Balsa Monse - Secretos De Tu Piel.pdf

September 17, 2017 | Author: Maria | Category: Novels, Madrid, Love, Nature
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Dedicatoria A todas aquellas personas que me han apoyado, y también a las que no, en esta aventura literaria que es la demostración de que algunos sueños se cumplen. A todos los que me han prestado un poquito de sí mismos, sus nombres o sus sonrisas. A mis padres, porque siempre estarán ahí; a mi hermana, pilar fundamental de mi vida; a Julia, por creer en mí cuando sólo era una adolescente; a Nacho, Diego, Lola... A todos los que se han convertido en parte de este sueño, pero especialmente a Silvia, culpable de que empezara a tejer esta novela; a Virginia, por su apoyo incondicional cada día a pesar de mis bajones y rabietas; y a Cris, mi compañera de camino y con quien comparto mi vida. Monse Balsa Sanjuán.

Nota de la autora a modo de prólogo

Esta novela empezó siendo un relato corto para un regalo de cumpleaños, pero se me fue de las manos a medida que avanzaban los capítulos y la historia, surgiendo más posibilidades para los personajes. Es algo comparable a mi afición, y no sólo la mía, de viajar en transporte público tratando de imaginar la historia de cada persona que sube y baja en una y otra estación. Me he permitido, y me han permitido, tomar prestados de gente de mi entorno que forma, o han formado parte de mi vida, los nombres de mis personajes, siendo, junto con todos los paisajes y lugares descritos, lo único similar a la realidad que existe en toda la novela. Todo aquello que de alguna manera pueda parecerse a alguna historia real será fruto de una caprichosa coincidencia. No podía ser de otra forma; esta historia de amor tenía que visitar lugares mágicos y naturales como Monfero, lugares románticos como Marsella, y lugares de siempre, como Madrid y su cielo especial. Alguien me regaló hace muchos años un libro en el que a modo de dedicatoria estaba escrito un viejo proverbio árabe: “El carácter de una persona es su destino”. Recuerdo muchas veces estas palabras y ahora no es diferente, puesto que en Secretos de tu piel hay también un poco de mí misma y de mi carácter. Espero que disfrutéis de la facilidad de esta lectura, de la historia narrada y de los paisajes descritos, tanto como yo he disfrutado al escribirla.

1. Carla y David

21 de diciembre. A las siete y media de la tarde el cielo, de color gris plomizo, anticipaba que no tardaría en nevar. El aire frío helaba la cara de Silvia, una hermosa mujer a la que al sonreír unos simpáticos hoyuelos se le marcaban en las mejillas haciéndola todavía más bonita. Era socia de una agencia de viajes en el centro de la ciudad y acababa de salir de la oficina, un poco malhumorada por el frío. Ella era más de sol y playa y detestaba el invierno. Al caminar a penas cien metros y doblar la calle descubrió a Carla, su novia desde hacía un año, besándose desenfrenadamente con David, su socio en la agencia. No la vieron, quizás porque no se imaginaban que cerraría media hora antes del horario habitual para comprar los regalos navideños. Se olvidó de las compras, quedándose muda e inmóvil, y sintió cómo el frío desaparecía y en su lugar el calor de la rabia la invadió. Sus ojos marrones se humedecieron y sin saber qué hacer dio media vuelta y se encerró en la oficina. Carla y David se conocieron por Silvia. Ella apenas acababa de cumplir los veinte, once menos que Silvia, y vivía locamente sin pensar demasiado en las consecuencias. Estudiaba empresariales, pero quería ser azafata. Era bisexual y había tenido varias relaciones cortas con chicos y chicas hasta que conoció a Silvia. David era el socio de Silvia desde que, siete años antes, montaron la agencia de viajes. Trabajaban los dos solos turnándose las mañanas y las tardes, doblando tumo en fechas señaladas, cuando se les multiplicaba el trabajo y apenas podían descansar un rato al mediodía para llevarse algo rápido al estómago. Conoció a Carla cuando Silvia se la presentó en la agencia. Y se lió con ella por primera vez un mes antes. Silvia se sentó incrédula. Quería salir corriendo y lanzarse al cuello de Carla y David, decirles cuatro cosas con mala leche y mandarlos a los dos a la mierda. ¿Cómo le podían estar haciendo algo así a ella? Y sin darse cuenta se echó a reír a carcajadas como si alguien le estuviera contando el chiste más gracioso, e igual de gracioso le pareció que su novia y su socio tuvieran un lío y decidió no decirles nada. Encendió el ordenador, buscó un lugar recóndito y tranquilo a 600 kilómetros y reservó un bungalow en un parque natural cerca de la costa, en Galicia, para el 2 de enero, fecha en la que, antes, tenía planeado irse de vacaciones unos días con Carla a Venezuela. “Cambio de planes”, pensó. Esperó a que Carla la llamara por teléfono y salió de la agencia para encontrarse con ella en el Truco, un local de ambiente cercano donde solían quedar ellas solas o con sus amigos. Al llegar, Carla la besó, pero ella no respondió limitándose a retirarse delicadamente. — ¿Qué te pasa Silvia? — Nada. Es sólo que creo que lo nuestro es un simple capricho mutuo. A mí me vuelve loca tu casi adolescencia y yo para ti soy un poco como tu hermana mayor, la que controla un poco tu locura y te hace poner los pies en el suelo cuando pretendes volar sin rumbo. Esto se acaba aquí, Carla. No nos amamos. Somos sólo dos piezas que se complementan, se atraen y encajan. Pero no nos amamos.

— Pero... Silvia... — Adiós Carla. Carla no daba crédito a lo que acababa de pasar, pero tampoco salió corriendo a buscar a Silvia porque sabía que era cierto que no se amaban y David no era la única persona con la que había engañado a Silvia. Se limitó a pedir un Brugal-cola y a buscar caras conocidas para no quedarse sola. Silvia decidió caminar hasta su casa en vez utilizar el metro. Dejó de pensar mirando escaparates, a los niños que jugaban en un pequeño parque, a la pareja de enamorados que caminan delante abrazados... Comenzó a nevar de forma tenue y apuró el paso. Al llegar a casa subió la calefacción, llenó la bañera de agua, añadió abundantes sales y espuma, encendió velas aromáticas, se desnudó reflejando su bonita silueta en el espejo y se sumergió en el agua caliente. Cerró los ojos, sonrió y se dijo a sí misma: “Silvia, vive la vida”.

2. Monfero

La Navidad pasó rápida y fugaz, con mucho trabajo en la agencia y un ir y venir de comidas familiares y fiestas, lo que hizo que Silvia no pensara mucho en su ruptura con Carla, ni en si tenía que hablar con David de lo sucedido. En parte quería preguntarle un par de cosas, como por el tiempo que se la habían estado pegando, y quería llamarle cabrón a la cara. Pero prefería esperar a volver de vacaciones para tener una larga charla con él. El día 1 de enero Silvia llenó una única maleta con ropa de abrigo, dos libros que su madre le había regalado, un neceser y bastante tabaco. Quería relajarse y en el plan no incluía tener que salir a comprar tabaco, su único vicio. Anochecía, y un poco resacosa todavía de la fiesta de fin de año, se acostó, más por cansancio que por sueño. Cerró los ojos y se imaginó en Venezuela, en el viaje cancelado con Carla. Se imaginó la playa y a las dos jugando en las olas, rozándose furtivamente bajo el agua. Y por la noche buscarían un rincón apartado en el que hacer el amor al aire libre, con el sonido del mar como melodía de fondo. Besaría los labios de Carla, el cuello, mordería suavemente sus pezones para descender por todo su cuerpo hasta que, como casi siempre, Carla llevase la iniciativa de forma apasionada y salvaje. Sus manos y su boca ardientes como fuego no dejarían un solo rincón de la piel de Silvia sin recorrer, haciéndose de rogar en sus muslos le rozaría con los labios el sexo para volver al principio de su piel. Silvia se desesperaba entonces ardiente de deseo, húmeda de pasión. Y las dos se lanzaban a una carrera hacia el éxtasis, para caer después abrazadas en silencio. Abrió los ojos y sonrió. Lo que tenía que ser un viaje con su novia para disfrutar de sol y sexo se había convertido en un viaje solitario al frío norte de España, soltera y sin compromiso, para desconectar de su ajetreada vida social y familiar, de los cuernos y del trabajo. Le gustaba aquella decisión. Necesitaba descansar, poner un poco de orden en su

vida; entender por qué se había pasado un año con una mujer de veinte años tan diferente a ella que no le aportaba más que placer sexual. Tenía que replantearse el futuro de la sociedad con David. No sabía si quería seguir trabajando con el tío que se tiró a su novia o prefería comprarle su parte de la sociedad, buscar algún empleado y deshacerse de David. Tendría que hacer un análisis de consecuencias sopesando los pros y los contras de las dos opciones. Se levantó, abrió la ventana y encendió un cigarrillo. Luego volvió a la cama para dejarse vencer por el cansancio y se durmió. A las seis de la mañana se levantó y media hora después, tras anotar bien visible el teléfono de su alojamiento en un pósit de la nevera, por si la tenían que llamar con urgencia, llamó al taxi que la llevó al aeropuerto. Una vez allí apagó el teléfono móvil y se prometió a sí misma no volver a encenderlo hasta el regreso. No quería saber nada de nadie, ni de las llamadas de David a la mínima duda con un cliente, ni de los más de diez mensajes diarios que Carla le enviaba. El vuelo duró poco más de una hora y le quedaban otros cuarenta y cinco minutos de viaje en autobús hasta su destino, un paradisíaco lugar llamado Monfero. Los distintos tonos verdes se mezclaban entre ellos a los dos lados de la carretera. Hacía frío pero por una vez no le importaba. La belleza del paisaje merecía la pena aun con frío. En lo más alto de la montaña un manto de nieve le regalaba una imagen de postal. Ansiosa por encender un cigarrillo se maldijo a sí misma, sacó un caramelo de menta del bolsillo e inclinó la cabeza contra el cristal. Estaba llegando. Olía a las castañas que una familia asaba junto a una barbacoa en el jardín. En el centro del complejo, una cabaña de madera con el cartel de recepción, y a los lados una docena de diferentes bungalows, también de madera. Dos piscinas, una de verano y otra climatizada y una tienda de alimentación completaban aquel lugar turístico perdido entre millones de árboles y tan cercano al mar. Aunque agreste, una pequeña cala permitía disfrutar de las gélidas aguas del Atlántico. En el bungalow la calefacción estaba encendida. En la entrada estaba el salón, pequeño y acogedor. En el mueble una televisión que Silvia no pensaba encender. Un sofá de tres plazas, una mesa y una chimenea eran el resto de complementos. Igual de pequeña era la cocina, pero bien distribuida no carecía ni de lo más básico, ni de microondas y cafetera. El baño igualmente pequeño pero cómodo y con bañera. Unas escaleras en una esquina del salón llevaban a una media planta superior, el dormitorio, decorado con sencillez rústica. Tenía una enorme cama en el centro. Silvia se echó a reír impulsivamente. ¿Para qué quería una cama tan grande? Deshizo la maleta, colocó la ropa y decidió acercarse a la tienda. Llenaría la nevera para no tener que preocuparse mucho de salir a comprar. A lo lejos varias chimeneas escupían humo. Las miró en silencio. Le gustó el sonido del silencio con el humo de las chimeneas a lo lejos. En la tienda dos mujeres de unos treinta y pocos años discutían por la marca de la leche que iban a comprar. Silvia supuso que eran hermanas. La mujer del mostrador, de la misma edad, sonreía mirándolas. Entre los estantes un padre regañaba a su hijo por jugar con los botes de aceitunas. Silvia volvió por un instante al mundo real, donde los humanos discuten por tonterías. Cogió todo cuanto creyó necesitar y se acercó al mostrador. — Veo que no quieres venir mucho por mi tienda —dijo sonriente la mujer del mostrador al ver la compra. — ¿Qué? No... No es eso — respondió sorprendida Silvia—, tendré que venir a diario a

buscar pan. — Si quieres te lo puedo reservar, para que vengas a la hora que quieras. — Sí, está bien. Una barra. — Me llamo Carmen. Si algún día no estoy yo le dices a mi hermano que tienes pan reservado... ¿a qué nombre? — Silvia. Yo soy Silvia. — Pues encantada, Silvia. Que disfrutes de tu estancia aquí. — Lo haré. Gracias Carmen. Nada más salir de la tienda Silvia se sintió gilipollas. Había comprado de todo para no tener que ir a menudo a comprar y se había comprometido a ir a diario a buscar el pan. Pensó que al día siguiente le diría que no hacía falta que se lo guardaran. Carmen era una mujer no demasiado guapa, pero sí atractiva y sonriente. Su pelo era negro y llevaba media melena. No era alta y sí delgada. Vivía en una de aquellas casas cuya chimenea emanaba el humo que se veía a lo lejos, a un escaso kilómetro de allí. Silvia colocó la compra, se cambió los zapatos por unas botas camperas y salió a descubrir el bosque que la atraía. Caminó entre castaños, robles y avellanos, pisoteó los erizos para encontrar dentro las castañas, esquivó ramas caídas y tras una hilera de pinos descubrió el mar embravecido. Las olas se erguían con furia para abalanzarse contra las rocas. Cerró los ojos y disfrutó un momento del sonido y del olor a agua salada. Después descubrió el estrecho camino que llevaba a la playa. Al final no más de cincuenta metros de fina arena blanca que le parecieron suficientes para ella sola, o para compartirla con poca gente. En una esquina, cerca de las rocas, dos hombres pescaban. Se sintió feliz. Sonrió y se dijo a sí misma: “Silvia, vive la vida. Vive este momento”.

