El Psicópata - Vicente Garrido

July 14, 2017 | Author: Daniela | Category: Psychopathy, Psychosis, Schizophrenia, Antisocial Personality Disorder, Felony
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Descripción: EL psicopata...

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Este libro está dedicado a quien me quiso —entre días de vino y rosas— y a mis fieles amigos

Las palabras que no tienen corazón y no comunican sólo pueden traernos regresión y locura. ROSA MONTERO

Correspondencia con el autor: Facultad de Filosofía y Educación Av. Blasco Ibáñez, 30 46010 Valencia

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PRÓLOGO A LA SEXTA REIMPRESIÓN Han transcurrido tres años desde que saliera El psicópata, y en este periodo he podido comprobar el gran interés despertado por lo que alli se decía, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Ahora, al celebrar su aparición en este formato, para su sexta reimpresión es oportuno preguntarse acerca de las razones de ese interés. Pienso en dos, especialmente. La primera se halla en su capacidad para sugerirnos soluciones o respuestas a episodios que han cruzado nuestras vidas en un momento u otro, pero que quedaron sin respuesta. ¿Por qué tal persona, a la que creía mi amiga, me hizo esa jugada tan sucia que estuvo a punto de arruinar mi crédito profesional, ganado con tanto esfuerzo? ¿Por qué mi marido cambió de forma tan súbita una vez comprendió que ya me tenía «en el bote», y se dedicó a aprovecharse de todo lo que yo había conseguido? En efecto, muchos de los lectores de las reimpresiones anteriores me dijeron: «Ahora puedo entender cosas que me angustiaban y cuya interpretación no podía siquiera imaginar». De este modo, saber que existe este trastorno y cómo opera es algo importante, una necesidad desde el punto de vista de la higiene social mental. Porque al peligro que supone el psicópata en sí, ha de añadirse el de su desconocimiento. Mientras que la gente siga creyendo que los psicópatas son sólo asesinos en serie o monstruos de degeneración, su peligrosidad quedará limitada a aquellos sucesos brutales que de vez en cuando conmueven a la opinión pública, pero éstos no nos dirán nada sobre los psicópatas integrados, es decir, aquellos que viven junto a nosotros camuflados bajo la máscara de la amabilidad y la decencia. La segunda razón es la gran capacidad dramática que tiene el psicópata en sus actos y designios, dramatismo que ya advirtió Shakespeare cuando concibió a Ricardo III, Lady Macbeth o Yago, personajes de componentes psicopáticos incontestables. Lo que quiero decir es que los psicópatas encar-

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nan las peores pesadillas, dan sentido real a las pasiones, las traiciones y los deseos más oscuros del hombre y la mujer; y todo esto se sabe que ha nutrido al arte de la novela, el teatro y el cine desde los comienzos, porque sus semillas se encuentran en la misma cuna de la tragedia griega, en el nacimiento de los primeros grupos de Homo sapiens, porque la psicopatía surgió en el primer momento y lugar donde fuera posible vivir explotando a los otros, imponiendo una astucia y una violencia superiores. A medida que las leyes y las sociedades iban denunciando más estas prácticas, los psicópatas tuvieron que aprender a fingir, a aparentar ser gente honesta y encantadora... y confiar en esas dotes para subvertir las defensas de los sujetos o las empresas que no advertían su peligrosidad. Esta reimpresión no es una nueva edición; ha pasado poco tiempo para forjar un libro con cambios sustanciales. Pero, aunque algunos de sus casos queden hoy fuera del primer plano de la actualidad, su relevancia se mantiene porque forman parte de un mosaico amplio, donde confluyen muchos tipos de acciones que ilustran características de personalidad propias de la psicopatía, y nos muestran claves esenciales para comprender este trastorno. Comprender al psicópata es algo más que un ejercicio intelectual o una necesidad para el médico o psicólogo que ha de avenirse al trato con ellos. Es una medida de prevención radical que cualquiera debería asumir como una forma harto eficaz de evitar vivir situaciones rayanas en el desconcierto y la degradación, cuando no en la violencia y la locura. Vicente GARRIDO, enero de 2003

1. PRESENTANDO AL CAMALEÓN/PSICÓPATA

Camaleón. Nombre aplicado a varias especies de reptiles saurios del género chamaeleon... Persona con habilidad para cambiar de actitud, adaptando en cada caso la más ventajosa. (Diccionario de María Moliner) Eugenia es una chica venezolana aficionada a relacionarse con mucha gente mediante Internet, como millones de personas en el mundo. En junio de 1998 entabló relación con un catalán, Enric, por este medio, en un canal de charla. Ella, desde Caracas, y él, desde Barcelona, llegaron a intimar. En pocos días se habían convertido en una pareja romántica que dedicaba varias horas a hablar de esas cosas de las que hablan los enamorados. Él le había enviado su foto, y aparecía realmente apuesto. Además, era piloto de aviones. La llamaba con frecuencia por teléfono. «Tenía una labia increíble», dice Eugenia; «yo no quería salir de casa para poder seguir hablando con él». 1 En pocos días, Enric la convenció para que viajara a España y se reuniera con él. Después de enviarle un gran ramo de flores, le hizo llegar un pasaje de avión de ida y vuelta. «Soy la menor de cuatro hermanos, y cuando se lo dije a mis padres casi se mueren del susto». Pero tal y como fueron las cosas, el susto iba a ser para ella. Cuando embarcó para Barcelona, el 9 de agosto, dejó tras de sí su trabajo en una compañía de publicidad, su piso de alqui1. El País, 22 de octubre de 1998

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ler y todos sus enseres con el encargo de que se vendieran. Iba a reunirse con el amor de su vida. Cuando llegó al moderno aeropuerto de Barcelona, su galán parecía ser otra persona. «Por Internet era una persona culta y educada. Tenía muy buen humor y me hacía reír muchísimo. Cuando le vi, comprobé que no tenía nada que ver con la imagen que yo me había creado de él. Era más bajo de estatura de lo que me había dicho, no iba muy bien vestido y estaba siempre malhumorado». Enric fue a recogerla con un todo terreno muy sucio debido, según él, a que su casa estaba en obras. Posteriormente la trasladó a un apartahotel, donde convivieron por espacio de dos días. Él se ausentaba unas horas porque, explicaba, tenía que ir a volar. Esos dos días fueron normales, pero la noche del miércoles algo sucedió: «Me llevó a dos clubes de intercambio de parejas. Le dije que no estaba de acuerdo con eso, y me dejó en el hotel. Al día siguiente me llamó para decir que se iba a retrasar. Todavía le estoy esperando». ¿Qué había sucedido? Eugenia empezó a investigar por su cuenta. Primero fue a la dirección que él le había dado en un pueblo cercano a Barcelona, pero tal dirección no existía. Llamó luego a la compañía aérea a Madrid (ya que ni siquiera tenía una delegación en Barcelona), pero no conocían de nada a Enric. Eugenia no daba crédito a lo que estaba pasando. Completamente desconcertada, recurrió a un detective privado, Jorge Colomar. Éste fue capaz de darle las respuestas que buscaba. Descubrió que, en realidad, «lo único cierto era el nombre, Enric, y qúe se trataba de un delincuente habitual que había estado detenido en 11 ocasiones; incluso había pasado periodos en la cárcel, siempre por pequeños robos, y que, en ese momento, estaba reclamado por la justicia». Además, el galán informático se había quitado años; no tenía 36 años, como le había dicho a Eugenia, sino 40.

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Desgraciadamente, Colomar no fue capaz de proporcionar a Eugenia una respuesta quizás más importante que el hallazgo de que su Romeo era un vulgar delincuente: la respuesta a la pregunta de por qué alguien se gasta 500.000 pesetas en traer a una chica de Venezuela en medio de una historia llena de mentiras que no parece conducir a nada.

Seguimos en Barcelona. Octubre de 1998. 2 Estamos en el cinturón litoral. Una mujer circula por su carril al volante de su coche. Al llegar al Pla del Palau, observa que hay una señal de giro obligatorio hacia la izquierda. Como la mujer pretende seguir recto, le pide educadamente permiso a una furgoneta que tiene delante —y que está esperando el cambio de semáforo— para adelantar por la derecha y seguir su camino. El conductor de la furgoneta, al ver que la mujer pone el intermitente e inicia la maniobra de adelantamiento, toca reiterada y enfurecidamente el claxon e, impidiendo que siga avanzando, aprovecha la superioridad física de la furgoneta para, iñaca!, abalanzarse sobre el turismo y chocar con él cual pirata al abordaje, al grito de «igilipollas!», «imala puta!» y otras lindezas. 17 de diciembre de 1997, Cúllar Vega, provincia de Granada. Ana Orantes se había hecho famosa porque quince días antes había denunciado en Canal Sur, la televisión andaluza, que su marido, José Parejo, la había estado maltratando durante 40 años de vida en común. Ese día, Ana llega con su coche a la vivienda de dos pisos que ambos compartían (un piso cada uno), porque el juez había determinado tal circunstancia, sin que todas las denuncias y •

2. Sergi Pámies para El País, 5 de noviembre de 1998

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quejas de Ana hubieran servido para otra cosas Parejo sabe lo que tiene que hacer. Coge un bidón de gasolina y se lo echa por la espalda a su mujer; luego la quema viva. En el pequeño jardín de su casa hay una manguera, pero él no hace nada. Se queda inmóvil, observando cómo Ana se consume entre las llamas. En el juicio, Parejo llora con gran emoción; asegura que Ana le había insultado previamente, y que eso le hizo perder la cabeza. Sin embargo, los hijos tienen una opinión bien diferente. Francisco, de veinte años, dice: «Mi madre era incapaz de insultarle. Le tenía demasiado miedo, sobre todo estando sola».

Piedimonte San Germano, sur de Italia, 18 de noviembre de 1998, fecha de la desaparición de Mauro lavarone, de 11 años. Eric, un peruano y conocido del niño, de 17 años, le acompaña a donde se hallan otros chicos, entre ellos Denis Bogdan, de 19. Eric se marcha, una vez cumplida su misión. Ha dejado a Mauro en un bosque distante unos 20 kilómetros del pueblo. Allí Denis 4 y sus amigos matan a Mauro, destrozándole la cabeza. ¿Cuál fue el motivo para acabar con la vida de un niño de once años? En un principio se pensó que el asesino podía ser un pederasta, alguien que quisiera matarlo para ocultar la denuncia por el abuso a que hubiera sometido a Mauro. Pero la verdad era mucho más inconcebible. La razón la dio el propio «gancho» del crimen, Eric, quien había oído a Denis planear el asesinato: «[le asesinaron sus amigos] porque molestaba, hablaba más de la cuenta y se metía en todo lo que no le importaba».

3. El País, 10 y 16 de diciembre de 1998 4. El País, 30 de noviembre de 1998

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Son estos ejemplos hechos muy dispares, que no parecen tener ninguna relación. Sin embargo, la tienen. Los actos que se describen son antisociales, algunos de una gran inhumanidad. Pero, sobre todo, son absurdos, inexplicables, casi diríamos que son actos estúpidos. Aun a riesgo de equivocarnos, diríamos que son comportamientos claramente psicopáticos. En este libro aparecen muchos casos de comportamientos de esta especie. Muchos son claramente criminales, mientras que otros son más ampliamente contrarios a la sociedad («antisociales»), siempre inmorales, humillantes para una o más personas, vejatorios para la dignidad humana. ¿Por qué alguien se inventa una apostura y un prestigio social, se gasta en una chica medio millón de pesetas, y luego la deja abandonada a los dos días? ¿No podía tener a las mejores chicas de alterne de la ciudad con ese dinero? ¿No sabía que su fachada se iba a desplomar cuando Eugenia llegara a conocerle, bajito, sucio y malhumorado? ¿Por qué un conductor reacciona como un salvaje cuando una chica le pide amablemente paso en un semáforo? ¿Por qué un hombre mata sádicamente a una mujer después de haberla torturado durante cuarenta años? ¿Por qué unos jóvenes matan sin piedad a un niño de 11 años cuyo único pecado pareció consistir en ser un «pesado»? ¿No había otra forma de librarse de tan molesta compañía? Este libro es una propuesta para explicar esos porqués. No pretendemos haber elaborado un catálogo de horrores. Quizás se trata más bien de «horrores cotidianos», porque el camaleón no sólo es un criminal. Puede estar perfectamente integrado en nuestra sociedad, vivir en la puerta de al lado. Puede ser un político, el director de una prisión, un policía, un profesor universitario, un empleado de banco o un camarero. La tesis fundamental de este ensayo puede resumirse en estos puntos:

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1. Muchos comportamientos que actualmente son calificados de «incomprensibles» son obra de psicópatas. Y pretendemos explicar quiénes son y por qué hacen lo que hacen. 2. Los psicópatas criminales son muy peligrosos. Constituyen los delincuentes más violentos, y nutren muchos de los casos de maltratadores de mujeres y niños, asesinos en serie, violadores sistemáticos, asesinos a sueldo y multirreincidentes. Es preciso llegar a identificarlos y hacer un esfuerzo para que reciban una atención adecuada. 3. Pero otras muchas personas son psicópatas y no se dedican al crimen. Viven en nuestra escalera, son nuestros maridos o amantes, nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros políticos... Es vital comprender este hecho, darse cuenta de la magnitud de este problema. 4. Los psicópatas que no son delincuentes habituales se adaptan a muchas circunstancias, se camuflan, manipulan, desacreditan nuestras instituciones públicas, socavan nuestra confianza en la gente, son capaces de llevarnos al infierno en vida. Dado que están especialmente preparados para desoír las necesidades de los demás, dado que son capaces de dañar y maltratar sin reparar en nada, constituyen uno de los mayores desafíos que tiene la humanidad en el siglo xxI. 5. Hay una predisposición hacia la psicopatía. Parece difícil rebatir esa opinión con los datos científicos en la mano. Pero resulta igualmente importante recordar que el medio social que entre todos levantamos para vivir nosotros y nuestros hijos puede ser de vital importancia para inhibir de forma relevante este fenómeno, o bien para fomentarlo, para construir lo que algunos autores han llamado «una sociedad psicopática».

Hemos desarrollado una extraordinaria tecnología en los últimos cincuenta años. Desgraciadamente, nuestra capacidad para organizar la sociedad no ha ido a la par. 5 Junto a artilugios y avances médicos que han dejado obsoletas muchas novelas de ciencia ficción de hace unos años, hemos creado o extendido problemas «globales» que nos llenan de ansiedad: el crimen y las drogas, la contaminación ambiental, los genocidios, los innumerables accidentes de tráfico... Pero a menos que pensemos que tales lacras sean un resultado de la evolución natural, habremos de convenir que la mano del hombre se halla detrás de estas calamidades. Nosotros planteamos la idea de que tales problemas s agravan de modo extraordinario gracias a la acción de lo psicópatas o, al menos, como resultado del comportamient de personas que, sin desarrollar plenamente esa condición han adoptado formas psicopáticas de relación con los demás De ahí que creamos que la calidad de vida de nuestr especie y de nuestro planeta pase necesariamente por lu char contra la extensión de la psicopatía. Porque la mal dad y capacidad destructiva de estos sujetos resultan ob vios cuando estamos frente a un personaje notoriament público, como Milosevic o Sadam Husein; pero la conduc ta de millones de ellos todos los días desliza la convivenci hacia simas miserables para otros millones que se relacio nan con ellos. Este libro pretende demostrar que ninguna arena e estéril para la psicopatía. Los hay artistas, intelectuale analfabetos, pobres y ricos. Algunos casos están convenie temente documentados, bien por los informes público existentes (caso del violador del Ensanche), bien por nue tro conocimiento personal del caso. Pero la gran mayorí 5. V. Garrido, P. Stangeland y S. Redondo (1999), Principios

Criminología, Valencia: Tirant Lo Blanch, capítulo último.

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Qué bestia es en verdad la Bestia: qué irrazonable. Caer en brazos de la Bestia supone prescindir de la autocrítica y ser incapaz de ver y entender a los demás; es perder todo contacto con la realidad (porque el mundo son los otros) y abismarse en un egocentrismo de bebé o imbécil.

se describe por fuentes indirectas, como artículos de prensa o comentarios en libros. Es importante que el lector entienda que, salvo que se diga así de modo expreso, no suponemos que el caso en particular represente a un auténtico psicópata, sino que ilustra el comportamiento que un «psicópata típico haría», o bien propicia la reflexión para ejemplificar diversos grados de psicopatía. Un ejemplo es Luis Roldán. Nosotros no lo hemos estudiado, ni hemos tenido otra información que la que se ha revelado en los medios de comunicación. No podemos decir que Roldán sea un psicópata. Pero sí que podemos asegurar que muchas de las cosas que se ha acreditado que ha hecho Roldán (fingir estudios que no tenía; organizar bacanales siendo un alto cargo de la nación; trepar desde la nada a puestos de gran confianza; robar y engañar de forma increíble; protagonizar situaciones bufas e incomprensibles...) son cosas muy características de los psicópatas, son comportamientos psicopáticos. Si Roldán no es un psicópata, muchos de sus actos (los que han trascendido) sí lo son.

Uno de los principales especialistas en psicopatía ha

defendido que la ausencia de toda preocupación por el bienestar de los demás, la crueldad, la insensibilidad emocional, bien pueden considerarse como propios de un «estado reptiliano». 7 El psicópata, de este modo, se convierte en el más perfecto depredador de su propia especie. Otro escritor insigne, Félix de Azúa, ha planteado esta misma cuestión. 8 «¿Hay ciudadanos malévolos, malignos, desalmados?» Su respuesta es que sí, ya que cualquiera puede torturar o matar por mil motivos, pero...

1.1. SAURIO/REPTIL

1 Al comienzo del libro figura la definición de lo que es un camaleón. ¿Por qué un camaleón es una buena metáfora para el psicópata? En primer lugar, el concepto de saurio nos describe lo más esencial de este personaje: su capacidad de evitar las emociones humanas más genuinas y alzarse como metáfora del mal, o de la Bestia. Lo ha 6 escrito con su habitual maestría Rosa Montero:

6. Rosa Montero para El País, 15 de diciembre de 1998

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...sólo un tipo particular de criminal humilla a sus víctimas. El sádico, el cruel, es un perturbado que no sólo daña, sino que disfruta dañando. Cuando alguien se chancea o utiliza expresiones como «tu asquerosa cara de extremeño» en una amenaza de muerte, cuando descorcha una botella de champaña o pide langostinos porque unos salvajes han matado a un concejal de pueblo, cuando asegura que a su secuestrada le sienta muy bien la dieta, ese individuo tiene mala entraña... ¿Toda la violencia es igual, todos los criminales son iguales? No. No todos los criminales son iguales. Lo que proponemos en este libro es un viaje hacia el estudio de esa misma esencia de la maldad humana, cuya naturaleza puede expresarse de mil maneras, muchas de ellas criminales, pero otras no.

