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May 7, 2018 | Author: axouxere26 | Category: Augustus, Novels, Short Stories, Philosophical Science, Science
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ATILIO CHIAPPORI

BORDERLAND Y LA ETERNA ANGUSTIA ED IT OR I AL GU I LL E R MO

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BUENOS AIRES

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Queda hecho hecho el depósito que previene previene la ley N .° 11.7 23. C-op yr yri gh ght by E d i f o n a t G u i l l e r m o K r a j t L t d a . , calle Reconquista 319-327 - Buenos Aires.

a tercera edición edición de " Borderland” ha de de ser una novedad aiín entre los lectores cultos argentinos. Su autor que gozó de alto renombre literario a comienzos de siglo —R i cardo Rojas señaló a " Borderland” como la mejor obra de de imaginación publicada en la primera década — dedicó el res to de su vida a la crítica de arte, actividad en la que desco llara también y por la que le conocen mejor las actuales generaciones. Reacio como Lugones a reeditar, Chiáppori tuvo, por lo demás, un un público de " élite”, por que , tal como lo señalara Roberto F. Giusti que es quien mejor ha estudia do su obra, sus novelas novelas no pueden atr aer ” sino a los los lectores escogidos que entiendan alusiones no siempre fáciles y gus ten su estilización de la belleza y la vida traspuestas al plano del arte” . Nacido en Buenos Aires el 7 de junio de 1SS0, abandona los estudios de medicina casi ctdminados, lo que explica su prodigio descriptivo en lo anatómico y el dominio en la fachira de personajes de torturada psicosis. Algtmos cuentos —corno "El Daño ”— integran ya antologías del estilo en idioma castellano. Enrolado en las corrientes modernistas funda rrPallas”, la primera revista argentina de arte, donde colaboran Darío y Rodó y sus cuentos y novelas denuncian

las influencias influencias de Poe, Poe, Flaubert y D’A nnunzio. Atilio Chidppori integra —con leves diferencias de edad y de tenden cia— la generación renovadora de Lugones, Ingenieros, Emilio Becher, Alberto Gerchunoff, Horacio Quiroga, Manuel Gálvez , Mario Bravo, Rojas y Payró. Sus primeros cuentos publicados en "La Nación” en 1907, consagraron su nombre . Llevaban el acento de una " literatura de tribulación” tribulación” , reflejo, en el el periodo de ante guerra, de la inquietud finisecular. Devoto de "un anhelo casi insomne de perfección estilística” al año siguiente Chiáppori publica "La Eterna Angustia” novela de amplio nexo con los los cuentos cuentos cíclicos de "Bor der land ” , que tam  bién integra este volumen. Payró señala la aparición de "un escritor de raza y alto vuelo” y la novela argentina encuentra un cauce diferente. Pero ya por entonces de re greso de Europa a donde el Gobierno le enviara en trance de difusión cultural, empieza a señalarse la inclinación de Chiáppori por los problemas estéticos: "La Belleza Invisi ble”, publicada tras expectante silencio en 1919, reúne los ensayo ensayoss aparecidos aparecidos en en "L a Nació n” . Hasta 1928, a pesar pesar de las instancias que se le formulan, el escritor imaginativo enmudece. Publica no obstante ese año otro conjunto de cue nto s:"L a Isla de las Rosas Roja s” , como los los anteriores anteriores rápidamente agotados. Chiáppori explicó ese silencio en un ensayo en ocasión de la muerte de Lugones, señalando cómo su generación "aún a costa del sacrificio de la cohesión formal de la obra que suele confundirse con la falta de unidad cen tral” , debió debió dedicarse dedicarse a una urgente e intensa tarea de "salubridad nacional” en el campo de la cidtura. En su conferencia sobre "Los destinos literarios”, Chiáppori puntualizó, por lo demás, el drama de muchos hombres talentosos de su generación —-de acendrada autocrítica — víctimas del "horror a la página blanca” en trance de for-, mulación de un verdadero mensaje intelectual. Crítico de

