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En nue stros días, Karl M a r x es c o n o c id o ca si e x c lu s iv a ­ mente c o m o el autor de El Capital y del M anifiesto del Partido Comunista e s c r i t o , este último, en c o la b o r a c ió n con F r e d e r ic k Engels. N o o b s ­ tante,- fue un e s c rito r prolífico, aunque los lec to re s c o n t e m ­ p o r á n e o s c o n o z c a n só lo una parte red ucid a de su enorm e p rodu cción. R ob ert Payne, el fa m o s o e n ­ sa yis ta y b iógrafo de tantos p e r s o n a je s míticos, nos o f r e ­

EL D ESCO NO CIDO KARL MARX a lg u n o s de e s ­

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d o c u m e n to s dej Marx, que permiten un rnejor c o n o c i ­ miento de su vida y forma de pensar.

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EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Barcelona

- Bogotá

- Buenos Aires

- Caracas - México

__________________ Impreso en España - Printed in Spain ^

EL DESCONOCIDO KARL MARX

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EL DESCONOCIDO KARL MARX R ecopilación de d o cu m en to s o introducción por

Robert Payne

EDITORIAL

BRUGUERA,

S.

A.

BARCELONA ® BOGOTA • BUENOS AIRES e CARACAS c MEXICO

Titulo original: THE UNKNOWN KARL MARX

Edición en lengua original: ©

Robert Payne - 1975

©

Pilar Gtralt Gorina - 1975

Traducción © Minguell - 1975 Cubierta

La presente edición es propiedad de EDI TORI AL BRUG UE RA, S. A. Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)

1.ª edición: mayo, 1975 Impreso en España Printed in Spain ISBN 84-02-04274-0 Depósito legal: B. 16.940 -1975

Impreso en los Talleres Gráficos de EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Mora la Nueva, 2 - Barcelona - 1975

INTRODUCCION En este libro he recopilado una serie de docum entos relativos a K arl Marx, los cuales, que yo sepa, aún no han sido publicados en América (1). Incluyen el ensayo de K arl Marx Sobre la unión de los fieles con Cristo según Juan X V , 1-14, descrita en su base y esencia, en su necesidad incondicional y en sus efec­ tos y o tro s dos ensayos de su juventud; su tragedia poé­ tica Oulanem; la autobiografía de Jenny Marx, titulada B reve bosquejo de una vida m emorable; dos obras cortas escritas p o r Marx, H istoria de la vida de Icsd Palmerston e H istoria diplom ática secreta del siglc. x v iii ; y las car­ tas escritas por E leanor Marx a F rederick Demuth, hijo ilegítim o de M arx, durante los últim os tristes meses de su vida. Tam bién he incluido un inform e policíaco sobre M arx y los revolucionarios alem anes de Londres, rem i­ tido a lord P alm erston por el barón M anteuffel, y una c a rta de H einrich Heine a Marx, escrita en la época en que eran am igos íntim os. E stos docum entos revelan algo del carácter de Marx, sus su frim ien to s y pasiones. Le vemos tan to en sus m ejores m om entos como en los peores. El elevado idea­ lism o h u m an itario de los prim eros ensayos, los tiernos versos intercam biados entre Lucindo y B eatrice en Oula­ nem , y algunas de sus invectivas co n tra lord Palm erston nos b rin d an la o p o rtu n id ad de verle bajo un aspecto poco conocido. El largo discurso de Oulanem, condenan(1) El lector debe tener en cuenta que la edición original del presente volumen dio a luz en EE. UU. (N. del E.).

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do al mundo a la m aldición y la aniquilación, indica la verdadera naturaleza del conflicto que resolvió en El M anifiesto Com unista, llam ado a ejercer tan ex trao rd i­ naria influencia en la h isto ria del m undo. La autobio­ grafía de Jenny Marx nos dice m ás de lo que cabría esperar sobre la vida con su m arido. Las cartas de Eleanor Marx a Frederick D em uth, en su absoluta deses­ peración y angustia, presentan el tem a de la autodestrucción que se m antiene en la segunda generación: dos hijas de Marx se suicidaron. En los capítulos finales de la Historia diplom ática secreta del siglo xvm , Marx expone sus ideas sobre la h isto ria rusa y la personalidad de los gobernantes rusos, proporcionando así un irónico com entario al estado m arxista que Lenin in tro d u jo en Rusia trein ta y cuatro años después de la m u erte de Marx. Estos docum entos nos ayudan a d escu b rir al hom bre a través de las brum as de la leyenda. Le vem os en tér­ minos hum anos: idealista, im previsor, locuaz, vulnerable, decidido a exigir reparación p o r las ofensas, a veces pró­ ximo al suicidio, enam orado de la poesía, que era su protección perm anente co n tra la m ald ad del m undo. Cuando escribió sus m ejores obras, pidió ayuda a la poesía: sus líneas m ás m em orables tienen el sonido y el im pacto poético. El re tra to que surge al final es el de un rom ántico im pulsivo, que odia con violencia y está a m erced de fuerzas sobre las que ejerce poco control, ingobernadas e ingobernables: y en el fondo de su ser palpita lo que m enos esp eráb am o s de él: una poesía apasionada.

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I

H ace m uchos años que en el cem enterio de Highgate, al norte de Londres, se levanta una estatua de k a r l M arx sobre una pesada base de granito. Vemos sólo la cabeza, con cejas sobresalientes, ojos muy espaciados y b arb a espesa y enm arañada, y hay algo, en este extraño busto m etálico del aspecto fiero y m ajestuoso de un em p erad o r asirio, algo parecido a los enorm es em pera­ dores asirios con ro stro de hom bre y cuerpo de toro que m ontan guardia en el Museo B ritánico, a pocos pa­ sos de la Sala de Lectura. M arx conocía esas estatuas de em peradores asirios, que a veces m encionaba y a las que detestaba. C onstituían una perfecta representación del m undo antiguo y sus reyes divinos, y nada le ins­ p irab a m ayor desprecio que el gobierno indiscutible de reyes y em peradores. La efigie de M arx es tan pesada que parece hundirse lentam ente en el pedestal de granito. Fue esculpida con una especie de crudeza deliberada, tal vez p ara sugerir la fuerza m asiva de su cerebro y el triunfo de sus doc­ trin as, pero sólo tiene una sem ejanza rem ota con el hom bre al que representa. Dos de las frases m ás m em o­ rables relacionadas con él están grabadas en letras dora­ das en el pedestal. Una de ellas dice: Trabajadores de todos los países, unios. E stas p alab ras fueron escritas originalm ente p o r K arl Sehapper, no por K arl Marx. La o tra frase, tom ada de las Tesis sobre Feuerbach, dice así: Los filósofos no han hecho m ás que interpretar el m u n d o de diversas m aneras: la cuestión es cam biarlo. Como no es cierto que los filósofos sólo hayan interpre9

tado el m undo —Sócrates, Platón y m uchos o tro s lucha­ ron valientem ente para cam biarlo—, quizá hubo algún m otivo para g rab ar esta segunda inscripción en la p arte in ferio r del pedestal, donde suele q u ed ar oculta bajo m ontañas de coronas colocadas allí p o r los delegados oficiales de los diferentes p artid o s com unistas. Cuando K arl M arx m urió, en m arzo de 1883, fue ente­ rrad o en un extrem o de la colina del cem enterio de H ighgate, al pie de unos árboles. E ra un lugar ap artad o , siem pre difícil de en co n trar, y la hierba cubría la larga y aplanada lápida. En 1956, el p artid o com unista de G ran B retaña, a in stan cias de Moscú, obtuvo perm iso p ara a d q u irir un te rren o a m itad de la colina, y allí erigieron el m onum ento a M arx, de tre s m etro s y m edio de altu ra. Desde luego es el m onum ento m ás alto del cem enterio, pero sólo dom ina las pequeñas cruces que lo rodean, y no a los ángeles de p ied ra que cubren, com o un ejército , la falda de la colina. E ste feo m onum ento germ ánico parece una isla oscura en m edio de un océano blanco. N atu ralm en te, existían razones p erfectam en te com ­ prensibles p ara que los com unistas creyeran que M arx m erecía un h o n o r especial. E n 1956, su ren o m b re había crecido considerablem ente, y la q u in ta p a rte de la po­ blación m undial se hallaba, en p alab ras de Lenin, «bajo la b a n d era del m arxism o». El M arx h um ano había desa­ parecido: h ab itab a ya el m undo de las leyendas, un m un d o extraño donde no hay lugar p ara los sim ples m ortales, donde reinan los dem onios y los esp íritu s, y donde n ad a es lo que parece ser. En este m undo de leyendas ad o p ta ría m uchas form as, creciendo o enco­ giéndose según la m area de las pasiones h u m an as, siem ­ p re desatad as. P alabras que él p ro n u n cia ra serían sa­ cadas de su contexto y p roclam adas com o verdades eter­ nas; en su nom bre se crearían ejércitos; num erosos sectarios an u n ciarían que sólo ellos h ab ían heredado la v erd ad era d o ctrin a y a rre m e te ría n co n tra o tro s sec­ tario s convencidos a su vez de su fidelidad al m arxism o. Casi todos los grandes p ro fe ta s o m aestro s dejan tra s de sí un ejército de creyentes en fren tad o s. Los m arx istas 10

em pezaron a pelearse casi desde el m om ento en que M arx convocó la prim era reducida reunión del partido com unista. Esto tam bién form aba parte de la leyenda. La deificación de M arx se inició el día de su entierro. Engels habló en tono apagado a las diez personas que rodeaban la tum ba sobre la desaparición del m ayor genio de la época. Utilizó profusam ente los superlativos. No sólo M arx rivalizaba con Newton y Darwin en su com­ prensión de las fuerzas que gobiernan el universo, sino que adem ás les superaba en los beneficios que había conferido a la hum anidad. Fue un científico, un m ate­ m ático, un filántropo; había descubierto las leyes que m ueven a la sociedad; fue el prim ero en hacer cons­ ciente al proletariado del papel que estaba destinado a rep resen tar en la historia; había inventado una m eto­ dología nueva, que en lo sucesivo sería considerada la única m etodología por la cual se determ inarían las for­ m as fu tu ras de la sociedad. Fue un profeta, un vidente, una au to rid ad en todas las artes y religiones, y no había un solo cam po de la ciencia al que no hubiese contri­ buido con nuevas ideas. Engels no intentó probar sus afirm aciones sobre Marx: enum eró sus dotes como si todo el m undo las conociera. —Con el descubrim iento de la plusvalía —continuó Engels—, se creó de im proviso una nueva luz, com­ p arad a con la cual todas las investigaciones anteriores de econom istas burgueses y críticos socialistas no eran m ás que sim ples tanteos en la oscuridad. Sin duda, Engels sabía que m uchas de sus afirm acio­ nes eran infundadas, y que el propio Marx las hubiese negado con vehem encia, porque era un hom bre que con­ cedía m ucho valor a la verdad. M arx habló a m enudo de sus contribuciones a la ciencia política, y tuvo buen cuidado de distinguir entre sus propias contribuciones y las de los dem ás. «En cuanto a m í —escribió a Joseph W eydem eyer el 5 de m arzo de 1852—, no tengo el m érito de h ab er descubierto la existencia de clases en la so­ ciedad m oderna, como tam poco la lucha que hay entre ellas. Mucho antes que yo, historiadores burgueses des­ cribieron el desarrollo histórico de esta lucha de clases, 11

econom istas burgueses describieron la anatom ía eco­ nómica de las clases. Lo que yo hice fue p ro b a r: 1) que la existencia de clases está sólo ligada a determ inadas fases históricas en el desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariam ente a la dictadura del proletariado; 3) que esta m ism a dictadura sólo cons­ tituye la transición hacia la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases.» E l juicio de M arx acerca de su propio trab a jo y de sus ideas era m uy claro y de una honestidad a toda prue­ ba. De hecho, no había probado ninguna de estas cosas, pero al m enos in ten tó p ro b arlas y llegó a la conclusión de que la sociedad estaba destinada a seguir el curso que él le había trazado. Las p ru eb as de M arx relativas a la d ictad u ra del p ro letariad o eran de hecho profecías expresadas con gran fuerza y convicción. Que la lucha de clases debe conducir necesariam ente a la d ictad u ra del p ro letariad o fue su contribución m ás original a la teoría de la lucha de clases, y p o r d ic tad u ra del prole­ tariado entendía exactam ente lo que decía: el poder ejecutivo caería en m anos de los cam pesinos pobres y de los obreros no especializados o sem iespecializados. Los aristó cratas, la burguesía y los tra b a ja d o re s espe­ cializados serían destronados, y los pobres, que cons­ titu ían la m ayoría de la población, h ered arían la tierra. Entonces, con el tiem po, la d ic tad u ra del p ro letariad o d aría paso a una sociedad sin clases. Cuando Engels se dirigió aquel día frío y ventoso a las personas congregadas ju n to a la tum ba, su intención no era h acer un juicio exacto de las o b ras de M arx. Hizo un elogio fúnebre del hom bre cuyo nom bre estab a inextricablem ente unido al suyo. T radicionalm ente en los funerales siem pre se da u n a cierta grandilocuencia. E n­ gels, leyendo sus notas escritas con ap resu ram ien to , se encontró a m erced de una trad ició n que d a ta de los tiem pos m ás antiguos. En su discurso, se abandonó a la hipérbole y pretendió que M arx había sido el hom bre m ás odiado y m ás querido de la T ierra. Dijo: y

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Y así ocurrió que Marx fue el hom bre más odiado y más calum niado de su época. Los go­ biernos, ya fueran absolutistas o republicanos, le deportaron, y los burgueses, ya fueran conserva­ dores o ultradem ócratas, com pitieron entre sí en cubrirle de insultos. El los ignoró a todos como si fuesen telarañas, no les dedicó la m enor aten­ ción, y sólo replicó cuando no tuvo otro remedio. Ahora está m uerto, y es reverenciado, amado y llorado por millones de trabajadores como él, desde las m inas de Siberia y de Europa entera, hasta California, pasando por toda América, y me atrevo a decir: aunque tuvo muchos adversarios, tal vez no tuvo un solo enemigo personal. La verdad era m uy distinta. Marx estaba lejos de ser el hom bre m ás odiado y calum niado de su época. Es cierto que fue deportado en 1848 y 1849, pero los gobier­ nos le dedicaron muy poca atención durante los años subsiguientes, y le perm itieron viajar librem ente y siem­ pre que quiso a Francia, Países Bajos, Estados alem anes y al im perio austro-húngaro. En el m om ento de su m uer­ te era u n hom bre olvidado, y sus obras apenas eran conocidas fuera de un pequeño grupo de socialistas ale­ m anes que recordaban que había jugado un papel secun­ dario en la revolución de 1848. No le lloraron los tra ­ b ajad o res de las m inas de Siberia, y en California no h ab ían oído h ab lar de él .más que dos o tres personas com o m áxim o. Fue un hom bre que vivió en las som bras, to talm en te consciente de que su utilidad había caducado. M antenido p o r u n a pensión de Engels, aquejado de una enferm edad nerviosa, pasó los diez últim os años de su vida com o u n recluso, viendo a m uy poca gente; era u n hom bre p rem atu ram en te envejecido, de b arb a blan­ ca, cuya principal satisfacción consistía en visitar a sus nietos y d a r largos paseos solitarios p o r H am psíead H eath. La alocución de Engels ju n to a la tum ba había sido p rep arad a cuidadosam ente p ara un auditorio m ucho m ás num eroso que aquel patético grupo de asistentes al 13

entierro. E ra un hom bre de pocas ilusiones, y sabía exactam ente lo que hacía. E staba creando deliberada­ m ente el re tra to del M arx legendario, que tenía muy poco en com ún con el M arx que había vivido sobre la T ierra; y sería este M arx legendario quien m ás tard e conquistaría extensas áreas del m undo. Engels estaba encendiendo la m echa de una bom ba que explotaría en nuestro siglo. A p a rtir de aquel día em pezaron los innum erables erro res y confusiones que se han acum ulado en torno al nom bre de M arx. El hom bre se ahogó en la leyenda, la leyenda se ahogó en la propaganda, la propaganda se ahogó en invenciones e im provisaciones cada vez m ás in trin cad as —tal fue el destino de M arx, que siem pre había d etestado el p o d er de las leyendas—. Engels in­ ventó al gran científico, al fu n d ad o r de las d o ctrin as del m aterialism o dialéctico, al iniciador de leyes científicas p o r las cuales serían m edidas to d as las sociedades. A los ojos de Engels, M arx era el nuevo M oisés con las nuevas Tablas de la Ley, y com o M oisés, no vivió p ara ver la T ierra P rom etida, p ero no cabía la m en o r duda de que sus seguidores la verían. M arx era el su m o sacer­ dote de un m isterio a él sólo revelado: nadie m ás había p e n e tra d o a trav és de los velos. Las resp u estas a todas las cuestiones sociales se e n c o n tra ría n en las o b ras de M arx, que en lo sucesivo debían con sid erarse com o la B iblia de la nueva era. La leyenda de la infalibilidad de M arx fue cread a p o r Engels, que sab ía m uy bien que M arx no era infalible, que a veces dudaba, se con­ trad ecía, y su fría atro zm en te de u n a falta de disciplina intelectual. E ra hum ano, dem asiado hum ano, y h ab ía h ered ad o m uchos de los vicios n o rm ales de la h u m a­ nidad. Engels no poseía n ad a del calo r y la pasión de M arx. «¡Qué frío es Engels!», escribió David Ryazanov, el gran eru d ito soviético que tra b a jó d u ra n te m uchos años p ara co m p ilar las o b ras com pletas de M arx, y al final fue fusilado p o r S talin com o prem io a sus servicios en pro de la ciencia. El M arx legendario, rem o to , frío, a te rra ­ d o ra m e n te om nisciente, fue, m ás que u n a invención de 14

Engels, la proyección de su propio concepto de sí mismo. Engels tra ta b a de que Marx y él m ism o entrasen juntos en la historia. Jakob B urckhardt, el historiador social suizo nacido el m ism o año que Marx, profetizó una vez que el siglo xx sería la era de los «grandes simplificadores». Prim ero En­ gels, y después los com unistas, sim plificaron a Marx casi h asta b o rra r su existencia. Se convirtió en un ídolo, un estan d arte, un conjunto de apotegm as fáciles de recordar. La d ictad u ra del proletariado fue sim plificada h asta con­ v ertirse en una sim ple dictadura que ra ra vez consultaba las necesidades del proletariado y nunca le perm itía ocu­ p a r los puestos de m ando. El proletariado, lejos de asu­ m ir el poder, se convirtió en el instrum ento de los revo­ lucionarios que se creían firm em ente investidos del dere­ cho de d ic ta r en nom bre del proletariado. M arx había im aginado un gobierno de m uy distinta índole. Cuando Lenin asum ió el poder en Rusia, ordenó que se cerrasen las iglesias y en sus m uros se colocasen enor­ m es p an cartas con las palabras: «La religión es el opio del pueblo. K arl Marx». Efectivam ente, M arx había es­ crito estas palabras, pero las aislaron de su contexto. El habló con profundo respeto de la experiencia religiosa, y era m ucho m ás benévolo y com prensivo que cuantos después se p ro clam aron sus seguidores. Sus palabras ori­ ginales fueron: «El sufrim iento religioso es al m ism o f tiem po u n a expresión de verdadero sufrim iento y una p ro testa co n tra el verdadero sufrim iento. La religión es el suspiro de una c ria tu ra oprim ida, el corazón de un m undo despiadado, y el alm a de un estado de cosas ca­ re n te de alm a. Es el opio del pueblo». Los com unistas sim plificaron las doctrinas de M arx h asta que p ráctica­ m en te perd iero n todo su significado, del m ism o m odo que sim plificaron el E stado m atando a cuantos se opo­ n ían a él. E n nom bre de M arx in tro d u jero n los trab ajo s forzados, los cam pos de concentración, las cám aras de to rtu ra , y M arx, de h a b e r vivido, h u b iera sido una de sus p rim e ra s víctim as. Queda el M arx desconocido, el verdadero Marx, el h o m b re de carne y hueso que vivió una vida de espantosa 15

m iseria y pobreza, la m itad de ella en el exilio, to rtu ­ rado de modo casi insoportable por continuos fracasos y frustraciones, pasando largos períodos de depresión, en desacuerdo consigo m ism o, su fam ilia y sus am igos, so­ ñando con el día en que se in sta u raría una sociedad sin clases y todos los hom bres serían iguales. Boris P astern ak escribió que S talin obligó al pueblo a tra g a r las o b ras del poeta M ayakovsky del m ism o m odo que C atalina la G rande le había obligado a com er p ata­ tas. «Esta —dijo P astern ak — fue su segunda m uerte, y él no tuvo la culpa». Lo m ism o ocurrió con M arx, que no era responsable de las leyendas que se acum ularon a su alrededor ni de los crím enes com etidos en su nom bre.

II

K arl H einrich M arx nació al am anecer del día 5 de m ayo de 1818, en una elegante casa de una de las calles principales de Tréveris, en la provincia renana del E stado pru sian o . Su padre, H irschel ha-Levi M arx, era un rico abogado, y casi todos sus antepasados p atern o s habían sido rabinos. La fam ilia se rem o n ta al siglo xiv, e incluía al fam oso rab in o Jeh u d a Minz, de M aguncia, que esta­ bleció su p ro p ia escuela talm údica en Padua. H irschel M arx c o n tra jo m atrim o n io con H en rietta P ressborck, hija de un rab in o de Nymwegen, Países B ajos, por lo que K arl e ra m edio holandés. Tuvo ocho herm anos, pero sólo él alcanzó la m adurez. H irschel M arx rom pió la trad ició n rabínica de la fam i­ lia y educó a sus hijos d en tro del cristianism o. K arl fue b au tizad o y confirm ado en la Iglesia evangélica. En la escuela local fue un buen estudiante, aunque no especial­ m ente precoz, sobresaliendo en alem án, griego y latín, p ero no m uy dotado p a ra la h isto ria y las m atem áticas. En la casa vecina vivía el barón Jo h an n Ludw ig de Westfalia, que actu ab a com o rep resen ta n te del G obierno p ru ­ sian o en el concejo m unicipal. Al b aró n le ag rad ab a 16

el m uchacho, con quien daba largos paseos por el cam ­ po y al que perm itía u sar librem ente su biblioteca. Karl tenía dieciséis años cuando se enam oró de la hija del barón, Jenny, cuyo abuelo, el barón Philipp de Westfalia, se había encum brado hasta obtener el cargo de se­ cretario confidencial del duque Ferdinand de Brunsw ick y convertirse en la em inencia gris tra s el trono ducal. Se había casado con Jenny W ishart de Edim burgo, que descendía de una larga línea de nobles escoceses, sien­ do Colin, el p rim er duque de Argyll, uno de sus ante­ pasados. Se han conservado las pruebas de exam en del últim o sem estre de la escuela. Redactó tres ensayos en su letra puntiaguda y casi ilegible. Uno de estos ensayos, de título ab su rd am en te largo, Sobre la unión de los fieles con Cristo según Juan X V , 1-14, descrita en su base y esencia, en su necesidad incondicional y en sus efectos, m uestra la p ro fu n d id ad de su sentim iento religioso. En R eflexio­ nes de un joven al elegir su profesión aparece luchando con ideas que tienen poco que ver con una profesión en el sentido n o rm al de la palabra. H abla del d eber del hom ­ bre p a ra con sus padres, sus congéneres y Dios, y tra ta de resp o n d er a la pregunta: ¿Qué puede hacer el hom bre en su vida? E n el ensayo p alp ita u n espíritu de elevado idealism o, que resu lta com pletam ente convincente. El te r­ cer ensayo, escrito en latín, in ten ta co n testar la pregunta: «¿Debe contarse el principado de César A ugusto entre las épocas m ás felices de la República rom ana?» El ensayo es in teresan te, porque presenta al joven M arx abordando la cuestión de un gobierno d ictatorial. E stos ensayos son dignos de estudio porque en ellos ya hace gala de un estilo m ad u ro y una voz reconocible. H a estudiado a fondo a Tácito, y sabe com poner sonoras frases epigram áticas. La voz es clara y au to ritaria, pero los arg u m en to s no siem pre son expresados con lógica. Sus b rillan te s exám enes le p erm itiero n e n tra r en la U niversidad de Bonn, donde sólo pasó dos sem estres antes de so lic itar la adm isión en la U niversidad de Berlín. En B onn se dedicó a divertirse, a b eb er con exceso, a es­ c rib ir m ontones de poesías y a g a sta r dinero en grandes 17

cantidades, y se afilió a una sociedad secreta revolucio­ naria. Luchó en un duelo, y d u ran te una visita a Colonia, al p arecer p o r encargo de la sociedad revolucionaria, fue arrestad o p o r tenencia ilícita de una pistola. El asunto era grave, y las au to rid ad es de la universidad le exigie­ ron una explicación de su arresto . La intervención de su p adre le salvó del castigo. La U niversidad de Bonn carecía del prestigio de la U niversidad de B erlín, donde se congregaban los m ayores eru d ito s de los E stados alem anes. A M arx le gustaba ta n to la U niversidad de B erlín que estab a en peligro de convertirse en un estu d ian te p erm anente, uno de esos es­ tudiosos indisciplinados que van de una clase a o tra y nunca se estabilizan. E ra un lector om nívoro, co n tin u a­ ba escribiendo poesía, asistía con poca frecuencia a las clases y llevaba una vida de bohem io. Su m ay o r deseo era se r poeta, y en los intervalos de su traducción de Germ ania de Tácito y T ristia de Ovidio escribió tre s libros de poem as y una tragedia poética, O ulanem , n o tab le an te todo p o r un ex tra o rd in ario soliloquio del p erso n aje que p re s ta su no m b re a la tragedia: ¡D estruido! ¡D estruido! ¡Mi tiem p o ha term inado! El reloj se h a detenido, la casa enana se h a derrum [bado. P ro n to estrech a ré a la ete rn id a d en m is brazos, [y p ro n to p ro fe riré gigantescas m aldiciones c o n tra la hum a[nidad. ¡Ah! ¡La eternidad! Es n u e stro e tern o dolor, indescriptible e inconm ensurable m u erte, vil artificialidad concebida p a ra b u rlarn o s, siendo n o so tro s la m a q u in aria del reloj, ciega y me[cánica, que nos convierte en calen d ario s del T iem po y el [E spacio, sin o tra fin alid ad que ex istir y se r d estru id o s, pues algo ha de h a b e r su scep tib le de destrucción. E ra n ecesario algún defecto en el u n iv erso ... 18

En esta vena y en m uchos m ás versos, Oulanem vitu­ pera el universo en el espíritu de M efistófeles, insultando a la raza hum ana por su indignidad, vom itando todas sus frustraciones, su confuso anhelo de la m uerte y de la inm ortalidad, y su deseo de d estru ir el m undo para lib erar a la hum anidad «encadenada, quebrantada, vacía, atem orizada», de las penas del m undo. Algún elem ento esencial de M arx está contenido en la espectral figura del d estru cto r, que considera a los hom bres como «los simios de un Dios indiferente» y, por tanto, condenados a la aniquilación. Un profundo pesim ism o corrosivo ha pene­ trad o en su alm a, y ya nunca se lib raría por com pleto del nihilism o rom ántico. Aunque M arx no llegó a ser un gran poeta, nunca con­ sideró perdidos los m eses que dedicó a la poesía, que, com o dijo en un carta a su padre, al m enos le había dado «una visión de los rem otos palacios encantados» de la au tén tica poesía. H asta el fin de su vida, la poesía segui­ ría siendo una pasión devoradora. T anto estudio filosófico y tan ta com posición poética provocaron una crisis nerviosa, y tuvo que p asar varios m eses de descanso en S tralau, un pequeño pueblo de pescadores ju n to al río Spree, a pocos kilóm etros de Ber­ lín. El aire puro, las com idas a horas regulares, los pa­ seos p o r la orilla del río y m uchas horas de sueño le de­ volvieron la salud, y de ser, com o él decía, «un pálido debilucho», pasó a ser robusto y vigoroso. A su regreso a la U niversidad de Berlín, se inscribió en el D oktorklub, una pequeña sociedad de idealistas jóvenes hegelianos, en la que parece que llegó a ser uno de los m iem bros diri­ gentes, secretario general extraoficial y responsable de sus archivos. Con su piel oscura, ojos oscuros y vivaces, b arb a negra y espesa m elena de cabellos negros, excita­ ble y despiadadam ente testaru d o , se distinguía de los dem ás m iem bros del club, y E dgar B auer le dedicó unos versos (véase pág. siguiente) que describen el efecto que producía en sus com pañeros. 19

¿Quién entra como una trom ba, im petuoso y salCvaje... el tipo m oreno de Tréveris, ardiendo de furia? No cam ina ni salta; se abalanza sobre su presa con furia arrolladora, como si quisiera a b arca r grandes espacios de cielo y b ajarlo s a la tierra, estirando sus brazos extendidos hacia el firm a[ m entó. Su puño m aligno está apretado, grita interm ina[blem ente, com o si diez mil dem onios le tirasen de los pelos. M arx continuó siendo im petuoso, apasionado y vehe­ m ente d u ran te la m ayor p a rte de su vida. No le gustaban los térm inos m edios. ¿Mientras tanto, asistía a las clases cuando se le anto­ jaba, dirigía los asuntos del D oktorklub, y escribía in ter­ m inables cartas a Jenny de W estfalia, ninguna de las cuales se ha conservado. Su p ad re m urió en 1838, cuando él estaba en el segundo año de la U niversidad de Berlín. Sus últim os años en esta universidad son los m enos do­ cum entados, y sabem os m uy poco sobre sus finanzas; es probable que se ganara la vida dando clases, po rq u e le era im posible sobrevivir con el dinero que recibía de su fam ilia. E stab a en m alas relaciones con su m adre, que sobrevivió a su m arido un cu arto de siglo. Después de cinco años en la U niversidad de Berlín, M arx abandonó sus estudios y se fue. Su tesis d o cto ral sobre La diferencia entre la filosofía de D em ócrito y de Epicaro, escrita con an terio rid ad , fue ace p ta d a p o r la U niversidad de Jena, en la que nunca h ab ía estudiado. Dedicó la tesis d o cto ral al b a ró n Ludw ig de W estfalia, «como m u e stra de devoción filial». E l b a ró n m u rió en la prim av era de 1842, u n año después de que M arx aban­ donase la U niversidad de B erlín. E n esta época, M arx ya se h ab ía fo rm ad o u n a idea c la ra de la orientación que q u ería d a r a su vida. Q uería se r d ire c to r de un periódico lib eral que atacase las fu er­ zas de la reacción. Con ay u d a de su am igo M oses H ess se convirtió, p rim ero en c o lab o rad o r y después en je fe de 20

redacción del Rheinische Zeitung, financiado por un grupo de banqueros e industriales de Colonia. Sus ideas aún no se habían endurecido, y sus artículos m ás interesan­ tes fueron los que escribió en defensa de la libertad de prensa y la libertad de los cam pesinos pobres para reco­ ger leña de los bosques, aunque éstos fuesen propiedad privada. Los banqueros e industriales de Colonia no se dejaron im presionar, y se vio obligado a dim itir en marzo de 1843. Dos m eses m ás tarde contrajo m atrim onio con Jenny de W estfalia. La boda se celebró en la iglesia evangélica de Kreuz­ nach, donde la m adre de Jenny, baronesa Carolina de W estfalia poseía una gran m ansión. Como dote, Jen­ ny recibió una bandeja de plata con el escudo de ar­ m as de la casa de Argyll, que se transm itía en la fam ilia de generación en generación, y un pequeño cofre lleno de dinero p ara los gastos de la luna de miel, que p asaro n en Suiza. Volvieron a K reuznach sin apenas un céntim o, pues habían gastado casi todo el dinero. M ientras vivía en la casa de Kreuznach, M arx escribió un largo ensayo Sobre la cuestión judía, uno de sus es­ critos m enos interesantes. Su solución de la cuestión ju d ía no era m uy diferente de la de Adolf H itler, pues en trañ ab a la liquidación del judaism o. Por prim era vez puede observarse en sus obras una dura nota de petu­ lancia, que conservaría hastá el fin. Aún m ás destructiva que la petulancia era la rotunda negación de la existencia de fuerzas m orales y un deleite en los despiadados epi­ gram as. El dinero era la raíz de todos los m ales; los judíos estab a n en posesión del dinero; por consiguiente, el ju d aism o debía ser aniquilado. E sc rib ió : «No sólo en el P entateuco y en el Talm ud, sino tam bién en la sociedad contem poránea encontram os la verdadera naturaleza del judío tal com o es actualm ente, no en abstracto, sino de un m odo to talm en te em pírico, no sólo como una limi­ tación im p u esta al judío, sino como una lim itación judia im puesta a la sociedad.» Su argum entación viene presen­ tad a en una form a filosófica, pero no obstante, la con­ clusión final de que «el judío se hace im posible» (ist der Jude unm öglich gew orden) es un grito de rab ia dirigido 21

contra sí m ism o. E m pobrecido, dependiendo del caudal de la baronesa de W estfalia, atacab a con fu ria a sus an­ tepasados. Una vez m ás oím os la voz estrid en te y aniqui­ ladora de O ulanem . Un segundo ensayo escrito d u ran te este período osten­ taba el pom poso títu lo de C ontribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de H eg el Es un ensayo corto, y tiene m uy poco que ver con Hegel, pero es m ucho m ás inte­ resan te que su ensayo sobre la cuestión judía, porque vemos com o va form ando p au latin am en te ideas que luego serían centrales en su filosofía. D iscute la religión, el pro­ letariado, la n atu raleza de los caracteres francés y ale­ m án, y la inm inente revolución que será provocada por la audacia y la inteligencia francesas y realizada m edian­ te la aplicación de la filosofía alem ana. No h ab la de la d ictad u ra del proletariado, sino de la abolición de éste. Ei ensayo concluye con la profecía: «Cuando se hayan cum plido todas las condiciones in tern as, la resurrección alem ana será anunciada p o r el canto del gallo gálico.» Con la «resurrección alem ana» se refería a la revolución alem ana. D espués de acab a r estos dos ensayos, m arch ó a P arís en o ctu b re de 1843 p ara e jercer el cargo de d irec to r de la D eutsch-Französische Jahrbücher (Anales francoalem am s ) , que a p esar de su no m b re era una revista m ensual. Dos ricos em igrados alem anes habían aco rd ad o financiar la revista, y en principio se decidió que co n ten d ría a rtíc u ­ los en francés y alem án. Ante la im posibilidad de encon­ tr a r colaboradores franceses, el p rim e r n ú m e ro doble, aparecido en febrero de 1844, resu ltó , en gran p a rte , un vehículo p a ra la difusión de los ensayos de M arx y de sus am igos. La rev ista fue secu e stra d a p o r la policía alem ana, y la fran cesa em pezó a m ira r con recelo al joven revo­ lucionario alem án que escribía en el lenguaje im p e n e tra ­ ble de la filosofía hegeliana so b re vagos lev an tam ien to s revolucionarios. E n P arís, M arx en tró en co n tacto cón m uchos de los principales p erso n ajes revolucionarios de la época. Cono­ ció a P roudhon, B akunin y Louis B lanc, asistió al salón de la condesa M arie d'A goult, la a m a n te de Liszt, y tra b ó 22

amistad con H einrich Heine, cuyos poem as había im ita­ do. Marx anim ó a Heine a escribir con m ordacidad sobre los m ales sociales, pero Heine ya era un consum ado satí­ rico social y no necesitaba el consejo de Marx. El m ás largo y despiadado de los poem as satíricos de Heine, una n a rra c ió n versificada de un viaje, titulado Germania, un cuento de invierno, es posible que debiera algo a las ins­ tancias de M arx. Se ha conservado una larga carta de Heine a M arx sobre la publicación de los poem as, que dem u estra que sus relaciones eran b astan te íntim as, y sa­ bem os p o r o tras fuentes que Heine visitaba de vez en cuando la casa de M arx, que le gustaba la com pañía de Jenny, y que en una m em orable ocasión salvó la vida de su p rim e ra hija, que tam bién se llam aba Jenny. La cria­ tu ra sólo tenía unos m eses cuando un día llegó Heine y la encontró sufriendo convulsiones. Los jóvenes padres la m irab an sin sab er qué hacer. —Tenéis que p re p a ra r un baño caliente —dijo Heine; y él m ism o calentó el agua y sum ergió a la niña en el baño. M arx no tenía ni idea de cuidar niños, el poco dinero que le quedaba se estab a agotando, y Jenny no tard ó en reg resar a P rusia. En sus cartas a su m arido, le in stab a m uchas veces a do m in ar su violencia, y se lam entaba de que él tuviese que escrib ir con ta n to ren co r e irritació n . M arx se quedó solo en P arís, y le resu ltab a m uy difícil vivir solo. D u ran te este período escribió los ensayos que después se hicieron fam osos com o M anuscritos económ i­ cos y filo só fico s de 1844, en los que d esarro llab a sus teo­ rías de econom ía y discute los p roblem as de la alienación. Tenía razones p a ra sen tirse aislado, po rq u e vivía en el exilio y carecía de un país, una religión, u n a esposa y una fam ilia; y de la contem plación de su p ro p ia alienación pasó a co n tem p la r la alienación del hom bre. «In m u n d icia —el estan cam ien to y p u trefacció n del h o m b re— , las aguas cloacales de la civilización (hab lan d o literalm en te ) llegan a se r p a ra él la esencia de la vida.» M arx p in ta el c u ad ro con los colores m ás oscuros, y ap u n ta la m o raleja: sólo m ediante la revolución del p ro le ta ria d o p o d rá el h o m b re 23

recibir lo que es suyo, libre de todas las m iserias de la alienación. A principios de setiem bre de 1844, M arx conoció a Friedrich Engeis. Alto, rubio, de ojos azules, m odales afables y cerebro privilegiado. Engeis era uno de esos hom bres que obtienen su m áxim a satisfacción de la crítica com pli­ cada y sutil, a diferencia de Marx, que p refería em p u ñ ar sus a rm a s críticas a una escala m ás am plia. Se hicieron am igos íntim os, porque cada uno veía en el o tro algo que a él le faltaba, y ju n to s com enzaron a tra b a ja r en un libro que se titu la ría Crítica de la crítica crítica. Se tra ­ taba, com o indicaba el título, de u n a crítica am biciosa y destructiva de las ideas filosóficas de la época. E n te rra ­ das en ella había unos cuantos p asajes sobre el tem a del proletariado, evidentem ente tom ados de las n o tas de M arx: Si el p ro letariad o sale victorioso, ello n o signi­ fica en m odo alguno que se convierte en el dueño absoluto de la sociedad, po rq u e sólo será victorioso aboliéndose a sí m ism o y a su oponente. E ntonces, el p ro letariad o , y su oponente d eterm in an te, la p ro ­ piedad privada, desap arecerán . De este m odo sinuoso, M arx tendió la tra m p a a gene­ raciones de co m unistas que esp erab an con an sied ad el m om ento en que el estado, la p ro p ied ad y el p ro le ta ria d o cedieran el paso a la perfecta sociedad co m u n ista. Como era evidente que el títu lo original no a y u d a ría a la venta del libro, lo cam biaron p o r el de La sagrada fa m ilia . Aunque las nueve décim as p a rte s de la o b ra h ab ían sido escritas p o r M árx, fue publicada con el n o m b re de am bos en feb rero de 1845 en F ra n k fu rt. M uy pocos la leyeron, y p ro n to quedó relegada al olvido. Cuando se publicó La sagrada fam ilia, M arx ya no se hallaba en F rancia, ya que h ab ía sido expulsado p o r o rden de la policía ju n to con cen ten ares de o tro s exilia­ dos alem anes en P arís. Se tra sla d ó en diligencia h a sta B ruselas, donde perm aneció d u ra n te m ás de tres años, exceptuando una c o rta estan cia en el R eino U nido. E n

Bruselas recorrió las bibliotecas, cam bió frecuentem ente de dirección, vivió en la pobreza, y escribió dos o b ras de gran importancia. Una, m uy breve, fue Tesis sobre Feuer­ bach, la otra, E l M anifiesto C om unista. En la p rim era esbozaba, en una serie de fórm ulas, un concepto p u ra­ mente m aterialista de la historia, y en la segunda procla­ m aba la llegada de la revolución com unista. Las tesis eran monótonas y frías, pero el m anifiesto se inflam aba de una especie de poesía vengadora. D urante su breve visita a L ondres en com pañía de Engels, M arx conoció a los escasos elem entos que aún q u edaban de un p artid o revolucionario alem án llam ado la Liga de los Justos. C arecía de historia, porque había surgido de m uchas conspiraciones y m uchos fracasos. La m ayoría de sus m iem bros eran obreros especializados inseguros de su fu tu ro revolucionario, vehem entes e idea­ listas, que in te n ta b a n tra z a r un p rogram a m ien tras per­ dían el tiem po en interm inables debates. A M arx le im ­ presionó p ro fu n d am en te su vehem encia, y p o r p rim era vez entrevio la posibilidad de c re a r un p artid o revo­ lucionario, reducido y m uy unido, capaz de eje rc e r una influencia m uy su p erio r a la que p o d ría esp erarse dado el núm ero de sus m iem bros. C uando regresó a B ruselas organizó la Liga com unista, el prim ero de todos los p a r­ tidos com unistas. De él fo rm ab an p a rte él m ism o, su es­ posa, su cu ñ ad o E d g ar de W estfalia, y exactam ente quince m iem bros m ás. La Liga com unista, fu n d ad a en el invier­ no de 1845, du ró en teo ría siete años, h a sta que M arx la disolvió. De hecho, nunca existió realm en te com o p artid o revolucionario; se lim itab a a ser un reducido grupo de am igos que servía com o caja de reso n an cia p a ra las ideas de M arx. E n Londres, la Liga de los Ju sto s proseguía sus deba­ tes. E n en ero de 1847, uno de sus m iem bros, Joseph Moll, un relo jero de Colonia, viajó h a sta B ruselas p ara p ed ir a M arx que cooperase con su p artid o . T am bién discutie­ ron la cuestión de la elab o ració n de un p ro g ram a. Las consecuencias de aquella e n tre v ista fueron tra sc e n d e n ta ­ les, p o rq u e M arx recibió el encargo de tra z a r el p ro g ra­ 25

ma. Se dem oró p o r diversas razones, y tran scu rrió algo m ás de un año antes de que El M anifiesto C om unista fuese com pletado e im preso en Londres: Un espectro está m erodeando por E uropa —el espectro del com unism o— . Todas las potencias de la vieja E uropa se han unido en una santa alianza p ara exorcizarlo: papa y zar, M etternich y Guizot, radicales franceses y espías de la policía alem ana,.. El com unism o ya es reconocido com o una po­ tencia p o r todas las potencias de E uropa. Ya es hora de que los com unistas hablen abier­ tam ente, ante el m undo entero, publiquen sus opi­ niones, sus m etas, sus tendencias, y repliquen al cuento de hadas del espectro del com unism o con un m anifiesto del propio partido. La soberbia insolencia de estas p alab ras iniciales sólo era igualada por la soberbia insolencia de la conclusión: Los com unistas no se re b a ja n a o cu ltar sus opi­ niones y sus m etas. D eclaran ab iertam e n te que sólo pueden lo g rar sus objetivos destruyendo p o r la fuer­ za todas las condiciones sociales existentes. Las clases dirigentes pueden te m b la r an te u n a revolu­ ción com unista. Los p ro letario s no tienen nada que p e rd e r a excepción de sus cadenas. Y pueden con­ q u ista r u n m undo. Cuando M arx escribió estas p alabras, sus seguidores no p asaban tal vez de una docena en B ruselas. Pero él es­ cribió com o si c o n ta ra con m illones. El panfleto fue pu­ blicado en L ondres en febrero de 1848, el año de las revo­ luciones, y no p ro d u jo el m enor efecto en los revolucio­ n ario s que se ap o staro n tra s las b a rric a d a s en Francia, P rusia, A ustria e Italia, po rq u e casi ninguno lo leyó. Sin em bargo, el m anifiesto, con su ap asio n ad a poesía, tenía vida propia, y ja m ás fue olvidado co m p letam en te. Lenin lo co nsideraba com o el único docum ento su p rem o en la h isto ria del com unism o, y, de todos los escrito s de Marx, es el m ás leído.

Acababa Marx de term in ar El M anifiesto Comunista cuando la policía belga le arrestó, después de enterarse de que había gastado cinco mil francos de oro, de una herencia de seis mil procedente de su padre, en rifles para arm ar a los trab ajad o res belgas. Corría peligro de su frir ima ejecución sum aria. Jenny tam bién fue arres­ tada; describió los horrores de la prisión en su autobio­ grafía Breve bosquejo de una vida m emorable. Intervi­ nieron poderosas influencias, y después de una noche en la cárcel y una m añana de interrogatorio, Marx, su es­ posa y sus tres hijos, Jenny, Laura y Edgar, fueron con­ ducidos a la estación del ferrocarril. Cuando llegaron a París supieron que la revolución de febrero había term i­ nado con la d erro ta total de los revolucionarios. Después de un m es escaso en París, Marx se dirigió a Colonia y se convirtió en d irecto r del Neue Rheinische Zeitwig, que se autodefinía como «órgano de la dem ocracia». E ra un diario m uy bien escrito que fluctuaba entre el libera­ lism o y la revolución. Marx estaba en su elem ento como director, y casi siem pre lograba llegar a un acuerdo con los censores. E l últim o núm ero, que apareció en mayo de 1849, se im prim ió en tin ta ro ja y contenía la despe­ dida de M arx a las autoridades que aplastaban las pe­ queñas rebeliones surgidas en Prusia: Som os despiadados y no os pedim os clemencia. C uando nos llegue el turno, no ocultarem os nuestro terro rism o . E n cam bio, los te rro ristas reales, los te rro rista s p o r gracia de Dios y de la ley, son b ru ­ tales, despreciables y vulgares en la práctica, cobar­ des, m ezquinos y traid o res en teoría, y tan to en la p ráctica com o en la teoría no tienen honor. Huyó a P arís ju sto a tiem po, donde vivió b ajo el nom ­ bre de Ram boz, pero la policía francesa no tard ó en des­ cu b rir su identidad. El 26 de agosto de 1849 llegó a Lon­ dres, que se ría su hogar p a ra el resto de su vida.