7. R. Meloy (1988). The psychopathic mirad. Northvale, NJ: Aronson. 8. Félix de Azúa para El País, 3 de marzo de 1999

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No son los psicópatas necesariamente los más violentos, los que causan mayores atrocidades. Otros muchos pueden hacerlo. Por ejemplo, un mafioso puede matar a sangre fría y extorsionar porque lo ha aprendido desde niño; ha crecido en una subcultura criminal y ha asumido sus normas y valores. Ello hace que, por ejemplo, pueda disfrutar de una vida «normal», fuera de sus «negocios». Y así, tal y como lo hemos visto mil veces en las películas, será un esposo solícito y un padre severo pero cariñoso, y podrá emocionarse con los espaguetis de su madre. Este sujeto no es un psicópata. «Ha aprendido normas psicopáticas que afectan una parte de su vida, pero su personalidad no se ve del todo afectada». Ha aprendido a vivir de forma disociada (esta cuestión se discutirá más adelante). Es posible, sin embargo, que algunos sujetos se quiebren ante la presión de una vida donde la violencia se extiende como una gota de aceite, y terminen desarrollando un estilo de vida muy cercano al de un psicópata. Pero se trataría de una psicopatía creada por una cultura que, en muchos sentidos, desarrolla en los sujetos la crueldad y el crimen como forma de vida. Es obvio, sin embargo, que, cuando los psicópatas disponen de esa cultura ya instalada, actuarán de modo extremadamente violento, en ocasiones incluso poniendo en peligro a la propia organización, quien temerá que el escaso autocontrol del psicópata le traiga quebraderos de cabeza. Sin embargo, si el psicópata es el líder, es de esperar una gran violencia y bandidaje. Es el caso del «monstruo» de México, Daniel Arizmendi «Mochaorejas», jefe de una banda de secuestradores que hasta su captura había sembrado el terror en ese país. Arizmendi contó en dos entrevistas grabadas para televisión que solía torturar y desorejar a sus víctimas con tijeras, siendo su única motivación el retarse a sí mismo. En tan sólo tres años perpetró decenas de secuestros, y obtuvo por los rescates más de tres mil millones de pesetas. Se

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demostró que asesinó a seis de sus secuestrados. Dijo que nunca había sentido compasión, pero piensa que Dios le perdonará. 9 • De este modo, no todos los responsables de crímenes atroces son psicópatas, pero éstos son responsables de un buen número de ellos, y fuera de los casos en que media la estructura de una organización criminal (terrorismo, tráfico dé drogas, mafias varias), la violencia del psicópata será la más destacada entre el resto de los criminales. Junto a esto no podemos despreciar la posibilidad de que los psicópatas con mayor capacidad de autocontrol logren escalar posiciones elevadas en la subcultura criminal, gracias a su notable encanto externo y su elevada inteligencia. En todo caso, sea porque el sujeto posee esa personalidad, o porque la estructura criminal adopta patrones psicopáticos de actuación, en ambos casos asistimos al mismo resultado: el mayor de los desprecios por la vida humana, por los sentimientos y necesidades del otro; un abandono de la dignidad que poseemos como seres humanos. Es esto lo que comparten los ejemplos que han abierto este capítulo introducto .rio, junto con una sensación profund de futilidad, de estupidez. Si el modo más preclaro de vivi es un trato inteligente con la vida, lo que aquí se descuelg entre tanta aberración y despropósito es el insulto, no sól a la sensibilidad humana, sino a la inteligencia real y pro funda del hombre/mujer, la que nos dicta el juicio pruden te, el criterio del «buen sentido», la capacidad de discerni correctamente de acuerdo a las circunstancias. Porque, corno se comentará en este libro, es este quid de la cuestión, donde hace agua la psicología de dich personaje. Es cierto que puede planear minuciosamente sacar un gran provecho económico de sus acciones de ve 9. El País, 20 de agosto de 1998.

taja o de sus delitos; hay psicópatas que tienen más autocontrol y son más brillantes, en buena medida fruto de un ambiente con instrucción. Pero aun así, muchas de sus con-

ductas serán irracionales, sin propósito real, sin que haya una meta sensata que justifique los pasos previos. Predominará lo bufo y lo grotesco. Y en muchos psicópatas esto será la tendencia más clara, más diáfana, por encima incluso de la violencia y la crueldad física. Nos dejan la sensación de que nos manipulan y nos maltratan sin que, en realidad, obtengan así mayor ventaja. «Les iría mucho mejor con nosotros si se portaran mejor.» Y comprender eso nos desconcierta, y nos sume en la más profunda desazón.

1.2. CAMUFLAJE

El camaleón puede adoptar varias docenas de tonalidades, de acuerdo a las necesidades de su supervivencia. El propósito es camuflarse, pasar desapercibido, confundiéndose con el lugar en el que está. Esta es la otra buena metáfora para el psicópata. Hay psicópatas que crecen desde niños en un ambiente marginal; comparten con el resto de delincuentes comunes unas circunstancias que, sin duda, han propiciado un estilo de vida antisocial: padres que no le han enseñado normas y valores prosociales, que no se han relacionado afectivamente con ellos; un tránsito por la escuela decepcionante, con peleas, expulsiones y pésimos resultados académicos; un contacto temprano con la droga; una asociación precoz con delincuentes más avezados... Estos chicos no son camaleones. Son duros, egocéntricos y violentos. Representan a los delincuentes comunes más peligrosos. Son polivalentes en el crimen, no tienen ninguna

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vinculación real con nadie y sólo buscan el placer más intenso e inmediato. J. A. C. cometió su primer delito grave a los 14 años. Golpeó en la cabeza con una barra de hierro a un dependiente de una gasolinera para robarle el dinero. Anteriormente había asaltado varias veces su escuela y había abusado de un niño más pequeño que él. A los 16 años atracó un banco, disparando a un guardia jurado que intentó detenerle, sin que, felizmente, le matara. Su vida críminal se extendió a lo largo de su edad adulta. A los 36 años había cometido dos violaciones, había probado todo tipo de drogas y era un personaje temido por todos los que le trataban. Siempre engañaba y extorsionaba cuando tenía la más mínima probabilidad de sacar algún beneficio. Sus mujeres eran sólo objetos sexuales, y sus padres hacía tiempo que habían renunciado a verle. Cuando era muy pequeño (sobre los siete años) había prendido fuego a su casa, pero los bomberos llegaron a tiempo de impedir que la vivienda se calcinara. Este psicópata no se camufla. Su conducta es extremadamente dañina, pero, a pesar de la gravedad de sus actos, hay otro psicópata que se nos antoja más inquietante. Podemos describir aquí dos categorías. La primera la constituyen aquellos psicópatas que son delincuentes, pero que se camuflan como personas respetables. Son asesinos y agresores sexuales que trabajan sus ocho horas; son maltratadores de esposas y de niños que asisten a las juntas de vecinos de su escalera, y que los domingos organizan barbacoas. Son policías que manejan redes de tratas de blancas en su tiempo libre. Son jueces que cometen los propios delitos que en sus horas de juzgado condenan con i mpecables razonamientos jurídicos. Son industriales y banqueros que siembran la desesperación en la economía de miles de pequeñas familias o en el erario público mien-

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tras salen en las revistas de actualidad. Es decir, no sospechamos nada de ellos, pero tienen una «doble vida»: son personas crueles y ambiciosas que se burlan de las leyes y la sociedad sin asomo de culpabilidad o reparo. Casi nos anonada su desfachatez, su descaro, y nos llena de temor conocer unos crímenes tan brutales a manos de personas que comparten el autobús o la oficina con nosotros. Una de las más modernas formas de vivir que han encontrado los psicópatas de esta categoría es la de líder de una secta. Estamos convencidos de que la capacidad de manipulación, astucia, narcisismo y encanto externo que requiere tener el líder de una secta (o un alto cargo en la jerarquía), hace de este puesto un objetivo idóneo para el camaleón/psicópata. ¿Quién si no puede convencer a miles de personas de que su salvación depende de que consiga secuestrar «psicológicamente» a otros incautos? ¿Quién tiene tanto arrojo para robar y abusar sexualmente de los acólitos a quienes dice llevar al paraíso? La otra variedad del camaleón/psicópata es la del sujeto que no es técnicamente un delincuente (aunque algunos de sus actos rayan muchas veces en la ilegalidad, ya sea penal, civil o administrativa), pero que en la relación con los demás exhibe todas las características de dominio y humillación. El resultado de esto es la extensión de la desgracia y la miseria para todos aquellos que tienen el infortunio de estar vinculados a él. No son delincuentes, pero nos hieren, nos engañan, hacen que dudemos de nuestra cordura. Es el caso de compañeros de trabajo que han fingido lealtad para traicionarnos cuando les ha convenido; de «amigos» que han ido absorbiendo nuestra personalidad, energía y dinero a lo largo de muchos años, sin que supiéramos cómo lo han podido lograr y por qué hemos sido tan estúpidos; de maridos o parejas que nos han enamorado para luego descubrir que teníamos que ser muñecos de su capricho y de su trato abusivo... Son nues-

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nos hermanos, que desde pequeños parece que nos envidian, que seamos sus enemigos, que hacen cosas que se nos antojan incomprensibles. Roban nuestros ahorros, se aprovechan de nuestros amigos, nos calumnian para pro tegerse ante el castigo de nuestros padres... Son nuestros hijos, imposibles de gobernar en casa, pero con grandes dotes de actuación ante otras personas. Nuestros hijos, que sin saber por qué mienten sobre sus estudios, nos hacen mil promesas incumplidas y dan sablazos por doquier. Su crecimiento va parejo con nuestro estupor; un día nos enteramos, que los fines de semana participan en peleas de bandas, que se emborrachan hasta el coma; otro día conocemos que las calificaciones de los últimos meses han sido falsificadas.... Aún podríamos abrir una nueva categoría, una de «cinco estrellas», compuesta por aquellos políticos y hombres de estado que juraron servir a la patria y que luego nos arrojaron a nuestra cara nuestra propia estupidez y credulidad. Políticos asesinos, criminales de guerra, militares psicópatas... constituyen el mayor peligro por el poder que reúnen. Son responsables de asesinatos en masa, genocidios, años de miseria e incultura para su pueblo. Ahora se llaman Milosevic y Husein, antes Stalin, Goering o Bokassa...

Le invitamos, querido lector, a que compruebe por qué el psicópata supone una amenaza formidable para nosotros como individuos y para el modelo de sociedad que queremos legar a nuestros hijos.

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2. LAS CARACTERÍSTICAS DEL PSICÓPATA (EL PSICÓPATA CRIMINAL)

2.1. LOS PSICÓPATAS CRIMINALES

¿Cuáles son las características del psicópata? Este ensayo no podría pretender arrojar luz sobre este tipo de sujetos si la investigación acumulada hasta la fecha no hubiera constituido un cuerpo de conocimientos relativamente fiable. No es que tengamos todas las respuestas; como el lector observará a lo largo de los capítulos, desafortunadamente las preguntas todavía son más que los hallazgos. Pero ello hace más necesario, si cabe, reflexionar, interrogar, urgir a todos para que avancen los argumentos y las soluciones. En este capítulo hablamos del psicópata criminal, pero no hemos querido desarrollar extensamente este punto, por dos razones. La primera es que, en diferentes partes de esta obra, aparecen casos en los que se ilustran comportamientos claramente ilegales y antisociales a cargo de diferentes personas que tienen, o al menos muestran, alguno de los rasgos típicos de este desorden. La segunda razón es que el énfasis de este estudio no se pone en la criminalidad, porque ésta ha sido la actividad central de la mayoría de los análisis sobre la psicopatía.' Nosotros, por el contrario, hemos querido subrayar que la capacidad des-

ó

1. Véase V. Garrido (director) (1993). Psic pata. Perfil psicológico y rehabilitación del delincuente más peligroso. Valencia: Tirant Lo BlanCh.

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tructiva del camaleón, incluyendo los actos criminales, rebasa con mucho los márgenes tradicionales de la crónica negra. Sin embargo, la psicopatía criminal extrema representa la metáfora del mal en nuestra sociedad y, en la medida en que estamos ahora construyendo la sociedad del nuevo milenio, es un asunto que debe ser abordado en un ensayo de esta naturaleza. Este capítulo tiene un afán de síntesis. Sigue la constelación de rasgos descriptivos de la psicopatía tal y como han sido pergeñados por diferentes autores, pero, en especial, por Hervey Cleckley, en su obra señera La Máscara de la Cordura, y por Robert Hare, en su libro Sin Conciencia. No obstante, en realidad, todo este texto pretende profundizar en la psicología del psicópata a modo de rompecabezas que se va completando en cada capítulo, de tal manera que quedaríamos satisfechos si, al final del mismo, el lector pudiera tener la visión completa (al menos hasta lo que ahora sabemos).

2.1.1. La extensión del problema Se calcula que en los Estados Unidos existen, al menos, dos millones de psicópatas, y que en Nueva York viven aproximadamente unos 100.000 de ellos. Se trata de estimaciones conservadoras; no es una condición que afecte sólo a unos pocos sujetos, sino que existen muchas posibilidades de que en un momento u otro de nuestras vidas (y para muchas personas, en periodos duraderos) nos veamos afectados seriamente por el comportamiento de uno o más sujetos psicópatas. 2 En Inglaterra, como consecuencia de la enorme inquietud que suscita en la sociedad la 2. Robert Hare (1995), Without consciente. Nueva York: Simon & Schuster, p. 2.

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violencia causada por los psicópatas, el gobierno está considerando actualmente la posibilidad de encerrar preventivamente a los sujetos diagnosticados con este desorden, aun cuando no hayan cometido ningún delito.' En España no se ha hecho nunca ningún tipo de estimación a respecto, pero si calculamos que al menos el 20% de lo delincuentes encarcelados tienen este desorden, la cifr total, únicamente de entre los sujetos detectados por e sistema de justicia, se sitúa en torno a los 10.000. Sin embargo, muchos psicópatas no están (ni han es tado) en la cárcel. Quizás la prevalencia (o número de ca sos que presentan una determinada condición) de la psi copatía es muy parecida a la de la esquizofrenia, aunqu la amplitud del daño y del dolor provocado por ésta e muy inferior a la suscitada por la psicopatía, ya que ella s define, precisamente, como un cuadro que se manifies en una relación especial con los demás; es, por encima d todo, una condición relacional, cuya ruptura con los cód gos morales se constituye en la característica más distint va, y no necesariamente por cometer los delitos más gr ves, sino porque, en su actuar cotidiano, están ausentes

mínimas habilidades que permiten establecer una relación sinc ro, predecible y plenamente humana. La expresión más violenta de la psicopatía es la co ducta criminal, y los delitos más crueles muchas veces s cometidos por sujetos psicópatas. Sin embargo, la mayor de ellos no son delincuentes, o al menos no delinquen c suficiente intensidad o frecuencia como para ser captur 3. Véase El Mundo, 14 de julio de 1999. La idea puede parecer

puro disparate: nadie puede ser castigado si no ha cometido un delito.

embargo, es justo reconocer que subsiste un problema grave en el caso la psicopatía: esta «enfermedad» ahora no dispone de un tratamiento h pitalario conocido. Si alguien, por ejemplo un esquizofrénico, constit un peligro, se le puede tratar y medicar por la fuerza. Pero, ¿qué hace alguien es peligroso y no tenemos el remedio para tratarlo?

dm y procesados. Se trata más bien de personas que, gracias a sus «encantos» personales, engañan, manipulan y arruinan las finanzas y las vidas de todos aquellos que tienen la mala suerte o la imprudencia de asociarse personal o profesionalmente con ellos. No obstante, es justo reconocer que los ejemplos más dramáticos de la psicopatía se han incrementado en nuestra sociedad en los últimos años, como atestigua una cuidadosa revisión de los medios. Los psicópatas constituyen una contribución muy importante a los homicidas, asesinos en serie, violadores, ladrones, estafadores, políticos corruptos, maltratadores de esposas e hijos, terroristas, mafiosos, líderes de sectas, profesionales desleales y empresarios sin escrúpulos que pueblan un día sí y otro también las noticias de los programas informativos y los argumentos de películas y series de televisión. Los criminales psicópatas más notorios son, sin duda, casos extremos, pero resultan adecuados para ilustrar los rasgos de este desorden en su vertiente más letal.

2.1.2. Imagen global del camaleón/psicópata Tendremos muchas oportunidades para ir matizando y desgranando quién es, en realidad, este singular personaje. Por ahora baste reseñar aquí dos citas muy autori4 zadas. La primera es del canadiense Robert Hare: Conjuntamente, este sujeto nos presenta una imagen de una persona preocupada por sí misma, cruel y sin remordimientos, con una carencia profunda de empatía y de la capacidad para formar relaciones cálidas con los demás, una persona que se comporta sin las

4. Without consciente, pp. 2-3.

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restricciones que impone la conciencia. Lo que destaca en él es que están ausentes las cualidades esenciales que permiten a los seres humanos vivir en sociedad. Por su parte, Cleckley lo describió del siguiente modo: 5 El psicópata muestra la más absoluta indiferencia ante los valores personales, y es incapaz de comprender cualquier asunto relacionado con ellos. No es capaz de interesarse lo más mínimo en cuestiones que han sido abordadas por la literatura o el arte, tales como la tragedia, la alegría o el esfuerzo de la humanidad en progresar. También le tiene sin cuidado todo esto en la vida diaria. La belleza y la fealdad, excepto en un sentido muy superficial, la bondad, la maldad, el amor, el horror y el humor no tienen un sentido real, no constituyen ninguna motivación para él. También es incapaz de apreciar qué es lo que motiva a otras personas. Es como si fuera ciego a los colores, a pesar de su aguda inteligencia, para estos aspectos de la existencia humana. Por otra parte, es inútil explicarle dichos aspectos; ya que no hay nada en su conocimiento que le permita cubrir esa laguna con el auxilio de la comparación. Puede, eso sí, repetir las palabras y decir que lo comprende, pero no hay ningún modo para que se percate de que realmente no lo comprende.

2.1.3. ¿Maldad o enfermedad mental? Los medios de comunicación social tienden a presentar a los psicópatas como sinónimo de «locos» o enfermos mentales; esto es, como psicóticos.' De ahí que sea necesario diferenciar a los asesinos psicópatas de aquellos otros que cometen crímenes en serie o de modo único, pero debido a una enfermedad mental o psicosis. En estos casos, la gra5. Hervey Cleckley (1976). The mask of sanity. S. Luis: Mosby, p. 90.

