperar? Debimos darnos cuenta mucho antes. Si somos cosas, si nos han convertido en cosas, es evidente que alguien pueda venir y se quiera servir a su gusto. Cogerá cuanto quiera del producto que ha elegido Antes de irme, me arrodillaría sobre su cabeza, haría cerrar mis párpados y correrían desde mis pestañas hasta su cara las dos lágrimas más afiladas que jamás se hayan llorado Estamos rotos. Cierto. Igual de cierto es que estamos dispuestos a ajustar todas las cuentas pendientes. Nuestros resplandecientes puñales están listos para salir a pasear Quiero que esa fuera la última imagen que le quedase en la cabeza al marchar ya para siempre de Madrid... un niño que llora a otro niño -122-

IV   «Del mismo modo que advertimos el cambio que se ha producido en una persona que no hemos visto durante largo tiempo, mientras que quienes la ven a diario, un día tras otro, no lo notan porque el cambio es gradual, cuando avanzábamos a lo largo de la costa, detecté innumerables indicios de los éxitos conseguidos por el Tinglado desde que atravesara esas tierras por última vez, cosas como, por ejemplo: un tren que se detuvo en una estación y que depositó una larga fila de hombres adultos con trajes brillantes y sombreros hechos en serie, igual que si fueran una pollada de insectos idénticos, objetos semianimados que salieron fft-fft-fft del último vagón, luego el tren hizo sonar su silbato eléctrico y avanzó a través de las tierras mancilladas hasta otra estación donde depositaría una segunda pollada. O cosas como esas cinco mil casas idénticas salidas de una cadena de montaje y alineadas en las colinas de las afueras de la ciudad, tan recién salidas de la fábrica que aún seguían unidas unas a otras como las salchichas; un cartel que decía: “Encuentre su nido en las viviendas del oeste — sin entrada para los veteranos”; un parque de juegos al pie de la colina, una reja cuadriculada y otro cartel que decia: “escuela de niños San Lucas”; cinco mil niños, con pantalones de pana verde y camisas blancas bajo suéters verdes, jugaban a “la culebra” sobre media hectárea de gravilla, la larga fila saltaba y se retorcía como una serpiente y, cada vez que daban bruscamente la vuelta, el chiquillo que iba a la cola se desprendía y salía volando contra la verja como una pelota. Con cada tirón. Y siempre era el mismo chiquillo, una y otra vez. Esos cinco mil niños vivían en esas cinco mil casas, propiedad de los tipos que habían bajado del tren. Las casas eran tan parecidas que los chicos se equivocaban constantemente de casa y de familia al volver del colegio. Nadie lo advertía. Comían y se acostaban. El único que no pasaba inadvertido era el último chiquillo de la cola. Siempre iba tan rasguñado y magullado que quedaba fuera del lugar donde quiera que fuese. Tampoco era capaz de relajarse y reír. Resulta difícil reír cuando se siente la presión de los rayos que emite cada coche que pasa, o cada casa que uno cruza.» Alguien voló sobre el nido del cuco. Ken Kessey

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ejemplos de perturbación mental esquizofrénica (Fragmento extraído de un manual de psicofarmacología de la universidad CEU San Pablo de Madrid, en la sección que habla de los Neurolépticos) «Algunas cosas día tras día Metro-trabajo-cena-trabajo-butaca-metro-trabajo ¿cuánto más se puede tragar? Uno de cada cinco sufre un colapso nervioso.» Graffiti en Nothing Hill, Londres, principios de los años setenta, tal como fue reproducido en el número dos de «Londons Outrage», Febrero de 1977

«Estas citas de pacientes ilustran algunas de las distorsiones del pensamiento típicas de tan grave trastorno. Han sido tomadas de la obra “Dementia Praecox o el Grupo de las esquizofrenias”, obra clásica en que Eugen Bleuler describió esta enfermedad y le dio el nombre que ha prevalecido. José G. es un joven de 20 años, estudiante menor de cinco hermanos, desde pequeño apocado y tímido... Siempre fue el primero de su clase y sus estudios fueron brillantes en rendimiento... Hacia los 18 años comenzó a oír voces extrañas, como si le llamasen. No conseguía distinguir en las voces si eran de hombre o mujer. Aunque ahora dice no oírlas, está convencido de que aquellas voces fueron realidad El padre ha podido sorprender algunos de los escritos, que ignora a quién dirige y que a continuación transcribo: “Mis queridos señores, el otro día por una rara casualidad escuché en la radio su programa de “Cristo para todas las naciones” y no puedo por menos de sorprenderme de que Cristo quiera entregarse de nuevo a esas que ustedes llaman “naciones” después de lo que le hicieron. En primer lugar yo no creo que “naciones” sean esas aglomeraciones anárquicas, insulsas y absurdas, que no hacen más que hostilizarse entre sí. No creo que Cristo pueda tener interés alguno por esos piojosos, ya sean capitalistas o rojos La verdad es que un servidor de ustedes tiene tanta repugnancia hacia esos que se llaman a sí mismos cristianos, que por sus propias características de actuación merecerían que Dios mismo diera fin con todo lo creado, al haber cometido el error de dejarlo -124-

IV en manos de semejante gentuza. Estas letras van encaminadas a decirle que si todavía “soporto” la existencia con esos CERDOS, es por mi familia, y concretamente dentro de ella a aquellos que verdaderamente me han querido. Digo esto, que he renunciado a tomar nunca más contacto con este mundo extraño que dicen está habitado por “criaturas amorosas y racionales”, de lo cual yo me río a mandíbula batiente. No sé que bicho les ha picado a ustedes al intentar dar amor a esas bestias con cuerpo de mono, que no hacen más que defecar y roncar, si es que no te hacen alguna mala jugada de paso. Les digo esto porque a mí ya me la han hecho, desde muy temprana edad me di cuenta con qué clase de basura había de soportar la convivencia de por vida; desde entonces no he hecho más que sufrir y padecer, y tanto ha llegado la cosa que muchas veces pienso qué hago aquí en este hermoso “PLANETA AZUL”, pero en cuya superficie habitan esta clase de seres animalados que acabarán por destruirlo. Ya mi vida la han destruido, mi mente, por culpa de esos inmundos piojosos, anda ya casi en los umbrales de la locura. Las causas ya las pueden ustedes suponer; fui siempre un chaval débil y asustado, en cuya minusvalía se cebaron todos, no había día en el que no sintiera el mordisco de esos puercos. Así a mis 25 años estoy encerrado en una habitación y sometido a tales torturas interiores que tengo miedo hasta del aire que respiro. Todo se lo debo, señores míos, a esa inmundicia, por la que dicen ustedes que hay que luchar “amorosamente” teniendo a Jesucristo por meta; ya podrán entender ustedes que me parece irónica la cosa En fin, mi único deseo es hacerles unas preguntas, estoy dándole vueltas a la cabeza, para ver la forma en que pueda terminar con mi vida, o la manera, en su defecto, de vivir como si en este bonito planeta no existieran más que yo y aquellos que de verdad me han querido, pero a lo uno y a lo otro se opone la religión cristiana, y en ella Dios mismo. ¿No creen señores, que ya es bastante? ¿Es que encima tendré a Cristo contra mí? ¿No está Cristo al lado de esa porcina juventud? Lo único que quiero es que le pidan a Cristo que me permita ir a otra vida donde verdaderamente se respete al prójimo y, mientras tanto, me de fuerzas para soportar este estado de coexistencia con esta manada de burros con garras en tanto vivan mis padres. Saludos.” El psiquiatra que recoge esta carta cuenta que a veces el chico le confiesa que “de nuevo creo que me miran porque soy poquísima -125-

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cosa, y como consecuencia del complejo de perseguido tengo fantasías de grandeza, como si fuera reencarnación de emperadores romanos... pero no tengo salida, no he sabido defenderme, me atacan por todos lados.» Hay veces en las que decir cualquier cosa está de más. Esta es sin duda una de ellas. Este trocito de manual habla por sí mismo, dice mucho (demasiado quizás) de la locura del enfermo y de la lucidez de padres y psiquiatras. Sólo diremos que nosotras sí estamos aprendiendo a defendernos... y lo hacemos ATACANDO

susurros y contrasusurros

(que no se callan, que no se callan...) «Yo he bajado demasiado para temer el bajar más.» El Corsario. Lord Byron

Princesas sonrientes con enormes pistolas tras sus espaldas. Horror y espanto. Abismo. Inocencia. Resistencia Nos entregamos nosotros mismos a la destrucción, y reclamamos así mismo, y a cambio, más destrucción ¿Quién dijo que quería tranquilidad...? Un error es un error La ostia, el corte, el mordisco, la autolesión, es el dique, el último recurso disponible que te lleva a no ser capaz de dar un paso más. Una especie de defensa innata contra la propia liquidación. Un punto de inflexión a partir del cual todo se vuelve un poco más lento: lo suficiente para seguir viviendo. Unos instantes de falsa pero necesaria tranquilidad, donde el tiempo parece pararse y el placer y el dolor se dan el más húmedo de los abrazos posibles

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IV Cada vez estamos más cerca de saber lo que queremos. Huelo mal, mi sabor es mucho peor Me escuecen los ojos. Es difícil dar cuenta de todo. Fracciones de tiempo expandidas sin control, 1000 versos a la fuga. Demasiadas imágenes sin sincronizar La noche y la ansiedad son como dos perros que copulan, y después son incapaces de soltarse Señores, les comunicamos que el dolor se hace insoportable Tanto odio sólo puede venir de haber amado igual o más Por tus crueldades me voy Fabulosas traiciones. Agujeros bien escondidos No es que no me quieras, es que me quieres mal... Los lobos y los corderos no se miran con ojos tiernos Porque es muy perturbador enfrentarse con alguien que no ve las mismas cosas que uno ve ¿Acaso no nota usted que algo está ya sucediendo? Un particular infierno ha sido desatado. Los tiburones más astutos y hermosos jugarán esta vez de nuestro lado. El farol definitivo. Un riesgo que nos encanta correr. Una muesca en la historia NO TE VOY A MOLESTAR, QUIZÁS TE SALPIQUE, SÓLO ESO... TÚ HAZ COMO SI NADA Noches siempre en monocolor. Es evidente que quieres que me muera. Lo haces bien, lo haces bien. Extraños zumbidos. Leones deshidratados llorando de miedo. Los espejos siempre se -127-

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encargaron de mentirnos. El corazón late, late. Parece —o parece parecer— que en el siguiente golpecito seco se fuera a incendiar él solo. Moriría sonriendo Adicciones. Eléctricos e insondables mecanismos. Las noches... su escenario preferido. Entonces es cuando campa a sus anchas por los pliegues y repliegues de mi cerebro, y la siento cerca... quien habla en mi oído dice que al abrir los ojos estará de pie en el centro mismo de mi habitación... bailando como un derviche, lanzando besos al aire. Estruendos. Gargantas partidas en dos. Que venga. Que me mate a ostias. Que despunte el maldito alba. Aguardo ansioso esa lluvia de patadas, puñetazos y salivazos. Los pájaros vuelan boca arriba. Las palabras se pierden en el oleaje de un mar de orina Merecer es un verbo que duele Buscaros un buen abrazo, una buena sonrisa, un buen polvo Elogio de la mentira. Me das asco AVISAMOS: El decorado empieza a dar muestras de cansancio. La situación no se podrá prolongar durante mucho más tiempo, si es que se quieren mantener unas condiciones mínimas de seguridad. La escena entera ha comenzado a hablar. Nada indica que se vaya a callar. Cada cual quiere escribir el guión de su personaje. El incendio ya está aquí. Que tiemble la representación Andaba a paso lento por las entrañas del bosque cuando tu beso me fulminó Dame—en—la—boca la patada más dulce que me puedas dar MEJOR, HABEIS LLEGADO A LA CONCLUSIÓN DE QUE IRSE ES LO MEJOR. PERO SOIS TAN SUCIOS E HIPÓCRITAS, QUE OS NEGAIS A RECONOCER QUE SE TRATA DE UN JUICIO -128-

IV QUE SÓLO REPRESENTA VUESTROS INTERESES. LA MÁS BONDADOSA DE LAS OPCIONES NO TIENE EN CUENTA A NADIE MÁS QUE A VOSOTROS MISMOS. NO DESPERDICIEIS UNA DE VUESTRAS ESTIMADÍSIMAS LÁGRIMAS. NO PRONUNCIEIS MI NOMBRE EN VANO. NO OS ATREVAIS A DECIRLE A ALGUIEN QUE OS IMPORTO. DE VERDAD QUE DEBERÍA RAJAROS EL CUELLO Caemos, caemos. Traza el recorrido en tus hojas cartográficas. Calcula los ángulos, los virajes, los encuentros casuales, el impacto Tengo ganas de morderme la yugular Quisiera besar lentamente sus párpados antes de marchar «La antipsiquiatría nació como lucha dentro de las instituciones contra todas las formas de represión, de violencia y gueto que existen dentro de los manicomios. La labor dentro de las instalaciones es importante, pero debe darse un paso hacia delante y estar alerta para no ser absorbidos. ¿Qué sentido tiene crear diez islas felices mientras todo el resto funciona como antes? De esta forma no se rasguñan ni siquiera las instituciones. Por el contrario, la locura es recuperada por el sistema y asesinada como posibilidad subversiva. Por ello estoy convencido de que ha llegado el momento de salir de las instituciones. De no luchar sólo dentro del manicomio. De luchar fuera. Hay que politizar la locura, convencer a la gente para que acepte su propia locura sin miedo. Y para obtenerlo, debe arrojarse al mar a los expertos. Cortarles la cabeza a los psiquiatras. Para estos, actualmente no existen más que dos alternativas: o se suicidan, o hay que matarlos.» D. Cooper

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V

dichosos los normales esos seres extraños Nada hemos aprendido nada sabemos, nada comprendemos, nada vendemos, no ayudamos, no traicionamos, y no olvidaremos «La necesidad de hacer locuaz el sufrimiento es condición de toda verdad.» Adorno

Con este número, buscamos sacar sobre el papel sentimientos, miedos, desbarres, viajes, caídas, sospechas... que de una manera u otra no creemos que hayan tenido suficiente protagonismo en la mayor parte de las cosas que hemos ido publicando. Se trata de un puzzle roto contra el suelo, en el que posiblemente (y de ello nos alegramos, pues es reflejo de qué va esta historia) ninguna pieza encaja con la que tiene junto a sí. A quien quiera buscar algún tipo de razonamiento lógico en estas paginillas, le invitamos a que regale el fanzine a otra persona... muchos de los textos que aquí presentamos, ni siquiera han sido escritos o trascritos con la intención de que alguien los leyera algún día. Hemos recogido principalmente palabras de psiquiatrizad*s (tanto internad*s como no internad*s) de fuentes directas en unos casos, y lejanas (e incluso dudosas) en otras, a su vez se han intercalado aleatoriamente pedazos de libros y plagios varios.Todo ello, para decir algo que ni siquiera sabemos si se puede decir. Al menos, lo hemos intentado. -131-

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En todo caso, no se ha citado quien dijo esto u aquello, confundir los límites de la locura es una de las principales tareas que hemos asumido. Que cada cual juzgue como crea oportuno. [Gracias infinitas por el apoyo recibido de quienes estuvieron, están y no se van... por muy fuerte que nos golpee la tormenta. Gracias a casi nadie. Estas fotocopias están dedicadas a tod*s l*s pres*s que leen la publicación desde las tripas de la Bestia. Desde dentro, desde fuera... os amamos. ] ¡GUERRA SOCIAL EN TODOS LOS FRENTES! ¡UNÍOS HERMAN*S PSIQUIATRIZAD*S! Tengo una buena historia que contar. Si queréis oírla, sentaos y escuchad. Para mí, es casi como un sueño El neurótico es una creación artística, una obra de arte, un nuevo tipo de hombre salido y construido de todos los errores del primero. Una especie de Frankenstein o Superman bizarro construido de todos los retazos inservibles para otra cosa que para la poesía ¿En qué sueñas? En nada Gente endemoniada, sin sol, mirando por lo bajo te ven entrando en sus aposentos. Todo escalones, laberintos sin salida donde tienes que empezar tus pasos, que no sabes ni siquiera donde dirigirlos. Se caen al vacío, como tus palabras en ellos, como las suyas siempre con ellos, sólo los que tienen algo por hacer, como resolverlo, y están arriba. Hablan con palabras de tedio, entre ellos todo se entiende, tú sólo vislumbras sus pasos, que te llevarán a toda su libertad inexistente. Y tú contra todos, solo, y contra ellos, todo está preparado para ti, todo su camino mal empedrado Ya volvemos, al espanto de un nuevo día El placer es la cosa más difícil de imaginar del mundo. (¿Contra quién quiere luchar?). El deseo es probablemente todo lo que un hombre posee. Soy un hombre que intenta no morir Nos inyectan medicamentos para probarlos, como si fuéramos cobayas El que cumpla con la Misa y las oraciones va al Cielo, y, al Cielo, a un kilómetro del Polo Norte, sepan que si van en avión no pueden entrar -132-

V Irán de la Tierra al Cielo sólo con Fe, Esperanza y Caridad Yo no soy ni alguien ni otro Fatales desenlaces, a veces no somos capaces de olvidar lo que queremos. Será cuestión de razones ocultas y no tan ocultas. En todo caso, no podemos, y el dolor se hace insoportable ¿Sufre algún trastorno mental? Sí, bronquitis Me refiero a una enfermedad mental Sí... bronquitis. Muy grave ¿Se medica? Sí, tomo Modecate ¿Por qué toma eso? Gripe. Una gripe malísima. Te puedes morir en cualquier lugar ¿Por qué le dijo el médico que tomara Modecate? Dijo que curaría la gripe. Aunque todavía la tengo ¿Desde cuándo tiene gripe? Cinco años ¿Fue al hospital por su gripe? Me pasé ocho semanas allí. Horrible. Te ponen en una habitación, te desinfectan y te pinchan. Para curarte la gripe ¿Le gusta estar aquí? Sí. Te dan bien de comer, hay distracciones, se canta ¿Tiene buena voz? No especialmente. Siempre estoy con gripe ¿Le gustaría volver a trabajar? Me gustaría volver a trabajar, pero la gripe me lo impide ...la sólida realidad de este mundo vacío, este perseguirse de formas que, por ser fantasmas, no dejan de ser reales.Amor, amor... sé que en algún momento volverá a llamarme amor Hoy es ya mañana, ayer es idéntico a hoy. Un juego afilado... cada vez me quedan menos vidas. Ostias en la cabeza. Hasta dentro. Tanto como pueden. Tanto como damos de sí. Un estertor. Mis brazos restallando al aire. Un escupitajo de electricidad (Bien, parece que la aguja ya hizo su trabajo y se marchó.) -133-

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Un payaso muy bueno casi todos los días iba a trabajar muy temprano, el payaso.¶Eran unos días muy felices con sus hijos y su familia feliz era muy feliz. Todo terminó en el circo, se cayó y se mató necesidad no es obsesión La misma muerte física, por la que tanto se llora en el mundo de la muerte, es menos mortal que la muerte que se vende como vida Lo que sucede, es que odio mi cuerpo cm. a cm Yo creé Tierra y Mundo. Yo envié a los hombres al mundo y uno tras otro caían y eran devorados, y los hombres gritaban «¡Banquete!» Óyeme; incluso si los médicos me dejaran ir, incluso si estuviera mejor, no me iría nunca porque no tengo a donde ir Mermelada ayer, o mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy ¿Sabes, hijo?, yo era conversador, ese era mi problema, conversaba demasiado. Hablaba siempre. (Sí, quise suicidarme dos veces, las dos con un Sputnik, una navaja rusa). Tengo que contarte algo que quizás te interesará... espera... ¿sabes cuál es mi planeta favorito? Plutón. ¿Y sabes porqué? Porque es el planeta más alejado de la Tierra... y también del Sol... el más frío... y Andrómeda es la galaxia más bella... y el número que me gusta más es centrillón... y, oye, una vez soñé que era Superman, quiero decir que lo llamo Superman pero no era realmente Superman, pero a quien más se parecía es a Superman. Iba volando hasta el borde del universo y luego volvía. Me sentía libre, tan libre... Soñé lo mismo otras veces; comenzaba el mismo sueño y luego no podía volar, y me quedaba plantado en el suelo, tratando de despegar, pero ya no podía volar... ¿qué te parece eso?, ¿eh? Oigo disparos, pero nunca veo las balas Se acerca la hora, de irse a la mierda del todo ¿Qué enfermedad tienes? Cuatro pastillas blancas y una verde al día -134-

V Jamás conforme estuve con esa imposición desordenada que es siempre el orden ¿Hermanos? ¿Hermanas?, ¿sois [email protected] las sombras nómadas que respiran en mi cuello?, ¿sois [email protected] quienes me regaláis fuegos de colores que sólo yo veo? Si fueras el jefe de Estado, ¿permitirías que un médico atara a un hombre a una cama? Matando a Dios, matando el rato. Trozos de mí brincando sobre el cerebro. Cuchicheos. A quien le importa —que yo — quiera ser yo. Truenecitos, truenecitos de oreja a oreja. Mis besos también están locos. Los guardo bien guardados. Alguien los saboreará, alguien me dirá lo ricos que están. Tumbos. Esperando soles. El silencio es para los demás, y la piedad... para luego La locura es estar encerrado en un hospital sin poder largarte Ya no puedo pensar lo que quiero, las imágenes movedizas sustituyen a mis pensamientos A papá no le caigo bien ni en el día de mi cumpleaños. Voy a morir, ya sé quien quiero que me entierre. No me apetece veros. Higiene, salud, puedes llamarlo como quieras. Me falló la estrategia, me falló la cabeza Mi fotografía no aparece porque no nací. Mi nacimiento sería precioso. Para nacer me tendrían que haber dicho que sería feliz... No sé porqué estoy aquí. No tengo ni idea. Creo que traen a la gente aquí para matarla. Estoy aterrada. La muerte me llegará cubriéndome todo el cuerpo. Y me quedaré silenciosa para siempre Alimentados por siempre jamás con las migajas del viejo mundo, locos, loquísimos —sólo viviremos para enterrarlo—

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Miedo, lo tengo ante la posibilidad de que los demás me vean como yo veo a los demás El loquero sabe el sabor de mi orina y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas ello prueba que el destino de las ratas es semejante al destino de los hombres Delirium: salirse del surco del arado Me besó la locura... yo te necesitaba ¿Conociste algún perdedor con razón? Algunos... por lo general la guardan escondida, y en ocasiones, afilada y presta para hacerse recordar Así, en esta inmensidad se anega el pensar mío y el naufragar en este mar me es dulce Es falsedad capital ofrecer como verdad la existencia reconocida Jesucristo en la cruz me dijo que era pecado mortal besarse demasiado. Jesús no quiere que la gente se besuquee demasiado. No le gusta que hable demasiado. No le gusta que coma demasiado. A mí me encanta comer mucho. Me encanta hablar mucho. Me encanta besar mucho. Por eso estoy aquí No sabría explicarlo, tan sólo quiero cortarme Pues sí, definitivamente conozco mucha más gente a la que mató el amor, que a la que lo hizo la heroína. Es evidente quien acarrea mayores peligros ¿No conocen la historia? -136-

V Me la imagino. El psiquiatra de ojos brillantes, el inteligente sociólogo, el pedagogo resentido de boca espumosa, los padres antisépticos. Sé que no vendrás a salvarme, a engañarme, a hacerme creer que no debería mirar tan adentro de las espirales O soy más hermosa e inteligente, o merezco con fuerza el estar muerta El tiempo no tiene ni puta idea de curar heridas Hay que saber huir, y saber hacerlo bien. Desaparecer. Atar todos los nudos, cerrar todos los círculos, borrar todas las huellas. Irse como si fuera lo más normal, sin que nadie lo vea extraño. No podemos vivir sobrando. Es hora de alejarse. No quedarán heridas abiertas. Limpieza. Operación precisa y estudiada. Otros cielos están ya esperando Lo peor de todo, es sin duda el no ser siquiera capaz de intuir algún lugar como propio: esta somnolencia sin principio ni fin, estas ganas descomunales de despertarse Luna alta, mala luna. Había caído la noche, dentro de él había caído la noche, y la noche ya no era la hora del amor ni de la guerra. Sus ojos habían perdido el habla, y sólo tenía oídos para las goteras de la muerte. Puta vida, vida sin fuego. ¿Sobreviviendo? Sobremuriendo. Quiera Dios soplar esta ceniza Un hogar es un sitio donde todo puede salir mal Una voz me dice que si quiero morirme, si deseo morirme, con un poquito más de fuerza quizás lo consiga El gris no existe. El gris no existe. El gris no existe No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. A -137-

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parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo Soy como un buen policía, aprendí a hacerme daño sin apenas dejar marcas Un loco tocado de la maldición del cielo canta humillado en una esquina sus canciones hablan de ángeles y cosas que cuestan la vida al ojo humano la vida se pudre a sus pies como una rosa y ya cerca de la tumba, pasa junto a él una Princesa Mercancía escacharrada. Mercancía superflua, prescindible. El tiro de gracia me lo disteis mucho tiempo atrás. Os odio Y buscar un libro, para perderte en él, y casi así no volver a encontrarte Le jugaremos malas pasadas a la locura Dejaré de esconder la cabeza en las arenas celestes Me hiciste sentir asco. Asco de mi propio cuerpo. Asco de mis propios pensamientos. ¿Qué venís ahora a decir? No lo intentéis. No lo intentéis. Sé que tenéis una pistola cargada con un «lo siento». Se que esperáis el momento de ponérmela en la nuca. Esta vez me encontraréis preparado. Esperaré agazapado en la oscuridad, cuchillo en mano. La única cuerda que me encontré estaba tendida sobre el vacío La naturaleza de lo verdadero resplandece ya en el cuidado que pone en ocultarse -138-

V Los médicos pretenden que el delirio nos embota y nos quita el sentido de los valores. Pues bien, si el delirio retira la antigua escala de valores bajo nuestros pies, nos levanta otra mucho más alta y más fina Tan pronto como se sabe que es la muerte, ya se la desea uno a alguien. A los dos años ya se mata la gente con una pistola de aire comprimido Duele el querer decir cosas y quedarse uno necesariamente callado. Duele el pensar que la soledad es consecuencia del estar así, o si el estar así es lo que me escupe en la cara mi siempre preciada y temida soledad. No duelen las lucecitas que yo veo y vosotros no. No duelen esas líneas oscuras atravesadas en el suelo, que se esfuman en cuanto me dispongo a pisarlas, y me susurran que no las pintó nadie. Ni siquiera me duele el ruido. Hoy... no me dueles tú. Mañana quién sabe ¿Qué sois vosotros? ¿Os veis tan diferentes, tan normales? El beso que os dio la Parca se huele desde muymuymuy lejos. Lo que creáis que sois perdió su sentido una noche antes de que Dios creara el mundo. Soy una hermosa criatura en comparación con lo que veo Cuando destrozo reglas, me encuentro a mí misma bajo el tedio cotidiano: aventura Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir la vida, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa informe de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente Nunca haré caso de quienes me ridiculizan, mientras un niño no se ría de mí -139-

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Jamás aceptaré rendición resignada, renuncia o arrepentimiento a la potencia propia Debemos cuidar de l*s nuestr*s

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     VI ¡rechazad

el consuelo, elogiad la intolerancia!

«Ha llegado el momento de que se dignifique el concepto de destrucción, y dignificarlo significa volver, en primer término, a la enseñanza de la naturaleza misma. Destrucción y construcción constituyen para ella dos fases del mismo proceso. Y en efecto, para el hombre, crear es en definitiva transformar, es decir, destruir algo para hacer con ese algo una cosa nueva.» Aldo Pellegrini «Hacer crujir tu mundo, a eso me dedico queriéndolo o no.»

Septiembre, Año 18 de la Era Orwell

Intolerancia, Indignación, REVOLUCIONARIAS

Extractos pertenecientes al programa de radio: Los capítulos prohibidos de Corín Tellado (Radio Qk, Radio Llibre de Uvieu) *Las trascripciones han pretendido ser todo lo fieles posible, pero en ocasiones no se ha podido descifrar al cien por cien la totalidad -141-

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de lo que en su día fue radiado. Esperamos haberlo hecho lo mejor posible. **Las fuentes no se citan porque en los Capítulos tampoco se hace; y además, así es bastante más divertido

I Un señor por la radio dice, y su voz rezuma credibilidad, aunque parece molesto con alguien, y ese tonillo prepotente dice que... habla de un libro, dice que la locura es debida a la imposibilidad de comunicarse.¶Han cerrado la radio, han abierto las persianas, y otro señor serio con cara de saber mucho está sentado delante de mí. Yo quisiera decirle que es muy duro no poder hablar el mismo idioma que las demás, pero no se lo diré. No quiero, él no lo entendería, nunca dejaría de escribir, y luego consultaría sus notas con los libros que estudió en la universidad. No me gusta ser un objeto, y sinceramente, lo que más me apetece ahora es lanzarme sobre este señoritingo y arrancarle a mordiscos la yugular. Cada vez que me pregunta grito y pataleo, y si alguien se pasa de la raya, muerdo. Hace un rato tuvieron que llevarse a un celador que quiso hacerse el simpático, je, que gracioso era el chiquillo.¶Los doctores tienen sus corbatas, sus maletines, sus gafas y todos sus títulos. Son sus señales largas y estrechas, sus límites. Sus rayas están en sus sueldos, en sus casas, en sus coches. Yo también necesito mi espacio, necesito respeto. ¿A qué vienen esas preguntas?, ¿acaso este pelele con título y no sé qué técnicas psiquiátricas sabe quién soy yo?, ¿acaso sabe hablar mi idioma?, ¿por qué? No me mires así hijoputa, no me mires así hijoputa... ¿no trata de entenderme? Yo le entiendo a él de sobra. No me mires así que te vas a arrepentir. No, sí, mírame así, mírame, alimenta la caldera, bonito, simpático. Y lo que veo no me gusta. No me gusta ese tonillo que utiliza cuando coge su pluma estilográfica. Su pluma estilográfica con punta de acero que su mujer le regaló el pasado 14 de febrero. Ja, ja, ja... cómo nos vamos a reír tú y yo dentro de un rato, precioso, figurín. Sólo sabes sentarte delante de mí y observarme, escoltado por tus dos celadores y por las correas que me obligan a abrazar este cuerpo que no para de vibrar. Y las correas chirrían cada vez más y más irritadas. Estoy hasta el gorro de esta gente. También me desquicia cada vez más mi madre, sólo a veces, cuando me ve muy -142-

VI mal, viene y me acaricia, me acaricia, me quiere, me... pero no, luego siempre sale con excusas, y me engaña, y llama por teléfono y me traen aquí, y encima pide que me deje llevar sin violencia. ¿Y qué son estas camisas?, ¿y qué son estas paredes?, ¿esta mierda de doctor con ojos de cristal roto?, ¿cómo me pide que me porte bien, cuando me arrastran a estos cuartos con colchones en las paredes, y me dejan horas y horas sin compañía?¶La mirada mía es dulce ahora, sí doctor, la pongo así para que se confíe. Cree usted que no soy capaz de entender todas sus palabras, todas las palabras de su graciosa majestad, y por eso, para dármelo todo masticado, suaviza los términos más técnicos, los más horribles quedan semiocultos. Tú crees que me estoy calmando, que me estás llevando por el camino de la recuperación. Estás convencido de que, por aprobar tus cursos con notables o matrículas, sabes más que yo. Incluso te crees capaz de meter tus narices a dentro mío y ayudarme a fuerza de husmear. Ayúdate primero a ti, tal vez entonces pudiéramos hablar. Hablar. Mamá es más sincera, sabe que lo entiendo todo y que además entiendo otras muchas cosas. Cosas que ellos nunca se atreven a nombrar, intentan matarlas con su silencio. Por eso, porque me conoce, mi madre es sincera, y a veces es tierna. No intenta engañarme, pero le han comido la bola como intentaron hacer conmigo en el colegio. Al principio me costó salir de mi sorpresa al comprobar que las demás se dejaban entrar en la lavadora. Luego ya entendí que la cobardía es, para la inmensa mayoría, más persuasiva que la lucidez. Mamá también es débil, prefiere entregar a sus hijos en lugar de tratar de entenderlos. Como el otro día, cuando yo no paraba de gritar, porque si paraba se me comía ese ruido que a veces me visita y destruye toda la tranquilidad que a duras penas puedo construir. Ella fue quien llamó a los de la bata blanca, ella consiguió su tranquilidad a cambio de mandarme lejos, y yo me dediqué entonces a romper huesos y a lanzar mis dedos tensos sobre los ojos de los celadores... dios, qué gozada. En el colegio, mis compañeras leían el libro que les mandaban. Sí, sólo ese, no veían otras opciones. Yo lo leía si me apetecía, o me leía otro que trataba el mismo tema pero que olía diferente, y por tanto suspendía. Al principio me resultó curioso, luego me pareció simplemente una cabronada. ¿Intentas excavar en mi mente doctorzuelo? No lograrás carcomer mi conciencia, porque pronto verás la estilográfica muy cerca de tus ojos. Tomaré apuntes como los tuyos en la facultad, esos apuntes que estoy seguro eran unidi-143-

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reccionales, únicos, escritos al dictado. Yo también sé tomar apuntes, y quiero que los veas, quiero que no pierdas detalle cuando la tinta azul se transforme en sangre roja. Pronto o tarde, cuando te confíes al ver mis gestos suaves, el semblante aparentemente tranquilo, y al fin mis ojos sean como los de la abeja Maya, ebria de miel. Entonces, sí, entonces descubriremos juntos lo fácil que es hacer magia, lo cerca que está el azul del rojo, el ver del no ver, la lágrima del ácido. Iremos juntos a mi colegio, allí te enseñaré como se siente alguien cuando tratan de arrancarle los ojos y ponerle a cambio unas gafas de sol. Y te las meten sin importar si está nublado, si es de noche, si hay niebla, o... Sí, será divertido. Será como volver a la niñez. Sí, señor doctor, no tenga miedo, no duele. Eso es lo que decían, que no duele

II El mundo del esquizofrénico confunde en una sola experiencia lo que se mantiene cuidadosamente separado en el homo normalis. El homo normalis, bien adaptado, se compone exactamente del mismo tipo de experiencias que el esquizofrénico. La psiquiatría profunda no deja dudas al respecto. El homo normalis difiere del esquizofrénico sólo en que estas funciones están ordenadas en otra forma, es un comerciante o empleado o profesional bien adaptado, consciente de la sociedad. Durante el día, superficialmente se le ve ordenado, vive sus impulsos secundarios, perversos, cuando abandona su hogar y su oficina para visitar alguna ciudad alejada en ocasionales orgías de sadismo y promiscuidad. Esta es la capa intermedia en su existencia, clara y definitivamente separada del estrato superficial. Cree en la existencia de un poder sobrenatural personal y en su opuesto, el diablo y el infierno. (...) Homo normalis no cree en dios cuando concierta algún negocio particularmente hábil, hecho que los sacerdotes califican de pecaminoso en sus sermones dominicales. Homo normalis no cree en el diablo cuando fomenta alguna causa científica, carece de perversiones cuando es el apoyo de su familia, y olvida mujer e hijos cuando deja en libertad al diablo en un burdel. Existen psiquiatras que refutan la veracidad de estos hechos, otros no lo refutan, pero dicen que así son las cosas, que este tipo de clara separación entre infierno diabólico y estrato social es sólo para bien, y posibilita la seguridad del funcionamiento social. Pero el auténtico creyente -144-

VI en el verdadero Jesús podría oponerse a esto, podría decir que el dominio del diablo debe ser aniquilado, y no dejarlo a un lado, aquí, sólo para permitirle aparecer más allá. Otra mentalidad ética podría objetar a esto, que la verdad de la virtud no se muestra en la ausencia de vicio, sino en la resistencia a las tentaciones del diablo. No deseo tomar parte en esta controversia, creo que, otra vez dentro de este marco de pensamiento y de vivir, cada uno de los bandos puede jactarse de alguna verdad. Queremos permanecer fuera de este círculo vicioso a fin de comprender al diablo tal y como aparece en la vida diaria y en el mundo del esquizofrénico. Lo cierto es que el esquizofrénico en general es mucho más honesto que el homo normalis, si aceptamos la «derechura» de expresión como inicio de honestidad. Todo buen psiquiatra sabe que el esquizofrénico es honesto hasta el punto de la molestia, también es lo que comúnmente se llama profundo, es decir: está en contacto con los acontecimientos. La persona esquizofrénica ve a través de la hipocresía y no la oculta, posee una excelente aprensión de las realidades emocionales en marcado contraste con el homo normalis. Subrayo esta característica esquizofrénica, a fin de que resulte comprensible por qué el homo normalis odia tanto la mentalidad del esquizofrénico. La validez objetiva de esta superioridad del juicio esquizoideo se manifiesta de forma bien práctica. Cuando deseamos llegar a la validez de los hechos sociales estudiamos a Ipsen o a Nietzsche, ambos enloquecieron, y no los escritos de algún diplomático bien adaptado o las resoluciones de los congresos del Partido Comunista. Encontramos el carácter ondulatorio y el azul de la energía orgánica en las maravillosas pinturas de Van Gogh, y no en ninguno de sus bien adaptados contemporáneos. Encontramos las características esenciales del carácter genital en los cuadros de Gauguin, y no en la pintura del homo normalis. Tanto Van Gogh como Gauguin terminaron psicóticos. Y cuando deseamos aprender algo acerca de las emociones humanas y de las experiencias humanas profundas, recurrimos como seres humanos al esquizofrénico y no al homo normalis. Ello se debe a que el primero nos dice con franqueza lo que piensa y lo que siente, mientras el homo normalis nada nos dice y nos obliga a excavar años enteros antes de sentirse dispuesto a mostrar su estructura interna. Por consiguiente, mi afirmación de que el esquizofrénico es más honesto que el homo normalis, parece correcta. Al parecer se trata de un estado de cosas bien tristes, debiera ser a la inver-145-

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sa, si el homo normalis es realmente normal como lo pretende, si sostiene que la autorrealización y la verdad son las metas más elevadas del bien individual y de la vida social, debiera ser mucho más capaz que el loco, y más dispuesto a manifestarse a sí mismo. Debe haber algo básicamente erróneo en la estructura del homo normalis, si es tan difícil obtener de él la verdad. Declarar, como lo hacen los psicoanalistas bien adaptados, que es como debe ser, porque de otra manera le sería imposible resistir el impacto de todas sus emociones, equivaldría a una completa resignación respecto al mejoramiento del destino humano

III el funambulista

Normalmente, cuando alguien como yo se empeña en meter sus pies en unas zapatillas de bailarín, inevitablemente se hinchan y su sangre se comprime. La única solución en ese caso es encerrar tus empeines en un montón de vendas y cinta aislante. Por motivos de estética, mejor esconderlos tras unos calentadores. Cuando uno tiene la sensación de estar jugándose la vida, lo normal es ponerse nervioso, y el ritmo del corazón se multiplica. Yo no puedo tragar ni la saliva. Ayer lo intenté mientras subía por las escalerillas que unen la pista central con la plataforma de equilibrios, los espectadores me miraban desde todas partes impacientes, mientras uno de los payasos se despedía entre risas. Desde que se encendió el foco y comencé a deslizar mis pies por el hilo de alambre, sabía que algo iba a suceder. Estaba descentrado, no lograba fijar mi mente en un punto fijo, enlacé unas zancadas casi por casualidad. Al llegar a la mitad de la actuación, la barra de grafito se convirtió en un estorbo y la tiré. Empecé a tambalearme entre carcajadas, cometí un error: no pude evitar mirar al suelo. El público babeaba por ver cómo me caía, entre ellos mi familia y mis amigos. Hice realidad sus sueños y fantasías, y me precipité entre gemidos y aplausos por los 25 metros que me separaban de mi público. A pesar de todo, intenté levantarme, pero un montón de gente empezó a rodearme. Pronto llegó mi madre, y la verdad es que me sentí muy aliviado. Pero entre ella y Julia, la malabarista, colocaron sobre mi pecho una tabla de chapa. Lo que antes era mi público se convirtió en mi carcelero. La gente hacía cola durante -146-

VI horas para verme y amontonar sobre la tabla toneladas de basura, juguetes bélicos y alguna bicicleta estática. Y ahora que no puedo moverme y apenas respiro, te prometo que si algún día logro desprenderme de todo esto, no perderé el tiempo en otra cosa que no sea enamorarme de ti hablan los amos.

Las citas que vienen a continuación han sido extraídas del DSMIV, manual utilizado por lxs profesionales de la salud mental a la hora de establecer sus diagnósticos. Este libro se presenta como un compendio de sabiduría científica destinado a evaluar pacientes, pero quienes conocemos los efectos de este conocimiento, preferimos referirnos a él como una especie de código penal con aires de inocencia... una herramienta de trabajo cuya principal función es la de rotular/etiquetar sujetos de acuerdo con los baremos dictados por el orden social vigente; de manera tal, que el destino de lxs etiquetadxs pueda someterse sin complicaciones a dicho orden. Sostenemos que es la sociedad la que establece los límites de la enfermedad, y respecto de ella se organiza el –presumiblemente— incuestionable saber científico. El DSM es un claro y lamentable ejemplo de ello: en los aledaños de los dictados sociales, la lucidez, más allá de sus lindes, la enfermedad y la locura. Estos apuntes no pretenden ofrecer una argumentación estructurada contra las relaciones entre poder y salud. Simplemente queremos llamar la atención sobre una realidad visible en infinidad de contradicciones que las propias prácticas médicas desatan. La hipotética objetividad científica a la que al parecer, por lo que se dice en aulas y consultas, han llegado la psiquiatría y la psicología, puede ser criticada (y también demolida) remitiéndonos a sus propios materiales de trabajo. Ésta es una tarea al alcance de cualquiera, y que reporta cierta satisfacción frente a la humillación a la que lxs «tratadxs» se han visto llevados a menudo de la mano de sus terapeutas. El caso de los DSM es especialmente rotundo. Este manual ha ido variando acordemente con los cambios sociales, reestructurando sus posiciones de forma tal que se acomodase a las nuevas disposiciones y características de la sociedad. De esta manera, se puede hacer un seguimiento de la descripción de las -147-

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diferentes patologías abordadas a lo largo de las distintas ediciones de este manual. Por ejemplo, el comportamiento homosexual fue entendido como patológico durante un tiempo: mientras imperó cierta moral, la maquinaria médica actuó en consecuencia y demonizó —sobre supuestas bases científicas (y por tanto, también objetivas)— la homosexualidad; cuando la realidad social y su imaginario van cambiando con el desarrollo del capitalismo y su ideología, la medicina también interioriza dichos cambios... no encontraremos en el DSM-IV alusiones a lo enfermizo que resulta el que nos guste darnos por culo, pero podemos rastrear la imposición de los actuales valores «democráticos», la continua obsesión por la propiedad y la absoluta identificación entre estar en contra de lo existente y estar enfermo. Empezaremos con un párrafo que puede leerse como prueba de la artificiosidad del diagnóstico clínico, y que de paso ratifica algo que sostenemos desde el principio en esta publicación: que la esquizofrenia no es nada desde la propia medicina, que en todo caso es una amalgama ininteligible donde se sitúa todo aquello que está más allá de las limitadas cabecitas de los doctores, un «constructo» que sirve para lograr el sometimiento (vía internamiento, vía medicación...) de sujetos que no se ajustan a los parámetros de comportamiento dictados por los valores (morales, productivos, etc.) que sostienen el edificio social. «Hallazgos de laboratorio. No se han identificado hallazgos de laboratorio que sirvan para el diagnóstico de la esquizofrenia. No obstante, diversos estudios de neuroimagen, neuropsicológicos y neurofisiológicos han mostrado diferencias entre grupos de individuos que padecen esquizofrenia y sujetos de control (...).»Una de las etiquetas que más gracia nos hace es la del Trastorno Explosivo Intermitente (trastorno, del que nos advierte el DSM-IV que suele acarrear problemas legales). «Se caracteriza por la aparición de episodios aislados en los que el individuo no puede controlar los impulsos agresivos, dando lugar a violencia o a la destrucción de la propiedad.» A parte de lo estúpido de su nombre, su ambigua descripción puede adaptarse perfectamente a casi cualquier acto insurreccional que un individuo pueda llevar a cabo. Así pues, lo saludable de arrear una pedrada contra una sucursal bancaria, partirle la boca a un patrón esclavista o hacerle tragar a un profesor un libro tan dañino e insultante como el DSM-IV, se trasforma en conducta patológica científicamente argumentada. Lo normal-correcto-lúcido sería entonces no -148-

VI perder los nervios, mantenerse siempre a raya, permanecer en el quicio. La trampa reside en que no se atiende a la naturaleza de la violencia, ni a las consecuencias de la acción: la ambigüedad es una de las principales características de los textos sobre psicología. Así, enfermo es un padre maltratador que incapaz de controlar su agresividad tortura a la prole inocente e indefensa, y enfermo es cualquiera que revienta ante una situación insostenible y decide retomar el control —aunque sólo sea durante unos instantes— sobre su existencia. La medicina reconforta al sistema: un acto de determinación se vuelve un trastorno incontrolable digno de ser calificado como enfermedad. Pero, a todas luces, el trastorno descrito más jugoso es el Trastorno Antisocial de la Personalidad... «El trastorno disocial implica un patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que se violan los derechos básicos de los demás o las principales reglas o normas sociales apropiadas para la edad.(...) Cuatro comportamientos específicos: - Agresión a la gente o a los animales. - Destrucción de la propiedad. - Fraudes o hurtos. - Violación grave de las normas.» Este es el más claro ejemplo que hemos encontrado de patología descrita en términos estrictamente sociales. La apelación a las normas (que además se dan en relación a la edad, relación que configura la sociedad), permite rescatar de lo patológico el atentar contra los derechos de los individuos sin más; parece ser que hay distintos tipos de agresiones: a) las que no violan las normas sociales, ej.: el trabajo asalariado, y b) las que violan dichas normas, ej.: todas las conductas que no estén amparadas por los poderes vigentes dentro del conjunto de la sociedad. Para ser un enfermo no sólo basta con joder a alguien, hay que hacerlo contra los dictados sociales. Simple y efectivo. No hay nada más que echar un vistazo a los cuatro puntos enumerados para darnos cuenta de que, si salvamos el punto de la agresión a los animales, lo que se describe bien pudieran ser las características de cualquier actividad subversiva. Una vez más, la ambigüedad permite llegar más allá del anecdótico caso individual. Cuando las barreras entre ideología y ciencia médica se diluyen, legalidad y salud crean una trama que permite construir un sistema de control que puede y sabe adaptarse a las últimas exigencias del capital. Sigamos con la descripción de lxs trastornadxs antisociales. «No logran adaptarse a las normas sociales en lo que respecta al comportamiento legal.» -149-

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Lo cual, según se indica, suele ser motivo de su detención. Así mismo, suelen:«Ser continua y extremadamente irresponsables.» Y como ejemplos de dicha irresponsabilidad se citan: El absentismo «inmotivado», la renuncia «sin motivos» a un trabajo, o simplemente el desempleo. Este es uno de los puntos donde las cosas se muestran más a las claras: escaquearse de trabajar es propio de enfermos. Lo cual nos lleva a pensar, que el aparato médico es de todo, menos inocente. Resulta que nuestra gran pesadilla: el tedioso, destroza sueños y asesino trabajo asalariado, es un indicador eficaz de nuestra salud mental. Esta se nos medirá según le amemos o le odiemos; según hipotequemos nuestras vidas o tratemos de huir de él. Lo sentimos por nuestros queridxs terapeutas... pero nuestras madres y padres gastan algo en la mirada, que nos advierte de cómo acabaremos si nos echamos a los brazos del trabajo. Algo que tiene en pie esta sociedad no puede ser bueno para aquellos que buscamos demolerla. Como otras notas características, se menciona: El que «suelen tener un concepto de sí mismos engreído y arrogante», así como la idea «delirante» de ser controlados más allá de sí mismos. Estos dos comentarios merecen una especial atención. El contar con la arrogancia como rasgo patológico puede ofrecer la ventaja de encontrar una razón más para anular a aquel sujeto que ha decidido dar razón de sus acciones. Entonces, alguien que por ejemplo justifica una acción violenta remitiéndose a una argumentación ética o a que cree estar en lo cierto, habrá ofrecido al personal que lo trata, a través de su «prepotencia», una muestra más de su enfermedad. No es difícil intuir hasta qué punto puede ser molesta para los amos la autoestima de los esclavos. El «ser controlados más allá de sí mismos» también puede ofrecer una interesante segunda lectura. Quien viva en cualquier metrópoli de nuestros días y no tenga la sensación de ser controlado tiene un serio problema de percepción; así mismo, también sostenemos que alguien digno del calificativo «antisocial» está especialmente cualificado para captar ese control. Por otra parte, «delirante» es un adjetivo desconcertante e impreciso: delirante es el parecer de quien se cree controlado por fuerzas alienígenas, pero no menos delirantes son los servicios secretos de los Estados o los departamentos comerciales de las multinacionales. ¿Cuál es el paso que -150-

VI va desde el creer que tu teléfono puede estar pinchado por la brigada de información, que tu correo es inspeccionado, que tu jefe ha instalado cámaras en tu lugar de trabajo, que la publicidad te acosa a toda hora y en todo lugar... a pensar que controlan tu vida? Tras un caso tipo de sujeto con el delirio paranoico de que su vida es controlada por alguien que no es él, suele haber una sociedad apretando –de una u otra manera - un cuello. Y por último, un único gesto de sinceridad que nos coloca otra vez al principio de este articulillo, es decir, en la relación entre enfermedad y sociedad. El trastorno descrito está «asociado a un bajo status socioeconómico y al medio urbano.» «¡Oh, cuántos problemas se presentan en los senderos de mi joven existencia, trastornada por miles de torbellinos del mal! No obstante el ángel de mi mente me ha dicho tantas veces que sólo en el mal está la vida. Y yo vivo plenamente mi vida. El signo de mi existencia se ha perdido en eso: ¿en el mal? El mal me hace amar al más puro de los ángeles. ¿Hago yo acaso el mal? ¿Pero es esa mi guía? En el mal está la afirmación más alta de la vida. ¿Y estando en él estoy equivocado? ¡¿Oh, problema ignoto, por qué no te resuelves?!» Severino Di Giovanni* [Carta a su amada, América Scarfo. 22 de Octubre de 1928] *Anarquista italiano exiliado en Argentina, editor y activista que fue firme partidario del uso de la acción directa contra personas y propiedades en el camino de la revolución

el peatón Ray Bradbury

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué cami-151-

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no tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a media noche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, dónde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en interminables jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba en silencio el débil susurro de sus zapatos blancos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor: - Hola, los de dentro —les murmuraba a todas las caras, de todas las aceras—. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma? La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de halcón en el campo. Si cerraba los ojos -152-

VI y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles. - ¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera—. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario? ¿Era un murmullo de risas el que venía de aquella casa a la luz blanca de la luna? El señor Mead titubeó y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara con él Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí atronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros; exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz Una voz metálica llamó: - Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva! Mead se detuvo - ¡Arriba las manos! - Pero… —dijo Mead - ¡Arriba las manos o dispararemos! La policía, por supuesto, pero qué cosa más rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de -153-

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policía. ¿No era así? Un año antes, en 2053, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas - ¿Su nombre? —dijo el coche de policía con un susurro metálico Mead con la luz del reflector en los ojos, no podía ver a los hombres - Leonard Mead —dijo - ¡Más alto! - ¡Leonard Mead! - ¿Ocupación o profesión? - Me imagino que ustedes me llamarían un escritor - Sin profesión —dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja - Sí, puede ser así —dijo No escribía desde hacía años. Ya no se vendían libros y revistas. Todo ocurría ahora en casas como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente - Sin profesión —dijo la voz del megáfono, siseando—. ¿Qué estaba haciendo ahora? - Caminando —dijo Leonard Mead - ¡Caminando! - Sólo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara - ¿Caminando, sólo caminando, caminando? - Sí, señor - ¿Caminando adónde? ¿Para qué? -154-

VI - Caminando para tomar aire. Caminando para ver - ¡Su dirección! - Calle Saint James, once, sur - ¿Hay aire en su casa, tiene usted un acondicionador de aire, señor Mead? - Sí - ¿Y tiene usted televisor? - No - ¿No? Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación - ¿Es usted casado, señor Mead? - No - No es casado —dijo la voz de policía detrás del rayo brillante La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas - Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa - ¡No hable si no le preguntan! Leonard Mead esperó en la noche fría - ¿Sólo caminando, señor Mead? - Sí - Pero no ha dicho para qué - Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente - ¿Ha hecho esto a menudo? - Todas las noches durante años El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente - Bueno, señor Mead —dijo el coche - ¿Eso es todo? —preguntó Mead cortésmente - Sí —dijo la voz—. Acérquese. —Se oyó un suspiro, un chasquido. -155-

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La portezuela trasera del coche se abrió de par en par—. Entre - Un minuto. ¡No he hecho nada! - Entre - ¡Protesto! - Señor Mead… Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche - Entre Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando - Si tuviera una esposa que le sirviese de coartada… —dijo la voz de hierro—. Pero… - ¿A dónde me llevan? El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo los ojos eléctricos - Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en esta casa en todas las ventanas había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad - Mi casa —dijo Leonard Mead Nadie le respondió -156-

VI El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, y no se oyó ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre

¿qué es la clase? Henri Lefebvre. 1948

* Nota. Alguien pudiera sentirse contrariado por el hecho de encontrar en este fanzine unos párrafos referidos al concepto de clase. Precisamente es ese desconcierto (¿desconocimiento?) el que queremos combatir. Para ello, el texto que presentamos posiblemente no sea suficiente, pero puede constituir una buena base para hacerlo. Sabemos de las deficiencias del escrito y de su antigüedad, y aún así nos parece idóneo para tratar de explicar que como psiquiatrizadxs en lucha, nuestra perspectiva es una perspectiva de clase. Consideramos, en primer lugar, que existe un conjunto de individuos que han sufrido de una u otra manera la violencia del sistema de salud mental, y que ello les hace compartir una serie de circunstancias comunes. A partir de esas peculiaridades, todo nuestro trabajo gira entorno a la toma de conciencia de cuál es nuestra situación real en el mundo, cuál es el juego de fuerzas en el que nos vemos envueltos, cuáles son los enemigos responsables de nuestra situación, cuál es su manera de ejercer la dominación, cuáles son nuestras expectativas y posibles estrategias... Esta tarea de discernimiento, este conocer, le incumbe al psiquiatrizadx y a nadie más: nadie salvo nosotrxs podrá explicar dónde nos encontramos, porque nadie vive lo que nosotrxs vivimos. Por lo tanto, si no somos lxs psquiatrizadxs lxs que tomamos conciencia de nuestra realidad, la realidad existente nos habrá ganado la partida sin tan siquiera empezar a jugarla. Creemos firmemente que el psiquatrizadx sólo puede llegar a ser consciente y luchar, si accede al conocimiento de su condición desde su propia condición. No podemos delegar, nadie nos puede mostrar el camino (por mucho que les joda a algunxs universitarixs progres y de palabrería radical, que se empeñan en hacer teoría «para» lxs psquiatrtizadxs, sin llegar a entender que en esta guerra la única teoría válida es la que -157-

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nosotrxs nos demos a nosotrxs mismxs). Consideramos, en segundo lugar, que pertenecemos, por nuestras condiciones de existencia, al proletariado. Esta es la clase de todxs aquellxs que no disponen del control sobre sus vidas, de esxs a quienes la capacidad de tomar las riendas de su propia existencia les ha sido arrebatada. Entendemos, que sólo desde aquí puede salir la lucha que eche a pique este mundo, porque sólo desde aquí se vive y se entiende la miseria sobre la que está organizada la sociedad... Este hecho social, la clase, no aparece con una evidencia inmediata y simple. Otros hechos sociales la disimulan y enmascaran y, por ello precisamente, las clases adquieren progresivamente conciencia de sí. La misma clase obrera adquiere conciencia de clase en el curso de las duras pruebas que sufre. No está excluido que, en ciertas condiciones históricas, esta conciencia pueda degradarse u oscurecerse (la clase obrera alemana bajo el hitlerismo parece haber dado un triste ejemplo de ello). No estando ni pudiendo estar aislados, los individuos siempre tienen un papel y función definidos en la división del trabajo (es decir, en la organización de la sociedad, en la que cada miembro cumple su propia función, más o menos especializada y necesaria para el conjunto). Los individuos que se encuentran en las mismas condiciones de existencia forman una clase. Al principio, sobre todo cuando se forma una clase, los individuos que la constituyen pueden no saberlo, bien porque sigan todavía separados (como los «burgueses» en las pequeñas ciudades rivales, durante la edad media), bien porque se hagan la competencia (como los obreros que buscan trabajo antes de estar organizados y a veces incluso después de estarlo). «Los individuos sólo constituyen una clase en su lucha común contra otra clase», esta lucha, que se les impone por sus condiciones de existencia, refuerza la clase y la revela a sí misma. «En lo demás, se enfrentan como enemigos en la concurrencia» (Marx, «La ideología alemana»). Esta concurrencia enmascara y puede disimular en todo momento la realidad de clase, tendiendo a paralizar la conciencia de clase. Esta «conciencia de clase» no es, pues, un dato inicial, una conciencia colectiva. Supone la existencia objetiva de la clase y de sus luchas, su organización como tal y, finalmente, la de los elementos teóricos o ideológicos. Dicho de otra manera: la clase no es una realidad hecha de una vez para siempre, inmediatamente comprobable, simple. Sólo la teoría -158-

VI de las clases permite comprender la realidad social, lo que ocurre a nuestro alrededor. En la sociedad moderna, las clases no son visibles de modo inmediato. La sociedad en la que las clases quedan indicadas mediante signos exteriores (como eran en otro tiempo el caballo y la espada de la nobleza) es una sociedad de casta, forma particular y cristalización de una sociedad dividida en clases. Bajo la aparente monotonía de la vida social, bajo las vestimentas y los revestimientos, la mirada atenta discierne hoy las clases: pequeños burgueses y burgueses, obreros, etcétera. Pero, para llegar a esta realidad y definirla, hay que levantar un velo; las rivalidades entre los individuos, los múltiples sentimientos que sólo los vinculan oponiéndolos los unos a los otros, a menudo disimulan al observador y a ellos mismos la clase de la que forman parte. Más aún: en la sociedad actual se desarrollan un conjunto de apariencias que engañan al observador superficial, voluntariamente embaucado. Por numerosas razones objetivas, esta sociedad aparece como un continuo social, como un apilamiento de «estratos». Las clases simulan desaparecer. Y con esta ilusión juegan aquellos que, para la defensa de los intereses de la clase dominante, niegan la existencia de la clase o de las clases dominadas, o de las clases en general, y en la práctica luchan por dispersarlas en individuos, en grupos concurrentes, y por paralizar su conciencia de clase. La clase no es algo hecho de una vez para siempre, no es una realidad estática, dada; como tampoco lo es la conciencia de clase. Por un lado, la clase tiende a adquirir una realidad autónoma frente a los individuos, de modo que estos, al encontrar ya hechas sus condiciones de existencia, ven cómo se les «asigna por su clase, su posición social y su desarrollo personal, a los que quedan subordinados» (Íbid.); pero, por otro lado —y al mismo tiempo— el individuo puede distinguirse siempre de su clase, siempre puede oponerse a ella, e incluso a toda la sociedad. Y dentro de una clase nunca cesa la concurrencia entre los individuos, la tendencia a la dislocación de la realidad y de la conciencia de clase. Las clases no están inmóviles ni son eternas. Antes de la constitución de las clases —en un grado de desarrollo inferior— hubo una sociedad sin clases (lo cual no quiere decir sin desigualdades individuales): la comunidad natural o primitiva, cuyo oscuro recuerdo ha dejado en las leyendas la nostalgia de la «edad de oro». (Aunque esta comunidad natural se fundase en la pobreza general, la debilidad humana ante la naturaleza y la indiferencia-159-

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ción del individuo, el género humano ha experimentado desde entonces tantos sufrimientos a costa de la realidad de las clases y de la lucha de clases, que esta miseria primitiva le ha dejado una nostalgia tenaz). Además, las clases desaparecerán porque «se ha formado una clase que ya no tiene ningún interés especial de clase que hacer prevalecer contra la clase dominante» (Íbid.) y que, por tanto, liberará a la sociedad. Este esbozo de la teoría de clases muestra la complejidad de los hechos, su mutuo entrelazamiento. El materialismo histórico muestra la acción de las clases en la historia y las consecuencias de sus luchas. Y no por ello niega a los individuos; al contrario, muestra en las clases el resultado conjunto de las actividades individuales, aunque, por otro lado, la relación de estas actividades —la concurrencia— tienda a disimular y disolver el conjunto, el grupo social. No hay nada más complejo, pues, que la relación entre el individuo y la clase. Ora el individuo, egoístamente, se pone en primer lugar y tiende a disolver a su clase o a sustituir los intereses de su clase por sus intereses «privados». Ora se confunde con las conductas medias, banales, corrientes, con lo hábitos de las gentes de su clase, conductas que se le imponen y que ciertos sociólogos llaman «las costumbres». Ora el individuo, emergiendo por encima de estos hábitos y conductas medias, muestra un desinterés (individual) supremo, entregándose por completo a los intereses superiores de su grupo, de su clase (que, con razón o sin ella, para él se identifica casi siempre con la sociedad, la nación, la humanidad actual o futura). (...) Para vivir en plan individualista y reproducir o aceptar pasivamente todas las conductas de su clase, un comerciante o industrial no tienen más que dejarse llevar por sus condiciones de existencia. Individualmente hablando, el comerciante o el industrial «es» propietario, poseedor de un capital. Es burgués aquel que habiendo nacido tal acepta, pura y simplemente, las condiciones de existencia de la burguesía. El individuo burgués no escoge, no se adhiere a una idea: se deja llevar por la vida tal como se le presenta, tal como es para él. Acepta ideas ya hechas: las de su clase, aunque pueda reservarse oscuramente un «sector personal» más «humano», más libre; pero vano y estrictamente «privado». En cambio, el proletario sólo llega a ser consciente de su clase -160-

VI cuando se eleva por encima de las condiciones actuales de existencia de esta. Esto no quiere decir que se salga de ella, que se «desclase» —lo que, por lo demás, constituye para él una especie de tentación— sino que debe haber realizado ciertos actos de lucha o haber comprendido ciertas nociones de economía política y de historia para conocer su propia vida y su propia clase. En el régimen capitalista, las condiciones de existencia del proletariado tienden a hacer de él, como individuo, una rueda de un mecanismo sin conciencia. Como proletario, no puede tomar conciencia de sí mismo sin haberse alejado mentalmente de la vida actual del proletariado y sin comprender —o al menos presentir— la misión histórica de aquél. (...) La conciencia de clase del proletariado va ligada, de este modo, a la superación del proletariado como clase y, por consiguiente, a un ideal humano. El individuo proletario sólo se capta como individuo y como miembro de su propia clase comprendiendo la independencia de su propia clase frente a la clase burguesa, captándose como ser humano, solidario de lo humano en general y de su futuro. Esto es lo que define la situación del individuo proletario y de la clase obrera en el mundo actual. Es la situación más dolorosa de todas: pocas contradicciones son tan tenazmente desgarradoras y más fecundas a la vez que la «contradicción entre la personalidad del proletario individual y las condiciones de vida que le son impuestas» (Íbid.). Vemos, pues, que la individualidad del proletariado consciente de sí mismo es más alta y más libre que la del no-proletario, pero también más dolorosa, más difícil de conquistar y de conservar

de la guerra (póst.

1835) Karl von Clausewitz

«En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en el encuentro, la destrucción de las fuerzas enemigas que se nos oponen es el medio para el logro del fin. Esto es así, aunque en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, de cualquier modo, en la raíz de la decisión está el supuesto de que tal destrucción debe ser considerada sin lugar a duda. De este modo, la destrucción de las -161-

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fuerzas del enemigo es la piedra fundamental de todas las combinaciones que descansan sobre ella, a modo de arco que descansa sobre sus pilares. Consecuentemente, todas las acciones se realizan sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas se produjera en los hechos, habría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas es en todas las operaciones grandes y pequeñas lo que el pago al contado en las transacciones comerciales. Por más remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara vez se produzcan, al final deben realizarse. Si la decisión por las armas está en la base de todas las combinaciones, resulta que nuestro oponente puede hacer impracticable cualquiera de ellas, mediante una decisión sobre la cual descansa directamente nuestra combinación, sino también por medio de cualquier otra, siempre que tenga suficiente importancia. Toda decisión armada de importancia, es decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona sobre todas las que le precedieron, ya que, como un líquido, tiende a alcanzar su nivel. De esta manera, la destrucción de las fuerzas enemigas aparece siempre como el medio superior y más eficaz, al que deben ceder su puesto todos los demás. Sin embargo, solamente podremos asignar mayor eficacia a la destrucción de fuerzas del enemigo cuando exista una supuesta igualdad en todas las otras condiciones Sería, por lo tanto, un gran error llegar a la conclusión de que un ataque ciego habría de imponerse invariablemente a la destreza prudente. Atacar sin habilidad conduciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras y, por ende, no puede ser este nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin realizado con el otro.»

el día en que morí un poco más

Decidí faltar a clase y marcharme a ver a Dani, ya que una chica de mi curso me comentó que le habían vuelto a ingresar.¶Octava -162-

VI planta. Llamo, se abre la mirilla, el celador me mira durante unos segundos y abre la puerta. El mismo paisaje de siempre: Roberto sigue andando, sin parar, siempre andando. Me para un tipo con un pijama verde (posiblemente un anestesista) y me pregunta si soy yo quien va a hacer «el electro» ¿? (me confunde con un médico residente... los uniformes a veces uniformizan demasiado). A mi espalda surge de una puerta una psiquiatra residente, muy joven. - «¿Eres el anestesista?» pregunta; «Sí, vamos», asiente el tipo de verde, y me escurro con ellos tras esa puerta que nunca se abre. Una mujer de unos sesenta años está tumbada en la camilla, atada de pies y manos, con un lindo vestido de flores y miedo en los bolsillos. Empiezo a darme cuenta de qué va todo esto: estamos detrás de esa puerta. Ella también lo sabe. Tiene una vía cogida, el anestesista comienza a sedarla. Esperan unos minutos mientras el relajante muscular produce sus efectos. Le mojan las sienes. «Antes era mucho peor...», comenta el anestesista a su subordinado. «¿Cómo coño puede ser peor?», pienso. Sacan ese viejo aparato, que me dobla en edad («el nuevo no sabemos usarlo, ja, ja»). Misma potencia, intensidad y voltaje para todos. Democracia. Acercan los electrodos a las sienes. Contracción de todos los músculos. Una lágrima resbala entre sus párpados. Los dientes destrozan la cánula, los puños cerrados, el vello erizado. Empiezan las convulsiones tras unos segundos de corriente (jamás sabré cuanto duró aquello). - «Ya está». Estoy tras ellos. Ha llegado la náusea, abro la puerta y corro hacia el sucio ascensor. Náusea por estar ahí de pié y no hacer nada, náusea por llevar su misma bata. Roberto sigue andando, siempre andando. Alguien me dice que Dani se ha escapado. Sonrisa. Entro en el ascensor: sin duda, ando en camino de convertirme en un auténtico miserable lectura de karl marx hablando de mi vida y necesidades allá por 1844 -163-

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Si caracterizamos al comunismo mismo (porque es negación de la negación, apropiación de la existencia humana que se media con sí misma a través de la negación de la mercancía, no es la posición verdadera, que se origina en sí misma, sino que se origina más bien en la propia mercancía)... [Una parte de esta página del manuscrito está rota en este lugar, de tal manera que luego siguen fragmentos de seis líneas que son insuficientes para reconstruir el pasaje]... el extrañamiento de la vida humana perdura y es mucho mayor cuanto más conciencia se tiene de él como tal) sólo puede lograrse mediante la implantación del comunismo. Para superar la idea de la organización social existente y sus sistemas de dominación (entre los que, por su perfección y peligrosidad, tiene especial relevancia la guerra psicológica desatada a través de los sistemas sanitarios y las multinacionales farmacéuticas) bastan las ideas comunistas, pero para superar dicha realidad es necesaria la acción comunista real. La historia la producirá y aquel movimiento, que ya reconocemos en el pensamiento como voluntad autotrascendente, supondrá en la realidad un proceso duro y prolongado. Debemos considerar, sin embargo, como avance el haber adquirido de antemano conciencia tanto de la limitación como de la finalidad del movimiento histórico, y poder ver más allá

violencia, locura y miserabilismo intelectual «Querían que me encerraran hasta que llegase la paz, o, al menos, durante unos meses, porque ellos, los cuerdos, que no habían perdido la razón, según decían, querían cuidarme y, mientras, ellos harían la guerra solos.» Céline. Viaje al fin de la noche

Desde hace ya algunos meses, había quienes estábamos interesados en ahondar en el binomio que constituyen enfermedad mental/violencia dentro de los ámbitos «antagonistas». En principio, los intereses eran personales y no se pretendía escribir nada al respecto, sin embargo unas pocas líneas desataron cierta mala os-164-

VI tia entre nosotros y hemos creído oportuno redactar unos breves párrafos. El texto que actuó a modo de detonante, fue «Qué hacer de la violencia que llevamos dentro» firmado por Franco Berardi y publicado por Maldeojo (nº 2, abril 2001). Realmente es difícil hacer semejante ejercicio de simplificación y estupidez, y el resultado final —como no podía ser de otra manera— es un vacío que nada dice. Sin embargo, no es nuestro cometido el analizar aquí ni este «documento», ni la revista que lo ha editado. Sencillamente nos quedamos con una de las líneas argumentales del texto, que es la que servirá de punto de partida a nuestra crítica, y que por sí misma provoca nuestro menosprecio hacia autor y publicación... En el patético y simplista discurso de Franco Berardi se alcanza la siguiente conclusión: «Naturalmente, en todo episodio colectivo se agitan emociones, debilidades, rencores y reactividades largamente reprimidas. Naturalmente, [email protected] que son psíquicamente más débiles (sin duda, no por su culpa) tienden a moverse de un modo agresivo, a exhibir el propio ego reprimido de forma violenta». Aparte de lo ya engañoso del «naturalmente» (nos encontramos ante uno de los profundos análisis expuestos en el «cuaderno de crítica social» que es Maldeojo: la razón de una conclusión es la apelación a lo «natural»...) con que se abre la cita, y del lenguaje freudiano-casposo (ego y represión...) utilizado, podemos desvelar la defensa de una posición tan preocupante como repetitiva en la historia de las luchas sociales. El autor de este texto se declara a sí mismo como no-violento, afirmación que puesta en relación con las dos frases citadas con anterioridad, nos lleva a concluir que este tipo —así como sus compinches teóricos— es «psíquicamente más fuerte». Y exponiendo esto, no creemos que nos salgamos del guión por él mismo creado: si hay débiles mentales, es porque hay fuertes, y si los débiles son violentos, los fuertes no lo serán. A parte de toda la mierda que pudiésemos sacar de aquí (pues es evidente que los sujetos con mayor fortaleza psíquica, estarían mejor capacitados para acometer la lucha por el cambio social), el artículo nos ofrece al menos una infamia más: se trata de hacer creer, que «quien siente simpatía por la violencia se muestra por lo general proclive a la traición». Y así, se ha completado la siguiente escalera de razonamientos: débil mental - (lleva a) - sujeto partidario de las acciones violentas - (que a su vez lleva a) - traidor y chivato. -165-

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Aquí es donde queríamos llegar, la eterna discusión sobre la violencia en el seno de los movimientos —presumiblemente— antagonistas, suele desembocar en puntos muertos donde quienes la repudian tratan de concluir sus argumentaciones recurriendo a la locura (o en este caso, a un término más sutil y manipulable como es la debilidad mental). Esta táctica desautoriza de por sí todas sus argucias teóricas, y pone de manifiesto que la violencia no es un tema que se pueda afrontar desde una posición tan absolutista y banal, como es la que pretende otorgarle una definición cerrada, para posteriormente negarla en el camino de la lucha anticapitalista. Desterrar la violencia es tan estúpido como santificarla, y es no entender nada acerca de la naturaleza y el ser humano (que son dos realidades violentas, nos guste o no). El hecho de que alguien que está por el «cambio social», escriba en una revista de «crítica social» utilizando un lenguaje de jodido portavoz del movimiento eugenésico del estado de Virginia a comienzos del siglo XX, debiera darnos que pensar. Como nosotros —en tanto que seres humanos— nos reconocemos potencialmente violentos, advertimos, que de la misma manera que estamos contra todos aquellos que tratan —mediante diagnósticos, tests y otras tecnologías científicas— de establecer una medida para hombres y mujeres, también lo estamos de quienes se apoyan en sus juicios y vocabulario para atacar acciones que se les escapan de las manos. Si quieren refutar acciones, que construyan una crítica sólida, y que dejen de recurrir a algo tan doloroso como la debilidad mental. Un término que fue acuñado por el francés Binet en sus intentos de otorgar calificaciones numéricas a la inteligencia de los individuos, y posteriormente recogido por el norteamericano Goddard, quien construyó sobre él todo un sistema de esterilizaciones e internamientos forzosos a principios del siglo pasado (y que dicho sea de paso, sirvió de inspiración al nacionalsocialismo alemán). Las víctimas pasadas y presentes de las estrategias médicas de organización social (la división entre aptos y no aptos, fuertes y débiles), constituyen una razón suficiente para no tolerar la existencia de quienes pretender reproducir estas divisiones entre la oposición al capitalismo; de nada vale la cláusula de que el débil mental «sin duda» no lo es por su culpa, los partidarios de la eugenesia tampoco creían que sus víctimas fueran responsables de su debilidad, ellos simplemente contemplaban a los pacientes como guisantes de Mendel. -166-

VI Agresivo y violento, es hablar entonces con un autoritarismo de psiquiatra cruel, y arrogarse la capacidad de diagnosticar escalas de fortaleza psíquica. Sin embargo, nosotros no iniciamos elucubraciones interminables sobre la agresividad y la violencia (algo humano, ajeno en sí mismo a bondades y maldades, y que sólo cobra sentido en una manifestación concreta), sino que atacamos la crítica a la que se le aplican esas dos características. En este sentido, desarrollamos una capacidad teórica superior. Las palabras de Berardi no merecerían nuestra reflexión, sino fuera porque pertenecen a un hilo que atraviesa la historia de la lucha de clases. Tanto ayer como hoy, los esquemas de poder y su lógica han conseguido reproducirse más o menos insospechadamente en el seno de los movimientos contestatarios. Lo que tratamos de hacer aquí, es fundar alguna de esas sospechas. Podíamos perdernos en un sinfín de declaraciones al estilo de la comentada, sin embargo tan sólo vamos a citar una de las más lejanas en el tiempo que conocemos. De esta manera tendremos un primer y último paso en este recorrido de miseria intelectual que queremos denunciar. Se trata de la retórica desplegada por Diego Abad de Santillán contra los anarquistas expropiadores durante el segundo cuarto del siglo XX en Argentina. Abad de Santillán pertenecía al sector más legalista del anarquismo argentino, y desde la publicación donde trabajaba —La Protesta— vilipendió sistemáticamente toda aquella actividad que se mantuviese ajena a su línea. Siguiendo los trazos ya descritos, la argumentación contra la praxis violenta tenía por colofón dos conclusiones: o bien los sujetos que se criticaban trabajaban para el enemigo de la revolución, o bien dichos sujetos eran un hatajo de anormales y locos. Dos citas de Abad de Santillán hablando de Severino Di Giovanni —anarquista partidario del atraco, la falsificación de moneda y la acción directa contra sus enemigos y propiedades— servirán para mostrar el fenómeno que venimos criticando: * «a) Puede ser un agente provocador del fascismo; b) Puede ser uno de esos instrumentos que la policía argentina suele tener a su disposición; c) Puede ser simplemente, un anormal. (...) De lo único que estamos seguros es que no tiene nada que ver ni espiritualmente ni sentimentalmente con el anarquismo.» * «Podemos elevar bien alto la voz para clamar que los gestores y ejecutores de ese atentado se refiere aquí Abad de Santillán al -167-

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ataque con bomba que sufrió el Consulado italiano en protesta por los crímenes del régimen fascista) no pueden ser más que enemigos de la anarquía o anormales a quienes nosotros, en la sociedad futura, encerraríamos en un manicomio para tratar de curarlos.» [Las posteriores andanzas del infame Abad de Santillán son desgraciadamente conocidas por el proletariado ibérico, al que traicionó cuando, formando parte de los cuadros dirigentes de la CNT, durante la Guerra Civil entró en el juego institucional de formar un gobierno con el que la burguesía republicana y los mandos estalinistas ahogaron la revolución. Por otra parte, resulta irónico y triste a la vez que este intelectual, una vez regresado a la península ibérica, encontrase entre las filas de su organización a los Ascaso o Durruti, a quienes en el pasado su periódico se encargó de clasificar como anarco-bandidos ajenos al impoluto ideal anarquista. La historia es nuestra mejor maestra, y deberíamos mirarla de frente más a menudo.] Así pues, la recurrencia a la enfermedad mental, cuando se trata de lanzar una crítica contra las acciones violentas, no es una mera anécdota... se trata de un acto que puede ayudar decisivamente a fijar un rumbo determinado para la subversión. A los ojos de esta, igual de contrarrevolucionaria será la violencia ejercida por las vanguardias militares y su activismo estéril para la guerra social, que la violencia que ejercen «los líderes» de la protesta al normalizar y restringir determinadas conductas juzgadas como no aprobables. Aquí es donde se ponen de manifiesto relaciones de poder que supuestamente no tienen lugar en el anticapitalismo: históricamente, un cierto número de cabezas visibles dentro de los movimientos antagonistas se han sentido con el poder (lo cual indica que las bases no siempre han sido lo suficientemente rotundas y violentas con ellas) de sentenciar y juzgar los gestos y las acciones de quienes no han dado concesiones al orden establecido. Y para ello, se ha recurrido frecuentemente a la calumnia... siendo —como ya hemos visto en un ejemplo— los violentos acusados de ser tontos, imbéciles, provocadores, locos, infiltrados... lo que sea, pero siempre clasificados. Los jefes de la resistencia, al igual que en las películas, siguen decidiendo quienes son los buenos y quienes los malos, quien puede ser el traidor o la traidora, a la vez que se mantienen puros e incorruptibles. Son tecnócratas de la protesta, cerebros sin brazos con la capacidad tanto de emitir palabras duras, como de ser benevolentes. Un patrón de funcionamiento -168-

VI que a nadie le es desconocido. Y siguiendo con la misma lógica del Estado, no sólo juzgan lo que ha sido hecho, sino lo que se es, lo que se será y lo que tan sólo puede ser. De esta manera, los juicios no sólo son de culpabilidad y sanción, incluyen también una recomendación, una enumeración de «buenos modales» para los sujetos que deciden formar parte de futuras luchas. Y así queda iluminado el camino, así se normalizan los modelos de conflictividad de manera tal que queden decididos de antemano, constriñendo no sólo la creatividad, sino también desterrando determinadas formas de actuar que ya se han estipulado como inaceptables. Cuando la revuelta queda encauzada y la audacia se esfuma, la derrota ya se ha firmado. La normalización es el peor enemigo de nuestros deseos: ¡A hierro con los normalizadores! «El monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido.» «Ser conocido al margen de las relaciones espectaculares, eso equivale ya a ser conocido como enemigo de la sociedad.» «El anarquista no conoce tradición ni encasillamiento. No quiere ser requerido ni esclavizado por sus organismos. No es posible imaginárselo ni como ciudadano ni como miembro de una nación. Las grandes instituciones —monarquías, iglesias, estados— le son ajenas y le parecen detestables. No es ni soldado ni trabajador. Si es lógico consigo mismo, tiene que rechazar también, y ante todo, al padre.» «No hay esperanza sólo hay lucha permanente esa es nuestra esperanza Esta es la primera frase en el lenguaje de la locura

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  VII en defensa de la anormalidad «A mis anarcos queridos, bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables.» Alfredo Zitarrosa «Quiero sentir algo que me huela a vida.» Triana «Probablemente es imbécil desde que nació. Un completo idiota... Roguemos a Dios porque así sea.» De la película “El hombre elefante” de D. Lynch.