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Ill El visitante de Londres aún puede ver el ap artam en to increíblem ente pequeño donde M arx y su fam ilia vivieron ap retu jad o s desde diciem bre de 1850 hasta octubre de 1856. H abía un dorm itorio dim inuto, una cocina con fregadero, y una habitación que servía de sala de estar, cu arto p ara los niños, com edor, salón, estudio y biblio­ teca. El m ueble principal era una gran m esa anticuada, cu b ierta con un hule, que hacía las veces de escritorio y m esa de com edor. Las sillas eran desvencijadas, había polvo p o r todas p artes, libros y papeles se am ontonaban en to tal confusión, y el hum o del tabaco hacía denso el aire. Fue allí donde escribió sus libros y ensayos polém i­ cos, y donde m u riero n dos de sus hijos y su esposa es­ tuvo a p u n to de enloquecer. E stas tre s pequeñas habi­ taciones tienen cierta im p o rtan cia p ara la historia, p o r­ que en ellas em pezó a escrib ir E l capital en una época en que n u n ca sabía si p o d ría p a g a r al m édico, al casero al carn icero y al p anadero. La m iseria de aquellos años dejó su huella en él, p ero aún m ás m o rtifican te que la pobreza era sab er que ya no le q u ed ab an seguidores. D urante los p rim ero s m eses de 1850, los em igrados alem anes aú n soñaban con la re­ volución. M arx y u n grupo de am igos h ab ían creado una S ociedad U niversal d estin ad a a p ro v o car u n a ola revo­ lu cio n aria en G ran B retañ a, F ran cia y P rusia. Los m onu­ m entos públicos serían incendiados, los reyes y rein as de E u ro p a serían asesinados, y en to d as p a rte s se crearían gobiernos d ictato riales p o r los revolucionarios decididos a a p la s ta r to d a oposición y a d esq u itarse del fracaso de la revolución de 1848. P o r los escasos do cu m en to s que se conservan de la S ociedad U niversal, y p o r un inform e esc rito p o r un agente secreto alem án, que fue enviado a lo rd P alm ersto n , conocem os las gran d es esp eran zas que a le n ta b a n los em igrados. P ero la fiebre d u ró sólo unos 28

meses, los em igrados se enfrentaron entre sí violentamen­ te, y en el verano, la Sociedad Universal había dejado de existir. Desapareció porque sólo representaba a un pu­ ñado de revolucionarios y no atendía a ninguna de las verdaderas necesidades del pueblo. A bandonado a sus propios recursos, Marx se encerró en el Museo B ritánico, donde estudió las obras de los econom istas y los Libros Azules («Blue Books») publica­ dos por el G obierno británico sobre los aspectos de la reform a social. Se convirtió prácticam ente en un recluso, acudiendo al m useo todas las m añanas, y volviendo a casa por la noche. Iban algunos visitantes, había violentas pe­ leas ocasionales en tre los em igrados, en las cuales tom aba parte, pero ya no era el form idable articulista ni el d irr gente revolucionario, y poco a poco se iba sumiendo en el anonim ato. Su única fuente de ingresos eran los artículos m al pagados que escribía para el New Y ork Daily Tribune. E stab a aprendiendo a escribir en un vigoroso inglés que nunca llegó a parecer auténtico. Un descam ado sar­ casm o reco rría las páginas en que atacaba la política de lord P alm erston y se oponía a los designios del príncipe Luis Napoleón. P ara Jenny, educada en un am biente de distinción y lujo, aquellos prim eros años en Londres fueron una pesadilla. Siem pre había sido una m ujer muy sensible, consciente de su ascendencia aristocrática. La suciedad del Soho co n stitu ía un m undo totalm ente extraño para ella. Sin em bargo, la m ayor afrenta la sufrió en junio de 1851, cuando poco después del nacim iento de su hija F ranziska, la doncella, Helene Demuth, dio a luz el hijo ilegítim o de Marx. El asunto no trascendió, pero Jenny sufrió u n a crisis nerviosa y el propio Marx sintió te rro r ante la idea de que Jenny se divorciase de él y le con­ virtiese en el h azm erreír de los em igrados alem anes en Londres. Al año siguiente, F ranziska m urió de bronquitis y des­ nutrición. Aquella noche colocaron a la niña en el dorm i­ torio, m ien tras toda la fam ilia dorm ía en el suelo de la única habitación. M arx estaba dem asiado trastornado p a ra servir de ayuda, y fue Jenny quien salió a pedir 29

prestado el dinero para el féretro de su hija. En su frag­ m ento autobiográfico Breve bosquejo de una vida m e­ morable escribió: Con angustia en el corazón corrí a casa de un em igrado francés que vivía cerca de nosotros y solía visitarnos. Le supliqué que nos ayudase en aquel terrible mom ento. Me dio inm ediatam ente dos li­ bras, lleno de conm iseración, y con ellas com pra­ m os el pequeño féretro, donde ahora la pobre niña descansa en paz. No tenía cuna cuando llegó al m undo, y durante m uchas horas se le negó el úl­ tim o descanso. Marx encontró alivio en la m iseria de aquellos prim e­ ros años en Londres visitando ocasionalm ente algunos pubs con su am igo Wilhelm Liebknecht. Tam bién Jenny, com o relata en su libro, se d istraía en las salas p ara seño­ ras de los b ares de Londres, y le gustaba d a r largos pa­ seos solitarios p o r el West End. A m enudo enferm aba y con frecuencia se hallaba al borde del histerism o, y algu­ nas de las cartas m ás triste s de M arx a su am igo Engels, que entonces resid ía en M anchester, m encionan las d ia tri­ bas que le dirigía su m u je r porque se negaba a tra b a ja r y g an ar dinero p ara su fam ilia com o los dem ás hom bres. En la única ocasión conocida en que solicitó un em pleo (com o em pleado del ferro carril), sintió un gran alivio cuando se en teró de que su petición había sido denegada po rq u e su esc ritu ra e ra ilegible. Los años de m iseria y desesperación to caro n a su fin en el otoño de 1856, cuando M arx, su esposa y sus tre s h ijas, Jenny, L aura y E leanor, fueron a vivir a una casa en G rafton T errace, en H am pstead. Con dinero de Engels y una o p o rtu n a herencia, M arx em pezó a vivir com o un caballero burgués, con levita, ch istera y m onóculo. Su m u je r estab a en tu siasm ad a con su rep en tin o decoro. T eníam os aspecto de p erso n as resp etab les, y vol­ vim os a cam in ar con la cabeza erguida —escri­ bió—. N avegam os a toda vela h acia la tie rra de los filisteos. 30 I

Se quejaba de los filisteos, pero debió sentirse bien entre ellos, porque dio bailes y fiestas, y acudía con ellos a las playas de moda. Las niñas recibieron clases par­ ticulares de baile, declam ación, italiano y piano. La res­ petabilidad le gustaba mucho, al igual que a Marx. No obstante, nunca conocieron una época de seguridad financiera. Las cartas de Marx a Engels y la autobiografía de Jenny dem uestran que vivieron en continua inquietud. Aunque M arx ganaba pequeñas sum as escribiendo artícu­ los p ara una enciclopedia am ericana y publicando folle­ tos con ayuda de su am igo David U rquhart, nunca apren­ dió a adm inistrarse, y continuam ente estaba en deuda con el p restam ista. En una ocasión reunió un poco de dinero y lo invirtió en operaciones de Bolsa. De vez en cuando, ta n to M arx como Jenny hacían rápidos viajes al continente, a Francia, Países Bajos y Prusia, con la espe­ ranza de recoger fondos, pero estos viajes, em prendidos con ta n ta valentía, casi siem pre term inaban en un fraca­ so, y regresaban m ás pobres que antes. M arx escribía lentam ente sus libros en un estudio tan desordenado y tan lleno de periódicos, panfletos, Libros Azules («Blue Books») y libros de todas clases que sólo quedaba un pequeño pasillo p o r donde poder andar, y por el cual cam inaba a rrib a y ab ajo h asta g astar la alfom bra. Cada día estu d iab a m enos en el Museo Británico, porque la m ay o ría de libros estab a n a su alcance. Como siem pre, escribía a dos niveles —im petuosas polém icas y expo­ sición e ru d ita — y a veces aparecían am bos en un solo libro o folleto. La H istoria de la vida de lord Palm erston e H istoria diplom ática secreta del siglo x v n i, am bas es­ critas m ien tras vivía en Dean S treet, eran una com bina­ ción de los dos estilos. La H istoria de la vida de lord P alm erston no era una h isto ria ni una biografía, sino un intento de d e m o stra r que lord P alm erston estaba al servi­ cio de la co rte rusa. La o b ra tenía una gran deuda con «aquel m onom aniaco de U rquhart», que era amigo de Marx y p u b licab a sus artículos. U rquhart tenía sus razo­ nes p articu lares p a ra o d ia r a lord P alm erston, y no se 31

detenía ante nada para difam ar al hom bre que le había destituido de un im portante cargo. En H istoria diplom á­ tica secreta del siglo xv iii , M arx continuaba su investi­ gación de la extraña sum isión de la política ex terio r b ri­ tánica a los dictados de la corte ru sa sin a p o rta r pruebas, pero en el curso de su estudio de la h isto ria ru sa llegó a algunas notables conclusiones. Las leyes de h ie rro de la visión m arxista de la h isto ria eran entonces desconoci­ das p ara el m undo, y el m arxism o científico era algo que sobrepasaba los sueños m ás descabellados de M arx. Su in terp retació n de los rasgos principales de la h isto ria rusa se basaba en una cuidadosa erudición. A sus ojos, la his­ to ria ru sa era una tira n ía interm inable. Su o b ra sobre la n atu raleza del capital, m ad u rad a d u ran te ta n to tiem po, y ta n ta s veces aplazada, recibió un ligero im pulso en la nueva casa de H am pstead, y se puso a tra b a ja r en un estudio general de econom ía política, cuya p rim era p arte dedicaría al «capital en general». Pero la n atu raleza del capital seguía escapándosele, y el libro que publicó b ajo el títu lo de Crítica de la econom ía polí­ tica consistía en dos capítulos sobre p ro d u cto s y dinero, y no contenía ni una p alab ra so b re el capital. E n una carta a Engels m an ifestab a e s ta r cansado de la econom ía política y que estab a pensando en dedicarse a o tra cien­ cia. Pero en realid ad se entregó con feroz ab an d o n o a una obra polém ica co n tra K arl Vogt, an tig u o revolucionario y m ás ta rd e oscuro p ro feso r en la U niversidad de B erna, que había tenido la desgracia de p u b lic a r p o r su cuenta una autobiografía frag m en taria en la cual m encionaba brevem ente a M arx. La tím id a alusión de K arl Vogt fue contestada con el frag o r de un trueno. E n la m ás vio­ len ta de to d as sus o b ras polém icas, M arx atacó al profe­ so r com o si fu era el P ríncipe de las T inieblas, y p o r añ ad id u ra, atacó tam b ién a M oses Levy, un e d ito r inglés que en u n a ocasión h abía pu b licad o u n a rtíc u lo favorable a Vogt. M arx casi enloquece de fu ro r an te la idea de la intervención de Levy en el a s u n to : 32

Pues bien, Levy, propietario de esa cloaca central hecha de papel, no sólo es un experto en química: es u n infalible alquim ista. Después de tran sfo rm ar la b asu ra social de Londres en artículos de perió­ dico, convierte los artículos en cobre, y finalmente, tran sfo rm a el cobre en oro. Sobre la en trad a de esa cloaca central hecha de papel cam pean estas pala­ b ras escritas di colore cacuro: M e quisquam fo.xit oletum », o com o tan poéticam ente lo expresó Byron: «Cam inante, ¡deténte y... mea!» Con estos térm inos castiga M arx a Moses Levy en El señor Vogt, u n largo y denso libro lleno de im pro­ perios e indigno de su capacidad intelectual. El libro sólo d em u estra h a sta dónde era capaz de llegar Marx cuando le dom inaba el rencor. P asaro n siete años antes de que M arx term in ara El capital y lo diese a la im prenta. Sufrió continuas in terru p ­ ciones, debidas a prolongadas jaquecas y a una aguda infección estreptocócica; le salieron furúnculos por todo el cuerpo, y las m edicinas que tom aba p a ra curarlos dis­ m inuyeron su resistencia m ien tras los furúnculos proliferaban. O cu rra lo que o c u rra —escribió a Engels—, es­ p ero que la burguesía, h a sta que deje de existir, tenga m otivo p a ra re co rd ar m is carbunclos. C uando fu e a P m sia p a ra p oner el m anuscrito en m a­ nos de su e d ito r de H am burgo, sólo contaba cu aren ta y nueve años, p ero rep resen ta b a sesenta. M arx h ab ía puesto m uchas esperanzas en El capital. Creía que a u m e n ta ría su fam a y m ejo raría su situación, pero no sirvió p a ra ninguna de am bas cosas. Tuvo algu­ nas críticas, d em o stran d o u n cierto respeto, en enciclo­ pedias y periódicos alem anes, pero nadie com prendió que h a b ía escrito un libro que sobreviviría a casi todas las o b ra s de s u época. Cinco años después, apareció tra ­ ducido al ruso, y entonces se inició su segunda vida, por­ que ev en tu alm en te caería en m anos de Lenin. En vida de M arx n o se publicó ninguna edición inglesa.

Cuado Engels exam inó los papeles que dejó M arx después de su m uerte, descubrió con am arga so rp resa que había escrito m uy poca cosa de im p o rtan cia en los últim os quince años. Los m an u scrito s que luego se re* unieron p ara fo rm a r el segundo y tercer volúm enes de El capital, ya habían sido escritos. E n 1871, M arx publicó un opúsculo sobre La guerra civil en Francia, en defensa de la C om una de P arís, y un añ o después apareció bre­ vem ente com o uno de los organizadores del Congreso de la In tern acio n al de La H aya. M oviéndose e n tre b astid o ­ res, consiguió que B akunin fuese expulsado de la In te r­ nacional y que se ap ro b ase u n a resolución p a ra tra s la ­ d a r el C onsejo general de la In tern ac io n al a N ueva York, elim inando así de m a n e ra efectiva a to d a la organización de la In tern acio n al, d ad o que en N ueva Y ork no existía u n a m a q u in a ria capaz de c o n tin u a r el tra b a jo . Con idén­ tica a rb itra rie d a d h a b ía d isu elto la Liga co m u n ista vein­ te años antes. A m ed id a que ib a envejeciendo, se re tiró cad a vez m ás tr a s u n a an cian id ad p re m a tu ra , inhibiéndose de los asu n ­ to s del m undo. Su m u je r se esta b a m u rien d o de cán­ cer, el círcu lo de su s am igos y conocidos dism inuía, sus h ija s Jen n y y L au ra le a b a n d o n a ro n p a ra casarse con rev o lu cio n ario s franceses, y E leanor, la m ás joven, se co n v irtió en a m a n te de E d w a rd Aveling, u n cínico abo­ m in ab le que la a to rm e n tó h a s ta o bligarla a re c u rrir al suicidio. E m p ezaro n entonces p a ra M arx los años es­ tériles. De vez en cu an d o h acía el esfuerzo su ficien te p a ra a p a re c e r en u n o de los clu b s londinenses, o ib a a K arlsb ad a to m a r las aguas, donde b eb ía el n ú m e ro re­ g lam en tario de vasos to d o s los días, feliz en com pañía de los co m ercian tes y a ris tó c ra ta s que acu d ían al bal­ neario, p o rq u e ya no te n ía el m e n o r deseo de polem izar con ellos. La policía de K a rlsb a d le vigilaba y re d a c ta b a in fo rm es que e ra n arch iv ad o s y relegados al olvido. Ob­ serv aro n q u e h a b la b a con el p rín cip e X y la p rin ce sa Y, que p a se a b a p o r el b o sq u e de pin o s y que e ra c o rté s y afab le con q u ien q u iera que le ab o rd ase. E ra su m a n era de re n d ir trib u to a un viejo rev o lu cio n ario que ya no am en azab a la existencia del im p erio au stro -h ú n g aro . 34

En su juventud se había visto a sí mismo como un segundo Prom eteo destinado a cam biar el mundo, pero el m undo no cam bió apreciablem ente durante su vida com o resu ltad o de sus escritos y sus ideas. En los años setenta del siglo pasado, sólo unas cuantas personas re­ cordaban en Gran B retaña que era el autor de El Mani­ fiesto C om unista, que prom etía acabar con todos los sis­ tem as sociales existentes en un gigantesco cataclism o. Sus escrito s se m encionaban raram ente en las revistas espe­ cializadas, y m ien tras vivió, en Gran B retaña sólo apare­ ció u n artícu lo sobre su vida y sus ideas, escrito por E. B elfort Bax en 1881 en la revista M odem Thought. El artícu lo p ro cu ró cierta satisfacción a Marx, porque lo le­ yó en voz alta a Jenny cuando ésta yacía en su lecho de m uerte. Como él ya esperaba, estaba lleno de errores. U na de las personas que recordaban a Marx era la p rin cesa h ered era V ictoria de Prusia, hija m ayor de la reina V ictoria. En 1879 escribió a su amigo sir Mountstu a rt G rant Duff, m iem bro liberal del Parlam ento, para p reg u n tarle si sabía algo de Marx. El hizo indagaciones, se enteró de que M arx vivía en H am pstead, y le invitó a alm o rzar en el D evonshire Club. Sir M ountstuart G rant D uff inform ó después a la princesa que M arx le había causado u n a im presión favorable. Un hom bre bajo y me­ nudo, de cara redonda, frente bien proporcionada y ojos de m irad a algo dura, h ab ía aparecido en el club y d isertad o am ablem ente sobre la antigua gram ática es­ lava y u n a vida recién publicada de B ism arck. A la p reg u n ta de si creía que el desarm e reduciría las posibi­ lidades de revolución en E uropa, M arx contestó que el d esarm e era inconcebible porque los progresos científi­ cos p ro d u cirían continuam ente m ás arm as m ortíferas, y cada vez se g astaría m ás dinero en fabricarlas. Los pobres se em pobrecerían aún m ás, y las posibilidades de revolución serían m ayores. Cuando la conversación giró so b re Rusia, M arx dijo que esperaba «un gran es­ tallido, no m uy distante». E n ocasiones, d u ran te aquellos últim os años, Marx hablaba de los días en que había creído que le llam arían p a ra co n v ertirse en el p rim er d ictad o r socialista de la 35

nueva Prusia, con poder para o rd en ar todos los asuntos de la nación, pero hablaba sin entusiasm o, com o si ya no le interesara. Lo que m ás le absorbió d u ran te aque­ llos años estériles fue el estudio de la historia, y llenó cuaderno tras cuaderno con nom bres, fechas y lugares. Su últim a obra escrita con cuidadosa reflexión fue su Crítica del program a de Gotha, en la que denunciaba a los dos partidos socialistas alem anes después de produ­ cirse su fusión en la antigua ciudad de T uringia, Gotha. El pro g ram a que elab o raro n no tenía en cuenta en ab­ soluto sus teorías. Según aquél, debía p ro h ib irse el tra ­ bajo a los niños, y M arx opinaba que esto era econó­ m icam ente im posible. M arx m urió plácid am en te en Londres el 14 de m arzo de 1883, a la edad de sesen ta y c u a tro años. No fue iló­ gico que la ú ltim a p erso n a que le viese con vida fuera H elene D em uth, la m a d re de su hijo ilegítim o. Cuando m urió, se co n sid erab a un fracasado, y hacía tiem po que h abía ab andonado la esperanza de que el m ovim iento revolucionario de E u ro p a siguiera las re­ glas que él trazase con ta n aso m b ro sa seguridad en sí m ism o en E l M anifiesto C om unista, y en efecto, sus le­ yes no fueron obedecidas. Lo que o currió fue totalm en­ te inesperado e im previsible. Lenin tom ó posesión de las tab las de la ley, b o rró algunas de ellas, añadió o tras, les p restó un nuevo enfoque y u n a nueva definición, inventó nuevas interpretaciones, y se proclam ó el fiel seguidor de M arx cuando en realid ad estab a creando un nuevo sistem a de ideas que sólo tenían una m uy ligera rela­ ción con las ideas de M arx. No o b stan te, sin M arx no hubiese existido Lenin. Si M arx hubiera estado p resen te en P etro g rad o en 1917, h ab ría reconocido m u ch as cosas que le e ra n fa­ m iliares. E l criterio an iquilador, el tono sard ó n ico de Lenin, la fácil crueldad y am o ra lid ad de los bolchevi­ ques le hubiesen satisfecho, p o rq u e ta m b ién él te n ía un tem peram ento sardónico, la m o ralid ad no significaba nada p ara él, y tam bién él h ab ía soñado con d estru ir clases enteras p ara re h a b ilita r su fe en el triu n fo final del pro letariad o . Sin em bargo, hubiese rech azad o con 36

violencia la tiran ía im puesta sobre el proletariado vio torioso, las cám aras de to rtu ra, la falta de libertad de prensa, la continuada dictadura de burócratas autoelegidos, provistos de arm as y m áquinas propagandísticas p ara m an ten er al pueblo subyugado. H abía soñado con d estro n ar reyes y desposeer a los aristó cratas y propieta­ rios de grandes concentraciones de riqueza, con objeto de aliviar a los pobres de un peso intolerable. En vez de esto, em ergieron nuevos reyes, se proclam ó una nueva aris­ to cracia , y u n E stad o todopoderoso en posesión de toda la riqueza del país dictaba qué debía pensar y hacer cada m iem bro del pueblo. El rom ántico sueño alem án term inó en una pesadilla rusa. La so m b ra de K arl M arx se proyecta sobre toda la T ierra, y hay m uy poca gente que no esté bajo su som ­ bra. Si no hubiese vivido, el m undo sería un lugar di­ ferente, h a b ría diferentes fro n teras, y la m itad de las naciones del m undo ten d rían gobernantes diferentes; pero él no fue responsable de que ah o ra vivamos en una e ra de violenta revolución. Con o sin Marx, el m un­ do se h allaría en un ferm ento revolucionario. El no in­ ventó el com unism o, y no fue el prim ero en clam ar con­ tra la in ju sticia social y las enorm es desigualdades de riqueza, p ero supo que llegaban las grandes revoluciones antes de que estallaran. Poseía u n a voz fuerte y apasiona­ da, llena de una ex trañ a poesía. A veces, un solo grito puede desencadenar un alud. El profirió el grito, y el alud em pezó a rodar. K P.

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Aunque K arl M arx descendía por el lado paterno de generaciones de rabinos que se rem ontaban hasta el siglo xiv, d u ran te su infancia y juventud fue un cristia­ no p ra c tic a n te que asistía regularm ente a los servicios de la Iglesia evangélica. Fue bautizado el 26 de agosto de 1824, cuando tenía seis años, y confirm ado en la fe cristian a el 23 de m arzo de 1834, a los dieciséis. Hay algunas p ru eb as de que tom aba m uy en serio sus debe­ res religiosos. E n la ciudad de Tréveris, donde había vivido to d a su vida, existían n o rm as establecidas de con­ ducta religiosa: todo el m undo, incluso los librepensa­ dores, asistía a la iglesia o a la sinagoga. Años después, cuando M arx abandonó la fe cristiana y se consideraba ateo, daba m uestras, pese a ello, de la p ro fu n d a influencia que el cristianism o había ejer­ cido sobre él. Un m esianism o de índole peculiarm ente cristiana, no judía, im pregna sus escritos. Su visión de] p ro letariad o accediendo al poder después de que te rri­ bles c a tá stro fe s aso laran la T ierra, se ve influida por su lectura del A pocalipsis de san Juan. E n su libro Sobre la cuestión ju d ía atacó al ju d aism o y todas sus obras con u n a pasión próxim a a la h isteria; parecía que la sola idea del ju d aism o provocaba en él repentinos paroxism os de an g u stia tra s los cuales a tacab a a los judíos con una despiadada lógica b a sa d a en prem isas falsas. «El cristia­ nism o es la idea sublim e del ju d aism o —escribió—. El ju d aism o es la vulgar aplicación p ráctica del cristianis­ mo.» E ra u n o d e sus epigram as m ás desagradables, pero no cabe d u d a de que lo co n sid erab a un concepto verda­ dero de la relación e n tre el ju d a ism o y el cristianism o. «A pesar de to d o —d ijo M arx a su h ija E leanor—, hem os de 41

perdonarle m uchas cosas al cristianism o, porque nos ha enseñado a am ar a los niños.» Poco antes de su graduación en el gim nasio de Tréveris el 24 de setiem bre de 1835, M arx escribió un ensayo b ajo el títu lo Sobre la unión de lc*s fieles con Cristo se­ gún Juan X V , 1-14, descrita en su base y esencia, en su necesidad incondicional y en sus efectos. Su contenido refleja una fe ap asionada y fírm e en Dios y en la m edia­ ción de Cristo. El hom bre, declara, es «el único m iem ­ bro de toda la creación indigno del Dios que le creó». Pero, aunque indigno, el ho m b re es am ado p o r Dios, «el bondadoso Creador», que «no puede o d iar su propia obra». El espectro de la alienación, que ato rm e n ta ría a M arx desde el m om ento en que abandonó su fe religiosa, ap arece en el ensayo siem pre que M arx habla del repudio del ho m b re p o r p a rte de Dios. Aquellos que confiesan su confianza en Dios de fo rm a auténtica, a b ierta y fiel se libran p a ra siem pre del dolor del repudio, y los pa­ sajes m ás conm ovedores del ensayo describen a los hom ­ bres abriendo sus corazones a sus herm anos, am ando a Dios en u n esp íritu de autosacrifício: E ste a m o r p o r C risto no es estéril, no sólo nos llena del m ás puro resp eto y adoración hacia El, sino que tam bién actú a im pulsándonos a obedecer sus m andam ientos y a sacrificarnos p o r los de­ m ás, po rq u e som os virtuosos, p ero sólo virtuosos p o r a m o r a EL El ensayo de M arx hubiera gustado a los eclesiásticos m edievales, po rq u e conjuga la fe con un poderoso dom inio de la argum entación, que e stá siem p re b ajo control. Su exam inador lo calificó com o «una exposición reflexiva, fecunda y elocuente digna de elogio», y aun­ que le encontró algunos defectos (p o rq u e M arx h ab ía evi­ tado m encionar —aunque a veces q u ed ara im p lícita— la natu raleza esencial de la unión de los fíeles con C risto), reconoció la excepcional m a e stría del joven teólogo. Las cualidades que b rillan en este ensayo son m enos evidentes en el que dedicó al p rin cip ad o d e A ugusto, que 42

escribió en latín. Marx intenta contestar la pregunta de si el principado procuró a los rom anos m ás o menos fe­ licidad que el gobierno republicano existente antes de que Augusto u su rp ase todo el poder. De hecho, Marx tenía que elegir en tre el gobierno por el pueblo y La dictadura. Como la cuestión no puede dilucidarse en tér­ m inos de felicidad, procede a soslayarla, encontrando al­ gunas ventajas en la república rom ana, y otras, quizá m ayores, en el principado. La energía y el estilo directo que aparecen en el ensayo sobre la unión de los fieles con C risto faltan totalm ente aquí. A veces pierde el hilo, y no consigue se r del todo convincente. Indudablem en­ te, ad m irab a a Augusto por h ab er instaurado una era de paz sin precedentes, y al m ism o tiem po adm iraba a los republicanos, que vivían con sobriedad dedicados a sus tareas agrícolas, obedecían las leyes y despreciaban la retó rica. Acusa con razón a Augusto de privar al pueblo de libertad, y en o tro p árrafo le elogia por devolver la lib ertad al pueblo. E stas contradicciones os­ curecen un tan to su argum entación. De hecho, el ensa­ yo dem u estra que M arx se encontraba a gusto entre con­ tradicciones y experim entaba con ellas cierto placer iró­ nico. En El Dieciocho Brum ario, y en m uchas otras obras, dem ostró que juzgaba la historia con dureza y que d isfru tab a censurando a los actores que interve­ nían en su representación. En su latín algo burdo, pero fluido, no siem pre gram atical, lanza un dardo irónico co n tra Augusto: Su rem ado se distinguió p o r la clemencia, por­ que los rom anos, incluso cuando su libertad y toda sem blanza de lib ertad había desaparecido, conti­ n u aro n pensando que se gobernaban a sí m ism os, pese a que el em p erad o r tenía poder p ara a lte ra r co stu m b res y leyes, y todos los cargos desem pe­ ñados a n terio rm en te p o r los tribunos del pueblo estab a n ah o ra en m anos de un solo hom bre. No se d ie ro n cuenta de que el em perador, b ajo o tro nom ­ bre, d isfru ta b a de los honores que antes sólo se concedían a los tribunos, y de que les había des43

pojado de su libertad. E sta es realm en te una gran prueba de clemencia, cuando los ciudadanos no pueden discernir quién es el gobernante, n i si son ellos los que gobiernan o son gobernados. P o r p rim era vez, M arx exhibe aquellas peculiares cualidades de ironía y sarcasm o que se fu ero n agudizan* do con los años. Sus exam inadores le alab aro n p o r su conocim iento de la h isto ria rom ana, le rep ren d ie ro n por su caligrafía in trin cad a y casi ilegible, y no se dieron cuenta de que ya estab a dando m u e stras de que llega­ ría a se r un m aestro de la inflexión iró n ica y el epigra­ m a m ordaz. En el tercero de los ensayos del exam en, llam ado R eflexiones de un joven al elegir su profesión, le vem os m ás a sus anchas. No hay intención efectista: se en­ fre n ta a u n p roblem a m uy real. Da a la p a la b ra «profe­ sión» el sen tid o m ás am plio posible, y p o r ello el en­ sayo to m a la fo rm a de u n a resp u e sta a la p reg u n ta: «¿Qué puede h acer un h o m b re en su vida?» M arx con­ te sta que un ho m b re debe e v ita r to d as las tentaciones de am bición y te n e r m uy en cu en ta sus p ro p ias lim ita­ ciones. No puede ex istir u n a solución fácil; debe hacerse la p reg u n ta con devoción y b u sc a r el consejo divino. Ante todo, es necesario c a m in a r p o r la vida con dignidad, a p a rta rs e de los ad u lad o res y a s p ira r a u n a m e ta ele­ vada. C risto se sacrificó p o r la h u m a n id ad , y el hom ­ b re v erd ad eram en te noble ta m b ién debe sacrificarse, luchando p o r el b ie n e sta r de la h u m an id ad , y difícilm en­ te puede llam arse h o m b re si sólo b u sca sus p ro p ia s sa­ tisfacciones. P ero no se tr a ta sim p lem en te de llev ar u n a vida de dedicación, p o rq u e esta vida n o siem p re es posible. Los h o m b re s so n c ria tu ra s de la necesidad. « N u estras rela­ ciones en la sociedad ya se h a n fo rm a d o h a s ta cierto p u n to a n te s de que estem o s en situ a c ió n de d e te rm in a r­ las», escribió M arx. F ran z M ehring, el p rim e r biógrafo de M arx, vio en e sta s p a la b ra s el p rim e r re s p la n d o r del re lá m p a g o que a n u n ciab a la in te rp re ta c ió n m a te ria lista d e la h is to ria , p e ro e s to su p o n e p r e s ta r a esas p alab ras 44

un significado que en realidad no tenían. Marx era p r o fundam ente consciente de las trágicas implicaciones de elegir una profesión. La elección im plica terribles res­ ponsabilidades y, en el m om ento de hacerla, un hom bre puede firm a r su propia sentencia de m uerte. Marx es­ cribió: La n atu raleza ha dado a los anim ales una sola esfera de actividad en la que pueden m overse y cum plir su m isión sin desear trasp asarla nunca y sin sospechar siquiera que existe o tra esfera. Dios dio al hom bre, adem ás, un objetivo universal a fin de que el hom bre y la hum anidad puedan ennoblecerse, y le otorgó tam bién el poder de bus­ c a r los m edios p a ra alcanzar este objetivo; a él le corresponde elegir su situación m ás apropiada en la sociedad, desde la cual p o d rá elevarse y ele­ v ar a la sociedad, del m ejo r m odo posible. E sta elección es una gran prerrogativa conce­ dida al hom bre sobre todas las dem ás criaturas, que al m ism o tiem po le perm ite d estru ir toda su vida, fru s tra r todos sus planes y provocar su propia infelicidad. E n años posteriores, M arx com prendería toda la fuer­ za de estas p alab ras, p o rq u e eligió librem ente, vio fru s­ trad o s casi todos sus planes, y fue m uy desgraciado en su vida. E l arg u m en to es sostenido con gravedad en todo el tra ­ b ajo com o al com pás de una m úsica solem ne. Sólo un m uchacho que hubiese reflexionado p ro fu n d am en te po­ d ría h a b e r escrito los p asajes en que invoca la vida de hum ilde servicio p a ra con n u estro s sem ejantes com o la única p ro fesió n digna de se r tenida en cuenta; no ha lle­ gado con facilidad a esta conclusión, sino que ha lucha­ do p o r ella d u ra n te m uchos días con sus interm inables noches. C uando h ab la sobre «sus m ás p ro fu n d as convic­ ciones y la voz m ás p ro fu n d a de su corazón», no abriga­ rnos la m e n o r duda de que ha en co n trad o la resp u esta a la p re g u n ta en el fondo de s u corazón y de su m ente. 45

E n últim a instancia, se tra ta de un problem a religio­ so, y M arx sabe perfectam ente que una profesión inclu­ ye’o tra de fe. «La divinidad nunca abandona a los m or­ tales sin guía —dice—. Dios habla en voz b aja, p ero con fuerza.» Pero, de ser esto cierto, no h a b ría ninguna difi­ cu ltad en la elección de una profesión, pues el ho m b re sólo ten d ría que escuchar la voz de Dios. P or desgracia, y M arx lo com prende m uy bien, la voz de Dios puede ser apagada, y no siem pre el h o m b re in te rp re ta lo que oye. Sin em bargo, las señales perm anecen. Dignidad, a ltru is­ m o, felicidad ajen a... sin p en sar en estas cosas, dice, el h o m b re e sta ría com o m uerto. El ex am in ad o r que leyó el ensayo de M arx, escrito en u n a caligrafía enrevesada, dijo cosas m uy so rprenden­ tes acerca de él. H abló de u n a «búsqueda exagerada de expresiones insólitas y pintorescas», y observó que ca­ recía de «claridad, definición y exactitud». De hecho, el ensayo está escrito con g ran claridad, y hay una ausencia to tal de expresiones insólitas y p in to rescas. M arx lo escribió e n s u estilo m á s sobrio. H Pe

SOBRE LA UNION DE LOS FIELES CON CRISTO SEGUN JUAN XV, 1-14, DESCRITA EN SU BASE Y ESENCIA, EN SU NECESIDAD INCONDICIONAL Y EN SUS EFECTOS Antes de co n sid erar la base, la esencia y los efectos de la unión de C risto con los fieles, averigüem os si es­ ta u nión es necesaria, si es consustancial a la n atu ra­ leza del ho m b re y si el hom bre no po d ría alcanzar es­ te objetivo p o r sí solo —el objetivo y finalidad para los cuales Dios le ha creado de la nada. D irijam os n u e stra atención a la historia, el gran m aes­ tro de la hum anidad, y en su plum a de hierro hallarem os en terra d o el hecho de que todos los pueblos, cuando han llegado al grado m áxim o de cu ltu ra, cuando el Arte ha alcanzado su cénit, incluso en tales circunstancias, han sido incapaces de lib erarse de las cadenas de la supers­ tición y de fo rm a r conceptos verdaderos y dignos de sí m ism os o de Dios, m ien tras que su m oral, nunca libre de contribuciones extrañas, circu n scrita p o r innobles li­ m itaciones, h a aparecido caren te de pureza, y su virtu d ha nacido de su cru d a grandeza y su egoísm o exaltado y no de la pasión p o r la fam a y las acciones valientes o de un esfuerzo hacia la perfección total. Y los pueblos antiguos, los salvajes, los que no han oído to d a v ía las enseñanzas de Cristo, m u e stra n u n a in­ quietud in te rio r, pues tem en la ira de sus dioses y ab ri­ gan la convicción de que e ra n repudiados incluso cuando llevaban o fren d as a sus dioses, im aginando h a b e r expiado sus pecados. 47

I

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Y ciertam ente, el m ayor sabio de la antigüedad, el di­ vino Platón, habla en m ás de una ocasión de un pro fu n ­ do deseo de un Ser m ás elevado, cuya llegada co lm aría la sed insatisfecha de Luz y de V erdad. De este m odo la historia de los pueblos nos enseña la necesidad de n u e stra unión con Cristo. Y, en verdad, tam bién observam os co n stan tem en te la chispa divina en n u estro pecho cuando consideram os la h isto ria de los individuos y la n atu raleza del hom bre. O bservam os un entusiasm o p o r el bien, u n a necesidad de sab er, un ansia p o r la verdad, y com probam os que sólo la chispa de lo etern o es capaz de extinguir la llam a del deseo. Pero la voz sugerente del pecado se oye p o r encim a del en tu siasm o p o r la v irtu d , el pecado se b u r­ la de noso tro s en cu a n to la vida nos p erm ite se n tir todo s u poder, el deseo m ezquino de los bienes te rren o s fru s­ tra el esfuerzo hacia el conocim iento, y el an sia p o r la v erd ad es apagada p o r el dulce p o d e r de la m e n tira, y de este m odo o cu rre que el h o m b re es el único ser de la n atu raleza que no cum ple su objetivo, el único m iem b ro de to d a la creación indigno del Dios que le ha creado. Pero el bondadoso C reador no puede o d ia r su pro p ia obra. D esea que el h o m b re se eleve, y envía a su p ropio H ijo y nos h ab la a tra v é s de El: «V osotros estáis ya lim pios p o r la p a la b ra que os he hablado. (Juan X V , 3). »Perm aneced en mí> y yo en vosotros.» (Juan X V , 41 T ras h a b e r d em o strad o que la h isto ria de los pue­ blos y los deseos del p ro p io individuo d e m u e stra n la ne­ cesidad de la unión con C risto, co n sid erarem o s ah o ra el ú ltim o arg u m e n to y el m ás difícil: la P a la b ra del p ro ­ pio C risto. ¿Y dónde se expresa con m ay o r c la rid a d e s ta ne­ cesidad de la unión con C risto que en la h erm o sa p a rá ­ bola de la vid y los sarm ien to s, en que E l se llam a a sí m ism o la Vid y a n o so tro s los sa rm ie n to s? Los sa rm ie n ­ to s n o p u ed en p ro d u c ir fru to p o r sí solos, y p o r con\

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siguiente, dice Cristo, no podéis hacer nada sin Mí. A este respecto habla con voz todavía m ás fuerte cuando dice: «Si no perm aneciereis en mí...» (Juan XV, 4, 5, 6). Todo esto sólo pueden com prenderlo los que han escuchado la P alabra de Cristo; porque el m andato de Dios so b re tales pueblos y personas está m ás allá de nues­ tro juicio, puesto que ni siquiera estam os en situación de com prenderlo. El corazón, la razón, la inteligencia, la historia, todo nos habla con voz fuerte y convincente de que la unión con E l es absolutam ente necesaria, que sin El som os in­ capaces de cu m p lir n u estra m isión, que sin El seríam os rep u d iad o s p o r Dios, y que sólo El puede redim im os. T an p ro fu n d a es n u estra convicción de que esta unión es ab so lu tam en te necesaria que ansiam os explorar en qué consiste este gran don, este rayo de luz que llega a n u estro s corazones desde un m undo m ás alto y nos in sp ira y nos conduce, purificados, h asta el cielo. Nece­ sitam os sab er su b ase y su esencia interior. E n cu an to com prendem os la necesidad de la unión, la b ase se entiende in m ed iatam en te: está en n uestra necesidad de redención, en n u estra tendencia n atu ra l a pecar, en n u estra vacilante razón, en n u estro abandono de Dios, y no es preciso que busquem os m ás allá. ¿Q uién h a expresado la esencia de esta unión de m odo m ás herm oso que C risto en la p arábola de la vid y ios sarm ien to s? ¿Acaso ha expresado alguien en largos tra ­ tad o s el m otivo m ás profundo de la unión con m ayor clarid ad que C risto en las sencillas palab ras: «Yo soy la vid v erdadera y mi P adre es el vendi­ m iador. (Juan X V , l) . »Yo soy la vid, y vosotros los sarm ientos»? (Juan X V , 5). Si el sa rm ie n to fuese capaz de sen tir, contem plaría con deleite al ja rd in e ro que lo cuida, que re tira ansiosa­ m en te las m alas h ierb as y le une con firm eza a la vid de la que obtiene su savia y su alim ento. Del m ism o m odo, en n u e stra unión con C risto mira-

m os con am or a Dios y sentim os una ardiente g ratitu d hacia El, y alegrem ente nos postram os a sus pies. Entonces, cuando ha salido un sol m ás herm oso a través de n u estra unión con Cristo, cuando hem os cono­ cido el repudio total, nos regocijam os al m ism o tiem po en n u estra salvación, y aprendem os a a m a r a Dios, que antes se nos aparecía com o un S eñor ofendido, y que ah o ra es un P adre m isericordioso y un buen M aestro. Pero no sólo al ja rd in e ro co n tem p larían los sarm ien ­ tos si fueran capaces de sentir. Se u n irían in terio rm e n ­ te a la vid, y se se n tiría n ligados a ella de la m an era m ás íntim a; am arían a los o tro s sarm ien to s, p o rq u e el ja rd in e ro los tenía a su cuidado y p o rq u e el ta llo p rin ­ cipal les p re sta fuerza. Así pues, la unión con C risto consiste en la com unión m ás viva y p ro fu n d a con El, de m odo que le tengam os a n te n u estro s o jo s y en n u estro s corazones, y m ien tras estam o s im buidos del a m o r m ás elevado hacia El, diri­ gim os al m ism o tiem po n u e stro corazón hacia n u e stro s herm an o s, que están ligados in te rio rm e n te a n o so tro s y p a ra quienes El se dio a Sí m ism o en sacrificio. E ste a m o r p o r C risto no es estéril, no sólo nos llena del m ás p u ro resp eto y ad o ració n hacia El, sino que tam b ién a c tú a im p u lsán d o n o s a obedecer su s m a n d a ­ m ientos y a sacrificarn o s p o r los dem ás, p o rq u e som os virtu o so s, pero v irtu o so s sólo p o r a m o r a El. (Juan X V , 2, 9, 10, 12, 13, 14.) E ste es el g ran ab ism o que diferencia la v irtu d cris­ tia n a de las d em ás y la h ace s u p e rio r a to d as ellas; éste es u n o de los m ay o res efectos que p ro d u ce en los hom ­ b res la u nión con C risto. La v irtu d d eja de s e r u n a so m b ría c a ric a tu ra , com o en la filosofía estoica; no es p ro d u c to de u n a e s tric ta d o c trin a del deber, com o la e n c o n tra m o s en to d o s los p ueblos paganos; se d eb e al a m o r p o r C risto, a l a m o r p o r u n S er divino, y al p ro v e n ir de u n a fu e n te ta n p u ra, se lib era de todos los vínculos te rre n o s y es v e rd a d e ra ­ m en te divina. D esaparecen to d o s los asp ecto s repulsivos, to d a s la s co sas te rre n a s se eclip san , to d o lo v u lg a r se 50

disuelve, y surge la virtud, cada vez m ás dulce y m ás hu­ manaSi el raciocinio hum ano no hubiera sido capaz de re­ presentarse a sí m ism o de este modo, su virtud habría sido siem pre lim itada y terrenal. E n cuanto un hom bre ansia esta unión con Cristo, en cu en tra la paz y espera con calm a los golpes del des­ tino, se p re p a ra valerosam ente a com batir las torm en­ tas de la pasión, su fre sin tem or la ira de los malvados, porque ¿quién puede oprim irle, quién puede separarle de su S alvador? C ualesquiera que sean sus ruegos, este hom bre sabe que serán atendidos, porque ha rogado en su unión con C risto, y p o r lo tan to , de un m odo divino, ¿Quién no se n tiría ánim o y consolación por este hecho, que el pro­ pio S alvador h a m anifestado? (Juan X V , 7), ¿Q uién no so p o rtaría de buen grado las penas sabien­ do que si continúa en Cristo, sus o bras ensalzaran al mis­ m o Dios y su s propios logros glorificarán al Señor de la creación? (Juan X V . 8). Así pues, la unión con C risto contribuye a una eleva­ ción in terio r, al consuelo en la adversidad, a una tran ­ quila confianza, y a te n er el corazón abierto ai am or de la h u m a n id ad y de todos los hom bres nobles y gran­ des, no p o r am bición o deseo de fam a, sino a través de C risto: la unión con C risto produce una alegría que ios epicúreos b u scaro n en vano en su frívola filosofía, m ien­ tra s sus m ás p reclaro s pensadores se esforzaban p o r ad­ q u irirla en las m ás ocultas profundidades del saber: esta alegría sólo es conocida p o r el alm a libre y p u ra, en el conocim iento de C risto y de Dios a través de El, que nos ha en cu m b rad o a u n a vida m á s elevada y m ás herm osa M arx.