3. Carmen

A la mañana siguiente Silvia se despertó temprano. Tenía la sensación de haber dormido el día entero en el más dulce de los silencios. Bajó al salón y abrió la ventana. Un rayo de sol acarició su cara. Se quedó un rato mirando la paz en la que se escondía aquel lugar mágico, lleno de meigas, según había oído en algún lugar. Después se preparó un vaso de leche, tostadas con mermelada de fresa y zumo de mandarina. Se vistió y fue a la tienda con la intención de anular su reserva diaria de pan. Abrió la puerta y oyó al final del pasillo, entre los estantes, a Carmen discutiendo con un hombre. Volvió a cerrar la puerta y esperó hasta que el hombre salió dando un portazo. Silvia se apresuró a entrar preocupada por Carmen. La vio secándose avergonzada las lágrimas al final del pasillo. — Carmen, ¿estás bien? — Sí. Bueno no. ¡Joder! El muy cabrón me ha dejado. — ¿Es tu novio?

— No. Mi marido, el padre de mis hijos. Y se va, así, sin más. Ni una puta explicación, coño. — Ey, tranquila. Necesitas calmarte un poco. Verás cómo se arrepiente y vuelve pronto. — No. Estoy segura de que se va con otra. Y Carmen se echó a llorar. Silvia la abrazó y el olor de Carmen la embriagó. No dejó de abrazarla hasta que se abrió la puerta de la tienda asustándolas a las dos. Eran las hermanas que el día anterior discutían sobre la marca de la leche. Silvia cogió su barra de pan y se fue. La dejó en casa y caminó hasta la playa. Se sentó en una roca. El mar estaba más tranquilo, el olor de la marea se mezclaba en ella con el de Carmen y un deseo estremeció su cuerpo. “Joder. ¿Unos días sin acostarme con Carla y estoy tan desesperada?”. Aquella tarde se sintió tentada de volver a la tienda a esperar que Carmen cerrara pero se contuvo. Carmen era una mujer casada. ¿O ya no? Para ella sí. Se quedó en casa, encendió la chimenea y con los ojos fijos en las llamas dejó volar su imaginación. Esta vez el olor de Carmen se mezcló con el de la leña quemada. Al anochecer abrió una botella de vino tinto, preparó un plato de jamón y queso y, sentada en el sofá, se dio cuenta que no había pensado ni en Carla ni en David y menos todavía en cómo darle forma a la continuidad de su vida. Cogió un cuaderno y fue anotando entre borrones los pros y los contras de la sociedad en la agencia con David. Su conclusión fue que no tenía ni pajotera idea de lo que debía hacer. Cerró el cuaderno y se tumbó en el sofá. Quiso soñar despierta con Carla, con que esa noche harían el amor. El olor de Carmen volvió a meterse en su mente y no pudo recordar nítidamente la pasión de Carla, lo que la ofuscó el minuto exacto antes de empezar a sonreír. Se sintió libre. Libre para desear a otras mujeres, para no dar explicaciones a nadie. Libre para volar de un sitio a otro. Libre para no atarse, para no dejarse atar y menos por una veinteañera con el cerebro en el sexo, lo único que Carla, sin duda, hacía muy bien, llevarla al éxtasis una y otra vez, provocarle el deseo de forma casi sobrenatural. Adiós Carla. Ahora sí, adiós. Silvia se durmió en el salón abrazada a la libertad, al silencio, al calor del fuego encendido por y para ella, y entre vagos sueños sin importancia, una frase: “Silvia, vive la vida”.

4. Bárbara y Sandra

Lunes 4 de enero. Cuando la mente consigue evadirse y serenarse en la calma, en algún lugar donde no suena un móvil y el tiempo parece no importar, se pierde la noción del tiempo y cada día es un nuevo domingo que disfrutar. Apagón a las once de la mañana. Quizá la rama de un árbol caída sobre un cable, nada extraño en la Galicia rural, tan boscosa, donde las ramas caídas en los cables dejan sin luz a las gentes de las aldeas. Por suerte hoy en día no es necesario esperar tantas horas como hace

años para que lo reparen. Silvia no lo sabía y únicamente se le pasó por la cabeza que tal vez esa noche no tendrían luz, y no le hacía ninguna gracia. Aquel lugar era un paraíso, sí, pero no quería pasar la noche en una oscuridad tan desconocida. Sólo faltaba que la niebla que se veía en las montañas se abalanzara sobre Monfero. Fue a recepción y se encontró con las dos hermanas tan preocupadas como ella. Matilde, la recepcionista y dueña del complejo, intentaba explicarles que no tardarían mucho en volver a tener electricidad. Silvia escuchó sin hablar hasta que una de las dos mujeres la miró. Su corazón se volvió loco con la mirada. No se había fijado en la tienda en que esa mujer tenía los ojos azules más bonitos que había visto jamás, y esos ojos la estaban mirando, atrayéndola inexplicablemente con el olor de Carmen. — Creo que deberíamos comprar velas y, si por la noche seguimos así, pues nos juntamos todos en un bungalow o nos repartimos en dos. Por cierto, yo soy Sandra y ésta que no tardará en llevarme la contraria es mi hermana Bárbara — le dijo la mujer de ojos azules a Silvia. — Yo... soy Silvia — acertó a decir casi tartamudeando. — Es que mi hermana es una miedosa. No hace falta montar un hospital de campaña porque a las once de la mañana se vaya la luz, joder — soltó Bárbara en un tono entre enfadado y divertido que hizo reír a Silvia, quien huyó de la mirada de Sandra para decir: — Bueno, estoy de acuerdo en comprar las velas y luego ya veremos cómo va la tarde. Pero si no arreglan esto por la noche, me apunto a pasarla en compañía. Estoy sola aquí y no soy la más valiente. Sandra le dio las gracias por estar de su parte y le guiñó un ojo, lo que hizo que las mejillas de Silvia se ruborizasen. Apenas acertó a sonreír mostrando sus hoyuelos, incapaz de articular una sola palabra. — Lo que me faltaba, dos contra una. Pues nada, vamos a por el arsenal de velas para las miedosas — dijo Bárbara resignada. Las tres fueron a la tienda y Silvia además con ganas de ver a Carmen, pero se desilusionó al encontrar a un chico en su lugar. — Hola, tú debes ser el hermano de Carmen. Soy Silvia, tu hermana me guarda el pan. Y queremos también velas. ¿Y Carmen? — Sí, soy Raúl, su hermano. Carmen tenía que llevar a los niños al médico pero vendrá esta tarde. No me había dicho que eras tan guapa. “Y a mí no me había dicho que te iba a hablar de mí”, pensó Silvia. — Oye Silvia. ¿Qué te parece si comemos juntas hoy? — preguntó Sandra. Silvia asintió sin pensar la respuesta. Al llegar al bungalow encendió un cigarro y se desplomó pensativa en el sofá. No entendía lo que le pasaba. El olor de Carmen y los ojos de Sandra. ¿Se estaba volviendo loca o sólo necesitaba un buen orgasmo para reducir a cenizas aquellos deseos? ¿Acaso eran las meigas que querían que perdiese la cordura en aquel recóndito paraíso de Galicia? Se levantó y sin cerrar la puerta se fue a la playa. Descalzó sus pies, remangó los vaqueros y caminó por la fría arena mojada, dejando que la resaca del mar jugueteara con sus dedos, haciéndole cosquillas. Cuando se secó los pies y se calzó las camperas se dedicó a lanzar piedras al agua, a dibujar en la arena y a buscar entre las rocas descubiertas por la marea baja algún mensaje en una botella. Recogió conchas y piedras sin saber para qué las quería y un poco más tarde volvió al bungalow. Había quedado a las tres con Bárbara y Sandra, y eran las dos y media. Se cambió de ropa, se perfumó y fue al bungalow de las dos hermanas pensando en los ojos de Sandra. “Silvia, vive la vida. Vive sus ojos”.

5. María

A las tres menos cinco Silvia llegó al bungalow de las dos hermanas. Para su desilusión le abrió la puerta Bárbara, quien la invitó a pasar con una sonrisa. Sentado en el sofá estaba Nacho, el hombre que estaba en la tienda regañando a su hijo la mañana que Silvia llegó a Monfero. Nacho tenía treinta y seis años, expresión tierna y el pelo y la barba igualados al dos. A Silvia le cayó bien, simpático. Pronto lo ignoró buscando con su mirada a Sandra, que se asomaba de vez en cuando por la puerta de la cocina, y aunque dudó un instante, fue a su encuentro. — ¿Te ayudo Sandra? — atinó a preguntar antes de quedarse muda, pues Sandra se había girado al oírla y la miraba. El corazón de Silvia se aceleró como el caballo desbocado que corre sin rumbo por la pradera. — No, gracias Silvia. La paella está casi lista, aunque si quieres puedes abrir una botella de vino y nos tomamos todos una copa en el salón antes de comer. — Sí... claro... yo la abro. — Y volvió a enmudecer. Abrió temblorosa la botella de Guitián, uno de los mejores godellos de Orense, e intercambió una mirada fugaz con Sandra antes de volver sobre sus pasos al salón. No sabía cuándo había llegado María, la mujer de Nacho, con Nachete, su hijo de tres años, quien mostraba en su carita redonda la pillería inocente del niño que era. María se acercó a saludarla. Era una bella mujer de piel morena; su boca sensual y sus labios carnosos, sin ser por ello exagerados. Una vez más Silvia creyó volverse loca. Se sonrojó nerviosa. ¿Qué coño le estaba pasando?, ¿estaba realmente loca? Quería irse... salir corriendo hacia ninguna parte, pero un segundo de cordura se lo impidió. Sirvió vino en todas las copas y se animó la charla en el salón. Así supo que Bárbara era una malhumorada funcionaria del Estado en una Delegación de Hacienda y que Sandra era administrativa multiusos en una multinacional que amenazaba con cerrar en breve. Nacho era un despistado productor de televisión que en ocasiones se olvidaba de llamar a los invitados de los programas, y María auxiliar de farmacia en un hospital. Silvia se lanzó contando animada el motivo por el que se encontraba sola en Monfero. Les contó el rollo de la que era su novia con su socio y de repente se rió a carcajadas. — ¿Sabéis?, gracias a ellos estoy aquí, con un buen vino y una buena compañía. Que sean felices. Todos se echaron a reír levantando las copas para brindar, casualidad enrevesada, por Carla y por David. A las cuatro y media, para decepción de Silvia, volvieron a tener electricidad en todo el complejo. Se había hecho a la idea de compartir bungalow con Sandra o con María. La sobremesa duró hasta bien entrada la tarde. Anochecía cuando volvió a su bungalow. Encendió la chimenea y esperó a que en el salón hubiera calor suficiente para ponerse un

pantalón corto y una camiseta. Estaba cansada de ir abrigada día y noche. Cerró los ojos y dejó que su mente mezclara los ojos de Sandra, la boca de María y el inconfundible olor de Carmen y se dio cuenta de que conocía aquel perfume, aunque sin lograr identificarlo podía asegurar que era de Armani. Sandra... María... Carmen. ¿Por qué? ¿Qué le pasaba? ¿Sería la soledad del bosque la que la volvía loca de deseo por cada una de aquellas mujeres? Por cada una tenía una fascinación, pero por todas el mismo deseo: amarlas. Quiso empezar uno de los libros que tenía sobre la mesa, pero no pudo. Se sintió triste. Se dio cuenta de que sólo necesitaba a alguien a su lado a quien abrazar cada mañana, a quien entregarse en el deseo. Alguien por quien sentirse amada. De su tristeza, sin embargo, surgió: “Silvia, vive la vida”.