A mis amores de Bocanegra. Hermosa virtud esa de no juzgar.

[El presente manifiesto no busca provocar juicios estéticos, elucubraciones interpretativas o goce alguno por parte del lector. La contemplación supone el fracaso en el intento de abordar el cambio: subvertir la realidad nada tiene que ver con jugar torpemente a interpretarla. No se persigue ni más ni menos que una sacudida, una llamarada. Estas páginas están felizmente condenadas a arder. Queda por escribir qué arrastrará consigo el incendio.] [0] Planteamos a las claras la necesidad de despejar el terreno como primer paso en el inicio de un tercer asalto a la sociedad de -171-

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clases. La labor teórica que asumimos es la de determinar nuestro lugar en dicho asalto, estudiar las potencias, los movimientos y las tácticas necesarias. A su vez, somos conscientes de que cada cual debe llevar a cabo esta tarea de localización por sus propios medios: nadie va a venir a hacerlo por nosotros. Como psiquiatrizados en lucha, entendemos que el todo social tiene por eje la Norma. La relación de los sujetos con ella comienza desde los primeros años de vida, y no sólo a través de las instituciones de la familia o la escuela, cada vez la medicación con psicofármacos es más temprana: no es nada extraño ver a los médicos recetar tranquilizantes, como si fueran caramelos, a los niños más «revoltosos». Sin embargo, entendemos que existe un punto clave (que frecuentemente se produce en las cercanías de la adolescencia, pero que no tiene porqué ser siempre así) en el que una gran parte de la gente se plantea que hay algo en la Realidad que no acaba de convencerle a uno; a menudo, se llega a esta situación a partir de la mirada de los propios padres... esta suele mostrar que este mundo no es tan estupendo, que la vida no es necesariamente el don tan hermoso que tantas veces nos han repetido. Cuando la duda va tomando forma a base de ostias, de sufrimientos varios, desilusiones, palos y desesperanza, se suelen abrir dos caminos: por un lado, la autodestrucción con todas sus variantes (drogas, suicidio, ostracismo voluntario, etcétera), y por el otro, la inmersión —por un camino o por otro— en las redes del Sistema de Salud Mental. Así, te sueles ver, sin acabar de saber cómo, en una consulta de la sanidad pública, en el gabinete de algún terapeuta de los mil pelajes diferentes que ofrece el mercado o directamente atado a una camilla en la sección de psiquiatría de algún hospital. Llegados aquí, suelen pasar dos cosas: bien uno es reducido médicamente y vuelve a incorporarse al funcionamiento social como si casi nada hubiera sucedido (lo cual suele ser más difícil cuanto más intenso ha sido el choque con la Norma), bien uno se introduce en esa espiral crónica (como se suelen encargar de recordarnos los médicos: «Dadas sus características, no deberíamos obsesionarnos con hablar de curarse, sino más bien de poder alcanzar un nivel de vida lo más grato posible») de caídasrecaídas, medicación y encierro involuntario. Cuando un sujeto que ha llegado hasta este punto se plantea la necesidad de hacer la guerra a la sociedad y su tirano concepto de normalidad, cuando un psiquiatrizado se declara a sí mismo —sin el beneplácito -172-

VII de ningún pastor revolucionario— psiquiatrizado en lucha, enfrentándose a los fármacos, a las órdenes judiciales o a la sucia autoridad científica, se afirma como sujeto revolucionario en este desierto de homogeneidad y desencanto. La situación en la que se encuentra el psiquiatrizado en lucha, es la de ser contradicción andante del Tinglado. Es el que dice: los amos a veces se equivocan, sus pronósticos y sus teorías científicas no valen un carajo: estoy aquí, no estoy muerto ni drogado, he vivido y vivo los infiernos de la Máquina y quiero ajustar cuentas. Aquí el sistema ha perdido su aire de inocencia, y ya es imposible que pueda nunca recuperarlo. Ya no tiene nada con lo que seducirle a uno. La democracia se presenta como la vieja ramera desdentada y cubierta de maquillaje que es. Robada la salud, uno ya no quiere mercancías-chucherías, sino simple y llanamente venganza. He aquí la posibilidad de traer de nuevo el conflicto despojado de cualquier ansia reformista, de los discursos ciudadanistas y socialdemócratas triunfantes en nuestros días. Se inaugura un campo de batalla viejo como la historia del mundo. La Norma contra el loco al que no le da la puta gana morirse. Esta sociedad tan perfecta, tan inquebrantable y seductora, tiene pues un enemigo que la ha visto desde dentro y desde fuera, que no reproduce los comportamientos asignados, un fantasma que aguarda a la vera de los caminos con los dientes apretados. Sabemos cómo funcionan los engranajes de nuestra ruina, ahora es necesario hacer de cada uno de nosotros un estratega. Desde luego, nos encontramos en una posición privilegiada: no nos comprarán subiéndonos los salarios, no nos callarán prestándonos espacios ni infraestructuras, no pueden negociar con nosotros por la sencilla razón de que ni siquiera nos pueden ver. El odio está demasiado dentro y no será fácil de extirpar. No queremos hacer promesas de un mundo mejor. Queremos Otra Cosa, y eso supone incendiar el presente. Hasta entonces, no le encontramos sentido a especular más allá. No tenemos nada que vender, no pretendemos convencer a nadie. No hemos llegado solos al dolor, nos caímos porque nos empujaron. Un mundo nos arrastró hasta el agujero, y un mundo pagará por ello. [1] Para comprender algo en nuestros días, es absolutamente -173-

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necesario servirnos de lo que se nos oculta. [2] La necesidad de estrategia es ahora más evidente que nunca... El relámpago no viaja en línea recta. [3] Nos hemos creído toda la mierda que desde críos nos han hecho tragar, hemos reproducido el sutil mecanismo de poder por el cual una imposición se nos convierte en valor. Pero desde que intuimos el funcionamiento de este mecanismo, podemos avisar de que inventar un nombre no es solucionar un problema. Somos el claro ejemplo de este hecho. Imbéciles, enajenados, idiotas, locos, débiles mentales... ¡Guerra al mundo que os declaró hace tanto tiempo la guerra! [4] ¿Os acordáis cuando éramos canijos?, ¿cuando, en la escuela, todos los días algún niño vomitaba, y el bedel tenía siempre preparado un cubo de serrín?, ¿cuántos de vosotros vomitáis ahora en el tajo, en el aula, en la consulta del doctor?, ¿no comprendéis? Nos hemos acostumbrado al asco. [5] Ingeniería del dolor. Han construido una realidad sin tuercas que anden flojas. [6] Mejor ganando un mundo distinto del que perdimos, que habitando aquel basurero de sueños. Mejor guerreando, que atrofiado, viviendo horas muertas. Mejor en el delirio, que en la pesadilla cotidiana. Mejor abriendo brechas, que dormitando en nichos. Mejor loco, que zombie. [7] Se hace necesario el orden. No entendido como imposición, sino como determinación. Construcción estratégica. Dejar de nadar en la mitad del océano. Se trata de atacar. Vivir. [8] Toda la significación de la subversión viene a reducirse a la confrontación con lo normal. De ella surgen dolores y placeres; y -174-

VII casi nunca lo hacen a partes iguales. Saber dónde se está, trazar una geografía de la trama en la que uno está inmerso, es condición necesaria para no caer una y otra vez. Desplegar mapas que nos permitan reconocer a nuestros enemigos hace que podamos seguir vivos, que no pasemos a formar parte definitivamente del reino de los objetos. [9] La apelación, por parte de los amos del mundo y sus voceros a las reglas del juego, no tiene para nosotros mayor consistencia. A estas alturas de la pesadilla, ya nos hemos dado cuenta de que jamás tuvimos opción de entrar o salir del «juego». Él abarca la totalidad de lo existente. De hecho, trabaja por dar forma a todo lo que potencialmente podría existir. Tales son las desmedidas capacidades del poder en nuestro tiempo. En la Era de Orwell, podemos afirmar que nuestros sueños están siendo vigilados. Los escondemos, los afilamos. Por eso no podemos acercarnos a la Norma, por eso no podemos renunciar a ellos. No podemos traicionarnos... o la dominación absoluta se habría consumado. [10] Nuestra baza: la locura es difícilmente recuperable, ¿acaso puedes tú recuperar algo que no puedes comprender?, acaso todas esas ciencias del hombre moderno que juegan a diseccionarla, ¿son otra cosa que una cortina de humo tras la que esconder en las cloacas de su saber aquello que se les escapa? La locura apunta tu mirada al preciso punto al que nunca quisiste mirar. Por eso el loco emana arte y hostilidad, por eso no deja de serlo, y por eso está solo. Riesgo. [11] La guerra siempre se hace para ser ganada. Otro pensamiento en la cabeza del combatiente carecería de sentido. [12] En la insurrección contra la dominación del homo normalis, es necesario afrontar el estudio de los distintos actos de poder que configuran nuestras vidas. No se trata de construir grandes teorías o de sistematizar totalidades (o global-idades), sino de analizar la -175-

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especificidad de los mecanismos de dominación. Tirar de las hebras para destejer la trama del Tinglado. Buscar instrumentos, huir de los sistemas. Gritarle en la cara a nuestros enemigos sobre la (su) verdad y otras mentiras. [13] Cuando examinamos de cerca la psiquiatrización de la vida cotidiana, revelamos lo invisible del poder. De esta manera, concluimos que cuando un juicio no puede enunciarse en términos de bien y de mal, se expresa en términos de normal y anormal; y esta diferenciación en el seno de la sociedad se justifica apelando a lo positivo o a lo nocivo para el individuo. La perpetuación y reproducción del homo normalis y sus dominios se consuma mediante la modelación de lo cotidiano por parte del poder. Lo cotidiano va desde el propio cuerpo de los sujetos hasta sus gestos, actitudes y discursos. Y se conforma mediante el ejercicio de las diferentes tecnologías operantes en la sociedad de la normalización. De estas, nos interesan especialmente la tecnología médica y la tecnología penal. En el oscuro oficio de los psiquiatras, ambas vienen a juntarse, demostrando cómo la práctica médica se interrelaciona con la ordenación legal de la vida cotidiana. La consecuencia del despliegue del discurso psiquiátrico es la medicalización del comportamiento. Podemos dar cuenta de ella en la inferencia de la psiquiatría como tecnología auxiliar en un tribunal, o en el simple hecho de que el Valium sea parte fundamental del imaginario colectivo de Occidente. [14] El diagnóstico médico no es más que una mentira cualificada. Ruedecita dentada que garantiza el buen funcionamiento del espectáculo. Los médicos son policías. Brazos armados de un estilo de vida. Incluso van a menudo uniformados. Pastillas, bisturís, correas y electrodos deberían asustarnos igual o más que las pistolas. Y por descontado, deberían provocarnos el mismo desprecio y asco. Su impunidad, el prestigio social del que gozan, alimenta sin cesar la rabia. A ambos esbirros, guarden la puerta de los cielos que guarden, les deseamos la misma suerte. El dolor nunca sale gratis, es una lección que hemos aprendido. -176-

VII No, entonces la paz no puede interesarnos. Lo de poner la otra mejilla se lo dejamos a los espíritus mediocres que aún son incapaces de comprender nada. Además, aunque quisiéramos no responder, no nos quedaría otra cosa distinta del dejarnos golpear. No hay huída. Nos hicieron añicos hace ya tiempo. Somos así de intolerantes: no aceptamos sus medicaciones, ni sus encierros, ni sus terapias electro-convulsivas, ni sus bonitas y científicas palabras. Sobrevivimos una vez y hemos vuelto para pasar a cuchillo a nuestros enemigos. ¿A alguien le suena mal? Le invitamos a pasear por un psiquiátrico. ¿Deberíamos entender, ponernos en el lugar de nuestros enemigos de clase? Evidentemente no. Si ellos lo hubiesen hecho alguna vez, tampoco podrían dormir por las noches. [15] El dolor se materializó hace tiempo. Todos tenemos ojos para verlo, los torturadores no pueden excluirse de esta observación. Cada cual debe replantearse su lugar en la Máquina. No tengan miedo a perder su estatus los señores psicólogos y psiquiatras. Si siguen aniquilándonos, negándonos como las personas que somos, se arriesgan a perder algo más que una posición segura en esta realidad. [16] Vamos a entrar en la historia y no nos pondremos bajo ninguna ley de excepción. [17] Nuestros valores, en ningún caso, son ni serán los del mercado. No hay marcha atrás. Rechazamos de una vez y para siempre un mundo perfectamente organizado para el desencanto. El mercado, caminando de la mano de la técnica (en nuestro caso, fundamentalmente de la medicina) se cobra en material humano las exigencias que la propia configuración (mercantil) de la sociedad supone. Nuestro sufrimiento en tanto que «enfermos mentales» no deja de ser un elemento necesario dentro de los flujos de capital que recorren las democracias occidentales. El espectáculo de nuestro dolor se traduce en gigantescos beneficios económicos, en cruel paz social: ¿a quién le va a interesar realmente que cese?, ¿a las farmacéuticas?, ¿a los terapeutas-empresarios?, ¿a -177-

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los investigadores universitarios?, ¿a los jueces?, ¿a la policía?... La lucha contra el Sistema de Salud Mental no cuestiona parcialidades, debe ser consciente de que lo que plantea en última instancia es la destrucción de este mundo. [18] A nosotros, la democracia nos dejó ver su verdadero rostro el día que entramos por primera vez en la consulta de aquella bata blanca. [19] Ya sabemos, que lo que pensamos es peligroso. Poner en evidencia la fragilidad de lo falso... ¡Alguna vez habrá que luchar a cielo abierto con los fabricantes del asco! [20] La enfermedad mental no es una mera consecuencia de la organización social existente, sino un presupuesto de la misma. Tomar conciencia de esto es algo imprescindible para poder distinguir a nuestros enemigos: ya no habrá más verdugos inocentes. Desquiciarse: vivir en un continuo estado de simulación, vivir entre la ida y la venida de un sin fin de imágenes vacías, sin absolutamente nada detrás, ruidosamente mudas. La locura no es un tiempo muerto, aunque no sea evidente, se trata de un momento más dentro de la máquina de producción y consumo. [21] Reconocemos que hay un conflicto real entre nuestras cabezas —su funcionamiento— y la actual organización de la vida. En esto coincidimos con los especialistas ocupados de salvaguardar la correcta salud mental de la sociedad. Ahora bien, el trecho y agujero existente entre nuestro acá y su allá, cuya realidad ambos afirmamos, no vamos a recorrerlo jamás en su favor. No aceptamos reinserción alguna, no queremos adaptarnos a su vida ni aprender a respirar bajo sus consignas... bajo el reinado absoluto de la mercancía. Dentro de la guerra de potencias que es el mundo, optamos de manera decisiva por nosotros mismos y nuestros deseos. ¿Acaso le debemos algo a alguien? El dolor no se paga con sumisión, a ella oponemos el movimiento de la constante -178-

VII revolución por la que tomamos partido. Autonomía y autovaloración contra la alienación democrática. Locura contra cordura mercantil. Rabia y desesperación desatadas contra el dinero y la infamia. [22] La Máquina ha debilitado en exceso nuestra verdad, es decir: la negación de esta sociedad. Defenderla con buenas maneras es imposible. Malos tiempos. Es momento de comenzar a atacar. [23] El miedo da lugar al dolor. O lo que es lo mismo... el dolor toma su presencia y su ser del miedo. Y el miedo siempre tiene un origen. Da igual si este es irracional, si es imprevisible o si apenas nuestras cabezas dan para pensarlo. Las dificultades en su comprensión, o incluso una posible inabarcabilidad que pudiésemos otorgarle, no salvan el hecho irrefutable de que viene de algún lugar. El miedo no es Dios, aunque acostumbre a comportarse como tal: no se da la existencia a sí mismo. En esta afirmación reside la esperanza. Esperanza que toma forma a partir de la siguiente constatación: el dolor es condición de toda nuestra verdad. Da igual si en nuestros días la verdad se legitima por la mayoría, es decir, por la cantidad. Nuestros días están construidos sobre la falsedad, de hecho son de todo menos nuestros, son espectáculo, el imperio de la no-vida. La defensa de nuestros pensamientos se ha hecho imposible, no se puede hablar con quien está imposibilitado para escuchar. Hemos tardado en comprender que gritar y patalear ya no sirve para nada. El diálogo está roto de cuajo, hay que dejar de dar golpes con la cabeza al muro de hormigón. Hay que dejar de hacerlo so riesgo de desaparecer, de dar la victoria absoluta al enemigo. Hay que pasar a la ofensiva. ¿Por qué seguir siendo, comportarse bajo las reglas de un juego que bajo ningún concepto es el nuestro? Un juego ajeno, en el que todo está dado de antemano. Un juego homicida. [24] Derrota. Una vez que uno consigue avanzar arrastrándose más allá de sus límites, la fuerza que le mueve desconoce ley lógica alguna. Llegado a ese lugar desconocido, lo imposible adquiere la sorprendente virtud de ser posible. No, nadie podrá juzgar nuestras acciones bajo la óptica del -179-

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sentido común. La única garantía de que a un paso determinado le sucede otro, solo la da la razón del homo normalis. Y la razón es un juguete que en nuestras manos ha saltado por los aires. [25] Contra lo existente, en última instancia, no tenemos nada más que decir NO. [26] El diálogo con los amos no puede ni debe darse. El absolutismo de la mercancía no admite relativizar su posición, imposibilita cualquier comunicación porque toda refutación choca de frente con el propio sistema. Por esto mismo solamente se dan dos posibilidades: atracción o conflicto. Cuando el canto de sirenas de la seducción democrática falla, se desata la cacería represiva. El capital no duda, se levanta sobre el fanatismo. La incredibilidad del equilibrio social, económico o ecológico del capitalismo se traduce en la infalibilidad de su sistema: absoluto e incuestionable... y absolutamente indeconstruible. Un jodido absurdo. El capital permanece pero no convence. La coherencia interna no salvaguarda al sistema de su barbarie. [27] El hombre ha llegado a ser una bestia de trabajo abandonada al vértigo de sus propias fabricaciones... Maldita sea la Humanidad, malditos sus derechos y sus valores. Nosotros somos Otra Cosa. ¿Cómo llamarnos?, ¿qué somos estos locos que debieran estar muertos y nunca llegan a estarlo, que debieran ceder de una vez y no paran nunca de patalear?, ¿será que pertenecemos a una familia de innombrables?, ¿puede ser que esta locura nuestra, que este delirio anticapitalista, nos de la clave de la invisibilidad?, ¿dónde situarnos pues?, ¿en qué departamento o cajón?, ¿hay algún lugar para los psiquiatrizados en lucha dentro de la red de oposiciones con la que el sistema ha conquistado la vida humana? Un secreto: la indeterminación recién descubierta, y con la que el propio sistema nos desechó, es nuestra potencia... ya que a sus ojos no somos nada, podemos serlo todo. Y eso es precisamente lo que buscamos.

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VII [28] ¿Qué más ajeno a lo sistémico que el enfermo mental que busca su autovaloración en el enfrentamiento sin cuartel con el propio sistema? Somos ese enemigo no calculado, esa máquina de guerra que el poder nunca contempló como amenaza y arrojó a su basurero. Por eso precisamente no entramos en la dialéctica desoladora en la cual las dos partes del conflicto se dan vida recíprocamente (pasando la crítica a ser parte de lo criticado), cerrando para siempre el círculo de la perdición. Somos y traemos la sospecha del caos. [29] ¿Y a nosotros quién nos va a guiar, quién nos puede guiar?, ¿quién querrá erigirse como nuestro nuevo amo?, ¿querrán acaso convencernos de que también pueden orientarnos y clarificar un territorio que en buena medida podemos afirmar que desconocen completamente? Hay que buscar las armas que el enemigo jamás pueda recuperar. [30] UBI LEONES [antigua inscripción trazada en los bordes externos de los mapas de Roma] ¿Cuáles son los límites —a partir de los cuales persiste el peligro real— de la civilización occidental? Estamos más allá. Que vengan a buscarnos si quieren. [31] Sin pastillas, sin electrodos, sin correas, sin cerrojos... ¿cómo asumirá la sociedad esa diferencia con la que le tocará vivir? La sola presencia de un mundo, de una complejidad no estructurada como la suya, provocará perturbación y terror. (¿Será que aspiramos a terroristas? Ustedes dirán.) [32] Nadie nos ha invitado, hemos salido de ese «lugar lejano» en el que nos confinaron. Nuestra sola presencia desenmascara la frágil artificialidad sobre la cual está edificada la realidad del homo normalis. Nuestra sola presencia es el primer paso en la destrucción del mundo. La revolución que nunca se fue ya está aquí. -181-

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[33] En el fulgor de la batalla, ¿a dónde irán a buscarnos?, ¿acaso se les ocurrirá a los defensores de la Norma jugar al viejo juego de meterse en la cabeza del contrincante y pensar como él piensa? No, no son tan necios. Bien saben que durarían menos que nada. [34] ¿Estamos lejos o cerca? Tenemos la ventaja de que aún no se han aclarado. [35] ¡Viva la loca anomalía, pues es anomalía salvaje! Evocamos la gran contradicción de este capitalismo rancio y demasiado tardío en el que nos encontramos, la que involucra a su propia propaganda demócrata con la existencia de anormalidades: ¿cómo salvaguardar la unidad de la organización social frente a ese extraño y estigmatizado loco, y a la vez mantener la posición liberal que supone la vil creencia en una justicia e igualdad «humanas»? [35] Lo queremos todo, pero no codiciamos nada. Nada de lo que tomaremos por la fuerza calmará la sed. Sólo la destrucción podrá hacerlo, sólo la posibilidad de enfrentarse a un instante en el que no esperemos nada y todo pueda ser. Abrazar la dignidad. [36] Si no nos tragamos sus pastillas: ¿cómo van a tranquilizarnos? [37] No saber, no ver, no enterarse. (Sobre)vivir aletargados, vegetando; no vaya a ser que les salpique algo inexplicable... ¿qué harían entonces?, ¿acaso vivir? La tierra está cubierta de zombies. El homo normalis apesta. [38] «El odio es la antítesis del altruismo: un sentimiento que regula la economía de las relaciones sujeto-objeto salvaguardando la identidad del yo. Para vivir con propio respeto no sólo hay que amar sino también odiar, intentando destruir cuanto menoscabe nuestra dignidad».

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VII [39] La miseria sobre-equipada hace enfermar. La enfermedad parece ser la única forma de existencia que nos queda bajo la égida de la mentira organizada. Y duele. [40] Decisión: o nos diluimos en la historia, o pasamos a ser protagonistas de ella. La segunda elección sólo se entiende desde el riesgo. Podemos morir... o sobrevivir encarcelados, o quedarnos completamente solos, o volvernos locos-loquísimos. Esta posibilidad no puede negarse. Ahora bien, la primera elección, la aceptación de la miseria equipada de mercancías, sólo significa muerte. Nada más. Consecuencia: si decidimos, debemos provocar miedo a quien debe tenerlo. [Quizás sea este el único punto en el que nos declaramos demócratas: hartos de que el miedo sea patrimonio de una única parte de la población, defendemos la democratización del temor. Queremos perseguir con la misma saña con la que siempre se nos persiguió, y demostrar lo terriblemente real de nuestro dolor. Dar la vuelta a lo que parecía eterno, queremos pasarlo bien.] [41] • La vida presentada como una píldora que nos anestesia hasta el fin de nuestros días. • El juego y el fuego como una potencia que nos permite abrir los ojos, entrar en contacto con el significado del no-estar-muerto. • Descubrir a los Otros, esos indeseables que tanto amamos. Solidaridad, contrabando. • Buscar las armas, abrir las salidas. Que el homo normalis se atragante con lo normal y lo patológico, que aprenda que a él también le pueden hacer saltar las lágrimas. [42] Frente a lo que normalmente se dice, la droga no ayuda a uno a evadirse de esta realidad (si realmente esto fuera así, andaríamos todo puestos sin el más mínimo reparo), más bien, su función es posibilitar la existencia dentro de ella. Que cada cual saque sus conclusiones... -183-

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[43] Comprender. En la comprensión se forjan las armas definitivas del adiós a esta forma de vida. Una vez nos hemos dado cuenta de que o bien digerimos esta realidad de a poquito —huyendo de la pregunta que interroga por el cómo es que es así— , o bien reventamos en lo alto del cielo al tiempo de haberla colado en nuestro interior, el camino deja de poder ser recorrido hacia atrás. El tiempo queda abierto como la herida fresca dejada por un filo osado. Y entonces, todo puede ser. [44] El hecho de que este mundo sólo pueda ser asimilado en pequeñas dosis, su letalidad, se manifiesta en los ojos de quienes han intuido cómo funciona. La nada se queda incrustada en las retinas. La perspectiva, convertida casi en privilegio militar, impone el precio del desencanto y la fractura a todos los que miraron y algo se les rompió dentro. [45] Hay que aprender a no correr hasta que uno no sepa que efectivamente está siendo perseguido. De esta manera, se hace más difícil ser atrapado. «El miedo puede ser un aliado, pues te hace ser más cauto y astuto. Pero si te cagas encima, el enemigo te encontrará simplemente siguiendo el olor a mierda.» [46] Los niños juegan al escondite. Uno de ellos ha sido sorprendido en su guarida, ante la acechanza de su delator se cubre los ojos con sus pequeñas manos. Piensa que al no poder ver, el otro no lo descubrirá. Deduce erróneamente la invisibilidad de la invidencia, pero en el fondo sabe que ya está atrapado. Y sin embargo, repite ese gesto impotente: esconde su rostro, rehúsa mirar. Pues bien, el partido de la subversión, no lo será hasta que no aprenda a superar este error. [47] No más consuelos. La consciencia es la chispa que prende la mecha. Una vez comienza la ignición, los telones se desmoronan uno a uno. El lenguaje del mundo deja de estar cifrado, la desencriptación supone comenzar -184-

VII a ver, y descubrimos que todo esto no es un mal sueño, sino una perpetua pesadilla. El homo normalis no vive, sólo espera. El hecho de que conozcamos esto y él no, nos hace diferentes. Distintos mundos, distintas estirpes. Como debe comprender, a nuestros ojos, está claro quién ostenta la superioridad. Se trata de una cuestión de honestidades, esta civilización de falsedad ha durado demasiados inviernos. La mentira debe dejar paso a otra cosa. La locura es nuestra candidata. Comprender significa ver las cosas como son, abandonar la condición de engañados, descubrir la mano de la mercancía en cada porción de la realidad. Aprender su significado. Hacerla caer. Una vez nos hemos escindido de esta sociedad y comenzamos a conspirar entre iguales bajo la luna, florecen en nuestros corazones la rabia y los sueños. Estos necesitan de la primera para ser perseguidos. Sin rabia contrapuesta a lo existente, uno es un zombie: caga, duerme, trabaja, bebe, folla, compra, reza... vive en un cementerio y se rodea de carroña; sus días son interminables rituales mortuorios cuya única finalidad es exaltar la aniquilación. La ira sin sueños es un despojo gratuito, los sueños sin el aliño salvaje de la negación son quimeras. Y ambos, como cuchillos fabricados con hojas hechas de noche estrellada, uno en cada mano, son nuestros tesoros, nuestra amenaza. [48] Contra la óptica higiénica del homo normalis, es imprescindible arriesgar desde el principio y para siempre todo. [49] Los derechos humanos son concesiones. No queremos tener nada que ver con la jodida humanidad. Somos Otra Cosa. En la seguridad de este hecho reside nuestra resistencia a morir. El ser humano ha acabado por ser el ser normal, y conocemos de sobra la vida que diseñó para los de nuestra calaña. [50] No intentamos salvar a nadie. Los zombies suelen ser felices con su condición. Arrímate a los tuyos, descúbrelos entre las sombras. Respira con ellos, forma una banda, asalta las ciudades. [51] Fraude: así explicamos el actual espectáculo de las relaciones -185-

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entre personas. Un escenario lleno de humo, un engaño tosco y mal urdido. Deseamos convertirnos en maestros de herejías. [52] Abrir los ojos: aguantar una lluvia de ácido. Debemos verla venir y actuar en consecuencia. Nada que ofrecer, nada que recibir. Así funciona la comunicación en la maldita ciudad. Da igual cuanto creas o cuanto hayas creído. La única fórmula válida es la de la decepción. La demolición se repite una y otra vez, y sin embargo nada se acaba de caer del todo. El sucio globo gira y gira. ¡Arded! [53] La Norma está en todas partes. Sí, también vive en los colectivos «anticapitalistas», en los sindicatos «revolucionarios», en las «coordinadoras» redentoras, en las casas okupadas, en la «organización difusa», en el seno de los saboteadores nocturnos, en los «grupos de afinidad»... Desilusión. Realmente fue una estupidez el llegar a pensar que es lo mismo (o ni siquiera que se acerca) el decir que uno se opone a algo, que el oponerse realmente a ese algo. Y así buscamos refugio en militancias del vacío, para desolarnos con la constatación de que el homo normalis ya había extendido su discurso hasta las entrañas de sus presuntos rivales. No existe ningún terreno liberado de antemano. Hay que pelearlo. El homo normalis es un administrador, un contable que hace balance de las inversiones. Esta actividad florece en cualquier lugar donde se detenga nuestra mirada, las etiquetas ya no significan nada. Nuestra ruina ha sido quedarnos sin nada que ofrecerle. Y sin embargo, preferimos celebrar esta nuestra pobreza que echarnos a llorar. [54] Es un error capital, que escocerá de por vida, el haber buscado amigos donde solamente podía haber conocidos o saludados. La apariencia no tiene valor cualitativo. El gesto que reproduce la apariencia, tampoco. En el ghetto político antagonista, se reproducen mecánicamente -186-

VII los comportamientos sobre los que funciona la sociedad criticada. Así, se establecen normas, roles y patrones, siendo frecuente la aparición de mecanismos de exclusión que no son sino hijos bastardos de los sistemas de construcción social. En este contexto, preferimos ser marginados-marginados (marginados al cuadrado), que marginados-marginadores. Es cuestión de elegancia revolucionaria. Honestidad. [55] En una realidad organizada espectacularmente, las imágenes por sí mismas no valen una mierda. El homo normalis puede tener «apariencia revolucionaria», ser okupa o vestir de negro y llevar puesta la capucha. Lo esencial se mantiene: la razón mercantil con la que administrar el mundo, el cálculo de rentabilidades. Y la enfermedad no tiene nada que ofrecer, no hay ningún canje posible con la sonrisa de la normalidad (venga de quien venga). Sobre la mesa, sólo podemos poner la mala ostia, las ganas de atacar que hemos ido construyendo sobre las ruinas de nuestro dolor. Luchamos contra la guerra psicológica que esta sociedad ha desatado, y esta es una lucha que casi nadie quiere ver. No hay mártires ni grandes gestas que relatar en los «medios de contrainformación», la batalla es clandestina, cotidiana y a muerte, y cuando la gente va cayendo, y la cárcel está dentro de uno mismo, y el uniforme azul se cambia con la bata blanca, los demás siempre miran a otro lado. Pareciera que la enfermedad da más asco que el asco que da este mundo. Se cumple el primero de los objetivos militares de nuestros enemigos y su sucia guerra: aislamiento. [56] Hemos gastado nuestros días buscando la potencia entre las ruinas y la chatarra, pero finalmente nos hemos dado cuenta de que no era ahí donde debíamos buscar. Lo que perseguimos no puede habitar en ese mundo miserable que no es nuestro, y cuyo telón de fondo es una snuff-movie eternamente en play. Su esbozo se encuentra acá, en esa estrella a punto de estallar que cada uno de nosotros lleva sobre sus hombros. Podemos afirmar que ahora, que hemos perdido un mundo entero y maldecimos con toda la fuerza de nuestras almas, nos encontramos en disposición de conquistar uno nuevo, uno propio.

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[57] Consideraciones sobre el ataque: • Ataca de tal manera, que para cuando saltes sobre tu enemigo y él tome conciencia de la situación, tú lleves ya tiempo atacando. Solamente así sus posibilidades de respuesta pueden desvanecerse, solamente así para él es todo imprevisto, mientras que tú ya lo has visto todo. • El enemigo casi nunca es obvio. No al menos en una guerra larga como la nuestra, en la que se da la paradoja de que golpear puede incluso ser reconfortante para nuestro contrincante. Este es un cuerpo, un organismo que hay que diseccionar para dar con los puntos débiles —que no inocentes—, a los que atacar. [58] Siendo lo suficientemente audaces para entender el funcionamiento del mundo, queda por delante todo un camino a recorrer, con la sola y única intención de poder vivir una vida. Conflicto. [59] Asumir las contradicciones. Y en consecuencia, el dolor de vivir con ellas. Lo que se siente tan adentro no puede esfumarse del todo jamás. Siempre quedará un ascua ardiendo. Presta a incendiarlo todo. Sin concesiones, sin que importe cual sea el maldito precio. La tensión hace añicos los nervios. Nos avoca a la soledad. Nos vuelve locos. De momento, no encontramos nada distinto al reventar. Fin del trayecto al que un mundo y sus valores nos han llevado a patadas. Siempre supieron bien lo que se hacían. [60] Una manera de vivir ha fracasado. La estandarización es el nombre de la coacción tras la experiencia de los campos de concentración. Uniformidad democrática. El concepto de existir se traduce en obediencia. Mirad las calles. Mirad las televisiones. Mirad los despojos sin voluntad en que los hombres se han convertido. Nuestra enfermedad es testigo, es juez y dicta sentencia: una manera de vivir ha fracasado. [61] No ofrecemos una nueva gestión de la realidad. No ofrecemos -188-

VII ninguna alternativa mesiánica a lo que hay. Exigimos el fin de la infamia, el ocaso de la civilización occidental, la muerte de una forma de vida (o de no-vida, mejor dicho) y del hombre que la ha construido. La era del homo normalis debe ser barrida antes de que en su estupidez haga explotar el planeta entero. Desde la enfermedad gritamos a favor de una mutación antropológica, la única Revolución digna de llamarse así. Es simple: queremos vivir nuestras vidas. [62] El homo normalis es un ser esencialmente cobarde. Un matarife escondido tras la obscena sonrisa de las buenas intenciones. La tarea: desenmascarar. [63] El revolucionario es un suicida que no acaba de aceptar el destino que la Máquina le ha dictado. Se trata sencillamente de demandar una vida que merezca la pena ser vivida. Quien niega totalmente esta sociedad, afronta ya el riesgo de morir. La lucha contra lo que hay es un adiós armado. O la guerra, o el suicidio. [64] No esperar nada no significa acostumbrarse a perder. [65] Traeremos la tormenta en nombre de nuestro amor. Que nadie lo intente diagnosticar, jamás le saldrían las cuentas. Nos perdimos en la locura. Fuimos engullidos por ese bosque al que salimos a pasear. Hace unos días, hace unos meses, encontramos un caminito sepultado bajo las hojas del Otoño. Caminamos, y seguimos haciéndolo. Nos acercamos lentamente al linde. Podemos asegurar que no vamos a caer. Prepárense, ya llegamos. ¡Larga vida a los niños luchando! Marzo, año 19 de la Era Orwell

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     VIII lo bello es necesariamente irreductible ...y por eso caos nunca murio. «Por encima de fáciles habladurías nadie busca compartir el dolor ajeno ni aceptar la menor responsabilidad en ese dolor.» Vicente Zito Lema

Este número sigue el mismo camino que el pasado número cinco. Se trata de afrontar una vez más la dificultad de comunicarse robando y tergiversando, creando y plagiando, cortando y pegando textos. Buscamos dar con una cadena abierta e ilimitada de sentidos y significaciones, buscamos un juego. Hay cosas que no sabemos expresar a golpe de párrafo y argumentación, por eso fragmentamos y construimos, para decirlo todo o para no decir nada: para intentarlo al menos. Andanadas, alaridos, estertores, arrebatos, cuchilladas. Aquí van buena parte de nuestros sueños y nuestros terrores. Hablan los locos y hablan los cuerdos, y lo mezclamos todo como nos viene en gana… A los rebeldes asturianos, en sentido homenaje a esa extraña complicidad. -191-

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Hay que cambiar a menudo de opinión para seguir del lado del mismo partido; pero no está al alcance de todo el mundo haber tomado un partido que merezca que uno le sea fiel. Y aunque el corazón no sea el brioso animal que presentíamos basta para beber apasionadamente el amor y los cuchillos que nos rodean. Engúllame el cielo. Quien ama, odia. Quien odia, ama. El resto: zombies. Esqueleto, ¿tiemblas? Temblarías más aún si supieras a dónde te conduzco. Se han hecho leyes morales y estéticas para crear el respeto por las cosas frágiles. Lo que es frágil puede romperse. Probad vuestra fuerza por una vez, después os desafío a no continuar. No podemos vivir eternamente rodeados de muertos y de muerte, y si todavía quedan prejuicios hay que destruirlos (no puede uno) encerrarse cobardemente en un texto, en un libro, una revista de las que ya nunca más saldrá, sino al contrario salir fuera para sacudir, para atacar (…) sino ¿para qué sirve? La palabra una vez dicha se esfuma. La máquina no genera memoria. El gesto revolucionario trae conceptos al mundo. Los conceptos son maquinaciones que crean historia y generan vida. Esto es la revuelta. No me interesa tu reconocimiento el día que tú me reconozcas lo hará también la policía. -192-

VIII La rigidez profetiza la fractura. La cualidad es la potencia. La potencia es la antítesis de la normalidad. La normalidad es la enfermedad. La enfermedad es la madre engendradora de la muerte. No hay salida, tenemos que matarla. No te salves. No lo hagas. Deja que la noche abra sus ojos. Enamórate. Agárrate al temblor. Quema el mañana. Quien se justifica, no convence. No intentaré ya el que no me odiéis. He abandonado cierto estado de necedad, y ahora prefiero convertir ese odio en un pánico exclusivo que deseo de corazón profesar. Si no fuera así, todo tendría todavía menos sentido. Odiadme, odiadme. Haremos magia y encontraremos un final afilado para esta historia. Cambio de juego. Cambio de planes. Echar por tierra lo aprendido. Ser loco, perro, niño y estrella a la vez. Va a costar el que me saquéis de vuestros sueños. Aquello que Marx decía que «entre la idea y la acción está el conflicto», es la verdad más precisa. Ya no entiendo nada. No me doy por vencido, nunca. Entonces caí enfermo, febril, enloquecido, según explicaron en el hospital, por el miedo. Era posible. Lo mejor que se puede hacer, verdad, cuando se está en este mundo, es salir de él. Loco o no, con miedo o sin él.

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Quien no conoce la guerra, sólo puede conocer un amor amputado. Ustedes no son yo. No todos los individuos pertenecientes al género humano son iguales. De hecho, nosotros, con vosotros, no tenemos nada que ver. Habitamos el mismo continuo de espacio y de tiempo, sin embargo no vivimos en los mismos mundos, ni percibimos o experimentamos lo que nos rodea de maneras siquiera semejantes. Entre las miradas que gastamos se hunde un abismo. No intentemos hablar, solamente hay y queda tristeza. No podría ser de otra manera. No se trata nada más que de la eterna discusión entre lo posible y lo imposible. Mis sollozos son la cuna de un gigante. Croatan sigue siendo el tesoro de cuanto sueño y quiero. Abandonaré la pena de haber perdido amores caminando tras él. Para nosotros solamente amor. Para nosotros solamente odio. Las palabras giran en torno a corazones que arden. La vida no nos da miedo, nosotros podemos abandonarla en un «relámpago», y esto nos vuelve más libres que los dioses. La quería, quería hacerla reír. La quería y sabía que iba a lograr el efecto contrario, yendo a parar a la mierda además. Perdón por el monstruo que fui. Y perdón, ya de antemano, por el monstruo que seré. No somos unos incomprendidos, se trata de algo más -194-

VIII complicado… La comprensión de nuestras palabras causa terror. Hay 10.000 historias en la ciudad desnuda. Y no todas tienen moraleja. Seremos mujeres y hombres libres. Lo seremos o el mundo será arrasado durante nuestro intento de serlo. El sentido común sano es el más fiel colaborador de la dominación capitalista. Y dijo su padre: «Mandé a mi hija al hospital, o al psiquiátrico, o a la residencia… como se llame eso, aunque lo que es, es una cámara de gas. Entró viva y me devolvieron una camilla con un fiambre.» Me defiendo. ¿Saben ustedes algo? Yo no vivo por inercia. El no-morir, me cuesta al menos una batalla al día. Piénsenlo necios, quizá den con una respuesta para 100 acertijos. El exilio es un largo insomnio. Ha caído la máscara odiosa, el hombre queda sin su cetro: libre, sin coerciones, hombre igualitario, sin clase, sin tribu, sin nación, exento de toda casta, culto, orden. Señor de sí mismo, justo, noble, sabio… y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede: muchos dicen «respiraremos más tarde»… y la mayor parte no mueren porque ya están muertos. Nos dirigimos hacia la inercia, la esterilidad del movimiento. Voluntad. Persistencia. -195-

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Nuevas formas de la violencia. Mi vida es solamente mi vida si hago de ella una tea ingobernable. Mis complejos, digamos así, de niño, me llevaron al arte, a la terapia del arte para la Vida, me sirvieron para saber a qué dedicarme. No he querido psicoanalizarme nunca, no he querido curarme. Creo que el hombre es un enfermo, o no es hombre. La totalidad ha perdido el rumbo y en un movimiento incansable se sirve a sí misma en vez de al hombre. Ofreceres. Ninguneos. Sustituibilidad. Prescindir-de. Yo hoy me siento totalmente intercambiable. Prefiero no drogarme. Prefiero arriesgarme a caminar como una zombie por la ciudad engordando el bolsillo de algún cabrón. Prefiero ser contradicción. Y dolerá (y duele), y me quedaré sola (y es que las masas son algo de lo que una debe aprender siempre a desconfiar). Ojalá dejasen mis amores de arrearme certeros salivazos en los ojos. Quien quiera ir más allá deberá desaparecer. La historia, lo que hasta ahora ha ocurrido, es la totalidad de lo falso. Escribir su autobiografía, bien para confesarse, bien para analizarse o por exponerse ante todos, como una obra de arte, quizás sea tratar de sobrevivir, pero mediante un suicidio perpetuo —muerte total por ser fragmentaria. Habito mi época sabiéndola pesadilla. -196-

VIII No, este mundo no tiene alternativa. O lo destruimos, o subsistirá siempre bajo distintos pellejos El problema de la humanidad es que está demasiado humanizada. Liberemos los zoos de nuestras almas. Nos convertimos en disidentes en una civilización en la que el civis se encuentra en su lugar (institucionalizado), pero nunca tiene su lugar. Al abolir la propiedad vivimos nuestro espacio en nuestro propio tiempo. Semejante disidencia es una disidencia para siempre. Si ella es la utopía, acordémonos de que «eu-topia» significa: en ningún lugar. Es el lugar que cada uno debe crear para sí mismo. El objetivo de la solidaridad es el comunismo —el comunismo de cada uno y cada uno de nuestros comunismos. ¿Y la lucha final? Es la lucha sin fin. Sin esperanza. Si la violencia del fascismo proviene de las acciones sin esperanza de causa, cuando la victoria es imposible, existe una violencia siempre posible de la anarquía en relación con la esperanza, ilusoria, de una liberación definitiva. No nos queda más que la lucha. Pero la lucha segrega su propio sentido. Frente a todo reproche y frente a toda adversidad, de aquí en adelante tan solo responderé: es mi vida. Es difícil dar con personas bellas. He concluido que sólo puedo buscarlas entre las filas de quienes firmemente rechazan lo establecido. Estoy enamorado del brillo que el «no» imprime a sus ojos. -197-

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Te chuparé la lengua, te lameré los párpados, te morderé la boca. Me tragaré de una tacada todos los gritos que se agolpan en tu garganta. Todo pensamiento emite una tirada de dados. ACTITUD. He aquí todo lo que yo ofrezco. No, no soy normal: prefiero mil veces el odio a la indiferencia. Ninguna mutación metafísica llega a producirse sin haber sido anunciada, preparada y facilitada por un conjunto de cambios menores, que en el momento de su coyuntura histórica pasan desapercibidos. Personalmente, me considero uno de esos cambios menores. No hay otra poesía que la acción real. Captar exactamente lo que está sucediendo en el lapso de un segundo es más decisivo que conocer con antelación futuros remotísimos. A veces, la ira es lo único que te ayuda a sobrevivir. Necesito fundar una nueva ontología. Sin embargo, todo parece ya pensado de antemano. No hay huecos ni fisuras. No encuentro a dios por ninguna parte. Estoy solo. El recorrido de los recuerdos es accidentado y peligroso: y siempre dispuesto a traicionarte. El adiós de la confianza produce monstruos, y yo los conozco a casi todos. -198-

VIII Cada día me levanto de mi cama con la única intención de ver las cosas como un criminal. Para mis ojos sólo existen cómplices o policías. Nunca doy la espalda a nadie y siempre tengo preparada una huída. Aceptar es ser y yo lo acepté todo todo hasta eso que no queréis pronunciar por miedo a la complicidad siempre mortal en su tenaz tibieza. Para conseguir del hombre un juguete es necesario trabajarlo cuando es tierno: el enano se forma cuando es pequeño. Un niño derecho no causa risa, pero jorobado sí. Cogían al hombre y le troncaban en aborto; cogían una cara y la convertían en mascarón. El dolor concede a algunas personas la sabiduría que la inocencia niega. Tiemblo cada vez que pienso en ti. Todos los días pienso en ti. Luego, no hay día en que no me sacuda el temblor. El decir desvanece, pero lo dicho subsiste. Deja de decir que me quieres y quema una farmacia en mi memoria. Y dijo el ilustre psiquiatra y tertuliano radiofónico: «Respecto a la esquizofrenia, quienes no toman medicación son una bomba de relojería». Cultivo con máximo esmero mi odio, y trato de elegir bien a los destinatarios de tan noble y complejo sentimiento. -199-

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El sabio y su ciencia están uncidos al aparato social, y su eficacia consiste en ser un momento del automantenimiento, de la continua reproducción de lo dado. Si no hay mañana ni amanecer posible, ¿qué creyeron los amos que íbamos a hacer con nuestros días? Ya brilla la belleza en nuestras armas. Ya hemos comprendido que no hay diferencia alguna entre morir en la brutalidad de un momento, y hacerlo día a día. Y no solo ponerme a cubierto de la pretensión de normalización inherente a todas la máquinas sociales: huir también de mí mismo como producto de esas máquinas —descodificarme. Mucho más que borrar de mi consciencia las huellas del Estado y sus aparatos: encarnizarme conmigo mismo, despedazarme si es preciso, hasta extirpar de mi cuerpo toda la represión social hecha piel, huesos, sangre. Identificar ahí la fuente del dolor, de la angustia; y reconocer que explorar el origen del sufrimiento es la forma necesaria de preparar la «última cura». Intuir que al final del proceso me espera la Gran Salud de los niños. Y que sólo conservando la ingenuidad así conquistada podré aventurarme por los laberintos de la creación. Vivo dentro de la fantasía heroica del fin del mundo y no sólo no quiero salir de ella sino que pretendo que los demás entren en ella. Nada sabes de mis sueños. Nada podrías saber. Se trata de algo que te viene grande. No soy igual que tú. No soy peor que tú. Haz el cálculo de las posibilidades restantes. Avizora el futuro. Cuanto más sufres más hijo de puta te vuelves. Es el fin de la ética del sufrimiento. La teoría se basa en la experiencia. La experiencia se basa en la teoría.

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VIII Si me pinchas, ¿acaso no grito? Si me haces cosquillas, ¿acaso no río? Si llueve, ¿acaso no me mojo? Si se marcha el sol, ¿acaso no se me oscurecen los cielos? Entonces… si me agredes, ¿acaso no me vengaré? Cascan mis dientes piedras de blasfemia. Y así, puesto que yo no puedo ser el enamorado que seduciría estos tiempos bien hablados, estoy determinado a ser el malo y el aguafiestas de estos días frívolos. Mi amor no es pragmático. Mi amor es un delirio irracional. No tiene orden alguno. Mi amor es hijo del caos. Mi amor no falla. Mi amor es salvaje. Mi amor es locura en bruto. Es lo que tú no te esperas. Mi amor me lleva inevitablemente de la mano a un agujero en la tierra. Ni siquiera Dios puede hacer que lo que una vez fue deje de ser. Los chavales que queman coches han comprendido todo de la sociedad. No los queman porque no puedan tenerlos: los queman para no tener que desearlos. No se puede estar siempre mirando. Me reprochas el haberme rendido, el caminar por otro sendero que no es el tuyo, el hundirme en el dolor. No luché como esperabas, me alejé de las felicidades: no tengo ni tuve excusa alguna para rehusar el pensamiento. Arriesgué más de lo que crees. No entendiste. Nada. Ahora ni siquiera somos capaces de reconocernos el uno al otro. Mis conquistas no cuentan una mierda en el universo en el que vives... de nada vale el haber sobrevivido a las humillaciones de los interrogatorios psiquiátricos, el no dejarse encerrar, el abandonar esas pastillas que me convirtieron en un objeto inerte... y sobre todo, de nada te vale el que lo haya hecho pensando en ti y en tu amor. Aquí sigo, peleando en este Mega-Gulag donde se ejecutan -201-

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sueños a diario. Aquí sigo, enamorado. Una vez avanzar y otra retroceder. Una vez atacar y otra defender. Disgrega a tu adversario, atácalo mientras inspire. Avasállalo, no le des tiempo de reordenar sus ejércitos. Cambia permanentemente tus estrategias. Ataca a lo alto y luego a lo bajo, y después al medio. Varía el ritmo de tus ataques. Una vez rápido y otra vez lento. Una vez lento y otra vez inmóvil. Que tu adversario no sea capaz de tocarte, pero que sienta el poder de tus golpes. Necesitamos sin fin apropiarnos de lo que somos a través de las expresiones múltiples de nuestro deseo de ser. Es muy fácil hacerse nihilista. Es muy fácil enamorarse de la muerte (los legionarios también lo hacen). Por el contrario, lo hermoso es siempre complicado. Arrebatar la vida de las garras del amo, he aquí la tesis fundamental de la revolución. Siempre entendí mi relación con los demás como una guerra. El día que la paz llegue estaré muerto. Aunque mi corazón siga latiendo. No me diréis que aprecio demasiado el tiempo presente; y si aún de él no desespero, es simplemente a causa de su propia situación desesperada, que me llena de esperanza. Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre porque se detendría la muerte y el reposo. Quizás algún día tenga que tragarme mis palabras. Pero al menos tendré algo que llevarme a la boca que no sea este aire sucio contaminado. Pretendo que mires alrededor y te des cuenta de la tragedia. ¿Cuál es la tragedia? La tragedia es que ya no hay seres humanos, -202-

VIII hay extrañas máquinas que chocan unas con otras. Nunca me olvides nada. Nunca me perdones nada. Yo no voy a hacerlo. Siempre estamos buscando. Creo que ahora estamos a punto de encontrar. En la batalla perpetua, pensaré en ti. Porque persigo la belleza y porque creo con firmeza y arrogancia que esta se llama anarquía: jamás aceptaré ser capricho ni del mercado ni de tus quereres. SI LIBERTAD SIGNIFICA ALGO, ES EL DERECHO A DECIRLES A LOS DEMÁS LO QUE NO QUIEREN OIR. [George Orwell. In Memoriam.]

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    IX “Por una política nocturna” Marc Traful “Ya ni siquiera refugiarse en uno mismo tiene mucho sentido, porque podemos encontrarnos a un policía en la alcoba”

Este primer bloque está compuesto por dos textos que pueden parecer inconexos, pero que guardan un enorme correlato y que tienen juntos una gran importancia: creemos que la lectura conjunta explica el paso decisivo de un modelo de sociedad a otro, de una transformación importantísima del capital que recompone todo el orden social, sus instituciones, la organización de los procesos productivos y, por supuesto, todo cuanto atañe a la dominación psiquiátrica: el modelo de normalización y sus mecanismos de control social. Asumimos entonces la necesidad de aprender a leer entre líneas... La entrevista con F. Basaglia toca diversas temáticas: la relación -205-

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entre criminalidad y locura, el papel que juega el psiquiatra y el intelectual, la crítica a la antipsiquiatría como posible - y próxima - ideología, etcétera. Lo que aquí nos importa en primer lugar, y es precisamente donde se encuentra el nexo con el texto de Deleuze, es el problema de la crisis de la insititución psiquiátrica, su transformación y progresiva desaparición. Creemos que tal crisis hay que verla desde un ángulo de guerra: como estrategia del poder, como reconversión del orden. El gran cambio es unívoco, e implica a toda la sociedad: los años setenta protagonizan una ruptura con la antigua articulación del todo social, basado en la disciplina y una división rígida de la producción, para dar paso a nuevas formas más sofisticadas de control. El capital logra salir de los centros de internamiento donde se reproduce (la fábrica, la escuela, el psiquiátrico... ), para finalmente dominar todo el territorio. La sociedad-fábrica se descentraliza para convertirse en una fábrica de la sociedad: el capital se alimenta así especialmente de formas de vida, actitudes, redes sociales, la propia autonomía de las personas, el lenguaje. El capital produce tanto sujetos como objetos. Ya no vivimos tanto en una sociedad que tiene lugares de encierro como en una sociedad que ella toda se presenta como cárcel: la sociedad, por sí misma, cárcel de la única realidad posible. El capitalismo ya no sólo administra la muerte sino que también gestiona la vida. Cuando el capital domina todo el territorio ya no necesita sus lugares de encierro: el psiquiátrico puede entonces desaparecer. Consideramos una exigencia el asumir y tratar de entender el hecho siguiente: el capital y el poder no sólo son órganos represivos portadores de miseria, sino que por el contrario, logran mantenerse en pie y reproducirse porque también brindan “placer” y un “marco de libertad” a las personas. El poder se revela perfecto cuando puede administrar y economizar nuestros -206-

IX deseos y necesidades, nuestros miedos y bajezas. El psiquiátrico ya no hace tanta falta como una fuerte industria farmacéutica que mantenga a las personas libres, en circulación y produciendo en el mercado de la vida. El dolor del individuo supuestamente libre es ahora más llevadero... el monstruo ya no es la institución, sino la pesadilla que se acerca al final de la noche cuando estás solo en la cama, el que pega las palizas ya no solamente es el carcelero sino que son los fármacos que tienes constantemente en los bolsillos y que hacen del sufrimiento una cárcel de baja intensidad... o peor aún, el carcelero es uno mismo, que además de aprender a ser “un buen enfermo” debe aprender a mantenerse productivo. La estrategia del poder más relevante es la que persigue que el individuo aprenda a gestionar su propio encierro en esta sociedadcárcel. El encierro está dentro de una institución, pero también fuera. Es decir, en todos lados. Tal estrategia del poder puede ser vista como una utilización de la ideología antipsiquiátrica - cierre progresivo de los centros de internamiento - en aras del desarrollo de mecanismos que sirvan para convertir el conflicto en factor de innovación de la propia institución. Los dos órdenes de los que venimos hablando no se niegan, sino que se complementan y conviven haciendo del universo una cárcel tanto hacia dentro como hacia fuera, generando un individuo que tiene el privilegio del control sobre el suministro de su propia impotencia. El psiquiátrico es interiorizado por el individuo, y se reproduce ad nauseam. Nos encontramos ante un nuevo orden productivo que ha transformado la disciplina y la gestión de la muerte en tecnologías de control y administración de la vida. Con la edición de estas líneas, hacemos un intento por reconstruir la posición en la que nos encontramos en este mundo cuyo signo es la dominación total de la vida. Buscar nuestro lugar, para desde él revolucionarlo. Siempre. El camino de la subversión debe pasar en gran medida por aprender a cartografiar nuestro terreno, para saber en qué -207-

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esquinas podemos subirnos los pasamontañas y desenfundar las armas de nuestra inteligencia. ¡DIFERENCIA O BARBARIE!

gilles deleuze: control"

"posdata

sobre las sociedades de

i. historia

Foucault situó las sociedades disciplinarias en los siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela ("acá ya no estás en tu casa"), después el cuartel ("acá ya no estás en la escuela"), después la fábrica, de tanto en tanto el hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: "me pareció ver a unos condenados...". Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales. Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las sociedades de soberanía, cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se precipitarían tras la Segunda Guerra Mundial: las sociedades disciplinarias eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser. Estamos en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia, estadios de -208-

IX fútbol, grandes templos del consumo, la universidad estatal o privada o espacios “antagónicos” ghettizados, entre tantos otros. La familia es un "interior" en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etcétera. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias. "Control" es el nombre que Burroughs propone para designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades, pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas armas. ii. lógica

Los diferentes internados o espacios de encierro por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones, como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de -209-

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un momento al otro, o como un filtro cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen tanto éxito es porque expresan adecuadamente la situación de empresa. La fábrica constituía a los individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular del "salario al mérito" no ha dejado de tentar a la propia educación nacional: en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continúa al examen. Lo cual constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa. En las sociedades de disciplina siempre se estaba empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica), mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias (entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica su posición en una masa. Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador -210-

IX e individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote - el rebaño y cada uno de los animales - pero el poder civil se haría, a su vez, "pastor" laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par masa-individuo. Los individuos se han convertido en "dividuos", y las masas, en muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El viejo topo monetario es el animal de los lugares de encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos, pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás. El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo. Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes. Es fácil hacer corresponder a cada sociedad distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas, relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida, que puede resumirse así: el capitalismo del siglo -211-

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XIX es de concentración, para la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro, siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción. Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados: compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios, y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado. Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha convertido en el centro o el "alma" de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos.

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IX iii. programa

No es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal. El estudio socio-técnico de los mecanismos de control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la búsqueda de penas de "sustitución", al menos para la pequeña delincuencia, y la utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la introducción de la "empresa" en todos los niveles de escolaridad. En el régimen de los hospitales: la nueva medicina "sin médico ni enfermo" que diferencia a los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el cuerpo individual o numérico por la cifra de una materia "dividual" que debe ser controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero, los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se entiende por crisis de las instituciones, es decir, la instalación progresiva y dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro (¿podrán adaptarse o dejarán -213-

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su lugar a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes reclaman extrañamente ser "motivados", piden más cursos, más formación permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

entrevista a f. bassaglia

- ¿Qué entiende usted por antipsiquiatría? ¿Considera justificado que se engloben bajo esta denominación actitudes distintas a las que adoptan Laing, Cooper y Esterson, los creadores del término? Es muy difícil que una persona que se interesa por los problemas de la transformación de la psiquiatría pueda entender lo que quiere decir la asistencia al enfermo al margen de los esquemas tradicionales. El término “antipsiquiatría” ha sido objeto, últimamente, de muchas controversias. David Cooper, a quien se debe su creación, lo analiza en su libro La gramática de la vida, uno de cuyos capítulos se centra precisamente en el término “antipsiquiatría”. He leído el libro y me parece muy interesante constatar cómo el propio autor se maravilla de la suerte que ha tenido dicho término. Se maravilla de cómo y por qué esa palabra ha conseguido transformarse, de por sí, en un nuevo tipo de etiqueta para la psiquiatría. O sea, actualmente pueden distinguirse dos bandos: uno, amplio, de psiquiatras, y otro, reducido, de antipsiquiatras. Un hecho grave es que de la antipsiquiatría - o de lo que ha representado el movimiento generado por la antipsiquiatría - se intente rescatar tan sólo la faceta ideológica, olvidando el aspecto práctico. Es decir, muchas personas que no han tenido ninguna intervención en los problemas prácticos de la transformación psiquiátrica escriben libros sobre la antipsiquiatría con el fin de crear una nueva ideología de repuesto. En este sentido, rechazo de manera categórica la calificación de “antipsiquiatra”. No me -214-

IX interesa este esquema. Yo soy un psiquiatra porque soy consciente de mis deberes; de no ser así, debería cambiar de profesión. Si sigo ejerciendo en el sector público, o sea en la esfera estatal, es porque acepto mi estatus de psiquiatra, status que nada tiene que ver con el conformismo del intelectual integrado, del intelectual y del técnico que obran con el consentimiento del poder público y de la organización social, y que actúan falsamente desde un punto de vista democrático. Pienso que, como técnico, debo simplemente usar mi estatus para ayudar a superar las necesidades del público y del internado. El hecho de que el término “antipsiquiatría” haya tenido tanto éxito se debe a la sed de nuevas ideologías por parte del poder establecido, el cual debe crear “nuevas ideologías” de repuesto para conseguir ese consenso que cada vez le resulta más difícil. Efectivamente, hoy en día, el único “consentimiento” que puede conseguir el poder es el que deriva de la violencia y de la represión. Y esto se verifica no sólo en la violencia y en la represión en sentido general y pública, sino, y sobre todo, a nivel de las instituciones destinadas a resolver las necesidades del ciudadano. Antes he citado a Cooper por cuanto es a él a quien se remonta el término “antipsiquiatría”. Ronald D. Laing y A. Esterson también han sido incluidos en el campo de la antipsiquiatría, pero el mismo Laing rechaza el concepto que, para él, no quiere decir nada y no es más que una expresión de recambio. - A veces, se ha comparado el manicomio con la cárcel ¿Qué opina usted de ello? Quien entra en un manicomio, aunque sea calificado como una institución hospitalaria, no es considerado como un enfermo, sino como un internado que va a expiar una culpa, de la que no conoce ni las causas ni la condena; es decir, desconoce la duración de esa expiación. Por otra parte, allí también hay médicos, batas blancas, enfermos y enfermerías, como si se tratara de un hospital, aunque, en realidad, no es más que un instituto de vigilancia donde la ideología médica constituye una coartada para legitimar una violencia que ningún órgano puede controlar, ya que el mandato confiado al psiquiatra es total, en el sentido que él representa concretamente la ciencia, la moral y los valores del grupo social del cual es su legítimo representante dentro de la institución. -215-

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A pesar de ello, se afirma que en el último siglo se han dado pasos gigantescos hacia la conquista de la libertad y del destino humanos. La ciencia, en todos los campos, declara ir a la búsqueda de elementos siempre nuevos para poder liberar al hombre de sus propias contradicciones y de las contradicciones con la Naturaleza. Pero, si se analiza - y sobre todo si se actúa - el interior de una cualquiera de las numerosas instituciones creadas por nuestra ciencia y por nuestra civilización, constataremos lo poco que se ha hecho y cómo las innovaciones técnicas no han hecho más que dar un nuevo orden formal a determinadas condiciones, en las cuales la Naturaleza y el significado permanecían invariables. En el campo específico de la reclusión - y en este término se pueden incluir tanto el manicomio como la cárcel - , desde la época del barco de los locos - que erraba por los mares con su cargamento de “anormales” e “indeseables” - , la ciencia y la civilización parecen no haber sido capaces de ofrecer nada más que un anclaje en las islas de la marginación y la reclusión, en las cuales “desviación enferma” y “desviación sana”, “culpable” y “responsable” - y, por tanto, “delincuente” - encuentran su justa ubicación. Para el hombre descarriado moralmente, la cárcel; para el hombre con el espíritu enfermo, el manicomio; para el hombre criminal y reconocido enfermo, el manicomio criminal. Esta ha sido la gran “conquista” de la ciencia hasta ahora. A lo largo de siglos, locos, criminales, prostitutas, alcoholizados, ladrones y extravagantes de todo tipo han convivido en el mismo lugar donde las distintas facetas de su anormalidad resultaban niveladas por un elemento en común - el salirse de la norma y de sus cánones - debido a la necesidad de aislar al anormal del contexto social. Las paredes del hospicio limitaban, contenían y ocultaban al “endemoniado”, al “loco”, como expresión del mal involuntario e irresponsable del espíritu, junto al criminal, expresión del mal intencionado y responsable. Locura y criminalidad representaban esa parte del hombre que debía ser eliminada, erradicada y ocultada, hasta tanto que la ciencia no ratificase su neta separación mediante una individualización de los distintos caracteres específicos de los fenómenos. Según el racionalismo iluminista, la cárcel tenía que ser la institución punitiva para quien violase la norma representada por la ley - la ley que protege la propiedad, que define los -216-

IX comportamientos públicos correctos, las jerarquías de la autoridad, la estratificación del poder, la amplitud y la profundidad de la explotación - . El loco, el enfermo de espíritu, quien se apropia de un bien habitualmente atribuido a la razón dominante - el extravagante que vive según las normas creadas por su misma razón o por su locura - , empezaron a ser clasificados como enfermos, para los cuales hacía falta una institución que marcara y definiese claramente los límites entre razón y locura, y en la cual se pudiera encerrar y aislar a quien atentara contra el orden público en cuanto a criterios de peligrosidad o escándalo públicos. Cárcel y manicomio - cuando ya estuvieron separados - siguieron conservando todavía la misma función de tutela y defensa de la “norma”, donde el anormal - por enfermedad o criminalidad - se transformaba en normal en el mismo momento en que quedaba circunscrito por esos muros que establecían una diferencia y un distanciamiento. Por tanto, la ciencia ha conseguido separar la criminalidad de la locura, reconociendo a esta última, por una parte, una nueva dignidad: la de la abstracción, o sea, su definición en términos de enfermedad; y por otra parte, a la criminalidad le ha reconocido un elemento humano, desde el momento que llega a ser objeto de búsqueda por parte de criminalistas y científicos que incluso “detectan” factores biológicos genéricos como base del comportamiento subnormal. A pesar de la separación científica de las dos entidades abstractas - criminalidad y enfermedad - , cada cual con su típica institución, prácticamente queda inalterada la estrecha relación de la una con la otra en cuanto al orden público, lo cual determina que las funciones de ambas instituciones, respecto a la defensa y la tutela de ese orden, permanezcan inalteradas. Además, a pesar del reconocimiento abstracto de esta nueva dignidad, ni el criminal que tiene que expiar la ofensa hecha a la sociedad, ni el loco que debe pagar por su comportamiento incorrecto e impropio, han tenido nunca dignidad de hombres y las instituciones que han sido construidas para ellos - para su reeducación y redención por una parte, y para su cura y rehabilitación por otra - , no han visto modificar ni su función ni su naturaleza, continuando en su evolución sobre vías paralelas. - A través de la historia se denota cierta relación entre desarrollo -217-

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económico y asistencia psiquiátrica. ¿Cuál es su opinión? Estructura económica y función institucional coinciden siempre, a cualquier nivel de desarrollo; por tanto, no es casual que los manicomios comenzaran a estructurarse, en su sentido técnico y social, con el inicio de la Revolución Industrial, a principios del siglo XIX. Todas las formas de asistencia pública alcanzan su más amplia configuración institucionalizada en el momento en que se separa lo “productivo” de lo “no productivo”. Efectivamente, la relación ya no se da entre el hombre y la sociedad, sino entre el hombre y la producción, lo que acarrea un nuevo uso discriminante de cada elemento - anormalidad, enfermedad, desviación, etcétera - que pueda constituir un estorbo para el desarrollo productivo. Tan pronto como se ha reconocido que la verdadera finalidad de las instituciones - que en teoría han sido delegadas para la recuperación - es la eliminación, mediante distintas justificaciones científicas, no se puede ignorar cuáles son los grupos o los individuos que caen en sus redes: el proletariado y el subproletariado, para los cuales la posibilidad de rehabilitación o de recuperación no existe. Para los grupos dominantes es muy fácil librarse de las instituciones represivas y de castigo que han sido creadas en defensa de las normas sociales establecidas por ellos. Y esto, no porque entre sus miembros no haya enfermos, locos o criminales, sino porque su estar enfermo, ser loco o ser criminal puede quedar englobado en el ciclo productivo. Si enfermedad y delito son acontecimientos y contradicciones naturales, es muy explicativa la casi total ausencia de quienes pertenecen a las clases dominantes en las instituciones de la enfermedad y de la delincuencia. - En algunos ambientes, existe la convicción de que debe pensarse en nuevas estructuras que respondan a los nuevos planteamientos acerca de las instituciones que prestan asistencia psiquiátrica. Según usted, ¿qué directrices deben presidir este cambio? Actualmente, nadie puede mantener que las instituciones cerradas no sean indignas de un país “civilizado”. Nadie desconoce las condiciones en que viven los internados y nadie puede rechazar la responsabilidad y esquivar la lucha para que las cosas, de alguna manera, puedan cambiar. Sin embargo, la transformación de las -218-

IX instituciones lleva inevitablemente de nuevo al punto de partida. La transformación, promovida por la necesidad de una adecuación institucional al desarrollo económico, no puede tener más significado ni distinta naturaleza que la anterior transformación, que ha hecho que las instituciones sean lo que son, con referencia a lo que eran. Dentro de la misma lógica, transformación, racionalización y control son las tres etapas de un proceso que se perpetúa continuamente a través del constante cambio formal de las cosas, sin que nunca incidan en la estructura, porque la transformación se da siempre como una respuesta técnica a una demanda económica y, por tanto, es siempre la ley económica la que exige la nueva racionalización técnica que sirve de control a la situación transformada. Las ciencias humanas - y entre éstas la criminología y la psiquiatría están preparadas para ofrecer nuevas instituciones como respuesta práctica a las nuevas ideologías con que se intenta fabricar el nuevo hombre. Pero este nuevo humanismo, que siempre reaparece en los momentos de crisis, es un fracaso, ya que las relaciones sociales permanecen invariables, y seguirán determinando las vejaciones del hombre sobre el hombre. La institución que puede nacer en defensa y custodia de la humanidad oprimida acabará transformándose en una nueva forma de opresión, para esa misma franja de humanidad. Debemos ser conscientes de estos procesos para emprender una lucha a favor del hombre, la cual llegue a ser realmente una lucha para liberar a todos los hombres sin que sea una forma de reafirmar esa división innatural, determinada históricamente y que es aceptada e impuesta como cosa natural: la división de clases. - ¿El trastorno mental es siempre una enfermedad, lo es sólo a veces, o no lo es nunca? Las alteraciones de la personalidad, los trastornos mentales, responden a una situación humana y esto es válido siempre; en un segundo momento, esta situación humana se cataloga, y es ahí donde aparecen las etiquetas de enfermedad. La enfermedad es la burocratización de la necesidad que esa situación humana representa. El equívoco es que nosotros, como psiquiatras, tomamos el aspecto burocrático de la enfermedad y no la necesidad que ésta expresa. El médico - y esto que voy a decir puede ser también válido -219-

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para otros especialistas - va en búsqueda de las enfermedades más sofisticadas, más complejas, más prolíficas de síntomas, para determinar después si se está más o menos enfermo: cantidades, gradaciones, matices... Entonces nos hallamos frente al problema del lenguaje técnico, un vocabulario eufemístico, un conjunto de palabras que complejizan el fenómeno, pero que dejan intacta la necesidad. No interesa ni sirve decir que los manicomios encierran “gente que rechaza su propia vida”. Eso no es teoría. La teoría sólo es posible cuando surge como reflexión sobre la propia práctica transformadora. Si no se teoriza sobre estas bases, lo único que se consigue es reformular una nueva ideología que coloca palabras para explicar la enfermedad, pero que no descubre las necesidades de la persona enferma. Estamos viviendo un momento en que se tiende a complejizar permanentemente la explicación de los hechos. Se producen análisis complicadísimos - destinados a grupos selectos - sobre situaciones simples, porque la complicación está al servicio de la confusión y ésta, a su vez, es un arma del dominio.

el viejo topo. Número 4, Enero de 1977

La antipsiquiatría - si se acepta el término propuesto en su día por David Cooper, y no vemos motivos importantes para discutirlo - ha llegado a definir un conjunto de movimientos que, desde muy diversas perspectivas, intentan dar una respuesta práctica a la violencia de la psiquiatría al tiempo que cuestionar las bases teóricas sobre las que se fundamenta. Que al mismo tiempo la antipsiquiatría sea ya una especie de moda es algo que no deja de tener su cara y cruz. Cara, en tanto nos remita a una profundización del problema y, con ello, a una crítica más feroz de la significación de la institución psiquiátrica dentro de nuestro sistema de instituciones; cruz, en cuanto permanezcamos en la alusión a un modelo fundamentado en un -220-