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tuidad, el absurdo de esos crímenes no responde a un patrón de personalidad peculiar, como es el caso de los psicópatas, sino a una mente trastornada. Cuando se hace caso omiso del trastorno mental y se infiere que el asesinato es una manifestación de la personalidad del sujeto y, más aún, una manifestación del modo de ser de una raza, se llega fácilmente al odio xenófobo y racista, como en el caso del gitano esquizofrénico que en julio de 1998 mató sin causa alguna a un joven de la Vila Joiosa, en Alicante. Hubo una reacción .de odio hacia todos los gitanos del pueblo —sin duda subyacían aquí otros problemas de vida de los gitanos, asociados a la marginación y al menudeo en el tráfico de drogas— , y el alcalde de la Vila fue abofeteado por los coléricos vecinos en el entierro del joven desafortunado. Pero claramente el asesino era un psicótico, un esquizofrénico, no un psicópata. En éste, «sus actos no son el producto de una mente desequilibrada, sino de una decisión racional, calculada, combinada con una escalofriante incapacidad para tratar a los demás como seres humanos, dotados de pensamiento y sentimientos. Esta conducta moralmente incomprensible, exhibida por una persona aparentemente normal, nos deja con una pro6 funda sensación de rabia e impotencia». Por otra parte, es cierto que la palabra psicopatía significa etimológicamente 'enfermedad de la mente' (depsico, `mente', y patía, 'enfermedad'), y así fue empleada en los orígenes de la psiquiatría. Pero, actualmente, se sabe que los psicópatas no tienen una pérdida de contacto con la realidad, ni experimentan los síntomas, característicos de la psicosis, como alucinaciones, ilusiones o profundo malestar subjetivo y desorientación. «A diferencia de los psicóticos, los psicópatas son plenamente racionales y cons-

tientes de lo que hacen y por qué lo hacen. Su conducta es el resultado de su elección, libremente realizada». 7

2.1.4. Tres tipos de anormalidad Subyaciendo a esta polémica está el concepto de «salud» o de «normalidad» que manejamos. Podemos diferenciar tres tipos de normalidad. La primera incluye la idea de lo común o frecuente, es decir, lo que resulta estadísticamente habitual con relación al fenómeno que estamos estudiando. Así, un cociente de inteligencia, digamos, de 150 es anormal, porque sólo muy pocos sujetos lo presentan. Un asesinato premeditado como consecuencia de seguir las instrucciones de un juego —como el realizado por Javier Rosado y su cómplice, en 1994, para cumplir con el juego del rol creado por ellos mismos- 8 también es anormal bajo este prisma, ya que son muy infrecuentes los hechos de esta naturaleza. Por otra parte, un delito de robo en un coche es algo perfectamente esperable en la sociedad en la que vivimos, porque las estadísticas delictivas así lo señalan. En segundo lugar, la normalidad tiene otro significado, esta vez referido al ámbito moral: es anormal lo que repudia nuestra moralidad, lo que ofende nuestra sensibilidad. En ocasiones, la anormalidad estadística coincide con la anormalidad moral. El ejemplo del asesinato del juego del rol sirve tanto para la una como para la otra: se trata de algo muy infrecuente que ofende a nuestra sensibilidad moral, especialmente cuando se consulta el diario que escribió Rosado después del crimen y se leen cosas como éstas: 7. Without consciente, p. 25.

6. Without consciente, p. 6.

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8. Véase para el caso de Javier Rosado el libro Los sucesos, en la cita 25.

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...salimos a la una y media. Habíamos estado afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos, poniéndonos ropa de viaje en previsión de que la que llevaríamos quedaría sucia... ¡Era espantoso lo que tarda en morir un idiota!

Desgraciadamente., bien puede ocurrir que, en otras ocasiones, la sociedad se halle tan corrompida o violentada que hechos claramente reprobables desde la moral se tornen cotidianos, como puede ser el caso de los crímenes en tiempos de guerra o en periodos en que la ley se ve impotente para frenar linchamientos y disturbios (lo que, añadamos, puede tener como consecuencia que incluso nuestra percepción moral vaya decayendo en su firmeza, y vea ahora con comprensión los hechos que antes juzgaba intolerables). Existe una tercera acepción de normalidad: la médica, psiquiátrica o psicológica. Aquí «normal» significa que el sujeto sabe lo que hace y quiere hacerlo, que sus facultades psicológicas no están alteradas, ya sea por cuestiones de nacimiento o por circunstancias advenidas a la persona. La pregunta fundamental es: la persona que comete hechos anormales desde el punto de vista moral y (generalmente) estadístico, ¿es necesariamente un enfermo mental, alguien que «debe estar loco»? Porque éste es, en efecto, el punto. El psicópata es alguien con una personalidad peculiar, es cierto, pero que sabe lo que hace, y se afana por lograrlo. Quizás podemos alegar que las peculiaridades de su personalidad son tan notables que ello supone, al menos, una merma en su responsabilidad ante la ley. De hecho, en España muchas veces es ésta la posición tomada por la justicia, al aminorar la pena si se demuestra que el inculpado obró sujeto a esa condición (especialmente si se aduce una causa orgánica), remitiéndole de modo excepcional a un 'establecimiento

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psiquiátrico si se observan otras circunstancias cualifica9 d or as que pudieran influir en su psique. Un asesino en serie esquizofrénico fue llamado «el mendigo psicópata», Francisco García Escalero, quien asesinó a 11 personas, igualmente indigentes, entre noviembre de 1987 y septiembre de 1993. Culpaba de sus crímenes a una «fuerza interior» que se apoderaba de él después de beber alcohol e ingerir pastillas. Su caso es interesante porque, de modo secundario, había desarrollado rasgos psicopáticos como una gran agresividad, una profunda insensibilidad y una manifiesta incapacidad para sentir arrepentimiento o remordimiento por sus hechos. A pesar de ello, en él resulta determinante su psicosis, su esquizofrenia paranoide.

2.1.5. Sobre la terminología En ocasiones, los profesionales y el aficionado emplean la expresión «sociópata» en vez de la de psicópata. Esta expresión se puso de moda en los años 60 y 70, porque preten día poner de relieve el origen social de este cuadro, es decir, que había unas causas en nuestro modo de funcionar en sociedad que eran las responsables últimas del fenómeno. Hoy en día apenas se emplea, pero, a partir de 1968, la Sociedad Americana de Psiquiatría introdujo el concepto de «personalidad antisocial» para definir al psicópata, dentro de los trastornos de personalidad. Y las sucesivas ediciones del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Desórdenes Mentales (1980, 1987 y 1994), un tratado al que recurren los profesionales para diagnosticar los trastornos psíquicos y de la conducta, no han hecho sino continuar esta línea, prescindiendo del término psicópata —que es muy antiguo, como veremos— y sustituyéndolo por el trastorno de personalidad antisocial. 9. Véase Norbert Bilbeny (1993), El idiota moral. Madrid: Anagrama 77

En todo ello hay una gran confusión. Si bien la edición de 1968 aún describía algunos de los aspectos esenciales de la personalidad psicopática (lo que llevó al mismo Cleckley a aprobar ese término en su última edición de La Máscara de la Cordura, 1976), las ediciones posteriores claramente forzaban a que el diagnóstico se basara en una serie de conductas antisociales, actos delictivos, rehuyendo la mayoría de los rasgos de personalidad que han definido la psicopatía desde siempre, y que tan bien describió Cleckley ya en 1941.

,

2.1.6. Desarrollo histórico del concepto Uno de los pioneros fue Philippe Pinel, un psiquiatra francés que vivió a principios del siglo xix. Empleó la expresión «locura sin delirio» para describir un patrón de conducta caracterizado por la falta de remordimientos y una ausencia completa de restricciones, lo que consideraba claramente distinto a «la maldad que la mayoría de los hombres realizan». 1 ° En 1835, el psiquiatra J. C. Pritchard abundó en esta misma idea describiendo el concepto de «locura moral» (moral insanity) del siguiente modo: «[aparece cuando] los principios activos y morales de la mente se han depravado o pervertido en gran medida; el poder de autogobierno se ha perdido o ha resultado muy dañado, y el individuo es incapaz, no de razonar a propósito de cualquier asunto que se le proponga, sino de comportarse con decencia y propiedad en la vida»." A finales del siglo xix esta inquietante personalidad vuelve a ser objeto de descripción por los grandes psiquiatras alemanes que, como Emil Kraepelin, se referirá a ella 10. Véase Without consciente, pp. 20 y ss. 11. J. C. Pritchard (1835), A treatise in insanity. Londres: Sherwood, Gilbert & Piper.

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como extravagante, responsable de una conducta perversa, pero no alejada del contacto con la realidad. En 1903, en la séptima edición de su libro clásico Psiquiatría es cuando i n troduce el término que hoy en día todavía utilizamos:

personalidad psicopática.12 La Segunda Guerra Mundial supuso un impulso notable de la inquietud científica por estudiar este cuadro, merced a dos hechos notables. En primer lugar, se hizo necesario identificar y separar a aquellos sujetos que podían destruir la moral de las tropas o poner en grave riesgo sus vidas, y nadie como un psicópata podía cualificar mejor para este puesto. En segundo lugar, la atrocidad nazi supuso un aldabonazo para los pensadores y científicos de la época, que se sintieron en la obligación de llegar a comprender cómo y por qué las personas podían llegar a realizar actos que estaban más allá de las fantasías de destrucción que podíamos albergar todos nosotros. La investigación moderna acerca de la psicopatía se origina con la publicación en 1941 de la primera edición de La Máscara de la Cordura, libro escrito por el psiquiatra Herbert Cleckley, quien ya había alcanzado notoriedad al escribir una obra clásica sobre personalidad múltiple titulada Las tres caras de Eva, llevada posteriormente al cine. La obra de Cleckey, ahora en su quinta y definitiva edición (original de 1976) es, definitivamente, un tratado de psicopatía extraordinario. En él, por vez primera, define con claridad las características básicas de la psicopatía, haciendo hincapié en los rasgos de personalidad como los aspectos más distintivos, y ayuda a separar nítidamente la psicopatía de otros trastornos mentales o de personalidad, reclamando para este trastorno la distinción clínica que posee, y alertando sobre su extraordinaria expansión en nuestra sociedad.

12. E. Kraepelin (1903), Psychiatrie: Ein Lehrbuch. Leipizg: Barth.

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2.2. Los

2.2.1. Área emocional/interpersonal

RASGOS DE LA PSICOPATÍA

Locuacidad y encanto superficial La investigación revela que la psicopatía se compone de dos tipos de constelaciones de rasgos (o dimensiones). La primera incluye el área emocional o interpersonal, es decir, todos aquellos atributos personales que hacen que el sujeto se desentienda de su componente más básicamente humano, o lo que es lo mismo, su capacidad para tratar bondadosamente a los otros, su capacidad de sentir pena o arrepentimiento y su potencial para vincularse de una manera realmente significativa (o «sentida») con sus semejantes. El sujeto con estas carencias es alguien profundamente egocéntrico, manipulador, mentiroso y cruel. La segunda constelación de rasgos remite a un estilo de vida antisocial, agresivo, donde lo importante es sentir tensión, excitación, sin más horizonte que el actuar impulsivo y dictado por el capricho o los arrebatos. La persona resultante se comporta de modo absurdo, sin que parezca obtener riada valioso de sus actos, con poco autocontrol y ninguna meta que «parezca lógica» a la vista."

Los psicópatas suelen ser locuaces, expresarse con encanto, tener respuestas vivaces y presentar historias muy i mprobables, pero convincentes, que les deja a ellos en un buen lugar. Sin embargo, el observador atento ve que es muy superficial e insincero, como si estuviera leyendo mecánicamente un texto." Habla de cosas atractivas para las que no tiene preparación, como poesía, literatura, sociología o filosofia. Es destacable que no le importe gran cosa el que se evidencie que sus historias son falsas, algo que no siempre es fácil de lograr, dado el desparpajo y la inventiva con que emprenden sus relatos. Dionisio Rodríguez Martín se hizo un ladrón muy célebre cuando, en julio de 1989, robó el furgón blindado de la compañía de seguridad en la que trabajaba y se escapó a Brasil con un botín cercano a los 320 millones. Uno de los cronistas de esta historia, describía así al Dioni: «De todo lo que ha contado el Dioni a quien ha querido o ha tenido que escucharle sólo hay una afirmación que puede ser considerada absolutamente verdadera: le gusta Julio Iglesias. Lo demás no hay por donde cogerlo: una mezcla constante de medias verdades y falsedades totales. Si alguien intentara relatar los hechos en los que intervino sobre la base de lo que él confiesa, acabaría paralizado por la perplejidad»." Los que le conocieron hablan de su gran don de gentes, su innata capacidad de suscitar simpatía y confianza, algo que debió de serle de mucha utilidad cuando, cumplida la condena de cuatro años, emprendió (sin mucho éxito) su carrera de cantante y escritor.

13. Véase, por todos, el libro editado por David Cooke et al., (1998)

Psychopathy: Theory, research and implications, Dordrecht: Kluwer. Robert

Hare (1991) ha creado el Hare Psychopathy Checklist Revised (PCL-R) para evaluar estas dos dimensiones o constelaciones de rasgos (Toronto Multihealth Systems). Otras obras interesantes para estudiar la personalidad y estilo de vida del psicópata son, entre otras, las siguientes: B. Dolan y J. Coid (1993), Psychopathic and antisocial personality disorders, Londres: Gaskell; D. T. Lykken (1984), «Psychopathic personality», en Encyclopedia of Psychology (pp. 165/167), Nueva York: Wiley; J. R. Meloy (1988), The psychopathic mind, Nortvale, N. J.: Aronson; W. McCord (1982): The psychopath and melieu therapy, NY.: Academic Press.

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.1 1

14. Without consciente, p. 41. 15. Frances Arroyo (1996), «Un culebrón brasileño». En Los sucesos. Madrid: El País, pp. 143/164.

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Egocentrismo y grandioso sentido de la propia valía El psicópata tiene una autoestima muy elevada, un gran narcisismo, un egocentrismo descomunal y una sensación omnipresente de que todo le es permitido. Es decir, se siente el «centro del universo», y cree que es un ser superior que debe regirse por sus propias normas. Se comprende que con esta percepción de sí mismo aparezca ante el observador como alguien sumamente arrogante, dominante y muy seguro en todo lo que dice. Es claro que busca poder controlar a los demás, y parece incapaz de comprender que otras personas tengan opiniones diferentes a las suyas. Enfrascados en ese mundo de superioridad, rara vez se preocupan de los problemas (financieros, legales o personales) que puedan tener, sino que son «dificultades temporales» producto de la mala suerte o de las malas artes de terceros. Alguien así no necesita tampoco embarcarse en metas realistas a largo plazo y, cuando plantean un objetivo de futuro, pronto se ve que no tienen las cualidades necesarias para alcanzarlo ni saben en realidad qué hay que hacer para ponerse manos a la obra. En realidad, creen que sus capacidades les permitirán lograr cualquier cosa. Un egoceñtrismo y un sentimiento de ser el «número uno» apareció con mucha nitidez en la psicología de Jean Louis Camerini, cerebro de la banda del secuestro de la niña Melodie, hija del financiero Nakachian y de la cantante Kimera. Se trata de un hecho que captó todo el interés del público en el mes de noviembre de 1987. 16 Antes de que perpetrara con su banda el secuestro, Camerini se había escapado de la prisión de Toulouse, Francia, y, para celebrarlo, envió un mensaje al director de la cárcel dan16. Gabriela Cañas (1996), «Melodía en la Costa del Sol». En Los suce-

sos. Madrid: El País, pp. 121/143.

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do recuerdos a todos sus colegas. Al mensaje adjuntaba una foto de sí mismo junto a una réplica de la estatua de la libertad. Y cuando fracasó su intento de cobrar el rescate por la niña Melodie (que fue liberada por los GEOS), llam ó por teléfono desde Madrid al comisario de Estepona ( Málaga) para advertirle que «la próxima vez no fallaría». Felizmente para todos, Camerini fue capturado poco tiempo después. Falta de remordimientos o de sentimientos de culpa No experimentan ninguna preocupación por los efectos de sus actos en los demás y, en ocasiones, lo manifiestan claramente. Cuando aseguran que «lo sienten» no es más que por dar una buena imagen; sus palabras anteriores y posteriores y sus hechos suelen contradecir ese arrepentimiento. Junto a esto, encuentran todo tipo de excusas para explicar los desmanes que cometieron y, en muchas ocasiones, niegan en absoluto que ellos fueran los responsables o que tales acontecimientos que se imputan existieron en realidad. Pocos asesinos psicópatas han expresado tan claramen te la imposibilidad de sentir culpa como Perry Smith quien junto a Richard Hickock, mataron «a sangre fría» a toda u familia en 1959 en una ciudad rural americana para robar les unos pocos dólares. El libro A sangre fría, de Truma Capote, recogió en una prosa extraordinaria este rasgo par ticularmente temible del psicópata." Perry habla con u amigo suyo que le visita en la cárcel antes del juicio: ¿Que si lo siento? (...) No siento nada en absoluto. quisiera que no fuera así. Pero nada de aquello me ca sa preocupación. Media hora después, Richard me co 17. Truman Capote (ed. 1998), A sangre fría. Barcelona: Anagram p. 269.

taba chistes y yo me reía a carcajadas. Quizá no seamos humanos. Yo soy lo bastante humano para sentir lástima de mí mismo. Me apena no poder largarme de aquí cuando tú te vayas. Pero nada más. De forma irónica, muchos psicópatas se ven a sí mismos como las víctimas reales de la situación, ya sea debido a su infancia problemática o a otras circunstancias de su vida. Un ejemplo extremo es el de Kenneth Taylor, un dentista norteamericano que golpeó a su mujer en la luna de miel, se aprovechó de ella durante su matrimonio, para acabar asesinándola más tarde. En el libro que Peter Maas escribió sobre él, Taylor dijo: «La amaba profundamente. La echo mucho de menos. Lo que sucedió fue una tragedia. He perdido a mi mejor amante y amiga (...) ¿Es que nadie es capaz de comprender por lo que estoy pasando?».' 8

Falta de empatía La falta de empatía es una de las grandes avenidas hacia el crimen y la violencia. El psicópata no puede ponerse en el lugar de los demás, salvo en un sentido puramente intelectual; no puede entender qué es lo que sienten los demás ante las experiencias de la vida. En una ocasión en la que estaba entrevistando a un joven que había herido muy gravemente a un trabajador para robarle, le pregunté por las cosas que estaba pensando y sintiendo inmediatamente antes de realizar el delito. Después de varias explicaciones, terminó contestándome: «corazón duro». Es decir, no podía sentir nada si tenía que ser capaz de cometer el asalto. Este chico necesitaba bloquear el sentimiento natural de preocuparse por el otro, pero los psicópatas no precisan de este esfuerzo ya que, simplemente, 18. Without consciente, p. 56.

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no poseen esta habilidad. De ahí que su falta de interés

ante el sufrimiento y los derechos de los demás sea algo eneralizado, aplicable tanto a su familia como a personas g xtrañas. Esto hace que, si mantienen lazos con algunas e personas, sea por puro interés, no por sentir algo profundo hacia ellas; son, en realidad, como posesiones que tienen, seres que tienen la misión de proveerles de sus necesidades sin que hayan de recibir nada a cambio. Debido a su incapacidad para apreciar los sentimientos de los otros, algunos psicópatas realizan actos de extrema crueldad, crímenes execrables y que desconciertan por su gratuidad y sadismo. Pero es importante recalcar que la mayoría de los psicópatas no cometen ese tipo de actos. Su conducta perjudica gravemente a quienes les rodean, desde luego, pero el daño se produce merced a su forma manipuladora y agresiva de manejar a los demás, su desconsideración hacia las necesidades ajenas y su modo de tomar cualquier ventaja que se le presente por encima de cualquier otra consideración. Mentiroso y manipulador Mentir, engañar y manipular son talentos naturales para el psicópata. Cuando se demuestra su engaño no siente apuro alguno; simplemente cambia su historia o retuerce los hechos para que encajen de nuevo. «El resultado es un conjunto de oraciones contradictorias y un oyente completamente confuso.» 19 En buena medida, las mentiras no pretenden ningún objetivo concreto, sólo demostrar su habilidad para engañar. La gente suele creer, cuando escucha al psicópata, que éste no se da cuenta de sus mentiras y, en ocasiones, duda 19. Without consciente, p. 55.