6. Soñar despierta

El

martes, cinco de enero a las once de la mañana, la playa estaba vacía. La marea baja acentuaba el olor de la arena mojada. Silvia cogió un puñado y lo dejó caer pastoso entre sus dedos separados, miró a la lejanía, al extenso mar verdoso que parecía no tener fin. A ella le gustaría perderse en una isla pequeña, allí en medio del mar, por un tiempo, sintiéndose enamorada y con la mujer amada recorrer la isla jugando como niñas, escondiéndose entre los árboles; correr la una tras la otra hasta alcanzarse y caer juntas, riéndose, abrazadas. Bañarse las dos desnudas en el mar con la puesta de sol en el horizonte y hacer el amor sin prisas, perdiéndose la una en los pliegues de la piel ajena. Dormirse así, desnudas en la arena hasta despertar con el primer rayo de sol de la mañana, para volver a hacer el amor, desperezándose entre besos. Silvia pensó en aquellas tres mujeres cuya cercanía la llevaban al borde de la locura sin casi conocerlas. Carmen, Sandra y María. Supo entonces que las deseaba a las tres pero que con ninguna de ellas viajaría a una isla desierta sin nadie más, pues a esa isla sólo iría con una mujer especial capaz de robarle cada pensamiento, cada sueño y cada sonrisa. A esa mujer no la conocía; todavía no la había encontrado. Un ruido cercano devolvió a Silvia a la realidad. Miró hacia su espalda y vio, para su asombro, a Carmen montando un precioso caballo negro de pierna alta y largas crines lisas. La escena se le antojó salida de un cuento y sonrió, acercándose a ella. — Hola Carmen. Es precioso, ¿es tuyo? — No, es de mi hermano pero lo monto yo más que él. Tiene dos y a él le gusta más el otro, así que este es casi mío. Jajajaja. Vivir aquí tiene el encanto de la naturaleza y además podemos tener un montón de animales. — Oye Carmen, ¿y tus hijos? — Se han ido hasta el sábado con mi ex, Pablo. Por cierto, que no echo de menos para nada a ese cretino y me basta con que no se desentienda de sus hijos. Venga, sube. — ¿Queeé? — Que te subas al caballo, sin miedo, mujer. Prometo que no te tirará.

Silvia subió al caballo, rodeó con sus brazos la cintura de Carmen y se agarró. Cuando quiso darse cuenta estaban cabalgando por la playa, sintiendo en sus caras la brisa del mar y el agua de la orilla que a veces las salpicaba. Envuelta por el olor de Carmen se sintió feliz y la sintió a ella feliz. Reían a carcajadas. Carmen guió el caballo hacia el bosque y lo hizo galopar por el camino estrecho trazado entre los árboles, bordeó el complejo turístico y continuó. Cruzaron unos prados hasta llegar a un lugar donde había tres casas. — Aquí vivo yo — dijo Carmen—. Esa casa blanca es la mía. ¿Te tomas un café conmigo? — Claro, pero muy flojito que no me gusta mucho el café. — Jajajajaja. Pues entonces una cerveza mujer, no te voy a obligar a tomar café. En la casa más cercana a la de Carmen vivían sus padres y su hermano. La tercera casa era de unos tíos suyos que vivían en Toledo y sólo la habitaban en verano. La casa de Carmen era pequeña, de paredes blancas, tejado de pizarra y ventanas de madera color caoba. Desensillaron el caballo y lo llevaron a la cuadra. Entraron en casa donde el calor de la chimenea encendida en el salón invitaba a quitarse algo de ropa. Delante de la chimenea una alfombra azul de lana cubría casi todo el suelo y sobre ella varios cojines desordenados. Carmen explicó que le gustaba tirarse allí con sus hijos para jugar a peleas de cojines. Le sirvió una cerveza a Silvia y fue a su habitación a cambiarse de ropa. Tenía los vaqueros empapados porque antes de encontrar a Silvia en la playa había estado trabajando cortando la hierba del jardín. Salió de la habitación vestida con un pantalón pirata blanco, una camiseta de tirantes del mismo color y unas zapatillas. Fue a la cocina y volvió con un plato de jamón y más cerveza. — Caña y aperitivo — dijo Silvia sonriendo—. ¿Qué más puedo pedir? — Y se sentó en la alfombra ignorando el sofá marrón de piel. Carmen cerró las contraventanas para que el salón quedara iluminado nada más por el fuego de la chimenea y se sentó al lado de Silvia. Hablaron de sus rupturas amorosas (a Carmen ya le habían contado en la tienda que Silvia era lesbiana) y se rieron cuando se les ocurrió quemar en aquel fuego una hoja con los nombres de sus ex cortados en pedacitos. Silvia añadió el nombre de David por contribuir a su ruptura con Carla. Tras la segunda cerveza Silvia cogió de una silla las corbatas que supuso de Pablo, se acercó a Carmen y con una de las corbatas le vendó los ojos, temerosa de que aquella mujer de aroma suave a perfume de Armani se levantase enfadada. Pero Carmen no se movió; sentía cómo se agitaba su respiración y supo que iba a cumplir su fantasía de acostarse con una mujer. La agitación de Carmen excitó a Silvia, quien también supo que cumpliría su fantasía, distinta a la de la otra mujer, morbosa e irrepetible. Carmen se dejó guiar por las manos de Silvia que la recostaron sobre los cojines. Ató cada una de sus manos separadas del cuerpo, cada una con una corbata, a los pies de la mesa camilla que estaba en una esquina de la alfombra. Cogió la misma tijera que habían utilizado para cortar los nombres de sus ex, besó a Carmen sólo rozando sus labios para alejarse al instante, sintió el deseo de Carmen de ser amada y sintió su propio deseo. Empezó a cortarle la camiseta y notó el estremecimiento en la piel de aquella mujer ante el contacto con el frío metal. Cortó despacio, acariciando con sus labios cada trozo de cuerpo que iba quedando ante sus ojos al descubierto. Notó cómo a Carmen se le endurecían los pezones al tocarlos con la tijera y dedicó tiempo a besarlos y a

acariciarlos con las yemas de sus dedos. Sandra suspiró. Quería desatarse y saltar al vacío de la pasión, pero Silvia se lo impidió. Silvia siguió cortando el pantalón blanco y las bragas. Recorrió cada poro de la piel de Carmen con su boca entreabierta, para que desesperada notara el calor de su aliento. La volvió tan loca de deseo que, cuando jugueteó con su sexo, rozándolo suavemente con los dientes, no tardó en sentir el mejor orgasmo de su vida. Se estremeció como nunca lo había hecho y rogó a Silvia que la desatara. Una vez libres sus ojos y sus muñecas desnudó a Silvia y las dos cayeron enredadas entre los cojines, fundiéndose en un solo cuerpo, ardiendo como el fuego que alumbraba desde la chimenea, hasta que, sudorosas y extenuadas permanecieron quietas, mirándose a los ojos en silencio. Carmen se durmió y Silvia sin hacer ruido se fue, llevando impregnado en su mente para siempre el olor de aquella mujer. Paseó hasta el bungalow sin que el kilómetro que recorrió se le hiciera largo. Quería gravar aquel paisaje para siempre en un rincón de su memoria para soñarlo despierta cuando se sintiera triste y sola en una cama vacía. “Silvia, vive la vida. Vive este momento”.

7. El silencio

Silvia no volvió a salir en todo el día. Se tumbó en el sofá y por fin consiguió abrir uno de los libros, Alas de mosca, de Aníbal Malvar, y centrarse en la lectura. La tarde se volvió oscura, el cielo gris y empezó a llover copiosamente. El sonido de la lluvia chocando contra el cristal de la ventana para luego deslizase hasta el marco de madera, mezclado con el crepitar de la leña que ardía en la chimenea, la relajó por completo desintoxicándola de todos esos sentimientos de loco deseo por María y por Sandra. El sabor de la piel de Carmen todavía palpitaba en sus labios, pero sabía ya que no habría una segunda vez, ningún otro encuentro sexual entre las dos. Ignoraba lo que Carmen estaría sintiendo, si habría estado antes con otra mujer, qué pensaría de la forma morbosa de Silvia de hacerle el amor, vendándole los ojos, atándole las manos, cortando sus ligeras ropas con las tijeras. Sonrió pensando que en aquel sitio de cotillas, tal vez al día siguiente se corriera la voz por Monfero de que ella era una pervertida. Carmen era dulce, demasiado, atractiva, sonriente y cautivadora, pero nunca podría enamorarse de ella, sólo sentía afecto. Siempre que se había enamorado su corazón volaba y sentía en el estómago el aleteo de mil mariposas. No podía, y tampoco quería, enamorarse de Carmen, y esperaba que Carmen tampoco sintiera por ella más que una atracción sexual placentera. Deseo puro, sin más, de sentir sus cuerpos piel con piel. Silvia se acercó a la ventana. En la piscina climatizada había luz. Era la primera vez que se fijaba en aquel recinto y aguantó la tentación de ponerse un biquini e ir a darse un baño. Supuso que si había luz sería porque había alguien bañándose y prefirió sumergirse en la bañera. La llenó, añadió sales de baño y espuma y se relajó. Necesitaba silencio. (Hay dos tipos de silencio: el que me mata y el que me da la vida. El que me reconforta y

el que me destroza. El que me da vida lo busco en ocasiones, cuando siento la necesidad de encontrarme a mí misma. Cuando busco paz y calma para mi interior y el silencio me envuelve, logro recomponer aquellos trozos sueltos del puzle de mi vida. El otro silencio es cruel. Es el de la gente a la que quiero cuando necesito su voz y no la oigo, el de la explicación que me hace falta y no llega, el de los que desaparecen de mi vida y nunca regresan). Silvia pensó en Carla y en David y decidió que seguiría manteniendo la sociedad en la agencia. Al fin y al cabo ella y Carla no estaban enamoradas por mucho que se complementaran, y quizá verla con David le había facilitado las cosas dándole la excusa perfecta, aun sin necesitar ninguna para dar por terminada aquella relación que le había robado un año de su vida. Pero no por ello merecía la pena echar por tierra siete años de beneficios en la agencia de viajes, obtenidos en sociedad con David, que no dejaba de ser un currante nato. Lo que sí haría sería tener una larga conversación con él sobre Carla. Quería saber desde cuándo estaban liados y le haría jurar que jamás se tiraría a sus parejas. En un solo día Silvia empezaba a ordenar sin demasiados problemas su vida y también su corazón. La decisión sobre la agencia quedaba zanjada y eso era lo más importante en aquel momento. Por otra parte, ya no sentía ese mareante vértigo al pensar en el olor de Carmen, en los ojos de azul casi transparente de Sandra o la boca de María. Sabía, aunque no el porqué, que ninguna de ellas era la mujer de la que se iba a enamorar. Tampoco tenía prisa por hacerlo. Necesitaba divertirse, pasarlo bien, recuperar las viejas fiestas de amigos que empezaban con “vamos a tomar una caña” y acababan con el chocolate con churros en Gran Vía a las ocho de la mañana; reírse a carcajadas desde el segundo ron-cola y despreocuparse del mañana. El mañana es otro día, y nadie sabe a ciencia cierta lo que sucederá en él. Mañana es futuro, hoy presente. ¿Para qué pensar en lo que sucederá si lo que sucede en el momento es bueno? Por eso le gustaba tanto a Silvia enredarse hasta el amanecer con sus amigos. Siempre se divertía. Quería recuperar también sus escapadas en solitario a la sierra, en chándal y botas de montaña, con un par de bocadillos de jamón con tomate y agua en una mochila. Silvia se sentía libre para volar a su antojo, sin tener que dar explicaciones, sin hora de llegada. Entre pensamientos sintió que el agua de la bañera estaba ya casi fría, bueno, en realidad tibia, pero para ella, que le gustaba muy caliente, podía decirse que ya estaba fría. Se secó el cuerpo y el pelo y se acostó. Leyó hasta que sus ojos se cerraron vencidos por el sueño. Ni siquiera logró cerrar el libro. Se durmió con él en las manos. En la página abierta una frase como escrita por el destino para ella: “Vivir la vida. Volar en libertad”. Silvia vio a Carmen al día siguiente cuando fue a buscar el pan. Carmen le sonrió alegre al darle los buenos días y, aunque no había nadie más en la tienda, ninguna de las dos habló del encuentro sexual del día anterior. Guardaron silencio como si lo hubiesen pactado. Charlaron animadamente sobre el frío invierno en Galicia, sobre el trabajo de Silvia en Madrid, sobre sus familias... pero ni una sola palabra de lo ocurrido. Tampoco hubo ningún ademán de acercamiento físico, como si en realidad nada hubiese pasado entre ellas en el salón de Carmen. Eso alivió a Silvia, que tenía muchas explicaciones y argumentos preparados por si Carmen le sacaba el tema, o peor aún, por si se había hecho alguna ilusión de que aquello fuera algo más que un momento de pasión desenfrenada. Se alegró de no tener que utilizar ninguno de sus argumentos.