arte en "La Prensa”, más tarde, dirige "La Nota” del Emir  Emin el Arslan; "Ideas” de Manuel Gálvez, eleva a jerar quía mundial el Museo Nacional de Bellas Artes y desempe ña los más encumbrados cargos en la dirección activa de la formación ctdtural del país. El escritor dejó así paso al amante y sembrador de belleza, pero la calidad de su pluma y la eficacia de su adjetivación polémica se reflejan en la actividad periodística que más tarde reúne en tres libros que compendian su obra titánica en favor del desarrollo de las artes plásticas: "Luz en el Templo” (1942); "La In mortalidad de una Patria” (194 2) y " Maestros Maestros y Tempe ra mentos” (1943). En 1944 había reunido sus "Recuerdos de la Vida Literaria y Artística” en un tomo también agotado, de prosa ágil, amena y de profundo interés documental. Esta edición brindará la oportunidad de gustar a un maestro del estilo que —según Juan Torrendell— fue, dentro de la literatura argentina, "único en su género y cuyas novelas han dado la nota más suntuosa , compleja, sutil, aristocrática} dentro de una realización llena de deli cadeza y de trazos finos y duraderos”. "Borderland” —libro de época transitoria y de arte permanente— señala después del largo lapso de "La Bolsa” de Mattel, de "Silbidos de un vago” de Cambaceres, el co mienzo de la europeización de nuestra literatura y nuestro refinamiento. Con el andar de los años — ya abierta la sen sen da — Chiáppori retornó, con madurez y opuesto aunque siempre señorial estilo, al género narrativo, al que dió en tonces relatos de ambiente local tales como "La Mano de Dios” y el "El Día de la Patrona”, aún no reunidos en libro. Murió, ya académico de artes y letras, en Buenos Aires el 13 de marzo de 1947.

A LA MEMORIA DE MI MADRE RELIGIOSAMENTE.

William Stead, usando del derecho de prioridad, ha publicado un libro ocultista con el título de este volumen. Sin embar go, el autor lo adopta, sencillamente, con vencido de que a ninguna tierra, como a esta de sus personajes, podrá aplicársele con mayor propiedad la designación ex presiva de rr  rrBorderland” , tierra de de confín.



BORDERLAND — con viene como ningún otro a la obra de don Afilio Chiappori. El volumen se inicia con las aventuras de Augusto Ca ro, ”pobre alma enferm a de de paradoja” , y termina con la muerte de Irene, episodio de satanismo criminal. En estas dos figuras podría representarse como en dos formas opuestas y complementarias el espirita del libro: ambas señalan en cierto modo los dos puntos extremos de esa comarca lívida y desolada, donde ha hecho vivir a sus personajes una vida " suntuosa suntuosa y triste triste”” . Admirable tipo de belleza femenina, Irene es la más pura y noble de las mujeres imaginadas por el escritor. Es la poesía misma de ese país de suplicios, suplicios, cuy a extensión con fina con los territorios desconocidos de la locura y de la muerte. Ningún detalle trivial ni grosero envilece la dignidad de sti infortunio. Su " enfermed ad absurda” es, a miestros miestros ojos, ojos, menos el síntoma de una degeneración hereditaria que el signo visible de la fatalidad. La muerte la fulmina sin de formarla; y este fin trágico es el desenlace natural de su vida. Frágil y esbelta, en su gracia desfalleciente y su me lancolía serena, reclama de nuestra piedad el mismo senti miento que suscita en el coro el espectáculo de las vírgenes

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s t e título de "Borderland” —tierra de frontera

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sacrifi cada s. a los diose diosess terribles; y po dría ser la Ifigenia de este drama moderno. El autor la ha evocado en el am biente de la la "V illa En gadd i” , viejo viejo caserón caserón colonial, colonial, " con su huerto familiar circuido de una pérgola sombría, y su  jar dín dí n olvidado, donde los rosales tenían tení an ramas cárdenas cárden as y los caracoles negruzcos lustraban la humedad de los arrayanes arrayanes”” . El mismo jardín presta su decoración favorable al relato de Aug usto, protago nista de "U n libro imposible” imposible” . De todas las novelas del volumen, es aquella donde el misterio inter viene con mayor evidencia. Es un caso curioso de ruina de la personalidad cuya explicación correspondería a las conjeturas de la clínica tanto como a la hipótesis del ocul tismo. Ciertas experiencias del doctor Luys o del coronel de Rochas pueden ayudarnos a comprender las tentativas arriesgadas sobre su. propio espíritu y sobre el de Anna María por Augusto, en el retiro quieto de la isla extendida entre la montaña y el mar. Obsedidos por el deseo de unirse en una identificación suprema, ambos penetran en la zona del más allá y abordan el mundo habitado de lo sobrena tural. Sus formas prestan albergue al número infinito de los espíritus astrales y en sus semblantes se hace visible la pre sencia de las entidades ocultas. Por el método de la ascensión mágica sus sentidos se aguzan para percibir la realidad de aqjiellas existencias quiméricas, y el delirio se prolonga hasta el desastre final que comprueba una vez más el aforismo de los grimorios: " Imitando al fantasm a se llega llega a serlo” serlo” . En los cuentos subsiguientes, en "La corbata azul” y en "La mariposa”, estudia el señor Chiappori otras formas me nos raras y más explicables de la perturbación mental. Ambos aparecieron hace ya algunos años, y el autor de "Borderland” ha sido sin duda uno de los primeros en in tentar, dentro de nuestra literatura, ese género particular  de novela que más tarde ha tenido prestigiosos cultores.

