Díaz-Plaja, Fernando - Si Mi Pluma Valiera Tu Pistola

February 4, 2018 | Author: quandoegoteascipiam | Category: Francoist Spain, Spain, Francisco Franco, Left Wing Politics, Politics (General)
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Descripción: Fernando Díaz-Plaja - SI MI PLUMA VALIERA TU PISTOLA LOS ESCRITORES ESPAÑOLES EN LA GUERRA CIVIL «Si mi p...

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LOS ESCRITORES ESPAÑOLES EN LA GUERRA CIVIL

Fernando Díaz-Plaja «Si mi plum a v a lie ra tu p is to la /d e capitán, contento m o riría», dijo A n ­ tonio M achado en unos v e rs o s d ir i­ gidos a L ister. C a si al m ism o tie m ­ po, su herm ano M anu el envidiaba a M o scardó . Eran dos pruebas de la locura que había invadido a los españo les. A todos los e sp a ñ o les, incluyen do a los m ás e x im io s e s c r i­ tores. S í, España entera pe rd ió la cabeza. La pasión le pudo al s e n ti­ do com ún, el herm ano de ayer se co n v irtió

en

el

enem igo

de

hoy;

quien com p artía m esa y café en una m esa fa m ilia r, se v o lv ió un en e m i­ go m ortal, al que había que m atar para que el país fu e se fe liz y d i­ choso. Una ola de rabia cru zó la Pen ínsula,

una

o la

de

rabia

que

(Continúa en la 2.a so la pa )

nunca hubiera podido im aginar na­ die, una ola de rabia que m uchos no q u ieren reco rd a r después. En el caso de los e s c rito re s pervive en su s lib ro s, en su s a rtíc u lo s. El e s c rito r deja co nsta ncia de lo ocu­ rrido. Co m b atió con los dem ás e s ­ pañoles, pero su fu s il nunca se en­ frió , su s p ro y e c tile s no se p e rd ie ­ ron en la carne co n tra ria o en la tierra. Sus balas son te stig o s, hoy com o ayer, de lo que dijeron y de lo que sin tiero n . A Fem ando D íaz-Plaja le interesan m ás, en e ste sentido, los a rtíc u lo s que publicaron, que los lib ro s que lanzaron al m ercado. Y ello, por una razón:

quien

e s crib e

un

a rtíc u lo

obedece al im pu lso que lo m otiva, algo que ha leíd o o que ha oído y ante

lo

que

reaccio na

inm ediata­

m ente y, por tanto, con a u te n tic i­ dad. Los párrafos sa le n del co n s­ cie n te o del in co n scie n te y, en po­ ca s horas, el le cto r tie n e ante s í el resu ltado de una actitu d que proba­ b lem ente nunca se vo lv e rá a repe­ tir, porque apenas ha habido tiem po de m editarla. Y esto es lo que nos expone Fernando Díaz-Plaja en e s­ tas páginas: un am plio abanico de a rtíc u lo s en que los e s c rito re s de am bos bandos nos m uestran la ideo­ logía que los guiaba. En el de scan­ so de la lucha, el com b atiente leía en el p e rió d ico las razones por las que él, Juan Pérez, estaba a llí su ­ frien d o y haciendo su frir, matando y haciendo matar.

Fernando Díaz-Plaja, uno de los escritores más v prolíficos y de temática más variada de la posguerra española, nos ofrece aquí un amplio abanico de los grandes temas tratados por los escritores en ambos bandos durante la guerra civil española. Y entre esos temas destaca el básico: «¿Por qué?» Si él escritor es hombre sensible —y en otro caso no sería escritor—, debe explicar al mundo, empezando por sí mismo, las razones por las que se ha llegado a la tragedia. Y tras intentar explicar la tragedia —el pasado—, se intentará describir el futuro, siempre rosa, naturalmente, que espera al luchador de hoy. Puede ser el Imperio o la Justicia social, péro, en todo caso, al español se le ofrece un paraíso cuando termine ese purgatorio «que nosotros no queríamos, pero que nos vino impuesto por el enemigo». Y, tras la pregunta, el intento de glosar, atacar y defender conceptos más o menos específicos, tópicos, vagos o demagógicos, aunque siempre con el aparente deseo de servir a la «causa que tiene la razón».

Fernando Díaz-Plaja

SI Ml PLUMA VALIERA TU PISTOLA Los escritores españoles en la guerra civil

PLAZA & JANES, S. A. Editores

Portada de GRACIA

Prim era edición: Abril, 1979

© 1979, Femando Dlaz-Plaja Editado por PLAZA & JANES) S. A., Editores Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Printed in Spain — Impreso en España ISBN: 84-01-33153-6 — Depósito Legal: B. 14.523-1979

ÍNDICE GENERAL INTRODUCCIÓN

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¿POR QUÉ OCURRIÓ? (o el diagnóstico tardío} . . '. . . . . . . . 17 Incomprensión, por Antonio de Hoyos y Vinent .......................................................................... . 18 Nacimiento y destino de tres generaciones, por Pedro Lain Entralgo. — 1..Biología cul­ tural de las generaciones ... 20 Nacimiento y destino de tres generaciones, por Pedro Lain Entralgo. — 2. Revisión nacionalslndicalista del 9 8 ............................... ............................................................................... 23 El español y su tradición, por Marfa Zambrano............................... ........................................ 26 Nacimiento y destino de tres generaciones, por Pedro Lain Entralgo. — 3. La genera­ ción de la anteguerra . . . . . ......................................................................29 Nacimiento y destino de tres generaciones, por Pedro Lain Entralgo. — 4. La genera­ ción de la anteguerra: Ortega......................................................................................................... 32 Cultura y, pueblo, por Rosa C h a c e l....................................... ....... 35 Nacimiento y destino de tres generaciones, por Pedro Lain Entralgo. — 1. La genera­ ción de la anteguerra: H e rre ra ....................................................................................... 43 El hombre y la verdad, por J. Martínez Bande ........................................................................46 Teatro farsante: Carmen, por José Manuel Martinez Bande.................................................................50 Por el río Nervlón, por Alfonso García Valdecasas 52 El mentecato siglo XIX, por José Carlos de Luna . . , . . . . . Necesidad de la ternura, por Manuel H alcó n ....................................................................... 55 Bajo el signo de la República, por Alvaro de Albornoz ........................................................ 57 La reforma del entendimiento español, por María Zambrano . . . . . . . 60 Comentario, por Pío Baroja ...................................................................... ....... 69 Los errores de la República Española, por Pío B aro ja.......................................................... ............. .72 Los valores morales y materiales en la Revolución española, por Antonio de Hoyos y V i n e n t ................................................................................................................................. 77 Desde la mesa de la redacción, por Manuel Chaves Nogales . . . . . ..79 Consideraciones Inactuales. De mi Diario, por Juan José Domenchina.........................84 El suicidio de la República Española, por Alejandro Lerroux . . . . . . . 89 Las nuevas españas. IDEOLOGIA POLITICA . . . . ................................................................ .94 La cruzada española, por Sofia Casanova............................................................................... 94 Escritores leales a España: Antonio Zozaya, por Luis Paúl de Conde. . . . . 95 La escritora Blanca de los Ríos ante el micrófono............................................................... 97 Los Intelectuales, ante la revolución, por Gonzalo de Reparaz........................................................ .98 No hay Imperios coloniales, por Eugenio d’Ors . ....................................................................... ........ . . Símbolos de Unidad: La camisa azul, por Giménez Caballero....................................... 10» Símbolos de unidad: La boina roja, por Ernesto Giménez Caballero. . . . . 104

Oyendo el acordeón en la «radio», por Ernesto Giménez Caballero . . ; s ¡ 108 La democracia y el fascismo, por Manuel de Montoliu.......................................................111 La Falange en América. Fuego de entusiasmo. Por un Imperio del Espíritu, por Ra­ fael D u yo s............................................... ' ......................................................... ...................................... 114 Diálogo sobre el 6 doble, por Rafael García Serrano ...............................................................117 Occidente y Cristiandad, por Martín Alm agro..............................................................................118 El Ejército: Por España y para España, por Antonio de Hoyos y Vlnent . . . . 122 La vida comienza mañana, por Antonio de Hoyos y Vinent.......................................................124 Correo «a la provincia romana»: Falange tuvo sus banderas...............................................125 Intenciones: Teatro español, por Manuel Machado . ............................................... 128 Aquel teatro Intestinal, por Wenceslao Fernández Flórez . . . . . . . . 130 Notas de actualidad, por Antonio Machado......................................................................................133 Mairena póstumo, por Antonio Machado..............................................................................................135 «La sombra del Cid acompaña a nuestros heroicos milicianos», por Antonio Machado . 137 Materialismo español, por María Zambrano......................................................................................139 Las cosas como son: Los escritores y la guerra, por Max Aub . . . . . . 142 Elogio de la alegre retaguardia, por Víctor de la Serna . . . . . . . . 144 Nuevo gran teatro del mundo, por Juan C h a b á s ...................................................................... 146 Necesidad de un César, por Alvaro Cunqueiro....................................... ....... 147 La voz de Negrín: La voz de la patria, por Segundo Serrano Poncela . . . . . 149 La hora de la unidad, por Eugenio M ontes......................................................................................151 Sobre el concepto de libertad, por J. A. Giménez A rn a u .......................................................153 Diálogo sobre el heroísmo y la envidia, por Pedro Lain Entralgo....................................... 154 El arte y el Imperio, por Fray Justo Pérez de Urbe], O.S.B. . . . . . . . 157 Un testimonio para Esprit, por María Zambrano...................................................................... 166 La literatura de guerra, por Julián M a rla s....................................... ....... ...................................... 170 Nacimiento y destino de tres generaciones: La generación de la anteguerra: Herrera, por Pedro Lain Entralgo .............................................................. 172 Comunicación de Antonio Machado............................................... ....... 175 Descubrimiento de la revolución, por Rafael : García Serrano ............................................... 176 Las juventudes defienden la cultura, por Arturo Serrano Plaja . . . . . . . 177 Propósitos y despropósitos, por Juan José Domenchina . . . . . . . . 179 La patraña del bolchevismo, por Angel Ossorio y Gallardo . . . . . . . . 180 El porvenir de España, por Marcelino Domingo.............................................................. 181 Orientaciones: Del momento político-social español. Causas de la rebellón fascista, por Federico Urales . . . . . . . . . . . . . . . . . 189 A los conservadores del mundo: Elogio de Federica Montseny, por C. Rlvas Cherlf . 191 IDEOLOGIA LABORAL . . . , . . . . . . . . . , . . . . 194 Intenciones. Trabájo, por Manuel Machado ......................................................................................194 Un año de conciencia nacional, por Melchor Fernández Almagro . . . . . . 195 De la Juerga a la guerra, por José Vicente Puente.............................................................. . 1 9 8 El patrono como combatiente, por Giménez Caballero . . . . . . . . . 201 «El mejor minero», por Manuel Machado....................................... ..............................................204 Propiedad y trabajo, por Juan Zaragüeta . . . . . .......................................................206 El verdadero frente español, por Benjamín Ja rn é s ...................................................... 208 Consejos, sentencias y donaires, por Antonio Machado . . . . . . . . . 210 Nada más que un hombre muerto, por César González-Ruano............................... ....... 212 Juventud que no puede pactar, por Dionisio Ridruejo . . . . . . . . . 214 Política de misión, por Luis Rosales ............................................... ....... 216 ¿Hay un derecho natural?, por Antonio Zozaya...................................................... . . . 218 El Albaicín estremecido por el viento rojo, por Melchor Fernández Almagto . , . 224 Los bellos oficios, por el Marqués de Lozoya................................ ....... 226 ESPAÑA, ¿UNA O PLU R A L?.............................. .....................................................................................228 Una política de unidad, por José María Pem án...............................................- . . . . 230 La megalomanía del catalanismo, por A. Martínez To m ás.......................................................230 Perduración del viejo mito de Penélope, por Antonio de Hoyos y Vlnent . . . . 232 Cuando Cataluña sea española, por José M." S alaverría.......................................................234 Catalanes y catalanistas, por A. Martínez Tomás ............. ......................................................236 Los hombres y los días: Unidad en el habla nacional, por S iu l................................ . 237 El Ebro de las batallas, por Eduardo Marquina....................................................... 239 Cataluña, por Angel O s s o rio ............................................................................................. 241 El tambor del Bruch: Mensaje a la Juventud catalana, por Segundo Serrano Poncela . 243 Una afirmación de Marx, por Arturo Perucho .............................................................................. 245 El regionalismo de Juan de Mairena, por Antonio Machado........................................................ 247

Por un orden lúcido: En la Agonía de un separatismo, por Pedro Lafn Entralgo . Signos: Guernica, por Víctor de la S e rn a ............................................................................. ¡Viva Vizcaya española!, por E. Giménez Caballero.............................................................. Las cosas como son: ¿Conoces tú el País Vasco?, por Max Aub . . . . . Un campesino vasco, por Francisco de C o ssío ...................................................................... Nuestras nacionalidades, por Segundo Serrano P o n cela............................................... LA VISIÓN DEL EXTRANJERO (Países «buenos» y países «malos») . . . . . SOCIEDAD DE NACIONES . . . . .............................................................. Arquitectura hermosa de las ruinas, por Agustín de F o x á ............................................... Desde el mirador de la guerra: Miscelánea apócrifa, por Antonio Machado . Con Mussolini en el Palacio Venecia, por Félix de Lequerlca....................................... Desde el mirador de la guerra, por Antonio Machado....................................................... Diálogo con una dama belga, por Agustín de Figueroa . . . . . . . . Desde el mirador de la guerra, por Antonio Machado . . . . . . . . Los pacifistas y la guerra española, por Eugenio M ontes............................................... Unas cuartillas de Machado...................................................................... ....... GRAN B R E T A Ñ A .................................................................................................................................... Mairena postumo: Desde el mirador de la guerra, por Antonio Machado . Consideraciones inactuales: De mi Diario, por Juan José Domenchina . Desde el mirador de la guerra, por Antonio Machado . . . Desde el mirador de la guerra: La gran tolvanera, por Antonio Machado . Apuntes del día, por Antonio Machado.............................................................. ....... Más acá de nuestra guerra civil (Carta última a mi señora Inglaterra), por Federico U r a l e s ................................................................................................................................................... Desde el mirador de la guerra, por Antonio Machado...................................................... Glosario: Romance nuevo del príncipe que abdicó, por Eugenio d’Ors . . . . F R A N C IA ................................................................................................................................................... Desde el mirador de la guerra: Recapitulemos, por Antonio Machado . . . Judíos y galos, por fray Justo Pérez de U rb e l...................................................... ....... Maurice Legendre en la España del Caudillo, por Juan Sampelayo . . . . Paradoja. Meditaciones del momento, por Manuel Irlbarren............................................... Desde las márgenes del Bidasoa, por Federico de U rrutia............................................... «Front Populaire», por José María S ala ve rría....................................... ....... Correo de las artes: En el filo de la guerra, por Juan de la Encina . . . . Las cosas como son: Escúchame, Francia, por Max A u b ............................................... Propósitos y despropósitos, por Juan José Domenchina....................................................... Comentario político: La dimisión de las democracias, por Corpus Barga . U R S S ........................................................................................................................................................... Carta a David VIgodsky, por Antonio M achado.............................................................. Sobre la Rusia actual, por Antonio Machado . . . . . . . . . . . . Sigue Mairena..., por Antonio Machado ..................................................................................... La vanguardia del mundo, por M. Teresa L e ó n .............................................................. Páginas de un Diario: Sobre la guerra en el Norte, por Germán Blelberg . . . Palabras en el aire, por José Bergamín ..................................................................................... 21 años tiene la Unión Soviética, por César M. Arconada.............................................. Comentario político: Fascismo y antifascismo, por Angel .Ossorio . . . . . Leyendo el proceso contra los trotsklstas bajo las bombas de Franco, por Irene F a lc o n ............................... ....... M A R R U EC O S........................................................................................................................................... Sangre de moros, por Víctor de la Serna . ...................................................................... Moros. Pasa la caballería, por Juan Pujol .............................................................................. Martes a «Domingo» y otros poem as............................... .............................................. ALEMANIA ........................................................................................................................................... Notas: Diario íntimo de estos días..., por Jacinto G ra u ............................................... La voz, siempre Justa, de los partidos comunistas, por César M. Arconada . El pensamiento a la deriva, por Juan José Domenchina ....................................................... En el IV aniversario del triunfo de Hitler, por Eugenio Montes . . . . . . Los muertos del Deutschland, por José Carlos de Luna . . . . . . . Sobre la Alemania guerrera, por Antonio Machado................................................ . ITALIA ............................................................................................................................ .. · Notas Inactuales, a la manera de Juan de Mairena, por Antonio Machado . La etapa Negrín o la victoria sin alas, por José María de Areilza . . . . . Oración a Roma, por Rafael Sánchez Mazas . . . . . . . . . .

ï ï .·* M É J I C O ....................................... - ■ ■ ■ ï ¡HermanosI, por León Fe lip e ....................................................... ’ ’ PORTUGAL .............................................................................................................I ; Azaña o el iberismo, por el Marqués de Lozoya A R G E N T IN A .................................................................................................................... | Un viaje por la República Argentina, por Angel O sso rio ....................................... ANTE LA GUERRA, ¿LIBERTAD O DISCIPLINA? (Un nuevo concepto llamado ervicio») ............................................................................................................................ Testimonio: Frente del centro, por Arturo Serrano Plaja . . . . Carta a José Bergantín sobre anarquía y cristianismo, por Rosa Chacef . A diestra y siniestra (Los intelectuales y la guerra), por Arturo Serrano Plaja Cartas bajo un mismo techo, por Ramón Gaya y Juan Gil Albert . . . . Meditación apasionada sobre el estilo de la Falange, por Pedro Lain Entralgo . Motivos de arte en la guerra de las dos ciudades, por Mariano Rodríguez de Rivas Jerarquía, por Manuel Machado............................................................................................................ Monstruos que aplastaremos. «La opinión» y la «murmuración», por Giménez Caballero. Muy sencillo, por Manuel Machado...................................................... ....... «Liberté, égalité, fraternité», por Manuel Machado............................................... Consideraciones Inactuales: Mi amigo X, por Juan José Domenchina . El secreto del hombre libre, por Julio Camba . . . . . . . . Lo dicen los papeles, por José Carlos de Luna . . . . . . . . Desde el cenobio: Meditación sobre la fuerza y la democracia, por fray Justo Pérez de U r b e l .................................................................................................................... ....... Democracia, por Concha Esp in a ............................................................................. . Servir, por el Marqués de Lozoya .............................................................................. ÏL DRAMA RELIGIOSO (Católicos de fiar y sospechosos, Judfos y masones) In judío, por J. P ab ó n ..................................................................................................... /8C en Roma, por César González-Ruano ....................................... ....... LÍ galería de los monstruos, por Juan Pujol.............................................................. Cm las 5 flechas en el yugo. Salida al encuentro. Falange, raza y racismo, por Fer(min Yzurdiaga L o r c a ..................................................................................................... La peste roja, por Concha Espina . . . . . . . . . . . Prefacio, por Eugenio d 'O rs ...................................................................... ....... . . Desde mi tierra, por José Carlos de Luna ....................................... ....... «S|o hay otro oficio ni empleo que aquel que enseña a ser un héroe», por León Felipe. E l1escritor que vendió su alma al diablo, por F. Ferrari Billoch . Notas y recuerdos de Juan de Mairena, por Antonio Machado ¿ Una enseñanza necesaria, por Angel O sso rio .............................................................. Carta abierta a Madame Malaterre-Selller, respondiendo al libro de Francisco Gay En las llamas y en la sangre, por José Bergamín............................................... Unas palabras para el abate Merklen, de «La Croix», por Manuel Halcón . El señor embajador, por Agustín de Foxá . . . ............................................... Carta abierta a Jacques Maritain, por Pedro Gómez Aparicio . . . . . Cristal del tiempo: Al servicio de Alemania, por José Bergamín . . . . Respuesta a una amiga católica, por Margarita Nelken............................................... Sigue Mairena..., por A. Machado...................................................................................... Universalidad y exaltación, por León Fe lip e ............................... ....... La suprema ley, por Manuel Machado.............................................................................. Razón y fe, por Manuel M achado...................................................................................... Misa «de verdad» en Bilbao, por José Maria Pemán....................................... Libros: E d it o r ia l............................................................................................................. ....... ■ La santa propiedad, por Angel Ossorio El tiro de gracia, por Tomás B o rrá s...................................................................................... LOS MUERTOS PROPIOS Y LOS AJENOS (El curioso y triste Intento de co abllizar crueld ad es)............................................................................................................. Glosario, por Eugenio d 'O r s .............................................................. En un café de París: Hablando con un «neutro», por A. Rulz Vllaplana . Después del vil asesinato de Leopoldo Alas: Los Intelectuales españoles protestan por este crimen y denuncian la calidad moral de los que luchan contra la Inte­ ligencia y la cultura, por Angel O ssorio...................................................................................... Los rojos, por Angel O ssorio..................................................................................................................... Grandes escritores frente al fascismo, por Juan Ramón Jim énez....................................... Goya en Moscú, por Juan de la Encina..............................................................................................

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Así son; así luchan, por W. Fernández Flórez ............................................................................. 506 Impunismo y venganza, por Angel B. Sainz . . . .......................................... . . 508 LOS MUERTOS TAMBIÉN LUCHAN . .............................................................. ....... 510 Movilización de sombras insignes, por José María Salaverría...............................................510 Glosarlo: Evocaciones en Santander, por Eugenio d’O r s ..............................................................512 Un nombre al frente: Galdós, por Rosa Chacel . . . ...................................................... 513 Pintar como querer (Goya, todo y nada de España], por José Bergamín . .. .516 La experiencia personal, clave de muchas pasiones, por Pío Baraja . . . . . 524 La guerra en la frontera, por Pío Baraja . . . . . . . . . . . . 529 Memorias del recluso Figueroa, por Agustín de Figueroa ...................................................... 534 Volver a vivir, por Mariano Tomás . ...................................................... ......................................547 La más alta antena, por Ramón Gómez de la S e rn a......................................................................549 Días de Julio, por Sánchez Barbudo . . . . . ■ . . . . . . . . 551 Testimonios: Madrid, noviembre 1936, por Blanca C h ace l...................................................... 564 Dificultad de pensar, por Carlos Soldevlla . . . . . . . . . . . . 566 Un pueblo andaluz, por Antonio Sánchez Barbudo......................................................................568 571 La tragedia vulgar, por W. Fernández Flórez ...................................................... ....... «Lo cursi y lo terrorífico: La alegría de volver al lector», por Enrique Jardiel Poncela . 574 Madrid, por Edgar N e v ille ..................................................................... ............................................. 578 Perdonar no es olvidar, por Francisco C asa re s............................................................................. 580 Madrid, por Angei Ossorio y Gallardo..................................................................... 582 A un militar del otro lado, por Angel Ossorio y Gallardo...................................................... 583 Noche de guerra (De mi «Diario»), por Manuel Altolagulrre...................................................... 586 Bujaraloz. Impresiones de la revolución. Frente y retaguardia, por Félix Martí Ibáñez . 591 La guerra contada por los que la hacen, por Edgar N eville...............................................595 El coko, por Max A u b ............................... ....... .................................................................................... 598 Oviedo, por José María Pem án..................................................................................... 603 «Retablo de la guerra en las montañas», por J. E. Casariego.............................................. 606 Testimonios: Los pueblos destrozados, por Antonio SánchezBarbudo..................................614 Asturias. La ciudad agonizante, por Matilde de laTorre ...................................................... 616 Primera exaltación. Lamentos sobre mi ciudad, porErnesto Giménez Caballero . 618 Páginas de un Diario sobre la guerra del Norte, por Germán Bleiberg............................... 620 José Antonio, el poeta, por Manuel Machado............................................................................. 624 La Falange Española, por Eugenio M ontes............................... ..................................................... 625 Voz, sólo conducta, sólo ejemplo solo, por Dámaso Santos . ....................................... 629 Signos: Onéslmo Rëdondo, por Víctor de la Serna . .............................................................. 630 Ejemplo de dos muertes o historia de dos meses, por Rafael García Serrano . . 632 ABC en Roma: Unamuno, por César González Ruano.............................................................. 633 Anecdotarlo de los últimos días de D. Miguel de Unamuno,por Antonio de Obregón . 635 Franco en los altares, por el Marqués de Quintanar.............................................................. 642 Toda España con Franco, por Francisco de C o ssío ......................................................................644 Las alas de la victoria, por Eduardo Marquina...................................................... 646 Intenciones: |España! |Una!, por Manuel Machado.............................................................. ....... 648 El general que Iba siempre «a otra cosa», por José MaríaPemán..........................................649 «Más vale volando», .por García S a n c h iz..................................................................................... 651 Federico García Lorca (Recuerdo), por Luis Cernuda . ...............................................654 Federico, por Vicente Aleixandre.................................................................................................... 658 La nueva vida de El viviente (Sobre las Obras Completas de José Ortega y Gasset), por Rosa C h a c e l..................................................................................... ... ..........................................660 El tiempo y la guerra en el mapa de España y en el rostro de Franco, por Samuel Ros ...........................................................................................................................................................663 Nuestros verdugos, por Antonio de Obregón ..................................................................................... 665 . . . Y EL N O .............................................................. .................................................................................... 668 Ejemplos al revés, por Eugenio Montes . .............................................................. 668 El pájaro pillo, por José Carlos de Luna............................................................................................. 670 Cruzados, por Juan P u jo l.............................................................. ..................................................... 672 Los dos Internacionalismos, por Julio C am b a............................................... 676 Los que eran republicanos, por Jacinto Miquelarena . . . . . . . . . 678 Los más nobles representantes de la cultura responden a las manifestaciones de M a r a ñ ó n ...................................................................................................................................................680 Letras, por Manuel Iribarren.................................................................................................................... 682 Respuesta a Madariaga, por Agustín de F o x á ..............................................................................685 |Que se queden sin patria!, por Giménez Caballero......................................................................686

La adhesión de los Intelectuales a la causa popular, porAntonioSánchez Barbudo . 688 Descanse en paz Doña Literatura Pura .............................................................................................693 Mensaje a los intelectuales, por Dr. F. Martí Ibáñez . . ...................................................... 694 Sigue Mairena, por Antonio Machado ...................................................................... ....... . . 697 Otra carta abierta, por Juan José Domenchina .................... .....................................................698 Los que están por «encima de la contienda», porMargaritaNelken...................................701 Respuesta a una aclaración, por Margarita Nelken ............................................................................. 703 Contestando a José Ortega y Gasset: Un caso concreto, porJosé Bergamín . . . 704 En la sombra estaba Caín, por Juan Pujol . . . ...................................................709 Toreros leales y toreros desertores, por «Corinto y Oro» . . . . . . , 712 Desde la soledad de España (Sobre la vida y el espíritu), por Rafael Dieste . . ... 715 Fronteras del espíritu...............................................- . : . . . . ...................................................... 723 La conciencia republicana de España. La traición de un resentido . . . . . . 725 Caperucita en la checa, por Agustín de Foxá . . . . . .......................................728 Carta a Charlie Chaplin, por Luis Escobar . ...... . ...................................................... 729 La máscara y el rostro. El héroe del Alcázar, por Ézequlel Endérlz . . . . . . 736 Intelectualidad revolucionaria, por el Dr, A. Vallejo Nájera . . . . . . . 737 Analfabetos y «antianalfabetos» por Manuel Machado ..................................................... . 7 4 1 Negrín, negroide, por Julio Camba . . . , , , . , * . , , 742

INTRODUCCIÓN Si mi pluma valiera tu pistola de capitán, conterito moriría ...d ijo Antonio Machado en unos versos dirigidos a Lister. Casi al mismo tiempo su hermano Manuel envidiaba a Moscardó. Eran dos pruebas de la locura que había invadido a los españoles. A todos los españoles incluyendo a los más eximios escritores. Sí. España entera perdió la cabeza. La pasión le pudo al sentido común, la razón perdió ante la insensatez, el hermano de ayer se convirtió en el enemigo de hoy; quien compartía mesa de café y aun mesa familiar se volvió un enemigo, mortal al que había que matar para que el país fuera feliz y dichoso. Una ola de rabia cruzó la península, una ola de rabia que nunca hubiera podido imaginar cada uno de los rabiosos antes, una ola de rabia que muchos no quieren recordar después. ... Pero que en el caso de los escritores pervive en sus libros, en sus artículos. El escritor deja constancia de lo ocurrido; combatió con los demás españoles pero su fusil nuncá se enfrió, sus proyectiles no se perdieron en la carne contra­ ria o en la tierra. Sus balas son testigo, hoy como ayer, de lo que dijeron y de lo que sintieron. He dedicado mucho tiempo a seguir las huellas de esta batalla que me ha interesado doblemente; como español y como escritor, nada de lo que haga el español y escritor me es ajeno, y en esa búsqueda me interesa mucho más el ar­ tículo que publicaron que el libro que lanzaron al mercado. Y ello por una razón: quien escribe un artículo obedece al impulso que le motiva —algo que ha leído o que ha oído y ante lo que reacciona inmediatamente y por tanto con autenticidad. Los párrafos salen rápidamente del consciente o del inconsciente y, en pocas horas, el lector tiene ante sí el resultado de una actitud que, proba­ blemente, nunca se volverá a repetir porque apenas ha habido tiempo de meditarla. Yo he visto a menudo libros hechos de artículos reunidos y siempre he no­

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tado correcciones que son concesiones; un adjetivo duro es sustituido por otro más blando, una definición tajante por una insinuación moderada, el insulto por la referencia a un rumor. ¿Hipocresía? ¿Miedo? No, sencillamente la dife­ rencia temporal entre la ofensa y el castigo, entre la provocación y la respuesta. El hombre, el escritor, se ha calmado, ve las cosas más fríamente y piensa que quizás ha exagerado su reacción. Es igual de sincero pero con la moderación de unos meses, quizás años después. Por ello yo he preferido la primera de sus versiones. Para empezar, porque si no ha habido ese libro que permitiese una revisión, muchos de los estudiados lucharían en inferioridad, cogidos más de sorpresa que sus compañeros. Segundo y más importante, porque, como investigador, me interesa más la acalorada reacción primera que la reflexión posterior. Hace ya muchos años, en el prólogo al primer volumen de La Historia de España en sus documentos, advertía que para mí, la historia, además de una sucesión de hechos, es una sucesión de estados de espíritu, de movimientos morales que me interesaba recoger en el mismo momento en que se producen porque así explican la temperatura de aquel indi­ viduo y de aquella sociedad en un momento determinado. Ésa es la razón de por qué en la colección a que antes me refería utilizo cartas, mensajes, partes bélicos inmediatamente posteriores a los hechos y procuro evitar lo más posible esa azucarada y altamente pro domo sua versión de la actividad de un político que conocemos por Memorias. Así hay que tener presente la locura colectiva de los españoles de entonces para que cada uno de los trabajos aquí reunidos se lean con el convencimiento de que se trataba de una situación límite, una situación que hay que juzgar de acuerdo con las circunstancias ambientales. Dice don Lope: ...ayer os enajenabais de contesta el Alcalde de Zalamea nunca me enajena a mí de mí, nada.

vos

Aquellos españoles se enajenaron, dejaron de ser ellos mismos, se convirtie­ ron en seres primitivos. Quiero insistir en esto para que el lector vea en las páginas que siguen una muestra, horrible a veces, de lo que los hombres pueden decir de otros hombres compatriotas suyos y jamás, digo jamás, pueda tomarse como un intento morboso de resucitar viejas historias, de bucear en los curri­ culum de gente que en algunos casos está todavía viva no ya para denunciar —que todo ello ha prescrito— pero ni siquiera para el toque de codos con sonrisa cóm­ plice o el escandalizarse. Han pasado afortunadamente bastantes años para que ni nos sorprendamos ni condenemos a nadie desde el punto de vista político porque, como se verá, ambos bandos son igualmente culpables de violencia verbal y de petición de castigo, y desde el punto de vista humano, porque para com­ prenderlo hay que situarse en aquel estremecedor ambiente. No es lo mismo escribir un artículo sobre alguien cuya prosa no nos gusta o cuyo comporta­ miento molesta que hacerlo cuando la espoleta que ha provocado el trabajo es la bomba que ha caído en vuestra casa, la cárcel de donde se ha salido, la noticia del pariente asesinado. Ya sé que la frase «póngase usted en su lugar» es tan cómoda como difícil de llevar a la práctica, pero el lector tiene que hacer ese

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esfuer2o y separar al fulano de tal que escribiera aquello con el fulano de tal que hoy conoce. No es sólo que han pasado los años. Han pasado también, y afortunadamente, unas circunstancias terribles que esperemos no vuelvan a reproducirse jamás. Si yo no pensara que el lector de hoy pueda ver con comprensión humana lo que se dijo ayer no hubiera compuesto nunca este libro. Quiero hacer historia, no avivar viejos rencores ni «sacar trapitos al sol». Además que, sólo por el hecho de haber nacido aquí, es decir hermano, hijo, nieto de los que produjeron la tragedia, ningún español puede atreverse a lanzar la primera piedra. En las páginas que siguen no hay sólo profesiones de fe ni de gritos pidiendo venganza reseñados en los capítulos «Experiencias» y «Defensas y ataques perso­ nales». Los escritores de ambos bandos se han citado aquí, además, para mostrar la ideología que los guiaba. Mientras se han multiplicado los libros sobre la política y estrategia de la guerra de España, no se ha estudiado sistemáticamente, que yo sepa, la filosofía que empujaba a esas armas al combate. Y, sin embargo, fue el móvil que lanzara al ataque a carros de combate, a buques de guerra y aviones, a infantes y a artilleros, a milicias y auxiliares femeninas. En el des­ canso de la lucha el combatiente leía en el periódico las razones por las que él, Juan Pérez, estaba allí sufriendo y haciendo sufrir, matando y haciéndose matar. De esa lectura salía convencido aunque evidentemente no hacía falta dema­ siado esfuerzo para que así fuera. Lo que hacía el escritor, generalmente, era darle una explicación intelectual a su odio al enemigo, sincronizar su intelecto con su corazón. En los grandes temas tratados por escritores de la guerra destaca el básico: ¿Por qué? Sí el escritor es hombre sensible —y en otro caso no sería escritor— debe explicar al mundo, empezando por sí mismo, las razones por las que se ha llegado a la tragedia. El hecho de que en cada lado se explique por los pro­ yectos o las realidades malvadas del adversario significa que el partidismo es lo más importante, pero no destruye esa necesidad casi vital de buscar una lógica y, tras intentar explicar cómo empezó la tragedia —el pasado—, se intentará describir el futuro —siempre rosa, naturalmente— que espera al luchador de hoy. Puede ser el Imperio o la Justicia social, pero, en todo caso, al español se le ofrece un paraíso cuando termine ese purgatorio, «que nosotros no que­ ríamos pero que nos vino impuesto por el enemigo». Y tras la pregunta el intento de glosar, atacar, defender conceptos como... Reivindicada por los nacionales que se apoyan en la tradición no con­ taminada por la influencia extraña, primero francesa, luego rusa, siempre lejana. La Patria se haría además más grande hasta alcanzar el Imperio. La aparición de las tropas alemanas e italianas en territorio ocupado por Franco dará a la izquierda la oportunidad de intentar arrebatar esa bandera na­ cionalista.

P a t r ia .

Ahí el esfuerzo didáctico mayor es el realizado por los tratadistas nacionales que se sienten inseguros en un terreno muy dominado por la iz­ quierda. Los escritores de la España de Franco, negando en principio la lucha de clases, evitan colocarse en posición conservadora —empresario, propieta­ rio— que, de acuerdo con su tradición, deberían ocupar.

T ra ba jo .

F uturo p o l í t i c o d e E sp a ñ a .

Están totalmente de acuerdo a ambos lados de la

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trinchera que el porvenir español no tendrá nada que ver con su pasado. Culpando a éste de todos los males —unos porque era derechista, otros porque era izquierdista-— los intelectuales coinciden en que el Estado será de nuevo cuño: Avanzado en la izquierda según unos, adelantado por la derecha según otros. Los liberales son anatematizados por ambas partes, los centristas tam­ bién. Contestando —sin decirlo a veces— a los temores extranjeros, los pro­ pagandistas republicanos negarán la segura llegada del comunismo ruso y los nacionales la del fascismo alemán o italiano en la victoria. Muy intenso en la España Nacional desde los tiem­ pos - primeros alrededor de Franco, se iniciará más tímidamente —mediados de 1938— en la Republicana alrededor dé Negrín. En ambos casos se trata de buscar un catalizador que unifique las voluntades dispersas, tarea mucho más difícil en la zona republicana donde la proliferación de partidos mantiene más tiempo su independencia.

C u l t o a la per son alid ad .

Alemania, Italia, Portugal, son los santos patrones d e la España Nacional, venerados en su pueblo y líderes por los escritores. Los republicanos hablarán con el mismo entusiasmo y por idénticas razones de la Unión Soviética y de México. Francia e Inglaterra son agredidos sistemá­ ticamente por Jos franquistas como enemigos históricos de España por las muestras de simpatía hacia el adversario. En el campo republicano la simpatía visceral de la izquierda hacia esos países alternará con amargas recriminaciones a París y Londres por una política «cobarde» que permite la libre acción d e Roma y Berlín.

V isió n d e l e x t r a n je r o .

En el campo de las creencias la situación parece clara desde el prin­ cipio. La Iglesia, aliada del Movimiento Nacional por un la d o —expresivo el nombre de «Cruzada»— y perseguida en sus locales y ministros por el otro. La ortodoxia militante del escritor franquista le obliga a combatir asimismo a quienes considera enemigos natos de la Iglesia: la masonería y el judaismo. Esa clara división ofrece, sin embargo, dos puntos conflictivos. Uno el de los intelectuales católicos progresistas —Bergamín, Ossorio y Gallardo—, que sirven a la República apoyados por sus correligionarios extranjeros, especial­ mente franceses. Otro, el caso vasco: con unas provincias que concillan su amor a la autonomía—y por ende al gobierno que se la concedió— con la respetada práctica religiosa.

R e l ig ió n .

R e g io n a l is m o . _ Las posturas son aquí mucho más claras. Para el escritor del

lado franquista cualquier intento de diferenciación regional es un crimen de lesa patria. Se ataca incluso el uso del lenguaje vernáculo (llamado a menudo «dialecto») en lugares públicos. Las regiones con mayor tradición autonómica, Cataluña y Euzkadi, serán recordadas continuamente por su línea «disgregadora». Por la misma razón, en el campo contrario se acepta y da como normal la autonomía aunque en algunos casos se produzcan roces debidos a necesi­ dades bélicas. Entre los escritores republicanos se considera natural la expec­ tativa de una España Federal tras el triunfo. En las dos zonas se exige al ser humano, y especial­ mente al escritor, la entrega total. Los que se han quedado en tierra de nadie

E s c r it o r c o m p r o m e t id o .

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son insultados, casi con los mismos términos, por sus compañeros de ambos lados. Otras veces, ante un intento conciliatorio, se echa en cara al escritor su pasado ideológico. La tentativa de una paz negociada es rechazada con la misma repugnancia por las plumas de Burgos que por las de Valencia. El aplastamiento físico y moral del adversario se considera la única salida posi­ ble de la guerra. Los cr ím en es a jen o s . Las más puras y limpias plumas españolas dedicarán sus mayores esfuerzos a distinguir entre los muertos en la retaguardia propia y los que cayeron en la enemiga. En el primer caso se trata de incidentes difícilmente evitables en tiempos de excitación; en el segundo, propósitos criminales alentados desde el Poder. Se calculan también con todo detalle las cifras para mostrar la superioridad del enemigo en este apartado, y de la misma forma que se compara la cantidad se compara la calidad de los muertos, gente que, en muchos casos, merecían su castigo.

¿POR QUÉ OCURRIÓ? (o el diagnóstico tardío) Para Federico de Onts, profesor en Universidades norteamericanas, la guerra española no hace más que seguir una constante permanente en nuestra historia: «Nuestro pueblo... desde el siglo x v i i se ha ma­ nifestado en una serie de guerras civiles en las que se repiten bajo distintos nombres y apariencias las mismas cosas y los mismos hechos.» Asi lo expresa en su adhesión a la causa republicana. Columbia University. New York. 15 abril de 1938. Señores don Antonio Machado y don Tomás Navarro Tomás. Muy queridos amigos: He seguido desde lejos, donde el destino me puso hace más de veinte años, vuestra labor y la de los demás intelectuales españoles que en esta hora grande y trágica de España hañ cumplido sencillamente con su deber. La he seguido con admiración y viva simpatíai Asi os lo digo para que se­ páis que hay uno más que está a vuestro lado. El deber me ha mantenido a mí en mi puesto en esta Universidad norteame­ ricana consagrado a mis clases y a la obra de relaciones culturales con los Estados Unidos, la America española y el pueblo sefardí, que aquí llevamos a cabo a través del Instituto de las Españas de la Universidad dé Columbia. La esencia misma de este trabajo —obra de comprensión y unidad dentro de la más liberal amplitud— me ha mantenido alejado de toda actividad relacionada con esta guerra de hoy, que es a mis ojos, acostumbrados por el oficio a la perspectiva histórica, la misma guerra que desde cuatrocientos años padece España. Al conmemorar el centenario de la muerte de Erasmo di una conferencia sobre España en 1535,enla que todo lo que dije era aplicable a la España de 1936. La ola de reacción quese desató en­ tonces ahogó los gérmenes de una amplia y liberal España moderna. Al hablar en otra ocasión a los sefardíes de Nueva York pude explicar cómo su expulsión nació de un estrechamiento de la concepción de España conforme a ideas europeas

IS

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y germánicas contrarias al carácter amplio y tolerante de España en la Edad Media. Al hablar cada día en mis clases de Cervantes, de nuestro teatro, de nuestros místicos, de la Novela Picaresca, de Quevedo, de Jovellanos, de Larra, de Galdós, de América me encuentro siempre con la tragedia latente de nuestro pueblo que desde el siglo xvii se ha manifestado en una serie de guerras civiles, en las que se repiten bajo distintos nombres y apariencias las mismas cosas y los mismos hechos, con tal parecido que llega uno a creer que los vivos son movidos, no por su vo­ luntad, sino por la de sus antepasados muertos. He vivido la guerra en mi sitio y a mi manera, siempre acompañado de su dolor, en espera de una paz imposible. Yo no soy un político, ni lo seré nunca. El motivo principal que me movió a salir definitivamente de España fue mi repug­ nancia por la España oficial, para poder, libre de ella, sentirme solidario solamen­ te con los valores positivos y verdaderos de nuestro pueblo. Esto he hecho y esto seguiré haciendo; pero como mi alejamiento de las contiendas españolas puede ser mal interpetado, deseo hacer pública, a través de vosotros, de una vez y para siempre, mi posición personal, que es la siguiente: Aunque no soy político, soy, he sido y seré siempre un hombre que pone la libertad, la democracia y la justicia social por encima de todo. Nunca he hecho una declaración de adhesión a ningún régimen o partido político durante la Mo­ narquía ni la República; pero en el momento crítico actual en que se encuentra en peligro un Gobierno que, en circunstancias dificilísimas ha logrado organizar a un pueblo heroico que está muriendo por las ideas en que yo creo, yo declaro mi solidaridad completa Con ese pueblo y su Gobierno. Después, amigos míos, si el Gobierno triunfa, yo volveré a mi independencia y alejamiento de toda actitud política; pero si el Gobierno fuera derrotado, segui­ ré vuestra suerte y sufriré lo que me toque por pensar lo mismo que vosotros. Na­ die sabe cuál será el porvenir del mundo y de nuestras ideas; pero pase lo que pase, yo seguiré creyendo en la libertad, la justicia y la democracia, y me sentiré incompatible con todos los sistemas llamados hoy “totalitarios” que pretenden destruirlas. Os abraza. — Federico de Onís.» (La Vanguardia, 26/V/38.)

Hoyos y Vinent acusa a las autoridades del Estado monárquico de haber provocado la guerra civil al despreciar las doctrinas de la CNT, «en vez de tener en cuenta sus aspiraciones, estudiando la fórmula de adaptación a las posibilidades políticas (sin necesidad de una revolución cruenta nos hubiésemos anticipado a Rusia en la solución , de los problemas obreros españoles), se dedicaron a exter­ minar las Organizaciones».

INCOMPRENSIÓN por A n t o n io d e H oyos y V in en t

En ésta lucha lamentable, absurda guerra civil provocada por la incompren­ sión, la torpeza, el egoísmo y la estupidez de las derechas disfrazadas de fascismo

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(en España, el fascismo es una formidable mixtificación, no una teoría política ni una fórmula social, sino SÓLO el encubridor de la pretensión de dominio, la supremacía de los unos, siempre los peores, los que no hacen nada ni sirven para nada, exigiendo a los luchadores, los trabajadores, los vencidos por la vida, una rotunda abdicación, doblar el espinazo ante una aristocracia improvisada a fuerza de bajezas, besar el anillo a obispos rapaces e improvisados y cuadrarse frente a militares alcoholizados e ignorantes), se da, sobre todo, un formidable espíritu de incomprensión, una incomprensión torpe y cerril que no quiere ver las realidades, que confunde lastimosamente en un único anatema a todos los partidos obreros que luchan por el triunfo de la justicia social. No ha llegado aún la hora de discutir el contenido político y social, cabe es­ tablecer diferencias. Todos imidos y todos acordes en un solo pensamiento: el de la victoria rotunda y absoluta; pero podemos, eso sí, afirmar nuestra personalidad pronta a la abnégación y el sacrificio, pero sentando nuestra ruda estirpe y nuestra voluntad españolísima, pregonando muy alto que nuestra visión y nuestro anhelo son los que mejor encajan en la idiosincrasia de nuestro pueblo que, por estirpe, por carácter, manera y procedimientos, la más acorde es la Confederación. Hace muchos años, cuando el genio de Pablo Iglesias supo hacer suyo el apo­ tegma de que la unión hace la fuerza, dio, con ello, la fórmula perfecta del triun­ fo, y el Partido Socialista se hizo grande y fuerte. Repito que, pese a todo, la Confederación, por su contenido espiritual, social y sentimental, era la agrupación más apta a encauzar el movimiento proletario español. En el transcurso de muchos años, desde el noventa y tantos hasta el 919, hubo tiempo en las clases directoras de comprender la idea y de abarcar el contenido social de la transformación por que todos los pueblos habrían de pasar, cada uno según sus particulares condiciones. Después de la Revolución rusa, esta inminen­ cia de transformación se hizo más patente. Perd los directores de la vida española, cerrados, como siempre, a todo lo que fuese abnegación o sacrificio, no sólo se aferraron a las viejas fórmulas, no sólo no quisieron entender, sino que hicieron víctimas de su vesania, de su egolatría, a todas las agrupaciones obreras, muy en especial a la CNT, que fue para ellos a modo de Apocalipsis, digna de sanguina­ ria guerra. En todos los años transcurridos en lo que va de siglo, hasta llegar a los actuales momentos, ningún hombre político quiso o pudo comprender el énorme contenido político y social de la Confederación Nacional del Tsabajo, Unos, por un motivo; otros, por otro, en vez de tener én cuenta sus aspiraciones, estudiando la fórmula de adaptación a las posibilidades políticas (sin necesidad de una revolución cruen­ ta, nos hubiésemos anticipado a Rusia en la solución de los problemas obreros españoles), se dedicaron a exterminar las organizaciones: unos, violenta y sangui­ nariamente, como el feroz Martínez Anido, en Barcelona; otros, melosamente, escudándose en sus simpatías por el proletariado, comó Dato. Las clases que mejor debieron sèntir y comprender la idea confederal, se de­ clararon sus enemigas implacables y soñaron con que, algo que era alma y sangre del pueblo español, podía eliminarse con los fusiles. Hace años, bastantes ya, publiqué un librito, Posibilidad de un matiz sindical en el Estado español. De las gentes entre quienes convivía, nadie, pero nadie, quiso comprender, y me lo reprocharon y aun represaliaron estúpidamente. Sin embargo, un político, de los pocos interesantes que hubo en la Monarquía, An­ tonio Maura, soñócon algo que tenía vagas concomitancias con la base de tales

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ideas. Su proyecto de «Administración local», su reconocimiento de la personali­ dad municipal y otras mil cosas... Una creencia religiosa, violenta, que no era la de los viejos soberanos de Castilla, que las tenían frente al pontificado, sino que estaba tocada de absurdo clericalismo, estropeaba su iniciativa y, aun así todo, fue tal la oposición, que se hundieron sus proyectos estrepitosamente. Para que la transformación de la vida nacional, obedeciendo a las viejas nor­ mas nacionales tuviese lugar, lo primero era el reconocimiento de la personalidad sindical, y ello repugnaba a los que no admitían más personalidad jurídica y social que la suya. Así, entre egoísmos feroces, torpe2as garrafales y, sobre todo, una incompren­ sión absoluta, se llegó a la actual hecatombe, de la que, con el triunfo, ha de salir otra España, la auténtica, la verdadera, justa y fuerte, con la rotunda afirmación del humano derecho a la vida.

(CNT, 28/IX/36.) Pedro Lain Entralgo se plantea un problema que está en la mente de muchos españoles de la España nacional. ¿Cuáles son los ante­ cedentes, cuáles las consecuencias de la historia cultural de España? En su primer artículo Lain sostiene que antes de la generación del 98 hubo sólo otra en España, la de 1808. «Pero a esta generación que resistió de frente el sable francés, la hirió de muerte por la espalda el espadín del afrancesado.»

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P ed ro L a ín E ntralgo

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B io l o g ía cu ltural d e las generacio nes

Asentó el siglo xix sobre un plinto de concepciones racionalistas, paridas por las mentes parciales de los doctrinarios del Setecientos: así la ciencia positiva, el sufragio parlamentario, el manchesterismo y el librecambio. Así también el mar­ xismo, cuya estructura ideológica —el hombre como ser que come— pertenece ín­ tegramente al mundo ochocentista. El hombre había de vivir con arreglo a ideas unilaterales, falsas en consecuencia, acerca de su naturaleza, y no de acuerdo con su integridad vital: todo ello, para que el escamoteo fuese más sucio, invocando una vuelta a su espontaneidad voluntaria. Esta realidad escindida y filistea hizo que ciertas mentes señeras requiriesen el zurrón de la caza filosófica y cobrasen la pieza que faltaba al mundo, esto es, la misma vida. Al estilo racional de vivir había de sustituir un estilo vital, y a la fría lógica del intelecto la caliente lógica de la vida. Tiene la nueva postura el peligro de que lo vital degenere en lo ins­ tintivo; pero no es ésta ocasión de advertir peligros, sino de señalar hechos. Y el hecho es evidente, querámoslo o no. Iniciaron el movimiento Bachofen, que señaló sexo a la cultura, Bergson, el hombre de la intuición vital, y el genio estallante de Nietzsche. Hoy domina en el mundo, así en el orden de las ideas como en el de

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los hechos. Nuestro mismo Movimiento Nacional y la Revolución nacionalsindicalista responden más a una lógica vital que a un estilo racionalista de vivir. Podrían citarse veinte ejemplos más, desde el éxito fulgurante de Spengler hasta el hecho de que la llamada fenomenología, bastión de intelecto, se torne hu­ manamente —angustiosamente— vital Heidegger. A mí me basta, a guisa de ejemplo fecundo, recoger el hecho de que ahora se hable en el mundo de «las generaciones», como unidades dotadas de un sentido cultural. En el siglo xvm se hubiese hablado del círculo enciclopedista o del movimiento swedenborgíano, pero ahora decimos para entendernos la generación del 98 y la generación de la pos­ guerra. La generación, en efecto, es como un jalón en el ritmo vital de la huma­ nidad. Cuando se estudia la cultura bajo especies de «razón», el ojo mental deli­ mita en ella círculos ideológicos; pero cuando sé la contempla, por imperativo de la circunstancia histórica, bajo especies de «vida», surge espontáneamente —entre otras cosas— el ritmo de las generaciones. Anota Spengler el hecho de que cier­ tos pueblos dan siempre al ¡nieto el tóismo nombre que tuvo el abuelo. Eugenio d’Ors, que en lides culturales —corno todos saben— es más proclive a la quieta arquitectura de la razón que hacia la movilidad caliente de la vida, recordaba hace poco por vía epistolar un ritmo análogo en las generaciones españolas, sobre el cual será oportuno volver. En la vida natural, en la vida cultural y en toda humana coyuntura claman por su derecho vital e inalienable las generaciones. La Historia fluía de modo continuo, como mansa acequia, bajo Augusto y bajo Feli­ pe II. Ahora las generaciones ponen desniveles en el cauce con dramática instancia y hacen torrente vivo de la acequia mansa. Interesa, en consecuencia, responder con exactitud a esta pregunta urgente: ¿qué es una generación? Ortega y Gasset, a cuya primera condición de espectador no había escapado este hecho acuciante de las generaciones armadas en corso, no llegó a ver el tenue penacho terminal de su raíz. La generación, simple hecho de biología, sólo adquiere cuerpo unitario en el mundo de la cultura de un pueblo cuando esa cultura, por su esencia misma o por su medro vicioso, llega a herir al pueblo en las íntimas hebras de su vitalidad. Tienen los pueblos un ser, especie de inmutable principio de vida, subyacente a la mudanza histórica; y un estar, que es la intersección entre el ser del pueblo y el sistema ideológico vigente en la época: esto es, su cultura. Cuando esa cultura «no le va» al ser del pueblo o cuando su podredumbre amenaza aquella citada vena esencial, álzase en pie con­ tra el pasado hiriente, empujada por oscuros resortes vitales, una generación en línea de combate, que decía José Antonio. En todo caso, no es necesario el com­ bate propiamente dicho para que una generación se defina culturálmente como tal, porque hay en la historia hoyos pacifistas de los cuales no logra salir la ge­ neración despierta: ejemplo de lo cual son nuestras generaciones del 98 y de la anteguerra, despiertas culturalmente y pacifistas hasta la médula. Ni siquiera, en esta acepción cultural, es precisa la paridad de edades dentro de la generación: en la generación que siente en sus entrañas y en su mente el Movimiento nuestro^ que muere alegremente por él, hay hombres que traspusieron la cuarentena y muchachos mal encaramados todavía sobre cuatro lustros. Lo que se da ineludiblemente en toda generación es una estrecha comunidad vital de todos sus miembros. Más o menos acusada, esta comunidad vital se da siempre entre hombre y hombre: la participación afectiva del español en la guerra de los bóers, en la Gran Guerra o en la conquista de Abisinia —negocios que no concernían a su sangre— lo demuestra con evidencia. Pero entre los compañeros de generación, hermanos de la misma ubre cultural, esta comunidad anúdase tan

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reciamente que la relación entre ellos se hace más por comprensión vital que por operación intelectiva. La intelección pura es un recurso, una treta que emplea la mente humana allá donde no llega la vivencia. Una madre, sin necesidad del discurso, entiende mucho mejor a su retoño que el psicólogo experimental arma­ do de cien aparatos y mil silogismos. El teólogo discurre acerca de Dios, pero su conocimiento de Dios es de menos quilates que el del místico, el cual vive a Dios. Lo mismo en el seno de las generaciones. Yo puedo entender por vía intelectiva un diálogo de Platón o el proceso de la Revolución Francesa: pero sin discurso ni lectura comprendo el gesto del falangista gallego o extremeño que toma un fusil por la Patria, el Pan y la Justicia. Porque en mi entraña de español —de español de hoy— canta la vida melodía análoga, Comprendo incluso al comunista, aunque pelee a muerte con él, y algo he de escribir sobre esta paradoja cuando intente es­ bozar el perfil y la médula de la actual generación. Al que no puedo comprender vitalmente —y, a decir verdad, sólo a duras penas intelectivamente— es al demoliberal, porque él pertenece a otra generación, a «otro mundo». Sólo cuando el hombre entiende a la vez con sutileza intelectual ^ con ardor de vida, con la mente y con la sangré, puede decir que cumple un papel auténticamente humano. Éste es el destino que le está reservado a la naciente generación española, en cuanto se me alcanza. Comenzó a hablarse en ¡España de generaciones cuando la amarga tristeza del 98, que definió una nueva. Antes hubo otra, entera y erecta, la de 1808: la que se puso en .pie cuando una colonización «a la francesa» amenazó de muerte el ser de España. Pero a esta generación, que resistió de frente el sable francés, la hirió de muerte por la espalda el espadín del afrancesado. Desde 1808 a 1898, salvados unos cuantos brotes de vida episódicos y. circunscritos, nada hubo de orégano en el reseco monte de España. Las guerras carlistas fueron incendios lo­ cales que no llegaron a caldear el alma de España. Donoso, Balmes, Aparisi, Me­ néndez y Pelayo, Ganivet, árboles aislados en la, meseta, sin generación amiga ni escuela atenta. {¿Por qué no influyeron en la vida de España? Ésta es pregunta todavía no contestada e ineludible en una comprensión de nuestro Ochocientos.) Todo lo demás era zurcir la veste de España con malos remiendos. Se operaba, desde Calomarde a Cánovas, sobre la piel de España, sin que la triaca ni el bisturí llegasen al hondón de su vida. Por eso, ni hubo salvación ni amenaza seria: no hubo, en justa secuencia, generación que se alzase como tal, ni siquiera con aquel jacobinismo inocente de nuestros republicanos del 70. El hilillo recóndito de la vida española seguía fluyendo adelgazado, héctico — ¡atención a los que se con­ forman diciendo: Viva siempre Españal— por debajo de pronunciamientos, polí­ tica de camarillas y restauraciones de oropel. Sólo surgió una generación en Es­ paña cuando nos fueron cercenados los últimos restos de imperio. Una genera­ ción torcida en la minoría y en la masa, pero clave de toda nuestra historia pos­ terior. A ella siguieron la generación de la anteguerra —Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Ángel Herrera—, la generación de Annual y esta generación de la Repúbli­ ca y de nuestra Revolución que ahora nace a vida patente y operante. De todas ellas se hablará con visión de cinema en día próximo.

SI MI

p l u m a v a l ie r a t u p is t o l a

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En su segundo trabajo, la in ataca la postura pesimista, nihilista casi, de la generación del 98. «De repudiar a un estado se pasó a repudiar una historia.» Los escritores que la representan buscaron por un lado la incorporación a Europa, por el otro redujeron «su je en España^ a tina triste observación morosa del costumbrismo casti­ cista», y terminaron viendo sólo la raíz española en el bolero, la «espatadantza y en la cerámica talaverana». Lain Entralgo piensa que esa actitud jue fatal para el país («Tristeza, cobardía y error, todo esto vemos los nacionalsindicalistas en el 98»), aunque agradece a aquellos hombres, quey al menos/hicieran pensar en el gran problema hispánico. ■

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P ed ro L aín E ntralgo

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R ev isió n na cionalsindicalista d e l 98

Tanto se ha escrito y hablado en torno a la generación del 98, que insistir sobre ello es, aparentemente, descubrir mediterráneos. Pero a nosotros, nacionalsindicalistas, nos va mucho en mirar con ojo propio la historia reciente de España para vivir a costa de los módulos estimativos que impuso el patriotismo «oficial» de la Restauración. Nosotros hemos dé vivir «por cuenta propia», sin temor a que los viejos sicofantes del patriotismo conservador nos tengan por forajidos. Vale la pena, en consecuencia, que uno cualquiera de nosotros —yo, por ejemplo—■ cante en llano romance nuestra verdad joven. Despertó la conciencia de aquella generación en un año triste: cuando el auge rebelde de la manigua dio fácil coyuntura al yanki para desgajarnos el último resto imperial. El heroísmo inútil de soldados y marinos nó logró soterrar en buen ejemplo aquel pésimo que dieron/ en largo rosario de ineptitud y de picardía, nuestros gobernantes de Ultramar. España, herida en su geografía y en su entra­ ña, tuvo esa reacción primaria, biológica, del animal herido: huir del paraje agresor y represar en torno a la llaga toda la; energía vital restante. ¿De dónde le vino a España aquella herida que la hacía sangrar por el trópico? El patriotismo conservador oficial pretendió confinar el problema dentro de dimensiones colonia­ les e hizo un «bluff» popular de la sucia rapacidad yanki. Pero a España le decía un agudísimo instinto visceral que el daño no estaba en su piel, sino en sü íntima estructura, en su «estado». Y, sin rebeldía ostensible, se apartó vitalmente, para siempre ya, de aquel «estado» que le dieron con promesas de felicidad allá por el setenta y tantos. Porque ese «estar» no le iba a su «ser» profundo y permanente. ¿Cómo pudo ocurrir que esta reacción vital, de sanísima hondura, tomase el sesgo amargo y desesperanzado —estéril— que caracteriza al 98? Porque de repudiar un «estado» se pasó a repudiar una «historia» —la Historia de España— y esto ya es grave, porque la Historia es la manifestación melódica de la esencia, del

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ser primero: como la esencia del perro de caza, valga el efugio metafórico, está en la serie de sus aventuras venatorias y no en el collar claveteado o en el color de su pelo. La España del 98, por renegar justamente de su «estado», terminó rene­ gando sacrilegamente de su ser profundo. En cuanto se me alcanza fue Cánovas el gran responsable de aquella dramática mixtificación que emponzoñó un movimiento primariamente sano. Pensemos bre­ vemente en la España de entonces. Habla una gran tramoya oficial, que era la España visible, en el centro de la cual cantaba Cánovas su «particella» de protago­ nista, con la dócil réplica de Sagasta. Cánovas, el empresario de fantasmagorías, y Sagasta, él diablo domesticado, como les llamó —certeramente, esta vez— Ortega. En torno al armatoste escénico del constitucionalismo, un pequeño círculo republi­ cano, a medias energuménico e ingenuo, fundamentalmente miope respecto a las realidades de España y del mundo. Poco más lejos* un tradicionalismo estancado en el recuerdo y en el problema dinástico, meramente invocativo de grandezas pretéritas: más anecdótico que categórico, que diría Yzurdiága. Al fondo, sobre el campo ancho, en desamparada intemperie, la España real, que vivía en la aldea, en el taller, tal vez sobre el libro; pero, desde luego, al margen de toda ficción oficial. Ésta fue la España entrañable que recibió ÿ acusó la puñalada del 98. Ni el conservadurismo oficial, ni los republicanos, ni el tradicionalismo hicieron cam­ bio de rumbo tras aquella singladura: sólo la España medular, exenta de sinceri­ dad y de tutela. Cánovas, el empresario de la Restauración constitucional y con­ ciliadora —una especie de «tercera España» sin vencedores ni vencidos en aquel enredo del 70— no trajo a la vida real española ni tradición ni progreso; ni his­ panidad franca, ni europeísmo eficaz; ni poesía española a los espíritus, ni gallina a las ollas. Pero, eso sí: proclamó con voz tonante que venía a continuar la histo­ ria de España. Nada menos que a esto: a continuar la historia de España. Como si los partidos turnantes pudiesen tenerse por sucesores de Cisneros. Como si Cam· poamor fuese trasunto de Góngora. Éste fue el sofisma histórico que atosigó la mente y la conducta de la España extraoficial en el trágico recodo del 98. Si la finísima arquitectura viviente de un pueblo y la textura de sus reacciones pudiesen reducirse a un tosco dolmen silogístico, así podría expresarse aquel triste proceso psicológico. Se ha hundido el resto imperial de España por culpa del «estado» actual de la Patria, al cual con toda justicia repudio. Los autores y representan­ tes de ese estado me dicen que continúan y representan la historia de España. Luego debo repudiar también la historia de España. Así se acabó renegando del «ser» como resultado de una protesta vital contra el «estar». No niego que esta mixtificación fuese beneficiada por algún, malvado —la.eterna delgada vena de la heterodoxia patriótica española—, ni que la entonces menguada grey republicana, denegadora sistemática de lo español, sacase de ella ascuas para su sardina. Pero de ello no se deduzca que en aquella reacción torcida no hubo buena voluntad. La prueba está en que fue esa misma masa extraoficial la que dio el primer alimento, veinticinco años más tarde, a la Dictadura de Primo de Rivera. Y en que casi ninguno de los jerifaltes del 98 —Unamuno, Maeztu, Azorín, Baroja, Juan Ramón, Valle Inclán, Zuloaga— ha sido un «auténtico» clásico del republicanismo español, y mucho menos del marxismo español. Más de uno ha terminado en postura de ejemplo y de otros cabe esperar última contrición. Con un poco de pedantería kantiana, podría decirse que el 98 fue una reacción del noúmeno de España contra su fenómeno. De la España real contra la España oficial, empleando el léxico de Ortega. Pero nosotros, nacionalsindicalistas, deci­ mos más: fue una reacción torcida. Fue como si el pólipo al cual se corta un

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brazo reaccionase —en lugar de regenerándolo— esparciendo en el agua los res­ tantes. España fue herida en su brazo de Imperio, y no sólo por el arma del yanki, sino por un cáncer de su entraña misma. Y como la vocación de imperio pertenece a lo más íntimo de nuestra esencia, se puso en pie una generación. Ya hemos visto cómo se desvió luego del camino derecho. El 98 tuvo acción simultánea en la mi­ noría y en la masa. La minoría respondió por vía triple. Negó los valores españoles en la Historia Universal, por buscar apartamiento del paraje agresor. Afirmó la vuelta a Europa, estó es, a la cultura fáustica occidental como única tarea posible. Redujo su fe en España, por fin, a una triste observación morosa del costumbrismo casticista. Puede decirse que la médula del 98 fue cierto anarquismo popular. Sus hombres, a quienes una trágica equivocación —trágica como su sentimiento de la vida española— había hecho renegar de la tarea imperial de España, que es hacer arquitectura grandiosa de pueblos y de almas, refugiaron su inextinguida fe en España en las Construcciones del «incontaminado» primitivo. Fue más español el Albaicín que aquel palacio de Garlos V que cuadra por fuera su Círculo interior en los altos dé la Alhambra, y el Greco que Velázquez, y Aviraneta, aprendiz de conspirador, que Saavedra Fajardo, embajador de imperios. Ellos rompieron de sus almas el molde de las empresas ecuménicas a la española, basadas en un sis­ tema arquitectónico de deberes, y terminaron viendo sólo raíz española en el bolero, la «espatadantza» y en la cerámica talaverana. Azorín buscó el encanto de lo pequeño y Unamuno la españolidad de la an­ gustia continuada. Por huir de la tramoya ineficaz forjada por Cánovas, se creó un medio de cultivo al anarquismo y al separatismo. Porque también la masa participó con oscuro rumor lejano en aquel lamento del 96. La masa española, desde entonces, adquirió un invencible escepticismo frente a lo «oficial» y frente a lo «viejo»; y pasado el doloroso estupor de la primera hora se desprendió de la preocupación colonial con esa falaz complacencia del que aspira a que le dejen tranquilo. Pero debajo del «pan y toros» había una recóndita Haga, de la cual sacó luego lucida granjeria el marxismo sentimental de Pablo Iglesias. Ésta fue la génesis' y la obra del 98. La protesta biológica contra un Estado —como un apartamiento del paraje agresor— terminó en querella cultural contra una Historia. Ya hemos visto cómo. Faltó entonces el zahori que descubriese en el heroísmo insobornable de soldados y marinos una raíz, la vocación de imperio, que no tomaba su savia de la «Marcha de Cádiz», sino del ser hondo y de la his­ toria auténtica de España. Cuando hacía falta que un nuevo Cid corriese con fe vie­ ja e ímpetu nuevo los pardos alcores de Castilla —qufe el imperio y la reconquista eran ya entonces faenas urgentes dentro de casa— se quiso aherrojarle más en su sepulcro. España, cuando no es milicia vertical y heroica, se haCe vil musgo ve­ getante, y a esto’ la conducía el pacifismo finisecular. Este desconocimiento miope de la sustancia española dio el fruto de una sumisión beata ante lo europeo. Bea­ tería, en última instancia, es el éxtasis ante lo asequible. Y lo europeo —tan ase­ quible que ya era para algunos en Europa fruta pasada— era desconocido éntre aquellos españoles que huían de su huerto propio. Tristeza, cobardía y error, todo esto vemos los nacionalsindicalistas en el 98; pero agradecemos con viveza a sus hombres un despertar rudimentario, del cual había de salir nuestra guardia erecta y la aguzada vigilia de hoy. Después de ellos, vinieron a sentarse meditabundos sobre los huesos de España los hombres de la generación siguiente, que ya habían conocido a Europa por dentro.

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En ese intento de buscar el ¿por qué ocurrió?, María Zambrano está de acuerdo sin saberlo — ni quererlo, claro— con un intelectual del otro lado, Lain Entralgo, incluso con palabras muy parecidas. Los hombres del 98, en su intento regenerador de España, la deshue­ saron: «Surgió la crítica implacable contra el ayer, queriendo olvi, darlo en un utopismó adánico. Se confundió en la arremetida el fan­ tasma de la historia con la historia misma y se creyó que podríamos vivir sin ella. Y el español entonces por librarse del fantasma, se queda en el desierto que tampoco éS la vida.» En ese desierto se moverá el intelectual liberal,\ voz que clama sola, y el tradicionalismo ;¡j >moviendo, los figurones de cartón de un pasado. María■Zambrano cree que por vez ,primera es el pueblo mismo el que hace historia sin que se la expliquen falsamente o se la nieguen en bloque:

EL ESPAÑOL Y SU TRADICIÓN por M aría Z ambrano

Sería précíso mirar a España y a su suceso desde lejos, desde todo lo lejos que nuestra condición de españoles lo permita, aunque cordilleras y océanos se inter­ pongan entre su tierra y nuestro paso. Mirar con perspectiva, no de espacio, sino de tiempo y de objetividad intelectual lo que en ella sucede, para descubrir su profunda realidad, para tocar la médula viva y abarcar así el sentido histórico de lo que en ella está ahora pasando. Hacía siglos que en España, al parecer, no pasaba nada. Viajeros insolentes recorrían su suelo para hacer arqueología. Pero ni eso conseguían hacer al fin. El vivo rumor que corría bajo la aparente quietud española, los cogía infiltrándose en su fría mirada clasificadora y les trastocaba el propósito. Estaba muy cerca, por otra parte, la huella de lo español en el mundo; huella que quemaba o escocía aún, aunque los científicos viajeros no quisieran reconocerlo. Había otros hombres que querían analizar esta huella de lo español en el mundo, reconociéndola ya de antemano. Pero, pocos o ninguno con objetividad apasionada, que es lo que suele dar resultado en estos casos. Y; los españoles, pe­ leándonos enconadamente mientras tanto, mientras decían· que en España no pa­ saba nada; aborreciéndonos y hasta matándonos por el sentido de esa huella. Los combatientes no estaban ciertamente situados en el mismo plano, ni peleaban con igual ansia de rescate de la verdad nacional. De ser así, nos hubiésemos, al fin, entendido, y si no entendido, hubiéramos podido convivir aun peleando. Y ya se ha visto que no; que no era posible convivir: que existe una incompatibilidad esencial y decisiva, como de especies humanas distintas o, tal vez, de una especie humana y otra no humana todavía, y que una u otra tienen que ser anonadadas. Ellos, los a sí mismos llamados tradicionalistas, se ponían en la trágica y cómica situación de únicos herederos de esta huella de España en el mundo y los únicos sabedores de su sentido, bien simple y pobretón por cierto, según su exé-

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gesis. Ellos eran España y toda su obra en el pasado. Y como esta obra había alcanzado tan grandes magnitudes, no había ya que pensar en realizar otras en el porvenir. El futuro era simplemente un cartelón que al par de «tapar la calle para que no pase nadie» era la pantalla grotesca doçde se proyectaban deformadas, como de pesadilla, las figuras del glorioso y lejano pasado, no tal cual era, sino tal cual salían de la pobrísima imaginación de estos herederos de la tradición. Y así, nos hicieron un pasado de pesadilla, ; que pesaba sobre cada español aplastándole, inutilizándole, haciéndole vivir en perpetuo terror. Pocos españoles habrán dejado de temblar ante la figura de Felipe II, por ejemplo, sindéndose como «infraganti» de no se sabe qué falta tremenda. Pero también, y por lo mismo, nos habían dejado sin futuro, y así íbamos vi­ viendo los tristes españoles en un laberinto empapelado de figuras grotescas, en un terrorífico cuarto de espejos donde aparecían ;y desaparecían imágenes de ensueño apesadillado. La historia de España se nos había convertido en una ence­ rrona y era preciso derribar muchós tabiques para.salir de ella. De esta angustia de vivir en laberintos de fantasmas históricos, nace la rebel­ día del español ante su historia y anteisu tradición; ante lo que le querían hacer creer que eran historia y tradición, y que no lo eran, porque carecían de tiempo; no transcurrían ni sucedían, sino que estancadas se habían convertido en espectros de sí mismas. Y surge la animosidad y hasta la odiosidad contra ellas porque nos impedían vivir. Había que librar a España de la pesadilla de su pasado, del ma­ léfico fantasma de su historia. Se arremetió contra los fantasmas. «Hay que cerrar con siete llaves el sepul­ cro del Cid.» Surgió la crítica implacable contra el ayer, queriendo olvidarlo en un utopismo adánico. Se confundió en la arremetida, el fantasma de la historia con la historia misma, y se creyó que podríamos vivir sin ella. Y el español en­ tonces, por librarse del fantasma, se queda en el desierto, que tampoco es la vida. Pero este español que se queda en el desierto no es pueblo, sino el intelectual y el burgués liberal, si lo ha habido. El pueblo no puede quedarse nunca en el desierto porque él lo puebla: con su presencia, con sus voces, con las figuras que su imaginación conserva de días más afortunados. El pueblo, en su perenne infan­ cia, vive de imágenes, pero su vejez, su vejez joven, su persistencia le proporciona el recuerdo de las imágenes ya idas. Y recuerda lo que el intelectual, por afán de aprender, ha olvidado. También inventa, con fragancia nunca marchita; repite re­ creando las antiguas creaciones de poetas y artistas y hasta de filósofos de días de aurora. El pueblo nunca está solo. Nunca está solo el pueblo; pero ha permanecido peor que solo mucho tiempo en España: mal acompañado. Todavía había gentes —estas de la tradición— que se dirigían a él“teniéndole pór suyo. No suyo porque creyeran en su adhesión, sino suyo como cosa, como objeto. Y algunos intelectuales revolucionarios —sedicentes revolucionarios como los otros se decían tradicionalistas— se permitían igualmente hacer al pueblo objeto de sus discursos y elucubraciones. Y ésta es justamente la mayor perversión: hacer objeto a lo que, como el pueblo, es el máximo sujeto de la historia. Sujeto porque es a quien pasa todo lo profundo y esencial que pasa —aunque un individuo genial lo preceda— y porque es quien realiza todo lo que pasa y nada puede pasar sin él. (Por eso sus enemigos «no pasarán».) Y así, mientras el pueblo seguía su vida de imágenes, su vida d e historia verda­ dera que crea porvenir, su memoria de imágenes, comienza la pelea entre el inte­ lectual liberal y el llamado tradicionalismo; entre la voz que clama en el desierto

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y los que movían los figurones de cartón metiéndose bajo ellos para asustar. Entre ambas cosas: el desierto de la historia en que se había quedado el in­ telectual y las figuras grotescas de los tradicionalistas, España, estancada, no podía expresar, dar forma histórica a los ímpetus de su sangre, al latir incesante de su aliento... Y así vemos todas las luchas del siglo xix como un caudal de sangre que se estrella buscando la salida. La historia española del xix es puramente sangrienta; sangre que quiere alcanzar su sentido y su expresión. Impetu ciego casi siempre, sin voz y sin figura. Y en estas peleas sangrientas el español anda buscándose a sí mismo. Da su vida para ver quién es y qué es. Los tradicionalistas para corroborar la falsedad en que se han metido, y esperando con su sangre hacer verdad los figurones gro­ tescos. Los liberales, por desesperación y asfixia, por hallar .una salida refugián­ dose en el destino heroico individual. ' Se ha hablado del individualismo español como de algo congénito y perma­ nente, cuando la reàlidad es que este individualismo exasperado sólo aparece cuando la sociedad española, su historia actual, se ha quebrado; cuando el español se siente en el desierto y se refugia en sí mismo, en sü valor para afrontar la muerte buscándola por nada, corriendo hacia ella para comprobar su condición humana, de hombres capaces de morir como hombres, esto es: moralmente. ¿Qué es España?, es la pregunta que el intelectual se hace y se repite. Se le ha hecho a la cultura española eL reproche de no haber fabricado una metafísica en España. No se hacía otra cosa, apenas; en el ensayo, en la novela, en el periodis­ mo inclusive y tal vez donde más. No le va al español el levantar castillos de abstracciones, pero su angustia por el ser de España, en la que va envuelta la an­ gustia por el propio ser de cada uno, es inmensa y corre por dondequiera se mire. No tiene otro sentido toda la literatura del noventa y ocho y de lo que sigue. Y como esa soledad en que el hombre de quehaceres individuales (el intelec­ tual) se ha quedado, proviene de la soledad en que todos se habían quedado en España con respecto al pasado y a la tradición, al hecho terrible de no tener al día la tradición, hay en consecuencia una falta de espacio y perspectiva, de ordena­ ción de valores que hace identificarse a cada uno de los intelectuales españoles con España misma. Caso típico don Miguel de Unamuno; creía que él era España y por esó no temía equivocarse ni creyó que tendría que dar cuentas a nadie; él mismo era el tribunal y el pueblo. Si comparamos nuestra situación hasta hace medio año con la de otro país europeo, Francia, por ejemplo, encontramos que para un francés no es proble­ mático su pasado; no tiene para él ese sentido de enigma mudo, lejano, como una cultura que ya acabó, sino que sigue fluyendo por su ente presente; tiene hoy porque tiene ayer, y en su virtud, tiene mañana también. Pero entre nosotros el tiempo se había trastocado. Y es ahora, en esta lucha a muerte del pueblo espa­ ñol contra su pasado de pesadilla, contra el cartelón del crimen con que querían aterrorizarle para que no se moviera; es ahora cuando vamos a encontrarnos de ver­ dad con el pasado y cuando la tradición brota de nuevo y se reencarna en el hoy. Hoy España vuelve a tener historia’ La lucha sangrienta de ahora se diferencia de las del siglo xix en que entonces no se había alcanzado un sentido social, un sentido histórico, sino que era el individuo liberal, el romántico, el que daba la vida para que la muerte no le cogiera. Hoy el español muere para vivir, para recuperar su historia que le falsificaron convirtiéndola en alucinante laberinto. Muere por rom­ per el laberinto de espejos, la galería de fantasmas en que habían querido ence­ rrarle, y recuperarse a sí mismo, a su razón de ser.

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Desaparecerá de una vez para siempre la arqueología sobre Espafía y las dispu­ tas sobre su huella en el mundo. La huella de ahora es surco que penetra tan hondo en la naturaleza humana que alumbra zonas casi inéditas del hombre, aunque profetizadas y presentidas. Una nueva revelación humana que nos hace a todos reconciliarnos con la vida a través del sufrimiento y de la muerte. (Hora de España, abril 37.)

Lain hablará después de una mente preclara a la que al mismo tiempo admira y ataca: «Nosotros los nacionalsindicalistas, nacimos en rebelión contra el Ortega de la República y corremos el riesgo fácil de adoptar una postura petulante ante ángulos de su obra de positivo meollo.» Según Lain, Ortega aspiraba a «una España modes­ ta y eficaz limitada a llevar con dignidad humilde un puesto segun­ dón en el concierto europeo». En esa España soñada habría una minoría rectora y a su frente el propio Ortega. El «no es esto, no es esto» orteguiano lo ve Lain como el fracaso de un hombre que no ha comprendido la masa, la minoría ni la relación entre ambas.

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P ed r o L a ín E ntbalgo

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L a GENERACIÓN DE LA ANTEGUERRA

Después que la generación del 98 despertó con acre sabor de boca del sueño largo y la coyuntura amarga, otra bien definida puso sobre el suelo estragado de Espafía su planta joven en los años insulsos de la anteguerra. El fruto de su si­ miente, que lo hubo bien visible, llegó a su sazón varios lustros más tarde; pero las primeras hojuelas viéronse entre el 10 y el 14, cuando la vida española, tras la semana sangrienta y el Barranco del Lobo, había recobrado su vacua placidez: por eso la llamo generación de la anteguerra. Ranke pensaba que las generaciones se suceden con un ritmo de treinta afíos. Puro error: porque en las épocas mansas son los hijos iguales a los padres, y cuando se despeña la historia de un pueblo —como venía sucediendo en esta España nuestra— aparecen generaciones diver­ sas y operantes en los más leves quiebros de la vida nacional- Esto aconteció en España, una vez traspuesto el filo del novecientos. Mal remendada la herida del 98, prosiguió España la cuesta de su decadencia. Los políticos «de la situación» la en­ contraban sin pulso, pero divertían sobre ella su inane actividad. Gedeonismo par­ lamentario y verbenas ocultaban toda una patética rapsodia de lamentos torvos en los senos populares. Una semana trágica, y luego el consabido «aquí no ha pasado nada», traducción achulada —como la vida española de entonces— de un senequismo estoico. Y sí pasaba. Pasaba que en una España que no sabía serlo se nos metía toda la Europa de la anteguerra. O mejor dicho: que comenzaban a meditar sobre España y a operar sobre España unos cuantos jóvenes que venían de conocer

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la Europa feliz y confiada de la anteguerra, cuando sólo había surcos de inquietud en la frente de algún pensador avizorante —tal Spengler— y en las salas de los Estados Mayores. Esta suma heteroclita: oquedad gemebunda de la vida española y visión «por dentro» de la Europa feliz y sabia, determinó el común denominador de nuestra generación de la anteguerra. El núcleo más visible lo formaron Ortega y Gasset, «profesor de Filosofía in ■ partibus infidelium», como él mismo se bautizó, y sus tempraneros epígonos Pérez de Ayala y Marañón. Ortega, delicado catador de aquella superficial chabacanería española, venía de henchir su frente meditabunda en las aulas de Leipzig y de Marburgo. Marañón bebió ciencia tudesca en aquel Francoforte de EhrUch, y Pérez de Ayala paseó entre la blanda felicidad «tory» de una Inglaterra todavía con nostalgias victorianas. Los tres heredaron, en cuanto se me alcanza, aquel peculiar amor a España de sus padres del 98 —si bien más cercano al amor inte­ llectualis espinosino que a la trágica pasión unamuniana—■y no poca de su brava independencia. Porque algo más lejos, y quizá sacando beneficio del brillo ajeno, se hallaban los secuaces de la Institución Libre dóciles a los tirones del cordelillo masónico. Comenzó a formarse otro grupo en torno a un joven abogado, fino y tenaz: Ángel Herrera, católico acendrado con ansias de moderna eficacia, que aspi­ raba a perfundir en los odres españoles el vino nuevo de las europeas vides malinenses. Yo no sé, ni ahora importa, si Ángel Herrera bebió directamente las esencias de Lovaina y Malinas; pero su afán y su mentalidad, incuestionablemente, habían hecho un «viaje de estudios» como lo fue aquel con el inefable doctor Froberger a las instituciones del Centro Alemán. Otro joven, en fin, volvía a Bar­ celona luego de escuchar en París a Bergson y de meditar, a Sorel y a Zenón el Eleata: me refiero a Eugenio d’Ors. En la ocasión de hoy voy a ocuparme sola­ mente de los dos primeros núcleos: en parte, porque la obra de Eugenio d’Ors, difícilmente homologable con la de aquéllos, no ha dado lugar a «movimientos de opinión», al menos visibles y sonantes; en parte también, porque pienso dedicar —en otras calendas— una tentativa de esclarecimiento a la posible influencia de D’Ors sobre las juventudes de hoy y de mañana. Pero ahora, sólo quisiera tino y ánimo justo para delinear lo más hondo en la obra de Ortega y Gasset y en la de Ángel Herrera, para extraer de ellas el último zumo de una generación de la cual es nieta la que ahora surge. Es difícil hablar con justeza de Ortega y de su influencia. En primer térmi­ no, porque todavía está inacabada la que él llamó, con frase platónica, «su segun­ da navegación», y ésta puede ser de tumbo sorprendente, cuando menos insospe­ chado. En segundo, porque nosotros, los nacionalsindicalistas, nacimos en rebe­ lión contra el Ortega de la República y corremos el riesgo fácil de adoptar una postura petulante ante ángulos dé su obra de positivo meollo. Y en tercero, porque ya salieron de nuestras filas madrugadores intentos de valoración: aquel de Gimé­ nez Caballero en el Genio de España, turgente de entusiasmada fe primeriza, y este otro que el agudo y vivaz camarada Almagro ha dado a las prensas de la revista F. E. Yo quiero limitarme a buscar lo que me parece él ademán más íntimo de sus meditaciones sobre España y a dibujarlo con escueta franqueza. Aspiro luego a decir de él lo que él decía de Baroja en sus iniciales meditaciones sobre el arte barojiano: «He aquí todo lo malo que tenía que decir sobre Ortega. No creo haber sido parco en mí franqueza. Pero ahora falta por decir todo lo bueno que de Or­ tega se debe decir.» Apuntó Giménez Caballero un rasgo profundo de la obra de Ortega. A saber: su imitación de la urraca de la pampa,

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que en un lao pega los gritos y en otro pone los huevos, exactamente una de las lactas que el mismo Ortega había visto en la España de sus tiempos mozos. Porque mal se compadecieron sus gritos escurialenses, de un aristocratismo auténtico, con el huevo puesto en el nidal republicano. El sentido ptofundo de la visión que hizo Ortega de España, no está, en efecto, en aquella invertebración que le atribuyó, porque la parcelación de España en compartimen­ tos estancos era cosa del «estar» de España entre 1910 y 1920, y no de su «ser» íntimo y perdurable. Si exprimimos la naranja de las meditaciones orteguianas sobre la hondura de España, he aquí una visión comprimida de su quintaesencia. En orden a la historia, la insuficiencia étnica de España. El visigodo era hombre más civilizado que el franco y que el ostrogodo, menos rico por tanto en posibili­ dades vitales, menos bárbaro, y desde entonces nos viene una especie de atonía vital, por déficit rubio, con relación a Francia y a Italia, hermanas en latinidad y en la invasión germánica. De aquí la debilidad del feudalismo español —por escaso temple en los «señores»— que es para Ortega una desdicha. De aquí tam­ bién que la obra unificadora de Castilla y de los Reyes Católicos fuese tarea senci­ lla. El auge imperial de España no fue, en consecuencia, obra de su peculiar pode­ río, sino una especie de Ventaja por madrugar en su unificación nacional mientras las hermanas de camada andaban a la greña en sus propias casas. En orden el presente —el presente de su tiempo—, Ortega advirtió el último período de un proceso desintegrador. España era un conjunto de clases, regiones y grupos que no se entendían entre sí, como metámeras casi independientes de un organismo inver­ tebrado. Faltaba la tarea común que engarzase concertadamente afanes y aristas. En orden al futuro de España, Ortega fue consecuente con sus premisas. Un país como el nuestro, tarado ab ovo por una insuficiencia étnica, no puede aspirar a amaneceres de imperio, cuando ya sus hermanos en promoción andan por ahí fuer­ tes, unidos y despiertos. «Nos avergonzaría desear una España imperante, tanto como no querer imperiosamente una España en buena salud, nada más que una España vertebrada y eh pie», decía ya en 1914 a la siempre incipiente «Liga de Educación política española». Quería una España modesta y eficaz, limitada a llevar con dignidad humilde un puesto segundón en el concierto europeo. Una Es­ paña de labriegos pulcros y colectivistas, con universitarios que supiesen filosofía de la vida e investigación «more germánico». Pero concuna masa como la española que ya no sabía ser masa, esto es, dócil al ejemplo, con una España en época Kali —como él decía con metáfora hindú— era necesario que Brahma despertase, toma­ se fisonomía de Vishnú y rehiciese el Cosmos español a merced de una minoría selecta. Ortega mismo sería el Vishnú benigno que formaría la minoría —la «Liga de Educación Política Española», primero; la «Asociación al Servicio de la Repú­ blica», más tarde— encargada de crear nuestro inédito y modesto Cosmos. Aquí está la médula de la postura orteguiana y la semilla de su futuro fracaso, del «no es esto, no es esto»: en su concepto de la masa, en su idea de la minoría selecta, en sus pensamientos sobre la relación entre masa y minoría. Toda la obra de Ortega se halla cqmo traspasada por este florete pasional, incluso en sus medita­ ciones más apartadas de la realidad española. ¿De dónde le vino a Ortega ese conflicto interno, que él no había de resolver jamás? ¿A dónde había de conducirle más tarde? ¿Qué relación guarda en lo profundo este tuétano de la obra orteguia­ na con los esfuerzos en pro de una España nueva de su coetáneo Ángel Herrera?

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¿Cuál es la influencia «real» de ambos sobre la generación de hoy? He aquí las preguntas a las que hay que responder.

En el cuarto artículo Lain Entralgo intenta profundizar más en el «caso Ortega», Su error, piensa, fue intentar conciliar lo inconciliable. Su «retina europea... su heterodoxia religiosa... no le permitía creer en la masa española ni en su historia... pretendía edificar una España nueva sin contar con la antigua, la de Lepanto y Calderón». Para Lain el filósofo se quedó a medio camino al llegar la República, «Víc­ tima de su espejismo, anudó su vida a lo malo del 14 de abril — el Estado republicano— y no supo recoger lo bueno, el ansia popular insatisfecha, lo bueno que ha recogido el Nacionalsindicalismo.»

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P edro L aín E ntralgo

4.

L a g e n e r a c ió n d e l a a n t e g u e r r a : O r t e g a

Todas las meditaciones de Ortega sobre su mundo humano circunstante —so­ bre «su paisaje humano», para emplear una expresión suya— se hallan como transi­ das de una veta pasional, que aflora con frecuencia en el «géiser» de una frase: el tema de la masa, de la minoría selecta y el de su relación dentro del acontecer histórico. En tarea de más afincado empeño que ésta volandera del periódico podría reunirse todo un gran haz de fragmentos testigos. Ahora basta una pequeña gavilla. Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una mino­ ría de individuos selectos, define en su España invertebrada. Años antes, cuando habló de «Vieja y nueva política» asignóse como menester primario fomentar la organización de una minoría encargada de la educación política de las masas. Él esaba convencido, como dice en El tema de nuestro tiempo, de que para que una modificación de los senos históricos llegue a la masa, tiene que haber antes in­ fluido en la minoría selecta. Hay un flanco en la mente de Ortega, en consecuen­ cia, que le impele a tomar ante la masa una postura pedagógica, educativa. La masa humana, antes de hacerse pueblo, es como materia caótica a la cual da forma la actividad docente y ducente del hombre minoritario, como informe mármol an­ tes de recibir la hiriente caricia del cincel. Las masas humanas son receptivas: se limitan a oponer su favor o su resistencia a los hombres de vida personal e ini­ ciadora, dice en El tema de nuestro tiempo el Ortega pensador. Pero el hombre no es un solo «yo pensante». Yo soy yo y mi circunstancia, dijo el mismo Ortega en las Meditaciones del Quijote, como toque de diana de su obra. ¿Qué son las masas para Ortega y su circunstancia; para el Ortega espa­ ñol de 1915, docente de Filosofía, óptimo catador de las mejores vendimias europeas? Oigamos su respuesta. «... si imaginamos ausente del mundo un pu­ ñado de personalidades escogidas, apestaría el planeta de pura necesidad y bajo egoísmo», escribe en Musicalia acerca de la impopularidad de Debussy. Antes

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había dicho, comentando a Azorítt: Losespíritus selectos tienen la clara intuición de que eternamente formarán una minoría —tolerada siempre— casi siempre aplas­ tada por la muchedumbre inferior, jamás comprendida y nunca amada... El abismo perdura siempre entre los menos y los más, y no será nunca allanado... Luego afíade que nunca en España fue mayor la distancia entre mejores y peores que cuando él escribe (es en 1916). Algo análogo se lee en La deshumanización del arte; hasta llegar a decir, con irreprimible insólito destemple, que la masa co­ cea y no entiende. Aún podrían espigarse en España invertebrada y en La rebelión de las masas copiosas muestras de la misma cosecha. Por lo demás, Orte­ ga no hace de la minoría una hipervaloración egocéntrica. «Cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expre­ sión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree su­ perior a los demás, sino el que se exige más que los demás...», declara en La rebe­ lión de las masas. Así en toda su obra. Definiendo, aclarando, imprecando o prediciendo, el tema de la minoría y la masa brota entre sus meditaciones con la espontaneidad del jaramago entre las ruinas. Como si toda la vida de Ortega fuese un monólogo minoritario sobre la masa informe y triste de aquella España inver­ tebrada que él veía. He aquí la antítesis orteguiana, su lacerante conflicto interior. Todo un cos­ tado de su persona se yergue ante la masa en actitud rigurosamente aristocrática: pocas veces se ha escrito de modo tan elegante y tan rotundo contra lo que hay de vituperable en la democracia como Ortega en Democracia morbosa en algún capítulo de España invertebrada y en aquel final de La rebelión de las masas, cuando llega a la conclusión de que lo radical en el hombre-masa es su abso­ luta carencia de raíz moral, su inmoralidad ante todo linaje de deberes. Ello le mueve a erguirse altivamente sobre la inmoralidad y la insipiencia de los más, que se estrellarán un día, insospechadamente, en las torrenteras de la Historia. La otra vertiente de Ortega se tiende hacia la masa, pasivo barro amorfo, con pedagógico ademán de escultor. Hasta llegar a ver una vez, cuando el optimismo de su inicial ascensión, ciertas virtudes cardinales en un inexplorado trasfondo del alma espa­ ñola —«lo que España ha hecho, lo ha hecho el pueblo: y lo que el pueblo no ha hecho, se ha quedado sin hacer», dice en España invertebrada—: la «gema iridiscente», el «temblor primario del español ante las cosas» que perdurarían, según él, quemando toda la hojarasca tradicional. ¿De dónde le viene a Ortega esta antinomia que late en lo más hondo de sus pensamientos? No se trata ahora de «comprender» la obra de Ortega, esto es, de indagar psicológicamente su sentido profundo. Lo que quiero es más bien «expli­ carla», traer a luz sus momentos genéticos y sus consecuencias fácticas: ver, en suma, de dónde vino y a dónde condujo. He aquí la constelación que explica el íntimo conflicto de Ortega. Hijo del 98; ciudadano de la España más chaba­ cana de todos los tiempos --d e 1910 a 1920—; mentalidad egregia; conocimiento «por dentro» de una Europa seudofeliz; heterodoxia religiosa; íntimo orgullo de «intelectualidad». Todo esto hizo de Ortega lo que Ortega fue: hombre de tran­ sición y ensayista. Viven en él con vida robusta lo europeo y aquel sentimiento de avidez descontenta que veíamos en la «España vital» del 98; y ruedan en su torno, como lunas en tímido creciente, una presentida esquirla de la íntima rea­ lidad popular española y cierto esbozo aséptico —la «gema iridiscente»— de una tradición abusivamente acrisolada. Pero todo ello; lo europeo y lo popular espa­ ñol, la España vital presente y el extracto qúintaesencial de la Historia de España, escindido, en mosaico, sin unidad vital de estilo en la persona y en la obra. Re­

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cibió de sus mayores del 98 lo único positivo que había en ellos, el seso bien despierto a los vientos nuevos y aquella íntima creencia en lo espontáneo del pue­ blo español, que en los del 98 era costumbrismo casticista. La beata esperanza en lo europeo que tuvieron los del 98, se convirtió en Ortega, magistral discípulo de Hermann Cohen y de Jorge Simmel, en fe decidida en el Occidente (luego mostró resquicios de duda, en La rebelión de las masas), de la cual vino la visión con retina europea de la realidad española. Retina europea, conceptos europeos, cora­ zón español —porque el corazón, raíz vital, no cambia con los viajes de estu­ dio—,· ved ahí la dramática antinomia. La retina europea hipovalora lo español, y el ensayista, removido e incómodo en aquella España de trenes sucios, ventanas mal ajustadas y compartimientos estancos, da el golletazo a su historia con el pe­ simismo germinal de la insuficiencia étnica. Sólo de cuando en cuando envía el corazón español a la superficie de las páginas o de las conferencias una vaga creencia en nuestra realidad popular. Un corazón que camufla su sentir con la acritud de la crítica, el equívoco d d «amor intellectualis» y el menosprecio, erup­ tivo a veces, de la masa. Queda una posibilidad, no obstante: cazar lo popular con la red europea. El pedagogo es un cazador de niños para hacer de eüos hombres sociales, y el cien­ tífico un cazador de apariencias para hacer de ellas sistema. Ortega ve esta posi­ bilidad para resolver su conflicto interno, la pugna entre el «ibero con sus ásperas hirsutas pasiones» y el «blondo germano, meditativo y sentimental» que él sabe llevar dentro. Queda la posibilidad de formar una minoría selecta que convierta en grey europea la masa y el pueblo españoles. Cabe, en fin, que el español vibre ante las cosas que le rodean con su «temblor primario», pero que esas cosas circunstantes sean europeas: estructura política, cultura, formas de vida. Así sur­ gen la «Liga de Educación Política Española» y luego la «Asociación al Servicio de la República». Lo europeo está en sus manos, siquiera sea más como ensayo que como estructura vital: falta lo popular, y por ello son las tentativas de Ortega como búsquedas venatorias de lo popular, en las cuales la prestancia exterior oculta la angustia íntima. Pero Ortega no puede «hacerse» con la masa española, por una razón potísima: porque su retina europea, sus conceptos europeos, su heterodoxia religiosa—real, aunque no furibunda— no le permiten «creer» en la masa española ni en su historia, y su corazón español le daba de «lo» español un presentimiento y no una rotunda e inicial creencia. Había en su postura una ínti­ ma doblez, y el pueblo, todo el mundo lo sabe, no se entrega a quien no cree «de veras» en él. Pecó además de «adanismo». Había descubierto en los grandes hombres de España una psicología adánica, de hombres primeros, que han de hacer todo por sí mismos: y él tomó, inadvertidamente, esta hoja de rábano español, en cuanto pretendió iniciar la edificación de una España nueva sin contar con la antigua, la de «Lepanto y Calderón». Creó, pues, Ortega su minoría selecta, pre­ cisamente en torno a la «Revista de Occidente». Cuando la tuvo, el viento de la hora empujaba en el mismo sentido a la masa española y a su minoría. Pudo creer que el 14 de abril fue consecuencia de su «Delenda». Víctima de su espe­ jismo, anudó su vida a lo malo del 14 de abril —el Estado republicano— y no supo recoger lo bueno, el ansia popular insatisfecha, lo bueno que ha recogido el Nacionalsindicalismo. Pero no podía: porque no creyó en la masa española, por­ que no se acercó a ella con amor de entraña unido ,a su amor de intelecto. Y todo paró en un ademán cansado —«no es esto, no es esto»— y en el exilio impuesto por una masa ululante e instintiva a la cual él se había acercado con íntima, dra­ mática, bienintencionada doblez.

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Pienso ahora en el Ortega exilado y enfermo. Declaro que no le conozco: nunca hablé con él. Pienso en él, ahora con más afán de «comprensión» que con dise­ cante ansia de «explicación». En la ubérrima y traidora tierra gala: a un lado, una masa que por serlo no puede ser española; a otro, un pueblo que aspira a ser, por obra de la Guerra y del Nacionalsindicalismo, lo que a él le avergonzaba pensar —desear— _que pudiese ser: una unidad viva e imperante. ¿Cómo iniciar el cua­ derno de bitácora en esta hora crítica y tremenda de «la segunda navegación»?

Rosa Chacel coincide también en un punto con su enemigo ideo­ lógico, Lain Entralgo. El folklore, gran descubrimiento de los noventayochistas, está desfasado, viejo: «Si se busca un modo de conoci­ miento exangüe, zurdo, estéril en una palabra, no se encontrará otro que llene mejor las condiciones de éste de poner ante el pueblo formas populares... El pueblo, ni puede estudiarse ni puede año­ rarse a si mismo», y describe luego el problema de siempre: a la élite le cuesta acercarse a la masa: «Hasta ahora el intelectual se empeña en dejar de ser domine y convertirse en camarada, pero, ¿cómo se atreve a llamarse camarada el intelectual que es ciego a la vida de la calle, que no ha sabido crear nada profundamente arrai­ gado en la realidad circundante?...; el novelista es hoy día el único escritor que puede ser popular, es decir, de llegar al pueblo sin dis­ frazarse de pueblo, y en España, desde Galdós hasta ahora, no ha habido ningún gran novelista.»

CULTURA Y PUEBLO por R osa C h a c e l

Estos dos términos, cultura y pueblo, sobresalen dé todas las voces que llenan el momento actual, destacándose con unánime impulso, con franca voluntad, o más bien forzosidad, de fusionarse. Qué último fondo intencional, qué vital inte­ rés y qué propósito guía a cada uno de estos1elementos a aproximarse al otro, es lo que es necesario aclarar antes de seguir combinando los dos sustantivos con todas las preposiciones posibles, como es uso.¡ Nótese el prurito, a veces desconcertante, de cultura que desde el comienzo de la revolución se hace ostensible en todas las manifestaciones del pueblo. Te­ niendo por norma dudar cuando se trata de la autenticidad de los hechos, podría­ mos temer que no fuese más que una incitación sostenida por algunos intelectua­ les; pero si pensamos profundamente en las características de la revolución actual; si llegamos a comprender qué es lo que se salda en ella verdaderamente original y decisivo, tendremos que convenir en qué es, precisamente, la posición del pueblo respecto a la cultura y de la cultura respecto al pueblo. Basta tener en cuenta algunos puntos principales. Las últimas fórmulas de Ja ciencia social han sido ya implantadas por la revolución rusa. Cierto que España lucha hoy día por alcanzar una madurez política y económica en todo semejante;

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pero una revolución no se repite por la misma razón que un ser no nace dos veces. Una revolución no se repite como un texto de historia en diferentes aulas; la vive un pueblo y ningún otro puede volver a vivir la misma. La revolución española carecería de razón vital si no tuviese un porqué inédito, si no tratase más que de implantar en nuestra patria las perfecciones ya logradas por otro pue­ blo. Y, en realidad, es difícil ver aún, entre todo lo que se manifiesta, cuál es nuestro proyecto genuino. Hasta ahora, los grandes cambios sociales que pudiéramos repasar en los trazos más salientes de la historia, han tenido siempre por objeto establecer las últimas conclusiones del pensamiento humano. Era, precisamente, la madurez de una nue­ va creencia lo que hacía a los hombres derrocar las viejas jerarquías, y el encade­ namiento de los hechos históricos se sucedía así con perfecta congruencia. Pero es preciso que consideremos el último movimiento social, esto es, el marxismo, como punto final en nuestro presente ideológico. Tanto es así —aunque no es ésta la ocasión de demostrarlo— que el movimiento que naturalmente se le ha con­ trapuesto, el fascismo, tiene como principal, acaso como único sentido, el de ¡alto! El fascismo lo que propugna, aparte de su intolerancia con las transforma­ ciones de la economía —que, más o menos, ha tenido que simular para poder subsistir—, es, ante todo, no avanzar en el derrotero tomado por el pensamiento, no continuar la especulación y sus albures disolventes, no asomarse al vacío de ese punto final que avalora el porvenir. El pueblo español hubiera buscado aún durante algún tiempo la fórmula de su revolución, y no por falta de adiestramiento en las disciplinas políticas, sino sólo por falta de ese aliento creador que lleva a los trances de vida o muerte. Pero ha bastado que pesase una amenaza sobre la independencia de su alma para que haya podido realizar su revolución, con una secreta consigna que no llega a aflorar en ninguna conciencia, continuar. El pueblo, no puede sentir jamás la necesidad ni siquiera la conveniencia de la contención. Un pueblo que aceptase mantenerse en los límites morales, remon­ tados ya por generaciones extinguidas, sería un pueblo sin vitalidad en su sentido moral. El pueblo, en cuanto pueblo, no puede llegar jamás a esa actitud por cul­ tura; sí por relajamiento. Lo propio de un pueblo que confía en sus reservas, que no siente agotadas sus venas creadoras, es exigir de la cultura —y exigirlo con toda incontinencia— que continúe su marcha hacia los posibles más arriesgados, pues como no puede medirlos de antemano, no le empavorecen. Hay un solo punto de enlace real entre estas dos entidades de que nos ocu­ pamos: la moral. Un conjunto de determinaciones ideales, lógicas, perfectamente congruentes y recíprocamente complementarias del sentir humano. En las estacio­ nes —empleando este término por aludir a la madurez de las ideas— en que el pensamiento ha alcanzado grandes contenidos sustanciosos y concretos, el sentido moral ha rebasado sus mismos preceptos, informando la totalidad de la vida, difundiéñdose por cauces insospechables, arraigando espontáneo en el puro campo intuitivo; sin olvidar las formas inferiores de contagio y hábito que no carecen de importancia. Pero el presente —recurriendo siempre a la brevedad de la me­ táfora— ha logrado todo su esplendor por eliminación; los últimos hallazgos del pensamiento no son más que exclusiones. ¿Cómo conectar éstos, que para la cien­ cia son puntos positivos, con el sentir natural que en el primer intento se exten­ dería por ellos, notándose los vacíos y, por tanto, considerándose manco, disi­ pándose en esta duda, en esta insatisfacción?

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Ese sentido, representado en la ocasión y lugar a que nos referimos por el pueblo, exige nutrirse de evidentes realidades que emanen, y a un tiempo recai­ gan, en su presente; de realidades que patentemente actúen en su sentir, y, en consecuencia, informen su actuar. Imposible retrotraerse al inmediato pasado cuya actualidad hemos visto morir. Lo que hay de positivo en el espíritu conservador requiere que las cosas tengan el prestigio de la muerte para proyectar sobre ellas su acción renacentista. Y todavía no es la hora de reactivar antiguos valores, ni siquiera de patentizar los nexos perdurables que ligan forzosamente a todo mo­ mento histórico con sus anteriores. La empresa del nuestro es afrontar el conflicto en que culmina hoy día el más elevado pensar, acogerle en el sentido entrañable, unirse a él y correr su suerte. Ésta es la decisión subracional que induce al pueblo hacia la cultura, y no otra cosa que su propio conflicto es lo que lleva a la cultura a abrirse al pueblo. La cultura, al haber relegado la idea de Dios a términos casi inaprehensíbles para el conocimiento, busca entre las fuerzas anárquicas del pueblo el sentido latente, el inextinguible aliento que animó la vida de Dios.

Los párrafos anteriores no son más que un paso desalentado sobre puntos hartos sensibles y preciosos. Toda su complejidad queda esquivada, su verdadera demostración omitida; por tanto, el aproximado resumen que puedan componer, tiene que ser enteramente confiado a la rectitud del entendimiento que se dis­ ponga a suplir argumentos y entrever alusiones. El propósito de este ensayo no es estudiar los hechos de que venimos hablan­ do; los deducimos aquí brevemente de síntesis meditadas antes, que algún día tendrán desarrollo, y si, aunque sea con reservas, pueden darse por admitidos, afrontaremos el verdadero empeño que lo guía y que es dilucidar si el comercio entre pueblo y cultura, por sus vías y trámites actuales, delata una real y verda­ dera eficiencia, y si la parte a quien está confiada la actividad más explícita, la que ha de conducir al pueblo hacia lo que es su objeto, esto es, los creadores de cul­ tura, los intelectuales, estamos en realidad cumpliendo con nuestro verdadero deber. Ciertamente, la actividad que se desarrolla coa este fin es grande; sólo falta saber si de modo acertado se complementan en esta ocasión sentido y forma. Si buscamos los elementos prerrevolucíonarios eh los campos prácticamente ajenos al movimiento social, esto es, en la poesía, literatura en general, filosofía, etc., encontraremos que acaso el más pertinaz y significativo sea la preocupación —manía llega a veces a constituir— por el folklore. No es ésta la ocasión de citar un estudio de un malogrado escritor español sobre la aparición de las formas populares como anuncio de las revoluciones del dieciocho, pero conviene traer a la memoria cómo en ese momento histórico el nuevo sentido se anunciaba con cierta visualidad capciosa y conviene también comparar este hecho con el mayor cata­ clismo que la historia señala: la transformación del mundo antiguo en el cris­ tiano, notando que en éste lo que de la nueva era se anticipaba, infiltrándose irresistiblemente en arte, filosofía y costumbres, era el estricto sentido nuclear de la teoría futura: la piedad. Todo lo que pudiera considerarse forma del anterior modo de vida fue relegado por los que adoptaban la nueva teoría o demolido por los propugnadores de ella sin sustituirlo con nada, porque el hombre en aquel momento se abismaba totalmente en el nuevo sentido y sólo en el sentido.

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Por qué a través de tan largo lapso (1) las modificaciones de la vida material fueron tales y tales; por qué la repugnancia por las formas del orden acabado no fue después tan radical, sería conveniente estudiarlo largamente, pero tendremos que limitarnos a señalar sólo el motivo más clásicamente dilucidado: el hombre del xvm, en contraposición con el cristiano, lucha por la felicidad en este mundo. Partiendo de esto, notemos la más simple diferencia: el cristiano concibe una nueva vida para todos los hombres; el revolucionario de la época de las libertades y derechos lucha por elevar el nivel material de la vida de ciertos hombres y el moral de los demás en la relación de unos con otros. Es decir, que, el tema, pasa de religioso a social, sin abandonar el acento mítico al tratar del hombre. Es en Rusia, en la Rusia que nos es tan próxima, pues todos más o menos la hemos visto nacer, donde la idea de pueblo, ya adulta desde entonces, logra adquirir su hegemonía, y de allí llega a nuestra España como acicate irresistible que pone en marcha los más enmohecidos resortes del alma nacional. Y ahora, en medio de esta revolución que hace el pueblo por y para el pueblo atrevámonos a preguntar: ¿qué es el pueblo para el pueblo? El erudito podría, con autoridad, respondernos: el pueblo es ese veneno de sabiduría, de poesía, de sentido que se muestra en el folklore. Y sin autoridad, pero con aplomo, forman ya legión los instructores del pueblo que tal cosa pro­ pugnan. Pero, sostenerlo, en la hora del examen de conciencia, sería funesto error o impostura aleve. El pueblo es, como dijimos en párrafos anteriores, ese yacimiento que hoy busca la cultura para vivificar sus raíces. En la madurez de las ciencias naturales fue cuando cobraron importancia las formas 2oológicas primarias. Solamente cuan­ do el conocimiento de la vida, en todas sus manifestaciones, hubo llegado a al­ canzar alturas casi inmensurables, es cuando esos tiernos esbozos pudieron ser divisados en el conjunto, en la extensa perspectiva de la sabiduría humana. Sólo entonces pudieron ser consultados, superestimados, sus secretos. Así, para el sabio actual, para el que puede abarcar en su grandiosa fábrica la historia de la cultura, destacan hoy día esos puntos iniciales, esas tiernas intuiciones, esas nociones de tan simple e informe cuerpo, pero de tan precioso broche. Puede servir para medir la capacidad de un hombre culto su aptitud para insertar las fórmulas del folklore en su debido lugar y para desentrañar la com­ plejidad de su alcance. Si se busca un modo de conocimiento exangüe, zurdo, estéril, en una palabra* no se encontrará otro que llene mejor las condiciones que éste de poner ante el pueblo formas populares. Bastaría notar que estos graciosos trazos, que hoy .nos encantan, no nacieron en vista de modelos candorosos que ofreciesen problemas elementales. No; su elementalidad es mera cuestión ordinal. Es decir, que había que empezar por algo y se empezaba por lo primero. Pero, ¿con qué impulso? ¿A qué anhelo o pretensión apuntaba su eje o directriz? No es posible dudarlo: su meta es el límite de la posibilidad del hombre. Tanto los surgidos como leve balbuceo, antes que ninguna forma madura, como los creados oor el hombre próximo a la tierra, privado de la sociedad culta, de frente a una cultura admirada u odiada, perseguido o inadvertido por ella; todos, en fin, tienen las medidas de los grandes cánones; todos aspiran, o acaso atentan, a la perfecta norma que lleva al hombre más allá de sí mismo. (1) Imposible aludir al Renacimiento, pues fe más «imple exposición, libre de tópi­ cos, sería extensísima.

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Éste es el argumento buido que sale al paso nada más pensar en este tema, pero hay un número incalculable de otros más sutiles. Otro derrotero de la corriente cultura-pueblo es el elemento romántico, en sus aspectos de evocación, añoranza,¡ enajenamiento. Nótese la diferencia que existe entre estas dos actitudes de là cultura respecto a sus fu en tes u orígenes. Una, busca sus ramales primarios para seguir su sentido a través del entramado de la experiencia; otra, evoca la frescura de sus primeros frutos, que añora desde la pesadumbre del conocimiento y que pueden servirla para renovar el panorama de la conciencia. En el arte romántico la antigüedad es un lugar de fuga; la pintura y la música la abordaron desde la perfección de sus técnicas sabias sin afectar formas inge­ nuas. La poesía únicamente revivió el romance, pero siempre, claro está, situándole en una lejanía de acción en un decorado exótico en su tiempo. Pensar que el pueblo pueda encontrarse jamás en una de estas dos posiciones es locura o ignorancia imperdonable. El pueblo, ni puede estudiarse ni puede añorarse a sí mismo. No puede desear para su expresión una vía más simple y elemental que lo que el tráfico de su alma actual requiere. Si todos estamos de acuerdo, y ha llegado a adquirir firmeza tópica «el arte es uno», es preciso reco­ nocer que la técnica es una, y que una brigada motorizada no puede recitar su gesta en romance sin convertirse en el monstruo de anacronismo más anfibio. Esto no admite discusión: el romance y el pentatnotor no pueden coexistir en una hora. El pueblo que ve volar sobre su cabeza las máquinas forjadas por sus manos, que sabe la cifra de las revoluciones de su hélice, y sabe cómo procede en su trayectoria el proyectil que le combate; el pueblo que conoce este admirable artificio de la técnica en todo el lujo de su retórica, ¿puede expresarse en el bal­ buceo poético que no tiene, bien mirado, más mérito m encanto que los atisbos logrados en los ejemplares originarios? Bien es verdad que el daño que tal prejuicio acarrea no recae ¡ sólo en el pueblo; los jóvenes intelectuales-que Se ejercitan en esto creyéndolo deber cívico, no hacen más que adulterar · su escuela; la marcha propia que la poesía podría llevar por sí misma, no hace más que destruir las normas que le son consustan­ ciales, esto es, el ser la expresión de las nociones más directas e inmediatas, degra­ dándola hasta el plagio, hasta la mortal repetición y, por tanto, anulando los intentos juveniles de su genio que, en aquel que lo poséa, se revelará algún día, tal vez arrastrando en su horror y repugnancia cosas valiosas que no debieron nunca someterse a esta prueba. Esta intelectualidad joven, unida al pueblo en lo más puro y firme de su vo­ luntad, sufre con él el espejismo de la pseudocultura, se disipa en la obsesión del teatro, en las interpretaciones históricas, frívolas, cuando no torcidas preme­ ditadamente. Sería preciso un estudio, sin límite de espacio, ni esfuerzo, para encarecer el peligro de obtusidad, de ininteligencia, en que precipita al pueblo una interpre­ tación errónea de la historia —hablo a los que creen en el pueblo— en este momento en que la historia es nuestro más poderoso caudal de conocimiento, en esta hora en que el pueblo está en carne viva; y, simplemente, porque esta hora es inolvidable hará suyo todo lo que le sea coetáneo en ella. La historia, ya en otras ocasiones, ha servido de estímulo para enardecer los ánimos; nuestros políticos del siglo pasado adoraban sus discursos sobre temas provinciales con la evocación de romanos y godos a cada paso, pero este juego no puede repetirse aunque ahora se le presente con mejor decorado. Los gritos

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revolucionarlos no tienen que salir de la historia. Si no hay una realidad viva que lance esos gritos como única voz propia, no merecerán nunca ser escuchados. Cuando llegue el reposo, cuando no nos inquiete ni irrite el presente hasta turbar nuestra razón, tendremos tiempo de mirar la historia con la profunda devoción que requiere, hasta comprenderla de tal modo que siempre creamos tenerla delante, porque disfrazando una cita harto gloriosa, el pasado está patente en el presente como el presente latente en el pasado. Cuando esto sea realidad admitida, el presente volverá a tener sentido y el pueblo será oído nuevamente. Hasta ahora el intelectual se empeña en dejar de ser dómine y convertirse en camarada, pero, ¿cómo se atreve a llamarse camarada el intelectual que es ciego a la vida de la calle, que no ha sabido crear nada profundamente arraigado en la realidad circundante? Camaradas del pueblo fueron los grandes novelistas del siglo pasado, los mejores escritores españoles del x v ii(l). De esa camaradería —en su más puro sentido— no podemos dudar, porque con una escena, una frase, la descripción de un hombre o de una estancia, nos hablan de algo con­ vivido. Hay en la gran literatura mesas que no pueden haber sido vistas desde la puerta, caminos que forzosamente han sido andados. El novelista es hoy día el único escritor que puede ser popular, es decir, llegar al pueblo sin disfrazarse de pueblo, y en España, desde Galdós hasta ahora, no ha habido ningún gran novelista (2). Se ha dejado al pueblo corromperse en los espectáculos teatrales más anodinos y canallas, y a última hora, para redimirle, se le empieza a excitar con exotismos, en el menudo género de cancionistas, el prurito folklórico de atavíos antiguos y motivos sencillos; en la comedia socializante, nombres extran­ jeros; en los personajes, alusiones más o menos vagas à todo lo lejano y desco­ nocido que, por tanto, puede albergar la más desarticulada teoría. Este gran artilugio que pretende, en cierto modo, alcanzar un marchamo ro­ mántico, no logrará nunca el prestigio de aquella hirviente confusión que fue el romanticismo. Todo el que piense rectamente tendrá que reconocer que, enfocada hacia el pueblo, su ejemplaridad es nula, queda reducida a poner en juego unos cuantos resortes del alma colectiva que esquivan la aridez del verdadero esfuerzo con el halago de una actividad grata, pero sin objeto. En suma; una nueva porno­ grafía, de la que el pueblo mismo se hastiará alguna vez. Esperemos que pronto. Otras facetas de la relación del pueblo con la cultura tienen aún más importan­ cia que la que hemos tratado, pero por su extensión tendrán que ser estudiadas en otro ensayo, habiendo dado a ésta un lugar primordial por ser la más fácil de apreciar, la más manifiesta y superficial en el complejo de los hechos presentes que, con paciencia infinita y voluntad inquebrántable, debemos discriminar si deseamos para España un clima moral concienzudamente puro. Debo recalcar, por último, que sólo a esto, un tono moral vivo, real y propio, puede tender un estudio de este género. No niego que sirvan también otros puntos de vista para problemas prácticos, perentorios, ni que incluso existan perspectivas brillantes para construir un orden de exterioridades que pueda conducir a más o menos parcial prosperidad. Pero, como dije en un principio, hay algo único, genuino, que se salda aquí entre, nosotros. Ningún español lo ha inventado, nin(1) Los prosistas: los grandes poetas, en su vena popular, son abominables. El error que ahora señalamos intenta ser cimentado en Góngora y Lope, pero entenderlo asi es adulterar la verdad manifiesta. (2) Si hiciéramos aquí crítica literaria señalaríamos una genial excepción.

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guno podrá hacerse responsable de sus consecuencias. Pero, este lugar nos señala el destino en esta hora histórica, y sólo significa esfuerzo, valor mental, tesón heroico para avanzar hacia la sombra. ¿Con qué esperanza? Con una solamente, muy lejana y dura de lograr. Realistno, anarquismo—esencias íntimas del alma hispana— integran el horizonte que se columbra en el pensamiento actual. La palabra del futuro la dirá el pueblo que sepa hacer una sola de esas dos.

Lain Entralgo emprende luego el estudio de la personalidad del creador de la democracia cristiana española, Ángel Herrera a quien : ve como un paralelo con Ortega. «Minorías selectas pedía Ortega y otro tanto hizo Herrera. Ambos llamaban específicamente a la ju­ ventud. Ambos importaban modos europeos, tino la cultura europeooriental, otro el catolicismo malinense» (el que presidía en Malinas el cardenal Mercier...); «los dos aspiraban a la eficacia educativa del . periódico: Ortega tuvo El Sol, Herrera, El Debate».