Sandra y Bárbara llegaban a la tienda cuando Silvia se despedía de Carmen. — Hola guapa — le dijo Sandra—, ayer no se te vio el pelo en todo el día. — No. La verdad es que me apetecía un poco de soledad. — Pues te ha sentado bien, tienes muy buena cara. Esta noche cenamos con Nacho y María, para despedirles, ¿por qué no te vienes? Hoy toca polbo. — ¿Quéee? — se sorprendió Silvia pensando que no había oído bien. Las dos hermanas rompieron a reír y le explicaron que polbo, escrito con “b”, era literalmente la traducción de pulpo al gallego, por lo que decir “polbo a la gallega” daba siempre lugar a muchas risas. También Silvia se echó a reír. Se animó a decirles que sí iría a cenar esa noche. Al fin y al cabo era el día de Reyes y qué mejor que pasarlo acompañada. Casi se le había olvidado, quizá porque a aquel paraíso no llegaron las cabalgatas el día anterior. Aun así a ella le regalaron el cumplir su fantasía sexual y el encontrase a sí misma un poquito más. No necesitaba regalos materiales, le quedaban tres días para disfrutar del estupendo paraje en el que se encontraba y se lo quería pasar bien. Volvió a la tienda con Sandra y Bárbara, compró vino, cava y roscón de Reyes para la cena. De vuelta al bungalow Silvia se acercó a recepción para llamar por teléfono desde la cabina a sus padres, por separado. Se habían divorciado seis años antes y aunque ella vivía con su madre pasaba mucho tiempo con su padre, al que adoraba. No quiso llamar desde su móvil simplemente para no encenderlo. Estaba segura de que tendría un sinfín de llamadas perdidas y mensajes de texto, la mayoría de Carla y de aquellos amigos que no sabían que estaba de vacaciones en Galicia. Cuando comprobó que su familia estaba bien se sintió feliz, más de lo que ya estaba. A ratos llovía y decidió que esta vez sí se iría un rato a la piscina climatizada. Un poco de deporte le vendría bien y a esa hora estaría casi vacía. A las siete y media se reunió con Sandra y Bárbara para ir al bungalow de Nacho y María. Para su sorpresa allí estaba también Carmen. El olor del pulpo que se cocía en la cocina llegaba hasta el salón. María sacó una bandeja de canapés y una botella de Martín Codax. Para el matrimonio era la última noche allí, al día siguiente volvían a Bilbao. Aunque ninguno era vasco vivían allí por trabajo. Nacho era de Santander y María de Logroño. Una buena oferta de la ETB llevó a Nacho a Bilbao siete años antes, allí conoció a María que disfrutaba de unos días de vacaciones en un pueblo cercano, Sopelana. Bárbara y Sandra regresaban a Valladolid el viernes, y la última en volver a casa, Silvia, lo haría el sábado. — ¿Volveréis alguna vez aquí? — preguntó Carmen. — Nosotros seguro que sí. Sacar al peque de la ciudad para que corretee y juegue en un sitio tan tranquilo merece la pena. Nos escaparemos de vez en cuando, aunque la próxima vez vendremos cuando haga menos frío — respondió Nacho provocando con su último comentario las risas de todos. — Nosotras ya sabes que venimos todos los años desde hace tiempo, o en Reyes o en Semana Santa, así que nos volverás a tener que aguantar — dijo Bárbara. — ¿Y tú Silvia? — Yo no lo sé. Aunque hay algo de mí que me dice que algún día volveré, no me gusta hablar por hablar. Pero lo que sí es cierto es que de aquí me llevo recuerdos estupendos y por eso intentaré volver — dijo guiñando disimuladamente un ojo a Carmen y ésta esbozó una leve sonrisa. Estaba claro que Carmen quería volver a ver a la primera mujer con la que se había

acostado, y tal vez la última. Le seguían gustando los hombres a pesar de que estaba segura que ninguno le haría el amor de una forma tan dulce y salvaje al mismo tiempo como se lo había hecho Silvia. Los hombres son más básicos. Seguía lloviendo a intervalos. A las doce y media Bárbara y Sandra se despidieron intercambiando teléfonos con Nacho y María, deseando volver a verlos. La siguiente en irse fue Silvia, quien creyó notar cómo María las miraba a ella y a Carmen e intuyó que sabía que había sucedido algo entre ellas, por eso se alegró de que Carmen no saliese tras ella. Llegó a su bungalow y se acostó. El albariño le había dado sueño. Antes de dormirse pensó en su vuelta a Madrid, al estrés de la capital, las carreras en el metro, las prisas, los bocinazos en los atascos, las interminables obras que los provocan, la iluminación nocturna de las calles que impide ver las estrellas. La ciudad donde puedes encontrar todo lo que necesitas menos calma y silencio. “Vivir la vida. Disfrutar el momento”.

8. Virginia

22

de diciembre. A sus 31 años Virginia se había ganado a pulso su fama de borde, convertida en una abogada de prestigio en el bufete donde trabajaba, uno de los más grandes y afamados de Madrid, al que había llegado nada más terminar su licenciatura. Su dedicación no había pasado inadvertida a ojos de sus superiores, que no querían perder a aquella carismática mujer que en muchas ocasiones era la última en abandonar el despacho por mucho que su jornada laboral hubiese terminado un par de horas antes. Su pereza cuando sonaba el despertador por las mañanas contrastaba con las pocas prisas a la hora de volver a casa o poner fin al día yéndose a dormir. Pero aquella fría mañana de diciembre no lograba concentrarse en el expediente que tenía sobre la mesa. Hacía justo un año que había puesto punto y final a una relación de cinco años plagados de altibajos con Rubén, un militar un tanto infantil marcado por las que él describía como “horribles e inexplicables experiencias en Bosnia y Afganistán” y que lo habían mantenido al límite durante las 24 horas del día, sin saber si en un minuto estallaría una bomba, les tenderían una emboscada, si alguno de sus compañeros o él mismo regresaría entre honores fúnebres dentro de un ataúd cubierto por su bandera. La semana del 22 de diciembre de 2009 había regresado de su última misión en Afganistán. Su carácter se había vuelto mucho más huraño e irascible en aquellos tres meses de tensión y horror y a la mínima llevaba la contraria a todos; aun sabiendo que no tenía razón, provocaba, como intentando desahogarse, discusiones tensas, sobre todo con Virginia, quien tomó la decisión de no continuar con aquella amarga relación que ya no la hacía feliz. Quería mucho a aquel hombre de claros ojos tristes, ése mismo que distaba tanto del de mirada viva y alegre que la había enamorado cinco años antes. Rubén asimiló con extrema facilidad la ruptura. Sin intentar arreglar la relación, sin

preguntar nada, se rendía ante una batalla que ocupaba menos tiempo en su mente que las vividas enfundado en un traje militar, por eso recogió sus cosas del apartamento de Virginia aquella misma noche en la que ella le dijo que se acababa y salió dando un portazo como única despedida, como si en realidad le diera igual, como si su corazón estuviera tan minado como los duros y pedregosos caminos que se extendían bajo el irritante sol de Afganistán. Tras el hiriente portazo Virginia se dejó caer en el sofá, satisfecha de haber dado el paso que desde el verano intentaba dar. Ya no conocía al hombre con el que se suponía que formaría un hogar, una familia. Se sentía también triste por no haber podido ayudarle a volver a ser el bromista y sonriente muchacho, amante del deporte, al que había entregado su corazón. Pensando en ello se quedó dormida. Allí empezaba una vida nueva partiendo de cero. Dormida en el sofá. Un año después y a pesar de los cambios en su vida, Virginia no lograba olvidar del todo a Rubén, quizá porque todavía guardaba cosas que le recordaban a él, que se lo traían a la mente en forma de mirada sonriente, por eso argumentó no encontrarse bien y abandonó el despacho a media mañana. El frío había hecho cuajar los copos de nieve caídos la tarde anterior y durante la noche en la ciudad y, aunque odiaba el frío, decidió caminar por el cercano parque al que la nieve convertía en una inusual postal navideña de Madrid, con las torres KIO alzándose imponentes a lo lejos. Admirando tan bello paisaje desconectó de su propia vida, perdiendo la mirada en los árboles vestidos de blanco. Los ajustados vaqueros azules, las botas altas negras y el abrigo beige, no evitaban que el frío abrazara suavemente a Virginia que, apurando un poco el paso, entró en la boca de metro al final del parque. A esa hora el metro no estaba lleno, se sentó apoyando la cabeza en el cristal del vagón y con cierta tristeza y nostalgia en el rostro llegó a su parada. Al salir hacia su casa sacó del bolso el teléfono móvil con la tentación de llamar a Rubén, del que nada había vuelto a saber. Pero no lo hizo. No marcó el número y subió con prisa en el ascensor hasta el ático, que se le antojaba más vacío que nunca, no sólo por la ausencia de Rubén sino por sus propios sentimientos, apagados e inertes. Se quitó la fría ropa y se puso otra más cómoda. En una caja metió las pocas cosas que le recordaban a su amor pasado, fotos de las últimas vacaciones compartidas en la costa valenciana, pequeños muñecos de peluche que él le había regalado y que a ella tanto le gustaban, recuerdos de Bosnia, de Afganistán, del Líbano... y por último se quitó del dedo anular el anillo de oro que él le había regalado en su primer aniversario juntos. Mientras lo guardaba sintió pena por aquellos cinco años que empezaba a sentir como tiempo perdido en su vida. “Dicen que para romper con el pasado y poder empezar de nuevo debemos deshacemos de todos aquellos recuerdos físicos que nos impidan olvidar, pues hacen el efecto contrario”, pensó en voz alta mientras cerraba con firmeza la caja y con ella un capítulo más de su vida. A lo largo de aquel año había tenido ligues y rollos, algunos de los cuales a Virginia se le antojaban surrealistas y le habían enseñado misterios recónditos de sí misma, pero ninguna relación seria para la que no se sentía preparada. Al recordar alguna de sus aventuras, esbozó la primera sonrisa no forzada del día. “Hoy es el primer día del resto de mi vida”, pensó mientras encendía el ordenador.