Una exposición m u y reflexiva, fecunda y elo­ cuente, digna de elogio, aunque no. se especifica ¡a esencia de la unión, su base sólo se describe desde un aspecto, y la necesidad se indica de m anera incom pleta, K upfer. 51

COMPOSICION DE LATIN

¿D EBE CONTARSE E L PRINCIPADO DE CESAR AUGUSTO EN TR E LAS EPOCAS MAS F E L IC E S DE LA REPUBLICA ROMANA? Cuando investigam os la n a tu ra le z a de la época de Augusto, se nos o cu rren m uchas cosas so b re las que po­ d ríam o s fu n d a m e n ta r n u e stro juicio: an te todo, p o r com ­ p aració n con o tra s eras de la h isto ria rom ana, pues si se puede d e m o stra r que la época de A ugusto se pareció a o tra s llam adas felices, y se a p a rtó de o tra s que se­ gún el juicio de los co n tem p o rán eo s y de co m e n ta rista s m ás recientes fu ero n m a rc ad as p o r retro ceso s y p o r un em p eo ram ien to de las co stu m b res sociales, estan d o el estad o dividido en facciones y lib rán d o se g u erras sin fo rtu n a , entonces esta co m p aració n p o d ría serv irn o s p a ra sacar n u e stra s conclusiones resp ecto a la época de A ugusto. La segunda p re g u n ta que debem os fo rm u la r se refiere a lo que sobre esta época o p in a ro n las generacio­ nes p asad as, y qué p en sab an las naciones e x tra n je ra s acerca del im perio. ¿Le te m ían o lo d esp recia b an ? Y finalm ente, ¿cuáles e ra n el a rte y la lite r a tu r a de aque­ lla época? P ara no ex ten d erm e m ás de lo n ecesario , co m p araré la época de A ugusto con la m e jo r de las épocas que la precedieron, feliz p o r la sencillez de las co stu m b res p o p u lares, el culto al valor, y la in te g rid a d del gobierno y del pueblo. T am bién en aq u ella época e sta b a n su b y u ­ g ad as las á re a s m ás débiles de Ita lia . T am b ién c o m p a ra ­ ré la época de A ugusto con la d e N erón, q u e n o pudo s e r m ás desgraciada. E n n in g ú n m o m en to e stu v ie ro n los ro m a n o s m enos in te re sa d o s en c u ltiv a r las a rte s lib e ra le s q u e d u ra n te 52

el período a n te rio r a las guerras púnicas, cuando los va­ lores culturales apenas eran apreciados y las personas m ás im p o rtan te s dedicaban su energía y entusiasm o a la ag ricu ltu ra, cuando la elocuencia no tenía ningún va­ lor y los hom bres h ab lab an con brevedad de lo que de­ bía hacerse y no buscaban la elegancia del lenguaje sino m ás bien la fuerza de la opinión. E n verdad, la historia no b u scab a la elocuencia, sino los hechos com probados, y sólo co n sistía en la recopilación de Anales. Todo aquel período estuvo dom inado p o r las luchas en tre patricios y plebeyos, y desde la expulsión de la m onarquía h asta la p rim e ra guerra púnica, am bos grupos pro cu raro n co n tin u am en te h acer valer sus derechos, y gran p arte de la h isto ria g u ard a relación con las leyes que los tri­ bunos o los cónsules e lab o raro n d u ra n te su co n stan te en­ fren tam ien to . Ya he m encionado lo que tu v o aquella época de encom iable. N o so n p recisas m u ch as p a la b ra s p a ra d escrib ir la época de N erón. Lo m ás n o to rio de la población fue asesinado, p re d o m in aro n las decisiones m alévolas, se conculcaron las leyes y se quem ó la ciudad. ¿Es necesa­ rio p re g u n ta r qué clase de época e ra ésta, en que los gobernantes, tem ien d o d e s p e rta r sospechas con buenas acciones, y al no im p u lsarles n a d a a gran d es logros, b u s­ caro n la gloria en la paz y n o en la g u erra? N adie d u d a de que la época de A ugusto fue m uy di­ ferente. Su re in a d o se distinguió p o r la clem encia, p o r­ que los ro m an o s, incluso cu ando la lib e rta d y toda sem ­ blanza de lib e rta d h a b ía d esap arecid o , c o n tin u a ro n cre­ yendo que se g o b ern ab an a sí m ism os, pese a que el em p e ra d o r te n ía p o d e r p a ra a lte ra r c o stu m b re s y leyes, y to d o s los carg o s d esem p eñ ad o s a n te rio rm e n te p o r los trib u n o s del p u eb lo e sta b a n a h o ra en m an o s de un solo h o m b re . N o se d iero n cu e n ta de que el em p erad o r, bajo o tr o n o m b re , d is fru ta b a de los h o n o res que a n tes sólo co n ced ían a los trib u n o s, y de que les h a b ía n des­ pojado de su lib e rta d . E s ta es re a lm e n te u n a g ran p ru e ­ ba de clem en cia, cu a n d o los c iu d a d a n o s no p u ed en dis53



cern ir quién es el gobernante ni si son ellos los que go­ biernan o son gobernados Nunca fueron los rom anos tan afo rtu n ad o s en la gue­ rra, porque subyugaron a los partos, conquistaron a los cántabros, y d erro caro n a réticos y vindelicios. Los germ a­ nos, principales enem igos de Rom a, co n tra los cuales César había luchado en vano y que habían d erro tad o a los rom anos en sus bosques p o r m edio de la traición, la em boscada y el valor, fueron atacados y perdieron innum erables vidas d u ran te el reino de Augusto, que logró este resu ltad o concediendo la ciudadanía a m u ­ chos germ anos, poniendo al fren te de sus fuerzas a ave­ zados generales, y su scitan d o la h o stilid ad e n tre los propios germ anos. Así pues, ni en los asu n to s in tern o s ni en hazañas m ilitares puede co m p ararse la época de A ugusto con la de N erón u o tro s em p erad o res aún peo­ res. Además, las facciones y feudos que en co n tram o s en las épocas a n terio res a las g u erras púnicas, to caro n a su fin, porque vem os que A ugusto h ab ía co n cen trad o en sí m ism o todos los p artid o s, to d o s los co n trin can te s y todo el poder. P o r ello no es posible que el p o d e r su p rem o fu era a p a rta d o de su persona, p o rq u e la dism inución de este p o d e r significa el m ay o r peligro p a ra el estad o en su con ju n to , y especialm ente en lo que se refiere a los pueblos ex tra n jero s; y los asu n to s públicos so n dirigidos m ás en fav o r de la am b ició n p riv ad a que de la seg u rid ad del estado. E n este asp ecto la época de A ugusto no m erece n ues­ tra atención, a m enos q u e co m p ren d am o s que te n ía fa­ llos num erosos, p o rq u e cuando su fren m enoscabo o de­ sap arecen el c a rá c te r, la lib e rta d y la virilidad, y p red o ­ m ina la codicia, la vida d eso rd e n a d a y los excesos, no se puede calificar a e sta época de a fo rtu n a d a . Sin em bargo, el genio de A ugusto y las in stitu cio n es y leyes estab leci­ das p o r los h o m b res de su elección consiguieron m e jo ra r el estad o ad m irab lem en te, q u e se h a lla b a en m alas condi­ ciones, y así fue com o se su p eró p o r co m p leto la confu­ sió n re su lta n te de las g u e rra s civiles. Com o ejem plo, o b serv arem o s q u e A ugusto d e p u ró el

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Senado, —en el que se habían integrado hom bres co­ rrom pidos— de los últim os vestigios de crim en, y expul­ só de él a m uchos hom bres cuya personalidad detestaba, reem plazándolos p o r otros individuos de integridad y sa­ biduría excepcionales. D urante el reinado de Augusto, abundaron en el gobierno los hom bres de excelente reputación y sabi­ duría. ¿Acaso pueden no m b rarse figuras m ás grandes que M ecenas o Agripa? En esto vem os el genio del em ­ perador, que p o r o tra p arte nunca lo exhibió con ningún alarde ni, com o hem os dicho, con ningún abuso de po­ der. P or el contrario, parece o cu ltar su invisible poder bajo u n aspecto m uy afable, y si el E stado se hubiese hallado en la m ism a situación que antes de las guerras púnicas, esta actitu d se h ab ría ad ap tad o m aravillosa­ mente a aquella época, porque incitaba a los esp íritu s a obtener logros im p o rtan tes y hacía a los hom bres te­ mibles p a ra sus enem igos. Tam bién incitaba a una ju sta competencia a p atricio s y plebeyos, a quienes, n a tu ra l­ mente, no les faltab a la envidia. El estad o creado por Augusto me p arece p o r lo m enos ad m irab lem en te adap­ tado a los tiem pos, po rq u e au nque los esp íritu s se vie­ ron un ta n to debilitados (a n im is e ffe m in a tis), y se per­ dió la sencillez de co stu m b res, y au nque el p oder del Estado se hizo mucho m ás notable, el em p erad o r, si no una república libre, pudo dar al m enos lib e rta d al

pueblo. Ahora nos preguntamos: ¿cuál fue el veredicto de las generaciones antiguas sobre A ugusto? Le lla m a ro n divino, y no le co n sid eraro n un hom bre, sino un dios. E sto no p o d ríam o s decirlo si fuese H o ra­ cio nuestro único testim o n io , pero Tácito, un h isto ria ­ dor digno de créd ito , siem pre h abló de A ugusto con la mayor reverencia, ad m iració n , e incluso con afecto. Por otra parte, en ninguna otra época hubo un re­ surgimiento tal en las artes y la literatura: vivía un gran número de escritores, y todo el mundo bebía de estas fuentes. Como parece que la república estaba bien organizada, y el emperador ansiaba dar felicidad a su pueblo, y con55

fiaba el gobierno a los m ejores hom bres, la época de Augusto puede incluirse entre las m ejores de la histo­ ria rom ana. En verdad, a diferencia de lo que sucedió en otros períodos aciagos, desaparecieron las facciones y los feudos, renacieron las artes y la literatu ra, y por ello el principado de Augusto debe contarse entre las m ejores épocas, y no hay que negar un gran m érito al propio em perador, porque pese a que detentó un po­ der absoluto, se esforzó p o r asegurar el b ien estar del Estado. M arx.

A dem ás de los errores anotados en los lugares correspondientes, y m uchos otros, sobre todo ha­ cia el final, ha escrito usted de un m odo digno de encomio, especialm ente por lo que respecta a su tra ta m ien to del tema, su conocim iento de la his­ toria y su dom inio del latín. Pero, .¡¡¡qué horrible caligrafía!!! W yttenbach . L oers .

REFLEXIONES DE UN JOVEN AL ELEGIR SU 1

' PR0FESI0N

La n atu raleza ha dado a los anim ales u n a sola es­ fera de actividad en la que pueden m overse y cum plir su m isión sin d esear tra sp a sa rla nunca y sin sospechar siquiera que existe o tra. Dios dio al hom bre, adem ás, un objetivo universal, a fin de que el h o m b re y la h u m a­ nidad puedan ennoblecerse, y le otorgó, tam b ién , el poder de b u scar los m edios de alcan zar este o bjetivo; a él le co rresp o n d e elegir su situ ació n m ás a p ro p ia d a en la so­ ciedad, desde la cual p o d rá elevarse y elev ar a la socie­ dad del m e jo r m odo posible. E sta elección es una gran p re rro g a tiv a concedida al h o m b re so b re to d as las dem ás c ria tu ra s , que al m ism o 56

le perm ite d estru ir su vida entera, fru stra r to­ jo s sus planes y provocar su propia infelicidad. E sta elección debe ser sopesada cuidadosam ente, de jxiodo que el p rim er deber de un joven al com enzar una carrera es asegurarse de que sus asuntos más im por­ tantes no estén a m erced de la casualidad. Todo el m undo tiene una m eta que considera im­ portante, una m eta que elige según sus m ás profundas convicciones y la voz m ás profunda de su corazón; por­ que la divinidad nunca abandona a los m ortales sin guía (ohne Führer). Dios habla en voz baja, pero con fuerza. Sin em bargo, esta voz puede ser sofocada con fa­ cilidad y lo que llam am os entusiasm o puede surgir en un in stan te, pero, tam bién, desaparecer en un instante. N uestra im aginación puede inflam arse, n u estras em o­ ciones d esp ertarse, podem os ver fantasm as ante nues­ tros ojos m ien tras nos abalanzam os hacia el objetivo que, tal vez equivocadam ente, nos im aginam os que Dios nos ha destinado; y lo que con tan to afán hem os b u s­ cado, se hunde de repente, y vem os toda n u estra exis­ tencia reducida a la nada. Por ello debem os reflexionar seriam en te si estam os en realidad en tu siasm ad o s p o r u n a carrera, preguntándonos si una voz in te rio r así lo afirm a, si la inspiración es un engaño, y si lo que considerábam os una llam ada divina no es realm en te una ilusión. Pero ¿cóm o podem os reco­ nocerlo, siendo n o so tro s m ism os la fuente del en tu ­ siasm o? La g randeza resplandece, su lum inosidad a tra e am ­ biciones, y la am bición provoca fácilm ente la in sp ira­ ción, o lo que co n sid eram o s in sp iració n ; pero si la furia de la am bición se ap o d era de n o so tro s, la razón ya no p o d rá c o n tro la rla y entonces la am bición nos lan­ zará h acia donde nos d irija n n u estro s tu rb u le n to s ins­ tintos. Ya no p o d rem o s d ecid ir n u e stra situ ació n ... El azar y la ilusión d ecid irán p o r n o so tro s. E n ta l caso no serem os llam ad o s allí donde n u e stra luz te n d ría m a y o r brillo; no se rá el p u esto que p o d ría­ nlos d e se m p e ñ a r d u ra n te m uchos años, sin can sam o s nunca y sin p e rm itir que n u e stro en tu sia sm o dism inuya tie m p o

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o se esfume; por el contrario, pronto verem os que núes, tros deseos no se cum plen, nuestras esperanzas no Se colman, empezamos a sentir resentim iento co n tra Dio^ y m aldecim os a la hum anidad. Pero no es sólo la am bición lo que puede despertar un entusiasm o repentino por o cu p ar un lugar en la so. ciedad. Tal vez le hemos prestado en n u e stra imagina, ción un brillo exagerado, haciendo que em bellezca al má­ ximo cuanto la vida puede ofrecernos. No lo hem os con­ siderado con cuidado, ni hem os calculado todo su peso y toda su responsabilidad; sólo lo hem os m irad o a dis­ tancia, y las distancias resu ltan engañosas. N uestra propia razón no puede aconsejarnos, porque no se apoya ni en la experiencia ni en la observación pro­ funda, y p o r lo tanto puede ser traicio n ad a por nuestras em ociones y cegada p o r n u e stra fantasía. ¿A quién, entonces, podem os acu d ir en busca de ayu­ da? ¿Quién nos aco n sejará cuando n u e stra razón nos abandone? N uestros padres, que ya h an reco rrid o su cam ino por la vida y han experim entado los rigores del destino, son los indicados. Y entonces si n u estro en tu siasm o persis­ te, si co n tin u am o s sintiéndonos a tra íd o s hacia esa situa­ ción en la vida, y creem os que es n u e stra vocación, si la hem os exam inado fríam en te, co m p ren d ien d o sus dificul­ tad es y su responsabilidad, sólo entonces nos será per­ m itid o acep tarla, p o rq u e el en tu siasm o ya no nos enga­ ñ a rá ni el a p re su ra m ie n to nos cegarás. No siem pre podem os seg u ir la p ro fesió n p a ra la que nos sentim os inclinados; n u e stra s relaciones en la so­ ciedad ya se h an fo rm ad o h a sta cierto p u n to a n tes de que estem os en situ ació n de d e te rm in a rla s. N u estra n a tu ra le z a física ya nos am enaza, o b stacu li­ zando el cam ino, y n adie puede d e so ír sus im perativos. N atu ralm en te, p o d em o s co lo carn o s p o r en cim a de ella; p ero es in ú til q u e re r c o n s tru ir u n a cosa so b re las ru in as, y p ro n to n u e s tra vida se ría u n a lu ch a desespe­ ra d a e n tre prin cip io s esp iritu a le s y m a te ria le s. Quien no es capaz de reco n ciliar los elem en to s en pugna en su in te rio r, tam p o co p o d rá vencer lo s v io len to s em bates 5&

la vida, ni o b rar serenam ente, porque los actos gran­ a s y herm osos sólo pueden surgir de la paz. E sta es la ¿nica tie rra que produce frutos m aduros. Aunque es im posible tra b a ja r m ucho tiem po con una naturaleza física inadecuada a n u estra condición en la vida —y aunque sea adecuada nunca es un trab ajo fá­ cil— el pensam iento que continuam ente predom ina en n0sotros es que, p ara dedicarnos a nuestro deber, tene­ mos que a c tu a r con serenidad y con fuerza; y cuando hemos elegido una posición para la cual carecem os de talento, nunca podrem os desem peñarla dignam ente, y entonces, al reconocer n u estra propia incapacidad, pron­ to nos sen tirem o s avergonzados, acusándonos a noso­ tros m ism os de ser c ria tu ra s inútiles, m iem bros de la sociedad incapaces de cu m p lir con su deber. La conse­ cuencia m ás n a tu ra l es que lleguem os a despreciam os, y no hay n ad a m ás doloroso y que m ás nos prive de los dones que puede o frecer el m undo, que sen tirse inútil. El desprecio de sí m ism o es una serpiente que se ocul­ ta en el corazón hu m an o y lo va corroyendo, chupando su sangre y m ezclándola con el veneno de la desespera­ ción y del odio hacia la hum anidad. Si nos engañam os en cu an to a n u e stra capacidad de desem peñar un puesto en la vida, verem os, si nos estu­ diamos a te n tam en te, que estam o s com etiendo un cri­ men que después se volverá c o n tra n o so tro s m ism os; esto o c u rrirá incluso au n q u e el m un d o ex terio r nos considere inocentes; y en n u estro s corazones a n id a rá el más h o rrib le de los to rm en to s. C uando lo hayam os sopesado todo, y si las condicio­ nes de la vida nos p e rm ite n elegir cu alq u ier profesión, debem os d ecid im o s p o r la que nos p re ste la m a y o r dig­ nidad, p o r aq u ella que esté b a sa d a en ideas de cuya ver­ dad estem o s a b so lu ta m e n te convencidos. P odem os ele­ gir una p ro fesió n que ofrezca la m ay o r p o sib ilid ad de tra b a ja r p a ra el bien de la h u m a n id a d y que nos acer­ que al o b je tiv o com ún, en relación con el cual to d as las profesiones son sólo un m edio p a ra alcan zar la perlección. La d ig n id ad es p re c isa m e n te lo que m ás eleva al 59

hom bre, dando a su tra b a jo una suprem a nobleza, asi como á sus aspiraciones, y perm itiéndole su p e ra r a los dem ás y d esp ertar su asom bro. Los hom bres m ejores, dotados de noble orgullo, sólo pueden elegir una profesión en la que no sean instru. m entos esclavizados, y que les p erm ita c re a r cosas hj. dependientem ente d en tro de su propio círculo, una pro fesión que no exija acto s reprobables, aunque sólo 10 sean en apariencia. La profesión que ofrece todo esto en el m áxim o grado no es siem p re la m ás elevada, pero siem pre será la preferida. Una profesión sin dignidad nos degrada exactam ente del m ism o m odo que si sucum bim os al peso de una profesión b asad a en ideas que m ás ta rd e reconocemos com o falsas. E ntonces vem os que n ad a puede ayudar« nos a no se r que tra te m o s de en g añ arn o s a nosotros m ism os, iQué desesperada es la salvación que proco de del engaño a sí m ism o! C ualquier profesión que no p en etre ni se identifique con n u e s tra vida, y no esté co m p ro m etid a con la verdad a b s tra c ta es su m am en te peligrosa p a ra un joven cuyos principios aún no sean sólidos, cuyas convicciones aún no sean firm es e in d estru ctib les, au n q u e parezcan muy ex altad as; p ero no o cu rre así cuando las raíces es­ tán bien asen tad as en n u e stro corazón, y sacrificam os n u e stra s vidas y to d o s n u e stro s esfuerzos p o r las ideas que perseguim os. Así pues, aquellos que sienten u n a vocación h a n sido bendecidos, p e ro los que se p re c ip ita n sin reflexionar hacia su m e ta y sólo viven el m om ento, son aniquilados, La elevada opinión que tenem os de n u e s tra s ideas, so b re las que se b asa n u e stra profesión, n o s conduce a u n a situación m e jo r en la sociedad. E n salza nuestra dignidad y hace que n u e s tra s acciones sean encomiables. Quien elige u n a p ro fesió n a la q u e concede u n gran valor, p e ro que le in sp ira tem o r, se h ace in d ig n o de ella. D ebe a c tu a r no b lem en te re sp e c to a ella, ya q u e noble es su situ ació n en la sociedad. E l p rin cip io esencial que debe g u ia rn o s a l eleg ir una 60

p ro fesan es el b ien estar de la hum anidad, n u estra pro­ pia realización. No hay que dejar que estas dos cosas se enfrenten en una lucha a m uerte; la una no debe des­ truir a la otra. La naturaleza del hom bre es tal, que no puede alcanzar su objetivo final a menos que trab a je por e] bienestar del m undo. Si actúa sólo para sí m ism o, tal vez pueda llegar a ser un científico fam oso, un gran sabio, un excelente poeta, pero nunca llegará a ser un hontbre verd ad eram en te grande y perfecto. La h isto ria sólo considera grandes hom bres a los que se h an ennoblecido tra b a ja n d o p ara el bien com ún, ha experiencia d em u estra que los m ás felices son los que han hecho felices a m uchos hom bres. La propia reli­ gión nos enseña que el S er ideal, al que todos aspiram os, Se sacrificó p o r la hum anidad, y, ¿quién osaría co n tra­ decir tal veredicto? Si hem os elegido un posición en la vida en la cual podemos tra b a ja r p a ra la h u m an id ad , no desfallece­ remos b a jo su peso, po rq u e es un sacrificio hecho p ara todos. La alegría que experim entam os no es m ezquina, pequeña ni egoísta, p o rq u e n u e stra felicidad pertenece a m illones de p erso n as y n u estro s actos p e rd u ra rá n si­ lenciosa p ero efectivam ente a través del tiem po; y nuestras cenizas serán reg ad as p o r las lágrim as agra­ decidas de los h o m b res nobles, M arx.

M uy biem E l tra b a jo es encom iable pc.r su riqueza de ideas y la bien planeada organización del m aterial. Pero el a u to r v u e lv e ■a caer en su error habitual: una b ú sq u ed a exagerada de expresiones insólitas y p intorescas; lo que hace que toda la p resen ta ­ ción, com o se indica en los n u m ero so s pasajes se­ ñalados, carezca de la necesaria claridad, d efin i­ ción y exa ctitu d , lo cual es ig u a lm en te cierto de algunas exp resio n es aisladas y de la e stru c tu ra del ensayo en su c o n ju n to . W yttenbach.

7T in aìx>

La poesía apasionó a Marx durante toda su vida. Po­ seía una memoria retentiva y recitaba con mucha expre­ sión largos pasajes del Fausto de Goethe, con especial preferencia por los discursos de Mefistófeles. Conocía bien y le gustaban Homero, El cantar d e los Nibelungos, la Divina C o m e d ia , el teatro en verso de Calderón y casi todos los poetas alemanes importantes. Sentía hacia Heinrich Heine un profundo respeto que rayaba en la reverencia, y durante un breve período fueron íntimos amigos. Pero en la galería de poetas había dos a los que adm iraba extraordinariamente: Goethe y Shakespeare. En su casa imperaba un verdadero culto de Shakespeare; todos los miembros de la familia tomaban parte en leo turas o representaciones teatrales y, aunque prefería los pasajes rebosantes de ira y pasión, le gustaban mucho los tiern o s y líricos. Llevaba la poesía en la sangre, y le resu ltab a tan imposible vivir sin poesía como vivir sin su visión de u n mundo comunista. H ubo u n a época en que creyó que poseía las cuali­ dades de u n p o eta, incluso de u n g ran p o eta. M ientras estudiaba en la U n iv ersid ad de B erlín, escribió tre s lib ro s de versos ro m á n tic o s dedicados a Jen n y de W estfalia, con q u ien e s ta b a p ro m e tid o en secreto. E sto s versos, bajo el títu lo c o n ju n to de L ib r o d e l a m o r , n o e ra n de inspiración p ro p ia , p e ro d e m o stra b a n q u e p o seía ta le n to poético, y n u n c a se avergonzó de ellos, p o rq u e consi­ deraba q u e e s c rib ir p o esía e ra u n a fase n ec e sa ria de su desarrollo y la m á s a g ra d a b le de las m u c h as fases p o r las que se p ro p o n ía p a s a r, y a q u e e sta b a ín tim a m e n te relacionada co n s u a m o r p o r Jenny. E n n o v iem b re de 1837, c u a n d o y a se h a b ía ex tin g u id o la p asió n p o ética, ** acusó e n u n e s c rito de h a b e r a b a n d o n a d o la re a lid a d 65

por un vago entusiasm o, sin una com prensión de la ver» dadera naturaleza de la poesía. «Sólo eran sentim ientos, expresados sin orden y sin form a, sin n atu ralid ad , cons­ truidos al azar, todo lo contrarío de lo que deberían ser, reflexiones retóricas en lugar de pensam iento poéti­ co.» Pero esto era ir dem asiado lejos, po rq u e m uchos de los poem as m erecían grandes elogios, y él veía en ellos, pese a sus defectos, «cierto cálido sentim iento y un esfuerzo hacia la intensidad». De hecho, m uy pocos de los poem as eran reflexiones retó ricas. E stab a apren­ diendo a tra z a r fro n teras bien definidas, al tiem po que in te rp re ta b a sus relaciones am orosas con Jenny en tér­ minos de d ram áticas m itologías inventadas p a ra verla en una perspectiva poética. Los poem as rebosaban de figuras fatídicas; el escenario corresponde a las im ágenes más exaltadas del rom anticism o; los dem onios acechan en los bosques de la im aginación, b ajo el resplandor de la luna; y Marx se sien te to talm en te a gusto en su papel de d ire c to r de escena, o rd en an d o las extrañas vidas de sus dem onios, sus vírgenes y sus criatu ras mitológicas, porque las hechiza p a ra que cobren vida. Uno de estos poemas llegó a publicarse en la revista literaria de Berlín, A thenaeum , en 1841. Describe a un violinista cuya música conjura las fuerzas de la oscuridad en un delirante frenesí. El violinista, que es el propio Marx, toca su instrumento con una pasión tal que sólo podrá sucederle una cosa: se destruirá a sí mismo. Al­ guien, tal vez Jenny de Westfalia, le pregunta por qué ha de tocar de esta manera, y él responde que no puede contenerse y que la traspasará con su «espada teñida

de sangre» antes de que estallen su corazón y su violín.

EL VIOLINISTA El violinista toca su violín con sus largos cabellos en desorden. Lleva una espada en el cinto y una túnica amplia y arrugada» 66

I

I

J j, i I

«|0h, violinista!, ¿por qué tocas con tal furia? ¿Por qué hay en tus ojos un brillo salvaje? ¿por qué la sangre ardiente y las olas encrespadas? ¿Por qué rom pes tu arco en m il pedazos?» «Toco p ara el m a r em bravecido que se estrella co n tra el acantilado, para cegar m is ojos y que arda mi corazón y que mi alm a resuene en el fondo del infierno.» «¡Oh, violinista!, ¿por qué con esta burla? Tu arte te por un Dios rad ian te p a ra hasta la arm oniosa m úsica

desgarras tu corazón fue dado elevar tu m ente de las estrellas.»

«Escucha, m í espada teñida de sangre tra sp a sa rá certeram en te tu alm a. Dios no conoce ni resp eta el arte. Los vapores infernales invaden el cerebro. H asta que enloquezco y se tra n sfo rm a m i corazón. Mira esta espada: m e la vendió el P ríncipe de las Tinieporque él m a rc a el tiem po y traza los signos. [blas, Con fu ria creciente toco la danza de la m uerte. Debo to c a r con furia, debo to c a r rau d am en te, hasta que m i corazón y m i violín estallen.» El violinista toca su violín con sus largos cabellos en desorden. Lleva u n a esp ad a en el cinto y u n a tú n ic a am p lia y a rru g a d a . Algunos de los sím bolos u sad o s en el poem a pueden ser fácilm en te reconocidos. E l p acto del violinista y el Principe de las T inieblas debe m ucho al p acto e n tre F aus­ to y M eñ stó feles en el F austo de G oethe. La «túnica am ­ plia y a rru g ad a» p roviene ev id en tem en te de la tú n ica sagrada, q u e se exhibía u n a vez al año en la c a te d ra l de T réveris. H ay un obvio sim b o lism o freu d ian o y el deleite c a ra c te rís tic o de M arx en el p rin cip io destruc67

tor, en la violencia rom ántica. Pero aquí debe observarse que esta violencia no surge al exterior, p o rq u e el violi­ nista sólo se d estru irá a sí m ism o. E n Oulanem, el d ram a poético de M arx, la violencia se exterioriza, y el tem a es la destrucción del ho m b re p o r el hom bre, y h asta incluye la am enaza de d estru cció n de toda la hum anidad, p ro ferid a p o r O ulanem . E n tram o s en un m undo donde todos los p erso n ajes dom inan las artes de la destrucción, ap risio n ad o s en las redes de una secreta ansia de venganza. Com o no se nos dice por qué están ta n decididos a exigir venganza a escala tan masiva, hem os de su poner que M arx dio rien d a su elta a sus propias fu rias d estru cto ras. O ulanem es la tragedia de un vengador. El escenario es u n a ciudad italian a de m o n tañ a, cuyo nom bre no se m enciona, donde se e stá celeb ran d o una fiesta. H an llegado tan to s v isitan tes que O ulanem y su joven com pañero Lucindo no e n c u e n tra n h ab itació n en la posada, y se m u e stra n agradecidos cu an d o P ertin i les ofrece su casa. P ertin i e stá m uy satisfec h o de su gene­ rosidad, porque ha reconocido en O ulanem a u n antiguo enem igo, y p ro n to se le o cu rre que puede d e stru irlo corrom piendo a Lucindo. P ero Lucindo no es fácil de sobornar. Fiel a O ulanem , y conocedor de las intenciones de P ertini, p asa a la ofensiva y a ta c a a su ad v ersario con a rd o r juvenil. E l diálogo e n tre ellos asu m e la form a de una lucha dialéctica que n u n ca se resuelve com ple­ tam ente. La larga escena te rm in a con la a p a re n te victoria de P ertini, p ero su ú ltim a p alab ra, d irig id a a Lucindo, es «M isstrauen!» («¡Desconfianza!»), p ro fe rid a con vio­ lento odio. La escena siguiente tiene lu g a r en u n a h a b ita c ió n de la casa de P ertini, donde O ulanem va a p ro n u n c ia r un e x tra o rd in ario soliloquio. Pasea, inquieto, p o r la h a b ita ­ ción,* y de p ro n to se detiene b ru scam en te, cru za los brazos y se dirige al au d ito rio . E n n in g u n a o b ra de M arx hay un p asaje co m p arab le de ta n d u ra invectiva. Su odio hacia el m undo le lleva a u n a visión de destrucción total. O ulanem ya no puede s o p o rta r la d ep rav ació n de los h o m b res y los condena a la p erd ic ió n en u n p asaje

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,

que parece h a b e r sido escrito en un a rra n q u e inigua­ lable de fu ria poética. Los h o m b res no m erecen vivir, y por ello ya es h o ra de d e stru irlo s to talm en te. O ulanem se ve a sí m ism o com o el d e stru c to r, el juez que condena y después a ctú a de verdugo, convencido de p o seer po­ deres divinos p a ra a n iq u ilar el universo. Los h o m b res do son m ás que sim ios: Los m undos nos a rra s tra n en sus rotaciones, en to n an d o sus cán tico s de m u e rte, y nosotros... N o so tro s som os los sim ios de un Dios indiferente. E sta -sentencia a que está condenada la h u m a n id ad no ad m ite el p erd ó n , y O ulanem se en tu siasm a an te la perspectiva de m o rir ju n to con el m u n d o . Se su icid ará, a rra s tra n d o al m u n d o con él: jAh, tengo que a ta rm e a lina ru e d a de llam as y b a ila r gozoso en el círcu lo de la etern id ad ! Si existe Algo q u e devora, s a lta ré a s u in te rio r, au n q u e d e stru y a el m u n d o ... D estro zaré con p e rm a n e n te s m aldiciones el m u n d o que se in te rp o n e e n tre m í y el A bism o. P rosigue de este m odo, acu m u lan d o m ald icio n es so b re la m ise rab le ra z a h u m a n a e te rn a m e n te e n c a d e n a d a al bloque de m á rm o l de la E x isten cia, sin e sp e ra n z a y sin destino; y después de p ro n u n c ia r su la rg o m onólogo, O ulanem se sien ta a n te la m esa, to m a su p lu m a y escrib e. No sab em o s qué escribe, p e ro es p o sib le que sea u n a nota de d esp ed id a o u n a sen ten cia fo rm a l de m u e rte p a ra toda la creación. El d isc u rso de O ulanem es im p o rta n te p a ra com ­ p re n d e r las id eas de M arx. «C om bate o m u e rte , lucha san g rien ta o aniquilación.» Al final de M iseria de la filo ­ sofía, c ita con a p ro b a c ió n e sta s p a la b ra s de la ro m á n tic a novela de G eorge S an d Jean Z iska , que p o d ría h a b e r sa­ cado ig u a lm e n te de O ulanem . E n E l M a n ifie sto C o m u n ista oím os la m ism a voz e s trid e n te p id ien d o u n a g u e rra a tnuerte e n tre el p ro le ta ria d o y la b u rg u e sía , u n a b a ta lla sin c u a rte l p o r am b o s b a n d o s. E s im p o rta n te o b s e rv a r que la filosofía d e M arx de la d e s tru c c ió n de clase s tie n e 69

sus raíces en el dram a rom ántico. La pasión poética se trad u jo en una pasión social; y el Mefistófeles de Goethe, cuya som bra persigue al fantasm al Oulanem , tuvo algo que ver en la elaboración de E l M anifiesto C om unista. La cu arta escena del d ram a se abre con el segundo encuentro entre Pertini y Lucindo. Pertini, p ro te c to r de la herm osa Beatrice, ha organizado secretam en te una escena de seducción. Ya que no ha logrado co rro m p er a Lucindo, encom endará esta m isión a B eatrice, que es alem ana de nacim iento. Lucindo se enam ora de ella, y algunos de los m ejores versos de la tragedia correspon­ den a los am antes en su repentina declaración de am or. En el m om ento en que Lucindo abraza a B eatrice, W ierin irru m p e en la habitación, afirm ando que es su p rete n ­ diente y exigiendo satisfacción en un duelo. Las últim as palabras son pronunciadas p o r B eatrice, la cual com pren­ de dem asiado ta rd e que es un m ero in stru m e n to de P ertini p ara co rro m p er a Lucindo o p rovocar su m uerte. «¡Mi corazón lo presentía!», exclam a, y cae el telón. La única tragedia que M arx escribió te rm in a aquí, inacabada. El dram a, tal com o lo escribió, h ab ía llegado a un im passe, en p a rte porque el a u to r carecía de las dotes de un p oeta trágico, y en p a rte p o rq u e e ra incapaz de concebir una h isto ria con argum ento, p ero especial­ m ente po rq u e los tre s p erso n ajes principales, Oulanem , Lucindo y P ertini, e ra n proyecciones de sí m ism o y no podía ex istir u n a v erd ad era tensión d ra m á tic a e n tre estos diversos aspectos de un único p erso n aje m efistofélico. O ulanem era M arx com o juez y verdugo; Lucindo rep re­ sen tab a su inteligencia juvenil; P ertin i en carn ab a, ta l vez, la conciencia de su p oder p a ra d o m in ar a los dem ás en el arg u m en to destructivo. El sim bolism o de los nom ­ bres es evidentem ente claro. O ulanem es u n an ag ra­ m a de M anuelo = E m anuel = Dios. L ucindo d eriv a de lux — luz, y P ertin i de perire = perecer. B eatrice es Jenny de W estfalia, a la que ya e sta b a p ro m etid o en secreto, aunque tem ía que el m a trim o n io n o lleg ara a celebrarse; de ahí la expresión «¡Mi corazón lo p resen tía!» M arx h ab ía d e m o strad o que sab ía e sc rib ir versos bien co n stru id o s y m em o rab les, p e ro n o sa b ía contar 70

una historia dram ática. H ubiera sido posible escribir en tres actos un d ram a convincente en el cual P ertini lu­ chara a m u erte con O ulanem y Lucindo. C onoceríam os la razón de que P ertini odiase a O ulanem h asta tal punto. A parecerían o tro s personajes, y, aunque surge un tal Alw ander, p ro p ietario de casas, y P erti, un sacerdote, sólo son citados en la lista de personajes. Como m uchos jóvenes d ram atu rg o s, M arx no supo organizar el m aterial. No o b stan te, el d ram a, ta l com o se conserva, tiene una ex tra ñ a grandeza y una g ran em oción íntim a. Marx escribía sobre cosas que le atañ ían m uy de cerca. Aunque escribió en un lenguaje ya conocido, extraído en realidad del Fausto de Goethe, y que tenía su c o n tra ñ g u ra lite­ ra ria en los d ram as de Z acharias W em er, la voz era exclusivam ente suya. La escena alem ana h ab ía visto innu­ m erables personajes m efistofélicos con ad itam en to s ro­ m ánticos y pom posos, y am enazadores discursos p rom e­ tiendo u n te rre m o to en los cim ientos de la T ierra: pero O ulanem era m ás convincente que la m ayoría de ellos. H abla con au tén tic a pasión, y hay m om entos en que alcanza la a u tén tic a poesía. En u n a c a rta a su p a d re en noviem bre de 1837, M arx lam enta su destino com o poeta. H ab ía p asad o m uchas noches de insom nio com poniendo estos versos, y h ab ía llegado al b o rd e de u n a crisis nerviosa, p ero ai m enos, le h ab ía sido dado e n tre v e r la T ierra P ro m etid a. Sobre O ulanem , escribió: «Y pese a todo, estos ú ltim o s versos son los únicos que m e h a n dado la im p resió n de h a b e r sido tocado, p o r fin, con la v a rita m ágica (el efecto inm ediato fue an o n ad an te), y vi el reino de la poesía resplandeciendo a n te m is o jo s com o u n a visión de rem o ­ tos palacios en can tad o s, y entonces, to d a s m is creaciones se disolvieron en polvo.» C uando M arx era u n h o m b re m ad u ro , tu v o la idea de e sc rib ir u n d ra m a trág ico sobre el tem a de los G racos, pero todo quedó en u n m e ro proyecto. D u ran te to d o el resto de su vida siguió leyendo poesías con v e rd a d e ra avidez, p ero no escrib ió m ás que algunos v erso s ocasio­ nalmente,, R, P0 71

%

OULANEM (T ragedia) Personajes:

Oulanem, un viajero alemán. Lucindo, su com p añ ero. Pertini, ciudadano de un pueblo de montaña en Italia. Alwander, habitante del mismo lugar. B eatrice, su hija adoptiva. Wierin Perto, un monje. La acción se desarrolla fr e n te a las casas de P ertúú y de A lw ander, y en la m ontaña

ACTO P R IM E R O Una aldea de m o n ta ñ a

ESCENA PRIMERA L a calle.

o u l a n e m , l u c in d o ; p e r t in i

fre n te a su casa.

PERTINI

Señores, la ciudad rebosa de extranjeros que han llegado atraídos por la Fama a contemplar las maravillas de este lugar. 73

Así pues, muy brevemente, os ofrezco mi propia casa, ya que no hallaréis alojamiento en la posada, y pongo a vuestra disposición mis humildes servicios. Creedme, lo hago con placer, sintiendo que necesito vuestra amistad. No es una adulación. OULANEM

Te lo agradecemos, extranjero, aunque me temo que es excesiva tu opinión de nuestros méritos. PERTINI

Ya está to d o arreglado. ¡Dejemos los cumplidos! OULANEM

E s que n o so tro s pensábamos quedarnos muchos días... PERTINI

El d ía que n o alu m b re v u e stra p resen cia aq u í se rá p a ra m í u n d ía perdido. OULANEM

¡Te doy las gracias! PERTINI

(Llam ando al criado.) ¡Eh, m uchacho! Lleva a esto s cab allero s a su aposento. E s m u y p ro b a b le que deseen re fre s c a rs e d esp u és de su y n e c e s ita rá n e s ta r solos, com o ta m b ién , c a m b ia r [viaje, p o r o tra s sus in có m o d as ro p a s de viaje. OULANEM

Te d e jam o s y volverem os sin d em o ra . (O ulanem y L u cin do se van con el criado.) PERTINI

(Soto, y m iran do a su alred ed o r con cautela.) ¡P o r Dios que es el m ism o h o m b re! ¡H a lleg ad o m i día! E s e l v ie jo am ig o q u e ja m á s o lv id aré, 74

porque mi conciencia raram en te me perm ite olvidar algo. Ahora, todo va bien. Cam biaré mi conciencia, y él la reem plazará. ¡Oulanem, el m ism o hombre! Y ahora, m i conciencia, si ha de servirte de algo, todas las noches estarás frente a m i lecho, d o rm irás conmigo y te levantarás antes que yo... ante m is ojos. ¡Oh, claro que nos conocemos! Y tam bién conozco a otros, porque hay otros aquí, ¡y todos son Oulanem, tam bién son Oulanem! El nom bre suena com o la m uerte, resuena h a sta que se apaga con un horrible estertor. ¡Atención! Ahora lo recuerdo. Procede de mi alma, claro com o el aire, fu erte com o mis propios huesos, ante m is ojos surge su violento ju ram en to ... Lo he encontrado, y h aré que él lo encuentre. Mi plan está dispuesto. ¡Oulanem, sólo tú eres su alm a m ás p rofunda, su vida, su propia vida! ¿Serás a tra p a d o com o u n títe re p o r el destino? ¿Ju g ará el calculador con los poderes divinos? ¡Los dioses dan vueltas en to m o a tu s podridas entrañas! R ep resen ta tu papel, m i pequeña deidad... Pero aquí llega la señal, que m e está destinada... (E ntra Lncindo.)

ESCENA SEGUNDA PERTINI, LUCINDO

PERTINI

¿P or q u é tan solitario, joven caballero? LUCINDO

La curiosidad me empuja. ¡Para los viejos no hay n ad a

[nuevo!

PERTINI

A vuestra edad..« 75

LUCUMO

No, porque si algún día ocurriera que mi alma abrigase en sus profundidades fuertes deseos y ansia de venganza, yo le llamaría Padre y él me llamaría Hijo, pues de tan profundas y humanas inspiraciones se alimentan los mundos, y los dioses radiantes no presienten en sus cálidos corazones la llegada de un Hombre, hasta que se da el caso de que alguien se lo dice. PERTINI

En verdad que son tiernas y hermosas vuestras palabras, viniendo de los jugosos labios de la juventud, en elogio de los hombres maduros^ Son como lenguas de y tienen, además, una moraleja, como la Biblia, [fuego al estilo de la historia de Susana o del antiguo relato del hijo pródigo. ¿Puedo sugerir que conocéis a este hombre, con quien, al parecer, os unen lazos de amistad? LUCINDO

|Asf debe ser! Pues no se trata de locura o ilusión... ¿Sois un misántropo? PERTINI

No, en absoluto. Me considero un Hombre. LUCINDO

¡Perdonad si he hablado mal de vos! Sois amable con el extranjero... Quienquiera que sea afable con este viajero no verá nunca circunscrita su alma. Pero, queréis una respuesta... La tendréis. Una rara alianza nos une el uno al otro, tejida en lo más profundo de nuestro corazón, 76

que arde, p o r así decirlo, cual brillante antorcüa y rodea el corazón con su aureola, com o cuando los dem onios de la luz, enamorados* se eligen m u tu am en te con la m ayor tern u ra. Le conozco desde m is prim eros años. No, n o es esto. La m em oria habla suavem ente de cóm o nos encontram os. Por el Dios vivo que ignoro cóm o ocurrió. PERTINI

H acéis sonidos ro m án tico s... Pero sabed, querido m uchacho, que sólo son sonidos negándom e ru id o sam en te u n a respuesta. LUCINDO

Os ju ro que... PERTINI

/ l

E ntonces decidm e, querido señor, qué habéis jurado. I] LUCINDO

No le conozco, y a la vez, le conozco bien. Su secreto se o cu lta en el fondo de su pecho, y yo no lo conozco..., to d av ía no. Asíp a sa n las h o ra s y los días, y y a veis: ¡ni siq u iera m e conozco a m í m ism o! PERTINI

H um m . ¡E sto es m alo! LUCINDO

De e ste m o d o p erm an ezco en la soledad, ta n solitario, y aquello de que a la rd e a el h o m b re m ás m ísero, al h a b la r con p la c e r de sus an tep asad o s, que le ed u caro n , y de todos esos pequeños sucesos cu id ad o sam en te alm acen ad o s en su fiel corazón, yo carezco d e to d o ello. Me llam an Lucindo, y p o d ría n lla m a rm e A rbol o P atíbulo. 77

W

h

PERTINI

¿Qué queréis? ¿Amistad con el patíbulo, alguna relación? ¡Permitidme algún consejo! LUCINDO

(Con calor.)

¡Ah, no juguéis con palabras y sonidos vacíos! ¡Mi corazón está ardiendo! PERTINI

Pues, dejadlo arder, amigo mío, ¡hasta que reviente! LUCINDO

( L evantándose.)

¿A qué os referís?

: ‘fi PERTINI

¿A qué? ¡A nada! Escuchad, soy un seco y sedentario filisteo, un hombre que llama las cosas por su nombre, y se acuesta todas las noches para despertar cuando vuelve la mañana, y que cuenta las horas hasta que llegue la última, y el reloj se detenga, y los gusanos se conviertan en agujas del reloj y venga el día del Juicio Final, cuando Jesucristo y el arcángel Gabriel lean el catálogo de todos los pecados, ordenándonos con las trompetas de la ira, y envíen a unos a la izquierda y a otros a la derecha, ¡y el puño de Dios caiga sobre nuestra piel, para saber si somos corderos o lobos! LUCINDO

¡A mí no me llamará, porque no tengo nombre! 78

PERTINI

Muy bien, ¡espero que algún día lo tengáisl Pero sabed que yo, un filisteo autodidacta, tengo ideas propias y colecciono pensam ientos com o vos podríais coleccionar piedras o arena, y se m e o cu rre que quien no conoce su origen, puede d escu b rir que tiene otro... ¡Tal vez colaterall LUCINDO

El h o m b re..., el h o m b re..., ¿quién es? Es m ás fácil p en sar en un sol negro, una luna plana, y en que no b rilla ninguno de los dos. No o b stan te, se oye u n sonido —¡un antepasado!— ¡y la [vida discurre! PERTINI

Amigo m ío, im provisáis dem asiado. Creedm e, ¡no su fro crisis nerviosas! E sta s ram a s co laterales son a m enudo verdes y jugosas, y en v erd ad que m e jo ra n con abundancia su curso y se elevan con orgullo h a s ta el m ism o cielo, com o si su p ie ra n que h a n b ro ta d o del gozo: ¡Y no de las cadenas de la esclavitud! E scuchad, e stas ra m a s co laterales son sólo acertijos, la n a tu ra le z a es poeta, el m a trim o n io cabalga o ste n ta n d o su to cad o y to d o s los dem ás adornos, con el ro s tro so m b río c o n tra íd o en u n a m ueca estúpida, y a su s pies hay u n p erg am in o seco con las to rp e s b la sfem ias de u n sacerdote, y en p ersp ectiv a, las silenciosas bóvedas de la Iglesia, y en ú ltim o térm in o , la v u lg arid ad del populacho. ¡Así es cóm o elogio las ra m a s colaterales! LUCINDO

(Airado.)

¡Basta, por el amor de Dios! ¿Qué significa esto? ¿A qué os referís? ¡H ablad! [cir. Aunque, por el Dios eterno también yo tengo algo que de79

¿Qué estoy preguntando? No me ha sido revelado con cía¿No sonríe ahí fuera el Infierno? ¿No se alza [ridad ante mis ojos como la apergaminada forma de la muerte para contemplarme y murmurar terribles amenazas? Pero vos habéis lanzado —y no con suavidad, creedme— contra mi pecho la ardiente antorcha que empuñaba el diablo. No creáis que estáis jugando a dados con un [niño.

Los dados se lanzan a la cabeza del niño para aplastarla. Con la misma fuerza estáis jugando vos conmigo, pero tened en cuenta que somos compañeros de juego. Con prontitud me hicisteis confidencias. Ahora decidlo [todo... Todo cuanto anida en la serpiente de vuestro pecho, si desconfiáis de mí o me despreciáis. ¡Así os ahogaréis en vuestro veneno, y os convertiréis en mi juguete! ¡Hablad, os lo exijo! PERTINI

¿Lo exigís? Debéis estar pensando en Fausto y Mefistó* ¿Tan a pecho os lo tomáis? Entonces, sabed [feles. que digo No, y que rechazo vuestras exigencias ¡y lanzo arena a sus estúpidos ojos! LUCINDO

Cuidado, no os acerquéis demasiado a las cenizas, ¡si no queréis que una llama repentina os atraiga hacia sí! PERTINI

¡Tonterías! ¡Al único que atrapará será a vos! LUCINDO

Es posible que yo solo, por mí solo, no sea nada, pero mis brazos jóvenes tienen poder para agarraros y aplastaros con tempestuosa fuerza, mientras el abismo se abre para nosotros dos: 80

Vos os hundiréis, y yo os seguiré riendo y murmurando a vuestro oído: «Descended, venid aquí, [amigo mió.» pertint

Me parecéis estar dotado de mucha fantasía... H a sta d ir ía que habéis soñado mucho en vuestra vida. LUCINDO

habéis acertado! Soy un soñador, sí, un soñador. ¿Qué puedo aprender de vos..., de vos, que no sabéis Me veis, y ya creéis conocerme, [nada? y os burláis de mí, y me insultáis. ¿Por cuánto tiempo aún? ¿Qué más me exigiréis...? jNo habéis obtenido nada de mí! Yo sigo teniendo algo [para vos... Para mí... la culpa, el deshonor y el veneno que redimiréis. Habéis trazado el círculo mágico —no hay en él sitio para Necesitaréis ahora vuestro arte de evasión... [dos. El destino decide lo que decide; ¡que así sea! jA hora

PERTINI

Tal vez tu maestro te ha enseñado esta conclusión, o un árido libro de tragedias. LUCINT)0

Representamos tragedias juntos, ¿no es verdad? Aún he de saber cómo, cuándo y por qué medios lo pre[feris. PERTINI

Puede ser siempre, en todas partes, y algún día. 0 tal vez nunca. LUCINDO

lAh, sois un cobarde! Os ocultáis tras mis palabras. Ahora entreveo la expresión cobarde en vuestro rostro. Lo diré a gritos en todas las calles, y os derribaré ante la muchedumbre.