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P ed r o L aín E ntralgo

1. La

generación d e la anteguerra :

H errer a

Declaro ingenuamente mi íntima, perpleja timidez al iniciar este conato con­ templativo de la obra de Ángel Herrera sobre la haz atormentada y paciente de nuestra España novecentista. Por su vocación de santidad, por su vida entrañada en la oración y el sacrificio, por la admiración que siempre sentí ante lo que Ganivet llamaría el eje diamantino de su persona. Pero Ángel Herrera fue miem­ bro nuclear en aquella generación de la anteguerra y creador con su núcleo de un hondo surco en las tierras católicas de Espafía. Tal es la causa por la cual viene a esta tentativa de psicología histórica el ejemplo de su figura. O, mejor dicho, la ecuación entre su figura, su obra y la obra naciente de esta generación que dispara la flecha de su .vida en busca de inédita grandeza de la Patria. Que Dios me dé derechura en el juicio, como creo que me la da en la intención. Esta derechura sólo se alcanza situando al hombre dentro de su paisaje inicial. Son injustos cuando pretenden valorar la obra de Herrera poniéndola frente a la España de ayer o de anteayer., Herrera comenzó su tarea en la España de 1910, más precisamente en la España católica de entonces, y hacia ella es preciso volver la mirada. ¿Qué yerdad tenía en su almendra esa expresión «España católica», todavía hoy más interjectiva que meditada? La cáscara oficial era real­ mente espléndida: cardenales, arzobispos, diócesis en gran número, órdenes reli­ giosas potentes, colegios abundantes, instituciones católicas, congregaciones, un monarca que se decía católico, una Constitución con religión oficial, ministros que iban a misa, primeras piedras y novenas solemnes. La realidad vital era bien distinta. El espléndido manto de la jerarquía ocultaba un clero rural de misa y olla, pobre, rutinario, poco letrado, al margen de todos los vientos que entonces

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oreaban el mundo. La Monarquía «católica», la católica aristocracia cortesana, el mundo político de ministros, senadores y burgueses bien acomodados, tenían tras sí, ya divorciada de ellos, una masa popular míseramente asalariada, sucia, hacinada en el suburbio o vegetante en la aldea, pata la cual el catolicismo, en' el mejor de los casos, era una mera costumbre. En lo cultural, pesaba ya inás la obra reptante de la Institución Libre que lá menguada y senescente dé nuestros medios católicos. En lo social, eran ejemplares la paciente sobriedad del obrero y la dureza de la cerviz patronal, indócil a toda sugestión católica — ¡la Rerum novarum, ya entonces vieja!— de reforma. En lo político, unos partidos turnantes que hacían uso convencional de su etiqueta católica y un tradicionalismo íntegra­ mente católico enquistado en inactividad social también íntegra, llenaban el ho­ rizonte visible del mundo católico español. Y como en el Parlamento y en la apariencia ciudadana y rural se vencía siempre a Pablo Iglesias, como Lerroux era más un fantoche que una amenaza, cualquiera podía creer que la Revolución, en su sentido peyoritario, era en la católica España pura fantasmagoría. Esta realidad triste y escindida de la vida católica española podía dar lugar, y de hecho dio, a reacciones muy diversas. Por el lado heterodoxo, al improduc­ tivo energumenismo republicano-socialista o al suave y minoritario reformismo europeo del núcleo orteguiano. (La Institución Libre, siempre alerta, jugaba a los dos paños, al energúmeno y al sutil.) Por el lado, ortodoxo surgieron, en cambio, tres posturas diversas. La del hombre de la calle, consistente en seguir la marcha anodina que seguía, a la sombra de las más altas instituciones patrias, el conven­ cional catolicismo de los políticos turnantes. Son los que hablaban con sonrisa despectiva de la amenaza revolucionaria. Había no obstante dos grupos de vi­ dentes, ambos más íntegra y reflexivamente católicos. Uno de ellos, añoso de nombre y joven de ademán, aspiraba a vencer a la revolución en curso tanto con la verdad integral del Catolicismo como con el coraje elemental de los españoles «sanos» y con la eficacia actual de una tradición histórica continuamente invocada. Mella fue el verbo de este grupo. Pero Mella, que derramó sobre Es­ paña su grandilocuente verbo profético, cantó y definió más que «hizo». ' Las gentes de su reducido grupo oyeron y aplaudieron, pero no «hicieron». Mella, forzoso es decirlo, no tuvo eficacia inmediata: su voz grandiosa clamó en el arenal, pese a ovaciones y a ediciones postumas. El otro grupo dé católicos operantes fue total hechura de un joven de aquella generación: Ángel Herrera. Pero esto requiere párrafo aparte. Imaginad ante aquel triste y falaz catolicismo español a un hombre joven, de inteligencia clara y esquemática, de voluntad tenacísima e insobornable, católico enterizo, bien cimentada la fe en la «sana» filosofía y ávido el ánimo de eficacia inmediata y operante. En su adolescencia, cuando todos llevamos dentro un cas­ tillo lleno de anhelante heroísmo, recibió el duro arponazo del 98. Vio luego que España se hundía, herida de politiquería huera. Tuvo ante sí la ineficacia de Mella, que deshacía su corazón y su vida en terribles profecías — ¡pálidas ante la reali­ dad de hoy!— y ardientes conminaciones. Había que actuar pronta y eficazmente, porque la revolución era un hecho. ¿Cómo? ¿Confiando en la virtualidad de la tradición católica del pueblo español, ese pueblo que se iba despeñando en medio de los trenos patéticos de Mella? No, en la reacción vital de ese pueblo, de esa masa española no podía confiarse «ya», si no se le educaba previamente, si no se le conducía suave y fuertemente por la senda católica. Sólo podía confiarse en la virtualidad intemporal y ecuménica de la Verdad Católica, reeducando en ella y en sus soluciones a un pueblo apartado a medias de la fe y totalmente apar-

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tado de la ilustración religiosa. León X III, en medio de la turbonada liberal, había dado a todos los pueblos católicos la solución católica de los problemas religiosos, económicos y políticos que mordían su vida cotidiana. En Malinas, un grupo de buenos católicos, inspirados por el benemérito Cardenal Mercier, se ocuparon de dar realidad menuda y aplicable a las direcciones pontificias. ¿Por qué no traer a los males de España el remedio de las soluciones malinenses? ¿Por qüé no educar a las clases directoras y al pueblo de España en esta vida de salvación, tanto más cierta cuanto que sirve a todos los pueblos? Educación religiosa, educación social, educación política, ésta era la tarea que pedía con urgencia la sociedad española al oído y al ánimo del joven Ángel Herrera. ¿Qué hacer en aras de la eficacia? Inmediatamente, una cosa: aceptar el ré­ gimen político —Monarquía constitucional parlamentaria—, no suscitar cuestio­ nes dinásticas, unir a todos los católicos españoles, por encima de las diferencias temporales, en la verdad católica estricta. Después, esto otro: fraguar los instru­ mentos de acción. Para la acción en sentido estricto, una minoría selecta educa­ dora. Para la formación del pueblo y para propaganda, un periódico. Minoría selecta pretendió ser aquella «Democracia cristiana», traductora de Malinas a nuestro romance, que murió sin dar fruto Minoría selecta ha pretendido ser hasta hoy aquella «Asociación · de Jóvenes Propagandistas Católicos», niña de los ojos de Ángel Herrera, que con diversos nombres ha cumplido su labor. Luego, un periódico: serio, bien informado, ponderado en. el juicio, católico siempre. Así nació la etapa herreriana de «El Debate», que llegó a ser el mejor de los perió­ dicos católicos de España y del mundo, ya que no — ¡qué briznilla faltaba!— el más español de los periódicos católicos españoles. Tesón, objetivo firme, medios eficaces, juventud: ya estaba todo dispuesto para la empresa que había de recatolizar a España y hacerla de añadidura socialmente justa, pacificada y pacífica, cris­ tianamente sindicada y dignamente modesta en el concierto o en el desconcierto europeo. ¿No notáis, al llegar a este punto, el signo de la generación de la anteguerra? ¿No es cierto que mutatis mutandis puede hacerse un parangón con la postura de Ortega? Obsérvese que digo «la postura», lo cual dista mucho del «conte­ nido». Minorías selectas pedía Ortega, y otro tanto hizo Herrera. Ambos llama­ ban específicamente a la juventud. Ambos importaban modos europeos, uno la cultura europeo-oriental, otro el catolicismo al modo malinense, cuyas soluciones democráticas distan de ser las soluciones del catolicismo imperial español a que aspiraba Mella. (Herrera es hombre de la realidad, de «su día»; Mella fue hombre del «pasado mañana». Por eso ha sido Herrera hombre eficaz y Mella profeta.) Los dos, Ortega y Herrera, aspiraban a la eficacia educativa del periódico: Ortega tuvo «El Sol», Herrera «El Debate». Ambos fiaban en hacer a la gente española seria, trabajadora, poco chillona, informada de la realidad del mundo. Ambos, en fin, querían una España digna y limpia, ninguno de los dos hablaba de una Es­ paña imperante. Que la malignidad de alguna gentecilla no tome esta equiparación en la postura formal por una equiparación en el juicio. Quiero escribir para gentes de mente clara y corazón sencillo. ¿A dónde iba a terminar esta empresa que en los años de la anteguerra inició —purísima la intención, tenaz la voluntad, tenso el ánimo caliente, frío el gesto— Ángel Herrera, hombre joven de aquella generación? (Arriba España, ll/V II/37.)

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... Pero Herrera fracasó — sigue Lain— y la prueba de su tremendo fracaso es que la «salvación de España, como empresa católica y empresa patria baya tenido que ser ineludiblemente obra violenta de todo un pueblo en armas de caudillos militantes y castrenses» en vez de la pacífica vía del convencimiento que él propugnaba.

LA GENERACIÓN DE LA ANTEGUERRA: HERRERA por P edro L aín E ntralgo

Hoy podemos y debemos decir dónde terminó aquella empresa herreriana de la anteguerra: terminó, doloroso es decirlo, en el fracaso. Nadie rasgue sus ves­ tiduras o sonría con aires de compasiva suficiencia. Porque al hablar de fracaso, limitada como está mi tarea al trazado de un esquema psicológico e histórico que sirva de premisa a nuestra gerieración, líbreme Dios de invadir el cercado de la economía suprainteñcioflal, dentro de la cual, estoy seguro, alcanza Herrera co­ piosos dones. Mi afirmación, además, no es cierta porque yo la haga: es cierta porque la hace, con atronante y tremenda evidencia, el hecho duro de nuestra guerra. Fue designio inicial de Herrera la recatolización pacífica y suasoria de España, mediante una propaganda meditada cautamente y con la predicación y el ejemplo de una minoría selecta. ¿No es un fracaso real y tente de ese desig­ nio el hecho de que la salvación de Espafía, como empresa católica y como em­ presa patria, haya tenido que ser ineludiblemente obra violenta de todo un pueblo en armas y de Caudillos militantes o castrenses? Sólo en dos de sus anhelos no puede, no debe fracasar Ángel Herrera: en la aspiración de una catolicidad espa­ ñola real, viva y eficaz, lo cual distará de ser cierto cuando la guerra acabe, pese a la miope creencia de los beatos del patriotismo. Por otro lado, en un ángulo sutil de su obra, del cual diré luego, en buena escolástica, el «qué», el «cómo» y el «por qué». Por lo demás, Herrera no fracasó al sonar el clarín bélico de Julio. Herrera fracasó, por extraño que ello parezca, cuando don Miguel. Primo de Rivera, gran español en el servicio —también, ¡ay!, en el casticismo— franqueó el Bidasoa, herido ya de muerte, un día invernal de 1930. ¿Recordáis aquel trienio 1926-29? La paz, obra personal del dictador, andaba con paso alegre las calles y los caminos de España. ¿Qué hizo la sociedad española para asegurar la continuidad civil de aquella paz que improvisó la espada? El común de las gentes, entregarse sin un adarme de vigilante reserva a la faena individual: la ganancia, el estudio, o la holganza. Y los que regían la vida nacional, en lugar de engendrar un organismo social de mirada aguda y recio espinazo —desde la inteligencia al sindicato— crearon aquella tertulia amorfa de hombres bonancibles y maduros que se llamó Unión Patriótica. Herrera, entretanto, carente de perspectiva histórica —por su mentalidad esquemática, por su concepción casi intemporal de la tarea misionera y porque la visión histórica sólo es dada a quien sabe penetrar en lo irracional y lo inexpreso de los pueblos— perdía la ocasión «princeps» de ganar su baza.

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Ni él ni su grupo figuraron entre la cohorte del Dictador. Aplaudió y criticó con mesura su obra. ¡Qué ocasión para crear impetuosa, decididamente, recios cuadros sindicales en el trabajo del campo y de la ciudad, grupos de eficaz acción creadora y encantadora en el mundo de la inteligencia y de las letras! He­ rrera, que llevaba ya quince años laborando ahincadamente el campo católico —con sus propagandistas, con sus estudiantes católicos, con su periódico— siguió encorvado sobre el surco, sin ver la eficacia del ímpetu y de la ocasión, prefiriendo siempre la eficacia lenta de la preparación, aplicando a la historia el criterio in­ temporal —«¡qué importan diez, quince años más!»— que aplicaba a su obra y a su esfuerzo. Ahí estuvo el fracaso. Porque la Institución y la Revolución, que sabían, además de trabajar lenta y mansamente, lo que valen el tiempo y el ímpetu vital en las épocas cuesta abajo, derribaron en dos años la Dictadura, en tres la Monarquía y en pocos más —si no brota el ímpetu armado, si no surgen Caudillos, sabedores de esa regla estratégica que es «ganar la mano», esto es, dar valor al tiempo— hubiesen derribado a España. El resto de la labor herreriana, hasta la crítica coyuntura de hoy, es conse­ cuencia triste y resignada —llevada con ese alegre esplendor interno que da obrar por Dios— de aquel error primero. De nada sirvió aquel afanoso preparar los cuadros electorales para unas elecciones que deshizo, nonnatas, el conde ne­ fasto. De nada tampoco aquella campaña preabrileña, mal secundada, es cierto, por los más obligados a ello. La República se coló de rondón, como una sorpresa amarga, por las puertas de El Debate. Luego, aquella tentativa a medías de acomo­ dación, y de defensa, que se llamó «Acción Nacional»: bien planeada, pero sin mé­ dula combativa, sin impulso juvenil católicamente revolucionario. Luego... Luego, la vivencia íntima del fracaso. En el fondo del alma —«de mi alma en el más profundo centro», que decía San Juan de la Cruz— cada vez más viva la llama del amor de Dios y de su servicio, cada vez más ardiente la leticia sobrenatural de la oración y la ascesis. Por fuera, en la estructura humana de los sentimientos y las razones, la trémula amargura del que ve insuficiente el esfuerzo ímprobo de media vida. Más afuera aún, la recia fábrica de la obra cotidiana, siempre dispuesta a la actividad cortés, puntual, racionalizada y fría... En esta encrucijada trágica, un camino abierto: dejar más aún lo que tiene fronteras en el espacio y urgencias en el tiempo: acudir a la empresa ecuménica, casi intem­ poral de la Acción Católica, cendrar el servicio en lo puramente espiritual. Nueva época, nueva obra, viejos modos: porque el hondón del alma es cada vez más ardiente, pero el manto externo sigue tan fríamente silogístico. ¿Basta, Dios mío, la obra nueva, titánicamente emprendida? Citan como modelo a la Acción Católita Española, con la italiana. ¿Basta ello, empero? España se desquicia, aúlla el lobo revolucionario en el suburbio y en los puertos serranos, suenan truenos de tempestad armada... ¿Qué hace en Tu servicio, Dios de la paz y de la mi­ sión? Queda aún otro camino. Cerrar los ojos a todo lo temporal, a todo lo local. Buscar el retiro, y en él la oración, el sacrificio, el conocimiento de Dios y de Su voluntad. Orar. Orar. Esperar, tal vez, la ocasión nueva... A cuantos en las filas jóvenes del Nacionalsindicalismo intentamos apresar —con la inteligencia, la pasión y la conducta— la esencia y el modo católicos de nuestro Movimiento, nos importa sobremanera estudiar «corde et ratione» las causas íntimas del fracaso de Herrera. Angel Herrera sigue siendo figura digna de imitación en bastantes de sus vertientes, y en todas de estudio. Una indagación

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completa del problema, que lleva dentro de sí las más finas cuestiones de la psicología sociológica y del humanismo católico, sería por demás dilatada para este remate. Buena parte de sus cuestiones problemáticas serán contestadas por modo oblicuo en el estudio sobre nuestra generación que seguirá al de estas tres precursoras. La porción restante será tema sucesivo de algunas meditaciones, cada vez más de actualidad, en tomo al humanismo católico y a la política católica de nuestros días. Aquí, a título de sinopsis inicial, sólo irá una pregunta previa y un esquema de afirmaciones —todavía sin pruebas al canto. La pregunta previa es ésta: ¿cómo debe entenderse esto que yo he llamado fracaso de Herrera: en el sentido de que nunca, ni siquiera hace 25 años, ha sido posible una solución pacífica del problema interior de España; o en el de que, siendo ella posible, no dio Herrera en el blanco de la posibilidad? Aquellos a quienes gusta en sí mismo el olor de la pólvora, se quedarán con el primer tér­ mino de la disyuntiva. Por mi parte, sin que la cuestión merezca más comentario, creo que hasta bien tarde —hasta 1935— hubiese sido posible una solución pacífica de la dolencia española. Pacífica digo, no. pacifista: ardiente de violento entusiasmo, de brío y coraje juveniles, militante y dura. Si los grandes núcleos que se llamaban de derechas —yo entre ellos— hubiesen seguido al puñado de muchachos que así procedía, en aquel último trimestre del 34, ¿hubiese sido ne­ cesaria esta guerra? ¿Y qué decir, si ese temple se hubiese unido al trabajo pun­ tual en los años anteriores al retiro de Herrera a la Acción Católica? Después de 1934, como veía bien José Antonio, ya no había otra cosa que la guerra... (Arriba España, 4/VI/37.)

El liberalismo, como en la encíclica de León X III, es pecado para la España Nacional. Un militar-escritor José Manuel Martínez Bande describe al entregado a esa doctrina «La libertad liberal no es sino una forma de desentenderse de la solución de los más tras­ cendentales problemas.» Fruto típico de esa grey es el intelectual «que ha contribuido como pocos a las más disgregadoras doctrinas pues su modo de tomar el saber (clave de todo) desarticula los principios básicos sobre los que puede asentarse una moral nacional».

EL HOMBRE Y LA VERDAD por ¡ J. M anuel M a r tín ez B ande Cuando el primer hombre surgió del barro humilde dirigió una mirada en torno suyo. Luego se fue preguntando qué eran aquellos cuerpos que a su alre­ dedor estaban: unos quietos, con grandes penachos de follaje, otros moviéndose sobre sus patas o arrastrándose, otros surcando el aire con sus alas graciosas. El primer acto del hombre fue buscar la verdad de lo que veía. Como el niño pe­ queño que parece que no tiene más misión que averiguar el qué y el porqué de todo.

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El hombre lleva consigo una constante inquietud: saber. Quizá toda nuestra vida no es sino eso, saber. Saber cómo son las cosas, saber cómo emplear nuestras fuerzas, saber que hemos venido, saber cómo debemos vivir. Y cuando el hombre encuentra el libro o el maestro que le soluciona ese constante anhelo, se vincula a aquel libro ó persona con el lazo más fuerte con que un hombre puede atarse: con el de la adhesión inquebrantable. Por eso todo el que ha intentado formar prosélitos que le acompañen en una misión, formula ante todo un programa que encierre la solución de todos los interrogantes que nos acompañan. Eso es, en definitiva, una religión o una cul­ tura o una doctrina política: üna serie de «sis» y de «nos». El liberalismo fue sin embargo, una excepción: pues aparentando, más que ninguna otra doctrina, averiguarlo todo, no resolvía casi nada. En realidad sólo contestaba concretamente a aquellas cuestiones puramente formales y extensas.: En lo demás comete la gran paradoja de dejar a los individuos que busquen el porqué de sus propias inquietudes. La libertad liberal no es sino una forma de desentenderse de la solución de los más trascendentales problemas. El hombre en el liberalismo se encuentra enfrentado a materias que, en la mayoría de los ca­ sos exceden de la cultura media de un hombre. Y el hombre, quiere que le digan si existe Dios o no existe, si la Patria es una invención capitalista o una realidad . trascendente, si hay algo más allá de la materia o no debemos ver más lejos de las cosas. Y exige soluciones concretas y tajantes. Por lo que la consecuencia es clara: en el mundo liberal siguen esos problemas sin resolverse o resueltos de la peor forma, a merced de los propios impulsos. El liberalismo ha creado una inmensa muchedumbre a ciegas con la verdad, en punto de desesperación, fácil a toda utopía y locura. En esa muchedumbre hemos sacado una serie de tipos característicos. El s o lita r io

Lo que nos une a los demás seres es la comunidad de ideas, de sentimientos, de modo de vivir. Nada nos ata tanto a una persona como saber que vive al compás nuestro. Ahora bien, cuando se dice a cada hombre que debe buscarse por sí mismo la verdad, ese hombre siente que nada le liga a los demás. Y el mundo se convierte en un inmenso archipiélago en el que sólo vemos un infinito vacío alrededor. El tipo solitario es profundamente romántico. Y aunque pensaba en su soledad siempre, su aislamiento era puramente material, pues estaba en ellos la idea de un Dios, pagano o no, que les servía de lazo de unión con las demás cria­ turas (sabían que, al igual que los otros hombres, tenían un mismo origen, un mis­ mo destino, una misma naturaleza esencial). E l in d i v id u a l is ta

Cuando creemos que estamos solos (al menos en una sociedad moral), caemos en un pecado que, al fin y al cabo, no puede ser más lógico: el de anteponer el cuidado de nuestra personat a toda otra consideración. El individualista es, en medio de todo, enormemente consecuente. Razona así: si me encuentro en un mundo que me dejai abandonado a mis propias fuerzas no debo contar con nada que no sea conmigo. Luego, debo cuidar con todo mimó de mi persona, ya que si ésta me falla, nada, fuera de ella, encontraré.

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E l in a d a p ta d o

Es el que reacciona contra las cosas en forma inadecuada y anormal. El que se ríe de lo serio y se pone grave ante lo rotundamente jocoso. El que marcha por la vida por la mano contraria, el que cruza los obstáculos cuando hay en ello un peligro evidente. Y no lo hace por afán de riesgo ni porque su conciencia le hace no tolerar lo que los demás admiten y él juzga intolerable. Es que se mueve contra corriente, porque abandonado a sí mismo, acostumbra a resolver las dificultades sin la colaboración competente de nadie, y como el hombre suele ser parte en la mayoría de los casos que le apasionan, no puede juzgar éstos con frialdad e independencia, cayendo en el error. Sufre el inadaptado todas las desgracias: será inoportuno e indiscreto, entrará en fuego en la vida cuando la vida pida tregua y se cruzará de brazos cuando la realidad imponga el actuar. Chocará contra todos y con todos reñirá, y lo triste es que le ocurrirá esto sin provecho ni beneficio pues ni lo hace por valentía ni por afán proselitista. El re b e ld e

Como el hombre liberal ve que todos los demás obran en forma distinta a como él lo hace, les juzga equivocados. Y como al convivir con ellos choca ne­ cesariamente, de aquí que se rebele contra los que así le hieren. El liberalismo ha creado la rebeldía más estúpida e inútil. Rebelarse contra un orden establecido para hacer que reine el que se considera verdadero, es siempre noble; pero es que el liberal no se rebela contra un ideal y a favor de otro, se rebela contra este y aquel individuo por rozamientos y pequeñas luchas. Se rebela contra las per­ sonas que es la más inhumana rebelión. Y, como en el caso del inadaptado, tampoco hay aquí provecho ni beneficio, pues aunque consiguiese el rebelde la derrota de los demás, eso no implicaría un triunfo que no le interesa, pues nada trata de hacer triunfar. E l b u rg u é s

Es el verdadero producto de la revolución liberal según la opinión corriente. Y sin embargo el burgués es anterior al liberalismo. El burgués es de ayer, de hoy y de siempre. Es el hombre que, al no ver en la vida sino un cortejo de bajos apetitos, no busca en ella sino el medio más cómodo de satisfacerlos. Lo que le falta al burgués es el sentido de profundidad, de eternidad. Un buen estómago y un buen dormir son su divisa, y así para él la vida no es sino una encrucijada en la que se debe buscar siempre el camino de la menor resistencia. Pero siendo el burgués un tipo profundamente humano, y por tanto de todo lugar y de toda época, es considerado, sin embargo, como un arquetipo del libe­ ralismo. Y la explicación, muy sencilla, está en que precisamente el mundillo liberal es el pintiparado para sus correrías. Ningún otro más indicado para que pueda crecer y multiplicarse. El burgués necesita un ambiente de despreocupa­ ción y astucia, un ambiente en que se deje hacer a cada hombre su propio ca­ pricho, en que no se imponga una norma de rígida conducta, en el que no se pida heroísmo ni sacrificio. En cuanto se exige a cada hombre un mínimo de tensión y de violencia el burgués se ahoga, falto de aire respirable. El burgués crece sólo en los climas fríos de la indiferencia. Y sabe como nadie aprovecharse

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de esa anterior multitud de inadaptados y demás muestras de museo para poder explotarlas a su capricho. E l in t el e c t u a l

En España se llama intelectual por antonomasia al intelectual (es decir, hombre dedicado a trabajos en los que la inteligencia figura como primer instrumento) de tipo liberal. El intelectual acusa profundamente sus propias raíces. Es frío e incapaz para la acción revolucionaria, mira a la ciencia y la vida como un fin y no como un medio y aprecia todo de perfil y fragmentariamente. (Caso del espe­ cialista, tan corriente en estos últimos tiempos; especialista que sólo conoce una pequeña modalidad de su disciplina y que ignora en cambio las cosas más fun­ damentales.) El intelectual ha contribuido como pocos a las más disgregadoras doctrinas, pues su modo de tomar el saber (clave de todo) desarticula los princi­ pios básicos sobre los que puede asentarse una moral nacional. D iagnóstico

«Contra estos siete vicios se oponen estas siete virtudes»... Contra estos ar­ quetipos liberales la revolución nacional tiene su medicina. Al burgués e intelec­ tual impidiendo su actuación, abogando su esterilidad bajo un clima de actuación heroica. A los demás encauzando su temperamento hacia rutas mejores. El soli­ tario, el inadaptado, el individualista y el rebelde «sufren» el liberalismo, el burgués «se aprovecha» de él, el intelectual «lo fomenta». Pues bien, a los que lo sufren nada mejor que prepararles un ambiente que sirva para enfocar su temperamento hacia un destino imperial, rodearles de una serie de metas que les distraigan de su soledad, de su recrearse en sí mismos, de marcarse a fuerza de meditar sobre sus propias preocupaciones. Contra el burgués nada mejor que lanzar un clima espiritual de tan alta tensión que le impida desenvolverse, un clima que exija a cada hombre una serie de sacrificios de los que no puedan desenten­ derse; y al que lo intente atarle de pies y manos. Contra el intelectual crear la Universidad y el Seminario de ¿studios, en los que la ciencia sea un medio de conseguir un vivir al estilo naciohal-sindicalista. La Falange luchará contra el liberalismo Como ahora lucha contra el marxis­ mo. Será su consigna para el porvenir. Contra la blandura, la memez, el narcisismo. ¡ARRIBA ESPAÑA! ‘ (Arriba España, 12/XII/36.)

Para J, M. Martinez Bande la catástrofe española se inicia en el siglo xviii cuando «el Caballero de la Mano, al Pecho defensor del Dios de la Justicia» recibe la visita de unos franceses que sacan una cajita y de ésta «unos polvos que tienen esta marca: la Enci­ clopedia. A su olor penetrante y narcotizador... siente que la habi­ tación le da vueltas. Cuando sé despierta... ya no tiene sus severos vestidos sino otros de colorines y su cabeza aparece empolvada y llena de bucles». Vendrá luego —siglo xix— otra cajita con más pol­ vos esta vez llamado liberalismo... El autor sigue al castizo hasta el

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drama de «Carmen» cuando se hace socialista. «Hoy pueblo español del otro lado, te has hecho rojo y has matado a tus hermanos.»

TEATRO FARSANTE CARMEN por J o sé M anuel M ar tín ez B ande

En el siglo xvm aparece en el escenario de España un tipo nuevo: el castizo. El castizo tiene una historia interesante. El castizo es hijo espurio del caballero, una corrupción suya. Allá por los tiempos de hierro del medioevo las necesidades y las luchas de la época crean el tipo del señor, poderoso y guerrero. Luego, al suavizarse la dureza de la vida, el señor se afina y educa. Estudia letras y se aficiona al arte, sin dejar por eso de ser militar. Así se consigue una depuración perfecta de aquel antiguo tipo medieval vestido de pieles de animales y hecho a comer carne cruda. Un día Domenico el Greco pinta el romance del caballero español entre blancos de encaje, oscuros terciopelos, amarillos rostros y negras pupilas. El caballero de la mano al pecho jura por su honor defender a Dios y a la Justicia: ha nacido para eso, para hacer reinar sobre la tierra lo recto y honrado. Toda su vida no es sino un poema de ascetismo y pasión: coger la vida con fiebre de ensueños locos, dividir al mundo en dos mitades y abrazarse a una de ellas. El caballero de la mano al pecho tiene la mirada de lumbre y una afilada espada al cinto: querer y poder. Pasa el tiempo, y por causas que no son del caso, el caballero de la mano al pecho se fatiga de tanta pelea. Le cuentan al oído corrupciones y dejaciones. Y un día llegan de Francia unos hombres de seda con el pelo empolvado y el ademán reverencioso. En su bolsillo guardan una cajita misteriosa. .La abren y sacan de ella unos polvos que esparcen por el aire; esos polvos tienen esta marca: enciclo­ pedia. A su olor, penetrante y narcotizador, el caballero de la mano al pecho, ya propicio a todo embrujo, siente que se le van los ojos y que la habitación le da vueltas. Cuando se despierta se mira al espejo y se queda asombrado: ya no tiene sus severos vestidos sino otros de colorines y su cabeza aparece empolvada y llena de bucles. Y aquellos muebles de su cuarto, hechos de cuero y roble, son ahora de tonos refinados y rasos femeninos. Pero su abulia es tanta que, incapaz de reaccionar y aunque aquello le parece ridículo, dice: «Bien, me gusta.» Aquel día desciende del marco de oro viejo el caballero de la mano al pecho y sube a ocupar su lugar un barbilampiño de Watteau que guiña los ojos y sabe marrullerías. El de abajo, el llamado hombre del pueblo, siente un vacío a su alrededor. Alguien dice que ese vacío es libertad. Yo, más exigente, digo que es abandono. Tenía el hombre español de la masa anónima un temperamento de vino viejo: agrio y fuerte. Sabía poco del mundo y de las ciencias, pero se dejaba llevar con doci­ lidad y era capaz de distinguir bien lo bueno de lo , malo, Ahora, dejado de la mano de Dios, aquella acritud se hace rebeldía y aquella fortaleza se desata en gritos. El castizo no es sino un hijo abandonado por un mal padre del que lleva lo malo sin poseer sus virtudes. Goya nos dice en sus cuadros de los majos y de los chulos. En las praderas de San Isidro y en las tabernas del Avapiés las facas dibujan en el aire su danza de

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sangre y aguardiente, El furor y el empuje de la raza se conserva pero mal em­ pleado. Ya la justicia es un tinglado de picapleitos, Dios, una imagen bonita, pre­ texto de procesiones y el Estado, un armatoste de intrigas. Un día el castizo siente una fiebre que le devora: alguien trata de hacerse dueño de su casa. En la Plaza Mayor y en el barrio de Maravilla la sangre madri­ leña baña los cadáveres de los mamelucos. ¡Adiós España, pobre de ti! Te traicionaron los señoritos de pelo empolvado y andar menudo. Como al viejo señor te abrieron una cajita de polvos. Estos de ahora —made in France, made in England— se llagan liberalismo. Casticismo del 98: Don Hilarión es un viejo verde, la tía Antonia una bruta con gracia, los guardias unos peleles ridículos, los serenos unos hipopótamos, ca­ chazudos y perezosos: desgana, murmuración, chismorreo. Y allí, en este revuelto tinglado, Julián, Casta y Susana son unas pobres personas, víctimas del ambiente. «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.» Ya hay tranvías, pianillos de manubrio y «libertaz». Hay también alegría y buén humor, salpicados de lágrimas y derrotas: mueren en Cuba y Filipinas los hijos de España, víctimas de la imbe­ cilidad de unos y de la ineptitud e inmoralidad de otros. Barcos de madera y caño­ nes de trapo, pero... [somos tan castizos! Lagartijo se lleva al toro en una larga, Chueca nos hace tararear sus schotis, y en los aguaduchos de verano del paseo del Prado se pasan las horas en el dulce placer de no hacer nada. España parece que no tiene más misión en este mundo que fumarse cigarrillos y beberse copazas. Y un día se introduce en las filas castizas alguien que no lo es: una gaditana. Se llama socialismo. Por no ser española podía haber corrido la suerte de los mamelucos. Pero al pueblo se le había hecho castizo para poder confundirse más fácilmente con la gaditana. Esta confusión era imposible cuando vivían aquellos caballeros de La rendición de Breda. Ahora no; el castizo y el gaditano parecen primos hermanos: son morenos y gustan igualmente de la bronca y el jaleo, de la trapatiesta y la trapisonda. Así entró en España el socialismo. Primero se adormeció al caballero, luego se le transformó en afrancesado, más táfde en liberal. Y el de abajo se convirtió en castizo y terminó en socialista:. Y hoy Julián, el de «que ties madre», ha renegado de ella y pelea en las trincheras al grito dé ¡Viva Rusia! Aquel soldado, noblote y sencillo, de buen sentido y buena moral se enamora de Carmen, la gaditana. Y ya lo sabéis, termina en contrabandista y acaba matan­ do. Hoy, pueblo español del otro lado, te has hecho rojo y has matado a tus her­ manos. Y todo eso al calor engañador y falso de una guitarra y una literatura y zarzuela de baratillo. Frente de Vizcaya, Oquendo. Junio, 1937. {Arriba España, 29/VI/37.)

Para Garda Valdecasas la toma de Bilbao es la culminación del intento fracasado de Zumalacárregui, representante de un movimiento tradicional que ha dado un pensamiento «original y valioso en el siglo XIX». Por el contrario, «Lo que ha dado en ella el "pensamien-

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to” liberal sería de risa si no fuera... de llanto y crispación de nervios.»

POR EL RÍO NERV1ÓN por A lfo n so G arcía V aldecasas

El sitio de Bilbao empezó en 10 de junio de 1835. Lo dirigía el primer militar español del siglo xix, Zumalacárregui, el que trajo la boina roja. Murió en el sitio. El bloqueo no pudo ser completo. Naciones extranjeras lo forzaron desembarcando en su puerto armas, víveres y soldados. Hubo que levantar el cerco el 1.° de julio. Se acabó el primer acto, sólo el primer acto del drama. Ya en esa guerra los carlistas representaron —Franco lo ha dicho— la España genuina, ideal, frente a la España bastarda de los «libe­ rales». Pero entonces eran pocos —Navarra y algo más— y el tiempo adverso. Los traditionalistes —ha explicado Eugenio Montes— tenían razón pero no tenían razones. Yo diría que el espíritu de la época era impermeable a ciertas razones. En fin de cuentas son los tradicionalistas —dando anchura al concepto— los que pueden reivindicar para sí cuanto ha habido de pensamiento original y valioso en la España del siglo xxx: Balmes, Donoso, Don Marcelino, por citar pocos. Lo que ha dado en ella el «pensamiento» liberal sería de risa si no fuera —para nosotros españoles— de llanto o de crispación de nervios. Si eran hombres de pocas razones, los carlistas eran en cambio hombres de buen cantar. Desde hace un siglo sólo el pueblo carlista había cantado en España con decoro y con brío. En sus cantos está lo que quedaba en España de aliento épico y de voluntad histórica de ser. Los de enfrente cantaban trágalas soeces o el vil can-can de Riego, un traidor que decide sublevarse porque ha recibido la orden de cruzar el mar para defender su imperio. Desde el primer sitio, Bilbao se convierte en blanco de la nostalgia y la ambi­ ción carlista, y cada vez que hacen la guerra van sobre Bilbao. Aparecen los cantos: Por el río Nervión bajaba una gabarra con once Requetés de Boina colorada.

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Y siguen las palabras llevando el duro compás de los remos: Animo pues, ánimo pues que la victoria nos aguarda ánimo pues, ánimo pues que la victoria nuestra es. ¿En el primer sitio, en el penúltimo? Animosos bajaban por el río a reforzar el asedio de Bilbao once requetés en su gabarra. Muchas y muchas veces once han entrado hoy por un puente de gabarras en el corazón de la ciudad. Nadie podría calcular a través de cuántas esperanzas y anhelos ha ido madu-

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rando en un siglo cumplido este gran hecho histórico. Pues para el tradiciona­ lismo español Bilbao no era sólo el punto importante o la gran ciudad fabril. Era mucho más que eso. Era un trozo de sí mismo que le había sido arrebatado para caer en manos de sus peores enemigos. Bilbao se convierte en la capital del llamado liberalismo. Y ya sabemos todo lo que eso trae consigo: capitalismo, división de la sociedad en burgueses y proletarios, dos modos de ser hostiles al alma española; nacionalismo, separatismo, marxismo, Bilbao se convierte en sede de todos estos males. Y sin embargo en el corazón de Bilbao queda un núcleo de hombres insobornables, españolistas, unitarios que en lucha constante defienden año tras año la esencia española de la ciudad, que se mantienen alerta para estar en su puesto en la hora del gran rescate. También en el gran rescate soñaba proféticamente el tradicionalismo español. Parecía como si cada sitio frustrado aumentase su mística fe. Y cuando tos carlistas hayan tomao Bilbao entonces los carlistas a España habrán salvao. Han entrado los carlistas en Bilbao. Han entrado en buena compañía y her­ mandad, con los falangistas de camisas azules, con el Ejército de España. Ha entrado España en Bilbao, la España del alzamiento españolísimo contra «los que apedrean las ruinas ilustres y que la tea empuñan». Se ha cumplido la profecía. Estamos en época de cumplimientos proféticos. Se ha cumplido también un gran vaticinio de Rubén Darío, poeta imperial: «Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos lenguas de gloria.» Por todos los ámbitos de la España liberada resuenan los nuevos cantares de la gesta. No está ya solo aquel hilo de voz que defendió bravamente Navarra du­ rante el siglo XIX. ¡Esta misma voz, cómo ha ensanchado! ¡Y qué bien armonizan sus cantos con los himnos nuevos! La toma de Bilbao es prenda cierta de que pronto esos cantos llegarán con las banderas de Franco a los últimos confines de la España irredenta. Y cuando las banderas vuelvan victoriosas, la gran obra de hermandad y justicia entre todos los españoles que tiene reservada Falange Española, será como un nuevo cántico grato a los oídos del Señor. Granada, 20 junio, 1937. (El Diario Vasco, 30/VI/37.)

El pasado es el del X V I y X V II, claro. No a los siguientes. Otra muestra de antipatía al siglo X IX declarada ya en el título. Para José Carlos de Luna el ochocientos es el momento en que «la España desollada da al sol la lividez de su carnaza, en la que cuajan, como sal-

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tones, los economistas y sus mesnadas de financieros y hombres de negocios».

EL MENTECATO DEL SIGLO XIX por Josá C a r l o s d e L u n a

Casi con el siglo xvxn se enterraron en Espafia la cultura clásica y el amor a la tradición. Dejó de ser un hábito el patriotismo para convertirse en pesada cruz, con la que cargó a cuestas, renqueando, el estúpido siglo xix. El ochocentismo sorbía el perfumado rapé y estornudaba con dengues ultra­ pirenaicos, congestionado entre el corbatín de raso y el sombrerón peludo de copa gigantesca, impuesto por la moda británica. Se hipaba con Musset, se suspiraba con lord Byron y se tronaba con Victor Hugo. Acaso se libró Góngora de la tempestad modernista, no ciertamente por españolismo, sino para, fusilándole en su Fábula de Polifemo, sentirse un poco ángel de las tinieblas y hacer de lo enrevesado piedra de toque para la intelec­ tualidad al uso. Así andábamos — |tan a gusto!—, pobres como las ratas, entre encendidas llamas de liberalismo exótico, jugando a las conspiraciones, levantando muertos en los garitos y barricadas en cualquier calle donde hubiera unos cientos de adoqui­ nes que amontonar. Todo el oro resultaba poco para el recamo de uniformes y casacas, y toda la frivolidad escasa para el derrumbamiento de nuestra grandeza,. En el pueblo —entonces el pueblo era España—- se refugiaron lás tradiciones, hasta que a las capas chisperas les cortó los vuelos las tijeras de Squilache, y las manólas faldas de medio paso se crisparon en cursileos de crinolinas y se jibaron sobre el grotesco polisón parisino. El señor no calzaba la espuela sino para el padrinazgo de algún neófito apro­ bado en las aulas de las Escuelas de Tauromaquia. Los niños de los ricos no escuchaban ya los misterios de los· astros en los ranchos de los mayores, porque a la servidumbre se dejó de llamar familia. Los gremios dejaron de reunir sus diputaciones bajo la imagen y auspicios del Santo Patrono, porque el maestro se había convertido en contratista. Sueltas las amarras de amor, comprensión y camaradería, quedaron echados los cimientos del odio de clases por el menosprecio de los de arriba y el desgobierno de los de abajo. Los piqueros de Bailén envejecieron guardando cabras en las dehesas de Sierra Morena y los majos de Cádiz espulgándose al socaire de Puerta de Tierra. Y la España desollada, da al sol la lividez de su carnaza, en la que cuajan, como saltones, los economistas y sus mesnadas de financieros y hombres de negocios. Un huso de oro teje la red en la que, atontado o enloquecido, quedará preso quien la roce en sus vuelos de trabajo, Tanto más preso, cuanto más se debata en ansias de liberación. Triunfa de la hecatombe un capitalismo de tipo intemacionalista, que exhibe en los escaparates de las Bolsas el muestrario de su complicada bisutería, y que estrangula con soga trenzada, por sus particulares convencionalismos, mientras

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viste el descaro,de su rapiña con los, empréstitos de minuciosos pliegues y las con­ cesiones de ampulosos vuelos. Y si le quedó al descubierto el rostro —de perfil entre cabra tibetana y aguililla tripera— se inventa —convengamos que es ge­ nial—: la interesantísima careta de la moderna democracia. Tan desconocidos y seguros se sienten bajo ella, que siembran a voleo las si­ mientes de discordia, como elemento preciso para el remache de su poder. Pasa el tiempo y comienza a. parecer funesta la paradoja; pero seguros de su fetiche y reprisando el similia similibus çurantir, facilitan a sus biliosos sociólogos el trabajo de dar forma a la idea latente en los desheredados, despojando al lobo de la piel de borrego, en la que casi por burla le embutieron. Ya está suelta la fiera: ellos, en sus fortalezas de oro macizo, y el burgués, sin más armas que la claudicación o la paciencia para combatirla. El pueblo —que ya no es España—- se avergüenza de su artesanía y se abraza al currutaco que, a sueldo de la orden, le predica por los tugurios el odio y la antipatía como único camino para la reivindicación de la justicia; y el pueblo, sucio y maltratado, berrea y patea con alegría epiléptica, mientras el currutaco, con mueca de asco en su cara de conejo, corre a purificarse en un baño lustral de ateneísmo. ¡Qué lección tan dura! Quizá la aprendamos ahora, que se hace acción el adagio del dómine y que con la sangre de esta España del siglo xx, tal vez entre en nuestro meollo toda la letra de la tenebrosa España del estúpido siglo xix. (A.B.C. Sevilla, 2/IX/37.)

Excepcionalmente, Manuel Halcón utilizará la razón de la historia para pedir que cese el ataque continuo al liberalismo: «Nunca llega­ ríamos a conseguir que los miles y miles de combatientes que luchan por España crean que sus padres merecen una palabra dura... la in­ mensa mayoría de nuestros antecesores son liberales por cronología, por educación y por costumbre. Cambiemos denodadamente el régi­ men pero no empleemos lo mejor de nuestro tiempo en discutir con ellos o en atacarles por vía oral o periodística.»

NECESIDAD DE LA TERNURA por M anuel H alcón

«Consulta al corazón antes de darle libertad a la palabra.» («Las Mil y una noches».) ¿Cuántas familias sin duelo quedan en España? Las pocas que no sufrieron una desgracia inmediata buscan el entronque de sus sentimientos con el de los pa­

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rientes y amigos desgraciados, confundiéndolos con ellos. ¿Quién no tiene hoy sobre su alma el recuerdo de un caído, de un ausenté, de un hospitalizado, de un combatiente en sitio de peligro? Nunca se lloró en España tan en silencio, con tal decoro y resignación. Nadie sabría hallar la densidad de estas lágrimas, y nos alcanza el deber de crear y sos­ tener el clima propicio a esta hora de dolor y sacrificio. Ternura. En la hora violenta del hierro y del fuego, de la sangre y del gene­ roso morir, se hace necesario, más que nuiica, el cultivo de la ternura humana, que cuando está en contacto con el heroísmo, acampa muy del lado allá de la sensiblería. La palabra hablada y escrita pudiera ser, si no el enemigo consciente, sí la ráfaga de viento que seque esta flor necesaria de la ternura. Conviene que no olvi­ den esto quienes juvenilmente se afanan en la difícil y meritísima tarea, heroica también, de salvar políticamente a España, sacando las últimas consecuencias de la guerra: ganar la meta revolucionaria paralelamente al triunfo de nuestras armas. Esto se viene haciendo y el país se presta a ello sin alarmas ni reservas. Pero no es precisamente el exceso verbalista lo que ayudará a nuestra juventud en su tarea, sino más bien el único lastre que le impide volar con alegría de aurora. Y sobre ello debe meditarse. Porque, ¿en nombre de quién o de qué es lícito hablar con dureza? ¿En nom­ bre de los combatientes? ¿En nombre de una política revolucionaria que España necesita desarrollar si quiere salvarse? Son las consignas las que deben ser duras, durísimas. Seco como el esparto debe parecemos el Boletín Oficial. Mando y obediencia. Renglones de fuego. Y el cas­ tigo ejemplar a quien no cumpla. Qué poca literatura u oratoria necesitó el Auxilio Social para extenderse por toda España y ganarse las simpatías y el respeto de la gente. Qué poca oratoria y literatura requieren esas multas con el sello del ministerio del Interior. Cuando los combatientes vuelvan a sus casas —y ya no quedan casas sin com­ batientes— el hijo militar sabrá escuchar con benévola comprensión las quejas del padre o del abuelo liberal que no se avienen al papel de oficio. El hijo descubrirá en estos reparos la raíz egoísta del padre que no ha vivido, como él, la tragedia de la guerra, que no fraternizó, como él, en la generosa camaradería de la guerra, que frente a la muerte pisotea en el fondo de las trincheras toda desigualdad de clases. Que no ha visto morir con un himno patriótico en los labios... Los comba­ tientes no prestarán atención a las cuitas paternas de orden económico. Todo por la Patria. Los padres renunciarán, al fin, a impresionar a los hijos que vuelven con una Medalla Militar en la manga, presentándole oficios y disposiciones guberna­ mentales que trastornaran la economía doméstica. Pero sí podrán impresionar y hacer que sus hijos reaccionen contra quienes sin necesidad les hirieron en las aristas de la palabra pronta o impremeditada, con alusiones a un pasado que ya no puede borrarse y del cual bebimos todos. Podrá haberse llegado a que los hijos comprendan que sus padres asistieron a un sistema político fracasado, pero nunca llegaríamos a conseguir que los miles y miles de combatientes que luchan por España crean que sus padres merecen una palabra dura. Mas la inmensa mayoría de nuestros antecesores son liberales por cronología, por educación y por costumbre. Cambiemos denodadamente el régimen, pero no empleemos lo mejor de nuestro tiempo en discutir con ellos o en atacarles, por vía oral o periodística. Correríamos el riesgo en algunos casos de que acabasen, si no

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convenciéndonos, al menos cansándonos y tornándonos indiferentes. De ese pe­ ligro hay que huir. Incluso la expectación del proletariado ante los nuevos rumbos sociales se perjudica con el derroche verbalista. Está muy reciente el caso de Prieto, que flageló sin trabas a un sistema político contrario a los intereses de sus representa­ dos, para luego acabar siendo el ministro dé Hacienda más conservador que ha habido en España desde hace treinta años. ' Tampoco conviene la dureza de expresión a la manera de ser en que nos instruyó José Antonio. Consignas claras, duras y efectivas. Esto cabe en unos cuantos renglones del periódico. El resto de la hoja del discurso, empleémosle en instruir, en animar, en consolar. Porque José Antonio habló con tal precisión y eficacia, que a nosotros toca ahora practicar lo dictado. Él se sacrificó y murió a los treinta y tres años para que sus discípulos cobrasen prestigio y pudiesen obrar. (A.B.C. Sevilla, 12/XII/38.)

Alvaro de Albornoz considera igualmente absurda la actitud ante el pasado de la extrema derecha y la extrema izquierda. «Para un tradicionalista español la historia es un eterno recitar coplas de Jorge Manrique... para ciertos revolucionarios no hay institución venerable, monumento que merezca respeto, gloria que no sea una superchería»... y afirma: «Lejos de oponerse el ideal revolucionario a la grandeza histórica, toda verdadera revolución se hace en cumplimiento de un gran designio nacional.»

BAJO EL SIGNO DE LA REPÚBLICA por A lvaro d e A lb o rn o z

T radición , r evolució n y grandeza h is t ó r ic a

Los ttadicionalistas sólo ven la grandeza histórica en pasado, en los hechos que se han convertido ya en legendarios, en los hombres que han alcanzado la categoría de mitos. Para ellos el ideal jurídico no es el derecho en formación, el derecho vivo, en crisis de desarrollo, sino el código de perfecta arquitectura; como el ideal religioso no es la fe naciente, en lucha con la herejía, la revelación siem­ pre cambiante, sino la Iglesia petrificada en sus dogmas, con todo el aparato im­ ponente de lo estático y monumental. La grandeza es para el tradicionalísta per­ manencia, la idea que se estaciona tras haber logrado todo su desarrollo, la línea que se aleja, el círculo que se cierra. Nada da idea para el tradicionalísta de la grandeza histórica como la ciudad-museo, acotada en su perímetro y agotada en su desenvolvimiento, con pátina de monumento y quietud de sepulcro. El santo no lo es en el tráfago de la vida, perseguido tal vez como heresiarca o como per­ turbador peligroso, sino esculpido en los altares* inmóvil ante la perenne lámpara

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votiva. El fundador, frecuentemente izo rebelde, un revolucionario, no lo es sino cuando se le endurecen las entrañas y se convierte en inquisidor. El héroe no lo es en la lucha, en el conflicto de las pasiones o el choque de los intereses, empu­ jado por la pasión ó fascinado por la idea, sino en el ¡hierro de la armadura o el mármol de la estatua. Las ruinas, los truncamientos, los esbozos y los fracasos, las fugas geniales, son, a través de la niebla del tiempo, romanticismo. Lo que ha sido capaz de alcanzar la perfección con arreglo al ideal de la época y se mantiene, una vez logrado, en inalterable corrección de líneas, es, lo mismo en la piedra que en la palabra, lo clásico, el modelo, el arquetipo. Acontece lo mismo con la filosofía que con la retórica, con la religión que con la política, con el arte pictórico que con el arte de la guerra. Para un tradicionalista neto no hay más gloria que la postuma. Para un tradicionalista español la historia es un eterno recitar de las coplas de Jorge Manrique, y toda la sabiduría del mundo no va más allá de las sen­ tencias de don Pedro Calderón de la Barca. Los revolucionarios, por el contrario —ciertos revolucionarios, claro está—, desdeñan el pasado o se complacen en trazar de él pueriles caricaturas. Burlarse de Covadonga, de las Navas de Tolosa, de Lepanto, de Otumba y de San Quintín es propio del buen hojalatero de la revolución. Para ciertos revolucionarios no hay institución venerable, monumento que merezca respeto, gloria que no sea una superchería. El Cid es un salteador de caminos, el Gran Capitán un bandido gene­ roso, Cisneros un fraile reaccionario, Felipe II un monstruo, «el demonio del Me­ diodía». Hay una leyenda progresista como hay una leyenda tradicionalista, y hay un mito revolucionario como hay un mito reaccionario. Y hay, eternamente, el error de juzgar el pasado con las ideas actuales, como hay el error de juzgar el presente —y el más grave todavía de construir el futuro— con las ideas del pasa­ do. El primer deber del revolucionario de veras es estudiar y comprender la histo­ ria. Singularmente, la historia nacional. Porque la verdadera revolución sólo triun­ fa cuando es la obra del genio nacional. No hay una revolución en abstracto, una revolución universal, humana; hay la revolución inglesa, la revolución francesa, la revolución rusa. No hay modelos, falsillas ni moldes para las revoluciones. Y cuan­ do la revolución no nace del espíritu entrañable del pueblo, no surge de los propios manantiales, no baja de las propias cumbres, no penetra hasta las últimas capas de la propia tierra, que es lo mismo que llegar hasta los últimos estratos de la conciencia nacional, es sólo un diluvio de tópicos que la violencia puede convertir en un diluvio de sangre, pero no en hulla roja de ardientes y fecundas calorías. Lejos de oponerse el ideal revolucionario a la grandeza histórica, toda verda­ dera revolución se hace en cumplimiento de un gran designio nacional. Los pue­ blos sólo alcanzan la verdadera grandeza cuando realizan los fines que les impone su genio, y estas grandes realizaciones se verifican en los supremos momentos de creación, que son los momentos revolucionarios. La gran Inglaterra no es la corrompida de los Estuardos, sino la de Cromwell. Toda una conspiración «his­ tórica» se ha desarrollado en Francia —mucho más minada por el nacionalismo de lo que se cree— para fijar el momento de máxima grandeza en el reinado de Luis XIV. Según los intelectuales que han contribuido a esta revolución espiritual —pre­ cursora de la otra—, que cada día se refuerza con algún trabajo estimable, hay que remontar la tradición republicana y llegar por el camino de la monarquía hasta el rey-sol para contemplar las más dilatadas fronteras, geográficas e históricas, del es­ píritu francés. En el paralelo entre Luis XIV y Napoleón salen ganando ia tradi­ ción y la legitimidad. Nacionalismo falso, como todos los nacionalismos, que olvida

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que sólo por espíritu revolucionario del siglo xviil se hace universal el pensamiento francés, y que desconoce que sólo con Voltaire y con Rousseau pasa las fronteras la lengua francesa en algo más que imitaciones desvaídas, según el modelo de Racine y los preceptos de Boileau, Y que es en la tradición revolucionaria y repu­ blicana donde se forjan los máximos escritores franceses: Michelet, que es a un tiempo el primer prosista de Francia y el creador de la historia nacional; Victor Hugo, el más grande poeta de lengua francesa, a pesar de todas las revisiones de la impotencia y de la envidia. En España el momento de máxima grandeza es igualmente un momento de creación revolucionaria: el final del siglo xv. Es la época en que se renuevan las instituciones, la cultura, la justicia, d ejército. Vives y Cisneros pertenecen al mismo siglo. Es cuando gobierna un fraile, creyente fanático, cuando hay en España menos clericalismo, y es cuando España tiene la más ilustre espada y brilla con el genio del Gran Capitán cuando ni siquiera apunta el militarismo. Todavía no hay una burocracia como la que deshonran más tarde rábulas y golillas. Los pueblos peninsulares se encuentran al final del siglo xv en el alborozo de los descubrimien­ tos y emprenden juntos el camino de la historia universal. Y, singular fortuna, una nueva ruta se les abre que les permite una nueva orientación de la historia de España. Momento de creación que dura unos lustros y que es bruscamente inte­ rrumpido por fuerzas extranjeras y antinacionales. Ya todo lo que viene después es descendencia, a pesar de las conquistas en Europa y de la desmesurada dilata­ ción en América. Sólo le está reservado un porvenir al idioma, que acaba de for­ jarse cuando ya todo lo demás es podredumbre y miseria. Un camino triunfal que se convierte en un vía crucis, una fulguración genial que va a consumirse en eterna penumbra de crepúsculo. Decadencia lamentable que es lo que ensalza un tradi­ cionalismo analfabeto, apologista de todos los errores que dieron al traste con la grandeza nacional. La ruina de la idea española fue precisamente el imperialismo y, lo que hace todavía la decadencia más dolorosa y deplorable, un imperialismo exótico, de bárbaro origen extranjero. Los apologistas de la fuerza y de la violencia ignoran que la universalidad, que es la máxima grandeza de un pueblo, no se alcanza por la dominación, sino por el sacrificio. Jamás un pueblo conquistador fue un pueblo universal, y no es una excepción, no obstante las apariencias, Roma. Cada paso de Roma hacia la universalidad es un paso hacia la muerte: la extensión del derecho a nuevos elementos sociales, la ciudadanía a las provincias, la exaltación al solio de los extranjeros. Los pueblos no alcanzan la universalidad invadiendo, destro­ zando, saqueando, matando. Las legiones de Hitler hacen pensar en aquellas hordas que acampaban a extramuros de la historia de Europa acechando su presa. Alema­ nia es universal por Goethe, no por Bismarck, cuya obra de violencia se deshace en la violencia. Italia es universal por sus pensadores y sus artistas, no por sus condotieros. El más universal de todos los pueblos modernos, Francia, lo es por­ que supo hacer de su ideal de cultura —tan nacional, sin embargo— el tipo de cultura humana por excelencia. En cuanto a España, su genio, desfigurado por exóticos y bárbaros ropajes, ha sido siempre refractario a la dominación y culmina en los valores que se engendran en la libertad y acrisolan en la independencia. Si el símbolo de España, pueblo antimilitar, aunque guerrero por fuerza, pudiera ser una espada, sería la de la justicia. Nunca estuvo España tan cerca como ahora —tan al borde del abismo— de encontrar su camino de salvación. El ancho camino que le traza el genio nacio­ nal: y que le han llenado siempre de obstáculos fuerzas antinacionales. El genio

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nacional que se manifiesta a través de toda nuestra historia, y no sólo en algunas de sus páginas, y menos de las peores. Al conjuro de ese genio revive el espíritu que fue en las rebeldes y turbulentas ciudades castellanas vida y agitación antes de helarse en la piedra. Y flamean como penachos esas torres que en vano pre­ tenden escalar los sapos más o menos castizos, y se convierten en brasas los sepul­ cros yertos, y se yerguen los zócalos destrozados y las columnas rotas, y se levantan las ruinas todas con una nueva vida y un alma nueva. Genio nacional que no fulgura en Cánovas, conservador y escéptico, sino en Castelar creyente, fervoroso liberal y republicano, y, por serlo, el español más universal de su tiempo. Genio nacional que ilumina, a través de las páginas de Pi, los senderos obscuros del pa­ sado y las claras rutas del porvenir. Genio nacional que vibra en las arengas y en los apostrofes de Salmerón, de tan recia hispanidad. Genio nacional que resplande­ ce en la grave austeridad castellana del presidente Azaña, en la prosa limpia con que habla sin odios y sin rencores de la España de todos. Genio nacional que es d mismo de la revolución, a un tiempo continuadora y renovadora de la historia. (Política, 13/11/38.)

Como sus congéneres del otro lado de la trinchera, Maria Zam­ brano intenta explicar las razones de un devenir histórico que nos ha traído la feroz guerra. Y cree que, a pesar de estar al margen del desarrollo intelectual europeo —Renacimiento, Reforma, Revolución industrial—, tenemos una misión en común, el esfuerzo militar casi milagroso de «un pueblo que habiendo permanecido casi al margen de la cultura europea la salva hoy en lo que de solvable tiene». María Zambrano sostiene que sin filosofía de qué alimentarse, el pueblo es­ pañol se hizo y se forjó en la novela, desde Cervantes a Galdós. El primero remplazó a la Reforma, el segundo al Romanticismo al forjar a esta España.

LA REFORMA DEL ENTENDIMIENTO ESPAÑOL por M aría Z ambrano

La lucha terrible que conmueve al pueblo español ha puesto de manifiesto todo nuestro pasado. Pasa nuestro pasado por nuestra cabeza como si lo soñásemos. Con ser ahora cada español protagonista de tragedia, diríase que, sin embargo, deliramos y es nuestro delirio el ayer que «siglo a siglo y gota a gota» sucede atra­ vesando todas las conciencias. Este fondo del pasado ha estado tras de la vida española presionándola con más angustia que a ninguna otra. Quizá por lo mismo que otros países europeos tenían su propio pasado clarificado en ideas, acuñado en conceptos, no padecían de tan fuerte presión. Porque sabido es, que una de las funciones de los conceptos es tranquilizar al hombre que logra poseerlos. En la incertidumbre que es la vida, los conceptos son límites en que encerramos las cosas, zonas de seguridad en la

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sorpresa continua de los acontecimientos. Sin ellos la vida no saldría de la angus­ tia en que permanecería estancada, a no ser que fuera permanente felicidad, presencia total, revelación completa de todo cuanto nos importa. Pero la vida no se encuentra rodeada de presencias totales, ni puede tampoco quedar a merced de realidades obscuras. La definición, operación lógica tan eludi­ da a causa de su sequedad, es una función de la vida, íntima necesidad ligada con el amor, «la dolencia de amor que no se cura sino con la presencia y la figura». Presencia y figura que en cierto modo da el concepto, la definición. Esta raíz amorosa y curadora de la angustia que poseen las ideas, cuando son vivas, hace que sea más terrible el hecho de que hayamos tenido los españoles tan pocas. Difícilmente pueblo alguno de nuestro rango humano ha vivido con tan pocas ideas, ha sido más ateórico que el nuestro. El español se ha mantenido con poquísimas ideas, estando tal vez en relación inversa con el tesón con que las hemos sostenido. Pocas ideas, a las que nos hemos agarrado con obstinación casi cósmica y en las que hemos llevado, encerrado como en un hábito, nuestro enten­ dimiento. Para el español de pura cepa, adquirir unas ideas era como profesar en una orden monástica. Sobremanera grave es la cuestión, pues cabe preguntar inmediatamente: ¿Es que no funciona en el fondo de nuestra alma ese afán de conocimiento, la sed amorosa por la presencia y la figura que conduce el entendimiento a través de los áridos terrenos de la lógica hasta llegar a las ideas claras, a las definiciones resplan­ decientes? ¿Es que el español, tan rico en materia humana, en generosidad, heroís­ mo, sentido fraternal, ha quedado desposeído de esta maravillosa capacidad de saber, de esta capacidad de hacer ideas claras trasmutadoras de obscuras angustias? No sería tan grave la cuestión si creyéramos, como ha sido por muchos siglos usual, que el saber teórico fuese un lujo, la satisfacción de un deseo ennoblecedor, pero que en última instancia podríamos pasarnos sin él, aunque la vida bajara de rango. Pero no lo creemos ya así; el pensamiento es función necesaria de la vida, se produce por una íntima necesidad que el hombre tiene de ver, siquiera sea en grado mínimo, con qué tiene que habérselas, por ser la vida algo que tenemos que hacernos y no regalo cumplido y acabado, por estar rodeada la ¡misteriosa soledad de cada uno, de cosas y· aconteceres que no sabe lo que son, y por haber destruc­ ción, muerte y sinrazón, es necesario -—y hoy más que nunca— el pensamiento.; Siendo eso así, ¿qué consecuencias no habrá traído para nuestra vida como, pueblo la ausencia de teorías, de pensamientos, la pobreza del español de concep­ tos, para los menesteres más inmediatos de su, vida?'¿O es acaso que hemos teni­ do alguna forma de conocimiento peculiar y heterodoxo con respecto a las grandes formas clásicas del saber? Mientras Europa creaba los grandes sistemas filosóficos desde Descartes a Hegel, con sus consecuencias; mientras descubría los grandes principios del conocimiento científico de la naturaleza desde Galileo, y Ñewton a la Física de la Relatividad, el español, salvo originalísimas excepciones individuales, se nutría de otros incógnitos, misteriosos manantiales der saber que nada tenían que ver con esta magnificencia teórica, como nada o apenas nada tenía que ver su mísera vida económica con el esplendor del moderno capitalismo. Así era; el que fuera así nos ha valido el desdén de la;Europa próspera, que nos consideraba como país atrasado, oscurantista, en medio de sus luces, pintoresca antesala de África, Meca del orientalismo romántico cuando más. Y de la misma España, voces angustiadas han clamado en este desierto. Todo el extranjerismo afrancesado del diecinueve, germanizantes de hace unos decenios, han querido poner remedio a este mal. Creyéndonos desnutridos de teorías, con generoso im­

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pulso y buena voluntad, nos han ttaído el remedio de donde al parecer lo había. Mas no parece haber cuajado ninguno, pues de haber logrado nuestro equili­ brio, no se habría manifestado, de una parte, tan monstruosa y anacrónica fuerza como las productoras de la actual contienda; de otra, tan inéditas, vírgenes ener­ gías que ningún pueblo educado en la gran civilización europea parece poseer. Si como españoles nos hacemos responsables ante el mundo de todo cuanto pasa en nuestras tierras, tendremos que sentir una espantosa, casi insoportable vergüenza, por lo que ciertas clases sociales y grupos han hecho; insoportables, sí, de no ser por la compensadora alegría, diríamos felicidad, que nos produce la existencia de resortes tan maravillosos, de capacidades morales que nuestro pueblo tiene en grado tal, que va a ser muy difícil a pueblo alguno el superarlo. Y en sus capaci­ dades morales está el no enorgullecerse nacionalmente de ello ni individualmente siquiera, sino el tomarlo simplemente como faena dolorosa y esforzada que alguien tenía que hacer por sí mismo y por todos, y que le ha tocado a él. El hacer natu­ ralmente lo que llega a parecer sobrehumano, es una de las cualidades maravi­ llosas que está poniendo de manifiesto nuestro pueblo. Virginal, divina naturali­ dad de un pueblo que, habiendo permanecido casi al margen de la cultura europea, la salva hoy en lo que de salvable tiene. Resulta, pues, que nuestro ateoricianismo no significaba un apartamiento del esencial destino de la cultura europea, a quien, a pesar suyo, estamos salvando —están salvando nuestros campesinos analfabetos—. No parece ciertamente Euro­ pa merecer lo que por ella hace el pueblo español, y ni París ni Londres se mere­ cen a Madrid; pero si no se lo merecen, lo necesitan. Lo necesitan todos, y algu­ nos hasta se lo merecen, y aunque nadie lo mereciera, lo merecería el Hombre desde el punto y hora en que algunos hombres lo hacen. Pero el caso es que la actual angustia y dolor nos muestra que no somos —y si no lo somos no lo hemos sido— ajenos ni mucho menos, a lo esencial de la cultura de Occidente, que estamos ligados a ella de modo privilegiado y funda­ mental, a pesar de no habernos nutrido de sus sabrosos frutos filosóficos, de no haber apenas intervenido en sus grandes creaciones científicas, de no haber tenido, como tanto se há dicho, ni Renacimiento, ni Reforma, ni Romanticismo, y con ser, en efecto, verdad —tal nos lo parece—, que no hemos pasado por ninguno de esos grandes actos dé la Historia de Europa. ¿Cómo es así? ¿Cómo hemos podido pasar sin los cambios de estructura mental y social que significan esos grandes nom­ bres, y cómo sin haber pasado por ellos estamos ahora en situación de encontrar la salida de esa cultura en tan gravé crisis? Atendamos, ante todo, á que sea aquello que queremos y que importa salvar. Porque cuando se habla de salvar la cultura, no hay que confundir la cultura con la suma de saberes. Sin querer entonar un canto á la ignorancia, tenemos que dis­ ponernos a renunciar, por el momento, a muchas de las llamadas manifestaciones culturales de otros tiempos, y a ser testigos de una mengua én la producción cul­ tural. No es el lujo cultural de Europa el que hay que salvar; no sabemos si­ quiera si las técnicas culturales van a sobrevivir de la gran catástrofe que se ave­ cina. Pero, aun poniéndonos en la peor sitúación en cuanto a mengua de la cali­ dad y cantidad en là producción cultural, no sería esto lo decisivo. Hay algo más urgente que salvar: la convivencia humana. España se separó de la vida europea a medida que crecía su decadencia polí­ tica. El último contacto del pensamiento filosófico español con el europeo, se verifica justamente en los umbrales, en la aurora del nuevo espíritu, que se des-

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pietta audazmente en Descartes, que ha estudiado en el libro célebre de Toledo, escolástico español de texto en el Colegio de la Flèche, y es Suárez, el sutil gra­ nadino, quien influye en puntos importantes de su doctrina. Después, un aire seco para el pensamiento, estéril, recorre la península. Agotada en sí misma la escolás­ tica, cuyo último resplandor fue españél, nada nuevo en consonancia con el espíri­ tu de los tiempos aparece entre nosotros. Se paraliza nuestro pensamiento al mismo tiempo que se petrifica el Estado. Conviene recordar que la idea del Estado surgió con la Filosofía de Occidente en Grecia. Cuando la razón rompe con toda explicación de la realidad que no esté encontrada por ella, cuando se crean los grandes sistemas de Platón y Aristóteles, de los que se ha nutrido tantos siglos el pensamiento europeo, surge en ellos, como algo esencial, la idea sistemática de la convivencia humana, la sistematiza­ ción, objetivización de las relaciones humanas en el Estado. Desde entonces, razón y Estado marchan juntos, no pudiendo detener su marcha en Occidente ni la nueva religión del cristianismo, tan ajena a ambas cosas en su principio. La fe cristiana se dirige al interior del hombre y es en el centro del individuo donde opera sus prodigios; una noción nueVa del hombre, revolu­ cionaria, trae consigo, que les pareció locura a los pensadores de Grecia y a los hombres del Estado Romano. Perç el antagonismo, que tanta sangre cristiana cos­ tara, se anuló el día que el cristianismo cristalizó en la forma del antiguo Imperio Romano, transformándose de obscura, modesta comunidad de hermanos que viven orando en las catacumbas, en la poderosa y jerárquica Iglesia Romana; y el pensa­ miento cristiano, que con san Agustín había hecho un esfuerzo para pensar origi­ nalmente la nueva realidad del hombre espiritual contenida en la fe, cae bajo el pensamiento griego y es en términos griegos, conceptos hallados por Aristóteles y Platón, para pensar cosa bien distinta del espíritu del hombre interior de san Pa­ blo, cómo se vierten y esconden a un tiempo las verdades de la fe. No pudo en modo alguno el cristianismo atacar a la idea del Estado como tal, desde el punto y hora en que, abandonando la primitiva y espontánea estructura, se cristaliza en algo tan parecido a un Estado que compite con ellos, avasallándolos mientras puede. La marcha de Europa ha estado caracterizada por las diversas for­ mas estatales, y la constitución de nuevos Estados nacionales en el Renacimiento abre tóda una época. ; : Y es en España precisamente donde, antes' que eti ningún Ótro pueblo, se cons­ tituye un Estado en el Renacimiento. Pero esto que fue nuestro esplendor; fue al par nuestra desdicha. ;A1 constituirnos en Estado con tanta brillantez y antelación parecíamos querer, querer mucho y concretamente, querer cóñ todas las notas de la voluntad puestas en tensión. ¿Qué sucede casi de prónto, Cuando ufaos decenios más tarde, ya bajó el reinado de Felipe II, una mokal desgana comienza a invadir­ nos, atonía que comienza por los más altos órganos del Estado y que tarda, en verdad, en llegar hasta el pueblo? Tarda siglos en llegar hasta el pueblo. Desde la decadencia, agonía de los Áüstrias, empalmada con la agonía de los Borbones, hasta el «Vivan las cadenas» y «España está sin pulso», han pasado siglos y desastres reiterados, que el pueblo ha ido soportando sobre su inquebrantable voluntad de vivir. Son las clases socialmente dominantes las que se Van quedando sin voluntad y sin pensamiento; son ellas las que no Saben qué hacer ni qué pensar. Es esa figura melancólica del hidalgo que pasea por todas las, alamedas de Castilla, esa tristeza y- abandono que invade a los castillos y a los palacios, mientras el pueblo sigue poblando, allá lejos, todo u n continente.

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No hay Estado; no hay pensamiento. Ninguna de esas cosas tienen sentido sin una voluntad, sin una voluntad concreta y definida de vivir y de hacer. Es en este momento cuando comienza el férreo dogmatismo español. Sobre el nihilismo de nuestra voluntad surge una dogmática cerrada; a los dogmas de la Iglesia se añaden los dogmas sobre el honor, sobré el amor y sobre el ser de la misma España. , La falta de ideas claras que verifiquen eso para lo que han sido inventadas las ideas, para descubrir una realidad confusa, se agudiza con más gravedad que otras cosas, sobre el pasado. Sobre lo que ha sido y es España, el carácter confesional de nuestro conocimiento se agudiza hasta el máximo grado. Las rígidas ideas sobre él tapaban los problemas y hasta la natural curiosidad. Se trataba de un dogma, el dogma de la España, una, católica, defensora hasta su propio aniquilamiento de la fe, cuya tesis sirvió a los Reyes Católicos y al cardenal Cisneros para forjar la unidad nacional. Esta tesis persistía con carácter sagrado, y el solo hecho de po­ nerla en duda era tan herético como dudar de la Trinidad. No había ni remota­ mente que plantearse cuestiones acerca del pasado, ni tan siquiera del presente. La Historia no se aprendía ni se llegaba a conocer; era objeto de mística participa­ ción, no necesitada de razonamientos. Y que esto sucediera con el pasado era íntima consecuencia de lo que sucedía con el porvenir. A los dogmas de la Iglesia y en el mismo plano que eüos, reforzándolos y reforzándose, se habían añadido los dogmas del ser del español, la declaración dogmática de nuestro ser, de nuestra única posible forma de ser. Por todos estos caminos: paralización del pensamiento, dogmática acerca de monarquía unitaria, místico conocimiento del pasado, eliminación de toda duda acerca de nuestro ser y destino, se llega al mismo sitio: petrificación de la vida española y creciente separatismo entre la capacidad auténtica de querer, que va quedándose cada vez más escondida y lejos de la superficie, hasta replegarse en algo que linda con la naturaleza y la aparencial, fantasmagórica ficción de un esta­ do: el desmembrarse paulatino y tristísimo de una sociedad. No realiza entonces el español el esfuerzo de ponerse de acuerdo consigo mismo, de volverse hacia sus intuiciones primarias de la realidad, hacia las originales fuen­ tes de su querer y encontrar unas ideas que así lo manifestaran para obrar en consecuencia. No pudo ni quiso siquiera mirar hacia atrás, a ver si se había equivocado. Mientras Descartes, en la Francia, en la Europa del siglo xvir, rompe por el momento con toda idea adquirida para extraer de su soledad unas pocas ideas tan claras y fecundas que conducen, por una parte, a la fundamentación del nuevo conocimiento, de lá nueva ciencia: La Física matemática que había de llenar de prodigios el mundo, y por oirá parte trae el germen de todo el moderado idealis­ mo, no hay ningún español que vuelto hacia sí, examine los pasos dados por el Estado español a partir de su constitución, y si hay alguno, lo hace en forma tan enigmática, que todavía hoy luchamos por desvelar su sentido. Es Cervantes quien nos presenta el fracaso del español, quien implacablemente nos pone de manifiesto aquella maravilla de voluntad coherente, clara, perfecta, que se ha quedado sin empleo y no hace sino estrellarse contra el muro de la nueva época. Es la voluntad pura, desasida de su objeto real, puesto que ella misma lo inventa. Cuando Kant, casi dos siglos más tarde, presenta las condiciones de una voluntad pura, nada añade que no esté en el querer firme, en la entereza de voluntad del Caballero de la Mancha.

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Cervantes bien pudo haber estudiado filosofía y haber transcrito su idea, su intuición de la voluntad, en un sistema filosófico. Mas, ¿para qué había de hacerlo? Además de que no tenía sentido expresarse ’así entre nosotros, tenía que decir más, todavía más. Y era otro el sentido último de su obra: el fracaso. La aceptación realista resignada y al par esperanzada, dél fracaso. Ni la Filosofía ni el Estado están basados en el fracaso humano como lo está la novela. Por eso, tenía que ser la novela para los españoles lo que la Filosofía para Europa. Comienza la Filosofía igualmente en el fracaso del hombre, en un fracaso total en que se reconoce necesitado de conocimiento racional, sin duda porque ha tenido algún otro y le fue insuficiente. También la Religión, todas las religiones, parten de un estado inicial de pecado, naufragio absoluto del que se sale por restauración de la naturaleza y potencias primeras mediante la fe. No es así la no­ vela; la novela no pretende restaurar nada, ni reformar nada; se sumerge en el fracaso y encuentra en él, sin razón y hasta sin fe, un mundo. Es un fracaso parcial el que la novela descubre, revelando en cambio un oculto asidero. Es un fracaso histórico, un fracaso en el mundo sobre el que se forja la novela. Si todos los seres excepcionales llegasen al nivel de lo histórico, no se produciría la novela; lo que no liega a ser historia por carecer de realidad, de conexión con el resto de los acontecimientos, por no estar engranado con ellos, y sin embargo, es —no llega a ser elemento de la historia, pero tiene un ser—, es protagonista de su propia vida, es un ente de novela. El fracaso del ser que se convierte en ente de novela puede provenir de inadap­ tación por íntima riqueza humana, por tener un más sobre la realidad histórica de la época, Y éste es el caso que nos da Cervantes: Don Quijote era la voluntad pura de Kant antes de que nadie pudiese pensarla, antes de que el mundo la necesitase y pudiese comprenderla, y es además... la convivencia, diríamos pura, con Sancho. El misterio clarísimo de la convivencia entre Don Quijote y Sancho es algo que todavía no se ha revelado en toda su significación, porque, es una profecía sin petulancia, de un tipo de relación humana que aún no se ha realizado. Supone la novela una riqueza humana mucho mayor que la Filosofía, porque supone que algo está ahí, que algo persiste en el fracaso; el novelista no construye ni añade nada a sus personajes, no reforma la vida, mientras el filósofo la reforma, creando sobre la vida espontánea, una vida según pensamientos, una vida creada, sistematizada. La novela acepta al hombre, tal y como es en su fracaso, mientras la Filosofía avanza sola, sin supuestos. Nuestra novela, desde Cervantes a Galdós, pasando por la picaresca, nos trae el verdadero alimento intelectual del español en su horror por el sistema filosófico; es en ella donde hemos de ver lo que el español veía y sabía y también lo que el español era. También de lo que carecía. Fracasada la tesis del Estado español, paralizada su filosofía, es entonces cuan­ do verdaderamente puede decirse que no hay Reforma en España, no solamente en el sentido de Reforma religiosa, cuestión que tendría otras derivaciones, sino en el sentido filosófico de Reforma del entendimiento. Reforma del entendimiento para encontrar los principios del nuevo conocimiento, que es lo que hacen Descar­ tes, Bacon, Galileo y otros más, y cuyas consecuencias llenan toda la época moder­ na con la gran ciencia fisicomatemática y el idealismo como idea que de sí mismo tiene el hombre. La voluntad de Don Quijote no va dirigida a nada de esto, está engarzada con la concepción del mundo de la Edad Media, pues, de estarlo, no sería personaje

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de novela, sino personaje real histórico, y no mostraría en su desasimiento el fra­ caso del Estado español. Más que de nuestros desaciertos políticos y nuestras de­ rrotas militares, muestra el fracaso de nuestro Estado el que la egregia voluntad de Don Quijote no tenga quehacer real en España y tenga que refugiarse en su locura para salvar de alguna manera, para realizar de alguna manera su altísimo y per­ tecto querer. Y es ya fuera del Estado, en el mismo ámbito de la novela cervantina, o sea en el ámbito del fracaso, donde se verifica la otra cara de la profunda moral del Quijote. Conjugándose con su voluntad pura, la convivencia pura con Sancho y con todos los seres: arrieros, mozos de partido, venteros y venteras, pastores y forza­ dos que desfilan por la novela, en suma, con todo el pueblo español. Si Cervantes hubiese hecho filosofía partiendo del fracaso de Don Quijote, si hubiese adoptado una actitud reformista para encontrar las bases de un nuevo co­ nocimiento sistematizado, hubiese hallado las bases humanas de una nueva convi­ vencia, un sentido del prójimo ausente por completo de la cultura europea, más ausente a medida que avanzaba el idealismo. La soledad esencial sobre la que se funda el idealismo, es en Don Quijote profunda, esencial convivencia; allí donde está su voluntad, allí está el otro, el hombre igual a él, su hermano, por quien hace y arremete contra todo. El prójimo no es algo que sobreviene a la soledad del hombre, en nuestro Don Quijote, sino que en su misma melancólica soledad está esencialmente el prójimo; cuanto más solo y lejos de los hombres, más unido y entregado por su voluntad a ellos. Una acusación terrible contra el Estado que precipitadamente se formó en España y que no supo recoger ni nutrirse de esa rica sustancia, de esa convivencia pura que vive Don Quijote, y que si él puede vivirla es porque en mayor o menor grado la comparte el pueblo donde se hunden las raíces de su existencia. Locura parecen a todos sus gigantes, sus Caballeros, sus ínsulas y el estricto có­ digo de su honor. Pero a nadie parece locura su profunda convivencia con Sancho, su escudero y amigo. A nadie su profunda confianza en el hombre, tan extremada que le lleva a vencer la burla, el resentimiento. En sus correrías por caminos y ventas llega un momento en que hasta las mozas de partido parecen entender un punto su trato fraternal, conmovidas ante la confianza que el deposita en ellas. Ante el resentimiento que poco a poco ha ido envenenando las relaciones huma­ nas, hasta dejarnos encerrados en obscuros calabozos de aislamiento, hasta hacer perder al hombre la imagen del hombre, hasta perder la noción del semejante y creerse cada cual, único, y al creerse único, perdiendo la medida de lo humano, perder la noción de sí, de su propia medida. ^ La nobleza de Don Quijote presupone todo lo contrario; él lleva clara e inequí­ voca la noción del semejante en el centro de su espíritu; está solo en su empeño, pero esencialmente acompañado por lo mejor de cada hombre que vive en él. Es la nobleza esencial del hombre lo que Don Quijote cree y crea, la mutua confianza y reconocimiento. Y a su alrededor existen unas relaciones humanas, imperfectas, si las compa­ ramos con su perfecta hombría, pero que en su misma imperfección muestran el verdadero sentido de la vida del español, su confianza en lo mejor del hombre, como acepta naturalmente lo mejor como la medida justa, la única que puede haber; a pesar de la ingratitud y el olvido, a pesar del sentido práctico que lleva al apa­ leado a pedirle que no vuelva a interceder por él, no deja de existir una cierta comunidad con la alta moral de Don Quijote, en el pueblo, rico,, en substancia, contradictorio, que le rodea.

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¿Q ué,ha hecho de todo esto el Estado español? Faltó la honda actitud refor­ mista para echar cuentas del camino emprendido, para examinar lo que había en el español, libertándole de los dogmas sobre él acumulados. Faltó el hombre de Estado, a la vez pensador, que nos sacara del laberinto en que nos habíamos metido. Pero no lo hubo, porque el haberlo suponía un excesivo adelanto sobre lo que Europa comenzaba a hacer; la historia no tolera estos adelantos, porque sólo en el fracaso se aprende, y porque es necesaria la realización de unos acontecimientos para que áean posibles otros, y porque la razón, en su marcha, no camina aislada, sino en conexión con otras realidades humanas. Si no fuera así, de ser la historia cosa de razón y nada más que de razón, por limitada y débil que fuese la razón del hombre, no estaríamos hoy en esta encrucijada trágica en que nos encontramos. Nuestro fracaso al no hacer una reforma, la reforma de pensamiento y de Estado que necesitábamos, hizo replegarse a nuestro más claro entendimiento a la novela y a nuestro mejor modelo de hombre, quedarse en ente de ficción. De ahí deriva la situación de cárcel y angustia en que cada vez nos hemos ido encon­ trando los españoles, en un espacio que se empequeñecía por momentos y en el que enloquecían nuestros ímpetus. Los espacios del mundo, en vez de estarnos abiertos, se convertían en muros, altos muros contra los que rebotaba nuestro deseo, que se solidificaba en angustia. Pero éste mismo fracaso y la extremada, decisiva situación de hoy, nos exigen ir, ante todo, hacia un-Estado que encierre nuestra voluntad verdadera. O acepta­ mos la herencia del pasado y. la llamada· del porvenir, que nos manda recoger el fruto de tanta desdicha y desastre de ayer y de tanta sangre de hoy para el man­ tenimiento de un Estado en que se revele la nueva convivencia humana, o nos quedamos todos en personajes de novela. Como de reforma se habla a lo largo de estas páginas, no se puede pasar sin mención la actitud reformista más destacada y grave que se haya producido en España, aunque sea en el ámbito de lo religioso, y no estrictamente de la reforma del entendimiento o nueva filosofía. Y es la obra escrita y de acción de Ignacio de Loyola. Reforma, puesto que es contrarreforma, o sea una reforma para contrarres­ tar lós efectos y consecuencias de la reforma; pero reforma al fin. Reforma, ante todo, por esta razón de proponerse no dejar al español tal y como está, y por responder, siquiera sea diciendo no, al espíritu de los tiempos. Pero también por algo más, por el método y por el racionalismo, si es que ambas cosas pueden separarse. Si hay alguna obra en nuestra literatura que tenga un cierto parentesco con el Discurso del Métódo, es los Ejercicios de Loyola. Paren­ tesco, aunque sea contrario a su finalidad y aunque esté hecho —no importa que sea anterior— para contrarrestarlo. > Hay en los ejercicios ignacianos una racionalización y mecanización de la fe; es casi una mecánica de la santidad. Supone una creencia en que la psique hu­ mana tiene una contextura tal que basta ejercitarla en determinado sentido para que quede moldeada, conformada de una nueva manera. La misma mente que fieva a creer posible la física por la contextura mecánica no metafísica de la natura­ leza, ha hecho posible este método seguro de ganar la vida1eterna. Existen unas leyes, condiciones impuestas por Dios al hombre, que una vez cumplidas aseguran là felicidad y la gloria; existe un alma humana que es susceptible de ser moldeada, es decir, conocida y reformada; es la salvación por obrá del método, nó por obra de la gracia divina; es cuestión mía, propiamente mía, de fe y de obras, cosas que

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dependen de mí. ¿Qué mayor actitud reformista, aunque sea para cerrar el paso precisamente a las nuevas ideas? Pero claro está que si hoy se deja sentir la necesidad de una honda reforma de nuestro entendimiento que se atreva a traducir en ideas claras las intuiciones de que se nutre el español, y que articule nuestra voluntad en una convivencia hasta ahora no lograda entre nosotros, claro está que nada de esto puede servirnos, por obvias razones que no es siquiera necesario enumerar. Aunque la más impor­ tante sea la consideración de su profunda enemistad con lo más vivo y mejor de nuestro pueblo y adonde -ha conducido tal método ignaciano. Precisamente porque logró por completo lo que quiso, porque es lo más lejos de un fracasado, se puede saber con entera evidencia cuál es el sentido y el resultado de su camino. Camino que hace tiempo históricamente tocó su fin. Sin embargo, no es enteramente inútil examinar de cerca esta voluntad terrible, que si supo lo que quería y que lo con­ siguió, no es inútil para saber el camino terrible de nuestra voluntad, camino sin salida de una voluntad ceñida a su objeto, que no es un fracaso, sino un mal positi­ vo, tan positivo como puede serlo todo método, perfecto como método, que se funda en la desconfianza absoluta acerca del hombre, en la creencia en la maldad y, en último término, en su administración. Personajes de novela son todos los españoles del siglo xix. Galdós, innumera­ blemente, nos lo muestra, y la ausencia del Romanticismo es tan patente en la España que sus páginas maravillosas nos reflejan, como la falta de Reforma en Cervantes. Galdós tampoco intenta la reforma de nuestra mente, si bien en él es más ostensible su actitud frente a la sociedad de su tiempo y hasta su pensamiento po­ lítico, reflejado en sus obras de tesis, que son evidentemente las peores, por ser las menos ricas de intuiciones. En el drama de nuestra voluntad sin objeto, Galdós nos ofrece una figura, por su grandeza casi gemela de Don Quijote: Fortunata, la espléndida hija de Madrid, ejemplo claro de una voluntad coherente, firme y fiel, a la que ningún desastre aparta de sí misma, sobre la que resbalan todos los fracasos sin producir una huella mayor que la de la lluvia en la roca. Insobornable, guarda una idea entre sí que es toda su vida. Idea, por lo demás, tan divinamente humana, tan noble como la alta categoría de su maternidad. Categoría divina y al par natural, que no nece­ sita revalidarse en ninguna estación humana, por encima y más allá de lo social, Fortunata tiene absoluta, total justificación. ¡Aquella idea que ella tenía entre íz! De seguro que hubiese encontrado acogi­ da y comprensión si en España hubiese habido romanticismo. Nada tenía que ver en su íntimo fondo Fortunata con el romanticismo; pero el romanticismo debía abrirle paso, ya que fue él quien reivindicó lo natural en el hombre, aquello que, por ser anterior a la civilización, había quedado al margen de ella oprimido; las zonas irracionales, cósmicas casi, que hay en el hombre y que el racionalismo había apartado de sí con puritano horror. Claro que el romanticismo es también otras cosas, y es muy complejo el hecho de que pasara rozando con nuestro suelo sin penetrarlo, mucho más, cuando él se volviera hacia España, nombrándola su Meca en cierto modo, cuando trae en Francia y Alemania un interés por la litera­ tura y la poesía españolas nunca igualado. Todo ello requiere más atención de la que ahora _podríamos darle, y sólo nos interesa señalar el hecho de que la falta de romanticismo entre nosotros deja a la voluntad pura y perfecta de Fortunata al

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borde de la locura y en pleno fracaso, en pleno desastre del que ninguno de los menguados proyectos que se la ofrecen la ha podido salvar. Desde Cervantes a Galdós, la voluntad española se ha retraído a las capas populares, a la base misma virginal de nuestro pueblo, firme voluntad que ya no sueña con asuntos tan altos como los de Don Quijote, sino que confundida con el instinto es vocación maternal en la divina Fortunata, es fiera repulsa, celtíbero amor de independencia en el Madrid del Dos de Mayo. Es lo único que nos queda; el último elemento insobornable: voluntad que es ya instinto; lo único vivo bajo la destrucción de la sociedad y el desmoronamiento del Estado. El Esta­ do, que es para Cervantes, tras la sangre derramada heroicamente en Lepanto, unas alcabalas que le traen cárcel y miseria; el Estado, a quien Quevedo acusa en el «Guerra y cárcel le dieron las Españas / de quien él.hizo esclava la Fortuna»; el Estado, que es ubre seca de quien no alcanzan a extraer los éspañoles no ya su sen­ tido político, sino el simple pan de cada día.· En el siglo xix, el Estado, de gene­ rales soberbios y políticos logreros, frailes sin escrúpulos y trampa, trampa por todas partes. Ya no nos queda sino la moza de alpargata y falda de percal, y el soldado menudito y sufrido que aguanta sin gloria, hambre y sed en Cuba y luego en África; el soldado de traje de rayadillo que aún vimos en nuestra niñez —inolvidable visión amarga— volviendo de las derrotas de África, mientras la reina y la infanta Isabel hacían un regalo al general que defendía el honor de la Corona. Ya no tenía­ mos más que pueblo, insobornable voluntad popular que la anarquía del Estado español, durante siglos, no ha podido pervertir. Hay quien duda de nuestro triunfo, admirando los valores humanos que hemos desplegado en la contienda. Y hay quien quiere seguir aún en personaje de novela, desplegando en el fracaso toda la mágica riqueza de nuestra substancia íntima, sin querer someterla a una clara voluntad. Pero nada> nada sirve. Nuestro pasado de desdichas, la voluntad de Don Quijote, encarnada hoy en nuestros combatientes, piden y exigen que entre todos creemos ése Estado nuevo y justo que se alimente en su objetividad de la convivencia humana que está dentro de la soledad de nues­ tro inmortal Caballero. Es la hora de que España acepte íntegramente la voluntad de su pueblo y la objetive sin temor ni precipitación, en un Estado que a Europa, a la Europa declinante y al mundo todo, pero especialmente a aquel continente que habla nuestro idioma le devuelva la confianza en el hombre; que restaure la fe en la razón y en la justicia y que la realice en la. medida mayor de su posibilidad actual. La Reforma española era más profunda que la realizada por Descartes y Galileo, que la realizada por Europa; tenía que hacerse en la sangre y por la sangre, en la vida. Pero la sangre también puede hacerse universal. (Hora de España, setiembre 37.)

Desde Francia, Pío Baroja hace utt resumen de la situación políticomilitar y de sus preferencias personales ante ella. «En estos momen­ tos soy partidario de una dictadura militar... que tenga fuerza para dominar los instintos rencorosos y vengativos de la masa reaccionaria y de la masa socialista...»

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Quieto insistir en que no estoy de acuerdo, en la teoría ni en la práctica, con las derechas ni con las izquierdas. Mi punto de vista es solamente personal e indi­ vidual. Lo único que deseo fervientemente es que el estado de España se norma­ lice y que pueda vivir el que trabaja. Varias cuestiones o problemas se plantean hoy a los españoles y a los extranjeros ante la revolución desencadenada en España. La obscuridad de estos problemas depende de muchas causas. De la variedad que tiene nuestro país, quizá sólo en el género pobre; del desconocimiento de la geo­ grafía y de la etnografía, de lá falta de una historia completa y sintética. En con­ junto, de un defecto de información. España es el país más vario de Europa en su naturaleza, y el más rico en especies vegetales; la India de Europa la llama Linneo, pero esta variedad no es principalmente variedad en la riqueza,, sino más bien en la pobreza. España es un mundo en pequeño. Un país así puede tener, evidentemente —-y lo tiene—, mucho interés para el escritor y el psicólogo, pero un interés muy poco práctico. Actual­ mente, el interés así no se cotiza. De aquí que España sea un pueblo que vive en el aislamiento, como encerrado en una campana neumática, y que sólo sus pro­ ductos culturales antiguos tengan valor en el mundo. No se trabaja en España ni en la geografía, ni en la etnografía, ni en la historia. ¿Quién va a sostener a los que se dediquen con independencia a esta clase de estudios? Un político audaz y charlatán puede vivir; un historiador, un geógrafo o un etnógrafo, imposible. Un concejal de Madrid, socialista, ha dicho hace poco la estupidez de que la prehisto­ ria era reaccionaria. Como falta el conocimiento de los hechos y la filosofía sobre ellos, falta tam­ bién un concepto claro y aproximado de lo que es la realidad del país. La infor­ mación falla en muchos órdenes de la vida, la cultura también. En el ambiente no hay más que lugares comunes y dogmas, la mayoría venidos de afuera. Esto pro­ duce el feo contraste de un pueblo naturalmente original, dedicado a la vulgaridad y a la imitación. Un pueblo que pretende ser Otra cosa de lo que es. Así, sintién­ dose nacionalista, defiende el internacionalismo, y encoñtrándosé individualista, quiere implantar el comunismo. Las dos tendencias políticas que tienen raíces en el fondo psicológico del español son'el tradicionalismo y el individualismo anarquis­ ta. Estas dos tendencias, como la serpiente simbólica, forman un anillo, y la cabeza se muerde la cola. Las gentes que no están adscritas a los partidos, gentes que quieren vivir fuera de la retórica y de la cuquería política, se preguntan por qué el Frente Popular no produce disturbios en Francia, y, en cambio; los produce en España. Todas las teorías; que se ponen eh circulación para explicarlo son insufi­ cientes y endebles. Los que tienen inclinación por la burguesía dicen: «El1obrero es más sensato en Francia.» Los inclinados al socialismo piensan que es el bur­ gués, más comprensivo en Francia que en España, el que produce esta tregua. De estas dos teorías no se puede saber hasta qué punto son ciertas y predominantes. Hay luego las tesis anteropolíticas, económicas e históricas, peto están basadas en el aire. Otra cuestión que interesa a muchos es preguntarse: ¿Cómo ha surgido la violencia? No es fácil, ni casi posiblé, que unos tengan toda la culpa. Mucha gente ignoraba, porque no se hablaba de ello en los periódicos, pero muchos lo sabíamos, que casi todos los días había asesinatos políticos en la Capital. Socia­ listas y fascistas se atacaban a traición, y dejaban a cada paso cadáveres en las calles. Las milicias socialistas actuaban como autoridades, con permiso del Gobierno y registraban a los paisanos, como si fueran de la policía. La excitación entre los

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fascistas eta terrible. Su sociedad se iba convirtiendo en algo así como la antigua «mafia» o camorra napolitana. El gobierno del Frente Popular protegía a los suyos de una manera arbitraria, y hasta cínica. Muchas veces, después de un crimen en el que había Caído algún fascista, se prendía como autores a los compañeros de éste. . ■ .· Yo no digo que en un régimen fascista no ocurriría lo mismo; pero, aunque así sea, un poder como éste es un gobierno de taifa y no de un país civilizado. Los jóvenes fascistas y los socialistas milicianos hacían alarde en Madrid de su chulería. Esta chulería, en los señoritos, era natural y legendaria. Una consecuencia de sus ideas de¡ caballerosidad degenerada. En los socialistas era muestra clara de que, si las ideas cambian fácilmente, no sucede esto con los instintos ancestrales. Las muchachas elegantes iban a visitar a la cárcel a sus amigos, y las socialis­ tas hacían lo mismo con sus «condottieri». Después de la lucha de callejuela, in­ dividual, ha estallado la guerra civil, con caracteres parecidos de violencia y de barbarie. Estas manifestaciones violentas y sanguinarias de los españoles se explican en el extranjero y en nuestro país por los eternos lugares comunes puestos en circulación desde hace siglos. En uno de estos periódicos de Francia del Sur, con mucha solemnidad se decía hace días, como quien dice algo importante y nuevo: «España es africana.» La idea es muy vieja, y se ha atribuido a muchos. ¿A qué pueblo de África se parece España? ¿A Egipto, a Argelia, a Marruecos, a Túnez, al Transvaal? No se parece en nada a aquellos países, ni en la historia, ni en la étnica, También se dice que tenemos la sangre de los árabes. ¿Qué sangre árabe van a tener los vascos, los navarros, los asturianos y los gallegos, en donde la vio­ lencia se da como en todas partes? Todas estas teorías valen poco, o no valen nada. Es explicar lo mal conocido por algo completamente desconocido. Así, en la literatura, cuando Víctor Hugo, en una de sus Orientales, recoge el viejo romance de los siete infantes de Lara, afirma que, al mismo tiempo que la leyenda caste­ llana y cristiana, existe otra árabe, que él conoce. Ésta es una pequeña superche­ ría imaginada por el poeta, a base de un lugar común. Los eruditos han visto que no hay tal versión árabe de los romances caballerescos españoles, ni tampoco queda entre ellos la leyenda de los infantes. Los moros tenían distintos conceptos de la poesía y de la historia que los españoles. El pianista Rubinstein decía en Barcelona, en un grupo en que yo estaba, que había sido recibido en una casa y tratado con gran amabilidad. «Es la hospitalidad árabe», terminaba, como si en todas partes no pudiera haber hospitalidad. Estos conceptos, formados por pianis­ tas viajantes y gente parecida, son los que triunfan. Yo no dudo que cada raza, cada terreno y cada clima tenga sus características. Pero, por ahora al menos, estas características no se conocen bien. Otra cuestión que se plantean todos los españoles en los momentos actuales es ésta: ¿Quién vencerá? Yo no lo sé. Por un lado está la. exaltación revolucionaria de las ciudades, el entusiasmo y el fervor. Por el otro, la técnica y la disciplina de los militares. El triunfo depende del tiempo, de la constancia y de la técnica. Lo que se comprende es que, venzan los rojos o los blancos, el final no puede ser ya tranquilo e idílico, porque las repre­ salias serán esta vez terribles. En esta revolución se dan fenómenos curiosos. Los nacionalistas vascos, principalmente católicos, se unen con los socialistas y los comunistas; los carlistas van del brazo con los fascistas, medio socialistas. Uno de los casos pintorescos es el del anarquista Buenaventura Durruti, que ha salido de Barcelona al mando de una columna de tropas formada probablemente por li­ bertarios. Durruti me decía hace dos años, en la cárcel de Sevilla, que acabaríamos todos por echarnos a la calle armados, a luchar unos por la revolución y otros eo

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contra. ¿Cómo se las arreglará para imponer la disciplina este hombre, fiero ene­ migo de todas las disciplinas? Alguno me preguntará: ¿Y su opinión? Ciertamente yo no me recato en darla. En estos momentos soy partidario de una dictadura militar que esté basada en la pura autoridad y que tenga fuerza para dominar los instintos rencorosos y venga­ tivos de la masa reaccionaria y de la masa socialista. Yo no puedo tener simpatía por esa turba tradidonalista, defensora de la religión, que es capaz de insultar y probablemente de matar a un escritor porque no comparte sus ideas. Tampoco ex-, perimento la menor estimación por esa plebe socialista de Madrid, que lanzó hace meses la estúpida noticia de que las. damas católicas daban caramelos envenenados a los chicos, lo que la autorizaba para incendiar, robar y maltratar. Tanto una masa como otra, me parecen lo peor del país, lo más brutal, lo más despótico y lo más sanguinario. No creo que sea raro que un hombre como yo desee que apa­ rezca el domador de esas bestias feroces, y que lo haga, no como el legendario Orfeo, con la lira en la mano, sino con el filo de la espada. (La Nación, agosto 36.)

Pío Baroja echa en cara a la República su cerrazón ideológica y doctrinaria que ha ofendido, sin necesidad, a la Iglesia, al Ejército y a la propiedad privada. Ante el drama español que ha sobrevenido por culpa del «personal republicano formado por ateneístas, profesores, oradores y gacetilleros». Baroja sólo ve la alternativa de una dicta­ dura roja o una dictadura blanca que cree «hoy por hoy, preferible para España», aunque su auténtico sentir está expuesto en las últimas líneas del artículo: «Si mi opinión valiera, sería ésta: Ni lo uno ni lo otro.»

LOS ERRORES DE LA REPUBLICA ESPAÑOLA por Pío B a r o ja Todo el mundo sabe cómo apareció la república en España. Para la mayoría iba a ser una aurora, un gobierno discreto, amable y fecundo. Iba a remediar los males del país, a impulsarle por un camino de reformas justas. Yo fui de los es­ cépticos, porque no creía en el personal republicano formado por ateneístas, pro­ fesores, oradores y gacetilleros, ' El nuevo régimen debió comenzar con cautela y hasta con desconfiana, y em­ pezó imprudentemente, con jactancias, con un deseo inmoderado de éxitos fáciles y una acritud y un despotismo para los enemigos, insensato. Yo creo que lo que ha producido la terrible situación que arruina a España ha sido en gran parte una cuestión de orgullo y de vanidad. El Gobierno de nues­ tra República no comprendió desde el primer momento que el español es violento y susceptible, y que debía a su enemigo tradicional, al conservador, al católico, al reaccionario, tratarle con cierta consideración como a vencido. Esa táctica ma-

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quiavélica de que al adversario que no se puede exterminar hay que respetarlo, no la comprendieron nuestros hombres públicos. Toda su política insensata fue irritar al vencido. No veían que, mientras aumentaban sus manifestaciones de acri­ tud y de despotismo, gran parte de España se iba encolerizando de tal modo que su cólera al fin ha tenido que reventar de alguna forma. Otra manifestación, en mi sentir, de torpeza psicológica, fue en nuestros repu­ blicanos el afán de seguir la tradición revolucionaria. Yo creo que una revolución debe ser lo menos tradicional posible. Ellos nó lo créían así. Tenían que jugar a la Convención. Hacer declaraciones dogmáticas parecidas a la de los Derechos del Hombre. España es una república de trabajadores, etc. Había que cambiar la bandera* ¿Para qué? Añadirle un morado al rojo y al oro, por una leyenda que no se sabe si es cierta, de que Castilla usaba antigua­ mente el pendón morado. También por seguir el tradicionalismo revolucionario se quitaron los crucifijos de las escuelas. ¿Es que iban a hacer olvidar que hay una imagen de Cristo cru­ cificado, en unos pocos años, cuando todavía en Europa, al cabo de veinte o de veinticinco siglos, hay la tradición remota de las Venus, a pesar de las persecu­ ciones furiosas contra las imágenes paganas que ordenó en todos los tiempos el cristianismo? La empresa era inútil y perjudicial. También fue perjudicial y erróneo el hacer una república con un equívoco socialista o comunista. Si el sufragio daba una mayoría socialista, la república no tenía más remedio que ir a la dictadura. No se atrevió a ello y todo lo quiso explicar con frases. Primero se dijo que se quería una república conservadora; luego, no bastaba esto, tenía que ser una república izquierdista, después socialista y ahora comunista y anarquista. A medida que la situación ha ido empeorando, el disco ha cambiado de color, y actualmente es de un rojo intenso. Si en el conjunto de las teorías generales ha habido torpezas y errores, en las disposiciones particulares también los ha habido. Azaña, al comienzo del primer bienio, desde el Ministerio de Guerra hizo que un gran número de oficiales del ejército, al parecer desafectos al régimen, siete u ocho mil, quedaran en situación de retirados con el mismo sueldo que te­ nían en servicio activo. Para ellos, esta medida no era un perjuicio, sino más bien un beneficio, porque les permitía cobrar del Estado y dedicarse a otra cosa. No era un perjuicio, pero era una ofensa que no olvidaron. Conducta parecida, por torpe, han seguido los políticos en todo orden de ideas. España ya no es católica —dijo Azaña, con una inconsciencia absurda^-. Se ha perseguido no sólo al Clero, sobre todo el Clero pobre, sino a las costumbres de los pueblos. Se han prohibido fiestas y procesiones que a nadie estorbaban y que eran gratas a las ciudades y a las aldeas. A los industriales el Gobierno los ha acogotado. Yo conozco algo la industria editorial. Había en Madrid, hace ocho o diez años, unas veinte casas editoriales; de éstas, más de quince pequeñas, tres o cuatro grandes. Por exigencias de los obreros, de jornales, de horas de trabajo, de número de operarios, patrocinadas por el Gobierno, se han cerrado todas las editoriales, menos dos o tres. Con ello se han quedado en la miseria autores, editores y tipógrafos. Lo lógico parece que sería contar primero con la capacidad de resistencia de una industria, para exigir más o menos de ella; pero esto no cabe en la cabeza de los socialistas. Matan la

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gallina de los huevos de oro. Si las industrias mueren, elEstado las creará de nuevo. ¡Qué ilusión! ¡Y qué superstición! En muchas de estas redamaciones proletarias no ha habido más que el deseo de vejar. Así, en algunas industrias como en la de los cafés, han llegado los huel­ guistas, a quienes ñamaban los represaliados, a exigir la readmisión en los establedmientos de los obreros que habían atentado contra la vida de los patronos. Es la política d d Trágala. Las exigencias de la C N T en d ramo de construcción eran cómicas. Semana de cuarenta horas. Jornd mínimo d d peón de albañil, 16 pesetas. Si la mujer del obrero quedaba enferma o de parto, el patrono pagaría los gastos. Si el trabajador era joven e iba soldado, le abonaría la mitad del jornal. El reumatismo y otras enfermedades parecidas se considerarían como accidentes del trabajo. Además, el patrono estaba obligado a costear asilos, escuelas y hospitales. Podían haber añadido que era obligatorio en el patronollevarelchocolate a la cama a los obreros, hacer la colada y divertir a los niños de los camaradas. A los propietarios de fincas rústicas, d gobierno, últimamente, los ha perse­ guido y los ha molestado. Yo he oído algunos que decían: —Que nos quiten parte de las propiedades, pero que nos dejen una para ex­ plotarla libremente. No fue posible. El Frente Popular tomó el acuerdo de llevar obreros a las fincas, asignándoles un jornal que tenía que pagar d propietario, hubiera o no hubiera trabajo. Muchos, en vista de que no podían costear el gasto, dejaban la finca, pero, entonces, eran multados. La Reforma Agraria, tan cacareada, en realidad no se hizo, ni había plan, ni ganas de hacerla: era una plataforma política. En las aldeas, d doctrinarismo socialista se inició, aunque sin éxito. En la aldea donde vivo yo el verano, en Vera de Bidasoa, se presentó un delegado socia­ lista de Pamplona, pretendiendo que se le obedeciera. Las tiendas debían estar abiertas ocho horas de día y debían cerrarse los domingos. Era ;desconocer d régimen de la vida del tendero en estos pueblos, La tienda del tendero de la aldea es al mismo tiempo parte de su casa. Come y vive en su pequeño establecimiento. Cerrarle la tienda, es cerrarle la casa. Por otra parte, la gente de los caseríos tiene la costumbre de ir a la aldea por la maña­ na muy temprano y su timidez y su desconfianza le hace que no le guste que los demás presencien sus transacciones comerciales, y quiere no tener testigos cuando cambia la docena de huevos o el trozo de cordero por el vino, el café o el azúcar. No se va a cambiar la mentalidad ancestral del campesino por un decreto o por una orden. Por otra parte, d domingo es para el hombre del caserío el día preferido para sus compras y cambios, y el único día bueno para el tendero. El delegado socia­ lista de Pamplona no sé si creyó o no creyó que le iban a obedecer en el pueblo. Los tenderos de Vera y de las aldeas inmediatas siguieron con sus prácticas de siempre. Muchas de estas medidas en las ciudades y en los campos, la mayoría doctri­ narias, sin sentido de la realidad, acompañadas de jactancias y de desplantes, han hecho que casi toda España vea con simpatía la rebelión contra unos políticos que no han conseguido realizar nada bueno para nadie. Nuestra revolución ha sido una revolución de ateneístas. Ateneístas en España es sinónimo de doctrinario, de incomprensivo y de pedante. Todas las reformas han quedado en d papd.

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En La Gaceta y en los archivos de los Ministerios dormirán como en un pan­ teón los proyectos de la felicidad española; la tierra fertilizada y liberada, las in­ dustrias florecientes y cientos de miles de escuelas para producir genios y hombres de talento. En la calle y en el campo no ha quedado más que ruina, hambre y desesperación. ¡ El español cree en la palabra, como Unamuno. A mí me parece esta creencia algo como una supervivencia de la mentalidad semítica. Yo nunca he creído gran cosa en la palabra, pero ahora -sí creo en ella. Creo que tiene eficacia, principalmente para el mal. El otro día, cuando veía cómo estaba ardiendo de un extremo a otro la ciudad de Irun, pensaba en cómo las estupideces que se pueden decir en el Congreso o eri un mitin, y por otro lado los lugares comunes tradicionales pueden asolar, des­ trozando y arruinando, un pueblo que creara un grupo de hombres con su esfuer­ zo y su trabajo. ¡ Se me dirá que también los libros han contribuido a este resultado lamentable. No lo creo. Estas gentes heroicas que pelean con fiereza no han leído libros. Ni los unos han leído a Santo Tomás, ni los otros a Kant o a Hegel. Quizá si los hubieran leído no se lanzarían à la lucha. La lectura esteriliza el fanatismo. Nada mejor que una idea incompleta y defectuosa para ser fanático. Los unos tienen en la cabeza lugares comunes, los otros frases de periódico. ¿Es posible que todos los individuos de una nación sean inteligentes y com­ prensivos? No se ve la posibilidad. Se habla de países del Norte, como Inglaterra, Suecia, Noruega, en donde las masas tienen un fondo de mansedumbre y de buen juicio, pero esto no debe depender de su inteligencia, sino, probablemente, de su temperamento y del clima. Creo que se podría demostrar que todos los países viven en plena dictadura más o menos disimulada. La democracia es un telón que da perspectivas a la masa, que le hace creer que ella participa en el gobierno del país; pero la realidad es que el político, in­ mediatamente que tiene el poder, se zafa de las influencias de la mayoría y dirige su nave como quiere o como puede. La credulidad de esta masa es infantil. La República Española ha vivido en plena dictadura, en pleno despotismo y en pieria arbitrariedad. Esto hubiera sido lo de menos si hubiera acertado. A pesar de su fracaso, ha convencido de su éxito a una gran parte del pueblo, que sigue creyendo en ella. Libertad de la prensa, y ha suprimido periódicos; inviolabilidad del“ domicilio y ha metido en la cárcel a gente inocente, sin motivo ni razón. Se vé cómo el pueblo, a pesar de su doctrinarismo infantil, lo acepta todo. Así vemos ahora a los comunistas que en sus alocuciones defienden con entusiasmo la libertad. ¿Qué libertad puede ser ésta? El comunismo es una doctrina de sumisión, hecha para un cuartel o para un convento. ¿Qué libertad puede ser la que dé el comunismo? Hace meses, cuan­ do en Madrid luchaban socialistas y fascistas a tiros en las calles, El Mundo Obrero, órgano del comunismo, recomendaba para los fascistas la «eliminación integral». La misma receta recomendaban los fascistas contra sus enemigos, pero supongo que no sería a nombre del liberalismo. Entre los anarquistas pasa algo semejante. Ahora hay un anarquismo con autoridad despótica, con censura, con fusilamientos, con cárceles. Es la persecución por el amor, que decían los absolutistas españoles en 1823. Con estos procedimientos ya se sabe que pueden subsistir las más extrañas teorías. Lo curioso sería un anarquismo que pudiera sostenerse dentro de sus

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utopías. Sistemas humanitarios que se han defendido por la autoridad y por la fuerza hay muchos. Actualmente el comunismo evoluciona de una manera rara. En sus primeras épocas oímos en los mítines, en Madrid, a los directores que entonces estaban en relación con Moscú, Bullejos y Trilla, que había que luchar contra la idea de la patria, de la religión, de la propiedad y de la democracia, y que había que preparar los piquetes de ejecución para cuando llegara la revolución social. Para aquellos comunistas no valía la, pena de hablar de libertad; La libertad era un concepto de pequeño burgués. Ahora, de pronto, el comunismo,,sea por influencia de Rusia o por lo que sea, evoluciona y se hace realista, evolucionista y relativista. Ya no hay que atacar la religión, ni la propiedad, ni la democracia. Por el con­ trario, hay que defenderlas. También hay que defender la libertad a todo trance, esa libertad que para Lenin no tenía importancia. Yo comprendo muy bien la ductilidad de un partido en el gobierno; que tenga que pactar con unos y con otros, aceptar colaboraciones sospechosas y sacrificar un poco sus ideas; pero esta vuelta hada atrás del Partido Comunista, que no manda, no ha de convencer ni tranquilizar a sus enemigos. Hecha fuera del poder, me parece una solemne e inútil pedantería. Ni el comunismo, ni el socialismo, ni el anarquismo, pueden hacer nada ac­ tualmente que tranquilice y dé confianza al pueblo y a la burguesía. Lo mismo da que sus hombres digan lo que digan, que canten las excelencias de la disci­ plina militar o vayan con un cirio en las procesiones. En este momento en que blancos y rojos luchan con una energía desesperada en España, no parece que pueda haber solución intermedia. Esto es lo peor. O dic­ tadura roja o dictadura blanca. No hay otra alternativa. Yo no soy un reaccionario, ni un conservador. Tampoco tengo intereses prácticos en uno o en otro bando. No tengo fortuna, ni he gozado de beneficios del Estado. He sido un español bastante absurdo para querer vivir independientemente de mis libros, cosa di­ fícil e ilusoria. A pesar de todo, creo que una dictadura blanca es, hoy por hoy, preferible para España. Una dictadura de militares republicanos se puede suponer lo que va a ser. Consignas más o menos severas, pero con sentido. Una dictadura roja en todos los países es lo mismo, un poder lleno de equí­ vocos, de intenciones obscuras y de confusiones. Alguno quizá me diga que esta preferencia mía es una preferencia de viejo que quiere mejor, como dice el refrán, lo malo conocido que lo bueno por conocer. Es posible, pero mi opinión es, por lo menos, sincera y desinteresada. Kirkegaard decía con cierto absolutismo puritano: o lo uno o lo otro. Yo, parodiándole, podría decir que, íntimamente, en esta cuestión de la po­ lítica española, si mi opinión valiera, sería esta: Ni lo uno, ni lo otro. (La Nación. Buenos Aires, 19/IX/1936.)

Hoyos y Vinent cree que gran parte de la culpa de lo ocurrido se debe a que la aristocracia no supo desempeñar su papel «Fue un conglomerado de "snobs” ambiciosos, codiosos y descontentos», mencionando vagamente su propia pertenencia a ese grupo social.

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LOS VALORES Y MATERIALES EN LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA ' ’■ por A n t o n io d e H o y os y V in e n t

Voy a hablar de la aristocracia, aunque suene a cosa audaz y, aún, un poco fuera de lugar. Pero voy a hablar de un modo absolutamente objetivo, sin odios, sin rencores (motivo me falta para ellos) y sin pasmada admiración devota, que, hablando honradamente, no siento. Y voy a tratar del tema, arduo para mí, porque ante la próxima e inevitable reconstrucción de nuestra España, cada uno debe aportar la experiencia de aque­ llo que conoce bien. Como no he de ser tan ridículo que para justificar mis ideas pretenda improvisar una genealogía y una historia libertarias y pretenda que viví siempre en un mundo alumbrado por un rojo sol de justicia social, prefiero, lisa y llanamente, aportar al acerbo común mi experiencia. No voy a lanzar el aserto, falso además, de que todos fueron unos miserables; menos que constituyeran una orden de caballería digna de la «Tabla Redonda»; su pecado no fue, en realidad, ni caballería ni santurronería, más bien necedad y frivolidad. Yo soy aquel que, allá por el 22, al publicar un libro titulado «Actuación de la aristocracia antes de la Revolución, en la Revolución y después de ella», al firmar, un poco arbitrariamente, con nombre que no usé nunca, expliqué el hacerlo así como garantía de conocimiento de lo que iba a tratar, como prueba de que no repetiría la suerte de aquel bohemio que en el fondo de sórdida tasca escri­ bía... «Los amores del gran mundo». Pues bien, en este artículo podría repetir la suerte si no fuese incurrir en redundancia. Voy a hablar de lo que conozco, y voy a hablar honradamente. Toda entidad humana posee dos órdenes de valores: los morales y los materiales. Ambos los poseía la aristocracia rusa, pongo como ejemplo. Tenía el here­ dado prestigio de muchos siglos de mando, de conquistas y de derrotas (que, aunque parezca paradójico, también llevan un prestigio anexo); tenía, además, la plena conciencia de su fuerza, que entrañaba derechos, más o menos discutibles, pero existentes —derechos de señorío, de dominio, de castigo, de posesión y, casi, casi, de vida y muerte—, derechos que no eran una enteiequia, sino realidad absoluta. En cambio, a la rotunda efectividad de la aristocracia rusa, podía sólo oponer, la española, una ilusión bastante relativa, por cierto. Abolidos mayorazgos, censos y otras formas vinculatorias de bienes, así como señoríos, dominios, capellanías, la aristocracia española no tenía... ni dinero. Poder y dinero habían ido a parar a la Iglesia, que, con interesada condescen­ dencia, aunque aumentando sus reservas a diario, cedía condescendiente las mi­ gajas precisas para sostener la ficción imprescindible a su dominio indirecto, pero férreo. Otra diferencia, además, harto notable, ha de tenerse en cuenta para juzgar las cosas a derechas. En el Imperio ruso, entre Aristocracia y Pueblo, existía un hondo barranco, un abismo sin fondo; el vacío tenebroso separaba uno de otro

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sector; en España había, rellenando el vacío, una dase media o burguesía, que iba desde la plutocracia, burocracia, comercio, industria, hasta los empleados del tranvía, camareros, revisores de tren y aun, aun, servidores de casa grande. ¿Pero qué digo? ¡Si en nuestra tierra, no ya esdavos ni siervos, pero ni tan siquiera verdaderos servidores hubo! En el rico y contundente léxico castellano, a los sirvientes se les llamaba criados, derivado filológico que quiere decir «criado en la casa», casi familiares; y a las viejas servidoras «ama de llaves», con vaga plei­ tesía, casi respetuosa a su dignidad semipalatina. La mitad del antagonismo determinante de la Revolución rusa (asiática en esencia y maneras) lo determinó una cuestión de clases; en la española, un desnivel «absoluto, irremediable», económico. Porque, a decir verdad, la nobleza aquí fue tan idiota, tan fatua y torpe, que lo sacrificó todo a una mera apariencia, de la que se aprovechó, repito, d clero, rapaz y acaparador, para alzarse con d Santo y la limosna (nunca mejor aplicada la frase corriente). En esta terrible hecatombe, preludio de la transformación social, los sectores aristocráticos pasaron por dolores y tristezas, cosa inevitable en cualquier revuelta social; como todo humano sufrimiento, la solidaridad humana nos lo hace respe­ table; pero esto no quita para enjuidar serenamente las cosas. En la francesa, los vencidos tuvieron gestos elegantes; en la rusa y la española o no abundaron tales gentes, o no se sabe aún, nos falta la perspectiva, los hubo que murieron defendiendo una idea, y esos son, como todo d que muere por un ideal, dignos de respeto; otros se fueron... La nobleza española mostróse, a dedr verdad, siempre, en el transcurso dé siglos, audaz y levantisca, romántica y popular (la verdadera nobleza, claro es) y sobre todo, hasta ahora, mostróse española... por encima de todo, española. Ahí están buen número de próceres que ostentaban viejos títulos de la herál­ dica castellana, aragonesa y vasca, que en la guerra de las Comunidades se pusieron de parte de los comuneros, que mandaban Bravo, Padilla y Maldonado, frente a la intromisión extranjera qué aportaba d Emperador, pretendiendo mediatizar las finanzas y cargar con los famosos «doblones de a dos», la mejor moneda euro­ pea por aquel entonces. Más tarde, después de la agonía de Carlos II « d Hechi­ zado», siniestra en su horror sabático, la nobleza no supo redimirse con una rotunda afirmación de españolismo. Se dividió entre dos Casas extranjeras, los Austrias y los Borbones, Hubo después un rey espafiolísimo, Carlos III, y con. él la nobleza fue espa­ ñola. Ahí están para atestiguarlo los viejos palacios, únicos, de Herrera aquí, de española arquitectura. Española, españolísima mostróse la nobleza en la invasión napoleónica, pues que si hubo afrancesados más fue por política, por seguir a Fernando VII, galán, taimado, histrión, siniestro, pero en el fondo muy español de espíritu e idiosin­ crasia, que por convicción. : En fin, española con d monarca saboyano que trajera Prim, soberano impo­ pular a quien la aristocracia hizo imposible la vida, haciéndole d vacío en derredor, y provocando cien peripecias de un españolismo de pandereta, como la mani­ festación de las peinetas y las mantillas, que nos cuenta el Padre Luis Coloma en «Pequeñeces», disudta por el ministro de un modo un poquillo chabacano y pintoresco. _ Quiebra, lo que se llama quiebra, la hizo d espíritu español en los días adagos de don Alfonso X III, d rey de Deauville, d entronizador d d polo, ese

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juego ridicùlo en que el soberano en mangas de camisa corría sobre un penco persiguiendo una pelota. Pero es que en esos tiempos la aristocracia española no era tal ya, sino un híbrido conglomerado de ambiciones y vanas pretensiones. En el prólogo de mi primera novela (16 años tenía yo, 1909), en que ponía a la aristocracia en que vivía como digan dueñas, Emilia Pardo Bazán, define: «Así, pues, lo malo y bueno que de la sociedad se escriba, deberá aplicarse a cuantas clases sociales se mezclan en su terreno de aluvión... En España el mal social, que no consiste en vicios mayores que los de otras partes, sinoen debili­ dades, anemias y parálisis profunda, es mal que nos coge todo elcuerpo, desde la cabeza hasta los pies...» Y justamente este mal que no asustaba a la Pardo Bazán, hace veintiocho años es el que ha corroído los cimientos de la vida española y ha desmoronado una nacionalidad entera* que es justamente la que estamos llamados a reconstruir. La aristocracia, ya no era tal, sino un conglomerado de «parvenus» enriquecidos, de arribistas, de intrigantes y gentes entrometidas gracias al dinero, sin conciencia sin delicadeza, y sin espíritu humano. En el equilibrio de la sociedad española, la aristocracia era uno de los factores; no supo desempeñar su misión; y su torpeza, encabezada por la idiotez de un rey, peor cien veces que «el Hechizado»,:precipitó la catástrofe. Pudo y debió ser española, serena, popular, democrática y segura de sí; oponerse a las intro­ misiones de los advenedizos, a las rapacidades de los avechuchos de presa, gene­ rosa, abnegada e inteligente, y... no fue nada. Fue un conglomerado de «snobs», ambiciosos, codiciosos y descontestos. He ahí su tragedia. (Solidaridad Obrera, 16/XI/38.)