9. La primera vez

Virginia necesitaba unas buenas vacaciones, pero no las que había planeado desde el día 24 hasta el 3 de enero en casa con su familia, de cena en cena, con la empresa, con sus amigos, comidas familiares, alcohol e interminables resacas que invitaban a no volver a beber. La promesa que nadie recuerda en la siguiente copa. Por eso buscó destinos en Internet. Pasaría en familia Nochebuena y Navidad y después se iría a cualquier lugar diferente de su rutina, o de los ya conocidos. Quería un viaje nuevo y diferente, por eso eligió un crucero por el Mediterráneo, con salida desde Barcelona el día 27 y regreso a la misma ciudad el día 3. Tendría que pedir el día 4 de asuntos propios, pero merecía la pena cumplir uno de sus sueños, e incluso se preguntaba por qué no lo había hecho mucho antes. La idea de viajar en una ciudad flotante por varias ciudades la apasionaba desde que era adolescente, y la ruta para conocer Marsella, Savona, Palermo, La Valletta y Túnez, le parecía tan sugerente y tentadora que hizo la reserva sin pensarlo más, compró también los billetes de avión ida y vuelta a Barcelona y se sintió contrariamente a como se había levantado. Se sintió renovada y feliz, con ganas de recuperar el tiempo perdido y comerse el mundo. Abrió una cerveza y se sentó. A su cabeza regresó, sin saber por qué, aquella noche de verano en la que sus amigas Lucía y Laura la convencieron para salir por la mediática zona de ambiente en Chueca. La cálida noche de un jueves de agosto más que invitar obligaba a disfrutar de las tranquilas terrazas, en la que la refrescante cerveza helada desaparecía con rapidez de los vasos. Sin darse cuenta del tiempo se sorprendieron de la hora cuando los camareros empezaron a amontonar las sillas y mesas. Era el momento de cambiar de sitio y a las dos de la mañana las tres chicas entraron en uno de los locales que en los últimos años representaba casi de forma emblemática el ambiente madrileño. Allí Virginia conoció a Cecilia, una simpática amiga de Laura, de unos treinta y ocho años, de pelo corto rubio oscuro, alta, delgada y de preciosos ojos verdes. Vestía vaqueros rotos y camiseta blanca ceñida. No dejaba de bailar e intentaba que las tres chicas hicieran lo mismo, cosa que consiguió una hora después, con la tercera copa bailaban y reían sin parar. Cecilia sorprendió a Virginia acercándose para robarle un beso en la boca, corto pero insinuante y salvaje. Virginia se apartó bruscamente al principio, pero sintió el desconocido impulso de volver a acercarse provocativamente mientras un mar de incertidumbres ahogaba su mente ante la experiencia de coquetear por primera vez con otra mujer. Ella, la de la fama de borde, la que nunca se había fijado con atracción en otra mujer ni había imaginado un beso femenino en sus labios, se descubría a sí misma provocando el deseo de Cecilia, tonteando sin disimulo alguno, sintiendo cómo aquellos ojos verdes la desnudaban, o eso creía, pero para su sorpresa Cecilia se alejó en la pista de baile para unirse a otro grupo de chicas a las que, a juzgar por el recibimiento que le daban, conocía. Virginia, desconcertada, se sintió ridícula. La seriedad volvió a su hermoso rostro de piel blanca. Había caído en un juego de seducción desconocido para ella, no sólo por el hecho de que la otra persona fuera una mujer, sino porque nunca le había gustado ese tonteo tan explícito con besos incluidos. Se maldijo a sí misma y dejó de mirar a Cecilia para volver la vista hacia Laura y Lucía, que parecían ajenas a lo que había pasado, hablándose al oído sonriendo, y ella se sintió sola y vacía como nunca antes se había sentido. Sin despedirse cogió su bolso del ropero y salió del local. Cruzó la plaza ya vacía de terrazas donde algunas pandillas de jóvenes sentados en el suelo montaban sus propias fiestas y tertulias mientras bebían. Sentía ganas de ser como ellos, de volver a tener veinte años sin más preocupaciones que la de estudiar.

Al final de la plaza Virginia notó cómo una mano se posaba en su hombro de tal manera que la sobresaltó haciéndola girar bruscamente. Ante ella, esbozando una leve sonrisa, estaba Cecilia. — ¡Ey cosita linda! Te vas sin despedirte. — Lo siento, no estabas cuando salí. Necesitaba un poco de aire. — Claro que estaba y te estaba mirando, pero tú no te has dado ni cuenta — dijo Cecilia mirando el serio rostro de Virginia que, nerviosa, movía su mirada intentando esquivar los atrayentes ojos de la otra mujer. — Mira Cecilia, yo no... — No hace falta que digas nada — interrumpió Cecilia—, ya sé lo que me vas a decir: que eres hetero, que no te gustan las mujeres, que no estabas tonteando conmigo, que bla bla bla. Pero no hace falta que salgas corriendo por eso. Conozco un sitio muy tranquilo cerca de aquí donde podemos tomar una copa y hablar. ¿Me acompañas? — Vale. Al mismo tiempo que aceptaba acompañar a Cecilia, en su interior Virginia ya se estaba arrepintiendo, lo que en psicología se llama síndrome de atracción-repulsión: no quiero pero sí quiero. La tan firme y segura abogada se mostraba vulnerable e indecisa. Envió un mensaje a Laura para que ella y Lucía no se preocuparan por su ausencia y le mintió diciéndole que se iba a casa, que estaba cansada, al tiempo que caminaba en silencio. A tres calles de la plaza de Chueca Cecilia se paró ante un portal, sacó las llaves del bolsillo del pantalón y abrió. Virginia la miró con desconfianza sin entrar y le reprochó: — Oye Cecilia, aquí no hay ningún garito para tomar una copa. — Yo te he dicho que conocía un sitio tranquilo, no un garito. No me pongas esa carita de mala leche, mujer. Vivo aquí. En casa podemos estar más tranquilas y hablar sin que nadie interrumpa, podemos elegir música y el alcohol está garantizado que no es garrafón. De todas formas si no quieres subir, te puedes marchar. No pasa nada. Durante unos segundos se miraron sin decir nada, hasta que Virginia, siguiendo una vez más un impulso interior que contrariaba lo que en realidad le decía la razón, entró en el portal. Subieron hasta el segundo izquierda y entraron. Era un piso pequeño, básico, con pocos muebles pero muy ordenado. — Siéntate mientras preparo una copa Vir. ¿Te puedo llamar así, verdad? — Pues claro que me puedes llamar así, pero no quiero una copa. — ¿No te apetece? Te aseguro que no intento emborracharte, ¿eh? ¿Prefieres una cerveza? — No. Quiero que me beses. Quiero que me vuelvas a besar — dijo Virginia sorprendiendo tanto a Cecilia como a ella misma mientras clavaba su enigmática mirada en los ojos claros de la otra mujer. Ésta no se hizo de rogar. Tomó el blanco y tembloroso rostro de Virginia entre sus manos y la besó, notando cómo aquel frágil y delicado cuerpo se estremecía. Virginia seguía teniendo deseos contradictorios: por una parte quería entregarse con pasión a la nueva experiencia que estaba descubriendo y por otra quería salir corriendo. En su mente todo era una locura, pero le gustaban aquellos besos de mujer, suaves y dulces; aquellas caricias delicadas tan distintas a las de los hombres. Y se dejó llevar, nerviosa, sin saber cómo responder, hacia dónde guiar sus manos mientras lentamente, paso a paso, Cecilia la llevaba hasta la habitación. Allí, muy despacio, sabiendo que Virginia se podía arrepentir y

salir huyendo de sus brazos en cualquier momento, la desnudó con ternura y se desnudó sin dejar de besarla. Al sentir la pasión y el deseo de los dos cuerpos, de la piel de ambos ardiendo para fundirse en una sola piel, Virginia supo que no tenía nada que aprender, que sus manos y su boca sólo tenían que seguir la naturaleza de sus mismos deseos, dar las mismas caricias que deseaba para ella, con las que los hombres no siempre acertaban. Hacer el amor con otra mujer era más dulce y delicado. Se descubrió a sí misma buscando con los labios y con las manos cada rincón de la piel de Cecilia. Las dos mujeres permanecieron unos minutos en silencio, mirándose con ternura, hasta que Cecilia se quedó dormida. Entonces Virginia se levantó sigilosamente, buscó su ropa esparcida por el suelo y sin hacer ruido se fue. En su cuerpo, todavía sudoroso, llevaba nuevas sensaciones, nuevos deseos, pero también miedo: un nuevo miedo a que aquello fuera una locura, un deseo camuflado para olvidar a Rubén sin estar con otro hombre. Con Rubén, y con los hombres que había estado antes de conocerlo a él, no había sentido un placer tan puro y natural como el que Cecilia le acababa de regalar. Aquella noche de agosto fue la primera vez que Virginia se entregó a una mujer. Y volvió a hacerlo poco después, no con Cecilia, de quien no volvió a saber, pero sí con otra chica que llegó a ocupar parte de sus pensamientos. Nunca quiso iniciar una relación con ella porque no se sentía preparada ni sabía si era capaz de enamorarse de una mujer. No quería imaginarse cómo reaccionaría su familia. Le daba pavor pensarlo. Pasado el verano Virginia se centró exclusivamente en su trabajo. Apenas salió un par de noches con algunos compañeros de trabajo y ahora necesitaba vacaciones, el tan ansiado crucero por el Mediterráneo.

10. Mar Mediterráneo

A

las once de la mañana del 27 de diciembre Virginia embarcaba en el puerto de Barcelona por primera vez en un crucero. Tras pasar Nochebuena y Navidad con su familia y el día 26 preparando las maletas, sin tiempo para pensar en nada, por fin llegaba el tan deseado viaje de descanso y diversión. Las dos horas que transcurrieron entre su llegada al aeropuerto catalán y el embarque en el Vulcano se le antojaron largas. El aire frío y la humedad ambiental se colaban de forma inexplicable por los huecos más insospechados de su ropa, y durante un instante puso en duda la idea de permanecer durante una semana en el mar en pleno invierno, pero elegir un destino más caluroso en esas fechas implicaría viajar más lejos e incluso cambio de horarios. Una semana era poco tiempo como para perder horas en aviones y diversidades horarias. El camarote que tenía asignado, el 196 exterior, la devolvió a la calma. Al igual que todo el barco, la decoración de discreto lujo modernista con colores cálidos ofrecía una buena sensación a primera vista. Parecía imposible poder disfrutar de silencio en las 134 toneladas

flotantes de 38 metros de manga y 332 de longitud, donde se reunían un total de 4.599 personas entre pasaje y tripulación. Deshizo la maleta, dejando sobre la cama el vestido granate que se pondría para el cóctel de bienvenida del comandante, corrió las cortinas del balcón y sintió libertad al ver cómo el puerto de Barcelona se hacía cada vez más pequeño en la distancia. A la una de la tarde estaba vestida para el primer evento a bordo. Era una mujer sencilla y le gustaba la ropa cómoda e informal, pero la ocasión requería la elegancia que en tierra guardaba poco más que para las bodas, uno de los motivos por los que éstas no eran precisamente reuniones a las que le gustaba asistir. Tenía claro que sólo se vestiría así para el cóctel y para la cena de fin de año. Se puso el abrigo, cogió el pequeño bolso a juego con el vestido y con los zapatos y salió a conocer un poco el barco, por pasillos que parecían calles de paredes azules iluminadas por doradas lámparas. Intuyó por la tranquilidad que la mayoría de pasajeros estarían en sus camarotes poniéndose también elegantes para compartir un rato con el comandante del barco. Bajó dos plantas y la sorprendió la cantidad de tiendas que había, la mayoría de ropa y calzado. Nunca se había imaginado cómo sería un crucero y empezaba a descubrir por qué le llamaban ciudad flotante. A las dos, en un inmenso salón, parte de la tripulación como formando para un desfile y los pasajeros que disfrutaban de canapés y variada bebida, escuchaban el discurso del experimentado comandante, un hombre de edad cercana a la jubilación, con hablar pausado y cuyo discurso posiblemente era el mismo en cada viaje. Fue breve y agradecido; quizás la experiencia le había enseñado a serlo, e invitó al disfrute de la semana que quedaba por delante abandonando luego el salón. Tras él, la tripulación, ordenadamente, volvía a sus quehaceres. Virginia observaba cómo, a su alrededor, familias, parejas y grupos de amigos se divertían y hablaban animadamente. La guapa abogada estaba a punto de volver a su camarote cuando una voz pronunció su nombre: — ¿Virginia? No me lo puedo creer. ¿Qué haces tú aquí?, ¿y Rubén, no ha venido? Quien se dirigía a ella era Marcos, un antiguo compañero de trabajo que había dejado el bufete dos años antes para montar el suyo propio. Le presentó a Julia, su novia, con la que llevaba un año y medio de relación. Virginia admiró la belleza de Julia, la figura escultural que se intuía bajo el vestido verde ceñido, los ojos color canela miraban con ternura. No dejaba de sonreír de forma natural y escuchaba atenta mientras Virginia le contaba a Marcos su ruptura con Rubén, los nuevos proyectos del bufete en los que se incluía la expansión como empresa a todo el territorio nacional, empezando por Cataluña y Andalucía, y se interesaba por saber qué tal le iba a él en su trabajo en solitario. Rieron al recordar algunas anécdotas de cuando eran compañeros y quedaron para cenar juntos aquella noche. Virginia volvió a su camarote, cerró las cortinas, se desnudó y se tumbó en la cama. No tenía hambre, con los canapés había tenido suficiente y prefería dormir un rato y estar espabilada para la cena. El madrugón en Madrid para volar a Barcelona, después de la intensidad y el trasnochar de los anteriores días navideños, la había agotado. No tardó en dormirse, con la alegría del inesperado encuentro con Marcos y Julia. Nunca se hubiera imaginado que la casualidad les reuniría en un lugar tan poco frecuente y alejado de Madrid, en un crucero, rodeados por las tranquilas aguas del Mediterráneo. La belleza de Julia se coló en los sueños de Virginia aquella tarde, su subconsciente la llevó a viajar a través de la imaginación a una noche de verano de luna llena y estrellas compartiendo secretos de mujer en el porche de una casa en el campo, rodeada de bosque, con la serenata de los grillos y las

