Ciudades medievales europeas. Entre lo real y lo ideal - Mitre, Emilio.pdf

November 28, 2018 | Author: Mayo Eskorbutina | Category: Middle Ages, Historiography, Castle, Europe, Roman Empire
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Emilio Mitre

Ciudades medievales europeas Entre lo real y lo ideal

Contenido Reconocimiento. Los historiadores ante el hecho urbano medieval PRIMERA PARTE. FUNDAMENTOS DE LA CIUDAD MEDIEVAL EUROPEA Capítulo primero. La ciudad medieval: incentivos para un nacimiento y un desarrollo La ciudad y el comercio Ciudad y sistemas defensivos El cristianismo, soporte y aliciente del urbanismo medieval Las ciudades como focos culturales Las ciudades medievales: la administración y el poder civil Las ciudades y el mundo rural: dinamización e inercias Transformaciones y polifuncionalidad en la ciudad medieval Ciudad medieval: urbanismo y planimetría

Capítulo 2. Ciudades europeas desde una órbita político-religiosa a otra: el Islam de España y Occidente La ciudad ¿«privada»? islámica Las ciudades andalusíes bajo el apogeo político Las «microscópicas Bagdades» Pervivencias y legados islámicos en las ciudades hispanocristianas

Capítulo 3. La ciudad medieval europea: ¿réplica a desafíos? El precedente de la Antigüedad La ciudad del Medievo y los desafíos de la naturaleza Desafíos externos desde las contingencias políticas Desafíos internos

SEGUNDA PARTE. APROXIMACIÓN HISTÓRICA A UNAS REALIDADES Capítulo 4. La ciudad europea: repliegue y recuperación La ciudad ante el fin del mundo antiguo Las monarquías germánicas y la clericalización de la ciudad La Europa de los carolingios y sus epígonos: ¿solo una marcada ruralización? Factores en el resurgir de la vida urbana en Occidente Consenso y privilegio en el renacimiento urbano Una tópica referencia cronológica: el recodo del Año Mil

Capítulo 5. Hacia un nuevo orden económico y político Florecimiento económico y autogobierno Ciudades y asociacionismo transurbano Ciudades medievales y raíces del parlamentarismo europeo

Capítulo 6. Organización del espacio y demografía urbana en el Pleno y Bajo Medievo Formas de organización del espacio y cambios de la curva demográfica Hambre y guerra, condicionantes de la demografía urbana medieval Enfermedad y letalidad Unos posibles estándares de población para el urbanismo europeo

Capítulo 7. Estratificación y compartimentación social Hacia una reacomodación del esquema tradicional Estructuras corporativas y categorías sociales Los mayores

Las clases medias urbanas La fuerza de trabajo urbana: menores y mano de obra servil Los marginados (o ¿excluidos?) de la sociedad

Capítulo 8. Conflictos de clase y medio urbano Unas generalidades y unas especificidades Conflictividad urbana y guerra en el Bajo Medievo Los ejemplos italianos Las otras perturbaciones: los conflictos entre iguales con sus redes clientelares El exilio: exclusión drástica de la comunidad Otra conflictividad urbana: la base étnico-nacional y religiosa

TERCERA PARTE. IDEALES Y REPRESENTACIONES Capítulo 9. La ciudad, una visión ambigua (I): la Nueva Babilonia Ciudad y campo: una tópica contraposición La ciudad, ¿un antro de perversión? La dudosa fama de algunas grandes ciudades

Capítulo 10. La ciudad, una visión ambigua (II): la Nueva Jerusalén Diócesis, parroquias y nuevas órdenes religiosas Piedad y religiosidad cívicas Regnum, sacerdotium... y studium La Europa de las catedrales La ciudad como refugio del studium

Capítulo 11. Un especial ethos urbano: orgullo religioso y orgullo cívico Lonjas comerciales y edificios comunales Poderío simbólico de las artes plásticas en el medio urbano Orgullo-emulación principesco-nobiliario y orgullo-emulación cívico La forja de una cultura y un mecenazgo burgueses

Capítulo 12. Entre la utopía urbana y la idealización histórica Ciudades y utopías medievales Los encomios de las ciudades medievales Historiografía, mundo urbano y humanismo Florencia como modelo para una historiografía urbana Algunas reflexiones político-sociológicas La ciudad itálica y los distintos géneros narrativos a su servicio El ámbito político extraitaliano El mundo hispánico

Conclusión. Del Medievo a la Edad Moderna Fechas de interés para la historia de la ciudad medieval Antología de textos Bibliografía Creditos

RECONOCIMIENTO

Los historiadores ante el hecho urbano medieval

La ciudad es un fenómeno de dimensión universal en tanto afecta prácticamente a todas las civilizaciones: desde las calificadas como desarrolladas, hasta muchas pertenecientes a países considerados en vías de desarrollo. La enorme masa de publicaciones en torno al tema ha ocupado a urbanistas, economistas, sociólogos o historiadores, por remitirnos tan solo a algunos ámbitos del saber. Referirse al mundo medieval implica cubrir diversos campos a los que vamos a referirnos a lo largo de las páginas de este libro dirigido a dos tipos de público. Los ya iniciados en la materia (profesores y alumnos de Historia) podrán disponer de lo que habitualmente conocemos como un estado actual de la cuestión con un cierto toque ensayístico. Privilegios de la edad. Para los no muy versados en el tema, pero con una mínima curiosidad intelectual, «descubrir» la ciudad de la Europa medieval puede resultar un ejercicio gratificante, aunque solo sea por la mera delectación estética: ¡la Europa de los recintos fortificados, los palacios y las catedrales! ¡El gótico como auténtica manifestación artística urbana! ¿La Edad Media otra vez de moda como en los tiempos del Romanticismo? Seamos prudentes. El libro que el lector tiene en sus manos es obra de un historiador, medievalista profesional con más de cuarenta años de docencia e investigación y que debe mucho a otros historiadores. Sería traicionar a mis potenciales lectores y traicionarme a mí mismo si una ágil redacción no fuera acompañada del necesario rigor académico. Por ello, los párrafos de este «Reconocimiento», el aparato crítico que va a pie de página y la relación bibliográfica recogida en páginas finales pueden ser de gran utilidad para todo aquel que, más allá de la adquisición de unos conocimientos generales, desee profundizar en alguna cuestión concreta. En un rápido e inventarial recorrido historiográfico es obligada la mención de autores que, a lo largo del último siglo y medio, han legado importantes trabajos sobre la ciudad a través de la historia y, en especial, en la época a la que aquí nos ceñimos. A ellos debemos un obligado reconocimiento. Numa Denis Fustel de Coulanges († 1889), profesor en las Universidades de Estrasburgo y 1 París, abordó el papel que la ciudad tuvo en el mundo antiguo basado en un vínculo religioso, trasunto público de la primitiva piedad familiar. Las transformaciones en las ciudades

helénicas o itálicas lo fueron siempre en función de crisis y cambios en el ámbito espiritual. El esquema de la obra, que despertó una viva polémica, se pensó por algunos que resultaba de posible aplicación a otras épocas. ¿Por qué no el Medievo? Max Weber († 1920), reconocido maestro de sociólogos, se centró de modo especial en la ciudad antigua (sobre todo Atenas y Roma) y en la medieval (urbes italianas fundamentalmente), sobre las que hacía algunas interesantes comparaciones. La ciudad era una sociedad local integrada, generalmente incompleta, y una formación social compleja. De tal 2

forma que cabría hablar para ella de una «economía política urbana» . Al polifacético Lewis Mumford debemos un interesante ensayo, The City in History, que suponía una reflexión sobre la ciudad del siglo XX, la sombría coketown. Reflexión a la que llegaba después de un recorrido en el que un Medievo bastante idealizado ocupaba un importante lugar. Su ciudad aparece como un organismo complejo aunque funcionalmente 3 cohesionado . Muy especial mención merece Henri Pirenne (1862-1935), uno de los mayores maestros de historiadores. Convencido europeísta y gran impulsor de los estudios de historia económica y 4 social, sostuvo que las ciudades europeas eran hijas del comercio y de la industria . Ello sobre una base: a partir del siglo X las colonias de mercaderes, tiempo atrás errantes, se asentaron al pie de los castros o burgos fortificados y de los centros (civitates) episcopales, convirtiéndose en protagonistas de un resurgir urbano tras varios siglos de declive y marasmo. Se iría generando así un espíritu capitalista que se distinguía del capitalismo moderno no tanto 5 por la calidad y naturaleza como por la cantidad y la intensidad . El nacimiento de las ciudades marca el comienzo de una nueva era en la historia interna de la Europa occidental. La sociedad solo había comprendido hasta entonces dos clases activas: el clero y la nobleza. La burguesía, al ocupar un lugar junto a ellas, 6 la completa, o mejor dicho, la perfecciona . La tesis pirenniana era sobre todo aplicable a la Europa del Norte y, muy especialmente, a los Países Bajos, hacia cuyas «antiguas democracias» Henri Pirenne manifestaba un especial afecto. Pero ¿hasta qué punto era válida para otras zonas del continente?, ¿no se remitía el maestro belga a un comercio a larga distancia e infravaloraba otros intercambios más modestos, y otras variadas circunstancias de contrastada importancia? Por ello, ¿no resultaba más adecuado hablar no de un modelo único de ciudad medieval, sino de diversos tipos de ciudades con algunos elementos comunes que, sí, las diferenciaban de sus homólogas de otros ámbitos culturales? Interrogantes que han dado pie a un fecundo pospirennismo. La profesora Edith Ennen en los años cincuenta del pasado siglo fijó una tipología sobre la base del grado de influencia romana recibida. Distinguió, por ello, tres zonas. En ItaliaEspaña-sur de Francia, las ciudades sufrieron importantes daños en la transición al Medievo

pero no se produjo su desaparición radical. La zona de Inglaterra, norte de Francia, Países Bajos, Suiza, Renania, Austria y sur de Alemania habían recibido una más tenue influencia de Roma, que fundó en ellas algunas ciudades, pero en la Alta Edad Media desapareció prácticamente todo rasgo urbano. Por último, la zona del norte de Alemania y Escandinavia entró en el Medievo carente de cualquier rastro de influencia romana y, consiguientemente, con 7 nula urbanización . 8 Años después, la misma autora publicó una excelente síntesis en la que, tras destacar los rasgos distintivos de una ciudad medieval (compacta silueta, densa construcción, murallas en derredor, dominio de las iglesias y los puntos fortificados...), estableció un recorrido histórico. Desde el legado romano, pasando por los «nuevos comienzos» y la emergencia de las ciudades medievales favorecidas por un incremento de población a partir del siglo VII, hasta derivar en las formas de gobierno y la organización económica de las mismas. Dos capítulos («El paisaje urbano medieval» y «El final de la Edad Media») cubrían del siglo XIII a finales del XV. En ellos se recogían interesantes datos estadísticos, siempre susceptibles de revisión. Precedían a una amplia relación bibliográfica de más de un millar de títulos. Entre los setenta y los noventa del pasado siglo, la ciudad medieval fue tema de interés: ya 9 para síntesis comparativas entre civilizaciones (Occidente, Bizancio y el Islam) ; ya para 10 evaluar el devenir del largo proceso urbanizador de Occidente . Para Jacques Le Goff, la ciudad medieval fue centro de atracción y de difusión de nuevos modelos. Tanto materiales (el 11 espíritu de lucro), como culturales, con las universidades como ejemplo más acabado . Para Yves Barel, la ciudad medieval era un sistema social, algo diferente de las formas «simples» de estructuración social. Frente a la lógica feudal «pura» se levantó la lógica comercial de una capa social que llamamos patriciado, elemento en el que se sustenta el sistema dominante. Sobre estos principios metodológicos se desgranaba lo que de real y de imaginario, de actual 12 y de potencial tuvo ese sistema . Pasados algunos años, Jacques Heers dio a la luz otra sugerente síntesis donde amplió el campo de estudio en el que el fenómeno urbano medieval se 13 desenvolvió a lo largo de diez siglos . Síntesis, ensayo y, además, multidisciplinaridad en la labor de investigación, han permitido ampliar horizontes. Remitámonos a algunos ejemplos. En los años cincuenta, la Société Jean Bodin (fundada en 1935 para estudiar el derecho y las instituciones desde un punto de vista comparativo) abordó la ciudad en su más amplio 14 sentido . Entre los cincuenta y los setenta, la ciudad altomedieval fue estudiada en las 15 Semanas de Estudios Altomedievales de Spoleto . Y de forma más general, la ciudad fue de nuevo objeto de interés en los noventa por otro organismo científico de reconocido prestigio 16 pero de menor proyección que los dos anteriores . En la síntesis dirigida por Jean Luc Pinol, la ciudad medieval supone una etapa del secular desarrollo que llega hasta nuestros días. La ciudad europea, en declive desde la etapa

tardoantigua, acabaría por imponer su modelo entre los siglos XI y XIV. En la modernidad experimentaría una transformación no tanto morfológica como política: desde la autonomía 17

que alcanzó a partir del siglo XI, hasta su inmersión en los llamados estados modernos . Para Thierry Dutour, el Medievo cubre la segunda fase en la urbanización del continente. Le precede la urbanización del Imperio Romano, que en buena medida desaparece con él; y le sucede la urbanización reciente producto de la revolución industrial. La Edad Media hizo de la civilización europea una civilización esencialmente urbana, pese a que la masa de población estuviera durante siglos apegada al campo. Las ciudades existen y permanecen gracias a las funciones que desempeñan: residencia de quien ostenta el poder, plaza fuerte, lugar de producción y de intercambio comercial, lugar de actividades útiles a los habitantes 18 del territorio circundante, etc. . Otras iniciativas se han orientado a muy específicos puntos de vista. Ya sea la imagen de 19 20 las ciudades desde las artes plásticas . Ya sea el conocimiento del paisaje urbano . Ya sea 21 el nacimiento y desarrollo de una religiosidad que da vida a un patriotismo cívico . O ya sea la fundación y refundación: pagana y cristiana, respectivamente. El ejemplo más típico de 22 refundación lo facilitaría Roma . El reciente ensayo de Marta Llorente Díaz aborda la ciudad (desde Ur, la Babilonia/Babel bíblica, la Atenas y Roma clásicas... hasta «la ciudad devastada por la guerra») como un campo de proyectos humanos de convivencia, con sus símbolos o sus representaciones, distante del romanticismo religioso de Fustel de Coulanges. La ciudad se inscribe en el centro de una relación entre habitar y construir, entre la ciudad real y la filosófica e ideal de Platón o 23 de los pensadores del Renacimiento . El medievalismo hispánico impone una lógica mención. 24 Algunos autores —herederos de la tradición del maestro Sánchez Albornoz — han legado 25 26 páginas de enorme interés: José María Lacarra o Luis García de Valdeavellano como representativos casos. Con un sentido generalista —europeo o simplemente peninsular hispánico—, podrían seleccionarse algunos títulos aparecidos a lo largo de medio siglo 27 aproximadamente . Más allá de la pura labor de síntesis, hemos asistido en el medievalismo español a notables iniciativas para estudiar las ciudades medievales en sus diferentes aspectos. Vayamos a un puñado de casos. A principios de los años ochenta, la Sociedad Española de Estudios Medievales organizó un encuentro para el estudio del tema entre la plenitud del Medievo y los inicios de la 28 Modernidad . En el límite del pasado siglo, otra iniciativa estudió la ciudad como 29 culminación de un proceso iniciado en células mucho más elementales . En fecha cercana, los Encuentros Internacionales del Medievo, promovidos por Beatriz Arízaga y Jesús Ángel 30 Solórzano han impulsado interesantes visiones multidisciplinares sobre el tema . Y, como conclusión (siempre provisional), merece recordarse la celebración de un encuentro sobre la

ciudad hispánica medieval desde su identidad y funcionalidad social: actividades económicas en su sentido más amplio, aprovechamiento del agua, espacios religiosos, discursos sobre la pertenencia a un grupo, papel de las comunidades judías, transformaciones en la configuración 31

islámica heredada, etc. . Hace unos pocos años abordé la ciudad medieval desde la óptica del mundo religioso en un 32 libro que gozó de positiva acogida en el mundo de la crítica histórica. Compañeros de profesión me animaron por ello a redactar una nueva obra sobre el tema enfocado desde las diferentes ópticas. Sin olvidar la dimensión religiosa, he puesto especial énfasis en otras: sociedad y conflictividad social, economía, peripecias demográficas, proyección política, vida cultural, imágenes y representaciones. Para el poeta Alceo (siglo VI a.C.), «no son las casas o los hermosos tejados, no son las paredes de piedra bien construidas, no son los canales ni las calles lo que hacen la ciudad, 33 sino los hombres capaces de aprovechar una ocasión» . Muchos siglos después (segunda mitad del XIII), el monarca castellano Alfonso X definía la ciudad en su código de Las Siete Partidas como «todo aquel lugar que es cerrado de los muros con los arrabales et los 34 edificios que se tiene con ellos» . Y «Siena mi fe» («Siena me hizo») es la frase que pone 35 Dante Alighieri en boca de la desdichada Pia dei Tolomei . Recojo estas citas para cargar de intención el subtítulo de mi obra y concienciar al lector de las dos grandes dimensiones de la ciudad medieval. La material y social: sus edificaciones, su población, su gobierno, su riqueza o las tantas veces conflictivas relaciones entre sus grupos de vecinos. Y la ideal, con fuerte carga simbólica, que nos habla de otra ciudad en la que grandezas y miserias son motivos para una reiterada reflexión. Otorgando amplio papel al mundo hispánico (incluido el hispano-musulmán), deseo cubrir la laguna de otras meritorias obras, de carácter también general, escritas por autores no españoles, en las que la ciudad de la Península Ibérica suele ser tratada de forma sumaria. Como en anterior ocasión, si este libro tuviera que llevar una dedicatoria, sería a todos los autores mencionados en este recorrido historiográfico y a muchos otros que serán citados en páginas sucesivas. Gracias a sus trabajos, he conseguido llevar a buen puerto este pequeño aporte. A la editorial Cátedra, que ha tenido a bien su publicación, debo mi más sincero agradecimiento.

1 N. D. Fustel de Coulanges, La ciudad antigua, Barcelona, 1965 (ed. original de 1864). 2 M. Weber, La ciudad, Madrid, 1987 (texto publicado originalmente en 1921), pág. 14. 3 «Coherencia de un conjunto de fuerzas que se expresa en la unicidad de la estructuración». L. Mumford, La cité à travers l’histoire, París, 1964, págs. 384-385. (Citaremos en adelante por esta versión francesa). 4 Véase H. Pirenne, Las ciudades de la Edad Media, Madrid, 1972 (reproducción parcial de Les villes et les institutions urbaines, t. I, París, 1939), págs. 304-431.

5 H. Pirenne, La democracia urbana: una vieja historia, Madrid, 2009, pág. 32. Basada en su Les anciennes démocraties des Pays-Bas, París 1910. 6 H. Pirenne, Las ciudades de la Edad Media, pág. 139. 7 E. Ennen, «Les différents types de formation des villes européennes», en Le Moyen Âge, t. 62, 1956, págs. 397-411. 8 E. Ennen, The Medieval Town, Oxford, 1979. (La edición alemana es de 1972). 9 G. Jehel y P. Racinet, La ciudad medieval. Del Occidente cristiano al Oriente musulmán (siglos v-xv), Barcelona, 1999. 10 P. Hohenberg y L. Hollen Lees, The Making of Urban Europe. 1000-1950, Cambridge, 1985. 11 J. Le Goff, «La ciudad como agente de civilización. c. 1200-c. 1500», en C. M. Cipolla (ed.), Historia económica de Europa (1). La Edad Media, Barcelona, 1979, págs. 78-115. 12 Y. Barel, La ville médiévale. Système social. Système urbain, Grenoble, 1977. 13 J. Heers, La ville au Moyen Âge. Paysages, pouvoirs et conflicts, París, 1990. 14 La ville, 3 vols., Recueil de la Société Jean Bodin, Bruselas, 1954-1957. 15 La città nell’alto Medioevo, VI Settimana di Studi sull’Alto Medioevo (Spoleto, 1958), Spoleto, 1959. Y Topografia urbana e vita cittadina nell’alto Medioevo in Occidente, XXI Settimana... (Spoleto, 1973), Spoleto, 1974. 16 La ville au Moyen Âge, 120 Congrès National des Sociétés Historiques et Scientifiques (Aix en Provence, 23-29 de junio de 1995), edición a cargo de N. Coulet y O. Guyotjeannin, París, 1998. 17 J. L. Pinol (dir.), Histoire de l’Europe urbaine, vol. 1: De l’antiquité au XVIII siècle. Genèse des villes européennes, París, 2003. La parte que aquí nos concierne lleva al título de «La ville médiéval» y corre a cargo de P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone. (El vol. 2 lleva el título de De l’Ancien Régime à nos jours. Expansion et limite d’un modèle, París, 2003). Hay edición española de esta obra en Valencia, 2011. 18 T. Dutour, La ciudad medieval. Orígenes y triunfo de la Europa urbana, Barcelona, 2004. 19 P. Lavedan, Représentation des villes dans l’art du Moyen Âge, París, 1954. 20 Le paysage urbain au Moyen Âge, Actas del XI Congrès des Historiens Médiévistes de l’Enseignement Supérieur (1980), Lyon, 1981. 21 A. Vauchez (dir.), La religion civique à l’époque médiéval et moderne (Chrétienté et Islam) (Nanterre, 21-23 de junio de 1993), Roma, 1995. 22 E. Bouyé, «Paul et Pierre, jumeaux refondateurs de Rome. À propos de l’iconographie des bulles pontificales», en Ab urbe condita... Fonder et refonder la ville: récits et représentations (second Moyen Âge-premier XVI siècle, ed. de V. Lamazou-Duplan, Actes du Colloque International de Pau (14-15-16 de mayo de 2009), Pau, 2011. 23 M. Llorente, La ciudad. Inscripción y huella. Escenas y paisajes de la ciudad construida y habitada: hacia un enfoque antropológico de la Historia Urbana, Barcelona, 2010. 24 Siempre resulta gratificante la lectura de C. Sánchez Albornoz, Una ciudad hispano-cristiana hace un milenio. Estampas de la vida de León, Madrid, 1976, 6.ª ed. (1.ª ed., 1925). 25 J. M. Lacarra, «Panorama de la historia urbana en la Península Ibérica desde el siglo V al X», en La città nell’Alto Medioevo, VI Settimana di Studi sull’Alto Medioevo, Spoleto, 1959; y El desarrollo urbano de las ciudades de Navarra y Aragón en la Edad Media, Zaragoza, 1950. 26 L. G. de Valdeavellano, Orígenes de la burguesía en la España medieval, Madrid, 1969.

27 En orden cronológico: García Bellido, Torres Balbás, Cervera, Chueca y Bidagor, Resumen histórico del urbanismo en España, Madrid, 1968; C. Carlé, Del concejo medieval castellano-leonés, Buenos Aires, 1968; J. Gautier Dalché, Historia urbana de León y Castilla en la Edad Media (siglos ix-xiii), Madrid, 1979, y «La ville hispanique au Moyen Âge», en Concejos y ciudades en la Edad Media hispánica, II Congreso de Estudios Medievales (1989), Madrid, 1989, págs. 7-20; J. I. Ruiz de la Peña, «La ciudad, marco de renovación de la sociedad europea medieval», I Semana de Estudios Medievales de Nájera, 1990, págs. 67-90; M. Asenjo, Las ciudades del Occidente medieval, Madrid, 1996; J. M. Monsalvo, Las ciudades europeas del Medievo, Madrid, 1996; B. Arízaga, La imagen de la ciudad medieval. La recuperación del paisaje urbano, Santander, 2002, o M. A. Ladero, Ciudades de la España medieval, Madrid, 2010. 28 La ciudad hispánica en los siglos xiii al xvi (Actas del coloquio celebrado en La Rábida en septiembre de 1981), publicadas en En la España medieval, 2 vols., Madrid, 1985. 29 De la casa al tejido urbano (Actas del primer curso de Historia del Urbanismo Medieval, organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha, 1999), Cuenca, 2002. 30 Como el celebrado en torno al tema Ciudades y villas portuarias en la Edad Media (Nájera, 2004), Instituto de Estudios Riojanos, 2005. 31 F. Sabaté y Ch. Guillere (dirs.), Morphologie et identité dans la ville médiévale hispanique, Chambery, 2012. A la ciudad hispanomusulmana dedicaremos, precisamente, todo un capítulo. 32 E. Mitre, La ciudad cristiana del Occidente Medieval, Madrid, 2010. 33 Recogido en R. S. López, A cidade medieval (entrevista conducida por Marino Berengo), Lisboa, 1988, pág. 8. 34 Partida 7, ley 6.ª, tít. XXXIII. 35 En Divina Comedia, Purgatorio V, 1, 134. Citado por D. Waley, Las ciudades-república italianas, Madrid, 1969, pág. 7.

PRIMERA PARTE

Fundamentos de la ciudad medieval europea Alta y espaciosa urbe permanece en Italia firmemente edificada con obra maravillosa que por los antiguos era llamada ciudad de Milán. (Versus de Mediolano civitate, c. 739)

CAPÍTULO PRIMERO

La ciudad medieval: incentivos para un nacimiento y un desarrollo

La ciudad de Occidente con la que un visitante se topa es, en muchos casos, resultado de una tradición secular verificable a través de testimonios escritos y de piedras «vivas». También a través de piedras y objetos «muertos», sobre los que disciplinas como la 1 arqueología llevan a cabo una paciente y meritoria labor . En esa sedimentación, el Medievo ocupa un lugar de honor. Especialmente cuando la ausencia de unas fuertes raíces en la Antigüedad propició la creación de un centro urbano, prácticamente ex novo, en los siglos que discurrieron entre la caída del Imperio Romano en Occidente y los grandes descubrimientos geográficos. Apoyándonos en algunas de las observaciones del recorrido historiográfico de las páginas precedentes, podría hablarse de variados estímulos que están en el origen o son fuerzas vitales 2 de las ciudades medievales o de núcleos de población asimilados . La vida política, cultural, religiosa, social o económica de la época, en sus versiones más dinámicas, contó en ellas con verdaderos microcosmos.

La ciudad y el comercio Se acostumbra a situar en primer término los estímulos relacionados con la lógica mercantil e industrial. Sería tanto como aplicar el principio defendido por H. Pirenne: «en ninguna civilización la vida urbana se ha desarrollado independientemente del comercio y de 3 la industria» . En sus líneas generales, otros autores se han ajustado a estas pautas. Así, Roberto S. López se propuso tratar en un difundido ensayo, no tanto de los castillos y las catedrales, como de «las ciudades corrientes y de las dilatadas campiñas que fueron, entre 4 los siglos X y XIV, el escenario de una revolución comercial» . Una revolución que se inicia 5

cuando se produce una inversión del flujo demográfico hasta entonces negativo y que se 6 estanca con la crisis general del Bajo Medievo . Y una revolución que marcará profundamente 7 el carácter de los habitantes de las ciudades, o de la parte más dinámica de ellos al menos .

Mercados y ferias Escribe Thomas F. Glick: El papel del mercado fue central en el proceso de urbanización medieval. Parece haber una secuencia evolutiva en la forma y la función de los mercados, que refleja todo el desarrollo económico, pasando de mercados rurales periódicos a urbanos periódicos y urbanos permanentes, con mercados extramuros que jugaban un papel 8 mediador entre la economía rural y la urbana . Por la palabra mercado se entenderá no solo las actividades de compradores y vendedores, sino también el lugar en que estas se desarrollan, tanto de forma periódica como a diario (mercatum quotidianus). Ello implicará un paso decisivo en la preponderancia del comercio permanente. En León y Castilla recibirá el nombre de açog o açogue y en Portugal los de 9 açougy o açougue . En algunos casos, el foco mercantil se especializa en determinados productos, como la clapa olei y la clapa piscium de Génova. En el mediodía, la actividad tiende a dispersarse en una serie de zocos o fondacos con sus almacenes, habitaciones y cuadras al estilo casi oriental. Las grandes lonjas (halles) aparecen también dispersas en el sur de Francia, pero concentradas en el norte, hasta constituir una pieza básica de la arquitectura urbana bajomedieval, como también lo serán las plazas porticadas en territorio 10 ibérico ; unas cuestiones sobre las que volveremos más adelante. Si el mercado —quincenal, semanal y a veces diario— cubría unas necesidades de ámbito local, las ferias tenían una proyección territorial muy superior y se celebraban por lo general una o dos veces al año, aunque su duración pudiera prolongarse durante varios días. Del siglo VII data una de las más antiguas: la de Saint-Denis en las afueras de París. Con el discurrir del tiempo proliferarían, con una muy desigual fortuna. A nivel del conjunto de Occidente, importantes ciclos feriales como los de Champaña darán vitalidad a cuatro localidades de no excesivo porte demográfico: Bar-sur-Aube, Troyes, Provins (la única que alcanzaría los diez mil habitantes en el siglo XIV) y Lagny. Al principio mantendrá cada una de ellas una actividad independiente, pero en el siglo XIII formarán un sistema de tráfico ininterrumpido con un importante papel de intermediación entre la Europa 11 nórdica y la mediterránea . En Castilla, los poderes señoriales impulsaron una amplia red de ferias y mercados en el Bajo Medievo. La restauración de la autoridad monárquica a fines del siglo XV convertiría las ferias de Medina del Campo, una localidad de discreto fuste demográfico, en pieza esencial «en la red de relaciones mercantiles y crediticias castellanas, y un aspecto básico en la 12 política económica y en la fiscalidad de la Corona» .

Los productos del gran comercio internacional El comercio medieval a larga distancia distinguió entre dos clases de mercancías: sottili y 13

grosse . Las sottili son aquellas de escaso peso, fácilmente transportables y de alto precio: perfumes, perlas, especias, materiales tintóreos o ¡reliquias! Baste recordar, para estas últimas, la tradición que nos habla del precio pagado por Luis IX al emperador Balduino II de Constantinopla por la Corona de Espinas de Cristo: tres veces superior —135.000 libras— al costo de la construcción —la Sainte-Chapelle— en la que se custodiaría. Las cruzadas (y en especial la Cuarta, en 1204, «desviada» hacia Constantinopla) pusieron en circulación en Occidente un elevado número de reliquias, buena parte de ellas de más que dudoso origen. Su 14 verificación y emplazamiento fueron objeto del interés del IV Concilio de Letrán de 1215 . Las mercancías grosse, por el contrario, eran de superior peso, ocupaban amplio espacio y su precio era por lo general más bajo. Siete productos se han destacado. La sal, imprescindible para la conservación del pescado. El vino, importante en la mesa pero también imprescindible elemento litúrgico, situaba a Francia en un lugar preferente, con Burdeos en una posición muy especial. Los cereales: Sicilia había sido tradicionalmente uno de los graneros. La lana situó a Florencia en cabeza de la industria textil a principios del Trecento con una producción de cien mil piezas en 300 establecimientos. El impulso que adquiere Burgos (una ciudad durante varios siglos de limitada entidad en el concierto urbano europeo) a lo largo de la Baja Edad Media se debería en buena medida a su conversión en gran centro de concentración de la producción lanera castellana para su ulterior exportación a la Europa 15 nórdica a través de los puertos cántabros . El algodón y los tejidos de algodón nos presentarán a genoveses y venecianos afanándose por buscarlos fuera de la Cristiandad. El alumbre de Focea fue comercializado por los Zaccaria genoveses hasta la caída de esta posición en manos de los turcos en 1455. Poco después se produciría el descubrimiento del yacimiento de Tolfa en territorio pontificio, lo que Pío II definió como una gran victoria sobre los otomanos. Como último producto grosso estaba uno muy especial: los esclavos. Procedentes de diversas zonas, serían utilizados fundamentalmente para el servicio doméstico y, en menor medida, para labores, fundamentalmente agrícolas.

El mercado de Lübeck hacia 1300.1, Halle de los paños; 2, Salón del Concejo. Los trazos gruesos indican los edificios de varios pisos (según Westermanns, Atlas zur Weltgeschichte, 1963, pág. 83).

La ciudad medieval y los mercados; unos necesarios matices Si cabe establecer una relación estrecha entre índices superiores de urbanización y desarrollo del gran comercio, habría que hablar de las grandes ciudades de Italia (Venecia, Génova, Florencia, Pisa, Milán...), que figurarían en vanguardia, seguidas a cierta distancia de las ciudades de la Hansa Teutónica (Hamburgo, Lübeck, Rostock, Danzig...). Flandes desempeñaría también un papel singular. A fines del Medievo, el memorialista Felipe de

Commynes, en un elogio general a los dominios de los duques de Borgoña, se haría eco de la prosperidad del territorio al que Dios había bien servido y honrado en razón de que sus habitantes eran buenos cristianos. De las urbes flamencas, destacan dos en especial: Brujas, por su intenso y muy internacional tráfico mercantil, y Gante, como ciudad «bien séante là où 16 elle est» . Que el (los) mercado(s) sea(n) pieza(s) clave en la definición de la ciudad medieval no 17 obsta para que manejemos con cierta prudencia esta idea . Hay que advertir en primer término los estrechos límites bajo los que la economía urbana en general se desenvolvió, 18 aunque fueran más abiertos que los de la economía campesina y señorial . Y, en segundo lugar, conviene destacar aquellos matices que han hecho de la ciudad medieval un ente extraordinariamente complejo y no fácil de captar en toda(s) su(s) dimensión(es) para el hombre de nuestros días. Hasta dónde la ciudad medieval ha sido capaz de generar un espíritu de lucro que permita hablar de un primer capitalismo (o de un precapitalismo al menos) es un tema que a lo largo 19 de un siglo —desde Werner Sombart o Max Weber , por tomar dos significativos ejemplos— 20 y hasta nuestros días no ha dejado de preocupar a investigadores del más variado signo .

Ciudad y sistemas defensivos

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El castillo fortificado pasa por ser símbolo del mundo feudal opuesto al modo de vida 22 urbano. Ambas ideas, se ha recordado de forma reiterada, no son forzosamente antagónicas . Ya porque un castillo edificado en el interior de la ciudad acaba por convertirse en pieza esencial de su paisaje. Ya porque poblaciones de nueva creación impulsadas por los poderes públicos (señores, príncipes y reyes) con una finalidad militar acaban constituyendo una 23 importante pieza económica en el entramado general de la red urbana . En los primeros siglos medievales, el castillo (castrum, oppidum, burg, de acuerdo con la terminología más extendida) de época bárbara o reconstruido bajo este dominio, se instala en el interior del recinto urbano. Y en otras ocasiones la construcción de fortificaciones en descampado en un cruce de caminos actúa como polo de atracción de mercados capaces de 24 generar pequeñas ciudades comerciales . 25

Ciudades, recintos fortificados y política de defensa Circunstancias defensivas propiciarán la proliferación de boroughs en la Inglaterra 26 acosada por los normandos . Otra variante la facilitarán las bastidas francesas, promovidas por el poder real o señorial, en las fronteras entre los dominios de los Capetos y los

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Plantagenet ; o las numerosas «poblaciones castrales» surgidas al amparo de un castillo: los castelnaux y sauvetés, también de territorio francés. En relación, aunque solo sea parcial, con la política de defensa, una expresión ha cobrado relevancia en los últimos tiempos en el 28 mundo del medievalismo: incastellamento . La Reconquista hizo a los reinos ibéricos tierra propicia para la relación entre ciudad y 29 sistemas de defensa . No gratuitamente se ha definido la sociedad hispánica medieval como una sociedad de frontera, con todo lo que ello implica de potenciación de ciertos aspectos del 30 urbanismo y de creación de un especial ethos . Algunas localidades que adquirieron notoriedad en los siglos medievales fueron durante cierto tiempo acrópolis o ciudadelas como Burgos (fundada por el conde Diego Porcelos en 884), que, hacia mediados del siglo XI, se asentaba todavía mayoritariamente en lo alto del cerro del castillo, fuera del cual el espacio 31 edificado era escaso . En la zona entre el Duero y el Tajo numerosas ciudades-fortaleza nacen o se desarrollan al 32 calor del gran impulso hacia el sur protagonizado por los estados cristianos . Más que mercantil, estas localidades tendrán un carácter agrícola y ganadero y, ante todo, militar. Claudio Sánchez Albornoz presentaría así a Toledo como «torre albarrana de Castilla» gobernada tras su conquista por Alfonso VI en 1085 por un Princeps Militiae Toletanae que, en repetidas ocasiones, tiene que organizar una improvisada defensa frente a los contraataques 33 de almorávides y almohades . Las milicias de los concejos castellanos constituirán una 34 institución que se mantendrá viva y será objeto de una detallada legislación . Se crearán así auténticos pequeños ejércitos locales en los que los vecinos de las zonas cercanas a la frontera habrían de equiparse en función de sus niveles de renta. Participarían además —so pena de las correspondientes sanciones— en revistas periódicas (alardes) que verificaban el grado de 35 preparación cara a eventuales ataques . En la zona de la actual provincia de Castellón y con la conquista de Jaime I se crearán, con ánimo de vigilar las poblaciones mudéjares sometidas, poblados de plano regular, al estilo de un viejo campamento romano: dos calles cortadas perpendicularmente en cuya intersección se 36 sitúa la plaza . Villarreal marcaría todo un modelo con su carta puebla de 1274, aunque aún a principios del siglo XIV la localidad no estuviera plenamente poblada. Esa conexión entre impulso urbano y satisfacción de necesidades defensivas se verá favorecida también por las rivalidades entre los mismos monarcas hispanocristianos. Así, Sancho VI de Navarra fundaría sobre la modesta aldea de Gasteiz, situada en un cabezo, la 37 ciudad de Vitoria (1181), que permitía el control de la llanada de Álava . El núcleo no dejará de crecer cuando pase unos años después a la órbita política castellana.

La muralla y su papel

La muralla —como recuerda el Rey Sabio— será en el transcurso de los años signo 38

distintivo de la ciudad. Constituye el «elemento esencial para el ideograma urbano» . El arte militar, con su evolución desde los tiempos bárbaros hasta el Renacimiento, convertirá a la ciudad en uno de sus laboratorios. La puerta —fortificada igualmente— tiene un sentido también funcional: «conjunción entre dos mundos», el exterior y el interior, el de la ciudad y el 39 del campo . También un sentido sanitario, fiscal y de relación con otras ciudades. De ahí el 40 nombre de algunas de ellas . Incluso diferentes edificios urbanos, incluidos los eclesiásticos, serán parte integrante del sistema defensivo. Sucederá en las bastidas del mediodía de Francia. Y sucederá en numerosas ciudades de la Península Ibérica en donde las torres y los muros de las iglesias son, eventual o estructuralmente, piezas básicas de su sistema militar: los llamados cubos de la Canóniga de León, el cimorro o ábside de la catedral de Ávila, o la catedral y el alcázar de Zamora, que, situados en la parte más elevada, se erigen como último 41 refugio de la población . Idea esta que puede hacerse extensiva al conjunto de Europa, en donde la torre de la iglesia acaba teniendo el sentido de «torre del homenaje del pobre». La construcción de nuevos recintos amurallados es expresión por lo general de la vitalidad de una ciudad. Así, Florencia tenía hacia 1172 una zona amurallada de unas 80 hectáreas. En 1284, a causa del incremento demográfico, se verá obligada a crear un nuevo recinto para 630 42 hectáreas, solo completado cincuenta años más tarde . Génova haría algo similar entre 1320 y 1346 para proteger los barrios de San Stefano y San Tommaso. En Augsburgo, la nueva muralla construida en 1380 englobaba una superficie ocho o diez veces superior a la de la época carolingia. Procesos similares vivirán ciudades del Mosa y el Rin como Utrecht, Aquisgrán, Maastricht, Worms, Estrasburgo o Basilea. En algún caso como el de Burgos, cercas menores que posiblemente existieron desde su fase embrionaria se sustituirían por una muralla en firme, que empezó a levantarse desde 1276 para acabar delimitando a la ciudad 43 propiamente dicha . No ocurrirá lo mismo con otras ciudades castigadas por distintas calamidades: Toulouse hacia 1400 aparece como una ciudad que dentro de sus murallas es demasiado grande para una población empobrecida. O Barcelona, cuyo nuevo recinto amurallado levantado por Pedro el Ceremonioso a mediados del siglo XIV solo se concluyó 44

hacia 1500 . La concentración del poder político se dejará ver en la proliferación de fortificaciones en el inseguro Bajo Medievo. Monarcas, señores, ciudades e incluso comunidades religiosas toman la iniciativa a la hora de reforzar las defensas. La Guerra de los Cien Años movilizó importantes recursos en Francia e Inglaterra. Así, en 1358 el regente Carlos (futuro Carlos V) ordenó a todos sus oficiales «poner en estado de defensa» ciudades y aldeas a expensas del señor del lugar o de la comunidad. La monarquía inglesa fortificó distintas ciudades ante los conflictos con escoceses y galeses y, frente a posibles ataques navales franceses, amuralló 45 Southampton entre 1376 y 1425 . En Portugal, Pedro I y Fernando I procedieron, frente a las agresiones castellanas, a la fortificación de plazas como Setúbal, Beja, Santarem, Obidos,

Coimbra y Lisboa. Esta última —circundada por setenta y siete torres— se mantendría firme 46

ante el asedio de Juan I de Castilla en 1384 .

El castillo como fortificación interior Los ejemplos de castillos urbanos son numerosos a lo largo del Medievo. Ellos pueden ser algo más que ese punto de arranque para la creación de una ciudad en el sentido más común de la expresión. En París, al lado del palacio de la Cité, los monarcas Capetos construyeron una residencia fortificada, el Louvre; y una de las puertas fortificadas de la muralla de Felipe Augusto derivó en una fortificación utilizada como prisión real: la Bastilla. Será el castillo cuya toma por el pueblo en 1789 supuso, significativamente, el punto de arranque de la Revolución Francesa y, en consecuencia, la clausura del odiado Antiguo Régimen. Con los duques de Normandía, que llegaron a ser reyes de Inglaterra desde 1066, el castillo se impone como su residencia tanto en Caen como en Londres, cuya Torre será un acabado ejemplo de castillo urbano. Los papas harán algo similar con el antiguo mausoleo de Adriano, transformado en castillo de Sant’Angelo. En el Bajo Medievo, la residencia papal de Aviñón tendrá tanto de palacio como de fortaleza. En Italia se ha hablado del contraste entre los Médicis florentinos, que fueron más propicios a la construcción de palacios, y los Sforza milaneses, que construirían una 47 imponente residencia-fortaleza con el Castello Sforzesco . En general, las ciudades de la Italia medieval convierten las casas de los grandes linajes en auténticas fortalezas como resultado de las enconadas rivalidades familiares. En la España medieval, el alcázar (derivación del árabe qasr con el significado de palacio o castillo) acaba siendo el equivalente del castillo urbano, aunque no siempre se encuentre en el núcleo central de la ciudad. A través de distintas evoluciones, estos edificios reales estarán vigentes en la 48 arquitectura áulica de la Edad Moderna . En más de una ocasión, lo que el observador destaca de una ciudad no es el carácter de tal, sino la singularidad de su fortaleza. Así, a fines del siglo XV, el viajero alemán Jerónimo Münzer dirá de Benavente que es «una ciudad no muy grande, mal edificada», pero su castillo, situado fuera en un pequeño monte, «es de los más bellos de toda Castilla; y después de los 49 alcázares de Granada y Sevilla no tiene igual en España» . No es mala comparación para encomiar una particular construcción. En otros casos (Burgos), el castillo sigue siendo en la Baja Edad Media una de sus señas de identidad como lo son el río, la muralla, el caserío que 50 cubre la ladera del cerro y la catedral .

A modo de apostilla El recinto murado se convertiría con los años en seña de identidad de una ciudad medieval

«recuperada», merced a un romanticismo historicista impulsor de una imagen de ese pasado un tanto edulcorado. Uno de los aportes más llamativos se debió a la política emprendida en la Francia del siglo XIX por la Commission des Monuments Historiques surgida en 1837. La restauración de la cité de Carcassonne a cargo de Viollet le Duc constituiría uno de los 51 aportes más conocidos . Castillos y fortalezas en general constituyen en los últimos años temas en torno a los que viene abundando la renovación de los estudios históricos más allá de 52 la pura evocación romántica o de la curiosidad erudita . La fortaleza (el burg), no lo olvidemos, también acaba convirtiéndose en metáfora de la solidez del cristianismo. Parafraseando un pasaje de uno de los Libros sapienciales del 53 Antiguo Testamento («Dios como nuestro refugio y fortaleza» ), Martín Lutero compondría en los albores de los tiempos modernos (hacia 1527-1529) un himno llamado a convertirse en canto movilizador: Eine feste Burg ist unser Gott! («Un sólido baluarte es nuestro Dios»). El salmo fue también motivo de inspiración para compositores de primera talla como Johann Sebastian Bach, con una cantata del mismo título compuesta en 1727, o Felix Mendelssohn, que lo utilizaría para el movimiento final de su Sinfonía de la Reforma.

El cristianismo, soporte y aliciente del urbanismo medieval Aunque manejándonos con criterios rayanos en lo apologético, la ciudad del Occidente medieval o tiene una dimensión religiosa (cristiana) o no es ciudad. Y por cristiano entendemos no solo las estructuras institucionales, sino también todo un conjunto de valoraciones tanto positivas como negativas, tal y como hicimos en la obra citada en páginas 54 anteriores . En el sentido más convencional, la ciudad medieval es cristiana esencialmente por dos circunstancias: ser centro episcopal o etapa o meta de peregrinación.

Ciudad como centro episcopal y generadora de una red parroquial Es cierto que la ciudad tardoantigua acaba convirtiéndose en centro de la vida cristiana en razón de ser residencia del obispo. También lo es que otros focos de vida religiosa que no son originariamente ciudades van a tener capacidad para aglutinar grupos de población con señas de identidad propias de una ciudad o de algo similar. Podrá tratarse de monasterios en torno a los cuales surgen importantes núcleos vecinales. Sahagún, en el reino de León, puede servir de ejemplo: una puebla creada en tiempos del rey Alfonso VI favorecida por el fuero recibido en 55 1085 . O podrá tratarse de fundaciones ex novo abocadas a convertirse en sedes episcopales difusoras de la fe cristiana. Ello se dará en tierras donde determinadas vicisitudes habían dejado a esta en situación precaria, o bien en áreas donde la evangelización apenas había

llegado en época romana o era simplemente nula. En la España de la Reconquista alterna la estricta restauración de viejas sedes anteriores a 711 con la creación de otras nuevas. Estas serán el resultado de las nuevas condiciones 56

geopolíticas que convierten en obsoleta, en más de un caso, la vieja red diocesana . A título de ejemplo: prestigiosas metrópolis eclesiásticas de fines de la antigüedad como Cartagena y Mérida desaparecerán como tales para, respectivamente, ser sustituidas por Toledo bajo los 57 58 reyes visigodos y Santiago durante la Reconquista . Más llamativo será el caso alemán, con la aparición de un elevado número de ciudades a partir de monasterios y sedes episcopales —Stiftsstadt y Bischofsstadt— bajo carolingios y 59 emperadores del Sacro Imperio . Esos centros actuarán de elemento encuadrador de una 60

novel Cristiandad que es tanto como decir de toda una sociedad. Un fenómeno que se reforzará con la colonización hacia el otro lado del Elba, lo que en la vieja terminología se 61 definía como drang nach Osten . La ciudad como sede episcopal o —su derivada al alza— metrópoli de provincia eclesiástica será la equivalencia más generalizada, aunque también puedan encontrarse otras referencias sustitutorias. La más notable, la iglesia colegial establecida en una localidad de cierto rango, dotada de su propio capítulo eclesiástico y con mayor o menor autonomía en relación con la estructura diocesana. Será, por ejemplo, el caso de Valladolid, que no dispondrá de obispado hasta el siglo XVI pero cuya colegiata de Santa María la Mayor estaba 62

exenta de la jurisdicción episcopal de Palencia . La red parroquial, creada en principio —como los templos «privados» o Eigenkirchen fundados por particulares— para satisfacer las necesidades de la población rural, se implantará también en el medio urbano ejerciendo algunas de las funciones que habían sido propias de la iglesia mayor, luego llamada catedral. La parroquia será la vía para encuadrar no solo espiritualmente sino también civilmente al grupo humano sobre el que ejerce la labor pastoral: el vecino de una ciudad es, así, un feligrés que ha ingresado en la comunidad religiosa por la vía del bautismo y, al tiempo, un ciudadano en cuanto reúna una serie de 63 requisitos . Si una iglesia mayor regida por un obispo se identifica con el conjunto de una ciudad, una parroquia, en líneas generales, lo hace con un barrio de ella.

Ciudad como etapa o meta de peregrinación Diversos centros urbanos nacerán o se expandirán al calor de las peregrinaciones. De las metas de las tres peregrinaciones «mayores» (Jerusalén, Compostela y Roma), dos se 64 encontraban en Occidente . Compostela era según la tradición sepulcro del evangelizador de Hispania, el apóstol Santiago, descubierto en tiempo del rey Alfonso II el Casto. Un hecho que se acabará

convirtiendo en dinamizador de la vida política y religiosa española y tema, en consecuencia, de arduos debates entre investigadores y eruditos. Sede metropolitana heredera de Mérida, cobrará una extraordiaria vitalidad especialmente a partir de la redacción de una historia 65 impulsada por el obispo (luego arzobispo) Diego Gelmírez . Adquirirá asimismo una gran proyección internacional como meta de un importante camino penitencial con distintas ramificaciones. Como repetidamente se ha recordado, la ruta jacobea contribuiría de forma decisiva a la construcción del espíritu europeo. A lo largo del camino de Santiago o de sus aledaños, cobrarán vida una serie de puntos de carácter urbano o semiurbano. Serán los casos de Pamplona, Puente la Reina, Logroño, 66 Burgos, Sahagún, León... . Torres Balbás habló de «ciudades itinerantes» del «camino 67 francés», el principal, aunque no único itinerario hacia el santuario del apóstol . 68 La vieja Roma imperial (urbe y orbe) supone un caso muy especial . Se salvó del total desastre gracias a la concurrencia de varias circunstancias. La más importante, el ser el centro eclesiástico de más alto rango y, por ello, residencia del jefe de una Cristiandad europea que era algo más que una comunidad religiosa. El papa era obispo de Roma, metropolitano de la Italia suburbicaria (sur de la península y las islas) y patriarca de Occidente. Más discutible resultaba el reconocimiento de su autoridad omnímoda por parte de las grandes sedes 69 patriarcales de Oriente . Roma adquirió tempranamente el carácter de meta peregrinatoria, especialmente a partir de la libertad de cultos en el Bajo Imperio Romano, previa a la conversión del cristianismo en religión de Estado. Los sepulcros de los principales santos «romanos» (Pedro y Pablo) y de toda una pléyade de mártires constituían incentivos más que suficientes. Desde finales del siglo VI, los papas se preocuparon del alojamiento de aquellos peregrinos más modestos acogidos algo más tarde en scholae, hospicios para grupos 70 nacionales precisos . Esa dimensión universal de Roma como meta de peregrinación se institucionalizaría con la proclamación por Bonifacio VIII del año jubilar en 1300, que otorgaba a los cristianos que allí 71 acudieron la indulgencia plenaria . Roma será una ciudad, pero también todo un símbolo 72 político y espiritual que desearon asumir otras urbes que se consideraban sus herederas . Aunque con un sentido menos universal y más regional, otras ciudades de Occidente ejercerán de importantes centros de atracción de peregrinos. Canterbury, sede metropolitana e incluso primada para Inglaterra, será también meta de peregrinación hasta el sepulcro de Tomás Becket, muerto (1170) en defensa de las libertades de la Iglesia y canonizado por el 73 papa Alejandro III tres años más tarde . Las peregrinaciones a Canterbury darían pie en el Bajo Medievo a la redacción de los Canterbury Tales de Chaucer, una de las joyas de la primitiva literatura inglesa. Nidaros, lugar del sepulcro del rey San Olaf de Noruega, muerto en combate frente a una reacción paganizante, atraerá a numerosos peregrinos del ámbito escandinavo. Tours, importante sede episcopal francesa, será lugar de peregrinación hacia el sepulcro de San Martín, convertido en una suerte de santo nacional francés protector de la

dinastía merovingia. La lista de santuarios medievales metas de peregrinación —reforzada por 74

los numerosos centros de piedad mariana como Rocamadour— resulta prolija . Que lleguen a potenciar la existencia de toda una ciudad es ya una cuestión más discutible.

Las ciudades como focos culturales La cultura del mundo clásico —como otros muchos aspectos de la vida— había tenido en la ciudad su principal refugio. Con el repliegue de los primeros tiempos del Medievo, las escuelas urbanas experimentaron una acusada clericalización, tal y como puede percibirse en 75 las diócesis de Toledo, Mérida o Sevilla , Canterbury o York. Sufrieron asimismo la competencia de los scriptoria y bibliotecas de los monasterios, algunos en el entorno de las propias ciudades pero por lo general más acoplados a un mundo aplastantemente rural, cual fue el de la Alta Edad Media. En el corazón de Germania, la biblioteca de Fulda, quizás con un millar de volúmenes, sería la mejor dotada en tiempos carolingios. Aunque provistos de obras tanto sagradas como profanas, el objetivo de estos centros será hacer de la filosofía — entendiendo por tal la cultura en sus líneas generales— la ancilla theologiae, reconocida 76 como ciencia por antonomasia . La promoción por Carlomagno de centros como la Escuela Palatina o la Academia Palatina de Aquisgrán, y de escuelas diocesanas o monacales, no se ha considerado más que el bienintencionado propósito de un «padre de Europa» preocupado, esencialmente, por una buena interpretación y aplicación de la doctrina cristiana y por disponer de eficientes cuadros administrativos para su Imperio. Sobre el deseo de promover la creación de escuelas en obispados y monasterios se explaya la «Admonitio generalis» de 23 77 de marzo de 789 . El renacimento de la ciudad a partir, grosso modo, del siglo XI, hará de ella no solo lugar de intercambio de mercancías, sino también de ideas. Especialmente llamativo será el Toledo de las «tres religiones» y de esa discutida «escuela de traductores» que no existió como tal 78 desde un punto de vista institucional . La ciudad medieval alcanza su época dorada desde el punto de vista cultural en el siglo XIII, la era de las grandes catedrales y de la expansión de las universidades, uno de los mejores soportes de la vida intelectual europea. Algún prestigioso 79 medievalista ha podido considerar así esta centuria como «un siècle des lumières» . Maestros y escolares universitarios no siempre fueron hombres de iglesia, pero sí estuvieron sometidos al fuero eclesiástico y a su manera también fueron clérigos (en el sentido de intelectuales que debe darse a este término). Ellos reforzarán el ya ganado prestigio de algunas urbes (París o Bolonia) o serán capaces de dar vida (bien en un momento determinado, bien a lo largo de los siglos) a localidades de limitada relevancia en el momento de la fundación de su universidad: Palencia, Salamanca, Oxford, Cambridge o Leipzig. Ellas constituirán una de 80 tantas instituciones privilegiadas del Medievo .

Abordar la ciudad desde el tardío Medievo como foco de un humanismo renacentista (menos vinculado a las universidades que a las academias de nueva creación) es entrar en un terreno a menudo espinoso: las continuidades o rupturas entre dos mundos culturales 81

constituyen, en efecto, un tema de sostenida polémica . Porque, ¿no se ha hablado con 82 frecuencia de un humanismo cristiano o de un humanismo medieval? ; ¿no se ha utilizado también el término Renacimiento para definir las corrientes culturales de los tiempos de 83 84 Carlomagno o del siglo XII? .

Las ciudades medievales: la administración y el poder civil Las burocracias estatales, cada vez más sofisticadas incluso en los niveles más elementales, requieren tanto de un aparato administrativo como de la satisfacción de unas necesidades que solo en el ámbito urbano se pueden colmar. La estabilización de las cortes de los príncipes supone así otro factor de dinamización ciudadana.

Un modelo con amplia proyección y limitado éxito: la vieja Roma como mito de centralidad La Roma clásica había creado toda una tradición que en la transición al Medievo trataron de imitar los monarcas germanos. Así, Clodoveo, sus hijos y nietos tendieron a residir en ciudades romanas de la Galia ocupando el palacio imperial o el de los antiguos gobernantes romanos. Sin embargo, la estabilidad fue escasa. La corte era más bien itinerante y, además, los centros de decisión se localizaban preferentemente entre el Sena y el Rin, a diferencia de la época clásica en la que el centro de gravedad política de la Galia estaba en el mediodía. Con Carlomagno se dio un paso más al crear una ciudad franca nueva al estilo de lo que hicieron Rómulo con Roma o Constantino con Constantinopla: fue el complejo palatino de 85 Aquisgrán . La efectividad de la medida se revelaría cara al futuro más propagandística que otra cosa. Habrá que avanzar hasta los siglos centrales del Medievo para que una localidad se convierta de manera efectiva en verdadero centro de las grandes decisiones políticas y pulmón de la administración.

Ciudad y capitalidad 86

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El París de los Capetos o el Londres-Westminster de los Plantagenet constituyen los ejemplos acabados de ciudades dotadas de indudable pujanza en todos los terrenos. En ellas se concentrarán los principales organismos de gobierno de dos importantes reinos. No resulta fácil extrapolar los modelos francés e inglés al resto de los países europeos, aunque no están

de más algunas observaciones. Los «cinco reinos» ibéricos vivirán un proceso más lento en cuanto a la fijación de un centro estable de poder. Los reyes de Navarra tendrán como sedes favoritas las ciudades de Nájera y Pamplona, hasta que esta lo sea de forma definitiva. Los titulares de las Coronas castellano-leonesa y catalano-aragonesa manifestarán su preferencia por diversas localidades. Burgos —que como Camara regis es frecuentemente residencia del rey y de su familia—, 88

Valladolid, Madrid, Toledo o Sevilla , en el primero de los casos; Zaragoza o Barcelona, en el segundo. En Portugal, Lisboa se va afirmando como capital bajo Alfonso III, quien, desde 89 1255, va transfiriendo allí gradualmente los «serviços públicos» . El caso ibérico será singular en tanto una ciudad de cierto empaque da nombre a todo un reino aunque solo sea a efectos formulariamente cancillerescos: León, Toledo, Sevilla, Jaén, Córdoba, Valencia, Murcia, Mallorca o la misma Zaragoza como centro del regnum Caesaraugustanum. Alemania y el imperio en general no consumaron un proceso de centralización más que tardíamente, ya que Roma o Aquisgrán tenían un valor más bien simbólico. En el Bajo Medievo, dos ciudades empezaron a cobrar importancia a impulsos de dos dinastías. Con Carlos IV de Luxemburgo (1346-1378), Praga —residencia tradicional de los duques y luego reyes de Bohemia— adquirió el rango de corte imperial. Ello le valió su dignificación con algunas construcciones, como el monumental puente sobre el Moldava (Ultava) y su 90 espléndida catedral gótica (la sede episcopal adquirió el carácter de archiepiscopal) . Viena, corte ducal bajo Enrique II Jasomirgot en 1155, se convertiría a mediados del XIV con el archiduque Rodolfo IV de Habsburgo en residencia y sede de gobierno. A él se debería la 91 construcción del Hofburg y el inicio de la iglesia de San Esteban, convertida en catedral . En los años siguientes y bajo la casa de Habsburgo (patrimonializadora de hecho de un título imperial de raíz medieval), Viena dará pasos decisivos para su conversión en capital del Imperio. Otras ciudades de la Europa central deberán también buena parte de su empaque a ser capitales más o menos estables de países «jóvenes». Será el caso de Buda, en el emplazamiento de la antigua Aquincum, capital bajo los romanos de la Panonia Inferior. Bela IV (1274) construyó allí un castillo como defensa frente a los mongoles y en el siglo XIV se convirtió en capital estable de los monarcas húngaros. Bajo Matías Corvino será un importante foco renacentista con una universidad (1465), una importante Biblioteca Corviniana, una imprenta (1473) y un suntuoso palacio. En Polonia, Cracovia fue desde el siglo XI cabeza de 92

diócesis y residencia preferente de los monarcas del país . A otro nivel quedarían ciudades que, sin ser capitales de reinos, eran importantes centros de poder de grandes señores. Será la Toulouse de los distintos Ramones, víctimas a la postre de la crisis desatada en el Midi por la cruzada contra los cátaros. Será el Múnich de los Witelsbach, cuyo esplendor se iniciará con posterioridad al Medievo. O será el de muchas de las ciudades de la península itálica que merecen un particular tratamiento.

El especial caso italiano En el mediodía peninsular, Nápoles (que también daría nombre a todo un reino) será, con la introducción de la dinastía angevina en la segunda mitad del siglo XIII, capital de un Estado e importante ciudad cortesana. La ciudad en general será en la península italiana el organismo que articule la vida política a lo largo de casi todo el Medievo. Incluso los poco desarrollados lombardos que irrumpieron en el territorio a mediados del siglo VI dividieron este en ducados (treinta, según el historiador 93

Pablo Diácono), cada uno con su centro en una civitas . No tenía que ser forzosamente una importante ciudad; bastaría simplemente que tuviera un mero valor estratégico. A ninguna otra zona de Europa puede aplicarse mejor el término de ciudad-estado tan chocante para personas de los siglos XIX y XX, acostumbradas a moverse en el molde de la 94

nación-estado . No obstante, habría que tener en cuenta que solo media docena de ciudades itálicas podrán demostrar (a costa por lo general de sus vecinas más débiles) su capacidad para sobrevivir autónomamente. El caso de Florencia es modélico. Su territorio se ampliaría considerablemente a costa de Arezzo (1384), Pisa (1406), Cortona (1410) y el puerto de 95 Liorna en 1421, lo que le permitió una apertura a las rutas marítimas . No menos llamativo sería el caso de Venecia, expandida por todo el Adriático, las islas del Mediterráneo oriental y la Terra Ferma. De todas las entidades políticas urbanas de Italia será la que más tardíamente pierda su independencia: con el fin del Antiguo Régimen y el imparable avance de la oleada revolucionaria. La abdicación del dogo Ludovico Manin el 12 de mayo de 1797 96 daría un golpe mortal a la historia independiente de la Serenísima . Caso especial es el de Roma, sede de una institución con aspiraciones transfronterizas que requeriría un muy complejo aparato de gobierno. Sin embargo, no fue en Roma donde este adquirió sus más acusados perfiles (jurisdiccionales, políticos o fiscales), sino en Aviñón, 97 capital provisional de la Cristiandad europea durante buena parte del siglo XIV . Este fenómeno, como contrapartida, acentuaría unas críticas que a largo plazo contribuirían a romper la unidad espiritual de Occidente.

Ciudad y ceremonial político Junto a las liturgias eclesiásticas, y valiéndose frecuentemente de ellas, las ciudades serán escenario de otras liturgias con proyección civil. Serán las elecciones y coronaciones imperiales: Aquisgrán o Fráncfort para las primeras, Roma para las segundas desde la 98 consagración imperial de Carlomagno en la Navidad del año 800 . Serán las coronaciones y unciones reales en función de ese carácter semisacerdotal que se reconoce a la realeza. En el caso de Francia, una ciudad que no será nunca capital —Reims— tendrá una enorme importancia política por celebrarse en ella la consagración de sus reyes. Se hará en relación

con dos sedes: el monasterio benedictino de San Remigio, en donde se conservaba la «santa ampolla» para ungir a los monarcas; y la catedral de Notre-Dame, en donde se celebraba la 99

unción y coronación que hacían del cabeza del reino de Francia un «rey completo» . Reims mantendría un significado especial hasta la definitiva caída de la monarquía absoluta con el 100

destronamiento de Carlos X en 1830 . Liturgias relevantes son también las entradas reales, que no tienen forzosamente que darse para festejar un triunfo, como el de Felipe Augusto en París tras su victoria de Bouvines en 101 1214 . Suponen simplemente, como ocurrirá en el Bajo Medievo, una manifestación de propaganda política de la monarquía bajo el envoltorio de un espectáculo público que tiene 102 mucho de imitación de las procesiones religiosas . Se hace con ello tangible la idea abstracta del poder regio: no es, así, tanto la presencia de un rey concreto lo que se celebra, como la plasmación de ese poder. La ciudad, a través de sus autoridades y de la población en general, manifiesta su adhesión a la realeza. En ocasiones, la entrada desempeña el papel de 103 ceremonia introductoria a la entronización de un monarca . Una ciudad no necesita ser capital —y ni siquiera parte— de un reino para convertirse en escenario de una mística política apoyada en un importante aparato propagandístico. Así Venecia, cabeza de una talasocracia aristocrática, haría del dogo un personaje con escasa autoridad efectiva, pero, desde su elevación al poder por un restringido colegio de 41 electores, sería la encarnación de la majestad de la República. Con el título de «Excelente señor, por la gracia de Dios dogo de Venecia, duque de Dalmacia y de Croacia y dueño de cuarto y medio del Imperio de Romania» (antiguos dominios bizantinos de los Balcanes) se comprometía solemnemente (promissio), desde la toma de posesión del cargo, a gobernar de 104 acuerdo con las leyes del Estado y a trabajar en todo «para su provecho y utilidad» . R. Mousnier ha recordado que, en alguna forma, el Medievo anticipa un fenómeno propio de las monarquías absolutas de la Modernidad que, cuando crecen y se extienden, poseen una capital: la monarquía española Madrid, la francesa París, la prusiana Berlín, la rusa Moscú y luego San Petersburgo. Acostumbran, además, a edificar en las cercanías de la capital una residencia para trabajar en paz y en la que tienen a mano los distintos departamentos. El Escorial será a la monarquía hispánica lo que Versalles a la francesa y, más tardíamente, 105 Potsdam a la prusiana .

Las ciudades y el mundo rural: dinamización e inercias Se ha destacado cómo el empuje del mundo urbano en el Occidente medieval se produjo en 106 paralelo a un gran movimiento roturador del que la propia ciudad (viejas ciudades renacidas o bien otras de nuevo cuño) se benefició, cuando no fue su principal fuerza activadora. La movilidad de las personas llegará a desarrollar una doble pertenencia: rural y

urbana. Se ha hablado así de un «rurbanismo», en tanto las élites dirigentes tratarán de sacar 107 partido de las ventajas de la vida tanto en la ciudad como en el campo . Algún autor ha ido más lejos al afirmar rotundamente que la ciudad debe casi todo al campo: una buena parte de los hombres que la poblarán, el elemento aristocrático que invertirá en ella sus beneficios de las tierras, en torreones o en iglesias, en barcos o en mercados: no se puede ni imaginar la vida de la ciudad sin 108 contar con el excedente de la producción que canalizan los aldeanos... . Afirmación que habría que situar en un contexto: el de la reconocida predilección personal de ese autor por una Edad Media que no es precisamente la de las ciudades, a las que llega a 109 considerar como «un quiste, una malformación en la sociedad medieval» . Más o menos como las consideraron —ya tendremos ocasión de extendernos en ello— algunos destacados autores del Medievo. Excesos retóricos al margen, veamos cuáles son las características generales de esas relaciones que se dan en el Occidente medieval entre mundo rural y mundo urbano.

Relación y condicionamiento campo-ciudad La ciudad mediatiza en numerosos casos al mundo rural en tanto, en virtud de sus necesidades (alimenticias, producción de materias industriales, etc.), puede transformar los campos de su entorno e, incluso, los más distantes. Así, el consumo del vino —muy importante a todos los niveles sociales en el Medievo— y su comercialización dieron impulso a las áreas vitícolas suburbanas de ciudades de Francia como Dijon, Chalons o Burdeos. En el período 1308-1309, las exportaciones de vino de Borgoña podían rondar los 850.000 hectolitros, lo que supondría una exportación «de 110 importancia moderna» . Burdeos será, bajo los Plantagenet, el expedidor en exclusiva de vino a Inglaterra, que procedía no solo del Bordelais sensu strictu, sino también del Hautpays (llamado país rebelde desde 1375), constituido por la cuenca fluvial del Garona y sus 111 afluentes . En otra parte de Occidente —el valle del Duero— el interés por el viñedo periurbano es manifiesto a través de las ordenanzas concejiles y de las disposiciones de 112 instituciones señoriales . Una ciudad como Burgos tuvo a lo largo del Medievo una fuerte relación con el viñedo y la horticultura de su entorno, que fueron objetos de especiales cuidados. Serán tanto fuentes para el abastecimiento de la población local como vías de 113 rentabilidad para instituciones y particulares . Los cereales para la producción y consumo de cerveza propiciaron en Inglaterra una reconversión de cultivos tradicionales. Y el consumo de la carne no solo promocionará socialmente a los carniceros de algunas ciudades —París, por ejemplo—, sino que también

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orientará amplias áreas campesinas hacia leguminosas y forrajeras . El entorno rural de algunas ciudades acaba atrayendo la curiosidad del espectador tanto o más que la enjundia estrictamente urbana. Así, el citado Jerónimo Münzer, al referirse a Valencia, destaca algunas de sus construcciones monumentales, pero también hace lo propio con lo que llama «la amenidad de las huertas valencianas», a las que considera quintaesencia «de los variados frutos de Hispania» exportados a otras regiones: caña de azúcar, vino, higos, arroz, aceite, azafrán... A lo que habría que sumar productos básicos para la industria como la 115 lana, el cuero, la hoja de morera o materias tintóreas como la grana . La ciudad medieval creció así, ya por una dinamización de sus mercados, ya por una emigración campo-ciudad, o ya porque se convierta en la fuerza vertebradora-colonizadora y defensora (caso de la España de la Reconquista) de amplios espacios. Algo parecido sucederá con las bastidas francesas, centros de colonización y también puntos fortificados con objeto de 116 vigilar la frontera .

La pervivencia de «lógicas feudales» en la ciudad medieval Pese a lo que una historiografía de cuño decimonónico defendió (y se sostuvo durante buena parte del pasado siglo), la ciudad medieval, aunque constituya un fenómeno claramente innovador, no será radicalmente opuesta a un sistema feudal identificado con un mundo esencialmente rural y con los privilegios de sus grupos dirigentes. Por el contrario, la ciudad 117 (los ciudadanos) será(n) una parte integrante de ese sistema , cuyos últimos resabios no desaparecerán de Occidente más que con la extinción del Antiguo Régimen. Hasta fecha avanzada, numerosas ciudades seguirán conservando en su seno (y no digamos en su más 118 inmediato entorno) amplios resabios campesinos . Y ¿qué decir de ese trasunto de los castillos de los señores feudales que son las torres urbanas, «lanzadas hacia el cielo como 119 polos en los que se cristaliza una buena parte de las relaciones de dominación»? . Un tema sobre el que más adelante tendremos ocasión de volver. No resulta inoportuno, como elemento comparativo, recordar lo que a propósito de las relaciones entre ciudad y campo ha escrito recientemente un especialista en la Rusia de la revolución soviética: Las ciudades y las urbes de Rusia seguían siendo esencialmente «campesinas», tanto por su composición social como por su carácter. A solo unos kilómetros de cualquier centro ciudadano se podía uno encontrar ya en los bosques, donde había bandidos que vivían entre el follaje, donde los caminos se convertían en vericuetos fangosos en primavera y donde señales externas de vida en los remotos caseríos habían seguido siendo esencialmente las mismas de la Edad Media. Sin embargo, a pesar de vivir tan cerca de los campesinos, las clases educadas de las ciudades prácticamente

no sabían nada de su mundo

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.

Una distancia sobre la que algún autor ya había advertido con anterioridad, al decir que en 121

la Rusia zarista el campesino se encontraba más lejos de la ciudad que de las estrellas . Si las relaciones entre señores y campesinos podían traducirse en el Medievo en una sorda hostilidad, las existentes entre ciudadanos y campesinos serán también difíciles. Si por un lado la ciudad puede ser polo de atracción de la población rural porque «su aire hace libre», por otro actúa frente el campesinado como un nuevo señor: le compra sus productos, pero a cambio le vende sus mercancías en cantidades determinadas y a precio tasado. Como los señores se encierran en sus castillos al caer la noche, las ciudades elevan sus puentes, y sus centinelas vigilan los alrededores frente a un potencial enemigo que es el campesino. Y al final de la Edad Media, los juristas —producto eminentemente urbano— elaboran un derecho 122 que aplastará al campesino . No resulta así gratuito recordar que la ciudad medieval se 123 comporta muchas veces como una suerte de señorío colectivo en relación con el medio rural que la rodea; un mundo de aldeas hacia las que puede tener un comportamiento despótico. Hacer un balance del peso que la ciudad medieval tuvo en el conjunto de una sociedad eminentemente rural no parerce tarea fácil. Los jucios entre los especialistas resultan llamativamente encontrados. En fecha reciente, alguna reflexión ha sido prudente en grado sumo: «la ciudad se insertó en un sistema social y un modo de producción del que constituye 124 una parte, sin duda esencial, pero no siempre determinante» .,

Transformaciones y polifuncionalidad en la ciudad medieval Resulta difícil catalogar las diferentes ciudades de la Europa medieval tomando como base un esquema dinamizador único. Política de defensa, potenciación de mercados, creación de centros de vida política y eclesiástica, etc., se suceden o convergen en la historia urbana de Occidente entre los siglos V y XV. Podríamos remitirnos a dos modelos.

Los cambios desde formas primarias de vida socioeconómica No hay que olvidar (o ¿no cabría recordarlo en primer lugar?) que numerosos núcleos de población rural (villae, en el sentido más común que cabe dar a esta expresión) evolucionan hacia formas socioeconómicas más avanzadas o, simplemente, adquieren un conjunto de privilegios que les asimilan jurídicamente a lo que se entiende por ciudad. Para la Inglaterra de los primeros siglos medievales se ha defendido, siguiendo a clásicos como W. Stubbs, la continuidad entre comunidad aldeana y comunidad urbana. O, expresado

de otra forma por autores posteriores: muchas ciudades inglesas tuvieron un origen rural y fueron un derivado del aumento de población que se produjo en algunas centenas (subdivisión 125

de los condados) . Del mundo hispanocristiano cabría decir algo similar. En el territorio al sur del Duero (actuales provincias de Segovia, Ávila o Salamanca), numerosas poblaciones surgen sobre la base de aldeas cercanas. A sus resultantes algunos testimonios se niegan a llamar ciudades: «Segovia no es una ciudad, sino muchas aldeas tan próximas unas a otras que llegan casi a tocarse. Y sus habitantes, numerosos y bien 126 organizados, poseen grandes espacios de pastos» . Historiadores hispánicos, al hilo de lo defendido por Sánchez Albornoz o por José María Lacarra, han venido manteniendo la idea de que esas ciudades tenían mucho más de agrícola, ganadero y guerrero (algo hemos anticipado al respecto) que de burgués en el sentido más común del término. Algunas no se despegarán de ese espíritu rural —provinciano, diríamos en la terminología actual— prácticamente hasta nuestros días merced al avance de los grandes procesos de globalización. Otras, como la propia Segovia, llegarán a tener en el Medievo avanzado un no despreciable sector económico 127 textil . A oriente de la península muchas de las fundaciones de la Cataluña Nueva, en las que tuvieron importante participación las Órdenes Militares, presentaron también ese carácter 128 colonizador, tal y como ha recogido algún valioso estudio . Hablamos de una zona situada al sur de la línea Llobregat-Cardener-Segre medio-Conca de Tremp, en donde surgió un país diferente del de la Cataluña Vieja al norte de dicha línea. País ocupado en buena medida a lo largo del siglo XII con gentes atraídas por cartas de franquicia que les aseguraban una vida más 129

libre . Relevante en cuanto a transformaciones sería el caso del Burgos medieval. En él pueden distinguirse tres momentos en su desarrollo hasta culminar en un ente urbano de reconocido valor. El primero desde su fundación en 884 y hasta el siglo XI corresponde a un centro militar, político y campesino que actúa como embrión de una ciudad. El segundo momento discurre durante el siglo XII y primera mitad del XIII: Burgos adquiere caracteres sociales plenamente urbanos como centro de poder civil y eclesiástico, con un notable desarrollo comercial y artesanal y un papel nada desdeñable como etapa de la ruta jacobea. En la Baja Edad Media, Burgos es una ciudad de gran dinamismo económico en su condición de capital del comercio exterior castellano. A las rentas de carácter feudal se unen las del comercio a larga distancia. 130 Todo ello propiciará un cambio de su espacio urbano que se hizo cada vez más extenso . Se trata de un ejemplo que nos sirve de bisagra para introducirnos en otro tipo de modelo.

Algunos casos destacados de polifuncionalidad Al margen de la inevitable pervivencia de ciertos elementos rurales o feudales en su seno,

las más destacadas ciudades de la historia medieval europea se distinguirían por una acusada polifuncionalidad, bien genética o bien evolutiva. Remitámonos a un puñado de ellas sobre las que, en capítulos posteriores, volveremos a insistir. Para el caso italiano, baste de momento con remitirnos a dos ejemplos. Aunque resulte tópico recordarlo, el caso de Venecia es el de una gran potencia mercantil pero también militar. Si cabe utilizar el término talasocracia, es sin duda aplicándolo a la república del Adriático. Florencia, importante centro bancario y con una potente industria pañera, será uno de los principales centros artísticos y literarios (con la historiografía en destacado lugar) de Occidente. Una condición que rebasará con mucho los límites del período estrictamente medieval. En Francia, el París de los Capeto, aparte de un importante foco de consumo por su alta demografía, fue un gran centro político de lo que será la primera monarquía de Occidente. Y también centro académico con la universidad más prestigiosa de Europa. No será un centro eclesiástico de primer orden, ya que las funciones metropolitanas las ostentaba la discreta ciudad de Sens. Burdeos, gran centro comercial, lo fue también político en cuanto «capital» de los dominios ingleses en Francia hasta finales del Medievo. De las ciudades de la Península Ibérica podrían decirse cosas semejantes. Barcelona será tanto centro político alternando con otras localidades de la Corona aragonesa, como importante emporio mercantil en un Mediterráneo en donde competirá con las mismas ciudades italianas. Lisboa será capital de un reino e impulsora de una política de exploraciones que la convertirán en gran mercado europeo en los años finales del Medievo. Sevilla será, tras su conquista en 1248, patio de armas de la monarquía castellana frente al reino nazarí de Granada e importante centro mercantil, que alcanzará su plenitud con el gran impulso transatlántico de la monarquía hispánica. Londres es considerada durante bastante tiempo la única gran ciudad de una Inglaterra medieval escasamente poblada. Será importante centro económico y lugar de concentración de los poderes de la monarquía feudal más perfeccionada de Occidente. Una monarquía que, con los Plantagenet, adquiere los caracteres de un auténtico poder transnacional. En Alemania, tardíamente incorporada a la historia del urbanismo europeo, Colonia será una activa urbe mercantil redistribuidora de diversos productos en el corazón del continente y, además, prestigiosa metrópoli eclesiástica cuyos arzobispos ostentarían el título de príncipes electores del Sacro Imperio.