Un escritor y periodista famoso Chaves Nogales hace una lúcida descripción de la Revolución que se unió automáticamente al prin­ cipio de la guerra civil en la España republicana. «El general Tranco, al sublevarse, había puesto en marcha la revolución social en España que, de otro modo, hubiese tardado años en producirse.» Y men­ ciona la lucha intestina entre sindicatos «Poco a poco el anarcosin­ dicalismo, que se impuso en los primeros momentos por sus proce­ dimientos rápidos y contundentes, fue desplazado. La superioridad numérica de la UGT y la insobornable pureza revolucionaria de los comunistas anularon en nuestra industria a la CNT-FAI...»

DESDE LA MESA DE LA REDACCIÓN por M anuel C h a ves N ogales

El 18 de julio el general Franco estuvo a punto de ser el amo de España. Falló el golpe. Dos días después estaba casi perdido. El pueblo había deshecho de un manotazo el artificio de la conjuración militar. Para que los rebeldes se

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rehiciesen y emprendieran la guerra de conquista, que desde hace ya medio año aniquila a España, fue preciso que otras potencias acudiesen en socorro de los sublevados y les suministrasen primero material de guerra y luego un verdadero ejército. Pero el golpe de mano del general Franco no ha provocado sólo una guerra civil de consecuencias incalculables, sino también una revolución; una auténtica revolución social, tan dura y tan profunda como pudo serlo la revolución sovié­ tica. En Madrid, al día siguiente de derrotar a los militares sublevados que se habían encerrado en el cuartel de la Montaña, el pueblo en armas y, más con­ cretamente, el proletariado industrial organizado sindicalmente, se lanzó entusiás­ ticamente a la revolución. El primer acto revolucionario, después del fusilamiento en masa de los oficiales sublevados, fue la incautación de fábricas y talleres, la creación de los consejos obreros y la substitución de hecho del régimen capitalista de la industria por un aventurado ensayo de colectivización. El general Franco, al sublevarse, había puesto en marcha la revolución social en España que, de otro modo, hubiese tardado cincuenta años en producirse. E l C o n s e jo O b r e r o m an d a

Fui requerido por el consejo obrero que se incautó de la Editorial Estampa, empresa propietaria del diario «Ahora» y de otras importantes publicaciones en las que trabajaba más de un millar de operarios, para que me encargase de la dirección del periódico. Acepté satisfecho. Eran los mismos redactores y obreros que durante varios años había tenido a mis órdenes quienes libremente me desig­ naban, no' obstante haber sido yo el hombre de confianza del capitalista expro­ piado y a pesar de no haber pertenecido jamás a ningún partido proletario, ni siquiera de izquierda. Intelectual liberal adscrito a la pequeña burguesía, pude llegar fácilmente a una inteligencia con los propietarios del Consejo Obrero, quie­ nes, con gran sorpresa por mi parte, me confirieron la misión de mantener el periódico dentro de una línea política pura y exclusivamente republicana, anti­ fascista naturalmente, pero en la misma zona templada en que puede desenvolverse cualquier órgano democrático en Europa o América. Todo exceso de lenguaje, todo afán de proselitísmo revolucionario quedaba excluido. El Consejo Obrero, formado exclusivamente por veteranos militantes del comunismo, el socialismo y el sindi­ calismo revolucionario, al instalarse en el suntuoso salón de sesiones del consejo de administración se había hecho terriblemente conservador. Era el público de nuestro periódico un, público neutro, moderado, y no de­ bíamos perderlo, porque el ingreso que producía la gran tirada del periódico era la base de subsistencia de la industria y de centenares de familias obreras. Había que mantener el tono objetivo de la información. Bastaba con inclinarse suavemente del lado del proletariado, pero sin estridencias ni campañas escandalosas... Este lenguaje ya lo había oído yo muchas veces en aquel salón. Era el mismo lenguaje que hablaba el capitalista expropiado. No había más diferencia que la de que la suave inclinación antes era del lado de la derecha y ahora de la izquierda. Esto era todo. El n a u fr a g io p e l o s in t e le c t u a le s

Pero si la industria editorial podía seguir navegando en medio de la tem­ pestad revolucionaria, los intelectuales que la servían naufragaron al primer

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embate. Tenía nuestro periódico la plantilla de colaboradores más brillante de España: Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Ossorio y Gallardo, Julio Camba, Gregorio Marañón, Salvador de Madariaga, Ramón Gómez de la Serna y otros muchos de segunda fila. Casi todos quedaron desplazados desde el primer mo­ mento; unos, como Unamuno, porque se pusieron abiertamente al lado del fas­ cismo; otros, como Pío Baroja, porque se inhibieron, y otros, como Azorín, porque no obstante haberse colocado desde el primer momento al lado de la República y del pueblo, fueron rechazados o puestos en cuarentena. Todos ellos eran hombres procedentes de la izquierda, y es curioso que sólo pudiese subsistir en la esti­ mación del proletariado el único colaborador de procedencia limpiamente dere­ chista y conservador, don Ángel Ossorio y Gallardo, magnífico ejemplo de lealtad y sacrificio a la causa del pueblo. La deserción de los intelectuales, la típica «trahison des clercs», dejaba la dirección ideológica de la República en manos de los jóvenes agitadores de los partidos proletarios. Pudo y debió ser de otra manera. De la inconsistencia política de los intelectuales españoles y de la incom­ prensión que para con ellos ha tenido el proletariado resultó beneficiado Franco. Ninguno de ellos, sin embargo, era fascista, ni lo será jamás. L a INHUMANA DEPURACIÓN

El consejo obrero de nuestra editorial, formado por un delegado de cada uno de los talleres y oficinas de la industria, funcionaba bajo la fiscalización de los representantes de las dos centrales sindicales, U.G.T. y C.N.T., es decir, socialistas y comunistas, de un lado, y anarco-sindicalistas, del otro. Pronto se evidenció la pugna entre marxistas y anarco-sindicalistas. El marxismo era más fuerte. La gran mayoría de nuestros obreros pertenecía a la U.G.T., pero después de la rebelión la C.N.T. se vio reforzada numéricamente por la incorporación a sus filas de todos los trabajadores que hasta entonces habían pertenecido a los sindicatos que estuvieron bajo la tutela patronal: católicos, neutros e inclusive fascistas. Tales obreros, tachados de «amarillos» y de «lacayos de la burguesía», al obtener a última hora el «carnet» de la C.N.T., pasaban por un Jordán purificador que les incorporaba a la causa del proletariado. Esta teoría de la «redención», cara a los anarquistas, salvó la vida de muchos. No de todos, desgraciadamente. Los sindicatos marxistas se mostraban implacables, y sus tribunales sindicales y sus milicias se aplicaban a una terrible tarea de depuración. Cuando se comprobaba, por los ficheros cogidos en los centros de Falange Española, que un obrero había sido militante del fascio, se le sentenciaba a muerte, y la sentencia se cumplía inexorablemente. Franco había fusilado desde el primer momento a todo el que hallaba en posesión de un «carnet» socialista o comunista, imaginando que con este sistemático ejercicio del terror extirparía el marxismo. No pensó, segura­ mente, que su táctica terrorista era la que estaba más al alcance de la gran masa revolucionaria. De todo el horror de la guerra civil y la revolución, esa inhu­ mana depuración del proletariado fue lo que más honda y angustiadamente pudo conmoverme. Contra el traidor a su clase, contra el «esquirol», contra el «ama­ rillo», no había piedad. El proletariado empezaba por ser duro consigo mismo, aun más que con la burguesía. He visto cómo algún obrero del Consejo que se mostraba inflexible con los compañeros traidores venía después a decirme secre­ tamente que tenía oculto en su propia casa a un sacerdote cuya vida en peligro estaba decidido a salvar por pura humanidad.

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L a ilusió n d e la p r o p ie d a d

Poco a poco, el anarcosindicalismo, que se impuso en los primeros momentos por sus procedimientos rápidos y contundentes, fue desplazado. La superioridad numérica de la U.G.T. y la insobornable pureza revolucionaria de los comunistas anularon en nuestra industria a la C.N.T. y la F.A.Í. La empresa quedó de hecho bajo el control del marxismo. El gobierno de la República, que no podía sancionar el hecho revolucionario de las incautaciones, legalizaba nuestra actuación nombrando un delegado del Ministerio de Industria y Comercio encargado de controlar la actuación del Con­ sejo Obrero, que se aceptaba oficialmente no como organismo incautador, sino como instrumento encargado de evitar la paralización industrial determinada por la desaparición de los propietarios y gerentes de industrias que se habían mar­ chado al campo fascista o al extranjero. Merced a este arbitrio, nuestro ensayo de colectivización tenía uná existencia legal y podía desenvolverse dentro de la constitución democrático-burguesa de la República. Bajo este doble control del Gobierno y de la U.G.T. nuestro Consejo Obrero abordó a fondo el problema de la colectivización de la industria. Había dos tendencias; una de ellas era la pura socialización; otra, la de que los trabajadores nos constituyésemos en coope­ rativa de producción independiente y afrontásemos con nuestros recursos o, mejor dicho, con nuestro sacrificio, los riesgos industriales. Esta esperanza de conver­ tirse en accionistas y únicos propietarios de su industria dio a los trabajadores un espíritu de sacrificio admirable. Yo he visto cómo era suprimido en el acto el pago de las horas extraordinarias por exceso de jornada; he presenciado cómo se amortizaba el cincuenta por ciento de las plazas; cómo se declaraban en sus­ penso todas las reivindicaciones de aumento de salario y cómo los que antes iban a la huelga por lograr la semana de cuarenta horas trabajaban a mis órdenes du­ rante catorce horas diarias sin la menor protesta. Hubiese deseado que la guerra se ganase sólo por conocer el final de una experiencia bajo tan excelente auspicio comenzada. Pero la guerra no sólo no se ganaba, sino que cada día la teníamos más cerca y más apremiante. La escasez de primeras materias, las dificultades de los transportes y la necesidad de que todo quedase supeditado a la movilización, im­ puesta por el Ministerio de Guerra primero y por la Junta de Defensa de Madrid después, cortaron en flor nuestra experiencia cooperativa. Prácticamente nuestra industria, como todas las industrias editoriales, quedó socializada y en manos del Gobierno, que utilizaba los periódicos como las ametralladoras; armas todas para la lucha. L a guerra desde la redacción

Desde la mesa de la redacción la guerra se veía con más claridad que desde las trincheras. Todas las tardes llegaban los redactores enviados al frente y con­ taban la anécdota de la jornada, que era siempre la misma. El heroísmo inútil de los mejores frente al profesionalismo bélico de los oficiales y las tropas colo­ niales y al lado de la incapacidad para la guerra de las grandes masas indisci­ plinadas. Los cronistas más veraces reflejaban sólo en sus cuartillas el desconcierto, el trasiego de masas, la incongruencia de una guerra para todos incomprensible.

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Los más brillantes cerraban los ojos a la realidad turbia y describían sistemáti­ camente una batalla imaginaria, siempre la misma, cuyo arquetipo está en todos los manuales de historia. De cómo es esta guerra nadie ha acertado a decir nada todavía. Lo que se veía únicamente era el flujo y reflujo de una gigantesca masa humana que iba a estrellarse contra las máquinas de guerra esgrimidas por las tropas de Franco. Los mejores sucumbían; los otros tiraban desesperados e im­ potentes el fusil, arma inútil en sus manos de trabajadores frente a los aviones y los tanques extranjeros. Una censura de prensa, ininteligente y perniciosa como todas las censuras, mantenía la ficción de una guerra brillante y espectacular. La función de la prensa, contra nuestra voluntad, tenía en manos de los trabajadores los mismos defectos que en manos del capitalismo. No hemos sabido hacer en este período revolucionario unos periódicos sinceros y veraces. Algún día nos lo tómarán en cuenta. B a jo e l fu ego d e lo s cañones

No hemos podido llegar al final de la experiencia. Los cañones de Franco, emplazados una noche en la Casa de Campo, interrumpieron el trepidar constante de las rotativas. Nuestros talleres fueron alcanzados por los obuses de los faccio­ sos, el Gobierno se trasladó a Valencia, y en tales circunstancias di por cancelado con los obreros mi compromiso de intelectual liberal al servicio del pueblo. ¿De­ ploraré siempre que la guerra no nos hubiese dejado llegar al término de nuestra experiencia? ¿Hubiera sido posible la colectivización definitiva de la industria? Sin la amenaza de los cañones, ¿los obreros hubieran sido capaces, por sí solos, de seguir haciendo periódicos? Y al decir periódicos decimos automóviles y casas y tranvías y teléfonos y todo lo que se entiende por instrumento de la vida civilizada. (La Nacióη, 15/1/37.)

Testigo de excepción en el Madrid atacado por la rápida ofensiva de las tropas franquistas, Juan José Domenchina se hace eco de la moral de sus habitantes «Los días son ■húmedos pero nadie enjuga los lagrimones de los jeremías. La estoica villa es una ciudad alegre pero no confiada: Está sobre aviso. Al fin y al cabo la quinta co­ lumna descubre al menos suspicaz y perspicaz sus zafias evoluciones. Y da una curiosa versión del ambiente madrileño en el momento más peligroso para su moral: la salida del gobierno hacia Valencia. Según un personaje arnichesco, el señor Taco, fue así: «Todos los madrileños conscientes nos hemos enterado de que los ministros de la República... han juzgado oportuno desplazarse a Valencia. Y lo chusco es que no nos arriesgábamos a decírnoslo unos a otros por miedo a que se quebrantase la moral de Madrid. Como si hubiese algo en el mundo que pudiera quebrantar o desmoralizar a los ma­ drileños!»

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CONSIDERACIONES INACTUALES DE MI DIARIO por J uan J o sé D o m en c h in a

Resuelta la crisis, ha hecho crisis el amenazador maremagnum de pareceres, conjeturas y cábalas que enrarecía el aire de Madrid. La moral de Madrid es asombrosa. Casi todo el mundo está en su sitio y con el Gobierno. Incluso el discrepante suspicaz resuelve dentro de sí, por reducción al absurdo y con la ayuda de la fe o del instinto de conservación —un sí es no es milagrero— sus íntimas disidencias. Nadie se permite derrengarse o desmoralizarse sobre el impertérrito corazón de la República, que es, también, según cantan todos los labios y rezan —laicamente— todos los pasquines, la tumba del fascismo. Tener el ánimo a la madrileña es el plato del día, y quiere decir, desde que se perdió la imperial Toledo, no empavorecerse ni sofocarse por nada, más que ser un castizo con muchos redaños. La majeza se ha hecho taciturna, pero todas las villanas im­ periosas, inflamándose o chamuscándose en celo patriótico, no olvidan su perol con aceite, que está a la lumbre. Madrid sigue siendo la villa del Oso y del Madroño, Aguanta clásicamente, como le cuadra, sin ponderar su aguante. Los días son húmedos; pero nadie enjuga los lagrimones de los jeremías. La estoica villa es una ciudad alegre, mas no confiada. Está sobre aviso. Al fin y al cabo, la quinta columna descubre al menos suspicaz y perspicaz sus zafias evoluciones. Madrid, capital de todas las «memorias», tiene la memoria flaca: está apren­ diéndose de coro los nombres de los nuevos ministros. Diríase que siente la comezón entusiástica de enriquecer y de exaltar sus fastos. La vehemencia popular busca con ahínco héroes y héroes dignos de imperecederos mármoles y de bronces incorruptibles. Madrid está a la altura de las circunstancias. El rumor cunde y se hipertrofia hasta hacerse —no obstante su pequeñez— tan grande como el mismo Madrid. El impertérrito corazón de este inexpugnable reducto concuerda sin esfuerzo —de puro esforzado— todo ese tejemaneje de aurí­ culas y ventrículos; el fluir y el refluir de la bienandanza y la adversidad, el coraje y el desánimo, y ni galopa en un paroxismo emocional de guerrero bisoño, ni se retarda o paraliza en la flaqueza del desmayo o del síncope: late como de costumbre, sin perder su compás, que es un compás de espera y de perseverancia, ajeno a todas las enajenaciones y desfallecimientos; y orgulloso del imperturbable ritmo que retransmite a las arterias radiales de los suburbios. Allí, en los subur­ bios o arrabales de la villa, unos hombres, que son los que la defienden, le toman el pulso y le dan su sangre en una transacción mutua y legítima de confianza y denuedo. ¿Qué ocurre? Los asombradizos y los emboscados se dislocan en alharacas de consternación. Tartamudean o entredicen que sobre Madrid se cierne un vacío neumático. Apenas si respiran. El huelgo se les hace un nudo en la glotis. De­ gluten o tragan el aire, en lugar de aspirarlo. Propensos a la confidencia, se pier­ den en largas consideraciones y circunloquios, como quien busca un eufemismo.

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En rigor, eso es. lo que buscan. Muy pagados de su doble papel de confidentes y augures, se afanan en paliar o mitigar la crudeza de la revelación. Hablan de Madrid como de una persona. Y del pueblo, con mayúscula. ¿Qué dirán Madrid y el Pueblo cuando lo sepan...? Por fortuna, Madrid y el Pueblo lo saben ya, y en el fondo, lo que ellos se malician no se les da un ardite. Me lo hace saber, al filo de la medianoche, el «señor Paco», un menestral diserto, mi vecino, que vive en las buhardillas, y que es «el otro republicano» de la casa. (Antes de que estallara la rebelión, en la casa dónde vivimos, el señor Paco y yo, sólo él y yo éramos republicanos. Ahora casi toda la vecindad es antifascista, y los más tienen, como dice el señor Paco, un carnet de aúpa. Debo advertir que el señor Paco, recaudador de contribuciones y guerrillero del barrio de Useras, cumple como un barbián con sus antagónicas actividades. Durante la jornada legal, hace fuego de ametralladora sobre la chusma fascista; en las horas libres, se consagra a la exacción de arbitrios.) —Pues oiga usted, don Juan —me dice el señor Paco, que pone, como es su costumbre cuando diserta, cátedra de buen sentido—, y asómbrese. El busilis de la cuestión, que ha sido cuestión batallona, sólo era una cuestión que yo Hamo de nomenclatura. Había que decir lo que había que decir, de una manera elegante. Y como aquí el que no se parece se pirra por lo de no marrarla y quedar bien, hemos dado en el quid con mucho tino. Y con muchos pelendengues. Ya conoce usted la fórmula: el Gobierno se ha desplazao a Valencia. A esto se reducen todos los infundios de los correveidiles, que, por esta vez, sólo han corrido una verdad de a ordago y con el verbo congruente. Porque Madrid es una plaza a la que se ha puesto sitio, y de los que han tenido que ausentarse de la plaza para servir mejor los altos intereses de la República, puede decirse, sin hacer de menos a nadie, que se han desplazao. En este punto, mi locuaz convecino quiso rezagarse y regodearse en una breve suspensión de su monólogo. Hombre de despachaderas expeditas, no dilató sino unos instantes su pausa. —Pues a esto que le digo, don Juan, se puede reducir el dime y el diréte, tole tole y susto del día. Todos los madrileños conscientes nos hemos enterado de que los ministros de la República —que aquí, en Madrid, no podían desenvolver, como se debe, sus inalienables funciones de Gobierno— han juzgado oportuno desplazarse a Valencia. Y lo chusco es que no nos arriesgábamos a decírnoslo unos a otros, por miedo a que se nos quebrantase 1á moral de Madrid. ¡Como si hu­ biese algo en el mundo que pudiera quebrantar o desmoralizar a los madrileños! ¡Ni lo que yo sé, don Juan, ni lo que yo sé, cuando se haga público, conseguirá quebrantarlos o desmoralizarlos! Movido a curiosidad por la entonación a la vez sibilina y enfática de mi inter­ locutor, le interrogué concretamente, anticipándole mis excusas. Me respondió seriamente afectado: —Usted puede saberlo todo, porque usted es un republicano de los de siempre. Y conste que me abochorna el repetirlo, porque yo fui, como usted sabe, candidato a concejal en las últimas elecciones. Pues sépalo usted y olvídelo, como madrileño. La villa del Oso y del Madroño ya no tiene regidor. El alcalde y algunos ediles han salido en automóvil para Valencia... Aunque la noticia me impresiona, y no poco, soy yo el que tengo que alentar y despreocupar a mi conturbado y abatido interlocutor: —Flaqueó el hombre —le digo—, pero el cargo no prescribe. A estas horas habrá otro alcalde. No le quepa a usted duda.

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—Tiene usted razón; pero lo del alcalde no hay quien le disculpe. Es muy gordo... El señor Paco se obsesiona, identificándose, como ex candidato a concejal, con el Ayuntamiento en entredicho. Y sufre la mengua que le aflige. —Es muy gordo, muy gordo... ^-vuelve a insistir con voz ronca y opaca, de sonámbulo, sin relacionar el significado de su muletilla con el alcalde fugitivo—. Es muy gordo... La moral de Madrid es asombrosa. Lo repito con orgullo. Encajó sin inmutarse el golpe moral ineludible· que suponía el éxodo político del Gobierno. Y hoy se ufana de su General y de su Junta de Defensa, con fe inalterable. Los agoreros porfían aún y aseguran que Madrid está en peligro. No me parece inverosímil. El fragor del combate es cada vez más intenso y más próximo. Como mi enferme­ dad no me consiente salir de mi cuarto, sufro unas violentas crisis de desespera­ ción. Los amigos que me acuden socavan con su extremosa solicitud los restos de mi entereza. Todos se creen en el caso de aconsejarme que abandone Madrid. Únicamente mi convecino, el señor Paco, que me suministra todas las mañanas, quitándoselo él de la boca, medio kilo de carne, se esfuerza en persuadirme de la vanidad impertinente de tan frívolos consejos: —Usted, don Juan, es de Madrid y Madrid es lo suyo. Y como padece usted achaques que no están en consonancia con sus años, Madrid, que sé los dio, le quitará esos achaques. Lo malo es que aquí se malcome, y usted necesita mucho alimento. Pero de/ que no le falte, a usted lo que su poca salud le pide, yo me encargo. ¡Ah! Y no dé usted oídos a las agorerías de los aguafiestas. Yo me entiendo. Y usted me entiende. Lo que se ventila en España no es cosa de inte­ lectuales. De mí y de los míos respondo. Acuérdese usted de lo que le digo; en Madrid no entran. (La Vanguardia, 21/IX/36.)

Las tropas nacionales amenazan ya a Madrid. ¿Cuál es la obliga­ ción del español que no combate, en este caso el intelectual? Para Juan José Domenchina la cosa está clara. A pesar de los consejos del correligionario de Izquierda Republicana, a pesar de las insinuaciones sobre su posible suerte a manos de los nacionales si éstos entran, el escritor asegura que sólo saldrá de su ciudad natal «cuando el Go­ bierno o alguna entidad responsable me invite a que, en unión de mi familia, abandone Madrid».

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El teléfono constituye mi obsesión y mi suplicio. Todo el mundo —valga la hipérbole—■se interesa por mi humilde persona con una solicitud y un desinterés tan sospechosos como insufribles.

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— ¿Continúa usted en Madrid? Su amigo N. salió anoche para Valencia. —La Alianza de Escritores Antifascistas se ha trasladado en autobús a Va­ lencia. ' —Su compañero X sale hoy al mediodía para Valencia. —Nos vamos a Valencia. —¿Quiere usted venir con nosotros a Valencia? La amistosa oficiosidad —o la amistad oficiosa—, cumple, con arreglo a su rito, el ceremonioso menester de intimidarme y de inducirme a adoptar uná reso­ lución de tipo arriesgado, pero no de carácter heroico. —Salimos esta noche para Valencia. —¿A qué hora le recogemos? Mis respuestas, aunque explícitas, no persuaden. Todos me acusan de testa­ rudez, de obstinación y de temeridad. Indudablemente, las dotes suasorias que me asisten, al hacerse de naturaleza monosilábica, han perdido toda su eficiencia. A eso de las once me visita un correligionario. Le conozco —y creo conocerlo bien— desde los días más difíciles de la revolución de octubre. Es un hombre modesto y arrogante. Modesto, porque no se tiene en gran cosa, de acuerdo con su posición social. Arrogante, porque su hombríá concuerda con una voz autori­ taria —muy propia para la amonestación y la intimación—, un aspecto procer y un ademán resoluto. —Es un disparate —me dice— que usted permanezca en Madrid. Su estado de salud no le permite soportar los rigores del asedio. Por otro lado, es menester que usted se precava. De un momento a otro, puede surgir una contingencia... impre­ vista e irreparable. ¡Y usted es una de las figuras que honran al Partido! ¡Uno de los grandes escritores de Izquierda Republicana! Como es un hombre de buena fe, y no me babea con lisonjas, sino que cree a cierra ojos que me hace justicia, ¡mitigo en lo posible la aspereza y el desabri­ miento de la contestación: —Bueno, amigo mío. Usted. es muy amable. Pero lo que usted me dice, en relación con nuestro Partido, son zarandajas. A nuestro Partido —caso de que yo fuera, en efecto, como usted graciosamente dice, por amabilidad y por haberlo leído en algún periódico, uno de los grandes escritores de Izquierda Republicana—, a nuestro Partido le ocurre una de estas dos cosas: o que se le dan dos bledos de sus grandes escritores o que en su conciencia abstracta y difusa yo no consto como uno de esos grandes escritores. En puridad, es lo mismo. He de ocuparme y preocu­ parme de mí, simplemente, como persona particular. Como miembro de Izquierda Republicana, a Izquierda Republicana le incumbe esa ocupación, esa preocupación y ese cuidado. —Pero... —Sé lo que va usted a decirme, y de antemano le hago saber que estoy con­ forme. En estos instantes, Izquierda Republicana, como los demás partidos, es una abstracción que se salva concretamente por el sacrificio individual de algunos de sus miembros. De no haber mediado estas conductas individuales, de excepción, que se elogian por sí mismas, Izquierda Republicana y los demás partidos no pasa­ rían de ser unas entelequias... —Pero usted no debe desampararse como individuo ni como miembro de Iz­ quierda Republicana, porque este Partido, como tantos otros partidos, haya des­ compuesto su cohesión y su unidad. —Usted es tan generoso como vehemente e impresionable. Le agradezco mucho su solicitud y su celo de correligionario, Pero, conste que, actualmente, en lo que

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atañe a la actitud política, a la conducta ciudadana, sólo hay una salvación posible: la individual. Ni usted ni yo vamos a decir nada que redunde en demérito de ningún español leal, máxime si le afecta a un correligionario. Pero como se ha roto la sutura exterior, y apenas subsiste la afinidad íntima de los que comulgamos en el mismo credo, no hay modo de sentirse responsable, sin sentirse extrañado o ena­ jenado, de lo que nos debió ser propio, pero nos es totalmente ajeno. Si mi lenguaje le resulta un sí es no es sibilino, considere usted esta obscuridad como indulgencia. En último término, cada cual se administra del mejor modo posible los redaños. Y hay quien se cura en salud. No pocos se previnieron y precavieron prematuramente. Otros, precursores de los prematuros, superaron la más inverosí­ mil precocidad, ausentándose, por causa del clima, en agosto. ¡Bah! Yo no soy, por desgracia, ningún héroe. Pero en Madrid me estoy, hasta que dispongan de mí y de los míos. ¿Está claro? Yo no abandono a mi familia, aunque esté de moda el hacerlo. Ni me sumo a la solicitud de ningún particular fugitivo. ¿Se entiende? Cuando el Gobierno o alguna entidad responsable me invite que, en unión de toda mi familia, abandone Madrid, mi Madrid nativo, mi Madrid entrañable, por des­ dicha, esto es, por falta de salud y de ánimo, aceptaré el requerimiento. Mientras esto no ocurra, y es harto increíble que ocurra, en Madrid me estoy, pase lo que pase. ¡Ah! Y conste también que la contingencia imprevista e irreparable a que usted se refirió, la tengo bien prevista. No es menester ser un héroe para afrontarla. Aunque mis medios de autolocomoción reumática resultan tan premiosos como deslucidos, me echo a la calle, renqueando lamentablemente. Para consolarme con un estímulo de índole libertario aunque antiestético, pienso que también Verlaine y lord Byron tenían la inadmisible e inveterada costumbre de cojear. En la calle de Lista resbalo y me doy de bruces contra un adoquín de la cal­ zada. A los pocos segundos, y ya en pie, choco moral y materialmente con otro: con un diplomático extranjero que se dice amigo mío. — ¡Pero usted es un insensato! ¿Cómo no está usted en Valencia o en Bar­ celona? Tengo entendido que es de protocolo, cuando se conversa con un diplomático obtuso, extremar el aguante y la cortesía. —Pues ya ve usted... —¿Pero usted no sabe que las tropas del general Franco están ya en la Cárcel Modelo? La cosa me parece tan chusca, que me zafo del protocolo. — ¡Espléndida noticia! Si están ya en la cárcel, supongo que no las dejarán salir. El diplomático se amostaza y me reconviene con acritud: — ¡No bromee usted con su propia vida! Las tropas del general Franco están entrando en Madrid y a usted van a cortarle el pescuezo... —Pero, amigo mío, a mí ¿por qué van a cortarme el pescuezo, como usted dice? —A un escritor enemigo de los fascistas, que fue, además, secretario de un presidente del Consejo de ministros de la República, es natural que los fascistas lo condenen a muerte y lo ejecutén... —Amigo mío: tiene usted la misma mentalidad que Franco. Desde luego, yo no soy partidario de ustedes, los rojos, aunque la nación que represento es una verdadera democracia... Pero usted es mi amigo y debo preve­ nirle. Ocúltese usted. Le va en ello la vida. El Ejército del general Franco está ya

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en Madrid. Dese prisa. Pongo a su disposición mi coche y mi residencia oficial. —Muchas gracias, mil gracias. Pero no creo en lo que me dice. —Usted me insulta. —No, no le insulto. Me limito a suponer que le han informado equivocada­ mente. Aquel set petulante y con monóculo se separó de mí haciéndome una reveren­ cia glacial y cómica. Hondamente preocupado me dirigí a mi casa. Al subir peno­ samente la escalera iba perplejo. ¿Sería posible? La sangre me abrasaba y me golpeaba en las sienes. ¿Tendríamos que arrostrar aquella misma noche la contin­ gencia imprevista e irreparable a que se refirió el modesto y enterizo afiliado de Izquierda Republicana? (La Vanguardia, 28/VI/37.)

Un político que empezó en la extrema izquierda y terminó en el centro derecha, cuenta su caso personal sin regatear dicterios contra los republicanos: «Creyéndose socialistas, comunistas, anarquistas han procedido con el fanatismo cruel de esta raza meridional, apasionada y fanática.»

EL SUICIDIO DE LA REPÚBLICA ESPAÑOLA por A leja nd ro L er ro u x

Es muy posible que exista en el mundo gran curiosidad por conocer la situación actual de España y la de sus hombres representativos. No creo defraudar esta cu­ riosidad y, aun a riesgo de que se repute una ilusión de mi parte, pretendo satis­ facer aquella curiosidad sin importarme que se moteje mi ilusión de vanidosa. Quiero serabsolutamente franco y verídico, tanto en el relato de los hechos de que he sido testigo como en la expresión de mis sentimientos hacia todos aquellos problemas que se refieran a mi patria. Lo que iba a ocurrir en España lo preveíamos todos. O los comunistas o sus consortes, o las fuerzas conservadoras del país tenían que lanzarse muy pronto a una iniciativa. La tensión no podía sostenerse ni dilatarse más. Desde el amañado triunfo electoral, en febrero, del Frente Popular venían ocu­ rriendo en España las más escandalosas violencias criminales. Quedaban impunes. En Madrid se asesinó y se incendió sin que el Gobierno adoptase medidas de represión o siquiera de precaución. Por delante de mi casa desfilaron en dos oca­ siones entierros acompañados de comitiva popular, que pasaba con uniformes, sím­ bolos, banderas rojas, puños en alto y algunos pidiendo a voces mi cabeza, que yo me cuidaba de no poner de manifiesto, porque ya el ejercicio de las más sencillas y elementales libertades empezaban a parecer una provocación. Me visitaban los amigos alarmados. Creían necesario que me ausentase una temporada o que me preparase un buen escondite en Madrid. Hubo uno que en

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su inexperiencia tenía organizado y preparado un traje de eclesiástico para disfra­ zarme... Excelente amigo... ¿Qué habrá sido de él? No me intimidaban. Yo creía necesario permanecer en mi puesto mientras se esgrimiera la amenaza de que el Parlamento iba a tomar el acuerdo de exigirme responsabilidades como jefe del gobierno que ordenó la represión de los sucesos de octubre de 1934, porque afrontar la acusación y asumir la responsabilidad eran mi deber y mi honor. Y en mi puesto me mantuve, con la esperanza, además, de que el calor del verano obligase a la suspensión de sesiones de Cortes y a,mí me permitiese emprender mi proyectado viaje. Durante los meses de mayo a julio señalé, entre las visitas que me favorecie­ ron, las de amigos militares y paisanos que, aun hablándome en términos vagos, a mí me pareció que practicaban exploraciones y sondeos para conocer mi actitud ante los anuncios alarmantes. Y aproximadamente en los mismos términos, yo de­ claraba que me había comprometido conmigo mismo a no «conspirar» mientras existiese la República, pero añadía invariablemente que si el comunismo y sus cómplices se lanzaban a la calle, los que en nombre de la patria y de la República salieran a hacerles frente podrían contar incondícionalmente conmigo. Testigos de lo que aquí afirmo hay algunos vivos, porque otros han perecido fusilados o asesinados. El día 13 de julio se conoció la noticia tremenda del asesinato de Calvo Sotelo, un hombre honrado, un noble carácter y una elevada inteligencia, cuyo delito con­ sistía en no pensar lo mismo que sus adversarios y en defender valientemente sus ideas. Al día siguiente recibí el aviso de lo que se decía que preparaba el Ejército. No lo creí; no creía que, después del horrendo crimen perpetrado con conocimien­ to del Gobierno, se tomase tal resolución sin que yo, que había sido varias veces ministro de la Guerra, la conociese más que por un aviso confidencial de un hombre civil. El día 15 de julio me trasladé con la familia a San Rafael. El 16 por la noche regresamos a Madrid. El 17, durante la mañana, recibí, entre otras visitas, la del mismo amigo que me dio el primer aviso el 14, y que me lo confirmó más puntualizadamente, acon­ sejándome que me ausentase por unos días. No me convenció, pero me impresio­ nó. El caso es que, después de almorzar,-y siguiendo mi habitual costumbre, pre­ paré yo mismo mi equipó de viaje, como para pasar 15 días o tres semanas en el balneario desde donde escribo. Mi mujer iba preparando el suyo, con la intención de acompañarme, pero sin prisa. No había adoptado resolución alguna, pero a la caída de la tarde me visitó otro amigo, de toda mi confianza, bien enterado, alma buena y agradecida, que confirmó el aviso con detalles concretos y el ruego de la reserva, porque quebran­ taba una palabra de honor por afecto y lealtad a mí. Le di entero crédito. Informé de lo necesario a mi mujer, a la que nunca doy cuenta de cosas desa­ gradables, y en el acto acordamos trasladarnos seguidamente a San Rafael. Creía­ mos que la sublevación anunciada no tardaría en triunfar más de dos o tres días, y que para los no militantes se descartaba todo riesgo ausentándose de Madrid. Iniciativas revolucionarias del Frente Popular no se anunció ninguna. Se trata­ ba, pues, de un movimiento puramente militar, y ya era hora. Sin demora me trasladé a San Rafael con mi familia. Poco después se nos incor­ poró el inspector de Policía encargado de mi escolta desde hacía años. Porque

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es de advertir que yo no hice un secreto de mi viaje, sino que había solicitado y obtenido la renovación de mis pasaportes diplomáticos y el permiso de sacar de España el máximo de dinero, cinco mil pesetas, porque, ni ahora ni nunca, había yo cuidado de colocar fondos en el extranjero, pues todo lo que poseo tiene una procedencia clara, limpia y explicable. Además, la Dirección General de Seguri­ dad autorizó u ordenó, lo ignoro, al precitado inspector que me acompañara en mi viaje, claro que por cuenta del Estado, como otras veces. Nunca a solicitud mía. Pensaba yo estar un par de días en San Rafael antes de venir a Portugal. Mi mujer proyectaba volver a Madrid, recoger su equipaje y regresar para que el lunes 19, o martes, viniésemos juntos. Pero la sensibilidad de las mujeres está tan despierta para el peligro, que la mía, temiendo por mí, pues por ella jamás tuvo temor, planteó la cuestión en familia y todos a coro acordaron que yo debía salir para la frontera al día siguiente. En efecto, el sábado a las 7 de la mañana emprendimos viaje el inspector, mi chófer vitalicio, porque otro no he tenido para el servicio de mi casa, donde Úeva veintiséis años, y yo. Un equipaje de verano y un abrigo viejo que tenía en San Rafael. En el camino advertimos algún síntoma de alarma, al tomar gasolina en Ávila, al pasar delante de Salamanca, en el cruce con Ciudad Rodrigo, donde la Policía y la Guardia Civil se enteraron de quiénes éramos, y en las proximidades de la frontera, donde vimos algunas parejas montadas de carabineros, que debían ir a reconcentrarse. La Prensa portuguesa del 18 no decía nada. La del 19 aludía someramente a un movimiento de sedición militar que se suponía iniciado en nuestra zona de Ma­ rruecos. Y, en seguida, empezaron a llegar las del primer episodio militar, acae­ cido precisamente en el puerto de Guadarrama, titulado Alto de León, a dos kiló­ metros del cual, hacia el Norte y en el borde de la carretera de Madrid a La Coru­ ña, está mj finca y un grupo de edificios que en ella se levantan. Se ha de imaginar mi estado de ánimo, porque yo todavía no tengo serenidad para describirlo. ¡Ah! ¿De modo que era la guerra civil? Porque las noticias hablaban de militares por un lado, milicias socialistas por otro y cañoneo y bombardeo de aviación. Una tarde, la del 11 de agosto, se detiene un taxímetro delante del hotel; del coche desciende mi familia, venturosamente ilesa, en traje de casa, sin equipajes, con algunos bultos envueltos en pañuelos y periódicos, como tribu de gitanos fugi­ tivos; la fatiga y el dolor retratados en el semblante “de todos. Habían pasado su calvario en San Rafael. Y nótese cómo no he aludido sin razón a la suerte o a la Providencia que me protege: al día siguiente de mi partida visitaron por primera vez los rojos mi casa de San Rafael. Estuvieron amenazado­ res, pero no atropellaron a nadie. Iban —decían ellos— a buscar armas, peró, de paso, preguntaron como al descuido: «Qué, don Alejandro estará en París, ¿ver­ dad?» En el grupo numeroso, provisto de toda clase de armas, había vecinos del contorno, a quienes yo daba trabajo con frecuencia desde hacía años, algunos colo­ cados por mí y hasta ascendidos; muchos a quienes en el invierno anterior les fue posible trabajar y comer por unas obras que yo conseguía para el pueblo en el camino forestal. Y si me retraso veinticuatro horas en salir de viaje... Aquella misma tardé, dos de ese grupo trataron de agredir en San Rafael al te­ niente de la guardia civil, cuando iban a cortar el teléfono y perecieron. Al día si­ guiente llegaron avanzadas de las tropas del general Mola, y se trabó combate, primero sobre el pueblo, después entre el pueblo y el Alto de León. En el centro está mi casa y en mi casa se refugiaron todos los convecinos con mi familia; en

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torno de la casa: baterías, ametralladoras, soldados, camiones... Magnífico objetivo para la aviación roja... Mi casa de Madrid fue inmediatamente ocupada por un comité de aquella «gente honrada», que se entretiene en deshonrar a la gente, al pueblo, a la patria, a la República y a la humanidad. ¿Valía poco? ¿Valía mucho? Valía cuarenta y dos años de hogar bien cuidado, de gusto depurado en la selección de cosas, de orden. Era, a la vez que mi hogar, mi taller. Hogar en el que procuraba poner todo cuanto puede hacerlo amable y cómodo para los que lo habitan, sobre todo para la mujer de su casa que de su casa hace un templo. Taller donde yo había acumulado en libros mis preferencias intelectuales y algunas joyas de bibliófilo y mi archivo de trabajador de la pluma y material para mis memorias y aquellos objetos de arte en que ha plasmado, a través de los años, el cariño de amigos y correligionarios y se ha detenido el tiempo en forma de recuerdo de jornadas dignas de jalonar, mo­ destamente o no, la historia de mi labor en la vida pública. Pues de todo eso, de mis pájaros canoros, de mis pintadas flores perfumadas, de mis retratos, de mis libros, de mis chucherías, no me dejará ni los clavos aquella «gente honrada» que se entretiene en deshonrar la especie humana. Tenía un bien surtido garaje, formado en 26 años de automovilista: se lo han llevado todo. En San Rafael espero que la presencia del Ejército haya salvado lo mejor de la casa que yo habitaba, porque las otras tres, ocupadas por familiares míos, fue­ ron en los primeros días saqueadas. Todo ello me arranca esta queja, pero nada más; lo digo sin jactancia y sin amargura. Salvada la vida de los míos, ahora lo que me importa es que se salven la patria y la República. Pero desgraciadamente todos los míos no están a salvo. En cuanto a los amigos, me aterra pensarlo. De pocos se tienen noticias indubi­ tables, porque se miente por contagio o porque se exagera por temperamento, que es manera honesta de mentir. Lo que se sabe con certeza es terrible. Salazar Alon­ so fue «juzgado» y sentenciado a muerte por uno de los tribunales de caricatura, formados en parte por profesionales indignos que han permanecido sin pudor al servicio de los rojos y en parte por populares sin solvencia. No tuvo defensor: Barriobero y Botella Asensio cometieron la cobardía de negarle su concurso; se defendió a sí mismo. Estuvo bien. Mejor estuvo a la hora de la muerte. Frente al pelotón de sus verdugos se mantuvo sereno, no se dejó vendar los ojos y pasó a la eternidad dando la voz de fuego que lo fulminó. Hay muchos de los que no se tiene noticia alguna y por los que se puede temer recibirlas. La persecución al Partido Radical ha sido implacable y sañuda. En Valencia y su provincia, además de asesinar a los diputados Martínez Salas, Puig y Carrera, han exterminado en algunos pueblos el censo entero del partido. En Málaga y en Alicante ha sido una verdadera caza al hombre radical. La con­ tribución de sangre de nuestro partido ha sobrepasado a la que ha pagado la Iglesia en todo género de religiosos y la misma guardia civil tan fieramente sacrificada. De no pocas personalidades nuestras se supone que están escondidas. No sería extraño que lo estén y que así permanezcan, porque en las primeras semanas de pasión y ceguera vengativa nuestros amigos fueron perseguidos por tirios y troyanos, y algunos perecieron. En la cárcel de Madrid fueron vilmente asesinados bastantes. Quiero consagrar un recuerdo a los que sin ser correligionarios eran amigos y allí sucumbieron, como Melquíades Alvarez, Alvarez Valdés, Martínez de Velasco, conde de Santa Engra-

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cia y un hijo suyo, Rico Avallo, general Capaz y muchos otros. Listas interminables. Se cuentan por millares. La teoría de la violencia y las órdenes de la II I Internacional Comunista se han llevado a la práctica con toda perfección. No creo que en Rusia se haya llegado a los extremos que en España. En los campos y en las pequeñas poblaciones la crueldad ha llegado a inconcebi­ bles refinamientos. Como si la muerte por sí sola no bastase a saciar el odio bestial de los verdugos, sentían la necesidad física y moral de ultrajar, violar, atormen­ tar, despedazar, crucificar y empapar de gasolina a sus víctimas, todavía medio muertas, para quemarlas en el estertor de su agonía y encontrarse así en la satis­ fecha plenitud de su venganza. Y seguidamente el saqueo, el robo en todas las formas, el incendio de las casas, edificios, muebles, iglesias, conventos, fábricas. Un delirio de muerte. Una locura, un fanatismo de destrucción. No recargo el cuadro de sombras inspirado por el rencor. No. La miserable bestia subhumana no merece mi rencor. Me explico su inhumanidad ocasional de ahora como un ataque de locura colectiva. Pero su salvaje inhumanidad individual me la explico como me explico la coz del asno, la cornada del buey o la mordedura de la serpiente. Ni la religión, ni la civilización han logrado todavía sacar la bestia humana del alma de esa inferior categoría social. Veinte siglos de cristianismo, cuarenta de progresiva civilización ño consiguie­ ron aún elevar su condición moral ni mejorar la intelectual. Le ha envenenado en los tiempos modernos una indigestión de doctrinas incomprensibles para su inte­ ligencia primitiva y sin cultivo, embrutecida, además, por el egoísmo de las clases privilegiadas y por el abandono de la sociedad; doctrinas pregonadas por analfa­ betos presuntuosos que saben leer y escribir, y cuya estultez y pedantería pregonan como evangelios de redención sus tesis absurdas. Esa pobre bestia humana, dejada de la mano de Dios y de la de los hombres, en cuanto se la suelta, muerde y en­ venena como la víbora. Creyéndose socialistas, comunistas, anarquistas, etc., han procedido con el fanatismo cruel de esta raza meridional, apasionada y fanática. Al cabo estaban en su papel, como la víbora. Rencor implacable y duradero, no. Jus­ ticia, autoridad, disciplina, subordinación, trabajo, educación, enseñanza y, a su tiempo, tras de la cura y la convalecencia, caridad. El rencor transformado en exigencia de justicia, severa, rápida, ejecutiva, sin remisión, que se anticipe a evitar la represalia de la muchedumbre sobre toda una clase social irresponsable, hay que reservarlo exclusivamente para los envenenado­ res, para los que han preparado y dirigido el plan de exterminio realizado por las turbas, y sea cual fuere su condición social, moral e intelectual. Y más especial­ mente si en la sanción debe haber grados y diferencias contra los que, titulándose liberales, demócratas y republicanos han traicionado a su patria convirtiéndose en instrumento de la anarquía internacional y del nacionalseparatismo que luchan en Cataluña y Vasconia; han traicionado a la República poniendo su gobierno en manos de marxistas, instrumento del comunismo ruso, prefiriendo la revolución social en España mejor que una República no gobernada por ellos. Son aquellos republicanos que antes me rodearon, sin fe en ningún ideal, por todos los partidos; que sestearon y pastaron en la burocracia monárquica y que para clarificarse en las nuevas instituciones que sin ellos conquistó el país, se quitaron hipócritamente el escapulario del cuello y se presentaron apadrinados por el poder de organiza­ ciones seudosecretas, que en España son el colector de todos los ridículos, medio­ cres, fracasados y buscavidas. Y estos republicanos son, por traidores, por ambi­

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ciosos y pot cobardes, más responsables que los otros, marxistas de toda laya, de la gran tragedia nacional que está padeciendo España. ¿Actuaron contra la patria? Pues hay que declararles fuera de la ley para que no tengan patria. ¿Actuaran contra la República? Pues hay que extrañarles. del país para que no tengan derechos ciudadanos. ¿Actuaron contra la democracia? Pues hay que separarles del pueblo para que no puedan participar nunca en la go­ bernación del país. ¿Actuaron contra la libertad? Pues hay que condenarles a la pena de no gozarla. Sí, es verdad: «Odia el delito y compadece al delincuente.» Pero compadécele después de haberle castigado. Castigarle para que redima su culpa, con su sangre, con su libertad o con su honra. Y al que resista la prueba, inutilícesele para que rehaga, si puede, su persona moral. El crimen ha sido y está siendo terrible; la responsabilidad debe ser inmensa. Es necesario castigar con energía sobrehumana y que los jueces y los fiscales desa­ parezcamos en seguida para no incurrir en la debilidad de un perdón anticipado, esperanza que es un obstáculo a la regeneración. Si es preciso, perezcamos todos, reos, jueces y fiscales, pero antes dejemos liquidada esta cuenta terrible, extirpada esta plaga, alejado para siempre el temor de que se reproduzca el peligro, limpio el solar de la patria, libres sus gobernantes nuevos de pesadumbres y preocupaciones. La única preocupación de los supervivientes en está lucha épica debe consistir en. rehacer a España, en organizar un estado nuevo que la dirija en paz hacia sus futu­ ros destinos. (La Nación, 5/II/37.)

LAS NUEVAS ESPAÑÁS. IDEOLOGÍA POLÍTICA Una escritora española residente en Varsovia se une desde allí a la causa nacional «ante los crímenes sin ejemplo de los execrables marxistas».

LA CRUZADA ESPAÑOLA por ' S o f ía C asanova

¿Será posible que mi incomunicación, desde el glorioso 18 de julio, con Es­ paña, cese ya? Con esta esperanza mando estas líneas al ilustre director y a cuan­ tos redactores del amado diario siguen en Sevilla su tradición magnífica. Tradición que tiene mártires cuyo recuerdo vivo tenemos en el corazón cual llama de ofrenda inextinguible ante las aras del sentimiento cristiano y de la Patria. El espanto, la desesperación, el dolor ante los crímenes sin ejemplo de los execrables marxistas rendirían nuestro ánimo, de no sentirlo fuerte con la fortaleza de España y anima­ do por la fe en nuestro Ejército Salvador. Desde el primer día del levantamiento reivindicador de la honra y de la independencia de España creí en el triunfo de nuestros soldados, y desde entonces, en la Prensa, en conferencias públicas, en las escuelas y las Universidades, laboran conmigo mis hijas y mis nietos, propagando

Si

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la verdad de la santa cruzada española, combatida por la mala Europa, pero re­ verenciada por las grandes naciones que no han perdido en los vicios y la usura plebeya el instinto de conservación y la dignidad de la civilización cristiana. ¡Viva España! Unido este grito cordial a los de nuestros héroes y nuestros mártires, es, desde aquí, la expresión nuestra de que ansiamos ser dignos de ellos y vivir cumpliendo el sacrosanto deber de imitarlos y de luchar por nuestra fe y nuestra Patria. Mi pensamiento, mi alma, va con estas líneas a cada puesto de los frentes y a cada soldado, bendiciendo su vida y su espíritu. La fe de ellos en sus jefes, en los invictos generales, que están forjando la purificada y grande Es­ paña, surgida de la abyección de los traidores vendidos al internacionalismo, es nuestra fe, nuestro orgullo de españoles. El año que clarea y nos encuentra a cada cual en su puesto traerá el bien de España con la destrucción, con el aniquilamiento ahí de esas hordas que han per­ dido el derecho de llamarse humanas y que en la Zoología se las puede clasificar. (ABC, Sevilla 14/1/37.)

Antonio Zozaya cree «en él triunfo absoluto de la razón y de la justicia, con la victoria, pues, de la República española» y hace un augurio que se cumplirá en toda su ferocidad: «La guerra española es el prólogo de la conflagración universal que tarde o temprano es­ tallará con alcances verdaderamente caóticos y apocalípticos.»

ESCRITORES LEALES A ESPAÑA: ANTONIO ZOZAYA por Luis P a t j l d e C o n d e

Muchas tardes, buscando un remanso de paz entre la agitación continua de la Redacción, voy al bello jardín de la casa de don Antonio Zozaya, donde siempre le encuentro escribiendo o leyendo las últimas novedades literarias aparecidas en París. La casa que actualmente habita el gran filósofo y exquisito poeta parece edificada por el delirio arquitectónico de Edgar Poe o, con más justicia, por el ensueño de Rodembach. Detrás de esta gigantesca mole de ladrillo rojo, cuyo torreón semeja rozar las nubes, está el magnífico jardín cuajado de flores, de encu­ bridoras enredaderas, laberínticos jeroglíficos de hiedra y poblado de bancos de madera, sobre los cuales, en los más apartados, el gran filósofo imagina sus cróni­ cas, publicadas bajo el epígrafe Tras la cumbre de la vida, o Bajo el Herró y el fuego, que si se recopilasen y reuniesen en un volumen constituirían una de las mejores obras de la guerra, reflejo de su genuino espíritu, altamente antifascista. Allí, dominando con la vista todo Barcelona, adivinando más allá el mar infini­ to, lleno de velas de barcos pesqueros, saturándonos del perfume de las florés, que nos ofrecen como compensación de la Naturaleza a las monstruosidades de cemento y asfalto, charlamos sobre temas que a ambos nos interesan: hacia la gran lucha de nuestra patria corren siempre nuestros pensamientos y nuestras palabras.

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— ¿En qué trabaja, maestro? —le he preguntado hoy al verle atareado en la ordenación de unas cuartillas, sobre una mesa de mármol. —Estoy corrigiendo definitivamente unos trabajos complementarios de un nue­ vo libro, que pienso titular El derecho, la guerra y la miseria, que contendrá abun­ dantísima bibliografía, y que pienso editar en París, con el texto en francés y español. —¿Tiene usted algún otro libro en preparación? —Sí. Uno, muy curioso por cierto, y muy interesante desde el punto de vista literario: Nuevos diálogos de los muertos. Se trata de algo casi humorístico, pero que en el fondo encerrará una gran filosofía analítica. Son unos diálogos, a través de centenares de años, entre seres que brillaron en la política, en las artes, en las ciencias o en las milicias. Suponga, por ejemplo, una conversación de la Fornarina con Cleopatra, o entre Julio César y Jovellanos. En resumen, vengo a declarar que el alma es siempre la misma. Solamente cambia el ambiente el cuadro teatralizado que los hombres van transformando en el tablado del mundo. —Usted ha escrito con frecuencia sobre ese desenvolvimiento inconsciente de la Humanidad, negando que sea el hombre lo primordial en esa evolución, ¿no es cierto? —Cierto. Se cree erróneamente que el mundo avanza y progresa merced a los teorizantes y a los revolucionarios. Ello responde a la suposición de que los hom­ bres pueden, en un momento, cambiar las condiciones del planeta en que viven, como prodigiosos demiurgos. No hay tal; somos muñecos movidos por los invisi­ bles hilos que nos obligan a adaptarnos al medio. Cuando éste se modifica, lo hace también la vanidad humana, y los grandes pensadores revolucionarios no son sino la causa aparente de cambios trascendentales, cuya causa eficiente es la modifica­ ción del medio. Don Antonio deja de hojear las cuartillas, cruza los brazos, y después de unos minutos de silencio, que respeto, agrega, como si continuase pensando en voz alta: —Es seguro que las invenciones del tornillo, de la palanca y de la rueda señala­ ron en la civilización un poderoso avance, como cambiaron la faz del mundo los descubrimientos de la imprenta, de la pólvora y de la brújula. Con ellos comenzó el Renacimiento, y, asimismo, la época que llamamos contemporánea empezó con el maquinismo. Si no hubiera venido Carlos Marx, otro genio se hubiera encar­ gado de dar forma a las reivindicaciones sociales. Los teorizantes no son más que intérpretes. Ni Platón con su República, ni Tomás Moro con su Utopía, ni CampaneÜa con su Ciudad del Sol, ni aim Augusto Comte con sus obras, lograron crear la Sociología. Fue el maquinismo, nacido en Manchester, el que cambió radical­ mente la situación de los trabajadores y les llevó a asociarse para combatir la explo­ tación del hombre por el hombre. —¿Qué libros suyos son, en su opinión, los mejores? —De toda mi producción literaria, los libros que he escrito con más estudio, con más detenimiento, con más cariño, son tres: La sociedad contra el Estado, Libertad, propiedad y alma colectiva, y La crisis religiosa. —Por esta última obra sabemos que es usted un rebelde del catolicismo. —Completamente. No se puede hacer luz de la tiniebla absoluta. La mano di­ vina de Dios la vemos por todas partes; su bondad, por ninguna. Luego, nuestra conversación gira sobre la guerra española, — ¿En qué forma cree usted que se decidirá la guerra? —Con el triunfo absoluto de la razón y de la justicia, con la victoria, pues, de la República española. El espíritu democrático y liberal que late en cada corazón

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español no logrará jamás mixtificarlo Franco, tan juguete de Hitler y Mussolini, como éstos del movimiento plutócrata y capitalista que nos envuelve. La guerra española es el prólogo de la conflagración universal que tarde o temprano estallará, con alcances verdaderamente caóticos y apocalípticos. —Desde el punto de vista filosófico, ¿qué opiniones tiene para cuando la guerra se acabe? —Quienes sobrevivan a esta tragedia, verán un mundo nuevo, cuya aparición atribuirán los historiadores futuros a los filósofos, a los políticos, a los guerreros y a los revolucionarios, pero que será debido a los derivados de los físicos, de los químicos, de los matemáticos y de los trabajadores del músculo. Aquéllos no habrán hecho sino interpretar y explicar el fenómeno y desempeñar un papel que les fue asignado por el azar, como los comediantes que llevando a la escena las obras de los dramaturgos parecen reyes, magnates y personajes sublimes y geniales de veras. Cuando me despido de don Antonio Zozaya, ya los postreros oros del sol cubren de una semipenumbra el jardín, inflamando las altas ramas de los árboles. Los débiles rayos solares brillan sobre el ladrillo rojo de la fachada, reverberando sobre el tranquilo estanque, en el que la fuente rima su monótono poema. Y allí, aún, en un banco arrinconado del jardín, el gran filósofo sigue abstraído en sus meditaciones, que luego leeremos en los periódicos, bajo el epígrafe metafórico de Tras la cumbre de la vida , Barcelona, 1938 (Blanco y Negro, 15/VIII/38.)

«Patria, Libertad, ambas tienen nombre de mujer.» Blanca de los Ríos elogia a las mujeres antifascistas.

LA ESCRITORA BLANCA DE LOS RÍOS ANTE EL MICRÓFONO por B lanca d e lo s R ío s

En el estudio de Unión Radio dio lectura, en el día de ayer, la señora De los Ríos, a unas cuartillas, de las cuales extractamos lo siguiente: «En estos momentos en que la traición más vergonzosa, más inhumana y más negra, representada por el fascismo y dirigida por hombres que no merecen el título de tales, han querido sumir a nuestra patria gloriosa en la desesperación y el con­ fusionismo; en estos momentos de histórica trascendencia, la mujer, la madre espiritual de todos los que sufren, de todos los que lachan, no puede permane­ cer al margen de los acontecimientos que se desarrollan. Ella encarna en sí la representación de la fuerza creadora; ella, que da la vida, sostiene esa misma vida frente al cañón enemigo con el empuje de su aliento maternal, con su corazón des­ garrado por el sufrimiento de los suyos, pero con la entereza y el valor que da la seguridad del triunfo que ya se alcanza, con el orgullo de ver el heroísmo del pueblo español, que ha respondido como un solo hombre, como una sola alma, como una sola voluntad, sin una vacilación a la hora del sacrificio, a la hora del

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honor. Es en estos momentos cuando el pueblo, el verdadero pueblo que se forjó en el trabajo y en la lucha, ha sabido hacerse en verdad digno de este título, regando con su sangre joven y heroica la semilla de este honor, que florece magní­ fica y robusta, afianzando aún más con sus hondas raíces la nobleza española; no la antigua y podrida nobleza opresora del pueblo y baldón de España, sino la nueva, la verdadera y auténtica nobleza, la que justamente se ha ganado este título con sus accciones al haber dado sin cobardía su propia vida en defensa de la dignidad de la patria, que pretendían mancillar los traidores. Pueblo español: Tú sí que eres noble, con una nobleza propia, formada, en el honor de tu comporta­ miento ejemplar y magnífico, nobleza adquirida con sangre de tus venas y con pedazos de tu corazón. Nuestro orgullo de esposas, de hijas, de madres de estos héroes es tanto mayor cuanto que les hemos formado en nuestros brazos, inculcán­ doles desde la cuna este sentimiento de dignidad ciudadana que ellos no olvidan ahora al defender con su vida el honor de la Patria. Patria, Libertad: ambas tienen nombre de mujer. Y es para nosotras motivo de íntima satisfacción ver la forma verdaderamente heroica de este pueblo, que lucha con denuedo, con ímpetu arrollador, pecho descubierto frente al peligro, dispues­ to a dar toda, toda su sangre y vida, gota a gota, pero no a entregar jamás la patria a los infames que habían de convertirla en escarnio de naciones civilizadas y cultas. Con nuestros valerosos compañeros hay ya muchas mujeres que luchan con es- ■ píritu de valentía admirable; otras suplen al hombre en sus ocupaciones mientras ellos combaten en el frente. Y yo os digo ahora, segura de interpretar así el sentir de la mujer española en los momentos actuales: si en esta lucha que felizmente toca a su término, acosados ya e impotentes los rebeldes para nuevas acometidas, convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos; si en esta lucha por la redención de España libre tuvierais que hacer entrega de vuestra vida, todos estad seguros que vuestras mujeres sabríamos defender, hasta morir, el porvenir de nuestros hijos. (CNT, 5/V III/36.)

Un geógrafo de fama, Gonzalo de Reparaz, se ofrece al periódico CNT para escribir una historia de España para obreros tras quejarse del vacio que le habían hecho «la pedantesca ignorancia de los llama­ dos intelectuales». El periódico libertario compara su ofrecimiento «valiente» con el lacónico mensaje de los intelectuales que califica de «hipócrita».

LOS INTELECTUALES, ANTE LA REVOLUCIÓN por G onzalo d e R eparaz

Han llegado a nuestra mesa de trabajo dos documentos interesantes. He aquí el primero, extraordinariamente grato para nosotros, que nos honramos con su pu­ blicación:

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Madrid, 28 de julio de 1936 Director de CNT

Compañero: Muchas gracias por su laudatoria referencia a mí, que leo en el número de CNT de ayer, 27. Pero si en la alabanza se han excedido ustedes, lo que aumenta los puntos de mi reconocimiento, en lo tocante a mi boicot se han quedado un poco cortos. No sólo padezco el de la estúpida ciencia oficial, sino también el de la pedantesca ignorancia de los llamados intelectuales, sus hijos legí­ timos y acaparadores de la publicidad: asedio que dura desde hace no sé cuántos años, y que me dificulta, casi me impide, llegar hasta el pueblo y redimirle de los estragos de la falsa cultura. Pero hoy el pueblo está en pie, y yo no he sucumbido todavía a la asfixia. Al contrario; me siento estimulado por esta revolución popular que, bien encaminada, será una resurrección; una reconquista verdadera, no como la de Pelayo-Gil Robles. Lo urgente (dando por descontada la victoria de los reconquistadores), es que el pueblo español se conozca a sí mismo: que sepa su Historia y por qué pasa lo que pasa. Para contribuir a esa obra abriría yo, de büena gana, un cursillo de ver­ dadera Historia de España para obreros. Si tuviese local adecuado lo pondría a la disposición de ustedes. Si ustedes lo tienen y, aceptando mi ofrecimiento, me lo conceden, en él daré el curso. Éste será absolutamente gratuito. Mi recompensa única, el gusto de aportar si­ quiera una piedra a la construcción del nuevo edificio. Sin la grave enfermedad que aqueja a mi mujer, ya estaría yo en la Sierra, que conozco palmo a palmo, por haber trepado a casi todos sus cerros cuando en Es­ paña no había alpinistas, y mi afición a trepar daba que reír. Y volvería a estar en campaña con el pueblo, contra los guerreros, como lo estuve el 97, cuando Cánovas y Weyler, para que les dejara vía libre hacia el de­ sastre, me encerraron en la Cárcel Modelo. Perq dejemos la Historia por hoy. Si aceptan mi ofrecimiento, a su disposición quedo, V

G onzalo d e E epa ra z

El segundo documento dice así: «Los firmantes declaramos que, ante la contienda “que se está ventilando en España, estamos al lado del Gobierno de la República y del Pueblo, que con he­ roísmo ejemplar lucha por sus libertades. Ramón Menéndez Pidal, Antonio Ma­ chado, Gregorio Marañón, Teófilo Hernando, Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Gustavo Pittaluga, Juan de la Encina, Gonzalo Lafora, Pío del Río Hortega, Antonio Marichalar, José Ortega y Gasset.» Es conveniente comparar ambos documentos. Hay, en el de Reparaz, la caliente y jugosa emoción de lo verdadero, y en el de los capitostes de nuestra ciencia oficial, la seca frialdad de lo ficticio. Gonzalo de Reparaz encuentra en la sacudida de estos momentos nada menos que la revolución. Los intelectuales de la cáscara amarga, no se atreven a llegar a la entraña viva y trascendental de los presentes acontecimientos. La carta de Reparaz es la adhesión valiente, gozosa e inequívoca de un sabio a nuestra causa revolucionaria. El lacónico manifiesto de los intelectuales es hipócrita. La carta de nuestro sabio compañero Gonzalo de Reparaz es un vítor emocio­ nado a la revolución libertaria que empezamos a hacer, y el manifiesto de los inte·

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lectuales puros —con ribetes de enchufismo—, una petición de clemencia a la deidad de la fuerza democrática, que ilumina con relámpagos de plomo la ruta de su destino. (CNT, setiembre 37.)

Eugenio d’Ors defiende la vox Imperio contra la voz Nación para el porvenir de España mientras deniega la concatenación de esa ex­ presión con las colonias. «Un Imperio tiene provincias, no regio­ nes... las colonias no estarán dentro del Imperio sino fuera de él.»

NO HÁY IMPERIOS COLONIALES por E ugen io d ’O rs

(De la Real Academia Española) Claridad. — «Cada día la política mundial es mas confusa», decíame hace algu­ nos años un caballero. «Pero cada día los conceptos políticos van poniéndose más claros», le hube de contestar. En aquel entonces, por ejemplo, empezaba ya el menos avisado a percatarse de qué cosa quiere decir ese término «radicalsocíalista». Por mucho tiempo esto había parecido uní etiqueta local, circunstancial, hija de las artificialidades electo­ rales y parlamentarias y alumbrada en tal país, por habilidad picara; en tal otro, por zafia imitación. Pero no: aquellas palabras resultaban tener un contenido real, de contorno y definición netos y —¡oh maravilla!— en todas partes los mismos. Tan clara como las quería el buen Descartes, la idea se acabó entonces de formar de lo que era radical-socialista. Era en los días del proceso Staviski. Con notas, desde luego, más simpáticas la fijación y depuración del concepto de «Imperio» se está hoy realizando y logra todavía éxito mejor. No es para ala­ barme; pero yo, personalmente estoy contento de los resultados que obtienen en España y aun fuera de ella, mis humildes esfuerzos teóricos en este capítulo. Cuando, recientemente, en Ginebra y Lausanne, he visto aplaudir a un auditorio helvético, nutrido en la escuela a régimen de Guillermo Tell, una demostración de la bondad y la eternidad del Imperio, a la vez que un auditorio italiano, nutri­ do en la escuela a régimen de Garibaldi recibía sin pestañear la condenación del espíritu del «Risorgimento» y de su tendencia nacionalista, no pude por menos de decirme que, a desgrado de lo que nos tientan a pensar ciertos instantes de desa­ liento, algo se saca de las santas porfías. Y, entre nosotros, ni que decir tiene. Si no en todo el ámbito popular, en la conciencia de los reflexivos, la batalla del imperialismo contra el nacionalismo debe darse por definitivamente ganada. El rótulo de nacionalista le ha sido cargado ya sin remisión al adversario. Todavía algunos comentaristas franceses, aun entre los más simpatizantes, juegan aquí con el equívoco y se obstinan en darnos por tarea «defender —así en abstracto— los derechos de la Nación». Lo que defendemos, señores —en concreto—, son los derechos de España. Y, de paso, la Cultura. Y vengo a remacharlo aquí, en prosecución de la fértil tarea de aclarar concep­

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tos, es que no vale llevat el juego de equívocos hasta invocar el ideal de Imperio cuando se trata —en el presente como en el pasado y en el futuro—■de alguna obra de colonización. La fórmula «Imperio colonial», tan empleada, envuelve una contradicción de términos, que había de hacerla inoperante si no la hiciese, peor, nociva; nociva por lo que se presta a confusiones como por lo que se presta a extravíos de ruta. La condición esencial para que un auténtico Imperio pueda consi­ derarse realizado es la homogeneidad política interior. La colonización supone, al revés, una heterogeneidad entre las colonias y la metrópoli. Un Imperio tiene «Provincias», no regiones. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que el Imperio, constituido por Provincias, no tenga, ADEMÁS, Colonias; las cuales, según esta definición, no estarán «dentro» del Imperio, sino «fuera» de él. Ni que un pueblo que hasta cierto punto histórico ha sido Colonia no pueda pasar a ser Provincia, confiriendo así automáticamente a su metrópoli la dignidad imperial, o su prin­ cipio. Para aquél el cambio consistirá, en substancia, en una palingenesia de unidad. La historia de la colonización hispana conoció a fines del siglo xvm , un monu­ mento que el historiador no registra sin emoción soberana. Por entonces, las islas Canarias eran consideradas como colonia, al igual que los territorios de América, con diferencias de matiz que también existían, por otra parte, en la consideración de estos últimos. Y ocurrió que la inexcusable inestabilidad que la. situación co­ lonial trae consigo se tradujera harto diversamente en la España de América y en la España de África. Aquí, en África, entraba en floración, si no todavía en fruto, la vocación de una palingenesia de unidad. Mientras, de la otra parte del Océano, los pueblos iban a desvivirse por ser Nación —mejor dicho «naciones», con toda la fatalidad de infinito en la disgregación que ello representa—, parte acá de las Canarias pedían e instaban, con ansias vivas, pasar a ser tratadas como provincia española. El león de Roma era aquí el que inspiraba, como allá inspi­ raba el león de Babel... El resto de sendas aventuras es conocido. Diga cada cual lo que en su tabla de valores prefiere, si la cabeza de ratón o la cola de león. Pero a mí hoy no me toca traer aquí valoraciones, sino definiciones. Digo, en virtud de ellas —saltando súbditamente a otro ejemplo—■que son pueblos como el Canadá y no pueblos como la Cochinchina los que hubieran podido constituir, eventual­ mente, un Imperio francés. Definición. — Cartago no fue un Imperio. Yo creo que tampoco lo es la Gran Bretaña. , 1. . No hay Imperios coloniales. (Arriba España, 2/1/38.)

Para Giménez Caballero, el ropaje que emplea la España Nacional es de un gran valor simbólico. «Los pueblos del Universo se diferen­ cian no sólo en cerrar o abrir la mano, sino en tener camisa o ño tenerla. En recatarla o en ostentarla. La camisa ha vuelto... cuando han vuelto a resucitar en el mundo los pueblos que sólo necesitaban para mandar y vivir y mandar esta prenda elemental.»

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SÍMBOLOS DE UNIDAD la camisa azul por E rn esto G im é n e z C aballero

La camisa azul con el saludo brazo en alto, a la romana, es el signo universo que Falange ha aportado a esta resurrección nacional e imperial de España. Símbolo universo la Camisa de Falange. Como lo fue la toga en tiempos de los cesáreos. Como el hábito monacal militante en los tiempos medievales. Y como después pretendieron serlo en los tiempos de la Ilustración: la casaca. En los del liberalismo, el frac. Y en los del socialismo marxista el mono. La camisa ha pasado a representar en la nueva Universalidad Católica que defiende la Falange, no una prenda interior, sino un ropaje exterior. En vez de una ropa vergonzante (íntima); un vestido; un todo; un traje totalitario. Afirmador y agresivo. .. Hoy los pueblos del Universo se diferencian, no sólo en cerrar o en abrir la mano, sino en tener camisa o no tenerla. En, recatarla o en ostentarla. La camisa ha vuelto —con la Historia— cpmo signo categórico y de primera línea, cuando han vuelto a resucitar en el mundo los pueblos que sólo necesitaban para vivir y mandar esta prenda elemental. Los pueblos de sol y de cielo azul frente a los pueblos de lluvia y nieve. Los pueblos pastores y agrícolas frente a los pueblos maquinísticos y materia­ listas. Roma frente a Londres y España frente a Moscú, Porque la camisa nació en los orígenes más nobles de nuestra humanidad; en el mundo helénico y románico. En la cuna más espiritual que tuvo eso que luego se llamaría Europa y civilización occidental. La camisa fue la endymatá de los griegos. Fue el peplos de las mujeres de Atenas, ceñido a sus carnes con cingulos de sedas y de rosas. Sus pliegues los modeló Fidias. Los acarició Praxiteles. Platón, en su triclinio, filosofó envuelto en el fresco y amplio abrazo de su camisa académica y divina. Y de allí Roma la tomaría para darle su gran universalización imperial y estoica. ¿Qué otra cosa fue el Inductus o la Vestis Senatoria, sino camisa de Lex romana, camisa cesariana? De esa Roma inolvidable para el Pontificado Católico, tomarían los cristianos sus luengos hábitos monacales, ceñidos también sobre la carne. No con flores y sedas a la pagana, sino con cueros y cilicios. Y no de tela de blanCo lino fino, sino de áspera jerga y de buriel ascético. Por eso se llamó también vestís camisalis la túnica sacerdotal bajo el Alba para decir la Santa Misa. Y briol la camisa heroica del caballero bajo la loriga. Y aun en pleno siglo XV, para armarse caballero, era un rito tomar la camisa blanca de lino. Asimismo perduró su sentido religioso en las ofrendas de camisas a Nuestra Señora. Ejemplo: aquella de santa Radegunda. Y también en la Inquisición, tiznada de azufre y con diablos pintados para los herejes. Por lo que se le llamó sambenito a esa «camisa ardiente», que abrasaba al pecador envolviéndole en sus culpas y crepitando bajo el fuego de la hoguera. Desde el Renacimiento —precursor de la Reforma y del Enciclopedismo— la camisa deja de ser veste sacramental y litúrgica. Se la oculta, se la complica y se Ja abarroca. De ahí se originan en el siglo xvi los característicos trajes acuchillados.

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Tanto en los jubones como en las calzas. La camisa —abullonada— sólo aparecía como un alusivo oleaje cándido a través de las hendiduras del acuchillamiento que tenían las mangas por los hombros, los codos y bajo el justillo. En el siglo xvm , el bullón acuchillado se hace chaleco. Y a la camisa se le ponen chorreras de encajes (que aún perduran, atrofiadas, disminuidas, en la camisa dieciochesca de nuestros toreros). En el siglo xix la oculta cuanto puede con alzacuellos y con plastrones; nacien­ do la corbata como horca o dogal de la camisa. Y también ese siglo deforma la camisa en romántica y aparatosa coraza de almidón: para el frac. La Revolución rusa de 1917 —al plantear los derechos de las masas sobre el mundo europeo, burgués, capitalista y con cuello de pajarita— irrumpe con sus obreros y campesinos, con sus descamisados rojos. Ya que todos los descamisados en la Historia desde los pobres de Lyón con sus sayales, desde los camísardos hasta los sans culottes fueron siempre la señal de que los humildes, los en mangas de camisa, exigían su puesto en el poder y en el Estado. La camisa rusa era el vestigio bizantino de la endymata griega. Por ello la camisa rusa va por fuera, por encima de los pantalones, se ciñe con un cinturón. Y se abrocha lateralmente en el cuello como una túnica. Y sus bordados son bor­ dados geométricos y bizantinos, de túnica de azulejería oriental. La camisa bizantina era también la que perduraba y perdura en las tierras danu­ bianas y balcánicas. ¡Maravillosas camisas búlgaras y rumanas! Más bellas aún —por lo latinizadas— que la camisa eslava simple y brutal. Precisamente de esa camisa social humilde, operaría y campesina que quie­ re imponer Rusia para enrojecer las masas del mundo, toma Roma —la Roma de Mussolini— su punto de partida para poner el partido de la camisa en su punto, En su punto equilibrado. Justo. Exacto. Integrador. Camisa corporal y corporativa. Fascista. Y le asigna un sentido heroico, guerrero, noble: la camisa de los caballeros Arditi. De los legionarios. Negra como la muerte. Y a la par le asigna un sentido terruñero y operario: la negra camisa tradicional de los contadinos. Y la negra cami­ sa de los ferroviarios. Camisa negra—de la muerte, del pan y del trabajo—. Del pane o del ferro. Color católico por excelencia el negro. Color litúrgipo de la sotana. Camisa negra del sindicalismo nacional: del lavoro italiano. Para la guerra y para la paz. Para la fiesta y para la faena. Para el jerarca y para el gregario. Y esta ecuación genial de autoridad y de libertad —cifrada en la camisa— comienza a ser valedera para los otros pueblos. Y surge la camisa parda de Munich. Surge la camisa gamada del nacionalsocia­ lismo. Surge Hitler, significando ante el mundo germánico esta veste consagrada en Roma, con calor solar, con atracción de un clima dulce y ardiente, apasionado y justiciero, como era el aire clásico del Tiber. Donde surgiera César un día. Como ahora Hitler aparecía heredando la función del César —del Kesar, del Kaiser— tras el Rin. Y surgen otras camisas en el nuevo mundo fascista que la Historia abre. Y entre esas creaciones históricas aparece en España la camisa azul. La camisa de Falange.

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... Y recuerda a un magnifico poeta de quien confunde el nombre de pila. En las conversaciones y sugerencias que desde 1928 tenía yo con Ramiro Le­ desma Ramos —en aquellos orígenes románticos y proféticos de nuestro Movi­ miento— tratamos del color de la camisa en España. Ledesma Ramos quería adop­ tar la camisa negra. Cosa que me pareció inadecuada por lo mimétíco. Y, en efecto, dio una conferencia en el Ateneo de Madrid con camisa negra, aunque co­ rregida con una corbata roja. Por el otoño de 1931 se elevó en Orihuela un busto a Gabriel Miró, por ser su ciudad natal y en recuerdo de su muerte. Como todos los intelectuales republicanos andaban buscando enchufes, nadie de ellos quiso ir a conmemorar al poeta de las Figuras de la Pasión. Yo tenía un grupito de amigos —de fascistizantes— en aquel rincón levantino. Y me invitaron a hablar. Me presenté con camisa azul. Por cierto de algodón, abra­ sándome dentro de ella mientras imponía— ante un imponente jaleo que se a rm ó mis teorías antiliberales y antisociales. Formaba entre aquel grupito un malogrado muchacho, Ramón Sijé, que murió. Un magnífico poeta que acababa yo de descu­ brir en mi Robinsón Literario, José Hernández, pastor de Orihuela. A éste le pasó algo peor que malograrse. Descarriarse como uno de sus más tontos borregos, en brazos de Bergamín, en su venenosa Cruz y Raya, en el comunismo del Frente Popular. (Testigo aún viviente y superviviente de aquello es el abogado Galindo, que hace poco me escribió, huido de los rojos, desde algún sitio de la España nacional.) (ABC. Sevilla, 30/VII/37.)

Igualmente simbólica es la boina roja, «signo de nuestra españo­ lidad». Giménez Caballero distingue entre la boina por el color. oscura, azul o negra es la de Prieto, García Atadell, de Aguirre, «es sencillamente el color enemigo». Por ello «hay una urgencia vital en atornillar la boina roja sobre la cabeza de los españoles nacionales. Para poner sobre todas estas cabezas la ingenua y sublime tozudez de esa boina».

SÍMBOLOS DE UNIDAD la boina roja por E rnesto G im é n e z C aballero

Si la camisa azul debe ser el signo de nuestra Universalidad en este Movi­ miento, la boina roja: el de nuestra españolidad. La boina roja tiene una doble simbología hispánica: el símbolo de su forma y el de su color.

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La boina es un cubrecabezas milenario en España. Lo afirmo sin documentación alguna. Viendo el origen ibérico o celtibérico de su propio nombre. Viendo su contextura elemental: un pedazo de lana ceñido redondamente a la cabeza. Y con­ frontando—este formato— con los más históricos y arcaicos del mundo. El solideo eclesiástico —recuerdo del bíblico que aún portan los hebreos— es el antecedente litúrgico de la boina. Tiene aún más relaciones religiosas: la cogulla o capilla que se portaba en los primeros siglos cristianos para acompañar al humeral, fue sustituida por un cubrecabezas de cierta tela llamada «bonetum». De donde procedió el bonete o birrete, que fue en su origen una boina como las actuales d d Requeté. Ya que era roja: pues de ahí depende el nombre birrete, del griego «pyrros», color de fuego. (De donde vino: beret en francés, beretto en italiano y biret en alemán.) La primitiva boina roja o litúrgica, que era blanda, informe (tal que la actual), se fue transformando al modelo tripunteado o cuadripunteado de los actuales bi­ rretes, porque de quitársela y ponérsela en la cabeza, los dedos se quedaban seña­ lados, los dedos dejaban sus huellas punteadas, almenadas. Por lo que la Iglesia y la Universidad decidieron seguir la indicación de las huellas digitales y darlas rigidez solemne, formato de ceremonia: de cátedra. Pero la forma blanda, suave, avellutada, siguió en vigor durante toda la Edad Media para la juventud estudiantil. Y aun ha sido perpetuada hasta hoy en la vida universitaria de los diferentes pueblos. Alemania tiene su Plate Mutze, o su biret estudiantil. Es la boina que más se parece a la nuestra. Los franceses llevaban hace años la negra y amplia boina de terciopelo negro del romanticismo pictórico. Los universitarios ingleses usan una variante en su cap, que va acompañada de la toga llamada gown. Los italianos le dan una forma medieval, algo agondolada a su beretto. Así como los portugueses la trastruecan en un reflejo de ataúd, largo, tétrico. Durante el Renacimiento tomó dos modalidades bellísimas. Una, aquella car­ denalicia de que nos dejaron muestras los grandes pintores vaticanos. El caumaro de raso carmín para el verano, y con piel de armiño para el invierno. Otra modalidad mucho más nacional para nosotros fue la boina aterciopelada y con plumas que usó Don Juan Tenorio. Que usaron nuestros españoles im­ periales. Pero si la boina ha pervivido en el formato elemental con que a esta guerra bajó desde Navarra —y se le llama en el mundo béret' basque, Baskiche Mutze—■ es porque algún secreto originario de España va adherido a ella. Y ese secreto no es otro que el de su remotez celtibérica. El ser como la raíz de todos los cubreca­ bezas españoles·, la gorra más irredénta, independiente y agresiva de nuestra his­ toria. Prenda de guerra. Para la lluvia y el viento, para los soles y el polvo. Para ocultaría fácilmente. Prenda individualista —y a la par uniformal, sindical— como es nuestro ca-. rácter. Pues sabido es que aunque todas las boinas se parecen, todas son diferentes con su personalidad. Ya que tras ser bataneada, la boina sale mayor de como luego quedará al adaptarse en el sujeto que la porte. El cual conforma la boina a su ima­ gen y semejanza. Hasta el punto de que debería inventarse la boinomancia. Dime la boina que llevas y te diré quién eres. Es decir: si descuidado o atento, si lucha­ dor con la intemperie o visitador de casinos. Si un adán de sucio o un señorito de frontón y toros. Si miquelete, estudiante o pistolero con gabardina. La boina tiene mucha expresión. Deja hasta las huellas dactilares para investigar sobre ella.

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Desde luego tiene una autenticidad que jamás tendrá ningún gorrillo de cuartel, por muy chulo que se ladee sobre la oreja. Ahora bien: la boina negra (o azul oscuro) despierta para la España actual un recuerdo casi tan estremecedor como el del gorro cuartelero negro con ribete rojo que portó la Falange en estos primeros meses de confusión: el recuerdo del anar­ quista, del CNT, del socialista petulante y sádico. Es la boina de Prieto. Es la boina de García AtadelL Es la boina de Aguirre. Es sencillamente·, el color enemigo. Y cuando sobre la cabeza se llevan las cosas del enemigo, termina el enemigo por introducirnos sus consignas en la cabeza. Y vencernos. Ésa es una razón dogmá­ tica, inapelable e irrebatible para que tomemos de la boina su forma celtibérica y nacional tradicional. Sí. Pero nunca el color sombrío que le dio el socialismo ca­ pitalista, y el separatismo criminal, provocadores de esta guerra. Precisamente por eso hay otra urgencia vital en atornillar la boina roja sobre la cabeza de los españoles nacionales. Para imponer sobre todas estas cabezas la ingenua y sublime tozudez de esa boina. En la boina roja han sabido perdurar durante cien años unas pocas ideas. Cierto. Pero estas ideas eran: elementales, fundamentales y esenciales. Porque la camisa azul, por sí sola, tiene demasiados vuelos. A veces de once varas. Y detrás de una buena camisa puede encerrarse un mal bebedor de espa­ ñolidad. Ya que el color azul pudiera resultar más o menos reciente u oscuro. Y, hasta de noche, pardo como el :de-los gatos y el de los emboscados. La camisa es, sobre todo, juventud, sentimentalidad, lirismo, modernidad, actualidad. Moda. Mientras que las ideas de la boina roja —antiguas como la Historia de España— han estado contrastadas por cien años de persecución liberal implacable. No ha habido mayor persecución en la Falange que la tenaz y feroz de esas ideas que la boina roja defendía casi indefensa hasta la aparición de José Antonio y hasta la asunción de poder de ün Franco. Necesitamos hoy modificar el cráneo —la mentalidad·— de los españoles. Ese cráneo democratizado, liberalizado, afrancesado y europeizado por tres siglos de degeneración craneana. Y para modificar una cabeza, nada mejor que meterla en horma: en la horma noblemente tozuda, sublimemente fanática de la boina roja. Tanto más que la boina roja no tiene ningún localismo, no posee particularis­ mo alguno, no significa regionalismo de ninguna especie. Regional es la barretina; local, el sombrero calañés. Particular, la montera cas­ tellana; folklórico el pañuelo aragonés. Climático, el ancho cordobés. ¡Pero la boina roja! La boina roja no es de acá ni dé allá de España. Es: de la vera España, Es absolutamente nacional. Sólo que como lo nacional —durante estos últimos cien años— tuvo que refugiarse en las tierras de Navarra, ha sido Navarra el sagrado rincón depositario de ese tesoro patrio. Es decir,'toda la sangre vertida en nuestro país por Dios, por la Patria, por un Mundo único. Y, por lo tanto, por el Pan y por la Justicia. La boina roja la quisieron recabar para sí los liberales, los malditos. Boina roja llevó, es verdad, un cuerpo de voluntarios Isabelinos del siglo xix. Por lo que se les llamó chapelgorris y chapelchirris. Mientras, las fuerzas de don Cárlos lle­ vaban boina blanca. Pero el rojo de la boina roja no era Isabelino ni antisabelino: era el símbolo de la sangre vertida el dos de mayo por nuestros guerrilleros de la Independencia. El rojo de la boina roja representa la ira imperial y católica de España que estalló en revolución contra el francés ese dos de mayo: en una guerra civil in-

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mensa, popular, unánime. Cuando aquellos triunfadores de Napoleón —aquellos guerrilleros de nuestra independencia: los Zumalacárregui, Cabrera, Merino, Eró­ les, Quesada, el Trapense— viéronse traicionados y que la victoria se les escapaba, recogieron como santa reliquia toda la sangre derramada en los campos nacionales —de Bailén, Bruch, de Arapíles, de la Puerta del Sol, de Zaragoza— y se empa­ paron con ella la cabeza tiñendo sus boinas. ¡Ése fue el origen sagrado y nacional de la boina roja nuestra! Ése fue el origen nacional y sagrado de la primera guerra civil, la de siete años! Y cuando los guerrilleros de esta guerra de los siete años se vieron traiciona­ dos por el pacto de Vergara, en su ansia de hacer de España: Una, Grande y Libre, volvieron a empapar sus boinas de nueva sangre, de sangre sin vengar todavía, de sangre sedienta. Y esperaron a la segunda guerra civil. Y cuando esta segunda guerra civil fue también traicionada por el pacto de Sagunto tornaron a refrescar la añosa sangre tradicional en la recién vertida. Y tornaron a esperar hasta el 17 de julio de 1936. Por eso las boinas rojas que descendieron de Navarra al azul campo de Cas­ tilla —él 17 de julio de 1936— simbolizaban toda la cadena de nuestros nacio­ nales de un siglo; todá la Falange inmortal de los que murieron por Dios, por el Pan, por la Patria, por la Justicia y por un poder absoluto. Significaba esa boina roja el remansó sublime de la mejor sangre española que se iba a verter el 17 de julio de 1936 —totalitariamente— sobre él haz de espi­ gas y surcos de arado, sobre Castilla, reintegrándose à su entraña. Con lo que Castilla: España, pudo recuperar en la boina roja su propia esen­ cia, su propio símbolo, su propia sangre. Pudo recuperar su tradición más remota de cubrecabezas con aquel emblema ibérico. Recuperar el color de llama, de pentécostés sobre su mística cabeza. Recuperar la sangre imperial perdida —exangrada— que tres siglos de lucha contra los ene­ migos del genio católico y universal de Castilla la habían hecho perder. La boina roja —depositada en Navarra por cien años— era el mismo corazón hecho ascuas de España. Por eso la boina roja es —hoy— el símbolo mejor de nuestra españolidad. Al ondear desde ahora la boina roja sobre la testa de todo español que me­ rezca serlo debe saber que en ella se porta, con su flamear ardiente, la llama de la tradicional hispánica. ¡Y ay de aquel que confunda el fuero con el huevo y crea ser la boina un privilegio de Estatuto: una contraseña retrógrada! _¡Y ay de aquel que murmurase de la boina roja, y en vez de nacionalizarla quiera localizarla reaccionariamente, rencorosamente, separatistamente, con saña de Caín! < ¡Y ay de aquel que todo esto no comprenda! Porque ése ni será español ni será falangista. Porque ése, o será un borrego o será un miserable. Un tonto o un masón. Y si es un tonto, no necesita boina para una cabeza que no tiene. Y si es masón, tampoco, pues aunque tenga cabeza, es una cabeza que deberá desapare­ cer en el acto. LA FALANGE SÓLO GARANTIZARA TODA ESPAÑA EN CUANTO

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LOGRE INCORPORAR TODA LA TRADICIÓN NACIONAL. TODO EL GENIO DE NUESTRO PUEBLO. ¡Que esto no se olvide! Y el mejor modo de no olvidarlo —ante los ojos de Dios y del Mundo— es ponerse, con la boina roja, a España por montera. ¡Definitivamente sujeta a las sienes! Como una corona de sangre. De pueblo crucificado. Y al fin ¡resucitado! (ABC, Sevilla, 3/V III/37.)

Giménez Caballero también ve símbolos en otras cosas al parecer asépticas. Como en el acordeón, cuya música contrapone con la del órgano acusando de encanallar a las masas con él. «Oyendo el acor­ deón en la radio yo vi desde entonces todo el encanallamiento de los carruseles de verbena democrática y social entre polvo, churros, acei­ te, violencia, mareos, chulerías, aguardientes, campanillazos, socios de la UGT», y mientras llega el final de la guerra «yo os invito a que cuando alguien abra la radio y suene el acordeón, levantéis vuestra mano en saludo y conjuréis así el demonio... el que tenga oídos entenderá. Y el que no quiera entenderlo bajad sobre él vuestra mano y de un tortazo le hacéis cambiar de onda».

OYENDO EL ACORDEÓN EN LA «RADIO» por E rnesto G im é n e z C aballero

Oyeron el acordeón en la radio: parece que se oye toda el alma negra y triste del Frente Popular. Ya que ha hecho del acordeón su instrumento representativo. Oyendo el acordeón en la radio no se necesita conocer la onda y la estación. Se ve la bandera tricolor, que envuelve a su emisora. Lo que el puño cerrado, lo que la bandera roja, lo que la estrella de cinco puntas, lo que la Marsellesa y la internacional, eso significa ya hoy el acordeón cuando lo oímos por la radio. Sentimos escalofrío, terror y repugnancia oyendo el acordeón por la radio. El escalofrío de cuando, escondidos por Madrid, en las noches sin luces y con tiros, oíamos el acordeón, a toda onda, por los altavoces de las chekas. El terror de los asesinatos y las violaciones; del «Aquí E.A.J. 7, Unión Radio, Madrid», y a las brigadas del amanecer en coches apocalípticos, mientras el acordeón gangoseaba tangos por estancias vacías y sangrientas, por palacios saqueados, por calles de­ siertas y casas cerradas; por las colas de anochecido, ateridas de frío, de hambre y de esclavitud, esperando un pan que no llegaba nunca. Repulsión y asco sentimos oyendo el acordeón por la radio: porque adivinamos un mundo turbio, como su sonido; una masa imprecisa y viscosa, como sus no­ tas; un alma triste y negra, como su fuelle, Percibimos el olor a ajenjo, vodka, gasolina y humo de las calles del París ruso-judío. Olor a maquillaje y perfume de Grand Magazin, de cocota-espía, de miliciana elegante. Vemos, bajo las ondas

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del acordeón, enrolarse hombres ebrios de vino y de botín camino de Barcelona en camiones de rebaños, con una estrella roja sobre gorras de visera y un pistolón al ciato de cuero. Y faros que parpadean en la noche de espanto, y gritos de horror contra las tapias de los suburbios, y silencios infinitos y acres, mientras sigue sonando en la radio el acordeón. Hubo un tiempo en que el acordeón inspiraba elegías, nostalgias y poemas. El tiempo de los últimos románticos, de cuando Pío Baroja hacía el «Elogio del Acordeón». El tiempo en que las buenas almas humanitarias soñaban con un so­ cialismo manso de multitudes. En que los caballos del tiovivo, las ferias de los pueblos, los marineros sobre cubierta, los argentinos en los ranchos, tocaban el acordeón con promesas de felicidad social, popular, rousseauniana y melancólica. Sin sospechar nadie que tras aquella música lírica, gangosa, de falso órgano litúr­ gico, de mentirosa candidez, no había el alma de un pueblo ingenuo que se Uberaba, sino la mala entraña de una aurora roja: de la revolución. El acordeón fue el «órgano portátil e individual» que inventó el siglo pasado, el siglo laico, el siglo maldito, arrancándolo de las catedrales, de las parroquias, de las misas aldeanas. Antes de inventarse el acordeón, el pueblo, congregado en masa, oía el coral de los armonios religiosos, los acordes de aires sagrados, conducidos por la trom­ petería litúrgica de las iglesias en sus funciones solemnes. Y aquellas trompetas de aire que henchían acólitos con fuelles ocultos, clarineaban dulzuras de otro mundo mejor, prometían bienes de paz tras la muerte, sosiegos al alma pecadora, amor y exaltación a los corazones elegidos. Manos de dedos ascéticos y monacales, derramaban desde los altos coros catedralicios esas bienaventuranzas hechas música: hechas acorde, hechas concierto. Pero, cierto día un francés, Pinsonnat, tuvo la ocurrencia subversiva de indi­ vidualizar aquella poesía totalitaria y católica. Y como un Sileno diabólico inventó la nueva flauta panida: el odrecillo personal de música, la guimbarda de fuelle portátil, insuflado a soplos. Y luego, a manoseos. Luego, haciendo esos obscenos aprieta-y-encoge del acordeón en su fuelle. Entregándolo a marinos borrachos de crepúsculos y ginebra, de pipas y de opios, con puertos de prostitutas y kermeses de René Clair. Y chinos, puñaladas y olor a alquitrán. Y otro espíritu laico y mecánico concibió el transportar la fiesta pascual del órgano sagrado, instalando ese órgano en barracas de feria, en tiovivos de ver­ bena, en carruseles enloquecidos. Para criadas y oficinistas y plebe endomingada. Y niños cloróticos, nerviosos y precoces de ciudad. Y otro espíritu filarmonista y orquestal complicó la gangosidad del fuelle acordeónico inventando el bandoneón, de tango bonaerense, bajo las luces rojas, en climas de champán y parejas entrelazadas con pasos lentos de lascivia, calentu­ rientas de ritmos y de espasmos. Nuestra infancia y nuestra vida están envueltas de órgano de iglesias. ¡Oh, San Isidro en Madrid! ¡Y capilla de mi colegio! ¡Y pueblecito vasco! ¡Organistas amigos de mi niñez, cuando yo daba al fuelle con otros chicos y pasaba las hojas al músico sacristán, y la trompetería me parecía un ejército de ángeles

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artillados, y allá al fondo las velas y el incienso y la salmodia de los rezos! [Ór­ gano de mi primera Comunión en San Andrés! ¡Órgano de mi boda en la iglesia de San Sebastián! ¡Madrid de San Isidro y mi Colegio de San Andrés, y mi parroquia, mi Comunión y mi boda, piedras, cirios, cariños, músicas, oraciones, alegrías, y solemnidades mías de Madrid y de mi vida! ¿Dónde habéis ido? ¿Dónde? Sólo yo supe dónde fuisteis a parar, cuando mi vida tuvo que agazaparse como la de un perro para huir de una música sangrienta: la del acordeón, so­ nado en la radio. Oyendo el acordeón en la radio, yo videsde entonces todo el encanallamiento de los carruseles de verbena democrática y social, entre polvo, polvo, churros, aceite, violencia, mareos, chulerías, aguardientes, campanillazos, socios de la UGT, «pasen, señores, pasen»; vi el órgano lejano de mi infancia roto y hecho visco­ sidad obsesionante de tiovivo mezclado al tin-tin del organillo. Oyendo el acordeón en la radio desde las radios rojas yo veo ahora ya mari­ neros que se sublevan en el Potemkin y en Odessa, y en el Estrecho y en el Libertad... Y gorras de oficiales nadando vacías sobre las aguas y sangre sobre la espuma, y banderas desgarradas y grumetes con entorchados grotescos de almi­ rantes, y bestialidad. Y bestialidad. Oyendo el acordeón en la radio, desde esas estaciones tricolores del Frente Popular, yo veo toda la masa de los sin trabajo del mundo hecha tango. Yo veo todos los emigrantes y descentrados del mundo hechos melodía de arrabal y su­ burbana. Yo veo todas las lenguas babélicas e internacionales del mundo hechas lengüetas de acordeón. Yo veo toda la maldad insinuante del judaismo del mundo hecha gangosidad acordeónica. Yo veo todo el rencor proletario del mundo desen­ roscarse como una serpiente larga, negra, fofa, del vientre de ese instrumento. Yo sé, camaradas de trinchera española, que cada rojo atravesado por nuestras bayonetas es una música menos de acordeón en el mundo. Yo sé, combatientes de España, que cada palmo de terreno ganado al Frente Popular es rescatar una melodía encanallada y volverla a su lugar sagrado y reli­ gioso. (Los órganos de mañana tendrán por trompetería el metal fundido de nuestros cañones.) Yo sé, soldados de Franco, que llegará un día glorioso en que callarán acor­ deones y sonará sólo en himno triunfal el Te-Deum de la Victoria, vibrado y exaltado en todos los órganos católicos de España. Pero mientras llega ese día de redención, y no teniendo nuestras manos poder sacerdotal para conjurar con signum crucis la música diabólica y maldita, yo os invito a que cuando alguien abra la radio y suene el acordeón, levantéis vuestra mano en saludo y conjuréis así el demonio. Y todos entenderán. Todos entenderán, al ver alzada vuestra mano y oyendo el acordeón en la radio. El que tenga ojos, entenderá. El que tenga oídos, entenderá. Y el que no quiera entender bajad sobre él vuestra mano y de un tortazo le hacéis cambiar la onda. (ABC. Sevilla, ll/IX /3 8 .)

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Manuel de Montoliu, profesor catalán, hace declaración de fe a favor del nuevo orden político, el fascista, «que ha rechazado por anacrónica la antigua definición del pueblo como una suma de indi­ viduos con iguales derechos, como una masa inorgánica de voluntades llamadas a imponer por la brutalidad del principio de las mayorías la tiranía difusa, pero no por ello menos terrible y odiosa, de sus pretendidos representantes constituidos en oligarquías demagógicas». Contra estas teorías, el fascismo, según Montoliu, enarbola la idea del pueblo «como encarnación orgánica de la conciencia colectiva que da a conocer y consigue imponer sus aspiraciones a través de una jerarquía de hombres escogidos que culmina en el caudillo provi­ dencial».

LA DEMOCRACIA Y EL FASCISMO por M anuel d e M o n t o l iu

Las ideas que esgrime el Fascismo no sólo pueden ser comprendidas y apre­ ciadas en los artículos de su prensa, en los ensayos de sus revistas en los dis­ cursos de sus dirigentes y en los libros de sus intectuales. Es algo más elocuente, más positivo y más persuasivo que las letras de molde, que las vibraciones de la voz humana, que los estudios de los especialistas y que las teorías de los pensa­ dores, lo que presenta ante el mundo desde hace dieciséis años el Fascismo, como pieza de convicción ante la cual no cabe duda ni vacilación de ningún género respecto a su ideario y a sus, propósitos, respecto a sus base y a sus finalidades, respecto a sus métodos y a sus actitudes. El Fascismo, magno libro de los anales de sus definitivas victorias en el mundo de las realidades, tiene derecho a que sus doctrinas y sus actuaciones, tan claras y patentes en esta magnífica historia de los dieciséis afíos triunfales de su vida, no sean objeto de interpretaciones equivocadas ni de absurdas tergiversaciones, sólo posibles cuando en el estudio y en la crítica de las idealidades y realidades fascistas intervienen el odio y la mala fe de sus enemigos: Por estos motivos, no tiene perdón ni excusa la propaganda antifascista cuando con plena conciencia de que falta a la verdad, se esfuerza un día y otro día con una tenacidad digna de mejor causa en presentar el movimiento fascista como in­ trínsecamente enemigo del pueblo y como esencialmente antidemocrático. Ante tamaña calumnia, sólo cabe adoptar una actitud; la única digna: la del caballero que, acusado de ser mal padre, sin proferir palabra, lleva a su calumniador a su hogar y le pone en presencia de unos hijos dichosos, de una familia feliz y unida con los íntimos lazos de un amor perfecto. La identificación absoluta del pueblo italiano con su glorioso Duce que no se ha limitado a ser un conductor, sino que ha sido pata él un verdadero padre que lo ha educado para la alta misión que hoy ejerce en el mundo moderno, es la mejor respuesta a las malévolas recri­ minaciones de los encarnizado? enemigos del Fascismo. Es esta actitud paternal

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para con su pueblo la que le hizo pronunciar en un discurso esta frase que sólo a los espíritus miopes puede parecer expresión de puro orgullo personal: «Yo y el pueblo italiano somos una sola y misma cosa.» Muy traído y llevado ha sido, desde la instauración del Régimen Fascista en Italia, por sus detractores el concepto de democracia, aplicado a las condiciones políticas, económicas y sociales en que se desenvuelve la nueva Italia de Musso­ lini. Ha sido en nombre de la Democracia que se ha execrado por parte de estos detractores un régimen que, según ellos, hace de las ideas de autoridad, de orden y de disciplina instrumentos de opresión de las libertades individuales. Natural­ mente los que juzgan los movimientos renovadores de la vida de los pueblos modernos a la luz de los principios de la Revolución Francesa, están condenados a no poder llegar a la recta comprensión de un movimiento como el fascista que ha rechazado, por anacrónica, la antigua definición del Pueblo, como una suma de individuos con iguales derechos, como una masa inorgánica de voluntades lla­ madas a imponer por la brutalidad del principio de las mayorías la tiranía difusa, pero no por ello menos terrible y odiosa, de sus pretendidos representantes cons­ tituidos en oligarquías demagógicas, tan características del régimen parlamentario. Contra estas concepciones ya decrépitas, el Fascismo se ha erguido enarbolando el nuevo y justo concepto del pueblo, como encarnación orgánica de la conciencia colectiva que da a conocer y consigue imponer sus aspiraciones al través de una jerarquía de hombres escogidos, que culmina en el caudillo providencial, elevado por la misma masa popular a la suprema dignidad de la representación auténtica e insustituible de toda la vida de la nación. Este concepto orgánico de la demo­ cracia, limpio de liberalismo, de sufragio y de parlamentarismo, este concepto nuevo cuyos orígenes se hallan en la ideología política de la Europa medieval, tiene entablada en nuestros días una lucha a muerte con la democracia degenerada de las modernas escuelas liberales, fundada en los principios revolucionarios de 1789, en los que, según acertadamente declara Spengler, se encuentran ya en germen el anarquismo y el bolchevismo de nuestros días. No es preciso limitarse a la zona de los Estados que hoy viven bajo régimen autoritario para descubrir en el actual mundo civilizado la recta comprensión de la sana democracia instaurada por el Fascismo, una comprensión leal inspirada en un sentimiento de respeto y aun de franca simpatía. Son numerosos los hombres representativos de la vida política (por no hablar de tantas personalidades del mundo intelectual) en los países que viven aún bajo las formas novecentistas del régimen democrático, que, sin adoptar ninguna actitud de protesta ni tan sólo de disconformidad con las instituciones de sus respectivos países, sienten y expresan, cuando las circunstancias les invitan a hacerlo, una viva admiración hacia la fecun­ da novedad de la concepción fascista de la democracia. Hay un síntoma muy expresivo de esta voluntad de comprensión, esta actitud de respeto y de este sentimiento de simpatía frente a la democracia fascista, que guardan en la inti­ midad de su conciencia ciertos hombres de grart representación política, social e intelectual en los viejos países democráticos: el odio al comunismo. Tengamos presente que el comunismo actúa hoy en el mundo civilizado con la fuerza expansiva de una verdadera peste. Y es tan inmensa el área que alcanzan actualmente sus estragos que se hace difícil marcar las fronteras de su invasión. Después de haber devastado a Rusia, su foco principal, pasó a Alemania; abatióse después sobre la Europa central e irrumpió por un tiempo en Italia; más tarde dejó sentir sus efectos en África y en China. Actualmente se cierne sobre nuestra España y no tardaremos mucho a ver los efectos de su propagación en Francia.

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Como ha observado agudamente el escritor francés, Stephane Lauzanne, «los his­ toriadores futuros comprobarán con extrañeza que son los viejos países democrá­ ticos que no quieren admitir las dictaduras, los que no sienten repugnancia en aceptar el bolchevismo, que conduce directamente a la dictadura» y «su extrañeza subirá de punto cuando comprueben que en las democracias son los hombres de centro, reputados por ser los más razonables de los demócratas, los que han faci­ litado la propagación de la peste bolchevique». Entre las personalidades de los viejos países democráticos que podríamos citar entre otras muchas, cuyas convicciones profundamente anticomunistas les han llevado a esta actitud de comprensión y simpatía ante la admirable creación moderna de la Italia Fascista, queremos hoy señalar la noble figura del que fue presidente de la Confederación Helvética, José Motta, este admirable estadista que con tan exquisito tacto dirigía hace poco tiempo los destinos de aquel país situado en la dramática confluencia de las corrientes políticas y sociales más antagónicas de las naciones de Europa. No serán nunca olvidadas por todos los partidarios de las ideas salvadoras de Autoridad, Orden y Disciplina, las magní­ ficas palabras que José Motta pronunció en el acto de inauguración de la primera Asamblea de la Sociedad de Naciones que él tuvo el honor de presidir. Partidario convencido de la universalidad de la Sociedad de las Naciones, él tuvo el valor de oponerse, casi el único entre todos los asambleístas, a la admisión de la Rusia soviética. «El comunismo —dijo en aquella ocasión—, es en todos los terrenos —religioso, moral, político, social económico— la negación radical de todas las ideas que nos hacen vivir... El comunismo disuelve la familia, suprime la iniciativa individual, niega la propiedad privada, organiza el trabajo con sistemas que sería difícil distinguir de los trabajos forzados... El comunismo ruso, que aspira a es­ tablecerse por todo el globo, tiene como ideal la revolución mundial. Su misma naturaleza, su ímpetu revolucionario le impelen a la propaganda más allá de sus fronteras. Si el comunismo renuncia, reniega de sí mismo; si no renuncia, se con­ vierte en el enemigo de todos, porque a todos amenaza.» En un sugestivo artículo publicado por Giuseppe Zoppi, en uno de los últimos números de la «Nuova Antología» sobre una visita al presidente Motta, el autor recuerda a este propósito los significativos comentarios que la «Revue des deux Mondes» dedicaba recientemente a aquel memorable discurso: «Todos los que tuvieron el doloroso privilegio de asistir a aquella sesión, no podrán jamás olvidarla. En la actitud de este hombre que se veía solo contra la mayor parte de las naciones del mundo, había un no sé qué de cruel y de magní­ fico, que acaso no volverá jamás a repetirse. Era la voz de todas las más nobles tradiciones de orden, de lealtad, de respeto a la persona humana, sobre las que están construidos nuestros hogares y nuestras patrias, que lanzaba una última y vana llamada.» Esa llamada fue vana entonces. Pero es una gloria del presidente Motta haberla lanzado en nombre de la República Helvética, a Europa y al mundo entero. Este profundo anticomunismo del presidente Motta resulta también un ejem­ plo elocuente del valor sintomático de este sentimiento, que, como hemos indi­ cado, predispone al del respeto, admiración y simpatía hacia la gloriosa Italia de Mussolini. Así es, en efecto. Llevado por un sentimiento natural de raza y de cultura que le liga estrechamente con Italia —Motta es hijo de la Suiza italiana, y nacido en el cantón de Tessino—, sus sinceras simpatías hacia Italia se han manifestado de la manera más patente en diversas ocasiones. El amor a su región natal, tierra de raza, lengua y cultura italiana, es una prenda de amistad y una

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garantía de comprensión. Durante el conflicto italo-etiópico, estos sentimientos del egregio presidente le dictaron en Ginebra los argumentos preciosos para obtener que no se aplicaran sino parcialmente ïas famosas sanciones. Una vez proclamado el Imperio, él consiguió que Suiza lo reconociera, sin grandes dificultades, «de jure», «Si a la cabeza de todas las naciones hubiese hombres de la estatura inte­ lectual y moral del presidente Motta sería sin duda mucho más feliz el destino de los pueblos y más perfecto el orden del mundo.» La personalidad ilustre del presidente Motta es un elocuentísimo : ejemplo de cómo en los viejos países democráticos existen hombres rectos y sinceros que, sin necesidad de abjurar de los principios en que se basa la estructura de las respec­ tivas instituciones políticas, no se desdeñan en dar pruebas de su comprensión y de su simpatía hacia la novísima y formidable realidad de la nueva Italia creada por el genio de Mussolini. (Domingo, agosto 1938.)

Rafael Dayos lleva la idea de la Falange a América quejándose de la incomprensión de quienes ven en el saludo una «imitación fascista» cuando ya «veinte siglos atrás el Gran Conductor de todos, Duce, Führer y Cid de la Redención, Jesús de Nazareth, abría y levantaba la mano para saludar a sus hermanos en signo de amor».

La Falange en América FUEGO DE ENTUSIASMO P o r un I m p e r io d el E s p ír it u

por R a fa el D uyos

Desde que se inició el movimiento, el día 17 de julio de 1936, en el Ma­ rruecos español, los españoles de América alzaron su curiosidad por encima de sus ocupaciones habituales, deseosos de indagar lo que de verdad estaba ocurriendo del otro lado del mar. De la Falange, de la auténtica Falange, bien poco se sabía por estas latitudes. Algún telegrama en los últimos tiempos refiriendo lacónicamente las concentra­ ciones de la Falange de Sevilla y Valladolid... En total, nada que hubiera podido orientar a las colonias españolas, ya que, naturalmente, los servicios de Prensa y propaganda de las logias y cubiles de la República se guardaron mucho de facilitar detalles de lo que era y a lo que aspiraba Falange. Así, pues, los españoles de Ultramar desconocían en absoluto, desde el propio hombre de la Falange hasta su contenido doctrinal y mucho menos todo aquello de que va revestida la entraña y médula de la Falange y que constituye su estilo y SU gracia ritual. En principio, en todas partes, hubo que luchar (y se lucha todavía) contra el consabido sonsonete de la «imitación fascista» contra los que creen que el saludo de la mano abierta es un puro servilismo a nuestro glorioso amigo el Duce de Italia, cuando ya veinte siglos atrás, el Gran Conductor de

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Todos, Duce, Führer y Cid de la Redención, Jesús de Nazareth, abría y levantaba su mano para saludar a sus hermanos en signo de amor. El gran problema de los españoles, de América ha sido siempre el individua­ lismo, el deseo de dejar constancia personal de cuanto se realiza. No de otra forma se explica el afán de los pequeños «grupitos», cuya finalidad es idéntica y que, desde tiempo inmemorial, constituyen una legión de diminutas asociaciones que, pudiendo todas juntas constituir un brazo de fuerza gigantesca en la propia ciudad de Buenos Aires, diluidas así en proporciones mínimas, jamás traducen su esfuerzo particular en ese gran provecho que merecía recibir España. Así los naturales de Galicia, por cada aldea que tenga seis u ocho vecinos suyos habitantes en Buenos Aires, existe una Asociación con el título de dicha aldea, que funciona y vive independientemente de las restantes asociaciones. De la misma manera, en estos años del 36, 37 y 38, los españoles simpati­ zantes de la Causa de nuestro generalísimo y jefe nacional han pretendido, desde el primer momento, seguir los viejos hábitos de independencia característicos en la historia de nuestras colonias. Y por cada 20 españoles que se reúnen en un café, entusiastas todos de nuestra Causa, surge una Asociación benéfica o política (disfrazada de matices benéficos) que comienza a actuar, aisladamente, sin estilo ninguno, que pueda llevar en la forma de su propaganda las maneras de la Nueva España, al conocimiento de sus adheridos. Dé esa forma, las Falanges de América y más concretamente, las del Río de la Plata (Uruguay y Argentina) se han encontrado con la inmensa tarea a lo que hay que dedicar una parte del esfuerzo, de ir dando norma y forma a quienes siendo muy entusiastas, ni ellos mismos sabían o saben concretamente a qué se debe ese entusiasmo suyo. Gentes que se creen a pies juntillas, y en eso apoyan su entusiasmo, que la guerra se hace para restaurar tal o cual dinastía. Españoles de buena fe que, desde esta lejanía geográfica ayudan a España creyendo firmemente que la Revo­ lución y el Movimiento lo hacen solamente las derechas absolutamente en contra de las izquierdas y esperan que sea, una vez terminada la guerra, presidente del Consejo de Ministros, que organice la paz, algún viejo político. En fin, poco a poco y con una paciencia, esta vez sí digna de la Gran Causa que defendemos, las Falanges van dando todo y adoctrinando a quienes, como decía JOSÉ ANTONIO, tenía el hábito de mirar tuerto, con un solo ojo y ahora ya, a fuerza de propaganda escrita y oral, a fuerza de ser infatigables hasta en el diálogo, los «entusiastas» van encuadrando su entusiasmo en los hábitos de la Falange, comprendiendo que no se trata de volver a 1930, sino que el salto atrás en lo que atañe a la tradición nos lleva a una mayor distancia en el tiempo de nuestros orígenes y nuestros afanes y que el yugo y las flechas no son como creían muchos por aquí una insignia inventada por los «locos» de la Falange, sino que el emblema nacional con el que cayeron, llevándolos bordado en el pecho, Matías Montero y Enrique Ribes (primeros caídos de España y de la Argentina) iba ya bordado en los pendones de Isabel y Fernando cuando en la mañana del 12 de octubre Cristóbal Colón puso el pie en las Indias. Millares y millares de hojas con los 26 puntos del programa han sido y son repartidas constantemente por todo el vasto territorio de la Argentina. De todo este caminar «educando» a los que tienen hambre de saber conocen mucho o han vivido, nuestros camaradas Eugenio Montes y Joaquín Calvo Sotelo, ya de regreso en España después de haber logrado a estas repúblicas del Sur, llevando con nosotros la voz de la Falange por todas las rutas del interior.

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No se olvidará Joaquín Calvo Sotelo de aquella mañana criolla; en que fuimos, en pequeña caravana, a fundar la Falange de Chascomús (pueblecito de la pro­ vincia de Buenos Aires); en el que un grupo de españoles permanecían agrupados hasta la fecha de entonces, en lo que se ha llamado Junta Nacional, con objeto de dar desde el primer momento, algún nombre a lo que, más tarde, irremisible­ mente tiene que constituirse con el auténtico ropaje y sustancia españolas, en una Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. Llegamos a Chascomús y exceptuando uno o dos compatriotas que por su última visita a Buenos Aires se había iniciado ya conviviendo con la Falange en sus maneras y en su doctrina, el resto constituía esto que yo llamaba anteriormente el grupo de entusiastas que, por falta de propaganda verídica sólo tenía del Mo­ vimiento español una idea vaga y, en general, casi en su totalidad, la sensación y la creencia de que éramos las derechas con una tajante separación de las iz­ quierdas y que esto de la Falange Española, por muy Tradicionalista y muy de las JONS que la quisiéramos llamar era una cosa que tanto en España como en América, al terminarse la guerra daría paso a los antiguos políticos de la derecha, que crearían así el paraíso para la mitad de los españoles (naturalmente la mitad derechas). De aquella mañana de Chascomús, como de otros muchos actos que hemos realizado juntos y a los que fue sólo como delegado de la Jefatura Regional en misión de propaganda el camarada Calvo Sotelo, nos queda ese sabor magnífico de haber iniciado a unos españoles desorientados y ese agradable descanso de conciencia de haber dejado la luz de la verdad iluminando el alma de tantos y tantos compatriotas que, alejados en tiempo y distancia de la Madre España, tienen derecho a conocer a fondo los impulsos íntimos del Movimiento. Nacionalsindicalistas tienen que ser las palabras de los que llegan por los caminos más apartados y lejanos a traer la verdad de España. Nacionalsindicalistas serán las banderas que iremos plantando para los españoles, en todos los confines argen­ tinos. Así, con su sabor azul, impregnadas de nuestra mística, quedaron en los teatros de Montevideo, de Rosario, de Santa Fe y de Buenos Aires, las dos con­ ferencias (biografías) de Joaquín Calvo Sotelo, sobre «JOSÉ CALVO SOTELO» y «JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA». Porque traían a los auditorios el auténtico sentido de la España Nueva, el brío de una juventud juramentada en un empeño de primaveras, que han de ser perpetuas. Y así, se ha ido y se va corrigiendo en los españoles de la Argentina, por obra y gracia de la Falange, ese sentido exclusivamente y difusamente nacionalista, rótulo de buenas voluntades que traían eso, buena voluntad, pero que había que encauzar en las rutas luminosas y rectas de la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. La Falange, en todas partes lanzando voces de unidad, laborando por terminar de una vez para siempre con el afán y el vicio viejo de los esfuerzos disgregados... La Falange, pregona orgullosa las palabras del Caudillo, lanzando, a los cuatro vientos de América, millones y millones de octavillas con el «FUERO DEL TRA­ BAJO» que trae a todos la alegría de ser españoles. La Falange, haciendo y corri­ giendo entusiasmos con la mano abierta de amor por Dios, por España y por su Revolución Nacionalsindicaüsta. (Arriba España, ll/IX /3 8 .)