Con tales elementos, el señor Chiappori ha hecho novelas de un interés dramático y una intensidad trágica evidentes. Estas condiciones intrínsecas de su obra se valorizan por las cualidades superiores del estilo. El estilo de "Borderland” es extremadamente personal. Es el que conviene a la índole del libro y a la particidaridad de su tema, y la correspondencia entre la forma y el pensamiento es tan constante que no se concibe a este último desarrollado de otro modo que como el autor lo ha querido. Es un estilo claro y preciso, de pa labras justas y sobria sintaxis. Su vocabidario copioso busca ante todo la exactitud y no desdeña el barbarismo cuando es inevitable, ni la palabra técnica cuando es necesaria. Maneja, por otra parte, con la misma habilidad el verbo y el adjetivo, el verbo que fija la imagen activa de los movi mientos, y sorprende el signo fugaz de los ademanes; el ad  jetiv o, "tú nica ni ca transpare trans parente nte que viste y colora el concept o substancial” . Su elegancia elegancia mesurada le permite llegar llegar al lirismo sin afectación y descender a lo trivial sin vtdgaridad. Hay en la obra páginas dignas de un gran escritor, y este breve pasaje, tomado al azar, podría ser un ejemplo de la manera del señor Chiappori: "Caía la tarde y en la penumbra del tea-room desierto los últimos reflejos morían en las porcelanas diseminadas en bandejas de cobre rojo sobre trípodes de bambú. Aquella soledad envolvíame como un manto, y tuve tanta tristeza que parecíame sentirla como un velo sobre mis ojos y como un hálito sobre mis manos. Salí al jardín. Poco después apareció Anna María, sola. A su llegada la tarde se pobló de armonías. Entonces, sin una palabra —la más casta hu biese sido un pecado — tomé sus manos y me cubrí el rostro. Después, no sé. Cuando volví a la vida, sentí sus lágrimas entibiar mi cuello. Pero esas ya eran lágrimas de una alegría triste. Después nos acodamos, muy juntos, en la baranda de un puente y permanecimos, así, mirando cómo el ere-

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plísenlo aterciopelaba el cielo, desvanecía las colmas lejanas, y, allá en la rada, desflocaba los albos copos de las olas sobre el azul violeta del que partía un barco con su penacho de humo. Una ligera brisa, arom ada de yerbas salvajes y de de lluvia reciente, llegó de la montaña y fué como una in vitación al retiro. Nos volvimos. El horizonte ardía tras una cadena de montes morados qtie se perfilaban con inde cisión fantástica sobre aquel fondo rojogranate. Muy lejos, allá muy lejos, el pico de Teide esfumaba su alba cúspide en la lividez del cielo. En los valles cercanos, algunas pal meras recortaban en aquella luz cerúlea sus copas ya verdi negras de noche. En un jacarandá de flores azules que parecían mordoradas, una calandria trinó su aflictiva escala. "Abajo, por la subida de Santa Cruz a la laguna, iban labriegos arrastrando sus madreñas, el sombrero en las manos, las camisas abullonadas por el viento, tras una caravana de camellos cargados de cochinilla, tabaco y tomates. Más abajo, volviendo de Watering Place, un grupo de mucha chas con sus barrilitos multicolores en la cabeza, pasaba cantando una canción aldeana, monocorde e interminable. Toda la campiña parecía cubrirse de cenizas. Los montes ya no se perfilaban en el horizonte violáceo. Cesó la brisa y no se movía una hoja en las frondas que costeábamos. Entonces, en la ciudad ya negra, las campanas sonaron pausadamente, campanas que oímos durante todo el camino cada vez más débiles, cada vez más lejanas .. Pero el señor Chiáppori no tiene sólo el arte del estilo, sino el arte, más difí cil aten, aten, de la composición. composición. "U n libro imposible” es, como novela, de primer orden, y el autor  ha vencido allí dificultades muy graves, pues a la exposición de los hechos se agrega la de las ideas. En cuanto a "La cor bata azul” es un cuento perfecto, y atestigua en el autor  un dominio completo de la forma, en un género tan arduo y peligroso como este. El procedimiento es, en todas las

