DEMOCRATIZACIONES PLEBEYAS

August 9, 2017 | Author: Ismael Osuna | Category: Bolivia, State (Polity), Politics, Democracy, Citizenship
Share Embed Donate


Short Description

Descripción: politica bolivia...

Description

DEMOCRATIZACIONES PLEBEYAS Raquel Gutiérrez Luís Tapia Raúl Prada Alvaro García

ÍNDICE

PRÓLOGO 5

Raquel Gutiérrez / Alvaro García EL CICLO ESTATAL NEOLIBERAL Y SUS CRISIS

9

Reconfiguración social, cocaleros y resistencia 16 Los movimientos sociales del 2000 en adelante Las elecciones del 2002: dos Bolivias que se confrontan

20 22

Luís Tapia © Muela del Diablo Editores ¿e*Htt*¿. Primera edición: 2002 Colección: 60*f*í**»*

•Fax: 2770702 • 22354 • La Paz-BoWa [email protected]

Revisión del texto: Osear Vega Camacho Cuadro portada: La tragedia del pongo,

Mario Alejandro Illanes, 1932. D.L. 4-1-1515-02 ISBN 99905-40-30-6

MOVIMIENTOS SOCIALES, MOVIMIENTO SOCIETAL Y LOS NO LUGARES DE LA POLÍTICA

25

A. Conceptualízando los movimientos sociales

27

I. II. III. IV. V.

. 30 34 36

Introducción Los lugares de la política Las formas y fines de la política Los sujetos de la política Las reformas de la política, las reformas de la sociedad

29

39

B. Las formas de la acción colectiva en Bolivia

41

VI. Los avalares de la centralidad proletaria VIL Reforma del estado y reforma de la sociedad civil: nuevos movimientos VIII. Las contemporáneas formas de acción colectiva: movimientos sociales y crisis de estado IX. La composición de movimiento social y movimiento societal X. Las transformaciones de la política XI. La circulación de fuerzas entre los lugares y los no lugares de la política

43 46 51 60 61 64

Raúl Prada Alcoreza MULTITUD Y CONTRAPODER ESTUDIOS DEL PRESENTE:

MOVIMIENTOS SOCIALES CONTEMPORÁNEOS - 73 La irradiación de septiembre 78 Limitaciones y riquezas de las fuerzas sobre valoradas 84 Cartografías del Ayllu 86 Trabazones de la coyuntura 92 Relaciones de poder en torno al agua 95 El poder constituyente y la asamblea constituyente 101 La capitalización de la miseria 109 El ocaso liberal * 110 Los efluvios del discurso otoñal . 115 El significado efectivo de la democracia 116 Multitud y contrapoder 121 La guerra final: la multitud contra el imperio 123 La irrupción electoral de la multitud ' 134 La marcha indígena y la asamblea constituyente 138 El poder constituyente 139 La dualidad de las temporalidades 141 Artificialidad política 144

Alvaro García Linera EL OCASO DE UN CICLO ESTATAL Neoliberalismo: el relato de una ilusión El gran fraude: menos estado y más sociedad Ciudadanía y democracia La crisis de estado Las resonancias electorales de la crisis estatal El regreso de la indiada Caos sistémico Gobernabilidad o gobemanza Los retos actuales Ciudadanía y democracias posibles

147 149 152 152 154 158 159 160 163 165 171

PRÓLOGO

La reconquista de derechos políticos a fines de los años 70 y a inicios de los 80 fue producto de un conjunto de movilizaciones populares que hicieron posible la democratización del régimen político. Las movilizaciones que vencieron a la dictadura tuvieron como eje articulador a las organizaciones del trabajo, tanto en las ciudades como en el campo, los sindicatos de todo tipo, que se vieron rebasados por otras formas de acción colectiva. La conquista de la democracia ha sido y es una construcción plebeya en el país. En el momento reconstitutivo de la democracia en el país hay una primera ola de movilizaciones populares que si bien produce la transición, no llega a traducirse en mayor presencia política en el estado. En una segunda fase de la transición se produce una apropiación de la conquista popular por parte de los políticos profesionales de la clase dominante, y se produce una expulsión de las organizaciones populares de los espacios legales y legítimos de la política, que resulta de la estrategia estatal y la desarticulación interna de las mismas. Durante una buena parte de la década del ochenta y noventa el proceso de institucionalización del estado de derecho se realiza sin la presencia de fuerzas populares en el sistema de partidos y el estado. UCS y CONDEPA son partidos de empresarios mediadores que logran apoyo plebiscitario pero no organizan la presencia política de la gente que representan o votan por ellos.

Durante estas dos últimas décadas no hemos vivido un desarrollo y consolidación de la democracia, como dicen muchos, sino la reorganización de un estado de derecho, que reconoce algunas libertades políticas, un estado de derecho que ha legalizado la desorganización de todas las bases de articulación de una economía nacional y del ejercicio autónomo del gobierno en el país; con lo cual se han desorganizado las condiciones de posibilidad de la democracia. Luego de un largo tiempo de derrotas y descomposición en el campo de lo popular, primero de modo invisible y luego como irrupción colectiva que pone en crisis al estado, se han desarrollado nuevas capacidades de acción colectiva que cuestionan los monopolios de la economía y la política que han deteriorado las condiciones de trabajo y reproducción en el país. Estas formas de hacer política que cuestionan los monopolios de la economía y la política son las reales formas de democratización desplegadas hoy en el país, en una primera fase de planteamiento del conflicto, del cuestionamiento de las leyes y la política económica. Se puede distinguir varias fases en los procesos de democratización. Hay una primera fase de planteamiento del conflicto en torno algún tipo de monopolio excluyente existente, a través de la constitución de una fuerza y sujeto político. Hay otra fase de crisis estatal (parcial o general) instaurada por el conflicto distributivo. De esta puede resultar un proceso de reforma y redistribución del poder y los recursos y, así, del estado, que implique la reducción de los monopolios pre-existentes y, en consecuencia, una real democratización que se refleja en un cambio en las condiciones de vida diaria de la población y su modo de participar en la política. A esto se puede acompañar o esto puede darse a través de una reforma de las leyes y la política económica. Todo esto implica que la democratización tiene que ver con el contenido de las políticas del estado, no sólo con la forma. Las formas son necesarias para la realización del contenido. Es en torno al contenido de la política del estado que los movimientos plebeyos de los últimos años están planteando y realizando la democratización del país. Los ensayos que reúne este libro son elaboraciones complementarias que tratan

de recordar, interpretar y explicar estos procesos de democratización planteados y realizados desde el seno de la acción colectiva de los trabajadores, lo cual ha producido crisis política en el seno del estado. La principal crisis política del estado no viene de su alto grado de prebendalismo, corrupción y subordinación a poderes externos sino de los planteamientos democráticos de la plebe y su constitución como una diversidad de sujetos políticos que cada vez tienen más autonomía y capacidad de cuestionar los nuevos monopolios de la economía y la política.

EL CICLO ESTATAL NEOLIBERAL Y SUS CRISIS

Raquel Gutiérrez Alvaro García

El 30 de junio pasado en Bolivia se celebraron elecciones generales. Los resultados de los comicios evidenciaron dos tendencias profundas que se han venido dibujando con nitidez desde el 2000. Por un lado, la reconstitución de una creciente capacidad popular de intervención en el asunto público, de acción y gestión colectiva; organizada en diversos movimientos sociales que hoy alcanzan y permean, también, al propio sistema político consagrado. Por otro, la erosión paulatina de la legitimidad, credibilidad y posibilidad de articulación social por parte de partidos políticos conservadores, en torno a sus proyectos de reconfiguración neoliberal del país. Tal es el interés y la importancia del actual momento. El crecimiento desbordado del caudal de votos de la izquierda, que sucede a una expansión sin precedente de nuevos y vigorosos movimientos sociales y, por otra parte, la condensación de una amplia aunque descendente proporción de la votación alrededor del proyecto más nítidamente liberal que se ha implementado en el país. Ambas tendencias nos muestran la profunda polarización social y política que existe hoy en Bolivia. Es esta la quinta vez que la población boliviana es convocada a las urnas desde 1982; año en que se inició la llamada "apertura democrática" tras más de 15 años de gobiernos militares. En contraste con los comicios previos, en los que básicamente se produjo una simple rotación en los puestos de gobierno ocupados tradicionalmente por miembros de las élites urbanas organizadas en distintos partidos políticos (ver cuadro); en las elecciones recientes, con la elevada proporción de voto que alcanzó la opción anti-neoliberal de izquierda encabezada por el caudillo cocalero Evo Morales y su partido Movimiento al Socialismo (MAS) y por el partido indianista Movimiento Indio Pachacuti (MIP) de Felipe Quispe, se abre la posibilidad, también, de una resignificación de la "política oficial" dada la influencia parlamentaria ganada por indígenas y sectores populares. Revisemos someramente los antecedentes de la situación política hoy abierta en el país. Sin lugar a dudas, lo que viene sucediendo en Bolivia insinúa la posibilidad del fin de un ciclo político de democracia procedimental vacía de contenido, paralela a proyectos económicos neoliberales que hoy parecen hundirse en todo el continente.

Partidos ganadores y coaliciones políticas gobernantes desde 1982

1982-1985 Unidad Democrática y Coalición de partidos de Hiperinflación galopante. Crisis Popular (UDP) centro y centro-izquierda, económica generalizada. Presidente: Hernán Siles con un discurso nacionalista El periodo de gestión de la UDP se Suazo y anti-militarista. acortó un a-o Vicepresidente: Jaime Paz Zamora. 1985-1989 Movimiento Nacionalista Partido nacionalista de centro, Se implementaron las primeras Revolucionario (MNR) que se alió para gobernar con reformas estructurales. El ministro de Presidente' Víctor Paz Acción Democrática economía de la época, gestor de las P ' Nacionalista (ADN), partido medidas neoliberales fue Gonzalo tstcnssoro Sánchez de Lozada. de ,a derecha militar 1989-1993 Movimiento de Izquierda Alianza MIR-ADN Se mantuvieron las líneas básicas de Revolucionaria (MIR). En esas elecciones el MIR la política económica neoliberal: Presidente- Jaime Paz obtuvo el tercer lugar en la apertura comercial, libre movilidad de 7 ' votación, pero su candidato capitales, desprotección laboral y ¿amora. resultó presidente por su social. Pero no se implementaron alianza con ADN. nuevas reformas.

19911997 MNR Coalición MNR-ADN (y Segundo momento de reformas Presidente- Gonzalo otra fuerza política local, neoliberales: privatización de Sánchez de Lozada Unión Cívica Solidaridad, empresas públicas, organizada en torno a un desmantelamiento de la segundad acaudalado empresario de social, reorganización política del la cerveza) estado. 1997-2002 ADN Coalición ADN- MIR (y Gobierno particularmente Presidente: Hugo Bánzer otros partidos menores). corrupto e inoperante. • (quien murió durante su Las políticas pnvatizadoras gestión, terminando el chocaron con la respuesta período de gobierno el popular en la Guerra del Agua, vicepresidente Jorge Quiroga) 2002-2007 MNR Coalición MNR- MIR (y Presidente: Gonzalo otros partidos menores, Sánchez de Lozada MBL, UCS).

ANTECEDENTES

En los casi 20 años de democracia boliviana pueden distinguirse varios momentos a partir del significado que el concepto y la práctica democrática han tenido en términos sociales. Si tras la larga noche de los gobiernos militares (19641982) la ambición democrática logró convertirse en una especie de concepto-fuerza, movilizador de las expectativas y deseos de amplios contingentes sociales articulados en la hoy casi extinta Central Obrera Boliviana (COB); en pocos años el régimen democrático, con sus elecciones periódicas y su regular funcionamiento parlamentario, comenzó a ser percibido más como una impostura discursiva, antes que como un mecanismo relevante y posible de producción de acuerdos sociales de fondo sobre el rumbo que debería tomar el país. Bolivia es un país de 8 millones de habitantes, dos de los cuales ha tenido que migrar para trabajar en Argentina, Brasil o Estados Unidos. Es, además, junto con Guatemala y Ecuador, un país de altísima presencia indígena. Más del 60% de la población habla como lengua materna, un idioma originario distinto al español; y si bien ya sólo un poco menos del 50% de la población total vive en áreas rurales, son muy importantes los vínculos entre la ciudad y el campo a través de la persistencia de redes familiares, de parentesco y paisanaje que permiten articular estrategias laborales y culturales en unos mercados de trabajo mayoritariamente precarizados e informalizados. Entre las culturas nacionalindígenas, dos son las más importantes: la aymara y la qhiswa. La comunidad cultural y lingüística aymara, compuesta por 2 y medio millones de personas, está ubicada preponderantemente en el altiplano andino y en los últimos 30 años esta identidad ha atravesado profundos procesos de politización social dando lugar a la emergencia de un nacionalismo indígena aymara, que de manera un tanto tortuosa se va unificando en torno a" un discurso de autogobierno indio. Por otra parte, la comunidad lingüística qhiswa hablante se asienta principalmente en las zonas templadas de los valles

interandinos de la zona central del país. Abarca aproximadamente 3 millones de personas que conforman una comunidad políticamente más porosa en términos de los contenidos étnicos que sostienen sus formas de asociación. La organización política que obtufo el segundo lugar en las elecciones de julio pasado, el MAS, tiene precisamente un mayor arraigo en esta zona. Ahora bien, en Bolivia las reformas neoliberales se implementaron a partir de 1985. En aquel año, tras una crisis económica sin precedente, hundidos los precios del mercado de minerales y con una hiperinflación desbocada, ganó las elecciones el MNR (el mismo partido que ahora obtuvo la mayoría de los votos) y Gonzalo Sánchez de Lozada (quien fue elegido presidente del país por votación en el Congreso los primeros días de agosto), impulsó un plan de estabilización económica de shock con la consiguiente ola de despidos masivos, disminución drástica del valor de la fuerza de trabajo, imposición de políticas de austeridad, etc.; al tiempo que se inició el ciclo de libre mercado con la apertura de las fronteras a la "libre importación" de todo tipo de productos. Desde 1985-86, época en que la derecha infligió una derrota en toda la línea al movimiento popular, logrando diezmar profundamente al combativo proletariado minero, se han realizado elecciones sin grandes sorpresas, en 4 oportunidades. Todos los gobiernos han seguido el libreto preestablecido por organismos financieros internacionales, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de venta de empresas anteriormente nacionalizadas, garantía a las prerrogativas de los inversionistas y limitación de derechos laborales y sociales. Quizá lo más llamativo a lo largo de estos años ha sido la versatilidad de las alianzas posibles entre cúpulas partidarias, con supuestas discrepancias y enfrentamientos, que resultaban olvidados a la hora de hacer negocios desde los cargos públicos. Así, como en casi toda América Latina, en Bolivia también se fue ampliando la percepción social de engaño y menosprecio por parte de los políticos tradicionales a las necesidades y aspiraciones de la población. El desprestigio que han alcanzado los miembros de la ahora llamada por los medios, "clase política"; el malestar

por los privilegios y prerrogativas que han acumulado, etc., han configurado un ambiente de descrédito creciente de la política tradicional que hoy parece estar llegando al límite.

políticas y digestión del asunto público, realizadas al margen de la normatividad liberal estatal sobre todo en comunidades rurales de matriz indígena y en poblaciones pequeñas.

Por el lado del movimiento popular, a lo largo de este período se pueden distinguir claramente dos momentos: el de la derrota estratégica de las fuerzas populares organizadas en torno a la clase obrera, y movilizadas alrededor de la Central Obrera Boliviana (COB), que se extiende durante casi 13 años hasta 1999; y, a p a r t i r de entonces, el de recomposición de la capacidad colectiva de lucha y acción política que en julio pasado, ahora también con un triunfo electoral, adquirió un rasgo de visibilidad extraordinaria. Abordaremos brevemente los elementos principales del primer periodo señalado y los del segundo los discutimos en la siguiente sección.

La LPP consiste básicamente en una re-municipalización del país, que reorganiza la geografía para parcelar las asociaciones y vínculos comunitarios y populares existentes, imponiendo formas de control y gestión del territorio más manejables para tecnócratas y administradores públicos y privados. En segundo lugar, impone la pertenencia a partidos políticos oficiales, con registro y reglamento, como la única forma legal y reconocida de participación política y posibilidad de gestión pública en ámbitos locales. Y esto lo hace en un país en el cual, en más de la mitad del territorio el Estado no existe más allá de la eventual escuela rural y donde pervive, más bien, una tradición de siglos de organización políticaproductiva indígena-comunal, con sus prácticas políticas de rotatividad en los cargos, obligatoriedad en la ocupación de funciones de servicio público, asambleísmo ritualizado enlazado con el manejo de la fiesta, la ocupación del territorio y la producción agraria.

RECONFIGURACIÓN SOCIAL, COCALEROS Y RESISTENCIA

Entre 1985 y 1998 no sólo se derrumbaron las antiguas estructuras organizativas de movilización y acción popular, sino que se vivió una especie de generalizado momento de pasmo, donde la única voz pública, el único proyecto de país, la única posibilidad viable y legítima de acción política pareció ser la diseñada por la derecha -en sus distintas variantes; plenamente consistente con el desmantelamiento de las industrias locales anteriormente nacionalizadas (privatización que tomó el nombre de "capitalización"), con la venta de la riqueza social acumulada por generaciones (remate de la seguridad social y privatización de los fondos de pensiones) y, por supuesto, con el empobrecimiento generalizado de la población sencilla y el bloqueo de cualquier posibilidad de ascenso y movilidad social. En este lapso de 13 años, el esfuerzo político más sistemático del Estado para reconfigurar el ámbito de la participación pública, fue la promulgación en 1995 de la llamada Ley de Participación Popular (LPP). Con tan ampuloso nombre se recubrió un gigantesco esfuerzo por desnaturalizar, invisibilizar y disolver las persistentes y múltiples prácticas

Así, si la LPP puede leerse como la medida política antiindígena más elaborada de la década de los 90, tendiente a controlar y disolver ancestrales prácticas políticas comunales, fomentando la división en las comunidades y regiones vía la exigencia de pertenencia a partidos políticos para ocupar cargos públicos y la sumisión clientelar de la población rural y urbana m a r g i n a l a élites p a r ti d a ri as citadinas y occidentalizadas; a través de sus intersticios, también se han desarrollado ciertas experiencias de participación en ámbitos políticos oficiales, que en las últimas elecciones han visto su ámbito de influencia notoriamente ampliado. Este es el caso, particularmente, de la población trabajadora de los valles del Chapare de Cochabamba y del MAS de Evo Morales. Este partido fue en sus inicios una agrupación política local de un sector social muy definido: los colonizadores del Chapare cultivadores de hoja de coca. Tras su desalojo de las antiguas minas estatales, miles de trabajadores mineros migraron a la región del Chapare para obtener de la tierra

algo con que vivir. De la siembra de yuca -tubérculo fibroso muy apreciado en el país-, plátano y cítrico, pasaron al cultivo de hoja de coca, mucho más rentable y menos exigente. La hoja de coca es una planta tradicional de la zona andina, utilizada de manera ritual y como alimento y medicina por las culturas indígenas. Desde siglos atrás existe un vasto mercado de consumidores urbanos y rurales de hoja de coca tanto en Bolivia, como en Perú y Argentina, que se mantiene hasta hoy. A partir de los años 80 tuvo lugar un incremento del cultivo de hoja de coca debido, en primer lugar, a que la creciente población de despedidos encontró justamente en dicha actividad un cultivo rentable y relativamente productivo capaz de brindarle una nueva oportunidad. En segundo lugar, la hoja de coca era en aquellos años un cultivo en expansión. La llamada producción "excedentaria" de coca -remanentes de la producción destinada al consumo tradicional-, pasó a ser materia prima para la elaboración de pasta base de cocaína; por lo cual, a diferencia de todos los demás productos agrícolas, la coca contaba con un mercado asegurado y en alza. Esta producción "excedentaria" ha sido objeto de acoso y persecución permanente por parte de la policía y el ejército bolivianos en el marco de la "guerra antidrogas" implementada por el gobierno estadounidense. Evo Morales proviene justamente de las continuas y agotadoras luchas de resistencia contra la erradicación de los cultivos de coca. Llama pues la atención, en todo esto, cómo lo que se inició como un tenaz movimiento social de defensa de un recurso -la coca-, logra convertirse, con el tiempo, en un partido político que llega a ser la segunda fuerza electoral en Bolivia. Son varios elementos los que se conjugan para la consolidación primero del movimiento cocalero y, posteriormente, del MAS: en primer lugar y sobre todo en sus momentos iniciales, el rasgo de extrema necesidad, el carácter de urgencia colectiva en la defensa de la coca como actividad de subsistencia por parte de una población drásticamente golpeada por las reformas neoliberales. Desde finales de los 80 los cocaleros supieron que contaban sólo con su cohesión interna, con su capacidad de movilización y decisión común, para enfrentar

los planes gubernamentales que pretendían sustituir el cultivo de coca por cítricos o plátanos sin mercado y sin rentabilidad alguna. En segundo lugar, ha sido decisiva la calidad de "colonizadores" que tiene una gran proporción de la población del Chapare. Son estos hombres y mujeres, despedidos de las minas, migrantes en su propio país, quienes han levantado y construido prácticamente todo lo que existe en la región, desde los caminos hasta los puentes y los pueblos. Así, los propios sindicatos agrarios -forma inicial de organización del movimiento- cumplía tanto funciones de organización y lucha como de ejercicio de poder local. Esta capacidad de gestión colectiva autónoma, que re-elabora y amplía prácticas sindicales mineras y herencias comunales, fue parcialmente subsumida a las reglas, procedimientos y mecanismos oficiales tras la aprobación de la Ley de Participación Popular. Sin embargo, pese a que algunos representantes se corrompieron cuando hubo algún dinero estatal que administrar, a que en algunas poblaciones las decisiones de funcionarios públicos se enfrentaron y sobrepusieron a las de las asambleas, o a que los nuevos procedimientos burocráticos escritos introdujeron nuevos criterios de selección de los candidatos a ocupar cargos públicos, favoreciendo por ejemplo, a las personas con más experiencia urbana o mayor escolaridad, etc.; por lo general, los nuevos dirigentes permanecieron ligados a las bases, ha pervivido la tradición de asamblea y servicio público y no culminó la separación entre estructura política y movimiento social fomentada por la LPP. En tercer lugar, está la propia figura y personalidad de Evo Morales. Hábil dirigente, agudo en el uso de la palabra, en el manejo de símbolos y, sobre todo, que ha participado prácticamente siempre en la movilización popular tanto cocalera como regional. Evo Morales conoce lo que fue la izquierda tradicional y ha logrado organizar en torno a su liderazgo a los más tenaces dirigentes mineros y a algunos sectores medios. Morales cuenta, además, con el odio concentrado de la Embajada Norteamericana; ha sido durante años el objeto de sus críticas más ardientes y de las amenazas más airadas, lo que le brinda un carácter de abanderado de la resistencia de la nación contra el imperio, que en la propaganda electoral de los comicios recientes, junto con su equipo de campaña, supo explotar muy bien.

Además del movimiento cocalero que durante casi todos . los 90s ha librado numerosas batallas innovando también en las formas de lucha: del bloqueo de caminos a largas marchas de cientos de kilómetros entre la zona cocalera y La Paz, pasando por decenas de poblaciones rurales; a partir del 2000 dos grandes movimientos sociales surgieron en Bolivia modificando drásticamente la relación de fuerzas sociales: un combativo movimiento regional por la defensa del agua en Cochabamba y una oleada de insurgencia comunal aymara que ha venido cimbrando intermitentemente la estructura estatal a lo largo de los dos últimos años. LOS MOVIMIENTOS SOCIALES DEL 2000 EN ADELANTE: LA RECONSTITUCIÓN DE LA CAPACIDAD DE ACCIÓN COLECTIVA REBASANDO LOS MÁRGENES INSTITUCIONALES ,

Durante aproximadamente 30 años, la Central Obrera Boliviana (COB) fue el referente de auto-organización social de las clases subalternas. Esta central sindical, organizada en torno a los obreros de gran empresa de las minas y fábricas, comenzó a sufrir un lento proceso de disolución a raíz de las deliberadas políticas de des-sindicalización, reestructuración productiva y privatización llevadas adelante por las reformas liberales. En este sentido la estabilidad del régimen neoliberal fue inversamente proporcional a la desorganización social promovida desde el Estado. Sin embargo, esta misma reestructuración del tejido social y económico del país, con el tiempo ha dado lugar a nuevas formas organizativas, de movilización y de elaboración de demandas, que se han articulado bajo la forma de movimientos sociales con una gran capacidad de acción colectiva y de elaboración de proyectos políticos alternativos de gestión económica y política. El primero y más importantes de estos movimientos fue el de la Coordinadora de Defensa.del Agua y de la Vida entre enero y abril de 2000. Una asociación flexible de gremios campesinos, de asociaciones comunales de riego, de obreros sindicalizados, de trabajadores precarios, desocupados, jóvenes y ciudadanos que, en una extraordinaria articulación

de fuerzas urbano-rurales, lograron expulsar a la transnacional Bechtel que se había adjudicado el derecho a gestionar el agua en una zona donde ésta es tradicionalmente escasa, y tenía la intención de privatizar los sistemas de riego campesinos que desde hace siglos son administrados bajo "usos y costumbres" comunitarias. Este primer triunfo social, después de 15 años consecutivos de derrotas populares, no sólo dio pie a una nueva cualidad organizativa de la sociedad en torno a estructuras de movilización laxas, territorializadas y en torno a necesidades básicas (agua, tierra, servicios), sino que además ayudó a generar un estado de disponibilidad colectiva a la revocatoria de antiguas fidelidades políticas, que ha puesto en entredicho la legitimidad y hegemonía de las políticas neoliberales en el país. El segundo gran movimiento social que emergió el año 2000, fue el de las comunidades indígenas aymarás organizadas en torno a la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB). Esta es una antigua organización de comunidades campesinas que ahora, bajo el liderazgo de Felipe Quispe, ha protagonizado tres grandes bloqueos de carreteras y cerco a la ciudad de La Paz durante los años 2000, 2001 y 2002. Movilizadas en torno a demandas como la defensa de los usos tradicionales del agua, de los mecanismos de ocupación y usufructo de la tierra, las comunidades han comenzado a levantar un discurso de igualdad entre indígenas y blancos, de autogobierno y de nuevas formas de gestión política indígena en la administración estatal, que han removido los cimientos republicanos de un Estado racista y excluyente que en 176 años de vida, nunca ha incorporado a las mayoritarias culturas, ni a las lenguas y prácticas indígenas a la esfera pública legítima. Estas luchas colectivas, todas ellas exitosas, han convertido a los movimientos sociales en actores políticos capaces de definir la estabilidad de los gobiernos; ello, sumado al fracaso modernizador del liberalismo, han creado un estado de ánimo social de reforma y transformación político-cultural que es^el que precisamente se ha expresado-en las ultimas elecciones con el retroceso abrupto de las candidaturas conservadoras, el renaci mi ento de unas izquierdas indígenas y una mayoritaria predisposición electoral a buscar cambios.

LAS ELECCIONES DEL 2002: DOS SOLIVIAS QUE SE CONFRONTAN

La novedad en el 2002 ha sido la amplísima votación obtenida por figuras populares surgidas de la lucha de resistencia contra el modelo económico neoliberal y la política antidroga impulsada por los norteamericanos. Evo Morales, quien fue expulsado del parlamento en febrero por unos políticos cada vez mas sordos a lo que sucede en el país, ocupó ahora el segundo lugar de la preferencia ciudadana, alcanzando la mayoría en 4 de los 9 departamentos que constituyen la República Boliviana y el 21% del total de votos, prácticamente igual que el partido ganador, el MNR, que consiguió el 22.5% del total. Por su parte, Felipe Quispe, dirigente campesino aymara que hasta ahora enfrenta un proceso penal por "alzamiento armado" por encabezar un movimiento guerrillero indígena en los 80s, se ha convertido en diputado junto a otros 5 comunarios. El MIP obtuvo el 36% de la preferencia electoral en la zona rural aymara del departamento de La Paz, al occidente del país y el 6% de la votación total. Por su parte, las preferencias electorales de la derecha han caído en picada. El ahora presidente de Bolivia, Sánchez de Lozada, no obtuvo ni un cuarto de los votos emitidos. El partido del Gral. Bánzer, ADN, que gobernó durante el último período en medio de un sinfín de escándalos de corrupción y negligencia funcionaría, prácticamente desapareció obteniendo menos del 4% de la votación total. Mientras que el MIR, partido del oportunismo sin límite cuyos dirigentes han llevado al extremo todos los vicios de la democracia liberal: nepotismo, corrupción, falta de escrúpulos, usufructo amoral del cargo público, enriquecimiento ilícito, etc., obtuvo un modesto 16% que le ha servido para aliarse con su enemigo aparente de ayer, el MNR y conseguir otros 5 años de vida a costa de las arcas públicas. Con esta nueva configuración de la influencia de los partidos de derecha se termina una modalidad de escenario político que se prolongó durante más de una década. La existencia de dos fuerzas políticas principales sin diferencias

de fondo pero confrontadas con estridencia en la superficie, que se alternan sucesivamente en una elección tras otra. En el caso de Bolivia, tres son los partidos tradicionales que han ocupado el espacio político oficial; dos se han aliado en cada oportunidad y una tercera ha jugado el papel de oposición parlamentaria. Esta coreografía que se repitió hasta la saciedad en los últimos años, esforzándose por mantener el monopolio del asunto político, se rompió primero en las calles con el ascenso de los movimientos sociales que pusieron a discusión las temáticas auténticamente relevantes para la población, y que reintrodujeron al espacio público otros comportamientos políticos y otras maneras de resolver los asuntos. Hoy, se ha roto también en el parlamento nacional. Por otro lado, si bien se produjo un crecimiento significativo de un antiguo partido marginal de derecha, Nueva Fuerza Republicana (NFR) con su caudillo regional, Manfred Reyes Villa, quien obtuvo el tercer lugar en las elecciones de junio, y quizá pueda temporalmente ocupar la posición de "oposición civilizada" al ejecutivo; lo más relevante en esta ocasión ha sido la visibilización de la existencia de dos países, de dos Bolivias ajenas y confrontadas cuya conflagración hoy llega hasta el Congreso y los espacios legítimos de la política. La existencia de dos Bolivias ha sido desde hace años un slogan de Felipe Quispe, violentamente criticado por las élites que lo acusan de "querer dividir al país" y "disolver la civilización". Según Quispe, una es la Bolivia criolla y colonial y otra la Bolivia de indios y comunidades, de la gente que nace "debajo de una polljera", de los que trabajan y no gozan del producto de su esfuerzo. Es llamativo que el titular del mayor periódico boliviano tras la sesión del Congreso en la que se eligió presidente a Gonzalo Sánchez de Lozada, fue justamente esa frase: "Dos Bolivias se miraron de frente". La sesión inaugural de este nuevo Congreso, en varios aspectos mostró el carácter de simulación que han tenido en Bolivia ciertas medidas de reconocimiento de las culturas indígenas. Una cosa es reconocer formalmente las lenguas indígenas como lenguas oficiales del país para presentar una cara políticamente correcta en foros internacionales, y otra cosa es que más de 30 diputados indígenas tomen la palabra en sus propias lenguas y conversen entre sí, quedando los

criollos totalmente al margen de lo que se dice. O que en el propio parlamento nacional los indígenas se pusieran a mascar hoja de coca, práctica popular muy generalizada pero profundamente chocante a las élites, que consideran esta costumbre un vulgar hábito del "populacho". En fin, más allá de la anécdota, lo que es muy claro es que en Bolivia los movimientos sociales han logrado conformar organizaciones políticas que exitosamente han participado en las elecciones recientes consolidando una influencia política sin precedentes. La izquierda hoy tiene capacidad de proponer leyes y de bloquear proyectos del ejecutivo. Puede continuar impulsando la convocatoria a una Asamblea Constituyente no monopolizada por partidos políticos conservadores, que ha sido una consigna levantada por diversos sectores sociales desde el año 2000. Así, este nuevo escenario pondrá en el tapete de la discusión de manera renovada, viejos e importantes temas teóricos y políticos: los vínculos entre movimientos sociales y partidos, entre espacio social y espacio político, las posibilidades y límites de la transformación más o menos pacífica del aparato estatal. En este caso, además, es posible que se abra un espacio nuevo de confrontación entre los procedimientos y prácticas liberales y las costumbres políticas comunitarias e indígenas, que ahora contarán con los reflectores de los medios. En Bolivia, pues, está abierta una posibilidad de transformación social cuya fuente principal de energía son los movimientos sociales y que ahora ha alcanzado otro espacio de presencia y consolidación. Existe el riesgo, por supuesto, de que las instituciones, lógicas y mecanismos oficiales terminen por atemperar la fuerza de los movimientos, de que los dirigentes ahora diputados se corrompan y se alejen de sus bases; pero cabe también la posibilidad de que las posiciones logradas en el espacio político oficial continúen siendo instrumentalizados por los propios movimientos, de manera autónoma, para su propio auto-fortalecimiento y expansión. Es este el escenario que convierte a Bolivia, hoy, en un país donde puede germinar la esperanza. La Paz, Bolivia y Ciudad de México, agosto de 2002

MOVIMIENTO SOCIALES, MOVIMIENTO SOCIETAL Y LOS NO LUGARES DE LA POLÍTICA

Luis Tapia

CONCEPTUALIZANDO LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

I. INTRODUCCIÓN

Las sociedades no dejan de moverse en el tiempo. Para gobernar ese movimiento se hace política al interior de cada sociedad y entre sociedades. Los movimientos más intensos se dan o realizan cuando se está definiendo la composición socio-política global o en los momentos constitutivos; en los momentos de crecimiento rápido y en procesos de reacción, reforma de las fallas estructurales en la composición de la sociedad, es decir, en las revoluciones o fundaciones, en las olas expansivas y en las crisis. Las movilizaciones que cabe considerar para los últimos tiempos en Solivia sobre todo corresponden a los momentos de crisis, pero también se dan en relación a proyectos oligárquicos de recomposición global del país. En países multisocietales como Bolivia no todas las fuerzas se mueven en la misma dirección, debido a una construcción incompleta que hace que casi siempre haya un flujo subterráneo de procesos sociales desarticuladores del orden estatal y económico nacional. En este sentido algunos procesos no son solamente movimientos sociales, es decir, movilización y acción política de algunas fuerzas o parte de la sociedad con la finalidad de reformar algunas de sus estructuras, sino que también son en algunos casos movimiento de sociedades en proceso de conflicto más o menos colonial en el seno de un país estructuralmente heterogéneo. Para poder explicar el origen, sentido y perspectiva de los actuales o contemporáneos movimientos sociales en Bolivia, cabe realizar un sucinto recuento analítico de la presencia de lo popular y la acción colectiva en la política boliviana de las últimas décadas. En los últimos 20-30 años se ha vivido la experiencia de los límites de la irradiación y potencial de reforma del movimiento obrero, su posterior desarticulación, la emergencia de la organización y movilización de los pueblos del Chaco y la amazonia y, por último, las revueltas de la Coordinadora del Agua y el sindicalismo comunitario del altiplano. Hubo un conjunto de procesos de cambios y desplazamientos, de descomposición y reconstitución de sujetos sociales y políticos, que cabe ver en relación y

procesual mente. Presento primero una serie de consideraciones teóricas sobre la política en relación a los movimientos sociales y luego un esquema del movimiento de los movimientos sociales en Bolivia. II. LOS LUGARES DE LA POLÍTICA

La política es una práctica que resulta del movimiento de los social en el tiempo, en tanto esto implica dirección y gobierno la política es una de las prácticas de producción y reproducción de los diversos órdenes sociales y, en este sentido, productora y reproductora de sus propios espacios. Los lugares de la política son una configuración que resulta de propensiones que vienen como determinación y necesidad del conjunto de las estructuras sociales y sobre todo del modo en que las acciones políticas responden a las mismas definiendo para sí mismas las condiciones institucionales de intervención en la articulación y dirección de sus sociedades. La forma de la sociedad define los lugares de la política, los escenarios de su ínstitucionalización y los de la acción legítima y reconocida, a la vez que necesaria. La forma moderna de las sociedades ha erigido o producido un espacio privilegiado de la política como estado. En principio ésta fue y es una forma de concentración y monopolio de la política, que se organiza, tendencialmente como una forma burocrática de administración y dominio1. Las historias de desarrollo de los estados modernos han complejizado y diversificado ese espacio central de la política, produciendo varios lugares para la representación de los gobernados, la división de los poderes y el reparto del poder o las prácticas de cogobierno. Los procesos de diversificación y ampliación de los lugares de la política en el seno del estado, responden a dos líneas de causalidad histórica: por un lado, al desarrollo de la ciudadanía y la democratización del estado; por el otro lado,

!• Cfr. Marx y Weber.

al desarrollo de la complejidad y diversificación estructural que produce el movimiento de lo moderno, que va desde la división creciente del trabajo hasta la división constitucional de poderes y descentralización del gobierno. Esta dimensión de diferenciación institucional ocurre en relación a la otra dimensión de la ciudadanización. Los procesos de ciudadanización que históricamente se han experimentado han producido el espacio de la representación en el seno del estado, que es el lugar del parlamento. Con el tiempo el parlamento se ha vuelto más un resultado secundario del proceso de selección de los gobernantes o la cabeza del ejecutivo, en el caso de los regímenes presidencialistas. En los procesos de ciudadanización se puede distinguir una dimensión de disputa al nivel de la imaginación política y articulación del discurso político moderno, que sigue las pautas del universalismo de la Ilustración pero en las condiciones post ilustración de construcción de los estados nacionales, esto es, universalismo en el particularismo político; y otro que viene de la dinámica de la lucha de clases. Los márgenes de ciudadanización y los derechos políticos reconocidos por los estados dependen directamente de la dinámica de la lucha de clases. El monopolio producido en torno a la propiedad y los medios de producción, que es el núcleo de los derechos civiles modernos, tiende a ser/ cuestionado desde la ampliación y universalización de los derechos políticos, que sí tienden a reconocer la igualdad, mientras los primeros no. En este sentido, se puede decir que hay un núcleo duro en la composición de la ciudadanía moderna que contiene y legaliza la desigualdad básica en torno a la propiedad, esto es, un núcleo no democrático, que luego es combatido en términos reformistas con la conquista de derechos políticos. La pauta que ha seguido el movimiento obrero ha sido conquistar y ampliar progresivamente los derechos políticos o igualdad política, para poder usar esos derechos también para redistribuir la riqueza y modificar el monopolio o excluyeme régimen de propiedad. La composición de la ciudadanía en un país es resultado de la historia de lucha de clases en su seno y en el mundo.

Casi toda ciudadanía contiene hasta hoy esta tensión entre el carácter universalista de la enunciación de los derechos políticos y el carácter excluyeme de los derechos de propiedad que los preceden. El lugar de la representación y la legislación a través de representantes elegidos ha sido y es posible a través de la institución y reconocimiento de un conjunto de derechos políticos de asociación, participación, información y voto. Estos derechos se ejercen para acceder al espacio o lugar central de la política pero también son derechos que permiten la práctica política fuera del estado, en la organización de la sociedad civil y la esfera de lo público. La sociedad civil es otro lugar de la política, en realidad, un conjunto de lugares en que se organiza vida política no estatal. Los lugares de la política han tendido ha ampliarse o diversificarse, pero a la vez también a estabilizarse, es decir, a institucionalizarse, a adquirir cierta regularidad, a organizarse en espacios delimitados así como las relaciones entre ellos. Una buena parte de las instituciones de la sociedad civil funcionan como mediaciones o puentes hacia el estado. Una buena parte de la sociedad civil se organiza como resultado de la diferenciación estructural y social que se vuelve un conjunto organizado de intereses y de acciones que se institucionalizan para interactuar en el mismo seno de la sociedad civil y con el estado. La sociedad civil se organiza como un conjunto de lugares en los que se hace política sectorial o política nacional desde lo sectorial. Tendencialmente, las instituciones de la sociedad civil aceptan las normas del orden social y político; se constituyen con la finalidad de negociar su posición relativa en el conjunto de las relaciones sociales y de poder. Cuando los sujetos y prácticas que han configurado esos momentos políticos de la sociedad civil y las esferas de lo público que resultan de su acción o despliegue en relación al estado y la política nacional, o los que no han constituido todavía sociedad civil, desbordan esos lugares de la política, es que puede estar constituyéndose un movimiento social.