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La idea general de los escritores de la España de Franco «lucha­ mos por el Occidente» encuentra de vez en cuando una excepción como la de Rafael Garcia Serrano que sospecha en el adjetivo «occi­ dental» influjos extranjeros especialmente franceses... «la sociedad de naciones, los países de bombín y los versos-de abanico. Lo caduco, lo enfermo, lo cursi». «Lo nuestro, lo universal, es esto de las ju­ ventudes en camisa: enteros y soberbios».

DIALOGO SOBRE EL 6 DOBLE por R a f a e l G arcía Serran o

Así estaban los cuatro de Infantería: rodeando la mesa, las cabezas erguidas y las manos jugando a deshacer el dominó que pidieron para no jugar, Pasaba la calle por su lado, sin rumor, apagada y absorta, callándoles los secretos que quería contarles porque aquella tarde se marchaban los cuatro para el frente. Dentro del café un aire espeso, como agua vieja de pecera, daba un curioso aspecto a las tertulias, unidas en la charla y en el manoteo, mientras los cuatro de Infan­ tería conversaban su silencio. No eran como los infantes aquellos de la del catorce y más bien tenían un parecido a los dioses antiguos. Para qué vamos a decir que eran cuatro cruzados: es preferible dejarlos en lo que son: en cuatro maravi­ llosos dioses de uniforme. El más moreno de los cuatro dioses se asombró de sorprenderse con el seis doble en la mano: le parecía ilógico, cuando en unas horas iban a ser el barro frío y el riesgo sus compañeros y se angustiaba de tener la civilización occidental en la palma de la mano. Y lo cantó en alta voz a los tres camaradas que se dejaron escapar el silencio y volvieron a vivir las tres cabezas, mirando con ojos de perla al que habló, todavía el seis doble en la mano. Y en esta situación de punto final comenzó la conversación. Porque los cuatro de In­ fantería, que eran cuatro de la Falange, al modo de .la Falange, sólo acertaban en el hablar y en el obrar cuando las situaciones parecían de punto final: sin solución de violencia ni diálogo. — ¿Y es que el seis doble es la civilización occidental? Entonces ¿por qué peleas? —Bah. Mira, el seis doble es pesado y europeo. Totalmente occidental; es blanco y negro y agujerea lo blanco doce veces, con círculos negros. No se decide a ningún color: por eso, si del dominó hacemos símbolo, yo peleo por el blanco doble, que es alegre y es definido: una especie de fanático del color. Lo contrario de ese pasado seis que marca en las manos y en el alma el reciente pasado de España: el arte política manejada por los cafés, queriendo europeizarnos. Que ya sabéis a Europa palabra extraña a los oídos de España, «bárbara, alógena» y que cuando nos suena cerca es para mal de la Patria. Nosotros ¿no os parece? nos batimos por algo superior a la civilización occidental. Más ecuménico. Si que réis lo llamaremos civilización occidental, ya que a mí no me molesta el nombre, sino lo que la mayoría de las gentes contrabandea en tal denominativo. Ya a

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bueno que de vez en cuando abramos el equipaje que trae cada palabra y la miremos hasta la intimidad, para conocerla bien y que no se nos pase a nosotros mismos, por la buena fe, una nostalgia, de aquellas espesas que repudió JOSÉ ANTONIO. Y yo no me fío de este equipaje: occidental. No me gusta el aire que lo envuelve: adivino muchas etiquetas de Francia de España. Vamos a hablar de la civilización que nosotros daremos al mundo. Tarea que no puede asustarnos; ya antes lo hicimos con la naturalidad del que realmente hace cosas superiores. La civilización occidental murió cualquier atardecer de otoño; pero murió de in­ cógnito. Y ésa es la razón de que usemos el vocablo en un sentido que no le corresponde. Civilización occidental son los leones del Congreso, las votaciones se­ cretas, las monarquías liberales, los tanques de agua, el sufragio universal y las democracias, la sociedad de. naciones, los países de bombín y los versos de aba­ nico. Lo caduco, lo enfermo y lo cursi. Lo nuestro, lo universal, es esto de las juventudes en camisa: enteros y sober­ bios. Casi sin saber nada, pero con un fin perfectamente determinado. Y como el seis doble me está diciendo todo esto, he aquí por qué yo no peleo por la civi­ lización occidental. Ni vosotros tampoco. Así dijo y los tres de Infantería le afirmaron con la cabeza. (Arriba España, 13/XI/38.)

Martin Almagro también tiene sus dudas ante la palabra Occi­ dente tal y como se ba empleado hasta ahora. Para él significa por encima de todo la enemiga de Roma, que no quiere llamarse cris­ tiana y que busca un camino por la economía y no por el espíritu. Por eso va perdiendo fuerzas y llega la hora de España despreciada antes por los rubios del norte. «Su decadencia... es la prueba y argu­ mento de nuestros valores eternos. Salamanca debe aspirar de nuexo a ser definidora otra vez de aquellas normas ya olvidadas en los viejos libros de su biblioteca imperial. Normas que sus piedras pro­ claman y a cuya voz España deberá resucitar para ser otra vez como en Trento columna y ambicioso sostén espiritual del orbe.»

OCCIDENTE Y CRISTIANDAD por M a r tín A lm agro

Pero exploremos más lejos qué es eso de «Occidente», qué es eso de «Cultura Occidental» ya proclamadas en decadencia. Vamos a ver si nos vale las gentes hispanas de todos los continentes. Cultura Occidental en un primer análisis viene à representar los valores espi­ rituales de esos pueblos convertidos al cristianismo y al servicio de un saber clásico. Pero los «Occidentales puros», los que así se definen, e inventaron el término, eran los que desde Lutero acá se fueron separando de Roma. Para ellos su herejía era la separación de la cultura que en comunidad vivimos hasta el

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siglo XVI. Y a la intelectualidad que atrancó del libre examen, debemos la in­ vención de ese término «occidental» que es la palabra encubridora de lo «heré­ tico». Hallamos hoy con la palabra Occidente, que es nueva en su aplicación para sustantivar nuestra civilización, nuestra manera propia de ser, de concebir la vida. La ha consagrado Oswald Spengler, cuando al romper con la idea de «Historia Universal» que Hegel construyera ha elaborado la suya aplicando el concepto vitalista de Cultura creado por la etnología y la Etnografía, «las culturas son organismos. La Historia Universal su biografía». Decadencia de Occidente (pág. 166, vol. I). Él forja y consagra entonces definitivamente la idea de «Cultura occi­ dental» y con su obra y pensamiento se divulga este término y concepto por España. Mas la esencia de una cultura, de un organismo, jamás puede ser un accidente geográfico. Sólo Spenglèr y otros intelectuales extranjeros, sobre todo los de la Ale­ mania protestante y de la Inglaterra anglicana, la llaman por el lugar donde se elabora pçr no llamarla cristiana, a pesar de que no pueden negar que el cristia­ nismo es lo peculiar y esencial de ella. Cultura cristiana que los hombres de Europa occidental elaboramos, pero de acuerdo con Roma y desde allí dirigidos, y no desde el 900 como Spengler quiere, sino desde que Roma enseña sus doctri­ nas católicas, con las que las almas creyentes forjan este «fáustico» afán de infinito, de elevación, de-superación carnal. Por eso sobre una cultura clásica en ruinas con unos hombres del Norte salvaje, el cristianismo levanta las catedrales góticas y con los mismos afanes de servir a Dios, las velas de Portugal y España en los siglos XV y XVI ensancharon el mundo, con permiso y misión del Papa, Obispo católico, Pastor de todos los hombres. Pero la herejía que Lutero levanta rompe la distancia y la jerarquía, quebranta el Orden y la Fe. Zwinglio sostiene que es lícito no obedecer al Emperador aliado y brazo del Papa. Así Luis de Nassau y los Príncipes rebeldes alemanes le protege­ rán y crearán la universidad de Marbursgo, primera universidad herética donde la Teología protestante fundamenta la rebeldía contra la unión que el catolicismo del Sacro Romano Imperio representa. Hugo Grocio dirá que el mar es libre para el bien y para el mal. Así Inglaterra ,y Holanda podrán piratear legalmente y robar tierras y estorbar la misión elevada de salvar y unir las almas de todos los hombres que el Papa dejara en manos de Portugal y España. Descartes empezará su filosofía con su axioma «pienso luego existo» y la exis­ tencia carnal se empezará a explicar sin creencias ni* Fe, al margen de toda Teolo­ gía: racionalistamente. Y el infinito y lo que la razón sólo entrevé lo quiere medir y sujetar en su Geometría. Las coordenadas cartesianas enseñan a conocer y ana­ lizar el espacio infinito. Para vivir con la razón que ha de ir averiguando y expli­ cando la verdad la fe es un estorbo. Sólo Pascal se salva. Descartes, Fermat, Desor­ ges hasta Leibniz sólo con la videncia matemática sueñan alimentar las almas. Kant será en ese camino un peldaño más. Corpérnico, Galileo y luego Newton ana­ lizarán y explicarán el universo sin dogmas. Lessing escribirá en Nathan el Sabio en el que sólo importan los caminos de la sabiduría, no la verdad misma, la verdad absoluta y permanente. En Manon Lescaut, el abate Prévost crea un tipo de amor ideal frente a fórmulas sociales o morales. Después Rousseau y Smith, el uno en lo político, el otro en lo económico, anarquizaron las fórmulas y relaciones esta­ tales. Sus enseñanzas prácticas se llamarán Revolución inglesa, y Revolución fran­ cesa. Y sólo este fenómeno rompió el ritmo de la vida de Kant, el solitario de Koenisberg cuyos paseos siempre puntuales eran reloj de sus conciudadanos; sólo aquel día en que en París ardió el orden de Europa y nos quedamos sin paz por

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mucho tiempo, se alegraron las almas de Kant y Goethe. Pero este último ya en 1848 se negó a oír las noticias del alzamiento de París y pidió se le hablara sobre ciertos resultados científicos que el mismo correo le traía. Anécdotas son éstas que enseñan tanto que no deben olvidarse. Mas por este camino racionalista aprendían los hombres con su afán de expli­ carse el mundo y asimismo Dios no suena en sus pensamientos y su falta la querrán llenar con ciencia que averigua las causas y leyes sin fin. D’Alembert excla­ mará incrédulo y petulante, cuando el espíritu, por naturaleza creyente, le pre­ gunta eso que el hombre jamás aprenderá con su sabiduría limitada: «Allez en avant et la foi vous viendra.» Esto denuncia ese ambicioso anhelo de «seguir aprendiendo más y más», esperando que la Ciencia llegará a decírnoslo todo. Ella ha de convencer a los hombres que Dios es la explicación de lo que no se sabe pero que se sabrá. Dios es para ellos un concepto torpe propio de inteligencias limi­ tadas. Por aquel mundo de números y de razón al lado y a la vez que el cálculo infinitesimal, Bach, Gluck, Haydn, Mozart, harán con sonidos, explicaciones altas de lo que el hombre busca por los caminos sin luz. Ciego. Triste. A dos pasos surge luego la desesperación romántica. Más tarde Hegel. Y el «Sorge», la angustia, de Heideger amenazante y negativa. Y a lo largo de estos siglos de herejía la incertidumbre y el desaliento nos llenan hoy el alma. Y revolución tras revolución se precipita la ruina de la sociedad toda. Primero, perdida la fe católica, se niega al Papa y al Emperador. Después caerán las Monarquías. La revolución anárquica se precipita pronto y en el siglo xix se deshacen todas las bases de convivencia posi­ ble de los hombres. Todo se barrena y se hunde. Y eso era lo occidental. «Don Quijote, Werther, Julian Sorel son retratos de una época. Fausto es el retrato de toda una cultura.» Este juicio de Spengler nos retra­ ta el significado de lo «occidental» auténticamente. Pero Fausto no es el represen­ tante de toda la cultura occidental cristiana, que hizo el gótico y obedeció al Papa y al Imperio. Es el retrato del hereje del Norte que vendió su alma al diablo por saber un poco más de ciencia que para nada sirve. Pues hoy bien lo sabemos y también sabemos y vemos que Fausto y su época pasarán y el cristianismo seguirá a través de los siglos «per in saecula saeculorum» glorificando nuevas épocas, supe­ rando futuras negaciones y crisis. Y será lo cristiano lo que faje y sostenga y sus­ tancie a Europa. A eso que Europa es, no a lo que quedó herético, separado y perdido y hoy qiieda fracasado y sin guía. Esa herejía luterana, «fáustica», ansiosa y trágica que ahoga a los pueblos y hombres que la siguen y que de golpe en golpe, metafísicamente, va de Descartes a Leibniz, y de allí a Kant y a Hegel y termina en Scheler y en Heideger, esa postura intelectual se muere y hay que ente­ rrarla como cosa pasada, que sólo nos sirvió para llevar almas a la tragedia an­ gustiosa y para dejar los pueblos sin jefes y sin rutas. Desesperados. Solos. Cuando el desaliento y el fracaso surgen ha nacido esa voz «occidental» defini­ dora hoy y que, a pesar de carecer de sustancia, gana tantas plumas aquí en España también. Un poco contracorriente queremos mostrar que todos los representantes más esenciales de ese «occidentalismo» eran rubios personajes con ideas que se apartan de la esencia cristiana de nuestra civilización y para los cuales, la cultura necesitaba fundamentarse en una sublevación contra Roma. Aunque enemigos de cuanto Roma fundamenta y vale se servirán de ella como meridiano para que los defina adjetivamente. Mas no se olvide que esta posición de odio, disgregadora, es realmente lo que en sustancia los caracteriza. Tal vez en lugar de llamarse repre­ sentantes de «occidente» de Roma, se podían haber llamado representantes de la «herejía» de Roma. «Cultura de la Herejía», «decadencia de- la herejía» así ha­

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bremos de definir nosotros a este movimiento y postura de Europa, cuando la estu­ diemos y analicemos por amor y perdón. Recordando los huesos que tenemos deja­ dos por todo el universo defendiendo y ensanchando a la Cristiandad, procurando salvar a la civilización de esa decadencia de Occidente, que ahora se ve, y se define y se proclama, pero que todavía no se quiere conocer del todo. Conforme no sé querrá revalorizar aquel esfuerzo de España en el cual nos agotamos por evitar el mal que ahora siente el mundo dividido en ruina y peligrosamente amenazado. Hasta el siglo xvi, Europa, en mantillas pero creyente, se defendió de sus peli­ gros, se salvó y se elevó. Pero un buen día creyó que podía cada cual anarquizarse y protestar, y examinar libremente lo divino y lo humano, y obrar en egoísta con­ secuencia; así la herejía trajo la división de la Cristiandad. Ya no habrá paz ni control moral alguno. Se pactará con el infiel para matar al hermano. Para el' lucro y el robo se admitirá la libertad de mares y comercio; y a eso se llamará progreso y la civilización con esa bandera; holandeses e ingleses se enriquecieron destruyen­ do razas humanas a las que no pensarán jamás en civilizar ni en salvarlas. Ellos llamarán a España retrógrada y atrasada porque creía en el orden universal, eterno. Por ellos los teólogos de Salamanca se olvidan y desprecian. Sus ideas sin embar­ go son orden permanente y eterno contra el libertinaje de acción que sostendrán Grocio, Spencer y Smith. Por el mismo camino, Carlos Marx predicará y organi­ zará su fin. Porque para la cultura «occidental», «fáustica», «herética», el móvil es lo económico. Los valores espirituales son producto y no esencia de la vida. Y así seguiremos cada día avanzando más hacia la destrucción pasando, hombres, y tie­ rras, y Estados, a poder de los Bancos, hijos del interés crematístico y de la falta de conciencia. El materialismo más inhumano regirá a los hombres. El dinero es el dinero. Y la saña envidiosa y el odio. Y el dinero es la negación de la moral. No tiene corazón ni sentimientos, sólo tiene un color y un peso. Es un metal. Y el dinero moverá el «Occidente». Él acabará con aristocracias y jerarquías que no le dejan moverse con toda libertad y que, según el nuevo enjuiciar, nada valen, en cuanto nada cuentan. Acabará con los reyes que se oponen a él. El dinero, la banca, dirigirá la Revolución de Inglaterra y luego en Francia contra la Monarquía, que le estorba. Luego caerán las demás de Europa. Las jerarquías firmes le molestan y las aparta. Y él inventa eso del internacionalismo. Ni Patria ni fronteras, que son trabas a su goce y disftute, y a la marcha de su reinado materialista y vil. Antes que Marx dijera «proletarios de todo el mundo unios», ya el dinero, el banquero, no creía en la Patria y hasta le molestaba esa base social que nace de vivir sobre un suelo al lado de la madre." Hasta que un buen día esos pueblos gobernados por la cuestión económica, resulta que con oro y acciones de empresas explotadoras ya no pueden vivir. Y el enemigo a la puerta los amenaza y no pueden defenderse. Y los males internos que ellos han creado les roen las entrañas. Y proclaman su decadencia. Y anhelan una jerarquía y un orden y un Estado y principios superiores que los regulen. Es llegada la hora, que la cadena rota por el hereje primero y luego liberal y por último marxista y bolchevique se suelde con nueva unión y fuerza y que se defina el mal y lo delimitemos claramente. En Europa suenan las mismas voces de espíritu y honor que se enterraron en Westfalia donde, ante la España vencida, la herejía triunfó. Allí se rompió definiti­ vamente la solidaridad de los Estados, que se personalizan, se individualizan y pro­ claman su total libertad de actuación. Todo parece decir que de nuevo llega la hora de España. Españoles alerta contra los contrabandistas del espíritu. Tranqui­ lidad y valor. Cuando el Imperio que se había negado por la herejía se entierra

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para siempre, y el lazo de Roma, cuna de là Cristiandad, se rompe y ni Papa ni Emperador regulan el mal o el buen camino de los hombres en cristiana herman­ dad unidos, la cristiandad perdió su sentido y de su caída surgió una Europa rota y descreída que para tomar conciencia de su nueva manera de existir, al verse vencida pero todavía incrédula y orgullosa viene a denominarse «Occidente». Su decadencia, con todo lo que su espíritu ha pensado, que hoy resulta negador e inservible, es la prueba y argumento de nuestros valores eternos. Salamanca debe aspirar de nuevo a ser definidora otra vez de aquellas normas ya olvidadas en los viejos libros de su biblioteca imperial. Normas que sus piedras proclaman y a cuya voz España deberá resucitar para ser otra vez, como en Trento, columna y ambicioso sostén espiritual del orbe. (Domingo, 20/VI/38.) .

Hoyos y Vinent pide para el futuro republicano un Ejército nuevo, sin «viejos pretorianismos» y una comprensión humana ante la vida ajena siguiendo las palabras moderadas de Prieto y Domingo.

EL EJÉRCITO POR ESPAÑA Y PARA ESPAÑA por A n t o n io d e H oy o s y V in en t

En la absurda catástrofe provocada por las intemperancias y torpezas de los unos, afrontada por el ardor entusiasta de los otros, diríase a punto de zozobrar algo tan español, tan arraigadamente nuestro, como el Ejército. Y por eso, los que llenos de fervores asistimos al drama, es preciso que deduzcamos la moral de los hechos y lo digamos honradamente. El Ejército no muere ni puede morir porque es España, es su arma, su garantía y su defensa. Lo que muere, víctima de abusos y torpezas que han provocado la reacción del pueblo, es el pretorianismo. ¡Los pronunciamientos, los golpes de suerte de un general, los triunfos emanados de la complicidad de los unos y la cobardía de los otros, eso sí acabó. En mi vida, hasta ahora no muy larga, pero sí muy intensa, he presenciado un ciclo de la Historia del Ejército español con sus sacrificios prodigiosos, sus intran­ sigencias crueles, su valor a prueba y su inútil ofrenda de sangre. He asistido a los días absurdos en que bastaban «seis mil reales» para librarse de servir a la Patria, en que filántropos (!) creaban, como Amboage, una institu­ ción para librar de quintas a sus paisanos. Luego, he visto algo que debió repre­ sentar un paso para la dignificación de la milicia y no lo representó: el servicio obligatorio y la creación de los cuotas, creación que pudo ser principio de frater­ nidad, comunión de angustias y fatigas en que el dinero de los que lo tenían dul­ cificase la vida de todos, en que se estableciesen corrientes de noble y leal camara­ dería donde unos aprendiesen el sentido humano de los otros; los ricos, el valor del dolor y sacrificio de los pobres. No fue así; sólo aprovechó para una necia exhibición de la fortuna de unos señoritos que después de un rato de cuartel partían

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en el automóvil que les esperaba en la esquina, mientras se exacerbaba y agriaba el odio de los otros, agigantándose un a modo de incompatibilidad, agravándose sin límites el abismo existente. Esto no quiere decir que los unos fuesen cobardes o egoístas, ni los otros dís­ colos o envidiosos, sino que nunca llegaban a conocerse. Alguna vez, como en las guerras africanas, los cuotas, valientes, abnegados, patriotas, lo daban todo, hasta su sangre, valerosamente porque entonces la idea de Patria podía más que nada; pero lo malo era en las delicias de la paz, en que la incompatibilidad surgía pujante. Al primer período, a que asistí, mis ojos de niño muy abiertos, pertenece la trágica epopeya dolorosa de las guerras -coloniales, la pérdida de Cuba y Filipinas. Al segundo, el más reciente, el desastre de África. Dolorosísimos los dos; fue más cruel el primero, en que pasaron años y años, durante los cuales unos pobres muchachos, la flor de la juventud española, partie­ ron hacinados en viejos barcuchos inservibles, sin más consuelo que las notas de la Marcha de Cádiz, ni más abrigos que los uniformes de rayadillo y unas mantas ¿raídas; para volver, meses déspués (los que volvían y no quedaban en los campos de la Manigua, o muertos, trazando una estela de cadáveres tras el barco a que seguían los tiburones), tiritando de frío, roídos de horrendos males, con la natu­ raleza minada y el alma entristecida. Del segundo quedan páginas prodigiosas de hombres de extraordinario talento, como Imán, de Ramón J. Sender, que vivió la catástrofe; en ellas ya no late la inercia Casi animal de los días antillanos, sino una rebeldía consciente y dolorosa que trata en esfuerzo de humana solidaridad de repetir hechos así. Y, al pensar todo esto, pienso que no significa antimilitarismo, sino la razón del verdadero sentido militar de las naciones modernas. El Ejército ha de ser el arma con que nos defendamos, la garantía de la libertad y bienestar de nuestra Patria, una escuela admirable de educación y disciplina, hasta un sentido de jerar­ quías inspirado en la inteligencia, el valor, el esfuerzo, eliminando lo que podría­ mos mirar como ley de castas. Un pueblo entero ha de ser conjunto armónico de valores que formen un todo armónico: el bienestar general. Claro que para que en tales condiciones el Ejército llene plenamente su misión es necesario que la milicia deje de ser un sacrificio, una prueba dolorosa para unos, para otros, fuente de superioridad. Un servicio breve, intenso, aprovechado, origen de una solidaridad que debe existir toda la vida. Una instrucción perfecta, en que si unos ponen la ciencia aprendida, los otros deben poner su máxima voluntad de atención, y lo primero es un gran ideal común, luchar todos por la grandeza de su país, «que es además la garantía de su propia grandeza», de nuestra libertad y personalidad. Ahora, las huestes populares supieron poher un raro entusiasmo, un calor de fe, y a la fuerza han de haber aprendido que la vida militar no es un sacrificio, sino algo generoso y grande; no la defensa del capricho o conveniencia de un jefe, sino de la grandeza patria, que es tu libertad. Y todas estas enseñanzas que de estos días se han deducido deben aprovecharse en ía transformación inevitable de nuestro Ejército. Nada de viejos pretorianismos; un Ejército fuerte, disciplinado y consciente en que todos sean hombres, ninguno carne de cañón. (Ahora, 24/VII/36.)

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LA VIDA COMIENZA MAÑANA por A n t o n io d e H oyos y V in e n t



No sé si mafiana o pasado, en fin, un día de éstos, la vida española comienza de nuevo. Debe empezar con pujante plenitud, sin odios, sin rencores, sin res­ quemores ni desconfianzas, llena, serena, fuerte y luminosa. No hay que vivir con los ojos puestos en el ayer, sino recordar siempre el mito de la mujer de Lot, pensar que es imposible galvanizar la marcha mirando atrás, y que, con los ojos vueltos al pasado, acaba uno por quedar petrificado siempre; tampoco cabe fingir ensueños portentosos en las brumas del mañana, pues se corre el riesgo de que las maravillas se esfumen apenas entrevistas como esas urbes de maravilla que ven los navegantes perdidos en el mar. Es preciso medir la voluntad, el deseo y la posibilidad; no engañarnos ni engañar a los demás alzando castillos en el aire (los franceses tienen una frase gráfica que, además de exacta, pinta de mano maestra nuestro carácter: «Faire des châteaux en Espagne». Alzar castillos en España). Pues bien; precisa proceder a una nueva valoración de todas las cosas. Llegará un momento en que se habrá vencido, en que triunfadores los mucha­ chos que por un milagro de fe y de voluntad fueron soldados aguerridos, cumpli­ da su misión tengan que reintegrarse a la vida normal, y es necesario que enton­ ces ni sufran un inútil desengaño ni hayan de comenzar una batalla para regatear unos céntimos con que vivir, sino que, tratándoles «como a hombres que defen­ dieron una idea generosamente», se les facilite la lucha por la vida, de acuerdo con ellos, enseñándoles la realidad de las cosas, contando con su opinión; es decir (modestias inútiles aparte), como preconicé muchas veces desde estas mismas co­ lumnas, seguro del valor, la inteligencia y la voluntad del elemento obrero espa­ ñol, con estrecha y honrada confederación, con constante cooperación, afrontando los problemas del momento actual, resolviéndolos honradamente en leal y común esfuerzo; ni ceros destinados a engrandecer la unidad, ni carne de cañón; hombres conscientes con derechos y deberes «humanos». Un milagro de voluntad se realizó estos días. No es la primera vez en la His­ toria de España; con las guerras de las Comunidades y de las Germanías supieron afirmar su derecho a ser españoles y ser libres; con las luchas por los Fueros, en Aragón y Valencia, el de sus privilegios independientes; en rebeldías catalanas el de su personalidad. Luego, frente a la traición de un Fernando VII, ante los ejér­ citos victoriosos en Europa de un Napoleón, su hombría, su fuerza y su sacrificio, la firmaron con su sangre. Ahora, al concluir la cruenta y dolorosa lucha absurdamente desencadenada, es preciso otro alto, noble y generoso esfuerzo. Que la serenidad, decisión y disci­ plina mostrada en las horas críticas se amplíe a la vida cotidiana en que queda mucho que hacer para lograr la grandeza a que nuestra España tiene derecho. Las ventajas obtenidas por una neutralidad de eficacia discutible las malgastamos todos puerilmente; la recia serenidad con que advino la República, tampoco supieron aprovecharla; en vez de salvar principios que creían fundamentales para la organi-

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zación social que concebían, perdieron el tiempo en necias minucias protocolarias o litúrgicas. Ahora es preciso que no suceda igual, que el pueblo sepa dar una lección de serenidad ponderada y clara. Dos grandes figuras de la República, don Indalecio Prieto y Marcelino Domin­ go, han hablado con meridiana claridad, han puesto de relieve los errores y seña­ lado, o mejor dicho apuntado, remedios. Ahora, una vez cesada la pesadilla, precísase estrecha y firme colaboración para alzar y engrandecer a España, que es lo que a todos los españoles interesa, ya que la grandeza y bienestar de la Patria es nuestra propia grandeza y bienestar. (Ahora, 28/VII/36).

En un intento de conectar con antiguos amigos ahora al otro lado de las trincheras, Serrano Poncela recrimina a los cuadros de la Fa­ lange no haber cumplido sus postulados de independencia nacional: «Botas de ejércitos extranjeros huellan la tierra madre... las legio­ nes romanas de Mussolini al pisar tierra patria se han llevado consigo las banderas de la vieja Falange cambiadas de color.»

Correo «a la provincia romana» FALANGE TUVO SUS BANDERAS por Segundo Serra n o P oncela

«Reclamamos para España un puesto preeminente en Europa. No sopor­ taremos ni el aislamiento internacional ni la MEDIATIZAC1ÓN EX­ TRANJERA. »Nuestras fuerzas armadas habrán de ser tan capaces y numerosas como sea preciso, para asegurar a España, en todo instante, LA COMPLETA INDEPENDENCIA y la jerarquía mundial que corresponde.» (De los 27 puntos de la Falange.) Ignoro si el volumen de mi voz alcanzará a sonar al otro lado, en la España humillada y vendida, nueva provincia Ulterior del Imperio romano. Ahora recuerdo que los años 31 y 32 algunos «camisas viejas» que hoy dirigen —entonces la Fa­ lange no existía, pero Mussolini reposaba ya una de sus manos en las Baleares— bebían ciencia conmigo en las angostas fuentes de «La Central» de Madrid y ha­ blábamos de los destinos de España. Hoy nos separa una ciénaga de sangre y un juramento de libertad sobre el querido suelo de la Patria. Ellos sirven a sus señores; yo al pueblo laborioso y a su juventud. De todas formas voy a decirles algunas cosas. Las viejas banderas de la Falange están enlodadas. Botas de ejércitos extran­ jeros huellan la tierra madre; los bárbaros germanos de Atila agostan nuestra hier­ ba por doquier, y tropas mercenarias del romano encadenan en servidumbre a la estirpe española. Hay sangre de patriotas donde Escipión cercenó a golpes de

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cuchillo las manos de cuatrocientos jóvenes de Sutia, y nuevas trirremes de vapor y aceite pesado se llevan por el Mediterráneo los tesoros del suelo, el olivo y el cobre, dejando en óbolo sus gobernadores especiales, su administración y la efigie de sus Césares, para acostumbrar al indígena al respeto al sefíor. También nueva­ mente ahora, el pueblo ibero combate al invasor mostrando, como antaño, ante los ojos del historiador Apiano, «gran amor a la libertad y extraordinaria valentía». Están humilladas, sí, las viejas banderas de la Falange; humilladas y arrinco­ nadas en el polvo del error y. de la traición. Olvidaron que el rico solar patrio fue siempre codicia de aventureros y mercaderes, aunque ejércitos y pueblos, tribus y razas no lograron aposentar nunca definitivamente en su grava. Las águilas im­ periales de Escipión repasaron la frontera después de batir Numancia. Los Omeyas, por el Sur, invadieron la patria, seguidos de inacabables legiones de árabes, some­ tiendo al pueblo híspano desde la punta de Tarifa hasta el Cantábrico. Ocho siglos duró su dominación, y al cabo de ellos la media luna mahometana cruzó derrotada el Estrecho de Gibraltar. A principios del pasado siglo, el año 1808, un hombre y un ejército casi invencible que había paseado a placer por el centro de Europa, sojuzgando pueblos y malbaratando Estados, quiso hacer de nuestra tierra almo­ neda familiar. Cinco años después —1808 a 1813— salían sus tropas diezmadas y maltrechas. Hoy, ejércitos italianos y alemanes han invadido de nuevo el querido solar. Con ellos vienen aventureros y morisma, mercaderes y bandidos en corso. El año 711, un traidor, Don Opas, abrió las puertas de España a los árabes. En 1936, otro traidor, Franco, abre las puertas a los invasores contemporáneos. Como los cartagineses y los romanos, los árabes y los napoleónicos, las hordas actuales se­ rán derrotadas. La Patria afirmará de nuevo y definitivamente su independencia. El Ejército y el pueblo abrirán una clara ruta de bienestar victorioso, de trabajo y de alegría, crecidos en la confianza de sus propios destinos. Por haber olvidado esto y dar la mano al mezquino Don Opas, están enloda­ das y sucias las banderas de la Falange. Él y ellas, con la execración del pueblo a las espaldas, andan hoy azacaneados tras los amos por mor del botín y de la cobranza. Ahora recuerdo las palabras que escucharon los asesinos de Viriato y de nuestras libertades hispanas, al reclamar sus salarios ensangrentados: «Roma no paga traidores.» Y ésta será la última verdad de todo, He aquí lo primero que he querido decir a los oídos que me, escuchen al otro lado. Hoy, las membranas de oír son ágiles y más despiertas, y en la zona de los grandes cementerios bajo la luna, los aldabonazos del Fuerte de San Cristóbal pu­ sieron en vigilia muchas conciencias durmientes. Pero hay algo más que hablar todavía. ¿Qué piensan los «camisas viejas» de su viejo programa, que hoy sólo puede leerse en son de burlas? Aquí está su gran palabra: Imperio. ¿Y qué? Palabra para bocazas. Imperio, ¿con qué? ¿Con qué molla, con qué sangre, con qué madera y con qué hombres? Provincia de un Imperio, sí, del romano, que anda haciendo Mussolini sobre la carne etíope y un costillar de España. La juventud laboriosa, la nuestra, no habla de «imperio», pero trabaja, estudia y combate. Quiere marcar en la Patria, con su victoria, un periodo, una fe, una jornada histórica construc­ tiva. Esto no es «imperio», esto es España. La Patria grande y generosa con su regazo colmado de providencias, en manos exclusivas de españoles; con su tradición y su historia, sus riquezas y sus costumbres, su suelo y su fuero. Una España para trabajarla y engrandecerla. Todo lo contrario de la España desangrada y empobre-

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eida, fota y sin fe que hicieron con sus inepcias criminales y sus intereses bastardos esos que andan ahí, vendidos a las tropas extranjeras; Don Opas y los renegados a quien la Falange entregó sus banderas por una participación en los establos de Augías. Nuestros soldados son hoy los soldados de la libertad y la independencia de España. Pero al mismo tiempo son los obreros de la nueva España, y tienen un hondo sentido nacional y popular en virtud del cual saben que están haciendo una guerra sagrada por lo que no hemos sido y por lo que podemos ser. Sienten latir en sus venas la continuidad histórica ibera; el amor a la tierra, el gran amor a la tierra y a su cultivo; a las feraces entrañas de España y a los pródigos frutos que podrán parir después, cuando ellos sean de nuevo hombres de labranza, sin cam­ pos yermos ni latifundios cargados de pobreza. Sienten, asimismo, el amor al sub* suelo, las minas; a la montaña y al llano, la hulla blanca. Sienten amor a la costa y al mar. Las viejas banderas de la Falange hablaban del destino de España en el mar, pejto las aguas de nuestras tres rutas marinas son servidumbre de Mussolini. Aquí, nos une irrompible vínculo a las tradiciones marineras de Aragón y Cataluña y enarbolamos sobre nuestras cabezas la bandera de Roger de Lauria. Los soldados republicanos son, además de obreros de la tierra y el agua, trabajadores de la inte­ ligencia, porque nosotros representamos y queremos las viejas tradiciones intelec­ tuales y de la Patria: Salamanca y Alcalá, Cervantes y Luis Vives, Quevedo y Muntaner, como rica solera para la ciencia nueva. Hacemos la guerra a quien nos hizo tantos analfabetos, y soñamos con que España sea, desde el terrón paniego al laboratorio, pasando por el taller y la mina, una gran Universidad nacional y popu­ lar. Y es que para los españoles de verdad, hondos, íntegros y sinceros, España tiene también unidad de historia y de destino, y la política que nace en nuestras fábricas, es una política revolucionaria, progresiva, pero también la política del Cid. Porque el Cid —hablar del Cid en la «provincia romana» es blasfemia horro­ rosa—, Bernardo del Carpió, Fernán González y los otros héroes que personifican la más alta representación del pueblo y de la Patria española, están con nosotros. Han sido siempre el brazo armado del pueblo frente a los ejércitos de invasión; del estado llano frente a los excesos de la realeza; del espíritu de conquista, de labo­ riosidad y de trabao, frente a la turba palaciega. Y al ensancharse Castilla bajo las plantas de «Babieca», se ensanchaba y se abría y se' fecundaba el espíritu arte­ sano, laborioso, popular. En su hora lo dijo Joaquín Costa —un ejemplar de hombre ibero—· y nosotros, la juventud española popular y republicana lo conva­ lida hoy: «El Cid, el patrocinador de la honra patria, el portaestandarte de la inde­ pendencia, el fuerte castillo de la nacionalidad, el terror de la morisma, es tam­ bién el terror de los reyes, el fiel custodio de las libertades, el austero guardador de la ley: reivindica a la nación su territorio y revela al pueblo la conciencia de su derecho; riega el suelo con ríos de sangre africana, y al propio tiempo hincha los airçs de acentos liberales que no han cesado ni un minuta de resonar en nuestra historia.» . Las legiones romanas de Mussolini, al pisar tierra patria, se han llevado con­ sigo las banderas de la vieja Falange, cambiadas de color. Sobraban españoles y faltaban manos para estrangular; después vino el turbión espeso y sucio que va detras del «condottiero» para la rebatiña del botín, y la «provincia romana» fue un espeso lago de sangre patriota, de miseria y de hastío. Nadie sabe bien lo que ha podido ser lo del Penal de San Cristóbal, aunque parece que las viejas banderas,

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manchadas de pus y vilipendio, quisieron alzarse sobre el pavés. «España para los españoles», se ha dicho. Pues bien, aceptada la frase. España para los españoles del pueblo laborioso. Por esa gran verdad se bate la juventud nuestra del lado de acá, limpio e independiente. Hay ya noticias de que la Falange vieja (donde están los jóvenes, aunque parezca contrasentido), lo sabe. Los patriotas sometidos salmo­ dian en voz baja a todas horas, para quien guste de oírlo, ese documento llamado «los trece puntos del Gobierno de guerra y de unión nacional», que comienza así: «Nuestros fines de guerra son: asegurar la independencia absoluta y la integridad total de España. Una España libre de toda injerencia extranjera, sea cual sea su carácter y origen, con su territorio peninsular e insular y sus posesiones intactas y a salvo de cualquier tentativa de desmembramiento, enajenación e hipoteca», y termina de esta manera: «Amplia amnistía para todos los españoles que quieran cooperar a la inmensa labor de reconstrucción y engrandecimiento de España. Des­ pués de una lucha cruenta como la que ensangrienta nuestra tierra, en la que han surgido las viejas virtudes de heroísmo e idealidad de la raza, cometerá un delito de traición a los destinos de nuestra Patria aquel que no reprima y ahogue toda idea de venganza y represalia en aras de una acción común de sacrificios y traba­ jos que por el porvenir de España estamos obligados a realizar todos sus hijos.» (La Vanguardia, 7/VI/38.)

La vuelta al pasado es una constante en los escritores nacionales. Manuel Machado se entusiasma ante la vuelta del Auto Sacramental a la escena española que en este caso será el pórtico de una iglesia que así abre sus brazos a la Poesía de la España Nueva.

Intenciones TEATRO ESPAÑOL por M anuel M ac h a d o

Uno de los más claros y rectos caminos para hacer Imperio español es el de revivir y revalorizar nuestras obras de carácter universal. Una de ellas es nuestro teatro, de tradición gloriosa, que habla una lengua familiar a veinte naciones y en cuyos dominios no se pone el sol... Pero, además, el teatro español clásico bene­ ficia de otro universalismo de fondo: su universalismo religioso, católico. El teatro español, que comienza en Lope y termina en Calderón, es, en gran parte —y acaso la mejor— teatro religioso. Estas ideas cuentan, sin duda, entre las que han movido a la Delegación Nacio­ nal de Propaganda y a su Departamento de Teatro, a comenzar la ingente labor de regeneración de nuestra Escena con la resurrección del Auto Sacramental... El Auto Sacramental es, de un lado, lo que pudiéramos llamar el álgebra del teatro español religioso; de otro, su simplificación de carácter vulgarizador y popular. Porque, aunque parezca extraordinario, los Autos Sacramentales, que presuponen en el

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poeta un perfecto saber dogmático, fueron siempre composiciones de índole po­ pular, que se representaban, a menudo, con motivo de consuetudinarios festejos religiosos, en la plaza pública... Cierto' que, por entonces, durante los siglos xvi, XVII y aun buena parte del xvm, la cultura religiosa, y, si me apuráis, teológica de nuestro pueblo era más que bastante para interesarlo vivamente en esta dase de representaciones... En esto, como en otras cosas —a pesar de la cacareada ley del constante pro­ greso humano— hemos retrocedido mucho. Y sin embargo, es tanto el prestigio artístico y profundamente espiritual de esta índole de teatro, que el Auto Sacramental de El Hospital de los Locos —cer­ teramente escogido, entre los doce del maestro Valdivielso, por Luis de Escobar, y, eso sí, admirablemente dirigido por él, decorado en cuanto a figurines y atrezzo por el gran pintor Pedro Pruna, ilustrado musicalmente por el maestro Arambarri e interpretado por un núcleo de futuros excelentes actores— ha constituido un gran éxito «de público», o, como se dice en la jerga teatrística, «de taquilla». El asunto de la pieza es, como en todas las del género, sencillo y escuetamente utilizado: La Culpa, ayudada del Deleite y del Engaño, consigue que el Alma deje la torre de la Razón y entre en la cárcel de la Locura. Allí los locos —Luzbel; la Gola, el Mundo, la Carne y el Género Humano— logran enloquecer al Alma. Pero la Inspiración Divina rompe las prisiones y devuelve el Alma a la Iglesia. He aquí todo. Pero he aquí, también, que esta Iglesia que abre sus puertas al Alma, no es una iglesia de teatro, sino la verdadera Catedral —ayer, el día del Corpus— de Segovia, y hoy —día de Santiago— de Compostela, tras su soberbio Pórtico de la Gloria, dejando ver al fondo, entre luces litúrgicas, toda su clerecía policroma y magnífica. Y esta mezcla de ficción poética y santa realidad cifra, en síntesis maravillosa, al alma española, volviendo a su tradicional fervor religioso y a la Iglesia, abriendo sus brazos a la Poesía de la España Nueva. El espectáculo excede, sin duda, los límites del nuevo teatro... Pero es el más brillante inicio de la magna tarea de regeneración de nuestra Escena, concatenán­ dola a su más espléndida tradición. Y merecen bien de la Patria los realizadores de esta obra del Teatro Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que rige inmediatamente Luis de Escobar, y, desde más alto, ese espíritu de todo arte —un poeta— que es Dio­ nisio Ridruejo. ■(ABC. Sevilla, 4/V III/38.)

Y Fernández Flórez le hará eco al constituirse la Junta que decida el juturo de nuestra escena. Va a haber algo distinto de teatro ante­ rior que él llama «intestinal», triste teatro aquel que daba la impre­ sión de «ni quiero ni puedo» y aplaude la elección de Marquina como presidente, «el poeta que cantó la gloria de España cuando era moda zaherirla».

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AQUEL TEATRO INTESTINAL por W enceslao F ernández F ló rez

(De la Real Academia Española) En los últimos tiempos, el Teatro había sido atropelladamente invadido por unos hombres, a los que hacía falta más dinero del que ganaban en sus oficinas. Privados de decisión para marcharse a los ingenios de Cuba o a las haciendas ar­ gentinas, emprendían, con el mismo fin, el más corto viaje al Cómico o al Fontalba, a la Comedia o al Calderón, llevando una carpeta con cuartillas en vez del honrado' baúl del emigrante, forrado de papel y fortalecido con cantoneras de hoja­ lata. Una plausible, pero incongruente ilusión de pagar al sastre, daba prisa sobre el papel a sus plumas. Carecían de ideas relacionadas con todo lo que estuviese al otro lado de las reducidas fronteras de sus problemas íntimos. Todo lo que podían decir al público era: «Necesito vivir más cómodamente.» Pero esto no les hubiese producido un céntimo más. Juzgaban por su propia sensibilidad ética lo que podría agradar, producían para una masa espesa de la que formaban parte, y espiaban las preferencias de la muchedumbre para seguirlas y halagaflas, de suerte que un tipo con éxito, una situación afortunada o un tema que agradase una vez, eran dupli­ cados, quintuplicados, centuplicados, expuestos de perfil y de frente, de cabeza y de pie. No se intentaba imponer un gusto, sugerir meditaciones, afinar sensibili­ dades. No era el escritor que guía, sino el tendero que vende y que adula las incli­ naciones del comprador que paga. El Teatro era lugar únicamente propicio para el fumador que quisiera forzarse a fumar menos o para cierta gente de paladar chino que compraba en los entreac­ tos y comía durante la función unos bocadillos de jamón del paleolítico, que era imposible encontrar más que allí y en los museos que guardan curiosidades de la remota civilización egipcia. Se veía comer aquellos bocadillos enormes, agusana­ dos, pringosos de margarina y se juzgaba certeramente, sin más, el público, la obra, el teatro, la ciudad, el mundo y la época. A nuestro alrededor crujía todo. Se había acabado la Gran Guerra y aumen­ taban, día por día, las grietas que amenazaban los sistemas políticos, los regímenes económicos, la organización social. Ibamos al teatro, y en el teatro, un señorito andaluz se quería casar con una cortijera muy guapa, y aspiraba a comunicarnos sus preocupaciones por la oposición de su tío. 1 La República había conmovido los fundamentos morales de la vida española, inundándola de corrupción. Adquiríamos una butaca, y, durante tres horas, el teatro nos hacía asistir a las cogitaciones de una muchacha que tenía cinco pre­ tendientes. En los campos invadían las fincas y en las ciudades se asesinaba a la gente. Un huracán de furia venía arrastrando la nube negra de la revolución. Y en los esce­ narios, mozas de clavel en el pelo se asomaban a rejas románticas para boxear idioteces con galanes de sombrero hacia atrás, y los actores hacían morir de risa con el sencillo truco del pantalón a cuadros o el más sucio del hablar y el moverse afe­ minados, resorte seguro de la jovialidad de la plebe.

Si

m i plum a

VAl i e r A

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Las comedias, mejor que los trajes, se cortaban a la medida del cómico. Si un cómico acertaba una vez en un papel de «golfo», nacían para él centenares de comedias de «golfos». Si una actriz tenía un natural aspecto de simple, se le cosían papeles de simple por una eternidad. No era el actor el que cultivaba esa condi­ ción de incorporar, de interpretar tipos, ese proteísmo en que reside su mérito de artista. Eran los tipos de la creación literaria los que procuraban interpretarle a él, adaptarse a su nariz, a su barriga, a su voz, a sus modales, hasta a su habilidad para imitar al gato. Se representaba a sí mismo... y, aun así, lo hacía mal múchas veces. El público de teatros es el menos imaginativo de todos los públicos, o, dicho de otra manera, es el que menos precisa de la fantasía por las esencias reales del mismo espectáculo, ya que ante sus ojos y sus oídos hay personas de verdad, cosas de verdad, acción clara y evidente, y el penetrante diálogo humano. No así con là música, con la novela, con el mismo cine, hecho de Sombras... Pues bien, para aquél teatro se necesitaba más fantasía en el espectador que para reconstituir en nosotros el Partenón, cuando entre sus columnas caídas y rotas, y su suelo en­ vuelto en el polvo de Atenas, recomienda el guía: —Figúrense ustedes aquí las columnas erguidas, y el techo ya desaparecido, y las figuras magníficas del friso, que están en el Museo Británico, y... En casi todos nuestros teatros había que decir: —Figúrense ustedes que éste es un salón elegante, y que aquél es un hombre distinguido, y aquélla una mujer irresistible, y que los porteros son así, y así los guardias, y que éste es un banquero, y que la señora que aúlla, llora, y que esas paredes de papel que se mueven con un soplo de viento son, en realidad, una montaña, y que ese brusco salto de la luz es el crepúsculo. ¡Triste teatro aquél, que daba lá impresión de un «ni quiero, ni puedo», que le excluía de toda relación con el arte! Muchos tundían —unos por envidia y otros por presunción— sobre el inagotable Muñoz Seca. Pero ahora habrá que hacerle la justicia de que fue de los poquísimos que sintieron la preocupación de su tiempo, y él tuvo el valor de ponér la bomba explosiva de las carcajadas bajo las demasías del marxismo. Por eso murió. Otros, innumerables, podrían dejarse cachear impunemente por todos los sectarismos: los de la derecha y los de la iz­ quierda. Nunca perturbaron con una idea propia los espíritus de sus contem­ poráneos. El ministerio de la Educación Nacional va a intervenir tutelarmente en este asunto por medio de una Junta, en la que hay esclarecidos nombres de limpios artistas. Falta hace. Al frente de ese grupo está Marquina. Marquina el ejemplar, el polifónico. Marquina, que tiene todos los acentos que van desde la intimidad de la ternura hasta el recio grito épico; que en la anécdota humana ha puesto tantas veces el tumültó histórico, que sincroniza con el latir del corazón de un personaje los pasos de todo un pueblo en marcha hacia su destino. El poeta que no se satisface con su arte genial dé sacar á lás palabras sonidos de cristal y de bronce, sino que elabora sus filigranas sobre nobles materias: la bella forma para el digno fondo. El poeta que cantó la gloria de España, cuando era moda zahe­ rirla... La emoción patriótica más exaltada y más pura que dio en ese tiempo la poesía o la prosa éspañolas hay que buscarla en los versos de algunas obras de Marquina. Aprenderlos es aprender, a uh tiempo una oración, un piropo y una lec­ ción de España. Entre los placeres espirituales que a Marquina debemos, éste de poder alabar con justicia y sin reservas es uno de los más cordiálmente gratos. Confiemos en los recursos que la elegancia psíquica del gran dramaturgo y de

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sus compañeros de Junta les sugiera para remedio de la ordinariez de un Teatro que parecía un Circo y era la tienda de un ropavejero, sórdida, codiciosa y sin desinfectar. (ABC. Sevilla, 3/X II/38.)

Aunque buscar inspiración en las tradiciones nacionales no signifi­ ca abandonar el futuro, advierte Manuel Machado al elogiar el nuevo plan de Bachillerato. «No que volviese atrás para vivir a retrotiempo y de cara al pasado, sino que se concatenara... a su tradición más gloriosa para seguir, en valiente impulso, todo lo adelante que pueda soñarse... con los vehículos medios y procedimientos más perfeccio­ nados modernamente.»

Intenciones «BACHILLERÍAS» por M anuel M a chado

(De la Real Academia Española) Un viejo prurito de modernidad y un mal entendido sentido práctico tenían puesto a nuestra Enseñanza Media un sello de ordinariez y, por decirlo así, de «andanalfabetismo», muy acusado y lamentable. Después de cinco o seis años de Instituto, nuestros jóvenes apenas sabían redactar una carta... y hasta flaqueaban en ortografía... Pues sostener una conversación sobre materia científica o artística, no se les pidiera ni en broma, aunque fuera en el mínimo grado de un barniz a la violeta. Y no era lo peor sino que hasta por su modo de hablar —no digamos ya de escribir— y la absoluta pobreza de su léxico, se les trascendía un espíritu totalmente horro de toda preocupación literaria, de todo comercio con las Musas... No. Realmente no eran nada «bachilleres» nuestros Bachilleres. El decoro de la nueva España, de esta España tan nueva —y tan vieja— que estamos suscitando y recuperando al mismo tiempo, requería que la formación de la juventud tornase a las claras sendas por donde discurrió produciendo los más altos y sólidos valores de nuestra contribución a la Cultura Universal... Ahora, en­ tendámonos bien, no que volviese atrás para vivir a retrotiempo y de cara al pasa­ do, sino que se concatenara, como el resto de la vida nacional, a su tradición más gloriosa, para seguir, en valiente impulso, todo lo adelante que pueda soñarse, por su cauce propio y natural, con los vehículos, medios y procedimientos más perfec­ cionados modernamente. Dos grandes aciertos tiene en este sentido el nuevo plan de Enseñanza elabo­ rado por don Pedro Sainz Rodríguez, con aquella alteza de miras, aquel superior criterio y aquel pleno dominio de la materia que hacen de él el ministro de la Educación Nacional propio de esta hora y acreditan una vez más a nuestro invicto Caudillo de saber escoger sus hombres. El primero de estos aciertos es el carácter humanístico que da a la Enseñanza, con la de las lenguas madres y de la propia

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de todos los cursos. El otro es el sistema cíclico que impone a los estudios y que permite a los alumnos, sin gran esfuerzo, su perfecta asimilación. Merced a la sabia dosificación de los conocimientos por ese sistema, al cabo de los seis cursos nuestros bachilleres habrán aprendido insensiblemente el latín, ten­ drán del griego la noción necesaria; se habrán asomado a las eternas bellezas de las obras clásicas, fuente de toda cultura literaria, rectoras de un gusto seguro y depu­ rado... y, sobre todo, sabrán hasta la raíz su propia lengua, este magnífico caste­ llano, sin lo cual es imposible, no ya toda ulterior especialización, sino el presen­ tarse decentemente entre personas educadas. ... En una palabra, el Bachillerato se les conocerá en algo. (ABC. Sevilla, 21/X/38.)

Antonio Machado parece contestar a su hermano Manuel sobre el pasado. «Contra el prestigio desmesurado de lo pretérito hemos de estar en guardia... vivimos hacia él juturo en una inagotable caja de sorpresas...» Y abundando en el concepto antiseñorito (que curio­ samente también existe en el otro bando), afirma la seguridad de que «la súbita desaparición del señorito y la no menos súbita aparición del "señorío* en los rostros de nuestros milicianos son dos fenóme­ nos concomitantes que tengan como causa común la presencia de la muerte en los umbrales de la conciencia humana».

NOTAS DE ACTUALIDAD por A n t o n io M a cha do

En España —habla Juan de Mairena a sus alumnos—, este ancho promonto­ rio de Europa, han de reñirse todavía batallas muy importantes para el mundo oc­ cidental. Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana. El que este mañana nos sea desconocido no invalida la necesidad de su previo conocimiento para explicarnos todo lo demás. De modo que la verdadera historia de un pueblo no la encontraréis casi nunca en lo que de él se ha escrito. El hombre lleva la historia —cuando la lleva— dentro de sí; ella se le revela como deseo y esperanza, como temor, a veces, mas siempre com­ plicada con el futuro. Un pueblo es una muchedumbre de hombres que temen, de­ sean y esperan aproximadamente las mismas cosas. Sin conocer alguna de ellas, no haréis nada, en historia, que merezca leerse. No olvidéis, sin embargo, que, desde otro punto de vista, el hombre, futurista incurable, es el tínico animal tradicionalista, y que el pasado adquiere para éj uo extraño prestigio. Reparad —aunque sólo de paso— en que es el hombre, entre los primates, el único animal capaz de preocuparse más de sus mayores que de sus pequeños y, por descontado, el único animal que venera a sus abuelos. Repa-

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rad también en que la memoria humana es tan extensa y vigorosa, que por ella, sobre todo, aventaja el hombre a las otras alimañas de su grupo zoológico. Justa­ mente enorgullecido de su memoria, llega el hombre a pensar que es, precisamente, lo pasado aquello que no pasa, porque los hechos cósmicos, cualquiera que sea su naturaleza, quedan solidificados e inmutables en el fluir de.nuestra conciencia, al pasar de la percepción al recuerdo. Tal es uno de los milagros que atribuye el hombre a su intervención en el universo. Contra el prestigio desmesurado de lo pretérito hemos de estar en guardia y esgrimir todas las armas de nuestro escepticismo. Vivimos hacia el futuro, ante una inagotable caja de sorpresas, y el más hondo y veraz sentimiento del hombre es su inquietud ante la infinita imprevisibilidad del mañana. Y no menos en guar­ dia hemos de colocarnos contra un futurismo radical, tan reductible al absurdo, como el futurismo extremado. Porque, en la máquina de silogismos que llevamos a cuestas, nuestras razones son valores conocidos, en los cuales pervive un pasado. De otro modo las premisas de nuestros razonamientos no conservarían su validez en el momento de concluir algo de ellas. Es muy posible —hubiera dicho Mairena en nuestros días·— que la súbita desa­ parición del señorito y la no menos súbita aparición del señorío en los rostros de nuestros milicianos sean dos fenómenos concomitantes, que tengan como causa común la presencia de la muerte en los umbrales de la conciencia humana. Porque la muerte es cosa de hombres —digámoslo a la manera popular—, o, como piensa Heidegger, una característica esencial de la existencia humana, de ningún modo un accidente de ella; y sólo el hombre —nunca el señorito-—, el hombre íntima­ mente humano, en cuanto ser consagrado a la muerte (Sein zum Tode), puede mi­ rarla cara a cara. Hay en los rostros de nuestros milicianos —hombres que van a la guerra por convicción moral, nunca como profesionales de ella— el signo de una profunda y contenida reflexión sobre la muerte. Vistos a la luz de la metafísica heideggeriana es fácil advertir en estos rostros una expresión de angustia, dominada por una decisión suprema, el signo de resignación y triunfo .de aquella libertad para la muerte (Freiheit zum Tode) a que alude el ilustre filósofo de Friburgo. (Cuadernos de la Casa de Cultura de Madrid. Febrero 1937.)

. . . Y en otra ocasión ataca la retórica del bando nacional sóbre la incorporación de valores antiguoi. «“Ellos representan a la España del Cid..." Yo me atrevo a ponerlo en duda... recordemos que si la jura en Santa Gadea fue cosa del Cid..., el hecho nos presenta a Rodrigo en primer lugar como un campeón de la ética universal, y en segundo, como un modelo de lealtad a su patria, al pueblo burgalés, cuyo man­ dato supo cumplir a costa del destierro. Ellos en cambio aparecen como los perjuros por excelencia y los desleales por antonomasia.»

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MAIRENA PÓSTUMO por A n t o n io M achado

II Es la tercera Fiesta de la Raza que celebramos en plena guerra, la tercera vez que el destino nos pone en el trance oficial de hablar de nuestra raza en plena guerra. En verdad que no puede haber tema que sea más nuestro y, por ende, más de todos los días. Pero en el de hoy ha de tener una significación obligadamente más aguda. Sin embargo... ¡Fiesta de la Raza! Nuestros enemigos la celebrarán también el mismo día. La Retórica, o arte de conmover, deleitar y aun de persuadir con palabras, ha de emplearse, de un lado y otro del Atlántico, con idéntico fin —la exaltación de lo hispánico— por hombres que se sienten entre sí radicalmente distintos. Esto quiere decir que las palabras deben, en este día, cruzarse cargadas de significaciones dife­ rentes, de razones opuestas. Mas, por desdicha, todos los hombres —como decía Molière— son semejantes por las palabras y, además, en tiempos de guerra las palabras se endurecen para convertirse en armas arrojadizas, en proyectiles del mismo metal. ¡Retórica guerrera! No la empleemos demasiado. Porque lo grande de la guerra, no es la Retórica guerrera, sino la que nuestro Ejército, los héroes fieles a nuestra República y a nuestra patria están haciendo allí donde se encuentran: combatir sin tregua contra la injusticia, contra la iniquidad, sin reparar ni en. el número ni en la fuerza de sus enemigos. Limitémonos a recoger algún proyectil, de los que seguramente caerán en este día a nuestros pies, arrojado por la retórica de nuestros adversarios y sometámoslo a un examen ligero. Por ejemplo: ellos representan a la España del Cid. ¿Cómo puede faltar este nombre en un día de loor a la hispanidad? Yo me atrevo a ponerlo en duda, por razones expuestas hace más de dos años y sobre las cuales no quisiera insistir. Sólo he de recordar éstas: El Cid, quiere decir el Señor —Rodrigo lo fue de sí mismo en alto grado— y ellos tienen más de señoritos que de señores, justifican con su conducta un diminutivo que, en lábios castellanos, tuvo casi siempre una significación despectiva. De suerte que él mote de su abuelo les viene un poco ancho. Y, dejando a un lado etimo­ logías que pueden discutirse, recordemos que esos nietos de Campeador, se pare­ cen demasiado a los yernos del mismo, los infantes de Carrión, nos evocan de­ masiado la, fechoría del Robledo de Corpes, para que nos obliguen a pensar en las virtudes y en el valor de su ilustre abuelo. Recordemos que si la jura en Santa Gadea fue cosa del C id —y en esto parece que la historia confirma plena­ mente la leyenda— el hecho nos presenta a Rodrigo, en primer lugar, como un campeón de la ética universal, y, en segundo, como un modelo de lealtad a su jpatria, al pueblo burgalés, cuyo mandato supo cumplir a costa del destierro. Ellos en cambio, aparecen como los perjuros por excelencia y los desleales por antono­ masia. No se destierran, como el buen Rodrigo, a fuer de leales a la hombría dé bien, pretenden desterrar a la lealtad misma. Mas ¿por qué invocar una aristocracia tan modesta, que no puede pasar del

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siglo onceno? ¿Por qué, mucho menos, recordar la más reciente todavía del cas­ tellano leal, el conde de Benavente que incendió su palacio por haber albergado al condestable de Borbón? El conde de Benavente dio, en efecto, una lección de españolismo a Carlos de Gante y a los flamencos que lo acompañaban, poniendo la lealtad a la patria por encima del interés y del éxito. Porque el condestable de Borbón no había traicionado a España, sino a su propio rey y en favor de España. Acaso el buen conde se adelantaba a Calderón, pensando que el traidor no es menester siendo la traición pasada. Aunque me inclino a creer que su gesto estaba muy por encima de la ética de esos versos calderonianos. Ellos, en cambio, no han quemado todavía muchos palacios por motivos tan fútiles: los han dejado arder, los han expuesto al fuego de las bombas teutonas e italianas, para no ser infieles a los invasores de su patria. La única fidelidad de que jactarse es la que tuvo el conde don Julián a sus pro­ pios rencores. Y es esta aristocracia, tan antigua, lo que pueden invocar en justicia, y lo que suelen ellos callar, sin duda, por modestia. También nos dirán que la conquista de América fue cosa de ellos y que, sin sus abuelos —Cortés, Pizarro, Almagro, etc.— no se hablaría en América la lengua de Cervantes. Reconozcamos que, si esto es cierto, las virtudes de la familia han decaído tanto que son preci­ samente los nietos de aquellos ilustres capitanes quienes mejor trabajan por que la lengua de Cervantes desaparezca de todo el Nuevo Mundo. Por fortuna, la lengua de Cervantes (y la de Oviedo y Gomara y Bernal Díaz) la está defendiendo con su propia sangre un hombrecito que apenas se llama Pedro, y que no invoca nin­ guna de las virtudes tradicionales· de su raza; se limita —sencillamente— a te­ nerlas. Así hablaría Juan de Maireria en nuestros días, sin más objeto que el de iniciar a sus alumnos en lo que él llamaba retórica peleona o arte de descalabrar al pró­ jimo con palabras. III Alguien había censurado a Juan de Mairena su enemiga contra los entusiastas del cinematógrafo, de ese magnífico instrumento de difusión cultural. Mairena respondía, dejando a un lado sus m ones qüietistas, de índole metafísica, que no eran del caso: «Precisamente porque nunca ignoré ese carácter esencialísimo del cinematógrafo, he combatido siempre, por desorientados y desorientadores, a quie­ nes pretenden asignarle un valor estético, de arte grande que no puede tener, con detrimento de su insuperable valor pedagógico. No dude usted, amigo Tortólez, que en los tiempos de Gutemberg, yo hubiera protestado contra los entusiastas de la imprenta, si éstos hubieran sostenido que la misión de la letra de molde no era precisamente la de llevar el libro a todas partes, sino la de mejorar la calidad de los poemas, de las tragedias y de las novelas ál imprimirlas, o que la imprenta había de crear una epopeya tipográfica para hacernos olvidar la Iliada, de Homero o la Comedia, de Dante. En verdad, no tenemos noticias de que los incunables que hoy veneramos tuvieran entusiastas de esta laya, cuando eran novedades fla­ mantes. Tuvieron, en cambio, algunos enemigos entre quienes pensaban que la difusión de la cultura podría ser en perjuicio de la cultura misma. Hombres equi­ vocados, sin duda, pero no totalmente exentos de sentido común.

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IV No falta quien piense que el miedo a las· terribles consecuencias de la guerra puede evitar la guerra. Esto es pedir al miedo lo que el miedo no puede dar, como el olmo no puede dar peras. Es, por el contrario, el miedo el más importante resorte polémico. Por eso se le aguzan los dientes o se le arma hasta los dientes. Reparad en que las fieras sólo pelean o por hambre, que es miedo a f^W er por falta de alimento, o para destruir a un competidor amenazante, que es miedo a la ferocidad misma, miedo al mismo miedo. Porque se confunde el valor con la ferocidad, con profundo desconocimiento de la psicología de las fieras, se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los pacíficos —nunca de los matones— y que, a última hora, las guerras las ganan siempre los hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra. Sólo es valiente quien puede permitirse el lujo de la ani­ malidad que se llama amor al prójimo, y es lo específicamente humano. (Hora de España, setiembre 1937.)

En otro trabajo asegurará que «la sombra del Cid» a quien acom­ paña es «a los heroicos milicianos».

«LA SOMBRA DEL CID ACOMPAÑA A NUESTROS HEROICOS MILICIANOS» por A n t o n io M acha do

El gran poeta Antonio Machado, valor cimero de nuestra literatura, ha publi­ cado en el semanario Ayuda el bellísimo trabajo siguiente:

I «Después de puesta su vida tantas veces por su ley al tablero...» ¿Por qué recuerdo yo esta frase de don Jorge Manrique siempre que veo, ho­ jeando diarios y revistas, los retratos de nuestros milicianos? Tal vez será porque estos hombres, no precisamente soldados, sino pueblo en armas, tienen en sus rostros el grave ceño y la expresión concentrada o absorta en lo invisible de quie­ nes, como dice el poeta, «ponen al tablero su vida por su ley», se juegan esa mo­ neda única —si se pierde, no hay otra— por una causa hondamente sentida. La verdad es que todos estos milicianos parecen capitanes; tanto es el noble señorío de sus rostros.

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II Cuando una gran ciudad —como Madrid en estos días— vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenó­ meno, compensador de muchas amarguras: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como algunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece —literalmente—, se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que, como decía Juan de Mairena, no hay señoritos, sino más bien «señoritismo», una forma, entre varias, de hombría degradada, un estilo peculiar de ser hombre, que puede observarse a veces en individuos de diversas clases sociales y que nada tiene que ver con los cuellos planchados, las corbatas o el lustre de las botas. III Entre nosotros, españoles, nada de señoritos por naturaleza, el señoritismo es una enfermedad epidérmica, cuyo origen puede encontrarse acaso en la educación jesuítica, profundamente anticristiana y —digámoslo con orgullo— perfectamente antiespañola. Porque el señoritismo lleva implícita una estimación errónea y servil, que antepone los hechos sociales más de superficie —signos de clase, hábitos e indumentos— a los valores propiamente dichos, religiosos y humanos. El seño­ ritismo ignora, se complace en ignorar —jesuíticamente— la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma; en ella tiene su naci­ miento más firme la ética popular. «Nadie es más que nadie», reza un . adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y orgullo! Sí, «nadie es más que nadie», porque a nadie le es dado aventajarse a todos, pues a todo hay quien gana, en circunstancias de lugar y de tiempo. «Nadie es más que nadie», porque —y éste es el más hondo sentido de la frase-— por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito. IV Cuando el Cid, el señor, por obra de una hombría que sus propios enemigos proclaman, se apercibe, en el viejo poema, a levantar el cerco que los moros tienen puesto a Valencia, llama a su mujer, doña Jimena, y a sus hijas, Elvira y Sol, para que vean «cómo se gana el pan». Con tan divina modestia habla Rodrigo de sus propias hazañas. Es él mismo, empero, que sufre destierro por haberse erguido ante el rey Alfonso y exigiéndole, de hombre a hombre, que jure sobre los Evangelios no deber la corona a fratricidio. Y junto al Cid, gran señor de sí mismo, aparecen en la gesta inmortal aquellos dos infantes de Cardón, co­ bardes, vanidosos y vengativos; aquellos dos señoritos felones, estampas definitivas de una aristocracia encanallada. Alguien ha señalado con certero tino que el Poema del Cid es la lucha entre una democracia naciente y una aristocracia de­ clinante. Yo diría, mejor, entre la hombría castellana y el señoritismo leonés de aquellas centurias.

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V No faltará quien piense que las sombras de los yernos del Cid acompañan hoy a los ejércitos facciosos y les aconsejan hazañas tan lamentables como aquella del «robledo de Corpes». No afirmaré yo tanto, porque no me gusta denigrar al ad­ versario. Pero creo, con toda el alma, que la sombra de Rodrigo acompaña a nuestros heroicos milicianos y que en el Juicio de Dios que hoy, como entonces, tiene lugar a las orillas del Tajo triunfarán otra vez los mejores. O habrá que faltarle al respeto a la misma divinidad. (ABC, 10/XI/36.)

Maria Zambrano acepta el reto del bando nacional aplicando á la España republicana el materialismo como norma y reivindicando el idealismo para el partido de Franco. «La aceptamos sin reserva. Amamos la materialidad de España; su tierra hoy partida, hollada por los obuses alemanes, sus finos olivos que hoy quema la metralla.» Y aludiendo a los bombardeos en que murieran niños... «Ahora el fraude es tan burdo que sangrientamente se detalla. Sangrientamente resplandece la nobleza de nuestro materialismo y la monstruosidad lívida de esos ideales que tales horrores conducen.»

MATERIALISMO ESPAÑOL por M aría Z ambrano

«España no está en los edificios ni en las ciudades. Está en las ideas y en el numen de Franco.» — Radio Salamanca. Nada más peligroso que las teorías. El pensamiento que ha nacido para aclarar la oscura inmediatez de la vida, enreda a veces la madeja hasta hacer perder el origen de los hilos arrojando sombra a las cosas, borrando la luz. Pero cuando llega al extremo de su perversión, por contraste vuelve a alumbrarnos. Idealismo y materialismo; viejos y venerables términos que han venido a ser­ vir para todo, hasta para decir lo contrario de lo que significan. Y este llegar a contradecirse, nos alumbra acerca de su posible pecado, acerca de su error inicial que pudiera ir envuelto en su nobleza originaria. En efecto, el idealismo arrastró .desde su comienzo el pecado de querer eludir, en su afán de pureza, la inmediatez de lá vida; la realidad tal y como se la encontraba para sustituirla casi en abso­ luto, por la idea. No es éste momento ni lugar para exponer las razones que pu­ diera haber para tal preferencia, pero aun dándolas por sabidas, queda como cierto e!. desmedido deseo de rehuir la realidad inmediata; el afán de sustituir la cambiante y dramática realidad por la idea, igual siempre a sí misma. No echó el idealismo— producto netamente europeo— raíces entre nosotros. El pueblo español ha sido, por demás, indócil a dejar que le suplantaran la reali­

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dad viva por ideas más o menos puras y permanentes. Nuestra tradición literaria, nuestra pintura; todo lo que en la cultura tenemos y todo lo que nos ha faltado, comprueba este aserto. Con sobreabundancia de intuiciones, hemos andado pobres en conceptos y no por pereza mental simplemente, sino más que por ese recelo, por esa falta de fe del español medio ante las ideas y los conceptos. Ese momento de toda teoría que consiste en suplantar la cosa que tenemos viva ante nosotros, la presencia fragante de los hechos o de los seres, por los conceptos elaborados por la mente humana, ese momento ha inspirado graves recelos al español, cuando no una decidida rebeldía. Quizá, la raíz del llamado individualismo español hubiera que buscarla por este lado. El español, tal vez por un amor excesivo, por una ad­ hesión fidelísima a la realidad que le rodea, se ha negado persistentemente a ' elaborar teorías sobre ellas, a dejársela suplantar por los conceptos, como ha hecho el europeo. Rebeldía que se manifiesta, casi siempre, en forma de burla; en ese darle la vuelta a las actitudes sublimes; en esa mirada maliciosa con que el espanto neto, el hombre de la calle da la. vuelta, como a una moneda dudosa, a las pala­ bras altisonantes, a las actitudes pretenciosas; en ese buscar lo humano de cada día bajo el engolamiento retórico; en ese «estoy en el secreto» que sale chispeante de los ojos del español, cuando alguien pretende ante él envolverse en alguna complicada túnica de razones. El español persigue y valora lo humano, lo directo, aquello que en su desnudez y veracidad no pretende sobrepasar, ni ir más allá de lo que le corresponde. Individualismo, realismo, materialismo, puede llamarse esta honradez, esta con­ tención tan patente en nuestra pintura; este amor infinito a la múltiple e inabar­ cable realidad que resplandece en nuestra literatura, ese realismo cervantino del que encontramos continuamente destellos en los dichos de nuestro pueblo. Realis­ mo, materialismo, sí; indocilidad tal vez excesiva a la teoría por amor a la rea­ lidad. Y así, aunque el amor a «los ideales» esté bien lejos de nuestros enemigos, resulta sumamente congruente y justo que nos achaquen y adjudiquen la parte «material» de España, como en nota del cuartel de Salamanca dicen los mentores del «numen» de Franco. La aceptamos sin reservas. Amamos la materialidad de España: su tierra, su tierra hoy partida, hollada por los obuses alemanes; sus finos olivos que hoy quema la metralla; sus altas torres que vienen al suelo... Una española a quien sorprendió la tragedia en tierras lejanas, me preguntaba al llegar a ellas por la retama y los trigos de Castilla y la pita y las adelfas de Andalucía, y lloraba pensando en la amarilla tierra herida. ¡La materialidad de España: sus hombres y sus mujeres: los que cultivan sus campos y construyen sus caminos; los que hablan su claro idioma y conservan en su estilo la más fina tradición de sus siglos; los que repiten e inventan sus canciones; los que bailan sus danzas en días de alegría y guardan silencio cuando llegan las adversidades! Los que llevan grabada en su imaginación el canon de su viva cultura: las proporciones de las casas, la forma de los cántaros, la medida de los sentires. Todo eso, sí, la materialidad sagrada de la tierra y del pueblo de España, es nuestro y lo amamos. Por ello nos duele su sufrimiento y destrucción. La nota del ministro de Defensa lo declaraba de modo inequívoco. Por amor a la mate­ rialidad, a la maternidad de España, se quería evitar su sufrimiento y su ruina. La respuesta ha sido «idealista» hasta lo grotescamente diabólico. Al mismo tiempo que el Cuartel de Salamanca hablaba de «ideales», niños, niños de la materialidad, maternidad de España, morían agrupados en racimos, como trigo

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aún no cuajado. Espigas humanas, cosechas que la muette se llevó anticipada arrancándola de un tierno tallo, de sus raíces aún palpitantes. Niños, madres... la continuidad sagrada de nuestra vida de españoles, ¡aplastada por las bombas «ideales»! ¡Cómo no gritar! ¡Cómo el mundo, si aún tiene mirada, no comprende que se está asesinando la viva maternidad de España, su sagrada fecundidad de pueblo inmenso, su cultura viva! ¡Cómo no repudiar de una vez para siempre, la gran mentira de ese muerto idealismo! Nunca podrán comprender los «númenes» de Salamanca, la terrible traición que hacen a lo que de mejor, de más original tiene España. Les bastaría leer una sola página de Cervantes, saborear su delicado, inmenso amor a la realidad ma­ terial de los caminos, los bosques, las voces, las ventas, los trajinantes, el pueblo todo y la tierra toda en su infinita variedad de luces y formas, para sentirse tras­ pasados de remordimientos; para comprender dónde está la verdad única de Es­ paña. Pero, no leerán. Los «idealistas» se han definido siempre por su horror a las letras y al pensamiento, y no han sabido de más ideales que esos de que hoy blasonan para matar. De su furioso amor por ideal alguno, nadie sabíamos nada; ni de su horror a toda idea, a las que siempre nombraron con irritante desprecio. Nadie sabíamos, en verdad, que tuvieran ideales. Todo idealismo, pensamos, ha adolecido de encubrir algo no ideal: una pasión, un instinto, debajo de la transparente frialdad de las ideas. El sentido humano del español, su íntima veracidad insobornable se negaba a aceptarlo aun en los casos de mejor buena fe. Ahora, el fraude es tan burdo y monstruoso, que san­ grientamente se delata. Sangrientamente resplandece la nobleza de nuestro mate­ rialismo y la monstruosidad lívida de esos ideales que a tales horrores conducen. Y a la indignación, a la vergüenza, al dolor infinitos que nos producen las víc­ timas inocentes de la barbarie idealista — ¡qué lejos del humanísimo realismo de nuestro pueblo!— se añade la vergüenza, el dolor y si no fuera tan terrible, la risa por la oquedad de tales ideales. La soberbia más vana, la vanidad más llena de ceniza, la zafiedad mental que se hincha a sí misma y se nombra «ideal». Los bajos fondos infrahumanos que invaden la faz del mundo, lo que no tiene nom­ bre, llamándose «ideales». ¡El castigo es monstruoso y cumplido en los más inocentes!, si no bien le estaría al hombre europeo por su inhumano idealismo. Pero es España, nuestro pueblo realista, quien paga las culpas de ese desmedido afán de pureza inhumana que recorrió la cultura europea, llevándola a desmedidos amores y a desmedidos olvidos. El pueblo español con su sangre y su dolor, pone de manifiesto la impo­ sibilidad de una cultura idealista en la que nunca creyó. Claro que el «numen» de Salamanca nada sabe de esto. Pero en París, en Londres, podrían saberlo, si arrojando la careta del miedo quisieran, de verdad, considerar la suerte que ame­ naza a Europa, que amenaza al mundo, si esta fecunda materialidad de España fuera vencida, si este pueblo realista fuera aniquilado en sus raíces. Nosotros sabemos que no lo será, que no puede serlo, porque la vida, la vida que sin cesar brota de las entrañas maternales de esta inagotable realidad española, preva­ lecerá sobre toda mentira. (La Vanguardia, 5/XI/38.)

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Igualmente se expresa Max Aub. «Nuestra lucha no es una lucha idealista, sino el resultado de una lucha de clases.» El espíritu no engendra la materia, es «mil veces más poético que la materia en­ gendre lo espiritual.»

LAS COSAS COMO SON Los escritores y la guerra por M ax A ub

Ninguna guerra ha visto agruparse alrededor del ofendido un número semejante de escritores de todos los países como ésta nuestra de hoy. El fenómeno es nuevo en lo que tiene de voluntario. «Grosso modo», hasta hace unos años, el escritor, y no los vocingleros farsantes de unas ajadas glorias con presunciones de medio escuderos, el escritor ha sido pacifista, enemigo de los armamentos, ya que no de las ramas, adalid de la paz y de una posible felicidad humana; y es de suponer que lo sigue siendo, pero las realizaciones de los fascistas le llevan a aceptar la lucha en un terreno que él no ha escogido. Esta reunión guerrera alrededor de una causa que une hoy a los hombres de letras obedece a las mismas razones que une a los hombres en defensa de sus prerrogativas humanas, es decir que la realidad, como tal, viene a ser mucho más importante que su interpretación. Esto prejuzga en las letras un largo período de realismo, que se ha dado en adjetivar de socialista por diferenciarlo de una copia servil de lo existente sin hálito ni buen deseo de ninguna especie; porque los hechos se nos impondrán y no podremos usar las palabras más que como modo de expresión sumario e inmediato. Esta conjunción de escritores se debe en gran parte a que nuestra lucha no es una lucha idealista, sino el resultado de una lucha de clases, es decir, que el materialismo histórico hace cumplir sus leyes aun al más refractario a oírlas: el idealismo, al postular la esencia antes que la existencia, da la-prioridad a la con­ templación sobre las fuerzas eficientes, transforma el objeto en noción, encadena la vida, no admite la transformación: hace posible que haya quien suponga que el espíritu engendra la materia. ¡Como si no fuese mil veces más poético —lle­ vando lo anterior a otro terreno-^ que la materia engendre lo espiritual! Este apego a lo real, este no salirse de los límites de lo inmediato, ese aceptar la lucha en el terreno en que se nos plantea, el no desorbitar con gritos frenéticos los límites de las cuestiones a resolver por la fuerza han hecho posible el olvido de rencores, de pequeños agravios y aun de juicios peyorativos que la estrecha vida literaria del mundo había engendrado. Hay que volver a la juventud de cada generación para hallar el brío de esa convivencia. Los escritores son a la sociedad algo así como lo que son los aviadores al Ejército: una minoría que tiene el privilegio de ver más lejos que la infantería, con la misión de advertirle los peligros. Los aviadores son los únicos que no pueden

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confundir los árboles con el bosque, prueba evidente del progreso humano: un lugar común que se destruye no es avance pequeño. Esta equiparación del aviador al escritor puede explicar, hasta cierto límite, esa aureola que tienen, para el pueblo, ambos caracteres, ayudada, a veces, para el ser volante, por un bonito uniforme. Desde luego no anda en mis intenciones pedir, con estas líneas, la crea­ ción de un uniforme para escritores... Pero la solidaridad que se desprende de un cuerpo como la aviación —y quien dice aviación, dice marina u otra arma cualquiera— ha renacido entre los intelectuales y ciertas querellas internas han desaparecido al son de un ideal común. Otra de las razones que han movido a tantos escritores a agruparse a nuestro lado es el volumen internacional de nuestra lucha. Nuestra guerra lo es todo menos una guerra nacional (no en balde nuestros fascistas se disfrazan de nacio­ nalistas). Y sin embargo, nunca la palabra español, francés o alemán ha tenido en el mundo la profunda resonancia que alcanza hoy; jamás han guardado tan celo­ samente los pueblos sus canciones, sus dibujos, sus escritos; nunca llegó a tanto el orgullo de su tierra, ni encendió la sangre de esta manera la sola enunciación del lugar donde se vio la luz, ni hirió tan hondo el oído y el pecho el solo nombre de la patria. Los himnos conocen una primavera inaudita. Este nacionalismo tiene poco que ver con el que se cultivó cón tanto éxito durante el siglo xix y que sobrevivió con artificio hasta su conclusión natural: 1914. Ese nacionalismo era exclusivista: mírame y no me toques, que yo soy mucho y tú no eres nada. El que aparece tras el abismo que va de 1914 a 1918 ve surgir, de su sentido huma­ no y respetuoso de la tierra, las Repúblicas soviéticas y la República española. Este nacionalismo nuevo nace del amor de las cosas y no de la defensa de los intereses creados, de la realidad y no del idealismo: el hombre defiende su tierra y no una idea patriótica vaga, defiende su vida a manos llenas y no una albórbola chafarrinona: el pueblo se da cuenta que hay que defender lo que existe como se pueda, y que en nombre de las más hermosas ideas y columpiado en las más extraordinarias parábolas hasta Dios le ha estado engañando. Los escritores, y ¡tantos otros! se le han sumado y allá vamos todos empuñando cada cual lo que alcanza. De cómo el pueblo siente este nuevo nacionalismo es prueba que ahora nadie en Barcelona odia a italianos y alemanes, sino a los fascistas, sean de la nacio­ nalidad que sean, ni simpatiza con los rusos por el hecho de serlo, como pudo suceder hace lustros, sino por sus ideas. Ahora qua sangran las piedras de la ciudad heridas por pilotos alemanes, la gente refiere en seguida su condición a su calaña, y no a su tierra. En defensa de esa tierra los escritores de todos los países se nos sumaron; en defensa de la tierra de España los escritores catalanes, con un nuevo sentido de conocimiento y cordialidad, como decía en un excelente artículo Juan Oliver, hace unos días, los escritores vascos, o los madrileños, pe­ lean por una vida mejor unidos en una gavilla,· con un calor de humanidad que nunca habíamos conocido en nuestra vida literaria. (La Vanguardia, 2/IV/38.)

Contra la moral rígida de gran parte de la retaguardia nacional Víctor de la Serna pide comprensión ante la necesidad frívola del

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combatiente con -permiso. «Ese tenientillo que regresa de batirse como un español... tiene derecho a encontrarse una retaguardia ale­ gre en su escapadilla a San Sebastián. Tiene derecho a... un bar americano, a divertirse con unas muchachas guapas todo lo pintadas que les dé la gana.» Antes había advertido que «hay una ofensiva catequística contra el cigarrillo "bout-rouge", el cocktail y otras su­ puestas perversidades».

ELOGIO DE LA ALEGRE RETAGUARDIA por V íc t o r d e la Serna

Los soldados del Gran Duque eran alegres, ¡amigos! Y los capitanes de Leyva y de Farnesio sembraban de risas, brindis y picardía toda la tierra de Occidente, donde era de buen tono hacer el amor, cabalgar y vestir «a la española». Era alegre la retaguardia en las campañas de Italia y de Flandes. El lance de amor y el de guerra andaban a menudo juntos. Chocaban espadas, labios, espue­ las, copas, arcabuzazos y suspiros. Escala de seda para la ventana de la alegre doncella a quien se le caía el corazón del pecho «rubensiano». Escala de esparto para la torre y la muralla del hereje. Y Teniers y Rubens y Rembrandt mimaban con el moroso perfil de lápices y buriles la curva barroca de la pluma del cham­ bergo español. Vinos del Mosela en vidrios de Murano; votos, «pesias» y algarabía hispánica, en los campos famosos, en las limpias alquerías y en los bodegones de los Países Bajos, del Milanesado y de Nápoles. La soldadesca española es alegre, señor. Porque entre gentes de España es alegre la Guerra. Y dura. La Risa y la Muerte son buenas amigas y hay que reír, porque tal vez a la madrugada en un combate hay que morir también. Es la hora en que desciende con su armadura y su casco el alado milite de las Dominaciones, San Miguel, espada de Fuego, que absuelve al soldado de la Fe, de sus pecadillos de amor y de gula, apenas veniales y lo lleva al Dios de los Ejércitos de cuya majestad están «llenos los cielos y la tierra». Parece existir una psicosis de tristeza —negra melancolía— entre algunas gentes de la retaguardia nuestra, que encuentran frívolo y casi nefando el am­ biente de San Sebastián y de Sevilla. He oído cosas tremendas sobre la materia y hasta he leído artículos torvos, hoscos, llenos de admoniciones, acerca de la conveniencia de que no se pinten las mujeres, ni lleven medias de seda ni gentiles tacones altos. Hay una fuerte ofensiva catequística contra el cigarrillo «bout-rouge», el «cocktail» y otras supues­ tas perversidades. Se aconseja la adopción del traje de baño 1905 y nunca tuvo más satánica categoría un inocente «martini». Esto denota, sin más ambages, que una ola de estupidez, de encogimiento es­ piritual y, en resumen,' de cobardía, agota las mentes de una sociedad en zapa­ tillas de orillos, a la que asusta el crótalo marcial de las espuelas, el canto desga­ rrado de los que van a morir al día siguiente y apuran la vida con delicia y prisa. La retaguardia debe ser alegre. Ese tenientillo que regresa de batirse como un español al mando de su sección de falangistas, de caloyos magníficos de Castilla,

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o de requetés; ese tenientillo que por la mañana ha conquistado una posición, «yendo delante», arrojando él las primeras granadas de mano y gritando, como un arcángel, de pie en el parapeto enemigo ¡ARRIBA ESPAÑA!, tiene derecho a encontrarse una retaguardia alegre en su escapadilla a San Sebastián. Tiene derecho a una habitación confortable, a un baño tibio, a un bar americano, a di­ vertirse con unas muchachas guapas, todo lo pintadas que les dé la gana; y a bailar y a cantar a las tres de la madrugada esas canciones ingenuas, como las que atronaban el alegre comedor de un restorán donostiarra la otra noche: No hay quien pueda No hay quien pueda Con la gente Artillera. Chicoleos a las mozas; es cosa de la alegre soldadesca española. En un figón a 500 metros de los parapetos, cuatro oficiales de artillería me­ riendan fuerte con un falangista. Es domingo y pasan las muchachas vascas por la carretera. El falangista las chicolea, los oficiales ríen y una de las chicas le da una camelia al capitán más guapo, negro del sol, sucio de barro. La escena es vieja y nueva; es que es dásica y, por tanto, permanente. Es de las escenas que el hombre, en contacto con los pathos logra sin proponérselo. Corre un poco el Rioja de los marciales cerros que empieza a coronar el pám­ pano. Juanito el Falangista, con esa mezcla de humorista y romanticote que tiene el vasco, entona una canción de popa de patache: es aquella, para hacerse acom­ pañar con acordeón, que empieza así: Cuando en la playa mi bella Lola su lindo talle luciendo va... Suena el cañonazo muy cerca y Juanito cambia la letra, renacido su humor por el zumbido del proyectil: Si nos preguntan «alto, quién vive», contestaremos en alta voz: ¡Somos los hombre del 6 Ligero; viva la madre que los parió! A la noche, en Donostia, esta maravillosa concepción urbana de Europa, Juanito, afeitado y currutaco, con los capitanes sus amigos, quiere encontrarse la alegre retaguardia de lindas muchachas, unos «cocktails» y unos «whiskeys», romper un farolito si se tercia, bailar y alborotar como Dios manda, rezar tres Avemarias al rayar el alba y encontrarse en su puesto, a lamadrugada dispuesto siempre a morir. ¿Es pecaminoso esto? ¿No será más pecaminoso e hipócrita querer ensombrecer la vida española con un hosco y cochambroso estilo mientras los censores de la alegre retaguardia se hartan en su sucia soledad? Alegremos la retaguardia más aún, amigos. Para el soldado, toda la alegría y toda la risa. Tal vez va a morir mañana. Que cuando el milite de las Dominaciones descienda en su nube sobre los

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despojos calientes, halle al capitán de España con una camelia fresca, un pafiuelito perfumado y una sonrisa. El Señor, Dios de los Ejércitos, pondrá su infinita Misericordia para lo demás. (Vértice, junio 1937.)

En el otro lado también se crea un organismo rector del Teatro y también se aplaude una iniciativa que supone reconocer «que nuestro teatro es una riqueza nacional, un elemento esencial de nues­ tra cultura». Igualmente habrá aquí elogios hacia la persona llamada a dirigirlo. En este caso se trata de la mujer de Rafael Alberti, «nues­ tra camarada María Teresa León... muy especialmente capacitada para la obra dura y trabajosa que es siempre, y más en las actuales circunstancias, la dirección de un teatro».

NUEVO GRAN TEATRO DEL MUNDO por J uan C h a b As

La espléndida tradición del teatro español, esencialmente popular, y la gran­ deza de estas trágicas horas de la vida de España (cuando entre las crueldades de la guerra vuelve nuestro pueblo, con valentía heroica y conciencia, profundí­ sima, a cumplir con su formidable destino universal de salvador de las libertades del Mundo) exigían un decreto como el que nuestro Gobierno acaba de publicar. Ese Consejo Nacional del Teatro creado por nuestro Ministerio de Instrucción Pública recuerda gloriosamente otro muy semejante dado por el Comisariado de Cultura de la U.R.S.S. y es, además y profundamente, un acertado decreto de raíz española. Supone declarar oficialmente que nuestro teatro es una riqueza nacional, un elemento esencial de nuestra cultura y del impulso de nuestro pueblo para paliar en la expresión de sus pasiones el dramático eco interno de su propio vivir intenso y heroico. Nuestro gran teatro clásico —clásico y romántico a la vez— resucita en el día de hoy, creándolo, haciéndolo vivir con el pulso y la gallardía y la emoción de las horas en que España esparce su sangre por ser, libre y fuer­ temente, la gran España que tantas veces ha sido para la historia del Mundo en­ tero lección y ejemplo de universalidad de la cultura. Era intolerable que mientras nuestros combatientes arriesgaban y tantas veces derramaban su sangre sobre los campos de estas batallas que nos han forzado a reñir, nuestros teatros, vueltos de espaldas los actores y todos los trabajadores de la escena a la fuerza de nuestro destino de gran pueblo liberador del fascismo y guardador de las tradiciones de «Fuenteovejuna», «La niña de Gómez Arias» y tantas glorias universales del teatro, estuviesen empobreciendo éste hasta la vileza de los espectáculos más groseros, contrarrevolucionarios y aun fascistas alguna vez. Ha hecho bien nuestro Gobierno en detener esa corrupción inexcusable y al mismo tiempo dar las facilidades necesarias para la creación de un gran teatro nuevo, a tenor de nuestra vida actual. Constituye además una hazaña muy nuestra el que,

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precisamente entre dolores tan graves, la creación de un nuevo teatro sea un esfuerzo más por esa formación de una cultura nueva que estamos forjando mien­ tras entre llamas de guerra se defiende la libertad y la independencia del pueblo español. Estamos seguros de que el Consejo Nacional del Teatro ha de realizar una gran labor. Es ya muy buen síntoma el que tan pronto como ese organismo ha sido creado oficialmente, ya estén a punto de abrirse las puertas de un teatro popular como el de la Zarzuela, que se propone con excelente ánimo restaurar el prestigio de la escena española y ser al mismo tiempo un cuidado instrumento de cultura popular y de propaganda. El teatro de la Zarzuela estará dirigido por nuestra camarada María Teresa León, secretario de propaganda de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y muy especialmente capacitada para la obra dura y trabajosa que es siempre, y más en las actuales circunstancias, la dirección de un teatro. Lo que hay de más interesante en la producción nacional clásica, de fácil res­ tauración en nuestros días, como la «Numancia», de Cervantes, ajustada a la escena actual por Rafael Alberti; la producción nueva de escritores españoles y extran­ jeros, como Reglor, el gran poeta alemán, que ha sabido ser heroicamente com­ batiente de la cultura sobre nuestros frentes, donde fue hace poco gravemente herido, será dado a conocer a nuestro pueblo desde el teatro de la Zarzuela. Muy pronto también se pondrá en escena una revista de Madrid, con varios cuadros de la heroica defensa de nuestro pueblo, escritos por poetas y autores que han vivido y presenciado esta lucha, ya españoles, ya extranjeros. En la compañía del Teatro de Arte y Propaganda, Úamado a ser seguramente el gran teatro revolucionario —y clásico-*- del pueblo, se formarán también los artistas de nuestro porvenir; será una verdadera escuela colectiva de actores, auto­ res, escenógrafos, compositores, trabajadores todos del teatro. Y esto, esa obra extensa y firme, al tiempo mismo en que vivimos las horas más trágicas de nuestra lucha contra el fascismo, en la ciudad víctima de las brutalidades asesinas de los cañones de Hitler y Mussolini, cuando el capitalismo internacional, ciego de rabia, se ensaña contra nuestro pueblo, sin saber que es invencible, que lleva dentro, como un bullir de sangre roja, la sed inmensa de salvarse, de ser libre, de dar al Mundo todavía el ejemplo de cómo, sin miedo y jugándose noblemente la vida, se salva siempre la libertad y la dignidad de los pueblos. España, el tánico pueblo que entero y pecho a pecho, a sangre viva y generosa, ha hecho frente al fascismo en plena guerra, eft pleno dolor, salva también su gran cultura, salva su teatro y lo crea de nuevo. (El mono azul, 2/IX/37.)

NECESIDAD DE UN CÉSAR por A lvaro C unqueiro

Unos venecianos, de quien fue la finura política, explicaban una vez a un mensajero florentino, gibelino de ensueños, que el quehacer apasionado y perma­ nente de las repúblicas no se hace con señor mudadero. El florentino, que más

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tarde dibujó un Juicio Final en letras mayores comentaba: «Dios mío no muda». Al hombre, como mortal, le es obligado el mudar, pero no por días ni por años al tuntún. Por lustros o décadas serán los días de los hombres que gobiernan los Estados. Diez años duraban las epopeyas antiguas. Cambíense los hombres, pero quédese el ánimo bajo especie de eternidad; debe el hombre hacer las cosas como si no fuera a morir y no hay mayor grandeza. Y el señor o tirano debe pensar que ha venido a regir ÿ a religar y que las naciones se pasan y figuran del espacio al tiempo y los gobiernos se van de los llanos a las lunas; cuentan los muertos, y al agua pasada muele y remuele en el molino de las naciones. Y si no, España. Uno el señor y duradero. Ya una vez lo dijimos sin ser oídos: «Nada se hará si no hay un conductor recto, arma, justicia y lector máximo de la Ley.» Porque «se jura con una sola mano», según enseña Bernal Díaz del Castillo, verdadero relator de la conquista de la Nueva España, maíz, flechas y piedras con soles. Es España una sola, y en soledad de tan grande una, con sus montes de historia, sus piélagos de vida y sus ríos de ensueño. Un solo Caudillo, cabalgador y espa­ dero,. paladino y campeador. Un solo César Emperador y su poder, poder real —rey es de herencia y de estirpe— y su justicia de la cuna a la sepultura. Qui­ siéramos poder hacer, en el tono mayor de las estirpes laureadas, el elogio del Caudillo. Quisiéramos poder decirle palabras de historia mayor e imaginativa, porque formamos, por la gracia de Dios, entre los que reivindican el ejercicio de la imaginación en la reconstrucción de la historia. Estas palabras mayores que quisiéramos poder decirle, se refieren a la necesidad de César y Caudillo, al amor con que juramos deseos de tener señor mortal y fuerte. Necesitamos Caudillo, porque queremos ser como un solo corazón todos los que vivimos la campaña de España, y es de ley que cada corazón le rija los ím­ petus una sola cabeza. Necesitamos . Caudillo «porque han de tener una sola y aguda punta las espadas en la batalla, por mor de la unión del golpe sobre la hueste enemiga», y porque siendo así no habrá temor de muerte, que si la hay serán muerte comunal, y por ende flor de resurrecciones. Necesitamos Caudillo porque no caben más justicias que una, y ha de ser ésta clara y directa, «decidida de voz», como adoctrina Saavedra, el de las empresas Políticas y no se ha de mover más que una letra para la ejecución del Derecho, y ha de ser ésta: Sí o No, como Cristo nos enseña. Necesitamos Caudillo, porque no habiendo más que un libro, la piel trasga y dura de España, sólo uno debe leer, que así tendrá auto­ ridad, y seremos como discípulos, de donde se viene que seremos en disciplina. Todo esto y mucho más quisiéramos poder decir al señor mortal y fuerte. Para él, para su frente abierta, la corona, la palma, la alegría y el albor de las aves y las naves por la aventura. (Arriba España, 4/III/38.)

Serrano Poncela compara las juventudes de ambas zonas desta­ cando lo positivo de su lado republicano. Libertad y alegría aquí, represión y tristeza en la España de Franco. «Cuando salen de los Institutos Obreros adolescentes de la nueva España con sus alforjas colmadas de saber y alegría, entran en las tortuosas escuelas confe­ sionales chiquillos llenos de pesadillas y latines. Un juez municipal

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nuestro rubrica el optimismo mozo y sano de una pareja joven en matrimonio civil. Y en Asturias, por ejemplo, otros jueces encar­ celan a los varones que se casaron civilmente.»

La voz de Negrín LA VOZ DE LA PATRIA por Segundo Ser ra n o P oncela

Cuando el presidente Negrín habla, la juventud se siente interpretada. Todos sus discursos de gobierno, que parecen uno solo, sin solución de unidad, son efectivamente España de pie y razonando con la densidad, el aire grave y altivo de su señorío espiritual y su fortaleza física. Pero —y esto no se ha comentado mucho— también son un breviario de la juventud española y catalana, que quizá muy pocas veces se haya sentido «no ya política, sino biológicamente» tan cerca de su jefe de Gobierno. Y la juventud aprende en ellos a combatir, a trabajar, a esperar en la victoria. E intuye al mismo tiempo todo lo que de feliz, construc­ tivo y nuevo ha de tener el pueblo español cuando salga de este turbión de sangre y pólvora. Los jóvenes no soñamos con fórmulas mágicas ni empleamos palabras pompo­ sas para expresar el afán de nuestro trabajo y nuestra lucha. Al otro lado, en la España extranjera se habla de «Imperio», de «organización vertical» del pueblo, de «Estado Azul» y demás canciones. En definitiva encubren con ellas la domina­ ción y el colonato. «Imperio Azul» o «Estado Azul», sí, pero Alemania sobre los costillares de hierro de Bilbao, en sus Altos Hornos, después de monopolizar la producción ha logrado elevarla en un 1.000 por ciento «con el mismo gasto de hombres y utillaje que antes». Cifras cantan: en julio de 1937, 20.721 toneladas; en mayo de 1938, 168.690. He aquí un claro ejemplo de colonia. De forma que las palabras grandilocuentes sobran y los hechos y los propósitos de hechos nos hacen falta. Se piensa equivocadamente que la juventud es idealista. En las cosas fundamentales —hoy en la guerra y en las condiciones para ganarla— somos pragmáticos. En el doctor Negrín existe un manantial de este pragmatismo nece­ sario; «hay resistencia, habrá materia»; «el armamento de un ejército tiene su límite. Basta con tener lo necesario»; «la seguridad del triunfo la da el propósito de obtenerlo»; «tenemos reservas, las aumentaremos y las prepararemos»; «fortifi­ camos y fortificaremos, mejoramos nuestra unidad de dirección». Con todo esto se siente identificada la juventud. No sólo política, sino biológicamente, como dije antes. El doctor Negrín tiene ímpetu, viveza mental, entusiasmo, fe, espíritu de sacrificio. Éstas son cualidades juveniles. Nuestra guerra es una guerra de realidades, y cuando hablamos de la inde­ pendencia de España y de la República democrática no son palabras aventadas, sino hechos sólidos. Ahí están las cifras anteriores de mineral de hierro que Ale­ mania se lleva para organizar su producción de guerra, y las tropas de Italia sobre la Península, la base aérea de Palma y el aceite andaluz, que es hoy una de las reservas agrícolas más fuertes de Mussolini. Pero aún hay más: a primeros de este mes se han derogado en la España extranjera todas las leyes sociales repu-

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blicanas: no hay jurados mixtos, ni contratos de trabajo, ni bases de trabajo, ni nada; los juzgados intervendrán en los conflictos sociales, como intervienen en los hurtos o en las raterías, porque en definitiva, el obrero que reclama, para la España colonizada, es un ratero siempre. Sin embargo, los campesinos de Jaén cultivan sus propias tierras y los campesinos de Castellón corren a salvar la pró­ vida cosecha de sus hermanos de Albacete. En Salamanca, el señor feudal recoge sus cosechas bajo el fusil implacable de los guardias civiles. Circulan las líneas férreas de Levante intervenidas por el Estado republicano, y el ferrocarril que pasa por Valladolid y Miranda colma los dividendos de una Compañía industrial y explotadora. Cuando salen de los Institutos Obreros adolescentes de la nueva España con sus alforjas colmadas de saber y alegría, entran en las tortuosas es­ cuelas confesionales chiquillos llenos de pesadillas y de latines. Un juez municipal nuestro rubrica el optimismo mozo y sano de una pareja joven en matrimonio civil. Y en Asturias, por ejemplo, otros jueces encarcelan a los varones que se casaron civilmente. Sobre todo esto, y defendiendo todo esto, un Ejército popular, democrático, republicano, con jefes nacidos o queridos por el pueblo, que com­ bate a un Ejército mercenario, de casta cerrada y «vertical» como ellos dicen, encuadrado en fuerzas de choque italianas y técnicas de la Reichwéhr, He aquí el pragmatismo de los hechos. Por eso, los jóvenes, cuando el jefe del Gobierno de Unión Nacional habla de combatir implacable y tenazmente y amenaza a los transaccionistas, a los me­ diadores y a los enemigos, se encuentran por completo comprendidos. No hay ninguna posibilidad de mediación o de rendición que no signifique traicionar este pragmatismo de los hechos, de sus contrastes abisales que están por encima de todo, definitivamente, sin soluciones intermedias. Lo que no quiere decir por encima de los hombres. Por eso el jefe del Gobierno predica una política de paz y de concordia entre todos los españoles cuando la fuerza de las armas republi­ canas haya logrado el triunfo de todos estos «hechos» sobre la colonia y la inva­ sión y la vida regalada de un puñado de españoles que traicionaron el sentido histórico de su estirpe y de su Patria. Claro que se hablá mucho sobre esto; pero nunca el decir mucho quiere decir bastante. Nada es «bastante» cuando se trata del destino histórico de nuestros pueblos y de los hombres de nuestros pueblos. Así es que vamos a insistir sobre el problema: con la República democrática que defendemos y con sus trece puntos, ¿qué gana la juventud? Gana su «libertad humana»; ser una generación libre sobre su propio suelo, dentro de sus propios destinos, en posesión de su Historia, de sus ejemplos y tradiciones y experiencias, de sus riquezas y de su futuro. Es decir, «de lo que se puede ser» cuando se labora por uno propio. Libertad eco­ nómica, política, cultural, regional y nacional. España, con un sentido universal, proyectada hacia fuera y con un sentido nacional hacia dentro, con sus caracte­ rísticas íntimas: catalanas, vascas, en el concierto de pueblos que forman la Patria. También con un sentido popular, de hombres que viven del fruto de su trabajo, que laboran colectivamente y hacen buena nuestra Constitución cuando dice de la república de «trabajadores ae todas clases»; todo ello concertado con la «libertad económica» que es la tierra para el cultivo, la fábrica para el trabajo, el Ejército y la Escuadra y el aire para la defensa nacional, que es una noble labor. Y la «libertad física», la salud física derivada de esa libertad, preocupación primordial y básica del Estado «para el mejoramiento de la raza»; y la «libertad intelectual»,

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que trae consigo para la juventud las primeras posibilidades de encontrar abiertos ante sus ojos los claustros y los libros. Esto es lo que gana: esto es lo que defiende. Esto lo que quiere y lo que mantiene. ¿Que hay espíritus maniobreros fundamentados en su comodidad y en su escaso espíritu de sacrificio? Bien, desde luego no son españoles; no perte­ necen al gran concierto de los pueblos de España; son «apolides», gente sin patria Frente a ellos estará la generación joven y con ánimo implacable. Ya se,lo ha tes­ timoniado así al jefe del Gobierno de Unión Nacional y a éste en pleno. Lo tes­ timoniará siempre que se demande su testimonio, «con el sacrificio, la resistencia la ejemplaridad y la ayuda». Al hablar de tal forma no digo nada nuevo, porque a todas horas habla la juventud, esencialmente desde nuestros frentes; tensos los ánimos a la resistencia prieto el fusil entre las manos, y también desde la fábrica y los puestos de espe­ cialización y trabajo. Pero Negrín no dice cuando habla nada nuevo tampoco, sino que acrecienta y agranda, hace más densa la voz ancestral de la Patria en lucha contra sus enemigos. Así es que no está de más colocarse al lado suyo buscando mayores ecos y amplitudes para esta voz. (La Vanguardia, 25/VI/38.)

Eugenio Montes quiere explicar a los lectores de «La Nación» de Buenos Aires una duda que se ha planteado entre todos los inte­ resados en la guerra española al saberse la noticia de la Unificación de falangistas y tradicionalistas. «¿Qué sentido tiene preguntar con malicia quién cedió a quién? En el amor los enamorados se enno­ blecen. Le da Falange a la Tradición su técnica dinámica y moderna... y esa técnica recibe a su vez la experiencia de los siglos... nadie pierde, nadie se sobrepone... Tanto monta, monta tanto Kequeté como Falange.»

LA HORA DE LA UNIDAD por E u g en io M ontes

El que gana una guerra debe ganar también la paz. Cuando una fe, un pro­ grama y un estilo hacen una nación, el Estado tiene que asumir ese ideal y ese estilo haciéndose a su imágen y semejanza. Por eso, participando íntegramente de sus ideales y percibiendo con ojos claros la realidad, Franco —gran político a la par que general— ha reconocido a la Falange como el movimiento único de la nación española, convirtiendo sus 27 puntos en mandamientos del nuevo Esta­ do. Es de estos días el decreto. Allá, desde su gloriosa Ausencia, José Antonio, capitán de primaveras, gana en abril de 1937 la gran batalla para la cual partió hace cuatro años con menos gente que el Cid, y, como él, campeador y vencedor más allá de la vida y de la muerte. Desde hoy los españoles tienen por norte y guía para el futuro esos 27 puntos

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que comienzan: «Creemos en la suprema realidad de España», y concluyen: «Nuestro estilo es directo, combativo y ardiente, porque la vida es milicia y ha de vivirse con espíritu de acendrado servicio y sacrificio.» Frase esta última dé abolengo españolísimo, por ser a un tiempo senequiana y cristiana. Porque la vida es milicia, todos los que ahora —en la prueba terrible— mi­ litan por la patria, participan del alma de la Falange. Pero una sola alma repugna la división de cuerpos. Se imponía así incorporar al movimiento falangista la otra milicia afín: el Requeté. Fundirlas en una dirección sola, en una voluntad y un designio. No se trata, pues, de un pacto pasajero, cosa típica de los regímenes parlamentarios, esos com­ promisos creados para fines transitorios. Para nosotros sólo lo eterno cuenta. La realidad se ha realizado para siempre y para cumplir algo grande en el mundo, como el amor de Isabel y de Fernando. ¿Qué sentido tiene el preguntar con malicia quién cedió a quién? En el amor los enamorados se ennoblecen. Le da Falange a la tradición su técnica dinámica y moderna, el garbo y la exactitudde su estilo y su fértil capacidad proselitista. Y esa técnica recibe a la vez la experiencia de los siglos, con los beneficios del clásico sosiego. Nadie pierde, nadie se sobrepone. Falange Española Tradicionalista de las JONS es el nombre del doncel con bautismo de fuego. Cantad, trom­ petas, la unidad, antigua y nueva. Tanto monta, monta tanto Requeté como Falange. En la ardiente hermandad de las trincheras ya se habían unificado las mili­ cias. Faltaba sólo consagrar el amor, unir por todo lo alto, por arriba. Sí, pero, ¿de qué modo?, me preguntaban. El propio generalísimo me hizo el honor de plantearme el tema. Yo respondí: «Falange y Requeté son dos órdenes militares, como lo fueron en otros tiempos Calatrava y Santiago, aquellas milicias caballerescas que hicieron la reconquista. Para llevarlas al fin de sus anhelos los católicos reyes, aceptando nuevos deberes y más trabajos, incorporaron a sus funciones el maestrazgo de las órdenes diver­ sas. Sea así, Su Excelencia, como jefe del Estado y caudillo, gran maestre de todas las milicias». Con la unidad caballeresca y la unidad política se hizo la patria. Poco después España era la primera potencia de Europa y henchida de ambición y misión cós­ mica descubría las Indias. También ahora nosotros, en la actual y grandiosa re­ conquista, nos sentimos portadores de un designio celeste, protagonistas de un quehacer universal, escudo de la cultura humana y de sus normas, lanza en ristre de una nueva era histórica. ¿Que ya no hay Indias que descubrir ni existen con­ tinentes remotos y aun intactos? Tampoco existían las tierras del Preste Juan cuando Cristóbal Colón salió de Palos, pero buscándolas topa con la fragante América. El 18 de julio de 1936 se embarcó España para un gran periplo. Franco en el mando y la Falange al remo. Es la hora, capitán; levanta el ancla. Ya se acerca Señor, o ya es llegada, la edad gloriosa en que proclama el cielo un pastor y una grey sola en el suelo por suerte a vuestros tiempos reservada. (La Nación, Buenos Aires, 15/V/37.)

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Giménez Arnau se pregunta hasta qué punto está viva hoy la idea clásica de la Libertad y censura el mal uso que de ella se hace en la vecina Francia, «Torre de Babel donde hallan refugio los indeseables de los demás países». Para el escritor nacional la liber­ tad se considera «como un deber y para conseguirla hay que conseseguir antes la auténtica libertad del Estado».

SOBRE EL CONCEPTO DE LIBERTAD por J . A . G im é n e z A rnau

No se habían apagado aún los ecos de las pisadas de la marcha sobre Roma, y ya las internacionales comprendían la entidad del enemigo que se había metido en la Ciudad Eterna. Era pronto para empezar una guerra directa —las sanciones habían de ser el arma heroica que se reservase para la lucha final y por eso se prefirió empezar con reparos «doctrinales». Una de las primeras imputaciones más graves que se hacían al Movimiento acau­ dillado por Mussolini era la negación absoluta de la libertad. Esto, por el afio 22, todavía sonaba bien. El acusar a un régimen de privar de libertad a su pueblo, era una acusación grave sobre todo en momentos en que aún estaba tierna la victoria de las democracias sobre el «militarismo alemán», y en que Ginebra era el escenario de las dulces manifestaciones de paz que se juraban unas naciones en plena luna de miel. Hoy ya la cosa ha variado. Porque si hay un concepto que esté dentro de la teoría de la relatividad es este de la palabra libertad, sonido articulado por tres sílabas que han batido todos los «récords» en materia de influencia revolucionaria. Pocas palabras, en efecto, se habrán paseado tantas veces en declaraciones minis­ teriales, pocas habrán presidido tantas propagandas electorales como esa de libertad. Y sin embargo, conviene distinguir. Hay, Mussolini lo decía, muchos géneros de libertad. Hay una libertad en cuyo nombre se toma la Bastilla, para luego llenar de sangre las calles de París, guillotinando familias enteras de toda proce­ dencia social; hay otra libertad que preside la revolución rusa que ha de desem­ bocar en la etapa más despótica que las Rusias hayan conocido; hay otra libertad que construye barcos piratas durante años y años para luego poder afirmar el principio de «mare liberum»; hay otra libertad que autoriza a clavar en las es­ quinas de las calles y en las columnas de los periódicos los más tremendos insultos contra las personas, las cosas y las instituciones, en los días que preceden a aquel en que «libremente» los hombres de una nación depositan su «alícuota» de voluntad nacional; hay, finalmente, esa libertad que permite expresarlo todo y di­ fundirlo todo, aunque ese todo sea nada menos que la negación de los destinos de un pueblo. Hay muchas libertades. Las que se han citado y otras que han surgido alre­ dedor de teorías nuevas en el orden político. Otras que ya no consideran la libertad como un derecho, sino como un deber; que estiman que sólo puede

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un hombre considerarse libre, cuando pertenece a una libre Nación; que limitan el concepto de libertad a las exigencias e intereses del Estado. Como se ve, entre uno y otro grupo, hay una gran diferencia. Una diferencia de amplitud en el concepto. Pero no se olvide que hay quien afirma —y afirma bien— que de la amplitud del concepto de libertad puede deducirse el grado del progreso de un pueblo. Admitiendo con esto la forma mussoliana que viene a decir que la historia del progreso humano va marcada por la disminución cons­ tante del concepto de libertad. Aplicar esta teoría a la práctica, es bien fácil. Y si se levantan los ojos por encima del Pirineo, en seguida puede comprobarse la afirmación viendo cómo las ciudades de la vecina Francia son escenario de los más escandalosos incidentes, «garantizados» por un concepto monstruosamente amplio de la libertad. Los pe­ riódicos franceses son periódicos libres y pueden hablar en sus columnas de la conducta privada del rival político, del último cohecho importante, y de la nece­ sidad de sustituir los símbolos, bandera e himno a los que de paso se llenan de insultos. Y es que Francia bate al resto de las naciones por lo que a conceder libertad se refiere. Todo está permitido, porque teóricamente para todo hay liber­ tad. Bien pronto se echa de ver esta megalomanía de autoridad en las costum­ bres, en las licencias, que en treinta idiomas lo pregonan desde lo alto de esa Torre de Babel donde hallan refugio los indeseables de los demás países. No hubiera otro concepto de libertad que ese, y nosotros preferiríamos la esclavitud que hizo algo de lo que Francia «libre» de hoy es incapaz; un Coli­ seum y unas Pirámides. Por fortuna no es necesario llegar a la esclavitud, solu­ ción aceptada si la francesa fuese la única. Porque al lado del francés, hay otro concepto cristiano y latino. El nuestro. Un concepto que sefiala lo que no puede hacerse, Que considera a la libertad como un deber. Y que hace único camino para la libertad individual, el de conseguir la auténtica libertad del Estado. (Arriba España, 23/1/38.)

Lain Entralgo intenta en un artículo-ensayo unir los conceptos an­ tiguo de la Patria y moderno del problema social, a la manera falan­ gista: «Si a la esencia del hombre pretenece "estar con los demás"... no veo que la patria sea otra cosa que un sindicato histórico», lo que él mismo admite que sonará a escándalo en el ala derecha del mo­ vimiento, «la vieja burguesía».