No me seguiréis con vuestras insensateces hasta donde mi corazón vacila y se congela. [Ni una palabra más! Tanto si m e seguís com o si no... ¡Y habéis sido tachado de cobarde y de bribón! PERTINI

(Fuera de sí.) jR epetid esas palabras, jovenzuelol LUCINDO

Si os p roporciona placer, m il veces las diré. Que suenen h asta que hierva v u e stra ira, o h asta que la sangre b ro te con fu ria de vu estro s ojos. Una vez más, pues, u n a vez m ás: ¡cobarde, bribón! PERTINI

Mientras hablamos, las p a la b ra s están escritas en vuestra Pero aún queda un lu g a r do n d e estam o s unidos. [frente. ¡El lugar es el Infierno! ¡No p a ra mí, sino p a ra ti! LUCINDO

Todos estos discursos sólo significan u n a cosa: está claro que podéis iros al Infierno. Pues, id, ¡y decid a los diablos que yo os envié! PERTINI

¡Decid una palabra más...! LUCINDO

¿Acaso las palabras tienen algún valor? Yo no os oigo, sólo oigo el rumor del viento escribiendo en vuestro rostro las líneas apropiadas, que yo no puedo ver. Traed armas, entonces... Ellas hablan, y yo pondré en ellas todo mi corazón, que no se romperá..., y después... 82

PERTINI

Ahora os m ostráis insolente e infantil. Lo cierto es que no tenéis nada que ap o rta r al juego. Sois una sim ple piedra caída de la luna, sobre la cual alguien ha escrito una consonante. Ya habéis visto la consonante..., se llam a Lucindo. No ap o staré m i vida, mi honor, y todo cuanto soy en una m esa de juego vacía. ¡Escuchadm e ahora! ¿U saréis m i sangre p ara la paleta de un pintor, [vos? y m e convertiré en pincel p ara pintaros con colores nueN uestras posiciones son desiguales, por com pleto increíSabéis quien soy..., pero vos, ¿quién sois vos? [bles. No os conocéis, no sois nada, no tenéis nada. Os g u staría a p o sta r p o r vuestro honor, com o un ladrón... El h o n o r que ja m ás b rilló en vuestro b astard o pecho. De m odo que os paseáis en tre los billetes de lotería con la p reten sió n de rifarm e, ¿verdad, am igo mío? Y aú n en caso de que os creaseis nom bre, honor y vida, no seríais n ad a h a sta que yo os concediera nom bre y [honor, ¡por lo que ap u esto de buena gana m i vida co n tra la [vuestra! LUCINDO

¡Un tip o excelente! De m odo que os salvaríais, un co b ard e con el cerebro de un idiota, pero lo b astan te com o p a ra calcu lar... ¡Un cobarde listo! [listo Pero no os engañéis. Cancelo la su m a to ta l y en su lu g a r pongo a u n cobarde. Os d esp recio com o a u n a b estia fre n é tic a y b o rrach a. Os a b o rre z c o ..., ¡ante to d o os aborrezco! Así ta l vez co m p re n d eréis las relaciones... del h o m b re con s u p rim o , del n iñ o con cualquiera, Y m e lla m a n L ucindo, yo m e h am o Lucindo. Así m e llam an , y p u ed en llam arm e de o tro m odo. Así m e co m p o rto , y p o d ría c o m p o rta rm e de o tro s m odos. Tal vez no soy lo que la gente en tien d e p o r Ser. P ero soy lo q u e so y ..., y v o s..., ¡vos sois u n cobarde! 83

PERTINI

Todo esto está m uy bien, pero ¿qué p asaría si yo em pezara a d aro s nom bres, m e oís, verdaderos nom[bres? LUCINDO

¿Vos, que no tenéis nom bre, d arm e nom bres? ¿Cómo es [posible? Vos, que acabáis de verm e, nunca m e habéis visto. Ver es una m en tira, y u n a b u rla etern a que nos persigue. ¡Vemos, y eso es todo! PERTINI

¿Acaso existe algo m ás co m p ren sib le que la vista? LUCINDO

E n cu an to a vos, no veis nada. E n todo cu a n to veis, os veis a vos m ism o ... un villano. PERTINI

Mis primeras im p resio n es no m e eso es cierto, y sab éis b ien que Mi vista h a conseguido m ucho, lo ¿La prueba? Si nos h u b ié ra m o s

en g añ an fácilm ente, no he nacido hoy. creáis o no. conocido...

LUCINDO

¡Eso no lo creo! PERTINI

¿No es un maravilloso poeta, un esteta que juega a un extraño juego de gallina ciega, que pasa por extraños momentos, extrañas cavilaciones, que desearía hacer de la vida una rima y de su propia vida un poema? LUCINDO

¡Eso debe ser casualidad! ¡No podéis engañarme! 84

PERTINI

[Casualidad! E ntonces lo serán tam bién los escritos de los

[filósofos, en los cuales aún puede salvarse algo de razón. C asualidad se dice p ro n to ... una sola sílaba. Ese no m b re es tam bién casualidad... Oulanem . Es un no m b re que puede o ste n ta r cualquiera. ¡Y si yo le llam o así, se rá casualidad! L U C IN D O

¿Le conocéis, pues? P or todos los cielos, h ab lad ... PERTINI

¿Sabéis cuál es la v irtu d de los jóvenes? El silencio. ♦

LUCINDO

Me repugna te n e r que rogaros. Por to d o cu an to estim áis, os im p lo ro ... ■" * PERTINI

¿Todo cu a n to estim o? ¿Acaso doy m oneda pequeña? ¿Y soy u n cob ard e? ¿Q ueréis que os lo ju re? LUCINDO

¡Asi q u e es cierto! Si os avenís a a rra n c a r la co b ard ía de v u e stro crán eo , ¡actu ad de u n a vez! PERTINI

I | i

1

¿He de m a ta rm e d e u n d isp aro ? No, m e q u e d a ré donde ^ [vos estéis. Sois su ficien te p a ra m í. ¿O pináis que debo m a ta rm e ? LUCINDO

No m e obliguéis a ex ced erm e... a lle g a r al m ism o ex trem o , ¡donde n o h ay fro n te ra s y to d o te rm in a l 85

PERTINI

Nos aventuraremos hasta los límites más remotos. El destino nos empuja, y hace de nosotros aquello que nos tiene reservado. LUCINDO

¡Ah, no hay salvación! ¡Ninguna, en ninguna parte! Vuestro corazón de hierro, duro e impenetrable, y vuestra mente podrida por el desdén se mezclan con un veneno que se parece a un bálsamo. Y ahora sonreíd, quizá por última vez, agarrad, sorbed esta última hora; en un instante compareceréis ante el Juez y las largas cadenas de vuestra vida se romperán gracias a una última buena acción, la última, que es sólo una palabra fácil de decir, ligera como el ¡que se exhala como un suspiro! [aire, PERTINI

Fue una casualidad, querido amigo. Sólo creo en la casualidad..., ¡podéis creerme! LUCINDO

¡Todo es en vano! ¡Basta, insensato! ¡Por Dios que este asunto no se arregla de tal modo! Una vez más os ha engañado vuestra aguda vista. Le pido que acuda y me quedo ante él, estoy ante él, ante sus ojos, frente por frente, y parezco un niño angustiado. ¡No me retengas más, niño! ¡Déjame marchar! (L u c in d o se aleja corriendo.) PERTINI

Sólo un plan mejor te salvará ahora, muchacho. Créeme, Pertini está decidido: «¡Nunca lo olvidará!»

(G ritando.)

¡Vuelve, Lucindo! ¡Por todos los cielos, vuelvel 86

L U CIN D O

¿Qué queréis de m í? jD éjadm e m archar! P E R T IN I

V uestra conducta es digna y honorable... [leado. Id a decir al distinguido caballero que nos hem os peMe desafiasteis, aunque tam b ién honorablem ente. jSois cortés, com o un niño inocente! Y os a rre p e n tís de vuestros pecados. Pues ahora, hablad, d erram a d una lágrim a, besad m i m ano y co rtad la v ara con la que he de golpearos. L U C IN D O

jDe m odo que m e obligáis! P E R T IN I

E n térm in o s m orales, os obligáis a vos m ism o... La m o ral... es un cu en to p a ra niños. ¿Creéis en Dios? L U C IN D O

¿Acaso he de co n fesarm e con vos? P E R T IN I

¿No estáis deseando m i confesión? Pues, m e co n fesaré con vos, p e ro an tes: ¿creéis en Dios? LUCINDO

¿P or qué os im p o rta ? PERTINI

No es ex ac ta m e n te u n a a c titu d m o d ern a. ¡Por eso q u e rría o írlo de v u estro s labios! LUCINDO

No c reo en E l del m o d o que los h o m b re s co n sid eran Pero le conozco com o m e conozco a m í m ism o. [creer, 87

PERTINI

Entonces, debe ser por capricho y conveniencia. Si es así como creéis en El, yo creo lo m ism o. Puesto que creéis, jju rad p o r El! l u c in d o

¿Decís que os ju re algo? P E R T IN I

{Que jam ás v u estra lengua pronuncie una sílaba de traición! L U C IN D O

¡Eso lo ju ro p o r Dios! P E R T IN I

A hora que sólo albergáis sen tim ien to s am istosos hacia ¡sabed que no soy m alo, sólo directo! [mí, L U C IN D O

No p u ed o d ecir que os am e, ¡por Dios! De m odo am istoso os aprecio m uy h o n o rab lem en te. Puedo h a c e r esto p o r vos, p ero no ju ra rlo . Lo p asad o puede a rra n c a rs e de raíz, no siendo tal vez m ás que un sueño m alo y desagradable, que puede desvanecerse com o se desvanecen los sueños, y p o r ello lo su m e rg iré en la c o rrie n te del olvido. Os lo ju ro p o r el S e r S uprem o, de quien em ergen los m u n d o s p a ra a sc e n d e r en círculo, y que h a d ad o a luz la E te rn id a d de u n in s ta n te del [Tiempo. ¡Ya h e ju ra d o ! ¡A hora re co m p en sa d m i ju ra m e n to ! P E R T IN I

Venid conmigo; o s co n d u ciré a lu g a re s tra n q u ilo s; os m o s tra ré m u ch as cosas, las g a rg a n ta s donde nacen los lagos volcánicos, do n d e las aguas, 88

redondas y sosegadas, inducen al sueño, donde la m adeja de los años se desenreda plácidam ente, y las to rm en tas se calm an, y existen... LUCItíDO

¿Piedras, arroyos, gusanos, barro? ¡Oh!, por doquier se am ontonan rocas y arrecifes, por doquier b ro tan los m anantiales [sabe? con fuerza incontenible, y m uchas cosas m ás... ¿quién y som os esclavos m alditos encadenados a lugares secre[tos, que vem os con placer calm arse las to rm en tas en nuestro y si las to rm en tas adquieren m ás violencia, [corazón, entonces, todo es u n a farsa, una aventura insensata. Conducidm e, pues, adonde queráis, y llevadm e... Sin pensar, sin v acilar..., ¡llevadme lejos! F E R T IN I

Antes h a de reso n ar el tru en o repentino, y el rayo h a de a tra v e sa r el corazón. ¡Os conduciré entonces a un lugar del cual ta l vez no halléis regreso! L U C IN D O

Sea; o c u rra lo que o cu rra, seguiré todos los sen d ero s que lleven a la m eta. A delante. PERTINI

¡Desconfianza! (A bandonan el escenario.)

ESCENA TERCERA Una gran habitación sólo, escribiendo ante p ro n to , se levanta, se bruscam ente

en casa de pertini. oulanem está una mesa, rodeado de papeles. De pasea arriba y abajo, y se detiene con los brazos cruzados . OULANEM

¡D estruido! ¡Destruido! ¡Mi tiem po h a term inado! Se h a detenido el relo j, la casa enana se h a d errum bado. P ro n to estrech aré a la e te rn id a d en m is brazos, y p ro n to p ro fe riré gigantescas m aldiciones c o n tra la hum anidad. ¡Ah! ¡La eternidad! E s n u e stro e te rn o dolor, in d escrip tib le e in co n m en su rab le m u erte, vil artificialidad concebida p a ra b u rlarn o s, a n o so tro s, la m a q u in a ria del relo j, ciega y m ecánica, y co n v ertim o s en calendarios del Tiem po y el Espacio, sin o tra finalidad que e x istir y ser d estru id o s, p a ra que h aya algo susceptible de destrucción* E ra n ecesario algún defecto en el universo, y la agonía del d o lo r lo envuelve com o un m an to , com o el alm a inm ensa d e u n gigante re c o rrie n d o el aire; y la M uerte co b ra vida, lleva p an talo n es y zapatos, su fre n las p lan tas, m u e re n ah o g ad as las p ied ras, las aves b u scan en vano sus canciones, llo ra n d o la an g u stia de sus vidas etéreas, g u e rra s y disensiones tiem b lan en ciego consorcio, ex term in an d o , ex term in án d o lo to d o en su violento estallido. A hora ap arece u n h o m b re, dos p ie rn a s y u n corazón, con p o d e r p a ra p ro n u n c ia r m ald icio n es vivas. ¡Ah, tengo que a ta rm e a u n a ru e d a de llam as y b a ila r gozoso en el círc u lo de la etern id ad ! Si ex iste Algo que devora, s a lta ré a s u in te rio r, a u n q u e d e s tru y a el m u n d o . 06 D estro zaré con p e rm a n e n te s m aldiciones, el m u n d o q u e se in te rp o n e e n tre m í y el Abismo« R o d earé con m is b razo s s u d u ra re a lid a d : 90

Al abrazarm e, el m undo m orirá sin un quejido, y se h u n d irá en la nada m ás absoluta. M uerto, sin existencia..., ¡eso sería realm ente vivir! M ientras nos elevam os por la corriente de la eternidad, gritam os n u estro s m elancólicos him nos al Creador ¡con desdén en la m irada! ¿Lo quem ará el sol algún día? ¡M aldiciones p resu n tu o sas de alm as ex com unicadas! Ojos que aniquilan con m iradas llenas de veneno, brillan, exaltados; el m undo de plom o nos retiene. Y estam o s encadenados, destruidos, vacíos, asustados, encadenados p a ra siem pre a este bloque de m árm o l de [la Existencia, encadenados, etern am en te encadenados, eternam ente. Y los m undos nos a rra s tra n en sus rotaciones, entonando a gritos sus cánticos de m uerte, y n o so tro s... N osotros som os los sim ios de un Dios indiferente. Y, no o b stan te, m antenem os m uy cálida a la víbora, con a b su rd o esfuerzo, en el ab ierto regazo del am or, Que tr a ta de alcan zar la Im agen U niversal ¡y se ríe de n o so tro s desde las altu ras! Y las in term in ab les olas fu rio sas co n tin ú an b ram an d o p a ra la v a r la rep u g n an cia de n u estro s oídos. Ahora, de p risa —la su e rte está echada— todo está disy cu an to soñó el poem a ilusorio, destru id o , [puesto, ¡y cu an to em pezó con m aldiciones se h a cum plido! (S e sienta a la m esa y escribe.)

ESCENA CUARTA La casa de

Al principio , delante de la casa. L U C IN D O y P E R T I N L

alw ander

.

L U C IN D O

¿Qué debo h a c e r aquí? P E R T IN I

Un tie rn o pedazo d e c a rn e fem enina, eso es to d o ; m irad la, y cuando la paz de la m e n te su sp ire suave y m e lo d io sam en te en v u e stra alm a, co n tin u ad , en to n ces. 91

■»

LUCINDO

¿Qué es esto? ¿Me lleváis a las ram eras? Y en este m om ento en que toda m i vida es u n peso insoportable sobre m is hom bros, y que m i corazón se d ilata de tal m odo que parece d esear su pro p ia destrucción; cuando cada aliento m e au g u ra m il m uertes, ¡entonces, u n a m ujer! PERTINI

¡Ah! La ju v e n tu d es efervescente. Las llam as y la m u e rte se an u lan u n a a o tra. ¿Q ué ra m e ra ? ¿Os h e en ten d id o bien? ¿Veis esta casa? ¿Se os a n to ja u n a n tro de ram e ra s? C reedm e, q u iero ju g a r a se r v u estro alcahuete, ¿y acaso este d ía n o p u ed e en v e rd a d s e r u n comienzo? A quí h a y alegría, p e ro sólo d e n tro ; tal vez aq u í e x p e rim e n ta ré is lo q u e e stá is b u scan d o . L U C IN D O

Ya veo que esto es un engaño elaborado por vos con material sólido; Queréis libraros de la mano que os tiene preso. Agradeced el momento en que deba escucharos: pues si vaciláis, puede costaros la vida. (E n tra n en la casa, cae el telón y luego v u elve a levan­ tarse. L a estancia es m o d ern a , elegante. B ea trice está sen ta d a en u n sofá, co n una g u ita rra a su la d o . Lucindo, P ertini, B ea trice.) P E R T IN I

Os traigo a un joven viajero, un caballero galante» Somos parientes lejanos. B E A T R IC E

Sed bien venido» 92

LUCINOO

perdonadm e si no encuentro palabras pi discursos en favor de mi asom brado corazón« pan ra ra belleza trasp asa el alm a y la san g re se alborota, y las p alab ras huyen« BEATRICE Un joven am able y bien parecido, adem ás de galante. Os agradezco vuestro buen hum or, pero no era preciso. La n atu ra leza cruel m e lo niega cuando h ab la la lengua y no el corazón. LUCINDO Si m i corazón pudiese h ab lar, si le fu era posible expresar to d o cu an to vos le inspiráis, las p a la b ra s se c o n v ertirían en arm o n ías de fuego, y cada alien to d u ra ría to d a la etern id ad , en el Cielo, en u n rein o inm enso e ilim itado donde b rilla ría n las vidas de tod os n u estro s pensam ientos, las an sias m ás tiern as, llenas de cantos arm oniosos, y Todo contenido en su m iserico rd io so regazo, jdel que b ro ta ría a ra u d a le s la belleza etérea y cada p a la b ra llev aría los n o m b res de la belleza! P E R T IN I

No lo to m éis a m al, q u e rid a señ o ra, si os digo que es alem án . De todos los rin co n es de su m en te m ana el a lm a y la m elodía. B E A T R IC E

jAlemán! Me g u sta n m u ch o los alem anes. Estoy o rg u llo sa de p e rte n e c e r a esa raza. ¡Sentaos ju n to a m í, a le m á n 1 (L e o frece u n lugar en el scrfá,) LUCUSTDO

Gracias,

frau lein .

¡Vámonos!

(E n secreto, a P erim i.) ¡T enem os tiem p o , y estoy perdido!

93

BEATRICE

(Confusa.) ¿H e hablado dem asiado...? (Lucinda quiere hablar, pero Periini se lo im pide J PERTINI

fAh!, ahorraos las ideas y ahorradle vuestra adulación. No es nada, B eatrice, sólo un pequeño asunto que quería d iscu tir brevem ente con este caballeroc LUCINDO

(Inquieto, en voz baja.) ¿Qué ocurre. P ertini? P or Dios, ¿estáis ju g an d o conm igo? PERTINI

(En voz alta ) jQh!, no debéis p reocuparos, no tem áis. La joven confía en m i p alab ra, ¿no es así? ¿No es cierto, B eatrice, que puede q uedarse aquí h a sta que yo vuelva? Sed cuidadosos. No os conocéis. P o r lo tan to , ¡nada de tonterías! BEATRICE

C aballero, os he recibido de un m odo que p o d ría h acero s su p o n er que tengo el deseo de a rro ja ro s de la casa, a vos, el am igo de m i viejo am igo P ertini, el e x tra n je ro al que se niega alojam iento. Es un d e b e r re c ib ir de buen grado a todo el mundo. P ero n o m á s liso n jas. Sed razonable. LUCINDO

Dios m ío, v u e s tra v irtu d m e em pequeñece. H ab láis con ta n ta su av id ad com o los ángeles, y esto y avergonzado, y m i co razó n su fre b a jo la salv aje c o rrie n te de la p asió n ya olvidada* V u estro s labios dicen lo que d e b e ría n sellar. E n to n c e s m irá is al cielo, c a s ta m e n te velado,

94 i

que sonríe a través de las capas de nubes azules, cuyos colores se relie jan con dulzura, m ostrando oscuridad y luz m elodiosam ente com binadas para fo rm ar un solo cuadro, y vos, tan silenciosa si los labios pudieran ser silenciosos —como si un hechi[zo mágico os hiciese em itir sonidos— hacéis que la reflexión y la precaución desaparezcan, m ientras tiem blan los lay el corazón resuena como el eco de un arpa, [bios y com o si alas de céfiros batiesen en to m o suyo. BEATRICE Excusaré v u estra adulación, querido señor. Dais una dulce apariencia a este veneno. LUCINDO

(E n voz baja, a Pertini.) Sois un m aldito sinvergüenza, pero un sinvergüenza de[cente.

A

i»I

f we

¿Qué debo hacer? ¡Por Dios que debería escapar! PERTINI

Lo cierto es que nunca podrá perdonarme

que hace un rato haya desatendido sus palabras. Se había imaginado algo de gran belleza, y yo le he desconcertado; y Beatrice... Ella cree que todo es con buena intención. Yo puedo haberle dado la idea, y en cuanto a él... Bueno, como suele decirse, es difícil comprender un [chiste, y los chistes alemanes son muy difícües de digerir. ¡Ahora me iré! LUCINDO

(En voz baja.) ¡Sois im b rib ó n l

95

*

PERTTNI

(En voz alta.) Sigue contando con la com prensión, su fe sube con rapidez del vientre al corazón. Volveré pronto para rescataros. ¡Dulce lugar p a ra un hom bre encadenado! (Consigo m ism o.) Debo irm e, o el viejo lo estro p eará todo, y así él la co rtejará. (Sale. Lucindo queda perplejo.) BEATRICE

¿Puedo pediros u n a vez m ás que os sentéis? • LUCINDO

Como deseéis, m e sen taré gustoso a vuestro lado. (Se sienta.) BEATRICE

¡N uestro am igo P ertini no es a m enudo tan caprichoso! LUCINDO

Es m uy extrañ o ..., m uy extraño e inusitado... (Pausa.) ¿Puedo preg u n taro s, fráulein, si tenéis u n a elevada opi[nión de él? BEATRICE

E s un viejo y m uy estim ad o am igo de la casa, y siem pre h a estad o bien dispuesto hacia mí. Pero, en realidad, no sé p o r qué..., no puedo soportarlo. Es a veces vulgar en extrem o, y h ab la de un m odo velado. E xcusadm e, es v u estro am igo..., un e sp íritu m ágico p alp ita en él, o así m e g u staría creerlo. Es com o si de noche u rd ie ra cosas en su in terio r, y de día, su m irad a a b ierta y am able se convierte en tem b lo ro sa cobardía, que no le p erm ite d ecir lo p eo r que viene a sus labios, o acaso, 96

Jas palabras que su corazón querría pensar: pero todo esto es suposición, y tal vez no está bien

que yo tan pronto os haga confidencias... Jodo esto es sospecha, ¡y la sospecha es una serpiente1 LUCINDO

¿Os arrepentís de haber confiado en mí, fraulein? BEATRICE

Si fuese un secreto que sólo a mí concerniera... pero... ¿qué estoy diciendo? ¿Habéis conquistado el dea mi confianza? Pero no hay mal en ello. [recho Si os dijera todo cuanto sé, podría confiarlo a todo el mundo, porque sólo sé lo que todo el mundo sabe. LUCINDO

Pues {decídmelo todol ¿Os referís absolutamente a todo? BEATRICE

¿A vos, también? LUCINDO

jOh, criatura dulce y angelicall BEATRICE

Me asustáis, señor. ¿Qué significa esto? ¡Saltáis tan de prisa de una cosa a otra! ,

LUCINDO

He de actuar de prisa, porque ya suena la hora. ¿Por qué vacilar tanto? Cada momento es la muerte. ¿Cómo puedo ocultarlo de vos? Es algo extraño y maraNo puedo explicármelo... Os he visto apenas [villoso... y ya es como si fuésemos confidentes desde hace mucho como si las notas de música que llevo dentro [tiempo, hubiesen tocado una cuerda en el interior de un ser vivo [y cálido. Es como si nos uniera desde hace tiempo un vínculo espique ahora lucha por convertirse en realidad. [ritual,

I

97

BEATRICE

No niego que no me parecéis un extraño: sin embargo, sois un extraño y no os conozco: Sólo, un genio sombrío amortajado en las sombras, que nos rechazaría aun antes de que llegásemos, por lo cual, es mejor que imaginemos otros dulces trucos ¡que nos lleven a través de esos remotos hechizos má[gicos!

Y entonces, entonces aún habremos de estar más en guar;

[dia:

¡el rayo más potente no surge de una flor sombría! LUCINDO

No puedo resistirme, ¡oh, Dios!, a vuestra hermosa filo[sofia, que parte de vuestro corazón..., ¡sois tan cautivadora! No penséis que no siento reverencia hacia vos, porque me atrevo a ser tan audaz y apresurado. Mi corazón está oprimido, mis nervios, deshechos, no puedo luchar..., pronto estaré lejos, lejos, muy lejos de vos, apartado de vos. [sumergiréis. Los mundos se sumergirán en el Abismo, y también vos os Perdonadme, dulce niña, perdonad las circunstancias que con tanta prisa me empujan hacia la violencia. ¡Oh, Dios mío, os amo, Beatrice! Beatrice y el amor son el mismo aliento, y sólo un único aliento puede desvanecerlos. ¡Con este pensamiento podría perecer! BEATRICE

¡Oh!, dejadme hablar, pues vuestras palabras son inútiEscuchad: la ley no es más que un poema. [les. Os entrego mi corazón en este momento, aunque es seguro que ya no volveréis a estimarme. Ahora pensaréis: es sólo una doncella cualquiera, que se entrega fácilmente como muchas otras, y que si sólo hubiese concebido la idea, yo mismo la habría obligado a amarme y respetarme. Mi corazón ya no será digno de vos, Y yo, sólo yo, he de aceptar tristemente la culpa. 98

LUCINDO

jOhl, cria tu ra efusiva, rica y sensible, ojalá pudieseis leer m i corazón. por Dios que jam ás he am ado, jam ás. Que os culpéis a vos m ism a es una burla del am or, p ejad que el pobre tendero tenga m alos pensam ientos: cree que ganará m ás con cautos aplazam ientos. Pero en nosotros el Amor hace que Todo m adure. Fuera de esto, fuera de esto, ¡no existe la esperanza! y cuando consideram os la obligaciónr que se odia a sí [m ism a, entonces el am o r se aísla y aparece com o un m ilagro. Es una cim p a, y el Ser ard e d entro de ella, y en u n m om ento puede ser reducido a cenizas. Donde está el otro, la balanza se equilibra. Rápida es la llama, y rápida la bendición del amor. BBATRXCE

¿He de ser tímida? Tengo que atreverme a todo. Las llamas pueden a rd e r juntas en las alturas, pero, ¡oíd, mi corazón está triste y oprimido, como si se mezclasen el placer y el dolor, como si en nuestra unión suspirase una rosa, y a la vez se mofasen los demonios. LUCINDO

Es el ardor que no habéis conocido nunca, la vida antigua que se ha alejado de nosotros, y una vez más oiremos las palabras de despedida: entonces quizá nunca osaré elevarme de nuevo. ¿Cómo, Beatrice0oop cómo seréis mía? BEATRICB

Mi padre desea casarme con un hombre. Yo le odio, si es que me es posible odiar a un hombre. Pero es seguro que pronto me conoceréis mejor. ¿Dónde residís, dulce y puro amigo de mi corazón? 99

LUCINDO Con Pertini» BEATRICB

Enviaré un mensajero. Entonces vuestro nombre, perfecto como una nota muresonará en el círculo de las errantes esferas» [sical, *

LUCIND©

(Con gravedada)

jMe llam o Lucindo! BEATRICl

Lucindo, cuán dulce, cuán dulce es el sonido de Lucindo, mi mundo, mi Dios, mi corazón, mi todo» LUCINDO

Beatríce, tu propio ser y tú sois más? eres todas las cosas, eres Beatríce» (La abraza con fuerza contra su corazón, se abre la puerta

y entra WierinJ

WIERIM

|Muy bonito! Aquí tenem os a la serpiente, y aquí, a Bea[trice, la pequeña y m arm órea muñeca tan virtuosa, ¿@h? LUCINDO

¿Qué significa esto? ¿Qué habéis venido a hacer? jPor Dios que jam ás vi un mono tan decorativo!

,

. WIERIN

M aldito insensato, lo que ha de ser, será» Somos dos rivales que tendremos algo que decim os— Vos sois un hom bre form ado para odiar la form a dei

[hombre.

un enano, una criatura de hinchada insolencia, un secante donde lim piar la pluma, un héroe hecho para la com edia. 100

LUCINDO

¡Así habla el más perfecto mono! Avergonzaos. Intercambiamos palabras injuriosas y el valor es sólo aquí un orgullo que toca una imitación de batallase Pronto se convertirán en realidad, WIERIN

Está bien, insensato, ya hablaremos. Y eso es todo. Este hombre me enfurece. Beatrice, voy a arrojarle a la calle. LUCINDO

¡Silencio, enano! O seguiré hasta el campo del honor... (Entra PertinL) PERTINI

¿Qué significa este ruido? ¿Os creéis en la calle? (A Wierin,) ¡Dejad de chillar, cuervo, u os cerraré la bocal (Consigo mismo,) He acertado en mi modo de hablarle, porque no ha entendido mi significado. (Beatrice se desmaya.) LUCINDO

¡Socorro, socorro! ¡Oh, Dios mío, se ha caído! (Se inclina sobre etta.) Angeles, revividla. ¡Hablad, alma mía! (La besa,) Ya siento 'su calor, ya abre los ojos, respira. Beatrice, ¿por qué habéis dejado que esto ocurra...?, ¿por ¿Queréis matarm e, dejando que os vea así? [qué? (La levanta y la abraza.) (Wierin quiere derribarle, pero Pertini se lo impide.) PERTINI

¡Amigo cuervo! ¡Una palabra a vuestro oído!

101

BEATRICE

(D ébilm ente.)

Lucindo, mi Lucindo, todo está perdido... Perdido antes de ganarte, joh, corazón mío! l u c in d o

Paz, mi ángel, no hay nada perdido. Pronto enviaré a este hombre a su descanso. (L a lle v a h a s ta e l s o fá .)

Descansad aquí, no debemos entretenemos. La abominación no nos arrebatará el lugar sagrado. WIERIN

Vamos, tenemos que hablar. PBRTINX

Os acompaño. ¡Ahora necesitamos un padrino para el dueiot LUCINDO

Ahora descansa, dulce niña. ¿Por qué te apenas? BEATRICE

Adiós. LUCINDO

Adiós, mi ángel. BEATRICE

( S u s p ir a n d o .)

¡Mi corazón lo p resen tía! C a e e l te ló n . F in d e l p r i m e r a c t o 0

102 $

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CARTA DE HEINRICH HEINE

«

I

La carta escrita por Heinrich Heine, desde Hamburg©, a Marx que se hallaba en París, el 21 de setiembre de 1844? tiene un especial patetismo. Heine la escribió con su caligrafía de maravillosa claridad (aunque estaba casi ciego a consecuencia de una enfermedad que le había afectado la vista), y como de costumbre, bromeaba sobre asuntos serios, quitando importancia a sus sufrimientos y demostrando una contagiosa alegría. Escribiendo en el tono del hombre que habla con un viejo amigo, envía a Marx las galeradas de su larga narración satírica en verso, G e rm a n ia , un c u e n to d e invierne*, para su publi­ cación en la revista exiliada en París V o r w ä r ts . Ruega a Marx que escriba algo a modo de prefacio. Es evidente que Heine esperaba de Marx que escribiera asimismo una larga crítica del poema. Después de enviar saludos para Jenny, Heine concluye su larga carta con estas pala­ bras: «Adiós, querido amigo, y perdona estos horribles garabatos. No puedo releer lo escrito..., pero nosotros necesitamos pocos signos para comprendemos.» G e r m a n ia , u n c u e n to d e in v ie r n o , que ocupa unas iochenta páginas, era un poema de extraordinaria comple­ jidad, porque combina un suave lirismo con punzantes sobre la situación social. Hacia el final, como icomentarios sobrecogido por los horrores que ha visto o imaginado, el temperamento de Heine explota y ruge al borde de la locura. Algunos de sus versos líricos más puros y más sentimentales están contenidos en este extraño poema. Ya en el verano de 1842, seis años antes de la publi­ cación de E l M a n if ie s to C o m u n is ta , Heine había previsto a aparición del comunismo. En un artículo (véase pági­ na siguiente) para el A u g s b u r g e r A llg e m e in e Z e itu n g , escribió:

1

105

Aunque hoy día es poco discutido, el comunis­ mo es el héroe secreto que ahora se oculta en des> vanes o jergones de paja, un héroe destinado a ju­ gar un gran papel, aunque sea pasajero, en la tragedia moderna, y que sólo espera el apunte para salir a escena. Tres semanas después, en otro artículo, se refirió a la época en que habría un rebaño conducido por «un pas­ tor con un cayado de hierro». El futuro comunista le llenaba de alarma. «El futuro huele a cuero ruso, sangre, ateísmo, y muchos azotes —escribió-—. Yo aconsejaría a nuestros nietos que nacieran con una gruesa epidermis en la espalda.» El comunismo no era, naturalmente, un invento de Karl Marx. Había sido discutido y debatido durante mu­ chos años antes de E l M a n if ie s to C o m u n is ta , y tenía muchos progenitores. Durante algunos meses, bajo la influencia de Marx y de los exiliados alemanes en París, Heine dio prestigio al incipiente movimiento comunista, pero no tardó en desilusionarse. Siete años después des­ cribió a los comunistas como «una multitud de dioses ateos y autodesignados», y les recordó el destino que sufrió el rey babilónico, «que creyó ser el buen Dios, pero cayó lamentablemente desde la cumbre de su or­ gullo y se arrastró por la tierra como un animal, y comió hierba». R, Pe

106

CARTA DE HEINRICH HEINE Hamburgo, 21 set. 1844

Querido Marx: ' Vuelve a aquejarme mi molesta infección en la vista, y necesito hacer un esfuerzo para garabatear estas líneas. Pero lo más importante de cuanto quiero decirte puede esperar hasta principios del mes próximo, cuando podré hablar contigo personalmente, ya que estoy preparando mi marcha..., después de una inquietante insinuación des­ de lo Alto. No me seduce la idea de ser perseguido; mis piernas no sabrían llevar grilletes de hierro, como los llevó Weitling. Me enseñó las cicatrices. Se sospecha de mí una participación en V o r w ä r ts más importante de la que puedo alardear, y lo cierto es que el periódico exhibe la mayor maestría en el arte de la incitación y la publicación de material comprometedor. ¿Adónde con­ ducirá esto? iIncluso Maurer fue lanzado por la borda! Más a este respecto por vía oral. ¡Esperemos que en París no se esté tejiendo una telaraña de perfidias! Mi libro ya está en prensa y será publicado dentro de diez días o dos semanas, así que no habrá un tumulto inme­ diato. Te envío hoy por paquete postal las galeradas de la parte política —en particular, la parte que incluye mi largo poema—, animado por tres intenciones. Ante todo para divertirte, en segundo lugar para que puedas orga­ nizar en seguida la propaganda del libro en la Prensa alemana, y en tercer lugar, si es que lo crees conveniente, para que imprimas los nuevos poemas en V o r w ä r ts . Creo que sería muy adecuado imprimir hasta el final del capítulo 16 del poema largo, pero debes asegurarte de que las partes que hablan de Collen, o sea, los capítu107 i

los 4, 5, 6 y 7, no queden cortados, sino que aparezcan de acuerdo con los mismos números. Se trata de lo mis­ mo en las partes que se refieren al viejo Rothbart, que corresponden a los capítulos 14, 15 y 16, que deben im­ primirse juntos del mismo modo. Me gustaría pedirte que escribieras unas palabras de introducción a estos extractos. Te llevaré a París el principio del libro. Sólo contiene romances y baladas que agradarán a tu esposa. (Te ruego encarecidamente que la saludes efusivamente de mi parte.) Me satisface mucho saber que pronto la veré. Espero que el próximo invierno será menos me­ lancólico para nosotros que el pasado. Camoe está naciendo ahora una edición especial del poema largo. El censor ha suprimido algunos pasajes de mi introducción, en los cuales me expresé con exce­ siva sinceridad. He lanzado el guante a los nacionalistas. El libro lo enviaré más adelante, en cuanto esté impre­ so. Te mego que escribas a Hess (no tengo su dirección) para que haga todo lo posible en el Rin cuando aparez­ ca mi libro, jincluso aunque los salvajes se le echen encimal Me gustaría que convencieses a Jungh para que escriba un artículo útil. En caso de que firmes la nece­ saria introducción en V o r w ä r ts , te mandaré inmediata­ mente las hojas nuevas. Tú ya comprendes la distinción por la que de otro modo se me podría considerar pre­ suntuoso al hacer tal observación. Te mego que intentes ver a Weil y le digas en mi nombre que acabo de reci­ bir su carta, que fue enviada a otro Henri Heine, el cual me ha remitido ya unas cuantas. Yo le veré personal­ mente dentro de catorce días. Mientras tanto, que no permita la publicación de una sola línea acerca de mí, en particular sobre mi nuevo poema. Es posible —si mis ojos lo permiten— que le escriba antes de mi marcha. Saludos cariñosos para Bemays. Me llena de satisfacción pensar que te veré tan pronto. Ya he mandado a mi mu­ jer a Francia a ver a su madre, que está moribunda. Adiós, querido amigo, y perdona estos horribles garaba­ tos. No puedo releer lo escrito..., pero nosotros nece­ sitamos pocos signos para comprendemos. Devotamente, H. H e in e , 108

INFORME REMITIDO A LORD PALMERSTON

El 24 de mayo de 1850, el conde de Westmorland, em­ bajador británico en Berlín, recibió un informe confi­ dencial del ministro prusiano del Interior, barón Otto von Manteuffel, relativo a Marx y las sociedades revo­ lucionarias alemanas en Londres. El informe fue escri­ to por un agente secreto alemán que vivía en Londres y conocía bien las actividades de las sociedades secretas. Según este agente secreto, Marx, Engels y algunos otros formaban parte de una conspiración para matar a la reina Victoria y todas las cabezas coronadas de Europa. * Se afirmaba haber oído decir a Marx que los revolucio­ narios estaban en sus puestos y se habían tomado me­ didas infalibles para que no escapase ninguno de los «verdugos coronados de Europa». El informe acabó en la mesa de trabajo de lord Pal- \ \ merston, pero no hay evidencia de que pasara a la aoción. No vio motivo para pensar que las cabezas corona­ das de Europa corriesen peligro bajo las amenazas de los confusos y vencidos refugiados de la revolución de 1848. No obstante, existen razones para creer que el in­ forme, que reproducimos aquí en tu totalidad por pri­ mera vez, refleja con exactitud las intenciones de los revolucionarios. Marx era totalmente capaz de decir ta­ les cosas, porque se hallaba en un estado de ánimo ex­ cepcionalmente violento durante los primeros meses de 1850. Con ayuda de Engels redactó en marzo de este mismo año un extraordinario documento llamado P la n d e a c c ió n c o n tr a la d e m o c r a c ia , en el que esbozaba un programa revolucionario de terrorismo, incitando al ase­ sinato de las cabezas coronadas, la destrucción de mo­ numentos públicos, y una alianza entre el proletaria111

do y la pequeña burguesía, que más tarde sería elimi­ nada por el proletariado. A mediados de abril, Marx, Engels, August von Willich, George Julián Harney y Adam Vidil firmaron un acuerdo para formar una Sociedad Universal, que asumiría el poder en los Estados alemanes, Gran Bretaña y Francia. George Julián Harney era el máximo dirigente de los Cartistas, y Adam Vidil era un seguidor de Blanqui. En verano, la Sociedad Universal dejó de existir, y el P lan d e a c c ió n c o n tr a la d e m o c r a c ia se convirtió en uno más de los muchos documentos re­ volucionarios condenados al olvido. Sin embargo, no fue completamente olvidado, porque Lenin, que había leído el documento, lo utilizó como anteproyecto de la revolu­ ción de Petrogrado en noviembre de 1917. El informe secreto presenta a Marx bajo un aspecto desfavorable, pero no por ello es menos digno de cré­ dito. En esta época, Marx se consideraba el jefe de los revolucionarios alemanes en Londres, con indiscutible autoridad sobre el movimiento revolucionario. A fina­ les de año se enteraría de que la mayor parte de sus se­ guidores le habían abandonado, que se había desvane­ cido toda esperanza de revolución, y que él estaba con­ denado a vivir en la pobreza y la miseria. Había dado comienzo la noche inquieta del exilio.

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INFORME REMITIDO A LORD PALMERSTON NOTA EXPLICA!ORIA DE LORD WESTMORLAND Berlin, 24 mayo 1850 Milord, Con referencia a mi despacho número 190, le adjunto la copia de una carta que he recibido hoy del minis­ tro del Interior, M. de Manteuffel, así como los infor­ mes que la acompañan, relativos a las actividades de los clubs republicano y comunista de Londres. Estos informes, de los que tengo el honor de remi­ tirle un extracto traducido, contienen información muy completa sobre los objetivos y organización de las so­ ciedades en cuestión, además de los nombres de los diri­ gentes y lugares de reunión, y la naturaleza del lenguaje empleado en ellas. Tengo el honor de ser, con el mayor respeto, milord, el más obediente y humilde servidor de Vuestra Señoría* W e stm o r la n d .

Al vizconde Palmerston, g.c.b.

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-V

NOTA EXPLICATORIA DEL BARON VON MANTEUFFEL Monsieur le Comte, Ci-joint j'ai l'honneur de mettre à la disposition de Votre Excellence trois Copies des renseignements à l'é­ gard des conspirations sociales à Londres, reçues du côte bien sur, mais c o n f id e n tie l . Je profite de cette occasion etc., etc. Berlin, le 24 Mai 1850. M a nteu ffel.

[Señor Conde, Por la presente tengo el honor de poner a disposi­ ción de Vuestra Excelencia tres copias de los informes relativos a las conspiraciones sociales en Londres, reci­ bidas de fuente fidedigna, pero c o n f id e n c ia le s . Aprovecho la ocasión, etc., etc. Berlín, 24 de mayo de 1850. M anteu ffelJ

EL INFORME CONFIDENCIAL AL CONDE DE WESTMORLAND, G. C. &

Londres, 2 mayo 185© Existen aquí cuatro sociedades republicanas socialisa tas: dos alemanas, una polaca y una francesa, ademásp de una sociedad secreta inglesa cartista. A. Una de las sociedades alemanas que dirigen Marx,, 114

Wolff, Engels, Seidel tiene su sede de reunión en el pri­ mer piso del número 20 de Great Windmill Street. Se divide en tres secciones. La sociedad B es la m ás vio­ lenta. En su seno se enseña y discute formalmente el asesinato de príncipes. En una reunión celebrada an­ teayer, a la cual asistí, y que fue presidida por Wolff y Marx, oí gritar a uno de los oradores: «La estúpida in­ glesa tampoco escapará a su destino. Las mercancías de acero inglesas son las mejores, aquí las hachas se afi­ lan especialmente bien, y la guillotina espera a todas las cabezas coronadas.» Así pues, a sólo unos centenares de metros del palacio de Buckingham, los alemanes pro­ claman el asesinato de la reina de la Gran Bretaña. El co­ mité secreto se divide a su vez en dos secciones, una compuesta por los dirigentes, y la otra, por los llama­ dos «ciegos», cuyo número oscila entre dieciocho y veinte y que son hombres de gran osadía y valor. No toman parte en los disturbios, pues se les reserva para las grandes ocasiones y principalmente para el asesinato de príncipes. Cuatro de estos hombres están en Berlín. La sociedad alemana A está en comunicación con París y con la sociedad secreta cartista de Londres, de la cual son miembros Wolff y Marx. Wolff declaró en la reunión de anteayer: «Los ingleses necesitan lo que hacemos, ha proclamado con voz fuerte un orador (de la sociedad cartista), no sólo queremos la República socialdemocrà­ tica, s in o a lg o m á s . Comprenderán, por lo tanto (dijo Wolff), que la estúpida inglesa y sus principescos golfiUos deben correr la misma suerte que hemos destinado a todos los monarcas coronados.» A lo que un hombre bien vestido exclamó: «Se refiere a la horca, ciudadano, otra guillotina.» Se fijó el mes de mayo, o junio, para dar el golpe principal en París. Antes de clausurar la reunión, Marx comunicó al auditorio que podían estar completamente tranquilos, que sus hombres se hallaban todos en sus puestos. El momento fatídico se aproxima y se toman medidas infalibles para que no pueda escapar ninguno de los verdugos coronados de Europa. Otro de los prin­ cipales agentes es un alemán llamado Bauer, que vive

en Ja esquina de Dean Street y Little Dean Street, y tan?, bien es miembro de la sociedad secreta cartista. La segunda sociedad alemana republicana socialista se reúne en Hillman's, en Greek Street. La dirige Struve, pero se está intentando destituirle y unir esta sociedad con la de Marx (Great Windmill St.). La sociedad de Struve está estrechamente ligada a la sociedad republi­ cana socialista polaca, y sus miembros se reúnen todos los domingos por la tarde. El club polaco se reúne todos los domingos a las tres de la tarde en el número 46 de Rathbone Place, en la planta baja. Las reuniones de los republicanos rojos franceses, presididas por Louis Blanc, se celebran los jueves por la tarde en el mismo local. En los demás días de la semana se practican toda clase de ejercicios con espadas y dagas. La correspondencia regular entre estas dos sociedades con París, Viena, Berlín, Varsovia y San Petersburgo es llevada casi siempre por mensajeros. Los «ciegos» están esperando en todas estas ciudades a que se produzca el golpe, para proceder a la emboscada- y cumplir su objetivo. Mientras el gobierno británico no lo ve o no quiere verlo, el arma mortal está también preparada para la reina de Inglaterra. Londres, 14 mayo 1850 Las sociedades declaran abiertamente que esperan a corto plazo un golpe en París, que, si tiene éxito, tratarán de obtener una declaración de guerra contra Pru~ sia, y que la invasión de los franceses por Estrasbur­ go será la señal para una insurrección general en Pire­ sia. Todos cuantos desean entrar en el club de Great Windmill Street han de declararse previamente comu­ nistas y prestar un juramento. Los republicanos fran­ ceses tienen un lugar de reunión secreto en el número 26 de Queen St., Golden Square. 116

Londres, 16 m ayo 1850

La primera parte de esta carta confirma sustancial» mente la información contenida en la carta del 2 del pro» sente (escrita por un agente secreto), relativa a la or­ ganización de los clubs, y declara que Struve y Heinzen han abandonado el club de Windmill Street, del que Wolff era el miembro más violento, porque el asesinato de los príncipes fue formalmente adoptado en los estatu­ tos. Struve ha frecuentado después la sociedad de refu­ giados del número 22 de Greek Street, de tendencia so­ cialista, mientras que las demás son de carácter comu­ nista. En la planta baja de Great Windmill Street, muchos refugiados sostienen conversaciones íntimas y cenan con soldados británicos, con la probable intención de ganar- ^ los para sus fines. En la reunión de este club celebrada el 14 de mayo, Wolff declaró que formaban una fuerza compacta y tenían una policía bien organizada que se infiltraba incluso en el hotel del ministro prusiano. El agente L. ha informado a quien escribe este in» ^ forme que la gran asociación comunista bajo el nombre de B u n d (liga) se extiende por gran parte de Europa, por ejemplo, Países Bajos, Rusia, Polonia, etc., y que tiene jefes centrales para los diversos países. Marx, Wolff y Engels, que están en Londres, son los jefes para Pr¿ sia. Este Bund dirige en Prusia unas trescientas o trescientas cincuenta sociedades de trabajadores, en cada una de las cuales no más de una décima parte son miembros del Bund. El número de miembros de todas las sociedades se calcula en unos cincuenta mil, mien­ tras que el de los miembros completamente iniciados que dirigen ciegamente estas sociedades, en irnos cien. La carta hace después una descripción de las secciones y comunas de organización y división de las sociedades en Prusia, y menciona los nombres de algunos de los dirigentes. Una de las principales características de esta organización es que sólo un reducido número de miem° 117

bros están iniciados en los planes más inmediatos de los jefes, con lo Cual mantienen sus directrices en un mayor secreto y seguridad. Otra característica notable es la disposición de que cuando algún miembro de las socie­ dades ha de comparecer ante im tribunal de justicia, se espera de todos los miembros de su sociedad que co­ metan perjurio y declaren su inocencia. De este modo, dice la carta, fue absuelto el individuo que atentó el año pasado en el Rin contra la vida del rey de Prusia, y que recibía instrucciones de París y Colonia. El Bund, cuya autoridad central, como ya se ha di­ cho, está en Windmill Street, envía emisarios a todos los Estados alemanes y recibe suscripciones de las so­ ciedades de trabajadores. La sociedad de Greek Street no tiene los mismos re­ cursos y está muy necesitada de dinero. Un inglés lla­ mado Fothergill es miembro de A y se encarga de reci­ bir suscripciones para los refugiados de Prusia. Los je­ fes del club de Windmill Street no siempre se reúnen allí, sino que cambian con frecuencia el lugar de sus asambleas. Recientemente, un miembro llamado Frederik Bauer solicitó un debate público para discutir la cuestión de si era mejor envenenar a los príncipes o acuchillarlos, pero fue interrumpido por el comité, que dispone de lugares más secretos para tales discusiones. Para dar una idea de la seguridad de que disfrutan aquí los jefes, se puede mencionar que un joven re­ fugiado de Badén, llamado Linde, que había proferido algunas fuertes expresiones contra Marx y Wolff, fue convocado ante el comité por el club, y allí Marx le dijo, probablemente con la intención de intimidarle, que había sido condenado a muerte por su delito. Pero él replicó que ya había sido condenado a muer­ te en Badén, y que suponía que el comité tenía orden de Prusia de llevar a cabo la sentencia. Esta respuesta sorprendió al comité, y el joven fue despedido después de exigírsele la promesa de guardar el secreto.