Ciudad medieval: urbanismo y planimetría Por urbanismo (y su expresión afín la urbanística) entendemos la ciencia o técnica encaminada al estudio de la ordenación de las ciudades y del territorio que, en último término, permiten el bienestar de la población. De ahí que en la elaboración de esta disciplina confluyan otras muy variadas: la arquitecura, la ingeniería, la política, la geografía, la historia,

la antropología, la economía o la ecología. De todas ellas, la arquitectura desempeña un singular papel, tal y como el humanista florentino Leon Battista Alberti proclamó en el siglo XV: «La grandeza de la arquitectura está unida a la de la ciudad, y la solidez de las 131

instituciones se suele medir por la solidez de los muros que las cobijan» . La historia del urbanismo cuenta en nuestra época con algunos clásicos de obligada referencia para fijar una 132 tipología de ciudades según épocas y civilizaciones . Ello llevaría a pensar que, en su visión más ideológica, en el urbanismo convergen esas dos ideas que figuran en el subtítulo del presente libro: lo real y lo ideal (utópico incluso) en la ciudad. En los últimos años, y siguiendo pautas parcialmente weberianas, un sociólogo francés ha escrito: Físicamente, la ciudad europea medieval se caracterizaba por una ciudadela, una muralla circundante y un mercado, una zona edificada alrededor de un núcleo, unos edificios administrativos y públicos, iglesias, monumentos, plazas, áreas dedicadas al 133 comercio y una urbanización que irradiaba del centro . Sobre estos principios cabría recordar, remitiéndonos a lo que escribió Fernando Chueca Goitia hace ya casi medio siglo: «la variedad de esquemas planimétricos de las ciudades medievales es inagotable por la sencilla razón de que no existen ideas previas y todas surgen con crecimento natural y orgánico». Y basándose en la tipología establecida por Luigi 134 Piccinato , reconocía algunos tipos fundamentales. Estarían las ciudades lineales, establecidas a lo largo de un camino. Las de la ruta jacobea serían las más características. A pesar de los cambios experimentados con el discurrir de los siglos, siguen revelando su origen itinerante. Estarían las ciudades cruciales, con dos calles básicas que se cortan ortogonalmente. Una variante la constituirían las ciudades en escuadra o «regulares». Estarían las ciudades nucleares y, sobre todo, binucleares, que serían las más típicas del urbanismo medieval: se significarían por uno o varios puntos dominantes (castillo, iglesia, abadía) con un valor aglutinante sobre el tejido urbano. Estarían como caso curioso las ciudades de plano en «espina de pez»: una calle principal de la que salen otras secundarias, paralelas entre sí pero oblicuas en relación con la anterior. Y estarían las ciudades acrópolis y las radioconcéntricas, que responderían a una tendencia propia de toda 135 civilización: la utilización de eminencias topográficas . Todo ello sin que tengamos que olvidar esa mencionada herencia planimétrica que el dominio musulmán legará a ciudades de la Península Ibérica, en algunos casos hasta nuestros días. Y que merecerá un capítulo especial. Dentro de (o de manera afín a) esa estructura en escuadra o «regular», sería necesario recordar el papel desempeñado por los poderes públicos, que, en el caso de la España cristiana, buscan (ajustándose grosso modo al modelo de las bastidas francesas) aunar funciones económicas, militares y sociales: norte del reino de Valencia como Castellón, Nules

o Almenara; o villas y ciudades vascas como Vitoria, Laguardia, Bermeo, Tolosa, Bilbao, 136

Marquina o Guernica . Un último ejemplo de planimetría regular en la España medieval, posiblemente inspirada en esos modelos, lo facilita Santa Fe. Se trataría de una fundación cargada de simbolismo («A esta ciudad llamaron los Reyes Católicos Santa Fe, por la mucha que ellos tenían en Dios») que los monarcas promovieron frente a la asediada Granada como 137 sustitución estable del campamento accidentalmente incendiado . Toda ciudad medieval, sin embargo, comparte (tal y como ya hemos apuntado y expondremos más en detalle en siguientes capítulos) varios de esos factores creadores o dinamizadores que dan a su topografía un carácter policéntrico. La ciudad, además, adquiere por lo general esa polifuncionalidad que acabamos de tratar: ¡esa Sevilla definida por su 138 carácter militar y mercantil a un tiempo! . En torno a diversos monumentos y lugares se ordenan las diversas facetas de la vida: la catedral, la plaza del mercado, el alcázar o castillo, las puertas y hasta las diversas iglesias 139 parroquiales o conventos de frailes mendicantes . Se dice que toda ciudad que se precie en el Medievo avanzado debía tener un convento de franciscanos, otro de dominicos, otro de carmelitas y otro de agustinos. Del carácter vario de la ciudad medieval se harían eco la literatura, las diversas artes plásticas o la heráldica, desbordando con mucho los límites de lo 140 que prudentemente podemos denominar Edad Media .

1 Victor Hugo, en su exaltación de París redactada en 1867, definía las ciudades como «biblias de piedra». Elogio de París, Madrid, 2011, pág. 100. 2 Desarrollamos, debidamente actualizadas, ideas que expusimos hace ya años en E. Mitre, Historia de la Edad Media en Occidente, Madrid, 2006 (la primera edición data de 1983), págs. 188-191. Con especial referencia al ámbito territorial castellano, véase M. Asenjo, «Nacimiento y planificación de la ciudad medieval», en A. Pérez Jiménez y C. Cruz Andreotti (eds.), De la aldea al Burgo. La ciudad como estructura urbana y política en el Mediterráneo, Madrid/Málaga, 2003, págs. 313-370. 3 H. Pirenne, Las ciudades de la Edad Media, pág. 87. 4 R. S. López, La revolución comercial en la Europa medieval, Barcelona, 1981 (ed. original de 1971), pág. 7. (La cursiva es nuestra). 5 Ibíd., pág. 51. 6 Ibíd., págs. 247-249. 7 Véase para ello el interesante ensayo de J. Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Buenos Aires, 1962 (ed. original de 1956). 8 T. F. Glick, Cristianos y musulmanes en la España medieval (711-1250), Madrid, 1991, pág. 154. 9 L. G. de Valdeavellano, El mercado en León y Castilla durante la Edad Media, Madrid, 1974 (revisión de la edición de 1931), págs. 68-69.

10 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV. Aspectos económicos y sociales, Barcelona, 1976, págs. 58-61. 11 L. Suárez, Historia social y económica de la Edad Media europea, Madrid, 1969, pág. 157. 12 M. A. Ladero, Las ferias de Castilla, siglos XII a XV, Madrid, 1994, especialmente págs. 90-91. 13 A. Sapori, La mercatura medievale, Florencia, 1972, págs. 7-11. 14 «Decretos del IV Concilio de Letrán», en R. Foreville, Lateranense IV, Vitoria, 1972, págs. 198-199. 15 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos durante la Edad Media, Burgos, 2007, págs. 299 y ss. 16 «Bien asentada» (o incluso «bien honrada»), Philippe de Commynes, Mémoires sur Louis XI, ed. de J. Dufournet, París, 1979, págs. 421-422. 17 Cfr. M. A. Ladero, «Economía mercantil y espacio urbano de la corona de Castilla en los siglos XII a XV», en Boletín de la Real Academia de la Historia, t. CXCI, Cuaderno II, 1994, págs. 235-293. 18 J. Bühler, Vida y cultura en la Edad Media, México, 1957 (original de 1931), pág. 189. 19 W. Sombart, Lujo y capitalismo, Madrid, 1965 (original de 1912), y El burgués, Madrid, 1972 (original de 1913); M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Madrid, 1973 (original de 1901). 20 Véase el reciente trabajo de J. Le Goff, La Edad Media y el dinero, Madrid, 2012. 21 Véase J. Heers (coord.), Fortifications, portes de villes, places publiques dans le monde mediterrannéen, París, 1985. 22 Para M. Weber, la ciudad era un «conjunto unificado de ciudadela y mercado». La ciudad, pág. 19. 23 T. Dutour, La ciudad medieval, págs. 158-162. 24 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, págs. 56-57. 25 El recinto amurallado es «el ideograma urbano por excelencia», P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 287. 26 S. Reynolds, An Introduction to the History of English Medieval Towns, Oxford, 1977, especialmente págs. 30 y ss. 27 J. Dubourg, Histoire des bastides d’Aquitaine, Luçon, 1991. 28 Véase la recopilación de estudios de P. Toubert, Castillos, señores y campesinos en la Italia Medieval, Barcelona, 1990. 29 Cfr. M. A. Ladero, «Les fortifications urbaines en Castille aux XI-XV siècles; Problematique, financement, aspects sociaux», en J. Heers (coord.), Fortifications, págs. 145-176. 30 A propósito de esta idea, véase E. Lourie, «A Society Organized for War: Medieval Spain», en Past and Present, 35, 1976, págs. 54-76. 31 J. Ortega Valcárcel, «Geografía histórica del Burgos altomedieval», en Burgos en la Alta Edad Media, Burgos, 1991, pág. 189. 32 J. M. Lacarra, «Les villes frontières dans l’Espagne du XI au XII siècle», en Le Moyen Âge, t. LXIX (1963), págs. 205222. 33 C. Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico, t. I, Buenos Aires, 1971, pág. 254. 34 Para este tema, J. M. Bello León, «Las milicias concejiles castellanas a finales de la Edad Media. Algunos datos para contribuir a su estudio», en Medievalismo. Revista de la Sociedad Española de Estudios Medievales, núm. 19, 2009, págs. 287-331.

35 Así, N. Tenorio, «Las milicias de Sevilla», en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1907. Reeditado, con un estudio introductorio, por D. Kirschberg y F. García Fitz en la recopilación Tres obras sobre la Sevilla del siglo XIV, Sevilla, 2009. 36 L. Torres Balbás, «Las ciudades de la España cristiana», en García Bellido et al., Resumen histórico del urbanismo en España, pág. 121. 37 Al margen de los fantásticos orígenes de esta ciudad, véase C. González Mínguez, «La ciudad medieval», en Historia de una ciudad. Vitoria. I. El núcleo medieval, Vitoria, 1977, págs. 24-27. 38 J. Le Goff, «La construcción y destrucción de la ciudad amurallada. Una aproximación a la reflexión y a la investigación», en C. de Setta y J. Le Goff, La ciudad y las murallas, Madrid, 1991, pág. 11. 39 L. Mumford, La cité à travers l’histoire, pág. 387. 40 S. L. Carvalho, Cidades medievais portuguesas. Uma introdução ao seu estudo, Lisboa, 1989, pág. 30. 41 M. A. Ladero, Ciudades de la España Medieval, pág. 104. 42 D. Waley, Las ciudades-república italianas, pág. 35. 43 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, págs. 391 y ss. 44 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, págs. 17-18. 45 J. Heers, La ville, págs. 341-343. 46 V. Viegas, Lisboa. A força da revolução (1383-1385), Lisboa, 1985, págs. 120 y ss. 47 J. Le Goff, Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media, Madrid, 2010, pág. 73. 48 Véase las actas del seminario en torno a Los alcázares reales. Vigencia de los modelos tradicionales en la arquitectura áulica cristiana, Madrid, 2001. 49 Jerónimo Münzer, Viaje por España y Portugal, ed. de R. Alba, Madrid, 1991, págs. 207-209. 50 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos en la Edad Media, pág. 391, recordando lo que destaca el viajero bohemio León de Rosmithal. 51 Jean-Paul Midant, Au Moyen Âge avec Viollet-le-Duc, París, 2001, págs. 96-98. 52 Véase, para el caso español, la revista Castellum, impulsada por un grupo de profesores de la Universidad Complutense bajo la dirección de la profesora M.ª Isabel Pérez de Tudela. 53 Salm. 45 (46), 2. 54 E. Mitre, La ciudad cristiana, pág. 395. 55 Crónicas anónimas de Sahagún, ed. de A. Ubieto, Zaragoza, 1987, pág. 19. 56 Entre los recientes aportes sobre esta materia, C. M. Reglero de la Fuente, «Los obispos y sus sedes en los reinos hispánicos occidentales», XXXII Semana de Estudios Medievales (Estella, 18-22 de julio de 2005), Pamplona, 2006, págs. 195288. 57 F. M. Beltrán Torreira, «El conflicto por la primacía eclesiástica de la Cartaginense y el III Concilio de Toledo», en El Concilio III de Toledo. XIV Centenario (589-1989), Toledo, 1991, págs. 497-510. 58 Por concesión papal de 1120 al obispo Diego Gelmírez. Véase Historia Compostelana, ed. de E. Falque, Madrid, 1994, págs. 327-330. 59 Véase la recopilación de trabajos sobre la ciudad alemana entre los siglos XI y XV, en P. Monnet, Villes d’Allemagne au

Moyen Âge, París, 2004. 60 Cfr. H. Planitz, Die deutsche Stadt im Mittelalter von dem Römerzeit bis zu den Zunftkämpfen, Colonia, 1954. 61 Una cómoda síntesis sobre el tema en Ch. Higounet, Les allemands en Europe centrale et orientale au Moyen Âge, París, 1989. 62 A. Represa, «Origen y desarrollo urbano del Valladolid medieval (siglos X-XIII)», en VV.AA., Historia de Valladolid II. Valladolid medieval, Valladolid, 1980, pág. 69. 63 E. Mitre, La ciudad cristiana, págs. 64 y ss. 64 Útiles síntesis en P. A. Sigal, Les marcheurs de Dieu, París, 1974, o D. Webb, Medieval European Pilgrimage, c. 700-c. 1500, Hampshire, 2002. 65 Texto al que significativamente se ha titulado Historia Compostelana. O hechos de Don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago, ed. de Emma Falque, Madrid, 1994. 66 Un clásico sobre el tema es Lacarra, Uría y Vázquez de Parga, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Madrid, 1948, objeto de diversas reediciones. 67 Torres Balbás, «Las ciudades de la España cristiana», en Resumen histórico del urbanismo en España, págs. 104-111. 68 VV.AA., Roma antica nel Medioevo. Mito, rappresentazioni, sopravvivenze dei «Respublica Christiana» dei secoli ix-xiii, Atti della Quattordicesima Settimana Internazionale di Studio (Mendola, 24-28 de agosto de 1998), Milán, 2001. 69 Cuestión tratada, entre otros, por F. Dvornik, Bizancio y el primado romano, Bilbao, 1968. 70 P. A. Sigal, Les marcheurs, págs. 102-103. 71 Sobre este tema, véase la síntesis de J. L. Ortega, Los jubileos. Su historia y su sentido, Madrid, 1999. 72 Sobre las tres Romas (la del Tíber, Constantinopla y Moscú) y sus imágenes, véase F. Cardini (ed.), La città e il sacro, Milán, 1994. 73 Entre la bibiliografía sobre este personaje, es de destacar por su variado tratamiento R. Foreville (ed.), Thomas Becket. Actes du Colloque de Sédières, París, 1974 (1973). 74 Sobre estas peregrinaciones de menor rango, véanse las páginas dedicadas por P. A. Sigal, Les marcheurs de Dieu, págs. 121 y ss. 75 M. C. Díaz y Díaz, De Isidoro al siglo XI, Barcelona, 1976, págs. 25 y ss. 76 Cfr. E. Mitre, «La formación de la cultura eclesiástica en la génesis de la sociedad europea», en Cultura y culturas en la historia, Salamanca, 1995, págs. 31-51. 77 Véase el apéndice documental de J. Delperrié du Bayac, Carlomagno, Barcelona, 1977, pág. 291. 78 Cfr. C. Sánchez Albornoz, El Islam de España y el Occidente, Madrid, 1974. 79 J. Le Goff, Le XIII siècle. L’apogée de la chrétienté (v. 1180-v. 1330), París, 1982, págs. 85-108. 80 J. Verger, Les universités au Moyen Âge, París, 1973, págs. 48-56. 81 Véase E. Garin, Medioevo y Renacimiento, Madrid, 1981. 82 P. Renucci, L’aventure de l’humanisme européen au Moyen Âge (IV-XIV siècle), París, 1953. 83 P. Wolff, L’éveil intellectuel de l’Europe, París, 1971.

84 Desde la obra de G. Paré, A. Brunet y P. Tremblay, La Renaissance du XII siècle: les écoles et l’enseignement, París, 1933. 85 R. Le Jan, «Le royaume des Francs de 481 à 888», en P. Contamine (dir.), Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, París, 2002, págs. 79-81. 86 Véase la síntesis de S. Roux, Paris au Moyen Âge, París, 2003. 87 Véase G. A. Williams, Medieval London: From Commune to Capital, Londres, 1963. 88 D. Torres Sanz, La administración central castellana en la Baja Edad Media, Valladolid, 1982, pág. 47. 89 J. Serrão, Cronología geral da Historia de Portugal, Lisboa, 1980, pág. 47. 90 J. Macek, La revolución husita, Madrid, 1975, págs. 5-8. 91 F. Rapp, Le Saint empire romain germanique. D’Otton le Grand à Charles Quint, París, 2000, pág. 273. 92 Sobre estas ciudades centroeuropeas, véase E. Mitre, La ciudad cristiana, págs. 266-268. 93 Pablo Diácono, Historia de los longobardos, ed. de P. Herrera Roldán, Cádiz, 2006, pág. 112. 94 D. Waley, Las ciudades-república italianas, pág. 7. 95 F. Antal, El mundo florentino y su ambiente social. La república burguesa anterior a Cosme de Médicis: siglos XIV y XV, Madrid, 1963 (original en inglés de 1947), pág. 54. 96 F. Thiriet, Histoire de Venise, París, 1961, pág. 123. 97 B. Guillemain, La Cour pontificale d’Avignon, 1399-1376. Étude d’une société, París, 1962. 98 R. Folz, Le couronement imperial de Charlemagne, París, 1989. 99 J. Le Goff, «Reims, ville du sacre», en Les Lieux de mémoire sous la direction de Pierre Nora. II. La Nation, París, 1986, págs. 89-183, especialmente págs. 122-131. 100 Sobre la mística de algunas realezas europeas, M. Bloch, Les rois thaumaturges. Étude sur le caractère surnaturel attribué a la puissance royale particulièrement en France et en Angleterre, París, 1924 (objeto de reedición prologada por J. Le Goff, en París, 1983). 101 G. Duby, Le dimanche de Bouvines. 27 juillet 1214, París, 1985, págs. 232-235. 102 Para Francia, B. Guenée y F. Lehoux, Les entrées royales françaises de 1328 à 1515, París, 1968. Para Castilla, R. de Andrés, «Las entradas reales castellanas en los siglos XIV y XV según las crónicas de la época», en En la España Medieval, 4 (1984), págs. 48-62. 103 J. M. Nieto, Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimación en la Castilla Trastámara, Madrid, 1993, págs. 120130. 104 F. Thiriet, Histoire de Venise, pág. 69. 105 R. Mousnier, La monarquía absoluta en Europa. Del siglo V a nuestros días, Madrid, 1986. págs. 194-195. 106 G. Duby, Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval, Barcelona, 1968, págs. 93 y ss. Reciente pronunciamiento sobre el factor agrario en el desarrollo de las ciudades medievales en T. Dutour, La ciudad medieval, págs. 183 y ss. También J. M. Monsalvo, Las ciudades europeas del Medievo, págs. 309-318. 107 La expresión «rurbanismo» fue acuñada por L. Wirth, «Urbanism as Way of Life», en American Journal of Sociology, 1983, y retomada por T. Dutour, La ciuad medieval, pág. 225.

108 R. Fossier, La infancia de Europa. Aspectos económicos y sociales, vol. 2: Estructuras y problemas, Barcelona, 1984, pág. 823. 109 Ibíd., pág. 820. 110 A. Sapori, La mercatura medievale, pág. 8. 111 P. Roudié Cervin, «Les vins du Bordelais au Moyen Âge. Réflexions d’un Géographe», en Vino y viñedo en la Europa medieval, ed. de F. Miranda, Pamplona, 1996, págs. 75-84. 112 P. Martínez Sopena, «El viñedo en el valle del Duero durante la Edad Media», en Vino y viñedo en la Europa medieval, págs. 85-108. Trabajo redactado al hilo de la tradición marcada por A. Huetz de Lemps en su Vignobles et vins du Nord-ouest de l’Espagne, 2 tomos, Burdeos, 1967. 113 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, págs. 168-171. 114 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, págs. 72-77. 115 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, págs. 47-51. 116 T. Dutour, La ciudad medieval, pág. 161. 117 Cfr. el significativo título de J. L. Romero, Crisis y orden en el mundo feudoburgués, Buenos Aires, 1980. 118 M. Asenjo, «Nacimento y planificación de la ciudad medieval», págs. 340-341 y 362-364. 119 O. Guyotjeannin, «1060-1285», en P. Contamine (dir.), Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, pág. 186. 120 O. Figes, La revolución rusa, 1891-1924. La tragedia de un pueblo, Barcelona, 2000, pág. 125. (La cursiva es nuestra). 121 J. Roth, Viaje a Rusia, Barcelona, 2008, pág. 111. (Texto redactado en 1926). 122 J. Le Goff, La civilización del Occidente medieval, Barcelona, 1969, pág. 400. 123 J. A. Bonachía, «El concejo como señorío: Castilla, siglos XIII-XV», en Concejos y ciudades en la Edad Media hispánica, págs. 429-46, y C. Estepa, «El realengo y el señorío jurisdiccional concejil en Castilla y León (siglos XII-XV)», ibíd., págs. 465-506. 124 P. Boucheron, De Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 431. 125 M. Dobb, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Buenos Aires, 1971 (original inglés de 1946), pág. 95. 126 Al-Idrisi, Opus geographicum, fasc. 5, ed. de E. Cerulli et al., Nápoles/Roma, 1975, págs. 557 y 560. 127 M. Asenjo, Segovia. La ciudad y su tierra a fines del Medievo, Segovia, 1986, especialmente la parte dedicada a artesanía y manufacturas, págs. 184 y ss. 128 J. M. Font Rius, Cartas de población y franquicia de Cataluña, Madrid, 1969. 129 J. M. Salrach, «La corona de Aragón», en Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, siglos XI-XV (vol. IV de la Historia de España dirigida por M. Tuñón de Lara), Barcelona, 1980, pág. 236. 130 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, págs. 14-18. 131 Citado por F. Chueca Goitia, Breve historia del urbanismo, pág. 7. 132 A título de ejemplo, P. Lavedan, con difundidos trabajos como Histoire de l’urbanisme, vol. II: Antiquité. Moyen Âge, París, 1926.

133 P. Le Galès, Las ciudades europeas. Conflictos sociales y gobernanza, Madrid, 2007, pág. 57. 134 L. Piccinato, «Urbanística medioevale», en VV.AA., L’urbanistica dall’Antichità ad Oggi, Florencia, 1943. 135 F. Chueca Goitia, Breve historia del urbanismo, págs. 99-101. 136 J. A. García de Cortázar, La época medieval (vol. II de Historia de España Alfaguara), Madrid, 1973, págs. 210-212. (Sucesivas ediciones). 137 J. Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada, Madrid, 2000 (edición actualizada de la original de 1957), pág. 250. En la España islámica, razones militares habían impulsado también la creación de nuevas fundaciones urbanas, verdaderos campamentos o ribats. B. Pavón, Ciudades hispanomusulmanas, pág. 49. 138 R. Carande, Sevilla, fortaleza y mercado, Sevilla, 1972 (original de 1926). 139 M. A. Ladero, «La dimensión urbana: paisajes e imágenes medievales. Algunos ejemplos y reflexiones», en Mercado inmobiliario y paisajes urbanos en el Occidente europeo (siglos XI-XV), XXXIII Semana de Estudios Medievales (Estella, 17-21 de julio de 2006), Pamplona, 2007, págs. 28-29. 140 Para el mediodía hispánico, Andrea Navarro, «La nobleza en las imágenes e imaginarios urbanos. Andalucia, siglos XVXVII», en Servir a Dios y servir al rey. El mundo de los privilegiados en el ámbito hispánico, siglos XIII-XVIII, Salta, 2011, págs. 75-108.

CAPÍTULO 2

Ciudades europeas desde una órbita político-religiosa a otra: 1 el Islam de España y Occidente

Las migraciones germánicas que dieron el golpe de gracia al Imperio Romano en Occidente en 476 constituyeron un lento proceso de varios siglos con diversos altibajos. La expansión islámica fue mucho más fulgurante: se inicia al poco de la muerte de Mahoma (632 del calendario cristiano) y solo se frena entre 718 (fracaso ante los muros de Constantinopla) y 732 (derrota de Abd al-Rahmen el Gafeqi en el camino entre Tours y Poitiers). La creación en tan limitado espacio de tiempo de un extenso ámbito político, religioso y cultural desde la Meseta del Irán hasta el Atlántico constituye un fenómeno posiblemente único en la historia. 2 No es gratuito hablar de una auténtica «revolución islámica» , siempre y cuando nos mantengamos dentro de unos justos límites y nos distanciemos de interpretaciones calificadas 3 por algunos especialistas como pura ciencia ficción . Cambios profundos afectaron a dos imperios orientales —el persa sasánida y el bizantino — enzarzados en los años anteriores en una suicida guerra de desgaste. El primero fue reducido a la impotencia tras la batalla de Qadisiya (637), aunque muchos de sus elementos culturales fueron aprovechados por los vencedores. El segundo padeció una dolorosa merma en su potencia territorial al perder sus provincias del Próximo Oriente, norte de África y 4 algunos territorios del Asia Menor . Hacia el occidente el reino hispanogodo, considerado de los más desarrollados entre los estados de raíz germánica, quedó borrado de la escena política 5 en apenas un decenio . La ciudad hispánica, que se había mantenido en clara situación de debilidad en la transición al Medievo, experimentó un notable impulso bajo la dominación islamita. Toda una antítesis de sus vecinas del otro lado de los Pirineos. Hablamos especialmente de localidades de los valles del Tajo y el Ebro, de Levante y, sobre todo, del actual territorio andaluz. Serán ciudades que acabarán reincoporadas a la órbita cristiana merced a un largo proceso —ocho siglos— que a falta de otro término mejor, 6 y pese a su fuerte carga ideológica, seguimos designando como Reconquista . Con todo, estas ciudades no perdieron algunos rasgos, aunque sea a nivel puramente formal, que habían constituido señas de identidad bajo gobierno musulmán.

La ciudad ¿«privada»? islámica Los musulmanes apenas fundaron ciudades en los inicios de su expansión, ya que esta se desarrolló sobre áreas bastante urbanizadas en donde se encontraban Damasco, Antioquía, Jerusalén, Alejandría o Cartago, importantes urbes de un Imperio bizantino con el que en algunos casos —Alejandría el más significativo— mantenían hondas discrepancias religiosas. Se ha hablado, incluso, de una recepción a los árabes como liberadores frente a la opresiva ortodoxia de Constantinopla. Caso del patriarca monofisita Benjamín, que sometió 7 gustosamente Alejandría al general árabe Amer en 646 . En un segundo momento, el Islam llevó a cabo importantes creaciones como Bagdad, Kairuán, El Cairo o Fez... Aparte de algunas en la Península Ibérica.

Una tesis tradicional Una arraigada visión presenta las ciudades bajo dominio musulmán con una estructura muy similar desde el Próximo Oriente hasta el Atlántico. Ello las diferenciaría de las del mundo grecorromano, en donde la variedad era mayor: algunas podían ser de plano regular hipodámico, mientras que otras tenían una configuración producto de un azar histórico, de una 8 especial topografía o de ambas cosas a la vez . 9 El centro de una ciudad islámica lo constituye la madina, expresión que generalmente traducimos como ciudad a secas, pero que tiene también otras acepciones: desde centro de un distrito o cora, pasando por el territorio que depende de ese centro, hasta la parte nuclear de 10 una ciudad . La madina está dotada de su propia muralla, donde se encuentra la mezquita mayor, que es lugar de oración y de docencia. La madrasa, como centro de enseñanza superior, aparece en al-Andalus en fecha tardía: en Málaga, a finales del siglo XIII, y en 11

Granada, en la primera mitad del XV . La alcaicería o mercado principal y los barrios residenciales completarían este núcleo central. Más allá de la madina están los arrabales (rabad), relativamente autónomos pero no inconexos; cada uno con su mezquita, su zoco o mercado menor y su escuela. Dotados también de sus propios muros, la gente suele agruparse 12 en ellos según sus creencias (mozárabes y judíos) , su lugar de origen o su clan familiar (Gomeres y Zenetes en Granada) o sus profesiones (barberos en Toledo, curtidores en Zaragoza, alfareros en Granada, etc.). Córdoba, en su época de mayor gloria, se calcula que tendría hasta 21 arrabales. El fonduk no es tanto un centro mercantil como un almacén de productos y lugar de alojamiento de mercaderes. Concebido en Oriente, se extenderá a todos 13 los territorios bajo dominio musulmán . La tesis tradicional sostiene también que la ciudad islámica carece de espacios públicos como las ágoras, los teatros, los estadios, las plazas, etc. De existir estas últimas (rahba,

plural rihab), son en escaso número y de reducida extensión. Salvo durante las oraciones rituales, los patios de las mezquitas suplen el escaso tamaño de las plazas. El zoco no es propiamente una plaza sino un mercado, permanente o periódico, que puede estar situado 14

también en una calle . La ciudad islámica no sería así una ciudad pública como la griega y la romana o doméstica como la germana, sino privada, secreta incluso, ya que no se exhibe. No es la suma de ciudadanos sino la de creyentes. La calle pierde todo su valor estructural de espacio colectivo y, a diferencia de las calles de las ciudades europeas, las del ámbito musulmán no tienen la función de conducir de un lado a otro. El dédalo de callejuelas se resuelve con frecuencia en multitud de callejones o adarves. El adarve «no tiene salida, no tiene continuación, no sirve un interés público, sino un interés privado, el del conjunto de casas en cuyo interior penetra para darles entrada». El callejero recordaría, en razón de su 15 irregularidad, la imagen del sistema nervioso, un corte de masa encefálica .

Hacia la revisión de tópicos 16

Esta visión de la ciudad islámica «demasiado exclusiva y monolítica» parte de una base con mucho de ideológico: la existencia de una específica «ciudad islámica» que comporta forzosamente una oposición con otros tipos supuestos conocidos y claramente definidos, 17 cuales son la ciudad antigua o la ciudad cristiana . Desde hace ya algún tiempo se ha llegado a nuevos planteamientos. Un gran número de estudios han conjugado los aportes de testimonios puramente narrativos o literarios debidamente «releídos», con el uso intensivo de los datos 18 facilitados por la arqueología . ¿Una continuidad entre la ciudad de fines de la Antigüedad y la islámica? Para Basilio Pavón, se daría «entre Roma y el Islam una poderosa razón de entendimiento, proximidad o 19 continuidad que apunta más que a una catástrofe, a un proceso de profunda transformación» . Las ideas de uniformidad de la ciudad en todo el espacio islámico y de la planta laberíntica como importante seña de identidad han sido puestas en tela de juicio a propósito del ámbito urbano andalusí. La uniformidad no sería tal si nos remitimos, como sugiere C. MazzoliGuintard, a la impresión que sacaría un viajero que recorriera al-Andalus a mediados del 20 siglo XI impresionado por la diversidad de paisajes urbanos . Revisiones similares se han hecho a propósito del trazado del callejero cuya innata irregularidad parece poco conciliable con ciudades que, como Sevilla, Córdoba o Toledo, sobrepasan ampliamente las 100 hectáreas. La regularidad de las ciudades fundadas en época islámica no parece inferior a la de las surgidas en la época clásica. El carácter laberíntico que 21 pueda adquirir el callejero sería resultado más de una evolución que de una idea original . Y más aún: pese a lo que puedan antojarse limitaciones, la ciudad islámica (y la andalusí en particular) revitalizará algunas formas específicas de sociabilidad como podían ser los

22

baños públicos . Al igual que la ciudad cristiana europea del Medievo, la islámica se caracteriza por un sentido de solidaridad, pese a que este no se exprese mediante una carta o fuero. «La ausencia de autonomía municipal y de autogobierno local, a diferencia de lo que sucedía en el Medievo en Europa, no fue óbice para que en todo el dominio islámico las ciudades floreciesen como grandes centros de cultura y de comercio». Aunque no dispusiesen de instituciones jurídicas y administrativas representativas similares a las del Occidente cristiano, los encargados de ejercer estas funciones no eran propiamente meros servidores del príncipe ni sus agentes personales. Como todos los demás miembros de la comunidad, estaban sometidos a la misma 23 preceptiva legal: la ley musulmana o saria . Contrariamente a lo que se ha venido sosteniendo, el absolutismo principesco en los territorios bajo autoridad islámica se vio suavizado por cierta «autonomía urbana». La impulsaron unas clases medias que se hacían oír merced a asambleas de notables que contribuyeron a crear una elemental noción de conciencia 24 ciudadana . Una figura institucional relevante de la ciudad islámica sería el Sahib as-suq (zabazoque o señor del zoco), con jurisdicción policial y normativa, ya que se encargaba de fijar precios, 25 vigilar transacciones y controlar pesos y medidas .

Las ciudades andalusíes bajo el apogeo político En razón de su origen y al margen de cualquier tipo de discusiones científicas, puede hablarse de dos tipos de ciudades durante la época de mayor esplendor andalusí. Uno correspondería a las de época tardoantigua y visigótica heredadas por valíes, emires, califas cordobeses y posteriores reyes de taifas: entre las más importantes estarían Toledo, Córdoba, Sevilla, Málaga, Valencia, Mérida o Zaragoza. Para Basilio Pavón, el número de estas ciudades, de muy distinto rango, asentadas sobre otras antiguas, sería de 59 (más seis 26 portuguesas) . Otro tipo correspondería a ciudades de nueva creación. Para el mismo autor, estas se reducirían a 17, más algunas provisionales de asedio y tres fortalezas equiparadas a 27 ciudades ; entre las más relevantes se encontrarían Murcia (fundada por Abd al-Rahman II en 825 para controlar la levantisca provincia de Tudmir), Almería o Madinat al-Zahra, que surgen por iniciativa del poder. Al margen de él estará Bayyana, en el Bajo Andarax, de la que 28 tenemos testimonio arqueológico . Ambos tipos de localidades experimentaron una expansión a lo largo de los siglos IX y X. Un período para el que, según algunos autores, podría hablarse ya de verdaderas ciudades 29 nuevas, al margen de que su existencia se remonte o no a fecha anterior a 711 . El caso de Córdoba resultaría el más significativo.

Córdoba, la «segunda Bagdad» Ese era el título que le concedió el geógrafo Ibn Hawqal. A la entrada de los musulmanes sería una de tantas ciudades episcopales de no demasiado fuste urbanístico que articulaban buena parte de la vida pública de la España visigótica. Paso importante se daría con su conversión en residencia de los valíes, administradores del territorio ocupado en representación de los califas de Damasco. La llegada del exiliado príncipe omeya Abd al-Rahman en 755 elevaría la ciudad a eje político de un emirato independiente en lo político (no en lo religioso) del califato dirigido por una nueva dinastía — 30

la abbasí— con su centro en Bagdad . Ciudad esta fundada por el califa al-Mansur (754-775) en la orilla occidental del Tigris, cerca de las ruinas de la antigua capital sasánida de 31 Tesifonte, con ánimo de que fuera «seguramente la ciudad más floreciente en el mundo» . Puede decirse que desde Córdoba se articuló ya un verdadero estado islámico de Occidente con una administración perfeccionada por los sucesores de Abd al-Rahman I. La cima de su esplendor se alcanzará con la proclamación de un califato hispanomusulmán 32 independiente a cargo de Abd al-Rahman III en 929 . Al-Andalus aprovechaba así una crisis del poder abbasí, que llega a ser crítica entre los años 908-945 y que conduce a la aparición de «una constelación de poderes y dinastías locales que se desenvuelven en un panorama muy 33 cambiante y convulso» . Para esos años se podría hablar ya de la consecución de una uniformidad islamizadora acometida por parte de los ulemas, «estructurados en un sistema 34 compacto que cubría todo el territorio andalusí» .

Córdoba. Plano del barrio cercano a la Mezquita en 1811.

Córdoba se convirtió en la ciudad más populosa de Occidente. Al-Muqaddasi dirá de ella que era más importante que Bagdad y que «se compone de una ciudad interior (madina) y un arrabal (rabad); la gran mezquita está en la ciudad interior (madina), así como algunas calles 35 comerciales (aswaq)» . Parece exagerado el medio millón de habitantes que algunos le han asignado. Posiblemente se diera en ella un sostenido incremento de población: de los 25.000 habitantes en tiempo de Abd al-Rahman I en el siglo VIII, a los 100.000 (la estimación más 36

cauta pueden ser los 90.000) de los tiempos califales . También excesiva resulta la cifra de 37 1.600 mezquitas cordobesas de las que habla Ibn Hayyan y que al-Bakrí reduce a ¡solo 471! . Muchas de esas mezquitas (como las más de 200 de las que se habla para el Palermo 38 islámico) no pasarían de meros oratorios privados . La mezquita mayor de la capital andalusí, construida sobre la antigua basílica visigoda de San Vicente, sería objeto de sucesivas ampliaciones desde Abd al-Rahman I a Almanzor. Ello nos permitiría hablar de una 39 ciudad en permanente expansión durante varios siglos . Los ¡400.000 volúmenes! de la

biblioteca reunida por el califa al-Hakam II en la capital convertirían en ridículos los fondos de las bibliotecas monásticas de la Europa del siglo X. La Córdoba de emires y califas (la ortogonalidad de cuya planimetría en sus momentos de 40

expansión ha sido defendida en los últimos tiempos) fue un microcosmos de la sociedad andalusí de aquellos años. Oficialmente, era una ciudad islámica en razón de sus dominadores y de la progresiva deserción hacia el Islam de una masa de población de ascendencia hispanogoda. Eran los musalima (nuevos musulmanes) en la terminología islámica; muladíes o simplemente renegados, en la denominación cristiana. Pero en la urbe había también comunidades de fieles de otras creencias.

El Islam y las minorías en los primeros tiempos del urbanismo andalusí La progresiva captación por el Islam de amplias capas de población hispánica acabó creando serias tensiones que, en teoría, parecían descartadas, dada la tolerancia que los mahometanos predicaban hacia las gentes de libro revelado: los seguidores de religiones monoteístas de tronco abrahámico. De acuerdo con este principio, judíos y cristianos podían seguir practicando su religión y se convertían en protegidos o dhimmíes de la potencia conquistadora. Estaban sometidos, sí, a diferencia de los fieles islamitas, a impuestos especiales: la yizya o capitación personal y el jaray o impuesto territorial por el usufructo de las tierras. Los judíos, objeto de severas restricciones cuando no de abierta persecución bajo los últimos monarcas hispanogodos, recibieron con alivio la llegada de los musulmanes. Incluso los apoyarían creando guarniciones para ciudades como Granada, Córdoba, Sevilla y Toledo, lo que permitió a los invasores una mayor libertad de movimientos por el país. Un comportamiento que alimentaría entre los cristianos el rumor de una activa participación judía 41 en la «pérdida de España» . Los cristianos que permanecieron en territorio ocupado por el Islam serían conocidos como mozárabes, derivado de musta’rib o «injerto en árabe», «semejante al árabe». Gozaron de autoridades propias como el comes para resolver sus asuntos internos o mediar con las autoridades islámicas. Dispusieron también de su jerarquía eclesiástica, de sus lugares de 42 culto, e incluso de algunos monastrerios como el de Guadimellato . Diversas restricciones, sin embargo, fueron haciendo su vida cada vez más incómoda. A mediados del siglo IX, una corriente de resistencia intelectual al Islam produjo agrios debates entre rigoristas alfaquíes y polemistas cristianos como Eulogio y Álvaro. El movimiento martirial voluntario protagonizado por cierto número de mozárabes cordobeses no siempre fue bien visto por sus 43 correligionarios más tibios . Fue la primera muestra dramática de las dificultades de convivencia interreligiosa en al-Andalus que acabarían también por alcanzar a la minoría judía. No resulta extraño, así, que cierto flujo de mozárabes hacia el norte de la península se

convirtiera en fermento demográfico e intelectual en la política reconquistadora de los núcleos de resistencia cristianos.

Las «microscópicas Bagdades» La caída del califato, pasto de enconados enfrentamientos civiles, y la consiguiente desintegración de al-Andalus en diferentes reinos de taifas, no fue en detrimento de una espléndida vida cultural, que convertiría a distintas ciudades de la España islámica (Sevilla, 44

Zaragoza, Toledo, Valencia) en «microscópicas Bagdades» . Escribió el maestro E. LéviProvençal que a pesar de las vicisitudes seculares, durante toda la Reconquista cristiana, la capital intelectual de este Occidente permaneció constantemente en España; primero en Córdoba, después en distintas capitales provinciales y finalmente en Granada. Se percibe que fuera cual fuese su fortuna política la tierra de al-Andalus no pierde nunca su rango de soberana del espíritu; aún subyugada, en el mismo seno del Islam, por monarcas africanos, conserva todo su poder de atracción, rápidamente seduce a sus 45 nuevos dueños que se rinden a sus encantos y hacen de ella su residencia predilecta .

Las capitales de taifas En fecha cercana, C. Mazzoli-Guintard ha establecido una evolución de la ciudad hispanomusulmana tras la disolución del califato: una alternancia de «fastos y debilidades» y de «crisis y últimas consolidaciones» que en la Granada nazarí tendrá sus «últimos 46 esplendores urbanos» . La descentralización política que acarreó la desaparición del califato produjo un incremento de población en las distintas «Bagdades» hispánicas. Algunos autores han propuesto significativas cifras. Toledo —ciudad especialmente convulsa bajo el emirato y que 47 puso a prueba los esfuerzos del poder central para embridarla — incrementaría su población desde los 28.000 a los 37.000 habitantes; Sevilla pasaría de los 52.000 en el siglo X a los 83.000 un siglo después; Granada, de los 20.000 a los 26.000; Zaragoza, de los 12.000 a los 17.000; Valencia, de los 11.000 a los 15.000, y Málaga, de los 10.000 a los 20.000. Cabría hablar de dos grandes regiones urbanas hispanomusulmanas: la dominada por Córdoba como centro principal que luego pasaría a Sevilla; y la del valle del Ebro con un centro agroindustrial en Zaragoza y un puerto en Tortosa. Esta región enlazaría con las Baleares y Valencia, ciudad de poca importancia bajo los Omeyas que cobró luego notable relieve. Ambas regiones estaban a su vez conectadas por tierra a través de la vía romana que pasaba por Toledo y Medinaceli; y por mar a través de Tortosa, Palma o Denia, que enlazaban a su

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vez con las terminales marítimas del sur . La Sevilla almohade que inicia su andadura a mediados del siglo XII conoció un siglo de nuevo esplendor urbano andalusí. De hecho fue el centro principal de un imperio en origen norteafricano que entraría en quiebra tras su derrota en Las Navas de Tolosa (1212) frente a una coalición de monarcas hispanocristianos. Mezquitas y construcciones militares contarán con buenas expresiones en la capital andaluza. La mezquita sevillana será un colosal edificio de diecisiete naves del que se conservarían tras la conquista cristiana solo el minarete (la Giralda) y algunos arcos del patio. En cuanto a arquitectura militar, los almohades desarrollaron, al modo bizantino, cinturones murados con puntos avanzados (torres 49 albarranas), de los que la Torre del Oro será una excelente reliquia . La Granada nazarí, capital del último reducto musulmán en la península, se convirtió en una populosa urbe en la que contrastaría el hacinamiento de población en sus barrios más humildes, con la existencia de numerosos patios y jardines privados, especialmente en los arrabales. Dispondría de una gran alcaicería con casi doscientas tiendas que simbolizarían el papel consumidor, productor y distribuidor de las ciudades nazaríes. Y destacaba por encima 50 de todo el imponente conjunto palatino de la Alhambra (Castillo Rojo) . Representaría el papel de una acrópolis que ejerció —al igual que la ciudad en su conjunto— un especial encanto entre los reinos cristianos de fines del Medievo y de los tiempos modernos... y entre autores posteriores, al estilo de Washington Irving en el siglo XIX. Su abundante ornamento, en el que destacan las inscripciones en las que se alaba la memoria de quienes mandaron construir las distintas partes, hace del conjunto «un libro de poesías hecho arquitectura». A diferencia de lo sucedido en otros territorios gobernados por el Islam, «en la Alhambra parece haber hecho crisis la religiosidad musulmana. Predomina un sentido doméstico y profano. No 51 hay mezquita en el recinto, sino pequeños oratorios» .

El drama de algunos destinos Dando por supuesta la influencia del Oriente musulmán en la civilización árabe hispánica, E. Lévi-Provençal sostuvo que «lo que dio a los habitantes de las tierras musulmanas de España su verdadera fisonomía original, a pesar de su tradicional apego a Oriente, fue, ante 52 todo, y casi únicamente, la vecindad del Occidente cristiano» . Una vecindad que, es forzoso reconocer, resultó sumamente conflictiva a lo largo de ocho siglos. Los períodos de enfrentamiento militar alternan con otros muy dilatados de distensión.

Urbanismo defensivo almohade. Torre albarrana del Oro (Sevilla).

A pesar de todo, las ciudades islámicas de España fueron en su mayoría conquistadas prácticamente incólumes por los príncipes cristianos. Es de destacar, como contrapartida, el nefasto papel desempeñado por los conflictos civiles —la fitna— que asolaron el califato a la muerte de Almanzor. Córdoba (su biblioteca fue ya bárbaramente depurada por el dictador con 53 ánimo de sacudirse las insinuaciones de heterodoxia que sobre él recaían) sufrió repetidos asaltos de las facciones en lucha. La más brillante creación urbana de los soberanos 54 cordobeses —la ciudad palatina de Madinat-al-Zahra construida bajo Ab al-Rahman III que

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asumiría buena parte de las funciones políticas dejando a Córdoba las religiosas — apenas tuvo un siglo de vida. Padeció daños irreparables no a causa del paso de la zona a manos cristianas en el siglo XIII, sino mucho antes: en 1010. Destino peor incluso, y con una vida de apenas tres decenios, corrió la ciudad émula —Madinat al-Zahira— construida por 56 Almanzor y cuyo emplazamiento exacto desconocemos. Nunca mejor aplicada la sentencia del autor hispanomusulmán que vivió aquella tragedia: «la flor de la guerra civil es 57 infecunda» .

Pervivencias y legados islámicos en las ciudades hispanocristianas Tras la quiebra del califato, los estados hispanocristianos del norte se consideraron lo bastante fuertes como para alternar la presión tributaria sobre los reyezuelos de taifas (el 58 régimen de parias) con la ocupación efectiva de territorio. La conquista cristiana, sin embargo, no sería obstáculo para la pervivencia de un elevado número de huellas de la ciudad islámica: lo que ha llevado a algún autor a destacar que con el paso de la ciudad islámica a la cristiana se da «una transferencia de territorio y capital de arquitectura monumental aprovechable». Sucederá incluso en aquellas ciudades cristianizadas mucho antes de la 59 culminación de la reconquista a la caída del reino nazarí de Granada . Los expertos en historia del urbanismo han podido beneficiarse recientemente de estudios a partir de las fuentes escritas tanto árabes como cristianas, del adecuado aprovechamiento de los testimonios artístico-arqueológicos y de las vías abiertas por la renovación de las distintas 60 ciencias sociales .

La cristianización de la ciudad hispanomusulmana Toledo, conquistada por Alfonso VI a través de capitulación en 1085, será, sí, la primera gran ciudad de la península recuperada por los cristianos, lo que dará a su conquistador una 61 especial fama . Psicológicamente supondría una suerte de revancha por su pérdida siglos atrás al hundirse el estado visigodo. El primer documento del Archivo de la Catedral de Toledo se expresa en esos términos al describir Alfonso VI las operaciones militares que 62 condujeron a la caída de la ciudad en sus manos . Toledo pasaría a ser durante algún tiempo lugar de tópica convivencia entre los fieles de las tres religiones monoteístas y de fructíferos 63 intercambios culturales . Un signo diferencial de la España medieval, se ha insistido, en relación con sus vecinas del otro lado de los Pirineos. La toma de una ciudad por los cristianos se sigue de una significativa ceremonia: la conversión del espacio de la mezquita mayor en catedral. Era, según se proclamaba, la

limpieza de la «suciedad de Mahoma» que suponía la «recuperación de una pureza original 64

profanada por los musulmanes» . 65 Zaragoza —otra importante ciudad tomada por Alfonso I en diciembre de 1118 — facilita un modelo de rápido tránsito —dos años— de una ciudad musulmana a otra cristiana. La población islámica, según los pactos de rendición, podía irse o quedarse. El historiador musulmán Ibn al-Kardabus habla de hasta 50.000 personas, entre hombres, mujeres y niños, 66 que emigraron o huyeron . Cifra exagerada si la comparamos con la población del casco urbano, que en 1495 rondaba entre los 15.000 y los 20.000 habitantes. Solo en 1787 llegaría a 67 los 42.000 . Los musulmanes que se acogieron a la permanencia hubieron de desplazarse del recinto de la medina a un suburbio denominado barrio de Curtidores. La mezquita mayor pasó a convertirse en catedral y las mezquitas menores en parroquias. La población hebrea 68 permaneció en el cuadrante sureste de la ciudad . Para el reino de Portugal, se ha destacado cómo, frente a la carencia de espacios libres en la ciudad musulmana, los cristianos irán creando unos denominados «rosíos» (inicialmente designaban tierras incultas), por lo general en las inmediaciones de una salida para facilitar el acceso de personas y mercancías. Su utilidad vendrá también en función de los juegos, romerías o manifestaciones paramilitares. El de Lisboa, junto a la puerta de San Antonio, acabaría convirtiéndose en centro vital de la ciudad. Oporto tendría, entre otros, el rossio de 69 Ribeira . Córdoba y Sevilla, tomadas por Fernando III en 1236 y 1248, respectivamente, y Granada, conquistada en 1492 por los Reyes Católicos, serán igualmente urbes integradas en el espacio cristiano prácticamente intactas. De ellas sería igualmente desalojada la población islámica y, no obstante el intenso proceso de cristianización-occidentalización, conservarán algunos de 70 los viejos perfiles adquiridos a lo largo de varios siglos de dominación árabe .

Una herencia urbanística La estructura del callejero islámico pervivirá durante largo tiempo (hasta nuestros días en algunos casos) en el centro de la ciudad reconquistada: casos de Toledo, Écija, Sevilla o Granada. Esa disposición laberíntica de las calles (conservada especialmente hasta fecha avanzada en los barrios menos renovados), se encontrará en el plano de Sevilla de 1771 levantado a iniciativa de Pablo de Olavide, en el de Málaga veinte años posterior, en el de Francisco Dalmau para la Granada de 1796, o en el de Córdoba en 1811 bajo la ocupación 71 francesa . El caso más llamativo de continuidad lo facilitará el aprovechamiento del edificio de la mezquita mayor: ya sea total (mezquita de Córdoba al completo pese a algunos intentos de 72 sustituirla íntegramente por una construcción cristiana) o parcial (la Giralda de Sevilla

convertida en campanario de la catedral). Importante también, y con respecto en este caso a las instalaciones civiles, será el uso y adaptación por los cristianos de las fortalezas internas que tienen tanto papel militar como 73

residencial: el alcázar según la denominación árabe . La Aljafería de Zaragoza será uno de los ejemplos más interesantes. En principio, una simple torre de vigilancia se convertiría en la segunda mitad del XI bajo al-Muqtadir en un magnífico palacio utilizado como residencia posteriormente por los reyes cristianos aragoneses. Los artesonados de sus cámaras «estaban tan decorados con oro y preciosos colores, que causaban un gran placer a quien los mirase», 74 según declaraba Jerónimo Münzer . La Alhambra de Granada también será alabada por el 75 mismo viajero alemán, que la visitó al poco de la conquista cristiana . De esas alabanzas participarán distintos autores a lo largo de los siglos. Luis del Mármol, a mediados del siglo XVI, nos habla de una Granada que —exageradamente— tenía hacia 1476 76

hasta 150.000 habitantes . Y así hasta llegar a esa maurofilia tan característica de algunos autores del romanticismo. Da la impresión de que los ditirambos hacia la Córdoba califal se trasladaban a la Granada nazarí.

Más allá del dominio político musulmán: el mudejarismo Con el nombre de mudéjares se conoció en España a los miembros de comunidades islámicas que permanecieron en sus lugares una vez incorporados políticamente al dominio cristiano. Esta circunstancia contribuyó a alimentar el debate entre los maestros Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz a propósito de la arabización o no de la «contextura vital 77 hispana» . Esencialismos al margen, lo que no permite dudas es un hecho: la secular presencia musulmana en España dejó una importante huella material, cual fue esa arquitectura cristiana islamizada en cuanto a sus elementos constructivos y decorativos. En 1633, Diego López de Arenas se haría eco de estas tradiciones en su Breve compendio de la carpintería de lo blanco y tratado de alarifes. Al margen del origen de sus artífices, designamos ese estilo bajo el término de mudéjar, del que se considera acuñador a José Amador de los Ríos con su discurso de entrada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859. En el pasado siglo, algunos autores franceses como H. Terrasse o E. Lambert se interesaron por 78 estas peculiaridades medievales hispánicas . L. Torres Balbás —con su discurso de entrada en la Academia de la Historia— acabaría por dar a esta expresión carta de naturaleza en 79 términos de urbanismo . Como bien se ha escrito: A lo largo de los siglos medievales, la arquitectura mudéjar fusiona estructuras

cristianas —predominantemente románicas y góticas— con soluciones y organizaciones decorativas islámicas que, por su parte, revelan distinto origen (taifa, almorávide, almohade, nazarí). Atendiendo a estos componentes, se ha hablado de románico-mudéjar y gótico-mudéjar, términos con los que hoy se pretende definir un 80 estilo, pero que sirven para señalar los ingredientes de una obra mudéjar . El estilo mudéjar se caracteriza por utilizar sobre todo materiales baratos como la mampostería y el ladrillo y buscar los efectos decorativos con el empleo del yeso y la madera en las cubiertas, tal y como se practicaba en el mundo árabe. Entre los siglos XII y XVI (con su momento de mayor apogeo en la segunda mitad del XIII y el XIV), el mudéjar impregnará tanto la arquitectura religiosa (numerosas iglesias a lo largo y ancho de la península o las sinagogas toledanas conocidas por los nombres cristianos de Santa María la Blanca y Nuestra Señora del Tránsito) como la civil. Entre las manifestaciones de esta última se encuentran el Alcázar de Sevilla de Pedro I, distintas puertas fortificadas como la del Sol en Toledo o la de Toledo en Ciudad Real, o los castillos de Coca y Medina del Campo. 81 Aunque presente este estilo en todos los territorios hispánicos , la abundancia de población de ascendencia musulmana en el sur de Aragón haría que, en este reino, la época del gótico fuera en gran medida la del arte mudéjar. Focos especialmente relevantes se darían en Calatayud, Zaragoza con la fachada de la parroquieta de la Seo, o Teruel con las torres de San 82 Salvador y San Martín .

1 Nos tomamos la libertad de apropiarnos de un título del maestro C. Sánchez Albornoz, El Islam de España y el Occidente, Madrid, 1974. 2 Véanse a este respecto las observaciones recogidas por R. Arnáldez, «Un solo Dios», en F. Braudel (dir.), El Mediterráneo, Madrid, 1987, págs. 179-186. 3 Cfr. la muy discutible obra de I. Olagüe, Les arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, París, 1969. (Vertida al castellano bajo el título: La revolución islámica en Occidente, Madrid, 1974). 4 Entre los numerosos trabajos sobre el tema, R. Mantran, L’expansion musulmane (VII-XI siècles), París, 1969, especialmente págs. 96-136. 5 Sobre el ocaso del estado visigodo y la implantación del Islam en España, véase L. A. García Moreno, El fin del reino visigodo de Toledo. Decadencia o catástrofe, Madrid, 1975; P. Chalmeta, Invasión e islamización. La sumisión de Hispania y la formación de al-Andalus, Madrid, 1994; P. Guichard, Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, 1976, y J. Arce, Esperando a los árabes. Los visigodos en Hispania (507711), Madrid, 2011. 6 Valoraciones de este proceso, en J. A. Maravall, El concepto de España en la Edad Media, Madrid, 1981 (ed. original de 1964); J. Valdeón, La Reconquista. El concepto de España: unidad y diversidad, Madrid, 2006; F. García Fitz, La Reconquista, Granada, 2011, y M. Ríos Saloma, La Reconquista, Madrid, 2011. 7 G. Ostrogorsky, Historia del Estado bizantino, Madrid, 1984, pág. 127.

8 F. Chueca Goitia, Breve historia del urbanismo, págs. 65-67. 9 Visiones clásicas de la estructura de la ciudad islámica en L. Torres Balbás, «La estructura de las ciudades hispanomusulmanas: la medina, los arrabales y los barrios», en Al-Andalus, XVIII, 1953, págs. 149-177; Ciudades hispanomusulmanas, Madrid, 1971, o «Mozarabías y juderías de las ciudades hispanomusulmanas», en Al-Andalus, XIX, 1954, págs. 173-187. 10 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus. L’Espagne et le Portugal à l’époque musulmane (VIII-XV siècles), Rennes, 1996, págs. 27 y ss. 11 Ibíd., pág. 90. También D. Cabanelas, «La madraza árabe de Granada y su suerte en época cristiana», en Cuadernos de la Alhambra, 24, 1988, págs. 29-54. 12 La individualización del barrio judío parece más acusada que la del barrio mozárabe, ya que esta comunidad no siempre dispone de una zona específica de residencia. C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, págs. 70-71. 13 F. Maíllo, voz «Alhóndiga (al-funduq)», en Vocabulario de Historia árabe e islámica, Madrid, 1996, pág. 26. 14 L. Torres Balbás, «Plazas, zocos y tiendas de las ciudades hispanomusulmanas», en Al-Andalus, XII, 1947, págs. 437-476. 15 F. Chueca Goitia, Breve historia del urbanismo, págs. 68-76. 16 P. Guichard, «Les villes d’al-Andalus et de l’occident musulman aux premiers siècles de leur histoire. Una hypothèse récente», en Genèse de la ville islamique en al-Andalus et au Maghreb occidental, Madrid, 1998, pág. 38. 17 P. Cressier y M. García Arenal, «Introduction» a Genèse de la ville islamique, pág. 12. 18 «Dos dominios diferentes difícilmente complementarios», M. Barceló, «Historia y Arqueología», en Al-Qantara, XIII, 1992, págs. 457-463. 19 B. Pavón, Ciudades hispanomusulmanas, Madrid, 1992, pág. 16. Argumento el de la continuidad que, planteado en estos términos, es cuestionado entre otros por S. Gutiérrez Lloret sobre la base fundamental de las localidades del actual territorio murciano (cora de Tudmir). «El fin de las civitates visigodas y la génesis de las mudun islámicas del sureste de al-Andalus», en Genèse de la ville islamique, pág. 152. 20 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, pág. 50. Véase también M. Acién Almansa, «La formación del tejido urbano en al-Andalus», en J. Passini (coord.), La ciudad medieval. De la casa al tejido urbano, Actas del primer curso de Historia y Urbanismo Medieval, organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha (1999), Cuenca, 2001, págs. 11-32. 21 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, págs. 123-124. 22 C. Fournier, «Les bains publics d’al-Andalus, espaces de “convivialité”», en B. Arízaga y J. A Solórzano (coords.), La convivencia en las ciudades medievales (IV Encuentros Internacionales del Medievo, Najera, 2007), Logroño, 2008, págs. 321-331, o C. Mazzoli-Guintard, «Lieux de convivialité et formes du lien social dans la Cordoue des X-XI siècles», ibíd., págs. 237-261. 23 F. Maíllo Salgado, voz «Ciudad», en Vocabulario de historia árabe e islámica, págs. 59-60. 24 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, pág. 225. 25 Para esta figura es modélico el estudio de P. Chalmeta, El «señor del zoco» en España, Madrid, 1973. 26 Véase el inventario glosado de B. Pavón en Ciudades hispanomusulmanas, págs. 185-302. 27 Ibíd., págs. 151-181. 28 M. Acién, «La formación del tejido urbano», págs. 19-20. 29 Ibíd., pág. 23.

30 Para los primeros pasos de la España islámica y la creación de un estado que denomina neo-omeya, véase P. Chalmeta, Invasión e islamización, especialmente págs. 349 y ss. 31 B. Lewis, Los árabes en la historia, Madrid, 1956, págs. 103-104. 32 Sobre la figura de este gobernante, Maribel Fierro, Abderramán III y el califato omeya de Córdoba, San Sebastián, 2011. 33 E. Manzano, Historia de las sociedades musulmanas en la Edad Media, Madrid, 1992, págs. 123-124. 34 Maribel Fierro, «La islamización de las ciudades andalusíes a través de sus ulemas (siglos II/VIII-comienzos siglos IV-X)», en Genèse de la ville islamique, pág. 75. 35 Recogido por C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, pág. 33. 36 L. Torres Balbás, «Extensión y demografía de las ciudades hispano-musulmanas», en Studia Islamica, 3 (1955), págs. 3539. 37 E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba (711-1031 de J.C.). Instituciones y vida social e intelectual (vol. V de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal), Madrid, 1957, págs. 233-234; P. Guichard, «Les villes d’al-Andalus», págs. 47-48. 38 P. Guichard, «Les villes d’al-Andalus», págs. 47-48. 39 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, págs. 84 y ss. 40 M. Acién, «La formación del tejido urbano», págs. 23-24. 41 L. Suárez, Judíos españoles en la Edad Media, Madrid, 1980, pág. 37. 42 Sobre los mozárabes y sus peripecias existe una importante bibliografía: desde la vieja obra de F. J. Simonet, Historia de los mozárabes de España, Madrid, 1897-1903, hasta recientes títulos como el de C. Aillet, Les mozarabes. Christianisme, islamisation et arabisation en Péninsule Ibérique (IX-XII siècle), Madrid, 2010. 43 P. Henriet, «Sainteté martyriale et communauté de salut. Une lecture du dossier des martyrs de Cordoue (milieu IX siècle)», en M. Lawers (ed.), Gerriers et moines. Conversions et sainteté aristocratiques dans l’Occident médiéval, IX-XII siècles, Antibes, 2002, págs. 93-139. 44 E. García Gómez, «Bagdad y los reinos de taifas», en Revista de Occidente, núm. CXXVII, Madrid, 1934. «El auge cultural en el período de decadencia política» es el título del capítulo de Pierre Cachia, incluido en la síntesis de W. Watt, Historia de la España islámica, Madrid, 1970, págs. 126-162. 45 E. Lévi-Provençal, La civilización árabe en España, Buenos Aires, 1953, págs. 23-24. 46 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, págs. 180-188. 47 C. Delgado Valero, Toledo islámico. Ciudad, arte e historia, Toledo, 1987, páginas 23-32 y 205-209. 48 T. F. Glick, Cristianos y musulmanes, págs. 147-148. 49 Sobre el papel de Sevilla bajo dominio almohade son de interés los aportes de M. Valor Piechotta como Sevilla almohade, Málaga, 2008. 50 M. A. Ladero, Granada. Historia de un país islámico (1232-1571), Madrid, 1979, págs. 33 y ss. 51 E. Diez, Arte islámico, Bilbao, 1967, págs. 68 y 71. 52 E. Lévi-Provençal, La civilización árabe en España, pág. 91. 53 Ibíd., págs. 86-88.

54 Sobre su fundación, véanse los recientes aportes de M. Acién Almansa, «Madinat al-Zahra en el urbanismo musulmán», en Cuadernos de Madinat al-Zahra, 1 (1987), págs. 11-26, y C. Mazzoli-Guintard, «Récits de fondation de Madinat al-Zahra: la constrution d’un mythe des origines en terre d’Islam», en Ab urbe condita..., págs. 77-90. 55 M. Acién Almansa y A. Vallejo, «Urbanismo y estado islámico: de Corduba a Qurtuba-Madinat-al-Zahra», en Genèse de la ville islamique, pág. 134. 56 E. Lévi-Provençal, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba, 711-1031 de J.C. (vol. IV de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal), Madrid, 1957, págs. 457 y ss. 57 Citado en E. García Gómez, «Introducción» a la versión de Ibn Hazm de Córdoba, El collar de la paloma, Madrid, 1971, pág. 48. 58 H. Grassotti, «Para la historia del botín y de las parias en León y Castilla», en Cuadernos de Historia de España, 39-40, 1964, págs. 43-132. 59 Un proceso de continuidad similar al que B. Pavón ha defendido en el paso de la ciudad romano-goda a la islámica, Ciudades hispanomusulmanas, pág. 17. 60 Métodos aplicados también a localidades en aquel tiempo de modesta entidad. Véase, a título de ejemplo, C. MazzoliGuintard, Madrid, pequeña ciudad de al-Andalus, Madrid, 2011. 61 R. Menéndez Pidal, «Adefonsus Imperator Toletanus, Magnificus triumfator», recogido en la colección de ensayos Idea imperial de Carlos V, Madrid, 1955, págs. 127-163. 62 Cfr. J. F. Rivera Recio, Reconquista y pobladores del antiguo reino de Toledo, Toledo, 1966, págs. 15-16. 63 C. Sánchez Albornoz, El Islam de España y el Occidente, en especial págs. 183 y ss. 64 F. García Fitz, La Reconquista, pág. 145. 65 J. M. Lacarra, «La conquista de Zaragoza por Alfonso I (18 de diciembre de 1118)», en Al-Andalus, XII (1947), págs. 6596. 66 Ibn al-Kardabus, Historia de al-Andalus, ed. de F. Maíllo, Madrid, 1986, página 144. 67 M. J. Viguera, Aragón musulmán, Zaragoza, 1981, pág. 182. 68 M. L. Falcón, «Evolución del espacio urbano de Zaragoza: de la Antigüedad a la Edad Media», en B. Arízaga y J. E. Solórzano (coords.), El espacio urbano en la Europa medieval (Encuentros Internacionales del Medievo, 2005), Logroño, 2005, págs. 225-232. 69 S. L. Carvalho, Cidades medievais portuguesas, pág. 39. 70 M. A. Ladero, «La dimensión urbana: paisajes e imágenes medievales. Algunos ejemplos y reflexiones», en Mercado inmobiliario y paisaje urbano en el Occidente europeo (siglos XI al XV), XXXIII Semana de Estudios Medievales (Estella, 17-21 de julio de 2006), Pamplona, 2007, págs. 33-34. Para los cambios de otra ciudad —Murcia— que en estos años cambia de dominadores, véase P. Jiménez Castillo y J. Navarro Palazón, «El urbanismo islámico y su transformación después de la conquista cristiana», en De la casa al tejido urbano, págs. 71 y ss. 71 L. Torres Balbás, «Las ciudades hispano-musulmanas», en Resumen histórico del urbanismo en España, págs. 80-81. 72 E. Mitre, La ciudad cristiana, pág. 353. 73 M. A. Ladero, Ciudades de la España medieval, págs. 103-104. Tema tratado con más amplitud por este mismo autor en Alcázares reales en las ciudades de Castilla (siglos XII al XV), Segovia, 2002. 74 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, pág. 295. 75 Ibíd., págs. 91-99.

76 Recogido en J. Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada, Madrid, 2000 (ed. original de 1957), pág. 82. 77 Complemento a lo que C. Sánchez Albornoz designa a su vez como «supuesta España mudéjar». Véase España. Un enigma histórico, t. 1, Buenos Aires, 1971, págs. 99 y ss. 78 H. Terrasse, L’art hispano-mauresque des origines au XIII siècle, París, 1932, o E. Lambert, «L’art hispano-mauresque et l’art roman», en Hesperis, t. XVII, 1933, págs. 29-43. Cfr. G. Barbe-Coquelin de Lisle, «El arte medieval español visto por los historiadores del arte franceses en el siglo XX», en El Arte Español fuera de España, Madrid, 2002. 79 L. Torres Balbás, Algunos aspectos del mudejarismo urbano medieval, Madrid, 1954. Una visión de este estilo artístico, en R. López Guzmán, Arquitectura mudéjar, Madrid, 2001. 80 J. M. Caamaño, «Arquitectura y artes plásticas», en J. A. García de Cortázar (coord.), La época del gótico en la cultura española, c. 1220-c. 1480 (vol. XVI de la Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal), Madrid, 1994, pág. 676. 81 Para la Corona de Castilla, véase M. T. Pérez Higuera, La arquitectura mudéjar en Castilla y León, Valladolid, 1993. 82 Véanse, entre otros aportes bibliográficos, F. Chueca Goitia, Aragón y la cultura mudéjar, Zaragoza, 1970; G. Borrás, Arte mudéjar aragonés, Zaragoza, 1978.

CAPÍTULO 3

La ciudad medieval europea: ¿réplica a desafíos?

Arnold J. Toynbee, en una conocida y monumental obra de filosofía de la historia a la que, 1 sin duda, el tiempo ha ido erosionando , hablaba de nacimiento y desarrollo de las civilizaciones merced a un juego de incitación-respuesta. Las incitaciones-estímulos-desafíos, sostenía, pueden darse en función de: países duros, nuevos suelos, golpes recibidos, presiones e impedimentos... ¿Hasta dónde la ciudad medieval pudo responder a esa pauta en sus diferentes expresiones?

El precedente de la Antigüedad Remontándonos en el tiempo, el mundo antiguo facilitaría dos excelentes ejemplos de superación ante la adversidad: Atenas y Roma. Ambas crearían sendas civilizaciones (la segunda incluso un imperio universal) pese a surgir en un entorno físico desfavorable: en un suelo de «roca desnuda» del Ática la primera, y en un «gris erial estéril y un verdoso pantano palúdico» la segunda. Serían el contrapunto, respectivamente, de Beocia, más favorecida por la geografía, que hacía de ella un país de llanuras y colinas, pero cuya población era tachada de estúpida y de indolente; y de la deliciosa Capua, cuyos habitantes hubieron de pagar cara su insidiosa cooperación con Aníbal. Aunque por motivos diferentes, algo similar cabría decir de las ciudades fenicias de Sidón y Tiro, constreñidas entre el mar y la montaña (se ha dicho que «botadas al mar por su geografía») pero con un impulso creador que las convertirá en «centro 2 de gravedad de la economía mundial» entre los años 1000 y 500 a.C. . La capacidad para dar réplica a un ingrato medio geográfico puede complementarse con la capacidad de respuesta frente a desafíos de orden político. Supone levantarse ante agresiones exteriores que llegan a poner en peligro la propia existencia. El incendio de Atenas por los persas de Jerjes en la segunda guerra médica sería replicado con la rotunda victoria naval de Salamina (480 a.C.) y, a medio plazo, con una verdadera edad de oro de la capital del Ática bajo la rectoría de Pericles. La humillante toma de Roma por los galos senones en 390 a.C. tendría contestación en los años siguientes con sucesivas contraofensivas romanas. El Hannibal ante portas! de la segunda guerra púnica sería el

dramático preámbulo de una lucha a muerte consumada con el contundente delenda est Cartago con el que Roma replicó a su rival de la otra orilla del Mediterráneo que sufriría su 3 arrasamiento en 146 a.C. . Se ha dicho por algún autor que la historia de Roma (o de su 4 imperio, si se prefiere) es la de grandes catástrofes y sucesivos renacimientos . Ello permitiría la promoción de una literatura dirigida que crearía el mito de eternidad de una Roma de vocación universal. El cristianismo en general —a partir de autores como Eusebio de Cesarea o Aurelio Prudencio— y el papado medieval en particular sabrían utilizar esa idea 5 con enorme sagacidad .

La ciudad del Medievo y los desafíos de la naturaleza Al margen de que la fundación de una ciudad se haya asociado en el Medievo a un héroe mítico (Hércules en la península, en relación con Cádiz, Sevilla, Toledo, Ávila, Segovia o 6 Barcelona) , o a un príncipe o a un grupo anónimo, «en todo caso se trata de una construcción 7 frágil amenazada desde el interior y desde el exterior» . En los inicios de la Edad Moderna, Nicolás Maquiavelo se preguntaba sobre los diversos factores que podían incidir en la construcción de las ciudades. Aunque reconocía que valía más edificarlas «en medio de un terreno fértil», no descartaba el valor de unas condiciones medioambientales desfavorables, ya que ello inclinaría a los habitantes al trabajo «para proporcionarse medios de vivir, y esta necesidad les impedirá dejarse llevar por la 8 ociosidad» . En más de una ocasión, en efecto, el nacimiento de una ciudad tiene lugar replicando a los retos de su entorno. El caso más conocido, aunque no el único, de réplica a un desafío lo facilita Venecia, sobre 9 cuyos orígenes surgieron diversos mitos . Inexistente como tal ciudad en el mundo antiguo, nacerá en una zona lacustre como refugio para poblaciones de tierra firme durante las 10 invasiones del siglo V en adelante . Muy diferentes autores se han hecho lenguas del papel de la «reina del Adriático». La crónica de Giovanni Diacono, de principios del siglo XI, hará una exaltación providencialista de la ciudad como «espacio elegido por Dios donde comenzó una 11 historia querida por Dios» . Nicolás Maquiavelo hablará de Venecia como expresión de la lucha del hombre frente a la naturaleza: «situada en un lugar palustre y malsano, pero al que 12 los muchos habitantes que pronto se concentraron en él lo hicieron sano» . Y uno de los grandes historiadores del siglo XX escribió: «Siempre al menor fallo, al menor descuido, el agua está ahí, mal contenida, pérfida, que amenaza con cubrirlo todo, el agua de la laguna, el agua del cercano Adriático, el agua de los arroyos y ríos que hacen rodar hacia la ciudad las 13 nieves fundidas de los Alpes...» . Con los años, Venecia se convertirá en potencia económica de primer orden en el Mediterráneo. La que sería su rival italiana, Génova, tampoco surgió en

un terreno especialmente favorable. El viajero castellano Pero Tafur, hacia 1436, se admira de que, partiendo de una «tierra muy flaca de todos mantenimientos», los genoveses fueran 14 capaces también de crear en el mismo mar una importantísima red de intereses mercantiles . No mejores condiciones de suelo se darán en tierras del norte. En la ribera del Báltico — aparte de Lübeck, fundada por el conde Adolfo de Holstein sobre la preexistente localidad 15 eslava de Bucu —, la aparición de toda una cadena de ciudades —desde Hamburgo (iglesia 16 surgida en torno al año 800) hasta Reval (actual Tallín), hermanada con Lübeck en 1274 — muestra el esfuerzo tenaz de mercaderes y colonos por superar todo un cúmulo de dificultades. Hacia el occidente, la historia de la Brujas medieval será no solo la de una gran ciudad mercantil, sino también la de la lucha por mantener abierta una salida hacia el mar (antepuerto de Damme antes de 1180 o de L’Écluse —Sluis— antes de 1293) frente a los desafíos 17 continuados de encenagamiento del litoral . Un esfuerzo similar al que, a nivel del mundo rural, emprendieron los vecinos de los Países Bajos a través de asociaciones de wateringues, 18 encaminadas a la construcción de diques y la regularización de desagües . Desgracias y retos periódicos derivados también de la hostilidad de la naturaleza los dan las inundaciones. Las historias de Florencia facilitan interesante información al respecto. Una gravísima se produjo en 1333, cuando en los campos circundantes las aguas alcanzaron una 19 altura de entre seis y diez brazos . En 1334, la ciudad del Arno volvería a sufrir la misma 20 experiencia, en la que la acompañarán las tierras de Flandes y Holanda . Sevilla padecería 21 22 similares desgracias en 1330 y en 1403 . Los fenómenos sísmicos que, a lo largo de los siglos, han torturado a regiones enteras, 23 castigaron en Italia a la ciudad de Nursia en 1328 y en 1347 al área de Venecia, Padua, Bolonia y Friuli, además de a «parte de Alemania», como grave anuncio de otras catástrofes 24 mayores en forma de pestilencias . Se trata de un tipo de dramático contratiempo cuyo 25 estudio ha despertado en los últimos tiempos el interés de algunos investigadores . Sobre tales desgracias, los autores coetáneos suelen preguntarse si se debían a causas 26 naturales o a una suerte de Juicio de Dios que castigaba con ello la maldad de los hombres . En cualquiera de los dos casos —inundaciones o terremotos—, los más graves contratiempos no fueron obstáculo para que las sociedades urbanas mostrasen repetidamente una notable capacidad de reacción. El muy recurrido caso de Florencia —la riada de 1966 adquirió unos caracteres que nos recuerdan la muy dramática de 1333— hablaría por sí solo. Y caracteres casi apocalípticos tendrá para Maquiavelo el nubarrón que en 1456 «empujado por fuerzas superiores» provocó un gigantesco vendaval con «un estruendo jamás oído en ninguna clase de terremoto y en ninguna forma de trueno por grande que este sea». Amenazaría peligrosamente a toda Toscana desolando el territorio, aunque no reseñe un alto número de víctimas. Daba la impresión de que «por el momento Dios quiso solo que aquel 27 aviso bastara para refrescar entre los hombres el recuerdo de su poder» .

Desafíos externos desde las contingencias políticas Basta que arranquemos para ello con lo que supuso para las ciudades la crisis del Imperio Romano y las migraciones germánicas que fueron el recodo hacia una nueva trayectoria histórica. Que ciudades de época imperial romana hayan tenido una vida lánguida en los primeros tiempos del Medievo, para vivir un auténtico renacimento a partir del siglo X superando las más variadas adversidades, no requiere de momento demasiados comentarios. A ello volveremos en páginas sucesivas. Los graves contratiempos sufridos por ciudades hispanocristianas en época califal (las devastadoras incursiones de Almanzor son las más conocidas) nos hablan también de la precariedad de una situación hasta que se logre estabilizar el frente de lucha. Algo similar podría decirse para estos años de los golpes sufridos por ciudades del norte y centro de Europa a causa de las razias de normandos o 28 magiares . Localidades de nuevo cuño, al estilo de las bastidas del mediodía de Francia, de las villas fundadas por los monarcas catalanoaragoneses en la zona levantina, o de las pueblas de la fachada cantábrica impulsadas por los reyes castellano-leoneses, son réplicas de unos poderes públicos en progresiva reconstrucción a unos desafíos políticos y económicos. Un golpe terrible como el sufrido por Milán, vencida por el emperador Federico Barbarroja en 1162 y parcialmente demolida, será respondido con su reconstrucción por parte de sus vecinos y por un pujante desarrollo en los años siguientes. La construcción por la Liga Lombarda (1168) de una ciudad en tierras del marquesado de Montferrato y a la que simbólicamente se bautizaría como Alejandría (en honor al papa Alejandro III, rival durante años del soberano alemán) será toda una orgullosa respuesta a la prepotencia imperial, en 29 tanto solo a un príncipe le correspondía el privilegio fundacional . Y ¿qué decir del casi permanente desafío que constituyen para las poblaciones europeas los extendidos conflictos bélicos del Bajo Medievo, al que algunos no han dudado en calificar de «siglo de la guerra»? Un tema sobre el que, con más detalle, también volveremos más adelante.