cigarras poniendo música al momento. En los sueños todo es posible, volar y sumergirse en las profundidades del océano, viajar a lugares que jamás hemos visto ni en fotografías, amar sin prejuicios, ser diferentes, pertenecer a otra raza ... en los sueños todo es posible. No era habitual que Virginia recordase lo soñado, pero cuando se despertó a las cinco menos diez de la tarde, recordó su sueño desde el principio hasta el final. No podía negarse a sí misma que sentía atracción por la belleza de Julia y que ella era el principal motivo por el que había aceptado cenar con la pareja esa noche. De no ser por esa atracción cenaría ella sola, tranquila, tomaría una copa en una de las discotecas y se iría a dormir temprano para disfrutar al máximo del día siguiente, donde harían la primera escala en la segunda ciudad más poblada de Francia, Marsella, cuyo puerto, el más importante del país y del Mediterráneo, constituye un importante nudo de comunicaciones y un amplio entramado de actividad industrial. Virginia ocupó el resto de la tarde leyendo y escuchando música. A las nueve acudió al restaurante donde Julia y Marcos la esperaban. Ninguno de los tres vestía con la elegancia del cóctel de bienvenida, pareciendo personas distintas a las que eran apenas unas horas antes, más naturales, más sencillos. — Me siento el hombre más envidiado de todo el crucero. Ningún otro está tan bien acompañado — dijo Marcos mientras servía vino en las tres copas. — Veo que sigues siendo tan galante como siempre. Espero que no seas celosa, Julia — respondió Virginia. La cena transcurrió entre risas y cotilleos, con el vino como aliado fiel a la diversión, ayudando a que poco a poco cada uno de ellos recordara en voz alta sus relaciones pasadas, sus ligues y aventuras. Virginia estuvo tentada de callar sus aventuras pasajeras con otras mujeres, pero ganó la tentación de ver qué cara pondría Julia, o la reacción de Marcos, quien la había conocido siendo la eterna novia de un militar que pasaba más tiempo en lejanos países en guerra, y así seguía cuando él dejó el trabajo. — Eso sí que es saber disfrutar de todos los placeres de la vida — dijo Julia sorprendiendo más a su novio que a la propia Virginia—. De adolescente yo tuve lo que, supongo, es lo más parecido a un rollo entre mujeres, con una compañera de clase que se quedó una noche a dormir en mi casa. A veces me arrepiento de no haber repetido — y se rió al ver la cara que se le ponía a Marcos—. Tranquilo mi amor. Es una broma. Lo de querer repetir, quiero decir. Seguro que con lo guapo que eres alguna vez te habrá tirado los tejos algún chico y nunca me lo has contado. — ¡Uf!, sí — respondió él sonriendo—. Cuando empecé a trabajar en el bufete, ¿te acuerdas Virginia?, los chicos organizaron un viernes por la noche para salir de cañas. No sabía que iba a picar como un pardillo en la novatada. Consiguieron emborracharme y no recuerdo mucho más. Pero las fotos que me enseñaron el lunes siguiente me dejaban en ridículo. Me habían metido en un pub o lo que fuera, de hombres vestidos con pantalones de cuero, dándose el lote con sus pechos peludos al descubierto, y yo bailando como un paleto en medio. Pero que os quede muy claro que no he tenido ningún roce ni beso ni nada con un tío. — Tendríamos que preguntártelo delante de un juez bajo juramento — replicó Virginia sin parar de reírse—, aunque ambos sabemos que las mayores mentiras se cuentan en los juicios. Tendremos que creerte o llevarte otro día a ese pub o lo que sea, y comprobarlo.

A las once de la noche decidieron tomar una copa en una de las discotecas. La actuación en directo de Lola Lallave, una de las promesas del pop del momento, era mejor que la música de pinchadiscos para poder seguir hablando tranquilamente. Pidieron mesa al camarero que amablemente les acompañó a una no muy alejada de la pista de baile. Virginia no podía dejar de aprovechar cualquier instante para mirar a Julia. Podía imaginarse su cuerpo e inventar su silueta, pero lo que realmente deseaba era tener aquel cuerpo entre sus brazos. A pasos agigantados los hombres quedaban en un segundo plano en cuanto a sus gustos sexuales. Carecían de la delicadeza de una mujer, del instinto en las artes amatorias con otra mujer. Empezaba a creer con firmeza que podía enamorarse con la misma o con más facilidad de otra mujer. ¿Era casualidad que entre más de tres mil pasajeros en el cóctel de bienvenida, hubiesen coincidido Marcos y Virginia? Podría ser, pero dicen que nada es casualidad, que todo pasa por algo.

11. Las calas de Marsella

Marsella es una ciudad ligada a la Prehistoria, algo que atestiguan las pinturas rupestres paleolíticas en la cueva submarina de Cosquer, habitada desde hace más de 30.000 años, por lo que no es de extrañar, dado el estratégico enclave marítimo donde se sitúa, que sea la segunda ciudad con más habitantes del país galo. Es casual que, ligada también a la época de los romanos, la región de Marsella tenga forma de anfiteatro. Su desarrollo urbano gira, y siempre lo ha hecho así, en tomo al puerto viejo en la cala de Lacydon. Virginia quería pisar aquella ciudad y, aunque ignoraba el tiempo que les permitirían a la mañana siguiente permanecer en ella, no le importaba demasiado. Lo que sí haría al pisar el puerto sería la promesa de volver en cuanto se enamorase, para compartir en pareja los paisajes de Cassis, a las afueras de Marsella, para visitar sin prisa la isla de Riou, desde donde pueden verse las pequeñas calas de difícil acceso, Moudini, Podestad, la Polidette y Queirons, que junto a la más grande y accesible Callelongue forman las bellas calas marsellesas (les calanques). Pensando en la belleza de Marsella Virginia se durmió. Marcos y Julia la habían acompañado hasta su camarote y prefirió cerrar los ojos y soñar despierta con calas abrigadas en el suave invierno del clima Mediterráneo, a dejarse llevar por el deseo de que su imaginación desnudara apasionadamente a Julia, la novia de su amigo y antiguo compañero. En la discoteca, mientras él fue al baño estuvo tentada de provocar el coqueteo con la hermosa mujer de ojos canela y pelo castaño en media melena. No lo hizo. No podía encapricharse con ella y traicionar a Marcos. Era un buen hombre y no se lo merecía, además no creía que Julia fuera una mujer infiel ni de rollo fácil y, si decía la verdad con lo de bromear con haber repetido su experiencia lésbica de la adolescencia, intentar tontear con ella podía causarle un serio disgusto. Estaba en un crucero bastante lujoso, era el primer día y quería disfrutar del descanso y de la diversión. Buscarse problemas gratuitos no entraba en

sus planes. La mañana del 28 de diciembre el Vulcano atracó en el puerto marsellés envuelto en una leve niebla matinal. Los pasajeros tenían hasta las dos de la tarde para visitar libremente la ciudad y volver a embarcar. Virginia echó de menos la compañía de Marcos y Julia, pero ni siquiera sabía en qué camarote se alojaban. Se lo debería haber preguntado la noche anterior, pero entre el vino, las copas y las risas, no se le había ocurrido. Dudó por un momento hacia dónde dirigirse. Una mañana no era mucho tiempo para visitar la cantidad de sitios que merecían la pena: la catedral de Notre-Dame de la Garde coronada por una estatua dorada de la Virgen María, el Museo de Bellas Artes, el de Historia, el de Moda, el de Arte Moderno, la torre de Renato I de Nápoles... Tenía claro que no podría visitar el castillo que Alejandro Dumas describió en El conde de Montecristo, situado en la isla de If. Dos motivos más que añadir a las calas marsellesas para volver algún día a pasar unas vacaciones. Al final buscó una boca de metro, cogió un plano y entró en una de las dos únicas líneas que tiene el metro marsellés. Visitó el impresionante Museo de Bellas Artes y la catedral de Santa María la Mayor. Después se dejó llevar por sus pasos por el barrio de Le Panier, repleto de tiendas artesanales y de productos de la zona. Virginia caminaba evadiendo todo tipo de pensamientos. Durante tres horas se olvidó de Madrid, del bufete, de Rubén, de Marcos y Julia... sólo al sentarse en una cafetería acristalada para ver caminar ante sus ojos a cientos de personas por las adornadas calles navideñas, mientras disfrutaba de una copa de Bourdeaux, pensó en ella misma. No se imaginaba unas vacaciones románticas con Rubén paseando entre árboles engalanados con miles de luces intermitentes, olor a chocolate y sonido de villancicos. Sonrió porque ya no sentía nostalgia, sino la sensación de que miles de puertas se abrían ante ella para poder elegir toda una vida con más madurez, para volver a enamorarse, para conocer la belleza de paisajes y ciudades, para soñar y alcanzar sus sueños. Se sintió feliz, muy feliz, libre para vivir. Al caminar por las iluminadas calles, de regreso al crucero, Virginia sintió el húmedo abrazo del frío. Miró al cielo, desde donde un manto de nubes grises dejaba caer sus primeras gotas. Apuró el paso y subió al barco. A las dos y media zarparían de nuevo, por lo que fue directamente a una de las cafeterías exteriores cuyas vistas le permitirían ver en la distancia las calas que quedaban pendientes de visita. No le gustaba estar tirada al sol, ni en la playa, ni en ningún lugar, pero ver amanecer o atardecer en una tranquila cala solitaria le había resultado siempre uno de los más bellos y románticos paisajes. Se sentó en una mesa al lado de la enorme cristalera. Visto desde allí, el puerto parecía tener vida propia. Tres cuartos de hora después de que Virginia se sentara en la cafetería, el Vulcano abandonaba el puerto lentamente, como un gigante de los mares. A medida que avanzaba se descubrían y quedaban atrás las bonitas calas marsellesas. Virginia disfrutaba de aquella visión, hasta que la voz de Lola, la chica que cantaba la noche anterior en la discoteca, la devolvió a la realidad: — Hola. ¿Te ha gustado Marsella? — Sí, me ha gustado — respondió Virginia seria e incómoda por la pregunta. — Ayer estabas en la discoteca. — Vaya, ¡qué buena vista! ¿Es que te fijas en todo el público? Al mismo tiempo que Virginia contestaba de forma un tanto borde y desconfiada, Lola sonreía con mirada tierna. — No me fijo en toda la gente que tengo delante, sólo me fijo en las chicas guapas. Si te

gustó mi música espero verte esta noche por allí. Lola no dio tiempo a respuestas y se fue. Virginia, un poco sorprendida, esbozó una leve y sugerente sonrisa sin dejar de mirar a la atrevida mujer. Excepto la cena de gala que se serviría en fin de año, el restaurante disponía de buffet con una amplia variedad de comida. La calidad de la misma era buena y modernista, acorde con el barco. Virginia no era de mucho comer y eligió, como plato único, ternera con salsa de champiñones. Quería dejar un hueco para el postre, el dulce siempre era una tentación, aunque muchas veces lo evitaba a fin de mantener su cuidada figura. Cuando volvió a su camarote encontró en el suelo una nota que alguien había colado por debajo de la puerta. Era de Marcos y Julia: “Hemos venido a buscarte para comer, pero no estabas. Nuestro camarote es el 315, en la tercera planta. Esta noche pasaremos a buscarte por si te apetece cenar con nosotros. Besos”. Con la nota en la mano, se dejó caer sobre la cama. No tardó en dormirse. A las seis de la tarde las piscinas cubiertas y climatizadas no tenían muchos visitantes. Virginia no se molestó en mirar a su alrededor y se metió en el agua tibia. Nadó un rato y sólo al salir del agua se percató de que Lola la observaba sentada en una tumbona, sonriendo, lo que puso nerviosa a la joven abogada. — Voy a empezar a pensar que me estás siguiendo, Lola. Te llamas así, ¿no? — Sí, me llamo Lola, pero yo ya estaba aquí cuando tú llegaste. De todas formas, no te incomodes y me pongas esa carita borde otra vez, que ya estoy vestida para irme. Por cierto — añadió mientras recogía la toalla y el bolso—, así en biquini y con el pelo mojado estás mucho más guapa. A Virginia no le dio tiempo a contestar, aunque tampoco sabía qué decir. La sonrisa de Lola la ponía nerviosa en la misma proporción que la dejaba sin palabras. Le gustaba su sonrisa y su físico. No era demasiado alta, delgada, de pelo largo, negro y liso. Sus ojos también eran negros. Se secó y volvió a su camarote. Quería descansar. Al día siguiente no harían ninguna escala por lo que aprovecharía para visitar las tiendas con más calma, ir a la peluquería y tal vez darse el gusto de un masaje. A las ocho y media Marcos y Julia llamaron a su puerta. — Hola guapísima, ¿te vienes a cenar con nosotros? — Claro que sí, Marcos, aunque si queréis estar solos, yo tampoco quiero estar de escopeta. — Tú no estás de escopeta ni nada. Ha sido un placer trabajar contigo y es más placer poder disfrutar de tu compañía. — Al final me tendré que poner celosa, cariño — respondió Julia riéndose y provocando la risa de Marcos y Virginia. Durante la cena hablaron de la visita a Marsella, de lo que más les había gustado de lo poco que habían visto, y los tres coincidieron en que sería un bonito lugar para unas vacaciones de verano. Al terminar, fue Julia quien propuso una copa en la discoteca, que ni su novio ni Virginia rechazaron. En el escenario, al igual que la noche anterior, Lola cantaba “Quiéreme un poquito más”, uno de los temas de su primer disco, titulado “Sueños”. Virginia miró al escenario y se encontró con la mirada de la cantante, le hizo un guiño furtivo y continuó caminando hasta la mesa tras sus amigos.