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de su estado mental. Pero, muy frecuentemente, el interlocutor resulta «cazado» por la historia que aquél le presenta. La convicción con la que cuenta su historia se acompaña de la creencia de que el mundo se encuentra dividido en dos bandos: los que ganan y los que pierden, de tal modo que se le antoja absurdo no aprovecharse de las debilidades ajenas. En muchas ocasiones, desarrolla una buena capacidad para determinar cuáles son los puntos débiles de aquellos con los que se relaciona. Algunas de sus triquiñuelas están bien elaboradas, mientras que otras son bastante evidentes. Pero cualquiera que sea la que ponga en práctica, siempre emplea un estilo frío y desvergonzado. Estas características le hacen especialmente apto para perpetrar fraudes, estafas y suplantaciones de personalidad. Si están en prisión, saben cómo convencer a las autoridades de que se están rehabilitando; para ello se apuntan a clases, exhiben una «profunda» religiosidad y participan en numerosos programas orientados a que se les clasifique cuanto antes en regímenes próximos a la libertad condicional, o en esta misma circunstancia. Antonio Mantovani, de 42 años, conmocionó a toda Italia cuando la policía descubrió que era el responsable de la muerte de tres mujeres a las que asesinó mientras 0 disfrutaba de permisos penitenciarios 2 En septiembre de 1996, el psiquiatra de la cárcel de Opera (Milán) lo consideró maduro para disfrutar del régimen abierto por motivos de «atenuación del juicio de peligrosidad social». Anteriormente había asesinado a la mujer de un amigo, condena que estaba cumpliendo desde 1983. Cuatro mujeres asesinadas... por no haber sabido valorar lo que se escondía detrás del comportamiento «ejemplar» del camaleón.

20. El País, 3 de junio de 1999

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Emociones superficiales Los psicópatas parecen poseer una incapacidad man ifie sta para sentir de modo profundo el completo rango de emociones humanas. En ocasiones, junto a una apariencia fría y distante, manifiestan episodios dramáticos de afectividad, que no son sino pequeñas exhibiciones de falsa emotividad. Cuando aseguran que sienten emociones, son incapaces de describir las diferencias sutiles existentes entre diversos estados afectivos. Como comenta un personaje de una prisión de máxima seguridad en la película de John Woo «Cara a cara» (Faces off), obligado a ver continuamente en una pantalla gigante imágenes evocadoras de la naturaleza: «Parece que quieran que tengamos emociones». Esta ausencia de afectividad manifiesta llevó a los psicólogos Johns y Quay a decir que el psicópata «conoce las palabras, pero no la música», es decir, puede hablar como si estuviera teniendo una emoción, pero, en realidad, no la está experimentando, habla «de oídas». Es como si sólo tuviera «proto-emociones»: respuestas primitivas dadas ante necesidades inmediatas." Investigaciones experimentales desarrolladas en el laboratorio revelan que el psicópata no muestra las respuestas psicofisiológicas asociadas con el miedo o la ansiedad. Se trata de un déficit i mportante, ya que las personas sin esta condición son capaces de aprender a inhibir determinadas conductas (por ejemplo, antisociales) por miedo a sufrir algún tipo de castigo. Éste es uno de los modos en que, cuando somos niños, aprendemos a reconocer cuáles actos son inadecuados, al tiempo que obtenemos recompensas por los actos que nuestros padres nos señalan como correctos. En ambos casos, es el conocimiento de las emociones 21. Without conscience, p. 64.

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que están asociadas a las conductas lo que nos impele a actuar: emociones negativas en el caso de conductas prohibidas («si hago esto luego seré castigado») y emociones negativas y positivas en el caso de las conductas aprobadas («si no hago esto, se enfadarán conmigo, pero si lo hago se sentirán orgullosos de mí»). Nada de esto ocurre con los psicópatas; actúan, quizás, sabiendo las consecuencias, pero sin que les importen. La ansiedad y el miedo son para nosotros estados afectivos con claros componentes corporales. Tenemos «el estómago en la garganta», o «sudamos a mares» por la tensión. Por supuesto, los psicópatas pueden tener sensaciones corporales, quizás en momentos de gran excitación ante algo atractivo, pero su activación es mucho menos rica e intensa. Y, en el caso de la ansiedad, su experiencia es más que nada cognitiva, desprovista de la carga afectiva que caracteriza precisamente ese estado emocional.

2.2.2. Aspectos del estilo de vida I mpulsividad El camaleón no suele pensar en los pros y los contras de una decisión, ni en las posibles consecuencias- simplemente actúa. Gary Gilmore fue condenado por un doble asesinato, y alcanzó notoriedad porque fue el primer ejecutado en los Estados Unidos en un periodo de 10 años. Cuando se le preguntó si hubiera matado a más personas si no hubiese sido atrapado la noche en que cometió los asesinatos, contestó: «Hasta que me hubieran atrapado o matado... No era capaz de pensar; no estaba planeando nada, sólo estaba actuando. Fue una maldita mala suerte para esos chicos [los asesinados] (...) Estoy diciendo que los asesinatos surgieron de la rabia. La rabia no es razona-

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ble. Los asesinatos no tuvieron ninguna razón. No trate de comprender el asesinato mediante la razón». 22 La impulsividad no es tanto una muestra del temperaento del psicópata como de su deseo permanente de alm canzar la satisfacción inmediata. Es como un adulto que no ha: sido capaz de niño de aprender a demorar la gratificación; no modifica sus deseos cuando las circunstancias lo exigen, y no toma en consideración los deseos de los demás. El resultado de todo ello es que muchas conductas que lleva a cabo se suceden sin ninguna explicación o expectativa de que vayan a ocurrir; puede abandonar de súbito el trabajo, o golpear a alguien, o marcharse de casa... sólo por lo que parece el capricho de un instante. Deficiente control de la conducta Además de actuar sin pensar, el psicópata es extraordinariamente reactivo a lo que él considera que son las provocaciones o los insultos, actuando con violencia fisica o verbal. No posee esa capacidad que tenemos los demás de controlarnos, de inhibirnos frente a los deseos que podamos tener de agredir a alguien. Simplemente, pasa a la acción; su respuesta es también muy violenta cuando ha de enfrentarse a los reveses y frustraciones que inevitablemente aparecen, y tolera mal las críticas o los intentos de que cumpla con la disciplina de algún lugar, ya sea un centro correccional, una escuela o una empresa. Se enoja muchas veces por trivialidades, y en un contexto que es claramente inapropiado tal y como los demás lo perciben. Sin embargo, los arrebatos de cólera no suelen ser duraderos; al poco, actúa corno si nada hubiera pasado. De hecho, estos arrebatos no suelen tener la carga emocional que les caracteriza, sino que suceden de un modo más frío y controlado. Ven la respues22. Without consciente, p. 69.

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ta agresiva como un modo natural de revolverse ante una provocación y, a pesar de que puedan herir o maltratar psicológicamente a alguien con gran intensidad, no reconoce.. rán que tienen dificultades para controlar su temperamento. Un ejemplo particularmente dramático de esta falta 23 de control ocurrió en febrero de 1994 en Madrid. Un a noche Carlos Herrero, obrero del metal de 61 años, y su mujer salieron a cenar y tomar unos vinos. La pareja se dirigía a su coche caminando por la calle Almendro. Cuando estaban a la altura del número 10... ...dos individuos se acercaron a la carrera por sus espaldas y les propinaron varios empujones y golpes, hasta que lograron tirarles al suelo. Uno de los delincuentes le arrebato a la mujer su bolso, mientras que el otro comenzó a golpear a Carlos, que ni siquiera pudo hacer ademán de repeler la agresión. Cuando los tironeros ya se habían apoderado de su botín, se ensañaron con el obrero metalúrgico. Mientras estaba tendido en el suelo, sin posibilidad de defensa alguna, los delincuentes le patearon hasta que comprobaron que ya no se movía. Estaba muerto, con la cabeza destrozada. Su esposa, a unos metros del cadáver, gritaba implorando piedad a los criminales y pidiendo desesperadamente auxilio.

Los ladrones no tuvieron ninguna razón para matar a este hombre. Éste ni siquiera pudo darse cuenta de lo que pasó. No suponía ninguna amenaza ni para ellos ni para su botín. La agresividad de sus verdugos se alimentó de su propio frenesí, sin control alguno, sin misericordia. Necesidad de excitación continuada Hay, entre los psicópatas, un hambre desmesurada 23. El Mundo, 20 de febrero de 1994.

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por vivir nuevas sensaciones, por llenar el sistema nervio s o de acontecimientos que les lleven al vértigo. Por ello e tan frecuente el consumo de drogas y alcohol, o el cambi constante de trabajo o de lugar de residencia. Pero, d entre todas estas ocupaciones, sin duda, la violencia y crimen son las actividades que producen más dividendo límite. to, vida rimin para Este lave aburrimiento, como causa de un estilo de vid criminal, puede hallarse de modo muy nítido en el co mentario que realizó un delincuente sexual reincident explicando por qué volvió de nuevo a delinquir: 24 Al principio me esforzaba por realizar las activida des que me enseñaron en la terapia. Era duro, pero sab' las cosas que tenía que hacer... Con el tiempo, echaba d menos las sensaciones que vivía cuando me preparab para cometer una agresión; anhelaba recordar esos bue nos momentos... Era muy aburrido seguir el plan tera péutico. Quería a toda costa volver a experimentar tod lo que vivía cuando cometía una violación. Se comprenderá lo dificil que resulta participar en un vida normal y rutinaria, en un trabajo que requiera concen tración, unas pautas definidas. Lo cierto es que, a pesar d que existen trabajos que suponen aventuras y riesgo, so muy pocos comparados con los que resultan, por su po excitación, intolerables para el psicópata. Esto es una des gracia para ellos y para nosotros, como futuras víctimas. Se discute con frecuencia si los psicópatas pueden se personas idóneas para formar parte de grupos terroris o para ser empleados como espías. Estamos seguros d que entre estas ocupaciones debe de haber sujetos con cl ras tendencias psicopáticas, especialmente si atendernos 24. W. D. Pithers (1993), 7'reatrnent of rapist. En el libro de Gordon Nagayarna y otros: Sexual Aggression. Washington: Taylor & Francis, pp. 17 y 175. .

la extraordinaria crueldad y futilidad de muchos de los actos perpetrados por estos últimos. Pero, ciertamente, un psicópata puro no está bien cualificado para la espera paciente y la astucia planificada, algo necesario en una organización criminal que persigue objetivos a largo plazo. La i mpulsividad, el vivir al límite y la asocialidad de estos sujetos no encaja bien con la sumisión y el recibir órdenes. Falta de responsabilidad Un psicópata puede decir que se preocupa de sus hijos, de su mujer, de sus empleados o de sus amigos, pero rara vez hallamos pruebas de esto. La razón es que las personas a su cargo son, en general, meros inconvenientes para su estilo de vida. Contrariamente a los esposos y padres responsables, la familia es, en el mejor de los casos, un lugar de descanso donde reponer fuerzas después de un periodo especialmente agitado. En el peor, un mero instrumento para obtener dinero o comodidades, sin que sea raro que las deudas se acumulen y acaben consumiendo el patrimonio familiar. ¿Por qué, entonces —podemos preguntar— se casa una persona así, por qué decide tener una familia? Las razones varían, desde luego, pero, en general, la respuesta es que, cuando decidió casarse o tener hijos, en aquellos momentos era algo que servía a sus fines inmediatos, acerca de lo cual no adquirió ningún tipo de responsabilidad. Por ejemplo, casarse puede ser algo muy útil si uno quiere vivir del patrimonio de su esposa, o si se quiere disponer de una buena imagen para medrar en un determinado ambiente. Del mismo modo, los hijos pueden ser el resultado de unas relaciones sexuales sin que haya un deseo ulterior de hacerse cargo de ellos. Sencillamente, a los psicópatas les trae sin cuidado las consecuencias negativas de sus actos en los demás. Así,

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conducen de modo temerario, o se juegan todo el dinero en una noche, o no toman ninguna precaución para no contagiar a sus parejas, a pesar de conocer que poseen el v irus del sida. Esta falta de responsabilidad se extiende a los compromisos adquiridos con el sistema de justicia. Los permisos penitenciarios, la libertad condicional, y otras formas de medidas penitenciarias que implican cumplir con una serie de reglas, son oportunidades para fugarse o cometer nuevos delitos. Un ejemplo notable fue Antonio Anglés, el cual, fugado al disfrutar un permiso, asesinó junto con Miguel Ricart a tres jóvenes de Alcásser (véase más adelante). Determinados jóvenes pueden percibir sus obligaciones de hijos como algo muy desagradable. En Benijófar, Alicante, un adolescente mató a sus padres a sangre fría para librarse de injerencias que él juzgó abusivas. Problemas precoces de conducta Muchos psicópatas empiezan su carrera de abusos en la infancia. Es fácil ver en ellos conductas habituales de mentir, engañar, originar incendios, tomar drogas y alcohol, vandalismo, violencia hacia sus compañeros, una sexualidad precoz y fugas del hogar y de la escuela. Por supuesto, los criminólogos saben que esas acciones son habituales, de forma aislada, en muchos jóvenes, y de modo más intenso en niños que han crecido en ambientes negativos o con padres, a su vez, que les han maltratado. Los niños que luego serán psicópatas, sin embargo, exhiben estos signos precoces de destrucción de modo más persistente y violento, y acompañan estas hazañas sin que parezca que haya pena o lamento alguno cuando son enfrentados a los hechos. No obstante, aparecen con mayor claridad, por efecto de con-

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traste, las tendencias psicopáticas en aquellos niños que proceden de buenos ambientes, cuyas condiciones de vida difícilmente parecen suscitar tales comportamientos. Sorprende en la niñez de estos chicos su percepción positiva de actos crueles hacia otros niños o animales. Esta capacidad de sentir satisfacción a partir de emociones ne. gativas —el sufrimiento de los otros— hace que sus actos• parezcan sorprendentes ante aquellas personas que no les conocen bien. «Me parece increíble que pudiera hacer una cosa así», se puede escuchar frecuentemente en boca de atónitos conocidos y vecinos de un psicópata que acaba de ser identificado por la justicia. Pero no es algo que haya surgido de la nada; quizás el paso al acto, la comisión de un crimen violento, no se produce hasta bien entrada la madurez del sujeto, pero su personalidad, sin embargo, estaba ya conteniendo, desde edades tempranas, la semilla de esa capacidad destructiva. Que surja la violencia en la preadolescencia o la juventud, o bien se demore hasta los años adultos, es algo que, probablemente, tenga mucho que ver con el ambiente donde se lleve a cabo su socialización. Ambientes criminógenos estimularán, con toda probabilidad, desde los diez o doce años, actos antisociales y un claro desafío a las normas. Por el contrario, en medios sociales más benévolos la manipulación y la violencia pueden tardar en hacerse más obvios, y. no suponer una violación tan flagrante de las leyes. En todo caso, es muy probable que los sujetos que exhiban de modo intenso este componente de comportamiento de la psicopatía causen auténticos estragos en la relación con los demás, conduciendo a la miseria a mu chas personas (padres, hermanos, novias) que se interesan por él. ,

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Conducta antisocial adulta Como se ha comentado en otros lugares, los psicópatas no tienen por qué ser delincuentes, si bien es muy probable q ue sean responsables de muchos actos colindantes con el delito, o inclusive de'actos que constituyen delitos, 'sólo que son acciones —engaños a Hacienda, pequeños devaneos con el tráfico de droga, graves infracciones del código de circulación, etcétera— que, normalmente, quedan sin descubrir o s ancionar. A esta lista podríamos añadir el abuso fisico y psicológico contra mujeres y niños, lo que, desgraciadamente, sigue siendo algo dificil de controlar en nuestra sociedad. Pero no cabe duda de que, si existe una «personalidad criminal», ésta se encuentra en los rasgos de la psicopatía. Nadie como él está tan capacitado para quebrar las leyes, para ser violento por el solo prurito de lograr el control de la situación, para engañar sin que importen las consecuencias. Cuando son delincuentes, son muy versátiles y, en muchas ocasiones, no se detienen ante el hecho de estar en prisión, sino que, en el centro penitenciario, siguen extorsionando o agrediendo, tratando de obtener ventajas de cualquier situación. Los psicópatas son los mejor preparados para acometer las empresas criminales más absurdas, sin ganancia aparente. También los más cualificados para ser gratuitamente violentos. Pero no todos los actos excesivamente violentos son obra de los psicópatas. Los esquizofrénicos paranoicos pueden ser muy peligrosos y ser responsables de asesinatos atroces sin ningún sentido... salvo el que dicta su enfermedad. En otras ocasiones, la violencia surge de vendetas mafiosas, y aquí se impone el código mafioso, algo estrictamente «comercial». O también la pasión ciega de un amante despechado...

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men del rol», en el que, gracias al diario del principal autor del asesinato, tenemos un material criminológico de 26 xtraordinaria valía. e Los hechos son conocidos de sobra por el lector y, s ól o en beneficio de otros lectores menos informados, resu mo en dos líneas los aspectos principales de ambos ca-

2.3. LA METÁFORA DEL MAL

La iglesia católica ha querido ver en las tramas cri n-u_ nales de ciertos «sapos» del contrabando de armas y del tráfico de drogas el influjo sempiterno del demonio (véase capítulo final). Quizá no sea una idea del todo absurda. Los psicópatas representan, en sus actos y en el desprecio por los sentimientos de toda persona, una metáfora del mal. Dos casos de la España actual pueden servir para ilustrar esta reflexión.

sos.

2.3.1. Una herida abierta En primer lugar, el triple crimen de Alcásser, un caso que provocó una cólera ciudadana sin parangón hasta entonces, y que hizo tambalear la política penitenciaria en lo relativo a permisos y concesión de libertad condicional. 25 Sólo años después, el asesinato del concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco lograría un eco parecido, aunque, en este caso, se produjo un movimiento de respuesta, un tomar la calle que no tenía sentido en el caso del triple homicidio. Allí el dolor hubo de hacerse íntimo, intenso, proporcionado a la magnitud (desconocida hasta entonces en los anales del crimen en España, al menos en la vida civil). Que luego los propios medios de comunicación, auspiciados por intereses de unos y de otros, trocaran lo que siempre debió ser un caso criminal llevado con seriedad en un espectáculo degradado, no le resta valor simbólico en lo que se refiere a lo que aquí queremos destacar. El segundo ejemplo es el del llamado «cri.

25. Jesús Duva, «El ángel de la muerte». En Los sucesos. Madrid: El País, pp.199/218.

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El 13 de noviembre de 1992 desaparecieron tres adolescentes que vivían en un pueblo cercano a Valencia, Alcásser, y 75 días más tarde se encontraron cerca de la presa de Tous, en un lugar conocido como «La Romana», los cadáveres de las chicas. Habían sido torturadas, violadas y, finalmente, asesinadas. Junto con Miguel Ricart (condenado por los hechos), el responsable principal parece ser Antonio Anglés, cuya fuga del mayor cerco policial que se recuerda en la Comunidad Valenciana resultó increíble, digna de una obra de ficción. El rastro de Anglés llevó a la policía hasta Lisboa, donde parece que tomó un barco rumbo a Dublín. El aviso sin embargo llega tarde, y todo indica que tuvo la oportunidad de embarcar de nuevo con destino a Liverpool, de donde, probablemente, escapara a Brasil. Ya mencioné el tremendo impacto de la noticia. El País, un periódico tan renuente al sensacionalismo, dedicó nada más y nada menos que ocho primeras páginas consecutivas al triple crimen de Valencia, consciente del insaciable interés informativo despertado por el caso y sus circunstancias políticas, penales y penitenciarias. Transcurrido el tiempo, con Ricart condenado y Anglés convertido ya en leyenda criminal, al estilo del nunca identificado Jack el Destripador inglés, creo que el caso Alcásser supuso un antes y un después en cuanto a la imagen del 26. Francisco Peregil, «Y mato porque me toca». En Los sucesos. Madrid: El País, pp. 219/236.

