DAVID LAZNIK Contrapunto Entre Histeria, Locura Histerica y Esquizofrenia

September 26, 2017 | Author: Gaby Cabrera | Category: Psychoanalysis, Jacques Lacan, Psychosis, Schizophrenia, Neurosis
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Contrapunto entre histeria, locura histérica y esquizofrenia Disertantes: David Laznik y Miguel Furman El Dr. David Laznik es psicoanalista, titular de la cátedra Psicoanálisis Freud y Clínica Psicoanalítica de la Facultad de Psicología (UBA), Miembro del Consejo de la Comisión de la Maestría en Psicoanálisis de la UBA, y Supervisor de varios Dispositivos Hospitalarios. El Dr. Miguel Furman es analista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la EOL, Especialista en Psiquiatría y Director Médico de la institución Pausa. David Laznik: Buenas noches. Hoy vamos a abordar un problema complejo, de aquellos que son arduos, que son difíciles de abordar, que unen registros y dimensiones complejas de la clínica y que requieren perspectivas diversas para poder interrogar las aristas que plantean en nuestra práctica. Esta relación, o esta serie que se enuncia en el título de la conferencia en términos de “histeria, locura histérica, y esquizofrenia”, es un problema en cierto modo clásico, un problema ya instalado, especialmente en las intersecciones entre el psicoanálisis y la psiquiatría. Es un problema tan instalado que justifica que uno se interrogue qué orden de problema es, qué tipo de problema es, qué tipo de problema supone: ¿Es un problema para el psicoanálisis? Sin duda, podemos decir que tiene muchos antecedentes en la historia del psicoanálisis. Hay un cierto momento en la enseñanza de Lacan en donde frente a una categoría compleja como la categoría de los borderlines -categoría que surge en el contexto de la Psicología del Yo, y de la mano de ciertas teorizaciones de Otto Kernberg, alrededor de la década del 60- Lacan se ve llevado a reafirmar, muy tajantemente, la delimitación de las estructuras clínicas en términos de las 3 operaciones clásicas: represión, renegación y forclusión; y las estructuras solidarias que son la neurosis, la perversión y la psicosis. Esto lo hace fundamentalmente para poder dar cuenta y responder a ciertos desvíos que plantea la psicología del Yo y la psicología del self a partir de la teoría de los borderlines. Pero lo que es interesante es que de todos modos persiste dentro del campo del psicoanálisis una categoría que es la de la ‘locura histérica’. Podríamos preguntarnos por qué la nombramos ‘locura histérica’ y no ‘histeria alocada’, esto es: ¿por qué acentuamos el aspecto de locura, haciendo de la histeria simplemente un atributo de esa locura? ¿Implica esa denominación [‘locura histérica’] un reconocimiento de que la locura tiene un cierto estatuto que –si bien no formalizado- no deja de ser reconocido en los modos de decir de los ámbitos psicoanalíticos? Es pertinente que nos preguntemos qué lugar le damos a la locura. Si bien ciertas categorías tradicionales, y ciertos ordenamientos nosográficos tradicionales, no nos permiten ubicarla con precisión, me parece que queda abierta la pregunta respecto de qué lugar tiene la locura. Por lo tanto me parece que el problema de esta relación entre histeria,

locura histérica y esquizofrenia es pertinente si encontramos distintas perspectivas, distintos lugares desde donde abordarlo. Uno de ellos ha sido clásicamente una mirada que se ubica desde el psicoanálisis pero mirando desde la línea de cierta perspectiva psiquiátrica, que me parece que es pertinente y que acentúa la dimensión de la locura. Acentúa la dimensión de la locura -asociada a la psicosis particularmente-, donde la locura está ligada a un desborde de la instancia yoica. Pero me parece que hay una posibilidad de abordar estas zonas limítrofes, estos bordes, desde otros lugares que no supongan solamente la perspectiva descriptiva, la perspectiva fenoménica. Se trata de encontrar una perspectiva que nos permita trascender el problema del diagnostico -que a veces parece ser el único problema que se reconoce o la única mirada, la única perspectiva de la cual se aborda el problema. La locura histérica es una tierra de nadie hasta tanto se define si se trata de un paciente psicótico o si no es un paciente psicótico, en cuyo caso lo nombramos como esquizofrenia o como histeria, pero entonces parece ser como si el problema de la llamada locura histérica es simplemente una especie de tiempo en suspenso hasta que se pueda arribar a un diagnostico. Me parece que a nosotros, los psicoanalistas, nos pueden