Un movimiento social empieza a configurarse cuando la acción colectiva empieza a desbordar los lugares estables de la política, tanto en el seno de la sociedad civil como del estado, y se mueve a través de la sociedad buscando solidaridades y aliados en torno a un cuestionamiento sobre los criterios y formas de distribución de la riqueza social o de los principios de organización de la misma sociedad, estado y gobierno. Lo propio de un movimiento social es que no tiene un lugar específico para hacer política sino el que a partir de algún núcleo de constitución de sujetos, organización y acción colectiva empieza a transitar y politizar los espacios sociales con sus críticas, demandas, discursos, prácticas, proyectos. Lo propio de un movimiento social no es quedarse en un lugar o constituir un espacio político especial al cual circunscribirse. Los movimientos sociales son un tipo de configuración nómada de la política. Una condición de su desarrollo es circular por los varios lugares políticos existentes promoviendo sus objetivos, publicitando sus demandas, fines y proyecto. En este sentido, un movimiento social es como una ola de agitación y desorden a través de las formas tradicionales e institucionalizadas de la política. Una acción colectiva que no circula e irrumpe en otros lugares de la política, no es un movimiento social. Como los movimientos sociales suelen hablar de algo que no tiene lugar en la sociedad, sobre una ausencia de algo deseable, la consecución de lo mismo es algo que se busca y conquista en el movimiento y la reforma de los espacios políticos existentes. La constitución de los movimientos sociales es un desplazamiento de la política, de los lugares institucionalizados de la misma, al campo de tránsito entre ellos y al de la fluidez. También es un modo de politización de lugares sociales o conjunto de estructuras y relaciones sociales que habían sido neutralizadas o despolitizadas y, así, legitimadas en su forma de organización de algunas desigualdades. El estado es el lugar del gobierno, así como la sociedad civil es el lugar de la organización y representación corporativa

o sectorial, en algunos casos de control y presión sobre el gobierno. Las instituciones de la sociedad civil ya son una forma de estabilización de la acción colectiva, son una forma de participación e integración desde lo corporativo, grupal y sectorial, en la sociedad y estado existentes. La constitución de algo como sociedad civil implica la normalización de un tipo de relaciones y posiciones en la vida social, aunque la organización de la misma se dirija a mejorar y defender la posición en intereses de los grupos sociales que se constituyen de ese modo. Un movimiento social no sólo critica alguna dimensión del estado sino también parte de la sociedad civil, ya que cuestiona alguna dimensión estructural. Los movimientos sociales no son movilizaciones de parte de la sociedad civil contra el estado o el gobierno, sino acción colectiva crítica del estado y la sociedad civil también. Los movimientos sociales surgen cuando tanto el estado como la sociedad civil no han logrado o realizado las reformas integrativas y redistributivas deseadas o necesarias. Un movimiento social es acción colectiva más allá de la sociedad civil, aunque en su desarrollo vaya también constituyendo lugares en la sociedad civil a modo de posiciones en un campo de batalla y un conflicto más amplio e inestable. III. LAS FORMAS Y FINES DE LA POLÍTICA

La principal forma de la política moderna es el estado. Es la forma que articula la producción y reproducción del orden social y político. Para su articulación operan hoy otras formas, como el partido. Los movimientos sociales son una forma de política que problematiza la reproducción del orden social, de manera parcial o general. Los fines condicionan la forma. La producción y reproducción del orden social y político necesita de la institucionalización y normativización para estabilizar y dirigir una forma de vida como retorno a la misma organización y sentido.

La producción de un orden político trata de organizar las instituciones que puedan contener la política posible en una sociedad y país. A veces se trata de forzar para que lo que ékiste entre en las instituciones, lo cual implica un diseño simple y autoritario. A veces la producción del orden político y social institucionaliza las formas de participación política existentes; lo cual implica que el estado contiene la complejidad que corresponde a su sociedad. La tendencia es, sin embargo, a reducir la complejidad a un número limitado y más o menos simple de procesos e instituciones. La mayor parte de los diseños institucionales ha privilegiado el reconocimiento de los partidos políticos como la forma puente de hacer política entre sociedad civil y estado. La estabilidad y desarrollo políticos dependen, entonces, de que las prácticas de esa forma partido efectivamente realicen el puente y la política fluya en ambos sentidos retroalimentándose positivamente. Pensando en términos de dinámica política, ya que la política es acción y movimiento en el tiempo, una forma política general es buena y eficiente en tanto puede contener y desarrollar capacidades de reforma y adaptación, pero sobre todo la de enfrentar y resolver los principales conflictos de una sociedad o país. Las formas de vida política que no se organizan como parte del gobierno, se organizan para controlar y disputar ese ejercicio del poder político. A su vez, las formas de la política se constituyen en relación a la forma de distribución y usufructo de los bienes y recursos económicos y materiales, como la propiedad y los productos del trabajo. Las ampliaciones y reducciones de la forma política dependen o responden a diferentes márgenes de participación en la distribución de la riqueza social en sus diferentes fases. Cuando la forma de la política se ha encogido o vaciado, de tal modo que ya no contiene, procesa ni integra de amplios sectores, la política tiende a aparecer bajo otras formas, como desborde. Cuando las formas estatales y sus mediaciones, así como las de la sociedad civil, no enfrentan ni resuelven el conflicto distributivo y el de la producción del consenso en torno al

orden político y social, aparece la política sin forma estable de los movimientos sociales. Los movimientos sociales son la forma de la política excedente en un país, generada por lo general a partir de la experiencia y politización de algún tipo de escasez o pauperización, producto de los principios de distribución existentes. Los movimientos sociales suelen constituirse en torno a cuestionamientos y demandas sobre el orden distributivo existente, o menos frecuentemente como proyectos políticos de cuestionamiento y reforma del orden político en su conjunto. Cuando los partidos no pueden contener la política del conflicto redistributivo o el de la reforma de la política y el estado, tiende a aparecer la política de los movimientos sociales. Esta emergencia no es automática, sin embargo; la cuestión clave es la constitución de los sujetos. IV. LOS SUJETOS DE LA POLÍTICA

La cualidad en la constitución es decisiva, esto es, si los sujetos se constituyen como gobernantes o gobernados, y el cómo se reconstituyen de lo uno en lo otro o transitan de una condición a la otra, o si más bien son co-gobernantes. La política es cuestión de iniciativa y de relaciones de poder. Los sujetos gobernantes se constituyen como productores y reproductores de orden social y político, así como actores de la dirección y la dominación. Los sujetos gobernados son constituidos y se constituyen como reproductores pasivos del orden social, en tanto ocupan sin cuestionamiento los lugares subalternos en los que se los ha ordenado. Un movimiento social es una política de algunos gobernados que cuestionan ese ordenamiento y la distribución de los recursos y reconocimientos sociales y políticos que lo complementan. En este sentido, pretenden cambiar su lugar político y social, a la vez que para hacerlo de facto ya cambia el lugar de la política. Para realizar este cuestionamiento hay una reconstitución de algunos sujetos gobernados, en el sentido que se desarrolla algu na capacidad de auto organización y producción de sentido más allá de las formas prevalecientes. Sin cierta capacidad de autogobierno y

reconstitución más allá de las prácticas e instituciones existentes no se constituyen un movimiento social. La constitución de un movimiento social implica que han proliferado los núcleos de constitución de sujetos, también los principios de organización de la política, así como los fines de la misma. La constitución de los movimientos sociales implica un conflicto de fines en la política, porque se han diversificado los sujetos de la misma. Un movimiento social es una alteridad de fines al interior de un mismo sistema o conjunto de relaciones sociales, que ocurre cuando las desigualdades y diferencias existentes se politizan y se vuelven acción conflictiva y querellante. Un movimiento social es el planteamiento de una querella sobre la forma de sociedad y el estado, cuando su horizonte tiende a globalizarse, o sobre algunas de sus estructuras y formas de distribución y utilización de los recursos y el trabajo social. Un movimiento social es un sujeto político que se constituye como encarnación de una querella sobre la organización y dirección de la sociedad. En este sentido, es una reconstitución de los sujetos gobernados que generan un tipo de acción autónoma para reformar el gobierno, ya sea en su forma o en su contenido. La organización de la sociedad civil también constituye sujetos pero, por lo general, lo hace en su condición de gobernados más o menos activos, que controlan y critican o apoyan los procesos y resultados de gobierno, profesional y electoralmente separados. Los movimientos sociales son el momento de fluidez y desborde de la sociedad civil, una forma de reforma y renovación. Son la expresión de que la vida política institucionalizada ya no basta. Un movimiento social es una forma de globalización de un conflicto a través de la sociedad civil, como parte de la estrategia de reforma de las políticas y formas del estado, esto es, implica pasar de las relaciones de intermediación biunívocas entre organización corporativa o sectorial y estado, a una estrategia de generalización del conflicto a través de la sociedad civil, removiendo alianzas, apoyos así como rechazos, diversificando la trama de sujetos . políticos inmiscuidos.

Un movimiento social es una complejización de la política y del sistema de relaciones entre sujetos políticos; es una política de tensión que induce a alineamientos y realineamientos. Los movimientos sociales promueven una política de revelación de las tendencias, los sentimientos, prejuicios, valores y fuerzas de aquellos sujetos sociales y políticos que no estaban directamente involucrados en el conflicto. La generalización del mismo o la movilización a través de la sociedad y todos sus lugares de la política, hace que la gente tienda a tomar posiciones o las revele. Al moverse conflictivamente los sujetos sociales acaban conociendo el resto de su sociedad o país. La capacidad de reflexividad sobre esa experiencia de la acción e interacción define la madurez y desarrollo del movimiento. La primera ola de movilización y constitución es, a la vez, la del planteamiento de la querella más allá de las instituciones existentes y también lo es de conocimiento de la condición política de la sociedad en la que empiezan a moverse políticamente. Los movimientos sociales son formas de recreación organizativa o de vida social a través de una intensa y conflictiva relación con el resto de la sociedad civil y el estado, en la condición de la movilización, es decir, de desorganización parcial y temporal de los lugares, tiempos y fines de la política. Un movimiento social demanda un reordenamiento de la sociedad y del estado, pequeño o grande, y empieza haciéndolo a través del desorden de las relaciones políticas de poder establecidas para la reproducción de las desigualdades existentes. Uno de los rasgos del desarrollo de un movimiento social es que su accionar tiende a incluir ya no sólo la protesta, la demanda sino también la factualización de las formas alternativas de apropiación, gestión, organización y dirección de recursos y procesos sociales y políticos. La factualización de alternativas es un arma de lucha, dirigida a convencer al estado y la sociedad civil de: la posibilidad de hacer, organizar, dirigir y vivir las cosas de otro modo; la capacidad ya desarrollada por el movimiento para pasar de la crítica a la reorganización de las cosas.

Un movimiento social ha madurado cuando ha desarrollado la capacidad de proyectar formas alternativas de organización y dirección, sobre todo cuando ha desarrollado la capacidad de movilizar sus fuerzas para factualizar parte o todo el proyecto. La factualización crea las condiciones para la consolidación, el arraigo y la realización de un movimiento. Un movimiento que no pasa a la factualización de sus ideas se convierte en o es simplemente opinión crítica en la esfera de lo público. Los movimientos sociales suelen ser la forma de acción de recreación y reforma de las sociedades y estados, una vez que sus instituciones se han vuelto demasiado conservadoras, rígidas y excluyentes o productoras de desigualdades desintegradoras. V. LAS REFORMAS DE LA POLÍTICA, LAS REFORMAS DE LA SOCIEDAD

La política de los movimientos sociales generalmente tiene como fin una reforma de la sociedad. Para lograrla empiezan reformando la política existente en el seno de la sociedad civil y sus relaciones con el estado. La constitución de un movimiento social es ya una reforma de facto de las prácticas políticas. Contemporáneamente, por lo general, uno de los fines es lograr también una reforma de las políticas del gobierno y el estado o de algunas de sus instituciones, como un medio para la reforma social. Algunos movimientos más radicales atacan directamente los campos de relaciones sociales cuestionados con un conjunto de prácticas que las problematizan, y a veces se sustituyen por prácticas organizativas alternativas. En cuanto a la política se refiere, las reformas giran en torno a la ciudadanía, tanto como conjunto de condiciones de la vida política como de resultado en tanto derechos conquistados y ejercicio de los mismos. Casi todas las dimensiones y componentes de las ciudadanías modernas han sido resultado de reformas inclusivas imaginadas y demandadas fuera del estado, y por la constitución de particulares sujetos políticos que las han

promovido. Por lo general, en las primeras conquistas de algún componente de ciudadanía ha estado un movimiento social. En este sentido, una parte de la ciudadanía es el resultado del margen de reconocimiento de las reformas que han sido propuestas por movimientos sociales. Las democratizaciones del estado son su resultado, en buena parte. La reducción de los márgenes de ciudadanía son negaciones regresivas de tales reconocimientos; lo cual generalmente ocurre cuando los sujetos que la han conquistado se han desarticulado, debilitado o desaparecido. La ciudadanía es ampliable y reductible, también. Muchos movimientos sociales contemporáneos se constituyen como reacción a estos procesos regresivos, para volver a conquistar bajo nuevas condiciones lo que alguna vez ya fue derecho y parte socializada o democratizada. Los movimientos sociales han sido una de las principales formas de plantear la democratización de la sociedades y estados. Hay varios tipos de reformas políticas posibles. La mayor parte de ellas no tiene que ver con democratización. De hecho, hoy la mayoría se hacen contra la misma. Las reformas de la sociedad no tien en que pasar necesariamente por la reforma de las instituciones del estado. Son más profundas y duraderas cuando no han venido a través de la mediación coerción estatal. Por un lado, resultan de su propio movimiento y modernización. Por el otro, de la acción de movimientos sociales que van modificando las costumbres y las creencias y así, las relaciones.

LAS FORMAS DE LA ACCIÓN COLECTIVA EN BOLIVIA

VI. LOS AVATARES DE LA CENTRALIDAD PROLETARIA

Bolivia es un país que alcanzó el grado de nacionalización que tuvo sobre todo por la presencia política del movimiento obrero, quien hizo más por la construcción del estado-nación que cualquier otra fuerza social y política. En el momento crucial de la revolución del 52 fue la fuerza principal en el momento de la destrucción del orden previo y en la reconstrucción fue el núcleo de la base social del nuevo poder político. El movimiento obrero fue la fuerza principal en la recomposición del país, sin ser el sujeto dominante; ya que en el momento de la victoria estaba inmerso y subordinado al nacionalismo revolucionario que estuvo articulado políticamente por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), en tanto paso orgánico al estado. Una vez que el movimiento obrero desarrolló su autonomía separándose del nacionalismo revolucionario y del MNR, a la vez que es separado del estado, se entra ya en la fase autoritaria-dictatorial del nuevo estado ya abiertamente antiobrero en la década de los 60, sobre todo a partir del golpe militar del 64. Es en esta condición de mayor autonomía ideológica y de separación del estado, es decir, cuando el estado lo define como el enemigo interno, que el movimiento obrero tendencialmente se convirtió en articulador de la sociedad civil laboral y popular en el país. Si se lo pone en términos de esquema y de cambios de fase en la composición política del país de la época, tenemos: a) un proceso revolucionario que resulta de la articulación entre un movimiento social, el obrero, con un movimiento político epocal, el nacionalismo revolucionario, en el que el movimiento social pone la base social y parte del programa y el movimiento político pone la nueva burocracia política postrevolucionaria, el equipo de mediadores y gobernantes; b) la descomposición y crisis del proceso y el estado producto de la separación entre movimiento obrero y partido nacionalista, que quiebra la base social del estado. Este busca recomponerla con los campesinos favorecidos por la reforma agraria que estaban articulados a través de una red regional de clientelismo político entre los caciques locales y dirigentes partidarios, por un lado, y con los norteamericanos, por el otro lado; lo cual instituye en la composición política del país

la aceptación o incorporación de la determinación externa en los procesos de gobierno. La fase autoritaria-dictatorial se monta desplazando del estado la presencia del movimiento social obrero y también del movimiento político nacionalista. Se monta en torno a la burocracia militar apoyada por los EE.UU. y un pacto militarcampesino que no tiene como base un movimiento social campesino sino simplemente la movilización de fuerzas campesinas contra obreros. La fase dictatorial dura hasta fines de los 70 con significativos intervalos el 69 y el 70-71, que resultan de quiebres políticos articulados por militares e intelectualespolíticos nacionalistas, en el primer caso, en torno a la nacionalización del petróleo; y por un intento de continuar esta experiencia vinculándose al movimiento obrero en el segundo caso. No resulta la articulación sino un paralelismo en que el movimiento obrero experimenta una Asamblea Popular con representación obrera y de izquierdas en sustitución del parlamento, desconectada, sin embargo, del gobierno que no llegan a constituir y unificar. Ambas fuerzas son derrotadas el 71 por el golpe militar. Después de algunos años de dura represión, el movimiento obrero se reorganiza y es la principal fuerza que sustenta las luchas y movilizaciones que demandan la restitución de derechos políticos y civiles y conquistan la transición a la democracia. El cambio de régimen político deviene de un movimiento político democratizador articulado en torno al movimiento obrero. En este sentido, un movimiento de carácter clasista se vuelve un movimiento de carácter nacional, por lo tanto, político. Zavaleta argumentó que en este momento de crisis del estado el movimiento obrero experimentó su momento de mayor irradiación. Las movilizaciones de campesinos y sectores populares urbanos respondieron a una convocatoria y estilo obrero de organización y de hacer política, incorporando sus propios modos de presencia política y acción colectiva. La centralidad proletaria consistió en la configuración de un núcleo de organización, articulación y dirección de la sociedad civil más allá del ámbito de la clase

obrera. En un país heterogéneo y desarticulado como Bolivia, la acción colectiva de los más diversos sectores populares se orientaba a la central Obrera Boliviana (COB) como los fragmentos a su imán. En pocos años y de manera consecutiva el movimiento obrero experimentó el momento de su mayor expansión .política que es cuando se pone en crisis a la dictadura y se propicia la democratización del país, y, poco después, ya en el periodo del primer gobierno elegido, el de la Unidad Democrática Popular (UDP), experimenta los límites de sus capacidades y proyecto de reforma del estado. Esta experiencia de los límites fue doble. La vivió con más fuerza primero la izquierda política que fue incapaz de realizar o empezar una reforma del estado, también la vivió el movimiento obrero que era más poderoso e importante que las izquierdas que crecían a su sombra. Ambas fuerzas tenían capacidad de resistencia y organización pero no un proyecto que trascienda la ampliación del estado que resulta de la revolución del 52, que ya estaba en un proceso de fuerte crisis. Parte del sindicalismo propuso la consigna de todo el poder a la COB, y la izquierda en el gobierno no atinó a institucionalizar las formas de participación política históricamente existentes en el país. La crisis y desgobierno económico junto al bloque parlamentario de la derecha vencieron a ambas fuerzas alrededor del 85. Desde entonces, tras el triunfo electoral de la derecha, se comienza con el proceso de modificación del patrón de acumulación privatizador y del sistema de mediaciones entre estado y sociedad civil, que tuvo como una de sus condiciones de realización el debilitamiento y desarticulación de la COB y el principal movimiento social que había propiciado la revolución del 52 y la transición de la democracia a fines de los 70 hasta la fecha. Este proyecto de reforma implicaba desmontar la principal base social de los procesos de reforma redistributivas de la riqueza y democratizadoras de la política. En este sentido, se trata claramente de un proceso de contrarreforma, aunque se haga bajo el discurso de la modernización del estado y la economía. La crisis económica y la situación del mercado mundial permitieron atacar al núcleo del movimiento obrero que estaba

constituido por el proletariado minero, a través del cierre de las minas estatales. Durante esta segunda mitad de la década de los 80 se vivió un periodo de fuertes enfrentamientos entre la COB y el gobierno en torno al desmontaje de la economía estatal y su estructura de empleos y régimen de financiamiento del estado; a la imposición del nuevo patrón de acumulación descentrado en relación al estado y la economía del país, que gira en torno a los monopolios privados transnacionales, que incluyen de manera secundaria y subordinada a los capitales privados locales. En estos años el movimiento obrero entra en una fase defensiva y pasa por momentos de derrota político-militar a través de dos estados de sitio. Al cierre de minas le sigue la privatización de las fábricas del estado, de ferrocarriles, telecomunicaciones y del núcleo del soporte financiero del estado: los hidrocarburos. En la medida que el núcleo del movimiento obrero estaba constituido por los sindicatos de las empresas estatales, el cierre y privatización de estas empresas estatales afecta directamente al movimiento obrero, junto al proceso de flexibilización laboral practicado de facto por el ámbito de las empresas privadas. Esto implica un proceso de desarticulación doble de los trabajadores como efecto social directo de las reformas económico-políticas neoliberales. Vil. REFORMA DEL ESTADO Y REFORMA DE LA SOCIEDAD CIVIL: NUEVOS MOVIMIENTOS

En la medida que el movimiento obrero era el principal movimiento social, la movilización social tuvo una forma sindical, sobre todo como eje articulador. Lo peculiar de la composición política del país post 52 es que la sociedad civil fue predominante organizada por un movimiento social, el obrero, y su forma nacional de articulación, la COB, que contenía una versión más radical del proyecto estatal de nacionalización, más amplia, a la vez que, era su negación y superación. Era la fuerza de la reforma democratizadora y nacionalizante de lo existente, que se pensaba como condición de posibilidad de otro orden social.

La reforma del estado empezada el 85 fue pensada y practicada como una reforma de la sociedad civil también. La reforma del estado consistió en que éste se transformó de agente económico principal a través de las empresas monopólicas de los recursos naturales y otros servicios básicos, en el agente que crea las condiciones jurídicas de un nuevo patrón de acumulación que traslada la propiedad de las mismas a monopolios de capital privado. En Bolivia casi no se ha modificado el régimen de producción sino tan sólo el de propiedad, que no altera los soportes materiales de producción del excedente sino los destinatarios y usufructuadores del mismo, sobre todo. La economía de eje estatal tenía como correlato una sociedad civil con predominio de los sindicatos de esas grandes empresas. La primera fase de instauración del modelo neoliberal tuvo que vencer la resistencia de la sociedad civil que se organizó a p art i r de la economía estatal y las nacionalizaciones. La política boliviana del 85 al 90 se caracterizó por un alto grado de conflicto y enfrentamiento entre gobierno y COB en torno a cada paso de las reformas económicas que empezaron con un gran paquete que contenía una política de sistemática represión selectiva de las demandas articuladas por la COB. Este es un tiempo de política defensiva del movimiento obrero y el conjunto de los sectores populares. A la vez que en lo nacional la COB debe enfrentar la implantación del modelo económico, en lo interno debe enfrentar un cambio en la relación de fuerzas, sobre todo la demanda del sector campesino para aumentar su representación orgánica en su seno y la disputa de la misma dirección de la central obrera, que los contiene. La COB todavía fue la articuladora de la resistencia y la protesta contra el nuevo régimen políticoeconómico, hasta fines de la década del 80, en que el núcleo del conflicto social giró en torno al cierre y privatización de las empresas públicas, salarios y presupuesto nacional. A inicios de la década del 90 cambia la composición de la política nacional. Se amplía y complejiza el espectro de los sujetos y el espacio político. El país experimenta la emergencia nacional de las organizaciones de los pueblos nativos de la amazonia y el Chaco. A partir de sus estructuras tradicionales

de autoridad estructuran sus nuevas formas de organización y representación regional e intercomunitaria: la Central de Cabildos Indigenales Mójenos (CCIM), la Central de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) y la Central de Pueblos Indígenas del Beni (CDIB).

El reconocimiento de sus territorios es el núcleo de sus demandas, ya que éste implica de manera más efectiva el reconocimiento de sus pueblos y culturas, como también el grado de ciudadan ía que los integra al estado con reconocimiento de las condiciones naturales de su vida social.

En 1990 inician una marcha indígena por el territorio y la dignidad con demandas sobre reconocimiento de tierras comunitarias, frente al asedio de las empresas explotadoras de los bosques y la expansión del latifundio. A su vez, se trata de la demanda del reconocimiento de ciudadanía para los miembros de estos pueblos, que antes no habían sido tomados en cuenta en la política nacional. No estaban ligados a la COB ni a la Central Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), a no ser algunos sectores del proletariado agrícola estacional; tampoco lo estaban a los partidos políticos. Lo más importante de esta emergencia política es que es autónoma. Se constituyen en sujetos políticos autoorganizados.

Como resultado de la Marcha por el Territorio y la Dignidad, en 1990, que llegó hasta La Paz, obtuvieron el reconocimiento -a través de decretos- de cuatro territorios indígenas: uno en Ibiato, otro en Isiboro-Sécure y dos en el Bosque de Chimanes. Aún después se movilizaron nuevamente en torno a la discusión y aprobación de la ley INRA, que es la que contiene la definición del régimen de propiedad de tierras. En este proceso lograron incluir en la ley sus demandas de reconocimiento de territorios indígenas. Por eso, en las últimas movilizaciones de septiembre del 2000, en las que, comunidades del altiplano y la CSUTCB, demandaron la derogación de la ley INRA, las organizaciones del oriente, la amazonia y el Chaco, plantearon la defensa de los puntos previamente incluidos en la ley. En la década de los 90 los pueblos de la matriz cultural guaraní-chiriguano, se han constituido en un movimiento social que en poco tiempo ha logrado reformas en el orden legal boliviano. El reconocimiento de Bolivia como país multicultural y plurilingüe incluido en el artículo primero en la reforma constitucional de 1994 tiene mucho que ver con esta movilización, sobre el terreno trabajado y propiciado previamente sobre la cuestión indígena y multicultural realizado por parte del katarismo en el altiplano boliviano.

Aquí tenemos un movimiento social que no proviene de acción colectiva generada en el seno de estructuras modernas de vida social sino de estructuras comunitarias de sociedades y culturas no modernas, pero que hacen política para demandar al gobierno u n a mayor integración y reconocimiento, es decir, para actuar en la principal forma política moderna que es el estado-nación. Se trata de formas sociales y políticas de origen no moderno que se movilizan contra los efectos destructores y expropiadores de su territorio y comunidades causados por los procesos modernos de explotación de la naturaleza y las gentes. No se trata de un movimiento social que es una parte de la sociedad que se mueve para reformar el orden social y político del que forma parte orgánica sino de la acción de otras sociedades subalternizadas por la colonización, que se mueven para reformar las estructuras de la sociedad dominante. En este sentido es un movimiento social y político anti-colonial, aunque los pueblos del Chaco y el oriente no usen este lenguaje, no porque busquen la independencia respecto del estado de la sociedad dominante sino porque quieren reformarlo de tal modo que se los trate en condiciones de igualdad y ciudadanía, es decir, pertenencia al estado-nación.

En ambos casos, el katarismo y las organizaciones indígenas del oriente, se trata de movimientos modernos, por sus fines, pero organizados a partir de las tradicionales estructuras comunitarias de la matriz quechua-aymara por un lado y de la guaraní-chiriguano, por el otro. Digo que son modernos porque su horizonte de acción y de proyecto es el estadonación que pretenden reformar; lo cual ya han hecho en varios sentidos. El katarismo, que es más bien un movimiento políticoideológico, fue el que introdujo el clivaje étnico-cultural en el

sistema de partidos a fines de la década de los 70, en el preciso momento de las primeras elecciones de transición, a través de varios partidos: el Movimiento Revolucionario Tupac Katari (MRTK) y el Movimiento Indio Tupac Katari (MITKA) lograron representación parlamentaria. Esto fue resultado de un largo periodo de politización y organización previo. El katarismo influyó fuertemente en la modificación del discurso de las izquierdas bolivianas, que empezaron en los ochenta a ampliar el discurso y perspectivas fuertemente clasistas y nacionalistas, a uno que incluye la dimensión de multiculturalidad o la diversidad cultural y el colonialismo interno. La emergencia y desarrollo del katarismo y el movimiento indígena del oriente y el Chaco, han modificado la autoimagen de Bolivia que presentaba el mismo estado boliviano, pero sobre todo la que tenía cada uno de sus ciudadanos. Hoy se tiene una imagen más heterogénea en la que tiene cabida la diversidad cultural, aunque no en condiciones de igualdad. La cultura de la sociedad dominante sigue siendo la que define de manera exclusiva el orden económico y el gobierno macro nacional del país; más aún, cuando en ese núcleo de la cultura dominante predomina a su vez un modelo tan dogmático como el neoliberal. Esta emergencia del movimiento indígena coincidió con el declive del movimiento obrero; por eso también adquirió más importancia y atención del estado. En la anterior composición de la COB eran los mineros los que tenían centralidad en la política nacional y en las relaciones con el gobierno. El cierre de las minas y luego la privatización de los ferrocarriles y los hidrocarburos, hizo que la política y el conflicto entre trabajadores y gobierno se fuera concentrando en los productores de coca y el gobierno, por varios motivos. El vínculo más fuerte y explícito entre el estado boliviano y los EE.UU. es la política sobre las drogas, que condiciona otros compromisos económico-políticos con las instituciones financieras internacionales. En Bolivia hay dos zonas de producción de coca: los Yungas y el Chapare. Los Yungas es una zona de cultivo tradicional en la que se ha respetado su producción dentro de ciertos límites. En el Chapare se empezó con la política de cuotas límite y se pasó luego a la de erradicación y coca cero, en la que se empeñó sobre todo el anterior gobierno.

Los sindicatos cocaleros están afiliados a la CSUTCB y, de ese modo, a la COB. Los sindicatos cocaleros han disputado la dirección de la CSUTCB durante los 90 y en perspectiva la de la COB, explotando esa centralidad que adquirieron en los conflictos económico-políticos, pero no lograron llegar a ser dirección en ninguno de los dos ámbitos. Los cocaleros han logrado, sin embargo, pasar de la organización sindical a la organización de un partido levantado y financiado por la dimensión corporativa: Asamblea por la Soberanía de los Pueblos, que no ha logrado inscripción legal en la Corte Electoral pero han participado en elecciones utilizando otra sigla y alianza partidaria (MASIU). Es el único sector laboral o indígena que había logrado representación parlamentaria directa, es decir, a través de su propio partido hasta el 2002. En el periodo 1997-2002 tuvieron cinco diputados por las provincias de Cochabamba, en las que además ha ganado varios municipios que gobiernan los últimos años. Los cocaleros articularon la defensa de sus intereses corporativos con el discurso de defensa del cultivo ancestral de la coca sagrada, y con la defensa de la soberanía nacional en relación a la intromisión de los EE.UU. en la política nacional. Dada su peculiar posición económica y política, articulaban lo corporativo, lo económico-cultural, que es el cultivo de la coca, y el antiimperialismo o una política de soberanía nacional, pero todo esto subordinado o trabajando para lo corporativo. En el 2001 se da la paradójica situación de que el gobierno ya no reconoce a los sindicatos de los cocaleros porque ha declarado que ha finalizado su programa de erradicación de la coca o la meta coca cero; por tanto, ya no habiendo coca no debería haber cocaleros y sus sindicatos ya no tienen sentido. Sin embargo, es el único sector que tenía parlamentarios en el congreso. VIII. LAS CONTEMPORÁNEAS FORMAS DE ACCIÓN COLECTIVA: MOVIMIENTOS SOCIALES Y CRISIS DE ESTADO

La segunda mitad de la década de los ochenta fue de intenso enfrentamiento entre las tradicionales formas de organización y lucha sindical y las fuerzas del gobierno, para imponer su

modelo neoliberal de reforma del estado y la economía. Los primeros años de la década del 90 se caracterizaron por la emergencia política de las organizaciones de los pueblos nativos del Chaco y la amazonia. Después parecía que una especie de torpor invadía la vida política y social del país, que a fuerza de golpes y de tiempo se aceptaba el orden neoliberal como inevitable, por unos, y como bueno, por los más entusiastas. A lo largo de 15 años de reformas y continuidad del modelo y su sistema de partidos, en el país se había realizado una especie de reforma moral-intelectual que fue sustituyendo paulatinamente el conjunto de creencias nacionalistas y el conjunto de instituciones que formaron parte del modelo de capitalismo de estado, por un conjunto de ideas liberales compatibles con las reformas, con el discurso del mercado, la competitividad, la globalización, la modernización vía privatización, etc. Esto se expandió sobre todo en las urbes, en capas medias y burocracia estatal, incluyendo el sistema de partidos. Cuando parecía que finalmente se habían rendido las fuerzas y resistencias populares al modelo económico y político, en abril del 2000, se desata en Cochabamba un conflicto social intenso que se dio en llamar la Guerra del Agua. Las movilizaciones tenían por objetivo rescindir un contrato con la empresa Aguas del Tunari que se había adjudicado la mercantilización de los servicios del agua en el departamento, mediante el proceso de capitalización. Este consiste en una forma de privatización por medio de la cual el 50% de las empresas públicas pasan a propiedad de capitales privados que se comprometen a una inversión en plazos definidos pero muy laxos (8-10 años), lo cual hace que esa inversión sea hecha con el mismo excedente explotado aquí y no con inversión de nuevos capitales. La dirección y administración pasa a manos de las empresas capitalizadoras. Frente a esta política de privatización y creciente mercantilización del agua por parte de los monopolios privados, en Cochabamba se fueron organizando desde un tiempo antes los comités de regantes, sobre todo en las zonas periurbanas y rurales para defender su acceso a las fuentes naturales. Sobre la base de la Federación de Fabriles en la

ciudad se articuló la Coordinadora del Agua y la Vida, que convocó a las luchas de abril para expulsar a la empresa transnacional. Fueron varios días de intensa guerra campal en la ciudad, en los que llegaron a la misma gentes de las comunidades aledañas y se fusionaron en la acción colectiva, junto a jóvenes, amas de casa, profesionales, trabajadores. A esto hemos llamado la forma multitud de la política de las necesidades vitales2, por varios motivos. Un rasgo definitorio, nuevo y central de las movilizaciones de abril es que éstas ya no fueron organizadas por sindicatos. En su lugar surgen los comités de regantes y la Coordinadora, que si bien tiene un eje fabril de apoyo, es más bien el esqueleto de articulación de una red de política asambleísta y de democracia directa, en la que participan una diversidad de organizaciones sociales. Otro rasgo diferencial consiste en que es un movimiento social que no se construye en torno a ejes e intereses clasistas ni étnico-culturales, aunque hay una clara disputa sobre el excedente local, sino sobre un bien natural como el agua, que es central para la producción y la reproducción. Este hecho, el que el objeto del conflicto sea un bien natural necesario para la producción y reproducción de todos, ha permitido el grado de amplitud que logró articular la Coordinadora en su po líti ca anti-monopólica, en una ciudad que sufre históricamente de escasez de este recurso. El conflicto se desató a propósito de una elevación del orden del 100% en las tarifas con la finalidad de financiar con esos recursos la inversión en los proyectos de solución del problema agua en la región. El razonamiento es: si son los mismos cochabambinos los que van a financiar la inversión, para qué necesitan a la transnacional. La demanda de terminar con ese contrato se acompañó de la propuesta-proyecto de hacerse cargo ellos mismos de la empresa del agua. La lucha antineoliberal bosquejó un horizonte autogestionario, que hoy está en discusión. Se están debatiendo las alternativas de

2

Cfr. Gutiérrez, García, Tapia." La forma multitud de la política de las necesidades vitales" en El retamo de la Solivia Plebeya, Comuna-Muela del Diablo Editores, La Paz, 2000.