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crimen que tienen los ciudadanos españoles. A pesar de qu e ya se habían dado otros casos de violencia asesina hacia niñ as (Ana María Jerez, en Huelva; Carmen Rivas, en Villalba, Lugo, y Olga Sangrador, en Tudela de Duero, Valladolid), es la primera vez que, en plena sociedad mediática., la sociedad española se enfrenta al mal absoluto, sin ninguna razón mínimamente comprensible, a la crueldad más devastador a sin ningún signo de humanidad. En efecto, existen los «ángeles de la muerte», y ahora hay conciencia pública de esto. Otro criminal múltiple, el Jarabo, se hunde en los recuerdos de las personas mayores, allá en los años cincuenta, y además «sólo» mató a cuatro personas adultas. Ahora es diferente: dos desalmados —pero uno en especial, el huido— participan en una orgía de violencia y muerte para cuya descripción las palabras parecen no servir. Agrava este fenómeno de estupefacción una cólera apenas sorda contra la mala suerte: i Anglés escapa!, como si junto al ultraje a todo un pueblo (e incluyo a toda la España de bien) hubiera que añadir el sufrimiento suplementario de la impunidad para el principal responsable de esos crímenes atroces. Esa fuga acaba por desesperar no sólo lo a las autoridades, sino a toda España. La falta de castigo para el criminal (a diferencia de las películas a las que nos tiene acostumbrados Hollywood) va a crear una tensión, una herida que no citratiza con el tiempo, y que, en buena medida, —es la opinión de quien escribe— tendrá mucho que ver con el proceso desquiciante y desquiciado en que se volverá la investigación y el juicio a Ricart.

2.3.2. Juegos peligrosos El otro ejemplo es diferente: la víctima es sólo una, es un hombre mayor, trabajador humilde, que, en la noche

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d e l 30 de abril espera el autobús para regresar a su casa,

d es pués de haber pasado unas horas con una amiga. Tam, bié n en las características de los asesinos hay variaciones i m portantes: Anglés y Ricart son delincuentes comunes, ge nte del ambiente marginal de Valencia, mientras que Javier Rosado y Félix Martínez, los responsables del «crime n del rol», son estudiantes, el primero de tercero de Químicas y el segundo de tercero de bachillerato. La crueldad, sin embargo, es común denominador n ambos crímenes. Carlos Moreno, la víctima de los estue diantes, muere de veinte puñaladas de forma absolutamen te gratuita, porque lo exigía el guión del juego de rol que había ideado Javier. Cuando se ha consumado el ases i na to y Javier Rosado, ya en su casa, escribía en su diario los pormenores de la muerte que ha provocado, toda la opinión pública queda anonadada. Las partes del diario publicado ya han pasado a los anales de la investigación criminológica, y se han mencionado en otras obras." Pero es necesario recordar, porque ahí radica la notoriedad del hecho. Sólo unas pocas líneas: 28 Salimos a la 1.30 [30 de abril de 1994]. Habíamos estado afilando cuchillos, preparándonos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión (...) Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferibl atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto últim no era imprescindible, pero sí saludable), a un viejo o un niño (...) Una viejecita que salió a sacar la basura s nos escapó por un minuto, así como dos parejitas de no vios °maldita manía de acompañar a las mujeres a su casas!) (...) Vi a un tío andar hacia la parada de autobu ses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó e 27. Por ejemplo, L. Rojas Marco (1995), Las semillas de la violencia. M drid: Espasa Calpe. 28. «Y mato porque me toca», pp. 224/227. •

la parada (...) El plan era que sacaríamos los cuchillos a l llegar a la parada, le atracaríamos y le pediríamo s q ue nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro). E n ese momento, yo le metería el cuchillo en la garga n ta mi compañero en el costado. La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridículos. Era gordito, rechoit. cho, con una cara de alucinado que apetecía golpearla, y una papeleta imaginaria que decía: «quiero morir»., 4

2.3.3. El mal absoluto La crueldad une a Anglés y a Rosado. Pero no se trata de un mero ejercicio de sadismo. Algo más nos inquieta. En la conmoción que produjeron se reveló una amenaza a lo inteligible, al contrato social, sí, pero más allá de suponer un ataque contra nuestra forma cultural de vida, se

produjo una amenaza explícita contra nuestros sentimientos más básicos de humanidad, contra aquello que nos reconoce como seres superiores de la evolución, capaces de bondad y belleza. Es la amenaza del mal. El editorialista del periódico El País supo reconocer explícitamente esa amenaza (las cursivas son nuestras): 29 El caso del crimen del rol (...) puede ser el efecto de una psicopatía individual, pero algo nos dice que constituye también una metáfora de nuestro tiempo. No faltan en estos años una colección de masacres atroces, asesinos y violadores en serie, torturas de niños y ensañamientos racistas que la imaginación multiplica sobre la cultura de algunas películas o libros de éxito. La idea de que la modernidad conduciría a una transmutación de los antiguos valores se revela como una esperanza sin cumplir. No son otros valores los que se imponen en este fin de siglo, sino

29. El País, 16 de junio de 1994.

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más bien la dispersión y confusión del valor como efecto de un colapso de los principios. El derrumbamiento de las referencias va más allá de los asesinos. La economía, la política, la estética, la sexualidad, han ingresado en una órbita donde los patrones de valor se esfuman sin ser reemplazados por otros nuevos. Las cosas siguen adelante como en una trayectoria fatal; no sólo circulan carentes de ideología, sino emancipadas de cualquier destino. (..) El mismo proyecto de progreso humano se ha diluido. El progreso, cualquiera que sea, continúa, pero su corriente no tiene dirección alguna. Ni siquiera el mal aparece hoy como un poderoso antagonista que evoca, con su fuerza, la consistencia del bien. Las cosas marchan a su aire mientras las

consecuencias pueden ser fatales: una sociedad que no posee una idea donde basar su destino es como el hombre que ha perdido su sombra; se encuentra a riesgo de adentrarse en un delirio donde, al cabo, sucumbe». Por otra parte, los responsables de los dos casos que hemos presentado aquí habían emprendido el trayecto de los agresores múltiples, es decir, con el propósito de actuar contra diferentes personas y, en muchas ocasiones, de modo sistemático o en serie, en diferentes momentos a lo largo del tiempo. Anglés ya había agredido a una mujer, a la que había encadenado y golpeado; y Rosado planeaba otros crímenes para el futuro inmediato.

La «metáfora del mal» tiene un nombre, salvo que es no su metáfora, sino su encarnación: el psicópata puro es el mal absoluto... y nosotros somos sus víctimas.

3. ORÍGENES Y DESARROLLO

El 4 de mayo de 1998 el pequeño estado del Vaticano se sintió conmocionado por un hecho trágico: el comandante de la Guardia Suiza, Alois Estermann, y su esposa, Gladys Meza Romero, fueron asesinados por el cabo Cédric Tornay, quien se suicidó inmediatamente después con la pistola que había empleado para dar muerte a la pareja. La investigación abierta reveló un comportamiento extraño y desinhibido del cabo, el cual parecía inapropiado para formar parte de la selecta guardia suiza del Papa. El análisis de su orina reveló la existencia de derivados del cannabis y, lo que parece realmente significativo, la autopsia detectó un tumor en el cerebro del joven del tamaño de un huevo de paloma.' El asesinato de la pareja podía tener un cierto origen en los enredos amorosos del joven, pero no cabe duda de que este luctuoso suceso ilustra la importancia de la biología para explicar sucesos violentos específicos. Parece altamente probable que ese tumor modificara de modo sustancial la capacidad de razonamiento de Tornay, y le impulsara a tomar una decisión tan drástica. Difícilmente podría calificarse al cabo de «psicópata». No es propio de un psicópata matar por amor y, mucho menos, matarse por esta causa (o, en realidad, por cualquier otra). Sería extraordinario que fuéramos capaces de encon-

1. El País, 9 de febrero de 1999.

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trar una causa tan significativa, tan visual y tangible corn o un tumor en el cerebro para poder explicar la psicopatía. Desgraciadamente, y a pesar de que los descubrimient os de la fisiología y de la neurología han arrojado imp or _ tantes descubrimientos en el conocimiento del ser humano, estamos muy lejos de poder ofrecer un argum eir_ to sólido del origen de este trastorno. En realidad, serí a

bastante correcto decir que no sabemos lo que causa la psicopatía. Pensamos que hay ciertos factores biológicos y sociales que son muy importantes, pero, hasta la fecha, se, tratan de hipótesis que parecen muy plausibles en algunos casos concretos, pero sólo sugerentes como explica ción o teoría general. Este capítulo no quiere constituirse en un prolijoy académico repaso por los estudios y teorías existentes acerca de la psicopatía. Antes bien, nuestro ánimo es desglosar algunas de las ideas más sobresalientes de la investigación actual, al mismo tiempo que seguimos caracterizando las posibles variaciones en la personalidad que cualifica este . trastorno. Finalmente, nos detendremos en señalar cuáles son los criterios más importantes para separar la psicopatía de otros trastornos de personalidad y de las enfermedades mentales.

3.1. ¿QUÉ ES LO QUE DA ORIGEN A UN PSICÓPATA?

3.1.1. Phineas Gage En el verano de 1848, Phineas Gage trabaja como capataz de construcción para el Ferrocarril «Ruthland y Burlington» en Vermont, Estados Unidos. Una de sus misiones más delicadas es supervisar las voladuras de rocas

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tender la vía férrea. Cuenta con toda la confianza de uperiores: es joven, mide un metro setenta y cinco sus s capacitado para todas ceñ tí metros, y está perfectamente 2 s tareas que se le exigen. la El trabajo de las detonaciones requiere valentía y una gran concentración, ya que han de seguirse varios pasos, de manera ordenada. En primer lugar, ha de perforarse n agujero en la roca. Luego se llena hasta aproximadau mente la mitad con pólvora explosiva, para, seguidamente insertarse una mecha, cubriendo la pólvora con arena. Después la pólvora ha de «atacarse» o apisonarse, con una cuidadosa secuencia de golpes realizados mediante una vara de hierro. Finalmente, debe encenderse la mecha. Si todo va bien, la pólvora explotará en el interior de la roda; la arena es esencial, porque, sin su protección, la explos ión tendría lugar hacia la parte externa de la roca. para

Veamos ahora qué es lo que va a ocurrir. Son las cuatro y media de esta calurosa tarde. Gage acaba de poner pólvora y mecha en un agujero y le dice al hombre que lo ayuda que lo cubra con arena. Alguien lo llama desde atrás y Gage aparta la vista del barreno para mirar por encima de su hombro derecho, sólo durante un instante. Distraído, y antes de que su ayudante haya introducido la arena, Gage empieza a atacar directamente la pólvora con la barra de hierro. En un instante provoca chispas en la roca y la carga le explota en la cara. La explosión es tan brutal que toda la cuadrilla queda inmóvil (...) La detonación no es la usual, y la roca está intacta. También es insólito el sonido sibilante, como si se tratara de un cohete lanzado hacia el cielo. Pero se trata de algo más que fuegos artificiales. Es asalto y agresión. El hierro penetra por la mejilla izquierda de Gage, perfora la base del cráneo, atraviesa la parte frontal de su cráneo y sale a gran velocidad a través de la parte 2. Antonio R. Danlasio (1996), El error de Descartes. Barcelona: Crítica. pp. 19 y ss.

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superior de la cabeza. La barra aterriza a más de treinta metros de distancia, cubierta de sangre y sesos. ' Phineas Gage ha sido lanzado a tierra. Está aturdido, en medio de la luminosidad de la tarde, silencioso pe r o despierto.

Gage sobrevive a una barra de hierro que pesa cinco kilos y medio, de más de un metro de longitud y dos centímetros y medio de diámetro, si bien presenta un ahuesar miento por la punta de medio centímetro que le penetró; por increíble que parezca, una hora después puede contestar a las preguntas de los médicos. El primer médico que le atendió —y que estudiaría su caso para la medicina—, John Harlow, logra salvarle de una tremenda infección en una época en que no existían los anti bióticos. En menos de dos meses, Gage está restablecido, pero nunca más volverá a ser el mismo. El carácter de Gage, sus gustos y antipatías, sus sueños y aspiraciones, todos van a cambiar. «El cuerpo de Gage puede estar vivo y bien, pero hay un nuevo espíritu que lo anima». En la descripción que hace Harlow de la vida de Gage podemos leer que, con la excepción de la visión del ojo izquierdo, todas las facultades físicas e intelectuales del capataz estaban intactas, salvo que «el equilibrio o balance, por así decir, entre su facultad intelectual y sus propensiones animales» se había destruido. En efecto, antes se admiraba en este diligente trabajador los hábitos moderados en su actuar, junto a una gran energía de carácter. Gage era persistente y listo, planificador y resuelto. Ahora, en cambio, era: ...irregular, irreverente, cayendo a veces en las mayores blasfemias, lo que anteriormente no era su costumbre, no manifestando la menor diferencia para sus compañeros, impaciente por las restricciones o los con-

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sejos cuando entran en conflicto con sus deseos, a ved obstinado de manera pertinaz, pero caprichoso y yac lante, imaginando muchos planes de actuación futur que son abandonados antes de ser preparados... Las m fuertes admoniciones del propio Harlow no consigui ron retornar a nuestro superviviente al buen compor miento (...) El problema no era la falta de capacidad fls ca o destreza; era su nuevo carácter. 3

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El resto de su vida es, ciertamente, triste. Se exhib en los circos, y consume su tiempo en tabernas y en trab jos ocasionales. Muere entre ataques epilépticos en 1861 ¿Por qué es relevante para los propósitos de este libr el caso de Gage? Éste ilustra, como luego se detallará, déficit esencial de los psicópatas: la existencia de un razo namiento lógicamente adecuado pero carente de guía criterios éticos. Las facultades en cuanto a la capacidad d seguir un razonamiento no se merman, pero sí la capaci dad de poner en práctica decisiones apropiadas y «razo nables». Gage sufrió una lesión cerebral, pero existe muchas personas que se comportan como Gage —de u modo muy parecido al psicopático— que no presentan tale lesiones. Sin embargo, ¿es posible que algo suceda en su cerebros, aunque no sea una lesión traumática? De ahí qu sea de gran interés para nosotros averiguar cuál es el fun damento biológico de nuestra capacidad para actuar com í personas prudentes y prosociales. La neurología descubre en el caso de Phineas Gag que el cerebro humano dispone de sistemas dedicados a I dimensiones personales y sociales del razonamiento. No s trata sólo de que en el cerebro descanse la percepción, 3. El texto del doctor J. M. Harlow que cita Damasio es «Recover from the passage of an iron bar through the head». Publications of th Massachusetts Medical Society, 1868, 2, pp. 327-347, así como "Passage of iron rod through the head", en el Boston Medical and Surgical Journal 1848-1849, 39.

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lenguaje o la función motriz. Ahora vemos que «la prácti ca de convenciones sociales y normas éticas adquiridas previa. mente podía perderse como resultado de una lesión cerebral, aun cuando ni el intelecto básico ni el lenguaje pare. cían hallarse comprometidos. Inadvertidamente, el ejem.. plo de Gage indicaba que algo en el cerebro concerní a específicamente a propiedades humanas únicas, entre ellas la capacidad de anticipar el futuro y de planear en consecuencia dentro de un ambiente social complejo; el sentido de responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás; y la capacidad de orquestar deliberadamente la propia supervivencia, y el control del libre albedrío de uno mismo». Es sorprendente lo que ocurre. El sujeto sigue teniendo un sistema de valores abstracto, pero cuando se trata de tomar una decisión, ésta es desastrosa, perjudicial para él y los demás. La experiencia es incapaz de acudir en auxilio para la realidad del presente. Se produce lo que se conoce en neurología como una «disociación». En el caso de Gage, el carácter estaba disociado de su inteligencia, su memoria, lenguaje o percepción. Estos eran normales, aquél había sufrido un grave deterioro. Se había convertido en un hombre indeseable. Y todavía más: Gage había perdido la capacidad de apercibirse de los cambios que se habían producido en su forma de ser. Era como si hubiera perdido la capacidad de verse a sí mismo en el espejo de las reacciones de los otros hacia él. 4 La lesión cerebral que sufrió Gage se produjo en el lóbulo frontal. Pero, ¿dónde exactamente? En 1860 no existía la costumbre de tomar registros cuidadosos de casos acaecidos en lugares lejos de grandes metrópolis. En 1994, la neuróloga Hanna Damasio y sus colegas consi4. J. A. Holmes, J. L. Johnson y A. L. Roedel (1993), «Impulsivity in adult neurobehavioral disorders». En el libro editado por William G: McCown, J. L. Johnson y M. B. Shure: The impulsive client. Theory, researck and treatment. Washington: American Psychological Association, p. 313.

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uieron nuevas fotos del cerebro de Gage, el cual se eng contraba guardado junto a la famosa barra de hierro en un museo médico. Con la ayuda de una simulación realizada por ordenador lograron determinar con gran precis ión la zona dañada, tal y como se observan en las dos i mágenes que se reproducen a continuación.

Los lugares de impacto de la barra de hierro, vistos desde fuera y desde dentro del cerebro.

Aquí se puede observar que la zona afectada es, sobre todo, el hemisferio izquierdo, en concreto el sector anterior de la región frontal. Y más en detalle, resultó lesionada una zona que la investigación neurológica determina como crítica para la toma de decisiones: la región prefrontal ventromediana u orbitaria (es decir, afectando a la zona de la órbita del ojo izquierdo, en este caso).

La investigación moderna desarrollada con otros p a_ cientes que han sufrido lesiones cerebrales iguales o parecí • das (y que, en algunos casos, han afectado a la amígdala dentro del sistema límbico) 5 señala que se dan dos efectos fundamentales. Por una parte, como ya hemos señalado una gran incapacidad para llevar a la práctica una decisión eficaz y positiva para sus vidas; mientras que son capaces de , pensar en opciones correctas frente a un problema y aún en las consecuencias probables que se derivan de las diferentes opciones, cuando han de actuar tienen grandes dificultades y, en vez de desarrollar en la vida real la opción elegida en el análisis teórico, se muestran confundidos o bien siguen el dictado de un capricho o un pensamiento casual. Por otra parte, hay una reducción drástica de la capacidad de sentir emociones; la vida sentimental se halla severamente limitada. De tal modo, que la persona «sabe» que tales situaciones «deben» ser dolorosas o placenteras, pero después de la lesión esa vivencia emocional está muy restringida (no nos referimos aquí al dolor fisico, sino a las emociones que suscitan las experiencias). Lo que la neuropsicología 6 ha establecido actualmente es que la razón no puede prescindir de los sentimientos para realizar su función, es decir, para ser «razonable». Los sentimientos colorean, dan el sentido pleno y real de los acontecimientos en cuanto que son vividos por un sujeto; lo vivido por alguien no se procesa como los datos en un ordenador. Siempre hay alguien que interpreta la realidad. Y esa interpretación no puede hacerse sólo con la memoria, la capacidad lingüística o la percepción: el suje5. La amígdala está situada en el seno del lóbulo temporal, y forma parte junto al hipotálamo, el septum y el hipocampo del llamado «siste-, ma límbico», de gran importancia en la regulación de las emociones. 6. La neuropsicología busca comprender el comportamiento humano a través del estudio del sistema nervioso central, en particular del ce rebro.