servir otras miradas, sin excluir esa que es desde ya pertinente e importante para nuestra clínica. En ese sentido, me parece interesante ubicar el abordaje que ha hecho Freud -no porque sea el más adecuado, el más correcto, el más pertinente, sino porque permite rescatar algo que ha quedado perdido, particularmente en la lectura que se ha hecho de Freud en el contexto de la discusión que Lacan ha tenido con la Psicología del Yo. En este sentido es interesante ubicar dos o tres momentos en la obra de Freud: En un primer momento, Freud utilizó los ordenamientos nosográficos de un modo muy particular. Utilizó los ordenamientos nosográficos, no en función de agrupar estructuras clínicas sino en función de delimitar el campo de la experiencia analítica. Tal es así que en un primer momento utiliza una única categoría, un único ordenamiento nosográfico que es la oposición entra en ‘neurosis de defensa’ y ‘neurosis actuales’. Freud utilizó muy sistemáticamente -hasta un momento determinado- lo que podríamos llamar oposiciones binarias. Oposiciones binarias que utiliza un modo muy particular: uno de los términos (neurosis de defensa) nombra aquello que permite delimitar el campo de la experiencia analítica, y el otro (neurosis actuales) nombra lo que queda excluido del campo de la experiencia. Uno nombra lo analizable, y el otro aparece como la figura de lo no analizable. A Freud no le interesaba producir un ordenamiento nosográfico diferente al de la psicopatología de su época, sino que le interesaba producir un ordenamiento nosográfico que fuera solidario de la lógica en la que se fundaba el dispositivo analítico. Entonces, nombraba como ‘neurosis de defensa’ a todos aquellos pacientes que eran analizables ¿Por qué? Porque estaban sostenidos en el mecanismo psíquico -el síntoma como formación del inconsciente- solidario del psicoanálisis como arte de la interpretación. Mientras que la ‘neurosis actual’ (la neurosis de angustia y las neurastenias), en la medida en la que no se sostenía en el mecanismo psíquico de la sustitución, y que aparecía como un cuerpo sin memoria, sin ligadura, sin representación, es decir por fuera de la memoria

-por eso neurosis “actuales”-; Freud los excluía de su práctica clínica y los excluía del campo del psicoanálisis. Es interesante el lugar que tienen lo que Freud llama ya inicialmente la ‘neurosis mixta’: no se trata de una locura histérica sino de una ‘angustia histérica’. Para Freud hay histeria y obsesión por un lado, y por el otro hay angustia; uno es analizable, el otro no es analizable. Entonces aquí, sin preocuparse explícitamente del tema de la locura, Freud sí se preocupó por ese lugar particular en el cual queda la angustia histérica. En un segundo momento, Freud modifica su ordenamiento nosográfico pero no la lógica en la que éste se funda. Ya no se trata de la oposición entre ‘neurosis de defensa’ y ‘neurosis actuales’, sino de la oposición entre ‘neurosis de transferencia’ y ‘neurosis narcisista’. Pero la lógica es la misma (la de las oposiciones binarias) y es utilizada del mismo modo: la neurosis de transferencia es lo que permite delimitar el campo de la experiencia analítica, es decir que es analizable todo aquel que es capaz de transferencia; mientras que la neurosis narcisista aparece como la nueva figura de lo no analizable. Es por eso que la neurosis narcisista en ese momento no es homologable a ninguna estructura clínica. La ‘neurosis narcisista’ es un conjunto heterogéneo: incluye la psicosis, incluye la melancolía e incluye a las ‘mujeres de pasiones elementales’, que es el modo con el que Freud nombra a sus “locas”, aquellas que despliegan en el diván, en su consultorio, esas pasiones elementales, y particularmente una pasión amorosa. Se trata de esas mujeres que aman locamente, dice Freud, aman desmedidamente, etc. pero que no solo aman sino que exigen una reciprocidad, y allí donde no la encuentran despliegan una hostilidad feroz’. Es decir que no se trata de la erotomanía de De Clerambault, psicótica, de la certeza delirante de ser amado por el Otro, sino que acá se trata de una exigencia loca. No es la certeza delirante de que el Otro me ama, propia de la erotomanía psicótica, sino la exigencia loca del que el Otro me ame del mismo modo que yo lo amo. Es decir, se trata de una versión erotómana de la transferencia en la histeria. Y a partir de acá a Freud se le presenta un problema. Pensemos que estos ordenamientos nosográficos [neurosis de defensa-neurosis actuales y neurosis de transferencia-neurosis narcisista] funcionan