autogestión del agua en Cochabamba, una vez que la Guerra del Agua fue ganada por la Coordinadora y el pueblo de Cochabamba. En las jornadas de abril la multitud en acción canceló la facticidad política del estado en Cochabamba. La Coordinadora y los comités de huelga controlaron la ciudad. El estado se vio reducido a la presencia del ejército y la policía, que a su vez se atrincheró en sus regimientos y de vez en cuando salía a reprimir para retomar las calles y la plaza central que fue tomada varias veces por los guerreros del agua. En torno a un eje de organizaciones, se dio un desborde popular que se fusionó en una acción colectiva que tomó la ciudad y logró expulsar a la empresa transnacional, estableciendo un quiebre en el modelo económico del estado, que implica la privatización monopólica. La Coordinadora del Agua se ha vuelto un movimiento social que ha logrado reformar las decisiones estatales sobre la gestión del agua en Cochabamba y la ley de aguas para el país, en los conflictos de septiembre, junto a otras fuerzas, sobre todo porque está expandiendo la organización a más barrios, zonas y sectores sociales, con un programa y proyecto político: la autogestión del recurso agua. Para la autogestión de este bien natural se hace necesario desarrollar la democracia en el seno de las organizaciones. De este modo el consumo de un bien natural se liga a una reforma de la vida política en el seno de la sociedad civil. Esto es lo interesante e importante de la emergencia y la política de la Coordinadora. No sólo se trata de una lucha corporativa en torno a un bien natural y social sino de una política que reforma la sociedad y empieza a reorganizar los sectores laborales y populares, que habían pasado por un periodo de creciente desarticulación, desánimo y derrotas. Las jornadas de abril configuraron en la Coordinadora un referente edificante de articulación y reorganización, ya que fue un movimiento triunfante. Abril y la Guerra del Agua fueron un momento de guerra de movimiento en la política anti-neoliberal; después del cual la Coordinadora ha pasado a una fase de ampliación de sus posiciones. La lucha social se ha desplazado de las luchas por los salarios, el empleo y el presupuesto nacional, al ámbito de la disputa sobre la

propiedad y el uso de los bienes naturales básicos: el agua y la tierra. Por eso a estas nuevas formas de acción colectiva le llamamos política de las necesidades vitales. En torno a la definición de ellas y las condiciones de su satisfacción se está dando también un proceso de reforma de la política en el seno de la sociedad civil, con un sentido democratizante que modifica de facto el monopolio de la política otorgado constitucionalmente al sistema de partidos; el cual ha demostrado ser ineficiente, corrupto e irrepresentativo. En septiembre del 2000 se vivió otra coyuntura de intenso conflicto social, en la que se condensaron varios conflictos regionales y sectoriales. La Coordinadora de Cochabamba se movilizó nuevamente reclamando el cumplimiento de los acuerdos de abril. Los cocaleros del Chapare bloquearon los caminos del trópico reclamando la no construcción de más cuarteles en la zona y un cato de coca para cada uno (1/4 hectárea) p a r a evitar la erradicación de la misma. Paralelamente los sindicatos de maestros rurales y urbanos se movilizaron demandando un aumento salarial del 50% con marchas casi diarias en La Paz. Aunque el movimiento empezó en Oruro, lo que adquirió más fuerza con el transcurso del conflicto fue la movilización y bloqueos en el altiplano realizados por la CSUTCB, que movilizó a los sindicatos campesinos y las comunidades indígenas con la demanda de anulación de la ley INRA, que es la que regula el régimen de propiedad de la tierra, así como la ley de aguas que estaba en proyecto para su aprobación en el parlamento, además de un conjunto de otras demandas secundarias que resultaron en un acuerdo de 50 puntos con el gobierno, entre las que se incluyeron de manera central la revisión de la ley INRA que hoy se encuentra en discusión a través de comisiones de representantes de ambos lados, y el retiro definitivo de la ley de aguas que debe ser sustituida por otro proyecto. En el ambiente de crisis y creciente movilización y bloqueos, otros sectores pequeños se lanzaron también a formular sus demandas. Lo más relevante tal vez sea la configuración de un movimiento de los sin tierra en el sur del país, en el departamento de Tarija. Analicemos la composición de los sujetos y horizontes de acción de la crisis de septiembre. Aparentemente parece

predominar la forma sindicato: cocaleros, maestros y campesinos; pero de éstos sólo los maestros estaban con una demanda relativa al valor de su fuerza de trabajo, o sea salarios, que es lo propio de la acción sindical. Los sindicatos de cocaleros estaban peleando contra una mayor militarización del Chapare o más cuarteles y contra la política norteamericana y gubernamental de erradicación de la coca en el Chapare. Se trata de intereses corporativos, pero que rebasan ese ámbito. La CSUTCB que es una central sindical campesina, más que a los sindicatos tenía como base a las comunidades indígenas y las estructuras tradicionales de autoridad, a las que en algunos casos se sobrepone de manera paralela el sindicato. Se trata de una lucha liderizada por una central sindical pero que tiene por contenido o sustancia una movilización de la forma comunitaria de vida y lucha política en el altiplano. Cabe recordar o tomar en cuenta que la mayoría de los llamados sindicatos campesinos no son la organización y representación de proletariado agrícola sino que contienen, con un nombre moderno, formas no capitalistas de trabajo y propiedad de la tierra, así como formas de organización y representación tradicionales, más ligadas a la comunidad. En este sentido, este núcleo de las movilizaciones de septiembre no implica la aparición de un nuevo movimiento social, ya que se trata más bien de la movilización de las estructuras sociales y políticas más antiguas en el país. Lo que sí ha ocurrido es una serie de cambios en la dirección y composición de la CSUTCB. En 1998 eS"elegido como secretario ejecutivo de la CSUTCB Felipe Quispe, que tiene una larga trayectoria como katarista. Empieza en la organización del Movimiento Indígena Tupac Katari (MITKA) en los años setenta, pasa por su pertenencia al Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK) durante los ochenta e inicios de los 90 en que los principales miembros de la organización son apresados el 92. Después de recuperar su libertad es elegido secretario ejecutivo de la CSUTCB en un tiempo que ésta pasaba por una crisis de división interna. Es esta nueva dirección la que ha preparado desde entonces la nueva ola ofensiva de luchas por el régimen de la tierra, el agua, la igualdad política y para

algunos también por un horizonte de autonomía nacional aymara. En el caso de las movilizaciones del altiplano hay una complejidad mayor que contiene rasgos de despliegue de un movimiento social, en tanto tiene demandas sobre el régimen de la propiedad de la tierra y tiene un proyecto para la discusión y elaboración de la reforma. Quieren cambiar parte de la sociedad, que es la central para ellos, trabajadores del campo. Esta movilización se realiza con una identidad campesina e indígena a la vez, de un modo que hoy lo indígena no sólo tiene una connotación étnico-cultural sino también una nacional. Esto quiere decir que no sólo se está moviendo una parte de la sociedad sino otra sociedad, con sus formas de organización, sus creencias, su cultura. No sólo se tiene rasgos de movimientos sociales sino también de movimiento societal. Hay una ambigüedad que es complejidad. La relación colonial que conquistó y no destruyó la matriz social, hace que el núcleo importante como es la tierra -que no sólo es importante para el trabajo sino también para su cosmovisión y el conjunto de su vida social- esté regulado por instituciones de otra sociedad, la dominante. El núcleo de su civilización está bajo el régimen de propiedad de otra civilización. Por eso la lucha por la tierra tiene connotaciones mayores que el simple régimen de propiedad, adquiere dimensiones de conflicto entre naciones y tipos de sociedad. A partir del problema de la tierra y el agua, que está a la orden del día en todos los territorios del país, estas movilizaciones están planteando algo más serio y antiguo: la heterogeneidad societal, la continuidad de relaciones coloniales, en algunos momentos el trato de igual a igual ya no entre individuos que pertenecen al mismo país sino entre representantes de diferentes naciones; lo que plantea el último aspecto, que son los vislumbres de una lucha por la autonomía nacional aymara-quechua. Esto está presente en la dirigencia de la CSUTCB, no en todos los dirigentes y los aymarás. Probablemente la gente está dividida entre una movilización más autonomista y otra reformista e integracionista, como de hecho ya se dio entre las organizaciones políticas kataristas desde la década de los 70, que pasó por un proceso de

radicalización por ambas puntas. Los reformistas se integraron más al sistema de partidos en el que su diferencia discursiva y política fue menor. Por el otro lado, los otros se volvieron ejército guerrillero. Parte de esta tendencia es la que ha vuelto a las tácticas y prácticas tradicionales de política comunitaria, como son los cercos, de los cuales los bloqueos son una parcial versión en condiciones modernas, que implican afectar las comunicaciones terrestres y, así, los circuitos de la economía y la acumulación en sus procesos cotidianos. Ya no se vislumbra una guerrilla indígena como estrategia política sino la política de los levantamientos, la constitución de multitudes en coyunturas de crisis y fusión de comunidades y sindicatos, en algunos casos; y de fusión más amplia de los sin referente organizativo laboral, como en Cochabamba, que ahora tienen a la Coordinadora. Lo nuevo que pone la Coordinadora es que proporciona un referente de articulación organizativa y de acción para aquella gente que no tiene ninguno y se ve afectado por las reformas económicas, la flexibilidad laboral y los nuevos monopolios. La Coordinadora es un referente incluso para jóvenes de la calle, lustrabotas, así como para estudiantes y amas de casa. En el momento en que se desorganizan y debilitan los sindicatos a nivel nacional, surge esta matriz del agua, que en la coyuntura de septie mbre ya ha e n t ra do a hacer planteamientos políticos más allá del agua en Cochabamba. Lanzó la consigna de la constituyente, es decir, la reforma del orden global del régimen político. La idea es que no sea una constituyente realizada en el seno del sistema de partidos y por los mismos partidos según una lógica liberal de pseudo representación sino a través de la presencia y representación y presencia deliberante de todos los sectores sociales. Después dé ser lanzada la consigna de la constituyente por la Coordinadora, varios otros personajes políticos y partidos han lanzado su versión de demanda de una constituyente, todas más moderadas y tradicionales. En todo caso, es la iniciativa de la Coordinadora la que ha generado la ola, a la que el propio .gobierno quiere responder con su versión de micro ajustes a la constitución a cargo de los partidos.

En el caso de las movilizaciones de Cochabamba y su forma de articulación y dirección: la Coordinadora, se ha pasado de la problematización del consumo de un bien básico natural como es el agua, a la disputa por el excedente local cuestionando el modelo de privatización monopólica transnacional. En el camino se ha reformado la política en el seno de la sociedad civil democratizándola o dándole un lugar u organizando la democracia en su seno; se ha pasado a la solidaridad con otras luchas en septiembre, a la voluntad de nacionalizar las luchas sociales y, por último, a planteamientos de autogestión local al hacerse cargo de la empresa del agua, y a propuestas de reforma política global, como la constituyente. Todo esto en el lapso de un año, sin contar el tiempo de preparación, que es más largo, en Cochabamba y el altiplano; sólo tomando el tiempo público o de conflicto abierto y desatado. Hay una escalada en la complejidad, densidad y dimensiones de los conflictos sociales y en los sujetos sociales y políticos que los están planteando. Parece que no sólo se ha acelerado el tiempo de la globalización o transnacionalización sino también el tiempo político de las luchas sociales. Viendo en perspectiva las movilizaciones de abril y septiembre se podría decir que todavía estamos en la expansión de la marea alta de los conflictos sociales, que no es un tiempo continuo de intensidad sino una cadena pausada in crescendo, hasta ahora. La pauta de estos procesos históricos parece ser: de las partes al todo. De luchas y victorias puntuales y locales, a la reforma y cambio global como modo de poder cambiar bien lo específico y local también. Ese es un horizonte que puede desarmarse o ampliarse en breve. Los hechos y procesos sociales no nos permiten predecir lo que ocurrirá sino más bien esperar novedades o sentir la incertidumbre de un movimiento de las cosas y las sociedades que no tiene por ahora una pauta ya definida o redefinida de reajuste, una vez que se le está moviendo el piso al modelo neoliberal. Estos movimientos están introduciendo un espacio de renovación en la política boliviana, que cada vez se estaba caracterizando más por un creciente predominio de prácticas y relaciones clientelares, patrimoniales y de corrupción, en

la que los miembros de los partidos políticos y del ejecutivo figuran de ejemplo negativo. En las crisis de abril y septiembre Bolivia se ha visto afectada económicamente porque se bloqueó la normalidad de los procesos de circulación y acumulación. Considero, brevemente, que hubo y hay una especie de gasto colectivo en conflicto social y en libertad colectiva, en esta disputa por el excedente local y la reforma del orden económico y constitucional del país. En los términos de Bataille, parte de las luchas sociales en Bolivia están gastando improductivamente parte del excedente o la parte maldita de la sociedad, en conflicto social y no en desarrollo productivo o la satisfacción de sus necesidades básicas y las que ya no lo son. Esto es, no lo gastan en producción y reproducción simple y ampliada sino en lucha social y política para cambiar las condiciones de definición de las mismas necesidades y la dirección de la economía3. Por el otro lado, el gobierno entrega el gran excedente a capitales monopólicos locales y transnacionales, usa otra parte en represión a las movilizaciones y otra parte la reparte a través de un sistema extendido de corrupción en el seno del estado y los partidos. Estos movimientos sociales y societales brevemente caracterizados, están disputando hoy el excedente local en el país y la estructura legal del estado también; los patrones de consumo, gestión, propiedad, legislación y gobierno. Las cosas se están totalizando en el conflicto después de y desde la f r a g m e n t a c i ó n que p r o d u j o el c o n j u n t o de reformas neoliberales, como fragmentos que empiezan a inventar y organizar su imán. IX. LA COMPOSICIÓN DE MOVIMIENTO SOCIAL Y MOVIMIENTO SOCIETAL

Sugiero utilizar el concepto de movimiento societal en dos niveles. Primero, para nombrar y pensar el movimiento de una sociedad o sistema de relaciones sociales en su conjunto, esto es, movimiento societal como movimiento de una 3.

Luis Tapia, "El movimiento de la parte maldita", en: Tiempos de rebelión, Comuna-Muela del Diablo Editores. La Paz, 2001.

totalidad social. Segundo, como una noción que da cuenta de una composición de movimiento social y movimiento de una parte de una sociedad en el seno de otra, que es el tipo de complejidad qué se constituye en formaciones abigarradas como Bolivia. Este concepto sirve para pensar el tipo de acción colectiva organizada a partir de los lugares de la política de otro sistema de relaciones sociales de una totalidad dominada, para cuestionar y reformar la relación con la sociedad dominante. En este sentido, se dirige a reformar parte de las relaciones en el seno de la sociedad dominante y el modo en que éstas determinan la vida social en el seno de la dominada; por eso se constituye también en un movimiento social, en relación a la sociedad dominante y en relación a la comunidad dominada, que ta mbi én será reformada producto del conflicto desplegado. En las condiciones de una sociedad abigarrada o multisocietal, hay que tener en cuenta que cuando se constituye un movimiento social que tiene como base un movimiento societal, los no lugares de la política que configura en relación al estado boliviano son los lugares de la política de otra sociedad o comunidad. En condiciones de sobreposición colonial o semi colonial, los lugares de la política de las comunidades dominadas o subalternas se activan como no lugares en relación al estado dominante; pero esto ocurre así en la medida que la acción colectiva desborda también los lugares políticos de la comunidad para entrar en conflicto con la otra sociedad, y empieza a circular también por los espacios públicos de ese otro sistema de relaciones sociales. X. LAS TRANSFORMACIONES DE LA POLÍTICA

Estos movimientos de la sociedad civil y el estado que han ido reformando la configuración política del país han modificado los lugares y formas de la política, porque hubo una reconstitución de sujetos políticos. A modo de síntesis en relación a las ideas guía del inicio, pienso lo siguiente. El proyecto de reformas del estado y el país trató de instituir al sistema de partidos como el lugar privilegiado de la política,

desarmando las redes sindicales que habían articulado una más o menos extensa serie de alianzas en el seno de las organizaciones de los trabajadores en la sociedad civil. Por un buen tiempo hasta hoy, hay dos grandes espacios o lugares de la política. Uno de ellos es el que articula elecciones y sistema de partidos, con su prolongación en el parlamento y el ejecutivo. Otro es el campo del conflicto social, que más bien es un no lugar político, ya que no es un espacio delimitado ni tiene instituciones regulares para su tratamiento. Aparece en diferentes lugares en tanto fuente de generación pero empieza a moverse a través de la sociedad y otros espacios políticos cuando la acción colectiva se vuelve un movimiento social. En la medida que el sistema de partidos no es el lugar de representación, de deliberación y solución de los principales problemas y demandas en el país, hay de manera casi permanente un espacio político paralelo cambiante, discontinuo y polimorfo que se constituye y reconstituye según los conflictos y luchas sociales que se plantean y los su jeto s sociales y políticos que se constituyen como querellantes y reformadores. Este espacio que configuran los movimientos sociales es un campo de fuerzas más que un lugar de la política. En tanto hay movilización de fuerzas, demandas y proyectos se ocupan lugares, hay un recorrido de las acciones, pero éstas tienden a no estabilizarse e identificarse con un lugar delimitado e institucionalizado de la política; cuando ocurre esto se vuelven simple sociedad civil. En este sentido, el campo de fuerzas configurado por los movimientos sociales es un no lugar político, es una zona de tránsito del conflicto social; también es como el viento que pasa y puede arrancar algunas cosas de raíz y mover otras de su lugar. Los movimientos sociales instauran la fluidez de la sociedad civil y la problematización del orden político. Es la parte de la sociedad que hace las preguntas y hace la crítica de la irracionalidad de algunas formas y principios de organización social y distribución. Los movimientos sociales son la forma y sujeto de reflexión conflictiva de las sociedades sobre sí mismas. Las movilizaciones que empiezan en abril del 2000 han configurado este campo de fuerzas desde el cual se están

haciendo las preguntas y críticas con fuerza social sobre el modelo económico y político, así como sobre la historia del país y su sentido. Estas movilizaciones constituyen el no lugar de la política en el país, que es, sin embargo, el momento de más intensidad de la política en el país en los últimos tiempos. El centro de la política, que es un decir, no está hoy en los lugares institucionalizados de la representación, la mediación y la administración estatal y los partidos, sino en el no lugar de los movimientos sociales y societales. En ese no lugar se están articulando las fuerzas que tensionan las estructuras del actual modelo, las que pueden quebrarlo e imaginar alternativas. En los lugares de la política oficial hay el ruido cansino de los discursos liberales de la modernización y el simulacro de la política como representación cuando es simple negociación entre élites económicas y políticas. El despliegue de estas movilizaciones y las estructuras de acción que van produciendo, representan un conflicto sobre los fines de la política nacional. Son la encarnación de un conflicto político-moral o ético-político. Los fines de la política oficial son la liberalización de la economía y el estado, lo cual significó la apropiación monopólica local y transnacional de las principales empresas y actividades económicas en el país. Los fines de los partidos son la participación en el monopolio de la política y a través de ello el usufructo privado de los bienes públicos. Los fines de los movimientos sociales son la satisfacción de las necesidades básicas y la recuperación del control sobre las condiciones naturales de la producción y reproducción de la vida social, como son: el agua, la tierra y el trabajo. La expropiación de las condiciones y producto del trabajo generalmente han tenido que ver o acompañarse con la separación de la política a lugares y sujetos exclusivos. Su reapropiación se ejerce a través de la producción de acción política desde los lugares de la producción y reproducción social que habían sido despolitizados como condición y resultado de la expropiación, pero como una acción colectiva que se mueve para modificar lo que problematizan como áreas de injusticia. Los movimientos sociales que estamos viviendo son formas de revinculación entre vida productiva y tiempo político o generación de capacidades de auto organización y autogobierno local. Esto estuvo y está presente en la

experiencia de la Coordinadora del Agua como en el altiplano paceño. Cuando la política se vuelve un no lugar es cuando una sociedad (o parte de una sociedad) se está moviendo in toro, es decir, se está autogobernando; esto es, se está cogobernando entre los que participan de ella. Un rasgo de los movimientos sociales en tanto política sin mucha institución es precisamente su temporalidad. El no lugar que producen es temporal; ya que cuando institucionalizan reformas o su modo de organización y acción, sus prácticas se vuelven un nuevo conjunto de lugares de la política y la vida social y económica. Hoy en Bolivia todavía estamos en el momento de fluidez instaurada por los movimientos sociales y societales, que están logrando cambios en las leyes y políticas del gobierno, sin cambios en las estructuras globales. No se ha logrado asimilarlos y mediarlos como domesticación. Son todavía un campo de fuerzas salvajes que puede reactivarse conflictivamente en coyunturas de condensación porque hay fuerzas que se siguen moviendo en caminos todavía no agotados. XI. LA CIRCULACIÓN DE FUERZAS ENTRE LOS LUGARES Y LOS NO LUGARES DE LA POLÍTICA

Los resultados del proceso electoral del 2002 permiten articular una serie de hipótesis sobre lo que llamaría en general la circulación de las fuerzas entre los lugares y los no lugares de la política. Zavaleta solía decir que las crisis son momentos de revelación de lo que no es visible e inteligible en la normalidad de la dominación instituida e institucionalizada. A su vez pensaba que una de las facetas de la democracia representativa funciona como método de conocimiento. Junto ambas ideas para establecer una interpretación del presente político. Primero fueron las crisis de abril y septiembre del 2000 y el conflicto en el 2001 que revelaron la constitución de.nuevas fuerzas sociales y políticas, o nuevas fuerzas y capacidades de acción en viejos sujetos. Esta emergencia reveló la existencia de un subsuelo político alterno y negado por el sistema de instituciones del estado boliviano, que puso en crisis al

gobierno, a la vez que reveló el carácter superfluo, banal y de fachada del sistema de partidos4. Las crisis políticas generalmente suelen ser una experiencia negativa para los sujetos e instituciones dominantes, y una experiencia positiva o de desarrollo y despliegue político para aquellos sujetos que producen la crisis al separarse de las prácticas de mediación y subordinación que reproducen la dominación. Poner en crisis a gobernantes y sus instituciones es parte de una victoria, es un logro o conquista. Si bien la crisis puede ser general o cubrir todo el horizonte político de un país, la experiencia y valoración de la misma es diferenciada. La crisis forma parte de la autovaloración positiva de los subalternos en proceso de constitución de sus autonomías. El primer ciclo de crisis del 2000-2001 son coyunturas de ascenso del campo popular, en un proceso de articulación de críticas al modelo económico y las estructuras jurídicas y políticas del estado boliviano. Se puede ver la votación del MAS y el MIP como un resultado, no el final, de un proceso de acumulación histórico-política de varios años. La recomposición política de lo popular ha pasado por una proliferación de los no lugares de la política. Los sujetos populares fueron expulsados de los lugares de la política, que en Bolivia no solían corresponder a los espacios institucionales oficiales. Esto fue realizado sobre todo por la reforma del modelo económico y la centralidad artificial del sistema de partidos, financiada desde el estado boliviano y otros estados que intervienen en la política del país. El sistema de partidos se convirtió, en la segunda mitad de los 80, y aún más durante los 90, en un espacio político en el que los empresarios convertían su poder económico en una determinada cantidad de apoyo plebiscitario vía elecciones y así, esto era y es, un tránsito al reparto de cargos y acceso al ejecutivo. Algunos sujetos populares entraron por la vía de CONDEPA, que no deja de ser el partido de un empresario, con un especial liderazgo populista en La Paz; pero en todo caso, no fue un 4.

Luis Tapia, "Subsuelo político", en: Pluriverso. Teoría política boliviana, Comuna-Muela del Diablo Editores, La Paz. 2001.

partido autónomo de los trabajadores ni con un proyecto elaborado por ellos. Los principales parlamentarios de CONDEPA eran ya o se volvieron políticos profesionales, es decir, eran mediadores más que representantes y sujetos de una política popular autónoma. Desde el 97 el margen de presencia popular a partir de un partido propio se dio a través del MAS, que entró al parlamento bajo la sigla de la IU. El hecho de que las fuerzas sindicales, populares y de izquierda fueron derrotadas en la década de los 80, y se encontraban pasando por procesos de creciente desarticulación, penetración clientelary prebendal, hizo que la competencia en el seno del sistema de partidos se desarrollase mostrando una fuerte competencia entre partidos de diferentes fracciones de la clase dominante y su bloque político de reproducción, la cual siempre acababa en coaliciones que incluyeron a todos esos partidos en combinaciones cambiantes. El hecho de que los trabajadores hayan sido expulsados y/o no hayan entrado al sistema de partidos, posibilitó que la competencia electoral básicamente se haya organizado en torno a las divisiones políticas en el seno del bloque político dominante y que, además, se haya creado entre ellos la ilusión de la consolidación de su esquema de monopolio como sinónimo de consolidación de la democracia, con la conveniente exclusión de lo popular en el parlamento y el ejecutivo. En el parlamento y en las elecciones se escenificó una dimensión de la lucha de clases, la que se da en el seno de la clase y el bloque político dominantes. Considero que a partir de los resultados electorales del 2002, la lucha de clases reingresa al parlamento, que probablemente se vuelva un espacio de institucionalización de la misma. Creo que una parte significativa de la votación ha seguido pautas clasistas, por ambos lados. La clase dominante ha votado por el MNR, NFR, MIR y ADN, escenificando tal vez por última vez un proceso electoral que aparenta ofrecer alternativas de gobierno en ese espectro y contradicciones entre esos partidos y sus líderes. El voto clientelar de ADN

parece haber migrado a NFR que surgió de su seno, en fin, transitividad del voto en el seno de la derecha. El sistema de partidos desde los 90 se caracterizó porque la competencia política se centró en el seno de la derecha. Ahora se ha instaurado nuevamente un eje derecha-izquierda como organizador de la competencia política. Creo que esto se debe a una articulación aleatoria de varios procesos que han condensado las expresión de esta fase de desarrollo en el crecimiento electoral del MAS. Me parece que el voto por el MAS es básicamente un voto de trabajadores, como trabajadores, por un partido de trabajadores. En este sentido, en la elección pesa la composición clasista del partido, la de sus líderes, y pesa también la crítica y oposición al modelo económico y la política norteamericana; esto es, la cuestión nacional y la de la soberanía local. El hecho de que la gente haya votado por un partido de trabajadores, hace que aparezca una dimensión clasista en el voto. Esta propensión del voto popular fue preparada por hechos y procesos previos. Una veta de causación es el proceso de movilizaciones de la Coordinadora del Agua en Cochabamba y el de la CSUTCB en el altiplano, que revirtieron el proceso de derrotas continuas en el campo de lo popular, produciendo autoestima, autovaloración y referentes organizativos propios. Hay un otro proceso de aprendizaje político en el seno de las instituciones liberales a propósito del proceso de municipalización. A través de éste muchos indígenas han sido postulados como candidatos a concejales y han llegado a las legislaturas municipales e incluso a ser alcaldes. Lo han hecho de manera todavía subordinada a los partidos monopólicos. En algunos casos las comunidades son las que han elegido a los candidatos y luego han negociado con los partidos su postulación. En la medida que los partidos no realizan vida orgánica y de formación política en el seno de la sociedad civil, necesitan de candidatos con apoyo colectivo, que han sido ofertados por comunidades, sindicatos y otras instituciones de la sociedad civil; las que a su vez necesitaban de la mediación de los partidos para acceder a cargos públicos de representación y gobierno.

En consecuencia, ya se ha tenido la experiencia de la participación política y gestión pública, sobre todo municipal. Parece que ahora se ha dado el paso de una fase de trabajo político para otros a una fase de trabajo político para sí mismos, esto es también, a través de organizaciones partidarias dirigidas por trabajadores. En este caso o coyuntura la volatilidad electoral no ha mostrado una errancia sin referentes estructurales sino más un traslado del voto de trabajadores que antes en parte votaban por partidos de patrones, hacia partidos de trabajadores e indígenas. Esto implica que esa orientación del voto contiene un cambio significativo. La pauta del voto anterior sancionaba, en parte, la división política entre gobernantes y gobernados y el que en esta división la clase dominante y sus funcionarios políticos se identifiquen con los primeros y los trabajadores con los segundos. El hecho de que trabajadores voten por trabajadores implica que se asume la cosa de la igualdad política con mayor grado de verosimilitud y, en consecuencia, se promueve a candidatos y líderes populares de partidos populares. En este sentido, interpreto los resultados electorales como un avance en la igualdad política en el país, que por largo tiempo todavía pasará por una reactivación y estructuración de la lucha de clases en el espacio político del sistema de partidos, de manera paralela y todavía secundaria en relación a los otros espacios de vida política activadas en los últimos años. Hasta las últimas elecciones el parlamento y el sistema de partidos se caracterizó por un predominio y monopolio de los partidos de empresarios, dirigidos por empresarios. El parlamento era un lugar de la burguesía y sus sirvientes políticos. En este sentido era un espacio para una parte del país, la clase dominante; lo sigue siendo pero ahora tiene que compartirlo, sin quererlo, con los trabajadores. Como se ve, el compartir algunos espacios políticos no es resultado de la voluntad "democrática" de la clase dominante y el bloque político gobernante; sino es el resultado de la acumulación de fuerzas y la capacidad política de explotación por parte de sectores populares de los ámbitos de publicidad reconocidos en las leyes, a partir de su acción de organización y movilización colectiva.

Mi hipótesis es que estos cambios políticos que van desde la crisis de abril del 2000 hasta estos resultados electorales que ponen al MAS como segunda fuerza política del país a poca distancia cuantitativa del MNR, han sido propiciados de manera preponderante, aunque no exclusiva, por los sindicatos. En breve, la renovación política del país viene de la política de los sindicatos, una vez más pero de diverso modo. Son otros sindicatos los responsables de esta activación, pero son sindicatos. En la experiencia de la organización de la Coordinadora del Agua ha jugado un papel importante como articulador el sindicato de fabriles. En las movilizaciones del altiplano ha sido la central sindical, la CSUTCB, la organizadora y articuladora de las demandas, el discurso y la acción, aunque debajo estén operando la estructuras comunitarias en una combinación de sindicalismo y comunitarismo. En el Chapare es más claro que son los sindicatos de cocaleros los que han organizado la resistencia a la política gubernamental y norteamericana y a partir de la organización sindical han organizado su partido, que primero ha ganado elecciones municipales y en las últimas elecciones del 2002 ha resultado ser la segunda fuerza electoral del país. El núcleo clasista más claro y explícito del país es el sindicalismo cocalero; por eso también creo que es el más representativo. Ahora bien, el que sea así no significa que no pueda desarrollar y articular otras dimensiones. De hecho, considero que la votación del MAS en el 2002 contiene una conducta clasista, por un lado, y opinión política sobre lo nacional, por el otro lado. Hay un núcleo clasista popular que está articulando una opinión y opción política que contiene una idea y un sentimiento sobre el destino del país. Este núcleo clasista y popular es el espacio de producción de la política desde dentro y desde abajo hacia arriba, en contradicción con el modo de practicar la política desde arriba y desde fuera, que caracteriza al bloque político dominante. El MAS ha hecho, en las condiciones históricas y culturales del país, el camino político de la socialdemocracia clásica, es decir obrera, que ha surgido de los sindicatos que han financiado la organización de un partido que los autorrepresente en el parlamento y pueda llegar a gobernar

el país, como lo ha hecho durante una buen parte del siglo XX en Europa. Esto está cambiando la pauta de relación entre sindicatos y partidos que prevaleció en la época de la centralidad minera en la COB. Los partidos de izquierda giraban en torno a la COB y trabajaban para los sindicatos, como el modo de hacer política para sí mismos también. La COB siempre estuvo por encima de los partidos y nunca hubo uno que llegue a representar y contener a la mayoría de la clase obrera. Hoy, parece que precisamente en un momento de debilidad de la COB, un partido ha logrado articular o condensar, aunque sea de manera aleatoria pero con un fondo histórico estructural, el voto de una parte significativa de los trabajadores. Retomando estos varios elementos de análisis se propone la siguiente interpretación a modo de síntesis, en la que se distingue varias fases de relación causal. Hay un primer momento en el que la movilización popular articulada por los sindicatos y el movimiento obrero logra conquistar la restitución de derechos políticos y la instauración de un régimen representativo de partidos y elecciones. En ese momento de transición el movimiento social experimenta a su vez los límites de su capacidad de reformar el estado. Se instaura un régimen liberal de competencia a través de un sistema de partidos al que se le otorga el monopolio de la política. Se ha buscado reemplazar la centralidad sindical en la política del país, por la de los partidos. Esto se ha determinado por ley, pero no ocurre así en la práctica y composición política del país. El monopolio legal de la política en manos de" los partidos políticos ha producido durante los 80 y 90 un sistema de partidos de mediana fragmentación pero excluyente, ya que la fragmentación se dio al interior de la clase dominante, y sobre todo ha generado un alto grado de corrupción, clientelismo, prebendalismo y subordinación-anulación del legislativo al ejecutivo, el que a su vez se ha entregado a la política de otros estados en el país. Estos procesos hicieron que la política se reduzca e incluso desaparezca del parlamento y el ejecutivo, que se dedicaron

a administrar y legitimar procesos de toma de decisiones invisibles y dislocados respecto del estado boliviano y sus espacios públicos. El estado se volvió un lugar frivolo y trivial de la política, por un lado, y autoritario e ineficiente, por el otro. Hay un vaciamiento de la política en el seno del estado. Los lugares oficiales de la política se volvieron espacios de relación, competencia, lucha y negociación entre fracciones de la burguesía y sus partidos y entre estos y los poderes internacionales y metanacionales; es decir, lugares de relación entre la parte dominante del país y entre sus fracciones y otros estados y poderes externos. Los lugares de la política no contenían ni contienen relaciones con el resto del país. El modelo imperante es un modo de construir una forma primordial o relación entre estado y sociedad civil, que privilegia la relación o articulación entre el polo dominante de la sociedad civil con poderes económico-políticos externos, descuidando la articulación hacia dentro y desde dentro. En consecuencia, tenemos en Bolivia una forma primordial débil y vulnerable, por ese lado, ya que incluso la articulación interna de las fracciones dominantes viene en parte organizada desde fuera. Los lugares de la política en vez de ser articuladores de la fortaleza de la forma primordial han sido y son los lugares de organización de la desarticulación del país; en vez de construcción política se ha vivido destrucción política. La práctica de la dominación en el país las últimas décadas ha significado la destrucción política y económica del país. Las crisis del 2000 y 2001 han revelado la articulación de movimientos sociales y societales que han hecho y hacen política fuera de lugar. La movilización social ha configurado un conjunto de no lugares de la política, que ha puesto en crisis al gobierno y al estado. En estos no lugares se ha experimentado la renovación de la capacidad de vida política en el seno de lo popular; de organización y acción colectiva. Los no lugares han revelado la banalidad de los lugares de la política así como su carácter anti-nacional. El ascenso electoral del MAS y el MIP no sería posible ni explicable sin la experiencia política de articulación y movilización popular en los no lugares, donde se ha acumulado históricamente en

corto plazo la fuerza que ahora ingresa al parlamento y a los lugares oficiales de la política, sin dejar de estar y generarse fuera. En este sentido, se puede entender el peso electoral del MAS y el MIP como el resultado coyuntural de un fondo histórico de acumulación y despliegue de fuerzas populares que hoy circulan desde los no lugares hacia los lugares reconocidos de la política estatal. La fuerza política y el destino de los partidos políticos populares depende de la organización y movilización de fuerzas en los cambiantes o mutantes no lugares de la política, de donde viene su potencia o ethos. Si la clase dominante y el estado con su sistema de partidos logran quebrar ese flujo o circulación de fuerzas entre los no lugares configurados por lo popular y los lugares de la representación y acción política en el seno de la instituciones liberales del estado, habrán vencido o desarticulado una vez más al mundo de los trabajadores.

MULTITUD Y CONTRAPODER ESTUDIOS DEL PRESENTE: MOVIMIENTOS SOCIALES CONTEMPORÁNEOS

Tal vez una clave para prolongar esta ola de ascenso popular esté en promover la proliferación y autonomía de los no lugares de la política, lo cual puede acabar dando más fuerza a los partidos que actúan ya en el seno del parlamento.

Raúl Prada Alcoreza

Retomando el análisis dejado por El Retorno de la Solivia Plebeya y Tiempos de Rebelión*, dos textos de Comuna dedicados al análisis de coyuntura, los mismos que gozan de la fuerza del momento, la pasión del instante y quizás la claridad de la actualidad, a pesar de que comparten la penuria de inmediatez, el sesgo del activismo, el decurso del deseo y del desemboque político. Ambos textos han sido dedicados a los movimientos sociales desatados en abril del 2000, que en principio se configuraron en torno a la lucha por el agua contra la trasnacional Aguas del Tunari, y después en torno a tópicos más amplios relativos a la tierra, territorialidad y las autonomías de las identidades colectivas. En los ensayos que comprenden estos textos se destilan análisis sobre la emergencia del movimiento indígena, la intensidad y la expansión de la defensa de la hoja de coca, que efectúan las seis federaciones campesinas cocaleras, la condición del proletariado en el contexto de la globalización, las perspectivas de los procedimientos autogestionarios que se pusieron en marcha en la experiencia de la Coordinadora del Agua y los nuevos horizontes desplegados por las significaciones populares de la democracia y su acción directa. Como puede verse la gama de inquietudes son de crucial importancia para el momento y para el período de transiciones que estamos viviendo. Lo que se trata de avizorar es el futuro, más que todo la construcción de futuro a partir de la energía inmanente contenida en la multitud. Sin embargo, no podemos olvidar que las posibilidades de futuro de alguna manera dependen de las realizaciones del presente, de las efectuaciones en el presente de las virtualidades de la multitud. En este sentido es a la vez alentador y preocupante el diseño históricopolitico dibujado por los acontecimientos. De todos los eventos desatados por el movimiento social es preocupante lo que ha ocurrido en abril-mayo del 2001, hay que poner atención en el desenlace que ha tomado el bloqueo de caminos a la carretera al lago. Quizás éste sea un punto importante de

A. García, R. Gutiérrez, R. Prada, L. Tapia, El retorno de la Bolivia plebeya, Comuna/Muela del Diablo Editores, La Paz, 2000. A. García, R. Gutiérrez, R. Prada, L. Tapia, F. Quispe, Tiempos de rebelión. Comuna/Muela del Diablo Editores, La Paz, 2001.

acumulación de fuerzas, pero también de crisis del movimiento social. Lo alentador de lo transcurrido radica en la constitución de los nuevos sujetos sociales, portadores de imaginarios colectivos cuya memoria radica en la arqueología de las formaciones sociales andinas, amazónicas y chaqueñas. En El retorno de ¡a Bolivia plebeya tratamos de hacer un análisis de los movimientos sociales que se generaron en abril de 2000, movimientos que se articularon a partir de la lucha por las necesidades y demandas cotidianas, la querella por los elementos vitales, como es el caso del agua. Alrededor de este eje articulador se estructuró la Coordinadora del Agua. Durante el proceso de maduración del acontecimiento de masas se acoplaron otros sectores sociales descontentos al movimiento. Entre los más destacados a lo largo de un conflicto prolongado, de más aliento e historia, están los cocaleros, quienes convirtieron al Chapare en una zona de alta intensidad política, una zona de inmediato conflicto con el imperio. Otro de los sectores resistentes, quizás uno de los más persistente, es el de los maestros, quizás uno de los más longevos en las luchas sociales contemporáneas. Obviamente debemos reconocer entre los nuevos actores sociales a los regantes y a los guerreros del agua, ambos sectores con novedosos perfiles en el horizonte de las recientes luchas sociales; los regantes todavía vinculados al mundo campesino, los guerreros del agua, nómadas urbanos, convertidos en los bárbaros de la postmodernidad. Los regantes y los guerreros del agua se aliaron en la provísionalidad del azar, en el juego sorprendente del estallido de las singularidades enervadas por la fuerza del acontecimiento. Este es el contexto del conjunto de corrientes singulares aglutinadas entorno a la Coordinadora del Agua de Cochabamba, cuya conformación nos muestra nuevas características relativas a las movilizaciones sociales en el presente. Las jornadas de abril de 2000 no podrían dejar de dibujarse sin la participación premonitoria del movimiento campesino del altiplano, que ha venido asumiendo hasta la fecha las características de un movimiento de redención indígena, cuya memoria larga nos restituye a la lucha contra el colonialismo. Durante abril la articulación del conjunto de los movimientos desatados no apareció de manera muy evidente, aunque la

participación simultánea de todos alimentó la fuerza de cada movimiento en particular. En cambio en septiembre del mismo año los engranajes de la interrelación entre los movimientos se hacen cada vez más patentes. La magnitud y la extensión de las movilizaciones adquieren nuevas dimensiones y trae a colación otros bríos, sobre todo con la expansión del movimiento campesino en el altiplano. La cuestión indígena emerge con mucha fuerza, sólo comparable a lo que ocurrió con el acaecimiento del movimiento katarísta durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX. También cobra vigencia el tema de la tierra. La cuestión de la nación aymara adquiere connotación histórica en la remembranza colectiva y en los pronunciamientos discursivos. Al respecto, la carismática participación del dirigente de la Confederación Única de Campesinos de Bolivia (CSUTCB), Felipe Quispe Ruanca, expresa de modo elocuente las contradicciones entre el dramatismo de una nación clandestina, en búsqueda de su emancipación, y la síntesis personal de una subjetividad indomable. Haciendo una evaluación podemos decir que la cúspide de las movilizaciones de 2000 al 2002, desde la guerra del agua a la marcha indígena por la asamblea constituyente, aconteció en septiembre del segundo milenio cristiano. Durante septiembre del 2000 se logró articular un gran movimiento campesino, que abarcaba todo el eje central, la extensa geografía que comprende al altiplano, a los valles y a los llanos, donde están asentadas las principales ciudades de Bolivia, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Se dibuja el perfil de una alianza estratégica entre los campesinos aymarás del altiplano y los colonizadores de Santa Cruz. En esta curva social de alianzas se encuentran las organizaciones sindícales de Santa Cruz, particularmente las relativas a las organizaciones campesinas de los llanos. Hablamos no solamente de los colonizadores, que son en su mayoría migrantes del occidente andino, sino también de campesinos crúcenos, oriundos de los llanos. La alianza se extiende a las organizaciones sindicales no campesinas, como la de los maestros, tanto rurales como urbanos. De este modo también se integran a las ciudades, aunque solamente todavía una pequeña parte de ellas. En la ciudad de La Paz la participación de los gremialistas es esporádica, en el resto de las ciudades

su participación es nula. Con todo, teniendo en cuenta esta diferencia de intensidades y de distribuciones diferenciales de fuerza, el despliegue del movimiento fue grande. El hito fue marcado por la malla del bloqueo de caminos. Lo sintomático y significativo de los bloqueos no sólo radica en su extensa geografía que ocupa sino en el hecho revelador de que prácticamente sitió a las tres ciudades capitales del eje caminero. Se aisló completamente a La Paz, casi totalmente a Cochabamba e incluso se cercó a parte de los ingresos a la ciudad de Santa Cruz. Hacia Santa Cruz se extendió el movimiento, este hecho es un indicador de la irradiación de su fuerza, aunque también fue la región más débil de las movilizaciones de septiembre. Empero este no es un dato de las falencias del movimiento sino más bien de su decurso serpenteante. El dato inobjetable es que se llegó a sitiar las tres ciudades principales, las más pobladas y de mayor actividad económica; situación que marca el comienzo de un nuevo escenario. Tal expansión del movimiento social no aconteció antes. Por lo visto septiembre fue efectivamente fundamental para lo que viene después, por las características innovadoras que presenta. Son estas características orientadoras las que dibujan el perfil dinámico de los procesos concurrentes en la intimidad de los acontecimientos que dan contenido al movimiento social contemporáneo. LA IRRADIACIÓN DE SEPTIEMBRE