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BREVE BOSQUEJO DE UNA VIDA MEMORABLE

Cuando Jenny Marx escribió B r e v e b o s q u e je d e u na v id a m e m o r a b le en el verano o el otoño de 1865, no te­ nía intención de publicar sus M e m o r ia s . Escribía para sí misma o para sus tres hijas, Jenny, Laura y Eleanor, o tal vez para la posteridad. Escribió con naturalidad, impulsivamente, sin atender en absoluto al estilo litera­ rio. Da la impresión de una mujer que se sienta a es­ cribir en un domingo lluvioso algunos recuerdos casua­ les, y que entonces se siente obligada a escribir más o menos una reconstrucción de su vida desde el día de su matrimonio con Karl Marx. Originalmente, el manuscrito consistía en treinta y sie­ te páginas de escritura menuda, de las cuales se con­ servan veintinueve. Es probable que las ocho páginas que faltan fuesen arrancadas y rotas por su hija menor Eleanor, de quien se sabe que tuvo en su poder el ma­ nuscrito después de la muerte de su padre, y no es di­ fícil adivinar las razones de su acción. Jenny Marx amaba con pasión a su marido, pero hubo muchas ocasio­ nes en que éste la llevó al borde de la locura. Para ella, Marx no era la personificación de una leyenda revolu­ cionaria; era humano, demasiado humano. Las páginas que faltaban seguramente describían a Karl Marx en sus aspectos más humanos. El encanto de las breves y fragmentarias M e m o r ia s de Jenny Marx reside en su sinceridad directa y naturaL Nacida en la riqueza, vivió en la más absoluta pobreza casi desde el momento de su boda, y ella detestaba la pobreza con toda la fuerza de su ser. De familia aristó­ crata, miraba el mundo a través de los ojos de la aris­ tocracia. Le gustaba dar bailes y recibir invitados, ado> raba los vestidos elegantes, y quería que sus hijas se edu121

caran en un ambiente refinado, con los m ejores p r o f e s o res de música, canto e idiomas. Le gustaban las ca­ sas grandes y cómodas, y tener criados a su servicio. Cuando la familia se trasladó por fin a una cóm oda casa de clase media en Hampstead, observó con a p ro bación que poseían «una casa bonita y alegre, que he* mos amueblado bien y con bastante elegancia». Aban­ donando las dos lóbregas habitaciones de Dean Street, donde habían sufrido los tormentos de los condenados, por fin habían adquirido la comodidad, la elegancia y un sentido del lujo y el ocio. Jenny debía tener alrededor de cincuenta y un años cuando escribió sus M e m o r ia s , pero parecía mucho más vieja. Dos de sus hijos habían muerto en la infancia (Edgar, su hijo predilecto, murió a los ocho años); y estas muertes la dejaron inconsolable. Era una mujer que había sufrido mucho, y g ran p a rte de su sufrimiento se debía al hecho de que M arx e ra incapaz de mantener a su familia cada vez m ás num erosa. Jenny se qu ejab a con amargura de su irresponsabilidad, su indiferencia y su determinación de vivir a su m odo, y se conservan cartas escritas por Marx a Engels que dan fe de la mor­ dacidad de su lengua y de las furiosas d iatrib as for­ muladas con aristocrática energía. No sólo se trataba de que Marx no fuera un santo a sus ojos; adem ás era a veces el mismo diablo encamado que llevaba a su familia a la perdición. En opinión de Jenny, antigua baronesa de Westíalia, la familia debía ocupar el p ri­ mer lugar. Por consiguiente, B reve b o s q u e j o de una vida m em o ­ r a b le no es tanto un relato de su propia vida como una descripción de la familia Marx durante su época de tri­ bulaciones. Los niños nacen y mueren; ciertos am igos hacen su aparición en su vida; se trasladan de una casa a otra; pero siempre permanece el sentido de la familia sobreviviendo a través de las vicisitudes. Marx oo ocupa el primer plano; es simplemente uno de los miembros de la familia. Los dos pasajes más conmovedores de las M e m o r ia s no conciernen apenas a Marx. El primero des­ cribe la muerte de su hija Franziska; el otro, la muerte 122

de un banquero judío en París, ocurrida diez años des­ pués. Jenny había ido apresuradam ente a París en un de­ sesperado intento de obtener un préstam o del banquero, antiguo adm irador suyo, y se encontró con que estaba m oribundo. D urante el viaje de regreso en pleno invier­ no, ocurrieron todas las incidencias adversas posibles. Cuando llegó a Londres por Navidad, supo que una de sus dos doncellas había m uerto de un ataque cardíaco. La m uerte parecía seguirla por doquier. Esto no significa que sus M e m o ria s sean morbosas. Escribe acerca de lo que sabe, y la m uerte nunca está muy lejos del centro de sus pensam ientos. Sin em bargo, a veces hace referencias sobre sí m ism a y sus amigos

con ironía y una especie de divertida indiferencia. Entre los exiliados alemanes en el Reino Unido se contaba el fanfarrón August von Willich, héroe de la rebelión de 1848, que una mañana apareció en el dormitorio de Jenny «vestido como un auténtico don Quijote, con un jubón de lana gris y una faja escarlata ciñéndole la cintura en lugar de un cinturón». Marx arrojó a Willich a la calle. Jenny nos dice que de vez en cuando Willich volvió en secreto, «porque quería perseguir al gusano existente en todos los matrimonios y cultivarlo*. Es evidente que Willich esperaba seducirla. Ella no le ani­ mó, pero se complacía en su compañía. En las biografías de Marx, Jenny aparece casi siem­ pre como una figura confusa. La vemos con mayor claridad cuando nos dice que, mientras vivían en Dean Street, solía escaparse y beber una jarra de cerveza lon­ dinense en la sala de señoras del bar local. Le gusta­ ban las «conversaciones íntimas* en las tabernas, la jovialidad, y las bromas. Pasear era también uno de sus mayores placeres, y nos habla de largas caminatas so­ litarias por las abarrotadas calles del West End des­ pués de asistir a las reuniones de los exiliados alemanes. Le entusiasmaba dar fiestas. Dice que dio su «primer baile» el 12 de octubre de 1864, y es de suponer que hubo muchos más a partir de entonces. Le gustaba ha­ cer las cosas a lo grande. Lo cierto, naturalmente, es que Jenny no era marxis123

ta. Continuó siendo una aristócrata im penitente hasta el fin de su vida, siempre orgullosa de su linaje, su be­ lleza v su instintiva generosidad. A su manera, tam ­ bién estaba orgullosa de sus sufrimientos. Nunca gimo­ tea, raras veces se lamenta, y describe los peores mo­ mentos de forma directa y escueta. Sólo en una ocasión nos informa de una evasión deliberada. Es cuando es­ cribe: «A principios del verano de 1851 ocurrió algo a lo que no volveré a referirme, aunque incrementó grandemente nuestras penas privadas y públicas.» Este pasaje sólo puede referirse al nacimiento del hijo ilegí­ timo de Marx con la criada Helene Demuth, aconteci­ miento que dio lugar a terribles escenas y estuvo a punto de causar el divorcio de Jenny y Marx. Al pa­ recer, jamás le perdonó del todo, y Marx tampoco se perdonó a sí mismo. Las páginas más tristes de estas M e m o r ia s son las del final, cuando describe la visita de Ferdinand Lassalle, el gran rival de Marx, a Gran Bretaña. Lassalle había ofrecido su hospitalidad a Marx en Berlín, y aho­ ra Marx, en plena pobreza, se veía obligado a devolver la cortesía. Lassalle residió en su casa durante casi tres semanas, compartiendo su comida y su vino, y hablan­ do en voz alta de su posición como el dirigente recono­ cido de las clases trabajadoras alemanas. Es induda­ ble que debía ser difícil de soportar y, sin duda, Jen­ ny no dejaba de pensar en todos los objetos que ha­ bía empeñado para hacer posible su visita. Pero la amargura declarada, el tedio y el veneno, la ferocidad de su ataque contra aquel hombre ya difunto, porque había muerto en un duelo cuando ella escribía acerca de él, se nos antojan extraños viniendo de su pluma. Por una vez, da la impresión de no ser ella quien es­ cribe» ¡L P.

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BREVE BOSQUEJO BE UNA VIDA MEMORABLE El 19 de junio de 1843 fue el día de mi boda. Via­ jamos de Kreuznach a Rheinpfalz por el Ebernburg, y después volvimos por Baden-Baden a Kreuznach, donde permanecimos hasta fines de setiembre. Mi querida ma­ dre regresó a Tréveris con mi hermano Edgar. A prin­ cipios de octubre, Karl y yo fuimos a París, donde nos recibieron Herwegh y su esposa. En París, Karl y Ruge publicaron los D eu isch -F ran z o s is c h e J a h r b ü c h e r (A n a le s fr a n c o a le m a n e s ). Julius Frobel era el editor. La empresa se fue a pique des­ pués del primer número. Vivíamos en la rué Vanneau en el faubourg St.-Germain, y veíamos mucho a Ruge, Heine, Herwegh, Máurer, Tolstoy, Bakunin, Annenkov, Bernays y t u t t i q u a n ti. Mucha palabrería á q u e r e lle s allem andes.

Jennychen nació el 1 de mayo de 1844. Después salí por primera vez para asistir al funeral de Lafitte, y seis semanas más tarde me dirigí en diligencia a Tréveris con mi hija, gravemente enferma. Pasé tres meses con mi querida madre. Allí conocí a Sophie Schmalhausen y la pequeña Jettchen Schmalhausen, que tenía un año. Jettchen Marx se casó durante mi estancia. El absurdo sobre la Túnica Sagrada estaba en su apogeo aquel verano. En setiembre volví a París con una nurse alemana (Gretchen, de Barbeln) y Jennychen, que ya tenía cua­ tro dientes. Durante mi ausencia, Friedrich Engels ha­ bía visitado a KarL A lo largo del otoño y el invierno,

K arl tra b a jó en su Crítica d e la c r itic a c r ític a , que se pu­ blicó en Frankfurt» N uestro círculo estab a form ado por H ess y su esposa, Ew erbeck y R ibbentrop, y en especial, H em e y Herwegh» De im proviso, a principios de 1845, la policía se p resen tó en n u estra casa y nos m ostró u n a o rd en d e expulsión firm ad a p o r Guizot a instancias del G obierno prusiano» La orden rezaba a sí: «K arl M arx debe abandonar' P arís en el plazo de veinticuatro horas»» Me concedieron un plazo m ás largo, que aproveché para vender m is m uebles y algo de ro p a blanca» Sólo obtuve una. m ise ria p o r ello» p ero ten íam o s que re u n ir dinero p a ra el viaje. Los H erw egh m e alb erg aro n en su casa d u ra n te dos días» E nferm a, y con u n tiem po m uy frío, seguí a K arl a B ruselas a principios de febrero» Allí nos in stalam o s en el B ois Sauvage, y conocí a Heínzen y a Freiiigrath» E n m ayo nos traslad am o s a u n a peque­ ñ a c a sa d e la r a e d e FAHiance, fau b o u rg St»=Louvain, que alq u ilam o s al d o c to r Breuer»

Apenas nos habíamos instalad© cuando Engels y Heim rich Bürgens nos siguieron» Biirgers ya nos había visi­ tado en París con su amigo el doctor Roland Daniels» Poco después llegó Hess con su esposa, y un tal Sebastian Sel­ lar se unió al reducido círculo alemán» Abrió una pe­ queña ©fiema de correspondencia alemana, y la colonia alemana inició una agradable vida en común» Después se nos unieron otros belgas, entre ellos Gigot, y varios po­ lacos. E s uno de los simpáticos cafés donde nos reunía­ mos por las tardes, conocí al viejo Lewelel con su blusa azul. Durante el verano, Engels trabajó con Karl en una crítica de la filosofía alemana, cuyo impulso externo fue la publicación de E l e g o y s u s p r o p i e d a d e s (de Stimer)» Era una obra voluminosa, y ellos. querían publicarla en Westfalia, Joseph Weydemeyer nos visitó por primera vez en verano» Fue nuestro huésped durante algún tiem­ po. En abril, mi querida madre me envió a su propia doncella para que me ayudase en Bruselas, Una vez más fui a visitarla, esta vez con la doncella y con Jennychen, que ya tenía catorce meses. Permanecí seis semanas a su lado y volví a nuestra pequeña colonia dos semana® 126

antes del nacim iento de Laura, el 26 de setiem bre. Mi her­ m ano E dgar pasó el invierno con nosotros, esperando en­ co n trar tra b a jo en Bruselas. E ntró en la oficina de prensa de Seiler, y m ás adelante, en la prim avera de 1846, tam ­ bién fue a tra b a ja r allí nuestro querido Wilhelm Wolff. E ra conocido com o K asem attenw olff, pues había escapa­ do de una fortaleza en Silesia donde pasó cuatro años por violar las leyes de prensa. Su llegada a nuestro círcu­ lo m arcó el principio de una am istad muy íntim a con n u estro querido «Lupus», que no h ab ría de rom perse h asta su m u erte en m ayo de 1864. D urante el verano nos visitaron Georg Jung y el doctor Schleicher. En febrero de 1846 recibim os de repente una carta de Tréveris in ­ form ándonos de la peligrosa enferm edad de m i m adre... (interrupción en el m anuscrito).

Mientras. tanto, los nubarrones revolucionarios iban acrecentándose. El horizonte belga también aparecía te­ nebroso. Se temía ante todo a los trabajadores, el ele­ mento social de las masas. La policía, los militares y la guardia civil fueron puestos en estado de alerta. En­ tonces los trabajadores alemanes decidieron que ya era hora de armarse a su vez. Se procuraron dagas, revólve­ res, etc. Karl aportó dinero gustosamente, pues acababa de recibir una herencia. El Gobierno vio pruebas de cons­ piración e intriga: Marx obtiene dinero y compra armas, y por lo tanto ha de ser expulsado. Ya avanzada la noche, dos hombres irrumpieron en nuestra casa. Preguntaron por Karl, y cuando éste apareció declararon que eran sar­ gentos de la policía y que tenían una orden de arresto para llevárselo a un interrogatorio. Así que todos se fue­ ron en plena noche. Yo salí tras él con una terrible apren­ sión, e intenté ponerme en contacto con gente influyente para enterarme de lo ocurrido. Fui de casa en casa en la oscuridad de la noche. De pronto me detuvo un guardia, que me llevó a una oscura prisión. Era el lugar donde se conducía a mendigos que carecían de cobijo, vagabun­ dos sin hogar y desgraciadas mujeres de la vida. Me me­ tieron en una oscura celda. Sollozaba al entrar en la celda, y entonces, mi compañera de infortunio se ofreció a compartir conmigo el camastro, que era de madera y

muy duro. Me acosté. Cuando llegó la mañana vi un ros tro triste y macilento al otro lado de las rejas de hierro. Me acerqué a la ventana y reconocí a nuestro querido y viejo amigo Gigot. Al verme, me hizo una seña, apun­ tando hacia abajo. Seguí aquella dirección y vi a Karl caminando con una escolta militar. Una hora después me llevaron ante el magistrado encargado de los interro­ gatorios. Tras dos horas de interrogatorio, en el que des de luego no obtuvieron de mí mucha información, me condujeron a un carruaje, y hacia el atardecer pude volver al lado de mis tres hijos. El asunto causó gran sensación. Todos los periódicos lo publicaron. También soltaron pronto a Karl, con órdenes de abandonar Bru­ selas inmediatamente. El ya había decidido regresar a París, después de apelar al Gobierno provisional de Fran­ cia para una revocación de la orden de expulsión emi­ tida contra él por el Gobierno de Luis Felipe. Casi en seguida recibió un documento firmado por Flocon, en el que el Gobierno provisional cancelaba la orden en tér­ minos muy halagadores. Ahora París nos abría sus puer­ tas, y ¿dónde podíamos sentimos más a nuestras anchas que bajo el sol naciente de la nueva revolución? ¡Era preciso ir allí! Yo hice rápidamente el equipaje, vendí cuanto podía ser vendido, pero dejé en Bruselas toda la plata y la ropa mejor al cuidado del librero Vogler, que se mostró extraordinariamente servicial durante los preparativos de mi marcha. De este modo terminó nues­ tra estancia de tres años en Bruselas. Era el último día de febrero, frío y nublado, y tuvimos muchas dificulta­ des para dar calor a los niños. El más pequeño sólo tenía un año... ( in te r r u p c ió n d e l m a n u s c r ito ) . A finales de mayo (1849), Karl publicó el último nú­ mero del N e u e R h e in is c h e Z e itu n g , impreso en letras ro­ jas. Era el famoso «número rojo», una explosión de for­ ma y contenido. Engels se había unido inmediatamente al levantamiento de Badén, siendo nombrado ayudante de Willich. Karl decidió regresar a París por un tiempo, ya que le era imposible permanecer en suelo alemán. El rojo Wolff lé siguió. Yo me fui con los tres niños a mi querida ciudad natal y a los brazos de mi querida madre. 128

Viajamos vía Bingen, donde encontram os a Heinzen y su herniosa m ujer, que era actriz, y donde nos quedamos ocho días. Después de abandonar Bingen hice un pequeño rodeo para convertir en dinero efectivo la plata que aca­ baba de recuperar del prestam ista de Bruselas. Weydemeyer y su esposa volvieron a dam os hospitalidad, y fue­ ron m uy útiles en mis trato s con el prestam ista. Así con­ seguí obtener dinero para el viaje. Karl se fue en com­ pañía de Wolff a París, cruzando el Rheinpfalz, y poco después, en París, el asunto Ledru-Rollin puso fin ai breve sueño de la revolución. Entonces se produjo la reacción en todas partes, con increíble dureza.

La revolución húngara, la insurrección de Badén, el levantamiento italiano, todos fracasaron. En Hungría y Badén proliferaron los consejos de guerra, y durante la presidencia de Luis Napoleón, que fue elegido por abru­ madora mayoría a finales de 1848, cincuenta mil franceses entraron en «la ciudad de las siete colinas» y ocuparon Italia. L ’o r d r e rè g n e à V a r s o v ie y V a e v ic tis eran las con­ traseñas de la contrarrevolución, ebria de victorias. La burguesía respiró con alivio, los pequeños burgueses volvieron a sus asuntos, y los mezquinos filisteos libera­ les ocultaron los puños en sus bolsillos, los trabajadores fueron asediados y perseguidos, y los hombres que lucha­ ban con pluma y espada por el reino de los pobres fue­ ron felices al poder ganar su pan en el extranjero. Mien­ tras Karl estaba en París, entró en contacto con muchos dirigentes de clubs y sociedades secretas de trabajadores. Yo le seguí a París en julio de 1849, y permanecimos allí durante un mes. Una hermosa mañana, el ya familiar sar­ gento de la policía volvió con la orden de que K a r l e t sa dam e debían abandonar París en veinticuatro horas. Tuvieron la amabilidad de permitirnos residir en Mor­ bihan, en Vannes. Este lugar de exilio no era conveniente, y una vez más hice las maletas para buscar un refugio tranquilo y pacífico en Londres. Karl se adelantó a mí. Inició unas estrechas* relaciones con Blind. Algo más tarde se le unió George Weerth. Fue Weerth quien me re­ cibió a mi llegada a Londres, enferma y exhausta y con mis tres hijos pequeños y perseguidos. Me encontró alo 129

jam iento en una pequeña pensión de Leicesíer Square que pertenecía a un m aestro sastre. Con m ucha prisa bus­ camos un alojam iento m ás am plio en Chelsea, porque ya se aproxim aba el m om ento en que yo necesitaría una vivienda tranquila. El 5 de noviem bre, cuando la gente de la calle gritaba; «¡Viva Guy Fawkesí», y los m uchachos llevaban extrañas m áscaras y m ontaban b u rrito s de ju­ guete, y todo era tum ulto, nació m i pobre H einrich. En honor del gran conspirador, llam am os Fôxchen a n u estro pequeño recién llegado. Poco después de su nacim iento, Engels llegó a Londres, después de h u ir de B adén vía Gónova. Willich le había precedido, e in m ed iatam en te se instaló entre nosotros com o u n f r è r e e t c o m p a g n o n co­ m unista. Una m añana a p rim era h o ra hizo su aparición en nuestro dorm itorio, vestido com o un au tén tico don Quijote con un jubón de lana gris y u n a fa ja escarlata ciñéndole el talle en lugar de u n cin tu ró n , lanzando car­ cajadas y perfectamente dispuesto a em pezar u n largo debate teórico sobre el comunismo «natural». K arl puso rápido fin a estas intentonas. De vez en cuando venía a visitarme, porque quería perseguir el gusano que vive en todos los matrimonios, y cautivarlo. M ientras resid ía­ mos en Chelsea recibimos las primeras visitas de W. Pieper y W. Liebknecht. El rojo Wolff ya había llegado a

Londres con Karl. Miles de fugitivos llegaban a diario; todos estaban más o menos en dificultades, pocos disponían de medios, y to­ dos dependían de otros y necesitaban ayuda. Este fue uno de los períodos más desagradables de nuestra vida de emigrados. Se organizaron comités para ayudar a los emigrantes, se celebraron reuniones, se hicieron a p e l a c k v nes, se trazaron programas y se prepararon grandes ma­ nifestaciones. En todos los círculos de emigrantes se pro­ dujeron disensiones. Los diversos partidos se fueron dis­ gregando por completo. Entre los demócratas alemanes y los socialistas existía una separación oficial, y había grandes divergencias entre los trabajadores comunistas. Los dirigentes de las diversas facciones se atacaban mu­ tuamente con gran ferocidad, y una banda variopinta de rufianes e intrigantes ávidos de «hechos» y de «acción» 130

pasó a p rim er plano m ostrando gran hostilidad con el sector de los trab ajad o res y sus dirigentes que com pren­ dían con m ás claridad la situación y reconocían que la era de la revolución no com enzaría h asta el cabo de m ucho tiem po. K arl era el m ás perseguido de todos, ca­ lum niado y difam ado sin m edida. Fue en esta época cuan­ do tuvo lugar el duelo en tre Conrad S chram m y August Willich. E n el otoño de 1849, K arl inició negociaciones en P rusia p a ra e d ita r una nueva revista en Londres que se publicaría en H am burgo. T ras innum erables dificultades aparecieron los seis prim eros núm eros, bajo el títu lo de N eue R heinische Zeitung, P olitischeókonom ische Revue. El éxito de esta revista fue m uy 'grande. Pero el librero, que h ab ía sido com prado p o r el G obierno prusiano, fue tan negligente e ineficaz en la dirección del negocio, que p ro n to resu ltó evidente que no p o d ría co n tin u arlo m u­ cho tiem po. E n la p rim av era de 1850 nos vim os obligados a aban­ * d o n ar n u e stra casa de Chelsea. Mi pobre Fóxchen esta­ ba siem pre enferm o, y las m uchas ta re a s de n u e stra vida co tid ian a p erju d icab an m i salud. Asediados p o r to ­ » das p a rte s y perseguidos p o r los acreedores, nos aloja­ m os d u ra n te u n a sem an a en un hotel alem án de Leices­ ter S quare, p ero no pudim os seguir allí m ás tiem po. Una m añ an a, n u e stro digno an fitrió n se negó a serv im o s i el desayuno, y nos vim os forzados a b u sc a r o tro alo­ jam iento. La pequeña ayuda que yo recib ía de m i m a­ dre nos salvó a m en u d o de las peores privaciones. E n ­ co n tram o s dos h ab itacio n es en casa de un en cajero ju ­ dío, donde p asam o s u n te rrib le v eran o con n u estro s cuatro hijos.

En el otoño de este año, Karl y sus amigos más ín­ timos decidieron abandonar por completo los asuntos de los emigrados y no tomar más parte en las manifes­ taciones. Abandonaron la Sociedad Educacional de los Trabajadores, y todos se retiraron a la vida privada. Engels, después de intentar en vano ganarse la vida en Londres escribiendo, se fue a Manchester donde entró a trabajar como empleado en el negocio textil de su pa131

dre en condiciones muy desfavorables. Nuestros otros amigos trataron de ganar dinero dando clases, etc. Este y los dos años siguientes fueron para nosotros de gran­ des dificultades, continuas privaciones de toda índole y auténtica miseria. En agosto de 1850, aunque estaba lejos de sentirme bien, decidí dejar a mi hijo enfermo e ir a los Países Bajos para obtener ayuda y consuelo del tío de Karl. Contemplaba el futuro y el nacimiento de mi quinto hijo con una desesperación total. El tío de Karl estaba muy mal dispuesto debido a los efectos desfavorables de la revolución en sus negocios y los de sus hijos, odiaba la revolución y los revolucionarios, y había perdido el sentido del humor. Se negó a prestarme ayuda, pero cuan­ do ya me iba me puso en la mano un regalo para mi hijo menor, y vi que le dolía no estar en situación de darme más. El anciano no podía imaginar mis sentimien­ tos cuando me despedí de él. Volví a casa con el cora­ zón afligido. Mi pobre pequeño Edgar saltó a mi encuen­ tro con su carita alegre, y mi pequeño Fóxchen alargó los brazos hacia mí. No disfrutaría mucho de sus cai •' ricias. En noviembre, el pobre niño sufrió de convulsio­ nes causadas por una inflamación pulmonar. Mi dolor fue enorme. Era el primer hijo que perdía. No me ima­ ginaba entonces las otras penas que me esperaban, y que harían insignificantes todas las pasadas. Poco después del entierro del pobre niño, dejamos nuestro pequeño alojamiento y alquilamos otro piso en la misma calle. Durante este invierno me enteré de que mi querida madre sufría de parálisis en el brazo derecho. Aquellas manos diligentes y activas tenían que estar siempre quie­ tas, e incluso le era negado el consuelo de escribir car­ tas, lo único que le quedaba en su soledad y aislamiento. Por segunda vez, Edgar dejó a nuestra querida madre para tratar nuevamente de hacer fortuna en Texas. El 28 de marzo de 1851 nació nuestra hija Franziska La confiamos a un ama, porque no podíamos cuidarla en nuestras tres pequeñas habitaciones. Era el año de la Gran Exposición, y grandes muchedumbres acudían a Londres. En la primavera, Freiligrath llegó de Colonia 132

para buscar empleo en Londres. Más tarde vino Lupus desde Suiza, y lo m ism o hicieron Dronke, Im andt y Schily. Seiler había regresado antes, y Gotz se unió al grupo de em igrados que rodeaban a K arl. Los años 1851 y 1852 fueron para nosotros los de m ás terribles preocu­ paciones, desengaños y privaciones de todas clases. A principios del verano de 1851 ocurrió algo a lo que no volveré a referirm e, aunque increm entó en gran me­ dida n u estras penas privadas y públicas. En prim avera, el G obierno pru siano acusó a todos los amigos de Karl de la provincia del Rin de las m ás peligrosas conspira­ ciones revolucionarias, y los encarcelaron y tra ta ro n del modo m ás horrible. El juicio público empezó a finales de 1852: fue el conocido Juicio de los* C om unistas. A excepción de Daniels y Jacobi, todos los acusados fueron sentenciados a tres y cinco años de cárcel. Al principio su secretario fue W. Pieper; después asu- m m í yo este puesto, y el recuerdo de los días que pasé en el d im in u to estudio de K arl, copiando los artículos que escribía, pertenece a los m ás felices de mi vida . A fines de 1851, dio Luis N apoleón su coup d ’état, y en la prim av era siguiente, K arl escribió su Dieciocho Brum ario, que fue publicado en N ueva York. E scribió el libro en n u estro pequeño a p a rta m e n to de Dean S treet, en tre el ru id o de los niños y la agitación de la casa. En m arzo te rm in é de co p iar el m an u scrito , y lo enviam os, pero n o se im p rim ió h a s ta m ucho m ás ta rd e y casi no p ro d u jo beneficios. En P ascua de 1852, n u e s tra p obre F ranziska cayó en­ ferm a a q u e ja d a de u n a grave b ro n q u itis. D urante tres días, la c ria tu ra luchó con la m u erte. S ufrió m ucho. Su pequeño cu erp o d escan sab a en la h abitación tra s e ra ; to ­ dos n o s fu im o s a la h ab itació n de delante, y cu an d o an o ­ checió colocam os n u e stro s colchones en el suelo, con los tre s n iñ o s a n u e s tro lado, y to d o s llo ram o s p o r el pequeño ángel que yacía sin vida allí al lado. La m u e r­ te de n u e s tra q u erid a h ija o cu rrió en la época de m a­ yor pobreza. N u estro s am igos alem anes no po d ían ayu­ d a m o s en aquellos m om entos. E rn e st Jones, que nos hacía largas y frecu en tes visitas, h a b ía p ro m e tid o su 133

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ayuda, pero no pudo dam os nada. Bangya, un coronel húngaro que acababa de e n tra r en nuestro grupo porque había pedido a K arl que corrigiera un m anuscrito para Szemeres, prom etió socorrem os, pero tam poco pudo cum ­ plirlo. Con angustia en el corazón corrí a casa de un emi­ grado francés que vivía cerca de nosotros y solía visi­ tam os. Le supliqué que nos ayudase en aquel terrible m om ento. Me dio inm ediatam ente dos libras, lleno de conm iseración, y con ellas com pram os el pequeño fé­ re tro donde ahora la pobre niña descansa en paz. No tenia cima cuando llegó al m undo, y d u ran te m uchas horas se le negó el últim o descanso. ¡Cuánto sufrim os cuando se llevaron el féretro al cem enterio! En el otoño de 1852 tocó a su fin el Juicio de los C om unistas, que se había hecho fam oso. K arl escribió un panfleto denunciando las infam ias del G obierno pru­ siano. Fue publicado en Suiza p o r Schabelitz, pero el Go­ bierno p ru sian o lo confiscó y destruyó en la fro n tera. Class editó el pan fleto en Am érica, y se distribuyeron muchas copias p o r el continente.

Durante el año 1853, Marx escribía regularmente dos artículos para el T r ib u n e , que causaban una gran im­ presión en América. Gracias a estos ingresos fijos pudi­ mos pagar la mayor parte de nuestras viejas deudas y vivir con menos ansiedad. Los niños crecían bien, desa­ rrollándose tanto espiritual como físicamente, aunque todavía vivíamos en aquel pequeño y reducido aparta­ mento. Durante su estancia en Londres, Karl siempre estuvo en estrecho contacto con los carlistas, y contri­ buía a la redacción del periódico de Emest Jones, T h e P e o p le ’s P a p e r . En el verano de aquel año les daba los artículos que ya habían aparecido en el T r ib u n e . En estos artículos pudo demostrar que Palmerston había llegado a un entendimiento con Rusia, especial­ mente en lo relacionado con los polacos. Esto fue re­ producido del T h e P e o p le 's P a p e r por David Urquhart en un periódico de Glasgow, lo cual hizo que Karl co­ nociera a Urquhart y sus amigos. Los artículos de Karl fueron impresos por separado, como octavillas, por 134

Tucker, que era quien im prim ía los periódicos de U rquhart, y se repartieron miles de ellas. El Globe y otros diarios del Gobierno em pezaron a dedicar mucha atención a su trab ajo y a m encionar su nombre. Por añadidura, John B right mencionaba con frecuencia los artículos escritos por Karl para el Tribune en sus dis­ cursos en la Cám ara de los Comunes. En verano de este año, la herm ana de Karl, Louise, se casó con Juta. De paso para El Cabo, donde Juta abrió una librería, la joven pareja vino a visitarnos. Pa­ samos unos días m uy agradables juntos. En otoño se agregó a nuestro pequeño círculo de amigos Peter Meyer, de Lübeck; casi siem pre nos reuníam os en nuestra reducida vivienda. Meyer cantaba muy bien y comía mucho, y p ro n to fue íntim o amigo de la familia.

En respuesta a un enconado ataque de Willich con­ tra su persona, aparecido en América, Karl escribió un ¿I breve panfleto, E l c a b a lle r o d e la c o n c ie n c ia n o b le, que también se imprimió en América y que redujo al ca- 1 ballero y a sus ruidosos compinches a perpetuo si­ lencio. Aquel año disfrutamos de las primeras Navidades ale­ gres desde nuestra llegada a Londres. La colaboración de Karl con el T r ib u n e puso punto final a nuestras an- V gustiosas preocupaciones cotidianas. Durante el verano, los niños habían podido pasar más tiempo jugando al aire libre en los parques; aquel año había cerezas, fre­ sas e incluso uvas; y nuestros amigos trajeron a nuestos tres queridos hijos muchos bonitos regalos. Se pre­ sentaron con muñecas, pistolas, utensilios de cocina, tam­ bores y trompetas, y Dronke llegó al anochecer para decorar el árbol de Navidad. Fue una feliz velada. Una semana después, Edgar tuvo los primeros síntomas de la enfermedad incurable que lo arrancaría de nuestro lado un año más tarde. Si hubiéramos podido abandonar nuestro insalubre apartamento y llevar al niño a la ori­ lla del mar, tal vez podríamos haberle salvado. Pero a lo hecho, pecho. En el verano de 1854, los tres niños tuvie­ ron el sarampión... ( in te r r u p c ió n d e l m a n u s c r ito ). En setiembre de 1855 regresamos a nuestro cuartel 135

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general de Dean S treet, firm em ente resueltos a ab an d o ­ narlo en cuanto recibiéram os u n a pequeña herencia in­ glesa que nos p e rm itiría lib ra m o s de las cadenas y gri­ lletes que nos ligaban al carnicero, panadero, lechero, tendero, vendedor de té, y todas las dem ás potencias enem igas. P or fin, en la prim av era de 1856, recibim os la pequeña sum a que nos otorgó la libertad. Pagam os todas n u estras deudas y rescatam os del p re sta m ista la plata, la ro p a fina y los vestidos, y con m is tre s hijos m e fui a m i querida casa p atern a. Poco después de nues­ tra llegada, m i p o b re m a d re cayó gravem ente enferm a. Celebró s u ochenta y u n cum pleaños en com pañía de n u e stro querido tío, que p recisam en te enferm ó al día siguiente y ya n o se recobró... (interrupción del m anus­ crito ). P asam os aquel invierno en to ta l reclusión. Casi todos n u estro s am igos h ab ían ab an d o n ad o Londres; los pocos que quedaban, vivían m uy lejos; y ad em ás no e ra fácil llegar a n u e stra b o n ita casa, que pese a su d im in u to ta ­ m año e ra u n a especie de palacio co m p arad a con los lu­ gares donde h ab íam o s vivido antes. N o conducía a ella ningún cam ino decente, se estab a co n stru y en d o m ucho y teníam os que c a m in a r so rtean d o m o n to n es de escom ­ bros, y cu ando llovía, la arcilla ro ja se pegaba a las sue* las de n u e stra s b o tas, p o r lo que le v a n ta r los pies se con­ v ertía en u n g ran esfuerzo. Y cuando rein a b a la o scu rid ad en este casi salv aje d istrito , p referíam o s a c e rc a m o s al fuego de la chim enea que p a s a r la velada lu ch an d o con la oscuridad, los escom bros, la arcilla y los m o n to n es de piedras. E stuve m uy en ferm a d u ra n te to d o aquel in­ vierno, siem p re ro d ead a de u n a b a te ría de m edicinas. Me costó m ucho a c o stu m b ra rm e a la so led ad com pleta. A m enudo sen tía n o stalg ia d e m is larg o s p aseo s p o r las anim adas calles del W est E n d después d e la s reuniones, n u estro s clubs, y la fa m ilia r ta b e rn a y su s conversaciones, que ta n to m e h ab ía n ay u d ad o a o lv id ar m is penas d u ra n te u n ra to . P o r su erte, aú n ten ia que c o p ia r u n a rtíc u lo p a ra el T r ib u n e dos veces p o r sem ana, y e sto m e m a n te n ía a u c o u r a n t de los sucesos m undiales. M ediado el año 1857 se p ro d u jo o tra g ran crisis que

afectó a los trab a jad o res am ericanos. E l Tribune rehusó de nuevo p ag ar ios dos artículos sem anales, y la conse­ cuencia de esta dism inución de ingresos significó un gra­ ve q u eb ran to p ara nosotros. A fortunadam ente, Dana tra ­ b ajab a en u n a enciclopedia p o r aquella época, y pidió a K arl que escribiera artículos sobre asuntos m ilitares y económ icos. Pero estos artículos eran m uy irregulares, y los niños, que se hacían m ayores, y la casa m ás grande im plicaba gastos m ás im portantes. Fue un período que no puede llam arse próspero. No sufríam os una necesidad acuciante, pero siem pre estábam os gênés, con nuestros m ezquinos cálculos y ansiedades. Pese a todos los intentos de red u cir gastos, no logram os un equilibrio económico, y n u e stra s deudas aum entaban de día en día y de año en año, lo cual era especialm ente irritan te , pues com o pro­ pietarios de una casa teníam os abierto el cam ino ha­ cia la «respetabilidad». La vie de bohèm e había tocado a su fin, y en ta n to que antes librábam os la batalla de la pobreza en el exilio libre y abiertam ente, ahora teníam os «aspecto» respetable y m anteníam os erguida la cabeza. N avegábam os a toda vela hacia la tie rra de los filisteos. Seguían existiendo las m ism as dificultades, las m ism as luchas y la m ism a m iseria, la m ism a intim idad con los tres niños... pero ya no h ab ía hum or. No conocí la ver­ dadera opresión del exilio h a sta que llegó esta p rim era fase de vida b u rg u esa com o filisteos. Sin em bargo, esta tran sfo rm ac ió n era necesaria. E ra preciso ro m p er con el pasado. P or am o r a los niños ya habíam os adoptado una vida de clase m edia, reg u lar y respetable. Todo con­ trib u ía a c re a r u n a existencia burguesa y p e n e tra r en ella. Ya no podíam os vivir com o bohem ios cuando todo el m u n d o e ra filisteo. Y entonces llegó el difícil s a lto m o r ­ tale. E l día ó de ju lio nació n u estro séptim o hijo, pero sólo vivió p a ra re s p ira r u n rato , y después se fue a re u n ir con sus o tro s tre s herm anos. M ientras yo estaba en ferm a vino a v isitarm e Lina Schôler: vivía en G ran B retañ a desde noviem bre de 1855 y tra b a ja b a com o insti­ tu triz. H ab ía p asad o dos m eses con nosotros al llegar de P rusia, y luego en co n tró u n em pleo en casa del coronel 137

Eyres, y en otoño de 1856 otro empleo en casa del a c a u dalado míster Angerstein. Durante el verano de 1857 regresó de América nues­ tro viejo amigo Conrad Schramm, pero por desgracia su estado de salud era tan precario que sólo con verle com­ prendimos que estaba irrevocablemente perdido. Per­ maneció en el Hospital Alemán durante seis semanas, tras las cuales se marchó a la isla de Jersey. Allí se encontró con Friedrich Engels, que también había estado enfer­ mo durante un año y que había ido a la isla a recobrar sus fuerzas. Karl fue a visitar a sus dos amigos, y vol­ vió cargado de frutas, nueces y uvas. A principios de 1858, por medio de nuestro amigo Julián Harney que entonces editaba un periódico en Jersey, nos enteramos de la muerte de nuestro querido amigo. El año 1858 no nos trajo ni suerte ni desgracia; fue un año en el que todos los días fueron iguales. Comer y beber, escribir artículos, leer periódicos, pasear: a esto se reducía nuestra vida. En agosto hubo un ligero cam­ bio en la monotonía. Fui a Ramsgate a pasar cuatro se­ manas, y más tarde me siguió Lenchen con los tres ni­ ños. Vivíamos en casa de míster Labett, cuya encanta­ dora hija hizo muy agradable mi estancia allí. Aquí conocí a miss Anna Bella Carlisle, hermana de mistress Cuningham, a quien conocíamos porque nuestras dos hijas eran amigas de las suyas, Elinor y Alice. Poco antes de ir a Ramsgate, miss Carlisle había publicado dos novelas que causaron sensación. Mistress Cuningham también es escritora, y ha colaborado en publicaciones inglesas y escocesas. Desde setiembre a noviembre de 1858, Lina Scholer vivió con nosotros. En noviembre encontró otra colocación con mistress Pallaret. Durante el invierno, Karl trabajó en su libro C r ític a d e la e c o n o m ía p o lític a , para el cual había estado acu­ mulando material durante muchos años. Lassalle, con quien le ligaba una buena amistad desde 1848, encon­ tró editor para el libro en Berlín: Franz Duncker. En la primavera de 1859, Karl envió el manuscrito que yo había copiado, y desde Berlín empezaron a remitirnos las pruebas para su corrección. Esto retrasó mucho la impre/

sión del libro. Pero lo que la retrasó aún m ás fue que Lassalle quería publicar su dram a Franz vcm Sickingen, «su o b ra inflam atoria», y com o era íntim o am igo de D uncker, éste publicó el d ram a antes que el libro de K arl. En el verano de 1859 estalló la llam ada via sopra, la g u erra italiana entre F rancia y A ustria. Engels publicó un panfleto. El Po y el Rin. Envidioso del éxito del trab a­ jo de Engels, Lassalle publicó o tro panfleto: La guerra ita­ liana. E n Londres, E lard B iskam p publicaba un sem anario llam ado Das V o lk . K arl p articip ab a en él, y tan to Engels com o n o so tro s escribim os varios artículos. Un artícu lo escrito p o r K. Blind, que apareció en Das V o lk y des­ pués fue publicado p o r L iebknecht en el Augsburger AUgemeine Zeitung, fue elegido p o r K. Vogt com o p re­ texto p ara un ataq u e d ifam ato rio co n tra K arl. Vogt pu­ blicó un panfleto en el que decía sobre K arl las m ás infa­ m es m en tiras. D urante 1860, K arl recogió m aterial p ara re fu ta r de u n solo golpe la calum nia divulgada con am o­ re de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo p o r toda la p ren sa alem ana b a jo el hado de la nueva era. E sto puede considerarse com o «siete golpes en uno». E n el otoño de 1859 p asé quince días con m is dos h ijas en Walton-on-the-Naze, y an te s del invierno del m ism o año, ' Biskamp estuvo dos m eses en n u e stra casa com o invi­

tado. En la primavera de 1860 murió el padre de Engels. La situación de éste mejoró considerablemente, aunque todavía estaba ligado por el desventajoso viejo contrato con Ermen, contrato que no terminaría hasta 1864, en que se convertiría en socio en la dirección de la firma. En agosto de 1860 volví a irme con las niñas, esta vez por catorce días, a Hastings. A mi regreso empecé a co­ piar el libro que Karl había escrito contra Vogt y com­ pañía. Se imprimió en Londres y fue publicado a finales de diciembre de 1860, tras vencer infinitas dificultades. Para entonces yo estaba entre la vida y la muerte, en­ ferma de viruelas, y cuando me recuperé algo de esa terrible enfermedad, devoré este libro, H e r r V o g t, con ojos medio ciegos. Fue una temporada muy triste. Los 139

tres niños hallaron cobijo y hospitalidad en casa del fiel Liebkenecht. Alrededor de esta época llegaron los primeros rumo­ res de la gran Guerra de Secesión americana, que se de­ clararía en la primavera siguiente. La vieja Europa y sus mezquinas y anticuadas batallas de pigmeos deja­ ron de interesar a América. El Tribune dijo a Karl que se veía obligado, por circunstancias financieras, a prescin­ dir de sus corresponsales, y que de momento no necesi­ taban la colaboración de Karl. Este golpe fue tanto más doloroso cuanto que se habían agotado todas las demás fuentes de ingresos, y fueron en vano todos los inten­ tos de encontrar otra cosa. Lo triste era que este estado de indigencia llegaba precisamente cuando nuestras hijas mayores entraban en la hermosa edad de la adolescen­ cia. Ahora tendríamos que luchar de nuevo contra las penas, preocupaciones y privaciones que habíamos su­ frido durante diez años, pero con una diferencia: una niña de seis años no se da cuenta de estas cosas, pero cuando cumple quince o dieciséis ha de luchar cons­ c ie n te m e n te contra ellas. Así aprendimos en la práctica el proverbio alemán: «Hijos pequeños, penas pequeñas; hijos mayores, penas mayores.» Durante el verano de 1860, Eccarius, que estaba muy enfermo, pasó dos me­ ses con nosotros. Karl fue a Prusia en la primavera de 1861, a recabar ayuda financiera. En Navidad había muerto el rey de Prusia, conocido como «el genio», y su lugar fue ocu­ pado por el «apuesto Wilhelm». Se proclamó una amnis­ tía, y Karl la aprovechó para viajar por Prusia y tan­ tear el nuevo terreno. En Berlín vivió en casa de Lassalle y frecuentó a la condesa Harzfeldt. De allí viajó a los Paí­ ses Bajos para visitar a su tío Lion Philips, que tuvo la gran magnanimidad de prestarle una suma de dinero li­ bre de intereses. Volvió de Bommel en compañía de Jacques Philips justo a tiempo para el decimoséptimo cum­ pleaños de Jennychen. Con el préstamo pudimos poner­ nos a flote una vez más, pero siempre en aguas turbu­ lentas, entre rocas y bancos de arena, entre Escila y Caribdis. En el verano de 1860, nuestras hijas mayores 140

term inaron el colegio, y sólo siguieron dando algunas clases particulares que la Universidad organizaba para los alum nos que no eran m iem bros de la institución. C ontinuaron estudiando francés e italiano con De Colme y Maggioni, y Jenny continuó sus clases de dibujo con m íster Oldfield h asta 1862. Lina Scholer pasó todo el verano con nosotros, de abril a setiem bre de 1861. En otoño, las niñas m ayores em pezaron lecciones de canto con m íster H enry Banm er. E n setiem bre del m ism o año, con ayuda de A. Dana, K arl pudo rean u d ar sus artículos sem anales p ara el Tribune con las m ism as condiciones de antes. Al m ism o tiem po, un prim o de Lassalle le presentó al Wiener Presse, que le invitó a escribir para dicho periódico «libe­ ral». P or desgracia, am bos trab ajo s sólo duraron aquel invierno. La colaboración de K arl para el Tribune ter­ m inó en la prim avera de 1862, y su trab a jo p ara el Presse concluyó poco a poco. A p esar de ello, fuim os una vez m ás a Ram sgate a p asar tres sem anas, dos de las cuales fueron m uy agra­ dables en com pañía de H. y E. Banm er. Después de este breve interludio de felicidad vino un largo período de penas, privaciones y enferm edades. Con objeto de solu­ cionar tem poralm ente esta situación insoportable, fui a París en la N avidad de 1862 p ara obtener ayuda de un antiguo conocido, que e n tre tan to se había hecho rico, pero que seguía siendo generoso. Llegué a casa de este buen am igo con un tiem po m uy frío, ab ru m ad a p o r las preocupaciones, y allí m e encontré con que había su fri­ do un ataq u e y estab a casi irreconocible. M urió a los pocos días de m i llegada. Volví a casa en un estado de desesperación, y, apenas entré, supe la terrible y m elan­ cólica noticia de que la h erm ana de Lenchen, n u estra querida y fiel M arianne, h abía m u erto de un ataque car­ díaco hacía sólo u n as horas. E ra una persona feliz y bondadosa, com o una niña grande. E sta m u je r buena, fiel y laboriosa h ab ía estad o con nosotros d u ra n te cinc» años. Yo le p rofesaba ta n to afecto y dependía ta n to de ella, que su p érd id a m e entristeció profundam ente. E n ella p erd í a un se r fiel, am an te y responsable que ja m á s 141

olvidaré. Al día siguiente de Navidad la llevamos al lugar de su último reposo. Jenny, que era una muchacha her­ mosa y saludable, empezó en el otoño de 1861 a toser de un modo molesto y persistente, y a adelgazarse, y su estado nos ocasionó una preocupación extrema. La pequeña Eleanor perdió también su buen color y adel­ gazó; finalmente, en otoño de 1861, cuando asistió por primera vez a la escuela, mostró síntomas de ictericia, enfermedad casi siempre fatal, que sólo ataca en general a las personas mayores. Durante toda la primavera de 1863, la salud de Jennychen no fue buena, por lo que estuvo constantemente bajo cuidados médicos. También Karl cayó muy enfermo por esta misma época. Después de una visita a Engels —visitaba a Engels con regularidad desde 1850—, volvió mucho peor. Pasamos otra vez tres semanas en Hastings, á casi todo el tiempo en casa de H. Banmer. Karl fue a \ recogernos, pero parecía muy enfermo y siempre se encon­ traba mal, hasta que en noviembre nos enteramos de que sufría una enfermedad terrible, la enfermedad de los «carbunclos». El 10 de noviembre le abrieron un ri enorme abceso, y durante mucho tiempo estuvo en peli­ gro. La enfermedad se prolongó durante cuatro semanas, 4 y le causó grandes sufrimientos. Al'dolor físico se aña­ dían preocupaciones y torturas morales de toda índole. Justo cuando nos encontrábamos al borde del abismo, llegó la repentina noticia de la muerte de mi suegra. El médico decidió que un cambio de aires sería beneficioso para Karl, y éste, siguiendo su consejo, pese a no estar del todo restablecido, se marchó a Prusia en pleno in­ vierno, acompañado por nuestras plegarias y nuestros buenos deseos, con el fin de solucionar la cuestión de la herencia en Tréveris. Permaneció allí breves días en casa de su cuñado Conradi y su hermana Emilie, y en­ tonces dio un rodeo hasta Frankfurt para ver a su tía paterna. De allí se trasladó a Bommel a ver a su tío quien le prestó muchos cuidados, ayudado por Nettchen, pues desgraciadamente volvía a necesitar supervisión médica. En cuanto llegó a Bommel, su enfermedad, que no estaba curada, renació con más fuerza, y tuvo que