DIÁLOGO SOBRE EL HEROÍSMO Y LA ENVIDIA por P ed ro L aín E ntralgo P a b lo {mozo)·. —¿Recuerdas? Aquella pluma alacre y gibelina que ocultaba su magisterio tras el anónimo, nos dio a los españoles esta definición: «Heroísmo es dar la existencia por la esencia.» Muchas veces .pienso que la repetición trivia-

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lizada de esta frase convierte a la definición en fórmula y nos priva de sus más sutiles matices. A ndrés (varón de maduro brío): —Justísimo temor el tuyo. Incluso sin parar mientes en que tal definición contiene en sí el problema de lo específicamente hu­ mano, que es, entre otras cosas, la capacidad de renunciar voluntariamente a la existencia —por suicidio, por majeza, por heroísmo, por martirio— ese manojillo de palabras nos coloca ante una cuestión tan vital como inexplorada. P a b l o : —¿Te refieres, tal vez, a la atadura que esa definición presupone entre el heroísmo y la esencia del hombre? ¿Quizás a la relación entre heroísmo, marti­ rio y lo que llamaste majeza? A n d rés : — A todo eso y a mucho menos que eso, si el anhelo de tu adolescen­ cia deja breve tregua al reposo y se mantiene a la viril exigencia del límite. Lo limitado, lo urgente para nosotros —hombres y españoles en la esencia y en la exis­ tencia— es resolver la ecuación que forman aquella frase o esta otra, que todos han repetido y muchos gloriosamente cumplieron: «Es heroico morir por la Pa­ tria.» O dicho de otro modo: «dar la existencia por la Patria es heroísmo». P a b l o : —No veo otra salida, si la definición de que partimos es cierta, que establecer una relación entre la Patria y la humana esencia. ¿Pero no crees que esto encierra dificultades insuperables? ¿O es que puede admitirse diferencia esen­ cial entre el español y el bosquimano, pongo por ejemplo patente? A ndrés : —Tal es el problema; pero su solución no es hacer esencialmente dis­ tintos al español y al bosquimano, como quisiera un racista, sino en hacer esencial para el hombre la pertenencia a una Patria. Ser español o bosquimano es accidente de la existencia; como es un accidente que la piel sea blanca o morena; ser miembro de una Patria —o de un pueblo, como prefieras— es una afección necesaria de la humana esencia, como lo sea el entender o el sentir. Del mismo modo que a la piel sea el tener un color. P a b l o : —Confieso no entender tu afirmación. Según ella, Robinson, solo en su isla, alejado de pueblos y patrias, no poseería plena esencia humana. Tampoco —y esto tiene más gravedad real— un asceta del yermo. A n d rés : —Quiero declararte que siempre tuve como perfección muy relativa la del solitario del desierto. Y en todo caso, tampoco sucede que el eremita se halle absolutamente excluido de toda empresa comunal o de todo grupo humano. Simeón Estilita, por ejemplo, no recataba sus voluntarias relaciones de ejemplaridad o de desprecio con los hombres de su pueblo. Pero no caigamos en la menuda anécdota. Piensa más bien que pertenece a la esencia del hombre «estar con los demás». ¿O es qye no tiene universal validez aquella del Génesis de que «no es bueno que el hombre esté soló?» No otra es la raíz de la honda frase de Scheler, según la cual un «yo» supone siempre un «tú»; ni la de esto que escribió José Antonio Primo de Rivera: «Nadie es uno sino cuando pueden existir otros.» P a b l o : —Todo esto me parece certísimo, y hasta creo, que podría abonarlo con mi experiencia, en cuanto siento en mí que cuando pienso dialogo interiormente. ¿Pero tiene esto algo que ver con el heroísmo y con la Patria? A nd rés : Tiene, y por hondísimo modo. Si a la esencia del hombre pertenece «estar con los demás», a manera de exigencia espacial o de relación expansiva; y si, por otra parte, el hombre es un ser que opera ineludiblemente en el tiempo, síguese forzosamente que tal relación «con los demás» es un quehacer común en el tiempo, un destino colectivo o, si quieres destacar la expresión, la voluntaria iniciativa humana, una empresa. No veo que la Patria sea otra cosa que un sin­ dicato historico. Sindicato, en su más primitivo significado de syn y diké, unión

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de los que luchan por algo justo; y en el caso de la Patria, por el destino histórico de un grupo de hombres. P a b l o : —He aquí una consecuencia que sonará a escándalo en los oídos de la vieja burguesía: la de que ser patriota vale tanto como ser sindicalista nacional. Pero quiero volver sobre este tema apasionante, cuya revelación te agradeceré siempre. Me hablaste de destinos colectivos, y esto lo veo claro. Mas si el destino individual es la salvación, ¿qué relación guarda este destino individual eterno con el destino colectivo temporal que hemos llamado Patria? ¿No ves en ello dos negocios por completo diversos? ¿O es que tú no concedes justificación teológica a quien no ha servido a su Patria? A n d rés : —Ésta es la más honda y dramática pregunta a que nos conduce nues­ tra meditación sobre el heroísmo. Confieso que el estado actual de mis reflexiones sobre el problema no me permite darte una respuesta terminante. Tal vez con otro diálogo consigamos encontrar razones sólidas a una negativa que —te lo adelanto— me parece españolamente indispensable. Para espolear tu ambición y para recoger un atinadísimo adjetivo que al comienzo empleaste, quiero indicarte que con ello estamos en el nudo de pensamiento y creencias por los cuales lidiaron güelfos y gibelinos. Por ahora, te recuerdo cómo en Trento la españolísima y decisiva mente de Laínez vio la justificación ante Dios en luchar por el premio «con toda el alma»; y ya viste que es esencial al hom bre—al alma del hombre— pertenecer a una Patria. Volvamos, empero, al heroísmo, cuya sutil raíz gibelina acabamos de entrever, y definámoslo como el voluntario arriesgamiento de la existencia que un hombre hace por lo que en el destino de su esencia imprimió la comunidad histórica a que pertenece. ¿No encuentra esta conclusión satisfactoria? P a b l o : —Así la encuentro, salvada la honda complicación teológica que tú mismo dejaste para otro diálogo. Quisiera, no obstante, hacerte una nueva pregun­ ta antes de separarnos. ¿Qué podríamos considerar opuesto a la virtud del heroís­ mo? Pienso que el suicidio, en cuanto por él aparta totalmente el hombre su exis­ tencia de su destino personal y colectivo. A ndrés : —No estoy acorde contigo. Lo contrario de ofrecer la existencia en sacrificio por el común destino no es separarla de él, sino enfrentarla con él. El hecho como tal recibe, especificándose, multitud de nombres diversos; pero la participación afectiva que el hombre pone en su versión contra el destino común de su humano grupo se llama siempre sociológica y psicológicamente, envidia. La en­ vidia, cuando lo es de veras, es la delación interior que tiene el hombre de la trai­ ción a su destino de grupo: familia, medio profesional, ciudad o patria. P a b l o : —Me parece encontrar una dificultad; porque la envidia dice relación de un hombre a otro hombre, y no de un hombre a un concepto. Y simple con­ cepto es el destino. A n d rés : — ¿Pues cómo piensas que los conceptos adquieran validez y eficacia humanas, sino a través de hombres? El destino de un pueblo es un concepto, pero se encaran históricamente en el hombre o los hombres que conducen a ese pueblo y en las generaciones que contribuyen a realizarlo. Los nobles que se oponían a lá unidad de Fernando e Isabel traicionaban —ahora lo vemos— al destino de Es­ paña, por envidia del poder creciente, a favor del viento histórico, de Isabel y Fer­ nando. A sí en tantos otros casos. P a b l o : —Acaso esta oposición polar del heroísmo y la envidia, respecto al común destino de los grupos humanos, nos lleve a comprender la aparición de ambos con tanta sólita facilidad en los pueblos de temperamento extremoso, como esta España nuestra. Heroísmo en las épocas de ascensión en el destino histórico,

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envidia en las de crisis o hundimiento. ¿No llamó Gracián a la envidia «maligni­ dad hispana», en aquel lento y glorioso hundimiento del xvii? A n d r é s : —Creo que has tenido una feliz intuición. Y aunque este nuevo sesgo de nuestro diálogo podría darnos, ciertamente, lugar a donoso y agudo comen­ tario, no quiero que hoy nos separemos con acedía o recelo en el ánimo. Pensemos en que, como decía Quevedo, nuestro angustiado maestro, «no admiten el invierno corazones / asistidos de ardiente valentía»; y despidámonos hoy rogando al Todo­ poderoso que esta primavera que esperamos por el triple invocado camino, no traiga en sí gérmenes de envidioso invierno. (Vértice, julio 1938.)

Vara Fray Justo Pérez de Urbel el nuevo «edificio imperial» se hará asi: «El amor y la Justicia pondrán los cimientos; la disciplina. y el Trabajo levantarán los muros; la Obediencia y la Concordia ten­ derán las bóvedas en el espacio; y después vendrá la Alegría, la Confianza, la Fe, la Oración, la Cortesanía, la Humildad con todas sus hermanas, bijas del cielo para decorar.:.» Pérez de Urbel pide la protección del Estado para quienes antepongan el sentir nacional y religioso al culto del arte. Los demás, «el que escondió su talento en el sudario o le consumió en piruetas estériles y fogaratas efímeras, serán arrojados a las tinieblas exteriores donde será el llanto y el crujir de dientes».

EL ARTE Y EL IMPERIO por F ray J usto P é r e z d e U r b e l , O. S. B.

Hay muchos, miopes o perversos, que se empeñan en empequeñecer nuestra lucha reduciéndola a una cuestión económica y social. Se combate, se muere, por ganar algunos dineros o por conservarlos, por conquistar un bienestar terreno o por no perderle, por adquirir una ventaja material d por no perder un privilegio. No faltan egoísmos, ciertamente, y hay gentes venenosas que están interesadas en mantener las sombras y las confusiones para mejor defender absurdas actitudes, pero en la conciencia de todos está que es algo más hondo lo que aquí se ventila. Se trata sencillamente, de ser o no ser; de adherirnos a un concepto de la vida que nos llevaría a la ruina absoluta o de escoger un ideal opuesto, que nos libraría del precipicio. O comunismo, o sea, aniquilamiento total, o triunfo de nuestra revo­ lución con todo lo bueno, lo noble, lo bello que llevamos dentro de nosotros mismos o que hemos heredado del pasado. Mucho nos preocupa el bienestar mate­ rial, pero más que nuestra renta, más que nuestro terruño nos importa nuestra esperanza inmortal, nuestra dignidad humana, nuestra gloria de españoles, nuestra religión, nuestra patria, nuestro arte y nuestra cultura. Todo esto es lo que nos querían arrebatar, y todo esto es lo que salva y recoge y asegura Falange en el haz indisoluble de sus flechas. Lo recoge para depurarlo, para engrandecerlo, para imprimir en ello la llama de su aliento juvenil. Porque

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todo necesita ser restaurado y vivificado para que concurra a la realización del gran designio. El edificio imperial necesita el esfuerzo mancomunado de todos los valores, de todas las actividades, de todas las virtudes y de todos los princi­ pados: el Amor y la Justicia pondrán los cimientos; la Disciplina y el Trabajo levantarán los muros; la Obediencia y la Concordia tenderán las bóvedas en el espacio; y después vendrán la Alegría, la Confianza, la Fe, la Oración, la Cortesa­ nía, la Humildad, con todas sus hermanas, hijas del cielo, para decorar los pórti­ cos, y tejer los tapices brillantes, y labrar los artesones y pulimentar los mármoles y los bronces y cubrir de gracias y magnificencias las estancias del alcázar ma­ ravilloso. Y vendrá también el ingenio con sus luces de inteligencia y de inspiración; también él con toda su prole, arte, literatura, verso, prosa, idea, ritmo, líneas, co­ lores, matices, sonidos, formas, sonrisas, emoción, belleza. Vendrá, pero renovado, purificado, jerarquizado y dignificado. Se reclama su presencia, porque es grande su misión en la construcción y decoración de la fábrica excelsa; pero también de él se exige disciplina y humildad. Las flechas de oro le abrazan amorosamente; pero al lado tiene el yugo, condición ineludible de toda fecundidad. Así pues, la revolución alcanzará al arte, como a las demás formas de la vida. Tal vez él la necesita más que ninguna otra, más que la tierra, más que la fábrica, más que el taller, Revolución, es decir transformación, retorno de la anemia a la salud, de la muerte a la vida. Porque si Falange es unir, volver a estrechar lazos, a entablar concordias fructíferas, también él necesita de este oficio misericordioso, sin el cual pronto se vería en trances de agonía. Ha sufrido del mal del siglo, de la epidemia que ha desencajado todos los resortes de la vida moderna: el libera­ lismo. La ciencia se rebeló contra la fe; la fe ¡aberración inaudita! quiso rebelarse contra la revelación; la razón se reveló contra las leyes de la vida, y el instinto se burló de los imperativos de la razón. Y el arte gritó a su vez: «¿Sólo yo voy a ser esclavo?» No; seré yo mismo, romperé todas las cadenas; seré arte puro. Y se divorció de la idea, de la tradición, del bien y de la moral. El pintor ya no quiso estudiar el cuerpo humano. ¿Por qué la pintura iba a estar sujeta a la anatomía? El poeta se convirtió en forjador de ritmos sin sentido. ¿Por qué la inspiración iba a estar sujeta a la sindéresis? Y el arte puro, orgulloso de su dignidad, pagado de sí mismo, imaginándose haber llegado a las cimas de la inspiración, se hundió en la miseria más espantosa, o, lo que es peor todavía, en el ridículo más solemne. Digámoslo claramente, contra esa atmósfera de mentira, formada por el autobombo más descarado, contra esa actitud cobarde y borreguil, qué se deja alucinar por amplios gestos pontificales. A primera vista parece como si el arte plástico lo mismo que la literatura se encontrase en una época de positivo esplendor. Se construía infatigablemente, se escribía desmesuradamente, las imprentas se enriquecían, funcionaban escuelas pa­ gadas por el Estado, se multiplicaban los estudios y los museos, se daban con­ cursos y las exposiciones de toda clase: escultura, pintura, reproducción, grabado, acuarela, se sucedían sin cesar. Las mismas escuelas de primera enseñanza se habían convertido casi exclusivamente en oficinas de hacer dibujos y monigotes. Todo esto sin contar la instrucción ofrecida en los museos, universidades, institu­ tos politécnicos, academias, ateneos, centros públicos e instituciones particulares. ¿Cuándo han tenido los talentos tantos medios para brillar, para triunfar, para producir la belleza? Y, sin embargo, ni los Cervantes aparecen, ni surgen los Murillos, ni brotan en el suelo patrio los Berruguetes, ni los Covarrubias vuelven

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a tender efl el aíre la gracia sonriente de sus líneas. No necesitamos que Spengler venga a descubrirnos esta nuestra penuria espiritual. De cuando en cuando salta un nombre, que parece renovar nuestros optimismos; pero pasa como el relámpa­ go, se desvanece dejando en nosotros el sabor amargo de la desilusión. Era una mentira más, un engaño de la secta, una créación ficticia del reclamo o del con­ vencionalismo comercial. Aún quedan restos venerables del viejo romanticismo que tanto se desprecia, sin lograr superarle; no faltan manifestaciones del espíritu académico, en que to­ davía se puede ver la lógica del arte; y vemos, sobre todo, en el campo de nues­ tras letras y de nuestras artes, flores delicadas en que sonríe la alegría estética y ostenta sus riquezas la imaginación, y se advierte un anhelo de novedad, de origi­ nalidad, digno de toda alabanza. ¿Quién duda de que existen todavía entre noso­ tros hombres dotados de genio artístico, continuadores o discípulos de Góngora o de Lope, de Goya o de Velázquez? Hasta pudiera decirse que son demasiados. ¡Pero qué lejos se quedan de aquellos grandes maestros! En cantidad tal vez no se queden por debajo de sus predecesores; pero es calidad lo que deseamos para clasificar una época de esplendor artístico. ¿Qué nos importa esa multitud de cosas medianas, en las que tal vez llega a arder una chispa de belleza auténtica, pero que carecen de la fuerza profunda y genial que las inmortaliza? Pueden servir para divertirnos un momento, pero falta en ellas esa vida plena que resiste a la vora­ cidad del tiempo. Después de considerar el panoro.ma artístico de nuestro tiempo, recuerdo sin querer la situación en que quedaron las letras y las artes cuando al desmoronarse el imperio macedónico, se interrumpe la serie de los grandes clásicos griegos, y el esplendor de Atenas pasa a las cortes de los pequeños soberanos que se repar­ ten la púrpura de Alejandró. Lo grande, lo fuerte, lo majestuoso desapareció para siempre; a las creaciones profundas y originales sucede úna literatura curiosa, arti­ ficiosa y sutil. Es el alejandrinismo artístico y literario. La poesía alejandrina ya no es popular, como era la poesía griega del siglo de Pericles. No lo es ni: quiere serlo. ¡Qué vergüenza si un oplita o guarnicionero llegase a comprender las figuras y palabras ingeniosas, laboriosamente escogidas para deleitar a los cortesanos de los Tolomeos, o a los delicados catadores de las más finas esencias retóricas! Y, sin embargo, en Atenas era el oplita lo mismo que el estratega y el cargador del puerto ló mismo que el trierarca, quienes se reunían en torno al rapsoda para escuchar los versos homéricos, y quienes aplau­ dían las tragedias de Sófocles y juzgaban si eran dignas del premio. Pero esta nueva poesía desprecia al pueblo o le ignora; ni sale de él ni se dirige a él; es una poesía erudita y mundana; poesía de invernadero que levanta su voz entre perfu­ mes aristocráticos y luce sus exquisitos y minuciosos encantos en el cenáculo es­ trecho de los especialistas, orgullosos de su posición de hierofantes de una litera­ tura esotérica, que aborrece el aire libre y mira desdeñosamente al mundo profano. Escritores y oyentes forman un círculo brillante, en el cual es difícil penetrar. Son hombres duchos en distinciones filológicas; son críticos, son gramáticos, que han logrado un puesto importante en la biblioteca real o el título de directores o profesores de la escuela alejandrina. Han examinado con lupa los escritos de la antigüedad, han comentado los viejos poemas; han lanzado al público ediciones esmeradas de Anacreonte y de Platon. Pero, creyéndose capaces de cosas más per­ fectas, recogen las ya trilladas fábulas en que no creen y componen nuevos cantos, que en su sentir van a eclipsar a sus más ilustres predecesores. Todo en ellos está

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exquisitamente medido, palabras, ritmos, imágenes, figuras retóricas. ¡Qué perfec­ ción en la forma! ¡Qué musicalidad en el verso! ¡Qué novedad en las compara­ ciones! Y luego, las alusiones eruditas, la colocación ingeniosa de los términos, las cadencias inéditas, las sutilezas del concepto... El pensamiento no tiene impor­ tancia alguna; lo fundamental para esta poesía es el tejido de los sonidos, el ropaje, los adornos. Por desarrollar algún tema, se tomarán los antiguos: el viaje de Jasón y sus compañeros, la cólera de Aquiles, el heroísmo de Héctor; aunque mejor sería no tomar ninguno, y así se habría conseguido la quintaesencia de la poesía, la poesía pura, meta de toda época decadente. ¿No parece ésta la descripción de nuestra poesía actual? ¿No pensáis en las tendencias de todo nuestro arte moderno o modernista? Poetas eruditos como aquellos que se extasiaban ante los manuscritos centenarios de Hesíodo componen un logogrifo después de descifrar un texto bo­ rroso y mugriento de algún pergamino medieval o de analizar una página de La Celestina en el aula de un Instituto. Los encontraréis en la escalinata de la Uni­ versidad o disfrutando de alguna prebenda en el Centro de Estudios Históricos. Se trabaja para vivir, se escriben versos por puro deporte. Versos puros, fríos, matemáticos, ajenos al palpitar de la vida colectiva, dirigidos a la inmensa mino­ ría de los iniciados. Poesía pura, en su sentir; pura jerigonza para la multitud. Jamás sentirán estos divos de la música verbal la envidiable embriaguez de Lope, cuando en medio de las calles de Madrid se veía rodeado, felicitado y aclamado por las muchedumbres, que el domingo anterior se habían apretujado en el corral de la comedia. Pero ellos no envidian la gloria de Lope; ellos han conseguido algo más todavía: la liberación de toda anécdota, la depuración de toda vulgaridad, la estilización soberana del arte. Así pensaban también los maestros alejandrinos: Filetas, Euforión, Zenodoto, Calimaco, Apolonio... ¡Qué sonidos tan huecos tienen estos nombres para nues­ tros oídos! ¿Dónde están los Argonáiitidas y los Aquileidas, con que se imagina­ ron oscurecer el brillo de la Ilíada? ¿Dónde los dísticos conceptuosos y preciosis­ tas de sus elegías y sus madrigales? El tiempo los sepultó en el olvido, y si algo queda, duerme en las bibliotecas cubierto de polvo. Tal vez hay algún erudito que se acuerda de los fragmentos salvados del naufragio, pero no para buscar el goce de la emoción estética, sino para conocer mejor una época de extravío y dé impotencia. Ante este fallo de la posteridad, sincero y desapasionado, tenemos derecho a desconfiar de los panegíricos, con que se trata de desorientar a la opinión, y acaso también de matar o adormecer la inspiración auténtica. A veces le vienen a uno ganas de explicárselo todo por una venenosa conjuración diabólica, empeñada en destruir todos los valores espirituales de la civilización cristiana. El verdadero arte se esforzará siempre por expresar a su modo los sentimientos más hondos que pueden brotar en el corazón humano y por esto mismo tiene que despertar los recelos de cuantos luchan por cerrar al hombre las perspectivas del infinito. Para evitar estos inconvenientes, es preciso vaciarle de todo contenido, convertirle en un juego insulso y vano, atrancar de él toda raíz de pensamiento profundo y vital. Antes se ha empezado por esterilizar el ambiente. No hablemos de la teología, cosa absolutamente ridicula tratándose de pueblos civilizados; la misma metafísica encontrará serios tropiezos para atravesar nuestras fronteras espirituales. Un metafísico puede llegar a resucitar el problema del alma, el de la otra vida, el de Dios; puede llevarnos a la religión y aun a la religión cristiana. Fuera, pues, ese hombre

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que significa un serio peligro social. ¿No es esto lo que se ha hecho? Se empezó por suprimir las cátedras de teología en las Universidades, y tras esto, se trabajo por eliminar poco a poco lá metafísica, remplazándola por la historia de la filo­ sofía, convertida en pura arqueología mental, o por la crítica filosófica, que si había de ser objetiva tenía naturalmente que llegar a la exaltación de las afirma­ ciones más contradictorias. A los filósofos sucedieron los pensadores sutiles, los ensayistas amenos, los psicólogos de penetración admirable, pero cuya ciencia posi­ tivista y contradictoria, sin pretensiones de construir una visión completa del mundo, no podría envenenar los espíritus con anhelos suprasensibles. Ahora bien, el arte necesita una metafísica para vivir; y si en vez de una meta­ física se le da una teología, será mayor su pujanza. La catedral es la Suma petri­ ficada. Por los cuadros del Greco corre la misma llama que arrebataba en éxtasis a santa Teresa y encendía las estrofas de san Juan de la Cruz. En la Grecia clásica, el arte y la filosofía trazan dos paralelas de una precisión maravillosa. Vemos las mismas etapas en una evolución idéntica. Aparece Mirón, el escultor del Discóbolo, el individualizador prodigioso, y junto a él se alza Heráclito, el filósofo de lo individual, el que en las cosas sólo ve la categoría del movimiento, Pocos años más tarde Policleto de Argos realiza las proporciones pitagóricas, el Kosmos geométrico, los números formando el Uni­ verso. «La belleza —según el filósofo de Elea— es producida por la aplicación de una unidad en una cadena de cantidades.» Así en el Doríforo, el Kanon de la escul­ tura griega. Después, junto a Fidias, cuyo arte nos refleja las cualidades eternas de la materia, vemos a Anaxágoras, temperamento embriagado de lo absoluto; junto a Scopas, famoso por la intensidad de sus intuiciones psicológicas, Sócrates, el des­ piadado analizador del corazón humano; y cerca de Epicuro y su escuela panteísta y materialista, Praxiteles con su gracia mórbida, con el lirismo de su esfumado, con su sentimentalismo melancólico y sensual, Hasta que la filosofía se agota, y con ella la poesía y el arte. Como en la época alejandrina, Como ahora. No queremos filosofía, porque la consideramos peligrosa y reaccionaria; y como era de esperar, nuestro arte debía quedar canijo y famélico. Dispuesto a servir al primero que diese un puñado de bellotas o un mendrugo de pan. Este amo generoso y ejemplar fue el comunismo. ¡Con qué júbilo saludaron su aparición los poetas y los artistas! Los que antes no' se cansaban de hablar de la poesía pura, de la dignidad, de la inspiración, de la independencia del arte, no tu­ vieron ahora el menor reparo en proclamar que el arte es propaganda y que no importa que se ponga al servicio de una idea. Acordémonos del pobrecillo Alberti, y de otros más taimados que él, que vendieron sus títulos nobiliarios por un plato de lentejas. Se dio el fenómeno extraño del comunismo haciendo gestos de mecenas, son­ riendo a ios escritores, señalando rumbos nuevos, haciendo promesas y caranto­ ñas a los oficiantes de la pluma y el pincel. ¿Es que la fiera se había domesticado repentinamente? Todo menos eso. Más fácil era suponer que se trataba de una jugada más de su astucia diabólica. Entre el socialismo y el arte tiene que existir necesariamente una oposición irreductible. El arte requiere un m ín im u m de liber­ tad que el socialismo no le quiere conceder; el impulso creador tiene que ahogarse a la larga en una atmósfera que se hace para él irrespirable. Platón y Tolstoi, dos teorizantes del ideal comunista, a pesar de ser grandes poetas, siguiendo el rigor de la lógica, se vieron obligados a condenar el arte, al echar de ver que era incom-

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patible con sus sociedades mecanizadas. La revolución francesa empezó por barret grandes obras artísticas, no solamente porque le recordaban días mejores, sino por­ que le parecieron irreconciliables con su falsa fraternidad. Bien sabemos lo que hicieron los comunistas al apoderarse de Rusia, y lo que están haciendo, ahora, en las regiones de nuestra España. Las catedrales abrasadas, los monumentos destrui­ dos, los museos aventados, las obras maestras perdidas para siempre son la prueba más evidente de su furia salvaje y de su cerrilismo integral. Y. no creamos que esta saña contra el arte se fundaba únicamente en las concomitancias con la reli­ gión; es que han comprendido que el arte mismo —espíritu y luz—· no tenía nada que hacer en su mundo materializado. Y sin embargo, todavía hablan de renovación artística, y se atreven a hacer llamamientos a los trabajadores intelectuales. Gestos hipócritas de quienes consi­ deran que no ha llegado aún la hora de arrojar completamente la máscara. ¿Qué arte podrá florecer en ese infierno, donde ni se pueden cantar las ansias más nobles del corazón humano, ni está permitido levantar los ojos al cielo; ni es lícito expresar los puros arrebatos del amor, o las mismas expansiones de la an­ gustia por lo infinito serían un contrasentido? En ese mundo absurdo Eneas no hubiera podido encontrar su cantor y el genio del Dante se habría visto condenado a la esterilidad y a la impotencia. El arte auténtico necesita, surge al contacto de lo suprasensible, que le roza con sus alas; a semejanza de la irritación del grano de arena, que, según dicen, excita a las ostras para producir la perla. ¿No es natural que si nos empeñamos en apartar los granos de arena, nuestras ostras no críen perlas? Todo esto lo sabe muy bien el comunismo; pero se da cuenta de que por ahora no le conviene asustar a los timoratos o a los necios, para los que su doctrina es la última palabra del mesianismo. Además, esa grey de literatos y de artistas, que por un mísero salario ha ganado a su causa, los Gide, los Wells, pueden servirle de preciosos colaboradores mientras llega el día del triunfo definitivo. Ellos forja­ ron ese arte castrado e infecto, que corromperá y debilitará al mundo y le entrega­ rá en sus manos: el dibujo pornográfico, el drama de adulterio, la poesía sodomítica, el anuncio desvergonzado, la novela del odio y de la rebeldía, el artículo hipócrita y mentiroso. Hasta que ellos mismos, considerados como seres inútiles o peligrosos para la sociedad de la máquina y la materia, se vean precisados a enejar la pluma para empuñar la pala y el azadón, y el arte, después de haber sufrido là deshonra y la prostitución, será condenado a muerte. ¿Dónde encontraremos el remedio? ¿Será acaso en el fascismo, la fuerza que disputa al comunismo el dominio de la tierra? También él promete la renovación, pero con palabras violentas, que intimidan a los pusilánimes. Oigamos a sus voce­ ros: «El soldado y el artista —dice uno— no tienen otra consigna en el mundo que ésta: matar o aprisionar enemigos.» Otro clama: «La civilización se halla en estado de guerra y por eso el conflicto que se le presenta al hombre de letras es tan pe­ rentorio; no existe soldado de tan poderosas armas como el escritor, y su ausencia del combate sería traición o cobardía.» Escuchad otra voz todavía más imperiosa e impaciente: «En nosotros está el poeta sano del poeta macho. Nuestra poesía —falange funcional— pertenece a la nueva catolicidad romana. Simplemente es criminal seguir cantando para uno solo. Todos formados y en fondo para el himno del Jerarca... Estamos hartos de líricos y de marineros poetas; porque épicos y marineros son barcas y velas.» ¿Luego, caeremos otra vez en la servidumbre del arte? Examinaremos con cui-

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dado este problema que no deja de ser delicado y tiene íntimas relaciones con nuestro concepto imperial del Estado. Empecemos por hacer una concesión a Óscar Wilde y a todos los estetas y seudoestetas' que consideran a todo moralismo como una intromisión grosera en el campo del arte: el arte tiene su campo propio y la belleza vale sólo por su condición de belleza. La literatura tiene su par_ ticular, o mejor su sentido; es un mundo aparte que en sí mismo halla sus razones de ser, sus goces y sus tormentos, sus castigos y sus recompensas. Hay una visión del mundo, despiadadamente objetiva y realista, hija de un estado de espíritu, que se caracteriza por su arder febril, por la tensión violenta de todas las energías hacia la acción, que tiende a aplicar a todas las cosas un criterio cerrado de utilidad y de finalidad práctica. Según ella, no habría manifestación vital, que no esté sujeta al principio utilitario de la vida técnica, mecánica y económica, siendo aceptable únicamente en cuanto tiende a producir un fin. En esta teoría pragmatista, el arte debe ser rechazado desde el momento en que no se proponga una finalidad prácti­ ca, quedando reducido a ser puro instrumento de la pedagogía o d¿ la moral. Debemos reconocer que esta concepción espiritual procede siempre de un áni­ mo generoso y que el impulso que le mueve no puede ser más laudable, pues tiende sencillamente a imprimir en la vida un sello de austeridad y una orientación defi­ nida, que surgen como natural protesta contra una corriente de extravíos y frivo­ lidades. Sin embargo, es un hecho que exagera en su reacción o que no llega a expresarse con la precisión debida. Es preciso evitar este escollo del practicismo absoluto, huyendo a la vez de la plaga del estetismo, que sólo mira la obra del arte bajo su aspecto artístico, en el sentido abominable que Óscar Wilde atribuía a esta expresión. De hecho, el verdadero artista no tiene otra gloria que la de sacar a la luz la vida que soñó en el momento de la inspiración, libertar su ser, exteriorizar su ideal, proyectar su verdad por medio de °las representaciones vivas. Hacer brillar la verdad en el mundo, ésta es la palabra. Por eso la antigüedad dijo que la belleza es el esplendor de la verdad. Y no se ha encontrado definición más verdadera. Es el esplendor de la verdad; es decir, de la luz que brilla en el espíritu y de la vida profunda del ser, en su más amplio contenido, en su fuerza fecunda rebosante de esencias y posibilidades. Muy bien; la belleza vale por su condición de belleza, pero no puede ser belleza si rompe todos los lazos que la unen con el mundo de la verdad y del bien. Sin su alma, que es la verdad, la belleza sería puramente exterior y mecánica, porque, como decía Kingsley Porter, la· decoración es tan sólo un medio para conseguir el fin supremo: la expresión, y buscarla en primer término es correr el riesgo de la heroína de Ibsen, Edda Gabier, que a la postre sólo en­ cuentra el hastío anulador de todas las cosas. Por eso, aquella severa advertencia de Platón, gran catador y conocedor de lo bello, cuando decía a sus discípulos que ante la belleza no había que entregarse con sumisión incondicionada. Y esto es también lo que se ha de exigir al artista de la España que ahora nace. «Amigo mío —le diremos—, hasta ahora has estado haciendo el ridículo y per­ diendo un tiempo precioso. Años y años te has pasado de rodillas ante el ídolo de la belleza y del arte puros, y el ídolo se ha reído de ti. Te has desdeñado de inte­ rrogar la Verdad; has despreciado los fueros del bien, has trastocado en una sub­ versión tremenda las leyes más elevadas del espíritu, y ahora recoges los frutos de tu insensatez. Tus frutos son insípidos y malolientes. Se nos deshacen entre las manos como manzanas podridas. Has olvidado de verdad, y has perdido la belleza,

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esquiva a tus miradas porque no la buscaste con pureza de intención; has alterado la jerarquía interna de los valores y por eso has destruido tu obra, has malgastado tu ingenio y has amargado tu vida.» No obstante, este hombre es un elegido de Dios, lleva en su pecho una llama celeste y en sus manos una fuerza creadora. Es preciso salvarle de sí mismo, romper los lazos que encadenan su inspiración, abrirle los brazos, y darle el puesto que se merece entre los restauradores de nuestro imperio. Le enseñaremos a llenar sus ánforas de vida y de verdad, le admitiremos fraternalmente en nuestra tarea jubilo­ sa, le infundiremos el noble orgullo de su misión en las filas, tensas de anhelos, vibrantes de optimismos, de los amantes de la España nueva. Y hablándonos de la verdad, y enseñándonos el bien, y reflejando ante nosotros los esplendores de una vida Üena, gozosa y victoriosa, hará surgir entre nosotros la explosión radiante del milagro de la belleza; sin percatarse casi de la armonía y seducción de las formas, se sentirá beatificado y transportado por el contacto de la realidad palpi­ tante de plenitud y transparencia, que será el fruto de nuestros esfuerzos^ Y su arte, como todo arte auténtico, como el arte de la Ilíada, exaltación de las virtudes helénicas, como el arte de la Divina Comedia, definición y apología de los dogmas cristianos, como el arte del Quijote, escuela de generosidad y heroísmo, tendrá las dos propiedades indispensables para que pueda desafiar el paso de los siglos: sen­ tido práctico e idealidad pura, utilidad y elegancia, agilidad de juego y noble sudor de trabajo. Como en la Virgen de Juan de Mena, que Eugenio d’Ors llama Nuestra Señora de la Amistad en una glosa sabrosa y sustanciosa. ¡Con qué ele­ gancia, con qué gesto de suprema distinción, retira Nuestra Señora los pañales del Niño con tres dedos de la mano derecha, levantando al aire los otros dos! Es el gesto de la elegancia mundana, que retrataba Boldini, el pintor tziganesco de París. Perç> éstas no mudan pañales, ni sabrían mudarlos. «Levantar los dedos no tiene gracia alguna, si al mismo tiempo no se mudan pañales; tampoco hay gracia en el hecho de mudar pañales, si no se tienen los dedos libres y levantados. La gracia está en reunir las dos cosas.» La gracia está en unir la verdad y la belleza. Desde hoy ése será el programa del artista; aprisionar rayos de luz y matar enemigos; aniquilar errores y encender estrellas; pilotar barcos con velas de ensueño y sostener el ánimo de los navegantes. Tanto mejor para el Arte y tanto mejor también para el Imperio. Porque ya lo decía Nebrija cuando en 1492 —año imperial— publi­ caba la primera gramática castellana: «La lengua fue siempre compañera del im­ perio e de tal manera lo siguió que juntamente comenzaron, crecieron e florecieron, e dempués juntamente fue la caída de entrambos.» Así debe ser en la España de nuestros sueños, como en la España gloriosa de Fernando y de Isabel, de Cisneros y de Arias Montano, aquellos favorecedores de arquitectos, mecenas de poetas, creadores de universidades, autores de poliglotas, restauradores de ciencias, despertadores de Espíritus, y alentadores de sabios. El arte proyectará su luz sobre el imperio, le iluminará, le glorificará; el imperio sos­ tendrá el arte, le protegerá, enderezará sus extravíos, apoyará sus iniciativas, y alentará sus esfuerzos. Así lo entendía Augusto cuando trazaba el programa de su renovación imperial: el arte y la literatura serían dos instrumentos preciosos de la grandeza futura. Tam­ bién a ellos tenía que alcanzar el espíritu de renovación. A los oídos del emperador adolescente llegaban ecos de versos preciosistas, que le llenaban de mal humor. Alejandrinismo de Catulo, un hombre dominado por los caprichos pasionales y las fantasías de la imaginación, el primer romano que olvidándose de las tradiciones

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de su raza se encastilla en la frágil ciudadela del arte, indiferente a las luchas y a los partidos, ajeno a la historia de su tiempo, artífice de ritmos, tejedor de virtuo­ sidades ilusorias, gran poeta malogrado, si la traición de Lesbia no hubiera venido a sacarle de sus frías imitaciones helenísticas para despertar en él la emoción autén­ tica, el fulgor de la verdad, la palpitación de la vida. La peste podía infeccionar toda la literatura romana, pero allí está Augusto, el creador del imperio. Su actividad no se ciñe únicamente a las funciones políticas, ni a la vida social, ni al mundo de la economía y del comercio. Quiere, ante todo, la renovación espiritual, y para eso es necesario contar con los filólogos, con los poetas, con los historiadores, con los artistas. Los busca, los atrae, los acaricia, los ensalza, los asocia a su tarea, después de infundirles el hálito del sentimiento nacional, que es el alma de su vida. En un Estado bien constituido, como el que él construye, la literatura no podrá ser simplemente una distracción pasajera para gentes frívolas, sino un elemento constructivo y renovador; y los literatos no goza­ rán de sus favores ni tendrán derecho a gozar de la gloria de Roma sino sola­ mente olvidando sus egoísmos, poniéndose al servicio de la virtud y del heroísmo romano, adaptándose a la nueva era y formándose una conciencia neta de su alta misión en las rutas luminosas del imperio. A Virgilio se le señala un tema digno de su genio y de la grandeza de Roma; a Horacio se le saca de las charcas malo­ lientes de sus primeras sátiras para subirle a las cimas de una lírica altiva y severa; a Ovidio, el hombre de la habilidad técnica sin igual, se le quiere salvar de sus ligerezas; pero en su frivolidad incurable, en su sibaritismo egoísta es incapaz de comprender el noble impulso que mueve a sus compañeros, y tiene que salir deste­ rrado al país de la barbarie y de las eternas nieves. Allí por lo menos, al ver que ha perdido, llegará a darse cuenta de la grande obra, en que se le invitaba a cola­ borar. Pero era digno del castigo: echa de menos a Roma, no por el brillo de su gloria, sino por su lujo y los alicientes que ofrecía al placer. Piensa en ella como un parisién pensaría en el boulevard. Diose entopces un florecimiento inesperado, un arte imperial, una literatura clásica, ¿por qué no podría ser ahora otro tanto? No creamos a Keyserling cuando nos anuncia que ha llegado el ocaso del ingenio; ni a Spengler, cuando nos dice que al llegar el apogeo de la máquina, se eclipsó pata siempre el reino del espíritu. Cuando se abre un siglo de oró, ei escritor corre la misma suerte que el artesano y el soldado. Lo que debe terminar para siempre es la actitud privilegiada del ta­ lento, que sólo vive para ser rodeado de incienso y He adoración. El dandismo en literatura tendrá entre nosotros el mismo trato que el capitalismo escéptico y sin entrañas. El divo intelectual tendrá que convertirse en servidor humilde de sus her­ manos, convencido de que la luz que lleva en la frente le ha sido dada para guiar a los demás. Cuando el labriego pone sus brazos y el soldado su heroísmo, y su habilidad el mercader, y el obrero su paciencia, cuando suena por todas partes la orden de trabajo y el grito de sacrificio, cuando el reclutamiento abarca a todas las clases de la sociedad, es imposible, es absurdo, que el escritor y el artista se queden orgullosamente apartados en las almenas de su torre de marfil. También ellos deben acudir al llamamiento y decir con gesto generoso: «Aquí estamos dis­ puestos al servicio generoso de nuestro rango. Nuestra pluma será espada, bastón, salterio, mástil, antorcha, bandera...; ,todo lo que quiera la Patria. La serviremos con amor, fieles siempre a la consigna del ideal, respetuosos con el Imperativo sa­ grado de las eternas verdades. Cantaremos el heroísmo, diremos las virtudes de la raza hispana, ahuyentaremos las tristezas, disiparemos los desalientos, y nuestra voz

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será en la victoria himno de júbilo y en la noche columna de luz.» Tales seán nuestros guías. La España nueva protegerá a estos hombres, como guardadores y enriquecedores de su patrimonio; los protegerá y los alentará. El gobernante será su protector y su amigo. Si no le es posible producir genios, sabrá al menos reconocer aquellos que se encuentren en su camino. Se rodeará de sabios más que de jugadores y deportistas, para que se cumpla lo que decía el protonotario Lucena: «Jugaba el rey, éramos todos tahúres; estudia la reina, todos somos estudiantes.» Y entretanto, el divo, el saltimbanqui, el que escondió un talento en el su­ dario, o le consumió en piruetas estériles y fogaratas efímeras, serán arrojados a las tinieblas exteriores donde será el llanto y el crujir de dientes. (Jerarquía, Pamplona, marzo 1938.)

Aprovechando la profesión de fe republicana de un diplomático español, María Zambrano amplía ese concepto de creencia y entrega a la vida misma. «Un acto de fe — llama a elegir ese campo—, pero en el hombre todo — hasta la fe— plantea una cuestión moral... no es elegir sino el aceptar en la entrega abnegada y sin reservas a todos los riesgos, a todas las responsabilidades.» María Zambrano se asom­ bra de lo limpios de odio que están los soldados republicanos en esa tarea casi mística: mientras el enemigo actúa sólo movido por el odio, «el pueblo les opone resistencia para no entregarse a la más vil de las esclavitudes». Y sostiene que «desde el primer instante la guerra tuvo por nuestra parte un cierto carácter apostólico, pues ha querido ' el destino que ellos usen las palabras vanamente y nosotros tengamos las realidades sin apenas atrevernos a nombrarlas».

UN TESTIMONIO PARA ESPRIT por M aría Z ambrano

La revista Esprit en su número de mayo publica una «Carta Abierta» de nues­ tro ministro en La Haya, Semprún y Gurrea, a quien desde hace años hemos co­ nocido fiel al espíritu de Esprit, y la contestación de Emmanuel Mounier. Es el tema de la «cuestión española», tratada con apasionada vehemencia por Semprún, con delicada comprensión por Mounier. Diferentes aspectos son abordados, entre ellos el de la «no intervención» —así creemos que se llama— para la que Mounier tiene duras y exactísimas palabras que constituyen toda una sentencia sin apela­ ción para cualquier conciencia no corrompida. Pero no vamos a hablar de ella ahora, pues ¿qué se podría añadir a lo ya dicho en todos los idiomas del universo y con todos los razonamientos posibles? A su sinrazón, a esa sinrazón que ni tan siquiera pretende ya cubrir las apariencias, opone el pueblo español la razón de su sangre, de una sangre derramada sin economías por mantener la existencia de España y para rescatar lo mejoi: del hombre.

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Otra es la^ cuestión que nos ha llegado a lo más íntimo, la que ha conmovido nuestra sensibilidad un poco ya —¿por .qué no decirlo?— indiferente, ante las dis­ cusiones a que damos materia. Porque a este lugar donde los españoles miramos de cara a la muerte, sólo la fraternidad puede llegarnos atravesando el muro de nuestra soledad. Y cada vez menos, lo que sea producto de la curiosidad intelectual —bien parca por cierto ante esta tragedia—; cada vez menos, las investigaciones sutiles. Pero lo que Mounier plantea en su respuesta a Semprún, es una esencialísima cuestión moral: la cuestión misma de la guerra. Y eso, ¿cómo no va a afec­ tarnos? Dice así: « ...u n acontecimiento ha venido a crear entre usted y nosotros una solidaridad más honda que todos los debates y opiniones y ha puesto entre usted y nosotros, al mismo tiempo, una distancia. El acontecimiento: la guerra de uste­ des. El acto, el que usted ha realizado una mañana de julio del treinta y seis, al decidir mantenerse fiel a su palabra de buen ciudadano, su convicción republicana y más profundamente todavía a lo que usted entiende como su vocación de cristia­ no. Solidaridad y distancia; voy a explicarme. »En el momento en que todavía pensábamos, como unos adolescentes, en lo eterno, nos ha dado usted la lección del primer acto que uno de los nuestros ha tenido que imponer a la materia rebelde del mundo dado. Nos ha puesto usted en claro las servidumbres de la acción... Nosotros nos habíamos asignado como mi­ sión, hasta aquí, la de recordar que no cabe hacer sin ser; tratábamos de ser hombres cabalmente; para algunos, cristianos. La empresa era bastante considera­ ble, estaba harto abandonada para que no le consagrásemos toda nuestra energía. La guerra de España y la decisión de usted han venido a recordarnos que el cami­ no de las obras perdurables no es seguro, y que puede atravesarse en el camino una Esfinge de palabras apenas descifrables, que exija un sí o un no, o la muerte.» Y todavía más adelante concluye refiriéndose a la «distancia» creada en virtud del acto de Semprún, o sea al hecho mismo de la guerra. «Estar en guerra no es sólo ver lás decisiones bruscamente simplificadas por la inminencia de la muerte. Estar en guerra no es sólo estar bajo una plaga, es, incluso cuando la guerra le haya sido impuesta a uno, entrar en desorden de que padece la ley. Y de ahí, mi querido Semprún, que sea tan delicado este sentido de la amistad hacia los hom­ bres sensibilizados por la angustia y las legítimas cóleras, y que con respecto a vo­ sotros, amigos españoles, como con respecto a vosotros, camaradas franceses, si un día surgiese la lucha, tengamos un papel de ningún modo renunciable: arrancar todo lo que podamos al mal, hasta, si es preciso, del corazón de nuestros amigos.» Y unas líneas después: «Pienso, con palabras de un testigo no sospechoso, Mal­ raux: “Una de las cosas que más me turban es ver hasta qué punto en toda guerra cada uno adquiere un enemigo, que quiera que no.” Para luchar contra la guerra total de un régimen militarizado, han tenido ustedes que doblegar a la libre Espa­ ña, a la ley de la guerra, que es dictadura, simplificación del drama colectivo, aho­ gar los dramas individuales.» El acto de decisión de Semprún al mantenerse fiel a su pueblo y a su Gobierno, es así analizado en dos momentos. Primero, una decisión ante un acontecimiento no buscado, ni querido, pero ante el cual no queda sino tomar partido —supone­ mos que Mounier no habrá dejado de tener en cuenta que la neutralidad es tam­ bién un partido—, y tras la decisión, la situación a que por su virtud ha venido Semprún a quedar participando en la situación moralmente desdichada de la guerra. Un acto puro y una consecuencia desdichada. C on la valoración d e los dos m om entos n o estam os ta l vez de acuerdo, y d e

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cómo se comprende el acto de decisión, se sigue, en gran parte, la apreciación de su resultado. Porque Mounier piensa en un acto de pura decisión, de voluntad en su forma más pura, que decide de repente nuestro destino. Lo cual es cierto que ocurre cuando de voluntad se trata, y que es lo que da el mayor carácter dramático a la vida humana. El drama no existiría si las decisiones de la voluntad no tuvieran que ejercitarse sino ante circunstancias igualmente libres y elegidas. El imperativo de pureza quedaría fielmente cumplido. Así está perfectamente expresado por Mounier cuando habla del conflicto entre «pureza» y «eficacia» y cómo no se puede, cuando sé quiere ser hombre a toda costa, renunciar a ninguna de las dos. Se sigue aquí la tradición kantiana, por la cual la pureza pertenece por entero a la voluntad libre, forma que ha de recaer forzosamente sobre una materia dada, por lo tanto extraña, por lo tanto impura. Para tal tradición la realidad sería siempre una Esfinge de pa­ labras apenas indescifrables; y la única garantía moral radica en el acto mismo. Pero, ¿ha sido éste, exactamente, el acto por el cual, una mañana de julio, Semprún —al nombrarle no aludo a su persona concreta, en cuyo nombre, claro está, no soy yo quién para hablar, sino que me refiero a cualquiera de los españoles que obramos como él— se mantuvo fiel a su Gobierno, fiel a su pueblo? No, cierta­ mente. Con toda su grandiosa conmoción, con todo el frenesí popular de los pri­ meros momentos, la realidad que nos demandaba, «sí, no, o la muerte» a los es­ pañoles no era una Esfinge de indescifrables mensajes, sino un clarísimo deslum­ brador rostro que nos pedía «sí o no como Cristo nos enseña». Cuando el pueblo español conoció la traición de que era objeto, cuando tuvo la evidencia plena de la invasión del fascismo internacional atentando contra su libertad y su hombría, no presentaba ante ninguna conciencia individual, una realidad rebelde dada; esta realidad era tan pura, clara y evidente como para no aparecer como materia rebel­ de o enigmática. Nada menos enigmático. Y lo que en realidad tuvo lugar no fue un acto moral, sino un acto de je. Por un acto de fe en su destino humano, por un acto de fe en la dignidad y en la libertad ultrajadas el pueblo español se lanzó a la muerte sin medir las fuerzas, sin calcular. Por un acto de fe irresistible. Instantáneamente quedó abolida la disparidad, la heterogeneidad dolorosa entre la realidad que despierta a la voluntad y la voluntad en su pureza. Tal fue el mi­ lagro. La seguridad, la certeza no provenían de la voluntad, sino justamente de la realidad dada, que la rebosaba, y que no era de angustia, sino de fe. Muchas veces he pensado que el vivir en España en los primeros momentos de nuestra guerra hubiera sido necesario para las almas mejores, para los entendimien­ tos más sedientos de verdad. A una experiencia así es difícil sustituirla pues echa por tierra muchos conceptos, los rebasa como sucede con toda experiencia creadora, revolucionaria; lo que habíamos pensado apenas nos sirve si no es por contraste. Por eso hay que decir, acto de je, milagro, con plena responsabilidad. Pues ya me doy cuenta de que tales expresiones pueden ser traducidas compasiva e irónica­ mente por espejismo, ilusión, inconsciencia. Mas no se trata de un testimonio indi­ vidual, sino de todo un pueblo que repentinamente, con la rapidez de una inspira­ ción y la seguridad de una comprensión madura se abraza a su destino a vida o muerte. ¿Acaso resulta esto tan incomprensible para un cristiano? ¿Hubiera sido lícito detenerse ante tal acontecimiento por la consideración de los inevitables males de la guerra? Por otra parte esta experiencia es muy de carácter de nuestra época en que la experiencia rebasa la razón casi siempre. De ahí la ininteligibilidad del mundo. Un acto de fe. Pero en el hombre to d o —hasta la fe— plantea una cuestión

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moral. Y la exigencia moral que la fe plantea no es el elegir sino el aceptar, es la entrega abnegada y sin reservas a todos los riesgos, a todas las responsabilidades. Entrega que permite avanzar con la conciencia tranquila —en paz— a través de una guerra tan dura, tan pavorosa. Entrega que permite estar en las mismas trinche­ ras sin odio.

Es, en efecto, muy acongojante la cuestión del «enemigo» y confieso que aun antes de conocer la frase de Malraux —tan autorizado por haber compartido desde el principio nuestros riesgos— había sentido la angustia que expresa y por ello me había fijado bastante en los compañeros que regresaban del frente, investigando lo posible para descubrir en qué relación anímica se encontraban frente al enemigo. Y llegó hasta extrañarme lo limpia de odio que su alma estaba; incluso en aquellos que liberados de los fascistas les debían una penosísima reclusión en oprobiosas cárceles de angustia, de hambre y de sed. Con una objetividad que estremece na­ rraban todo ello, se referían a ello sin apenas odio, y hasta en las mismas expre­ siones habituales de la lucha, de combate en que se pretende la aniquilación del enemigo ¡eran algo tan distinto del odio! Podríamos decir que nuestros comba­ tientes pretenden y quieren aniquilar al enemigo en tanto que enemigo, no en tanto que persona. Y no es una distinción escolástica sino muy viva y real y que cualquiera puede comprobar por sí mismo. Si nuestros soldados pudieran separar de la existencia concreta del enemigo su condición de agresores, de fascistas; si, usando una vez más de un término cristiano para mayor claridad, pudiesen con­ vertirlos en camaradas, en hermanos, encontrarían su misión cumplida. Y no cabría en modo alguno objetar que tal actitud es posible también en los agresores. No; ellos engañaron, traicionaron; ellos buscaron la guerra por odio, ellos son el asesino: el pueblo español, la víctima que no se conforma con serlo pasiva­ mente sino que reacciona positivamente hacia la vida, hacia la salvación. No cabe otra actitud; tener otra sería caer en el tolstoyano «no resistir al mal», tan poco cristiano en verdad, pues el cristianismo afirma la vida en la fe y en la esperanza y la prodiga por la caridad. No, esta guerra no es reversible —en esto ya está de acuerdo Esprit—, no ya por la diferencia de fines, sino por la situación humana de los beligerantes. Ellos se han alzado por el odio; el pueblo les opone resistencia por no entregarse a la más vil de las esclavitudes. No se resigna a perecer; eso es todo. Prodiga con su sangre su fe en la vida. No se resigna a perecer, ni a que la hombría perezca. Desde el primer instante la guerra tuvo por nuestra parte un cierto carácter apostólico, pues ha querido el destino que ellos usen las palabras vanamente y nosotros tengamos la realidad sin apenas atrevemos a nombrarla. Una prueba está en la necesidad tan vivamente sentida de lo que se ha llamado Comisariado Político y que se ha dirigido desde el primer momento no sólo a nuestros soldados, sino a «los suyos». Ha ido el Comi­ sario Político a hablar al hombre que puede haber encerrado en cada enemigo. Sería desde luego absurdo negar o pretender encubrir las terribles cosas que trae la guerra consigo; los daños materiales, la angustia y el dolor que forman su cortejo. Y la impureza que hay que aceptar en provecho de la eficacia. Pero aquel originario acto de fe que puso en pie a nuestro pueblo, mantiene como grano de sal cierta pureza que ninguna desgracia, ningún desastre consigue marchitar. Y con­ serva a través de dos años de sufrimientos, intacto en su fondo, ese sentido posi­ tivo, ese afán salvador, esa tendencia universal de nuestra lucha. Y si la conserva es porque el acto de fe se ha renovado, como la creación, cada día. Renovación de la fe en nuestro destino, esperanza que nos fortifica y tranqui­

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liza. ¡Si fuera posible ver desde fuera cuánta paz y qué profunda, qué verdadera en quienes estamos al lado del pueblo, en esta guerra! Desde esta paz tan viva, tan íntima, sentimos la paz oficial «del mundo de las potencias democráticas», que cada día lo son menos, como algo mucho peor moralmente. Algo mucho más ne­ cesitado de clarificación, de ayuda. Algo donde el mal está más arraigado, embos­ cado, como aquí decimos. De ayuda, para que escuchen la llamada del corazón del mundo; el requerimiento de la dignidad, del porvenir humano amenazado en lo más íntimo. Mientras escribía estas líneas han sonado las sirenas de alarm a—no es afán melodramático el consignarlo, porque todo español de «este lado» las oye mien­ tras trabaja, mientras descansa, mientras respira—, sirenas bajo un cielo poblado de muerte, sobre una ciudad desolada; alarma con que un pueblo en soledad llama a las conciencias dormidas del mundo. (Flora de España, junio 1938.)

Julián Marías pide una literatura de guerra, es decir, una litera­ tura que aproxime el Ejército y su misión con el pueblo que la sigue desde la retaguardia. Marías cree que lo que se ha hecho hasta el momento es una repetición de elogios al Ejército y concisos partes y piensa que sería bueno «un comentario autorizado y suficiente sobre cada etapa. De otro modo, la guerra carece de figura y no se mide la importancia de las cosas... a la claridad política de que tanto se habla debe acompañar en el pueblo una claridad militar».

LA LITERATURA DE GUERRA por J u l i An M arías

Hay una cuestión de guerra interesante, aunque no sea de las más urgentes, que no ha encontrado solución, ni siquiera aproximada, entre nosotros en los dos años largos que llevamos de campaña: nos referimos a la literatura de guerra. No se quiere decir con esto que no se haga, sino que no se ha encontrado el modo justo y conveniente, y que hay necesidades en este aspecto que están com­ pletamente por satisfacer. Lo que se escribe sobre la guerra suele ser muy vago; casi siempre se trata de generalidades, de tono excesivamente encomiástico, y, ade­ más, antes político que militar. Nada, pues, que tenga que ver con la realidad del Ejército o con el desarrollo de las operaciones. Y cuando se quiere evitar esto se tropieza en uno de estos dos escollos: o la literatura de guerra se reduce a la pura anécdota de campamento, casi siempre deleznable, o entra de lleno en la indiscre­ ción. Por eso, repetidas veces, las autoridades militares han prohibido toda infor­ mación que no sea la del parte oficial, acerca de operaciones de gran importancia. Así, cuando la ofensiva de Brúñete, en el frente del Centro, o la que se terminó con la toma de Teruel, y en otros muchos casos. Con esto, claro es, se evita el peligro de decir lo que no convenga, pero es a costa de suprimir la función de la crónica de guerra, que tiene un papel importante en la moral del Ejército y en la

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de la población civil, y en otra cosa que se suele olvidar, a pesar de su interés, y es la relación entre esos dos grupos nacionales. Para darse cuenta de estas deficiencias basta recordar la Gran Guerra. Durante ella se escribió mucho más —y con mucho más espíritu— que sobre ésta que esta­ mos viviendo. Y no nos referimos a la literatura de las naciones beligerantes, sino a lo que entonces se producía en España. Es sorprendente que no haya acompa­ ñado a una conmoción tan intensa y tan próxima como es la de nuestra guerra un desarrollo adecuado de la literatura militar. Es ésta una anormalidad que me­ recería alguna reflexión. Vamos a intentar bosquejar brevemente lo que echamos de menos en ese as­ pecto y los medios posibles de satisfacer a esas necesidades. En primer lugar, falta una crónica diaria, o poco menos, de las operaciones. Los partes no pueden ser descriptivos ni narrativos: tienen que limitarse a dar cuenta de los resultados mili­ tares de la jornada. Pero en una guerra en que toma parte un pueblo entero, no se puede pedir a éste un interés vivo e inmediato por lo que sólo conoce de un modo abstracto. Tal como se hacen hoy las cosas, se tiene poco contacto con la realidad viva de la guerra y del Ejército; a éste se le aplican siempre los adjetivos más elogiosos, sin medida, haciendo que se gasten y pierdan valor. Por otra parte, la nación tiene escasa familiaridad con las fuerzas que la defienden, y sólo oye hablar de pocas unidades. Es menester que se pueda seguir de un modo discreto, vivo y veraz, la marcha de la campaña; que no se quede atenido al puro balance de ganancias y pérdidas —el parte—, al elogio hiperbólico y gratuito o a la anéc­ dota, con frecuencia chabacana, qúe suele dar la Prensa. Es necesario que la guerra tenga un sentido en todo momento para los que la hacen, que son todos los espa­ ñoles, de un modo o de otro. Por otra parte, convendría mucho que se diese temporalmente, cada semana o al terminar cada grupo de operaciones, un comentario autorizado y suficiente sobre esa etapa. De otro modo la guerra carece de figura, y no se mide la importancia de las cosas; se da casi el mismo valor al corte de comunicaciones que a la pérdida de un pueblo, o a un golpe de mano afortunado que a la penetración por el Ebro. A la claridad política de que tanto se habla debe acompañar en el pueblo una claridad militar; es menester que se sepa, en términos generales y sin grave error, qué ocurre en la campaña, qué etapas de ella vamos recorriendo y en qué sentido. Por último, interesa enormemente la literatura militar como literatura para militares, de formación congruente para la guerra. Pero esto es una cuestión com­ pletamente distinta, y su lugar es otro. La única dificultad que puede haber para que se escriba sobre la guerra como conviene es la falta de personas aptas o él riesgo de indiscreción. Ambas razones han impedido que se deje esta misión en manos de los corresponsales de Prensa, pero no ha sido para ponerlo en otras. Es el Ejército mismo el que debería ocu­ parse de ello. En sus filas está hoy toda la juventud española, y aun la primera madurez; lo mismo entre los soldados que entre los oficiales se pueden encontrar personas —hacen falta poquísimas, además—■ capaces de hacer bien estas tareas. Respecto a los riesgos de inoportunidad o imprudencia, dentro del Ejército no son problema, puesto que estos trabajos se harían bajo la inspección directa del Estado Mayor y aun por indicación suya. Creemos que éste es el camino para dar a nuestra lucha el espíritu que —unas veces por su falta, otras por su calidad— echamos de menos. (Blanco y Negro, 1/II/38.)

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En el último trabajo de una serie, Lain hace un resumen de los intentos españoles para lograr una España católica y al mismo tiempo moderna. Según él, esa conjunción se encuentra sólo en el Movimien­ to. «Cesarismo católico de Carlos y Felipe en el pasado. En J o por­ venir, solución inédita (pero segura: nos lo canta en la entraña nues­ tra fe de católicos y de españoles) que reserva al mundo el nacional­ sindicalismo católico español', clave de la espiritualidad nueva.»

NACIMIENTO Y DESTINO DE TRES GENERACIONES por P ed ro L ain E ntralgo L a generación d e la anteguerra : H errera

Por cuanto antecede, he creído poder hablar del fracaso de Herrera en su ini­ cial designio. Mirado en esquema el complejísimo proceso causal del fracaso, he aquí una serie de sumandos que se nos presentan: 1. Sociológicos. El error, común con Ortega, en orden a la relación de mino­ ría y masa. La consideración de la minoría como entidad meramente educadora y ejemplar, y al pueblo como barro pasivo. En el fondo, incredulidad en la virtud íntima —virtud, en sentido escolástico— del pueblo español. Consecuencia de ello, un error táctico en la misión, que fue más jesuítica —adecuada a pueblos primitivos, en cuya vida predominan los elementos afectivos sobre los racionales— que paulina enderezada justamente a los pueblos de civilización madura: fue el método de san Pablo en Grecia, y el que debió emplearse, por lo menos dentro de las ciudades, en nuestra España novecentista. Cometo aquí la inmodestia de remitir a un artículo en el que describí la diferencia entre los métodos jesuítico y paulino; y la presunción de llegar más tarde, cuando estudie el tema de nues­ tra generación, al verdadero concepto de la relación entre minoría y masa. 2. Católico-españoles. Quiso Herrera introducir en España, al fin excelso de salvarla, los métodos del catolicismo malinense-populista. No vio que esos méto­ dos no van bien a nuestra tarea histórica, ni —quizás, quizás— a la concepción más central, más católica del humanismo ortodoxo. El problema es arduo, como que en él se trata de situar en justa bipóstasis un concepto integral del hombre, la idea de la Patria y la ortodoxia católica. En espera de ocasión que permita más menudo detalle, he aquí una gradación entre una heterodoxia real y otra posible, pasando por etapas intermedias de ortodoxia segura: 1. Nacionalismo de Maurras y la «Action Française» — Heterodoxo. 2. Nacionalismo español moderado de «Acción Española» y «La Época» — Or­ todoxo. 3. Supranacionalismo imperial católico-español — Ortodoxia de la Hispanidad. 4. Internacionalismo moderado malinense-herreriano — Ortodoxo. 5. Internacionalismo seudoangelístico de los dominicos franceses («Grupo de Sept») y de J. Maritain — Ortodoxo.

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6. Internacionalismo cuasisoviético de Ossorio y Bergamín — ¿Ortodoxo? El cuadro, cuyo esquematismo despertará recelos, tal vez discusiones, es por sí bastante expresivo para esperar algún tiempo sus razones probatorias, que las hay a mí juicio. (Mientras tanto, con la queda voz de una anécdota menuda que se cuenta entre paréntesis: ¿no recordáis la dócil, poco española mansedumbre con que a una indicación ministerial dejó lo «nacional» Acción Nacional para hacerse Acción Popular, sin mostrar rebeldemente lo español siquiera en la clandestinidad: y que lo mismo sucedió en el trueque de la A. C. N. de P. en A. C. de P.?) 3. Psicológicos. Hubo decisivos momentos psicológicos en el fracaso de He­ rrera. Más de uno ha quedado enumerado a la ligera en los párrafos anteriores. Ahora, sin aderezo dramático, todo lo más con una breve cola de explicación, quiero nombrar los esenciales. La nota esencial en la psicología de Herrera es lo que podría llamarse voluntarismo racionalista, que consiste en hacer centro vital de la actividad humana la aplicación inquebrantable de la voluntad a los motivos entresacados por la razón (más que al amplio sentido orsiano, esta «razón» refié­ rese a la ratio particularis de los tomistas) de la realidad circundante. Este modelo humano, cuyas raíces profundas se hallan en Escoto e Ignacio de Loyola dirige antes su eficacia al círculo reducido (¡piénsese en los Ejercicios ignacianos, que manan, aún con leves toques irracionalistas, de ese hontanar de la voluntariedad racional!) que a la masa popular. Los hombres que influyen de veras en la masa, en los cuales la raíz psicológica es también el voluntarismo —la «inasequibilidad al desaliento», que dijo soberbiamente José Antonio— han de poseer además del tipo racionalista, el voluntarismo irracionalista o intuitivo, que consiste en aplicar la voluntad a los datos suministrados por la intuición: la intuición del político, que consiste en «declarar lo que es», según la frase de Fichte, por debajo de lo que aparece: del «ser» por debajo del «estar». Consecuencia de eüo fue la poca estima­ ción que concedió Herrera a la poesía — ¡aquellos fondos de El Debate, que ape­ nas perdían de cuando en cuando la aridez de la doctrina!— , siendo así que la poesía es necesaria para edificar y para convertir naciones. ¿Dónde estuvo el com­ ponente humano de la eficacia paulina? Otro error de Herrera fue aplicar a los problemas nacionales, históricos al fin y al cabo, los métodos lentos, mesurados, casi intemporales de una sociedad suprahistórica como es la Iglesia. La cuestión es espinosísima, y de ella sólo cabe dar aquí, como antes, una breve sinopsis. En el gobierno de la ciudad, que esto es la política cabe distinguir la atención a lo temporal local — «gobierno según la cosa»— y la cura de lo eterno —«gobierno según el espíritu»— . Teniendo en cuenta que el hombre no es unas veces cuerpo y otras espíritu, sino siempre cuerpo y espíritu, o cuerpo, alma y espíritu, como dirían san Pablo y los antropólogos modernos, he aquí una sugestiva escala política, con todas las ventajas y todos los inconvenientes del esquematismo: 1. Política del hic et nunc, del caso concreto, de «realidades», política de voto y olla, podríamos decir. Es la Realpolitik del materialismo liberal ochocentista: para entendernos, política tipo Cambó. 2. Política de la coyuntura histórica, que trata de gobernar por sucesivos re­ miendos temporales y locales. Política de partidos turnantes: tipo, el conservadu­ rismo liberal español. 3. Política de permanencia en el mañana y de superación de lo local. Institu­ ciones permanentes, expansión geográfica. Tipo, la Monarquía Imperial. (¡También, el Comunismo Universal!) ¿Cómo injertar en estos tipos de gobernar lo temporal y lo terreno —en tanto

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pueda aislarse en el hombre algo puramente terreno— el gobierno según el espí­ ritu, según lo eterno: cómo hacer política católica? Hay las siguientes soluciones: 1. Creación de grupos de defensa político-católicos al margen de los restantes. Partidos católicos. Centro Alemán, cedismo, populismo, socialcristianismo. Validez: países de catolicismo en minoría, en defensiva. Solución de coyuntura temporal, mala por tanto «a la larga». 2. Creación de una zona de convivencia estatal con el resto no católico. Es la «Nueva Cristiandad» de J. Maritain. Aquí el tiempo, que a los ojos de Maritain «parece» haber perdido su validez, no la pierde realmente —y la pasión humana tampoco—, de donde la endeblez del sistema. 3. Solución española. Cesarismo católico de Carlos y Felipe, en el pasado. En lo porvenir, solución inédita (pero segura: nos lo canta en la entraña nuestra fe de católicos y de españoles) que reserva al mundo el nacionalsindicalismo cató­ lico español, clave de la espiritualidad nueva. Aquí el tiempo —pasión, política— se halla en justo equilibrio con lo eterno, con el espíritu. Solución humanamente óptima. 4. Doctrina medieval de «las dos espadas»: el Doble Imperio. 5. Sumisión de lo político a lo religioso. Teocracia imperial ruso-asiática. Za­ rismo, imperialismo chino-japonés. Aquí el tempo y lo humano se anulan real­ mente: de ahí la radical inhumanidad o deshumanidad del sistema. Por encima de todos estos sistemas, coronándolos, se halla la política de Dios, de lo genuinamente espiritual, la política sub specie aeternitatis de la Iglesia, que gobierna con sus métodos peculiares, suprahistóricos, con su majestuosa lentitud casi intemporal, el fuero propio, ya que no exclusivo (porque el hombre no es sólo espíritu) del espíritu. ¿Por qué Herrera, en su afán de ser estrictamente católico, aplicó a la realidad nacional, temporal, la maravillosa, divina lentitud de la Iglesia en su mundo espi­ ritual y ecuménico? ¿Por qué Herrera, que en su tuétano de español católico as­ piraba, estoy seguro de ello, a la solución genuinamente española, se conformó con la populista, o por lo menos obró «como si» se conformase con ella? ¿Por qué, aunque la expresión sea un poco drástica, le siguieron muchos más por católicos que por españoles, y a veces más por burgueses que por católicos? ¿Por qué le faltó el coraje para desenmascarar juvenilmente, sin miedo al escándalo del caso particular, a esos burgueses seudocatólicos? ¿Cómo no quiso ver en la mente y en el acto que los españoles, por el solo hecho de serlo «de veras», son también —ya que no esencialmente, que esto sería atribuirnos presuntuosamente un plus de gracia— por lo menos existencialmente católicos? Es hora de acabar. Sería empresa demasiado larga relatar ahora la obra posi­ tiva de Herrera. ¿Cómo no verla, antes que en nada, en su vida ejemplar, rayana en la santidad? Y luego en aquel afán inextinto de hacer una España «al día»: porque indudablemente Dios nos ha dotado, como decía Eugenio Montes, del don de hacer grandes progresos de un salto, pero también es cierto que en realidades sociales andábamos 50 años retrasados, y éste es el mal que quiso evitar Herrera con su esfuerzo titánico. Y luego en el empeño tenaz de hacer nuestro catolicismo ilustrado e íntimo, que buena falta hace donde se cree —o se obra como si se creyera— que el entusiasmo o el heroísmo católicos dan derecho a ser montaraz, o que hablar de catolicismo imperial permite libre fluencia a la libídine o a abuso social. Y luego, en fin, toda una serie de virtudes: la exactitud, el trabajo diario, la disciplina, el método, la pulcritud en el informarse, la pasión del detalle exacto, de que tan necesitados estábamos y estamos los españoles, más vertidos hacia el

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entusiasmo que hacía la labor callada y continua. Ahora, en el borde de un futuro nuevo, ¿dará Herrera el nuevo ejemplo de lanzar una voz en él inédita, a la vez auténticamente católica y española? Una voz que más de uno echó de menos sobre la haz católica de España en aquellas jornadas, llenas a la vez de duda angustiosa y de joven esperanza, cuando el julio inicial y glorioso. (Arriba España, 4/V II/37.)

Antonio Machado hace una confesión ideológica en mensaje a las Juventudes Socialistas Unificadas. «Yo no soy un verdadero socialis­ ta... pero el socialismo es la gran esperanza humana ineludible en nuestros días.» Antonio Machado, el gran poeta y amigo de la juventud, nos ha dicho: «A los que éramos hace treinta años jóvenes se nos hablaba de una revolución desde arriba. En el fondo de una transformación de España a cargo de los viejos yo no he creído nunca en ella, y en esto estuve siempre en desacuerdo con los jóvenes apo­ líticos de mi generación. La revolución es siempre desde abajo y la hace el pueblo. Una gran parte de la juventud española ha abrazado valientemente la causa popu­ lar, y España tiene hoy lo que hace mucho tieropó necesitaba: una juventud sana y enérgica, capaz de mirar serenamente al máñana; una juventud realmente joven.» Agradece Machado el honor de ofrecerle un puesto al lado de las Juventudes Uni­ ficadas, y añade: «Yo no soy un verdadero socialista y, además, no soy joven; pero, sin embargo, el socialismo es la gran esperanza húmana ineludible en nuestros días y que toda superación del socialismo lleva implícita su previa realización. Soy de los pocos viejos que no creyeron nuhca en las falsas juventudes. Siempre pensé que la renovación de nuestra vieja España comenzaría por una estrecha coopera­ ción del esfuerzo juvenil férreamente disciplinado. Confío en vosotros, que sois la juventud con que he soñado hace muchos años. Con vosotros estoy de todo corazón.» ■ (Ahora, 14/1/37.)

Un representante de la juventud falangista ataca al burgués político de viejo estilo de los qjie «alzaban el brazo lánguidamente con suave condescendencia de cuello de cisne... en las horas decisivas de aquel julio de la milicia» y que ahora se asustan al oír hablar de Revolución nacionalsindicalista. Para Rafael García Serrano no hay prioridades: «se hace una guerra por la Revolución» que será «más seria» que la de los marxistas. «Queremos para después de la guerra una España campesina y fabril donde el estudiante conozca el trabajo bajo el sol, como conoció la guardia en el parapeto.»

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DESCUBRIMIENTO DE LA REVOLUCIÓN por R afa el G arcía Serran o

Es curioso que sea ahora cuando vamos descubriendo los gestos con que se inició el movimiento en las caras, absortas y ausentes, de los españoles. Todo el mundo sabía algo por esa estupenda manía que tenemos los mediterráneos de saberlo todo, cuando todo ha ocurrido. Por la misma razón andan por ahí falan­ gistas del año 28. Esta proyección del Movimiento hacia la guerra sólo la adivina­ ron los hombres de África: ellos tenían la dificultad imperial ante los fusiles im­ pacientes y sólo un alarde aventurero —Dios y la fortuna están preferentemente con los audaces— pudo salvar la suerte de España. Mientras tanto, he aquí cómo las gentes se asombran con mayor o menor voluntad. Los señores que tenían expe­ riencia o un libro de cheques o un acta de diputado, que todo venía a ser lo mismo en el tapete político de España, alzaban el brazo lánguidamente con suave condes­ cendencia de cuello de cisne, brindándonos su ayuda fofa porque ellos que son los culpables, no «están en edad de tomar las armas» en las horas decisivas de aquel Julio de la milicia. Éstos fueron los primeros en cambiar las cosas de su sitio, quizá con la buena voluntad del que por hacer algo, se mete en lo que no le importa ni debe importarle, ya que España ha sido y sigue siendo cuestión de jóvenes. Cuando nosotros hablábamos de la revolución y de la marcha sobre Ma­ drid —días de Somosierra y entre dos luces, a kilómetros, la esperanza de la corte, iluminada para recibirnos a lo sumo con fuegos de artificio marxista, huelga de sindicatos y los tranvías amarillos esperando las banderolas—, ellos decían la guerra, Y entonces no era la guerra: era la revolución que siempre se parece más al triunfo. Pues bien, estos mismos señores que querían animarnos, ya pretenden al hábil escamoteo de una consigna; y lo hacen descaradamente con la estupenda inge­ nuidad que suponen en los jóvenes volviendo al juego eterno de la poca experiencia de los años. Son dos vocablos en pugna: guerra y revolución. Parece ser que la revolución se hace del otro lado exclusivamente y que del nuestro —oídlo, com­ batientes nacionalsindicalistas— sólo se hace la guerra. Y la cosa ya está clara para todos menos, naturalmente, para ellos. En la España Nueva, la que se incorporó a las armas en Julio y la que luego se ganó limpiamente, con estilo de reconquis­ ta, se hace la guerra. Pero una guerra por la revolución. Será preciso declarar solem­ nemente que los rojos españoles sólo son unos malos aficionados que creen al crimen esencias de la revolución. Para los marxistas, la revolución se reduce a dos litografías de almanaque: la toma de la Bastilla y el fusilamiento de la familia rusa. Una revolución es algo más serio, con más sentido de permanencia. Una revolución se hace siempre buscando un orden: pero no ese orden burgués que se mantiene sobre la amenaza. Queremos para después de la guerra una España campesina y fabril donde el estudiante conozca el trabajo bajo el sol, como conoció la guardia en el parapeto. Queremos un orden: el de la camaradería de todos los españoles alzando por encima de menudencias liberales, la Patria revolucionaria de las camisas azules. Esto es tan simple que no puede explicarse: pero esos hombres que nos alen­ taban en Julio con sus brazos lánguidos de novias del 86, lo comprenderían tan bien como yo, si todavía hoy, al año y medio de proclamar nuestro derecho a la

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rebeldía, nuestro deber de la rebeldía, sintiesen una angustiosa humedad en los ojos del que no puede acostumbrarse a ver cumplida la profecía porque nota que le sobra fe. Una fe gigantesca que ya sabe dónde ponerla en todo momento. Y mejor que nunca en el momento ese que algunos quisieron ver llegar, como otras veces vieron llegar coches de grandeza, planchados, enchisterados, sin ver que junto a su existencia privilegiada, había un montón de juventudes harapien­ tas, sin campamentos, negándose a odiar porque era muy grande el amor que les nacía en los corazones y teniendo que odiar sencillamente porque ya era hora de que al mundo le pareciesen poco elegantes los señores que hablaban de la raza y del imperio y de la patria sin hablar un poco de hombres y de compatriotas. Hacemos la guerra. Ésta es la palabra justa para la extensión y la dureza de la lucha. Pero al espíritu va mejor esta palabra que asusta a los medrosos y a los egoístas. Revolución. Porque nosotros, señores, estamos haciendo la revolución. (Arriba España, 7/II/38.)

Desde el lado republicano también se ensalza al joven, capaz de ideas propias, distintas. Serrano Plaja canta a la generación nueva, es­ pecialmente a la que pertenece a las Juventudes Socialistas Unificadas, «que han conquistado, con su sangre y su inteligencia, un puesto en la dirección de España». Ellos son los que «han sabido, castizamente se diría, incorporar a su sangre las mayores y más altas experiencias y adquisiciones definitivas del hombre universal español que en él late».

LAS JUVENTUDES DEFIENDEN LA CULTURA por A r t u r o Serran o P laja

Por entonces, no sólo la mayoría de los escritores, sino una buena parte de los políticos —incluso dentro de los sectores obreros—' hacían ascos y dengues a lo que se dio en llamar «formalismo importado» de las juventudes. A los pocos escritores que apasionada y activamente asistíamos al crecimiento potencializado en sentido de responsabilidad de las juventudes, se nos tiraba a la cara, con una mezcla de animosidad y desprecio, el hecho de que prestásemos nuestra adhesión más activamente honda a «esos —aquéllos—■desfiles espectacu­ lares, grotescos y ajenos a nosotros». Yo recuerdo el mitin del Stádium Metropolitano con esa emoción que al reno­ varse en la memoria se hace nueva e ineludiblemente polémica. «Enorme, pero estúpida», se dijo. «Grandiosa, apasionante y al mismo tiempo, eficaz», respon­ dimos. Pero en España y entre los intelectuales, muy especialmente, ha habido siempre una especie de desdén y vergüenza por la eficacia. A lo sumo, se transi­ gía con ella. «Es una eficacia de opereta y, por añadidura, antiespañola», se decía. Pero la realidad ha sido que de aquel desfile de blusas rojas y blusas azules, que más tarde habían de fundirse en una sola blusa azul con la corbata roja, salió, al comienzo

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del movimiento, lo único que tenía un mínimo sentido de organización militar, en cuanto a disciplina técnica se refiere, capaz de luchar por la independencia de España y salvarla. No podemos olvidar, sin que pueda llamarse a esto sectarismo, partidismo, etc., que fueron nuestras heroicas Milicias, nuestros gloriosos milicia­ nos, los que primero hicieron frente, con algunas garantías de éxito a la movili­ zación fascista. En aquel mitin intervinieron, naturalmente, varios oradores. Entre ellos Trifón Medrano. Hoy, si se repitiese la formación de aquel mitin, se advertirían muchas cosas. Las JSU, que, en cierto sentido, de allí salieron, han reforzado en esa ya larguísima distancia de tiempo sus cuadros, su base, su criterio y su táctica. Y las circunstancias han querido que se haya transformado también su indumentaria: las blusas han sido sustituidas por el uniforme militar. Hoy, Trifón Medrano puede ser muy bien, y lo es de hecho, asumiéndolos, el símbolo, el exponente de las JSU que ha dejado un altísimo hueco en sus filas. Pero todo esto podría no tener importancia. Podría ser frivolidad disfrazada de heroísmo, deporte arriesgado, si faltase lo que no falta: un claro sentido de responsabilidad histórica que ha hecho posible en los momentos más difíciles, más dramáticos; en los más inadecuados ese sentido de responsabilidad histórica ha hecho posible que las JSU tengan en la vida pública, popular e histórica de Es­ paña un peso decisivo. Hoy, las JSU tienen, porque lo han consquistado con su sangre y con su in­ teligencia, un puesto en la dirección de España. Y si apuntamos más alto o más bajo —más hondo—, vemos que rebasando este lugar legítimo y público llega­ ríamos a afirmar que las JSU interpretan hoy, más que nadie, ló que debe ser el histórico papel del revolucionario español: como tal revolucionario, intemaciona­ lista; como tal español, popular, tradicional. Como tal revolucionario-español ver­ dadero, auténtico y consciente de su condición y de la condición que le ha faltado a España, incluso en los mejores momentos, organizado. Porque para mí, no es posible involucrar al definir «lo tradicional», lo que nuestra tradición tiene de más universal experiencia positiva para todos los hom­ bres con lo que se dice del individualismo español y las consecuencias sociales, anárquicas que haya podido tener; no es posible considerarlas de otro modo, creó, que como «enfermedad tradicional» de la que no sólo no tenemos por qué tener miedo a desprendernos de ella, sino que debemos curarnos, tenemos que curarnos. Y las JSU —entre ellas las JSU de Madrid, en lugar destacado— han sabido, castizamente se diría, incorporar a su sangre las mejores y más altas experiencias y adquisiciones definitivas del hombre universal al español que en él late. Por eso la cultura, «toda la cultura», todo aquello que el hombre ha conse­ guido crear y conservar vivo con su esfuerzo, tiene hoy sus mejores defensores en estos combatientes madrileños, camaradas nuestros, jóvenes esforzados y heroi­ cos que, interpretando y guiando al mismo tiempo a toda la .juventud trabajadora de España, triunfan cada día sobre el fascismo, la nueva sífilis social que amenaza al mundo. (Ahora, 3/IV/37.)

Ante la seguridad altanera de la juventud un escritor de la Re­ pública se siente incómodo por sentirse entre dos fuegos, porque

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— reflexiona Domenchina— «si no me he endurecido aún con la in­ flexible esclerosis de los carcamales o longevos, tampoco puedo ufa­ narme de poseer la elasticidad y la desenvoltura de estos mozos».

PROPÓSITOS Y DESPROPÓSITOS por J uan J o sé D o m e n c h in a

«Los jóvenes —decía un joven escritor— son harto irrespetuosos con los vie­ jos; pero la verdad es qué los viejos se obstinan, con una contumacia del peor gusto, de un gusto macabro, en sobrevivirse. Cuando un escritor caduca o empieza a descomponerse —que es Jo mismo—, debe evitarnos a los viejos el espectáculo nauseabundo de su descomposición. La taciturnidad es el ataúd idóneo. En ella pueden encerrarse los restos ilustres —las muletillas, los resabios y las ideas tras­ nochadas— que aún se permite rezumar la esclerosis de esos intelectos vetustos. Pero, ¡por los dioses!, que no nos envejezcan nuestra juventud, que no nos apolillen nuestro afán de vivir y discurrir, con el prestigio magistral de sus monsergas seniles. Harto se me alcanza que nosotros, los jóvenes, disparatamos, a lo peor, con una intrepidez y una osadía que hiela los huesos. Pero eso no importa. El disparate del joven es un disparate insolvente, que apenas se repite y que apenas produce estragos. Nadie hace caso de lo que opina un mozalbete. En cambio, las inepcias de los hombres gloriosos suelen ulcerarse en el prurito locuaz de todos los papagayos y de todas las cotorras del mundo. Y si lo que digo se toma a crueldad, redarguyo que los crueles son ellos, los qüe no nos perdonan la gracia y el bien transitorios, efímeros de nuestra juventud.» Al oír hablar dé esta suerte a mi joven interlocutor, yo me puse un poco triste. Porque la verdad es que, si bien no me he endurecido aún con la inflexible esclerosis de los carcamales o longevos, tampoco puedo ufanarme de poseer la elasticidad y la desenvoltura de estos mozos. Encontrándome, pues, donde me encuentro, en mi sitio, es decir, entre dos fuegos, entre los dos me fríen. Tengo que soportar las monsergas de los maestros antediluvianos y las candorosas y, por lo común, estúpidas bravatas, de los hombres en ciernes, sin cuajar. Y hace falta tener mucho cuajo para no sentirse incómodo en tan desagradable postura. Sobre todo si no se adopta una tesitura suprema y trascendental; si no se frunce el ceño gratuito de la superhombría. (La Vanguardia, 29/VI/38.)

Ossorio y Gallardo niega como otros escritores de su bando la posibilidad comunista en España pues no la quieren ni los comunis­ tas que «dando ejemplo magnífico de cordura y sentido realista ex­ plican que aun conservando su ideal nada juzgarían más desatinado que tratar de imponerlo... al menos por ahora». Ossorio cree, sin embargo, que al fin de la guerra «no habrá comunismo pero seguirá

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a paso redoblado el acceso de los trabajadores al poder económico y al político».

LA PATRAÑA DEL BOLCHEVISMO por A ngel O sso rio y G allardo

Parece que algunos países, entrañables amigos nuestros, han dicho que «no consentirán el establecimiento en España de un régimen comunista», Es fuerte cosa que tan fácil y prematuramente se repartan nuestra piel... y nuestro espíritu. España podrá ser esclavizada y aun destruida. Por las trazas, más fácil va a ser lo segundo que lo primero. Pero si de ella queda vivo e inde­ pendiente un solo kilómetro cuadrado, ese kilómetro cuadrado hará de sus des­ tinos lo que le plazca. Los pueblos no tienen, como los delincuentes, «libertad condicional». El nuestro sabrá trazar su porvenir. Descontado esto, convendría saber lo que entienden los censores por comunis­ mo. No cabe confundir en ese vocablo la Rusia que en 1917 lleva a cabo una re­ volución, instaura un régimen y sostiene una guerra civil, todo ello dictatorial­ mente, y la Rusia de 1936, que, organizada en una estructura de trabajo, se permite el lujo de promulgar una Constitución liberal y parlamentaria. Pero cuantos hablan —pueblos desbocados o personas hipócritas— del peligro bolchevique fingen ignorar que en España será más difícil que en ninguna otra parte implantar un comunismo integral, por la sencilla razón de que aquí, entre los elementos del Frente Popular, no quieren el comunismo: Los católicos republicanos. Los republicanos de izquierda ni los de derecha. Los pequeños burgueses de la agricultura y de la industria, a quienes todo el mundo está conforme en respetar. Los anarquistas. Los sindicalistas..., que pesan algo. Los socialistas. ¡Ni los comunistas! Así, como suena. Uno y otro día, con discursos, con ar­ tículos, con obras de gobierno, los comunistas, dando ejemplo magnífico de cor­ dura y sentido realista, explican que, aun conservando íntegro su ideal, nada juzgarían más desatinado que tratar dé imponerlo sin contar con circunstancias de lugar y tiempo, que no se dan en España, al menos por ahora: A ellos, como a todos los demás luchadores, les interesa mucho más consolidar una democracia antifascista que buscar precipitadamente y de mogollón la satisfacción de un an­ helo doctrinario. Es, pues, mentira y paparrucha el advenimiento, de la noche a la mañana, de un comunismo atropellador. Eso lo sabemos todos, incluso los que hacen aspa­ vientos de terror. Entonces, ¿qué pasa? ¿Por qué tantos gritos y tanto miedo? Muy sencillo. Porque el capitalismo, sostenido por el militarismo y la teocracia, llaman comu­ nismo a todo lo que sea avance y mejora de los trabajadores, aunque el avance sea de un milímetro y la mejora de un adarme. ¡Díganlo claro y renuncien a su hipocresía! Ahora hacen como que se espantan del comunismo. ¿Pero es que cuando do­

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minaba entre los obreros un socialismo moderado admitían ese socialismo? ¿Es que dejaron vivir en paz a Pablo Iglesias? ¿Es que cuando la República quiso hacer una Reforma agraria tímida, insuficiente, aburguesada, aceptaron lealmente la República? Es que cuando se ha iniciado en España cualquier movimiento de democracia cristiana no han colmado de improperios a sus propugnadores, dicien­ do que eran preferibles los bolcheviques? ¿Es que cuando algún Papa ha pronun­ ciado palabras de aliento para los trabajadores no han cubierto de injurias al Papa, tildándole de hereje y sufragando rogativas para que Dios le trajese al buen cami­ no? Ésa es, sencillamente, la verdad. La guerra infame que ahora han provocado y que ya no pueden sostener sino entregando España al extranjero, ¿a qué se debe sino al temor de que la República realizase un leve adelanto en el orden social? Trátase, en fin de cuentas, de per­ petuar un régimen de castas e impedir la expansión del proletariado. Esto y no el comunismo es lo que quieren impedir. Y, ciertamente, les sobra ra­ zón. Porque al fin de la guerra no habrá comunismo, pero seguirá, a paso redo­ blado, el acceso de los trabajadores al poder económico y al político. Tanto dará que gobiernen los sindicalistas como los comunistas, los socialistas, los republica­ nos o los católicos. Todos caminarán hacia adelante, y el mundo trabajador ocu­ pará plenamente la vida española. La discusión versará sobre el ritmo y sobre los modos. Mas la finalidad está trazada por un designio histórico y nadie podrá con­ trariarla. Digan, pues, nuestros adversarios de hoy que son enemigos del trabajo y de los trabajadores, como lo son de la Democracia y de la Libertad. Hablen con leal­ tad y nos entenderemos. Pero dejen ya esa ridicula patraña del anticomunismo, que sólo serviría para hacer reír si no sirviera también para cohonestar los crí­ menes más abominables. (Ahora, 20/1/37.)

El escritor y ex ministro Marcelino Domingo cree que la España que salga de la guerra respetará la propiedad privada y será liberal, democrática y «socialmente avanzada en el cuadro de principios de nuestros clásicos que han hecho escuela».

EL PORVENIR DE ESPAÑA por M a r celin o D om in g o

¿Qué será España cuando la República, por su propio esfuerzo, haya conse­ guido la victoria y viva de nuevo la paz? De lo que España es y hace ahora en plena guerra, los que saben mirarla con ojos claros pueden deducir lo que será más tarde, en tiempo de paz. Primer punto: La República española, en plena guerra, ha sabido crear un gran Ejército. Ejército de una disciplina, de un valor moral y militar como jamás había conocido la monarquía. Este Ejército ha dado a España, en el mundo en­ tero, la autoridad moral que tuvo hace años y que la monarquía le había hecho

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perder por completo. Esto significa que España será una potencia militar y espi­ ritual cuyas voluntades pesarán de nuevo sobre los destinos del globo. Si antes de 1936 Europa creía poder organizarse como si nada existiera a este lado de los Pirineos, ahora habrá de tener en cuenta un hecho: a este lado de los Pirineos hay un pueblo que ha hecho lo que otros pueblos atacados por el fascismo no han sabido hacer; abatir al fascismo agresor. Aunque la República española no haya sido tratada, hasta el presente, por las otras democracias como hubiera debido ser en virtud de los principios del Derecho internacional, su política exterior se man­ tendrá en la órbita de las democracias, que encontrarán un apoyo en ,el poder moral de la República y un refuerzo en su potencia militar. Segundo punto: Hasta en sus horas de soledad y aislamiento extremos, hasta en la presencia de la más salvaje agresión de los facciosos y de la hostilidad in­ ternacional encubierta o clara, hasta en las más graves horas de trastornos inte­ riores provocados por una guerra cuyo origen y procedimientos nunca fueron parecidos a la desencadenada contra España, hasta en un momento en el que todo hubiera sido posible y lícito, la República española ha sabido mantener intacta su Constitución. De acuerdo con esta Constitución obra el Presidente de la Re­ pública; de acuerdo con esta Constitución se forman los Gobiernos; siguiendo las reglas establecidas por esta Constitución se reúnen las Cortes. Es decir, que la República, que respeta su Constitución en tiempos de guerra, la respetará, con más razón, en tiempos de paz y realizará su obra política, económica, reli­ giosa y social conforme a los principios y las normas indicadas, establecidas y autorizadas por la Constitución, Tercer punto: Hasta en los momentos más angustiosos de la guerra en los frentes de batalla y de trastornos en la retaguardia, la República española no ha instaurado en su territorio un régimen dictatorial. Ha restablecido y reforzado la autoridad sin suprimir la libertad, la cual ha reinado y reina con una amplitud que ningún país ha conocido en tiempos de guerra. Ha reajustado y reforzado los poderes del Estado sobre una base democrática. Y si la guerra y los trastornos de la retaguardia no han conducido a la dictadura, ¿habrá quien piense que tal cosa podrá ocurrir en tiempos de paz? Los principios liberales y democráticos se en­ cuentran en España más sólidos que nunca y aumentarán su crédito en el resto del mundo gracias al ejemplo mismo que España habrá ofrecido. Por el hecho español, la autoridad liberal y democrática adquirirá un prestigio que ciertamente no han ganado, con el ejemplo contrario, otras democracias, las cuales aún creen poseer títulos que los autorizan a pedir cuentas a España. Cuarto punto: Aunque esté en guerra, la República testitaye, coa las restric­ ciones impuestas por las necesidades de este estado de guerra, todo cuanto pudo ser confiscado en los comienzos de la rebelión. Así, por ejemplo, reintegra en sus derechos de propiedad a los propietarios que no se han comprometido con los facciosos de una manera evidente y proclamada de modo oficial. Los facciosos, que han provocado la agresión; que con sus bombardeos destruyen vidas humanas y riquezas, que han entregado el suelo nacional a los extranjeros, habrán perdido todo esto y no tendrán esperanza de poderlo recuperar jamás. Pero los que per­ manecen fieles a la ley, actúan y actuarán dentro de ella. La ley les da todo cuanto no les ha sido quitado por esta misma ley. ¿Tal situación no garantiza que en tiempo de paz la República española tendrá en cuenta la propiedad legítima? Le­ gítima en este sentido de que su propietario se mantendrá en el cuadro de la ley y que su propiedad cumplirá la función que le es particular. En el momento en que con la guerra se vio sublevarse contra el Estado y la

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nación una parte del Ejército, de la Iglesia y de los terratenientes, que atacaron al Poder legítimo con una agresión anárquica, se vio que la réplica popular fue más viva de lo que habían esperado los· rebeldes. Y, sin embargo, fue menos viva de lo que merecía su crimen, que hoy puede medirse en toda su amplitud. Después de que la República, restaurada en su poder, y de que el pueblo re­ conquistó su serenidad responsable, empezaron a tomarse decisiones, y los jefes de Gobierno y la voluntad colectiva, obedeciendo la Constitución, restablecieron las garantías, las funciones y los derechos que establece. Tal es la República en tiempo de guerra; tal será en tiempo de paz. España no imita nunca; crea. No copia jamás; extrae de sus entrañas su fruto propio. No es ni caricatura ni criado de nadie; es ella misma, con su genio y su personalidad propia. En 1931 instauró la República sin ninguna violencia, a con­ secuencia de unas elecciones regulares. Se dio un Gobierno presidido por AlcaláZamora, católico, de origen político monárquico, Gobierno en el que colaboraron tres ministro socialistas, prueba magnífica y reveladora del espíritu de toleran­ cia, de cooperación y de evolución social; pero que los agresores no quisieron ni aceptar, ni reconocer, ni respetar. En febrero de 1936, cuando el ímpetu popular —para medir la amplitud de este ímpetu baste decir que todo el Ejército sublevado, todos los marroquíes, todos los italianos y todos los alemanes no pueden contenerlo y son vencidos por él—; cuando el ímpetu popular, repito, hubiera podido trastocar todo e imponer su voluntad por su solo arbitrio, se contentó, a pesar de todo, con aceptar unas elecciones dentro de la ley y elaborar un programa más moderado todavía que el programa original de la República, ratificando de este modo su voluntad de tran­ sigencia, de tolerancia, de evolución y de cooperación. Voluntad a la que se res­ pondió por las balas cuando el sufragio se reveló hostil a los enemigos del pueblo. A la guerra de los facciosos se ha replicado por un medio al cual el fascismo no estaba habituado: por la guerra. Y esto descubre, de nuevo, los trazos de España; enseña que la evolución que la República se había propuesto realizar se ha transformado en una revolución, a la cual el pueblo ha sido lanzado por los contrarrevolucionarios. ¿Qué es esta revolución que España lleva adelante y que cumplirá por com­ pleto? ' Es una revolución esencialmente española, imbuida de espíritu español y que corresponderá al ímpetu creador de España. Una revolución que recogerá intacta la rica tradición española, que habrá de llenar de“ fervor creador el alma de los españoles de hoy y que transformará al español contemporáneo en intérprete y servidor de España, que es una de las grandes reservas morales de Europa y dél mundo. La revolución española será como España es en esencia: liberal, hasta la suprema acentuación de la personalidad de un pueblo donde cada hombre es no solamente un hombre, sino donde el más humilde es una biografía; democrática en el sentido de encontrar en la corriente espiritual del pueblo la base más rica y más fecunda del Poder; socialmente avanzada en el cuadro de principios de nues­ tros clásicos, que han hecho escuela. La República será, por encima de todo, fiel a España. He aquí lo que es preciso saber de una vez para siempre, cuando alguien se pregunta con curiosidad, con temor o con noble interés qué será la República española cuando haya ganado la guerra. Será lo que ya es. Un régimen en el que un pueblo que no imita nada, pero que sabe crear, encuentra la libertad y la a u to r id a d que le permiten vivir con una alta jerarquía histórica,

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Cuando la guetta fue desencadenada, el español demostró que sabía morir. Aliora muestra que sabe batirse. Mañana, cuando la paz llegue, dará el más alto ejemplo y mostrará que sabe construir buscando en sí mismo y no fuera de él, e l; ímpetu y las líneas constructoras. (Política, 2/III/38.)

En un comentario al discurso del Presidente Maña, Angel Gaos coincide con García Serrano (falangista) en la necesidad de la Re­ volución para España. Aunque la de la España Nacional, naturalmen­ te, es falsa: «Que esta revolución era necesaria para resucitar a la nación de su letargo y levantar su triste decadencia, lo prueba que ellos que son la vieja España de los desastres y de las vergüenzas responsables de todo el pasado inmediato y de la situación nacional, tengan que enmarcarse burdamente, precipitadamente en un movi­ miento fascista, revolucionario.» Por otro lado también es falso su nacionalismo al necesitar del apoyo extranjero y Gaos les niega in­ cluso la propiedad del nombre que se dan: «Nuestro movimiento es ya tangible, real, indiscutiblemente el movimiento nacional. La re­ volución y la independencia nacional se ban identificado.»

COMENTARIO POLÍTICO El discurso del Presidente por ángel

G aos

El día 21 de enero, en las salas de la Casa Consistorial de Valencia, ante el Gobierno, el Cuerpo Diplomático y el Parlamento, habló el Presidente de la Repú­ blica, y sus palabras fueron retransmitidas por todas las emisoras leales, lanzadas el aire libre de Europa. Luego de saludado por el Alcalde de la ciudad en nombre de todos los muni­ cipios libres de España, se levantó el Sr. Presidente y pronunció un largo dis­ curso memorable. Por lo que representa y vale como definición nacional, como hecho de volumen suficiente para constituir un hito de nuestra accidentada y compleja guerra, como aportación humana y documento histórico, nosotros que­ remos recoger en estas páginas su vuelo y su destino reacuñando con la más sintética forma de esta Hora de España su caudal desbordante de sugerencias y de afirmaciones. EL DERECHO Y EL DEBER DE HACER LA GUERRA «Cuando se hace la guerra, que es siempre un mal; cuando se hace la guerra, que es siempre aborrecible, y más si es entre compatriotas; cuando se hace la guerra, que es funesta incluso para quien la gana, hace falta una justificación moral de primer orden que sea inatacable, que sea indiscutible...» «Hacemos una guerra terrible, guerra sobre el cuerpo de nuestra propia Pa-

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tria, pero nosotros hacemos la guerra porque nos la hacen. Nosotros somos los agredidos; es decir, nosotros, la República, el Estado, que nosotros tenemos la obligación de defender. Ellos nos combaten; por eso combatimos nosotros. Nues­ tra justificación es plena ante la conciencia más exigente, ante la Historia más rigurosa.» «Nunca hemos agredido a nadie; nunca la República ni el Estado, ni sus Gobiernos han podido, no ya justificar, sino disculpar o excusar un alza­ miento en armas contra el Estado.» Con estas precisas palabras situó el Presidente, bajo la luz más clara, el pro­ blema jurídico de la rebelión y de la guerra, disipando toda niebla en torno a esta cuestión previa, y permitiendo el calar hondo hasta considerar gravemente el sentido profundo y la entraña misma de la revolución. Nosotros somos —vino a decir— hombres de la paz; defensores de la libertad; la República quiso renovar el aliento de España, transformando sus viejas y anqui­ losadas formas de vida, pacíficamente, respetando la libertad de todos. A nadie le fue negado el derecho de hablar, de organizar, de dirigir si contaba con la volun­ tad nacional expresada democráticamente. En las más difíciles circunstancias, des­ de la calle, después de dos años de reacción y de poder antirrepublicano, con enemigos al frente del Estado y del Gobierno, el Frente Popular de la República ganó las elecciones del 16 de febrero, a las que acudieron (aceptándolas, por con­ siguiente), con soberbio orgullo y estrepitosa altanería, los enemigos de la Repú­ blica. El 18 de julio de 1936 existían en el país partidos y organizaciones antirrepu­ blicanas; los líderes de la reacción pronunciaban todos los días en el Parla­ mento violentos discursos contra el régimen; las empresas económicas y los Bancos funcionaban normalmente y repartían sus dividendos; en las iglesias se celebraba el culto religioso; el Gobierno intentaba realizar el programa mode­ rado que había sido la base de la coalición electoral. En los cuarteles conspiraban los generales mantenidos por la República. Y, sin embargo, a pesar de todo esto, de este derecho, de este respeto, de esta moderación, se lanzaron a la rebelión. Han roto la paz y han secuestrado la libertad. Tremenda responsabilidad para los que desencadenaron y sostienen la guerra cruel y destructora. Ellos son los que deben presentar «esas» razones morales de primer orden, inatacables e indis­ cutibles, que pueda justificar ante la conciencia y ante la historia ese robo tre­ mendo de la libertad, esa enorme catástrofe de la -guerra. Nosotros realizamos nuestro derecho y cumplimos nuestro deber al defendernos. Por eso dijo el Presidente con la mejor dialéctica: «para extinguir la guerra nosotros no tenemos más que un procedimiento, que es continuarla», y a continua­ ción, erguido sobre el más alto deber: «... no estamos dispuestos a admitir que se ponga en tela de duda ni caiga la menor sombra sobre la autoridad de la República, sobre la legitimidad del Régimen, sobre la autoridad del Gobierno que la personifica y sobre ninguna de las representaciones del Estado Oficial Español. Sobre eso, nada. Primero perecer.» LA DEFINICIÓN NACIONAL Delincuentes contra el Estado y la ley —ellos, los idólatras de la ley y del Estado— intentan justificar los sublevados sus monstruosos crímenes como una

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lucha «nacional» contra la tiranía marxista, como una salvación de España de «los rojos». La respuesta a estas afirmaciones conduce necesariamente al fondo del asunto. Naturalmente que no nos batimos sólo por defender la Causa formal del derecho del Estado. «Hay el contenido apasionante, patético, arrancado del corazón, que es el ob­ jeto de la contienda: nosotros nos batimos por la unidad esencial de España; nosotros nos batimos por la integridad del territorio nacional; nosotros nos bati­ mos por la independencia de nuestra Patria y por el derecho del Pueblo español a disponer libremente de sus destinos. Por eso nos batimos.» He aquí la clave del problema español, el sentido de nuestra lucha. Los con­ tingentes armados y el material de guerra enviados a los rebeldes por aquellas potencias europeas que han hecho del imperialismo guerrero un culto nacional dan abiertamente a nuestra lucha un carácter de lucha nacional por la indepen­ dencia. No quiere decir que haya cambiado radicalmente nuestro movimiento, sino que la revolución popular española, que, al fracasar el método pacífico y moderado de la República el 18 de julio, cuajó violentamente, como necesaria defensa contra el fascismo sublevado y en guerra contra nosotros, ha llegado a coincidir con la Causa nacional de España, de su libertad y de su independencia. No es más que el desarrollo de la semilla, la maduración del proceso. Se ha rea­ lizado plenamente el destino que latía en la entraña misma de la revolución. Que esta revolución era necesaria para resucitar la nación de su letargo y levantar su triste decadencia, lo prueba que ellos, que son la vieja España de los desastres y de las vergüenzas responsables de todo el pasado inmediato y de la situación nacional, tengan que enmarcarse burdamente, precipitadamente, en un mo­ vimiento fascista, revolucionario. Pero ellos no son más que la revolución legal, la rebelión contra la ley. La revolución histórica, ligada a la grandeza de España y a las necesidades y los anhelos.profundos del pueblo, somos nosotros. Nosotros, la revolución que crea una vida nueva, una nueva Patria, de acuerdo con la más libre y genuina vo­ luntad nacional. Nosotros «no importamos política extranjera. Ni admitiríamos la importación, ni nadie nos la ha pedido ni nos la ha propuesto, ni lo desea, y estoy autorizado por mi función para declarar que la República española no tiene con­ traído ninguna especie de compromiso político con ningún país del mundo.» «No sé cuál será el régimen político español: será el que el pueblo quiera...» Y es el pueblo —a través del Gobierno de la República— quien va creando con su original inspiración la nueva España; es el pueblo —como siempre— quien sella con su sangre la nueva patria. Es el pueblo quien alienta con su genio en todas las instituciones y las empresas de la República. La guerra ha puesto al descubierto el antinacionalismo dé la reacción espa­ ñola. Casta minoritaria separada por un abismo de explotación y de odio de su pueblo, a la hora de la verdad —la hora del heroísmo y de la muerte— sus voces, llamadas pálidas y falsas, se han perdido —sin eco, ni respuesta—, y sólo ,les ha quedado un camino: la venta turbia y cenagosa del país, la traición a la Patria, la servidumbre al Imperialismo extranjero. «Yo estimo que un movimiento nacional sería irresistible, en cualquier sen­ tido que se pronunciase..., pero para que haya un movimiento nacional lo pri­ mero que tiene que haber son nacionales libres para manifestarlo.»

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Mussolini e Hitler han subido al poder, sin duda, sobre una gran marea na­ cional (no es éste el momento de analizar por qué), pero los rebeldes, aislados por el pueblo, sólo pueden subir empujados por las fuerzas y las armas extran­ jeras. Así culmina ya el proceso, y sobre los hombros populares cae de lleno la ingente y heroica tarea de salvar la Patria de la invasión. Nuestro movimiento es ya tangible, real* indiscutiblemente el movimiento nacional. La revolución y la independencia nacional se han identificado. EL PROBLEMA INTERNACIONAL El Presidente, en su magno discurso, no podía mutilar nuestra dramática realidad, amputándola del mundo europeo. No sólo porque nuestra guerra espi­ ritualmente es un drama universal, sino porque «La posesión de las riquezas na­ turales españolas, de sus puertos, de sus bases, que no necesitan para estar do­ minadas por el extranjero enarbolar una bandera extranjera, que no necesita repartirse en provincias el territorio nacional para estar sometido a un yugo extranjero; la posesión de todo eso mira a un objetivo superior». El objetivo superior de romper el equilibrio del sistema occidental europeo a favor del Fas­ cismo y de la guerra, en contra de las naciones democráticas. Las palabras del Presidente, serias y dignas, fueron solamente una adverten­ cia del peligro; lo demás hubiera sido «candor o impertinencia». «Corresponde a otros limitar la guerra, corresponde a otros restablecer la ob­ servancia del Derecho Internacional, escandalosamente violado en nuestro suelo.» «Espero que la sabiduría de quienes gobiernan y dirigen los destinos de Euro­ pa sabrán darse cuenta...» No puede darse mayor lealtad, discreción y pulcritud al abordar el problema internacional de la guerra española. «Nosotros tenemos que conservar en primera línea el valor nacional de nues­ tra causa y no envolverlo en ninguna otra causa más...» Éstas fueron sus palabras clarividentes. LA FIGURA DEL PRESIDENTE AZAÑA Este sumario apuntamiento que hemos realizado quedaría incompleto sin unas líneas de comentario en torno a la figura de Azaña y a la parte personal de su discurso, magnífico y definitivo. Para ningún español es un secreto la alta cate­ goría mental del Presidente. Intelectual de pura cepa, en ello encuentra su gran­ deza y su servidumbre. Profundidad y alteza en el planteamiento; subjetivismo. Llegó a la Presidencia tras una corta y azarosa lucha política, casi como a un refugio. La tremenda conmoción de España, la guerra y la revolución — «largo plazo de sufrimientos»—, han madurado su corazón. Su figura se ha ido agran­ dando y ennobleciendo. El día 21, al anochecer, comenzó su discurso analizado, y allí resplandeció su poderosa y clara inteligencia. Mas a partir del momento en que Madrid, ba­ ñado en sangre y coronado de fuego, atravesó como una imagen de heroísmo y

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de tragedia el discurso, su voz se veló de emoción, y ya hasta el final sus palabras claras se tiñeron de humanidad, y la voz, las referencias y el sentido fueron cada vez más profundos. «Y es verdad, Cano; en Madrid, donde nunca había pasado nada, pasa ahora lo más grande de la Historia Contemporánea de España, y será menester que transcurra tiempo para que los propios madrileños, todavía no asesinados, alegre­ mente conformes con su tremendo destino, puedan percibir las repercusiones que su resistencia sin límite va a tener en los destinos de España.» Y más abajo, donde todos los casticismos, las elegancias y las ironías de su dis­ curso se apagan para dejar levantar una llama más alta: la expresión suprema de la creación colectiva fundida por el genio popular en el fuego y la sangre del más tremendo sacrificio. «... un régimen donde los derechos de la conciencia y de la persona humana es­ tén defendidos y consagrados por todo el aparato político del Estado; donde la libertad moral y política del hombre esté asegurada; donde el trabajo recupere en España lo que quiso hacer de él la República, la única categoría cualificativa del ciudadano español, y donde esté asegurada la libre disposición de los destinos del país por el pueblo español en masa, en su colectividad, en su representación total. Si un día hace falta volver a combatir contra la tiranía, yo diré: ¡presente!» ¡Bella y concisa fórmula de la originalidad española! Y luego estas palabras —ya últimas— colmadas de admirable emoción: «Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mí, no, señores. Permitidme decir esta terrible confesión, que desde el sitio que estoy no se cosechan en circunstancias como ésta más que terribles sufrimientos, tor­ turas del ánimo de español, de mis sentimientos de republicano. Ninguno de no­ sotros hemos querido este tremendo destino, ninguno lo hemos querido; hemos cumplido el terrible deber de ponernos a la altura de este destino.» «Vendrá la Paz y vendrá la victoria. Pero la victoriaserá una victoria imper­ sonal...» «No será un triunfo personal, porque cuando se tiene el dolor de español que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas; y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, seguramente su corazón de español se romperá y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España.» Y sobre todos cayó el dolor majestuoso del pueblo destrozado, de la Patria en escombros. Y todos nos sentimos expresados con profundidad y elevación, re­ presentados plenamente, con toda dignidad. Y recordando las palabras de uno de nuestros más agudos enemigos, aquel que le llamó Primer Rey Natural de España, nos pareció que alguien escondido en el augusto silencio nos gritaba: «¡Espa­ ñoles, presentad las armas!» (Hora de España, fe b rero 1939).

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Para el anarquista Federico Urales, escritor y padre de Federica Montseny, un intento de unificar la retaguardia republicana es se­ millero de desastres como lo sería intentar desarmar al pueblo. «Si los gobiernos cometieran la torpeza de desarmar al pueblo para con­ tenerlo en los límites de una reforma que dejara intacta la propiedad privada, daría la victoria al fascismo.» Para él como para los del POUM, Revolución y Guerra van totalmente unidas.

Orientaciones DEL MOMENTO POLÍTICO SOCIAL ESPAÑOL Causas de la rebelión fascista por F e d e r ic o U rales

Muchas son las causas del dolor inmenso que en este momento sufre España; señalaremos las principales: Delante de todas, va el concepto medieval que las llamadas clases pudientes, tienen del pueblo y que uno de sus individuos metió, en el Congreso de los diputados, dentro de las siguientes palabras: «chusma encanallada». Las Academias militares se nutrían de gente que, en su mayoría, sustentaba aquel concepto y que nunca hubieran podido avenirse a la idea de que el pueblo, la «chusma encanallada», estuviere en el mismo nivel politicosocial que los que se estimaban directores del país por derecho propio. El pasado triunfo electoral de las izquierdas, no tan sólo chocó con aquel criterio, sino que hizo perder la esperanza a las derechas de que, por medios morales, pudiesen continuar explotando y dominando a los españoles. La mentalidad teocrática que reina en los Institutos armados y en las comu­ nidades religiosas, pese al antiguo cristianismo, al encontrarse con las aspiraciones de los desheredados de todo derecho y fortuna, se volvieron contra el progreso social e intentaron rasgar, de un sablazo, todas las libertades. También influyó en la actual rebelión militar, clerical, fascista lo que se dijo de los militares con motivo de la monstruosa represión de los sucesos de Asturias. En opinión de aquéllos, lo que las autoridades pongan en práctica para reprimir la rebelión de las masas bien hecho está, porque d principio de autoridad, por ellos representado, es superior a todo interés que pueda favorecer a los humildes; y las medidas que contra ellos se puedan tomar, por rigurosas que sean, no pueden discutirse. Las clases directoras no podían verse sometidas a una mayoría «incul­ ta », desarrapada, cuya misión no podía ser más que obedecer y callar y que, cuando se rebela contra aquellas clases, ha de ser sometida sin reparar en los medios.

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EL PELIGRO QUE H A Y QUE EVITAR La intervención armada del pueblo en el vencimiento de la rebelión militar fascista, es la cuestión más vidriosa de cuantas se pueden plantear entre el pueblo y sus gobernantes. Si éstos no tienen del pueblo un concepto elevado, que diste mucho de la opinión que de las masas obreras tienen las clases representadas por los curas, los militares y los capitalistas, todo se habrá perdido. También se habrá perdido todo, si los obreros organizados como clase no se hacen cargo de la difícil situación por que pasa España y que nos obliga a ser cautos y prudentes, en todos los aspectos. Está fuera de toda duda que el Gobierno se encontró, desde el primer mo­ mento de la rebelión, lo mismo el de Madrid que el de Barcelona, en la disyuntiva de armar al pueblo, con los peligros que ello suponía, dada la significación y los compromisos de los gobernantes, y la victoria del fascismo, con la cual peligraba la vida misma de aquellos gobernantes. Victorioso el Gobierno por la acción de un pueblo más o menos armado, que aspira a mejor vida y a mejor derecho que el que representa la idealidad guber­ namental, el peligro está en la desavenencia entre el Gobierno y sus parciales y las fuerzas obreras que han sido parte principal en la victoria. ¿Habrá capacidad bastante en los gobernantes y en el pueblo para evitar los males de la división, que es lo único que puede dar la victoria al enemigo común y que quizá la espera por ese lado? He aquí la terrible duda, la duda de todos los hombres de buena voluntad. Si los Gobiernos cometieran la torpeza de desarmar al pueblo, para contenerlo en los límites de una reforma que dejara intacta la propiedad privada, daría la victoria al fascismo, lo mismo si el pueblo se dejara desarmar, que sí se oponía al desarme. Si los obreros organizados se dividieran, por afán de proselitismo y de dominio, también darían la victoria al fascismo, que resiste y resiste, en espera de la división proletaria y de la gubernamental. Las cosas han llegado, a tal extremo, por la fuerza de las circunstancias y de la idealidad de las masas trabajadoras, que al punto de partida no puede ni debe volverse. Hay que sumar y que multiplicar, y no restar ni dividir, lo mismo por un lado que por el otro. Cueste lo que cueste, es precisó mantener la unidad antifascista, buscando un punto de unión que nos sirva no sólo en estos momentos dé guerra, sino para después de la victoria, porque serán muchos y muy formidables los intereses que saldrán deshechos de esta rebelión, convertida en revolución, como hemos dicho antes, por la fuerza de. las circunstancias y de la idealidad obrera. Para que de esta rebelión militar surja la paz social y la justicia, ha de esta­ blecerse un régimen económico, el que sea, que acabe con el salario, la falta de trabajo y la miseria. CÓMO PODREMOS CONSEGUIR ESTE RÉGIMEN Para establecer régimen de tal naturaleza, lo más seguro es: Dejar al pueblo las armas y armándolo aún más, si fuere posible, y habría de serlo, sin temores ni segundas intenciones de ninguna clase. Habría, también, que dejar en autonomía

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completa a los Municipios pata que ellos se organizaran, económicamente, como mejor estimaren. Si desde las alturas o desde los llanos, se impusiere un régimen único, fuese el que fuese, estableceríamos la guerra civil entre las masas popu­ lares, habríamos malogrado la revolución y el Gobierno que tal hiciere, habría de gobernar en régimen dictatorial, que es el que ahora todos combatimos, porque si acudiera a las elecciones, sería derrotado. Hay que establecer el régimen que se dé el pueblo, de abajo arriba, libremente manifestado, en autonomía y en federáción. En este respecto vemos mucho mejor intencionado al Gobierno de Barcelona y a las clases trabajadoras catalanas, que al Gobierno de Madrid y a sus clases productoras. Otro modo de ver el punto de unión que habrá de buscarse para resistir el empuje de los intereses económicos y políticos, nacionales e internacionales, que quedarán deshechos, será un fracaso, desde el punto de vista de la paz social y de la libertad política que hoy nos une a todos. (Solidaridad Obrera, 9/IX/36.)

Rivas Cherif aplaude Montseny, sus llamadas a cargazón de realidades y que el autor esgrime ante negro de CNT-FAI.

en los labios de la anarquista Federica la defensa de la República «con toda la símbolos que la incumben», moderación el temor de la burguesía europea al roji­

A los conservadores del mundo ELOGIO DE FEDERICA MONTSENY por C. R ivas C h e r i f Había visto anunciada una conferencia de Federica Montseny, en Tarrasa, y me proponía asistir, llevado de la simpatía que despertó en mí el trato, harto breve, que tuve con ella trasantaño, siendo yo cónsul en Ginebra, con motivo de su intervención en la Comisión de Higiene de la Sociedad de Naciones, cuando era ministro de Trabajo y Asistencia Social de la República. Se suspendió inopi­ nadamente la conferencia de Tarrasa, y no pude darme el gusto de oír a quien me dicen tan atrayente oradora popular, como la sé discreta y convincente expositora de los motivos que la llevaron a presidir la susodicha Comisión ginebrina, al tiempo de presentar su informe la Delegación técnica de la Sociedad de Naciones venida poco antes a España. Leo en estos días dos referencias de sendas alocuciones de Federica Montseny, en Barcelona, en un centro cultural la una, por radio la otra, perdidas otra y una, para mí, por habérseme escapado los anuncios pertinentes. Lo siento tanto más cuanto que por esa referencia de los periódicos traduzco la emoción que ha cal­ deado los dos últimos discursos de Federica Montseny y que se ha comunicado intensamente a sus auditorios, por expresar de una manera precisa el sentimiento de que está impregnada la justicia de nuestra causa republicana.

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Hace dos años, el anuncio de la llegada de «la ministro roja» (que añadía al rojo sangriento de nuestra guerra revolucionaria, el negro que integra su bandera social) produjo en el ambiente pacatísimo de la «Liga» —que dicen siempre los ingleses— una cierta curiosidad, de la llamada malsana, en que el prejuicio irónico de los que están siempre «de vuelta» o al cabo de la calle, se prometía no sé qué fáciles regodeos, a cuenta del contraste de colores tan enteros —como de pinto­ resca divisa taurina— que constituían la enseña política de la ministro española, con la gris mediocridad que componen en Ginebra el blanco supremo del monte que le da fondo turístico y el azul del lago en que se mira. Pero no fue cosa de risa. Federica Montseny supo unir a la firme decisión de su prestancia un tacto del que por antonomasia se llama «diplomático» y que muy rara vez he tenido ocasión de comprobar, en mis muchos años ya de trato humano corriendo mundo, en quienes aquí o allá pertenecen a la carrera o en ella hacen política, más o menos alta o menuda, internacional o para andar por casa. Tanto en la presidencia de la Comisión susodicha, como en el convenciona­ lismo de las relaciones particulares, al aceptar invitaciones o corresponder a ellas, la ministro «roja y negra» fue la discreción misma. Sin alardeos ni compla­ cencias improcedentes, estuvo en su puesto en todo momento y no cedió de su representación, ni abdicó con ello de la conducta personal a que le obligan sus convicciones. Recuerdo a este respecto un detalle que parece insignificante, pero que no lo es. A recibirla a la estación fue un conocidísimo anarquista, presidente de una Federación de Sindicatos. Se apresuró a invitarla a comer, familiarmente, y Fede­ rica Montseny aceptó gustosa y correspondió a tal amabilidad en la misma me­ dida; pero cuando la ministro quiso agradecer con un convite oficial las atenciones de que había sido objeto por parte de la Sección de Higiene de la Sociedad de Naciones limitó a quienes más o menos habían intervenido en el envío a España de una Delegación técnica, las invitaciones al banquete. Banquete cuya mesa estuvo adornada de tulipanes negros y rojos —harto más decorativos—, en puro acorde con la bandera republicana que florecía allí también, por delicada intención del mayordomo del hotel suntuoso en que la ministro y su séquito se albergaban, haciendo honor a la representación que ostentaban dignamente. Poco antes de aquel viaje de Federica Montseny a Ginebra, había tenido yo ocasión de discutir con un sutil diplomático extranjero acerca de las consecuencias que pudiera acarrear a la República española, en su consideración internacional, la participación en el Gobierno de representaciones de todos los partidos políticos y organizaciones constituyentes del Frente Popular. «¿Cómo quiere usted —me decía—: que Francia (quería decir, naturalmente, su Gobierno) no se inquiete ante la posibilidad de una República comunista en Perpignan?» Sus ideas eran tan confusas que me lo decía, precisamente, lamentándose, como «republicano» a su vez, del ingreso, reciente a la sazón, de representantes de la CNT y la FAI en el Gobierno español. «Será inútil —le contesté, luego de muchos razonamientos infructuosos— que yo intente reducir a los términos de una explicación dificilísima lo que es el problema español, la revolución española si usted quiere; yo no me asusto de las palabras cuando sé lo que quieren decir. Pero, ¿por qué no va usted a Bar­ celona, por lo menos? Vea, oiga, entienda, y después me dirá usted.» No ha pasado mucho tiempo sin que un destino, más lógico que azaroso, haya traído a Barcelona a mi interlocutor de entonces. Y he tenido la satisfacción, a

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falta de otras más grandes y que no están enteramente en su poder el darme, la de oírle y verle convencido de lo que me .era imposible hacerle entender por las razones que pueden jugar en una discusión amistosa sobre «principios». Los dos últimos discursos de Federica Montseny me satisfacen sobre todo porque exaltan la verdad incontrovertible de nuestra justa causa, el poner con­ cretamente, sobre toda aspiración ideal humanitaria, la de nuestra defensa inme­ diata; entendiendo por «nuestra» la que imprime a la variedad consustancial de la República su integridad española, capitalizada, con toda la cargazón de rea­ lidades y símbolos que la incumben, en Madrid, objeto, justamente magnificado, de una de esas dos últimas oraciones de la anarquista impenitente. No he podido por menos que recordar, al leer esas exaltaciones de la Mont­ seny a la concordia republicana^ el acento inolvidable de otra mujer distinguida, de Dolores Ibárruri, que me fue dado oír desde el barco que me devolvía a España en los primeros días de la guerra movida contra la República por los más infames desertores. También entonces, como ahora, la Pasionaria reclamaba para la República la integridad de todos los afanes españoles concitados en su defensa. ¿Qué otra cosa es ni qué otra cosa puede ser la República que ese palenque de continua lucha civil que los españoles reclamamos, no para fundir nuestra diversidad de acentos, de idiomas, de ideas, de sentimientos particulares, en un dogma rígido, en una disciplina de Estado absoluta y sin revisión posible, sino para concertar la discusión libre y acomodar a una regla de convivencia general la participación de cada cual en el bien común? Razón tienen cuantos dicen, en nombre de una creencia política, que la República no es para ellos un fin, sino un medio de lograr el que se proponen. Todos los dictadores del mundo encuen­ tran en tales profesiones de fe motivo harto fácil para denigrar a los pueblos que pretenden gobernarse por sí mismos, es decir, con independencia —que no excluye los mutuos acuerdos— de un Poder ajeno, entendiendo, asimismo, por ajeno, no ya sólo el extranjero, sino aquel que cifra el orden social en la abdica­ ción de los derechos de la persona. La República es un medio: el medio propio de la vida política. Como la vida misma, su poder fluye de su esencia. En el texto constitucional de la República española —afirmada en la propo­ sición pública de paz llamada de los Trece Puntos, suscrita por el presidente, del Consejo de Ministros, en nombre del Gobierno y por _España— se estatuye, inte­ grando su fundación, la diversidad conveniente a la conducta de nuestras liber­ tades en el ejercicio de la democracia. Las palabras de Federicá Móntsenyj libertaria, que es, por exasperada quizá, una manera españolísima de ser liberal, si siempre serían oportunas, tanto más ahora, en que el problema fundamental de nuestra libertad se discute en el secreto a voces de las Cancillerías y en la conciencia —acallada— de la humanidad, más aterrada por la guerra que por la injusticia. ¡Conservadores del mundo, oíd! (La Vanguardia, ll/X II/38.)