Un primer síntoma digno de interpretar es que en septiembre se logra articular un alzamiento campesino de envergadura nacional, esto implica la formación de un gran consenso movilizado en los distintos pisos ecológicos. Un conjunto amplio y acoplado de organizaciones sociales participan de la eclosión colectiva; organizaciones sindicales, sobre todo campesinas, sindicatos y agrupaciones de toda índole concurren en la formación de la Coordinadora del Agua, inclusive los maestros están metidos de manera simultánea en el movimiento social. Septiembre es prioritario fundamentalmente por dos tópicos recurrentes a lo largo de la historia colonial y republicana: el relativo a la nación aymara y el referido a la problemática del territorio. El tema de la

tierra compromete tanto a los indígenas del oriente como del occidente, a los campesinos de los llanos como del altiplano, pasando por los valles, a las organizaciones indígenas aglutinadas en el CIDOB, que es la confederación de los pueblos indígenas del oriente, del Chaco y la amazonia, a los pueblos nativos incorporados en la Confederación Nacional de Marcas y Ayllus (CONAMAQ), a las federaciones sindicales de oriente, de occidente y de los valles, coaligadas en la CSUTCB. La importancia de septiembre radica en la recurrencia de su memoria larga. Cierta configuración cíclica del tiempo social nos muestra la abolición de la cronología histórica; la irrupción de la guerra inconclusa anticolonial hace como que los dos siglos, que nos separan del mayor levantamiento indígena de la época colonial, no han transcurrido. Desde la perspectiva lineal estos siglos han transcurrido, sin embargo, en los pliegues de la memoria no han pasado sino como acumulaciones sintomáticas de una violencia desencadenada. De pronto retornamos al sitio de Tupac Katari y Bartolina Sisa, los dos siglos son significativos en el sentido en que dibujan el espectro colonial interno. En el imaginario colectivo se reproduce el acontecimiento cuya procedencia se encuentra en el pasado, que empero su emergencia se encuentra en el presente, actualizado. Se recuerda materialmente el sitio, la reiteración del cerco a la ciudad de La Paz nos devela la fuerza ética de las sociedades nativas. El análisis de las jornadas de septiembre se sitúa en Tiempos de rebelión. Los ensayos que comprende el texto abarcan varias líneas de análisis. En conjunto se trata de escritos de coyuntura, gestados al calor del fuego, sin embargo, los trabajos son un poco más elaborados que en El retorno de la Solivia plebeya. Esto se debe a la distancia de aproximadamente seis meses entre los acontecimientos de abril y los de septiembre; distancia que permite abarcar mejor el seguimiento de los procesos inherentes al movimiento social en cuestión. Un eje del análisis es la cultura como proyecto político de las sociedades nativas. Se toma a la cultura no solamente como un sistema simbólico que hay que recordar, sino que se la toma como una vivencia colectiva actual que se manifiesta en nuestras costumbres, en nuestras tradiciones, en nuestras instituciones culturales. La cultura es un substrato fundamental no sólo desde la perspectiva de los ritos y del

culto, que puede ser asumido como la remembranza del sacrificio inicial, sino también considerando los horizontes abarcadores del mito. Se puede comprender al mito como la memorización y la narrativa del rito; del mismo modo podemos concebir al rito como la mimesis del sacrificio. Puede verse que en esta h e r me n é u t i c a colectiva y en los desplazamientos del imaginario social la cultura se convierte en proyecto político. Se transvalora. Una consecuencia de los presupuestos anteriores es la manera como asumimos el futuro. Este porvenir no está desencajado de la manera como recogemos el pasado en el presente, de cómo lo hacemos presente. El futuro de Bolivia y de los llamados países andinos es un porvenir que está fuertemente enraizado con el propio devenir de la cultura. No es posible comprender a estas formaciones sociales sin los substratos culturales arcaicos y antiguos. Esta claro que los pliegues, despliegues y repliegues de la cultural atraviesan al cuerpo social mismo. En parte se trata de un recogimiento sobre el mismo bagaje de las tradiciones, sobre la misma memoria de los pueblos, sobre las leyendas de sus luchas; aunque también se trata de un recogimiento podríamos decir estructural, una especie de repliegue sobre las condiciones y las reglas de las propias instituciones culturales. Un repliegue que permite proyectarlas a los horizontes políticos. Hablamos de países andinos por la relación que tienen estos países con las sociedades arcaicas y antiguas que domesticaron la cordillera andina, al manejar sus transversalidades topográficas y la diversidad de los pisos y nichos ecológicos desde la perspectiva de la complementariedad de los suelos y los climas. Esto que se llama el archipiélago andino. Aunque en el caso boliviano, como en el caso peruano, ecuatoriano, colombiano y venezolano se tienen que incluir con propiedad a las formaciones sociales arcaicas amazónicas y chaqueñas. Aquello que Fierre Clastres llamó las sociedades contra el Estado2. Nos referimos a las conocidas como sociedades nómadas de la amazonia y el Chaco, sociedades arcaicas que en verdad se pueden tomar como itinerantes. En todo caso,

2. Fierre Clastres. La Sacíete contre I'État, Les Édition de Minuit París, 1974.

considerando ambos bagajes culturales y herencias societales estamos basándonos fundamentalmente en la consistencia históricocultural de la densa presencia demográfica de las poblaciones nativas en el contexto de la geografía política de los países nombrados. Esto es lo común en estas formaciones sociales y en estos estados-nación. Dicho esto podemos apreciar una primera hipótesis de trabajo: Así como el ojo avizor de la crisis es el método de comprensión de la totalización de las formaciones sociales abigarradas en Rene Zavaleta Mercado, como también un método de unificación nacional, por la vía de la emergencia, el método de la redundancia cultural es también un procedimiento de interpretación de sociedades fragmentadas y diseminadas, articuladas al modo barroco, también se puede tomar como un procedimiento colectivo de unificación imaginaria y simbólica de naciones convergentes. El espectro trágico, la manifestación del fantasma ausente, el horizonte históricopolitico, que vamos a discutir es de carácter históricocultural. Lo que decimos tiene sentido ya que no se puede resolver la problemática descrita, inherente a las demandas de los diferentes movimientos sociales, sin una hermenéutica cultural y sin una reapropiación cultural de las multitudes emergentes. La problemática planteada por los campesinos cocaleros, por los campesinos del altiplano, de los valles y de los llanos, por la demanda reiterada de los maestros, por las orientaciones reivindicativas de las organizaciones femeninas, no se puede resolver sin una atención a las significaciones y valores culturales. La cuestión democrática, que implica no solamente la ampliación de la participación democracia, sino la reapropiación de los espacios políticos por parte de la multitud, no puede resolverse sino a partir de una lectura cultural de la democracia. La cultura es entonces la mirada a partir de la cual vamos a tratar de ver lo que ha estado ocurriendo en las sucesivas coyunturas relativas a las movilizaciones sociales y por lo tanto en el período preelectoral. Los movimientos sociales no viven sus procesos constitutivos sólo de modo ascendente, hay altibajos, se viven reflujos, desaceleración de las velocidades diferenciales de las experiencias subjetivas de los actores vernáculos, retornos

y retrocesos políticos con relación a las conquistas recientes. La inmanencia de los movimientos está desbordada de contradicciones íntimas. El poder constituyente de la multitud desborda constantemente al poder constituido, al aparato constitucional, a los instrumentos institucionales, incluso a los mismos dirigentes u organizaciones populares. Pero, también el poder constituido inhibe las potencialidades y virtualidades del poder constituyente, lo amolda a los alcances establecidos como tope por el mapa institucional, que a la luz de la fuerza de la irrupción social ya resulta conservador. En este sentido no debe resultar difícil explicar lo sucedido después de la asonada de septiembre. Abril y mayo del 2001 se caracterizan por marchas desplegadas con mucha voluntad, con demasiado tesón y esfuerzo por parte de los marchistas. Hay mucho derroche de energía, hay mucha carne en todo esto. Las organizaciones involucradas no han dejado de caracterizarse por ser netamente locales. Estos movimientos locales tampoco cuentan con la simultaneidad de las rebeliones sociales, acaecidas con anterioridad, simultaneidad dada en los sucesos concurrentes en abril o en mayo del 2000. Sin esta simultaneidad de los eventos, los movimientos locales y las organizaciones que las impulsan quedan aisladas, fragmentadas; no cuentan con apoyo ni tampoco se apoyan mutuamente con su propia colateralidad. De este modo las marchas terminan siendo sometidas a todo tipo de presiones, se vuelven vulnerables, sufren la represión sistemática de los aparatos de gobierno y van siendo debilitadas paulatinamente en la mecada que van llegando a La Paz. Se trata de dos marchas: la marcha de los productores de la hoja de coca, acompañada por los dirigentes de la COMUNAL, y la marcha de la Central Obrera Boliviana (C OB) . Las dos marchas que quedan prácticamente incomunicadas, agudamente debilitadas; sin embargo, de sus propias debilidades sacan fuerza para llegar a La Paz. Esta es su vitalidad, vigor incrementado por la adversidad. El empuje de las marchas es llegar a La Paz; este logro adquiere significación política. Es una victoria contra el desfallecimiento. Los héroes de la marcha llegan mermá-ui/i, solitarios, en un contexto que no deja de ser problemático, pues es cuando se estaba desarrollando el Congreso de la CSUTCB. Congreso de üuüosa reputación, futrado por ei

manipuleo, manoseo y dinero de los partidos políticos. La corrupción llega al Congreso Campesino; tampoco es la primera vez. Sólo que esta ves deja sin apoyo estratégico a los marchistas. El dinero sustituye a la solidaridad, esta distracción si es que no es posible nombrarla como enajenación se vuelve tremendamente comprometedora, pues no emite ninguna resolución de apoyo a los marchistas. De alguna manera se puede decir que lo que se muestra en abril y mayo del 2001 es lo que se había escondido en abril y septiembre del 2000. Las limitaciones no evidenciadas de las jornadas de abril y septiembre tiene que ver paradójicamente con las fortalezas singulares, las intensidades locales no expansivas, no generalizables, no convertidas en común para todos, no vividas como propias por todos, salvo en lo que respecta al sector involucrado en la reivindicación local. Se trata de una fuerza local intensa, con alcances de politización, pero en los marcos geográficos de una región particular. Hablamos de una amalgama de levantamientos que a la vez son móviles y fijos, son finitos en términos de su irradiación, circunscritos sobre todo al área rural. Estos levantamientos y rebeliones son coordinados por organizaciones efectivas, empero locales. En el contexto de estas organizaciones hay otras de alcance mayor, como es el caso de la Coordinadora del Agua. En este caso si bien el alcance es mayor y mayor su capacidad de aglutinamiento, no deja esta estructuración organizativa los ribetes regionales. En cambio la CSUTCB tiene una proyección nacional, abarca la geografía política completa del estadonación, unifica a todas las federaciones departamentales, a todas las centrales y subcentrales, a todos los sindicatos de comunidades, además de los Comités de Bloqueo en los momentos de emergencia del movimiento social. Desde el punto de vista de la configuración táctica los Comités de Bloqueo son la materialización social más importante de septiembre. Si bien la CSUTCB tiene un alcance nacional su representación en el campo social sólo abarca a los campesinos, las otras estratificaciones sociales no se encuentran comprendidas y expresadas en la confederación campesina. No unifica a la multitud sino a parte de ella. Por lo tanto no hay propiamente unificación sino fragmentación intensa, con cierta expansión inclusiva. Pero en la medida que no están todos los explotados, los subalternados, los

afectados por el nuevo capitalismo salvaje de la flexibilización laboral, el nuevo proletariado desuniformizado, que trabaja a destajo y en condiciones dispersas y precarias, el enfrentamiento con el estado es también parcial. Hablamos entonces de movilizaciones sociales circunscritas a una guerra parcial o en su caso regional, en el mejor de los casos de clase, mejor aun étnica, pero que no deriva en una guerra total contra el estado, el aparato de dominación nacional. Entre los distintos movimientos sociales no se da todavía la unidad. Las estructuras organizativas de los movimientos no están propiamente articulados, sólo mantienen una solidaridad colateral. Su fuerza es acumulativa debido a la simultaneidad de las rebeliones, de las coincidencias dinámicas; se apoyan mutuamente a pesar de las diferencias. Las formas carismáticas de la expresión política unifican pero también inhiben las potencialidades de la multitud. El enfrentamiento y competencia entre los líderes sindicales, Felipe Quispe y Evo Morales, expresa elocuentemente estas dramáticas contradicciones inherentes al movimiento social. Contradicciones que dibujan limitaciones, ciertamente no fijas sino permeables. Esto depende de la capacidad constituyente de una multitud desbordante, que tiende a revisar sus formas de representación, actualizar sus formas de organización, desterritorializar sus formas de lucha, avanzando a una nueva forma política por constituir que incluya por primera vez a todos. En esta pugna de irradiación carismática, el dirigente de la Coordinadora del Agua, Osear Olivera, hace de bisagra, sin embargo, su papel no es necesariamente bien comprendido y bien aceptado por los otros líderes sociales. La clave de la Coordinadora del Agua no solamente radica en la capacidad de alianzas que ha generado en la lucha vital por el agua sino en que su epicentro fue una de las tres ciudades estratégicas de Bolivia, Cochabamba. La inclusión de las ciudades al mapa político de las luchas sociales es quizás la tarea más imperiosa para un movimiento con voluntad de poder. LIMITACIONES Y RIQUEZAS DE LAS FUERZAS SOBRE VALORADAS

No se puede caer en la ilusión de la sobre valoración de las fuerzas propias y la devaluación de las fuerzas enemigas, esto trae consigo irremediables derrotas. A veces las tempranas

victorias pueden traer a colación una flagrante derrota, al no apreciar el balance de las fuerzas en los contextos políticos de mayor amplitud y en los mapas de fuerzas de mayor expansión cartográfica. Ciertamente la sumatoria de las fuerzas acumulan poder, pero esta potencia pertenece a todos. La participación de todos en este poder constituyente hace del choque de fuerzas un acontecimiento democrático. Todos coinciden en el desemboque, en los logros y en las conquistas sociales. Nadie puede atribuirse el monopolio de la victoria. Esto ocurre cuando se logra arrinconar al gobierno, pero también bloquear a una sociedad fundada en la discriminación, cuando se somete a las ciudades a rumiar sus propias estrecheses urbanas. Cuando esto ocurre la sumatoria de las fuerzas se convierte en un movimiento político de alcance estratégico. La invención del movimiento incluye a la nación en su propio proceso de metamorfosis. Sin embargo, la potencia y el horizonte de posibilidades de esta irradiación aditiva puede ocultar que la acumulación está hecha de fragmentos dispersos, no suficientemente articulados. Lo que no se logra ver es que en realidad todas las organizaciones y movilizaciones tienen su propia identidad particular, no imitaron en identidades compartidas, en el diálogo profundo de las mezclas, que inventan nuevos mestizajes. Pues el contrapoder de la multitud se unifica mezclándose y se potencia amalgamando sus identidades en el devenir constitutivo de las subjetividades colectivas. En las jornadas de septiembre a pesar de la gran fuerza de la gran movilización y la gran victoria política, que incluso puede connotar una disuasión militar, pues el ejército no pudo hacer nada contra los bloqueos. Sólo atinaba a desbloquear esporádicamente incentivando a nuevos bloqueos reiterativos. Fue entonces una derrota de la estrategia militar del gobierno al enfrentar a la estrategia ambulante de los bloqueos. Empero a pesar de esta derrota gubernamental, a pesar del acuerdo y los convenios logrados, la materialización de la victoria política no se realiza. Las conquistas sociales se difuminan en el laberinto de los laboratorios discursivos de la aparatosa burocracia estatal. Otro aspecto digno de anotar tiene que ver con una fortaleza de las jornadas de septiembre. Si bien las diferencias y las distancias al interior del movimiento social se hicieron

visibles después de septiembre, no es que estas diferencias no estuvieran presentes antes, sólo que estas diferencias estaban controladas por las bases. En abril y septiembre del 2000 de alguna manera había más control de las bases, particularmente en el altiplano, aunque también en el Chapare; nada se podía hacer ni decidir si no se bajaba y consultaba a las bases, si la consulta no llegaba hasta en el Comité de Bloqueos, instancia de poder provisional, que era la verdadera autoridad en el terreno de los enfrentamientos y en el manejo de las delimitaciones cartográficas de la rebelión social. El control social de las bases radica en establecer su presencia múltiple en las asambleas, que en la región andina vienen a ser los ayllus. CARTOGRAFÍAS DEL AYLLU

El ayllu, la comunidad arcaica, la constituida por las relaciones primordiales, las pasiones y los deseos colectivos de los primeros clanes. El ayllu, no tanto en el sentido que entienden los antropólogos. Los etnógrafos y etnólogos parten de un referente histórico ya fragmentado por la colonia, entienden por ayllu la comunidad parcelada del Rey Toledo, la reducción, lo que llamaban pueblos de indios a diferencia de las ciudades que eran fundaciones españolas. El ayllu de los antropólogos es la reducción toledana heredada hasta nuestros días. El ayllu en el sentido genealógico es el retorno reiterativo a las procedencias, con independencia de los cronogramas sociales, sobre todo los coloniales y republicanos de la modernidad. La reducción no deja de ser una superestructura, una forma aparente, delimitada por la cartografía colonial, mapa institucional transmitido a la república. Los pueblos de indios corresponden a la redistribución demográfica que efectuaron los españoles con objeto de imperar en territorio conquistado, pero desconocido. Al reducir la colonia los ayllus arcaicos produjo una cantidad enorme de parcialidades. Fracturó el archipiélago andino y fijó sus territorialidades a un espacio estático, a una geografía política. El ayllu es la forma de organización social precolombina. Antes de la colonia los ayllus no eran numerosos como los que se cuentan en las visitas y revisitas coloniales, que eran como los censos de entonces. Estas

conformaciones comunitarias, como la de los Pacajaques y los Lupacas, atravesaban los territorios desde el Pacífico hasta los Yungas, articulaban la diversidad topográfica, climática y ecológica como parte de una estrategia agrícola rotativa y en constante flujo circulatorio. Todo esto se encontraba amarrado por una red de alianzas familiares y territoriales. El ayllu es una sociedad contra el estado, por lo tanto se trata de una sociedad que evita la emergencia del estado por todos los medios a su alcance. Particularmente esto se hace significativo cuando recurre a los mandos rotativos o a las confederaciones de jefaturas, es decir, jefes de clan. El espacio liso de las circulaciones, reciprocidades y complementariedades del archipiélago andino hablan de la pertenencia del ayllu a las sociedades en perpetuo movimiento desterritorializador, aunque estos procesos se conjuguen con procesos de reterritorialización. Parece ser que el ayllu se contrapone a las ciudades estado como el Cuzco y antes Tiwanaku, se contrapone a las sociedades estatalistas como es el caso del incanato. Por lo tanto el ayllu puede ser comprendido en la clasificación de las peculiares organizaciones sociales arcaicas configuradas de un modo no estatal. Preponderan en estas sociedades un entramado de alianzas y filiaciones, de redes de clanes, de ámbitos entremezclado de relaciones de parentesco, de amarres de territorios, unidos por el nomadismo o el pacto. Por ejemplo la conocida dualidad o más bien cuatripartición, tetraléctica, que parece configurar al ayllu se puede tomar como una forma de organizar el encuentro, el tinku, pero también una forma de lograr las alianzas y el movimiento territorial. Es sugerente la forma en que el ayllu logra dar lugar a una enorme movilización poblacional en momentos claves del ciclo agrario sin necesidad de recurrir a la coerción estatal. Todavía es muy poco lo que se conoce de la historia antigua del ayllu, los cronistas apenas tocan el transcurso de un siglo hacia atrás del momento de la conquista. No se puede reducir a la historia del incanato por lo menos un milenio de historia hacia atrás de estas increíbles sociedades agrarias basadas en las alianzas, rotaciones y complementariedades. La expansión del Cuzco quebranta la composición cíclica de los señoríos aymarás y trata de incorporar al ayllu en un proyecto de ciudad-estado.

La fuerza ética del ayllu radica en ser una sociedad contra el estado, su fuerza imaginaria reside en ser una sociedad politeísta. Las características de este politeísmo no lo vamos a tratar aquí, nos remitimos a otros textos que tratan sobre el tema3. La fuerza colectiva del ayllu permanece en su forma democrática asambleísta, es decir, reside en la democracia comunal. En esto la democracia del ayllu se parece a la democracia griega, es asambleísta, reúne a la comunidad en torno a la concurrencia de la palabra. Esta democracia es vivida culturalmente y se hace posible por la disposición de los cuerpos y los agenciamientos participativos de la palabra. El sentido político de la democracia es reciente, corresponde a los inicios y consolidación de la modernidad; hablamos de los períodos del renacimiento y de la ilustración europeos (del siglo XVI al XIX). En contraste la democracia de la comunidad supone un sentido ético y cultural. El contexto de estas prácticas de igualación se encuentra en los hábitos redistributivos. Se compromete a la familia, en los ritos, en el encuentro de los que habitan los territorios de arriba y de los que habitan los territorios de abajo, se incorpora a las redes de parentesco en las fiestas, se desborda estas redes haciendo circular las alianzas en las ferias; es decir, se compromete todo el ámbito cultural. En los sindicatos la práctica de la deliberación es un hábito, los sindicalizados pueden pasarse discutiendo toda la noche en busca de acuerdos, buscando la conformación de una unidad, no se impone la lógica de mayorías y minorías, salvo cuando es estrictamente necesario. Todos tienen que llegar a un acuerdo, esto es al consenso. La formación del consenso se compone recurriendo al arte de la argumentación, es decir, a la capacidad de argumentación y contra argumentación, esto es a lo que antiguamente se llamó retórica. Este arte del convencimiento, que pasa por lograr entusiasmo y empatias colectivas, que construye la argumentación disponiendo de entimemas4, que son como enunciados afectivos, se encontraba Raúl Prada Alcoreza, en Tiempos de Rebelión, "La fuerza del Acontecimiento". Comuna/Muela del Diablo Editores, 200!. La Paz; y Territorialidad, Mitos, La Paz. 4. Aristóteles, Retórica, Alianza Editorial, Madrid, 1998.

suficientemente desarrollado en el ayllu. Esta herencia de elocuencia, oratoria y convencimiento pasó a los sindicatos campesinos. Este es uno de los aspectos menos estudiados en lo que respecta a los ayllus, sindicatos y movimientos sociales; no se ha estudiado la constitución de subjetividades, a partir de la producción de significaciones sociales, de imaginarios colectivos y de recorridos simbólicos compartidos. El ayllu también es una especie de máquina de guerra'*. La comprensión cartográfica del ayllu como máquina de guerra, es decir, como dispositivo y agenciamientos guerreros, no solamente tiene que ver con la memoria mítica del guerrero, memoria que se encuentra en la cavidad y en las tramas de las culturas ancestrales, sino que se trata de una memoria ontológica pues reaparece con las emergencias del ser social. Ciertamente se nos viene el recuerdo del mayor levantamiento aymara contra la corona española, al mando de Tupac Katari y Bartolina Sisa, sin embargo, la recurrencia a la guerra anticolonial reaparece nuevamente en la Guerra Federal, convertida en una guerra aymara contra las formas de dominación republicanas. El general aymara Zarate Willca dirige una verdadera guerra de guerrillas indígena. La forma de organización del ayllu en las comunidades tiene que ver con la capacidad de movilización de esta máquina social. Los agenciamientos maquínicos convierten esta red, red de alianzas familiares y territoriales, en una máquina de guerra. La victoria de los liberales, dirigidos por el General Pando, no hubiera sido posible sin la intervención del ejército irregular aymara. La victoria de los aymarás tiene que ver con las dúctiles y dinámicas tácticas de guerrilla indígena, con la montonera que embosca y azuza al enemigo, mermándolo constantemente. Ahora bien esta guerrilla es en una forma efectiva, constituyente, de ocupar el territorio; hablamos de la milicia de la multitud haciendo efectivo el poder constituyente que contiene. El ayllu ocupa el territorio de una manera distinta a cómo nosotros dibujamos los departamentos, las provincias, los cantones. Esta geografía

3.

5. Gilíes Deleuze y Félix Guattari, Mil Mesetas, Pre-Textos 2000, Valencia. Sobre todo, 1227 Tratado de Nomadología, "La máquina de guerra".

política es parte de la herencia colonial, llegada a nosotros a través de la cartografía de los repartimientos. En esta x cartografía, las plazas de armas juegan un papel de centralidad y de control, de ordenamiento del espacio y de manifestación del poder. La plaza de armas data de las formas de ocupación y dominación, entendidas como proceso civilizatorio, del imperio romano. La romanización era una forma de incorporación y al mismo tiempo de sometimiento. También el procedimiento de la tributación colonial tiene sus reminiscencias en Roma. Se trata de dispositivos de mando espaciales reconstituidos por la corona española. En otras palabras, se trataba de conformar un territorio sometido. En cambio el ayllu no tiene esa concepción cartográfica de delimitaciones y jurisdicciones, no hay, propiamente hablando, fronteras, sino recorridos territoriales que se mueven, que se desplazan con la propia población, desplegando materialmente la inmanencia cultural, conllevando en estos despliegues los imaginarios colectivos y los módulos simbólicos de las estructuras complejas de la hermenéutica cultural, así mismo transportando ritos ancestrales, que llegan metamorfoseados hasta nuestros días con las ferias. Como se puede ver hablamos de un territorio vivo; denominemos a esta existencia bioterritorialidad. El problema fundamental es el territorio, entendido en el contexto de las problemáticas territoriales. La territorialidad como substrato ontológico del ser social es la base de la precomprensión del mundo, de nuestra ubicación en el mundo y de la ubicación del mundo en el universo6. Desde La Marcha por la Dignidad y el Territorio de los pueblos indígenas del oriente se plantea explícitamente la cuestión del territorio. Sin embargo, debemos interpretar esta cuestión desde su horizonte histórico y cultural. ¿Cuál es la cuestión del territorio? ¿Acaso demarcar un hito? ¿Atribuirle al ayllu una demarcación geográfica, como se ha hecho con los ayllus del norte de Potosí? ¿Así como se ha hecho de alguna manera con delimitaciones territoriales de base de algunas comunidades indígenas del oriente boliviano? ¿Es esta cartografía estatal el territorio? Ese territorio de base es el territorio visto por los 6. Ver.- Tiempos de Rebelión, sobre todo "La fuerza del acontecimiento", Ob. cit.

geógrafos, por la mirada métrica de los políticos; de este modo se convierte el territorio en reserva estatal. De manera diferente la comprensión implícita del territorio reclamada por los indígenas es inconmensurable, no se mide ni se limita. La territorialidad en la amazonia está vigorosamente vinculada a los ríos, se trata de territorios acuáticos o mejor dichos vinculados fluvialmente. Los Tacanas se movían por todo el río Beni, el río Madre de Dios, y sus afluentes. Figurando esta territorialidad encontramos un gran archipiélago de intensidades, expansiones y densidades territoriales; hablamos de un conjunto de asentamientos culturales discontinuos. De la misma manera en la región andina se configura otra forma de archipiélago territorial, más bien conformado por las filiaciones de clanes y por alianzas familiares. Nos referimos a un amarre territorial atravesado por relaciones de parentesco y compromisos políticos. Los ayllus vuelven constantemente a rearmarse, a reorganizarse. Para comprender esta persistencia histórica habría que imaginar que se dan como múltiples territorialidades; una de ellas está restringida a la geografía política, esto es, se da en el ámbito artificial, como territorio oficial, el territorio de la nación boliviana. Los otros territorios no están dibujados, no están conmensurados, no están asimilados por el estado. Estas alteridades territoriales se constituyen y reconstituyen a través de recorridos diversos de los cuerpos móviles y de sus prácticas inherentes. La cantidad de movimientos corporales y, por lo tanto, de agenciamientos múltiples, es fabulosa en lo que se refiere al mapa de recorridos diversos en el altiplano como también en los valles, así mismo en el Chapare. Uno de esos mapas puede remitirse a las conexiones de las familias en el espacio y en el tiempo; familias en las ciudades, asentadas intermitentemente en barrios, que, a su vez, se encuentran conectadas con las ferias, los prestes y otras actividades socioculturales. Podemos comprender que el ayllu, en este caso, el territorio del ayllu, se textura en el entramado familiar. Esta es una de las maneras como el ayllu se hace vigente en el presente, se actualiza y emerge de sus profundas procedencias. El ayllu atraviesa la revolución de 1952, sobre todo después de promulgada la Ley de la Reforma Agraria, que es quizás uno de los desafíos modernos más peligrosos para la

pervivencia del ayllu. La Reforma Agraria fue concebida desde la ideología del nacionalismo revolucionario, preponderante entonces en los dirigentes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR); se entrega la tierra bajo la concepción de la propiedad individual. Se descarta la posibilidad de reconocer las formas comunitarias de posesión y propiedad, en vez de devolver la tierra a los ayllus se transfiere la propiedad estatal a los ciudadanos, ilusoriamente concebidos. Esto afecta evidentemente a la organización del ayllu. Después de la revolución del 1952 y de la Reforma Agraria algunos sociólogos suponen la desaparición definitiva del ayllu. Ciertamente alrededor de 3000 comunidades reconocidas y enumeradas por el Censo de 1950 prácticamente desaparecen; aparentemente quedan solamente pocos ayllus, dispersos en la Cordillera de los Andes, en las cabeceras de valle, enclavadas en las nervaduras de las serranías. También se considera que una significativa presencia de los ayllus se encuentra en el norte de Potosí. Sin embargo, hay que anotar que esta apreciación se basa en un criterio formalista y restringido del ayllu. El ayllu es un ámbito históricocultural de relaciones sociales, de costumbres, de agericiamientos y dispositivos políticoculturales basados en el sentido comunitario de los afectos y de las cosas. Las territorialidades del ayllu no afectadas por el proceso de modernización. La revolución mestiza de 1952 no ha podido abolir la arcaica herencia' comunitaria.

TRABAZONES DE LA COYUNTURA La coyuntura no es meramente el momento sociopolítico, el presente histórico, con su juntura particular de hechos y procesos. Es mucho más que eso, es la ligazón indisoluble entre el pasado y el futuro. Esta circunstancia nos obliga a modificar el análisis académico de las coyunturas; el problema emerge con fuerza y bajo un perfil de abigarramiento barroco: ¿cuál es la combinación circunstancial del devenir del acontecimiento que se desplaza azarosamente, componiendo y recomponiendo la articulación de sus singularidades? La cultura es el eterno presente. Antiguas luchas emergen en el presente de forma renovada, viejos conflictos que no se han resuelto, luchas contra el colonialismo, luchas por las

tierras, vuelve a reaparecer constante y sistemáticamente. Al parecer el tiempo es más bien cíclico, da vueltas sobre sí mismo como una serpiente. El problema de la comprensión del tiempo, la idea que tengamos de su figura temporal, es cardinal. Pensar la coyuntura y en el momento es un desafío. ¿La frontera del presente-pasado de la coyuntura se encuentra en abril del 2000? ¿Cuál es la frontera del presente futuro? ¿Vamos a pensar la coyuntura desligada de lo que ocurría antes? ¿O más bien vamos a pensar la coyuntura teniendo en cuenta cómo el pasado se hace prese'nte en el momento, en el ahora inmediato? Por otra parte, es indispensable no olvidar distinguir las experiencias de la coyuntura, evaluar las representaciones colectivas, considerar sus saberes concretos. Los analistas políticos tienden a obviar estos problemas y resumen la transtemporalidad7 del tiempo a la representación cronológica de la ciencia política o la sociología. Esto es no tomar en cuenta cómo razona un sindicato, cómo se piensa en una asamblea y cómo se concibe el tiempo en una asamblea. Muchas de las argumentaciones de los sindicatos están ligadas siempre a la memoria, al recuerdo de los problemas, aunque sea un pequeño problema, siempre se hace una historia del problema, es como si esa pequeña historia del problema se hiciera presente ahora. La forma como se hace presente lo anterior es algo sintomático y sugerente; permite un diagnóstico. Cuando hablamos de coyuntura tenemos que tomar en cuenta las concepciones del tiempo. Por esto mismo, también tomar en cuenta la condición transtemporal del tiempo, sobre todo el desencajamiento, el anacronismo de los momentos. Pensemos entonces la coyuntura fuertemente ligada a toda la historia de las luchas de los pueblos nativos por su liberación. La disyunción del ahora desencajado no está desligada de la memoria de los pueblos, de la memoria de sus luchas, pero además de sus saberes concretos, que han sido permanentemente descalificados por la ciencia de los analistas, inclusive por los que hacen encuestas y entrevistas.

7. Martín Heidegger, Ser y Tiempo, Fondo de Cultura Económica, México. También de Carlos Másmela, Martín Heidegger: el Tiempo del Ser, Trotta, Madrid, 2000.

Hablemos por lo menos de dos planos de la coyuntura, el plano emergente y el plano procedente, que es en realidad el substrato del momento. El plano emergente es visible, se remite a lo que ha ocurrido en el horizonte del momento, en cambio el plano procedente es no-visible, lo que no quiere decir invisible, sino que se muestra en parte y en parte se oculta. El plano emergente puede ser reconstruido a partir de todo lo que ha pasado desde abril del 2000; esto comprende desde la guerra del agua hasta la marcha indígena por la asamblea constituyente. Con este trazo, distinguimos la coyuntura de las movilizaciones sociales recientes de la coyuntura electoral. Todo esto comienza con las rebeliones por la lucha de los elementos vitales, fundamentalmente el agua y la tierra. En esta lucha la participación de los regantes es notoriamente sugerente. Los regantes forman parte de la organización de la Coordinadora del Agua. Los regantes son los que recogen el agua y la reparten, son una verdadera red de distribución del agua. Responden a la escasez proverbial del agua en Cochabamba, particularmente en la ciudad. Los regantes juegan un papel crucial al contar con un mapa de los pozos del agua; usan el agua de la manera territorial. Se puede advertir en esto una presencia cultural, por eso mismo indicar una vitalidad motora en la lucha por el agua en Cochabamba. El plano procedente es el que se actualiza con la emergencia del presente. Esto es se actualiza, deviene, forma parte de los substratos del acontecimiento. Pero, precisamente porque se actualiza implica el retorno a las procedencias, las múltiples procedencias casuales. El plano precedente tiene que ver con la antigüedad de los acontecimientos; al respecto, podemos decir, tiene que ver con la arqueología de los acontecimientos, sus estratificaciones y sedimentaciones. La procedencias son como el arjé del acontecimiento, fundamento, arcaísmo, nacimiento. Esta profundidad del acontecimiento no es perceptible a simple vista. Para que esto ocurra es menester enfrentar la multiplicidad de las singularidades en sus honduras, en su espesor sinuoso, en su resonancia temporal. Podemos decir que el plano procedente es como la duración de los eventos. También se puede hablar de la edad de los eventos. El plano procedente tiene que ver con antiguas luchas que aparecen ahora en el horizonte de los nuevos combates.

RELACIONES DE PODER EN TORNO AL AGUA '

La globalización ha avanzado tanto en lo que respecta a los horizontes externos, es decir, se ha planetarizado, ocupando efectivamente el globo terráqueo, también ha avanzado en lo que respecta a los horizontes interiores. No puede satisfacer su hambre de expansión, no basta con transnacionalizar las economías nacionales, comprendiendo en esto tanto a las llamadas empresas públicas como a las llamadas empresas privadas, es indispensable abarcar también los espacios de la vida cotidiana, incorporando a la vorágine del capital global a los elementos vitales para la reproducción de la vida misma. Después de la transnacionalización de los minerales y los hidrocarburos, así como del éter, en lo que respecta a las telecomunicaciones, se pasa a la transnacionalización del agua. Todo esto implica la apropiación de excedentes anexos y alternativos a los acostumbrados, pero también conlleva el incremento de los precios del agua. No sólo el agua potable entra en el marco de esta estrategia del capitalismo desterritorializado, sino también el agua de los pozos y de los ríos. Esto significa el cobro de impuestos sobre el agua y los usos del agua. Prácticamente toda el agua regional pasa a ser propiedad de la transnacional, a excepción quizás del agua de lluvia. El agua de los pozos de los regantes terminó engullida en la órbita de la transnacional Aguas del Tunari. Con relación a estos sucesos vinculados a la globalización, concretamente a la privatización de los elementos vitales, no se encuentran precedentes en el pasado. Sólo podríamos conjeturar una hipótesis acerca de un posible hilo conductor interno en la historia nacional. Después de la Guerra Federal los liberales se apropiaron de las tierras comunales, ampliando inusitadamente la frontera de las tierras de haciendas. El altiplano entero quedó en manos de los gamonales, lo mismo ocurrió con las tierras comunales de los valles, a excepción de algunas comunidades alejadas que quedaron aisladas. Obviamente no hay parangón, el diagrama biopolítico del imperio, estructurado por la red del capitalismo desterritorializado, incorpora, supedita, la vida misma al proceso de formación del capital. Este diagrama biopolítico, que distribuye las fuerzas del campo social, que supedita la vida a la gestión del capital, es la cartografía del poder contemporáneo, cartografía en la que estamos insertos

como estado-nación subalterno, pero también como fragmentos territoriales incorporados a los procesos de transnacionalización, como zonas de alta intensidad política seleccionadas a la óptica de la guerra de baja intensidad, también como pluralidad de génomas manipulados por la ingeniería celular, como pasiones e imaginarios colectivos subsumidos a los procesos de virtualización del trabajo, como capacidades y saberes subordinados al intelecto general. En cambio el diagrama gamonal corresponde a una cartografía de fuerzas de colonización tardía, de exclusión, anexión de tierras de comunidad, discriminación racial y dominación del indio. El diagrama de poder gamonal es un diagrama racial circunscrito al mapa de explotación indígena. Tomando en cuenta este cuadro descriptivo, podemos observar la magnitud del conflicto que se inicia. La multitud sale a las calles no sólo a defender su precaria economía frente a una perentoria alza de precios del agua, sino que se encuentra ante la disyuntiva de defender la vida frente a la máquina capitalista que engulle todo, incluyendo a los bienes y elementos vitales para la vida, en el proceso compulsivo de la valorización. Antes de abril de 2000 las luchas sociales tienen otro cariz. Si seguimos la secuencia, estallan luchas esporádicas desde 1985, año que se decreta la mentada medida de ajuste 21060 y cuando se inicia un proceso de privatización, desencadenando un alto costo social, como resultado de las políticas económicas neoliberales. Estas luchas de resistencia contra el neoliberalismo, desde la Marcha por la Vida de los mineros hasta la Marcha por la Dignidad y el Territorio de los pueblos nativos del oriente boliviano, han sido luchas significativas, sin embargo no pudieron detener el proceso neoliberal. En cambio la Guerra del Agua ha logrado revertir el proceso de ajuste estructural y de globalización privatizadora. El gobierno fue vencido y expulsó a la transnacional Aguas del Tunari. Ambos eventos tienen un alcance de consecuencias políticas y sociales. La multitud comienza entrar a la ofensiva. Tiene también un alcance sintomático en lo que respecta a la constitución de la subjetividad social. Se inauguran nuevas predisposiciones sociales de lucha. Toda una población urbana y rural se organizó, toda una amplia red de organizaciones logra articularse en una forma de organización que adquiere un carácter autogestionario, la Coordinadora del Agua.