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perm anecer en los Países Bajos desde Navidad hasta el 19 de febrero. ¡Aquel invierno desolado y solitario fue terrible! Con su pequeña p arte de la herencia, que Karl pudo tra e r consigo, logram os rom per de nuevo las cade­ nas de nuestras deudas, pagar al prestam ista, etc. Tuvi­ m os la suerte de encontrar una casa bonita y saludable, que am ueblam os cóm odam ente y con cierta elegancia. En Pascua de 1864 nos trasladam os a esta nueva casa de habitaciones alegres y soleadas. El 2 de m ayo llegó una c a rta de Engels con la noticia de que n u estro querido y viejo am igo Lupus se hallaba gravemente enferm o. K arl se apresuró a visitarle, y su fiel amigo pudo reconocerle. El 9 de m ayo exhaló su último suspiro. E n su testam ento, ap arte de algunos pequeños legados, lo dejaba todo a K arl, a mí y a las niñas, y así supimos que gracias a su gran laboriosidad

y a sus esfuerzos, este hombre de vida sencilla había ahorrado la considerable fortuna de mil libras. No le , fue concedido disfrutar del fruto de su trabajo en una vejez tranquila. Nos procuró ayuda y alivio, y un año libre de toda preocupación. La salud de Karl, aún pre­ caria, requería que pasara el verano a la orilla del mar. Se fue con Jenny a Ramsgate, donde más tarde se les unieron Laura y Tussychen. Yo pasé dos semanas en Brighton e hice amistad con personas muy agradables. El 12 de octubre dimos el primer baile en nuestra nueva v casa, al que siguieron varias otras fiestas. August Phi­ lips vino a visitarnos en agosto. En Navidad tuvimos la repentina sorpresa de la llegada de nuestro cuñado Juta desde El Cabo. August Philips vino por segunda vez la víspera de Año Nuevo. Juta regresó de una expedición por el continente el 25 de febrero, y pasó otra semana en Londres antes de volver a El Cabo. Trajo consigo a Caroline Schmalhausen, segunda hija de la hermana de Karl, Sophie, cuyo marido murió en noviembre de 1862. Permaneció con nosotros un mes, y entonces Karl la acompañó a los Países Bajos, donde vio a su hermana por primera vez después de una separación de dieciséis años. También visitó a Karl Philips en Aquisgrán y a I B su tío en BommeL 143

. Durante aquel año pudo encontrar un editor para su gran obra sobre economía. Meissner, de H am burgo, se avino a publicar la obra en condiciones bastante favora­ bles. Ahora Karl trab aja con tesón p ara terminarla» El 16 de mayo llegó un telegram a de Engels desde M anchester, que decía: «Edgar de W estfalia está aquí.» Al día siguiente por la tarde abracé a mi querido herm ano, el compañero de juegos de mi infancia, el cam arada de mi juventud, al que no había visto durante dieciséis largos años. Regresaba a la casa p atern a m ortalm ente enferm o de la guerra americana. D urante tres años había luchado como recluta en el ejército del Sur, sufriendo privación nes, angustias y dificultades de todas clases. Recibió buenos cuidados médicos d u ran te seis semanas, y ya se había restablecido lo suficiente p ara d a r largos paseos por los parques de Londres bajo el ardoroso sol. Los parques le recordaban las praderas y los desiertos de

Texas. En julio de 1862 vino a visitarnos Ferdinand Lassalle, casi aplastado bajo el peso de la fama que había con­ quistado como erudito, pensador, poeta y político. La corona de laurel ceñía su noble frente y sus bucles ambrosianos, o mejor dicho, su encrespada c h e v e lu r e de é negro. Acababa de llevar a feliz término su campaña italiana —grandes hombres de acción realizaban un nuevo coup político—, y en su alma se libraban fieras batallas. Quedaban aún muchos campos de la ciencia por explorar. No había progresado en egiptología. «¿Debo asombrar al mundo como egiptólogo, o demostrar mi versatilidad con mis actos como político, como guerrero o como soldado?» Era un dilema terrible. Vacilaba entre las ideas y sentimientos de su corazón, y a menudo expresaba su batalla interior en términos realmente sardónicos. Reco­ rría con toda pompa nuestras habitaciones, gesticulando y declamando con voz tan estentórea, que nuestros veci­ nos se alarmaron y preguntaron qué ocurría. Era la lucha interior del gran hombre, estallando en estridentes notas discordantes. La noticia de la grave enfermedad de su padre le obligó a abandonar Londres. Se fue en compa­ ñía de Lothar Bucher, su perro de aguas, el hombre que 144

durante la Exposición de 1862 hacía para él las veces de chico de recados, m ensajero, delator y m aître de plaisir. Debo decir que en una excursión a W indsor y Virginia W aters, que realizam os juntos, se «comportó» muy bien y se m ostró com pletam ente digno del título honorífico de «gobernador». Lassalle se m archó a toda prisa cuando descubrió que sentíam os poca sim patía por las ideas de tan gran hom­ bre- E n Suiza encontró gente m ás fácilm ente influencíable, y en la sociedad de grandes hom bres recibió la cálida adm iración que necesitaba su alm a. En com pañía de aduladores y p arásito s encontró un am biente propicio. Regresó a Berlín, y allí, en lugar de dem o strar sus proe­ zas como egiptólogo, o como soldado, político, poeta o pensador, se decidió por un terreno virgen: se convirtió

en mesías de los trabajadores. Muchos años antes Schulze-Delitzsch había dirigido un movimiento en pro de la A* creación de cajas de ahorros para los trabajadores, fue atacado, y se inició «la nueva era de la emancipación de la clase trabajadora —un movimiento que Europa aún no conocía—, la grande y única liberación de las clases oprimidas, a través del sufragio directo y la igual­ dad para todos». Lassalle, como mesías y apóstol, reco­ rrió Prusia, los panfletos se sucedieron, y se formó un movimiento de la clase trabajadora. Este movimiento resultó especialmente satisfactorio para el Gobierno en su lucha política contra las molestas aspiraciones del partido progresista, y, por consiguiente, fue apoyado en secreto y fomentado indirectamente. Las «doctrinas lassallianas» fueron el plagio más descarado de las doctrinas desarrolladas por Karl veinte años antes, mezcladas con unas cuantas adiciones pro­ pias, abiertamente reaccionarias, que en conjunto for­ maron una extraordinaria combinación de verdad y fal­ sedades. Y, no obstante, todo ello impresionó a las clases trabajadoras. Sus mejores miembros siguieron fieles a la esencia del problema, mientras que toda la chusma de charlatanes y filisteos apoyaba la nueva doctrina con fanática admiración, maravillada ante el engañoso brillo del asunto y ante el nuevo mesías, cuyo culto alcanzó 145

unas proporciones sin precedentes en la historia. El in­ cienso quemado por la chusma emborrachó a media Prusia. Incluso ahora, cuando Lassalle yace en un tran­ quilo cementerio judío de Breslau, después de caer en un duelo con un muchacho valaco en Ginebra, persisten las banderas, las coronas de laurel y el incienso. Lassalle dejó un testamento en el que nombra a la condesa Hatzfeldt su principal heredera, y distribuye considerables legados entre sus nuevos amigos suizos. El testamento de Lassalle fue impugnado por su madre y su hermana, y el asunto aún no ha sido fallado. Al mismo tiempo nombró su sucesor como dirigente de las clases traba­ jadoras a Bemhard Becker. En Navidad apareció el pe­ riódico D e r S o z ia ld e m o k r a t, «órgano de las ideas de Lassalle», editado por Schweitzer y Hofstetten. Karl y Engels prometieron su colaboración. Poco después tu­ vieron que denunciar a dicha empresa reaccionaria, que fue vendida totalmente al Gobierno. El resultado de su declaración fue una nueva ofensiva contra Karl, y aún hoy los filisteos siguen ladrando, chillando y despotri­ cando como locos en sus periódicos y panfletos. Wilhelm Liebknecht, que está en Berlín desde agosto de 1862, se ha comprometido a fondo con estos impostores, y ha sido víctima de sus engaños, como también lo ha sido de la condesa Hatzfeldt, que es otra intrigante; y ahora está pagando un precio muy elevado por su credulidad.

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Para lord Palm erston, la m ayoría de problem as del mundo no presentaban com plicación alguna. A ristócrata basta la m édula, tra b a ja d o r asiduo, sociable, inm oral, diabólicam ente despiadado cuando convenía a sus fines, representaba h asta un grado sin precedentes el poder deí imperio británico. D urante trein ta y cinco años, en la A dm inistración y fuera de ella, moldeó la política exterior británica. D urante m ás de la m itad de su vida (m urió en 1865, dos días antes de cum plir ochenta y un años) fue m inistro de la Corona, y du ran te un cuarto de siglo fue miembro del gabinete. N inguna figura parlam entaria británica ha gobernado du ran te tan to tiem po.

Era un hombre de principios fijos, que trazaba su línea de acción y se atenía a ella. Creía que el poder y la influencia británicos representaban una fuerza perenne, y por lo tanto, no existía rincón en la tierra que no se beneficiase de la presencia de barcos de guerra u oficiales británicos. Practicaba la «diplomacia del cañón» con ex­ traordinaria efectividad, y consiguió provocar dos guerras de agresión contra China. Era más cauto en sus tratos con las grandes potencias europeas, pero le satisfizo ayudar a los belgas a conquistar su independencia, pro­ teger de Rusia al imperio otomano, socavar el poder del rey Luis Felipe de Francia, y celebrar el advenimien­ to del príncipe Luis Napoleón. Las revoluciones de 1848 no le preocuparon, y tendía a apoyar a los revolucio­ narios en cualquier época, especialmente cuando sus revo­ luciones servían los intereses de Gran Bretaña. Sentía una gran admiración por el célebre revolucionario hún­ garo Lajos Kossuth, y de no ser por la intervención del gabinete, hubiese dado personalmente la bienvenida a suelo británico al dirigente exiliado. En su vida pri*

vada dem ostró que era posible tener la m oral de un petim etre de la Regencia bajo una capa de respetabilidad victoriana: durante muchos años vivió abiertam ente con lady Cowper, legalm ente casada con lord Cowper, y tuvo tres hijos con ella. Tenia éxito en todo, e incluso sus enemigos le envidiaban. N aturalm ente, cuando M arx escribió su H istoria de la vida de lord Palmerston no era su intención escribir una biografía. No se tratab a ni de una historia ni de una vida; era un relato de sus propias obsesiones. C ontra toda evidencia, Marx se convenció a sí m ism o de que lord Palm erston estaba secretam ente a sueldo de los rusos y de que todos sus actos en el O riente Próxim o iban des­ tinados a p re sta r ayuda y apoyo a Rusia. E sta deslum brante e im probable tesis fue seguida con vigor y vituperación. E scribiendo directam ente en inglés, Marx concentra su artillería, d isp ara descarga tra s des­ carga, y al final logra convencerse de que h a confundido al enemigo. Al parecer, nunca se le ocurrió que la prem isa básica era totalmente infundada. Con un razonam iento similar podría probarse que N elson estab a a sueldo de los franceses o que la reina Victoria estaba a sueldo de

Prusia. Sin embargo, es obvio que Marx creía en su tesis, y es interesante observarle mientras razona consigo mismo, construye un muro de contención en tomo a su teoría, y finalmente la establece como un artículo de fe. La tesis no era originalmente suya, y describe su fuente en una carta que escribió a Engels en marzo de 1853. Dice así; Ahora estoy leyendo a Urquhart, el chiflado M. P., que declara en su libro que Palmerston está a sueldo de Rusia. La explicación es sencilla, pues este tipo es un escocés-celta, educado en los Low­ lands, romántico por naturaleza y de profesión comerciante libre. Fue a Grecia como helenófilo, y después de despotricar contra los turcos durante tres largos años, pasó a Turquía y se sintió inva­ dido inmediatamente del entusiasmo por los mis­ mos turcos a los que había estado atacando. Es

gran adm irador del Islam , y dice que si no fuera calvinista, sería m ahom etano. Cree firm em ente que los turcos, en particu lar los de la Edad de Oro del im perio otom ano, son la nación m ás perfecta que hay sobre la faz de la Tierra, sin ninguna excepción. Tam bién el idiom a turco es el m ás perfecto y m elodioso del m undo. La Constitución turca es «más pura» que cualquier otra, y casi superior a la británica. E n resum en, sólo el turco es u n caba­ llero, y la libertad sólo existe en Turquía. David U rq u h art era uno de esos apasionados escoce* ses que se lanzan a la aventura por la aventura en sí. Tenía sólo veintidós años, y acababa de salir de Oxford cuando luchó con los griegos co n tra la tiran ía turca. Sirvió con distinción en la M arina griega du ran te la gue­ rra de la Independencia, y cayó herido de gravedad. Algún tiem po después acom pañó a s ir S tra tfo rd Canning a C onstantinopla, donde se discutieron extensam ente cues­ tiones relativas a las nuevas fro n teras griegas. E n la capital del im perio otom ano, U rq u h art em pezó a caer b ajo el p o ten te hechizo de la c u ltu ra islám ica. E n G ran B retañ a fue p ro n to considerado una au to rid ad sobre Turquía, y después de o d ia r a los tu rco s com o opresores de los griegos, aprendió a o d ia r a los ru so s com o o p re­ sores, o al m enos enem igos potenciales de los turcos.

En 1833 fue enviado con una misión secreta a Constantinopla, para discutir la mejora del comercio británico con el Gobierno del sultán Máhmud II. En el curso de las discusiones sugirió que podrían utilizarse tropas bri­ tánicas para sofocar el levantamiento de Mohamed Alí, pashá de Egipto, que se había rebelado contra el sultán y ocupado Palestina y Siria. Lord Palmerston le mandó llamar inmediatamente por excederse en su autoridad. Desde entonces Urquhart demostró una pertinaz hostili­ dad hacia lord Palmerston, atacándole en sus discursos en el Parlamento y en una serie de panfletos. Marx también detestaba al ministro de Asuntos Exte­ riores británico, pero por diferentes motivos. Lo que le exasperaba especialmente era el hecho de que lord PaL 151

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merston hubiese felicitado al príncipe Luis Napoleón por el éxito de su c o u p d ’é ta t en 1851. Para Marx, el imperia­ lismo británico estaba encarnado en lord Palmerston, y en los artículos que escribía para T h e N e w Y o r k T r ib u n e atacaba a menudo en términos mordaces la política exte­ rior británica. Uno de estos artículos fue a parar a un periódico de Glasgow. Urquhart lo leyó, le gustó y con­ certaron una entrevista. «Ese hombre es un completo monomaniaco», escribió Marx a Engels después de la reunión. El propio Marx no tardó en convertirse en un monomaniaco, creyendo implícitamente en la teoría de Urquhart de que Palmerston estaba a sueldo de los rusos. Refirió a Engels en noviembre de 1853: «Por curioso que pueda parecerte, después de seguir de cerca las huellas del noble vizconde durante los últimos veinte años, he llegado a la misma conclusión que este monomaniaco de Urquhart, es decir, que desde hace varias décadas, Pal­ merston ha sido comprado por los rusos.» La H istoria d e la vida d e lo r d P a lm e r s to n es fruto de las conferencias de Marx con Urquhart y de su lectu­ ra de los informes parlamentarios y los Libros Azules («Blue Books») de 1807 a 1850. La pauta estaba estable­ cida, y Marx adaptó la evidencia a esta pauta. Aunque detestaba a lord Palmerston, sentía hacia él un saludable respeto, tal vez porque ambos poseían parecidos tem­ peramentos autoritarios. Al principio trata a su enemigo con buen humor. Lord Palmerston es Alcine, la hechicera del Orlando furioso de Ariosto, y el público inglés es otro Ruggiero, desesperadamente enamorado de la hechicera. Con una reverencia a las nobles virtudes del noble lord, Marx procede a destruirle sin lograr del todo su objetivo. Sus largas oraciones germánicas, escritas directamente en ; inglés, muestran una notable fluidez, pero siempre hay ¡ algo extraño en ellas; casi podemos oír el tono amena­ zador de la voz de Marx. El lenguaje es preciso y grama­ tical, pero no es totalmente inglés, y esto incrementa el . encanto de la presentación. Marx disfrutaba sumergiéndose en los informes par­ lamentarios. Muestra sus pruebas, reúne una lista de pormenores, y sentencia a lord Palmerston a la infamia 152

algo peor. Marx hubiera sido un mal abogado: golpea la m esa con excesiva fuerza. Las pruebas son abrum a­ doras; la traición de lord Palm erston es probada de modo exhaustivo en las doce prim eras páginas, pero Marx tiene que seguir probándola una y o tra vez.’ Marx ve conspiración por doquier, y lord Palm erston es un archiconspirador. Es un cuadro atrayente, pero nos revela más acerca de M arx que acerca de lord Palm erston, O

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HISTORIA DE LA VIDA DE LORD PALMERSTON I

Ruggiero se siente fascinado una y otra vez por los falsos encantos de Alcine, que, como él ya sabe, ocultan a una anciana bruja, «Sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada», y el caballero errante no puede evitar enamorarse de nuevo de aquella que, como él no ignora, ha transfor­ mado a todos sus antiguos admiradores en asnos y otros animales. El público inglés es otro Ruggiero, y Pal­ merston otra Alcine. Aunque sea un septuagenario que ocupa la escena pública casi sin interrupción desde 1807, consigue ser siempre una novedad, y evocar todas las esperanzas que solían centrarse en una juventud desco­ nocida y prometedora. Con un pie en la tumba, se dice que aún no ha comenzado su verdadera carrera Si muriese mañana, toda Gran Bretaña se sorprendería al saber que ha sido secretario de Estado durante la mitad de este siglo. Ya que no un buen estadista para todo, sí es por lo menos un buen actor para todo. Sabe salir airoso tanto en los papeles cómicos como heroicos —en el patetismo y en la familiaridad—, en la tragedia y en la farsa; aun­ que esta última puede ser más acorde con sus senti­ mientos. No es un orador de primera clase, pero si un 155

polemista consumado. Dotado de una excelente memoria, gran experiencia y mucho tacto, invariable presencia de ánimo, elegante versatilidad, un conocimiento minucioso de los trucos, intrigas, facciones y hombres parlamen­ tarios, maneja los casos difíciles de un modo admirable y con agradable volatilidad, ateniéndose a los prejuicios y susceptibilidades de su público, protegido de cualquier sorpresa por su cínica osadía, de cualquier confesión espontánea por su egoísta habilidad, y de cualquier arrebato por su profunda frivolidad, su perfecta indi­ ferencia y su desprecio aristocrático. Como es un bro­ mista consumado, se granjea la simpatía de todo el mundo. Sin perder jamás la calma, se impone a un anta­ gonista apasionado. Cuando es incapaz de dominar un tema, sabe cómo jugar con él. Cuando le faltan conoci­ mientos sobre aspectos generales, siempre está dispuesto a tejer una telaraña de elegantes generalidades. Dotado de un espíritu inquieto e infatigable, aborrece la inactividad y ansia la agitación, ya que no la acción. Naturalmente, un país como el Reino Unido le permite ocuparse de cualquier rincón de la Tierra. Su objetivo no es la substancia, sino la mera apariencia del éxito. Si no puede hacer nada, sabe inventar cualquier cosa. Cuando no se atreve a intervenir, se inmiscuye. Cuando no puede enfrentarse a un enemigo fuerte, improvisa uno débil. Como no es hombre de planes profundos, no medita combinaciones a largo plazo y no persigue gran­ des metas, se embarca en dificultades con el fin de librarse de ellas de modo ostentoso. Quiere complica­ ciones para ejercer su actividad, y cuando no las encuen­ tra, las crea. Le entusiasman los conflictos vistosos, las batallas vistosas, los enemigos vistosos, el intercambio de notas diplomáticas, las órdenes para que zarpen los barcos, todo lo cual termina en violentos debates parla­ mentarios que no dejarán de prepararle un éxito efímero, que es el constante y único objetivo de todos sus esfuer­ zos. Maneja los conflictos internacionales como un artista, llevando los problemas hasta un punto determinado, y retrocediendo cuando parece que pueden agravarse, pero no antes de haber logrado la emoción dramática que 156

buscaba. Para él, el movimiento de la historia no es más que un pasatiempo, expresamente inventado para la satisfacción privada del noble vizconde Palmerston de Palmerston. Aunque de hecho se somete a la influencia extranjera, se opone a ella de palabra. Habiendo heredado de Can­ ning la misión de Gran Bretaña de propagar el consti­ tucionalismo en el continente, nunca le falta ocasión para provocar los prejuicios nacionales, contrarrestar la revo­ lución en el extranjero y, al mismo tiempo, mantener despierta la suspicacia celosa de las potencias extran­ jeras. Tras haber logrado de modo tan fácil convertirse en la b è te n o ire de las cortes continentales, no podía más que ser considerado en su país como el ministro verdaderamente inglés. Aunque de origen tory, ha con­ seguido introducir en la dirección de los asuntos exte­ riores todas las hipocresías y contradicciones que forman la esencia de los whigs. Sabe cómo conciliar una fraseo­ logía democrática con opiniones oligárquicas, cómo cu­ brir la política pacifista de las clases medias con el altivo lenguaje del pasado aristócrata de Gran Bretaña —cómo parecer el agresor cuando conspira, y el defensor cuando traiciona—, cómo tratar a un enemigo aparente y cómo exasperar a un pretendido aliado, cómo encontrarse en el momento oportuno de la disputa de lado del más fuerte contra el débil, y cómo pronunciar palabras va­ lientes en el acto de la huida. Acusado por un partido de estar a sueldo de Rusia, el otro le considera sospechoso de carbonarismo. Si en 1848 tuvo que defenderse contra una moción que pretendía condenarle por haber actuado como ministro de Nicolás, en 1850 le cupo la satisfacción de ser perse­ guido por una conspiración de embajadores extranjeros, que tuvo éxito en la Cámara de los Lores, pero fracasó en la Cámara de los Comunes. Cuando traicionó a pue­ blos extranjeros, lo hizo con gran cortesía, pues la corte­ sía es la moneda pequeña del diablo, que da a cambio de la sangre de sus víctimas. Si los opresores siempre estuvieron seguros de su apoyo activo, a los oprimidos nunca les faltó una gran ostentación de su generosidad 157

retórica. Polacos, italianos, húngaros, alemanes, siempre le encontraron a la hora de su derrota, pero sus déspotas siempre sospecharon de él que estaba en conspiración secreta con las víctimas que dejó a su merced. Hasta ahora, en todos los casos, fue una posibilidad de éxito tenerle como adversario, y una desgracia segura como amigo. Pero si su diplomacia no brilla en los resultados positivos de sus negociaciones con el exterior, resalta es­ plendorosa en la construcción que ha inducido al pueblo inglés a hacer de ellas, aceptando frases en vez de hechos, fantasías en vez de realidades, y pretextos altisonantes en vez de motivos mezquinos. Henry John Temple, vizconde Palmerston, cuyo título procedía de Irlanda, fue nombrado lord del Almiran­ tazgo en 1807, al formarse la Administración del duque de Portland. En 1809 accedió al cargo de ministro de la Guerra, cartera que ostentó hasta mayo de 1828. En 1830 pasó, con mucha habilidad, a las filas de los whigs, que le nombraron ministro permanente de Asun­ tos Exteriores. Exceptuando los intervalos en los que ocuparan la Administración los tories, desde noviembre de 1834 hasta abril de 1835, y desde 1841 hasta 1846, él es el responsable de toda la política exterior de Gran Bretaña desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851. ¿No es acaso algo muy notable encontrar, a primera vista, a este Quijote de las «instituciones libres» y Píndaro de las «glorias del sistema constitucional», como miembro permanente y eminente de los gobiernos tory de míster Percival, el conde de Liverpool, míster Canning, lord Goderich y el duque de Wellington, durante la larga época en que se libró la guerra antijacobina, se contrajeron tan enormes deudas, se promulgaron las «cora laws», se estacionaron en suelo inglés los merce­ narios extranjeros, se «desangró» de vez en cuando al pueblo (para usar una expresión de su colega, lord Sidmouth), se maniató a la prensa, se suprimieron los míti­ nes, se desarmó a la masa de la nación, se suspendió la libertad individual y la jurisdicción regular, y se colocó a todo el país, como quien dice, en un estado de sitio, 158

Cuando, discurseando de nuevo, encontramos a este ministro inglés p a r e x c e íle n c e ocupado en la defensa de tropas extranjeras, llegadas al Reino Unido desde el continente con la expresa misión de mantener por la fuerza el Gobierno oligarca, para cuyo establecimiento había venido de los Países Bajos en 1688 Guillermo y sus tropas holandesas. Palmerston replicó a las bien fun­ dadas «aprensiones por las libertades del país», causadas por la presencia de la Legión alemana del rey, con nota­ ble petulancia. ¿Por qué no podemos tener en casa a dieciséis mil de estos extranjeros, cuando sabéis que empleamos «una proporción de extranjeros mucho ma­ yor fuera de nuestras fronteras»? (C á m a r a d e lo s C o ­ m u n e s , 10 m a r z o 1 812). Cuando surgieron aprensiones similares respecto a la Constitución entre el numeroso Ejército mantenido des159

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en u n a palabra, d u ran te la época m ás infam e y reac­ cionaria de la historia del Reino Unido? Su debut en la vida parlam entaria es característico. El 3 de febrero de 1808 se levantó para defender —¿cóm o?— el secreto en las negociaciones diplom áticas, y el acto m ás vergonzoso com etido jam ás por una nación co n tra o tra : el bom bardeo de Copenhague y la cap tu ra de la F lota danesa, en el m om ento en que G ran B retaña profesaba e sta r en paz con D inam arca. En cuanto al p rim er punto, afirm ó que «en este caso p articu lar los m inistros de Su M ajestad prestan» ¿a quién? «juram ento de silencio»; pero continuó: «Tam bién m e opongo en general a h acer público el funcionam iento de la diplo­ m acia, p o rq u e las revelaciones en dicho departam ento tienden a c e rra r fu tu ra s fuentes de inform ación.» Vidocq hubiese defendido u n a causa idéntica en idénticos té r­ m inos. E n cu an to al acto de p iratería, aunque adm itiendo que D inam arca no h ab ía evidenciado ninguna hostilidad hacia G ran B retaña, ad u jo que tenían derecho a bom ­ b a rd e a r su cap ital y c a p tu ra r su Flota p o rq u e estab an obligados a ev itar que la n eu tra lid ad danesa se convir­ tiese, ta l vez, en a b ie rta h o stilid ad p o r coacción de Francia. Tal fue la nueva ley de las naciones, proclam ada por n u e stro lo rd P alm erston.

de 1815, declaró que «una protección suficiente de la Constitución era ia m ism a Constitución de nuestro E jér­ cito», ya que una gran proporción de sus oficiales eran «hombres acaudalados y bien relacionados» (Cámara de los Comunes, 8 m arzo 1816). Cuando se atacó la idea de un num eroso ejército perm anente desde un punto de vista financiero, hizo el curioso descubrim iento de que «gran p arte de nuestros apuros económicos han sido causados por n u estro an ti­ guo establishm ent de paz» (Cámara de los Comunes, 8 m arzo 1816). Cuando las «cargas del país» y la «m iseria del pueblo» se co n trastaro n con el generoso gasto m ilitar, recordó al P arlam ento que esas cargas y esa m iseria «eran el precio que nosotros (es decir, la oligarquía inglesa) acordam os pagar por n u estra lib ertad y n u estra inde­ pendencia» (Cámara de los Com unes, 16 m ayo 1821). A sus ojos, no había que tem er un despotism o m ilitar excepto por p arte de «aquellos que se autodenom inan reform adores y que exigen esa clase de refo rm a en el que, de in stau rarse, te rm in aría, según todos los princi­ pios del Gobierno, en un despotism o m ilitar» (Cám ara de lo s Com unes, 14 junio 1820).

As í, si la existencia de grandes ejércitos permanentes era su panacea para mantener la Constitución del país, la flagelación era su panacea para mantener la Consti­ tución del Ejército. Defendió la pena de azotes en los debates sobre el «Mutiny Bill» (la ley de los amotina­ mientos), el 5 de marzo de 1824; declaró que era «abso­ lutamente indispensable» el 11 de marzo de 1825; volvió a recomendarla el 10 de marzo de 1828; siguió defen­ diéndola en los debates de abril de 1833, y en todas las ocasiones subsiguientes se ha mostrado partidario de la flagelación. No existía ningún abuso en el Ejército para el que no hallase motivos plausibles si servía para fomentar los intereses de los parásitos aristocráticos. Un ejemplo son los debates sobre la Venta de Comisiones ( C á m a r a d e lo s C o m u n e s , 12 m a r z o 1 828).

A lord Palmerston le gusta hacer gala de sus consl

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tantes esfuerzos encam inados ai establecim iento de la libertad religiosa. Pues bien, votó en contra de la moción de lord John Russell para la derogación de las «Act of Test» y «Act of Corporation». ¿Por qué? Porque era «un am igo celoso de la libertad religiosa», y, por consiguiente, no podía p erm itir que los disidentes se vieran aliviados de ofensas im aginarias, m ientras verdaderas aflicciones acosaban a los católicos» (Cámara de los Comunes, 26 febrero 1828). Como prueba de su celo por la libertad religiosa, nos inform a de su «pena ante el creciente núm ero de disi­ dentes. Es m i deseo que la Iglesia establecida sea la predom inante en este país», y p o r puro am or y ansia de lib ertad religiosa, desea que «la Iglesia establecida se m antenga a expensas de los herejes». Su jocosa seño­ ría acusa a los disidentes ricos de satisfacer las nece­ sidades eclesiásticas de los disidentes pobres, m ientras «en la Iglesia del U. K., sólo son los pobres quienes sienten necesidad de asistir a la iglesia... Sería absurdo decir que los pobres deben m a n ten er las iglesias con sus reduci­ dos salarios» (Cámara de los C om unes, 11 m arzo 1825). N aturalm ente, aún sería m ás ab su rd o decir que los m iem bros ricos de la Iglesia establecida deben m an ten er a la Iglesia con sus espléndidos ingresos.

Consideremos ahora sus esfuerzos en favor de la emancipación católica, una de sus grandes «pretensiones* a la gratitud del pueblo irlandés. No me extenderé sobre el hecho de que, tras declararse en favor de la emanci­ pación católica mientras era miembro del gabinete Canning, entró, pese a ello, en el gabinete Wellington, abier­ tamente hostil a dicha emancipación. ¿Consideraba lord Palmerston que la libertad religiosa era uno de los dere­ chos del hombre, en el que no debía inmiscuirse la legislación? El mismo da la respuesta: Aunque deseo que se consideren las pretensio­ nes católicas, nunca admitiré que estas pretensiones sean justas... Si creyese que los católicos piden lo que es legítimo, yo no formaría parte del comité (C ám ara de los Com unes , 1 m arzo 1813). 161

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¿Y p o r qué se opone a que pidan lo que es legítim o? P orque la legislación de un país tiene el deber de im poner tales im pedim entos políticos a cual­ quier sección de la com unidad, si se juzga nece­ sario p a ra la seguridad y el b ien estar de todos... E sto pertenece a los principios fundam entales so­ bre los que se funda el G obierno civilizado (Cátnara de los Com unes, 1 m arzo 1813). E sta es la confesión m ás cínica que se h a hecho, que la m asa no tiene ningún derecho, pero que pueden o to r­ gársele la s inm unidades que la legislación (o, en o tra s p alab ras, la clase dirigente) juzgue o p o rtu n as. P or este m otivo declaró lord P alm ersto n sin am bages: «La em an­ cipación católica será u n a m edida de gracia y favor» ( C á m a r a d e los C o m u n e s , 10 febrero 1829). E ra, pues, ú n icam en te p o r m otivos de conveniencia que condescendía a ab o lir los im pedim entos a los cató ­ licos. ¿Qué se o cu ltab a tra s e sta conveniencia? Siendo él m ism o u n o de los m ayores te rra te n ie n te s de Irla n d a , q u ería h acerse la ilusión de que «eran im po­ sibles o tro s rem edios p a ra los m ales irlandeses», y que la em ancipación católica re m e d ia ría el ab sen tism o y sería un s u s titu to poco costoso p a ra las «Poor Laws» (C á ­ m ara d e l o s C o m u n e s , 19 m a r z o 1 8 2 9 ).

El gran filántropo, que más tarde expulsaría de sus propiedades irlandesas a los nativos irlandeses, no podía permitir que la miseria irlandesa oscureciera, ni por un momento, con sus inoportunos nubarrones, el despejado cielo de los terratenientes y los financieros. Es cierto —dijo— que los campesinos de I r ­ landa ,no disfrutan de las comodidades que tienen a su alcance los campesinos ingleses (consideren solamente todas las comodidades asequibles a una familia que gana siete chelines a la semana). Sin embargo —continúa—, el campesino irlandés tiene sus comodidades. Está bien provisto de combus­ tible, y casi nunca (sólo cuatro días de cada seis) 162

escasean sus alim entos. (¡Vaya com odidad!) Pero no es ésta su única com odidad..., ¡su carácter es m ucho m ás alegre que el de su com pañero inglésl (Cámara de los Comunes, 1 m ayo 1829,) En cuanto a las extorsiones de los propietarios irlan­ deses, se refiere a ellas en el m ism o tono agradable con que m enciona las com odidades de los cam pesinos iríandeses. Se dice que el pro p ietario irlandés insiste en o b ten er la ren ta m ás elevada que puede exigirse. Pues bien, no creo que sea ésta una circunstancia singular; ciertam ente, en G ran B retaña el propie­ ta rio hace lo m ism o (Cámara de los Comunes, 7 m arzo 1829). ¿D ebem os so rp ren d em o s de que este hom bre, tan p ro fu n d am en te iniciado en los m isterios de las «glorias de la C onstitución inglesa», y las «com odidades de sus libres instituciones», asp irase a extenderlas p o r todo el continente?

II Cuando el movimiento de re fo rm a se hizo irresistib le, lord Palmerston se sep aró de los to ries y se pasó al bando de los whigs. A unque h ab ía o lfatead o el peligro del despotismo militar, no p o r la p resen cia en suelo inglés de la Legión alem an a del rey, ni p o r el m a n te ­ nimiento de grandes e jé rc ito s p erm an en tes, sino sólo p o r los «autodenominados refo rm istas» , p atro n izó pese a ello, ya en 1828, la extensión de la in m u n id ad a locali­ dades industriales tan grandes como B irm in g h am , Leeds y Manchester. Pero ¿por qué? «No p o rq u e sea am igo de la reforma, sino porque soy su enem igo declarado.» Se había persuadido a sí mismo de que algunas com

cesiones oportunas al creciente interés febril podrían ser el medio m ás seguro de escapar a «la introducción de la reform a general» (Cámara de los Comunes, 17 ju­ nio 1828). Una vez aliado con los whigs, ni siquiera pretendió que la ley de Reform a iba dirigida a acabar con los severos im pedim entos de la Constitución Veneciana, sino, por el contrario, a increm entar su fuerza y solidez, liberando a la clase m edia de la oposición del pueblo. «Los sentim ientos de la clase m edia cam biarán, y su insatisfacción se tro cará p o r una fidelidad a la Consti­ tución que aum entará en gran m anera su fuerza y soli­ dez.» Consoló a los pares diciéndoles que la ley de Re­ form a no debilitaría la «influencia de la C ám ara de los Lores» ni les privaría de «intervenir en las elecciones». Aseguró a la aristocracia que la C onstitución no perd ería su carácter feudal, «pues es el interés de los te rra te ­ nientes el gran cim iento sobre el que descansa la socie­ dad y las instituciones del país». Alejó sus tem ores p ro ­ nunciando irónicas insinuaciones al estilo de «hemos sido acusados de no ser serios o sinceros en n u estro deseo de d a r al pueblo una verdadera representación», y que «se decía que sólo nos proponíam os d ar o tra clase de influencia a la aristocracia y al interés de los grandes propietarios». Llegó incluso a confesar que, a p a rte de las inevitables concesiones que deberían hacerse a la clase m edia, es decir, la supresión de los «rotten boroughs» tories (d istrito s m unicipales inexistentes) en favor de nuevos d istrito s m unicipales whigs, «era el p rin ­ cipal y m ás im p o rtan te principio de la ley de R eform a» (Cámara de los Com unes, 24 m arzo 1831, y 14 m ar­ zo 1832). Y ah o ra volvam os a las proezas del noble lo rd en el te rren o de la política exterior. En 1823, cuando, com o consecuencia de las resolu­ ciones del Congreso de Viena, u n ejército fran cés p en etró en E sp añ a p a ra d e rro c a r la C onstitución del país y e n tre ­ garlo a la despiadada venganza del id io ta B orbón y su séquito de fanáticos m onjes, lo rd P alm ersto n d esap ro b ó cu alq u ier «cruzada q u ijo tesca p o r principios ab stracto s» y cu alq u ier intervención en fav o r del pueblo cuya h ero ica 164

resistencia había salvado al Reino Unido de las garras de Napoleón. Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus adversarios whigs son una viva y verdadera im a­ gen de su propia política exterior, después de haberse convertido en su m inistro perm anente de Asuntos Exte­ riores. He aquí sus palabras: Algunos querrían que em pleásem os am enazas en las negociaciones, sin esta r preparados p ara la guerra si las negociaciones fracasaran. H ablar de guerra, pensando en neutralidad; am enazar a un ejército, y re tira rse tra s un docum ento de estado; em p u ñ ar la espada en la h o ra de deliberación, y te rm in a r con una lista de p ro testas el día de la batalla, sería la conducta de un cobarde m atón, y nos convertiría en objeto de desprecio y en el h azm erreír de E u ropa (Cámara de los Comunes, 30 abril 1823). Por fin llegam os a los debates greco-turcos, que p ro ­ porcionaron a lord P alm erston la p rim era o p o rtu n id ad de exhibir públicam ente sus ex trao rd in arias cualidades com o resuelto y p ersev eran te abogado de los intereses rusos, en el gabinete y en la C ám ara de los Com unes. R epitió com o u n eco to d as las co n traseñ as dadas por R usia sobre las m o n stru o sid ad es tu rcas, la civilización griega, la lib ertad religiosa, el cristianism o, etc. P rim ero le en co n tram o s, com o m in istro de la G uerra, repudiando cu alq u ier intención de « censurar la m e rito ria conducta del alm iran te C odrington», que ha causado la destrucción de la F lo ta tu rc a en N avarino, aunque ad m ite que «esta b a ta lla tuvo lu g a r c o n tra u n a potencia con la cual no estam o s en guerra», y que fue «un enojoso asunto» (Cá­ m ara de los C om unes, 31 enero 1828). E n to n ces, al c e sa r en su cargo, inició la la rg a serie de ataq u es c o n tra lo rd A berdeen, rep ro ch án d o le una excesiva le n titu d en la ejecución de las ó rd en es de R u­ sia., 165

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¿Ha habido m ucha m ás energía y p ro n titu d en cum plir nuestros com prom isos con Grecia? Casi estam os en julio de 1829, y el tra ta d o de julio de 1827 sigue sin llevarse a efecto... Es cierto que la M orea ha quedado lim pia de turcos..., pero ¿por qué las arm as de F rancia fueron detenidas en el istm o de Corinto? La estricta política del Reino Unido intervino, y detuvo su avance... Pero ¿por qué los aliados no actúan al n o rte del istm o com o lo han hecho en el sur, y ocupan inm ediatam ente todo cuanto debe ser asignado a G recia? Yo creía que los aliados ya habían negociado b astan te con T urquía a propósito de G recia (Cámara de los C om unes, 1 ju n io 1829): En aquella época, el p rín cip e de M ettem ich se opo­ nía, com o es sabido, a las intrusiones de Rusia, cuyos agentes diplom áticos (Ies recuerdo los despachos de Pozzo di Borgo y el p rín cip e Lieven) recibieron la o rd en de p re se n ta r a A ustria com o el g ran enem igo de la em an­ cipación griega y de la civilización europea, que eran la m eta exclusiva de la diplom acia rusa. El noble lord sigue, n atu ralm en te, el m ism o cam ino. «Debido a la estrechez de sus m iras y a los d esafo r­ tu n ad o s p reju icio s de su política, A ustria se h a red u cid o a s í m ism a al nivel de u n a potencia secundaria»; y com o consecuencia de la p o lítica co n tem p o rizad o ra de Aber­ deen, G ran B retañ a ap arece com o «la clave del arco de la cual M iguel y E spaña, A ustria y M ahm ud son p a rte s com ponentes... La gente n o ve en la d em o ra en e je c u ta r el tra ta d o de ju lio un te m o r a la re siste n c ia tu rc a , sino una rep u g n an cia invencible h acia la lib e rta d griega» (Cá­ m ara de lo s C o m u n e s , 11 ju n io 1829). D u ran te m edio siglo, u n a fra se se ha in te rp u e sto e n tre R usia y C o n stan tin o p la —y a q u e la fra se de la in te g rid a d del im p erio tu rc o e ra n ec e sa ria p a ra el eq u ilib rio d e p o der. Me opongo —exclam a P alm ersto n el 5 de fe b re ro d e 1830-— a la p o lítica de c o n v e rtir la in te g rid a d 166

del dom inio turco en Europa en algo esencialm ente necesario para los intereses de la E uropa cristiana y civilizada. De nuevo ataca a Aberdeen a causa de su diplom acia an tirru sa: Yo, p o r lo m enos, no estaré satisfecho con un determ inado núm ero de despachos del Gobierno del Reino Unido, que sin duda serán de fácil lec­ tu ra e in starán , en térm inos generales, a la conci­ liación con Rusia, pero acom pañados, tal vez, de fu ertes expresiones respecto al afecto que Gran B retañ a siente p o r T urquía, las cuales, leídas por la p arte interesada, pueden p arecer cargadas de un significado d istin to del que realm ente tienen... Me g u staría e s ta r seguro de que la firm e resolución ad o p ta d a p o r el Reino U nido (casi la única que podía a d o p ta r) de no to m a r p arte, b ajo ninguna consideración y circunstancia, con T u rq u ía en esa guerra, de que esta decisión ha sido com unicada ju s ta y fran cam en te a T u rq u ía... H ay tre s cosas que no conocen la piedad: el tiem po, el fuego y el su ltá n (C ám ara de los C om unes, 16 febrero 1830j. Al lleg ar a este p u nto, debo re c o rd a r algunos hechos h istó rico s, con o b jeto de d isip a r cu alq u ier d u d a resp ecto al significado de los sen tim ien to s filohelénicos del noble lord. R usia, después de ap o d erarse de G okcha, u n a fra n ja de tie rra que b o rd ea el lago de Sevan (p ro p ied ad indis­ cu tib le de P ersia), exigió com o precio de su evacuación el a b an d o n o de las p reten sio n es p ersas a o tia porción de su p ro p io te rrito rio , las tie rra s de K apan. Com o P ersia no accedió, fue in v ad id a, co n q u istad a y obligada a su s­ c rib ir el T ra ta d o de T u rco m an ch ai en fe b re ro de 1828. Según este T ra ta d o , P ersia tenía que p a g a r u n a indem ­ nización de dos m illones de lib ras e sterlin as a R usia, ced er las p ro v in cias de E riv an y N ak h itch ev an , incluyen­ do las fo rta le z a s de E riv a n y A bbassabad, siendo el exclu167