IX puñado de conceptos más o menos superficiales. En todo caso, una verdadera antipsiquiatría está, sin duda, por hacer. Sería, en última instancia, una creación cotidiana. Y ésto porque siendo la psiquiatría la institución que ha acogido el encargo social de definir la anormalidad frente a la normalidad, no cabe otra antipsiquiatría sino aquella que - incluida desde su especificidad y concreción en movimientos sociales más amplios y generales - subvirtiera, uno a uno, todos los valores que constituyen la norma. Tarea ésta que, parece claro, compite a todos y no admite soluciones técnicas. diálogo con los textos

Presentamos aquí una serie de textos cuya doble finalidad sería la de pasar revista a los contenidos centrales de la teoría y práctica antipsiquiátricas (desde la violencia de la psiquiatría hasta la crítica del poder pasando por la normalidad y su racismo, la familia, la locura, y el derecho a la locura, la institución psiquiátrica y su funcionalidad sociopolítica, etcétera) y la de remitir a un cierto número de autores y de obras que se han ocupado del tema. La organización de los textos si bien tiene un hilo conductor que facilita su lectura no está exenta de los cortes, desviaciones y rupturas propios de la diversidad de los movimientos calificados como antipsiquiátricos. FRANCO BASSAGLIA: “La familia, la escuela, la fábrica, la universidad, el hospital son instituciones fundadas en un claro reparto de “papeles”: la división del trabajo (amo y esclavo, maestro y alumno, dirigente y dirigido). Esto significa que la característica de estas instituciones es una flagrante separación entre los que poseen el poder y los que no lo poseen. También puede deducirse claramente que la subdivisión de los “papeles” traduce una relación de opresión y de violencia entre poder y nopoder, relación que se transforma en la exclusión del segundo por el primero. La violencia y la exclusión, están, en efecto, en la base de todas las relaciones susceptibles de instaurarse en nuestra sociedad.” (La institución negada)

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DAVID COOPER: “Si hemos de hablar de la violencia en psiquiatría, la violencia que quema la piel, que grita su nombre, que se proclama a sí misma con tal descaro que raramente es comprendida... deberemos hablar de esa violencia sutil y enmascarada que los otros, los “hombres normales”, ejercen sobre aquellos que son bautizados como locos. En la medida en que la psiquiatría represente los intereses, o los pretendidos intereses, de los hombres normales podemos constatar que de hecho la violencia en psiquiatría es ante todo violencia de la psiquiatría.” (Psiquiatría y antipsiquiatría) ROGER GENTIS: “Ciertamente se trata de una especie de racismo (...). Se dice los locos como se dice los negros o los portugueses. De ahí a exterminarlos no hay más que un paso... Si a largo del siglo XIX y en los inicios del nuestro no se ha recurrido a la liquidación física de los enfermos mentales es, sin duda, porque el problema no tenía entonces una gran incidencia económica. Por otra parte, el sistema no estaba para este género de bestialidades. Al fin y al cabo no era totalmente necesario matarlos: bastaba con no verlos.” (La tapia del manicomio) DAVID COOPER: “En la sociedad capitalista la normalidad es definida por aquellos que poseen los medios de producción y se define únicamente en función de sus intereses de clase. Por otra parte, sus definiciones son aceptadas, aunque no en función de sus intereses, por todos aquellos que están desorientados y confundidos por las desinformaciones y las interpretaciones falseadas sistemática y más o menos sutilmente por la prensa, la radio, la televisión y que son controladas por el sistema educativo capitalista hasta tal punto que no se revelan contra el modo de producción y contra las relaciones de producción capitalista sino que son constreñidos a aceptar la versión represiva de normalidad que acompaña a tal sistema. A esta normalidad represiva le acompaña el uso represivo del tiempo. El tiempo capitalista, totalmente condicionado hacia el provecho por el sistema de producción, aprisiona la vida sexual y destruye las condiciones de posibilidad del orgasmo. La condición principal del orgasmo es la destrucción del tiempo regular del reloj. El hombre que vuelve a casa a la misma hora todos los días tras ocho o diez horas de trabajo rutinario y pasa la velada de -222-

IX modo rutinario con su rutinaria familia, va a la cama con la mujer que, en el mejor de los casos, explota de rabia por las condiciones opresivas de su rutina cotidiana dirigida a la destrucción de su personalidad y de su autonomía, y, en el peor de los casos, acepta pasivamente la propia condición, pero que, en cualquier caso, cuando “hacen el amor” una o dos veces por semana, cada quince días o cada mes, aproximadamente durante diez minutos, lo hacen frente a la destrucción de las condiciones temporales del orgasmo destruido: éste hombre, que ha interiorizado la rutina mecánica de su horario de trabajo, expresa la rutina de su cuerpo y vive la eyaculación placentera, que es como hacer una bella cagada, como orgasmo (...). La mujer de este hombre, con su clítoris más o menos virgen, ha sido condicionada a aceptar esto como “la cosa”, esta rutina y nada más. Esta es la Sexualidad Procreativa dirigida a producir, con el mínimo placer, fuerza masculina para el mercado de trabajo y fuerza femenina para el mantenimiento de la familia como principal mediadora de la violencia represiva mediante la que enseña, ante todo, a someterse con obediencia, a renunciar a la autonomía y abandonar la esperanza.” (La política del orgasmo en Sexualidad y política). WILHEM REICH: “La institución familiar... esa fábrica de ideologías autoritarias (burguesas) y de estructuras mentales conservadoras... ese aparato de educación que forma al niño en la ideología reaccionaria... esa correa de transmisión entre la estructura económica de la sociedad conservadora (burguesa) y su superestructura ideológica.” (La revolución sexual). DAVID COOPER: “La célula familiar que se llama a sí misma “familia dichosa” es la de la familia que reza unida y permanece unida en la enfermedad y en la salud, hasta nuestra muerte, nuestra separación o nuestra liberación en la triste concisión de los epitafios de las tumbas cristianas: tumbas erigidas, a falta de otra erección, por aquellos que nos lloran de tan extraña manera, recordándonos tanto más intensamente cuanto más rápidamente nos quieren olvidar. Este falso duelo es tanto más normal y poético cuanto que una verdadera aflicción es imposible si las personas que se lloran nunca se han encontrado. El núcleo familiar burgués, por decirlo en el lenguaje de sus agentes - sociólogos -223-

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universitarios y politólogos - , deviene hoy día el medio ideal para no encontrarse y, en consecuencia, la negación misma del duelo, de la muerte, del nacimiento y de la experiencia que precede al nacimiento y a la concepción. (...). El poder de la familia reside en su función de rodaje social. Ella refuerza el poder real de la clase dominante en todas las sociedades fundadas sobre la explotación, reproduciendo en cada institución un paradigma perfectamente controlable. Así, encontramos reproducida la organización familiar en las estructuras sociales de la fábrica, del sindicato, de la escuela primaria y secundaria, de la Universidad, de la Iglesia, de los partidos políticos y del aparato del Estado, del Ejército, de los Hospitales y de los Hospitales psiquiátricos, etc. Siempre hay “padres” y “madres” buenos o malos, amados u odiados, “hermanos” y “hermanas” mayores o menores, “abuelos” difuntos o insidiosamente represivos (...). ... La mayor parte de mis afirmaciones llevan hacia el funcionamiento social de la familia como instrumento de condicionamiento ideológico (el rechazo de un vocabulario humanista es intencional y necesario) en todas las sociedades fundadas sobre la explotación: sociedad esclavista, sociedad feudal, sociedad capitalista desde su estadio más primitivo en el pasado siglo hasta las sociedades neocolonialistas del actual primer mundo. El análisis se aplica igualmente a la clase obrera del primer mundo, a las sociedades del segundo mundo, así como a los países del tercer mundo, en la medida en que estos últimos han adquirido por adoctrinamiento una ilusoria conciencia que es el producto del pacto-suicida secreto del que la célula familiar burguesa es la responsable.” (La muerte de la familia). S.P.K: “Es necesario decir en primer lugar que vivimos en una sociedad de clase, es decir que hay explotadores y explotados. En cifras: 2,7 % de la población de Alemania Federal posee el 95 % de los medios de producción. (...) El asalariado vende su vida a cambio de víveres; vive pues una vida que no le pertenece, una vida determinada por constricciones exteriores; no tiene personalidad propia, la que posee es el producto de las relaciones económicas. La individualidad, la cualidad son borradas, la fuerza de trabajo es intercambiable; las personas están aisladas, separadas, atomizadas: Robinsones en un mundo de mercancías. Desde el punto de vista -224-

IX del hombre, la contradicción entre capital y trabajo asalariado reside en el hecho de que, asumiendo funciones en el proceso capitalista de producción, el hombre se encuentra totalmente aislado en este contexto enteramente determinado por la sociedad. El principio y el fin de la producción es el provecho máximo, la riqueza abstracta, no la satisfacción de las necesidades. Aquella no puede ser asegurada más que socialmente. En este caso, en el sistema reinante, se trata de la destrucción de la mercancía por el consumidor para conservarle al capitalista la fuerza de trabajo que le pertenece. En cada individuo, tales relaciones totalmente deshumanizadas se expresan bajo la forma de enfermedad. Para escapar del aniquilamiento total de sus necesidades, el individuo desarrolla la enfermedad a partir de sus instintos reprimidos. La enfermedad es la unidad de la contestación y de la retensión de tal contestación, la unidad de la rebelión y de la impotencia; la enfermedad es un producto que tiene un lado progresivo y un lado reaccionario. Por una parte, la enfermedad aniquila la vida; por otra, la mantiene porque conserva las necesidades y porque, en ella, la contradicción se percibe inmediatamente (...). La enfermedad, unidad de la contestación y de la inhibición se compone de instintos reprimidos - el hombre - y de constricciones todopoderosas - el capital. Se trata de disolver la inhibición y convertir la energía, así liberada, en acción política.” (Psiquiatría política). DELEUZE-GUATTARI: “Sin embargo, cometeríamos un error si identificásemos los flujos capitalista y los flujos esquizofrénicos, bajo el tema general de una descodificación de los flujos del deseo. Ciertamente, su afinidad es grande: en todo lugar el capitalismo hace pasar flujos-esquizos que animen “nuestras” artes y “nuestras” ciencias, tanto como se cuajan en la producción de “nuestros” enfermos, los esquizofrénicos. Hemos visto que la relación entre la esquizofrenia y el capitalismo sobrepasaba de largo los problemas de modo de vida, de medio ambiente, de ideología, etcétera, y que debía ser planteada al nivel más profundo de una sola y misma economía, de un solo y mismo proceso de producción. Nuestra sociedad produce esquizos como produce shampú Sedal o coches Renault, con la única diferencia de que no pueden venderse. -225-

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Pero, precisamente, ¿cómo explicar que la producción capitalista no cesa de detener el proceso esquizofrénico, de transformar al sujeto en entidad clínica encerrada, como si viese en ese proceso la imagen de su propia muerte llegada desde dentro? ¿Por qué encierra a los locos en vez de ver en ellos a sus propios héroes, su propia realización? Y allí donde ya no puede reconocer la figura de una simple enfermedad, ¿por qué vigila con tanto cuidado a sus artistas e incluso a sus sabios, como si corriesen el riesgo de hacer correr flujos peligrosos para ella, cargados de potencialidad revolucionaria, en tanto que no son recuperados o absorbidos por las leyes del mercado? ¿Por qué forma a su vez una gigantesca máquina de represión general-represión con respecto a lo que sin embargo constituye su propia realidad, los flujos descodificados? Ocurre que el capitalismo, como hemos visto, es el límite de toda sociedad, en tanto que opera la descodificación de los flujos que las otras formaciones sociales codificaban y sobrecodificaban. Sin embargo, es su límite, o cortes relativos, porque sustituye los códigos por una axiomática extremadamente rigurosa que mantiene la energía de los flujos en un estado de ligazón al cuerpo del capital como socius desterritorializado, pero también e incluso más implacable que cualquier otro socius. La esquizofrenia, por el contrario, es el límite absoluto que hace pasar los flujos al estado libre en un cuerpo sin órganos des-socializado. Podemos decir, por tanto, que la esquizofrenia es el límite exterior del propio capitalismo o la terminación de su más profunda tendencia, pero que el capitalismo no funciona más que con la condición de inhibir esa tendencia o de rechazar y desplazar ese límite, sustituyéndolo por sus propios límites relativos inmanentes que no cesa de reproducir a una escala ampliada. Lo que con una mano descodifica, con la otra axiomatiza. Ese es el modo como debemos volver a interpretar la ley marxista de la tendencia opuesta. De manera que la esquizofrenia impregna todo el campo capitalista de un cabo a otro. Pero éste lo que hace es ligar las cargas y las energías en una axiomática mundial que siempre opone nuevos límites interiores al poder revolucionario de los flujos descodificados. En semejante régimen, resulta imposible distinguir, aunque sea en dos tiempos, la descodificación de la axiomatización que viene a reemplazar los códigos desaparecidos. Al mismo tiempo los flujos son descodificados y axiomatizados por el capitalismo. La esquizofrenia no es, pues, la identidad del -226-

IX capitalismo, sino al contrario, su diferencia, su separación y su muerte...” (El antiedipo). DAVID COOPER: “La esquizofrenia es una situación de crisis microsocial, en la que los actos y la experiencia de una persona son invalidados por los otros, en función de ciertas razones culturales y microculturales (generalmente familiares) comprensibles, que finalmente hacen que dicha persona sea identificada más o menos precisamente como “enfermo mental” y confirmada a continuación (según un procedimiento de etiquetaje específico pero fuertemente arbitrario) en la identidad de “paciente esquizofrénico” por los agentes médicos o cuasi médicos.” (Psiquiatría y antipsiquiatría). RONALD D. LAING: “Esquizofrenia es un diagnóstico, una etiqueta que ciertas gente le cuelga a otra. Esto no prueba que la persona etiquetada esté sometida a un proceso esencialmente patológico, de origen y naturaleza desconocidos, que se desarrolla en su cuerpo. No significa tampoco que el proceso sea, primaria o secundariamente, un proceso psico-patológico que se desarrolla en su espíritu. Pero lo que sí establece como hecho social es que la persona etiquetada es uno entre Ellos. Es fácil olvidar que el proceso es una hipótesis, afirmar que es un hecho y, en consecuencia, formular el juicio de que es una inadaptación biológica y, como tal, patológica. Pero la adaptación social a una sociedad desequilibrada puede ser muy peligrosa. El piloto de bombardero perfectamente adaptado puede representar una amenaza mucho mayor para la supervivencia de la especie que el esquizofrénico internado convencido de que la Bomba está en él. Puede ser que nuestra sociedad esté biológicamente desequilibrada y que ciertas formas de alienación esquizofrénica tengan, en relación con la alienación de la sociedad, una función socio-biológica que nosotros ignoramos. (...) No existe un “estado” al que se le pueda llamar “esquizofrenia”, pero esta etiqueta es un hecho social, y un hecho social es un acontecimiento político que, al trastornar el orden público, implica una definición de (y de las consecuencias para) la persona etiquetada. Es una prescripción social que racionaliza un conjunto de acciones sociales por las que la persona etiquetada queda en manos de otras personas cuyos poderes legales, cualificación -227-

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médica y deber moral se hacen responsables de su suerte. A la persona etiquetada se la coloca no sólo en un “papel” sino también en una carrera de enfermo mediante la acción concertada de una coalición (de una “conspiración”) en la que participan familias, médico, servicios sanitarios, psiquiatras, enfermeros y, frecuentemente, los otros enfermos. La persona catalogada, así, a la fuerza como enfermo y específicamente como “esquizofrénico” es despojada de todos sus derechos legales y humanos, de todo lo que posee en propiedad y de toda libertad de actuar sin rendir cuentas. Ya no le pertenece su tiempo ni puede elegir el espacio que ocupa. Después de ser sometido a un ceremonial de degradación llamado “exploración psiquiátrica”, se le priva de su libertad y es encerrado en una institución llamada “hospital psiquiátrico”. Allí pierde su cualidad de ser humano de una manera más completa y radical que en ninguna otra parte. Quedará en ese hospital psiquiátrico hasta que se le retire su etiqueta o se le reemplace por otra: “en vías de curación” o “readaptado”. Un “esquizofrénico”, no obstante, tiene muchas probabilidades de ser considerado siempre como tal. (...) Lo que observamos a veces en ciertos individuos etiquetados de “esquizofrénicos” y tratados como tales es la expresión, a través de su comportamiento, de un drama experiencial. Pero nosotros vemos ese drama bajo un aspecto deformado que nuestros esfuerzos terapéuticos tienden a deformar todavía más. El producto de esta deplorable dialéctica es una forma larvada de un proceso potencialmente natural al cual no le permitimos aflorar. (...) Ciertos individuos, consciente o inconscientemente, entran o son arrojados en un espacio y un tiempo interiores más o menos cerrados. Estamos socialmente condicionados a considerar normal y sana una total inmersión en el espacio y el tiempo exteriores. La inmersión en el espacio y tiempo interiores, por el contrario, es considerada fácilmente como una huida antisocial, una desviación patológica en cierta medida vergonzosa. (...) Probablemente, ningún período de la Historia de la humanidad ha perdido hasta tal punto el contacto con ese proceso natural de curación que afecta a ciertos individuos etiquetados como “esquizofrénicos”. Ninguna época lo ha devaluado tanto, ni le ha opuesto tantas prohibiciones e intimidaciones. En lugar de hospitales psiquiátricos, que son una especie de fábrica de -228-

IX reparación, se necesitarían lugares donde las gentes que han viajado más lejos y, en consecuencia, están probablemente más “perdidos” que los psiquiatras y los seres reputados sanos de espíritu, tuvieran la posibilidad de ir más lejos todavía en el espacio y el tiempo interiores - y de regresar. En vez del ceremonial de degradación que constituyen la exploración, el diagnóstico y el pronóstico psiquiátricos, se necesitaría, para los que están preparados (es decir, en la terminología psiquiátrica, los que están al borde de un brote esquizofrénico), un ceremonial de iniciación, gracias al cual la persona sería guiada en el espacio y el tiempo interiores por gentes que ya hubieran efectuado este viaje y hubieran regresado. Desde el punto de vista psiquiátrico esto llevaría a dejar que antiguos enfermos ayudaran a enloquecer a futuros enfermos... Esto implicaría: A. un viaje del exterior hacia el interior; B. de la vida hacia una especie de muerte; C. de delante hacia atrás; D. del movimiento temporal hacia la inmovilidad; E. del tiempo actual hacia el tiempo eterno; F. del yo hacia el sí mismo; G. de la existencia exterior (post natal) hacia la matriz (pre natal) de todas las cosas. Y, a continuación, un viaje de retorno: 1. del interior hacia el exterior; 2. de la muerte hacia la vida; 3. de atrás hacia adelante; 4. de la inmortalidad hacia la mortalidad; 5. de la eternidad hacia el tiempo; 6. del sí mismo hacia un nuevo yo; 7. del estado fetal cósmico hacia un renacimiento existencial...” (The politics of experience).

MICHEL FOUCAULT: “Al hacer de la alienación social la condición de la enfermedad, disipamos de un solo golpe el mito -229-

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de la alienación psicológica que haría del enfermo un extranjero en su propio país; escapamos también a los temas clásicos de una personalidad alterada, de una mentalidad heterogénea y de mecanismos específicamente patológicos. (...) La enfermedad está constituida por la misma trama funcional que la adaptación normal; por lo tanto, no podemos definirla a partir de lo anormal como lo hace la patología clásica... ” (Enfermedad mental y personalidad). RONALD D.LAING: “Fenómenos mentales y fenómenos sociales: los fenómenos sociales comprenden todas las relaciones que tenemos entre nosotros - las díadas (parejas), los triángulos, las familias y todos los sistemas y relaciones sociales más complejas existentes en la sociedad. (...) Los fenómenos mentales no pueden separarse de los físicos, emocionales, sociales, si no es mediante un fenómeno artificial que consideramos neurótico, psicótico, y que igualmente está programado en nuestra dinámica normal y real. He advertido repetidas veces lo extraño que resulta el hecho de que este proceso de división sea atribuido, por una parte, a algunas personas como peculiaridad psicopatológica, mientras que, por otra, nada podría definir mejor la práctica y la teoría de gran parte de la psiquiatría y de la medicina (también, naturalmente, de la sociología, etcétera) que ese mismo proceso. Hay una zona enorme de estas materias que es completamente esquizoide. Los procesos son transformados en cosas, son colocados en compartimentos separados, son estudiados aisladamente...” (Considerazioni sulla psichiatria en Crimini de Pace). ROBERT CASTEL: “... históricamente la ley de 1838 puso en el eje de su dispositivo una institución, el manicomio, que se inscribe en el centro de otras instituciones dentro de una estrategia de recuperación del control completo de ciertas categorías sociales (locos, criminales, indigentes, vagabundos...) cuya presencia constituye un peligro percibido con tanta mayor fuerza cuanto que el desarrollo del capitalismo naciente implica la disolución de las relaciones sociales anteriores. “Institución” significa aquí la constitución, entre la familia y la vida profesional, de nuevas instancias de socialización en las que se produce un nuevo tipo de relaciones pedagógicas para domesticar a un grupo de -230-

IX pervertidos recomponiéndoles un perfil humano adecuado a las normas dominantes. En efecto, el aislamiento, pieza fundamental del dispositivo, no sólo neutraliza a los internados trazando alrededor de ellos un cordón sanitario, sino que, también y sobre todo, circunscribe una especie de laboratorio social en el que puede desplegarse sistemáticamente una verdadera estrategia del condicionamiento. Todo el ordenamiento interior del manicomio, desde la disposición arquitectónica hasta las modalidades del tratamiento - la separación de los sexos, la ruptura de los lazos familiares y de vecindad, el trabajo monótono, la omnipresencia del reglamento, el cómputo rígido del tiempo, la superación de todo lo superfluo, de toda fantasía, de toda iniciativa, etcétera - tiene un doble objetivo: hacer tabla rasa con las más mínimas diferencias habidas en el mundo exterior y re-programar completamente la existencia en función de las exigencias de orden, bienestar, disciplina y trabajo (...). ... el problema sigue siendo el de analizar las contradicciones determinadas (entre condena y responsabilización, vigilancia y terapia, depuración y rehabilitación, condicionamiento y reeducación, exclusión de la comunidad y recuperación de la fuerza de trabajo, etcétera) que expresan, en un momento histórico dado, la organización social relativa a la “enfermedad mental”. En otras palabras, no basta con interpretar los problemas de la práctica psiquiátrica a partir del modo como ella se piensa a sí misma sino a partir de la tarea social que se le otorga para gestionar dichas contradicciones.” (Para una crítica de la institución psiquiátrica en Psiquiatría, antipsiquiatría y orden manicomial) ROGER GENTIS: “Hacer realmente psiquiatría, hoy en día, significa poner en tela de juicio la sociedad, “contestarla” hasta su raíz, y no creo que piensen ustedes que la tal sociedad se lo vaya a dejar hacer dócilmente. Por muy impetuosos y maliciosos que ustedes sean, no será fomentando revoluciones técnicas como llegarán a hacer una revolución; lo máximo que conseguirán es sentirla en los huesos otra vez, aunque hay que decir que hay quienes lo desean: bien asentados por un lado y con la legión de honor por el otro - esto es lo que hará las delicias del buen servidor del Estado capitalista y, sin duda, también de otros Estados. En todo caso, señores, si es esto lo que les preocupa ábranse al -231-

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progreso técnico, adelante con las soluciones modernas, adelante con la nueva sociedad. Pero si (esto es una manera de hablar) no beben de este agua, si ven más allá de la participación y de la psiquiatría de clase, entonces creo que para guiarles un poco por un camino que no es fácil y que está lleno de trampas a cada paso y en el que nada se ve demasiado claro, pueden pensar que a fin de cuentas todo esto no es más que una cuestión de lenguaje y que mientras ustedes no puedan hablar de su oficio y de su práctica sin emplear las palabras enfermedad, enfermo, diagnóstico, cuidados, tratamiento, terapéutica, mejoría, agravación, recaída, curación y todo lo que sigue, no habrán salido todavía de su técnica y de su especialidad.” (Guérir la vie). GIOVANNI JERVIS: “La denuncia de la realidad manicomial, desarrollada en la praxis o en sus términos teóricos sobre todo gracias al equipo de Gorizia (Basaglia y colaboradores), se ligaba por un lado al discurso anitiinstitucional (que llegó a su máximo desarrollo en 1968) y, por otro, a una crítica política de la psiquiatría como disciplina y como actividad. Esta crítica política de la psiquiatría se enraizaba y todavía se enraiza en un modo no tradicional de concebir la política (entendida hoy, entre otras cosas, como desmitificación del carácter presuntamente “neutral” de la ciencia y politización de los “roles” técnicos y profesionales), en una politización autónoma y progresiva de la problemática psiquiátrica, sobre la base de estudios y experiencias italianas y extranjeras. Ha sido mérito de la experiencia Gorizia el saber ligar a la demostración de la viabilidad de una asistencia psiquiátrica “abierta” y comunitaria, el desarrollo pertinente de una crítica y una autocrítica políticamente avanzadas.” (Teoría y práctica de la salud mental, en Los síntomas de la salud). IDIOT INTERNATIONAL: “No basta con decir que la psiquiatría es un problema político. Es necesario ver que ella es el aspecto más aparente de una forma de coacción a la que nadie escapa. Es imposible cerrar los ojos ante el loco encerrado en el manicomio diciendo que, aunque no nos sentimos a gusto debajo de nuestra piel, no estamos en esa situación y no dependemos de la psiquiatría. El psiquiatra y su loco juegan a las claras a un juego que se juega en todas partes de una manera más camuflada. El psiquiatra es la -232-

IX parte visible de una actitud y de un proceso generalizados en toda la sociedad. Estamos en la era de la Gran Manipulación...” (La era de la gran manipulación, en Idiot International). MICHEL FOUCAULT: “En el centro de la antipsiquiatría está la lucha con, en y contra la institución. Cuando a principios del siglo XIX se crean las grandes estructuras manicomiales, éstas se justifican por la maravillosa armonía entre la exigencia del orden social - que debía ser protegido contra el desorden de los locos - y la necesidad terapéutica, que exigía el aislamiento de los enfermos. Cinco eran los motivos principales que aducía Esquirol para justificar el aislamiento de los locos: 1) asegurarle su seguridad personal y la de su familia; 2) liberarle de la influencia externa; 3) vencer sus resistencias personales; 4) someterle por la fuerza a un régimen médico; 5) imponerle nuevos hábitos intelectuales y morales. Como se ve es claramente una cuestión de poder: dominar el poder del loco, neutralizar los poderes externos que puedan influenciarlo; establecer sobre el un poder de terapia y de amaestramiento, de “ortopedia”. (...) Las relaciones de poder constituyen el “a priori” de la práctica psiquiátrica: condicionan el funcionamiento de la institución manicomial, delimitan las relaciones entre los individuos, gestionan la forma de intervención médica. Inversamente, lo propio de la antipsiquiatría es situar dichas relaciones de poder como centro del problema y cuestionarlas profundamente. Ahora bien, lo que estaba implícito en estas relaciones de poder era el derecho absoluto de la no locura sobre la locura. Derecho que se ejercía en función de la aptitud frente a la ignorancia, del buen sentido (control de realidad), de la normalidad que se impone frente al desorden y a la inadaptación. Este triple poder es el que hacía de la locura un objeto de posible conocimiento por parte de una ciencia médica, que la calificaba como enfermedad en el mismo momento en que el “sujeto” afectado por tal enfermedad se encontraba descalificado como loco, es decir despojado de cualquier poder y saber por ser enfermo. Tu sufrimiento y tu singularidad: sobre ellos sabemos bastantes cosas (que tú ni siquiera te imaginas) como para comprender que se trata de una enfermedad; pero esta enfermedad la conocemos lo bastante como -233-

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para saber que tú no puedes hacer nada sobre ella. Tu locura: nuestra ciencia nos permite llamarla enfermedad y, precisamente por ello, nosotros los médicos estamos calificados para intervenir y diagnosticar en ti una locura que te impide ser un enfermo como los otros, por consiguiente tú serás un enfermo mental. Este juego de una relación de poder que origina un conocimiento sobre el cual, a su vez, se apoyan - y los derechos de ese poder -, es el que caracteriza a la psiquiatría “clásica”. La antipsiquiatría intenta romper este círculo: confiando al individuo la tarea y el derecho de dirigir la propia locura, hasta el fondo, en una experiencia en la que también pueden participar los otros, pero nunca en nombre de un poder conferido por su razón o por su normalidad; separando los comportamientos, el sufrimiento, los deseos del estatuto médico que se les asignó, arrancándolos de un diagnóstico y una sintomatología que no tiene valor de clasificación simplemente sino de decisión y de decreto; invalidando, en fin, la gran empresa de transcripción de la locura en términos de enfermedad mental, iniciada en el siglo XVII y acabada en el XIX.” (La casa della follia, en Crimini di pace). EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DE CONXO: “La institución manicomial priva a los internados de los más elementales derechos, al mismo tiempo esconde y encubre las contradicciones sociales implícitas en la enfermedad. La transformación institucional ha de llevar necesariamente el resurgir de esas contradicciones y el ejercicio de aquellos derechos.” (Escrito de un grupo de trabajadores del Hospital Psiquiátrico de Conxo - Santiago de Compostela, Galicia - , en su mayoría despedidos en 1975). EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIATRICO DE SALT: “En el momento del ingreso el enfermo pasa a residir a una de las salas del pabellón de “observación” y deposita todos sus enseres y documentos en manos de la “hermana” del pabellón. Diariamente se levanta entre las seis y media y las siete (...). Después de hacer la limpieza y desayunar pasan al patio interior donde pasarán el día dando vueltas o tumbados en el suelo...” -234-

IX “Hay una sala, denominada de “fugitivos”, donde habitan ciertos judiciales y los más agitados y donde habitualmente 2 ó 3 enfermos permanecen atados con una cadena de la muñeca a la cama. Uno de estos enfermos lleva en esta situación más de 8 años siendo tal su acostumbramiento que cuando, últimamente, se le quitaba ciertos días la cadena para que pasease por el patio interior, al acostarse pedía que se le atase pues de lo contrario no dormiría...” (Escrito denuncia realizado por un grupo de trabajadores del Hospital Psiquiátrico de Salt – Gerona, Catalunya - previamente a ser despedidos en 1974). EX-TRABAJADORES DEL HOSPITAL PSIQUIATRICO DE OVIEDO: “El hospital psiquiátrico es un centro de régimen custodial o carcelario destinado a “recoger” - así se oye cada día a aquellos que no se adaptan a las normas sociales establecidas y no participan en el proceso de producción...” “Al definir el hospital psiquiátrico como una institución manipuladora no hacemos más que afirmar lo que hemos vivido a través de nuestra práctica.” (Escrito de algunos de los trabajadores del Hospital Psiquiátrico de Oviedo -Asturias- despedidos en 1971). EX-TRABAJADORES DEL INSTITUO MENTAL DE LA SANTA CRUZ: “...todo el proceso que viene desarrollándose en el Instituto Mental no es más que la culminación de una serie de hechos cotidianamente demostrables: la exclusión social - cristalizada en el interior mismo de las estructuras sanitarias - del enfermo mental y, con él, del personal sanitario que a través de la práctica ha hecho suyo el problema del enfermo mental a quien trata...” (Escrito de los trabajadores del Instituto Mental de Barcelona despedidos en 1973).

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antipsiquiatría y

“nuevas técnicas” Franco Basaglia.

De vez en cuando se confirma cierto equívoco sobre la antipsiquiatría al entenderla como una nueva técnica “especializada” de la ciencia psiquiátrica. La antipsiquiatría (me gustaría aclarar mi criterio sobre esta cuestión ya que el movimiento que yo represento en Italia se puede definir como anti-institucional o antipsiquiátrico) no es una técnica, ni una nueva metodología a incluir dentro del campo psiquiátrico, sino un movimiento de negación y de transformación que tiende a poner en discusión los esquemas y parámetros que se consideran como valores absolutos. Es, pues, un movimiento crítico que va más lejos del simple problema especializado enfrentándose a una ciencia que ha pasado a ser metafísica, dogmática, y que no responde a nivel práctico al enfermo y a su enfermedad, sino que se limita a la separación del sano y del enfermo y, por consiguiente, a la codificación de la enfermedad siguiendo unos esquemas establecidos como inmutables. En este movimiento podemos encontrar el proceso a través del cual las técnicas del pasado y las actuales, psiquiátricas y psicoterapéuticas, han vivido su momento antipsiquiátrico - la nueva hipótesis crítica frente a la regla codificada - antes de perder su carácter dinámico y antes de transformarse, a través de la racionalización de sus métodos, en una nueva forma de control. Lo que, sin embargo, parece caracterizar al movimiento antipsiquiátrico y, aún más, al movimiento anti-institucional y que ha provocado las reacciones del círculo psiquiátrico es, quizá, la negativa a convertirse en un modelo técnico definido (es decir, la negativa a racionalizar su propio método para poder continuar en la tentativa de respuesta a la realidad) y la toma de conciencia de la función de todas las ciencias humanas (incluida la psiquiatría) como instrumentos de conservación de los valores dominantes. En definitiva, la agresividad manifestada respecto del movimiento antipsiquiátrico y anti-institucional se explica en tanto que, con dicho movimiento, el problema de la asistencia psiquiátrica sale del coto cerrado de los especialistas y pasa a ser un debate público cuya significación y naturaleza deben comprender los propios usuarios del servicio (el debate no puede ya resolverse sólo a un nivel científico, sino que deberá ser verificado con el objeto de la -236-

IX psiquiatría - el internado de nuestros manicomios - como resultado del derecho que le da su quiebra). Respecto a la acusación de la excesiva politización de un campo que debería guardar la neutralidad típica de una intervención científica, se puede decir que lo que caracteriza al movimiento anti-institucional es precisamente la toma de conciencia de la función de control (al servicio del poder) implícita en el papel de los psiquiatras como protectores del orden público. La diferencia cualitativa entre “flichiatrie” (psiquiatría represiva) y la “politichatrie” (la politización de la psiquiatría, en el lenguaje de mis colegas franceses) es, precisamente, el hecho de que ésta última ha tomado conciencia de ser una “flichiatrie” e intenta oponerse a este papel y denunciar prácticamente su función. La acusación de excesiva politización vale, pues, si uno se contenta con creer en la neutralidad de la ciencia, aunque esto es difícilmente sostenible si se tiene en cuenta lo que ocurre en aquellas clases sociales a las que pertenecen los que reciben todas las sanciones de nuestras instituciones represivo-punitivo-terapéuticas. La definición de la enfermedad asume, de hecho, significaciones y evoluciones diversas según la condición social de los pacientes y es un poco problemático - o un mucho descarado - continuar sosteniendo ese principio de neutralidad. Así, la experiencia anti-institucional o antipsiquiátrica no puede ser entendida como una técnica sino como un movimiento global que incluye el mundo existencial, social y político tanto del enfermo como del que trabaja en el campo social. Sólo bajo esta dimensión global se pueden comprender el tratamiento, la terapia, la curación como lo que son, esto es una ocasión y un instrumento de discriminación para eliminar el mayor número de elementos posibles de perturbación social. Orden público y enfermedad mental están siempre estrechamente asociados ya que la enfermedad no es nunca tratada como problema técnico específico sino como manifestación anormal del comportamiento que sobrepasa el límite que la sociedad ha establecido. En este sentido el psiquiatra debe, en primer lugar, comprender que no puede limitarse a establecer cánones del grupo social al que representa determinando cuál es el enfermo que debe aceptar y restablecer y cuál es el que ha de eliminar sino que, más bien, lo que determina en realidad es su propia adhesión a los valores -237-

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dominantes y su capacidad de adaptación a los mismos. Los manicomios, la “naturaleza” de los internados y la práctica del psiquiatra en los mismos son una demostración permanente de lo dicho. Hablar de tratamiento durante el largo período de los estados psicóticos significa, por consiguiente, según el planteamiento antipsiquiátrico, hablar de tratamiento durante el largo período de las instituciones-manicomio en las que es la vida institucional misma la que cronifica y psicotiza cada tipo de problemas, imponiéndoles el aspecto de enfermedad-manicomio. Pero una vez lograda la transformación de las instituciones psiquiátricas, mediante las nuevas técnicas de manipulación y de control, la comunidad externa comprende que puede utilizarlas en las instalaciones denominadas libres -familia, escuela, fábrica, ejército... - como amplificación y dilatación del poder. En el futuro, según esta lógica, no habrá ya más tratamientos durante los largos períodos de los estados psicóticos sino que estaremos todos englobados en un largo tratamiento en el mundo de la psicoterapia, de la ergoterapia, de las técnicas de rehabilitación de acuerdo con un centro de poder cada vez más restringido que delegará en los técnicos la función de crear continuamente nuevas ideologías para utilizarlas como instrumentos de discriminación y de división.

el s.p.k visto por el s.p.k. historia del colectivo socialista de pacientes.

En el origen del S.P.K (Sozialistisches Patienkollektiv) hubo diversos grupos terapéuticos de la clínica universitaria de Heidelberg, departamento psiquiátrico ambulatorio. Estos pacientes y su médico Huber hicieron la crítica práctica y teórica de esta clínica en particular y denunciaron la función ideológica de la psiquiatría en general (cosa absolutamente nueva en Alemania). Consecuencia: el médico Huber fue despedido de sus funciones por el director de la clínica en febrero de 1970; los pacientes se solidarizaron con él y reivindicaron en una asamblea plenaria de pacientes [la primera en la historia de la medicina] su readmisión y el control de -238-

IX la clínica. A la mañana siguiente, Huber y sus 50 pacientes fueron echados a la calle. Gracias a una huelga de hambre en el despacho de la administración de la clínica llegaron a conseguir cinco habitaciones en la universidad y unos pocos médicos para “terminar” (como decía el rector) la terapia hasta septiembre de 1970. así se constituyó el s.p.k.

El S.P.K. intensificaba su labor: nueva forma de organización en Agitación individual (AI), Agitación de Grupo (AG) y círculos de trabajo científico sobre Reich, Hegel, Marx; propaganda por medio de panfletos, Teach-in, colaboración con otros grupos. El número de pacientes aumentó a 250 en 6 meses; el S.P.K. estaba abierto a toda la población, no había listas de espera pues la terapia era gratuita y socializada. Gracias a este trabajo de propaganda en el seno de la población (2.000 firmas para el S.P.K. en una campaña de solidaridad; 3 informes de profesores de universidad que solicitaban la institucionalización del S.P.K. en la Universidad, declaraciones de solidaridad) las autoridades de la universidad no se atrevieron a llamar a la policía para echar a la calle a los miembros del S.P.K. Sin embargo, utilizaron medios muchos más sutiles: congelación de créditos (incluso los sueldos del médico dejaron de ser enviados por la universidad), bloqueo de la comunicación, campañas de prensa difamatorias; el ministro de educación Baden-Würtenberg declaraba en público que el S.P.K. era una mala hierba que había que extirpar lo más rápidamente posible. A continuación, dictaba un decreto por el que se decidía la expulsión el S.P.K. de la universidad. En ese mismo momento el rectorado presenta una demanda de expulsión del S.P.K. Un tiroteo entre la policía y unos desconocidos cerca del domicilio de uno de los miembros del S.P.K. y en el que ningún miembro del S.P.K. estaba presente, fue el esperado pretexto para liquidar definitivamente la organización autónoma de los pacientes.

enfermedad y capital

La contradicción esencial del capitalismo es que la producción de mercancías se corresponde con la destrucción de la vida humana. En la época de Marx tal contradicción se expresaba bajo -239-

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la forma de miseria material de las masas (hambre, paro, índices de mortalidad muy elevados...); en nuestra época esta miseria queda velada por las medidas sociales de los estados capitalistas avanzados (industria de la salud: seguridad social, institución del retiro...) pero, la explotación de la vida humana se expresa bajo la forma de miseria psíquica (seis millones de enfermos mentales registrados oficialmente en Alemania; diez millones en Francia; ver Polack: Médicine du capital). La contradicción inherente al sistema de producción capitalista (trabajo asalariado y capital) se corresponde con la contradicción entre la producción colectiva de los medios de producción y la apropiación individual de estos medios de producción. La expresión de esta contradicción esencial es la producción colectiva de enfermedad tratada individualmente. El individuo abandonado al proceso de producción es, sin embargo, responsable de su enfermedad, una enfermedad producida colectivamente. La enfermedad aparece entonces en el individuo bajo la forma de síntomas diferentes, particulares en cada individuo, que se corresponden con su función en el proceso de producción (neurosis; úlcera gástrica; problemas sexuales; esquizofrenia; dolores de cabeza; intentos de suicidio; estructuras autoritarias). Sin embargo, la enfermedad (lo esencial de todos estos síntomas) representa la unidad de la contestación de las relaciones de producción mortíferas y de la represión de esta contestación. El lado progresivo de la enfermedad es el de ser contestación al sistema capitalista por poner en evidencia la inhumanidad del capital; su lado reaccionario es el hecho de que la enfermedad tratada individualmente no puede poner en crisis al sistema pues esta contestación queda destruida por la destrucción de la vida misma. Por ejemplo, la fiebre es la manifestación de una forma de vida, pero esta vida se consume con la fiebre. La enfermedad es la vida que se quiebra y se niega. La transformación del malestar inconsciente en conciencia feliz es la transformación de los síntomas sentidos individualmente en arma colectiva contra la enfermedad, contra el capital. Este proceso es una lucha colectiva de los pacientes.

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IX el trabajo del s.p.k.

El método de superación de los síntomas se hacía según la dialéctica de ser y conciencia (bases teóricas en Hegel y Marx). la forma:

Según la dialéctica del individuo y de la sociedad cada paciente participaba simultáneamente en la agitación individual y en la agitación de grupo. La mayoría participaban además en los círculos de trabajo científico sobre Hegel, Marx y Reich. la agitación individual (ai) y la agitación de grupo (ag):

Después de un examen inicial realizado por un médico del colectivo el nuevo paciente empieza por una AI con un paciente de su elección que tiene ya una experiencia en el método de agitación. En la terapia burguesa, el paciente espera del médico que le suprima los síntomas. El paciente tiene una actitud de espera cuando empieza la AI. Considera al médico (tratante) como sujeto capaz de disponer de su enfermedad, cosa de la que el paciente no se siente capaz. Pero, objetivamente, el que trata es también paciente y no es capaz de curarse a sí mismo. También es objeto, producto del capital. Al reconocer el origen de su enfermedad, es decir, el capital, el paciente comprende quién es el que realmente dispone de su enfermedad y de la de los demás para sacar de ella un beneficio. Tanto para él como para el que le trata cualquier posibilidad de vivir una vida por sí mismo queda excluida pues ambos son mercancía. La única salida es luchar en común. En el inicio, la relación tratante-paciente se corresponde con una relación de actividad-pasividad. El que está en actitud pasiva teme cometer un error y en consecuencia el perder un prestigio frente a los demás. El que está activo lo está por la misma razón: para ganar prestigio. En términos económicos el prestigio es el valor de cambio que se vende en el mercado. Una mercancía de alto valor tiene la posibilidad de ser mejor tratada que una mercancía casi sin valor. Al mismo tiempo queda completamente aislada de las otras mercancías en la competencia. Es una lucha a discreción entre la competencia. El único -241-

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medio de romper el aislamiento y la competencia es la superación de la cualidad aislante de activo o de pasivo colaborando en el seno del colectivo. dialéctica de la agitación individual (ai) y de la agitación de gru-

po (ag).

Absolutamente determinado por el aislamiento y la competencia, el paciente que llega al S.P.K. tiene miedo de expresar sus deseos en el grupo. Quiere tener la posibilidad de hablar de sus problemas sin competidor, es decir ¡con una sola persona!. Durante la agitación individual el paciente se da cuenta de que el que le trata es tan impotente como él mientras permanezca solo y de que, incluso siendo dos, son aún impotentes y aislados. Es entonces cuando experimenta el deseo de estar en un grupo más amplio. Al mismo tiempo, reconociendo que no existe un individuo-sujeto y que únicamente un colectivo puede convertirse en sujeto, se da cuenta de la locura de la competencia que tiene por base los individuossujeto y pierde, en consecuencia, el miedo a expresarse en grupo. algunos principios de la práctica del s.p.k.

1. El punto de partida de nuestro trabajo son los deseos de los pacientes. 2. En el marco del control colectivo de los pacientes en forma de agitación terapéutica individual y de grupo, los deseos son reconocidos en su doble función como productos y como fuerzas productivas. 3. En la agitación individual (AI) y de grupo (AG) el principio es tratar todo lo que los pacientes “ofrecen”. 4. Sólo por medio de la AI y de la AGF las condiciones de ser - objetivas y exteriores - del paciente, así como del colectivo de pacientes, se introducen en la práctica colectiva. 5. El punto de partida de la agitación son los síntomas que se manifiestan de una manera específica en el individuo (lo particular). Desarrollando las contradicciones particulares se llega a las contradicciones esenciales del capital (lo general). El síntoma se reconoce entonces como síntoma del capital (lado reaccionario) -242-

IX y se suprime al mismo tiempo que se libera la energía contestataria frente al capital. 6. En el curso de la AI y la AG y de los GTSC (grupos de trabajo científico) los conocimientos específicos y las capacidades adquiridas de cada paciente (ello es particularmente válido para los médicos) son socializadas y las diferencias de inteligencia y de educación desaparecen progresivamente entre los pacientes. 7. Los productos del S.P.K. son: la emancipación, la cooperación, la solidaridad y la identidad política. 8. El objetivo y las etapas de nuestro trabajo son la transformación dialéctica de individuos en colectivo, la creación de nuevos colectivos por todas partes (expansionismo multifocal) y la transformación dialéctica de todos los colectivos en revolución socialista.

aviso a los civilizados L.M. Panero

I Cuando se habla de la patología del hombre normal, del homo normalis, nadie que yo sepa ha tenido el valor de tomarse tal cosa en serio: en términos clínicos, quiero decir. Tal vez sólo Lacan y Reich, y el primero tan sólo poetiza cuando habla del “sujeto por fin cuestionado”, y el segundo quisiera únicamente corregir al tiempo que lo idealiza en su famosa y reaccionaria tesis de la “primacía genital”. Pero Lacan está más cerca del error, de la equivocación esta sí ontológica, o con pretensiones a tal, del llamado “normal”: esta es su calidad de hombre objeto, que por haber perdido, dicen que para siempre, su cualidad de sujeto, se halla escindido de su imagen: y he ahí el origen del “deseo”, sexual o social, y de su irremediable fracaso. Y no se trata de una imagen corporal, sino como bien dice Lacan, de un “falo” que no es sinónimo de pene aún cuando bien pudiera ser un concepto cercano al de “potencia orgásmica”, teniendo claro bien en cuenta que tal potencia es una dimensión ante todo subjetiva. -243-

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Subjetividad: subjetividad quiere decir potencial psíquico no esclavo de un “tono” normal, intensidad de conciencia (Novoa Santos) libre y activa, esto es, transitiva, o en otras palabras, palabras prohibidas, mágicas. Y por cuanto la idea no está separada de la sensación, sino que convendría mas bien recurrir con Fouillée al término providencial de “ideés-force” (complejas decía Freud), el ideario del solo sujeto no sujeto, no “sujet”, es un ideario en movimiento, libre de cualquier lógica, lo mismo que su conciencia es una conciencia activa y en movimiento. Y ese solo sujeto no sujet, no sujeto, es el llamado loco, el cual, como Rank dijo, representa un nuevo tipo de hombre, un hombre diferente y nuevo, donde el deseo del “hombre”, no es ya deseo del “otro”. Más bien, el deseo de aquel que pretende llamarse hombre es el deseo ambivalente de ese “Gran Otro” u hombre total que si fracasa en el héroe termina en la locura. Superhombre, sí, pero no extra-hombre: la locura, tiene tanto una estructura como la invitación o la fantasía sus categorías, sus “arquetipos”: poéticamente variables, claro es, declinables, pero dotados de un referente en la percepción poética del mundo externo o del entorno social lo mismo que de un referente interno en la percepción interna, en el cuerpo-sensación (“orgástico”) y, más allá de él, en el inconsciente biológico (Ferenczy) que proporcione un fundamento material a la mitología junguiana, por otra parte ya refrenada sólidamente por la experiencia psiquiátrica de aquél. Y, suprimiendo el algoritmo entre hombre y hombre, la Verneinung antropológica, leamos mejor “Magia y esquizofrenia” de Geza Roheim y en lugar de simplemente tolerar la magia, lo mismo que la antipsiquiatría tolera la locura, y su pensamiento inequívocamente mágico, practiquémosla con convicción. Es decir, haciendo, como quería Spinoza, de nuestra alma una potencia activa, una pasión en lugar de una sensación. Porque no en vano del epíteto griego de “pasión” viene el término de “patológico”. Pasión es la sensación querida, la conciencia ya no separada de la voluntad, la conciencia transitiva, la conciencia Mágica, capaz de operar sobre el mundo exterior, social e incluso objetivo. En el hombre primitivo no hay separación entre la naturaleza y el hombre, entre el sujeto y el objeto, por cuanto no existe todavía distinción entre la conciencia y la percepción. Por lo tanto, no habiendo frontera entre un campo y otro, el acto mágico no representa todavía ninguna transgresión. -244-

IX Sólo el posterior algoritmo imperialista entre hombre y hombre nos llevará al loco por las mismas vías que lo reprimido retorna, a la inversa, en la figura o en phantasma del negro, o del judío: no es retórica, tómese esto al pie de la letra. El loco no es como el judío o el negro, sino que es, quiero decir exactamente lo mismo. El otro, el “Gran Otro”, es el otro hombre, el hombre suprimido que vive y potencia el “inconsciente”, en lugar de relegarlo al lugar inofensivo de una posición exterior y metafísica, como hace Lacan. Sólo que si el negro -el negro del sur de EEUU- es ya tan sólo la figura del inconsciente, el primitivo o el loco con su relación activa y peligrosa. Del mismo modo, el misionero y el psiquiatra representan el mismo papel de-subjetivizador, y se encargan de liberar al sujeto, al sujeto, de los peligros del sujeto en libertad, devenido independiente y, si se le permitiera, autónomo. Por lo demás, la equiparación de antropología y psiquiatría, como matrices de un mismo racismo, nos sirve para considerar a la locura como un fenómeno en el que ya no es que sólo su etiología sea social, y del que haya que de algún modo culpabilizar a la sociedad, pero todavía tratando a ésta como un “mal”, sino para desterrar para siempre tal “concepto” del terreno de la ontología, sometiéndolo al mucho más cercano criterio que lo estudiara como un efecto de perspectiva. Es decir, como un fenómeno tan profundamente relativo como la normalidad misma, sensu strictu, y ya lejos de todos los equívocos a los que nos han llevado los ángeles perdona-vidas de la antipsiquiatría. Porque es hora de que el libro, también, se haga locura, esto es, de reunir el lenguaje y la conciencia, de forma de hacer algo tan útil como peligroso de todos estos conceptos, o “ideés-force”: quiero decir que cuando digo que no hay locura fuera de un terreno, quiero decir que no hay locura, fuera de lo que la percibe como tal, en los confusos dominios de la psicocracia, y todo ello significa evidentemente lo que significa, ni más ni menos; afirmación ésta que, de todas las que aquí he pronunciado, es no cabe duda, la más revolucionaria, aún mejor, la mas incómoda y subversiva. Porque ella nos invita, a, saliendo de la palabra-espectáculo, sacando por fin la cabeza fuera del asfixiante lugar en donde la palabra se comercia en tanto que leyenda, llevar ésta al rigor de la clínica, vuelta nuevamente, como la quisieron Freud y Lacan, -245-

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lucha, peste, arma en contra de los hombres, para que sepan por fin, que ya era hora, que no están donde están, incluso cuando pretenden saberlo, porque incluso entonces sólo lo entienden bajo la figura de la leyenda. Y nuestra crítica tiene también su patología, y su racismo: el homo normalis, éste es su objeto, y el dominio cotidiano de la psicocracia el único poder contra el que se lucha: contra la que se lucha, además, realmente, con todas las armas que aquella desconoce: el verdadero PODER NEGRO: no se equivocaba por cierto aquella esquizofrénica que decía tener la bomba atómica. No se equivocaba por cierto, y esto el homo normalis lo sabía: porque si no, de no haber realmente aquí, aquí y ahora, una peligrosidad real, a qué el castigo, a qué el temor, el pavor: ¿fue sólo infamia? ¿olvidamos que Hegel pretendió no dejar escape a la duda cuando nos aseguró que “todo lo real es racional”? También el inconsciente del normalis, que a decir verdad es el único inconsciente, ha de estar sin duda, “estructurado como un lenguaje”: la perversión y la barbarie no son sólo la mera denegación de un sentido. No, lo que el supuesto hombre teme es precisamente el descubrimiento de que, como todo marica, no es un verdadero hombre: y nadie mas feroz que el eunuco. Presiente ser él aquello que quiso hacer del otro hombre, llamándole como si no fuera neurótico o esquizofrénico: adivina que es él el verdadero autómata. Y por lo tanto, sabe que puede, o podría, estar a disposición de aquella marioneta que pudiera, deambulando libremente entre ellas “mover ella misma el resorte”. Ahora sabremos quiénes eran las víctimas y quiénes los verdugos: veréis distintas agujas clavarse en vuestra piel ficticia de muñecos, de “creatios equivocas”, de tambaleanates macumbas. Porque salvada la escisión simbólica que dividía ontológicamente dos culturas, vamos a ver por fin si eres tú o yo quien ve, y cual de los dos tiene el falo de la razón: si tú que eres hablada o yo que hablo, si el esclavo con sus “referentes” o el amo de su propia enunciación: ¿no llamaban los antiguos “POIHESIS”, esto es, creación de lenguaje, a lo que el penúltimo hombre define como “delirar”? Y es que a partir quizá de Platón, se definió al saber como un ontología, pero solo a partir del XIX se pretendió dar por terminada la investigación, al menos en lo que al hombre se refiere suponiendo claro, que tal cosa fuera realmente tal, es decir, -246-

IX un fenómeno aislado del universo, y de lo que desde dentro del hombre a él se opone, y se opone claramente. Y quede claro que no es lo mismo la antinomia “cultura”/contracultura que la de saber/contra-saber: mucho más si lo nuestro difiere del enunciado por su poder de ser, no una metáfora, sino una enunciación, un “acto de lenguaje” (Wittgenstein). Mucho más si, practicando con el sofista una eficaz “reducción fenomenológica” hacemos así poderosa a la expresión estructurándola como una categoría no vagamente anti-éntica de la razón, sino decididamente opuesta a ella, oponiéndole a sus conceptos otros conceptos, y a su revelación una contrarevelación. Aún cuando debiéramos decir que no se trata aquí de categoría, y por lo tanto de categorías negativas, por cuanto nuestras frases no poseen el valor de ser una enunciación. Porque realizar la filosofía, como quiso Marx, es naturalmente algo muy distinto de simplemente romper con ella o “tacharla”. Y más peligrosa también, como Nietzsche supo, es tal empresa, que es la del aforismo: la filosofía devenida pura y permanente afirmación: delirio, “locutor autóctono”. Porque el lugar que señala la filosofía al saber lógico, como la poesía al saber de la intuición, es tan sólo el de una manque, al separarlo de su única posible concreción, que es transformarse de verdadero en cierto, en realización, en acción cotidiana y revolución permanente. Revolución permanente no quiere decir revolución: esto es, no significa futuro infinito alguno, sino guerra total, esto es, presente por entero, contra aquellos lugares en la vida y el sentido se ubican en los límites de lo imaginario. Romped pues todos los libros o, leedlos al fin, ubicando el sentido en su lugar, en el presente o en lo que llamábamos, por su miseria, vida: no hay otra revolución. Y de igual modo, no hay otra revelación que la que consiste en visiones, o hacer una experiencia, del sentido: fuera de las galerías, a la calle, os digo, Hurry up please it´s time. Cuando Freud dijo al oído de Jung, ya cerca de los ojos la estatua viviente de la Libertad “no saben que les traemos la peste”, aquellos tal vez no lo sabían, pero nosotros, al abrir las puertas del consultorio, y trasladar la clínica de lugar, podemos estar seguros -247-

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ya de ello, y decíroslo por fin: aquí no hay curación.

II Aquí no hay curación por cuanto la locura, no se cura. No quiero decir tan sólo que no haya que curarla, ni mucho menos que no precise curación u organización alguna, quiero decir, llana y terminantemente, que la locura escisora no admite curación, que es incurable. ¡Ay de los “terapas”! Y la locura no admite curación por cuanto esboza, y reivindica, en el hombre una segunda estructura: no por supuesto inasimilable a la primera -por cuanto entonces sería siempre la locura- pero sí irreductible a ella. Si el hombre no ha sabido hasta ahora nada de la locura era precisamente por cuanto era el hombre quien la analizaba, quien, partiendo de su existencia, pretendía remitir a ella una muy divergente sensibilidad. Y otra estructura del hombre es otra estructura de la existencia, esto es, de la convivencia, porque no hay conciencia fuera del ser social, “el ser social determina la conciencia, que es siempre una conciencia social”. Es por esto, pero no sólo por esto, por lo que el apodado psicótico propone con su sola presentación como superhombre la inauguración no ya de la revolución futura, esperanzadora, sino de un estado de revolución permanente, en el seno mismo de la vieja sociedad, y sin necesidad alguna de contar con la existencia de un más que hipotético “Estado”. Pero no hay superhombre sino por confrontación a otro hombre: el hombre primitivo, en comunidad, mal puede sentirse como superhombre, esto es, como otro hombre distinto del hombre. Sólo cabe hablar de superhombre, lo mismo que dos estructuras primarias y secundarias, o de “doble estructura” cuando se haya producido esa censura cultural, esa denegación simbólica o forclusión que nos ponía al decir de Freud, en su artículo sobre lo “siniestro” en presencia de algo arbitrariamente ignorado, no exactamente “desconocido”. Y estas formas del pensamiento o del ser, voluntariamente ignoradas a partir de una determinada fracción de nuestra historia, van a ser las formas de la conciencia en movimiento, de la conciencia plástica y, como el universo, en expansión. -248-

IX Dicho de otra forma, de la conciencia mágica. Dicho de otra forma, de la conciencia natural. Dicho de otra forma, de la conciencia corporal, dotada de intensidades, y no sólo de conceptos abstractos. Dicho a los civilizados de la conciencia allá donde está: no me refiero a en qué lugar del espacio ideológico se halla la “verdadera conciencia”, sino la conciencia, como función, dónde se halla, en qué lugar del cuerpo: y no me refiero a algún lugar oculto, lóbulo cerebral, córtex o cosa parecida, porque la conciencia está en situación siempre, es conciencia de algo, sensación de algo, “punto de vista”, “ visión del mundo” (Weltanschauung) visión de algo aún más concreto que el mundo. Pues bien, todos los animales se orientan por los ojos, claro es que por ellos ven la luz. He aquí, tuut simplement, la etimología de términos o por decirlo así de “conceptos” como lo “claro” o lo “oscuro”: lo evidente es aquello que, como bien se dice, “está a la vista”. Pero de esta pérdida de la conciencia natural va a derivar la conciencia concebida como “ley”, esto es, como razón. Y con ella, la separación misteriosa -por cuanto todo el ser del hombre es su cuerpo, evidentemente- entre un alma y un cuerpo, devenido mero objeto de las manipulaciones de aquélla. El hombre civilizado va a olvidar así, o a voluntariamente ignorar, todo lo que surge del cuerpo, incluido el lenguaje, que también lo tiene, de lo natural. Y este lenguaje de lo natural no es otro que la metáfora, por cuyo “artificio” una imagen reemplaza a un concepto, como sucedía en el pensamiento, o lo que es igual, en el lenguaje primitivo: en el mundo de los así llamados “natural symbols” (Margaret Douglas) que sobreviven sin embargo en el primitivo actual, en el llamado proletario, en el hombre que vive del trabajo de su cuerpo. Así ahora las “metáforas”, relegadas al campo de lo meramente poético, es decir abstracto, imaginario, no ocupan ni llenan el dominio de lo real, el mundo de los objetos. Este mundo, el de los objetos se mueve también en el marco de una retórica, a la que se llama publicidad. Sin embargo, cualquier primitivo actual sabrá deciros lo que un cenicero o un water o un lavabo representa, por fuera o por encima de su marca. Significan un mundo humano, lo que no significa algo abstractamente humano, sino un mundo, o mejor un lugar para el hombre, unas presencias objetivas y no simbólicas. Esta es propiamente la llamada, y por tan largo tiempo buscada “cultura proletaria” que por no estar dicha, ni formar parte de los aparatos -249-

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ideológicos, constituye para el loco un lugar misterioso, semejante al sello aquel de la carta que robó el ministro que ubicaba al “nosaber” en el orificio del que todos, más o menos, sabían. Pero nadie lo veía. Nadie lo veía por cuanto los ojos, esos fabricantes de imágenes, habían dejado de ser activos, de mirar, para devenir pasivos, limitándose a ver, siendo tan sólo “órganos” de un alma que cuanto más se ausentaba más se hacía omnipotente. A partir de un cierto momento -no de una “etapa” histórica o de un supuesto progreso inexorable- se va a llamar “alucinación”, o en el mejor de los casos “visión”, a lo que el ojo produce cuando se vuelve autónomo: lo que no es en modo alguno un acontecimiento escatológico, como sabemos por los niños, en los que la alucinación es frecuente, como sabemos también, y sobretodo, por los sueños, en cuyo estudio Freud se basó para suponer, en la “traumdeutung”, que el aparato psíquico no sería, sino un aparato visual. Y finalmente ¿quién anda el mundo, quién recorre el mundo, sino lo que, quitándole toda su presencia sensacionista, alucinatoria -en la que propiamente consiste el “psiquismo animal”- llamamos cuerpo? ¿quién habita el mundo sino ése cuerpo al que hemos arrebatado su condición de sujeto, de sujeto de la historia, de “proletariado”, como de él se dice? Ese cuerpo que no es “apariencia”, fenómeno, pose o traje, sino expresión más íntima, y que nunca, ni en la muerte, es cuerpo objetivo, sino siempre cuerpo fenomenológico, como diría después de Husserl con frase firme Merleau Ponty. Es decir, cuerpo-expresión, porque la biología tiene leyes plásticas subjetivas que no descubrieron ni Darwin, ni los biólogos, ni saben aún los modernos etólogos: y es por ello que es capaz de mutar, porque la biología es subjetiva: desde la ameba hasta el mono superior, toda existencia en movimiento es una existencia subjetiva, y ello no en mayor o menor grado, sino tan sólo en diferente grado, en un nivel cualitativamente distinto de la organización de la sensación. Abandonado al fin por el pensamiento decía el loco al médico: “dottore spero che rinnoverete il mio corpo”, y el pobre hombre falto de humanidad, se tocaba las narices. Que tales narices representan el falo no lo sabe tan sólo aquél para el que el falo es sólo una representación. Que el pie es deseo de patadas no lo sabe tan sólo aquel cuyo anhelo de representaciones tiene detrás -250-

IX de sí, como único compromiso, el compromiso de su inhibición. Que el cuerpo entero es anhelo del otro no lo sabe tan sólo quien ignora, que el cuerpo no es nuestro en lo absoluto. Es por tanto potencia relegada a otros, a los que con él laboran, o colaboran, al llamado proletariado, quien por su solidaridad nos recuerda su stigma: decidle a él, y a él tan solo, a ello, cuando en sus bares, en sus barrios, se halle como indistinto, como prole confusa, como masa por venir, la frase aquella de Spinoza, “Nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Este discurso no quiere ser solamente teórico. No quiere ser un discurso teórico. Allí donde termina el poderío psiquiátrico, empieza el dominio de la psico-cracia. Contra ella, y no sólo contra la psiquiatría, se dirige nuestra tentativa de recuperación científica del texto de Antonin Artaud “Alienation et Magie Noire”. Somos diferentes, sí, somos diferentes. Somos realmente diferentes, radicalmente diferentes, felizmente diferentes. Fundemos pues, sobre las ruinas de aquel hormiguero, nuestra propia sociedad. Reemplacemos el hospital por una extraña comuna. No alguna comuna pacífica o bucólica, que se conforme con estar simplemente, “al margen”, sino por una comuna activa, cotidianamente subversiva, más que revolucionaria. Sí, somos negros: creemos, extendamos el nuevo “Mau-Mau”. No con diagnósticos, sino con gritos de guerra. El homo normalis nada puede, ya que es tan sólo el esclavo de su apariencia. El psiquiatra nada puede hacer, sino suicidarse. Que no muera la llama. Nunca cedamos en nuestra pretensión no ya de una nueva sociedad, sino de una nueva humanidad. Que sigan hablando, ya no importa. Que sigan excluyendo, nosotros haremos de la uniformidad de esa exclusión la garantía de una diferente universalidad. Quedaos con vuestros sórdidos secretos con esa vasta humillación que constituye el mundo de lo privado. De hoy en adelante, hay lugar para un nuevo “nosotros” y un diverso “vosotros”. Ya somos, realmente, “nosotros”, y “Ellos”: ahora veremos quien era el perseguidor y quien el perseguido. Porque os perseguiremos con la misma saña con que vosotros lo hicisteis, aprovechándonos del laberinto de vuestras apariencias, instalados traidoramente entre vosotros sin que sepáis nunca cual de las marionetas que por allá deambulan mueve ella misma la cuerda. Vosotros, que nos educasteis en el terror a la soledad y a la exclusión, sabréis ahora del terror de no estar, nunca jamás, solos. Creemos, extendamos -251-

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el nuevo Mau-Mau, la nueva Mano Negra, el nuevo Poder Negro, con cuyo saludo me despido, no, como se verá, para extender la mano a nadie.

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    ANEXO Nos queremos y nos odiamos Nuestro dolor es sangre de una misma herida Ya no podemos hablar de otra cosa que no sea nuestra vida Podíamos lanzar las más duras soflamas Pero os estaríamos engañando un poco Nos estaríamos engañando un poco a nosotros mismos Estaríamos huyendo un poco de nosotros mismos Queremos estar siempre entre nosotros Ese es el poder que queremos conquistar Por el que morimos un poco cada día Esa es nuestra dictadura Diciembre, año 20 de la Era Orwell

Dinosaurios han pintado en la puerta de mi casa que llevo un fraude nuevo en mi corazón. Ni fraude ni ostias. El corazón está seco cabrones. Sólo hay odio en sus extrarradios. Ajado. Enhorabuena, ha triunfado el mundo de la tristeza, la mercancía, los sindicatos y la mierda. Habéis construido un yermo páramo donde no os queda otro remedio ni otra dedicación que perseguiros vuestras propias colas con las fauces abiertas y hambrientas, dando vueltas y más vueltas sobre el mismo eje. Pero a nosotros, los perturbadores, la Historia ya nos ha contado qué huesos hay que enterrar y qué muros hay que derribar para continuar nuestro camino. Que muera el viejo mundo. «Todavía no sabemos cómo, pero dadnos tiempo, ya se nos ocurrirá algo. Llegará un día en el que os sintáis seguros y felices, y de repente vuestra alegría se os convertirá en cenizas en la boca, y ese día sabréis que la deuda ha quedado saldada.» Tyron Lannister -253-

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La TV exhibe niños como animales en un zoológico. La cocaína dibuja sonrisas de imbecilidad en cada esquina. Los políticos invitan a la delación generalizada, la consigna es clara: de cada buen ciudadano, un buen chivato. La calle parece un jodido videoclip, la clonación ya es un hecho consumado. Actualmente en los EEUU se gasta al año en la compra de antidepresivos la misma cantidad de dinero que se gasta en pan y leche (quince mil millones de dólares). Todos los días se produce la ceremonia ritual de la fusión de la carne y los huesos con el metal y el asfalto de cada carretera del planeta. Los jóvenes de izquierdas se creen rebeldes por votar a Zapatero, a Kerry o a su puta madre, se enorgullecen de su proeza, creyendo en el interior de sus amnésicas cabezas que los tipos de los turbantes ya no apuntarán contra sus vidas... sin osar pensar acaso que lo hará su trabajo, su coche o el veneno que nos dan de comer. En Japón se suicidan treinta y dos mil personas al año. La guerra no descansa, la guerra lleva aquí entre nosotros desde la luz del alba. Nadie va a venir a salvarnos. Otro mundo no es posible, el mundo es el que es y no hay marcha atrás. Es necesario acabar con él para volver a soñar «Las acciones vienen marcadas por los acontecimientos y no por cualquier visionario de turno.» Salvador Puig Antich

Hay quienes dicen que la teoría ya no hace falta, que las cosas están muy claras. Sin embargo nosotros vemos el tablero cada vez más oscuro y necesitamos conocer. Se trata de diferenciar entre querer vencer y querer sencillamente devolver los golpes. Teoría y estrategia caminan de la mano, y sin estrategias las acciones no contribuyen a ganar la partida. El nihilismo no nos seduce, nos seduce la idea de barrer a nuestros adversarios del planeta e imponer nuestros sueños. Son cosas diferentes, aunque a menudo apunten a los mismos enemigos: para nosotros la venganza contribuye en la consecución de la anarquía, pero en ningún caso la venganza es en sí misma nuestro objetivo, la anarquía. Armar a la desesperación con que vivimos no tiene nada que ver con hacerla estallar. Respetamos el libre ejercicio de la ira, pero no asumimos ni su apología estética ni su relación con la necesidad revolucionaria. -254-

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En nuestro caso, no hay un elemento definido a batir, ¿por dónde empezar...? ¿el psiquiatra? ¿los jueces que firman los encierros? ¿los padres? ¿los profesores? ¿el farmacéutico que nos administra el veneno? ¿los periodistas que identifican enfermo mental con asesino en serie? ¿los camellos que se lucran con el deterioro de las cabezas? ¿podríamos acaso concentrar todas nuestras fuerzas en arrear a uno y perdonar al resto? El conflicto está abierto contra todos, todos son responsables de la sociedad en la que medra la enfermedad. Nuestra venganza no puede ser un camino recto. La locura en muchísimos casos no es otra cosa que la pena, estar loco es morirse de pena. La pena no surge de la nada, tiene un origen, y allí apuntan nuestras armas: las que tenemos y las que buscamos. Cuando ya no aguantemos más y queramos morirnos, buscaremos un buen número de hijos de puta y nos los llevaremos a abrazar la tierra junto a nosotros, pero de momento seguimos aquí, buscando brazos amigos, buscando puertas. En otro orden de cosas, el norte se ha perdido en una alcantarilla. La mitomanía vuelve ha hacer de las suyas, y los chicos malos repudian las letras impresas mientras se llenan la boca con pedazos de la historia de nuestra derrota. Apetece contarles que a Severino Di Giovanni le trincaron cuando iba a la imprenta a ver las pruebas de uno de sus libros, o que el MIL se organizó entorno a un proyecto editorial que pretendía construir una biblioteca de textos anticapitalistas. La ignorancia engendra gilipollez, y sólo así se puede entender que haya quienes han acabado por identificar el intento de pensar con el intelectualismo. «Me voy a tirar al monte, reza para que no me pierda.» Estopa

Corren muy malos tiempos cuando el respeto parece depender directamente de hacer públicos los marrones con que uno carga. La charlatanería siempre ha sido enemiga de la revuelta. A día de hoy, si para ganar la confianza de algunas personas hay que, o bien asumir una cierta pose de radicalidad y macarreo compulsivo, o bien informar de cómo y por qué peligra nuestra la libertad, nuestra opinión es que la confianza de esas personas no vale nada. Hacemos un llamamiento a los chavales y chavalas más jóvenes -255-

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para que cuiden sus respectivos culos, y no entren en los bailes de máscaras y sus tertulias que se organizan en el gueto en el que están encerrando nuestros sueños. El respeto no se puede alcanzar mediante la compra-venta de estéticas o la reproducción de estereotipos. Es en ese preciso momento, una vez que las relaciones sociales quedan determinadas por las apariencias, cuando la lucha contra el capital debe ofrecer algo distinto a sus mercancías. El respeto se construye, supone convicción y compromiso, conflicto en la palabra y en la acción. Según pasan los años, va quedando más claro que la pose se esfuma y la guerra continúa. Nosotros seguimos acá, quien en la pelea nos busque nos encontrará. ¡Arriba los que luchan! ¡Que se mantengan unidos los que son diferentes! ¡Solidaridad activa con nuestros hermanos y hermanas presas! Del Estado únicamente conozco una cara, la policía. Del Capitalismo únicamente conozco una cara, la mercancía. Yo no sé ser feliz entre mercancías y policías. La locura esconde un método, y el caos un conocimiento. «También había más imaginación, porque entonces la imaginación no la teníamos tan colonizada por el capital, por así decirlo. Todo lo que se nos ocurriera... teníamos una inmensa zona de sombra y, una vez atravesada la línea, estaba allí, sin límites, para explorarla. Hoy en día no se trata de eso. Hoy en día la dominación actúa por las mismas formas brutales de siempre, pero además con otras muchas formas mucho más sofisticadas, en la subjetividad desde que es otra manera. Y hoy en día, por un lado... el lado del control de los cuerpos, de los comportamientos, de los movimientos de cada cual... antes la red de control tenía agujeros así de grandes, ahora los tiene que ni se ven, es tan tupida que es difícil moverse sin que te controlen. Pero es que también ocurre que, si quieres llegar a algún sitio, a una posición de resistencia, una actitud de desobediencia, a una actividad ilegal, resulta que cuando tú llegas el enemigo estaba allí ya desde hace mucho tiempo ¿Sabes lo que te quiero decir? Tú llegas allí, y ese espacio, ese comportamiento ya está controlado, de manera que lo que tú ibas a hacer ya estaba previsto. (...) Pero esa distancia se puede superar, se puede atacar al monstruo y de muy diversas maneras, pero, claro, hace falta el esfuerzo adecuado. No el esfuerzo por el esfuerzo, yo, personalmente, desprecio la militancia, el sacrificio, la abnegación, el -256-

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heroísmo, me cago en todo eso. Pero yo, apasionadamente, para ser feliz, necesito por lo menos creer en la posibilidad de que lo que me jode de verdad, lo que me quita el sueño, puede ser vencido. Y esto no es una cosa que nazca por arte de birlibirloque ni que se pueda sacar de ningún rollo ideológico, estereotipado. Hay que hacer un enfrentamiento lúcido y real, abierto, cara a cara con el monstruo, para conocerlo y buscar sinceramente, sin ningún otro adorno o justificación, dónde se le puede atacar. Eso, hoy en día, es mucho más difícil que en aquél tiempo, porque la situación es mucho más compleja, porque la dominación es mucho más fuerte, entre otras cosas porque se ha quedado durante muchos años sin nadie enfrente.» Líneas robadas de «COPEL, butrones y otras aportaciones de los grupos autónomos. Experiencias de lucha autónoma en los años 70, 80... Valencia.»