Cuando el camarero les sirvió la segunda copa, entregó un pequeño papel doblado a Virginia. “A las tres y media estaré en mi camarote. Es el 134. Lola”. Con una sonrisa alegre volvió a doblar el papel y lo guardó en el bolso. — Tú nos estás ocultando algo, Virginia. Cuéntanos qué tienes por ahí. No me dirás que te has encontrado algún antiguo novio, bueno o novia, también aquí — dijo Marcos. — No, no me he encontrado ningún antiguo amor, pero parece que hoy es el día de las notas. Creo que recordaré mi primera visita a Marsella como el día de los mensajes en alta mar. — Anda tía, cuéntanos de quién es. Julia, mi amor, pregúntaselo tú, que a lo mejor como eres mujer te lo cuenta. Si queréis puedo ir al baño para dejaros solas unos minutos. Los tres se rieron y Virginia siguió negándose a contarles algo sobre la misteriosa nota, pero les prometió que antes de que se terminara el crucero les daría alguna pista. A las dos y media de la madrugada se despidieron delante del camarote de Virginia. Ésta entró en el suyo, fue directamente al balcón y corrió las cortinas. El cielo nublado no permitía ver estrella alguna. La inmensidad del mar rodeaba de oscuridad el barco. Tenía una hora para decidir si acudiría a la misteriosa cita, si caería en la tentación o se quedaría en su camarote entregándose al único placer de los sueños. Volvió a leer la nota y sonrió. A las tres y media, puntual como siempre lo era, Virginia llamó a la puerta del camarote 134. Lola no tardó en abrir, vestida con una camiseta blanca de tirantes y un pantalón negro. En la mano tenía una guitarra. Sin decir nada, con un simple gesto y su sonrisa perenne, invitó a pasar a la mujer de mirada desconfiada y hermética. — Yo creía que estas cosas sólo pasaban en las películas. ¿Siempre haces esto?, ¿ligas con las chicas que te gustan con notitas por los camareros?, ¿así sois los músicos? — No, no siempre hago esto. No, no siempre mando notitas por los camareros y no, los músicos ni somos así ni somos de otra manera, ni somos diferentes al resto de las personas. Y tú, ¿has venido para echarme la bronca?, ¿o has venido porque en el fondo te ha gustado esta forma de ligar contigo? — No lo sé, tal vez he venido a descubrirlo. Lola cerró la puerta, apoyó la guitarra en la pared, se acercó a Virginia y amagó la intención de besarla. Colocándose detrás de ella la desprendió del jersey negro de cuello alto, le desabrochó el sujetador y con la yema de los dedos acarició lentamente la blanca piel de su espalda hasta los hombros, notando la agitada respiración de Virginia, quien cerrando los ojos se abandonaba a las manos de Lola. Intentó darse la vuelta sintiendo la necesidad de besarla, pero no pudo. Como una canción susurrada al oído oyó la dulce voz de Lola: — No tengas prisa preciosa. La noche es larga. El deseo crecía en los dos cuerpos, el de Virginia se estremecía con cada caricia, con los labios que recorrían su piel desde la nuca hasta la cintura, con las manos que la rodeaban para no negarle las mismas sensaciones, las mismas caricias a sus pechos, a su abdomen, a sus manos... Cuando Lola le vendó los ojos, lejos de sentir miedo, tuvo la sensación de que la pasión se desbordaba en su cuerpo y la seguridad de que nunca olvidaría la noche que iba a vivir.

Lola guió a Virginia hasta la cama, donde con delicadeza acabó de desnudarla para desnudarse ella después. Sin besarla, consciente del deseo de los otros labios, sujetó las manos de Virginia con las suyas a la altura de la cabeza, sin apretar, sin hacer presión, mordisqueó juguetona su cuello, acarició con los labios y con la punta de la lengua aquellos rincones de piel a los que podía llegar sin soltar las manos que querían huir de las suyas para devolverle las caricias. Cuando sus bocas por fin se encontraron apasionadamente, el deseo de Virginia por sentir entre sus manos el cuerpo de Lola aumentó, pero la experimentada amante continuó dirigiendo, sin mostrar prisa alguna, aquel encuentro. Sin soltar las manos de Virginia, las arrastró muy despacio hasta la cintura, para poder recorrer más cuerpo con su boca: la cintura, las caderas, el ombligo, las piernas, evitando durante tiempo lanzar su boca al encuentro ardiente y sediento con la fuente del placer de Virginia. Cuando lo hizo no tardó en sentir la tensión de un cuerpo a punto de estremecerse sudoroso entre sus manos. Al límite de la pasión un estallido de jadeante placer inundó a Virginia de sensaciones, ya con sus manos libres, a punto de estar liberados sus ojos de la venda para poder ver el cuerpo desnudo de Lola, para poder devolverle las caricias y el placer de su propio cuerpo, pero Lola, la sonriente mujer de inagotable calma, no le dejó seguir: — Quedémonos un rato así, mirándonos a los ojos. La noche es larga. No tengas prisa.

12. Savona

La noche con Lola fue larga e intensa, con la adrenalina desbordándose en medio del mar Mediterráneo, con la pasión de Lola sorprendiendo en cada caricia a Virginia y ésta, a su vez, dando rienda suelta al descubrimiento de más sensaciones nuevas de las que ya había descubierto en el último año, tras su ruptura con Rubén. Por primera vez durmió abrazada a otra mujer, en el camarote 134 de un crucero, su primer crucero. Si el día que reservó el viaje le hubiesen contado que viviría una noche de pasión y deseo locos se habría reído. — Ya es hora de desayunar. No hemos dormido mucho, pero un café nos vendrá bien, ¿no crees? — preguntó Lola. — Sí, seguro que un café nos despejará un poco. Menos mal que hoy no hay ninguna visita turística. Lola, ni siquiera me has preguntado mi nombre. Es un poco arriesgado invitar a alguien a pasar la noche contigo así sin más, ¿no crees? — ¿Por qué debo saber tu nombre? Prefiero recordarte a ti, tu cuerpo y esta noche que hemos pasado, no un nombre. Y por otra parte, me has parecido más tierna que peligrosa. Merecía la pena correr el riesgo simplemente para despertarme con el brillo de tu mirada. — Entonces no te diré mi nombre, pero creo que el café puede esperar un poco. Virginia silenció la respuesta de Lola con un beso, buscando entre las sábanas cobijo para su deseo. A las tres de la tarde de aquel frío y nublado 29 de diciembre, Virginia volvía a compartir mesa con Marcos y Julia. Se sentía como si hubiese tenido un hermoso sueño. No había quedado con Lola pero le gustaría volver a verla. Al fin y al cabo era una mujer libre, con

ganas de vivir y recuperar no el tiempo perdido, que ése ya nunca vuelve, pero sí sus ilusiones. — ¡Menuda cara que traes huesitos! — dijo Marcos—. Por lo que veo no has dormido mucho. ¿Estás bien? — Sí, estoy muy bien, mejor que nunca. Pensé que te habías olvidado del apodo que me teníais en el curre, pero ya veo que no. — ¿Cómo me voy a olvidar si te lo puse yo? Eso te pasa por guardar tanto la línea. Y no escaquees el tema. Si tienes cara de mucho sueño, pero estás muy bien... ¿qué hiciste anoche? Anda, cuéntanos. ¿Tiene algo que ver con la nota? ¿Tienes un admirador rondándote? — No tengo ningún admirador rondándome, y he dormido lo necesario. No tengo nada que contarte. Venga, vamos a comer que no he desayunado y tengo hambre. Virginia prefirió guardar en secreto su encuentro sexual con Lola. Tenía confianza suficiente con su amigo, y por lo tanto también con Julia, para contárselo, pero quería mantenerlo como lo sentía, como un sueño de aquéllos que dicen que a veces se cumplen. Por la tarde Virginia fue a la peluquería a recortarse un poco las puntas de su largo pelo negro y pensó que, para completar la magia de aquel día en el que se había despertado abrazada a otra mujer, perdida en el deseo, lo mejor sería relajarse con un masaje. El resto de la tarde lo pasó en su camarote, intentó dormir pero al cerrar los ojos no podía evitar recordar el aliento agitado de Lola en su nuca, las manos escudriñantes en su piel, y ella desbordada de emociones. Por la noche, después de la cena, Marcos, Julia y Virginia fueron a la misma discoteca de cada noche a tomar una copa y como cada noche Lola actuaba sobre el escenario. Virginia esperaba que el camarero le entregase en cualquier momento una nueva nota que nunca llegó. Pero tampoco por ello se sintió decepcionada. Una aventura de una noche no significa nada más que eso, por muy bonita que sea, no tiene por qué llevar a repetir. Disfrutó de la noche, de las copas y de la compañía, entre risas y recuerdos. Al regresar a su camarote se durmió nada más acostarse. Estaba agotada. La visita a Savona duraba lo mismo que la de Marsella, pero a diferencia de esta ciudad, la región italiana cuyo puerto da salida a la mayoría de industria de Piamonte y Lombardía, no tiene ni la belleza paisajística ni tantos lugares para visitar. Lo más significativo era la fortaleza de Priamar, la torre de Leon Pacaldo y la catedral dell´Asunta. Había quedado con Marcos y Julia y podrían ver las tres cosas en la mañana, y disfrutar de un Lambrusco antes de volver al barco. Durante la visita a la catedral, Virginia contó a sus amigos su deseo de pasar unos días en Marsella, la ciudad gala que había cautivado su mirada y la había envuelto en romanticismo y ternura. — Como me pase lo mismo con el resto de ciudades que nos quedan por ver, tendré que echar a suertes por cuál empiezo, pero al menos Savona ya la descarto como destino vacacional. — A mí me gustaría ir a isla Margarita, en Venezuela — respondió Julia—. Tengo allí familia a la que no conozco, descendientes de un tío-abuelo que emigró en la posguerra. Aunque igual voy a verles y reniegan de mí. — ¿Por qué iban a hacer eso, mujer? Si te apetece ir, vete, seguro que te llevas una agradable sorpresa. Y seguro que Marcos estará encantado de invitarte a ese viaje. ¿A que sí?