con una lógica binaria -un elemento permite delimitar el campo de la experiencia y el otro nombra lo que queda por fuera, como figura de lo no analizable. Sin embargo, aparecen dos elementos que rompen con este binarismo: Por un lado el hecho de que la transferencia -que delimita el campo de la experiencia analítica- posee una cierta dimensión que complica el dispositivo analítico. Se trata de la ‘transferencia negativa’, transferencia hostil, pero también de la ‘transferencia positiva erótica’. La transferencia negativa y la transferencia positiva erótica son precisamente lo que permite dar cuenta de las llamadas ‘mujeres de pasiones elementales’: aman locamente, con un amor loco que entraña también una hostilidad, porque esa exigencia de “me vas a amar, te guste o no te guste, por las buenas o por las malas”, supone claramente la hostilidad. Freud nos advierte sobre la hostilidad que desencadenan cuando no son amadas recíprocamente. Se trata de una neurosis de transferencia pero el modo de amor es narcisista, porque no es tanto la pasión de amar sino la pasión de ser amada. Y entonces supone el narcisismo

¿Pero cómo? ¿No lo contábamos del lado de la ‘neurosis de transferencia’? Sucede que estas mujeres ocupan una zona gris, donde se descompleta esta lógica de las oposiciones binarias. Podríamos situar un caso clínico, un recorte en el marco del contexto de una supervisión, sostenida una vez concluido un análisis que se había interrumpido de un modo bastante accidentado. Una paciente de aquellas que habitualmente se catalogan como borders, de 21 o 22 años, que ya hacía dos o tres años que venía con un estado de angustia muy intenso, con “trastornos de la alimentación”, actings reiterados, algunos intentos de suicidios, etc. Y donde rápidamente aparece un elemento que es el de un enamoramiento progresivo de la paciente de su analista. Este analista está advertido respecto de la cautela que tiene que tener con esta situación, y ello por varios motivos. En primer lugar, porque la paciente le cuenta que a los 8 años fue abusada por un tío y que ella no se lo contó a nadie hasta los 15 años, y al mismo tiempo porque le cuenta que un año antes -en una internación previa que había tenido en una clínica- había tenido relaciones sexuales con un enfermero. Con lo cual al analista se le prenden varias luces amarillas. Y se le arma una cierta hipótesis: que él está convocado al lugar del tío, de un tío abusador, de un tío perverso. Es decir que la paciente instalaría un nuevo abusador, estando ella “fijada” en la posición de abusada, de niña abusada; cosa que se confirmaría con este episodio con el enfermero. Dijimos entonces que hay una situación de enamoramiento progresivo, frente a la cual el analista responde intentando ubicarse en la posición del padre de la ley. Convocado -esta es la hipótesis que tenía el analista- a una cierta posición paterna, la de un tío perverso, él se ubica en el lugar del padre de la ley diciendo “no”: esto no es posible, esto no corresponde, etc. Lo cual, como podrán imaginarse los que tengan experiencia clínica con este tipo de pacientes, no calma a la paciente, que lo toma como una suerte de desafío a elevar la apuesta: “Ya le voy a demostrar cómo lo voy a poder seducir”. Insiste, lo acosa; le dice: “Que lindo que sos, ¿Por qué cuando yo estoy angustiada no me abrazas? ¿Por qué no me saludas con un beso? ¿Por qué tenemos que tener las sesiones acá y no en un bar? ¿Por qué no nos podemos encontrar un fin de semana?” Lo acosa y él responde con el “no”, pero también con la impotencia y la angustia. Intenta ubicarse en el lugar de Padre de la Ley, pero la cosa se va incrementando hasta que estalla cuando, en un momento determinado, ella lleva un book (porque hasta que se empezó a descarrilar su vida, ella era modelo). Entonces, bueno, lleva un book donde se ve muy bonita, donde aparecen muy resaltados sus atributos, y el analista vacila, no sabe si mirarlo o no mirarlo. Cuando finalmente mira ella le dice: “Ah! te pesqué” y se le tira encima: lo araña, le intenta arrancar el anillo de casado, lo araña en la cara. Esto interrumpió el análisis con esa mujer, que claramente era una ‘mujer de pasiones elementales’. Nos preguntamos entonces cómo fueron los análisis de Freud con estas mujeres, y es una pregunta que justificaría cierta indagación porque no hay testimonio clínico por parte de Freud. ¿Qué pasó con las “locas” de Freud? ¿Por qué Freud nunca dio ninguna referencia, ningún testimonio clínico de ese desarrollo erotómano de la trasferencia en pacientes histéricas?