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sivo propósito de este Tratado, como declaró Nicolás, defioij* la frontera com ún en el Aras, único medio, según pretendió, de evitar futuras disputas entre los dos im pe­ rios. Pero al m ism o tiempo rehusó devolver Talish y Mogan, que están situadas en la m argen del Aras. Final­ mente, Persia se com prom etió a no m antener ningún b ar­ co en el m ar Caspio. Tales fueron el origen y los resul­ tados de la guerra ruso-persa. En cuanto a la religión y la libertad de Grecia, Rusia se preocupaba tan to de ellas en aquella época com o el dios de los rusos se preocupa ah o ra p o r las llaves del Santo Sepulcro y la fam osa Cúpula. E ra política trad i­ cional de Rusia in c itar a los griegos a rebelarse, y en­ tonces, abandonarlos a la venganza del sultán. Tan p ro ­ fundo era su interés p o r la revitalización de G recia, que tra tó a su pueblo com o rebelde en el Congreso de V erona, reconociendo el derecho del su ltán a excluir toda in ter­ vención e x tra n jera en tre él y sus sú b d ito s cristian o s. De hecho, el z a r se ofreció «para ay u d ar a T u rq u ía a sofo­ c a r la rebelión», ofrecim iento que, n atu ralm en te, fue rechazado. H abiendo fracasad o en este intento, se dirigió a las grandes potencias con la proposición opuesta. «Lan­ z a r un ejército co n tra T urquía, con el fin de d ic ta r la paz e n tre las paredes del Serrallo.» P ara ten erle u n poco atado p o r m edio de una especie de acción com ún, las o tra s grandes potencias firm aro n un tra ta d o con él en Londres, el 6 de ju lio de 1827, en el que se co m p ro ­ m etían a im poner, con las a rm a s si fuese necesario, el arreglo de todas las diferencias e n tre el su ltá n y los griegos. Pocos m eses después de h a b e r firm ado este tr a ­ tado, R usia concluyó o tro con T u rquía, el T ra ta d o de A kerm an, p o r el cual se co m p ro m etía a re n u n c ia r a toda injerencia en los asu n to s griegos. E ste T ra ta d o se firm ó después de que R usia in d u je ra al p rín cip e h ered ero de P ersia a in v ad ir los dom inios o to m an o s, y d espués de infligir a la P u erta los in su lto s suficientes p a ra p ro v o car una ru p tu ra . Sólo tra s esto s aco n tecim ien to s, las reso lu ­ ciones del T ra ta d o de L ondres del 6 de ju lio de 1827 fueron p resen tad a s a la P u erta p o r el e m b a ja d o r inglés, o en n o m b re de R usia y las o tra s p o te n cias. E n v irtu d 168

de las complicaciones que resultaron de estos fraudes y m entiras, Rusia halló por fin el pretexto para comenzar la guerra de 1828 y 1829. Esta se term inó con el Tratado de A dnanópolis, cuyo contenido se halla resumido en las siguientes citas del célebre panfleto de O’NeilJ sobre el Progreso de Rusia en el E ste; M ediante el T ratado de Adrianópolis, el zar ad­ quirió Anapa y Poti, con una considerable exten­ sión de costa en el m ar Negro, una porción del Gobierno de Akhilsha, con las fortalezas de Akhilsha y Akhalkaliki, las islas form adas por las desem­ bocaduras del Danubio. Fue estipulada la destruc­ ción de la fortaleza tu rca de Georgilvsk, y el aban­ dono turco de la orilla derecha del Danubio en una distancia de varios kilóm etros del río. ...E n p arte p o r fuerza, y en p arte por la influen­ cia del estam ento eclesiástico, m uchos m iles de fam ilias arm enias fueron traslad ad as desde las pro­ vincias tu rca s en Asia a los territo rio s del zar... E ste estableció en T urquía, p ara sus propios súb­ ditos, la liberación de toda responsabilidad ante las au to rid ad es nacionales, y cargó a la P uerta con u n a inm ensa deuda en concepto de gastos de guerra y pérd id as com erciales, y finalm ente, retuvo Mol­ davia, V alaquia y S ilistria com o g aran tía de pago... H abiendo im p u esto a T urquía, p o r m edio de este T ratad o , la aceptación del protocolo del 22 de m ar­ zo, que le aseg u rab a la soberanía de G recia, y un trib u to an u al p o r p a rte de este país, R usia em pleó to d a su influencia p a ra procuran la independencia de G recia, que fue erigida en estado independiente, del cual se n o m b ró p residente al conde Capo dTstria , que h a b ía sido m in istro ruso. E sto s son los hechos. V eam os a h o ra la im agen con que los re p re se n tó la m an o m a e stra de, lord P a lm e rs to n : Es to ta lm e n te c ie rto que la g u erra e n tre R usia y T u rq u ía fue p ro v o cad a p o r las agresiones tu rc a s 169

contra el com ercio y los derechos de Rusia, y las violaciones de tratados (Cámara de los C om unes, 16 febrero 1830). Cuando se convirtió en la encam ación whig del m i­ nistro de Asuntos Exteriores, m ejoró todavía m ás esta declaración:

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El honorable y valiente m iem bro (el coronel Evans) ha presentado la conducta de Rusia como la de una invariable agresión a o tro s estados des­ de 1815 h asta ahora. Se refirió en p a rtic u la r a las guerras de Rusia con Persia y T urquía. R usia no fue el agresor en ninguna de las dos, y, aunque el resultado de la guerra persa fue un engrandeci­ m iento de su poder, no fue un resultado expresa­ m ente apetecido... R usia tam poco fue el ag reso r en la g u erra turca. S ería can sar a la C ám ara c o n ta r con detalle todas las provocaciones tu rca s hacia Rusia; p ero creo que no puede cab er duda de que expulsó a súbditos ru so s de su te rrito rio , ap resó barcos rusos, y violó todas las cláusulas del T ratad o de A kerm an, tra s lo cual an te las quejas p o r p a r­ te de R usia se negó a rectificar; p o r to d o ello, si alguna vez existió un m otivo ju s to p a ra d e c la ra r la guerra, R usia lo tenía p a ra d eclararla a T urquía. No o b stan te, en ninguna ocasión ad q u irió m ás te rrito rio s, p o r lo m enos en E u ro p a. Sé que hubo u n a ocupación co n tin u a de cierto s p u n to s (M olda­ via y V alaquia son sólo p untos, y las desem boca­ d u ras del D anubio, sim ples ceros), y algunas ad q u i­ siciones adicionales en Asia M enor; p ero h a b ía con­ venido con o tra s p o ten cias eu ro p eas que el éxito de aquella, g u erra no co n d u ciría a ningún en g ran d eci­ m ien to en E u ro p a (C ám ara de los C om unes, 7 agos­ to 1832). Mis lectores co m p re n d erán a h o ra p o r qué s ir R o b ert Peel d ijo al noble lord, en una sesión p ú b lica d e la C ám ara, que «ignoraba a quién re p re se n ta b a » . 170

III

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En una sesión celebrada recientem ente en Londres para p ro te sta r co n tra la acción de la E m b ajad a británica en la p resen te controversia en tre Rusia y T urquía, un caballero que p reten d ía en co n trar especial responsabili­ dad p o r este asu n to en lord P alm ersto n fue saludado y silenciado p o r una to rm e n ta de indignados siseos. La sesión creía evidentem ente que si R usia ten ía un am igo en el M inisterio, éste no era el noble vizconde, y sin duda hubiese p ro rru m p id o en v íto res si alguien hubiera podido a n u n ciar que Su S eñoría h ab ía sido n o m b rad o p rim e r m in istro . E sta aso m b ro sa confianza en u n hom bre tan falso y vacío co n stitu y e o tra p ru eb a de la facilidad con que la gente se d eja influir p o r las cualidades b ri­ llantes, y o tra evidencia de la necesidad de a rra n c a r la m áscara a este a stu to enem igo del p ro g reso de la libertad. P or consiguiente, con la h isto ria de los ú ltim o s vein­ ticinco años y los d eb ates del P arlam en to com o guías, procederem os a ex p o n er el v erd ad ero papel que este con­ sum ado a c to r h a re p re se n ta d o en el d ra m a de la E u ro p a m oderna. Al noble vizconde se le conoce g en eralm en te com o el cab allero p ro te c to r de los polacos, que n u n ca d e ja de p ro c la m a r sus penosos se n tim ie n to s con resp ecto a Po­ lonia a n te las d ip u tacio n e s q u e u n a vez al año le p re se n ta el «querido, a b u rrid o y m o rtífero » D udley S tu a rt, «un digno cab allero que p ro n u n c ia d iscu rso s, a p ru e b a reso lu ­ ciones, v o ta en fav o r de p ro y ecto s, so stien e rep u tacio n es, tiene en to d o m o m e n to la confianza n ecesaria en el individuo n ecesario , y p u ed e ad em ás, si es preciso, b rin ­ d a r p o r la reina». H acía a lre d e d o r de u n m es q u e los po laco s se h ab ía n lev an tad o en a rm a s, c u a n d o lo rd P a lm e rsto n ju ró su c a r­ go en n o v ie m b re d e 1830. Y a el 8 de ag o sto de 1831, m íste r H u n t p re s e n tó a la C á m a ra m ía p etició n d e la Unión d e W e s tm in s te r en fa v o r de los polacos, y «de la 171

destitución de lo rd Palm erston de los Consejos de Su Majestad». M iste r Hume declaró el m ism o día que, a juzgar p o r el silencio del noble lord, el G obierno «no pensaba hacer nada p o r los polacos, y que los dejaría a merced de Rusia». A esto replicó lo rd Palm erston «que fueran cuales fuesen las obligaciones impuestas p o r los tratados existentes, siempre re cib iría n la atención del Gobierno». Ahora bien, ¿cuáles eran, en su opinión, las obligaciones que los tratados existentes im ponían al Reino Unido? «Las pretensiones de Rusia — nos dice él m ism o— a la posesión de Polonia datan de la fecha del Tratado de Viena» (Cámara de los Comunes, 9 julio 1833), y dicho Tratado condiciona esta posesión a la observación p o r el zar de la C onstitución polaca. Pero p o r un discurso subsiguiente sabemos que «el m ero hecho de que este país sea uno de los firm a n te s del Tratado de Viena, no im plica que nuestra Gran Bretaña garantice que no habrá infracción de dicho T ratado p o r parte de Rusia» (Cámara

de los Comunes, 26 m arzo 1834). Es decir, que se puede g aran tizar un tra ta d o sin ga­ ran tizar su observación. E ste es el principio sobre el cual basaron los m ilaneses sus p alab ras al em p erad o r Barb arro ja. «Tenéis n u estro ju ram en to , pero reco rd ad que no hem os ju ra d o cum plirlo.» En un aspecto, el T ratad o de Viena era satisfactorio. Concedía al G obierno británico, com o una de las p artes co n tratan tes: El derecho a m a n ten er y ex p resar una opinión sobre cualquier acto que tienda a violar el T ra ta ­ do... Las p a rte s c o n tra ta n te s del T ratad o de Viena tenían derecho a exigir que se m an tu v iera in tacta la C onstitución de Polonia, y ésta fue una opinión que no he ocultado al G obierno ruso. La com uniqué con anticipación a dicho G obierno, an tes de la ocupación de V arsovia, y an tes de que fu era cono­ cido el resu ltad o de las hostilidades. La com uniqué de nuevo cuando cayó V arsovia. Sin em bargo, el G obierno ru so enfocó la cuestión de o tra m an era (C ám ara de los C om unes, 9 ju lio 1833). 172

Había anticipado tranquilam ente la caída de Polonia, y aprovechado esta oportunidad para form arse y expre­ sar una opinión sobre ciertas cláusulas del Tratado de Viena, persuadido de que el m agnánim o zar sólo estaba esperando a haber aplastado por la fuerza arm ada al pueblo polaco para rendir hom enaje a una Constitución que había pisoteado cuando aún poseían ilim itados me­ dios de resistencia. Al m ism o tiempo, el noble lord acusó a los polacos de haber «dado el inoportuno, y en su opi­ nión, injustificable paso de d estro n ar al em perador» (Cá­ mara de los Com unes, 9 julio 1832), Tam bién podía decir que los polacos eran los agresores, porque ellos com enzaron la contienda (Cámara de los Com unes, 7 agosto 1832). Cuando los tem ores de que Polonia fuera extinguida se hicieron universales y m olestos, declaró que «exter­ m in ar a Polonia, es tan com pletam ente im practicable ta n to m oral com o políticam ente, que nadie debe tem er que se in ten te siquiera» (Cám ara de los C om unes, 28 ju ­ nio 1832), Cuando m ás ta rd e se le recordó esta declaración, dijo que h abía sido m al in terp retad o , que él no habló en el sentido político de la p alab ra, sino en el sentido pickw ickiano, refiriéndose a que el em p erad o r de Rusia era incapaz de « exterm inar nom inal o física m en te a tantos m illones de h o m b res com o contiene el reino de Polonia en su estad o dividido» (Cám ara de los C om unes, 20 abril 1836). C uando la C ám ara am enazó con in terv en ir d u ran te la lucha de los polacos, apeló a su resp o n sab ilid ad m inis­ terial. C uando todo h ab ía concluido, les com unicó fría ­ m en te que «ningún voto de esta C ám ara p o d rá tener la m e n o r influencia en u n cam bio de decisión p o r p arte de Rusia» (C ám ara de los Ccnnunes, 9 julio 1833). C uando se d en u n ciaro n las atro c id ad es com etidas por los ru so s tra s la caíd a de V arsovia, recom endó a la Cá­ m a ra que m o stra se g ran co m p ren sió n h acia el e m p erad o r de R usia, d eclaran d o que «ninguna p erso n a podía se n tir 173

más que él las expresiones que habían sido pronuncia­ das» (Cámara de los Comunes, 28 junio 1832), que «el actual em perador de Rusia era un hom bre de elevados y generosos sentimientos», que «los casos de excesiva severidad por parte del Gobierno ruso hacia los polacos, deben interpretarse como una prueba de que el poder del em perador de Rusia es prácticam ente lim itado, y podemos estar seguros de que en tales casos, el em pe­ rad o r ha cedido a la influencia de otros y no ha seguido los dictados de sus espontáneos sentim ientos» (Cámara de los comunes, 9 julio 1833). Cuando por un lado se selló la suerte de Polonia, y por o tro se hizo inm inente la disolución del im perio turco, debido a la rebelión de M oham ed Alí, aseguró a la Cám ara que «los problem as en general se desarrolla­ ban de m odo satisfactorio» (Cámara de los Comunes, 26 enero 1832). H abiéndose producido una m oción p ara conceder sub­ sidios a los refugiados polacos,, dijo que «le resu ltab a en extrem o doloroso oponerse a la concesión de dinero a dichos individuos, pues los sentim ientos n atu rales y espontáneos de cualquier hom bre generoso se p ro nun­ ciaban a favor de ello; pero era co n trario a su deber conceder ayuda m o n etaria a estas in fo rtu n ad as personas» (Cámara de les Com unes, 25 m arzo 1834). E ste m ism o hom bre de tiern o corazón había su fra­ gado en secreto, com o verem os m uy p ronto, la caída de Polonia, y en gran p a rte a co sta de los bolsillos del pueblo británico. El noble lord tuvo buen cuidado de o c u lta r al P arla­ m en to todos los docum entos de E sta d o so b re la catás­ tro fe polaca. Pero en la C ám ara de los C om unes se hicieron declaraciones que él ni siq u iera in ten tó re fu ta r, y que no d ejan lu g a r a dudas so b re el p apel que desem ­ peñó en aquella fu n esta época. C uando estalló la revolución polaca, el cónsul de Aus­ tria no ab an d o n ó V arsovia, y el G obierno a u stría c o llegó 174

a enviar a París un agente polaco, M. Walevski, con la m isión de negociar con los Gobiernos de Francia y Gran B retaña la restauración del reino polaco. La corte de las Tullerías declaró que «estaba dispuesta a unirse al Reino Unido en caso de que éste consintiera al proyecto». Lord Palm erston rechazó la oferta. En 1831, M. de Talleyrand, em bajador de Francia en la corte de Gran Bretaña, pro­ puso un plan de acción com binada por p arte de Francia y Reino Unido, y obtuvo del noble lord una clara nega­ tiva acom pañada de una nota en la que decía que «una intervención am istosa en la cuestión polaca sería vetada p o r Rusia; que las potencias acababan de rechazar una o ferta sim ilar p o r p a rte de F rancia; que en caso de nna negativa ru sa la intervención de las dos cortes de Francia y Reino Unido sólo podía hacerse p o r la fuerza; y las relaciones am istosas y satisfac to rias en tre los gabinetes de St. Jam es y de San P etersburgo no p erm itirían a Su M ajestad b ritán ica llevar a cabo tal intervención. A ún no había llegado el m om ento de p o n er en p ráctica con éxito aquel plan, co n tra la voluntad de u n soberano cuyos d e r e c h o s e r a n in d is c u t i b l e s ».

E sto no fue todo. E l 23 de fe b re ro de 1848, m ís te r Anstey hizo la siguiente declaración en la Cám ara de los Comunes; Suecia estaba a rm a n do su F lo ta con .el fin de d is tra e r la atención en fa v o r de P olonia, y de recu­ p e ra r p ara sí m ism a las p ro vin cia s del B á ltic o , que ta n in ju s ta m e n te le fu e ro n arrebatadas en la ú ltim a guerra. E l noble lo rd d io in stru ccio n e s a nuestro e m b a ja d o r en la C orte de E stoco lm o en un sentido c o n tra rio , y Suecia abandonó su rearm e. La C orte persa, con u n p ro p ó s ito s im ila r, hab ía d irig id o ha­ cía tre s días a u n e jé rc ito hacia la fro n te ra rusa, a cuyo fre n te se h a lla b a el p rín c ip e heredero persa. E l se cre ta rio de legación en la C orte de Teherán,

sir John M'Neill, siguió al príncipe, a una distancia de tres días de m archa de su cuartel general, lo alcanzó, y allí, bajo instrucciones del noble lord, y en nom bre de Gran B retaña, amenazó a Persia con la guerra si el príncipe daba un paso m ás hacia la fro n tera rusa. El noble lord empleó me­ dios de persuasión sim ilares para im pedir que T ur­ quía reanudase la guerra por su lado. Ante la petición del coronel Evans de los docum entos re la tivo s a la violación de Prusia de su pretendida neu­ tra lid a d en la guerra ruso-polaca, lord Palm erston replicó «que los m in is tro s de este país no p o d rían h ab er presen­ ciado aquella contienda sin el m ás profundo pesar, y que les lle n a ría de satisfacción verla term inada» (Cámara

de les C om unes, 16 agosto 1831). C iertam ente, él deseaba ve rla te rm inada lo más p ro n ­ to posible, y P rusia c o m p a rtía sus sentim ientos. En una ocasión p o s te rio r, m ís te r H . G a lly K n ig h t re­ su m ió así toda la actuación del noble lo rd respecto a la re vo lu ció n polaca: E xiste algo curiosam ente inconsistente en la actuación del noble lo rd en lo que respecta a R usia... Sobre el tem a de P olonia, el noble lo rd nos ha decepcionado una y o tra vez; recuerden cuando fue presionado para p ro n u n cia rse en fa v o r de P olonia, la ju s tic ia de cuya causa a d m itió , así com o la ju s tic ia de nuestras quejas; pero nos d ijo : «P rocuren calm arse de m om ento, no ta rd a rá en p a r tir un e m b a ja d o r, de conocidos se n tim ie n ­ tos lib e ra le s; si ustedes cubren de incienso a la pote n cia con la que ha de tra ta r, sólo lo g ra rá n en­ to rp e c e r sus negociaciones. A cepten m i consejo, ten­ gan paciencia, y pueden e sta r seguros de que será m u ch o lo que se lo grará.» N os fia m o s de sus pala­ b ras; p a rtió el e m b a ja d o r lib e ra l y nunca supim os si alguna vez m encionó el tem a; cu a n to consegui­ m os fu e ro n las b o n ita s p a la b ra s del noble lo rd y n in g ú n re s u lta d o ( C ám ara de los C o m u n es, 13 ju ­

lio 1840). 176

Tras la desaparición del llamado reino de Polonia del m apa de Europa, quedaba todavía, en la ciudad libre de Cracovia, un im portante núcleo de nacionalidad polaca. El zar Alejandro, durante la anarquía general que re­ sultó de la caída del im perio francés, no había conquis­ tado el ducado de Varsovia, sino que simplemente se incautó de él, y deseaba, desde luego, conservarlo, junto con Cracovia, que B onaparte había incorporado al du­ cado. A ustria, que una vez poseyera Cracovia, deseaba re­ cuperarla. Como el zar no podía obtenerla para sí, y tam poco quería cederla a Austria, propuso constituirla en ciudad libre. E n consecuencia, el T ratado de Viena estipulaba en el Artículo VI que «la ciudad de Cracovia, con su territo rio , será p ara siem pre una ciudad libre, in­ dependiente y estrictam ente neutral, bajo la protección de A ustria, Rusia y Prusia»; y en el Artículo IX , «las cortes de Rusia, A ustria y P rusia se com prom eten a res- *1 p e ta r y h acer que siem pre sea respetada la neutralidad de la ciudad libre de Cracovia y su territorio. Ninguna fuerza arm ada podrá ser introducida en ella por causa alguna».

Inmediatamente después de la insurrección polaca de 1830-31, las tropas rusas entraron de improviso en Cra­ covia, cuya ocupación duró dos meses. Esto, sin embar­ go, fue considerado como un imperativo transitorio de la guerra, y en medio de los disturbios de la época, fue pronto olvidado. En 1836, Cracovia fue de nuevo ocupada por las tro­ pas austríacas, rusas y prusianas bajo el pretexto de obli­ gar a las autoridades de la ciudad a entregar a los indi­ viduos mezclados en la revolución polaca cinco años antes. E n esta ocasión el noble lord se abstuvo de expresar su repulsa, porque, como declaró en 1836 y 1840, «era di­ fícil llevar a efecto nuestras protestas». Sin embargo, en cuanto Cracovia fue definitivamente anexionada por Austria, una simple protesta le pareció «el único medio efectivo». Cuando las tres potencias septentrionales ocu­ paron Cracovia en 1836, su Constitución fue abolida, las tre s residencias consulares asumieron la mayor autoridad 177

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—]a policía fue confiada a espías austríacos—; el Sena­ do, disuelto; los tribunales, suspendidos; la Universidad, diezmada, porque se prohibió la asistencia a los estu­ diantes de las provincias vecinas, y el com ercio de la ciudad libre con los países lim ítrofes, destruido. En m arzo de 1836, al ser interpelado sobre la ocupa­ ción de Cracovia, lord Palm erston declaró que sería de carác ter transitorio. Tan atenuantes y com prensivas eran sus explicaciones sobre las hazañas de sus tres aliados del norte, que de pronto se sintió obligado a detenerse e in te rru m p ir la tónica suave de su alocución p ara declarar solem nem ente: «No defiendo esta m edida, que, p o r el contrario, debo cen su rar y condenar. Me he lim itado a m encionar las circunstancias que, aunque no excusan la ocupación de Cracovia p o r la fuerza, podrían a p o rta r una i justificación», etc... Adm itió que el T ratad o de Viena com­ p ro m etía a las tres potencias a abstenerse de to m ar cu alq u ier m edida sin la previa autorización de G ran B retaña, p ero «se puede decir de ellas que h an rendido un involuntario h om enaje a la ju sticia y honradez de este I país, al su p o n er que nunca daríam os n u estro consenti­ m iento p a ra ta l proceder». Sin em bargo, com o m íste r P atrick S tew art descubrió que existían m edios m ás eficaces de p re se rv a r Cracovia que la «abstención de p ro testar» , p resen tó el 20 de ab ril de 1836 u n a m oción p a ra «que el G obierno sea obligado a enviar u n rep re se n ta n te a la ciudad libre de Cracovia com o cónsul, ya que h a b ía allí tre s cónsules de las o tra s tre s potencias, A ustria, R usia y Prusia». La llegada con­ ju n ta a C racovia de un cónsul inglés y o tro fran cés se­ ría un acontecim iento, y, en cu alq u ier caso, hubiese im ­ pedido al noble lord d eclararse m ás ta rd e ig n o ran te de las in trig as au stríacas, ru sa s y p ru sia n a s en Cracovia. E l noble vizconde, viendo que la m ay o ría de la C ám ara era favorable a la m oción, in d u jo a m íste r S te w a rt a re tira rla , p ro m etien d o so lem n em en te que el G obierno «terna la in ten ció n de en v iar a un agente c o n su la r a Cracovia». El 22 de m arzo de 1837, al s e r in te rp e la d o p o r lo rd D udley S tu a rt con resp ecto a su p ro m esa, el noble lo rd re p u so que «había cam b iad o de p a re c e r re sp e c to a

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la decisión de enviar un agente consular a Cracovia, y que ahora no tenía intención de hacerlo». Cuando lord D. Stuart dijo que buscaría los documentos que pudie­ sen aclarar tan singular cambio de postura, el noble vizconde logró hacer fracasar la moción por el sen­ cillo procedimiento de estar ausente, haciendo que las decisiones de la Cámara no tuviesen validez. Jamás ex­ plicó por qué no había cumplido su promesa, y resistió todos los intentos de hacerle mostrar documentos rela­ tivos al tema. En 1840, la ocupación «transitoria» continuaba, y el pueblo de Cracovia dirigió un memorándum a los go­ biernos de Francia e Inglaterra que dice, entre otras co­ sas: Las desgracias que abruman a la ciudad libre de Cracovia y a sus habitantes son tales, que los abajo firmantes no ven otra esperanza para sí mismos y sus conciudadanos que la protección po­ derosa e inteligente de los gobiernos de Francia y el Reino Unido. La situación en que se encuentran les da derecho a invocar la intervención de todas las potencias signatarias del Tratado de Viena.

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Al ser interrogado el 13 de julio de 1840 sobre esta petición de Cracovia, P alm erston declaró «que entre Aus­ M tria y el Gobierno británico, la evacuación de Cracovia era solam ente una cuestión de tiempo». En cuanto a la violación del T ratad o de Viena, «no había m edios para im poner los puntos de vista de Gran B retaña, suponiendo que este país estuviera dispuesto a em puñar las arm as, porque Cracovia era evidentem ente un lugar donde no po­ día d esarro llarse una acción inglesa». R ecalquem os que dos días después de esta declara­ ción, el 15 de ju lio de 1840, el noble lord concluyó un tra ta d o con Rusia, A ustria y P rusia p ara c e rra r el m ar N egro a la M arina inglesa, probablem ente con objeto de que no pudiera d esarro llarse ninguna acción inglesa en aquella zona. Fue tam bién entonces cuando el noble lord renovó la S an ta Alianza con esas potencias co n tra Fran179

cía. En cuanto a las perdidas comerciales de Gran Bre­ taña resultado de la ocupación de Cracovia, el noble lord dem ostró que «el volumen de exportaciones gene­ rales a PrtAsia no ha disminuido», lo cual, como observó con razón sir R obert Peel, no tenía nada que ver con Cracovia, ya que se enviaban allí grandes cantidades de m ercancías inglesas desde el m ar Negro, Moldavia y Galitzia, y presionado para que expusiese sus verdaderas intenciones respecto a este tema y sobre la cuestión del . agente consular que debía enviarse a Cracovia, «pensaba que su experiencia del modo en que había sido tomada p o r los honorables caballeros de enfrente su desafortuna­ da declaración (hecha p o r el noble lord en 1836, para es­ cap ar a la censura de una Cámara hostil) sobre la inten­ ción de n o m b ra r un cónsul británico en Cracovia, le jus­ tificaba p a ra negarse positivamente a dar cualquier res; p u esta a tal pregunta, que p o d ría exponerle a similares ataq u es injustificables». El 16 de agosto de 1846 afirm ó que «el hecho de que el T ratad o de Viena sea o no ejecutado y cum plido por las grandes potencias de E uropa, no depende de la pre= sencia de u n agente co n su lar en Cracovia». El 28 de enero de 1847, Cracovia estab a perdida, y cuando de nuevo se pidió al noble lo rd que p resen tase docum entos que ex­ plicasen el hecho de no h a b e r designado un cónsul b ritá ­ nico en Cracovia, declaró que «el tem a no ten ía u n a conexión necesaria con la discusión de la in co rp o ració n de C racovia, y no veía ninguna v en taja en re su c ita r u n a a ira d a discusión acerca de u n tem a que sólo te n ía un interés p a sa jero ». P ersistió en su opinión so b re la p re ­ sentación de do cu m en to s de E stado, y así lo expresó el 7 de m arzo de 1837: «Si los d ocum entos se refieren a las cuestiones ah o ra b ajo consideración, su p resen ta­ ción sería peligrosa; si se refieren a cuestiones p asad as, no pueden se r de ninguna utilidad.» Sin em bargo, el G obierno b ritá n ic o esta b a m uy bien in fo rm ad o sobre la im p o rta n c ia de C racovia, no sólo desde un p u n to de v ista p o lítico sino ta m b ién com er­ cial, pues su cónsul en V arsovia, co ro n el Du P lat, les h ab ía in fo rm a d o d e q u e ; 180

«Cracovia, desde su elevación al rango de Es­ tado independiente, ha sido siempre depósito de considerables cantidades de mercancías inglesas, enviadas desde el mar Negro, Moldavia y Galitzia, e incluso vía Trieste; y que después son expedi­ das a los países limítrofes. En el curso de los años ha obtenido comunicación por vía férrea con las grandes líneas de Bohemia, Prusia y Austria... Es también el punto central de la importante línea ferroviaria entre el Adriático y el Báltico. Pronto estará en comunicación con Varsovia... Consideran­ do, por lo tanto, la casi certidumbre de que todos los puntos importantes de Oriente, e incluso de In­ dia y China, se comuniquen con el Adriático, no pue­ de negarse que será del mayor interés comercial, incluso para Gran Bretaña, tener una estación como Cracovia en el centro de la gran red ferroviaria que conectará los continentes occidental y oriental. El propio lord Palm erston fue obligado a confesar a la C ám ara que la insurrección de Cracovia de 1846 había sido provocada intencionalm ente por las tres po­ tencias. «Creo que la penetración de las tropas austría­ cas en el territo rio de Cracovia fue consecuencia de una orden del Gobierno.» Pero, entonces, estas tropas aus­ tríacas se retiraro n sin que nunca se haya explicado la razón. Con ellas se retiró el Gobierno y tam bién las au to rid ad es de Cracovia; la consecuencia inm ediata, o p o r lo m enos la prim era, de esta retirada, fue el es­ tablecim iento de un G obierno provisional en Cracovia (Cám ara de los Com unes, 17 agosto 1846). El 22 de febrero de 1846, las fuerzas de A ustria y después las de Rusia y P rusia tom aron posesión de Cracovia. El día 26 del m ism o mes, el prefecto de Tarnow em itió su proclam ación en la que anim aba a los cam pesinos a asesin ar a sus am os, prom etiéndoles «una recom pensa adecuada en m etálico», proclam ación a la cual siguieron las atrocidades de G alitzia y la m asa­ cre de unos dos mil terraten ien tes. El día 12 apareció la p ro clam ació n a u stríaca a los «fieles h ab itan tes de 181

Galitzia que se han levantado para el m antenim iento del orden y la ley, y han destruido a los enem igos del or­ den». En la Gaceta oficial del 28 de abril, el príncipe Frederick de Schwarzenberg declaró oficialm ente que «ios actos realizados habían sido autorizados p o r el Go­ bierno austríaco», el cual, naturalm ente, actuó en cola­ boración con Rusia y Prusia, el lacayo del zar. Ahora, cuando ya habían pasado todas estas abom inaciones, lord P alm erston creyó apropiado declarar en la C ám ara; Tengo una opinión dem asiado elevada del sen­ tido de justicia y de derecho que debe an im ar a los gobiernos de A ustria, Rusia y Prusia, p ara creer que pueden sen tir cualquier disposición o inten­ ción de tr a ta r con Cracovia de m odo distinto al que Cracovia tiene derecho según las cláusulas del T ratad o (Cámara de los C om unes, 17 agosto 1846). P ara el noble lord, lo único a conseguir de m om en­ to era lib erarse del P arlam ento, cuya sesión se estab a term inando. Aseguró a los Com unes que «por p a rte del G obierno b ritán ico se h a rá to d o lo posible p a ra g aran ­ tiz a r el debido resp eto hacia las cláusulas del T ratad o de Viena». C uando m íste r H um e expresó su s d u d as so­ b re «la intención de lo rd P alm ersto n de h a c e r que las » tro p a s au stro -ru sas se re tira se n de Cracovia», el noble lo rd solicitó de la C ám ara que n o diese créd ito a la s d e­ claraciones de m íste r H um e, ya q u e él e sta b a m e jo r in­ form ado, y convencido d e que la ocupación d e C racovia era sólo «tem poral». D espués de d esh acerse del P arla­ m en to de 1846, del m ism o m odo q u e del d e 1843, se p u ­ blicó la proclam ación a u stría c a del 11 de n o v iem b re de 1846, que in co rp o rab a C racovia a los dom inios a u s tría ­ cos. C uando el P arlam en to se reu n ió de nuevo el 19 de enero de 1847, fue in fo rm ad o p o r el d iscu rso d e la rei­ n a de que C racovia h a b ía sido anexionada, p e ro que en su lu g a r p erm an ecía u n a p ro te s ta elevada p o r el v alero so lo rd P alm ersto n . Con o b je to d e p riv a r a e s ta p ro te s ta h a s ta de la ap arien cia de te n e r u n significado, el noble lo rd consiguió, en aq u ella m ism a época, m e zclar a G ran 182

Bretaña en una disputa con Francia a propósito de los matrimonios españoles, llegando casi a provocar un grave enfrentamiento entre los dos países; hazaña que revisó con gran detalle míster Smith O'Brien en la Cá­ mara de los Comunes, el 18 de abril de 1847. Cuando el Gobierno francés solicitó de Palmerston su cooperación en una protesta conjunta contra la in­ corporación de Cracovia, lord Normanby, siguiendo ins­ trucciones del noble vizconde, replicó que el ultraje co­ metido por Austria al anexionarse Cracovia no era ma­ yor que el que había provocado Francia al permitir el matrimonio entre el duque de Montpensier y la infanta española, siendo aquél una violación del Tratado de Viena, y el segundo, del Tratado de Utrecht. Ahora bien, el Tratado de Utrecht, renovado en 1782, fue definitiva­ mente abrogado por la guerra antijacobina; y por lo tanto, había dejado de ser válido en 1792. No había nadie en la Cámara mejor informado de esta circuns­ tancia que el noble lord, ya que él mismo había de>clarado ante la Cámara, con ocasión de los debates sobre los bloqueos de México y Buenos Aires, que «las cláusulas del Tratado de Utrecht se habían diluido hacía tiempo en los avatares de la guerra, con excepción de la cláu­ sula relativa a las fronteras de Brasil y la Guinea fran­ cesa, porque dicha cláusula ha sido incorporada expresa­ m ente en el Tratado de Viena». Aún no hem os acabado de resaltar los esfuerzos del noble lo rd p a ra re sistir los abusos de Rusia co n tra Po­ lonia. E xistió en u n tiem po una curiosa convención entre G ran B retaña, los Países B ajos y Rusia —el llam ado prés­ tam o ruso-holandés—. D urante la guerra antijacobina, el zar A lejandro co n tra tó un p réstam o con M essrs. H ope & Co. de A m sterdam ; y después de la caída de Bon ap arte, el rey de los Países B ajos, «deseoso de agrade­ cer ad ecu ad am en te a las potencias aliadas la liberación de su territo rio » y la anexión de Bélgica, a la cual no ten ía el m e n o r derecho, se com prom etió a firm a r (m ien­ tra s las dem ás potencias ren u n ciab an a sus reclam acio­ nes en fav o r de R usia, que entonces ten ía g ran necesi183

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dad de dinero) un convenio con Rusia según el cual pagaría a esta últim a en plazos sucesivos los veinticin­ co millones de florines que Rusia debía a M essrs. Hope & Co. El Reino Unido, con el fin de o cu ltar el robo de que había hecho víctim a a los Países Bajos, quedándose con sus colonias del Cabo de Buena Espe­ ranza, D em erara, Esequibo y Belize, intervino en el con­ venio y se com prom etió a p ag ar una p a rte de los sub­ sidios concedidos a Rusia. E sta estipulación se con­ virtió en p arte del T ratado de Viena, pero con la ex­ presa condición de «que el pago cesaría si la unión en­ tre los Países B ajos y Bélgica se rom pía antes de la liquidación de la deuda». Cuando Bélgica se separó de los Países B ajos a consecuencia de una revolución, ésta últim a, natu ralm en te, rehusó p ag ar su p a rte a R usia ale­ gando que el p réstam o se había hecho p a ra que ella con­ tinuase en posesión de las provincias belgas, y ahora había perdido dicha soberanía. P o r o tra p a rte , com o míste r H erries declaró en el P arlam ento, no quedaba «el m e­ n o r m otivo de preten sió n p o r p a rte de R usia a la co n ti­ nuación de u n a deuda c o n tra íd a p o r G ran B retaña» (Cá­ m ara de los C om unes, 26 enero 1832). No o b stan te, lo rd P alm ersto n en co n tró m uy n a tu ra l que «en un m om ento d ado se p a g a ra a R usia p o r h a b e r p re sta d o apoyo a la u nión de B élgica con los P aíses B a jos, y después se le p ag ara p o r p re s ta r apoyo a la sep a­ ració n de estos países» (C ám ara de los C om unes, 16 ju lio 1832). Apeló de m a n e ra m u y trá g ic a a la fiel o b serv ació n de los tra ta d o s , y a n te todo, del T ra ta d o de V iena; y con­ siguió firm a r un nuevo convenio con R usia, el 16 d e no­ viem b re de 1831, en cuyo p re á m b u lo se d e clarab a ex­ p re sa m e n te que este a c u e rd o se concluía «en co n sid era­ ción a las disposiciones g en erales del C ongreso de V ie­ n a , q u e co n serv an p len a validez». C uan d o el convenio re la tiv o al p ré s ta m o raso -h o lan ­ d és fue in s e rta d o en el T ra ta d o de V iena, el d u q u e de W ellington exclam ó: «E sto es u n golpe m a e s tro de di­ p lo m a c ia p o r p a r te de lo rd C astlereag h ; p o rq u e R usia 184

se ha ligado a la observación del Tratado de Viena por una obligación pecuniaria.» Cuando Rusia, por consiguiente, cesó en su observa­ ción del T ratado de Viena con la ocupación de Cracovia, naíster H um e abogó para que el Tesoro británico in­ terrum piese sus pagos anuales a Rusia. Sin embargo, el noble vizconde pensó que aunque Rusia tenía el derecho de violar el T ratado de Viena con respecto a Polonia, el Reino Unido debía ser fiel al m ism o T ratado con res­ pecto a Rusia. Pero éste no es el incidente m ás extraordinario en la actuación del noble lord. Después de estallar la revo­ lución belga, y antes de que el Parlam ento sancionara el nuevo p réstam o a Rusia, el noble lord cargó con los gastos de la g u erra ru sa contra Polonia, bajo el falso pretexto de p ag ar una vieja deuda contraída por Gran B retañ a en 1815, aunque podem os afirm ar, apoyándo­ nos en la au to rid ad del m ás exim io abogado inglés, sir E. Sugden, ah o ra lo rd St. Leonards, que «no había un solo p u n to discutible en dicha cuestión, y el G obierno no ten ía ninguna atrib u ció n p a ra pagar un solo chelín de aquella cantidad» (Cám ara de los C om unes, 26 junio 1832); y, según sir R o b ert Peel, «la ley no autorizaba a lo rd P alm ersto n a en tre g ar aquel dinero» (Cámara de los C om unes, 12 julio 1832). A hora com prendem os p o r qué el noble lord repite co n tin u am en te que «nada es m ás doloroso p a ra un hom ­ b re de buenos sen tim ien to s com o las discusiones sobre el te m a de Polonia». T am bién podem os ap reciar el grado de in te ré s que a h o ra m o s tra rá pro b ab lem en te al resistir­ se a las in tro m isio n e s de la potencia a la que h a servido d e m a n e ra ta n co n tin u a.

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IV

Los grandes y eternos tem as de la autoglorificación del noble vizconde son los servicios que ha prestado a la causa de la libertad constitucional en todo el conti­ nente. De hecho, el m undo le debe la invención de los reinos «constitucionales» de Portugal, E spaña y Grecia, , tres fantasm as políticos que sólo tienen parangón con el hom unculus de W agner en Fausto. Portugal, b ajo el yugo de esa m ontaña de carne, doña María de Gloria, respaldada por un Coburgo, «debe ser considerada una de las potencias positivas de Europa» (Cámara de los Comunes, 10 m arzo 1835). Al m ism o tiem po que el noble vizconde pronuncia­ ba estas p alabras, seis barcos británicos anclaron en Lis­ boa p ara defender a la «positiva» h ija de don Pedro del pueblo portugués, y ayudarla a d e stru ir la C onstitución que había ju ra d o defender. E spaña, en m anos de o tra M aría, que, aunque célebre pecadora, nunca fue una M agdalena, «se alza com o u n a potencia clara, floreciente e incluso form idable e n tre los reinos europeos» (L ord Palm erston, Cámara de los Com unes, 10 m arzo 1837). F orm idable, desde luego, p a ra los p ro p ietario s de bo­ nos españoles. El noble lord tiene incluso p rep arad o s sus m otivos p a ra h a b e r entregado el país n a ta l de Perieles y Sófocles al dom inio nom inal de un m uchacho bávaro m en talm en te deficiente. «El rey O tón p ertenece a un país donde existe u n a C onstitución libre» (Cámara de los Com unes, 8 agosto 1832). íü n a constitución libre en B aviera, la B astilla ale­ m ana! E sto sobrepasa la licentia poética de u n a frase retó rica, las «esperanzas legítim as» que in sp ira E sp a­ ña y el p o d e r «positivo» de P ortugal. E n cu a n to a Bélgi­ ca, todo lo que hizo p o r ella lord P alm ersto n fue c a r­ garla con una p a rte de la deuda h o lan d esa, re d u c irla a rre ­ b atán d o le la provincia de L uxem burgo, y h a c e rla sopor186

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tar la carga de un Coburgo. En cuanto a la e n te n te cordiale con Francia, que empezó a decaer en el momento en que pretendió darle el toque final con la Alianza Cuá­ druple de 1834, ya hemos visto en el ejemplo de Polonia lo bien que sabía manejarla el noble lord, y no tardaí remos en saber lo que fue de ella en sus manos. Uno de estos hechos, advertidos apenas por los con­ temporáneos, pero que marcan con claridad las fron­ teras de épocas históricas, fue la ocupación militar de Constantinopla por los rusos, en 1833. Por fin se había realizado el eterno sueño de Rusia. El bárbaro de las nevadas orillas del Neva tenía en su garra a la lujosa Bizancio y las doradas playas del Bósforo. El heredero de los emperadores griegos ocui paba. aunque fuese temporalmente, la Roma de Oriente.

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La ocupación de C onstantinopla p o r tro p as ru­ sas selló la su e rte de T urquía com o potencia independiente. El hecho de que Rusia ocu p ara Constan­ tinopla, incluso con la finalidad (?) de salvarla, fue un golpe tan decisivo p ara la independencia de T urquía com o si la b an d era de Rusia ondease aho­ ra en el S errallo (sir R obert Peel, Cámara de los C om unes, 17 m arzo 1834),

Com o consecuencia de la in fo rtu n ad a g u erra de 182829 y el T ra ta d o de A drianópolis, la P u erta h ab ía perdidoel p restig io a los ojos de sus propios súbditos. Como es i co rrien te en los im perios orientales cuando se debilita el p o d e r suprem o, p ro liferaro n las revueltas de los pashás. Ya en o c tu b re de 1831 com enzó el conflicto en tre el su ltá n y M oham ed Ah, el p ash á de E gipto, que ha­ bía ap o y ad o a la P u e rta d u ra n te la in su rrecció n griega. E n la p rim a v e ra de 1832, su hijo, Ib ra h im Pashá, con­ d u jo a su e jé rc ito h a s ta el in te rio r de S iria, conquisj tó aq u ella p rovincia con su triu n fo en la b a ta lla de H om s, cruzó el T au ru s, aniquiló al ejército tu rc o en la b a ta lla de K onieh, y continuó su cam ino hacia Es1 tam b u l. El su ltá n se vio obligado a re c u rrir a San Pe» te rsb u rg o el 2 d e fe b re ro de 1833. E l d ía 17 de febrero, 187 i

ei alm iran te francés Roussin llegó a C onstantinopla, conferenció con la P uerta dos días después, y negoció la re tira d a del pashá bajo ciertas condiciones, en tre las que se incluía la negativa a la ayuda rusa; pero él solo, n atu ralm en te, no podía do m in ar a R usia. «Me ha­ béis solicitado, y aquí m e tendréis». E l 20 de febrero, una escuadra ru sa zarpó rep en tin a­ m en te de Sebastopol, desem barcó una gran fuerza en las o rillas del Bósforo, y sitió la capital. Tan ansiosa es­ ta b a R usia de p ro teg er a T urquía, que un oficial ruso fue sim u ltán eam en te enviado a los pashás de H erze­ govina y T rebisonda, p a ra inform arles de que, en caso de que el ejército de Ib ra h im avanzase hacia H erzego­ vina, ta n to dicho lugar com o T rebisonda serían in m ed iata­ m en te protegidos p o r el E jército ruso. A finales de m ayo de 1833, el conde O rloff (1) llegó a San P etersb u rg o y com unicó al su ltán que h ab ía traíd o consigo un peque­ ño trozo de p ap el que el su ltá n debía firm a r sin infor­ m a r de ello a ningún m in istro y sin que llegase a oídos de ningún agente diplom ático de la P u erta. De este1m odo se llevó a efecto el fam oso T ratad o de U nkiar Skelessi; su vigencia se p ro lo n g aría d u ra n te ocho años. E n v irtu d de este acuerdo, la P u e rta co n certab a u n a alianza, ofen­ siva y defensiva, con R usia; ren u n ciab a al derech o de firm a r nuevos tra ta d o s con o tra s potencias, salvo previo consentim iento de R usia, y c o n firm a b a los an terio res tra ta d o s ruso-turcos, especialm ente el d e A drianópolis. E n v irtu d de un a rtíc u lo secreto, a d ju n to al tra ta d o , la P u erta se co m p ro m etía a c e rra r, «en fav o r de la cor­ te im perial ru sa, los estrech o s de los D ardanelos, es de­ cir, que no p e rm itiría la e n tra d a en ellos de n in g ú n b a r­ co de g u erra e x tra n je ro b a jo n inguna circunstancia». ¿A quién debía el z a r la ocupación de C onstantino­ pla p o r su s tro p as, y la tran sferen cia, en v irtu d del T ra­ tado de U nkiar Skelessi, de la sede su p rem a del im perio o to m an o desde C onstantinopla a San P etersb u rg o ? Pues n ad a m enos que al m uy h o n o rab le H en ry John, vizcon(1) El mismo conde Orloff fue calificado recientemente por el Times como “ la figura principal de los partidarios de la paz en Rusia”, y se d irige a V ie n a e n una misión de paz.

