El eros en la literatura medieval bizantina

March 31, 2019 | Author: Josué Durán H | Category: Byzantine Empire, Late Middle Ages, Novels, Historiography, Eroticism
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La primera novela erótica bizantina...

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EL EROS BIZANTINO BIZANTINO EN LA LITERATURA Dr. Ernest Marcos Hierro

Universitat de Barcelona

Ernest Marcos Hierro

El erotismo está prácticamente ausente de la literatura bizantina hasta bien entrada la edad media. No hay duda de que esta ausencia se debe, en última instancia, al carácter extremadamente religioso del Imperio, la primera sociedad homogéneamente cristiana de la historia, que excluye, por principio, del discurso público la celebración de la sexualidad humana. Hay que evitar caer en el viejo tópico simplista que identifica a Bizancio con un mundo poblado de teólogos fanáticos, pero no podemos negar que durante casi siete siglos los autores bizantinos prefirieron ignorar los placeres carnales y dirigir, en cambio, sus miradas hacia los goces espirituales de la vida futura. No obraban así por temor, ni cobardía, sino por convencimiento y fidelidad a una tradición, que en la época de transición entre la hegemonía cultural pagana y la cristiana, optó por abandonar el cultivo de los géneros literarios de entretenimiento para abrazar, de manera casi exclusiva, los que proporcionaban edificación moral. De este modo el incipiente sistema cultural bizantino trataba de resolver su complicada relación con el legado omnipresente de la cultura pagana antigua. Cuando se habla de la alta edad media desde la perspectiva de Occidente, se suele pintar un paisaje de desolación cultural, tan sólo paliada por la existencia de unos pocos centros monásticos, catedralicios o áulicos, en los que se habría refugiado la sabiduría antigua en condiciones poco favorables. Esta imagen, que requeriría por otra parte, una presentación mucho más matizada, no tiene nada que ver con la realidad de Bizancio, en donde nunca se quebró del todo la continuidad del sistema educativo y, por tanto, de la tradición cultural, que había cristalizado en la sociedad helenística hacia el siglo III antes de Cristo. Los niños bizantinos aprendían a leer con LA MIRADA BIZANTINA

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los mismos cantos de Homero con los que lo hacían sus antepasados alejandrinos o atenienses y tenían como modelos de escritura ejercicios de retórica de oradores que habían vivido centenares o incluso un millar de años antes que ellos. La lengua de estos textos era muy distinta de la que ellos hablaban, pero sus maestros, formados en la veneración de la autoridad de lo antiguo, les exigían que la dominaran y que la utilizaran en sus escritos con la mayor precisión y pureza posibles. Les imponían la mímesis, la imitación de la perfección recibida, y distinguían especialmente a aquellos que destacaban en lo que para ellos era una actualización viva del modelo y que, para nosotros, enemigos de la repetición, no sería otra cosa que plagio. Esta actitud no se limitaba al aspecto lingüístico, sino que se extendía también al contenido y al modo de expresión de los textos, que trataban de ajustarse al máximo a los cánones de los géneros literarios antiguos. Así, por ejemplo, resulta difícil de distinguir un panegírico en honor de un emperador del siglo XII de su modelo escrito por Temistio en el siglo IV. Frente a nuestra preferencia por la actualidad y los elementos de ruptura creativa en el texto, en la alta cultura bizantina prevalecía la aspiración a la intemporalidad y a la conformidad con la tradición. No todos los autores poseían, desde luego, la misma capacidad para la mímesis, ni tampoco todos sus lectores tenían el grado de formación requerido para poder apreciar el resultado de sus esfuerzos. Tampoco todos los temas se prestaban del mismo modo a un tratamiento arcaizante. Existían modelos antiguos para describir y celebrar las vidas de los emperadores y los solemnes rituales de la corte y, por ello, la continuidad estilística y formal se hace muy evidente en la historiografía y la oratoria LA MIRADA BIZANTINA