El siguiente artículo ha sido traducido por Rodrigo Molina y publicado en el número 4 de la revista Artefacto (Pensamientos sobre la técnica) en Octubre del 2001. Francis Fukuyama desató un sin fin de controversias cuando en el verano de 1989 publicó su artículo «¿El fin de la historia?» en The National Interest. Éste se basaba en las líneas maestras que defendió en una conferencia dada en la universidad de Chicago dentro de una aberración autodenominada «Investigación de la teoría y práctica de la democracia». En él, este individuo (por aquél entonces director adjunto de la oficina de planificación política del departamento de estado norteamericano durante el gobierno de Reagan) se llenó de gloria al ser presuntamente capaz de argumentar la inquebrantable victoria del liberalismo político y económico. Expone que la tesis de que a la luz de la inevitable expansión del consumismo occidental a todas y cada una de las partes del planeta, bien pudiera ser posible (según sus propias palabras) «que lo que estemos presenciando no sea simplemente el final de la guerra fría o el ocaso de un determinado periodo de la historia de posguerra, sino el final de la historia en sí; es decir, el último paso de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización de la democracia liberal occidental, como forma final de gobierno humano». Semejante gilipollez hizo que capitalistas y demócratas de medio mundo cacarearan de placer, y no porque la pretensión de dar por concluida la historia de los seres humanos fuera nueva (al fin y al cabo todo régimen ha buscado siempre el presentarse ante sí y ante los demás como el definitivo colofón de un proceso, como «el mejor de los mundos -257-

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posibles»), sino porque por vez primera en democracia se hacía de una manera rotunda, convincente y con unas —aparentemente— robustas bases filosóficas. Simplificando, podemos decir que Fukuyama recoge los principios de la teoría hegeliana desarrollados por un emigrante ruso afincado en Francia llamado Kojevé. Éste actualiza la «Fenomenología del espíritu» de Hegel para afirmar que las dos guerras mundiales no han hecho sino expandir los principios del estado democrático liberal... estado que se fraguó con las tesis básicas de la Revolución Francesa (Hegel sostuvo a su vez en la citada obra que el fin efectivo de la historia sucedía en 1806, cuando Napoleón se pulió a los prusianos en la batalla de Lena, inaugurando lo que parecía un proyecto de estado universal invencible). Para Kojevé la situación de postguerra en Europa tras la derrota nazi, esbozaba de manera definitiva un «Estado homogéneo universal», en el que las contradicciones humanas quedaban resueltas, las utopías morían por inanición y las bases materiales se cubrían con solvencia. El horizonte de las ideas quedaba agotado por siempre jamás, y lo que permanecía no era sino una actividad económica primaria mantenida sin fin. El laureado Fukuyama no hizo mucho más que leer a Kojevé y actualizarlo tras la caída del muro (sucedida en el mismo año en el que se escribió el artículo del que estamos hablando): la tríada Liberalismo-Democracia-Consumo había sellado su victoria final. La universalización del mercado vendría a minimizar por definición el riesgo de conflictos (que habiendo abandonado el campo de las ideas y los sueños, quedaría reducido a los campos de la religión y el nacionalismo), el cálculo económico tendría la prioridad absoluta tras la disolución progresiva de los regímenes socialistas: podría haber estados no-democráticos, pero los esencial es que en ellos ya no perduraría la búsqueda de un estadio superior de la sociedad humana. La conclusión final supone que el dominio económico prevalecerá sobre «la osadía, el atrevimiento, la imaginación y el idealismo», y que el proceso civilizatorio que se abrió en 1945 concluye en una época estática de perpetuo aburrimiento. No hace falta mucho ingenio para rebatir esta muerte de las ideas y afirmar a las claras que Fukuyama era un cabrón, amén de un mentiroso. Sin embargo, lo que realmente resulta interesante es su rectificación... Una década después, uno de los mayores -258-

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justificadores teóricos del poder establecido que han existido parece darse cuenta de un hecho irrebatible: si es cierto —tal y como el liberalismo argumenta— que en el estadio civilizatorio actual el plano político-social y el científico caminan paralelos, atendiendo a la realidad tecnológica de los últimos años se puede intuir que algo no encaja. La ciencia ya no constituye una actividad humana bajo control, la genética se define como una ingeniería de lo humano: significando lo imprevisible por necesidad. Si no se ponen cotas al desarrollo tecnológico, no puede admitirse la perpetuación de un determinado sistema político. El riesgo tiene la característica de ser contagioso, y ahí coincidimos con Fukuyama. Por eso reproducimos el siguiente artículo, porque evidencia el peligro del desarrollismo tecnológico, expresando el hecho de que la misma barbarie científica no viene a clausurar la historia, sino que pretende clausurar lo humano. Desde la manipulación genética en el envenenamiento masivo de nuestros alimentos a la generalización de los psicofármacos desde edades cada vez más tempranas, la vida humana está siendo atacada sin cuartel. El juego se plantea a doble o nada, el hombre y el planeta entero están en peligro, pero en esta ofensiva nada es gratuito, hay juguetes tan peligrosos que pueden explotar en las manos. La tecnología camina a pasos agigantados, pero no acaba de conocer su camino. La tarea a llevar a cabo por todos aquellos que mantienen ideas y no mierda en sus cabezas, consiste en ponerle la zancadilla, en evidenciar lo genocida de sus planteamientos (para lo que es necesario el esfuerzo por conocerlos), y en saber aprovechar cada una de las brechas que se abren y se abrirán en tan arriesgada carrera desbocada para golpear al enemigo donde más duela.

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el último hombre en una botella. porqué el

cado.

«fin de la historia» estaba fundamentalmente equivo-

Si reorientamos nuestra perspectiva desde la política y la economía contemporáneas hacia temas más filosóficos, veremos que existen desarrollos que se perciben a simple vista sobre el final del siglo XX y que podrían acabar definitivamente con la historia humana, pero no de la manera que yo sugería en «El fin de la Historia y el último hombre». Allí yo argumentaba que la direccionalidad y el carácter progresivo de la historia humana había sido impulsado por el despliegue de la moderna ciencia natural. La energía del vapor, los ferrocarriles y la producción maquínica crearon la Era Industrial e hicieron posible la aparición del estado centralizado, burocrático y racional de Max Weber, del cual la Unión Soviética ha sido un ejemplo extremo. Por otra parte, el paso de una sociedad industrial a una postindustrial estableció un conjunto muy diferente de condiciones económicas, en el cual las manufacturas dan lugar a los servicios, los requisitos educativos se elevan sustancialmente, la inteligencia relega la producción material a un segundo plano, la tecnología y la innovación tecnológica lo penetran todo, y la complejidad de la vida económica aumenta en forma exponencial. El socialismo, al menos en la forma de planificación centralizada que se practicó en los países ex-comunistas, no puede sobrevivir bajo las condiciones postindustriales. Las razones fueron delineadas hace cincuenta años en un artículo ya clásico de Friedrich von Hayek. En una economía moderna, la mayor parte de la información que se genera es de carácter local y requiere al mismo tiempo del manejo de conocimientos tecnológicos cada vez más avanzados. Es el obrero que trabaja en la planta fabril atornillando el panel de la puerta de un auto quien sabe cuándo éste tiene una falla, y no el gerente que permanece sentado en las oficinas centrales de la corporación; del mismo modo, es el director con un título en ingeniería, antes que el jefe del partido, quien comprende los requerimientos para la construcción de la fábrica. Los sistemas económicos que canalizan los procesos de toma de decisiones a través de agencias centralizadas se sobrecargan a sí mismos con obligaciones que son catastróficos cuellos de botella. El aumento de la complejidad económica y técnica, y la clase de conocimiento -260-

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local y táctico que se requiere para manejar esta complejidad, impone casi inevitablemente un alto grado de descentralización en el proceso de toma de decisiones económicas, el cual significa una confianza mayor en los mercados. El cambio desde estructuras de autoridad centralizadas, jerárquicas y burocráticas hacia otras más participativas en las que el poder y la autoridad se hallan más ampliamente distribuidos, ha caracterizado no sólo a la política sino también a las firmas privadas en la economía. Del mismo modo que la sobrecentralización de la toma de decisiones en Alemania del Este o en la ex Unión Soviética ahogó la innovación, también la sobrecentralización y la sobreburocratización de las grandes compañías como IBM y AT&T dañó seriamente su capacidad para competir contra empresas más pequeñas y flexibles. En lo que a esto se refiere, la revolución de la información en marcha ha tenido un gran impacto en la política global y adelantó la llegada del fin de la Historia. Mientras que las principales tecnologías de finales del siglo XIX y principios del XX —desde las petroquímicas hasta los automóviles y desde la energía nuclear hasta las armas— alentaron las escalas jerárquicas y la centralización, las tecnologías de finales del siglo XX parecen alentar la flexibilización y la descentralización. La llegada de información barata y omnipresente ha tenido un profundo efecto democratizador; es mucho más difícil para las estructuras jerárquicas de varios tipos, desde los gobiernos a los sindicatos pasando por las corporaciones, usar su control sobre la información para manipular a aquellos sobre quienes ejercen su autoridad. No se trata de un mero accidente, entonces, que los regímenes autoritarios comenzaran a caer en todo el mundo justo cuando la economía global comenzó a dirigirse hacia la era de la información. Sin embargo, la economía no es la única fuerza que impulsa el progreso de la historia humana. En paralelo opera la lucha por el reconocimiento; esto es, el deseo de todos los seres humanos de que aquellas personas que los rodean les reconozcan su dignidad fundamental. El fin de la historia y el último hombre argumentaba que Kant y Hegel habían acertado al afirmar que la única forma racional de reconocimiento era el reconocimiento universal, y que donde mejor se producía era en un estado liberal moderno que garantizaba un conjunto de derechos humanos fundamentales. En -261-

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última instancia, este argumento se sustentaba en cierta noción de naturaleza humana: para Hegel los seres humanos no buscan simplemente fines económicos y no se contentan con la simple prosperidad material; su satisfacción depende de manera crítica de lo que Platón llamó thymos, la parte espiritual del alma que busca el reconocimiento de su dignidad. El defecto del socialismo consistió en algo más que la falta de habilidad para crear industrias que pudieran fabricar semiconductores: al crear una dictadura que pisoteaba la dignidad de los ciudadanos en tanto individuos, falló en no crear las condiciones de igualdad de reconocimiento que son la base necesaria para una sociedad justa. La posibilidad de que nos hallemos ante el fin de la Historia puede surgir sólo bajo dos circunstancias. La primera es que exista algo así como la naturaleza humana. Si los seres humanos son infinitamente maleables, si la cultura puede superar a la naturaleza en moldear los impulsos y las preferencias humanas básicas, si todo nuestro horizonte cultural está socialmente construido, entonces no existe claramente ningún conjunto particular de instituciones políticas y económicas —y ciertamente tampoco las democrático liberales— de las que se pueda decir en los términos de Kojevé que sean «completamente satisfactorias». El marxismo asumió un alto grado de plasticidad: si los seres humanos parecían egoístas, materialistas y demasiado preocupados por la familia, los amigos y su propiedad, era sólo porque la sociedad burguesa así los había hecho. Para Marx el hombre era un «ser de la especie», con reservas ilimitadas de altruismo hacia la humanidad como tal. Parte del proyecto marxista en las ya existentes sociedades socialistas fue crear un «nuevo hombre soviético». El socialismo zozobró porque se dio de frente contra la pared de la naturaleza humana: los seres humanos no podían ser forzados a ser diferentes de lo que eran, y todas las características que supuestamente habían desaparecido bajo el socialismo, como la etnicidad y la identidad nacional, reaparecieron después de 1989 con toda la furia. La segunda condición para el fin de la Historia, como señalé al principio de este artículo, sería un fin de la ciencia. Los americanos suelen pensar que la innovación tecnológica es una cosa buena, y que aquellos que la cuestionan son ludditas que se interponen en el camino del progreso. Y con seguridad, las tecnologías que han surgido como las dominantes a finales del siglo xx, en particular aquellas relacionadas con la información, parecen ser -262-

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relativamente benignas y capaces de sustentar un orden mundial más democrático. Si de algún modo se nos pudiera asegurar que la innovación tecnológica futura asumirá estas mismas características, entonces quizás podríamos decir que tenemos el conjunto adecuado de instituciones políticas y económicas. Pero eso no es posible, y ciertamente nos encontramos en el punto más alto de una nueva explosión en la innovación tecnológica que nos forzará a repensar los principios básicos. Porque del mismo modo en que el siglo XX fue el siglo de la física, cuyos productos más prototípicos fueron la bomba atómica y el transmisor, el siglo XXI promete ser el siglo de la biología. De algún modo, es posible ver la revolución biotecnológica como una mera continuación de la revolución que se vino produciendo en las ciencias de la vida a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, una revolución que nos ha traído vacunas contra la viruela y la poliomielitis, incrementando de una manera espectacular las expectativas de vida; la gran revolución en la agricultura y otros beneficios innumerables. Pero el descubrimiento de la estructura del ADN de Watson y Crick abrió una frontera mucho más lejana en la conquista humana de la naturaleza, y la clase de desarrollos que pueden llegar a darse en las dos próximas generaciones harán empalidecer a los primeros avances. Para dar sólo un ejemplo, ya no está tan claro que exista un límite a la expectativa de vida. Recientes investigaciones sobre las células de tallo (células que existen en embriones que no se han diferenciado todavía formando los distintos órganos del bebé) sugieren que el envejecimiento y la degeneración celular son procesos genéticamente controlados que pueden ser deliberadamente puestos en funcionamiento o desactivados. Ahora algunos investigadores piensan que podría lograrse que los seres humanos vivan normalmente doscientos o trescientos años, quizás más aún, con un alto grado de salud y actividad. El resultado más radical de la actual investigación en biotecnología es su potencial para cambiar la propia naturaleza humana. Si definimos la naturaleza humana como una distribución estadística de las características genéticamente controladas de una población, entonces la así llamada investigación de línea germinal del futuro diferirá de la tecnología médica del pasado en su potencial para alterar la naturaleza humana afectando no sólo al individuo al cual se le aplica, sino a toda su descendencia. La implicancia final -263-

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de esto es que la biotecnología podrá lograr lo que las ideologías radicales del pasado, con sus técnicas increíblemente crudas, eran incapaces de conseguir: generar un nuevo tipo de ser humano. Muchos de los defensores de la biotecnología argumentarán que esta clase de observación es indebidamente dramática y alarmista. El propósito de la investigación en biotecnología es terapéutico: apunta a sacar a la luz lo que ahora es claramente comprendido como los fundamentos genéticos de enfermedades como el cáncer de mama, el mal de Alzheimer y la esquizofrenia, y proveer sus curas. Puede argumentarse que la investigación línea germinal simplemente conduce a esta forma de terapia a su conclusión lógica: si la propensión a una enfermedad yace en una característica genéticamente heredable, ¿qué tiene de malo diseñar y realizar una intervención genética para eliminar esa propensión en las generaciones presentes y futuras que puedan padecerla? El hecho de que no exista una respuesta clara a esta última pregunta sugiere —tal como ha señalado el especialista en biotecnología Leon Kass— la principal razón por la cual será tan difícil resistirse a la biotecnología en el futuro: cualquier consecuencia potencialmente negativa de la manipulación genética estará íntimamente vinculada a sus beneficios positivos, que serán obvios y mensurables. Muchas personas argumentan que podemos trazar una línea clara entre la terapia y el mejoramiento de la especie, y que podemos reservar la ingeniería genética para la primera. Pero cuando se trata de trazar límites en zonas grises, es mas fácil decirlo que hacerlo. Existe un consenso general acerca de que ciertas condiciones, como la esquizofrenia, son patológicas; el problema es que no existe consenso sobre qué es la salud. Si se puede aplicar la hormona del crecimiento a un niño que sufre enanismo, ¿por qué no a uno que está en el límite de su altura «normal»? Y si es legítimo dársela a este último ¿por qué no a aquel que, estando en el promedio de altura normal, quiere recibir los claros beneficios de tener una altura aún mayor? Tomemos otro ejemplo. Supongamos que decidimos que realmente no nos gusta tanto el hombre joven promedio. Existe un creciente cúmulo de datos estadísticos que sugiere que las propensiones a la violencia y la agresión son genéticamente heredadas y que son mucho más características de los hombres que de las mujeres. Esto proviene de una amplia variedad de fuentes: desde el hecho de que la gran mayoría de crímenes en cualquier cultura -264-

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son cometidos por hombres jóvenes, hasta recientes investigaciones que sugieren una continuidad en la agresión de los grupos masculinos desde los ancestros primates hasta el hombre actual[1]. Pero si la propensión a la violencia es controlada por los genes, entonces ¿por qué no intervenir para corregirla? Aún cuando la propensión a la violencia pudiera considerarse natural, hay pocas personas que estén dispuestas a defender la violencia instintiva como una condición saludable. Ya existe un conjunto creciente de investigaciones criminológicas, muchas de las cuales provienen de los estudios de mellizos en la genética del comportamiento, que sugieren que la propensión al crimen puede ser heredada y posiblemente, en el futuro, se la localice en genes específicos que poseen ciertas personas específicas. La investigación en este área se ha empantanado en una gran pelea sobre lo políticamente correcto, ya que muchas personas sospechan y temen que la investigación también intentará relacionar la propensión al crimen con la raza. Pero llegará un momento en que será posible separar el tema de la violencia del tema de la raza, cuando debamos afrontar directamente la pregunta: ¿en que consiste la salud? Porque poseeremos la tecnología que nos permitirá criar gente menos violenta o gente curada de su propensión hacia la conducta criminal. Aquellos que creen que esto suena a ciencia ficción no han estado prestando atención a lo que ha venido ocurriendo últimamente en las ciencias de la vida. Lo que alguna vez puede llegar a lograrse a través de la terapia genética ya está siendo posible por la neurofarmacología. La terapia con drogas difiere de la terapia genética en la medida en que sus efectos no son heredables, pero su impacto afecta el mismo plano fundamental del comportamiento humano. Tomemos como ejemplo dos de las drogas más conocidas y controvertidas que actúan directamente sobre el sistema neurológico, metilfenidato (vendida bajo la marca Ritalina)[2]y fluoxetina (mejor conocida como Prozac)[3]. La Ritalina es usada para tratar lo que se ha dado en llamar síndrome de déficit de atención con o sin hiperactividad (ADHD), más comúnmente asociado con jóvenes que 1. Ver mi artículo «Women and the Evolution of World Politics»,en Foreign Affairs (Septiembre/Octubre 1998). 2. Las drogas relacionadas son dextroanfetamina (Dexedrina) y permolina (Cyiert). 3. Las drogas relacionadas son el paxil de los laboratorios Pftizer Zoloft y Smtihkline Beecham.

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no pueden estarse quietos en clase. El Prozac y sus parientes son antidepresivos. La Ritalina trabaja inhibiendo la recaptación del cerebro de un neurotransmisor clave, la dopamina, mientras que el Prozac trabaja inhibiendo la recaptación de otro neurotransmisor importante, la serotonina. Ambas, la Ritalina y el Prozac, han sido descriptos como drogas maravillosas y han dado ganancias enormes a sus fabricantes, los laboratorios Novartis y Eli Lilly. Existen numerosos casos en los cuales niños con muchos problemas de disciplina, violentos o agresivos, han sido efectivamente sedados con la Ritalina y reintegrados a las aulas. De igual modo, el Prozac y similares han sido en larga medida responsables de la muerte del psicoanálisis, por ser tan efectivos en el tratamiento de pacientes en un estado de depresión severa. La Ritalina es usada hoy en día por tres millones de niños en Estados Unidos; las enfermeras que suministran dosis diarias de Ritalina se han vuelto moneda corriente en muchas escuelas. De la misma manera, el Prozac y sus similares son proscriptos para más de treinta y cinco millones de pacientes en todo el país. Y como en el caso de la Ritalina, se ha creado un culto a su alrededor, en el que sus acérrimos partidarios ofrecen un vehemente testimonio acerca de sus efectos terapéuticos. Sin embargo, estas drogas han sido objeto de una violenta controversia por su potencial para alterar el comportamiento. Los críticos de la Ritalina, incluyendo muchos médicos, creen que de ninguna manera la ADD y la ADHD sean realmente enfermedades; mientras que algunos casos de hiperactividad son claramente patológicos, en muchos otros a las personas con ese comportamiento en otra época se las hubiera caracterizado simplemente como animadas o de buen humor[4]. Claro, como la Ritalina se prescribe mucho más a los niños que a las niñas, algunos críticos llegan al punto de decir que la droga es usada para evitar que los niños se comporten como niños, es decir, que es usada no para tratar el comportamiento patológico sino el normal, que a los padres y maestros agobiados les parece inconveniente o estresante. El efecto de la Ritalina en el cerebro es similar a aquel que produce una 4. La controversia respecto de la Ritalina es tal que los Institutos Nacionales de Salud Mental (Notionol (nstitutes o/Mentol Heolth) fueron forzados a realizar un simposio a principios de 1999 para discutir sobre ADHD y el creciente uso de la droga.

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cantidad de anfetaminas y por supuesto la cocaína[5]. Las historias de los efectos de la Ritalina con frecuencia hacen que se parezca a la droga soma que se administra a los ciudadanos en la novela «Un mundo feliz» de Aldous Huxley para hacerlos pasivos y conformistas. El Prozac y similares acarrean potenciales consecuencias de mayor importancia porque afectan los niveles de serotonina en el cerebro. La serotonina está íntimamente ligada a los sentimientos de autoestima y dignidad, y en los primates juega un papel importante en la competencia por el estatus jerárquico. Los chimpancés sienten un pico de serotonina cuando consiguen el estatus de macho alfa: al regular los niveles de serotonina en sus cerebros, los científicos pueden reordenar las jerarquías de dominio en las colonias de los chimpancés. Debido a que las mujeres tienen una tendencia mayor a sufrir de depresión que los hombres, el Prozac es ampliamente usado por ellas y ha sido elogiado en libros como «Nación Prozac» de Elizabeth Wurtzel. Como la Ritalina, la droga tiene usos que son incuestionablemente terapéuticos; pero una cantidad desconocida de sus millones de usuarios está buscando lo que Peter Kramer llama «farmacología cosmética». Los lectores perspicaces habrán notado las palabras «autoestima» y «dignidad» en el párrafo anterior. En la interpretación del mundo hegeliano-kojeviana, la lucha por el reconocimiento de la dignidad humana o la valía no es meramente incidental en los asuntos de los hombres; es el motor mismo que conduce el proceso histórico. Para Hegel la Historia comienza cuando dos seres humanos se trenzan en una batalla hasta la muerte por el reconocimiento. Esto es, que demuestran que están dispuestos a arriesgar sus vidas no por la ganancia material, sino por el reconocimiento intersubjetivo de su dignidad por otra conciencia. El deseo insatisfecho por el reconocimiento crea las varias formas de orden político que han existido en la historia humana; señorío y esclavitud, la conciencia infeliz, y finalmente el estado homogéneo universal en el cual todos los ciudadanos finalmente reciben un reconocimiento racional y por lo tanto igual, por sus dignidades. Esta descripción hegeliana de la Historia tiene varios problemas; empezando por el hecho de que los primates no humanos 5. Para leer sobre la discusión, consultar Mary Eberstadt, «Why Ritalin Rules», Policy Review (Abril/Mayo 1999).

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aparentemente luchan por el reconocimiento también, y terminando con el hecho de que el reconocimiento equitativo provisto por una democracia liberal moderna quizás no sea tan «completamente satisfactorio» como Kojeve sostiene. Y sin embargo es difícil observar la vida política y no comprender que ciertamente se ha centrado siempre en las luchas por el reconocimiento. Pero de repente la industria farmacéutica global en su enorme inventiva nos ha proporcionado un desvío: en vez de luchar por el reconocimiento por medio de la dolorosa construcción de un orden social más justo, en vez de buscar superar al sí mismo con todas sus ansiedades y limitaciones, como todas las generaciones pasadas hicieron, ¡ahora nosotros tan sólo nos tragamos la píldora! Nos confrontamos, de algún modo, con el Último Hombre en la botella de Nietzsche: la falta de respeto que enfrentamos, la insatisfacción con nuestra situación actual, que ha sido el sustento de la Historia como tal, de repente desaparecen, no como resultado de la democracia liberal, sino porque súbitamente hemos descubierto cómo alterar esa pequeña parte de la química cerebral que era desde un primer momento la fuente del problema. Existe una satisfactoria simetría en los efectos de la Ritalina y del Prozac: el primero convierte a los niños en menos niños; el segundo supera las desventajas de ser mujer. Juntos nos conducen imperceptiblemente hacia la clase de ser humano andrógino que ha sido el objetivo igualitario de la política sexual contemporánea. Como dijo el Zaratustra de Nietzsche acerca del Último Hombre: «todo el mundo quiere ser el mismo, todo el mundo es el mismo». Uno se pregunta cómo habrían sido las carreras de genios atormentados como Blas Pascal o Nietzsche mismo si hubieran nacido de padres norteamericanos y hubieran tenido a su alcance Ritalina y Prozac desde una temprana edad. Estos desarrollos en neurofarmacología son sólo un anticipo de lo que vendrá en el próximo siglo. Parece casi inevitable que vayamos a desarrollar la habilidad de manipular la línea germinal misma, y por lo tanto cambiar de una vez y para siempre el conjunto de comportamientos genéticamente controlados que han caracterizado a la raza humana desde la así llamada Era de Adaptación Evolutiva, cuando los seres humanos vivían en sociedades recolectoras-cazadoras. Las potenciales consecuencias tanto para la política como para la moral no deberían ser subestimadas. Porque hoy en día cualquier entendimiento que pudiéramos tener -268-

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sobre arreglos políticos justos o de un orden moral universal están en definitiva basados en la comprensión de la naturaleza humana. Hasta el extremo de que la naturaleza es algo que nos es dado no por Dios o por nuestra herencia evolutiva sino por el artificio humano, entonces estamos entrando en el propio reino de Dios con todos los terribles poderes del mal y del bien que tal entrada implica. el gobierno global y las revoluciones paralelas

En la actualidad están ocurriendo dos revoluciones al mismo tiempo, una en tecnología de la información (TI) y la otra en biología. De las dos, la primera es más visible pero la segunda, una revolución de la ciencia básica más que de la tecnología, es probable que por último demuestre ser mucho más fundamental. Posiblemente estas revoluciones paralelas interactúen de modos que vayan a tener implicancia en la gobernabilidad global. Como hemos visto, la revolución TI ha tenido efectos beneficiosos para causar el Fin de la Historia minando las jerarquías autoritarias y distribuyendo más ampliamente el poder. En la imaginación popular la TI es vista como algo bueno para las democracias, bueno para la economía, y (si uno es norteamericano) bueno para Estados Unidos también porque somos nosotros quienes dominamos la industria TI global. La biotecnología, por otra parte, al mismo tiempo que tiene efectos incuestionablemente beneficiosos, es considerada por muchos legos como más sospechosa. En Europa en general y en Alemania en particular, el legado Nazi ha hecho que las personas sean mucho más precavidas en relación a la investigación genética y la manipulación. Los alemanes han prohibido actividades como la investigación de línea germinal, y se han enzarzado en disputas con las compañías norteamericanas de biotecnología como Monsanto acerca de los alimentos genéticamente alterados. Como ya sugerí, en el futuro habrá desarrollos más radicales y, por lo tanto, más preocupantes. Suponiendo que en algún momento en el futuro decidamos parar, prohibir o incluso desacelerar el desarrollo de ciertas tecnologías biológicas nuevas, digamos, por ejemplo, la clonación humana, ¿podremos hacerlo? La ortodoxia prevaleciente en el mundo de la TI dice que, primero, es ilegítimo imponer límites políticos a la -269-

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investigación científica o al desarrollo tecnológico y, en segundo lugar, que incluso si quisiéramos establecer límites estos no podrían ser puestos en práctica. El punto de vista normativo que sostiene que no deberíamos intentar controlar a la ciencia tiene un número de fuentes, incluyendo una indiscutida aceptación de muchos científicos del proyecto baconiano-cartesiano de una ciencia natural moderna, la perspectiva libertaria que se ha vuelto dominante en la última generación y la natural tendencia de los norteamericanos a tener un visión optimista sobre el futuro. Esta visión ha sido fuertemente reforzada por lo que se ha percibido como el éxito de la TI en apoyar valores políticos tales como el individualismo y la democracia. Los intentos por controlar el uso de la TI, por ejemplo la prohibición de la pornografía en Internet, como intentó la Comunnications Decency Act (Ley de Decencia en las Comunicaciones) de 1996, han sido ridiculizados y tratados como puritanos y anticuados. Existen por supuesto usos de la TI que incluso sus propulsores más libertarios no tratarán de defender, como la pornografía infantil y la difusión de la información sobre el armado de bombas. Entonces es ahí cuando el segundo argumento entra en escena, es decir, que si uno quisiera controlar los usos de la tecnología, no sería posible hacerlo. Insisto, la TI ha sido particularmente susceptible a esta línea de argumentación, porque contrariamente a la tecnología de armas nucleares, no premia a las economías de escala. La naturaleza descentralizada de la tecnología de la información y la característica de no respetar fronteras que es inherente a las comunicaciones modernas, fomenta la globalización y crea una situación donde es virtualmente imposible para cualquier estado nación controlar los usos de la TI por sí mismo dentro de sus límites fronterizos. Estados como Singapur o la República Popular China, que han tratado de controlar el disenso político en Internet, se han dado cuenta de que esa lucha se les ha hecho muy cuesta arriba. Los intentos franceses de hacer obligatorio el uso del idioma francés en los sitios de la web dentro de sus fronteras han sido más ridículos que efectivos. Cualquier esfuerzo actual para imponer controles sobre el uso de la TI requiere un nivel de gobierno global que no existe en la actualidad y es políticamente muy poco probable que en el futuro vayan a existir. Los mismos problemas se presentarán en cualquier intento por controlar la biotecnología. Los beneficios de la biotecnología serán tan grandes y tan evidentes para tanta -270-

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gente que las reservas morales sobre sus desventajas —que en mi opinión son mucho menos serias que aquellas para la TI— tenderán a dejarlas de lado como prejuicios sin fundamento. Los ejemplos de la Ritalina y el Prozac son instructivos en este respecto: en la década pasada se lanzó una gran revolución en el control del comportamiento social sin bombos y platillos y sin debate, impulsada por el exclusivo interés de las compañías farmacéuticas privadas. Además, los esfuerzos por controlar la biotecnología se toparán con los mismos obstáculos que los intentos por controlar la TI. La globalización significa que cualquier estado soberano que busque imponer límites a, digamos, la clonación o la creación de bebes de diseño, no podrá hacerlo; las parejas que se enfrenten a una prohibición del Congreso de los Estados Unidos por ejemplo, podrían ir discretamente a las islas Cayman o a México para que les clonen sus hijos. Incluso más aún, la competencia internacional podría inducir a las naciones a dejar de lado sus reparos: si un país o región del mundo estuviera produciendo individuos genéticamente superiores gracias a sus leyes laxas sobre la biotecnología, habría presión de los otros países para ponerse a la par. El modo de pensar libertario y la ausencia de mecanismos internacionales de gobierno, que parecían apropiados para la revolución TI en buena medida benevolente, podrían ser menos apropiadas para una revolución biotecnológica más siniestra. Pero a esa altura, los esfuerzos para cerrar la puerta pueden llegar a ser infructuosos. conclusiones

Es por supuesto imposible predecir el curso futuro del desarrollo tecnológico, por mucho que «El Fin de la Historia» fuera atacado por ser un ejercicio en futurología, ése nunca fue su propósito. La biotecnología puede resultar no ser tan poderosa como he sugerido, o puede ocurrir que la revulsión moral hacia la ingeniería genética demuestre ser tan fuerte que los desarrollos en esa dirección sean parados en seco (nadie, después de todo, esta presionando para construir armas nucleares personales, a pesar de que es tecnológicamente posible). Aquellos que intentaron encontrar la falla clave del «Fin de la Historia» en los acontecimientos políticos y económicos de la década pasada erraban en el tiro. No hay nada, como ya he dicho, -271-

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que haya ocurrido en la política mundial desde el verano de 1989 que invalide el argumento original: la democracia liberal y el mercado hoy en día siguen siendo las únicas alternativas realistas para cualquier sociedad que quiera formar parte del mundo moderno. El defecto clave del «Fin de la Historia» se halla en un nivel completamente diferente. La posibilidad tal fin depende de la existencia de una antropología humana que esté basada en la naturaleza. El período que comenzó con la Revolución Francesa ha visto el asenso de diferentes doctrinas que esperaban superar los límites de la naturaleza humana por medio de la creación de una nueva clase de ser humano, uno que no estaría sujeto a los prejuicios y limitaciones del pasado. El fracaso de esos experimentos a finales del siglo XX nos enseñó los límites del constructivismo social y refrendó un orden liberal basado en el mercado sustentado en las verdades autoevidentes sobre la «Naturaleza y la Naturaleza de Dios». Pero podría ser que las herramientas que los construccionistas sociales del siglo XX usaron, desde la temprana socialización de los niños y el psicoanálisis hasta la propaganda de agitación y los campos de trabajo forzado, fueran simplemente demasiado crudos para alterar efectivamente el sustrato natural de la conducta humana. El carácter abierto de la ciencia natural moderna sugiere que dentro de las próximas dos generaciones dispondremos del conocimiento y la tecnología que nos permitirá lograr lo que los ingenieros sociales no pudieron hacer en el pasado. A esa altura, habremos abolido definitivamente la Historia Humana porque habremos abolido a los seres humanos como tales. Y entonces una nueva historia posthumana comenzará. Francis Fukuyama Revista The National Interest, Washington, verano de 1999.

contra los mercaderes del dolor [El texto que sigue a continuación conformó un panfleto que fue repartido hace aproximadamente un año durante unas jornadas sobre «sociedad y esquizofrenia» que tuvieron lugar en la universidad de Granada. El punto central de las mismas giraba entorno a la necesidad de normalizar la enfermedad poniendo a los enfermos a trabajar. Médicos, profesores, politicuchos locales y empresarios se doraron la -272-

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píldora los unos a los otros sobre lo correcto de sus respectivos trabajos, a la vez que instaban a las familias de los psiquiatrizados a mantener a sus allegados bajo estricto control médico y acercarles a alguna simpática ong que les buscase un curro compatible con su patología] (desde los psiquiatrizadxs en lucha) «Tengo todo lo necesario en mi tienda/ vivan los truenos y los rayos/ para purgar a toda la banda/ de los explotadores del universo.» Chanson du père la Purge, pharmacien de L´Humanité [Canción del padre la Purga, farmacéutico de la Humanidad... antiguo himno infantil francés]

Andémonos sin rodeos ni formalidades, ustedes... empresarios, profesionales de la salud mental y demócratas de bien, son un atajo de hijos de puta. Tenéis la desfachatez de presentaros en sociedad como salvadores y paladines de los pobres «enajenados mentales», tratando sin escrúpulo alguno de vender una moto que consiste en identificar salud con normalidad, y normalidad con trabajo asalariado. Y así, tras drogarnos durante años con neurolépticos, humillarnos sistemáticamente, encerrarnos contra nuestra voluntad, ponernos correas, etiquetarnos y mutilar nuestra autonomía personal, pretendéis redimirnos y domesticarnos ofreciéndonos un puesto de trabajo, un huequito en vuestro podrido mundo. Primero excluís y anuláis, y luego: a sacar provecho poniéndonos a producir. Nos convertís en autómatas y luego os hacéis la foto junto a alguno de nosotros currando a destajo en una cadena de montaje, montando muebles «solidarios» o limpiando la mierda de algún rico que pretende sacar brillo a su conciencia colaborando con la causa de la integración. Aquí todo el mundo pilla tajada... el psicólogo/ psiquiatra porque perpetúa el tinglado ad nauseam (si de verdad buscase soluciones al dolor, correría el riesgo de quedarse sin su profesión y su estatus social), los laboratorios porque los trabajadores necesitan rendir (hay que mantener a raya cualquier delirio improductivo) y para eso deben ir drogados hasta las cejas, los empresarios porque se llenan los bolsillos con las subvenciones y tienen una plantilla que no va a plantear nunca ningún conflicto laboral (que un loco trabaje ya es suficiente en sí mismo, así que la -273-

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cuantía del salario es lo de menos...), y los gobiernos (autonómico y central) y entidades colaboradoras (principalmente cajas de ahorro) porque se venden al ciudadano, es decir: se lavan la cara frente a la gente de la calle, haciendo más humano un sistema que por definición es inhumano. Es por todo esto, que queremos recordarles la historia del domador de leones al que sus fieras un buen día decapitaron... el cazador cazado es un buen final para el cuento en el que os habéis metido. Un día dejaremos de ser las fuentes de ingresos que somos, y las estrellas que andan ancladas en nuestras cabezas estallarán frente a vuestros ojos. No habrá excusas, no tendremos piedad con los señores del Gulag en el que sobrevivimos. No se engañen, y sobre todo, dejen de engañar a los demás. Tengan presente lo que realmente son esta noche, cuando arropen a sus hijitos o hagan el amor con sus cónyuges... quítense la careta y mírense en el espejo, sabrán que son los hijos de aquellos que estrenaron en 1941 las cámaras de gas en Brademburgo —asesinando en masa a más de treinta mil enfermos mentales—, de los eugenistas que nos impidieron reproducirnos durante décadas, de Moniz y sus leucotomías, de los verdugos del electrochoque... sois los herederos de todo ese progreso científico, social y moral: enhorabuena cabrones. Los tiempos han cambiado, se ha vuelto más higiénicos menos drásticos, pero la esencia de vuestra labor permanece... la explotación y rentabilización del sufrimiento ajeno. Y eso, lo queráis o no, os convierte en uno de los grupos de individuos más abyectos y despreciables de este planeta. La mierda, mierda es, aunque se disfrace y camufle sus estrategias de adaptación al medio tras reformas y reformas de las reformas. Da igual lo que digan los medios de comunicación, lo que digan las autoridades científicas, judiciales y policiales, lo que digan los familiares que desprecian nuestra diferencia (y lloran en público y en privado por la anormalidad de sus allegados). Lo único que importa es lo que digan los enfermos cuando se quitan las mordazas químicas con las que les cerráis la boca. No tengan la desvergüenza de llamarnos «pobres de pensamiento», y más tarde decirnos que somos unos amargados que lo vemos todo negro... la oscuridad viene de las gafas de sol que nos habéis incrustado a sangre en la piel y en los ojos. Nos reconocemos como sujetos en rebeldía, seres hermosos y DIFERENTES. Somos lo Otro -274-

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a lo que tienen miedo los amos y sus secuaces, y no necesitamos integrarnos en la pesadilla que habéis diseñado para sonreír. Ese gesto nos lo guardamos para cuando estamos entre iguales, entre conspiradores que trabajan para salir del campo de concentración en el que nos han encerrado... y cuya puerta reza: EL TRABAJO OS HARÁ NORMALES. Hemos aprendido que por más larga que sea la correa, el perro ni deja de ser perro, ni es más libre. PD: Hegel nos ha susurrado que la historia se encargará de partiros la boca.

aclaraciones sobre el consumo de drogas

1) La droga en tanto que vicio es rechazable ya que aporta nuevas necesidades (en un sentido estricto de la palabra) a los sujetos, cuando estos están obligatoriamente involucrados en una existencia tiranizada por la necesidad. Es decir, cuando satisfacer la necesidad de respirar se ha convertido en algo que es simultáneamente doloroso y problemático, ¿cómo puede uno pensar en morder más anzuelos todavía? 2) La droga tiene dos sentidos dependiendo explícitamente del tipo de sujeto que la consuma. Partimos del reconocimiento irreprochable de que las condiciones de vida de los individuos dentro del sistema actual de la existencia en el que nos encontramos, no son no sólo idénticas como pregonan los valedores de la democracia, sino que ni siquiera se las puede considerar como semejantes. Por eso hay una droga, con todas sus variantes y gradaciones, y dos sujetos tipos, con dos mundos a ellos anclados. 2.1) Uno tiene sus necesidades materiales cubiertas, y las —por así llamarlas— espirituales, puede creer tenerlas cubiertas, o bien al menos puede jugar a saciarlas con más y más nuevas mercancías. -275-

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En este caso, la droga es un punto extra de banalización de la vida, es otra mercancía que se une al elenco vital del sujeto. Su capacidad de destrucción física y psíquica no altera su condición mercantil. Es objeto. 2.2) Ahora bien, para un segundo tipo de individuos, la droga no sólo es un bien de consumo: es una herramienta de control y domesticación. Es una llave mágica. Cuando uno no cubre sus necesidades físicas, y/o las mentales-afectivas-espirituales son incapaces de verse cumplidas por la organización social que existe, la droga desvía atenciones y esconde enemigos. La droga calma la sed y mece los sueños, para que nunca despierten. Disgrega, paraliza, reprime y envenena a los deseos. La droga evita el conflicto, lo aplaza inevitablemente para un mañana que nunca llega... y no estamos hablando de las pequeñas trifulcas cotidianas, sino de la guerra que es el telón de fondo sobre el que discurren nuestros días. 3) La droga no es un problema de la población, es una cuestión de clase, pues está íntimamente ligada a las condiciones de existencia de los hombres. Se remite a la escisión real entre explotadores y explotados. La droga sale de las comisarías, le joda a quien le joda. Y sirve para anteponer el consumo a la rabia, entumecer las ambiciones y hacerle a cada cual una sonrisa a la medida con la que vivir en la mitad de un vertedero.

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todos somos electrodos. fragmentos.

[compilación impresa de intervenciones radiofónicas en Los Capí-

tulos Prohibidos de Corín Tellado]

Bienvenidos a la guerrilla de la verdad. Cuando los medios son escasos. En vez de fusiles tenemos que empuñar micrófonos. El momento histórico nos descubre como una exageración la lucha armada. Acabaríamos disparándonos a nosotros mismos, si la policía y el ejército no lo hicieran antes. La confusión es demasiado grande. El poder de los medios de comunicación es demasiado grande y nuestras voluntades demasiado endebles. Hoy por hoy lo que podemos hacer y lo que hacemos está muy cerca. No queremos destrozarnos en una revolución imposible. Queremos una revolución real y la hacemos por nuestro bien y por el de los nuestros. El sacrificio es un engaño que hace tiempo que superamos. Las utopías son abstracción, y se fabrican hoy en día para vender mercancías. Las posibilidades reales son muchas, pero esta sociedad las empequeñece con nombres como esquizofrenia, antieconómicas, fracaso, estupidez. Un señor, un biólogo dijo algo así como que la naturaleza libre se escapa a toda predicción racional. Que el más insignificante de los insectos podía cambiar el rumbo de la historia por la interacción del tejido de la vida, eso que hoy se llama ecología. Lo llamaron teoría del caos. Derrota, derrota mía, mi soledad y mi aislamiento. Eres para mí más valiosa que mil triunfos. Y más dulce a mi corazón que toda la gloria del mundo. Derrota, derrota mía, conocimiento de mí mismo y mi desafío, gracias a ti me siento joven y de pies ligeros. Gracias a ti no me dejo engañar por falsos laureles. En ti he encontrado la dicha de estar solo. Y la alegría de ser desdeñado y rechazado. Derrota, derrota mía, mi brillante espada y mi escudo. En tus ojos he leído. -277-

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Que ser entronizado es ser esclavizado; Que ser entendido es ser rebajado, Que ser apresado es alcanzar la madurez, Y como fruto maduro, caer y ser comido. Derrota, derrota mía, audaz compañera, Oirás mis canciones, mis clamores, mis silencios. Sólo tu me hablarás del batir de las alas, De la impetuosidad de los mares, De montañas que arden en la noche, Sólo tú subirás a las rocas y a los peñascos de mi alma. Derrota, derrota mía, eres mi fuerza que nunca se acaba. Tú y yo reiremos juntos en la tempestad. Juntos cavaremos tumbas para todo aquel que en nosotros muera. Y frente al sol nos erguiremos con voluntad indómita. Y seremos peligrosos. Allí donde mires siempre habrá conflicto. Iré en conflicto a todas partes. Con una mano adelante y otra detrás. Dejándome la vida a cada paso. Como ese niño con su bicicleta de paseo. Sin manos, para estrellarme con el muro donde muere el sol. Me volverán a robar todas las ilusiones, los malditos ladrones de siempre. No sé qué haré cuando los malditos ladrones de siempre me vuelvan a robar todas las ilusiones. Así sobrevivo, temiendo ese vacío cruel que dejan los ladrones malditos que se dedican a robarme todas las ilusiones. Te necesito. Aunque nada sea igual que antes. Necesito oír en tus ojos, -278-

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unas palabras de aliento ahora, que el aire está tan caro ahora, que ya no respiramos juntos. Te necesito. Aunque todo haya muerto dentro de mí. No quiero saber nada de vosotros. Me molestan vuestras caras de estúpidos. Vuestra cobardía y esas risas fáciles. Me molesta todo. Y no quiero perder el tiempo. Os veo y me dan ganas de vomitar. Estoy vivo. Ahora mismo estoy viviendo. No tengo tiempo para jugar a las series de televisión. Ni al escatérgoris, ni a nada. No quiero hacer ninguna revolución con vosotros. No quiero hacer quiste. No quiero sentarme a comer en vuestra mesa. Mi estómago y mi memoria me lo impiden. Nunca me sentí tan solo como entre vosotros. Iros a tomar por el culo. A vuestro lado todo es miseria y confusión. Cultivo mi odio como buen horticultor. A vosotros os odio mucho y bien. La cosecha es abundante. En cada estación, en cada luna llena. Aquí estamos, todos juntos a su sombra. No hay escapatoria. Ella parte y reparte. Y lo tuyo y lo mío no puede ser. Te quedas solo. No puedes ver a nadie. A unos por amor, a otros por odio. -279-

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Te quedas solo y no puedes ver a nadie. Conozco el amor profundo pero estoy tranquilo. En mi corazón todavía queda espacio para el odio profundo. Por favor que alguien toque ese acorde que nos haga libres. No os dejéis llevar por la masa. No os dejéis llevar por la norma. No os dejéis llevar por las leyes. Por favor que alguien toque ese acorde que nos haga libres. Ese acorde tiene que salir de nuestra alma. Tenéis que conocer, que ir encontrándoos. Ese acorde tendrá un momento y desaparecerá. Por favor que alguien toque ese acorde que nos haga libres. Ese acorde será la mariposa, que con su aleteo, despertará el huracán. Por favor que alguien toque ese acorde que nos haga libres. Que alguien baje a jugar y los cristales se rompan.

bienvenidos al desierto de lo real

Mi lengua y cada célula de mi sangre nacieron aquí, de esta tierra y de estos vientos. Me engendraron padres que nacieron aquí, de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí, de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. Tengo 27 años. Mi salud es perfecta, y en plenas facultades psíquicas te digo que quiero morir aquí. Y salgo a la calle y mi corazón y mi aliento se parten en mil pedazos. Miro a mi alrededor y veo esta tierra de la que estoy enamorado como un -280-

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niño y me entran ganas de llorar y me duelen los ojos. Mi espalda se quiebra y busco culpables. Esta es una tierra rica y los culpables crecen, como crece la mala hierba. Mi odio crece. Y yo lo veo crecer y no hago nada por evitarlo. Mi odio va dirigido a ti. ¡Mineros asturianos os odio! Caminar por las calles de La Felguera mete miedo. Mieres da ganas de llorar. ¿Qué está pasando? El consumo de cocaína en las cuencas mineras es el doble que en el resto de España. Asturias es la región con más suicidios y Mieres se lleva la palma. El 70 por ciento de la población de Mieres está a tratamiento con psicofármacos según las últimas estadísticas. ¿Qué pasa con esto? De quién es la culpa ¿del gobierno? No sinvergüenzas, la culpa es vuestra. Vuestro fracaso es estrepitoso. No me refiero a vuestro fracaso revolucionario. Sois víctimas de vuestro tiempo. Vuestras luchas fueron recuperadas y las conclusiones ya están sacadas, además esa revolución que algunos de vosotros pensabais hacer a mí no me interesa lo más mínimo. Esa revolución es una abstracción. No me interesa el mañana y no quiero pagar vuestra hipoteca. Mi revolución es aquí y ahora. Distinguir cuáles son nuestras necesidades reales y satisfacerlas. En este sentido el fracaso está asegurado, pero a mi me da igual. Éste es mi delirio, y gracias a él conozco a un buen puñado de personas en estado puro. Y eso sólo vale más que vuestras cajas de caudales ¡hijos de puta! Me quedo con eso. Yo no aspiro a nada, sólo a morirme con mi mente en paz. Quiero ser pobre como lo fuimos toda la vida. Vuestro fracaso es ante todo como hombres y como mujeres. Mete miedo mirar a vuestros hijos. Los intoxicasteis con vuestras aspiraciones, los mandasteis a las universidades, les amargasteis la vida y ahora se pudren como cocainómanos. ¡Que se jodan, ya reventarán!, aunque me duele porque con algunos compartí tajo e incluso cama y son buena gente, pero tienen una venda en los ojos, y los lleva la corriente como lleva a los peces muertos. Qué dolor acercarse a la cuenca e intentar mantener una conversación con vuestros hijos, no saben hacer la o con un canuto. Son incapaces de diferenciar el verbo ser del estar. Triste final. Sois una lacra. Ahora estáis contentos con vuestro gobiernín, que convirtió esta tierra -281-

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en una república soviética, desde la sombra como los grandes caciques. Os construye carreteras para que podáis huir de vuestros pueblos y lleguéis antes a la playa. Está claro que no se puede vivir sin un piso en Gijón y un par de coches de último modelo. Sois más pobres que nunca. Os partisteis la espalda, algunos, para ser más pobres que antes. Yo preferiría vivir toda mi vida en un hórreo antes que dormir una sola noche en vuestras casas ¡cerdos! Ahora todo es encantador y vuestro cacique el Gran Villa I de Asturias os quiere construir estaciones de esquí, para que hagáis deporte y vuestros hijos se apareen. No os bastó con destrozar las entrañas de esta tierra que ahora vais a jodernos las montañas. Sois una plaga, cabrones, y pagareis por ello. Yo no pienso descansar hasta no ver como toda esta mierda se estrella contra vuestras caras, pienso estar ahí para verlo, quiero ver el miedo en vuestros ojos. Ese es uno de los motores de mi existencia. Sois unos sinvergüenzas. Se me revuelven las tripas cuando os oigo hablar. Se me revuelven las entrañas y envejezco treinta años. Me dan ganas de cagar a pulso cuando oigo hablar, a la gente sin conocimiento, sobre vosotros. ¡Pobres mineros, cuanto trabajaron, cuanto sufrieron! ¡Qué luchadores infatigables! Cuanta farsa y cuanta confusión. De los dinamiteros del treintaycuatro que sepáis que ya no queda ninguno. Quedaba uno y murió. Caminaba por la calle solo y no podía mirar a nadie, ya no entendía nada, murió en un asilo lleno de odio y sin entender nada. Fue valiente, se dejó la vida, pero ¿para qué? ¿para esto? Ojalá descanse en paz. De los desterrados del sesenta y dos quedan pocos, y los que conozco preferirían estar en Soria otra vez a trabajos forzados antes que tomarse un vaso con vosotros. De las mujeres que asaltaron la comisaría de Mieres, quedan unas cuantas, las más optimistas acompañan a sus hijas y a sus nietas a comprar a los centros comerciales y sufren en silencio. Las más lúcidas ni salen de casa. De aquellos mineros que se partieron la cara ya no queda nada, y vosotros sois los primeros en despreciar todo aquello. Nada queda de la fidelidad de aquellos hombres, de la solidaridad extrema de aquellas barriadas. Nada que del mejor ejemplo de la organización revolucionaria. De su capacidad para superar la esfera del trabajo e incidir en todos los aspectos de la vida cotidiana, reventando cualquier separación. Llegará otra vez ese día, habrá una huelga y pediréis ayuda y -282-

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solidaridad, los chicos de la gasolina irán a ayudaros y tirarán piedras con vosotros y quemarán con vosotros. O quizás no, quizás los chicos de la gasolina ya no tengan los dientes de leche y esta vez os metan vuestros voladores por el culo, que es lo que os merecéis. Vuestros hijos, en un ejercicio de impotencia, digno de estudio para los amantes de la genética, berrean como corderos porque en las cuencas y en Asturias en general no hay trabajo. Qué paradoja. Primero. Si no hay trabajo, es porque vosotros y vuestros líderes sindicales (no hay más sindicalismo que el existente) lo vendisteis todo para conseguir el nivel de vida que tenéis ahora, pero en unos años, cuando vosotros estéis bajo tierra, ese nivel de vida desaparecerá. Como desaparecieron las minas, en buena hora, porque menudo crimen. Qué bellas son las minas abandonadas y ver cómo la naturaleza sabia y fuerte, no como vosotros, se reconstruye veloz. Segundo. Eso de que en Asturias no hay trabajo es una gran falacia. En Asturias, y por desgracia, hay más trabajo que nunca compañeros, lo que pasa es que no lo veis, lo que se acabó fue vuestra panacea, ¡mucho le tenéis que agradecer al general!, éstos son otros tiempos. Tiempos nuevos y salvajes para los que vuestros hijos no están preparados. Vuestros hijos quieren ser ministros y astronautas, y un trabajo para toda la vida. Vuestros hijos ya no pueden vivir sin una moto bicilíndrica. Son carne de cañón y sus caras están tristes, pero para eso está la cocaína, para seguir en la rueda. Bendita sea la heroína, por lo menos sus efectos eran más sinceros y evidentes. Por lo menos se entregaban al vacío y a la marginación, algo más honesto que estos triunfadores y luchadores de postal. En mi defensa decir dos cosas. La primera es que en mi familia no hay ni un solo miembro, que tenga relación directa con este sector destructivo. A pesar de esto me siento con autoridad suficiente como para hablar de ello, es más, estoy dispuesto a retar a cualquier guindilla de los vuestros, donde le demostraré lo que es pasarlas bien putas. Porque estáis encerrados en vuestro mundo, y lleváis veinte años comiéndoos las pollas y no tenéis ni idea de lo que es la vida. A pesar de todo deciros también que no dudaría ni un instante en enamorarme de -283-

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una de vuestras hijas. La segunda es que mi juicio, es el juicio histórico del proletariado. Yo soy un proletario. No soy dueño de mi vida y lo sé. Es más, lucho cada día por conquistar ese poder. Las clases siguen existiendo compañeros. Cuando hablo yo, habla el proletariado internacional, cuando hablo yo habla la humanidad en general. La lucha de clases es la máxima expresión de la dualidad occidental. Del eterno conflicto entre las inmensas posibilidades del hombre para disfrutar de una vida plena y la realidad en la que se pudre. La eterna oposición entre la materialidad, que no es otra cosa que el amor a las cosas materiales, el disfrute físico e inmediato de nuestra naturaleza. Y la abstracción que es la separación de la vida real. La alineación, la economía como esfera separada de la vida, la cosificación de vuestra revolución industrial. Y el espectáculo como máxima expresión de ese proceso acumulativo en el que toda relación social, del hombre con el hombre y su entorno, está mediatizada con imágenes. La eterna lucha entre el bien y el mal. Y el hombre muere. Nuestro tiempo es duro, la falsificación coloniza todas las esferas de la vida. Es más, el espectáculo es la inversión de la vida, ahí está una clave. La vida o lo que conocemos como vida es en su raíz espectáculo. La naturaleza misma no es más que una representación de lo REAL, de lo eterno. En la eterna lucha de los contrarios, lo que parecía rígido deja de serlo y mediante el conflicto, la dualidad deja paso a la nodualidad. El conflicto se convierte en compensación. Es el vacío. Y en el vacío está el todo. Me explico. El hombre es un organismo vivo, forma parte de la naturaleza. Como tal tiene que morir, ahí está su vacío, lo estéril de su propuesta. Pero la naturaleza no es más que una representación, no hay fronteras entre la vida y la muerte. El hombre parte de esa naturaleza, no es un objeto estático, es un sujeto histórico, más bien es un acontecimiento histórico en desarrollo, como una llama o un remolino. Yo mismo soy un laberinto de tubos, filamentos, células y fibras que constituyen distintas clases de pulsaciones. Casi la totalidad de sustancias que componen este laberinto, aparte del agua, perteneció en otro tiempo a otros cuerpos vivientes. La vida no se da sin la muerte. -284-

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Yo quiero vivir y estoy dispuesto a luchar por mi vida. En la naturaleza la decisión de vivir supone la decisión de matar, no hay que darle vueltas. Si lucho por vivir, lucharé mientras me queden fuerzas contra vosotros, que no tenéis más que muerte. Estáis muertos aunque vuestro corazón siga latiendo. Con todo esto la vida es sólo un fracaso. Vacío. Cometemos el error de temer al vacío, al vacío hay que amarlo más que a tu propia madre. El progreso sí es una mentira cruel. La humanidad hace tiempo que desciende, como si la inercia de la fuerza de la gravedad fuese más fuerte que nosotros. El espectáculo es la máxima expresión de este proceso. La realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alineación recíproca es su esencia. El espectáculo es confusión. Y la confusión es real y mata. Y yo débil me carcomo en ella. Y os odio mucho y bien, y os lo explico y os escupo la verdad en vuestro rostro. Más confusión. El espectáculo es real y está vivo, es fruto del hombre, está hecho a su imagen y semejanza, y como todas las cosas vivas tiene que morir, como a todas las cosas vivas, todo lo que lo alimenta lo destruye. Y yo crezco y desafío a la gravedad. Y amo mi vacío y desde ese vacío te escribo porque yo solo, puedo creer hasta un límite, puedo ponerme en pie, pero a partir de ahí ya te necesito. Sólo podemos crecer juntos. Ése es el ser social del que no podemos permanecer separados más tiempo. La humanidad va hacia su disolución, la autodestrucción, y yo no me asusto porque no tengo nada que temer. El ser humano, al igual que otras especies en la historia, tiende a extinguirse a causa del desarrollo excesivo alcanzado por sus defensas naturales. Y entiendo que éste es mi problema y que es también el tuyo, y que necesito que así sea. Cómo intervenir en la realidad. Cómo romper esa tendencia. Ese es problema histórico del proletariado, la lucha para que su guerra no sea recuperada. Sobre esto podría decir más cosas pero necesitaría mirarte a los ojos y verlos brillar.

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carta a nuestros padres [15 / 02 / Año 21 de la Era Orwell. A mi amor]

Vosotros nos trajisteis al mundo. A vuestro mundo. Posiblemente no lo pensasteis demasiado, y no queremos echároslo en cara. Al fin y al cabo, cuando lo hicisteis, por lo menos los tomates sabían a tomate y el aire era respirable. Ya no, pero esa es otra historia. Quizás sencillamente asumisteis el papel que os habían encomendado y os pusisteis a procrear. Y nosotros nacimos, y eso ya no puede ser de otra manera. Así pues, el problema no es nuestra concepción, no es el hecho físico de abrazar la existencia en un mundo de mierda definido por la tristeza. El problema es que siempre habéis pretendido continuar vuestras vidas en nuestros pellejos. Y eso no está bien, señores y señoras. Eso es una putada. Es una de las putadas más grandes que se conocen, mutila a las personas, a los niños. Los resquebraja, los martillea hasta alcanzar la forma deseada, los ata a palos para que crezcan bien rectos. Y lo que queda es la confusión entre lo uno y lo otro, entre el que quiere ser y el que establece cómo se tiene que ser. Lo que queda es un maldito agujero. Nos enseñasteis a sentirnos mierda cuando no cumplíamos con vuestros designios, cuando osábamos pensar que a lo mejor no queríamos vivir las vidas que ustedes querían vivir en nuestros cuerpecitos. Nos chantajeasteis, llorasteis y pataleasteis para hacernos sentir mierda, y lo conseguisteis. Enhorabuena. Nos acordamos de ello cuando nos atan a una camilla. Nos acordamos de vuestros encendidos discursos (¿cómo hacer para olvidarlos?), de cómo nos explicabais la cantidad de horas que os dejabais currando para sacarnos adelante, de cómo habíais renunciado a todo por la familia, por los hijos. De cómo éramos tan podidamente desagradecidos, tan desgraciados, de cómo les arruinábamos la vida. Vosotros nos acusasteis de querer mataros, de ahogaros en disgustos. Hemos descubierto la trampa, aunque ya sea demasiado tarde y nuestras cabezas estén tocadas y hundidas. La estrategia ha sido vieja: nos colonizáis y luego nos hacéis sentirnos sucios por ello. Establecéis lo que hay que estudiar, lo que hay que vestir, lo que hay que desear, lo que hay que soñar, de lo que hay que trabajar, lo que hay que comer, a lo que hay que jugar, lo que hay que adorar, -286-

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lo que hay que temer, lo que hay que perseguir, lo que hay que respetar. Nos habéis dado un papel cuadriculado para existir, y encima pretendéis que os demos las gracias por ello. Ahora os sorprende vernos locos, echando baba por la comisura de los labios y temblando de la cabeza a los pies, ahora clamáis al cielo y mantenéis conversaciones con vuestro dios sobre lo injusta que es la vida. La vida es una mierda y vosotros ayudáis de manera decisiva a que no sea de otra manera. Vosotros que lo habéis dado todo por vuestra prole os topáis de bruces con unos hijos tarados e inútiles. Nunca entenderéis lo extraordinariamente hermosos que son. La cabeza no os da para pensarlo. Nos enseñasteis a alabar mercancías, a tratar de ser felices entre ellas, y os hemos salido ranas: somos felices pegándoles fuego. ¿Qué dirán?, ¿qué dirán? No tenéis amigos, apenas os habláis con los vecinos, y sin embargo, os importa muchísimo más lo que cualquier extraño pueda pensar de vosotros al ver a vuestros hijos, que el dolor que les consume. Está bien eso de que nos den pastillas y ya no nos encierren en manicomios, ¿qué podrían pensar los familiares de unos padres cuyos hijos están encerrados con los locos?... eso: que han fracasado. Habéis fracasado. Lo afirmamos como partes involucradas que somos, y con pleno conocimiento de causa. No somos lo que queríais, de hecho, no somos nada. Un alarido en la noche. Una brea ardiendo que nunca se piensa apagar. Dios no nos ama y nos da exactamente igual. Nuestra lengua es un cuchillo y no vamos a mendigar ni pedir perdón por vivir. Joderos. De verdad, papá, mamá: joderos. No volváis a reprocharnos el existir o nunca más volveréis a vernos. No volváis a juzgarnos o también nosotros lo haremos, y deberéis tener en cuenta que somos gentes severas y vuestros pecados son graves. Tendríamos que encontrar una pena justa y proporcional al acto doloso de intentar por todos los medios y durante años de suplantar una vida ajena. No nos forcéis más, no nos apretéis las clavijas si no queréis vernos estallar. Y os avisamos ya: no os iba a gustar lo más mínimo. No podéis haceros una idea de lo que supone que una estrella estalle. Cuidaros. Estaremos por aquí, jugando con la chatarra bajo un cielo azul. Si nos necesitáis os ayudaremos. Pero no volváis a las andadas, no intentéis más tretas, absteneros de hacer cualquier tipo de chantaje. No vamos a pasar una. -287-

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Deberíais pensar ya en todo lo que nos habéis hecho desde que nos trajisteis envueltos en sangre a la sala del hospital, pero sabemos bien que no podéis. Los padres disponen de un complicadísimo sistema de formateo y supresión selectiva de todas aquellas partes de la historia que no les gustan. Y todavía tenéis el descaro de llamarnos rencorosos por ser incapaces de olvidarlas. No vamos a jugar más a vuestro juego, nos mata y no nos da la gana morirnos. Si no queréis desprenderos de vuestras miserias, al menos dejad que nosotros luchemos contra las nuestras sin interferencias. Asumid que vuestros hijos partieron a la guerra y que sólo allí son felices. Asumid que ellos son todo lo que vuestra sociedad detesta. Asumid que son el enemigo de todas vuestras instituciones y vuestros valores. Asumid que no quieren vivir rodeados de zombies. Asumid que tienen la dignidad que vosotros perdisteis en algún lugar del camino del que ya no podéis acordaros. Asumid que están enamorados de la anarquía. Asumid que son odiados y perseguidos. Asumid que pueden algún día darles caza y exhibirlos entre barrotes. Asumid que pueden ponerles bolsas de plástico en la cabeza para exterminar sus pensamientos. Asumid que son irreductibles. Asumid que son refractarios. Asumidlo u olvidaros de nosotros. Haced como que nunca existimos. Borradnos del tiempo. Pasad página y tened cuidado, porque vuestro mundo está en estado sitio y por las venas de los asaltantes corre vuestra sangre.

nunca seré un buen psicólogo

Me quedo frío. La mirada se pierde en el infinito y se queda en mí. Me veo y me siento morir, encerrado entre tanta mentira, encerrado entre cuatro paredes sin saber en qué momento entré aquí, sin saber cuando saldré o si realmente tengo a dónde ir. Rodeado de cámaras de cuya presencia me cansé... existen pero ya no las veo. Las advierto en las miradas de cuantos me rodean. Creen que saben quién eres, creen que saben qué eres. Gente que ante un grito de dolor o un golpe de fuga sólo verían la necesidad de administrar esa libertad envasada con nombre de tranquilizante, -288-

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350 mg de bienestar. Nadie hace nada en este oscuro agujero, en esta línea de metro que me lleva directamente desde nuestro enterramiento hasta el fin de la vida. Nadie se para a sentir lo que dice. Me aburrí de creer en la ingenuidad del que se sienta a mi lado para compartir una hora más. ¡Por mí que se mueran! Todo me remite a ti. Todo me duele pues he vivido cómo te duele. Te veo donde ellos sólo ven simples ejemplos de abstractos conceptos que una vez leyeron escritos en un libro de diagnóstico clínico. - ¿Qué problema hay si a este joven se le tiene que amputar (sin extracción del tejido, por supuesto) un poco de su cerebro, un poco de él? Su insoportable tic le impide vivir. —Nos embarcamos en la aventura de lograr que su existencia sea soportable (¿para él o para nosotros?) Abrimos aquí, quitamos de allá y, si todo va bien, habremos logrado acabar con su tic... —Lo que parece que nadie se plantee a lo largo de esta lógica es que tal vez ya no sea él quien despierte de la anestesia, tal vez en nuestra milagrosa intervención hayamos acabado con muchas más cosas que su tic... ¿su voluntad? ¿su sensación? ¿su identidad? —Hemos logrado que su existencia sea soportable y al menos ahora, «interactúa». Amarga realidad, acabamos con él y lavamos nuestra conciencia. Nadie le preguntó, nadie tiene ahora que soportarlo pues ya no es nadie. Le hemos robado lo que era a cambio de un no ser él para los demás. «Y ahora interactúa»... hija de puta, encima creerá que ha hecho algo bueno, únicamente porque todo lo mide a través de sus normas y de sus reglas. Ellos dictan lo que está bien y lo que esta mal, ellos crean las curvas de normalidad y ellos acaban con lo que queda a los extremos. Imagina que te roban lo que eres y además tienes que dar las gracias... cada día la misma amarga realidad. No quiero imaginar que este pobre hombre haya tenido conciencia de todo y no haya podido negarse como tantos otros psiquiatrizados tienen conciencia y se ven a cada instante obligados a aniquilar lo que son. Somos como dioses. Capaces de callar tus gritos y parar tus golpes. Capaces de los más dulces sueños pues vendemos, en cualquier farmacia, la posibilidad de dormir... eso si, asume tú la resaca. —Vendemos tranquilidad, adormecemos la fiera, acallamos su voz... Un dulce negocio para todos. Los neurolépticos no tienen efectos secundarios como pérdidas de memoria, pérdida de deseo -289-

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sexual, cansancio... consumirlos no supone nada más que el fin de lo que te tortura. Pero entonces ¿Qué sentido tiene que tanta gente decida dejar de tomarlos? Si creemos en el dolor que te lleva a consumir estos fármacos, también me veo obligado a creer en el dolor que ellos provocan y que te llevan a abandonar «el tratamiento». Si puestos a elegir, y sabe Dios que no quiero caer en la frivolidad, decides la locura, es que no serán tan milagrosos, tan celestiales. Tal vez la solución que se vende en las farmacias no es para quien consume el fármaco sino para el resto de nosotros, que preferimos ver muertos vivientes a gente que tal vez sólo grite sus ansias de vivir siendo quienes son. Tal vez la solución lo sea únicamente para nosotros que, con los fármacos, controlamos vuestros impulsos de libertad frustrada por nuestra vida. Tal vez todo esto no sea más que una mentira. En cuestión del tratamiento, lo más evidente que se me ocurre es: ¿quién toma la decisión de su administración? El loco, por loco, no puede según la ley. Sin embargo es él el «enfermo», y por sentido común debía ser él quien lo decidiera. Sin embargo no es así, le obligamos a acabar con lo que es, le imponemos la decisión en forma de terapia, ya sea química, electroconvulsiva o quirúrgica. Asumimos el problema y determinamos la solución. Pero, problema para quién y solución a qué. Elegimos que a partir de este momento su existencia ha de ser otra, una que se amolde más a nosotros, una que no rompa los esquemas de la normalidad. Ni siquiera preguntamos si está dispuesto a asumir las consecuencias del tratamiento, ya que ante este dilema la solución es bien fácil: «está loco y, por tanto, no sabe lo que es bueno para él». Sin embargo nosotros, sin conocerlo, tenemos muy claro lo que es bueno para él y sobre todo lo que es bueno para nosotros. Ya nunca tendremos la posibilidad de conocerlo. Llegan aquí y, rápidamente se le administra tal o cual tranquilizante. Rápidamente los gritos desaparecen y quedas ahí, inerte, ya no molestarás a nadie en un buen rato... quedas al antojo de un cualquiera que alardea de saber qué es lo mejor para ti. Cualquier cosa es un síntoma más de tu locura. Si te resistes es porque estás loco, si deseas escapar es porque estás loco y si te quedas quieto es porque no eres humano. Ante todo este sin sentido solamente quiero dejar claro mi deseo de que ojalá un día puedas ser libre para decidir tú mismo el momento en que quieres descansar de oír esas voces, ojalá nadie decida por ti, ojalá no decidas porque -290-

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te presionen. Nuestro mundo casi ha logrado acabar con los psiquiátricos, esos edificios tan oscuros donde ocurren cosas que nadie comprende. A cambio, hemos administrado, sin permiso, psiquiátricos a cada cabeza que no se amolda, a cada cabeza que es ella misma y no una más. Embellecemos un mundo que no deja de pudrirse y no advertimos esos muros en forma de cápsula, de sobre, de pastilla o cualquiera que sea el formato que al empresario de mierda le venga a la cabeza. Camisas de fuerza resistentes y eficaces... con ellas se logra incluso el acceso de «locos» al mercado laboral... Controlados y productivos, no se le puede pedir más. ¡Qué capacidad de integración y de hacer dinero a costa de lo que sea! Creamos el concepto, creamos sus síntomas, creamos su historia y creamos la solución, que lo es solamente para nosotros porque ya no oiremos sus incómodos gritos sino el silencio de una vida asesinada a base de mentiras. Nuestra mentira creada. Llegados a este punto me veo obligado a ser sincero. Nos molestan y por ello queremos acabar con lo que son. Evito lo que no puedo entender, evito lo que me supera, y como no tengo forma de ser ellos solo me queda su aniquilación. Mi condición me hace ser su enemigo y solo temo el día en que tomen conciencia de ello. O con ellos o contra ellos. Nunca seré un buen psicólogo. TE QUIERO COMPAÑERO.

teoría del control. salud mental y control social.

(Texto escrito a partir de la charla introductoria a las I Jornadas de Salud Mental. Local Anarquista de Magdalena. Madrid, noviembre 2005) «Están jugando a un juego. Están jugando a no jugar un juego. Si les muestro que les veo jugar, infringiré las reglas y me castigarán. Debo jugar a su juego de no ver que veo el juego.» R.D Laing, 1970.

Si, de acuerdo con lo planteado en otras ocasiones por varios -291-

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compañeros[6], definimos la alineación como el malestar producido por la contradicción/tensión entre el propio deseo y el deber desear impuesto u obligaciones sociales, yo diría que ese malestar es inevitable en una sociedad como esta que se basa en la explotación de unos seres humanos por otros; la progresiva destrucción y el alejamiento de la naturaleza; la toma de resoluciones no participativas, que suponen la delegación de nuestras vidas sociales e individuales; la competencia como valor deseable; y las relaciones humanas mercantilizadas: te quiero o te cuido en la medida en que es rentable para mí o me aporta algún beneficio. Cuando el malestar se convierte en conciencia produce voluntad de cambio, por lo que parecen obvios los motivos por los que al Sistema no le interesa esta transformación. Es en este marco en el que, bajo el manto protector de la ciencia, supuestamente objetiva y por lo tanto incuestionable, la psiquiatría, la psicología y otras disciplinas afines como la pedagogía, tienen un papel central como soporte del control social. Su tarea fundamental será mantener este malestar en los márgenes de malestar y evitar que se transforme en conciencia, anulando cualquier posibilidad de cambio. La trasgresión se intentará prevenir mediante una técnica refinada, con la creación de las llamadas ciencias de la conducta —sustitutas de la antigua moral religiosa— y entre las que la psicología oficial toma el papel de base teórica. Lo que antes era pecado ahora será enfermedad mental, antisociabilidad, fracaso escolar... Amparada por el diagnóstico pseudomédico la psicología oficial presenta como anormal o patológica cualquier trasgresión social, en base a dos premisas: 1. La asimilación del control preventivo al cuidado, lo que permite disfrazar dicho control de buenas intenciones.

6. Ver, por ejemplo: Esquicie, 1996: «Nos negamos a ser policías de la salud mental». Cine Okupado de Barcelona. Este texto se basa en lo que en aquella ponencia y otras tantas, así como artículos, entrevistas, etc, expusieron los miembros de este y otros colectivos. De hecho, en estas páginas a penas se aporta nada nuevo. Es triste, a mi al menos me lo parece, pero diez años después el mecanismo de lo que vienen llamando sistema de salud mental continúa siendo el mismo con un mayor refinamiento de sus técnicas y una mayor burocratización, si cabe, que dificulta aún más la crítica y la acción contra éste.

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2. La identificación de la normalidad con la salud, que permite la condena de cualquier conducta o forma de ver el mundo diferente a esa normalidad al ser considerada patológica. La misión de psicólogas, pedagogos, asistentes sociales, educadores, etc, será en sus distintos ámbitos (escuelas, barrios, instituciones, empresas...) prevenir la conducta anormal, mediante el uso de test, informes y demás parafernalia basada de nuevo en la supuesta objetividad, y frenarla/repimirla en el momento en que es detectada. La ciencia psicotécnica cifra, en palabras de C. Rochefort[7], el valor del niño en el mercado de trabajo y alerta de cualquier posible trasgresión o anormalidad, dando lugar a lo que Thomas Szasz denomina «Estado Terapéutico» al servicio del Estado, financiado por este y que, sin miramientos y con el beneplácito de la mayor parte de los profesionales, romperá el llamado secreto profesional si lo considera oportuno, convirtiendo a los psicólogos, pedagogas y asistentes sociales en chivatas al servicio de políticos, policías y jueces. La prevención será el primer paso, pero para los casos en los que la prevención no funciona, este «Estado Terapéutico» cuenta con su propio código penal mediante el que etiquetar y segregar al trasgresor: Este código penal se expresa en el DSM (Manual Diagnóstico de Desórdenes Mentales) elaborado por más de seiscientos psiquiatras, psicólogos y pedagogas de todo el mundo para diagnosticar la anormalidad como enfermedad mental. Los diferentes diagnósticos que componen este manual se elaboran sobre la base de comportamientos y no de alteraciones cerebrales reales, y es a partir de estos diagnósticos como se justifica la eliminación de modos de ser no convencionales. Algunos ejemplos: La tercera revisión del DSM (1990) recogía la homosexualidad como trastorno y muchos psiquiatras afirman haberla «curado» con terapias especialmente violentas (electroshock) hasta que fue

7. C. Rochefort. «Los niños primero» (Anagrama, 1977). Pág. 108.

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eliminada del DSM con un simple comunicado de la OMS[8]. La inclusión del síndrome menstrual en el DSM se frenó por el movimiento de oposición de las feministas en los setenta. ¿Dónde queda la supuesta objetividad científica si basta un cambio cultural o un movimiento de protesta para derrocar tales enfermedades? En el diagnóstico de lo que el DSM denomina trastorno antisocial encontramos: «Pauta de conducta irresponsable y antisocial que se inicia en la infancia, entre los síntomas infantiles típicos se encuentran las mentiras, los robos, la holgazanería...» Así en la definición de lo que en principio sería una patología se utilizan términos morales que connotan un comportamiento «malo» o inapropiado para el sistema. De los criterios diagnósticos han de cumplirse al menos tres para que se considere la patología. Y entre estos criterios encontramos afirmaciones como: Antes de los quince años: «(...) frecuencia de absentismo escolar. Huida de casa por las noches. Mentiras frecuentes.» A partir de los quince años: «(...) incapacidad para mantener una actividad laboral. Absentismo injustificado del trabajo. Viajar de un sitio a otro sin objetivo de dirección fijo por un mes o más tiempo (...)» Adultos: «(...) Incapacidad para mantener una actividad laboral sostenida. Conductas ilegales que pueden llevar a la detención. En estos individuos es típica la promiscuidad sexual definida por no mantener nunca una relación monogámica después de un año.» Ni pensar en comprender el significado que la huida del hogar o el absentismo escolar puedan tener, ni que la mentira sea muchas veces la única arma de defensa de los niños. Ni reflexionar sobre la posible decisión de algunas personas de escapar de la explotación del mundo laboral, ni cuestionar el valor absoluto atribuido al trabajo. Sobre los viajes sin objetivo claro y la defensa de la monogamia no tengo mucho que decir... tampoco creo que 8. En el manual de Sexualidad publicado por López Ibor ya entrados los ochenta encontramos la minuciosa explicación de algunas de estas técnicas y sus «excelentes» resultados.