Pocas veces la lucha de un pueblo revierte el aparente irreversible despliegue de la economía globalizada. En el caso de la Guerra por el Agua se revierte evidentemente la situación creada por la ocupación de una transnacional de los recursos hídricos de una región. Esta victoria de la multitud en abril da inicio al desarrollo de los movimientos sociales que entran a la ofensiva social, que se irá convirtiendo poco a poco en proyecto político. El milenio boliviano arranca con una movilización que logra una victoria. A partir de ese momento todas las organizaciones empiezan a tener confianza en sí mismas. Confianza en que se pueden vencer, tiene sentido luchar, tiene proyección combatir, se puede entonces cambiar la historia. De abril a septiembre de 2000 se acumulan todo un conjunto de procesos reorganizativos, de fortalecimiento de las organizaciones de base. Los saberes de la gente circulan con nuevos bríos, salen de la sombra, se hacen audibles y los cuerpos que los enuncian se hacen visibles. Los usos del agua que hacen a la vida cotidiana, son parte de las prácticas, tácticas y desviaciones del consumo de la gente. Estos usos tienen que ver con un saber que podríamos llamarlo antiguo, pues está vinculado al manejo del agua según usos y costumbres. Aunque también estos usos tienen que ver con su actualización y emergencia en el presente, vale decir en un contexto sociopolítico contemporáneo. Lo mismo podemos decir de la ocupación territorial, cuya forma tiene que ver con una cartografía más bien moderna, después de la Reforma Agraria de 1953; sin embargo, debido al hecho de estar atravesada por relaciones de parentesco, adquiere un carácter más o menos antiguo, correspondiente a la memoria territorial andina. La incorporación al movimiento, de un estrato social demográficamente significativo, como es el de los jóvenes insumisos, que son los nuevos marginados en las ciudades, le da un aspecto renovador al movimiento. Estos jóvenes que no tienen trabajo o que no les contratan a tiempo fijo, que son estigmatizados y vilipendiados, que son, en definitiva, mal vistos, le dan un impulso juvenil al movimiento. Estos jóvenes se convierten en la fuerza de choque en la Guerra del Agua; son los guerreros del agua. Los jóvenes juegan un papel importante en la estrategia y táctica del movimiento en las jornadas de abril, no sólo enfrentan al ejército regular, sino

que hacen retroceder a los militares, los terminan arrinconando hacia sus cuarteles. Es difícil imaginarse la victoria de abril sin la participación de los guerreros del agua. En la Guerra del Agua se logra articular distintos intereses de los estratos sociales involucrados en el movimiento. ¿Acaso se perfila una forma alternativa al estado? Es posible que la Coordinadora sea eso, una criatura alternativa de las masas al gobierno y al estado burgués. Se trata de una forma organizadora aglutinante, de carácter autogestionario. Mediante este acto constitutivo comienza a reaparecer la posibilidad de que la multitud pueda decidir sobre su propio destino sin necesidad de mediaciones, sin recurrir a la representación de la clase política y de los partidos políticos. Cuando se desatan los movimientos sociales, cuando son las mismas fuerzas vivas las que actúan, como que los partidos políticos desaparecen del escenario político. Son los dirigentes sindicales los que aparecen de forma más visibles. Es el propio poder local, el propio poder de las organizaciones, la que emerge desde adentro, desde la intimidad de las profundidades de las subjetividades sociales. Este eclipsamiento de escena también se proyecta a los municipios. El gobierno local de los municipios, el supuesto poder local de los municipios, es anulado por la fuerza de la multitud, por el poder constituyente de la multitud. Se devela el papel cumplido por los municipios, que supuestamente son expresión idónea de participación popular, empero los Concejos Municipales son más bien parlamentos locales de los partidos políticos. Los que terminan ocupando los cargos, salvo honrosas excepciones, son los vecinos de las capitales de provincia. Las comunidades se encuentran relegadas. Lo que muestra el estallido del movimiento social es que el verdadero poder está en las organizaciones populares, en las organizaciones de base. La vitalidad y la virtualidad de la sociedad desencadenan su potencia, se enfrenta a un estado decadente, a un estado inacabado, que en parte es el resultado de una larga historia de facturaciones y fragmentaciones, aunque también es el . resultado de momentos heroicos de disponibilidad de fuerzas, de unificaciones emergentes por el lado de las multitudes. Se llega en estas condiciones a las jornadas de septiembre de

2000, con fuerzas acumuladas, envalentonadas por su victoria de abril, marchando con confianza a los bloqueos de caminos. Empero las organizaciones de base y las matrices sindicales, aunque colindan, se apoyan, no están ciertamente unidas del todo, aunque coinciden sus movilizaciones. Las organizaciones del movimiento se fortalecen unas a otras, la fuerza de unas aumenta la fuerza de las otras. La fuerza de los cocaleros se fortalece con la fuerza de los campesinos del altiplano, la fuerza de los campesinos del altiplano se fortalece con la fuerza de los campesinos de Yungas; lo mismo ocurre con las otras fuerzas intervinientes, como con la relativa a los colonizadores. Todos participan, aunque no todos lleguen a un acuerdo común, un acuerdo de unidad; sin embargo, todos se fortalecen al mismo tiempo. Quizás en las jornadas de septiembre de 2000 se viva uno de los momentos más intensos en lo que respecta a la interpelación del estado boliviano. En septiembre se vislumbra la posibilidad de cambiar el curso de la historia; esto quiere decir que la multitud retome en sus manos la conducción de su propio destino. Este horizonte de posibilidad no solamente se observa en la expansión del movimiento, expansión que se configura en una amplia geografía de bloqueos y verdaderos cercos a las tres principales ciudades del eje troncal, sino también el campo de posibilidades abierto se nota en la fuerza subjetiva de las movilizaciones, en la acumulación de las voluntades, en la voluntad de poder avizorada en la colectividad movilizada, en la deconstrucción de las significaciones sociales hasta entonces hegemónicas y en resignificación de la totalidad de los hechos que hacen al mundo. Sin embargo, lo que falta en septiembre en la extensa geografía de las movilizaciones es el inherente desarrollo de la unificación del movimiento. Unificación que a través de alianzas se hizo presente localmente en Cochabamba. Esta vez, en septiembre, se movilizó el campo no así las ciudades. Es difícil esperar una victoria sobre el estado sin la participación de las ciudades, en el contexto de los procesos urbanos desatados en formaciones sociales atravesadas por las relaciones capitalistas. .En las ciudades habita un contingente urbano conformado por migrantes y residentes, clases proletarizadas y clases medias empobrecidas, como se puede entrever potencialmente aliadas en la lucha contra la globalización

privatizadora, las políticas neoliberales y el capitalismo salvaje. No tener en cuenta esto es sobrevalorar las fuerzas rurales y destinarlas o a la derrota o al agotamiento lento y diferido. A pesar de la fuerza de la multitud y la irrupción de la masa en el escenario de las luchas sociales trastrocadas en luchas políticas, el movimiento social no logra romper las reglas del juego impuestas por la clase dominante. Reglas del juego que favorecen la reproducción social de la dominación y de la estructura social, reglas que permiten el juego de manipulaciones en los intersticios y en los márgenes de las prácticas políticas aceptadas. Reglas del juego democrático que no descartan el recurso a la represión. En septiembre faltó una alianza de fuerzas sociales de mayor envergadura, alianza que articule a las clases subalternas de la ciudad con la estratificación social insurgente en el campo, coalición de fuerzas en lucha que podían repetir una victoria política contra el gobierno y sus políticas privatizadoras. Septiembre fue intenso en lo que respecta al movimiento molecular de las clases y fue también extenso en lo que respecta a la geografía social de la rebelión, dejó de ser local, como aconteció en abril, pero no se tradujo esta irrupción en victoria política. Es magnífica la manifestación social de la rebelión. Los deseos, las pasiones, los sentimientos, los imaginarios de las masas se desbordan y empujan a la multitud a la acción. La masa que muta su condición pasiva a su condición activa, su situación dispersa al estado de concentración. Ocupa multitudinariamente el territorio, al hacerlo se da lugar a una desterritorialización, rompiendo los espacios estriados de la geografía política, dando lugar a los espacios lisos de los recorridos de la insumisión. Esta forma de expresión que muta la masa en masa de acoso y de guerra, también en masa de comunión8, es la manifestación política de humanidades. Esto implica entender la política en su forma más amplia, como conflicto y lucha por la igualdad, por tomar parte en el todo 9; esto es entender la democracia en su sentido pleno.

8. Elias Canetti, Masa y poder. Alianza Editorial, Madrid, 2000. 9. JacquesRanciére,La/w/üicacoinocon^(cío,NuevaVisión,BuenosAires, 1991.

EL PODER CONSTITUYENTE Y LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

Antonio Negri escribe un erudito ensayo sobre las alternativas de la modernidad, cuyo título expresa el eje de trabajo del estudio, El poder constituyente, esto es la fuerza desbordante de la multitud. El ensayo desarrolla una genealogía del poder constituyente, hace un seguimiento de la historia efectiva de las luchas en torno a la constitución, devela la profunda contradicción entre el poder constituyente y el poder constituido, donde este poder cristalizado, que ha sido creado por la fuerza y la energía multitudinaria de las acciones sociales movilizadas, pretende detener la vida política, buscando el equilibrio permanente en el engranaje de sus aparatos y dispositivos, pretendiendo ser siempre el punto de partida, sin embargo, se ve constantemente desbordado por la fuerza constituyente de la multitud. Negri, en una de sus minuciosas páginas sitúa el contexto de la discusión entre las posiciones trascendentes y las posiciones inmanentes, entre quienes escogen la abstracción constitucional como referente absoluto y quienes encuentran la solución de la igualdad y la libertad en el terreno de la lucha de clases. El término poder constituyente quizás fue inventado por los revolucionarios americanos de la independencia. Estos requerían convertir la lucha contra el colonialismo en separación permanente, es decir, en fundación. Sobre esta base conformar un principio autorregulador de la sociedad, un principio propio capaz de constituir la república. Cuando se pasa de la acción a la consolidación de la acción, cuando se pasa de la democracia en sentido pleno, que se configura en la participación abierta de las asambleas, a la república que radica su composición en el funcionamiento del campo político, estructurado por los dispositivos y organismos creados para el efecto del gobierno de todos, el sentido del poder constituyente cambia, termina supeditado al poder constituido, convertido en medio para garantizar el funcionamiento de la máquina política. El poder constituyente vuelve repetitivamente a su cause originario cuando los conflictos sociales, las contradicciones inherentes a la sociedad estallan y el movimiento social desborda los marcos constituidos. En relación a este trastrocamiento del

sentido, esta traslación del significado colectivo del poder constituyente, Negri anota lo siguiente: El pueblo, como masa de individuos, como multitud en el nuevo espacio, que el poder constituyente democrático y revolucionario había definido, o mejor, inventado científicamente como nombre propio de una realidad nueva, desaparece por tanto aquí, reinventado como sociedad política, como elemento de una segunda naturaleza prefigurada y producida por el gobierno republicano10.

¿Dónde está la supremacía, en lo político o en lo social? Este tema introducido por Hannah Arendt, que arranca de apreciaciones desarrolladas por Marx en sus escritos históricopoliticos, con particular interés filosófico en la Ideología alemana, pero paradójicamente invertidas por Arendt, tienen una crucial significación cuando debemos valorar la democracia, la eficacia de la democracia. Esto quiere decir el valor social de la democracia. Cuando se hace hincapié en la supremacía de lo político sobre lo social se supedita la fuerza creativa de las masas a la maquinaria instituida por una práctica política separada de la acción social. La política constituida es la de los poderes concurrentes que persiguen el equilibrio estatal en la propia competencia. El homo políticas es una invención de este escenario político, el reconocimiento se reduce al individuo jurídico, la autoconciencia es la de la armadura constitucional; el ser humano efectivo, práctico, relativo a las colectividades concretas, ha desaparecido de estos engranajes constitucionales. Para Marx en cambio el ser social determina la conciencia social, de aquí podemos deducir que el ser social determina al homo políticas. Quiero decir que aquí el tema de la igualdad no se toma simplemente como sujeto crítico sino que puede serlo si la igualdad se desarrolla fuera de la ideología, fuera del enigma que la construye, como esencia antagónica entre las polaridades del trabajo y del derecho. Marx sitúa la solución del enigma rousseauniano en el terreno de la práctica revolucionaria, así como Sieyes lo había puesto en el terreno de la práctica constitucional11. 10. Antonio Negri, Poder constituyente, Libertarías, Prodhufii, Madrid, 1994: pág. 207. 11. Ibíd.: pág. 276.

La consigna de la asamblea constituyente, lanzada en el cabildo de Cochabamba durante las jornadas de abril, implica de lleno el substrato que lo hace posible, el poder constituyente, esto es la fuerza virtual de la multitud. Desde la perspectiva de las masas significa volver a empezar, reconstituir la nación sobre bases nuevas, que a su vez pueden ser las más antiguas, empero ignoradas por la colonia y la república. Nos referimos a bases históricoculturales, que retoman la herencia de las sociedades arcaicas y antiguas, de las sociedades precolombinas. Aunque también se trata de bases nuevas, que comprenden los requerimientos de las fuerzas del trabajo vivo, del trabajo productivo. Esto supone una arquitectura abierta para la conformación de esta asamblea constituyente revolucionaria; esta arquitectura se diseña a partir de los cuerpos, dispositivos y agenciamientos de las fuerzas vivas de la sociedad. Con esto las prácticas que hacen al sentido de la política cambian completamente; la política ya no pertenece a los representantes sino a la multitud, ya no es delegada sino es acción directa, asamblea comunal. Hay algo que tenemos que discernir aquí, algo que tiene que ver con la relación entre movimiento social, poder constituyente y asamblea constituyente. La historia efectiva es un perpetuo movimiento, un constante devenir, fluye imparablemente. Este flujo tiene que ver con el inmanente deseo de la multitud; deseo como potencia y energía de las masas. Curso de la vida, recorrido libertario. Cuando este curso produce sedimentaciones, éstas se estancan, aquietan, forman parte del paisaje, son lo constituido por la historia efectiva. El poder constituido se opone al flujo constante de la vida social. Empero, este poder constituido es resistido, es nuevamente desbordado, cuando sube la marea. Esta resistencia y desborde es el poder constituyente. En lo que respecta a la posición de Marx sobre el poder constituyente, Antonio Negri dice: Marx se pone de hecho inmediatamente en el punto de vista del poder constituyente, de una universalidad temporal que se convierte en poder; su concepto de poder constituyente está fijado en esa zona intermedia, entre sociedad y Estado, entre movimiento e institución, que no puede ser superada, puesto que si esta superación sucediese, ésta se daría en forma

de ilusión y del enfrentamiento "general" del movimiento real12.

Durante los bloqueos de caminos y los cercos a las tres ciudades del eje troncal, el ejército se encontraba arrinconado, acuartelado e inutilizado cuando salía y retornaba de sus tareas de desbloqueo. El gobierno se encontraba en la suspensión misma de la abstracción de la política liberal; en estas condiciones los partidos políticos se hallaban anulados, no atinaban a decir nada. El pavor llega a la clase dominante, asistimos a la evolución de una especie de fobia racista, que se expresa en el temor al indio por parte de los estratos dominantes, un temor del que se contagian también las llamadas clases medias. ¿Acaso expansivo a los habitantes de las ciudades sitiadas? La separación moderna de la ciudad y el campo parece distanciar mundos, memorias, aunque no del todo costumbres. Pero el habitante de la ciudad se siente ciudadano acosado, en tanto que el sujeto bloqueador se siente fuerza constituyente, liberador de sus comunidades. Pero, ¿por qué no también liberador de las ciudades? Esta separación, que a pesar de todo, es franqueable, coadyuva a que el gobierno retenga un espacio de maniobra, las urbes. Estos espacios le permiten ganar tiempo, buscar treguas, plantear el diálogo, al que f in alme nte acceden los dirigentes campesinos. En el movimiento molecular de las clases el rol que juegan los dirigentes en el desarrollo del proceso es, de algún modo, determinante, pues son a la vez instrumentos de las masas y orientaciones carismáticas de sus deseos y pasiones. El poder constituyente es carismático. Debido a esta relación entre dirigentes y base se desprenden consecuencias políticas para el movimiento social. Por ejemplo en abril y septiembre de 2000 los dirigentes son capaces de cohesionar las voluntades singulares de la multitud. Se puede decir que un dirigente es capaz de interpretar a su gente, tiene una relación afectiva con ella, sabe lo que piensa, el dirigente mismo piensa lo que piensa la gente. Esto sucede en el proceso formativo de un pensamiento colectivo, proceso que se constituye a través de las asambleas, instancias deliberativas que conducen las 12. Ibíd.: pág. 277.

motivaciones emocionales de la masa. En cambio después de septiembre, después de la cúspide del movimiento, comienza una especie de reflujo de la rebelión. En esta situación, que podemos caracterizar como de cierta expectativa, cierto relajamiento y relativo debilitamiento del movimiento, los dirigentes quedan un poco solos. Se da lugar un paulatino distanciamiento con las bases. Los dirigentes terminan jugando un protagonismo más individual. De este modo las bases ya no controlan como antes a sus dirigentes. El movimiento social se encuentra dividido el 2001. Por un lado tenemos a una Comunal que hace acuerdos, que trata de establecer una unión, aunque un tanto forzada. Hay mucha voluntad en todo esto, sin embargo no tiene la fuerza necesaria. En estas condiciones se inician las dos marchas, de la COB, por un lado, y la de las federaciones cocaleras y de la Comunal, por otro. Ambas marchas simultáneas se enfrentan a una represión sistemática, que intenta detener o por lo menos fraccionar constantemente las marchas a lo largo de sus recorridos, buscando mermarlas en todo momento. Ante semejante represión las marchas optan por separarse en variadas columnas, que se dirigen por caminos colaterales, sendas y hasta por terrenos escarpados. Las marchas avanzan y retroceden, muchos marchistas son capturados y retornados a Cochabamba, pero nuevamente vuelven a aparecer en puntos concertados de la carretera principal. La figura de las marchas entonces es sinuosa, avanzan, retroceden, vuelven a avanzar. Es una lucha de voluntades. Es indudable la fortaleza de los y las marchistas, quienes enfrentan además de la represión, el frío y la intemperie. Sobresalen en las marchas el diputado uninominal cocalero Evo Morales y el dirigente de la Coordinadora del Agua Osear Olivera, además de algunos dirigentes de la COB, quienes enfrentan denodadamente al gobierno con los rudimentos de un sindicalismo debilitado. Parece que el plan de las dos marchas, particularmente la marcha de la Comunal y los cocaleros, era que en el recorrido a La Paz, en la medida que la marcha vaya avanzando, se vayan plegando nuevos grupos de las comunidades. Se esperaba que los sectores campesinos y otros de las ciudades se vayan acoplando a las marchas en el recorrido.. Amplificar social y políticamente lo que había ocurrido en septiembre. La idea era llegar con una gran marcha

multitudinaria a la sede de gobierno y tomarla simbólicamente con la ocupación de estos guerreros nómadas. Sólo llegaron unos cuantos, afectados por el cansancio y el esfuerzo, heridos, desmoralizados, haciéndose en ellos evidente el aislamiento. Se suma a este aislamiento de los marchistas la grave división en el seno de la CSUTCB. En el congreso campesino se hace explícita esta división. Para el colmo el congreso no emite resoluciones de apoyo a los marchistas, prácticamente los abandona, los deja solos. Esta falta de solidaridad va a tener repercusiones negativas en los posteriores intentos de retomar el decurso de la movilización. Cuando hablamos de repercusiones nos referimos principalmente a lo que pasó en julio de 2001. Ya la principal organización campesina, que vivía sus primeros pasos después de su último Congreso, se halla escindida. La CSUTCB se encuentra para entonces dividida por lo menos en tres sectores, el que responde al liderazgo de Felipe Quispe Huanca, el que se distancia con Alejo Veliz y el que se separa con Humberto Choque. En julio sólo un sector de la CSUTCB, quizás el más representativo, el aglutinado en torno a Felipe Quispe Huanca, se encuentra comprometido con un bloqueo de caminos. El mismo que se circunscribe sólo a la carretera al lago Titicaca, carretera que une a la ciudad de La Paz y la población de Copacabana. En el bloqueo de caminos de julio no suceden los hechos como en septiembre de 2000, cuando las comunidades se organizan en asambleas y comprometen a toda la población en los múltiples sitios de la carretera principal y las circundantes. No sale a bloquear la comunidad, sino una parte delegada de los sindicatos. Entonces es la gente más consciente, más formada y más organizada la que termina bloqueando y asediando en los caminos. No participa toda la comunidad. Esto no pasa del todo desap'ercibido a los medios de comunicación, quienes toman nota de estas circunstancias. Los medios de comunicación no solamente crean imágenes de políticos sino también construyen las imágenes mediáticas de los dirigentes. Es peligroso confundir la imagen mediática con la efectiva relación de los dirigentes y sus bases; un dirigente puede terminar creyendo en esta imagen del espejo mediática y olvidar su relación afectiva y militante con su base. Esto también es un poco lo que ha ocurrido en julio con los dirigentes, terminan atrapados en el espejo mediático.

Cuando las bases comenzaron a asumir una actitud más bien crítica sobre los pleitos de dirigentes y empezaron a tomar cierta distancia, los dirigentes se arriesgan a actuar solos. . Como hemos dicho, en julio el bloqueo de caminos se circunscribe a la carretera que conduce al lago y quizás el epicentro de los bloqueos se sitúa en Q'alachaca, donde se asienta el cuartel general aymara. Como puede verse las jornadas de julio, aunque debilitadas y aisladas, circunscritas a un recorrido carretero, terminan mostrando la fuerza de un sector radicalizado, que tiene capacidad de conformar un cuartel en una pampa estratégica. Las bases y las comunidades se alejan, las otras provincias no circundantes a la carretera al lago prácticamente no participan, a no ser de manera muy esporádica, como el caso del bloqueo momentáneo y no repetido de Ayo Ayo. Se hacen evidentes los problemas al interior de las comunidades, se hacen notorias las divisiones, fisuras intercomunales que pudieron llegar hasta el enfrentamiento. En todo caso se puede apreciar que las bases entraron en una especie de reflexión íntima. Se da lugar una evaluación silenciosa de los acontecimientos al interior de la propia subjetividad. ¿Es una tarea pendiente la construcción de la unidad de los movimientos sociales contemporáneos? Hablamos ciertamente no tanto de un acuerdo entre dirigentes sino primordialmente de la articulación de los acuerdos y las alianzas espontáneas entre las bases. Nos referimos a una unidad molecular de las organizaciones comunitarias y los sindicatos, de las agrupaciones territoriales y las corporaciones de oficios. Hablamos de una unidad' dinámica, divergente y de profunda sinergia, construida por las vivencias y el entusiasmo de la multitud. Esta es quizás la tarea más importante de los movimientos emergentes. Así como hablamos de movimientos sociales, remarcando el carácter plural del acontecimiento social, del mismo modo debemos hablar de conflictos sociales. Podemos decir que los movimientos sociales, por más contemporáneos que sean, se mueven en los decursos de las múltiples temporalidades simultáneas. Por más paradójico que parezca un momento está constituido por múltiples temporalidades inmediatas. Por otra parte, podemos decir que los conflictos sociales de una

coyuntura están repartidos en la diversidad distribuida de la proliferación de los distintos localismos. Por ejemplo, el conflicto social, económico y político en los Yungas nos muestra el carácter específico de un tipo de localismo, relativo a la región subtropical andina. Nos referimos a una territorialidad en constante declinación que encierra el estallido de altas intensidades del conflicto articulado por la problemática de la producción de la hoja de coca. Hay distintos componentes de este perfil atiborrado de contradicciones. Uno de ellos tiene que ver con la valoración cultural del consumo de la hoja de coca, que no sólo tiene que ver con el acullicu, sino con un conjunto de ritos y costumbres en torno a los usos tradicionales de la hoja de coca. Otro componente tiene que ver con la memoria de los recorridos de la coca y de las luchas sociales diseñadas por estos recorridos, que involucran en sus múltiples historias, la historia de las comunidades, la historia de las haciendas, la historia de los circuitos de la coca, la historia de las economías constituidas en torno a la coca, la historia de los sindicatos en la región de los Yungas. Historias por cierto ricas en narratividades colectivas. ¿Acaso se puede hablar de la historia efectiva de la coca? Uno de los recorridos de la coca tiene que ver con la historia colonial. Esta historia colonial en uno de sus períodos de mayor pujanza articula los recorridos de la coca al circuito de la plata del entorno potosino. Ahora no hay un entorno potosino, pero la producción de la coca sigue jugando un papel importante en los circuitos económicos del mercado. Incluso articula determinantemente la economía campesina, permitiendo la producción diversificada de los productos13. El conflicto de la coca forma parte de la guerra de baja intensidad. El enfrentamiento de mayor significación con los norteamericanos se circunscribe en torno a la coca. Yungas y el Chapare, zonas de guerra. Se ha buscado sustituir la coca mediante las políticas relativas al desarrollo alternativo; sin embargo, el fracaso de esta política y de la estrategia de sustitución de la coca por desarrollo alternativo ha sido un rotundo fracaso. Las federaciones campesinas de Yungas

13. Ver: Raúl Prada Alcoreza, Fragmentos territoriales, Mitos, La Paz, 1990.

lograron expulsar a Agroyungas, que era la institución administradora y operadora de las políticas de desarrollo alternativo para la región yungueña. Después las federaciones sindicales terminaron enfrentándose a la ocupación militar. Cuando ocurre esto es toda una sociedad provincial la que reacciona. Vale decir, los sindicatos, las comunidades, las federaciones, las asociaciones, todas las formas organizativas de la población. El gobierno tiene que retroceder. Sin embargo, estos retrocesos traen consecuencias contradictorias. Al retroceder el ejército genera como una desmovilización, una baja de tensión general en la población movilizada. Esto es significativo pues en los Yungas se daba lugar la articulación entre las movilizaciones desatadas en torno a la guerra de los cocaleros del Chapare con las movilizaciones desatadas en el altiplano. Coca y nación aymara son articuladas por la rebelión yungueña. De esta manera en los Yungas se articulan otra vez las partes del movimiento social, como había en septiembre. LA CAPITALIZACIÓN DE LA MISERIA Los prestatarios protestaron, reclamaron y denunciaron durante cien días de movilización. El gobierno y la sociedad civil no los escucharon. Incluso a mucha gente le pareció cómico cuando se desnudaron ante los ojos de todos, incluso de las cámaras de televisión. Este gesto, el desnudarse, repite el gesto obligado de la vida cotidiana, que es más bien un gesto de dolor, ligeramente contorsionado, respondiendo en el dramatismo corporal y en el vestuario de la pobreza a las exigencias del hambre. El caso de los prestatarios muestra con clara evidencia las consecuencias sociales de las políticas neoliberales. De este modo queda también claro el fracaso del micro crédito, que despertó expectativas falsas en los pobres. Sólo intelectuales como Hernando de Soto pueden postular en un escenario de tanto contraste social el otro sendero y el misterio del capital, basándose en las supuestas facultades bienhechoras del micro crédito. En realidad, la ampliación del micro crédito a los pobres no hace otra cosa que ampliar la expansión del capital, tanto en lo que respecta a sus horizontes externos como a sus horizontes internos. Convierte en capitalizable la propia materialidad de la pobreza.

Es tremendamente sintomática la lucha desesperada de los prestatarios. Ellos, literalmente, ya no tienen nada que perder. Esta situación lleva a una disposición total, a la disposición a morir. Esta disposición se hizo patente con la toma de la Superintendencia por parte de los prestatarios. Llevaron dinamita y gasolina y estaban dispuestos a usarla para quemar el edificio si era necesario si la policía se atrevía a intervenir. Otra cosa, que es digna de remarcar, es su capacidad de organización. También se pone en evidencia las manipulaciones de la banca para valorizar su dinero recurriendo a cualquier medio, obligando a los pobres a pagar más de lo que se prestaron. La banca no invierte ya en grandes proyectos; no invierte, por ejemplo, en producción, sin embargo, encuentra la posibilidad de capitalizar la pobreza, de hacer dinero con los recursos de la gente más pobre, con sus wacaychas. Ahora, la materialidad de la pobreza sirve de garantía. La fuerza de la movilización de los prestatarios fueron las mujeres, por que eran principalmente mujeres las que se prestaron y las que habían pagado como tres veces el capital y seguían pagando intereses sobre intereses. La compulsión del capital ha llegado al extremo de valorizar a partir de la propia materialidad de la pobreza. La banca hace negocios con los pobres, usa el cuerpo de los pobres, la pobreza de los pobres para hacer capital. Las mujeres que no podían salir del circuito de la deuda como nosotros no podemos salir de la deuda externa terminan desesperadas y enfrentándose militarmente. Las mujeres adoptaron una actitud militar, han tomado y han usado la dinamita como lenguaje. El único lenguaje que entienden los poderosos, la violencia de las masas, la violencia organizada de las masas, como respuesta a la violencia organizada del estado. EL OCASO LIBERAL

Al transferir la voluntad popular al Congreso y al otorgarle al parlamento la atribución de elegir al presidente, la decisión social ha sido sometida a mediaciones legislativas que terminan desvirtuando el sentido del voto otorgado. Se obtiene

por ejemplo un ganador de las elecciones, cuando no lo hubo, pues no puede haber ganadores cuando no se ha llegado a la meta, cuando se trata de elegir entre las dos minorías electorales • más votadas. El ganador es una construcción parlamentaria, el presidente es una invención congresal. Si los representantes son ya una representación de la muchedumbre electoral, el presidente resulta ser representación de los representantes, una representación al cuadrado. Si la representación como delegación de la voluntad popular es una trascendencia. Esto se podría en cierta forma entender como una abstracción. ¿Qué es entonces el presidente elegido por el Congreso? Una metafísica electoral. La decisión popular ha terminado diseminándose. Estas apropiaciones de lo constituido sobre lo constituyente deriva en un espectáculo trágico cómico cuando los honorables hacen enormes esfuerzos en hacernos creer que lo que hacen, elegir al presidente, en sustitución del pueblo, es un acto legítimo. La legalidad no es legitimidad. Lo establecido en la Constitución es legal, sin embargo la letra escrita nunca sustituye a la acción viva, a la voluntad conformada como afecto, pasión y deseos de la gente. Lo que se efectúa es una expropiación de las decisiones gestadas y distribuidas en el mapa electoral, una apropiación de las voluntades singulares, una sustitución de la correlación de fuerzas sociales por la componenda negociada. El gobierno que sea el resultado de esta composición partidaria es más una mezcla improvisada que la unidad estructurada de un programa. No puede haber conducción en estas condiciones. ¿A qué le llaman entonces gobernabilidad cuando no hay conducción? A la sumatoria de votos parlamentarios que terminan legalizando los actos del ejecutivo. Nada más elemental que eso. En un sentido todavía superficial la gobernabilidad connota conducción. En un sentido más profundo la gobernabilidad significa disciplinamiento de los cuerpos en los horizontes de la modernidad y la racionalidad capitalista. Ambos sentidos de la gobernabilidad no se cumplen en estas tramposas mediaciones congresales. Si esto pasa en lo que respecta a la gobernabilidad, en peores condiciones queda la democracia. La democracia, que no sólo es participación, efectivización de la voluntad popular,

sino flujo constante, circulación, del poder constituyente de la multitud, es conculcada, retirada de escena, con estos escamoteos legales. Si no hay democracia, ¿qué legitimidad le queda al gobierno? La legitimidad, es decir, la aceptación convencida, no sólo consensuada, de todos ha quedado anulada. No se ha hecho posible, tampoco se ha realizado. Se da el caso de un gobierno construido en los recintos congresales, que se asienta en una democracia inconclusa, no acabada de configurarse. Todos los actos de este gobierno tampoco son legítimos. En estas condiciones no cuesta mucho imaginar el desenlace de los enfrentamientos entre los sujetos sociales, portadores de voluntades, y un gobierno que resulta ser el artificio elaborado de la maniobra política. Hay una contradicción profunda en el desenlace electoral de 2002 en los dos tiempos de la trama coyuntural. En la primera parte, el pueblo votante acude a las urnas y su decisión de voto deja perplejas a las consabidas empresas de encuesta, también queda azorada la clase política, así como varios estratos acostumbrados al manejo de poder. La clase política, los medios de comunicación, las empresas encuestadoras, incluso el mismo electorado, quedan sorprendidos ante la nueva geografía electoral, y se hallan a sí mismo s como estrenados ante el nuevo escenario desbordante. El Movimiento al Socialismo (MAS) sobrepasa todas las expectativas preelectorales, sale segundo en la votación, dentro de un margen estrecho respecto del primero y del tercero. Gana indiscutiblemente en cuatro departamentos y estaba cerca de ganar en un quinto departamento. La Paz, Cochabamba, Oruro y Potosí son los departamentos tomados electoralmente por el MAS, en Chuquisaca es la segunda fuerza electoral. Todo el occidente boliviano se ha radicalizado en lo que respecta a su decisión electoral. Este hecho se hace más significativo cuando esta asombrosa expansión del MAS está profundamente vinculada a los sujetos sociales movilizados durante el período preelectoral, incluso hasta en los umbrales mismos de las elecciones. La fuerza de las movilizaciones vinculada a la fuerza electoral convierten al MAS y al Movimiento Indio Pachacuti (MIP) en un acontecimiento democrático desbordante. Las mayorías nacionales, vale decir, las clases sociales explotadas y subalternizadas, las identidades colectivas, las nacionalidades andinas y los pueblos indígenas

del oriente, inclinan su voto por las candidaturas de los carismáticos dirigentes sindicales y las propuestas políticas emancipadoras. Esta vinculación entre las mayorías nacionales y los movimientos políticos, expresiones de la multitud, compaginada en el presente por las reivindicaciones indianistas, sindicales y populares, convierten al MAS, aunque haya salido segundo, en la fuerza política portadora de la mayor expresión democrática. El sentimiento de igualdad, la lucha por la igualdad y el conflicto anticolonial, es decir, la contienda contra las discriminaciones y por las libertades múltiples, son las motivaciones profundas de la actitud democrática de las masas. Esto no puede decirse de ninguna manera de la primera minoría más votada en las elecciones, del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), pues en este caso, el resultado estadístico de la votación nos muestra más bien una declinación de los votos usuales durante las contiendas electorales del ciclo neoliberal. Estos resultados son una indicación del desmoronamiento de los partidos prebéndales. La crisis se expresa también en las cantidades mermadas de la votación liberal. Estas cantidades se convierten en lo que podríamos llamar los índices de la decadencia de los partidos neoliberales. Su derrota política. Aquí se encuentra la paradoja, por más que el MNR haya ganado estrechamente las elecciones, ha sido derrotado políticamente. Hablamos de la derrota moral y política de las expresiones del neoliberalismo. El agotamiento del ciclo neoliberal se expresa ahora cuantitativamente. La relación entre mayoría cualitativa, relativa a la intensidad y densidad de las movilizaciones sociales, y segunda fuerza electoral más votada, convierten al MAS en la primera fuerza política, entendiendo por fuerza política la potencia, posibilidad y virtualidad de las masas. Las creencias sociales se inclinan por las transformaciones estructurales, radicales, del poder constituido. Esta es la razón por la que se apuesta a una asamblea constituyente revolucionaria. En cambio la merma electoral de los partidos neoliberales habla más de la falta de crédito, del derrumbamiento de los prejuicios liberales. La votación por el MNR más parece ser un acto desesperado por mantener la continuidad imposible del modelo. Esta desesperación de la casta gobernante, de las clases dominantes y de los sectores medios altos, derivó en

pánico atribulado en los diputados neoliberales, quienes perdieron el decoro de la honorabilidad por ungir en presidente al personaje más resistido de los últimos tiempos. Los políticos se aferran desesperadamente a la continuidad, es ya tarde, cuando la temporalidad de las masas ha irrumpido en el tejido social. Otro tiempo comienza, esto es el pachacuti. Las bases sociales, económicas y políticas, del anterior régimen se han desplomado. También se ha desplomado el consenso que lo mantenía como argamasa que retiene pegades los fragmentos. No hay sentimientos positivos ante el régimen que asiste a los últimos celajes de su crepúsculo. Antonio Negri dice a propósito de esta temporalidad de las masas y su estrecha vinculación con el poder constituyente de la multitud lo siguiente: El poder constituyente destaca su absolutividad de principio desarbolándose temporalmente, expresando una fuerza que se desgrana en la temporalidad. Pero esta temporalidad es ya espacial: en el asalto al poder constituido está comprendida la revuelta en la producción, contra los límites espaciales de la esclavitud del trabajo. Las masas sólo pueden expresar esta unidad de proyecto14.

Y en lo que respecta a la temporalidad de las masas y la experiencia plena de la democracia dice: Se trata de una implacable temporalidad que si no tiene nada de f i n a l i s t a , sin embargo avanza en una aprensi bl e concatenación de la resistencia y la ofensiva, de lo político y lo social, hacia el objetivo de una cada vez profunda democratización. Un tiempo y espacio que se manifiestan como el abismo de la democracia. Pero el abismo de la democracia es la definición misma del poder constituyente15.

La multitud considera la democracia como una existencia condescendiente, tanto política como social, el poder constituyente como una actuación imperiosa históricopolitica. El salto de aptitud, de lo político a social y de lo social a lo político, corresponde a una profundización de las masas, ineludiblemente, desplegándose en el tiempo, transportan al poder constituyente a través de una práctica radical. 14. Antonio Negri, Ob. cit.: pág. 242. 15. Ibíd.: pág. 243.