Desafíos internos No fueron menores que los desafíos venidos del exterior aquellos que la ciudad sufría desde dentro, a veces puramente accidentales. Frente a ellos, el poder municipal replicó con desigual fortuna para que la ciudad se acercase a esos ideales pregonados por ciertas utopías urbanas o, simplemente, para que se cumplieran unas ordenanzas locales que trataban de 30 establecer un mínimo de reglamentación administrativa y de disciplina cívica .

El fuego incontrolado En un lugar de dudoso honor entre las desgracias con dimensiones colectivas figuran los devastadores incendios. Para la ciudad se trata de un peligro habitual, dado el alto grado de combustibilidad de alguno de los materiales de construcción —abundancia de madera en las edificaciones— y el frecuente apiñamiento del caserío. Una ciudad como Rouen sufrió entre 1200 y 1225 hasta seis pavorosos incendios... y otras tantas fue objeto de reconstrucción. Para Florencia, el cronista Villani recoge útiles testimonios. La ciudad disponía desde 1291 de un servicio de alarma: una guardia especial, unos toques de campanas para llamar a los custodios y al pueblo a fin de atajar los fuegos y arrestar a quienes quisieran aprovecharse de ellos, el establecimiento de pozos y cubos en cada vecindario, y unas penas para los 31 salteadores y provocadores de tumultos... . Fueron medidas que no impidieron repetidos daños. En 1304, y para agravar uno de esos endémicos enfrentamientos entre grupos familiares, un importante incendio se cobró el «corazón y los lugares más queridos de la 32 ciudad de Florencia. En números entre palacios y torres fueron más de 1.700» . En los años siguientes, y acogiéndonos al testimonio del mismo autor, nuevos incendios se adueñaron de partes de la ciudad: en 1332 estallaron varios con gran daño para los comerciantes de la 33 34 35 lana . Se repiten en 1333 y 1335 . En 1340 le tocó el turno a Portovenere, en la costa 36 genovesa, incendio que afectó a todas las viviendas salvo dos castillos . En el otro extremo de Europa, la ciudad de Malinas en Brabante vio arder en 1342 hasta quinientas casas, se consumieron catorce mil piezas de lana y murieron muchas personas, tanto hombres como 37 mujeres y niños. «Fue un gran castigo enviado por Dios», sentencia el cronista . Desde el ámbito civil se propugnaron sanciones contra los incendios por desidia o intención premeditada. Aunque referida al mundo rural, será la arsia, castigo impuesto por el señor al payés por el incendio de su predio y que constituía uno de los malos usos abolidos en 38 la sentencia de Guadalupe de 1486 . Pero también la sanción podía proceder del ámbito eclesiástico, castigando incluso con la excomunión a los responsables. Que el incendio fuese una recurrente arma de guerra contribuía a convertirlo en una actividad de especial riesgo para las ciudades, aunque no solo para ellas.

La insalubridad y las enfermedades De las condiciones higiénicas de la ciudad medieval hablarían numerosas circunstancias. Serán las basuras incontroladas como las que denuncian los vecinos de la colación de Santa Coloma y de la puerta de San Martín en Segovia en 1475 a propósito de un muladar en suelo 39 público que engendra: «Olores malos e pestilençias» . Será la ausencia de un sistema eficaz de desagües, reducido por lo general a un rudimentario canal al descubierto en el centro de las calles. O será la circulación por ellas de cerdos y otros animales, como nos recuerdan las

ordenanzas toledanas del siglo XV («es grant desonestad en andar sueltos los puercos por la çibdad faziendo daño e enojo»). La corrupción del aire y de las aguas llega a convertirse en una auténtica preocupación rayana en la histeria colectiva en momentos particularmente dramáticos. Aunque resulte difícil hablar de una conciencia ecológica en el Medievo, no hay que olvidar ciertas preocupaciones de las autoridades, especialmente en los los momentos finales de esta época. En Londres, en donde carniceros, pescaderos o curtidores eran acusados de ensuciar las calles y el río mismo, se promulgó un Libro blanco de la ciudad de Londres a iniciativa del lord-alcalde y su consejo de aldermen a fin de mejorar el estado sanitario de la ciudad. En Dijon, desde 1374 a 1444 se promulgaron medidas para la pavimentación de la ciudad, el establecimiento de un rudimentario servicio de limpiezas semanal para transportar las 40 inmundicias fuera de los muros, y la supresión de las pocilgas en el interior de la ciudad . En las ciudades hispánicas, se promulgarán asimismo medidas para dar curso hacia el exterior a las aguas fétidas, para desplazar extramuros las industrias poco salubres que creaban una 41 pésima imagen entre sus artesanos; o para promover el pavimentado de las calles . Las limitaciones materiales contribuyeron con frecuencia a alimentar auténticas catástrofes. La miseria bastante extendida en amplias capas de la población urbana sería caldo de cultivo para la difusión de diversas enfermedades, aunque en algunos casos —la peste negra— el mal no distinguía apenas entre niveles de riqueza. La réplica de la ciudad vendría de la creación de sistemas asistenciales que permitiesen el aislamiento o la atención de los afectados por distintos males: leprosarios que acaban cubriendo prácticamente todas las ciudades de Occidente, o los hospitales para curar a los tocados por el «mal de los ardientes» o ergotismo atendidos por la orden de los antoninos. Ciertas instalaciones hospitalarias se dedicaron a la atención de enfermos, marginados y desvalidos en general, categorías a veces intercambiables. Estos establecimientos serán producto de la iniciativa de entidades religiosas, poderes civiles e incluso particulares que 42 aspiraban a materializar la caridad como virtud por excelencia del buen cristiano . Cuestiones sobre las que, también, volveremos en siguientes capítulos.

1 L. Febvre, «Dos filosofías oportunistas de la historia. De Spengler a Toynbee», en Combates por la historia, Barcelona, 1970 (original en francés de 1953), págs. 183-218. 2 J. Boulos, Les peuples et les civilisations du Proche Orient. Essai d’une histoire comparée des origines à nos jours, t. 2, París, 1962, pág. 164. 3 A. J. Toynbee, Estudio de la Historia, vol. I del Compendio a cargo de D. C. Somervell, Buenos Aires, 1958, págs. 105 y ss. Sobre el poco propicio medio natural en el que nace Roma, véase también J. Gaudemet, «El milagro romano», en El Mediterráneo, pág. 187. 4 L. Homo, Nueva Historia de Roma, Barcelona, 1955, págs. 429 y ss.

5 E. Mitre, Una primera Europa. Romanos, cristianos y germanos (400-1000), Madrid, 2009, págs. 30-32. 6 Véase A. Rucquoi, «Le héros avant le saint: Hercule en Espagne», en Ab urbe condita..., págs. 55-76. 7 M. Asenjo, «La représentation de l’origine mythique de la ville de Valladolid», en Ab urbe condita..., págs. 91-94. 8 Nicolás Maquiavelo, «Sumario de las máximas fundamentales de la política de Maquiavelo, sacadas de sus diversas obras» (en este caso, de los Discosrsi sopra Tito Livio, 1, I, c. 5), en apéndice a El príncipe (comentado por Napoleón Bonaparte), Madrid, 1970, pág. 160. 9 B. Doumerc, «Les commencements de Venise: de la Venezia beata à la Venezia triomfante. Discours politiques vénetiens du debut du XVI», en Ab urbe condita..., págs. 429-446. 10 F. Thiriet, Histoire de Venise, págs. 7-9. 11 Recogido por P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 324. 12 N. Maquiavelo, Historia de Florencia. Istorie Fiorentine, ed. de F. Fernández Murga y F. Gilbert, Madrid, 2009, pág. 80. 13 F. Braudel, «Venecia», en El Mediterráneo, pág. 264. 14 Pero Tafur, Andanças e viajes de un hidalgo español, 1436-1439, Barcelona, 1982, págs. 12-13 (facsímil anotado a la edición de Marcos Jiménez de la Espada de 1874). 15 Helmold de Bosau, Chronica slavorum, en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, tomo XXI, págs. 55-56. 16 R. S. López, La revolución comercial en la Europa medieval, pág. 174. 17 H. Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media, con anexo bibliográfico y crítico de H. van Wervecke, México, 1963, pág. 110. 18 Ibíd., págs. 60-61. 19 Mencionada por G. Villani, Crónicas florentinas, ed. y selección de N. Guglielmi, Buenos Aires, 1967, págs. 147-150 y 190193. 20 Ibíd., págs. 155-156. 21 Ibíd., pág. 142. 22 Referencia de los Anales de Ortiz de Zúñiga, recogida como complemento de la inacabada «Crónica de Don Enrique III», en Crónicas de los Reyes de Castilla III, vol. 68, Madrid, 1953, pág. 246. 23 G. Villani, Crónicas florentinas, pág. 142. 24 Ibíd., págs. 203-204. 25 Así, C. Olivera Serrano, «El miedo a la naturaleza: terremotos en la Europa medieval», en el Seminario del Departamento de Historia Medieval de la Universidad Complutense dedicado a Miedos y terrores de la Edad Media, 22-24 de febrero de 2011. 26 En el caso de las inundaciones florentinas de 1333. Cfr. G. Villani, Crónicas florentinas, págs. 190 y ss. 27 Nicolás Maquiavelo, Historia de Florencia, págs. 341-342. 28 Un tratamiento general del fenómeno en L. Musset, Las invasiones. El segundo asalto contra la Europa cristiana, Barcelona, 1968. 29 G. Pistarino, «Alessandria nel mondo dei comuni», en Studi medievali, vol. XI, 1970, págs. 1-101. 30 Para Castilla, véase M. A. Ladero e I. Galán, «Las ordenanzas locales en la Corona de Castilla como fuente histórica y

tema de investigación (siglos XIII al XVIII)», en Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, Alicante, 1982, págs. 221-243. 31 Véanse las notas recogidas en G. Villani, Crónicas florentinas, pág. 143. 32 Ibíd., pág. 38. 33 Ibíd., pág. 145. 34 Ibíd., pág. 146. 35 Ibíd., pág. 156. 36 Ibíd., pág. 196. 37 Ibíd., pág. 159. 38 «Texto de la Sentencia Arbitral de Guadalupe de 21 de abril de 1486», recogido en J. Vicens Vives, Historia de los remensas (en el siglo XV), Barcelona, 1978, pág. 339. 39 M. Asenjo, Segovia. La ciudad y su tierra a fines del Medievo, págs. 76-77. 40 P. Contamine, La vie quotidienne pendant la Guerre de Cent Ans. France et Angleterre, París, 1976, págs. 117-119. 41 Cfr. M. A. Ladero, Ciudades de la España medieval, págs. 53-55. 42 J.-L. Goglin, Les misérables dans l’Occident médiéval, París, 1976, págs. 155 y ss.

SEGUNDA PARTE

Aproximación histórica a unas realidades La ciudad de Brujas está en un lugar de gran recepción de mercancías y de reunión de las diversas naciones extranjeras, mucho más que cualquier otra ciudad mercantil de Europa. (Philippe de Commynes, Mémoires [1477], lib. V, cap. XVII)



CAPÍTULO 4

La ciudad europea: repliegue y recuperación

Lo que algún autor llamó el «decorado urbano que Roma había instalado sobre un fondo de 1 campos, pastos y bosques» sufrió un grave daño desde la crisis del siglo III y, muy en 2

especial, con la entrada masiva de los bárbaros en el siglo V . Podría hablarse así del desplome de un sistema —el imperial romano— que, desde sus orígenes, se basó «en una red 3 de ciudades (y sus entornos) ligadas a la ciudad de Roma por tratados específicos» . Con no poco de evocación literaria algún historiador actual ha hablado de «Las ciudades 4 muertas» para referirse a las de estos años . Otros han preferido utilizar términos menos 5 dramáticos: «degradación del tejido urbano y privatización del espacio público» .

La ciudad ante el fin del mundo antiguo Autores de la época (eclesiásticos en su mayoría) fueron generosos a la hora expresar sus lamentos. San Ambrosio hablaría de las semirutarum urbium cadavera (ruinas de las ciudades semidestruidas) para describir la lamentable situación de las ciudades del valle del 6 Po a fines del siglo IV .

El sufrimiento como catarsis En términos apocalípticos se expresó San Jerónimo a propósito del destino de las ciudades de la Galia tras el cruce del Rin por las hordas de suevos, vándalos y alanos en la Navidad de 406. En su carta a Jeruchia cita la ruina de Maguncia, Worms, Reims, Amiens, Arras, Tournai, 7 Spira, Estrasburgo, Toulouse y las ciudades en general de Aquitania . Unos años después, el obispo hispano Hidacio de Aquae Flaviae (actual Chaves) lamentará los sufrimientos de ciudades de la península a la entrada de suevos, vándalos y alanos y luego de visigodos que, 8 afirma, han sometido a esclavitud a sus habitantes . En Italia, aparte de otras ciudades, la 9 propia Roma fue saqueada por visigodos (410) y vándalos (455).

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A pesar de sus disputas intelectuales con gentes vinculadas al paganismo , los hombres de letras cristianos eran en general patrióticamente romanos. Incluso un personaje con fama de radical como Tertuliano († 222?) presumía de que los cristianos eran los ciudadanos más 11 ejemplares . Los germanos pudieron aparecer así como el útil chivo expiatorio de las desgracias de un agónico imperio, que era también responsable de la catástrofe, dada su 12 degradación moral . Agustín de Hipona, uno de los padres espirituales del Medievo, fijó pro domo sua esta filosofía al exculpar a los cristianos de las desgracias de las que les hacían responsables los autores tardopaganos. Así se manifestó en los primeros pasajes de su De civitate Dei, cuya redacción se inició, precisamente, al poco de la toma de Roma por los visigodos de Alarico. Según la visión más canónica, los invasores se limitaron en esa ocasión a saquearla sin causar perjuicio a sus habitantes y menos aún a aquellos que se refugiaron en 13 las iglesias . La historia universal podía estar marcada por la sucesión de imperios, pero su constante la constituía el secular enfrentamiento entre dos ciudades tomadas en un sentido 14 místico: dos comunidades humanas separadas por la observancia o no de la Ley de Dios . Desde los siglos V-VI, el modelo material de ciudad difícilmente podía ser la vieja Roma, 15

que vivió un galopante proceso de deterioro hasta convertirse en un gran poblachón . Lo sería Constantinopla, la segunda Roma (nea Roma) fundada por Constantino en 330 y sede 16 desde 476 del único emperador, el que será basileus bizantino . En Occidente se verá a Constantinopla con una mezcla de admiración y odio a la que sus vecinos correspondían con un nada disimulado desprecio. Lo que había sido la pars occidentis del Imperio dividida entre los distintos pueblos germanos asentados en él fue, durante bastante tiempo, una zona con su tejido urbano sensiblemente degradado. Al deterioro político correspondió otro de naturaleza económica.

La cuestión de la parálisis mercantil Mucho se ha especulado sobre el papel del comercio en Occidente durante la Alta Edad Media. De su vitalidad dependía, obviamente, la de sus ciudades. Conocida es otra tesis de Henri Pirenne (complementaria de la referida al renacimiento urbano) según la cual el mundo mediterráneo conservó bajo los estados germánicos la unidad económica y cultural que había caracterizado al Imperio Romano clásico. Unidad que solo se rompería con la irrupción 17 musulmana que hizo de este mar un foso entre civilizaciones . La brillante tesis del maestro 18 belga, apuntada ya en 1922 en una destacada revista de su país , sería objeto de un amplio 19 debate que se ha ido renovando con el discurrir de los años . Para la España visigoda, algunas fuentes nos hablan de actividades mercantiles tanto en el interior (reuniones de conventi mercantium), como hacia el exterior: fundamentalmente hacia Italia, Oriente y norte de África. Sin embargo, los transmarini negotiatores de los que nos

hablan los textos serían por lo general griegos o sirios, con unos auxiliares a su servicio 20 (¿indígenas hispanos?) definidos como mercenarii . La Galia de los reyes francos contó con talleres artesanales con cierto nivel de producción (los del Mosa y el Rin especialmente) en 21 cuanto a piezas de orfebrería y armas . Ferias que actúan como mercados anuales que duraban varios días se dieron bajo los monarcas merovingios en distintas localidades, muy 22 especialmente en Saint-Denis en las cercanías de París . Un sentido elogio a Dijon lo 23 encontramos en la descripción que de ella nos hace Gregorio de Tours en el siglo VI . Las ciudades italianas de la época ostrogoda son alabadas por el obispo de Pavía Enodio (c. 507), 24 que ensalza la labor de Teodorico el Grande gracias al cual estas resurgen de sus cenizas . Sin embargo, ¿hasta dónde la retórica de los textos se correspondía con la realidad del momento que otros testimonios presentan poco halagüeña?

Las monarquías germánicas y la clericalización de la ciudad

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No se puede hablar, es cierto, de una radical desaparición física de la ciudad europea en el Alto Medievo por mucho que perdiera su antigua prestancia. Hay algún caso que, sí, parece dramático: el de la en otros tiempos pujante Cartagena —capital de una provincia hispanorromana y, por ende, metrópoli eclesiástica—, desaparecida según San Isidoro a principios del siglo VII a causa de las luchas entre visigodos y bizantinos. Tras mencionarla en su más conocida obra entre las ciudades más famosas, dice de ella que «hoy día, destruida por 26 los godos, apenas quedan sus ruinas» .

La ciudad hacia una nueva función Se ha destacado, sin embargo, cómo el desvanecimiento de la estructura políticoadministrativa del Imperio en Occidente provocó el nacimiento de un cierto patriotismo urbano a cargo de los intelectuales de provincias. Ello explica que autores galorromanos como Ausonio (c. 310-395) o Sidonio Apolinar (430-486) manifestasen su amor a la tierra a la que estaban vinculados (la ciudad de Burdeos para el primero, la región de Auvernia para el 27 segundo) y a la que consideran su verdadera patria . Ciudades hasta entonces de limitado rango adquirirán, a su vez, una cierta relevancia. Será Toledo (la civitas regia) en donde los monarcas visigodos tratan de emular el ceremonial de los emperadores de Constantinopla y celebran importantes concilios nacionales que tienen una importante veta política: «haec sancta synodus habita est in civitatem regiam Toletanam», se dice a propósito del III Concilio de Toledo convocado por Recaredo para condenar 28 solemnemente la herejía arriana . Incluso la monarquía visigoda llevará a cabo alguna

fundación como Victoriacum y Ologicus (Vitoria y Olite) para controlar a los indómitos vascones; o Recópolis, posiblemente residencia para Recaredo en las cercanías de la 29

posterior villa de Zorita de los Canes . En la Galia franca, París, Orleans, Reims o Soissons serán sedes de gobierno de las cuatro partes del regnum francorum que fueron a parar a otros 30 tantos príncipes merovingios en el reparto de 561 . En la Inglaterra anglosajona, Beda presenta a Canterbury como capital del reino de Etelberto de Kent en el momento de la 31 evangelización del territorio a fines del siglo VI . En Italia, Pavía (también llamada Tesino) 32

fue especialmente favorecida por los reyes lombardos a partir de Grimoaldo . Se trata de localidades convertidas en centros de poder político y eclesiástico y, consiguientemente, fuentes de prestigio. Lo más llamativo del panorama urbano occidental lo facilitan unas civitates que pasan a ser ante todo centros de la vida y la administración eclesiásticas. J. Hubert habló en su 33 momento de «ciudad santa» de la Galia merovingia : el Reims de San Remigio y sus sucesores, el Tours de San Martín y del historiador y obispo de esta ciudad Gregorio, el Poitiers de Santa Radegunda o el París de Santa Genoveva. Una imagen que resulta extensiva a los otros reinos bárbaros: el Toledo de los metropolitanos Ildefonso, Eugenio y Julián, la 34 Mérida de las Vitae sanctorum patrum Emeretensium ; o la Canterbury de obispos primados 35 como el evangelizador Agustín o el organizador de la Iglesia anglosajona Teodoro . Y, por supuesto, la por otro lado decrépita Roma de los sucesores de los apóstoles Pedro y Pablo, 36 considerados auténticos refundadores de la urbe .

La ciudad y el obispo

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Ante la debilidad, cuando no desaparición, de las viejas instituciones municipales del Imperio, la mediación entre la población indígena de ascendencia romana y los dominadores germanos queda en manos del obispo, auténtico defensor civitatis. En la sublimación del pontificado romano quedaría la venerable imagen del papa León I deteniendo a Atila en su 38 marcha hacia Roma (452) o la de Gregorio Magno (590-604) salvando a la ciudad de los 39 riesgos de hambruna y de la presión de los todavía arriscados vecinos lombardos . Y en manos de los obispos quedará también con los años la salvaguarda de la vida cultural —las 40 escuelas municipales entran en un agudo declive suplantadas por otras episcopales —, la ayuda a los más necesitados o la promoción, aunque a nivel modesto, de unas obras públicas responsabilidad tiempo atrás del estado imperial. La labor pastoral de los obispos se solapa, así, con la administrativa, en la dimensión más secular de la expresión. Esa capacidad de gestión del episcopado venía avalada por la pertenencia de muchos de sus miembros a familias de la aristocracia senatorial, lo que les permitía conservar el depósito de una larga tradición. Serán los conocidos

casos de Ambrosio de Milán († 397), que había sido gobernador de la Emilia-Liguria; Sidonio 41 Apolinar, obispo de Clermont († c. 480); Gregorio de Tours († 594) , o el papa Gregorio Magno († 604). En ocasiones, al menos, eran hijos de personajes de mediano-bajo rango relacionados con el viejo aparato administrativo. Patricio, padre del afrorromano Agustín de 42 Hipona († 430), sería un tenuis municeps ; y Severiano —nombre romano—, progenitor de los hermanos Leandro († 600) e Isidoro de Sevilla († 636), sería cabeza de una familia de «personas desplazadas» —se especula sobre los motivos— desde la Cartaginense a la 43 Bética . En la memoria de la ciudad europea —de su continuidad— forjada en la transición al Medievo se encomian las virtudes y sucesión de sus obispos. Se dará, en lugar preferente, en el caso de Roma con el Liber pontificalis, cuya primera forma data de tiempos del papa Bonifacio II (530-532). Recoge biografías de los primeros papas; al principio muy breves, se van haciendo más amplias a partir del siglo IV. Esa costumbre se dará a mayor o menor escala en otras sedes. Así lo hará, por ejemplo, Gregorio de Tours con los elogiosos recuerdos dedicados a los obispos que le precedieron en la sede turonense. O lo hará el anónimo autor de las Vitae patrum emeretensium con los obispos de la metrópoli de Lusitania Paulo, Fidel, Másona, Inocencio y Renovato. Sus vidas volcadas a Dios se hacen compatibles con una importante acción social y —como en el caso de Másona— con la posesión de un combativo 44 espíritu contra los herejes arrianos .

Roma, cabeza del orbe cristiano (Lambert de Saint-Omer, Liber Floridus, c. 1120).

La costumbre de asociar la historia de la ciudad a la de sus obispos se transmitirá de la temprana Edad Media a los siglos siguientes. Un caso muy especial lo facilita, en fecha ya avanzada, la Historia Compostelana, subtitulada como Hechos de Don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago. Dedica sus primeras páginas a relacionar los obispos de Iria, de Domingo a Kindulfo. Desde Teodomiro (hacia 812) se llegará hasta el mismo Diego 45 Gelmírez († 1140), a cuya mayor gloria se redacta el texto .

La Europa de los carolingios y sus epígonos:¿solo una marcada ruralización Sin el Islam el Imperio carolingio no hubiera existido y Carlomagno sin Mahoma hubiera 46 sido inconcebible, aseveró Pirenne . Una frase que, como otras del ilustre medievalista, ha espoleado interesantes elucubraciones. El proyecto político de Carlomagno lo fue de 47 restauración, que, al poco de la muerte del fundador, manifestó toda su fragilidad . El tratado

de Verdún de 843 suscrito por sus nietos lo dio prácticamente por liquidado, aunque el título imperial fuese ostentado aún por una sucesión de personajes, generalmente de limitada valía. En ocasiones, incluso (sobre todo en el siglo X) fuera de la dinastía carolingia. Se ha destacado cómo desde el punto de vista económico el fundador del Imperio promovió algunas medidas «dirigistas». Sería su reforma monetaria, que sustituiría un 48 bimetalismo oro-plata por un monometalismo argénteo . O sería el capitular De Villis, que nos transmite la imagen de un mundo esencialmente rural que busca la autosuficiencia 49 reglamentando la explotación de las grandes unidades de producción . R. S. López resumió hace años lo que llegó a constituir una cierta visión «canónica» de la economía de la época: Desprovistos de una clientela urbana lo bastante numerosa, los comerciantes y los artesanos dependían de los encargos de una multitud de mansiones rurales y de caseríos que no querían o no podían comprar gran cosa. No había mucho con que 50 enriquecerse y, con ello, hacerse socialmente respetable . Con posterioridad a R. S. López, otros autores críticos con las tesis pirennianas han tendido a adelantar al período entre los siglos VII y IX unas primeras manifestaciones de progreso de Occidente en razón de un cierto despegue demográfico y económico. Se ha 51 hablado así de una periurbanización y una reurbanización, aunque de alcances limitados aún . No conseguirían frenarlas las incursiones de eslavos, vikingos, magiares o sarracenos del norte de África que pusieron en riesgo la seguridad de la Europa occidental pero no su propia existencia. Una cierta vitalidad mercantil la tuvieron localidades como Verdún o Praga, centros del tráfico de esclavos; los respiraderos de Durstel y Quentovic en los Países Bajos, que comerciaban con Inglaterra (con la Mercia del rey Offa sobre todo), y las tierras bálticas; o algunas localidades italianas (Amalfi, Nápoles, Gaeta) que se atreven a desafiar la preeminencia naval musulmana. Los avances territoriales de los francos en el interior de Germania, y los posteriores (a partir del siglo X) de los primeros emperadores del Sacro Imperio, favorecerían, paralelamente a la evangelización, el desarrollo de un cierto tejido urbano. Algún autor ha aventurado que si bien en estos años la ciudad episcopal era la más representativa en cuanto a realidad urbana, sin embargo, a partir de ahora se ve claramente 52 que ya no es la única forma del fenómeno urbano digna de atención . No hay que generalizar, sin embargo, este fenómeno de supuesta recuperación que, durante el Alto Medievo, tuvo unos efectos limitados. Según otros estudiosos del tema, no se datarán más que en fecha posterior unos primeros síntomas de recuperación en firme de la vida 53 urbana . El prestigio de algunos centros, además, no viene tanto de su actividad económica como de su aura místico-política. Aquisgrán (Aix-la-Chapelle) era un establecimiento termal de época romana que contará posteriormente con la ventaja de encontrarse en una posición central del

Imperio carolingio. También en medio de los territorios patrimoniales de la familia carolingia y de algunos de sus más destacados fieles. El conjunto palatino experimentó un impulso entre 794-798, y la capilla fue consagrada por el papa León III en 805. Carlomagno convirtió a Aquisgrán en residencia estable los últimos años de su vida, y allí se depositaron sus restos 54

mortales en 814 . El renombre de esta localidad derivaría de ser durante siglos lugar de coronación de los soberanos del Sacro Imperio como paso previo a su consagración en Roma como emperadores. Y ¿qué decir de la modesta Oviedo, corte de los reyes de Asturias, que se hacen nostálgicos continuadores de la fenecida monarquía gótico-toledana, o del León de hace mil años entrañablemente recreado por la pluma de Claudio Sánchez Albornoz? Poco que ver tienen estas ciudades de la Europa cristiana altomedieval, incluida la Roma papal, con las pujantes ciudades del mundo islámico. Una circunstancia que ha llevado a pensar que la contraposición religiosa cristianos-musulmanes en el Alto Medievo es pareja a la existencia de dos modos de organización de la sociedad: la feudal acoplada a un mundo esencialmente rural en el primer caso; y la mercantil y tributaria propia de otro de carácter urbano en el 55 segundo .

Factores en el resurgir de la vida urbana en Occidente En la reconstrucción de un tejido urbano europeo dotado de un cierto dinamismo cuentan la recuperación política de la sociedad y la toma de conciencia de ciertos grupos de población hasta entonces, si no inexistentes, sí prácticamente marginales.

Recuperación de la iniciativa militar La reactivación mercantil de Occidente, básica para la definición de las ciudades, será un fenómeno previo a las cruzadas: la Odisea de los mercaderes precedió a la Ilíada de los 56 barones, afirmó Roberto S. López . En lugar destacado figuraron ciudades italianas como Génova, Pisa, Amalfi o Venecia. Años antes de la toma de Jerusalén por los cruzados (1099), los pisanos, hasta entonces acosados por incursores norteafricanos, saquearon Bona en la actual Argelia en 1034; y pisanos y genoveses al unísono tomaron Mahdia en territorio 57 tunecino en 1087 . El botín obtenido en estas operaciones permitirá a Pisa iniciar la construcción de los espléndidos edificios de su camposanto. En los años siguientes, la creación de los estados latinos en Tierra Santa facilitó la creación de asentamientos mercantiles en Trípoli, Tiro, Sidón, Beirut o San Juan de Acre. A ello se sumaría el influjo económico de las ciudades occidentales sobre la propia Constantinopla y su decreciente área de influencia política.

Venecianos, genoveses o pisanos vieron recompensado su apoyo logístico a las cruzadas con el establecimiento de barrios propios en localidades de Oriente. Dotados de depósitos de mercancías (fondacos) y de inmunidades jurídicas y económicas, esas colonias quedaban 58

convertidas en auténticos organismos autónomos . Unas razones sobre las que algunos autores han puesto especial énfasis a fin de presentar las cruzadas, simple y llanamente, como una gigantesca operación depredatoria de Occidente llevada a cabo por gentes sin ningún tipo de 59 escrúpulos . En el extremo occidental del Mediterráneo, la disolución del califato neo-omeya permitió a los príncipes hispanocristianos tomar la iniciativa militar. Unos pequeños reinos islámicos, fuertes culturalmente pero débiles política y militarmente, se vieron a merced de unos estados cristianos de más bajo nivel cultural pero más fuertes políticamente. La colaboración de combatientes ultrapirenaicos en el impulso reconquistador desde el siglo XI ha llevado a considerar a la península como un campo de experimentación para lo que será el movimiento cruzadista. La toma de Barbastro (saqueada y posteriormente perdida de nuevo) en 1064 por un heterogéneo contingente militar se ha presentado como una suerte de «cruzada antes de la 60 cruzada» . Más fructífera fue la toma de una ciudad de cierto empaque como Toledo; precede en algunos años (1085) a la predicación de Urbano II en Clermont (1095) que puso en marcha 61 la Primera Cruzada . En adelante, los reinos hispanocristianos solo verán —y coyunturalmente— comprometida esa iniciativa expansionista cuando, desde el norte de África, almorávides, almohades y, al final, benimerines, acudan en socorro de sus hermanos de religión de este lado del estrecho.

Movimiento comunal e incipiente burguesía El renacimiento de la ciudad es parejo a una revitalización de la vida política de ciertos núcleos. Sus protagonistas serán esos novi homines de oscuro origen (burgueses/ciudadanos/ruanos se les llamará en las diferentes fuentes) que, asociados por juramento en comunas, communitates o conjuraciones, logran de los poderes establecidos — nobiliarios o eclesiásticos— privilegios y garantías que les permiten organizarse más o menos 62 autónomamente . La primera comuna de cierta relevancia fue la de Cambrai en 1077. Los comerciantes más ricos, secundados por el bajo pueblo movilizado por un sacerdote reformador de nombre Ramirdus, arrancaron al obispo Gerardo garantías para su actividad económica que luego copiarían otras ciudades. En más de una ocasión la reforma religiosa sirve de cobertura moral 63 a los alzados . En la diócesis de Lieja ya se produjo un movimiento similar cuando el obispo Teoduino hubo de otorgar a los burgueses de Huy en 1066 una serie de libertades que anticipan lo que van a ser operaciones similares en otros territorios del Imperio. En Francia se 64 mencionan insurrecciones en Beauvais en 1099 y en Noyon en 1108 . Movimientos burgueses

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de carácter especialmente tumultuario se produjeron en Laón entre 1112 y 1115 o en 66 67 Compostela en 1117 contra sus respectivos obispos. O en Sahagún en 1113 contra su abad . El término burgueses se encuentra por primera vez en una carta del conde de Anjou Fulco Nerra de 1007 en la que se establece sanción de sesenta libras a los burgenses del «burgo 68 franco» situado junto a la abadía de Beaulieu en caso de que se levanten contra los monjes . A partir de ese momento, la expresión burgués y sus derivadas darán extraordinario juego. Recordemos para ello a dos prestigiosos autores alemanes que relacionaron al burgués no solo con una categoría social, sino también con un especial espíritu (geist). Max Weber asociaba el término Bürgertum al de ciudadanía. Bajo él cabía entender varias cosas: ciertas categorías sociales con un interés comunal o económico concreto, un sentido político en tanto se defienden ciertos intereses de este signo, y la posesión de una propiedad y una cultura que les permiten ostentar un espíritu empresarial y un cierto nivel de educación 69 académica que les diferencian de la burocracia o el proletariado . Y Werner Sombart, que enfatizaba en la intervención de los factores psíquicos y espirituales en la vida económica, identificaría burgués con capitalismo. Término este que a su entender no implicaba tanto acumulación de tesoros como «prudencia reflexiva, circunspección calculadora, ponderación 70 racional y espíritu de orden y de economía» . Aplicar estas ideas en su totalidad al mundo medieval resulta, sin embargo, algo evidentemente problemático.

Consenso y privilegio en el renacimiento urbano La llamada «revolución comunal» no se ajusta siempre al mismo modelo. La extensión de franquicias, además, no afecta solo al mundo calificable de urbano. R. Fossier, más interesado por el medio rural y despegándose de la línea en su momento marcada por H. Pirenne, ha destacado que el fenómeno de renovación alcanza también y por la misma época al ámbito campesino. En algunos casos incluso se dará desde fecha anterior «al movimiento que se llama 71 comunal» .

Diversos patrones Max Weber advirtió que en los orígenes del movimiento de emancipación ciudadano se dieron dos modelos: la «génesis originaria», que estaría marcada por un agrupamiento de burgueses que se enfrentan al poder «legítimo»; y la «génesis derivada», en la que prima el acuerdo contractual entre ambas partes. Por lo general, nos encontramos, añade, ante una 72 combinación de las dos génesis . De ahí que con frecuencia se dé una transacción entre el viejo orden feudal y el nuevo orden burgués, ya que ambos podían sacar provecho de las

nuevas condiciones económicas abiertas. Para Italia —según el mismo Weber, auténtico país natal de las conjuraciones—, resulta difícil encontrar alguna comuna que nazca de acuerdo con el modelo de Laón. No obstante, en fecha temprana (980), los ciudadanos de Milán capaces de portar armas llegarían a conjurarse 73

contra su obispo . En la península influiría no solo el mantenimiento de ciertas tradiciones urbanas de la Antigüedad, sino también los enfrentamientos entre las autoridades papal e 74 imperial . En Inglaterra, R. Hilton ha destacado los beneficios que el poder eclesiástico podía sacar de la existencia cerca de una sede episcopal de una aglomeración urbana. Será el caso de la pequeña ciudad de Bishop’s Auckland en relación con el obispado de Durham: estarán en juego derechos de mercado, de administración de justicia, beneficios extraídos de la 75 fabricación de cerveza o del uso del molino, etc. . Significativo también resulta el caso de Reims, ciudad francesa con esa fuerte carga simbólica ya destacada. En 1139, el rey otorga comuna a los vecinos pese a las reservas de sus prelados, señores naturales de la localidad, que tratarán por todos los medios de recortarla. En 1182, el arzobispo Guillermo concede una carta a los vecinos. Sin llegar a reconocer una comuna propiamente dicha, «restituye a la ciudad» los escavini (jueces), elegidos por los burgueses, que recibirían la investidura del prelado, a quien juraban fidelidad. Este, además, se reserva algunos derechos al permancer dueño del tonlieu (tasa por 76 la entrada de mercancías), monedas y fortificaciones . Colonia, la ciudad más populosa del Imperio, se ajustaría a ese modelo mixto weberiano. En 1112 se menciona lacónicamente una conjuración. Sus efectos serían reconocidos por las autoridades «legítimas» al dar carta de naturaleza a las delegaciones de las parroquias y a la asociación de mercatores para actuar de manera puramente formal. La asociación de ricos o Richerzeche se constituyó en una especie de club privado con competencia para otorgar el 77 derecho de ciudadanía .

Concesiones regias y de poderes públicos de menor nivel En Francia, el enfranquecimiento de numerosas localidades del propio dominio real en torno a París se hará aplicando las Coutumes de Lorris, otorgadas por el rey Luis VI en 1155. El caso de una población de la zona de limitada entidad (Dreux) puede resultar modélico. En 1180, sus vecinos llegan a un acuerdo con su señor (el conde Roberto, hermano del rey Luis VII de Francia) por el que siguen reconociendo su autoridad, aunque este a cambio suaviza 78 algunos de sus viejos derechos económicos . Con los años se desarrollaría una figura —las «bonnes villes» del rey— a cuyo estatus en la Baja Edad Media se acomodan muchas de las 79 comunas . Repetidas veces se ha asociado este proceso al reforzamiento de la autoridad real

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frente a unos poderosos señores —entre ellos, los propios monarcas ingleses Plantagenet — que habían convertido a Francia en un mosaico de estados feudales. En la España de la Reconquista, autoridades tanto laicas como eclesiásticas —aunque casi siempre con la confirmación real— establecerán normas jurídicas a fin de atraer y fijar poblaciones en los territorios recientemente ocupados. Se conocerán como cartas pueblas y fueros que otorgaban a los vecinos un conjunto de privilegios y exenciones, regulaban la vida del municipio y eran periódicamente objeto de actualización. Algunos de esos fueros serán adaptados a otras localidades: los de León (1017-1020), Jaca-Estella (1063-1077), Logroño (1095), Cuenca (conquistada por Alfonso VIII de Castilla en 1177) o Zaragoza (que lo fue por Alfonso I de Aragón en 1118). Los Usatges de Barcelona, cuyos orígenes parecen datar del gobierno de Ramón Berenguer I (1054-1076), se compilarían en la primera mitad del siglo XII 81

para ser pieza básica en la regulación de las instituciones jurídicas catalanas . Esa influencia ejercida por algunas normas ha permitido hablar de familias de fueros, lo 82 que daría lugar a una «territorialización empírica del derecho local» . A través de la extensión de una norma desde un foco central a un área de cierta amplitud, la ciudad medieval contribuiría a dar una primera cohesión a estados escasamente vertebrados. Pese a todos sus logros, el proceso de autogobierno urbano estará lastrado por grandes limitaciones, herencia en buena medida de esa política de transacciones que no deja suficientemente claras las esferas de actuación de los poderes en juego. No olvidemos tampoco que importantes ciudades como Basilea, Lieja o Salzburgo se mantienen como cabezas de verdaderos principados eclesiásticos cuya secularización solo se producirá con la 83 Reforma protestante o con el fin del Antiguo Régimen . Las huellas de la Edad Media serán en este, al igual que en otros campos, sumamente pertinaces.

Una tópica referencia cronológica: el recodo del Año Mil A toda fecha redonda se le han atribuido unas especiales connotaciones. Pocas como la del Año Mil del nacimiento de Cristo de acuerdo con los no muy precisos cálculos de Dionisio el Exiguo. Las efusiones han sido tanto mayores cuanto no ha mucho hemos rememorado hasta la 84 extenuación un segundo milenario de este evento . Sin embargo, transcurrido poco más de un decenio, ¿quién se acuerda ya de los debates artificialmente hinchados a propósito de la transición de 1999 a 2000? Según un cronista monástico de principios del siglo XI, esa mítica fecha fue (terrores al 85

margen) el momento en torno al cual Occidente iba sacudiendo sus sucios harapos para 86 cubrirse del blanco manto de las iglesias . A ese pasaje se le ha querido identificar con la eclosión del románico, primer estilo artístico auténticamente europeo. Posteriormente, Europa conocerá otra gran manifestación artística: el gótico, estilo por excelencia de las catedrales,

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símbolo de las ciudades del Occidente medieval . Los cambios que se van produciendo en la vida socioeconómica en general desde finales del primer milenario son los que han hecho posible un resurgimiento de Europa que se considera suficientemente asentado en el siglo XII. Cambios que cuentan, tal y como ya hemos advertido, con el respaldo de una mejora de la situación político-militar. Las presiones exteriores, en efecto, se van conjurando a lo largo del siglo X: los húngaros son vencidos militarmente por Otón I de Germania en 955, delante de los muros de Augsburgo, y cristianizados poco después; los sarracenos del Mediterráneo dejan de ser el peligro permanente de años atrás; y los normandos crean, desde los inicios del siglo X en las orillas 88

del canal de la Mancha, uno de los estados feudales mejor organizados de Occidente . Se ha hablado de una «mutación» (traducida por algunos como «revolución» o como simple 89 «cambio») del Año Mil que habría supuesto «el tránsito de un sistema social a otro: 90 certificado de la defunción de la sociedad antigua y acta bautismal de la sociedad feudal» . En términos de renacer de la vida urbana, el cambio supone adentrarnos en un fenómeno complejo desde sus mismos inicios. Los hombres del Medievo lo cargaron de numerosos elementos legendarios que hacían remontar el origen de sus ciudades a un lejano y oscuro tiempo pasado. Como ha sucedido con otros procesos, el del (re)nacimiento y primera afirmación de la ciudad medieval solo lo conocemos con la debida solvencia cuando este se encuentra suficientemente consolidado. Así se ha recordado a propósito de las ya mencionadas cartas de libertades o de franquicias francesas que reconocen las costumbres, libertades o usos de distintas localidades. Por lo general, lo que hasta nosotros ha llegado son las confirmaciones, muchas veces demasiado tardías, que dejan en la penumbra importantes aspectos sobre los orígenes y primer desarrollo de ese fenómeno. Fenómeno, como ya se ha advertido, a caballo entre la emancipación violenta y el consenso entre las viejas y las nuevas 91 fuerzas . Con un entusiasmo similar al de Raúl Glaber, pero refiriéndose en este caso a otro «manto», se pronunció a mediados del pasado siglo el historiador Lucien Febvre. Como en otros ejemplos antes citados (los de Max Weber o Werner Sombart), no estamos hablando de un medievalista en el sentido más consagrado del término, pero sí de una autoridad intelectual que desbordaba cualquier convencional encasillamiento científico. Para él, la verdadera Europa fue la Europa de las ciudades en mitad del campo, la Europa que finalmente nació a partir del siglo XII, una Europa no solo cubierta de un puñado de pequeñas iglesias blancas, sino una Europa cubierta de un manto de ciudades, unas ciudades auténticas, unas ciudades que no solo eran fortalezas, no solo graneros y 92 centros de administración rural . Se trataba ya de unas ciudades con sus estatutos municipales y sus burgueses: gentes de enorme coraje moral prestas a partir en pos de la aventura.

A diferentes niveles y tomando el actual territorio de Francia como banco de pruebas, el año Mil marcaría el momento de despegue de la economía occidental hasta entonces en una situación de notable retraso en relación con los mundos bizantino o musulmán, por no remitirnos al lejano Oriente. La Francia Capeto es el centro de este despegue. 93 El año Mil no es sin embargo más que un estremecimiento .

1 G. Duby, Economía rural y vida campesina en el Occidente medieval, pág. 5. 2 Abundante información en C. Courcelle, Histoire littéraire des grandes invasions germaniques, París, 1964. 3 P. J. Geary, Quand les nations refont l’histoire. L’invention des origines médiévales de l’Europe, París, 2006, pág. 90. 4 V. Fumagalli, Las piedras vivas. Ciudad y naturaleza en la Edad Media, Madrid, 1988, págs. 13-22. 5 P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», págs. 303-305. 6 Recogido por G. Fasoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, Florencia, 1973, págs. 95-96. 7 «CXXIII à Geruchia», en J. Labourt (ed.), Lettres de Saint Jérôme, t. VII, 1961, págs. 91-92. 8 Idacio obispo de Chaves, su «Cronicon», ed. de J. Campos, Salamanca, 1984, pág. 59. 9 Orosio, Historias, vol. II, ed. de E. Sánchez Salor, Madrid, 1982, pág. 267. 10 Véase para ello A. Momigliano (ed.), El conflicto entre el paganismo y el cristianismo en el siglo IV, Madrid, 1989 (original de 1963), y la antología de E. Sánchez Salor, Polémica entre paganos y cristianos, Madrid, 1986. 11 Tertuliano, El apologético, ed. de J. Andino, Madrid, 1997, pág. 164. 12 S. Mazzarino, El fin del mundo antiguo, México, 1961, págs. 35 y ss. 13 San Agustín, La ciudad de Dios, ed. de F. Montes de Oca, México, 1978, págs. 3-4. Reiterado por Paulo Orosio en sus Historias, vol. II, págs. 267-270. 14 San Agustín, La ciudad de Dios, pág. 287. 15 Sobre las visiones de tres ciudades emblemáticas, véase D. Poirion (ed.), Jerusalem, Rome, Constantinople. L’image et le mythe de la ville, París, 1986. 16 A. Ducellier, Bizancio y el mundo ortodoxo, Madrid, 1992, págs. 48-50. 17 H. Pirenne, Mahomet et Charlemagne, París, 1970. (La obra se publicó de manera póstuma en 1937). Para la complementariedad de las dos tesis pirennianas, véase H. Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media, París, 1933. Citamos por la edición española: México, 1963 (dotada de un anexo bibliográfico y crítico de H. van Werveke), págs. 920. 18 Bajo el mismo título «Mahomet et Charlemagne», el maestro belga publicó un anticipo en la Revue Belge de Philologie et d’Histoire, 1922. 19 Véase a título de ejemplo Havighurst (ed.), The Pirenne Thesis. Analisis, Criticism and Revision, Boston, 1958, o B. Lyon, A. Guillou, E. Gabrielli y H. Steuer, Carlomagno y Mahoma, Madrid, 1987. 20 J. Orlandis, Historia social y económica de la España visigoda, Madrid, 1975, págs. 138-140.

21 G. Fournier, Les mérovingiens, París, 1966, págs. 29-32. 22 R. Doehaerd, Occidente durante la Alta Edad Media. Economías y sociedades, Barcelona, 1974, pág. 174. 23 Grégoire de Tours, Histoire des francs, lib. III cap. XIX, t. 1, ed. de R. Latouche, París, 1999 (reimpresión de la edición de 1963), págs. 165-166. 24 Ennodius, Panégyrique de Théodoric, XI, ed. de Vogel, Monumenta Germaniae Historica, Auctores antiquissimi, VIII, pág. 210. 25 Capital para la visión de este proceso fue la ya citada VI Settimana di Studi sull’Alto Medioevo que trató del tema La città nell’Alto Medioevo, Spoleto, 1959. 26 San Isidoro de Sevilla, Etimologías, lib. XV, 1, 67, vol. II, ed. de J. Oroz Reta y M. C. Díaz y Díaz, Madrid, 1983, pág. 225. 27 P. Geary, Quant les nations refont l’histoire, págs. 133-134. 28 Concilios visigóticos e hispano-romanos, ed. de J. Vives y G. Martínez Díez, Barcelona/Madrid, 1963, pág. 107. 29 L. Olmo Enciso (ed.), Recópolis y la ciudad en la época visigoda, Alcalá de Henares, 2008. 30 Grégoire de Tours, Histoire des francs, t. 1, pág. 205. 31 Bede, A History of the English Church and People, ed. de L. Sherley-Price, Londres, 1968 págs. 26-27. 32 Pablo Diácono, Historia de los longobardos, págs. 167 y ss. 33 J. Hubert, «Évolution de la topographie et de l’aspect des villes de Gaule du V au X siècle», en La città nell’Alto Medioevo, págs. 529-559. 34 Véase L. A. García Moreno, «La ciudad visigoda», en M.ª J. Ferro (ed.), A cidade, Jornadas inter e pluridisciplinares, Lisboa, 1993, págs. 95-119. 35 I. N. P. Brooks, «The Ecclesiastical Topography of Early Medieval Canterbury», en Europeans Towns. Their Archeology and Early History, Londres, 1977. 36 Véanse los aportes recogidos en Roma nell’Alto Medioevo, XLVIII Settimana di Studi sull’Alto Medievo (Spoleto, 2001), Spoleto, 2002. 37 Sobre el prestigio que el obispo otorga a la ciudad, véase P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «Les villes médiévales», pág. 313 o 365. 38 M. Bussagli, Atila, Madrid, 1988, págs. 174-177. 39 P. Riché, Grégoire le Grand, París, 1995, págs. 33-47. 40 Véanse las ponencias recogidas en La scuola nell’Occidente latino dell’Alto Medioevo, XIX Settimana... (Spoleto, 1971), Spoleto, 1972. 41 Al final de su obra relaciona los diecinueve obispos que habían regido la sede turonense, un tercio de ellos de familia senatorial. Grégoire de Tours, Histoire des francs, t. II, págs. 315-323. 42 P. Brown, Agustín de Hipona, Barcelona, 2001, pág. 23. 43 J. Fontaine, Isidoro de Sevilla. Génesis y originalidad de la cultura hispánica en tiempos de los visigodos, Madrid, 2002, págs. 61 y ss. 44 Vidas de los Santos Padres de Mérida, ed. de I. Velázquez, Madrid, 2008, págs. 92 y ss. 45 Historia compostelana, ed. de E. Falque, Madrid, 1994, págs. 63 y ss.

46 H. Pirenne, Mahomet et Charlemagne, pág. 174. 47 Entre los clásicos dedicados a Carlomagno y al mundo carolingio se encuentran dos obras de R. Folz, la ya citada Le couronement imperial de Charlemagne, París, 1989, y Le souvenir et la légende de Charlemagne dans l’empire germanique, Dijon, 1950. 48 Véase, entre otros, C. Cipolla, «Appunti per una nuova storia della moneta nell’alto Medievo», en Moneta e scambi nell’alto Medioevo, VIII Settimana..., Spoleto, 1961, págs. 619-626. 49 J. Delperrié de Bayac, Carlomagno, Apéndices, págs. 294-303. 50 R. S. López, La revolución comercial, pág. 41. 51 P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 305. 52 T. Dutour, La ciudad medieval, págs. 96-101. 53 J. M. Monsalvo ha calificado el período hasta el año mil como de fragilidad urbana: Las ciudades europeas del Medievo, págs. 21-35. Los mismos P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone sitúan el inicio de una auténtica floración de la ciudad europea en el siglo XI: «La ville médiévale», págs. 371 y ss. 54 R. E. Sullivan, Aix-la Chapelle in the Age of Charlemagne, University of Oklahoma Press, 1974. 55 R. Pastor, Del Islam al cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico-sociales, Barcelona, 1975. 56 R. S. López, El nacimiento de Europa, Barcelona, 1965, pág. 312. 57 R. Grousset, Las cruzadas, Buenos Aires, 1965 (original de 1944), pág. 20. 58 Ibíd., pág. 74. 59 Véase a este respecto una obrita, quintaesencia del pensamiento historiográfico marxista: M. Zaborov, Las cruzadas, Madrid, 1979, passim. 60 A. Ferreiro, «The Siege of Barbastro, 1064-1065; A Reassesment», en Journal of Medieval History, 9, 2 de junio de 1983, págs. 129-144. 61 J. Flori, La guerra santa. La formación de la idea de cruzada en el Occidene cristiano, Granada, 2003, págs. 256 y ss. 62 Un clásico sobre este proceso sigue siendo Ch. Petit-Dutaillis, Les communes françaises, París, 1970 (original de 1947). Entre los autores en lengua castellana, véase J. L. Romero, La revolución burguesa en el mundo feudal, Buenos Aires, 1967. 63 M. Lambert, La herejía medieval. Movimientos populares de los bogomilos a los husitas, Madrid, 1986, pág. 74. 64 H. Pirenne, Historia económica y social, pág. 47. 65 Ch. Petit-Dutaillis, Les communes françaises, págs. 74-76. 66 J. Gautier Dalché, Historia urbana de León y Castilla en la Edad Media (siglos IX-XIII), Madrid, 1979, págs. 221-224. 67 Crónicas anónimas de Sahagún, ed. de Antonio Ubieto, Zaragoza, 1987, págs. 65 y ss. 68 R. Pernoud, Histoire de la bourgeoisie en France. I. Des origines aux temps modernes, París, 1981 (original de 1960), págs. 15-16. 69 M. Weber, General Economic History, Glencoe II, 1951, pág. 315. 70 W. Sombart, El burgués. Introducción a la historia espiritual del hombre económico moderno, Madrid, 1972 (original de 1913), pág. 30.

71 R. Fossier, La infancia de Europa, vol. 1: El hombre y su espacio, pág. 384. 72 M. Weber, La ciudad, pág. 55. 73 Ibíd., pág. 58. 74 O. Capitani, Storia dell’Italia medievale, Bolonia, 1989, págs. 361 y ss. 75 R. Hilton, Les ciutats medievals, Barcelona, 1989, pág. 19. 76 O. Guyotjeannin, «1060-1285», pág. 201. 77 M. Weber, La ciudad, pág. 56. 78 Acuerdo reproducido y analizado en E. Mitre, Textos y documentos de época medieval. Análisis y comentario, Barcelona, 2010, págs. 88-94. 79 C. Petit-Dutaillis, Les communes françaises, pág. 175. 80 Sobre la familia Plantagenêt y sus dominios, véase M. Aurell, L’Empire des Plantagenêt, 1154-1224, París, 2003. 81 Sobre el significado de estos documentos, véase la obra clásica de Galo Sánchez, Curso de Historia del Derecho Español, Valladolid, 1980 (revisión de J. A. Rubio sobre el original de 1927), págs. 65 y ss. Para fecha más cercana contamos con un importante inventario: Ana María Barrero y María Luz Alonso Martín, Textos de Derecho local español en la Edad Media. Catálogo de Fueros y Costums municipales, Madrid, CSIC, 1989. 82 J. A. García de Cortázar, La época medieval, págs. 303-303. 83 E. Mitre, La ciudad cristiana del Occidente medieval, passim. 84 Cfr. G. Duby, Año 1000, año 2000, la huella de nuestros miedos, Santiago de Chile, 1995. 85 Una obra clásica es la de H. Focillon, El Año Mil, Madrid, 1966 (versión del texto francés publicado en 1952). Una equilibrada síntesis sobre el tema la recogió años después D. le Blevec, L’An Mil, París, 1976. Entre los múltiples recientes aportes, véase J. Flori, La fin du monde au Moyen Âge, terreur ou espérance?, París, 2008. 86 Raúl Glaber, Historias del primer milenio, ed. de J. Torres Prieto, Madrid, 2004, págs. 155-156. 87 Cfr. A. Erlande-Brandenburg, La catedral, Madrid, 1993. 88 R. Fossier, La infancia de Europa, vol. 1: El hombre y su espacio, pág. 191. 89 Cfr. G. Bois, La mutation de l’An Mil, París, 1989. (Trad. esp.: La revolución del año Mil, Barcelona, 1991). 90 Ibíd., en la versión española, pág. 112. 91 O. Guyotjeannin, «1060-1285», en P. Contamine (dir.), Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, págs. 199204. 92 L. Febvre, L’Europe. Genèse d’une civilisation, París, 1999, pág. 155. Texto del Curso del Collège de France de 19441945 anotado por T. Charmasson, B. Mazon y prefaciado por M. Ferro. 93 M. Parisse, «Quie’est-ce que la France de l’an Mil? (le bilan des recherches actuelles)», en R. Delort (dir.), La France de l’an Mil, París, 1990, pág. 45.

CAPÍTULO 5

Hacia un nuevo orden económico y político

«Las ciudades eran, por definición, el corazón de la economía. Y también llegaron a ser las verdaderas protagonistas del juego político, cuando en el transcurso del siglo XIII se engrandecieron y, sobre todo, se unieron». Las principales fueron más lejos aún: «se erigieron 1 en centros y después motores de la civilización» .

Florecimiento económico y autogobierno La ciudad occidental hizo sentir su peso en la plenitud del Medievo en los más variados campos. Ello a pesar de la escasa uniformidad del tejido urbano europeo que hace que cualquier clasificación tenga un sentido un tanto engañoso. Así lo han reconocido (o denunciado más bien) autores como Robert Fossier, para quien cabría hablar de hasta siete «grandes zonas urbanas»: Italia, Occitania, el mundo ibérico, entre el Sena y el Mosa, el Imperio, los países del mar frío (Báltico, mar del Norte, canal de la Mancha) y la masa eslava. Al final, subraya este mismo autor, lo que une a ese variopinto mundo es el nacimiento de una «infracción del esquema trifuncional» (guerreros, clérigos y campesinos) y ofrecer al 2 comprador aquello que la economía rural no puede facilitar .

Las fachadas mercantiles Forzoso es mencionar en primer lugar las ciudades italianas. Italia es la patria por excelencia de la urbs, y en la península es donde se desarrolla una vida ciudadana que nunca perdió del todo el recuerdo del pasado romano. Con él mantiene en muchos casos ciertos lazos de continuidad. Lo novedoso será que, especialmente a partir del siglo XI, algunas localidades de la península, llamadas a un brillante porvenir, lograrán reequilibrar una relación de fuerzas económicas hasta entonces en manos orientales. El ejemplo más llamativo lo facilitaría Venecia. Lo que en principio fue agrupación de modestos asentamientos en las lagunas vénetas, lograría del emperador de Constantinopla 3 (crisóbula de 1082) un conjunto de privilegios que fueron un importante escalón para

convertirse en esa gran potencia mercantil del Mediterráneo oriental. Su repetidas veces rival Génova, otra república de mercaderes, extenderá sus tentáculos comerciales y financieros 4

desde el mar Negro hasta Sevilla y la Granada nazarí . El genovés llega a definirse, de 5

acuerdo con un viejo dicho, como un comerciante: Genouensis ergo mercator .

Mapa extraído de David Ditchburn, Simon MacLean y Angus MacKay (eds.), Atlas de Europa medieval, Madrid, Cátedra, 2012.

En el ámbito ibérico, Barcelona, recuperada de manos musulmanas por los carolingios en 6 801 , dispondría en el Pleno Medievo de cónsules (consols d’ultramar) encargados de la defensa de los intereses de sus mercaderes en importantes ciudades como Alejandría, Constantinopla o Bugía. En 1258 se creó una Universidad de los Prohombres de Ribera que agrupaba a marinos y mercaderes, con la finalidad de mantener las instalaciones portuarias barcelonesas. El Libro del consulado del mar constituiría una importante compilación de 7 costumbres y normas jurídicas marítimas .

Las ciudades del mundo mediterráneo potenciaron cierto tipo de sociedades (la commenda, 8

la collegantia) que drenaron el ahorro y estimularon el espíritu emprendedor del mercader . Los Países Bajos entraron tardíamente en el proceso de crecimiento de sus ciudades, ya que, a diferencia de Italia, habían tenido una limitada presencia romana. Sin embargo, constituirán la otra gran zona de concentración urbana, con dos ejemplos de especial 9 relevancia, dada su gran potencia industrial y mercantil: Gante y Brujas . De mediocres establecimientos en los primeros tiempos del Medievo, pasarán a convertise en grandes emporios económicos. H. Pirenne, especialmente sensible a la importancia de la región, escribió que estas y otras ciudades como Ypres, Saint-Omer, Lille o Douai constituyeron «activas colonias comerciales que son las que nos proporcionan el medio para observar, con especial claridad, el nacimiento de las instituciones urbanas». Pocos territorios como Flandes —aseveraba el ilustre historiador— se prestan mejor al estudio de los orígenes municipales en un medio 10 estrictamente laico . (Sobre el especial caso de las ciudades bálticas volveremos más adelante, al centrarnos en el importante complejo mercantil de la Hansa Teutónica).

Institucionalización del autogobierno El auge de la vida económica y la toma de conciencia política acarrearon la formación de centros de vida urbana a los que se dotó de una personalidad jurídica. Muy en general, 11 hablamos de municipios . Tomando el ejemplo de Castilla y León, aplicable en sus líneas generales a otros países, un destacado autor español escribió que, a partir del siglo XII, «el municipio era ya una entidad de derecho público, con jurisdicción y autonomía, constituida por 12 el concejo local y regida y administrada por sus propios magistrados y oficiales» . Al lado 13 de la asamblea de vecinos (concilium en la terminología clásica, hispanizado concejo) una serie de dignatarios elegidos por métodos cada vez más restrictivos (consules, judices, 14 escavini, priores, consellers...) eran responsables de la gestión de la cosa pública . La península itálica, como en muchos otros terrenos, se presenta como modélica en cuanto al gobierno de sus ciudades. Valgan dos ejemplos referidos a dos de las principales urbes. Florencia tenía a fines del siglo XII sus organismos de gobierno bien definidos: un consejo de doce cónsules posiblemente cooptados, un consejo de cien a ciento cincuenta boni homines con funciones consultivas y deliberativas, y una asamblea popular o Parlamento que se reunía cuatro domingos al año en la catedral de Santa Reparata para ratificar la acción de los cónsules, aprobar los acuerdos con ciudades vecinas y los estatutos que definían los deberes 15 de cada funcionario . 16 Venecia, a partir de las reformas de 1172 , se administraba a través de un escalonamiento

de consejos: Gran Consejo en torno a mil trescientos miembros; Senado originalmente de sesenta miembros, que a mediados del siglo XV ascendería hasta los doscientos; y Consejo de los Diez, elegidos por el Gran Consejo y garantes de la seguridad del Estado. Se aseguraba así una forma oligárquica de gobierno que culminaba en una figura con mucho de simbólico (más que jefe del Estado, primer magistrado de la República) cual era el dogo o dux, representante, 17 como ya hemos anticipado, de la grandeza de la Serenísima . Muchas ciudades del sur de Francia adoptaron formas similares de gobierno entre 1128 y 1148: Marsella, Arles, Béziers, Aviñón, Montpellier, Niza o Narbona. Como en las ciudades italianas, en estas había una asamblea de todos los burgueses, «consejo cuyos miembros eran llamados consiliarii o curiales, y, por encima de ellos, los consules, generalmente doce, aunque al principio fueran menos. El consejo era cubierto generalmente por cooptación de sus propios miembros o nombrado por los cónsules». Estos eran generalmente elegidos por sus predecesores entre los consularii o entre los candidatos elegidos por los consularii. Un cierto 18 número de plazas consulares se reservaba a miembros de la baja nobleza local . En Flandes, Brabante y Hainaut, el sistema consular de las grandes ciudades (Ypres en 1209, Gante en 1212, Bruselas en 1235, Brujas en 1241, Amberes en 1300 o 1350) se basa en principio en la anualidad del cargo, mientras que en las pequeñas ciudades suele ser de por vida. En Gante —que facilita un marco que puede resultar modélico— había en 1228 tres clases de scavini en tres bloques de trece miembros cada uno: los scavini de la keure eran generalmente jueces y gobernantes de la ciudad; el segundo tenía limitadas prerrogativas legales; el tercero no disponía más que de prerrogativas consultivas. El sistema permaneció 19 así hasta 1302 . En los territorios del Rin, el Mosa y el Mosela, las ciudades tenían su Schöffenkolleg o colegio de escavinos como cuerpo judicial. En Colonia se mencionan cónsules ya en 1216, aunque dudosamente exista un sistema consular como tal. Incluso en el acuerdo entre los ciudadanos y el arzobispo Conrado de Hochstaden de 1258 se recuerda que los escavinos 20 están obligados por juramento a observar la ley de la Iglesia y de la ciudad . En el este de Alemania, Magdeburgo y Lübeck fueron pioneras en el sistema de consejos municipales. 21 Rostock, ciudad hermana de Lübeck, lo tendrá en 1218 . A fin de liberarse de las intromisiones señoriales, una localidad podía disponer de un recurso: convertirse en «ciudad imperial», lo que implicaba colocarse bajo una vaga tutela-autoridad —la del emperador— que les garantizaba en principio los logros políticos y económicos adquiridos y disponer, en definitiva, de un amplio margen de maniobra. A título de ejemplo, puede valer el privilegio otorgado en 1226 por Federico II a Lübeck, que quedaría bajo la soberanía directa del 22 monarca .

Ciudades y asociacionismo transurbano

Al poder de la ciudad se unirá también el adquirido por asociaciones de ciudades o de intereses de ciudadanos. Algunos casos resultan especialmente llamativos en tanto pueden llegar a condicionar la vida política de parte de Europa.

Las ligas comerciales El espacio nórdico desde la costa oriental inglesa hasta el extremo oriental del Báltico ha sido considerado como un «Mediterráneo del Norte», por cierta similitud entre las actividades mercantiles de ciudades italianas como Génova o Venecia y nórdicas como Hamburgo y Lübeck. Estas serán de tardía fundación, aunque figurarán en un lugar de honor en la creación, en la segunda mitad del siglo XII, de una asociación de mercaderes: la universi mercatores imperii Romani Gotlandiam frequentantes. Fue embrión de lo que históricamente conocemos como Hansa Teutónica, cuyos mercaderes, en caso de necesidad, podían contar con el respaldo militar de sus ciudades de origen. De hecho, asistiremos a la fusión (1281) de varias 23 hansas o sociedades mercantiles: la de Colonia, la de Hamburgo y la de Lübeck . Solo en fecha avanzada (1356) se crearía una Hansetag como órgano directivo de la comunidad. El momento de mayor esplendor hanseático será en torno a 1400, tras la victoria sobre Dinamarca, a la que habían impuesto la paz de Stralsund de 1370. Frente a sucesivas pretensiones hegemónicas por parte de los monarcas daneses, el Báltico quedaba convertido así en una suerte de lago alemán. Textiles de las florecientes urbes de Flandes (Gante, Brujas, Ypres, Malinas), especias canalizadas desde la Europa meridional, hierro sueco, y pieles, ámbar, arenques, trigo y madera de la Europa oriental, eran algunos de los productos en 24 juego . En España, la Hermandad de la Marina de Castilla creada en 1296 agrupó a los concejos de Santander, Laredo, Castro Urdiales, Vitoria, Bermeo, Guetaria, San Sebastián y Fuenterrabía. La fundación de Bilbao en 1300 marcaría el destino de esta asociación, cuya finalidad inicial era evitar los perjuicios causados al comercio por la situación de guerra entre Felipe IV de Francia y Eduardo I de Inglaterra. En los años inmediatos, las localidades cántabras desempeñaron un papel singular en la política exterior de la casa de Trastámara. El vino, el hierro y sobre todo la lana —El Honrado Concejo de la Mesta, articulador de la 25 trashumancia, se organiza en firme desde 1273 — serán signos distintivos del comercio castellano. La colonia de Brujas constituirá un importante enclave mercantil con dos comunidades no siempre bien avenidas: la de los marinos de la costa cantábrica y la que acogía los intereses de los mercaderes de Burgos y de otras localidades del interior. En 1447, Juan II reconoció su existencia como entidad autónoma con derecho a la elección de sus 26 cónsules y priores .

Asociación entre localidades y autodefensa

El poderío social y económico de ciertas zonas especialmente urbanizadas será capaz de marcar pautas políticas de índole más que local. Así lo harán, por ejemplo, las ciudades del norte de Italia a través de alianzas —circunstanciales muchas veces— capaces de tratar de tú a tú a las autoridades tradicionales. Significativamente, a principios del reinado de Federico I (entre 1154 y 1158) su tío Otón de Freising, obispo de esta localidad bávara y destacado cronista, nos transmitió, junto con Rahevino, una visión de las ciudades italianas marcada por un profundo contraste. Por un lado estaba su amor a la libertad y su aspiración a imitar «la sabiduría de los antiguos romanos». Pero por otro estaba la absoluta infracción de ese principio, ya que, «presumiendo de obedecer la ley, al final no la obedecían». Y ponen como ejemplo la resistencia a la autoridad imperial, a la que solo obedecen «cuando se acompaña 27 de un fuerte ejército» . De las diversas asociaciones que se crean en Italia, la más llamativa será la Liga lombarda surgida en 1167 y que, hasta 1183, agrupará (aunque de forma discontinua) hasta 35 localidades noritalianas; Bérgamo, Milán, Brescia, Lodi o Cremona, entre las más 28 importantes . La liga será capaz de plantar cara a campo abierto al ejército de Federico I, 29 derrotándole en 1176 en la batalla de Legnano . Un hecho de armas que acabaría integrándose en la mitología política italiana de los tiempos del Risorgimento. Con carácter defensivo frente a la endémica inseguridad (bandolerismo, anarquía en diversos períodos de minoridad real, peligrosidad de las franjas fronterizas) surgieron en los reinos hispánicos medievales numerosas hermandades que agrupaban a distintas fuerzas sociales y en las que villas y ciudades desempeñan un decisivo papel. Frente a las hermandades, que tenían un reconocimiento por parte de la autoridad real, se situaban las 30 «ligas o monipodios», asociaciones objeto de reprobación . La mayoría serían de alcance regional y de limitada duración. De gran interés serán las creadas en territorio vascongado, en tanto van a ser base para la constitución de las Juntas generales, con competencias que se extenderán desde las materias puramente policiales a otras 31 de tipo administrativo y político . A partir de 1282 (rebelión contra Alfonso X de su heredero el futuro Sancho IV) se dieron sucesivos intentos de extender este expediente a la totalidad de la Corona de Castilla. Aunque bajo el pretexto de defender a la monarquía, las hermandades adquieren a lo largo de la Baja Edad Media un sentido potencialmente revolucionario. La falta de homogeneidad social de los 32 concejos sería la causa del limitado éxito de muchas de ellas . Las ciudades alemanas, recuerda Bernard Guenée, tuvieron tendencia a constituir vastas federaciones urbanas a diferencia de las italianas, más dadas a absorber un 33 amplio entorno (contado) para erigirse en ciudades-estado . La Alemania posterior a la muerte del emperador Federico II vivió el primero (gran interregno de 1250 a 1273) de los largos períodos de inseguridad que el territorio iba a padecer hasta finales del Medievo. La fragmentación del poder favoreció un triste fenómeno

asociado a diversas expresiones: Fehden (guerras privadas que los emperadores son incapaces de atajar), Springwahlen (elecciones a saltos producto de un inestable sistema sucesorio imperial), Faustrecht (derecho del puño ejercido por los señores) o Raubritter (caballeros salteadores). Semejante desorden dio pie a movimientos asociativos de autodefensa. En el caso de los campesinos, el modelo lo dará la Bundschuh, que algunos han asimilado a una suerte de jacquerie germánica. En el mundo urbano nacerían distintas ligas de ciudades. La del Rin, surgida bajo el gran 34 interregno, cubrirá más de setenta ciudades, desde Lübeck a Zúrich . Otras como la Liga suaba llegarían a batir al conde de Wurtemberg en 1377, aunque unos años 35 después sufrirían una grave derrota en Doeffingen . Las ciudades nororientales de Berlín, Brandeburgo y Fráncfort del Óder fundaron en 1438 una liga (bund) para defenderse de las presiones señoriales y de las disensiones sociales que fragilizaban las oligarquías urbanas. Mantendrán un pulso con el elector Federico II y con su 36 sucesor Juan, que en 1488 retiró a las ciudades toda autonomía política . A pesar de reconocer su esplendor en los años finales del Medievo, un historiador francés del pasado siglo manifestaba su escepticismo ante la capacidad de las ciudades alemanas para hacer un frente común: «Estas ciudades son prisioneras, condenadas al 37 aislamiento, acechadas por los príncipes y acechándose las unas a las otras» .

Ciudades medievales y raíces del parlamentarismo europeo Frente a la atomización territorial del poder que el sistema feudal introdujo en Occidente, la plenitud del Medievo fue poco a poco recuperando una noción de Estado de raíz aristotélica. Se concebía este como un ser colectivo consustancial a la naturaleza humana que, filtrado a través del pensamiento cristiano, se erigía en un corpus mysticum ordenado para el bien de todos.

Posible génesis de las asambleas políticas Esa recuperación podía oscilar entre dos principios: el que afirmaba que la voluntad del gobernante tenía fuerza de ley (Quod principi placuit legis habet vigorem) y el que exigía el consentimiento general para asuntos que afectasen a toda la comunidad (Quod omnes tangit ab 38 omnibus tractari et approbari debet) . Para cualquier autoridad intelectual del Medievo, ambas afirmaciones debían excluir la arbitrariedad del príncipe, que había de ponerse siempre al servicio de la razón y la justicia, el coeleste arbitrium entre la ley natural y la ley 39 positiva . En la búsqueda de un equilibrio podría encontrarse una de las raíces de los organismos de carácter parlamentario. El tema ha dado vida a apasionados debates en los que ha estado presente un cierto prurito

nacionalista. Ha sido también uno de los incentivos reivindicadores del pasado medieval. En un movimiento historiográfico pendular, la Edad Media pasó, así, de ser un paréntesis de barbarie entre el fin del Imperio Romano en Occidente y los albores del Renacimento, a un período en el que se configuraron, entre otras cosas, las libertades ciudadanas. Un salto de la 40

Edad Media en negro a otra en rosa . Estas se manifestaron no solo en el autogobierno de las urbes, sino también en el acceso de los burgueses a las asambleas «centrales» convocadas por los príncipes. Estaríamos así ante el más llamativo signo de madurez política de los grupos populares, de los miembros del llamado tercer estado. Se equiparaban por esta vía a los de la nobleza y el clero, grupos magnaticios que, tradicionalmente, habían sido los únicos llamados por el señor para asistir a asambleas que bajo los nombres de colloquia, concilia, placita, conventus o curiae designaban instituciones de composición y funciones imprecisas. La curia magna de León de 1188 (reunida por Alfonso IX «cum electis civibus ex singulis 41 civitatibus») pasa por ser la avanzada en la historia del parlamentarismo europeo . El monarca leonés, recuerda J. F. O’Callaghan, convocaría también a hombres de las ciudades en la curia regia de 1202 celebrada en Benavente («multis de qualibet villa regni mei») y en la de 42 1208, que lo fue de nuevo en León («civium multitudine destinatore ex singulis civitatibus») . En cuanto a participación ciudadana, la convocatoria de 1188 se habría adelantado más de medio siglo al nacimiento de algo parecido a la Cámara de los Comunes inglesa. En 1254, los regentes de Inglaterra convocaban a Westminster a delegados (nuncii) del bajo clero y dos 43 caballeros por cada condado . Y para el Parlamento de 1265 convocado por el senescal de Inglaterra Simón de Montfort (hijo del caudillo de la cruzada anticátara en el sur de Francia) se solicita la presencia de dos caballeros por condado «entre los más leales, probos y discretos» y dos ciudadanos o burgueses por «las ciudades de York, de Lincoln y otros 44 boroughs de Inglaterra» . En Francia, San Luis (1226-1270) llamó a su curia a algunos burgueses, pero solo a título personal y consultivo. Con un carácter más institucional, los representantes de las tres categorías sociales del reino aparecerán en los Estados Generales reunidos por Felipe IV en 45 París en 1302 a fin de plantar cara a las pretensiones del papa Bonifacio VIII . En lo sucesivo y hasta fines de la Edad Media, en Francia se contabilizará un número considerable de asambleas de todo tipo —generales, regionales o «nacionales»— que reúnen a los tres 46 estados concernidos o solo al clero o a la nobleza; nunca al común de forma exclusiva .

Naturaleza de las asambleas «representativas» Posiblemente, esta dinámica que condujo a los burgueses a figurar en organismos políticos de alto rango se desarrolló en casi todos los estados de Occidente por los mismos años. Al final, la elección por parte de los vecinos de las ciudades convirtió a los burgueses, asistentes

a las asambleas como coyunturales asesores del rey, en genuinos representantes de su localidad de residencia. Los nombres bajo los que estas asambleas representativas se designaron en un principio eran los tradicionales, a los que se unirán otros como curia generalis (Agenais, 1182), congregatio generalis (Hungría, a fines del siglo XIII), cortes (para los estados ibéricos) o Estados (para Francia: generales para todo el reino o provinciales con dimensión regional). La expresión Parlamentum designa en principio la mera conversación, entrevista, conferencia... Un procedimiento que acabará aplicándose a una 47 institución . Algo similar a lo que podría decirse de la expresión concilum/consejo, que, de método de trabajo, pasará a identificarse con importantes órganos de gobierno. ¿Hasta dónde llegaba el poder de estas asambleas preo protoparlamentarias y, consiguientemente, cuál era el grado de influencia de los representantes de las ciudades en las grandes decisiones? Puede decirse que un parlamento medieval tiene unas funciones amplias y mal definidas. Cualquier ojeada a las actas de una asamblea de esta naturaleza nos habla de una gran variedad de temas abordados: regulaciones económicas y fiscales, relaciones con el exterior, elaboración y promulgación de leyes, jura del heredero a la corona, medidas que afectan a la moral de los súbditos, relaciones con la Iglesia, relaciones con las minorías religiosas, búsqueda de colaboración para imponer la paz y la justicia, o ritualización de ciertos 48 consensos políticos buscados por los príncipes en momentos especialmente difíciles . Sobre la influencia eclesiástica en el origen del parlamentarismo (concilios de la Iglesia, capítulos de las órdenes religiosas), ¿no se llegó a sugerir, de manera indudablemente excesiva, que las cortes de los reinos hispánicos eran una prolongación de los Concilios de Toledo de época visigótica? Lo que resulta problemático es descubrir hasta qué punto las asambleas políticas medievales de signo parlamentario tienen —como sucede con los actuales organismos parlamentarios— una auténtica capacidad legislativa o, como mucho, comparten esta con el soberano. En 1188, Alfonso IX de León se comprometía a no hacer «guerram vel pacem vel placitum, nisi concilio episcoporum, nobilium et bonorum hominum, per quorum 49 consilium debeo regi» . Unos años más tarde, en Inglaterra, la idea de commmuni consilio baronum nostrorum («con el común consejo de nuestros barones») se transforma (capítulos 12 y 14 de la Carta Magna de 1215 que la baronía arrancó al rey Juan sin Tierra) en consilio 50 totius regni («consejo de la totalidad del reino») . Esa idea de aconsejar —que, con la de auxiliar militar y económicamente al señor, se encontraba en la entraña misma del sistema feudal de acuerdo con la visión más institucionalista— es la que parece primar. Hasta el punto de que algunos autores consideran 51 que era la única potestad de estas asambleas, al menos a nivel de la Corona de Castilla . Con todo, al llamar a los representantes de las ciudades, los monarcas no solo reconocían el poder de una nueva fuerza social; también daban valor institucional a esa tripartición funcional de la sociedad que toma cuerpo desde principios del siglo XI.

Por todo lo expuesto, transformaciones económicas y transformaciones políticas irán de la mano a la hora de desarrollar y articular la sociedad urbana del Occidente medieval. Como veremos en capítulos sucesivos, las relaciones entre sus componentes no serán casi nunca todo lo pacíficas que pudiera deducirse de alguno de los pasajes hasta ahora expuestos. La historia de las ciudades medievales lo es de una conflictividad casi permanente.