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merezca la pena detenerse en semejantes tonterías... Las estadísticas (sus propias herramientas estadísticas) indican que la mayor parte de los etiquetados de personalidad antisocial y otros trastornos como la depresión, la esquizofrenia y la mayor parte de las patologías mentales son miembros de las clases sociales más pobres, adolescentes de barrios periféricos, hijos de etnias oprimidas y/o personas que se oponen y luchan contra la sociedad por considerarla negativa para el ser humano. De todo esto deducimos que el Sistema tiene una fuerte tendencia a situar como enfermedad mental o conducta antisocial aquello que no puede digerir. Entonces, cuando la llamada prevención no funciona, la psicología oficial pasa a etiquetar en nombre del diagnóstico de la patología mental. Se niega la propia experiencia de la persona trasgresora catalogándola de morbosa o enferma. Instaurando además la duda en la propia persona al situarla como enferma —su conducta no es intencional sino patológica— negando su responsabilidad y la de su medio social sobre esta, y fortificando los valores dominantes al presentarlos como salud versus la anormalidad revestida de patología. Aún si fallada la prevención fallara también el etiquetaje, la psicología y la psiquiatría cuentan con una última arma: el encierro o segregación. Un encierro que se presenta como rehabilitador pero no sólo no «cura» sino que contribuye a la cronificación del enfermo. Aquellos que sufriendo algunas de las llamadas distorsiones mentales, incluido el brote psicótico, tienen la suerte de no ser psiquiatrizados, tienen mejor pronóstico. La hospitalización se produce, además, en condiciones carcelarias: pérdida del derecho al desplazamiento libre, la utilización del propio dinero, la libre comunicación... amenazas de cambio de residencia o habitación, pérdida de permisos de salida, medicación obligatoria, horarios y actividades pretendidamente terapéuticas obligatorias y agresiones físicas, electroshock y lobotomizaciones en casos considerados extremos. Y estas condiciones y prácticas continúan vigentes pese a las denuncias y reformas que se han ido sucediendo desde los años setenta. El cierre de los grandes manicomios y la sustitución de -295-

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estos por unidades de crisis, residencias asistidas o pabellones psiquiátricos dentro de hospitales generales no supuso, como cabía esperar, el cese de estas prácticas abusivas sino un lavado de cara para las instituciones y el sistema de salud mental[9]. El reconocimiento y la denuncia del papel que la psicología y la psiquiatría oficiales cumplen en la invalidación social de los que sufren emocional o mentalmente y la perpetuación de la violencia de la normalidad contra la anormalidad, como defensa del sistema alienante, no significa la negación de la existencia del sufrimiento emocional, enfermedad en tanto que se padece y escapa al control del propio individuo: miedo, vértigo, disociaciones... ni pretende que su etiología sea exclusivamente social. Social, biológica o psicológica, ¿Qué más da? ¿Justificaría la violencia ejercida sobre los etiquetados como enfermos mentales el hecho de que hubiera una causa biológica demostrada de tal enfermedad? El hecho es que en ninguno de los pasos de este llamado «proceso terapéutico» encontramos nada que guarde relación con la terapia, entendida esta como acompañamiento, ayuda y alianza con el que sufre, en su propia búsqueda de soluciones para afrontar/enfrentar sus problemas vitales. Esto es, transformación del malestar en toma de conciencia. Por fortuna y «aunque sean pocos», no todas las corrientes denominadas psicológicas o terapéuticas han aceptado este papel de «policías mentales» al servicio del poder. Algunas corrientes del psicoanálisis (la llamada izquierda psicoanalítica de Reich), los llamados humanistas, la antipsiquiatría de los setenta o la contrapsicología en los noventa, se niegan a cumplir este papel, sino que, como un miembro del colectivo Esquicie decía en la ponencia ya citada de 1996: «intentan hacer de la psicología un instrumento de ayuda terapéutica aliada con el oprimido (con el que sufre) y de denuncia del Sistema y de sus verdugos, en primer lugar de los psicólogos, psiquiatras, educadoras, pedagogos... oficiales. Esto es, contribuir a deshacer el nudo vital por el que atraviesa quien acude a la consulta.» Sin duda, si todos los profesionales de la psicología, psiquiatría, educación, etc. no aceptaran ser soportes de poder y en escuelas, 9. En «Historia de una ruptura» (1995) Ramón García hace un recorrido por la llamada reforma psiquiátrica donde este «lavado de cara» y los intereses políticos y económicos de sus protagonistas quedan bastante claros.

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cárceles, residencias infantiles, centros de salud... se pusieran del lado de quien sufre, si usaran sus «herramientas» en beneficio del individuo, contaríamos con un aliado más para darle muerte a esta sociedad alienante. Pero tampoco cabe duda de que esto es poco probable que suceda: Por una parte, la llamada enfermedad mental es probablemente una de las cosas que más miedo genera a nivel social: No nos gusta sufrir, ni ver sufrir a quien queremos y sentirnos impotentes. Y ante el descontrol, las disociaciones, los delirios, la desesperación, somos, muchas veces, impotentes. Es más sencillo pensar que el otro está enfermo y necesita un tratamiento o unos meses de «reposo» en un psiquiátrico que intentar comprender las causas de su malestar —más aún si sospechamos que tenemos algo que ver en éstas— y escucharle, intentar comprenderle, supone aceptar que las cosas no son tan sencillas como nosotras las pintamos y sufrir con él, a riesgo de que su malestar nos arrastre. Ante el miedo, alejarnos o delegar en manos de los supuestos «especialistas» nos sirve de escudo. Por otra, los mismos profesionales se creen realmente que el control que ejercen no es tal control sino cuidado. Confían en que la normalización es la forma de ayudar a quien sufre. Y tal vez no estén del todo equivocados: supongo que si lo único que esperas de tu propia vida es encontrar un trabajo que te mantenga ocupada ocho horas al día y te dé el dinero suficiente para consumir todo aquello que te enseñan a desear, te queda poco tiempo y pocas ganas para plantearte que las cosas podrían ser de otra forma y el vértigo o miedo que todo este tinglao genera disminuye bastante. Además, recordemos que estos personajes viven de esto, y suelen hacerlo bastante bien. Desde el terapeuta hasta los políticos, pasando por todo un entramado de instituciones entre las que la industria farmacológica juega un papel fundamental, son muchas quienes sacan tajada de la Salud Mental, esto es, del sufrimiento ajeno. El beneficio propio puede siempre más que el del otro y más aún si la otra es una loca, una amenaza para el orden que a ellos les interesa mantener. Aceptar que sus métodos no funcionan, que no curan ni alivian, que han tirado muchos años haciendo el imbécil en sus facultades y cursos de especialización, supondría firmar su propia sentencia y reconocer que son unos cabrones... y eso es duro, pobrecillos. Luco, noviembre de 2005. -297-

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alienación y desencuentro Josep Alfons Arnau (Jau) Educador Social. (Texto-base de la conferencia impartida en la Facultad de Sociología de la Universidad de Barcelona —Sociología de la salud mental— el 16-XII-1999) «Pero desde siempre, desde la primera restauración prehistórica de la dominación que sigue a la primera rebelión, la represión desde afuera ha sido sostenida por la represión desde dentro, el individuo sin libertad introyecta a sus dominadores y sus mandamientos dentro de su propio aparato mental.» Herbert Marcuse. Eros y civilización.

En primer lugar, quiero darle las gracias al profesor Ignasi Pons por abrirle por segunda vez a la contrapsicología este espacio en la Facultad de Sociología de la Universidad de Barcelona en el cuadro de la interesante materia que imparte: La Sociología de la salud mental. Voy a reflexionar hoy, espero que con vosotros y vosotras, sobre la demencia social que recorre las relaciones humanas en el actual marco social y sobre todo al respecto de algunos de los mecanismos de adaptación mental a esa demencia. El término demencia social lo planteó David Cooper[10] en los años setenta del pasado siglo, para resaltar el carácter patológico para la salud mental de las actuales formas de «convivencia», a las que a mí me parece justo llamar formas de relación del desencuentro. Estas formas de relación del desencuentro tienen su base en los valores dominantes, que son, cómo no, los de la clase dominante —a la que, utilizando una clarificadora expresión de Noam Chomski, pertenecen «los que controlan las cosas»—, valores que actúan cual sistema axiológico central que profesa como dogmas occidente. Sistema de valores que condiciona la actividad social de la «mayoría» y, por y con ello, sus emociones y su experimentar la realidad compartida. Los pretendidos axiomas axiológicos que hace suyos el sistema (o el «tinglado», si se prefiere, que es como lo llama el piel roja protagonista de la novela: «Alguien voló sobre el nido del cuco» 10. D. Cooper. «La gramática de la vida» (Ariel, 1978).

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de Ken Kessey) pueden ser resumidos de la siguiente forma entre otras posibles: - La visión de los/as otros/as como potenciales instrumentos para el enriquecimiento material propio, en tanto que experimentados no cual personas, sino como: productores, socios, proveedores, clientes, contactos... Es decir, la noción de licitud ética de la explotación de unos seres humanos por otros, vía la extracción de plusvalía o vía el negocio —que al parecer etimológicamente significa negación del ocio— y la extensión del experimentar a esos otros/as ya no sólo como objetos de explotación económica, sino también afectiva, sexual, cual instrumentos de prestigio... En definitiva, el situarse en cosificar al ser humano —experimentado y utilizado cual una cosa—, cosificación del ser humano que ya otros sistemas sociales previos al actual construyeron. - El experimentar a la naturaleza y a lo que en ella habita también como cosas y no cual seres vivos, con violencia hacia su ser —por ejemplo, Roger Bacon, uno de los considerados precursores de lo científico y su método, ya en el siglo XIII definía al experimento como: «La manipulación de la naturaleza», y se dice que el otro Bacon, el Francis del siglo XVII, también alabado como precursor del método científico en tanto que defensor del pensamiento inductivo, consideraba que el conocimiento se consigue: «Violando los secretos de la naturaleza». La «manipulación» y el «violar» se convirtieron en la contemporaneidad, con el avance en medios técnicos sesgados hacia esa dirección, de metáfora a literalidad con acciones de abierta destrucción del entorno natural, situándose el ser humano en el delirio, que crece con el neo-liberalismo, de la posible creación de un entorno puramente artificial —por ejemplo, a la destrucción del equilibrio ecológico se le suma que las grandes urbes se están convirtiendo en una amalgama de centros comerciales/parques temáticos. - La noción de licitud ética de la fabricación de productos en función de la búsqueda de ganancia mercantil, con esencialmente valor de cambio y creación artificial de su valor de uso. Es decir: la producción masiva y en consecuencia, el consumo de productos en función de la ganancia en el mercado y no en función de la necesidad. Decir necesidad en el caso del ser humano, es decir: vivir saludablemente y tener en cuenta la utilidad social y el goce. Y la aparición, con este alejamiento y desconexión de lo real (en la me-299-

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dida en que es la necesidad —el vivir saludablemente, la utilidad social y el goce— lo que expresa lo real), de la construcción de una cultura de la artificialidad/virtualidad reforzada últimamente con los «avances» tecnológicos en informática y telemática en general, cultura que por ese alejamiento de lo real ya algunos, como Guy Debord y los situacionistas, llamaron hace tiempo: «la sociedad del espectáculo»[11]. - La noción de licitud ética, a su vez, de la violencia y el autoritarismo como la forma de resolver los conflictos. Violencia no ya sólo contra la naturaleza y sus seres e intrahumana en lo macrosocial, con la guerra como su máxima expresión [12], sino también en lo cotidiano (de lo que el crecimiento de policías privadas — guardias jurados— es buena muestra, y los malos tratos a niños y mujeres lacerante expresión[13] ). Y el criterio autoridad para la toma de decisiones —delegando éstas en figuras paternales (los expertos, incluidos los políticos) como valor de lo que se ha dado por llamar patriarcado. - Y finalmente, dentro del culto al éxito social, con el baremo de tanto tienes tanto vales y su resultado de competitividad, cual piedra angular de todo el tinglado, el culto fetichista al dinero. Experimentándolo como a un dios al que se le dan los atributos 11. Guy Debord. «La sociedad del espectáculo» (Castellote, 1976). 12. La guerra en la actualidad se está mostrando claramente como una continuación de la economía por otros medios a los habituales, el montaje de guerras locales que desde los sesenta recorre África como mercado libre para los fabricantes de armas ha pasado, a partir de los ochenta con la intervención de los USA, Inglaterra... en Irak, a convertirse en una estrategia aun más sofisticada (que se ha repetido con la intervención de la Otan en la ex-Yugoslavia y la de Rusia ahora en Chechenia), consistente en potenciar el gran negocio en dos fases: destrucción y para ello utilización —materialización de su valor de uso— de la mercancía armas y a continuación «fase de reconstrucción», con la producción de nuevas armas para suplir las utilizadas y con la venta de las mercancías de las constructoras y empresas de servicios que acceden a la zona devastada, incluidas algunas ONG´s. 13. En el estado español al finalizar el siglo XX —según colectivos de abogadas/os como Fontanella de Barcelona— alrededor de doscientas mil mujeres al año son maltratadas por hombres (se denuncian anualmente unos dieciocho mil casos de malos tratos a mujeres y se calcula que se trata de menos del diez por ciento del total real), alrededor de setenta mujeres son asesinadas cada año por sus maridos, ex-maridos, novios, o ex-novios. En cuanto a infancia, sólo en Catalunya anualmente más de cinco mil niñas y niños son severamente maltratados físicamente en «sus» hogares —según la DGAI organismo dependiente de la Generalitat.

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efectivamente de una deidad: omnipotencia, omnisciencia y eternidad —parece impensable para la «mayoría» el siquiera imaginar una sociedad sin dinero. Y dios por el que en extremo se está dispuesto a todo tipo de sacrificio, incluido el humano. En efecto, un sistema de valores, el actual de occidente, basado en tales —para él— axiomas, es demente y no puede más que producir demencia. Demencia en el sentido del término de estar fuera de la propia mente, es decir, en tanto que separado de los demás y del entorno natural y como resultado de ello: extrañado de uno/a mismo/a. Ya que lo que se produce en tal marco social es lo que diferentes pensadores definieron como la alienación. Recordemos brevemente, y por lo que yo sé, que de alienación hablaron fundamentalmente los filósofos: Hegel, Marx y Sartre. Para Hegel, y desde la metafísica, señalándonos como enajenante la «objetivización del espíritu», alienación sería también definible como: «La conciencia de infelicidad donde uno se siente separado de su entorno»[14]. Para Marx, en el marco de su análisis del sistema capitalista como sociedad de clases en la que la mercancía o valor de cambio es la base, la alienación sería la separación —o extrañamiento— de la comunidad humana. Es decir, la perversión de lo que llamó «la vida genérica»: la sociabilidad. Perversión de la vida genérica que se produce a partir de que los valores, que lo son de competencia por el imperio de la mercancía, los construye una minoría en su beneficio y los debe asumir la mayoría a pesar de operar tales valores en su contra. Marx, en efecto, y desde el materialismo filosófico, extendió el análisis de la alienación al sistema económico capitalista —de mercado y trabajo asalariado—, planteando el extrañamiento de la comunidad y de sí mismo/a que genera la fabricación de objetos que no tienen que ver con la vida de los y las que los producen y que hacen del trabajo una actividad enajenada, convirtiendo a sus realizaciones en «poderes extraños al ser humano», concluyendo en que: «La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas» [15]. Para Sartre la alienación, partiendo de lo que llamó «la alteridad 14. Hegel. «Fenomenología del Espíritu» (FCE, 1976). 15. Karl Marx. «Manuscritos economía y filosofía» (Alianza Editorial, 1972).

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del ser en su devenir dialéctico» —ser para sí y ser para el otro—, consistiría en la cosificación de las personas y de uno mismo: situar a los demás, y permitir el ser situado uno mismo, en el polo exclusivo de ser para el otro[16]. Nuestra existencia se desarrolla en el marco de un sistema alienante, productor de alienación, que es una de las formas de llamar también a la demencia o enajenación, al estar fuera de sí. Puesto que la conciencia de infelicidad por la separación del entorno natural y la cosificación de los otros y de sí, parecen inevitables cuando valores y marco económico empujan a vivir no en relación tendente a la cooperación, respeto y máxima armonía posible con los otros/as y la naturaleza y los seres que en ella habitan, sino en competencia y agresión hacia todo lo que no sea el yo y lo que se considere sus extensiones —lo que algunos llaman «los míos»—, es decir, nuestra existencia se produce con el condicionante de ser empujados a vivir inmersos en un sistema de relaciones del desencuentro. Sostengo, con muchas otras y otros, que el ser humano, por su naturaleza, no puede permanecer sano en una relación de hostilidad con los demás y su entorno —que es lo que producen los valores antes sistematizados en los cinco axiomas axiológicos que hace suyos el marco social en presencia—, puesto que ello produce inevitablemente la también hostilidad y extrañamiento —alienación— hacia el sí mismo/a. Hasta tal punto esto es así, la imposibilidad de salud en una situación de hostilidad relacional, que cuando aparece de forma total o casi total esa relación del desencuentro, no sólo la enfermedad surge con claridad, sino que puede hacerlo también la muerte: por ejemplo, y desde el psicoanálisis en este caso, dos investigadores: Spitz y Bowlby, descubrieron, hace ya muchos años, cómo los niños/as recién nacidos asilados en instituciones, que eran correctamente alimentados y su aseo cuidado pero que recibían hostilidad afectiva en sus primeros meses de vida (ausencia de caricias, cambios súbitos en la forma de ser tratados: con «cariño» manifestado de forma histriónica y poco después rechazo a gritos...), generaban mayoritariamente enfermedades rebeldes de la piel —Síndrome de Spitz—, llegando en el caso de la privación total del apego al 16. Sastre. «El existencialismo es un humanismo» (Edhasa, 1989).

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llamado marasmo que puede conducir a la muerte del bebé [17]. Y un terapeuta sistémico actual, Paul Watzlawick, retoma el tema parcialmente explicando a su vez, con ejemplos sacados de la historia universal, cómo cuando se han producido situaciones de ausencia total de relación de lenguaje oral o/y gestual durante los primeros meses de vida, y aunque se cubrieran sus necesidades fisiológicas, los bebés que se encontraban con tal realidad de ausencia de comunicación perecían [18]. (¿Se suicidaban de algún modo?, ¿tendrá la llamada muerte súbita de algunos bebés en los macro-hospitales que ver también con ello?, me pregunto por mi parte). En todo caso y sin llegar a tales grados extremos de aislamiento hostil, para adaptarse a un sistema que presiona hacia el extrañamiento del entorno natural, de los demás y por y con ello, de uno/a mismo/a, parece que se hace necesario construir una serie de mecanismos mentales —mecanismos del engaño y sobretodo del auto-engaño o de la falsa conciencia—, que son aparentemente de defensa para la persona, pero de carácter patológico como veremos finalmente. Mecanismos mentales que producirían en las personas cambios profundos en la forma de experimentar el mundo y su actuar en él. Y mecanismos generados en un proceso psicológico del cual Erich Fromm —en el que me basaré bastante— explicó que tienen la potencialidad de producir importantes cambios en el carácter de las personas, proceso psicológico al que llamó de «adaptación dinámica» (distinguiéndola de la «adaptación estática», que no produciría cambios importantes en el carácter de una persona). Fromm definió la adaptación dinámica a la alienación social de la siguiente forma: «...ella consiste esencialmente en adaptarse a ciertas condiciones externas —especialmente las de la primera infancia—, que son en sí mismas irracionales...» [19]. Voy a desarrollar dos, a mi parecer centrales, de esos mecanismos de adaptación dinámica a la alienación que introyecta el ser humano de nuestra época. El primero, analizado por el mismo Fromm: las 17. Rene Spitz. «El primer año de vida del niño» (FCE, 1986) y J. Bowlby. «La separación afectiva» (Paidós, 1979). 18. Paul Watzlawick. «El lenguaje del cambio» (Herder, 1992). 19. Erich Fromm. «El miedo a la libertad» (Editorial Planeta-De Agostini, 1993).

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racionalizaciones irracionales. El segundo, planteado por Cooper y Laing desde la antipsiquiatría: la negación de las persecuciones reales y uno de sus resultados: la paranoia inducida. Después, y por cuestiones de tiempo, sólo citaré sintéticamente tres más de ellos: la búsqueda de chivos expiatorios, la ilusión de alternativas, y la conformidad automática.

1) Las racionalizaciones irracionales: Podemos definir la racionalización irracional como una construcción ideológica por parte de una persona para explicar las causas de algunas de sus acciones o ideaciones, pero una construcción ideológica o explicación que se caracteriza por no responder a las motivaciones reales que desencadenan tales acciones o pensamientos, y construida por ello a posteriori de la aparición de las susodichas acciones o/y pensamientos. Para el psicoanálisis [20], la persona que realiza una racionalización irracional desconoce las verdaderas motivaciones de su acción —o/y pensamientos—, pues según tal modelo heurístico, es decir, interpretativo, estas motivaciones serían inconscientes y estaría reprimido su acceso al consciente (por ejemplo, por entrar en conflicto con el super-yo de la persona o su yo moral si se quiere). Sin embargo, al precisar de una explicación, para sí sobretodo, pero también para los demás, del porqué de su conducta o/e ideas, esa persona se construiría otros motivos diferentes a los reales cuya funcionalidad sería servir al mecanismo de la represión (supresión en el pensar) de la motivación real. Al concepto de racionalización le añadió el adjetivo irracional el ya antes nombrado Erich Fromm, planteando que a pesar de que las racionalizaciones aparezcan en muchas ocasiones con un alto grado de coherencia lógica, sobretodo interna, son irracionales justamente por «...el hecho de que no constituyen el motivo real de la acción... » [21]. Pondré un ejemplo de racionalización irracional: 20. Según J.Tizón en «Psicología basada en la relación» (Hogar del libro, 1988), el término racionalización lo aportó el psicoanalista, y biógrafo de Freud, Ernst Jones con su artículo: La racionalización en la vida cotidiana. 21. Erich Fromm, op cit

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Supongamos una pareja de un hombre y una mujer, con un hijo menor de edad, en la que en un momento dado la mujer inicia una relación amorosa con una tercera persona y así se lo manifiesta a su marido. Este, sin poder asimilarlo, entra, por diferentes causas, en una situación emocional de celos pero sin siquiera aceptarse el reconocerlos. Supongamos que se separan y que el hombre muestra su desacuerdo con que el hijo vaya a vivir con la mujer, a pesar de que el niño manifiesta que eso es lo que desea y a pesar de que la mujer siempre ha actuado como una buena madre y así la caracterizaba anteriormente a la separación. Y supongamos finalmente que este hombre plantee como explicación a su negativa de que el hijo viva con la madre, que es en realidad por el propio bien del niño y su educación, ya que siempre había sospechado que su ex-mujer tiene un carácter desequilibrado y de incapacidad para el compromiso, que finalmente ella ha demostrado claramente con su infidelidad conyugal. Nuestro hombre estaría produciendo una racionalización irracional con su explicación, si su motivación real fueran los celos inconfesables para sí mismo y para su imagen ante los otros. No es necesario compartir la hipótesis del inconsciente para convenir que se puede producir una racionalización irracional: parece claro que alguien puede darse cuenta de algún modo, de forma leve si se quiere, en una situación de excitación emocional como la de nuestro ejemplo, que está encubriendo las motivaciones reales de sus actos, por inconfesables para sí y los otros, con una construcción ideológica falsa, pero con el tiempo acabar por creérsela. En otras palabras, una persona puede percibir de alguna forma que actúa en un inicio con «mala fe» (en el sentido de inauntenticidad que le dio Sartre al término [22]), al dotarse de una pseudoexplicación de sus actos, pero con la repetición de la misma —y la rigidez en su lógica interna que implicará tal repetición— puede llegar ella misma a creer real esa construcción ideológica falsa. «Olvidando» entonces los motivos iniciales por no ser aceptables para el código moral que se ha pretendido propio, y pasando a convertirse lo que empezó como engaño a ser una racionalización irracional, es decir pasar a auto-engañarse la propia persona a sí 22. Sartre, op cit.

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misma. Operaría aquí no el inconsciente, sino al contrario, la conciencia de desacuerdo con uno mismo/a, con lo que se sostiene por ejemplo qué es justo y una acción opuesta a ello. Y operaría en concreto la necesidad de eliminar esa «disonancia cognitiva»[23] y el malestar que produce, automatizando la falsa explicación motivacional hasta hacer muy difícil el recuerdo de la real, a la que se intentó conscientemente expulsar del pensar en el momento inicial del proceso. En todo caso, lo que me interesa señalar es que, a mi entender y se comparta o no la hipótesis del inconsciente, las racionalizaciones irracionales siempre expresan el intento de negación de un malestar —en nuestro ejemplo los celos—, y la necesidad de justificar lo que aparece de algún modo como injustificable para el sujeto y su yo social. En esta sociedad se produce un fenómeno paradójico: en la familia, en la escuela, en el corpus central de las doctrinas religiosas, en los medios de comunicación... se habla de la necesidad del respeto mutuo y la solidaridad entre los seres humanos y del respeto a la naturaleza, pero la realidad es que los valores contrarios son los que operan y se inculcan al unísono con los primeros desde tales instituciones, con, por ejemplo, la competitividad presentada como acicate del progreso personal y social o el antropocentrismo en la visión de la naturaleza. Para sostener, justificar, esta situación de antinomias o contradicciones de hierro es necesaria la producción masiva de racionalizaciones irracionales, y a dos niveles: el macro-social y el individual. En lo macrosocial con sistemas teóricos de justificación del discurrir social presentados como verdades científicas, como por ejemplo: ciertas utilizaciones del darwinismo para situarse en el antropocentrismo como justificación de la relación agresiva con el entorno natural y los seres que en el habitan, o las teorías, como las socio-biológicas, que defienden el innatismo genético 23. La disonancia cognitiva puede ser definida como una situación de inconsistencia —o incongruencia— en una decisión o ideación, en la que se tenderá en un cierto grado de la misma a «expulsar» del pensar toda información que muestre tal inconsistencia. Al respecto consúltese si se desea la obra de León Festinger: «Teoría de la disonancia cognoscitiva» (Instituto de Estudios Políticos, 1975).

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de la violencia en el ser humano como pretendida matriz de la insolidaridad y la competitividad intra-humana. Y en lo individual se producen racionalizaciones irracionales por parte de las personas, vividas como «necesarias» ante el sufrir la contradicción de desear la relación y valorizarla, y encontrar que existe como tónica —en las formas de tratarse mutuamente— el desencuentro, y que, para adaptarse, se tiende a actuar hacia éste. Citaré algunos ejemplos más de tipos de racionalizaciones irracionales individuales que pienso son de todas y todos conocidos: Las que realizan personas que por miedo a las consecuencias, por ejemplo de represión: no reaccionan contra una ley injusta y pretenden para sí y los demás que su pasividad no es el producto de ese miedo, sino de que gente formada como juristas y gobernantes, «con muchos años de carrera y estudios», no pueden equivocarse al hacer una ley. (Con respecto al holocausto nazi muchas personas en Alemania, como recogió en algunas de sus novelas Heinrich Böll, al parecer justificaron posteriormente su pretendido «no enterarse» con un tipo de racionalización irracional de este tipo, arguyendo que no podían creer que tal cosa estuviera sucediendo, a pesar de las noticias que al respecto se filtraban, pues no les cabía en la mente que pudieran organizarla responsables gubernamentales, es decir responsables del «orden». Con respecto al genocidio por parte de los militares en Argentina en los años setenta, hace pocos días charlé con una persona que habitaba por entonces en ese país y que pretendía «no haberse enterado» y utilizaba argumentos similares). O justificaciones de acciones fácilmente auto-perceptibles como de insolidaridad, con el argumento de: «si no lo hago yo otro lo hará y en cambio en mi caso seré más cuidadoso», por ejemplo, explotando económicamente a congéneres, pero «menos que otros». O, y para finalizar los ejemplos, la justificación de pasividad en nombre de una teorización de la historia como estática y determinista que afirma, sin ningún dato que lo sustente, algo parecido a: «yo no me muevo aunque esto sea injusto, no por miedo o egoísmo, sino porque siempre han existido injusticias y por lo tanto siempre las habrá.» -307-

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El problema de la racionalización irracional, y es por ello patológica, es que no elimina la existencia de las motivaciones reales intra y extra-inconfesables, ni las consecuencias de las acciones que producen y el malestar consigo mismo/a que aparece. Pues si bien este malestar puede ser aplacado momentáneamente y aparentemente «olvidado» —de ahí que la racionalización irracional pueda ser definida como una defensa—, retorna inevitablemente, si no se va a sus raíces, es decir, rebrota el malestar, ya que no se reconoció ni se fue a la raíz del mismo (en nuestros ejemplos reconocer e ir a la raíz de donde provienen los celos, el miedo a enfrentarse a la injusticia, o la insolidaridad y la pasividad). Obligando esos rebrotes o retorno cíclico del malestar no abordado en su raíz, a la creación en cada ocasión de nuevas y más complicadas racionalizaciones irracionales que mejoren y apuntalen a las viejas, produciendo tal espiral demente más y más separación de uno/a mismo/a, y más y más separación de lo real. La racionalización irracional produce efectivamente un doble pensar —en la medida en que expresa una contradicción entre motivos pretendidos y reales plantea una escisión personal. Un doble pensar que es neurótico y esquizofregénico: si por neurosis entendemos el desacuerdo con uno/a mismo/a, y por esquizofrenia la huida de lo real por insoportable [24].

24. Las categorías «neurosis» y «psicosis» lo son de diagnóstico psiquiátrico y para mí no aportan mucho sobre cuál es la situación que vive la persona que las recibe, jugando un papel más de etiquetaje segregador que de aclaración de una experiencia vivencial, si he utilizado estos términos es para intentar entendernos. Freud: «El malestar en la cultura» (Alianza Editorial, 1982), planteó que la nuestra es una sociedad neurotizante. Siendo desde mi punto de vista cierta tal diagnosis social, es de todos modos incompleta, puesto que es más preciso hablar de sociedad demente o/y esquizofregénica, en la medida en que el desacuerdo consigo mismo/a que crea el malestar cultural produce finalmente lo delirante y la pérdida del contacto con la realidad para evadir ese malestar —con, por ejemplo, las racionalizaciones irracionales. Malestar en la cultura que a mi entender y en divergencia con Freud no proviene de la lucha entre instintos y civilización sino del conflicto entre la alienación social y el ser.

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2) La negación de las persecuciones reales y uno de sus resultados, la paranoia inducida: El término paranoia es un concepto psiquiátrico, la psiquiatría llama paranoia al sentimiento por parte de una persona de la existencia de una persecución que no existe para la mayoría, un sentimiento pues, de la existencia de una persecución que debe ser «irreal» para que se trate de paranoia. Sobre la llamada paranoia la psiquiatría [25], en general y con pocas excepciones, ha elaborado un discurso cuando menos oscuro, y también con ella la psiquiatría psicoanalítica al abandonar el análisis de lo social, situando el problema o bien la primera, mayoritariamente, en una etiología —causa— de descompensación neuroquímica nunca demostrada, o la segunda en un exclusivo conflicto intrapsíquico del individuo, diciendo por ejemplo cosas del tipo: se trata de un desplazamiento al exterior de un sentimiento interno de persecución del propio yo y deslizándose a una posición homofóbica de ligarla a la homosexualidad [26]. Pienso que las aportaciones de la antipsiquiatría, concretamente las de Laing y Cooper, son fundamentales para poder empezar a intentar entender el complejo problema de la llamada paranoia. Laing planteó de forma muy sencilla, muy clara, que la paranoia está en la base del sistema social y lo explicaba de la siguiente forma: «Existe una palabra que designa al individuo que se siente perseguido cuando la mayoría no lo cree perseguido: paranoia. No sería un exceso de simplificación afirmar que la paranoia tiene re25. Un resumen de la historia de la psiquiatría al respecto de sus «enfoques y consideraciones teóricas del concepto paranoide», se puede encontrar en el capítulo con dicho título del trabajo de Guillermo Rendueles y otros: «Las esquizofrenias» (Ediciones Júcar, 1990). 26. El psicoanálisis clásico, siguiendo la idea al respecto de Freud, ha intentado de forma reaccionaria y absolutamente especulativa, ligar la paranoia a la homosexualidad, así por ejemplo Otto Rank en su libro «El doble», afirmaba: «Desde que Freud ofreció el esclarecimiento psicoanalítico de la paranoia, sabemos que esta enfermedad tiene como base “una fijación en el narcisismo” (...) La etapa de desarrollo de la cual los paranoicos regresan a su narcisismo primitivo es la homosexualidad sublimada, contra cuyo estallido indisimulado se defienden con el mecanismo característico de la proyección.» ¿Homofobia psicoanalítica producto del no reconocimiento de las propias tendencias homosexuales?

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lación con el sentimiento de que no se puede confiar en la gente, de que “en los hechos” —coloquemos la expresión en los hechos entre comillas— parece imposible confiar en nadie, en nada. Pero no existe una palabra que designe aquella situación en la cual no se logra tomar conciencia de que se está siendo perseguido cuando verdaderamente lo persiguen. Como tampoco existe una palabra que designe a los perseguidores que no toman conciencia de que lo son.» [27]. Cooper sintetizaba por su parte, y con el tipo de claridad, en este caso contundente, que caracteriza sus escritos: «La paranoia va en la dirección adecuada pero confunde el objeto»[28]. El término inducida que yo le añado a paranoia, recoge este análisis de la fenomenología existencial antipsiquiátrica y se deduce del mismo. En efecto, un sistema social que como vimos basa sus relaciones en el desencuentro —en la alienación—, y muy específicamente en el valor competencia, es decir, un sistema en el que «en los hechos» —entrecomillado como quería Laing—, no se confía en los demás, en tanto que experimentados como posibles competidores y sobre la base de que se tiende a pensar a su vez que ellos nos experimentan a nosotros de ese modo, un tal sistema no puede por más que inducir a la paranoia. Se trata por lo demás de un sistema que no es sólo competitivo, sino que genera cada vez más control social y lo tecnifica a grados extremos (vídeo cámaras en las calles, ficha personal informática en la escuela, en servicios sociales, en la policía, satélites de vigilancia para controlar las conversaciones privadas... [29]), con lo que la inducción a la paranoia cobra más fuerza. Y 27. «Conversaciones con Ronald Laing». De Richard Evans. (Gedisa, 1980) 28. David Cooper. «La muerte de la familia» (Ariel, 1976). 29. El periódico francés Le Monde Diplomatique informó sobre la existencia de un programa internacional, en funcionamiento, de control policial de conversaciones telefónicas, mensajes por internet, fax y comunicaciones de radio, liderado por la estadounidense NSA (Agencia Nacional de Seguridad), llamado «Echelon», que en Europa los gobiernos quieren emular, desde el 95, con lo que llaman «Espacio Enfopol». El invento consiste en realizar barridos continuos, con utilización de satélites, de todas las comunicaciones telefónicas y vía internet, fax o radio que se estén produciendo en una zona extensa elegida de antemano, utilizando macroordenadores con palabras claves previamente programadas —¿del tipo por ejemplo «revolución»?— que al emitirse harían grabar, seleccionar para su control completo, la conversación en cuestión y el localizar a los comunicantes. Orwell con su

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se trata de un sistema que muestra una y otra vez que la mentira es aceptada como parte del discurso social —véanse las promesas en los discursos electorales y compárese con la realidad posterior de la actividad de los políticos ayer candidatos, o repásese la historia de la ciencia, que en occidente ha sustituido a la religión, y constátense los engaños que investigadores laureados han realizado para hacer cuadrar su recogida de los llamados datos objetivos con sus conclusiones, que eran previas [30]—, con lo que la desconfianza en los demás se puede agrandar hasta el no se puede confiar en nada. Para adaptarse a un sistema que es competitivo, controlador, que miente y que es nihilista, que es pues realmente perseguidor, hay en efecto que negar tal persecución real: intentar un cambio mental en el que experimentar una situación persecutoria real como inexistente. Y ese negar las persecuciones reales —en el sistema educativo, en la institución familiar, por parte de la policía, de la multinacionales, los políticos, los medios de comunicación de masas, los propietarios y patrones...— como mecanismo de adaptación a una sociedad perseguidora, si es coherente en la negación produce el pasar a convertirse en algún eslabón de la cadena persecutoria —padre de familia, marido/esposa, profesor, psiquiatra, psicólogo, psicoanalista, encargado, educador social, funcionario de prisiones, policía... Convertirse en un perseguidor más que, si está en efecto bien adaptado, no toma conciencia de su rol. En tal situación, y esto es lo que en el intento de comprensión de la fenomenología de la paranoia interesa señalar, si la persecución real es cada vez más potente y el mecanismo de negación persiste «1984» o Bradbury con su «Fahrenheit 451», desde la literatura se quedaron cortos en la previsión de la tecnificación del control social, persecutorio, que se nos ha venido encima. Ver al respecto de «Echelon» y «Espacio Enfopol»: Tentations policieres dans le cyberespace. Grandes oreilles américaines y Tentations policieres dans le cyberespace. Touts les européenes sur écoutes, por Philippe Riviere (Le Monde Diplomatique Mars 1999). 30. Un ejemplo de la continua falsificación de datos que se produce en lo que se pretenden disciplinas científicas, lo encontramos en la psicología y más concretamente en su reconstrucción de conceptos como la inteligencia y la creación de tests para medirla: Desde Galtón, Binet, pasando por Goodard, Terman, Yerkes, Sperman, Thurstone, Eysenck... la falsificación —¿inconsciente?— de muestras y el sesgo de los operativos estadísticos ha sido una constante —ver al respecto el trabajo de Stephen J. Gould: «La falsa medida del hombre» (Antoni Bosch Editor, 1982).

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pero es frágil —a la larga y si se es sensible siempre tiende a serlo, dado que la realidad con sus consecuencias golpea continuamente sobre la negación, o como decía el poeta: porque la teoría es gris pero verde el árbol de la vida—, entonces la posibilidad de paranoia será altamente probable. En otras palabras, la persona que es realmente perseguida, pero que no se adapta a la negación de tal persecución y al tiempo de algún modo no puede reconocerlo —sobretodo por presiones del mismo marco que la persigue—, tenderá a buscar otro objeto diferente que el real persecutorio y una pseudo-explicación que se nos aparecerá como delirante, como forma de poder depositar, en tal objeto diferente y tal pseudo-explicación, su malestar. En realidad y como planteaba Cooper, su paranoia en ese caso «irá en la dirección adecuada», puesto que estará rompiendo la negación de la existencia de una persecución real, pero muy peligrosamente, sobre todo y siempre para ella misma y en ocasiones también para los demás, «confundirá el objeto». Y es inducida tal confusión del objeto perseguidor, puesto que el real —el sistema y sus instituciones— no permite en modo alguno ser puesto en cuestión. Pondré un ejemplo donde hace ya algunos años (1993), pude observar un caso de inducción a la paranoia, avanzando que no siempre aparece tan claramente el carácter de estas situaciones que suelen ser en general más complicadas. Trabajaba en una residencia psiquiátrica, en la misma había un despacho en el que los residentes sólo podían entrar a consultar o charlar de sus problemas con cuidadores/as, o a realizar psicoanálisis obligatorio con psicólogos/as y visita médica con los/as psiquiatras. El tal despacho era el santa-sanctorum de la institución puesto que allí se preparaban las tomas de medicación, se guardaban los informes de los llamados «pacientes», las llaves de las instalaciones, y hasta el dinero de los y las residentes. Se suponía que algunas de las cosas que los residentes decían al personal sanitario y a sus terapeutas en tal despacho eran íntimas y que se respetaba tal intimidad. Pero sólo se suponía, puesto que en la realidad, y como ocurre en la mayoría de las instituciones mal llamadas terapéuticas, lo que el adjetivado «paciente» le cuenta al personal sanitario, se convierte, y con un tiempo vertiginosamente -312-

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breve que siempre me ha impresionado, en vox populi no sólo para todo el personal laboral de la institución sino para la familia de la persona y para más gente a veces. Y ello aunque el llamado «paciente» haya insistido en que lo que iba a contar quería que no fuera divulgado. En un momento dado, una residente que estaba diagnosticada de «esquizofrenia paranoide» fue durante una larga temporada sobre-medicada, por considerar su psiquiatra de referencia que estaba entrando en un nuevo «brote» psicótico. Se pretendió que la manifestación de la entrada en el «brote» era que la mujer empezó a explicar: que había micrófonos en el despacho de la residencia y que los había puesto allí una organización de extraterrestres que dirigía un familiar suyo. Esta mujer añadía que: cuando en el despacho estaban con ella solo alguna de dos personas determinadas —del equipo terapéutico de la residencia—, los micrófonos se estropeaban pues tales personas poseían poderes. A mi parecer la llamada ideación paranoide de la mujer iba en efecto en la dirección adecuada. No habían «micrófonos» en realidad, pero porque simplemente no eran necesarios ya que no «extraterrestres» sino los llamados terapeutas y el resto del personal sanitario, divulgaban de viva voz, entre sí y a la familia de esa persona, e incluso en este caso a otros residentes, lo que ella les contaba creyendo que se salvaguardaría su intimidad. Y no existían «poderes» por parte de las dos personas que ella consideraba «estropeaban los micrófonos», pero sí que respeto al secreto profesional en cuanto a las confidencias que la mujer explicitaba como tales. Es decir, existía una persecución real —un control real sobre la persona, vía despojarla de su intimidad—, pero una persecución negada por la institución psiquiátrica y la familia que la realizaban. Y existía a su vez, por diferentes motivos (posible fragilidad en aquel momento, posible percepción de imposibilidad en aquel momento de enfrentarse a la institución y de romper la dependencia con la familia...), aún un cierto grado de negación de tal persecución real por parte de la persona, pero a su vez una necesidad de expresarla que «iba en la dirección adecuada». Esa contradicción encontró su síntesis o forma de manifestarse en lo que se nos aparece, en una aproximación superficial, como un -313-

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delirio paranoico. Espero y deseo que esta persona, de la que no he vuelto a tener noticias, esté hoy bien y que haya logrado escapar de la carrera psiquiátrica, que lejos de ayudarla era un factor más de inducirla a entrar en la paranoia —la enfermedad y su doble, que dijera Basaglia. En resumen, uno de los mecanismos patológicos de adaptación a la alienación social imperante, es la negación de las persecuciones reales, que produce a su vez el peligro de convertirnos en perseguidores sin conciencia de serlo, y a inducir a otras personas y ser nosotros mismos inducidos, en ciertas situaciones en las que el mecanismo de negación persiste pero en forma frágil, a caer en la paranoia. O más claro, efectivamente y como ha aportado la antipsiquiatría: la paranoia está en la base del sistema.

3) La búsqueda de chivos expiatorios, la ilusión de alternativas y la conformidad automática: Como dije al principio de esta exposición, solo citaré y sintetizaré brevemente estos otros tres mecanismos de adaptación dinámica —con consecuencias en lo que llamamos «carácter» de las personas— a una situación de por sí irracional —la alienación del sistema social en presencia. Sólo los citaré y sintetizaré por razones de tiempo y para suplir la falta de profundización que ello implicará, intentaré referirme a los/as autores que los han analizado, de tal modo que quien esté más interesado pueda buscar en sus escritos. La búsqueda de chivos expiatorios es un fenómeno social que toma diversas formas individuales, de adaptación al sistema. Un fenómeno social consistente en focalizar el malestar que produce la relación del desencuentro —convirtiendo ese malestar en odio y agresión—, hacia personas o grupos sociales en situaciones de indefensión, o si se quiere en situación de debilidad para responder a la agresión. Un mecanismo de adaptación al sistema, puesto que su función en lo emocional —una parte de lo «psi»— es el de actuar como válvula de escape al mal vivir producido por el marco social, al tiempo que genera un beneficio secundario para el propio sistema que lo utiliza, para fusionar grupalmente y desviar de sí mismo -314-

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la reacción a ese malestar que provoca, con el artificio de crear un «enemigo» frente al que unirse. Es conocida la historia del encargado de un taller al que el gerente abronca, el encargado se desfoga después abrocando al operario, este cuando llega a su casa se desahoga abroncando a su mujer y esta se alivia abrocando al hijo. Es esta una visión, nada infrecuente, de una cadena de utilización de chivos expiatorios. La figura del chivo expiatorio es obviamente trágica pero muy útil al sistema, como ya planteé no sólo como válvula de escape al malestar sino a su vez potenciándola y dirigiéndola para cohesionar a sus ciudadanos, es decir para adaptarlos al sistema creando falsos «enemigos» —en un momento dado los comunistas y los anarquistas, anteayer y mañana los árabes, los kosovares, los albaneses, los sérbios, en ocasiones el terrorismo, a veces las drogas y la delincuencia, y siempre los emigrantes, los marginados, los locos, las mujeres, los niños... Si por un lado la búsqueda de chivos expiatorios es un mecanismo de adaptación patológica a una situación patológica de por sí, quien juega el papel de buscar chivos expiatorios se ve a su vez en situación relativa de ser chivo expiatorio de otros y otras, pues como vimos es una cadena con diferencias de intensidad. Sin embargo, pienso que es importante distinguir quién esta en el vértice y quién en la base de esa pirámide de agresiones, puesto que el último es quien recibe más daño y es masacrado o enloquecido. Y por otro lado porque, y aunque en este sistema todos y todas somos víctimas, desgraciadamente no tenemos tiempo, ni fuerzas, para dedicarnos a los que, aun siendo también víctimas, se intentan instalar en la cúspide de los verdugos. Dice el Subcomandante Marcos, alguien que no busca chivos expiatorios al no combatir contra personas sino contra un sistema: «dime cuán grande y poderoso es el enemigo contra el que luchas y te diré cuán grande eres tú y dime cuán pequeño es y te diré cuán grande es tu miedo», y siguiendo ese hilo de pensamiento por nuestra parte decimos a su vez, dime cuán débil y personalizado es tu enemigo y te diré cuanto usas del mecanismo del chivo expiatorio. Además del Subcomandante Marcos han hablado entre otros del chivo expiatorio, los ya citados Sartre, Laing, Cooper, Fromm, y a -315-

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su vez Freud, Scherif, P.Sbandi, Wilhelm Reich,... La ilusión de alternativas es un concepto utilizado por el antes ya nombrado Paul Watzlawick [31] desarrollándolo a partir del llamado doble vínculo estudiado en los años cincuenta por el antropólogo Gregory Bateson. El doble vínculo se produce en aquel tipo de comunicaciones que, además de presentar una continua auto-referencia del emisor del mensaje, por su forma y lógica dejan sin alternativas al receptor, a la persona que recibe tal comunicación. Un ejemplo típico de comunicación de doble vínculo es el siguiente: «Tu actitud hacia mí demuestra o que eres malo o que estas loco». El receptor, si queda atrapado en esa ilusión de alternativas, está constreñido a quedar fijado en una identidad siempre negativa en la que no aparecen unas terceras, cuartas... posibilidades. El doble vínculo es pues de una lógica enfermiza pero a su vez enfermante para quién recibe con masividad tales mensajes y queda atrapado en ellos. La ilusión de alternativas, su introyección en la mente de las personas a través del mecanismo del doble vínculo, es muy útil al sistema, por ejemplo: en lo electoral, el bipartidismo entre organizaciones políticas que no se distinguen, en esencia, entre sí más que por siglas diferentes, es una clara situación de ilusión de alternativas útil al sistema que se presenta entonces como democrático sin serlo. En lo individual la ilusión de alternativas actúa como adaptación al sistema y sus formas de vida, con razonamientos del tipo: o matrimonio o soltería. O trabajador explotado o parado. O enemigos o amigos. O víctima o verdugo. O integrado o marginado... La conformidad automática, es un concepto también aportado por Erich Fromm (dentro de lo que él llamaba «mecanismos de evasión»), y lo definía así: «El individuo deja de ser él mismo; adopta por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales, y por tanto se transforma en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que él sea. La discrepancia entre el “yo” y el mundo desaparece y con ella el miedo consciente a la soledad...» [32]. 31. Paul Watzlawick: Op. cit. y «El arte de amargarse la vida» (Herder, 1984), y «La coleta del barón de Münchhausen —Psicoterapía y realidad» (Herder, 1992). 32. Erich Fromm, op cit.

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Lo que es paradójico en cuanto a ese miedo a la soledad que impulsaría para Fromm a la conformidad automática, es que no logra hacerla desaparecer, puesto que la sustituye por otra soledad a la que algunos han llamado la soledad de la muchedumbre. A esta conformidad automática o adecuación a aquello que los demás esperan de la persona y no a su propio deseo, por el miedo a la soledad que pende como espada de Damocles sobre la cabeza de los que intentan enfrentarse al sistema, otras, como por ejemplo Victoria Sau, le han sumado lo que Seligman llamó indefensión aprendida, algo similar a lo que otros denominan neurosis de fracaso. La indefensión aprendida se puede definir, alejándose del contenido conductista inicial que le dio Seligman, como: la falta de experiencias, en la historia de una persona, de consecución de objetivos —o/y la falta de recuerdo de tales experiencias. Situación de falta de experiencias —o/y de no recuerdo de las mismas— de consecución de objetivos en situaciones anteriores, que generaría un sentimiento de impotencia y pasividad produciendo que la persona no intente reaccionar frente a la aparición de nuevas situaciones, de agresión, injusticia, malestar [33]... Cabe decir y dado que «la historia la escriben los vencedores», que la presentación de esta en libros, facultades, medios de comunicación de masas... potencia la indefensión aprendida y con ello la conformidad automática, escondiendo las experiencias de otras formas de vivir diferentes a las del sistema y generadas por los y las de abajo —quilombos en Brasil, la vida soviética en la antigua URSS hasta inicios de los años veinte del pasado siglo, comunas de Aragón...

A modo de última y breve reflexión conclusiva: Alguien, llegados a este punto, puede lícitamente plantear: y bien..., aceptemos que existe un marco social alienado y alienador que conduce al desencuentro y unas formas finalmente patológicas 33. Escuché a Victoria Sau utilizar, de forma no conductista, el concepto indefensión aprendida en una charla sobre opresión a la mujer, en 1996 en el colegio de periodistas de Barcelona, relacionándolo con las dificultades de respuesta del movimiento feminista y sus aliados a las agresiones a las mujeres.

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de adaptarse al mismo, pero... ¿sirve de algo conocer esto? Puesto que si no hay adaptación a la alienación y en tanto ésta es «mayoritaria»: ¿no será peor el remedio —conocer y hacer conocer tal realidad— que la enfermedad, dado el aislamiento que con respecto a esa «mayoría» puede producir el decidir no adaptarse? Podríamos responder que aquí nos hemos reducido al análisis «científico» y que no pertenecemos al «departamento de soluciones», más entonces, y si acabáramos por creernos tal cosa, estaríamos produciendo una racionalización irracional para eludir una respuesta. La mía, porque cada cual debe encontrar su respuesta, es por el momento triple: - En primer lugar, y con la alienación presente, ya estamos aislados, y sólo desde la autenticidad es posible el encuentro, es decir la sociabilidad o vida genérica. - En segundo lugar, el concepto «mayoría» es relativo, puesto que se trata de una «mayoría» no natural sino impuesta, entre otras formas con la introyección por parte de las personas de los mecanismos de adaptación a la alienación, algunos de los cuales he intentado explicar. Por lo tanto se trata de una «mayoría» frágil, en la que late la continua contradicción entre la aspiración al encuentro que forma parte de la naturaleza humana y el desencuentro generado por el sistema en presencia. De ahí que siempre haya entrecomillado la palabra «mayoría». - Y en tercer lugar, partiendo de que conocer es una palanca de cambio, parafraseando a Sartre: haciéndonos de una forma determinada proponemos, objetivamente y querámoslo o no, a los/as otros/as una forma de ser. Así que bueno será ir rompiendo la cadena sobretodo si pensamos en aquellas personas a las que llamamos niñas y niños. A este respecto de romper la cadena y de los niños y niñas, para acabar ya, los que como yo trabajamos con estos últimos en tanto que educadores, en muchas ocasiones no tenemos más remedio que situarnos en el papel del eslabón perdido, es decir, en no aceptar los mandatos de control social y el ser portavoces de una educación alienante hacia los menores que el sistema social y sus instituciones quieren imponernos. Convertirse en eslabón perdido pasa a veces por enfrentarse a esas demandas y otras veces simplemente consiste en no realizarlas y sabotearlas haciéndose el -318-

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olvidadizo o el loco. Depende de la correlación de fuerzas en cada momento. Gracias por vuestra escucha. J.A.A (Jau) Barcelona. Invierno 1999

apuntes sobre la necesidad y el deseo de pegarle fuego a la postmodernidad (o como quiera que se llame este mundo de mierda en el que vivo)

Empalagoso sin duda eso de la postmodernidad, ya sabemos que muchos se llenan la boca con esta palabreja: profesores universitarios, alumnos, intelectuales de profesión, pequeños gurús revolucionarios... parece que el término sienta bien, que destila cierto respeto. Por nuestra parte, sin creer que los textos sobre la postmodernidad tengan una trascendencia especial (de hecho en su mayor parte agudizan y adaptan a nuevos contextos críticas que vienen de muy atrás en el tiempo), pensamos que se valen de conceptos y descripciones que pueden y deben ser utilizados a día de hoy en la elaboración de una teoría y práctica revolucionarias. Por eso hemos decidido darles un valor de uso, porque los creemos útiles a la hora de analizar las transformaciones del Capital y el Estado. Pero ojito, éste análisis no queremos que nos sirva para ir a la cama con las ideas más claras y nuestro ego un pelín más fortalecido (cuánto leemos, qué listas somos...) tal y como es la práctica habitual de todos esos autoerigidos «cerebros» de la contestación que pululan por ahí. Nuestro análisis teórico implica sin concesiones una praxis: buscamos un conocimiento íntimo de la realidad en la que vivimos (morimos) para asaltarla y acabar con ella, pudiendo así pasar a la construcción de un mundo en el que nos sea posible decidir sobre nuestras propias condiciones de existencia. Aceptemos entonces, que el eje alrededor del cual gira la sociedad postmoderna ya no es, tal y como fue en la modernidad, la producción, sino que ahora es la comunicación (en su sentido restringido de trasvase de información) y la rapidez con la que ésta pueda darse. El tránsito de un tipo de sociedad a otro se da -319-

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cuando deja de ser posible hablar de la historia como algo unitario, cuando los acontecimientos dejan de ser ordenados entorno a un centro determinado. Se rompe entonces en pedazos el relato que organizaba el espacio teniendo como única referencia a Occidente (o incluso, a un Occidente concreto si se prefiere), y el tiempo basándose en una concepción lineal de la historia unitaria... la totalidad da paso a la fragmentación, a la disolución de los centros. Esta atención al fenómeno de dispersión, al adiós a la historia hegeliana con miras a una meta final reconocible y la desintegración consecuente de las legitimaciones modernas, son las obsesiones de los pensadores que hablan de postmodernidad. Una de las transformaciones fundamentales que se producen en este tránsito es la del saber: mientras que en la modernidad el saber está asociado a la formación del sujeto, en la postmodernidad ha pasado a ser una oferta más dentro de los productos listos para ser consumidos que presenta el mercado. Dado que tal y como se ha dicho, la sociedad postmoderna es la sociedad de la comunicación, el saber también acaba por definirse según los parámetros de este proceso en el que el valor que prima es el valor de cambio. Fuera ya del estadio histórico previo, y con el predominio absoluto de la pragmática (lo que viene a suponer, que la legitimidad de una acción vendrá dada exclusivamente por los efectos que produce, es decir: por lo que, en el rebuscado lenguaje de los amos, se ha llamado performatividad), el saber se constituye como principal fuerza de poder, como instrumento de control del medio y de las relaciones entre individuos o grupos dentro del sistema. Al no poder evidentemente existir la comunicación desinteresada y horizontal (esa por la que hay que guerrear, y que es condición necesaria para acabar con la alienación) en una sociedad performativa, las relaciones entre las personas acaban por funcionar de manera tal, que detrás de cada mensaje emitido existe una determinada jugada, siendo la relación determinante entre los distintos jugadores la de competencia. Las jugadas son estrategias para ganar, los jugadores no son otra cosa que simples competidores y los actos comunicativos —en definitiva— son tan sólo actos pragmáticos. Lo que realmente importa es la eficacia que se desprenda de cada acción... si se es algo, se será por los beneficios que reporte y no por el placer de serlo. Dentro de este contexto, una de las cosas que más nos interesa es el hecho de que la técnica se revela como el modelo de performativi-320-

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dad, el saber que prima es un saber aplicado y propio de expertos que construye mercancías (en el sentido más amplio del término, y no solamente teniendo en cuenta los artefactos) en función de su operatividad. Este saber se encuentra escindido totalmente de la vida cotidiana, nos es extraño, y anula esa capacidad que los obreros de tiempos pasados tenían para intuir desde sus propios oficios la posibilidad de autogestionar la vida entera; en definitiva, el saber con el que nos encontramos permite la división de la sociedad entre «decididores» y «ejecutantes», una fina matización de la eterna relación entre explotadores y explotadas: el que hace está a las órdenes del que tiene posesión del saber. El hierro y la sangre provocaba indignación y revuelta; la anestesia informativa, la miseria sobre-equipada o la rutina grisácea del oficinista, dan lugar a un rentable planeta habitado por zombies. La relación descrita rompe de cuajo la contingencia de la acción, pretende que sea la necesidad quien la rija, asimilándola finalmente a la fabricación. La técnica se impone: la acción acaba por ser fabricar algo de la forma más eficiente y rentable. Al separarse cada vez más saber y hacer, domina aquello que tiene efectividad, no ya el «yo pienso», sino el «yo puedo». En la llamada postmodernidad, la técnica se ha autonomizado como sistema, siguiendo en su desarrollo sus propias leyes. En tanto que la performatividad es su elemento clave, se trata de un sistema establecido de antemano y cuyos progresos están totalmente determinados... una y otra vez, la historia contradice a aquellos que se ocuparon —y aún hoy se ocupan— de proclamar el carácter liberador de la técnica: lejos de cumplir ninguna función emancipadora, se ha encargado de subyugar a la humanidad bajo sus preceptos de efectividad y rentabilidad. Que el desarrollo tecnológico dé lugar a herramientas que puedan ser utilizadas en procesos de liberación, está lejos de significar que ese mismo desarrollo vaya a posibilitar la destrucción del sistema que lo ha propiciado. Los distintos desarrollos tecnológicos de los últimos setenta años son precisamente los que se han encargado de redefinir y optimizar los mecanismos de explotación y dominación. El análisis de estos desarrollos se hace imprescindible dentro del conflicto social, los caminos del enfrentamiento deberán tener en cuenta —por ejemplo— que los constantes adelantos tecnológicos ya no apuntan tanto a la facturación sin más de bienes como al desarrollo de medios para el control social y la producción -321-

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inmaterial que permite la (siempre presunta, pero hasta el momento devastadora) expansión sin límites del Capital. Si bien es verdad que lo que nos ocupa no es otra cosa que la lucha histórica entre poseedores y desposeídos, habría que atender a la realidad actual de que las clases dominantes ya no se definen tanto por la posesión de los medios de producción e ingentes cantidades de bienes, sino por detentar un conocimiento especializado que les permite participar en el funcionamiento del poder. Este conocimiento tecnológico trabaja por la reducción de la potencia real de entendimiento de los explotados (los excluidos, al fin y al cabo, de dicho conocimiento), por la creación de un individuo operativo que sabe lo que hacer dentro del perímetro del cubil que le ha sido otorgado por el Capital, pero que no entiende más allá... es decir: trabaja por el perfeccionamiento del espectáculo, por una sociedad falsificada que ha sido construida sobre imágenes, y en la que la sumisión del hombre se alcanza mediante satisfacciones que no son sino reflejos banales y distorsionados de la verdadera satisfacción de vivir una vida que no sea gobernada por autoridad alguna. Por otra parte, los efectos del desenfrenado abuso que los amos hacen del desarrollo tecnológico tienen evidentes y desastrosas consecuencias sobre el hábitat humano. Consideramos así, que ambas características de este conocimiento: tanto su contribución a la alienación como la expoliación salvaje del planeta entero que lleva a cabo, no son meras consecuencias resultantes de su «mal uso», sino componentes esenciales de la definición del sistema tecnológico. Por eso no creemos en su reciclaje, y mucho menos en su potencialidad redentora... No nos engañemos entonces, frente a la lógica del sistema no se podrán oponer sus propios productos. Las innovaciones tecnológicas por sí mismas no implicarán la crisis de la cultura occidental, sino más bien su afianzamiento, o en llegado caso, la aniquilación del planeta. Entrados en el s. XXI parece que el ciborg no ha sido el billete de salida de la pesadilla postmoderna —tal y como algunas pensadoras defendieron—, aquella predicción omitió que la tecnología existente posee su propio lenguaje, y que éste —independientemente de que fueran sujetos revolucionarios quienes hicieran uso de él— ha sido configurado para producir el mayor número de beneficios posible al poder de donde ha salido. Por eso mismo: porque en el reino de la performatividad no existe la inocencia, afirmar que el potencial tecnológico va a ser el propio -322-

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desencadenante de la caída del Todo y su homogeneidad, es un acto de entusiasmada ignorancia... quienes en la lucha anticapitalista depositan todas sus esperanzas en las máquinas, ignoran que el mundo postmoderno (por estar definido según los parámetros que se han intentado explicar) jamás desencadenaría una potencia que en sí misma pudiese suponer su propia destrucción. La verdadera subversión consiste en buscar el futuro no-previsible en un tiempo en el que se pretende preveer todo; consiste en dar con aquello que precisamente escapa a lo programado por sus máquinas. En esta guerra contra la totalidad se dará un valor de uso a todos aquellos materiales que sean susceptibles de ser utilizados en nuestro asalto a los cielos... ahora bien, no caeremos en errores pasados, y por tanto no sacralizaremos ningún medio de los que nos apropiemos (ni la gasolina y el fuego, ni las radios libres, ni la ocupación, ni la informática...), sólo así no construiremos un nuevo gueto del que ya no podamos —gracias a la ceguera que una y otra vez hemos aceptado ilusionados— salir. Al no depender estratégicamente de ningún elemento clave, y siendo capaces de jugar con todos ellos, nos haremos más fuertes y nuestras posibilidades a la hora de atacar se multiplicarán. Por otro lado combatiremos la especialización dentro de nosotros mismos, puesto que no dejaremos en la mano de ningún técnico nuestra capacidad ofensiva. Dado que lo que legitima a día de hoy no es la argumentación que convence sino el poder que funciona, no nos equivocamos cuando afirmamos que han errado quienes defienden el diálogo y el consenso en nuestros días. La sociedad a la que se ha llegado no ha sido consecuencia de la capacidad de dialogar y argumentar de las mujeres y los hombres, y de la misma manera, su fin no vendrá de la mano de esa capacidad. El consenso hoy lo establece el propio funcionamiento del entramado capitalista, no se acepta porque se haya reflexionado y se haya llegado a la conclusión de que es «bueno», sino porque las leyes del sistema dentro del cual se ha generado lo hacen funcionar sin que parezca haber lugar a su cuestionamiento. El avance y la consolidación de la pesadilla orwelliana, tiene su más clara ratificación en el despliegue que los medios capitalistas y su propaganda han realizado para afirmar que con la caída del muro, 1984 ya no podrá ser jamás. Como si habláramos de un amor adolescente, hoy es ya 1984, y sin embargo lo es menos que mañana. La democracia, valor absoluto e indiscutible de las sociedades postindustriales, no es más que un -323-

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resultado de la propia dinámica del mercado y de las soluciones elegidas para la satisfacción de sus necesidades (de las cuales la primera es la estabilidad, lo que supone la ineludible supresión de la amenaza proletaria). Así funciona la pragmática mercantil: el equilibrio viene por la eliminación de las diferencias, cuanto más homogéneos son los elementos que configuran la sociedad, mejor funciona. Una teoría y una práctica revolucionarias deben comprender el mundo al que se enfrentan para ser capaces de hacer saltar por los aires sus contradicciones y generar situaciones que permitan su aniquilación. Vivimos en medio de una circulación convulsiva de imágenes en las que no hay nada que ver; vivimos en un sistema que funciona menos gracias a la plusvalía de la mercancía que a la plusvalía estética del signo. La realidad es un ir y venir de representaciones que parecen condenar al hombre a la apatía más pura, que le hipnotizan a la vez que le mutilan, que imposibilitan el desarrollo de su propia autonomía. Nuestra intención no debe ser otra que conseguir desatar conflictos que planteen la posibilidad de comunicar fuera de todos esos códigos ya codificados, propagar dentro de la organización social existente una masa de deseos que ella misma no sea capaz de satisfacer. Por lo tanto, nos parece claro que el mundo que queremos echar a pique debe dejar de ser afrontado en sus propios términos. Quién así lo sigue haciendo después de tantas hostias sufridas, sólo puede hacerlo por dos razones: o bien está tratando de escalar en la organización social y alcanzar algún privilegio gracias a su condición de contestatario (y todos sabemos bien de que lado está y lo que merece), o bien es un ignorante que desconoce una premisa básica de la revolución: el Poder sólo dialoga con sus posesiones. Nuestras posibilidades de victoria pasan por poner en juego un lenguaje y una lógica propios, construir un discurso que de verdad se configure como contrapoder y alteridad absoluta del discurso totalizador. Entre ambos no podrá darse ningún tipo de diálogo o transacción, pues al no existir ninguna homología no hay posibilidad de traducibilidad. El resultado —le asuste a quien le asuste— no puede ser otro que el choque entre los sujetos en rebeldía, armados en el proceso de autovaloración que han iniciado, y la prepotencia totalizadora de la realidad del consenso. Ese choque no podrá significar otra cosa que ruptura, seccionamiento -324-

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sin la menor posibilidad de reforma y mejora... es decir: violencia, sabotaje, poesía. El uso de la diferencia, la vía de escape que nos permita salir de esta realidad consensuada. La activación del disenso supone romper con la angustia de una sociedad en la que la auto-alienación ha acabado por ser la regla... vivir siendo conscientes de que nos encontramos involucrados en una guerra siempre será mejor que ejercer el oficio de existentes, que vivir un tiempo del que sólo se puede desear su fin. Queremos responder con un sí en llamas a esa pregunta que no sale de nuestras cabezas: ¿habrá realmente vida antes de la muerte? Frente a la totalidad, sólo siendo crueles podremos iniciar caminos de liberación y placer. ¡Adelante con los faroles! Conocemos de antemano el discurso de moda (made in Italia), que etiqueta a toda prisa la necesidad de la insurrección bajo el calificativo de «metafísica de la violencia»; precisamente quienes más apelan a la complejidad de la sociedad actual, parecen ser quienes ostentan una mayor simpleza mental... por más que parloteen los líderes de foros sociales y de bufones disfrazados, o por más sesudos artículos que escriban glorias intelectuales de revoluciones pasadas —en un desmedido afán de encontrar un protagonismo hoy—, no vamos a caer en la renuncia de nuestras propias posibilidades y potencias. No aceptaremos el pacifismo radical, ni la no-violencia de la sociedad civil, ni la resistencia legalista por la democracia, ni sandeces semejantes. La violencia no es nada, y mucho menos una etiqueta: es algo que siempre estuvo ahí, junto a nosotros. La mayor de las veces para sufrirla, y en ocasiones para practicarla, como defensa, como ataque; escapa por sí misma a los pretendidos discursos morales de aquellos que anhelan encauzar la revuelta allá donde se diera. Es algo que nos es inherente, y que por tanto no pensamos rechazar al igual que no rechazamos el uso de nuestro intelecto o de nuestra maltrecha creatividad. Sería lo que nos faltaba... amputarnos más y más, reproducir autónomamente (¿será esta la autonomía que persigue tanto líder antiglobalización?) la mutilación capitalista. No adoramos la violencia, no nos masturbamos frente a pistolas y bombas, ni creemos que ninguna banda armada vaya a transformar el presente. Tan sólo entendemos necesaria la máxima eficacia en el uso de nuestra fuerza para destruir esta realidad. Realmente es hora de hacer afiladas distinciones, y dejar claro de una vez por todas quien está por la destrucción del capitalismo y -325-

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quién no. Hay que desenmascarar a todos los falsos detractores de la civilización burguesa: buenrollistas, negociadores, aprendices de político, oenegeístas, neo-socialdemócratas, apagafuegos... y no lo haremos ya porque nosotros tengamos la verdad revolucionaria y pensemos que sus «luchas» estén invalidadas, sino porque directamente los consideramos engranajes partícipes y conscientes del sistema miserable que combatimos, o lo que es lo mismo: ni siquiera nos creemos eso de que «luchen» contra algo. Lo decimos sin reparos, son nuestros enemigos. Estaba en lo cierto quien dijo que la pasividad siempre necesitó de guías y especialistas: quien grita que todavía no es tiempo de revuelta, nos revela de antemano la sociedad por la que de verdad está trabajando. Sabemos, porque la Historia —la que nos queda más lejos en el tiempo, y aquella que es más reciente— nos da claras muestras del lado del que están, que llegado el momento y si las condiciones son propicias (si ven claramente cual es la tajada que se pueden llevar) nos venderán a los jueces, periodistas y policías sin el más mínimo de los escrúpulos. ¿Exageramos?, ¡Abran los ojitos señores...! y podrán ver a todos esos luchadores sociales que cantan a los cuatro vientos las excelencias y bondades de luchas violentas y armadas lejanas en tiempo o espacio (o en tiempo y espacio simultáneamente) criticar y denunciar prácticas revolucionarias que se desarrollan en sus propias ciudades, en sus propios barrios, distinguiendo así entre violentos y no-violentos, inocentes y culpables, protestas legítimas e ilegítimas. Son los lacayos más eficientes, realmente van más allá de la especialización, y cumplen a la vez la función de la policía, de la televisión, la radio y la prensa... son los que despejan el camino a la represión, y sólo se merecen nuestro desprecio y nuestra rabia, todo lo demás sobra. Nuestra creatividad tiene el hermoso oficio de desenterrar viejos conflictos a la vez que se saca otros nuevos de las mangas, y es consciente, de que al trabajar al margen de la pragmática postmoderna está escrita en clave de ilegalidad: aceptamos de buen grado el hecho de que somos criminales y nos preparamos para actuar como tales. No entraremos en la farsa de autojustificarnos de ninguna manera, no tenemos que rendir cuentas de nuestros deseos frente a nadie, somos conscientes de que mientras nuestra lucha no sea recuperable —lo cual es y será la mejor de las señales que nos indique que vamos por el camino adecuado— será sistemáticamente perseguida por la ley en todas sus modalidades (policiales, estrictamente judiciales, mediáticas, etc). -326-

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La rebeldía entiende la acción desde las antípodas de la postmodernidad, ya no acción como fabricación, sino acción como el único camino que queda para revelar nuestra cualidad de ser distintos. Nos atrae la idea de ver el mundo como un tablero de juego, ser los mejores jugadores dentro de él es a lo que puede quedar reducida la expresión de nuestra lucha. Hemos empezado por comprender las reglas que rigen los movimientos de los jugadores-competidores, y luego nos hemos puesto a jugar nosotros... determinamos nuestras propias estrategias de acuerdo a nuestros propios fines y vemos cómo saltarnos las normas que nos hemos encontrado al entrar en el juego. Somos conscientes de que venceremos la partida cuando el tablero se haya hecho añicos, y empezamos a hacerlo determinando nuestros propios movimientos ajenos a cualquier modelo de eficiencia mercantil: actuamos por placer, un placer que apunta a una vida plena y llena de posibilidades. No queremos comunicarnos con esta sociedad, ya no hay nada que decirnos entre nosotras y ella, queremos verla agonizar. Por eso, nuestras acciones son su misma negación, no pueden ser reorganizadas dentro de las estructuras mercantiles, no pueden ser configuradas por el Capital como fuerza productiva propia. Nuestra protesta no se podrá transformar en mercancías con las que traficar o pactar, buscamos sin más la satisfacción de nuestras desmedidas pretensiones. Son necesidades implícitas del ser humano, sólo que han quedado integradas en una sociedad falsa y han sido falseadas por ella. Nosotros las hemos intuido y no nos detendremos hasta dar con una vida que sea capaz de satisfacerlas. En un mundo en el que el mercado se afirma como la única escena de la vida, el valor de cambio es el único valor posible y por tanto la identificación total entre la sociedad y el Capital es algo consumado, la revolución sólo puede significar el desmantelamiento definitivo de la cotidianidad miserable y banal, la liberación total de las pasiones y los deseos reprimidos. Conformarse con menos es algo que no entra entre nuestros pensamientos, ya hemos tenido suficiente miseria... No trataremos de responder todas las preguntas, jugaremos al juego de dejarlas todas planteadas... se trata de actuar cuando todos practican la espera, de decir aquello que el enemigo no puede prever, de estar donde no nos aguarda. La tarea revolucionaria a día de hoy no es ni más ni menos que arrancar los velos que cubren las condiciones reales de los explotados, la creación en definitiva de la situación que posibilite el tercer asalto proletario a la sociedad de clases. -327-

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En nuestra negación está la aurora... [Texto editado por el Taller de Investigaciones Subversivas UHP: ¡Uníos Hermanxs Psiquiatriadxs en la guerra contra la mercancía!]

bloque ii. menores. menores de edad y salud mental

Josep Alfons Arnau Educador social (Texto base de la ponencia presentada en las Jornadas sobre Salud Mental en el Local Anarquista Magdalena. Madrid, 26/11/2005) [34]

0: Introducción. En primer lugar agradecer la invitación a participar en estas Jornadas sobre Salud Mental a sus organizadores, especialmente a los amigos Dani, Jesús, Lucía y Nando. Como explicó Jesús al presentarme, hace ya muchos años que ando en esto de la educación social, casi siempre desde «dentro», es decir, trabajando en instituciones del sistema: de salud mental, protección de menores o servicios sociales. En este estar interviniendo desde «dentro» acuñé el concepto de emboscadura [35]: en tanto que, hablando metafóricamente, un actuar en territorio enemigo, y os confieso que en muchas ocasiones no es nada agradable así que para mi significa una bocanada de aire fresco el poder estar 34. Di esta charla en la fecha indicada utilizando un pequeño esquema como guía, al finalizarla los/as organizadores/as de las jornadas me plantearon que deseaban publicar las ponencias y la posibilidad de facilitarles un texto y lo he elaborado, pues, a posteriori, recogiendo y ampliando lo que en su momento allí dije (Enero 2006). 35. Arnau, J.A. Aprehender nuestra historia: Las aportaciones de la Antipsiquiatría vistas desde la Contrapsicología. En: «Psicópolis. Paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea», edición a cargo de José Luis Romero Cuadra y Rafael Álvaro Vázquez (Kairós, 2005).