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de Palm erston, barón Tem ple, p a r de Irlan d a, m iem bro del m uy honorable Consejo Privado de Su M ajestad, ca­ ballero de la G ran Cruz de la m uy honorable O rden del Baño, m iem bro del P arlam ento y principal secretario de E stad o de Su M ajestad para Asuntos Exteriores. El T ratad o de U nkiar Skelessi se concluyó el 8 de julio de 1833, m íste r H. L. B ulw er propuso una moción p ara la p resen tació n de los docum entos relativos a los asuntos turco-sirios. El noble lord se opuso a la m oción «porque las transacciones a las que se referían los docu­ m entos solicitados estab a n incom pletas, y el c a rá c te r de toda la tran sacció n dependería de su conclusión. Como aún no se conocían los resultados, la m oción e ra pre­ m atu ra» (Cám ara de los Com unes, 11 julio 1833). A cusado p o r m íste r B ulw er de no h ab er intervenido en defensa del su ltá n co n tra M oham ed Alí, p a ra evitar el avance del ejército ruso, inició aquel curioso sistem a de defensa y de confesión, que desarrolló en ocasiones posteriores, y cuyos m em b ra disjecta tra ta ré de ag ru p ar ahora. No estab a preparado p ara negar que en la úl­ tim a p a rte del añ o a n te rio r h ab ía sido form ulada a este país u n a solicitud de ayuda p o r p a rte del su ltá n (Cám ara de los C om unes, 11 ju lio 1833). La P u e rta hizo una petición form al de ayuda en el m es de agosto (Cám ara de los Com unes, 24 agos­ to 1833). No, en agosto no. La petición de ayuda naval p o r p a rte de la P u e rta fue hecha en o ctu b re de 1832 (Cámara de los C om unes, 28 agosto 1833). No, no fue en o ctu b re. La P u erta solicitó ayuda en noviem bre de 1832 (C ám ara de los C om unes, 17 m arzo 1834). 189

El noble lord está tan poco seguro de la fecha en que la Puerta im ploró su ayuda como Falstaff del núm ero de bribones con trajes alm idonados que le asaltaron por la espalda en el prado de Kendal. Sin em bargo, no está preparado p ara negar que la ayuda arm ad a ofreci­ da por Rusia fue rechazada por la Puerta, ni que él, lord Palm erston, recibió una dem anda de ayuda, la cual pre­ firió desestim ar. La P uerta se dirigió de nuevo al noble lord. P rim ero envió a Londres a M. M aurageni; después, a N am ic Pashá, quien im ploró el envío de una escuadra naval cuyos gastos co rrerían a cargo del sultán, y pro­ m etiendo en recom pensa p o r tal ayuda la concesión de nuevos privilegios com erciales y ventajas p ara los súbdi­ tos británicos residentes en T urquía. Tan segura esta­ ba R usia de la negativa del noble lord, que se unió al enviado tu rco suplicando a Su S eñoría que accediera a su petición. Nos lo cuenta él m ism o: E ra ju s to que declarase que Rusia, lejos de ex­ p re s a r cu alq u ier sentim iento de celos p o r el hecho de que este G obierno decidiese a p o rta r su ayuda, le com unicó a trav és de su em b ajad o r, m ien tras la solicitud aú n se estab a considerando, que cono­ cía la existencia de dicha petición, y que, debido al in terés de R usia en el m an ten im ien to del im ­ p erio tu rco , c o n stitu iría u n a satisfacción que los m in istro s p u d ie ra n acced er a ta l d em an d a (Cá­ m ara de los C om unes, 28 agosto 1833), Sin em bargo, el noble lo rd perm an eció inexorable en su n eg ativ a a la P u erta, pese a e s ta r re sp a ld a d o p o r el d esin terés de la p ro p ia R usia. E ntonces, n a tu ra lm e n te , la P u e rta co m p ren d ió lo que se esp e ra b a d e ella; com ­ p re n d ió que e ra in ú til no ren d irse a la realid ad . No obs­ ta n te , aú n vaciló, y no acep tó la ay u d a ru s a h a s ta tres m eses después. 190

Uran B retaña —dice el noble lord— nunca se quejó de que Rusia prestara su ayuda, sino que por el contrario, se m ostró satisfecha de que Turquía hubiese obtenido asistencia en alguna parte (Cá­ m a ra d e los C o m u n es , 17 m a rzo 1834).

C ualquiera que fuese la época en que la Puerta im­ ploró la ayuda de lord Palm erston, éste tuvo que confesar:

,

No cabe duda de que si el Reino Unido hubie­ se considerado oportuno intervenir, el avance del ejército invasor hubiera sido detenido, y las tro­ pas rusas no hubieran sido solicitadas (C ám ara d e lo s C o m u n es, 11 ju lio 1833).

¿P or qué, entonces, no «consideró oportuno» interve­ n ir y deten er a los rusos? E m pieza p o r alegar fa lta de tiem p o . Según su propia declaración, el conflicto entre la Puerta y Mohamied All surgió en u n a fecha ta n te m p ran a com o octubre de 1831, m ien tras que la decisiva b atalla de Konieh no se libró h asta el 21 de diciem bre de 1832. ¿No pudo en co n trar algo de tiem p o d u ran te este período? E n julio de 1832, Ib ra­ him P ashá ganó una g ran batalla, y tam poco encontró tiem po e n tre ju lio y diciem bre. Sin em bargo, d u ran te todo este período estuvo esperando u n a dem anda ofi­ cial p o r p a rte d e la P u erta, la cual, según su ú ltim a ver­ sión, no se hizo h a s ta el 3 de noviem bre. «¿Es que igno­ rab a h a s ta tal p u n to lo que o c u rría en O riente —pregun­ ta s ir R o b ert Peel— que tenía que esp erar u n a dem anda oficial?» (C ám ara de los C om unes, 17 m arzo 1834). Y luego, desde noviem bre, cuando se hizo la dem anda ofi­ cial, h a s ta finales de feb rero , p asaro n c u a tro largos m e­ ses, y los ru so s n o in terv in iero n h a s ta el 20 de feb rero de 1 1833. ¿P o r qué no se ad elan tó él? Teñí a razones m ás concluyentes en reserva. E l p a sh á de E gipto no e ra m ás que un sú b d ito rebel­ de, y el su ltá n e ra el soberano.

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Como se tra ta b a de u n a g u erra de un súbdito co n tra un soberano, y ese soberano era aliado del rey de G ran B retaña, no h u b iera sido a c tu a r de buena fe ten er cualquier cla se de c o m u n ic a c ió n con el p ash á (C á m a ra d e lo s C o m u n e s , 28 a g o s to 1833). La e tiq u e ta im pidió al noble lo rd d e te n e r los ejército s de Ib rah im . La e tiq u e ta le pro h ib ió d a r in stru ccio n es a su cónsul en A lejandría p a ra que u s a ra su influencia con M oham ed Alí. Como el g ran d e de E sp añ a, el noble lord an tes d e ja ría a rd e r a la rein a h a s ta v erla co n v ertid a en cenizas que in frin g ir la e tiq u eta m ezclándose con sus fal­ das. De hecho, ya en 1832 h ab ía a c re d ita d o el noble lord cónsules y agentes d ip lo m ático s a n te el su ltá n sin el co n sen tim ien to del su ltá n ; h ab ía firm ad o tra ta d o s con M oham ed, a lte ra n d o reg lam en to s y convenios e?cistentes relativ o s a cuestiones de com ercio y re n ta s públicas, y estab lecien d o o tro s en su lugar; y lo hizo sin el previo co n sen tim ien to de la P u erta, ni sin p re o c u p a rse de su ap ro b ació n (C á m a ra d e lo s C o m u n e s , 23 fe b r e r o 1848). E n consecuencia, nos in fo rm a E a rl Grey, el ento nces je fe del noble vizconde, que «tenían en aquellos m o­ m e n to s im p o rta n te s relacio n es com erciales con M oha­ m ed Alí, que no h u b ie ra sido in te re sa n te in te rru m p ir» (C ám ara d e lc¿ L o re s, 4 fe b r e r o 1834). ¡Qué relacio n es co m erciales con el «súbdito rebelde»! P ero las flo tas del no b le vizconde e sta b a n ocu p ad as en el D uero y el T ajo, y b lo q u e a n d o el S cheldt, y cum ­ p lien d o las m isio n es de u n a co m a d ro n a en el nacim ien­ to d e los im p erio s co n stitu cio n ales de P o rtu g al, E sp a ñ a y B élgica, y él no se h a lla b a , p o r lo ta n to , en condiciones de d isp o n e r de un solo b a rc o (C á m a ra d e lo s C o m u n e s, 11 ju lio 1833 y 17 m arzo 1834). P ero el su ltá n in sistía p re c isa m e n te en ay u d a na­ val. E n h o n o r a la d iscusión a d m itire m o s que el noble lo rd n o p o d ía d isp o n e r de u n solo navio. P e ro h ay im­ p o rta n te s a u to rid a d e s que nos a se g u ra n que lo único n e cesario n o e ra u n solo navio, sino u n a so la p a la b ra p o r p a rte del noble lord. L o rd M ahon, recién incorpo192

rado al Foreign Office b ajo las órdenes de sir R obert Peel, hizo esta afirm ación, así com o ei alm irante Codrington, el d e stru c to r de la Flota tu rca en Navarino. M oham ed Alí —afirm a— había sentido en o tro tiem p o la influencia de n u estras representaciones en relación con la evacuación de M orea. Recibió entonces ó rdenes de la P uerta ce resistir todas las presiones que q u isieran inducirle a evacuarla, aun a riesgo de su cabeza, y él resistió, pero al final cedió p ru d en tem en te, y evacuó M orea ( Cá­ m a ra d e lo s C o m u n e s , 20 a b ril 1836).

T am bién el duque de W ellington. Si en la sesión de 1832 o 1833 hubiesen dicho sim p lem en te a M oham ed Alí que no debía conti­ n u a r su lucha en S iria y Asia M enor, h ubieran pues­ to fin a la g u erra sin el riesgo de p e rm itir que el em p erad o r de R usia enviara una flota y un ejército a C o n stan tin o p la ( C á m a ra de los L o res, 4 fe ­ b r e r o 1834).

P ero aú n hay m ás notables au to rid ad es. E stá el no­ ble lo rd en persona. A unque e l G obierno de Su M ajestad —dice— no accedió a la petición del su ltá n en enviarle ayuda naval, se le concedió el apoyo m oral del Reino U nido; y las com unicaciones hechas p o r el Go­ b ie rn o b ritá n ic o al p ash á de E gipto y a Ib rah im P ash á en Asia M enor co n trib u y ero n m aterialm en ­ te a que se llegase a un acu erd o (el de K iutayah) e n tre el su ltá n y el pashá, a través del cual se te rm in ó la g u e rra ( C á m a ra d e lo s C o m u n e s, 11 m arzo 1834). 193



E stá lord Derby, y m ister Stanley, y un m iem bro del gabinete Palm erston, quien «afirm a audazm ente que lo que detuvo el avan­ ce de M ohamed Alí fue la precisa declaración de Francia y Gran B retaña de que no p erm itirían a sus tropas la ocupación de C onstantinopla» (Cá­ m a r a d e lo s C o m u n e s, 17 m a r z o 1834).

Así pues, según lord Derby y el propio lo rd Palm ers­ ton, no fueron la escuadra y el E jército ru so en Cons­ tantinopla, sino una p r e c is a d e c la r a c ió n p o r p a rte del agente consular b ritánico en A lejandría lo que detuvo la victoriosa m archa de Ib rah im sobre C onstantinopla y perm itió el acuerdo de K iutayah, en v irtu d del cual M oham ed Alí obtuvo, adem ás de Egipto y la so b eran ía sobre Siria, Adana y o tro s lugares, añadidos com o un apéndice. Pero el noble lord consideró o p o rtu n o no p e rm itir que su cónsul en A lejandría hiciese e sta p re­ cisa declaración h a sta que el E jé rc ito tu rco estuviera aniquilado, C onstantinopla asolada p o r los cosacos, y el T ratad o de U nkiar Skelessi firm ad o p o r el su ltá n y en p o d er del zar. Si la falta de tiem po y la im posibilidad de disponer de barcos im pedía al noble lord ay u d a r al su ltán , y un puntillo de etiq u eta d eten er al pashá, ¿em pleó p o r lo ¡ m enos a su em b ajad o r en C onstantinopla p a ra vigilar una posible exagerada influencia p o r p a rte de R usia y m a n ten er esta influencia d en tro de estrech o s lím ites? Ro­ tu n d am en te no. Al co n trario , p a ra no e n to rp e c e r los m o ­ vim ientos de Rusia, el noble lord tuvo buen cuidado de no d isp o n er de e m b a ja d o r en C onstantinopla d u ra n te el m ás fatal perío d o de la crisis. Si alguna vez h u b o u n país en que fu eran úti- | les el peso y la categ o ría de un e m b a ja d o r —o un período en el que dicho peso y dicha categoría | pudiesen in flu ir v en tajo sam en te—, ese p aís fue T urquía d u ra n te los seis m eses .que precedieron : al 8 de ju lio ( l o r d M a h o n , C á m a r a d e lo s C o m u n e s, 20 abril 1836), 194

Lord Palm erston nos dice que el em bajador británico, sir S tra tfo rd Canning, abandonó C onstantinopla en se­ tiem bre de 1832; que lord Ponsonby, entonces en Nápoles, fue nom brado para reem plazarle en noviem bre, y que «las dificultades halladas en la tram itació n de su viaje*, aunque un barco de guerra le estab a esperando, «y el estado desfavorable del tiem po im pidieron su llegada a C onstantinopla h a sta finales de m ayo de 1833* (C á m a ra de lo s C o m u n e s, 17 m a r z o 1834).

Los rusos aún no h ab ían llegado, y por ello se ordenó a lord Ponsonby que em please siete m eses en navegar desde N ápoles h a sta C onstantinopla. Pero ¿p o r qué ten ía que e v ita r el noble lord que los rusos ocupasen C onstantinopla? «El, p o r su p a rte , ab rig a b a grandes d u d a s de que la p o lítica del G obierno ru so ocultase cual­ qu ier intención de d iv id ir el im p erio otom ano* (C á m a ra d e lo s C o m u n e s , 14 fe b r e r o 1839).

C laro que no. R usia no q u iere dividir el im perio, sino ap ro p iárselo entero. A dem ás de la seg u rid ad que lord P alm ersto n te n ía en c u a n to a e sta d u d a , p o seía o tra se>-

guridad: En la d u d a de si a c tu a lm e n te está en la p o líti­ ca de R usia alcan zar este objetivo, y u n a te rc e ra «seguridad» en su te rc e ra «duda» de si la nación ru sa (¡im agínense u n a n a c ió n ru sa!) e s ta ría p re­ p a ra d a p a ra aq u ella tra n sfe re n c ia de poder, de re­ sidencia y de a u to rid a d a las p ro v in cias m erid io ­ nales, que se ría la consecuencia necesaria de la co n q u ista p o r R usia de C o n stan tin o p la (C á m a ra de lo s C o m u n e s , 11 ju l io 1833).

195

Además de estos argum entos negativos, el noble lord poseía o tro afirm ativo: Si habían contem plado con tra n q u ilid a d la ocu* pación tem poral de la capital de T urquía p o r las fuerzas rusas, era p o rq u e tem an u n a confianza absoluta en el h o n o r y la buena fe de R usia. El G obierno ruso, al conceder su ayuda al su ltán , ha com prom etido su honor, y en esta p ro m esa depo­ sitó su m ás com pleta confianza (Cám ara de los Co­ m u n e s, 11 ju lio 1853).

E sta confianza del noble lo rd e ra ta n inaccesible, in* destructible, integral, im perecedera, inexpugnable, in­ calculable, inconm ensurable e irrem ediable, e ra ta n ili­ m itada, im pávida e insólita, que el 17 d e m arzo de 1834, cuando el T ratad o de U nkiar Skelessi ya e ra u n fa it ac­ com pli, seguía declaran d o que «los m in istro s n o e ra n en­ gañados en su confianza». Ni suya es la culpa si la na­ turaleza h a d esarro llad o su absceso de confianza h a s ta dim ensiones to ta lm e n te anorm ales.

¥ E l contenido del T ra ta d o de U n k iar S kelessi fue pu­ blicado en el M orning H erald el 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, s ir R o b ert Inglis p reg u n tó a lo rd P alm ers­ to n en la c á m a ra de los C om unes: Si realm en te se h ab ía concluido u n tra ta d o , ofensivo y defensivo, e n tre R usia y T u rq u ía ... Es­ p erab a que el noble lo rd e s ta ría p re p a ra d o , an tes de la su sp en sió n de las sesiones del P arlam ento, a p re s e n ta r a n te la C ám ara, no sólo los tra ta d o s que se h ab ían efectuado, sino to d as las com unica­ ciones relacionadas con la conclusión d e dichos tra ­ tad o s e n tre T u rq u ía y R usia. 196

Lord P alm ersto n contestó: C uando estu v ieran s e g u r o s de la existencia del T ratad o aludido, y cuando estuvieran en posesión de dicho T ratad o , e n to n c e s p o d rían d e te rm in a r la o rien tació n a d a r a su p o lítica... El no tenía la cu lp a de que a veces los periódicos se adelantasen al G obierno (C á m a ra d e lo s C o m u n e s , 24 a g o sto 1833).

Siete m eses después, aseg u ra a la C ám ara: Le e ra co m p letam en te im posible conocer en agosto el T ra ta d o de U n k iar Skelessi, que no se­ ría ratificad o h a s ta el m es de setiem b re (C á m a ­ ra de los C om unes, 17 m a rzo 1834). Conocía el T ra ta d o en agosto, p ero no oficialm ente. E l G obierno b ritá n ic o se so rp ren d ió al sab er que cu an d o las tro p a s ru sa s a b a n d o n a ro n el Bos­ foro, llevaban consigo aquel T ra ta d o (L ord Palm ersta n , Cám ara de los C om unes, 1 m arzo, 1848). Sí, el noble lo rd e sta b a en posesión del T ra ta d o antes e que h u b ie ra sido firm ad o . E n c u a n to la P u e rta lo h u b o recib id o (es de­ cir, el b o rra d o r del T ra ta d o de U n k iar Skelessi), el T ra ta d o fu e co m u n icad o a la E m b a ja d a b ritá ­ nica en C o n stan tin o p la, con el ruego de n u e s tra p ro tecció n c o n tra Ib ra h im P ash á y c o n tra N ico­ lás. La p etició n fue rech az ad a; p e ro eso no fue todo. Con p e rfid ia co n su m ad a, el hecho fue com u­ n icad o al m in is tro ruso. Al d ía siguiente, la m ism a copia del tra ta d o que la P u e rta h ab ía enviado a la E m b a ja d a b ritá n ic a fue d ev u elta a la P u e rta p o r el e m b a ja d o r ru so , q uien aco n sejó iró n icam en te a la P u e rta que «otra vez eligiese m e jo r a sus confidentes» (m ís te r A nstey, Cám ara de los Co­ m unes, 8 fe b rero 1848). 197

Pero el noble vizconde ya tenía cu an to necesitaba. Fue interrogado con relación al T ratad o de U nkiar Skelessi, de cuya existencia no estaba seguro, el 24 de agosto dé 1833. El 29 de agosto, el P arlam en to fue prorrogado, recibiendo del trono la alen tad o ra seguridad de que «las hostilidades que tu rb ab a n la paz de T urquía ha­ bían cesado, y de que la atención del rey iría cuidadosa­ m ente dirigida a cualquier suceso que pudiese afectar el actual estado o la fu tu ra independencia de aquel impe* rio». He aquí, pues, la clave de los fam osos tra ta d o s rusos de julio. En julio fueron acordados; en agosto algo de ellos se filtra a través de la p ren sa pública. L ord Pal­ m erston es interrogado en los Com unes. El, n atu ralm en ­ te, no sabe nada. Las sesiones del P arlam en to son apla­ zadas... y cuando se reúnen de nuevo, el T ra ta d o es ya algo viejo, o, com o en 1841, ha sido ya ejecutado, a p e­ sa r de la opinión pública. El P arlam ento quedó suspendido el 29 de agosto de 1833, y volvió a a b rir sus p u erta s el 5 de feb rero de 1834. El intervalo e n tre la suspensión y la re a p e rtu ra estuvo m arcad o p o r dos incidentes ín tim am en te ligados entre sí. P o r un lado, las flotas u n id as de F ran cia y G ran B retañ a llegaron a los D ardanelos, izaron allí la b andera trico lo r y la Union Jack, zarp aro n hacia E sm im a , y de allí regresaron a M alta. P o r o tra p a rte , se concluyó un nuevo tra ta d o e n tre la P u erta y R usia el 29 de enero de 1834, el T ra ta d o de San P etersburgo. A penas se firm ó este T ratad o , las dos flotas unidas zarp aro n . E sta m aniobra com binada tuvo el p ro p ó sito de de­ so rie n ta r al pueblo b ritán ico y a E u ro p a, haciéndoles creer que la dem ostración h o stil en los m ares y costas turcos, dirigida co n tra la P u erta p o r h a b e r firm ad o el T ratad o de U nkiar Skelessi, h ab ía obligado a R usia a la firm a del nuevo acu erd o de San P etersb u rg o . Este T ratado, que p ro m etía la evacuación de los principados y reducía los pagos tu rco s a u n a te rc e ra p a rte de la can­ tidad estipulada, al p a re c e r exim ía a la P u erta de otras . obligaciones que le habían sido im p u estas p o r el Trata- j do de A drianópolis. E n todo lo dem ás e ra u n a sim ple 198

ratificación de los acuerdos de Adrianópolis, sin ningu­ na relación con el Tratado de Unkiar Skelessi, y sin nin­ guna mención al paso de los Dardanelos. Por el contra­ rio, los ligeros favores que concedía a Turquía eran el dinero que compraba la exclusión de Europa, por el T ratad o de Unkiar Skelessi, de los Dardanelos.

En el mismo momento en que se hacía la demos­ tración (de la Flota británica), el noble lord ase­ guraba al em bajador británico en esta corte que este movimiento combinado de las dos escuadras no era en modo alguno hostil a Rusia, y que, de hecho, no significaba absolutamente nada. Digo esto ba­ sándome en la autoridad de lord Ponsonby, colega del noble lord, y em bajador en Constantinopla ( m is te r A n ste y , C á m a ra de los C o m u n es, 23 fe ­ b rero 1848).

T ras la ratificación del Tratado de San Petersburgo,

el noble lord expresó su satisfacción por la moderación de las condiciones impuestas por Rusia. Cuando el Parlamento se reunió de nuevo, apareció en el G lobe, el órgano del Foreign Office, una puntualización afirm ando: El T ratad o de San P etersburgo fue, o bien una p ru eb a de la m oderación o el buen sentido de Ru­ sia, o una p ru eb a de la influencia que la unión de G ran B retañ a y F rancia, y el firme y acorde len­ guaje de estas dos potencias, había adquirido en los círculos de S an P etersb u rg o (G lobe, 24 -febrero 1835).

Así pues, p o r un lado, el T ratad o de Adrianópolis, co n tra el que p ro te sta ro n lord Aberdeen y el duque de W ellington, iba a se r reconocido subrepticiam ente en nom bre del Reino Unido por lord P alm erston cuando expresó de m odo oficial su satisfacción por el T ratad o de San P etersburgo, m era ratificación del tra ta d o an­ te rio r; y adem ás, la atención pública se desviaría del 199

T ratado de U nkiar Skelessi, y se c alm aría la anim osi­ dad que en E uropa se h ab ía d esp ertad o co n tra Rusia. Por ingeniosa que fuese la estratag em a, no e ra p er­ fecta. El 17 de m arzo de 1834, m iste r Sheil p ropuso la moción de que «fueran p resen tad as an te la C ám ara las copias de todos los tra ta d o s e n tre T u rq u ía y Rusia, y de toda la correspondencia en tre los gobiernos inglés, ru so y turco, relativa a dichos tratados». El noble lord se resistió con to d as sus fuerzas, y al final consiguió d e rro ta r la m oción asegurando a la C ám ara que «sólo p o d ría p reserv arse la paz si la Cá­ m a ra depositaba su confianza en el G obierno», negándo­ se a acceder a la m oción. Las razones que ad u jo p a ra no p resen tar los docum entos fueron ta n obviam ente co n tra­ dictorias, que sir R obert Peel le llam ó, en su lenguaje p arlam en tario , «un arg u m en tad o r m uy inconcluyente», y su p ropio coronel E vans no pudo re p rim irse y excla­ m ó: «El discurso del noble lord le pareció el m enos sa­ tisfacto rio que había oído de él.» L ord P alm erston q u ería convencer a la C ám ara de que, según las afirm aciones de Rusia, el T ratad o de Un­ k ia r Skelessi debía co n sid erarse «de reciprocidad», con­ sistien d o dicha reciprocidad en que si los D ardanelos se cerrab an p a ra G ran B retañ a en caso de guerra, ta m ­ bién se c e rra ría n p a ra Rusia. E sto e ra to talm en te falso, p ero de ser cierto, h u b iera sido una reciprocidad a la irlandesa, pues todo beneficiaba a una sola parte. Pa­ ra R usia, cru zar los D ardanelos no es el m edio de lle­ gar al m a r N egro, sino p o r el co n trario , de abando­ narlo. Lejos de re fu ta r la afirm ación de m iste r Sheil, de que «la consecuencia (del T ratad o de U nkiar Skelessi) era exactam ente la m ism a que si la P u erta hubiese e n tre ­ gado a R usia la posesión de los D ardanelos», lord Pal­ m erston adm itió «que el T ratad o cerrab a los D ardanelos a los barcos de g u erra b ritánicos... y que según sus cláu­ sulas incluso los barcos m ercantes p o d rían ... en efecto, ser prácticam ente excluidos del m a r Negro» en caso de u n a guerra en tre el Reino Unido y R usia. Pero si el G obierno actu ab a «con decisión», si «no m o stra b a una 200

innecesaria desconfianza» es decir, si se som etía sum isa­ m ente a todos los futuros desm anes de Rusia, «se in­ clinaba a creer que no llegaría el caso de que se aplica­ ra n las decisiones del T ratado; que, por lo tanto, en la p ráctica no p asaría de ser papel m ojado» (Cámara de los C om unes, 17 m arzo 1834). Además, «las seguridades y explicaciones» que el Go­ b iern o b ritán ico h ab ía recibido de las p artes signatarias de aquel T ratad o ten d ían a elim inar toda objeción. Así pues, en su opinión no era en las cláusulas del T ratado de U nkiar Skelessi en lo que había que ñ ja rse , sino en las explicaciones de R usia a su respecto, no en los actos de R usia, sino en su lenguaje. Sin em bargo, com o aquel m ism o día le recordaron la p ro te sta del Chargé d ’Affair e s francés, M. Le Grenée, co n tra el T ratad o de U nkiar Skelessi, y el ofensivo e injurioso lenguaje del conde N esselrode, respondiendo a la St. Petersburg Gazette, que «el em p erad o r de R usia actu aría com o si no existiera la declaración contenida en la n o ta de Le Grenée», el noble lo rd se com ió sus propias palabras y propuso la doctrina o p u esta de que «era en cualquier ocasión deber del Go­ b iern o b ritán ico considerar los actos de una potencia e x tra n je ra y no su lenguaje, expresado en cualquier cir­ cunstancia y so b re cualquier tema». Al principio había preferido fijarse en el lenguaje de R usia y no en sus actos, y al m om ento siguiente decidía p re s ta r m ás atención a sus actos que a su lenguaje. E n 1837 seguía asegurando a la C ám ara que el «Tra­ tad o de U nkiar Skelessi fue un tra ta d o entre dos po­ tencias independientes» (C á m a r a d e lo s C o m u n e s , 14 d ic ie m b r e 1837).,

Diez años después, cuando hacía tiem po que el Tra­ tad o h ab ía caducado, y el noble lord se p rep arab a p ara a c tu a r com o el típico m in istro inglés y el cixñs R o m a n u s s u m , dijo con toda claridad a la C ám ara que «el T r a ta d o d e U n k ia r S k e le s s i fu e sin d u d a h a s ta c ie r to p u n to im p u e s to a T u r q u ía p o r e l c o n d e O r lo ff, el e n v ia ­ d o ru so , b a jo c ir c u n s ta n c ia s (creadas p o r el noble lord

en persona) que im posibilitaban a T urquía negarse a fir­ m arlo ... Dio prácticam en te al G obierno ruso poderes de 201

intervención en Turquía, lo cual era inconsistente con la independencia de aquel Estado» ( C ám ara de los Co­ munes, 1 m arzo 1848). D urante todo el curso de los debates sobre el T rata­ do de U nkiar Skelessi, el noble lord, com o el payaso de la comedia, tuvo una respuesta del calibre m ás m ons­ truoso, que debía acallar todas las exigencia y contes­ ta r todas las preguntas: la alianza anglo-francesa. Cuan­ do fue señalada con burlas su connivencia con Rusia, replicó gravem ente: Si se señalasen con b u rlas las actuales rela­ ciones en tre este país- y Francia, él sólo p o d ría decir que sentía un gran orgullo y satisfacción p o r haber contribuido a h acer realidad tan exce­ lente entendim iento (Cámara de los C om unes, 11 julio 1833). Cuando se exigió la presentación de los docum entos relativos al T ratad o de U nkiar Skelessi, contestó que «Gran B retaña y F rancia habían cim entado una am istad que era m ás fuerte cada día» (Cámara de los C om unes, 11 marzo 1834). m

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No podía m ás que o b serv ar —exclam ó s ir R o b ert Peel— que siem pre que el noble lord se hallaba en dificultades con respecto a cu alq u ier aspecto de nuestra política europea, inm ediatam ente en co n tra­ ba un medio de escapar, felicitando a la C ám ara p o r la am istosa alianza en tre este país y F rancia. Sim ultáneam ente, el noble lord tuvo buen cuidado de no disipar las sospechas de sus oponentes to ries de que «había sido obligado a co n sen tir la agresión de Moham ed Alí co n tra Turquía», porque F ran cia la apoyaba abiertam ente. Así pues, por aquel entonces, la m an ifestació n de la entente con F rancia sirvió p ara o c u lta r la secreta alian­ za con Rusia, del m ism o m odo que en 1840 la clam o ro sa ru p tu ra con F rancia serviría p a ra e n c u b rir la alianza oficial con Rusia. 202

M ientras el noble lord fatigaba al m undo con volu­ m inosos folios de negociaciones im presas sobre los asun­ tos del reino constitucional de Bélgica, y con extensas explicaciones, verbales y docum entales, sobre el «poder decisivo» de Portugal, jam ás fue posible a rra n c a rle nin­ gún docum ento relativo a la p rim era g u erra sirio-turca y al T ra ta d o de U nkiar Skelessi. C uando p o r p rim e ra vez se solicitó la p resen tació n de los docum entos, el 11 de julio de 1833, «la m oción era p re m a tu ra ... las tran saccio ­ nes, in co m p letas... y los resu ltad o s a ú n no se conocían». E l 24 de agosto de 1833, «el T ra ta d o no estab a firm a­ do oficialm ente, y él no lo tenía en su poder». El 17 de m arzo de 1834, «continuaban las com unicaciones... Las discusiones, si así podían llam arse, no h ab ían conclui­ do». Y en 1848, cuando m íste r A nstey le dijo que al pe­ d ir los d ocum entos no pedía las p ru eb as de la coalición ____ del noble lord con el zar, el cab allero so m in istro prefi- J rió m a ta r el tiem p o con u n d iscu rso de cinco h o ras de d u ración que e lim in a r las sospechas con docum entos que hablasen p o r sí solos. Pese a todo, tuvo la cínica insolen­ cia de a se g u ra r a m íste r T. A ttw ood, el 14 de diciem bre de 1837, que «los d ocum entos relacionados con aquel T ratad o (el T ra ta d o de U n k iar Skelessi) fueron p re se n ta ­ dos a n te la C ám ara hace tre s años», es decir, en 1834, cuando «la paz sólo po d ía p reserv arse» o cu ltán d o lo s a la C ám ara. En 1834 in stó a la C ám ara a que no le presio­ nase, ya que «la p a z sólo podía m a n te n e rse si la Cám a­ ra d ep o sitab a su confianza en el G obierno», el cual, si le d e ja b a n solo, p ro te g e ría sin duda los in tereses dei Reino U nido c o n tra las in tro m isio n es. A hora, en 1837, an te u n a C ám ara fo rm a d a casi e n te ra m e n te de sus p a r­ tid ario s, d ijo a m ís te r A ttw ood que n u n ca h a b ía sid o «intención del G obierno re c u rrir a m ed id a s h o stiles p a ra fo rzar a R usia y T u rq u ía, dos p o ten cias in d ep en d ien tes, a c a n ce lar el T ra ta d o ex isten te e n tre ellas». Aquel m ism o d ía aseg u ró a m íste r A ttw ood q u e «este T ra ta d o e ra u n a su n to del p asad o , del cual se o cu p a ro n p o r u n b reve p erío d o y com o aquel p erío d o h ab ía ex­ p irad o , su in tro d u c c ió n p o r el h o n o rab le m ie m b ro ... e ra to ta lm e n te in n e cesaria e in o p o rtu n a» . 203

Según el acuerdo original, el T ratado de U nkiar Skelessi expiraría el 8 de julio de 1841. Lord Palm erston dice a m ister Attwood que ya había expirado el 14 de diciem bre de 1837. «¿Qué truco, qué estratagem a, qué escondite encon­ trarás ahora para ocultarte de esta abierta y aparente vergüenza? Vamos, querem os oírlo, Jack..., ¿qué truco tienes ahora?»

VI En el vocabulario ruso no existe una palab ra equi­ valente a «honor». En cuanto al contenido de esta pala­ bra, lo consideran una fantasía francesa. *Shto takoi honneur? E to fra n tsu sski chim ere» es un proverbio ruso. El m undo debe la invención del honor ruso exclusivam ente a m ilord P alm erston, quien, d u ra n ­ te un cu arto de siglo, se com prom etió, en todos los m om entos críticos, y del m odo m ás enfático, p o r el «honor» del zar. Lo hizo al concluir la sesión de 1853, tal com o lo hiciera al concluir la sesión de 1833. Ahora bien, o cu rre que el noble lord, m ie n tra s expre­ saba «su m ás im plícita confianza en el h o n o r y la buena fe» del zar, acab ab a de recib ir unos docum entos, ocultos al resto del m undo, que no d ejab an n in g u n a duda, si es que existía alguna, sobre la n atu ra leza del h o n o r y la buena fe de los rusos. Ni siq u iera tuvo que ra s c a r al m oscovita p ara e n c o n tra r al tá rta ro . H abía en co n trad o al tá rta ro en toda su desnuda fealdad. E sta b a en p oder de las confesiones de los principales m in istro s y diplo­ m áticos rusos, que en ellas se d esp o jab an de su capa ; y ponían al descubierto sus p en sam ien to s m ás íntim os, j revelando sin am bages sus planes de co n q u ista y sub­ yugación, burlán d o se d esd eñ o sam en te de la im bécil cre­ dulidad de las cortes eu ro p eas y sus m in istro s, m o fán ­ dose de los Villéle, los M ettem ic h , los A berdeen, los C anning y los W ellington; y m e d ita n d o en com ún, con el salvaje cinism o del b á rb a ro , m itig ad o p o r la c ru e l iro n ía 204

del cortesano, cómo sem brar la desconfianza contra Gran B retaña en París, y contra Austria en Londres, y contra Londres en Viena, cóm o enem istarlos a todos, y cómo convertirlos a todos en m eros instrum entos de Rusia. E n la época de la insurrección en Varsovia, los archi­ vos del virrey, que se conservaban en el palacio del príncipe C onstantino, y que contenían la correspondencia secreta de m inistros y em bajadores rusos desde p rin­ cipios de este siglo h asta 1830, cayeron a m anos de los polacos victoriosos. Refugiados polacos llevaron estos docum entos a F rancia, y en un período posterior, el conde Zam oyski, sobrino del príncipe Czartoryski, los puso en poder de lord Palm erston, que los en terró en un cristian o olvido. Con estos docum entos en el bolsillo, el noble vizconde ansiaba aún m ás p ro clam ar al Senado b ritán ico y al m undo «su m ás im plícita confianza en el h o n o r y la buena fe del em p erad o r de Rusia». El noble vizconde no tuvo la culpa de que aquellos ' im presionantes docum entos fuesen publicados p o r fin en las p o strim erías del año 1835, en fo rm a del fam oso Portfolio. El rey G uillerm o IV, fuera lo que fuese en o tro s respectos, era un acérrim o enem igo de Rusia. Su secreta rio privado, sir H e rb e rt Taylor, estab a ín tim a­ m en te relacionado con David U rq u h art, llegando incluso a p re se n ta rlo al rey, y desde aquel m om ento, el rey cons­ p ira b a con estos dos am igos c o n tra la política del m i­ n istro «auténticam ente inglés». G uillerm o IV ordenó que los m encionados do­ cum entos le fuesen entregados p o r el noble lord. Los docum entos, después de ser exam inados en el castillo de W indsor, se co n sid eraro n dignos de pu­ blicación. Pese a la gran oposición del noble lord, el rey le obligó a d a r la autorización del F oreign Office p a ra su publicación, a fin de que el e d ito r que se en carg a ría de revisarlos p a ra la p rensa, no publicase u n a sola p a lab ra que no llevase la firm a o las iniciales. Yo m ism o he visto la inicial del noble lo rd en ú n o de esos docum entos, aunque el n o b le lo rd h a negado esto s hechos. L ord Pal205

m erston fue obligado a poner los docum entos en manos de m ister U rquhart para su publicación. M ister U rquhart fue el verdadero editor del Port­ folio (m ister Anstey, Cámara de los Comunes, 23 fe­ brero 1848). Tras la m uerte del rey, lord Palm erston rehusó pagar al im presor del Portfolio, negó pública y solem nem ente toda relación del Foreign Office en el asunto, e indujo por medios que se ignoran a su segundo secretario, mis­ ter Backhouse, a estam p ar su firm a en estas negativas. Leemos en The Tim es del 30 de enero de 1839: No es de nuestra incum bencia analizar los sen­ tim ientos de lord Palm erston, pero estam os segu­ ros de lo que sentiría cualquier otra persona que fuese un caballero y ocupase el puesto de m inis­ tro, después de la celebridad alcanzada p o r la co­ rrespondencia entre m ister U rquhart, que ha sido destituido por lord Palm erston, y m ister Backhouse, que sigue al servicio del noble vizconde, en The Tim es de ayer. Al parecer no existe hecho m ás claram ente establecido p o r esta correspondencia que el de que la serie de docum entos oficiales con­ tenidos en la conocida publicación llam ada el Port­ folio, fueron im presos y publicados con la a u to ri­ zación de lord Palm erston, p o r lo que Su Señoría es responsable de su publicación, tan to com o esta­ dista en el m undo político de aquí y del extranjero, com o en calidad de cliente de los im presores y editores, p o r cuyo tra b a jo ha incurrido en los gas­ tos correspondientes. Como consecuencia de su estrechez financiera, resul­ tado de la infortunada guerra de 1828-1829, que acabó con los fondos de su tesorería, y de la deuda a Rusia, estipulada p o r el T ratado de A drianópolis, T urquía se vio obligada a am p liar aquel odioso sistem a de m ono­ polios, según el cual sólo se p e iln itía la venta de casi todos los artículos a quienes pagaban licencias del Go206

bierno. De este modo lograron unos pocos usureros adueñarse de todo el com ercio del país. M ister U rquhart propuso al rey Guillerm o IV un tratad o com ercial con el sultán, tratad o que, al tiem po que garantizaría grandes ve n ta ja s p ara el com ercio británico, proveería al desa­ rrollo de los recursos productivos de Turquía, contri­ buyendo con ello a sanear la econom ía turca y em anci­ parla del yugo ruso. La curiosa historia de este tratad o no puede com prenderse m ejo r que en las palabras de m ister Anstey; Toda la anim osidad entre lord Palm erston por un lado, y m ister U rquhart por el otro, se con­ centró en este tra ta d o com ercial. El día 3 de octu­ b re de 1835, m ister U rq u h art obtuvo su com isión com o secretario de legación en Constantinopla, que le fue conferida con el único ob jeto de asegurarse la adopción del tra ta d o com ercial turco. Sin em­ bargo, dem oró su p artid a h a sta junio o julio de 1836. Lord P alm erston le urgía a em prender el viaje, num erosas personas le presionaban p ara que adelantase la m archa, pero su invariable respuesta era: «No m e iré h asta que haya arreglado este tra ta d o com ercial con el M inisterio de Comercio y con el Foreign Office; entonces lo llevaré y pro­ cu raré que sea aceptado p o r la P u e rta ...* Final­ m ente, lord P alm erston dio su aprobación al tra­ tado, que fue rem itid o a lord Ponsonbv, el em ba­ ja d o r en C onstantinopla. (E n tretan to , éste había recibido instrucciones de lord P alm erston en el sentido de que él debía reem plazar a m ister Ur­ q u h a rt en las negociaciones, contraviniendo así lo co n certad o con m iste r U rquhart.) En cuanto se hubo efectuado el despido de m ister U rq u h art de C onstantinopla, gracias a las intrigas del noble lord, el tra ta d o fue inm ediatam ente lanzado p o r la b o r­ da. Dos años m ás tarde, el noble lord lo resucitó, felicitando a m iste r U rq u h art, an te el P arlam ento, por ser su au to r, y rechazando todo m érito p ara sí m ism o. Pero el noble lo rd h ab ía d estru id o el

tratado, falsificándolo en cada una de sus partes y convirtiéndolo en la ruina del comercio. El tra ­ tado original de m ister U rquhart situaba a Gran Bretaña en Turquía al nivel de nación m ás favore­ cida, es decir, al mismo nivel que Rusia. Tal como lo alteró lord Palm erston, colocaba a los súbditos de Gran Bretaña al nivel de los explotados y opri­ midos súbditos de la Puerta. El tratad o de m ister U rquhart estipulaba la supresión de todos los de­ rechos de aduana> monopolios, im puestos y dere­ chos de cualquier clase, a excepción de los esti­ pulados en el propio tratado. La falsificación de lord Palm erston contenía una cláusula que declaraba el perfecto derecho de la Sublime Puerta de im poner todos los reglam entos y restricciones que se le antojaran, en relación con el comercio. El tratad o de m ister U rquhart sólo som etía a la exportación al antiguo derecho de tres chelines; el del noble lord aum entaba dicha sum a a cinco chelines. El tratado de m ister U rquhart estipulaba como un derecho ad valorem a este respecto, que para los artículos comerciales producidos en Turquía, lo cual le aseguraba la venta a los precios recibidos generalm ente bajo el monopolio en los puertos extranjeros, el derecho de exportación, que sería estim ado por dos comisionados, uno inglés y o tro turco, podría ser elevado, a fin de hacerlo remunerador y que, por tanto, proporcionase divisas, pero que en el caso de productos elaborados fuera de Turquía, que en los puertos extranjeros no tuvieran valor suficiente para pagar derechos ele­ vados, serían fijados derechos m ás bajos. El tratad o de lord Palm erston estipulaba un derecho fijo de doce chelines ad valorem sobre cada artículo, tanto si lo valía como si no. El tratad o original extendía el beneficio del comercio libre a los barcos tu r­ cos; el tratado posterior no contenía ninguna cláu­ sula al respecto... Acuso al noble lord de estas falsificaciones, le acuso de ocultarlas, y adem ás, acu°

so al noble lord de haber declarado falsam ente a esta Cám ara que su tratado era el mismo que había elaborado m íster U rquhart (m íster Anstey, Cámara de los Comunes, 23 febrero 1848).

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Tras las m anipulaciones a que lo som etió el noble lord, el tratad o era tan favorable a Rusia y tan desven­ tajoso para Gran B retaña, que algunos com erciantes ingleses en Oriente resolvieron negociar en lo sucesivo bajo la protección de firm as rusas, y a otros, como de­ clara m íster U rquhart, sólo una especie de orgullo nacio­ nal les im pidió hacer lo mismo. Respecto a las relaciones secretas entre el noble lord y Guillermo IV, m íster Anstey declaró ante la Cám ara: El rey llam ó la atención del noble lord hacia la cuestión del proceso de introm isión rusa en T urquía... Puedo p ro b ar que el noble lord fue obli­ gado a to m ar este asunto en consideración p o r el secretario privado del rey, y que su perm anencia en el cargo dependía de su acatam iento a los de­ seos del m onarca... El noble lord se resistió, en una o dos ocasiones, en la m edida que le aconsejó su prudencia, pero su resistencia fue seguida inva­ riablem ente por abyectas expresiones de contrición y sum isión. No afirm aré que en una ocasión, el noble lord cesó en su cargo d u ran te uno o dos días, pero puedo decir que el noble lord estuvo en peligro de una expulsión m uy poco cerem oniosa en aquella ocasión. Me refiero al descubrim iento hecho por el rey de que el noble lord había con­ sultado al G obierno ruso sobre la elección de un em bajador inglés en la corte de San Petersburgo, y que sir S tratfo rd Canning, originalm ente desti­ nado para la E m bajada, fue reem plazado por el ahora difunto conde de D urham , un em bajador m ás adecuado a los ojos del zar (Cámara de los Comunes, 23 febrero 1853). 209

Uno de los hechos m ás asom brosos es que, m ien tras el rey luchaba en vano co n tra la política ru sa del noble lord, el noble lo rd y sus aliados w higs lograron m a n ten er viva la pública sospecha de que el rey —de quien todo el m undo sabía que era to ry — estab a p aralizan d o los esfuerzos an tirru so s del m in istro «au tén ticam en te inglés». La pretendida predilección to ry del m o n arca p o r los principios despóticos de la co rte ru sa fue inventada, n atu ralm en te, p ara ju stificar la política, inexplicable de o tro m odo, de lord P alm erston. Los oligarcas w higs sonrieron m isterio sam en te cuando m iste r H. L. B ulw er inform ó a la C ám ara de que «las p asad as N avidades el conde Apponyi, e m b ajad o r a u stría c o en P arís, afirm ó, hablando de los asuntos del E ste, que esta co rte ve con m ás te m o r los principios franceses que la am bición rusa» (Cámara de los C om unes, 11 ju lio 1833). Volvieron a so n reír cuando m iste r T. A ttw ood in te ­ rrogó al noble lord: «¿Qué acogida se h a d ispensado al conde O rloff en la co rte de Su M ajestad, al ser enviado a G ran B ren ta ñ a después del T ra ta d o de U n k iar Skelessi?» (Cámara de los C om unes, 28 agosto 1833). Los docum entos confiados p o r el rey m o rib u n d o y su secretario, el d ifu n to s ir H e rb e rt T aylor, a m iste r U rq u h art, «con el fin de reivindicar, en la p rim e ra op o r­ tunidad, la m em oria de G uillerm o IV», p ro y e c ta rá n u n a nueva luz, cuando se publiquen, so b re la c a rre ra del noble lo rd y la o lig arq u ía w hig, de las que el público en general sab e sólo la h isto ria de sus p reten sio n es, sus frases, y sus «principios», en u n a p alab ra, la p a rte te a tra l y ficticia, la m áscara. E sta es una ocasión ap ro p ia d a p a ra h a c e r ju sticia a m iste r David U rq u h art, el infatigable a n tag o n ista de lord P alm ersto n d u ra n te veinte años, un au tén tic o adver­ sario al que no se p odía in tim id a r ni silenciar, p a ra el que no valieron sobornos ni halagos, m ie n tra s Alcine P alm erston logró, con lisonjas y ten tacio n es, co n v ertir a todos sus re sta n te s enem igos en seres ridículos. Aca­ bam os de o ír la violenta denuncia de S u S eñ o ría por boca de m iste r Anstey: 210

Una circ u n stan cia m uv significativa es que el m in istro acusado salió al en cu en tro de m iste r Ans­ tey, y aceptó de buen grado su cooperación y am is­ ta d priv ad a sin fo rm a alguna de a rrep en tim ien to o disculpa. El reciente n o m b ram ien to legal de m iste r A nstey p o r el actu al G obierno h ab la p o r sí m ism o (D. U rq u h a rt en Progreso de R usia). El 23 de feb rero de 1848, este m ism o m iste r Anstey había co m p arad o al noble vizconde con «el in fa m e m ar­ qués de C arm arth en , secreta rio de E stad o de G uiller­ mo III, a quien, d u ra n te su visita a Rusia, el zar, Pedro I, consiguió c o rro m p e r con el dinero de co m ercian tes b ri­ tánicos» (C ám ara de lc
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