LOS EFLUVIOS DEL DISCURSO OTOÑAL

El 6 de agosto de 2002 alrededor de las tres de la tarde se produce la transmisión de mando en la sede de gobierno de la República de Bolivia. En el hemiciclo parlamentario se dan lugar tres discursos, el del presidente saliente, el del vicepresidente y el del presidente entrante. Los tres pueden ser caracterizados como discursos otoñales en el borde del cierre del ciclo neoliberal. El primero puede ser caracterizado de optimista, en tanto que el último de apocalíptico. En cambio el del medio, consciente de la magnitud de la crisis, no en los términos que lo entienden tanto el presidente entrante como el presidente saliente, que resumen casi todo a las perspectivas económicas de la crisis, sino entendiendo la crisis un poco más profundamente, como ruptura. El vicepresidente entrante hace entrever en su discurso que estamos ante una crisis política, ante el anunciado cierre de un ciclo y la apertura de otro, que los síntomas de la emergencia de masas, la presencia de dirigentes indígenas y sindicales, ante la expresión emergente de las identidades colectivas politizadas, que marcan radicalmente su diferencia, no se puede cerrar los ojos. Sin embargo, busca una salida a estas contradicciones, que no son sólo de visiones de mundo opuestas, sino que van más allá; se trata de perspectivas encontradas socioculturales. La superación de estas contradicciones tiene un cierto tono hegeliano, pues se dice que hay que pensar las contradicciones políticas como tesis y antítesis para buscar la síntesis. Esta síntesis hegeliana no pude ser sino estatalista. Esta teleología estatal de Carlos Mesa no es otra cosa que el retorno al orden, a la unidad política. Esta superación de las contradicciones sociopolíticas, como se sabe, termina supeditando las luchas sociales al aparato burocrático, subsumiendo la expresión viva de las contradicciones a la razón de las formalidades y a la forma de las racionalidades paranoides del poder. En otras palabras termina en represión. La violencia imaginaria, simbólica y real del estado. Hay otra forma de trabajar las contradicciones inherentes al cuerpo social, esta es la genealógica. Para la genealogía las contradicciones no se resuelven en una síntesis, en la superación que contiene las contradicciones de modo unificado y teleológico, sino que las contradicciones mantienen su marcada diferencia. En el espacio de tensiones que definen

esas contradicciones se teje la trama del escenario donde se despliegan las pugnas sociales, políticas, económicas y culturales. El drama social se convierte en una tragedia, de acuerdo a la acepción nietzscheana; una unidad imposible que sólo en el mito cobra una expresión tensa. Lo que ocurre es que cada contradicción es afectada por las otras, de tal modo que es metamorfoseada y contextuada en la proliferación de singularidades del acontecimiento. El mapa de contradicciones del acontecimiento cuando lleva sus choques a un nivel de máximo tensionamiento termina desdibujándome, dando lugar a rupturas y discontinuidades. La apreciación de las discontinuidades nos lleva a comprender que cuando las contradicciones llegan a un máximo de tensionamiento insostenible, terminan desdibujando el mapa de poder y resistencias, de tal modo que la cartografía del poder vigente hasta entonces se desploma, dando lugar a la conformación de un nuevo escenario político y social, sostenido en otra matriz de relaciones, erigiéndose en un nuevo substrato de fuerzas. Las contradicciones inherentes a la formación social boliviana, abigarrada y barroca, en el presente, se configuran a partir de algunos ejes primordiales del ejercicio de las contradicciones. Uno de ellos es el eje de la descolonización, tensionado por los movimientos indianistas; otro eje orientador del perfil del presente son las contradicciones al campos social, la lucha de clases; otro se encuentra dibujado por la contradicción entre soberanía nacional y transnacionales, sobre todo en lo que respecta a la propiedad de los recursos naturales; y otro eje digno de mencionarse es el eje anticapitalista, que quizás es el que atraviesa de modo revelador todas las anteriores contradicciones. No hay pues posibilidad de una superación estatal de las contradicciones, sino sólo su reducción a la estrecha heurística del poder. La ontología histórica del momento apunta a la emergencia desbordante del ser social, en pocas palabras a la absorción de lo político por lo social. EL SIGNIFICADO EFECTIVO DE LA DEMOCRACIA

Recurriendo a Jacques Ranciére podemos decir que el significado concreto de la democracia se define en el conflicto

específico por la igualdad16. La democracia se define en la lucha por la igualdad. De este modo la democracia puede ser entendida como un campo de fuerzas constantemente redefinido por las fuerzas concurrentes en su lucha por la igualación de los seres humanos. Esta lucha política es interpretada por Ranciére como lucha por tomar parte en el todo. Esta lucha se hace sugerente cuando sabemos que los que no tienen parte en el todo son el referente de la democracia, son denominados con esa generalidad aparentemente neutral: pueblo. Resulta que el pueblo no toma parte en el todo y paradójicamente expresa la voluntad popular que delega su poder a los representantes. Es la^excusa de la democracia representativa pero no forma parte del poder constituido a su nombre. Esta inexcusable contradicción inherente a la democracia representativa forma parte de la crisis permanente del sentido y del funcionamiento democrático. Y esta crisis no se resuelve formalmente, recurriendo a la formación enunciativa constitucional. Recurriendo a la letra constitucional como si fueran las tablas de Moisés. ¿Cómo podía haber sido posible la democracia sin ese poder expansivo de la multitud que desbordó las formas no democráticas del poder constituidas en el modelo del estado patrimonial? El modelo monárquico y el modelo aristocrático fueron abatidos por la fuerza constituyente de la multitud en armas. Se da lugar al modelo democrático. Empero el modelo democrático que fue constituido por el poder de la multitud termina formalizado, osificado y detenido en el tiempo institucional, mientras las masas viven su propio tiempo «n términos de una revolución permanente. Los anhelos y deseos de la multitud no se aquietan, requieren abatir lo que se detiene, lo que obstaculiza el camino de la liberación constante de los instintos profundos que anidan en el devenir de vida de la humanidad. El horizonte del humanismo renacentista es de una dinámica apertura, que reinventa nuevas visibilidades y descubre nuevas potencialidades del trabajo creativo, de la imaginación estética y de la ciencia crítica. El 16. Jacques Ranciére, El desacuerdo. Política y filosofía, Nueva Visión, Buenos Aires. 1996.

desborde se hace insostenible por parte de los dispositivos, agenciamientos y fuerzas conservadoras. Ante este avasallante excedencia del humanismo renacentista, las fuerzas conservadoras reaccionan y conforman un estratégico proyecto contrarrevolucionario y de contrarreforma, proyecto que comprende variados campos de la expresión social. La reacción se hace sentir en el terreno filosófico, religioso, político y económico. El estado patrimonial se hace absoluto. Se instaura una soberanía trascendente. Esta trascendencia se hace sentir en toda la maquinaria institucional que escapa al control de la multitud. Esta trascendencia se hace sentir en una reljgión que monopoliza la mediación de la asamblea con Dios. El desarrollo de la filosofía racionalista, de Descartes a Hegel, pasando por Kant, se ocupa de separar razón de sensación, se inventa un sujeto a priori, de sintetizar la contradicción inherente a la modernidad entre inmanencia y trascendencia. Y cuando el poder constituyente de la multitud hace su fiesta democrática de la igualdad, de la fraternidad y de la libertad, la propia inteligencia revolucionaria se encarga de constituir un poder democrático trascendente, que escapa a la irradiación de la multitud. Se restituye la soberanía a nombre de los ciudadanos. Esto quiere decir se restituyen los mecanismos de dominación en el nuevo escenario creado por la propi a revolución. Se busca detener la revolución permanente argumentando con el fin de la historia y la última guerra. La nobleza de la revolución es este distanciamiento entre estado-nación y multitud. Las formas de soberanía del pueblo, la nación y el estado ungen de legitimidad al nuevo diagrama de poder, la dominación disciplinaria del proyecto burgués. El desarrollo del capitalismo se despliega supeditando la fuerza viva del trabajo al capital al modo disciplinario: domesticando los cuerpos para la producción de capital. La democracia liberal es la forma representativa, ideológica, de la dominación del capital sobre el trabajo. La valoración histórica de la democracia se vuelve más problemática y más comprometida en el caso de las excolonias de las potencias occidentales. Lo que se impone en los continentes ultramarinos es el derecho de conquista. Este derecho de guerra establece una desigualdad infranqueable entre los conquistadores y los conquistados, entre los colonizadores y los colonizados, entre los blancos y los indios,

con la violencia del comercio de esclavos, entre los blancos y los negros. Sobre esta desigualdad se instaura la historia de la dominación colonial y republicana en las excolonias españolas, portuguesas, francesas, inglesas y holandesas. Aparentemente llega la democracia con las guerras de independencia y las guerras de liberación nacional. Sin embargo, el quiebre de la desigualdad no se resuelve; al contrario, se mantiene, se fortifica adquiriendo matices locales, quizás en un contexto de mayor complejidad debido al desarrollo de las mezclas y los mestizajes. En Bolivia, la culminación de la Guerra Federal, que instaura gobiernos liberales durante la primera mitad del siglo XX, construye una democracia señorial en beneficio de la oligarquía gamonal local. El discurso liberal legaliza la expropiación de tierras comunales, la expansión de las haciendas y la configuración más violenta de exclusión de los indios. La Revolución de 1952, cuyo nacimiento quizás se gesta en las trincheras de la conflagración del Chaco, trae consigo el desborde de las masas. Obreros, fabriles, mineros irrumpen en el escenario político, resguardado por los militares para los señoritos. La victoria del pueblo armado restituye una desconocida victoria electoral por el cruento sexenio. En estas condiciones la democracia resulta ser un hecho consumado por la acción armada de las masas. La igualación de los hombres por medio de la reforma agraria se da como resultado revolucionario y decisión consumada de los sindicatos obreros y campesinos. Lo sugerente es que esta igualdad se da en el entramado enunciativo del discurso del nacionalismo revolucionario. La ecuación nacionalista es más o menos la siguiente: la recuperación de las minas al estado en conjunción con la reforma agraria constituyen la ciudadanía de los bolivianos. En otras palabras, esto puede interpretarse como sigue: somos ciudadanos, vale decir, seres humanos libres, en la medida que recuperamos nuestros recursos naturales y repartimos la tierra a los campesinos, a los hombres que trabajan la tierra. Es bajo la consideración de esta composición que debemos decodificar la significación histórica del voto universal. Las contradicciones inherentes a la Revolución de 1952 terminan primero debilitándola, luego fraccionando y dispersando sus bases, para derivar en un tiempo de las cosas pequeñas, cuando los movimientistas entregan sin decoro el

manejo de la economía del país y el petróleo a los norteamericanos. Quienes hacen de un general un líder cívico para convertirlo después en presidente por medio de un golpe de estado. En el contexto de la guerra fría y bajo la rígida férula de las dictaduras militares, la democracia se convierte en una consigna de las masas, de las organizaciones populares que resisten a las dictaduras de turno. La democracia en la Bolivia reciente es una conquista social. La huelga heroica de las mujeres mineras, asociada a una movilización general de obreros, campesinos y universitarios, arrancan a los cuarteles la iniciativa política. Ahora otra vez son las masas las que ocupan las calles. La apertura electoral es uno de los resultados de un largo recorrido de resistencias. Otro fenómeno de crucial importancia es la presencia multitudinaria y organizada de los campesinos aymarás y quechuas en la contienda política. El katarismo retorna después de su guerra anticolonial del siglo XVIII. El frente popular expresa los sentimientos democráticos de las masas, aunque también la Central Obrera Boliviana busca orientar el decurso de los eventos políticos a una radicalización de la democracia. La Unidad Democrática y Popular (UDP) sale consecutivamente victoriosa en dos elecciones. El fraude electoral en la primera no oculta la derrota de un fantoche urdido por la derecha. El parlamento dividido, controlado por los partidos de derecha no puede eludir esta victoria popular en las urnas. Hernán Siles Suazo es elegido presidente en una coyuntura política plagada de contradicciones. Quizás el eje primordial de las contradicciones pueda resumirse del modo siguiente: la democracia era para el pueblo su conquista y por eso era tomada como el instrumento que debe garantizar sus libertades y la satisfacción de las demandas sociales, en tanto que para la derecha la democracia viene a ser lo constituido, las reglas del juego, el monopolio de la palabra y el manejo de las leyes. El boicot parlamentario sumado a la crisis económica desbocada por la hiperinflación delimitan anticipadamente los días de gobierno de la UDP. La predisposición política de la multitud por la democracia activa es llevada a un callejón sin salidas: deriva en la impotencia, en la imposibilidad momentánea de actuar frente a las maquinaciones políticas y ante la crisis económica, que desmoraliza y desmoviliza. Durante el período llamado neoliberal (1985-2002) el sentido de la democracia se supedita nuevamente a una

acepción conservadora, restringiendo e inhibiendo las potencialidades del contenido de toda democracia, que es el pueblo, el demos, que también significa división del todo en las partes. Quizás podamos extender este sentido a multiplicidad del todo del pueblo. La restricción de la acepción liberal es técnica, instrumental y normativa. La democracia viene a ser un orden constituido en el marco de políticas de ajuste que adecúan el país a una globalización privatizadora. La ecuación neoliberal se puede expresar del modo siguiente: menor politización de la población sumada a una mayor ejecución del pragmatismo económico posibilitan la viabilización de las reglas del juego del mercado, que es el marco de que se supone es el nuevo ciudadano, el individuo empresario. Pero este sentido restringido de una democracia supeditada a las reglas del mercado no pudo sostenerse por mucho tiempo. Las movilizaciones sociales de 2000 al 2002 se encargaron de develar su sentido artificial, no exento de ninguna manera de gruesas contradicciones. ¿Cómo puede darse efectivamente la democracia si se ha privatizado el espacio público en el que se mueve el pueblo? ¿Cómo puede haber democracia si ha desaparecido del discurso y de las representaciones liberales la figura de pueblo, convirtiéndose en la medida aritmética que suma la participación económica de los llamados pequeños empresarios? Como dice Jacques Ranciére, este orden responde no a la política sino el ejercicio policial de un plan regulador de las acciones sociales y las actividades individuales. MULTITUD Y CONTRAPODER

Vamos a hablar de las dominaciones y de las resistencias. En otras palabras del poder y del contrapoder. Aunque las resistencias pueden convertirse en poder, pues son la materia y el objeto del poder, el contrapoder no necesariamente es el poder sino su antípoda. El contrapoder se opone al poder, no para conservarlo, como en la dialéctica sino para destruirlo. Las resistencias pueden dejar de ser resistencias o, más bien, las fuerzas que resisten pueden dejar de resistir y entrar a la ataque, pueden también hacer de función de poder, pero el contrapoder no puede volverse poder. ¿Qué clase de oposición es esta que no puede resolverse dialécticamente? El contrapoder es otra manera de articular las fuerzas. No es

poder pues el destino de este recorrido de las fuerzas no es la dominación sino la liberación. Se trata de una liberación estética y ética de las fuerzas. Cuando Michel Foucault habla de la crítica histórico política, en contraposición de la epistemología jurídico política, se refiere a los saberes elaborados como teorías de las dominaciones. Recorre un conjunto de acontecimientos que colindan con la caída del imperio romano, atraviesan los períodos medievales y llegan a la modernidad, pasando por el quiebre del renacimiento. Una reminiscencia orientadora de estos acontecimientos son las guerras de conquista y sus consecuencias políticas en el ámbito de las instituciones. El derecho a la tierra deriva de la guerra de conquista. La nobleza feudal afinca sus raíces en esta violencia inicial. La sociedad rural teje sus redes alrededor del castillo. Aunque en principio se trata de jefaturas rotativas no tardará mucho en imponerse un jefe a los demás. Nace el reinado. No es otra cosa que otra usurpación. Empero cuando ocurre esto, cuando la asamblea de los jefes es disuelta, cuando se disuelve esta especie de democracia de clanes, se da comienzo a la historia de la soberanía. La figura del soberano responde a una unificación violenta, pero también a la disolución de la asamblea. La construcción de esta representación única es posible no sólo por la conspiración de la violencia o por el uso selectivo de la violencia, sino también por lo que convendremos en llamar una remoción simbólica colosal. La estructuras simbólicas arcaicas son removidas para asentar en su espacio en ruinas nuevas composiciones simbólicas sometidas a la reterritorialización soberana. El rey es de esta unidad y de esta composición política. Una trama jurídica va a recorrer el cuerpo social y va constituir en el centro del imaginario colectivo al poder. Poder, derecho y verdad forman el triángulo prohibido del poder. La subjetividad soberana circula el espacio delimitado por estos ejes. Se impone una concepción jurídicopolítica de las cosas y de las relaciones. Las instituciones adquieren el carácter universal, son como eternas y esenciales. Por lo menos ese es el prejuicio compartido y transmitido. Obviamente no se trata de una historia lineal, sino de interpretaciones de variados acontecimientos, cada cual distinto y conteniendo múltiples singularidades. Lo que

interesa es el devenir, las huellas de este devenir. Por lo tanto la discusión que deja pendiente la genealogía de la soberanía. La impronta de esta genealogía es el efecto de las fuerzas concurrentes como dominación. La realización de la dominación y su cristalización en instituciones articuladas sólidamente en un dispositivo mayor: el estado. LA GUERRA FINAL: LA MULTITUD CONTRA EL IMPERIO

Valdría la pena preguntarse antes de comenzar, precisamente, cómo comenzar. ¿Cuál puede ser nuestro punto de partida? Mejor dicho, podríamos incluso preguntarnos desde qué perspectiva trazamos nuestro discurso. Esto se hace sumamente importante cuando tratamos un asunto tan crucial para el presente como la caracterización de las formas de dominación en el presente. El libro de Hardt y de Negri, intitulado Imperio, invita a eso. A pensar el presente a partir de una mirada retrospectiva del pasado. Esta mirada genealógica no hace recaer el análisis en el peso del pasado, como queriendo encontrar la explicación del presente en el decurso histórico de lo acontecido. No, la relación con el pasado o, más bien, los pasados, es más compleja que una determinación acumulativa de la historia. El problema es cómo se hacen presente los pasados, aunque también cómo mira el presente los pasados, quizás mejor cómo los reconstituye, cómo los recupera. Cómo los saca de su olvido y los realiza en el presente. El problema no deja de ser el presente. Sin embargo, hay que concebir que el presente no es el momento, sino más bien es un diferimiento, un eterno presente cambiante. La realización del presente es como acontecimiento: multiplicidad de singularidades rearticulándose constantemente. Un perpetuo cambio. El devenir. Cuando se hace un análisis del presente a partir de una mirada retrospectiva del pasado nos enfrentamos a la discontinuidad del tiempo social. La historia aparece de forma fragmentaria, rota. Como comenzando de nuevo cada cierto período. Se trata de la relación entre procedencias y su actualización diferencial. Una primera tesis del Hardt y Negri es que el imperio no es la continuidad del imperialismo, tampoco la continuidad de la extensión de los estado-nación. La soberanía del imperio

deviene de otro lugar distinto a la soberanía del imperialismo y a la soberanía del estado-nación. No hay continuidad a pesar de algunas analogías que hasta pueden ser sobresalientes. Sus diferencias no sólo remarcan la discontinuidad de estas soberanías históricas sino que plantean un complejo problema relativo a sus relaciones concomitantes. Una analogía general se puede encontrar en que se trata en los tres casos de formas de dominación. En términos muy esquemáticos se puede decir que el estado-nación establece la dominación de la clase dominante sobre el resto de las clases, que en el caso del imperialismo se trata de la dominación que ejerce la expansión conquistadora y colonialista de un estado-nación sobre otros estados-naciones o pueblos. Esta figura no aparece en el imperio, por lo tanto mal se puede interpretar la tesis de Hardt y de Negri sugiriendo una figura leninista como que el imperio es la última fase del imperialismo, así como el imperialismo es la última fase del capitalismo. Este ultímatismo responde a la concepción del fin de la historia. Podemos decir a un hegelianismo de izquierda. Del mismo modo se puede entender que se da el caso de hegelianismos de derecha. Esto ocurre cuando la filosofía de la historia concibe el fin de la historia como la realización teleológica del proyecto burgués. Esto aconteció con la escuela historiográfica francesa, con la filosofía dialéctica de Hegel, con la economía política. Vuelve a repetirse esta apreciación durante la década de los cincuenta, a mediados del siglo XX, y reaparece a fin de este siglo con el postulado del fin de la historia y el último hombre. El imperialismo no fue ningún fin del capitalismo, tampoco el imperio lo es con certeza, pues puede no serlo. Todo depende de la correlación de fuerzas. Todo depende de lo que suceda en el campo de fuerzas del mundo. Tampoco el origen del capitalismo fue el fin de la historia, entendiendo por historia en este caso el fin de la lucha de clases, de la política y de las ideologías. Estas reaparecen de nuevo bajo otra luz. En todo caso lo que continúa de modo diferente al pasar de la etapa de los estadonación a la fase de los imperialismos y de ésta al presente, a la contemporaneidad del imperio, es el capitalismo. Dicho de otro modo, lo que parece perdurar son las formas de capitalismo. ¿Habrá llegado éste a su última fase?

¿Cuándo hay última fase? ¿Qué significa última fase? Hablar de fases tiene sentido en el contexto de una representación lineal, sucesiva, donde se da una especie de acumulación de procesos enriquecidos por una teleología implícita. ¿Inmanente? ¿Trascendente? También se puede tomar a la última fase como un punto convergente, pero en este caso, el punto convergente es más que una última fase. Es el punto donde convergen los procesos, las curvas históricas que articulan acontecimientos singulares. Punto de convergencia quiere decir, punto al que tienden pero no atraviesan. El punto más bien se traga lo que converge hacia él, como un agujero negro. Más que un punto de convergencia es una catástrofe. Usando una metáfora bíblica se podría decir que se trata de un apocalipsis. Mejor que esto, un nuevo comienzo. No hay final propiamente hablando. Se da una reorganización de la totalidad. El imperio no es la fase final, sin embargo puede ser la finalidad del capitalismo, su búsqueda insaciable de totalización y de orden absoluto al servicio de la valorización. Enfrentando al imperio se halla la multitud. El acontecimiento social en su forma y espesor más descarnado. La multitud, la potencia social. También se puede decir el pathos social, la pasión, la energía social en movimiento. La multitud es la forma del complejo social, de su complejidad bullente y cambiante. Esta complejidad aparece en su extensa variedad y diversidad diferenciales, que se oponen a la homogeneidad y unidad de la representación. La multitud concretiza y patentiza el abigarramiento de la historia efectiva, la riqueza del devenir social. La multitud se opone al imperio no sólo por su complejidad, por su irreductibilidad a la representación, sino principalmente porque se opone a la genealogía de la soberanía. En otras palabras se opone a su proceso de enajenación abstracta, es decir, a la conversión del trabajo concreto en trabajo abstracto, a la transformación de la energía social en capital muerto, en ingeniería política, a la absorción del imaginario colectivo en el Vaciamiento absoluto de la comunicación mediática, al trastrocamiento profundo de la vida en la virtualización de la existencia: la pérdida del sentido real del mundo. La multitud es la alteridad total del imperio, que viene a ser algo así como el desarrollo supremo de la heurística y hermenéutica de las soberanías. La sistematización acabada y sofisticada de la historia del poder tienden a realizarse en la forma de la soberanía imperial.

Las contradicciones explosivas de la modernidad No podría comprenderse la presencia del imperio en la semblanza contemporánea, tampoco la constitución de las soberanías, sino en el horizonte histórico de la modernidad. La modernidad es el acontecimiento históricocultural que trastoca profundamente la experiencia social de la gente. La modernidad no sólo arranca a la gente de su sitio anclado en la repetición reiterativa de las costumbres tradicionales sino que funda una imagen de mundo. Al hacer esto la modernidad escarba en las profundidades de la sedimentac ión arqueológica y hace presentes las estratificaciones arcaicas y antiguas que habían quedado en el olvido. Las hace presentes de dos formas podríamos decir complementarias: en la sincronía de su simultaneidad y en la diacronía de su sucesión. Se da lugar una paradoja, el pasado forma parte de la modernidad, compartiendo al mismo tiempo contiguamente con lo más avanzado de la tecnología y sus efectos sociales y culturales. Por otra parte la modernidad construye una memoria, inventa la historia, eslabona la dispersión de sociedades y culturas como si fuesen parte de una evolución. La modernidad es el horizonte de la contemporaneidad, crea su premodernidad y su postmodernidad. Lo atraviesa todo comprometiendo el sentido de las cosas más diversas y heteróclitas al globalizarse y unlversalizar sus valores, que en el fondo no son otra cosa que la suspensión de todos los valores. La realización plena del nihilismo. Aunque la modernidad también crea sus diferencias, sus alteridades y sus otredades. La forma como lo ha hecho es a través de su expansión colonial. La forma como lo hace es a través de su intensificación postcolonial. Con esto produce la subalternización de lo distinto, de lo descalificado y degradado. Construyendo al mismo tiempo la hegemonía jerarquizada de un orden mundial sostenido en la pretensión de una pax perpetua, que no es otra cosa que el recurso constante de la intervención policial, allí donde se desata el conflicto que amenaza al orden. Pero, lo moderno también es la liberación de fuerzas, el desamarre de energías poderosas, la potenciación y la disponibilidad de la creatividad de la multitud. Es el movimiento imparable que transforma y trastoca todo dando

lugar a un devenir permanente de la producción social. La modernidad no sólo volatiliza lo sólido sino desubstancializa toda realización social, relativiza toda formación social, todo agenciamiento y dispositivo institucional. Lo abstracto imaginado contrasta con la fuerza de lo concreto, la soberanía con la autodeterminación de la multitud. ¿Qué es la multitud? Hardt y Negri dicen: La multitud es una multiplicidad, un plano de singularidades, un juego abierto de relaciones, que no es homogéneo o idéntico a sí mismo y sostiene una relación indistinta, inclusiva, con aquellos que están fuera de ella. El pueblo, en contraste, tiende a homogeneizarse e identificarse internamente mientras sostiene sus diferencias con aquello que permanece fuera de . él, excluyéndolo. Mientras la multitud es una relación constituyente inconclusa, el pueblo es una síntesis constituida que ya está preparada para la soberanía. El pueblo provee una única voluntad y acción, que es independiente y está a menudo en conflicto con las diversas voluntades y acciones de la multitud. Cada nación debe transformar a la multitud en pueblo17.

La multitud viene a ser el acontecimiento como multiplicidad de singularidades sociales, en tanto que el pueblo es una reducción representativa efectuada por la soberanía del estado-nación. La soberanía imperialista multiplica estas reducciones conformando pueblos en las naciones sometidas a su dominación expansiva. La soberanía imperial reabsorbe estas reducciones en el ordenamiento jurídicopolitico unlversalizado, sistematización que convierte a todos en ciudadanos del mundo bajo el marco legal de la justicia imperial. Aparece entonces, en su forma descarnada, la multitud desuniformizada, como condición de posibilidad del mismo imperio. La multitud es la energía creativa en el imperio. Su alteridad, pero también su sustento. El imperio es el orden jurídicopolitico y policial parásito que absorbe la energía de la multitud. La modernidad esta escindida en una contradicción irresoluble; por un lado tenemos una modernidad progresista y aperturante, por otro lado una modernidad conservadora y 17. Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002.

clausurante. La modernidad arranca con la fuerza de la inmanencia de la multitud. Durante el renacimiento proliferan las iniciativas creativas, abundan el ingenio y la imaginación en su concurrencia producente, la liberalización de los cuerpos y los saberes dan lugar a una concurrencia de escuelas. Se tiene la certeza de estar ante un umbral, nace una nueva sociedad confiada a sus propias fuerzas. El proyecto humanista tiene ante sí un horizonte vibrante. La filosofía gira hacia la inmanencia. La intuición de la plenitud y la confianza en la voluntad propia son las motivaciones más poderosas de la autopoiesis social. Empero, enfrentando la fuerza desenvuelta de la multitud, una modernidad conservadora renace de las cenizas del estado patrimonial medieval. Opone la trascendencia a la inmanencia. Al dios panteísta se opone un dios externo, un dios que controla desde afuera. Se diviniza la figura del hombre atribuyéndole un poder sobre el hombre, por gracia de dios. Se inviste al soberano de todos los poderes. El estado patrimonial ya es trascendente. Hereda esta trascendencia la monarquía absoluta. Frente a la figura de la multitud insurrecta se estructura la figura homogeneizante de pueblo. La voluntad popular va a delegar su poder multitudinario al tercer estado, es decir, a la burguesía. Se constituye como complexión dialéctica la representación histórica del estado-nación. Esta trascendencia se articula plenamente con las otras trascendencias, la del pueblo y la de la soberanía. El triángulo prohibido está establecido, la multitud ha sido inhibida a su rincón profundo, a su sombra inconsciente. Ha sido enmudecida ante la elocuencia del discurso de la ilustración. Ante este avasallamiento iluminista de estirpe conservadora se alzan voces lúcidas de la resistencia humanista. Baruch Spinoza escribe Ética y teología política con la misma fuerza que el renacimiento se planteó el retorno al clasicismo grecorromano, aunque lo que en verdad hacía es descubrir la inmanencia del humanismo. Los conceptos de potencia y multitud develan la fuerza pasional de la ética y la fuerza imaginativa de la voluntad. Genealogía de las soberanías Es indispensable desbrozar la interpretación de genealogía, no confundirla con el sentido de la historia. La genealogía se

opone a la historia. No parte de principios universales tampoco de orígenes grandiosos, sino de acontecimientos plagados de singularidades y de comienzos vulgares. Las procedencias genealógicas son azarosas. A diferencia de la historia la genealogía no es teleológica, tampoco evolutiva. No hay un fin implícito al que se conducen los procesos y las series de hechos amontonados, tampoco una evolución a un fin feliz o a un apocalipsis. La genealogía al tratar el acontecimiento y los acontecimientos como emergencias los asume en su multiplicidad y devenir. Lo que deviene siempre es contingente. Sus mementos son resultado del campo de fuerzas inherente al mismo acontecimiento. Por eso la genealogía no construye continuidades sino que reconoce las rupturas, por lo tanto las discontinuidades implícitas en el devenir de los acontecimientos. El acontecimiento es renovadamente diferente debido a la combinatoria aleatoria del universo de singularidades. Sin embargo, de esto no se puede suponer que las discontinuidades no se tocan. No sólo son contiguas. Se producen entre ellas morfismos. Sino que las discontinuidades suponen continuidades subterráneas, así también percolaciones, mezclas, pasajes laberínticos, entre un ámbito y otro discontinuo. La genealogía se mueve utilizando distintas perspectivas simultáneas. Combina la mirada de rana, perspectiva pegada a la tierra, con la mirada del águila, perspectiva de las alturas, panorámica y focalizada a distancia. Combina la percepción del topo, subterránea, con la de la serpiente, superficial y ondulatoria. La perspectiva del murciélago, de radar, con la del delfín, sonora y acuática. La genealogía es profundamente corporal, valoriza los instintos, las sensaciones, las pasiones, los comportamientos, las adecuaciones de los cuerpos a los medios. La identidad de los cuerpos en un ambiente biodiverso. La genealogía es inmanentista y antidialéctica. La constitución de las soberanías es la prescripción de las polimorfas dominaciones. Toda dominación establece una distinción y distanciamiento en el acto mismo que permite ejercer un dominio. Hay una violencia originaria en el despliegue mismo de la dominación. Violencia total o diferida, absoluta o gradual, la violencia inaugura el acontecer mismo del ejercicio del mando. La violencia es inmediatamente

corporal, ataca el cuerpo, puede ésta mimetizarse en los gestos como también en los códigos, pero no deja de ser eso, violencia inicial, mando, orden. La internalización de esta violencia conforma el imaginario y la subjetividad dialéctica del amo y el esclavo, del mando y la sumisión. Los campos sociales están plagados de un nivel somático donde se ejercen las violencias singulares y puntuales. Substrato que sostiene las derivaciones imaginarias, semánticas e ideológicas. Hay pues un estrato subjetivo, que puede entenderse también como intersubjetivo y transubjetivo, lugar donde se sume la dominación como si fuese una herencia natural. Como si este fuese el orden de las cosas. Empero este estado de cosas se encuentra sustentado en una predisposición anímica. Han tenido que ser afectadas las sensibilidades, trabajado el cuerpo, inducido a determinados comportamientos, marcado en su fondo, en su compulsión y tensividad fórica, para que se convierta en condición de posibilidad somática de las dominaciones semánticas e institucionales. Después de haberse sometido el cuerpo se instituye una soberanía, la representación de la dominación, la dominación duplicada en la representación y multiplicada en el aparato de poder, en el agenciamiento concreto de poder, esto es en la institución, cualquiera sea esta. El mapa de dispositivos más o menos coherentes configuran la máquina abstracta, es decir el diagrama de poder. No hay un sólo diagrama sino muchos, dependiendo de las condiciones de posibilidad históricas, de los diferentes campos de luchas, donde se oponen fuerzas y resistencias, dependiendo de las particularidades abigarradas de las formaciones sociales. Estos diagramas también pueden combinarse, entrecruzarse, presuponerse. Foucault estudia los d i ag ra ma s de los suplicios, de los castigos, de los disciplinamientos, el diagrama de los pastores y sus rebaños o parroquiales, el diagrama de los biopoderes que gestionan la vida. Empero hay otros, muchos que hacen de máquinas abstractas o estratégicas, conducentes de las dominaciones, que hacen de máquinas de poder de las soberanías. En nuestro caso podemos hablar del diagrama colonial, del diagrama misional, del diagrama gamonal, del diagrama clientelista, que sostienen las soberanías coloniales, criollas, políticas, articuladas en un caso a los imperialismos sucesivos, en otro

caso, en el contemporáneo, al imperio, al nuevo orden mundial. La soberanía del estado-nación recoge la herencia trascendente del estado patrimonial medieval. Sin embargo, la soberanía moderna del estado-nación se afinca en otras condiciones de posibilidad históricas, tampoco tiene la misma significación históricopolitica, pues su distinción no se basa en la jerarquización de la nobleza sino en la reducción de la multitud a su forma representativa de pueblo. La soberanía del estado-nación es otra forma de soberanía, distinta a la relativa al estado patrimonial, aunque suponga en el imaginario social la prefiguración de la trascendencia del poder. Estas reminiscencias del estado patrimonial en el estado-nación pueden pensarse como percolaciones y mezclas que recogen como sedimentaciones en el proceso de la reinvención política. No ocurre necesariamente algo parecido en el pasaje entre la soberanía del estado-nación y la soberanía imperialista. También en este caso se da una discontinuidad histórica, una ruptura jurídicopolitica, en el ámbito de las legitimaciones y legalizaciones. Los imperialismos recurren a las guerras de conquista y al despliegue del colonialismo. Al hacerlo producen la incorporación de territorios, poblaciones y recursos de sociedades y culturas, dando lugar a una dominación sin precedentes en todo el orbe terráqueo. La globalización comienza con esta expansión militar, administrativa y civilizatoria. La soberanía del imperialismo es otra que la de los estado-nación. No reduce a la forma de pueblo la heterogeneidad sociocultural y religiosa de los territorios conquistados. Sino que establece la diferencia excluyente entre lo mismo y lo otro, entre lo europeo y lo oriental, entre lo blanco y lo indígena, entre el clima temperado y el tropical, entre lo que parece ser humano y lo que parece ser animal, entre lo civilizado y lo bárbaro. La colonización produce la alteridad, la diferencia radical con lo eurocéntrico. Esta dualización instituye la identidad del pueblo europeo, marcado por la diferencia con la heterogeneidad irreducible de lo conquistado. Sobre esta dicotomía se constituye el imaginario de la dominación colonial, descalificando al Otro, a la otredad, pero también a lo híbrido y mestizo. Esta soberanía colonial no reduce a esta abigarrada

multitud conquistada a la forma de pueblo, pues no considera a esta multitud dicotómica merecedora de esta representación democrática. La soberanía colonial se constituye sobre la invención de la alteridad. Más que reducción se trata de una exclusión. La dialéctica colonial supera la diferencia con la síntesis del proceso civilizatorio que subordina al indígena, al esclavo y a lo híbrido al patrón blanco. Por lo tanto se trata de una soberanía basada en la jerarquía y diferencia excluyente. Se puede hablar de una soberanía de conquista, en permanente guerra con la alteridad. El fenómeno del imperialismo colonialista muestra de modo patente la ilusión de la soberanía, pues en este caso se muestra de manera descarnada el ejercicio permanente de la violencia sobre los cuerpos de la alteridad. El imperialismo no es uno sino muchos. Se los puede distinguir no sólo en el tiempo sino también en el espacio. Para usar términos conocidos, no del todo adecuados, pero que pueden ser utilizados por razones ilustrativas, podemos distinguir los imperialismos coloniales de los imperialismos neocoloniales. Los primeros aparecen en las postrimerías del capitalismo, los segundos en una etapa avanzada, cuando se da lugar el monopolio y el llamado capitalismo de estado. Hilferding, Kaustky, Lenin y Rosa Luxemburgo caracterizaron este capitalismo como la expansión irremediable del capital para resolver su crisis orgánica, crisis direccionalizada por la tendencia a la decreciente tasa de ganancia. En otras palabras, configurada por la modificación estructural de la composición de capital, la disminución relativa del capital variable respecto al incremento del capital fijo, sumada a los límites del mercado, que quedaron estrechos respecto a la incesante creación de excedente. Si la plusvalía no se realiza en el comercio se ponen en peligro las propias condiciones iniciales de la reproducción de capital. Por eso era menester pasar a una extensión de la subsunción del trabajo al capital y a una expansión dilatada del mercado, incorporando a las áreas del consumo a territorios considerados aptos sólo para la explotación de los recursos naturales. La invasión del capital financiero marca el paso a los imperialismos modernos. De la conquista de los territorios se pasa a la conquista de los mercados. Tanto en un caso como en otro los imperialismos terminan copando el orbe. Se tragan al afuera. Todo termina siendo el interior.

Con esta totalización militar, política y económica se crean las condiciones para el pasaje al imperio. En la soberanía imperial no hay afuera, todo es interioridad. Este es uno de los aspectos que distingue a las soberanías modernas de los estados-nación y de los imperialismos de la soberanía imperial. En el pasaje al imperio podemos describir algunas distinciones conceptuales: pasamos de la representación del pueblo a la manifestación descarnada de la multitud, abandonamos la posibilidad de la síntesis dialéctica para abrirnos a la comprensión del manejo de los híbridos, dejamos los encierros disciplinarios y las localizaciones fijas para abordar el espacio liso de los flujos y el proceso de desterritorialización-reterritorialización del imperio. La multitud como contrapoder La multitud como acontecimiento social en su emergencia plural, en estallido y flujo de sus compuestas singularidades, es lo opuesto al poder. Propiamente hablando, el contrapoder. No está donde está, como cuerpos en movimiento, como descorporeización y recorporeización, como proliferación de pasiones y flujos de desterritorialización, para tomar el poder. No es otra soberanía la que busca realizar, sino la absoluta inmanencia de su autonomía diversa. Ninguna trascendencia o subsunción a un poder externo a sus propias fuerzas. Sino la autorrealización de sus fuerzas. La autopoiesis de sus capacidades. La libertad entendida como autodeterminación. La multitud es el contrapoder, se coloca en el presente como la multiplicidad abigarrada antiimperial. La multitud se encuentra en todas partes, como el imperio. La multitud es la energía creativa de la que el imperio se alimenta y da lugar a la producción generalizada, a la valorización del valor en distintos planos. Hablamos de una valorización económica, social, cultural, imaginaria, subjetiva. Se trata de una valorización direccionalizada por el diagrama de poder biololítico, que gestiona la vida en distintos niveles: morales, demográficos, sociales, ecológicos, reproductivos e imaginarios. Frente al biopoder del imperio la multitud opone la proliferación y la riqueza autopoiética de la vida.

En el enfrentamiento entre multitud e imperio, las ventajas estratégicas se encuentran del lado de la multitud. El imperio se corrompe, en el sentido de su desarticulación constante. El imperio se desgasta para reconstituir sus condiciones iniciales, cambiantes y acumulativas. El imperio muta, experimenta sus altas velocidades, para lograr su propia extática. Pero también, como en el caso de las otras soberanías, le son atributivos sus propios límites. Sus límites no se encuentran afuera sino adentro. La interioridad del imperio, constituida como soberanía trascendente absoluta, es limitada ante la infinita capacidad autopiética de la interioridad inmanente de la multitud. LA IRRUPCIÓN ELECTORAL DE LA MULTITUD

De las movilizaciones que arrancan en abril 2000 a las elecciones de julio de 2002 tenemos el recorrido intenso de las pasiones colectivas que actúan tanto en la praxis de las luchas como en las decisiones electorales. Se desenvuelven tanto en la estrategia como en las tácticas del movimiento social anticapitalista. La multitud ha emergido en Bolivia como fuerza inmanente de los acontecimientos sociales, que pueden ser entendidos como síntomas elocuentes de la crisis. Las movilizaciones incluyen distintos aspectos de las luchas sociales, desde la guerra del agua hasta la marcha indígena por la asamblea constituyente y la tierra, pasando por las jornadas de septiembre de 2000, relativa a los bloqueos de caminos y el sitio de las ciudades en torno al pliego de reivindicaciones del movimiento campesino, incluyendo la disposición a la autonomía por parte de un sector radicalizado de los aymarás. Se llega de este modo a las jornadas de julio de 2001, concentradas en el bloqueo de la carretera entre la ciudad de La Paz y Copacabana. El bloqueo parcial del altiplano al combinarse con la marcha de la COMUNAL derivó en la alianza de los sectores campesinos del altiplano y los sectores combativos del Chapare, de los valles y la ciudad de Cochabamba. Las elecciones de julio convierten en la segunda fuerza democrática al Movimiento al Socialismo (MAS). Esto tiene que entenderse como la segunda fuerza parlamentaria y la segunda candidatura más votada. Como puede verse las masas en movimiento atraviesan tanto la geografía política,

desterritorializándola con sus movimientos nómadas, así como la geografía electoral, desordenándola con su intempestiva irrupción. Se puede decir entonces en tono zavaleteano que las movilizaciones han encontrado su desemboque de verificación. Los partidos de derecha, que optaron por el neoliberalismo están aterrorizados. Los acostumbrados comentaristas y analistas políticos han quedado perplejos y sólo atinan a balbucear frases consabidas que no articulan un discurso coherente. El miedo se ha apoderado en los personeros de las trasnacionales y también en sus propagandistas. Las victorias del movimiento popular se hacen sentir en los dos campos, en el territorio de las luchas sociales y en el plano de las representaciones democráticas. Si el ciclo neoliberal, abierto por el partido que se caracterizó por traicionar la revolución del 52, desde un principio, se cerró con las movilizaciones de 2000, su expresión discursiva, su secuela política, en el plano de las representaciones ha entrado a su desmoronamiento espectacular. Las instituciones que sirvieron como modernos mecanismos de dominación se fracturan. Mostrando su corrupción y deterioro irreversibles. En el horizonte político de la multitud su accionar se ha movido con suficiente plasticidad, articulando estrategias y tácticas, estructuras y prácticas, valores y significaciones. Las representaciones colectivas irrumpen en el escenario jurídico-político dando lugar a una ocupación simbólica del imaginario social. No sólo que ya no se puede pensar una política sin las clases subalternas y explotadas, sin las mayorías y minorías étnicas, sino que ya no se puede representar el mundo obviando su presencia, como se acostumbró en el discurso académico y en la hipóstasis mediática. ¿Cómo se puede caracterizar el momento? ¿Se trata de una dualidad de poderes? En el libro El poder dual, Rene Zavaleta Mercado está lejos de hacer una apología de la tesis conocida como poder dual, más bien critica su generalización abstracta y dice que: Pero la única manera de no hablar de generalidades pedantescas e inutilizables es referirse a una complejidad concreta, a los casos específicos de acumulación, articulación,

determinación y sobredeterminación. Son los que no conocen la historia los que se accionan a los modelos puros18.