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bizantinas. La nueva temática cristiana, en cambio, propicia la aparición de nuevos géneros, que derivan, ciertamente, de otros antiguos, pero se apartan de ellos para llegar a un público que no tenía ni los requisitos culturales, ni los intereses, que éstos exigían. Los casos más destacados son la hagiografía, que en lugar del filósofo o el taumaturgo de las biografías paganas propone a los mártires y ascetas cristianos como nuevos modelos de conducta, y la llamada cronografía monástica, que adopta el esquema de los antiguos anales para reproducir, en un registro lingüístico menos complejo y con un estilo de narración más sencillo, la información que se encuentra en los autores arcaizantes. Así lo necesitaban los destinatarios de estos textos, formados en la lectura del Antiguo y del Nuevo Testamento y de las obras de los Padres de la Iglesia y de los teólogos posteriores, en una lengua y en una visión del mundo, que se apartaba de los modelos de la cultura clásica. Había, pues, espacio para la expresión de la realidad contemporánea en la literatura bizantina, pero siempre bajo el prisma de la moral cristiana y con la intención, tal como decíamos antes, de instruir al lector y contribuir a su salvación, un objetivo que también compartían, aunque con un menor énfasis en el aspecto religioso, los historiadores y oradores miméticos de la antigüedad. En una cultura volcada en la formación espiritual y en la instrucción de sus miembros, obsesionada por ofrecerles modelos que contribuyeran a su salvación personal y al bienestar colectivo, el objeto preferente del discurso había de ser el pasado histórico, contemplado como un proceso orgánico que se inició con la creación del mundo y finalizará con la segunda parusía de Cristo, integrando armónicamente en su seno el legado pagano y la revelación cristiana como manifestaciones en grados LA MIRADA BIZANTINA

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distintos de la misma sabiduría divina. En esta cultura, sin embargo, se proscriben las realidades alternativas que distraen a sus usuarios, fijando su atención en quimeras perjudiciales para el espíritu. Aquí, por tanto, no hay lugar para la ficción y, muy especialmente, para la ficción amorosa, que, tanto en verso como en prosa, en la poesía lírica y en la novela antiguas, celebraba y narraba las pasiones de personajes inexistentes, surgidos de la imaginación de sus creadores, con la aspiración y el propósito de encarnar y representar idealmente a todos los lectores. En la literatura del nuevo orbe cristiano el sexo ya no podía ser un motor narrativo, sino tan sólo un elemento que aparece de manera tangencial para apuntalar el encomio del santo asceta que rechaza las tentaciones carnales o para rematar el vituperio del personaje que sucumbe ante ellas. En este sentido, abundan en la historiografía bizantina de todas las épocas los retratos de emperadores desvergonzados, que asaltan impúdicamente a doncellas, matronas e, incluso, a los propios oficiales de su séquito, como Constantino V Coprónimo, aunque ningún relato supera en crueldad al que nos ofrece de la emperatriz Teodora su «verdugo» Procopio en la Historia Secreta. Para volver a encontrar una visión gozosa del amor humano habrá que esperar a la resurrección en el siglo XII de la ficción narrativa y del género que la encarna por excelencia, la novela, una recuperación que viene determinada por la llegada a Bizancio de nuevos aires procedentes de Occidente. En esta época, bajo el gobierno de los emperadores de la dinastía Comnena, el auge de los contactos políticos, comerciales y diplomáticos con las grandes potencias occidentales y la estrecha vecindad con los estados cruzados de Palestina y Siria ponen LA MIRADA BIZANTINA

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de moda en el Imperio los gustos y las costumbres «latinas», es decir, propias de la Europa Occidental. En el antiguo hipódromo de Constantinopla los príncipes bizantinos participan en torneos de caballería y las damas de la corte admiran e imitan la desenvoltura de las señoras feudales que visitan la capital, como Leonor de Aquitania, de camino a Tierra Santa, en 1146. Los intelectuales griegos, por su parte, entran en contacto con la literatura del mundo feudal, en la que la temática amorosa domina la producción tanto en lengua latina como en romance, y se aplican a la creación de una ficción comparable en su propia lengua. Dos eran las vías de que disponían para hacerlo. La primera se ajustaba al sagrado principio de respeto a la milenaria tradición cultural y consistía en la recuperación de la llamada novela erótica de la Segunda Sofística, un género literario antiguo abandonado por los escrúpulos morales expuestos anteriormente y en el que habían destacado autores como Caritón de Afrodisias (Quéreas y Calírroe), Jenofonte de Éfeso (Las Efesíacas), Aquiles Tacio (Leucipa y Clitofonte) y Heliodoro de Emesa (Las Etiópicas). La segunda entrañaba, por el contrario, el riesgo de crear un producto literario innovador, con unos modelos de narración y de registro lingüístico extranjeros. Puestos en esta tesitura, los autores de época Comnena optaron por compatibilizar ambas posibilidades, dando lugar así a un período de esplendor de la ficción de entretenimiento tanto en el registro literario llamado «culto», es decir, arcaizante, como en el «vulgar», más cercano a la lengua hablada por el pueblo. Conservamos cuatro novelas del siglo XII que responden a la vía mimética de la antigüedad y están escritas, por tanto, en el griego clásico de sus modelos: Rodante LA MIRADA BIZANTINA