Si volvemos al caso, vemos que la paciente es claramente una “mujer de pasiones elementales”, es decir que no sólo se enamora desmedidamente, desmesuradamente, y por lo tanto alocadamente, sino que por otro lado lleva al analista a un punto de exigencia donde éste produce un único error: él creía que estaba en el lugar del tío abusador cuando en realidad estaba en el lugar de la niña abusada. Era la paciente la que estaba identificada a ese tío diciéndole “Qué linda que estás, ¿por qué no te acercas? ¿Por qué no me das un beso? ¿Por qué no sos mas cariñosa?”. Es decir que trasfería sobre el analista ese objeto degradado que era ella misma. Lo que producía –en términos lacanianos- una ‘trasferencia de angustia’ o una ‘trasferencia salvaje’, donde podemos ubicar la transferencia de ese objeto de la fijación traumática, de ese objeto que el paciente es en el fantasma. Es sin duda una versión de la neurosis mixta: ya no la angustia histérica como señalábamos antes, sino la locura histérica. No es la locura en el sentido más tradicional de la psiquiatría (no había fenómenos alucinatorios) pero sí es claramente una locura histérica en el orden del “comportamiento”, de las acciones, una locura que se especifica y adquiere su pertinencia en el punto de la transferencia. La transferencia es uno de los terrenos en los cuales podemos ubicar, podemos delimitar este lugar de la locura histérica; lugar que en cierto modo encuentra una resolución en un momento de la teorización freudiana -que vaya a uno a saber por qué motivos los lacanianos no hemos atendido con suficiente rigor. Es interesante el movimiento que produce Freud a partir de la segunda tópica porque allí rompe con las oposiciones binarias. Arma rápidamente un tercer grupo, y ese tercer grupo le permite romper con ese mito de considerar a las neurosis narcisista como sinónimo de psicosis. En esa segunda tópica existe el grupo de la neurosis de transferencia, un segundo grupo que son las psicosis, y un tercer grupo que es la neurosis narcisista, es decir diferencia la psicosis de la neurosis narcisista, y lo hace gracias a un ordenamiento que le ppsibilita la segunda tópica: la neurosis de trasferencia se plantea como un conflicto entre el Yo y el Ello, la psicosis como un conflicto entre el Yo y la realidad exterior, y la neurosis narcisista como un conflicto entre el Yo y el Súper Yo. Es decir que son las categorías de la segunda tópica las que le permiten a Freud ordenar un poco esa “bolsa de gatos” de la conceptualización anterior de la neurosis narcisista. Y en este segundo momento ubica como modelo de la neurosis narcisista a la melancolía. Es interesante que por un lado ubica la melancolía como estructura clínica, pero por otro lado ubica al mismo tiempo la reacción terapéutica negativa más allá de las neurosis narcisistas. Es decir, la neurosis narcisista aporta una lógica que da cuenta de la melancolía pero que también da cuenta de la reacción terapéutica negativa en la neurosis de transferencia. Es decir, da cuenta de una estructura clínica pero también de una posición subjetiva de la cura, particularmente en la trasferencia. En el tiempo que nos queda simplemente voy a tomar una referencia de Lacan y voy a ubicarla en un recorte clínico. El abordaje que hace Lacan de la reacción terapéutica negativa lo lleva a ubicarla en el orden de los “niños no deseados”. Niños no deseados, dice Lacan, particularmente por la madre. Algo que unos 15 años después va a trabajar en relación ya no a los niños no deseados sino a aquellos que han sido objeto de un deseo

anónimo: Es un momento muy fecundo cuando Lacan trabaja la reacción terapéutica negativa porque efectivamente se trata de un problema difícil de asir. No es el problema de la neurosis de transferencia. La neurosis de transferencia supone el problema de cómo un sujeto ha logrado, al modo que le fue posible, salirse de ese lugar de falo ofrecido al deseo de la madre. De ese lugar que ha ocupado para el deseo de la madre. Claro, entonces Lacan se apoya en el Nombre del Padre; la neurosis de transferencia supone el Deseo de la Madre metaforizado por el Nombre del Padre. No es tampoco el problema de la psicosis, donde se supone que el Deseo de la Madre no está metaforizado por el Nombre del Padre. Lo que Freud señala como ‘neurosis narcisista’ es el modelo de la melancolía, el modelo de la reacción terapéutica negativa, pero también lo que él ubica como el punto, un punto muy singular, que ubica como beneficio primario del síntoma articulado a la resistencia del Súper