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charlando con vosotras y vosotros en un lugar como este, con los que trabajáis en el «afuera» defendiendo la necesidad de la revuelta social, revuelta de la que me siento parte, porque, como dijera André Breton, de ella, y sólo de ella, nace la luz. Menores de edad y salud mental es el tema que se me ha planteado para introducir en la sesión de esta tarde. Como sabéis, la categoría minoría de edad es una construcción social: para, por ejemplo, un pueblo del África central, la minoría de edad no se corresponde ni cronológicamente con respecto a edad, ni con respecto a identidad, deberes y derechos, al mismo concepto que en occidente, y a lo largo de la historia la minoría y mayoría de edad, sobretodo en occidente, van cambiando en cuanto a contenidos y a franjas de edades. Actualmente en el estado español minoría de edad engloba a aquellos que tienen menos de dieciocho años, con la contradicción flagrante de que el marco legal, sin embargo, reconoce que a partir de los dieciséis años se puede ejercer el derecho al trabajo —un triste deber para los de abajo— y con esa edad se puede ser también imputable penalmente —hasta hace pocos años, en efecto, así era de forma plena y generalizada, hoy en día sigue siéndolo pero de forma excepcional con necesidad de algunas medidas especiales judiciales pero parece que en breve, de nuevo, con la reforma de la llamada ley del menor volverá a ser de forma general— sin embargo, no se tienen los derechos de los mayores, como, por ejemplo, el de poder votar. Para entendernos, cuando me refiero a menores de edad lo hago con respecto a los más pequeños, niños y niñas y pre-adolescentes y adolescentes, que deben ser cuidados y protegidos por los adultos. Los seres humanos presentamos una particularidad: a diferencia de la mayoría del resto de animales y más concretamente entre los mamíferos, durante bastantes años después de nacer somos especialmente frágiles y por tanto precisamos para sobrevivir de atención, o soporte, en formas específicas —yo creo que normalmente hasta los 16 años. Si se llega a la vejez, esa necesidad de cuidados especiales volverá a ser imprescindible en muchas ocasiones. Sabemos que los primeros años de vida, y la existencia o no de ambientes con estímulos facilitadores son fundamentales, no tan sólo para la salud física sino también, y si bien no determinantes sí que básicos, para la formación de las cosmovisiones, las defensas, -329-

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la creatividad, el manejo de las emociones, el lenguaje, las estructuras mentales de cognición o conocimiento, las habilidades sociales, etc. Es decir, la forma en que se viva y experimente la infancia es fundamental para todo aquello que conformará lo que se llama carácter [36]. En cuanto al concepto de salud mental, a mi parecer, esta mañana Lucía, desarrollando el tema de su relación con el control social, ha definido muy bien qué es lo que pueda ser tal cosa, si es que existe: si la comprendí bien, nos explicó que salud mental es la ausencia de alienación. La alienación, según G.W.F. Hegel y Karl Marx, que son, que yo sepa, los primeros filósofos que utilizaron el término, consiste en sentirse separado —o extrañado, que es un concepto sinónimo al de alienación— del entorno tanto social como natural, es decir, 36. Una concepción estática del carácter es errada pues este —o lo que se denomina personalidad— es fluido, susceptible siempre a la posibilidad de cambio. El ambiente que se vive en la infancia es muy importante para lo que se va a ser, pero no cierra la posibilidad a cambios. Así desde hace relativamente poco tiempo en nuestro país es cada vez más frecuente, entre los profesionales de lo terapéutico y lo social, utilizar el concepto de resilencia aportado hace ya más de treinta años por algunos teóricos de la psicología positiva y dinámica —Kobasa y Maddi (1972)—, como reacción a ciertas visiones deterministas y casi esencialistas del carácter como, por ejemplo, la interpretación cual inamovibles de las estructuras psíquicas construidas en la infancia o/y la caracterización de algunos casos como inabordables o perdidos. El constructo de la resilencia puede servir para explicar, entre otras situaciones, cómo personas que en su infancia han vivido ambientes muy destructivos logran, sin embargo, reconstruir sus vidas más adelante. Los factores de resilencia, en mi opinión, son muy variados (rescatar posibilidades de identificaciones con figuras positivas del entorno en el que se vivió aun habiendo estado muy poco tiempo en contacto con ellas, lecturas significativas, experiencias de vivencias breves pero clarificadoras y salientes...) y son difíciles de aislar, dada, por suerte, su gran amplitud de posibilidades. Desde, por ejemplo, la escuela de terapia breve o/y estratégica de Palo Alto —Weakland, Fisch, Watzlawick y Bodin (1974)— y afines, hace ya mucho tiempo que se opera con una concepción fluida del carácter y con la posibilidad de cambios positivos por parte de las personas en cualquier franja de edad y sea cual sea su biografía e historia infantil. Esto no obvia que los ambientes en los que se desarrolle sobretodo la infancia y también la adolescencia, sean, si bien no determinantes, sí fundamentales para el logro de una vida plena. (Al respecto de la resilencia ver: Manciaux, M. «La resilencia: Resistir y rehacerse» (Gedisa, 2005). Al respecto del modelo de intervención de terapia breve o/y estratégica ver: Watzlawick, P.; Weakland, J.H. y Fisch, R. «Cambio. Formación y solución de los problemas humanos» (Herder, 1999)).

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alienado es estar disociado en el deseo y la propia voluntad con respecto la forma de vida que se ejerce y lo que nos rodea. De algún modo la alienación es la antinomia de la experiencia de pertenencia. En un sistema social basado en lo axiológico en los axiomas de la competencia, el triunfar y el percibir a la naturaleza y a los otros como objetos de beneficio, es decir, en una sociedad mercantilista, la alienación es altamente probable [37]. Si se quiere se puede también definir a la alienación, siguiendo en tal caso a otro de los filósofos que utilizó dicho concepto: Jean Paul Sartre; en su concepción de la dialéctica de la mismidad y la alteridad: del ser para si y ser para el otro; como el quedar fijado en el polo exclusivo de ser para el otro: ser exclusivamente el deseo, por ejemplo, de las multinacionales que convierten a las personas en productoras/consumidoras de objetos que no tienen que ver con sus vidas y necesidades sino con la ganancia de dichas multinacionales, o ser exclusivamente el deseo del marido o de la mujer, o, como veremos, en el caso de niños ser exclusivamente el deseo de sus padres y madres o/y cuidadores. Definidos los dos conceptos: minoría de edad y salud mental, se trataría, pues, de ver en qué medida nuestros menores están o no protegidos, y más concretamente, en qué medida es, o no, cuidada su salud mental. El tema puede ser muy amplio y abordado desde diferentes lugares: Podríamos hablar de la escuela modelo fábrica tanto arquitectónicamente como por su masificación, horarios y criterios disciplinarios de recompensas y castigos, con sus «deberes» para casa y su meritocracia de calificaciones y títulos y los valores de competitividad en los que educa. O de los dispositivos específicos de salud mental construidos para atender a los menores y en general, con honrosas excepciones, en la práctica meros expendedores de psicofármacos. También podríamos charlar de por qué alrededor de un 20% de los menores de doce años en nuestro país toman en algún momento psicofármacos —el dato lo extraigo de informaciones de maestros de escuela en Cataluña, que encuentran tal proporción 37. Fromm, E. «¿Tener o ser?» (FCE, 1986).

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de consumo en alguna ocasión de medicación psicofarmacológica entre sus alumnos en las ciudades. Entre otros psicofármacos consumidos por dicho porcentaje de menores y cuando hay diagnósticos de hiperactividad, cabe señalar sustancias como el metilfenidato —similar a la anfetamina— y otros medicamentos estimulantes de tal tipo, con graves efectos secundarios como es el caso de casi todos los psicofármacos pero aquí muy claros (dependencia, insomnio, pérdida de peso, miedos paranoides, depresión, retraso en el crecimiento, problemas hepáticos y en el síndrome de supresión brusca: posibles episodios psicóticos.) Sobre la hiperactividad —y más en concreto sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH)— quiero permitirme una digresión un tanto larga pero sintética y por ello muy concentrada: A pesar de que estudios serios, elaborados hace mucho tiempo, sobre la utilización del metilfenidato (Ritalina) con menores diagnosticados de hiperactividad tras años de consumirlo, mostraron que no produce ningún tipo de beneficio terapéutico —Weiss, G. y Hechtman, L. (1974). Rapaport, J.L; Bucchsbaum, M.S.; Zahn, T.P.; Weingartner, M.; Ludlow, C. y Mikkelsen, E.J. (1978) [38]— sigue, sin embargo, prescribiéndose en la actualidad cuando se diagnostica tal pretendida enfermedad junto a medicamentos similares por su composición química (Rubifén, Metadate, Concert o Adderal —una combinación de anfetaminas este último), además de, en menos ocasiones, pemolina (Cylert) o sustancias de tipo dextroamfetamínico (Dexedrine), existiendo una tendencia a sumarle a tal prescripción, no sustentada en resultados, la de otros psicofármacos, también muy peligrosos, no estimulantes como la atomexetine (Strattera) o estimulantes de «nueva generación» como la fluoxetina (Prozac). Y es que, entre otras cuestiones, el negocio de las multinacionales farmacéuticas no se aviene a las razones científicas sino a las económicas. Se pretende que la hiperactividad sería una disfunción cerebral orgánica presente en los niños y adultos que la padecerían, pero en la práctica no se mide nunca vía una técnica electroencefalográfica (EEG), o una Tomografía Axial Computerizada (TAC), o una Tomografía de Emisión de Positrones (TEP), o una Resonan38. Lewontin, R.C.; Rose, S. y Kamin, L.J. «Del control de la mente al control de la sociedad» (Ediciones Luna Negra, 2005)

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cia Magnética Nuclear (RMN) etc., pues sería inútil ya que no se encuentra ningún tipo de huella somática diferenciada, significativa, permanente y regularizada, sino que se valora a través de criterios completamente subjetivos: por ejemplo, en el caso de menores con informes de los padres y madres, o/y de los maestros o/y cuidadores, sobre que el niño es muy nervioso (en jerga: que tiene conductas disruptivas y socialmente inapropiadas [39]). Con el claro peligro de estar complaciendo con tal diagnóstico, y la suministración de la medicación subsiguiente, la baja tolerancia de los adultos a las conductas de un menor, que ciertamente pueden ser a veces muy molestas, y confundiendo un posible estado reactivo del niño de que se trate a alguna situación determinada o una defensa más o menos cristalizada ante un agravio recibido en su historia biográfica reciente, confundiéndolo, decía, no ya sólo con un rasgo de carácter sino con una enfermedad orgánica. En relación a que, en realidad, lo que se llama hiperactividad en los niños es una reacción de defensa del menor a una situación difícil en presencia o vivida en un pasado reciente, es clarificador el hecho de que en los estudios con respecto a la hiperactividad de los considerablemente variados factores de influencia de la 39. La prevalencia de la hiperactividad se suele situar en un 3-7% entre la población infantil y en un 2-5% entre la población adulta y la proporción por género en 3:1 en el primer caso y 2:1 en el segundo, siendo, pues, mayor en los varones. El DSM-IV la incluye en su apartado de: «Trastornos por déficit de atención y comportamiento perturbador» y distingue tres tipos: hiperactividad con déficit de atención, hiperactividad con predominio de impulsividad y la que llama combinada. Dicho manual de diagnóstico recoge diferentes síntomas a tener en cuenta —seis o más de ellos deben ser detectados para el diagnóstico firme y con duración de más de seis meses— entre ellos el siguiente: «A menudo no sigue instrucciones y no finaliza tareas escolares, encargos u obligaciones en el centro de trabajo (no debiéndose a comportamiento negativista o incapacidad para comprender las instrucciones)». Se trata, tanto en el contenido como en la redacción, de una perla, y el «a menudo» es para ser analizado a fondo: cualquier activista social, o sindicalista, que siga el ideario de desobediencia civil de Gandhi, muestra tal «síntoma» y, deseablemente, «a menudo», no debiéndose, por cierto, a «comportamiento negativista o incapacidad para comprender las instrucciones» sino cual forma de resistencia y cualquier niño/a que esté un poco sano muestra tal «síntoma» si se encuentra, por ejemplo, inmerso en un ambiente, escolar, familiar, o de residencia, rígido y autoritario, o simplemente si sufrió alguna experiencia de agravio en su biografía reciente. El resto de síntomas que recoge el DSM para diagnosticar hiperactividad en cualquiera de sus tres categorías no son, tampoco, mucho más racionales.

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cultura y el ambiente social (Gordon —1991. Weimberg y Brumack —1992) o los de la etiología de retraso de maduración por falta de estimulación ambiental (Stoney y Church —1980) realizados incluso por autores que comparten la tesis de la base orgánica o que no la descartan, es clarificador, señalaba, que se encuentren, siempre, entre esos factores algunos o todos de los siguientes: pertenecer a una clase social baja; discordia severa entre los padres; familia de más de cuatro hijos —numerosa; padre o/y madre con conductas de vida marginales; recibir o haber recibido malos tratos físicos; vivir en internados o casas hogares. A todos aquellos que siguen haciendo hipótesis sobre causas biológicas, a pesar de conocer la correlación de los factores ambientales antes explicitados con la pretendida hiperactividad, cabe preguntarles en relación a lo etiológico —es decir, con respecto a las causas: ¿de qué color es el caballo blanco de Santiago? Creo que hay una alta posibilidad de que no sepan responder al acertijo, pero sí, seguramente, os contestarán correctamente a la pregunta de qué medicamentos la «moda» psiquiátrica dice actualmente que hay que prescribir a un niño que está nervioso y conocerán la lista de los laboratorios farmacéuticos que los fabrican, así como la última hipótesis biologicista al uso: a pesar de que la llamada comunidad científica reconoce que no existen más que hipótesis no demostradas sobre que la hiperactividad sea un trastorno de carácter orgánico cerebral, tales hipótesis se presentan en facultades, cursos, masters... y a los padres y cuidadores de los menores por parte de los profesionales, como verdades irrefutables. A los estudiantes y neófitos no se les suele contar que las teorías sobre la base orgánica van cambiando al pairo de los tiempos con mucha velocidad, es decir, son muy inconsistentes. Por ejemplo, en los años setenta del recientemente finalizado siglo XX se defendía la existencia de un daño mínimo cerebral —hoy ya no se define así— como eufemismo para no decir abiertamente que tal supuesto daño no se puede localizar; se relacionaba con madres fumadoras o que tomaban tóxicos durante el embarazo —a pesar de que los estudios serios no avalaban tal cosa— y se llegó a defender que tenía que ver con la ingesta por parte de los niños de ciertos alimentos azucarados. De forma más común se pretendía que existe una relación con la producción dopaminérgica —por -334-

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exceso— cosa que sigue planteándose hoy de forma mayoritaria sin que, obviamente, haya posible demostración. Mas ahora aparecen también teorías que hablan de déficits en la serotonina —relacionadas con el intento de recetar fluoxetina y basadas en investigaciones muy sospechosas de estar sufragadas por quienes comercializan tal sustancia—, e incluso se hacen pruebas con la técnica del TEP, que pretenden detectar falta de glucosa en las zonas cerebrales relacionadas con los procesos atencionales cuando se hacen ejercicios diseñados para tal medición en un laboratorio, pruebas que, se reconoce, no cumplen los criterios de posible generalización puesto que no miden una falta de glucosa en general, ni incapacidad para producirla o/y recaptarla en una zona cerebral concreta, sino sólo en el momento de realizar ejercicios de determinado carácter, y sólo ese tipo determinado de ejercicios, en laboratorio; es decir, pruebas sin validez ecológica. No hay, pues, ni siquiera concordancia entre las hipótesis que defienden que la hiperactividad sea de base orgánica, y cabe prever que mañana aparecerá cualquier otra teoría en forma; de nuevo; de mera hipótesis que, sin embargo, volverá a ser presentada como verdad absoluta. En cualquier caso se trataría de no confundir efectos con causas; cualquier persona en determinado estado emocional conducido ambientalmente presentará una correlación de estado orgánico, pero eso no implica causalidad y no es lo mismo que tener rasgos —como deficiencias— somáticos permanentes y regularizados en cuanto a pertenecer a un grupo y asimilable de ser categorizado como tal, es decir, como elemento perteneciente al conjunto que se define como equis enfermos orgánicos, por presentar ciertas características somáticas patológicas comunes y persistentes a las que se les pone, entonces, un nombre. Las conductas sin huella orgánica no pueden ser definidas como enfermedades orgánicas; son, en caso de producir sufrimiento, problemas. La realidad es que la hiperactividad no se diagnóstica nunca vía pruebas somáticas, contradictoriamente a considerarla de base orgánica, simplemente por que no se puede detectar. El asunto es grave, por ejemplo, en el año 2005 la oficial y nada sospechosa de radicalismo: Agencia de Fármacos y Alimentos de Estados Unidos (FDA), emitió un comunicado informando de la -335-

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asociación de conductas suicidas de algunos niños y adolescentes a la toma de medicamentos contra la hiperactividad, concretamente en este caso se trató del consumo de la no estimulante: atomexetine. Y esa misma FDA entre 1990 y el año 2000 cotejó en USA ciento ochenta y seis muertes y quinientas sesenta y nueve hospitalizaciones en relación con la toma de medicamentos contra la hiperactividad, en este caso estimulantes, por sucesos en el sistema nervioso central y el periférico. Tras este paréntesis sobre el mito de la hiperactividad y prosiguiendo con el amplio tema de los menores y la salud mental, la última vez que hablé en público y escribí sobre el mismo lo hice al respecto de lo que se denomina el fenómeno de la delincuencia juvenil. Explicando entonces, hace poco menos de dos años, cómo —los mal llamados— centros educativos cerrados en los que son internados los pre-adolescentes y adolescentes que cometen algún delito, son simplemente obscuras cárceles para menores nada rehabilitadoras, dado que ninguna cárcel lo es nunca y mucho menos instructiva y educativa. E informé, a su vez, de que esos/as menores son dopados con neurolépticos en más del 60% de los casos, sin diagnósticos siquiera que lo justifiquen y mayoritariamente por primera vez al ser internados en tales centros, y en total entre el 80 y 90% consumen en esos centros, con alta frecuencia, también los otros tipos de psicofármacos existentes además de los neurolépticos: ansiolíticos, antidepresivos e hipnóticos. Así como saqué a la luz pública que, cual protesta desesperada por el mal trato recibido, entre el 75% y el 80% de esos/as pre-adolescentes y adolescentes se autolesionan en alguna ocasión en dichos centros cerrados de justicia juvenil; también, en su mayoría, con aparición de esta conducta por primera vez al ser allí internados, proporción que contrasta brutalmente con la prevalencia de la autolisis en la población en general que es de un 0,75% e incluso con la más alta de un 34% en casos de diagnóstico de desórdenes graves de la personalidad [40]. En un tema, efectivamente, tan amplio como es el de la salud mental y los menores, he decidido finalmente acotar esta introducción para la charla de hoy al tema del hecho social de decidir tener hijos/as o/y cuidar de menores y mucho, más brevemente, a in40. Arnau, J. A. Delincuencia juvenil e imaginario social, psicofármacos y violencia institucional. En «La violencia. ¿Un mal de nuestro tiempo?» (Acto, 2004).

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formar sobre la situación de los menores en nuestro país que están tutelados por la administración del estado por ser considerados en situación de desamparo, así como a plantear algunas preguntas al respecto de la política de mantener, por parte del estado y sus administraciones autonómicas, los hospicios para menores.

I: El hecho social de tener hijos/as o/y cuidar de menores: factores de alienación y factores saludables. En mi opinión, en la decisión de tener hijos, hoy por hoy y aquí en occidente, participan dos tipos de factores: unos de carácter alienante y muy peligrosos puesto que pondrán en cuestión la crianza de los menores, y otros saludables y por tanto prosociales que los ayudarán a crecer. Estoy convencido de que la mayoría de la población, cuando decidimos tener hijos, estamos atravesados por esos dos tipos de factores, los alienantes teniendo que ver con el Tánatos[41] y los saludables con el Eros. Tomar conciencia de ambas tendencias puede ayudar a que se imponga finalmente la del Eros, o cuando menos servir para que pese más. Voy a analizar algunos de esos factores y empezaré por los de carácter alienante. Cuando se hacen encuestas preguntándole a la gente por qué se casan y por qué tienen hijos, las respuestas suelen ser muy variadas en la forma pero se encuentra un denominador común, en un tanto por ciento muy elevado la respuesta contiene la siguiente explicación: porque toca por la edad. Así que, a lo que ya sabíamos desde que nos liberamos del catolicismo más reaccionario: que los hijos no vienen del cielo, podemos añadir, desgraciadamente, que tampoco exclusivamente del amor, sino, a su vez, del cumplimiento de un mandato social marcado por la edad para hacer efectivo uno de los requisitos que se exigen en el ritual del pase a la adultez plena. Ese «porque 41. Tánatos es la palabra con la que en la Grecia antigua se designaba a la Muerte, mientras con Eros se designaba al Amor y al dios de este. Hablar, en tanto que metáfora, de Tánatos y Eros y de su permanente confrontación mítica, es hablar de los impulsos destructivos: los del Tánatos, y de los impulsos de vida y prosociales: los del Eros.

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toca», tratándose de traer al mundo a un ser vivo, hace pensar que dificultará bastante la aparición de lo que se denomina maternidad y paternidad responsables. Si decía antes que alienación es asimilable a quedar fijado en un ser el deseo del otro, tener hijos en función de un rito social sería un claro acto de alienación, puesto que remite al deseo del marco social, a sus rituales de pase de una categoría de edad a otra como dije, y no a una decisión reflexionada libremente. Aclaro que yo soy partidario de tener hijos/as, que no soy pues neo-malthusoniano, y aclaro también que no voy a introducir en mi análisis la cuestión del impulso biológico a la maternidad en las mujeres, no porque considere que no existe, probablemente haylo, sino porque como reconocen hasta los sociobiólogos más ortodoxos creadores de la teoría del gen egoísta, teoría que obviamente no comparto, los seres humanos, a través de la organización social, la cultura y la tecnología, nos hemos liberado de la evolución — léase, por ejemplo, a Richard Dawkins [42]— y ya nadie con dos dedos de frente se atreve a defender el determinismo genético sino que se habla de epigenética —alrededor de la genética— pues en el deseo, la toma de decisiones y las conductas, obviamente sobre la base de nuestro genotipo como no puede ser de otra forma, lo que prima en cuanto a los condicionantes es lo social y lo cultural. Volviendo pues a lo razonable en la forma de abordar esta temática: lo social y cultural, desde la antipsiquiatría y desde las escuelas sistémicas de psicología se han aportado tres conceptos relacionados entre sí y que me parecen clarificadores para la cuestión sobre la que estoy disertando: los hijos vistos como una proyección del propio yo y la pre-formación de los seres humanos por parte de los progenitores y su sistemas familiares de origen[43] con, entre otras maniobras de poder, la introyección de los denominados mitos familiares [44].

42. Dawkins, R. «El capellán del diablo. Reflexiones sobre la esperanza, la mentira, la ciencia y el amor» (Gedisa, 2005).. 43. Laing, R.D. y Esterson, A. «Cordura, locura y familia. Familias de esquizofrénicos» (FCE, 1978). 44. Ferreira, A. J. Mitos familiares. En «Interacción familiar», de Gregory Bateson y otros (Ediciones de la Bahía, 1980).

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La demencia social —como llamaba D. Cooper [45] a la locura del sistema capitalista— funciona en cadena, me explicaré: se tiende a hacer a los demás lo que a uno le han hecho y le hacen, incluso, en muchas ocasiones, en amalgama con formas y racionalizaciones aparentemente contrarias —esto último, cuando es un mecanismo inconsciente, es asimilable a lo que los freudianos, dentro de su categoría de formaciones reactivas, designan como formaciones de compromiso [46]. Cuando se es exclusivamente el deseo de otros, y mucho más si se acepta sin rebelarse tal situación, se suele ver a los demás, sobre todo a lo más débiles, como objetos susceptibles de convertirse en el propio deseo en tanto que una posible compensación del yo. Los hijos vistos, y para ello tenidos, como una proyección de uno mismo es una de las formas de ese tipo de compensación del yo. Se trata de un proceso de conversión de sujetos en meros objetos, deseando tener hijos para que sean aquello que sus progenitores quisieron ser y no fueron o/y para que sean lo mismo que son sus padres, en tanto que intento de una especie de clonación psíquica. Así, se inculcará a los niños lo que deben estudiar, pensar, qué profesión deben elegir, qué carácter tener, qué gustos, qué opciones sexuales desarrollar... versus el mostrarles diferentes posibilidades sobre las que elegir. Un extremo de tal forma de entender el tener hijos puede encontrarse en una triste y conocida historia ocurrida en nuestro país en los años treinta del pasado siglo, la de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart [47]: la madre decidió tener un hijo, eligió un individuo al que consideró adecuado para que la fecundara y al que no volver a ver y una vez nacida la niña la educó, de forma espartana, para que fuera una intelectual y revolucionaria modelo; cuando la hija, que llegó a ser notablemente famosa, fue adulta e intentó 45. Cooper, D. «La muerte de la familia» (Ariel, 1976) 46. «Formación reactiva: Actitud o hábito psicológico de sentido opuesto a un deseo reprimido y que se ha constituido como reacción contra este (por ejemplo, pudor que se opone a tendencias exhibicionistas) (...)...en la formación de compromiso se encuentra siempre la satisfacción del deseo reprimido conjugada con la acción de defensa...» —Laplanche, J.; Pontalis, J.B. y Lagache, D. «Diccionario de Psicoanálisis» (Paidós,1996). 47. Rendueles Olmedo, G. «El manuscrito encontrado en Ciempozuelos» (Ediciones de la Piqueta/Ediciones Endimión, 1989).

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la natural separación de la madre —entre otras formas a través de relacionarse amorosamente con hombres— esta intentó impedirlo y al no conseguirlo tomó la opción de matarla. Tal caso, como ya he dicho, es un ejemplo extremo, pero de un fenómeno, desgraciadamente, bastante generalizado aunque sin que suela llegar a un final tan trágico. Quién no oyó decir a los padres de un/a niño/a de apenas siete u ocho años: será veterinario, o profesora de equitación, o cualquier otra profesión que, dada su corta edad, no es posible haya elegido el/a niño/a y que este/a repite como afirmación propia intentando complacer el deseo materno o/y paterno. En efecto, este tipo de cosas no suelen producir, como ocurrió con Hildegart, muertes físicas, pero sí y siempre, sufrimiento y, a veces, muertes existenciales cuando ese ver a los/as hijos/as como una proyección del propio yo por parte de los progenitores es de una intensidad y temporalidad muy alta, con aparición de lo que se denomina padre o/y madre devorador/a. Muertes existenciales puesto que la persona que sufre la devoración psicológica puede verse incapaz de crear su propia obra vital: su forma de vida libremente elegida, y encontrándose en una posición de jaque mate existencial, puede no encontrar otra opción que no sea la de la huida patológica de la «realidad» con la aparición de depresiones, toxicomanías, o incluso lo que se llama psicosis [48]. Los padres o/y madres devoradores suelen planificar el guión existencial de sus hijos aun antes de nacer estos, de ahí que debamos hablar no ya de formación sino de pre-formación. La pre-formación es, pues, la construcción de un papel, a aprender por parte de los hijos, que va a ser dictado por los progenitores en una obra que está escrita antes de que nazcan los primeros y en muchos casos antes incluso de que nazcan los propios padres y madres: R. D. Laing decía que para comprender tal obra, es decir, para entender a un sistema familiar dado, normalmente hay que remontarse varias generaciones atrás[49] . 48. Lucía, Alfredo y Jau. (2001) Entrevista a Enrique González Duro: Hace falta una nueva Antipsiquiatría. El Rayo Que No Cesa: Boletín de Contrapsicología y Antipsiquiatría, nº 3. Barcelona. (Puede consultarse en Internet: www. antipsiquiatria.com) 49. Laing, R.D. «El cuestionamiento de la familia» (Paidós, 1972).

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En la maniobra de poder de la pre-formación, los mitos familiares juegan un papel muy importante: estos consisten en el fenómeno de repartirse ciertas etiquetas que se otorgan entre sí los miembros de una familia y que, si se profundiza, son irreales; de ahí que se trate de mitos, como, por ejemplo, definir por parte de la mayoría de los miembros del sistema familiar como loco a uno de los componentes del mismo, a pesar de que dicha locura no sea posible de detectar por parte de un observador externo cualificado, sirviendo, la asignación de dicho rol (o cualquier otro, por ejemplo el de agresivo, descuidado, etc.), para que el resto de los miembros del sistema familiar se asignen a su vez, por contraste, un contra-rol: en el ejemplo aquí aportado el contra-rol sería que ellos estarían cuerdos, cosa que puede ser absolutamente falaz. Los mitos familiares aparecen, en efecto, en muchas ocasiones, en el fenómeno de la pre-formación y pueden consistir en el intento de hacer pervivir a los muertos reinando sobre los vivos o/y a los vivos pero ausentes sobre los presentes: a través de otorgar características y roles de los ya fenecidos y de los ausentes a aquellos que llegan por primera vez al mundo. La costumbre de poner a un recién nacido el nombre del abuelo muerto, de la tía desaparecida etc., —costumbre afortunadamente cada vez menos frecuente— remite en muchos casos al deseo de hacer sobrevivir a tales personajes desaparecidos; y al nombre en demasiadas ocasiones le seguirá más adelante la etiqueta de poseer un carácter similar al del muerto. Los mitos familiares, se le haya o no puesto el nombre a un niño de una persona familiar ya fenecida, suelen ser del siguiente talante: este niño es malcarado como su abuelo, o esta niña es capaz de escuchar las penas de los demás como lo hacía su tía, etc., es decir, se le otorgan rasgos de carácter de otro/a al menor, e implica no que sea cierto, sino que el sistema familiar precisa de tal cosa para conservar su equilibrio interno de roles y contra-roles, para, pues, mantener lo que Jackson, D.D. llamó homeostasis familiar [50]. 50. Don D. Jackson conceptualizó a la familia en términos de sistema interaccional poniendo el acento en el carácter equilibrador que posee todo síntoma individual —llamando al equilibrio de dicho sistema homeostasis— y desde entonces hasta nuestros días, este es el presupuesto básico con el que operan las corrientes sistémicas en psicología. (Ver: Jackson, D.D. «Communication, family and marriage y Therapy, communication and change» —Volúmenes 1 y 2 de la serie: Human

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Este fenómeno de la pre-formación utilizando mitos familiares, se produce, efectivamente, en la mayoría de ocasiones con referentes muertos, pero, como ya he señalado, también, a su vez, con personajes vivos aunque casi siempre, como también dije, alejados o ausentes (por ejemplo, ex-maridos y ex-mujeres en casos de separaciones...) para convertir dicha ausencia en una presencia simbólica con funciones de determinación real de papeles a asumir. Por ejemplo, hace muy poco he estado trabajando, ejerciendo mi profesión de educador social, en dos casos distintos de hijos de parejas separadas y de clases sociales diferentes y con cosmovisiones e ideologías dispares, ambos con aparición de depresiones muy duras, en los que en uno de ellos un adolescente recibía por parte de su madre la siguiente sentencia: «eres como tu padre y acabarás yonki como él», y en el otro, un hombre joven, desde la infancia sufre recriminaciones por parte de su madre de la siguiente guisa: «eres como tu padre, egoísta e incapaz de cuidarme a mí y a nadie.» Prisioneros de los mitos familiares, que se van heredando de muertos a vivos, de ausentes a presentes, un nuevo ser lanzado al mundo puede entonces verse comprimido a cargar toda su vida con un rol determinante y exclusivo, impuesto y planificado para él a veces desde antes de haber nacido. En todos los casos de pre-formación e imposición de mitos familiares, los menores son, pues, convertidos en proyecciones del yo de otros/as y en meros objetos del deseo ajeno, es decir, son alienados por seres a su vez alienados en una cadena sin solución de continuidad. Hay otros muchos factores alienantes que se nos aparecen como motores —hoy y aquí en occidente, insisto en dicha precisión— en el aparearse para reproducirse, además de estos que he comentado en primer lugar (los hijos vistos como una proyección del propio yo y la pre-formación de los seres humanos, antes de nacer, por parte de los progenitores y su sistemas familiares de origen con, entre otras maniobras de poder, la introyección de los denominados mitos familiares) y que me parecen los principales dado que en ellos es posible englobar a los demás. Algunos de esos otros, o demás, factores alienantes son, por ejemplo: el miedo a la soledad, el intento de solucionar las crisis de relación en las parejas teniendo hijos/as y la idea delirante de perdurar a través Communication- Sciencie and Behavior, 1968).

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de la descendencia. El miedo a la soledad es, en efecto, una de las motivaciones principales entre la mayoría de la población para la búsqueda de pareja (Parlee —1979, Brennan —1982) y la formación posterior de una familia. La soledad no es lo mismo que el aislamiento; no es en absoluto un sentimiento natural sino algo impuesto socialmente, pues aunque el construirse espacios y momentos para la soledad, una soledad abierta al mundo[51] , sea algo imprescindible para la salud del espíritu —para la salud mental— y para lo creativo, como literatos, músicos, pintores, filósofos, poetisas y poetas... saben muy bien y no se han cansado nunca de explicar [52], sin embargo, el cultivo de la soledad es percibido como peligroso por el imaginario social: se considera peligroso que la gente dedique demasiado tiempo a hablar y conectar consigo misma, peligroso que la gente reflexione sobre su vida, que las personas dediquen tiempo a conocerse a sí mismas y que sean muy independientes. Y es que ciertamente es peligroso, pero no para las personas sino para la conformación del espíritu gregario que una sociedad de libre mercado precisa, por ejemplo, en su imposición de la moda y su correlato el consumo, y peligroso también en cuanto a la posible aparición de disidencias con respecto a los valores de la mayoría social. Así, desde niños se nos condiciona para no estar solos, siendo mal visto. Se nos condiciona, pues, para la dependencia. Y cuando se es dependiente se tiende, inevitablemente, en el funcionar en cadena que ya dije caracteriza al sistema capitalista y como otra de las formas de compensación del yo, a buscar que los demás dependan de nosotros. Es decir, en el tema que tratamos, cuando no se conquista el derecho a la propia soledad se siente el impulso a convertir en dependientes a nuestros menores negándoles, o simplemente no facilitándoles, espacios y tiempo para ejercer el cultivo de su soledad y no educándoles para que la aborden positivamente. Otro de los factores alienantes en el hecho social de tener hijos, consiste, como dije, en desear la llegada al mundo de estos como una solución a las crisis de relación en las parejas. Como es sabido 51. Cooper, D. Op, cit. 52. Rilke, R .M. «Cartas a un joven poeta» (Alianza, 1999).

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y no me extenderé en ello, no sólo no se solucionará nada de tal modo sino que tenderá a agravarse la situación utilizando a los menores como arma arrojadiza contra el otro/a y convirtiéndolos en víctimas propiciatorias del malestar de los/as adultos, dado que si bien, a veces, un tercero puede ayudar a solucionar los problemas de interacción entre dos personas, no obviamente en el caso de un recién nacido o un niño, ya que, al contrario, este precisa ser el sujeto central de los cuidados de los adultos en forma compenetrada por parte de estos últimos. Y, finalmente, todos sabemos de gentes que creen conseguir eternizarse, llegar a la inmortalidad, a través del rastro de la descendencia, sin tener en cuenta que no sólo es absurdo pretender existir a través de la herencia —del A.D.N., antes decían «la sangre»—, absurdo puesto que la existencia sin conciencia de ella no es, sino que además, si las previsiones de la ciencia, más concretamente de la astrofísica, no son erradas, hay muy pocas opciones para lo eterno en cuanto a lo humano dado que la vida en la tierra no tiene posibilidad de durar siempre y cabe, a su vez, que sea cierta la hipótesis de que el tiempo del universo es finito (20). Las formas en que se impone a los/as niños/as el ser proyecciones del yo de los otros, la pre-formación y los mitos familiares, convirtiéndolos en el deseo ajeno e impidiéndoles cultivar su soledad, cuando se resisten, son harto conocidas: van desde los castigos planificados como forma educativa privilegiada, los gritos constantes, las vejaciones, hasta los golpes [53], y de una manera más sutil, con la amenaza del desamor: como una de las aportaciones del psicoanálisis freudiano, conocemos que la mayor fuente de terror para un/a niño/a es la posibilidad de perder el amor de sus padres o/y cuidadores y que esto puede generarle fantasías de negación de todo tipo: como creer que quien le sustrae el cariño que precisa tanto como el alimento, o que lo golpea, no es su padre o/y madre, sino algún ente o brujo/a que lo suplanta en esos momentos [54], hasta la autodestructiva de sentir que es él mismo el responsable del desamor sufrido. Y, enlazando con esto último, la doma de los niños y niñas consiste fundamentalmente en introducirles el sentimiento de culpa, que es atizado por los adultos cuando el 53. Miller, A. «Por tu propio bien. Raíces de la violencia en la educación del niño» (Tusquets, 1998). 54. Betthelheim, B. «Psicoanálisis de los cuentos de hadas» (Crítica, 2001).

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menor no responde a sus expectativas, sobre todo en una sociedad con raíces culturales judeocristianas como en la que vivimos [55]. Si esto no basta, aparecen en escena los especialistas. Ya dije que, según informan maestros/as de escuela en Cataluña, alrededor de un 20% de los menores de 12 años de las ciudades en nuestro país toman en alguna ocasión psicofármacos, tratándose de la medicalización de un problema social. El conflicto educativo se soluciona pues, en muchos casos, vía la camisa de fuerza química, pues es del todo imposible que nos encontremos ante una epidemia de enfermedades psíquicas infantiles [56]. Y es que sí que existe, como dije al inicio de esta charla, una peligrosa tendencia a medicalizar a la infancia: por ejemplo, la respon55. Cooper, D. Op, cit. (Recuerdo, al respecto de la utilización de la culpa como espada de Damocles, que una persona a la que asistí en asesoramiento comentaba: «Ya se sabe, las madres gitanas te dicen: Te mataré si sigues haciéndome esto, en cambio, las madres judeocristianas te espetan: Me mataré si sigues haciéndome esto»). 56. Alguien dijo por la mañana en estas Jornadas sobre Salud Mental que la prensa informó recientemente de que un 40% de los niños en nuestro país sufren de estrés, pienso que hay que ser muy cautelosos a la hora de analizar tales noticias —de un carácter alarmista parecido a pretender que la violencia crece de forma exagerada entre los menores, cosa que como profesional yo no percibo— pues pueden generar corrientes de opinión favorables a la medicalización de la infancia: ¿no aparecerá pronto un otro nuevo medicamento específico para el estrés infantil, producido por una multinacional farmacéutica con conexiones con la prensa que informa de tales «noticias»? Obviamente, no hay que caer en lo paranoide pero se debe ser precavido. Se puede afirmar, por otro lado, que la utilización de psicofármacos con niños/as encuentra pocas razones firmes relacionadas con lo terapéutico para su prescripción: los niños, entre otros motivos dada la plasticidad de su cerebro en formación, tienen muchas posibilidades, más que las de los adultos, para solucionar los problemas psicológicos, incluso algunos neurológicos, con técnicas basadas en la palabra, el juego y la relación. Las prácticas de medicalizar a los niños/as pueden ser, en efecto, caracterizadas en muchas ocasiones de siniestras. Hace poco viví una experiencia al respecto: un psiquiatra que prescribía neurolépticos a un niño de once años —en el que no era posible detectar ningún síntoma psicótico en concreto, ni de enfermedad mental en general— reconocía finalmente de forma verbal, muy presionado, que medicaba al menor para tranquilizar a la madre. En el despacho de tal personaje, la decoración consistía en calendarios y pósters de promoción de la empresa farmacéutica que fabrica los neurolépticos que le prescribía al menor, aunque tal vez no haya ninguna relación entre estos dos hechos a mí me pareció significativo el «ambiente» del susodicho despacho. (Arnau, J.A. (2005). Una experiencia de intervención en «crisis» con un menor de once años internado en un C.R.A.E., o jugando dos, menor y educador social, juntos al ajedrez contra el síntoma- Inédito.)

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sable (Consellera) de sanidad de la Generalitat de Catalunya, muy poco después de que se estrenara el actual gobierno autonómico tripartito, hizo unas declaraciones en una de las radios nacionales de la comunidad autónoma sobre que había que mejorar la atención sanitaria a la infancia con respecto a la salud mental, implementando, afirmaba, la detección en las escuelas de potenciales problemas de los niños/as, del tipo déficits atencionales, disociabilidad, etc., para poder medicarlos, atención, antes de que dichos trastornos aparecieran. En efecto, hay una corriente, muy peligrosa y siniestra entre algunos profesionales de la salud mental, que bajo el paraguas de la prevención trabajan para construir protocolos de detección de factores de riesgo, en niños/as, de posibles futuros problemas mentales con el objetivo de medicarlos antes de que tales «enfermedades» aparezcan. En Inglaterra se habla desde hace tiempo de hacer una ley al respecto para regular tal práctica. Permitiéndome una licencia literaria, se puede decir que el fantasma del «soma» de la novela: «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, recorre intermitentemente occidente, un «soma», por otra parte, con muchos más efectos secundarios devastadores que el del famoso relato. Y a su vez, proliferan, para vergüenza de la profesión, los chiringuitos privados, montados por psicólogos, pedagogos y educadores sociales, de centros para el «repaso» ante los problemas escolares y para las terapias de todo pelaje (psicomotricidadterapéutica, ludo-terapias...) dirigidas a los niños que se pretende tienen problemas de comportamiento en general y específicamente bajas calificaciones en la escuela, tratándose, con mínimas excepciones, de simplemente negocios sin ningún otro resultado que no sea el de estigmatizar a los menores y hacer dinero —sería bueno poder realizar un estudio de tales oscuros centros psicopedagógicos, sobre como influyen en los menores que en ellos, en el mejor de los casos, simplemente medran y sobre el nivel de cualificación real de los profesionales que en los mismos trabajan: los que yo conozco, que son bastantes, están titulados, sí, pero tienen unos conocimientos y experiencia muy por debajo de la media que es exigible para tratar educativa o/y terapéuticamente ya no sólo a niños, que es muy difícil, sino a cualquier persona. Eso sí, y hay que reconocérselo, realizan funciones de guardería, como hacen también las múltiples actividades extraescolares que hoy en día practican los niños. Es decir, dan soporte a una tendencia -346-

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cada vez mayor a que el tiempo de relación libre y espontánea de padres e hijos sea mínimo y al cercenar, a su vez, la posibilidad de que los/as niños/as gocen de tiempo para jugar y relacionarse entre ellos/as sin la mirada controladora de los/as adultos/as. Si se hace un cálculo de las horas que un niño pasa en la escuela (normalmente de las 9 h. a las 17 h. si se queda a comer en ella) y se les suman las de actividades extraescolares organizadas (por ejemplo, una hora diaria como media) y se le añade, a su vez, el tiempo dedicado al flagelo judeocristiano de los «deberes» escolares (por ejemplo, otra hora diaria) nos encontramos con la friolera cifra de diez horas diarias de actividad obligatoria para los menores, planificada y controlada por los mayores, durante cinco días a la semana. Más horas, pues, que la jornada laboral legal de un adulto. ¿Cuándo, entonces, se relacionan espontáneamente con el juego no organizado —y no con la mediación de los «deberes»— esos niños/as con sus padres o/y cuidadores? ¿La relación con los hijos/as o/y menores al cuidado de los/las adultos/as es una actividad de fines de semana exclusivamente? Por otro lado, es evidente que es bueno que los/las niños/as estén la mayoría del tiempo en relación con iguales de su edad, pero no bajo el control continuo de los adultos y con actividades planificadas por estos, pues entonces su creatividad, espontaneidad y autonomía no crecerán. Es un claro retroceso social en lo educativo que hoy en día, y desgraciadamente desde hace muchos años ya, los niños/as no ocupen las plazas y calles jugando y el que no planifiquen solos muchas de sus actividades. Dado que las ciudades y pueblos son tomados literalmente por los coches tal cosa se hace muy difícil, pero no sería imposible una solución si se realizaran reformas urbanísticas radicales en función de los intereses generales y no de los de las mafias inmobiliarias y la industria del automóvil como ocurre en la actualidad. Pasear por las calles y plazas de nuestras ciudades y pueblos desiertas de niños/as es realmente triste, se podría decir que la forma de vida actual, por inauténtica, sufre el castigo del cuento del flautista de Hamelín, que como es sabido dejó sin niños/as a los habitantes del pueblo por no cumplir con la palabra dada, es decir, por mentirosos. Prosiguiendo con la cuestión de los especialistas, en mi opinión, y -347-

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en la de todos los que trabajan en lo social con un modelo sistémico, un buen psicoterapeuta, un buen pedagogo, un buen educador social, que afortunadamente también los hay, cuando realmente detecta que un niño padece algún problema —que no es lo mismo que «ser» un problema—, siempre que le sea posible tenderá a focalizar su intervención en tratar a los padres y/o cuidadores del menor y a sus maestros en la escuela, mientras que al niño, si cree necesario verlo más de una vez, lo hará de forma secundaria y no principal. Es decir, tratará al niño o menor indirectamente. Directamente, pues, como dije, un buen profesional, a quien tratará es a los adultos que cuidan del menor por dos razones, que la experiencia muestra funcionales, en cuanto a los resultados, en la mayoría de las ocasiones: la primera, porque los adultos suelen ser la matriz del problema que haya que abordar —sea por la causa que sea, por ejemplo estar desbordados— y por tanto es en ellos/as en quien hay que incidir. Y la segunda, porque los adultos que cuidan del niño serán sus mejores terapeutas, pedagogos, educadores, potencialmente siempre y, en acto, si se les aconseja y entrena convenientemente, puesto que conviven cotidianamente con el menor y son, entonces, su principal fuente de influencia posible. Y en el supuesto de que excepcionalmente sea necesario ver al niño o menor con mucha frecuencia —por ejemplo, en el caso de logopedas o similares—, de no haber intervención con los adultos que lo cuidan de ordinario, lo positivo que se haga con él correrá el peligro de ser neutralizado por sus cuidadores del día a día y, a su vez, sin tal intervención no se generará el apoyo necesario para que lo que se esté trabajando con el menor de los resultados apetecidos y lo más rápidamente posible. No querría que de mi exposición se sacara la falsa conclusión de que culpabilizo a los padres y cuidadores de los menores; entre otras cosas porque un ser alienado no es susceptible de ser culpabilizado; el sistema que lo aliena sí que debe serlo. Pero no encuentro ninguna razón por la que se debiera sustraer de responsabilidad —que no es lo mismo que culpa— a los adultos que deciden tener hijos/as o asumir funciones de cuidado de niños o adolescentes, al respecto de la relación que con estos entablen y de los resultados que genere en la salud mental de los menores que están a su cargo. Se trata, pues, de no culpabilizar pero tampoco de quitar responsabilidad y sí de prestar apoyo, y ello es imposible sin la aparición de la responsabilidad, que -348-

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es siempre de los adultos, pues somos los que tenemos, y no los niños-as, la capacidad de responder (responsabilidad proviene etimológicamente de respondere). Ya expliqué al inicio de mi ponencia, que todos/as estamos atravesados por factores de alienación en el momento en que decidimos tener hijos/as y/o en el desarrollo de su crianza, es decir, no es posible escapar del todo de un marco social que empuja a la alienación propia y en consecuencia, repito que presos de un funcionamiento en cadena, no es tampoco fácil deshacerse de la tendencia a alienar a los menores. Pero, por fortuna y evidentemente, como también señalé al principio, en la decisión de traer nuevos seres al mundo juegan un papel importante otro tipo de factores, los que adjetivé de saludables y prosociales, en los que es necesario apoyarse —también en lo profesional cuando se interviene, por ejemplo, como educador social sobre familias— factores en los que voy a entrar ahora brevemente. Y lo haré, simplemente, comentando un poema de Khalil Gibran que es muy conocido, pero que creo vale la pena colaborar en que siga siéndolo aún más, puesto que recoge, muy certeramente a mi entender, lo saludable en el hecho social de tener hijos/as o/y cuidar de menores, dice así:   «DE LOS HIJOS: Vuestros hijos no son vuestros hijos, son los hijos e hijas del anhelo de la vida ansiosa por perpetuarse. Por medio de vosotros se conciben, más no de vosotros. Y aunque estén a vuestro lado no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, pues, ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas, viven en la casa del mañana, cerrada para vosotros, cerrada incluso para vuestros sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no tratéis de hacerlos semejantes a vosotros, porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Sois el arco desde el cual vuestros hijos como flechas vivas son lanzados a lo lejos. El arquero es quien ve el blanco en el camino del infinito y quien os doblega con su poder para que la flecha vaya rauda y lejos. Dejad que la inclinación en mano del arquero sea para la felicidad. Porque así como ama a la flecha que vuela, así ama también el arco que se tensa.» Sostenía Antonio Machado que el lenguaje poético posee la facultad de horadar la opacidad de las cosas, y, en efecto, este -349-

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poema de Khalil Gibran horada, con sencillez y belleza, lo opaco de la alienación en la cuestión del hecho social de tener hijos/ as. Lo hace, ciertamente, desde una posición mística que puede o no compartirse —yo no la comparto, por ejemplo, y opino que no somos el arco sino los/as arqueros/as que además no ven ni conocen el blanco puesto que esto será, en su momento, una decisión de la flecha—, pero da en la diana en cuanto a lo nefasto de lo posesivo en la relación con los menores y muestra lo vital en el cuidar de los menores. El deseo de tener hijos/as o/y cuidar de menores como acto de amor a la vida, la conciencia de que la realización de tal deseo nos convierte en cooperadores del ser en tanto que cuidadores y propulsores de la vida —«Podéis darles vuestro amor (...) Podéis abrigar sus cuerpos (...) Sois el arco desde el cual vuestros hijos como flechas vivas son lanzados a lo lejos (...)»— incluso la posibilidad motivadora de aprender de dicha experiencia —«Podéis esforzaros en ser como ellos, (...)»— y la voluntad de desbrozar el camino de obstáculos para los/as recién llegados/as —«.... Dejad que la inclinación en mano del arquero sea para la felicidad (...)»— son elementos de un goce muy elevado, y que nada tiene que ver ni con el sacrificio de ser un instrumento de los genes combatiendo por persistir contra otros genes, sino que se trata de un aliarse con la vida, ni significa convertirse en mera marioneta de reproducción del marco social con el «porque toca por la edad»; al tiempo que aparece como antinómico a cualquier pretensión de utilización de los hijos/as para proyecciones del propio yo, pues desbrozar el camino de obstáculos para la felicidad no es definir el contenido de esta, que es subjetiva y producto de la creación individual –«....ellos tienen sus propios pensamientos (...)»— en condiciones siempre diferentes para cada cual –«... porque ellas (sus almas) viven en la casa del mañana, cerrada para vosotros, cerrada incluso para vuestros sueños (...)» En efecto, las personas cuando decidimos tener hijos/as o/y cuidar a menores, estamos también atravesadas por esos factores prosociales y saludables que el poeta nos recuerda y que son, insisto en ello, generadores de un elevado placer —el de traer al mundo a lo nuevo o/y cuidar a lo que nace y crece, aprendiendo de tal experiencia, incluyendo en ella la contemplación de cómo la incógnita de lo que será el nuevo ser se va desvelando mientras se le ayuda a que viva en plenitud. -350-

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Pero, entonces, ¿qué es lo que hace que los factores contrarios, los alienantes, se impongan en muchas ocasiones? La presión de los medios de formación de masas (prensa, radio, publicidad y sobre todo, la televisión) es uno de los elementos más importantes de la persistencia de la alienación. Una medida muy saludable, básica y recomendable para quien quiera tener hijos/as o/y cuidar a menores es, por ejemplo, no tener conexión a los canales de televisión. Mi experiencia al respecto, conviviendo con niños/as sin que haya posibilidad de conexión a los canales de televisión en la casa, me ha mostrado que los menores no la piden en absoluto, a pesar de que sus amigos/as de la misma edad sí la tengan mayoritariamente. No tener conexión a los canales de la televisión, además de ahorrarse toda la basura que emiten, permite ocupar el tiempo en la relación, el juego, ver películas interesantes y elegidas —por ejemplo en vídeo o dvd o yendo al cine— escuchar música, leer libros de poemas, contarse e inventarse cuentos... y, no tener conexión a los canales de la televisión ayuda a los niños en el aprendizaje de organizarse solos actividades de recreación creativas. Al mismo tiempo, sin lugar a dudas, la situación, digamos económica, en que coloca a muchas personas el marco social, de carencias materiales, es, sino decisiva, sí que muy importante en el hecho de que los factores saludables en la crianza de los hijos/ as no sean los determinantes demasiadas de las veces: si el marco social no ayuda materialmente a los adultos para que cuiden de los/as niños/as, estos se convierten en una carga difícil de ser llevada en lo económico y el esfuerzo por la supervivencia resulta algo demasiado exagerado en cuanto al tiempo que implica de descuento para el que se puede utilizar para dedicar a uno/a mismo/a —el trabajo en esta sociedad no suele ser tiempo para uno/a mismo/a—, esto significará que la frustración y el estrés, cuando menos, aparecerán inevitablemente entre los progenitores o/y cuidadores y se abrirá una alta posibilidad de que lo paguen con los menores utilizados como chivos expiatorios del malestar de los adultos. En nuestro país, sólo los funcionarios del estado reciben algunas pequeñas ayudas sociales mínimamente significativas en el momento de tener hijos/as. Dado que todos los especialistas relevantes, sean de la escuela psicológica o pedagógica que sean, coinciden en que el contacto intensivo del niño y la niña con sus cuidadores/as es básico en los tres primeros años de vida (Reich, -351-

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Schmidt, Piaget, Vigotski, Winnicott, Flavell...), es decir, hasta la edad aproximada de la emergencia de la estructura básica del lenguaje, se debería entonces imponer la consecuencia lógica de medidas de protección de la infancia que, entre otras ayudas, dieran la baja laboral remunerada al cien por cien a, como mínimo, uno/a de los/as adultos/as que cuidan de un/a niño/a durante sus tres primeros años de vida, y se debería contemplar, a su vez, la reducción significativa de la jornada laboral, manteniendo la remuneración al cien por cien, de dos de los/as adultos/as cuidadores/ as de un/a menor hasta que deje de serlo. Esto sería, en lugar de reorganizar la jornada laboral reducirla a mínimos. ¿Qué no hay recursos económicos para ello?: con el presupuesto para gastos militares sobra, para tales cosas y para muchísimas más necesarias socialmente, y esta cuestión del cuidado de los niños y menores es suficientemente importante, en tanto que el futuro que representan, como para no escatimar recursos. Con todo, acabo ya con este apartado de la charla sobre el hecho social de tener hijos/as y los factores de alienación versus los saludables al respecto de lo cual me he extendido más de lo que preveía, para pasar de inmediato y con mucha brevedad a la cuestión de la infancia declarada en desamparo; con todo, decía, lo fundamental, a mi entender, para romper la cadena y evitar ser instrumentos de la alienación de lo menores, pasa por la vieja máxima socrática del conócete a ti mismo/a. En mi opinión, nadie debiera tener hijos/as, ni realizar funciones de cuidado de menores sin antes trabajarse en profundidad a sí mismo, solo o con ayuda. Sin antes trabajar sus propias miserias y cobardías. O trabajarse, en el peor de los casos, para por lo menos controlar la propia alienación previo conocerla si no se puede ya hacerla desaparecer del todo, no contaminando entonces a los/as menores. Con la conciencia de que ese trabajo, a veces doloroso, del conocerse a sí mismo, va a tener que ser permanente. Es decir, teniendo claro que a la máxima socrática hay que añadirle la idea nietzscheana —o si se prefiere constructivista— de: invéntate constantemente a ti mismo/a. Y es que, quien es capaz de conocerse y de inventarse permanentemente no necesita subyugar —alienar— a otros/as. -352-

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II: La vergüenza de la persistencia del hospicio en nuestro país y la necesidad y posibilidad de acabar con tal iatrogénica y obsoleta institución. En cuanto a la denominada infancia en desamparo, se acepta que unos cuarenta mil menores están en nuestro país tutelados por el estado vía los organismos de atención a la infancia y la adolescencia —que son autonómicos. En Cataluña, los datos al respecto que el departamento de infancia (la D.G.A.I.A. —Direcció General d’Atenció a la Infancia i Adolescencia) aporta en los finales del 2005 —a través de su cap de secció de centres i programes— son los siguientes: hay seis mil quinientos ochenta y cinco menores en la comunidad autónoma tutelados por la administración; de ellos, dos mil cuatrocientos ocho viviendo acogidos por familia extensa, quinientos setenta y tres viviendo acogidos en familia ajena, novecientos sesenta y uno viviendo con sus padres, mil ochocientos cincuenta y siete en residencias, y el resto en otras instituciones. Es decir, y según tales datos oficiales, en Cataluña como mínimo alrededor de dos mil menores viven en casas hogares y residencias; hospicios pues (en Cataluña se llaman Centros de acogida y CRAEs —Centros Residenciales de Acción Educativa). Una de las acepciones de la palabra hospicio es: «Asilo en que se da mantenimiento y educación a niños pobres o huérfanos». La última república intentó acabar con el hospicio y legisló al respecto, tras la guerra civil y con la caída de la república, el hospicio se volvió a implantar y la llegada de la democracia no ha acabado con dicha institución de segregación social, ciertamente la ha modernizado; los CRAEs en Cataluña, por ejemplo, son unidades de generalmente diez menores; pero no la ha eliminado. Además, como ocurre con la mayoría ya de dispositivos sociales, lo que se ha hecho es profundizar en la privatización de la gestión del hospicio —históricamente en manos de la iglesia en nuestro país— dejando las residencias y casas hogares a cargo de instituciones privadas (fundaciones, cooperativas, asociaciones y, cómo no, ordenes religiosas). Hay países en los que el hospicio ya no existe desde hace mucho tiempo[57] . Desconozco los datos sobre los hospicios existentes en todo el 57. Amorós, P. Palaciós, J. «Acogimiento familiar» (Alianza, 2004).

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estado, por ejemplo aquí en Madrid, pero en cuanto al número de menores en ellos ingresados, las cifras de Cataluña dan una idea de que la situación no debe ser tampoco muy buena. Es reconocido por los especialistas en infancia y adolescencia que la institucionalización de un menor en una residencia, por más que los profesionales que en ella trabajen lo hagan lo mejor posible, le generará, con una altísima probabilidad, lo que se llama el síndrome de institucionalización; con resultado de: baja autoestima, ansiedad, baja autonomía y problemas graves para la socialización. Sin embargo, se mantiene a menores durante años en las residencias, muchos de ellos hasta los dieciocho años [58]. El acogimiento en familia extensa, y no el hospicio, es la opción más saludable y, en caso de imposibilidad, el acogimiento en familia ajena sin desafiliar[59] . ¿Cuál es la razón, entonces, de que se mantenga el hospicio que, como ya dije, en Cataluña su gobierno llama centros de acogida y CRAEs? ¿Cuál es la proporción de medios que se dedican a la adopción, incluida la internacional, con respecto al acogimiento en familia extensa o ajena? [60]. 58. Ver: «Falta de suport a la infancia...» en El Punt, diari de Girona, 26/6/2005. 59. Acoger es amparar mientras adoptar implica desafiliar, en el caso de las adopciones para afiliar hay que desafiliar previamente. Acoger, incluso en el caso de imposición judicial de tal medida, lo que a veces y desgraciadamente se hace necesario en función del interés del menor, no implica desafiliar, es decir, no implica quitarle un hijo/a a nadie —sí la tutela y la guarda temporalmente— y es, entonces, una opción provisional que no descarta la posibilidad —y el poner medios al respecto— de que los padres biológicos solucionen los problemas que hacen que, por el momento, no sea bueno para el menor que conviva con ellos. Vale decir que no está bien robarle a nadie los niños, ni a los países etiquetados como tercer mundo con las adopciones internacionales, ni a los sectores débiles socialmente del propio país. 60. La administración en Cataluña, de vez en cuando realiza campañas publicitarias sobre el acogimiento, al margen de lo burdas que suelen ser (en la más reciente se llamaba a acoger para ayudar al menor «en la tarea de hacer los deberes, llevarlo al fútbol….», cualquier día añaden que se trata de acoger para acompañar a los menores a los toros y al boxeo) sobretodo, como en muchos otros casos —por ejemplo, en los de atención ginecológica y de prevención oncológica a la mujer— se quedan en mera propaganda que no se corresponde con poner medios. A finales del 2005, en Cataluña, se reforzó el apoyo profesional a las adopciones internacionales y, en contraste, los acogimientos de menores institucionalizados

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¿Por qué la legislación prima las ayudas con respecto a la adopción y en cambio estas son menores en el caso del acogimiento? ¿Es tan difícil reciclar a los profesionales que actualmente trabajan en casas hogares, residencias, es decir, hospicios, para que pasen a trabajar en acogimientos familiares en familia extensa o ajena y en el apoyo a las familias biológicas de los menores que se encuentren en situaciones difíciles? Los especialistas coinciden a su vez en que, en dos años, acabar con el hospicio debería ser posible. El hospicio y una sociedad solidaria no casan, el hospicio casa con una sociedad clasista y vengativa. Cabría pensar que el entramado de relaciones de la administración, con un sinfín de entidades privadas dedicadas a lo social, es uno de los frenos para acabar con la vergüenza de los hospicios y uno de los factores —hay obviamente otros también— que impide cerrar todas las residencias y casas hogares, claramente iatrogénicas para la salud mental de los menores, e impide sustituir la política del hospicio por la de los acogimientos en familia extensa, o ajena cuando esto no es posible. Y finalizo ya, esperando que el debate sea tan productivo como el de la mañana y disculpándome por no poder asistir al resto de las jornadas, sintiendo no poder oír a las gentes de Radio Nikosia, Sumendi y Enajenadxs, que dicen siempre cosas que es necesario escuchar. J.A.A. Noviembre 2005/Enero 2006.

el control desde niños

Adhd: una enfermedad inventada El ADHD (Attention Deficit & Hyperactivity Disorder), a menudo traducido como TDAH (Trastorno de la Atención e Hiperactividad), se caracterizaría por una dificultad prolongada de concentración y en hospicios deben oscilar entre un 0,2 % y un 5% anual como mucho. La atención profesional a quien quiere acoger, es mínima y está en manos de instituciones privadas, además el recorrido suele desmoralizar a muchos potenciales acogedores. Esa falta de apoyo y medios suele generar, a su vez, fracasos en el acogimiento, dado que no es sencillo cuidar a un menor que no puede vivir temporalmente con sus padres y exige apoyo social y profesional a los acogedores y a las familias biológicas que pierden temporalmente la tutela y la guarda del menor.

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atención, dificultad de aprendizaje y memorización; a estas características principales iría unida con frecuencia la hiperactividad y comportamientos agresivos, o bien exceso de pasividad y distracción. Se afirma también que este trastorno persiste en la adolescencia y en la edad adulta, provocando fracaso escolar, abandono de la escuela, agresiones, violencia, criminalidad y abuso de drogas. Además de esto, se presenta como una de las patologías más frecuentes de la neuropsiquiatría de la edad evolutiva: «(...) los niños parecen siempre tener otra cosa en mente, evitan llevar a cabo actividades que requieran atención en los detalles o habilidades organizativas, pierden frecuentemente objetos u olvidan actividades importantes. La impulsividad se manifiesta como dificultad para organizar acciones complejas, con tendencia al cambio rápido de una actividad a otra, (…) tienen dificultad para respetar las reglas, los tiempos y los espacios de los compañeros (…) las causas del trastorno pueden ser numerosas: en un porcentaje significativo parece tener origen genético». Es evidente cómo esta descripción tiene intencionadamente como objetivo presentar como síntomas de una nueva enfermedad mental comportamientos naturales y espontáneos. El hecho de considerar todo comportamiento del individuo como procedente de una disfunción neuroquímica (enfermedad mental) es muy peligroso. De hecho, de este modo toda la responsabilidad de un eventual «desajuste» recae sobre la persona, excluyendo el contexto social enfermo (familia, escuela, lugar, etc.) en el que vive. Para nosotrxs, al igual que todos los diagnósticos psiquiátricos, este se basa en juicios arbitrarios de los comportamientos de las personas. La psiquiatría, de hecho, mantiene la presunción de establecer con sus absurdos cánones los modelos de normalidad y enfermedad. El ADHD fue declarado oficialmente enfermedad mental en 1980 por la American Psychiatry Association, pero en pocos años se ha convertido en una verdadera epidemia: en los Estados Unidos los diagnósticos de ADHD pasaron de ciento cincuenta mil en 1970 a cuatro millones y medio en 1997. En Italia, por ahora, el aparato pseudocientífico-mediático que trata de afirmar la existencia del ADHD y la comercialización de los fármacos está todavía en fase embrionaria respecto a los EEUU, pero no por ello podemos estar tranquilos. En efecto, esta enfermedad se ha diagnosticado ya a diversos niñxs.

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el proyecto prisma

El proyecto PRISMA (Proyecto Italiano de Salud Mental), iniciado en noviembre de 2002, es una investigación epidemiológica promovida por el Instituto de Neuropsiquiatría infantil Medea de Lecco y autorizado por el Instituto Superior de Sanidad Italiano. El objetivo oficial es el de analizar el porcentaje de chicas y chicos que viven en condiciones de malestar psicológico. La investigación ha abarcado una muestra de cinco mil chicos y chicas en edades comprendidas entre los 10 y los 14 años, de siete ciudades: Pisa, Lecco, Milán, Cagliari, Rimini, Roma, Conegliano Veneto. El Instituto Stella Maris de Calambrone (PI) tiene un protocolo de acuerdo con Ely Lilly (multinacional farmacéutica distribuidora del Prozac) para experimentar la Tomoxetina en el tratamiento del ADHD, el mismo presunto trastorno psiquiátrico que en los EEUU ha legitimado el suministro de estimulantes (Ritalín) a niños de tres años en adelante, hasta abarcar al 15-20 % de los pre-adolescentes estadounidenses. En Italia el proyecto Prisma se ha puesto a la vanguardia de una corriente de investigación, la misma de las farmacéuticas estadounidenses, que, como dicen los mismos organizadores, «tendrá repercusiones importantes en la programación futura de las intervenciones de prevención y apoyo del trastorno en edad evolutiva». El proyecto PRISMA se estructura en dos fases: la primera se basa en un cuestionario para los padres, la segunda fase consiste en la entrevista con el psiquiatra. Para demostrar lo absurdo de estos cuestionarios, basta con citar algunas de las preguntas del test al que los padres habrían debido responder: «¿Tiene dificultad para jugar tranquilamente?, ¿con frecuencia charla demasiado?, ¿se distrae fácilmente por estímulos externos?, ¿parece a menudo no escuchar lo que se le dice? ». Los psiquiatras estadounidenses garantizan la eficacia del método de individuación del niño a tratar y afirman que son necesarios 15-20 minutos de observación para estar seguros de su diagnóstico. Los promotores del ADHD en Italia afirman que a ellos les sirven de cuatro a cinco horas de observación, queriendo quizá demostrar mayor rigor científico respecto a sus colegas del otro lado del océano. Sobre la base de este ridículo estudio algunos niños han sido diagnosticados como enfermos de ADHD y tratados por tanto con -357-

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Ritalín. Recientemente se han hecho públicos los resultados del proyecto PRISMA —trescientos once sujetos, correspondiente al 9,1 % de la muestra, han satisfecho los criterios para un trastorno psíquico según la clasificación del DSM-IV (Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales)—, en el que aparecían consideraciones delirantes del tipo: «… los chicos pertenecientes a familias con nivel socio-económico bajo o medio bajo, y con una baja tasa de escolaridad de los padres presentan un aumento significativo de problemas de tipo psicológico…», o aún más inquietante esta otra: «…la familia no es capaz de desempeñar la función de protección frente a la enfermedad psíquica, que tiene una complejidad y probablemente una causa distinta respecto del trastorno relacional…» Esta frase evidencia explícitamente los posibles desarrollos de la psiquiatrización de los adolescentes. De hecho, sostener esto equivale a decir que la familia no puede hacer nada frente a la presunta enfermedad psiquiátrica, de forma que se legitiman las intervenciones drásticas como las que ya se llevan a cabo en los EEUU, donde los padres que rechazan drogar a sus hijos son sometidos a presiones muy duras: a menudo los profesores amenazan con incluir a los niños en clases especiales o solicitar la enseñanza a domicilio, a veces las familias son denunciadas al tribunal de menores: están en aumento los casos en los que los jueces, frente a las resistencias de los padres, someten a los niños al Tratamiento Sanitario Obligatorio (T.S.O.). Si el proyecto PRISMA ha sido el primer intento de psiquiatrización de los adolescentes, seguramente no será el último de este tipo. En efecto, se remontan sólo a mediados de abril de 2005 las declaraciones de la comisión bicameral para la infancia, presidida por la conocida parlamentaria Burani Procaccini, que proponen la activación de una red interdisciplinar que pueda dar ayuda y apoyo mediante la escuela y las estructuras sociales a jóvenes deprimidos entre los quince y los veinticinco años. Tal comisión sostiene que en Italia hay más de ochocientos mil jóvenes con depresión; estos números serían totalmente insuficientes si se considerasen también los trastornos ligados a la ansiedad y al comportamiento —síntomas iniciales de algunas enfermedades de la personalidad—, a la dependencia de droga y alcohol, y jóvenes con riesgo de psicosis. La Sociedad Italiana de Pediatras sostiene que los primeros «síntomas» se evidencian en la edad infantil con un cambio duradero de los intereses o de los comportamientos del niño (caí-358-

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da del rendimiento escolar, alejamiento de los amigos, desinterés por las aficiones anteriores, cerrazón emocional). La escala de intervención partiría por tanto del pediatra, el primer interlocutor, implicando después a los especialistas, de los cuales los primeros serían los neuropsiquiatras infantiles. Estas cifras y estos términos hacen referencia precisa a una voluntad de medicalización masiva y control de amplias áreas de la sociedad. El proyecto PRISMA, el que tiene en reserva la comisión bicameral que abarca a personas entre los quince y los veinticinco años, y la propuesta de ley Burani Procaccini, son todos ellos intentos de gestión forzosa y control de la «salud mental» pública.

Algunas consideraciones A partir del 2002, año de inicio del Proyecto PRISMA, muchos grupos en toda Italia se han movilizado para oponerse al intento de psiquiatrización y condicionamiento químico de los niños. Los métodos de oposición han sido diversos. Algunas entidades institucionales o parainstitucionales (el concejal de Rifondazione Comunista en Roma, campañas como Giú le Mani dai bambini [Quitad las manos de los niños], folletos contra el Ritalín incluso financiados por la RAI) se han limitado exclusivamente a atacar el fármaco específico (Ritalín), sin poner en discusión el diagnóstico psiquiátrico, creando así una oposición ficticia que no va a las raíces del problema y que, por el contrario, legitima las teorías psiquiátricas y específicamente la existencia del ADHD. Otra gente (como nosotros) ha visto en este proyecto una oportunidad para relanzar un recorrido antipsiquiátrico o no psiquiátrico más amplio y ya encaminado. La psiquiatría tiende a considerar a las personas como máquinas: encontrando la avería, se la puede reparar sin considerar los múltiples factores que la han causado. A nuestro parecer, el individuo (es decir, no dividido[61]) es una unidad inseparable de cuerpo, pulsiones, emociones, deseos, procesos mentales, inconsciente y razón, tan compleja de conocer, que ninguna ciencia llegará nunca a comprenderlo en su totalidad. Ninguna lucha contra la psiquiatría puede prescindir de un proceso de liberación personal y gene61. Referencia al origen etimológico de «individuo» como «indiviso». (N.d.T.)

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ralizada: es inevitable que en el interior de una sociedad cada vez más dedicada a la homologación y a la alienación, muchas personas rechacen lo existente con diversas reacciones (incluso desesperadas y «desequilibradas»). Sobre estos individuos, que no se adaptan a los absurdos cánones de la sociedad cárcel en la que vivimos, el monstruo psiquiátrico interviene por iniciativa propia, y se lucra con el malestar que esta sociedad crea en las personas que consienten ponerse en sus garras. Creemos fundamental aclarar que la psiquiatría no es necesaria para nadie, ciertamente puede ser cómoda para aquellas personas que frente a un desajuste interior, no se explican el motivo de su estar mal, no alcanzan a entender qué les está sucediendo y se dirigen a los especialistas de la mente que frecuentemente prescriben una pastilla. En esta época en la cual el tiempo es dinero, muy pocos llegan a tomarse el espacio suficiente para analizarse interiormente, tratar de entender el origen de posibles problemas y considerarlo achacable al contexto sociocultural que lo rodea. De aquí la necesidad de una pastilla para resolver cualquier tipo de problema; la validez natural de cualquier malestar físico o psicológico viene condicionada por la esencia frenética que la sociedad consumista quiere. Las causas de los malestares pasan a un segundo plano, la principal preocupación que suponen es el daño a la rutina diaria que preestablece la agenda de la familia y del trabajo. La enfermedad no es considerada como un momento de reflexión, reposo y cambio, sino como un obstáculo en el mecanismo de producción y consumo. Tales comportamientos hacen más sencilla la actuación de las diversas empresas farmacéuticas que, proporcionando un remedio fácil y veloz pero a largo plazo nocivo, buscan una dependencia cada vez más amplia de sus productos. Aún estando situada en el ámbito de la psiquiatría, la cuestión Ritalín-ADHD merece un discurso aparte porque la nueva «enfermedad mental» está diagnosticada a los niños, que por primera vez son incluidos entre los posibles destinatarios de una intervención psiquiátrica tan masiva y amplia. El niño representa la persona en crecimiento; los traumas vividos durante la infancia permanecen como cicatrices indelebles en la personalidad de un individuo y es precisamente por esto que un sistema que se basa sobre la creación de identidades ficticias y alienadas no puede dejar escapar la ocasión de desestabilizar el equilibrio de una persona desde la infancia, volviéndola sumisa y dependiente del propio -360-

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sistema. Poco importa si después estos individuos se volverán a encontrar inmersos en cualquier forma de malestar, si se puede eliminar con las pastillas. ¿Cómo puede sentirse un niño, fichado, incluido en clases especiales, sólo porque no quiere o no llega a atraerle estar sentado durante horas en un banco oyendo lecciones que no le interesan? ¿Cómo puede reaccionar un niño cuya atenta madre incluye en el desayuno una anfetamina junto a la taza de leche? ¿Cómo podrá crecer? Es preocupante la versatilidad del «síndrome» ADHD que considera patológicos casi todos los comportamientos que un niño puede tener en clase o en familia —sobre todo si tales situaciones son vividas con dificultad— declarando síntomas de enfermedad los comportamientos típicos de cualquiera en el periodo de la infancia o de la adolescencia. De un año a otro se han extendido como las setas en muchas ciudades italianas sedes de ONLUS[62] como AIFA (Asociación Italiana de Familias ADHD, que hace presión por la recomercialización del Ritalín para curar a sus hijos desde 1989, fecha en la que el ministerio de sanidad italiano puso fuera del mercado el fármaco) y AIDAI (Asociación Italiana del Déficit de Atención e Hiperactividad), propagando el uso de estimulantes en el «tratamiento» del ADHD. Estas personas, más preocupadas por su tranquilidad que por la salud de los niños, difunden folletos y revistas informativas que analizan la cuestión del ADHD con argumentaciones fácilmente atacables, por lo dogmáticas además de absolutamente inexactas (por ejemplo: «…los psicoestimulantes son la terapia más eficaz para los niños (…), los efectos colaterales son modestos y fácilmente asumibles…, el abuso y la dependencia son prácticamente inexistentes (…) etc…»), manteniendo además una confianza incondicional en las tesis de la psiquiatría y de las neurociencias en general. Piensan que personas comunes, «que no son del sector», no pueden expresar juicios críticos frente a las presuntas verdades de los que se autoproclaman únicos detentores. Estas asociaciones, en cuanto ONLU´s, se mantienen gracias a las generosas ofertas de terceros (¿quiénes serán estos terceros?) y hacen propaganda de la existencia de la enfermedad y el tratamiento farmacológico: la AIFA organiza encuentros (a menudo recogiendo dinero), debates y conferencias buscando como interlocutores a padres y profeso62. Organización No Lucrativa de Utilidad Social (N.d.T.)