La cuestión neurálgica es el momento de sobredeterminación. Según Zavaleta la crisis es la forma más extraordinaria de la unidad, en otras palabras, la crisis es la forma más extraordinaria de unificación. Por eso la sobredeterminación tiene que ver con la unidad nacional o nacionalización (unidad estática) y con la crisis (unidad de emergencia). Por más paradójico que parezca estamos asistiendo al despliegue de una nueva forma de unificación social, que conjuga tanto la crisis como la irrupción intempestiva de las identidades colectivas. Zavaleta considera las condiciones de posibilidad históricas que llevaron a la configuración de una dualidad de poderes en Bolivia con la revolución de 1952. Los obreros en armas, mineros y fabriles, acompañados por sectores radicalizados de la pequeña burguesía y lumpenproletariado de la ciudad de La Paz, derrotaron al ejército de la oligarquía, el cual se rindió en Laja. El MNR llegó al poder para cumplir con las tareas democrático-burguesas, gracias a una insurrección armada del proletariado. Los trabajadores organizados en la COB y la pequeña burgues ía sentada en el palacio quemado, enfrentaron la crisis del nuevo estado naciente en condiciones duales. Empero, tanto la crisis como la dualidad de poderes se mediatizó en el co-gobierno. La contradicción de clase no desapareció, tampoco la crisis del estado nacional, sino que tanto la lucha de clases y la crisis estatal fueron el substrato de un período contradictorio e intenso de enfrentamientos minuciosos entre el aparato del partido y los obreros organizados. La d ualidad de poderes fue una figura provisional. Lo que hay que tener en cuenta en el horizonte histórico político es la profundidad de la crisis de un estado inconcluso correspondiente a una formación abigarrada, en el contexto de un capitalismo pujante, que adquirió la figura de la soberanía imperialista. En el horizonte histórico contemporáneo que nos corresponde analizar ha corrido mucho agua bajo el puente, se han corroído las estructuras del puente, que terminó derrumbándose. El MNR dividido es derrotado en 1964 por 18. Rene Zavaleta Mecado, El Poder Dual, Los Amigos del Libro, La PazCochabamba, 1977: pág. 90.

un golpe de estado conjurado por la CÍA. El año 1971 se alia a las expresiones fascistoides del ejército, enfrentándose con los hijos de los revolucionarios del 52, con la clase obrera que lo llevó al poder casi dos décadas pasadas. El año 1985 vuelve al gobierno iniciando un ciclo neoliberal, después de haber boicoteado en el gobierno la gobernabilidad de la UDP. Sus políticas desnacionalizadoras, privatistas, globalizadoras y de ajuste estructural lo convierten en el enemigo más encomiado y lúcido de la multitud. Los demás partidos, que en realidad son fragmentos despintados de una burguesía intermediaria y mediocre, siguen a regañadientes las direcciones económico-políticas diseñadas por el MNR. Esta debe ser la mirada retrospectiva para comprender el presente. A la luz de esto hechos no parece casual que las dos fuerzas más votadas en las elecciones sean el MNR, el partido de una burguesía globalizada, y el MAS, expresión política de un movimiento social plural, cuya procedencia se remonta la lucha de las federaciones sindicales de productores de coca, que empero en la actualidad emerge como instrumento político de distintos movimientos regionalizados. No es el único instrumento político; la multitud combina algunos de peculiar importancia: la Coordinadora del Agua, la Comunal, La Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia y otras formas de organización y aglutinamiento de masas. Pero, hoy por hoy es el instrumento electoral. El enfrentamiento entonces se hace claro, entre la multitud proletarizada, cuya procedencia articula a distintos fragmentos de clases, y los representantes políticos del imperio. Puede hablarse de dualidad de poderes metafóricamente. Pero, desde Foucault sabemos que no hay un sólo poder o dos, sino más bien una pluralidad de poderse que atraviesan el cuerpo social. Se habló de dualidad de poderes entre febrero y octubre de 1917 ruso, teniendo como referencia a los soviets en contraposición del gobierno parlamentario de Kerensky. También se volvió a discutir el tema del poder dual cuando la Asamblea Popular de 1971 en Bolivia. Empero, hay que tener en cuenta que este debate se hace sostenible cuando se tiene como objetivo al estado y la toma del poder. ¿Pero, qué ocurre cuando el estado nacional ya no es el referente principal, sino una nueva forma de dominación dej nuevo orden mundial

multinacional, cuando el enfrentamiento es entre multitudes emergentes como contrapoder contra el imperio? La perspectiva es distinta, el poder constituyente de la multitud busca abolir todo poder trascendente, sea este el estado nación o los aparatos del imperio. LA MARCHA INDÍGENA Y LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

Se cierra un ciclo y quizás se abra otro. Desde la Marcha por la Dignidad y el Territorio hasta la actual marcha indígena de los pueblos nativos del oriente, se abre un ciclo de luchas por las territorialidades propias. ¿Qué entendemos por territorialidades? Los cuerpos, los entrelazamientos corporales, sus ámbitos relaciónales y las significaciones colectivas, vivenciadas en las experiencias sociales. Hasta la fecha se ha conseguido muy poco en lo que respecta al conjunto de demandas hechas a conocer por las organizaciones de base. La evidencia y la visibilización de los cuerpos a lo largo de la marcha, en la trama de su recorrido, ha dado lugar a una ruptura en la geografía política de un país que deja en la sombra a la gran mayoría de su población. Esta es la razón por la que se inicia nuevamente una gran marcha desde el oriente boliviano a los andes, donde reside la sede de gobierno. Una característica distintiva de la marcha indígena de 2002 es el objetivo político que persigue: la asamblea constituyente. Hay, como quien dice, distintas maneras de conseguir este objetivo democrático. De modo revolucionario, constituyendo la asamblea por la fuerza. De manera legal, exigiendo que el congreso convoque a una asamblea constituyente. En este caso puede haber variantes. Desde la consulta a través de un referéndum para legitimar esta convocatoria hasta el llamamiento a elecciones para una asamblea constituyente. Lo que parece salirse de estos cánones y parecerse más a una maniobra política es la reforma constitucional. El mismo congreso de salida, criticado, desacreditado, descalificado por la opinión pública, se da a la tarea de reformar la constitución, sin preocuparse de ninguna consulta popular. La asamblea constituyente fue traída del arsenal y de la memoria política en un Cabildo de la Coordinadora en Cochabamba, cuando la guerra por el agua era el escenario

de los acontecimientos sociales (abril de 2000). ¿De qué se trataba? ¿Por qué un cabildo popular recurría a este instrumento constitutivo? Se puede decir que el horizonte de las movilizaciones no dejó de ser democrático. A pesar de la fuerza de la multitud, las alianzas que amarran a amplios sectores de la población, la virulencia de los eventos, las soluciones buscadas por las masas se dan en el campo democrático. El sentido de las movilizaciones apunta a enriquecer, ampliar, reapropiarse del ejercicio democrático. No importa qué interpretación den los políticos, los constitucionalistas y los juristas a la asamblea constituyente. Lo que da vigencia a este poder constituyente es el uso que le quiere dar la multitud en acción. Tampoco importa si este uso se puede o no justificar jurídica, política y constitucionalmente. Lo que es fundamental en este caso es la producción de sentido de las masas. EL PODER CONSTITUYENTE

En Ocho tesis preliminares para una teoría sobre el poder constituyente19, Antonio Negri apunta que: O Entiendo por «constitución» el dispositivo socio-político determinado por la ley del valor. O Este dispositivo socio-político es la multitud en acción, organizada de acuerdo a los condicionamientos del desarrollo del capitalismo, de acuerdo a la secuencia de esta historia, hemos pasado del obrero profesional al obrero social: la composición del proletariado es social, desde el punto de vista del territorio de pertenencia; es del todo abstracta, inmaterial, intelectual, desde el punto de vista de la sustancia del trabajo; es móvil y polivalente desde el punto de vista de su forma. O El capitalismo en su fase tardía y contemporánea, bajo la soberanía del imperio, se desterritorializa, funciona en red y se descentra, respecto a algún centro de mando estático y fijo. La proletarización afecta a todas las clases sociales 19. Antonio Negri, Ocho lesis preliminares para una teoría sobre el poder constituyeme, Libertaria, Madrid, 2000.

supeditadas al capital. La valorización del valor ahora se realiza a través de la virtualización del trabajo y la informatización de la producción. El poder de este capitalismo desterritorializado adquiere la forma biopolítica. Esto quiere decir que la misma gestión de vida es subsumida a la producción de plusvalía. No hay exterioridad ni interioridad, la naturaleza ha sido deglutida en la gran factoría que se ha vuelto el mundo. O En estas condiciones de proletarizaron absoluta, de despliegue de una economía política generalizada y planetaria, las propias alteridades y diferencias culturales son incorporadas a una fabulosa maquinaria capitalista que ahora manipula las diferencias y las singularidades. Todos son sometidos a la proletarización general, nadie escapa a este proceso fantástico de subsunción formal, real y virtual del trabajo al capital. Por eso, todo conflicto local, toda resistencia cultural, toda particular movilización • social, toda rebelión y demanda colectivas forman parte de las contradicciones inherentes a este capitalismo planetario, a este diagrama de fuerzas biopolítico, a esta soberanía imperial multinacional. La marcha indígena es una manifestación concreta del contrapoder de la multitud, de una parte de la multitud fragmentada, supeditada a la virtualidad de la valorización capitalista. Las energías, los sentimientos, los imaginarios colectivos son absorbidos al proceso productivo que atraviesa toda las estructuras de la vida misma. Que la marcha indígena se enfrenta al estado-nación, tal como lo hizo cuando la Marcha por la Dignidad y el Territorio, esto ocurre porque los estadosnaciones forman parte del imperio, del nuevo orden mundial. Si los discursos concurrentes no expresan esta situación en las nuevas condiciones de un capitalismo desterritorializado y un diagrama biopolítico, tiene que ver con que todavía tienen en cuenta un horizonte histórico pasado, fuertemente condicionado por la soberanía de los estados-nación, por los poderes locales y un modo de producción capitalista organizado al modo fordista. Ciertamente, cuando se habla de un estado-nación subalterno, como es el caso de Bolivia y de la mayoría de los Estados surgidos de las guerras de independencia, la herencia colonial, de los aparatos

administrativos jurídico-políticos y las estratificaciones sociales atravesados por la diferencia étnica, el conflicto social es también anticolonial. La intencionalidad implícita en las movilizaciones sociales de los estados-nación subalternos es la descolonización. Esto pasa por la desconstitución de subjetividades colonizadas y la reconstitución de subjetividades liberadas. Los movimientos indígenas son a su vez anticoloniales y anticapitalistas. Con relación a los estadosnación subalternos no pueden dejar de enfrentar los mecanismos de dominación internos, las secuelas del colonialismo interno, el desconocimiento de sus saberes, de sus culturas e identidades colectivas. El problema es que este desconocimiento secular se halla afincado en la Constitución Política del Estado. Esta es la razón por la que no sólo se exige revisar la Constitución, sino que es imprescindible trastrocarla completamente, inventar una constitución que sea el producto de los deseos, pasiones, alteridades propias de las fuerzas vivas componentes de la multitud productiva de un ámbito nacional. El poder constituyente'es la potencia creativa de la multitud. Es el poder como voluntad, como potencia anímica, como pathos. También es la potencialidad de la imaginación colectiva. La virtualidad que se hace posible, que se realiza en la praxis. La democracia concebida por Spinoza como multitudo. La materialidad de esta democracia se encuentra en el descarnado acontecimiento social, en su apertura subjetiva y en su praxis. La asamblea constituyente que reclama la marcha indígena tienen que ver con los deseos colectivos, tiene que ver con la profunda necesidad de reconocimiento de los conquistados, colonizados y excluidos. La trasgresión 'del restringido horizonte político criollo de un estado-nación subalterno, el ingreso de las formas hasta ahora invisibilizadas de la multitud a la invención del campo político, no sólo apertura otros horizontes externos e internos, otros pliegues de subjetividad y otros despliegues de realización productiva, sino que conduce a una nueva constitución de una nueva república. LA DUALIDAD DE LAS TEMPORALIDADES

Es cierto que si se cuenta nuestra historia desde la perspectiva del desarrollo del capitalismo, desde s u -

acumulación originaria hasta su forma planetaria y desterritorializada de la actualidad, pasando por los colonialismos e imperialismos expansivos, es difícil comprender lo que pasó en el plano de los acontecimientos concretos circunscritos en las fronteras de una geografía nacional. Esta perspectiva resulta abstracta y universal. Es menester tener en cuenta una perspectiva local para darles un significado específico a los hechos. Las historias-nacionales tratan de llenar este vacío. Empero con una perspectiva nacional o con una historia local podemos derivar en la creencia que los sucesos y las narraciones locales tienen un sentido propio. Este particularismo se ilusiona con una historia propia. No la hay. Las dos perspectivas históricas, la universal y la local, se oponen, pero ninguna puede por sí sola deconstruir y reconstruir la trama entrelazada de los acontecimientos. Es menester usar ambas perspectivas para hilar, tejer, destejer y retejer lo oculto y lo superficial de los acontecimientos, que aunque siendo locales tienen desde el siglo XVI, vale decir, desde los comienzos de la modernidad, una configuración mundial. Tampoco el despliegue planetario del capitalismo tiene una significación propia, sino a través de sus singulares expansiones y subsunciones del trabajo humano al capital. El enfrentamiento con las culturas y las resistencias, el atravesamiento de los obstáculos, las formas específicas de resolución de la crisis, las maneras de responder a la lucha de clases hacen a la historia efectiva del capitalismo. Una y otra perspectiva sólo se resuelven comprendiendo la fuerza de la inmanencia de la multitud que desencadena historias. Se han construido historias nacionales de cierta relevancia. Estas arrancan en la conquista; en el mejor de los casos retoman a los cronistas que relatan la historia de sucesión de los Incas. Los antropólogos y los etnohistoriadores interpretan las estructuras socioculturales de los señoríos aymarás. La historia de la colonia, comprendiendo sus distintos períodos, tampoco queda muy bien parada, salvo lo que se refiere a la minería de la plata, los mitayos, el entorno potosino, las haciendas coqueras. La historia de la república cuenta con una mayor literatura, sin embargo, también adolece de un trabajo más sistemático de fuentes. Se puede decir que recientemente hay una preocupación por la formación del

estado en el siglo XIX. La historia más contada y con mayor ilustración es la del siglo XX. Después de la guerra del pacífico y la crisis política subsecuente se da cabida a la presión de una burguesía minera (de la plata), la que adopta un discurso liberal y una pose modernizadora, sueña con ferrocarriles e industrias, también con uniformizar a los indios, convirtiéndolos en obreros. El ingreso a la forma estatal liberal se hace posible con la guerra federal. La victoria de los liberales paceños sobre los conservadores sucrenses se da gracias a la incorporación de la guerrilla india, al mando de Zarate Willka. La contradicción inherente a la forma estatal liberal es esa perversa combinación entre una economía minera de exportación, vinculada por ferrocarriles que conducían a los puertos del pacífico y la expropiación de tierras comunales. La expansión de las haciendas, como forma de pequeñas guerras de reconquistas locales articuladas a un capitalismo que subsume formalmente el trabajo de los mitayos al capital, habla de por sí de una barroca formación social, todavía sostenida por el pongeaje, la discriminación, exclusión y explotación del indio. Se dice que es la Guerra del Chaco la que resquebraja a esta forma estatal liberal. En el discurso crítico de entonces se menciona a la declinación de la oligarquía minero-feudal. Los cincuenta años de historia narrados por Rene Zavaleta Mercado arrancan con la formación de la conciencia nacional y avanzan en el entramado dramatismo de los hechos histórico políticos hasta el gobierno bonapartista de Ovando. En Lo nacional-popular en Bolivia Zavaleta trabaja en forma de ensayos tópicos y fragmentos cruciales de la historia, como la relativa a las condiciones socioeconómicas que derivaron a la Guerra del Pacífico, desprendiendo un análisis de las formaciones sociales de Bolivia, Perú y Chile. La diferencia en torno a la formación de una burguesía nacional y la modernización del ejército fue preponderante al momento de la campaña bélica. Dos ejércitos rezagados en los límites instrumentales de la defensa de los gamonales y la represión indígena perdieron ante un ejército mecanizado p°r 1°^ ingleses. Otro ensayo sobresaliente es "El mundo de Willka ; quizás en ese trabajo se articula el análisis de la situación de los ayllus bajo la forma estatal liberal en el mundo articulado por el mercado y el modo de producción capitalista. En cambio,

Las masas en noviembre, aflora como análisis que escapa a una periodización circunscrita en la historia y aparece más vinculada a los eventos más recientes, el fin de los gobiernos de facto, la articulación del movimiento social en torno a la centralidad minera, la emergencia del movimiento katarista, la democracia de la multitud. Todo esto en los confines de la forma estatal popular, hegemonizada por el discurso del nacionalismo revolucionario. Preludio de un movimiento popular electoralizado (UDP), que a pesar de sus esfuerzos y debido a sus profundas contradicciones, termina derrotado por las fuerzas herederas de la oligarquía gamonal, por la estructura de poder minero y toda la burguesía comercial, favorecida por las dictaduras. Este es el contexto, la derrota popular, en el que se da la viabilización de las formulas políticas neoliberales, desde 1985 a la fecha. Hablamos de una forma estatal deglutida por la globalización. Se trata hasta cierto punto de una forma estatal virtualizada, de un estado-nación atravesado por las redes estratégicas biopolíticas del imperio. No sólo las empresas públicas, sino también las reservas estatales, incluso la administración misma del excedente económico se encuentra en manos de las empresas transnacionales. La economía nacional está completamente desnudada, ya no hay más ilusión de un mercado interno y de una economía propia. Formamos parte del intelecto general y del cuerpo social del trabajo, experimentamos los procesos de proletarización generalizado, salvo el estrato restringido de agentes políticos de la globalización y yuppies criollos que fungen de celosos mediadores de la globalización. ARTIFICIALIDAD POLÍTICA

Después de las movilizaciones sociales que se desencadenan en abril de 2000, bajo la forma de articulación social y de alianzas de base de la Coordinadora del Agua de Cochabamba, el movimiento continúa en septiembre del mismo año, bajo la forma de ocupación territorial de los bloqueos y el sitio de ciudades, donde adquieren relevancia las disposiciones organizacionales del sindicalismo campesino. En julio del 2001 se vuelve nuevamente a los bloqueos en un sector del altiplano, el camino de la ciudad de La Paz a Copacabana, acompañados

por la marcha de la COMUNAL, constituida primordialmente por las federaciones sindicales del Chapare y la Coordinadora del Agua. En junio del 2002, cuando los partidos se preparan para la competencia electoral, la Corte Nacional Electoral hace esfuerzos para que las condiciones mínimas de la concurrencia al voto se cumplan, cuando el mismo gobierno se esmera para que su transición se vea bien, como compromiso democrático y una ampliación de la población votante se prepara a ir a las urnas, reaparece en el horizonte la figura inquietante de la marcha indígena. La patente artificialidad reiterativa de las elecciones aparece cuando se contrastan las infortunadas propuestas políticas de los partidos y las demandas de la marcha indígena. La caracterización de la coyuntura se puede resumir a la implícita contradicción inherente a las interpretaciones sociales de la democracia: ¿elecciones o asamblea constituyente? Aunque el dirigente del CIDOB, Marcial Fabricano, haya expresado que no buscan perjudicar al proceso electoral, que no ven contradictorio optar por la asamblea constituyente y continuar con las elecciones, lo cierto es que la marcha indígena, la apropiación indígena de la asamblea constituyente, la interpretación de conformarla a parir de las fuerzas vivas de una sociedad heterogénea, pone en cuestión el carácter periódico y rutinario de las elecciones. Las elecciones terminan legitimando lo cuestionado por las movilizaciones: el sistema de partidos, el modelo representativo y delegativo de una democracia discursiva y el modelo económico neoliberal. Esta contradicción se traslada al campo social. De todos los partidos en concurrencia, dos movimientos, el MAS y el MIP, son en parte el resultado de las movilizaciones desatadas el 2000 y que se extienden hasta el 2002, aunque también son el resultado de prejuicios y expectativas liberales, de las que comparten, de modo ambiguo, los propios dirigentes y candidatos populares. Esta actitud no d e j a de ser contradictoria. ¿Se cree o no en el sistema de partidos, en el modelo democrático formal y delegativo? Por más que se diga que no se cree, sobre todo cuando envuelve a los dirigentes el torbellino de las movilizaciones sociales, en coyunturas electorales se practica o se juega con esta democracia criticada. Esta contradicción se convierte en patética cuando los dos

movimientos populares, encaramados en el proceso electoral, se desentienden de la marcha indígena y no le prestan el apoyo debido. Dejan a su suerte a esta marcha, sometida a toda clase de presiones y manipuleos por parte del gobierno y los partidos políticos, temerosos de los efectos negativos relativos a las elecciones. Todos los partidos, incluyendo a los movimientos partidizados, tienen los ojos puestos en las elecciones. El objetivo: ganar espacios legales. En términos vulgares: ganar curules. La reproducción de los mecanismos de dominación pasa por su actualización representativa, mediante el mecanismo electoral. Los dominados, mediatizados por los partidos que los representan, terminan legitimando a los dominantes, en el escenario político. Por lo menos en lo que respecta a la representación de papeles dobles en el teatro de la comedia reiterativa de las promesas que se sabe no se cumplen. Y los que saben que no se cumplen de todas maneras juegan a escucharlas, a pesar de la falta de la credibilidad. Esta escena del teatro de la vida cotidiana nos muestra la evidente falta de voluntad de poder. En el horizonte político actual las subjetividades volitivas de la multitud todavía no están constituidas. Los sujetos sociales todavía se encuentran subyugados por los códigos del mercado, del poder y de la comedia democrática representativa. Los movimientos sociales partidizados y sus dirigentes están sometidos a los prejuicios liberales de su entorno colonial.

EL OCASO DE UN CICLO ESTATAL ? Alvaro García Linera

NEOLIBERALISMO: EL RELATO DE UNA ILUSIÓN

En la historia de las naciones hay momentos históricos en los que las sociedades logran en corto tiempo conocerse en sus fuerzas más vitales y darse sus propios fines, como por ejemplo, en los años previos e inmediatamente posteriores a la revolución de 1952. Pero también hay períodos en los que las colectividades se extravían, en que son arrastradas a desaciertos que estancan o le hacen retroceder en su capacidad de producir horizonte de acción autónoma. Este es el caso de la época marcada por el régimen neoliberal, por los ajustes y reformas estructurales. . Si uno se pone a revisar con atención cada una de las ofertas que acompañaron a este sistema de organizar la economía y el estado, no resulta difícil comprobar que lo prometido no se logró, sino que además incluso en varios aspectos el país ha sufrido efectos retrógrados respecto a lo que había acumulado hasta entonces. Veamos. El espejismo de la modernidad Uno de los ejes discursivos que legitimó la ascensión del neoliberalismo en Bolivia, fue el del acceso a la modernidad, entendida como la generalización de la economía de mercado, la renovación tecnológica y la interiorización de la racionalidad tecnocrática marcada por la eficiencia y la meritocracia. Sin embargo, de modo estricto se puede afirmar que hoy día, en términos de la expansión de la economía de mercado, Bolivia es menos moderna que hace 20 años atrás. En el área rural, el número de trabajadores asalariados se ha reducido de 73.000 personas a 64.000, en tanto que el número de unidades domésticas que trabajan por cuenta propia, esto es, bajo formas predominantes de autoconsumo, ha pasado de 43.000 a 447.000, en todo el país. En las ciudades, el llamado sector informal compuesto por unidades laborales familiares, artesanales, semiempresariales donde la lógica del mercado esta aprisionada por fidelidades parentales y relaciones desasalariadas, ha crecido del 60 al 68% del total de la población ocupada. Esto significa que el número de personas que mantienen relaciones contractuales y mercantiles reales se ha reducido del 40 al 32% del total de la población trabajadora urbana.

En términos tecnológicos este crecimiento abrumador de la informalidad en todas las áreas productivas ha llevado a que más partes de la gente que trabaja en el país lo haga utilizando tecnologías arcaicas, (dos millones y medio de campesinos-indígenas tienen como principal instrumento de trabajo el arado egipcio de hace 3000 años), artesanales, y, en el mejor de los casos pre-industriales, en tanto que sólo una tercera parte está en capacidad de acceder a tecnologías semi-industriales. El empleo de tecnologías de punta, computarizada y de escala sólo se utiliza en la extracción de petróleo, gas, telecomunicaciones, banca y en el 10% de la extracción minera y producción industrial. En cuanto a la ansiada ética mercantil que debiera haber sustituido los hábitos tradicionales, las interminables estafas bancadas con sus créditos vinculados, el uso patrimonial del estado, como aquello de que de 90 familiares de Banzer 50 tenían cargos públicos, y cada ex presidente siente como un deber dejar a sus retoños la continuidad de la función pública como quien deja un patrimonio familiar, muestran hasta que punto las viejas practicas señoriales y las fidelidades de sangre siguen gobernando absolutamente todos los comportamientos de empresarios, políticos y uniformados. Resulta así que la proclamada modernidad se reduce a los cafés-internet, a los autos de lujo y los bienes suntuarios con la que una frivola élite adinerada dilapida el escaso excedente social. "Exportar o morir": el fetiche de la globalización y mercado mundial Otra de las apuestas del neoliberalismo fue el vincularnos al mercado mundial y a los vientos de la globalización. En cuanto a esta última palabra, ninguno de los ideólogos que la enarbola como fatalismo que lo explica todo, sabe en verdad de que se trata. Lo cierto es que Bolivia ha estado vinculada al mercado mundial desde su nacimiento como república. Primero fue la plata, la goma, la castaña, luego el estaño, el wolfram, la coca y ahora el gas, la soya, el oro, etc. Sin neoliberalismo igual los sistemas técnico-productivos de procesamiento del mineral en el siglo XIX provenían de Alemania e Inglaterra, las máquinas perforadoras y las herramientas textiles del siglo XX llegaban de Estados Unidos

y hasta los trajes y las escasas ideas de las élites eran copias de Ib que se producía en Buenos Aires, París y Madrid. El vínculo con el mercado mundial y la dependencia hacia los flujos monetarios mundiales, hacia las técnicas laborales, los conocimientos y estilos de vida están presentes desde hace 5 siglos, variando únicamente la forma y la intensidad de esas relaciones. Hoy, el neoliberalismo si bien ha incrementado la inversión extranjera del 4 al 45% del total de la inversión anual, ha hecho retroceder la importancia de nuestras exportaciones económicas de 10,1% del total del comercio mundial al 0,07%, en tanto que el valor de esas nuestras exportaciones apenas alcanzan a lo que lográbamos vender en 1980. Lo peor es que este supuesto privilegio de capital extranjero no ha traído ningún beneficio colectivo a la sociedad. Como hace 15 años, el ingreso promedio de los bolivianos tiene como tope los 900 dólares anuales, monto similar al de las repúblicas africanas, por si fuera poco, el 95% de las personas que viven en el campo y el 60% de las «ciudades tienen un ingreso inferior a dos dólares por día, ubicándose en la categoría de los pobres e indigentes planetarios. En medio de este panorama social no d ej a de ser dramáticamente paradójico que aquellos que sí hicieron del libre mercado y de la exportación una forma de vida no fueron precisamente los empresarios que se atrincheraron en el saqueo improductivo de los exiguos recursos del estado (reprogramación de deudas, quiebras bancarias subsidiadas por el erario público, rebaja de fletes del transporte), sino un bloque social, los cocaleros que son los que cotidianamente tienen que pagar con la muerte y la cárcel la osadía de haber convertido el libre comercio en una empresa popular. La inversión extranjera, invocada para crear 500.000 empleos, para elevar los ingresos y arrojarnos a la modernidad, allá donde se ha implantado, al tiempo de promover una economía de enclave de tipo colonial, ha generado miles de despidos, encarecimiento de servicios (tenemos las tarifas de telefonía extranjera más caras de América Latina), supresión de servicios (ferrocarriles), bancarrota empresarial (LAB), y pérdida de la renta económica más importante de los últimos 100 años (Jos más de 74.000 millones de dólares del gas de la cual sólo podrá quedar para beneficio público el 18%) Tal es en síntesis el virtuosismo de una forma servil-colonial de articulación con los mercados mundiales de capital y productos llamada neoliberalismo.

EL GRAN FRAUDE: MENOS ESTADO Y MÁS SOCIEDAD

La p o s i b i l i d a d de e n c u b r i r este desfalc o público eufemísticamente denominado capitalización, pudo llevarse a cabo porque, entre otras cosas, contó con una serie de promesas como la de "achicar el estado corrupto" para dar paso al usufructo de la riqueza pública por la sociedad. De ahí el Bonosol, las Acciones Populares, etc. Dejando de lado que cerca del 40% del excedente económico nacional (ganancias), casualmente generadas por las antiguas empresas estatales, está en manos de no más de 10 empresas extranjeras, el estado ni se ha reducido, ni es menos corrupto que hace 2 décadas atrás. La posibilidad de la transferencia de tantos recursos a las empresas privadas ha tenido al estado como actor principal; la garantía de las inversiones extranjeras, las facilidades para exportar las ganancias, los bajos salarios, la ausencia de derechos sociales que reducen costos laborales hasta en un 100% cada año, la obtención de créditos extranjeros con bajos intereses, la imposición de elevadas tarifas por servicios, la seguridad de mercados locales cautivos, el disciplinamiento violento de las clases peligrosas con el empleo de la fuerza pública, tienen como protagonista al estado. En el fondo, el neoliberalismo es un keynesianismo al revés: el estado reduce sus funciones productivas pero agiganta sus funciones regulatorias e intervencionistas para entregar cuanto bien público haya y para disponer cuanto recurso y medio disponga (impuestos, leyes, burocracia, créditos) en beneficio de la inversión privada extranjera. Resulta así que el estado ocupa el segundo lugar en cuanto a inversión (600 millones de dólares) y está a punto de igualar a la inversión extranjera sólo que estos recursos expropiados a la ciudadanía son ahora utilizados para favorecer las actividades empresariales de entes privados. CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA

De una manera por demás bastante artificial, y hoy en día peligrosa, el neoliberalismo pretendió casar economía de mercado con democracia como dos componentes inseparables. En términos históricos esto es una impostura pues hay ejemplos de países de impetuoso desarrollo de una economía

de mercado sin necesidad de un régimen político democrático (Chile con Pinochet, Corea del Sur en las últimas dos décadas); e igualmente puede haber despliegue de formas democráticas de poder social en medio de economías semi-mercantiles (Bolivia en 1952) o post mercantiles (Francia, con la Comuna de París). En el caso de Bolivia el estancamiento de la mercantilización real de la economía ha venido acompañada de un mayor retroceso en los procesos de ciudadanización y democratización social. Dado que no puede haber ciudadanía sin la conjunción de los tres derechos fundamentales de la modernidad política como son los jurídicos, políticos y sociales, la creciente informalización y desalarización de la economía ha acrecentado el ejército de trabajadores precarios carentes de estabilidad laboral, de seguridad social, de derechos laborales que, a decir de T.S. Marshall, constituyen el núcleo de los derechos sociales que dan lugar a la ciudadanía moderna. La creciente precariedad laboral y social que cubre al 100% de los trabajadores informales y al 70% de los trabajadores formalmente asalariados, ha destruido en una década lo poco de ciudadanía social que se había construido desde 1940, convirtiendo cualquier discurso gubernamental sobre ciudadanía en una retórica inconsistente pues si hay algo que conspira cotidianamente contra este estatus civil es precisamente la continuidad del neoliberalismo. Igualmente, la democracia entendida como creciente participación de la ciudadanía en la gestión del bien público y en la definición de las maneras de participar en esa gestión, ha sufrido notables erosiones en los últimos años por cuanto cada vez la sociedad tiene menos posibilidades de definir las políticas públicas frente a las presiones de embajadas extranjeras, organismos internacionales e inversionistas privados. El hecho de que la economía y el estado dependan para su funcionamiento de la inversión, los préstamos y los mercados extranjeros tiende a reducir a cero la posibilidad de que sean los propios bolivianos los que delimitemos el rumbo de la economía, del estado y de la vida colectiva, con lo que la democracia se reduce a una simulación ritualizada cada 4 o 5 años. De ahí también que no sea raro que en el ámbito académico y político conservador la discusión sobre

la democracia se concentre exclusivamente en la vigencia de instituciones y procedimientos para resolver conflictos, lo que es una lectura policial de la política que envilece el propio concepto de democracia. En conjunto, cada una de las consignas con las que el neoliberalismo adquirió legitimidad para sustituir el sistema de ofertas y creencias enarbolado por el capitalismo de estado, hoy se muestran no sólo incumplidas sino también disminuidas frente a lo que de ellas heredó en un inicio. Por ello es que no sea raro que ahora, esas mismas masas errantes cautivadas en plebe en acción, cobren la factura de las promesas incumplidas, precisamente pidiendo más democracia y modernidad, sólo que por rutas totalmente diferentes a las de hace una década atrás. LA CRISIS DE ESTADO

En términos teóricos en la organización de un estado es posible distinguir al menos tres componentes estructurales que regulan su funcionamiento, estabilidad y capacidad representativa. El primero es el armazón de fuerzas sociales, tanto dominantes como dominadas, que definen las características administrativas y la dirección general de las políticas públicas. Todo estado es una síntesis política de la sociedad, sólo que jerarquizada en coaliciones de fuerzas que poseen una a mayor capacidad de decisión (mayor capital burocrático), y otras fuerzas compuestas por grupos que tienen menores o escasas capacidades de influencia en la toma de decisiones de los grandes asuntos comunes. En segundo lugar, está el sistema de instituciones, de normas, y reglas de carácter público mediante las cuales todas las fuerzas sociales logran coexistir, jerárquicamente, durante un período duradero de la vida política de un país. En el fondo, este sistema normativo de incentivos, de señales, prohibiciones y garantías sociales es una forma de materialización, de objetivación institucional de la correlación de fuerzas fundante que dio lugar a un tipo de régimen estatal y que, a través de este marco institucional, se reproduce por medios legales. Como tercer componente de un régimen de estado está el sistema de creencias movilizadoras. En términos estrictos la

lucha política es la confrontación por la imposición y consagración de esquemas mentales, de representaciones simbólicas que ordenan de una particular manera el mundo social y que tienen la capacidad de llevar a las personas a actuar, a movilizarse en correspondencia a esa manera de representar el mundo. Cuando estos tres componentes de la vida política de un país muestran vitalidad y un funcionamiento regular, hablamos de una correspondencia óptima entre régimen estatal y sociedad. Cuando alguno o todos estos tres factores se estancan, se diluyen o se quiebran de manera irremediable, estamos ante una crisis estatal manifiesta en el divorcio y antagonismo entre el mundo político, sus instituciones, y el flujo de acciones de las organizaciones civiles. Eso es precisamente lo que hoy sucede en Bolivia.

I.- La trama de las fuerzas sociales La constitución del armazón de fuerzas colectivas que dieron lugar al llamado estado neolibéral-patrimonial contemporáneo tuvo como punto de partida a la derrota política y cultural del sindicalismo obrero articulado en torno a la COB, que representaba la vigencia de múltiples prerrogativas plebeyas en la administración del excedente social. Sobre esta base es que se consolidó un bloque social compuesto por fracciones empresariales vinculadas al mercado mundial, los inversionistas extranjeros y organismos internacionales dé regulación que ocuparon el escenario dominante de la definición de las políticas públicas. En la actualidad, esta composición de fuerzas se ha agrietado de manera acelerada. Por una parte, la desorganización y despolitización del tejido social que generó la inermidad de las clases subalternas y la garantía de la aristocratización del poder estatal durante 15 años, ha sido revertida. Los" acontecimientos de abril-septiembre del 2000, julio del 2001 y febrero del 2002, señalan una reconstitución regional de diversos movimientos sociales con capacidad de controlar políticamente segmentos sociales urbano rurales y de imponer, en base a la fuerza de su movilización, políticas públicas, régimen de ley y hasta modificaciones relevantes

de la distribución del excedente social (Coordinadora del Agua, CSUTCB, Federaciones cocaleras). Por otra parte, la propia alianza de las élites económicas dominantes muestra claros signos de fatiga y conflicto interno debido a que hay un estrechamiento de los marcos de apropiación del excedente económico resultantes de la crisis internacional y la contracción de la capacidad de compra (ver los recurrentes conflictos de la CAO con el gobierno). En un ambiente marcado por el pesimismo a largo plazo, cada una de las fracciones del poder comienza a jalar para su lado enfrentándose a las demás. 1.- Régimen de instituciones políticas

Durante los últimos 18 años, los partidos políticos han adquirido una relevancia central en la organización de la institucionalidad gubernamental. Apoyados en el reconocimiento otorgado autoritariamente por el estado, pues por sí mismos nunca fueron relevantes, los partidos han pretendido sustituir el antiguo régimen de mediación política desempeñado por los sindicatos. Sistema de partidos, elecciones y democracia representativa, son hoy, los mecanismos por medio de los cuales se ha definido prescriptivamente el ejercicio de las facultades ciudadanas. Sin embargo, está claro que los partidos no han logrado convertirse en corporaciones de mediación política, esto es, en vehículos de canalización de las demandas de la sociedad hacia el estado. Las investigaciones sobre el funcionamiento de los partidos y las propias denuncias de la opinión publica muestran que ellos son ante todo cofradías familiares mediante las cuales se compite por el acceso a la administración estatal como si se tratara de un bien patrimonial, y que los modos de vinculación con la masa votante está organizada básicamente en torno a vínculos clientelares y prebéndales. De esta manera, destruida la ciudadanía sindical del estado nacionalista, pero apenas asomada una nueva ciudadanía política moderna de tipo partidaria y electiva, la sociedad ha empezado a crear otras formas de mediación política, otras instituciones de ejercicio de representación, organización y

movilización política al margen de los partidos. Estos son los nuevos movimientos sociales con sus tecnologías de deliberación, asambleísmo y cabildeo, y de ahí que se pueda afirmar que en términos de sistemas institucionales, hoy en Bolivia existen dos campos políticos: por una parte el campo político dominante, con sus instituciones partidarias, pactos de gobernabilidad, régimen parlamentario y elección cada cuatro o cinco años. Por otro lado, los movimientos sociales, intermitentes en su capacidad de articulación social a gran escala, pero con una extendida capacidad de crear redes sociales subterráneas susceptibles de ser gavilladas de tiempo en tiempo en movilizaciones, cabildeos y control territorial de extensas zonas geográficas del estado. 3.- Matriz de creencias sociales movilizadoras

Por más de una década y media, los "dispositivos de verdad" que articulaban expectativas, "certidumbres y adherencias prácticas"1 de importantes sectores de la población, fueron las ofertas de libre mercado y democracia representativa. Ambas propuestas fueron ilusiones bien fundadas pues si bien en verdad nunca lograron materializarse, permitieron realinear el sentido de la acción y las creencias de una sociedad que imaginó que por medio de ello, y los sacrificios que requería, se iba a lograr el bienestar, la modernidad y el reconocimiento social. Hoy, la desmoralización de una población abatida, en unos casos, o en otros atraída por otras convicciones aglutinadoras como las del nacionalismo indígena, la recuperación de los recursos públicos, y el cambio social, muestra el desmoronamiento de un esquema de convicciones que en su momento permitió quebrar las fidelidades estatalistas predominantes en el imaginario social durante más de 40 años, pero que por los hechos de la imposibilidad estructural de su realización, ahora se develan como un sistema de deseos inconsistentes y efímeros. 1. L. Boltansky; E. Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Madrid, 2002.