obras, más o menos el mismo. El relato se inicia brusca mente en el centro mismo de la acción y se desenvuelve según el trazado de una línea muy original, manteniendo la curiosidad del lector y ese interés dramático sin el cual no existe el verdadero cuento. Se le podría creer a primera vista complicado, pero no lo es, y basta para ello examinar  por medio de qué sencillo sencilloss recursos se se da en "U n libro im posible” la sensación de terror. Sensible a las impresiones del mtmdo exterior, el señor  Chiáppori las traduce de un modo muy personal, y en un lenguaje que denuncia su afición a las artes plásticas y un sentimiento muy vivo del color y de la línea. El dibujo es siempre firme y preciso, aún en las figuras más delicadas, y el rasgo siempre certero, pues el escritor sabe discernir  el detalle característico y esencial de las formas. Así su pro cedimiento varía según los casos, y mientras algunas escenas cobran la plenitud corpórea de un relieve, en otras los con tornos se afinan sin esfumarse en una tenuidad de aparien cia irreal. Se ha aplicado al retrato y al paisaje, sobre todo al retrato femenino y al paisaje rústico, de fronda y de agua, de los que hay algunos delicioso deliciososs modelos modelos en "U n libro imposible imposible”” y en "E l pensamiento pensamiento oculto” . Pero el autor de "Bord erlan d” es también un psicólogo psicólogo y tanto como las imágenes del universo sensible le interesa el secreto de las almas y "el espectáculo quimérico de las vidas interiores” interiores” . Ha estudiado en su libro con una prolijidad cruel los fenómenos más dolorosos de la inteligencia y asido las transiciones más íntimas del sentimiento. Ha trazado con lucidez imperturbable el proceso de la demencia recons truyendo, por el esfuerzo de la lógica, la línea desvariada y sinuosa de tales pensamientos. A la vez sensual y espiri tualista procura abarcar en sus obras imaginadas los dos aspectos de la naturaleza, concebida como forma y como espíritu, como sensación y como idea. Las cosas no son ante

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sus ojos sino los signos permanentes y materiales de fuerzas invisibles, y en este sentido habría derecho para tenerle por un escritor místico. No es por lo menos un escritor realista, en la acepción que suele darse al vocablo. Con una observación sumamente fina ha tomado de la naturaleza circundante y de la propia experiencia los elementos necesarios, pero ha elaborado esos elementos según las leyes de su imaginación y las exigencias de su gusto. Es porque el señor Chiappori es ante todo un artista, que aspira a transfigurar en imágenes duraderas las sensaciones fugaces y las impresiones transitorias. Es un espíritu aristocrático, en quien es innata la afición a las for mas delicadas y selectas. Por eso es en él natural el senti miento del lujo. Si describe un objeto ha de darle una forma rara; si busca nombres los ha de querer armoniosos y puros, pites siente la belleza de las palabras tanto como la de las cosas Así nos presenta espíritus extraordinarios y les hace ha blar un idioma elegante y noble. Sus personajes son en su mayoría hipersensibles, atribulados por dolores excesivos y sobrehumanas angustias. Puestos en la linde de la vida ordi naria, en la temerosa temerosa " Borderland” que ciñe por sus sus cuatro costados la provincia exigua y populosa de las existencias normales, aquellos personajes "son almas deformes pero no malas” . Una belleza belleza nueva resulta de ese ese conflicto, que 110  hace sino restaurar en un nuevo episodio el eterno cho que de la vacilante voluntad htimana y la ciega fatalidad del universo. "Son bellos, dice Augusto, porque son in fortun ados” . Las mujeres, mujeres, sobre sobre todo, cobran bajo esta influencia trágica una hermosura inquietante, y el autor  ha trazado en su libro más de un retrato memorable: Irene la pálida, la Interlocutora, fina y expresiva, con sus manos afiladas y sus ojos atónitos: Flora Nist, ambigua en su perversidad de libertinaje extenuado y alquimia clan

destina; y Anna María, casi fantástica en la excelsitud de su dolor irreal y su rostro iluminado por "un destello de suntuosidades extraterre stres” . Un pesimismo pesimismo sereno sereno parece ser en el fondo de esta obra imaginada por un espíritu grave y un artista sensible. Una percepción aguda de la belleza y del dolor, el sentimiento profundo de la impotencia y la fragilidad de los hombres ante lo infinito de las fuerzas hostiles, la certidumbre de que el sufrimiento es la condi ción del esfuerzo y la esencia de la vida, han inspirado este libro, hecho con tanta probidad como talento. E

“La Nación’’, noviembre 26 de 1907.