1 L. Genicot, Europa en el siglo XIII, Barcelona, 1970, pág. 80. 2 R. Fossier, La infancia de Europa, vol. 2: Estructuras y problemas, págs. 825 y ss. 3 F. Thiriet, Histoire de Venise, págs. 21-22. 4 J. Heers, Gênes au XV siècle, París, 1971, págs. 258 y ss. 5 Recogido en E. Ennen, The Medieval Town, pág. 138. 6 P. Sénac, Los soberanos carolingios y al-Andalus (siglos VIII-IX), Granada, 2010, páginas 83-89. 7 J. M. Salrach, «La Corona de Aragón», en Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, siglos XI-XV (vol. IV de la Historia de España dirigida por M. Tuñón de Lara), Barcelona, 1980, pág. 255. Sobre esta institución sigue siendo de utilidad Robert Sydney Smith, Historia de los Consulados de Mar (1250-1770), Barcelona, 1978 (ed. original en inglés de 1940). 8 P. Contamine et al., La economía medieval, Madrid, 2000, págs. 221-222. 9 A. Verhulst, The Rise of Cities in North-West Europe, Cambridge, 1999. 10 H. Pirenne, Las ciudades de la Edad Media, pág. 120. 11 J. M. Pérez Prendes, Instituciones medievales, Madrid, 1997, pág. 96. 12 L. G. de Valdeavellano, Historia de las instituciones españolas. De los orígenes al final de la Edad Media, Madrid, 1967, pág. 542. 13 C. Sánchez Albornoz, «El gobierno de las ciudades en España del siglo V al X», en La città nell’Alto Medioevo, págs. 359391. 14 Detallada información sobre el municipio en los distintos estados hispánicos del Medievo se recoge en el ya mencionado Concejos y ciudades en la Edad Media hispánica, II Congreso de Estudios medievales (Fundación Sánchez Albornoz, 1989), Madrid, 1990. 15 Y. Renouard, Histoire de Florence, París, 1967, pág. 22. 16 F. Thiriet, Histoire de Venise, págs. 34-37. 17 Ibíd., págs. 70-76. 18 E. Ennen, The Medieval Town, pág. 124. 19 Ibíd., pág. 125. 20 Ibíd., pág. 100. 21 Ibíd., pág. 126.

22 Codex diplomaticus lubicensis, t. I, pág. 17. Véase C. M. de la Ronciere, P. Contamine, R. Delort y M. Rouche, L’Europe au Moyen Âge, t. 2: Fin IX siècle-fin XIII siècle, París, 1969, págs. 242-243. 23 P. Contamine et al., La economía medieval, págs. 228-231. 24 Para la Hansa, véase P. Dollinger, La Hanse (XII-XVII siècles), París, 1964, y A. Pichierri, Città Stato. Economia e politica del modello anseatico, Venecia, 1997. 25 J. Klein, La Mesta. Estudio de la historia económica española: 1273-1836, Madrid, 1979 (ed. original de 1919). Para M. C. Gerbet, los privilegios de Alfonso X de 1273 no resuelven el tema de la fundación de la Mesta pero, al menos, informan sobre su organización: La ganadería medieval en la península Ibérica, Barcelona, 2003, pág. 84. 26 L. Suárez, Navegación y comercio en el golfo de Vizcaya. Un estudio sobre la política marinera de la Casa de Trastámara, Madrid, 1959, págs. 109-110. 27 Recogido por G. Fasoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, pág. 155. 28 F. Cardini, Barbarroja. Vida, triunfos e ilusiones de un emperador medieval, Barcelona, 1987, pág. 227. 29 Ibíd., págs. 242-243. 30 Para este tema, en general es útil la ordenada síntesis de A. Álvarez de Morales, Las hermandades, expresión del movimiento comunitario en España, Valladolid, 1974. 31 Ibíd., pág. 185. 32 J. Valdeón, Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV y XV, Madrid, 1975, págs. 70-71. J. M. Mínguez, «Las hermandades generales de los concejos de la Corona de Castilla: objetivos, estructura interna y contradicciones en sus manifestaciones iniciales», en Concejos y ciudades en la Edad Media Hispánica, págs. 537-568. 33 B. Guenée, L’Occident aux XIV et XV siècles. Les États, París, 1991, pág. 235. 34 J. F. Noël, Le Saint-Empire, París, 1976, pág. 48. 35 F. Rapp, Le Saint Empire romain germanique. D’Otton le Grand à Charles Quint, París, 2000, págs. 274-277. 36 P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 586. 37 L. Febvre, Martín Lutero, un destino, México, 1956, pág. 100 (ed. original de 1927). 38 Sobre esta sentencia, Y. Congar, «Quod omnes tangit ab omnibus tractari et approbari debet», en Revue Historique de Droit Français et Étranger, 81, 1958, págs. 210-259, e I. Merello Arecco, «La máxima “quod omnes tangit”. Una aproximación al estado del tema», en Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, XXVIII (2005), págs. 163-175. 39 L. Genicot, Europa en el siglo XIII, pág. 96. 40 J. Valdeón, «El concepto de Edad Media: del infierno a la gloria», en Tópicos y realidades de la Edad Media, III, Madrid, 2004, págs. 211-231. 41 «Curia habita apud Legionem sub Alphonso IX (Cortes de León de 1188)», en Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, t. 1, Madrid, 1861, pág. 39. 42 J. R. O’Callaghan, Las Cortes de Castilla y León, 1188-1350, Valladolid, 1989, pág. 28. 43 G. O. Sayles, The King’s Parliament of England, Londres, 1975, pág. 44. 44 C. Petit-Dutaillis, La monarchie féodale en France et en Angleterre (X-XIII siècle), París, 1971 (ed. original de 1933), pág. 335.

45 Para el enfrentamiento entre estos dos personajes, véase el dossier recogido por Ch. T. Wood, Felipe el Hermoso y Bonifacio VIII, México, 1968. 46 P. Contamine, «1285-1514», en Le Moyen Âge. Le roi, L’Église, les grands, le peuple, pág. 380. 47 B. Guenée, L’Occident aux XIV et XV siècles. Les États..., pág. 250. 48 J. M. Nieto, «La expansión de las asambleas representativas en los reinos hispánicos: una aproximación comparativa», en 1212-1214. El trienio que hizo Europa, XXXVII Semana de Estudios Medievales (Estella, 19-23 de julio de 2010), Pamplona, 2011, pág. 240. 49 «Decreta que Dominus Aldephonsus...», en Cortes de los antiguos reinos, pág. 40. 50 G. O. Sayles, The King’s Parliament, págs. 25-26. 51 Cfr. el sugestivo estudio de J. M. Pérez Prendes, Cortes de Castilla, Barcelona, 1974.

CAPÍTULO 6

Organización del espacio y demografía urbana en el Pleno y Bajo Medievo

J. Heers ha escrito que igual que las cifras de los ejércitos, las de las ciudades han sido expresadas con frecuencia sin ningún control, acrecentándolas desmesuradamente para exaltar su poder y su riqueza o porque, maravillado el viajero, tendiese a exagerar los esplendores de sus descubrimientos para excitar a sus lectores. Por tanto, se trata de cifras legendarias 1 que todos están de acuerdo en rechazar . Exageraciones similares pueden percibirse —testimonios literarios lato sensu por medio — a propósito del número de bajas en batalla o de muertos como causa de una epidemia. Con razón otro medievalista francés, Bernard Guenée, ha advertido que los autores del Medievo 2 confunden a menudo retórica con estadística .

Formas de organización del espacio y cambios de la curva demográfica Aunque las cifras absolutas para el conjunto de Europa facilitadas por los distintos 3 investigadores no sean coincidentes, hay, desde el punto de vista de la demografía histórica , una opinión muy extendida: tras una curva descendente a lo largo de los primeros siglos medievales, se da una tendencia al alza sostenida entre el siglo X y los inicios del XIV. Desde mediados de este y hasta bien entrado el siglo XV se vive bajo el signo del estancamiento, cuando no de un retroceso generalizado a causa de factores como las hambres, las guerras y sobre todo las epidemias. J. C. Russell, todo un clásico en esta materia, fijó el siguiente cuadro para el conjunto de Europa: 27,5 millones de habitantes para el año 500 18 millones para el año 650 38,5 para el año 1000

73,5 para el año 1340 50 millones para el año 1450

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Por todo ello, Europa viviría en estos tiempos (como en los siglos siguientes) bajo un ciclo demográfico «antiguo», con una tendencia por lo general al estancamiento o, al menos, a un incremento muy débil. La fuerte natalidad se compensa con otra no menos fuerte mortalidad. Solo a partir de 1700 la tendencia se convierte abiertamente en alcista: es el ciclo demográfico «moderno», en el que los picos recurrentes de hambres y epidemias pueden 5

llegar a controlarse . El otro jinete del Apocalipsis (la guerra) será, por el contrario, el factor más letal a causa de la conversión de todo ciudadano en potencial soldado y del desarrollo 6 industrial de un armamento cada vez más destructivo . Con este marco general habrá que jugar a la hora de abordar la demografía urbana del Medievo. Habrá que complementarlo con la puesta en cuestión de fantásticas cifras, ya que la Europa de la Edad Media (incluso en sus momentos más boyantes) sería un continente casi en estado natural. Su estudio habría que abordarlo según un criterio ternario: amplias zonas despobladas o marginales, campos y, por último, las ciudades.

Espacios marginales Los despoblados y tierras marginales, cruzados periódicamente por grupos de cazadores, recolectores o carboneros, cubrían dilatadas extensiones de landas, bosques y marjales. No llegaron a organizar paisajes agrarios debidamente estructurados, pero sí generaron un provecho económico agro-silvo-pastoril. Ello llevaría a los señores a mantener sus derechos sobre el bosque (expresión un tanto vaga), convertido en reino, según arraigada tradición británica, de partidas de forajidos. Las marismas litorales tenían un aprovechamiento económico no desdeñable: era la extracción de sal, imprescindible como conservante de los alimentos. Constituía importante aporte para la economía de los Fens ingleses o del «marais» de Poitou, amén de un capítulo singular para la fiscalidad de algunos estados. La gabela sobre la sal sería, según el rey de Francia Luis XII en 1502, «el subsidio más cómodo que jamás se hubiera inventado». Aunque de forma un tanto retórica se ha dicho que si Inglaterra como Estado se construyó en parte 7 sobre la lana, Francia lo hizo sobre la sal . La pesca en aguas interiores fue también de gran 8 interés para la economía cotidiana, tal y como revelan las cuentas de las abadías . La bonificación de algunas zonas de marismas conoció, antes de la explotación cerealista, una etapa ganadera muchas veces errante, en zonas como la Camarga, Sicilia o Cerdeña. En zonas del interior, la trashumancia marcó también una especial huella en el medio rural. En el caso español, las diversas asociaciones de ganaderos (ligallos, mestas) desempeñarán un importante papel al margen de los orígenes que la ganadería trashumante haya podido tener en

la península y de la articulación de la castellana en ese Honrado Concejo de la Mesta en 1273. En todo caso, la Reconquista constituirá un fenómeno favorecedor de la economía ganadera 9 que parece consustancial a las sociedades de frontera .

El campo Frente al saltus (grandes extensiones de monte, bosques y baldíos), los romanos situaban el ager, los campos sembrados objeto de particular ordenación por parte del hombre. No siempre se dará una absoluta continuidad en la ocupación. El vacío de numerosos lugares (agri deserti en la antigua Roma; lost villages, villages desertés, Wüstungen, despoblados, masos ronecs en el Medievo) se producirá a causa de diversos factores: las epidemias, el agotamiento de los suelos explotados muchas veces de forma poco racional, la inseguridad 10 personal, la emigración a la ciudad o la mera presión señorial . El cereal —de acuerdo con esa trilogía mediterránea: cereal, olivo, viñedo— seguirá manteniendo la primacía y mejorándola gracias a la expansión, junto al trigo, de otras especies como la avena y el centeno. Y gracias también a una mayor productividad lograda por la reducción en algunas zonas del espacio dedicado a barbecho, y la introducción del arado de 11 vertedera, más eficaz que el viejo arado romano . La prosperidad de París se explica en parte por la riqueza y buena ordenación de su campiña circundante. Al cereal lo veremos casi siempre en asociación con la ganadería alimentada no solo de las praderas y de la 12 trashumancia, sino también de las rastrojeras de las tierras segadas . En la organización del espacio agrario se han distinguido dos formas especiales de campos: abiertos (openfield) y cerrados por algún tipo de cercado (bocage). Como norma general se ha aceptado que el bocage respondería al aislamiento, al hábitat disperso, a la propiedad compactada y explotada con un sentido de individualidad y, por último, a tierras por lo general húmedas con inclinación agroforestal o ganadera. Al openfield le caracterizaría la gran dispersión y división de la propiedad campesina, la cohesión interna de las 13 comunidades, el hábitat concentrado, el clima seco y el cultivo eminentemente cerealista . Para Marc Bloch, el bocage respondería a un espíritu aristocrático, mientras que el openfield lo haría al plebeyo. Hasta qué punto el Medievo actuó en la dirección marcada por A. Meynier (predominio de 14 los bocages al este del meridiano del Havre y al norte de la latitud de Dijon) es algo que sigue siendo objeto de debate. Reconstruir la historia de los paisajes agrarios es tema de dificultad manifiesta. Es evidente que en Inglaterra se produce a lo largo del siglo XV un sistemático avance de los cercados (enclosures acts) que, aunque no responda a causas únicas, 15 sí refleja la afirmación de un derecho . Ello conducirá al barrido de aldeas enteras para 16 extender los prados y a ampliar el perímetro de las posesiones de los grandes terratenientes .

Para Feral, «las cercas, signo de reacción contra las costumbres colectivas, representan la 17 afirmación hostil de un individualismo intransigente» .

La ciudad Por encima de los despoblados, de los paisajes marginales y de los campos, se situaba la ciudad, la forma más avanzada de ocupación del espacio. Sin embargo, la inmensa mayoría de la población europea, incluso en las zonas más desarrolladas, seguía vinculada al medio rural: al pueblo, a la parroquia o al señorío. En el evolucionado Brabante, esa proporción podía llegar al 70 por 100; y en zonas jóvenes como Austria o Polonia podía alcanzar al 90 por 18

100 . La ciudad, además, tiene que convivir con formas de vida menos sofisticadas. Significativo, aparte de dramático, será el caso de las marismas pontinas que cercaban la ciudad de Roma y causaban verdaderos estragos con la periódica difusión de la malaria. En París nos encontraremos con la zona llamada significativamente marais que, andando el tiempo, integraría los actuales distritos III y IV. El barrio de Saint Germain, a su vez, tenía en 1420 un aire auténticamente campesino. Siena tenía en su interior viñedos, campos y huertas. Arrabales hortícolas (alrededores de ciudades de los Países Bajos o de ciudades mediterráneas como Valencia y Murcia) o periferias vitícolas (inmediaciones de Burdeos) van 19 a ser notas características del urbanismo medieval . Un espacio verde cultivable en el interior de la ciudad podía permitir en caso de asedio disponer de una posible reserva de alimentos. La reconstrucción de las estructuras materiales de las ciudades no responde solo a las descripciones textuales que son la herramienta más usual de la historiografía tradicional. Otras vías de estudio —a través de la arqueología fundamentalmente— permiten hoy en día un 20 acercamiento más profundo a la denominada «recuperación del paisaje urbano» .

Hambre y guerra, condicionantes de la demografía urbana medieval No resulta fácil, dada la parquedad o la escasa fiabilidad de las fuentes, dar cifras de población precisas para las ciudades de la Europa medieval. Los documentos fiscales de los que con frecuencia se echa mano (cuadernos de impuestos, registros de talla, registros de fogaje, etc.) son de fecha avanzada, por lo general fragmentarios y de no fácil interpretación. El establecimiento de cifras más o menos estables se ve dificultado además por el sometimiento de la población a los vaivenes de calamidades que muchas veces se retroalimentan.

Las crisis alimentarias

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La frecuente escasez de víveres y las dificultades de abastecimiento serán producto de diversas circunstancias: la multiplicidad de peajes que hacen del mercado algo excesivamente compartimentado, el bajo rendimiento de las especies agrícolas, el agotamiento de suelos irracionalmente explotados, los períodos de sequías o de inundaciones, las plagas de langosta y las epizootias, etc. La conjunción de estos fenómenos puede desembocar en terribles crisis que admitirían, según los textos medievales, diversos términos: hambruna (fames), carestía (carestía, caristia), escasez o penuria (inopia, penuria) o malas cosechas (sterilitas). Hoy día acostumbramos a utilizar expresiones como «crisis de subsistencia», «crisis de abastecimiento», «crisis agraria». Para el mundo medieval se acostumbra a hablar de «crisis 22 frumentarias», en tanto el cereal constituye el elemento básico de la dieta alimenticia . Con carácter generalizado y para los primeros años del siglo XI, el cronista Raúl Glaber nos habla de dos momentos especialmente dramáticos. Uno se dio entre 997 y los inicios de segundo milenio, cuando la terrible carestía obligó a comer no solo carne de animales inmundos, sino también «de hombres, mujeres y niños sin que ni siquiera fuera obstáculo 23 cualquier vínculo de parentesco» . Otro brote de antropofagia se dio hacia 1033, originado en Grecia y extendido a todo Occidente. El cronista lo describe con unas tonalidades truculentas: la carne humana llegó a introducirse en los circuitos de los mercados ordinarios, como fue el caso de la localidad de Tournus; lo que valió al vendedor ser condenado al 24 fuego . De fecha más tardía y no menos pavorosa —por bien documentada, habría que añadir— fue 25 la hambruna que asoló buena parte de Europa en 1316 . En la próspera Brujas se calculan 26 casi dos mil muertos por esta causa . Los latigazos de esta calamidad se dejarían sentir en 27 buena parte del norte de Europa en los años inmediatos . Las calamidades que se ensañaron con el conjunto de la sociedad catalana (escasez de alimentos en lugar privilegiado) marcarían 28 a 1333 como el «mal any primer» . Para el reino de Navarra, las penurias en forma de hambruna se localizan en este período en 1315-1317, 1328-1330, 1333-1336, 1342 y 1347, 29 para enlazar con la plaga de la Peste Negra de los meses siguientes . Significativas también serán las crisis de alimentos causadas por los arrasamientos de cosechas en enfrentamientos entre enemigos de fe (las azeifas de la España de la Reconquista) o en anárquicas guerras entre señores feudales. Hasta tal extremo que las asambleas de paz y tregua de Dios convocadas desde fines del siglo X castigan con la excomunión a aquellos cristianos que provoquen el incendio de mieses, la tala de algunos árboles como los olivos y 30 el robo de ganado . Entraríamos aquí en otro factor coadyuvante.

La guerra y su incidencia en la ciudad

La inseguridad y la conflictividad bélica provocan en el Alto Medievo la huida, la muerte o el cautiverio de la población de algunas ciudades. Valgan los casos de Astorga, León, 31

Barcelona o Compostela ante las incursiones de Almanzor . Tal circunstancia provocó la despoblación y el allanamiento de algunas localidades, aunque lo sea solo temporalmente. Se ha jugado también con la creación entre diversas esferas de poder de auténticos «yermos estratégicos», como el que, según el patriarca del medievalismo hispánico, existió en el Valle 32 del Duero previamente a la reconquista cristiana . El progreso en los sistemas de fortificación (el Oriente de las Cruzadas fue todo un laboratorio) haría cada vez más complicada la expugnación frontal de las ciudades, especialmente aquellas cuyas sólidas murallas exigían el uso de un aparatoso tren de sitio, cuya eficacia tardaba en manifestarse. El arma más efectiva acaba siendo la traición desde el interior, o el agotamiento del sitiado —por hambre generalmente—, al que pueden ofrecerse unas aceptables condiciones de capitulación. La España del gran empuje de la Reconquista constituye todo un modelo. A lo largo del Pleno Medievo, los más llamativos ejemplos (descontado algún caso como el de Milán, allanada por Federico Barbarroja en 1162) se darán por inquina religiosa. Dentro de Europa, la mayor proyección mediática la facilita la localidad de Béziers en el mediodía de Francia, bárbaramente saqueada y sus vecinos asesinados por los cruzados de Simón de 33 Montfort en 1209 so pretexto de liquidar la herejía cátara . Fuera de Occidente pero protagonizados por occidentales contamos con hechos significativos de matanza y saqueo. La Primera Cruzada facilita algunos casos: la toma de Antioquía después de un dilatado asedio o la de Maarat meses después anticipan lo que sería la conquista de Jerusalén. Expugnada en 34 julio de 1099, los cruzados masacrarían a buena parte de la población . Junto al templo de Salomón, dice una de las crónicas, los asaltantes tenían «los pies hundidos en la sangre hasta 35 los tobillos» . Algo similar podría decirse de la Cuarta Cruzada, «desviada» hacia Constantinopla, que fue tomada por los occidentales en 1204. Su nada honorable conducta la presentó el caballero champañés y cronista de la operación Godofredo de Villehardouin como mera ocupación de la ciudad: los conquistadores se repartieron un botín en oro, plata, piedras 36 preciosas y hermosos tejidos «como nunca se había encontrado en la tierra» . Jerusalén y Constantinopla eran, no olvidemos, dos ciudades a las que los europeos veían de forma un 37 tanto ambigua . En la Baja Edad Media, la Guerra de los Cien Años fue una cadena de conflictos más que un conflicto unitario: «Cien años de hostilidades pero no una guerra de cien años», aseveró un 38 maestro de la historiografía europea . Se caracterizó, en su dimensión más convencional, por una agotadora sucesión de choques tipo escaramuza, por lo general con limitado número de combatientes. Ello no obstará para que las grandes batallas campales (de número muy 39 reducido) se hayan prestado a una abundante literatura . En el combate se busca más la prisión del enemigo para recabar un rescate que su eliminación física. Otro caso es el de los

simples labriegos que sufrieron lo indecible a causa de las cabalgadas de los mercenarios (las grandes compañías) de uno y otro bando. Tristemente célebres serían las del capitán40

bandolero Merigot de Marchès descritas por el popular cronista Froissart . Menos padecerían las ciudades, salvo algún caso excepcional como Limoges, que fue tomada al asalto por fuerzas inglesas el 19 de septiembre de 1370, sus defensas y casas demolidas y sus burgueses masacrados para desanimar a otras poblaciones a alinearse con Carlos V de 41 Francia . A Eduardo III de Inglaterra, la plaza de Calais le ofreció en 1347 una dura resistencia (su rendición la inmortalizó Rodin en un inolvidable grupo escultórico), pero el monarca se limitó a expulsar de ella a su población y sustituirla por gente fiel venida del otro 42 lado del Canal . En una etapa muy avanzada de la guerra (1429), dos ciudades y una misma protagonista (Juana de Arco) simbolizan bien las dificultades de tomar una ciudad mediante choque frontal. En el primer caso con el levantamiento por la heroína del cerco de Orleans, a la que los ingleses asediaban. En el segundo caso nos encontramos con el fiasco de la joven al intentar tomar por asalto París, que se mantuvo firmemente del lado angloborgoñón. Al final, París y otras importantes ciudades francesas (Rouen o Burdeos, que vivieron algún tiempo bajo la ocupación militar inglesa; Burdeos desde varios siglos atrás) fueron recuperadas por el ejército real francés entre 1436 y 1453. En las operaciones contó más el espíritu de 43 negociación que los asaltos, lo que evitó daños irreparables para sus vecinos . En algún asedio como el de Lisboa en 1384 se añadieron a la guerra propiamente dicha dos flagelos que causaron un elevado número de bajas: el hambre que acució a los sitiados 44 portugueses y la peste que lo hizo con los sitiadores castellanos . Por los mismos años, las rivalidades religiosas, a las que se añadirán otros factores, volverán a causar grave deterioro en algunas ciudades de Centroeuropa. El caso más significativo lo facilitará Praga, muy afectada por los enfrentamientos entre católicos y husitas y entre las distintas facciones de estos. El viajero castellano Pero Tafur se haría eco de este hecho al escribir que Praga es una ciudad muy noble y rica, «aunque está desfecha después que 45 los bohemios entraron en las heregías» .

Enfermedad y letalidad Las enfermedades, consideradas por Sigmund Freud como «neurosis obsesivas de la humanidad», camparon a sus anchas en un Occidente medieval que llegó a tener una auténtica 46 familiaridad con ellas . ¿Causa de la llamada por P. Ariès mort apprivoisée que, en alguna 47 de sus manifestaciones, perviviría hasta fechas relativamente cercanas a nosotros? . El carácter masivo que algunas afecciones alcanzan llevará a pensar en una mano oculta culpable de envenenamientos extendidos a amplias capas de la sociedad. El emponzoñamiento

de las aguas constituirá una de las figuras más comunes. El chivo expiatorio será frecuentemente el otro en la figura del judío, del leproso o de la bruja, pese a la ausencia de toda prueba. Es la reacción más común ante unas dificultades acompañadas de angustias y 48 miedos irracionales .

Graves repercusiones de algunos males Algunas enfermedades tendrían pavorosas resonancias, como el «mal de los ardientes» o «fuego de San Antonio» que sacudió periódicamente a la sociedad cuando se producía la ingestión de pan de centeno infectado de cornezuelo. Para atender a los afectados, abocados a un horrible final, se crearían instituciones —los hospitales de ardientes— regidos por una 49 orden especial: la de los antoninos . La lepra, de trágicas evocaciones bíblicas como marca del pecado, convertía al enfermo en un muerto en vida, un excluido en el sentido más profundo de la expresión. Su imagen acabó siendo familiar: largo vestido, guantes, a menudo un gran sombrero para disimular sus deformidades, y anunciando su paso con una carraca. En torno a él se llegará a levantar — nunca mejor dicho— un auténtico cordón sanitario significado en una poderosa red de lazaretos que llegará a cubrir prácticamente toda la Europa occidental. En su creación tuvieron destacado papel el clero de las ciudades movido por un espíritu de caridad fraterna, y las clases dominantes penetradas de similares sentimientos en los siglos XII y XIII, la época de mayor expansión del mal. Los propios leprosos y sus familiares pueden ser también impulsores de estos centros de aislamiento, que disponen de sus estatutos y reglamentos, como 50 el de Montpellier que data de 1150 . La codificación de rituales de exclusión del enfermo hace que el sospechoso de haber contraído el mal deba comparecer ante un jurado, que es el que determina. Ello supone pasar de una lepra errante y «salvaje» a una «lepra 51 domesticada» . Las leproserías se situarán en las afueras de las ciudades: Lille tendrá tres, Verdún una para ricos y otra para pobres, y París una para la ciudad y otra para la banlieu. A partir de los siglos XIV y XV, la lepra parece retroceder. Desde 1351, la disminución de los casos hace que, en París por ejemplo, la caridad pública se haga progresivamente indiferente hacia una enfermedad que todavía causaba pánico pero que compartía este con otros males más 52 extendidos . Por su extraordinaria difusión y pertinacia, los diversos tipos de fiebres de carácter palúdico dejarán en los textos medievales cumplida información. Amplias zonas de Europa se significaban por su carácter malsano. Los efectos masivos de la malaria tuvo ocasión de comprobarlos el ejército del emperador Federico Barbarroja al ocupar la ciudad de Roma en el verano de 1167. Las fiebres propagadas desde las zonas pantanosas de los alrededores le obligarían a retirarse de la urbe

dejando por el camino a víctimas ilustres como el cronista Acerbo Morena, el duque de Suabia y primo del emperador Federico de Rothemburg o el canciller imperial y extremado 53 cesaropapista Reinaldo de Dassel . En un tono particularmente áspero sentenció Tomas 54 Becket: «Jamás se ha visto el poder de Dios de forma tan manifiesta» . A nivel individual nos encontraríamos con el notable ejemplo de Luis IX de Francia, quien se vio atacado por fiebres palúdicas en su campaña contra los ingleses en el Poitou en 1242. Pasaría el resto de sus días afectado periódicamente por el mal que le llevaría al sepulcro en la desastrosa 55 cruzada emprendida contra Túnez en 1270 . La viruela será también (hasta el siglo XVIII-XIX) otro de los males más temidos. En Florencia, Giovanni Villani nos habla de un brote en 1335 que afectó prácticamente a todos 56

los niños de la ciudad y el contado y que se cobró unas dos mil víctimas mortales .

La peste (plaga, muerte) negra Serán, sin embargo, las enfermedades calificadas de pestes (especialmente las derivadas del bacilo yersina pestis) en su versión septicémica el factor de letalidad por antonomasia 57 frente al cual la medicina del momento manifestó todas sus limitaciones . Y la sociedad manifestó, a su vez, el más absoluto desconcierto. No era solo que el aislamiento del afectado (tal y como se hacía con el ergotismo o la lepra) resultara ineficaz; era que la rapidez con la que el mal causaba la muerte (apenas unos días) hacía inane cualquier esfuerzo y acentuaba además el pánico en aquellas personas encargadas del cuidado del enfermo. Pese a que se destaque que el mal atacaba de forma especial a los menos favorecidos socialmente, no es menos cierto ese sentido nivelador de la epidemia. Más aún que otros males, la peste alimentaba ese discurso igualitario ante la extinción de la vida recogido en las Danzas de la muerte. Remitámonos a unos pocos casos en los que las ciudades se convierten en escenario privilegiado, aunque solo sea por una elemental razón: la de facilitar una documentación más abundante. De entre las oleadas del Medievo inicial se conserva especial recuerdo de una: la llamada peste justinianea que sacudió el Mediterráneo a mediados del siglo VI y que, con brotes menos 58

generalizados, se prolongaría en el siglo siguiente . Con todo, la plaga más mortífera de la que tenemos amplia información corresponde a la peste negra (o muerte negra) por antonomasia que se inició en la colonia genovesa de Caffa en el mar Negro, sitiada por los tártaros en 1347. El mal se difundió con enorme rapidez en los meses siguientes a lo largo del Mediterráneo. Entre 1348-1351 afectaría a todos los países ribereños europeos y a buena parte de los estrictamente continentales. Coletazos sucesivos no harían más que dificultar la 59 recuperación de efectivos demográficos . De algunas ciudades como Orvieto se han escrito

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en nuestro tiempo algunos trabajos modélicos . La literatura del Bajo Medievo fue rica a la hora de describir la hecatombe que, según una común opinión recogida por el cronista Froissart, se llevó por delante a «un tercio de la 61 humanidad» . Dos autores florentinos —Giovanni Villani, muerto precisamente de resultas de la plaga, y Giovanni Boccaccio— nos legaron dramáticas visiones de lo que fue la epidemia 62 en su ciudad entre 1347-1348 . Pero en estas oportunidades la literatura, si no la retórica, puede traicionar también la estadística. Nilda Guglielmi ha recordado a este respecto que, de hacer caso a Boccaccio, el número de bajas en Florencia sería de cien mil, lo que hubiera 63 dejado vacía de población la ciudad . Tampoco convendría extrapolar al conjunto de Europa lo sucedido a la pequeña localidad borgoñona de Givry, en la que la mortalidad a causa de la 64

peste sería hasta veinte veces superior a la de tiempos normales . Algunas zonas de Europa, además, se vieron menos afectadas: Milán, en la que las medidas preventivas de las 65 autoridades lograron que las pérdidas no superaran ¡el 15 por 100 de la población! , o la misma Flandes, en donde los efectos de la epidemia de 1348 parece que fueron menos graves que en otras regiones, pero no así los de la peste de 1437-1439, que en la región se sumó a una 66 nueva hambruna . Otro autor menos conocido que los dos florentinos mencionados y al que se designa como 67 un «Burgués de París», nos legó un diario referido a la primera mitad del siglo XV en donde traza un cuadro de la capital de Francia a menudo dramático. La ciudad sufre los tres grandes flagelos del Medievo: la guerra (segunda fase de la de los Cien Años), el hambre (París está frecuentemente mal abastecida a causa de las operaciones de los contendientes en sus alrededores) y las epidemias, en parte agravadas por los dos factores anteriores y por las intemperancias climáticas. Refiriéndose a la peste y la viruela, nuestro autor recuerda diversas 68 oleadas (1414, 1418, 1422, 1427, 1432 y 1433) y toma como dramático elemento de 69 comparación la plaga de 1348 . Algunas cifras de muertos que se facilitan son a todas luces excesivas, como las 50.000 bajas que durante cinco semanas padeció la capital en 1418... y 70 hasta ¡100.000 en tres meses!: del 8 de septiembre al 8 de diciembre de ese mismo año . De acuerdo con estos criterios, la asociación de peste y guerra que actúan como factores coadyuvantes de letalidad provocaría en el conjunto de Francia un agudo descenso de 71 población: de unos 20 millones de habitantes en 1328 ¡a 10 o 12 en 1450! .

Una gran ciudad-comuna: el Milán medieval.

Unos posibles estándares de población para el urbanismo europeo La capacidad de abstracción y el sano voluntarismo de los medievalistas a la hora de fijar cuadros mediana y comúnmente aceptables ha suplido con frecuencia la escasez y pobre fiabilidad de los datos transmitidos. Los cuadros fijados han sido sometidos a revisión de forma casi continuada en razón, sobre todo, del peso que quiera darse a las oleadas epidémicas y a la capacidad de recuperación que se suponga a las poblaciones. En líneas generales se ha sostenido que los graves efectos de la oleada de peste de 1348 en las ciudades se paliarían a partir, sobre todo, de 1360 merced a la inmigración campesina. Un factor que crearía tensiones con el proletariado ya existente y de ambos con los empresarios. Tal

recuperación se vería comprometida en años posteriores a causa de nuevos brotes.

Cifras de población aproximadas para algunas ciudades europeas Para una época de estabilidad demográfica —subrayemos esta idea— cual era el Occidente de fines del siglo XIII se ha manejado el siguiente criterio: — — — —

Una gran ciudad tenía que superar los diez mil habitantes. Ciudades de tipo medio tendrían entre los dos y los diez mil. Pequeñas ciudades tendrían de quinientos a dos mil. 72 Con menos de quinientos serían meras miniciudades .

De acuerdo con este esquema, las ciudades más pobladas de Occidente en los momentos de mayor esplendor serían: Milán, que contaría entre los cien mil y (según las referencias más 73 encomiásticas) los doscientos mil habitantes ; y París, a la que, para 1328, se le ha asignado una población entre los ochenta y los doscientos diez mil habitantes. Un amplio margen 74 achacable a las distintas interpretaciones que se den a una tasación establecida en esa fecha . Las macrópolis europeas del Medievo estarían fundamentalmente en Italia y Países Bajos. Génova tendría, según Jacques Heers, unos ochenta y cuatro mil habitantes; superando los cien 75 mil con los suburbios . Venecia y Florencia rondarían los noventa mil cada una a principios 76 del XIV . Gante y Brujas podrían tener entre los cincuenta y los sesenta mil habitantes por esa 77

misma fecha . Fuera de estos casos quedarían otros ámbitos político-territoriales. En Inglaterra, Londres sería en la segunda mitad del siglo XI (sobre datos del Domesday 78

Book) la mayor ciudad de las islas y contaría entre doce y dieciocho mil habitantes . Hacia 1377, York y Bristol alcanzarían los diez mil habitantes, y Norwich, Coventry, Lincoln o Salisbury estarían por encima de los seis mil. Las demás ciudades quedarían por debajo de 79 esta cifra . De las 150 localidades europeas que hacia 1500 serían calificables, según algunos autores, de ciudades, solo tres corresponderían a Inglaterra: Londres, Norwich y Bristol. A falta de grandes centros regionales, el país disponía de una tupida red de pequeños 80 mercados . Con carácter excepcional en el Bajo Medievo seguiría estando Londres, que alcanzaría 81 para algunos autores los treinta y cinco o cuarenta mil habitantes . Para otros llegaría incluso 82 a los sesenta mil ; lo que demuestra que la demografía histórica aplicada a las ciudades del Medievo se mueve de acuerdo con unos laxos márgenes. Pujantes ciudades del Imperio como Fráncfort y Augsburgo no rebasarían los diez mil 83 habitantes en torno a 1400, aunque, se piensa, Colonia podría alcanzar los cuarenta mil .

Praga pudo tener antes de la conmoción husita los treinta y cinco mil habitantes; lo que la convertiría a juicio de algún autor checo en la localidad más poblada de la Centroeuropa del 84 momento . En Francia, un territorio de desarrollo medio como el condado de Forez tenía a principios del siglo XIV una docena de centros considerados urbanos de los cuales solo uno sobrepasaba los cinco mil habitantes; cuatro los dos mil, cuatro los mil y cuatro los quinientos. Rouen 85 rondaría los cuarenta mil y Burdeos los treinta mil . Una ciudad del mediodía como Toulouse conocería en el Bajo Medievo una grave regresión: de los treinta mil habitantes en 1335 a tan solo ocho mil en 1430. Las cifras de población de las ciudades hispanocristianas a lo largo del Medievo eran por 86 lo general discretas . Así, León, capital de uno de los «cinco reinos» hispánicos, tendría en el siglo XIII, según 87

hipótesis de uno de sus principales investigadores, en torno a cinco mil habitantes . Barcelona se llevaría la palma con treinta y cuatro a treinta y ocho mil habitantes entre 1360 y 1462, pero con tendencia posterior a la baja a causa de la crisis económica, la conflictividad 88 social, el azote de las epidemias y la guerra civil de 1462-1472 . Sevilla (padrón de 1384) 89 podría superar los quince mil habitantes, pero con tendencia posterior a un alza sostenida . Junto a Valencia (con cincuenta mil habitantes a fines del XV) y Lisboa (esta, con la 90

excepcional cifra para Portugal, en esos años, de cuarenta mil habitantes) integraría la tríada de grandes urbes peninsulares de fines de la Edad Media. En una zona de «repoblación interior» como la franja norte peninsular, Asturias conocería el fenómeno de carácter 91 «paraurbano» que son las polas . Las villas y ciudades de esta área en la Baja Edad Media tendrán cifras de población modestas y en su mayoría estarían marcadas por la uniparroquialidad. Bilbao, que rondaría los cinco mil habitantes, sería una de las localidades más pujantes, mientras que otras como Santiago, Orense o Vigo se mantendrían por debajo de 92 esta cifra hasta 1530 .

Extensión y posibles densidades Para establecer unas fiables conclusiones hay que tener en cuenta diversos condicionamientos: el mero incremento demográfico, los hábitos de población, el relieve, los recintos amurallados o el constreñimiento entre la montaña y el mar que provocan un apiñamiento del caserío y su desarrollo en altura. Tomando como principales referencias las que nos facilitan las dos zonas más urbanizadas de Occidente, llegaríamos a algunas conclusiones. En territorio llano como los Países Bajos, Bruselas, Lovaina o Brujas podrían tener sobre las 400 hectáreas y numerosos espacios vacíos o aislados en su interior como los beguinajes,

beaterios que constituían pequeños mundos aparte. Gante alcanzaría las 566 hectáreas, Algo similar —en la otra zona más urbanizada de Occidente— ocurriría con Florencia, 93

aunque tuviera casi el doble de población . Génova, prodigio de apiñamiento entre el mar y la montaña, tan solo tenía 120 hectáreas, lo que implicaba una densidad calculada en 545 habitantes por hectárea; suponía más que quintuplicar la correspondiente a Gante (100 habitantes por hectárea). El viajero castellano Pedro Tafur se haría lenguas de la fuerte densidad de población existente entre Savona y Génova: «a quien non conoce paresce que 94 todo es una cibdat, tan poblada es e tan espesa de casas» . En un nivel más modesto se situaban ciudades de tipo medio beneficiarias del crecimiento general del Pleno Medievo. Significativo puede ser el caso de Burgos, con una sostenida expansión desde su fundación hasta el ocaso del Medievo. Las 7 u 8 hectáreas que pudo tener en su etapa embrionaria cuando apenas superaba el cerro del castillo, se cuadruplicarían a mediados del siglo XIII hasta alcanzar las 33 hectáreas, con unos siete mil habitantes que 95

ascenderían hasta los diez mil hacia 1474 .

Una tendencia generalmente admitida Las grandes olas epidémicas fueron un golpe terrible para las poblaciones tanto del campo como de las ciudades. A fin de cuentas, es de estas de las que tenemos una información más detallada, aunque sea también muy fragmentaria. Sin embargo, pasados los peores momentos, el medio urbano se beneficiará notablemente de un proceso de recuperación que, desde mediados del siglo XV, parece imparable. La menor letalidad de los conflictos políticos (internacionales y civiles) contribuyó también a la recuperación. Como asimismo un cierto movimiento desde el campo a la ciudad. Una comparación entre los padrones parciales de los últimos tiempos del Medievo y los generales de 1528-1534 o 1591 permitirá hablar para muchas urbes de la Corona de Castilla 96 de una triplicación de la población . El XVII sería, en contraposición, época de un retroceso demográfico en el mundo hispánico que se inicia entre 1599 y 1601: «el hambre que sube de 97 Andalucía enlaza con la peste que baja desde Castilla», según Mateo Alemán . Una de tantas expresiones, se ha pensado, de la crisis general que España va a vivir en el corazón de los 98 tiempos modernos . Una cuestión que queda, lógicamente, al margen de los objetivos del presente libro. Pese a todo lo expuesto, cabe concluir que poco tiene que ver la ciudad medieval — incluidas las consideradas macrópolis orientadas al gran comercio transmarino— con las grandes urbes y conurbaciones surgidas de la revolución industrial, con sus grandezas y sus miserias. Hablar de revolución mercantil o urbana para el Medievo (y no digamos ya 99 industrial, como algún sugestivo título ha planteado) supone usar un término asumido en los

medios historiográficos aunque ello implique una cierta concesión a la hipérbole o, cuando menos, un ejercicio de ensayismo histórico de discutido vuelo. Algo a lo que el Medievo viene prestándose desde hace ya algunos años, tal y como apuntamos en las páginas iniciales.

1 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, pág. 334. 2 B. Guenée, Histoire et culture historique dans l’Occident médiévale, París, 1980, pág. 180. 3 Sobre esta disciplina, véase la información facilitada por M. Asenjo, «Demografía. El factor humano en las ciudades castellanas y portuguesas a fines de la Edad Media», en Las sociedades urbanas en la España medieval, págs. 97-150. 4 J. C. Russell, «La población en Europa del año 500 al 1500», en C. Cipolla (ed.), Historia económica de Europa (1). La Edad Media, págs. 25-77, especialmente pág. 38. 5 J. Nadal, La población española (siglos XVI al XX), Barcelona, 1971, págs. 9 y ss., y C. M. Cipolla, Historia económica de la población mundial, Buenos Aires, 1964, pág. 77. 6 E. Mitre, «La Guerra de los Cien Años, primer conflicto global en el espacio europeo», en Clío y Crimen, núm. 6, Guerra y violencia en la Edad Media, J. Bazán (ed.), Durango, 2009, pág. 16. 7 B. Guenée, L’Occident aux XIV et XV siècles. Les États, París, 1971, pág. 172. 8 J. Heers, Occidente, págs. 21-33. 9 M. C. Gerbet, La ganadería medieval en la península Ibérica, págs. 53 y ss. 10 VV.AA., Villages desertés et histoire économique, París, 1965, y N. Cabrillana, «Estado actual de los estudios sobre los despoblados medievales en Europa», en Anuario de Estudios Medievales, 1969, págs. 577-583. 11 M. Mitterauer, ¿Por qué Europa? Fundamentos medievales de un camino singular, Valencia, 2008, págs. 23 y ss. 12 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, pág. 42. 13 Ibíd., págs. 36-39. 14 A. Meynier, Paisajes agrarios, Bilbao, 1968, pág. 20. 15 Ibíd., pág. 167. 16 B. H. Slicher van Bath, Historia agraria de Europa Occidental, 500-1850, Barcelona, 1974, págs. 242-244. 17 Recogido por A. Meynier, Paisajes agrarios, pág. 165. 18 L. Genicot, Europa en el siglo XIII, págs. 25 y 63. 19 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, págs. 68 y ss. 20 Véanse las oportunas reflexiones de B. Arízaga, La imagen de la ciudad medieval: la recuperación del paisaje urbano, Santander, 2002, págs. 21 y ss. 21 Con carácter general, véase M. Montanari, El hambre y la abundancia. Historia y cultura de la alimentación en Europa, Barcelona, 1993, y, con un cierto toque concienciador, J. M. Salrach, El hambre en el mundo. Pasado y presente, Valencia, 2012. 22 P. Benito i Monclús, «Las crisis alimenticias en la Edad Media: caracteres generales, distinciones y paradigmas interpretativos», en Comer, beber, vivir: consumo y niveles de vida en la Edad Media hispánica, XXI Semana de Estudios

Medievales (Nájera, 2010), Logroño, 2011, págs. 123-124. 23 Raúl Glaber, Historias del primer milenio, ed. de J. Torres Prieto, Madrid, 2004, pág. 123. 24 Ibíd., págs. 23-25. 25 Para un área concreta de Europa, H. van Werveke, «La famine de l’an 1316 en Flandre et dans les régions voisines», en Revue du Nord, XLI, 1959, págs. 5-14. 26 Cfr. el «Anexo bibliográfico y crítico» a H. Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media, pág. 246. Se da para esta ciudad la cifra de 35.000 habitantes, que otros autores elevan considerablemente. 27 Cfr. W. C. Jordan, The Great Famine: Northern Europe in the Early Fourteenth Century, Princeton, 1996; I. Kershaw, «The Great Famine and Agrarian Crisis in England (1315-1322)», en Past and Present, 59 (mayo de 1973), págs. 3-50; H. Lucas, «The Great European Famine of 1315, 1316 and 1317», en Speculum, 5 (1930), págs. 343-377. 28 Véanse entre otros estudios A. Riera i Melis, «Crisis frumentarias y políticas municipales de abastecimientos en las ciudades catalanas durante la Baja Edad Media», en P. Oliva Herrer y P. Benito i Monclús (eds.), Crisis de subsistencia y crisis agrarias en la Edad Media, Sevilla, 2007. 29 M. Berthe, Famines et épidemies dans les campagnes navarraises à fin du Moyen Âge, vol. 1, París, 1984, págs. 206240 y 285-305. 30 Cfr. como ejemplo «La salvaguarda de la paz en el siglo XI», según el concilio de Narbona de 1054: M. Riu et al., Textos comentados de época medieval (siglo V al XI), Barcelona, 1975, págs. 710-721. 31 R. Menéndez Pidal (ed.), Primera crónica general de España, Madrid, 1977, págs. 446-449. 32 C. Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación del valle del Duero, Buenos Aires, 1966. Tesis que dio pie a una encendida polémica. 33 Sobre este drama, J. Berlioz, Tuez-les tous, Dieu reconnaîtra les siens. La Croisade contre les Albigeois vue par Césaire de Heisterbach, Portet-sur-Garonne, 1994. 34 Para el terror como arma para minar la moral del contrario, véase J. Rubenstein, Los ejércitos del cielo. La primera cruzada y la búsqueda del Apocalipsis, Barcelona, 2012. 35 La geste des Francs. Chronique anonyme de la première croisade, ed. de A. Matignon, París, 1992, págs. 149-150. 36 G. de Villehardouin, La conquête de Constantinople, ed. de J. Dufournet, París, 1969, pág. 100. Sobre la complejidad de esta cruzada, M. Meschini, 1204. L’incompiuta. La IV crociata e la conquista di Constantinopla, Milán, 2004. 37 Véanse las colaboraciones recogidas por D. Poirion (ed.), Jerusalem, Rome, Constantinopla. L’Image et le mythe de la ville, París, 1986. 38 F. Braudel, L’Identité de la France. II. Les hommes et les choses, París, 1986, pág. 141. 39 Así sucederá con la de Azincourt (o Agincourt), cuyo último aporte, que sepamos, se debe a J. Barker, Agincourt. El arte de la estrategia, Barcelona, 2009. 40 Froissart, Crónicas, lib. IV, cap. 14, antología de E. Bagué, Barcelona, 1949, páginas 114-126. 41 J. Favier, La guerre de Cent Ans, 1337-1345, París, 1980, pág. 348. 42 Froissart, Crónicas, lib. 1, parte I, caps. 319-322, en la antedicha antología, pági​nas 62-74. 43 J. Favier, La Guerre de Cent Ans, págs. 597-613. 44 F. Lopes, Crónica de D. João, I, ed. de H. Baquero Moreno, Lisboa, 1983, págs. 305-311.

45 Pero Tafur, Andanças e viajes de un hidalgo español, Barcelona, 1982, pág. 270 (facsímil de la edición de Marcos Jiménez de la Espada, Madrid, 1874). 46 Cfr. E. Mitre, Fantasmas de la sociedad medieval. Enfermedad. Peste. Muerte, Valladolid, 2004. 47 P. Ariès, Essais sur l’histoire de la mort en Occident du Moyen Âge à nos jours, París, 1975, págs. 21-35. 48 F. Collard, Le crime de poison au Moyen Âge, París, 2003, pág. 254. 49 M.-J. Imbault-Huart, «Le mal des ardents», en Les maladies ont une histoire, presentación de J. Le Goff y J. C. Sournia, L’ Histoire-Seuil, París, 1985, págs. 66-67. 50 Una útil síntesis sobre esta enfermedad en F. Beriac, Histoire des lepreux au Moyen Âge, París, 1988. 51 J. Rovinski, «L’isolement du lépreux au Moyen-Âge (genèse et réalisation)», en Razo, núm. 4, Le corps souffrant: maladies et médications, Niza, 1984, pág. 76. 52 Ibíd., pág. 90. 53 F. Cardini, Barbarroja, págs. 224-225. 54 Recogido por B. Llorca, R. García Villoslada y F. J. Montalbán, Historia de la Iglesia católica II. Edad Media, Madrid, 1963, pág. 450. 55 E. Mitre, Fantasmas de la sociedad medieval. Enfemedad, peste, muerte, pág. 45. 56 G. Villani, Crónicas florentinas, pág. 193. 57 Para las relaciones entre demografía y esfuerzos médicos, véase M. Amasuno Sárraga, La peste en la Corona de Castilla durante la segunda mitad del siglo XIV, Salamanca, 1996. 58 P. Fuentes Hinojo, «Las grandes epidemias en la temprana Edad Media y su proyección sobre la Península Ibérica», en En la España Medieval, núm. 15, Madrid, 1991, págs. 9-29. 59 Entre las muchas obras sobre esta tragedia, véase N. Biraben, Les hommes et la peste en France et dans les pays européens et mediterranéens, 2 vols., París, 1975; R. S. Gottfried, The Black Death, Londres, 1983, o la reciente y amplia síntesis de O. J. Benedictow, La Peste Negra (1346-1353). La historia completa, Madrid, 2011. 60 E. Carpentier, Une ville devant la peste: Orvieto et la Peste Noir de 1348, París, 1962. 61 Froissart, Chronicles, ed. y selección de G. Brereton, Londres, 1978, pág. 111. 62 G. Villani, Crónicas florentinas, págs. 138-140, y G. Boccaccio, El Decamerón, ed. de J. G. Luaces, Barcelona, 1973, págs. 13-16. 63 N. Guglielmi, «El tumulto de los ciompi», en Marginalidad en la Edad Media, Buenos Aires, 1986, págs. 416-418. 64 P. Gras, «Le registre paroissial de Givry et la peste noire en Bourgogne», en Bibliothèque de l’École des Chartes, 1939, págs. 205-308. 65 R. S. Gotfried, The Black Death, pág. 49. 66 E. Aerts y E. van Cauwenberghe, «El condado de Flandes y la llamada depresión Bajomedieval», en F. Seibt y W. Eberhard (eds.), Europa 1400. La crisis de la baja Edad Media, Barcelona, 1993, págs. 86-88. 67 Citaremos por la edición de la profesora Colette Beaune, Journal d’un Bourgeois de Paris de 1405 à 1449, París, 1990. Sobre esta base publiqué mi trabajo «Una ciudad acosada en la primera mitad del siglo XV: la capital de Francia vista por Un Burgués de París», en Talia Dixit, 6 (2011), págs. 61-84.

68 Sintetizado en E. Mitre, Fantasmas de la sociedad medieval, pág. 105. 69 Journal, págs. 326-327. 70 Ibíd., págs. 134-135. 71 F. Braudel, L’identité, págs. 141-145. 72 E. Ennen, The Medieval Town, pág. 185, y J. M. Monsalvo, Las ciudades europeas, pág. 108. 73 Y hasta medio millón considerando también su contado, según el testimonio de Bonvesin de Ripa. E. Ennen, The Medieval Town, pág. 189. 74 P. Dollinger, «La chiffre de la population de París au XIV siècle, 210.000 ou 80.000 habitants?», en Revue Historique, 216, 1956, págs. 35-45. 75 J. Heers, Gênes au XV siècle, págs. 58-59. 76 E. Ennen, The Medieval Town, pág. 189. 77 Ibíd., pág. 187. 78 G. Martin, «Towns in Domesday Book», en P. H. Sawyer (ed.), Domesday Book: A Reassesment, Londres, 1985. 79 M. Keen, English Society in the Later Middle Ages, Londres, 1990, págs. 86-89. 80 P. Le Galès, Las ciudades europeas, pág. 57. 81 R. M. Hilton, Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, Madrid, 1978, pág. 246. 82 V. G. G. Jehel y P. Racinet, La ciudad medieval del Occidente cristiano al Oriente musulmán (siglos V-XV), Barcelona, 1999, pág. 248. 83 E. Ennen, The Medieval Town, pág. 187. 84 J. Macek, La revolución husita, Madrid, 1975, pág. 28. 85 P. Contamine, La vie quotidienne pendant la Guerre de Cent Ans. France et Angleterre, pág. 96. 86 Véase la relación recogida por M. A. Ladero para los momentos finales del Medievo en Ciudades de la España Medieval, Madrid, 2010, págs. 31-32. 87 C. Estepa, Estructura social de la ciudad de León (siglos XI-XIII), León, 1977, págs. 136-144. 88 J. Aurell y A. Puigarnau, La cultura del mercader en la Barcelona del siglo XV, Barcelona, 1998, pág. 25. 89 M. A. Ladero, Historia de Sevilla II. La ciudad medieval, Sevilla, 1976, págs. 64-65. 90 Oporto no superaría los diez mil habitantes y Braga o Guarda no alcanzarían los dos mil; S. L. Carvalho, Cidades medievais portuguesas, págs. 102-103. 91 Fenómeno estudiado por J. I. Ruiz de la Peña, Las «polas» asturianas en la Edad Media. Estudio y diplomatario, Oviedo, 1981. 92 M. Asenjo, «Demografía. El factor humano en las ciudades castellanas y portuguesas a fines de la Edad Media», pág. 127. 93 J. Heers, Occidente, págs. 68-69. 94 J. Heers, Gênes au XV siècle, pág. 52.

95 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, págs. 191 y 277. 96 M. A. Ladero, «La dimensión urbana», pág. 26. La Sevilla de los quince mil habitantes de 1384 pasaría a tener cincuenta mil en 1530. Para esta ciudad son básicos los trabajos de A. Collantes de Terán como Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus hombres, Sevilla, 1977. 97 Citado por P. Vilar, «El tiempo del Quijote», en La decadencia económica de los imperios, Madrid, 1973, pág. 115. 98 Una panorámica en J. H. Elliot, «La decadencia de España», en La decadencia económica de los imperios, págs. 129156. 99 Cfr. el por otra parte interesante librito de J. Gimpel, La révolution industrielle du Moyen Âge, París, 1975. O el más viejo e impactante de L. White, Medieval Technology and Social Change, Oxford, 1962.

CAPÍTULO 7

Estratificación y compartimentación social

En el siglo XI, los obispos Adalberón de Laón, con su Carmen ad Robertum Regem, y Gerardo de Cambrai, con su Gesta Episcoporum cameracensium, fijaron la existencia de tres categorías sociales que se justificaban merced a los servicios que se prestaban entre ellas. Los bellatores eran garantes de la seguridad de todos, los oratores rezaban para la salvación de todos y los laboratores, con su trabajo, mantenían materialmente a todo el conjunto. Se trata 1 de una tripartición funcional sobre cuyo origen y justificación existe una respetable literatura .

Hacia una reacomodación del esquema tradicional El desarrollo de las ciudades medievales no suprimió radicalmente la imagen anterior: así, el clero se mantuvo como una fuerza social que, aunque minoritaria, gozó de un extraordinario 2 poder social y moral . Sin embargo, entraría en juego otra posible división. No serán tanto la sangre o la función desempeñada los elementos diferenciadores entre las diversas categorías, sino el nivel de riqueza. Algunos teorizadores hablarían por ello de mayores, medianos y 3 menores, como el franciscano catalán Francesc Eiximenis a finales del siglo XIV . Un dicho alemán (Die stadluft macht frei) pretendía reflejar las diferencias entre el mundo rural sometido a los feudales y el mundo urbano caracterizado por sus libertades. Demasiado idílico (la segunda parte de la sentencia añade: nach Jahr und Tag; tras un año y un día de 4 residencia) , ya que la ciudad acabó también comportándose como un «señorío colectivo». Si, en ocasiones, otorgaba ventajas a las poblaciones de su entorno (banlieu francesa, alfoz castellano, contado italiano), en otras se comportaba de forma tiránica o, al menos, con una notable ansia de acumulación de riqueza. En un caso que puede resultarnos familiar, cual es el del concejo de Burgos, su dominio señorial (económico, fiscal y administrativo) sobre villas y aldeas cubrirá buena parte de la actual provincia burgalesa: hasta Pancorbo y Miranda de Ebro a oriente y Pampliega y Belbimbre a occidente. Se trata de una jurisdicción discontinua, ya que se mezcla con la de localidades pertenecientes a otros señoríos laicos y eclesiásticos, 5 lo que provoca los consiguientes conflictos . Nos encontraríamos así ante la imitación de lógicas feudales por parte de unas ciudades

que seguían en buena medida dependiendo de los recursos económicos y fiscales del medio rural circundante. Por añadidura, las desigualdades sociales que se van creando en su interior acaban produciendo modelos nada igualitarios fomentadores de las naturales tensiones. Es harto sintomática la utilización del término popolo, que —tomando en especial el ejemplo de las ciudades italianas— no tiene tanto unas connotaciones económicas como políticas. No designa en principio a las clases que pudiéramos llamar hoy día populares, sino que tiene otro sentido. Max Weber lo definió como «una comunidad política en el seno de la comuna, con sus propios funcionarios, sus propias finanzas y su propia organización militar; para hablar con propiedad, era un Estado en el Estado». Aunque opuesto a las familias nobiliarias, el popolo se fundamenta en asociaciones profesionales, que son entes también 6 basados en el privilegio .

Estructuras corporativas y categorías sociales «En la ciudad, donde la variedad de los tipos de trabajo era más grande que en el campo, se comprobó con bastante rapidez la necesidad de órganos intermediarios entre la autoridad pública y el taller». Hablamos a este respecto de corporaciones profesionales, de gremios que recibían distintos nombres según las regiones: arti en Italia, Amter en Alemania, guildes en Flandes y otras regiones, mysteries en Inglaterra, métiers en Francia, etc. Implican diversos elementos: el ejercicio de un oficio, una obra acabada, un compromiso jurado, un trabajo 7 manual, una función, dinero... .

Sobre el origen y la naturaleza de estas corporaciones Es mucho lo que se ha especulado en torno a esta cuestión. Se ha jugado con una suerte de continuidad con los collegia profesionales del Bajo Imperio Romano. Se trata de una hipótesis prácticamente descartada, ya que estos eran fundamentalmente instrumentos de control de las autoridades que pretendían mantener a los ciudadanos de por vida dentro de su actividad, e incluso hacerla transmisible a sus herederos. El collegium era un organismo semipúblico cuyos miembros, aunque exentos de algunas obligaciones y del pago de algunos impuestos, 8 solo podían enajenar sus bienes a otros miembros de la corporación . Algunos de sus rasgos se conservarían aún en ciudades de la Italia bizantina como Ravena o Nápoles, o de la Italia 9 bárbara como Milán o Pavía en los siglos VI o VII . Se ha jugado, asimismo, con el posible origen de las corporaciones de oficios en las agrupaciones artesanales de los grandes 10 dominios (de abadías fundamentalmente) de tiempos merovingios y carolingios . Sobre lo que más se ha insistido es sobre la raíz y dimensión religiosas que las corporaciones van a tener. La concepción cristiana del trabajo y el sentido de fraternidad se

unen hasta el punto de que gremio y cofradía (o también fraternidad o caridad) son muchas veces nombres que designan el aspecto técnico, religioso y de ayuda mutua de una misma corporación. Un caso extremo se produjo en el norte de Italia a mediados del siglo XII: una cofradía penitencial de artesanos de la lana (los humiliati) acabaría conectando con el movimiento reformista valdense cuya rama más radical fue a la postre condenada por la 11 Iglesia . Como bien es sabido, las corporaciones medievales, incluso despojadas en buena medida de sus posibles orígenes religiosos, vivirían bajo la advocación de un santo patrón. En cualquier caso, la organización gremial en la ciudad persigue, junto a ciertas exigencias de 12 seguridad, «poder realizar en paz y con libertad una actitud profesional» . Al igual que sucedió con el movimiento comunal, la autoridad pública vio con enormes recelos la existencia de un asociacionismo profesional. Así, en fecha tan avanzada como la segunda mitad del XIII, cuando distintas cofradías disfrutan en Castilla de un estatus más o menos garantizado, las Partidas advierten que las juras e cofradías que fijasen precios y pusiesen obstáculos a la libre práctica de un oficio o a su enseñanza no fueran admitidas «sin 13 sabiduría e otorgamiento del Rey» . La suspicacia de las autoridades se irá sustituyendo por control y regulación de los oficios, tal y como hizo Luis IX de Francia en 1261 a través del preboste de mercaderes Esteban Boileau. O confiando las cargas de la gestión municipal a los 14 representantes de los oficios más cualificados . De hecho, solo podemos hablar de las corporaciones con un mínimo de seguridad una vez que están suficientemente asentadas. Y aun así conviene desechar ciertas tentaciones como la de extender a todas ellas la existencia de esos tres escalones sobre los que se ha insistido de forma casi automática: maestros, oficiales y aprendices.

Dos zonas de Europa particularmente bien conocidas Países Bajos e Italia nos han transmitido con cierto detalle lo que era la complejidad y variedad del fenómeno corporativo y su implicación en la vida político-social en las grandes urbes. Para las ciudades de los Países Bajos, Pirenne habló de tres categorías sociales: la gran burguesía capitalista dedicada al comercio a gran escala, la pequeña burguesía de artesanos independientes y la masa de trabajadores asalariados generalmente miserable. De acuerdo con un encuadramiento gremial, en Brujas nos encontraríamos con varias clases: la poorterie de burgueses que viven de sus rentas y del comercio a gran escala; los gremios del textil con tejedores, bataneros, tundidores y tintoreros; los carniceros y pescaderos; las diecisiete corporaciones secundarias o neeringen; las gentes del metal o hamere; el ledre o trabajadores del cuero; los gremios de la confección o naelde; los panaderos y los intermediarios con 15 oficios menores . Algo similar ocurriría en la Florencia de la Plena y Baja Edad Media, cuyo poderío

económico se basó en la industria, el comercio de tejidos y otros productos y las operaciones 16 bancarias . Las corporaciones profesionales se dividirían en tres categorías. Las arti mayores estaban encabezadas por el Arte de Calimala, dedicada al gran comercio y a las finanzas. La seguían las arti de cambio (acuñadores de moneda), y las dedicadas al trabajo de la lana, seda y pieles y al comercio de especias. Las arti medianas cubrían a lenceros, 17 prenderos y carpinteros. Las menores, a comerciantes de productos de consumo cotidiano . La organización del trabajo y su materialización en el movimiento corporativo se asocia en ciertos sectores con una división del mismo. La industria textil es donde mejor se apreciará este fenómeno, que tiene dos fases. Una campestre en varias etapas: el esquilado de las ovejas, el batido y peinado de las fibras y luego el hilado. De la fase campestre se pasaría a la urbana, en donde el trabajo está regulado con gran minuciosidad: será la labor del tejido; del alisado del paño; del bataneado, que exigía una gran fuerza física pero escasa cualificación, y, por último, la fase más delicada que es la tintura. En la pañería —ha escrito Fossier—, «la 18 estructura artesanal medieval alcanzará su mayor perfección» . Pero también en ella estará el germen de más de un problema en las relaciones sociales.

Los mayores En la cúspide de la pirámide social se situaban las familias que, por su poderío económico, control del aparato productivo y monopolio de la gestión de gobierno, eran los majores, divites o grandes.

Una categoría de notables: ¿patriciado urbano? En Florencia a sus miembros se les conoce como los grassi, para distinguirlos de los grandi, componentes de la nobleza desplazados del gobierno de la ciudad. De origen a menudo oscuro, su renovación será patente: en las ciudades de la Hansa, «la prosperidad de 19 una gran familia no dura más allá de tres o cuatro generaciones» . Muchas veces serán objeto de ennoblecimiento. El mundo de la historiografía ha utilizado una controvertida expresión: la de patriciado urbano. M. Weber afirmó que «su poder sociopolítico se fundaba en la propiedad de tierras y 20 en rentas que no provenían de la actividad económica» . Estamos ante una analogía con el mundo antiguo y, además, ante una creación de los humanistas del Renacimiento, en la misma medida que fueron creaciones de los ilustrados del XVIII las expresiones corporación, feudalidad o feudalismo. Ello ha provocado entre los historiadores las naturales reservas, 21 cuando no acentuadas discrepancias . De ahí que algunos autores hayan utilizado —para el caso de Génova— otras expresiones que pueden parecer menos comprometidas: «aristocracia

de mercaderes y banqueros», por oposición a la aristocracia de la tierra, menos interesada por 22

los negocios . De la heterogeneidad de procedencia de estos notables nos puede hablar, por ejemplo, la ciudad de Lieja: serán los magnates, insignes, majores, meliores. Compondrían una aristocracia urbana formada por «nobles y grandes» en donde se mezclan miembros de la familia de la Iglesia, gentes de origen menestral, personas elevadas gracias al ejercicio de 23 funciones lucrativas y nobles de baja extracción .

Algunas ciudades especialmente significadas Italia facilita abundantes ejemplos. En Siena serían los Salimbeni, Tolomei o Buonsignori, considerados «los Rotschild del siglo XIII». En Génova serían los Fieschi, Spinola, Doria, Uso di Mare, Gattilusio, Lomellino. Para Heers serán los muy representativos hermanos Centurioni, ocupados en negocios de banca, tráfico de trigo y mercurio con Castilla y alumbre con Tolfa, y los Grimaldi di Oliva, que comercian con especias, lana de España o cuero de 24 Túnez . En Padua serán los Scrovegni. En Prato serán los Datini. En Venecia son los Ziani, Mastropiero, Soranzo, Balbi y los Badoer, con importantes negocios en Trebizonda y Constantinopla, los Cornaro señores de Chipre, los Barbarigo con intereses en Egipto, Inglaterra, España, Creta y la Terra Ferma. La fortuna de Andrea Barbarigo que se calculaba en 200 ducados hacia 1420, alcanza los quince mil en 1450; y la de su hijo Nicolas era de 25 veintisiete mil a su muerte en 1500 . En Florencia serán los Bardi, Peruzzi, Acciaiuoli (cuyas 26 firmas quebraron en 1346) y los Albizzi, Strozzi, Pitti o Médicis . En Cosme († 1464) tenemos la figura de un gran mercader que, involucrado en la política, cree su deber salvaguardar ante todo su fortuna. En Lorenzo de Médicis (nacido en 1449) tenemos ya al hombre de negocios que no duda en arriesgar su patrimonio para lograr «uno nuevo y más 27 vasto: el Estado mismo» . Los Países Bajos facilitarán algunos importantes nombres de dinastías burguesas: los Uten Hove, van der Meir o van Artevelde en Gante; los Markiet, Boinebroke y los Le Blond en 28 Douai, y los Crespin, Hucquedieu Yser y Stanfort en Arras . En Alemania serán los Hompys de Ravensburg, los Meuring de Núremberg y, sobre todo, los Fugger de Augsburgo, que empezaron su carrera hacia 1300 como comerciantes de paños y la culminaron con Jacobo II 29 el rico († 1525) como financieros de los emperadores Maximiliano I y Carlos V . Francia 30 facilita algún notable ejemplo: los Marcel de París, vinculados al comercio de paños , y, sobre todo, Jacques Coeur, quien en el segundo tercio del siglo XV pasaba por ganar al año, 31

según Mateo d’Escouchy, más que todos los mercaderes del reino juntos . La Península Ibérica permite rastrear también los nombres de algunas familias 32 especialmente poderosas . En Barcelona constituirían un 5 por 100 de la población: serán los

Vallseca, Turell, Carbonell o Gualbes, que facilitan a la sociedad grandes mercaderes y banqueros —en más de un caso sacudidos por la crisis de la Baja Edad Media—, pero 33 también juristas y letrados . Los Gualbes constituirán un grupo familiar burgués dedicado indistintamente al comercio, la banca y los negocios financieros. Pertenecerían al grupo de ciutadans honrats que ha llevado a identificar esta expresión sociológica con otra como la de 34 patriciado que, se ha puntualizado, responde básicamente a una realidad política . En las ciudades castellanas había algunas familias cuya prosperidad e influencia las equiparaba al patriciado urbano. Así, en Burgos cabe rastrear la peripecia de dos familias relacionadas entre sí: los Sarracín, ascendidos a la nobleza tras desempeñar diversos cargos políticos, económicos y sociales, y desaparecidos de la ciudad a principios del siglo XIV; y 35

los Bonifaz, descendientes del primer almirante de Castilla . La oligarquización de la vida urbana se manifestará en un hecho: la asamblea general de vecinos o concilium se verá 36 sustituida por formas más cerradas de participación (los regimientos) en las que destacarán los caballeros y hombres buenos que gozaban de privilegios y exenciones por el desempeño del oficio de las armas. Algunos pronto se identificarán con el estatus nobiliario en razón de su condición de hidalgos. El resto de la población «verá aminorada su condición y fortuna a medida que el poder oligárquico de los caballeros se impusiera con éxito en las ciudades y 37 villas, desde fines del siglo XIII hasta principios del XV» . El patriciado urbano intentó constituir un grupo cerrado vedado a los advenedizos. Puso para ello en juego una serie de instrumentos. Se verá en la creación de un cerrado espíritu de casta similar al de la nobleza de sangre, lo que llevará al patriciado a convertirse en una auténtica aristocracia. Es significativa —al igual que se hacía en las filas de la nobleza— la 38 construcción de fantásticas genealogías para apoyar su ascenso social . En París, el espíritu de cuerpo se demostrará en el caso de la familia Marcel, cuyos enlaces 39 matrimoniales se hacen entre miembros de las más influyentes y opulentas familias . También se verá en la existencia de un grupo social muy influyente cual era el de los notables parisienses formado por parlamentarios, «grandes togas», canónigos de NotreDame, abogados 40 y oficiales reales . Y se verá en la creación de asociaciones: ya profesionales como esas arti florentinas o la «Grocer’s Company» londinense, ya de ayuda mutua como las fraterne venecianas, los kreis alemanes o los paraiges de Metz que agrupan a los descendientes de los 41 primeros dueños de la comuna para evitar la entrada de advenedizos . Sin embargo, al igual que en otras categorías sociales, la solidaridad de grupo —tendremos ocasiones de comprobarlo más adelante— distará mucho de mantenerse incólume.

Las clases medias urbanas Bajo los términos de medianos (en las Partidas) o de ma mitjana (en los autores

catalanes) se situarían las clases medias de las ciudades: un 15 por 100 aproximadamente de la población, ubicada detrás del patriciado pero con posibilidades de promocionarse hacia él. No constituyen un grupo homogéneo aunque sí dotado de desahogo económico: comerciantes varios, maestros de algunas corporaciones profesionales o gentes formadas en el medio universitario. Cada ciudad tiene sus peculiaridades. Baste remitirnos a un puñado de ellas. En Florencia, la parte media de la burguesía estaría representada por los cinco arti medianos que mantienen una cierta fluidez con las artes mayores: fabricación y pequeño comercio de vestidos, sombreros, o la albañilería, carpintería y carnicería, único oficio de la alimentación que, por su riqueza e influencia, figura entre los medianos. Algunos oficios como los panaderos, mercaderes de aceite y vino o mercaderes de madera se encontrarían entre 42 1288 y 1299 en los arti menores . En Venecia, y por debajo de la oligarquía patricia, se sitúan los definidos como ciudadanos, bien originarios, bien por adopción, por matrimonio o por solicitud favorablemente respondida por el Senado. Se dedicarán al comercio y no a oficios mecánicos. Por debajo de ellos, los popolani integran categorías variadas que irían desde negociantes ricos, cambistas y boticarios de Rialto, a los artesanos de ciertas corporaciones. Su papel 43 político era prácticamente nulo . El Libro de los oficios de París facilita información, al menos teórica, de lo que podía ser la situación de estos grupos sociales medios, acomodados, al estilo de los carniceros. Se trata de un grupo coherente, homogéneo, activo y rico. Incluso cerrado (los matrimonios se producen generalmente dentro de este grupo social) y con su propia cofradía: la de Saint Jacques de la Boucherie. Tendrán dificultades para integrarse en la alta burguesía, aunque ello no sería obstáculo para que tomasen el relevo, en cuanto a la dirección de las inquietudes 44 políticas, de los pañeros significados en la familia Marcel . Los antecedentes de la burguesía moderna barcelonesa los constituyeron los mercaders y artistas. Entre los primeros están armadores de barcos y mercaderes especializados en el tráfico mediterráneo, a veces con fortunas similares a las de los patricios. Aunque en principio no gozasen de su consideración social, muchos de ellos acabarían integrándose en sus filas. Tenderán a abandonar el riesgo de la navegación y a instalarse en la ciudad dedicándose al préstamo, a la banca o al arriendo de impuestos municipales. Los artistas integran el estrato inferior de la clase media urbana: drapers, boneters, orfebres, maestros de 45 obras de la catedral, etc. . Parar obrador e haver senyal distinguían al maestro de cualquier 46 otro trabajador: el maestro es el que tiene taller (o tienda) y marca de fábrica . El mundo del derecho será una palanca para acceder a los estratos sociales medios e incluso a categorías superiores. No en balde, el derecho era el complemento necesario para un mundo de los negocios y facilitaba, además, los cuadros de gobierno para un Estado cada vez más complejo. El gobernante, según Egidio Romano, aparte de valiente debía ser también sabio. Rex illiteratus, quasi asinus coronatus («el rey iletrado es casi un asno coronado») será una difundida máxima.

La vida académica, así, constituía una buena vía para la promoción social. Legistas como Enguerand de Marigny o Guillermo de Nogaret, de extracción burguesa y no eclesiástica ni nobiliaria, serán los que contribuyan a la articulación de un primer Estado moderno francés en 47

tiempos de Felipe IV . La Universidad de París desempeñará un importante papel, aunque 48 con irregular fortuna, en las crisis dinásticas de finales del Medievo . El poeta inglés Geoffrey Chaucer, hijo de un tabernero, ascendió socialmente como paje de la duquesa de 49 Clarence, hasta llegar a importante figura de la administración real . En Venecia, son los simples ciudadanos los que facilitan contingentes a la cancillería ducal creando una suerte de 50 nobleza de toga . En los reinos hispánicos, los letrados (Alfonso de Cartagena, Rodrigo Sánchez de Arévalo) serán los impulsores de una teoría del Estado que acabará por imponerse 51

a la de los caballeros (López de Ayala, Pérez de Guzmán, Diego de Valera) .

La fuerza de trabajo urbana: menores y mano de obra servil En los bajos niveles de la escala social urbana quedaban los minores, pauperes, plebei o pequeños.

Los genéricamente definidos como oficiales Pertenecían a diversos oficios y gremios, y un cierto nivel de encuadramiento les otorgaba alguna seguridad frente a los infortunios. En la Barcelona del siglo XV se habla de mossos, joves, macips, manobrers, condición a la que se accede tras un variable período de aprendizaje en condiciones de obediencia al patrón y a su familia «en todo lo que les sea 52 mandado, siempre que sea lícito y honesto» . A pesar de esa estrecha subordinación al patrono, la escasez de mano de obra producto de las crisis demográficas relajó esas estrictas condiciones. De hecho, la masa laboral la constituían los miembros pasivos de los gremios, ya que solo sus jefes tenían derecho de voto en las asambleas (caso de Florencia) y ya que también los oficiales tenían prohibido asociarse al margen de la corporación a la que pertenecían. Así, en la Barcelona de 1419 se castiga con multa de cien sueldos al company o macip que instigue a 53 uno de sus iguales a reivindicar ciertas condiciones salariales . Ello no fue obstáculo para que, bajo el aspecto de cofradías piadosas, se articularan asociaciones de trabajadores o compagnonages que creaban sistemas de solidaridad en el marco de una profesión o de una ciudad. Los historiadores se han fijado sobre todo en las sociedades de obreros albañiles (maçons) como lejano precedente de la francmasonería. Hubo también otras sociedades con una amplísima proyección como la de los bataneros, organizados en una especie de liga que 54 cubría más de cuarenta ciudades .

La masa de obra laboral En los límites del sistema estaban las gentes mal encuadradas en lo laboral, llegados generalmente en fecha tardía a la ciudad y, aunque libres, desprovistos de derechos políticos. Serían los casos de los sensa bracche boloñeses, los straccioni lucanos, los sottoposti, 55 ciompi, gente minuta e povera florentinos o los bergants barceloneses. Sobre las condiciones de trabajo y nivel económico de esa masa de menores y fronterizos de la sociedad hablaría todo un conjunto de referencias. En el caso de Florencia, podían llegar a ser hasta el 50 por 100 de la población; la mitad de ellos con frecuencia indigentes 56 socorridos por las limosnas y en los hospitales de la ciudad . En Barcelona, los bergants, en el mejor de los casos, eran descargadores de mercancías que actuaban como auxiliares del gremio de los barquers; eran el último recurso al que se acudía, ya que estaba prohibido 57 reclutarlos mientras hubiese oficiales sin trabajo . En las ciudades de Flandes, bataneros y 58 tintoreros vivían en barrios superpoblados y nauseabundos en las orillas de los ríos . En París, es significativo que el término grève (huelga) se asocie al nombre de la plaza en la que 59 se contrataba mano de obra coyuntural . Praga, ciudad «moult grande et moult riche», según 60 el diplomático borgoñón Gilbert de Lannoy, contaba con un 40 por 100 de menesterosos . Los horarios laborales estaban reglamentados de muy diferente forma. En París se habla de un trabajo «de sol a sol». En Barcelona, Bonnassie ha matizado las observaciones que a finales del siglo XVIII hizo Antonio Campmany: según los cónsules que verificaban la calidad de la tela en la Casa del Pont, la jornada debía transcurrir desde el alba a las diez de la 61 mañana y de la una de la tarde a la puesta del sol . La abundancia de días festivos fue criticada por algunos autores (Nicolás Clamanges en su Tratado contra la institución de fiestas nuevas de 1413) que consideraban fomentaba un vicio capital cual era la pereza. Muchas festividades no alcanzaban, sin embargo, esa solemnidad que implicaba la suspensión 62 de la vida laboral . Resulta, con todo, prácticamente imposible aplicar al Medievo los criterios propios de las modernas sociedades industriales y posindustriales. Tampoco resulta fácil verificar lo que fue la política salarial en el mundo urbano del Medievo, aunque se haya sostenido que fue la principal causa de la destrucción del sistema feudal. Sabemos, por ejemplo, de una fuerte tendencia al alza de los salarios al calor de la crisis demográfica de mediados del siglo XIV que generó una notable escasez de mano de obra. Una circunstancia que empujó a los poderes públicos en los distintos países de Occidente a 63 aplicar severas medidas de contención . En Venecia, la política del Estado mantuvo por lo general el pleno empleo con salarios relativamente elevados que aseguraban el poder de compra. La Barcelona de fines del siglo XV transmite la imagen de una gran estabilidad: el obrero cualificado parece al resguardo del hambre, aunque no así el bergant, siempre amenazado de paro y con sueldos anormalmente bajos cuando consigue trabajo de manera

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efímera .