Yo; y entonces, siguiendo la lógica de este conflicto entre el Yo y el Súper Yo, hay dos órdenes de problemas. El primero es qué hacer con una madre que no los suelta. Ese es un orden de problemas, cómo separarse de esa madre. Esa es la historia de la neurosis de cada cual. El segundo es cuando una madre no los agarró, qué pasa cuando una madre no los agarra. El problema es que en ese caso no puede constituirse el deseo de separación. Es lo que uno podría plantear como el problema de los chicos de la calle; la calle es un conjunto abierto. Los adolescentes intentan huir de la casa a la calle. El que no tiene casa, el que vive en la calle, ¿cómo huye de la calle? No hay modo de huir de la calle. El problema de los chicos de la calle no es adónde van, el problema de fondo es que no tienen de dónde irse, y por lo tanto no pueden constituir ese irse, ese separarse, como efecto de un deseo propio. Por lo tanto, efectivamente, hay una zona ahí que parece cercana el registro de la psicosis. No se trata de una psicosis porque hay Nombre del Padre, hay interdicción paterna. Pero ¿qué lugar tiene esa interdicción paterna cuando no puede operar como separación entre la madre y el niño? Entonces no hay lugar para ese padre que le dice a la madre: “Déjalo al chico, sácatelo de encima, sácalo de la cama…” porque es una madre que no lo agarra, que no lo tiene encima. Se requiere entonces de un padre que diga “Agarralo”... o que lo agarre él. Un padre que agarra al niño o le dice a una madre “Agarralo” es un padre sensato, en el caso de una madre que no agarra a su hijo. Pero el problema es que si es él el único que lo agarra, se materniza. Y si su decir se reduce a “Agarralo”, queda un poco trastocada la función paterna. Y esto ilustra, figura otro tipo, de otra modalidad de padecimiento. Voy a situar brevemente el recorte de un caso clínico, y concluyo. [El recorte clínico fue omitido en la versión online de la conferencia]

Miguel Furman: Agradezco a Adriana y también la exposición de David, que realmente aclara algunas cuestiones respecto de la clínica diferencial, desde la perspectiva freudiana.

Esta propuesta de conversación es armar un contrapunto entre locura histérica, histeria y esquizofrenia. En principio se podría decir que la diferencia entre neurosis histérica y psicosis esquizofrenia es bastante clara, sin embargo hay ocasiones en la clínica donde estructuras que parecen locuras histéricas terminan siendo psicosis, e inversamente, situaciones o fenómenos que parecen cuadros psicóticos son finalmente desestabilizaciones de una histeria. Voy a hacer algunos desarrollos teóricos mínimos y después si hay tiempo les comento dos casos clínicos. Desde la perspectiva de la histeria, a nivel imaginario, y desde el texto “El estadio del espejo”, se puede ubicar la cuestión del cuerpo fragmentado. Cuestión que de alguna manera se presenta tanto en la histeria como en la esquizofrenia. Cito a Lacan: “Se muestra tangible en el plano orgánico mismo, y en las líneas de fragilización que definen la anatomía fantasmática, manifiestan los síntomas de escisión esquizoide, o de espasmo de la histeria” Efectivamente, la función del Yo como gestalt completa, como desconocimiento de lo real o velo del cuerpo fragmentado, puede vacilar en la histeria produciéndose fenómenos de disolución imaginaria y de cuerpo fragmentado que se puede confundir con una psicosis. Precisamente, pasemos al capítulo 7 del seminario 3 –“La disolución imaginaria”-, donde Lacan retoma el caso Dora para argumentar acerca de la diferencia entre un fenómeno paranoide o deliroide de la histeria, y la paranoia en la psicosis propiamente dicha. Es notable que haya en este seminario, sobre la psicosis, dos capítulos que se llaman “La pregunta histérica”. Les recuerdo brevemente que Dora mantenía una relación a distancia con la señora K, por medio esos elementos que mediaban simbólicamente como el ideal del Yo o como Nombre del Padre: el señor K, el padre de Dora, y podríamos agregar a la lista a Freud mismo. Mientras la mediación simbólica funciona hay una distancia entre el sujeto histérico y su verdadero objeto de deseo, desde lo que se puede considerar la perspectiva del triangulo histérico. Si para Freud, desde una perspectiva edípica, había una rivalidad imaginaria entre Dora y la señora K (por el hombre), para Lacan la no función del mediador deja a Dora en una relación directa con su verdadero objeto de deseo, que en este caso -cito nuevamente a Lacan: “Está ligado a una erotización especial de la función oral, apartada