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LA INTERLOCUTORA durante todo un lánguido otoño, admirable de silencio y de atención. ¿Qué ansia enfermiza impul sábala a lividecer su alma en la angustia ide tales relatos? Nunca quiso decirlo. Cuantas veces se lo preguntara sonreía penosamente y los ojos se le llenaban de lágrimas. La tarde en que presintió que estaba a punto de adivinar su secreto, cerráronse para mí también las puertas de Las Glicinas. Desde entonces vive sola en su quinta solariega, sin otro confidente que un suntuoso cuaderno de cantos dorados, donde escribe una historia resignada y triste que jamás verá la luz. Y de la misma manera que en aquella emocionante ficción de Radiana Glanegg, el Tiempo vela su retiro volun tario con su hoz y su reloj de arena, como en las alegorías. Alta, fina, singularmente pálida, tenía las manos afila das y expresivas y el aire pasmado de esos niños trágicos que pasan con ojos atónitos por los cartones de miss Kate Greenaway. Era la oyente ideal. Avida de fábulas, su espíritu no destellaba la clarividencia quimérica de sus hermanas extraterrestres, Morella, Ligeia, pero aquilatábalo, en cambio, sensibilidad tan exquisita, que el sentido de las imágenes abríase para ella con sorpresas de prodigio.

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Las tardes crudas refugiábase en aquel salón de reliquia, donde había siempre una partitura olvidada en el histo riado facistol y grandes rosas exangües en los floreros anti guos. A "la hora del té humeante y de los libros cerrados”, cuando la luz mortecina prestaba matiteces de cutis a las porcelanas de la consola, y el piano ahondaba reflejos de estanque nocturno, y los retratos de los antepasados adqui rían esa animación grave de la vida espectral, acodabase sobre una lacia piel blanca, la cara en las manos, para escuchar en esa postura tendida de esfinge que adoptan las girls juiciosas de los Keepsakes. Otras veces, con las primeras sombras abandonaba el re cinto. Aun me parece verla a mi lado con su andar elástico» lleno de la gracia ceremoniosa de las gavotas. De vez en cuando, una ráfaga más fría propagaba ligero temblor en la fronda exhausta del jardín. En todas partes —sobre los arbustos de copas perennes, en los bancales contiguos o, a sus pies, en la conchilla menuda del sendero—, en todas partes caía una lamentable profusion de hojas amarillentas. Deteníase entonces para recoger alguna, y, en seguida, re anudaba la marcha con un suspiro. Sin embargo, rara fué la tarde en que tales paseos no se interrumpieran de improviso. Con frecuencia, en medio de una escena atribulada, inquietábase repentinamente y decía con su vaga sonrisa ocultadora: "Ha refrescado mucho; entremos”. Bajo nuestros pasos, mientras nos alejábamos en medio de los árboles inmóviles, crujía la arena del camino . . .

UN LIBRO IMPOSIBLE "Je suis perdu dans le vagabondage ne sachant ou retrouver l’unité de ma vie”. M a u r i c e B a r r é s.

ECESIT SITO acordar acordarme me de nuestros nuestros buenos tiempos tiempos del 1_N Salvador   para creer que todavía llegaré a intere sarte. Solamente ahora me doy cuenta de cómo he ido anu lándome lándome en mi actitud actitud irreparable, cada día más m ás.. . . ¡Ah, si yo .no hubiese tenido orgullo, qué otro fuera mi destino! A ninguno, ni a ti, quise quejarme de la influencia maligna que fracasara mis mejores propósitos, que me llevara hasta el crimen. Comprendo que he pecado contra la amistad. Pero Pero sufro perdidamente; ¿a quién recurrir, sino al al que puede comprenderlo todo, al que puede perdonarlo todo? Ven hoy mismo. Iré a esperarte a Luján”. Aquella carta de Augusto Caro llegábame, Señora, des pués de seis años de indescifrable silencio. Desde el día en que embarcara para Europa, ni su familia ni sus amigos, nadie volvió a saber de él. Inquirióse, más tarde, que inte rrumpiera el viaje en Tenerife, pero allí se perdía el rastro. Con Emilio Flores y Pablo Beraud —el corrillo subver sivo del colegio— emprendimos una verdadera pesquisa in ternacional. Manteníamos con Irene, a la sazón en París, una correspondencia asidua, en la que el retorno de Augus to era el único afán y la eterna congoja. Todavía conservo