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y Dosiclés de Teodoro Pródromos, Drosila y Caricleas de Nicetas Eugenianós, Aristandro y Calitea de Constantino Manasés e Hismene e Hisminias de Eustacio Macrembolites. Las tres primeras son en verso: las de Pródromos y Eugenianós en un metro de tradición antigua, el dodecasílabo yámbico, y la de Manasés, que poseemos tan sólo fragmentariamente, en un metro nuevo, el decapentasílabo, el verso por excelencia de la literatura en lengua popular. La obra de Macrembolites, en cambio, la que alcanzó mayor éxito y difusión, es en prosa, como sus precedentes de época antigua. Tal como sugieren sus propios títulos, los protagonistas son unos jóvenes enamorados, que han de soportar con firmeza y perseverancia toda suerte de infortunios antes de ver felizmente realizado su ensueño de amor. Como no cuentan con la aprobación de sus respectivos padres, huyen de sus casas y caen en las manos de piratas sanguinarios, que los separan y los venden como esclavos a amos y a amas lujuriosos que los asedian con sus requerimientos. Ellos, sin embargo, resisten a todas las tentaciones y, tras arduas peripecias, obtienen como premio de su virtud la reunión final y la celebración del ansiado matrimonio con el consentimiento paterno. El escenario de sus aventuras es el mundo pagano y cosmopolita de la época helenística y romana, retratado con una coherencia en la ambientación y un control de los posibles anacronismos que  justifican para estas novelas el calificativo moderno de «históricas», puesto que aspiran a reproducir fielmente una sociedad desaparecida a través de referencias literarias y artísticas. Por otra parte, la estructura de estos textos, al igual que la de sus modelos antiguos, es muy sofisticada y reflexiva, con frecuentes interrupciones de la continuidad temporal de la trama por relatos insertados en el discurso principal o por digresiones típicas de la retórica clásica, como descripciones, etopeyas, encomios y vituperios. LA MIRADA BIZANTINA

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Son obras, pues, ambiciosas y refinadas, de una gran calidad literaria e intelectual, que reviven con eficacia un género olvidado durante siglos y que alcanzaron una proyección enorme. Baste considerar aquí los 43 códices identificados con una copia manuscrita de Hismene e Hisminias. En paralelo a este renacimiento de la novela erótica antigua, la época Comnena ve aparecer también los primeros textos, escritos en verso decapentasílabo, en los que encuentra cabida un registro lingüístico no arcaizante, sino contemporáneo y popular, que podemos considerar como equivalente a los distintos romances que están alcanzando en este mismo momento el rango literario en Occidente. Esta eclosión de la llamada literatura en «lengua vulgar» hubo de tener, ciertamente, sus precedentes en el ámbito de la oralidad, con figuras discutidas como los aedos o poetas errantes populares, pero es, a todas luces, obra de literatos que, como Teodoro Pródromos o el autor anónimo de la versión del manuscrito de Grottaferrata de la historia de Digenís Akritis, decidieron narrar la realidad de su tiempo con las palabras y expresiones de uso común. Bajo la influencia de la cultura occidental, estos autores optaron por crear una ficción de ambientación contemporánea y aspiración realista, en la que el erotismo tiene un papel muy importante y exento, además, de toda idealización. Éste es el caso del poema satírico que relata las aventuras eróticas de un joven estudiante constantinopolitano con su patrona o, sobre todo, de la complicada vida sexual en las fronteras del Imperio del héroe Digenís, convertido por la tradición posterior en el espejo de todas las virtudes griegas. En el relato del siglo XII, sin embargo, este joven guerrero agrede con violencia a todas las mujeres con las que topa: rapta, en primer LA MIRADA BIZANTINA