de sus usos habituales a partir del momento en que Dora se acerca mucho al objeto de su deseo”. Cuando el triangulo se desarma, o el cuarteto se desarma, aparece en Dora un fenómeno reivindicativo, paranoide, donde ella afirma que el padre la quiere prostituir, y experimenta respecto al padre un fenómeno interpretativo, casi alucinatorio incluso, que luego llega a producir un delirio. No obstante es un fenómeno que está -dice Lacan- en la vía de lo inefable, de lo intuitivo, de la imputación a otro de hostilidad y de mala intención. Lacan es claro en este punto porque el plantea que una reivindicación contra personajes que actúan contra uno, no basta para hacer un diagnostico de psicosis. Para que sea psicosis, dice Lacan, tiene haber ‘trastornos del lenguaje’, cuestión que retomaremos en un momento. Es interesante destacar el hecho de que en el seminario 3 sobre la psicosis, insisto, Lacan desarrolla estos dos capítulos que tratan acerca de la pregunta histérica: ‘¿Qué es ser una mujer?’. Para Lacan la estructura de una neurosis se sostiene en una pregunta, un enigma.

En la histeria es esta pregunta: ‘¿Qué es ser una mujer?’ Y en el obsesivo es: ‘¿Estoy vivo o muerto?’. En cambio se puede decir que la estructura de la psicosis se basa esencialmente en lacerteza, por ejemplo en el caso Schreber él tiene la certeza -en su delirio- de ser la mujer de Dios para crear una nueva raza de hombres. Entonces ya en esta cuestión tenemos un contrapunto entre la pregunta de la histeria -lo que implica un enigma respecto del goce y la sexualidad- y aquello que en la psicosis aparece como una respuesta, no una pregunta, que conlleva una certeza de saber y de goce. Esto es un paneo rápido de las cuestiones sobre la histeria. Ahora pasemos a la esquizofrenia. No hay mucho desarrollos de Lacan respecto de la esquizofrenia, pero hay una cita de la respuesta que da al comentario de Jean Hyppolite sobre el texto “La negación” de Freud que les quiero comentar: Después de describir el mecanismo de la forclusiòn -señalando que ‘lo forcluido de lo simbólico retorna en lo real’- Lacan dice: “En el orden simbólico, los vacios son tan significantes como los llenos. Parece evidente oyendo a Freud que es la brecha de un vacio lo que constituye el primer paso de todo su movimiento dialectico. Esto es lo que parece explicar la insistencia que pone el esquizofrénico, en reiterar ese paso. En vano, porque para él, todo lo simbólico es real”. Es decir, en la esquizofrenia por un lado no hay hiancia, no hay vacio, no hay diferencia entre significantes. Cuestión que nos acerca a los conceptos de holofrase y enjambre de significantes de lalengua. Por otra parte, en la medida en que lo simbólico es real, las palabras son tratadas como cosas. Como es sabido, lo simbólico separa el goce del cuerpo, cosa que no ocurre en la esquizofrenia porque no hay separación precisamente entre lo simbólico y lo real. Entonces el sujeto se las arregla con sus órganos y su cuerpo de un modo particular. Recordemos, con respecto al fenómeno de goce en el cuerpo, lo que dice Freud respecto a la esquizofrenia en el apartado “El discernimiento del inconsciente”. Allí ubicamos cuestiones muy precisas vinculadas a la clínica diferencial entre histeria y esquizofrenia. En principio, diferencia la neurosis de la psicosis con relación al movimiento la libido: En la neurosis, la libido se retrotrae de un objeto real a un objeto fantasmático; en cambio en las psicosis, la carga libidinal se sustrae pero no busca un nuevo objeto [fantasmático] sino que se retrae al Yo. Pero vayamos específicamente a las alteraciones del lenguaje y a las diferencias que marca Freud con respecto a la histeria. Las frases en la esquizofrenia, para Freud, experimentan una desorganización de la estructura, apareciendo frecuentemente alusiones a órganos e inervaciones del cuerpo. ¿Conocen el ejemplo de Tausk que toma Freud? Allí una paciente, internada después de una pelea con su novio, dice que sus ojos no están derechos sino que están torcidos. Ella no puede entender que al novio se lo vea distinto cada vez y dice que es un hipócrita, un torcedor de ojos. El es un simulador. Él le ha torcido los ojos, esos ya no son sus ojos, y ella ve el mundo con otros ojos. Aquí es donde Freud propone que el ‘dicho esquizofrénico’ tiene un sesgo hipocondriaco, y ha devenido -ese dicho esquizofrénico- ‘lenguaje de órgano’. Hay ahí una especie de condensación entre el leguaje y el órgano; efectivamente si lo simbólico es real, no hay separación entre lenguaje y órgano.

