El Barco de Los Esqueletos

December 10, 2017 | Author: Hastridx Hellen Ampuero Warner | Category: Antarctica, Nature
Share Embed Donate


Short Description

Descripción: LICOR DE DULCE DE LECHE PARA TRAGOS O AGREGARLO A LOS POSTRES (HELADOS ECT) (1 DISPONIBLE - NO ENTREGO A DO...

Description

El barco de los esqueletos Óscar Barrientos Bradasic

A mi padre

El invierno en Punta Arenas se parece a un gigantesco cetáceo que reposa sobre la marea. Es mi ciudad. Nací y crecí en ella, varias veces he viajado por otras latitudes, pero siempre vuelvo a mi lugar, como consolidando un ritual pretérito y siempre revelador. A veces me doy cuenta de que contemplarla es también un poco inventarla. Pasear por aquí una tarde invernal es como probar una pastilla de menta demasiado fresca, es un frío que llega a calar los dientes, una mezcla entre placer y dolor, muy propia de la cercanía con los hielos del fin del mundo. El viento sopla ahora sobre mi rostro imprimiendo esa bofetada gélida e impregnada de sal que trae la rudeza de los mares australes y algo de la noche antártica. Estoy en el Muelle Verde, un muelle fundacional en esta ciudad, que antes era también conocido como el Muelle de Pasajeros y que hoy es un añe-

7

jo conjunto de tablas corroídas por los elementos, donde reposan flemáticas las gaviotas. Se cuenta que en 1908 el cónsul de Francia Juan Blanchard despidió aquí al navío Pourquoi-Pas?, que emprendía su segunda travesía al continente antártico. Ahora presenta un aspecto ruinoso, pero la evocación de los barcos que pasaron por él me hace volver a sus pies. A un lado del Muelle Verde han instalado un casino de juegos, cuyas irritantes ventanas cromadas quiebran la armonía del dibujo portuario. Más allá veo el Muelle Arturo Prat, donde zarpan y fondean barcos que van y vienen entre las más impensadas latitudes del globo, mientras numerosos hombres solicitan las amarras en todas las lenguas y dialectos de Babel, hombres de mar de hoy y siempre, que en sus cuerpos llevan mareas y singladuras interminables.

En tanto, el estrecho de Magallanes empieza a mostrar unas olas picadas y un tono azul oscuro que delatan un repentino cambio de humor. El viento, como un cuchillo, ingresa en el mar removiendo su enorme vientre de espuma y silencio. «Éste es el paso que une los dos océanos más grandes del planeta», me digo, repitiendo una lección aprendida de memoria. Recuerdo que en la

8

niñez leía con devoción las novelas de aventuras de Emilio Salgari. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que uno de los epicentros favoritos en sus historias navieras era el estrecho que quedaba a dos cuadras de mi casa. Asociaba ese mar a una fuente inagotable de historias, mientras mi profesora decía: «Quienes vivimos aquí tenemos una visión de dos mares que confluyen, representamos la transición de un antiguo viaje».

Ahora la tarde está despejada. Propicia el santo oficio de la evocación. Pienso en las fotografías del puerto libre que hay en algunas casas, donde puede verse desde el cerro de La Cruz un horizonte tapizado de barcos. Tiempos de bonanza y prosperidad, la época en que aún no se abría el canal de Panamá. Pienso también en las incontables travesías que presenció este mar de colores intensos y en cuyas profundidades yace una verdadera fosa común de barcos. Entonces la figura del naufragio se torna curiosamente cotidiana mientras el viento helado hace flamear mi abrigo. Estos mares fríos, el estrecho de Magallanes, el cabo de Hornos, el paso de Drake, todos escenarios propensos a la epopeya naviera pero también a la tragedia en manos de un mundo que se triza.

9

Estoy viendo a Hernando de Magallanes que ingresa con sus naos robustas, goteando humedad por sus jarcias, al que llamó estrecho de Todos los Santos, en 1520. Luego pasa por mi mente y por estas aguas un soberbio Francis Drake, corsario a las órdenes de Su Majestad Británica, cruzando en tan sólo dieciséis días este recodo de la geografía que prácticamente le pertenecía al mito. También avizoro a Sarmiento de Gamboa, que ahora es un personaje conradiano, desdichado y condenado al fracaso, pero siempre épico. Es inagotable la proeza de los barcos que surcaron este estrecho. Sus naufragios, travesías y hazañas son parte de mi oficio de convocar rostros del pasado. Pero ahora, detrás de todos esos navíos, veo un barco fantasma que ingresa al estrecho como a la rada de mis recuerdos. En octubre de 1913 fue divisado en estas aguas australes un airoso velero de tres palos, en cuya proa podía leerse el nombre Marlborough. Llevaba velas andrajosas que se azotaban espectrales y arrastraba la lastimada silueta de lo irremediable. En ese momento nadie habría imaginado que ese inusual navío llevaba veintitrés años a la deriva, cruzando vaya uno a saber qué parajes, sin que nadie tuviera noticias de él, como si navegara los círculos del infierno. Había zarpado desde el puerto de Lyttelton, Nueva Zelanda, el 11 de enero de 1890. El rumbo que si-

10

guió tras quizás qué brújulas, navegando durante casi un cuarto de siglo, sin dar la menor señal de su paradero, es parte de una historia que me cala profundamente y es posible que el plano de realidad haya viajado, sin otro equipaje que la duda, a las cartografías de la imaginación. La historia del Marlborough se cruza sospechosamente con la leyenda, y es bueno que así sea. Lo que sí sabemos, a ciencia cierta, es que su tripulación estaba compuesta íntegramente por esqueletos.

11

View more...

Comments

Copyright ©2017 KUPDF Inc.
SUPPORT KUPDF