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IDEOLOGÍA LABORAL El problema laboral es abordado por los escritores nacionales en un intento de borrar la imagen, de antiobreros que les da el enemigo. Por un lado, ennoblecimiento de la labor manual, «Ño basta hacer las cosas, hay que hacerlas bien», afirma Manuel Machado. Y más abajo: «Para eso ejercicio y estudio. En una palabra, ¡trabajo! Pero trabajo en cristiano — no en marxista—, trabajo libremente abraza­ do, apasionadamente ejercido» «... arriba España pero arrimando to­ dos el hombro para levantarla».

INTENCIONES TRABAJO por M anuel M ac h a d o

He aquí la palabra mágica, la varita de virtudes, el «sésamo ábrete» de todas las puertas de la prosperidad, la panacea de todos nuestros males... Trabajo. Pero trabajo, no sólo en cantidad, sino en calidad. No basta hacer las cosas, hay que hacerlas bien, hay que hacerlas mejor que nadie. Lo cual supone apli­ cación, estudio y amor a la obra. No basta esforzarse, hay que adiestrarse. La mano española, el cerebro español, nada tienen que envidiar, en aptitud, a ninguna mano, a ninguna inteligencia del mundo. Es decir, que aquello que Dios da, a nosotros lo prodigó generoso... De lo que el hombre ha de poner, en cam­ bio, a menudo andamos medianamente. Es en España, aserto vulgar aquello de que «el artista nace, pero no se hace», con otras cantamusas por el estilo, igualmente deletéreas y alentadoras de la pereza mental. Una de ellas, entre las más señaladas, estriba en confiar a. «la inspiración, casi exclusivamente, el mérito y logro de la labor.· La «inspiración» es, en fecto, algo divino que viene '—cuando Dios quiere— a sublimar y súpervalorizar, de modo extraordinario; la.iobra¡humana. Pero, sobre que es imposible contar "con ella de un modo sistemático, támbién es muy cierto que ése «quid divinum» desciende, con preferencia,! sobre aquellos espíritus cul­ tivados que, enriquecidos por el saber, le tienen preparada digna y decorosa habitación... «Dios no gusta de bajar a los cuartos desalquilado?», ha dicho al­ guien, a este propósito, con frase tan gráfica como certera. No hay que confiar —pues lo demás se nos dará de añadidura— sino en el propio esfuerzo para adquirir la habilidad, la competencia y la técnica necesarias y, a ser posible, la maestría de cada uno en su labor. Desde el artista hasta el artesano —pasando por el hombre de la Ciencia, el de las Leyes, el industrial y el agricultor— todos tenemos, hoy más que’nunca, la obligación de «batir el propio “récord”», o, dicho en castellano, de saber y ejercer cada día mejor nuestro oficio.

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Y para eso, ejercicio y estudio. En una palabra; trabajo. Pero trabajo en cris­ tiano — ¡no en marxista!— trabajo libremente abrazado,, apasionadamente ejerci­ do, en un noble y callado y hondo y constante afán de perfeccionamiento. Nadie realiza mejor su labor, gloriosa y terrible, que nuestra magnífica ju­ ventud, ep armas, a las órdenes de un Caudillo excelso, conquistador y creador de la nueva España... Que la psicología militar formada en la guerra nos sirva de impulso y de ejemplo para la paz de una España libre y poderosa, poblada del debet. No nos contentemos con aclamarla y vitorearla. Para que esa España sea grande y fuerte todos tenemos que «hacer» algo por ella. Y hacerlo bien. ¡Viva, pues, España! Y mejor. ¡Arriba España! Pero arrimando todos los hom­ bros para .levantarla. (ABC. Sevilla, 3/XI/37.)

Fernández Almagro reivindica un tipo humano que la izquierda ha motejado siempre de parásito, de inútil social. «¡Cuánto se ha escrito, cuánto se ha dicho no ya contra el aristócrata sino contra el sencillo señorito del "Bar Chicote” o del barrio de Salamanca! Y, sin embargo, he ahí, en los parapetos, en las trincheras... al con­ sabido muchacho de los vituperios». A veces ha muerto «por Dios y por la patria» el muchacho que diera impresión de frivolidad al que no sabe calar almas. Los frívolos eran los que juzgaban ligera­ mente a los demás, sin descubrir ese venero de viejas virtudes que fluían, sin cesar, en lo hondo del alma.

UN AÑO DE CONCIENCIA NACIONAL ■ V , . , j , l:

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En 17 de julio de 1936 —ahora sé cumple un año—, España recobró su con­ ciencia nacional. ¿Cuándo la había perdido? ¿Dónde? ¿Cómo? Los aficionados a frecuentar la Historia buscarán seguramente la pista en la ancha zona de tiempo que va de Rócroy a Ayacucho. Son dos siglos, o poco menos, en que sé cruzan muchos caminos, abundando las desconcertantes alternativas que son características de nuestro paisaje histórico; rara vez la planicie; por lo común, ciínas que determinan simas... Pero, siguiendo las futas de nuestras campañas militares, no daremos probablemente Con la tazón del fenómeno que examinamos. España no perdió su conciencia histôriça eiï reveses marciales; al menos, no radica én esto él único factor. Entre Rocroy y Ayacucho están Westfalia, los Pirineos, Utrecht. Y es que nuestra diplomacia no parece que acórtase a mejorar las situa­ ciones creadas. Tras las glorias de la guerra de la Independencia, nuestro repre­ sentante en el Congreso de Viena, don Pedro Gómez Labrador, no supo granjear para España ventaja alguna. Fue la propia Francia derrotada la aún más dura, de las Casas del Pueblo». Hay que des­ congestionar «los grandes núcleos urbanos tan propicios,al morbo marxista».

LOS BELLOS OFICIOS por E l M arqués d e L ozoy a

«El artesanado —dice el artículo IV del admirable fuero de los trabajadores de España recientemente promulgado— herencia viva de un glorioso pasado gremial, será fomentado y eficazmente protegido.» Alegrémosnos de estas palabras que nos auguran en la España nueva la liberación del concepto que del trabajador tenía la economía liberal y que, llevado a sus últimas consecuencias dio como resultado las masas gregarias de los centros fabriles de Europa, envenenadas de marxismo y abrumadas bajo el peso de una vida agria y dura sin belleza y sin esperanza.

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Cuandb nuestros abuelos, los españoles de tiempos de Doña Isabel II se exta­ siaban ante la prosperidad económica, ante la potencia industrial y el progreso material de Francia, de Inglaterra y dé Bélgica no podían suponer a cuánta costa compraba la humanidad aquella brillante civilización. El espíritu liberal había destruido los gremios en todas partes y el obrero, indefenso, quedaba sujeto a la bárbara ley de la oferta y la demanda. En apariencia, no era un esclavo. To­ das las constituciones le reconocían la plenitud de sus derechos civiles y polí­ ticos, pero si no quería trabajar el tiempo y con arreglo al jornal que el amo le ofrecía no le quedaba otro recurso con toda su ciudadanía, que morirse de hambre. Y se formaron los «infiernos industriales» de Manchester, de Lieja, de Lyon en los cuales los obreros, aun las mujeres y los niños, trabajaban ¡hasta 18 horas!, en un trabajo monótono y abrumador, por un jornal de miseria. Ya nues­ tro Donoso Cortés vio con toda claridad que estas masas, a las cuales la revolución había arrancado la esperanza en otra vida, estaban fatalmente, irremisiblemente des­ tinadas al socialismo; y el socialismo dando de nuevo a los obreros cohesión y fuer­ za, mejoró sin duda sus condiciones materiales, pero al arrancarles de la tiranía de la empresa les entregó a la tiranía, aún más dura, de las casas del pueblo. Su ideal era, en el fondo, el mismo que el del capitalismo liberal al cual pretendía susti­ tuir: inmensos rebaños humanos agrupados en ciudades industriales y viviendo una vida mecanizada, de la que está ausente aquel profundo esplritualismo que ennoblecía el trabajo del último de los operarios medievales. Es acaso imprescindible el que existan grandes centros fabriles, pero el nuevo imperio ha de tender, en lo posible, a sustituirles por la artesanía refinada y cul­ ta de los pequeños talleres, donde el oficio es una tradición que se transmite de padres a hijos y donde el primor en la fabricación es un orgullo y una gloria. En las grandes fábricas, los objetos estampillados en serie, nacen sin alma, porque en ellos es imposible descubrir la huella de ese adán humano que impregnaba la labor de los menestrales de antaño. Es curioso notar cómo, desde que las Cortes de Cádiz declaraban abolidos los gremios en 1813, decaen todos los bellos oficios en que se· compendiaba la ex­ periencia y la sabiduría de muchas generaciones de trabajadores. Todavía el si­ glo xvm, con sus cerámicas incomparables de Talavera y de Manises, con sus se­ das floridas de Valencia y de Toledo, con la elegancia de sus vidrios de Barcelona es un gran siglo para los bellos oficios én España; nos atreveríamos a decir que es el gran siglo de la menestralía. El siglo xix da al obrero el voto, que no le sirve absolutamente para nada, pero anula su personalidad de artista y le convierte en un complemento de las máquinas entre las cuales se deslizan las jornadas mo­ nótonas de su vida gris. En el siglo pasado se obligaba a los escolares a cantar himnos al vapor, a las fábricas y a las locomotoras. El nuestro ha de rectificarse en esto como en tantas cosas. Nuestros economistas y nuestros sociólogos han de tender a sustituir el rendimiento de las grandes fábricas por el trabajo de muchos pequeños talleres de tipo familiar, en que cada obrero tenga participación en el producto de su labor y esté directamente interesado en su perfección. Con este mismo criterio, el Na­ cional Socialismo alemán procura que muchas pequeñas tiendas desempeñen la función que en la posguerra acaparaban los enormes almacenes tan gratos al gusto hebreo y fomenta el establecimiento de los obreros en aldeas y en ciudades provincianas para descongestionar los grandes núcleos urbanos, tan propicios al morbo marxista. No será posible prescindir de la fabricación de objetos en serie, pero la aristocracia del trabajo está en aquellos oficios que no matan, antes bien

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estimulan, la personalidad del artífice. Es preciso devolver al operario el concepto cristiano de la dignidad del trabajo, como único medio de ennoblecer y embellecer la vida. (Arriba España, 22/III/38.)

ESPAÑA ¿UNA o PLURAL? La unidad es una constante en él pensamiento del bando nacio­ nal, Pemán cree que se hizo gracias a un Caudillo «arrollador en el campo, acogedor en su gabinete» y que tenemos que ir a «Uno el pen­ samiento, uno el paso, uno el estilo... no vamos a construir una Es­ paña dorada, florida y barroca sino una España escurialense, clási­ ca: única y desnuda como la verdad.»

UNA POLÍTICA DE UNIDAD por

José M.® P emán Si en España hay una política de gran estilo, a hacer ésta debe llamarse, por encima detodo otro nombre: «una política de Unidad». El problema previo, que estásiempre ahí amenazante en el subsuelo de toda nuestra política, es el pro­ blema de nuestra tendencia disgregadora. Fray Luis de León llama, bella y popularmente,; a la innata tendencia de todas las criaturas hacia la unidad y la síntesis: «El pío universal de: las cosas.» Toda la Historia dé España está estremecida por este pío angustioso. Nuestras épocas de grandeza o desastre no son más que épocas de Unidad o dispersión: de clasicis­ mo o barroquismo; de emperadores o partidos;: de Escoriales únicos y desnudos... o capillitas múltiples y floridas. Tan fundamental y primario es en nosotros ese problema de «unidad», que bien mirado es él el que da estilo y modo diferencial a todo nuestro movimiento. En los otros movimientos europeos, hermanos del nuestro, el problema de unidad era —al menos en apariencia, como luego diré— mucho menor. Había que vencer y eliminar todo el fragmento antinacional del país: pero, luego, en el fragmento nacional había casi una unidad arrolladora y prestablecida, que reducía al míni­ mo el problema de su consolidación. Sorber las «camisas azules» en Italia; o asi­ milar los «cascos de acero» en Alemania, era empresa leve, que apenas había de dejar rastro ni cicatriz. Pero en España, los ingredientes de la «unidad», dentro del fragmento nacio­ nal, eran extremadamente mucho más varios y con mucho mayor relieve: había el Ejército; había la Falange y el Requeté; había la masa desencuadrada, llamada genéricamente «derechas», necesitada de mil purificaciones, pero brindada para mil aprovechamientos. Todo esto, a cambio de hacer más difícil la tarea, la asegu­ raba contra todo error y extravío, e imponiéndola contenciones nos garantizaba el logro de un nacionalismo equilibrado y humano como ningún otro Dios nos obligaba a trabajar más; pero para conseguir también más: para conseguir nada

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menos que la fórmula perfecta y sintética, que el mundo anhela, de un nacionalis­ mo fuerte, católico, universalista: sin agresividad frente al mundo, ni absorción frente a la persona humana. Dios nos lo dio providencialmente todo para lograrlo. Nos dio los ingredientes varios, las dificultades salvadoras. Nos dio un Caudillo como nos hacía falta: arro­ llador en el campo, acogedor en su gabinete; Para presidir un movimiento violen­ to, respaldado por una unidad preexistente convenían, sin duda, esos jefes de estilo más áspero y espectacular. Para presidir una tarea de unificación de varie­ dades hacía falta el Caudillo comprensivo, equilibrado y humano. Por eso la ico­ nografía de Mussolini o Hitler han hecho famosos en el mundo un ceño o un fruncimiento de labios. Pero Franco ha hecho famosa en el mundo una sonrisa... Y es que así, sonriendo enérgicamente, había que presidir y consumar en España esta difícil tarea de la unidad. Porque era tarea de yugo único, había que ser enérgico. Porque era, al mismo tiempo, tarea de flechas múltiples, había que ser sonriente. Y así, también, enérgico en los principios claros y sobrios; sonriente en la simpatía acogedora, don Pedro Sains Rodríguez, desde su Jefatura nacional de Educación de Falange Española Tradicionalista ha llevado a cabo la difícil tarea básica de la unificación de las organizaciones escolares universitarias. Sainz Ro­ dríguez no ha tenido más que aplicar para ello, lo que en él es naturaleza y ca­ rácter: mente rigurosa y voluntad accesible. Ésta será siempre la fórmula perfecta para toda tarea de unificación en España. Porque, paradójicamente, esta España tan varia y dispersa externamente —en re­ giones, organizaciones y pandillas— es la nación más unificada mentalmente en Europa: sin problemas profundos de diversidad religiosa o psicológica. Precisa­ mente los países donde las unificaciones han tenido que hacerse con mayor mano dura es porque la unidad espiritual era menor: y la voluntad, con su vozarrón imperativo, disimulaba lo que faltaba, en el fondo, de verdadera unidad mental. En España no era preciso dar este estilo a las unificaciones: porque la mente tiene en ellas más quehacer que la voluntad. No es preciso gritar demasiado ni fruncir el entrecejo, cuando sentándose sonrientemente en una mesa se puede llegar, tan fácilmente, en España, a redactar esos diez puntos claros, inconmo­ vibles, de la unificación escolar y estudiantil. Tenemos, sí, tendencia a la disgregación. En España el número dos no sig­ nifica uno más uno, sino uno contra uno. Mantener en una Universalidad espa­ ñola una dualidad de nombres y emblemas es como enfrentar dos temas depor­ tivos con una implícita voluntad de choque y competencia. Pero lo paradójico es que, en el fondo, bajo esta exuberancia deportiva y disgregadora no existe ninguna verdadera divergencia espiritual, como existe, en cambio, y muy seria, en otros países donde más dura y disciplinadamente se mantienen las unidades for­ males y externas. Yo llego a creer que es precisamente la seguridad de esa unidad fundamental de pensamiento la que nos hace jugar demasiado temerariamente a ese juego de la diversidad de nombres y emblemas. Porque cuando se acepta tan fácilmente —tan fácilmente como que ello es esencia mental para todo español— ese punto pri­ mero de la unificación escolar: «darle un sentido católico y español, y volver al pensamiento de las Universidades .de Salamanca y Alcalá de Henares»; cuando se acepta esto, tan definido y claro, ¿qué dualidad mental y verdadera puede exis­ tir? La dualidad escolar no puede ser ya más que un pretexto para tener dos equipos de fútbol o de water-polo...

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Ninguno de los problemas hondos y vidriosos que lateo, sojuzgados, en el fondo de otros nacionalismos europeos, externamente más uniformados y com­ pactos, existen en esta España, donde desde el primer día del movimiento toda la juventud fue a la muerte con el mismo pensamiento, el mismo impulso y el mismo escapulario. Somos exuberantes y fantasiosos en las cosas externas. Cuando nos asomamos a ver un desfile de las varias milicias, acaso podamos pensar: «Muchos colores..,» Pero cuando calamos hondo en otros bloques europeos, donde se aúnan en difícil y patriótica convivencia sustancias católicas y hetero­ doxas, herencias cristianas, paganas y reformistas, cabría pensar: «Muchos pen­ samientos...» No; España está gloriosamente destinada por Dios para dar al mundo la fórmula de la unidad perfecta y equilibrada. La diversidad de nuestros guarda­ rropas no significa nada frente a la unidad estremecida de nuestros mártires; de nuestra evocación escolar de Salamanca y Alcalá; de nuestro telegrama falangista a Su Santidad. Nada más que España posee, en toda Europa, esta unanimidad tan absoluta de pensamiento. Sólo nosotros podemos crear un nacionalismo que el mundo y Roma miren sin inquietud. Sólo nosotros podemos unificar sonriendo. Y para que esto que está ya en el alma esté también todo lo más posible en el semblante, era urgente que, empezando por abajo, la juventud universi­ taria se unificara apretadamente. Era temerario poner en peligro este regalo de la unidad mental que Dios nos ha hecho, por las humanas diversidades externas. Con los mayores había que tener cierta transigencia, Pero había que apresu­ rarse a evitar a tiempo que la juventud —una en el recuerdo de Salamanca y Alcalá— creara inercias de divergencias exteriores y consolidara dualismos de­ portivos de equipos. Uno, el pensamiento; uno, el paso; uno, el estilo. Todo sobrio y con pocos adornos desde abajo: desde esa basámenta juvenil y universitaria. Porque no vamos a construir una España dorada, florida y barroca... Sino una España escurialense, clásica: única y desnuda como la Verdad. (ABC, Sevilla, l/IX /37.)

...Y por ello las alusiones a las regiones más conflictivas en ese aspecto son continuas. Martinez Tomás mencionará el orgullo aba­ tido de una Cataluña que se creyó capaz incluso de la independencia y que con la guerra, aparece sin medios para alimentarse. «Termi­ nará la guerra y Cataluña volverá obediente y sumisa al servicio de los altos destinos hispánicos.»

LA MEGALOMANÍA DEL CATALANISMO por A. M ar tín ez T omás Las personas que todos los días escapan de la zona roja relatan con los tonos más sombríos la situación de aquellas pobres regiones martirizadas. Sobre todo çn Cataluña el cuadro es horrendo. Falta azúcar, carne, pan, leche, pescado,

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judías, garbanzos... Todo, en fin, lo que es necesario o casi indispensable para la subsistencia humana, ¡Magnífica lección para la megalomanía de los catala­ nistas que creían de buena fe en la posibilidad de una Cataluña independiente! Pero es doloroso que haya habido necesidad de una horrorosa catástrofe para que los que estaban cegados por el orgullo y envenenados por un rencor absurdo vean y comprendan la patente realidad de que Cataluña sin el resto de España, desintegrada de estas tierras humildes a las que hasta ahora miraba con despre­ cio, no es ni puede ser nada. Este espejismo de la riqueza de Cataluña, esta idea extraviada de que per­ maneciendo unida a España nos hacía un gran favor a las demás regiones, ha gravitado sobre nuestra historia de estos últimos cincuenta años como una coac­ ción. Ahora vemos que se trataba de una teoría monstruosa puesta en marcha por la vanidad. Y lo triste es que la lección la hayamos aprendido los de allí y los de aquí a tan alto precio. Todos los productos elaborados por la industria catalana, todos los stocks cuantiosísimos de géneros requisados por la Generalidad o por los Comités obre­ ros y la enorme reserva económica que representan las fortunas incautadas y las cuentas corrientes intervenidas, no son suficientes para procurar a Cataluña lo que necesita para subsistir. Ni aun malbaratados, los stocks de sus fábricas tienen colocación en el mundo, donde los mercados son campos ocupados y acotados por los tratados de comercio. Sólo a cambio de una contrapartida muy ventajosa o de una baratura extraordinaria de los artículos, algunos de esos mercados po­ dría abrírsele. Pero Cataluña, con un censo de menos de tres millones de habi­ tantes y una industria preparada para servir a veinticinco millones de españoles, no puede ofrecer una contrapartida conveniente, ni por otra parte su industria, constituida a base de manufacturar materias primas que hay que importar pre­ viamente, podrá competir jamás en precio con los países que sirven y controlan los mercados exteriores. Sin las vastas comarcas agrícolas españolas, de industrialización inexistente o débil, Cataluña no podría disfrutar de la potencia industrial ni de la aparente riqueza de que se envanece. No obstante el intenso cultivo de sus tierras, Cata­ luña es deficitaria en los capítulos más importantes del índice de subsistencias: carne, leche y trigo. Hasta por su desgracia, el mar que baña sus costas es un mar arrasado, de fecundidad escasa, en el que la pesca apenas si cubre el treinta por. ciento del consumo. Por este motivo se está dando ahora el absurdo de que en un país marinero, de litoral extenso, como el catalán, sea más difícil procurarse pescado que carne. La estricta riqueza material que se cifra en dinero y en máquinas, no basta para vivir. El relato fabuloso del caminante extraviado que se halla en el desierto un cántaro lleno de piedras preciosas, cuando lo que busca con ansia es un sorbo de agua, se está repitiendo ahora, con dramáticos caracteres, en Cataluña. En cambio, ¡cuán distinto el espectáculo en estas duras tierras de Castilla, de vida humilde y llana! Y lo mismo, pero con tono más risueño aún, en Navarra y en Guipúzcoa, y en Andalucía y Aragón. Sobra el pan, la carne, la leche, el vino, el azúcar... Y si no sobra el dinero —que tampoco falta— tiene, en cambio, la ventaja de que está en transformación constante y fecunda, no en dispersión caótica y estéril como en la zona roja, sino en concentración productiva, rindiendo su servicio a la Patria y cumpliendo su altó fin político y social. Terminará la guerra y Cataluña volverá obediente y sumisa al servicio de los altos destinos hispánicos. La lección habrá domeñado su orgullo y desvanecido

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su vanidad injusta. Peto no faltará quizá quien pretenda resucitar rencores viejos e invocar el derecho a privilegios que ya están caducados para siempre. Atención a la maniobra. Envenenar a un pueblo es tarea fácil. Con motivo de unas pala­ bras escritas con la mejor intención por el arzobispo de Toledo, ya se está fil­ trando en algunos periódicos una peligrosa literatura regionalista. Cuando Cata-, luña esté de nuevo incorporada a España, esta literatura puede crecer y multi­ plicarse, volviendo al monstruoso confusionismo de los nacionalismos particula­ ristas. Contra este peligro, la España nueva que está rehaciendo a la vieja y mal­ trecha España, ha de estar siempre en pie de combate. (ABC, Sevilla, 12/XI/37)

Hoyos y Vinent cree en el federalismo no sólo porque es la solución ideal para el futuro sino porque lo fue en el pasado y sos­ tiene que esa regeneración nacional empezará precisamente por Ca­ taluña, esa región «que gentes imbéciles o codiciosas tacharon de antiespañola».

PERDURACIÓN DEL VIEJO MITO DE PENÉLOPE por A n to n io d e H o y o s y V in e n t

Nadie ignora que la mayoría de los mitos de las religiones fenecidas, o son lecciones de Astronomía o apólogos que encierran sabias enseñanzas morales. Entre esas bellas fábulas con que los poetas de los tiempos remotos, y muy especialmente los de la Hélade, poblaron sus ilíadas y odiseas, al correr del tiempo retorna siempre a nuestra memoria la historia de Penélope. Cuenta la Mitología que al marchar Ulises a la conquista de Troya y como la ausencia se hiciera larga (¡creo duró unos veinte años!) infinidad eran los pretendientes que se presentaron ante la soberana que, fiel a la memoria del héroe que creía muerto y asediada simultáneamente por la razón de Estado, tras múltiples subterfugios y de apelar a infinidad de evasivas para alejar a los im­ portunos pretendientes, hubo de apelar al ardid que la hizo famosa. Fue el caso que, como el exilio se prolongase y los aspirantes pecasen de pesados e indis­ cretos, ingeniosa echó mano de un último recurso: ofreció casarse... cuando con­ cluyese el tejido de una tela maravillosa que labrara para amortajar a su suegro Laertes. Pero, infatigable y decidida, mientras durante el día esforzábase en rematar su obra, aunque, a fuer de concienzuda y discreta, sin llegar nunca al término, dedicaba las horas nocturnas, robadas al sueño y el descanso, a deshacer lo hecho, a destejer, con lo cual la obra no se acababa nunca. Pues bien, mucho ha tenido la Historia de España de la consabida tela; tejer y destejer fue la norma constante, y con eso, claro es, a nada se llegó, pues apenas iban los esfuerzos a plasmar en una fórmula surgían fanáticos de otras distintas: religiosas, sociales, morales o políticas,

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Porque, lo más extraordinario de nuestra Historia es que en ella no hubo nunca conquista, sino, todo lo más, reconquista. Gracias al valor indómito de los habitantes, por encima de la fuerza que pre­ tendió domeñarles, despuntó siempre el fondo nacional, más aún que racial, de los indígenas. Para griegos y romanos era casi la Península Ibérica, el fin del Mundo, las fronteras de los países fabulosos en que estaba el Jardín de las Hespérides, los abismos tenebrosos poblados por los monstruos de la fábula, el reino de Atlas y otros lugares legendarios, como Tartesos mismo; tierras de promisión perdidas para siempre. Por eso no fue su conquista, contra fenicios y cartagineses, sino una reconquista. Conquista intentó ser la presencia de los godos, pero resultó efímera y, aunque con pleno dominio material, precaria en lo espiritual. En cambio los árabes sí realizaron una reconquista; eran casi de raza hermana y de sus gustos, costumbres e ideales. Con ellos la mujer llegó a su plenitud; fue mujer. Ni falsa heroína, ni abstracción, ni símbolo; mujer, plena y completamente mujer. Ade­ más, volvieron los ojos a la tierra, a la agricultura, la ganadería, la cría y doma de los caballos. Los españoles, mientras, en Toledo, con una mixtificación con­ ceptuosa, representados por nobles y prelados se entregaban a escolásticas disqui­ siciones teológicas que pretendían ser casuísticas, en los Concilios, tuvieron su mujer, su caballo y sus armas; un arábigo ideal de la vida. En realidad una reconquista, no la de España contra los árabes, sino recon­ quista de su espíritu nacional, fue toda la Edad Media. Frente a la unidad que pretendían los godos (un a modo de feudalismo bajo una autocracia monárquica) volvían a la vieja España, fragmentada, pero infinitamente acorde. Cada región, con sus modos y maneras, sus usos y costumbres; unidos todos bajo altos ideales comunes. En esta España federalista alentaba, primero la fe en sus destinos, luego un rudo individualismo que culminó en el reinado de Fernando e Isabel, simbolizado por el «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando». La reina tenía «su» ciudad de Segovia, «su» villa de Arévalo, «su» Medina del Campo y «su» Ma­ drigal. Pero no daba un paso, sobre todo para obligar o comprometer en empre­ sas guerreras o financieras, sin contar con Zaragoza, Barcelona, Valencia. Y allí reunía las Cortés para tratar lo que a cada región afectaba. Así se llegó a la unidad en la coincidencia, perfecta para unas cuantas cosas trascendentales; en el mutuo respeto para lo que eran usos y costumbres. En tal sentido reconquista fueron las Comunidades de Castilla frente al im­ perialismo de Carlos V y la guerra por los Fueros de Aragón con Felipe II. Después ya no hubo más reconquistas. España resbalaba por una pendiente blanda y fácil, alumbrada por luz crepuscular. Las revoluciones (¡pobres revolu­ ciones!) fueron mascaradas sin trascendencia, cosa de risa digna de los «Esper­ pentos» de Valle Inclán. Todo el siglo xix pasó entre carnavalescas farsas, en que los generales blandían el espadón y los frailes y dignatarios eclesiásticos ento­ naban preces. Cuando llegó la del 14 de abril pareció que era una más; luego Asturias comenzó a ser la rectificación. Esta Revolución que vivimos sí puede tacharse con plenitud consciente de reconquista: la reconquista de las caracte­ rísticas del pueblo español. Federalismo, sindicalismo, municipalidades, comunidades, cofradías, corpora­ ciones... todo lo que encierra la idea política de la nación hispana. Y es justamente Cataluña, que gentes imbéciles o codiciosas, que temían

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peligrase el fruto de sus manipulaciones, tacharon de antiespañola, donde los más nacionales de las tendencias, los más ibéricos ideales se han refugiado. Casti­ lla perdió algo de su reciedumbre; el Norte se abroqueló en su personalidad; Va­ lencia, que ya con las Germanías fue menos española, más precursora de ráfagas norteñas, insistió en mirar sólo a un oriente lejano; y fue Barcelona con su CNT tan de raza, y su Anarquismo español, pese al marchamo internacional, la guardadora de las esencias patrias; justamente, el azar, caprichoso o sagaz, llevó también a Barcelona, en estas horas críticas, la sede del Estado español y, con él, los tesoros de la libertad y la independencia que le están confiados. ¿Por qué, pues, seguimos pretendiendo asimilarnos más fórmulas norteñas de redención? Hagamos mejor como los Titanes, hijos de la Tierra, que al sen­ tirse flaquear en la batalla se dejaban caer para que, el contacto con la madre, les devolviera la energía perdida. Volvamos los ojos al pasado glorioso y apuremos en él la fuerza precisa para triunfar... «todos a una», como los viejos campesinos de Fuenteovejuna; pero juntos «de verdad» sin vacilaciones ni tanteos, en fórmula definitiva; libertad y cohesión. La bella tela que hilaba Penélope guardémosla en la vitrina, como un trofeo. (Solidaridad Obrera, 12/1/38.)

José Maria Salaverría también ve en la riqueza catalana la razón de su egoísmo antinacional, porque les convenía pactar con la iz­ quierda. «Con dinero de la industria catalana se costearon no pocos de los auxilios que exigía la excitación catalanista, separatista, po­ pulista, demagógica.»

CUANDO CATALUÑA SEA ESPAÑOLA por J o sé M.a Salaverría

Cuando Barcelona y Cataluña entera ingresen en la nueva España, forzosa­ mente se transformarán en un sentido nacionalista. Y la promesa de esta profunda mutación abre en nuestro espíritu perspectivas grandiosas. Cataluña era una re­ gión española. Barcelona se hallaba incluida en el mapa de España; pero todos sabemos que aquel país había acabado por vivir una existencia aparte. Piénsese ahora en lo que ha de ganar nuestra Nación el día no lejano en que la enérgica y adelantada Cataluña se convierta al culto espafiolista. Ninguno de nosotros ignora las culpas de Barcelona. Principalmente desde la Exposición Universal del siglo pasado, que inauguró la Reina Regente, la gran urbe mediterránea se entregó al ávido placer de la prosperidad; de entonces pro­ viene el enorme desarrollo de la industria catalana, paralelo al de la industria vizcaína. Las fábricas brotaron del suelo como por generación espontánea. Y era hermoso, efectivamente, poder fabricar y comerciar en condiciones tan felices, teniendo asegurado el mercado de España por las oportunas previsiones aduaneras. Ha habido en Barcelona y en Bilbao bastantes ricos que supieron cumplir

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con los deberes que les imponía su riqueza. Con su dinero y sus iniciativas, con su ejemplo y su consejó, trabajaron en bien de la sociedad y en favor de España. Algunos han pagado con la vida su fidelidad a la causa española. Pero el gran industrial se muestra con frecuencia muy avanzado en la teoría del egoísmo aco­ modaticio; opina muchas veces que para mejor defender su posición afortunada le conviene mantener amigables relaciones, no sólo con los ministros, políticos y abogados de la capital de la Nación, sino además con los jefes izquierdistas, con los aventureros y capitanes de multitudes revolucionarias. Esto lo practicaron mucho los grandes capitalistas de nuestro país. Era como encender una vela a Dios y otra al diablo. Con dinero de la industria catalana se costearon no pocos de los auxilios que exigía la excitación catalanista, separatista, populista, demagógica. Indalecio Prieto ya se sabe que tenía sus mejores amistades entre los capitalistas bilbaínos, y cuando había que fundar a todo gasto diarios tan subversivos como El Sol y La Voz, o una gran casa editorial de tendencia sospechosa, el empresario audaz no dudaba en dirigirse a Bilbao, y algunos ricos de Bilbao, oficialmente conservadores y católicos, le entregaban sin condiciones el dinero. Todo eso pertenece al pasado, y esperemos que en el porvenir la gran indus­ tria y el capitalismo no olviden nunca cuáles son sus deberes para con la Nación. Por el momento, los miles de altas chimeneas de la provincia de Barcelona elevan sus humos en la gloria azul del cielo mediterráneo. Allí nos esperan las fábricas que van a ser de España. Antes habían pecado por égoísmo y por falta de inteligencia política; ahora están bajo el grosero despotismo de los Comités comunistas y anarquistas, trabajando en favor del mal. Franco restituirá esas fábricas al servicio de España. Barcelona y su comarca fabril son una parte de España; España necesita la energía económica y la fuerza de civilización que trascienden de allí. Pero la colaboración de Cataluña tendrá que ser mañana de índole diferente a la de antes; será una colaboración sin reservas ni egoísmos, henchida de generosidad y de fervores nacionales. En vez de contentarse con un propósito chiquito de industria comarcal y catalana, deberá aspirar a ser la gran industria nacional y española, con ambiciones universales. Aquí sí que es oportuna y justificada la palabra imperial. Y ojalá pueda lograrse que Barcelona comprenda por fin la razón de su destino. Es decir, que Barcelona tenga verdadera ambición y se decida a ser con respecto al progreso y la grandeza de España, lo que Milán ha sido y es con relación al poderío de Italia. (ABC, Sevilla, ll/V I/3 8 .)

Mientras tanto mucha atención a cualquier muestra de separa­ tismo. Martínez Tomás cree que para empezar todos deberían em­ plear el mismo idioma evitando así un resentimiento que sienten muchos españoles en contra de la región, y ataca a «esos catalanes que se resisten cuanto pueden al empleo y uso del castellano, idioma imperial, verdadero lazo de solidaridad hispánica».

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CATALANES Y CATALANISTAS por A. M a r tín ez T omás Hay —inútil sería ocultarlo— en muchos lugares de la España en salvo un sentimiento muy acusado de rencor contra los catalanes. De una pacte, por el convencimiento de que incumbe grave responsabilidad al catalanismo en la enor­ me tragedia que vivimos; de otra, por la ayuda manifiesta que un sector vastí­ simo del pueblo catalán ha prestado a la revolución roja, que sin estos auxilios se encontraría ya en quiebra. Pero de que este rencor se agrande y active a cada nuevo día en lugar de extinguirse hay que culpar a muchos catalanes que vinieron a la zona redimida en son de ayuda, fingiendo arrepentimientos y adhesiones, pero que en el fondo siguen alentando la misma pasión exclusivista, insolidaria, la misma visión fragmentaria y local de los problemas nacionales. Catalanistas encubiertos en su mayoría, con antecedentes que habrían bastado para recluir a alguno de ellos en un campo de concentración, son ahora, como lo fueron antes, los eternos y turbios maniobreros, los pescadores de siempre en río revuelto, aunque, por fortuna, el río revuelto traiga en nuestra España tan escaso caudal. No todos los catalanes son así; lo aclaramos con gusto. Siempre hubo en Ca­ taluña unos núcleos heroicos que resistían al contagio del nacionalismo criminal. Baluartes de la hispanidad, desde los cuales una política inteligente y resuelta —sobre todo resuelta— podía haber intentado la reconquista espiritual de Ca­ taluña. Pero estos núcleos de fermento español eran escasos y estaban imposi­ bilitados de toda acción por el bloqueo de que Ies hacía víctimas el catalanismo, que usaba contra ellos toda suerte de armas. Por eso, cuando había que luchar por España y defender su bandera éramos tan pocos, aunque ahora haya tanta gente por aquí con el lacito bicolor en la solapa. De siempre, no de ahora, los que deseábamos ver libre a Cataluña de la roña del nacionalismo puntualizábamos cuando la ocasión se presentaba, que una cosa eran los catalanes y otra los catalanistas. Y eran éstos los que se rebelaban contra el distingo y a su vez nos designaban con el calificativo injusto de anticatalanes. —Está usted dando una paliza a Cataluña —me dijo días pasados un cata­ lán, a raíz de la publicación de un artículo en el que sólo se hacían cargos a la Lliga. El truco era el de siempre. Confundir a Cataluña con el catalanismo; borrar la divisoria entre el catalán y el catalanista; sembrar, en definitiva, la confusión entre términos y clasificaciones que ahora más que nunca interesa que permanez­ can claros. Estamos frente a una realidad tan palmaria, que es estúpido buscarle expli­ caciones metafísicas. El rencor contra Cataluña lo fomentan inconscientemente esos catalanes que continúan creyendo que atacar a la Lliga es ofender a Cata­ luña, que se resisten cuanto pueden al empleo y uso del castellano, idioma im­ perial, verdadero lazo de solidaridad hispánica, y que todavía —a estas alturas— no han formulado una condenación explícita contra los extravíos de tipo doctri­ nal, político y espiritual a que llevó a aquella región el nacionalismo. De muchos profesionales destacados que andan ahora por la España nacional

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recordamos discursos, conferencias y escritos que no eran precisamente jaculato­ rias en loor de España. ¿Cuántos de ellos han rectificado a tiempo? Y entre los que rectificaron, ¿cuántos lo hicieron con el estrépito con que cometieron la culpa? Si la FAI —no el catalanismo separatista— les ha hecho ahora la vida im­ posible o difícil en su región, ¿vamos a interpretar su emigración forzosa como una manifestación de solidaridad con el magno empeño que está realizando la España nacional, que no es sólo antianarquista, sino también antiseparatista, de exterminio de los nacionalismos locales, y de amplia restauración española? Días pasados hacían tertulia en el café de una noble ciudad castellana varios refugiados catalanes de notorio relieve. Uno de ellos, hombre de voz fuerte­ mente timbrada, se expresaba en la lengua vernácula. —Habla castellano —le advirtió amistosamente uno de los que formaban el grupo. —Quiero demostrar que hablando catalán también se puede amar a España —contestó el requerido. Buen propósito, sin duda; ¿pero no hubiera sido mejor modo de expresar ese amor usar el idioma que une a los españoles, el que todos entienden y el que corresponde a este momento de unidad y solidaridad nacionales que es la guerra que estamos haciendo? De los mismos catalanes depende que la posición sentimental adoptada frente a ellos por un vasto sector de españoles se modifique favorablemente. Pero mien­ tras detrás de un catalán se oculte un nacionalista con todos sus resabios de insolidaridad y toda su vidriosa susceptibilidad localista, no es de esperar que el cambio se produzca. (ABC, Sevilla, 9/VII/37.)

Martínez Tomás emplea la voz «lengua» al referirse al catalán pero, quien firma con seudónimo en el ABC de Sevilla y alude a «dialecto más o jerga menos», cree «indelicado e impertinente eludir sistemáticamente en público el habla de la unidad española» pi­ diendo contra ellos la intervención del .Estado.

Los hombres y los días UNIDAD EN EL HABLA NACIONAL por Siul

Es evidente la necesidad de insistir en el tema enojoso. Las exhortaciones cordiales han sido hasta ahora voces en el desierto; voces españolas a las que se opone el eco, redoblado en impertinencia, de un lenguaje, todo lo familiar y todo lo lícito y aun todo lo hispánico que se quiera; pero de un lenguaje abso­ lutamente descentrado e inoportuno en estos días en que España tiene que ser hasta en sus más superficiales manifestaciones una llama viva de unidad. Nadie discute el derecho de nadie a hablar en la forma vernácula o familiar que le

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plazca. ¡Cuántos derechos hay, sin embargo, que han de quedar en suspenso durante la guerra! Y durante esta guerra santa de la unidad de España, uno de los derechos que debe quedar suspenso es el de hablar cada español de manera que no le entiendan los demás. Claro está que a ningún español se le ocurre, en un hotel, en un casino, en una tienda o en un café de San Sebastián, de Sala­ manca, de La Coruña o de Sevilla valerse de los dialectos propios para pedir ej. almuerzo o comprarse una corbata; en tales casos, indefectiblemente, todos sa­ bemos hablar el mejor castellano que es la lengua que a todos los españoles nos unifica. Pues esta unificación no puede quedar limitada, en materia de lenguaje, a una órbita puramente utilitaria, sino que ha de trascender a todas las ocasio­ nes de expresión que se presenten. Y si no se hace de buen grado, con espontanei­ dad que revelaría, mejor que cintas y emblemas en la solapa, la calidad española y españolista más pura, habrá que imponerlo por decreto. Cuando se unifican así —aun contando con la previa y gustosa unanimidad de los unificados— Milicias y partidos, y sus uniformes y sus signos externos, ¿por qué habrá de excluirse de la unidad absoluta que España necesita cosa tan sustantiva del alma nacional como el verbo? El ambiente español está pidiendo, en verdad, esta unificación de lenguaje. El Estado nuevo —ha dicho certeramente Pemán— será tan fuerte que no tendrá nada que temer de que se baile una sardana. Así será, en efecto, cuando el Es­ tado nuevo haya sido erigido sobre la base inconmovible de la victoria histórica que ya se entrevé. Mientras tanto, la unificación de los españoles no admite con­ diciones, ni reservas. Es un imperativo para acelerar aquella victoria, Y lo pri­ mero que exige la unificación es que nos entendamos unos a otros los españoles, aun en los instantes más subalternos de la convivencia nacional. No nos alarma dialecto más o jerga menos; ni la unidad de la España que forjó el verbo caste­ llano peligra porque haya gentes a quienes parece grato desdeñar el habla genui­ na española. No, no. No es eso. Es otra la cuestión. Es una cuestión de buen gusto y de elegancia espiritual. Es que resulta indelicado e impertinente eludir sistemáticamente en público el habla de la unidad española, cuando los que la eluden viven acogidos a la grandeza y al prestigio y a la eficacia triunfante de esta unidad. Y también el Estado nuevo tiene, entre las varias tareas que le incumbe, la de corregir impertinencias y educar a los indelicados... {ABC, Sevilla, 13/V/37.)

Utilizando él Ebro como barrera y puente al mismo tiempo, Eduardo Marquina será de los catalanes que pidan à su tierra de­ jarse abrazar por Castilla. «Pega el oído a estas aguas, Cataluña; bazte vencida para hacerte Ubre en la verdad de la historia, como el Conde, tu dueño y tu abuelo.»

ii m í p l u m a V a l i e r a t u p i s t o l a

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EL EBRO DE LAS BATALLAS por E duardo M arquina

Fue «la batalla del Ebro» una de las mejores frases bélicas en el poema de nuestra guerra. Acaso, la de mejor estilo entre las muchas del Caudillo que pa­ sarán a las antologías militares. Y le bastó formularla para qué entrara defini­ tivamente en juego, con todo el peso de su rancio historial, el río tutor de la nación: nuestro Ebro de las batallas. Porque este Ebro no es el río de una región, ni de una comarca favorecida, ni de un grupo de pueblos mayor o menor: es el río de España. Parte de Piedra Labra y lleva hasta el Mediterráneo el ímpetu de Castilla, ungiéndolo en Zara­ goza de significación militar y cristiana. Santiago suscita a su paso el Pilar. La Virgen hila, en torno à aquél huso de piedra, las aguas del río. Con esos hilos Santiago y la Virgen coserán después, para siempre, la unidad de España. San­ tiago: el Apóstol que abreva en el Ebro su caballo blanco.'La Santísima Virgen que se hace en el Ebro capitana de nuestro Ejército. Santiago y la Virgen: los dos genios del Ebro. Y el Ebro: genio de España. Hablar de él es tomar en los labios oleadas de Historia que anda. En el primer entronque de España con el mundo occidental, cuando Italia nos latiniza y se hispaniza, ya juega el Ebro papel eminente. Roma lo graba en sus monedas, signo de la Colonia y lo considera módulo y medidai de los nuevos dominios. Divide la entera tierra española en Hispania Citerior y Ulterior, según quedaran sus vegas y montes a una u otra orilla del río emblemático. Más tarde, en los dramáticos siglos de lá lucha entre islamismo y cristiandad —aquel otro conflicto universal que moldea la Edad Media— España es también campo de batalla común, porque hace del Ebro frontera, cinturón y salvaguarda de Europa. Astures y cántabros bautizan en sus aguas la reconquista apenas ini­ ciada y se le descuelgan por los hombros liberando tierra española. No importa que momentáneamente, acá y acullá, tropeles arábigos rebasen el río tutor y salgan a la otra orilla, improvisando fortalezas aisladas y efímeros campos. Llegan ex­ haustos, como enervados por el contacto del agua. Al vadear la sacra corriente han perdido su última füria asiática. Resisten poco y se les bate bien. En los comienzos del siglo xix, el traumatismo guerrero que sucede a la revolución francesa amenaza correrse a la Península. Y otra vez el Ebro, por boca de su afluente el Zadorra en la batalla de Vitoria, o por sí mismo, sacando el pecho en los días de Zaragoza, se mete en lo universal, tutea a Napoleón y le grita que, para la rapiña, el descreimiento y la anarquía, este río no tiene vado. Muchos capítulos de nuestra Historia han podido y podrán llamarse «batalla del Ebro». Es que este Ebro de las batallas, brazo fluvial de la voluntad española, ni se dobla ni cede. Amparo de nuestros pequeños reinos, precursores de la Na­ ción unida, es nervio mayor del brío ibérico, arco gigante pegado al pecho de Castilla para la flecha imperial de nuestros destinos. Logroño bebe en sus aguas cristales deshechos de las peñas vascas y de Can­ tabria. Zaragoza le añade un son a guitarro morisco. En Mequinenza, el Segre

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lava en él verbos catalanes, corteza henchida de miel provenzal. Y desde allí hasta que, tamizando sus aguas en las finas arenas del Delta, salta la barra y se hunde en el mar, ya es todo él esencia de hispanidad total. Castilla, en sus ondas, rayó vegas y ladeó montes para sentarse, inferior a ninguno, par con los mejores, en el claro Senado de los pueblos latinos, orillas del Mediterráneo. Como una banda caía del hombro occidental de la península, en Cantabria; cruzó el pecho de España y ahora, en su costado oriental, la anuda el ancho lazo del Delta, junto a Tortosa, para apretar, fajándolas, unidas, ensambladas, las múltiples tierras y piedras sagradas de la Patria común. Guerrea y abraza: es el río de España. Rememoremos, en esta pausa viril, llenándonos de su espíritu, el Ebro de las batallas. Recojamos su aliento militar y sagrado ahora, después de la reciente gesta, en este silencio de sus aguas que simbólicamente se remansan como para engrosar caudal y llegar de un salto a sus playas de la Cataluña remota y conti­ gua. Piedra Labra se le erige sutil en el cristal del remanso. Castilla reluce como nunca en sus meandros de placa de acero. Coplas de jota, en las noches aguje­ readas de hogueras impacientes, vuelan sobre el río, como aves oscuras y lo retraen a su marco anterior: aldeas aragonesas, cantiles de puentes, cúpulas en media naranja del templo harmonioso y plural... La piedra vetusta, gastada de besos, sobre la que fulgura la imagen en su capilla de fondo de cieío tachonado de estrellas, fue inmenso canto rodado del Ebro. Y el culto inmemorial de una de las más viejas advocaciones españolas de la Madre de Dios, Nuestra Señora del Pilar, flota sobre él, como un incienso milagroso. —Pega el oído al denso rumor del Ebro, después de la batalla, en este parén­ tesis de quietud, Cataluña remota y contigua. En su curva de abrazo y de cerco, te envuelve y te espera. Pega el oído esperanzada a su pecho de río, Cataluña española. Hay virtud en sus aguas para lavarte de la roña y la podre extranjera. Hay fuerza en el ímpetu de su corriente para extirpar de tus entrañas cualquiera suerte de formación particularista, de narcisismo local por el que tus fervores, en lugar de trascender, se hayan retraído a ti y te hayan crecido, carne adentro, como un cáncer. Éste es el Ebro de las batallas, Cataluña desquiciada y separada de ti misma. Es el río de España que se acerca a tu esclusa; y no hay vaso capaz de conte­ nerlo y fijarlo. . Por estos parajes todavía susurran sus aguas romances del Cid después de aquella aventura en que prendió, para libertarlo, al conde de Barcelona. Cuando iba el de Vivar camino de Valencia, a redimirla y cristianarla. Pega el oído a estas aguas, Cataluña Condesa; escúchalas; hazte vencida, para hacerte libre en la verdad de la Historia, como el Conde, tu dueño y Abuelo. Limpíate de tártaros, mogoles, judíos polacos, checos, rusos, negroides atlánticos, sarna internacional que erosiona y denigra las junturas de los dedos en tus largas manos románicas de dama de alcurnia y mujer bien nacida. Es el Ebro impetuoso y militar; pero, es el Ebro nacional y sagrado. En su corriente hay trémulos de aceleramiento, porque la empujamos multitud de espa­ ñoles nacidos de ti, Cataluña. ¡Nacidos para la magna España en tu hispana y cristiana tierra sentimental, tradicional, densa de intimidades, de hogar, de cos­ tumbres y de familia, Cataluña! Castilla te reclama en el temblor de estas aguas, Cataluña. Ábrele paso al corcel de Santiago que se entró por su cauce. Mira que, en la alta noche, ten­ diendo un puente de blancos destellos, saltan, camino del Montserrat, blancuras

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de mármol de Ia columna que pisan en Zaragoza los pies de la Virgen. ¡Los pies de la Virgen que en tu montaña se llama Santa María de Montserrat y, aquí, en el Ebro, Capitana gloriosa de España, Nuestra Señora del Pilar, la Inso­ bornable! (ABC, Sevilla, 17/XII/38.)

Por la misma razón vista desde el otro lado, «Cataluña está con la República». Ossorio y Gallardo defiende los derechos de la re­ gión a su autonomía porque en su opinión eso no significa en ningún modo el ansia de separarse del resto del país: «Cataluña autónoma es mil veces más española que Cataluña dominada.»

CATALUÑA por A ngel O ssorio

...Y; ocurrió que una madrugada la guarnición de Barcelona se sublevó, asis­ tida de los grupos fascistas, para derribar, con cañones y fusiles y ametralladoras la República, su Constitución y la autonomía de Cataluña. Pero ocurrió también que unos ciudadanos, acompañados de pequeños núcleos de fuerzas oficiales gu­ bernativas, se echaron a la calle y teniendo por arsenal sus pechos, por táctica su bravura y por generalísimo a un «paisano» abogado, periodista, agitador y gobernante que se llama Luis Companys, derrocharon la sangre, impusieron el orden (el orden revolucionario) y mantuvieron a Cataluña toda dentro de l a . órbita democrática en que, por libre voluntad de sus hijos, se hallaba encuadrada. Sucedió también que a las mismas horas, el Ejército situado en Madrid y sus cantones se pronunciaba con sentido y propósito iguales que el de Barcelona; y, llamados a tomar la iniciativa dos regimientos unidos a fuertes agrupaciones de militares retirados y de fascistas, quedaron deshechos por las Milicias que brotaron en aquel instante, por tres cañones encontrados y emplazados Dios sabe cómo, servidos por tres oficiales cuya lealtad hizo milagros, y secundados por grupos de guardias civiles y de Seguridad. La Historia —un tanto sorprendida al ver las cosas que España está hacien­ do de cinco años a esta parte— apuntó en sus notas que los nietos de los chis­ peros del 2 de mayo y de los «pagesos» de El Bruch eran iguales, exactamente iguales a sus abuelos y sabían morir por la libertad antes que rendir vasallaje a la tiranía militarista. Todavía hubo más. Cataluña, apenas pacificada, olvidando sus propias nece­ sidades, formaba con sus hijos columnas que, sin preocuparse poco ni mucho de su eficacia ni de su conveniencia, marchaban rápidas a defender la libertad de los aragoneses. Y más aún. Los valencianos, colocados entre barceloneses y madrileños, sin­ tieron al unísono de unos y otros y organizaron fuertes expediciones que volaron para unir su ilusión y su sangre con las de sus hermanos de otras regiones. Pensemos un momento lo que hubiera pasado, de no ser esto como fue. ¿De

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qué hubiera servido el esfuerzo madrileño si los catalanes se hubiesen puesto al lado del fascio y a estas horas fuesen fascistas los puertos de Tarragona y Bar­ celona y las fronteras de Gerona y Lérida con Francia? Viceversa, ¿qué situación sería la de Cataluña si Madrid se hubiese sumado a la sublevación y el Gobierno estuviese atacando a aquélla, o, por lo menos, la hubiese abandonado a su suerte en el territorio nacional y ante los países extranjeros? ¿Y qué sería de Madrid y de Cataluña si no hubiesen hallado en Valencia el nexo de comunicación y la colaboración entusiasta para el empeño colectivo? La coincidencia brotó sin que fuese ordenada por nadie. Ni hacía falta. El sentimiento común de la libertad, el fervor unánime hacia la República encen­ dieron los corazones, movieron las manos, trazaron los planes y pusieron en relación las voluntades. Ante tan magno ejemplo, ¿no merece la pena de pensar un poco en aquellos manidos conceptos de «la unidad de la patria» y «el separatismo de los catalanes» y la «traición» de los que defendimos el Estatuto? ¿Qué es la patria? ¿Unas palabras en la Constitución? ¿Unos textos de la «Gaceta»? ¿Una charanga? ¿Unos vítores? No. La patria es algo más complejo. Es una trabazón histórica formada por semejanzas y diferencias, por líneas de coincidencia y por trazos de discordia, por alegrías y por desventuras. Sobre todo, es una orientación de cultura y unos sedimentos ideológicos y sentimentales. De nada servirá gritar «¡Viva España!» si ese grito sirve para que unos españoles cohíban a otros, o para que un grupo abuse del Poder en provecho de contertu­ lios y conmilitones. Y, al revés, sin necesidad de gritar «¡Viva España!» se puede coincidir en la abnegación para servirla y defenderla. Así sucede ahora. Es a España, a España entera, a quien Cataluña sirve y defiende, lo mismo en las calles de Barcelona que en los campos de Aragón. De­ fiende a su régimen orgánico, a sus autoridades legítimas, a toda la inmensa muchedumbre que quiere vivir en un orden de libertad y democracia. Ante este ejemplo, dígaseme: Cataluña autónoma, ¿es España o no? Escribo para los discretos. Los ofuscados no han de darse por vencidos. Hace tres días, es decir, cuando llevaban quince las columnas catalanas peleando por el bien de España en Zaragoza y en Huesca, me dijo un derrotista: — ¿Sabe usted la noticia? Que Cataluña se ha declarado independiente. Ante caso tan ridículo de incomprensión, hay que preguntarse una vez más en qué lado del Ebro están los separatistas. Vivamos en la realidad. Los madrileños debemos gratitud a Barcelona. Los barceloneses se la deben a Madrid. Patente queda que «una ley, un imperio y una espada» unen muchísimo menos que un sentimiento y una necesidad. Y aprendamos, por consecuencia, estas dos verdades: una, que Cataluña autónoma es mil veces más española que Cataluña dominada; y otra, que Espa­ ña es algo mucho más trascendente, extenso y hondo que una mera estructura política. (Ahora. Madrid.)

La consigna de la España republicana en 1938 es de «indepen­ dencia contra la invasión italo-alemana». Esa independencia puede ser también la de Cataluña; en el momento en que las tropas fran­

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quistas han entrado en territorio del Principado, Serrano Poncela les anima con el recuerdo histórico y la promesa de libertades re­ gionales «la juventud catalana y la juventud española... Cataluña y España republicanas proseguirán su historia de pueblos indepen­ dientes capaces como el mejor de organizar sus propios destinos y ser felices».

El tambor de Bruch MENSAJE A LA JUVENTUD CATALANA por Segundo Ser ra n o P oncela

En el aire de Lérida suena de nuevo el tambor ,del Bruch. Y toda la juven­ tud española recuerda aquellos días patrióticos, inflamados de entusiasmo po­ pular, en que España y Cataluña defendían su misma independencia frente a los ejércitos invasores. También entonces un general extranjero, Chabán, mar­ chaba por tierra ilerdense y al pie del Monserrat se encontraba con los soma­ tenes de la comarca, sus escopetas y sus trabucos. Quizá todavía los pinos de su pinar sombrío reciban las melladas del fuego, y otro general, Schwart, corra hacia atrás, deshecho, arrebatado de pánico, sin poder pasar sus tropas por los pue­ blos, acosado de mujeres y hombres, encontrándose en cada casa un fortín y en cada terraza un parapeto. De Manresa, de Sallent, de Samp.edor, etc., como ayer, los nietos del Somatén heroico toman las armas para alistarse en las divisiones del Ejército de la República. La memoria de Juan Baget la honrarán a sangre y fuego otros jefes populares, nacidos de su propia raíz de independencia. ¡Nos defendemos del invasor! Hace más de cien años también nos vimos acosados, pero nuestra feroz independencia es virgen todavía y jamás será escarnecida. Quiero recordar a la juventud catalana y a la juventud española el ruido de este tambor por los barrancos y los pinares, como un mensaje que llama a las ar­ mas, porque suena hoy también. Cataluña independiente siempre, como España. La Cataluña del ochocientos ocho y del setecientos noventa y tres. Los seis mil hombres de los Gremios de Barcelona que derrotaron a Fleurs y a Dagobert; las partidas de guerrilleros qué combatían sin tregua; *lo£ veinte batallones de miqueletes y la terrible derrota que sufrió el ejército invasor el 14 de julio del setenta y cinco frente a los hombres del Ampurdán. Y Gerona, con Alvarez de Castro, sublimizada por el hambre y el dolor, muriendo hasta vencer, y aquellos vein­ tiséis ilerdenses que se abrieron plaza, arma en mano, por medio del ejército enemigó. Muchos, muchos más casos de heroísmo y de valor que volveremos a revivir. Cataluña, como España, defiende su independencia. Otros ejércitos invadieron el solar patrio; hoy son alemanes e italianos y traen sus divisiones y sus armas y sus banderas. Y manchan el suelo con sus pisadas y el aire con sus voces en lenguas tudescas. Arrasan los bellos pueblos que cantó mosén Jacinto Verdaguer; incendian los archivos de ciencia que colmaron con su saber Jaime Salvador y Bernades; destrozan con su metralla la arquitectura catalana, esa bella tracería y estilo que lucen la Aduana y la Lonja; malbaratan con sus bombas las pinturas de Viladomat. Ansian, en fin, hacer de un gran pueblo libre un pueblo de escla­ vos. En tiempos de Carlos II I había en Cataluña veinte mil obreros textiles y

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una industria admirada por el mundo entero, entonces sumergido en la pobreza. Los frutos de aquella riqueza y aquel saber quieren ser convertidos hoy en una colonia fascista por los sucios chacales de la invasión. ¡Suena de nuevo el tambor del Bruch, jóvenes catalanes! Otro Moneada es­ cribirá la historia de esta última guerra de libertad y de independencia cuando después de la victoria construyamos el porvenir de felicidad y de alegría por que combaten la juventud de Cataluña y de España independientes. Cada corazón catalán nace fraguado en el acero de la independencia, como nace cada corazón de español. En nuestras tierras plantaron su huella muchos ejércitos extranjeros, pero el viento recto de nuestras armas la borró para siem­ pre. El 25 de julio de 1713 el duque de Pópuli, al servicio de los Borbones, si­ tiaba Barcelona con veinte mil hombres. Había once mil en la plaza y era su general el «cap» Villarroel. Se distribuyeron armas y se juró mantenerse y vencer por los fueros y por la independencia patria. En las esquinas, bandos de las Cortes catalanas recordaban que todos los hombres útiles estaban obligados a em­ puñar el fusil. Con inflamado coraje, una y otra vez fueron derrotándose las mes­ nadas enemigas. Sobre la sangre de Rafael de Casanova se alzó la victoria. Jamás hubiera podido ser de otra manera. La Historia es fecunda en experiencias y ejemplos. Por eso conviene recordar ahora, en momentos decisivos, todas estas viejas hazañas de heroísmo del pueblo para calentar el espíritu hasta ponerlo al rojo y correr a las armas también. Ni un solo hombre joven y útil sin un puesto en el Ejército. Los viejos campesinos del Ampurdán, los viejos hombres laboriosos de los Somatenes de Tarrasa y Sabadell, los tejedores de Barcelona, los segadores que en la famosa revuelta del Corpus acabaron con Santa Coloma y el centralismo monárquico del conde-duque de Olivares; todos, todos con sus ejemplos llaman a combatir de nuevo por la independencia y la libertad y a vencer como siempre. Ahora a vencer definitiva­ mente. Después comenzarán las horas venturosas y la juventud catalana y la juventud española habrán alcanzado su derecho pleno al trabajo, a la cultura, al dominio de la técnica y de la tierra, a la alegría y a la paz. Cataluña y España republicanas proseguirán su historia de pueblos independientes, capaces como el mejor de organizar sus propios destinos y ser felices. Süena el tambor del Bruch. Dice el historiador de aquella jornada ejemplar y heroica: «Con sus redoblantes, repetidos por el eco, fue arrebatando a los hom­ bres hasta llegar frente a frente, cuerpo a cuerpo, hombre a hombre, en un combate duro y sanguinario, en el que los enemigos fueron perdiendo, per­ diendo...» En las divisiones de voluntarios, jóvenes catalanes, suena el tambor del Bruch. (Frente Rojo, 3/IV/38.)

Arturo Perucho sostiene que la unidad en la lucha de pueblos tan distintos como castellanos, catalanes y vascos se debe a que con la proclamación de la República... «asestamos un duro golpe a la causa principal de anteriores divergencias... el reconocimiento del de­ recho de los pueblos hispánicos a regirse con autonomía».

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UNA AFIRMACIÓN DE MARX por A r tu ro P e r u c h o

Carlos Marx, con su clarividencia genial, escribió en el New York Tribune, allá por el afío 54, que España tarda más que no importa cuál otro país de Europa, en completar sus ciclos revolucionarios. El fundador del socialismo cien­ tífico conocía suficientemente la historia política y la estructura económica de nuestro pueblo para hablar con fundamento de causa. No se refería entonces, realmente, a «ciclos» revolucionarios, sino a movimientos determinados; por eso establecía la comparación con Francia y habla de «la novísima moda francesa con tanto entusiasmo aceptada por toaos en 1848, consistente en empezar y terminar una revolución en el espacio de tres días». Pero en un aspecto como en el otro, Marx hacía una afirmación rigurosamente justa. Toda nuestra historia, incluyendo los hechos acaecidos después de la muerte de Marx, la confirman ple­ namente. Desde principios del siglo xix, España se debate en pugnas interiores enca­ minadas a la realización de su revolución democrática, a la liquidación del ab­ solutismo político, del oscurantismo eclesiástico y del régimen feudal. En tanto, el pueblo inglés—en el orden político—>se anticipó a los acontecimientos y fundó de un hachazo la base democrática del país, iniciando y acabando en poco tiempo el proceso de su revolución burguesa; en tanto, Francia liquidó con ritmo ace­ lerado y con inaudita energía las viejas castas feudales, España no ha hecho sino intentos heroicos —frustrados las más de las veces— para liquidar el régimen medieval que la ha oprimido hasta fecha muy reciente, y que ahora la amenaza de nuevo bajo la forma reaccionaria y brutal oel fascismo. Sería altamente aleccionador investigar a fondo las causas de este fenómeno, entre las cuales no será sorprendente tropezarse con la falta de unidad entre los españoles. El espíritu banderizo, propio de todo país montañoso y sin árboles, hábilmente fomentado por las oligarquías dominantes, ha sido uno de los mayores enemigos del pueblo español. Este espíritu y su hábil fomento hicieron que hubiera luchas enconadas por, o contra la Constitución, que se ahogara en sangre el país a lo largo de dos in­ terminables guerras civiles, que hubiera un antagonismo constante entre los di­ versos pueblos hispánicos, y enzarzó a los españoles en luchas que eran a menudo secundarias, diversificando sus energías para evitar que se concentraran en la lucha por su emancipación. La monarquía y el episcopado, alentando la incultura, el horror al libro y al pensamiento, completaron la obra. Y así ha ido España dando bandazos, intuyendo más que conociendo el camino que necesitaba recorrer, sin una fuerza dirigente con orientación precisa y organización capaz para con­ ducir con paso firme a las masas populares. _ Lo que en España se ha llamado unidad nacional, desde los Reyes Católicos, no ha sido sino unificación forzada, reunión violenta de todos los españoles e in­ citación, en el fondo, a incompatibilidades y secesiones. Por algo los Reyes Ca­ tólicos tenían el yugo y las cinco flechas en su heráldica, y por algo los fascistas de hoy han resucitado el símbolo en prenda de su anhelada persistencia en la opresión.

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En la violencia no hay unión posible, y así, los españoles no se han sentido solidarios unos con otros ni siquiera cuando han emprendido, casi todos juntos, una tarea común, como la de colonizar América o proponerse la regeneración nacional después del doloroso derpertar del 98. Las castas dominantes han sabido mantener esta insolidaridad que ellas mismas habían creado y aprovecharla para sus fines. Con una masa popular dividida hasta la entraña —en un país de escasa concentración industrial, y en el cual la formación de grandes núcleos prole­ tarios es relativamente reciente— no puede sorprender que los períodos revo­ lucionarios se prolonguen desmesuradamente o aboquen al fracaso y a la mo­ mentánea esterilidad. De ahí que nuestras revoluciones no hayan sido profundas y que el proceso dé liquidación del feudalismo se haya traducido a menudo, no en el triunfo radical y completo de la clase entonces revolucionaria, la burguesía, como en Francia, sino en superficiales cambios constitucionales que apenas afec­ taban a la honda raíz de la estructura económica y social de la nación. Estos hechos, que eran diáfanos para la sagaz percepción de Marx, y que son hoy claros para cualquier marxista medianamente pertrechado de sentido obser­ vador, no quieren reconocerlos, o no los advierten, los dirigentes de las grandes democracias europeas. Todo ei decantado realismo del señor Chamberlain, por ejemplo, ha consistido en querer ver lo aparente e ignorar lo real de nuestra lucha. Para él, en nuestro siglo no puede haber revoluciones que no sean «co­ munistas», porque el tiempo de las revoluciones democráticas ya pasó». Y par­ tiendo de esta base, partiendo del principio de que estamos haciendo una revolu­ ción «social», y que por eso nos invaden y nos combaten los soldados de Hitler y de Mussolini, no es de extrañar que Londres realice la política que, respecto de nosotros, viene practicando. Quienes desconocen los antecedentes del largo período revolucionario de España, que ahora tratamos de completar, se desorientan fácilmente ante algunos hechos nuevos que en nuestra Patria acaecen. El primero de estos hechos es la unanimidad española. ¿Cómo es posible que a nuestro tradicional descoyunta­ miento' haya substituido una coincidencia tan perfecta en las finalidades perse­ guidas y en los medios para lograrlas? ¿Cómo es posible que en esta guerra vayamos tan de acuerdo republicanos, socialistas, comunistas y , anarquistas? ¿Cómo es posible que se haya producido una asociación espontánea, tan honda y tan leal, entre castellanos, catalanes y vascos? Todo esto es, sin embargo, una innegable realidad, gracias a que, con la proclamación de la República el año 31, asestamos un rudo golpe a la causa principal de las anteriores divergencias: una de las conquistas reales de la República fue el reconocimiento del derecho de los pueblos hispánicos a regirse con autonomía. La invasión extranjera, al amenazar con un mismo peligro de esclavitud colonial a todo nuestro pueblo, forjó la colaboración estrecha de las diversas clases sociales en la lucha por la indepen­ dencia y por la libertad. Y a lo largo de esta lucha por la independencia y por la libertad, nuestro pueblo, todo nuestro pueblo, ata fuertemente los cabos innu­ merables que los anteriores episodios revolucionarios dejaron sueltos, y trata de culminar tenazmente su revolución democrática, la que en un ayer que dura ya más de un siglo dejó a medio hacer. Si una gran parte de la opinión pública internacional, que aún es hostil o indiferente a nuestra causa, conociera la afirmación hecha por Marx en 1854 y la aplicara a todo el proceso de nuestra revolución democrática, incurriría en los groseros errores que la hacen desenfocar desmesuradamente los hechos con­ cretos, diáfanos, de nuestra guerra, y las mendaces propagandas fascistas se estre-

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liarían contra su comprensión. Desgraciadamente, todavía no es así. Sólo nuestra resistencia, abnegada e inquebrantable en los frentes, y nuestro trabajo continuado en la retaguardia, contribuirá a afinar la percepción de quienes tienen ojos y no ven. (Frente Rojo, 29/VI/38.)

Asombrosamente la autonomía política o sentimental no parece tener mucho atractivo para el escritor republicano que se llama An­ tonio Machado.

EL REGIONALISMO DE JUAN DE MAIRENA por A n t o n io M acha do

De aquellos que se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, caste­ llanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incom­ pletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse. —Según eso, amigo Mairena —habla Tortolea en un café de Sevilla—, un andaluz andalucista será también un español de segunda clase. —En efecto —respondía Mairena—: un español de segunda clase y un an­ daluz de tercera. . (Hoja de España, Junio, 1937.)

Parecida tensión al hablarse de los vascos. Lain Entralgo ana­ liza el proceso separatista iniciado, según él, en la derrota del 98 que obliga «a retornar a un localismo que se hizo en las regiones separatismo. Se comienza por cultivar la espatadantza y se acaba de­ fendiendo a tiros el Vizcargui. Se empieza traduciendo al catalán los clásicos y se να a dar en un 6 de octubre». Lain reconoce sin embargo la labor cultural y artística realizada por entes regionales catalanes y vascos por lo que cree que el camino contra el separa­ tismo pasa por dos grados: «Primero — esto no puede discutirlo nadie—, el castigo exacto y seco. Pero luego la superación... canalizar los impulsos de las regiones hacia la gran tarea del Imperio. Dar a cada una su misión dentro de la Unidad.»

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Por un orden lúcido EN LA AGONIA DE UN SEPARATISMO por P ed ro L aín E ntralgo

Asistimos a la agonía del separatismo vasco. Los soldados de la Unidad, de la Grandeza y de la Libertad patrias avanzan con regalo generoso de su sangre caliente a través de crestas brumosas y de suaves playas. Desde Bermeo, la que enviaba «arenque et besugos» al inquieto Arcipreste, hasta los talleres de donde sale el hierro, unas veces homicida y otras civilizador. Más tarde será el avance entre olivares catalanes, buscando la hispanizadón final de las costas y los mares por donde nos nace el sol. Conviene meditar en esta hora acerca del separatismo, cuya entraña —me parece así, por lo menos— ha sido vista claramente por sólo muy pocos españoles. Una valoración exacta del hecho separatista es condición previa para su definitivo vencimiento en el terreno de. las armas y en el mundo de los espíritus. Creo que no se ha pensado bastante en que el separatismo ha recaído preci­ samente sobre regiones que fueron potentes brazos de nuestro Imperio. Tan cierto es esto como afirmar la influencia de momentos económicos y de diversida­ des lingüísticas en la constelación separatista. Brazo del Imperio naciente fue la Cataluña de los Rogeres y de Sicilia, que marcó hacia Oriente el camino azul de Gonzalo de Córdoba y de Lepanto. Vasconia dio al Imperio el vuelo sacro y marino de misioneros y navegantes. Y Galicia, desde su punta oceánica, ha en­ viado a ultramar el río triste y fecundo de la emigración proletaria, último vestigio de auténtica vida imperial que ha conservado España. Cuando vino el 98 y se cerró de manera violenta, trágica, la única ventana por la que España miraba al mundo, se produjeron en el recinto de nuestras fronteras dos hechos de hondo significado: en los círculos y peñas del Madrid que leía, pensaba y discutía, la «generación del 98»; en las regiones, el avivamiento de los impulsos centrífugos, el separatismo. El separatismo, para decirlo pronto, es el 98 de las regiones. La ventana al mundo de España, cerrada sobre su rostro por los yankis, dio lugar a triple reacción. Negación rotunda de los valores españoles en la Historia Univer­ sal, esto es, consagración oficial de la leyenda negra. Declaración de la cultura occidental-europea patrón único de España: europeización de España. Y retorno pesimista a lo que en España se suponía incontaminado: costumbrismo puebleri­ no, arte popular, folklore de tipo lagarterano. Fue todo como un apogeo de la concepción de España que representó la Institución libre de Enseñanza, desde Sanz del Río y Giner hasta los hermanos Barnés. Aquellos picadores famélicos y derrotados de Zuloaga, la época del Platero y yo de Juan Ramón, el anarquis­ mo inicial del llorado Maeztu, Unamuno cuando escribió En torno al casticismo, y la visión desgarrada de los rincones de España que hizo Baroja, y aquellas visi­ tas a Toledo y a los pueblos de Castilla que hacían los muchachos de la Institu­ ción libre, fueron ejemplos de ese retorno al localismo que tiene su ápice en considerar más españoles, a Carmen y al Tempranillo que a Santa Teresa y a Melchor Cano. Este localismo se hizo en las regiones separatismo. Se comienza por cultivar la «espatadántza» y se acaba defendiendo a tiros el Vizcargui. Se

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empieza traduciendo al catalán los clásicos y se va a dar en un 6 de octubre. España había perdido su quehacer en la Historia del Mundo y se entretenía, como por recurso, en parcelarias tareas domésticas: se mordía a sí misma, haciendo pedazos sangrantes de su propia carne. Precisamente en lo que fueron brazos de su Imperio, al socaire de los «hechos diferenciales», y en las regiones de más activa vitalidad. La reacción del 98, criminal contra España, trajo sin embargo consecuencias de orden positivo que hemos de tener muy en cuenta en la hora del triunfo de­ finitivo. Aquel salir hacia Europa nos trajo el afán del detalle exacto, la exigencia de peso y medida, la avidez por la información completa, que tan lejos estuvieron siempre del gusto español. En correspondencia reciente, decía Eugenio d’Ors que la Roma-Mussolini había podido cuajar porque fue precedida de una RomaCroce. Ésta es una lección que no hemos de olvidar en la España de hoy. Como tampoco el hecho de que las ansias separatistas han dado lugar a realidades tal vez superiores a las que poseía la vida nacional. La Universidad Autónoma de Barcelona, con todas sus lacras, ofrece no pocos aspectos dignos de estudio serio, y lo mismo algunas obras sociales y culturales, como la Fundado Bernat Metge o el «Casal» de los médicos catalanes. Algunas muestras del arte vasco logradas hace poco pueden servir de modelo a la hora de pensar en superarlas con criterio español. Estas reflexiones nos muestran el único camino para vencer y desterrar definitivamente el separatismo. Primero —esto no puede discutirlo nadie— el castigo exacto y seco. Pero luego la superación. Es preciso llevar a Bilbao y a Barcelona realidades superiores a cuantas pudiesen lograr vascos y catalanes por obra de su ímpetu separatista. Demostrar con la obra que el resurgir de España oscurece toda actividad regional autónoma. Y luego canalizar los impulsos de las regiones hacia la gran tarea del Imperio. Dar a cada una su misión dentro de la Unidad. Hacer que los brazos fuertes trabajen fuertemente por el Imperio. En­ tonces España será Grande y Libre por el hecho de ser Una, y el vasco y el catalán sentirán el orgullo de llamarse —otra vez— españoles. (Arriba España, 13/V/37.)

Victor de la Serna acusa a los vascos separatistas de la destruc­ ción de Guernica y asegura que «aún he alcanzado a ver los cables que unían las minas colocadas por los masoncitos entre sacrilegas bendiciones de los clérigos renegados».

Signos GUERNICA por V íc t o r d e la Serna

El separatismo vasco, de naturaleza esencialmente rupestre, fue alentado por dos elementos auténticos en apariencia, pero complementarios e igualmente ope­ rantes: cierto dero cimarrón y rústico, tlascaltecas del carlismo; y una especie de

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escoria liberal, de última hora, de la que se avergonzarían los caballeritos de AzCQitia, inefables ciudadanos que, en su época, adoptaron una actitud decente.

Sobre el duro y milenario estrato españolísimo de la Costa de los Almirantes, de las hidalgas y blasonadas villas vascas que dieron cuarteles y apellidos a la nobleza castellana, comenzo a montarse la liviana y adocenada estructura de un nacionalismo fácil, que, al reducir el ecúmeno de los vascos, cortaba sus mag­ níficas alas. Y se ofrecía al vasco, que como símbolo de su vuelo universal tenía velas de barcos, péñolas de águila, un horizonte corto y doméstico, un ámbito chiquito. El caballerito repipiado, cursi y charlatán, empezaba a notar que se oía su voz. Esa voz que jamás hubiera sido notada en la imperial algarabía de voces de mando, gritos de los pilotos que partían para las innúmeras aventuras de la mar Océana; denuestos de los capitanes de las Compañías invencibles de Garay... o de Loyola. El parvo sermón del alicorto presbítero de pocas humanidades y tosca huma­ nidad, jamás hubiera sonado en el majestuoso concierto de las pastorales de fray Juan de Zumárraga, que fundaba Estudios Mayores en la ciudad de Méjico, cuan­ do hervían de sabiduría y aliento preñado de mundo las Universidades vascas. Una tierra de España que había dado los geniales virreyes del tipo de don Antonio de Mendoza, creador de una cultura original y brillantísima en un mundo nuevo, empezaba a dar pequeños monstruos, falsos genios con alma enetguménica, como Sabino Arana. A la mayestática sinfonía del verso del marqués de los Proverbios, de vascos nombre y solar, sustituía la falsa lírica separatista que, entre chicotazo y chico­ tazo de sidra y chacolí producía tan groseras y rústicas falsificaciones poéticas como el Canto de Altabiscar. Y el almirante se hacía pescador de chipiroras en el Abra. Pero, mientras tanto, rompiendo la costra del separatismo, el alma pura, mi­ lenariamente española de los vascos, abría grietas por donde se le iba, como en un chorro de fuego, el caliente aliento católico, guerrero, misionero y universal. El padre Lerchundi ponía su sandalia imperial en el Mogreb; Iradier colonizaba el África Ecuatorial sembrándola con la bella onomástica de Castilla: Ortiz de Zárate soñaba victorias para España en la colchoneta de cadete. Y cientos de capitanes, en los cuartos de derrota de sus navios, deshojaban golosamente la rosa de los vientos por los Siete Mares del Planeta. Símbolo de aquellos capitanes vascos, aquel viejo y barbado Oyarbide, con los ojos cegados de horizontes sin número, hacía sonar la sirena ululante de su transatlántico frente a las islas de coral, al pasar frente a los castillos imperiales: Corregidor de Manila, Morro de la Habana, San Juan de Ulisa de Veracruz. Y en todos los ancones, en todos los senos y en todos los promontorios de todos los Océanos, una mano vasca agitaba su pañuelo saludando a la llama encendida de la bandera de España, a popa del barco. Y el viejo capitán Oyarbide, patinado de soles y de vientos, saludaba también al amigo que en una costa lejana resellaba con su aventura colonial o industrial o misionera el incontenible ímpetu español y uni­ versal del vasco, que nunca puso límites ni puertas a su espíritu de empresa. Empresa, en el sentido fajardiano.

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Él separatista, lechuguino y cursilón, masoncito o clérigo rupestre, odiaba infinitamente a cuanto simbolizaba el ímpetu y la grandeza espiritual de los vascos: por eso odiaban a Guernica. Guernica simbolizaba precisamente todo lo contrario de lo que ellos quisieron que simbolizara. Guernica era justamente el santuario civil en que los claros varones de Vasconia sellaban su comunión con España; donde se trasustanciaba el alma vasca en el alma española. Guernica era una villa amada de España, cómo Tordesillas, Santillana del Mar, Toro o Guisando. Por eso la odiaban los tlascaltecas, en el fondo de su vileza, simulando respetarla. Son los separatistas los que han incendiado Guernica, con una morosa perver­ sidad de sacrilegos. Yo he visto los hierros retorcidos de las fábricas, las vigas carbonizadas de las estructuras de roble de los hogares artesanos. Ellos habrán reído satánicamente detrás de las cumbres, en su huida, mientras estallaba el artefacto que había de reventar, entre acres nubes de pólvora, las últimas casas de la villa. Aún he alcanzado a ver los cables que unían las minas colocadas por los masoncitos entre sacrilegas bendiciones de los clérigos rene­ gados. Guernica ha desaparecido. Pero el alma católica, española y limitada de los vascos, liberada y magnífica, emprende de nuevo su ancho vuelo. No habrá nunca más quien la alicorte. Vasconia, sirena de los Siete Mares, signada - de santuarios adonde llegaron preces desde todos los rincones del Planeta; Vasconia de los Almirantes de Cas­ tilla: infanzona, letrada y militar; con sus compañías de misioneros y de solda­ dos, emprende de nuevo, atlética y alegre, el camino sin fin de su aventura es­ pañola. ¡Camino sin fin! El hijo de Guetaria navegante, en nombre de la Majestad Cesárea, lo emprendió en Guadalquivir, y, empujado por los vientos de Dios, lo rindió en el Guadalquivir. Por lo que fue dicho en nombre de España y loor del vasco: «Tu primus cirscunmedisti me.» El orbe terráqueo espera siempre, en sus senos, que por España un vasco haga aún divinas locuras. Precio de esta esperanza, Guernica, como el Cordero pereció en el ara de Vasconia, a manos del judío. (ABC, Sevilla, 19/V/37.)

Como en el caso de Cataluña, los escritores nacionales observan en él caso vasco un orgullo de riqueza que les hacía sentirse supe­ riores al resto de España. «Ser bilbaíno... señorito bilbaíno era, sencillamente dominar el país.» Giménez Caballero ve en la caída de Bilbao la prueba de que «la España rural y militar... acaba de vencer a la España industrial, pacifiquera y socialista».

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¡VIVA VIZCAYA ESPAÑOLA! por E. G im é n e z C aballero Después de la conquista de Abisinia —por la Roma de Mussolini— es la con­ quista de Bilbao por nuestro Caudillo Franco, el heCho de más trascendencia en la Historia que hoy se está forjando en el mundo. La conquista de Abisinia... (párrafo censurado) significó esto: la posibilidad de que un pueblo como Italia —Mediterráneo, católico, rural, antiprogresista y con una tradición imperial ya olvidada— venciese a dos enemigos que parecían impo­ sibles de vencer. Uno: (el menos importante), las masas bárbaras y de color movili­ zadas por la propaganda del Oriente ruso. Y otro: (el más' decisivo) (palabra cen­ surada) enemigo occidental... (párrafo censurado). La conquista de Bilbao —por nuestro Caudillo Franco— tiene esa misma significación. Sólo que en mayores proporciones, no obstante ser Bilbao una ciudad de 26,55 kilómetros y Abisinia de muchos millares de kilómetros coloniales. (De la misma manera que el movimiento acaudillado por nuestro Franco está llamado a superar e integrar los movimientos similares de los otros países que hoy son maestros nuestros. Espafia será una vez más la gran fundente universal de lo romanogermánico en la Historia.) Con parecer la toma de Madrid algo resolutivo y solemne en esta guerra, lo era mucho más la toma de Bilbao. Al fin y al cabo Madrid tiene un valor político y sentimental. Que bien puede dejarse para el colofón de la victoria. Pero Bilbao tenía —además de esos dos valores— otro vital y económico. La toma de Madrid significará en su día hacer que la capital de España rec­ tifique su política equivocada desde hace dos siglos y hasta la absurdidad de su urbanismo. (Si no fuese trágico por las víctimas que causa todo bombardeo, el de Madrid va a resultar fecundo por la cantidad de monstruosidades que de­ rrumba.) Pero una vez tomado —aunque reste un solar— Madrid volverá a ser lo que su fundador, Felipe II, quiso que fuera: el campamento central de una nación y de un imperio. El puesto supremo de mando. En cambio, la toma de Bflbao significa algo de mayores consecuencias. Signi­ fica el que todo un sistema espiritual, político e histórico de España (y del mun­ do), ¡se acaba de venir abajo! La España rural y militar de pastores y soldados, de místicos y de absolutis­ tas, acaba de vencer a la España industrial, pacifiquera y socialista —de bur­ gueses y obreros, de epicúreos y de republicanos. La España una, grande y libre— ha vencido a la España estatutista, minúscula y liberal. Dicho de modo rotundo y decisivo: la invicta ciudad del liberalismo —Bilbao— ha sido vencida por la España liberadora. Franco ha vencido a Prieto. La fe a la rebeldía. La mano de Dios a la barriga, los cuernos y el rabo de Satanás. (Suponiendo a Prieto hijo de Satanás. Aunque nos ha resultado más bien un pobre diablo.) Por eso tenía uno tanta angustia, estos tiempos pasados, por el destino de Bilbao. Clave del porvenir de España. Por eso tenía tino susto a la traición, a la

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coartada, al espíritu de pacto, a las armas contra los que sólo podría luchar nues­ tro Franco —como San Miguel el Arcángel— fulmíneamente. Y así lo ha hecho. Como un César divino ha tomado el haz de flechas que le acabamos de entregar y lo ha convertido en lo que este haz de flechas nuestro fue —en su origen mí­ tico—, un haz de rayos jupiterino. De victoria fulminante. ¡Ah, nuevos cadetes de toda España a quienes acabo de hablar de esta angus­ tia de Bilbao, cómo escucho vuestros vivas y arribas en todas las trincheras del frente! ¡Qué grandeza y hermosura ser hoy españoles de esta hora!, ¿verdad? Pensad —vosotros, combatientes juveniles de España— que esta hora que hoy gozáis entre banderas, músicas, delirios, gritos y aclamaciones, era un sueño de locos hace unos años. De unos cuantos videntes y alucinados entre los que yo me encontraba. Bilbao era la esencia de la República. Bilbao era la esencia de la España de todo un siglo de progresismo y de Parlamento. Bilbao —y no Madrid— era hace unos años la verdadera capital de España. La capital del capital. Del capitalismo español. Ser navarro en aquella España era ser una estantigua. Madrileño, un primo. Andaluces, una guasa. Castellano, un maqueto. En cambio, ¡ser bilbaíno! ¡Señorito bilbaíno! ¡Socialista bilbaíno! Era sen­ cillamente dominar el país. Imponerle aranceles, modas, periódicos: el yugo. No era la nación la que se servía de Bilbao para sus altísimos fines históricos, sino Bilbao quien explotaba a la nación para unas viles finalidades mercachifles, usureras y pancistas. El Bilbao medieval y corporativo, fundado por el señor de Vizcaya López de Haro, que tuvo por misión construir navios para conquistar y civilizar América y para tocar todos los puertos del mundo conocido, y para surtir de lanas y hierros a los soldados de un Rey católico, español y universo —aquel Bilbao—, había pasado a la historia y al olvido frente al Bilbao moderno y capitalista. El naciente industrialismo de finales del xvii y del xvm, le había apresado el alma y el puerto. Ya que el puerto fue siempre el alma de Bilbao. Y es de entonces, desde cuando se despierta en Bilbao su resentimiento y rebeldía contra el resto de España. La revuelta de la sal, y aquella de la Machinada en 1718 por una cuestión aduanera, fue el primer indicio. La Zamacolada o motín de algunos años después, fue otro indicio. Ni a las naves francesas ni a los ingleses y holan­ deses hizo el Bilbao industrialista del xvm y del xix ninguna seria oposición nunca. Ya el general francés Merlin entró entonces por Bilbao como por su casa. Y cuando a lo largo del siglo pasado —Bilbao quiso ser una pequeña Inglaterra—, todos sabemos el gusto con que ofrecía minerales a Glasgow y a Cardiff y a New Post. Y la importancia que tenían lós señoritos navieros fumando en pipa. Y los literatos haciendo una literatura gris y enrevesada... (palabras censuradas) y agriada de cerveza y whisky. Y los artistas un arte gris y nebuloso. Y ya hubo poetas como Trueba que maldecían el centralismo y a Madrid. Y que se ponían frenéticos al ver una boina roja. Bilbao había logrado defenderse de la boina roja. En eso estaba todo su secreto y toda su fuerza. ¡Ciudad invicta del liberalismo, contra la tradición medieval y corporativa! Porque el carlismo, las otras dos santas guerras civiles, significaron el esfuer-

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20 por hacer retornar a Bilbao su tradición sana de ¡puerto nacional, servidor del

orbe católico. Y que Bilbao tornase a ser Consulado del mar. Pero el pobre Zumalacárregui murió en Legrama, con el sueño de esa misión. Y Eguía, al atacar Bilbao sólo logró asaltar el convento de San Agustín, Y en 1873, la llegada del general liberal Concha, hizo que esa misión se frustrase como cuando llegó Espartero en el 36. Ahora también Bilbao se creía invicto. Y Prieto y Aguirre se sentían teros y marqueses del Duero. Porque con la República Bilbao pensó haber creado el más terrible feudalismos: el de la democracia comunista. ¡Pero la sangre de Mola hizo sangre de Zumalacárregui y de todo el tradicionalismo nacional rebosase razón de España!

Espar­ de los que la el co­

¡La toma de Bilbao ha puesto la boina roja a toda España! Sobre el azul operario y fabril y moderno de nuestras camisas falangistas, hoy la boina roja significa ya: que la tercera guerra civil ¡se ha vencido! ¡Que la tradición ha vencido a la traición! ¡Que el rojo de la boina ha triunfado del rojo marxista! Y que los hematites de hierro —el rojo mineral y sangriento de huel­ gas que enriqueció a Bilbao— volverá a enriquecer a España —sin sangre— bajo la mano implacable de Franco, La toma de Bilbao ha terminado con los caballeritos de Azcoitia, con la retó­ rica de El Sitio, con el orgullo... (palabras censuradas) y diabólico de astilleros y fundiciones. Y Sestao, el Nervión, Zorrosa, los puentes desafiadores, los chalets separatistas, el catolicismo de Estatuto, el somorrostrismo operario, toda la plebe­ yez y soberbia de aquel Bilbao maldito, descastado, posidente y ateo, ¡han muerto! Ya no habrá más medallas antinacionales de los sitios. ¡Habrá medallas de la libe­ ración de Bilbao por España! Ya no habrá Prensa, arte, negocios y Banca impuestos por la codicia bilbaína. Habrá trabajo, paz, labor, vida noble y santas predicaciones, impuestas por la España santa, noble, trabajadora y pacificadora que represen­ tamos. ¡Y ay si alguien se interpone con agentes secretos y con fuerzas ocultas para malograr la conquista de Bilbao! ¡Ay de, él! ¡España, España! ¡Tú ahora no te preocupes de esos agentes y de esas fuer­ zas tenebrosas! ¡Canta, grita, embriágate, exalta la boina roja de la tradición na­ cional sobre la noble sangre azul de las camisas combatientes! ¡Exalta el haz de rayos, de flechas, de nuestro caudillo triunfal y fulgurante! Que nosotros quedamos en nuestros oscuros pero decisivos puestos —para abajó!— febriles, callados, protegiendo tu amor con el Caudillo. Tú, ¡España! —(¡Bilbao, Bilbao!)— ¡Arribá el corazón! ¡Arriba España! ¡Levanta el corazón de un Bilbao que resucita! (ABC, Sevilla, 20/VI/37.)

El País Vasco ya es de las tropas de Franco y Max Aub glosa melancólicamente su sino. «El País Vasco es ahora avasallado... pero la decisión y hombría de sus habitantes no se pondrán nunca en entredicho.»

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Las cosas como son ¿CONOCES TÜ EL PAÍS VASCO...? por M ax A ub

Es verde y negro, gris de su mar océano, con las puntas blancas de sus meaucas, arropado en su chimirimi, serio y dulce, lento como su Nervióti, duro como su acero, rubriznado al aire húmedo; vive de sí mismo, comiéndose las entrañas como cualquier semidiós griego, tan suyo y orgulloso que tiene lengua propia, inaccesible a extraños. Vive en paz dando al cielo lo que es del cielo, a los hom­ bres lo que es de la tierra, a los negocios lo necesario: seriedad y corte inglés; al arte amplía libertad y color vizcaíno: ni París, ni Madrid; buen gusto, medida y protección de los poderosos. Todo esto mantenido a través de la historia con dignidad; cuando ha hecho falta empuñar las armas, se ha hecho buen uso de ellas; cuando ha faltado la hombría, la ha suplido en lo posible. Su lujo: San Sebastián, un poco humillado los veranos por la avalancha y el trapaleo de una cáfila de tierra adentro. En sus pueblos y puertos, ante todo, la limpieza en calles y. almas. Un país de sueño tranquilo, es decir, con brujas, y algún hombre ex-, travagante, como pimienta necesaria al buen guiso. La cocina sencilla y el alma aventurera; pero las aventuras dirigidas hacia afuera, nunca de fronteras adentro. Sus grandes hombres o son marinos, bárbaros corredores de océanos, o escritores que van a dar su medida de hierro —un tanto estrafalaria— tierras adentro. Una aristocracia de los negocios, de patronos liberales; el siglo xix sirve allí para algo más que para perder las colonias en bízantinismos, crápulas o pendencias pica­ rescas. Es un país un tanto aparte del resto de España, en lo interno, ligado en todo momento a su destino exterior; decidido a no contaminarse; contento de su suerte, no pidiendo a nadie sino , que lo dejen en paz, Unos hombres altos y anchos, de arrugas tempranas, hijas de sentirse vivir y del darse cuenta de la seriedad de las cosas. Las brumas le dan ciertas ligazones con Inglaterra: es la única por la cual se dejaría engañar: le concede el fútbol, pero reina en el fron­ tón; sí los ingleses juegan mejor con los pies, ellos cpn las manos. Por defender sus luces, sus pintores, sus tierras, es decir, su manera propia de ser, su ser mismo, lucha con la República, que lo defiende porque es su estilo y la expresión actual de España. El País Vasco es avasallado por motivos que no son ahora del caso: ya se esclarecerán, pero la decisión y la hombría de sus habi­ tantes no se pondrán nunca en entredicho. El País Vasco es, al azar de la histo­ ria, español y francés. Nadie piensa en mover mojones; lo vasco es lo de dentro, y el color de la bandera a que se acoge lo de menos; pero ahora un nuevo mons­ truo opone el uno al otro, intentando borrar el sentido —haciendo desaparecer los sentidos— de un nacionalismo creador en pro de aeródromos, los^ unos vi­ sibles, los otros subterráneos, para servir a potencias e intereses extranjeros. Tal y como están hoy planteadas las cosas, si así hubiesen de seguir —que no segui­ rán—, los vascos de Pasajes no habrían de tener, dentro de poco, nada de común con los de San Juan de Luz.. A semejante inanidad lleya el fascismo que, a lo que proclama, se precia de defender la unidad y pureza de tazas. En nombre de esa identidad de caracteres, se traga Alemania un país de más historia que ella; anuncia

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reivindicaciones sobre territorios hoy en poder de naciones amigas y enemigas; truena, relampaguea, alborota y mueve la más terrible algarabía guerrera y, lo que es peor, al socaire de ese bullicio prepara sus ejércitos, envenenándoles con esos principios. Bástale llegar a otros climas donde sus intereses ya no coinciden con sus teorías, para olvidarse de las mismas y alzar en el eje de un pueblo una fron­ tera erizada de cañones, plagar un territorio de aeródromos, los unos visibles, los otros subterráneos, con el fin de asolar el día de mañana, en nombre de la raza, al resto de ella. Húrganse las entrañas del País Vasco robándole sus minerales para pagar estos absurdos; véndense a esos inventores de muertes nuevas las industrias y las naves, He aquí cuanto sucede en el País Vasco español, donde se arma la tierra contra la tierra vascofrancesa, sin duda en señal de amor y prueba de igualdad étnica. Si Franco y sus valedores hubiesen de permanecer en Vitoria —pongamos por caso de aeródromo—, llegaría el momento en el cual el afecto que sintieran por Bayona —pongamos por otro caso— sería tan irresistible que llegarían allí en quince minutos e intentarían ligar la suerte de ambas ciudades con el único lazo que poseen: la muerte. Es un hermoso programa de hijos de teorizantes racistas: hacer atacar el país vascofrancés por el país vascoespañol. Se queda uno soñando... Bermeo, Lequeitio, Guernica, hasta Fuenterrabía, costa de costas, espolvoreada de espumas vueltas hoy cenizas. Bilbao, con tu ría amarilla de trabajo y tus sardinas de azul y papel de plata extendidas a granel sobre la piedra y el mim-· bre; Pirineos vencidos; tren polvoriento de Portugalete; vosotros, las Siete Calles, de tienduchas de todas calañas, brillantes como el hule por la lluvia del atardecer, y tú, Eibar duro: volveréis a tender la mano a esos campeones de trinquete —sí, hombre, sí— a esos que no se atreven a venir a San Sebastián o a Bilbao a jugar y perder en nuestras canchas, que les vienen anchas, a esos vascos franceses contra quienes hoy se alzan fronteras en tu misma tierra. Pero, tú lo sabes: se puede mentir a quien se quiera menos a la tierra; y no van a ser ellos, los señoritos de Valladolid, los militares y los alemane vayan a romper lo que en otros países del mundo claman unificar. Ni uniránaus­ tríacos con alemanes, ni alzarán vascos contra vascos. Hoy no tienes más tierra que la hermana, ni ciudad que te devuelva el color de la tuya, ni campo que te acoja como merece el propio: pero todo te será devuelto para siempre. El mañana es nuestro porque la tierra es nuestra; los ladrones, amigo mío, siempre son ladrones; huyen para que no los cojan, y si no huyen los cogen. Nosotros los cogeremos, no te apures: está escrito en tu cielo (La Vanguardia, 30/1V/38.)

Un escritor nacional no ve tan clara esa jama de duros que tie­ nen los vascos. «¿Es indomable él vasco? — pregunta Francisco de Cossío—. «Yo pienso que no, que el vasco es el español más domeñable y más flojo... estos gudaris ban dado un resultado lamen­ table como guerreros.»

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UN CAMPESINO VASCO pot F rancisco d e Cossfo

La guetra va dejando huellas, no ya en las cosas materiales, en los caminos, en los árboles, en las tocas... sino en el mismo aire. Este paisaje, que recorro en una mañana de junio, siguiendo la línea arbitraria del mar, tiene aire de guerra. Buscamos un lugar sombreado para comer. El automóvil recorre los más bellos lugares de verano por Munguía, por Plencia, por Algorta... Mas, ¿cuánto tiempo se tardará en restaurar un verano tranquilo por estos lugares? No hay niños en las playas, y las casas, hechas para el reposo, muestran la inquietud de no haber tenido en muchos días un minuto seguro. Un letrero salta a nuestta vista: «Bajada a la playa.» Acabamos de dejar atrás el pueblo de Sopelana. Es uno de esos caminos que descienden decididos hasta el mar, y a los que va conquistando la arena, como si la playa quisiera huir por ellos tierra adentro. A la derecha, una casa con breve cerca y emparrado. Bajo el emparrado una mesa, renegrida por el alcohol y por la lluvia, y unos taburetes desvencijados. Un letrero sobre una ventana, en el que se lee con dificultad, pues las goteras han ido limando las letras: «Vinos y cervezas.» Detenemos el coche y nos disponemos a comer bajo el emparrado. Surge el dueño de la casa. Es un hombre como de sesenta años, alto, de brazos larguísimos y manos enormes, con la boina en la coronilla, las mangas de la camisa vueltas hasta el codo y con un perfil excesivo de vasco, así como esos vascos para la exportación que los dibujantes, tendiendo hacia la caricatura, van poniendo sobre los objetos y sobre las telas, como los egipcios en sus frisos, reduciendo a puros perfiles los caracteres físicos de una raza. Tras él surge la mujer tímida, con los ojos bajos, que no pasa de la puerta, y tras la mujer, una chica como de veinte años, que nos mira entre curiosa y atemorizada. Es el día anterior a la entrada de nuestro Ejército en Bilbao. ¡Hermosa mañana! El sol hace guiños por entre las hojas del emparrado, y no sé por qué extraña asociación de representaciones pienso en los decorados de zarzuela, como si aquél fuese un lugar propicio para el brindis de Marina. —Y por aquí, ¿cómo se ha pasado? —Ya veis. La casa vacía; todo perdido. Y mis hijos, dos hijos fuertes, fuertes, al frente han ido. En Santander estarán. Ni negocio, ni humor, ni nada. —¿Y de comer? —A ellos no les faltaba. Nosotros atroz teníamos y garbanzos mejicanos... Unas gallinas picotean en tomo nuestro las migas de nuestro almuerzo. —Pues usted tenía gallinas. —Dos quedan, las dos que veis. Las demás se fueron muriendo de hambre. Hasta qué punto define el carácter de estos campesinos esta anécdota. Estos ca­ seros prefirieron que sus gallinas se murieran de hambre a comérselas. Y así por todos estos caminos, en los dramáticos éxodos, vemos siempre en los carritos con los colchones y los cofres la ternerilla, el cerdo, las gallinas, puestas en torno, como si fuesen una guirnalda. Estos campesinos huían al monte con sus animales y los ocultaban en los lu-

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gares más abruptos. De uno se dice que enterró un cerdo, no dejándole fuera de la tierra sino el hocico para que respirase y poderle dar de comer. Y así en Viz­ caya pódemos ver hoy, en torno a pueblos destruidos, gallinas, piaras, rebaños, cabañas... j¡Es indomable el vasco? Yo pienso que no, que el vasco es el español más domeñable y más flojo. Es decir, que no es hombre de guerra. Estos gudaris han dado un resultado lamentable como guerreros. El vasco es un hombre de trabajo. ¿A ver esta piedra, que nadie- la puede mover? —Y viene un vasco y la mueve. —¿A ver quién sube a este monte a pecho descubierto? —Y viene un soldadito de Castilla y sube sonriendo a la muerte. Por eso se ha conquistado Vizcaya. Déjamos al casero triste, meditando en su ruina, pensando en sus hijos gudaris, ahora luchando en el frente de Santander... La mujer y la hija le contemplan si­ lenciosas en esa actitud que toman las estatuas dentro de las hornacinas... Y él, entonces, en tanto que nos alejamos, comienza a arrullar como un palomo perfecto, y llegan volando las palomas para picotear migas de pan en su mano. (ABC, Sevilla, 14/VII/37.)

Un escritor republicano emplea para la geografía humana espa­ ñola el concepto de nacionalidades, en contra del «bárbaro centralis­ mo autocrático de la Falange» que se preconiza en la otra zona. Sin embargo, Serrano Poncela reconoce que incluso en la España repu­ blicana «no todos comprenden que nosotros somos un conjunto mul­ tinacional por dentro, proyectado en unidad hacia fuera» y aconseja a sus amigos castellanos: «Hay que amar las nacionalidades españo­ las como cosa propia, común a todos. Donde huellen nuestros pies dentro de la tierra peninsular hay que sentirse nativoi procurar la comprensión inmediata de sus costumbres y sus problemas, ayudar a resolverlos, ser útil en fin a las necesidades colectivas.»

NUESTRAS NACIONALIDADES por S egundo Ser ra n o P on cela

Serrano Súñer, el cuñado de Franco, que hace las veces de ministro del Interior en la parodia de Burgos, ha hablado recientemente. No importa que Hitler exacer­ be el nacionalismo sudeta si en la «colonia» española interesa hacer política centra­ lista. De forma que Serrano Súñer ha sentado de nuevo doctrina acerca de las nacionalidades acentuando el bárbaro centralismo autocrático de la Falange, lo que ellos dicen «la unidad como remedio, la unidad como norte, la unidad como fuente de grandeza, ser en plenitud de España» y que en verdad no es más que un método de sometimiento de las clases progresivas nacionales, porque son estas clases, amparadas por los estatutos jurídicos republicanos, las que defienden dentro del concierto económico y político de España sus características de nacionalidad.

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Este centralismo siniestro y torvo de los grandes señores feudales de Castilla, manejados por el imperialismo fascistagermánico sobre lá periferia de España, se complementa en la práctica con la supresión del éuskaro, fusilamiento de nacionalis­ tas, derogación teórica del Estatuto catalán, entrega a Italia de las cosechas de olivo y a Germania de las piritas del Norte y la fundición de Altos Hornos. El problema nacional en la España invadida. — Los invasores trituran el pro­ blema nacional. Las colonias sólo se mantienen sobre la base de un centralismo económico y político de la metrópoli; generalmente, toda expansión nacional en estas condiciones es expansión del pueblo oprimido frente al opresor invasor. La España de Franco es hoy un régimen colonial, de forma que para Alemania e Italia, acogotar Euskadi y Cataluña, es dar una vuelta más al tornillo de su política. En consecuencia con esta necesidad, los traidores a su servicio hacen teo­ ría porque la doctrina tiene siempre un cabal fundamento económico. Esa teoría, embellecida con nombres y fantasmas da lugar a conceptos «España una», «Espa­ ña imperio», y demás, que no son en definitiva otra cosa que plataformas políticas de la invasión. España multinacional; España y Cataluña. ■— Sin embargo, en la España re­ publicana hay todavía dudas y desconocimientos acerca del problema y no todos comprenden que nosotros somos un conjunto multinacional por dentro, proyecta­ do en unidad hacia fuera, Es decir, que España es una unidad geográfica —tres mares y una cadena de montañas— hecha y repleta de variedades histórico-políticas. Por eso, es un gran error hablar en un sentido diferencial de España y Cata­ luña. Repitamos una vez más: Espáña es la unidad geográfica, económica y políti­ ca, proyectada hacia dentro y hacia fuera. El Estado que integran diversas nacio­ nalidades. España es Cataluña, y Euskadi, y Galicia y Castilla. Cuando se habla del Ejército español se habla también de las tropas catalanas; Castilla y Levante y el Sur dieron los hombres que cubren hoy los dispositivos en nuestros frentes. Una misma diplomacia exterior representa a todos, y finalmente, una misma estructura económica es la estructura para todos. Corrijamos este simple error de terminolo­ gía. Porque España no es Castilla, sino Castilla una parte de España, y si a veces se vincula un término en otro, proviene de que Castilla se alzó históricamente con la hegemonía centralista dando lugar a esta confusión de términos. Variedad multinacional. — Esto quiere decir que dentro de España, de las nacionalidades españolas se da la variedad y que esta variedad tiene caracteres sólidos. Euskadi es un terreno ocupado por los vascoí, cuya lengua propia es el euskera y cuya organización económica, política y jurídica se diferencia constan­ temente del resto de España. Los fueros vascos y su organización democrática es­ taban fundamentados sobre un sistema de pequeñas propiedades agrícolas sin rela­ ción con el feudalismo dominante en casi toda Europa; en algunas de sus caracte­ rísticas se han mantenido hasta hoy. Después, como consecuencia de esta diferen­ ciación teníamos el folklore, la literatura, la mística religiosa. Hay, pues, una raíz histórica insoslayable. Cataluña es una nacionalidad que siguió el curso de su for­ mación histórica, independiente a Castilla y Euskadi, sumándose tan sólo al con­ cepto centralista de nación por la absorción que de ella hicieron los estamentos aristocráticos y terratenientes de Castilla. Procesos dispares. — Castilla mantiene durante ocho siglos guerra contra el Islam. Cataluña liquida con presteza la invasión mora y se proyecta al exterior. Son dos procesos económicos dispares: la lucha del señor feudal por el dominio de la tierra en ruta hacia Granada y la lucha del estamento burgués y comercian­ te por el dominio de los mercados y la mar, en ruta hacia Bizancio. Sobre esta di­

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ferenciación económica: Castilla agricultora, Cataluña marinera, se establecen las diferenciaciones políticas: absolutismo feudal —condes y consejos; jurídicas: Códi­ go de las Partidas— Consulado del Mar; artistas, idiomáticas y demás. Es decir, las características nacionales. Una síntesis histórica. — Sobre la miga de la tierra y el agua del mar vamos a hacer una síntesis histórica. La situación privilegiada en la Geografía de Catalu­ ña, creó su potencia marinera. Cataluña es la llave del Mediterráneo. A mediados del siglo xi, Ramón Berenguer, promulgado el Código de los Usatges, establece un derecho de protección y salvoconducto para las naves que entren en nuestros puertos, y la salvaguardia de éstas desde el cabo de Creus a Salónica. Esta medida, en un período de feroz aislamiento feudal abre las puertas del comercio por el Mediterráneo y lo acrece extraordinariamente. Dos siglos más tarde existe una Junta del Puerto de Barcelona y cónsules catalanes en las escalas marítimas del «mare nostrum». En todo este tiempo, el poder naval de Cataluña sólo puede ser comparado con el de Génova. Zurita, en 1467, escribe respecto al daño que al comercio turco hacían las naves catalanas, que «apenas podían negociar los turcos» más allá de la Siria y Turquía. Los catalanes navegaban con hilaturas hacia Bizancio, productos de su industria gremial manufacturera y era la vanguardia progresi­ va de España con sus leyes, sus estamentos, su campesinado y sus ejércitos re­ gulares; la puerta hacia afuera por donde entraban y salían industria por dinero, materias primas por industria. Mientras esto sucedía y nuestras puertas marítimas se agrandaban, Castilla, casi una isla con relación a la Península, una isla de tierra a causa de lo elevado y montañoso de su meseta, se formaba, en convulsiones económicas interiores, casi privada de contacto con el mar. Al amenguar el feudalismo castellano y tomar en sus manos la unificación del Estado español los grandes burgueses terratenientes y la nobleza el espíritu interior de Castilla, la labranza y la Mesta supeditaron polí­ ticamente a la burguesía catalana. Al mismo tiempo prodúcese la colonización de América y nuevas rutas marineras se abren sobre el Atlántico. Pero es bajo la di­ rección económica y política de Castilla como se realiza esta expansión comercial. Cataluña es el segundón que tiene el mar de casa. Cortés y Pizarro, hombres de meseta, representantes de la burguesía agraria, destripan terrones en el interior de América y conquistan a punta de espada y golpes de cruz, pero no hay penetración mercantil, ni factorías marineras, ni aprovechamiento de las costas y el agua. Grave y voluminoso error fue éste sobre el cual aún no se ha meditado. Para acrecentar el daño, después sigue imperando la política castellana en el concierto plurinacional y España interviene en expansiones centroeuropeas, lo más alejadas posible de sus facultades geograficoeconómicas. Castilla sigue sin coordinarse con Cataluña. En el siglo xix comprendemos nuestro definitivo derrumbamiento marinero (Costa) del que aún estamos postrados. Inglaterra ocupó esencialmente el puesto que dejamos vacante. La hegemonía de Castilla sobre el resto de las nacionalida­ des españolas fue un golpe de timón en el vacío. Llamo la atención sobre esta sínte­ sis histórica que es un argumento en pro de nuestro Estado multinacional. Características de la nacionalidad. — Porque las características de la naciona­ lidad son estas cinco: una comunidad estable de hombres en un mismo territorio sobre unas características comunes de organización económica, con un idioma propio y hábitos psicológicos, culturales, artísticos, etc., idóneos y sentidos por todos. Véanse todas ellas proyectadas sobre España y surgirán concretas y sólidas las nacionalidades. Consejos a castellanos proyectados sobre catalanes. — Yo digo a los amigos de

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Castilla pata que lo oigan los amigos catalanes: Hay que amar las nacionalidades españolas como cosa propia, común a todos. Donde huellen nuestros pies dentro de la tierra peninsular hay que sentirse nativo, procurar la comprensión inmediata de sus costumbres y sus problemas, ayudar a resolverlos; ser útil en fin a las ne­ cesidades colectivas. Castilla defiende a España en Madrid y Cataluña en el Ebro. Madrid, lo ha dicho un poeta, es hoy «capital de la gloria», pero Barcelona es «ca­ pital de España». Hacia las mesetas castellanas se van los humos de las fábricas y las grúas de los puertos catalanes, y desde la isla de Gracia a los límites del Bajo Pirineo, ocupa Castilla un gran kilometraje de trincheras. Euskadi perdió su tierra, sus hijos y su espíritu están incorporados a Cataluña fundamentalmente. Este abrazo venturoso de nacionalidades se produce porque hay sobre todos y en todos, un mismo deseo: defender la independencia de la Gran Patria y hacer dentro de ella la unidad de nuestros pueblos libres, cultos, fuertes y económicamente bien organizados. Ésta es la «España una» que nosotros comprendemos. La otra Es­ paña, de los mercenarios al servicio del invasor jamás podría ser nada. Mosaico roto de odios interiores. El odio interior —odio a Euskadi, a Cataluña— no se proyectará nunca en unidad interior ni exterior. (La Vanguardia, 24/VII/38.)

LA VISIÓN DEL EXTRANJERO (Países «buenos» y países «malos»)

SOCIEDAD DE NACIONES Agustín de Foxá ve belleza en la ruina de la guerra civil, con­ cretamente en la del Alcázar de Toledo. La España que sueña se apoyará en esa estampa que, según él, es más viva que la anterior víctima de la curiosidad morbosa ajena: «Así nos amaban en folklore desmayado de decadencias los hombres felices ricos en escuadras de acero y en islas de canela.»

ARQUITECTURA HERMOSA DE LAS RUINAS por A gustín d e F oxá

Necesitamos ruinas recientes, cenizas nuevas, frescos despojos; eran precisos el ábside quebrado, el carbón en la viga y la vidriera rota para purificar todos los salmos. Ambicionábamos ofrecer claustros y columnas truncados, yesos caídos. Y era que España dormitaba. Eran ya muchos años de vistas panorámicas, demasiados kodaks turísticos con­ tra la arquitectura militar de nuestros alcázares, excesivas palomas pacíficas en la cornisa de nuestros palacios.

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Se helaban de tedio en el Escorial los cadáveres de los reyes, se cansaban de cristal de vitrina los códices miniados y las casullas bordadas y Toledo, picudo de torres como el diagrama de una fiebre, sólo entregaba reliquias hasta el siglo xvi. Así nos querían los ciudadanos ricos de los países fuertes. Así nos amaban, en folklore desmayado de decadencias los hombres felices, ricos en escuadras de acero y en islas de canela. España pintoresca; fin de semana para álbum de fotografías, bailando flamen­ co, inmolando toros o cimbreando el talle de sus bailarinas ante los hombres ru­ bios del Norte, con gesto generoso de conquistador. Pero ya está Toledo derruido; es decir, edificado. España varonil, desvelada, inesperada, tiende sobre la mesa sus planos de ciudades en ruinas, exalta la arquitectura heroica de sus fortalezas minadas. Nuevo trabajo a los futuros cicerones; ya no habrá que detenerse ante el lívido conde de Orgaz cadavérico de aceites eléctricos, ni ante la Biblia de San Luis, granizada de gotas de oro, ruborizada de diminutas vírgenes con manzanas, sino que habrá que subir por escombros y polvo, habrá que visitar las catacumbas de la epopeya nueva, recorrer las galerías contemporáneas y evocar magníficos héroes de romancero que andan en tranvía por nuestras ciudades, que tienen novias en nuestras familias y nos sonríen y nos tienden la mano. No os asusten, camaradas, los jeremías aburguesados, los marxistas de la dere­ cha, los agoreros tripudos y egoístas. Es mentira que España esté en ruinas; nunca Toledo ha estado más completo. El peligro de una ciudad histórica, de una patria con abolengo no está en las ruinas, sino en los museos Más pena que esos Cristos quemados por la barbarie roja, más espanto que esas vírgenes y esos arcángeles decapitados en las eras de los pueblos deben produ­ cirnos las imágenes de marfil en las vitrinas con ún número de catálogo y un cordoncito de seda roja para que no nos acerquemos a ellas. Benditas las ruinas porque en ellas están la fe y el odio y la pasión y el en­ tusiasmo y la lucha y el alma de los hombres. Este Alcázar en ruinas pone en circulación caliente todos los vetustos tesoros. Por ese arco entraron Alfonso VI con sus mesnaderos pero también el general Varela con sus soldados y milicias. Así nos unimos definitivamente a los muertos, y los resucitamos con nuestra muerte. Con la alegre primavera de Falange ya viene el deshielo de las vitrinas. Ya corren en manantial vivo los cálices y las espadas, congelados antaño en medio de una raza morena con los ojos entornados. No queremos Merímées que vengan en cascabeleras diligencias a escribir «co­ sas de España», Cármenes y Escamillos de exportación. Así, como es, queremos a España; con la fe intacta, aunque ardan todas sus iglesias románicas, con la sangre heroica aunque se derrumben todos sus alcázares. Esta España empobrecida, pero gloriosa, es la nuestra. Y es que preferimos la España sin oro pero rica en espíritu, porque en cada alcoba familiar vaga un pálido fantasma ausente a la España fenicia de la guerra y de la postguerra que vendía muías y mineral de hierro mientras caían con los ojos parados de espanto todos los rubios muchachos de Europa. Porque hemos conocido el dolor, sabemos ya de la hermpsura de la ruina. V é r tic e , a b ril, 1937.)

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Antonio Machado denuncia una vez más a la Sociedad de Nacio­ nes por inefectiva «Puerto de arrebatacapas», y ataca sin nombrarlos a Francia e Inglaterra, inseguros en su política, víctimas del chantaje del Eje...