Es decir, en la medida en la que lo simbólico es lo real, lo simbólico no funciona transformando el órgano en un fuera del cuerpo; el ojo no es significantizado, es el ojo torcido en su estatuto de órgano. Se podría decir, desde la perspectiva de la pulsión escópica, que en este caso ese ojo funciona como objeto mirada, no como ojo-órgano simbolizado. El objeto mirada retorna al campo subjetivo en este caso, porque no está extraído ni regulado por el marco fantasmático. Es una interpretación, respecto de la cuestión del objeto escópico, del caso que trae Freud respecto de Tausk. La misma paciente refiere que está en la iglesia y que de repente siente que le dan un sacudón, que tiene que ponerse de otro modo, como si alguien la pusiera de otro modo. Lo atribuye por supuesto al novio que es quien la habría falseado en su posición. Freud es claro: respecto de los ojos torcidos, una histérica hubiera torcido compulsivamente los ojos, y respecto de los fenómenos sensitivos-motrices -esa sensación de ser reubicada, puesta en otro lugar-, la histérica hubiera experimentado realmente un sacudón, en lugar de sentir el impulso de hacerlo o la sensación de haberlo tenido. Es clara la diferencia estructural: “En ninguna de las dos manifestaciones, “torcimiento de los ojos”, y “sacudón” la histérica habría poseído un pensamiento consciente, ni habría sido capaz de exteriorizarlo con posterioridad, a diferencia de la esquizofrenia”. En la esquizofrenia el sujeto hubiera tenido la certeza de haber sido “reubicada”, “puesta en otro lugar”, ya que este fenómeno respondería a un fenómeno elemental sensitivo motriz. Es decir un fenómeno elemental corporal que no corresponde a una conversión histérica.

Adriana Casaretto: Bueno, los invitamos al intento de dialogar; el tema es complejo, es denso. Me parece que hubo cuatro casos, todos densos. A mí me gustaría empezar preguntándote, Miguel lo siguiente; cuando vos describías la sintomatología que esta paciente padecía, dijiste en un momento que ‘todo le parece apariencia’. Después hablaste de la apariencia en relación al Yo y de la apariencia en relación a lo real. Si le podes dar una vuelta a eso, ampliarlo… Miguel Furman: La constitución del Yo implica la constitución de un velo imaginario de lo real. El Yo mismo funciona como un velo de lo real e instala una apariencia, eso es una apariencia. La apariencia es fundamental en cuanto la estructura clínica de la neurosis, porque si cae la apariencia cae lo imaginario y se presenta lo real, el cuerpo fragmentado por ejemplo. En este caso, estamos hablando del primer caso, la apariencia cae en la medida en que hay un duelo respecto del padre. No se trata de una psicosis porque después se fue constituyendo esa apariencia, de otra manera. Eso verifica que no se trata de una psicosis. No sé si respondo a tu pregunta. Adriana Casaretto: Perfectamente…gracias. David, yo quisiera que nos des tu teoría, tu hipótesis acerca de por qué Freud no habló de sus ‘locas’. David Laznik: Mi hipótesis es que con el revuelo que se le armó a partir de “Tres ensayos sobre una teoría sexual” con el niño como “perverso polimorfo”, quizá consideró que no era prudente publicar testimonios clínicos de ciertas formas que adoptaba la transferencia con ciertos pacientes. Me parece que Freud fue muy cauto con eso.

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