La mano de obra esclava Orientada, como ya hemos advertido páginas atrás, más al servicio doméstico urbano que a la agricultura o al artesanado, es un hecho característico de las sociedades de las penínsulas 65 mediterráneas. En ellas la esclavitud doméstica impone una marca profundamente original a 66

la vida urbana al crear unos lazos de familiaridad, incluso afectivos, con los amos . Surgirá en la conciencia europea toda una casuística para definir qué categorías eran susceptibles de sometimiento a esta condición. Era evidente que paganos, musulmanes y judíos estaban fuera de la comunidad cristiana, y ante ellos no cabía ningún tipo de escrúpulos. Pero ¿qué actitud adoptar ante heréticos o cismáticos de Oriente? ¿Y ante los culpables de graves pecados que llevaban aparejada la pena de excomunión? ¿Resultaban también esclavizables al 67 quedar extra Ecclesiam? . Los genoveses fueron activos comerciantes de esclavos en Oriente y el mar Negro. En Italia —de remitirnos a la relación de los vendidos en Florencia entre 1366 y 1399—, fueron sobre todo de origen turco, griego, circasiano, ruso, bosnio, eslavo y sobre todo tártaro, y 68 «árabes o sarracenos». Algo similar ocurrirá en las ciudades de Cataluña . Valencia sería un puerto de entrada en medida similar a Sevilla, Lisboa, Lagos o Tavira, aunque en estos casos las islas del Atlántico de reciente incorporación serían las principales proveedoras. Aparte de la caza del esclavo, otra vía facilitaba el incremento de esta peculiar mano de obra: el castigo por una rebelión o por una resistencia continuada. Tal ocurrió con varios miles de malagueños, que fueron vendidos junto con sus propiedades en 1487 tras capitular la ciudad. Una operación 69 que reportó a la Corona castellana más de 56 millones de maravedís .

Los marginados (o ¿excluidos?) de la sociedad No resulta fácil fijar la frontera de esta(s) categoría(s) en el mundo medieval y sus 70 relaciones con los más bajos escalones de la sociedad reconocida .

Diversas formas de entender la marginación La marginación puede venir por unos motivos religiosos y será impuesta por el sistema dominante sin que el afectado quede totalmente al margen del aparato productivo: será el caso de las comunidades judías. Puede venir de una suerte de incompatibilidad con los principios morales vigentes, aunque se llegue a admitir una cierta necesidad social de los afectados: caso

del ejercicio de la prostitución. Puede darse por una imposición legal que aísla de la comunidad a quien está marcado por determinadas taras: caso de quienes padecían ciertas enfermedades como la lepra. O puede darse, en razón de una autoexclusión, por inconformidad manifiesta con el orden social y cultural vigente. Dejando de momento a un lado los tres primeros casos, en el cuarto, el nomadeo, el desplazamiento permanente y la errancia en general constituyen importantes signos distintivos. Este tipo de vida se da en el mundo rural (leñadores, pastores, carboneros, furtivos), pero también en el urbano. Merceros y mercaderes errantes (los pedes pulvorosi) fueron durante cierto tiempo el único signo de una actividad mercantil que con el tiempo se irá estabilizando y ganando respetabilidad. La figura del mercader viajero, sin embargo, no será desarraigada y llegará a constituir asociaciones bajo la protección de la misma realeza. En Francia, cada año 71 sus cargos rectores eran establecidos por los bailes reales .

Las variadas clases de pobres, desplazados y automarginados Incursas más de lleno en la marginación propiamente dicha estarían gentes de toda laya, sin oficio ni beneficio, que sobreviven gracias a la multiplicación de limosnas y a la asistencia de las instituciones caritativas y hospitalarias. La pobreza en la Edad Media fue vista de una 72 forma ambigua : el pobre era la representación de Cristo (los monjes se autodefinen como pauperes Christi) pero, al mismo tiempo, es quien incumple el deber bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente (Gén., 3, 19). Numerosas serán las disposiciones legales que tratan de forzar al desocupado a tomar trabajo. Por ejemplo, en las cortes de Burgos de 1379, Juan I manifiesta su alarma ante «muchos omes e mugeres baldíos pediendo e en otras maneras e non quieren trabajar ni deprender ofycios». Se ordena a los alcaldes y villas que los obliguen a trabajar «e que aprendan ofiçios en que se mantengan e que non les consientan que estén 73 baldíos» . Bajo los nombres de mendigos, ribaldos, ladrones, etc., se encuentran gentes con las que se mezclan enfermos y lisiados (contracti). Todo un submundo que crea sus reglas de juego y solidaridades dotadas con frecuencia de una notable eficacia. Son esas «cortes de los milagros» con sus cuadros de gobierno similares a los de la sociedad oficialmente reconocida. En el siglo XIX y para París hizo de ellas una brillante recreación literaria Victor Hugo. En nuestra época han trabajado de forma notable algunos historiadores interesados por el mundo 74 de la marginalidad y la delincuencia . Pero aún quedarían otras categorías de marginados sobre las que es posible bucear y que hacen del mundo urbano su hábitat favorito. ¿Qué decir, así, de esos difícilmente clasificables goliardos, inadaptados a cualquier tipo de orden y disciplina que durante muchos años constituyeron una suerte de anárquica intelligentsia? El juego, el vino y el amor forman su trilogía básica, tal y como se recoge en

composiciones del orden de los Carmina burana. Hacen chanza del clérigo y del monje a la vez que del noble soldado («Ellas nos prefieren, ya que hacemos el amor mejor que el caballero»). El movimiento universitario, con la estabilización de la vida intelectual, les daría un golpe severo, aunque sus tradiciones de moral natural y crítica a la vida religiosa se 75 recogerían en la obra de Rutebeuf o en el Roman de la Rose . Y forma de marginalidad será la reflejada en las reconvenciones contra los extranjeros, tal y como expresan los Establissements de Luis IX de Francia, que los define como «hombres desconocidos en la tierra»; o el estatuto de Goslar de 1219, que habla de «histriones, juglares y extranjeros». El extranjero es quien no está sujeto a otro, quien no ha jurado obediencia a 76 nadie, con lo que se coloca automáticamente al margen del sistema .

Trifuncionalidad, marginación e infravaloración En los límites de cada uno de esos tres órdenes oficialmente reconocidos que, con el discurrir de los años, experimentarán diversas remodelaciones se generan formas de marginación o de simple subvaloración por parte de las mentes biempensantes. Ciertas profesiones entre los laboratores pueden ser objeto, en efecto, de una inquina que 77 acaba situando a sus componentes en la categoría de auténticos marginados . En destacado lugar se han situado los tintoreros, sector importante de la industria textil, pero caracterizados por su fama de pendencieros, desaliñados, contaminadores de las aguas, y estrictamente compartimentados según las materias textiles e incluso según los colores sobre los que 78 trabajan . O, a un nivel no tan dramático, estarían los miembros de actividades artesanales molestas y peligrosas que tienden a agruparse en determinados barrios extremos de la ciudad: en el Burgos de mediados del siglo XIII serán los curtidores, pellejeros y odreros del barrio de 79

San Gil, los alfareros de la Tejera o los herreros y caldereros de San Esteban . Los oratores pueden dar frutos degenerados como los mencionados goliardos y los clérigos de vida irregular, permanentemente repudiados por las normativas eclesiástica y 80 civil . Los bellatores también darán pie a numerosas perversiones. No era solo por esa asociación que algunos hacen entre militia y malitia que enraíza con una vieja tradición veterocristiana reprobatoria del uso de las armas. También sería por esa peligrosa proliferación de routiers, soldados de fortuna poco comprometidos con la defensa armada del conjunto de la sociedad y sí interesados por venderse al mejor postor, poniendo incluso en peligro los bienes de la Iglesia. Serán los vagamente definidos como brabanzones, aragoneses, vascos, triaverdinos y cotarelos, objeto de reconvención en el III Concilio de 81 Letrán y equiparados en su comportamiento a los herejes . La Baja Edad Media no hizo más que exacerbar este fenómeno a través de contratos (indentures, condottas) por los que un capitán recluta una partida de mercenarios al servicio

de un príncipe o de una ciudad. Por esta vía se irán creando en el Bajo Medievo las grandes compañías, contratadas por un príncipe y mandadas por capitanes de fortuna de variable 82 fidelidad . La Guerra de los Cien Años y conflictos derivados de ella como la guerra civil que enfrentó en Castilla a Pedro I y su hermano bastardo Enrique de Trastámara constituyeron 83 campo abonado para el fenómeno , más perjudicial para las poblaciones campesinas que para los vecinos de las ciudades, según ya hemos advertido. En tiempos de tregua de operaciones militares o de paz, el paro forzoso a que estas gentes se verán abocadas hace de ellas un elemento igualmente peligroso. Se organizarán para subsistir en bandas de salteadores, convirtiéndose en todo un azote para las poblaciones: serán los temibles écorcheurs o desolladores de los campos de Francia, auténtica plaga en unos años especialmente violentos. La falta de unidad de intereses del conjunto de la sociedad urbana hace que una ciudad rara vez se comporte como un organismo homogéneo. Es, según J. Heers, un conjunto «de células sociales más o menos autónomas», una yuxtaposición de elementos de diversa categoría o procedencia que expresan frecuentemente intereses encontrados. Vayamos a ello.

1 Modélico sigue siendo el trabajo de G. Duby, Les trois ordres ou l’imaginaire du féodalisme, París, 1978. 2 Cfr. mi La ciudad cristiana del Occidente medieval, passim. 3 L. Cervera Vera, Francisco de Eiximenis y su sociedad urbana ideal, San Lorenzo de El Escorial, 1989, págs. 156-158. 4 Lo advierte J. M. Monsalvo Antón, en la recensión a mi libro La ciudad cristiana del Occidente medieval, en Edad Media. Revista de Historia, 13, Valladolid, 2012, pág. 326. 5 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, págs. 322-323. 6 M. Weber, La ciudad, pág. 119. 7 R. Fossier, El trabajo en la Edad Media, Barcelona, 2002, pág. 77. 8 J. Ellul, Historia de las instituciones de la Antigüedad, Madrid, 1970, pág. 414. 9 J. Heers, Le travail au Moyen Âge, París, 1968, pág. 96. 10 Ibíd., pág. 33, remitiéndose a la reglamentación del trabajo establecida en la Lex Bayuvarorum antes del año 750. 11 M. D. Lambert, La herejía medieval. Movimientos populares de los bogomilos a los husitas, Madrid, 1986, págs. 86-88. 12 R. Fossier, La infancia de Europa, vol. 1: El hombre y su espacio, pág. 364. 13 Las Siete Partidas, Partida V, tít. VII, ley II. 14 R. Fossier, El trabajo, pág. 79. 15 H. Pirenne, La democracia urbana, págs. 237-238.

16 F. Antal, El mundo florentino, pág. 35. 17 Y. Renouard, Histoire de Florence, París, 1967, págs. 59-65. 18 R. Fossier, El trabajo, págs. 160-164. 19 P. Dollinger, La Hanse, pág. 380. 20 M. Weber, La ciudad, pág. 76. «Desde el punto de vista económico, los patricios de la Edad Media, al igual que los de la Antigüedad, eran ante todo rentistas», ibíd., pág. 108. 21 La introducción del término patriciado en la literatura científica se ha atribuido a J. Lestocquoy en su estudio de 1945 sobre las dinastías burguesas de Arras. Cfr. P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, «La ville médiévale», pág. 519. Sobre la difícil delimitación del término de cara a la ciudad medieval, Y. Barel, La ville médiéval, págs. 80 y ss. 22 J. Heers, Gênes, págs. 368-375. 23 T. Dutour, La ciudad medieval, págs. 201-202. 24 J. Heers, Gênes, págs. 368-371. 25 F. Thiriet, Histoire de Venise, págs. 52 y 85. 26 Y. Renouard, Histoire de Florence, págs. 55-56. 27 A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, Barcelona, 1974, págs. 132-133. 28 J. Le Goff, Mercaderes y banqueros, pág. 70. 29 J. Heers, Occidente, pág. 152. 30 R. Pernoud, Histoire de la bourgeoisie en France, págs. 192 y ss. 31 Ibíd., págs. 239 y ss. 32 Véase la visión general facilitada por J. Valdeón, «Las oligarquías urbanas», en Concejos y ciudades de la Edad Media Hispánica, págs. 507-536. 33 J. M. Salrach, «La Corona de Aragón», en J. Valdeón, J. M. Salrach y J. Zavalo, Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos (siglos xi-xv), pág. 264. 34 J. Aurell y A. Puigarnau, La cultura del mercader en la Barcelona del siglo xv, páginas 96-97. 35 T. F. Ruiz, «Los Sarracín y los Bonifaz. Dos linajes patricios de Burgos. 1248-1350», en Sociedad y poder real en Castilla (Burgos en la Baja Edad Media), Barcelona, 1981, págs. 137-138. 36 En Burgos, la ordenanza de Alfonso XI (1345) estableció un gobierno de dieciséis regidores. Junto con los dos alcaldes y el merino real ejercerían todas las competencias concejiles. J. A. Bonachía, El concejo de Burgos en la Baja Edad Media (1345-1426), Valladolid, 1978, pág. 73. 37 Proceso resumido por M. Asenjo en «Nacimiento y planificación de la ciudad medieval», págs. 344-345. 38 J. Heers, Occidente durante los siglos xiv y xv, pág. 242. 39 R. Pernoud, Histoire de la bourgeoise en France, pág. 193. 40 G. Fourquin, «Le droit parisien de la fin du Moyen Âge: Droit des notables», en Études d’histoire du droit parisien, París, 1970-1971, págs. 375-395. 41 J. Heers, Occidente durante los siglos xiv y xv, págs. 240-248.

42 Y. Renouard, Histoire de Florence, pág. 62. 43 F. Thiriet, Histoire de Venise, pág. 85. 44 P. Wolff y M. Mollat, Ongles bleus, jacques et ciompi, París, 1970, pág. 231. 45 J. Salrach, «La corona de Aragón», en Feudalismo y consolidación de los pueblos hispánicos, pág. 265. 46 P. Bonnassie, La organización del trabajo en Barcelona a fines del siglo xv, Barcelona, 1975, págs. 65-66. 47 Una útil panorámica en R. Pernoud, Histoire de la bourgeoisie en France, págs. 132 y ss. 48 Ibíd., págs. 158 y 229. 49 D. Hay, Europa en los siglos xiv y xv, Madrid, 1980, pág. 75. 50 F. Thiriet, Histoire de Venise, pág. 85. 51 H. Nader, Los Mendoza y el Renacimiento español, Guadalajara, 1986, págs. 44-47. 52 P. Bonnassie, La organización del trabajo, págs. 83-87. 53 Ibíd., pág. 94. 54 J. Heers, Occidente durante los siglos xiv y xv, pág. 296. 55 N. Guglielmi, «El tumulto de los ciompi», págs. 397-399. 56 Y. Renouard, Histoire de Florence, pág. 72. 57 P. Bonnassie, La organización del trabajo, págs. 95-97. 58 J. Heers, Occidente durante los siglos xiv y xv, pág. 289. 59 «Se tenir sur la place de Grève, en attendant de l’ouvrage». En acepción segunda del vocablo «Grève», en Petit Robert. Dictionnaire de la langue française, París, 1985, pág. 890. 60 J. Macek, La revolución husita, págs. 6 y 31. 61 P. Bonnassie, La organización del trabajo, pág. 109. 62 M. A. Ladero, «Medievo festivo», en Tópicos y realidades de la Edad Media (III), Madrid, 2004, págs. 76-77. 63 Estatutos de trabajadores de 1351, promulgados por Eduardo III de Inglaterra y Juan II de Francia, y los Ordenamientos de menestrales y posturas de esa misma fecha en J. Valdeón, Los conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos xiv y xv, Madrid, 1975, págs. 86-87. 64 P. Bonnassie, La organización del trabajo, págs. 118-119. 65 Entre otros significativos estudios, véase Ch. Verlinden, L’esclavage dans l’Europe médiéval, I, Bruges, 1955, y A. Franco, La esclavitud en Sevilla a fines de la Edad Media, Sevilla, 1979. 66 J. Heers, Esclaves et domestiques au Moyen Âge dans le monde méditerranéen, París, 1981, págs. 285-286. 67 Ibíd., págs. 69 y ss. 68 D. Hay, Europa en los siglos xiv y xv, pág. 77. 69 M. A. Ladero, Granada. Historia de un país islámico, pág. 198.

70 E. Mitre, «Historia y marginación. Mundos desvelados y mundos por desvelar. Un modelo especialmente aplicable al Medievo», en Fronterizos de Clío (Marginados, disidentes y desplazados en la Edad Media), Granada, 2003, págs. 14-30. 71 J. Heers, Occidente durante los siglos xiv y xv, págs. 295-296. 72 De alto interés, B. Geremek, La piedad y la horca. Historia de la miseria y de la caridad en Europa, Madrid, 1989. 73 «Cortes de Burgos de 1379», en Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla, t. II, Madrid, 1863, pág. 294. Disposiciones similares contra «vagabundos e folgazanes» las dará este rey en las Cortes de Briviesca de 1387. Ibíd., pág. 370. 74 B. Geremek, Les marginaux parisiens aux XIV et XV siècles, París, 1976. Para una zona concreta de España, I. Bazán Díaz, Delincuencia y criminalidad en el País Vasco en la transición de la Edad Media a la Moderna, Vitoria, 1995. 75 Para una primera aproximación al tema es de interés la antologia recogida por R. Arias, La poesía de los goliardos, Madrid, 1970. 76 J. Le Goff, La civilización del Occidente medieval, Barcelona, 1969, págs. 429-430. 77 J. Le Goff, «Métiers licites et métiers illicites dans l’Occident Médiéval», en Pour un autre Moyen Âge. Temps, travail et culture en Occident. 18 essais, París, 1977, págs. 91-107. 78 M. Pastoureau, Una historia simbólica de la Edad Media occidental, Buenos Aires, 2006, págs. 189-217. 79 J. Crespo, La evolución del espacio urbano de Burgos, pág. 259. 80 Sobre la moral del clero, véase entre otros trabajos A. Arranz, «Amores desordenados y otros pecadillos del clero», en A. I. Carrasco y M. P. Rábade (coords.), Pecar en la Edad Media, Madrid, 2008, págs. 227-262. 81 «Decretos del Tercer Concilio de Letrán. 27», en R. Foreville, Lateranense I, II y III, Vitoria, 1972, pág. 280. 82 C. Allmand, La guerra de los Cien Años. Inglaterra y Francia en guerra, c. 1300-c. 1450, Barcelona, 1990, págs. 108112. 83 K. Fowler, «L’emploi des mercenaires par les pouvoirs ibériques et l’intervention militaire anglaise en Espagne (vers 1361vers 1379)», en A. Rucquoi (coord.), Realidad e imágenes del poder. España a fines de la Edad Media, Valladolid, 1988, págs. 23-56.

CAPÍTULO 8

Conflictos de clase y medio urbano

De forma muy llamativa, pero no única, este fenómeno se materializa a lo largo del Bajo Medievo en enfrentamientos de desheredados o de medianos contra mayores. Con gran precisión lo expusieron hace ya años dos autores franceses en un trabajo de síntesis que se 1 mantiene aún como útil guía para el estudioso .

Unas generalidades y unas especificidades La versión «canónica» sostenida por el materialismo histórico presenta las agitaciones del medio campesino en el Antiguo Régimen como el equivalente de las conmociones urbanas en las sociedades industrializadas. La eterna lucha de clases como motor de la historia habría conocido una etapa de enfrentamiento entre siervos de la gleba y señores feudales sucedida por otra (revolución industrial por medio) que enfrentó a burgueses capitalistas contra 2 proletarios . Desde hace algún tiempo, este esquema ha sido convenientemente matizado. La inquietud social del Medievo avanzado se caracterizaría, en efecto, por sangrientas y generalmente anárquicas conmociones rurales; furores campesinos de acuerdo con otra consagrada expresión. Sin embargo, estas agitaciones se vieron más de una vez secundadas —o, al menos, se desarrollaron paralelamente— por otras que tienen por escenario la ciudad. Ya en el siglo XII se registran algunos brotes de inquietud por motivos laborales. Desembocan en más de un caso en lo que los textos de la época definen como ristopio en el norte de Italia, takehan en los Países Bajos, herelle en Normandía, grève en París; huelga, en definitiva. Tenemos noticias en 1175 para los tejedores de Troyes o en 1189 para los curtidores de Rouen. En el siglo XIII se multiplicaron los incidentes en distintas localidades de Flandes e Île-de-France, en York, Milán o Siena. La suspensión del trabajo se acompaña de desfiles reivindicativos, destrucción del material de trabajo, petición de reducción del horario 3 laboral, solicitud de comisiones de salvaguarda frente a determinados despidos, etc. . Hacia 1279-1283, el jurisconsulto Felipe de Beaumanoir en las Coutumes de Beauvaisis define la huelga como

la alianza que se hace contra el interés común cuando cierta clase de personas deciden no trabajar por el mismo y bajo precio concertado anteriormente y aumentan el valor de su trabajo bajo su propia responsabilidad, y deciden que no trabajarán por menos y establecen sanciones y amenazas contra los compañeros que no respetan sus 4 acuerdos . En algunas ciudades de la Francia del Norte y de Flandes, la autoridad tuvo que intervenir para preservar el orden público. La crisis de finales de la Edad Media no hará más que agudizar las tensiones.

Conflictividad urbana y guerra en el Bajo Medievo La quiebra político-militar del siglo XIV (Guerra de los Cien Años, guerras civiles en los diferentes países) contribuyó poderosamente a agudizar el malestar social que, en más de una oportunidad, es encabezado por personas de extracción social no precisamente modesta. Una circunstancia que convierte en limitadamente operativa cualquier comparación con situaciones cercanas a nuestros días. Algunos ejemplos resultan ilustrativos.

El caso francés El lugar y el momento en que mejor se percibe la convergencia de diversos factores es en el París de 1358, al calor de la grave derrota sufrida por las fuerzas reales (prisión del rey Juan II incluida) en Poitiers a manos del heredero de la corona británica, Eduardo de Gales, «el Príncipe Negro». El vacío de poder creó el caldo de cultivo para una gravísima conmoción campesina (la jacquerie) aplastada por un cuerpo armado organizado por los 5 señores y de la que el cronista Froissart nos dejó un sesgado testimonio . Paralelamente, la burguesía de París encabezada por el preboste de mercaderes Étienne Marcel organizó un levantamiento para emprender una reforma institucional mediante la Gran Ordenanza. El proyecto, imprudentemente conducido, se saldó al final con la muerte violenta del promotor y el restablecimiento de la autoridad real por el delfín Carlos, lugarteniente del reino y futuro 6 Carlos V de Francia . No mejor destino cabría a otro proyecto posterior más modesto en sus pretensiones y también con París como escenario. Se recogió en la llamada Ordenanza cabochienne de 7 1413 , redactada al calor de una nueva crisis institucional derivada de la locura del rey Carlos VI. Una crisis que se agravará con una nueva intervención militar inglesa que convirtió un conflicto civil en una guerra también exterior. Diversos diarios escritos por vecinos de la capital del reino —de algunos de ellos ya hemos hecho alguna mención— expresaron bien lo

que fueron los odios desatados. No siempre se motivaron por diferencias de clase, tomado este término en su sentido más convencional.

Otros importantes movimientos sociales Dos conmociones han sido calificadas por algunos autores de auténticamente revolucionarias. Será por un lado la revuelta de los trabajadores ingleses de 1381, alzados con motivo de una punción fiscal (poll tax) destinada a sufragar los gastos del conflicto militar mantenido en territorio francés. Con un especial arraigo en las tierras del sureste del reino, los sublevados llegarán a invadir Londres gracias a la complicidad de grupos de población (se ha calculado 8 que tres de cada cuatro vecinos) excluidos de las funciones de gobierno . A la postre, acabarían aplastados por la reacción de las fuerzas reales. No menor enjundia revolucionaria se dará en la Cataluña de fines del Medievo, en donde la agitación campesina promovida por los payeses de remensa se entreveró con el malestar en la capital del principado. Dos facciones de la burguesía barcelonesa (la busca y la biga; más popular la primera, más oligárquica la segunda) pugnaron ásperamente por el control de las instituciones políticas. Ello derivará en un prolongado levantamiento —verdadera guerra civil catalana— contra el autoritarismo del rey Juan II. Solo concluiría por agotamiento después de diez años, con la capitulación de Pedralbes de 1472 en la que el monarca se comprometía a 9 mantener la constitución del Principado . 10 Otros ámbitos geopolíticos de Occidente —ya la Corona de Castilla , ya el territorio 11 alemán — vieron cómo la conflictividad social ciudadana se acentuaba al calor de unas anárquicas guerras internas y de la impotencia de los correspondientes poderes centrales. Serán, sin embargo, las zonas de Europa más urbanizadas —Flandes e Italia— las que se conviertan en los mejores escenarios de las más agudas desestabilizaciones.

El especial caso flamenco El Flandes del Bajo Medievo reunía las condiciones de un área potencialmente explosiva a causa de una floreciente industria textil que propicia enfrentamientos frecuentemente 12 solapados . Ocurrirán por las fricciones entre el artesanado y unos patronos a menudo despóticos al estilo de ese sire Jean van Boinebroke (finales del siglo XIII) dueño de vidas y 13

haciendas de sus trabajadores de la ciudad de Douai . Ocurrirán también por la frecuente falta de unidad de acción de los gremios profesionales en los momentos clave. Y ocurrirán a causa de una divergencia de intereses políticos: grosso modo, la fidelidad de los condes de Flandes a sus señores naturales los reyes de Francia y la inclinación de los empresarios hacia

los reyes de Inglaterra, importante proveedora de materia prima para la pañería del territorio. Brujas será la adelantada de los movimientos revolucionarios bajo la dirección de un hábil 14

tribuno —Peter van Coninc — que supo atraerse, según los Anales de Gante, «a gran número de tejedores, bataneros y gentes del común». Una explosión popular conocida como «los maitines de Brujas» (17 de mayo de 1302) costó la vida a numerosos soldados franceses de la guarnición. Unas semanas después (11 de julio de 1302), las milicias de las ciudades flamencas derrotaban en Courtrai a las fuerzas reales en la conocida como «batalla de las 15 espuelas de oro», del botín logrado por los vencedores que exhibieron como trofeo . La ola revolucionaria, sin embargo, decrecería en los años siguientes, en los que la reacción militar francesa (batalla de Cassel de 1328) devolvió las aguas a su cauce. El inicio de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra volvió a poner los intereses económicos de las ciudades flamencas en el tablero político internacional. Gante tomaría el relevo en cuanto a inquietud político-social. Un destacado mercader, Jacobo van Artevelde, depositó en la alianza con Eduardo III de Inglaterra las esperanzas de prosperidad económica de su ciudad, que encabezó una cierta federación con otras localidades como Ypres y la propia Brujas. Su habilidad tribunicia le valió algunos éxitos entre sus vecinos que se trocarán en fracasos culminados con su asesinato (1345) en un enfrentamiento entre bataneros y tejedores y el retorno de la autoridad condal. Años más tarde, su hijo Felipe trataría de repetir la experiencia uniendo los intereses de Gante y Brujas, aunque solo para acabar su 16 vida (1382) en un enfrentamiento con la autoridad condal . Bajo el gobierno del conde Luis van Mâle (1346-1384), Flandes mantuvo un cierto equilibrio político entre los intereses de Francia e Inglaterra. A su muerte, el territorio se integraría en los dominios de los duques de Borgoña y, transcurrido algún tiempo, en los de la casa de Habsburgo. Con todo, el recuerdo de la «batalla de las espuelas de oro» o de los Artevelde constituirían importantes piezas de la 17 mitología político-social del país y de sus ciudades .

Los ejemplos italianos Las ciudades-república italianas serán excelente campo para el estallido de graves tensiones sociales en el Bajo Medievo.

Dos modelos De un lado está el facilitado por Venecia. Su compleja estructura institucional, soportada desde principios del siglo XIV en el temido Consejo de Diez, evitó situaciones como las sufridas por otras ciudades de la península. Venecia apenas padeció graves alteraciones ni cayó en manos de tiranos (aristocráticos o populistas). El precio pagado fue el de mantenerse

inalterablemente —según expresión de un prestigioso erudito francés— como una república de 18

patricios . El segundo modelo, el más sugestivo por lo convulso, lo facilitan otras ciudades. En Siena, en 1368, los minuti encabezaron un movimiento que en 1371 llegaría a expulsar del gobierno a los tres representantes de los popolani ricos y a cuatro de los medianos, aunque su triunfo fue 19 efímero . En Génova, una revuelta popular (1339) expulsó a los nobles del gobierno y lo ofreció a Simone Boccanera, erigido dogo a perpetuidad auxiliado por un consejo de doce popolani. Roma vivió algún tiempo bajo la dictadura del iluminado Cola di Rienzo, muerto en un tumulto popular (destino de tantos agitadores) en octubre de 1354. Será sobre todo en Florencia donde se den las situaciones más dramáticas y complejas. En los albores de la Edad Moderna y en los últimos años de su vida, Nicolás Maquiavelo redactó una Istorie Florentine dedicada al papa de la familia Médicis Clemente VII (1523-1534). En el Proemio se maravillaba de que en su ciudad, a diferencia de otras (desde las antiguas Atenas y Roma, a las demás ciudades italianas del Medievo), no hubiera solamente dos bandos enfrentados, sino una extraordinaria variedad. Hasta el punto de que una facción vencedora acababa rompiéndose en varios partidos. Se sorprendía también, aunque agradablemente, de que tal número de revueltas y fragmentaciones no hubieran anulado la virtù de aquellos ciudadanos que lograron engrandecer su patria exaltándola por encima de los 20 diversos contratiempos . A la larga, reconocería el mismo Maquiavelo, esa conflictividad abocaba a un fin del 21 régimen republicano y favorecía directa o indirectamente al enemigo exterior .

La revuelta de los ciompi y sus repercusiones Florencia fue estableciendo desde 1282 un sistema de gobierno en el que, marginados los nobles y bloqueado el acceso a los representantes de los estratos más populares, los puestos de responsabilidad quedaron en manos de los representantes de las artes mayores: el popolo 22 grasso en la terminología más común . La crisis general del siglo XIV, sin embargo, produciría todo tipo de contratiempos de los que cronistas como Giovanni Villani dejaron cumplido testimonio: carestías producto de la crisis alimentaria de 1315, incendios recurrentes, algunas derrotas militares a manos de sus vecinos, inundaciones en 1329 o tiranía del duque de Atenas Gualterio de Brienne en 1343. Maquivelo le juzgará casi dos siglos después diciendo que su fingido humanitarismo derivó pronto en «soberbia y crueldad» frente 23 a muchos de los grandes notables del pueblo . A ello se uniría la quiebra de las compañías de Bardi, Peruzzi y Acciaiuoli en 1346 y... la gran oleada de peste en 1347-1348. La prueba suprema desde el punto de vista de la conflictividad social llegaría a partir de 1376 en que la 24 comuna florentina, rompiendo con su tradición güelfa, entró en guerra con el papa . La crisis política se dobló con otra social cuando en 1378 el paro entre los obreros de la

lana, perjudicados por la competencia de la naciente pañería inglesa, acabó provocando una auténtica revolución. La conocemos como «tumulto de los ciompi», en tanto los grupos más 25 desheredados actuarán de fuerza de choque . En un primer momento, el fenómeno tuvo un carácter puramente reformista. Lo impulsaron dos personajes de diferente extracción social. Por un lado, Salvestro dei Medici, conocido por sus posiciones demagógicas. Maquiavelo lo presentaría como «descendiente de notabilísima familia del pueblo, que no podía soportar que el pueblo fuera oprimido por unos pocos 26 poderosos» . Ascendido a gonfaloniero de justicia, se convirtió en portavoz de mercaderes, 27 artesanos, pobres y débiles, «que deseaban vivir en paz y de su trabajo» . Por otro lado, estaba el contramaestre de cardadores Michele Lando. Su programa, que llevó la estructura política de la ciudad a una situación democrática hasta entonces desconocida, se basó en dos puntos: la creación de tres nuevas artes para encuadrar a los obreros de la lana y la admisión a las magistraturas de miembros de las artes menores en número proporcional a los de las mayores. La resistencia de la Señoría a estas reformas encrespó los ánimos de los artesanos (jornadas de junio de 1378), quienes, al grito de «¡Viva el pueblo y las corporaciones!», prendieron fuego a casas de aristócratas y popolani potentes objeto de especial odio. En las semanas siguientes (fines de julio) cayeron en manos de los alzados el palacio del Podestà y el 28 de los Priores . Los grupos más radicalizados, desbordando las previsiones puramente reformistas, se organizaron en un grupo conocido como los Otto Santi del popolo di Dio. El gremio de cardadores recibirá el nombre de Populi minuti sive populi Dei. Como en muchas otras ocasiones del Medievo, un movimiento social adquiría unos tintes religiosos más o menos 29 heterodoxos . Desde finales de agosto, sin embargo, la reacción se puso en marcha aprovechando la frágil unidad (tara endémica de las rebeliones populares) de los grupos alzados. Salvestro dei Medici y Michelle Lando (considerado como traidor por algunos de los suyos) fueron desterrados y, a lo largo de tres años, las reformas políticas fueron desmanteladas. Los tres nuevos arti creados en 1378 fueron suprimidos, con lo que el gobierno de la Señoría pudo retornar, en esencia, al viejo orden oligárquico regido por los 30 popolani grassi .

Las otras perturbaciones: los conflictos entre iguales con sus redes clientelares Se ha insistido en que en el mediodía de Europa —especialmente en Italia— las milicias armadas de carácter popular se integrarán en asambleas conocidas como sociedades de puertas. Frente a ellas se alzaron las aristocráticas sociedades de torres de carácter nobiliario. Esta será otra forma de compartimentación interna de la ciudad, pero no la última.

De no menor importancia es la que enfrente a las propias familias de mayor prestigio o 31 riqueza, convertidas en cabezas de parcialidades político-sociales . Esta situación se traduce en la formación de clientelas y federaciones de clanes, en su encastillamiento en barrios 32 específicos y en la consiguiente conversión de las casas en verdaderos fortines . Las elevadas torres que dan ese acusado perfil a las ciudades italianas (impresionante San Gimignano) son toda una expresión del odio profundo profesado entre diversos linajes. Deseos de venganza por afrentas recibidas están en el origen de distintos conflictos urbanos. También las provocaciones que hacen que incidentes aparentemente triviales se agraven con 33 solicitudes de ayuda familiar o clientelar que acaban comprometiendo a toda una ciudad . Ante situaciones de este tipo, la autoridad constituida muestra frecuentemente su impotencia. La tradición de Montescos frente a Capuletos veroneses puede interpretarse así como algo más que una evocación literaria de William Shakespeare. 34 En España nos encontraremos también ante enconados enfrentamientos . En algunos casos como en el País Vasco afectan a todo un territorio con la endémica lucha de bandos entre 35 Oñacinos y Gamboínos . En otros, tienden a centrarse en una ciudad y su entorno. Será el citado y muy singular de busca frente a biga en Barcelona; y los que adquieren una dimensión nobiliaria tras la entronización de los Trastámara en Castilla. Serán las rivalidades de Guzmán frente a Ponce de León en Sevilla, de Fajardo frente a Manuel en Murcia, de Maldonado frente a Tejeda en Salamanca, de Silva frente a Ayala en Toledo, o de las dos ramas del linaje 36 Fernández de Córdoba («aguilaristas» frente a «cabristas») en Córdoba . La proliferación de casas fuertes (extraordinario el perfil que hasta hoy ha conservado el centro de Cáceres, zona 37 aterrorizada por las luchas de clanes entre fines del XIV y buena parte del XV) visualiza urbanísticamente la búsqueda de una seguridad familiar permanentemente puesta en peligro. Las luchas de bandos/partidos se agudizan en momentos políticos particularmente delicados. Ciertas denominaciones pueden resultar absolutamente artificiosas. Sucederá con las de güelfos y gibelinos (luego blancos y negros) en las ciudades italianas que desbordan con mucho la simplificación de partidarios del papa y partidarios del emperador, respectivamente. Tampoco son suficientemente definidos los perfiles de borgoñones frente a armagnacs en la Francia de la primera mitad del siglo XV, conflicto que se solapa con el 38

movimiento burgués cabochienne . Y ¿qué decir de los choques entre enriquistas y petristas y un siglo después entre beltranejistas e isabelistas en la Corona de Castilla? ¿No estaríamos tanto ante enfrentamientos de clases como ante enfrentamientos de clanes, tomadas estas expresiones en su sentido más lato? Las afinidades en la Francia de fines de la Edad Media permiten hablar (Froissart utiliza el término que años más tarde retomará Commynes) de «parcialidades», consideradas como el mal absoluto del reino y raíz de todos los desórdenes. Los grandes se rodean de sus redes vasalláticas, de amigos y de feudales. Como resumidamente se ha dicho, las solidaridades 39 personales acaban formando el tejido de la sociedad .

En distintas ciudades italianas, los textos nos hablan de la presencia en un mismo partido 40

de caballeros, grandes o nobles y popolani, la gente del popolo , con todo lo que esta expresión tiene de ambiguo. En Florencia, muchos conflictos están emparentados con las 41 luchas tradicionales entre bandos, sostenidas por sus propias clientelas de gente humilde . En algún caso, el cabecilla de un movimiento popular es miembro de alguna destacada familia. Así, Salvestro dei Medici, inductor del movimiento ciompi, aparece rodeado de sus compañeros y colegas (congiunti e collegati), sus parientes, amigos y correligionarios (loro 42 parenti e amici, suoi compagni, quelli de cui si fidava) . La «verticalidad» de los conflictos sociales —que realmente se da— se solapa frecuentemente con una marcada «horizontalidad». Algunos autores, así, se han preguntado si lo que está en juego en muchos de estos conflictos es un problema de movilidad de las 43 élites .

El exilio: exclusión drástica de la comunidad Tan antiguo como la historia misma y relacionado, aunque no en exclusiva, con el 44 enfrentamiento entre bandos de las ciudades será el exilio . Dentro de la tradición judeocristiana, el exilio disponía de toda una cobertura simbólicomística en tanto el hombre era el eterno exiliado-peregrino en este mundo a la espera de 45 alcanzar su patria eterna . A nivel individual, la figura del exiliado medieval cuenta con dos insignes personajes en los que la literatura ha hecho afortunada presa. Uno será Ruy Díaz de Vivar, expulsado de Castilla por la ira regis, pero que según vox populi: «¡Dios, qué buen 46 vasallo, si obviese buen señore!» . El otro —exiliado urbano por antonomasia— será Dante Alighieri, todo un modelo de alejado forzado de su ciudad natal; hasta el extremo de serlo también tras de su muerte con su inhumación en Ravena. «Ha muerto tu Dante Alighieri en el exilio al que tú injustamente, envidiosa de su valor, le diste. ¡Oh pecado que no se debe recordar, que la madre sea envidiosa de la virtud de alguno de sus hijos!». Así se expresaba 47 Boccaccio lamentando la ingratitud de los florentinos . Pero el exilio constituye en el Medievo un castigo también colectivo, o al menos grupal. Puede imponerse, por ejemplo, a una comunidad en razón de su comportamiento moral, como las prostitutas de Francia a las que San Luis castiga en 1254 a la expulsión de las ciudades del 48 reino y la confiscación de todos sus bienes . O, el caso más llamativo que veremos de inmediato: el que se impone, en sucesivas oleadas, a la población hebrea de los distintos estados europeos. A nivel político, el exilio colectivo es especialmente visible en las ciudades de Italia. Sin embargo, cuando todos los miembros de una facción derrotada se vean obligados a emprender el camino del destierro, distarán mucho de caer en una paralizante melancolía. Mantendrán por

el contrario la solidaridad de grupo y la esperanza de retorno. Conspirarán desde fuera creando verdaderos grupos de presión que condicionan la vida política y hasta económica de las localidades en las que se han asentado. Giovanni Villani habla de los usciti florentinos que no perdían la esperanza de retornar a su ciudad. De forma similar, los usciti genoveses llegarán a actuar como fuerza de choque de ciudades que les dan acogida. Incluso, en 1315 49 llegan a hacer préstamos usurarios a los vecinos de Lucca . Y exilios colectivos (en ocasiones matanzas), también por razones partidistas, conocerá París en la segunda fase de la Guerra de los Cien Años, cuando los «perros armagnacs» y los «traidores borgoñones» se van sucediendo violentamente en el control de la capital del 50 reino .

Otra conflictividad urbana: la base étnico-nacional y religiosa Se ha recordado cómo la polinuclearidad de la ciudad medieval hasta fecha avanzada provoca situaciones como la del área Londres-Westminster. El primero será el núcleo mercantil a menudo turbulento que los reyes han de vigilar desde la Torre de Londres con funciones similares a las de la Bastilla en París. Westminster será, por el contrario, el núcleo 51 administrativo . Pero esa polinuclearidad tendrá, merced a otro tipo de circunstancias, un carácter más que binario; ello haría pensar en la ciudad medieval como una simple 52 yuxtaposición de mundos cerrados . Los factores de extranjería o de confesión 53 extracristiana adquieren en ese contexto una importancia decisiva. (Dejamos para otro capítulo la proyección urbana de las herejías, dada la singularidad de este fenómeno).

Las raíces nacionales de ciertos sectores vecinales Se trata de una circunstancia que pesa de forma decisiva hasta fecha tardía. El caso hispánico facilita todo un modelo. Toledo después de su toma por Alfonso VI en 1085 tendría barrios propios de castellanos, mozárabes, francos, mudéjares y judíos; cada uno con sus 54 formas de vida y normas de gobierno (fueros) particulares . Pamplona la compusieron varios burgos cuyos vecinos recelaban unos de otros y se mantuvieron durante mucho tiempo separados por murallas y fosos: el de francos (San Cernín), y los de San Nicolás, San Miguel 55 y el de la Navarrería (sede de la catedral), objeto de saqueo durante la guerra civil de 1276 . Las colonias de mercaderes constituyen otro elemento exótico visto con abierto recelo a causa de su riqueza y disfrute de privilegios. En el caso hispánico, la expresión franco, aplicada a barrios o a simples calles de algunas ciudades, se asociará a la instalación de ultrapirenaicos (no solo franceses) en diversas ciudades, particularmente en las rutas

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jacobeas . Mercaderes italianos se asentarán en buena parte de Europa, especialmente en el 57 área mediterránea, incluidas las zonas más orientales . Los alemanes lo harán sobre todo en la Europa báltica y del Este: Peterhof de Novgorod, Hof Wogsbotten de Bergen, Michaelsgarten de Oslo, la ciudad de Reval —actual Tallin—, etc.; pero también en el sur y 58 el occidente, con el Fondaco dei Tedeschi de Venecia o el Stalhof de Londres .

El caso judío El judío aparece tradicionalmente como personaje con particular querencia por el mundo 59 urbano, aunque ello no suponga la ausencia de población hebrea en el medio rural . El gheto, la judería, el call acaban por ser su refugio natural con sinagoga, escuela, carnicería y horno propios. Estaremos ante una sociedad paralela a la cristiana, lo que hace del mosaísmo una especial forma de aislamiento-marginación, aunque diferente a las anteriormente citadas. Los judíos, no lo olvidemos, son propiedad protegida de la Corona: «servi camerae nostrae», 60 recuerda en una disposición en 1236 el emperador Federico II . Las aljamas hispánicas son algo más que un barrio aparte; son toda una comunidad jurídica con vida y reglas propias 61 similar a los municipios . El judío medieval será objeto de una animadversión cada vez más acusada, especialmente 62 a partir del segundo milenio . En ella confluirán tanto creencias populares como disposiciones legales —civiles y canónicas, estas especialmente desde los Concilios III y IV 63 de Letrán—cada vez más restrictivas . Unas circunstancias que se enmarcarán en la creación de lo que algún autor ha considerado la gestación de una sociedad represora frente a colectivos diversos: no solo los judíos, sino también los herejes, los leprosos o los 64 homosexuales . Dos asonadas antijudías del Medievo dejaron profunda huella en la memoria colectiva del pueblo hebreo. La primera se produjo con motivo de la Primera Cruzada. Alberto de Aquisgrán recordará las matanzas causadas por las turbas de peregrinos de Pedro el Ermitaño en ciudades del Imperio después de la llamada del papa Urbano II en 1095. Se produjeron «especialmente en Lorena, asegurando que este era el modo justo de comenzar la expedición y que ello era lo que 65 se merecían los enemigos de la fe cristiana» . Nuevas cruzadas quedarían también marcadas por este tipo de excesos protagonizados por grupos de cruzados populares a los que en 66 distintas ocasiones se conocerá como «pastoureaux» . La actitud oficial en relación con las comunidades hebreas del Medievo estuvo cargada de ambigüedad. Por una parte se reprueba el ejercicio de la violencia física siguiendo las líneas maestras marcadas por mentores religiosos como el papa Gregorio Magno. Pero, a la par, se impulsan medidas restrictivas para la actividad y movilidad del elemento hebreo y se

promueven debates con la finalidad —fallida— de convencerle de la falsedad de sus 67 doctrinas . Luis IX de Francia, ferviente cristiano pero no demasiado versado en cuestiones de teología, vio con enorme prevención a los judíos como enemigos de la fe cristiana y usureros. Bajo su reinado se impulsó la quema pública del Talmud, considerado cobijo de 68 graves errores . La otra gran conmoción popular antijudía tuvo lugar en 1391 con las ciudades españolas como principal escenario. Sevilla irá a la cabeza cronológicamente a instigación del fanático arcediano Ferrán Martínez. Le siguieron como un reguero de pólvora Córdoba, Toledo, 69 Cuenca, Valencia o Barcelona . El número de bajas mortales es difícil de establecer. Se ha hablado de cuatro mil judíos sevillanos asesinados, invocando sin fundamento el testimonio del canciller y cronista Pero López de Ayala, que nos dejó un vívido retrato del asalto a la 70 judería hispalense . El principal efecto de esta cadena de explosiones fue el conducir a la judería hispánica a una grave crisis, dado el elevado número de deserciones. De ello se lamentarán autores hebreos que contrapusieron el heroísmo martirial de los judíos de finales del siglo XI a la cobardía de sus descendientes de 1391 que, en gran número, prefirieron la 71

recepción del bautismo a morir defendiendo su vieja fe . A efectos hispánicos, 1391 marca el primer paso importante para que el problema judío derive en problema converso; circunstancia que ha dado pie a un amplio debate entre 72 historiadores y ensayistas . En 1474, sin embargo, se detecta aún presencia hebrea en más de trescientos lugares; hasta el punto de que algunos autores han podido hablar de una cierta 73 74 reconstrucción de la judería hispánica . El edicto de expulsión de 1492 no pondrá fin a un problema de convivencia religiosa, sino que lo redimensionará a lo largo de buena parte de la 75 Edad Moderna .

Las comunidades islámicas Colonias de población islámica permanecieron durante cierto tiempo en zonas de Italia una vez consumada la conquista de Sicilia por los normandos. En fecha tan avanzada como el reinado del controvertido Federico II, serían utilizadas aún milicias integradas por 76 musulmanes acantonados en la localidad de Lucera en la costa adriática . Una política que, aplicada incluso en sus enfrentamientos contra la autoridad papal, habría de causar a la imagen del monarca un irreparable quebranto. A efectos no tanto culturales como sociales y demográficos, esa presencia islámica en Italia supuso poco más que una mera anécdota si la comparamos con las situaciones que se crearán —ocho siglos de presencia musulmana por medio— en la más occidental de las penínsulas mediterráneas. Aunque se sostenga que las disposiciones de cortes en las que se habla de judíos y moros 77 se refieren solo a los primeros , ello no supone que la población de credo islámico

representase poco en las inquietudes de los monarcas hispanocristianos. La expansión de sus estados hacia el mediodía plantearía el importante problema de adaptación de los vencidos a la nueva situación. La capacidad de persuasión evangelizadora hacia el elemento islámico a lo largo de la Edad Media se mostró tan limitada o más que la referida al elemento hebraico. En 78 el caso del Islam en especial, se reiterará la postura de tomarlo como un trasunto de herejía . La convivencia, sobre la que tópicamente se ha insistido, se manifestaría como algo forzado y repetidamente problemático. Conocidos por los nombres de moros, mouros, sarracenos o sarrains, los musulmanes vencidos estuvieron muy irregularmente distribuidos, tanto en el campo (caso de la Corona de Aragón) como en las ciudades, más específicamente en las de Castilla. Aunque su reducción había sido drástica tras el aplastamiento de la rebelión mudéjar de 1264 en Andalucía y Murcia, quedaban aún a finales del siglo XIII en torno a 32.000 en el reino de Aragón, 65.000 en Valencia, algunas colonias de mouros forros (moros libres) en Portugal y ciertas zonas del 79 sur, y 25.000 en la Corona de Castilla . La conquista del reino de Granada planteó al gobierno castellano un arduo problema de acomodación. Junto a los inmigrantes cristianos viejos, un fuerte contingente de población islámica —los mudéjares de acuerdo con la denominación tradicional— optó por la permanencia en su suelo. Por el contrario, algunos dirigentes como Boabdil y su tío El Zagal prefirieron marchar al norte de África. Las capitulaciones, en principio bastante generosas para los vencidos, se trocaron, tras una revuelta iniciada en el Albaicín en 1499 y extendida a 80 la Alpujarra, en una política de conversiones forzosas . El bautismo fue aceptado por los mudéjares granadinos «con fingimiento y repudio interior», lo que supuso la práctica secreta 81 del Islam y la conservación de sus preceptos, aunque fuera de forma degenerada . Si el problema judío derivó en problema converso, el problema mudéjar lo hizo en problema 82 morisco que culminó en una auténtica tragedia . Esta se resolvería en dos actos a lo largo del siglo siguiente. El primero lo constituyó la dispersión de moriscos granadinos en el conjunto de los territorios de la Corona castellana tras la dura represión manu militari de la sangrienta revuelta de 1568-1571. Para su derrota se requirió el concurso de soldados profesionales que, según el cronista Ginés Pérez de Hita, eran «los mayores ladrones del mundo», a los que se dio carta blanca para que procedieran 83 contra los rebeldes . El segundo episodio se produjo con la expulsión decretada a principios del XVII por el gobierno del duque de Lerma, y afectaría especialmente a los moriscos de los 84

territorios inscritos en la Corona de Aragón . Estamos hablando para ese momento de población con arraigo esencialmente rural y, además, de un hecho que desborda los límites de lo que solemos definir como Edad Media. Aunque sí cabe hablar de una herencia típicamente medieval.

1 M. Mollat y P. Wolff, Ongles bleus, jacques et ciompi. Les révolutions populaires en Europe aux XIV et XV siècles, París, 1970. 2 K. Marx y F. Engels, Manifesto del partido comunista, ed. de E. Sbardella, Roma, 1972, págs. 47-48. 3 R. Fossier, El trabajo en la Edad Media, págs. 93-94. 4 G. Lefranc, La huelga. Historia y presente, Barcelona, 1972, pág. 14. 5 Froissart, Crónicas, ed. y selección de E. Bagué. págs. 104-109. 6 Sobre la «revolución» promovida por E. Marcel, véase la biografía de R. Cazelles, Étienne Marcel, champion de l’unité française, París, 1984. 7 Sobre este proyecto de reforma sigue siendo útil el viejo trabajo de A. Coville, Les cabochiens et l’ordennance de 1413, París, 1888 (reeditado en 1974). 8 R. Hilton, Siervos liberados, pág. 247. 9 A trabajos de J. Vicens Vives como Historia de los remensas en el siglo XV, Barcelona, 1944, se han ido sumando otros como los de S. Sobrequés y J. Sobrequés, La guerra civil catalana del segle xv, 2 vols., Barcelona, 1973, o C. Batlle, Barcelona a mediados del siglo XV. Historia de una crisis urbana, Barcelona, 1976. 10 M. I. del Val, «Las perturbaciones de la paz urbana en la Castilla del siglo XV», en La convivencia en las ciudades medievales, págs. 23-51. 11 R. Averkorn, «Un fenómeno europeo: el desarrollo de movimientos sociales en diversas ciudades alemanas (siglo XIV)», en La convivencia en las ciudades medievales, págs. 53-79. 12 Sobre el patriciado como columna vertebral de la vida política y social de estas dos áreas, J. Lestocquoy, Les villes de Flandre et d’Italie sous le gouvernement des patriciens (XI-XV siècles), París, 1952. 13 Un excelente trabajo sobre este personaje lo publicó hace años G. Espinas: Les origines du capitalisme, t. I: Sire Jehan Boinebroke, patricien et drapier douaisien (?-1268 environ), Lille, 1933. La evolución de un patriciado que de empresario pasa a rentista la trataría en Les origines du capitalisme, t. II: Sire Jean de France, patricien et rentier douaisien. Sire Jean Le Blond, patricien et drapier douaisien (seconde moitié du XIII siècle), Lille, 1936. 14 J. F. Verbruggen, «Pierre de Coninc et Jean Breidel, tribuns brugeois au début du XIV siècle», en Le Moyen Âge, 1970, págs. 61-89. 15 M. Mollat y P. Wolff, Ongles bleus, jacques et ciompi, págs. 57-60. 16 H. van Werveke, Jacques van Artevelde, Bruselas, 1943. 17 Para estos acontecimientos y sus repercusiones sigue siendo citada la venerable obra de H. Pirenne, Histoire de Belgique, vols. I y II, Bruselas, 1900-1903. 18 Ch. Diehl, Una república de patricios: Venecia, Madrid, 1960 (ed. original de 1915). Max Weber diría que Venecia «constituye un caso límite y particularmente puro del desarrollo de una ciudad patricia», La ciudad, pág. 82. 19 V. Rutenburg, Movimientos populares en Italia (siglos XIV-XV), Madrid, 1983, páginas 91 y ss. 20 N. Maquiavelo, Historia de Florencia (Istorie Florentine), ed. de F. Fernández Murga y F. Gilbert, Madrid, 2009, pág. 24. 21 J. L. Romero, Maquiavelo historiador, Buenos Aires, 1970, págs. 80-81. 22 N. Guglielmi, «El tumulto de los ciompi», págs. 391-393. 23 N. Maquiavelo, Historia de Florencia, pág. 126.

24 Un buen resumen de estas peripecias lo facilita Y. Renouard, Histoire de Florence, págs. 51-58 y 76-79. 25 Un clásico sobre este movimiento es la obra de N. Rodolico, I ciompi, una pagina di storia del proletariato operario, Florencia, 1945, al que se han ido añadiendo otros estudios, como el de A. Stella, La revolte des ciompi. Les hommes, les lieux, le travail, París, 1993. 26 N. Maquiavelo, Historia de Florencia, pág. 153. 27 M. Mollat y P. Wolff, Ongles bleus, jacques et ciompi, pág. 147. 28 V. Rutenburg, Movimientos populares, págs. 105 y ss. 29 N. Guglielmi, «El tumulto de los ciompi», pág. 399. 30 Ibíd., págs. 425-427, y V. Rutenburg, Movimientos populares, págs. 200-213. 31 Con especial aplicación al mundo italiano, véase J. Heers, El clan familiar en la Edad Media, Barcelona, 1978. Se complementa con otra obra de este mismo autor: Los partidos y la vida política en el Occidente medieval, Buenos Aires, 1986. 32 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, pág. 67. 33 J. Heers, Los partidos y la vida política, pág. 134. 34 Para el caso castellano, una panorámica la traza M. A. Ladero, «Linajes, bandos y parcialidades en la vida política de las ciudades castellanas (siglos XIV y XV)», en Bandos y querellas dinásticas en España al final de la Edad Media, Actas del Coloquio celebrado en la Biblioteca Española de París (15-16 de mayo de 1987), París, 1991, págs. 105-134. 35 Sobre este tema, véase J. R. Díaz de Durana (ed.), La lucha de bandos en el País Vasco: de los parientes mayores a la hidalguía universal (Guipúzcoa, de los bandos a la provincia, siglos XIV y XV), Bilbao, 1998. 36 Para este último caso, véanse los trabajos de C. Quintanilla, «Estructura y función de los bandos nobiliarios en Córdoba a fines de la Edad Media», en Bandos y querellas dinásticas, págs. 157-180, o «Conflictos entre grandes. De las luchas internobiliarias a los debates interseñoriales», en José Manuel Nieto (dir.), El conflicto en escenas. La pugna política como representación en la Castilla bajomedieval, Madrid, 2010, págs. 59-104. 37 M. C. Gerbet, La noblesse dans le royaume de Castille. Étude sur ses structures sociales en Extrémadure de 1454 à 1516, París, 1979, págs. 208-209. 38 Para uno de los más graves incidentes entre los dos bandos, véase B. Guenée, Un meurtre, une société. L’assassinat du duc d’Orléans. 23 novembre 1407, París, 1992. Un hecho que repercutirá de forma decisiva en la vida del París de los siguientes treinta años. 39 P. Contamine, «1285-1514», en Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, pág. 400. 40 J. Heers, Los partidos y la vida política, pág. 72. 41 J. Heers, El clan familiar, pág. 141. 42 V. Rutenburg, Movimientos populares, pág. 124. 43 Idea sobre la que especuló, siguiendo los argumentos de sociólogos como W. Pareto, G. Fourquin, Les soulèvements populaires au Moyen Âge, París, 1972, págs. 87 y ss. 44 Con particular referencia a la Europa central, véase H. Zaremska, Les bannis au Moyen Âge, París, 1996. 45 Véase E. Mitre, «Las peregrinaciones medievales. Realidades, analogías y anagogías», recogido en Fronterizos de Clío (Marginados, disidentes y desplazados en la Edad Media), Universidad de Granada, 2003, págs. 177-199.

46 Poema de mio Cid, ed. de Jimena Menéndez Pidal, Zaragoza, 1977, pág. 37. 47 G. Boccaccio, Vida de Dante, ed. de C. Alvar, Madrid, 1993, pág. 73. 48 J. Rossiaud, La prostitución en el Medievo, Barcelona, 1976, págs. 75-76. 49 N. Guglielmi, «Modos de marginalidad en la Edad Media: extranjería, pobreza, enfermedad», en Marginalidad en la Edad Media, págs. 12-14. 50 P. Contamine, «1285-1514», en Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, pág. 403. 51 R. S. López, A cidade, pág. 74. 52 P. Boucheron, D. Menjot y M. Boone, La ville médiévale, pág. 474. 53 Para un ámbito concreto, véase R. Izquierdo, «Los conflictos socio-religiosos en las ciudades medievales castellanas», en La convivencia en las ciudades medievales, págs. 81-111. 54 J. F. Rivera Recio, Reconquista y pobladores del antiguo reino de Toledo, págs. 35 y ss. 55 J. M. Lacarra, Historia del reino de Navarra en la Edad Media, Pamplona, 1976, págs. 259 y 310. 56 Cfr. M. Defourneaux, Les français en Espagne aux XI et XII siècles, París, 1949. 57 Véase el dossier «Colonias extranjeras en las penínsulas Ibérica e Itálica», en Anuario de Estudios Medievales, 10 (1980). 58 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, págs. 290-281. 59 F. Ruiz Gómez, «Juderías y aljamas en el mundo rural de la Castilla medieval», en C. Barros (coord.), Xudeus e Conversos na Historia, t. II, Actas do Congreso Internacional (Rivadavia, 14-17 de octubre de 1991), Santiago de Compostela, 1994, págs. 111-151. 60 P. Sorlin, El antisemitismo alemán, Barcelona, 1970, pág. 26. 61 D. Romano, «Aljama frente a judería, call y sus sinónimos», en Sefarad, XXXIX (1979), págs. 347-354. 62 Trabajos de conjunto con abundante información en L. Suárez, Judíos españoles en la Edad Media, Madrid, 1980, y E. Cantera Montenegro, «Judíos medievales. Convivencia y persecución», en Tópicos y realidades de la Edad Media, I, Madrid, RAH, 2002, págs. 179-252. 63 J. M. Monsalvo, «Mentalidad antijudía en la Castilla medieval (ss. XII-XV)», en Xudeus e conversos, t. I, págs. 21-84. 64 R. I. Moore, La formación de una sociedad represora. Poder y disidencia en la Europa Occidental (950-1250), Barcelona, 1980. 65 Alberto D’Aix, Historia Hierosolymitana, en Recueil des historiens des croisades, Occidente, IV, pág. 292. 66 C. Morrisson, Les croisades, París, 1973, pág. 112. 67 Véase entre otros trabajos sobre el tema C. del Valle (ed.), Polémica judeo-cristiana. Estudios, Madrid, 1992. 68 E. H. Flannery, Veintitrés siglos de antisemitismo (I). Desde el mundo antiguo a la lucha por la emancipación, Buenos Aires, 1974, págs. 211-213. 69 A ello hemos dedicado nuestro libro Los judíos de Castilla en tiempo de Enrique III. El pogrom de 1391, Valladolid, 1994. 70 C. Carrete, «Los judíos de Castilla en la Baja Edad Media», en F. Maíllo (ed.), España. Al-Andalus, Sefarad. Síntesis y nuevas perspectivas, Salamanca, 1990, pág. 146.

71 E. Mitre, «Didáctica, exclusión y autoafirmación. Mensajes antijudíos en Castilla (fines siglo XIII-inicios siglo XV»), en D. Baloup (coord.), L’enseignement religieux dans la Couronne de Castille. Incidences spirituelles et sociales (XIII-XV siècle), Coloquio de la Casa de Velázquez (Madrid, 17-18 de febrero de 1997), Madrid, 2003, pág. 69. 72 Por ejemplo, E. Benito Ruano, Los orígenes del problema converso, Barcelona, 1976; J. Valdeón, Judíos y conversos en la Castilla medieval, Valladolid, 2000, o R. Amran, De judíos a judeo conversos. Reflexiones sobre el ser converso, París, 2003. 73 L. Suárez, Judíos españoles de la Edad Media, págs. 23 y ss. 74 Entre los aportes al tema, véase La expulsión de los judíos de España, II Curso de Cultura Hispano-Judía y Sefardí (Toledo, 16-19 de septiembre de 1992), Toledo, 1993. 75 Véase el viejo e interesante libro de A. Domínguez Ortiz, Los judeoconversos en España y América, Madrid, 1971. 76 M. García Pelayo, Del mito y de la razón en el pensamiento político, Madrid, 1968, pág. 197. 77 Destacado por J. M. Monsalvo, quien consideró poco representativas las referencias a moros en las disposiciones de cortes: «Cortes de Castilla y León y minorías», en Las Cortes de Castilla y León en la Edad Media, vol. II, Actas de la Primera Etapa del Congreso Científico sobre la Historia de las Cortes de Castilla y León (Burgos, 30 de septiembre-3 de octubre de 1986), Valladolid, 1988, pág. 145. 78 Tema que, a la par que otros autores, hemos abordado en Los credos medievales y el espejo de la herejía, Madrid, 2006. 79 M. A. Ladero, Ciudades de la España medieval, págs. 80-81. Para los estados de la Corona de Aragón, véase entre otros detallados estudios el de M. T. Ferrer, Els sarraïns de la Corona catalano-aragonesa en el segle xiv, Segregació i discriminació, Barcelona, 1987. 80 Sobre mudéjares de la Corona de Castilla entre 1474 y 1507, véanse dos documentados estudios: el de M. A. Ladero, Los mudéjares de Castilla en tiempo de Isabel I, Valladolid, 1969, y el más reciente de I. Montes, «Las comunidades mudéjares en la corona de Castilla durante el siglo XV», en VIII Simnposio Interenacional de Mudejarismo. De mudéjares a moriscos: una conversión forzada (Teruel, 15-17 de septiembre de 1999), vol. I, Teruel, Actas, 2002, págs. 367-480. 81 M. A. Ladero, Granada, historia de un país islámico, pág. 216. 82 Sobre esta minoría, interesantes trabajos los constituyen J. Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada. Ensayo de historia social, Madrid, 1976 (ed. original de 1957); A. Domínguez Ortiz y B. Vincent, Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, 1978, y M. Epalza, Los moriscos antes y después de la expulsión, Madrid, 1997. 83 B. Vincent, «L’expulsion des morisques du Royaume de Grenade et leur répartition en Castille (1570-1571)», en Mélanges de la Casa de Velázquez, VII (1971), páginas 211-246. 84 J. Reglá, «La expulsión de los moriscos y sus consecuencias. Contribución a su estudio», en Hispania, núms. LI-LII (1953).

TERCERA PARTE

Ideales y representaciones El providente e discreto político deue esso mesmo considerar que toda çibdat o uilla tenga conveniente e buena disposición para aver cossas necesarias a la uida e mantenimiento vmano. (Rodrigo Sánchez de Arévalo, Suma de la política, VII consideración, 1454)

CAPÍTULO 9

La ciudad, una visión ambigua (I): la Nueva Babilonia

No siempre se cumplía la sentencia según la cual el aire de la ciudad hacía libre. Y no siempre, además, se comulgaba con ella. Dos imágenes acabarán compitiendo: una que destacaba los aspectos negativos de ella y otra que exaltaba sus cualidades. Imágenes, todo hay que decirlo, que no serán exclusivas del Medievo y que, con las correspondientes modificaciones, llegan hasta nuestros días.

Ciudad y campo: una tópica contraposición En la Antigüedad, los intelectuales romanos no solo opusieron barbaritas a romanitas, sino también rusticitas a civilitas. En este último caso, sin embargo, no siempre la ciudad llevaría las de ganar.

Leyenda y moralismo La tradición más idealizadora presentaba a los primitivos romanos como un pueblo de pastores. El romano, tomado como campesino de raza y de instinto, otorgaba a la tierra un papel fundamental en la vida política, religiosa y social. Marco Porcio Catón el Censor (234149), quien combatió la invasión de costumbres helenísticas que amenazaban con arruinar las virtudes que habían hecho grande a Roma, nos legó un tratado bajo el título De agricultura. En él recuerda: Cuando nuestros antepasados querían alabar a un buen ciudadano, le daban nombres de buen agricultor, de buen granjero. Estas expresiones representaban para ellos los límites extremos de la alabanza... Entre los cultivadores nacen los mejores ciudadanos y los soldados más valientes; los beneficios son honrados, asegurados y nada odiosos. Años más tarde en una línea similar, Marco Terencio Varrón (116-77) en su Rerum Rusticarum libri III decía:

Nuestros antepasados tenían sobrada razón al colocar al hombre del campo por encima del hombre de las ciudades. En efecto, las costumbres de una casa de recreo parecen tan odiosas a nuestros campesinos, cuando las comparan a la laboriosa agitación de una hacienda, cuanto aquella prístina existencia parecía activa a nuestros 1 antepasados comparada con la pereza de los ciudadanos . La edad de oro de las letras latinas produjo la extraordinaria figura de Publio Virgilio Marón (70-19), de familia campesina de los alrededores de Mantua arruinada por el reparto de tierras entre los veteranos del ejército. En su obra manifestó encontrados sentimientos en torno al tema. Así, en sus Geórgicas, se muestra con una tierna sensibilidad ante la naturaleza viva y la inanimada: «¡Oh labradores bien afortunados, si conociesen su fortuna! Para quien, 2

justísima, la tierra, lejos de las armas en discordia, ofrece a haldadas su sustento fácil» . Y, por otra parte, se servirá de la Eneida para dotar a Octavio Augusto de una noble genealogía y a los romanos de un texto patriótico-nacional que los permitiría sentirse orgullosos de sus orígenes y de su capital: una ciudad que representaba también mucho más que eso. Baste para ello recurrir al pasaje en el que el autor describe las gestas futuras que habría de protagonizar Roma y que Vulcano cinceló en el escudo de Eneas: desde la crianza de Rómulo y Remo a la 3 victoria de Octavio en Accio sobre la flota de Marco Antonio y Cleopatra . Estaríamos, según un prolífico autor francés, ante la manifestación de una cierta cultura dirigida desde las 4 instancias de la paz augústea . Coetáneo de Virgilio, Horacio (65-8) crearía a su vez algunos de los grandes tópicos literarios al alabar la sencillez de la vida retirada (beatus ille, aurea mediocritas) frente a la complejidad de la vida urbana. Andando el tiempo, una de las figuras del Siglo de Oro español, Fray Antonio de Guevara, enriquecería notablemente el tópico al contraponer la 5 convencionalidad de la vida de la corte a la autenticidad de la vida retirada del campo . La dicotomía ha contado con numerosos ejemplos y ha llegado hasta nuestros días agudizándose en momentos especialmente críticos. Estudios recientes han destacado, por ejemplo, la doble imagen que el Berlín de la república de Weimar tenía para sus coetáneos, que la vieron como patrón de referencia. Para algunos será la ciudad cosmopolita, lúdica, desinhibida, luminosa, abierta a todo tipo de experiencias políticas, sociales y culturales. Era el imán para las gentes con ambición y talento, pero a la vez infundía una mezcla de pavor y desprecio como lugar cargado de misterio, peligro y aislamiento. Berlín era para sus detractores la ciudad artificial, antítesis de la calma que reinaba en las localidades pequeñas y silenciosas en las que todavía se conservaba la distinción entre el día y la noche. Berlín, en la 6 visión más conservadora, era la tumba de todas las cosas que aspiran a ser nobles y sanas . Y por situarnos en nuestros días y aunque sea en una sociedad alejada de la nuestra: una espeluznante experiencia ha llegado a dar pie a una feroz utopía antiurbana cual ha sido la Camboya de los jemeres rojos.

La ciudad medieval en negativo Hora es ya de abordar la visión que sus coetáneos transmitieron de la ciudad medieval. La dicotomía de la que venimos hablando jugó con dos pasajes del Apocalipsis joánico: la ciudad oscila entre una nueva Babilonia «morada de demonios y guarida de todo espíritu inmundo» (Ap., 18, 2) y una nueva Jerusalén con la que «se introducirá la gloria y la honra de las naciones» (Ap., 21, 26). Una dicotomía que metafóricamente San Juan Crisóstomo desarrolló al comparar la educación del niño (de su alma) con una ciudad: sus murallas y puertas corresponden a los sentidos que han de ser correctamente orientados evitando las posibles desviaciones. Las casas serán símbolos tanto de las virtudes que hay que fomentar 7 como de los correspondientes vicios de los que hay que alejarse . Bastantes siglos después, el dominico Jacobo de Vitry, adobando este discurso con invocaciones agustinianas, diría: «Hay en este mundo dos ciudades unidas por el cuerpo pero divididas por el espíritu: la ciudad de 8 Dios y la ciudad del diablo, Jerusalén y Babilonia» . Dos modelos para dos percepciones que se alimentan con muy diversos materiales y sobre 9 los que se ha especulado y se sigue especulando .

La ciudad, ¿un antro de perversión? Las reticencias hacia la vida urbana en el Medievo fueron frecuentes y se mantuvieron firmes en mentes conservadoras. En la más añeja tradición se hacía a la ciudad una fundación de Caín (ciudad de Henoc, Gén., 4, 17). La consolidación urbana en Occidente fue objeto de diversas admoniciones. Guiberto de Nogent dirá a propósito del movimiento comunal de 10 Laón: «communio autem novum ac pessimum nomen» . A fines del siglo XII, el monje inglés 11

Richard de Devizes diría que: «Communia est tumor plebis, timor regni, tepor sacerdoti» . Muy duro también con los burgueses que se levantaron contra su abad será el anónimo autor de las crónicas de Sahagún al considerarlos «bárbaros de coraçón e de lengua» y atribuirles la 12 afirmación de que «tanto farían por el abad como por una meretriçe» . Grandes hombres de iglesia del siglo XII como Ruperto de Deutz, Otón de Freising o San Bernardo podían presentar 13

de forma análoga la ciudad como nido de iniquidades .

La ciudad y los vicios capitales La ciudad medieval aparecía como albergue privilegiado para ese septenario constituido por los siete pecados (vicios) capitales. Reprobados en Oriente por impulsores del ascetismo monástico como Evagrio Póntico y Juan Casiano en el siglo IV, serán sistematizados en

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Occidente a partir del papa Gregorio Magno a fines del siglo VI . Las reglas de la economía de mercado convertían la ciudad en campo propicio para la expansión de la avaricia. En ella, según el acervo popular, destacaban los vecinos del valle medio del Po (los lombardos) o los de Cahors (cahorsini), tan odiados como los mismos 15 judíos . Los enriquecidos burgueses se caracterizarán también por su soberbia, madre de todos los vicios, que inicialmente parecía monopolizada por los nobles. Y ¿qué decir del clero inmerso permanentemente, pese a las graves sanciones canónicas, en ese grave delito que era la simonía, identificada con cualquier mercadería de dignidades eclesiásticas y venta de favores espirituales? Hidra simoníaca y herejía simoníaca son expresiones utilizadas para desacreditar estas prácticas. La lujuria encontraba un terreno perfectamente abonado en la ciudad. Hasta el punto de que los barrios de meretrices llegan a convertirse en una de esas «células» en las que la ciudad se compartimentaba. Poco podían hacer contra la prostitución medidas como las ordenanzas promulgadas por el piadoso rey de Francia Luis IX, acogidas por sus leales súbditos con 16 alguna que otra chanza . De hecho, como en otros muchos campos, la actitud oficial ante la lujuria-prostitución no sería unánime y la propia doctrina eclesiástica no estaría exenta de ambigüedades. Toda una corriente reprobatoria culminará en los predicadores bajomedievales más estrictos como Vicente Ferrer, el hermano Ricardo o Girolamo Savonarola, convertidos en el siglo XV en fustigadores de todo tipo de vicios. De la otra parte, desde el siglo XIII al menos, se fue abriendo paso una corriente teológica tímidamente reivindicadora del placer sexual aunque 17 relacionado siempre con el afecto marital . Todo un Santo Tomás, aunque otorgue un papel preeminente a los castos, acaba reduciendo las distancias entre estos y los demás. Un reequilibrio que iba unido al triunfo del matrimonio sacramental. Los canonistas establecieron diferencias entre dos tipos de fornicación: la que engloba crímenes públicos (rapto, adulterio, incesto, crímenes contra natura) y la fornicación simple realizada por personas libres de todo lazo que consienten en uniones efímeras. Aplicando la teoría del mal menor, la prostitución es considerada como una de sus expresiones por ciertos glosadores. La mujer pública resulta equiparable a las cloacas de los palacios, que son necesarias para que la inmundicia no lo 18 invada todo . De ahí ese carácter prácticamente institucional que alcanza en el Bajo Medievo el prostibulum publicum (casa de la ciudad, casa común, casa lupanar), mantenido y regentado en muchas zonas por las autoridades municipales o principescas. Y de ahí también esa prostitución tolerada ejercida en baños o burdeles privados con un reducido número de 19 prostitutas a veces ocasionales . Y, moviéndonos en una concatenación de vicios, ¿qué decir de esas enconadas rivalidades no solo dentro de las ciudades sino también entre ellas cuando la soberbia de algunas acarrea la envidia de las vecinas, desembocando en ocasiones en actos de ira desenfrenada?

Verdadero epítome lo encontramos en 1162 con la ya citada destrucción de la orgullosa Milán. El castigo, decretado por el emperador Federico Barbarroja, se encargaron de ejecutarlo entusiásticamente algunas de sus vecinas lombardas (Pavía, Cremona, Como, Lodi, Novara), que consideraban, así, vengar viejos agravios. Incluso el monarca llegaría a datar algunos de 20

sus documentos post destructionem Mediolani .

La ciudad y la pravedad herética La ciudad era especialmente receptiva a todo tipo de innovaciones, a diferencia del mundo rural, considerado más propicio a las inercias. Entre estas innovaciones estaban las 21

experiencias religiosas que, en más de una ocasión, pueden derivar en corrientes heréticas . El caso de la pataria milanesa de los años centrales del siglo XI supuso un ejemplo similar al ya citado de Cambrai. Buscaba la dignificación del clero mediante la eliminación de los elementos corruptos; un proyecto que, en principio, contó incluso con la aquiescencia de la sede de Roma. Con el tiempo, la pataria degeneró en una corriente radical anatematizada por la autoridad eclesiástica. Hasta el punto de que el término patarino acabará por convertirse en 22 sinónimo de hereje . En la plenitud del Medievo, los casos más llamativos de arraigo urbano de las herejías los constituirán los movimientos pauperísticos (valdenses o pobres de Lyon, humilliati 23 milaneses) y sobre todo los cátaros del mediodía de Francia. Desde los refutadores del error, Tolosa será Tolosa dolosa y con el nombre de albigenses, por la ciudad de Albi, se 24 designará también a los cátaros . Milán será conocida como «refugio de la pravedad herética», «sentina del error», «madre y nutridora de herejías» o fovea hereticorum (cueva de 25 herejes) . En la Baja Edad Media, Praga, centro económico, político e intelectual, daría fuerza al movimiento reformador impulsado por distintos maestros, entre ellos Juan Hus. El husismo, expresión bajo la que se reconocen varias tendencias espirituales muy condicionadas por la extracción social de sus militantes, acabaría extendiendo a todos los checos la fama de 26 herejes . Caso más extremo se dará en esta misma zona con una ciudad de nuevo cuño construida en un pico junto al río Luznice y bautizada, significativamente, como Tabor. Levantada a toda prisa desde 1420, en ella se refugiaron los grupos más radicales y milenaristas del movimiento —antiguos siervos, un pequeño número de artesanos y menesterosos varios— que consideraron que los pragueses eran los pervertidos habitantes de una nueva Babilonia. De hecho, más que una ciudad, Tabor parecía en aquellos años fundacionales un campamento militar, una improvisada fortaleza revolucionaria a la espera de la creación de una especie de reino celestial. Poco que ver por ello con esas fundaciones nacidas con un plan concreto de edificación a cargo de los poderes oficialmente

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reconocidos .