En conjunto está claro que los tres pilares de la estructura estatal muestran un deterioro irreversible y con ellos, el próximo f i n del actual ciclo político. Pero esto no necesariamente debería llevar a dramatismo apocalípticos. La posibilidad de un reciclamiento de las élites dominantes a través de nuevos pactos, reconversiones institucionales y nuevos discursos tiene una alta probabilidad, tal como la muestra la historia estatal republicana; así como también una transformación radical de las fuerzas hegemónicas que den paso a sectores anteriormente marginados tiene también un amplio grado de verosimilitud. LAS RESONANCIAS ELECTORALES DE LA CRISIS ESTATAL

Los recientes resultados de las elecciones generales del 2002 han contribuido a agudizar aún más el campo político institucional de los partidos políticos. Considerado durante 17 años como el lugar de la mutación pactada de élites en el ejercicio del poder estatal, los últimos resultados electorales han cortado de manera intempestiva la jerarquía rotativa de las fracciones sociales anteriormente monopolizadoras de la delimitación y administración del sentido de lo público. Partidos considerados como centrales en la formación de los gobiernos y oposiciones en las últimas dos décadas, han desaparecido de escena política, en tanto que otros han visto mermar dramáticamente su poder de influencia. ADN, sus líderes, funcionarios y electores, que de un total de 17 años de gobernabilidad pactada estuvieron 13 años como actores centrales en las coaliciones de gobierno, hoy se han convertido en sujetos marginales e irrelevantes en la constitución de nuevos bloques gubernamentales. UCS y Condepa que juntos lograron articular a un 30% del electorado más excluido de los privilegios sociales, llegando a ser considerados como potenciales sustitutos de los tres partidos más grandes, ahora apenas alcanzan el 5% de las preferencias electorales, transitando una tasa de decrecimiento exponencial que amenaza con extinguirlos, si es que no lo han hecho ya (Condepa). El MIR, acostumbrado a desempeñar el papel de la "izquierda" de la "derecha" que le permite captar votación

popular y de descontento, con el nuevo escenario ha perdido su personalidad, ubicándose en una centro derecha híbrida y desabrida sin capacidad de protagonismo en un espacio de competencias políticas crecientemente polarizadas. Por su parte, el MNR que tuvo la capacidad de acceder a la presidencia contando con el respaldo promedio de un tercio del electorado, ahora tienen que contentarse con intentar hacerlo con un quinto de unos votantes esquivos y acechantes, que ya le enseñaron al general Banzer lo difícil que es gobernar con una legitimidad mutilada por el apoyo de sólo un 20% de la votación. EL REGRESO DE LA INDIADA

Paralelamente, el campo político se ha visto impactado por la emergencia de partidos nuevos (MIP, MAS), o anteriormente pe_queños (NFR), que de forma intempestiva han alcanzado la mitad de la adhesión de los electores. Ciertamente que el surgimiento de partidos nuevos con una votación considerable no es algo reciente; el campo político tiene memoria de la emergencia de opciones "nuevas" como la de Condepa, en los años 80, y USC, en los 90; sin embargo, éstas nunca llegaron a afectar el predominio indiscutible de las tres fuerzas sistémicas ordenadoras del campo político, como lo fueron el MNR, MIR y ADN, pero además, nunca como hasta ahora, en los últimos 21 años, ningún otro partido pudo obtener tal reconocimiento electoral sin recurrir a las redes clientelares de soborno material o simbólico del electorado. En los 17 años pasados, la forma dominante y hasta absoluta de hacer política se asentaba en estructuras clientelares de tipo material (MNR, ADN, MIR, USC) o simbólico (Condepa), que transmutaban empleos, calaminas, cerveza o anteojos por votos y legitimidad política. El 30 de junio en cambio, se ha quebrado este predominio al reducir cerca de un tercio el promedio de la votación de antiguos tres grandes partidos, pero además, y esto es lo mas impactante para algunos pues derrumba el sentido de previsibilidad y lógica políticas construidas durante década y media, ha convertido a uno de los partidos radicales emergentes en una fuerza política con el mismo nivel de legitimidad electoral que el partido tradicional triunfante. Si a ello sumamos que estos partidos emergentes vienen de la mano de un liderazgo indígena, con una propuesta estatal

indígena (MIP), o de tipo mestizo popular (MAS) y con un discurso no liberal ni de libre mercado, todo ello diluye el principio de certidumbre estratégica que las élites habían, creado en estos 17 años en torno al cuasi naturalizado monopolio administrativo del estado. . En el fondo, más que una d erro ta n u mérica, que c i e r t a me n t e no es abrumadora, lo que hoy se ha experimentado es una derrota moral de las élites dominantes a manos de indios, cholos y plebe soliviantada; y claro está, en una sociedad racista como la boliviana donde la contabilidad numérica del poder es menos importante que la validación racial de la obediencia, esa es un tipo de derrota aún más contundente y fatal pues pone en entredicho la certeza de mando inapelable y naturalizado que los grupos privilegiados habían producido durante todo este tiempo. Hoy, está claro que los indios no sólo han entrado en escena política para quedarse' sino que lo han hecho sin pedir permiso, pateando la puerta y el tablero, encima con muchas ganas de querer quedarse allí por un buen tiempo y por si fuera poco con la osadía de apostar a tomar las riendas del estado. CAOS SISTÉMICO

Es indudable que esta modificación de los sujetos políticos pudiera ser algo temporal y que las aguas de las fidelidades políticas conservadoras tienen varias probabilidades de retomar su antiguo volumen. Sin embargo, lo mismo se dijo cuando surgieron las primeras rebeliones sociales, dos años atrás, y quienes subestimaron su importancia, ahora tienen que esconder sus cálculos y sus encuestas electorales que les aseguraban que los levantamientos indígenas y populares eran una simple invención mediática de liderazgo efímeros. Y es que en verdad, la sorpresa de las cifras electorales, es apenas uno más de un conjunto de componentes que cristalizan unas transformaciones estructurales de gran escala del orden político. El cambio más sorpresivo y decisivo que está atravesando la sociedad boliviana es el de los mundos simbólicos ordenadores del campo político, esto es, del sistema de creencias sociales movilizables con el que las personas significan, nombran y actúan en el terreno de la gestión del

mundo público y del estado. De un tiempo para acá, nuevas subjetividades colectivas, nuevas disposiciones a enunciar de manera distinta el horizonte de acción política han surgido de la mano de movimientos sociales regionales y han logrado incluso desestabilizar la rutina del campo electoral. Si bien estas convicciones políticas emergentes no han adquirido una dimensión global a escala de toda la jurisdicción territorial del estado, es claro que han descentrado el núcleo de creencias y estructuras simbólicas dominantes. Propuestas tales como "identidad indígena con capacidad de autogobierno", nuevas formas de p articipación democrática asentadas en instituciones corporativas y deliberativas, "asamblea constituyente", ciudadanía diferenciada por pertenencia lingüística, comunalismo y gestión social de recursos públicos han comenzado a erosionar la hegemonía discursiva de "libre mercado" y de la "democracia representativa" que había gobernado el imaginario colectivo durante década y media. Retomando la propuesta hecha por G. Arrighi para entender los ciclos sistémicos de formación de la hegemonía mundial2, visto en un terreno más pequeño, el del campo político, se puede considerar que la extinción del centro político hegemónico liberal ha dado inicio a un ciclo de trans ición denominado de "caos sistémico" que es precisamente la peculiaridad de la actual etapa histórica del campo político boliviano. Los períodos de caos sistémicos se caracterizan por él declive de un centro ordenador de un sistema, el incremento del conflicto más allá de las tendencias auto regulables, la sobrexposición de pautas de comportamiento antiguas y nuevas que aumentan la incertidumbre, y el crecimiento de la demanda de orden. En el campo político institucional, está claro que las rebeliones del año 2000 y las elecciones generales recientes, han provocado el declive de la receptividad simbólica de las clases subalternas a los flujos discursivos emitidas por las élites económicas y políticas anteriormente unificadas en torno a partidos políticos como el MNR, MIR y ADN, dando lugar a la multiplicación de las fuentes de emisión 2. G. Arrighi, El largo siglo XX, Akal, Madrid, 1999; también, G. Arrighi, B. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Akal, Madrid, 2002.

de nuevas creencias políticas (MAS, MIP, y los movimientos sociales), con capacidad de articular crecientes redes de adherentes y simpatizantes activos. Igualmente, el sistema institucional de acción política basado en los partidos políticos, las redes clientelares, los pactos partidarios y la acción parlamentaria como modos exclusivos de toma de decisiones públicas, se hallan hoy entremezclados y conflictivamente sobrepuestas a unas otras institucionalidades provenientes del subsuelo político, como el cabildeo intraregional, las asambleas sindicales, los bloqueos y la acción deliberativa de los movimientos sociales que están trazando otras pautas de comportamiento político con capacidad de cercar y p a ra li z a r recurrentemente el funcionamiento del estado. Ello ha traído un incremento sustancial del número e intensidad de los conflictos que, a estas alturas, lejos de reforzar la función de los mecanismos correctores que el propio campo político posee para encauzar esas pugnas, éstas tienden a rebasar y colapsar el propio funcionamiento de todo el campo político. Por último, la polarización política entre izquierdas, portadoras de liderazgo indígenas, estructuras de acción partidaria sostenidas en movimientos sociales y discurso claramente transformadoras del orden socio-económico del país, y unas derechas sustentadas en aparatos partidarios profesionalizados y dispuestas a conservar a como de lugar el horizonte liberal y de "libre mercado", muestran hasta que punto se ha desatado una pugna por la ocupación del polo político hegemónico en medio de una inclinación creciente de sectores sociales a una u otra opción en busca de definir a corto plazo un nuevo orden sistemático que tendría que traducirse en un regreso o renovación de la correlación de fuerzas sociales con acceso al poder estatal, en un regreso o invención de nuevas instituciones políticas. De ahí que la incertidumbre estratégica sea también un componente central de la actual época política. Pero a la vez, es claro que este tipo de períodos no pueden durar mucho pues si bien son momentos de enorme creatividad social donde se ensayan múltiples estructuras de orden social contrapuestas, se requiere de la inversión de grandes cantidades de energía colectiva que con el tiempo

han de agotarse. De ahí que estos momentos sean períodos bisagra entre un orden sistémico de largo aliento agotado y un nuevo orden estatal emergente que otorgue a la sociedad los principios estabilizadores de certidumbre e integración. La gran pregunta que se tiene al frente, es saber si este nuevo orden sistémico será una reactualización remozada del. anterior, con lo que los problemas estructurales de lo que Braudel llamaba la "temporalidad corta", (en este caso el horizonte neoliberal), y la "temporalidad larga" (la colonialidad) se incrementarán a corto plazo; o bien, se dará paso a un nuevo orden sistémico que comience a resolver los problemas estructurales de un estado republicano excluyente, bajo permanente acecho de una sociedad que nunca ha logrado hasta ahora ser sintetizada por los códigos estatales. GOBERNABILIDAD O GOBERNANZA

Este período de transición política ha mostrado que no sólo es una impostura política el suponer que se puede conformar estabilidad gubernamental por medio de gobernabilidad entendida como un régimen de pactos y alianzas partidarias, sino que además es peligroso pues esto reduce la ilusión de comunidad política, la función estatal de legitimación por excelencia, a un diálogo de la élite con su propia imagen reflejada en el espejo institucional, que a la larga genera desestabilización del propio estado por su reducida base social de credulidad. Esto funciona cuando la sociedad o está primordialmente organizaría en partidos políticos, o cuando no existe como sujeto público autónomo. Por eso, los estados modernos, que presuponen estructuras de autoorganización social son, por sobre todo, sistemas de condensación y seducción colectiva que permite consagrar con verosimilitud que ciertos intereses de grupo realizan interés universales, colectivos. Debido a las características económicas y tecnológicas de las actividades reproductivas, la mayor parte de la sociedad boliviana no se organiza políticamente ni exclusiva, ni mayoritaria, ni primordialmente por vía de partidos políticos. En momentos en que en la sociedad predomina la desorganización o el retraimiento a redes corpusculares de agregación territorial, su vínculo con los partidos es de tipo

clientelar episódica y sin generación de hegemonía. Cuando los grupos subalternos de la sociedad produce estados de agregación y autoorganización, sus formas de representación política son de tipo corporativo, sindical y comunal; en tanto que los partidos, en el mejor de los casos, funcionan como .prolongaciones electorales de la lógica de agregación gremial, como lo han mostrado el MAS y el MIP.

autónoma es, a estas alturas, un requerimiento ineludible para saltar los obstáculos epistemológicos conservadores en la acción política que no hacen más que incrementar la irresolución de los conflictos estructurales y la incertidumbre social.

Es por ello que la categoría de gobernabilidad, 'que sirvió para legitimar procesos de exclusión política, ahora se presenta como una categoría inútil y retrógrada para entender el actual curso de los acontecimientos políticos, en un momento en que el escenario de la política se ha dilatado alcanzando a las calles y carreteras y cuando ningún gobierno habrá de alcanzar estabilidad si no cuenta con una política de pactos con los movimientos sociales que han devenido en sujetos políticos no estatales. Es por ello que puede resultar fructífero retomar otras categorías capaces de incorporar en la elaboración de sistemas representativos de gobierno en sociedades complejas como la nuestra, la importancia de estructuras de autoorganización social en el diseño de la geometría institucional de la toma de decisiones gubernamentales.

Las características de las recurrentes crisis estatales de este siglo en Bolivia, incluida esta última que estamos atravesando, creemos que radica en lo que podemos denominar como un desface o mejor, desarticulación entre los sistemas de gestión estatal monodireccionales y la estructura socioeconómica compleja y multidireccional del país. Dicho en otros términos, el armazón institucional y relacional del Estado no corresponde ni sintetiza la realidad socioeconómica, cultural política y simbólica de la población, sino tan sólo a una parte minoritaria de ella. En algunos momentos, este desencuentro es atenuado por un incremento de modernizaciones económicas y culturales de la sociedad a gran escala (195256), en tanto que en otros, hay un retroceso estructural a los antagonismos seculares, como ahora.

Precisamente, el concepto de gobernanza, reformulada para este nuevo contexto, puede ayudar a precisar esta dinámica multi-institucio nal que se requiere para entender la complejidad de la actual crisis política y sus potencialidades de resolución racional duradera. Utilizada para entender el desempeño de formas de coordinación política en escenarios de turbulencia, que no se restringen a las que acontecen dentro de la institucionalidad del estado, la gobernanza concede primacía a las formas de auto-organización política, a los modos de interacción comunicativa entre redes institucionales plurales y a los artefactos de identidad colectiva regionales capaces de articular múltiples modos de organización de un buen gobierno. Pensar el estado más allá del estado, trabajar una nueva institucionalidad de gobierno a partir de la integración, en las jerarquías superiores del estado, de las redes organizativas que la misma sociedad ha creado de manera

LOS RETOS ACTUALES

Durante más de 170 años de vida republicana la organización del estado, su régimen normativo, sus instituciones, sus discursos movilizadores y la propia constitución de las fuerzas organizadoras de la vida política han estado basadas en pautas de acción de reglamentación y normatización correspondientes y resultantes de aquella parte de la estructura social, tanto económica, como cultural, política y simbólica, modernizante o en vías de modernización de tipo mercantil, en su vertiente de acumulación empresarial y de trabajo asalariado. En tanto que los regímenes normativos, los sistemas políticos, los esquemas organizacionales de la vida' social de aquella parte de la población que no está sumergida en pautas de organización social moderna, y que gestionan su vida en torno a núcleos socioeconómicos de tipo artesanal, mercantil simple, doméstico y comunal, no son tomados en cuenta, ni incorporados ni reconocidos como parte de la forma de configuración del poder estatal, de la formación de la república. Esto ciertamente sucede en muchos otros países, pero en muy pocos estas estructuras organizativas y simbólicas

de la sociedad no-modernas, no-industrial, abarcan a la mayoría de la población del país, como es nuestro caso. Esto por supuesto no ha impedido que el Estado enlace estas estructuras sociales, que haga pactos sociales y amplíe su radio de ejercicio de dominación sobre todos los segmentos sociales. El estado republicano, al igual que el colonial, ha creado regímenes de pactos que han permitido que el estado se materialice como una duradera relación de condensación de fuerzas sociales, de prerrogativas y derechos institucionalizados. Pero nunca ha logrado integrar, o al menos fundar la creencia de integración, a toda la sociedad como lo hacen los estados modernos. En el fondo, la diferencia entre estados modernos y no modernos no es que los primeros están al margen de la dominación y los otros no. Todo estado, como monopolizador legítimo de la coerción física3 y de la violencia simbólica4 es un sistema bien fundado de organización social de la dominación política. Sólo que los estados modernos lo hacen a través de unos sistemas de creencias y de instituciones sociales que integran a todos, a administradores y tributarios de la dominación, en unos procedimientos comunes, homogéneos resultantes de parámetros más o menos similares e igualmente comunes de su vida civil. De ahí que el estado moderno sea una síntesis expresiva de la sociedad. En Bolivia en cambio, esto no ha sucedido nunca ni sucede ahora. El estado no funciona como síntesis social, sino como sobreposición política. Hay bloques sociales, comportamientos sociales, esquemas organizativos, prácticas económicas y políticas, sistemas de valores y símbolos colectivos que no participan de la convocatoria estatal ni de sus instrumentos de organización de la elaboración de la vida en común, del sentido de lo general que emana del estado, dando lugar al mayor desencuentro secular entre sociedad y estado, en el que las energías sociales, las representaciones colectivas y las corporaciones de formación de identidad se mueven al margen, por otras rutas locales o segmentadas de ejercicio de 3. M. Weber, Economía y sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 1987. 4. P. Bourdieu, Meditacionespascalianas. Anagrama, Barcelona, 1999.

derechos políticos, de entendimiento y participación política. Esto explicaría porque uno de los componentes de la composición política de la sociedad5, la "política no estatal" de la sociedad, permanentemente desborde, desequilibre a las instituciones de "política estatal" que siempre viven bajo el acecho o la desconfianza de los diferentes sujetos y movimientos sociales. En un nivel de generalidad, se puede decir que en Bolivia existen al menos cuatro regímenes civilizatorios, entendidos éstos como estructuras materiales, políticas y simbólicas que organizan de manera diferenciada las funciones productivas, los sistemas de autoridad y organización política, además de los esquemas simbólicos con los que se da coherencia al mundo6. Estas cuatro civilizaciones serían la moderna industrial, que abarca a la minería y manufactura industrial, a la banca, el gran comercio, los servicios públicos, el transporte con sus respectivos circuitos de acumulación e intercambio directamente mercantil de productos, bienes y fuerza de trabajo. En términos poblacionales no más de un 20 ó 30% de las personas en el país están involucradas directa y técnicamente en esta trama social. El segundo régimen civilizatorio es la economía y cultura organizada en torno a la actividad mercantil simple de tipo doméstico, artesanal o campesino. Una buena parte de la llamada informalidad corresponde a este segmento social. En tercer lugar, esta la civilización comunal, con sus procedimientos tecnológicos, de gestión de la tierra, de fusión entre actividad económica y política, con sus propias autoridades e instituciones políticas que privilegian la acción normativa sobre la electiva7. Por último, está la civilización amazónica, compuesta de varios pueblos e idiomas portadores de un conjunto de técnicas sociales de gestión económica y política diferente a las anteriores tres. En conjunto, 2/3 partes de los habitantes del país se hallan en alguno de estos segmentos societales. Es claro que este es un modelo

5. 6.

L. Tapia, Turbulencias de fin de siglo, UMSA, La Paz, 1999. N. Elias, El proceso de la civilización, FCE, México, 1993; F. Braudel, Civilización material, economía y capitalismo, Alianza(Ed.), España, 1984. 7. G. Habermas, Teoría de la acción comunicativa, Taurus, España, 1998.

conceptual que no excluye vínculos, cruces e hibridaciones complejas entre estos cuatro bloques civilizatorios, al tiempo que hace resaltar la diferencia de los patrones de organización social vigentes en el espacio social boliviano. Ahora bien, por lo general, las normas, funciones, instituciones y representaciones con las que se ha constituido la vida estatal en Bolivia sólo han tomado como universo de representación, de interpretación y síntesis general, a las prácticas y disposiciones políticas resultantes de una inserción en la vida moderna mercantil, con sus hábitos de filiación electiva, de individuos parcialmente desarraigados de anclajes de linaje o paisanaje tradicional y, por tanto, potencialmente aptos para formas de agregación partidaria y constitución del poder público mediante el mercado político moderno. En cambio, una mayoría de la población sumergida en estructuras económicas y culturales no industriales, y además detentadoras de otras identidades culturales y lingüísticas, son portadoras de otros hábitos políticos resultantes de su propia vida material y técnica. La sobreposición de la identidad colectiva por encima de la individualidad, la práctica deliberativa por encima de la electiva, la coerción normativa como modo de comportamiento gratificable por encima de la libre adscripción y cumplimiento, la despersonalización del poder, su revocabilidad consensual y la rotatividad de funciones, etc., son formas de comportamiento que hablan de culturas políticas, diferenciadas de las liberales y representativa partidarias, «profundamente ancladas en las propias condiciones de vida objetiva, en los propios sistemas técnicos de reproducción social de las personas. El corporativismo, el asambleísmo consensual, el hábito de tipo normativo tradicional, hablan de unos tipos de acción política, de organización política, de tecnologías políticas, enraizadas en la propia estructura económica y técnica de sistemas civilizatorios no modernos y, por tanto, vigentes en tanto estos sistemas económicos, culturales y simbólicos de organización de la vida social se mantengan. En sociedades culturales homogéneas y políticamente nacionalizadas, existe un principio ético político de unificación de criterios que otorga, como un hecho de verificación legítima de esta integración histórica, al estado la titularidad final de

los recursos y las decisiones sobre las formas de gestión de esos recursos. Esto puede ser así, porque el estado, pese a sus jerarquías, se presenta como síntesis imaginada de la sociedad, por lo que la soberanía final no es un asunto de querella sino de cumplimiento deliberado. En sociedades complejas como la boliviana, el estado, se presenta como una estructura relacional y política monoétnica que, así como desconoce o destruye otros términos culturales de lectura y representación de los recursos territoriales, vive con una legitimidad bajo permanente estado de duda y acecho por parte de las otras entidades culturales y étnicas excluidas de la administración gubernamental. Esto da lugar a un principio de incertidumbre estratégico de la legitimidad estatal, subsanada de rato en rato por medio de pactos verticales de mutua tolerancia susceptibles de ser quebrados, por cualquiera de los bandos, no bien alguno de ellos se descuide y debilite. Esta es precisamente la situación del estado boliviano a lo largo de sus 177 años de vida republicana, lo que lo convierte en un estado gelatinoso y bajo permanente sospecha, debido a su incapacidad de articular estructuralmente a las fuerzas sociales que cohabitan en su espacio de influencia geográfica. Ante la ausencia de un principio nacionalizador de pertenencia o de parentesco simbólico ampliado entre las personas bajo influencia estatal, la soberanía se presenta como un continuo escenario de guerras de baja y alta intensidad en las que los distintos sujetos, el estado a través de sus normas, los empresarios por medio de sus intereses económicos y las comunidades a través de sus usos y costumbres, dilucidan temporalmente caleidoscópicas y fracturadas maneras de soberanía territorial. La afirmación de que en Bolivia cada región se asemeja a una republiqueta no hace más que afirmar esta situación de incertidumbre estatal que impide cualquier pretensión de instauración de una normatividad gubernamental territorial comúnmente aceptada, acatada y refrendada por todos los integrantes de la sociedad. En Bolivia, el estado no es un emisor hegemónico en tanto no ha logrado generar creencias compartidas de largo aliento que asiente un principio básico de soberanía aceptada. Ante esta ausencia de un ilusión compartida de comunidad política, el estado y

sus normas siempre son vistas como una mera herramienta instrumentable y casi nunca como una síntesis expresiva de la sociedad como un todo. Ante la ausencia de la creencia compartida de pertenencia ilusoria a una identidad político cultural compartida, cada norma estatal referida al territorio nunca se presenta como una legislación de forma sobre un acuerdo de soberanía estatal de fondo; al contrario, se presenta como una nueva prueba en que ambas partes, estado y comunidades, ponen a prueba el alcance de intervención del otro en un bien que cada uno lo asume de facto como propio. La falta de seducción para el acatamiento del principio de soberanía estatal, engendra una cultura del cerco y acecho, que es el único lenguaje de coexistencia entre estado y las mayoritarias colectividades culturales indígenas del control del aparato gubernamental. Ahora bien, ¿cómo modificar este desencuentro entre vida estatal y composición socioeconómica del país? Una opción, la que han transitado en el siglo XIX y principios del XX los países industrializados que hoy intervienen en mejores condiciones en esta etapa de globalización económica y política, es la erosión de los sistemas económicos y culturales tradicionales, a fin de homogeneizar unos hábitos productivos mercantiles y unos esquemas organizativos modernistas. En ese caso, las instituciones políticas modernas corresponderían a una formación social moderna, en el sentido mercantil e industrial del término. Esto no anularía la conflictividad y las tensiones políticas, pero sería dentro de los parámetros de previsibilidad y de reforma social habilitados por el régimen socioeconómico moderno, como viene sucediendo en otras partes del mundo. Sin embargo, por las estrategias de desarrollo delineadas por los sectores empresariales en las ultimas décadas en Bolivia, esta claro que este no es un horizonte previsible ni buscado, pues la forma de acumulación empresarial pasa hoy por la articulación subordinada de estructuras laborales tradicionales, mayoritarias, en torno a pequeños islotes de economía moderna de enclave. Otra opción es que dejemos de simular modernidad política en una sociedad predominantemente pre moderna, tanto en términos tecnológicos como culturales. Esto significa romper la esquizofrenia de unas élites que sueñan con ser modernas, se copian instituciones y leyes modernas para aplicarlas en

una sociedad en la que la modernidad mercantil y organizativa es inexistente para más de la mitad de la población y lo seguirá siendo en las siguientes décadas. Esto lleva entonces a pensar en un proyecto viable de estado capaz de sintetizar a la sociedad, en sentido moderno, pero con otros parámetros de lo que vamos a entender y practicar como modernidad, y paralelamente entonces, también nuestras formas de inserción racional en el contexto global, de negociación de soberanía estatal, etc. Esta otra opción sería la de co ns t it u i r un estado de tipo multicultural y multicivilizatorio. CIUDADANÍAS Y DEMOCRACIAS POSIBLES

La existencia fáctica de múltiples identidades étnicas y estructurales civilizatorias en el país y la propia comprobación histórica de la gelatinosidad estatal que vive en permanente acecho de sistemas sociales débilmente integrados a un régimen de legitimidad normativa de largo aliento, obliga a asumir con seriedad y franqueza el debate en torno a las etnicidades como sujetos políticos y territoriales decisivos para la conformación y consagración de cualquier orden estatal duradero en el país. Ante el reconocimiento de identidades étnicas, culturales y lingüísticas en la mayor parte de su territorio y abarcando la mayor.parte de su población, hay varias opciones a emprender. La primera es negar o simular un reconocimiento de esta diversidad pero trazar políticas de extinción ya sea vía la exclusión coercitiva de esas identidades o por medio de su devaluación simbólica que empujen a estrategias de auto negación étnica. En términos estrictos esta es la política estatal aplicada durante los últimos 100 años, con algunas variantes "blandas" en la última década, pero cuyo resultado es una constante reconstitución de las identidades excluidas y el surgimiento de proyectos indianistas secesionistas respecto del estado boliviano. Otra opción es el potenciamiento de proyecto de autonomía nacional indígena que pudieran dar lugar a la formación de nuevos estados de composición mayoritaria indígena que, en el caso de los aymarás y queswas, presentan una potencial

densidad demográfica como para volver viable estas propuestas de autodeterminación política. Este tipo de programas políticos h a n co me nz ado a r ev it ali za rs e en los últimos años especialmente en la zona aymara y marca una pauta de diferenciación radical con el resto de los movimientos indígenas del continente. Esta ruta no debiera extrañarnos pues en el fondo, una nacionalidad es una etnicidad desterritorializada o, si se prefiere, una nación es una etnia exitosamente identificada con un territorio8 a través de la conformación de un régimen político de soberanía estatal sobre la misma. La diferencia entre una etnia y una nación únicamente radica en que la última ha emprendido un proceso de estructuración de una comunidad política institucionalizada por medio de un régimen de estado. Cuando una etnia se autonomiza de un sistema de dominación deviene en nación y, el conjunto de luchas y reclamos indígenas desplegados en las últimas décadas por el pueblo aymara, lo coloca como un candidato potencial a constituirse en identidad nacional-estatal. Una tercera opción, carente de traumatismos culturales sería la de diseñar una nueva estructura estatal capaz de integrar en todo el armazón institucional, en la distribución de poderes y en normatividad, estas dos grandes dimensiones de la cualidad social boliviana: la diversidad étnico-cultural y la pluralidad civilizatoria de los regímenes simbólicos y técnico-procesuales de la organización del mundo colectivo. En términos de un régimen de derechos ciudadanos y de prácticas democráticas, esto significa la constitución de una estado multinacional y multicivilizatorio. Veamos. En términos generales, la ciudadanía es la integración de una persona como miembro competente de una comunidad política a través de un conjunto de prácticas jurídicas, economías y políticas definidas como derechos9. Esto supone 8.

T. Oommen. Citizenship, nationaliiy and elhnicity. Cambridge. 1997.

9.

Sobre el tema de ciudadanía, se puede revisar. Varios, T.H. Marshall. T. Botomore, Ciudadanía y clase social. Alianza (Ed.), España, 1998; J. Habermas, "Ciudadanía e identidad nacional", en Facticidady validez, Trotta. Madrid. 1998; Ch. Tilly. (ed). "Citizenship. identity and social history", International Review of Social History, Nueva York. 1996; D. Held. "Between state and civil society: Citizenship'' en G. Andrews; Citizenship. Lawrence y Wishart. London. 1995; Varios. "Ciudadanía, el debate contemporáneo". La Política, Paidós, 1996; Revista Metapolüica, # 15, México. 2000.

la existencia de un conjunto de fines y valores comunes capaces de constituir de manera duradera una comunidad política que por lo general son fruto de procesos de homogenización económica en torno a economías sólidas de tipo industria l y de mercado, además de dilatados procedimientos de integración cultural. En sociedades politécnicas, la comunidad política sólo se puede construir mediante mecanismos que, sin eliminar la particularidad cultural de las personas, éstas tengan las mismas oportunidades y derechos para constituir parte de la institucionalidad política. Algunos autores han propuesto para permitir ello el ejercicio de una ciudadanía diferente 10 que de lugar al ejercicio de derechos políticos plenos en tanto se pertenece a una determinada comunidad étnica-cultural o nacional al interior del propio estado. De esta manera, las identidades étnico-nacionales excluidas contarían con medios institucionales que garantizarían su representación, en tanto identidades culturales, en las instituciones políticas, incluida su capacidad de veto colectivo frente a cualquier decisión que se vaya a tomar que afecte a la comunidad étnica. La comunidad política como lugar de ciudadanía sería entonces un proceso de construcción colectiva en las que las diversas identidades étnicas excluidas estarían reconocidas en sus prerrogativas y poderes en tanto colectividades. Esta ciudadanía diferenciada puede asumir varias formas, como son el estado autonómico o el estado multinacional. Se trata de la conformación de autogobiernos regionales de gran escala con un régimen de poderes legislativos, judiciales y económicos sobr.e la zona de presencia de la comunidad étnica o lingüística, a la vez que la presencia proporcional a su dimensión demográfica respecto al total de la población, de representantes de cada identidad étnica en la cámara legislativa de las diversas etnias encargada de administrar y 10. M. Young. Justice and the politics ofdifference, U. Princeton Press, Princeton, 1990; Ch. Taylor, El multiculturalismo y la política del reconocimiento, FCE, México, 1993; W. Kymlicka, Ciudadanía multicultural, Paidós, Barcelona, 1996; G. Baumann, E! enigma multicultural, Paidós, España, 2001; L. Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, Paidós, México, 1998. Para una crítica ligera de estas interpretaciones ver, G. Sartori, La sociedad multiétnica, Taurus, Madrid, 2001.

deliberar los asuntos comunes de la totalidad de la )aís. Un población del país. Una variante de este estado a divisi multinacional pudiera ser la división ón esta proporcional, en cada una de las esferas de liembrc gestión estatal, de representación política y :as más administrativa de miembros provenientes de i todo c cada una de las identidades étnicas más igar de importantes. etando, edencia íci ai i^j:

;ro el p i polieti rsidad ^nac

Q CI

En todo caso, de lo que se trata es de hacer de la ciudadanía el lugar del ejercicio de derechos políticos compartidos respetando, garantizando y valorando institucionalmente la procedencia étnica de los ciudadanos. Pero el problema a resolver en el país no es solamente el de la polietnicidad de sus integrantes, sino también el de la diversidad de sistemas políticos mediante los cuales las personas asumen el ejercicio y ampliación de sus prerrogativas públicas. La ciudadanía es un estado de autoconciencia y autoorganización política de la sociedad que es reconocida como legítima por las normas de derechos estatales. El problema surge cuando el estado prescribe un conjunto de normas, de rutas exclusivas mediante las cuales los ciudadanos pueden expresar y practicar esta producción de mandatos políticos de eficacia pública, anulando, desconociendo o reprimiendo otras rutas, otra formas institucionales de formación de autoconciencia política. No existe una sola forma de ejercer derechos políticos ni de intervenir en la gestión del bien común. La democracia liberal, mediante el voto individual, la competencia electoral, la formación de colectividades políticas electivas y el mercado político11, es un modo de constitución democrática de ciudadanía correspondiente a sociedades que han pasado por procesos de erosión de las fidelidades normativas y de los regímenes de agregación de tipo tradicional (parentesco, paisanaje, etc.) esto por lo general sucede en países que se han integrado de manera mayoritaria y dominante a procesos

económicos industriales sustitutivos de economías campesinas, artesanales, comunitarias que sostienen materialmente la existencia de modos normativos de 11. N. Bobbio, El futuro de la democracia, FCE, México, 1995; R. Dahl, La democracia y sus críticos, Paidós, Barcelona, 1998.

constitución de la agregación social. En Bolivia, la economía presenta una heterogeneidad tal que apenas el 20% puede ser calificada de mercantil-industrial moderna, en tanto que el resto está ocupada por sistemas técnico procesuales tradicionales, semi mercantiles anclados en una fuerte presencia de los sistemas gremiales y comunitarios en la organización de los procesos productivos. De allí que las formas de filiación corporativa, gremial, comunitaria se presenten como sistemas de constitución de sujetos colectivos mayoritariamente practicados en ciudades y zonas agrarias como modos de filiación social, de resolución de conflictos, de mediación y auto-presentación política. Ahora, es cierto que estas técnicas de democracia deliberativa, de democracia étnica regida por otros parámetros morales y políticos distintos a los liberales, y efectivizado a través de instituciones no partidarias de tipo asociativo y asambleístico, tienen una existencia preponderantemente local y regional. Sin embargo, distintos momentos de la historia muestran que estos sistemas pueden articularse en red en sistemas macro de democracia abarcante a miles de comunidades a numerosos gremios asumiendo la forma de ejercicio democrático en gran escala. Con un poco de esfuerzo, como aquel que da el estado a los partidos para no desaparecer, estas prácticas democráticas no liberales fácilmente podrían tener una existencia regular y a escala macro estatal. Considerar que la democracia representativa de corte liberal es la única manera de despliegue de ejercicio de responsabilidad política es suponer erróneamente que Bolivia es un país económicamente moderno en su aparato técnico organizativo y que la individuación es mayoritaria, pues esos son requisitos previos a la implementación de modelos de democracia representativa. En Bolivia, las identidades colectivas normativas por barrio, ayllu, comunidad, gremio laboral, preceden mayoritariamente a cualquier manifestación de individualidad y son utilizadas cotidianamente para ejercer control social, para plantear demandas, para elegir representantes, para introducir querellas igualitarias, para formar una moral cívica de responsabilidad ciudadana. Sin embargo, estas instituciones

de corte democrático12 que tienen sus propias técnicas de deliberación, de rendición de cuentas, de elección de autoridades, de igualación política entre sus miembros, esto es, de ejercer derechos democráticos en su definición sustancial, no son tomadas en consideración por el estado actual que, por el contrario, hace sistemáticos esfuerzos por disciplinar de manera autoritaria, a los moldes demo-liberales, al conjunto de estas otras expresiones de democratización social. Un estado multicivilizatorio, significaría precisamente el reconocimiento de múltiples mecanismos, de múltiples técnicas y sentidos de entender, practicar y regular las pulsiones democráticas de la sociedad en correspondencia a las múltiples formas de ejercer ciudadanía. Debido a las cualidades de su formación histórica, la compleja realidad social boliviana ha producido variadas técnicas de comportamiento político democrático y, un estado efectivamente democrático requeriría reconocer a gran escala, en el ámbito de las tomas de decisiones fundamentales de las políticas públicas, el reconocimiento institucionalizado de las distintas maneras de practicar y entender la democracia como un hecho que enriquece la comprensión de la democratización del poder político. Esto es precisamente el carácter multiinstitucional del armazón estatal que, juntamente con una redefinición de las etnicidades legítimas y las normas de administración territorial en correspondencia a las prácticas y soberanías étnicas, podrían dar lugar a un tipo de estado multisocietal y multinacional que articule la diversidad cultural y organizativa del bien común.

. 12. Para una discusión del hecho democrático más allá de la mirada procedimental y minimalista liberal, ver J. Ranciere, El desacuerdo, Nueva Visión, Buenos Aires, 1996; L. Tapia, La velocidad del pluralismo, Muela del Diablo Editores, La Paz, 2002.

View more...

Comments

Copyright ©2017 KUPDF Inc.
SUPPORT KUPDF