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to ti e ne

un fondo emocional que se ha ido formando con sus e xperiencias diarias. Aprende, por ejemplo, que, si su am igo le ha traicionado, se siente desconcertado y triste; ue si sus esfuerzos en el estudio no se han visto coronaq dos con el éxito, experimenta rabia y una gran confusión sobre su futuro... Observe además el lector que esta incapacidad de unir cazón y sentimientos impide que el sujeto tenga la posibilidad de disponer de lo que llamaríamos «un proyecto de vida», ya que la persona se desinteresa por las consecuencias de sus actos para sí mismo y para los demás. Y aun cuando pueda comprender lo que otras personas le dicen —y en efecto pueden describir con toda concreción el argumento que acaban de escuchar—, no acierta a vincular el sentido último de lo que ellos dicen con su comportamiento, porque, en realidad, a él no le importa, no le afecta en cuanto persona.

3.1.2. Explicaciones desde dentro del individuo ¿Significa la reflexión anterior que la psicopatía es un deterioro del cerebro, el cual desarrolla «una mente» perversa? En realidad, si entendemos por mente el pensamiento, el conjunto de procesos cognitivos que hace que un sujeto se adapte a su mundo, la respuesta sería afirmativa. Hay un deterioro o una anormalidad que, sin embargo, estamos lejos de comprender. Porque, recordemos, el

Psicópata no tiene esa lesión en las cortezas prefrontales o en la amígdala que acabamos de describir. Los pacientes con esas lesiones presentan comportamientos que nos recuerdan al del psicópata en cuanto a que se desvinculan de lo que les sucede a los demás y, diríamos, que de su propio bienestar en cuanto personas maduras. Pero tiene que haber algo más, porque esos pacientes

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son incapaces de adaptarse convenientemente a un traba. jo, a su familia, a sus amigos. Y los psicópatas, sin embargo, presentan en un grado variable, que depende de la intensidad de su condición anormal (psicopática), estos desajustes. Algunos estudian con provecho; otros trabajan muchos años con éxito. Unos terceros toman drogas y cometen delitos desde pequeños, y aun los hay que puede n, compatibilizar una vida aparentemente integrada con l a realización de crímenes repugnantes. Ello nos lleva, necesariamente, a la importancia del ambiente, del medio. Un medio social donde se aprend e la violencia y la dureza emocional puede llevar a una persona propensa a la psicopatía a ser un peligroso delincuente, mientras que un medio compensador y ordenado puede lograr que la desviación social sea moderada. Diríamos entonces que existen dos elementos causales fundamentales: la alteración psicofisiológica, el posible daño en el sistema nervioso, y el conjunto de influencias educativas y sociales que recibe a lo largo de su vida. En este apartado vamos a hacer una revisión breve de las explicaciones que neurólogos y psicólogos han desarrollado dentro del ámbito del primero de los factores. Robert Hare es el investigador más importante del mundo en lo que respecta a los psicópatas. Continuador de la obra de Cleckley, en su laboratorio de la Universidad de Vancouver, en la Columbia Británica (Canadá), ha desarrollado una ingente labor y ha señalado el camino para otros muchos investigadores. Su tesis fundamental, derivada directamente de Ckeckley —y que también ha planteado Damasio en los estudios antes revisados sobre pacientes con lesiones en el lóbulo frontal— es que los psicópatas sufren un déficit en la integración del mundo emocional con el razonamiento y la conducta. Para él, las emociones constituirían en los psicópatas algo así como un «segundo lenguaje», es decir, un lenguaje que sólo se conoce superficial-

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m en te y que deja a la persona que se ve obligada a ernplearlo en clara desventaja en relación a los que utilizan primer lenguaje o lengua materna.? su Hare cita como un ejemplo paradigmático lo sucedido con el psicópata y asesino Jack Abbott. Él fue capaz de describir su propia indiferencia ante las emociones: 8 Hay emociones —en realidad, muchas de ellas— que sólo conozco a través de las palabras, mediante la lectura, y algunas otras que se encuentran en mi inmadura imaginación. Puedo imaginar que yo soy capaz de sentirlas, pero en realidad no puedo. Con la ayuda de gente de cierto renombre —y entre los que se hallaba el escritor Norman Mailer—, Abbott logró la libertad condicional. Poco después, asesinó a un camarero indefenso, aspirante a actor, acuchillándole. De nuevo Abbott comentó lo sucedido: «No le dolió. Fue una herida limpia... En realidad, no tenía ningún futuro como actor». ¿Dónde se halla la raíz de esta indiferencia afectiva? ¿Por qué la emoción fracasa a la de hora de guiar el juicio y el comportamiento del psicópata? Se han desarrollado diversas líneas de investigación que han intentado responder a estas preguntas, trabajos que difieren en el sustrato biológico que, se ha creído, puede estar provocando esta disfunción. Tenemos que adelantar, en este punto, que todavía no existe una respuesta satisfactoria; lo que tenemos son datos prometedores, pero no podemos coger un atlas del sistema nervioso central y señalar con un puntero: «aquí radica el proble7 . Salvo mención expresa, la información que aparece a continuación figura en el texto de Robert Hare: «Psychopathy, affect and behavior». En el libro editado por D. J. Cooke et al., Psychopathy: Theory, research and implications for society. Dordrecht: Kluwer, pp. 105 137. -

8. J. Abbott (1981), In the Belly of the Beast: Letters from prison. Nueva York: Random House. Citado por Hare, 1998, p. 105.

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ma». No obstante, como veremos, todos los estudios apu th. tan a que la clave está en ese déficit integracional entre emoción y pensamiento, junto con una menor capacidad para sentir y experimentar las emociones. También tenernos que puntualizar que se trata, en todo caso, de un problema del pensamiento: las emociones sólo existen e n l a medida en que son procesadas, con mayor o menor consciencia, por nuestro cerebro. Por consiguiente, podernos hablar indistintamente de un déficit de integración emocional en el pensamiento o de un déficit cognitivo (esto es, del pensamiento) que dificulta la comprensión y la integración de experiencias emocionales. ¿Cómo estudiar el mundo emocional? Ésta es la primera cuestión que hemos de plantearnos, ya que la neurociencia no puede basarse únicamente en descripciones acertadas realizadas por psiquiatras o psicólogos. Dividiremos la presentación de esta información en dos grandes apartados. En el primero nos ocuparemos de los estudios que analizan la emoción empleando experimentos que no utilizan mediciones del lenguaje. En el segundo haremos lo propio con los experimentos donde se mide la respuesta verbal de los sujetos. Estudios de la emoción que no emplean el lenguaje Quizás la línea de investigación más antigua es la que explora la capacidad de los sujetos para anticipar miedo o ansiedad cuando esperan recibir un estímulo doloro so, como una pequeña descarga eléctrica o un ruido fuerte. Imagínese el lector que está cómodamente sentado, y tiene en sus dedos instalados dos electrodos. En el experimento escuchará en primer lugar, por ejemplo, uu sonido cualquiera, neutral, por espacio de diez segundos. Inmediatamente después recibirá la descarga eléctrica. Esta secuencia se repite varias veces. Lógicamen -

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te ,

llegará un momento en que usted sentirá ansieda cua ndo escucha el sonido neutral. Debido a la acción d las glándulas sudoríparas, la velocidad de la respues eléctrica de la piel aumentará si somos capaces de expe rimentar miedo. Pues bien, la investigación es concluyente: los psicó pa tas experimentan mucho menos miedo que los no psi 9 cópatas cuando participan en esos experimentos. S m enor conductancia eléctrica de la piel indica que so mucho menos sensibles frente al miedo que se puede de rivar de recibir un castigo, o un estímulo desagradable Como es lógico, esto tiene repercusiones prácticas impor tintes, ya que es bien conocido el poco efecto que tiene las sentencias de prisión en modificar la conducta futur de los psicópatas. 1 ° Pero hay otra investigación muy interesante reía cionada con lo anterior. Además de mostrar una meno sensibilidad frente al miedo, es posible que los psicópa teas dispongan de un mecanismo mental para «desco nectar» las señales de miedo que provienen del ambien te. ¿Cómo se ha podido evaluar este hecho? Ahora pres ternos atención a otro indicador fisiológico: el ritmo car díaco. Se sabe que nuestro corazón reacciona disminu yendo los latidos cuando estamos prestando atención hechos que son novedosos, interesantes, que exigen po nuestra parte mayor dedicación. También se sabe que s los estímulos son amenazantes o dañinos en cualquie sentido, el ritmo cardíaco aumenta (como sabemos to ' 9. En la mayoría de los experimentos que se relatan en este apartad, entro de la expresión «sujetos no psicópatas» se incluyen tanto sujetos n delincuentes como delincuentes, ambos con la característica de la ausenc de psicopatía. a

10. La investigación sobre respuesta eléctrica de la piel se encuen muy bien resumida en D. T. Lykken (1995), The antisocial personalitie Nillsdale, N. J.: Erlbaum.

dos y expresamos coloquialmente en la frase «el cora. zón se me salía del pecho»). Hare expuso a psicópata s y no psicópatas a una situación en la que esperaban u na descarga eléctrica después de «una cuenta atrás»: 10, g, 7, 6... al final aparecía la pequeña sacudida eléctrica e n uno de los dedos. Fue muy interesante comprobar qu e los psicópatas disminuían la tasa cardíaca, esto es, trataban el estímulo doloroso como si fuera algo simplemente «i n _ teresante»; lo que hacían era protegerse del dolor, «desconectar» de la ansiedad que se asociaba con la amenaza de la descarga." También son impresionantes los estudios que se han centrado en la respuesta de parpadeo. Imagínese ahora el lector que está cómodamente sentado viendo una serie de diapositivas. Estas son de dos tipos. Unas son agradables: bonitos amaneceres, prados verdes, etc. Otras son desagradables: personas mostrando dolor, catástrofes, etc. De forma típica, una persona «normal» parpadea mucho cuando las imágenes son desagradables, y mucho menos cuando son agradables. Sin embargo, los psicópatas parpadean lo mismo frente a unas que frente a otras, lo que sugiere que el valor emocional que para ellos tienen ambos tipos de imágenes es muy parecido. 12 Finalmente, otra línea de investigación se ha preocupado por evaluar las imágenes que tienen los sujetos en la cabeza, y cuál es el contenido emocional que éstos le confieren (en realidad, aquí sí que evaluamos el lenguaje, pero de un modo encubierto o a través del «lenguaje interior» que son las imágenes). Volvemos a pedir la colaboración

11. La investigación aparece en el libro de R. Hare y D. Schalling (Eds., 1978), Psychopathic behavior: Approaches to research. Chichester: Wiley. 12. Estas investigaciones las ha realizado C. J. Patrick y su equipo. Véase el artículo de Patrick (1994): «Emotion and psychopathy: Starling new insights. Psychophysiology», 31, 319-330.

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del lector. Usted ahora tiene la instrucción de memorizar a serie de frases. Unas son neutras (por ejemplo, «la un mañana está muy fría»), otras tienen una fuerte carga emocional (por ejemplo, «mi padre ha muerto»). ¿Las ha morizado ya? Bien, ahora tiene que imaginar cada uno me de los hechos que relatan las frases que ha memorizado, por espacio de seis segundos. Así, usted imagina ahora una «mañana fría», durante seis segundos, y así sucesivamente. Lo que sucede es que si usted no es un psicópata (cosa que le deseamos), mientras imagina las frases emocionalmente cargadas su ritmo cardíaco se acelerará, su re spuesta eléctrica también, y mostrará un gran movimiento (muy sutil, pero movimiento al cabo) eh sus músculos faciales. Sin embargo, los psicópatas no mostrarán esas diferencias: responderán muy poco ante ambos tipos de expresiones imaginadas, revelando una capacidad limitada para sentirse afectados por las emociones." Estudios de la emoción que sí emplean el lenguaje Desde siempre, los estudios de la psicopatía han reconocido lo huecas que están las palabras de los psicópatas. No en vano podemos decir que su gran capacidad de mentir y manipular encuentra una base muy sólida en el hecho de que sus palabras son armas arrojadizas, elementos de un juego que manipulan a su conveniencia. Desprovistos de la carga emotiva, lo que se trata es de decir aquello que «suena mejor». Ya Cleckley destacó de modo extraordinario la importancia de este lenguaje «hueco» para manipular; si él no puede ver el sentido emocional que hay en las expe13. Es el trabajo de C. J. Patrick, B. N. Cuthbert y P. J. Lang (1994). «Emotion in the criminal psychopath: Fear image processing». journai of Abnormal Psychology, 103, 523 524. -

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riencias, difícilmente comprenderá por qué a nosotros n os importa que la gente nos crea, o que para nosotros sea muy valioso que nuestra palabra sea aceptada como bu e .. na..1 4 Su respeto por la verdad es nulo, y no ha de creérsele más en las explicaciones del pasado que en los propósitos que pueda formular acerca del futuro. Y da la impresión de que ni siquiera puede comprender por qué otras personas se ven tan comprometidos con la verdad. Lo cierto es que cuando mienten lo hacen con candor y aparentan que «no les va nada en ello»; no «sobreactúan», y son capaces de mirar tranquilamente a los ojos de sus interlocutores en medio de la mayor de las falsedades. En los casos raros en que reconocen sus añagazas tratan de que los veamos sinceramente arrepentidos de su «conducta frívola», extrañándose de que no creamos sus nuevas promesas, hechas «bajo palabra de honor» o con «un juramento solemne». En su opinión, el psicópata utiliza el lenguaje sin lle-

gar a comprender realmente el significado de lo que dice, al fallar la integración de la emoción con lo que denotan las palabras: Sus frases inteligentes son poco más que reflejos verbales; incluso sus expresiones faciales están sin el contenido emocional que implican. No se trata de comprensión, sino de una mímica excelente de ésta. Ninguna intención sincera puede derivarse de sus conclusiones porque no existe ninguna convicción afectiva que pueda motivarle. ¿De qué modo se puede llevar al mundo del labora-

torio estas grandes intuiciones desarrolladas tras muchos años de estudio clínico? Como podrá comprobar el lector

(isi sigue haciéndonos el favor de ser el sujeto experime tal de nuestros ejemplos!), la moderna tecnología de c iencias neurológicas puede ser muy útil para esta emp s a. Porque está claro que para estudiar el lenguaje y mociones hemos de irnos al cerebro. e

Potenciales evocados.— En primer lugar, tenemos al sufri lector sentado cómodamente en una silla. Con la ayuda s u escaso cuero cabelludo, hemos colocado unos elec dos en la parte superior de su cabeza. También le po mos unos auriculares por los que escucha determina frases o sonidos, dependiendo del experimento. O pue que no haya auriculares, porque el experimento requi que se discrimen estímulos presentados de modo visu Todo esto parece muy aparatoso, pero es necesario p medir la actividad cerebral que usted desarrolla como c secuencia de los estímulos que se presentan; esta activid eléctrica cerebral se registra mediante los gráficos de electroencefalograma. A este registro, obtenido en respu ta a un estímulo, le llamamos potencial evocado. Por ejemplo, usted está viendo una pantalla y rec la siguiente instrucción: «cada vez que aparezca una fr que contenga una palabra, ha de apretar un botón rápido como pueda»: ANZUDFHFOPEKJDJEIOENEOMFSAOCXMWIEJHRNB En efecto, aquí hay una palabra en esta lista de le que no tiene ningún sentido. ¿Apretó ya? ¡Bien! En otra lista: KSOFCMNVNRUHFEIOFMJRMUMECCWPCWKOFP Y en esta otra:

14. The Mask of Sana)), pp. 346 y 351.

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AMCSDUSVHSBRISALFKJTUTGMMBIHHEIRCIPSJIEE0 Las palabras presentadas (subrayadas para usted, n o para el sujeto experimental real) no son neutras emocionalmente. En efecto, tanto «muerte» como «brisa» nos traen emociones negativas y positivas, respectivamente. «Mesa», contrariamente, es una palabra neutra. Los estudios revelan que los sujetos no psicópatas reaccionan con mayor rapidez y acierto ante las palabras emocionales que ante las neutras. En el potencial evocado, las primeras y las últi mas ondulaciones son más largas ante los estímulos emocionales que ante las palabras neutras. ¿Por qué? La primera ondulación significa que el sujeto está prestando atención, mientras que la última significa que lo está procesando mentalmente. ¿Adivina cómo reaccionan los psicópatas en este experimento? ¡Exacto! Dan la misma respuesta (en rapidez y precisión de reconocimiento, y en sus potenciales evocados) ante todos los estímulos con palabras, sin diferenciar las palabras neutrales de las emocionales. ¿Qué podemos concluir de esto? Que los psicópatas reconocieron las palabras, pero fracasaron a la hora de sentirse afectados por la connotación o sentido emocional implicados en aquéllas.°

Psicópatas en el escáner.— Ahora complicamos la tecnología. Vamos a usar una tomografia computarizada. En palabras sencillas, éste es un aparato (un escáner) que sirve para observar la actividad —en nuestro caso— del cerebro en una pantalla de ordenador. En los experimentos que vamos a describir, esa actividad se mide mediante el registro de la actividad del fluido sanguíneo que circula en las di-

ferentes partes del cerebro. De este modo, podemos saber, por ejemplo, si cuando somos estimulados de alguna forma, se produce un tipo determinado de activación en el cerebro (y, en especial, en el lóbulo frontal, parietal y occipital). La tarea ahora es la siguiente: Usted está' sentado de nuevo frente al ordenador y va a observar dos series de palabras en dos sesiones diferentes. En la primera sesión, aparecen 96 palabras neutras intercaladas con 96 palabras sin sentido. En la segunda sesión, aparecen 96 palabras emotivas («tortura», «cadáver», etcétera) intercaladas con otras tantas sin sentido. ¿Qué sucedió? Los cerebros de los psicópatas mostraron mayor actividad que los cerebros de los no psicópatas ante las palabras emotivas que ante las neutras. La razón fue que los no psicópatas codifican e interpretan habitualmente palabras emocionales; como si dijéramos, habitualmente procesan cognitivamente la emoción del lenguaje. Pero los psicópatas han de esforzarse más para reconocer y procesar palabras que tienen carga emocional que para procesar palabras neutrales.°

Metáforas.— Hay otras investigaciones interesantes. Una de ellas explora la capacidad de comprender las metáforas. Las metáforas son recursos linguísticos y literarios por los que designamos la realidad a través de otras cosas con la que guarda alguna semejanza, y por ello son recipientes privilegiados de la riqueza emocional del lenguaje, añadiéndole «color» y «profundidad». ¿Cómo se desenvolverán los psicópatas en experimentos que e xigen analizar metáforas? En realidad los psicópatas emplean metáforas, ya que,

15. Es un estudio muy citado llevado a cabo por S. E. Williamson, T. J. Harpur y R. D. Hare (1991), «Abnormal processing of affective words by psychopaths». Psychophysiology, 28, 260-273.