La ciudad y el expediente de excomunión Aunque no se dé una conexión con un foco herético, las relaciones de los vecinos de una ciudad con el poder eclesiástico distan de estar presididas por una inalterable concordia. Que la autonomía ciudadana surja repetidas veces de un enfrentamiento con el obispo es cuestión ya abordada. Circunstancia que crearía, a través de la producción escrita más clerical, una visión un tanto sesgada. Ese es solo un simple capítulo en la identificación de la ciudad con la nueva Babilonia. Hay otros menos llamativos altercados en los que los intereses de los vecinos y del poder episcopal chocan hasta el punto de que este lance contra la comunidad el entredicho; una forma de excomunión que excluye a la comunidad, aunque sea solo temporalmente, de los 28 beneficios espirituales a los que se hacía acreedor un cristiano . Sabemos, por ejemplo, que el obispo de Laón (¡la ciudad del movimiento comunal recordado páginas atrás!) excomulgó 29 en diez ocasiones a los magistrados urbanos entre 1217 y 1238 . Roces con motivo de la utilización de esta medida y apelaciones a autoridades arbitrales se han estudiado para amplios territorios de Occidente como Inglaterra (nada menos que 17.000 expedientes para un 30 31 período que va de 1200 a la Reforma) o la Corona de Castilla . Se trataría, según se ha dicho por algún autor, de una auténtica «guerra de guerrillas» entre las jurisdicciones civil y 32 eclesiástica .

La dudosa fama de algunas grandes ciudades París, brillante por tantos motivos, pasaba por ser en la Baja Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna (si a François Villon y a François Rabelais nos remitimos) la capital de la truhanería. Victor Hugo no tendría que inventar demasiado al escribir Nuestra Señora de París. En repetidas ocasiones, la capital del reino de los Capetos se manifestó como una ciudad especialmente bronca, según ya hemos anticipado. Ocurrirá con las disputas de raíz académica: entre regulares y seculares; más adelante entre realistas y nominalistas; o entre la comunidad académica y los burgueses de la ciudad. Ocurrirá con la agitación comunal de Esteban Marcel en 1358, o con la asonada de los maillotins en 1382. Y ocurrirá con los enfrentamientos entre borgoñones y armagnacs que tiñen de sangre la capital durante la 33 primera mitad del siglo XV . La soberbia (intelectual en este caso) de París se hacía extensiva a los franceses en bloque: era la superbia gallicana con la que Fra Salimbene de Parma 34 denostaba a los franceses en el siglo XIII: superbisimi et crudelisimi . Roma, cabeza de la Cristiandad, fue en el Medievo una ciudad de población difícil de

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gobernar, tal y como recordaba San Bernardo al papa Eugenio III en su De consideratione . La agitación venía tanto de los influyentes clanes familiares deseosos de imponer a los suyos en la silla de San Pedro, como de iluminados reformadores al estilo de Arnaldo de Brescia a 36 37 mediados del siglo XII o de Cola di Rienzo dos siglos más tarde, denunciadores de la corrupción reinante. El frecuente alejamiento de los papas de su capital para salvaguardar sus personas culminó durante setenta años con su estancia en la más tranquila Aviñón, la llamada 38 exageradamente «nueva cautividad de Babilonia» . Bien es conocida la tradición de Lutero, quien, tras su viaje a Roma (1511), volvería a su patria desengañado de lo que era la capital 39

del orbe cristiano . Ello en buena parte explica, aunque no justifique, la saña con la que procedieron las fuerzas imperiales en 1527 al someter a la ciudad al bárbaro saqueo y temporal prisión del papa Clemente VII. Otras relevantes ciudades eran conocidas por sus especiales defectos, que oscurecían con frecuencia sus indudables valores. La brillante Florencia era conocida también por la soberbia de sus habitantes (Dante incluido) y por la degradación de costumbres que acarreaba su notable prosperidad. Ese clima sería denunciado por Savonarola a fines del siglo XV: ¿un fanático demagogo víctima de su propia incontinencia verbal y de los manejos de sus rivales?, ¿un sincero reformador ansioso de transformar la Florencia / nueva Babilonia en la Florencia / nueva Jerusalén? Y, en consecuencia, ¿elaborador de una suerte de utopía urbana, como 40 veremos más adelante? . En torno a 1520, Nicolás Maquiavelo fue encargado de redactar su Historia de Florencia, que le ocupó hasta el final de su vida (1527). Sus predecesores historiadores exaltaron las cualidades de la ciudad, como ya tendremos oportunidad de extendernos en ello. Maquiavelo, sin descartarlas, se convierte en testigo de su declive político, decadencia y ruina a causa de la corrupción, tema dominante en el texto. El punto de no retorno parece alcanzarse en 1494, año de la última humillación: Italia «se hundió en la esclavitud» bajo los bárbaros a los que 41 en un principio (1233) y por una buena aplicación de la virtù había logrado expulsar . Sobre la falta de escrúpulos de los venecianos circuló un dicho según el cual anteponían sus negocios a los principios religiosos: «Siamo veneziani, poi cristiani». Una actitud que, al 42 margen de algún importante proyecto de gran alianza contra el turco , resultaba extensiva a otras ciudades italianas que no vieron con demasiada alarma las grandes conquistas — Constantinopla a la cabeza— de Mahomet II. Por el contrario, manifestaron muy pronto su estado de ánimo para llegar con el sultán a beneficiosos acuerdos mercantiles y, si se terciaba, 43 incluso militares .

1 Pasajes recogidos por L. Homo, Nueva historia de Roma, Barcelona, 1955, página 53. 2 Virgilio, Geórgicas, lib. II, en Obras completas, ed. de L. Riber, Madrid, 1934, págs. 128-129.

3 Virgilio, Eneida, lib. VIII, en Obras completas, págs. 427-431. 4 P. Grimal, El siglo de Augusto, Barcelona, 2011 (ed. original de 1955), págs. 52 y ss. 5 Véase F. Márquez Villanueva, Menosprecio de corte y alabanza de aldea (Valladolid, 1539) y el tema áulico en Fray Antonio de Guevara. Seguido de la Edición facsímil, Santander, Universidad de Cantabria, 1998. Sobre la proyección hispana del otro tópico horaciano, véase V. Picón García, «El tópico “beatus ille” de Horacio y las imitaciones del Marqués de Santillana, Garcilaso y Fray Luis de León», en Edad de Oro, vol. 24, 2005, págs. 259-286. 6 Eric. D. Weitz, La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia, Madrid, 2007, especialmente págs. 95, 100 y 290. 7 Juan Crisóstomo, «Sobre la vanagloria y cómo deben los padres educar a sus hijos», en M. J. Zamora (ed.), La educación de los hijos y el matrimonio, Madrid, 1997, págs. 42-68. 8 Recogido, a propósito de dos sermones —Ad mercatores et campsores y Ad burgenses—, por R. Pernoud, Histoire de la bourgeoisie en France, pág. 105. 9 Véase Edward Glaeser, El triunfo de las ciudades, Madrid, 2011. 10 Guibert de Nogent, De vita sua, III, ed. Bourgin, col. Picard, 1907, pág. 156. 11 R. Hilton, Les ciutats, pág. 48. 12 Crónicas anónimas de Sahagún, pág. 36. 13 Sobre estas invectivas contra la ciudad, J. Le Goff, «La ciudad como agente de civilización», pág. 79, o T. Dutour, La ciudad medieval, págs. 54-60. 14 Sobre los vicios capitales en el Medievo, véase C. Casagrande y S. Vecchio, I sette vizi capìtali. Storia dei peccati nel Medioevo, Turín, 2000. Para su implantación en la ciudad, véase M. Asenjo, «Integración y exclusión. Vicios y pecados en la convivencia urbana», en A. I. Carrasco y M. P. Rábade (coords.), Pecar en la Edad Media, Madrid, 2008, págs. 185-207, y E. Mitre, La ciudad cristiana del Occidente medieval, págs. 128-149. 15 J. Le Goff, La Edad Media y el dinero, Madrid, 2012, actualiza puntos de vista sostenidos por este autor desde hace años. 16 J. Rossiaud, La prostitución en el Medievo, Barcelona, 1986, pág. 75. 17 L. Otis-Cour, Historia de la pareja en la Edad Media. Placer y amor, Madrid, 2000, págs. 124 y ss. 18 J. Rossiaud, La prostitución en el Medievo, págs. 96-103. 19 M. Asenjo, «Integración y exclusión», pág. 200. 20 B. García Llorca, R. García Villoslada y F. J. Montalbán, Historia de la Iglesia católica II. Edad Media, pág. 448. 21 Para la dualidad mundo rural-mundo urbano en el catarismo, Ph. Wolff, «Villes et campagnes dans l’hérésie cathare», en J. Le Goff (coord.), Hérésies et sociétés dans l’Europe pre-industrielle, 11-18 siècles, París, 1968, págs. 203-208. 22 Para la ciudad (italiana) en los movimientos heréticos, véase E. Dupré Theseider, Mondo cittadino e movimenti ereticali nel Medio Evo, Bolonia, 1978. 23 Una buena panorámica la sigue constituyendo T. Manteuffel, Naissance d’une hérésie au Moyen Âge. Problèmes de méthode et d’histoire, París, 1970. 24 La producción sobre el catarismo es abundantísima. Véase el elenco bibliográfico, de P. Jiménez Sánchez, Les catharismes. Modèles dissidentes du christianisme médiéval (XII-XIII siècles), Rennes, 2008, págs. 399-425. 25 G. Volpe, Movimenti religiosi e sette ereticali nella società medievale italiana. Secoli xi-xiv, Florencia, 1971 (original de 1922), pág. 89.

26 Sobre los juegos de palabras contra territorios o ciudades proclives a la herejía, E. Mitre, «Herejías y comunidades nacionales en el Medievo», en Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, I (1996) págs. 85-104. 27 J. Macek, La revolución husita, págs. 107-109. 28 Para este tema en general, E. Mitre, «Integrar y excluir (comunión y excomunión en el Medievo), en Hispania Sacra. 29 O. Guyotjeannin, «1060-1285», pág. 205. 30 F. Donald Logan, Excommunication and the Secular Arm in Medieval England. A Study in Legal Procedure from the Thirteenth to the Sixteenth Century, Studies and Texts, 1968. 31 Para esta, véase A. Arranz, «Excomunión eclesiástica y protesta ciudadana», en J. M. Nieto (dir.), El conflicto en escenas. La pugna política como representación en la Castilla bajomedieval, Madrid, 2010, págs. 247-280. 32 E. Vodola, Excommunication in the Middle Ages, Berkeley/Los Ángeles, 1986, págs. 140-145. 33 E. Mitre, «Una ciudad acosada en la primera mitad del siglo XV; la capital de Francia vista por Un Burgués de París», en Talia Dixit, 6 (2011), págs. 61-84. 34 N. Scivoletto, Fra Salimbene de Parma e la storia política e religiosa del secolo decimoterzo, Bari, 1950, pág. 125. 35 B. García Llorca, R. García Villoslada y F. J. Montalbán, Historia de la Iglesia católica II. Edad Media, págs. 438-439. 36 Conflicto solo liquidado gracias a la intervención imperial. R. Foreville, Lateranense I, II y III, Vitoria, 1972, pág. 141. 37 Ph. Wolff y M. Mollat, Ongles bleus, págs. 99-104. 38 Véase Y. Renouard, La papauté à Avignon, París, 1969 (puesta al día por B. Guillemain de la edición de 1954). 39 J. Atkinson, Lutero y el nacimiento del protestantismo, Madrid, 1971, págs. 68-69. 40 Sobre este personaje, R. Ridolfi, The Life of Girolamo Savonarola, Londres, 1959, y A. Huerga, Savonarola, reformador y profeta, Madrid, 1978. Interesantes reflexiones las recoge M. Mullet, La cultura popular en la Baja Edad Media, Barcelona, 1990, páginas 160-173. 41 Q. Skinner, Maquiavelo, Madrid, 1984, págs. 99-104. 42 Véase E. Mitre, «Entre el diálogo y el belicismo: dos actitudes ante el turco desde el Occidente a fines del Medievo», en Hispania Sacra, LXII, 2010, págs. 513-538. 43 Ya destacado en su día por A. von Martin, Sociología del Renacimiento, México, 1970 (original de 1932), pág. 36, quien recuerda cómo el propio Alejandro VI y Ludovico el Moro intentaron mover a los turcos contra los venecianos. Un clima sobre el que ha incidido más cercanamente S. Runciman, La caída de Constantinopla, Madrid, 1973, págs. 178 y ss.

CAPÍTULO 10

La ciudad, una visión ambigua (II): la Nueva Jerusalén

El cristianismo contribuyó a dignificar la imagen de la ciudad en tanto, en sus primeros tiempos, fue un fenómeno religioso esencialmente urbano. En consecuencia, las viejas tradiciones espirituales del mundo antiguo serían vistas como supersticiones: algo propio de gentes poco formadas como eran las poblaciones de los campos, de los pagos. Urbani y 1 rustici acabarían expresando una «tenaz polaridad ideológica» . La ciudad se aprovechará de un concepto muy popular en el Medievo: el de corpus mysticum (cuerpo místico), persona moral que, en principio, se atribuye a Cristo y la Iglesia. De ellos pasará al Estado como corpus morale et politicum en un sentido aristotélico. El divulgador Vicente de Beauvais, dominico y coetáneo de Tomás de Aquino, hablaría de corpus rei publicae mysticum («cuerpo místico de la cosa pública»). Y, por último, el jurista italiano Antonio Roselli (1380-1466) enumera los cinco corpora mystica en los que puede 2 desenvolverse el hombre: el pueblo, la ciudad, la región, el reino y el mundo .

Diócesis, parroquias y nuevas órdenes religiosas El encuadramiento de los cristianos se basaba en el principio de una iglesia (diócesis) 3 establecida en cada ciudad . Diversos textos tempranos van dirigidos a comunidades con las ciudades como referencia. Por ejemplo, el Apocalipsis de San Juan cita así las siete ciudades de: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea (Ap., 2, 1-29 y 3, 1-14). No se trataría tanto de iglesias de como de iglesias establecidas en, por lo que se salvaguardaba la idea de unidad tanto orgánica como mística. Y avanzado el tiempo, ¿qué decir de esa ya mencionada identificación de las ciudades con sus obispos en el Alto Medievo? Los avances del urbanismo en la Plena Edad Media, y muy especialmente en el siglo XIII, y el desarrrollo de nuevos tipos de espiritualidad, dieron pie a lo que algunos autores han 4 definido como un «nuevo paisaje eclesiástico progresivamente municipalizado» . A la iglesia mayor (con el tiempo, iglesia catedral) y dependiendo orgánicamente de ella se sumarían las parroquias; de origen variado (fundaciones a veces de laicos) y a las que se

reconoce en un principio con nombres diversos. Orientadas inicialmente a la cristianización y a la atención espiritual de la población rural, cuidarán también con el paso del tiempo de la población urbana. Dotadas de pila bautismal, respondían en principio a la idea de una por 5 cada barrio de la ciudad , aunque esta equivalencia no sea del todo exacta. Así, la enorme París conocida como la «ciudad de los cien campanarios» tendría unas 35 iglesias parroquiales: es decir, en torno a tres mil feligreses por parroquia si aplicamos la cifra más baja de población calculada. Sería sin duda una proporción ajustada a las necesidades de una especial demografía. Sin embargo, una ciudad de cierto empaque como lo será Montpellier 6 solo tenía una iglesia —la de San Firmino— con categoría parroquial . Y, como contrapartida, para la mucho más modesta Zamora —unos pocos miles de habitantes en la Baja Edad Media— se ha jugado con la posibilidad de ¡en torno a las cuarenta parroquias!; 7 treinta aún a finales del siglo XVI para la ciudad y sus arrabales . * * * Desde principios del XIII, órdenes de nuevo cuño —frailes mendicantes (franciscanos y dominicos fundamentalmente)— serían para las formas de vida urbanas lo que las órdenes monásticas (sobre todo Cluny y el Císter) habían sido para el medio rural. Un popular dístico resumiría bien esta dualidad: «Bernardus valles, montes Benedictus amabat / Oppida 8 Franciscus, celebres Dominicus urbes» . En el segundo tercio del siglo XIII, el general de los dominicos Humberto de Romans afirmaba que la predicación en las ciudades era de gran interés por dos motivos: uno cuantitativo (allí hay más gentes) y otro cualitativo: en la ciudad 9 la moral es más laxa y desde la ciudad se imparten modelos de vida al campo . Las órdenes mendicantes formaron entre sus oyentes una conciencia estrictamente cristiana, con anterioridad un tanto difusa, y actuaban de cortafuego frente a las corrientes heréticas. Los dominicos en concreto (ordo praedicatorum por excelencia), fundados por el canónigo Domingo de Caleruega, fueron el gran ariete en la lucha contra las herejías del Pleno Medievo. Y no solo a través de la predicación y el debate. Lo serán también de forma muy especial cuando el papa Gregorio IX (bula Ille humani generis de 1232) indique a los obispos de Francia y de provincias vecinas que acojan a los frailes predicadores para que se 10 ocupen del negotium fidei; para ponerse al frente del aparato inquisitorial en definitiva . Las órdenes terceras, potenciadas por los frailes mendicantes, impulsaron entre los laicos una espiritualidad que ya no era patrimonio exclusivo (o casi exclusivo) de clérigos seculares o 11 miembros de las órdenes religiosas . Este idílico panorama se vio alterado por las escisiones que se produjeron dentro del fanciscanismo desde la muerte del fundador; a diferencia de lo ocurrido con los dominicos, 12 que mantuvieron una más sólida cohesión interna . Los discípulos más radicales de Il

Poverello —hijo de un rico mercader reconvertido a una estricta caridad y penitencia pauperística— invocarán un estricto espíritu de pobreza voluntaria adobado de expectativas milenaristas. El genéricamente conocido como espiritualismo franciscano que abogaba por una regeneración total de la Iglesia es, como la propia figura de Francisco, expresión de la 13

típica «mala conciencia de la segunda generación» de mercaderes enriquecidos . El pauperismo extremo tomó repetidamente a las ciudades como caja de resonancia en una mezcla de reivindicación material y radicalismo espiritual.

Piedad y religiosidad cívicas La ciudad del Pleno y Bajo Medievo potenció una extraordinaria religiosidad cívica. Se manifestará en un sentido corporativo, en la advocación de los distintos oficios a sus respectivos santos. Pero también se dará en un sentido más amplio: en la identificación de las urbes con sus santos patronos; un fenómeno en el que historia y fantasía acaban mezclándose. Serán aquellos personajes a los que la tradición atribuía un papel evangelizador o un fuerte impulso del cristianismo: San Pedro para Roma; los siete evangelizadores de otras tantas zonas de las Galias (Gatiano para Tours, Trófimo para Arles, Pablo para Narbona, Saturnino 14 para Toulouse, Dionisio para París, Austremonio para la Auvernia y Marcial para Limoges) ; los siete varones apostólicos enviados por San Pedro y San Pablo a Hispania (Torcuato, 15 Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio) ; o San Ambrosio para Milán. O serán aquellos otros (Santiago para Compostela, San Marcos para Venecia, San Nicolás para Bari, los Reyes Magos para Colonia, San Isidoro para León) cuyas reliquias —muchas veces 16 conseguidas por la pura rapiña — eran objeto de singular veneración. Se les otorgará un especial papel protector, tanto ante las penalidades individuales (ese papel sanador que supone el llamado milagro terapéutico), como en las graves cuitas políticas. Las ciudades contaban con festividades locales en las que se rendía especial culto al santo o santos protectores: Venecia, por ejemplo, llegará a contar hasta con dieciséis, figurando San Marcos 17 en un lugar de honor . Por encima de estas fiestas particulares se situarían otras de alcance más amplio producto de una piedad con valor universal. En lugar preferente figura la del Corpus Christi, festividad exaltadora del misterio eucarístico y, en consecuencia, del dogma de la transustanciación impuesto para el conjunto de la Cristiandad por el papa Inocencio III en el IV Concilio de 18 Letrán . Celebrada la fiesta por primera vez en Lieja (1247), será universalizada por el papa Urbano IV en 1264. 19 A la fundación de múltiples cofradías piadosas o penitenciales urbanas se sumarán numerosas instituciones asistenciales. Durante el Alto Medievo ese papel lo habían representado los monasterios con una figura, el elemosinarius, encargado de estas

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funciones . Hospitales urbanos acogerán a su vez indistintamente a enfermos, ancianos, pobres o peregrinos. Al papel asumido por las instituciones religiosas se unieron las iniciativas de organismos civiles y de burgueses piadosos. Jacques Le Goff ha podido decir así que, a su modo y manera, el Medievo creó un embrión de Estado de bienestar. París 21 facilitó un modelo con el Hôtel-Dieu copiado por otras ciudades francesas . Burgos, ciudad episcopal de tipo medio, caput Castelle y etapa en la ruta jacobea, disponía de una amplia red asistencial: hasta treinta y dos instalaciones de muy desigual tamaño, con el Hospital del Rey a 22 la cabeza . A fines del Medievo, el canciller borgoñón Rolin fundaría en Beaune un hospital que pasaría a ser una de las joyas arquitectónicas del gótico civil.

Regnum, sacerdotium... y studium El renacimento urbano forzó a revisar la rigidez de la encorsetada división tripartita de la sociedad. Había que dar cabida a los novi homines cuya capa superior la constituía esa burguesía de los negocios. Vista con recelo por más de uno, a la larga, y en una aparente 23 paradoja, las órdenes mendicantes acabaron por darle un barniz de honorabilidad . Hubo también otras matizaciones forzadas por esa nueva dinámica social. En concreto, la derivada de esa dualidad de poderes entendida como regnum o imperium (poder temporal) frente a sacerdotium (papado, poder espiritual en otros términos). El regnum se había sustentado tradicionalmente en una casta feudal obligada hacia el señor por los deberes de auxilium (militar y económico) y consilium, ejercido a través de la curia 24 que le asesoraba . La entrada de los burgueses en ese organismo, a la que ya hemos hecho referencia, constituiría con el tiempo todo un mito referencial para la historiografía de cuño 25 decimonónico o simplemente ilustrada . A esa burguesía que envía representantes a las asambleas de tipo parlamentario sin duda se referiría Santo Tomás cuando hablaba de la necesaria colaboración del populus honorabilis 26 en las tareas de gobierno . Algo más de un siglo después (hacia 1400), el cronista y canciller castellano Pero López de Ayala recordaría ese derecho y deber de los ciudadanos, junto a eclesiásticos y caballeros, de acudir a la llamada del soberano para asesorarle: «E sean con el rey al consejo llegados / prelados, cavalleros, doctores e letrados, / buenos omnes de villas, 27 que ay muchos onrados, / e pues a todos tañe, todos sean llamados» . Una meridiana forma de aplicación de ese principio del quod omnes tangit ab omnibus approbetur. Pero también la idea del sacerdotium-Papado como expresión del poder espiritual y cultural se verá alterada por el empuje del movimiento urbano. El monopolio de la vida intelectual por la gente de Iglesia no va ser ya tan estrecho como tiempo atrás. La sociedad 28 urbana seguiría siendo cristiana, pero ya no forzosamente clerical o clericalizada . Se verá en el nuevo sentido que adquirirán ciertas construcciones religiosas (catedrales e iglesias de

las nuevas órdenes religiosas), o se verá en el studium, fundamento del movimiento universitario.

La Europa de las catedrales El término catedral en principio es puramente adjetivo y designa la cathedra o silla, especie de trono reservado al obispo. Con el tiempo identificará a la iglesia principal de la ciudad. Será expresión arquitectónica del poder del sacerdotium; del obispo, para ser 29

precisos . Acabó constituyendo, por encima de todo, el signo de identidad por excelencia de 30 la ciudad triunfante medieval. Implica la dignificación de un arte o ciencia (la arquitectura) que, en principio, se suponía inferior a las artes liberales, puesto que se la hacía contaminada 31 por la materia . La catedral de estilo románico era, según Henri Focillon, lugar de acogimiento del obispo, canónigos, fieles y, en algunos casos, de los sepulcros (o simples reliquias) de santos. Los casos de Compostela y Roma como metas de peregrinaciones mayores hablan por sí solos. Al simbolismo escatológico del románico sucederá la preocupación por la belleza formal de la catedral gótica, máxima expresión de lo que en algún tiempo se dio en llamar el opus francigenum. El gótico, escribió en su día Leopold Genicot, tuvo ocasión de satisfacer plenamente las ambiciones de sus pioneros, que habían soñado con alcanzar las proporciones enseñadas por los matemáticos —cuyos principios reflejaban para ellos la armonía celeste— y con otorgar amplia acogida a la luz de la que creían —como los neoplatónicos y los de Chartres— que restablecía la multiplicidad a la unidad, la materialidad a lo sobrenatural y sus criaturas al Creador. Cada una a su manera, las catedrales clásicas —Chartres, Reims, Amiens, Bourges— encarnaron de este modo una concepción física y metafísica, sabia y sagrada de la 32 belleza, basada en el número y en la claridad . La concordancia entre los dos Testamentos se expresará plásticamente en los grupos 33 escultóricos de sus pórticos . La catedral, obra por lo general de generaciones, «comprometerá un conjunto de recursos humanos y económicos simbolizados en la organización del trabajo a través del gremio de canteros, que —como cualquier otra corporación profesional del Medievo— garantiza la idoneidad del trabajador. El objetivo final será convertir esa iglesia mayor en el corazón de la 34 vida ciudadana» . La catedral será el monumento simbólico que represente, mejor que cualquier otro, la unidad de una colectividad ciudadana tan puesta en entredicho por sus distintas compartimentaciones sociales. El espíritu de emulación entre ciudades se traduce en hechos

varios que, aunque anecdóticos en muchas ocasiones, dan a la catedral un profundo significado. Será por la colaboración de todos los vecinos en su construcción, y en la estoica aceptación de ese auténtico tormento de Sísifo que supone rehacer el templo —a veces incluso toda la ciudad o una parte sustancial de ella— después de algún devastador incendio como el 35 que asoló la catedral de Chartres en 1194 . Será por el deseo de dar a estos templos una capacidad de acogida para toda la población de la ciudad. O será por la impresionante altura —48 metros— de la bóveda central de la catedral de San Pedro de Beauvais, una ciudad más bien modesta; o por la fanfarronada del prebendado sevillano de fines del siglo XIV: «hagamos 36

una iglesia tan grande que quienes la vean en el futuro piensen que estábamos locos» . No se quedó atrás Giovanni Pisano, quien en la inscripción del púlpito de la catedral de Pisa se proclamaba «incapaz aunque quisiera, de esculpir obras de poco valor», declarándose «el 37 mejor de todos y digno de una corona» . Puede alegarse que se trata de anécdotas; pero en más de un caso tienen ya algo de categorías. Al margen de cuáles fueran los laboratorios en los que se experimentaron las nuevas técnicas arquitectónicas que derivarán en el gótico (Durham, Saint-Denis...), dos generaciones de catedrales francesas separadas por la fecha de 1214 (batalla de Bouvines) harán triunfar este estilo. Serán las de Laón, París, Chartres y Bourges en el primer momento; y las de Reims, Amiens y Le Mans en el segundo. Surgen (como advirtió Viollet-le-Duc) en territorio sobre el que el poder de la dinastía Capeto echará las bases para la unificación del territorio 38 francés . Especialmente en Italia, la catedral constituyó una pieza más del patriotismo urbano. Sucederá, por ejemplo, con Florencia, en donde Arnolfo di Cambio, que se ocupa de las calles, fuentes y palacios de la ciudad, es también una especie de «arquitecto jefe de la catedral». Algo parecido hará Giotto, quien, en 1334, actúa como superintendente de la 39 catedral y las fortificaciones . Santa María del Fiore fue supervisada en su origen (1294) por el gremio de la Seda y más tarde (1331) por el poderoso gremio de la Lana. En 1382, tras una cierta ralentización de las obras, la construcción avanzaría enérgicamente hasta convertirse el 40 Duomo en expresión del dominio de la alta clase media sobre la ciudad .

La ciudad como refugio del studium Junto al sacerdotium, rival en numerosas ocasiones del regnum, va a tomar cuerpo un nuevo poder dotado de especial autonomía: el studium. Ya general, ya particular, tendrá en la ciudad su punto fuerte. Entre 1281 y 1298, el canónigo de Colonia Alejandro de Roes escribió varios panfletos que supusieron el comentario político más complejo a la sociedad de la época. Asumiendo la existencia de esos tres poderes, asignaba la ostentación de cada uno de ellos a una nación europea. El regnum (la fuerza) correspondía a los alemanes, quienes habían

dado el mayor número de emperadores. El sacerdotium pertenecía a los italianos, que habían dado los mejores papas. El studium correspondía a los franceses, lo que suponía un reconocimiento del ascenso de Francia en aquellos años e, implícitamente, otorgaba a sus 41 nacionales una superior capacidad intelectual .

La universidad, un edificio intelectual Existe, afirmó Panofsky, un sutil lazo entre el espíritu del gótico y las construcciones intelectuales de la teología urbana escolástica. La capital del reino de Francia, tan denostada por otros motivos, establecía así una conexión entre la catedral de Notre-Dame y la iglesia relicario de la Sainte-Chapelle por un lado y la universidad por otro. Su facultad de teología era, según Georges Duby, toda una fábrica de pensar correctamente. Con cierto toque chauvinista, los franceses hablarían de una translatio Studii usque Parisium después de que la supremacía intelectual hubiera sido ostentada por distintos pueblos. Casi todo un «fin de la Historia» cuyo remoto precedente habría estado en esas instituciones un tanto informales — 42 Escuela Palatina y Academia de Palacio— impulsadas por Carlomagno . París era la capital de la teología y Bolonia (a la que parece corresponder la primacía cronológica) era la capital del derecho. Ella será la madre de las leyes (legum mater), lámpara del derecho (lucerna juris) desde el momento en que el maestro Irnerio a petición de la condesa Matilde (principios del siglo XII) renovase el estudio de los libros de leyes hasta entonces «descuidado sin que nadie los cultivara». Sus discípulos Búlgaro, Martín, Hugo y 43 Yácopo harían de Bolonia «la ciudad de los cuatro doctores» . Como el mercader o el industrial, el intelectual medieval es un producto del renacimiento 44 urbano equiparable a otros habitantes encuadrados en los correspondientes oficios . El intelectual medieval inició su andadura (Pedro Abelardo en lugar destacado) en las escuelas 45 —Chartres, los Victorinos — y desarrolló toda su potencialidad en el Estudio, nombre bajo el que se designó en principio a la universidad (Universitas magistrorum et scholarium) 46 47 organizada como corporación profesional con su jerarquía propia . De ahí que se haya establecido una rudimentaria equiparación entre los tres niveles de un oficio (maestro, oficial y aprendiz) y los tres niveles que se dan en el universitario medieval: doctor, licenciado ubique docendi y bachiller en artes. Alfonso X definiría la universidad como «ayuntamiento de maestros et de escolares que es 48 fecho en algunt logar con voluntad et con entendimiento de aprender los saberes» . Los universitarios acaban creando una suerte de «cuarto estado», realidad social incuestionable — 49 especialmente los hombres de leyes— que toma conciencia de su especificidad . El prestigio de un estado europeo —especialmente entre los más «jóvenes»— exige de su príncipe un interés por el studium. De ahí la aparición de algunas universidades en época

avanzada impulsadas por estos poderes. La de Praga, fundada por el emperador Carlos IV en 1348, siguiendo el modelo de la de París, será la primera universidad centroeuropea, que contará a fines del XIV con más de un millar de alumnos y una cincuentena de profesores. Unos años después (1365), el archiduque Rodolfo IV de Habsburgo hacía lo propio en Viena, cuya universidad será la primera de Centroeuropa en lengua alemana. En Polonia, Casimiro el Grande erigirá la Universidad de Cracovia en 1364, aunque su despegue sea de fecha posterior; Copérnico estudiaría en ella en su juventud. En Hungría sería la de Pecs, fundada en 50 1367 bajo el reinado de Luis I el Grande .

La universidad y la conflictividad medieval Poco importa que algunas de las universidades de más brillante porvenir —casos de Oxford, Cambridge o Salamanca— se funden en ciudades entonces de escaso relumbrón; o que 51 algunas importantes urbes de cuyo empaque cultural no cabe dudar como Venecia, Florencia o Barcelona no dispongan formalmente de una institución de esta categoría o solo la tengan a 52 fines del Medievo .

A partir de H. de Ridder-Symoens (ed.), A History of the University in Europe, vol. 1, CUP, 1992.

El prestigio que daba la universidad a una ciudad se contrarrestaba con notables inconvenientes. Puede ocurrir que dificultades varias fuercen al cierre de algunos estudios como el de Palencia, primera universidad española, fundada por su obispo Tello Téllez de 53 Meneses, cuya vida fue de tan solo unos decenios en el siglo XIII . O puede ocurrir que un centro tarde en iniciar su funcionamiento tras ser emitido un primer documento fundacional. Sería el caso de Alcalá, a la que Sancho IV (1293) otorga un privilegio para poner en marcha un Estudio general similar al de Valladolid. Habrá que esperar dos siglos aún (con el arzobispo Carrillo y sobre todo con el Cardenal Cisneros) para que la idea se lleve 54 definitivamente a la práctica . Ásperas serán también las disputas entre miembros del profesorado que podían impactar en

el conjunto de la sociedad. Así ocurrió con el enfrentamiento en París, a mediados del siglo XIII, entre maestros del clero regular y secular, que culminó con el destierro del líder de los 55

segundos, Guillermo de Saint-Amour, objeto de la animadversión real . Y así ocurrió a causa del carácter levantisco de unos alumnos —orgullosos de no ser trabajadores manuales—, que originaba más de un problema de orden público. La sociedad burguesa era, además, poco 56 propicia a coexistir con este tipo de vecinos protegidos por un fuero especial . Las guerras del Bajo Medievo y el enfrentamiento entre universitarios de distintas procedencias nacionales crearon factores añadidos de perturbación. Ocurrirá en la Francia de fines de la Guerra de los Cien Años, en la que la Universidad de París (salvo algún significativo caso como el de Jean Gerson) se declaró a favor del bando angloborgoñón. Su partidismo contra Juana de Arco acabaría costándole caro: «las cenizas de la hoguera de Rouen (donde fue quemada Juana) habían empañado el prestigio de la 57 universidad (de París)» . Por la misma época (1431), el delfín Carlos (futuro Carlos VII) 58 fundaba la Universidad de Poitiers . Grandes príncipes, en auténtica emulación con el poder real francés, dieron impulso a diversos centros: el conde de Provenza, a la Universidad de Aix (1409); el duque de Borgoña, a la de Dôle (1422); el duque de Bretaña, a la de Nantes (1460), 59 o el duque de Berry, a la de Bourges (1464) . Algo similar sucederá con las universidades llamadas de «secesión», creadas por profesores o alumnos descontentos por distintas razones. La de Padua, desgajada de Bolonia en 1222, absorberá por decreto de la Serenísima (1407) a todos los súbditos venecianos. La de Cambridge nacerá como secesión frente a Oxford en 1208, aunque su reconocimiento oficial dataría de 1338. Leipzig fue fundada en 1409 por universitarios alemanes de Praga, 60 exiliados a causa de la disputa husita que llega a adquirir un fuerte cariz nacionalista . Frente al sentido internacional de la universidad que hace del homo scholasticus del siglo XIII un producto urbano auténticamente europeo, se va abriendo paso una inclinación eminentemente nacional y oficialista. Más que máquina de pensar o de debatir, la universidad tiende a convertirse en el ocaso del Medievo en vivero para un funcionariado del que se valdrá el Estado monárquico en progresivo fortalecimiento. Los hombres de leyes, orgullosos de sus cargos, de sus diplomas y de sus magníficas bibliotecas, se imponían más que nunca en muchas ciudades como la clase 61 dirigente por excelencia, que servía paralelamente al rey y a sus propios intereses . A modo de resumen, bien valdría recordar la interpretación que Y. Barel nos transmite. Tres «descubrimientos» urbanos se convierten en medios de control social e ideológico. Los mendicantes serán una fuerza de «colonización» espiritual de la ciudad y de interposición entre «pueblo» y patriciado en distintas ciudades italianas con ánimo de apaciguar los conflictos urbanos o empujar a la reforma de los estatutos comunales. La universidad actúa

como un nuevo tipo de poder medio laico, medio eclesiástico; una especie de intersección entre la Iglesia, los grandes poderes y el sistema urbano; utilizará su posición estratégica para autonomizarse parcialmente y erigirse en subsistema. El hospital, por último, será una pieza maestra de control social de marginales (creados en parte por el propio sistema urbano) y de apoyo nada despreciable para las clases medias y los miembros empobrecidos de los grupos 62 dirigentes .

1 J. C. Schmitt, Historia de la superstición, Barcelona, 1992, pág. 27. 2 P. Contamine, Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, pág. 335. 3 H. de Lubac, Las iglesias particulares en la Iglesia universal, Salamanca, 1974, págs. 52-53. 4 J. A. García de Cortázar, «La Civitas Dei: la ciudad como centro de vida religiosa en el siglo XIII», en M. González Jiménez (ed.), El mundo urbano en la Castilla del siglo XIII, vol. I, Sevilla, 2006, págs. 275-301. 5 E. Mitre, La ciudad cristiana, págs. 64-69. 6 H. Vidal, «La paroisse de Saint-Firmin de Montpellier, XIII-XV siècles», en La paroisse en Languedoc, núm. 25, Toulouse, Cahiers de Fanjeaux, 1990, págs. 68-84. 7 J. Sánchez Herrero, Las diócesis del reino de León. Siglos XIV-XV, León, 1978, pág. 202. 8 Recogido en Santo Domingo de Guzmán. Su vida, Su orden. Sus escritos, ed. de M. Gelabert, J. M. Milagro y J. M. Garganta, Madrid, 1966, pág. 19. 9 Recogido por J. Le Goff, «La ciudad como agente de civilización», págs. 85-86. 10 G. Testas y J. Testas, La inquisición, Barcelona, 1970, pág. 15. Sobre los inquisidores en ciudades del mediodía de Francia, Le Credo, la morale et l’inquisition en Languedoc au XIII siècle, núm. 6, Toulouse, Cahiers de Fanjeaux, 1971, y L. Albaret (dir.), Les inquisiteurs. Portraits de défenseurs de la foi en Languedoc (XIII-XIV siècles), Toulouse, 2001. 11 Sobre la espiritualidad de los laicos en la Edad Media, A. Vauchez, Les laïcs au Moyen Âge. Pratiques et expériences religieuses, París, 1987, o «Les mouvances laïques des ordres religieuses (conclusion par le période médiévale)», en Les mouvances laïques des ordres religieuses, Saint Étienne, 1996, págs. 517-523. 12 Para la implantación de los predicadores en un territorio de Occidente, véase G. Nieva, «Los dominicos en Castilla. La génesis de una corporación privilegiada en la Baja Edad Media», en G. Nieva, S. G. A. Benito y A. Navarro (coords.), Servir a Dios y servir al rey. El mundo de los privilegiados en el ámbito hispánico (ss. xiii-xviii), Salta, 2011, págs. 13-47. 13 A. von Martin, Sociología de la cultura medieval, Madrid, 1970 (obra original de 1931), págs. 88-89. 14 Grégoire de Tours, Histoire des francs, t. 1, pág. 55. 15 Tradición recogida en los calendarios mozárabes. Cfr. L. G. de Valdeavellano, Historia de España. I. De los orígenes a la baja Edad Media. Primera parte, Madrid, 1963, pág. 244. 16 Para este fenómeno, véase P. J. Geary, Furta Sacra. Thefts of Relics in the Central Middle Ages, Princeton University Press, 1978. 17 E. Muir, Civic Ritual in Renaissance Venice, Princeton University Press, 1981, págs. 92-102. 18 «Decretos del IV Concilio de Letrán», en R. Foreville, Lateranense IV, Vitoria, 1973, pág. 156.

19 Para este fenómeno, véase A. Vauchez, «Les confréries au Moyen Âge: esquisse d’un bilan historiographique», en Les laïques au Moyen Âge, págs. 113-122. 20 M. Mollat, Les pauvres au Moyen Âge, París, 1978, págs. 62-69. 21 Ibíd., pág. 127. 22 H. Casado Alonso, «La Iglesia», en J. Valdeón (coord.), Burgos en la Edad Media, Valladolid, 1984, pág. 446. 23 J. A. Maravall, «Franciscanismo, burguesía y mentalidad precapitalista: la obra de Eiximenis», en Estudios de Historia del pensamiento español (Serie primera. Edad Media), Madrid, 1983, págs. 363-384. 24 Cfr. el clásico de F. L. Ganshof, El feudalismo, Barcelona, 1963, págs. 116 y ss. 25 Cfr. J. M. Nieto, Medievo constitucional. Historia y mito político en los orígenes de la España contemporánea (ca. 1750-1814), Madrid, 2007. 26 P. Labal, Le siècle de Saint Louis, París, 1972, pág. 67. 27 Pero López de Ayala, Libro rimado del Palaçio, ed. de J. Joset, Madrid, 1978, pág. 148. 28 Obra maestra sobre este proceso sigue siendo G. de Lagarde, La naissance de l’esprit laïque au déclin du Moyen Âge, 5 vols., París/Lovaina, 1956. 29 J. Le Goff, Héroes, maravillas y leyendas, págs. 83-84. 30 G. Duby, La época de las catedrales. Arte y sociedad, 980-1420, Madrid, 1995, y A. Erlande-Brandeburg, La catedral, Madrid, 1993. 31 M. Fumagalli Beonio Brocchieri, La estética medieval, Madrid, 2012, pág. 43. 32 L. Genicot, Europa en el siglo XIII, pág. 185. 33 U. Eco, Arte y belleza en la estética medieval, Barcelona, 2012 (sobre la edición de 1987), págs. 117-118. 34 E. Mitre, La ciudad cristiana, pág. 162. 35 O. von Simson, La catedral gótica, Madrid, 1992, págs. 217-219. 36 D. Ortiz de Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, desde el año 1246 hasta 1671, Madrid, 1677, págs. 264-265. 37 Citado en M. Fumagalli Beonio Brocchieri, La estética medieval, págs. 116-117. 38 L. Lefrançois-Pillion, Abbayes et cathedrales, París, 1956, págs. 41 y ss. 39 D. Waley, Las ciudades-república italianas, pág. 159. 40 F. Antal, El mundo florentino, pág. 156. 41 A. Murray, Razón y sociedad en la Edad Media, Madrid, 1982, págs. 317-318. 42 P. Vignaux, El pensamiento en la Edad Media, México, 1954, pág. 14. 43 R. Mondolfo, Universidad. Pasado y presente, Buenos Aires, 1966, págs. 39-41. 44 J. Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media, Barcelona, 1986, pág. 68. 45 Entre otros aportes sobre la renovación intelectual del siglo XII, R. L. Benson y G. Constable (eds.), Renaissance and Renewal in the Twelfth Century, Cambridge, Mass., 1982.

46 Universitas designa todo tipo de corporación profesional. Véase M. Michaud-Quantin, Universitas. Expressions du mouvement communitaire dans le Moyen Âge latin, París, 1970. 47 J. Verger, Les universités au Moyen Âge, París, 1973, págs. 47 y ss. 48 Part. II, tít. XXXVI. 49 J. Verger, Gentes del saber en la Europa de finales de la Edad Media, Madrid, 1999, pág. 237. 50 J. Verger, Les universités, pág. 142. 51 A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, pág. 58. 52 Para este particular caso, véase S. Claramunt, «Origen de las universidades catalanas medievales», en Estudios sobre los orígenes de las universidades españolas. Homenaje de la Universidad de Valladolid a la de Bolonia en su IX Centenario, Valladolid, 1988, pág. 110. 53 Un útil trabajo sobre esta universidad, fundada en torno a 1208-1214, en M. J. Fuente, El Estudio General de Palencia. La primera Universidad hispana, Palencia, 2012. 54 Cfr. A. Jiménez, Historia de la Universidad española, Madrid, 1971, págs. 158-162. 55 P. Labal, Le siècle de Saint Louis, págs. 83-86. 56 Véase Ch. Dupille y P. Lyautey, Les enragés du XV siècle. Les étudiants au Moyen Âge, París, 1969. 57 J. Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media, pág. 137. 58 J. Verger, Les universités, págs. 159-160. 59 Ibíd., pág. 143. 60 Ibíd., págs. 42-43 y 165. 61 J. Verger, Gentes del saber, pág. 246. 62 Y. Barel, La ville médiévale, págs. 253-265.

CAPÍTULO 11

Un especial ethos urbano: orgullo religioso y orgullo cívico

Las laudes urbanas crearon, especialmente en las ciudades italianas, un autocomplaciente vínculo de continuidad entre el pasado clásico y el presente cristiano. Particular énfasis se puso en la brillantez de los templos. Así, en torno a 739, el Versum de Mediolano civitate destaca tanto la espaciosidad de la ciudad como la posesión de los restos de una serie de 1 santos: Víctor, Materno, Félix y el gran obispo Ambrosio . A esa tradición se sumaría en fecha muy posterior otra, ya que al gótico religioso marcado por las catedrales, se unirá un gótico civil —acabada manifestación del orgullo ciudadano— materializado en edificios comerciales, construcciones gubernamentales y mansiones particulares. Ese triunfante orgullo cívico no se desprendió de una base esencialmente religiosa; más bien la complementó. La ciudad dispuso así de dos centros fundamentales: la catedral y la 2 plaza, «testigo de los acontecimientos importantes vividos, cargada de sentido comunitario» .

Lonjas comerciales y edificios comunales Cubiertas y especializadas muchas veces en productos de gremios determinados, las lonjas constituirán una pieza fundamental del paisaje urbano. Se elevarán en la plaza principal como símbolo de potencia económica. El reloj de la torre marcará el ritmo de vida del mercader cuyo tiempo es mensurable, mecanizado incluso; distinto por ello del ritmo de vida del 3 eclesiástico significado en las horas canónicas . En Florencia, en 1336, la Signoria encomendó al arte de la seda la reconstrucción del Orsanmichele, antigua lonja del grano depositaria de una venerada imagen de María. El edificio se convirtió pronto en símbolo de poder de los más relevantes arti florentinos, que 4 tenían representados en distintos pilares a sus santos patronos . Algunas lonjas, como las salas capitulares de algunas catedrales, hicieron durante bastante tiempo de centros de la actividad política hasta que —casos de Brujas o Gante— la ciudad pudo disponer de un ayuntamiento propiamente dicho. En ese proceso de autonomía de los edificios gubernamentales, las ciudades italianas fueron adelantadas; no siempre por iniciativa de las autoridades municipales, ya que a veces

es el príncipe el que impone sus decisiones. Las ciudades lombardas y toscanas empezaron a construir sus palacios comunales ya en el siglo XII (el de Pisa conserva sus estatutos de 1162), y los ampliaron en el XIII. En algunos casos se erigen al pie de la piazza ubicada en el antiguo foro. Siena trazó los planos para la suya (el Campo) en el siglo XIII y la terminó de pavimentar en 1346, momento en que el cronista Agnolo di Tura hace un orgulloso elogio de ella como la 5 más hermosa de toda Italia . El palacio comunal de Florencia, que pronto se llamaría Palazzo Vecchio, se levantó en torno a 1200. Destruido en una revuelta en 1235, sería reconstruido en 6 1251 . La Piazza della Signoria, en principio de limitada extensión, se iría agrandando a lo largo del siglo XIV para crear un espacio público relativamente amplio rodeado de inmuebles 7

prestigiosos al servicio de la administración municipal .

Torre de la lonja de Brujas, símbolo de la prosperidad y libertades de la ciudad (1282-1482).

En los Países Bajos, donde el proceso de construcción de ayuntamientos fue más lento, «la excepcional importancia de los edificios comunales simboliza a la vez el poderío económico de las ciudades y la voluntad del patriciado urbano de imponerse a la autoridad ducal (borgoñona)». Escasamente originales, se diría que son «inmensas arcas con un suntuoso decorado». Serán los casos de Malinas (1370), Brujas (1337-1387) a impulso del conde Luis van Male, Bruselas (casa consistorial iniciada en 1402), Lovaina (1448-1463) o, ya en Holanda, Middelburgo (1452-1520). Asimismo se seguirán construyendo mercados según los modelos de Ypres y Brujas. El de Lovaina serviría de universidad desde 1432; el de paños de 8 Gante se iniciaría en 1425 . En la Francia del Norte, algunas comunas se limitaron hasta fecha tardía a alquilar o comprar algunas casas burguesas para instalar sus servicios: Amiens, Dijon, Dieppe, 9 Alençon . En Inglaterra, Londres disponía, según el cronista Mateo Paris, de una Gildhall al menos desde 1258, que sería el punto de arranque para una construcción más imponente desde 10 1411 . En los territorios ibéricos, los estados de la Corona de Aragón disponen de excelentes muestras de la arquitectura civil desde el siglo XIV. En Barcelona serán la lonja construida por Pere Arvey, el Palacio Mayor y el Palacio Menor de los reyes de Aragón y condes de Barcelona, el del Consell de Cent y el de la Generalitat, además de las Atarazanas, expresión del poderío naval alcanzado por la ciudad. En Gerona será la fachada del hospital Almoina. 11 En Palma de Mallorca será el imponente castillo circular de Bellver... . Guillem Sagrera se haría cargo de la lonja de Palma de Mallorca (1416-1447), que inspirará la de Valencia, 12 iniciada por Pere Compte en 1482 . En la tradición urbanística castellana medieval transmitida a la modernidad, no se dará ese tipo de mercado cubierto: serán, en su lugar, las plazas del mercado y las plazas mayores porticadas (y las calles o rúas que adoptan esta misma disposición y funciones), al estilo de las de Valladolid, Soria, Trujillo o Cáceres. La 13 plaza tendrá una finalidad mercantil, y también festiva y religiosa . La tradición en la construcción de casas de ayuntamiento en los estados ibéricos occidentales tardará en consolidarse. En Portugal, por ejemplo, en 1383, de los 64 municipios 14 solo 14 disponían de casa do concelho . En Sevilla, el cabildo municipal celebraba sus sesiones en el llamado corral de los olmos propiedad de los canónigos de la catedral, que 15 también lo utilizaban . En las Cortes de 1480, los Reyes Católicos instaron a las ciudades a 16 que construyeran ayuntamientos en el plazo de dos años .

Poderío simbólico de las artes plásticas en el medio urbano

La pintura se hizo eco de un tema muy caro a la pastoral del Medievo acoplada a los intereses políticos de las sociedades urbanas: el enfrentamiento de los vicios y las virtudes, 17

tal y como hizo a través de dos escritos complementarios el dominico Guillermo Peraldo . Giotto plasmó ese enfrentamiento en los frescos de la capilla de la Arena de Padua. Entre las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), la justicia aparece como reina. Representaba la mentalidad general del mundo secular y burgués que consideraba esta cualidad la condición sine qua non para la buena marcha de un gobierno. Las ideas religiosas sirven de justificación a las 18 puramente seculares . Unos años después, en Florencia, el obispo Agnolo Acciaiuoli encargó a Maso di Banco pintar en los muros del palacio del Podestà la expulsión en 1342 del duque de Atenas Gualterio de Brienne, gobernante de Florencia erigido en enemigo de la libertad de la ciudad. Huye de ella acompañado de sus partidarios convertidos alegóricamente en animales. Aunque la pintura original no se conserve, serviría de inspiración para posteriores representaciones 19 sobre el tema . Florencia no perdería otras ocasiones de exaltar, por la vía de la expresión artística, su amor a la libertad. Lo haría al depositar en el Palazzo della Signoria en 1416 la escultura en mármol de David de Donatello (en principio destinado a la catedral) como 20 símbolo de la república y de su libertad política . Todo un anticipo del colosal David esculpido por Miguel Ángel en 1504 y emplazado en la puerta del mismo palacio como 21 expresión también de la fidelidad de la república a la libertad . Las efigies de heroínas bíblicas servirán también como elemento didáctico al servicio del orgullo cívico. Judit decapitando al general asirio Holofernes (Jdt., 13, 9-11) había simbolizado tradicionalmente el triunfo de la virtud frente a la lascivia; pero los vecinos de Florencia, desde el siglo XV, convirtieron esa gesta en expresión de las ansias de justicia y de libertad de un pueblo. La 22 bíblica y mítica Betulia se mutaba, así, en la muy real ciudad del Arno . Por encima de otros autores, Ambrogio Lorenzetti dejó una huella indeleble en cuanto al tema que aquí nos ocupa con sus magníficos frescos del Palazzo Pubblico de Siena (13381339). Con la alegoría del Buen y el Mal gobierno, Siena es una ciudad feliz que se reconoce en el campanile de su catedral, en sus fortalezas-palacios, en sus torres y en el trabajo 23 cotidiano de sus vecinos . Aparte de la división temática entre buen y mal gobierno, la obra tiene una parte eminentemente alegórica en tanto se personifican ideas y conceptos y los efectos de las dos formas de gobierno. Estamos ante una suerte de expresión pictórica de lo que eran en el Medievo los Espejos de Príncipes orientados a formar la conciencia política de los gobernantes. Entre las virtudes, la sabiduría no es tanto la divina sino la sabiduría sin más que trata de unir tradiciones paganas y cristianas. De la justicia deriva la verdadera paz-concordia que Lorenzetti expresa en una joven de aspecto sereno que resulta menos impresionante que la Justicia. La caridad ocupa el lugar central dentro de las tres virtudes teologales: es la más alta

de las virtudes cristianas, objeto desde el siglo XIII de un proceso de politización que da pie al concepto de caritas publica. Los efectos del mal gobierno los expresa Lorenzetti en la ruina de las ciudades y los campos, en la inseguridad causada por partidas irregulares de gentes 24

armadas o en el sometimiento de la justicia a la tiranía . El mal gobierno descansa en ella, generada a su vez en el impulso cegador de la soberbia, vicio capital raíz de todos los 25 males . El equilibrio logrado merced a un buen gobierno se traduce en que la ciudad no es un conjunto de individuos aislados o de colectividades amorfas, sino de personas en relación unas con otras en el que cada cual desarrolla su actividad contribuyendo a una construcción 26 común . En definitiva, virtudes y vicios capitales enfrentados serían una transposición al campo profano de la idea de las dos ciudades de San Agustín. A partir de aquí se irá creando un modelo que reproducirán las grandes escuelas de pintura. El patriotismo burgués, nutrido de estos principios, siguió ligado de algún modo a la Iglesia, cuando no dependiendo de ella. En la misma Siena, y también en el Palazzo Pubblico, Spinello Aretino, por encargo de la ciudad, pintó en 1417 el triunfo del papa Alejandro III, sienés de nacimiento, frente al emperador 27 Federico Barbarroja en la segunda mitad del siglo XII .

Orgullo-emulación principesco-nobiliario y orgullo-emulación cívico Dentro del espíritu de ese mismo gótico civil, el engrandecimiento de ciertos sectores se simbolizará arquitectónicamente en casas o fundaciones de particulares, deseosos de tener una estrecha cercanía al príncipe. Los miembros de la curia de Aviñón promoverán así importantes edificaciones en la que fue durante buena parte del siglo XIV capital de la Cristiandad occidental. Reproducirán a pequeña escala cortes cardenalicias similares a la corte papal asentada en el imponente 28 palacio, centro de un mecenazgo que anticipa el de la futura Roma del Renacimiento . Las capitales de las dos principales monarquías de Occidente se verán embellecidas merced a las construcciones impulsadas por la realeza o las familias de la nobleza. En París, serán los hoteles nobiliarios en torno al Louvre y Saint-Pol, que dan pie a una concentración de mansiones de grandes señores. Londres conocerá la reconstrucción del palacio de Westminster en 1398, zona que se irá uniendo a la City a través del conjunto de casas nobles 29 construidas en el Strand, larga calle que sigue el curso del Támesis . Algo similar, bajo impulso principesco, sucederá en Italia. Nápoles conocerá importantes cambios bajo los Angevinos. El primer tercio del siglo XIV vivirá una verdadera fiebre constructora; según expresión del rey Roberto, para «readaptar y reformar las calles y plazas en toda la ciudad». Bajo Carlos II se acondicionará el puerto con una gran calle litoral. En Milán, sería la construcción de murallas y puertas reforzadas (la rocca) como residencia del

príncipe y de su gobierno, y la strade serrate como muestrario de la prosperidad y buen 30 gobierno de la urbe ambrosiana . En la pequeña ciudad de Urbino, Federico de Montefeltro (1444-1482) se haría construir una mansión «que no parecía un palacio sino una auténtica ciudad». Generoso mecenas de poetas, músicos y pintores (Piero della Francesca, Paolo Uccello, Melozzo da Forlì o Pedro Berruguete), facilitaría para los años siguientes el modelo del perfecto gentilhombre de gloriosa memoria, «el cual en sus días ennobleció y honró a toda 31 Italia» .

Interior de la basílica barcelonesa de Santa María del Mar (1329-1383).

Entre las ciudades de Toscana, Florencia es todo un modelo del papel desempeñado por las diversas fuerzas sociales que contribuyeron a enriquecer un impresionante patrimonio. Hace ya muchos años, Frederick Antal evaluó lo que fueron las huellas dejadas en la ciudad por los sucesivos grupos que ostentaron la hegemonía política. Habla, así, de un «estilo democrático» al calor de una apertura de las instituciones de gobierno a las artes medias e inferiores que 32 culminaría en la ya estudiada revuelta de los ciompi . Con los años, a partir sobre todo de 1380, los gustos derivarán, por encargo de los gremios más poderosos o de relevantes 33 individualidades, hacia un estilo más aristocratizante o superburgués . El mismo Antal definió como «alarde técnico y, por consiguiente, típicamente burgués» la construcción por Brunelleschi (1420-1436) de la cúpula de la catedral florentina, convertida en todo un símbolo para la ciudad. Una realización burguesa que el mismo arquitecto complementará con la 34 construcción del Spedale degli Innocenti, comenzado en 1419 . El viajero español Pero Tafur (entre 1436-1439) se haría lenguas de la belleza de la catedral diciendo: «La iglesia mayor de esta çibdat es muy notable e de grandes edefiçios, mayormente la torre que está a la puerta, toda fasta arriba de ymaginería de mármol». Un elogio que se hace extensivo a la «grant plaça 35 delante» y al baptisterio de San Juan . En España, la Barcelona del avanzado Medievo facilita un magnífico ejemplo de lo que es el protagonismo de la burguesía mercantil en la promoción del arte. Será la iglesia de Santa María del Mar, un «auténtico centro espiritual, geográfico y social del colectivo mercantil, muy por encima de las otras parroquias» de la ciudad. Los mercaderes acabarán por considerar esta parroquia como muy propia; de ahí el frenético ritmo de construcción en los años centrales del siglo XIV, con la activa colaboración de los vecinos del barrio de la 36

Ribera . No solo las ciudades de mayor pujanza protagonizaron ese frenesí artístico. También otras de tipo medio y menor se verían beneficiadas por el impulso, ya nobiliario, ya burgués. Tendríamos como significativo ejemplo la figura de Jacques Coeur (1395-1456). Próspero hombre de negocios con intereses extendidos desde Levante hasta Brujas; muy activo en sectores variados (banca, pañería, minas, especias, metales preciosos) y estrecho colaborador financiero y diplomático de Carlos VII, Jacques Coeur acabaría cayendo en desgracia acusado 37 de malversación de fondos. Murió en el destierro en Chíos , legando a la posteridad su impresionante hotel de Bourges, en el que se integran las instalaciones dedicadas a negocios 38 comerciales y una agradable vivienda . En la línea de los establecimientos benéficos, el Hôtel-Dieu fundado por el canciller borgoñón Nicolas Rolin (1443) en la pequeña localidad de Beaune, al sur de Dijon, constituye una de las mejores muestras del gótico definido como burgundo-flamenco. Lugar de acogida para desvalidos, el hospital lo sería también de una de las obras maestras de la pintura flamenca de la época: el Políptico del Juicio Final de Rogier van der Weyden.

La forja de una cultura y un mecenazgo burgueses «El mercader desempeñó un papel capital en el nacimiento y desarrollo de esta cultura laica. Gracias a su dinero y a su poder social y político, puede satisfacer sus necesidades y realizar sus aspiraciones». La ciudad rompe, así, con la imagen que hace de la clerecía la monopolizadora de la cultura (que conservará, no obstante, una fuerte impronta religiosa) en el 39

Medievo . Ello no obstante el manifiesto desprecio que la literatura de impronta caballeresca pueda expresar frente a quienes no son de los suyos. «Es asombroso —escribió en su momento J. Huizinga— cómo fracasa la caballerosidad en el acto mismo en que tiene que hacerse frente a los no valorados como iguales». Y recoge para ello testimonios de autores como los cronistas Jean Froissart, Georges Chastellain u Olivier de la Marche, que no comprenden que 40 frente al honor nobiliario pueda darse también un honor burgués . El marco urbano es donde se hace presente el mecenazgo de los hombres de negocios de la Edad Media; esos en otro tiempo parvenus convertidos en controladores de la vida política y económica de las urbes. La protección a los artistas, a quienes se encargan trabajos en iglesias o edificios públicos, era una manifestación de riqueza y estatus social. La Iglesia y la feudalidad lo habían hecho en los primeros siglos del Medievo. Los nuevos ricos de fecha más avanzada se unirán a este proceso merced a un deseo de lujo, pero también a un desarrollo del 41 gusto por las cosas bellas . La gran casa del mercader simbolizaba la omnipotencia de la aristocracia de los negocios. Frente a los palacios, a los ayuntamientos y sus campanarios comunales, dio un estilo gran burgués a las hermosas plazas mercantiles. De norte a sur, la búsqueda 42 de la comodidad y del lujo se encuentra por doquier . En la arquitectura italiana, las casas de comerciantes ornadas de torres son signo de la asimilación de la rica burguesía a la nobleza. En la pintura, son significativos los frescos que adornan capillas como la de los Bardi y Peruzzi en Santa Croce de Florencia, o la de los 43 Scrovegni en la Arena de Padua . En el otro polo de desarrollo económico del Bajo Medievo —el estado borgoñón de los «grandes duques de Occidente»—, junto a los príncipes y los grandes señores de la corte, serán las nuevas familias que acceden a puestos de responsabilidad (como creadoras de una auténtica aristocracia capitalista) las que se conviertan en clientes de la alta pintura. Beneficiarios de títulos y dignidades otorgados por los príncipes, dejarán sentir su impronta en el arte del retrato. De forma especialmente llamativa lo veremos en el del matrimonio Arnolfini pintado por Jan van Eyck en 1434. El artista no requiere en ese caso servir al orgullo de grandes señores, ya que el Juan Arnolfini retratado, mercader de Lucca, es su amigo (Johannes de Eyck hic). Solo con reservas podría definirse la pintura simplemente como «retrato burgués», ya que el referido Arnolfini es un gran señor consejero del gobierno ducal

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en grandes negocios .

Detalle central del retablo del Cordero místico. Catedral de San Bavón de Gante (Hubert y Jan van Eyck, c. 1425-1430).

La piedad y el orgullo ciudadano plasmados en las manifestaciones artísticas conocieron una deriva con el gótico tardío. Entonces, las entidades autónomas, como pueden ser las corporaciones de burgueses, las cofradías o las familias pudientes, se convierten en nuevos impulsores. Ello le permitió hace años una gráfica exclamación a von Martin: «¡Cuán característico de la abierta referencia al “yo” de este tipo de religiosidad es el hecho de que los altares que ahora se fundan se llamen, no por el santo, sino por los fundadores, y que en los ventanales se ostenten los escudos familiares!». Se trata de una forma de devoción privada que significa un importante cambio en relación con formas anteriores de culto «fundadas en el 45 carácter representativo exclusivo del clero en lo litúrgico» .

1 Recogido en G. Fasoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, págs. 100-104. 2 J. Comblin, Teología de la ciudad, Estella, 1971, pág. 237. 3 J. Le Goff, «Au Moyen Âge: Temps de l’Église et temps du marchand», en Pour une autre Moyen Âge, págs. 46-65. 4 F. Antal, El mundo florentino, pág. 159. 5 D. Waley, Las ciudades república, págs. 148-151. 6 J. Heers, La ville, pág. 424. 7 Ibíd., pág. 440. 8 M. Durliat, Introducción al arte medieval en Occidente, Madrid, 1979, págs. 279-281. 9 J. Heers, La ville, pág. 406. 10 Ibíd., pág. 407. 11 J. Durand, J. Soler Llopis y M. Masafret Seoane, El gótico, Barcelona, 2006, págs. 68-69. 12 J. M. Caamaño, «Arquitectura y artes plásticas», pág. 697. 13 M. A. Ladero, «Economía mercantil y espacio urbano», pág. 292. Entre otros trabajos sobre el tema, J. L. Sainz Guerra, La génesis de la plaza en Castilla durante la Edad Media, Valladolid, 1990. 14 J. Heers, La ville, pág. 420. 15 Ibíd., pág. 417. 16 M. C. Carlé et al., La sociedad hispano-medieval, pág. 43. 17 Guglielmo Peraldo, Summa virtutum ac vitiorum, Brescia, 1494 (original de mediados del siglo XIII). 18 F. Antal, El mundo florentino, págs. 255-256. 19 Ibíd., pág. 276. 20 Ibíd., pág. 372. 21 Y. Renouard, Histoire de Florence, pág. 102. 22 Judit será también, a partir de la pintura del barroco, expresión de la sensualidad y de la perdición del hombre muy cercana a la femme fatale. E. Bornay, Mujeres de la Biblia en la pintura del barroco: imagen de la ambigüedad, Madrid, 1998, pág. 44. 23 P. Lavedan, Représentation des villes dans l’art du Moyen Âge, París, 1954, páginas 19-20. 24 Una acertada visión del valor de los frescos sieneses en M. García Pelayo, Del mito y de la razón en el pensamiento político, Madrid, 1968, págs. 319-337. 25 E. Mitre, «El enclave hereje de la sociedad: el otro cristiano entre la teología y la moral», en Los caminos de la exclusión en la sociedad medieval: pecado, delito y represión, XXII Semana de Estudios Medievales de Nájera (1-5 de agosto de 2011), Logroño, 2012, págs. 227-246. 26 Una ágil recreación periodística del significado de los frescos de Siena (en relación con una intervención de J. Ratzinger / Benedicto XVI en el Budestag) en J. L. Restán, «Lecciones de la Historia desde Siena. La ciudad común y su gobierno», en Alfa y Omega. Semanario Católico de Información, jueves 19 de enero de 2012, págs. 16-17.

27 F. Antal, El mundo florentino, pág. 374. 28 Y. Renouard, La papauté à Avignon, París, 1969, págs. 112-115. 29 J. Heers, La ville, págs. 457-460. 30 Ibíd., págs. 462-474. 31 Baltasar de Castiglione, El cortesano, ed. de R. Reyes Cano, Madrid, 1984, pág. 79. 32 F. Antal, El mundo florentino, pág. 238. 33 Ibíd., págs. 321-325. 34 Ibíd., pág. 311. 35 Andanças e viajes de un hidalgo español. Pero Tafur (1436-1439), Barcelona, 1982, pág. 293. (Reproduce la edición de Marcos Jiménez de la Espada de 1874, a la que se añaden diversos estudios complementarios). En adelante, citaremos simplemente por Pero Tafur. 36 J. Aurell y A. Puigarnau, La cultura del mercader en la Barcelona del siglo XV, pág. 179. 37 J. Heers, Jacques Coeur, París, 1997. 38 Esta y otras mansiones privadas son un anticipo de los castillos del Renacimiento francés, M. Durliat, Introducción al arte medieval, pág. 286. 39 J. Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Buenos Aires, 1962, pág. 110. 40 Refiriéndose fundamentalmente al ámbito geopolítico franco-borgoñón. Véase J. Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, 1961, págs. 144-145 (sobre la edición de 1923). 41 J. Le Goff, Mercaderes y banqueros, pág. 120. 42 J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, pág. 307. 43 F. Antal, El mundo florentino, passim. 44 J. Huizinga, El otoño de la Edad Media, págs. 362-366. 45 Alfred von Martin, Sociología de la cultura medieval, pág. 101.

CAPÍTULO 12

Entre la utopía urbana y la idealización histórica

Estructuras de muy altas ambiciones (la monarquía universal de los entusiastas del Imperio, la Iglesia de ínfulas teocráticas) y entes políticos del tipo de los reinos (identificados convencionalmente con pueblos o naciones) generaron en el Medievo una importante producción historiográfica o afín a la historiografía. Ocurrirá también con las ciudades, especialmente con aquellas de notable potencia social, económica, cultural o política. La exaltación de un reino y la de una ciudad suponen un claro deslizamiento de la Historia de su 1 condición de ancilla theologiae (como lo era la filosofía) a ancilla scientiae politicae . Un proceso intensificado en ese período que Huizinga definió como otoño de la Edad Media y que 2 otros autores han percibido de diferentes maneras .

Ciudades y utopías medievales El concepto de utopía como lugar imaginario —dejemos a un lado La República o a Las Leyes de Platón que con tanta frecuencia se invocan— aparece tardíamente. Se asocia a esa isla de los utópicos, descrita por Tomás Moro hacia 1516, dotada de «54 ciudades, grandes, 3 magníficas y absolutamente idénticas en lengua, costumbres, instituciones y leyes» . El canciller inglés, y a su estela otras figuras del Renacimiento, se habían visto profundamente impactados por las transformaciones económicas y sociales de su época y por el contacto con civilizaciones hasta entonces desconocidas. Sobre algunas de ellas los conquistadores trataron 4 de aplicar algunos modelos utópicos . 5 El simple uso del vocablo aplicado al Medievo plantea una serie de reservas y 6 matizaciones ; más aún si queremos informarnos sobre el mundo de las ciudades. Los estudios 7 referidos a ellas se centran, por lo general, en una época posterior .

Utopías de la Edad Media: ¿urbanas o universales? El término griego polis o el latino civitas, que habitualmente traducimos por ciudad, tiene

un significado mucho más amplio. Sería el de comunidad humana organizada bajo un sistema de leyes o, si se quiere, el de un Estado mismo. Estado, sí (caso de la Italia medieval, o el de la antigua Grecia), identificado frecuentemente con un núcleo propiamente urbano dotado de autogobierno del que depende un entorno rural.

La ciudad imaginaria (ciudad terrestre y ciudad celeste), París, Bibl. Ste. Geneviève, Ms. fr. 246, fol. 3 v.

En la Grecia clásica, como ha recordado algún autor, «la “polis” incluye tanto la ciudad (o “ásty”) como su territorio circundante (o “chorda”) en el que se ubican las aldeas. Por tanto,

sin reducir el concepto a su noción abstracta, probablemente posterior, la “polis” representa el 8 ámbito más amplio de organización, que llegaría a identificarse con estado» . Algo similar cabría decir para el mundo romano, en donde sería necesario distinguir entre la urbs y el ager 9 circundante que, en su conjunto, constituyen la civitas . En el Medievo cristiano, el término ciudad puede alcanzar un sentido más metafísico que físico y más universal que local. San Agustín lo recordará al hablar de dos congregaciones, géneros o sociedades de hombres —la divina y la terrenal— que místicamente se definen como civitates. Su enfrentamiento, que se desarrolla desde los orígenes de la humanidad, las aboca respectivamente a reinar eternamente con Dios, y a sufrir perpetuo tormento con el 10 11 demonio . Sería tanto como hablar de los hijos de la promisión y los hijos de la carne . El agustinismo teológico derivó en el Medievo en instrumentalizaciones políticas que 12 posiblemente estaban muy lejanas del fondo del pensamiento del maestro norteafricano . Y, desde luego, lejos de lo que podemos considerar como utopías urbanas en el sentido más estricto. Algunos las han definido, por el contrario, como antiutopías. La Europa del siglo XII retomó algunas viejas definiciones de lo que se entendía por ciudad y les dio una pátina cristiana. Pedro Abelardo, invocando a Cicerón, definía la ciudad como «agrupación de hombres unidos por el derecho» (coetus hominum jure sociatus) y en concordancia con el ideal apostólico de una comunidad, al estilo de las de los primeros 13 cristianos, fundada en el lazo de la caridad . En su dimensión más positiva, Jerusalén podía identificarse con una suerte de Ciudad de Dios en la tierra. El simbolismo de la perfección se expresa en el círculo o en una serie de círculos concéntricos. El Mappa Mundi de Hereford la representa en el corazón de un mundo circular como una ciudad circular, con cuatro torres y cuatro puertas y en el centro un edificio también circular rodeado de una columnata. En el Liber Cronicarum de Hartmann Schedel, impreso en Núremberg en 1493, Jerusalén está representada por tres círculos concéntricos, 14 cada uno con sus murallas y sus torres . Aunque por otras razones, caben amplias reservas a presentar como visión utópica la recogida en De monarchia, de Dante, obra clásica del pensamiento político occidental. Se elaboró posiblemente entre 1310 y 1317 bajo el impacto, se ha dicho, del fracaso del viaje del emperador Enrique VII a Italia (1311-1313). Se defendía en ella un Estado universal e ideal 15 —«Monarquía o Principado único, llamado Imperio» — tomando un modelo que ya existió en el pasado: el Imperio Romano. Algo que se trata de reivindicar para el presente: esa Roma 16 aeterna, dotada de perennidad por su acción pacificadora y justiciera . Ese gobierno mundial sería la cima de un escalonamiento de entidades encargadas de encuadrar la multitud amorfa 17 de individuos: la comunidad doméstica, el villorrio, la ciudad y los reinos particulares . La triste experiencia de Dante, exiliado de su ciudad natal desde 1302, tuvo que ser una razón añadida en la defensa de un poder universal que, llegado el caso, hiciera de árbitro en los

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litigios entre partes enfrentadas . Fuera del ámbito de la Cristiandad, el Islam medieval a través de Abu Nasr al-Farabi nos hablará igualmente (primera mitad del siglo X) de una ciudad ideal o virtuosa: al-Madinat alfadila. En realidad se trata de un Estado o sociedad que se opone al Estado ignorante, al 19 Estado corrompido o inmoral, al Estado versátil o alterado y al Estado extraviado . De acuerdo con su sentido polisémico, el vocablo madina se identificaría aquí con el espacio 20 perfecto, a veces sagrado, bajo el que vive una sociedad perfecta . Al margen de que pueda considerarse como expresión de una utopía urbana cierta producción pictórica (¡esos bellísimos frescos de Ambrogio Lorenzetti en el palacio comunal de Siena!), hay determinados textos que sí pueden entrar en ese terreno, aun con las debidas cautelas.

Cristina de Pizán Hacia 1361 y frente a una tendencia misógina muy extendida, Giovanni Boccaccio reivindicó a las mujeres destacando en algunas de ellas «la audacia, el vigor de su ingenio, la 21 actividad, los dones de la naturaleza o las gracias y las desgracias de la fortuna» . Años 22 después y bajo su influencia, abordaría de nuevo el tema la escritora Cristina de Pizán . Hija del astrólogo y médico de Carlos V de Francia, el boloñés Tommaso da Pizanno, convertido en phizicien du Roy, Cristina recibió una esmerada educación en un ambiente que anticipa lo que será el de algunas cortes del Renacimiento. Casada a los quince años con el notario real Étienne du Castel, enviudó tempranamente a los veinticinco (1389). Quedaban a su cargo tres niños y (mudanzas de la fortuna) unos escasos recursos económicos, ya que dejó de percibir los honorarios reales y unos mercaderes sin escrúpulos se apoderaron de la dote de sus hijos. Esa dura experiencia no conseguirá amilanarla; por el contrario, a través de una encomiable dedicación al estudio, se convertirá en una mujer de letras y una de las figuras intelectuales 23 más sugestivas del Medievo . A Cristina de Pizán le debemos una biografía de Carlos V, un Ditié de Jehanne d’Arc, en donde se declara a favor de la heroína y, por lo que ahora nos interesa, un texto escrito hacia 1405 que puede definirse como utopía urbana con toques protofeministas: La ciudad de las damas. Tres distinguidas mujeres que se presentan ante la autora —Razón, Derechura y Justicia— la animan a construir una Ciudad poblada por mujeres ilustres tanto del mundo mitológico como real; y tanto del ámbito pagano como del cristiano. Serán sabias, artistas, guerreras, santas... y en un elevado número viudas que, como Cristina, han sabido sobreponerse a esa dura condición. En palabras de Justicia, esa ciudad estaría cerrada «con fortificaciones y pesadas puertas 24 que bajaré del cielo. Después pondré las llaves en tu mano» . La Ciudad de las Damas está dotada de amplias calles con «altos edificios, magníficas mansiones y palacios, tan altas

torres y atalayas que pueden divisarse desde lejos». Sus pobladoras no serán «mujeres frívolas y casquivanas, sino de gran mérito y fama, porque no hay mejor morador para una 25 ciudad ni mayor hermosura que unas mujeres valiosas» . La Reina de los cielos es llamada para reinar allí como «protectora, defensora, baluarte contra los ataques de sus enemigos; la 26 fuente de virtud donde saciarán su sed y se curarán de todo vicio» . Cristina, que invoca a San Agustín en algunos pasajes de la obra, la concluye situando en esa Ciudad de las Damas a todas las mujeres que alcancen la santidad, de forma que, significativamente, pueda decirse: 27 «Gloriosa dicta sunt de te, Civitas Dei» . La moraleja a extraer del libro la constituye una contundente afirmación: «No hay hombre que pueda cifrar la suma de servicios que han prestado y siguen prestando cada día las 28

mujeres» .

Francesc Eiximenis y Rodrigo Sánchez de Arévalo Dos autores resultan especialmente representativos en la aplicación de la utopía al mundo urbano: el franciscano catalán Francesc Eiximenis y el eclesiástico y diplomático castellano 29 Rodrigo Sánchez de Arévalo . En ambos, esa ciudad perfecta se inscribe en una sociedad que se ansía lo sea también. Sobre la figura de Eiximenis (c. 1327-1409) existe una importante producción 30 bibliográfica . Se le ha tomado, aunque con las consiguientes reservas, como el primero de 31 los utopistas españoles . Su teoría política se recoge en su magna obra Dotzen libre de regiment dels princeps e de comunitats apellat Crestiá, donde se propone iluminar, ordenar y despertar, adoctrinar y amonestar a todo fiel cristiano para que tenga diligente cuidado de su vida y de los caminos de Dios, para que se sepa guardar cada uno de la multitud de lazos y peligros que los hombres tienen en esta vida y con el 32 fin principal de que todos lleguen a alcanzar la salvación . El poder político, expresado en comunidades humanas bien organizadas, tiene como misión 33 devolver a la humanidad a ese estado de gracia original perdido a causa del pecado . Dentro de esas comunidades, la ciudad constituye «la congregación más honorable que existe en el mundo». Como buen franciscano, Eiximenis rinde homenaje al modo de vida urbano del que posiblemente procedía; es un producto de lo que se ha llamado «cultura comunal». Dentro de esa división de la sociedad en tres estamentos —menors, mitjans y maiors—, los mercaderes suponen una figura social relevante. Influido sin duda por las corrientes del espiritualismo franciscano, nuestro autor no va tanto contra quienes han adquirido riquezas con su trabajo y esfuerzo como contra los ricos tradicionales anquilosados 34 en sus privilegios .