Desde el mirador de la guerra MISCELÁNEA APÓCRIFA por A n t o n io M achado

Nunca para el bien es tarde. Quieto decir que todavía la Sociedad de Naciones pudiera redimirse de sus muchos pecados, siendo, pot una vez, lo que tantas veces no ha sido: un coadyuvante sincero en la ingente labor para el triunfo de la justicia entre los pueblos. Si, fiel a su corta y lamentable tradición, sigue siendo un instrumento en manos de los poderosos para asegurarse la paz armada, que es acrecentar la guerra futura, por el camino más corto, es decir, mediante el exter­ minio de los débiles, bien pueden los buenos checoslovacos pedir a Dios que la Sociedad de Naciones no se ocupe de ellos. Shakespeare, el más grande dramaturgo de todas las edades, cuidó siempre mucho de los bufones y de las bufonadas de sus tragedias. Bernard Shaw, en nues­ tros días, sigue convencido de que lo cómico es un buen avivador de lo trágico. O viceversa. Por eso escribe hoy una farsa titulada «¡Ginebra!», cuyo éxito es tan seguro que ni siquiera necesitamos conocerla para aplaudirla. La guerra, como chantage —hubiera dicho Juan de Mairena en nuestros días— , es algo verdaderamente abominable, No hay que negar por ello que alguna vez alcanza su propósito; por ejemplo: cuando el adversario comprende que, a última hora, la aínenaza de guerra puede cumplirse. Lo verdaderamente incomprensible es que se amenace a nadie con la paz, revelándole cómo, a última hora, se está perfectamente decidido... a no ir a la guerra. Claro que, en el fondo, los chantajistas de la paz son mucho más pillos que los de la guerra y, acaso, menos tontos de lo que parecen. Ellos se erigen en fieles guardadores de la paz. ¡Guay de quienes guerreen sin nuestro permiso, aunque gue­ rreen en defensa de sus más legítimos derechos! Porque ahí están los bárbaros propugnadores d¿ la guerra para echársela encima a esos pobres diablos, sin que no­ sotros podamos ni queramos evitarlo. En una clase de lógica como la nuestra —hubiera dicho Juan de Mairena a sus alumnos— es difícil tratar de política internacional, sin cometer graves yerros. ¿Comprendéis vosotros que un pueblo, mejor diré un Gobierno, que abandona las fronteras de su propio territorio o las rutas que a él conducen, vaya a la guetra por

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defendet las fronteras de otro país, cualesquiera que sean los compromisos que con él tenga contraídos? Pues las cancillerías de Europa han estado a punto de conven­ cernos de que eso no es ningún absurdo. Claro que... a punto nada más. La Morgue han llamado los italianos a la Sociedad de Naciones. La denomina­ ción es inexacta; porque, como ha demostrado Alvarez del Vayo en su magnífico insuperable discutso de Ginebra, la Sociedad de .Naciones es todo, antes que un depósito donde se exhiban los cadáveres de los pueblos náufragos o asesinados. Yo le llamaría mejor —a esa flamante Sociedad— el Puerto de Arrebatacapas del ho­ nor internacional. (La Vanguardia, 25/IX/38.)

On político-escritor, Lequerica, visita a Mussolini y se deslumbra. Por su físico, «su tronco fuerte, su ademán simple, su cabeza lumi­ nosa» y por su moral. «¿No es él quizá con su invención fascista, quien más terreno ha hecho perder a la maldad en el mundo...?» «Mussolini ha realizado la fórmula de ser a la vez buen gobernante y buen hombre.»

CON MUSSOLINI EN EL PALACIO VENECIA por J o sé F é l ix L eq uerica

¿Qué me pareció Mussolini? Un político. Verdaderamente no faltaban los datos previos para llegar a esta conclusión definidora. Y sin embargo se ve que es eso, un político, un gran político. Especie rara, rarísima, de la que Italia ha sido favorecida los últimos tiempos con buenos ejemplares, y nosotros andábamos esca­ sos. Tan escasos y tan mal representados que el mismo glorioso término en sí era ya objeto de depreciación en las cotizaciones morales españolas. Mirada a la redonda de político. Cada cual apercibido en el acto, catalogado de prisa, y puesto en su sitió para saber a qué atenerse y gobernar luego con arre­ glo a este informe, palabra y conducta. Buena impresión suya. Correspondencia a esa buena impresión con un grato abandono de sí mismo. ¿Para qué simular nada ante españoles de esa traza, cuyo fervor amistoso regulado por el juicio y la dig­ nidad debe leer en seguida un conductor de humanos de tan ingente proporción? Claro que esto supone tener un nobilísimo, alto y potente natural que entregar a la curiosidad ansiosa de los demás, y saberse dueño de tal tesoro, confiando en él. La mayor parte de los hombres fugitivos, esquivos, simuladores y teatrales son conocedores de sí mismos castigados con saberse bien, y lo suficientemente indus­ triosos para evitar su propia divulgación. Así resultan de cansados e inquietantes. Este interlocutor nuestro en cambio entrega su magnífica persona a los demás en la hora de la comunicación generosa. De la voz pastosa, musical, calentable a pla­ cer, de la mirada de unos ojos grandes, potentes y como sin párpados agujereados o recortados en la cara, limpios y sin borrasca, va fluyendo el hombre magnético, el «que está en todo», el dueño de la palabra justa, pero más todavía el capaz de

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profesar el -sentimiento justo y entregarse a él. El político, cuyo afecto en este caso y para un gran momento —detrás estaban dos años de conducta— era Es­ paña. ¡Qué ilusión para los españoles la de sentirnos queridos! No nos ha ocurrido eso siempre ni en todas partes. Todavía los guías del Palacio de Guillermo de Orange hablan ásperamente de nosotros y de nuestro gran duque. En otros pala­ cios, en otros museos, en otras calles, tampoco se nos guarda el debido afecto. Pero este hombre, y su pueblo modelado por él, nos quiere. Había en su voz al hablarnos una blandura acariciadora salida tan sólo de un sentimiento grato hacia el pueblo que nos envidiaba. A medida que íbamos percibiendo mejor su tronco fuerte y su ademán simple y su cabeza luminosa aquel hombre nos ganaba además por el gesto de llaneza y de simpatía. Uno experimentaba el deseo de no irse, de conversar con él, de plantearle cuestiones. Pero no para publicar la interviú y cobrarla cara en la ad­ ministración del periódico y en la estimación profesional comparada. No; sencilla­ mente por hablar con Mussolini, hombre, político, ideador, gratísimo interlocutor, bueno, bueno como probablemente debe serlo un gran político. ¿No es él quizá con su invención fascista quien más terreno ha hecho perder a la maldad en el mundo? ¿Qué sistema de ideas y de sentimientos supone en forma semejante el vencimiento del rencor, de la envidia, de la amargura de sentirse pequeño y no disfrutar de los mejores dones de Dios y de los recreos que por su delegación —no siempre bien cumplida— ha inventado el hombre? «Todos esos sentimientos nobles, generosos, supremos placeres del espíritu y del cuerpo, Fe, patriotismo, sentido del honor y la delicadeza, actitud benévola ante el mundo, que hoy son el patrimonio de una minoría preeminente a su vez muy amenazada —ha dicho en síntesis Mussolini—, vais a disfrutarlos vosotros, hom­ bres y mujeres innumerables a los que yo devuelvo el corazón de niños. Cien años de máquinas devoradoras y profetismo político sociológico han enervado en voso­ tros la sensibilidad y la potencia de bien. Por eso sobre todo, y no sólo porque vuestros jornales y vuestros dormitorios son cortos, sufrís; y algunos viven de atizar vuestro dolor. Yo os devuelvo esa capacidad de sentir y querer las grandes cosas divinas y humanas que hoy ya sólo quedaban en disfrute a los poderosos de buen vivir y que vuestra acritud cultivada hacía prohibidas en vuestro medio. Yo les arrancaré a ellos vuestro bienestar en la medida humana posible, pero os de­ volveré de seguro en su plena total extensión el gozo de vivir y morir por las bellas causas capaces de acercar al hombre a la naturaleza de Dios.» ¿Y no es éste el supremo rasgo de bondad, el riego nílico de benevolencia recíproca derramado sobre el mundo por el caballero fuerte y bien tenido que ahora nos habla en este ámbito inmenso con su voz pastosa y enriquecida de múltiples entonaciones? Un historiador comparaba dos soberanos franceses del siglo xix, Luis Felipe y Napoleón III. Luis Felipe le parecía más hábil, mejor gobernante, servidor seguro del interés público. Su Francia egoísta y burguesa conoció la prosperidad interior y la seguridad internacional. Napoleón III, al contrario, acabó en Sesan a fuerza de nebulosos idealismos. Sin embargo había pensado en los humildes, y toscamente quizás, entrevisto remedio a su miseria. Por eso el historiador concluía que en Luis Felipe prefería el estadista y en Napoleón II I el hombre. Mussolini ha realizado la fórmula de ser a la vez un buen gobernante y buen hombre. Mejor dicho, por ser buen hombre preocupado del bienestar de los más, de su acceso a la idealidad alta y a la vida superior resulta hombre de Estado, genial renovador de Estado, No es extraño que se le tomara en sus primeros años

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por un alocado, falto del discreto marchar que la leyenda atribuye al verdadero político con error crasísimo. En uno de esos párrafos de sus escritos, episódicos y sin importancia, sin embargo los más reveladores, vemos cómo en 1910 pensaban de él así todos sus adversarios. «Pazzesco», alocado, le llamaban los periódicos. «Estoy ya habituado a ese adjetivo ;—escribe él—. Me lo han arrojado a la cata en 1908 los liberales de Oneggíia; en 1909 los clericales de Trento; en 1910 los re­ publicanos de Forli. Debería ya estar en el manicomio.» Ejemplar locura. Ahí está delante de nosotros siempre con ella a cuestas, mi­ rando cordial y fraterno a los representantes de España. Ahora le llaman «pazzes­ co» los hombres de las «grandes democracias», los agitadores y los plutócratas em­ peñados en ver morir por el hierro y por el fuego esta tierra cristiana de España, como él la califica cuando nos hace el elogio de la gesta y augura la victoria pró­ xima. No era la primera vez que le veíamos cerca. En 1923 le encontramos en la Embajada de España cubierto de los bordados de su entonces nuevo uniforme de ministro. Y un año más tarde en Montecitorio, Congreso de los Diputados de Ita­ lia, una de las sesiones más peligrosas para su vida y la del fascismo rematada por un gran discurso suyo. Era en los días críticos de la revolución nacional después de la muerte de Mateotti en plena explosión del ataque demoliberal empeñado mediante periódicos y discursos en cubrir de barro la figura de Mussolini. El mun­ do le dio por perdido. De aquellos tiempos son los célebres párrafos de un políti­ co catalanista considerando condüída la experiencia mussolinista, augurando a su iniciador un puesto en la reserva conservadora italiana, y deplorando cariñosa­ mente no haber visto consumarse una revolución original mediterránea de tanto aprovechamiento para otros ribereños del mar latino. Confesamos haber tembla­ do también por la suerte del Fascio aquel momento crítico. En ABC Rafael Sán­ chez Mazas recogía nuestras dudas y con su genial clarividencia —el primer espa­ ñol que percibió el fenómeno— señalaba el verdadero alcance de la obra mussoliniana no reducible a las dimensiones de una reacción ordinaria. Mussolini mismo en aquella sesión interminable del 22 de noviembre —el «seductone» cuya ex­ presión hemos refrescado en la crónica de Rafael en ABC— confesó citando un bello pasaje de Manzoni, que no contaba ya con la adhesión ciega de los primeros tiempos, imposible de durar como el humano amor. Realmente sin su genio políti­ co, sin la clarividencia del rey Víctor Manuel que le adivinó y sostuvo, y sin la Providencia, el empuje adverso parecía deber aplastarle con la tarea apenas iniciada. Físicamente no ha variado mucho. Más calma, más seguridad, mayor benevo­ lencia compañera d d éxito. Lo demás la misma cabeza «de obrero imperial, pro­ yectil cuadrado, caja de buen explosivo. Cúbica; voluntad de estado» que dice Marinetti. Igual aire práctico y lírico a la vez. Es decir político. En las antesalas riquísimas del Palacio de Venecia colgaban otros condottieros y gobernantes italianos salidos de los primeros pinceles. Todos incompletos. El culminante es éste, el soñado por Maquiavelo; más, bastante más que el soñado por la estrechez un poco geográfica del florentino. He aquí la política encarnada y rehabilitada. Vocación absorbente para la cual nada humano es extraño; pero que en todo lo humano ha de entregarse a una labor apasionada para separar lo principal de lo accesorio y subordinado todo a lo primero, sin perder un minuto la atención de lo secundario, que cualquier ilu­ minación súbita del destino puede ascender a las categorías centrales. Actividad que no puede perderse en la ideación y la sensibilidad puras, ni apartar tampoco un paso la inspirado» superior en los actos diarios, descubriendo siempre como la

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Santa española, a Dios entre los pucheros. Campo donde es preciso evitar que la acción con su mecánica adormidera enturbie la agudeza de mirada y la adivina­ ción lejana del éxito y del peligro. Y donde a la vez detenerse un minuto, alejar la atención del afán próximo exigente es mortal, excluyendo así de su dominio las dulzuras del ensueño. Compleja, sutilísima, heroica profesión. Dentro de ella están la guerra y la paz, la justicia del bien, todos los grandes enunciados para frontones de monumento público, tan verdaderos y apremiantes no obstante su reducción frecuente á letra sobre piedra. En una tarde de primavera romana nos ha sido dado acercarnos, acogidos con un gesto amplísimo de cariño y nobleza, al primer exponente europeo de tan gran­ de ejercicio, ungido por dieciséis años de luchas y triunfos. Va a ser pues difícil olvidar esta hora de nuestro encuentro con Mussolini en el despacho del Palacio Venecia donde el único ornamento era el mapa de España abierto sobre un atril. (Vértice, julio, 1938.)

Antonio Machado elogia el discurso del doctor Negrín y su «frase lapidaria». «No mienta... al Quijote pero como buen español lo lleva en el alma.»

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M ac h a d o

... «Las más de las veces al vencedor lo hace el vencido», ha dicho el doctor Negrín en su magnífico discurso a la nación española, pronunciado en Madrid hace unos días. La frase, realmente lapidaria, del doctor Negrín tiene hoy un valor de circunstancias que iguala a su valor de verdad universal. Al vencedor lo hace, en efecto, el éticamente vencido, el que se adelanta a su derrota con el con­ vencimiento de merecerla. Por fortuna, en la España auténtica, en este rabo por desollar del Viejo Continente, no domina el hombre de esta laya. Tampoco abunda el puro pragmatista, que rinde culto al éxito, que hace del éxito la vara con que se miden verdad y virtud, y a quien Cervantes definió con estas palabras de Don Qui­ jote: «Bien se ve, Sancho, que eres villano, de los que dicen: viva quien vence.» El doctor Negrín no mienta en su discurso a nuestro Don Quijote; pero bien claro se ve que como buen español lo lleva en el alma. ¿Quién habla de rendirse —viene a decirnos— cuando estamos luchando contra los traidores de casa y la codicia de fuera? Y estos otros conceptos de estirpe platónica: cuando se lucha por la justicia, ¿quién puede estar «an dessus de la melée»} (La Vanguardia, 2 5 /V I /3 8 .)

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Antonio Machado condena la persecución antisemita del Gobier­ no alemán en la qué ve una venganza del judio inferior contra el su­ perior — caso de Jesucristo...

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M a cha do

«La persecución a los judíos —decía Juan de Mairena a sus alumnos— es una verdadera judiada. En primer lugar, porque, como pensaba Monsieur de la Palisse, mal podríamos perseguir a los judíos, si los judíos no existieran. En segundo lugar, porque es algo terriblemente anticristiano, y, en el fondo, la eterna cruzada de los judíos inferiores contra los judíos de primera clase o, si queréis, la venganza que toma el rebaño de todo cordero distinguido —agnus dei—. ¿Qué otra cosa fue la tragedia del Gólgota? En tercer lugar, porque sólo los pueblos saturados de Viejo Testamento y de sangre judaica pueden pasarse la vida berreando: ¡somos pueblo elegido; aquí no hay más pueblo elegido que el nuestro!» Si conociera Hitler estas sentencias de Juan de Mairena, revisaría su modesto arbusto genealógico para encontrar la verdadera razón de su fervorosa e intransi­ gente ariofilia. Porque de los arios debe spber Hitler aproximadamente tanto como su compadre Mussolini. (La Vanguardia, l/IX /38.)

Agustín de Figueroa afronta un problema que los nacionales en­ contraron a menudo en su propaganda. La animadversión de países católicos pero progresistas tipo Bélgica «en algunos conventos de mon­ jas se reza por el triunfo de la España republicana», animadversión que él quiere combatir en él espíritu de una dama de aquel país lle­ gado a España.

DIÁLOGO CON UNA DAMA BELGA por A gustín d e F igueroa

Me sorprendió, al llegar de improviso, una vez sorteadas no pocas dificultades para cruzar la frontera. Pasaba algunos días en Biarritz, y no quiso regresar a Bél· gica sin llevarse una impresión personal de la España de Franco.

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Madame D. evoca para mí toda una época de feliz despreocupación y de ele­ gancias cosmopolitas. Por el Biarritz fastuoso de la postguerra paseaba su belleza juvenil y su figura estilizada que plasmaron los más célebres pintores contempo­ ráneos. Alta, rubia, esbeltísima, seguida habitualmente por dos soberbios galgos rusos, parecía la heroína sugestiva y misteriosa de una novela de Dekobra. Maña­ nas deslumbradoras de la Cote Basque, noches perfumadas de «Casanova», de «Scherezade» y de «Ciboure». «Desterrados príncipes» de la familia imperial rusa, americanos multimillonarios. Ritmo perturbador de valses húngaros y tangos ar­ gentinos. Toda una época que no volverá. Época a la que no volveríamos nosotros, transformados por la gran tragedia e incompatibles con cierto sentido blando y decadente de la vida. Como sí hubiera escuchado el consejo de Ninon de Léñelos: «No basta ser hermosa. Cultivad vuestro espíritu, formad vuestro carácter», Madame D., une a su extraordinaria belleza una clara inteligencia y una vasta cultura. Viene a España por unas horas, con afán de informes exactos, curiosa, interrogativa. Me adelanto a sus preguntas. — ¿Qué se dice en Bélgica de nuestra guerra? Pronto he de advertir en mi interlocutora cierta actitud de reserva, un espíri­ tu neutral que me desconcierta e irrita. Neutralidad inadmisible para el que co­ noce a fondo la grandeza y el espanto de España. —En fin —protesto casi violento—, ¿qué piensan ustededes?, ¿ustedes que no tienen la excusa de un Frente Popular?, ¿cuál es la reacción de la católica Bélgica ante la España católica perseguida y destrozada? Me habla entonces de la propaganda roja en su país. Tres sacerdotes (?) espa­ ñoles han dado en Bruselas numerosas conferencias a favor del Gobierno de Va­ lencia. En algunos conventos de monjas, se, reza por el triunfo de la España re­ publicana. Madame D. ha visto películas de propaganda marxista. «Los niños, los niños —repite estremecida—, esos cadáveres de niños, víctimas de bombardeos...» La indignación que me produjeron estas noticias está a punto de hacerse incom­ patible con la más elemental galantería. : —¿Es esto todo lo que usted conoce de España? La pregunta ha sido formulada con dureza tal vez excesiva. El problema espa­ ñol, visto desde lejos es más complejo de lo que parece. Sería necesario divulgar la verdad, no entre los que fingen ignorarla, sino con relación a aquellas personas —-y son muchísimas— confundidas y desconcertadas,por la distancia, por el pro­ blema nacionalista, y en fin, por una violenta propaganda roja. Propaganda tan in­ fame como astuta, tan criminal como hábil. Saben bien el terreno que pisan, los resortes que han de tocar. A la católica Bélgica envían sacerdotes (Dios sabe qué falsos o renegados sacerdotes) como conferenciantes; a las pantallas cinematográfi­ cas, esos maestros del crimen arrojan imágenes de cadáveres infantiles (escasas e inevitables víctimas de bombardeos nacionales sobre objetivos militares) como el mejor argumento para explotar la piedad internacional. —¿Qué ocurre en España? Me interesa especialmente la opinión de una per­ sona desapasionada como usted. — ¡Desapasionada! La palabra me hiere como un insulto. No se atraviesa una tragedia como la nuestra sin evolucionar totalmente. Todo buen español vive estremecido de espanto y de entusiasmo. La belleza y la fuerza de la España Na­ cional, reside precisamente en su pasión. En todo lo que esta palabra encierra de sublime y doloroso. Madame D. preside en Bruselas un salón político y literario donde coinciden

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personas de encontradas ideas políticas, ¡Qué inexperiencia de un dolot como el nuestro es necesaria para abrigar ese espíritu amplio y liberal! ¡Con qué facilidad hablábamos —yo el primero, lo confieso— de una tolerancia que ahora supondría la peor traición a los que derramaron su sangre por España, héroes gloriosos en el campo de batalla o víctimas inermes de crímenes nefandos! En el salón de la dama belga, la guerra de España es objeto de acaloradas dis­ cusiones.' Hay quien habla —de buena fe, queremos creerlo— del principio de libertad que defiende la España «gubernamental». Este salón extranjero me trae a la mente el recuerdo de otras tertulias madrileñas, donde también se reunían personas «de distintas ideas». Snobismo en los rojillos (entonces se les llamaba de izquierdas) al concurrir a determinadas residencias aristocráticas. Las teorías sobre el surrealismo, futurismo y otros ismos, daban a la conversación un tono apolítico y mundano. No se hablaba, eso no, de política. Cuestiones de arte, temas intras­ cendentes, derroche de fino humorismo. Pero había en ellos cierta tendencia a hablar con ligereza y desdén de altos valores patrios, fundamentales y eternos. Ten­ dencia que no apreciábamos en todo su sentido sutilmente destructivo y antiespafiol. Veíamos a aquella gente con una mezcla de curiosidad y recelo. Eran algo así como el «coco» cautivo, o fieras amansadas... por el momento. Fieras sí, que disi­ mulaban su actitud de retroceso antes de dar el gran zarpazo. Los ojos claros de mi bella amiga, se abren desmesurados, atónitos a medida que le refiero las horas trágicas vividas en el Madrid revolucionario. En el fondo de esos ojos, leo, no obstante, una sombra de duda, algo que viene a decir: ¡No es posible! ¿No exagera usted? Tal vez imaginaba que los crímenes múltiples y horrendos no pasan de ser «algunos excesos» como aseguró Negrín en Ginebra,· con un sentido parco del adjetivo que sería pintoresco si no encerrara la peor hipocresía. Mi interlocutora sólo me cree a medias. Y casi la comprendo. Creíamos siem­ pre que hubiera un límite en el mismo ínal; y éste es el límite que los rojos so­ brepasan con creces. Yo mismo, al cabo de varios meses en la España Nacional, he de realizar un esfuerzo para no dudar de la magnitud de aquel espanto. La reali­ dad es ¿xcesiva. Tiene, un pavor inverosímil de pesádilla. He paseado con la dama extranjera por las calles de San Sebastián. Sus ojos, atónitos ante lá descripción del Madrid rojo, reflejan aún más asombro al contem­ plar la ciudad normal, pletórica de entusiasmo. ¡Ah, si en este momento fuera posible mostrarle como violento contraste, como trágico anverso de la medalla, una visión de la España bolchevique! La visión obsesiva de rostros lombrosianos y crueles, la visión de los pobres rostros demudados por el terror, la persecución, el hambre... Hemos tenido ocasión de presenciar varios desfiles, y este espectáculo conven­ ce en un instante a la extranjera mejor que todas mis palabras. El triunfo de Es­ paña la emociona más que su tragedia. Los gritos de entusiasmo desbordante, el clamor que se eleva de la multitud enardecida, viene a destruir en un momento la absurda leyenda de una España oprimida y retrógrada. Es un pueblo feliz y orgu­ lloso de su redención, en la hora culminante de su amanecer, bajo el signo de esa sonrisa del Caudillo, tan bien definida por Joaquín Arrarás como «Saludo a la vida, desprecio a la adversidad, aroma de optimismo, rúbrica de victoria». Yo sé lo que la dama extranjera dirá más allá de las fronteras. Lo adivino en

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sus ojos claros, nublados por honda emoción, en tanto que su brazo se alza al paso de nuestra Bandera, en saludo imperial. (Domingo, 24/X/37.)

En la Sociedad de Naciones no cree ver Antonio Machado la so­ lución al problema de la República española. La considera demasiado obsesionada por evitar la guerra. Su lema, según el poeta, reza así: «Defendamos la paz como finalidad suprema, la paz a todo trance y ello por el camino más corto que es naturalmente, el del exterminio de los débiles, es decir que defendamos la paz para mantener el im­ perio de la iniquidad.»

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M acha do

Entre el hacer las cosas bien y el hacerlas mal— solía decir Juan de Mairena, cuando oficiaba de inmoralista— hay un término medio, a veces aceptable, que consiste en no hacerlas; porque, en verdad, mientras las cosas no se hacen, cabe esperar que han de hacerse bien algún día, pero hechas mal, fuerza será, primero, deshacerlas. Por eso, añadía, los malhechores deben ir a presidio. Reconozcamos que estos conceptos, poco simpáticos en un clirria activista como el nuestro, contienen alguna verdad. Hay labores negativas que nos alejan del bien tanto o más que la inactividad y la holganza. Pongamos un ejemplo. Todos pensamos que la Sociedad de las Naciones había de trabajar para que los hechos, que constituyen la conducta de unas naciones con otras, se ajustasen a normas de derecho, y nadie pensaba que tan alto fin, como es la paz basada en la justicia, pudiera alcanzarse en breve tiempo. No obstante, mientras la Sociedad de Na­ ciones trabajase para acercarse a él, sería una institución útil y acreedora a nues­ tro respeto. Mas la Sociedad de Naciones aparece comb un instrumento en manos de los poderosos, que pretenden cohonestar, merced a ella, las mayores injusticias. Y porque la influencia de la Sociedad de Naciones ha de ser necesariamente más de índole ética que de coacción material, no por ello han de ser menores^ los daños que su inepcia ocasione. A la brutalidad de los hechos la Historia nos tenía habitua­ dos. Nos consolaba la esperanza en la realización futura, más o menos remota, del Derecho. La Sociedad de Naciones nos aleja está esperanza. Siglos antes que la Sociedad de Naciones viniese al mundo, se aceptaba como principio incuestiona­ ble de Derecho público que la conquista de un pueblo, el hecho bruto de la con­ quista, no abolía el derecho a la soberanía del soberano^ despojado, si éste no lo cedía y se obstinaba en mantenerlo. Los pueblos se ajustaron a este principio más de una vez; otras, procuraron soslayarlo; cínicamente nunca fue contradicho. Si la conducta de Ginebra con el pobre Negus de Abisinia^ se convierte en prece­ dente jurídico, el derecho público habrá retrocedido varios siglos, por obra y gracia de la Sociedad de Naciones. Esto quiere decir que la Sociedad de Naciones es una buena iniciativa fracasada por inepcia de sus ejecutores y que, antes de que

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esta institución responda a su fin pacifista, será preciso deshacer lo hecho, acaso violentamente, con lo cual la Sociedad pro paz universal tendría en Ginebra una reducción al absurdo en verdad grotesca, desorientadora. Sólo lo bien hecho —en este caso la primitiva concepción de Wilson— puede perdurar; la obra de los malhechores es siempre negativa y abominable. Los errores suelen ir forrados de iniquidad. Y viceversa. Las iniquidades sue­ len ir envainadas en las más torpes expresiones lógicas, de palabra o conducta. Por esto —decía Mairena— es disculpable la crítica acerba que combate los errores como iniquidades, y la otra, de apariencia benévola, que pretende refutar las iniquidades como errores. Porque es difícil distinguir al hombre que mantiene el error del pillo redomado, y al pillo redomado del hombre que se equivocó de me­ dio a medio. Estas reflexiones de Juan de Mairena pudieran escribirse al margen del libro sobre «La naturaleza práctica del error», obra antifascista por excelen­ cia, como todas cuantas ha escrito ese viejo amigo de España que es Benedetto Croce. Reparad en que la actual Sociedad de Naciones sólo propugna un error mons­ truoso, que es, a la vez, la traducción villana de una idea noble, una verdadera trai­ ción. La idea traicionada, vieja como el mundo civilizado, es ésta: «Deseamos la paz supeditada al imperio del amor y la justicia, de ningún modo basada en la iniquidad.» Si el homo sapiens de Linneo fuera un animal tan esencialmente bata­ llón como incapaz de convivencia amorosa, ¿por qué no dejar que se devore a sí mismo? La guerra sería la forma más gallarda del homicidio y la más eficaz para el pronto y deseable exterminio dé la especie. Porque sospechamos que esto no es así, y que la guerra, en el estado actual del hombre, carece de todo valor ético y es una rémora en el camino de la justicia, debemos erigirnos en defensores de la paz. La traducción ginebrina reza así: «Defendemos la paz como finalidad su­ prema, la paz a todo trance, y ello por el camino más corto, que es, naturalmen­ te, el del exterminio de los débiles, es decir, defendemos la paz para mantener el imperio de la iniquidad.» Llamar hombres honrados, honourable men, a quienes mantienen este error monstruoso, implica una ironía, que excede en mucho a la del Marco Antonio shakespeariano con los asesinos de César. La verdad es que ni Bruto era una buena persona, ni pueden ser ejemplos de alta moral los hombres que con una mano, envuelta en el guante de la no inter­ vención, ayudan a los estranguladores de la República legítima de España y con la otra, no menos enguantada, nos indican la puerta de la Sociedad de Naciones, en previsión del día en que, con los más inicuos hechos consumados, se conside­ ren abolidos nuestros más legítimos derechos. Por fortuna, ni la República española puede ser yugulada, ni mucho menos puede ser ya la actual y caduca y desorientada institución de Ginebra quien dicte la última palabra en ninguna cuestión de Derecho internacional. (La Vanguardia, 12/VI/38.)

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Resulta curioso que a las quejas de Antonio Machado sobre el Comité de No Intervención se sume la ironía de Eugenio Montes desde el otro lado de la barricada, sobre «unos hombres y hombre­ citos masónicos que han invitado al Soviet a entrar en la Sociedad de las Naciones y en el Comité de No Intervención, unos creyendo que los bolcheviques iban a hacerse buenos, otros creyendo exactamente lo contrario».

LOS PACIFISTAS Y LA GUERRA ESPAÑOLA pot E ug en io M ontes

En la Sagrada Escritura se dice, con frase justa, que el número de los imbé­ ciles es infinito. E imbécil significa etimológicamente in-belli: el que no va a la guerra, ni la concibe, ni la siente, ni la comprende en ningún caso ni en ninguna circunstancia, o sea el pacifista profesional. Gente de ese tipo y ese linaje ha exis­ tido en todas las épocas; sólo en las épocas dignas, luminosas y heroicas, floreci­ das de paladines y de versos, era ejecutado sin piedad o, en el caso más benevo­ lente, objeto de menosprecio unánime. Le estaba reservada a la era liberal —hoy en agonía— convertir, con el inglés Spencer, la imbecilidad en doctrina; e in­ tentar, con el yanqui Wilson, llevarla a la práctica, por medio de la liberalísima Sociedad de las Naciones. Así vivió Europa, y todavía colea, bajo la dictadura de la imbecilidad absoluta, reservando los primeros honores, los supremos pues­ tos, los máximos poderes y los más preciados emolumentos a los máximos imbé­ ciles, hasta el punto de que en ciertos medios, en ciertas instituciones y en cier­ tos Estados se tiene poderío, prestigio e influencia en la medida que se pregone la imbecilidad como virtud, es decir en la medida en qüe se pregone el pacifismo. Esta es la causa de los más graves problemas que acosan a Europa y que la han llevado a tan profunda crisis, hasta poner en tr.ance de muerte su existencia misma, pues esos problemas se agigantan precisamente por la mentecatez pacifista, siempre con prórrogas, aplazando las soluciónes y las decisiones, sin atreverse a cortar por lo sano y a tiempo. La gran desventura del Soviet ruso, por ejemplo, debió haber sido liquidada en el primer instante, cuando Lenin se adueñó del mando. Europa debió hacer en­ tonces lo que al fin tendrá que hacer cuando ya sea tarde: Unirse en un frente heroico, en una Cruzada. Pero por desgracia para todos no hubo en París ermita­ ños como Pedro, ni paladines capaces de sentir el bien universal, y en vez de la Gesta Dei per Francos se ha firmado un pacto con Stalin, una gesta a favor del Demonio, con brigadas internacionales y Frente Popular. Y por desgracia para todos no tuvo, ni tiene, el Poder en Inglaterra un Ricardo Corazón de León, sino unos hombres u hombrecitos masónicos que han invitado al Soviet a entrar en la Sociedad de las Naciones y en el Comité de No Intervención, unos creyendo que los bolcheviques iban a hacerse buenos, otros creyendo exactamente lo contrario. Entrando en la Sociedad de las Naciones, los Soviets multiplicaron sus posibi­

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lidades de destruit naciones. Esto no se ocultaba a algunos de los políticos occi­ dentales que les proporcionaron una arma tan cruel. Pero éstos creían, y creen, con cálculo que queriendo ser maligno es estúpido, que sólo serán destruidas las naciones cuyo poderío estiman rivalidad. No se percataron, no se han percatado todavía, de que Europa entera y su civilización en conjunto es el botín que el bolchevique ambiciona, y yo no sé cómo puede existir una Europa fuerte sin que sean fuertes los países, con coraje bastante para defenderla. El mismo cálculo absurdo ha dictado la actitud ante el conflicto español, que es el más grandioso episodio —nacional e internacional— de la defensa de Europa, cumplida a pesar de tantos europeos traidores. Los pacifistas, los in-belli, se negaron a reconocer durante un año que existía una guerra, y, por tanto, dos beligerantes. Obstinadamente calificaban de rebelión el alzamiento glorioso de un Ejército y un pueblo contra la canalla comunista. E hicieron cuanto les fue posible para que la canalla venciese, a cuyo objeto se llevó al Comité de Londres al lobo ruso. Sólo cuando, tras la toma de Bilbao, vieron que nadie podía evitar el triunfo de nuestras armas, sólo desde entonces se ha comenzado a hablar de beligerancia. Beligerancia que Rusia —y ello es lógico— se niega a aceptar, por ser beligerante ella misma. Pero ya es menos lógico que los pacifistas le diesen medios de opo­ nerse. Ahora se encuentran los Gobiernos de Inglaterra y de Francia presos en el juego de hacer participar en las decisiones que afectan a la comunidad europea al enemigo de esa comunidad: al comunismo. No se libertarán de él mientras no rom­ pan unas cadenas, más duras aún que las de los pactos. Esas ideas liberales y paci­ fistas, que son lo contrario de la verdadera Libertad y la verdadera Paz, sólo posi­ bles a la sombra triunfal de las espadas españolas. (ABC, Sevilla, 10/VIII/37.)

Antonio Machado aprovecha la salida de las Brigadas Internacio­ nales para expresar, una vez más, su creencia de la lucha contra el extranjero. «Queda patente algo que ya nadie puede poner en duda. España lucha sola, completamente sola contra la invasión extranjera.» Pero, ¿y los españoles de las tropas de Franco? El poeta no los con­ sidera hermanos de patria. «Los sediciosos desnaturalizados por su propia conducta y las tropas que cobarde y subrepticiamente han in­ troducido en España dos grandes naciones tan poderosas como envile­ cidas por sus dictadores.»

UNAS CUARTILLAS DE MACHADO por A n t o n io M ac h a d o

, Con .motivo de la despedida a los voluntarios internacionales, el ilustre poeta Antonio Machado ha escrito las siguientes cuartillas:

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«A los voluntarios extranjeros: »Cuanto hay de trágico en la gesta española de nuestros días culmina en el hecho de que hayan de abandonarnos nuestros mejores amigos, los hombres ab­ negados y generosos, como Jorge Hans —cito un nombre egregio en representa­ ción de toda una legión de héroes—, que han combatido por un ideal de justicia y por la España auténtica, frente a los traidores de nuestra casa y a los mercena­ rios y serviles, obedientes a la perfidia reaccionaria de dentro y a las iniquidades codiciosas de fuera. »Ellos, los voluntarios por excelencia, se marchan porque así lo exigen altísi­ mas razones del Estado. »Con su ausencia, en efecto, queda patente algo que ya nadie puede poner en duda. España lucha sola, completamente sola, contra la invasión extranjera: contra los sediciosos, desnaturalizados por su propia conducta, y las tropas que, cobarde y subrepticiamente, han introducido en España dos grandes naciones tan podero­ sas como envilecidas por sus dictadores. »Nuestros peores enemigos han entrado todos por las puertas de la traición. Frente a ellos se yergue solitaria la hombría española, envuelta en los férreos hara­ pos de nuestro Don Quijote, pero bañada en luz, toda vibrante de energía moral. »No es sólo la disciplina —que ya sería bastante en estos días de guerra—, es también, y sobre todo, una profunda condición la que me lleva a aceptar como es­ pañol y aplaudir sin reservas el gesto y las palabras del doctor Negrín. Pero un deber de gratitud no menos imperioso y un impulso cordial no menos sincero me dictan también estas palabras: “Amigos muy queridos, compañeros, hermanos: la España verdadera que es la España fiel al Gobierno de su República, nunca podrá olvidaros: en su alma llevan escritos vuestros nombres: ella sabe bien que el haber merecido vuestro auxilio, vuestra ayuda generosa y desinteresada, es uno de los más altos timbres de gloria que puede ostentar.”» (La Vanguardia, 2/X/38.)

GRAN BRETAÑA Ante la actitud inamistosa de las dos democracias gigantes en que confiaba la República, Antonio Machado sólo halla una explicación. El desfase entre el pueblo y los gobiernos de Francia e Inglaterra empeñados en salvar la paz aunque sea concediendo a Alemania e Italia lo que quieran «demasiado... para que sus pueblos no lo ad­ viertan y hoy están a dos pasos de ser dentro de casa motejados de traidores... Ya es voz unánime de la conciencia universal que el pac­ to de no intervención en España constituye una de las iniquidades más grandes que registra la historia».

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Mairena postumo DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M ac h a d o

Algunas veces os he dicho —así hablaría hoy Juan de Mairena a sus alumnos— que, en tiempos de guerra, es difícil pensar; porque el pensamiento es esencial­ mente amoroso y no polémico. Mas tampoco dejé de advertiros que la guerra es, a veces, un gran avivador de conciencias adormiladas, y que aun los despiertos pue­ den encontrar en ella algunos nuevos motivos de reflexión. Cierto que la guerra reduce el campo de nuestras razones, nos amputa violentamente todas aquellas en que se afincan nuestros adversarios; pero nos obliga a ahondar en las nuestras, no sólo a pulirlas y aguzarlas para convertirlas en proyectiles eficaces. De otro modo, ¿qué razón habría para que los llamados intelectuales tuvieran una labor específicamente suya que realizar en tiempos de guerra? La gran ventaja que proporciona la guerra al hombre reflexivo es esta: como toda visión requiere distancia, la hoguera de la guerra nos ilumina y nos ayuda a ver la paz, la paz que hemos perdido, o que nos han arrebatado, y que es la misma, aproximadamente, que conservan las naciones vecinas. Y vemos que la paz es algo terrible, monstruoso y tan hueco de virtudes humanas como repleto de los más feroces motivos polémicos. Y ello hasta tal punto que no habría excesiva paradoja en afirmar: lo que llamamos guerra es, para muchos hombres, un mal menor, una guerra menor, una tregua de esa monstruosa contienda que llamamos la paz. Os pondré un ejemplo impresionante para ilustrar mi tesis y elevarla al alcance de vuestras cortas luces. En los países más prósperos —no hablo de Es­ paña— grandes potencias financieras, comerciales, fabriles, etc., hay millones de obreros sin trabajo, que se mueren literalmente de hambre, o arrastran una exis­ tencia tan mísera como las pensiones que les asignan sus gobiernos. En el seno de una paz ubérrima, de una paz que se dice consagrada a sostener y aumentar el bienestar del pueblo, que permite a esas naciones llamarse a sí mismas potencias de primer orden, hay muchos hombres que carecen de pan. Mas si la guerra estalla, esos mismos hombres tendrán muy pronto pan, carne, vino, y hasta café y tabaco. No ahondemos por de pronto en el hecho; formulémonos esta pregunta: ¿no es extraño que sea precisamente la guerra, la guerra infecunda y destructora, la que eche de comer al hambriento, vista y calce al desnudo, y hasta enseñe al que no sabe, porque la guerra no se hace sin un mínimum de técnica, que es fuerza apren­ der al son de los tambores? Colocados en este mirador, el que nos proporciona la guerra, claramente vemos que lo terriblemente monstruoso es lo que llamábamos paz. El mero hecho de que haya trabajadores parados en la paz, que encuentran, a cambio de sus vidas ■ —claro está— trabajo y sustento en la guerra, en el fondo de las trincheras, en el manejo de los cañones, y en la producción a destajo de má­ quinas destructoras y gases homicidas, es un lindo tema de reflexión para los pa­ cifistas. Porque esto quiere decir que toda la actividad creadora de la paz tenía —vista a grandes rasgos— una finalidad guerrera, y acumulaba recursos cuantio­ sísimos e insospechados para poderse permitir el lujo terrible de la guerra, infe­ cunda, destructora, etc. Ni una palabra más sobre este tema; porque ello sería

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abusar de la retórica, es decir, de la predicación al convencido. Veamos otro as­ pecto de la cuestión. Seguimos en el mirador de la guerra. Veamos el caso de una nación, como la nuestra, pobre y honrada (unamos estas dos palabras por diezmillonésima vez, con perdón de la memoria de Valle Inclán y -olvidando la amarga ironía cervantina), una nación donde las cosas suelen estar algo mejor por dentro que por fuera. En ella unos c.uantos hombres de buena fe, nada extremistas, nada revolucionarios, tuvieron la insólita ocurrencia, en las esferas del gobierno, de gobernar con un sentido de porvenir, aceptando, sinceramente, como bases de sus programas po­ líticos, un mínimum de las más justas aspiraciones populares, entre otras la usu­ raria pretensión de que el pan y la cultura estuvieran un poco al alcance del pue­ blo. Se pretendía gobernar, no sólo en el sentido de la justicia, sino en provecho de la mayoría de nuestros indígenas. Inmediatamente vimos que la paz era el feudo de los injustos, de los crueles, y de los menos. Y sucedió lo que todos sabe­ mos: primero, la calumnia insidiosa y el odio implacable a aquellos honrados polí­ ticos, después la rebelión hipócrita de los militares, luego la rebelión descarnada, la traición y la venta de la patria de todos para salvar los intereses de unos cuan­ tos. Y vosotros me diréis: ¿cómo es esto posible? Yo os contestaré: el por qué de esta monstruosidad se ve muy claro desde el mirador de la guerra. La paz cir­ cundante es un equilibrio entre fieras y un compromiso entre gitanos (perdón, ¡pobres gitanos!, es un decir), llamémosle mejor un gentlemen agreement. La co­ rriente belicista es la más profunda en todo el occidente —aceptemos la palabra en el sentido germánico— porque su cultura es preponderantemente polémica. Esta corriente arrastra a todas las grandes naciones que se definen como grandes poten­ cias. Todas están convencidas —con razón o sin ella— de la fatalidad de la guerra y a ella se aperciben. Pero los unos afectan creer en la posibilidad de la paz, los otros en la alegría de guerrear. La guerra —en el sentido militar de la palabra— se cotiza como amenaza y como medio de chantaje, antes de ser un hecho irremedia­ ble. España es una pieza en el tablero para la bélica partida, sin gran importancia por sí misma, importantísima, no obstante, por el lugar que ocupa. ¡Que nadie toque a ese peón! Dicho de otro modo: la independencia de España es sagrada. Tal era la voz de nuestros amigos, convencidos de que ese peón guarda la llave de un imperio, la frontera terrestre y las rutas marítimas de otro. Era un poco inocente pensar que ese peón iba a ser intangible. Ningún español había tan im­ bécil que lo pensara. Y ocurrió lo inevitable. Dos grandes potencias lo amenaza­ ron, primero; se propusieron eliminarlo después. Con la noble España quedan condenados a muerte dos grandes imperios. Los españoles pensamos ingenuamen­ te que la España propiamente dicha, no la que se vendía y se entregaba a la codi­ cia extranjera, tendría de su parte a esos dos grandes imperios, puesto que los altos intereses de éstos coincidían con los hispánicos. No fue así. La lógica de los hechos era otra. Ambos concertaron la fórmula de no intervención, con permiso y participación de sus adversarios. «Que la guerra se detenga en las fronteras de España, que no surja de ella, antes de tiempo, la gran conflagración universal; que nuestros enemigos esperen hasta que nosotros podamos aniquilarlos.» Algo tan lógico como ingenuo. ¿Ingenuo? No demasiado. Porque ellos supieron muy pron­ to que sus enemigos no esperaban. La guerra iba decididamente contra ellos. Y entonces los pobres españoles pensamos que el patriotismo nacionalista estaría de nuestra parte. Pero el patriotismo no era ya nacionalista; en esos dos grandes im­ perios, vulgo grandes democracias, es hoy lo que, muy en el fondo, había sido siempre: un sentimiento popular, y una palabra en labios de los acaparadores de

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la riqueza y del poder. El patriotismo verdadero de esas dos grandes democracias, que es el del pueblo, está decididamente con nosotros; pero quienes disponen aún de los destinos nacionales están e n ‘contra nuestra. Eüos conservan todavía sus antifaces, superfluos de puro transparentes, y pretenden engañar a sus pueblos y engañarnos a nosotros. En verdad no engañan a nadie. Ellos, los acaparadores del poder y la riqueza, los dueños de una paz que quisieran conservar à outrance, han concedido demasiado a sus adversarios para que sus pueblos no lo adviertan, y hoy están a dos pasos de ser dentro de casa motejados de traidores. El juego, por lo demás, era harto burdo para engañar un solo momento a quienes lo veían desde fuera. Ya es voz unánime de la conciencia universal que el pacto de no intervención en España constituye una de las iniquidades más grandes que registra la historia, Desde el mirador de la guerra se ven otras muchas iniquidades de la paz. De la mayor de todas hablaremos otro día. -■ (La Vanguardia, 3/V/38.)

Ante la inasistencia que cree ver en las democracias europeas, Oomenchina se, expresa con un pesimismo casi numantino. Estamos en abril de 1938, falta todavía un año para terminar la guerra, pero el escritor no se engaña: «Arrogante y estoico, el pueblo español co­ noce con exactitud la intensidad y la extensión de su sacrificio. Avan­ za con intrépida lucidez hacia su fin.»

Consideraciones inactuales DE MI DIARIO por J uan J o sé D o m e n c h in a

Ahorra las palabras. Hoy por hoy, él taciturno no es un avaro. Es un filántropo. (F ragm entos d e una carta )

¡Excuso decirle cuánto recuerdo y añoro, en estos días de fiebre y angustia, tan resentidos de pasión y de contrasentidos, tan caóticamente reales, nuestros irreales, lúcidos y, en cierta manera, pacíficos intercoloquios literarios de ayer! En­ tonces, la dignidad de la vida, que siempre presupuso, acción y vocación eficiente, no era aún incompatible con la meditación, la contemplación y el ensueño. Al margen de la lucha, se extendían las deleitosas y luminosas márgenes de la sen­ sibilidad reposada, sin acucias, y de la inteligencia en ocio, sin apremios. Enton­ ces eran aún legítimas y plausibles la suspensión del ánimo, que solía ser diligente, y la fruición de la pausa, que era siempre fecunda. Entonces —en fin—, como todo discurría normalmente, el discurso, remansándose en su tarea de elucidación y dis­ cernimiento, no se avenía a la impremeditación indiferible ni a la improvisación de urgencia, sin solvencia. Hoy, el monstruoso delirio y la epilepsia fatídica de unos desaforados ener-

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gómenos nos contagian e inducen a la contorsion y al esguince frenéticos, a la dialéctica agresiva, al pensamiento mortífero y a la estentórea vociferación. Una riada de bestialidad jactanciosa pretende invadirnos. La medrosa estupe­ facción de unos atónitos mercaderes, harto celosos de su bienestar y de su lucro, nos contempla. Dos o tres democracias de verdad y amigas de la verdad, se con­ duelen por lo pasivo de tan activo estrago. ¡Ah! Y la razón y la justicia se ponen de nuestra parte, Pero, ¿qué quiere usted?. Ni la razón ni la justicia son argu­ mentos sólidos. La barbarie los hace añicos con la dialéctica superior —absoluta­ mente superior—r de l a . trilita. Entretanto, las democracias sesudas —incólumes paradigmas de deshonesto aguante, de ignominiosa mansedumbre— exclaman: «¡Qué bien luchan los españoles!» Dicen que la palabra lo es todo. Y que no lo es todo; Y que todo no es un juego. Y que lo es. Pero en la guerra totalitaria, el papel más importante lo juega la parcialidad. La joven República española, a fuerza de oír pronunciar el vocablo pronuncia­ miento, se desinteresó de su contenido, negándole eficacia. Y aun existencia. Sólo al sobrevenir la rebelión, echó de ver que aquello, tan insistentemente reiterado y desdeñado —tan oído y desoído— no fue nunca una simple expresión cabalísti­ ca o supersticiosa. Gregorio Marañón logró contrahacerse un intelecto científico, que pretendía aparecer como impasible y ser consecuente y ecuánime. Pero la verdad es que fue siempre un hombre perplejo, irresoluto; que vaciló siempre entre Scila y Caribdis, esto es, entre la proclividad literaria y la veleidad política. ¿Científicamente? Por mi parte, jamás me resolví a creer en el ojo clínico ni en la probidad diagnóstica de quien políticamente exhibía una ceguera o cerrazón tan absoluta. , Pero el falaz endocrinólogo —perfectamente alalo, por lo demás— estuvo en potencia propincua de convertirse en jefe, de un gobierno. Bien es verdad que tan inverosímil dislate se coció en el Cacumen —también inverosímil-— de aquel in­ moderado poder moderador que anduvo y desanduvo todos los barrizales locales y rurales de su política de Priego. Sin embargo, por entonces, sólo a ese cazurro zigzaguear de vericueto, atajo y trocha se restringió la política de España. Porque, un día, efectivamente, toda esa política se involucró y capitidisminuyó gracias a la jacarandosa insensatez, el retoricante maquiavelismo jondo, el cetrino rencor y la inconsecuencia hepática de aquel leguleyo palurdo que jugó a hacer chalaneo y comadreo de feria y rebotica con la República —o cosa pública—, patrimonio de los españoles. Ante todo, el «fair play», el juego limpio, Esto es cosa —y cosa sabida— de gentlemen. La caballerosidad sólo se compadece con la corrección. Veamos aquí, como ejemplo, la pulcritud ecuánime de dos gentlemen que, desde la acera, estudian con exactitud y rigor cronométricos, los altibajos y las vicisitudes de un inverosímil match. Un arrapiezo del arroyo se defiende con un solo puño —es manco— de las repugnantes acometidas de dos grandullones pro­ vistos de sendas trancas. El muchacho, a cuerpo limpio, sortea los golpes. Más aún: de vez en vez, alcanza el rostro de sus adversarios. El coraje del chico está a pique de boquiabrir a los impertérritos gentlemen. Pero un gentleman es un gentle­ man, y no se boquiabre ni se asombra nunca. Bien. Los grandullones —que obser­

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van de reojo, con ojo suspicaz, a los impasibles gentlemen— se confían y crecen ante la correcta, pluscuamperfecta e irreprochable inhibición de que hacen gala. ¡Son unos enhiestos, impolutos y caballerosos testigos! Pero al muchacho se le calienta la sangre —incluso la que le brota a borbotones por las descalabraduras—, y les pide, con berrinches de fiebre, que le alarguen un bastón; uno de esos bas­ tones que ellos llevan como lujosa superfluidad suntuaria, y que de tan poco les sirven. Los gentlemen apenas se consultan con una mirada. «¿Será correcto?» No, no debe de ser correcto. Deniegan glacialmente, rígidamente, la inexcusable pre­ tensión del muchacho. Éste, acometiendo con furia a sus rivales, escupe desdeñosa­ mente a los lustrosos y estatuarios gentlemen. Los gentlemen consideran con mi­ nuciosidad el estropicio que la saliva encorajinada del pequeño produce en sus pecheras, hasta entonces impecables. Y la consternación prolonga la inexpresiva imperturbabilidad de sus rostros. Días emocionados y conmocionados. Los ominosos hipogrifos de la barbarie extranjera —aladas antítesis de los Perseos españoles, que montan cabalgaduras de estirpe pegásida— se refocilan horrísonamente mientras cunde, en el estupor de la tierra, el fragoroso estrago de las bombas. Diríase que una sugestión ultratelúrica nos exonera de nuestro peso específico, desarraigándonos y alejándonos de la superficie terrestre. Ya lejos el huracán del exterminio, queda, con la calma, la presión y depre­ sión de la angustia anticiclónica: el vacío absoluto. Tras el shock de mala índole —de índole gaseosa—, que nos traumatizó por sorpresa, la sorpresa —o mejor, el pasmo— de vivir. La verdad es que hemos estado a punto de satisfacer nuestras ambiciones icáreas; hemos estado á punto de volar en las calientes corrientes del aire líquido... A propósito de la soledad española —que es un ejemplo inabarcable y un re­ proche sin límites—, a propósito del dolor señero, del heroísmo solitario y de la dignidad bloqueada, aislotada, de los españoles, yo quisiera decir, sin énfasis ni solemnidad de ningún género, pero sí con precisión indeleble, unas palabras arro­ gantes. Arrogante y estoico, el pueblo español conoce con exactitud la intensidad y la extensión de su sacrificio. Avanza con intrépida lucidez hacia su fin. No ignora la calidad ni la cantidad de sus medios. Conscientemente, se retrae en su hondón. Que es, a despecho de todos los límites y de todas las fronteras, una altiplanicie universal. Tiene conciencia de sus proporciones. Mide la profundidad y altura de su espíritu. No ve en torno una sola mirada que le considere, distinga y delimite. Está a solas con su grandeza. Puede decir a todos los ingentes insignificantes que la circuyen, estas palabras de Carlyle: «La más triste prueba de pequeñez que puede dar un hombre es la incredulidad en el grande. El síntoma más pobre de una generación es la ceguera colectiva ante la llama espiritual.» (La Vanguardia, 2/IV/38.)

A. Machado sigue pensando que la auténtica Inglaterra es, tiene que ser, honrada, puritana... «Si Inglaterra dejase algún día de ser puritana, alguien diría: ya se quitó la careta. Yo diría más bien que

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se ha quitado el rostro para mostrarnos la abominable jeta de pueblo de presa de lo que algún día llamaremos con expresión un tanto equí­ voca pero irremediable: una gran potencia totalitaria.» Para el poeta andaluz ese hundimiento moral irá seguramente acompañado del fí­ sico: «Y en el peor caso siempre será un consuelo para la humanidad el saber que este día coincide con la total decadencia del Imperio británico.»

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por

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A n t o n io M acha do

Hay demasiado polemismo en la paz —decía Juan de Mairena a sus alumnos— para quer de cuando en cuando, no estalle la guerra entre los pueblos, parte como suma y homogenización total de copiosas rencillas, parte también, como acuerdo pacífico o tregua dentro de casa, para que todos los moradores de ella puedan con­ sagrarse, con cierta alegría, a la demolición de la casa vecina. (Donde decimos «casa» léase «nación».) El hombre, en su aspecto de «Homo faber», es constructor de máquinas, y las fabrica de guerra, con lo cual atiende a dos fines, que él estima humanos: Primero consagrar los trabajos de la paz a la preparación de la gran contienda. Segundo aquietar su conciencia objetivando sus malas pasiones, desubjetivizándolas hasta hacerlas individualmente inocuas. Cierto que esas máquinas serán mucho más destructoras que la quijada asnal que esgrimió Caín; pero no ha de haber más odio en el técnico que las ponga en movimiento que hubo en su constructor. El hombre sobradamente batallón de la civilización occidental va para buena persona, excelente padre de familia, que gana el pan cotidiano contribuyen­ do, en la modesta medida de sus fuerzas, al futuro aniquilamiento de la especie humana. La hipocresía inglesa —decía Juan de Mairena, buen amigo de los ingleses— es la vara con que suelen medir a Inglaterra sus enemigos. Ello implica una grave injusticia. Porque la hipocresía es la sombra de la virtud; y tanto más la sombra de cuerpos acentúa, cuanto más intensa es la luz que los ilumina. La hipocresía in­ glesa es la sombra del puritanismo inglés. Inglaterra es todavía, y acaso ha sido siempre, puritana. Aunque Shakespeare es su mayor poeta, y el más grande acaso de todos los pueblos, su poeta específico es John Milton, que a sí mismo parece retratarse por boca de su Jesús: «born to promote all truth all righteons things.» El puritanismo es un áspero culto a la virtud, hondamente religioso, de estirpe cristiana. Si Inglaterra dejase algún día de ser puritana, alguien diría: ya se quitó la careta. Yo diría más bien, que se ha quitado el rostro, para mostrarnos la abo­ minable jeta de pueblo de presa de lo que algún día llamaremos, con expresión un tanto equívoca, pero irremediable: una gran potencia totalitaria. Y en el peor caso, siempre será un consuelo para la humanidad el saber que este día coincide con la total decadencia del imperio británico. En agudo contraste con Shakespeare, ese gigante creador de conciencias, y con Milton el puritano, dos grandes poetas que son, sin duda, dos grandes hom­ bres, aparece en Inglaterra más tarde, en la cumbre del dieciocho, Alejandro Pope,

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un excelente poeta, a ttavés de cuyos escritos, algunos impecables, se trasluce una mala persona, mejor diré un hombre pequeño, esquinado, resentido, el espolón de cuyo ingenio se afila en la carne del prójimo. Una degeneración suya es el literato de tipo «acreedor», quiero decir de hombre a quien, no sabemos por qué, parece que siempre se le debe algo. Se diría que este hombre —que rara vez logra objeti­ var sus motivos— no coge la pluma sino para vengar algún pequeño agravio per­ sonal o reclamar una pequeña deuda. Su agresividad es siempre «ad hominem», pero nunca de radio metafísico, como en nuestro Miguel de Unamuno. Este hom­ bre segrega una cierta baba difusa que todo lo mancha, y en la cual es él mismo quien se anega. Visto a la luz de la guerra, ha de aparecer como un ave de otro clima. En verdad, pertenece al pequeño mundo polémico de la paz. «Las más de las veces al vencedor lo hace el vencido», ha dicho el doctor Ne­ grín en su magnífico discurso a la nación española, pronunciado en Madrid hace unos días. La frase, realmente lapidaria, del doctor Negrín tiene hoy un valor de circunstancias que iguala a su valor de verdad universal. Al Vencedor lo hace, en efecto, el éticamente vencido, el que se adelanta a su derrota con él convencimien­ to dé merecerla. Por fortuna, en la España auténtica, en este rabo por desollar del Viejo Continente, no domina el hombre de esta laya. Tampoco abunda el puro pragmatista, que rinde culto al éxito, qué hace del éxito la vara con que se miden verdad y virtud, y a quien Cervantes definió con estas palabras de Don Quijote: «Bien se ve, Sancho, que eres villano, de los que dicen: viva quien vence.» El doctor Negrín no miente en su discurso a nuestro Don Quijote; pero bien claro se ve que como buen español lo lleva en él alma. ¿Quién habla de rendirse —viene a decirnos— cuando estamos luchando contra los traidores de casa y la codicia de fuera? Y estos otros conceptos de estirpe platónica: cuando se lucha por la justicia, ¿quién puede estar «au dessus de la melêe»? (La Vanguardia, 25/VI/38.)

... como repetirá en otro artículo más duramente imaginando la frase de Chamberlain: «¡Que se hunda Inglaterra pero que se salve la City!»

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M acha do

Ën esta egregia Barcelona —hubiera dicho Mairena en nuestros días—, perla del mar latino, y en los campos que la rodean, y que yo me atrevo a llamar virgilianos, porque en ellos se da un perfecto equilibrio entre la obra de la Naturaleza y la del hombre, gusto de releer a Juan Maragall, a Mosén Cinto, a Ausías March, grandes poetas de ayer, y otros, grandes también, de nuestros días. Como a través de un cristal coloreado y no del todo transparente para mí, la lengua catalana, donde yo creo sentir la montaña, la campiña y el mar, me deja ver algo de estas

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mentes iluminadas, de estos corazones ardientes de nuestra Iberia. Y recuerdo al gigantesco Lulio, el gran mallorquín. ¡Si la guerra nos dejara pensar! ¡Si la guerra nos dejara sentir! ¡Bah! Lamentaciones son estas· de pobre diablo. Porque la guerra es un tema de meditación como otro cualquiera, y un tema cordial esencialísimo. Y hay cosas que sólo la guerra nos hace ver claras. Por ejemplo: ¡Qué bien nos entendemos en lenguas maternas diferentes, cuantos decimos, de este lado del Ebro, bajo un diluvio de iniquidades: «Nosotros no hemos vendido nuestra Es­ paña»! Y el que esto se diga en catalán o en castellano en nada amengua ni acre­ cienta su verdad. Si se fuera (dentro de unos días, o de unas semanas, o de unos meses) a la guerra grande, podría decirse que nunca los hombres se decidieron a ella más convencidos de su inutilidad... Y con más horror a sus consecuencias. ¿Cómo —se preguntarían— si todos la aborrecemos, todos la hemos aceptado? Porque parece ser que ni el propio Hitler la quiere de verdad, y que su posición es, en efecto, la del chantajista, el cual sabe muy bien todo el provecho que puede ren­ dirle la amenaza mientras no se cumple, y el poco que habría de rendirle su cumplimiento. Yo no creo, sin embargo, que esto sea tan verdad como parece. Porque hay muchos belicistas en el mundo, demasiados creyentes en la profunda fatalidad de la guerra; muchas almas armígeras y batallonas; sobradas gentes convencidas de que la verdad es guerrera y la paz una vana aspiración de los débiles; toda una ciencia pura cuyas hipótesis últimas no repugnan la guerra, y otra, aplicada al dominio de la Naturaleza, propicia a desviarse hacia el dominio de los hombres. Y demasiados intereses comprometidos en la fabricación de máquinas homicidas, gases deletéreos, etcétera. Porque el clima moral del Occidente es guerrero por excelencia, y el homo sapiens, de Linneo, y el faber de los pragmatistas, se han trocado en un homo bellicosus, dispuesto a tomarse con Satanás en persona, como Don Quijote, y sin ninguno de los motivos que tenía el buen hidalgo para pelear. Porque hay toda una filosofía y hasta una religión bajo el signo de Marte, y so­ brados motivos sociales, biológicos* metafísicos, que llevan al hombre a guerrear. Todo esto hay, como si dijéramos en un platillo de la gran balanza, y, en el otro, el Miedo, que es la ferocidad misma, el alma de la jungle... De modo que la guerra, en ninguno de sus aspectos, sin excluir el de la paz armada hasta los dientes, puede asombrarnos. La Sociedad de las Naciones, ese organismo de trágica opereta, o, si lo prefe­ rís, ese esperpento, en el sentido que dio nuestro Valle Inclán a la palabra, es una institución tan al servicio de la guerra, quiero decir tan al servicio del fasció, como los cañones de Hitler y los manejos pacifistas de Chamberlain. Al gesto de España, a las palabras del doctor Negrín, de insuperable valor moral, responde con su aquiescencia controlar-.la retirada de nuestros voluntarios, cuidándose muy mucho —como decíamos los académicos— de no entorpecer en lo más mí­ nimo la actuación salvadora del Comité de No Intervención, donde figuran los invasores de España, Grande fue el éxito de Chamberlain en el Parlamento inglés, antes de su último viaje a Alemania. (Hasta la reina María —look to the lady— se desmayo al oírle.) Su ingenio inagotable había tenido una ideica más: ¡Hay que salvar el fascio por encima de todo! ¡Que se hunda Inglaterra, pero que se salve la City!

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Los profetas a la manera de Juan de Mairena (que nunca tuvo la usuraria pre­ tensión de acertar en sus vaticinios) somos los primeros sorprendidos cuando los hechos vienen a darnos la razón. ¿Conque era cierto que Francia no iría a la guerra por mor de Checoslovaquia? ¿Que mister Chamberlain no pensó jamás que había de achicharrarse todo él por tan poca cosa, cuando no consentía en quemarse los dedos por la cuestión de España? ¿Cómo es posible que cosas tan lógicas hayan podido coincidir con los hechos? Y ahora nos preguntamos unos cuantos románticos rezagados, almas perdidas en un melonar: ¿seguirá interviniendo el Comité de No Intervención? La cues­ tión de España —¡tan secundaria!— y el problema baladí del Mediterráneo habrá que tratarlos —no obstante su levedad— en alguna parte. Que no sea, pedimos a Dios, en ese Huerto del Francés del hónor internacional. Cuando llamamos Huerto del Francés al Comité de No Intervención, no pre­ tendemos ensombrecer demasiado la memoria de Aldije; porque no es en él, precisamente, en quien pensamos. (La Vanguardia, 6/X/38.)

... a veces el escritor parece querer convencerse a sí mismo. Es imposible... no puede continuar así... la gente reaccionará: «Ya son muchos los ingleses que ven el aspecto de dictadura que va adqui­ riendo la actuación de Chamberlain y sus amigos...» Según él, se trata de un intento de salvar los negocios «en favor de la City».

Desde el mirador de la guerra LA GRAN TOLVANERA por , A n t o n io M ach a d o

La segunda cortina de humo que, para hacer pendant a la centro-oriental, ya casi extinguida, ha de levantarse en el occidente europeo, va a consistir en sobrestimar lo que se pretende escatimar a Hitler y a Mussolini —por ejemplo: las colonias africanas que Hitler parece reclamar, etc.— para encubrir o paliar con­ cesiones mucho más graves, no sólo para nosotros, los españoles, sino también, y sobre todo, para Inglaterra y para Francia, las concesiones que en la zona espa­ ñola piensan hacer los defensores del fascio en Londres y en París. Es evidente, de toda evidencia, que el simple otorgamiento de la beligerancia a Franco, sin que Italia y Alemania hayan retirado la totalidad de las fuerzas invasoras^ de nuestra península, implica un apoyo, una ayuda y un aliento para los propósitos en España de Hitler y de Mussolini, y que ello supone para el porvenir de Francia y de Inglaterra un daño mucho más grave que la devolución de unas colonias que, digámoslo de paso, fueron arrebatadas a Alemania en aquel abuso de una justa victoria que se llamó tratado de Versalles. Alemania, por su parte, no ha de hacer demasiado hincapié para que se les devuelvan con premu-

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ia, porque cree tener sobrada fuerza para recobrarlas, porque aspira a mucho más y porque, fiel a sí misma, no gusta de invocar sus razones, mientras pueda in­ ventar alguna sinrazón monstruosa que aterre al mundo. Quienes disponen todavía de los destinos de Inglaterra y de Francia para servir intereses sin patria, complicados con el provecho de las patrias ajenas, pre­ tenderán otra vez engañar a sus pueblos, haciéndoles creer que ellos son los más fieles guardadores de la integridad de sus respectivos dominios coloniales. El tratado de Versalles es intangible. Tal es una de las frases más huecas que pueden proferirse. En primer lugar, porque el tratado de Versalles viene siendo violado hace ya muchos años; en segundo, porque, en cuanto tiene de injusto y de inepto, no hay razón alguna para que sea intangible. Aun suponiendo que haya sido Ale­ mania la única responsable de la guerra de 1914, cuesta algún trabajo creer que los alemanes que no habían nacido en aquella fecha puedan ser también culpables de la gran contienda. No creo que haya hoy en el mundo ningún hombre de media­ na concienda que no esté convencido de la perfecta tangibilidad de ese tratado. Frases de esta índole se profieren, no obstante, en Francia y en Inglaterra, con la complicidad de la inconsciencia por un lado y, por otro, de la Prensa venal, para levantar una tolvanera, un remolino de polvo que encubra la complicidad del fascio anglofrancés en el chantaje de gran estilo que hoy perpetra en el mundo el eje Roma-Berlíri. Hoy sabemos todos que ese chantaje ha sido y es posible, entre otras cosas, por la llamada no intervención en España, quiero decir por el apoyo que Inglaterra y Francia —los Gobiernos, no sus pueblos— han prestado a los inva­ sores. Merced a este apoyo, Hitler y Mussolini tienen en su mano las prendas que les permiten ejercer el chantaje, a saber: las posiciones estratégicas contra Inglaterra y Francia que han logrado tomar en el Mediterráneo y en nuestra península. Los Gobiernos de Francia e Inglaterra, ¿lograrán su propósito, el de engañar a sus pueblos? No me atrevo a creerlo. Ellos tienen gran fe en la lenti­ tud con que se forman los verdaderos estados de opinión, y en el poder de la Prensa afecta para retardarlos y para desorientar y desencaminar a los pueblos. Confían, no sin razón, en que cultivando el miedo, aumenta la eficacia de la ame­ naza de guerra. La lucha política, en cuanto tiene de artificial, les ayuda, porque las verdades más obvias se debilitan en boca de quienes las usan exclusivamente como arma polémica. Sin duda, la verdad no deja de serlo cuando se convierte en proyectil o coincide con intereses de partido, pero pierde para los neutros toda eficacia suasoria. El gran chantaje está perfectamente organizado. Los unos amenazan con la guerra, a que no están, ni mucho menos, decididos; los otros, fomentan el miedo de sus pueblos, y les prometen una paz, que de ningún modo está en sus manos. La resultante de todo ello es, por de pronto, que el chantaje prospera. Con todo, yo no dudo de que la verdad ha de abrirse paso en Inglaterra y en Francia. De Francia, sobre todo, espero la voz inconfundible del acusador, voz de timbre francés que es, como tantas veces lo ha sido, el timbre de lo universal humano. Entretanto, hemos de reconocer que el mingo de la incomprensión lo están poniendo nuestros buenos vecinos. Todavía hay en Francia quien cree de buena fe que nosotros, los llamados rojos, luchamos· contra una España autentica amante de sus tradiciones, campesinos y falangistas auxiliados por marroquíes, también españoles, y que no ha reparado aún en el hecho insignificante de la invasión italogermana. Por fortuna, piensa el articulista a que aludo —nada me­ nos que un miembro de la Academia Goncourt—, el labrador, en las tierras reconquistadas por los nacionales, a retrouvé son isolement, sa peine et sa vérité.

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Fe r n a n d o

d ía z -p l a ja

Y acaba citando las palabras de un oficial español, modelo —según él— de bue­ nos patriotas y de hombres de ingenio sutil: La phalange... est une belle maî­ tresse! Mais le monarchie...7 ...c’est l'épouse! Cuando se piensa que hay todavía en Francia hombres de prestigio poseedores de tan insuperable estolidez... Por suerte, este caso de suprema incomprensión no ha de representar allí el nivel mental más frecuente en la Academia Goncourt. La opinión en Inglaterra no parece tan desorientada como en Francia. Yá son muchos los ingleses que ven el aspecto de dictadura que va adquiriendo la actua­ ción de Chamberlain y de sus amigos. Mas todavía no han visto con suficiente claridad que esa dictadura es de una categoría moral muy inferior a las de Hitler y de Mussolini, porque no se ejerce en favor de Inglaterra —ni como democra­ cia ni como imperio— sino en favor de la City y del eje Roma-Berlín; que es, sencillamente, una tiranía encubierta y una traición al destino futuro de la Gran Bretaña. (La Vanguardia, 23/XI/38.)

. .. y le recuerda a Inglaterra que, con la República, España era la guardiana «inerme» de Gibraltar mientras en el momento el Pe­ ñón está rodeado de cañones «que nosotros no hubiéramos empla­ zado nunca». Tocando un punto muy repetido entre los izquierdistas del tiempo: que Gran Bretaña tendrá que hacer una guerra grande «por no haber querido intervenir honradamente y a tiempo en la pequeña de parte de la justicia».

APUNTES DEL DÍA por A n t o n io M ac h a d o

I Los políticos conservadores de Inglaterra no están, a mi juicio, a la altura de su misión. Cuando los ingleses, tardos pero seguros, se enteren, pedirán estrecha ciienta a sus gobernantes. ¿Llegarán a tiempo de evitar la gran catástrofe del Imperiobritánico? He aquí el problema que nos planteamos los viejos amigos de Inglaterra, nosotros,; por: quienes Chamberlain no ha de quemarse nunca los dedos. Porque nosotros pensábamos que el control inglés en él Mediterráneo apuntalaba nuestra independencia, nos aprestábamos a ser el contorno benévolo y los guardianes inermes de la más importante llave de su Imperio: Gibraltar. Por una ceguera incomprensible y miedo a una revolución fantástica que, aun siendo real, nunca amenazaría los altos intereses de Inglaterra, los viejos conser­ vadores ingleses han hecho, hacen, y aun parece que pretenden seguir haciendo todo lo posible para perder esa llave, para hacerla pasar al bolsillo de sus ene­ migos más encarnizados. Ellos pretenden ser políticos realistas. Pero alguien sos­ tiene que Gibraltar está rodeada de cañones, que nosotros no hubiéramos empla­ zado nunca; de bases aéreas, terrestres y marítimas, más o menos disfrazadas, y

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que Inglaterra no es ya la dueña del Estrecho. Para recobrarlo, si esto es posible, tendrá que afrontar la guerra grande; y todo por no haber querido intervenir honradamente y a tiempo en la pequeña, del lado de la justicia. Los Gobiernos inglés y francés han preferido ayudar a nuestros enemigos, que son también los suyos, con la llamada no intervención, y parecen desear nuestro pronto exterminio, para entenderse con los triunfadores. Pero los triunfadores no triunfarían de nosotros únicamente, sino, sobre todo, de Inglaterra y de su aliada Francia, con un ejército en la línea de los Pirineos, dueños del Golfo de Vizcaya, del Estrecho de Gibraltar, de Mallorca, etc. Hay que reconocer que Hitler y Mussolini son algo más inteligentes o, si queréis, menos estúpidos... Ellos han hinchado el perro de la revolución en Es­ paña para asustar, cegar y enloquecer a los plutócratas que aún rigen las llamadas democracias. ¿Lo han conseguido? Yo creo que sí, aunque cueste algún trabajo pensarlo. Porque ser engañado por un italiano supone una excesiva carencia de precaución, y serlo por un alemán arguye de estolidez insuperable. Lo cierto es que al Sansón de los mares —¿y el de tierra?— no le han faltado Dalilas de ope­ reta que lo tonsuren. Y mientras le crecen los cabellos... No agotemos el símil. Porque no ha de tratarse, a última hora, de derribar ningún templo, sino de conservarlo. Y es esto lo que va a ser un poco difícil. II Mister Chamberlain quiere hacernos creer que ha hecho una hombrada, decla­ rando que estaría al lado de Francia, si ésta se viese arrastrada a la guerra por causa de sus compromisos con Checoeslovaquia. Chamberlain sabe muy bien que lo inmediato, para Alemania, no es Checoeslovaquia, sino España, y que si Fran­ cia no se muestra enérgica en la cuestión española, es decir, en la defensa de su frontera y de sus rutas marítimas, no hay el más leve temor de qué vaya a la guerra por defender a Checoeslovaquia. No es el honrado e ingenuo, Mr. Pick­ wick, sino Penknife, la hipocresía desmesurada que, a última hora, no engaña a nadie, quien ejerce el jpoder en Inglaterra* III Entretanto España, la España auténtica, lucha y trabaja, pensando en la vic­ toria, quiero decir, en ganarla por su propio esfuerzo. Su Gobierno, identificado con el pueblo, no pide auxilio; reclama justicia. España sabe que tiene toda la razón de su parte, y que sus pilotos y sus capitanes están en sus puestos. Sabe muy bien que no son españoles sus enemigos (menos que nadie quienes se decL· dieron a venderla) y que la victoria o no es nada, o es algo que se da, por aña­ didura, a quien la merece. (La Vanguardia, 6/IV/38.)

Federico Urales le pide a Inglaterra que no trate con Hitler y Mussolini, gente que no son de fiar. «¿Cómo teniendo dignidad...

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se puede discutir con quien, al mismo tiempo que te pide dinero, solivianta contra ti las tribus del Asia mahometana? ¿A qué llama­ remos chantaje, doblez y traición?», y llega a conclusiones parecidas a las de Antonio Machado si el pais «no reacciona, si se iguala a las naciones bandidas, ¡adiós Inglaterra!, ¡adiós Imperio! Sin dignidad no es posible la existencia!»

MÁS ACÁ DE NUESTRA GUERRA CIVIL (Carta última a mi señora Inglaterra) por F e d er ic o U rales

La supongo enterada, señora, del problema que se debate en España entre españoles, y de las intenciones que sobre España guardan los no españoles que intervienen en nuestros asuntos, a pesar de haber afirmado y firmado, por su honor, no intervenir. La supongo enterada, más por su talento que por la claridad del relato que ha salido de esta pluma. La conozco, señora, personalmente; he hablado con usted varias veces y sé que guarda como oro en paño el mayor tesoro para una inglesa y hasta para un inglés. Este tesoro, señora, se llama las formas. Usted, señora, no tolera amigas que no guarden las formas; tampoco se lo toleraría a su esposo, si es que lo tiene, y me inclino a creer que no, porque es usted demasiado hermosa para sufrir el yugo nupcial, como decía Eloísa hace muy cerca de diez siglos. En'el mundo, en todas las partes del mundo, existe una dignidad individual y una dignidad colectiva. La individual guarda, a las personas, de caer en desho­ nor, y la colectiva guarda a las naciones de caer en planes -vergonzosos. La dignidad es una especié de higiene del alma, como la limpieza lo es del cuerpo. Los individuos que no tienen dignidad... ¡Qué digo los individuos!, los pue­ blos que no tienen dignidad, y hasta las razas, que carecen de ella, están destina­ dos a una muerte moral prematura, y si gozan de vida material más larga, es, a condición de pasarla en esclavitud. La Historia es larga, pero clara, y aunque no se cuente por años y a veces ni por siglos, de lo dicho podemos sacar muchos ejemplos con sólo distinguir la po­ breza que se lleva con orgullo de la opulencia que oculta su origen. La falta de dignidad supone falta de higiene, falta de condiciones vitales en el orden moral y en el físico, y cuando un pueblo abandona la higiene del alma, pronto se le vé lleno de roña. Exactamente pasa con el cuerpo. Los Gobiernos de la gran reina Victoria, grandes por su humildad y por la seriedad y el talento de sus ministros, ¿hubieran descendido hasta tratar con Hitler, hasta discutir con Mussolini, hasta recibir al comisionista de las groserías? Afirmo que no. Por suerte o por desgracia he vivido, señora, aquellos tiempos y conozco a la altura en que colocábanse los modales y las formas en los salones de su país y en los labios de sus diplomáticos. Gente que presume de haber leído a Kant, y que si lo ha leído no lo ha dige­ rido, asegura que Nietzsche es hijo espiritual de aquel gran filósofo. Y sin embar­ go, Niétzsche no fue más que un gran enfermo que al fin dé su vida hubo menes-

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ter de los débiles y de los humildes, a quienes tanto había desdeñado. Kant nunca perdió el sentido humano que ha perdido el «nazismo» a través de Nietzsche al topar con Hitler y con gran parte de un pueblo que tiene de la cultura el con­ cepto grosero de la materia dura sin ideales morales. Al oír a Hitler, el otro día, ¿quién no recordada las ideas de Nietzsche bur­ damente traducidas y degeneradas? A Hitler, que ha leído a Nietzsche, pero que sólo ha visto la pose de su obra, le pasará lo mismo: morirá en un hospital entre enfermos. ¡Como si la fuerza sólo por ser fuerza pudiera ser ley! ¡Como si todas las fuerzas no hubieran sido barridas por el espíritu que creó otra fuerza mayor! ¡Nunca ha sido más poderoso el cristianismo que cuando carecía de armas! Ese señor promete respetar un tratado en tanto no tenga fuerza y oportuni­ dad para burlarlo. Si lo tiene, burlará el tratado y hará de su burla ley. Éste es el discurso de Hitler y ésas las ideas y los propósitos de Mussolini. ¿Es que usted, mi señora, entablaría relaciones de ninguna clase con hombres así? ¿Pues por qué las establecen sus gobernantes? ¿Dónde fundar una moral pública? ¿Dónde sentar una base de paz? ¿Dónde fundar una esperanza, un ali­ vio de reposo, sin palabra ni dignidad? Es inconcebible que naciones como Inglaterra, que gobernantes como los in­ gleses, se avengan a tratar con caricaturas de gobernantes y con caricaturas que despiden sangre y pus por todas partes. ¿Cómo teniendo dignidad, teniendo esa dignidad inglesa, que ha hecho de la forma, una ética social; de los modales, un escudo; de la delicadeza, un honor, se puede discutir con quien al mismo tiempo que te pide dinero solivianta contra ti las tribus del Asia mahometana? ¿A qué llamaremos chantaje, doblez y traición? ¿Qué nombre se puede poner, mi gran señora, a la actitud de Mussolini para con el Gobierno de usted? ¿Y esto ha de tolerarlo un inglés? ¿A nombre de qué interés superior? Los hombres dignos, los hombres de Inglaterra, todos los hom­ bres del mundo, por mucho que amen sus intereses, por mucho que amparen a su clase, llega un momento en que exclamarán: «¡Antes que pasar por el engaño, por la humillación, por la vergüenza, la muerte!» ¿No ha llegado este momento, se­ ñora, para su Gobierno? ¿A qué espera? Del año 18 hasta éste que estamos pasando, se han firmado veintisiete pactos, tratados, conciertos, todos a nombre de la paz, y todos a nombre de la misma paz se han burlado, al poco tiempo. Ya habían intervenido los fascistas extranjeros en los asuntos de España, cuan­ do, para impedir la intervención en la guerra civil española, se nombró un Comité que velara por la neutralidad. Y mientras se deliberaba en Londres y después de deliberar y de firmar el pacto de no intervención, se intervenía, intervenían trai­ doramente las potencias con las cuales un Gobierno inglés quiere continuar dis­ cutiendo, en perjuicio de su seriedad y poniendo en entredicho su buena fe. ¿Dónde la moral y la dignidad del Gobierno inglés? ¿Sabe con qué clase de gente trata en Roma y en Berlín? ¿Sabe qué manos estrecha cuando coge la de Mussolini y la de Hitler, el Gobierno inglés? ¿Sabe con quién pacta el Gobierno de su país, señora, cuando se concierta con Roma o con Berlín? ¿Qué valor va a tener lo que se pacte y lo que se firme, si sólo ha de respetarse hasta cuando le convenga a una de las partes contratantes? ¿Dónde está la seriedad y la inteli­ gencia de un hombre que firma con otro un contrato sobre las aguas del mar? ¡Y la sangre que se derrama entretanto! ¡Y la sangre que se derramará! Los generales alemanes que el otro día no aplaudieron a Hitler, no estrecha­

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ron su mano y mucho menos la de Mussolini. ¿Las estrechará Chamberlain? ¿Las va a estrechar el Gobierno inglés? No es la aristocracia'militar que odia a la plebe, no. Hay plebes aristocráti­ cas y aristocracias plebeyas. Es desprecio a lo vulgar, a lo grosero, a lo rufia­ nesco, a las manos sucias y no de nieve. Y estos miramientos y escrúpulos, ¿no los va a tener un Gobierno inglés? Un Gobierno inglés, ¿tendrá en más alta estima los intereses materiales de partido que los morales de nación y de individuo? ¿Pero es que el interés material de Inglaterra, señora, no está en la ley inter­ nacional? ¿No está en el Derecho internacional? ¿No está en la honradez polí­ tica y diplomática? ¿Por qué no contesta mi señora Inglaterra? En usted aún confío, mi señora. Mas si no reacciona, si se iguala a las naciones bandidas, ¡adiós Inglaterra! ¡Adiós Imperio! ¡Sin dignidad no es posible la existencia! (Solidaridad Obrera, 25/III/38.)

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Antonio Machado cree ver en las vacilaciones inglesas ante sus poderosos adversarios un dilema en el que la seguridad del rico pesa más que la justicia: «Indecisos lo s , Gobiernos conservadores entre dos pavuras y dos imanes, germanismo y comunismo, su linea de conducta política es una resultante... de suposición de clase... en ella decide, a última hora, la simpatía por la posición socialmente defensiva... el-poderoso atractivo que ejercen los "totalitarios" so­ bre las conciencias-burguesas.» ,

DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por

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Parece evidente que la política conservadora dé Inglaterra y, en cierto modo, la francesa que le es tributaria y por ella conducidâ a remolque, es una política de clase, en pugna con la totalidad de los intereses nacionales, los de ambos impe­ rios (el inglés y el francés), pero que, no obstante, se presenta ante el mundo y ante sus pueblos respectivos como política nacional. Es esto lo que vengo diciendo hace ya varios meses. Soy yo el primer convencido de mi insignificancia como escritor político, y no ignoro que mi opinión acrece de toda importancia. Ni si­ quiera contaría con mi adhesión decidida, si algo muy parecido no lo hubiera sos­ tenido, hace muy pocos días, nada menos que sir Norman Angelí, un «premio Nobel de la Paz», y una autoridad suprema como tratadista de política internacional. Mas no me complace tanto el éxito de una coincidencia a que nunca aspiré como el haber, merced a ella, encontrado quien cargue, por su mayor solvencia, con la res­ ponsabilidad de una opinión tan rotunda. Pero dejemos a un lado todo criterio ba­ sado en la autoridad, no sin antes recordar la frase de Mairena: «La verdad es la ver­

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dad dígala Agamenón a su porquero.» Parece cierto que la política conservadora de las grandes democracias perjudica a sus pueblos. Por su torpeza, cuando no por su perversidad, esta política ha consentido y áun ha coadyuvado a que dos grandes na­ ciones, dos grandes imperios, hayan perdido ante sus adversarios ventajas que su posición geográfica y su historia les habían deparado. Es evidente que una España sometida a la influencia, cuando no al completo dominio, de Alemania y de Italia, supone, para Francia, una frontera más que defender y una esencialísima vía marítima perdida o interceptada a sus tropas coloniales, imprescindible en el caso de una guerra que obligue a la défensa de la metrópoli, supone, para Inglaterra, por lo menos, la puesta en litigio de su hegemonía en el Mediterráneo, la pérdida probable de la más importante llave de su imperio. El Gobierno inglés, no obs­ tante, y su obligado acólito, el de la República francesa, no sólo no han hecho nada para evitar estos peligros, sino que han contribuido con la llamada no intervención en la guerra de España (que es una decidida y obstinada interven­ ción en favor de los invasores de nuestra península) a su más terrible agravamien­ to. Tal es la abominable guerra que brindan a sus pueblos respectivos, mientras, por otro lado, fuerzan el ritmo de los preparativos bélicos en proporciones vertiginosas. Norman Angelí ha señalado agudamente esta contradicción. «Inglaterra —viene a decir— se arma hasta los dientes contra Alemania, convencida de que no otro puede ser su enemigo; Inglaterra aplaude, alienta y ayuda a Alemania, en su tarea de adquirir ventajas para una próxima, acaso inminente, contienda contra la Gran Bretaña.» Para una mentalidad alemana —habla Juan de Mairena—, la contradicción sería más aparente que real: todo se explicaría fácilmente, con sólo reparar en que la «voluntad de poderío» ni puede ejercitarse contra pigmeos, ni contra enemigos descuidados, insuficientemente apercibidos, o desventajosamente colocados para una gran refriega. En pueblos, como Inglaterra y Francia, abru­ mados de sentido común, esta éxplicación no puede ser válida. Queda la que Norman Angelí y otros con él, también muy autorizados, sé inclinan a aceptar. Indecisos los Gobiernos conservadores entre dos pavuras y dos imanes, germa­ nismo y comunismo, su línea de conducta política es una resultante, no menos indecisa y temblorosa, de su posición de clase, ya que no personal. En ella decide, a última hora, la simpatía por la posición socialmente defensiva, su honda fascistofilia, el poderoso atractivo que ejercen los «totalitarios» sobre las conciencias burguesas. Y esta explicación puede ser, en efecto, la buena, pero hemos de re­ conocer que ella sólo explica los hechos más o mçnos lamentables dé la turbia actuación conservadora; los explica sin cohonestarlos, porque de ningún modo pueden ellos inspirar normas para una conducta política de porvenir, ni conser­ vadora ni progresiva. Inglaterra y Francia podrán ser o no ser comunistas en un futuro remoto o inmediato; el comunismo podrá ser para ellas un peligro grave, como piensan algunos, o una solución conservadora del problema social, como piensan en la misma Inglaterra otros, que ni siquiera son comunistas; pero hay algo que Inglaterra y Francia no podrán ser nunca: amigos de la Alemania hitle­ riana y de la Italia de Mussolini, sin antes vomitar hasta la última miga del fes­ tín de Versalles y, lo que es más grave, sin renunciar a gran parte de sus vastos dominios coloniales. De modo que la contradictoria conducta conservadora, que Angelí señala y pretende explicar, arguye en sus mantenedores una torpe visión del porvenir y una absoluta incapacidad política. Porque ellos, los políticos con­ servadores, deben saber que la Alemania del «führer» y la Italia del Duce son la hostilidad misma contra Inglaterra y Francia, y que sin duda el eje Roma-Berlín y el mismo Berlín y la misma Roma, en cuanto focos de ambición imperial, no

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tienen otra razón de existencia que su aspiración al aniquilamiento de sus riva­ les. Si se nos rearguye que esos políticos conservadores de Inglaterra y Francia sólo aspiran a hacerse respetar y temer, como lo muestra la cuantía de sus apres­ tos marciales, para mantener la paz como equilibrio de tensiones polémicas —una práctica política del siglo xix hoy en descrédito— contestaremos que este mismo equilibrio de fuerzas y esta misma paz de fieras prevenidas y en acecho constante, tampoco puede conseguirse, sin el concurso de las energías que dominan en sus pueblos, los cuales no han de inclinarse, por instinto de conservación, a conceder ventajas a sus enemigos, ni a cambiar la dirección de sus corrientes políticas más impetuosas: las democráticas. En suma, esa política contradictoria a que alude Norman Angelí, atenta a los intereses de clase, que cede, contemporiza, pacta con el enemigo o ante él clau­ dica, acaso merece menos que nada, desde el punto de vista nacional, el nombre de política conservadora; porque nada puede conservar, como no sea el nombre que mereció antaño, cuando en verdad conservaba las conquistas del espíritu li­ beral y progresivo de sus pueblos. Hoy representa una rémora en su camino, la reacción desmedida, que sólo puede conducir, dentro de casa, a la guerra civil; fuera de ella, a la pérdida o al apartamiento de sus aliados naturales, las grandes democracias ricas de porvenir, en el Viejo y en el Nuevo Continente, las demo­ cracias más propiamente dichas cuyos nombres todos conocemos. (La Vanguardia, 12/VI/38.)

Con Inglaterra — la pérfida Albión— se emplea comúnmente la frase violenta y despectiva por parte de los escritores nacionales. En algunos casos, la ironía como en los versos con que Eugenio d'Ors recuerda la abdicación del rey Eduardo V III para casarse con la señora Simpson: «Vendiste tu mayordad — por un plato de caricias.»

Glosario ROMANCE DEL PRÍNCIPE QUE ABDICÓ por E ugen io d ’O rs

de la Real Academia Española Ducal aborto de Rey, Memento de Monarquías, Tu renuncio renunció A Dios, que Rey te quería. Vendiste tu mayordad Por u n plato de caricias: Con divorciada casaste, Que es suerte de mancebía. En un golf de tierra extraña Te da la melancolía;

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A solas contigo mismo, Estas razones .decías: «Ayer fui señor de Imperio, Ayer, Bretafias et Indias, Y hoy no tengo ni una esposa Que pueda decir que es mía.» El Ángel se me frustró A la mitad de la vida. «¡Aprendan Reyes de mí, Que el nacer es ya consigna!» Con el pesar de la frente Se le ha nublado la vista... Sobre el terreno de golf Tarde y agosto caían. (Arriba España, 13/VIII/37.)

FRANCIA Machado para Francia sueña en lo mismo que para Inglaterra. Una reacción ante los avances políticos de Mussolini. «El patriotis­ mo francés empieza a estar en guardia y ese patriotismo no puede ser fascista y es algo más serio de lo que muchos creen.» Luego A. Machado elogia a Negrín y Álvarez del Vayo en su de­ nuncia del Comité de No Intervención sin regatear adjetivos: «Han sabido oponer la suprema hombría del bien al despotismo del fascio inverecundo y a la suprema avilantez del fascio encubierto.»

Desde el mirador de la guerra RECAPITULEMOS ‘ por A n t o n io M acha do

Aunque los acontecimientos no marchen al ritmo de nuestra impaciencia, he­ mos de reconocer que tienden a seguir sus cauces naturales. En Inglaterra y en Francia la opinión está cada día más despierta y menos desorientada. No es fácil ya que los Gobiernos de Londres y París hagan demasiadas concesiones a los mato­ nes de Berlín, y Roma, sin que un abucheo universal los asorde. La ocurrencia genial de nuestro presidente, el doctor Negrín, de retirada total de nuestros voluntarios, y las justas palabras de Álvarez del Vayo, han eliminado del problema español la turbia zona de los equívocos, donde tanto provecho en­ contraron nuestros adversarios. Ya nadie puede engañarse, ni aun el número in­ calculable de los papanatas. España está invadida por Potencias extranjeras. Del lado de la República no hay más que españoles. Frente a nosotros, un pueblo me-

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diatizado por la invasión, el que más directamente la padece, un pueblo al que se arrastra a una lucha contra nosotros (es decir contra España misma, la España libre aún de invasores), y las fuerzas militares de Italia y de Alemania, que pre­ tenden sojuzgar nuestro territorio y establecer en él las bases defensivas y los focos de agresión contra Inglaterra y Francia, las dos imperiales democracias de Occidente. Parece indudable que la retirada de fuerzas invasores de nuestra península no ha de pasar de un mero y groserísimo simulacro, por razones tan obvias que, como decía un ateneísta, hasta las señoras pueden comprenderlas. El régimen dictatorial, descaradamente dictatorial, basado en el éxito inmediato y progresivo, no puede sobrevivir a arrepentimientos de ese calibre, mucho menos cuando los tales arrepentimientos implicarían renuncias a ventajas positivas, verdaderas victorias estratégicas, obtenidas en la gran contienda ya entablada, y en la cual los totalita­ rios llevan, hasta la fecha, la mejor parte, En verdad, nadie piensa en la retirada de invasores de España, sin que éstos intenten, por todos los medios, cotizar sus ventajas en pro de sus designios de expansión imperial. Alemania ha obtenido éxi­ tos enormes para su expansión centro-oriental en Europa —Austria primero, des­ pués Checoslovaquia— sin haber abandonado un momento su presión en España, donde el Aquiles británico tiene su talón vulnerable. Italia reclama ya con impa­ ciencia las ventajas equivalentes en el Mediterráneo y, en parte, compensatorias, porque la anexión del Austria por Alemania supone un grave atentado al porvenir de su pueblo. Hablar en estos momentos de No intervención en España es un abu­ so descomedido de las palabras: porque todas las pretensiones de Alemania y de Italia —los máximos intervencionistas— están complicadas y lo estarán más de día en día con la presión en España. A medida que el tiempo avanza, el problema se agudiza, no para nosotros sino para todos. En verdad, nosotros lo hemos sacado de punto para dejarlo reducido a sus propios términos. Tal ha sido la gigantesca obra militar de nuestro Ejército, y de la política del doctor Negrín. Para un nuevo reparto del mundo, Italia y Alemania ocupan en España posiciones que no piensan abandonar, antes por el contrario pretenderán arraigar en ellas, posiciones que tampoco pueden impune­ mente conservar, en primer término porque España no soporta la invasión ni abdica de su independencia (sobre ésta, como decía un filósofo, conviene que no quepa la menor duda); en segundo lugar, porque la permanencia del invasor en España obligaría a Inglaterra y a Francia a la defensa de sus intereses vitales ame­ nazados de muerte. El nuevo Munich a que se encaminan les llevará a concesiones en el Medite­ rráneo, infinitamente más graves que las que han realizado hasta la fecha, en perjuicio no sólo nuestro, sino en daño de sus pueblos respectivos. Por de pronto, han pinchado en hueso en su entrevista de París. El patriotis­ mo francés empieza a estar en guardia y ese patriotismo no puede ser fascista y es algo más serio de lo que muchos creen. La beligerancia a Franco, tras la cual veía Mussolini el aplastamiento de la República española y su posición en España para una cínica política de beati possidentes (la que tuvo en Abisinia), no ha po­ dido ser concedida. La loba romana aúlla desvergonzadamente y no parece que Mussolini renuncie a la empresa; tampoco es fácil que deje de contar con el apoyo del fascio anglo-francés. Pero el fascio anglo-francés comenzará a ser muy poca cosa ante el patriotismo integral de dos grandes pueblos. (La Vanguardia, 7/XII/38.)

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DESDE EL MIRADOR DE LA GUERRA por A n t o n io M achado

Conviene no escuchar demasiado los cantos de las sirenas, o mejor dicho, con­ viene no confundirlas con las voces leales. Porque los días se acercan de mayor peligro para este vasto promontorio de Occidente, ancha cola o rabo, ya no del todo por desollar, de la vieja Europa. Por las puertas de la traición han entrado nuestros enemigos, salvo aquellos que ya estaban dentro, dedicados a franquearlas. En verdad, no faltaron Laocoontes que denunciasen a tiempo lo que llevaba en el vientre el caballo de nuestra Troya republicana. Acaso no gritaron bastante; la verdad es que no fueron oídos. A cos­ ta de mucha sangre, saben hoy casi todos en qué consistía la faena de aquel infa­ tigable ensanchador de la base de nuestra República. Pero aquello es ya lo irre­ mediable, y aunque no conviene olvidarlo, fuerza es pensar en otras traiciones más graves, que todavía pueden reservarse un mañana más o menos, nunca dema­ siado, remoto. Por fortuna, los vigías están hoy en sus puestos; y los oídos son hoy más finos que lo fueron entonces. Conviene no olvidar, sin embargo, que toda vigilancia es poca, y que los gritos de alerta no son todavía superfluos. Conviene desconfiar, con máxima desconfianza, de todos aquellos que, más allá del Pirineo, nos hablan todavía de la No Intervención en España, sobre todo cuando simulan ignorar que la No Intervención fue, desde un principio, una groserísima cobertura del convenio entre cuatro Gobiernos intervencionistas, dos de los cuales eran auténticos invasores de España; los otros dos, sus indirectos coadyuvantes, pues negaban a España sus más legítimos medios de defensa. Entre esos simuladores hay algunos un tanto arrepentidos de su conducta, no por el daño que hicieron a España, sino, por miedo a ser señalados entre los suyos como desleales a su patria, porque vendían como política nacional una po­ lítica de clase. Entre ellos hay alguno que, no contento con contribuir al asesinato de España, vendía a su nación y, además, a su clase. De ése, menos que de nadie, hemos de contribuir nosotros a cohonestar la conducta. Toda nuestra gratitud, en cambio, será poca para nuestros verdaderos amigos de Francia y de Inglaterra, y para quienes, como el representante de la URSS, lucharon sin tregua por en­ torpecer los manejos hipócritas, y revelar al mundo el cinismo y mala fe de los cuatro Gobiernos aludidos, a saber: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. El tiempo continúa su marcha inexorable — fugit irreparabile tempus—, y del porvenir, la inagotable caja de sorpresas, hemos de confesar que sabemos muy poco. No tan poco, sin embargo, que todo nos sea absolutamente imprevisible: también lo esperado puede saltar como la liebre, cuando menos se espere; la caja de sorpresas nos reserva esa sorpresa más. España ha sido, en verdad, consecuente consigo misma cuando, bajo un diluvio de iniquidades, ha adelantado el pecho, para pasar el Ebro, y escribir a su margen la más gloriosa gesta de su historia.

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Entre las viejas cuentas del astuto abogado de la City, ha surgido esa cifra inesperada y desconcertante. Nosotros la esperábamos, aunque, al producirse, nos asombre. España ha sido consecuente consigo misma, cuando el doctor Negrín la ha proclamado como sustentadora de los valores éticos universales, cuando el doctor Negrín y Álvarez del Vayo han exaltado en Ginebra —la hoy lamentable Gine­ bra, tantas veces antaño patria y asilo de la libertad— el gesto españolísimo, y han sabido oponer la suprema hombría de bien al despotismo del fascio inve­ recundo y a la suprema avilantez del fascio encubierto. España ha sido consecuen­ te consigo misma cuando, abrumados nosotros por la adversidad y en los momen­ tos de mayor angustia, nos ha hecho sentir el supremo orgullo de ser españoles. De suerte que ya sabemos que no todo fue sorpresa en lo pasado, y sospechamos que no todo ha de serlo en el futuro. No hemos tampoco de apartar nuestros ojos de las iniquidades previstas, por­ que la mayor parte de todas tal vez se guisa ya en las cocinas de nuestros adver­ sarios. Fuera de España, en la brumosa Albión, hay alguien que no duerme, por­ que, como Macbeth, ha asesinado el sueño, y no precisamente en su castillo de Escocia, sino en el corazón de la City. Es de esperar que en la pendiente del cri­ men y del miedo, también como Macbeth, no pueda detenerse. Por lo demás, sus brujas lo engañarán con la verdad, hasta el fin. Tampoco él ha de creer en el mi­ lagro del bosque semoviente, ni en el invulnerable ardimiento del hijo de la loba... romana. No agotemos el símil. Él irá hasta el fin, el suyo, que no lleva trazas de ser demasiado gallardo. Procuremos nosotros apartarnos de su camino, mas sin quitarle ojo. Y cuando gritemos, que se nos oiga más allá del Atlántico. (La Vanguardia, 23/X/38.)

Con una lanzada de paso a los judíos, otra constante en la ani­ mosidad del bando nacional: El ataque a Francia. En éste caso Fray Justo Pérez de Vrbel aprovecha un texto medieval llamando a la Gaita «cloaca inmunda, maestra de prostíbulos, fabricadora de en­ gaños, tejedora de crímenes, exportadora de abominaciones» y que además, se alia con los malvados judíos para hacer daño a España. El autor resume: «Nos parece escuchar el exabrupto, lleno de indig­ nación, de una víctima de la guerra actual y sin embargo estas pa­ labras fueron escritas hace más de mil años.»

JUDÍOS Y GALOS por F ray J usto P é r e z d e U r b e l

Son nuestros enemigos actuales y los eternos enemigos de España. Se ha ha­ blado a veces de amistad hispano-francesa, pero de hecho no ha habido tal amis-

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tad, sino predominio de un lado y de otro servidumbre. Desde el momento en que España siente un anhelo de grandeza y de poder, Francia, que no puede brin­ darle la unión sino a condición de reconocer su superioridad, se levanta envidiosa y despechada sobre las crestas del Pirineo, y no le importará pedir la ayuda del turco, del protestante y del judío para debilitar y mediatizar a la nación hermana, como suele decir hipócritamente. Es un hecho histórico, que se convierte al correr de los siglos en ley casi in­ falible, y que empieza a realizarse desde el momento en que España aparece en el concierto de las naciones europeas. En el siglo vn, uno de los más brillantes de nuestra existencia nacional, el siglo de san Isidoro de Sevilla y san Ildefonso de Toledo, del Fuero Juzgo y de los Concilios toledanos, España, acaba de realizar por vez primera el sueño de su unidad nacional; se ha dado un código, se ha creado una forma de Gobierno; está orgullosa de sus escritores y se siente fuerte y po­ derosa. Pero tiene dos enemigos, que la preocupan y la intranquilizan. En el exte­ rior, los francos, recelosos de aquella grandeza, espían la primera ocasión para quebrantarla y disminuirla; en el interior, los judíos, reacios a aquella unidad, fomentan desórdenes y rebeldías, de que se aprovechan para aumentar su poder y su influencia. Y hay un momento, en que unos y otros juntan sus intereses, sus odios, sus resentimientos y sus envidias. Un rey valeroso, Wamba, gobierna entonces el imperio hispano-godo, pero al otro lado del Pirineo, uno de sus nobles conjura contra él. Toda Cataluña y la provincia visigoda de la Galia siguen al rebelde, auxiliado además por las intri­ gas más o menos descaradas de los francos y por el oro de los judíos. A una distancia de siglos la historia nos ofrece situaciones de una semejanza sorpren­ dente. Entonces, como ahora, los coaligados insultan, vociferan y amenazan; todo el poder de España será incapaz de resistir a su empuje. Pero el señor de los bos­ ques y el amigo de las piedras, como ellos llaman despectivamente al rey de To­ ledo, reúne sus mesnadas, sale contra el enemigo, lo deshace en el campo, le toma sus ciudades y le reduce a la paz y a la servidumbre. Tenemos el relato de aquella campaña, el primer libro de historia propiamen­ te dicha que encontramos en nuestra literatura. Antes se habían escrito anales y crónicas; pero es aquí donde sentimos por vez primera el palpitar de la vida, el charrasco de las armas, el murmullo de los ejércitos, la voz de los capitanes, los cantos de los vencedores y los lamentos de los vencidos. Todo en esta obra singular respira un patriotismo brillante, optimista, pugnaz, agresivo; todo, pero muy particularmente, las últimas páginas en que ,el historiador se encara con aquella tierra de la Galia, de donde habían brotado la rebelión y la ayuda eficaz a los re­ beldes para volcar sobre ella los denuestos que habían merecido sus deslealtades e hipocresías. «Insulto del escritor a la tiranía de Galia», se intitula esta virulenta diatriba; pero en realidad es la queja dura y amarga de todo el pueblo español, herido en su dignidad por desprecios. Son palabras que conservan todavía su valor, y resultan verdaderas dirigidas a los francos del siglo xx. República o Mo­ narquía, conservadora o revolucionaría, Francia ha tenido siempre para la nación española sus Blum, sus Cot y sus Chautemps; y la España de Franco podrá decir­ lo como la de Wamba: ¿Dónde está ahora aquella tu libertad, de la que te jactabas, malamente libre, con el entrecejo despectivo? ¿Dónde aquellas necias palabras en que pintabas a los guerreros de España con menos valor que tus mujeres? ¿Dónde aquellas riquezas, muchas veces inciertas, con que te ensoberbecías? ¿Acaso no te hundes con tus

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obras, y te laceras con tus manos, y te destruyes con tus consejos y te aniquilas con tus fraudes? Para el iracundo escritor la Galia es una cloaca inmunda, maestra de pros­ tíbulos, fabricadora de engaños, tejedora de crímenes, exportadora de abomina­ ciones, Sodoma nefanda y Babilonia infame, sabia en la ciencia de gozar a seme­ janza de las bestias entre rebaños de prostitutas y en el arte de matar a los amigos en medio de los banquetes. Pero lo que más le irrita es su carencia absoluta de escrúpulos para llamar en su ayuda a los enemigos del nombre cristiano. «En­ cima de todo esto —exclama— te recreas con el consorcio de los judíos, cuya infide­ lidad ha pasado a tus propios hijos, pues hasta aquellos que en tu seno parecían luceros de cristiandad, son ahora ejemplo de perfidia. ¿Y cómo no ibas a postrarte ante los sagrarios malditos de los hebreos, si has puesto en sus manos el cuidado de tu salvación? Reconoce al fin qué has hecho, miserable, si es que en el de­ lirio de la fiebre no has perdido la memoria; reconoce que tú eres el origen del escándalo, la fomentadora del mal, la madre de los que blasfeman, la madrastra de los infieles, la nuera de todos los enredos, la infamia de las mancebías, la ma­ driguera de los traidores, la fuente de la perfidia y el exterminio de las almas.» Nos parece escuchar el exabrupto, lleno de indignación, de una víctima de la guerra actual; y sin embargo esas palabras fueron escritas hace más de mil años. Su autor fue aquel gran obispo y gran patriota que se llamó san Julián de Toledo. (Arriba España, 20/11/38.)

En la Francia universitaria e intelectual de los años de la guerra civil hay pocos partidarios de la España de Franco. Por ello su pre­ sencia en el país es acogida con alborozo. Juan Sampelayo obtiene unas declaraciones de Maurice Legendre llegado «con doscientos pe­ regrinos de Francia, la Francia real, no de la que rige Blum y sus secuaces». Legendre elogia el Alzamiento: «Lo esperaba y sabía de un modo seguro que tendría que llegar este día glorioso, pues sé de muy antiguo cuál es el patrimonio de fe y valor de España.» El pe­ riodista le pregunta sobre un tema candente: Intelectuales de uno y otro lado. Según Legendre: «Hoy en día..: todos los hombres de talento de España están por la causa del Caudillo.»

MAURICE LEGENDRE EN LA ESPAÑA DEL CAUDILLO por J uan Sa m pela y o

Hace quince días —cuando escribo estas líneas, en una tarde en que sólo se oye el sonar de la lluvia—, entraron en la España del Caudillo Franco, doscientos peregrinos de Francia, de la Francia real, no de la que rige Blum y sus secuaces, y los cuales venían a tendernos su brazo de amistad comprensiva y realizar una peregrinación semejante a aquellas que el mundo católico venía, en días perdidos en la lejanía de los siglos, a realizar por los lugares santos de nuestra Patria,

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lugares santos que hoy se unen en ésta con los que evidencian del martirio y del heroísmo de sus hijos. Con estos peregrinos, grandes en número y en calidad, venían algunas figu­ ras primerísimas de las Armas, de la Iglesia y de las Letras de Francia: con una de estas últimas, fuimos hace ya quince días en una mañana soleada de Irún el primer periodista que habló con ella. Mr. Maurice Legendre —prestigio cuyo nom­ bre en España hace innecesarios los títulos y honores—, nos acogió cordialmente y en su español perfecto nos dijo que era la cincuenta y dos vez que venía a Es­ paña; a más preguntas nuestras nos dio una cita para el día que la peregrinación saliese de nuevo de ésta, después de rápida visita. Y hoy, en una tarde típica do­ nostiarra, después de oír muchas frases de cariño hacia nosotros de ilustres pere­ grinos, me he acercado de nuevo a Legendre. En un rincón del gran comedor, ya despoblado de comensales y cuyas mesas comienzan a quitar los camareros, nos hemos refugiado mi interlocutor y yo, y sin ese primer fuego del cigarrillo que enciende las preguntas, me ha dicho el ilustre historiador francés: —Al venir a vuestra España inmortal, yo tenía la seguridad y la confianza de ver un país lleno de paz en su retaguardia y de grandiosidad en sus obras, sobre todo para un francés que, como yo, ha amado siempre a vuestra Patria, pero hoy he de deciros que si esperaba mucho, nunca pude soñar que fuera tanto. Sin que yo pueda decir unas frases de gracias a mi interviuado, éste continúa diciendo en un monólogo que pone trémolos de emoción y amor a España en sus palabras, éstas, que son de una primera y primordial importancia, por ser las de un hombre que tiene en la cultura del mundo un nombre bien ganado en lides de trabajo y de estudio. —Yo vine a España por vez primera en el año 1909, año en que, si acaso usted no le recuerda, fue el del primer chispazo de insurrección revolucionaria y el cual se representa en la Semana Trágica de Barcelona. Yo me di cuenta perfecta entonces de que la revolución española empezaba a incubarse, si bien la masa de españoles dignos no quería ésta, y sí tan sólo lo lograba a base de un profundo acúmulo de mentiras, luego después presencié también el movimiento de 1917 y los años que le siguieron, y los cuales se cortaron tan sólo por la Dictadura, eficaz y magnífica del general Primo de Rivera. —¿Y de la proclamación de la República, como movimiento de tipo revolucio­ nario, qué me dice usted? — El intento republicano-revolucionario del año 1931, no fue más que un «in­ tento» artificial, en el cual los hombres que lo servían, bajo los mandos de las In­ ternacionales extranjeras, se aprovecharon de cosas sin valor alguno, para dárselo y hacérselo creer al mundo: en ese intento, como en todos, esos hombres al servi­ cio de la revolución de tipo judío y ruso, sólo usaron la mentira y la audacia. — ¿Y usted esperaba este resurgir de hoy, viendo cómo íbamos a una caída vertical de la civilización y del sentimiento cristiano? i—Lo esperaba y sabía de un modo seguro que tendría que llegar este día glo­ rioso, pues sé de muy antiguo cuál es el patrimonio de fe y de valor de España. —¿Y de la vida hoy en ella, qué puede usted decirme? —Es algo tan lleno de prosperidad, de paz y de grandiosidad que no se pueden hacer frases y sí tan sólo expresar la seguridad de su porvenir grande y digno. —¿Y en cuanto a la vida intelectual de España qué piensa usted? —Como en los demás aspectos de su vida, auguro también a ésta un resplan­ deciente renacer, en el cual se volverá de un modo evidente a una magnífica exal­ tación de valores, que hagan volver a brillar las Letras y las Ciencias de España,

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como en sus días más gloriosos del siglo de oro. —¿Y en particular de sus intelectuales propugnadores de la República, cuál es su pensamiento? —Los conocí a todos profundamente y sé que hoy, tras sus graves errores, se hallan los que evidentemente representan un valor al lado del Caudillo Franco, por cuya Causa trabajan desde el extranjero. Hoy en día, usted bien lo sabe, todos los hombres de talento de España están por la Causa del Caudillo, —¿Y en cuanto a las relaciones intelectuales franco-españolas, estima usted Van a restablecerse pronto de un modo firme? —No creo que transcurra un largo plazo de tiempo sin que éstas vuelvan de nuevo a reanudarse, ya que la intelectualidad sana y de valor de Francia se en cuentra hoy toda por completo a favor de vuestros ideales. En este punto, un peregrino viene a Mr. Legendre para pedirle su fttma para el Libro de Oro, de la peregrinación, que él pone rápido en el mismo. Este recuerdo a la excursión anuda en mí una nueva pregunta. —Desde el comienzo de mi llegada a España empecé a sentir grandes emocio­ nes, tal fue la que nos causa la del recibimiento grandioso del pueblo de Irún, la que verdaderamente demostró cuál es el sentimiento de bondad de vuestro pue­ blo, ya que aquéllos, sus más humildes elementos, que habían visto tan cerca la tragedia causada en gran parte por las gentes de nuestro Gobierno, podían haber visto en nosotros sólo franceses, y no lo vieron así, sino que al contrario, nos tributaron una de las más expresivas manifestaciones de simpatía de este viaje triunfal. —¿Y esas emociones, se han renovado con creces en el viaje? —En Oviedo he vuelto a sentirla, pero donde ella se manifestó de una mane­ ra profunda fue en el cuartel heroico de Simancas: allí, en el momento que nues­ tros compañeros sacerdotes de peregrinación entonaron un responso a los héroes, sentí una de las emociones mayores de mi ya larga vida. De verdad le digo a usted que si en aquel momento me hubieran hecho hablar no podría haberlo hecho. — ¿Y en cuanto a las obras sociales de España, qué piensa? —Son algo único. La conferencia que sobre ellas nos dio Carmen de Montojo, en Valladolid, fue un dechado de sencillez y concisión y la cual nos evidencia con claridad la bella y humanitaria labor que las mismas desarrollan. Hasta nosotros llegan las palmadas de los guías que llaman a los peregrinos y yo le digo a Legendre mi última pregunta, que él me contesta ya de pie con frase emocionada. —Vuestro Caudillo, hay que decirlo muy claro y muy alto, es el hombre más admirable de la España de hoy, ya que es vuestro país, bajo su mando glorioso, uno de los que más acertadamente han logrado la salvación de la civilización y de la vida cristiana. Con mi interlocutor, voy ya camino del autocar. Al llegar al portal y antes de trasponer la cortina de lluvia intensa que separa éste de aquél, Legendre me dice apretándome la mano: —Y ahora sólo quiero deciros que espero que pronto suenen las trompetas de la paz, para que yo pueda volver pronto a mi España. Y al decir esta frase Legendre alza su mano en saludo, en saludo abierto de paz y de amistad. Y bajo la lluvia que canta su sinfonía triste, van los autocares camino de Francia, llevándose en sí unos hombres que ya saben de verdad lo que es España. (Domingo, 20/VI/38.)

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Pero Manuel Iribarren ve a Francia como al enemigo secular de España y en esa postura desconfía incluso de los hispanistas del país vecino: «¡Cuidado con los hispanistas! Salvo rara excepción el hispa­ nista nos amó y consideró exclusivamente como cuerpo muerto, como objeto estético, digno de su curiosidad analítica.» (Y cita a Mauricio Barrés ante Toledo.) Recuerda la leyenda negra basada en la calum­ nia: «Y la calumnia nos vino, frecuentemente, por vía de Francia. No en balde Voltaire hizo de ella su consigna anticatólica.»

PARADOJA. MEDITACIONES DEL MOMENTO por M anuel I riba rren

Siempre resulta interesante conocer la opinión que merecemos más allá de las fronteras. A veces nuestros propios perfiles se nos presentan borrosos indefinidos, por razón de proximidad. «Los árboles impiden ver eLbosque», dice el adagio ger­ mánico, recogido por el insigne Ortega y Gasset, perito fracasado en perspectivas espirituales. Una copiosa colección de libros exotéricos abona el «mito» de España, prin­ cipalmente durante todo el siglo pasado. Y digo «mito», porque se escamotea a los ojos del mundo nuestra profunda idiosincrasia, substituyéndola por un amasi­ jo, más o menos pintoresco, para uso de turistas. Los centros culturales de Europa enviaron a nuestro país numerosas expediciones literarias con la pretensión de «descubrirnos», como si fuésemos un legendario y remoto Afganistán. Así Gau­ tier y Dumas y el inglés Borrow, con su Biblia protestante al hombro, ignorantes supinos o malintencionados de las verdades inconmovibles, doctamente interpre­ tadas por nuestros humanistas, sobre que España asienta su continuidad histórica. Nuestro paisaje estepario suscita en ellos funesta admiración —que plagiará más tarde el pincel derrotista de Zuloaga— sin comprender que los campos ubérrimos se convirtieron en árida estepa a causa de las frecuentes luchas intestinas, provoca­ das por ellos y por sus ideales, hoy en franco descrédito. El tiempo, supremo árbitro infalible, ha venido a darnos la razón. Observemos, una vez más, que las grandes conmociones europeas se han deba­ tido decisivamente sobre el suelo hispano. Aquí se detuvo la invasión árabe; y el ímpetu guerrero de Napoleón; y las argucias didáctico-subversivas de la Reforma. Aquí, por último, se está estrellando la revolución marxista universal, frente a la mirada expectante del mundo católico y la ansiedad de Europa. Abierta en su carne lacerada por incontables y cruentos sacrificios, España, trágica y alegre, ve interrumpido su progreso, a lo largo de la historia, por un mar de sangre cuyas fuentes se esconden, soterradas, en el Extranjero. Tomen cui­ dada nota los hispanistas y consulten, al mismo tiempo, los datos estadísticos de un siglo, llenos de terribles alteraciones en lo que al censo de población se refiere. A propósito. ¡Cuidado con los hispanistas! Salvo rara excepción, el hispanista

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nos amó y consideró exclusivamente como cuerpo muerto, como objeto estético, digno de su curiosidad analítica. (Recordemos a Mauricio Barrés contemplando, extasiado y melancólico, la imperial Toledo, pétreo testimonio de lo que fue.) Y no olvidemos que, aunque ahora pretende rehabilitar a nuestras figuras represen­ tativas, antes _sus antepasados las combatieron sañudamente, esgrimiendo el arma de la calumnia y haciendo de Felipe II, nuestro monarca más enterizo, un tipo siniestro, recreado en su crueldad; y de aquellos nuestros grandes capitanes, desal­ mados aventureros; y de Ignacio de Loyola, un monstruo acéfalo, injerto de fa­ natismo; y últimamente, de Santa Teresa de Jesús, una pobre histérica, expuesta a la impudicia de los psiquiatras... Que la calumnia ha sido el arma predilecta con que se nos ha combatido en todos los terrenos, poco nos costaría probar. Y la calumnia nos vino, frecuentemeo te, por vía de Francia. No en balde Voltaire hizo de ella su consigna anticatólica. Ahora mismo estoy viendo, con trémula indignación, un ejemplar de «L’Humanité», órgano del partido comunista francés, en cuya primera página se reproduce la fotografía del famoso cajón, con los restos informes del pretendido piloto guber­ namental, que según ellos, arrojaron los nacionales sobre Madrid, desde un avión, con paracaídas. Es de notar que el cajón parece rudimentario, de tablas delgadas, y que aparentemente no ha sufrido, al caer, ningún deterioro, lo que es increíble. Pero no termina ahí la cosa, sino que en la misma fecha toda la prensa de la vecina República anuncia, en grandes titulares, el acuerdo de la Cámara de los diputados de promulgar una ley contra la calumnia, originada por el suicidio de Mi. Salengro. ¡La Francia del Frente Popular, heredera directa del volterianismo práctico, volviéndose contra sus propias armas! ¡Qué extraña paradoja! (Arriba España, 29/XI/36.)