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res, y la AIDAI promueve talleres para «expertos» (psiquiatras, psicólogos, pedagogos, etc.) El punto de partida evidente de esta campaña es la voluntad de las familias de delegar la gestión y la interpretación de los presuntos problemas de los hijos en primer lugar a los pediatras y luego a los psiquiatras. Los psiquiatras, «portadores sanos» de sabiduría sobre el estudio de la mente humana, dispensan sus conocimientos identificando la hiperactividad de los pequeños con el evanescente conjunto de explicaciones patológicas del síndrome ADHD ya estudiado y al cual Novartis ha encontrado ya el remedio. Así pues, con un enfoque muy «adaptado», las familias se unen en asociaciones para contribuir a la divulgación del milagroso descubrimiento y de cómo ellos han logrado, mediante este, resolver su «problema». El hecho de que entre los promotores de estas asociaciones figuren ilustres médicos psiquiatras y sus métodos demasiado articulados para simples familias, plantea dudas sobre el origen verdadero de este tipo de campaña, y deja espacio a la hipótesis de que los objetivos reales sean otros muy distintos. Además de la mal disimulada necesidad de control, surgen las habituales necesidades comerciales… Novartis, casa fabricante de Ritalín, ha visto caer las ventas del producto en los países en el que este se ha comercializado durante años a causa de sus nefastos efectos colaterales (dependencia, colapsos, suicidios, fallecimientos…). Incluso si oficialmente Novartis no aparece como promotora de esta campaña, la apertura de un mercado virgen, aún no condicionado por las dudas de los efectos colaterales, no puede sino estimular su gula, y cuanto más sean los «enfermos» mayores serán los ingresos. Queda por tanto la duda: ¿tras la difusión del ADHD en Italia está la larga mano de alguna multinacional, o psiquiatras y padres lo han hecho todo por sí mismos, decidiendo autónomamente presionar por la reintroducción de la droga-Ritalín e intoxicar a los niños? A pesar de estos «interrogantes» queda el hecho de que aun cuando las multinacionales, con sus lógicas de beneficio, son responsables de comercializar fármacos que hacen más daño que otra cosa, es aún más estremecedora la responsabilidad de los padres que eligen someterse a sí mismos y sobre todo a sus propios hijos (ignorantes de ello) a las lógicas de esta sociedad. La lucha contra la psiquiatría, así como otras luchas autoorga-362-

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nizadas que tratan de poner en cuestión de manera radical este miserable existente, trata de intervenir tanto sobre la dimensión «mecánica» (político-económica) como sobre aspectos mucho menos definidos y comprensibles (complejidad social, relaciones entre seres humanos, moral vigente, y sobre todo, sensibilidad y emotividad personal). Identificar como objetivo de una hipotética campaña la multinacional productora del fármaco es relativamente fácil, pero no llega a demoler las lógicas y la moral que legitiman y refuerzan la presencia no sólo de la psiquiatría sino del sistema mismo. De un año a esta parte hemos experimentado diversos métodos para oponerse a este proyecto de psiquiatrización de los niños; creemos necesario implicar el mayor número posible de individuos (padres, familiares, educadores…) manteniendo, sin embargo, bien alejados a los infames personajes que quieren instrumentalizar y por tanto limitar cualquier tipo de lucha (partidos, asociaciones institucionales…). En Pisa, por ejemplo, se han hecho reparto de octavillas a la salida de las escuelas y por las calles del centro para hacer saber a todos qué se esconde tras este proyecto, e informar a la gente sobre cuales son las consecuencias reales tanto de la asunción de psicofármacos, como del enfoque coactivo del presunto malestar de sus hijos. Aparte de esto, también en Pisa, se ha realizado un espectáculo itinerante en la calle con muñecos y máscaras, organizado junto a otros grupos de Cesena y Forli: un modo simple pero con un impacto seguramente mayor respecto a un tradicional reparto de octavillas, visto que muchos nenes han obligado a sus padres a pararse. Además de los debates, siempre útiles para profundizar y discutir sobre diversas cuestiones, puede ser útil y divertido obstaculizar el desarrollo de las diversas actividades de propaganda que las asociaciones dirigen tanto a las familias como a los implicados laboralmente (educadores, pediatras y psicólogos). Saber donde y cuando se desarrollan iniciativas de la AIFA y de la AIDAI es simple, obstaculizarlas todavía más, dando salida libre a la creatividad que tanto temen. Paralelamente a otros grupos hemos sentido la necesidad de aumentar las relaciones entre los diversos grupos e individuos que se oponen a la psiquiatrización de los niños y los adolescentes de manera radical; consideramos de hecho necesario afrontar esta lucha con mayor fuerza tanto localmente como de manera más amplia. -363-

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Sería importante poder hallar las ocasiones de encuentro entre los diversos grupos, sobre todo con vistas a grandes citas entre doctorcillos, asociaciones de padres, educadores y pediatras que en las bonitas salas de los congresos discuten y deciden sobre vidas ajenas, pero es igualmente importante lograr mantenerse en contacto para intercambiarse informaciones y discutir de eventuales iniciativas comunes. Está claro que la idea de llevar adelante una colaboración entre los diversos grupos nacionales no prescinde en absoluto de la iniciativa individual, que consideramos que es siempre la más provechosa; cada uno en los modos que considere oportunos puede en efecto hacer presión sobre quien está implicado en el negocio de la enfermedad mental. En la lista además de psiquiatras están todas aquellas asociaciones que apoyan tratamientos o fármacos particulares (…), están las multinacionales farmacéuticas y está el Ministerio de Sanidad. Si para esta sociedad la norma es frustración, represión de las emociones, imposición de dogmas y modos de vida alienados y nocivos, postración al poder, respeto frente a la ley, dependencia del sistema económico, antropocentrismo y devastación del ecosistema, nos consideramos anormales y le somos feroces. «Ya no es el fin de los tiempos y del mundo lo que retrospectivamente mostrará que los hombres estaban locos al no preocuparse de ello; es el ascenso de la locura, su sorda invasión, la que indica que el mundo está próximo a su última catástrofe, que la demencia humana llama y hace necesaria». [Historia de la locura en la época clásica —Michel Foucault. Ed. Fondo de Cultura Económica 1972]

La adaptabilidad de la psiquiatría Nada nace de improviso, todo fenómeno que se manifiesta hunde sus raíces en una realidad precedente en la que se desarrollan las bases y los presupuestos a partir de los cuales se manifiestan los acontecimientos. Invita a reflexionar el hecho de que antes de la industrialización, del desarrollo tecnológico y del consumismo desbordante, era raro oír hablar de ansiosos, deprimidos o hiperactivos. No existían todavía las condiciones que en tiempos bastante recientes hacen que existan millones de personas que viven «desajustes psíquicos» que sabemos que son fácilmente explicables por el alienante modo de vivir típico de la sociedad actual. -364-

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Estamos en la era de los teléfonos móviles súper funcionales, de los trenes de alta velocidad, de las comunicaciones a distancia en tiempo real y de una cada vez más compacta artificialidad de los sentidos y las sensaciones, de los pensamientos y los cuerpos, de las mentes y los deseos: en este contexto es inevitable que frustraciones, fobias y ansiedades asolen las vidas de las personas. Para la mayor parte de la gente esto es un dato de hecho inevitable pero «curable» confiando en tratamientos, en terapias propuestas por las batas blancas. La sociedad del control-beneficio-homologación tal como es y tal como es querida genera individuos que inevitablemente viven condiciones de malestar en el curso de su vida, y es la misma sociedad la que propone las soluciones y los tratamientos que neutralizan y relegan a los márgenes a aquellos que manifiestan el malestar. Es un discurso muy complejo, y consideramos necesario desarrollar y analizar dos aspectos particulares: por un lado, cómo la psiquiatría con los años se ha adaptado a los cambios sociales, asumiendo una fachada más aceptable; por otro lado, cómo, a pesar de esto, ha mantenido sus métodos más brutales acompañados de otros más disimulados. Los psiquiatras nacen en origen como médicos especializados en trastornos mentales, de los cuales estudian en particular las causas orgánicas y físicas y sólo secundariamente están interesados en las enfermedades que podrían tener una componente psicológica. Alrededor de los años cuarenta, la psiquiatría comienza a escindir la mente (entendida desde un punto de vista psicológico) del cerebro (entendido en sentido fisiológico); descuidando este último se concentra sobre la mente y sobre la psique reconduciendo la mayor parte de las «enfermedades mentales» a los traumas infantiles, a experiencias de los primeros años de vida, a relaciones con la familia. Con el tiempo, la psiquiatría, mantiene su enfoque organicista, útil para legitimar investigaciones, por ejemplo, en el campo de la genética, y para mantener la idea de la enfermedad mental como problema incurable pero soportable mediante tratamientos, intervenciones y estructuras adecuadas. Además, añade al método tradicional un enfoque nuevo: es posible vivir serenamente aun conviviendo con desajustes considerados graves respecto a otros, como ataques de pánico o ansiedad, no resolviendo el «dolor de -365-

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vivir», sino gestionándolo químicamente. Hoy la psiquiatría separa los casos graves y aislados de las patologías y de los desajustes más generalizados, pero se propone como solución a ambos problemas, consiguiendo arraigarse y aumentar su base de legitimación inventando enfermedades o haciendo presión sobre las psicosis de masas. Vamos ahora al segundo aspecto ligado al que acabamos de discutir. La psiquiatría se presenta de nuevo con nuevas argumentaciones y tratamientos, conservando los viejos métodos cruentos y añadiéndoles otros no menos peligrosos. Hoy ya no hay manicomios[63], no circulan imágenes de personas esqueléticas y encerradas dentro de escuálidas habitaciones acolchadas, pero esto no significa que hayan desaparecido los métodos coactivos: basta con pensar en los malos tratos que se efectúan cada día en los Hospitales Psiquiátricos Judiciales (antaño llamados manicomios criminales), en el electroshock todavía practicado a gran escala, en los T.S.O. adjudicados con extrema facilidad… por no hablar además de la cada vez más masiva psiquiatrización infantil que amplía las filas y enriquece a los pediatras, asistentes sociales y neuropsiquiatras, haciendo menos difícil el «trabajo» de padres y educadores. Más allá de los análisis y de las posibles reflexiones sobre la cuestión, es malditamente simple, dirigiendo la mirada a lo cotidiano, darse cuenta de que la psiquiatría y el poder político, mediático, represivo, gestionan conjunta y armoniosamente el control de las mentes de formas diversas, alimentando una organización social que empobrece y homologa almas y cuerpos. Frente a esto, las personas parecen integrarse tan bien en el mecanismo como para convertirse conscientemente, además de en ciudadanos modelos, en pacientes perfectos. Los equilibrios entre las fuerzas que tienen interés en mantener intacta la situación son muy firmes y encuentran terreno fértil en el tejido social. Este, a su vez, madura enfoques frente a los «problemas» que se presentan de manera autodestructiva, por ejemplo el desastroso pietismo que ha sustituido la vieja actitud de repulsión y burla frente al «anormal» hace todavía más difícil, inevitablemente, segar el fuerte consenso hacia los actuales instrumentos de dominio mental y físico. La siguiente octavilla fue distribuida en el teatro de Carrara con 63. En Italia los hospitales psiquiátricos se clausuraron en 1979 con la llamada Ley Basaglia (N.d.T.)

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ocasión de un concierto de autofinanciación organizado por AIFA con la participación de la Fundación De André. En la plaza, frente al teatro donde se desarrollaba el concierto, unas cuarenta personas con megáfonos, pancartas y octavillas molestaban el escuálido acontecimiento. El boicoteo ha permitido desenmascarar las prácticas de estas asociaciones de traficantes de estupefacientes (el Ritalín hasta hace pocos años estaba incluido en la misma tabla que la cocaína y similares) presentados para la ocasión como evento cultural-benéfico:

Ritalín Se han inventado una nueva enfermedad: trastorno del déficit de atención e hiperactividad (ADHD). Tal presunta enfermedad afectaría a los niños y los muchachos y se evidenciaría sobre todo en el comportamiento escolar. En resumen, los Lucignoli [Tragalumbres] del cuento de Pinocho, deben ser curados. El tratamiento «exitoso» es el de suministrar píldoras de Ritalín, fármaco estupefaciente; en la práctica: drogar a los niños. En EEUU se dispensa a manos llenas, pero muchos científicos, psicólogos y psiquiatras son contrarios por los efectos colaterales que comporta. Por ahora en Italia el fármaco está prohibido y se puede comprar en Suiza y en el Vaticano. La multinacional farmacéutica Novartis está haciendo presiones sobre políticos e instituciones para que tal droga sea legal; el beneficio antes que nada. En lugar de buscar las causas del comportamiento «anómalo» del niño se pasa drásticamente a declarar la enfermedad que no existe. Extracto del libreto «Cuaderno sobre Marina» de Elia Vatteroni: «¿Qué hay de nuestra gente cercana? ¿Quién entra en nuestras casas, con prepotencia, sin ser conocido, sin ser presentado por el amigo de confianza? ¿El “todo ofrecido”, pero no dado, de quien? ¿Por qué debemos delegar a otros nuestra vida, a aquellos que se esconden en las propagandas televisivas  y en los carteles que publicitan las necesidades que no son nuestras, a aquellos que deciden la guerra y la paz, su guerra y su paz, a aquellos que nos dicen como trabajar, estudiar e incluso cómo hacer el amor? Los viejos ya no hablan, buscan en otro lugar la soledad. ¿Dónde están nuestros hermanos? ¡No, no pueden ser los carritos de los centros comerciales de las multinacionales! A pesar de todo creo que las semillas del buen grano llegaran a germinar sobre este “pavimento cívico”. -367-

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Deberemos defender las tiernas plantitas hasta que, robustas, sabrán saciar de libertad a los esclavos en revuelta. En este mundo violento, ¿cómo podemos coger de la mano a un niño cuando lo confinamos en la guardería, en el preescolar, en las escuelas elementales de tiempo completo, donde el dios tecnológico se manifiesta en el ordenador, frío en sus programas prefabricados y en los videojuegos lógicos preconstruidos? Darle la mano para oír lo que ha hecho: inglés de ordenador, italiano automatizado, matemática virtual, imágenes geográficas de tierras desconocidas, la historia revisada y corregida por la ideología dominante… o que ha sido hábil poniendo crucecitas en las casillas adecuadas en las pruebas del test. Darle la mano para oír decir que hay un hombre o una mujer que hace preguntas extrañas (en otro tiempo lo hacía el cura en la confesión) o que curiosean sobre la familia llenando una ficha. Coger una mano húmeda que tiene miedo de hacerse grande en una escuela que no acabará nunca: las escuelas medias, las escuelas superiores, las escuelas de especialización, las escuelas de formación laboral. Y después, siendo padre o madre, si tienes un puesto de trabajo ¿no compites con tus compañeros en los cursillos de puesta al día por el miedo de perder el puesto? ¡Qué es este miedo! Uníos a vuestros hijos y a los hijos de los vecinos. Mi gente cercana no tiene miedo, si acaso provoca miedo a quien le quiera dominar. Estos niños ya no son los gnomos que alegraban las casas con sus gritos bulliciosos y, fastidiosos, levantaban los vestidos de las madres y las abuelas, desmontaban los juguetes para entender el mecanismo, chapoteaban en los charcos para hacer escurrir las cáscaras de nuez, se escondían bajo las camas, bajo los altos muebles, en las artesas, y callados antes las llamadas ansiosas de las madres, querían para dormirse sus cuentos preferidos (siendo gnomos querían sentir el respiro de los bosques). Los nenes y las nenas implicaban a padres, madres, hermanos, hermanas, abuelas, abuelos, tíos, tías, y vecinos. Eran diablillos que, revoloteando de una casa a otra, expulsando el gris de un día, reforzaban la relación entre los mayores, percibían lo que venía y no venía, eran extremadamente sensitivos. Bastaba una mirada o un mal gesto para herirlos, pero nos amaban tiernamente. Temo que ahora nos odien porque no tienen ya sus escondites, porque no puedan ya volar con sus cuentos que eran también los nuestros.» Tiravento. Individualidades contra la psiquiatría Cararra 23/03/05 -368-

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saberes prácticos. falsas promesas: ¿medicamentos contra las enfermedades menta-

les?

Guillermo Rendueles Olmedo

La teoría y la práctica psiquiátrica tienen una larga historia de servicios al poder de los de arriba y al orden social. Desde el Gran Encierro[64], el pensamiento psiquiátrico ha legitimado la separación de los «irracionales» o los «desordenados» de la sociedad de los normales, ofreciendo teorías y prácticas para su segregación. La advertencia a cualquier niño «acabarás en el manicomio», le acuciaba a pensar bien, es decir: pensar, sentir y desear como querían los de arriba. La llegada al manicomio siempre estaba precedida por una violación de reglas microsociales interpretadas en clave de locura. A pesar de esa voluntad de servicio al poder, la psiquiatría tradicional siempre admitió que en la locura había algún saber difuso, alguna verdad profunda sobre el hombre. Verdad que, en los años sesenta del pasado siglo, se amplió al análisis del internamiento manicomial que tanto iluminó el orden de las escuelas, los cuarteles o las fábricas. Verdad sobre los mecanismos de obediencia en la familia psicotizante, que descubría las manipulaciones del Estado para crear sujetos obedientes a las órdenes contradictorias del Estado-capital. En el presente siglo, esos aspectos críticos de la psiquiatría han sido subsumidos en una contrarrevolución triunfante que combina la psiquiatría social como ideología encubridora de un uso masivo de los psicofármacos, con la práctica real dominante de la atención a unas poblaciones que, lejos de la antigua resistencia a la psiquiatrización —«yo no estoy de psiquiatra» era una protesta tradicional—, circulan por caminos de servidumbre y piden más y más tratamientos psi para intentar reducir el sufrimiento de unas vidas inmoladas al mercado. La reducción del pensamiento psicopatológico por la psicofarmacología tiene su expresión más clara en la imposición, desde 64. Toda la obra de Foucault, cuya obra completa  esta en curso de publicación, resulta imprescindible, pero especialmente su «Historia de la Locura» donde desarrolla las consecuencias del gran encierro.

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Norteamérica, de una clasificación de las enfermedades mentales —las sucesivas DSM— que las reduce a un listado de síntomas agrupados en categorías sindrómicas que se corresponden con unos protocolos que, normalmente, consisten en la prescripción de una catarata de psicofármacos. La DSM y su imposición como clasificación internacional supuso el fin de cualquier debate teórico sobre el significado de los síntomas psiquiátricos, con su brutal afirmación de lo empírico y lo ateórico como valores centrales de la práctica psiquiátrica. Varios autores[65] que estudian la genealogía de construcción de la DSM ponen en primer término el terror de sus autores ante los planteamientos antipsiquiátricos, concretado en el pánico por la publicación en Nature[66] —la más prestigiosa revista científica del mundo— de un artículo sobre la  incapacidad de los psiquiatras para detectar la simulación y la posibilidad  de permanecer en un manicomio tratado como esquizofrénico estando perfectamente sano. Descalificar cualquier debate sobre la realidad de las enfermedades mentales y fijar unos criterios nominalistas que hacen corresponder un psicofármaco con la queja conductual de una persona, sin buscar ningún sentido al síntoma, ha sido el éxito sorprendente de ese movimiento contrarrevolucionario de indudable aroma americano llamado psiquiatría biopsicosocial. Frente a las antiguas psiquiatrías nacionales que proponían nombres variados para fenómenos psicopatológicos basados en teorías sobre la psique, la DSM, aplicando rudimentos estadísticos en torno al Índice de Kappa, ha logrado un consenso psiquiátrico basado en hacer desaparecer tanto los conceptos más clásicos —neurosis, histeria— como cualquier significado de la locura para iluminar lo profundo en el hombre. Reducir los miedos humanos a manifestaciones de pánico, las 65. El excelente texto «The selling o DSM» de Stuart Kira, Editorial Aldine, se describe todo el movimiento político que supuso imponer la DSM al margen de cualquier motivación científica a lo que son las enfermedades mentales. Debería ser un libro traducido y multicitado que no lo es por evidentes influencias de la muy poderosa APA. 66. On being sane in insane place, fue el título que recogía el diagnóstico de esquizofrenia para un grupo de investigadores que, por ejemplo, tomaba notas de su ingreso. Dichas conductas fueron etiquetadas como síntomas de esquizofrenia. La réplica al artículo del factotum de la DSM de Spitzer no fue aceptado en prestigiosa revista para su publicación.

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ventajas y simbolismos de la histeria a fenómenos de disociación de atención, transformar la esquizofrenia en una enfermedad del cerebro y tratarlo todo con fármacos o superficiales orientaciones cognitivo-conductuales, es el balance de un cuarto de siglo de actuación de la todopoderosa APA (Asociación de Psiquiatras Americanos) para convertir la psiquiatría en una práctica triste, pragmática y falsa en cuanto promete resultados que no cumple. Si antaño relatos de histerias iluminaron el discurso protofeminista[67], en la neurosis obsesiva se podía rastrear los orígenes de los rituales religiosos o en las paranoias, la verdad del racionalismo mórbido de muchos filósofos, hoy la psiquiatría impone una visión de la vida humana como un relato lleno de ruido y furia que no significa nada salvo el desarreglo de algún circuito serotoninérgico. Los psicofármacos prometen alegría frente al absurdo.

Contribución de los psicofármacos a la contrarrevolución[68] A mi juicio, las condiciones de vida de amplios grupos de población en el capitalismo tardío serían imposibles de mantener sin un uso masivo de psicofármacos. La escuela, sin el uso de anfetaminas para amplias poblaciones de niños con déficit de atención o hiperkinesia no sería la escuela para todos: necesitaría diversificar espacios, currículo, enseñantes. Las condiciones de trabajo (turnos de sueño-vigila cambiantes cada semana o desplazamientos en automóvil que añaden varias horas a las teóricas ocho), sin píldoras para dormir y despertar es dudoso que se mantuviesen en el nivel de conformidad que logran. La vida hogareña, en los pequeños cubículos que llamamos casas, también  es difícilmente soportable sin consumos cotidianos de antidepresivos por la población femenina, que logra así, por ejemplo, integrar la sexualidad en las tareas domésticas y transformarse de fregona tras la cena, en ardiente amante en la cama conyugal en menos de media hora, eso sí, con 67. Madame Bovary es por ejemplo un relato clásico en que una conducta que cumplía las descripciones de la histeria era un manifiesto feminista contra la estrechez de la vida pequeño-burguesa. El actual desprecio para las producciones artísticas de los locos es un síntoma de esa sordera para la verdad sobre la vida que antaño se reconoció al discurso psicopatológico 68. La descripción de la contrarrevolución postmoderna en la que nos encontramos viviendo se recoge en muchos de los textos de Toni Negri. Especialmente asequible puede ser «Multitud» (Ed. De Bolsillo).

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la ayuda de alguna píldora eutimizante. El paso por las edades del hombre supone una serie de crisis-pubertad, menopausia, vejez —que, en ausencia de los rituales sociales que antaño las limitaba, conduce de nuevo a la farmacia buscando píldoras que tranquilicen los nervios de pasar de una situación a otra. Junto a esos servicios concretos que enmascaran los sufrimientos individuales y facilitan la aceptación de la «vida» sometida a las necesidades del mercado, los psicofármacos crean un  imaginario de seguridad que ha permitido que los individuos acepten la destrucción de los grupos naturales que antaño supusieron un refugio contra «el  mundo despiadado»[69]. Frente a la vida moderna que suponía el desarrollo psicológico en el marco de unos grupos naturales —familia, compañeros de trabajo, militancias políticas o religiosas—, que estabilizaban y daban seguridad y argumentos a esa vida, la postmodernidad exige una vida peligrosa encerrados en una egolatría[70] carente de afectos. Antaño, en caso de desgracia, esos grupos sociales servían de salvavidas; hoy, las promesas psicofarmacológicas parecen hacer superfluos ese cuidado grupal: cuando la desgracia te alcance —dice el imaginario postmoderno—, píldoras y cuidados profesionales te aliviarán mejor que las antiguallas de la familia, los compañeros del sindicato o los amigos. La contrarrevolución liberal ha conseguido borrar las viejas necesidades de estabilidad afectivo-social que llamábamos Salud Mental, para imponer un ideal de individuo que flota por oficios sucesivos, amores inestables y búsquedas sucesivas del provecho afectivo o financiero. Frente a las viejas angustias que exigían unos vínculos afectivos que había que forjar desde la infancia en el barrio y que constituían la identidad en sentido fuerte —antes el Yo debía ser descrito por esas cualidades de pertenencia: asturiano, libertario, médico—, las modernas seguridades exigen una individualización forzada basada en mis deseos. El individualismo liberal licua cualquier relación social  afirmando que el egoísmo, el cálculo del beneficio y los yoes sucesivos, deben presidir nuestras biografías. Cualquier sentido es arrojado al mundo metafísico, y aceptar lo banal con gozo parece el paradigma de la salud mental: ya Freud había diagnosticado la búsqueda de sentido al mundo 69. Así se titula un excelente texto de Senté, Ed. Anagrama, cuya obra sobre la corrosión del carácter postmoderno por el trabajo inspiran estas líneas. 70. Debo autocitarme, G. Rendueles Olmedo, «Egolatria» (Ed. KRK, Oviedo).

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como neurosis. Obviamente, ese modelo coincide a la perfección con las necesidades de un capitalismo en continuo cambio donde las habilidades de hoy pueden quedar obsoletas mañana, las empresas se hacen nómadas y por tanto necesitan trabajadores dispuestos a partir donde el capital los mande, sin raíces o afectos que los fijen a una tierra, una lengua, una familia, unos amigos. El horror de vivir en esa continua disposición a cambiar y servir al amo impersonal, llamado empresa, se atenúa con la falsa promesa de mercancías para entretener el tedio y  píldoras que creen un mundo interno independiente de los horrores de esa no-sociedad[71]. La normalidad psicológica postmoderna se basa en la adquisición de unos hábitos de cálculo afectivo que llaman Conducta Racional. Sus normas se dicen en dos palabras, y sirven tanto para  el comercio como para  la alcoba: en toda situación procura sacar el máximo beneficio —económico, sexual, afectivo— invirtiendo el mínimo esfuerzo. Como la vida y los amores son sucesivos, y la propia personalidad se describe como una sucesión de yoes, se trata de cuidar bien las inversiones de tiempo, afecto o dinero. La familia nuclear es un lugar donde llenarse de afectos y habilidades, de los que separarse en cuanto se madure, para elegir, sin otra guía que el deseo íntimo, trayectos afectivos o sociales pensando siempre en los otros como proveedores de servicios o «amores». El trabajo de duelo sirve como modelo de esas metáforas económico-mercantiles: cuando alguien se nos muere debemos desinvertir el afecto que teníamos en esa persona, recuperarlo para poder volver a invertirlo en una viva sin quedar empobrecido. Un horror así, formulado como terapia, sería incumplible sin un antidepresivo que anestesie y encubra el sentimiento real de tristeza-pena-horror. La píldora, en cuanto eficaz para rebajar el dolor, evita la huida de los psi para buscar  personas prudentes y grupos naturales donde elaborar el duelo de forma tradicional. K.Marx[72] había descrito esos horrores como «vivir en las heladas aguas del cálculo egoísta», y había profetizado unas luchas de ma71. Toda la obra de Z. Bauman describe esas transformaciones de la sociedad, especialmente «Modernidad Líquida» y también «Amores Líquidos» (FCE). 72. La cita pertenece al «Manifiesto Comunista». Un desarrollo actualizado de un análisis de clase puede encontrarse en Pierre Bourdieu, «Razones Prácticas».

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sas para crear una sociedad donde se sufriese como hombres y no como bestias; sociedad que, a mi juicio, fracasó entre otras cosas por la promesa de un mundo feliz basado en la tecnocracia que incluye las medicinas como prueba indiscutible de progreso. Heidegger[73], en una oscura prosa, había concretado esos horrores de una existencia que debía cambiar para ser humana en tres bloques de vivencias que llevan al hombre a enredarse en las mercancías, a llevar una vida social inhóspita y a morir de una muerte impropia. La primera de esas angustias, es el miedo generalizado que procede de haber perdido la vivencia de seguridad de La  Casa como metáfora de lo ligado a la pertenencia a una tierra y unos grupos que configuran el adentro frente el afuera. Heidegger ha descrito, con un  ejemplo cotidiano, lo tranquilizador que resulta la visión de la tormenta desde la casa familiar: antaño, cuando las tormentas vitales nos azotaban, cuando las catástrofes vitales que nunca faltan nos herían, la familia, los amigos, los correligionarios, constituían ese lugar seguro donde reponernos que siempre estaba ahí para recibirnos. Frente a esas tradiciones, marchar de casa, individualizarse y esperar que en cualquier lugar podamos dirigir nuestras vidas con ayudas profesionales, es el paradigma evidente. La falsa promesa de píldoras y escucha mercenaria es el pan nuestro de cada día en caso de catástrofes o desgracias: legiones de psi hacen de plañideras ante muertes colectivas y tratan de sustituir con píldoras y trabajo de duelo el consuelo de los rituales de la sociedad real. No hace un año, cuando un temporal hundió un barco gallego en la Costa de la Muerte, los familiares de los pescadores muertos tuvieron que fugarse de un lugar del ayuntamiento donde los tenían secuestrados «en terapia de duelo» con psicólogos y pastillas de Orfidal, para irse a tomar orujo y esperar en los lugares de la costa donde solían aparecer los ahogados, en compañía de sus vecinos como «siempre se hizo». Naturalmente, escapar de los expertos y los fármacos es posible donde quedan aún restos de la vieja sociedad y perviven aún rituales con los que compartir y colectivizar el dolor sin anestésicos o escuchas técnico-mercenarias. Lo inhóspito de la sociedad es lo que hace agradecer esas terapias, como cuando uno ha perdido hasta el recuerdo del pan de horno y calma su 73. Una lectura desde la izquierda radical de este autor puede encontrarse en Paolo Virno, «Virtuosismo y Revolución» (Ed. Traficantes de Sueños, Madrid).

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hambre con hamburguesas basura. Si la ausencia de Casa, de lugares seguros donde ponernos a refugio de la angustia, nos deja clamando por drogas para calmar el miedo o atenuar las pérdidas afectivas, el Tedio, esa vivencia de nuevo descrita por Heidegger como la de un tiempo que no pasa, que vacía al yo de sentido, que  cubre cualquier experiencia con el manto del aburrimiento, nos hace añorar no un cuidado de sí que nos dote de un tiempo propio y unos encuentros auténticos con los otros, sino una píldoras que nos quiten la Anhedonia (forma en la que los manuales de psicofarmacología medicalizan y desdramatizan esa experiencia del tedio y el aburrimiento cuyo horror podría ayudarnos a cambiar de vida) . La capacidad de los psicofármacos para transformar esa angustia de la existencia nihilista —aquella que no conoce otra guía vital que su deseo— nos introduce en un universo de realidad virtual semejante al descrito en la película Matrix. El concepto de Nación Prozac hace referencia a esa hipertrofia del mundo interior: viviendo en un lugar en ninguna parte, haciendo el trabajo que San Mercado manda, con unas relaciones sociales basadas en el lucro y con unos amores pasajeros,  puede vivirse bien tomando de forma continua tal o cual antidepresivo que coloreé de rosa y filtre esas realidades haciéndonoslas placenteras. La segunda de las vivencias centrales que Heidegger formula en la decisión por una vida auténtica o inauténtica es la de la Muerte. Cuando se habla de eutanasia o de sedación de enfermos terminales, cuando a propósito del conflicto de los Médicos de Leganés[74], se habla de sedaciones correctas o incorrectas, se está hablando de nuevo del uso de ansiolíticos o hipnóticos. Dormicum, un inductor del sueño que usan miles de pacientes que mal duermen, inyectado por vía intravenosa conduce en general al sueño eterno, evitando los horrores de las antiguas agonías, y su uso respetando la voluntad del enfermo debería ser ya un derecho legal indiscutible. Pero afirmado ese derecho, de nuevo comprobamos cómo un fármaco constituye un elemento imaginario que ahorra pensar la muerte como algo que a la vez nos personaliza y nos socializa. Convertir la muerte en algo técnico y transformado por fármacos facilita la fuga ante la muerte, el «calcular» la muerte que no deja 74. En «Tetulias de Bioética», Masia Clavel (Ed. Trotta) hace unas atinadas aportaciones al tema de la eutanasia desde una perspectiva cristiana de izquierdas.

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brotar el coraje para vivir con seriedad la vida y permite la banalidad y el distraerse con las novedades o el chismorreo político. El propio clamor por el fármaco lenitivo del dolor impide exigir unas condiciones de intimidad mínima en los hospitales españoles públicos, donde las habitaciones de  dos-tres camas obligan al horror de no tener espacio donde personalizar la propia muerte sin extraños. Esa vida perdida del mercado, en la que los individuos nos entretenemos comprando mercancías —en el supermercado hay de todo menos lo que necesito de verdad—, no es sino una fuga ante la muerte convertida en algo lejano, que ocurre a los otros y que cuando me llegue, la droga evitará que me dé cuenta. La buena muerte de antaño era desde luego una muerte entre los seres queridos, junto una vivencia de que otros continuarían lo que nosotros habíamos continuado. Pasar la cita, pasar la lucha social a los que venían detrás en el momento en que uno la había dejado, es uno de los  argumentos comunes a las cartas de republicanos que iban a ser fusilados por Franco. Por el contrario, la muerte postmoderna se producirá en unas instituciones sociales-asilos para viejos, hospitales y unas manos mercenarias cerraran los ojos mientras la incineración terminará de borrar las huellas de una existencia impropia de la que nadie guardará recuerdo. Saber que no hay tiempo para perderlo, que los fármacos no nos van a facilitar una muerte personal como pedía Rilke[75], y que quien no construya vínculos afectivos sólidos y resista en grupos naturales vivirá en una falsa sensación de libertad, sentirá su vida como una existencia fantasmal que flota entre los ahora sucesivos. Ello le hará vivir en un estado de perdido, de fuga ante cualquier vivencia dramática y la muerte le sorprenderá solo y de nuevo drogado en un contexto de protocolos tecnocráticos impersonales sobre los que no tendrá ninguna dirección. La tercera vivencia que Heidegger propone como exigencia de cambio personal, de salto a la  existencia propia es la de la Puerilización de Masas[76]: el hambre de novedades con la que el post75. En el «Requiem al Conde Wolf», el autor hace una atinada reflexión sobre el suicidio —el Conde se suicida cuando tiene diecinueve años por motivos románticos y desarrolla el tema de la muerte personal  como un «salir airoso» de una vida cumplida—. 76. Carlos Liria y S. Alba Rico desarrollan ese tema en un imprescindible texto,

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moderno se afana al moderno sacramento de leer la prensa, ha degenerado en el apetito por el chismorreo, por la jerga política o el interés en mirar por el ojo de la cerradura virtual y saber cómo y con quien se encuernan los famosos. Ese gusto por la existencia trivial que crea un tiempo de sucesivos ahora-aquí iguales, cierra la vieja esperanza a un tiempo nuevo, a la llegada del Mesías o a la Revolución como cambio total de todo lo existente. De ahí la exigencia de fármacos que acompasen la mente a ese tiempo vacío mediante la creación de una ataraxia que nos permita de nuevo fluir por esa trivialidad sin dolor. Molicie psicofarmocológica que fabrica un Sujeto Normal Postmoderno con un yo fragmentado en una sucesión de yoes adaptativos a cada situación, generaliza los fenómenos de disociación y fabrica idiotas morales[77], siempre obedientes a lo real por incapacidad de mantener un juicio interno que les pueda producir dolor.

Valor de uso y valor de cambio de los psicofármacos: La descripción de las drogas que normalmente se usan contra las formas de dolor y malestar humano, agrupadas bajo el etiquetado de enfermedades mentales, parten de dos supuestos que  dificultan su estudio dentro del relato científico natural en el que se incluyen habitualmente, supuestos que fuerzan a describir la acción psicofarmacológica en un marco biológico similar a la descripción del uso de los antibióticos —se dice que tal neuroléptico cubre los síntomas positivos de la esquizofrenia, como tal antibiótico los bacilos de Koch—, adquiriendo dicha descripción la falsedad de toda metáfora no rotulada. El primero de esos supuestos es que la creencia en que la psicofarmacología es una ciencia normal en el sentido de Kuhn[78]: las pretendidas descripciones de los modelos biopsicológicos tienen un nivel de realidad, en el mejor de los casos, del tipo de razonamiento «si la aspirina quita el dolor de cabeza, la falta de aspi«Dejar de Pensar» (Ed. Akal). 77. En un texto llamado Psiquiatrización de la Ética: el Idiota Moral, dentro del libro «Ética y Praxis Psiquiátrica» (Ed. Asociación Española de Neuropsiquiatría), me ocupo del tema. 78. Los comentarios de P. Bordieu en «Meditaciones Pascalianas» (Anagrama), al concepto de las Revoluciones Científicas de Kuhn orientan estas líneas.

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rina en el cerebro debe producir dicho dolor». Habría múltiples ejemplos de psicofármacos probados en los mejores laboratorios del mundo y que son un evidente fracaso —el  ultimo un IMAO llamado Manerix—, pero el mejor argumento a favor de este aserto sería la falta de un consenso de descubrimiento en la comunidad científica que permite habitualmente  una ciencia normal. Frente a esa ciencia normal, la psicofarmacología está llena de modelos contrapuestos respecto al lugar de acción de los fármacos, mecanismos intermedios de acción, indicaciones y contraindicaciones de los mismos, como lo prueba la existencia de una especie de ciencia nacional: el ansiolítico más usado en Estados Unidos no se usa en España por motivos legales y de comercio, a diferencia de los medicamentos de verdad, que como la ciencia normal son universales. De ahí que en el menos malo de los casos, el estudio del uso de los «medicamentos para los nervios» debe huir de las hipótesis de etiologías neuropsicológicas pertenecientes a la ciencia ficción y no debe de traspasar un nivel de descripción empírico, que resalte el uso real y el razonamiento pedestre con que cada psiquiatra o médico que prescribe estas drogas realiza, y que resulta radicalmente otro de confusos razonamientos sobre circuitos noradrenérgicos y se refiere al tanteo de cómo se modifica el discurso del paciente y su nivel de quejas, cómo mejora el sueño del paciente o qué efectos secundarios le producen. El segundo supuesto a describir tras el desvelamiento de la pseudocientificidad del discurso etiológico en psicofarmacología, será la dependencia del uso real de psicofármacos, menos en relación con fenómenos de enfermedades reales —que obligarían a suponer una epidemia depresiva  en la ultima década—, y más de dictados sociales, tanto de un poderosísimo Mercado de Substancias Psi cuya máxima expresión podrían ser textos como «Escuchando al Prozac»[79], como de los intereses del Micro-orden Público Estatal y su necesidad de legitimar y posibilitar los ritmos de vida cotidiana. Vida cotidiana que consiente unas condiciones de trabajo, habitabilidad y sumisión difíciles de admitir sin unos fármacos 79. González Duro en varios textos y especialmente en «El Riesgo de Vivir» (Temas de Hoy), ha escrito textos realmente magistrales al respecto. Lo poco citado que aparece este autor en la bibliografía psiquiátrica española traduce la miseria del medio.

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que permiten dormir, comer o no irritarse a pesar de esa vida en colmenas con ruidos de vecinos por doquier, trabajo a turnos y la malaria del orden y la «peligrosidad» (guardias públicos y privados...) urbana en general. El auge del mercado psicofarmacológico es reciente. Hace apenas quince años la inversión de los grandes laboratorios en marketing psicofarmacológico era mínima, porque aún la relación entre saber y práctica psiquiátrica era percibida bajo un cierto control racional: de aquel campo en el que tan poco se sabía sobre CÓMO DEFINIR a nivel biológico la esquizofrenia o la depresión, mal se podía vender remedios para esos males desconocidos. Cuando, además, los fuertes efectos secundarios que neurolépticos y antidepresivos producían limitaban su uso. La  población con psicopatología menor (la inmensa mayoría de la actual clientela psiquiátrica), aun sintiéndose mal no toleraba sentirse aun peor consumiendo unos fármacos que producían desde síndromes muy parecidos al parkinson a efectos secundarios que impedían hablar por la sequedad de la boca o estarse sentado por la acatisia o ni soñar con las relaciones sexuales. El simple hecho de limitar esos efectos secundarios, significó un drástico cambio en el Valor de Cambio de los psicofármacos, al descubrir una población casi ilimitada de consumidores. Si los estados de angustia y depresión son algo tan normal en la población, que rara es la persona que a lo largo de su vida no los padezca, toda la población aparece entonces como potenciales usuarios de estas drogas que prometen barrer la depresión o la ansiedad de forma limpia y sin efectos secundarios. Los últimos indicadores del uso de ansiolíticos y antidepresivos se acercan a ese diseño de «fármacos para todos» en algún momento de la vida. Los usos cosméticos de Prozac, las píldoras para normales que continúan la antigua receta de las psicoterapias para todos, son algunos de los adelantos con los que la postmodernidad nos amenaza. Y es que, como se dice en algunas propagandas de psicofármacos: ¿por qué sufrir con un duelo por la muerte de un ser querido cuando una droga nos puede quitar esa tristeza? (¿cuándo iniciar tratamiento psicofarmacológico en un duelo?, es la pregunta moral que se hace un reciente tratado de farmacología). Pero mas allá de ese tratamiento del dolor, la depresión o el in-379-

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somnio, los nuevos mercaderes nos ofertan cómo estar en forma para trabajar más, o cómo follar mejor con la Viagra o cómo ser más positivo en nuestra recepción del entorno, en una apuesta de dimitir en cualquier deseo de cambiar el mundo externo a cambio que deje de resonar en un mundo interno lleno de endorfinas que nos hagan ser felices a pesar de la dureza de nuestros amos. Promesas falsas, ya que lejos de ser las propagadas píldoras de la felicidad, los modernos psicofármacos se ofertan en ausencia de otros logros respecto los antiguos que no sea esa cierta limitación de los efectos secundarios, pero a costa de una menor eficacia real antidepresiva: en una nota editorial que los honra, la Revista de la Sociedad Española de Psiquiatría Biológica resalta que los nuevos antidepresivos no han presentado ninguna prueba real de ser mas eficaces que los antidepresivos de los años sesenta en las depresiones mayores, y los antiguos tricíclicos deberían continuar siendo los fármacos de primera elección si el marketing no substituyese valor de uso por valor de cambio. Pero nada de esa realidad, ningún sensato estudio farmacológico puede frenar un mercado que coloniza a la vez a usuarios y preescriptores. El capital humano de un gremio hasta ayer despreciado por las multinacionales psi, los psiquiatras, se ha percibido como central por parte de los grandes laboratorios y la Función de Mecenazgo parece imparable: que las virtudes de un antidepresivo se den junto con un bolígrafo y una carpetilla como antaño, a que dichas virtudes se cuenten en el más lujoso hotel de Bali, resulta definitivo en favor del laboratorio que lo presenta en Asia con gastos y atenciones pagados a los que luego deben recetarlo . En idéntico sentido, ese mecenazgo logró que no exista un solo congreso o revista psiquiátrica, incluyendo las de la izquierda psiquiátrica tradicional, que pueda plantearse su realización o su persistencia sin la colaboración de la industria farmacéutica. Se podrá argumentar que desde luego los comerciantes de psicofármacos no son no mejores ni peores que los de antibióticos y antihipertensivos: ambos quieren vender. Pero existe ahí un olvido: mientras que la tensión o la infección puede medirse y los malos productos son eliminados de un mercado que funciona con una cierta función de calidad real frente al valor de cambio, la angustia o la depresión no tienen otros parámetros que pseudomedidas: las escalas de Hamilton, aunque aparenten ser números exactos QUE -380-

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EVALUEN LA INTENSIDAD DEPRESIVA, no son sino traducciones del «estoy un poco mejor que ayer». De ahí que este mercado de la ambigüedad, como el de la moda, sea el ideal para extender unos productos, que sin efectos secundarios muy visibles, puedan tener esa ilimitación de usuarios que constituyen toda la población con malestares. Todos esos quejicas que quieren cambiar la calidad de sus vidas sin cambiar ninguna de sus circunstancias, esos individuos perezosos que sin examen de sus vidas quieren que la felicidad se les aparezca, esa colección de siervos que quieren libertad en una píldora que les evite romper con las cadenas de una horrible cotidianidad. Y ahí es donde confluye el interés de Estado con los intereses del Mercado. Cuando a unos inmigrantes clandestinos se les dio Haloperidol para devolverlos a sus países de origen donde el tirano de allí se supone los atormentaría, el tirano de aquí respondió cuando le preguntaron por el asunto: teníamos un problema y lo resolvimos[80]. Haloperidol no sólo sirve para paliar los problemas de miseria usándolo con negros o moros, sino que también resuelve los problemas de gobernabilidad de la población desarrollada y opulenta, ayuda a mantener ese orden público, al contener ese escándalo que cada enfermo mental produce cuando su percepción, su comunicación o sus ritmos afectivos no coinciden con la norma. Si alguien percibe de otra forma, ¿quizá con amenaza?, un ambiente tan plácido como el de nuestras ciudades o se aventura a fantasear sobre el fin del mundo, seguro que puede acaba rompiendo esos consensos de normalidad que Goffman[81] señalaba como la esencia del orden público a nivel microsocial. Esos son los problemas que el Haloperidol puede resolver: unas gotas mágicas y la situación se normaliza, y eso sí, con algunos movimientos raros y algo dormido, el paranoico vuelve a consensuar la realidad y a marcar el paso de los ritmos y ritos sociales. O más allá, ¿cómo viviendo en el mejor de los mundos alguien 80. Me refiero obviamente al ex-presidente del gobierno español, Sr. Aznar. 81. Dos obras imprescindibles en la psiquiatría crítica de Goffman son «Internados» y «Estigmas», ambos editados por Amorrotu. Una excelente introducción a su obra es la que lleva su nombre, I.Joseph, en la editorial El Mamífero Parlante.

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puede deprimirse y ver todo lo malo de unas situaciones tan buenas como las de nuestras vidas cotidianas? Ante tan errada evaluación vital algún sentimiento del hondón biológico debe trastornar la visión optimista y positiva: unas semanas con Prozac harán ver de nuevo un porvenir radiante, que aunque ofrezca turnos de trabajo cambiantes, relaciones afectivas congeladas, cajitas como casitas que con una adormidera tipo Dormicum se pueden llevar. El malestar de la vida en las sociedades industriales, los problemas adaptativos a un entorno competitivo, donde comer en un bar de lujo no es premio sino seguir comiendo de negocios, o las relaciones amorosas son amistades instrumentales, serían difícilmente llevaderos incluso para los ejecutivos del señor: en un congreso médico se pidió que levantasen la mano quien hubiese tomado pastillas para dormir la noche antes y había muchísimas alzadas. Ya sé que el gremio está mal y el tópico del psiquiatra loco tiene elementos de realidad, pero creo que el experimento se podría repetir con idénticos resultados entre profesores de gramática o comerciales de ordenadores. La psicofarmacología ofrecería al Estado algo así como un remedio general para el agobio inespecífico, que serviría para recoger a todos aquellos malestares que no fuesen acogidos o se saliesen de otras agencias estatales reparadoras: si un niño no acepta la disciplina escolar, con Nemactil seguro que se adapta mejor, si la familia es incapaz de contener el malestar del trabajo de puertas para adentro, un ansiolítico podrá hacerlo mas llevadero, si la ancianidad en estos tiempos es una cruz, unas píldoras la harán menos escandalosa.. La  psicofarmacología permitiría así al Estado asegurar a una población contra toda clase de desgracias: si a pesar que las condiciones de trabajo y vida son las indicadas para tu bienestar, aun a ti vulnerable individuo a quien le agobia tu vida, el Estado te pastorea y te ofrece salud mental, es decir: píldoras y consejos para alcanzar esa bienaventuranza llamada salud, o al menos adaptación que te controlará desde el nacimiento a la tumba enseñándote la forma correcta de vivir con salud mental.

Las falsas promesas: Si ese panorama funcionase, una versión del mundo feliz huxe-382-

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liano estaría asegurado: adaptación y felicidad psicofarmacológica serían sinónimas, y la servidumbre aceptada de una población que adora sus cadenas y ama a sus amos sería inapelable. Hoy la felicidad o la ataraxia farmacología es mentira, y las promesas del Estado y del mercado de píldoras o técnicas psi que produzcan el bienestar propagado, no son sino falsedades como las de los agentes de seguros que nos ofrecen unas pólizas maravillosas en el papel, pero que cuando uno las necesita funcionan garantizando unos mínimos tan escasos que la desgracia de la que debían preservarnos prevalece. Y eso mismo pasa con los remedios psi: tanto los fármacos como la «terapias» funcionan en los papeles, en las comunicaciones a congresos o en las revistas de divulgación, y no cuando uno las necesita. De ahí la utilidad de estas sencillas líneas sobre Qué Son, es decir, Cómo se Usan los Psicofármacos en esa realidad terrible que son los sufrimientos psíquicos. La virtud que estas líneas pretendan tener, consiste en explicitar el sencillo esquema con el que el médico o el psiquiatra está pensando cuando te prescribe un fármaco, alejado de complicados saberes sobre mediadores bioquímicos y cercano a un arte empírico, sobre todo si tienes la suerte de tropezarte con alguien que conserva un poco de sentido común que sobreviva a la colonización del mercado o el Estado. Igualmente útil me parece que conozcas unas sencillas fichas sacadas de una guía —vademécum— que habitualmente está en el bolsillo o la mesa de muchos psiquiatras como recordatorio de uso y creo debes conocer.

Genealogía del tratamiento psicofarmacológico: Serendipity es el nombre que se suele dar a los descubrimientos científicos no buscados, obtenidos por casualidad o suerte fuera del contexto de investigación donde se investiga. Las primeras drogas psicoterapeúticas obedecen a ese mecanismo. El neuroléptico patrón por el que hoy día se sigue midiendo el efecto de todos —Largactil—, fue descubierto por un cirujano militar francés que buscaba drogas para hibernación, drogas que evitasen el shock quirúrgico provocado por las guerras de Indochina. Dos psiquiatras franceses que leyeron los informes —Delay y -383-

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Deniker— observaron que uno de los efectos de esa droga, el desinterés hacia sí mismos y la indiferencia hacia el mundo, podía suponer una gran ayuda para la contención de los esquizofrénicos… algo similar al manicomio, que desaferenzizaba-limitaba los estímulos desde lo real —que debían llegar a un cerebro incapaz, según ellos, de procesar la información enviada desde lo real. Delay y Deniker subrayan como específico del Largactil y de todos los neurolépticos no tener un efecto masivo sobre la conducta del psicótico. No ser inductores del sueño o calmantes generales, como las drogas sedantes, sino por el contrario tener unos efectos DISOCIADOS sobre la conducta del psicótico, calmando o sedando algunas de sus funciones enfermas sin modificar el estado de vigilancia o conciencia, que lejos que empeorar como con la borrachera barbitúrica, mejoraba en su conexión con lo real. En idéntico sentido, los antidepresivos usados en los finales de l950 —los Tricíclicos e Imaos— habían sido descubiertos como antagonistas de la reserpina, sustancia usada para tratar la tensión arterial que induce depresiones. El hallazgo tenía ese carácter de lo casual mencionado, y de ahí que unos y otros tratasen de clasificar la neurofarmacologia según su capacidad de influir sobre los llamados target síntomas, los síntomas dianas, con el supuesto subyacente que cada sustancia tendría efectos sobre los delirios, las alucinaciones o la tristeza en un modelo clasificatorio que a mi juicio sigue siendo hoy día mucho más realista que las pretensiones de las clasificaciones basadas en unos supuestos mecanismos de acción —recaptación de serotonina o noradrenalina—, que más que de acción pueden clasificarse de ciencia ficción. Ciencia ficción que no obstante orienta la moderna clasificación de psicofármacos DISEÑADOS  ya por los laboratorios según su capacidad de llegar a unos receptores específicos del cerebro, y por ello con unos supuestos efectos secundarios menores... que la clínica no termina de confirmar más allá de la propaganda científica.

Neurolépticos: Son los fármacos que habitualmente toman de por vida aquellas personas que han sido diagnosticadas de esquizofrenia y de forma intermitente quienes tienen etiquetas de Psicosis Maníaco Depre-384-

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siva, mientras padecen síntomas de hiperactividad o euforia, lo que en general no suele sobrepasar el mes de duración. De ahí que todo el problema teórico a discutir sea el de los neurolépticos como antiesquizofrénicos, dado que el uso en la manía es poco más o menos el de un instrumento de contención y los neurolépticos vienen a ser como una especie de tranquilizantes mayores. En una primera clasificación fueron descritos como tranquilizantes mayores para significar su parentesco con los tranquilizantes tipo Valium, pero que producirían esta sedación a lo grande. La genealogía del término Neuroléptico, haría referencia a un fármaco con una acción antipsicótica específica y no limitada a la actuación sedante o tranquilizante, sino activa en un aclaramiento de la conciencia psicótica: en la fase del debut psicótico, un neuroléptico no sólo calmaría al psicopático sino que le haría recobrar la orientación temporal y espacial, o le haría aclararse respecto a su identidad disolviendo la confusión del TREMA. En el mismo sentido, los neurolépticos limitarían lo que los psicopatólogos llaman humor delirante o tendencia a un pensamiento auto-referencial e hiper-inclusivo, que constituiría la base neuropsicológica del delirio: en esos dos aspectos, los neurolépticos se apartarían del modelo sedativo y no serían, según esta teoría, unos tranquilizantes mayores, como en el caso de la manía, sino que serían verdaderas prótesis de razón: introducirían un orden allí donde la psicosis habría desestructurado el mundo perceptivo, el curso y de alguna manera también los contenidos del pensamiento, con lo que aquel magma de palabra vacía que dicen los clásicos que es el discurso psicótico, se haría gracias a los neurolépticos accesible al campo del discurso y del tratamiento psicoterapeútico, inaccesible en tiempos preneurolépticos: la reforma manicomial, dicen estos teóricos, es posible gracias al orden neuroléptico que permite devolver al mundo social un psicótico ya distante a sus delirios gracias a esta acción neuroléptica. La historia de los neurolépticos, creo, aclara bastante bien la discordancia entre el contexto de uso empírico y de tanteo clínico, frente al discurso de contexto científico del mercado psicofarmacológico que separa teoría y práctica de la psiquiatría clínica frente a la propaganda pseudocientífica. El primer neuroléptico que se usa en psiquiatría es el Largactil, al comprobar un anestesista —Laborit— que uno de los productos -385-

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que el usaba para la sedación quirúrgica de soldados con herida de guerra (era médico militar en la Indochina Francesa), funcionaba solo y en combinación con otros productos, el llamado Cóctel Laborit, como un excelente sedante de pacientes con agitación psicomotriz —locos de atar, en su relato— que precisaban habitualmente contención mecánica, léase camisa de fuerza. La descripción de Laborit insiste ya, junto a esos antiguos términos  disciplinarios, en que el uso masivo de estos «nuevos sedantes» transformaba radicalmente el clima de violencia y desorden que hasta él reinaba en las salas manicomiales. Efectivamente, hasta el uso de neurolépticos, el principal remedio para la psicosis eran los métodos de choque eléctrico: hacer pasar una corriente eléctrica por la cabeza de un paciente para provocarle un ataque de gran mal epiléptico. El método se basaba en un error científico —la supuesta incompatibilidad entre esquizofrenia y epilepsia, que haría, según su Carlletti, deseable provocar ataques epilépticos para transforma la esquizofrenia en una enfermedad menor como la epilepsia—. Pero lo que el Electrochoque producía de verdad, era un cuadro de psicosíndrome por trauma en el que el vaciamiento de pensamiento, la amnesia y la personalidad de boxeador sonado que el choque producía, podía hacer olvidar al menos durante un tiempo las ideas delirantes. Frente a ese método substitutivo de delirio por amnesia, en el mejor de los casos, el uso de Largactil y los nuevos neurolépticos parecían disolver los delirios de una forma mas natural y progresiva, parecían proveer de esa prótesis de razón a la que nos referíamos, al producir una especie de efecto distanciador sobre el enfermo respecto a  sus producciones psicóticas. Los neurolépticos, como el Efecto Distanciador en los dramas didácticos del teatro de Brech, permitirían juzgar sin tanta implicación delirante, permitirían introducir dudas de razón en la seguridad del monolítico edificio de un delirante que dice ser el Mesías por una intuición inapelable al discurso externo. Uno de los primeros textos de Castilla del Pino[82], se refiere a la observación de esas primeras curas neurolépticas y las fases en las que los delirios o las alucinaciones van apareciendo, como algo periférico en la psique del esquizofrénico, pasando luego a una 82. La crítica la realiza este autor en «Vieja y Nueva Psiquiatría», y figura en la «Antología» de Alianza Editorial.

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duda del delirio para terminar en un recuerdo delirante y, en el mejor de los casos, en una crítica del DELIRIO con adquisición de una conciencia de enfermedad, que reconstruyendo la necesidad de delirar por escapar de una realidad subjetivamente imposible, substituiría con ventaja a aquel psicosíndrome que los métodos de choques producían… en el que, en el mejor de los casos, el psicótico olvidaba sus delirios, e ignorando su génesis, se incapacitaba para tomar conciencia de su vulnerabilidad a la huida de lo real. Un rápido desarrollo de substancias con efectos antipsicóticos similares al Largactil se da en los años sesenta, desarrollo útil en la clínica, aunque sin ninguna lógica psicofarmacológica, creando en el campo psiquiátrico una doble reflexión: una que podemos calificar de científica (siempre que añadamos el apellido de ficción por lo especulativo), y otra que podemos calificar de empírica, que será la que trataré de resumir en estas líneas, dada que la reflexión cientificista trataba de nuevo de especular con analogías del estilo si los neurolépticos que mejoran la esquizofrenia producen parkinsonismo, el exceso de dopamina producirá la esquizofrenia y otros razonamientos igualmente pedestres que me parece ocioso criticar. El esquema empírico con el cual se usaron los neurolépticos, y que los clínicos más sensatos siguen empleando hoy, trataba de relacionar la eficacia de los neurolépticos con síntomas de la esquizofrenia, y construir así, sin más complicaciones, una tabla de indicaciones relativamente sencillas. Los dos extremos de la tabla de signos de esquizofrenia, los comprenderían los Síntomas Alucinatorios–Delirantes, que serían mejor tratados con una serie de neurolépticos conocidos como Incisivos y cuyo modelo sería el Haloperidol, frente al extremo opuesto de los síntomas psicóticos constituido por la angustia psicótica cuyo neuroléptico de indicación especifica serían los Sedativos, cuyo modelo estaría representado por el Sinogan. Así, los síntomas de esquizofrenia deberían ser estudiados como un continuum entre esos dos extremos de los síntomas delirantes y la angustia, que se pondrían en relación con esa otra escala de neurolépticos incisivos y sedativos que dejarían al Largactil como fármaco intermedio. Con ello, el tratamiento ideal psicofarmacológico de una esquizofrenia se lograría con una combinación de neurolépticos que se correspondiese con el -387-

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psicopatograma que en cada momento presentaba el paciente: muchas alucinaciones y poca angustia, mucho Haloperidol y poco Sinogan, o la inversa, en un proceso de cura en el que acertar la diana del síntoma con el neuroléptico adecuado constituía la metáfora agresiva implícita en la praxis psiquiátrica. Los psicofármacos incisivos tendrían a la vez una grave desventaja: la de  producir parkinsonismo-temblor, rigidez, babeo, crisis oculogiras, incapacidad para estar sentado y también para caminar, —síndrome a veces irreversible en las llamadas diskinesias tardías (a parte del Haloperidol, comprenderían en la práctica el Eskazine, el Triperidol, el Decentan, el Nemactil y bastantes más). Frente a ellos, los Neurolépticos Sedativos, indicados en la angustia y el insomnio psicótico, apenas producirían estos efectos parkinsonianos, pero en cambio, el sueño y el atontamiento generalizado serian sus efectos secundarios fundamentales. De estos neurolépticos sedativos, los más usados junto al Sinogan son la Etumina y el Meleril, permaneciendo el Largactil como fármaco intermedio entre la búsqueda de sedación y ataque a lo delirante alucinatorio. Lo habitual en el tratamiento de un psicótico que padezca un síndrome completo de delirio, alucinaciones y angustia, según esta lógica, sería el uso de un neuroléptico incisivo junto a otro sedativo y a un antiparkinsoniano —Akineton o Artene— que limitase los tremendos efectos secundarios que, con el nombre de extrapiramidales, reproducían un parkinson que aún hoy identifica a cualquier persona que consuma estos fármacos por su andar o su cara, así como un tremendo aumento de peso. Pero, frente a esta Cura Neuroléptica, el síntoma central de la psicopatología clásica para identificar una esquizofrenia, EL DEFECTO, no era mejorado en absoluto por esos neurolépticos o de hecho aun su uso lo exacerbaba y los pacientes en cura neuroléptica parecen mas autistas, menos resonantes a los afectos y más bizarros en sus manifestaciones interpersonales que el más delirante de los psicóticos; y ahí sí que todos los fármacos diseñados para combatir esos síntomas que los modernos psicopatólogos designan como negativos han sido un absoluto fracaso: Orap, Dogmatil y tantos otros desaparecen del mercado de esas indicaciones por ineficaces. -388-

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Mayor éxito tuvo el tratamiento de las resistencias de los pacientes a tomar los psicofármacos de forma continua o lo que en la jerga profesional se llama el «no cumplimiento del tratamiento» con los llamados Neurolépticos Depot, que consisten en la práctica, en unas inyecciones mensuales que logran efectos similares a la toma de dosis medias de Haloperidol diario, y que supusieron un extraordinario instrumento disciplinario para el control de enfermos sin conciencia de enfermedad que con las clínicas retard eran de alguna forma controlables fuera el hospital, creándose en derredor un fuerte aparato de vigilancia extra-hospitalario de la locura de dudoso respeto con las normas tradicionales de la ética medica que obliga al consentimiento obligado de cualquier tratamiento. La contribución de esos neurolépticos retard a la externalización de pacientes psiquiátricos de los manicomios y la dependencia de las llamadas Reformas Psiquiátricas del uso masivo de neurolépticos, parece indudable en un doble sentido[83]. La existencia de esta camisa de fuerza bioquímica controla la supuesta peligrosidad de los pacientes que debían sufrir el internamiento manicomial por su desorden y agresividad para sí mismos y la sociedad: al sedar esos impulsos una parte importante de pacientes fueron recibidos de nuevo en familia o en instituciones más «ligeras»  que el manicomio. Por otro lado, los neurolépticos incisivos, según la teoría psicopatológica sobre estos fármacos, producían una desaferencización cerebral, una disminución de la llegada de aferencias al cerebro, que permitía de alguna forma que EL PSICÓTICO volviera a vivir en un medio rico en estímulos, ya que la necesidad de manicomio pre-neuroléptica era en parte buscar un asilo donde estas personas, con un cerebro incapaz de procesar todos los estímulos que una sociedad compleja producía, viviesen. Con las barreras protectoras neurolépticas, los psicóticos pueden vivir en la sociedad ya que el neuroléptico crea de forma artificial un medio interno tan pobre en estímulos, tan regular a pesar de lo irregular de la realidad social similar al asilo, y así —casi de forma ficticia— los locos podían volver a la sociedad. La realidad de la asistencia a un psicótico tipo no ha cambiado 83. He tratado el tema en compañía de otros autores en «La contribución de los neurolépticos retard a la reforma psiquiátrica» (Revista de la AEN).

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desde estos inicios de forma esencial  más que en la literatura de mercado neuroléptico con la llegada de las dos estrellas de la industria farmacéutica: la Zyprexa y el Risperdal. Zyprexa pertenece al laboratorio que patentó Prozac —del que tendremos ocasión de escribir—, fármaco que colocó a ese laboratorio —Lylli— con unos beneficios económicos astronómicos y que tras los éxitos en el campo del tratamiento de la depresión, desembarcó en el terreno de los neurolépticos —esquizofrenia, cronicidad y mercado cautivo constituyen una premisa ideal del afán de lucro mercantil— con un fármaco que tenia la misma virtud que el Prozac respecto a los antidepresivos clásicos: la ausencia de efectos secundarios, de ese terrible parkinsonismo o de los aún más devastadores efectos de fármacos cancerígenos como el Leponex, a cuya fórmula química se aproxima la Zyprexa. En la práctica, el fármaco se comporta como un neuroléptico sedativo que como el Sinogan tiene poco efecto sobre los síntomas de actividad psicótica delirante-alucinatoria, que en cambio es bastante bien cubierto por el Risperdal, que actuaría sobre los mismos síntomas que el Haloperidol. En conjunto, esa supuesta revolución farmacológica ha significado un escaso avance respecto a los tratamientos clásicos, y lo que sí ha supuesto es una revolución mercantil al multiplicar por treinta el precio del tratamiento estándar. Con ello el Capital Simbólico de los psiquiatras, que cuando eran médicos de manicomios o agentes de una reforma psiquiátrica poco productiva, eran tratados con displicencia por la industria farmacéutica, se ha disparado y no hay congreso, revista o viaje psiquiátrico que no sea subvencionado por una industria que tiene como vía fundamental de venta a estos agentes médicos, aunque no cabe despreciar la presión directa de familiares de enfermos que cuando no se prescriben estos fármacos nuevos: presionan al medico por que han oído de la existencia de unas medicinas mejores que el Haloperidol y «teniendo seguro a mí su precio no me importa». El porvenir parece indicar una cura neuroléptica en la que la fuerza del mercado imponga esos neurolépticos Zypexa y Risperdal, que serían la reedición de Haloperidol o Sinogan, quizá en algún caso con disminución de los efectos secundarios, pero de nuevo sin apenas efectos sobre lo que constituye el problema cen-390-

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tral de la vida del psicótico, que no es otro que la Cronicidad, que los llamados síntomas negativos QUE CODIFICAN UNA COTIDIANIDAD en torno a una vida autística y desolada sobre la que de nuevo estos neurolépticos lejos de mejorar siguen deteriorando esa afectividad defectuada.

Antidepresivos: Suponer que existan píldoras antidepresivas, supone previamente dilucidar la fenomenología de eso que llamamos depresión y que constituye uno de los términos más polisémicos, y por tanto más confusos de ese totum revolutum que mezcla psicología común y neurofisiología en unos continuos saltos de nivel descriptivo y causal de lo depresivo. Más en concreto, antes de saber si se puede actuar sobre la tristeza con una pastilla, habrá que dilucidar si la tristeza que a mí o a ti lector nos embarga cuando rompemos un amor, se nos muere alguien querido o perdemos un trabajo, es un sentimiento similar o cercano al sentimiento del depresivo. Del que dice que sin ton ni son un día que no podía levantarse de la cama, lloraba sin parar y empezó a ver toda su vida como una catástrofe de la que el era culpable y por ello a reconsiderar si lo mejor no era matarse. Ese problema de la relación —cuantitativamente, la misma pero más fuerte cuando es sin causa, o cualitativamente diferente— entre las dos  tristezas, de las dos depresiones fue resuelto por la psicopatología clásica con una respuesta negativa para la identidad, con la afirmación de la depresión endógena o reactiva. Existiría una Tectónica de los Sentimientos[84], una pertenencia de los mismos a capas más o menos profundas que clasificaría a los mismos en sentimientos vitales, psíquicos o espirituales, según perteneciesen al cuerpo, a la psique o al espíritu. La tristeza vital sería aquella que perteneciese a ese ámbito de lo corporal y sería aquel estado que tenemos durante los pródromos de las enfermedades virales caracterizado por la inhibición psicomotriz, la tristeza y el tedio, perteneciendo todo ello al endon, a lo profundo de nuestra biología (valdría decir hoy a lo genético). Lo esencial de esa tristeza es su carácter cualitativamente diferente de la tristeza 84. El término pertenece a Lersch, pero lo ha desarrollado como un concepto aceptado K. Jaspers en «Escritos Psicopatológicos» (Ed. Gredos).

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psicológica, la tristeza de la depresión endógena no sería una pena como la del duelo pero más grande, sino una especie, dicen los clásicos, de monstruo psicológico que no pertenecería al campo de la psicología y que por ello: no se parecería en nada a un fenómeno afectivo de una psique normal, sino que sería una mezcla de fenómeno físico-afectivo-cognitivo y de ahí esa falta de comunicación, de resonancia afectiva que tiene el monocorde y reiterativo diálogo con un paciente depresivo y su reflectancia al cambio en función de cualquier suceso venturoso. El interés de la distinción entre las distintas capas sentimentales consiste en que los antidepresivos están inicialmente indicados y diseñados para actuar sobre sentimientos endógenos, y su genealogía histórico-comercial consiste en un imparable avance que abarca todo el campo de los sentimientos, en donde el valor de uso de los antidepresivos es un fenómeno en el que depresión pasa a ser un término que significa todo lo que le pasa a individuos en los más variados conflictos: desde el duelo a los dolores sin causa, desde los vicios de jugadores al ascetismo anoréxico, desde la vejez al parto, todo se rotula bajo la sospecha de depresiones encubiertas y los antidepresivos pasan a ser  fármacos a consumir por toda clase de pacientes físicos, psíquicos o mas allá de personas en situación de duelo (una historia de amor desgraciada puede arreglarse desde la farmacia) o aun más allá de individuos normales a la búsqueda de una mejor vida como los llamados Usos Cosméticos del Prozac. De ahí que si uno lee textos psicofarmacológicos sobre antidepresivos se verá inundado por continuas referencias a circuitos dopaminérgicos, a metabolitos noradrenérgicos y cómo no, a una sustancia: la SEROTONINA, supuesta responsable de conductas tan separadas como la queja dolorosa sin causa física, el suicidio o el juego y la comida patológica. Esa Serotonina, supuesto mediador de conductas tan diversas que parece realizar el viejo sueño fisicalista de REDUCIR el lenguaje psicológico a la fisiología cerebral —cuando me quejo o actúo de todas esas formas estoy traduciendo un defecto de serotonina en algunos circuitos sinápticos, no debe encubrir que ninguno de esos circuitos o neuromediadores se mide o se observa directamente cuando un médico prescribe cualquier antidepresivo. De ahí que a diferencia de la toma de una medicina de ver-392-

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dad, cuando los análisis así lo indiquen o la radiología lo señale, el tomar o no tomar pastillas de los nervios y antidepresivos en particular, depende de la calidad de la queja, es decir según cómo le suene al médico ese estoy triste o el me duele, según de cuáles otras quejas se acompañe ese dolor central (dormir poco o mucho, estar más cansado por la mañana que por la noche o más en otoño que en invierno) es lo que va a decidir una indicación u otra de antidepresivos. Y por lo mismo, de nuevo al contrario que en los fármacos normales que se tomarían mientras dure la infección o de por vida si es una diabetes de evolución crónica, la evolución de esa queja subjetiva tras la toma de unas píldoras es de nuevo el criterio decoroso en la continuidad o discontinuidad de la toma de antidepresivos. Por ello, en la práctica, la razón bioquímica es inoperante en el tratamiento de las depresiones, constituyendo un mecanismo de racionalización de una práctica empírica, práctica que en la clínica real estará de nuevo orientada por un sencillo esquema de correspondencia SÍNTOMAS PREPONDERANTES-FÁRMACOS muy similar al que ya vimos en el tratamiento de los esquizofrénicos con neurolépticos. El esquema de nuevo articula los síntomas depresivos entre dos extremos caracterizados por la inhibición psicomotriz en uno de ellos y la angustia en el opuesto, quedando la tristeza como síntoma intermedio cuya mayor cercanía a lo inhibitorio la calificaría de vital, y por tanto endógena o su proximidad a la angustia la acercaría a la tristeza psíquica o neurótica. Para los síntomas de inhibición psicomotriz, que serían los más específicamente endógenos, se prescribe el antidepresivo más clásico y desde hace treinta años más utilizado: el Tofranil, que junto a derivados cercanos como el Anafranil, serían los fármacos específicos de las depresiones mayores,  donde es más probable la base física y con mayor riesgo suicida. Igual que los neurolépticos, estos antidepresivos habrían sido descubiertos de forma indirecta —en la investigación anti-infecciosa— y habrían tenido que competir con una terapia electroconvulsiva, que a diferencia de las psicosis tenía un uso menos bárbaro y por ello más efectivo. Como en los neurolépticos incisivos, estos antidepresivos con alta eficacia sobre los síntomas endógenos del fenómeno depresivo —lo más ligado al cuerpo y alejado de lo psíquico— -393-

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tienen también unos fuertes efectos secundarios consistentes en extrapiramidalismos, inquietud, sudor, aumento de peso y en muchos casos, aumento de la ansiedad con empeoramiento del riesgo suicida en las primeras semanas de uso. En el extremo opuesto de la clasificación de este esquema de uso estarían los síntomas ligados a la ansiedad depresiva, síntomas en general más cercanos a las quejas histriónicas, que fueron etiquetadas por los clásicos como depresiones neuróticas cercanas al mundo de la histeria o las neurosis, y por los modernos como Distimias en las que los fármacos de elección serían los cócteles de ansiolíticos-antidepresivos, ya mezclados en una sola pastilla, como Nobitrol, Mutabase, Martimil, que cubrirían tanto las quejas ansiosas como los estados de ánimo depresivo que lejos de la evolución cíclica de la depresión endógena harían en general cuerpo con el carácter en forma de tristeza más cercana a lo psíquico-caracterial, como a las  depresiones por «mal vivir» en que un balance situacional negativo va acompañado de una falta de valor o voluntad para cambiar la situación en un discurso del «no me gusta la vida que llevo, pero como no tengo valor para cambiarlo, una píldora me hace ir tirando», eso sí, entre quejas de depresión que duran años y años durante los que se toman este tipo de medicaciones que más que curar una enfermedad crónica cubren la vida rotulada como enfermedad. En el punto medio del esquema de uso estarían los síntomas ligados a una tristeza que a diferencia de la vital, está teñida de culpa y en la que una ansiedad más vital que las de las distimias está presente. Para esos casos el esquema de antidepresivos indicaría el uso de Triptizol o Surmontil, que también son fármacos con efectos secundarios intermedios peor tolerados que los cócteles anteriores y con producción de temblor, malestar, sueño, sudor y gordura menor que los primeros fármacos tricíclicos, pero también observables. Desde el principio, los tratamientos antidepresivos tuvieron un enorme polimorfismo que llevaron a utilizar los métodos más bizarros, desde los electrochoques que pretendían exprimir los espacios intraneuronales de serotonina para mandar esta sustancia a la sinapsis, la privación de sueño, o las terapias por luz solar, o imanes magnéticos, o uso de iones, o triptofano. El uso de fármacos no es menos polimorfo y dependiente de modas y mercados, así uno -394-

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de los grupos farmacológicos más usados, el de los Inhibidores de la Aminooxidasa o IMAOS ha desaparecido del mercado a pesar de ser uno de los grupos mas eficaces de un pequeño número de depresiones caracterizadas por la psicastenia debido a su bajo precio, mientras se introducen antiepilépticos tipo Tegretol o Depakine como equilibradores del humor fundamentalmente en los procesos maníaco depresivos, bajo el supuesto implícito de que se tratan de enfermedades físicas del lóbulo temporal con parentesco epiléptico.  El uso de iones de la familia del Carbonato de Litio (Plenur) lleva años de práctica con éxito, tanto como preventivo de los procesos cíclicos de manía-depresión, como coadyuvante de las depresiones que no mejoran o de las fases maníacas en asociación con el Haloperidol, y constituye otro de los misterios de ese empirismo psicofarmacológico que preside la razón profunda del psicofarmacologismo: funciona pero ni se sabe porqué ni cómo, aunque las hipótesis de la serotonina en sinapsis necesite aquí complicadas elucubraciones de modificaciones de potencial de membrana neuronal. En conjunto, todos estos últimos fármacos —litio y antiepilépticos— tienen un enorme número de efectos potencialmente patológicos y su uso real únicamente es recomendable en procesos muy graves, presididos por una cronicidad cíclica dura, y en su uso deben exigirse controles sanguíneos permanentes de cara a no superar niveles de concentración tóxicos, lo que los convierte a la vez en casi los únicos psicofármacos en que la dosificación no se hace a ojo de buen cubero como en el resto de los psicofármacos donde modas de macrodosis alternan con periodos de micro… como en el tamaño de las faldas. En esto llegó Prozac: los efectos secundarios de los antidepresivos limitaban su uso sobre todo en el corazón del imperio, donde los pleitos por mala práctica hacen que nadie prescriba inyectables por miedo a la posible reclamación de mala práctica, y por lo mismo el riesgo del uso de los antidepresivos clásicos se autolimitaba junto a la preponderancia de la peste que Freud llevó al nuevo mundo. Hasta que llegó un fármaco —Prozac— que siendo ligeramente menos efectivo que los antiguos antidepresivos en las depresiones endógenas, tenía la enorme ventaja para su uso, de limitar sus efectos secundarios a los diez días siguientes a su pres-395-

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cripción. Esa pequeña ventaja, como en los relatos neodarwinistas del éxito de especies con la pequeña variación de oponer el pulgar, junto a una ingente labor propangadística, transformó el campo de uso de antidepresivos, ya que la campaña propagandística fundamentalmente trató no de vender un producto sino de crear en la población un modelo antropológico humoral en el que las vivencias de bienestar-malestar dependían de un estado bioquímico. Escuchando al Prozac, la obra que mejor resume ese modelo, es el fascinado relato de un psicoanalista que ve con asombro cómo pacientes que no lograban cuidar de sí, que padecían malestares múltiples que iban de la ansiedad a la depresión, de la bulimia al descontrol de impulsos que se cronificaban por más escucha o interpretación que se les suministrase, el uso de Prozac los hacía cambiar y ser receptivos a la cura. Y de ahí como a un aprendiz de mago, al psiquiatra —hasta entonces tan impotente—, ahora armado de tal píldora, le acomete una sensación de omnipotencia que provoca una especie de furor sanandi en el gremio psiquiátrico que únicamente se detiene en el texto mencionado, ante preguntas morales del tipo ¿será ético frenar la tristeza por la muerte de un hijo al mes, o debemos esperar al trimestre para dar el Prozac respetando el duelo mínimo? Naturalmente todo ese programa de intervención farmacológica sobre los sentimientos psíquicos y reactivos son una Falsa Promesa, y el sueño de controlar nuestros humores con píldoras es hoy por hoy una utopía, sólo cumplida durante breves instantes precisamente por las drogas ilegales, que sí tienen la capacidad durante unas horas de hacernos ver la realidad cotidiana como un decorado e incluso nuestros miedos a la muerte como puertas a la percepción —que contaba Huxley del LSD—, como cualquier usuario comprueba en esos viajes al paraíso que se guardan en el bolsillo del pantalón en forma de  anfetaminas, cocaína o opiáceos. Pero, como tantas mercancías que prometen la felicidad, el número de antidepresivos crece cada mes y con pequeñas diferencias respecto a los clásicos, al olor de la sardina monetaria no hay multinacional del fármaco que no lance un nuevo antidepresivo con mil y una ventaja respecto a los anteriores en el lujoso papel en que nos lo presenta al gremio psiquiátrico. Los antidepresivos más conocidos que siguen a la rueda del Prozac son: Seroxat, que se acercaría a los fármacos con acción ansiolítica similar al  Triptizol; -396-

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Vestirán, que se acercaría a los efectos antiobsesivos del Anafranil; y Dobupal, que intentaría cubrir el espectro sintomático de Tofranil y un larguísimo etcétera que hay que examinar con una reflexión: ninguno de estos fármacos milagrosos, según un editorial de la Asociación Española de Psiquiatría Biológica, ha superado en estudios replicados la potencia antidepresiva de los clásicos — Tofranil, Anafranil—, y la desaparición de algunos fármacos como los IMAOS, eficaces según esa revisión, no tiene otra explicación mas allá del lucro económico de las compañías farmacológicas . La complementariedad entre las falsas necesidades de la población y las ofertas del mercado tienen su mejor expresión en los antidepresivos activos contra los dolores sin causa clara. Fibromialgia parece el cajón de sastre en el que se incluyen enfermedades reumáticas mal filiadas, histerias de conversión y simulaciones de dolor físico que expresan de forma figurada sus dolores de alma. Una clientela tan amplía no podía tardar en recibir un fármaco a medida, que —cómo no— los mismos laboratorios que sintetizaron Prozac se encargan de ofrecer bajo el nombre de Cymbalta, que cura  los síntomas depresivos como esos improbables dolores corporales.