Desde el estricto urbanismo, la ciudad perfecta que propone Eiximenis, de tipo hipodámico, no resulta muy original, ya que recuerda las bastidas del mediodía de Francia o las «pueblas» mallorquinas inspiradas en las Ordinacions de Jaime II de Mallorca. Por su carga simbólica, esa ciudad ideal propuesta por el franciscano gerundense funde elementos teológicos y antropológicos, ya que, «si por un lado el hombre está hecho a semejanza de una noble ciudad, por el otro es en la ciudad donde se realiza el fin primordial del hombre en la 35

tierra, que es conocer a Dios» . Una generación posterior a Eiximenis, aunque moviéndose bajo similares premisas, Rodrigo Sánchez de Arévalo (1404-1470) escribió una Suma de la Política (1454) dedicada a D. Pedro de Acuña, señor de Dueñas y Buendía. Se trata de una suerte de cosmovisión teológica salpicada de invocaciones a la autoridad de Aristóteles, en la que inscribe su idea de ciudad sin tacha. Se trata de un ámbito superior de vida social derivado del hecho de que el hombre «es animal sociable e apto a companja e ciujlidad, onde no podría conservar esta su 36 natura sin vivir en çibdad» . Esta debe ser «abundante de las cosas necesarias e útiles e 37 delectables que dispongan a los çibdadnos a bien e virtuosamente biuir» . Ello no obsta para que la ciudad se apareje también para eventuales tiempos de guerra. Si la justicia se erige en virtud primordial de gobierno, la prudencia es su necesario complemento: una prudencia pacífica para que la ciudad aplique «las cosas buenas e útiles e fuyan las dañosas», y otra 38 prudencia bélica para resistir a los que «la quieren impugnar e ofender» . La propuesta de ciudad ideal de Sánchez de Arévalo se remonta a un recuerdo permanente del paraíso, lo que supone hablar de un tiempo actual de inquietud y alejamiento del modelo original de sociedad. Una situación que sería necesario recomponer supeditando lo humano a 39 lo divino, la razón a la fe y la filosofía a la teología .

Entre la utopía y la teorización: la figura de Leon Battista Alberti Italia, de la que Flavio Biondo decía en 1453 que tenía cuatrocientas ciudades, era el más adecuado laboratorio para experimentos —aunque se quedasen a nivel de mero proyecto— del tipo «ciudad ideal» soñada por teóricos como Filareto, Alberti o, más adelante, Leonardo da Vinci. Bajo el mecenazgo de Francesco Sforza, Filareto proyectó hacia 1465 la ciudad Sforzinda, diseñada sobre planta estelar de ocho puntas con torreones y un interior 40 ortogonal . La figura que ha dejado una huella más singular en este terreno ha sido Leon Battista Alberti (Génova, 1404-Roma, 1472). Estamos ante uno de los personajes más polifacéticos del Quatroccento: arquitecto, poeta, matemático, lingüista o filósofo, entre otras actividades, se formó en Venecia, Padua y Bolonia. Relacionado con la alta burguesía de Florencia, en donde se acercó a la obra de artistas como Brunelleschi, Donatello o Masaccio, su ámito de actuación se extendió también a otras ciudades italianas. Serán la Ferrara de los Este, la Mantua de los Gonzaga, la Rímini de

los Malatesta o la Roma de los papas, en donde fue secretario personal (abreviador 41 apostólico) de Eugenio IV, Nicolás V y Pío II hasta 1464 . Permaneció allí hasta su muerte, y allí, durante el pontificado de Nicolás V, llevó a cabo la restauración de las iglesias de Santa 42 María la Mayor y Santo Stefano Rotondo . Alberti fue el primer teórico artístico del Renacimiento. Su filosofía puede resumirse en una frase que presenta al artista no como un simple artesano, sino como un intelectual que debe instruirse en todos los campos. A través de sus tratados podemos seguir su pensamiento artístico: De Pictura (1436), De re aedificatoria (1450) y De Statua (1464). El segundo texto se compone de diez libros que, dirigidos a un gran público con cierta formación humanista, toman como modelo la obra de Vitruvio. Se trata en ellos desde la cimentación de la ciudad, pasando por la belleza de las construcciones (identificada con la armonía), la construcción de los edificios públicos y privados, hasta desembocar en la restauración. De re aedificatoria pasaría por ser una «teoría de la arquitectura como arte de la vida en sociedad». Todo un complemento para esas virtudes eminentemente sociales que defiende Alberti en Los libros de la Familia como oposición a los vicios (injusticia, pereza, perfidia), definidos por su 43 asociabilidad .

Savonarola: sueño mesiánico y utopía comunal-teocrática El dominico ferrarense Girolamo Savonarola es una apasionante figura objeto, como ya 44 hemos dicho, de encontrados juicios . Su actividad político-espiritual en Florencia hizo de él exponente de un sueño utópico urbano un tanto peculiar. Se ha dicho que fue un visionario, un profeta joaquinita, un reformador ciudadano católico, un crítico de los abusos sociales, un predicador de la justicia, un portavoz de la cultura popular y una voz que protestaba frente al avance sobre Italia de un absolutismo que acabaría 45 con lo que quedaba de las instituciones libres de la Edad Media . De 1475 es el tratado de Savonarola Dispregio del mondo (adaptación del De contemptu mundi de Inocencio III), en donde, aun partiendo de unas premisas pesimistas, se transmite un mensaje de salvación colectiva a través de una renovación moral. Es lo que tratará de poner en práctica en Florencia desde 1494. En esta fecha tuvieron lugar dos acontecimientos: la entrada en la ciudad de Carlos VIII de Francia, a quien se saluda como un instrumento del Señor (un «nuevo Ciro») frente a la injusticia social y la corrupción; y la huida de Pedro de Médicis, sucesor del gran Lorenzo. Desarbolado el gobierno personalista de esta familia, Savonarola descubrió las posibilidades de las instituciones republicanas «como vehículo de la virtud, si no de la teocracia: Jesucristo podía llegar a ser gobernante de un Estado republicano, de la misma forma que los Médicis habían gobernado bajo formas

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republicanas» . De 1495 data la obra savonaroliana De simplicitate vitae christianae, que tangencialmente afecta a la ética urbana. Admitiendo que el hombre era un animal político, reconoce que no es suficiente a proveerse de todas las cosas necesarias para la vida material y espiritual, sino que es necesario que una multitud de hombres se congregue bajo algún tipo de gobierno a fin de que se asistan los unos a los otros; por lo que es necesario 47 que en todo colectivo de hombres existan diversas profesiones, grados y obras . Savonarola aboga por un uso moderado de las riquezas de acuerdo con el «sostenimiento del cuerpo o a la conveniencia del estado de uno». Lo que fuera superfluo «se habrá de donar a los pobres o a la necesiad de los templos, porque de otra manera no se ve cómo esas 48 riquezas pueden ordenarse a un buen fin» . El decoro y la simplicidad de vida del cristiano 49 debían ser preservados por encima de todo . Ello explica que el reformador invocase un orden regido por «la naturaleza (que) es una obra inteligente», más que «por las obras de arte 50 (que) derivan de formas artificiales» . En 1495, en una enorme hoguera purificadora establecida en la Piazza della Signoria florentina, y a fin de poner a la ciudad en la senda de la virtud, ardieron todo tipo de objetos de placer personal o de sensualidad (cosméticos, adornos, joyas, naipes, ajedreces...). De la lectura del De simplicitate vitae christianae no se deduce que Savonarola propugnase para Florencia una sociedad totalmente igualitaria, dominada por ese principio de estricta pobreza evangélica predicado por otros reformadores. Solamente trata de defender un principio de austeridad de vida que, a su juicio, llevaría precisamente a la prosperidad de la urbe; ideal contrario al que la familia Médicis había impuesto en Florencia. Sería la forma de 51 levantar una nueva Jerusalén donde otros habían pretendido erigir una nueva Atenas . Presumiblemente entre fines de 1497 e inicios de 1498, Savonarola redactó un Tratado para el gobierno de Florencia, donde, proclamando al pueblo florentino como «ingeniosísimo entre todos los pueblos de Italia, y sagacísimo en todas sus empresas, animoso y audaz como 52 se ha demostrado en distintas ocasiones» , fijaba la filosofía general para hacer de la ciudad una comunidad perfecta. Repudiado el gobierno del tirano, especialmente nocivo para Florencia («porque todos los gobiernos de los hombres cristianos deben ser ordenados finalmente a la beatitud que nos 53 prometió Cristo») , Savonarola establecía las condiciones requeridas para que la ciudad estuviese repleta de hombres buenos. En primer lugar, la exaltación del culto divino tal y como se había hecho entre los judíos y, a partir del Nuevo Testamento, entre los cristianos con príncipes religiosos como Constantino y Teodosio. En segundo lugar, una intensificación de la oración por los diputados del culto divino, las gentes buenas de la ciudad y todo el pueblo de forma solemne, a fin de que Dios librase a la ciudad de los peligros y la dotase de

innumerables beneficios espirituales y temporales. En tercer lugar, se requería un predominio de los buenos consejos por los cuales los buenos ciudadanos son iluminados. En cuarto lugar, se abogaba por un mantenimiento de la unión para evitar las discordias entre cristianos generalmente difundidas por la soberbia, la ambición, la avaricia y la lujuria. Por último, era necesaria la exaltación de la justicia a través de buenas leyes que todos los cristianos aman. 54 Con ello, Florencia se convertiría en un espejo de virtudes para todo el mundo . Unos meses después, el proyecto del fraile dominico se esfumó trágicamente. El proceso llevado a cabo bajo el papado de Alejandro VI contra el reformador concluyó en mayo de 1498. Una sentencia esencialmente civil le condenó a muerte por la horca y el fuego, junto a algunos de sus discípulos, so pretexto de herejía. El mantenimiento de una república aristocrática y el posterior retorno de los Médicis a Florencia significarían el establecimiento 55 de un Estado totalmente renovado , lejos de cualquier experiencia de carácter utópico.

Los encomios de las ciudades medievales En la segunda mitad del siglo XVI, Michel de Montaigne descalificaba las utopías como descripciones de Estados que resultaban «ridículas e ineptas para llevarlas a la práctica»; 56 eran «disputas solo propias para ejercitar el espíritu» . Más práctico que teorizar en torno a una hipotética comunidad (Estado o ciudad) ideal era recordar y alabar las características reales de ciudades también reales, aunque ello supusiera incurrir en la hipérbole.

El caso italiano El patriotismo itálico favoreció desde fecha temprana las laudes que cantaban las glorias de distintas localidades de la península. Incluso frente a los abundantes lamentos que destacan la ruina provocada por las invasiones de la transición al Medievo, algún autor como el obispo de Pavía Enodio resalta la política del monarca ostrogodo Teodorico, bajo cuyo gobierno podía verse «la belleza inesperada de las ciudades surgidas de las cenizas y su civilización 57 brillar por todas partes en los techos de los palacios» . Entre las laudes, la más antigua es la referida a Milán en torno a 739 Versum de Mediolano civitate. En ella se cantan la solidez de sus edificios, la gloria de las iglesias y sus reliquias, 58 su pujanza económica y los méritos de los reyes lombardos . Unos años posterior (hacia 796) es el Versus de Verona, que celebra la belleza de la ciudad y el patrimonio místico de las 59 reliquias de sus santos . Aunque difícilmente ubicable en el género laudes, sí cabría tener en consideración la Honorantiae civitatis Papiae, probablemente redactada entre 1024 y 1027. Se recuerdan en

ella los ingresos que la cámara real de la ciudad de Pavía (desde tiempos de los reyes lombardos capital del reino de Italia) recibía en razón del tráfico comercial de gentes de muy diversa procedencia: centroeuropeos, anglosajones y, sobre todo, venecianos, seguidos de salernitanos, amalfitanos y gaetianos, que comerciarían con Oriente. Pavía sirve así «a los intereses y al honor del reino de Lombardía». Estamos ante un apologético documento que 60 valora lo que de positivo tiene un tráfico mercantil cuya técnica es aún muy embrionaria . En fechas más avanzadas, los encomios se acrecentarán. De 1125 es la alabanza a Bérgamo recogida en el Liber Pergaminus, donde se canta la paz lograda por una ciudad en donde, 61 como en ningún otro lugar, se respetan las leyes . Para 1267-1275, Martino da Canale canta en la Crónica véneta la indisoluble unidad entre Venecia y los venecianos y el impulso que le 62 da su santo patrón San Marcos para acometer nuevas empresas . Un documento del archivo de Siena de 1398 canta las excelencias de la Piazza del Campo, «la más bella que pueda 63 encontrarse» . Un anónimo autor (¿Opicino de Canistris?) redactaría un Liber laudibus civitatis Ticinensis, dedicado a la Pavía del siglo XIV, en el que se canta la grandeza de sus 64

edificios civiles y religiosos . De 1380 es también una muy elogiosa descripción de Florencia debida a Goro (Gregorio) 65 Dati . Y posterior a 1402 es un texto encomiástico de Leonardo Bruni —Laudatio Urbis Florentiae— donde se convierte a la ciudad en heredera de la virtus romana, se ensalza a Escipión y se reprueba a César. Complemento será la Oración fúnebre de Nanni degli Strozzi de 1428, donde Bruni, siguiendo el esquema de Pericles aplicado a los caídos atenienses en la guerra del Peloponeso, habla de la libertad y la igualdad garantizadas por la constitución 66 florentina . Estos cantos a la armonía de las instituciones que hace posible el gobierno de la justicia y el derecho pueden resultar falaces. Toda una fraseología retórica (como en la Antigüedad) oculta con frecuencia una engañosa democracia y un republicanismo solo retórico. El poder, como hemos tenido ya ocasión de ver, tendía en esos momentos a concentrarse en unas pocas familias. Y a medio plazo en el caso florentino en una: los Médicis. Por razones obvias, Roma tampoco podía permanecer al margen del encomio pese a su visible decadencia material. El ser cabeza de la Cristiandad (occidental al menos) y meta de una de las tres peregrinaciones mayores, le otorgaban un relevante papel por encima de las otras ciudades. Con el Bajo Medievo se tiende a reforzar su pasado precristiano. Así, Petrarca, en 1337 y en carta a Giovanni Colonna, manifiesta su entusiasmo no tanto ante la ciudad de los apóstoles como ante la que había dominado el mundo. Unos años más tarde, Cola di Rienzo invocaría la memoria de Escipión, César, Metelo o Fabio (liberadores de la patria y dignos de eterna memoria), a cuya gloria se habría de unir el esplendor del Espíritu 67 Santo gracias a la predicación del año jubilar de 1350 .

Otras ciudades de Occidente Fuera del ámbito italiano, París fue también objeto de numerosos encomios que contrarrestaban esa mala imagen a que se hizo acreedora por parte de algunos. Sobre la capital de los Capetos (Parisium, paradisium se llegará a decir) se vertió un gran elogio en 1175. Es famosa por la dulzura y la abundancia de sus dones naturales... situada en un valle delicioso que corona un círculo de montañas... El Sena... forma una isla ciñendo en sus dos brazos, la cabeza, el corazón y la médula. Dos faburgos se extienden a izquierda y derecha (del Sena) excitando la envidida de ciudades envidiosas... El Puente llamado Grande... abunda en mercancías y riquezas... En esta isla, las siete hermanas (artes liberales) han 68 creado un dominio perpetuo . Las alabanzas a París se reiterarían a lo largo de los siglos. En el XIX, Victor Hugo legó al menos dos modelos. En 1831 recreó la ciudad medieval a través de su catedral y del ambiente de sus bajos fondos. Bastante después (1867), el canto a la capital de Francia se hacía en un manifiesto que la convertía en heredera de la Verdad de Jerusalén, el Arte de Atenas y la 69 Fuerza de Roma . En España, Pamplona facilita un temprano ejemplo de texto encomiástico: De laude Pampilone, recogido en el Código Rotense de fines del siglo X. Se proclaman en él las excelencias de la ciudad de forma similar a como San Isidoro lo había hecho con la península en general en su Laus Hispaniae. Dios concedió a Pamplona los privilegios de guardar numerosas reliquias, ser lugar de residencia para los justos, fuerte frente a sus enemigos y adornada de todo tipo de virtudes. Puede parangonarse con la misma Roma. El autor de este texto posiblemente pretendía oponer, al «neogoticismo» del coetáneo reino astur, el «romanismo» de la ciudad navarra, que daba en aquellos años unos tímidos pasos para 70 convertirse en capital regia .

La curiosidad y los juicios del viajero Los libros de viajes facilitan abundante material en lo que concierne a alabanzas a 71 ciudades . Algunas atraen la atención en mayor grado, puesto que su ámbito y panorama se imponen de manera lógica a los viajeros. En el mundo itálico, y como etapa para el viaje a Oriente, dos ciudades adquieren especial notoriedad: Venecia y, ya a cierta distancia, Génova. Por diferentes motivos, otras ciudades de la península también son objeto de admiración: Milán por su grandeza y populosidad, Florencia por su belleza, Nápoles por su elegancia y 72 nobleza, o Ravena por su antigüedad . De la riqueza de las ciudades lombardas se hace eco un viajero (o meramente erudito) que figura como fraile del siglo XIV, quien alaba a Milán,

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Pavía, Bérgamo, Piacenza, Bolonia («morada de los philósofos»), Parma, o Ravena . Florencia resume bien lo que es la admiración general despertada. Así, Pero Tafur dirá de ella: «la qual es una de las más hermosas de la cristiandad, ansí en fermosura como en grandeza como en riqueza e regimiento»; ello en razón de sus «muy gentiles casas e muy 74

buenas calles e mesones» o «sus grandes e valientes onbres en çiençia e se fallan oy en día» . En ocasiones, sin embargo —y dentro de esa dicotomía Jerusalén versus Babilonia—, el elogio se ve eclipsado por las críticas. Roma era la ciudad que, como ya hemos reiterado, mejor se podía prestar a este juego. Así, en fecha temprana, el papa Gregorio Magno (590604) se lamenta de que los peregrinos busquen más las curiosidades antiguas que la salvación 75 de su alma . A mediados del siglo XV, Pero Tafur contraponía el pasado glorioso de la urbe a 76

su presente mediocre y mortecino . No de forma casual, tres siglos después, y desde otros supuestos plenos de melancolía, Edward Gibbon advirtió haber redactado su obra más conocida y monumental sentado frente a las ruinas del Capitolio mientras llegaban a sus oídos 77 los rezos de los frailes de un cercano convento . Si una ciudad puede resumir las glorias del Estado en que se ubicó, también puede ser epítome de la ruina de la construcción política (un imperio universal en este caso) que impulsó.

Historiografía, mundo urbano y humanismo 78

Humanitas, como paideia en griego, tiene en líneas generales el significado de cultura . Por humanidades el Renacimiento entendió la educación en «gramática, retórica, historia, poesía y filosofía moral. El estudio de cada uno de estos sujetos implicaba la lectura e interpretación de los antiguos escritores latinos y, por extensión, griegos»... los historiadores entre ellos. El mundo urbano se benefició especialmente de esta tendencia; de manera que personajes como los cancilleres florentinos Collucio Salutati (que lo fue de 1375 a 1406) y su discípulo Leonardo Bruni (que lo fue de 1427 a 1444) pasarían por dar impulso a otra forma 79 de escribir historia . El canciller, por su acceso a documentación importante del Estado al que sirve, está en un lugar privilegiado para convertirse en historiador. Hasta 1494, cinco humanistas fueron sucesivamente cancilleres florentinos y cuatro de ellos historiadores. El canciller sería a la historia nacional lo que los monjes habían sido a la historia universal o, a un nivel más restringido, a la simplemente dinástica, tal y como la entendieron algunos 80 autores . El influjo ciceroniano hace que distintos historiadores piensen que el hombre es en primer lugar un ciudadano que alcanza su gloria gracias a los servicios prestados a la ciudad a la que 81 pertenece . El concepto de humanitas se identificaba con una actividad total del ser humano en armoniosa integración con los otros hombres. Ello supone un sentido de comunidad, «una conciencia profunda de ser ciudadanos de una ciudad o Estado con la obligación de

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servirlo» . En la fase terminal del Medievo y en los inicios de la Modernidad, historiadores florentinos desde Bruni a Maquiavelo o Guicciardini fueron «hombres de Estado, embajadores, gobernadores de provincias que llegan a la historia a través de la experiencia concreta de la vida ciudadana de la que alguna vez se sintieron árbitros». El carácter de secretarios de la República les daba fácil acceso a los archivos, lo que les permitía conjugar 83 su pasión por el presente y su visión del pasado . Leonardo Bruni podría decir que la historia era «progressus liberarorum populorum». Y Maquiavelo en sus «discorsi» hablaría de la actividad del historiador que le llevaba a comprender el sentido de las acciones y a lograr una 84 convergencia entre la razón y la experiencia . Con los historiadores florentinos y desde el 85

siglo XIV, el Estado acaba presentándose como una auténtica obra de arte . Otra cuestión es —servidumbres de la evolución política— que ese humanismo cívico derive, desde los años treinta del siglo XV, hacia otro de signo literario. Un fenómeno que vendrá al compás del establecimiento de gobiernos fuertes en las ciudades italianas; lo que no es sino el reflejo de lo que estaba sucediendo, aunque a otra escala, en el conjunto de Occidente. Cosme de Médicis se impone en Florencia en 1434, Alfonso de Aragón en Nápoles en 1442, Francesco Sforza en Milán en 1450 y los papas en Roma después de su dilatada 86 estancia en Aviñón y la turbulenta crisis conciliar . Se ha defendido que la figura del ya mencionado humanista y arquitecto Leon Battista Alberti, más funcionario eclesiástico que hombre de iglesia, abre esta nueva etapa moviéndose entre tres polos: Florencia como capital de la vida económica, intelectual y artística; Roma como espectáculo de la grandeza del 87 pasado; y las ciudades del norte de Italia por la vida brillante de sus príncipes .

Dante con la ciudad de Florencia al fondo (fresco de Domenico di Michelino, c. 1465).

Florencia como modelo para una historiografía urbana A la gran época —los dos primeros tercios del siglo XIV— en la que viven Dante, Giotto, 88

Petrarca o Boccaccio , pertenecen también algunos cronistas vinculados al mundo de los negocios. Será Dino Compagni, miembro y cónsul del Arte de la Seda, quien, en su Crónica de los blancos y los negros, se dedique de forma pasional a reconstruir los hechos de su 89 época más que a restituirlos por la memoria . Y será, sobre todo, un autor al que tantas veces nos hemos remitido: Giovanni Villani (c. 1276-1348).

Giovanni Villani, ¿hacia una nueva forma de hacer historia? Cabeza de una saga familiar de cronistas y un güelfo típico representante de las ideas de las clases medias superiores, Giovanni Villani es un miembro de esa alta burguesía mundana 90 reflejada en el Decamerón «amante de la libertad, frívola y aristocratizante» . Mercader de la lana y socio de varias compañías bancarias, incluidos los Peruzzi, Villani fue prior del Arte

de Calimala y escribió una interesante historia de la ciudad. En teoría, estaríamos ante un personaje fiel a los conceptos escolásticos de la historia: atribuye todo a la justicia de Dios y considera las desgracias como el justo castigo. Pero Villani es, además, un patriota florentino orgulloso de la libertad y riqueza de su ciudad. Declara que el gobierno es cosa de todos, aunque esta apariencia de democracia oculta otro principio: la gestión política debe reposar en manos de los ricos ciudadanos, de los grandes 91

gremios, a los que distingue tanto de la nobleza como de la clase baja . La Crónica de Giovanni Villani está integrada por doce libros que «tratan de muchas cosas pasadas, especialmente del origen y comienzos de la ciudad de Florencia, luego de todos los cambios que ha sufrido a través del tiempo». Los seis primeros llegan hasta 1265 y cubren desde el Diluvio hasta la entrada de Carlos de Anjou en la escena política italiana. Los otros seis resultan más interesantes, ya que recogen amplia información (basada en documentos oficiales) sobre mercados, ejercicio de las magistraturas, estadísticas, etc. Unas circunstancias que convertirían a su autor en un historiador «moderno» que equilibra así la visión un tanto providencialista que impregna la filosofía general del texto. Recordemos sus juicios a propósito de los males que afectaban a algunas ciudades: ante ellos, duda entre achacarlos a causas naturales, a razones astrológicas o a la voluntad de Dios, que deseaba con ello castigar la maldad de los hombres. Se ha dicho que la obra constituye la mayor crónica del Trescientos. Expresa bien, como ha reconocido una de sus estudiosas, la alogeneidad-autogeneidad a través del estudio de una serie de círculos concéntricos en los que se desenvuelve la mirada del autor: la ciudad, su entorno rural (el contado), la Toscana, el conjunto de Italia y, por último, el resto de Europa. A esta el autor presta atención solo cuando se trata de acontecimientos extraordinarios o catastróficos como la peste (del brote de 1347-1348 fue precisamente víctima él mismo), los 92 incendios, las guerras . La narración de la historia de Florencia la proseguirían el hermano de Giovanni, Mateo 93 Villani, hasta 1363, y el hijo de este, Filipo, hasta 1405 , alabando a sus mayores «porque en cuanto estuvo de su parte, impidieron que la memoria de los siglos pasados pereciera, manteniéndola con su prosa». Hace más de siglo y medio, Jacob Burckhardt destacó el papel de esta familia afirmando que debemos gratitud a los Villani, igual a Giovanni que a Mateo, tanto por sus observaciones políticas, como por sus juicios espontáneos y prácticos, y se la debemos también por haber transmitido las bases de la estadística de Florencia con importantes datos sobre otros Estados. En pocas palabras, habernos transmitido tanto el pensar político como las preocupaciones 94 económicas del Estado . La admiración de Giovanni Villani por la antigua Roma le lleva a considerar a Florencia

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como una fundación romana . Una idea que recogerá también su coetáneo Giovanni Boccaccio: «Florencia, entre las demás ciudades italianas la más noble según las antiguas historias y la general opinión de los presentes parecen creer, tuvo su principio en los 96 romanos» .

Después de Villani: en el corazón del humanismo historiográfico Petrarca (1304-1374) o Boccaccio (1313-1375) no fueron historiadores: «para ellos la historia era una especie de almacén de accesorios donde se podían encontrar sujetos válidos para el desarrollo literario o que inspirasen reflexiones interesantes al moralista». Petrarca, que lamentaba la fragmentación de una Italia que no conseguía alcanzar las cotas de grandeza de los reinos de la Península Ibérica, Francia o Inglaterra, buscará su consuelo en la Historia, 97 interesándose especialmente por los hombres de la antigua Roma . Será uno de los primeros que extraiga argumentos de las fuentes de la Antigüedad para justificar un nacionalismo italiano y muchos de los principios de las clases medias. Consideraba la historia de Roma como la de un pasado nacional. Actúa más como patriota italiano que florentino: por una idea de Roma como continuadora de una soberanía y un imperio mundial al estilo del de la Antigüedad. De ahí su aversión al pasado inmediato «gótico» y «germano» que habían supuesto los siglos del Medievo de decadencia nacional y de gobierno de los «bárbaros». De ahí también su admiración hacia Cola de Rienzo por su rebelión contra los señores feudales de Roma. Su entusiasmo por la antigua república romana le lleva a desear que los nobles sean excluidos de todo cargo, según la costumbre florentina del momento, aunque esas miras 98 democráticas las aplique solo a Roma, no a Florencia . Seguidor de Petrarca fue Coluccio Salutati, quien retoma la teoría de la sociedad como conjunto jerarquizado de células en las que se realiza la imprescindible participación del 99 ciudadano . Agudo diplomático, se le ha considerado como el primer teorizador de la alta clase media florentina. Ecléctico en materia de gobierno, equilibra cuidadosamente la burguesía secular y la eclesiástica. Sostiene que la Providencia es una fuerza activa de la Historia y apoya la idea de un Estado benefactor basado en la moralidad y la religión. El deber de servir al Estado y a la Patria es el más importante, después del deber de servir a Dios. Aunque defienda la monarquía como forma ideal de gobierno, Salutati apoya la república porque, como todos los humanistas, tiende a ponerse al servicio de la forma de gobierno establecido. El arquetipo sería Florencia, ya que los florentinos eran los sucesores de los romanos, el pueblo «libre» elegido por Dios para gobernar el mundo. Aunque sostuviera que la vida contemplativa era la más elevada, en ciertos casos (incluido el suyo) la vida activa al servicio del país puede ser incluso más elevada. Como canciller de la burguesía comunal, Salutati se manifiesta sin embargo a favor de una nobleza ya inocua políticamente siempre que fuera culta; y, muy crítico con las masas, tacha a los ciompi de ignorantes,

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monstruos que constituían un peligro para la república de Florencia . De mentalidad más secular que Salutati es Leonardo Bruni (1369-1444). Nacido en Arezzo y secretario apostólico de Inocencio VII y de tres de sus sucesores, se retiró a Florencia en 1415, en donde redactaría sendas biografías de Dante y de Petrarca, aparte de unas memorias útiles para la historia de su tiempo. Interesado no solo por las guerras, sino también por el 101 funcionamiento de las instituciones del Estado , su Historiarum Florentinarum (los nueve primeros libros se presentaron a la Señoría en 1439) alimentará la memoria de un pueblo y su 102 orgullo nacional . La historia no es ya una manifestación de la divina providencia. Incluso esa admiración por la antigua Roma y por Italia como la había sentido Petrarca se traduce en Bruni en un patriotismo activo florentino. Aunque abogue por la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos, en la práctica, su interés se reduce también a la alta clase 103 media de la ciudad . Con ese espíritu comulgaría ya en el inicio de los tiempos modernos Francesco Guicciardini (1483-1540), para quien un gobierno moderado debía alejarse tanto de las presiones populares como de las tentaciones tiránicas. Sin embargo, para esos momentos ya, Nicolás Maquiavelo (muere en 1527) había presentado a Florencia como una «ciudad dividida» que parecía vivir el fin inevitable del régimen republicano. La lucha de facciones —idea aplicable a cualquier otra entidad política como las de las antiguas Grecia y Roma— implicaba a la larga la «corrupción» o decadencia del Estado porque, de forma directa o 104 indirecta, favorecía la intervención de un enemigo exterior . La llegada a Italia de los ejércitos de Carlos VIII de Francia en 1494 marcó un punto de inflexión para «tres poderosos estados [Milán, Venecia y Florencia] que había en Italia [y que] habían sido repetidamente 105 saqueados y devastados» .

Algunas reflexiones político-sociológicas De lo expuesto para la Florencia del Bajo Medievo, puede extraerse una idea fundamental: la labor del historiador va adquiriendo una cierta secularización. No se invocan ya la Providencia, San Agustín o la sucesión de los cuatro imperios y tampoco se hace referencia a la Iglesia universal. El marco de referencia es un Estado de reducidas dimensiones al que el historiador pertenece y cuya reputación, dentro de un gran sentido pragmático, se trata de 106 acrecentar .

La superioridad de Florencia sobre el resto de las ciudades El enfrentamiento entre Florencia y Milán reforzó en la primera ese sentimiento de defensora de las libertades. En el otro lado se situaban los autoritarios y expansivistas

gobernantes de la segunda. Primero serían los Visconti y luego los Sforza, que la convirtieron en símbolo de la tiranía. Ello fue aprovechado por los historiadores florentinos, y no solo los de primera fila. Así, para Mateo Villani, la güelfa Florencia se erigía en campeona de la libertad frente al gibelinismo vinculado a la autoridad del emperador y a unas normas germánicas convertidas necesariamente en tiranía. De forma similar se manifestará el mercader de la seda y cronista Goro Dati (1362-1435), autor de una Istorie de Firenze cuyo título completo es, significativamente, Historia de la larga e importante guerra italiana que enfrentó en nuestro tiempo al tirano de Lombardía y a la gloriosa ciudad de Florencia, que cubre los años 13801406. La superioridad de los florentinos procede de que, a diferencia de los milaneses que han aceptado la sujeción como una especie de segunda naturaleza, usan de la ratione tanto en la diplomacia como en el campo de batalla. Para ello han creado los instrumentos necesarios que 107 les permiten vivir libres en una república . Otra cuestión es que esa libertad acabase siendo pisoteada por gobiernos autoritarios y puesta en peligro por la intrusión de fuerzas políticas ajenas a la península.

Una visión altoburguesa de los acontecimientos Frente a esas inmensas posibilidades que tuvieron las altas clases medias para formular sus ideales políticos, económicos y sociales, los estratos más bajos de la sociedad florentina contaron con escasas oportunidades de expresar sus sentimientos salvo en el tema de la religión. La revuelta de los ciompi fue la oportunidad de manifestar esas aspiraciones, pero solo una crónica de la época —Cronaca dello Squittinatore— recoge en apuntes entre 1378 y 1387 lo que fueron las desgracias de los trabajadores, aunque sin llegar a reflexionar sobre 108 los acontecimientos relatados . «Frente a un proletariado revolucionario en el cual solo ve una pleble infida nobilis et rerum novarum avida, el burgués siente tendencias conservadoras. 109 Lo mismo Giovanni Villani que el humanista Salutati carecen de simpatía por la plebe» . Y ¿qué decir del fin trágico de la experiencia de Savonarola de incorporar a la vida pública a 110 sectores hasta entonces excluidos, entre ellos a los jóvenes? . Convendría destacar, por todo ello, cómo al lado de la figura del cronista-canciller está la del cronista relacionado con el mundo de la empresa. Junto a mencionadas figuras como las de Dino Compagni o Giovanni Villani, F. Antal destacó también la del gran comerciante Giovanni Morelli (1371-1441), cuya vida discurre en parte bajo el predominio político de los Albizzi. Escribió una crónica que trata el período entre 1393 y 1421, donde toca asuntos familiares, para que la leyese su hijo. Basándose en el dominico Giovanni Dominici (1356-1419), quien en su De Regola Goberni funde sentimientos morales conservadores y sentido común práctico, Morelli llega a la conclusión de que hacer dinero era una profesión justificada por la voluntad divina. La riqueza y el éxito en los negocios eran la recompensa divina a la piedad del

agraciado

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La perfilación de un concepto de barbarie No es tampoco casual que entre los humanistas se fortaleciera la percepción de un largo período de oscurantismo sufrido desde hacía siglos. En 1469 se lo designó como media tempestas, en 1518 como media aetas, en 1531 como media tempora y en 1604 como medium 112 aevum . En 1450, Flavio Biondo publicaba sus Décadas, historia del mundo desde la caída de Roma hasta sus días. Su aspiración era ser una especie de Tito Livio del Medievo. No olvidemos, por último, que la intervención extranjera en Italia (franceses y luego españoles) desde finales del XV sería vista por autores al estilo de Maquiavelo como renovación de la caída sobre Italia de las hordas de godos o lombardos que, desde el siglo V, habían asolado la 113

península. Munición, después de todo, para renovar el concepto de bárbaro . Concepto que perdería ya cualquier connotación medianamente favorable que pudiera haber tenido en algunos autores de la Antigüedad.

La ciudad itálica y los distintos géneros narrativos a su servicio Al lado de la historia puramente urbana en la que la ciudad en su conjunto es la protagonista, la biografía va a tener un extraordinario éxito. Fue ampliamente cultivada en Florencia desde la Vida de Dante compuesta por Boccaccio, en la que contrasta la virtud, ciencia y buenas obras del autor con la ingratitud de sus conciudadanos que le conduce al 114 destierro . Obra, según J. Burckhardt, «ligera, viva, inspirada, rica en arbitrariedades, nos 115 transmite, no obstante, la sensación de lo extraordinario en el carácter del poeta» . El liderazgo cultural que Florencia ejerció en el conjunto de Italia se identifica 116 habitualmente con el gobierno de los Médicis y, muy especialmente, con Lorenzo el Magnífico (1449-1492). Mecenas de artistas y de intelectuales y autor él mismo de una importante producción literaria, su figura sería engrandecida por sus biógrafos del siglo XVI, 117

especialmente Vasari . El género biográfico sería, precisamente, utilizado en toda Italia como refuerzo de unos sentimientos localistas confundidos en repetidas ocasiones con la exaltación dinástica. Milán contó con amplia nómina de historiadores y turiferarios de sus gobernantes. A mediados del XV, Pier Candido Decembrio redactó una biografía de los duques de Milán y Filelfo alabó a Francesco Sforza en su Sfortias y sus odas latinas. Giorgio Merula compuso una Historia Vicecomitum y Bernardino Corio una Historia de Milán. En Ferrara, Tito Vespasiano Strozzi celebrará al duque Borso en su Borsias y Tebaldeo escribirá poemas sobre

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la guerra con Venecia entre 1482-1484 . En Mantua, los Gonzaga comisionaron a Bartolomeo Sacchi (Platina) para escribir la historia de la familia. En Venecia, la Señoría empleó a Sabellico (Marcantonio Coccio) y a Pietro Bembo como primeros historiadores de 119 la República . Lorenzo Valla, famoso por otros méritos, fue encargado por Alfonso V de Aragón (rey de Nápoles desde 1442) de redactar una biografía de su padre (Fernando de Antequera) bajo el título De Rebus a Ferdinando Aragoniae Rege Gestis Libri Tres. Se basa fundamentalmente en la Crónica de Juan II de Alvar García de Santa María. En los episodios de las guerras contra los moros de Granada se intercalan reminiscencias de la épica griega y troyana y de las 120 guerras griegas y persas . La Roma recuperada por los papas no podía quedarse atrás en este proceso, una vez superada la grave crisis que para la autoridad papal había supuesto la expansión de las tesis conciliaristas. Desde Nicolás V (1447-1455), la ciudad se convierte en un importante foco literario. Flavio Biondo (1392-1463), filólogo y anticuario, escribió dos libros sobre la antigua Roma (Roma instaurata y Roma triumphans), aparte de unas Décadas que pueden pasar como la primera Historia medieval de Europa. Bartolomé Sacchi (Platina) (1421-1481) 121 redactó una Vida de Jesucristo y de todos los papas .

El ámbito político extraitaliano Al igual que en Italia, en los reinos de Occidente el género biográfico fue objeto de un notable cultivo en el Bajo Medievo. Sin embargo, ni las numerosas crónicas o historias de monarcas, ni las vidas de altos personajes del momento, tanto eclesiásticos como laicos (por ejemplo, los grandes capitanes de la Guerra de los Cien Años), suponen un serio aporte a una 122 historiografía urbana . En un sentido estricto, será Inglaterra donde se dé un importante florecimiento de este género, más allá del ámbito puramente londinense. C. L. Kingsford estima en torno a los cuarenta compiladores diferentes a lo largo del siglo XIV quizás como resultado de la revolución de 1399. Destacables también el Diary of the Corporation of Reading, que empieza en 1413, y el Maire’s Calendar de Bristol de Robert Ricart, clérigo de la ciudad 123 entre 1479 y 1503 . Para la Alemania de los siglos XIV al XVI se ha recopilado la serie de 36 volúmenes Croniken der deutschen Stadte, con materiales muy diversos: desde anales derivados de viejas crónicas a relatos de actividades mercantiles. No hay duda del interés por la historia en amplios sectores de la sociedad alemana, especialmente la burguesía de las grandes ciudades. En una tierra tan dividida, la historia aparece muy regionalizada, aunque ello no impide que se trasluzca a menudo la nostalgia por los tiempos de un imperio fuerte. Se refleja en muchas

crónicas locales, especialmente la de Hartmann Schedel, una producción de Núremberg 124 famosa a partir de las ediciones en latín y en alemán desde 1493 . Para Francia, por el contrario, se ha recordado la escasa presencia de las crónicas urbanas —recordadas por Molinier solo para tres ciudades: Béziers, Montpellier y Burdeos—, a pesar 125 de contar el reino con una ciudad de la importancia de la capital . Esta, sin embargo, facilita otro tipo de testimonios de gran interés. Engrandecida por Felipe Augusto, Luis IX o Felipe IV, la ciudad fue objeto en 1323 de un Tractatus de laudibus Parisius de Juan de Jandun, escrito «a la mayor gloria de la ciudad, de la magnificencia del reino de Francia en donde la ilustre ciudad de París tiene un puesto principal y casi el mejor». París es la urbs urbium (ciudad de las ciudades). Unos años después, Raúl de Presles habla de París como «la principal ciudad del reino» en el prólogo a su traducción (1371-1375) de La ciudad de Dios de San Agustín. Y por los mismos años, Henri de Ferrières en su Songe de pestilence hace a la «buena ciudad de París» la cabeza del rey de Francia y también su corazón; mientras que las distintas regiones del reino (Bretaña, 126 Normandía, Guyena, etc.) representan sus miembros . Entrado el siglo XV (1430) y bajo control del bando anglo-borgoñón durante la segunda fase de la Guerra de los Cien Años, París aparece como el corazón del «cuerpo místico del 127 reino». Sosteniendo a la ciudad se podrá salvar el reino . También contaremos para la capital con importantes diarios de algunos de sus vecinos. El más popular es conocido como Diario de un burgués de París, que cubre la primera mitad del siglo XV. Se trata de un título un tanto convencional, ya que su autor era quizás un clérigo de la Universidad («nuestra madre»), posiblemente doctor en teología con una formación cultural simplemente discreta: abiertamente clerical, aunque los textos de la Antigüedad (Troya o 128 Roma) no le sean del todo desconocidos . A través del prisma de la precaria vida de una ciudad en unos delicados momentos, el «burgués» trasluce lo que es una triple crisis. Crisis política, derivada de una guerra internacional —la Inglaterra Lancaster contra la Francia Valois—, pero también civil (borgoñones frente a armagnacs). Crisis de conciencia nacional francesa, en tanto la población del reino se encuentra desconcertada ante la locura de un rey (Carlos VI) y las dudas sobre a quién corresponde la legitimidad dinástica. Y crisis material, que es general en todo Occidente pero que se agudiza particularmente en un París bloqueado en donde el abastecimiento cotidiano se hace difícil, y los rumores sobre lo que ocurre en el resto del territorio alimentan todo tipo de inseguridades. En el fondo, el Burgués se manifiesta como un hombre de orden, de simpatías borgoñonas pero con un espíritu esencialmente 129 acomodaticio .

El mundo hispánico

Especial es el caso de Compostela, a la que el autor del siglo XII Amaury Picaud presenta como «repleta de todo tipo de encantos, la ciudad que custodia los restos mortales de Santiago, motivo por el que está considerada como la más dichosa y excelsa de las ciudades 130

de España» . Curioso elogio en la pluma de un autor que, a lo largo de todo el itinerario jacobeo (desde el Poitou hasta Galicia), no hace más que lanzar tremendas invectivas contra las poblaciones que un peregrino puede encontrarse a su paso. Los estados ibéricos contaron en el ocaso del Medievo con el libro de viajes del discreto humanista alemán Jerónimo Münzer, quien visitó la península quizás para entrevistarse con Juan II de Portugal y lograr una participación germana en las empresas de Ultramar. No en vano, colaboraría con Martin Behaim en su conocido globo terráqueo. Con un detallismo y una amenidad propios de una guía turística, Münzer va relatando las impresiones —favorables por lo general— que recibe de la visita a distintas ciudades. Interesante por demás es la descripción que hace del reino de Granada, recién incorporado a la monarquía hispánica de los Reyes Católicos, y muy especialmente de su capital, a la que define como «gloriosa y populosísima» Las observaciones recogidas en torno a la población musulmana («y pasando por una larguísima calle, entre medias de infinitos sarracenos») que 131 por entonces (1494-1495) aún pervivía en el territorio conquistado , añaden un toque colorista y de particularismo. Tanto más cuanto por aquel entonces las ciudades de Occidente habían alcanzado una notable homogeneidad cultural. Para el caso específicamente castellano, la nobleza y el honor referidos a algunas ciudades superan, en los diferentes autores, la pura trivialidad cancilleresca o áulica. Son elementos de prestigio para sus habitantes y de conservación del orden establecido. Alonso de Cartagena destacará los ejemplos de Burgos, León, Toledo, Sevilla, Córdoba, Zamora, Salamanca, 132 Cuenca, Segovia o Valladolid . Sevilla fue, a ojos de Alfonso X, una especie de quintaesencia de España, «la más noble 133 provincia del mundo»: es «la (ciudad) más noble e ffue que todas las otras del mundo» . Entre el ocaso del Medievo y los inicios de la Modernidad, y aún sin llegar a los ditirambos del Rey Sabio, dos viajeros extranjeros se hicieron lenguas del valor de la ciudad. Jerónimo Münzer alabaría la fértil llanura sobre la que se ubicaba la urbe, que, vista desde lo alto de la 134 Giralda, duplicaba la extensión de su Núremberg natal . Unos años después, Andrés Navagero, embajador en la corte de Carlos V, que se manifiesta por lo general muy elogioso hacia las ciudades de España, dedica una especial atención a Sevilla. Viniendo precisamente de un italiano, no habría mayor alabanza hacia ella que decir: «se parece más que ninguna otra de las de España a las ciudades de Italia». Destaca «sus calles anchas y hermosas», su catedral «que es hermosísima y mayor que la de Toledo», algunos palacios, «que no los he visto mejores ni más bellos en toda España», el Alcázar y los hermosos monasterios de las 135 afueras . Tradiciones y mitos del mundo antiguo pasados por el filtro historiográfico del Medievo

facilitarían a la Modernidad abundante material para una idealización de la ciudad española. En esa labor colaborarían historiadores (analistas al estilo del muy renombrado Diego Ortiz de Zúñiga, cronistas generales o locales y eruditos de diferente fuste), pintores y grabadores, aristócratas con ínfulas literarias o viajeros en la línea de los mencionados Münzer y Navagero. La ciudad no es opuesta sino complementaria de su entorno rural, se caracteriza por su acendrado aristocratismo («vivero de linajes nobles»), y por su espíritu de república de las 136

armas y las letras ... En la Corona de Aragón, Barcelona, con una gran proyección mediterránea, era para el cronista Muntaner (1265-1336) «cap de Catalunya en la marina». Una idea que reiterará Jerónimo Münzer, que la define como «la nobilísima ciudad de Barcelona (Barcinona), situada 137 a la orilla del mar baleárico y cabeza de toda Cataluña» . Cuando a principios del siglo XVI se estaban restañando los efectos de la gran crisis de años atrás, el cronista y diplomático florentino Francesco Guicciardini la describía como una ciudad preciosa, grande, y bien poblada. Aunque no parece haber ningún edificio particular especialmente notable o excelente, las casas de toda la ciudad son en general muy hermosas. Porque como dicen sus habitantes, es una ciudad para todos. Este es, a mi juicio, su rasgo más notable, un aspecto en el que supera incluso a 138 Florencia . Viniendo de un florentino, no podía darse mayor elogio. 139 Valencia, definitivamente conquistada por Jaime I en 1238 y que a fines del Medievo se convertirá en el motor económico de la Corona de Aragón, aparece a los ojos de Jerónimo Münzer como: «preclara ciudad populosísima, mucho mayor que Barcelona, muy bien habitada y poblada, con muchos condes, barones, con un duque y más de quinientos caballeros dorados, y nobles sin número». A partir de ahí, destacará la enjundia de algunos de sus edificios (catedral y lonja en especial) y —como ya destacamos en páginas anteriores— lo ubérrimo de 140 las tierras que la circundan . Del reino de Portugal, Lisboa es objeto de especial atención. En buena medida fue responsable de ello el cronista Fernão Lopes, un poco abusivamente considerado cronista de 141 la resistencia frente a la agresión castellana de 1383-1385 . El asedio puesto a la capital lusa por parte de las fuerzas de Juan I de Castilla constituyó una singular prueba de fuerza para 142 buena parte de la sociedad portuguesa que rechazaba la absorción política por sus vecinos . Lopes destacará las penalidades sufridas por sus vecinos, especialmente por la escasez de 143 abastecimientos , y, a la postre, los equiparará a los mártires. La ciudad será el «forte esteo 144 e collumpna que sostén todo Portugall» . Como sucedió con otros autores del Bajo Medievo, Fernão Lopes vio favorecida su vocación de historiador gracias a su condición de tabelião, especie de categoría favorecida de notario, desde la que saltaría en 1418 a guarda-mor da

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Torre do Tombo . Circunstancias que le permitirían un fácil acceso a la documentación cancilleresca. Unos años más tarde, con los portugueses como adelantados en la política de grandes descubrimientos geográficos europeos, Jerónimo Münzer hablará de Lisboa («mayor que Nuremberg y mucho más populosa») definiéndola como «ínclita ciudad». La caracterizará por la educación de sus vecinos y la floreciente actividad mercantil impulsada por sus atarazanas 146 y puerto .

1 B. Guenée, Histoire et culture historique, pág. 36. 2 A título de ejemplo: H. A. Miskimin, La economía de Europa en el Alto Renacimiento (1300-1460), Madrid, 1980. 3 Tomás Moro, «Utopía», en E. Imaz (ed.), Utopías del Renacimiento, México, 1980 (ed. original de 1941), pág. 76. 4 E. Imaz, «Topía y utopía», Introducción a Utopías del Renacimiento, pág. 15. 5 Por ejemplo, las aplicaciones generales en F. Graus, «Social Utopías in the Middle Ages», en Past & Present, 38 (1967), págs. 3-19, y las de H. Franco Jr., As utopias medievais, São Paulo, 1992. 6 Cfr. algunas intervenciones del seminario organizado por el Departamento de Historia Medieval de la Universidad Complutense. M. Alvira Cabrer y J. Díaz Ibáñez (coords.), Medievo Utópico. Sueños, ideales y utopías en el imaginario medieval, Madrid, 2011. 7 E. Moreno Chumillas, Las ciudades ideales del siglo XVI, Barcelona, 1991; R. Blanco Martínez, La ciudad ausente. Utopía y utopismo en el pensamiento occidental, Madrid, 1999, o A. Angulo Morales, «A la búsqueda de una sensibilidad ordenada en las ciudades vascas de la Edad Moderna», en Vasconia, 32 (2003), págs. 371-386. 8 G. Bravo, Historia del mundo antiguo. Una introducción crítica, Madrid, 1994, pág. 213. 9 Ibíd., pág. 432. 10 La ciudad de Dios, lib. XV, cap. I. 11 Ibíd., lib. XV, cap. II. 12 Clásicos sobre el tema, H. X. Arquillière, L’augustinisme politique. Essai sur la formation des théories politiques de Moyen Âge, París, 1955, o M. García Pelayo, El reino de Dios arquetipo político. Estudio sobre las formas políticas de la Alta Edad Media, Madrid, 1959. 13 O. Goyotjeannin, «1066-1285», pág. 253. 14 P. Lavedan, Représentation des villes, pág. 12. 15 Dante Alighieri, De la monarquía, lib. I, cap. XI, ed. de J. Llambias de Acevedo, Buenos Aires, 1966, pág. 45. 16 A. Truyol, Dante y Campanella. Dos visiones de una sociedad mundial, Madrid, 1968, pág. 46. 17 De la monarquía, lib. I, cap. IV, ed. cit., pág. 38. 18 Ibíd., lib. I, cap. XII, ed. cit., págs. 45-46. 19 Abu Nasr al-Farabi, La ciudad ideal, ed. de M. Cruz Hernández y M. Alonso, Madrid, 2011, págs. 96 y ss.

20 C. Mazzoli-Guintard, Villes d’al-Andalus, pág. 47. 21 G. Boccaccio, Mujeres preclaras, ed. de V. Díaz-Corralejo, Madrid, 2010, pág. 60. A su estela se redactarán otras obras. Así, Don Álvaro de Luna, Libro de las claras e virtuosas mugeres, ed. de M. Castillo, Madrid, 1910. (Reproducción anastática, Valladolid, 2002). 22 A. Jeanroy, «Boccace et Chsitine de Pisan: Le “De claris mulieribus” principale source de “Livre de la Cité des Dames”», en Romania, 48 (1922), págs. 92-105. 23 Charity C. Willard, Christine de Pizan: Her Life and Works, Nueva York, 1984. 24 Cristina de Pizán, La ciudad de las damas, ed. de M.-J. Lemarchand, Madrid, 1995, pág. 16. 25 Ibíd., págs. 117-118. 26 Ibíd., pág. 207. 27 Ibíd., pág. 229. 28 Ibíd., pág. 141. 29 Sobre estos dos autores, véase A. Antelo Iglesias, «La ciudad ideal según fray Francesc Eiximenis y Rodrigo Sánchez de Arévalo», en En la España Medieval, 6 (1985), págs. 19-50, o M. Asenjo, «La utopía política en el ámbito urbano», en Medievo utópico, págs. 141-153. 30 Entre otros, y aparte de los títulos antes citados, A. López Amo Marín, «El pensamiento político de Eiximenis en su tratado Regiment de Princeps», en Anuario de Historia del Derecho Español, 18 (1946), págs. 5-139; S. Vila Beltrán de Heredia, La ciudad de Eiximenis: un proyecto teórico de urbanismo en el siglo XIV, Valencia, 1984; L. Cervera Vera, Francisco de Eiximenis y su sociedad urbana ideal, Madrid, 1989; E. Juncosa, «Si·s volia conservar en sa bona fortuna... La sociedad perfecta, el buen gobierno y la ciudad ideal según las tesis de Francesc Eiximenis», en Medievo utópico, págs. 155-172; o J. P. Barraqué, «Pourquoi fonder la ville? L’exemple de Francesc Eiximenis», en Ab urbe condita..., págs. 27-42. 31 E. Juncosa, «Si·s volia conservar», pág. 172. Una síntesis de la trayectoria biográfica del personaje, en L. Cervera, Francisco de Eiximenis, págs. 17-31. 32 F. Eiximenis, «Prèambul a tot lo llibre Christiá», en A. Hauf (ed.), Lo Crestià (selecció), Barcelona, 1983, págs. 35-41. Recogido a su vez por E. Juncosa: «Si·s volia conservar», pág. 156. 33 E. Juncosa, «S·is volia conservar», pág. 160. 34 J. A. Maravall, «Franciscanismo, burguesía y mentalidad precapitalista: la obra de Eiximenis», en Actas del VIII Congreso de Historia de la Corona de de Aragón, II, vol. I, Valencia, 1969. Recogido en Estudios de historia del pensamiento español (Serie primera. Edad Media), Madrid, 1983, págs. 365-383. 35 E. Juncosa, «S·is volia», pág. 167. 36 Rodrigo Sánchez de Arévalo, Suma de la política, ed. de J. Beneyto, Madrid, 1944, pág. 539. 37 Ibíd., pág. 56. 38 Ibíd., pág. 60. 39 Observaciones de M. Asenjo, «La utopía política», págs. 148-150. 40 G. Martín Redondo, «Urbis renovatio, Roma, ciudad moderna», en J. Fernández-Mayoralas (coord.), La dimensión artística y social de la ciudad, Madrid, 2002, págs. 125-162, especialmente págs. 125-130. 41 M. Paoli, Leon Battista Alberti, 1404-1472, París, 2004.

42 F. P. Fiore, La Roma di Leon Battista Alberti. Architetti e umanisti alla scoperta dell’antico nella città del Quattrocento, Milán, 2005. 43 C. Bec, Le siècle des Médicis, París, 1977, págs. 28 y 36. 44 Aparte de los títulos de índole biográfica citados con anterioridad, véase D. di Agresti, Sviluppi della reforma monastica Savonaroliana, Città di Castello, 1980. 45 M. Mullet, La cultura popular en la Baja Edad Media, pág. 173. 46 Ibíd., pág. 162. 47 Girolamo Savonarola, La simplicidad de la vida cristiana, ed. de J. M. Forte Monge, Madrid, 2005, pág. 130. 48 Ibíd., pág. 146. 49 Ibíd., págs. 152-156. 50 Ibíd., pág. 126, 51 J. M. Forte Monge, «Introducción», ibíd., pág. 26. 52 Girolamo Savonarola, Trattato sul governo di Firenze, ed. de F. Cesati, Florencia, 2006, pág. 15. 53 Ibíd., págs. 21 y 28. 54 Ibíd., págs. 29-32. 55 A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, págs. 135-136. 56 Michel de Montaigne, Los Ensayos, ed. de J. Bayoud Brau, Barcelona, 2007, pág. 1426. 57 Ennodius, Panégyrique de Théodoric, XI, ed. de Vogel, Monumenta Germaniae Historica, Auctores antiquissimi, VII, pág. 210. 58 G. Fasoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, pág. 100. 59 Ibíd., pág. 104. 60 Véase el interesante comentario a Honorantie civitatis Papiae, en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, t. XXX, 2, Hannover, 1934, págs. 1.451-1.453; de C. M. de la Ronciere, P. Contamine, R. Delort y M. Rouche, L’Europe au Moyen Âge, t. 2: Fin IX siècle-fin XIII siècle, págs. 116-123. 61 G. Fassoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, pág. 142. 62 Ibíd., pág. 171. 63 Ibíd., pág. 175. 64 Ibíd., pág. 175. 65 Ibíd., pág. 181. 66 J. Touchard, Historia de las ideas políticas, Madrid, 1993, pág. 175 (ed. original de 1961). 67 Recogido por E. Garin, El Renacimiento italiano, Madrid, 1986, págs. 25-28. 68 «Elogio de París por G. Bazoches, 1175», recogido por C. M. de la Ronciere, P. Contamine, R. Delort y M. Rouche, L’Europe au Moyen Âge, t. 2: Fin IX siècle-fin XIII siècle, págs. 259-260.

69 Victor Hugo, Elogio de París, pág. 73. 70 A. Martín Duque, «Sancho III el Mayor de Navarra, entre la leyenda y la historia», en Ante el milenario del reinado de Sancho el Mayor. Un rey navarro para España y Europa, XXX Semana de Estudios Medievales (Estella, 14-18 de julio de 2003), Pamplona, 2004, págs. 34-35, y F. Miranda, «De laude Pampilone y la construcción ideológica de una capital regia en torno del año Mil», en Ab urbe condita..., págs. 293-308. 71 En un lugar de honor se encuentra el archicitado Marco Polo: Libro de las cosas maravillosas, donde se recogen coloristas descripciones de sus ciudades, como esa Cambalu (actual Pekín), «la cual está en la provincia del Cathayo... y tiene veinte e cuatro millas al derredor», ed. S. Yerasimos, Barcelona, 1982, pág. 147. 72 Recordado por N. Guglielmi, Guía para viajeros medievales, Buenos Aires, 1994, págs. 303-313. 73 Algunos de los nombres de estas ciudades son simplemente aproximados (como Parma o Bérgamo). Libro del conosçimiento de todos los reynos e tierras e señoríos que son por el mundo e de las señales e armas que han cada tierra e señorio por sy e de los reyes e señores que los proveen, escrito por un franciscano español a mediados del siglo XIV, Barcelona, 1980, pág. 24 (edición facsímil de la realizada por Marcos Jiménez de la Espada, Madrid, 1877). 74 Pero Tafur, Andanças e viajes, págs. 292-293. 75 M. Wade Labarge, Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos, Madrid, 1992, pág. 137. 76 Cfr. J. Rubio Tovar, Libros españoles de viajes medievales, Madrid, 1986, pág. 85. 77 Nos referimos, lógicamente, a su The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, redactada entre 1776 y 1788. 78 H. I. Marrou, ¿Decadencia romana o antigüedad tardía?, Madrid, 1980, pág. 68. 79 D. Hay, Annalists and Historians. Western Historiography from the viiith to the xviiith Century, Londres, 1977, págs. 87-89. 80 B. Guenée, Histoire et culture historique dans l’Occident médiéval, París, 1980, pág. 69. 81 S. Dresden, Humanismo y renacimiento, Madrid, 1968, pág. 83. 82 Ibíd., pág. 231. 83 Papel que, modestamente, se da en los notarios de las ciudades italianas: J. Heers, «Le notaire dans les villes italiennes, témoin de son temps, mémorialiste et chroniqueur», en D. Poirion (ed.), La chronique et l’histoire au Moyen-Âge, París, 1982, págs. 73-84. 84 E. Garin, Medievo y Renacimiento, Madrid, 1981, págs. 140-141. 85 Expresión con la que J. Burckhardt abre su conocida La cultura del Renacimiento en Italia, Madrid, 1985 (ed. original, Basilea, 1860), págs. 29 y ss. 86 C. Bec, Le siècle des Médicis, pág. 48; A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, Barcelona, 1974, pág. 160, y sobre todo H. Baron, The Crisis of the Early Italian Renaissance, Princeton, 1966. 87 C. Bec, Le siècle des Médicis, págs. 27-30. 88 A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, pág. 68. 89 A. Bec, «Sur l’historiographie marchande à Florence au XIV siècle», en La chronique et l’histoire au Moyen Âge, págs. 45-72. 90 F. Antal, El mundo florentino, pág. 136. 91 Ibíd., págs. 72-74.

92 N. Guglielmi, «Prólogo» a su antología de G. Villani, Crónicas florentinas, páginas 21-26. 93 Véase F. Ragone, Giovanni Villani e i suoi continuatore: la scrittura delle Cronache a Firenze nel Trecento, Roma, 1998. 94 J. Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, pág. 85. 95 Véase el reciente aporte de A. Jamme y V. Rouchon-Mouilleron, «Construction et destruction des mythes de fondation chez G. Villani», en Ab urbe condita..., págs. 207-240. 96 G. Boccaccio, Vida de Dante, ed. de C. Alvar, Madrid, 1993, pág. 37. 97 G. Lefebvre, El nacimiento de la historiografía moderna, Barcelona, 1974, pág. 64. 98 F. Antal, El mundo florentino, págs. 77-78. 99 C. Bec, Le siècle des Médicis, pág. 23. 100 F. Antal, El mundo florentino, págs. 79-81. 101 B. Guenée, Histoire et culture historique, pág. 25. 102 Ibíd., pág. 68. También el reciente trabajo de L. Bernard-Pradelle, «Ne pas refonder Florence: un enjeu humaniste des Historiae Florentini Populi Libri XII de Leonardo Bruni», en Ab urbe condita..., págs. 411-428. 103 F. Antal, El mundo florentino, págs. 81-83. 104 J. L. Romero, Maquiavelo historiador, Buenos Aires, 1970, págs. 80-81. 105 Nicolás Maquiavelo, El arte de la guerra, ed. de M. Carrera Díaz, Madrid, 1988, págs. 198-199. 106 G. Lefebvre, El nacimiento, pág. 66. 107 J. Touchard, Historia de las ideas políticas, págs. 174-176. 108 F. Antal, El mundo florentino, págs. 84-85. 109 A. von Martin, Sociología del Renacimiento, México, 1970, pág. 58. 110 M. Mullet, La cultura popular en la Baja Edad Media, pág. 167. 111 F. Antal, El mundo florentino, pág. 74. 112 Véase entre otros títulos A. Saitta, Guida critica alla storia medievale, Florencia, 1980, o G. Sergi, L’idée de Moyen Âge. Entre sens commun et pratique historique, París, 2000. 113 D. Hay, Annalists and Historians, págs. 90-93. 114 G. Boccaccio, Vida de Dante, pág. 35. 115 J. Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia, pág. 268. 116 N. Rubinstein, The Government of Florence under the Medici (1434-1494), Oxford, 1966. 117 C. Bec, Le siècle des Médicis, págs. 69 y ss. 118 Ibíd., págs. 90-92. 119 D. Hay, Annalists and Historians, pág. 99.

120 B. Tate, «La historiografía en la España del siglo XV», en Ensayos sobre la historiografía peninsular del siglo XV, pág. 291. 121 D. Hay, Annalists and Historians, págs. 102-109. 122 Véase el resumen recogido en E. Mitre, La guerra de los Cien Años, Madrid, 1990, págs. 65-67. 123 D. Hay, Annalists and Historians, págs. 85-86. 124 Ibíd., pág. 79. 125 Ibíd., pág. 86. 126 P. Contamine, «1285-1514», en Le Moyen Âge. Le roi, l’Église, les grands, le peuple, pág. 348. 127 Ibíd., pág. 337. 128 Véanse a este respecto las interesantes páginas introductorias a la edición de esta obra de C. Beaune, Journal d’un Bourgeois de Paris de 1405 à 1449, págs. 7-26. 129 E. Mitre, «Una ciudad acosada en la primera mitad del siglo XV: la capital de Francia vista por Un burgués de París», págs. 61-84. 130 Guía del peregrino medieval («Codex Calixtinus»), ed. de M. Bravo Lozano, Sahagún, 1989, pág. 23. 131 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, pág. 89. 132 Recogido por J. A. Bonachía Hernando, «“Más honrada que ciudad de mis regnos”. La nobleza y el honor en el imaginario urbano (Burgos en la Baja Edad Media)», en J. A. Bonachía Hernando (coord.), La ciudad medieval. Aspectos de la vida urbana en la Castilla Bajomedieval, Valladolid, 1996, págs. 169-212. 133 Alfonso El Sabio, Setenario, ed. de K. H. Vanderford y R. Lapesa, Barcelona, 1984, pág. 19. 134 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, pág. 153. 135 Andrés Navagero, Viaje por España (1524-1526), ed. de A. M. Fabie y A. González García, Madrid, 1983, págs. 34-36. 136 Andrea Mariana Navarro, «Pasado y antigüedad clásica en los discursos sobre ciudades. Las Laudes en la historiografía andaluza», en Temas medievales, vol. 16, Buenos Aires, enero-diciembre de 2008. 137 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, pág. 7. 138 Recogido en J. Aurell y A. Puigarnau, La cultura del mercader, pág. 21. 139 R. Narbona, «La memoria de la conquista de la ciudad de Valencia (siglos XIII-XVI)», en Ab urbe condita..., págs. 445474. 140 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, págs. 39 y ss. 141 A. J. Saraiva, Fernão Lopes, Lisboa, 1965, págs. 29-36. 142 Cfr. V. Viegas, Lisboa. A força da Revolução (1383-1385). Os documentos comprovam Fernão Lopes, Lisboa, 1985. 143 F. Lopes, Crónica de d. João I, vol. I, ed. cit. de H. Baquero Moreno, páginas 305-309. 144 Ibíd., pág. 343. 145 A. J. Saraiva, Fernão Lopes, pág. 13. 146 J. Münzer, Viaje por España y Portugal, págs. 171 y ss.

CONCLUSIÓN

Del Medievo a la Edad Moderna

La ciudad de raigambre medieval acabó por lo general integrada en los estados territoriales que utilizaron diversos medios para controlarlas: disputas de legitimidad, creación de ideologías nacionales, la fuerza, fuertes impuestos, otorgamiento de mayorazgos y privilegios a las élites urbanas, así como la integración política. En la mayoría de los casos, las ciudades no pudieron resistirse a los procesos de formación del Estado nacional, excepto allí donde el sistema feudal era particularmente débil —los Países Bajos, Suiza [sic]— o donde se trataba de ciudades-estado o de densas redes de ciudades —Italia, ciertas partes de Alemania. Pero ni siquiera estas últimas pudieron ser capaces de contener el aumento de poder 1 militar de Francia, España e Inglaterra . «El estado había tomado el bastón de mando que antes enarbolaban las ciudades y se 2 impuso la tarea de diseminar sus modelos» . Posiblemente, aquellos Estados más sólidos y extensos de la Modernidad lograron materializar lo que algunos autores de la plenitud del Medievo ya adelantaron: la ciudad no era como los antiguos idearon la culminación de la 3 civilización, sino una etapa hacia la federación en un reino de varias ciudades .

El ejemplo de Italia Italia, que podía presumir de tener la sociedad urbana más desarrollada, no logró a fines del Medievo la unidad política de las consolidadas monarquías de Occidente. Incluso Francia, victoriosa a la postre en la Guerra de los Cien Años, y la monarquía hispánica de los Reyes Católicos y sus herederos Habsburgos se disputarían durante los inicios de la Modernidad la hegemonía en la península. Pero Italia conoció, al menos, la supremacía de un puñado de ciudades (Génova, Venecia, Milán, Roma y Nápoles) convertidas en cabezas de unos estados, 4 si no nacionales, sí regionales . Ello supuso la progresiva absorción, o al menos el eclipse, de vecinas tiempo atrás florecientes: Verona lo fue por Venecia, Pisa por Florencia, Amalfi por Nápoles, las ciudades de la costa Ligur por Génova, las del curso medio del Po por Milán, las

de Italia central por Roma. Dos casos resultan significativos. Uno es el de la Roma de los papas del Renacimiento y el Barroco que pierde buena parte de su dimensión universal y la gana como poder 5

centroitaliano . Otro lo constituye Venecia: un complejo formado por la ciudad de las lagunas vénetas, la terra ferma, la red de dependencias adriáticas y, durante algún tiempo, las colonias en Chipre y Creta. Atravesó toda la Edad Moderna como un estado independiente con su política exterior propia. Bien a solas, bien con el apoyo de la monarquía hispánica, llegará a medirse, aunque con irregular fortuna, con el poderío turco, que llegó a ser en algunos 6 momentos la mayor potencia militar de la época . En muchas de las ciudades-estado italianas, la capitulación ante el príncipe trajo el triunfo de la signoria, que, según venerables afirmaciones, supuso una conjunción de municipalismo y 7 feudalismo , o también la creación de un principado patrimonial hereditario que «desde 8 entonces ocupó un puesto en el rango de los poderes legítimos» . Para dar ese salto no faltaban precedentes, cuales eran las figuras del podestà, el capitano del popolo, el capitano di Guerra, el gonfaloniero di Giustizia o simplemente el condottiero. A veces eran cargos institucionales y propios de la estructura política republicana, pero otras veces (caso de la podestería) tenían en principio un carácter temporal y extraordinario para superar momentos de crisis. Su ostentación por algunos personajes —muchas veces elevados al poder por impulso popular— les permitiría una suerte de patrimonialización del cargo y crear a través de él auténticas dinastías de signori o, si se prefiere, de tiranos. Se ponía con ello en evidencia la precariedad de las formas republicanas, hasta el punto, como sugiere D. Waley, de que la pervivencia minoritaria del republicanismo en Italia necesitaría más explicación que 9 el triunfo de los signori . Estaríamos ante la sustitución del pathos de libertad de un Boccaccio o un Salutati por la apología de la obedientia ante la autoridad política establecida 10 tal y como en Nápoles la entendería Joviano Pontano . Un caso representativo, pero no único, lo facilita ese deslizamiento que se produce en Florencia entre los gobiernos de Cosme († 1464) y Lorenzo de Médicis († 1492). El primero actúa como «primer ciudadano» que trata de servir a su ciudad de forma más o menos recatada; el segundo se sirve del Estado y obra con frecuencia de forma arbitraria y 11 caprichosa . En 1527 se produjeron dos significativos acontecimientos: la muerte de Maquiavelo y el saqueo de Roma por las fuerzas de Carlos V. Un dramático hecho que supuso un escándalo para toda la Cristiandad y que sirvió de erasmiana reflexión al secretario de Carlos V, Alfonso 12 de Valdés, quien responsabilizó del desastre a la torpe política del papa Clemente VII . Se cargaba así de razón al político e intelectual florentino a propósito de los malos augurios lanzados sobre el destino de la península y sus ciudades. Era la muestra más palmaria del retorno de los bárbaros a ella. Un retorno que se había iniciado ya con la brutal entrada de Carlos VIII de Francia en 1494 y sobre el que puso en guardia el mismo Nicolás Maquiavelo

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en distintos pasajes de sus obras .

El caso de las monarquías de Occidente La capitulación de la ciudad ante el príncipe vendrá del desgaste del autogobierno a causa de las disputas entre facciones, de la necesidad de un poder central fuerte capaz de conjurar variados peligros y del reflujo de las asambleas parlamentarias en las que la burguesía había desempeñado un no despreciable papel. Valgámonos de dos ejemplos en los que la resistencia local se vio abocada al fracaso. En Francia, la agotadora Guerra de los Cien Años había dejado entre otros saldos una nobleza desprestigiada en los campos de batalla y unas ciudades sobre las que recayó el peso económico de expulsar a los ingleses del territorio. La única fuerza que pareció salir indemne después de tan serias pruebas fue la monarquía, que con sus «órganos judiciales, militares, 14 financieros y administrativos era más fuerte, ante un particularismo provincial en retroceso» . La realeza francesa dominará una red de «bonnes villes» estrechamente ligadas a la Corona. La expresión, aparecida en el siglo XIII, cobraría un fuerte impulso en el siglo siguiente, alcanzando entre doscientas y trescientas localidades que marcarían profundamente el paisaje 15 urbano francés . Las comunas, por su parte, perdieron casi todo ese poder que en un momento determinado acumularon, y fueron las guerras de religión de los siglos XVI y XVII las que 16

contribuirían activamente a su definitiva decadencia . La palabra, con todo, tratará de recuperar su viejo prestigio con la Revolución y, muy en especial, con esa explosión de cólera 17 furiosa que fue la comuna de París de 1871 , ese année terrible que presentó Victor Hugo como trágico colofón del imperio de Napoleón el chico. Y ¿qué decir de unos Estados Generales que, sin reunirse desde 1614, se tratarán de revitalizar tardíamente en 1789? Y solo para replantear las funciones del tercer estado sobre la base del interrogante lanzado por el abate Sieyès. Sin ser políticamente nada y de hecho 18 todo, aspiraban, al menos, a ser algo . La burguesía francesa había mostrado una gran capacidad de adaptación a la política de autoritarismo monárquico a lo largo de la Edad Moderna; sería su instrumento y su 19 beneficiaria. Desde 1789 —y se confirmará en la oleada revolucionaria de 1830 que entronizó al rey burguès Luis Felipe de Orleans— se lanzó a regir no solamente los destinos 20 económicos, sino también los políticos de la nación . Era el final de un gran proceso en el que, sin proponérselo, la monarquía absoluta había orientado al país hacia una sociedad de clases en la que la jerarquía se establecería según el talento, una fuerza generadora de 21 riquezas . En ese proceso que trastocaría el viejo orden, «el movimiento es francés; el impulso, parisino», afirmaría con un toque de orgullo ciudadano el patriarca del 22 romanticismo .

En la Corona castellana, el papel político de las ciudades experimenta una clara erosión a medida que nos acercamos a finales del Medievo. La señorialización de numerosas localidades desde la entronización de los Trastámara ha sido fundamental en ese proceso. A ella se sumará el establecimiento por los monarcas (y a veces por los mismos señores) de oficiales dotados de poderes especiales para intervenir en los distintos asuntos públicos: los corregidores. Al principio actuaron de forma ocasional con ánimo de poner orden en el interior de las ciudades; de forma más institucionalizada los encontraremos, pese a las 23

numerosas quejas, bajo los Reyes Católicos . No menos significativa será la progresiva reducción del papel del tercer estado en las reuniones de Cortes. Del «quod omnes tangit» se irá pasando al «princeps legibus solutus est» y al «poderío real absoluto», que tendió a convertirse de práctica excepcional en recurso casi ordinario. Mediante la expedición de pragmáticas, el rey emite leyes según su criterio a las que se da un vigor «como si hubieran sido aprobadas en cortes»... Ello pese a intentos como la petición 11 de las Cortes de Valladolid de 1442. Las Cortes que se celebren después de las de Olmedo de 1445 presentan un perfil ideológico de los representantes de las ciudades basado en el principio de que cuanto más poderoso fuera el rey, mejor sería la situación de las 24 ciudades . A esas alturas, además, una tendencia se irá acusando: la reducción del número de ciudades que ostentarán voto en Cortes. Si en 1391 (Cortes de Madrid al inicio del reinado de Enrique III) son 49 las villas y ciudades representadas, un siglo más tarde solo serán 17 (18 con la incorporación de Granada). Corresponderán a las cabezas de los distintos reinos de la 25 Corona y algunas otras localidades especialmente destacadas . Las Comunidades de Castilla, liquidadas en 1521 con la derrota en Villalar de los alzados en armas contra el autoritarismo real, constituyen un fenómeno juzgado de formas muy encontradas. ¿Un anacronismo arcaizante por el que unas minorías ciudadanas defendían unos privilegios medievales que obstaculizaban la marcha hacia un Estado moderno? Estado que estaría representado por Carlos V en España, por Francisco I en Francia o Enrique VIII en 26 Inglaterra . ¿Una primera revolución moderna según una vieja visión romántico-liberal periódicamente rejuvenecida con nuevas investigaciones históricas, sociológicas y teórico27 políticas? . En cualquier caso, el movimiento comunero es un conflicto político de carácter muy general, pero también, tal y como algunos trabajos recientes advierten, es «una pugna por el poder que desde hace más de un siglo enfrenta a la clase dominante urbana con el común y 28 muy especialmente con el sector más destacado del mismo» . En definitiva, una conmoción 29 moderna, pero con unas indudables raíces medievales . Valgan ahora algunas palabras a modo de colofón moderador a ese categórico juicio que 30 presenta la ciudad medieval absorbida por el llamado Estado moderno del Renacimiento . La absorción, en efecto, no significó que las ciudades que tomaron cuerpo en el Medievo sufriesen una absoluta desnaturalización. La ciudad europea, que vivió una suerte de edad de

oro a finales de la Edad Media, no perdió el carácter de elemento estructurante de las sociedades europeas modernas. Ofrece, por el contrario, [una] clave adaptable para entender la manera como han sido modelados los estadosnación, puesto que constituyen una parte de las trayectorias nacionales. La importancia de esta relación entre las ciudades y los estados en Europa radica en que las transformaciones de los estados alteran las condiciones políticas en que viven las 31 ciudades . Aunque el Estado-nación acabe por tener el monopolio en la estructuración de las identidades, las sociedades a las que encuadre serán fundamentalmente sociedades urbanas. Las transformaciones de estas darán la pauta a las transformaciones que se produzcan en el 32 seno de las sociedades nacionales . En pocas palabras: los caracteres que, en esencia, consideramos comunes a todas las ciudades del Medievo seguirán marcando pautas para el futuro: ya sea en las funciones, en los sistemas de valores, en el dinamismo económico (mundialización, globalización) e incluso en las taras más repetidamente denunciadas.

1 P. Le Galès, Las ciudades europeas, pág. 65, inspirándose parcialmente en las tesis de C. Tilly, en Coercion, Capital and European States AD. 990-1990, Oxford, 1990. 2 J. Le Goff, «La ciudad como agente de civilización», págs. 101-102. Sobre el empuje de la ciudad en la Edad Moderna, véase J. de Vries, La urbanización de Europa. 1500-1800, Barcelona, 1987. 3 O. Guyotjeannin, «1060-1285», pág. 252. Una «reapropiación selectiva de los ideales de la ciudad antigua», ibíd., pág. 283. 4 A. Tenenti, Florencia en la época de los Médicis, pág. 16. 5 K. O. von Aretin, El papado y el mundo moderno, Madrid, 1970, págs. 11-14. 6 F. Thiriet, Histoire de Venise, págs. 97 y ss. 7 E. Salzer, Über die Anfänge der Signorie in Oberitalien, Berlín, 1900, pág. 48. 8 M. Weber, La ciudad, págs. 141-142. 9 D. Waley, Las ciudades-república italianas, págs. 221 y ss. 10 A. von Martin, Sociología del Renacimiento, pág. 88. 11 Ibíd., pág. 78 12 Alfonso de Valdés en su Diálogo de las cosas ocurridas en Roma (o Diálogo de Lactancio y el Arcediano), ed. de J. L. Abellán, Madrid, 1975. 13 Entre ellos, en el capítulo final de El Príncipe titulado «Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros», ed. cit., págs. 125-130. 14 P. Contamine, La guerre de Cent Ans, París, 1968, pág. 126.