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las cartas de la pálida hermana, ungidas de amor fraternal y de tristeza infinita. ¡Ah, desde niña, Irene fue una santa! Recuerdo que al finalizar nuestro bachillerato, una grave afección a la vista impidióle a Augusto la mas corta lectura, y aquel muchacho, a la idea de truncar quiza para siempre sus estudios, cayó en un abatimiento inquietante. Entonces ella salvó su porvenir imponiéndose la carga, enorme para sus quince años, de prepararle sus exámenes de alumno libre. Con una voluntad de madre, sin desfallecimientos, sin impaciencias, amorosamente, una vez cumplidos sus de beres del "Sacré-Cceur”, leíale y explicábale las lecciones hasta que el hermano hermano las repetía repetía de memoria. memoria. ¡Pensar en esa esa obscura heroicidad de cada día, en dos largos años, sacrifi cando al lado del enfermo todas las distracciones, todos los gustos —el paseo a Palermo, las visitas de las amígaselos días de sol—, para sumirse en la aridez de las cosmografías, las filosofías filosofías y las químicas! ¿Verdad que que dan ganas ganas de ponerse de rodillas? Ella sola, con desesperada pertinacia, requería nuevas de los consulados y agencias marítimas. El padre, Don Leo poldo, olvidábase a menudo en la sensualidad turbulenta del bulevard. Viejo alegre que, a los sesenta años, florecía aún su smoking,   amanecíase, noche a noche, cenando con una descotada, como en las viñetas libertinas de los menús. Digno hijo de aquel don Epifanio Caro, bebedor formida ble y mujeriego, famoso en retruécanos y farsas, quien, en trance de muerte y cuando los suyos esperaban una palabra contrita, observó gravemente que el jaquet del médico parecía cortado con podadera. Alguna razón tenía Augusto al decir que acaso no hay hombre que no llore por culpa de sus padres. Nuestras diligencias fueron vanas. Al cabo de un año desesperamos de dar con su paradero. ¿Que pensar de aquel

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espíritu romancesco y atribulado, sino que sucumbiera en la ruta de algún viaje fabuloso por comarcas incógnitas? ¡Pobre alma enferma de paradoja! La destemplanza originaria del linaje, trasmutárase en él, por retroceso de inaptitud orgánica, en instintiva ansia de perfección. Quería recuperar en la continencia la plenitud emotiva dilapidada por sus genitores. Para lograrlo, obstinábase en adaptarse a la vida natural simplificando sus deseos y con teniendo sus pasiones. Pero como hubiese perdido el tesoro de ser ingenuo, sólo consiguió crearse un tremendo con flicto de alma. Era de ver aquella lucha cotidiana entre los sobresaltos de su hiperestesia y la moderatriz vigilancia de la voluntad. Sacrificio inútil que no llegó a tranquilizar sus días, ni lo salvó siquiera de que lo agraciasen con el prestigio satanista de la familia. Un año de aventuras, a las que se entregara a fin de aturdirse y olvidarse de sí mismo, basto para rotularlo de calavera. Sin embargo, aca so no haya existido otro a quien inhibiesen mayores incom patibilidades para un rol donjuanesco. Tenía el vino triste, escrupuloso, susceptible, y su voluptuosidad torturada era la exclusiva y conyugal de los sentimentales. La Bonne Cbanson  fuera algo así como su florilegio afectivo. Soñaba con una amiga quimérica, que hubiese hecho cosas extra ordinarias o sufrido rigurosas vicisitudes, con quien retirar se a cualquier quinta lejana en una vida de entusiasmos de arte y de felicidades domésticas. El tipo de la estudiante rusa que va sola por el mundo entre infinitos peligros, "armada de pies a cabeza de su virginidad”, obsedíale constantemente. "Esas mujeres nómades —decía a menu do—, por la misma ausencia de afectos que las aísla, cuando llegan a amar deben ser suaves y consoladoras como her manas. Yo tengo por ellas un cariño genérico que es también una de mis tristezas inexplicables”. Pero la suerte siempre fué aciaga para ese pobre amigo. Cuando creyó realizar su

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fábula romántica, el libertinaje subrepticio de cierta pros crita casi le cuesta la vida. Ese mismo mismo afán afán
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