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16. J. Intrator et al., (1997). , y solicitar su ayuda. Los judíos «des ea . han emigrar», y él, Eichmann, estaba allí para ayudarles, ya que las autoridades nazis habían expresado el deseo de que el Reich estuviera libre de judíos. Así pues, los dos deseos coincidían, y él estaba allí para satisfacer ambaá partes. En el juicio, Eichmann nunca se movió un ápice de esta interpretación, aunque estuvo de acuerdo en que hoy, «cuando los tiempos han cambiado tanto», los judíos podrían no estar tan dispuestos a recordar este «tirar juntos», y él no quería «herir sus sentimientos».

Puede observarse aquí, como señala Arendt, la absoluta falta de empatía de Eichmann, su dificultad para apreciar la perspectiva de las cosas desde el punto de vista del que está a su lado. Según esto, los judíos estaban deseosos de ser enviados a los campos de la muerte, final que por aquél entonces —al fin de la guerra— se había convertido en algo más cine . una sospecha terrible entre la comunidad judía. Pero esta dificultad no es sino parte de una dificultad mayor: la de emplear el pensamiento en un sentido pleno, real, más allá de sus propios intereses o perspectiva del mundo. Arendt lo describió también de un modo rinty nítido: En otro momento del juicio, Eichmann se disculpó porque no encontraba otra forma de explicar una idea, diciendo que «el mundo de los oficiales es mi único lenguaje». «Pero el punto clave aquí —escribía Arendt— es que la oficialidad era su único lenguaje porque él era . genuinamente incapaz de expresar una única frase que

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no fuera un cliché.» Los jueces describieron su declaración como un «habla vacía», y pensaron que era una estrategia para no declarar la verdad. Pero, en opinión de Arendt, «cuanto más uno le escuchaba, más obvio era que su incapacidad para hablar estaba firmemente relacionada con su incapacidad para pensar, es decir, para pensar desde el punto de vista de cualquier otra persona. No era posible la comunicación con él, debido no a que mintiera, sino porque estaba rodeado por la más inexpugnable de las barreras contra las palabras y la presencia de los otros, y por ello mismo contra la propia realidad». Todo lo anterior llevó a Arendt a considerar no que

ten ía «un monstruo» delante de sus ojos, responsable ele la muerte de millones de personas, sirio a alguien insensible frente a los sentimientos y los pensamientos de los demás. Y por ello mismo, alguien incomunicado con el mundo que no fuera el estrechamente construido dentro de los límites ele su terrible egocentrismo. El resultado no es un monstruo, sino un payaso, porque Eichmann no es sino una caricatura del ser humano, un imagen deformada y grotesca de la realidad compleja que encierra una persona: A pesar de todos los esfuerzos de la acusación, cualquiera podía ver que este hombre no era un monstruo, sino que más bien resultaba difícil no sospechar que era un payaso. Debido a que esta visión de Eichmann ponía en peligro todo el proceso [que intentaba castigar ante los ojos del inundo a un terrible y perverso criminal de guerra], y que tal visión era difícil de sostener por todo el terrible sufrimiento que él y otros como él habían causado a millones de personas, se decidió no prestar atención y apenas informar de sus peores bufonadas.

De manera extraordinaria, Arendt (quien no nos consta que conociera la obra de Cleckley, ya que no la cita en

2( P )

ningún momento), da en el clavo de la esencia de la psicó.. patía: un psicópata no precisa matar con sus m anos. : mancharse de sangre al modo sádico en la estela de l os famosos asesinos descritos en el capítulo 2. Sólo precis a que su pensamiento tenga un discurrir ajeno al bienesta r o al dolor que pueda causar en los demás. Ya sea sigul en_ do un plan trazado por otros (como el genocidio decretado por Hitler), o siguiendo únicamente los propios p eusa.. mientos (corno Stalin o Goering), lo único verdaderam en .. te que se debe considerar para estas personas es «lo que yo voy a sacar de todo esto»: ...cuando hablo de la 'banalidad del mal', lo hago sólo en el estricto nivel de los hechos, señalando a un fenómeno que tuvimos delante de los ojos a lo largo de todo el juicio. Eichmann no era Yago ni Macbeth Excepto por su extraordinaria diligencia para mirar por. su propio beneficio, Eichmann no tenía ningún motivo para hacer lo que hizo. Y esta diligencia, en sí misma, no tenía nada de criminal: por ejemplo, él nunca hubiera asesinado a un superior para obtener su puesto. Él, meramente —para decirlo coloquialmente— nunca llegó a comprender lo que estaba haciendo. Era esta falta de imaginación la que explica por qué, cuando estuvo meses ante un policía judío encargado de su interrogatorio [una vez ya capturado en Argentina] le explicó con total honestidad que no era su culpa [ de Eichmann] si no había conseguido promoverse más allá de teniente coronel de las S.S. (...) Con la expresión célebre: «la banalidad del mal», Arendt quiere decir que lo verdaderamente monstruoso es la incapacidad de conectar con los demás en un nivel plenamente humano. Ésta es la esencia de la psicopatía: el sujeto no es un psicótico, no tiene alucinaciones o delirios, no se cree Napoleón ni siente que le persigue la KGB; tampoco tiene crisis de ansiedad o conflictos psicológicos

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q ue

lo hagan un sujeto neurótico; sin embargo, su mundo e mocional es muy limitado. Él, como ser humano, es un co mpleto autista: No es que fuera estúpido. Se trata más bien de una completa falta de pensamiento —algo de ningún modo igual a la estupidez— lo que le predispuso a llegar a ser uno de los más grandes criminales de ese período. Y si esto es «banal», e incluso divertido, si con la mejor voluntad en el mundo uno no puede extraer profundidad diabólica o demoníaca alguna de Eichmann, sin embargo no se puede decir que su actitud sea de lo más común (...) La lección que podemos aprender del juicio de Eichmann en Jerusalén es, quizás, que tal alejamiento de la realidad y vaciedad de pensamiento pueden llevar más destrucción que todos los instintos perversos juntos que, quizás, son inherentes al hombre.

Sobre el fundamento anterior, resulta muy probable que los psicópatas, especialmente cuando las circunstancias sociales lo facilitan, sean además sádicos y crueles. De hecho, hubo una importante controversia con Arendt acerca de su opinión sobre Eichmann, ya que reputados psicólogos mantuvieron que el ingeniero del holocausto era en verdad un psicópata perverso y diabólico.' Pero no creemos que sea esencial dirimir si Eichmann era un psicópata no sádico o un psicópata sádico. Lo importante es que exhibía los rasgos nítidos de la psicopatía. Sin duda, muchos crimi-

nales de guerra nazis eran psicópatas sádicos, que gustaban de matar con sus propias manos. Un ejemplo que probablemente recuerde el lector es el de Amon Goetz, el comandante del campo de concentración de Plaszow, Polonia, extraordina7. Véanse Jacob Robinson (1965), And the crooked shall be ~le straight. The Eichmann trial, the jewish catastrophe and Hannah Arendt's narrative. New York: Macmillan. Y también F. R. Miale y M. Selzer (1975): The Nuremberg mind. The psychology of the nazi leaders. New York: Quadrangle/The New York Times Book.

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riamen te interpretado por Ralph Fiennes en el film .d e S )ielberg La lista de Schindler. Parte de su diversión •'• v mino se observa en la película— era tomar su rifle con mir a telescópica y asesinar desde la terraza de su casa a sang re Iría a cualquier interno del campo que se le antojara. Desgraciadamente, los criminales de guerra han empleado la excusa de «obedecer órdenes» en todas las épocas. El teniente William Calley asesinó a cientos de civiles durante la guerra del Vietnam, y en su justificación de'esa matanza —en la que perecieron muchas mujeres y niños..- • también recurrió a lo que habían objetado tantos seguidores y ejecutores del nazismo. Fue descorazonador qu e las autoridades norteamericanas, a pesar de formarle un consejo de guerra, sólo le impusieran una condena muy leve. Es posible conservar la moralidad, aun teniendo que ocupar puestos de grandes responsabilidades. La voluntad humana, apoyada en el discernimiento moral, no pu& de ser doblegada en todos los casos. Una prueba de ello la representó el más famoso de los militares alemanes en la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Rommel. El direc tor de cine Henry Hathaway hizo una película sobre este personaje en 1951 (The desert fox; Rommel, el zorro del desierto). Para documentarse convenien temente, Hathaway manejó mucho material y tuvo largas conversaciones con. su viuda, la cual le dejó como prueba de afecto los propios guantes y capa del mariscal para que los empleara el actor (James Mason) que lo encarnaba. Rommel fue capaz de conservar su dignidad en medio de la locura nazi. Así, el ' mismo Hathaway declaró sentirse fascinado «por un holla , ' bre que, en presencia de Hitler, se atrevía a llevar del re ,. vés la cruz de hierro y en cuyo bastón de mariscal de campo faltaba la esvástica». 8

6.2 . 2.

Hermann Goering, el psicópata «amable»

H.

Goering fue el jefe de la aviación alemana, presidente del Reichstag y, según todos los indicios, un tipo m uy agradable. Sólo los juicios de Nuremberg pusieron al • descubierto su auténtica naturaleza. Si los alemanes hubieran ganado la guerra, sus historiadores lo hubieran descrito como un gran hombre que ayudó a crear un vas9 to i mperio. G. M. Gilbert, psicólogo jefe en los juicios de Nuremberg, le describió como un 'psicópata amable'. Incluso cuando todo estaba ya en su contra en Nuremberg, no perdió nunca su humor y su encanto personal. Pero debajo de esa fachada, Gilbert halló una ausencia total de sentimientos de culpa, una insensibilidad completa ante sus víctimas y un enorme egocentrismo. 1 ° Goering fue educado en una rígida atmósfera prusiana. Ni su padre ni su madre le atendieron con cariño. Cuando Gilbert preguntó a Goering cuál era su primer recuerdo, él contestó que «golpear a mi madre en la cara con mis dos puños cuando vino a abrazarme después de una larga ausencia». La Primera Guerra Mundial vino a sacarle de una juventud donde se aburría enormemente. Destacó corno 'as del aire', y a pesar de que odiaba la disciplina del ejército y que se metía en negocios sucios, su fama en el combate le libró de ser detenido. Su boda con una condesa suiza rica no hizo sino permitirle llevar una vida de lujos, pero sólo con la llegada del partido nazi pudo encauzar sus pasos hacia un poder y dominio sólo menor que el que tuvo Hitler. 9. Véase W. McCord (1982), The psychopath and Milieu Therapy. Nueva York: Academic Press. pp. 46-47.

8. Quirn Casas: 11. H., «Invención, industria y sentimiento». En Diri-

10. G. M. Gilbert (1948), «Germann Goering: Amiable psychopath».

gido por... enero 1999, p. 64.

Journal of Abnormal and Social Psychology, n 9 43.

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21> 4.

, ' 11: 1.141

Goering no era un sádico; amaba el orden y la p u kr i_ tud en todas las tareas que imponía a su policía y a l as s s Y planeaba con eficacia. Al final de la guerra, cuando Hitl er se estaba quedando solo, tramó relevarle del mando y li e _ var él las negociaciones con los aliados. Pero el führer d es ., cubrió el complot y recluyó a Goering en su castillo, don.: de se entregó a orgías y a vivir al margen de la guerra : Durante los juicios de Nuremberg, Goering tuvo tu l aire ausente. Cuando estaba viendo una película sobre las atrocidades de los nazis en los campos de concentración afirmó: «Estaba haciendo una tarde espléndida hasta q ue mostraron aquella película ... todo el mundo se lo estaba pasando bien conmigo, pero la película lo estropeó todo». Antes de que fuera ejecutado en la horca se suicidó to mando una dosis de veneno, pero antes espetó: «Cojan toda su moralidad, arrepentimiento y su democracia y pónganlos en un marco!»."

6.2.3. ¿Cómo se forma un criminal de guerra? (Psicología del criminal de guerra) De acuerdo con la investigación recogida por el psicólogo Ervin Staub, los responsables de asesinatos de ino-: centes tienen una o las dos siguientes constelaciones de características, que se pueden denominar potencialidad antisocial (o psicopatía) y orientación autoritaria. En ocasiones es suficiente tener una característica de la personalidad antisocial, como es una incapacidad extrema de empatía, si bien, usualmente, se acompaña de 2 otros factores predisponen tes.i

goles y otros procesos sociales en el origen de la crueldad Si la definición de los roles que han de desempeñar incluye actos de crueldad, muchos de ellos se adaptarán a ta l e s comportamientos. En el famoso estudio, de la Unive rsidad de Stanford (donde se simuló una prisión en los s ótanos de la Universidad), diversos estudiantes fueron divididos al azar en un grupo de guardianes y otro de presos. Los reclusos fueron sometidos a vejaciones, como ser desnudados o inspeccionados en todo su cuerpo. Fueron obligados a memorizar y seguir reglas que restringían su derecho a hablar y su libertad de movimientos, y tenían que pedir permiso para el asunto mas trivial, como ir al servicio. Señala Staub que «la gente así tratada debe parecer in ferior, no sólo en poder, sino en su humanidad básica. Ocupar un rol que nos garantiza un poder puede llevarnos a una separación entre el "ellos" y el "nosotros", a la devaluación y la crueldad de las personas degradadas»." El experimento Stanford tuvo que ser suspendido cuando la crueldad llegó a un mayor nivel, tal y como se podía observar cuando los guardianes pusieron a los que más protestaban en celdas de aislamiento, o cuando obligaban a los reclusos a interminables sesiones para el recuento, algo que según las instrucciones iniciales del experimentc tenía que durar sólo diez minutos. Autoselección y personalidad en los agresores Si la gente se mezcla en un grupo donde se produce la separación ellos/nosotros y la consiguiente devaluación

11. «Amiable psychopath», p. 228. 12. Ervin Staub (1989), The roots of evil. Cambridge: Cambridge University Press.

214

13. The roots of evil, p. 169.

21,

puede convertirse en agresora, aunque no haya tn iá in edisposición personal. Es corno si el individuo se co n ., iagiara de la atmósfera prevaleciente, perdiendo su p ro_ pi:1 iniciativa. Pero también ocurre que los propios suje los predispuestos buscan ese tipo de roles, mientras q ue, en otras ocasiones, los responsables buscan ese tipo d e personas. -

Características que predisponen a los sujetos a la violencia (la persona potencialmente antisocial)

onsiderar a toda la gente como iguales y a aplicar cririos parecidos de lo justo y lo injusto a todos ellos. te

en c

Comp etencia y orientación cognitiva a la agresión.— Algunas pe rsonas

aprenden a resolver conflictos por medios agreivos, y la investigación señala que esa estrategia básica pers s iste desde la infancia hasta la edad adulta, quizás en parte porque se instauran como esquemas o mapas de instrucciones que orientan al sujeto acerca de cómo desenvolverse en la vida. Las fantasías también pueden alimentar-los comportamientos agresivos.

Autoconcepto y visión del mundo.

Aparece una pobre autoimagen, fácilmente amenazada, y una visión hostil del inundo. Ello provoca una necesidad de autodefens a y de elevación del yo. Estas personas se enfrentan a muchas frustraciones en la vida y, en ocasiones, se encuen- . han con muchas dificultades económicas debido a la escasa iniciativa y confianza que transmiten, todo lo cual. exacerba su deseo de compensar su imagen. El devaluar a los otros puede ser un modo de apuntalar ese yo amenazan te.

Valores morales y empatía.— Los valores de una persona determinan su orientación hacia el bienestar de los demás.: En casos extremos, dañar a los demás puede ser un valor en sí mismo. Podemos llamar a esto una orientación de valores antisocial. La empatía con las víctimas es aquí muy improbable.

Exclusión moral.— La gente que devalúa a otros grupos considerará que los valores morales no se aplican a esas personas, y les excluirá del ámbito de los derechos humanos. Precisamente, una característica de los rescatadores (los que arriesgaron sus vidas para salvar a los perseguidos por los nazis) fue su inclusividad: una predisposición consistente

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Falta de auloconciencia y autoaceptación.— Este aspecto es una parte tanto de la personalidad antisocial como de la característica que antes denominamos orientación hacia la autoridad. Un efecto de ambas carencias es una gran dificultad para aceptar a los demás. Con frecuencia, la falta de autoconciencia facilita mantener un autoconcepto positivo, apuntalado por férreos mecanismos de defensa. Si un persona «debe» mantener una imagen positiva de sí mismo, cuando su vida atraviesa por dificultades ha de encontrar alguien a quien responsabilizar de sus propios errores. Orientación autoritaria y sus fuentes familiares Ciertas personas están inclinadas a obedecer la autoridad y a actuar punitivamente con las personas que no poseen poder. Esto es un aspecto de lo que algunos psicólogos denominan «personalidades autoritarias». La personalidad autoritaria se encuentra cómoda en las relaciones jerarquizadas donde hay una clara delineación de las esferas de poder. Disfrutan dando órdenes, así como obedeciendo. Determinadas prácticas educativas favorecen el de-

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sarrollo de estas personalidades, en especial las q ue enfatizan los valores más convencionales y repri meli expresión (adecuada) de impulsos naturales, como la ir a o el deseo sexual. También se suele dar una relación con los hijos poco cálida y una disciplina punitiva con, sis ten te. Cuando la obediencia es el valor más elevado, la guía personal llega a ser una empresa imposible. Cuand o hay órdenes que seguir, lo único que le queda al sujeto es el vacío. El mundo es algo amenazante, porque allí no hay estructuras claras. Por supuesto, la situación es importante, y si l a pre sión del grupo y las circunstancias sociales son propicias, una personalidad conformada de este modo tendrá una mayor oportunidad de pasar a la acción. El fanático Los fanáticos son aquellos que están bajo la influen4 cia de un sistema de creencias a la que subordinan cualquier otra cosa. Interpretan y evalúan la realidad bajo la perspectiva de ese sistema, y cualquier medio que sirva a sus metas resulta aceptable. Desde la perspectiva de los demás (no fanáticos), su conducta aparece como algo irracional y destructivo. Un ejemplo muy representativo fue . la masacre de gente profesional y educada por parte de , los jemeres rojos (véase más adelante), así como la des. trucción de la industria y el ataque que llevaron a cabo contra Vietnam. O más recientemente, la matanza de se, res inocentes por parte de los fundamentalistas argelinos o de ciertos grupos terroristas. Los numerosos libros que tratan de Hitler destacan (pie el miedo y la ansiedad, junto a unas necesidades per sonales de dominio muy fuertes y una incapacidad para tolerar la incertidumbre, fueron elementos esenciales de

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I n fanatismo." La ideología que él creó le ayudaba a vivir d e l único modo que él sabía: creyendo que él era Dios en la Tierra, haciendo que sus necesidades fueran las de tod os , su ley la única ley. Los que siguen al inspirador del fa natismo aceptan sin cuestionar su visión del mundo, y satisfacen de este modo también sus propias necesidades. L as SS En la evolución recíproca del sistema social y las persoque viven instaladas en él, algunos miembros de las SS y otros nazis llegaron a experimentar lo que es un poder sin límites sobre otros seres humanos. Al controlar completamente la vida de los que estaban a su merced, pudieron sentir un embriagador sentido de control, algo parecido a u na experiencia sexual. Su formación y experiencia les había preparado para ese placer sádico, el cual tiene sus raíces en una relación constante entre el placer personal y el dolor de las víctimas. 15 Ello se evidencia por la reacción de Poldek Pfefferberg ante el miembro de las SS Hans Schreiber, tal y como se relata en La lista de Schídler: 16 nas

...un día, Pfefferberg, que tenía asignada la limpieza de las ventanas de su barraca, se encontró que en la revisión de su limpieza que hizo Schreiber, éste halló una partícula de suciedad. El oficial de las SS empezó a golpearle frenéticamente, como se solía hacer antes de ordenar la ejecución de la víctima. Pero Pfefferberg perdió el control y le espetó a su agresor que él sabía que las ventanas estaban perfectamente limpias, y que si lo que quería era

14. Robert G. L. Waite (1977), The psychopaihic God. Adolf Hitler. Nueva York: De Capo. 15. The roots of cvil p. 139. ,

16. The roots of evil, p. 140.

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una razón para matarle, entonces debía dispararle:allí inisnio, sin más dilación. Este acceso de ira, de forma p., radójica, divirtió a Schreibei; quien, posteriormetrté, lía parar a Pfefferberg y preguntarle por su mujer (.:.)Ep otra ocasión, Schreiberg llegó borracho al barracón de' Pfefferberg y, en presencia de otros pocos prisioneros; empezó a lamentarse de las cosas horribles que había h e ,. . cho, y que esperaba expiarlas en el frente del Este.