El poeta Federico de Vrrutia también ve a Francia intentando dis­ traerse de sus preocupaciones con la frivolidad y el espectáculo: «Con o sin sus absurdos trucos de alegría y frivolidad “standardizada” para el turismo... pobre Francia estrujada en manos del Soviet», y, sin saberlo, predice a De Gaulle al mencionar que su salvación está en abrir el sepulcro de su Juana de Arco « ...y si un hombre genial no consigue hacer esto es posible que muy pronto... pueda ya ni siquie­ ra corretear la inocencia prometedora de los niños...».

DESDE LOS MARGENES DEL B1DASOA por F e d e r ic o d e U rr u tia

Evidentemente —he pensado—, Francia, «la dulce Francia», parece desde aquí un país risueño y tranquilo, a pesar de ser en el momento histórico actual el país más atormentado del mundo. _ _ _ ¿Pero quién es el monstruo sugestionador que tiene el alma colectiva de los franceses sometida al tormento de dos complejos obsesionantes?

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De un lado, la falsedad y el absurdo de que la tradición y la idiosincrasia fran­ cesa han de transcurrir eternamente por los cauces del roussonianismo, convertido hoy en esclavitud al soviet oriental. Del otro lado, el mito del terror a Alemania mantenido a toda costa por el judaismo, que ve en la incauta Francia un arma ex­ celente para su cautelosa venganza de raza maldita, aun a sabiendas de que Hitler, el caudillo alemán es hoy, con el Duce, el más fuerte defensor de la paz del Mun­ do, y que ambos harán el prodigio de que la guerra no sea posible, a pesar del «pacifismo» de Roossevelt. El monstruo hipnotizador que encoge el ánimo de esta Francia, que parece dormida sobre el mar ante mí, es, pues, bien a las claras, el monstruo del anticris­ tianismo que domina su voluntad con ia expresión salvaje y primitiva de sus dos ojos —o modos de ver— el sionismo y el bolchevismo. Unos kilómetros más adentro de estas escenas de paz, que palpitan vivas en la margen derecha del Bidasoa, hay más de cuarenta millones de seres que sufren el martirio de no encontrarse a sí mismos, de no saber lo que quieren ni a lo que aspiran y de vivir erizados de defensas espirituales y geográficas, ante una se­ rie de fantasmas bélicos que el pbder hipnótico de su monstruo dominador les hace ver y presentir alucinadamente por todas partes. Han cesado las risas alegres que un día hicieron eco en todas sus ciudades, y hasta la falsa alegría que aún hace poco salía de los labios de los «chansonniers» con su cortejo de piruetas ridiculas y populacheras, va terminando también, porque los «chansonniers» se trasladan de sindicato, para engrosar la «honrosa» y demo­ crática profesión de pistoleros y vociferantes del antifascismo, mucho más lucra­ tiva y aun divertida que la de hacer sonreír con el ritmo de un «fox» a tinas cuan­ tas muñequitas de cabeza rubia. Con o sin sus absurdos trucos de alegría y frivolidad «standardizada» para el turismo... ¡pobre Francia estrujada en manos del soviet! Quizá su única,salvación esté en abrir el sepulcro de su Juana de Arco que cerró un día el antifrancesismo de los franceses enciclopedistas, como aquí pre­ tendió cerrar son siete llaves el de nuestro Cid, el antiespañolismo del español (?) Joaquín Costa. Y si un hombre genial no consigue hacer esto, es posible que muy pronto, ni por esta apartada y plácida margen del Bidasoa, que bordea el milagro verde de Francia, pueda ya ni siquiera corretear la inocencia prometedora de los niños, como en esta mañana luminosa de sol y de posibles esperanzas de Paz. (ABC, Sevilla, 29/X/37.)

Entre los comentaristas nacionales hay una serie de adjetivos que se usan siempre aplicados a Francia: liviana, sensual, materialista, avara. José María Salaverrta, que ya había dedicado gran parte de su actividad periodística a atacar al pais vecino en ocasión de la guerra del 14, repite aquí los cargos típicos: «El porvenir es dudoso y som­ brío», dice refiriéndose a la alianza con la Rusia soviética pero en el presente « ...se ve a Francia en efecto entregada al culto de la hora presente con un afán avaro y materialista... cuando faltan altos idea­

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les y propósitos de gran aliento para él futuro, la ambición se refugia en el afán de bienes próximos y bajos».

«FRONT POPULAIRE» por J osé M aría Salaverría

Es curioso- asistir al progreso de la superstición en Europa. Se entiende, entre las clases ilustradas de la sociedad. Antes se concedía a los gitanos y a ciertos pue­ blos meridionales el uso y abuso de las artes de la adivinación;· pero ahora resulta que el oficio de pitonisa está considerado con el mayor respeto en las grandes y las más cultas ciudades. En París, por ejemplo, los anuncios de las reputadas adivina­ doras suelen ocupar columnas enteras en las revistas políticas y literarias, y no de una manera vergonzante o disimulada, sino con una absoluta seriedad. Lo cual quiere decir que hay una infinidad de personas cultivadas y acomodadas que acu­ den a que les anticipen el porvenir por los medios que desde la más remota anti­ güedad ha utilizado el hombre para hacer creer que tiene en sus manos los secre­ tos del destino. Las cartas, desde luego, juegan el primer papel. Y el estudio de las líneas de la mano. Pero eso lo hace cualquier gitana, y las profesoras de ciencias ocultas, que tienen su despacho en París, son más ambiciosas. Se titulan videntes, quirománticas, astrólogas, lectores del pensamiento, expertas en magia y en ciencia ocul­ tas. Hay quien promete predecir el porvenir, con el auxilio de la «astrologia cien­ tífica», asegurando que puede indicar mes por mes los acontecimientos de 1937 y 1938. Nuestro Calendario Zaragozano ha sido, siempre más modesto, pues iiunca se ha aventurado a presagiar otra cosa que los acontecimientos atmosféricos del año entrante. ¿Por qué desean los franceses con un afán tan grande alzar los velos que ocul­ tan el porvenir? ¿Qué es lo que anhela, qué es lo que teme Francia en el porve­ nir? El ansia del mañana presume el descontento del hoy. Y es verdad que esa na­ ción, a la que los siglos han solido colmar de venturas, en el momento presente no tiene grandes motivos para sentirse satisfecha. Le amenaza la demagogia; el franco se precipita al suelo; la inseguridad social crece por instantes. Y entre­ tanto, una política verdaderamente zurda conduce al aislamiento a un país habitua­ do a ser el eje de brillantes alianzas. Y si se asocia con alguien, todavía es peor, porque una sociedad y complicidad con la Rusia soviética conduce a algo más malo que el aislamiento. El porvenir es dudoso y sombrío. Bien, pero queda el presente. Y se ve a Fran­ cia, en efecto, entregada al culto de la hora presente con un afán avaro y materia­ lista que procura aprovechar todas las coyunturas posibles. Cuando faltan altos ideales y propósitos de gran aliento para el futuro, la ambición se refugia en el afán de bienes próximos y bajos. Así es como actualmente París, la ciudad luz, la capital espiritual del mundo, como tenía la vanidad de titularse, está entregada en cuerpo y alma al oficio de la hotelería. A la explotación sistemática del turismo inglés y americano. ¿La política desdichada del Frente Popular? ¿La discordia y el disgusto entre los franceses? ¿La soberbia autoritaria del proletariado? ¿La in­ decisión y la debilidad en el exterior, la torpeza y el quebranto económico en el interior? Todo eso se aplaza o se trata de disimular por el momento; lo importan-

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te es comerciar con las galas de París y sacarle al extranjero sus buenos tnnnfnnps de libras y dólares. Para esto, la Exposición ha sido oficialmente prolongada hasta el otoño de 1938. Siempre fue París una ciudad que atraía al extranjero con singular seducción. Pero los de entonces eran atractivos, excepcionales y casi únicos, como era tam­ bién especial la categoría de los visitantes. Los artistas y los hombres de ciencia buscaban allí un selecto ambiente espiritual y las novedades del genio francés; la mejor aristocracia de Europa, los príncipes, los reyes, los banqueros, sentíanse felices con gustar en París los encantos de una brillante sociedad de larga tradi­ ción y los placeres de unas fiestas de incomparable elegancia. Hoy, los encantos de París son francamente frentepopulares, y las fiestas son como de barraca de fe­ ria, y los extranjeros que llegan son eso, turistas de autocar, empleados de Londres y tenderos de Nueva York, que aprovechan la ruina del franco para procurarse un viaje barato y divertido. Y hay, por último, los anglosajones que acuden a París con intenciones orgiásticas. Es decir, se recrudece el triste negocio de los «cabarets» pervertidos para ex­ plotación de la incauta clientela extranjera, y lo que aún es más desdichado, se comercia con el desnudo en la mujer. Asombra la cantidad de propaganda que en la prensa parisiense de destina al «nu». Debe de ser la apoteosis, la exaltación y la furia del «nu». Y sin recato ni timideces, como una moda tan legítima como otra cualquiera. Para atracción de forasteros... Mientras Francia se entrega a estos afanes materiales, y sólo piensa en la sen­ sualidad de la hora presente, su debilidad en el exterior se marca más cada día. No es sólo que esté despilfarrando las flores de su prestigiosa tradición, bajo la iniciativa de inspiradores y conductores judíos; es que está quedándose sola, reba­ jada del puesto principal, directivo, que· tenía en el estadio europeo. Su política lamentable sólo sabe cosechar antipatías, desvíos, ausencias. Su voz en Europa puede decirse que ha perdido su antigua autoridad, porque se la oye débil, inde­ cisa, torpe, incapaz de decisiones enérgicas, y sobre todo falta de genio político. Se diría que Francia se encuentra desconcertada ante la peripecia histórica de este momento del mundo, que ni comprende bien ni tiene fuerzas para superarla. (ABC, Sevilla, 6/XI/37.)

También coincide en esa apreciación del francés aterrado ante una guerra que ve venir sin que pueda o quiera hacer algo para evitarla, un escritor del grupo republicano, Juan de la Encina. «Hasta el bue­ no, hacendoso y avaro burgués francés empieza a sentirse otra vez en los bordes vertiginosos del abismo guerrero. No quiere la guerra. Tiembla ante su espectro que se le mete por todas las rendijas de su casa.»

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Correo de las arfes EN EL FILO DE LA GUERRA por J uan d e la E ncina

Querido amigo: Ya estoy en París. Llevo aquí varios días mareado con ges­ tiones de varia índole; y, al llegar el momento de cumplir mi promesa de escribir­ le, aunque fuere a vuela pluma, me acomete grandísima perplejidad, que se suma a mi escrúpulo de siempre. Porque quiere usted que le distraiga de los afanes y preocupaciones de la guerra con noticias y comentarios artísticos, y la verdad es que si alguien necesita de esas distracciones y paliativos es el amigo viajero que le escribe estas letras. Había que poseer anchurosa y rotunda alma de cántaro, tener naturaleza de hielo, de durísima piedra berroqueña, no tener, en fin, alma sensitiva ni intelectiva, para poder hacerse el sordo al vocerío político que llega de gran parte de Europa, desasirse así, aunque fuera momentáneamente, de la grave y desgarradora inquietud —túnica de Neso con multiplicados tósigos y ardores— en que uno ve inmerso a este gran pueblo francés, que tan medianamente suele correspondemos y comprender los sobresaltos y dramas de nuestra historia es­ pañola. Salía yo de mi patria en guerra; y, si no traía el ánimo propénso a buscar re­ poso y olvido de nuestra tragedia (que ello fuera vileza de malnacido), sí anhe­ laba —el negarlo sería repetir la irritante actitud de tantos héroes de la retaguar­ dia de los antípodas, tan perspicazmente comentada por Juan José Domenchina, tin poco de sedación para el espíritu y algún calmante para los nervios, que, como sabe usted, en mí son muchos. Pero no ha sido así, no ha podido ser así, ni si­ quiera por el tiempo que dura el resplandor de la centella, pues entré en tierra francesa en momentos de fuerte tensión internacional, como se dice, y de día en día, con mayor velocidad que el tren que nos conducía a París, esa «tensión» ha ido creciendo e intensificándose de una manera vertiginosa. Estamos, pues, en la antesala de otra «Gran Guerra». No sé si vendrá o no vendrá pronto; si al reci­ bir usted esta carta, Europa habrá entrado de nuevo en la Nave de los Locos. Todo puede ser, porque vamos llegando a tales extremos, insania que parece como si la «culta Europa» sintiera particular voluptuosidad, de índole masoquista, al dejarse conducir en parte por un cierto tipo de hombres de Estado con modos, actos, len­ guaje y psicología que antes correspondían casi exclusivamente a los conductores de pueblos-hordas. En ésas estamos. Ésas tenemos y ésas han de traernos, a pesar de los esfuerzos que se hacen por mantener una paz ya precaria, a la gran des­ ventura europea, que todos temen, incluso aquellos que hacen todo lo humana e inhumanamente posible por dejar en libertad a la fiera. Y ésta saldrá de un modo u otro a mitad del ruedo europeo. ¿Quién lo duda? Hasta este bueno, hacendoso y avaro burgués francés empieza a sentirse otra vez en los bordes vertiginosos del abismo guerrero. No quiere la guerra. Tiembla ante su espectro, que se le mete por todas las rendijas de su casa. Tiembla, sí, porque sabe lo que es la guerra por experiencia, y porque no sabe, aunque lo sospecha, cuáles han de ser las consecuen­ cias de la misma. ¿Cómo, pues, amigo mío, he de tener yo, por mi parte, la calma necesaria para

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la contemplación puramente estética? ¿Cómo en estas feroces circunstancias, sin sentirme yo algo en ridículo, he de enjaretarle una serie de cartas con mis impre­ siones artísticas de París? Imposible. La voz de la guerra se oye aquí lo mismo que en Barcelona, con retumbo creciente y, si nosotros hemos sido las primeras víctimas de los planes teratológicos de unos cerebros calenturientos, secundados por la inconcebible frivolidad de unos cuantos nacionales, a mí, ni a nadie que no se halle cegado por la pavura habrá de sorprenderle si el día de mañana (de un «mañana» que está al caer) somos nosotros unos de tantos —aunque ya bien expe­ rimentados— en el gran sufrimiento y en la cadena de la Danza de la Muerte que corre por Europa. ¿Cómo, pues, lo repito, informarle con calma y gusto de lo que voy viendo estos días en materia artística? ¡Pero si no veo nada, aunque me esfuerzo...! ¿Qué nos puede importar ni apasionar en esta hora Picasso, sus genialidades o sus mixti­ ficaciones, sus burlas y malicias, pagadas a peso de oro por el «snobismo» interna­ cional?· ¿Cómo ha de llegarnos a lo vivo, cuando la vida de Europa y su cultura están en momentos críticos, las «manchas» de color justas y alegres y la elegante ondulación del arabesco en las obras de un Matisse? ¿Qué importa el neorrealismo que surge como purga del empacho suprarrealista} ¿Qué nos importan, en fin, esos artistas alborotados y escandalosos, monstruos de vanidosa impotencia, que a lo me­ jor acaban en «montadores de escaparates», arte supremo para ellos, dando así prue­ ba palmaria del escaso contenido de sus mentes y espíritus? Con toda sinceridad: ¡nada!, ¡nada!, ¡nada...! Tan poco como la colección de insignificantes audaces que un día se dedicaron, creyendo que todo el campo era orégano, a desbaratar lo poco que en los últimos años se había construido. Sí, amigo mío, aquí se oyen las voces solemnes de la guerra general con cre­ ciente claridad. Puede llegar ahorá o puede evitarse. En el día y hora que le escri­ bo, no lo sé; pero lo que aquí se oye con mayor netitud son sus voces fatídicas. La gente está aquí serena. Usted conoce y admira ál pueblo francés, y sabe con qué entereza afronta los momentos supremos. Melancólico, grave, no queriendo la guerra, circula por las'calles; pero si la necesidad histórica obliga... Se ven pasar los primeros movilizados. No se oyen aún los gritos ni se siente aquella ardiente nerviosidad de julio del 14, que tantas veces hemos evocado juntos. Pero, si hay que partir, cumplirán, lo mismo el burgués que el proletario, magníficamente con su deber. Vuelven a lá guerra silenciosamente, como quien torna a las batallas tras un breve refrigerio en la retaguardia. Si esto se encalma, podremos volver a nuestros temas artísticos. Pero quedan por hoy las espadas en altó, pues la Esfinge nos mira a todos con sus ojos calmos y feroces. Suyo, Juan de la Encina. París, 24-9-38 , , ' (La Vanguardia, 8/X/38.)

Max Aub, como otros correligionarios, reprochará a Francia, la Francia democrática en que confiaba, su pasividad, advirtiéndola de lo que le espera si ganaran los enemigos: «Entonces verías ·cómo los Pirineos alzaban sus cumbres de modo inverosímil y los españoles que

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quedaran acordarse de los agravios que contigo tienen y que nunca faltan en los hontanares de la historia.»

Las cosas como son ESCÚCHAME, FRANCIA... por M a x A ub

No hay cosa como un mapa. Se lo planta uno delante y puede dejarse ir por el vértigo, hablarle como a persona conocida de tiempo; carece de las dificultades que embargan un diálogo de súbdito a personaje imponente. Se puede uno dar el gusto de ser profeta sobre una materia tan viva y eterna como es la Geografía, única ciencia que no engaña. Un acantilado es siempre un acantilado, y el golfo de X es intangible. Los terremotos y los volcanes no hacen sino confirmar la regla. Las fronteras van y vienen, pero las cosas no cambian. Los continentes son firmes, las fronteras aleatorias. La historia es la polilla de la geografía: un monte, un río, pasan sin enterarse por las nacionalidades más antagónicas. Un país lleva sus lími­ tes como sus modas: una temporada. Una nación es su geografía, un pueblo su suelo; los hitos son transitorios y pueden trasladarse en una noche. Ahí estás tú, Francia, clavada entre Inglaterra, Alemania, Italia y España, porque los países pequeños que se te acogen han sido inventados para evitar rozamientos. A ti se te conoce a la legua —-todos los pleitos nacionalistas se arreglarían encargando a pai­ sajistas el deslinde de las fronteras—; tu campo, tu temperatura,. tus mesones, tu gastronomía, tu arquitectura, tu luz y la manera de representar tus comedias, son inconfundibles. Y tus soldados (en lo hondo de las cosas —y de la historia— la verdad es que sólo ha habido en el mundo dos soldados: el español y el francés; los demás fueron siempre mercenarios). Eres un poco como el ideal del Felipe de «La revoltosa»: ni muy alta, ni muy baja; ni muy lista, ni muy tonta. En el fondo, lo que tú eres es la verdad, la medianía: ni el vivir a ultranza, llevado por un ideal remoto, ni el bien, pero sí el bien vivir. El medio: la creadora de la clase media, su medida, su casa, su sentido, su historia. Pero este buen sentido que nadie te niega, te tiñe de cobardía en estos últimos tiempos. Te das perfecta cuenta de que, para salvarlo, tienes necesidad de recurrir a actitudes duras y aun extremas, y ni la intransigencia ni la afirmación categórica han sido tus maneras. Y no te atreves, y tanteas un modo, pruebas un camino, te asustas y vuelves atrás. Quince días más tarde vuelves a emprender el mismo es­ fuerzo con la ilusión de que esta vez lo que antes fracasó te dará fácil salida. Lo peor es que te engañas, es decir, que tú misma te mientes a sabiendas esperando que los hechos, corriendo el tiempo, ganándolo —que es perderlo— te lo ¿ten todo resuelto; has dejado escapar, en tu dulce molicie, todo el poder de iniciativa: la inercia es tu modo, el remolque tu manera de andar, tu motor la City, tu miedo Alemania y, hasta si quieres, tu pasión España. La llevas pegada a tu costado de Hendaya a Cerbère: partiéndonos, en lo más alto, la cintura que nos une y separa; y la lengua de tu país vasco y de tu Rosellón, es la misma que la de los nuestros. ¡Qué miedos no pasas, sin que intentes defenderte, por fiarte de los hados! Pero, escúchame, Francia: nada nuevo te digo aquí si se imprime otra vez que es tu rango el que nuestros hombres están defendiendo en nuestra misma entraña, sobre nuestra tierra. Y si consintieras que se viniese a perder este primer «round»

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de nuestra guerra —que no sucederá, porque somos los más, los mejores y tenemos la razón—, entonces verías cómo los Pirineos alzaban sus cumbres de modo in­ verosímil, y a los españoles que quedaran, acordarse de los agravios que contigo tienen y que nunca faltan en los hontanares de la Historia. Sabes que te juegas el papel que en el mundo te ha tocado en suerte, y sabes que esto de la suerte es la pura verdad. En tierras más áridas e intratables se juega el destino de las próximas décadas. Pudo haber un embajador español que, adulan­ do a un monarca francés, exclamara en señal de acatamiento: «Ya no hay Pirineos»; los hay para bien de todos, y se puede hacer con ellos lo que se nos antoje. Pero dejas que se juegue en sus vertientes a cara o cruz —nosotros la cara, ellos la cruz—, el porvenir del mundo: porque aquí se juega no sólo el mañana de Europa, sino el de nuestra América, con sus mercados y sus universidades y la influencia decisiva que en su edad madura quieren ejercer los reyezuelos impertinentes que se han impuesto a Italia y, Alemania. Saben que una España libre y gloriosa puede arrebatarles una bandera y una influencia decisiva. Saben que cada día es y será mayor el sentido de que nuestro destino es América, y combaten en nuestro propio cuerpo esta espléndida posibilidad. Allí va unido tu nombre a un ideal de libertad; no tenemos allí intereses antagónicos: la democracia es nuestra manera; la dicta­ dura, la de nuestros enemigos. No es sólo tu libertad, el verte reducida mañana a un rango secundario en el mapa y la historia de Europa: es también tu hundimien­ to en las otras partes del mundo lo que te juegas en tus titubeos. Nosotros no titu­ beamos. Aquí morimos aguardándote. Te hablo, sé que me oyes, pero no sé si me escuchas: por nosotros y por ti, lo deseo de todo corazón. (La Vanguardia, 22/IV/38.)

Curiosamente hay una cosa en la que coinciden nacionales y re­ publicanos al hablar de Francia. Y es la incapacidad total de ese país para comprender a fondo a España y menos aún el drama español. Para ellos será siempre la vuelta al tópico.

PROPÓSITOS Y DESPROPÓSITOS por J uan J o sé D o m e n c h in a

Mi amigo Z. ha regresado de París. Mi amigo Z., que es un español añejo, no podía hallarse —ni sentirse bien hallado— en París. París es ciudad harto populo­ sa y frívola para el melancólico ensimismamiento de mi amigo. Mi amigo dice, y lo dice como lingüista impecable, que se siente asaz español y que, por ende, no es posible que viva a su gusto en un cacho de tierra que no sea cacho de España. Por ser hombre cabal y apropiado, de ser o existir propio, hoy por hoy no transige con lo que le es ajeno. Odia las medias tintas. Detesta las adhesiones verbales con que se nos protege y ahoga. Vuelve a España porque la necesita. —Ningún español legítimo puede sentirse español fuera de España. En París, la tragedia española significa una porción de inexactitudes... y de superfluidades.

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Para los franceses, la tragedia española es, por ejemplo, la culminación de un tópi­ co harto revenido: el tópico de la majeza —con o sin toreadores— del xix: mú­ sica de Bizet. O el parche de los panderetólogos políticos, que prueban a lograr por osmosis, a través de ese parche, el fenómeno de la identificación fronteriza, la homogenización de las densidades limítrofes. O, también, el juego —casi floral, seudoprovenzal, seudoincondicional— de la protección enguirnaldada y retórica al desvalido soberbio. Desengáñese usted. España es España. Y sólo España acier­ ta —y esto por excepción— a comprenderse. Por mi parte, y aunque usted me til­ de de absurdo y de paradójico, me vuelvo a mi tierra, que es la tierra donde se muere, porque no se puede vivir en esas otras, donde se vive, donde sólo se vive. Sin que me repugnen la comodidad y el lujo, sin que me atraiga la presencia del riesgo, mi sangre española se vuelve a su origen, porque más allá de su origen, se envenena y revuelve. Eso es todo. (La Vanguardia, 29/VI/38.)

Corpus Barga también cree en la absoluta indefensión en que les van a dejar las democracias occidentales, un abandono que se basa, sobre todo, en el egoísmo. «Estáis muy atrasados,., vivís al margen de Europa, no os comprendemos ni sabemos lo que queréis con vues­ tras luchas... sois extremistas y demagogos... nuestra democracia y nuestra república son otra cosa. Tenemos que salvarlas aunque a vo­ sotros os aplaste Franco.» Dice Francia. Y parecidamente hablará In­ glaterra. Corpus Barga se queja de esa miopía política que les hizo también abandonar a los izquierdistas moderados de Italia y Alemania dejando el camino abierto al fascismo y el nazismo. «Las grandes de­ mocracias adalides de la política europea, han faltado a su misión, han presentado su dimisión», concluye Corpus Barga. Y entonces sólo queda un grito: «¡Españoles, a defenderse!»

Comentario político LA DIMISIÓN DE LAS DEMOCRACIAS por C orpus B arga

La p o lítica intern acio n al sigue siendo m aquiavélica, n o e n el sen tid o enrevesa­ d o que suele darse a esta p alab ra — nada ta n sencillo com o la p o lítica v ista p o r M aquiavelo— , sino e n su v erdadero sentido, esto es: p o r su crudeza. Veamos lo que, ante la rebelión de Franco, nos han dicho (porque nos lo han dicho con hechos más que con palabras) crudamente Inglaterra y Francia, su§ gobiernos, sus opiniones dominadoras, a los españoles fieles a España y a la Re­ pública que, siguiendo la historia ineludible de España, nos habíamos dado. Puede resumirse así: — ¡Ah!, estos buenos españoles, ¡qué lástima! Con lo hermoso que es vuestro país, a pesar de sus páramos, y lo bien situado que está. Con las magníficas con­ diciones personales que tenéis y habéis mostrado tantas veces en vuestra historia.

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Pero estáis muy atrasados; sois ignorantes; vivís al margen de Europa; no os com­ prendemos ni sabemos lo que queréis con vuestras luchas: ¿lo sabéis vosotros? Parece que sólo tenéis ese gusto por la sangre que cultiváis en vuestra fiesta des­ lumbradora de los toros. Sois artistas refinados como pueden serlo los pueblos primitivos y los caídos, pero no sabéis vivir, ni siquiera sabéis comer; no sois políticos. La República, la democracia, os vienen muy anchas, os escurrís; sois extremistas y demagogos: ¿cómo queréis que nos comprometamos con vosotros? Nuestra democracia y nuestra República son otra cosa. Tenemos que salvarlas aun­ que a vosotros os aplaste Franco. Como tenemos que salvar nuestros intereses en España. Unos y otras bien valen que nos entendamos con Franco o con quien sea, llegado el caso. Sí, ya lo sabemos, Hitler y Mussolini están detrás de los generales españoles. Por eso queremos neutralizar su influencia. Además, hace tiempo que hemos transigido y estamos dispuestos a entendernos con Hitler y Mussolini. Te­ nemos que salvar nuestra pacífica democracia en nuestro propio país. ¡La paz! ¡An­ te todo la paz! ¡Dejadnos en paz! (Más crudo en francés: Foutez-nous la paix.) Esto es lo que nos dice la democracia francesa. Y la democracia inglesa nos viene a decir lo mismo con otras palabras: —Vosotros, los latinos, siempre os estáis peleando. Parecéis irlandeses. Pero habéis caído mucho, estáis peor educados que los irlandeses. Sois incapaces de comprender la dureza y la crueldad fríamente: el crimen considerado como un acto de buena educación. Hay que teneros a raya. En un régimen intermedio. Si fuese posible, con un rey mejor educado que aquel sinvergüenza de Alfonso X III, que ha tenido que refugiarse en la corte de Mussolini porque en la nuestra no era presentable. A Mussolini también le va a llegar el momento de tenerse a raya. Ha dejado de ser divertido. Es un bufón que jugando con el cetro se ha tomado en serio por un rey. (Shakespeare.) Hitler es otra cosa. Tiene detrás un pueblo de an­ glosajones, con quien acabaremos por entendernos a pesar de sus Guillermos y sus Adolfos. En fin, nos estamos rearmando. Defenderemos el Estrecho de Gibraltar, pese a Franco, a Largo Caballero y a la Pasionaria (qué mujer más curiosa; no hemos tenido en Inglaterra ninguna sufragista de tanto temperamento). No cono­ cemos más que a estos tres españoles. Desde luego son tipos humanos más de verdad que Mussolini. España es un país de paisajes y de tipos. Lástima que no se deje gobernar. Y así continúa en el fondo hablándose de nosotros en Inglaterra. En el fondo de los artículos más serios y más de fondo. Inglaterra y Francia, sus democracias oficiales, siguen considerando a España como un caso aparte. Aquí estriba toda su equivocación. No se fijan en que la verdad es que están haciendo ellas mismas ahora con la República española lo mismo que hicieron antes con la República alemana, y antes con los liberales ita­ lianos. No ya en España se repite ahora el caso de Alemania asaltada por el nacio­ nalsocialismo y de Italia por el fascismo, sino que las democracias de Francia y de Inglaterra están fallando igual. También dijeron de Alemania que era un pueblo salvaje, sin sentido político, incapaz de vivir en República. Si algún estadista francés o inglés quiso dar crédito a la República alemana, su política fue saboteada en Francia o en Inglaterra. Son evidentes las faltas que cometieron los republicanos y los socialistas alemanes, como también lo son las que han cometido los españoles; pero, ¿quién puede asegurar que las democracias de Inglaterra1 y de Francia hicieron lo que podían haber hecho para remediarlas? Al contrario; estas democracias, utilizando el Trata­ do de Versalles sin generosidad ni inteligencia, arruinaron las esperanzas democrá-

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ticas de los alemanes. La República alemana se asfixió en Europa, en la Europa democrática, antes que en la propia Alemania. A los liberales y socialistas italianos se les había a su vez menospreciado por Inglaterra y Francia, se les había dejado aislados y con estigma de inferioridad frente a las clases medias de Italia empobrecidas y decepcionadas por la guerra. El fascismo fue al principio un movimiento de reacción nacional de Italia lasti­ mada por las grandes potencias amigas. Fue un producto de la política miope de las democracias victoriosas. Cuánto se ha echado después y cuánto se echará aún de menos en Francia y en Inglaterra a los liberales, a los republicanos, a los socialistas italianos y ale­ manes, a los que se dejó arrollar tan desdeñosamente. La. democracia francesa se desinteresaba de Nitti y hacía guiños a Mussolini. ¡Mussolini! Si había sido el hombre de la democracia francesa para que Italia entrara en la guerra de las democracias contra los Imperios Centrales. Siempre nos podremos entender con él —se decían para sus barbas muchos políticos fran­ ceses que ahora se dicen lo mismo pensando en Franco. No se puede afirmar que hayan acertado. La lección que les_ dio el fascismo italiano no la habían querido aprender las democracias de Francia y de Inglaterra cuando surgió el ataque del nacionalso­ cialismo en Alemania. Hitler será la ruina del Reich —llegaron a pensar muchos políticos ingleses y franceses, Y cuando el Reich se fortaleció, esos mismos polí­ ticos pensaron: «No habrá más remedio que dar a los alemanes, para que sé desfoguen, alguna lejana colonia en África y en Asia.» Quién hubiera dicho a las democracias de Inglaterra y de Francia que la escuadra que el Reich se había sacado de un bolsillo iba a señorear en el Mediterráneo. Y que la aviación ale­ mana iba a levantar su vuelo en el Occidente de Europa, por la espalda de Fran­ cia, sobre los humos británicos de Bilbao. La lección que les daba el nacionalso­ cialismo tampoco la aprendieron. Y la realidad, maestra inevitable, les está dando en España —a costa nues­ tra, tenemos que decir apretando los dientes— la tercera y más evidente lección. En Italia y en Alemania el fascismo y el nazismo fueron movimientos que, aun originados por culpas de las democracias nacionales y faltas de las democracias extranjeras, tuvieron carácter propio y triunfaron. El fascismo español no tiene ni nombre y al estallar fue vencido por la República. Y son los fascismos de Alemania y de Italia los que están' haciendo por el fascismo español lo que nunca hubieran osado hacer las democracias de Francia y de Inglaterra por las democracias de Italia y de Alemania. Y lo que no hubieran osado hacer ellas se lo dejan hacer a los otros. Y lo encubren. Se consuelan. Tratan de sacar para España un régimen intermedio como el que han logrado en aquel país tapón o en aquella nación balkánica. Pero los Es­ tados de los Balkanes y de la Europa Central giran ya fatalmente en torno al eje Berlín-Roma. Y si continúa el movimiento, hasta Checoslovaquia, el Estado en cristal de Bohemia, que un gran estadista, Benes, fabricó con la ayuda de la demo­ cracia francesa, tendrá que pedir reposo, seguridad, aunque la encierren en una vitrina y Hitler se guarde la llave. Las grandes democracias, adalides de la política europea, han faltado a su mi­ sión, han presentado su dimisión, ¡Españoles, a defenderse! (Hora de España, julio 1937.)

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URSS La única potencia que ayuda eficazmente a la España republica­ na recibirá el agradecimiento literario del primer escritor de este lado. Antonio Machado hablará en un trabajo de las hondas relacio­ nes que existen entre los dos pueblos. «Por debajo y por encima del marxismo, España ama a Rusia, se siente atraída por el alma rusa» y ve lazos claros entre dos concepciones de vida: «El alma rusa que ha sabido captar lo específicamente cristiano — el sentido fraterno del amor, emancipado de los vínculos de sangre— encontrará su eco profundo en el alma española, no en la calderoniana, barroca y ecle­ siástica, sino en la cervantina, la de nuestro generoso hidalgo Don Quijote, que es, a mi juicio, la genuinamente popular, nada católica, en el sentido sectario de la palabra, sino humana y umversalmente cristiana.»

CARTA A DAVID VIDODSKY por A n t o n io M ac h a d o

LENINGRADO Mi querido y lejano amigo: Con algún retraso me llega su amable carta del 25 de enero, que habría con­ testado a vuelta de correo, si mis achaques habituales no se hubiesen compli­ cado con una enfermedad de los ojos, que me ha impedido escribir durante varios días. -, En efecto, soy viejo y-enfermo, aunque usted por su mucha bondad no quiera creerlo: viejo, porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las visceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función. Pienso, sin embargo, que hay algo en mí todavía poco solidario de mi ruina fisiológica, y que parece implicar salud y juventud de espíritu, si no es ello también otro signo de senilidad, de regreso a la feliz creencia en la dualidad de sustancias. De todos modos, mí querido Vígodsky, me tiene usted del lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también en­ frente de esas fuerzas negras — ¡y tan negras!— a que usted alude en su carta. En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos —nuestros hari­ nas— invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien

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nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud. He visto con profunda satisfacción la intensa comente de simpatía hacia Rusia que ha surgido en España. Esta corriente es, acaso, más honda de lo que muchos creen. Porque ella no se explica totalmente por las circunstancias histó­ ricas en que se produce, como una coincidencia en Carlos Marx y en la experien-, cia comunista, que es hoy el gran hecho mundial. No. Por debajo y por encima y a través del marxismo, España ama a Rusia, se siente atraída por el alma rusa. Lo tengo dicho hace ya más de quince años, en una fiesta que celebramos en Segovia, para recaudar fondos que enviar a los niños rusos. «Rusia y España se encontrarán un día como dos pueblos hondamente cristianos, cuando los dos sacudan el yugo de la iglesia que los separa.» Leyendo hace unos meses «El Adolescente», de Dostoïevski —vuestro gran Dostoïevski—, encontré algunas páginas, en mi opinión proféticas, que me afir­ man en la idea que tuve siempre del alma rusa. Un personaje de esta novela, V ersilov—cito y resumo de memoria, porque mis , libros se han quedado en Madrid—, dice, conversando con su hijo, que llegará un día en que los hombres vivan sin Dios. Y cuando se haya agotado esa gran fuente de energía que les prestaba calor y nutría sus almas, los hombres se sentirán solitarios y huérfanos. Pero, añade —y esto es, a mi juicio lo específicamente ruso— que él no ha po­ dido nunca imaginar a los hombres como seres ingratos y embrutecidos. Los hombres entonces se abrazarán más estrecha y amorosamente que nunca, se darán la mano con emoción insólita, comprendiendo que, en lo sucesivo, serán ya los unos para los otros. La idea y el sentimiento de la inmortalidad serán suplidos por el sentido fraterno del amor. Claramente se ve cómo Dostoïevski es un alma tan impregnada de cristianismo, que ni en los días de mayor orfandad y más negro ateísmo que él imagina, puede concebir la ausencia del sentimiento espe­ cíficamente cristiano. Y expresamente lo dice Versilov, al fin de su discurso, en estas o parecidas palabras: Entre los hombres huérfanos y solitarios, veo al Cristo tendiéndoles los brazos y gritándoles: ¿cómo habéis podido olvidarme? Como maestra de cristianismo, el alma rusa, que ha sabido captar lo específi­ camente cristiano —el sentido fraterno del amor, emancipado de los vínculos de la sangre— encontrará un eco profundo en el alma española, no en la caldero­ niana, barroca y eclesiástica, sino en la cervantina, la de nuestro generoso hidalgo Don Quijote, que es, a mi juicio, la genuinamente popular, nada católica, en el sentido sectario de la palabra, sino humana y universalmente cristiana. Uno de los grandes bienes que espero del triunfo popular es nuestro mayor acercamiento a Rusia, la mayor difusión de su lengua y de su gran literatura, poco y mal conocida aún entre nosotros y que, no obstante, ha dejado ya muy honda huella en España. Con toda el alma agradezco a usted como español la labor de hispanista a que usted ahora se consagra. Por nuestro amigo Rafael Alberti tenía de ella la mejor noticia. Ahora me anuncia usted su traducción de «El Mâgiço Prodigioso», el magnífico drama de Calderón de la Barca. El teatro calderoniano es, a mi juicio, la gran catedral estilo jesuíta de nuestro barroco literario. Su traducción a la lengua rUsa llenará de orgullo y satisfacción a todos los amantes de nuestra literatura. Sobre la tragedia de Unamuno, que es tragedia de España, publiqué una nota en el primer cuaderno de la Casa de la Cultura. Se la copio, levemente retocada para subsanar una errata importante de su texto. Dice así: «A la muerte de don

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Miguel de Unamuno, hubiera dicho Juan de Mairena: de todos los grandes pen­ sadores, que hicieron de la muerte tema esencial de sus meditaciones, fue Una­ muno quien menos habló de resignarse a ella. Tal fue la nota antisenequista —original y espafiolísima, no obstante— de este incansable poeta de la angustia española. Porque fue Unamuno todo, menos un estoico, es decir, todo antes que un maestro de resignación a la fatalidad del morirse, le negaron muchos el don filosófico, que poseía en sumo grado. La crítica, sin embargo, debe señalar que, coincidiendo con los últimos años de Unamuno, florece en Europa toda una metafísica existencialista, profundamente humana, que tiene a Unamuno, no sólo entre sus adeptos, sino también —digámoslo sin rebozo— entre sus precursores. De ello hablaremos largamente otro día. Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra, ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.» La muerte de García Lorca me ha entristecido mucho. Era Federico uno de los dos grandes poetas jóvenes andaluces. El otro es Rafael Alberti. Ambos, a mi juicio, se complementaban como expresión de dos aspectos de la patria andaluza: la oriental y la atlántica. Lorca, más lastrado de folklore y de campo, era ge­ m ina y esencialmente granadino. Alberti, hijo de un finis tense, la planicie gaditana, donde el paisaje se borra, y se acentúa el perfil humano sobre un fondo de mar o de salinas, es un poeta más universal, pero no menos, a su manera, andaluz. Un crimen estúpido apagó para siempre la voz de Federico. Rafael visita los frentes de combate y, acompañado de su brava esposa María Teresa León, se expone a los más graves riesgos. Releyendo, cosa rara en mí, los versos que dediqué a García Lorca, encuentro en ellos la expresión poco estéticamente élaborada de un pesar auténtico, y ade­ más, por influjo de lo subconsciente sine qua non de toda poesía, un sentimiento de amarga queja, que implica una acusación a Granada. Y es que Granada, pien­ so yo, una de las ciudades más bellas del mundo y cuna de españoles ilustres, es también —todo hay que decirlo— una de las ciudades más beodas de España, más entontecidas por su aislamiento y por la influencia de su aristocracia degra­ dada y ociosa, de su burguesía irremediablemente provinciana. ¿Pudo Granada defender a su poeta? Creo que sí. Fácil le hubiera sido probar a ios verdugos del fascio, que Lorca era políticamente innocuo, y que el pueblo que Federico amaba y cuyas canciones recogía no era precisamente el que canta la Internacional. En Madrid libertado o en Lentngrado libre, yo también tendría sumo placer en estrechar su mano. Por de pronto me tiene usted en Valencia (Rocafort) al lado del Gobierno cien veces legítimo de la- gloriosa República española y sin otra aspiración que la de no cerrar los ojos antes de ver el triunfo definitivo de la causa popular, que es —coino usted dice muy bien— la causa común a toda la humanidad progresiva. En fin, querido Vigodsky, no quiero distraer más su atención. Mis afectos a su hijo, el joven bautista de sus canarios con nombres de ríos españoles. Dígale que me ha conmovido mucho su gentil homenaje a la memoria del poeta querido. Y usted disponga de su buen amigo. P.D. — Le envío a usted esos dibujos de mi hermano José para que vea algu­ nos auténticos aspectos gráficos de nuestra España. (Hora de España, abril 1937.)

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Un año más tarde, Antonio Machado escribirá de nuevo sobre Rusia, pero esta vez sobre la actualidad de su política. Mencionando «esos dos hinchados dictadores que pretenden asustar al mundo y a quienes Roma y Berlín soportan y ensalzan» compara esas ciudades con Moscú que «aunque salude con el puño cerrado, es la mano abierta y generosa, el corazón hospitalario para todos los hombres libres que se afanan por crear una forma de convivencia humana que no tiene sus limites en las fronteras de Rusia». Y tras mencionar la animosidad de sus enemigos que la obligan a mantener el primer ejército del mundo, habla de su fama « ...la gran República de los Soviets va ganando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación de un propósito de justicia».

SOBRE LA RUSIA ACTUAL por A n t o n io M ac h a d o

Nunca olvídate unas palabras de Dostoïevski, leídas recientemente, pero que coinciden con la idea que hace ya muchos años me había yo formado del alma rusa: «Sí, hijo mío, te lo repito, yo no puedo dejar de respetar mi nobleza: Se ha creado entre nosotros, en el curso de los siglos, un tipo superior de civilización, desconocido en otras partes, que no se encuentra en todo el universo: el hombre que sufre por el mundo.» Como a nuestro Unamuno España, le dolía si ruso el mundo entero. Dejando a un lado cuanto puede haber de jactancia y aun de prejuicio aris­ tocrático en las citadas frases, que pone Dostoïevski en boca de un personaje de sus novelas, reparemos en que días expresan una esencialísima verdad rusa. ¿Y es ahí donde hemos de buscar la más honda raíz de la Rusia de hoy? Como las grandes montañas cuando nos alejamos de ellas, la nueva Rusia se nos agiganta al correr de los años. ¿Quién será hoy tan ciego que no vea su gran­ deza? La proclaman sus mismos enemigos. Los millones de hombres con el es­ cudo al brazo que militan contra la nueva Rusia, nos dicen claramente con su actitud defensiva que es hoy Moscú el foco activo de la historia. Londres, París, Berlín, Roma, son faros intermitentes, luminarias mortecinas que todavía se transmiten señales, pero que ya no alumbran ni calientan, y que han perdido toda virtud de guías universales. Reparemos en la pobre idea que dan de sí mismas esas democracias que fue­ ron un día el orgullo del mundo; veamos cuánto sale o se guisa en sus cancille­ rías, incapaces de invocar —siquiera sea a título de dignidad formularia— ningún principio ideal, ninguna severa norma de justicia. Como si estuvieran vencidas

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de antemano, o subrepticiamente vendidas al enemigo, como si presintiesen que la llave de su futuro no está ya en su poder, apenas si tienen movimiento que no revele un miedo insuperable a lo que püede venir. Reparemos en su actuación desdichada en la Sociedad de Naciones, convirtiendo una institución nobilísima, que hubiera honrado a la humanidad entera, en un organismo superfluo, cuando no lamentable, y que sería de la más regocijante ópera bufa, si no coincidiese con los momentos más trágicos de la historia contemporánea. Reparemos en esos dos hinchados dictadores que pretenden asustar al mundo y a quienes Roma y Berlín soportan y exaltan. Ellos no invocan la abrumadora tradición de cultura de sus grandes pueblos respectivos: la declaran superflua; proclaman, en cambio, una voluntad ambiciosa, un culto al poder por el poder mismo, un deseo arbitrario de avasallar al mundo, que pretenden cohonestar con una ideología rancia, cien veces refutada y reducida al absurdo por el solo hecho de la guerra europea. Roma y Berlín son hoy los pedestales de esas dos figuras de teatro, abominables máscaras que suelen aparecer en los imperios llamados a ser aniquilados, por enemigos del género humano. La historia no camina al ritmo de nuestra impaciencia. No vivirá mucho, sin embargo, quien no vea el fracaso de esas dos deleznables organizaciones políticas que hoy representan Roma y Berlín. Moscú, en cambio —resumamos en este claro nombre toda la vasta organi­ zación de la Rusia actual—, aunque salude con el puño cerrado, es la mano abierta y generosa, el corazón hospitalario para todos los hombres libres, que se afanan por crear una forma de convivencia humana, que no tiene sus límites en las fronteras de Rusia. Desde su gran revolución, un hecho genial surgido en plena guerra entre naciones, Moscú vive consagrado a una labor constructora,qu una empresa gigante de radio universal. La fuerza incontrastable de la Rusia actual radica en esto: Rusia no es ya una entidad polémica, como lo fue la Rusia de los zares, cuya misión era impo­ ner un dominio, conquistar por la fuerza una hegemonía entre naciones. De esa vanidad, que todavía calienta los sesos de Mussolini, ese faquino endiosado, se curaron los rusos hace ya veinte afios. La Rusia actual nace con la renuncia a todas las ambiciones del Imperio, rompiendo todas las cadenas, reconociendo la libre personalidad de todos los pueblos que la integran. Su mismo ejército, el pri­ mero del mundo, no sólo en número, sino, sobre todo, en calidad, no es esencial­ mente el instrumento de un poder que amenace a nadie, ni a los fuertes ni a los débiles, responde a la imperiosa necesidad de defensa que le imponen la muche­ dumbre y el encono de sus enemigos; porque contra Rusia militan las fuerzas al servicio de todos los injustos privilegios del mundo. Sus gobernantes no lo olvi­ dan. La política de Lenin y Stalin se caracteriza, no sólo por su alcance universal, sino también por un claro sentido de lo real, cuya ausencia es siempre en política causa de fracaso. Mas la Rusia actual, la Gran República de los Soviets, va ga­ nando, de hora en hora, la simpatía y el amor de los pueblos; porque toda ella está consagrada a mejorar las condiciones de la vida humana, al logro efectivo, no a la mera enunciación, de un propósito de justicia. Esto es lo que no quieren ver sus enemigos, lo que muchos de sus amigos no han acertado a ver con clari­ dad: el sentido generoso y fraterno, íntegramente humano, de todas las creacio­ nes del alma rusa, el que impera en esa magnífica Unión de Repúblicas Soviéticas, cuyo vigésimo aniversario se celebrará en el año que corre. Pero Rusia, la Rusia actual, que todos admiramos y que ilumina a muchos con sus potentes reflectores enfocados hacia el porvenir, no es, como algunos creen, un fenómeno meteórico e inexplicable, venido de otras esferas para asom-

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bto de nuestro planeta; no es, como piensan otros, una consecuencia asiática del pensamiento teutónico de Carlos Marx; no es, tampoco, un engendro de la Revo­ lución de octubre, ni mucho menos ha salido —la Rusia actual— acabada y perfecta, de la cabeza de Lenin, como Minerva de la cabeza de Júpiter. No. A mi juicio, no es nada de esto. Los viejos amigos de Rusia, los que conocíamos, antes de su gran Revolución y aun antes de la guerra mundial, algo de su admirable literatura —Dostoïevski, Turguenef, Tolstoi—- sabemos que, bajo el dominio des­ pótico de los Czares, estaban ya maduras las virtudes específicamente rusas sobre las cuales se asienta la Rusia de hoy. Aquellos libros que leíamos siendo niños, y que llegaban a nosotros, trasegados del ruso al alemán, del alemán al francés y del francés al español chapucero de los más baratos traductores de Cataluña, dejaban en nuestras almas, a pesar de tantas torpes decantaciones lingüísticas, una huella muy honda, nos conmovían más que muchas de nuestras mejores novelas contemporáneas. —Buena lección para meditada por nuestros culteranos deshumanizadores del arte literario—. Y es que a través de la más inepta tra­ ducción de La guerra y la paz —por aducir un ejemplo ingente— llega a noso­ tros, todavía, un mensaje del alma eslava, amplia y profundamente humano, que parece revelarnos un mundo nuevo. Entendámonos: nuevo con relación al mundo mezquino y provinciano de la moderna literatura occidental. Én verdad, no es un mensaje literario éste que el alma rusa nos envía en sus obras maestras. Ni si­ quiera sabemos si las novelas de Tolstoi o Dostoïevski están bien o mal escritas en su lengua. Suponemos que lo estarán soberbiamente. Pero sabemos con cer­ teza la mucha humanidad que contienan, la gran copia de vidas humanas al mar­ gen de toda frivolidad que en ellas se representa; sabemos que esas vidas huma­ nas, las más humildes como las más egregias, parecen movidas por un resorte esencialmente religioso, una inquietud verdadera por el total destino del hom­ bre. Bajo la férula de su imperio despótico, de espíritu más o menos tártaro o mongólico, al margen de su iglesia fosilizada en normas bizantinas, el alma eslava ha captado, ha hecho suyas las más finas esencias del cristianismo. Sólo el ruso, a juzgar por su gran literatura, nos parece vivir en cristiano, quiero decir auténti­ camente inquieto por el mandato del amor de sentido fraterno, emancipado de los vínculos de la sangre, de los apetitos de la carne, y dél afán judaico de perdu­ rar, como rebaño, en el tiempo. Sólo en labios rusos esta palabra: hermano, tiene un tono sentimental de compasión y amor y una fuerza de humana simpatía que traspasa los límites de la familia, de la tribu, de la nación, una vibración cordial de radio infinito. Roma contra Moscú, se dice hoy; yo diría, mejor: Roma y Berlín, las dos fortalezas paganas, la germánica y la latina, del cristianismo occidental contra el foco ruso del cristianismo auténtico. Pero Roma y Berlín —Berlín sobre todo— militan contra Moscú hace ya tiempo. En los momentos de mayor auge de la literatura rusa, hondamente cristiana, el semental humano de la Europa central, lanza por boca de Nietzsche, su bramido de alarma, su terrible invectiva contra el Cristo viviente en el alma rusa, su crítica corruptora y corrosiva de las virtudes específicamente cristianas. Bajo un disfraz romántico, a la germánica, aquel pobre borracho de darwinismo, escupe al Cristo vivo, al íadrón de energías, al !enemi­ go, según él, del porvenir zoológico de la ' especie humana, toda una filosofía tejida de blasfemias y contradicciones. Nietzsche contra Tolstoi. ¿Por qué no decirlo en esta época de gruesas simplificaciones, a la teutónica? Cuando el año 14 estalla la guerra, Berlín embiste contra Moscú con la mi­ tad de su cornamenta, y hubiera embestido con toda ella, sin la obsesión de París

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que le embargaba la otra mitad, Y es el imperio de Pedro el Grande lo que se viene abajo, la gran coraza que ahogaba el pecho ruso lo que salta en pedazos, Moscú, considerado como hogar simbólico del alma rusa, ha quedado intacto y libre. Libre, en efecto, de su imperio y de su Iglesia, instrumentos férreos que ate­ nazaban el corazón de Rusia. Fuerzas autóctonas, las de su gran Revolución que se gestaba hacía ya mucho tiempo, colaboraron desde dentro coa los cañones ger­ manos que atacaban desde fuera. Y volvamos a la Rusia actual, la Rusia soviética, que dice profesar un puro marxismo. El fenómeno parece extraño. La historia es una caja de sorpresas, cuando no un ameno relato de lo pretérito, o, como decía Valera, aludiendo a la filosofía de la historia: el arte de profetizar lo pasado, Pero el hecho no es tan sorprendente como a primera vista pudiéramos juzgarlo. Es muy posible, casi seguro, que el alma rusa no tenga, en el fondo y a la larga, demasiada simpatía por el dogma central del marxismo, que es una fe materialista, una creencia en el hambre como único y decisivo motor de la historia. Pero el marxismo tiene para Rusia, como para todos los pueblos del mundo, un valor instrumental inaprecia­ ble. El marxismo contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la economía de todos los pueblos occidentales. A nadie debe extra­ ñar que Rusia haya pretendido utilizar el marxismo en su mayor pureza, al en­ sayar la nueva forma de convivencia humana, de comunión cordial y fraterna, para enfrentarse con todos los problemas de índole económica que necesariamente habían de salirle al paso. Tal vez sea éste uno de los grandes aciertos de sus gobernantes. Mi tesis es ésta: la Rusia actual, que a todos nos asombra, es marxista, pero es mucho más que marxismo. Por eso el marxismo, que ha traspasado todas las fronteras y está al alcance de todos los pueblos, es en Rusia donde parece hablar a nuestro corazón. Y de esto trataremos largamente otro día. (Hora de España, abril 1938.)

Antonio Machado lee la recensión de un diálogo entre H. G. Wells y Stalin, y no tiene la menor duda de dónde esta la verdad: «Hay en Stalin una claridad de ideas y una virtud suasoria que no alcanza nunca su interlocutor» y se enfrenta con una palabra que da miedo a mucha gente pero no a él. «Dictadura del proletariado, ¿por qué nos asustan tanto las palabras? Si el barco necesita nueva tri­ pulación y nuevos capitanes, ¿por qu'é no reclutarlos en el mundo del trabajo cuando el del capital es —-por definición aceptada— el de las viejas ratas que corroen la nave? La lógica sigue siempre del lado de Stalin.»

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SIGUE MAIRENA... por A n t o n io M ac h a d o

La editorial Europa-América —hubiera dicho Juan de Mairena en nuestros días-— viene dando a la estampa una serie de diminutos cuadernos muy bien elegidos, para demostrarnos que no siempre es en vano el gemido de las prensas. Todos son de leer y de meditar. Su extremada brevedad no empece a su exce­ lencia. Mas uno hay entre ellos que a mí me parece una verdadera joya: el titula­ do «Nuestra experiencia revolucionaria» y que contiene el diálogo entre Wells y Stalin, el 23 de julio de 1934. El inglés ha estado en Norteamérica, para visitar a Roosevelt, y ahora viene a Moscú, para conversar con Staün. No es, pues, Wells hombre que se chupe el dedo, y como buen inglés,, aunque algo americanizado, no es hombre que guste de perder su tiempo. Lo recibe Stalin con franca cordialidad, sin arrumacos, sin prejuicios tampoco ni reservas mentales, mas como un hombre que está necesa­ riamente algo de vuelta. Porque Wells a fuer .de anglosajón es esencialmente antirrevolucionario; le asusta todo trastorno político y social. Stalin no es un faná­ tico de la Revolución, pero carece del prejuicio antirrevolucionario. Hay en Stalin una claridad de ideas y una virtud suasoria que no alcanza nunca su interlocu­ tor. Al inglés no le abandona todavía el miedo a la aventura; el eslavo tiene la tranquila seguridad de quien posee una experiencia. Ambos dicen estar de acuer­ do en que el mundo capitalista se desmorona. —Allá ellos —añadiría Juan de Mairena. Pero, aceptada la tesis, ¿cómo no admitir la implacable lógica revolu­ cionaria de Stalin? De aquello que se desmorona hay que esperarlo todo menos una transformación; porque si fuera capaz de transformarse, claro está que de ningún modo se desmoronaría. Subsistir, construir y ayudar a caer: tal es lo esencialmente revolucionario para Stalin. La historia de todas las revoluciones le da la razón ampliamente. Quiero decir que Stalin ha visto la historia con sus propios ojos y no es fácil que se le engañe. A Wells se la han contado, y no precisamente los que la han hecho. En cuanto a la dictadura del proletariado, ¿por qué nos asustan tanto las pa­ labras? Si el barco necesita nueva tripulación y nuevos capitanes, ¿por qué no reclutarlos en el mundo del trabajo, cuando el del capital es —por definición aceptada— el de las viejas ratas que corroen la nave? La lógica sigue siempre del lado de Stalin. ¿La lógica nada más? ¡Ah! Yo no soy más que un aprendiz de sofística, en el mejor sentido de la palabra. En verdad —hubiera concluido Juan de Mairena, al margen ya de sus lec­ turas— que no son las palabras lo que más asusta, sino ciertas imágenes groseras que en muchas cabezas suelen sustituir a las ideas, por ejemplo: alguien empe­ ñado en bordar las lises borbónicas en unas alpargatas de albañil, unas botas de charol en la espuerta de la basura, etc., etc. Y con estas figuraciones, claro está, no se puede ir a ninguna parte. (Hora de España. Barcelona, agosto 1938.)

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Maria Teresa León, escritora y compañera de Rafael Alberti, cuenta sus impresiones de la visita a Stalin, al que describe emo­ cionada: «Sonríe ocultando entonces sus ojos rasgados, hacia lo alto de las sienes, cuando se le ocurre alguna frase graciosa que subraya la conversación precisa, serena, aleccionadora.» Mientras hablan, la autora «miraba sus manos; blancas, nobles, leales; manos de hombre de pensamiento, manos que decían, más que sus ojos, el carácter tenaz y perseverante necesario al jefe de un pueblo». Se comprende — había dicho antes— que los koljosianos de oriente le llamen: «Nuestro padre querido.»

LA VANGUARDIA DEL MUNDO por M . T eresa L eón

El camarada Stalin tiene el pelo ya gris y la cara surcada de trabajos que de­ jaron una profunda huella. Sonríe, ocultándose entonces sus ojos, rasgados, hacia lo alto de las sienes, cuando se le ocurre alguna frase graciosa, que subraya la conversación precisa, serena, aleccionadora. Se comprende muy bien que los kol­ josianos de Oriente le llamen «nuestro padre querido», con la vieja fórmula tra­ dicional que les queda aún sobre los labios. Creemos sin dificultad ninguna que los niños sean sus mejores amigos después de haber visitado el Artek de Yalta y los palacios de los pioneros de Moscú y de Leningrado. Cuando entramos en la ciudadela del Kremlin, Rafael Alberti y yo sabíamos de antemano lo que veinte años de régimen soviético han dado a la enorme y antes atrasada nación rusa. Sabíamos que a través del fuego, del hambre y de la muerte, 170 millones de hombres no dudaron un momento de su destino histórico. Puedo aseguraros, ade­ más, que la cordialidad, la fusión, la simpatía, son las características de la vida soviética. Después del sacrificio y del sufrimiento, al llegar la victoria de una vida cómoda en el país más próspero y lleno de posibilidades del mundo, los hombres que lo viven son los más alegres camaradas. El factor hombre es, como lo ha pe­ dido el camarada Stalin, el capital más precioso que poseen. Nada más llegar a Moscú, en el teatro Vavbangov, puesto en pie para aclamar a España, alguien me tocó en el hombro y dejó entre mis manos una fotografía de Stalin. Volví a recordarlo cuando me encontré frente a él. Iba vestido de gris; nos recibía en un amplio salón impecable, presidido por el retrato más familiar de Lenin. Lenin, su mascarilla de yeso entre los cristales de una urna, ocupaba también un ángulo; la mesa central era larga, y los lapiceros esparcidos sobre ella hablaban del trabajoso afán de gobernar una gran nación. Stalin nos contemplaba atentamente, y yo miraba sus manos blancas, nobles, leales; manos de hombre de pensamiento, manos que decían, más que sus ojos, el carácter tenaz y perseve­ rante necesario al jefe de un pueblo. La conversación se inició familiar; creo que comenzó, como casi siempre es

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inevitable en un país de nieve cuando los viajeros vienen del sur, por alusiones al frío. No, no sentíamos frío este año, rodeados de la más cálida atmósfera de entusiasmo por nuestra patria. España, siempre presente, hasta en este despacho de Stalin, descubriendo el secreto de sus pueblecitos minúsculos, de sus ríos y de sus nombres a cada acción de guerra. El camarada Stalin conoce muy bien nues­ tra Geografía. Los nombres de Trijueque, Brihuega, Jarama, Pozoblanco, cruzaban de palabras conocidas la conversación. Después nos habló de Burillo, Galán y Lis­ ter. Nos asombramos. Stalin nos cuenta hechos gloriosos de nuestro Ejército del Centro que nos son desconocidos. Habla de los tanquistas. Sus palabras sobre la situación española, sobre sus problemas más latentes, son una lección de precisión política, de esperanza. «España está en la vanguardia del mundo», repite. Una frase más se queda clavada en sus recuerdos. «A los pueblos no se les debe ofrecer más de lo que se les puede dar.» Entonces pienso en lo que rodea esta noche el lugar de nuestra entrevista, en el enorme país de nuestra entrevista, en el enorme país que pronto empezará a dormir; en la realidad de las calles que conocemos llenas de tiendas, y las tiendas abarrotadas de mercancías, en las calles donde andan hombres y mujeres satisfechos de haber tenido fe. Y recuerdo el campo que también conocemos, y las nacionalidades alejadas donde se llega en avión. Creo firmemente que es una consigna de buen Gobierno el dar por añadi­ dura más de lo prometido: se ofreció el pan y se dio la libertad y la democracia en la admirable Constitución soviética. Nada podrá detener el camino ascendente de este gran país donde: «Los jóvenes tienen su puesto en todas partes y vene­ ramos a los viejos.» La voz de Stalin sigue hablando de España. Recuerda que leyó siendo joven a Blasco Ibáñez, y en su más lejana juventud nos dijo que esperaban impacien­ tes la llegada de una revista anarquista catalana donde escribía Federico Urales. Dos horas y veinte minutos permanecimos sentados frente a él. Dos horas y veinte minutos ante la viva lección política sin debilidades ni claudicaciones que representa el camarada Stalin. Cuando abandonamos el Kremlin un soldado de la guardia detuvo el coche. El chófer dijo: «Escritores españoles»; el soldado de la guardia del Kremlin saludó sonriente. En la otra punta de Europa, España, vanguardia del mundo, era más que nunca nuestra patria. (Ahora, 22/IV/37.)

Cuando es la Unión Soviética la que se acerca a España en for­ ma de barco con comestibles, el escritor del bando republicano ha­ bla con admiración de sus ocupantes. «Un ejemplo de amor a Espa­ ña: durante el temporal una ola arrancó de cubierta a un camarada marinero que hacia el viaje acompañado de su compañera. Ésta, cuando los otros tripulantes quisieron buscar y salvar al camarada, recordó que el Turksip debía estar en España a los nueve días de haber abandonado Leningrado. Este intimo sacrificio de una ca­ marada soviética nunca se podrá agradecer en todo su valor.» Ger­ mán Bleiberg visita el barco acompañado de dos camaradas «fuertes, sonrientes, de ojos azules y cabello rubio», y ve un florero sobre una plancha de acero. «Éste fue para mí el detálle más conmovedor:

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máquinas y flores. Al lado del trabajo, la poesía.» ... «Viéndome Leonid entusiasmado con las flores de la sala de máquinas, me pre­ guntó: »¿Cuándo tendréis vosotros en España flores en las fábricas?»

Páginas de un Diario SOBRE LA GUERRA DEL NORTE por G erm án B leib e r g I

La llegada del bateo soviético Turksip, al puerto de Santander, coincide casi con el aniversario de la Revolución. Hoy es el 5 de noviembre de 1936. Estamos· en el quinto mes de guerra. Un saludo, pleno de calor y de fraternidad, tiembla en esa bandera roja del barco soviético. Se prohíbe el paso: el Turksip está es­ condido casi en el último rincón, del puerto. Y miles de curiosos discuten y pre­ tenden acercarse al barco. Sólo los obreros del puerto trabajan activamente. Hace ya diez días que no sabemos lo que es el pan. Las mujeres de la Unión Soviética nos envían harina, azúcar, arroz. Y tabaco para los milicianos. ¡Un re­ galo de la URSS para el Norte de España, aislado geográficamente de la patria, pero unido a ella por todo el amor a la libertad y a la independencia! Yo hago gestiones para hablar con los camaradas soviéticos. Lo consigo y visito el barco, sus dormitorios> sus máquinas, su cubierta. Desplaza el vapor ocho mil, toneladas. Es de forma poco común. Su arquitectura es torpe y de presencia poco ágil. Su interior, sin embargo, revela un gusto totalmente desconocido: lim­ pieza, dormitorios individuales, salones. No olvidemos que es un barco de carga. Esto, en la URSS, no es obstáculo para que la tripulación tenga ocasión de ba­ ñarse en una magnífica bañera, que tiene su cuarto correspondiente en el Turksip. Ya dentro del barco, conozco a tres camaradas: Leonid, oficial segundo, Peter, responsable de la emisora del barco, y Koganero, que no ocupa ningún puesto determinado, dedicándose principalmente a la información periodística y haciendo el viaje un poco en calidad de turismo. Los dos primeros camaradas se han en­ tregado durante seis años al mar. Su vocación de marinos se ha visto colmada por el premio y el honor: hoy son stajanovistas, y por eso, el pueblo les ha encomen­ dado públicamente el transporte de los víveres. Ante el pueblo de Leningrado, los marinos del Turksip prometieron llegar a Santander en nueve días. Y cum­ plieron su promesa, a pesar de un temporal gigantesco que se desencadenó en el Mar del Norte. Un ejemplo de amor a España: durante el temporal una ola arran­ có de cubierta a un camarada marinero, que hacía el viaje acompañado de su com­ pañera. Ésta, cuando los otros tripulantes quisieron buscar y salvar al camarada, recordó que el Turksip debía estar en España a los nueve días de haber abando­ nado Leningrado. Este íntimo sacrificio de una camarada soviética nunca se po­ drá agradecer en todo su valor. Leonid habla un inglés aclarado por los gestos y los movimientos de las manos. Peter conoce el mismo idioma. Koganero, más viejo que los otros camaradas, do­ mina a la perfección cuatro o cinco lenguas. Tiene el entusiasmo del verdadero revolucionario, y en su mirada se dibuja la expresión de haber luchado en el

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frente, primero por la patria —Rusia vieja— y desde el año 17, por la Revolu­ ción. Su palabra es segura, en todos los idiomas que habla. Esta seguridad nace de la victoria que ha obtenido el obrero ruso sobre todos los Ejércitos extranje­ ros que pretendían salvar el imperio del Zar. Así es Koganero: seguro, orgulloso, firme, irónico, a veces, y en otros instantes, triste. Paseando yo con él por las calles de Santander, recordaba con una melancolía clara, que le traía recuerdos a través del mar, melodías rusas y acordes de Chopin. Luego me preguntó si habría posibilidad de tocar unos momentos el piano. Se advertía en su deseo todo el fue­ go de la sinceridad infantil, fresca, sana. Mientras Koganero había leído a Dostoiewki, Leonid y Peter se habían es­ pecializado en su profesión. Los dos camaradas eran en la vida iguales: fuertes, sonrientes, de ojos azules y cabello rubio. Observaban con alegría cómo el pueblo nuestro se revolvía contra el fascismo, cómo se organizaban batallones y más ba­ tallones de voluntarios —en Bilbao, Santander y Gijón— que, cantando los him­ nos más encendidos del proletariado, se encaminaban hacia el frente. Mientras Koganero era muy aficionado a la charla, a la divagación, a relatar hechos de la revolución o de la Guerra Europea, Leonid y Peter se concretaban a lo suyo: al barco. Ellos fueron los que me enseñaron el interior del Turksip, desde el cómodo camarote hasta la brillante sala de máquinas. Desde una escalera contemplaba yo el magnífico paisaje de hierro, fuego y cobre, cuando descubrí, sobre una plancha de acero que estaba en un rincón, un ramo de flores rojas, cuidadosamente colocado en un vaso de agua. Éste fue para mí el detalle más conmovedor: máquinas y flores. Al lado del trabajo, la poesía. Junto al calor de la maquinaria, la hermosa frescura de unos cuantos claveles. Es un mundo el que se abre con este detalle. En España, los talleres estaban sucios. El obrero salía del taller, ceniciento. ¿No se asustaron los burgueses españoles cuando en cierta huelga, antes de la guerra, una de las bases proletarias para volver al trabajo solicitaba la construcción de cuartos de aseo en los talleres? Ahora, la lucha se ha planteado. El obrero no tiene sólo deberes, sino también, derechos. Y entre ellos está el de poder colocar en su sala de máquinas, por ejemplo, un ramo de flores. Viéndome Leonid entusiasmado con las flores de la sala de máquinas, me preguntó: —¿Cuándo tendréis vosotros, en España, flores en las fábricas? Le señalé, en aquel momento, unos mil hombres, jóvenes y robustos, que se hallaban en la estación del Cantábrico de Santander. Esperabn el instante de embarcar en el tren que les iba a conducir a Oviedo. Mientras los camaradas de las Milicias cantaban ardientemente La Internacional, le dije a Leonid: —¿Ves? Éstos son los que ahora van a sembrar las flores. Pronto será pri­ mavera, y en toda España habrá fábricas, habrá trabajo, habrá vida nueva: máqui­ nas y flores. En aquel momento, la alegría dominaba todos nuestros rostros. Estamos con­ vencidos de nuestra victoria. Además, llegan buenas noticias de Madrid. Los ca­ maradas soviéticos elevan nuestra moral hasta dejar en nosotros la convicción de que Madrid no puede perderse. Es el cinco de noviembre. Desde el mar —nues­ tra esperanza material—, miramos a Castilla, al corazón de España, también espe­ ranza nuestra, moral de fortaleza. Anochece de un modo extraño. Son horas confusas, pero ciertas. ¿Cómo es­ tará Madrid, en este otoño de sangre, sintiendo el dolor de niño muerto por sus

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calles nocturnas, palpando el gemido de la mujer agonizante por las bombas entre los escombros? Sobre Santander no hemos visto volar ningún avión enemigo. Por referencias, sé la catástrofe que causó en Bilbao, en los últimos días de setiembre, un bombardeo feroz. Hablo con los tres camaradas del Turksip. Les comunico sinceramente mi do­ lor. Mis padres, mis hermanos, mis amigos, Madrid... Ellos me dan ánimos. Es­ toy seguro de que Madrid no será vencido. (Hora de España, marzo 1938.)

Bergamín viaja a la URSS y se entusiasma y emociona ante el pueblo hermano. «La mano que me tiende al llegar el pueblo sovié­ tico es mano blanca y pura. Mano de nieve silenciosa... abierta mano vencedora en la que al fin se abre también la nuestra, cerrada aún por la lucha.» El escritor está en el teatro infantil junto a una niña. No se comprenden verbalmente, pero sí en el sentimiento. «Sus diet años escasos coinciden con el tiempo de mi vida, cuando, apenas hace diez años, llegaba por primera vez al rojo corazón soviético.» Y Bergamín se despide de la URSS con una advertencia y una pro­ mesa: «Hasta pronto. Y estad siempre alerta, camaradas. Porque pronto vendrá también nuestra primavera.»

PALABRAS EN EL AIRE por J o sé B ergam ín

LA MANO DE NIEVE —La nieve existe para mí —me dice un amigo en Leningrado— como una evocación, exclusivamente musical, en el recuerdo de mi infancia. —La música, como la nieve —le contesto—, es una introducción al silencio. Un silencio de nieve abre, como la música, de par en par las puertas de la in­ fancia. La mano que me tiende, al llegar, el pueblo soviético, es mano blanca y pura. Mano de nieve, silenciosa. Mano viril que la ciudad, el paisaje, infantiliza. Mano infantil y femenina. Mano que defiende. Defiende al corazón. Corao mano de niño o de mujer. Mano de nieve, corazón de fuego. Mano silenciosa, sobre la frente, sobre el pecho, como el copo de nieve sobre la tierra, cobijo, abrigo, defensa viva de la Primavera. Mano en la mano, silenciosamente, de corazón a corazón, sin­ tiendo el hondo latido de la sangre acelerado con un mismo ritmo en nuestros pulsos. Abierta mano vencedora en la que, al fin, se abre también la nuestra, cerrada aún por la lucha. Mano de nieve de Moscú y Leningrado, silenciosa in* traducción musical de la esperanza.

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LOS SUEÑOS QUE NO SON SUEÑOS Estas manos dé nieve sobre los ojos me han conducido como en sueños a tra­ vés de la Unión Soviética. Sueños que no son sueños. Sueños de verdad. Y este silencio hondo que abre la mano de- nieve al pensamiento nos acerca de la lejana España. Los niños de este sueño vivo están más cerca de nuestra España popular que nosotros mismos. Más hondamente cerca. Porque tocan con sus manos nevadas de sueño la verdad prometedora de su corazón. La verdad que se parece a un cuento, dice Shakespeare; a un cuento de Pushkin. No son sueños los sueños infantiles de los pioneros que en su prodigioso palacio de Leningrado, soñado de verdad, han construido los barcos de nuestra escuadra. No es un sueño. Es la más viva realidad de una esperanza que empieza a cumplirse, por ellos, victoriosa. Los barcos de estos pioneros, pequeñitos aún por la distancia, nos traen nuestra victoria. Y un día, camaradas, no lejano, volveremos nosotros. Y acercaremos nues­ tras manos entumecidas, nevadas aún de sueños, a la triple, fogosa llamarada pal­ pitante de vuestro —y nuestro— corazón siempre alerta. ESPÍRITU SIN NOMBRE El poeta Bedri me dice que España fue, mucho tiempo, desde la infancia, para él, el recuerdo de un verso de Pushkin que canta el olor del limonero español. Hoy vuela sobre mi pensamiento, bajo este silencio de nieve, ese mismo olor verde y penetrante: espíritu sin nombre, indefinible esencia... El el olor que canta en nuestros versos populares, infantiles, con una clara música un mismo sueño: estaba la pájara pinta sentadita en el verde limón... Esperando sentada. Dormida o soñando en la espera: como el pájaro duerme en la rama esperando la mano de nieve... A la sombra del limonero español de Pushkin vuelan palabras como pája­ ros pintos, como copos de nieve. Versos de Pushkin y de Bécquer; de Antonio Machado; de Mayakovski y Alberti; de Federico García Lorca, al compás melan­ cólico de la canción de Granada —limonero bajo la nieve— de Svedlov:: «¡Gra­ nada, Granada, Granada mía!»

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Pájaros o pájaros pintos de la nieve. Titiriva rusos y titirivainas andaluces. Gallitos de la bruma. Cantando aún, entre las nieblas de Europa, la misteriosa aurora. ¿CUANDO VENDRA NUESTRA PRIMAVERA? Cuando las palabras en el aire como copos de nieve, como manos de sueño, se posan en la tierra, o acarician la frente, hacen más claro y luminoso el aire, la at­ mósfera más pura. Y guardan blandamente dentro, con su dura cáscara de hielo, k más dulce palabra del hombreóla de su esperanza y su fe: la Primavera. Una niña que está a mi lado en el teatro infantil me habla y me habla sin que yo pueda comprender lo que me dice. Comprendo lo que siente. Comprendo la risa de sus ojos y sus labios. Me nieva de palabras claras, blandas, alegres... Y comprendo la sombra de inquietud que pasa por su frente cuando me oye hablar a mí y me responde en español puro: no comprendo. Lo que no comprendemos se hace música entre nosotros, se hace, como de nieve, silenciosa poesía y pen­ samiento. Comprendemos por qué bajo la nieve yace la Primavera. La que huyó, an­ dando entre las sombras, como el fuego, para renacer de repente. Y esta, niña a mi lado lo comprende. Sus diez años escasos coinciden con el tiempo de mi vida, cuando hace apenas diez años, llegaba por primera vez al rojo corazón soviético. Tiene esta niña pura la edad de una esperanza. Acaso la más honda, la más viva. Edad de primavera. Mano de nieve en alto y, como flor, abierta sobre la frente. ¡Palabras en el aire, copos blancos y blandos que envuelven de silencio melo­ dioso el aroma sutil del limonero! Hasta pronto. ¡Y estad alerta siempre, camara­ das! Porque pronto vendrá también nuestra Primavera. (Hora de España, febrero 1938.)

César M. Arconada glosa la belleza y el progreso de la Unión Soviética en sus veintiún años de construcción: «Cuando se habla de la URSS en construcción hay que pensar que también el hombre está en construcción, en ebullición, colectivamente y por lo mismo individualmente también.» Arconada contesta así a la duda de quienes preguntan si además de fábricas ha mejorado el ser humano; hace poco que Gide ha publicado su libro Retour de l’URSS en donde muestra su desilusión: «La duda la he visto despues reflejada en Gide y en otros muchos intelectuales que una de dos: o enredan las cosas por capricho o por maldad o quieren ver todavía milagros.»

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21 AÑOS TIENE LA UNIÓN SOVIÉTICA por C ésar M. A rconada

Hay un bello cuento populat ruso que yo transcribiría si no resultase largo. En síntesis es esto: dos hermanos, dos pobres campesinos, cansados de su vida de miseria, se deciden a marchar por los caminos de Rusia en busca de la ver­ dad. Durante este vagabundeo encuentran a un sefîor, a un cura, a un comer­ ciante. A cada uno de ellos le preguntan dónde podrían encontrar la verdad. Les engañan, les hacen trabajar a su servicio y al final les dicen que la verdad de los mendigos grasientos es la de no ofender a Dios y trabajar para los señores. El más pequeño piensa entonces que la verdad de los campesinos no existe en el mundo y decide volver a su pueblo, pero como le daba vergüenza entrar en él sin haber encontrado la verdad, entra a trabajar en una fábrica. Y un día oyó una conversación en voz baja: —Hay un hombre que conoce la verdad, sólo él. Este hombre se llama Lenin, y vive allá abajo, en el Norte, en Petrogrado. Retiene el nombre y parte en busca de este hombre. Marcha días y días. Llega a Petrogrado. Allí ve a un obrero y le pregunta dónde podría encontrar a Lenin. El obrero le acompaña y llegan a una habitación. Una habitación corriente. Por todas partes había libros, muchos libros. Y un hombre, que no está vestido con riqueza, sino con sencillez, viene hacia ellos: —Buenos días, camaradas. ¿Qué os contáis de nuevo? Y el hermano le cuenta cómo él había buscado la verdad y cómo sin encon­ trarla se había puesto a trabajar en una fábrica. Durante largo tiempo Lenin ha­ bla con él y le pregunta sobre las cosas de la fábrica, sobre las pobres gentes del campo. Después le dice: —Tú has hecho bien, es en la fábrica donde tú aprenderás mejor a conocer la verdad. Allá abajo, vosotros la tenéis en vuestras manos. Y Lenin le dice cómo es preciso luchar por la verdad del obrero, para no servir ni a los señores, ni a los curas, ni a los comerciantes, ni a los fabricantes. Y el hermano vuelve a su fábrica y cuenta a los otros cuál es la verdad de Lenin. El uno cuenta y diez escuchan. Diez cuentan y ciento escuchan. Y la verdad de Lenin se extiende por el mundo entero. Esta verdad se esparce, año tras año, por las fábricas y los pueblos. Ella agi­ ta a los obreros y campesinos para la lucha. Y en octubre de 1917, esta verdad se hace conocer por una voz luminosa y por detonaciones en el mundo entero. Y los obreros y campesinos parten para una guerra sin piedad contra los fabrican­ tes y los propietarios. Y entonces es Lenin quien los encuentra, Lenin y su mejor compañero de armas, Stalin. Y en octubre, la verdad de Lenin triunfa. Sobre esta verdad, que es el mismo principio vitalista del marxismo: la eman­ cipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores, surge la Unión Soviética como un amanecer nuevo en la historia de la humanidad. Es el hori­ zonte cerrado en que se abre y las posibilidades de la vida que se ensancha. Es

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como una vuelta a la confianza, al genio del hombrera las fuerzas ilimitadas del hombre. Las utopías nunca fueron caprichos dé imaginaciones más o menos fecundas. Las utopías representaban anhelos colectivos, sueños difusos de deseos que no podían realizarse. Al desventurado había que ofrecerle la ventura a cualquier precio, incluso el de la vida. El éxito del cristianismo fue el de hacer creer que el reino de los pobres y el reino de la justicia habían llegado. Las historias tienen una brillante superficie de grandes hechos, pero de los dolores de los pueblos, de los sufrimientos de los pueblos, de las rebeldías de los pueblos, se habla muy poco en ellas. Y sin embargo, el sueño de la emancipación de los pobres es un sueño muy remoto en la humanidad, tanto como el de esperar el advenimiento de una nueva justicia que sustituya a la parcial justicia de los poderosos. A mi juicio, la Unión Soviética es la materialización de muchos de estos sue­ ños prístinos y remotos, insatisfechos y eternos, con los cuales el libre espíritu del hombre ha tratado de poner en compensación a la esclavitud de su vida y a la ad­ versidad de su escasa suerte. ¿Pero esta realización de los sueños quiere decir que la Unión Soviética haya agotado, por lo mismo, la capacidad para el sueño? Indudablemente no. Los viejos sueños se han transformado en nuevos sueños. En la Unión Soviética los hombres, ya libres de esclavitudes, no tienen los tormentos o sueños de redención, que en îa antigüedad recogieron las utopías y las religiones. Allí, ahora, los hombres sue­ ñan con los secretos que todavía, y quizá siempre, tiene la naturaleza; con el más allá de las ciencias, con el más allá de nuestras limitaciones humanas: con el más allá del progreso y de la soberanía del hombre sobre la tierra. Los gran­ des vuelos de sus aviadores sobre las regiones ignoradas del Polo, los profundos estudios sobre biología, los conocimientos estratosféricos, el estímulo a libre inventiva de los inventores, ¿qué es todo ello sino producto de un nuevo y alegre soñar ^ de los hombres liberados, redimidos, de esa gran miseria moral que es la miseria física del hombre y de la explotación? Por primera vez hay un país donde el hombre va a desarrollar libremente sus capacidades, sus po­ sibilidades, sus poderosas fuerzas hasta hoy constreñidas. ¿Hasta dónde llegarán sus conquistas? Veintiún años tiene la Unión Soviética, y esto es un grano de arena en los arenales del tiempo. Los ojos más cerrados reconocen el progreso material de la URSS en veintiún años de existencia. Grandes fábricas, canales, ciu­ dades nuevas, viviendas cómodas para los trabajadores, sanatorios, casas de re­ poso, clubs, teatros, etcétera. Recuerdo que al profesor Nicolai, en unas conferencias polémicas, le pregunta­ ron de pronto: «Sí, todo eso puede que sea verdad, pero el hombre, sustantiva­ mente el hombre, se ha engrandecido, se ha níejorado?» La duda la he visto des­ pués reflejada en Gide y en otros muchos intelectuales, que una de dos: o enre­ dan las cosas por capricho o por maldad o quieren ver todavía milagros. El progreso de la Unión Soviética, que los ojos más cerrados reconocen, no hubiese sido posible en veintiún años, que es un grano de arena en el tiempo, si en principio la nueva sociedad socialista no hubiese cambiado al hombre, pues la grandeza de sus realizaciones no es otra cosa que la grandeza de sus principios morales. Cuando se habla de la URSS en construcción, hay que pensar que tam­ bién el hombre está en construcción, en ebullición, colectivamente, y por lo mis­ mo individualmente también. Si en veintiún años la Unión Soviética puede mostrar la magnitud de sus con­

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quistas, ¿qué sucederá al cabo de cincuenta años, de ciento, de siglos, cuando en todos los órdenes la progresión se haya ensanchado? ¿Y qué sucederá cuando otros pueblos, todos los pueblos y toda la humanidad, libres también como la Unión Soviética ahora, empiecen a construirse esa felicidad siempre soñada y prometida y para mayor dolor nunca lograda? La verdad de Lenin, como en el cuento popular se dice, triunfó. La verdad de la Unión Soviética triunfará también. Cierto que las verdades tienen muchos ene­ migos, porque son verdades y por lo mismo hieren, contradicen muchos princi­ pios, perjudican muchos intereses, desordenan muchas órdenes. Pero triunfan siem­ pre. Triunfó la verdad de Colón. Triunfó la verdad de Galileo. Triunfó la verdad de Miguel Servet. Triunfó lá verdad de Lenin. A la verdad se la combate, se la maltrata, se la difama, pero triunfa, porque ésa es su naturaleza, porque en defi­ nitiva su poder de existencia es superior al poder de resistencia de sus enemigos. Si la Unión Soviética tiene muchos enemigos, peor para ellos que son espíritus en ruinas, defensores de mentiras que han de perecer, mientras la verdad de ese gran país se ensanchará triunfante, como la claridad de una aurora, por la sinuosa línea de todos los horizontes, (Frente rojo, 8/X II/38.)

Ossorio y Gallardo defiende la democracia como sistema incluso prácticoj basta la URSS acabará en ella.

Comentario político FASCISMO Y ANTIFASCISMO por A ngel O sso rio

M. Flandin, ex presidente del Consejo de Ministros, el más caracterizado de­ fensor de la compenetración franco-alemana (¡dónde estará ya el recuerdo de 1870 y el de 1914!) y uno de los más autorizados simpatizantes con el nazismo fascista, ha publicado en la Revue de Parts, un artículo donde muestra una hábil tendencia a desacreditar las democracias. Hácese, con ello, intérprete de la corriente que está envenenando al mundo. No hay ya diferencia -^argumenta el político francés— entre el fascismo y el antifascismo. El control de los cambios, la requisa de bienes en el extranjero, de divisas y de valores mobiliarios para aportarlos al acervo estatal, la nacionalización del crédito y de las empresas, la iniciación de enormes obras públicas, el sindica­ lismo obligatorio, la intervención del Poder Público en la Prensa, la sumisión de los funcionarios a la inspiración política del Gobierno, medidas todas que hoy defienden y procuran implantar las democracias, ¿qué son, sino dogmas fascistas, vigentes ya en los países de totalitarismo autoritario? ¿Dónde está, pues, la dife­ rencia entre ambos regímenes? El autor olvida el punto sustancial del problema. La diferencia, irreductible y mortal, no radica en la legislación, sino en la fuente de la legislación. Esto es todo. Un régimen absolutista puede concebir leyes magníficas, pero los pueblos se niegan

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a admitirías si no emanan de un poder legítimo, es decir, creado por la voluntad social. La razón es harto clara. Si se admite la arbitrariedad porque ha producido una obra buena, habrá que seguir consintiéndola, aunque produzca mil cosas ma­ las. Enredada la cuestión en la apreciación del Derecho sustantivo, no se podrá discutir ya la legitimidad del sistema constituido. Los liberales españoles que, aunque parezcan locos, suelen discurrir de vez en cuando, dieron un ejemplo magnífico de esta distinción cuando el dictador es­ pañol Primo de Rivera tuvo la audacia de promulgar un Código penal. ¿Acaso el Código era íntegramente malo? No, sino que tenía cosas buenas y aun quizá fueran en mayor número las buenas que las malas. Pero el cuerpo legal venía im­ puesto por un Gobierno nacido de un golpe de Estado, actuante por la exclusiva voluntad regia, destructor del Parlamento, legislador según su real gana, negador de cualquiera intervención, de cualquiera fiscalización, de cualquiera crítica, perse­ guidor tenaz de la libertad política y de la independencia judicial. Y el pueblo es­ pañol, con magnífico sentido de su derecho, dijo que no quería oír hablar de seme­ jante aborto, aunque se hubiesen reunido para redactarlo Licurgo, Justiniano y Al­ fonso el Sabio. Unicamente así pudo ese pueblo implantar un día la República. Antes de que defendieran las democracias actuales el concepto del poder demo­ crático, como único digno de respeto, lo habían proclamado los católicos al aceptar el derecho divino de los pueblos y repeler el derecho divino de los reyes, Si vivie­ ra hoy Santo Tomás, estaría al lado de la República española. No se atreve Flandin a desconocer la virtud de la democracia, pero pretende cohonestar su posición, razonando de este modo. «En cuanto a que sean el nazis­ mo y el fascismo sistemas antidemocráticos, es éste un error histórico, porque la democracia no tiene necesariamente por base la elección. En muchos aspectos, el nazismo y el fascismo son regímenes más democráticos que algunos parlamentaris­ mos. Sin duda la coacción ha sustituido a la libertad, pero es una coacción igua­ litaria, quizá más democrática que algunas libertades oligárquicas.» Esta última frase demuestra lo insincero de la argumentación, porque ningún demócrata es partidario de la oligarquía; de modo que al enfrentar fascismo y oli­ garquía no se dicen dos cosas distintas, sino una sola. El fascismo se apoya siem­ pre en una oligarquía. Dejando aparte ese falaz inciso dialéctico, la esencia del argumento es vie­ jísima y desprestigiada. Desde siempre, todos los monarcas absolutos —para no ale­ jarnos demasiado, recordemos de Luis XIV a Fernando VII— han sostenido que había de gobernarse para el pueblo pero no por el· pueblo. Tan espacioso argu­ mento se destruye por si solo. Pues, ¿quién ha de juzgar si, en verdad, se gobier­ na para el pueblo o contra él? Negadas al pueblo las funciones de la Censura, del veto y de la revisión, es evidente que el gobernante, entregado únicamente a su propio juicio, creerá siempre (probablemente de buena fe) que todo cuanto hace lo hace en bien del pueblo, aunque consista en pasar a cuchillo a la mitad de sus súbditos. Por eso, cuando los pueblos se encontraron colocados frente a sistema tan brutal, no tuvieron más camino de defensa que el regicidio; y fue inmenso adelanto civilizador la instauración del sistema constitucional, con arreglo al cual la elección de los legisladores, la fiscalización parlamentaria, la responsabilidad, el plebiscito y otros instrumentos análogos, ponían en las manos del pueblo una auto­ ridad flexible, contemporizadora, rectificativa, que permitía atemperar las leyes a las necesidades sociales sin acudir al remedio extremo y repulsivo del asesinato. No, no hay democracia sino apoyada en el voto popular. Podrá haber tutelas, protectorados, instituciones misericordiosas, pero democracia, no.

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El mismo Flandin lo advierte cuando —acordándose, sín duda, de que hace política en un país democrático y no le conviene chocar demasiado rudamente con sus institutos constitucionales— añade: «tínicamente es preferible el régimen parlamentario cuando se acepta como criterio de la democracia, la libertad; liber­ tad de pensamiento, de prensa, de reunión, etc.» ¡Por ahí podía haber empezado! Si lo hubiera hecho, se habría ahorrado escri­ bir el resto, del artículo. Porque, en fin de cuentas, no hay libertad sin democracia ni democracia sin libertad. Y una de las libertades esenciales en la democracia es la del voto, a fin de que las leyes provengan de las autoridades legítimas, que no pueden ser otras, sino las designadas por el cuerpo social. Ahora es moda exacerbada atacar a las democracias por ineficaces, comparán­ dolas con el rápido y desenfadado proceder de las autocracias totalitarias. Esto puede ser verdad en el sentido de que siempre es más sencillo disparar un arma de fuego, que redactar una norma jurídica. Mas, sobre que raras veces se puede construir nada duradero sobre el disparo, lo que ocurre es que la democracia libe­ ral tiene unas posibilidades de eficacia que no solemos ver, obsesionados con una idea infantil, primaria, mitinesca y un tanto poética de lo que es un régimen demo­ crático. Sobre las bases de libertad y responsabilidad, cabe edificar infinidad de soluciones eficaces. Incluso las dictatoriales. Así, como suena. La dictadura es enteramente com­ patible con la democracia. Lo que pasa es que lo que nos hemos habituado a lla­ mar dictadura no es tal cosa sino capricho y arbitrariedad. Presénianse, a veces, en los pueblos, necesidades tan apremiantes, situaciones tan complejas, requeri­ mientos tan angustiosos que no consienten la deliberación serena de los Parla­ mentos. Surge entonces la precisión de procedimientos dictatoriales. Las caracte­ rísticas de éstos son: Origen legítimo. Materia concreta. Plazo limitado. Rendición de cuentas. Concebida así la dictadura, constituye una delegación de poderes, lo cual es siempre lícito, frecuentemente necesario y a veces indispensable. Sin alarma de nadie, actúa hoy en Francia una dictadura con todas las características indicadas. Ante una complicación económica y financiera que pone en grave riesgo el crédito público, las mejoras sociales y la defensa nacional, el Gobierno pide al Parlamen­ to plenos poderes —aunque no los llame así— el Parlamento se los concede y las dos Cámaras quedan cerradas probablemente hasta julio. Por donde se aprende que las potestades excepcionales del Gobierno, tienen origen legítimo (la autori­ zación parlamentaria), materia concreta (la económica y financiera, dentro de unas directrices que el Gobierno dio a conocer previamente), plazo limitado (tres meses y medio aproximadamente) y rendición de cuentas (la comparecencia del Gobierno en cuanto ese plazo expire). ¿Tiene algo que ver con esta mecánica lo que hacen Hitler y Mussolini y lo que intentó hacer Primo de Rivera? Absolutamente nada. Se instalan en el Poder por un acto de fuerza, sin que valgan para disimularlo, ni los fingidos Parlamentos de uniforme, ni los plebiscitos con el puñal al pecho, ni las Asambleas nacionales constituidas por familiares, paniaguados y lacayos. No actúan en ninguna materia específica sino en todas, desde la organización constitutiva del país hasta los mi­ núsculos reglamentos municipales. No fijan tiempo a su albedrío, antes bien, se

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lo atribuyen de por vida y hasta piensan en ungir sucesores. Y lejos de dar cuenta a nadie de sus actos, persiguen sañudamente hasta el comentario privado. Seme­ jante instituto no tiene nada que ver con la dictadura. Es sencillamente despotis­ mo en el que manda y esclavitud para el resto del país. Hay que aludir a otra dictadura: la dictadura del proletariado. Implica ésta un fenómeno distinto. Es la reacción airada de la parte mayor de la Humanidad, ahe­ rrojada y mísera durante siglos, contra la parte menor, aferrada al disfrute de unos privilegios que ella misma se atribuyó. De manera que si el origen no es legítimo, al menos tiene como justificante el anhelo de una justicia social. Lo malo es que el sistema es insostenible por definición, pues las palabras dictadura y muchedumbre son de suyo antitéticas. Si toda una clase pretende imperar sobre las restantes, no surgirá una dictadura sino una anarquía. ¿Cómo se concibe la actuación conjunta de varios millones de dictadores? Esa enorme masa tiene que delegar su poder, es decir, buscar una representación como en las democracias. Mas para sostener la idea de dictadura, esa delegación recae sólo en un partido; el cual, por iguales motivos, la transfiere a un grupo de directores, o sea a un Gobierno; y éste, moviéndose siempre dentro del prejuicio dictatorial, se resigna a concen­ trar todos los atributos del mando en una sola persona. Así, pues, partiendo de un punto justo y dando un rodeo, se llega a la misma conclusión del poder personalísimo e ilimitado, contra el cual acaban por reaccionar tanto los derrotados cuanto los victoriosos, porque el poder personal es insoportable para la naturaleza humana. He querido hacer esas consideraciones, primero para explicar que el liberalis­ mo democrático no es ninguna bobada ineficaz para afrontar las luchas del día pre­ sente; y, además, para prevenir a los incautos a fin de que no caigan en la trampa que les tienden los políticos como M. Flandin que pretenden borrar las diferen­ cias del fascismo y el antifascismo, lo cual es tanto como decir que son cosas igua­ les la luz y las tinieblas. (Hora de España, mayo 1937.)

Para una comunista ortodoxa el proceso de Moscú a los trotskistas es un acto de justicia absolutamente necesario y oportuno. «El pueblo soviético y la opinión pública mundial están enterándose... de los crímenes espantosos que estos miserables engendros humanos han cometido y de los planes infernales que querían realizar para ser­ vir a sus señores de las potencias fascistas.» Irene Falcón cree a pies juntillas que aquellos viejos revolucionarios estaban al servicio de Hitler y de Mussolini y aplaude el castigo que les espera «como a perros rabiosos».

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LEYENDO EL PROCESO CONTRA LOS TROTSKISTAS BAJO LAS BOMBAS DE FRANCO por I r e n e F alcón

Recuerdo que el afío pasado, en enero, cuando los tribunales soviéticos juzgaron a la banda de asesinos, saboteadores y espías trotskistes Platakof, Radek y com­ pañía, a cuyo proceso asistí romo corresponsal de Mundo Obrero, una de las de­ claraciones que más me impresionaron fue la que hizo el acusado Drobnis, que había organizado explosiones en varias minas: «Era incluso mejor que hubiera víctimas en la mina, pues ello suscitaría indudablemente la irritación entre los obreros, que es lo que necesitamos.» Después, con una sangre fría propia del que odia a muerte al pueblo, relató cómo, a consecuencia de una explosión, perecieron diez obreros, y catorce quedaron malheridos. Y, debido a otra explosión, varios niñitos que jugaban cerca de la mina, quedaron tendidos en el suelo, destrozados. Aquellas palabras me estremecieron profundamente. En mi imaginación surgió el cuadro terrible de nuestros niños, de los niños españoles, hechos jirones por las bombas que lanzó la misma mano criminal causante de la explosión en la mina soviética. Hoy, un año después, la justicia de los trabajadores soviéticos está ajustando las cuentas a otro grupo de criminales fascistas, los trotskistas-derechistas. El pue­ blo soviético y la opinión pública mundial están enterándose, a través de la radio y de los periódicos, de los crímenes espantosos que estos miserables engendros humanos han cometido y de los planes infernales que querían realizar, para ser­ vir a sus señores de las potencias fascistas. Bujarin, Rikof, Kretinsky, Yagoda, Rakovsky y dieciséis bandidos más, que, en combinación con Trotsky, hace más de veinte años que están al servicio de los estados mayores imperialistas y, más tarde, del fascismo. Sus declaraciones son elocuentísimas: «Después de la reunión con Trotski en 1933 —declara Kretinsky—, se enviaron a la Unión Soviética las siguientes instrucciones: “Con la subida de Hitler al poder, ha cambiado la situa­ ción y, por lo tanto, también tiene que cambiar nuestra conducta... El Gobierno alemán, sobre todo Hitler, necesitan no solamente nuestras informaciones de es­ pionaje, sino que necesitaban también territorios y colonias... Y nosotros no ne­ cesitábamos sólo 250.000 marcos oro, sino que necesitábamos fuerzas armadas ale­ manas, para, con su ayuda, llegar al poder. En este sentido, tenéis que trabajar.”» Y, más abajo, sigo leyendo lo que declara el secretario de Yagoda, Bulanof: «Ya­ goda era un gran admirador de Hitler. Quería ser el Hitler de Rusia. Afirmaba que la obra “Mein Kampf” es admirable, y se decía discípulo del führer...» De pronto, se apaga la luz en mi casa. Me quedo a oscuras. Para seguir leyen­ do la información sobre el proceso de Moscú, tengo que recurrir a una vela... Suenan las sirenas y las descargas potentes de nuestros antiaéreos. Es la aviación negra fascista. Viene a masacrar niños, mujeres, carne del pueblo. Viene a conver­ tir en escombros los hogares de los trabajadores. Viene, una vez más, a desgarrar el alma de las mujeres españolas, despedazando ante sus ojos, helados por el es­ panto, a lo más querido de su vida: a sus hijos. Por el patio se oye la voz penetrante de una madre: «¡Criminales, asesinos!»

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Se lo grita con el puño crispado, amenazador, a los canallas que mandan su avia­ ción negra a sembrar la muerte y la destrucción sobre nuestra querida patria; a Franco, a Hitler, a Mussolini. A Franco, como a Trotski y sus secuaces, tampoco le bastaba ya con el dinero fascista, sino que quería fuerzas armadas alemanas, aviones alemanes, que sembraran la muerte, para que le ayudaran a subir al poder, a cambio de despedazar nuestra patria y entregársela en cachos a los buscadores de colonias, Hitler y Mussolini. Franco también era admirador del führer, como Yagoda; también traicionó su juramento a la República, como traicionaron Bujarin, Rikof, etc., su juramento al poder soviético. Y, en medio de la tragedia que está viviendo nuestro pueblo, atacado por el fascismo criminal, siente uno una alegría incontenible al ver que un pedazo de esa banda fascista se encuentra cogido, anu­ lado entre las manos de hierro de la justicia proletaria, que no la dejará escapar como escaparon los generales traidores españoles. El grito desgarrador, preñado de sed de justicia, de esa madre que hemos oído en el patio: «¡Criminales, asésinos!», va dirigido igualmente, a través de miles de kilómetros, a los bandidos que están en el banquillo en la capital roja, unido al clamor de los millones de trabajadores soviéticos que también lloran a aquel hom­ bre que amaban infinitamente por bueno y por genio, a Máximo Gorki, pidiendo enérgicamente-que se castigue a sus asesinos como a perros rabiosos. (frente Rojo, 13/III/38.)

MARRUECOS Hay un país, hay un pueblo vecino, al que la España nacional cuida y describe con amor. Es el marroquí, que da al ejército de Franco unidades de evidente eficacia y una seguridad en la retaguar­ dia africana. Los escritores españoles del bando nacional no regatean elogios, casi piropos, para sus aliados. Así Víctor de la Serna descu­ bre lo que les une: «Todos los moros estar Falange... yo estar tan español como tú.»

SANGRE DE MOROS P°r

or

V íc t o r d e la Serna

Sangre y amor de moros, otra vez por tierras altas y frías de España. Mohamedben-Alí, hijo de las montañas de Ketama donde crece el cedro y pasta bayas tiernecitas el jabalí, toma el sol en la plaza Carabanchel. La primera golondrina que ha venido de África, igual que Monamed-ben Alí, empieza a hacer su nido, con barro manchego, en un capitel plateresco, junto a las armas filipenses, llenas de lambrequines y de blasones historiados.

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Mohamed-ben-Alí le sigue el vuelo por la lente azul del cielo curvado en un arco transparente y lavado. La golondrina rasga sus «quivits» y el moro suspira. Por­ que el moro está enamorado. Al moro de Carabanchel le había llegado la noticia de una guerra santa en tierra de España y él descolgó su fusil amado para defender a Dios contra los hombres amarillos y de ojos rasgados que no creen en Él. Se despidió al borde del arroyo donde maduraban los albérchigos, de su amada llorosa. Había luna, no so­ lamente por una necesidad literaria de la estampa, sino porque efectivamente había luna roja y marcial, junto al arroyo de Ketama en julio de 1936. Moros y cristianos, juntos en un haz, partieron para la guerra santa a España donde se les unieron las huestes ardorosas de moros falangistas, los batallones de soldados encendidos de cánticos y de entusiasmos patrióticos. Por todo Marruecos corrió un escalofrío de guerra al grito de ¡Viva España!, y los moritos levantaban el brazo con el viejo saludo de paz que se gana con la guerra. España era ya la patria común para los hijos del Mogreb y para los hijos de Andalucía, de Castilla, de Galicia, de las frías y calientes Extremaduras de donde habían partido soldados y misioneros y virreyes y admirantes. España, UNIDAD DE DESTINO encontraba su ruta y por ella cabalgaban juntos el jinete del Rif en su fino caballo del Yemen y el caballero de Castilla, en su potro pisador. Así se emprendió el camino de Badajoz y de Mérida. Así se llegó a las puertas de To­ ledo imperial. Estaban a la vista del moro las torres bermejas de ladrillos mozára­ bes. Y los palacios de Galiana con sus baños y sus albercas. Erguido sobre su arzón de cordobanes historiados, contempla la ciudad con melancolía un moro, puro árabe español, señorial y magnífico, con su jaique azul pálido. Quieto el ca­ ballo, quieto el jinete, parecen una porcelana brillante. El esmalte de las ancas negras del potro, el esmalte azul del jaique, sobre el oro de los rastrojos toledanos componen una estampa de una belleza indecible y serena. A quien la contempla no le extrañaría oír de pronto una guzla o una nuba. Es el caballero un oficial moro. Sobre su bocamanga hay una estrella de comandante. Es «el Mizzian», hijo del Mizzian, moro español, golosamente parado ante la fruta tostada de Toledo, mora, romana y española. De pronto, hunde el moro sus acicates de plata en los ijares sudorosos de la cabalgadura, caracolea por la vega insigne llena de almendros y de olivos, levanta bajo los cascos calientes- nubecillas de polvo y se arrienda bruscamente ante una tienda. Descabalga el moro ante un general español y después de saludar militar­ mente, le ruega: —Mi general: «el Mizzian» te pide que le permitas hacer su oración de la tarde en Zocodover. Con cien moros y cien falangistas tengo bastante. Media hora más tarde, por la puerta de Alfonso VI, levantaba chispas el potro del Yemen. Por aquella misma puerta el rey cristiano había conquistado a los moros Toledo. Y el Mizzian, con los hijos de Isabel, con las armas dé Isabel (yugo y flechas), entre canciones árabes e himnos cristianos, en que se habla de la novia y de las rosas, entraba en Toledo. Un estampido abrió en el costado de un moro joven una rosa caliente de sangre. Mohamed-ben-AIÍ se dobló sobre el umbral del Cristo de la Luz; y sobre la piedra blanca en que había doblado su rodilla el Em­ perador, la dobló Mohamed-ben-Alí. Sangre de moro en las piedras de Toledo. Aquella noche, «El Mizzian» durmió, velado por el Profeta, su mejor sueño de soldado en Zocodover. Aquella noche, Mohamed-ben-Alí tuvo dulces delirios, cuajados de flor del melocotonero, suave como las mejillas de su-amada, en un hospital cristiano, y la

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fiebre le hacía cantar, mientras la monja española rezaba jaculatorias: «Tres moricas me enamoran en Jaén: Aiza, Fátima y Marién.» Mohamed-ben-Alí toma el sol en la plaza de Carabanchel, convaleciente y alegre. —¿Qué harás ahora, Mohamed? Dialogamos: —Yo estar Falange, amigo, mira. Y me muestra un emblema sobre su guerrera. —¿Y te vas a Falange? —Todos los moros estamos Falange y queremos ir con las centurias vuestras. Yo sé que los falangistas estar tan valientes como los moros más valientes y lu­ chan por nosotros también para que nuestro pueblo sea libre al lado del vuestro. —Para que seáis siempre nuestros amigos. —Y para que estemos hermanos también. —¿Tú eres español, Mohamed? —Yo estar tan español como tú. Todos estamos españoles porque España estar llena de sangre nuestra. Vuestros ríos y vuestros montes y vuestras ciudades han sido bautizados por nosotros. Para que no los quiten los perros infieles hasta el último moro de Marruecos vendrá a luchar. —¿Y luego, en la paz, pensarás lo mismo? —No habrá ya paz para un pueblo como el nuestro que quiere sergrande, amigo. Nosotros tenemos ya siempre que estar soldados.En la pazestaremos sol­ dados también. Ya verás cuánto nos espera. Mohamed-ben-Alí, contempla otra vez la golondrina africana que ha venido a hacer su nido en la flora mineral del plateresco. Suspira otra vez y luego se le cuaja una sonrisa picara en los labios al paso de una muchacha: ■ — ¡Y estar guapas, por Dios, estas cristianas...! (Fotos. San Sebastián, 27/III/37.)

Para Juan Pujol la identidad de principios entre los marroquíes y los nacionales es evidente. Uno a quien interroga: «¿A qué habéis venido a España?», contesta: «A matar judíos.» Se pregunta el es­ critor: «¿Quién le había sugerido esta idea simple y exacta?» Otro le responde: «Los moros hemos venido voluntarios. A ayudar a los españoles buenos. Y a matar a los malos que. son los que no creen en Dios.»

MOROS. PASA LA CABALLERÍA por J uan P u jo l

El otro día, viniendo por uno de esos Caminos de Castilla en torno a los cua­ les comienza a trasparentarse ya el verde de la inminente primavera, vi un escua­

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drón de caballería mora. Delante iba el teniente, moro también, con empaque y dignidad perfectos, tras del estandarte que ostentaba el alférez. Y éntre las hileras de álamos, todavía sin hojas, con el fondo pardo y verde de los ribazos en que ya empieza a blanquear la flor de los frutales tempranos, y la hoz de un río y una al­ dea, como una avanzada militar en la lontananza, esta imagen guerrera tenía un encanto arcaico, que despertaba en el ánimo ecos de antiguos romances, y hacía pensar en que el alma de los forjadores de la nacionalidad se incorporaba nueva­ mente y por encima de las nauseabundas ficciones democráticas, otra vez recu­ peraba España su genio marcial, al que no fue ajeno el espíritu de la gente moris­ ca, valeroso y caballeresco. Es prodigioso que en esta lucha que los judíos del mundo entero —y sobre todo de Rusia, de Francia y de Inglaterra— sostienen contra nuestro país, instintivamente los moros se hayan movilizado al lado nues­ tro. Tenía que ser así. Y ha sido designio de Dios sin duda, que cuando aquí se había procurado y casi conseguido adormecer el ánimo guerrero de las últimas ge­ neraciones, desprestigiar las virtudes castrenses, esa gente que nos es tan afín y ha peleado con nosotros tantas veces, lo conservase intacto, haciendo por reacción natural que el nuestro resistiera sin extinguirse, a una propaganda artera, alevosa y venenosa, enderezada a hacerlo desaparecer y a convertirnos en una raza apta para las peores claudicaciones.

— ¿A qué habéis venido a España? —pregunté a un moro que convalecía, en un hospital, de sus heridas del frente. —A matar judíos. ¿Quién le había sugerido esta idea simple y exacta? ¿Quién ha tenido el acier­ to de definir, para uso de almas sencillas, la verdad profunda de esta guerra, que la judería dirige y costea, la judería de la City y de Wall Street, la judería de Mos­ cú y de Amsterdam, y que la Francia del repugnante Léon Blum dirige y alienta? Y la masonería internacional también. Pero la masonería ¿qué es sino un ins­ trumento secreto y eficaz del judaismo? Y como nuestro ilustre colaborador el marqués de Santa Cara expone en artículos cuya lectura nunca será bastante reco­ mendada, la judería trata a Dios de potencia a potencia, pacta con él, le presta un culto condicional y utilitario. Prácticamente lo admite como un socio industrial en una casa de Banca. A la judería prepotente, no le ha sido difícil entenderse con los incendiarios de iglesias, con los asesinos de clérigos, con los blasfemos y los sa­ crilegos, si es que no es ella la que los lanza y estimula... Y otro moro, a quien oí una arenga, en el ámbito de una gran plaza históric de una ciudad castellana en noche de victoria, expuso la misma idea con palabras igualmente simples y lapidarias: —Los moros hemos venido voluntarios. A ayudar a los españoles buenos. Y a matar a los malos «que son los que no creen en Dios». Un tercero, entre los sufrimientos de una herida grave, sonreía a la enfermera bella y piadosa: — ¿Mucho te duele? —Duele pensar en los hijos. —¿Tienes hijos? —Y muy hermosos. Tan hermosos como España. Heroísmo y humildad, propios de las almas religiosas, más cercanas de Dios que las de muchos sujetos engolados en la petulancia de su humana cultura. Prestos a pelear y a morir con gesto alegre, yo les comparaba mentalmente con la fauna sombría de los suburbios urbanos, con ese tipo de «proletario» avinagrado y hosco

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que vivía materialmente bien, coa jornadas de trabajo imaginarias por lo reducidas y lo escaso de su rendimiento, protegido contra todos los riesgos por leyes y tribunales tutelares, obrero de excursión dominical, y cine, y bar, y hogar seguro, contra las intemperies, al que la puja electoral había acabado por crear un tem­ peramento de delfín malhumorado y exigente y al que la envidia y el aleja­ miento de la naturaleza y de Dios habían concluido por convertir en un personaje resentido y triste. Personaje, por otra parte vanidoso, lleno de suficiencia y de una cómica conciencia de su propia superioridad.

Esta amistad que ahora se muestra al Gran Visir y a todos los moros comba­ tientes a nuestro lado, acaso no es sólo una manifestación ocasional de gratitud por su colaboración guerrera. Quizás hay en el fondo, pago de deudas antiguas, rectificación de errores y de olvidos en que nunca incurrieron nuestros grandes antepasados. El Cid tenía muchos amigos moros. Uno de ellos —de quien habla en términos de ingenuo elogio el poema— era el rey Benalgabón, en la región fronteriza entre Aragón y Valencia. Cuando la familia del Cid pasaba por su propio reino, Benalgabón la obsequiaba con la esplendidez que sus medios le permitían. Así, cuando, en la compañía de Alvar Fáñez, fueron doña Jimena y sus hijas a reunirse desde Castilla al Campeador. Mío Cid tenía en él plena confianza. Y no se equivocó. Tan leal le fue que en aquella noche en que los infantes de Carrión, llevándose a las hijas de Rodrigo Díaz de Vivar, sus esposas, proyectaron asesinar al rey moro que les había dado hospitalidad y repartirse sus bienes, Benalgabón les habló con severidad bondadosa. Había sorprendido su conversación y sus pro­ yectos. Podía tomar venganza de ellos. —Pero por el amor del Cid —les dijo— os dejo ir en libertad. Y aún les acompañó hasta su frontera, sin escatimar a las dos infortunadas es­ posas, hijas del Campeador, los obsequios a que las tenía habituadas. Siempre me ha impresionado esta silueta que, en un segundo término, tiene en el Poema del Cid tan amable rasgo y es como una personificación de la amistad leal, a prueba de tentaciones y de indignaciones adversas. Y esta misma simpatía inspiraba al autor anónimo, que en sus sobrias y expresivas palabras le hace pasar ante la mirada del lector como una encarnación de nobles cualidades, atento al culto de aquella fidelidad al gran guerrero, y sin que en ningún instante se mezcle a ella por el comentarista nada que amengüe su pureza ni su espontaneidad. Si el Cid le confiaba su esposa y sus hijas es prueba de que le sabía noble y caballeresco, incapaz de una traición. Cuando yo veo ahora a estos guerreros moros saludar con sumisión que no es servil, sino deferente, a sus oficiales, y a éstos desvivirse por ellos, siempre recuerdo aquel episodio del romancero. Estimación que nace del co­ nocimiento de las cualidades mutuas, amistad que en las almas claras, limpias de sofismas y de retorcimientos, engendra la apreciación del valor ajeno y de la ajena y probada fidelidad... España estaba envenenada por el hálito de los arrabales de las grandes ciudades. Es enfermedad que ha diagnosticado y analizado Spengler. Había logrado imponerse a través de los artificios electorales. Y esta irrupción guerrera de almas ingenuas y religiosas, es como una saludable vaharada de sierras y campos y cumbres, que sería error grave desaprovechar. Porque los moros conservan una riqueza que una gran parte de nuestro pueblo ha perdido. Parece baladí y sin embargo pesa mucho en los trances capitales. Y es la capacidad de poesía, o sea de echar sobre la realidad presente, prosaica y cotidiana, un velo irisado que hace aceptarla con el rostro y el alma sonrientes.

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Lo que más contrasta entre ese pueblo y el de nuestras ciudades fabriles y hasta parte del rural, es precisamente eso. Los moros viven materialmente peor, desco­ nocen el uso de una porción de artefactos que a nuestras clases modestas ya les son familiares, máquinas para el tráfico y la diversión, utensilios que simplifican las tareas domésticas, comodidades que el último «proletario» disfruta como si real­ mente por ley natural le fueran debidas. Y sin embargo sorprende la diferencia entre una multitud marroquí, habitualmente risueña, aun entre harapos, y el gesto torvo, como expresión inconsciente'de la envidia, de nuestras muchedumbres ur­ banas. Tan natural nos parece ya este gesto agrio, que todo se nos vuelve tratar de desvanecerlo con lisonjas, explicaciones y promesas, como se hace con los chicos mal educados y consentidos. —Es que en fondo de estas adulaciones —dice un filósofo amigo mío— lo que hay es un complejo de tipo electoral. — ¿Cómo? —Ante estas multitudes, todos, sin darnos cuenta, nos ponemos un poco en candidatos posibles a mil funciones que dependen del capricho y del sufragio de esas turbas. Pero si han perdido la alegría, si se hallan sumidas en el pecado capital de la envidia que, como decía Quevedo, está amarilla porque muerde y no come, ¿qué riquezas materiales serían suficientes para desarrugarles el entrecejo? Su avidez y sus exigencias serán infinitas. Y a la postre ni con todas ellas recuperarían la alegría perdida, que es cosa de la imaginación y tiene poco que ver con la mag­ nitud de los jornales propios y con la presunta o efectiva riqueza ajena. Buscan la felicidad en cosas tangibles, susceptibles de medida y cómputo, y sobre todo, en el daño, en el menoscabo del bienestar material de los otros. Han perdido la capaci­ dad de· evasión al mundo de la fantasía, el gusto de la música y de la canción, las alas, en suma, con que cualquiera de estos soldados árabes asciende a un mundo maravilloso mientras come su pan duro y su pobre yantar. Ya no se cantaba en España en los talleres de la artesanía. Ya no se cantaba siquiera en los campos. ¿Acaso la vida era peor que hace años y siglos? Mentira. Lo que había empeorado era el alma de la gente, desecada por el viento de-la mala pasión, que apaga la risa y el cántico y hacía un símbolo del puño amenazador. Estos soldados moros son, además, una demostración de que, contra lo que se decía en ciertas campañas de Prensa, costeadas en gran parte por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia que, por ejemplo, tenía subvenciones para esa obra de traición a los diarios de los hermanos Busquets, España conservaba su genio colonizador. ¿Dónde estaba la crueldad española, cuando en esta hora dra­ mática los dominados los moros han venido fraternalmente del brazo del domina­ dor? ¿Dónde nuestra ineptitud para influir en otras razas, que tantas ironías su­ gería a los escritores colonistas de Francia? Los edificios que hemos levantado en Marruecos, las vías férreas, las carreteras, lo material, en suma, tal vez no es mo­ numental, y seguramente es menos teatral que lo francés o lo inglés en sus colo­ nias. Pero algo de orden espiritual habremos llevado allí, algo que tiene relación con la caridad cristiana, con el catolicismo de los sentimientos, con la comprensión del alma humana, con la piedad, con la fraternidad verdadera que no es la masóni­ ca, para que estos hombres vengan alegre y filialmente a pelear aquí, bajo el mando de nuestros oficiales, y cuando les llega la hora digan, como lo hacen si conservan el conocimiento: —Dame un beso en la frente, capitán.

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Y antes de cerrarles los ojos, su capitán español se lo da. Ahora resulta que en el trance definitivo, cuando se trata de jugarse la vida, ellos están con nosotros, sin que nadie les fuerce, ni les engañe, orgullosos de hacerlo así. ¿Éramos, pues, una raza sanguinaria y cruel? Y lo importante, ¿eran las obras de fábrica, las construcciones de cemento y hierro, las máquinas, los apa­ ratos industriales, o cierto sentido humano de la vida, exento de orgullo de raza, que siempre hemos puesto en nuestras relaciones coloniales y que ahora florece así? Han sido los oficiales españoles quienes, durante veinte años ominosos han rea­ lizado esa tarea, ante la estúpida indiferencia de una burguesía vuelta de espaldas a todo idealismo y tan corta de vista que ha dado de bruces, sin saberlo, en la revolución social. Han sido estos oficiales abnegados,' a los que sólo media docena de escritores —entre los que me cuento— hemos consagrado libros y artículos di­ vulgadores de su ingente y desconocida labor. Años de trabajo y de heroísmo oscu­ ros, de tristeza y de desesperanza en el porvenir. Caían y subían Gobiernos. Se renovaba la siniestra farsa del Parlamento. Y cada vez que había que operar en Marruecos recomenzaba la farisaica gritería de los traidores, cuyo pacifismo ya se ha visto de lo que era capaz. Ciertas tardes, hace años, descansaba yo en alguna posición de las que iban tomándose para penetrar en territorio insumiso. Conver­ saba con oficiales de los que, muchos, han muerto ya. Se divisaba el Estrecho apa­ cible como un lago, con el Peñón de Gibraltar en el fondo. Una melancolía, una sensación de la inutilidad de todo esfuerzo parecía planear sobre nosotros. El sol caía lentamente, dorando esas nubes que flotan al poniente, como escuadras de ilusorias carabelas.