Ansiolíticos o tranquilizantes : En 1952  Berger sintetiza el Meprobamato que da el pistoletazo de salida al uso de los tranquilizantes menores que se definen contra los neurolépticos por su incapacidad para producir los graves efectos extrapiramidales ya descritos, manteniendo una ansiolisis subjetiva menor pero efectiva sobre la agitación, y que rápidamente logran multiplicar su uso tanto en el campo de los síntomas psiquiátricos menores pero frecuentísimos —los Trastornos por Ansiedad— como su uso en alteraciones o quejas de trastornos del sueño, alteraciones caracteriales, contracturas musculares y prácticamente cualquier alteración que sugiera miedo, dolor o nerviosidad que suelen terminar como quejas médicas inespecíficas. Ese es precisamente el principal dato que se debe retener de la investigación de laboratorio con que se presenta y avala el uso de ansiolíticos en humanos: los ansiolíticos desinhiben en la rata cualquier conducta supresita, o lo que es lo mismo, hacen reaparecer conductas que el castigo había suprimido. -397-

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En idéntico medio de laboratorio animal, los ansiolíticos producen disminución de la agresividad inducida o espontánea con reaparición de las conductas exploratorias y de confianza en medios inductores de castigo. Nunca una descripción de laboratorio metaforiza también los efectos reales que una sustancia iba a producir  en humanos. Los ansiolíticos hacen tolerables situaciones macro y microsociales tan maltratantes para el cuerpo y el alma, situaciones tan inductoras de miedo-agresividad-inhibición en las que sin esas benditas píldoras ni dormiríamos, ni comeríamos y el temor, la ansiedad anticipatoria y la incapacidad para adaptarnos a las situaciones de ruido, hacinamiento, turnos laborales, sumisión a la autoridad, malaria familiar y un largo etcétera crearían una real epidemia de malaria urbana y enfermedades psicosomáticas. Los efectos descritos por los farmacología en los animales de laboratorio de sedación, relajación, ansiolisis y anticonvulsión no describen otra cosa que una especie de efecto distanciador respecto a la situación real que hace vivir situaciones de miedo o dolor experimental como sin importancia o permitiendo al menos dormir, comer, relajarse o aun explorar procelosos laberintos. También nosotros como las ratas de Seligman[85], gracias a los ansiolíticos podemos tolerar nuestra indefensión ante un ambiente social en el que hagamos lo que hagamos nuestros destinos se juegan en los oscuros despachos del Estado o el Capital, que decide cuántos trabajaran o dejaran de trabajar, o cuánto de esa vida tan fugaz debe ser convertida en tiempo y vendida como trabajo. De nuevo, frente a las mitologías de los relatos farmacológicos y los mecanismos de acción de los ansiolíticos sobre sistemas gabba o el metabolismo noradrenérgico, conviene conocer los sencillos esquemas mentales del psiquiatra cuando receta ansiolíticos que de nuevo repite sencillos patrones de uso empírico sin mucho que ver con el discurso bioquímico. El modelo de prescripción de ansiolíticos es muy parecido al de la prescripción de analgésicos para el dolor: si alguien se queja de 85. El concepto de Seligman de Indefensión Aprendida como conducta de abandono al poder del experimentador, se parece extraordinariamente a la Posición del Musulmán que adoptaban algunos internados en los campos nazis cuando se rendían. Me parece un concepto útil para describir la derrota actual de la población frente a la explotación del Estado-Capital.

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dolor físico y no se conoce la causa real de sus males o estos son inespecíficos se le receta una aspirina. A quien se queja de miedos sin objeto que le impiden llevar unas rutinas de normalidad o sobrellevar con paciencia los ritmos cotidianos de vida y trabajo, se le recetan ansiolíticos que si logran su efecto —aminorar el dolor o el miedo— se continúan tomando  de forma continua o intermitente, y gracias a ellos la vida se desdramatiza y todo aquello que nos parecía imposible de llevar, se lleva y se va tirando. Dentro de ese esquema de indicación práctica de ansiolíticos — úsese en caso de queja sin causa orgánica—, la decisión de recetar uno u otro entre la amplia gama de los mismos, depende del tipo de angustia que el enfermo describa. Los extremos en los que oscilará son o bien una angustia flotante que se inicia al despertar el sufriente y le acompaña todo el día sin claras subidas ni bajadas, o bien si la angustia se manifiesta en forma de ataques de pánico o de miedos ligados a objetos —Fobias—, o incluso si la angustia simplemente se manifiesta como incapacidad para desconectar del ambiente externo para ponerse a dormir. Frente al primer caso, los ansiolíticos de vida media larga —Lexatin, Tranxilium, Diazepan— estarán en la mente del psiquiatra como indicación de la ansiedad permanente o flotante frente a los ansiolíticos de vida media corta en el caso de la ansiedad en crisis  —Orfidal, Idalpren, Trankimazin o las benzodiazepinas con efectos hipnóticos: Dormicum, Rohipnol, Halcion en los insomnios de causa ansiosa—. Como habitualmente los cuadros, lejos de estar definidos de forma nítida hacia una de las dos formas extremas de ansiedad, se complican y superponen, todas las combinaciones de ansiolíticos son posibles, y como además en España se desarrolló una teoría nacional —una verdadera ciencia nacional— sobre las «neurosis como enfermedades del ánimo» por parte de López Ibor[86], el uso de antidepresivos unidos a los ansiolíticos son harto frecuentes, no siendo raros los enfermos con cuatro fármacos distintos de efectos similares recetados en plan terapia en escopeta: lanzar una perdigonada de ansiolíticos y antidepresivos para que cubran toda la sintomatología presente o posible. Los efectos secundarios en general se refieren menos a fenómenos de toxicidad y más a fenómenos de adicción y dependencia, que 86. JJ López- Ibor Aliño. «Las Depresiones» (Ed. Toray).

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ha llevado a muchos países a una legislación muy restrictiva que lleva poco menos que a precisar un carné de consumo ansiolítico controlado por varios médicos para evitar el mal uso o el desvío hacia el mercado negro de estos fármacos (en España se empieza a pedir el carné de identidad en las farmacias para su adquisición). Mi opinión personal es que los peligros de adicción a benzodiazepinas en general están sobrevalorados, como por otra parte ocurre con todas las drogas en las que las descripciones de las crisis por abstinencia —«los monos por heroína»— son descripciones muy magnificadas de unas molestias que no sobrepasan las de un gripazo, exagerado por usuarios bastante quejicas o involucrados ellos mismos en la mitología del yonkie y médicos o familiares bastante crédulos. El cuadro de abandono de benzodiazepinas, incluso tras años de uso, si se hace en condiciones de tranquilidad ambiental y lenta desescalada en dosis, raramente da problemas. En cualquier caso, los ansiolíticos de vida media-corta serian los más proclives a esos fenómenos de necesidad de aumento de dosis o fenómenos de abstinencia, y en ese sentido siempre se debe ser cauto en las tomas muy prolongadas y no discontinuas. Los fenómenos de dependencia psicológica de las benzodiazepinas son en cambio la norma en el sentido arriba descrito: condiciones de vida presididas por el deprisa-deprisa, balances afectivos negativos, malarias urbanas, son atenuadas por unas píldoras que hacen «que aunque todo siga igual, no me importe tanto»… son difíciles de abandonar porque de repente, cuando se dejan, todo el horror de lo real reaparece y en conjunto el problema social del sobreuso de psicofármacos a nivel de terapia para normales se superpone al problema del dolor: cuánto se debe aguantar y cuándo se debe calmar[87]. Si este conjunto de esquemas puede ilustrar los mecanismos de uso que presiden la práctica de las curas psicofarmacológicas, recomendamos echar un vistazo a las fichas ofrecidas por los vademécum psiquiátricos de los detalles de presentación o precio de los más usados, que podría ser útil como parte de ese manual de supervivencia de las nuevas generaciones. 87. Castilla del Pino llama Prótesis Conductual a esa necesidad de tomar de forma permanente ansiolíticos para  conseguir ir tirando

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decálogo a tener en cuenta si se precisa ayuda y se decide buscarla en un/a profesional de la psicoterapia o el asesoramiento

1) En primer lugar haz la petición a tu médico/a de cabecera de la seguridad social aclarándole lo que deseas. Es decir, no aceptes como respuesta la receta de un psicofármaco y el «vuelva usted mañana», ni la derivación a un neuropsiquiatra si no se trata de un problema físico y tú lo que crees necesitar es un espacio basado en la expresión de tus problemas y su elaboración (ya sea mediante la palabra u otras técnicas como las englobadas en lo artístico, las bioenergéticas...). Deja pues, claro, que estás buscando una relación psicoterapéutica o de asesoramiento sobre problemas, basada en la expresión y la elaboración de lo que te preocupa y hace sufrir, y que lo que quieres es que tu médico/a te envíe a un/a profesional que trabaje fundamentalmente con ese método, ya sea un/a psicólogo/a, un/a psiquiatra, un/a asesor/a..., pero con ese método. Si no te hacen caso —ojalá que sí y no es imposible, aunque, hoy por hoy, es más que difícil— o te interpretan mal y te remiten a un/a profesional que sólo te medica y te ve cada mes o con un lapso de tiempo aun más largo, o te ponen en una lista de espera interminable: ¡no desgastes tus energías enfadándote o crispándote!, pero, si te ves con fuerzas para ello —y valora antes y con mucha calma si crees tener tales fuerzas— entonces protesta, aunque sólo sea con una queja escrita, por el hecho de que la seguridad social no ofrezca espacios de psicoterapia y asesoramiento individualizados y en grupo. Valdría la pena que mucha gente hiciera tales quejas, por más breves que fueran, pero si no te ves con fuerzas: no lo hagas y no te preocupes y, en todo caso, si lo haces no le dediques mucho tiempo. No pierdas energías y sigue tu camino, pues recuerda que lo importante es intentar solucionar tu problema y encontrar apoyo profesional efectivo para ello. 2) Si finalmente te ves obligado/a a buscar un/a profesional cuya actividad es privada, la mejor forma es que sea a partir de alguien de confianza que te lo o la recomiende porque ha estado en relación psicoterapéutica o de asesoramiento con él o ella y le ha ido bien. Pero pregúntale a ese alguien de confianza qué -401-

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métodos utiliza el o la profesional, cómo eran las sesiones, con qué regularidad, cuánto le cobraba..., y todo aquello que te ayude para hacerte una idea lo más clara posible. Porque ciertamente y aunque a esa persona de tu confianza le haya ido bien y se trate, efectivamente, de un buen/a profesional, eso no significa automáticamente que a ti te vaya ir bien, cada cual somos diferentes y conectamos mejor o peor con ciertos métodos y personas. Si no conoces a nadie de confianza que te pueda facilitar esas informaciones, tendrás que arriesgarte a buscar solo/a. Entonces, ten en cuenta que la primera entrevista, que es siempre muy importante, puede ser decisiva para continuar o no con ese/a profesional. 3) En efecto, la primera entrevista, en el marco de una relación psicoterapéutica o de asesoramiento, ya sea en la red pública o en lo privado, es importantísima, y el o la profesional, si es hábil, lo sabe. Es bueno que tú también lo sepas. Vas a tener que explicar, lo más clara y concretamente que puedas, cuál es tu problema, prepárate para hacerlo antes de la entrevista, pero no te preocupes demasiado, pues, si el o la profesional es capaz, te va a ayudar a construir la demanda, es decir, la construiréis juntos. Pero ten muy en cuenta que el objetivo de la relación psicoterapéutica o de asesoramiento lo debes marcar tú, nunca el o la profesional. Lo que tú esperas solucionar, es decir, lo que quieres del espacio que abriréis, es el objetivo. Si planteas objetivos inalcanzables en el marco de una psicoterapia o asesoramiento, por ejemplo: «mi objetivo es ser feliz», el o la profesional, si es ducho/a, te lo señalará de algún modo, pero, aun corrigiéndolo o matizándolo conjuntamente con el o la profesional, siempre el objetivo lo debes marcar tú. El o la asesor/a o psicoterapeuta, si es ético/a, te dirá si ve posible ayudarte o no, en el último caso, si es un/a buen/a profesional y por lo que fuere no se ve capaz de ayudarte, te remitirá a otro/a profesional. 4) En la primera entrevista, sea en la red pública o en lo privado, además de explicar tu problema y que se explicite tu objetivo, es aconsejable preguntar al o la profesional todo aquello que, sobre la relación de ayuda que vais a iniciar, te preocupa o sientes curiosidad por saber. Hazlo sin complejos, el o la profesional, si lo es, te -402-

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lo agradecerá, pues, entre otras cosas, así no sólo tú lo o la conoces, siempre en tanto que profesional —que es lo que te interesa—, sino que el o ella también te empieza a conocer a ti. 5) Sea en la red pública o en lo privado, siempre es bueno preguntar, además de todo lo que creas conveniente, las siguientes seis cuestiones al o la profesional al que has acudido: -¿Qué modelo, es decir, que métodos, utiliza? No te conformes con una generalidad, del tipo: «soy psicoanalista» o «utilizo el modelo de terapia breve sistémica» o «ya lo irá usted viendo»... Tiene que explicarte con claridad, con palabras que entiendas, en esencia en qué consiste el modelo con el que trabaja, cuáles son sus métodos. Aquello que no se puede explicar llanamente es que no se domina. -¿Qué formación y sobretodo qué experiencia tiene? -¿Trabaja en equipo y supervisa con otros/as profesionales sus casos? El o la psicoterapeuta o asesor/a que trabaja sin supervisar su actividad no es de fiar. -¿Cuánto tiempo, más o menos, durará cada sesión? y ¿cuánto tiempo, más o menos, cree que vais a necesitar —una vez le hayas explicado tu problema y tu objetivo— para llevar a término el tratamiento? No deben satisfacerte respuestas del tipo: «ya se verá» y menos del carácter: «dependerá de lo que usted se esfuerce». Un/a buen profesional debe tener capacidad de pronóstico, una vez se ha construido la demanda, en cuanto al tiempo necesario de duración de un tratamiento, vaya a ser este breve, largo, o incluso muy largo. Obviamente no se le puede exigir una precisión matemática, pero sí una aproximación, y tampoco es exigible que sea fijado el plazo en la primeras sesiones pero sí en algún momento de la relación de ayuda. Las relaciones psicoterapéuticas o de asesoramiento sin límite de duración tienden a ser inefectivas y suelen acrecentar la creación de dependencia que de por sí tales espacios pueden generar. -¿Tiene claro el secreto profesional sobre lo que le vas a contar? -Y, en el caso de que se trate de un/a profesional privado/a, obviamente hay que preguntarle: ¿cuales son sus honorarios y con cuánto tiempo de antelación debes avisarle para aplazar una sesión sin que te la cobre? -403-

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Insistimos en que, si es un/a buen/a profesional, lejos de molestarle agradecerá estas seis preguntas, y todas aquellas que, sobre la relación de ayuda que vais a construir, le hagas en la primera entrevista, puesto que le permite, además de conoceros, clarificar la relación, o, si se prefiere llamar así: explicitar el contrato psicoterapéutico o de asesoramiento. De hecho, si es un/a buen/a profesional, es muy probable que te explique, a su modo, todas esas cuestiones sin que se las plantees, si no lo hace tú no dejes de preguntárselas. 6) Es muy recomendable que cada seis o siete sesiones le plantees al o la profesional, ya sea en la red pública o en lo privado, que deseas revisar cómo está marchando el espacio, es decir: ¿hasta dónde estás avanzando con respecto al problema que te llevó a psicoterapia o asesoramiento?, y que valoréis juntos si han surgido problemas nuevos que abordar. Esto hace más difícil la aparición de lo que se puede llamar «efecto deriva», es decir, pérdida del objetivo. 7) En el transcurso del desarrollo de la relación de ayuda es muy probable que haya momentos en que lo pases mal, es normal y lo sabes. Ese no es el termómetro para saber si avanzas, la medida te la dará el que tu problema vaya solucionándose y tu objetivo aproximándose. Pero puede también ocurrir que percibas que no avanzas, o incluso que retrocedes. Es lícito que te plantees si ello es debido a que la ayuda del o la profesional no es efectiva o si es lógico en tu proceso. Debes plantearle al o la psicoterapeuta o asesor/a tus dudas al respecto sin ambages, ya sea en la red pública o en lo privado. Si es un buen/a psicoterapeuta o asesor/a, y si efectivamente no avanzas o retrocedes porque el espacio ya no te sirve, lo convendrá contigo: todos/a los/as profesionales, que lo son realmente, saben que eso puede ocurrir por más preparados y hábiles que ellos/as sean, y que en ese momento hay que finalizar la relación de ayuda y derivar a otro/a profesional si la persona atendida lo desea o simplemente dejar abierto el espacio para otro momento futuro. Y si, sin embargo, tu no avanzar o incluso retroceder, es parte del proceso (por aquello de conectar con el problema de pleno, por ejemplo, o por otras razones), el o la profesional te lo señalará y te dará una explicación, desangustiándote en la medida de lo posi-404-

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ble, y planteará qué medidas considera que son necesarias adoptar y marcará qué plazo de tiempo aproximado él o ella cree que puede durar tu no avanzar o incluso retroceder. 8) No olvides nunca, ya sea en la red pública o en lo privado, que tú no estás buscando un/a amigo/a, sino a un/a profesional. Las relaciones psicoterapéuticas o de asesoramiento son susceptibles, como ya dijimos, de crear dependencia, eso puede y debe trabajarse y siempre hay que tenerlo en cuenta. Debes saber que la ventaja de un/a profesional es su experiencia y el que ella o el están «fuera del bosque», pero la solución a tu problema, la consecución de tu objetivo, va a ser obra tuya. El o la psicoterapeuta o asesor/a, con su escucha y su mirada desde fuera, sólo te ayuda, y, en todo caso, te guía, pero hacia el objetivo que tú deseas, jamás hacia objetivos suyos. Esto es bastante, pero tú eres quien, para bien o para mal, decides y haces. El o la profesional, si lo es, sabe todo esto y hace muy bien en situarse en que está ahí, en el espacio de relación de ayuda, ejerciendo su profesión de la que quiere vivir. Para y por esas dos razones: ejercer su profesión y vivir de ella, y por y para nada más. Y, si es un buen/a psicoterapeuta o asesor/a, intenta no olvidarlo nunca. 9) Cuando termines la relación de ayuda y sea porque tu problema se solucionó (porque lo superaste o porque aun persistiendo tienes la capacidad de verlo y afrontarlo de un modo nuevo que ya no te produce sufrimiento o que lo reduce significativamente), también te habrás conocido más a ti mismo/a y habrás aprendido un método que ahora podrás aplicarte, en ciertas nuevas situaciones, solo/a. El o la psicoterapeuta o asesor/a hábil, sabe que en cada caso socializa sus conocimientos de experto/a y busca conscientemente hacerlo con el objetivo de ser cada vez menos preciso para la persona a la que atiende. El final positivo de una relación psicoterapéutica o de asesoramiento no implica que nunca más vayas a tener problemas, recuerda que «la vida es crónica» y los problemas forman parte de ella y del crecimiento continuo, y no significa que no vayas a desear y precisar nunca más un espacio de ayuda, lo importante, si las cosas fueron bien, es que los problemas sean nuevos o/y en un plano diferente —vale decir, superior en tu crecimiento como ser -405-

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humano/a—, es decir, lo importante es que no caigas en la repetición y su más de lo mismo. 10) Las reflexiones de este decálogo, que esperamos te sea útil, sirven, en nuestra opinión, para cualquier modelo que elijas de psicoterapia o asesoramiento sobre problemas, ya sea en la red pública o en lo privado. No hay ninguna razón que se pueda aducir desde las existentes teorías psicoterapéuticas o de resolución de problemas humanos, para que un/a profesional no tenga en cuenta las reflexiones que aquí se recogen, o para que no conteste a las preguntas que se plantea hay que hacerle. No tener todo esto en cuenta y la no respuesta, sólo puede provenir de razones personales, no profesionales, y de estar trabajando con modelos del tipo «discursear sobre el discurso del otro», «del buen/a samaritano/a», o de «gurú» y similares, y, por tanto, no se trataría de modelos psicoterapéuticos o de asesoramiento sobre problemas. Antipsiquiatría y Contrapsicología. Invierno de 2004.

aspectos legales del internamiento psiquiátrico

Antes de entrar a dar un breve repaso por el meollo regulador de las leyes relacionadas con el internamiento, hay que dejar claro que este es el más alto de los grados represivos de la institución psiquiátrica. Cuando una persona está sometida a un encierro que coarta su libertad de movimientos, se encuentra en la mayor situación de indefensión posible. Lo cual implica que el internamiento sea una realidad a evitar siempre que se pueda, por lo que hay que considerarlo una amenaza a tener en cuenta desde el primer momento en el que tomamos contacto con el sistema de salud mental. Como se verá en los siguientes párrafos, la orden de internamiento puede, con cierta facilidad, fundamentarse en juicios totalmente subjetivos (de hecho toda la institución psiquiátrica se basa en estos mucho más que en consideraciones objetivas, por mucho biologicismo al que apelen sus afirmaciones), por lo que se hace necesario conocer sus mecanismos de funcionamiento y los peligros que entraña. -406-

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Queremos insistir en lo importante que es estar acompañado en el caso de acudir a las instituciones médicas públicas, tanto si se va de urgencias como por derivación del médico general, siempre es positivo ir acompañado por una persona (o más) de confianza, que esté al corriente de nuestra situación y que llegado el momento pueda hablar con el psiquiatra para demostrar la existencia de un apoyo cercano y sólido para con el paciente. A menudo se dará el caso de que esta persona no pueda ser de nuestra familia (lo que sin duda constituye el caso ideal, ya que para los médicos la garantía familiar es la más convincente), y que de hecho nuestra propia familia sea un escollo más con el que enfrentarse. Cuando un psiquiatrizado se encuentra frente a esta doble barrera institucional (la psiquiátrica y la familiar), es aún más necesaria si cabe la existencia de esas personas cercanas que puedan servir para calmar los ánimos y echar un cable a la persona en tratamiento. Aquí no sólo sirven para evidenciar a las autoridades médicas el apoyo antes mencionado, sino que son cruciales para afrontar los habituales desconciertos e ignorancias de las familias afectadas. De esta manera el riesgo de que la familia dé su apoyo a decisiones médicas drásticas se ve minimizado. Aunque a alguien le pudiera parecer fuera de lugar, creemos que está bien hacer una pequeña reflexión sobre un asunto puramente estético. En el gueto político anticapitalista hay una fuerte dominante estética que conviene dejar en casa cuando nos dirigimos a la consulta de un psiquiatra, por más que les pueda joder a los puristas y a los entusiastas empedernidos de la irreductibilidad individual, cuando nos adentramos en un hospital estamos pisando territorio enemigo y nuestro aspecto pasa a ser un factor estratégico. Es importante no dar pie a interpretaciones por parte del personal médico: hay que saber interpretar el papel al que estamos jugando (en cierta medida esta es una situación análoga a la de testificar a favor de un compañero en un juicio: superada la repulsa inicial a participar en él, de lo que se trata es de ser todo lo convincente que se pueda y favorecer lo más posible a nuestro colega, aunque eso implique ponernos camisa y quitarnos los pendientes). Otro punto para evitar el encierro es (en la medida de lo posible) evitar el tema suicidio con los médicos. No es conveniente hablar sobre ello en el caso de que la persona que acude al centro no tema por su vida. Son muchas las ocasiones en las que quitarse de en medio puede pasar por nuestras cabezas, es una idea que suele -407-

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estar asociada a pensamientos obsesivos o alucinaciones, pero eso por sí mismo no quiere decir que siempre sea una posibilidad real. Si uno tiene claro que no se va a suicidar y que su integridad física no corre peligro, no hay que darle conversación al psiquiatra sobre el asunto, hay que dejar claro nuestra negativa a quitarnos la vida. Esto facilitará el que no se plantee el encierro como medida preventiva, y se centre en la medicación.  A diferencia de otros países que disponen de legislación específica, en el estado español el internamiento psiquiátrico queda regulado por leyes ordinarias (algo que se decidió con la intención de «normalizar» los derechos de los sujetos afectados por enfermedades mentales). La privación de libertad y la obligatoriedad de un tratamiento médico sólo pueden tener lugar al amparo de una decisión judicial, y esta debe tener en cuenta en todo momento los contenidos de los diferentes tratados y convenios concernientes a los derechos humanos que han sido ratificados por el estado español desde la constitución del 1978. De esta manera quedan definidos cinco puntos esenciales a los que el juez deberá atenerse en todo momento:   1)  El internamiento se contempla como una medida excepcional. 2) Se considera la patología mental como un hecho susceptible de evolucionar debido a los avances científicos y a los cambios actitudinales de la propia población. 3)  El internamiento durará tan sólo mientras exista la patología que lo ocasionó. 4)   El control judicial que debe regir los ingresos involuntarios implica la posibilidad de que el paciente se pueda hacer oír, que sea informado de las condiciones del internamiento, y que la decisión judicial se tome en un plazo lo más breve posible. 5)  La restricción de la libertad de la persona encerrada debe circunscribirse de manera exclusiva a la situación psicopatológica y el encuadre terapéutico. Junto a este tipo de encierro involuntario existe el ingreso voluntario. Este sólo puede tener lugar cuando el paciente está en capacidad de tomar la decisión por sus propios medios. Al respecto hay que hacer dos matizaciones: la primera es que la aceptación -408-

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voluntaria del ingreso (y en consecuencia, de las medidas terapéuticas establecidas y las normas de la unidad) debería realizarse por escrito; y la segunda, que en el caso de que en el ingreso se hubieran dado presiones, engaños o errores por parte de los responsables, se les puede acusar de delito apelando al artículo 163 del Código Penal. También hay que tener en cuenta que un ingreso voluntario corre el riesgo de convertirse en involuntario si las autoridades médicas alegasen que la evolución del enfermo así lo aconseja. En todo caso, en ambas modalidades de ingreso deben mantenerse intactos los derechos del paciente, quedando penadas sus violaciones, entre las que las más habituales (por desgracia) han sido existencia de habitaciones de aislamiento, la utilización laboral del enfermo y el uso de castigos para modificar su conducta. Desde la reforma del Código Civil de 1983, el juez se convierte en el garante de los derechos fundamentales de la persona, transformando la tutela de familia en lo que se vino a llamar tutela de Autoridad. La tutela deja de ser prerrogativa exclusiva de médicos y familiares, en vías de proteger la libertad y el patrimonio de los presuntos incapaces (esta es la obtusa lógica del estado: la libertad se protege restringiéndola... queda claro que no vamos a entrar en valoraciones, y que este texto pretende aclarar el carácter legal del internamiento más que juzgar sus deficiencias e injusticias). Bajo esta óptica, el ordenamiento jurídico se permite afirmar que el juez no ordena el internamiento, sino que lo autoriza. Por esto, el artículo 211 del Código Civil de 1983 establece que:   1)  «El internamiento de un presunto incapaz requerirá la previa autorización judicial, salvo que por razones de urgencia hiciesen necesaria la inmediata adopción de tal medida, de la que se dará cuenta al Juez, dentro del plazo de 24 horas». 2)  «El Juez, tras examinar a la persona y oír el dictamen de un facultativo por él designado, concederá o denegará la autorización y pondrá los hechos en conocimiento del Ministerio Fiscal, a los efectos previstos por el artículo 203». Este artículo alude a que «el Ministerio Fiscal deberá promover la declaración de incapacidad, en el caso de que el cónyuge o descendientes, ascendientes o hermanos no lo hubieran solicitado (...) El Juez, de oficio, recabará información sobre la necesidad de proseguir el internamiento, -409-

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cuando lo crea pertinente, y en todo caso cada seis meses, (...) y acordará lo procedente sobre la continuidad o no del internamiento». 3)  «Un internamiento, que no cumpla los requerimientos expresados, podrá dar lugar a un procedimiento de habeas corpus o a la depuración de responsabilidades criminales por posible detención ilegal». El habeas corpus designa el derecho de los ciudadanos a pasar a disposición del juez dentro de un plazo límite después de su detención, para que este decida la procedencia o improcedencia de la misma.   Partiendo de la tendenciosa definición que establece el encierro como una medida terapéutica, la decisión última que lo avala concierne al especialista, al médico. No puede darse el caso de que un juez impusiera un internamiento contraindicado clínicamente (esta imposibilidad jurídica tampoco tiene sentido bajo la perfecta conveniencia con la que normalmente funcionan médicos y magistrados). Así pues, la principal condición del ingreso involuntario es la existencia documentada de una indicación médica. Esta debe tener en cuenta dos factores fundamentales: los síntomas psiquiátricos y una situación que justifique la necesidad del internamiento. La solicitud de este puede realizarla la familia, el representante legal del enfermo (en el caso de estar incapacitado legalmente o ser un menor), el Ministerio Fiscal o la policía. Se parte del supuesto de que el individuo afectado está en una situación psicopatológica que le impide tomar una decisión por sí mismo, y por lo tanto no puede ejercer los derechos que como ciudadano le permitirían estar informado y aceptar o rechazar consecuentemente las indicaciones médicas. En el caso específico en el que el sujeto sea un menor de edad, no será suficiente con la autorización de los progenitores o de quien detentase la patria potestad, sino que la autorización judicial se deberá acompañar de un informe de los servicios de asistencia al menor (además, el centro elegido deberá ser adecuado a la edad del paciente y los ingresos de larga duración son contemplados como recursos excepcionales). 

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contribución desde radio nikosia.

«Nikosia es la última ciudad dividida. Por murallas, ideas, religiones y un supuesto abísmo cultural. Creemos que, de una u otra manera, todos llevamos cierta Nikosia dentro de la geografía del cuerpo y la mente. Alguien separó en dos a Nikosia, pero nosotros viajamos constantemente a un lado y a otro de esa frontera. Y desde este dualísmo, desde este vaivén, vamos a contar aquí nuestra historia; que es tan real y legítima como cualquier otra.» Radio Nikosia es quizás la primera emisora en España que transmite desde la llamada locura. Se trata de un grupo de personas que sobrellevamos el diagnóstico de distintas problemáticas mentales, y buscamos comunicar y comunicarnos a través de las ondas radiales como una estrategia en pos de de-construir las bases del propio sufrimiento. Somos entre quince y veinticinco personas, a veces más, que nos reunimos para darle forma a ese intento de hablar de la locura desde la voz que la sufre, para soltarse a esa posibilidad de hacer un tipo de política de subsuelo, cierta militancia desde el margen, que, en definitiva, aquí se reinventa como una suerte de catársis que abre nuevas puertas. Radio Nikosia increpa a la locura, la cuestiona, se refugia en ella, la expulsa, la redefine, la ubica en el lugar de lo normal, la abraza, convive con ella y su vaivén; la padece. Nikosia es comunicación, intervención, acción y complicidad. 

la normalidad Por Pau Vidal Orinal

Cuando tus padres te fabrican en una noche fogosa de verano después de que el equipo de sus entretelas haya ganado la liga, esperan sobretodo que no les salgas rana. Esperan que les salgas normalito. Lo más normalito posible. Esperan que, como suele decirse, llegues con un pan debajo del brazo y que no les des demasiados problemas ni quebraderos de cabeza. Que seas como ellos -411-

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esperan que seas. Pero algunos cuando somos expulsados del pecho materno no podemos o no sabemos amoldarnos al patrón de normalidad que se espera de nosotros. Somos los raritos. Los hipersensibles. Los futuros esquizofrénicos… Cuando somos enanillos y vamos al colegio por primera vez a recitar ríos de España y a juntar la «l» con la «o», la «c» con la «u» y la «r» con la «a», ya nos damos cuenta de que somos diferentes. Algo en nuestro subconsciente nos dice que acabaremos sucumbiendo a la locura de un mundo loco, loco, loco, como reza el título de la película de Mel Brooks. En nuestra bata de colegio en lugar de llevar inscrito nuestro nombre con hilo dorado bordado por nuestra madre, llevamos inscrito que somos unos raritos, unos hipersensibles, unos futuros esquizofrénicos… Ante la franca hostilidad del «mundo real patético» y lejos del deseable «mundo real poético», vamos creciendo a trancas y barrancas, con la rara sensación de no poder ser nunca nosotros mismos, sintiéndonos culpables por tener que actuar para amoldarnos a lo que la sociedad espera de nosotros. Nos convertimos en actores, sí… pero en actores del lado oscuro, en actores perdedores, en actores frágiles, en actores mudos... Siendo aun niños vulnerables observamos que a la sociedad lo único que le importa es la depredación, el pillaje y el medro. Y tenemos claro que eso a nosotros no nos va. Aparentamos una normalidad absoluta en todos nuestros comportamientos, pero interiormente sabemos que somos diferentes, que nunca seremos depredadores, que no nos comportaremos nunca como autómatas ni verdugos. Nos metemos en nuestro caparazón y nos convertimos en seres autistas. Salvaguardamos lo que hay en nosotros de más inocente y tratamos de sobrevivir como podemos en la jungla, buscando desesperadamente almas gemelas con las que poder  compartir el dolor de vivir en un mundo realmente doloroso y no cejamos en el empeño de llegar a ser algún día nosotros mismos. Buscamos incansables nuestra propia originalidad, nuestra propia personalidad. Pero el mundo es duro. Teje telas de araña de las que es difícil -412-

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escapar… Y si tienes alma gregaria acabarás por sucumbir y acabarás actuando como todos esperan que actúes, sumándote al engranaje. Si por el contrario tienes el alma rebelde, perfeccionista y poética, es probable que acabes por padecer un brote psicótico. Es casi inevitable… Te escindirás y te inventarás un personaje con el que no vivir en el mundo real patético. Huirás despavorido de ese mundo…. Un mundo, que como siempre dice mi amigo Ignasi Sangenís, es una tómbola, tómbola, tómbola. Un mundo en el que lo único importante es, al parecer, después de pasar por el correccional educativo del que todos salimos como ovejas clónicas sin criterio, despersonalizados y mansos, integrarnos en el mundo real. Mundo real que se apoya básicamente en la tríada mágica consistente en tener trabajo, tener pareja y tener auto. Un trabajo con el que ganar un pastón aunque sea  a base de dar codazos y de pisar a la gente, una pareja con la que tener hijos (para que no digan de ti que eres un solterón o que te quedas para vestir santos) y un coche último modelo como el que anuncian por la tele para tener el prestigio consolidado en tu vecindad. Y cuando ya tengas estas tres cosas: trabajo, pareja y auto, habrás entrado por derecho propio en la galaxia de los normales, en la secta de la normalidad. Ya nadie te podrá acusar de ser un perfecto subnormal. Ya podrás morirte en paz en vida. La sociedad es una pirámide que en su vértice mas alto está llena de idiotas, de serviles lameculos que solo buscan poder. Los que estamos en las cloacas nos hemos apartado de eso. Somos lo más rastrero, los papanatas que no saben imponer su ley, los flojeras que van con el lirio en la mano, los pobres infelices, los incompetentes en las cosas que «importan de verdad»… Nos merecemos que nos digan lo que nos dicen que somos. Unos psicópatas anormales. Unos esquizofrénicos de mierda a los que hay que drogar para que no descubran el pastel.

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la experiencia nikosiana Víctor García Todrà

Radio Nikosia. Pasemos de lo psiquiátrico a lo social. Lo psiquiátrico no sólo es cuestión de control psiquiátrico, fármacos, terapias controladas, encierros obligatorios, electroshocks, etc. Es la convicción de que nuestros pensamientos tienen que abrir las «definiciones válidas» de la gente, desacotando lo que es normal y lo que no lo es. Salgamos de los egoísmos: lo que nos pasa a nosotros le puede pasar a muchas otras personas. Pero, nosotros, los máximos afectados, poco a poco tenemos y tendremos medios propios de transformar en positivo (crear, comunicar, compartir y desdramatizar) todo lo que desde las estructuras de poder se aparta, se deja aparte por absurdo, peligroso e inapropiado. A veces sentimos a nuestro psiquiatra y a nuestro psicólogo como nuestros aliados. A veces la vida entera (incluidos ellos) nos parece una sentencia que raramente podemos quitarnos de encima. No podemos negar que a veces nuestros pensamientos nos llevan a un abismo. La soluciones químicas no tienen que ser la SOLUCIÓN. No son más que un parche. No hay que cortar de raíz, ni «matar» el problema por la vía rápida. La existencia de un sistema socio-sanitario en Catalunya no quiere decir que sólo los profesionales de la salud mental tengan que ser nuestros abogados. Si a un enfermo se le quita la poca confianza que tiene en sí mismo, todo será legal, pero no habremos solucionado nada. El enfermo tiene que sacar lo mejor de sí mismo. ¡Y nos tienen que escuchar! Ni nadie tiene que hacerse la víctima, ni nadie tiene que callar nuestra voz. Radio Nikosia nos da voz. Con el tiempo, además de voz, queremos tener voto en todo lo que nos concierne. Como dice el refrán, la experiencia es la madre de la ciencia.

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antipsiquiatría y comprensión de la enfermedad mental Dolores Ódena

El movimiento de la antipsiquiatría dio respuesta a los problemas de salud mental en los años posteriores a la segunda Guerra Mundial y después a partir de los años sesenta. Realmente existe un conflicto social que hace que la persona quede marcada consigo misma y no pueda o no tenga la capacidad de resolver. O aunque queriendo, le sea negado el poder o la posibilidad de resolver este conflicto social. En nuestro país desarrollado la sociedad ataca mucho a las personas, especialmente las mujeres, y las presiona con sus cánones que hay que seguir: estudiar, trabajar, casarse, tener hijos y darles de todo, ir de vacaciones, comprar una vivienda, jubilarse y ser eternamente joven; además de consumir constantemente. Estos roles adjudicados socialmente que se han de llevar a cabo con el menor esfuerzo y sin queja, provocan en la personas un vivir en constante presión. El que no va pasando por esas fases se queda descolgado de la sociedad consumista e industrializada. Y así empiezan las crisis de identidad, la ruptura con la familia, con el trabajo y con el entorno más inmediato. Y yo me pregunto ¿Qué hacemos con estas personas que no son generalmente agresivas y la gran mayoría no tienen delitos en sus espaldas? ¿Por qué la sociedad nos concibe como personas violentas cuando eso no es cierto? Las personas con problemas de salud mental, somos generalmente pacíficos, buena gente y nos creemos que la psiquiatría nos va a resolver los problemas.... pero, ¡eso no es así! La voz del enfermo esta censurada, no se le escucha, no se le da alternativas reales para resolver su conflicto. Al contrario. Se le niega un futuro en la sociedad y se le encasilla en un estatus de enfermo del que nunca saldrá y en donde algunos lo respetarán desde la postura de lástima (¡pobrecito!), y le ofrecerán ayuda. Incluso las familias nos rechazan y se avergüenzan de nosotros, nos machacan con el olvido o la indiferencia por habernos quedado atrás en la lucha de esta sociedad competitiva, sin entender que nosotros, los enfermos, tenemos un conflicto no resuelto, que muchas veces proviene desde la infancia. -415-

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A mí, personalmente siempre me ha interesado y ayudado mucho, la lucha por nosotros mismos. Creo que el movimiento antipsiquiátrico debería resurgir, junto a la voz del enfermo. Eso, facilitaría que el sufrimiento se mitigara y que la integración fuera un hecho real. Y, aunque sean escasos, los recursos sociales existentes, estos, también nos ayudan. Yo vivo en una llar amb suport (casa con soporte) o «piso asistido» y dispongo de una ayuda económica. Sin esto me vería abocada a una situación de abandono e indigencia total. La aventura de Radio Nikosia es para todos los nikosianos una ventada al exterior y desde el exterior al interior de nuestra piel. Esta ventana, a vosotros los que leáis esto, también está abierta a vosotros. Nos podéis encontrar en www.radionikosia.org.

poder. peligro.

—experiencias— así empezó todo Alberto.

Hola a todos: Soy Gen, “El Genio”, y voy a compartir con vosotros mis experiencias internas y especiales cambios en mi conducta y forma de vivir, como unas pocas de tantas que intentaré sean hoy unas pequeñas informaciones que os ayuden en algún caso. Así empezó todo: Empiezo a creer que todos los estados naturales me protegen, pero lo único es que me dejo atrapar por ellos como hipnotizado por sus bellas noblezas y quiero también yo protegerlos más que a mi mismo. Anticipo y preveo hechos por ocurrir, que primero no me creo pero después ocurren. Me doy cuenta de mi propio delirio o locura. Ando por Barcelona y todo a mi alrededor se para. El tiempo, el movimiento de las personas termina, toda la energía se paraliza, e incluso la mecánica circulatoria y móvil de nuestros transportes se estanca. Soy un ser en otro mundo, pienso, o estoy muerto ahora, porque soy el único -416-

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que puede seguir su camino. Creer que mi pensamiento es escuchado por las otras mentes, obligándome a no querer ni poder pensar. En la soledad de mi hogar, rodeado de barreras de intimidad, creo que mis movimientos no son míos, sino dirigidos por todos, obligados, igual que yo, a ser maquinarias del control desconocido, temiendo también ellos que si salgo del gran eslabón ellos se descontrolarán y no sabrán seguir. Escucho voces de todo tipo, naturales y sobrenaturales, extraños sonidos me hacen mover la cabeza y así querer desprenderme de ellos, pero ni con eso puedo dejar de oírlos. Empiezo a ver que las imágenes plasmadas de todo tipo en su quietud empiezan a moverse y muchas parecen querer comunicarse conmigo. Queriendo poder escapar calmando mi estado, utilizo sustancias que provocan más aún un estado de vigilia, y así no saber descansar, causándome agotamiento y estrés. Mis sentimientos parecen dividirse: amo, odio, deseo, rechazo, vida, muerte, bien, mal... así continuamente se dividen, ya divididos, desde siempre emociones contrarias, pero que antes en mí eran una sola u otra. Los estados de ánimo cambian como el tiempo, o con él. A veces siento alegría, otras pena. Gracias y buenas tardes.

el revés del tapiz de la locura José Luis González

Utilicemos el título como metáfora, el revés del tapiz de la locura, todo el mundo sabe lo que es un tapiz, una tela más o menos gruesa que zurcida por hilos forma un dibujo y se cuelga de la pared. Si nos fijamos, la parte de delante, la expuesta, nos muestra el dibujo que se quiere enseñar, llamémosle el real, pero en el revés los hilos que se cruzan forman otro dibujo. Es parecido pero no es igual. Es -417-

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como una distorsión del de delante, es su versión surrealista, la irreal. Pero mientras que la expuesta se ensucia, atrae el polvo y se tiene que limpiar, la parte oculta, el revés, permanece impoluto, no se ensucia, no varía. Apliquemos al dibujo real el término «cordura», y al otro, al irreal «locura». A menudo se añade al término «genialidad» la palabra «locura». Un «loco genial». Hay muchos ejemplos: Mozart, Dalí.... A mi entender, esta palabra es un simple reflejo colectivo de envidia subconsciente que se genera hacia alguien que logra salir de la vulgaridad. Dalí, por ejemplo, si aún hoy viviera, podría cagarse en medio del Paseo de Gracia a plena luz del día y nadie le diría nada. Es más, seguro que vendría alguien detrás y le recogería la mierda entre exclamaciones «tengo una mierda de Dalí» ¿Quién es el loco de los dos? O quizás lo sea un tercero, el que más puje por el furullo en una subasta a través de internet que ha decidido organizar el segundo que recogió la mierda en la calle ¿Cuál es la locura en su término real? Quizás la locura sea un hecho en general, cada uno tiene su dosis particular y ya está. Pasemos a otra locura, el interés político-económico: la locura hijoputa, la denominaría yo, no entendiéndose el término como un insulto personal hacia la madre. Ejemplos más cercanos los hay, pero vayamos al más claro y elocuente a nivel general: Bush. Un cobarde parapetado tras un inmenso búnker construido de carne humana. Un muñeco de quienes han financiado su campaña de ascenso al poder, las petroleras, las fábricas de armamento —incluso las soterradas como Hewlett-Packard, que se dedica a la informática pero fabrica los componentes de las guía de los misiles de alta precisión (lo más caro de un misil)—, las compañías que inundan la atmósfera de CO2.... este personaje capaz de declarar guerras con mentiras para servir en bandeja el petróleo a las petroleras de su país, gastar cantidades ingentes de dinero en armamento a cargo del salario público, vetar las cumbres de Kyoto para que sus fábricas no se gasten ni un dólar en depurar los venenos que vierten al aire, y lo que es más grave, mandar a sus compatriotas a morir en una guerra slo por su interés políticoeconómico y el de sus sustentores que ya lo tienen todo, pero aun quieren más, esos tíos que duermen sin remordimientos y en paz, y se justifican alegando que todo es un deber para con la patria, un deber moral. Matar y morir para su beneficio personal, mientras no sean ellos, lo consideran un deber moral. Pero es un presidente -418-

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democráticamente elegido, con los votos de sus ciudadanos, en este caso ¿la locura donde está? Queda en el aire. Vayamos a otra locura, la religiosa. Prescindamos de las guerras y conflictos que acarrea y centrémonos en el final ¿Qué nos ofrecen en nuestro final? La católica, por empezar, si eres malo el infierno, quemarse eternamente. El sadismo total, arder sin final. Y, si eres bueno el cielo, sin sexo, sin parques de atracciones, sin play station, sin televisión y encima la comida te viene en forma de «maná». Nada que hacer en todo el día, tumbado a la sombra de un árbol viendo los borreguitos pasar... y así, toda la eternidad. Llegas allí, lo piensas y lo primero que piensas es en suicidarte. Pero, como estás en el cielo, eso es imposible. ¡¡¡¡Joder con las dos opciones!!! Los mahometanos tienen más o menos lo mismo, pero por lo menos en el paraíso de Alá se puede follar. En cuanto a los budistas, la reencarnación, más sugerente, pero también con sus defectos… te puedes reencarnar en ser humano o en animal. A mi no me gustaría reencarnarme durante siete siglos en lombriz o en cerdo de granja destinado a ser cebado y sacrificado para alimentar. Y si crees en la reencarnación y en la posibilidad de volver a ser un ser humano, coño, trabaja en esta vida para que cuando vuelvas te lo encuentres todo mejor. Pero no, los monjes budistas se dedican a la meditación, a la contemplación y a esperar, comiendo arroz, a la próxima vida. En resumen, ná. Y esto es lo que nos ofrecen las tres religiones más seguidas del planeta. ¿No hay en esto locura general? El mundo normal tiene guerras, egoísmo, vanidad, capitalismo, paro, pobreza, globalización y multitud de defectos más. Y la pregunta es ¿nos interesa a nosotros pertenecer a esa supuesta normalidad? En todo caso, desde nuestro estado de discriminación no nos consideramos cómplices ni activos ni pasivos de lo que ocurre y pasa a nivel mundial, que añadiré, a título personal, que a mí, no me parece que pueda considerarse u otorgarse el término de normal. Personalmente, ¡viva nuestra locura! Quizás, sea una cosa a reivindicar.

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hoy hablaremos en libertad sobre la comunicación y la salud Gracia.

El conjunto de la humanidad está compuesto por la suma, uno a uno, del total de los primates homo sapiens vivos, durante el periodo limitado por sus sentidos, tiempo y espacio, llamado Vida. Dado que cada individuo es diferente, siente diferente, piensa diferente... su existencia es diferente y única, propia. Socialmente organizado, para su supervivencia, hoy en día unas elites condicionan, limitan y alienan al individuo a su antojo para su enriquecimiento y satisfacer su ansia de poder. Así, el individuo que en libertad desarrollaría su potencial siendo lo que pudiera ser, sometido a las reglas del sistema de poder, controlado por los correctos valores morales acatados por una mayoría conformista, abandona su yo, suprime su pensamiento crítico, poseído por la necesidad de aprobación. Adaptación. Transformándose en un ser exactamente idéntico al todo el mundo, tal y como los demás esperan que él sea, y viviendo en esta sociedad autoritaria, represiva y explotadora, con este modelo económico desarrollado y competitivo, basado en la desigualdad y la propiedad, donde la necesidad de ser perfecto es cada vez más grande y las expectativas de aislamiento y soledad son cada vez mayores. Esto, cada vez más se traduce en una conexión directa entre economía y psiquiatría. Los psiquiatras aceptan como un supuesto indiscutible la estructura de su propia sociedad, juzgan nuestra salud según la eficiencia socioeconómica. Cuando en la vida acabas enfrentándote con la tradición social de la razón establecida y el orden real, eres considerado persona insana y peligrosa; un atentado contra el equilibrio público, un delincuente social por atentar contra lo real, lo racional y visto como un ser abocado para siempre al descontrol y a la inestabilidad. Por ello, la sociedad consensúa que la psiquiatría posee la receta razón, iluminada por la ciencia y la fe, contra la enfermedad mental. Contra quien muestra síntomas de rabia, frustración y rebeldía ante una vida insoportable, los adiestradores de mentes, legitimados por el abandono social, utilizan indiscriminadamente -420-

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medios y medidas todas ellas coercitivas con el único fin de anular la capacidad de pensar y de decidir del individuo. Con absoluta impunidad practican el encierro indiscriminado, la medicalización salvaje, lobotomía, electrochock... todo vale... reprimiendo los síntomas, dejando intocables las causas... recaídas y cronificaciones hasta crear personas dependientes, inseguras y acomplejadas. ¿Este es el precio a pagar por nuestra capacidad de pensar? Nos debemos como individuos a recuperar la cohesión social y la libertad. La libertad de fallar, reivindicar la necesaria comunicación entre nosotros mismos como humanos, la solidaridad entre vecinos, la autentica alegría, el bienestar y la libertad incluso de pensar como individuos libres, con heroicidad y genialidad. Ante el sufrimiento y la enfermedad no hay alternativa. El único mensaje que os puedo transmitir es, desde el bienestar psíquico y físico, encontrar la sensación general de potencia física, capacidad de ideación y receptividad, interpretar los hechos humanos hacia la libertad. ¿Sabéis que esta sociedad competitiva ha causado en Escandinavia que el 40% de la población sea tributaria de tratamiento psiquiátrico por depresión, ansiedad, psicosis, dependencias de drogas, alcohol, etc? Porque del actual trato nada hemos aprendido, nada sabemos, nada comprendemos, nada vendemos, no ayuda y no olvidaremos. Vivir en libertad es un arte activo, desarrollado por el ser humano, cuyo conocimiento da un sentido útil a la vida hacia el futuro. Así que, como Nietzsche, cojamos los martillos y derribemos los muros de la ignorancia, para la libertad. Salud y anarquía.   «La locura no es enfermedad. Esta sociedad es la que nos enferma» «La libertad es terapéutica, la psiquiatría cronicidad y muerte».  

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salud mental David Campos  

Desde la utopía de la cura Desde la esperanza del beneplácito, de la redención, Desde la sumisión al alivio una cadena rígida estira de mis genitales, desmembrando cada parte minúscula de mi aparato, Una cadena firme en su absurdo, disfrazada de caricia, disfrazada de consuelo, disfrazada de remedio, inmovilizándome la sangre hasta la descomposición, alterándome y exponiéndome ante la mirada ajena, ante la sonrisa impropia, que cercena mis pequeñas libertades, mi recóndita sucesión de procesos introspectivos. Una cadena que estira con ímpetu y que reside su origen en las instituciones, desde el hombre aquel uniformado de blanco que pone orden con sus inyecciones y camisas de fuerza que estructura supuestas patologías de mentiras desde el origen que estructura diferencias internando que estructura diferencias etiquetando Sabiendo que a la mayoría no le queda nombre. Una cadena putrefacta en la que se acentúa el dolor, marcado como eterno por el desconocimiento de los atrevidos y sus soluciones inmediatas que complacen al sistema, haciendo daño, que no cambiará por unos cientos, o unos cientos de miles, castrados, despersonalizados, deshumanizados Una cadena desde la utopía de la salvación que es algo que está en el inconsciente colectivo -422-

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arraigado como un silencio, o como aquel beso tardío, que nunca llega, o una prematura muerte, y está en la verdad de los más allegados también que forjaron la cadena sucia pensando que era de barro o de tierra Desde la mentira del cuidado

desde la mentira del cuidado.  a todos ellos Princesa Inca

(Se puede dedicar un libro, un poema, una sonrisa, también se pueden dedicar el dolor, la vida, el sueño, la locura... Yo quiero dedicar el mundo a algunos y a mí misma, a lo que nunca dedica nadie)   A los que se quedaron dormidos en el nunca, A los que sueñan sus verdades y se las niegan, A los que tienen mucho miedo, y lloran por cualquier cosa y se ocultan la cara de vergüenza   A los tímidos, a los solos, a los raros, a los que dudan y dudan Y les llaman inmaduros, débiles,   A los que duermen en la fría cama del psiquiátrico, A las madres que cogen la mano de su hijo ingresado, os digo que no nos vendan verdades, que la verdad no existe, -423-

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la verdad y la razón son creaciones del hombre para doler, para medir.   Hay que luchar contra el silencio y la ignorancia. No somos enfermos Quien tiene la verdad absoluta, la realidad absoluta, que la muestre, que la enseñe si puede, es mentira, mentira, no existe.   A los que llevan cicatrices de haberse rajado las venas, A los que consiguieron no rajárselas, A los que les paraliza la angustia, les paraliza para ser, amar, soñar   A los que llaman vagos, idiotas, locos, débiles   No escuchéis la voz de los que viven sólo para tener   A los que, la ansiedad les hace fumar dos paquetes diarios, A los que no son sociables, ni aptos, ni lúcidos, ni extrovertidos, ni empáticos, ni asertivos, ni normales   A los que nunca superaran un test psicotécnico, A los que llevan medicación en el bolso y el monedero  vacío, A los que ahora están atados a una cama y no nos oyen, A los psiquiatras que abrazan a sus pacientes, y pidieron alguna vez consejo a un esquizofrénico, A los que tenemos certificado de disminución y leemos a Lorca y a Nietszche y lo que haga falta   A los que no soportaron el túnel y se fueron para siempre -424-

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A los que atravesamos cada día el túnel agarrados aunque sea a las paredes negras...   A todos los que saben o quieren escucharnos, y no se fían sólo de los manuales, libros, tesis, estudios y estadísticas. A los psicólogos que dan besos   A los que hemos pasado ya el infierno y el cielo y no queremos volver más allí.   A los que roban dolor y devuelven sonrisas, dice Sabina   Y sobre todo a todas esas pupilas dilatadas de tanta química que miran aturdidas y absortas pero tienen la luz más hermosa.   «Que no existe la locura sino gente que sueña despierta»

 

monográfico del miércoles,

2006

6

de septiembre de Jordi “Grajo” Gómez.

Confiar. Tengo que hablar de la Confianza. Y prefiero abordar el tema desde su término opuesto, porque yo mismo me reconozco como un paranoico y admito serlo... Y pedirle a un paranoico que reflexione sobre este concepto —mejor dicho, este sentimiento— es algo muy parecido a preguntarle a Satán qué es la Humildad: su respuesta podría ser muy acertada, de una seductora inteligencia, -425-

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pero en realidad no tendrá ni puñetera idea del significado que se oculta tras la palabra... Ni de su enorme importancia, ni de la necesidad que de ella tenemos las personas para llenar el vacío glacial que nos distancia. Por ello, necesito dar algún rodeo... y empezar, como he dicho, abordando lo antónimo a la Confianza. Según me explicó un amigo, se dice en psicología que existen distintos tipos de ansiedad. En cada persona, una de estas ansiedades se acentúa y conforma su carácter y su comportamiento. Quienes, por decirlo así, pecamos de ansiedad paranoide, nos desahogamos de ella buscando la Soledad. Se ilustra este concepto, explicando que los paranoicos son quienes sobrevivirían en una guerra... porque no confiarían en nadie, y así salvarían su pellejo: manteniéndose alejados de cualquiera que pudiera resultarles peligroso. Y ahora yo digo que sí, es cierto: saldrían vivos de la guerra (a menos que se les cayera el techo del búnker encima), pero ni mucho menos la ganarían: porque si se hubieran comportado de la forma acertada, la hubieran ganado (aunque quizás «a título póstumo»), demostrando que estaban del bando acertado: ni del de los Buenos ni del de los Malos, ni del Rojo ni del Azul, ni del Negro ni del Blanco, sino de parte de quienes, en cada ejército, desobedecen al Poder para defender el Amor. Y Amor significa demasiado para una palabra tan pequeña: significa respeto, devoción, fe, lealtad... y Confianza. Estoy pasando una época en la que lucho conmigo mismo —contra mis «instintos paranoides»— a diario, para demostrar que soy quien digo ser en mis escritos, en mis palabras, en mis canciones... Pero soy consciente de que a veces miento, porque pierdo la batalla contra el miedo... un estúpido miedo a ser feliz sintiéndome querido. Y me cuesta volver a comenzar, volver a la Guerra cotidiana y universal, a este «todos luchando codo con codo» contra el paso del tiempo que es la Vida... Pero no quiero ser alguien que lleve una vida triste, a pesar de que pueda parecérselo a quien me conoce bien. No quiero morir si no es por Amor, y sin embargo sé que amar es sufrir, que duele querer... Así que me decido a sufrir. A querer, a ser traicionado de nuevo, -426-

anexo

a sentirme paranoico otra vez por querer demasiado a alguien; decido salir a la calle y vivir —la mayor tentación de todas, y la única por la que no se nos puede culpar— con todo lo que ello implica. Porque, como ya dije hace algún tiempo en Radio Nicosia, no quiero desperdiciar el resto de mis días. Y me permito terminar este escrito con una cita de Alessandro Baricco que me ayudó a encontrar alguien a quien... admiro. Una frase que me ha hecho pensar en mi posición respecto a esta Guerra que he explicado, y en cómo soy. Unas palabras que últimamente a veces me digo, y que ahora digo «en voz alta»: «... yo la vida la deseo, haría cualquier cosa para poder tenerla, toda la que haya, tanta hasta enloquecer, no importa (...), de verdad, aunque me hiciera un daño insoportable lo que deseo es vivir.»  

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    UN EPÍLOGO  contra

viento y marea «Por los míos, con los míos, hasta vencer.» Dicho insurreccional.

Estas son las últimas palabras del presente libro, su epílogo y adiós. No aportan más teoría ni más crítica antipsiquiátrica, más bien son una declaración de intenciones, una autocrítica y reflexión final que se ha hecho absolutamente necesaria con el tiempo. Algunos llevamos ya varios años con este tema de salud mental y revuelta a cuestas, y echando un vistazo hacia atrás, volviendo la mirada a tantos análisis y ataques realizados, nos hemos dado cuenta de que queda algo por decir, algo fundamental. Hemos olvidado una de las consignas más coreadas de la autonomía, un grito de guerra que debiera ser gesto inaugural de todo proceso de lucha digno de llamarse así: «Nuestro mayor enemigo seguimos siendo nosotros mismos». Se ha insistido en la belleza de nuestra diferencia, en su aporte definitivo a la constitución de nuestra subjetividad, pero sin embargo, no hemos ahondado lo suficiente en otras vertientes que -429-

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también son componentes esenciales de los individuos que somos... y sobre todo, de los individuos que queremos ser. La enfermedad lo muerde todo, hiere y mata, pero no lo es todo. No podemos cederle ese privilegio ontológico. Eso sería lo mismo que reconocer que no hay parte de nosotros que no quede inexorablemente determinada por ella, y que por lo tanto no somos ni podemos ser otra cosa que enfermos. Toda nuestra subjetividad quedaría conformada por el dolor, estaríamos paralizados, petrificados, congelados en un grito de horror perpetuo. No podríamos dar el paso definitivo del psiquiatrizado en lucha: la toma de conciencia de la propia situación, y por lo tanto, de las represiones a las que su persona está sometida. Sobre todo, no podríamos ser sujetos revolucionarios que conquistan su autonomía y su salud identificando a sus enemigos y luchando contra ellos. Por supuesto, soy absolutamente consciente de que se me pueden objetar casos en los que la enfermedad sí lo es todo, en los que la vida no es otra cosa que dolor, y en los que el paso de la toma de conciencia no puede darse, quedando la existencia fracturada en mil fragmentos irreconciliables. La enfermedad mental no es un todo del que podamos hablar en términos universales, la enfermedad mental afecta a personas concretas, y cada una de ellas acarrea su propio universo. Obviamente existen grados y casos, no hay una uniformidad que nos permita formular enunciados genéricos. Caer en ello sería sencillamente una estupidez, y cualquier teoría que se hiciese aspirando a semejante universalidad no sería otra cosa que una impostura. En el espinoso tema de la enfermedad mental, los que hacemos teoría desde la propia enfermedad nos acercamos y nos alejamos continuamente, señalamos, atacamos y huimos, no podemos sermonear ni dar recetas mágicas, porque nuestra propia experiencia nos enseña que no existen. He conocido personas que tras un cuarto de siglo de represión psiquiátrica, de encierros, medicaciones salvajes e incluso terapias electroconvulsivas, ya no son interlocutores posibles, no hay manera de establecer contacto con ellos (o por lo menos, por el momento no la conocemos), la vida se casca y la pena infinita gobierna el fondo de sus ojos. Ahí sí, ahí la enfermedad ha devenido completamente dolor, ahí, las reflexiones que se tratarán en las líneas que siguen no tienen sentido alguno. Me quedo mudo. Impotente, supurando rabia. No tengo autoridad ninguna para gritar «arriba, levanta hermano», yo ni siquiera puedo intuir el dolor de su caída. Solo me queda exi-430-

un epílogo

gir respeto, promover el más delicado y exigente de los cuidados, buscar en el estudio las salidas a esa terrible situación, y procurar venganza hacia todas las instituciones que son responsables de la misma. Sin embargo, aquí quiero hablar de situaciones más comunes y cotidianas, de la enfermedad en un punto de su desarrollo no tan devastador. Quiero hablar de una parte importante del aquí y ahora de nuestra enfermedad, y busco hacerlo desde lo que yo mismo he vivido/sufrido y de lo que he visto en otros muchos casos cercanos a mí. Por supuesto lo hago desde el dolor, como condición necesaria para articular mi habla, como punto de partida y elemento legitimador de mis palabras. Esa es la diferencia con el caso descrito anteriormente, como enfermo en lucha hablo desde el dolor, no ha llegado el momento (porque no me han sacudido lo suficiente, porque aún soy joven, porque no tengo ninguna lesión cerebral o porque no me rindo) en que este me colonice completamente y se encarne en mí. Hablo pues para los que pueden escuchar, y pido amor y afecto para los que, aunque solo sea por el momento (como soñador que soy, me niego a aceptar los diagnósticos de irreversibilidad y sueño con traer a mis hermanos de vuelta), no pueden hacerlo. Como decía al principio, hemos atacado enemigos (no sé si mucho y bien, pero al menos estamos en ello) pero nos hemos olvidado de atacarnos a nosotros mismos. Se nos ha pasado por alto, fruto sin duda de una teoría inmadura, arrojar las armas de la crítica contra nuestras propias subjetividades. Mirarse uno mismo, examinarse y llegar a poner si hiciera falta una bomba bajo nuestros culos, como decía Cooper, es una exigencia revolucionaria. Es decir: la autocrítica, el análisis propio y el intento de superar nuestras propias contradicciones, es una tarea necesaria para todo aquel que persiga acabar con las condiciones en las que se desarrolla su existencia. Ahí reside la razón de la revolución: buscar pasar a otra cosa, destruyendo previamente lo que hay. Otra Cosa totalmente distinta de lo que existe. Dar un salto mortal y aterrizar con una sonrisa. Por eso desde el punto de vista del enfermo, algunas perspectivas anarquizantes que defienden hablar tan solo de revuelta no pueden servirle. El destruir lo que hay y ya se verá no nos vale, la apología del caos como asolación y punto y final, no puede tener sentido. Queremos saltar. Queremos dejar de estar enfermos, vivir nuestra diferencia sin represión y sin dolor. Para -431-

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eso hay que incendiar el presente y dar paso a algo tan diferente como diferentes somos nosotros. Ahí cobra sentido nuestra palabra anarquía. Es más sencillo combatir los privilegios ajenos que los propios, es más fácil atacar las concesiones de las que disfrutan nuestros enemigos que encarar las que nosotros vivimos, pero también es más radical lo segundo que lo primero. Enfrentarse a uno mismo va a la raíz del problema, sin tapujos, sin cortinas de humo. La rebeldía se desnuda a la vez que se hace fuerte. Esta radicalidad vale para cualquier revolucionario, y el caso del enfermo mental no constituye una excepción. La patología mental, el dolor del que venimos hablando desde el comienzo, lleva a los individuos a una serie de experiencias jodidas que les sitúan en la posibilidad de juzgar a la sociedad en la que viven y declararle la guerra como punto de partida de su emancipación. El enfermo toma conciencia de cómo transcurre su vida, de qué y quienes hacen que eso sea así, y de cuáles son los caminos para acabar con una situación de opresión. Sin embargo, la enfermedad también desencadena otras situaciones y otros procesos que deben ser revisados escrupulosamente. El enfermo parte de una situación de debilidad, llega a la conciencia por el dolor de su propia experiencia. Su ser débil se convierte en un arma de peso, pues da razón de su lucha, de su anhelo de cambio. Las ideologías sucumben tarde o temprano, sin embargo, una lucha que se fundamente en el sufrimiento y no en las ideas de otro, tiene garantizada su perdurabilidad y su entereza. Las pajas teóricas y las argumentaciones filosóficas pasan de moda o ceden al desencanto, la rebeldía viva de quien pelea por conquistar una salud que le ha sido arrebatada no sabe de apariencias ni banalidades. Las ideas no nos poseen, nosotros poseemos a las ideas. Nuestra lucha no es una abstracción, nuestra lucha es nuestra vida. Sin embargo, esa debilidad implica un riesgo dentro de la sociedad del espectáculo. En un contexto en el que las relaciones están mediatizadas (al menos todas aquellas que no hayan sido aún reconquistadas), la enfermedad también puede sufrir un proceso de espectacularización. Y en este caso sucede lo mismo que con la verdura (por poner un ejemplo ilustrativo): que inmersa en las condiciones espectaculares pierde su esencia, su sabor, su verdad. Así es cómo los roles se enquistan en la supervivencia cotidiana de los individuos, y las vidas se reducen a la reproducciones de tristes guiones escritos por otros. -432-

un epílogo

Lamentablemente también existe el rol del pirado, del loco. Este tiene dos caras principales: la del atormentado y la de la víctima. La primera tiene su origen en una absurda concepción romántica de la locura, que exalta la rareza, la extravagancia o la soledad como valores en sí mismos (se puede ser raro y estar muy contento de ello, y se puede hacer una apología gratuita del malditismo y la exclusión, lo cual tiene más que ver con una adolescencia mal curada que con otra cosa). La segunda es más grave y difícil de superar, ya que induce al sujeto a un inmovilismo apático que aturde los sentidos y atrapa a la conciencia en un callejón sin salida. La victimización acarrea cierta comodidad: la del espectador, ya que anula la acción como motor de la existencia y la sustituye por la contemplación del propio sufrimiento. Se trata de un proceso gradual y progresivo que se va comiendo poco a poco la empatía del enfermo hasta dejarle solo, ya que es incapaz de interactuar con la gente que le rodea al margen de su dolor. El sufrimiento deviene espectáculo: para los demás y para uno mismo. Este implica a su vez la pérdida de salud (ya que al triunfar la inacción se impide la toma de conciencia, y en consecuencia se frustra la lucha por la emancipación) y la creación de relaciones de compasión. La compasión no tiene nada que ver con el reconocimiento de los problemas ajenos y la cooperación en sus tareas de eliminación, no puede dar lugar a una relación entre iguales, de ida y vuelta, sino que implica la utilización de la pena como moneda de cambio: uno se limita a lamentar y consolar al desdichado (a menudo con cierta satisfacción autocomplaciente), y este contempla (a menudo con cierto regodeo) el espectáculo. Como se puede intuir, las relaciones fundamentadas en la compasión son todo menos sanas, hacen del enfermo más enfermo, del que se compadece más ignorante y de la vida más falsa. Uno no ayuda a un compañero caído cantando su desdicha, y un caído no puede conseguir levantarse si pierde el tiempo gimoteando. En todo momento hemos partido del siguiente supuesto: un enfermo, para superar su propia condición de enfermo, debe hacer prevalecer su autonomía como sujeto, el mantenimiento de su identidad pasa por reconocer las condiciones en las cuales se desarrolla su vida y su dolor, e imponer contra viento y marea su voluntad de superarlas. La salud y la libertad son lo que nos jugamos, así que más vale saber poner en movimiento nuestras potencias y nuestras armas. Las víctimas esperan, no atacan... y -433-

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el que no ataca no gana. Nunca hay que perder de vista el hecho de que la enfermedad mental atenúa, pero no exime. Me explico, evidentemente, una persona aquejada de sufrimiento psíquico no podrá responder siempre y en las mismas condiciones que un individuo que no padezca ese sufrimiento, sin embargo, esto no le exonera de tener responsabilidades. Si a una persona que tiene la capacidad de asumir responsabilidades se le induce a renunciar a ellas, se le está mutilando, se le está mermando la voluntad, y por tanto la posibilidad de estar mejor (otro caso sería el señalado más arriba, en el que el enfermo no es capaz en ningún caso de gobernarse a sí mismo). Tristemente, la sociedad pone en movimiento tendencias que hacen que el enfermo mental renuncie a sus propias potencialidades y se abandone a la desolación. Caer en ellas puede hacer de la enfermedad un proceso irreversible. Abandonarse y ser derrotado viene a ser lo mismo. La enfermedad no puede convertirse en coartada de nuestros miedos, no puede ser una excusa tras la cual escondernos y no hacer frente a nuestros deberes... los principales: cuidar de nosotros mismos y de los nuestros, o dicho de otra manera: luchar. Buscar salidas es la obligación de quien está atrapado. Si uno tiene recursos para buscarse la vida (currando, pidiendo bajas a la seguridad social o robando), uno tiene que buscársela, no vale quedarse en casa, diciendo a los demás: «Es que estoy loco». Esta tampoco puede ser la respuesta cuando tu gente te pide ayuda, cuando las cosas se ponen feas. Si se puede escuchar, se escucha, si se puede echar un cable, se echa. El resto es rendirse, dejarse tocar fondo. A la salud se llega mediante el coraje y la pelea, pero para hundirse en la enfermedad tan sólo hay que dejarse llevar. Estas afirmaciones también valen para los grupos de personas cercanas al enfermo, tratar con cuidado a alguien que está jodido no es equivalente a tratarle como un inútil o tolerarle todo. Nuestras palabras y acciones también tienen valor, ese es un hecho que debe ser reivindicado. Para lo bueno y para lo malo, para afirmarnos a nosotros mismos y para adquirir compromisos con quienes nos rodean. Otro de los principales errores de los enfermos mentales consiste en creer que su dolor es un absoluto en comparación con el dolor de los demás, especialmente con el de aquellos que no comparten ninguna patología mental. Sencillamente se trata de una gilipollez. El cierre de todos los cerrojos sobre uno mismo nos impide ver el dolor ajeno, aprender de él y colaborar a atenuarlo. El dolor por -434-

un epílogo

esencia es casi siempre legítimo, puede ser mayor o menor, pero por lo general, en distintos sujetos se resiste a las comparaciones. El dolor es algo propio e intransferible, por eso no se puede despreciar el de los demás, y menos apelando al de uno mismo. No hay porqué pensar, por ejemplo, que una psicosis o una depresión hagan más daño que la pérdida de un ser querido (teniendo en cuenta además, que esta puede producir aquellas). La empatía, la capacidad de una persona para participar afectivamente en la realidad de otra, es un indicador de la salud. Por último, cabe señalar un deber más que tienen todos los enfermos que son conscientes de su situación: el de socializar sus conocimientos. El saber adquirido por el estudio y por la experiencia debe ser puesto en común para lograr de él el máximo de los beneficios. El gesto comunista de compartir cuanto se sabe en la guerra contra la Bestia alivia más que cualquier píldora. La cuerda que se va tejiendo con cada historia contada y cada recurso utilizado, conforma la escalera con la que escalaremos los cielos.

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este libro fue diagramado, diseñado y encuadernado por pedei ediciones (con la ayuda de tita y gonzo en el diseño gráfico); la serigrafía gráfica en la tapa fue realizada por beleño negro. se acabó de imprimir en abril de 2010 en el centro cultural la sala avellaneda 645 / buenos aires /Argentina

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