15 B. Chevalier, Les bonne villes de France du XIV au XVI siècle, París, 1982. 16 C. Petit-Dutaillis, Les communes françaises, págs. 193 y ss. 17 Ibíd., pág. 278, recordando una expresión de Jules Vallés. 18 E. Sieyès, ¿Qué es el Tercer estado? Ensayo sobre los privilegios, ed. de 1989 de Oikos-Tau, conmemorativa del bicentenario de la Revolución Francesa. 19 Una revolución típicamente «burguesa» tal y como desde la óptica marxista entendía E. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas, Madrid, 1971, págs. 203 y ss. 20 R. Pernoud, Histoire de la bourgeoisie en France, págs. 327 y 358-359. 21 R. Mousnier, La monarquía absoluta, pág. 196. Algo que, a su manera, ya avanzó A. de Tocqueville en su El antiguo régimen y la revolución, Madrid, 2004 (ed. original de 1856). 22 V. Hugo, Elogio de París, pág. 60. 23 Entre otros aportes al tema, véase E. Mitre, La extensión del régimen de corregidores en el reinado de Enrique III de Castilla, Valladolid, 1969, y M. Lunenfeld, Los corregidores de Isabel la Católica, Barcelona, 1987. 24 J. M. Nieto, «Fragmentos de ideología política urbana en la Castilla Bajomedieval», en Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, Alicante, 2003, págs. 212-215. 25 Para una comparación entre estas dos situaciones, véase E. Mitre y C. Granda, «La participación ciudadana en las Cortes de Madrid de 1391. El caso de Murcia», en La ciudad hispánica durante los siglos XII al XVI (Coloquio celebrado en la Rábida y Sevilla entre el 14 y el 19 de septiembre de 1981), publicado en En la España Medieval, Madrid, 1985, págs. 831849; y el cuadro recogido en el clásico de W. Piskorski, Las cortes de Castilla en el período de tránsito de la Edad Media a la Moderna (1188-1529), Barcelona, 1977 (ed. original de 1897), pág. 91. 26 R. Menéndez Pidal, «Carlos V y las Comunidades vistas a la nueva luz documental», en El P. Las Casas y Vitoria con otros temas de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1958, págs. 65-98. 27 J. A. Maravall, Las comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna, Madrid, 2.ª ed. revisada, 1970, o J. Pérez, La revolución de los comuneros de Castilla, Madrid, 1977. 28 M. I. del Val, «Aspiraciones y actitudes socio-políticas. Una aproximación a la sociedad urbana de la Castilla bajomedieval», en J. A. Bonachía (coord.), La ciudad medieval, Valladolid, 1996, pág. 242. 29 Entre interrogantes («Los comuneros: ¿La última revuelta medieval?») se planteaba el tema J. Valdeón en las páginas finales de su última obra publicada en vida, Los orígenes históricos de Castilla y León, Valladolid, 2009, págs. 139-150. 30 Expresión considerada hiperbólica por algunos historiadores. S. de Dios, «El Estado Moderno, ¿un cadáver historiográfico?», en A. Rucquoi (coord.), Realidad e imágenes del poder. España a fines de la Edad Media, Valladolid, 1988, págs. 389-408. 31 P. Le Galès, Las ciudades europeas, pág. 53. 32 Ibíd., págs. 132-134.

Fechas de interés para la historia de la ciudad medieval

406-409: Las ciudades galorromanas víctimas de las oleadas germánicas. 410: Saqueo de Roma por los visigodos de Alarico. 413: San Agustín inicia la redacción de La ciudad de Dios. 451: El papa León I al frente de una embajada logra la retirada de Atila de Italia. 476: Fin del Imperio Romano en Occidente. 507: Los francos de Clodoveo derrotan en Vouillé a los visigodos expulsándolos de Toulouse. c. 511: Elogio de Enodio de Pavía al resurgir urbano bajo Teodorico el Ámalo. 554: Justiniano promulga la Pragmática Sanctio para el gobierno de Italia. c. 555: Toledo, corte de los visigodos en España. 573: Gregorio de Tours, obispo († 594). 589: III Concilio de Toledo. 590: Gregorio Magno, papa († 606). 597: El monje Agustín hace de Canterbury cabeza de la Iglesia en Inglaterra. 599: San Isidoro, obispo metropolitano de Sevilla († 636). c. 623: Arrasamiento de Cartagena y desaparición de su obispado. 632: Muerte de Mahoma. 633: IV Concilio de Toledo presidido por San Isidoro. 637: Los árabes toman Jerusalén. c. 654: Promulgación del Liber Iudiciorum en la España visigoda. 669: Teodoro de Tarso, arzobispo de Canterbury. 681: Primacía de facto de Toledo sobre las demás sedes episcopales hispánicas. 694: XVII Concilio de Toledo, último del que se conservan actas. 698: Toma de Cartago por los musulmanes. 711: Batalla de Guadalete; los musulmanes inician la ocupación de la mayor parte de España. c. 722: Batalla de Covadonga. 732: Derrota de los musulmanes en Poitiers. c. 739: Versus de Mediolano civitate. 751: Los lombardos toman Ravena a los bizantinos. Pipino el Breve derroca a la dinastía merovingia. c. 754: Oficialización de un Estado pontificio. 778: Fracaso de Carlomagno ante Zaragoza. Desastre de Roncesvalles. c. 793: Oviedo, corte de los reyes astures. c. 796: Laudo de Verona.

800: Carlomagno, coronado emperador en Roma. 801: Los francos expulsan a los musulmanes de Barcelona. 805: León III consagra la capilla palatina de Aquisgrán. 814: Muerte de Carlomagno en Aquisgrán. c. 814: Descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago. 842: Juramento de Estrasburgo. 843: Tratado de Verdún; división del Imperio de Carlomagno entre sus nietos (Roma y Aquisgrán quedan en la órbita de Lotario como nominal emperador). 846: Ataque de musulmanes norteafricanos a la ciudad de Roma. 847: Creación de la ciudad leonina en Roma. 874: Fundación del monasterio de Sahagún. 885: Frustrado sitio de París por los normandos. 910: Fundación de la abadía de Cluny. c. 911: Desplazamiento de la corte astur de Oviedo a León. 929: Córdoba, capital del califato andalusí de Abd al-Rahman III. 962: Otón I, coronado emperador en Roma. 985: Fugaz toma de Barcelona por Almanzor. 987-988: Ampliación de la gran mezquita de Córdoba por Almanzor. c. 990: De laude Pampilone. 997: Saqueo de Compostela por Almanzor. 999: Gerberto de Aurillac, papa Silvestre II (el «papa del Año Mil») († 1003). 1033: Hambruna muy extendida en Occidente, según el cronista Raúl Glaber. c. 1017: Fuero de León. 1057 (hasta 1075): Agitación reformista de la pataria milanesa. c. 1058: Usatges de Barcelona. 1066: Guillermo, duque de Normandía, tras su victoria en Hastings, se instala en Londres como rey de Inglaterra. 1073: Hildebrando, papa Gregorio VII († 1085). 1077: Comuna de Cambrai. 1080: Construcción de la Aljafería de Zaragoza. 1082: Crisóbula de Alejo Comneno privilegiando a los mercaderes venecianos en Oriente. 1085: Alfonso VI conquista Toledo a los musulmanes. 1087: Pisanos y genoveses saquean Mahdia en el norte de África. 1096: Pogromos antijudíos tras la predicación de la Primera Cruzada. 1099: Toma de Jerusalén por los cruzados. 1112-1115: Insurrección comunal de Laón. 1117: Levantamiento de los burgueses de Compostela contra su obispo. 1118: Alfonso I de Aragón toma Zaragoza a los musulmanes. 1120: La sede episcopal de Compostela, elevada a arzobispal. c. 1130-c. 1143: Redacción de la Guía del Peregrino a Compostela de Aimery Picaud.

1132: Inicios de las obras de la basílica de Saint-Denis. c. 1143: Fundación de Lübeck. 1147: Alfonso Henriques toma Lisboa a los musulmanes. 1148: Ramón Berenguer IV conquista Lérida y Tortosa a los musulmanes. 1155: Carta de libertades de Luis VI a la villa de Lorris. c. 1161: Universi mercatores imperii Romani Gotlandiam frequentantes (embrión de la Hansa Teutónica). 1162: Milán, parcialmente demolida por el emperador Federico I. 1172: Reformas políticas en Venecia: el dogo, de jefe del Estado a simple primer magistrado de la ciudad. 1176: Las ciudades de la liga lombarda derrotan a Federico I en Legnano. 1180: Carta de libertades a la villa de Dreux. 1188: Curia Magna de León. ¿Inicios del parlamentarismo europeo? c. 1190: Fuero de Cuenca. 1194: Se inicia la construcción de la catedral de Chartres. 1198: Lotario de Segni, papa Inocencio III († 1216). c. 1200-c. 1220: Individualización de las facultades en la Universidad de París. 1204: Toma y saqueo de Constantinopla por los occidentales (Cuarta Cruzada). c. 1208: Palencia, primera universidad española. 1209: Masacre de Béziers durante la cruzada anticátara. c. 1210: Se inicia la construcción de la catedral de Reims. 1212: Victoria cristiana sobre los almohades en Las Navas de Tolosa. 1214: Primeros estatutos y privilegios de la Universidad de Oxford. 1215: Roma, sede del 12.° Concilio ecuménico (IV lateranense). La Carta Magna reconoce los privilegios de los mercaderes de Londres y de otras ciudades inglesas. 1221: Inicios de la catedral de Burgos. 1223: Regla definitiva para los frailes franciscanos. 1228: Codificación de la regla dominica para los frailes predicadores. 1238: Conquista de Valencia por Jaime I de Aragón. 1245: Se inician las obras de la Sainte-Chapelle en París. 1248: Fernando III toma Sevilla a los musulmanes. 1251: Estatuto para los mercaderes genoveses de Sevilla. 1255: Alfonso III de Portugal transfiere a Lisboa los «serviços públicos». 1260: Se inicia la redacción del Libro del Consulado del Mar. 1265: Parlamento convocado por el senescal de Inglaterra Simón de Monfort. ¿Orígenes del bicameralismo? 1268: Le Livre des Métiers d’Étienne Boileau (reglamentación de los oficios de París). 1273: Creación del Honrado Concejo de la Mesta. 1274: II Concilio de Lyon (14.° ecuménico). Muerte de Santo Tomás de Aquino. 1277: Promulgación de las tesis del obispo de París, Esteban Tempier, contra el averroísmo y

otras doctrinas consideradas heterodoxas. 1283: Se instituye en Valencia el Tribunal del Consulado. 1291: Caída de la plaza de San Juan de Acre en Tierra Santa. 1296: Creación de la Hermandad de las Marismas de Castilla. 1300: Año Santo romano decretado por Bonifacio VIII. Apogeo de las ferias de Champaña. 1302: Primera reunión en París de los Estados Generales de Francia. Revuelta de los Maitines de Brujas. 1305: Instalación del papado en Aviñón. c. 1310-c. 1318: Dante compone su tratado La monarquía. 1312: Felipe IV anexiona Lyon a la Corona francesa. c.1315: Liber de laudibus civitatis Ticinensis (Pavía) atribuido a Opicino de Canistris. 1316: Hambruna en Occidente, con gran incidencia en Flandes. 1321: Muerte de Dante en el exilio de Ravena. 1334: Inicio de la construcción del campanile de Florencia por Giotto. 1338-1339: Ambrosio Lorenzetti pinta los frescos del Buen y mal gobierno del palacio comunal de Siena. 1345: Quiebra de grandes compañías florentinas: Bardi, Peruzzi, Acciaiuoli. Muerte del líder gantés Jacobo van Artevelde. 1347: Toma de Calais por Eduardo III. Fundación de la Universidad de Praga. 1348: Peste Negra. Muerte del cronista florentino Giovanni Villani. Inicio del Decamerón de Boccaccio. Construcción de la Puerta de la Justicia en la Alhambra de Granada. 1354: Fin de la dictadura de Cola di Rienzo en Roma. 1356: Creación de la Hansetag, organismo central hanseático. 1358: Revuelta y derrota en París de Étienne Marcel. Revuelta campesina de la jacquerie. 1370: Masacre en Limoges causada por tropas inglesas. Inicio de las obras de la Bastilla. 1378: Tumulto de los ciompi en Florencia. De Ecclesia de Juan Wyclif. 1379: Revuelta de Felipe van Artevelde en Gante. 1381: Levantamiento de los trabajadores ingleses; fugaz toma de Londres por los revoltosos. Victoria veneciana en la guerra de Chioggia. 1382: Revueltas de los maillotins en París y de la Hérelle en Rouen. 1383: Regiment de la cosa pública de Francesc Eiximenis. 1384: Frustrado cerco de Lisboa por Juan I de Castilla. 1391: Pogromo iniciado en Sevilla y extendido a varios reinos hispánicos. 1402: Taula de canvi de Barcelona. c. 1405: La ciudad de las damas de Cristina de Pizán. 1406: Conquista de Pisa por los florentinos. 1413: Ordenanza «cabochienne». 1414 (hasta 1417): Concilio de Constanza para liquidar el Cisma de Occidente. 1415: Muerte de Juan Hus en la hoguera de Constanza. 1418 (hasta 1436): Control de París por los anglo-borgoñones.

1426: Inicios de las obras de la lonja de mercaderes de Palma de Mallorca. 1429: Predicaciones en París del hermano Ricardo. Juana de Arco rompe el cerco de Orleans. 1431 (hasta 1434): Concilio de Basilea-Ferrara-Florencia. 1432: Exposición solemne del políptico de San Bavón de Gante, obra de los hermanos Van Eyck. 1434: Cosme de Médicis, dueño de Florencia. 1436: Brunelleschi concluye la cúpula de la catedral de Florencia. 1436-1439: Andanças e viajes de Pero Tafur. 1439: Leonardo Bruni presenta los primeros libros de su Historiarum Florentinarum. 1441: Victoria de los florentinos sobre los milaneses en Anghiari. 1442: Alfonso V de Aragón entra triunfalmente en Nápoles. 1450: Francesco Sforza, reconocido como duque de Milán. 1453: Batalla de Castillon. Las fuerzas reales francesas toman definitivamente Burdeos; concluye la Guerra de los Cien Años. Caída de Constantinopla. 1454: Suma de la política de Rodrigo Sánchez de Arévalo. Paz de Lodi; pacto de 25 años entre Venecia, Milán, Florencia, Nápoles y el papa. 1469 (hasta 1492): Gobierno de Lorenzo el Magnífico en Florencia. 1472: Juan II de Aragón entra en Barcelona; fin de la guerra civil catalana. 1492: Los Reyes Católicos toman Granada. Descubrimiento de América. Expulsión de los judíos de España. Muerte de Lorenzo de Médicis. 1492-1495: Viaje por España y Portugal de Jerónimo Münzer. 1494: Carlos VIII de Francia se establece en Florencia. Huida de Pedro de Médicis. 1497-1498: Tratado para el gobierno de Florencia de Girolamo Savonarola. Ejecución de Savonarola. 1501: Los mudéjares granadinos en la tesitura de convertirse o emigrar. 1513: Redacción de El Príncipe de Maquiavelo. 1521: Derrota de los comuneros castellanos en Villalar.

Antología de textos

1 Las ciudades de la Galia y la irrupción de los bárbaros según San Jerónimo (406) Los que sobrevivimos —un pequeño grupo— fue gracias no a nuestros méritos sino a la misericordia del Señor. Pueblos innumerables y feroces han ocupado el conjunto de las Galias. Todo el país que se extiende entre los Alpes y los Pirineos, el que limita con el océano y el Rin, ha sido devastado por quados, vándalos, sármatas, alanos, gépidos, hérulos, sajones, burgundios, alamanes y —terrible desgracia para la república— los panonios se han convertido en enemigos, «pues Asur ha llegado con ellos» (Salmo 82, 9). Maguncia, ciudad en otro tiempo ilustre, ha sido tomada y saqueada; en su iglesia millares de hombres han sido masacrados. Worms ha sido reducida después de un largo asedio. La prepotente urbe de Reims, Amiens, Arrás, Tournai, Spira y Estrasburgo han sido trasladadas a Germania. La Aquitania, la Novempopulania, la Lugdunense y la Narbonense, salvo un pequeño número de ciudades, han sido completamente saqueadas. Las ciudades quedan despobladas por la espada y el hambre. No puedo recordar sin lágrimas a Tolosa, cuya ruina solo ha sido impedida por el mérito de su santo obispo Exuperio. Hispania misma, que ve venir la muerte, tiembla recordando la invasión de los cimbrios. Me callo lo demás para que no parezca que desespero de la clemencia divina. (San Jerónimo, «Carta a Jeruchia», en Lettres de Saint Jérôme, t. VII, ed. de J. Labourt, 1961, págs. 91-91. Recogido en C. M. de la Ronciere, R. Delort y M. Rouche, L’Europe au Moyen Âge, t. 1: 395-888, París, A. Colin, 1969, pág. 27). * * *

2 Saqueo de Roma por Alarico (410) según San Agustín De esta manera (refugiándose en las iglesias) liberaron sus vidas muchos que al presente infaman y murmuran de los tiempos cristianos, imputando a Cristo los trabajos y penalidades

que Roma padeció y no atribuyen a este gran Dios el beneficio incomparable que consiguieron por respeto a su santo nombre de conservarles sus vidas; antes por el contrario, cada uno respectivamente hacía depender este feliz suceso de la afluencia benéfica del hado o de su buena suerte cuando, si lo reflexionasen con madurez, deberían atribuir las molestias y penalidades que sufrieron por la mano vengadora de sus enemigos a los inescrutables arcanos y sabias disposiciones de la providencia divina, que acostumbra corregir y aniquilar con los funestos efectos que presagia una guerra cruel, los vicios y las corrompidas costumbres de los hombres [...]. Deberían por la misma causa estos vanos impugnadores atribuir a los tiempos en que florecía el dogma católico, la particular gracia de haberles hecho merced de sus vidas los bárbaros, contra el estilo observado en la guerra, sin otro respeto que por iniciar su sumisión y reverencia a Jesucristo, concediéndoles este singular favor en cualquier lugar que los hallaban y con especialidad a los que se acogían al sagrado de los templos. (San Agustín, La ciudad de Dios, lib. I, cap. 1. Recogido en E. Mitre, Textos y documentos de época medieval. Análisis y comentario, Barcelona, Ariel, 2011, pág. 38). * * *

3 Sucesión de obispos en una ciudad: Tours hasta fines del siglo VI Aunque he dado en los libros precedentes algunos detalles sobre ellos, juzgo ahora oportuno anotar su sucesión desde los tiempos que el primer evangelizador vino a la ciudad de Tours. El primer obispo fue Galiano, enviado por el papa de la sede romana el primer año del reinado de Decio [...]. El segundo, Liborio, fue ordenado obispo durante el primer año del reinado de Constante [...]. El tercero, San Martín, fue ordenado obispo el VIII año de Valente y Valentiniano [...]. El cuarto, Bricio, fue ordenado obispo durante el segundo año de Arcadio y Honorio [...]. El quinto, Eustaquio, fue ordenado obispo y fue un hombre temeroso de Dios, de familia senatorial [...]. El sexto ordenado fue Perpetuo, asimismo de familia senatorial y próximo pariente de su predecesor [...]. El séptimo obispo ordenado ha sido Volusiano, de familia senatorial, santo hombre y muy rico, era pariente de su predecesor Perpetuo [...]. Sospechoso a los godos de querer aliarse con los francos, fue condenado al exilio en

Tolosa, donde murió [...]. El octavo obispo ordenado fue Vero, sospechoso por las mismas razones, fue también enviado al exilio, donde murió [...]. El noveno fue Licinio... En su tiempo, el rey Clodoveo entró en Tours como vencedor después de haber aplastado a los godos. En décimo lugar figuran Teodoro y Próculo [...] designados por la bienaventurada reina Clotilde, habían sido ordenados en Borgoña [...]. Ambos muy mayores gobernaron la iglesia de Tours conjuntamente durante dos años. El undécimo fue el obispo Dinifio, que vino también de Borgoña, accedió al episcopado gracias también a la elección de la reina Clotilde. El duodécimo, Omatio, era uno de los senadores y habitante de Auvernia [...]. El decimotercer obispo ordenado fue León, que había sido abad de la basílica de San Martín [...]. El decimocuarto obispo ordenado fue Francillón, de familia senatorial y habitante de Poitiers [...]. El decimoquinto fue Injurioso, habitante de Tours salido de las clases bajas del pueblo, pero libre de nacimiento [...]. El decimosexto obispo ordenado fue Baudino, que había sido referendario del rey Clotario [...]. El decimoséptimo obispo ordenado fue Gonthier, antiguo abad del monasterio de San Venant [...]. El decimoctavo obispo ordenado fue Aufronio, presbítero, que pertenecía a la casta que hemos calificado como la más alta de los senadores [...]. El decimonoveno soy yo, el indigno Gregorio. He encontrado la iglesia de la ciudad de Tours, en la que el bienaventurado Martín y otros obispos del Señor han sido consagrados para la función pontifical, consumida y arruinada por un incendio y después de haberla reconstruido en las mayores proporciones la he dedicado los diecisiete años de mi episcopado. (Grégoire de Tours, Histoire des francs, lib. X, cap. XXXI [ed. de R. Latouche, vol. II, págs. 315-323], París, Les Belles Lettres, 1999 [reimpresión de la edición de 1963]). * * *

4 Aquisgrán y Roma, dos ciudades en el pensamiento de Carlomagno Hizo construir en Aquisgrán una basílica de excepcional belleza que ornó con oro, plata,

candelabros y con balaustradas y puertas de bronce macizo. Y como no podía procurarse de otro sitio las columnas y los mármoles para la construcción de la basílica, mandó que se los trajeran de Roma y Ravena [...]. Proveyó a esta basílica de gran cantidad de vasos sagrados de oro y plata y de ropas sacerdotales para que, durante la celebración de la misa, ni siquiera los porteros, los últimos de la jerarquía eclesiástica, se vieran en la necesidad de ejercer su ministerio con su propio atuendo [...]. Rendía culto a la iglesia del bienaventurado apóstol Pedro en Roma más que a los demás lugares sagrados y venerables; como ofrenda, la colmó de abundantes riquezas, tanto en oro como en plata y también en piedras preciosas, y envió a los pontífices grandes e innumerables presentes. En ningún momento de su reinado puso más empeño en algo que en restablecer la antigua dignidad de la ciudad de Roma con su trabajo y con su esfuerzo y en no solo asegurar y defender él mismo la iglesia de San Pedro, sino incluso en ornarla y enriquecerla con sus propios bienes más que a las demás iglesias. Y aunque sentía tanta consideración por esta, durante los cuarenta y siete años de su reinado, solamente se dirigió allí cuatro veces para cumplir sus votos y para hacer sus devociones. (Eginhardo, Vida de Carlomagno, caps. XXVII y XXVIII, ed. de Alejandra de Riquer, Barcelona, PPU, 1986, págs. 99-102). * * *

5 Restauración del episcopado en localidades de España en los primeros tiempos de la Reconquista (c. 900) La sede regia [Oviedo] / Hermenegildo tiene, Flaviano la de Braga / obispo en la plaza de Lugo, Rosendo la de Dumio / en Mondoñedo habitando, Sisnando la de Iria / ilustre por Santiago, Y Nausto que tiene / de Coimbra la sede, Branderico también / el lugar de Lamego, Sebastián en verdad / de la sede de Orense, E igualmente Justo / en la de Oporto, Álbaro en Veleya / Felemiro en Osma, Mauro en León / y Arnulfo en Astorga, Y los dichos prelados / de la Iglesia entre la gente, Por la regia prudencia / brillan resplandecientes También el Rey que ilustre / en todo el mundo se hizo, El ya antes nombrado / Alfonso llamado,

Puesto en la cima del reino / de gloria guerrera dotado, Ilustre contra los astures / valiente contra los vascones, Castigador de árabes / y protector de los ciudadanos, A tal príncipe sagrada / victoria le sea dada, Ayudado por la guía de Cristo / siempre esclarecido, Álcese vencedor en el siglo / brille él en el cielo, Honrado aquí con el triunfo / dotado allí del reino. Amén. («Crónica Albeldense», en Crónicas asturianas, ed. de J. Gil Fernández, J. L Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Universidad de Oviedo, 1985, págs. 228-229. Recogido en E. Mitre, Iglesia y vida religiosa en la Edad Media, Madrid, Istmo, 1991, págs. 93-94). * * *

6 La comuna de Laón (1111) Los robos, o mejor dicho el bandidaje, eran practicados en público por los notables y los que estaban por debajo de ellos. No había ninguna seguridad para los que osaban salir fuera por la noche, a quienes no les quedaba más que dejarse robar, secuestrar o matar. Viendo esto los clérigos, archidiáconos incluidos, y los nobles que aguardaban la ocasión de exigir dinero al pueblo, le ofrecieron, a través de enviados, la posibilidad de obtener permiso, mediante un precio razonable, para constituir una comuna. La comuna, palabra nueva y detestable, consiste en que todos los hombres sometidos a censo no deben pagar a sus señores más que una vez al año la deuda habitual por servidumbre; y si han cometido un delito contrario a derecho, pueden rescatarlo mediante un canon legal. Las otras exacciones que se causan a los siervos desaparecen completamente. (Giberto de Nogent, De Vita sua, III, ed. Bourguin, col. Picard, 1907, pág. 156. Recogido en J. Calmette, Textes et documents d’Histoire. Moyen Âge, París, PUF, 1953, págs. 80-81). * * *

7 Los burgueses de Sahagún contra el abad del monasterio (1113)

En aqueste tiempo, se levantaron contra el abbad e todos nosotros, non solamente los ricos e aún como quiera deçir los nobles burgueses, más aún las personas muy biles, ansí como cortidores, ferreros, xastres, pelleteros, zapateros e aún los que en las casas soterrañas façían sus ofiçios; los quales, según su costumbre, llamavan honbres mancebos, ca apuestos tales tomavan arcos e saetas e armas de dibersas maneras, e por fuerça quebrantando, rovaban las berças de los güertos, las frutas de los árboles, e el feno de los plados, e las ramas nuevamente salientes fuera de los montes, los pánpanos de las vinnas, taçando e destruyendo antes que llegasen a saçón, ca lo uno arrancavan con las manos, lo otro pisavan con los pies, en tal manera, que todo lo disipavan e destruían. E los que façían los escudos, e aún los que pintavan las sillas, por siete annos continuamente, cortaban madera del monte, de donde façían e acavavan sus obras, ninguna cosa demandando al abbad nin façiéndoselo saber. E ya si alguno les reprehendiese de los excesos sobredichos o los contradijese, duramente respondiendo, deçían: «De parte del diablo fue e vino quien donó a los monjes poseer tal heredad». A aún añadían, por el braço, por los ojos e por la sangre de Dios jurando: «Si alguno dixere palabra d’estas cosas, su caveça cortaremos e quebrantaremos». E nos el abbad, oyendo estas cosas, dentro del claustro nos ençerrávamos, ansí como los ratones en sus cavernas, muchas beçes dentro de nos rebolbiendo e deçiendo aquel dicho del profeta David: «Señor, ¿quándo farás de los que nos persiguen juiçio?». (Crónicas anónimas de Sahagún, ed. de Antonio Ubieto, Zaragoza, Anubar, 1987, págs. 72-73). * * *

8 Carta de privilegios a los vecinos de Dreux (1180) Yo, Roberto, por la paciencia de Dios, conde de Dreux y Braine, hermano de Luis, ilustre rey de Francia, he querido, por los caracteres de la escritura, notificar a todos los presentes y futuros que, habiendo surgido un desacuerdo entre nos y mis burgueses de Dreux, hemos convenido este acuerdo, a saber: Que les hemos concedido la comuna que hicieron en tiempos del rey nuestro padre y la hemos confirmado por juramento: yo, Inés, condesa de Braine, mi esposa, y Roberto, mi hijo. Además hemos jurado a los susodichos burgueses que no levantaremos contra ellos ninguna tolte ni ninguna talla y no ejercitaremos contra ellos ninguna violencia. Suprimiremos todas las discordias por una paz, si es posible. Si la discordia, cualquiera que sea, no puede ser suprimida por ninguna paz, la pondremos término en nuestra curia, por juicio de hombres

sabios y de nuestros fieles. Ellos mismos han jurado ser fieles a mí, a mi esposa y a mis herederos y guardar y defender nuestra plaza fuerte de Dreux contra todos; confirmar y no ceder nuestros derechos y justas costumbres y nuestra sentencias, siempre y en todas partes; no oponerse a ello, pero, si es necesario, hacerlos respetar según su poder. Hemos concedido, por otra parte, a dichos burgueses que no forzaremos a nadie de la comuna a usar nuestros molinos ni pagar otros censos. Hemos limitado nuestro banvin a un mes entre Navidad y Cuadragésima, y otro mes entre Pascua y la Natividad de San Juan Bautista. No compraremos vino para revenderlo en virtud de nuestro ban, y hemos consentido que la tercera imposición sobre la venta al por menor de las bebidas no se haga. Además, cada vez que sea necesario que nos o nuestros herederos hayamos de cumplir los servicios de hueste del rey, nos proveerán de tres carretas tiradas por tres caballos cuyos gastos correrán a mi cuenta desde que salgan de la ciudad. En otro tiempo no podré obligar a los burgueses a entregarme o prestarme carretas o caballos. Si ellos mismos quieren, en consideración a mis súplicas o por amor a mí, podrán prestarme sus caballos y sus carretas. Como es debido, los susodichos burgueses estarán obligados a hacer la prensa en mis lagares. A fin de que estas convenciones tengan firmeza de una perpetua estabilidad, he querido reafirmarlas por la suscripción de testigos y la imposición de mi sello [...]. Hecho públicamente en Sens, año de la Encarnación del Verbo de 1180. Siendo Felipe rey de Francia, Alejandro papa, Guido arzobispo de Sens, Juan obispo de Chartres. Dado por mano del clérigo Bernardo. (Recogida por C. Petit-Dutaillis, Les communes françaises, París, Albin Michel, 1970, págs. 53-54. Copiada y comentada por E. Mitre, Textos y documentos, ed. cit., págs. 88-94). * * *

9 Pavía, centro de vida económica (c. 1000) La nación de los anglos y los sajones no debe ser sometida al diezmo. En contrapartida, el rey de los anglos y los sajones y las gentes de estas naciones tienen la obligación y el deber de enviar al palacio de Pavía y al tesoro real cincuenta libras de plata fundida, dos grandes lebreles, dos excelentes escudos con un ambo damasquinado, dos excelentes lanzas, dos excelentes espadas labradas y probadas. Deben dar al magister camerae dos grandes sayas de tejido menudo y dos libras de plata fundida y deben recibir de dicho magister el sello que les permitirá llegar y marchar sin perjuicio alguno. El dogo de los venecianos y los venecianos deben dar cada año al palacio del rey [de los lombardos] en Pavía cincuenta libras en denarios de Venecia —los cuales denarios sacados de

una onza deben ser tan buenos y del mismo peso que los de Pavía—; y al magister camerae un palium precioso de la mejor calidad, en razón de que pertenece al rey de los lombardos. Esta nación ni ara, ni siembra, ni vendimia; llama a este censo pacto. La razón es que la nación de los venecianos puede comprar trigo y vino en todo el centro comercial, y hacer sus dispendios en Pavía sin por ello recibir daño alguno. Muchos ricos mercaderes venecianos vienen tradicionalmente a Pavía con sus mercancías. En el monasterio de San Martín extramuros dan la cuadragésima parte del costo de todo negocio. Todo veneciano debe entregar cada año al magister camerae una libra de pimienta, una de cinamomo, una de galanga y una de jengibre. Y a su mujer un peine de marfil, un espejo y una paratura [¿estuche de tocador?]. De la misma manera, los habitantes de Salerno, Gaeta y Amalfi venían a Pavía con abundantes mercancías. Al tesoro de palacio entregaban la cuadragésima y a la esposa del tesorero, al igual que los venecianos, dichas especias y una paratura. (Honoranciae Civitatis Papiae, en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, t. XXX, 2, Hannover, 1934, págs. 1.451-1.453. Recogido en C. M. de la Ronciere, P. Contamine, R. Delort y M. Rouche, L’Europe au Moyen Âge, t. 2, París, A. Colin, 1969, págs. 117-118). * * *

10 Reglamentación del trabajo en París (mediados del siglo XIII) 79.1. De los albañiles, los talladores de piedra, los yeseros y los que trabajan con el mortero. Puede ser albañil en París quien quiera, con tal que sepa el oficio y que trabaje según los usos y costumbres del mismo, que son: No puede tener en su trabajo más que un aprendiz, y si ya tiene uno, no podrá tomar otro a su servicio, en esos seis años, pero puede además del servicio, tenerlo y pagarlo, es decir, si puede. Si lo toma a sueldo por 6 años, tiene que dar 20 sueldos de multa, a pagar en la capilla de San Blas, si no son sus hijos nacidos de matrimonio. El albañil puede tomar otro aprendiz tan pronto como el anterior haya complido los cinco años, a cuyo término el primer aprendiz será el que primero haya cogido [...]. 79.4. Los maestros, aquellos cuyos aprendices hayan hecho y cumplido su término, deben ir ante el maestro del gremio y testimoniar que su aprendizaje ha alcanzado su fin bien y lealmente, entonces los maestros del gremio deben tomarle juramento ante los santos. Se atendrá bien y lealmente a los usos y costumbres del oficio. El obrador no se puede abrir, después que haya sonado la nona en Nuestra Señora, en tiempo de no abstinencia, y en Cuaresma el sábado, después que hayan cantado vísperas en Nuestra Señora [...]. Si alguno

trabaja después de las horas citadas, si tienen necesidad de ello, pagará cuatro dineros de multa al maestro del gremio. (Livre des Métiers d’Étienne Boileau, ed. de G. P. Depping, París, 1837, págs. 107 y ss. Recogido por J. Yarza et al., Arte Medieval II. Románico y gótico, Barcelona, Gustavo Gili, 1982, págs. 240-241). * * *

11 Conquista de Zaragoza por Alfonso I de Aragón (1118) según un autor musulmán Cuando la sede del cristiano fue establecida en Zaragoza, la mayoría de los musulmanes emprendieron la emigración o la huida, llegó su número aproximadamente a cincuenta mil personas entre pequeños y grandes, mujeres y varones. Cuando estaban para partir de la ciudad, Alfonso cabalgó en persona junto con los que le acompañaban y seguían, entonces se detuvo ante ellos ordenándoles que mostrasen todo lo que tuviesen, pequeño o grande, y así vio innumerable cantidad de riquezas que no esperaba ver ni tan solo una pequeña parte de ellas en su vida. Entonces dijo: «Si yo no hubiese sabido las riquezas que teníais habríais dicho: “Si él hubiese visto algo de ellas no os habría permitido la salida”. Partid pues ahora a donde queráis bajo seguro». Entonces envió con ellos algunos de sus hombres, quienes les acompañaron hasta los confines de su país. Y no los tomó sino un metcal por los hombres, uno por las mujeres y uno por los niños. Y él, maldígale Dios, poseyó Zaragoza desde esa fecha hasta ahora. (Ibn Al Kardabus, Historia de al-Andalus, ed. de F. Maíllo, Madrid, Akal, 1986, pág. 144). * * *

12 Ciudades de nuevo cuño: Lübeck (1143) Luego el conde Adolfo [de Hosltein] llegó a un lugar llamado Bucu y encontró allí la muralla de un castillo abandonado que en otro tiempo edificó Cruto, el enemigo de Dios, y una gran isla bordeada por dos rías: de un lado corre el Trave y del otro el Wakenitz, cada uno de ellos con orillas pantanosas y de acceso difícil; pero del lado que lleva a la tierra se encuentra una colina bastante estrecha, delante de la muralla. Habiéndola visto en su clarividencia como

el lugar apropiado y el puerto excelente, el conde empezó a edificar una ciudad que llamó Lübeck, porque no estaba lejos del antiguo puerto y ciudad de este nombre, que en otro tiempo había edificado el príncipe [eslavo] Enrique. (Helmold de Bosau, Chronica slavorum (c. 1171), en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, t. XXI, pág. 56. Recogido en E. Mitre, Textos y documentos, ed. cit., pág. 118). * * *

13 Ciudades de nuevo cuño: Sante Fe (1491) E el rey [Fernando] volvió a la vega de Granada, e de vuelta tomaron la torre de Gandía, donde se tomaron treinta moros, e asentó su real en el Agosto, donde edificó la villa de Santa Fe, cerca de los Ojos de Huécar, a vista de la ciudad de Granada, muy fuerte, e de muy fuertes edificios e de muy gentil hechura, en cuadro, como hoy parece, para enfrentar a Granada, e el rey la puso Santa Fe, porque su deseo e el de la Reyna su mujer, era siempre en acrecentamiento de la Santa Fe Católica de Jesucristo. Puédese contar el comienzo del cerco de este vencimiento desde veinte y seis de Abril, un día después de San Marcos, que volvió el Rey desde el Padul, asentó acerca de donde está ahora la villa de Santa Fe, e duró el cerco ocho meses, fasta el día de los Reyes Magos, e más ocho días, dejando los días de Abril, pasados en el ejercicio susodicho. (Andrés Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, cap. CI, ed. de B.A.E., t. 70, Madrid, 1953, pág. 641). * * *

14 Hambre en Occidente a principios del siglo XI Posteriormente [c. 1033] el hambre empezó a extenderse en todo el mundo y a amenazar de muerte a casi todo el género humano. El clima se volvió tan intempestivo que no llegaba el momento adecuado para ninguna siembra ni oportuno para la recolección, sobre todo a causa de las inundaciones. Parecía que los propios elementos luchasen entre sí, cuando sin duda ejecutaban el castigo a la soberbia de los hombres; toda la tierra había sido empapada de tal manera por las asiduas lluvias que en el espacio de tres años no se podía encontrar ningún surco que sirviera para la simiente. En la temporada de la recolección la maleza y la dañina

cizaña habían cubierto toda la superficie de los campos. Un modio de simiente, cuando más producía, en la siega daba un sextario, y ese mismo sextario apenas llenaba un puño. Esta improductividad vengadora había comenzado en la parte oriental; devastando Grecia llegó a Italia y, difundiéndose desde allí a través de la Galia, pasó a toda la zona de Inglaterra. Afectada entonces toda la población por la falta de alimento, los ricos y los de mediana condición estaban demacrados al igual que los pobres; la extorsión de los poderosos cedió ante la indigencia de todos. Si se encontraba algo de comida a la venta, dependía del gusto y arbitrio del vendedor elevar o aceptar su precio. En muchos lugares el precio del modio fue de sesenta sólidos, en otros un sextario fueron quince sólidos. (Raúl Glaber, Historias del primer milenio, ed. de J. Torres Prieto, Madrid, CSIC, 2004, pág. 223). * * *

15 Una ciudad bajo la peste: Florencia (1347-1348) En el año de Cristo de 1347 como parece que ocurre después de una época de carestía y de hambre, comenzó a darse en Florencia y en el contado enfermedad, luego mortalidad de gente, especialmente mujeres y niños, en general gente pobre [...]. Era una especie de enfermedad en que el hombre no yacía sino tres días; aparecían en la ingle o bajo las axilas hinchazones llamados bubones o glandulillas, algunos les decían chichones; de ellas manaba sangre. A menudo esta enfermedad y la pestilencia se contagiaba al sacerdote que confesaba al doliente o a los que lo cuidaban. De tal manera, todo enfermo se veía privado de confesión, de sacramentos, de medicinas y de cuidados. Por tal motivo y ante la desolación, el Papa expidió un decreto perdonando culpas y pecados a los sacerdotes que confesaran o administrasen los sacramentos a los enfermos, a quienes los visitasen o los cuidasen. Esta peste duró hasta [incompleto en el original]. Muchas provincias y ciudades quedaron desoladas. Para que Dios hiciera cesar esta peste y guardase nuestra ciudad de Florencia y sus alrededores, se hizo una solemne procesión que duró tres días, a mediados de marzo de 1347. Estos son los designios de Dios para castigar los pecados de los hombres. Dejaremos este asunto que es bastante desagradable y cruel y hablaremos de los hechos relativos a Carlos de Bohemia, recientemente elegido emperador de los romanos. (Giovanni Villani, Crónicas florentinas, traducción, prólogo y notas de N. Guglielmi, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1967, págs. 137-140). * * *

16 Una ciudad bajo la peste: París en 1418 En este mes de septiembre, París y sus alrededores vivieron bajo una mortalidad tan cruel que, según los más viejos, no se había conocido desde hacía trescientos años. Nadie escapó de ser golpeado por la epidemia, especialmente los jóvenes y los niños. Hubo tanta gente muerta en ese mes y tan rápidamente que fue necesario excavar enormes fosas en las que se metían en cada una treinta o cuarenta cuerpos, apilados como tocino para luego recubrirlos de una delgada capa de arena. No había día ni noche en el que no se viera por las calles cómo se llevaba a Nuestro Señor [el viático] a los enfermos, de forma que absolutamente todos tenían un hermoso conocimiento de Dios Nuestro Señor, tal y como debe suceder entre cristianos. Según los clérigos, nunca se había visto ni oído hablar de mortalidad tan perversa ni tan áspera ni de la que fuera menos posible escapar a las gentes que fueran afectadas por ella, ya que en menos de cinco semanas mató en París a más de cincuenta mil personas [sic]. Mató a tanta gente de iglesia que se enterraba a cuatro, seis u ocho personas relevantes [chefs d’hôtel] en una misma misa cantada, y se regateaba a los presbíteros para que la cantaran. Y con frecuencia convenía pagar entre 16 y 18 sueldos parisis por una misa sencilla por la que habitualmente se pagaban 4 sueldos parisis [...]. Quienes del Hôtel-Dieu hacían fosas en los cementerios de París, afirmaban que entre la Natividad de Nuestra Señora y su Concepción habían enterrado a más de cien mil personas [sic]; y por cada cuatrocientos o quinientos muertos no había ni una docena de ancianos; el resto eran niños y jóvenes. (Journal d’un Bourgeois de Paris de 1405 à 1449, ed. de C. Beaune, París, Librairie Générale Française, 1990, páginas 133-135). * * *

17 La ciudad y la guerra: Fernando III conquista Córdoba (1236) Estonçes fue vedada la salida y entrada a los moros y tomó el rey el castillo que estaua en essa puente; y fue cercada la çibdad de Córdoua en derredor, allegándose la hueste de los cristianos; y como cadaldia peleasen de cada parte fuertemente con cuchillos y dardos mortales, los moros, vencidos con hambre y muchos trabajos, dieron la noble çibdad de Córdoua al glorioso rey Fernando, y partiéronse essos moros y metiéronsse en las otras villas de los sarraçines. Y entró el rey a Córdoua con gran gloria y alegría, y desterrada toda la suciedad de Mahomath, los sagrados pontífices acabaron divinales misterios en essa çibdad en la fiesta de los Apóstoles Pedro y Paulo, a honrra de nuestro Señor Ihesu Christo y María su

madre, Reyna de los çielos; y aquel grande oratorio de los sarraçines honrráronlo al nombre de María, madre de Dios; y fallaron ende las campanas que en otro tiempo Almançor, rey de Córdoua, auía traydo de la iglesia de Sanctiago, y el rey Fernando fízolas leuar en los hombros de los moros a la iglesia del Apóstol Sanctiago. Fue tomada la çibdad de Córdoua en jueues en la era de mill y doscientos e setenta e quatro años; y tornosse el noble rey Fernando a Toledo con vençimiento y grande honrra. (Lucas, Obispo de Túy, Crónica de España [primera edición del texto romanceado, conforme a un códice de la Academia, preparado y prologado por Julio Puyol], Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1926, págs. 430-431). * * *

18 La ciudad y la guerra: Calais tomada por los ingleses (1347) Cuando el rey de Inglaterra [Eduardo III] hubo determinado la suerte de los seis burgueses [rehenes] de Calais entregándolos a la reina su mujer, llamó a mosén Gualterio de Mauny y a sus dos mariscales, el conde de Warwick y el barón de Stafford, y les dijo: «Señores, tomad estas llaves de la ciudad y castillo de Calais y marchad a posesionaros de ellos; y detened a los caballeros que estén dentro y encerradles en prisión, o bien hacedles jurar y dar palabra de que se consideran mis prisioneros: son gente noble y los concederé la libertad bajo su palabra. Y a todos los hombres de armas que acudieron a la ciudad para ganar su sueldo, dejadles partir libremente, lo mismo que a los demás habitantes de la ciudad —hombres, mujeres y niños—, porque quiero repoblarla tan solo de ingleses». La orden del rey se cumplió puntualmente [...] hicieron salir de la ciudad a las gentes de toda condición, grandes y pequeños, reteniendo tan solo a tres hombres, un clérigo y dos viejos, conocedores de las leyes y ordenaciones de Calais; y esto se hizo para indicar las heredades. Y terminadas estas operaciones y una vez estuvo el castillo preparado para albergar al rey y a la reina, y desalojadas las demás casas para alojar a las gentes del rey, se dio conocimiento de ello a Eduardo. Entonces el rey montó a caballo y mandó asimismo que lo hicieran la reina y los barones y caballeros. (Froissart, Chroniques, lib. I, parte I, cap. CCCXXII, ed. y selección de E. Bagué, Barcelona, Labor, 1949, págs. 72-73). * * *

19 Boccaccio amonesta a Florencia por dejar morir a Dante (1321) en su destierro de Ravena Ha muerto tu Dante Alighieri en el exilio al que tú injustamente, envidiosa por su valor le diste. ¡Oh pecado que no se debe recordar, que la madre sea envidiosa de la virtud de alguno de sus hijos! Ya está libre de preocupación, por su muerte ya vives en tus culpas y puedes poner fin a tus largas e injustas persecuciones. No te puede hacer muerto, lo que viviendo no te habría hecho nunca; yace bajo un cielo que no es el tuyo, y no debes esperar volver a verlo más, sino el día en que podrás ver a todos tus ciudadanos, que sus culpas serán examinadas y castigadas por un justo juez. Así pues, si los odios, las iras y las enemistades cesan con la muerte de quienquiera que muera, según se cree, empieza a volver en ti misma y a tu recto juicio; comienza a avergonzarte por haber obrado contra tu antiguo humanitarismo; comienza a querer parecer madre y no más enemiga; concede las debidas lágrimas a tu hijo, concédele la materna piedad; y aquel al que rechazaste, más aún, expulsaste vivo, como sospechoso, desea al menos volver a tenerlo muerto: devuelve tu ciudadanía, tu seno, tu gracia a su memoria. (Giovanni Boccaccio, Vida de Dante, ed. de C. Alvar, Madrid, Alianza, 1993, pág. 73). * * *

20 Conflictos sociales en una ciudad: tumulto en Florencia en 1342 La ciudad de Florencia se encontraba perturbada, temerosa, recelosa en extremo. Por una parte, debido a que el duque [Gualterio de Brienne] había descubierto las conjuraciones celebradas por muchos ciudadanos contra él y no había tenido éxito su propósito de reunir a los nobles y poderosos ciudadanos so pretexto de un falso y desleal consejo. En segundo término porque los ciudadanos y los más poderosos se sabían culpables de las conjuras tramadas contra él. Sentían la malquerencia del duque y conocían que ya en la ciudad había más de seiscientos caballeros de sus mesnadas —que aumentaban cada día— y que la gente del señor de Bolonia y de algunos otros romañolos que acudían en su auxilio, habían ya atravesado los Alpes. Temieron por esto que la dilación se convirtiese en un peligro para ellos, recordando el verso de Lucano «Suprime las demoras; perjudica siempre diferir lo que ya está preparado». Los principales Adimari, Medici y Donati determinaron que el sábado 26 de julio, día de

nuestra Señora de santa Ana, luego de la hora nona, una vez que los trabajadores se hubieran retirado de las tiendas, en el Mercado Viejo y en puerta San Piero algunos mesnaderos e infantes aparentasen luchar unos contra otros, mientras gritaban: «¡A las armas!». Y así se hizo. La ciudad se veía insólita y temerosa. De inmediato todos los ciudadanos corrieron a desalojar los lugares queridos. Luego, según se había dispuesto, todos los ciudadanos se armaron, algunos a caballo, otros a pie. Cada uno acudía a su barrio y vecindad y sacaban banderas con las armas del pueblo y de la comuna, como se había ordenado, gritando: «¡Muera el duque y sus secuaces!», «¡Viva el pueblo y la comuna!», «¡Libertad!». De inmediato se cerraron las entradas de los caminos y de los barrios de la ciudad. (Giovanni Villani, Crónicas florentinas, ed. cit., págs. 109-110). * * *

21 Conflictos sociales trasladados a una ciudad: Londres en 1381 De ellos [los revoltosos] había quienes solo buscaban el desorden y el exterminio de la nobleza y esperaban la ocasión para robar y saquear la ciudad de Londres. Tal era el objetivo principal de su empresa, y bien lo mostraron, porque en cuanto se abrió la puerta del castillo y hubieron salido el rey y sus dos hermanos, y el conde de Salisbury, el conde de Warwick, el conde de Oxford, micer Roberto de Namur, el señor de Vertaing, el señor de Comminges y otros nobles, Wat Tyler, Jacques Straw, John Ball y más de cuatrocientos hombres, penetraron en el castillo, forzaron las puertas y recorrieron una por una las estancias; y encontraron al arzobispo de Canterbury, que se llamaba Simón, canciller de Inglaterra y varón justo y esforzado, que acababa de celebrar el oficio divino y de decir misa ante el rey, aquellos desalmados se apoderaron de él y al instante, allí mismo, le decapitaron. Otro tanto hicieron con el prior de San Juan del Hospital y con un fraile menor, maestro en medicina, que era de la casa del duque de Lancaster y fue muerto en señal de odio a su señor, y asimismo con un oficial del rey llamado Juan Legg. Colocaron estas cuatro cabezas en la punta de sendas lanzas y las hacían llevar delante de ellos por las calles de Londres; y cuando se cansaron de este juego las pusieron en el puente de Londres, como si se tratara de traidores al rey y al reino. Entraron todavía aquellos miserables en la cámara de la princesa e hicieron pedazos su cama; de lo que llevó ella tan gran susto que se desmayó. Y sus criadas y camareras la tomaron en brazos, la bajaron a una poterna que daba a la orilla del río, la colocaron en una barca y la condujeron secretamente a una casa que llaman el Guardarropa de la reina. Allí permaneció un día y toda la noche casi como muerta, hasta que su hijo el rey vino a reanimarla. (Froissart, Chronicles, lib. II, cap. CXII, ed. cit., págs. 131-132).

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22 Persecución de judíos en distintas localidades castellanas (1391) En el año 150 el sexto de los miles de Sefarad, en los días del rey don Enrique [III] siendo él joven, se sublevaron muchos pueblos para hacer abandonar a todo Israel su religión, oprimiéndoles y atormentándoles con grande y espantosa tortura, no oída como ella desde el día en que bajaron los israelitas a las puertas de otros pueblos. Por los múltiples tormentos y aflicciones, muchos de Sefarad dejaron completamente la ley de Moisés, nuestro maestro. En particular la comunidad de Sevilla, donde muchos de ellos abandonaron su honor; la comunidad de Córdoba, la comunidad de Écija y toda Andalucía, y otras grandes ciudades, así Madrid, Illescas, Ocaña, Huete, Castillo de Garcí Muñoz, Torrijos y en Escalona, no se libró un solo hombre. Igualmente en otras comunidades padecieron penalidades que está prohibido ponerlas en un libro porque aterrarían muchísimo al corazón. (Selomoh Ibn Verga, La vara de Yehudah, ed. de M. J. Cano, Barcelona, 1991, págs. 212-213. Recogido en E. Mitre, Los judíos de Castilla en tiempo de Enrique III. El pogrom de 1391, Universidad de Valladolid, 1994, pág. 122). * * *

23 Elogio de una ciudad: Milán en el sigloVIII Noble y espaciosa urbe se levanta en Italia Edificada firmemente con obras maravillosas Que los antiguos llamaban ciudad de Milán [...]. Alegremente descansan junto a sus muros los santos: Víctor, Naborio y Materno, Félix y Eustorgio, Nazario, Simpliciano, Celso, Valerio; Y aquí está el gran obispo Ambrosio con dos compañeros, Protasio y Gervasio; y Dionisio Y Calamero; y aquí yace el santo Benedicto. No puede encontrarse ciudad en esta región Donde descansen tantos cuerpos de santos Elegidos para montar la guardia. Cuán afortunada y feliz es la ciudad de Milán Por tener tantos santos como defensores,

Merced a los cuales permanece invicta y rica [...]. Los lombardos mantienen allí el cetro de su poder; Liutprando, el piadoso rey, a quien por sus méritos y nobleza Cristo ha otorgado tanta gracia de santidad. Toda la urbe la adornó el gran obispo Teodoro, Felizmente nacido de estirpe real, A quien el pueblo amorosamente elevó a la sede. (Versum de Mediolano civitate [c. 739]. Recogido en G. Fasoli y F. Bocchi, La città medievale italiana, Florencia, Sansoni, 1973, págs. 101-103). * * *

24 La ciudad de Compostela y sus iglesias (c. 1160) La ciudad de Compostela está situada entre dos ríos llamados Sar y Sarela. El Sar se encuentra al oriente entre el Monte del Gozo y la ciudad, y el Sarela al poniente. Las entradas y puertas de la ciudad son siete. La primera entrada se llama Puerta Francesa; la segunda, Puerta de la Peña; la tercera, Puerta de Cofrades; la cuarta, Puerta del Santo Peregrino; la quinta, Puerta Falguera, que conduce a Padrón; la sexta, Puerta de Susannis; y la séptima, Puerta de Mazarelos, por la que llega el precioso licor de Baco a la ciudad.

Las iglesias de la ciudad Habitualmente se cuentan en esta ciudad 10 iglesias, entre las que, situada en el centro, resplandece gloriosa como la más importante, la del gloriosísimo apóstol Santiago, el hijo del Zebedeo; la segunda es la de San Pedro apóstol, una abadía de monjes situada en el camino francés; la tercera es la de San Miguel, llamada de la Cisterna; la cuarta, también abadía de monjes, es la de San Martín, obispo, llamada de Pinario; la quinta, que es el cementerio de los peregrinos, es la de la Santísima Trinidad; la sexta es la de Santa Susana virgen, situada en el camino de Padrón; la séptima es la de San Félix, mártir; la octava la de San Benito; la novena, situada detrás de la del Apóstol, es la de San Pelayo, mártir; la décima es la de Santa María Virgen, situada detrás de la del Apóstol, y con entrada directa a la misma basílica entre el altar de San Nicolás y el de la Santa Cruz. (A. Picaud, Guía del peregrino medieval [«Codex Calixtinus»], ed. de M. Bravo Lozano, Sahagún, Centro de Estudios Camino de Santiago, 1989, págs. 68-69).

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25 Comparación entre Venecia y Brujas favorable a esta (1436) Esta çibdat de Brujas es una gran çibdat muy rica e de la mayor mercaduría que ay en el mundo, que dizen que contienden dos lugares en mercaduría, el uno es Brujas en Flandes en el Poniente, e Veneja en el Levante; pero a mi parecer, e aún lo que todos dizen, es que muy mucho mayor mercaduría se faze en Brujas que non en Veneja; e lo por qué es esto: en todo el Poniente non ay otra mercaduría sinon en Brujas, bien que de Inglaterra algo se faze, e a allí concurren todas las naçiones del mundo, e dizen, que día fue que salieron del puerto de Brujas seteçientas velas; Veneja es por el contrario, que bien que muy rica sea, pero non fazen otros mercaduría en ella salvo los naturales. Esta çibdat de Brujas es en el condado de Frandes e cabeça dél, es grant pueblo, e muy gentiles aposentamientos e muy gentiles calles, todas pobladas de artesanos, muy gentiles yglesias e monasterios, muy buenos mesones, muy grant regimento ansí en la justiçia como en lo ál. Aquí se despachan mercadurías de Inglaterra, e de Alemaña, e de Bravante, e de Olanda, e de Stlanda e de Borgoña, e de Picardía, e aún grant parte de Françia, e este paresçe que es el puerto de todas estas tierras, e aquí lo traen para lo vender a los de fuera, como si dentro de casa lo toviesen. (Pero Tafur, Andanzas e viajes de un hidalgo español [1436-1439], Barcelona, El Albir, 1982 [sobre la ed. de M. Jiménez de la Espada de 1874], págs. 251-252). * * *

26 Génova y sus dependencias Esta çibdat es muy antiquísima, dizen que la pobló Ianus, príncipe de Troya, después que vino de la destruyçión della. E bien paresçe fecha de mano de onbre vençido, que la asentó en una muy áspera montaña sobre la mar, e todas las casas son torres de quatro o çinco sobrados o más, e muy angostas las calles, e muy ásperas entradas; la tierra muy flaca de todos mantenimientos, pero gente muy industriosa, tanto, que lo acarrean por el mundo muy abundosamente e como si naciese lo tienen. Tiene buen puerto de un molle con una torre con un faraón, que arde toda la noche, e de la otra parte del puerto, otra torre muy alta con otro faraón, porque se conosca la entrada del puerto; todo esto fecho a grandíssima costa; monesterios muy notables; iglesias ansí mesmo; la iglesia mayor, que se llama de Sant Juan Lorençe, muy notable, espeçialmente la portada; aquí tienen ellos el Santo Vaso, que es de una esmeralda, maravillosa reliquia. Esta çibdat con todo su patrimonio se rige a comunidad, e,

por su industria e saber, en la tierra firme tiene muchas çibdades e villas e castillos, e en la mar muchas yslas; tiene a Cyjo e a Metellin, en la ysla de Chipre tiene una çibdat que llaman Famagosta, que ellos ganaron quando prendieron al rey de Chypre e lo truxeron allí a Génova, a él e a su muger; e su padre deste Rey allí nació en la torre del faraón, e ovo nombre Ianus porque nació en Génova. Estos tienen junto con Constantinopla una çibdat que llaman Pera, e en fin del mar Mayor una çibdat que llaman Cafa, de pueblo tanto e medio más que Sevilla e en el mar de la Tana tienen castillos, e otros en la Turquía. (Pero Tafur, Andanzas e viajes de un hidalgo español, ed. cit., págs. 12-13). * * *

27 Barcelona a fines del Medievo vista por un viajero (Jerónimo Münzer) Del gobierno de la ciudad Hace cuarenta años, Barcelona estaba en su máximo florecimiento, y creció extraordinariamente a causa del comercio. Pero los reyes de Aragón, con motivo de las continuas guerras, fueron pignorando sucesivamente los censos reales de todo el condado de Cataluña a la ciudad. Con el tiempo, todos los censos reales del condado de Rosellón, de Gerona, de Tortosa, como asimismo todos los derechos reales en la ciudad de Barcelona, fueron rescatados por ella. La ciudad, pues, vive ahora en un régimen de máxima libertad. Obsevan este orden: eligen de todo el condado, cada tres años, a tres varones: uno del clero, otro de la nobleza y el tercero de la comunidad. Todos los días se reúnen estos tres en una magnífica casa llamada Diputación «que es como casa diputada para esto». Allí reciben los tres los tributos que antiguamente eran de los reyes, y los destinan a donde conviene. Tienen sus escribanos, que llevan relación ordenada de todo. Hay otros tributos no reales, sino de ciudades y villas, cada una de las cuales dispone de ellos según sea preciso. Hace cuarenta y cuatro años que el pueblo, movido de soberbia y de otras pasiones, se levantó contra los señores de la ciudad. Ante estas revueltas, huyeron los más ricos. Desde entonces, el comercio declinó hacia Valencia, emporio de España. Ahora Barcelona está casi muerta comparándola con su primitivo estado.

La lonja de mercaderes A orillas del mar se levanta una magnífica y soberbia casa con cúpula, que creerías una iglesia o un gran palacio. Junto a este edificio hay un hermosísimo huerto con diez filas de

naranjos y limoneros y en medio una fuente saltarina, y a los lados asientos cuadrados de piedra. En esta casa se reúnen diariamente dos veces los mercaderes para tratar de sus negocios. Le dan el nombre de Lonja, esto es, casa de contratación. Hay en ella cambio y banca regulados con gran sabiduría para guardar el dinero. (Jerónimo Münzer, Viaje por España y Portugal [1494-1495], ed. de R. Alba, Madrid, Polifemo, 1991, págs. 9-11). * * *

28 Grandes familias en grandes ciudades: Sevilla Entre los grandes de Sevilla es el principal el Duque de Medina Sidonia, que tiene más de sesenta mil ducados de renta; es de la casa de Guzmán y tiene por contrario al Duque de Arcos, que no es tan rico, aunque tiene cerca de veinticuatro mil ducados de renta; estos han sido grandes enemigos y se han hecho entre sí muchos daños. El Duque de Medina es ahora hombre que vale poco y no sirve para nada, siendo necesario enseñarle lo que ha de decir cuando habla con alguien, por lo cual ocurrió que visitándole un obispo, preguntó a este por su mujer y sus hijos. La Duquesa es hermana del Arzobispo de Zaragoza, sobrino del Rey Católico, mujer hermosísima que gobierna la casa juntamente con un hermano del Duque, de quien se dice que es más mujer que de su marido, y que los hijos que tienen son de su cuñado, para que esto no se pueda poner en duda, es cierto que probada la impotencia del Duque, y por ser casi inepto e inhábil para regir su casa, han procurado que el Papa dé dispensa para que la mujer y el estado sean del hermano, teniendo al Duque mientras viva como un adorno [insegna]. También está en Sevilla otro grande, que es el Marqués de Tarifa, quien tiene treinta mil ducados de rentas. Estuvimos en Sevilla desde el día ocho de Marzo hasta el veiuntiuno de Mayo, en cuyo día partimos para Granada. (Andrés Navagero, Viaje por España [1524-1526], Madrid, Turner, 1983, págs. 4243). * * *

29 Alegoría de una catedral gótica: Lincoln (c. 1225) 118.8. Las partes de toda la iglesia

Los cimientos son el cuerpo, las paredes el hombre y el techo el espíritu: una triple división de la iglesia; el cuerpo pertenece a la tierra, el hombre a las nubes y el espíritu a las estrellas. Las piedras blancas La piedra blanca tallada representa la pureza y la sabiduría; la blancura es honestidad y su forma doctrina. Las piedras de mármol En la apariencia del mármol, pulido, brillante, oscuro, está representada la desposada, sincera, virtuosa, afligida. Su ternura ejemplifica verdaderamente todo su candor; su pulimento, sus virtudes, y su color oscuro, su angustia.

118.9. Las vidrieras Iluminado el mundo con luz divina, es el noble cuerpo de clérigos el representado por las claras ventanas. Su jerarquía subordinada puede verse en cada lugar: los canónigos están alineados en la parte superior (en las ventanas del claristorio), los vicarios debajo (en las naves). Y así, mientras los canónigos están dedicados a los asuntos del mundo, los vicarios están perpetua e irremisiblemente encargados de los oficios divinos; la hilera superior de ventanas brilla como encantadores pétalos de flores, significando el cambiante espectáculo del mundo; la fila inferior desarrolla los nombres de los santos padres. (Metrical Life of St. Hugo, Bishop of Lincoln, ed. de J. F. Dimock, Lincoln, 1860, págs. 32-37, recogido por J. Yarza et al., Arte Medieval II, ed. cit., pág. 349). * * *

30 Condiciones y seguridades de una universidad en una ciudad De buen ayre e de fermosas salidas deue ser la villa do quisieren establecer el estudio, porque los maestros que muestran los saberes, e los escolares, que los aprenden biuan sanos en el e puedan folgar, e recebir plazer en la tarde, quando se levantaren cansados del estudio. Otrosí, deue ser abondada de pan e de vino, e de buenas posadas, en que puedan morar, e passar su tiempo, sin grand costa. Otrosí dezimos, que los ciudadanos que aquel logar do fuere

fecho el estudio, deuen mucho guardar, e honrrar a los maestros e a los escolares, e a todas sus cosas. E los mensajeros que vienen a ellos, de sus lugares, e non los deue ninguno prendar, nin embargar, por debda que sus padres deuiessen, ni los otros de las tierras, donde ellos fuesen naturales. E aun dezimos que por enemistad nin por malquerencia que algún ome ouiesse contra los escolares, o a sus padres: non les deuen fazer deshonrra, nin tuerto, nin fuerça. E por ende mandamos que los maestros e los escolares, e sus mensajeros, e todas sus cosas sean seguras, e atreguadas, en viniendo a las escuelas, e estando en ellas, e yendo a sus tierras. E esta segurança les otorgamos, por todos los logares de nuestro señorío. E cualquiera que contra esto fiziere, tomándole por fuerça o robándole lo suyo, deue ge lo pechar quatro doblado e si lo firiere o deshonrrare, o matere, deue ser escarmentado cruelmente, como ome que quebranta nuestra tregua e nuestra segurança. Mas si por ventura los judgadores ante quien fuesse fecha esta querella fuessen negligentes en fazerles derecho, así como sobredicho es, de lo suyo lo deuen pechar, e ser echados de los oficios por enfamados. E si maliciosamente se mouiessen contra los escolares non queriendo fazer justicia de los que los deshonrasen o firiessen o matassen, estonce los oficiales que esto fiziessen deuen ser escarmentados por aluedrío del Rey. (Las Siete Partidas del Sabio Rey don Alfonso el nono, glosadas por licenciado Gregorio López, part. II, tít. XXXI, ley II), Madrid, 1555. pág. 114 v). * * *

31 Primeros conventos dominicos en la zona de Toulouse (1216) Entonces juntose al obispo [Fulco] fray Domingo para ir al concilio [IV] de Letrán y pedir en común al papa Inocencio [III] que confirmase para fray Domingo y sus compañeros una orden que se llamase y fuese de Predicadores, e igualmente que ratificase los réditos asignados a los frailes por el obispo y por el conde. Escuchada la solicitud, el Jerarca de la Sede romana exhortó a fray Domingo a que volviese a sus frailes y que con su consentimiento unánime, previa una madura deliberación, eligiesen una Regla de las ya aprobadas y el obispo les asignase una iglesia; después de lo cual volvería al Papa a recibir confirmación de todo. Regresando una vez celebrado el concilio, y habiendo comunicado a los frailes la resolución del Sumo Pontífice, eligieron los futuros Predicadores la Regla del egregio predicador San Agustín, añadiéndole algunas observancias más austeras acerca de la alimentación, ayunos, lechos y uso de lana. Resolvieron y determinaron no tener más posesiones, para que la solicitud de las cosas terrenas no fuese obstáculo a la predicación, pero les pareció bien quedarse con las rentas.

El obispo de Tolosa, con asentimento del cabildo, les cedió tres iglesias: una dentro de la ciudad, otra en la villa de Pamiers y la tercera entre Sorèze y Puy Laurens, Santa María de Lescure. En cada una de ellas debía haber casa prioral. (Beato Jordán de Sajonia, «Orígenes de la Orden de Predicadores», en Santo Domingo de Guzmán. Su vida. Su Orden. Sus escritos, ed. de M. Gelabert, J. M. Milagro y J. M. de Garganta, Madrid, BAC, 1966, pág. 161). * * *

32 Instrucciones de San Francisco sobre construcción de edificios en las ciudades Muchas veces los hermanos hacen construir edificios grandes, con detrimento de nuestra santa pobreza, y dan con ello ocasión de murmurar y mal ejemplo al prójimo. Llevados a veces de la codicia y la ambición, abandonan estos lugares y edificios por otros mejores y más santos o de mayor concurrencia de fieles, o los derriban y levantan en su lugar otros grandes y excesivos; entonces los bienhechores que les habían dado limosnas y otros que los ven quedan muy contrariados y escandalizados. Por eso es siempre preferible que los hermanos construyan edificios pequeños y muy pobres, como fieles cumplidores de su profesión y dando buen ejemplo al prójimo, a que procedan contra lo que profesaron, y den a los demás mal ejemplo. Porque si sucediera alguna vez que los hermanos dejaran los lugares pobrecitos por motivo de ir a otro lugar más apropiado, sería menor el escándalo que de ahí se derivara. (Espejo de perfección, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época, ed. de J. A. Guerra, Madrid, BAC, 1980, pág. 704). * * *

33 Predicaciones populares en París (1429) El hermano Ricardo predicó el día de San Marcos en Boulognela Petite, en presencia de todo el mundo. A la vuelta de este sermón los vecinos de París se sintieron tan devotos y emocionados que, en menos de tres o cuatro horas, se pudo ver más de un centenar de hogueras en donde se quemaban mesas de juego, triquitraques, dados, naipes, canicas, billares y cualquier otro tipo de juegos que pudieran servir para montar en cólera o renegar en los juegos de dinero.

El mismo día y al día siguiente, las mujeres vinieron a quemar los adornos de sus tocados, tales como rodetes, adornos, piezas de cuero o lana que metían en sus capuchas para hacerlas más rígidas o vueltas hacia delante. Las jóvenes abandonaron sus tocas, sus colas y gran cantidad de tocados. Los diez sermones que predicó el hermano Ricardo en París y el de Boulogne, devolvieron más la devoción al pueblo que todos los que habían pronunciado los predicadores en los últimos cien años [...]. Pronunció su último sermón en París el día siguiente de San Marcos, el 26 de abril, un martes; y dijo que al año siguiente, es decir, en 1430, se verían los más grandes prodigios según el testimonio de su maestro el hermano Vicente [Ferrer], siguiendo el Apocalipsis, San Pablo y San Bernardo [...]. En verdad, cuando terminó su décimo sermón, el último autorizado, y recomendó a Dios al pueblo de París y pidió a sus vecinos orar por él en la misma medida que prometía rogar por ellos, todos, grandes y chicos, lloraron tan piadosa y profundamente y él con ellos que se hubiera dicho que venían de enterrar a sus seres más queridos. (Journal d’un Bourgeois, ed. cit., págs. 254-256). * * *

34 Herejía y ciudad: los cuatro artículos husitas de Praga (c. 1420) Por la gracia de Dios y la voluntad del Padre y Señor Dios Todopoderoso, hemos aceptado y recibido en nuestra creencia la luz de la verdad y de la ley de Dios, las cuales son ciertas y constantes, profetizadas y legítimas. Primero, demos libertad para que la palabra divina sea predicada por todas partes sin exceptuar ningún lugar; recibámosla con alegría en nuestro corazón; sigamos y vivamos según ella nos indica, e instruyamos al prójimo para que también la practique. Segundo, recibamos el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Dios Todopoderoso con temor, religión y honestidad, lo mismo los jóvenes que los ancianos, y los niños después de haber recibido el bautismo; obliguemos e incitemos para que lo reciban al menos cada domingo, niños y adultos sin excepción. Tercero, llevemos y conduzcamos a los curas para que ordenen su vida según nos mostró el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, así como una vida apostólica, con la ayuda de Dios impidamos y destruyamos sus beneficios y ganancias, extraídas de la simonía. Cuarto, detengamos, suprimamos y eliminemos de nosotros los pecados veniales y mortales; hagamos que sigan nuestro ejemplo los reyes, príncipes y señores burgueses, artesanos trabajadores y todas las personas del sexo masculino o femenino, sin que olvidemos

la descendencia de nadie, ni de los jóvenes ni de los viejos, siempre con el consentimiento de Nuestro Señor Dios Todopoderoso. Si hubiese alguien que no quisiese sostener estos elementos y artículos que hemos enumerado, ni seguirlos ni aplicarlos voluntariamente, ni ayudar a mantenerlos y a defenderlos, rehusaríamos sin excepción aguantar a semejante persona entre nosotros y, con la ayuda de Dios, no dejaríamos nunca en ningún lugar de amonestar a este hombre, aconsejarle y empujarle e incitarle hacia el bien, lo mismo en el ejército que en las fortificaciones, en las ciudadelas, ciudades y burgos fortificados o sin fortificar, en las aldeas o en las granjas, sin exceptuar ningún lugar. («Los cuatro artículos de Praga según el Reglamento militar de Zizka», en J. Macek, ¿Herejía o revolución? El movimiento husita, Madrid, Ciencia Nueva, 1967, págs. 126-127. Recogido a su vez en E. Mitre y C. Granda, Las grandes herejías de la Europa cristiana, Madrid, Istmo, 1999, págs. 339-340). * * *

35 Abundancia y mesura en la ciudad ideal según Sánchez de Arévalo (14541455) Mucho conujene al buen político jnduzir la temprança en sus çibdadanos, ca como qujer que deue trauajar por que la çibdad tenga tal sitio e disposición que sea abundable de las cosas necessarias conque se sostiene la uida vmana, otrosí de las vtiles delectables, según dicho es, pero tan moderada e tan temperada deue ser la tal abundancia que no solamente para biujr, mas avn para bien e virtuosamente biujr. Ca este es e deue ser siempre el fin del buen político, según dijimos en la jntroducción deste tractado e en las consideraciones ante dichas, de guisa que no mjre tanto a la abundancia que posponga la temperancia e continencia de sus çibdades, porque, como dize Aristótiles, de la abundancia no medida ni refrenada comúnmente procede abundancia de uicios. E por ende en tanto grado deue ser la çibdad abundante en las cosas suso dichas que los çibdadnos puedan ser liberales e magníficos e no escassos por mengua e defecto de las cossas susodichas e finalmente tenga tal medio entre la abundancia e mengua que los omes puedan ser liberales, temperados e continentes con lo necesario e non puedan ser dissolutos nj deliciosos con los superfluos e superabundantes deley​tes aujendo siempre jntención de jnduzir en su çibdad más la temperancia que no la abundancia. (Rodrigo Sánchez de Arévalo, Suma de la política, ed. de J. Beneyto, Madrid, CSIC, 1944, pág. 59).

* * *

36 Quejas a Juan II de los procuradores en Cortes por los abusos de los corregidores en las ciudades Et en razón delo que me fezistes relación que por quanto algunas vezes yo mandaua yr algunos corregidores e alguaciles delas dichas çibdades e villas e lugares acorregir los dichos pueblos, e ellos ponen por si ofiçiales, e seles aluenga el tienpo del dicho corregimiento, aque algunas vezes se apoderan atanto enlas dichas çibdades e villas, quelos vecinos e moradores dellas non pueden mostrar sus agrauios por rreçelo que tienen dellos delo mostrar, e que non tienen presta la vía commo deuen para se querellar e alcançar cunplimiento de justiçia, e por la diuersidat del tiempo pasan muy grandes agrauios; e que me pediades por merçet que me pluguiese mandar ordenar que en çierto tiempo vayan pesquiridores alas dichas çibades e villas, para saber de commo vsan los dichos corregidores e de los agrauios que fazen, porque mi merçet los sepa, e prouea commo cunple a mi seruiçio. A esto vos respondo que mi merçet es quelos corregidores duren, alo más, por dos annos. («Cortes de Burgos de 1430», en Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, Madrid, Real Academia de la Historia, 1866, t. III, pág. 92). * * *

37 Crisis política de la ciudad medieval italiana según Maquiavelo (1520) Nuestros gobernantes italianos, antes de que experimentasen los golpes de las armas extranjeras, creían que les bastaba con hacer alarde de agudas respuestas en los salones, saber redactar una hermosa carta, mostrar en conversación agudeza e ingenio, saber tramar una perfidia, adornarse con oro y pedrería, dormir y comer con más lujo que los demás, rodearse de placeres, tratar a sus súbditos con avaricia y soberbia, pudrirse en el ocio, otorgar graciosamente los ascensos en el ejército, despreciar a los que mostrasen sanas inclinaciones y pretender que su palabra fuese la voz del oráculo. Y no se daban cuenta estos infelices de que se preparaban para ofrecerse como presas al primero que los asaltara. Por eso se produjeron en 1494 los grandes sustos, las fugas repentinas y las pérdidas milagrosas: y así tres poderosos estados [Milán, Venecia y Florencia] que había en Italia han sido saqueados y devastados. (Nicolás Maquiavelo, Del arte de la guerra, ed. de M. Carrera Díaz, Madrid,

Tecnos, 1988, págs. 198-199).

Bibliografía

Nos limitamos en esta relación a presentar un elenco de títulos redactados, por lo general, a lo largo del último siglo. En los casos en que su aparición fuera ya algo lejana a nuestros días, se indicará la edición manejada y, entre paréntesis, la fecha de la primera. A fin de aligerar este apartado, no incluimos aquellas obras que, de forma habitual, designamos como fuentes (textos en este caso redactados en los siglos medievales) de las que hemos hecho un generoso uso y de las que el lector tiene cumplida información en las notas a pie de página.

La ciudad europea, especialmente la medieval. Europa en su conjunto y sus grandes entidades territoriales ARÍZAGA, B. y SOLÓRZANO, J. A. (eds.), La ciudad medieval y su ámbito de influencia territorial, III Encuentros Internacionales del Medievo (Nájera, 2005), Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2006. ASENJO, M., Las ciudades en el Occidente medieval, Madrid, Arco Libros, 1996. BAREL, Y., La ville médiévale. Système Social. Système urbain, Grenoble, Presses Universitaires de Grenoble, 1977. BARLEY, M. W. (comp.), Europeans Towns. Their Archeology and Early History, Londres, Academic Press, 1977. BENEVOLO, L., La ciudad Europea, Barcelona, Crítica, 1992. BENITO, F. de, La formación de la ciudad medieval: la red urbana en Castilla y León, Universidad de Valladolid, 2000. BERENGO, M., L’Europa delle città. Il voloto della società urbana europea tra Medievo ed Età moderna, Bolonia, Einaudi, 1999. BROGIOLO, G. y WARD-PERKINS, B., The Idea and the Ideal of the Town between Late Antiquity and the Early Middle Ages, Leiden, Brill, 1999. CARLÉ, C. et al., La sociedad hispano-medieval. La ciudad, Barcelona, Gedisa, 1984. CARVALHO, S. L., Cidades medievais portuguesas. Uma introdução ao seu estudo, Lisboa, Libros Horizonte, 1989. CHUECA GOITIA, F., Breve historia del urbanismo, Madrid, Alianza, 1970. COULET, N. y GUYOTJEANNIN, O. (eds.), La ville au Moyen Âge, 120 Congrès National des Sociétés Historiques et Scientifiques (Aix-en-Provence, 23-29 de junio de 1995), París, 1998.

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Título original: Ciudades medievales europeas Edición en formato digital: 2013 Ilustración de cubierta: Hermanos Limbourg, Las muy ricas horas del duque de Berry (c. 1413). Al fondo, París con el Palais de la Cité. © Grupo Anaya © Emilio Mitre, 2013 © Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S. A.) Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15 28027 Madrid [email protected] ISBN ebook: 978-84-376-3165-3 Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro electrónico, su transmisión, su descarga, su descompilación, su tratamiento informático, su almacenamiento o introducción en cualquier sistema de repositorio y recuperación, en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, conocido o por inventar, sin el permiso expreso escrito de los titulares del Copyright. Conversión a formato digital: REGA www.catedra.com

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