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lugar, aunque con su consentimiento, a la joven hija de un señor vecino para convertirla en su esposa y, una vez casado, le es infiel en dos ocasiones. La primera cuando viola a una indefensa fugitiva musulmana y la segunda cuando seduce, desflora y abandona a la bandolera que aspiraba a derrotarlo. No se jacta en absoluto de estos actos, sino que los lamenta con horror hasta en su lecho de muerte, mientras acusa al Diablo de haberle inducido a cometerlos. El debate de Digenís entre el feliz amor conyugal y sus sórdidas aventuras adúlteras refleja, seguramente, el erotismo contemporáneo de Bizancio con mayor verosimilitud que no lo hacen las arcaizantes apologías de la castidad de los eruditos de la corte Comnena. Mucho más internacional nos aparece el grupo siguiente de obras que en los dos últimos siglos de Bizancio tienen como tema principal las aventuras de una pareja de enamorados. Se trata de las llamadas novelas de caballerías en verso decapentasílabo y lengua popular, que por la estructura del argumento y numerosos detalles de su ambientación remiten a modelos occidentales, desde las obras del ciclo artúrico de Chrétien de Troyes del siglo XII hasta otras contemporáneas, siendo, en varias ocasiones, incluso, traducciones o nuevas versiones de éstas. Éste es el caso de Florios y Platziaflora, que adapta al griego el famoso relato difundido en todas las lenguas de Europa de Floir et Blancheflor, y de Imberios y Maragona, traducción del relato francés Pierre de Provence et la belle Maguelonne. A diferencia de las novelas arcaizantes, estas obras describen un mundo ficticio bastante próximo a la realidad contemporánea, habitado por emperadores, reyes, caballeros, damas y sirvientes cristianos de origen griego y latino y por sus enemigos musulmanes. A pesar de la presencia de seres fantásticos LA MIRADA BIZANTINA

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como brujas, ogros y magos, aspiran, pues, a retratar el ambiente en el que viven sus lectores, a quienes a menudo interpelan como interlocutores de una manera cómplice. El nuevo escenario determina, además, un realismo y una crudeza mayor en el tratamiento del erotismo. En estos textos no se mantiene, en efecto, la estricta observancia de la castidad de los protagonistas propia del género antiguo. Como en los “romans courtois” contemporáneos de Occidente, los amantes de estas novelas, separados, a menudo, por los convencionalismos sociales, se citan clandestinamente por la noche en los jardines de sus palacios y allí se entregan, sin dudarlo un instante, a la consumación física de su amor. Tampoco no temen cometer adulterio y llegan, si es necesario, como en Bélthandros y Crisantza, a contraer matrimonios de conveniencia con otras personas a fin permanecer en el entorno de sus amados. No sienten ni los escrúpulos de sus predecesores antiguos, ni los remordimientos del violento Digenís. Una divinidad todopoderosa, el rey Amor, los somete a sus designios, justifica todas sus tropelías y los conduce a través de complejos infortunios y episodios ambiguos hasta su triunfo final, como en Calímaco y Crisórroe y Lívistros y Rodamne, obras maestras del género. Con estas novelas de amor sensual y de aventuras inmorales escritas en las postrimerías de su historia milenaria, la literatura bizantina de entretenimiento se inscribe, finalmente, en la plena contemporaneidad. Mientras los lectores griegos, caídos ya o a punto de caer bajo la dominación otomana, se entretenían con estas brillantes imitaciones, en el otro extremo del Mar Mediterráneo, el escritor valenciano Joanot Martorell localizaba en Bizancio las aventuras militares y amorosas del caballero Tirant lo Blanc, el amado de la princesa Carmesina LA MIRADA BIZANTINA

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y émulo de ficción del célebre mercenario Roger de Flor, el comandante de la Compañía Catalana asesinado en Adrianópolis en 1305. Martorell no puso jamás los pies en tierra griega, pero, con su sensibilidad y su conocimiento y dominio de las claves del género caballeresco, logró recrear con gran verosimilitud la atmósfera de una corte bizantina angustiada por el asedio de sus enemigos, pero volcada, al mismo tiempo, en volcánicas intrigas amorosas. Así consiguió el remoto escritor, de manera paradójica, lo que ningún otro autor bizantino había ni tan siquiera intentado: hacer de Constantinopla el escenario de una gran historia de amor y de aventuras. Teniendo en cuenta el papel capital de la obra de Joanot Martorell en la constitución de la novela moderna, bien podríamos afirmar, a modo de irónica conclusión, que, tras tantos siglos de combatirla, Bizancio tuvo, finalmente, el honor de convertirse en uno de los primeros mundos de ficción de la modernidad.

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