Parece que cuando Pfefferberg rehusó a reaccion ar como una víctima indefensa, comportándose con una h uinanidad y una intensidad que no encajaba con el rol de • víctima, Schreiber dejó, a su vez, el rol de ejecutor.' Este hecho, y su subsecuente trato amable hacia Pfefferberg' alimentaron en él su consideración hacia los demás..U n razón de la efectividad en salvar judíos que mostró Oskar l• Schindler fue que se comportaba de modo contrario a lo que esperaban los nazis. En efecto, cuando se enfrentaba a ellos, se mostraba seguro de sí mismo y con autoridad, incluso cuando solicitaba colaboración para ayudar a los judíos. El proceso de división del yo ¿Cómo podían los médicos nazis de Auschwitz ser 'hu. 7 manos' con los pacientes al tiempo que oficiaban de técnicos en un campo de exterminio corno aquél? ¿Cómo podían ocuparse de cuestiones tales como de qué modo rne. jorar la producción del campo (el genocidio) y luego ir a sus. casas y besar a su familia? Una explicación es que lo hicieron mediante el pro, ceso de división o desdoblamiento; este es un proceso mediante el cual se crean dos yoes opuestos, uno de los cuales es responsable del mal. Ambos permanecen aislados entre sí para no crear un conflicto internoi 7 17. Véase Lifton (1986), The nazi doctors. Nueva York: Basic Books.

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Por consiguiente, el proceso de desdoblamiento sugi ere que los seres humanos son capaces de actos perversos mientras están actuando dentro de su «yo ordinario». E n el caso de los médicos nazis, no se trataba de personas qu e tenían que adaptarse a un ambiente hostil. Sólo tuvieron que acomodar su psicología a la terrible situación y tareas que esa ideología exigía. La gente funciona mejor cuando puede integrar sus metas dentro de una vida que les permite satisfacer sus necesidades más importantes. Los doctores nazis en Auschwitz combinaron sus motivaciones médicas con la ideología nazi, incluso aunque ello exigiera negar la realidad u otras distorsiones psicológicas. Pusieron su atención en actuar profesionalmente y en atender a los presos, aunque éstos estaban siendo infra alimenta. dos y estaban condenados a morir. Actuaron de modo cruel cuando realizaron experimentos necesarios para el progreso del «conocimiento médico», pero preservaron su sentido de la posición llevando uniformes elegantes y conduciéndose con dignidad. 18 ¿Cómo podían entenderse los gestos bondadosos que de vez en cuando realizaban los médicos o incluso los oficiales de las SS? La respuesta es que los ejemplos de bondad tienen una significación limitada. La vida era barata, y los médicos y oficiales de las SS podían hacer algún favor y actuar compasivamente sin que ello entrara en conflicto con sus metas prioritarias. Estas personas podían conceder alguna «gracia» para demostrarse a sí mismos que, en realidad, «tenían corazón», a modo de sentimentalismo engañoso (y no de sentimientos auténticos). ¿Por qué los nazis siguieron matando a los judíos hasta el final, con la guerra ya perdida? Es una pregunta importante, que puede aplicarse a los asesinos en serie. El poder más fuerte es el que se tiene sobre la vida y la muer18. The roots of evil, pp. 145 y ss. 2 21

te de los demás. Bajo la amenaza de perder la guerra, su sentido de superioridad, e incluso sus vidas, muchos 'SS afirmaron su poder y su invulnerabilidad continuando cate • los asesinatos.

6.2.4. Los jemeres rojos Los jemeres rojos se hicieron tristemente célebres e n los años 70. Con esta denominación se designa a los mieni bros del partido comunista «jemes» (khemer) de Camb oya, fundado en 1960 y dirigido hasta hace pocos años por Poi Pot (muerto recientemente con «los honores» de ser considerado un criminal de guerra despiadado). En 1973 se hicieron con el poder y comenzaron una represión san:. grienta contra sus opositores. Nacionalizaron la agricultu. ra, los campos de arroz y cometieron infinidad de actos genocidas. La invasión de Camboya por Vietnam en 1979 significó la instalación de un gobierno pro-vietnamita y el retorno de los jemeres rojos a la guerrilla. En 1982 se unieron a otras fuerzas de oposición para formar un gobierno de coalición. Opuestos a las elecciones de 1993, propiciadas por la ONU, lanzaron una campaña de terror para disuadir a los votantes, lo que, finalmente, no lograron:Ig Como testigo y superviviente de los campos de exterminio de Camboya, nunca podré perdonar u olvidar lo que los principales líderes de los jemeres rojos me hicieron a mí, a mi familia o a mis amigos. Es imposible. Culpo directamente a los doce líderes, los cerebros que estaban detrás de toda esa trama, quienes ordenaron la : muerte de millones de personas, incluidos minusválidos, niños, religiosos, intelectuales y todo aquel que supusiera una amenaza para sus ideas. 19. Los límites del perddn, p p 166-1672

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Dith Pran, superviviente de la terrible represión s años 70, se está refiriendo a los doce líderes de lo je meres rojos, a cuya cabeza estaba Pol Pot. No sólo ma ron a millones de personas, sino que también destruyer instituciones como la familia, la religión y la educacií pran reflexiona sobre los soldados, ejecutores de esta lírica asesina, y concluye que «si no hubieran seguido 1 órdenes del líder de los jemeres rojos, no sólo habrí sido ejecutados, sino que también habrían matado a top su familia. Tenían miedo a morir». No se trata de exc sanos, ...pero al menos comprendo por qué lo hiciere Creo que la clave del perdón es la comprensión. Lo q nunca podré entender es por qué los líderes de 1 jemeres rojos hicieron todo aquello. ¿Cuál era su pr pósito? ¿Dónde estaba su humanitarismo? Tenían la o ción de parar las matanzas, de dar a la gente algo m que una cuchara de arroz para comer, de acabar con 1 catorce o dieciséis horas al día, siete días a la semana ( trabajos forzados.

6.2.5. Sadam IIussein En los días anteriores a la guerra del Golfo de 199 el presiden te de los Estados Unidos, George Bush, tenía costumbre de sacudir la cabeza asombrado por la reacci( de Sadam Hussein a las diferentes resoluciones del Co sejo de Seguridad de la ONU. Bush, como cualquier pr' sidente enfrentado a graves decisiones, trataba de ten una visión lógica del proceder del mandatario iraquí. Con cerca de treinta años atrás, en 1962, cuando Kennedy preguntaba ante el envío de los misiles soviéticos a Cul) «¿por qué me está haciendo [Khruschevi esto a mí? George Bush buscaba la respuesta intentando ponerse e 99

'" •

I.1 I ►► gar de su oponente. 2 ° Cuando se le ordenó retirar s u eje, dio (le ocupación de Kuwait, el dictador iraquí se negys : ; y se pudo ver en televisión a Bush quejándose: «Sencilla. no entiendo a Sadam HusSein». Era —o así deb e .: creerlo— irracional, ilógico, incapaz de pe nsar ► ji mios zoilablemen te, un hombre que no lograba comprender la insensatez de sus actuaciones. Hoy en día, los iraquíes pueden dudar de que mereciera la pena la invasión'clé Kuwait, pero pocos ponen en tela de juicio la astucia e inteligencia de su líder. 2 ' Desgraciadamente, el mundo tiene donde elegir' en la búsqueda de políticos criminales de guerra. Karadzic y Mladic," los responsables de la «limpieza étnica» en Bosnia, son también dos candidatos muy estimables. Pero ya qué este libro no pretende ser exhaustivo, sino clarificador, no s vamos a centrar en Sadam, un perfecto camaleón para su pueblo, un psicópata moderno, que poco tiene que envidiar a Goering. Algunos hechos son de una tozudez extrema. Se podrá estar de acuerdo con el doble rasero que utiliza Esta dos Unidos para medir los crímenes contra la humanidad, según vengan éstos de sus amigos o de sus enemigos. Y también resulta difícil aprobar el embargo que está ha= ciendo tantos estragos entre la población iraquí, como consecuencia de perder Irak la guerra contra el ejército de la ONU. Pero no es menos cierto que Sadam utiliza a su pué-

20. Richard E. Neus tad t y Emest R. May (1986), Thinking in time. The uses of history for decision mak ers • Nueva York: The Free Press, pp. 11-12. 21. El País, 8 de noviembre de 1982 22. Cuando escribirnos estas páginas Milosevic estaba llevando a una guerra insensata a su pueblo y había provocado la limpieza étnica de loá albano-kosovares. En este libro lo hemos mencionado alguna vez, pero no queremos cansar más al lector. Para nosotros es un claro ejemplo de psicopatía, como expusimos en un artículo publicado en La Vanguardia el 26 de abril de 1999.

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bl o como moneda de cambio para debilitar el consenso inte rnacional contra su régimen; que no duda en dejar orir a los hijos de sus ciudadanos con tal de mantenerse m en e l poder. Esto incluye someterse a nuevos bombardeos, dificultar que se suavicen las medidas económicas en contr a de su régimen al negarse a colaborar una y otra vez ro n las misiones de inspección de la ONU. Es impresionante su apego al poder, su crueldad, su extraordinaria capacidad de manipular los sentimientos a ntisemitas del mundo árabe en su beneficio. Se le ha comarado con Hitler, y hay buenas razones para ello. Su exterminio de la población kurda es de todos conocido, pero tuvo menos atención pública un hecho perfectamente revelador de su psicopatía. En agosto de 1995 escaparon a Jordania dos de sus hijas, Raghad y Rana, juntamente con sus maridos, el general Kamel Al Magid y su hermano Sadam Al Magid. En febrero de 1996, ambas familias regresaron a Irak después de que Sadam Hussein dijera expresamente que les había perdonado. Al día siguiente de su regreso, Sadam asesinó a sus yernos, juntamente con otro hermano y el padre de todos ellos. Según informaciones que 11 o pudieron ser definitivamente contrastadas (algo muy lógico en el kafkiano mundo que impone Sadam), los hombres del dictador iraquí asesinaron incluso a los hijos pequeños de los desertores, a fin de «borrar la línea de sucesión de los traidores». Varias mujeres, entre ellas las hermanas de los desertores, también fueron asesinadas en Bagdag. Sin ninguna duda, el clan de los Al Magid fue objeto de una persecución implacable, habiendo sido asesinados hasta marzo de 1996 cien de sus miembros. Sadam no puede ser catalogado, en sentido estricto, Como un político «maquiavélico». Maquiavelo no dijo que El Príncipe debiera perseguir la miseria y destrucción de su pueblo. Al margen de nuestras opiniones sobre la política correcta en Oriente Medio, no podemos sino inquie-

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tarnos por la existencia de un formidable psicóp aa ta , kis puertas del siglo XXI. Vemos en su figura las característicaá típicas de todo psicópata criminal: inteligencia para sóbr e= vivir en la trama criminal, mentiras y manipulación, Cruel _ dad, egocentrismo patológico... Se comprende ahora aquel gesto de Bush. ¿Por qué un hombre decide mantener una guerra injusta a sabien. das que la va a perder? ¿Por qué no llegó a comprend er que moriría mucha gente sin ningún beneficio para na. die? ¿Por qué no fue capaz de saber que la segura derrota iba a provocar terribles sufrimientos a su pueblo? Estas pre. guntas sólo se pueden contestar si comprendemos la lógic a del psicópata: lo que es bueno para él (en el sentido de sus intere. ses y ambiciones) es la única ley. ¿Por qué los nazis siguieron matando judíos y «otras razas inferiores» hasta el final, cuando era urgente reunir todas las fuerzas disponibles en el frente, desviando así un esfuerzo que era tan necesario? Es la misma pregunta que se hacía Dith Pran a propósito de los jemeres rojos: ¿Cuál es el propósito de todo esto? En Sadam aparece también esa impredecibilidad que es tan habitual en los camaleones, sin duda producto de una impulsividad que convierte caprichos en actos de consecuencias terribles. Cuenta Robert Fisk, corresponsal en Oriente Próximo del diario The Independent, lo que le comentó personalmente el responsable de investigaciones nucleares del régimen de Bagdag. Cuando este hombre cualificado (Hossein Sharistani) le señaló a Sadam qued os proyectos nucleares de su gobierno contravenían los acuer, dos internacionales, Sadam le contestó:"

Usted es un científico y yo soy un político. ¿Sabe lo que es la política, doctor Sharistani? Se lo voy a decir. Cuando me levanto por la mañana, pienso una cosa. Lue23. El País, 8 de noviembre de 1982.

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público, anuncio lo contrario. Después, por la hago otra cosa muy distinta, que me sorprende incluso a mí mismo. go, en tarde,

Se advierte en los criminales de guerra psicópatas que h emos examinado en este capítulo que el problema no estriba en que el razonamiento lógico esté dañado. La lóg i ca existe, aunque sea perversa. Ni Eichmann, ni Polt Pot, >n i Sadarn sufren alucinaciones. No oyen voces divinas que les mandan concluir misiones sagradas. Tampoco tienen delirios. No hay signos de esquizofrenia. La razón de que Bush asistiera perplejo al desafío de Sadam es que no comrendió que Sadam no incluía las emociones dentro de su sistema de decisiones, que lo que se entiende habitualmente por «iialores humanos» (y que exige irremediablemente comprender profundamente los intereses de los demás seres humanos) son para él perfectamente incognoscibles.

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6.3. EL CASO Din ROUX: ALGO HUELE A PODRIDO EN BÉLGICA

. El 13 de agosto de 1996 fue detenido Marc Dutroux, de • 39 años, en Charleroi, Bélgica. Después de dos días de duros interrogatorios, condujo a la policía a su casa (que había sido registrada por la policía con anterioridad durante las investigaciones) y les indicó una puerta secreta escondida detrás de un armario. La puerta daba acceso a un sótano de tres metros cuadrados, donde se hallaban sobre dos camastros, aterrorizadas, dos niñas de 14 (Laetitia) y 13 años (Sabine). 24

24. Seguirnos en este apartado el libro de Dirk Schümer (1998), Los ¿cazadores de niños. Barcelona: Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores.

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Laetitia llevaba secuestrada cinco días, Pero Sabi n ya Inicia varias semanas que había desaparecido. Tres día: I ( 1)11 és de la liberación de las niñas se descubrió e n Otra ( asa que poseía Dutroux en otra población los cadáveres de (the Lejeune y Mélissa Russo, dos niñas de siertiesia:noe ..: desaparecidas en julio de 1995 en los alrededore s de Lie ' já. Du t roux declaró haber mantenido a las niñas p ras en su casa durante meses. Entre febrero y marzo- . d 1996, mientras Dutroux cumplía una corta condenap9)robo, nadie se había ocupado de ellas. Cuando regresó • Dutroux a su casa, una acababa de morir de hambre`y la otra murió en sus brazos. Ambas niñas fueron enterradas con las manos atadas, lo cual prueba que el ase= sitio decía la verdad: estaban casi muertas de hambie cuando fueron enterradas. Junto a los cadáveres de las niñas, los investigadores' descubrieron los restos de Bernard Weinsten, un francés que durante un tiempo trabajó para Dutroux y que había vivido en una de sus casas. Si bien éste, en un principio, intentó inculparle de las muertes de Julie y Mélissa, después reconoció que lo mató dándole una tostada de martequilla convenientemente aderezada de narcóticos y pásteriormente enterrandolo vivo. La policía empezó a realizar más detenciones, como presuntos coautores y colaboradores: Michel Leliévre, otro colaborador de Dutroux; el industrial de neumáticos 'de coche, Mikhail Diakostavrianos; el industrial de Bruselas, Michel Nihoul y la propia mujer de Dutroux, Michelle Martin. Todo parecía indicar que la policía había descubierto a toda una banda de pederastas y asesinos, que pudiera tener ramificaciones en la Europa del este, a donde Dutroux se desplazaba regularmente. La mujer de Dutroux reconoció su culpabilidad. Muy dependiente de Dutroux, dijo que el miedo le había impedido bajar al sótano clandestino y ocuparse de las ni-

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b as . Dutroux les había dicho a las desdichadas víctimas ue estaban allí porque sus padres no querían pagar para liberadas. Ciertamente, toda Bélgica se había movilizado para buscarlas, pero las niñas debían de pensar que sus padres las habían abandonado. Finalmente, varias semanas después, se descubrió en otro inmueble de Dutroux los cadáveres, enterrados a seis • m etros de profundidad, de dos jóvenes flamencas desparecidas: An Marcial, de 18 años, y Eefje Lambrecks, a de 19. Dutroux había dicho previamente que las había vendido a burdeles de Eslovaquia, pero, en realidad, An y Eefje fueron asesinadas en Charleroi poco después de que las secuestraran en Brujas, en agosto de 1995, donde estaban pasando unos días de vacaciones con unos amigos. Luego se supo que también ellas habían estado durante algún tiempo en el sótano de la vivienda actual de Dutroux; éste y su compinche, Leliévre, las habían capturado cuando se dirigían a un espectáculo de variedades por la noche, las habían narcotizado y luego las metieron en el espacio de carga de una furgoneta hasta su destino final. Parecía que una pesadilla había tocado a su fin. Eran muchos los niños desaparecidos en Bélgica y parecía que se había dado caza al principal responsable de una siniestra red de pederastia. Como respuesta a la presión de la población, a finales de 1995, tras la desaparición de Julie y Mélissa, se formó una comisión especial de «desaparecidos» en la gendarmería belga (policía federal), con el fin de conjuntar la información de las autoridades regionales que trabajaban por separado. Pero, para que Dutroux fuera apresado, fue necesario que intervinieran en el caso dos representantes de la ley que hicieron su trabajo con seriedad: el fiscal Bourlet y el juez de instrucción Connerotte, ambos con jurisdicción en las Árdenas, en una de cuyas poblaciones fue secuestrada una de las niñas rescatadas con vida, Laetitia.

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