— Por supuesto, siempre y cuando yo sea el acompañante. El frío húmedo invitó a los tres a volver al barco sin disfrutar, como habían planeado, de una copa de Lambrusco. La casualidad, esa misma que dicen que no existe, quiso que, al mismo tiempo que ellos volvían, Lola desembarcara con sus maletas. Cuando Virginia la vio, mintió piadosamente a Marcos y Julia al decirles que quería saludar a la cantante y preguntarle dónde podía comprar su disco. Les pidió que se adelantaran y la esperasen en la cafetería. — Lola, espera. ¿Te vas? — Sí, yo ya he terminado. Me voy en autobús a Turín y desde allí regreso a Madrid. Mañana es fin de año y quiero estar con la familia, será la primera vez en cinco años que podamos pasar la noche juntos. — ¿No pensabas despedirte? — No me gustan las despedidas. Mejor piensa que es un “hasta siempre” y que no te olvidaré nunca. Ha sido muy bonito pasar la noche contigo, y aunque no lo creas, no voy por la vida ligando con todas las chicas guapas ni me acuesto con cada mujer que me gusta. — ¿Acaso debo considerarme una excepción?, ¿por qué? — Tampoco es eso. Tu mirada. Necesitaba descubrir qué se ocultaba detrás de tu enigmática mirada. Ya te he dicho que descubrirla ante mí al despertar ha sido muy bonito. — Yo tampoco te olvidaré Lola. ¿No quieres que intercambiemos teléfonos o mail? ¿Volveremos a vemos? — No, preciosa. Si el destino quiere que volvamos a encontramos, no dudes que volveremos a vernos. Confía en el destino. Debo irme. Virginia se acercó para darle un beso de despedida, sujetó dulcemente la cara de Lola y, en forma de susurro, le dijo al oído: — Vendrás muchas veces a mis noches cuando cierre los ojos y sueñe despierta.

13. Las doce campanadas

El día de fin de año, Virginia prefirió quedarse en el barco y no visitar Palermo. El hecho de que Lola hubiese desembarcado el día anterior en Savona para regresar a Madrid provocaba en ella sentimientos contradictorios. Después de la apasionada noche en el camarote 134 pensó que en los días que quedaban de viaje volvería a repetirse el encuentro, sin poder imaginarse que el viaje de la cantante terminaría días antes que el suyo. Se sentía un poco triste, vacía, aferrada erróneamente a una inolvidable noche que revivió en su mente, tumbada en la cama con los ojos cerrados. “Si no existen las casualidades, ¿cuál es el significado de mi encuentro con Lola?”, pensó suspirando. Por mucho que su imaginación regresaba a las caricias delicadas de las expertas manos de la misteriosa artista, la imaginación en cuanto al sexo nunca puede suplantar a la realidad. Todos podemos crear en nuestra mente las escenas, las caricias y los besos que deseamos en nuestra piel, en nuestra boca, en todo nuestro cuerpo, pero un encuentro sexual es dejarse llevar por el deseo propio y el de la persona con quien lo compartimos, por eso la imaginación no concuerda con la

realidad casi nunca, por mucho que lo hayamos planeado antes. Es, en definitiva, como preparar a conciencia un discurso, quedarse luego bloqueado en la primera frase e improvisar para crear una suma de palabras con el contenido deseado. Virginia utilizó como pretexto ante Marcos y Julia que estaba cansada y que, ya que la noche sería larga, prefería quedarse en el barco. Se tomaría un café en la cafetería con vistas al puerto y lo imaginaría como una pequeña visita a la ciudad italiana. Pero en realidad no salió del camarote. Llenó la bañera y se sumergió en un baño relajante de agua muy caliente, tal y como le gustaba, aunque el cuarto de baño no tardaba en asemejarse más a una sauna que a lo que realmente era. Se quedó allí, sumergida en un baño mitad agua aromatizada con sales mitad pensamientos, hasta que su cuerpo empezó a sentir frío. Se puso el pijama y una bata y se sentó ante una postal de las varias que había comprado en Marsella. Le dio la vuelta y escribió: “Al subirme a este barco buscaba calma y descanso. Necesitaba terminar de consumir el pasado en mi alma para ver nacer el futuro. Aunque un mar de dudas me inundan ahora, son sentimientos y sensaciones muy distintos a los que traía dentro de mí. Por eso mi futuro, el tan ansiado futuro, ha empezado ya, aquí, a bordo de un enorme barco, anclada en el Mediterráneo, a pocas horas de que suenen las doce campanadas. Ellas ponen fin a un ciclo y principio a uno nuevo”. Después subió a una de las cubiertas, volvió a leer la postal y la dejó caer al mar, viéndola desaparecer para siempre. Se disolvería en el agua salada, como sus recuerdos tristes del pasado. A las diez de la noche empezó la cena de gala. Los largos vestidos de noche de las mujeres conjugaban, como no podía ser de otra manera, con los trajes oscuros de los hombres, la mayoría con pajarita como complemento. Virginia echaba de menos sus vaqueros, pero sería una especie de absurda falta de respeto acudir informal a la cena más importante del viaje y del año. Marcos y Julia la esperaban ya sentados en la mesa del restaurante. — Te ha sentado bien el descanso de hoy, estás radiante —dijo Julia. — Pues vosotros no os quedáis atrás. La verdad es que me ha sentado divinamente quedarme tranquila en mi camarote. He venido a descansar y hoy por fin lo he hecho como Dios manda. He visto que en el menú hay lentejas. ¿A quién se le ocurre incluir lentejas en el menú de fin de año? — Bueno — dijo Marcos—, en Italia dicen que comer lentejas esta noche trae buena suerte, sobre todo a nivel económico. Algo así como que no faltará el trabajo y por lo tanto el dinero. Supongo que, ya que todavía estamos en aguas italianas, querrán cumplir con alguna de sus tradiciones. — Vaya, qué puesto al día estás. — No te creas, huesitos. Nos lo han contado esta mañana. Antes de regresar al barco hemos tomado café en el puerto y el camarero que era español nos ha hecho un pequeño resumen de las costumbres de Palermo y de las viejas tradiciones italianas. — No, si al final tendré que arrepentirme de no haber pisado tierra. Por cierto, ¿lleváis ropa interior roja o no os interesan las costumbres españolas? Los tres rieron la gracia y fue Julia quien respondió: — Me ha costado lo mío convencer a mi donjuán para que se pusiera los calzoncillos rojos, pero lo conseguí. — Sí, pero los pienso tirar al mar en cuanto me los quite. ¿Y tú también llevas ropa interior roja? — Pues claro, pero no pienso dejar que mañana algún pescador encuentre en sus redes una merluza con mi ropa puesta.

La cena, variada y con platos de cocina moderna, los sorprendió gratamente. Con las uvas Virginia incluyó en sus deseos volver a ver a Lola y hacer de su corazón un nido para un nuevo amor. Ya no tenía dudas de que podía perfectamente enamorarse de una mujer. Ningún hombre tendría nunca la misma delicadeza, la misma ternura ni la misma complicidad que una mujer. Y los sentimientos son algo que surge sin juzgar a la persona por su sexo. Sabía con casi total seguridad que se enamoraría de una mujer. En la copa de cava sumergió su cadena de oro y brindó con una franca sonrisa por el año que comenzaba, por un 2010 lleno de momentos felices. La felicidad absoluta, como tal, no existe, sino que es la suma de aquellos momentos felices que vivimos en el transcurso de la vida. No dejó de sonreír. Tenía a su alrededor cosas demasiado valiosas, un buen trabajo, una adorable familia unida y la libertad de poder elegir qué hacer al día siguiente o la semana siguiente. Era libre y ante ella, esperándola, había una nueva vida. Virginia, Marcos y Julia bailaron hasta el amanecer. Las dos mujeres, en varias ocasiones y sin dejar de reírse, maldijeron los tacones que con el paso de las horas les agotaban los pies torturándolos en cada movimiento. Bebieron cava y compartieron sus deseos de felicidad para el año entrante con otros pasajeros a los que seguramente al día siguiente no reconocerían si se cruzaban con ellos en cualquier pasillo. Por algo a la última noche del año le llaman la noche de la amistad: miles de besos que vuelan como mariposas para posarse en la primera cara que los quiera recibir; miles de buenos deseos que fluyen en forma de palabras, sin conocer, en ocasiones, a quien los recibe. Quizás la culpa es de las doce campanadas que con su sonido mezclan la magia y el embrujo, para deshacer el hechizo con la llegada del nuevo día. El primer día de un año que nace, que comienza, en tierra o en el medio del mar, a bordo de un avión o de un tren, mientras el viejo año se entierra diluido como una postal en el Mediterráneo.

14. La Valeta y Túnez

Que una ciudad tan pequeña como La Valeta, o La Valletta, que no llega a los 6.400 habitantes, cuente con una especie de testamento religioso compuesto por más de 25 iglesias, quita un poco las ganas de visitar la ciudad a aquéllos que no estén interesados en la cultura arquitectónica. Sin embargo, la amplia gama de construcciones barrocas con elementos neoclásicos, renacentistas y también del modernismo, la han convertido en Patrimonio de la Humanidad. Aunque a Virginia, Marcos y Julia no les entusiasmaba ver tantos templos de culto religioso el día de año nuevo, con resaca y sueño acumulado, no podían volver a Madrid y decir que se habían quedado a bordo mientras más allá del puerto de Grand Harbour el resto

de pasajeros del Vulcano descubrían que en apenas 55 hectáreas pueden agruparse 320 monumentos. Los tres hicieron el esfuerzo de levantarse relativamente temprano, dado que se habían retirado de la fiesta de la noche anterior a las seis de la mañana, para disfrutar de la capital maltesa. Virginia odiaba madrugar. Una de sus amigas tenía la graciosa teoría de que todos los nacidos en invierno eran dormilones y a ella esa teoría la definía. El sonido del despertador por las mañanas era la eterna pesadilla que rompía el placer de los sueños. Levantarse temprano estando de vacaciones se convertía por lo tanto en un castigo. Se despejó con una ducha rápida y fue ella la que acudió a buscar a sus amigos al camarote. — ¿A quién se le ocurre la canallada de programar una visita la mañana del 1 de enero? Creo que deberíamos averiguarlo y darle un chapuzón en medio del mar, ¿no creéis? — dijo Virginia tras saludar con dos besos a Marcos y Julia, que rieron la gracia con caras de sueño y ojeras. — Yo creo que lo hacen para que no demos la lata a la tripulación. Se libran de nosotros y descansan — respondió Julia. — Pues me da que de mí se van a librar esta noche. Creo que en cuanto comamos voy a juntar la siesta con los sueños nocturnos. Mañana sí tengo ganas de visitar Túnez y quiero estar descansada. Hoy estoy más muerta que viva. — Animo chicas que el fresquito y la humedad nos va a despejar más que el café. Y a lo tonto ya nos queda muy poco para volver a la rutina. Por cierto, huesitos, has prometido contamos algo de la misteriosa nota que te entregó el camarero de la discoteca antes de volver. Ya puedes empezar que no vas a escaquear el tema. — Bueno, era una proposición no sé si decente o indecente, según como cada uno lo quiera ver. — ¡Guau!, ¿y quién es el afortunado donjuán? — La verdad es que la nota era de una chica. Me invitaba a pasar la noche con ella. — Pero dinos quién, que ya nos estás intrigando demasiado. ¿Qué pasó? — preguntó ansiosa Julia. — Era de Lola, la chica que esa noche cantaba en la discoteca. Y no, no pasó nada porque no fui a la cita. Fin del tema. Me he perdido mi noche loca en un crucero, así que prefiero no hablar más de ello. Virginia mintió sobre el encuentro sexual con la cantante en el camarote 134. Le daba igual si para Lola no había sido tan especial, pero para ella sí y quería ese recuerdo sin que nadie lo cuestionase, sin preguntas que sin duda le sacarían los colores. Con sólo recordar cómo se agitaba su respiración intentando liberar sus manos de las manos que mansamente la sujetaban, se ruborizaba. Tenía que cambiar de tema y dejar los pensamientos eróticos para la soledad de su cama o para volver a darles vida en sueños. En La Valeta visitaron, además de algunas iglesias, el Museo Nacional de Bellas Artes y el antiguo Palacio del Gran Maestro, donde actualmente está el Parlamento de Malta. Cansados y todavía somnolientos, volvieron al barco poco antes de la hora de comer. Por la tarde Virginia no salió de su camarote. No tardó en dormirse y, aunque a media tarde se levantó, permaneció sentada al lado del balcón, observando cómo se cruzaban con grandes cargueros y pequeños barcos de pesca, hasta que ya lejos del país isleño en el horizonte sólo se divisaba el mar. Ella no podría vivir navegando. Le gustaba más recorrer kilómetros de tierra, donde los paisajes ofrecen vistas distintas a cada momento, que moverse por el mar, donde las vistas llegan a aburrir como inertes cuadros colgados en una pared.

Aunque por su ubicación entre Argelia y Libia podríamos pensar lo contrario, Túnez es el país de los contrastes. Bastante liberal y con una amplia mezcla de culturas, siendo casi la mitad de su territorio parte del árido desierto del Sahara, la otra mitad es tierra fértil cultivable. En sus bosques y parques naturales habitan gran variedad de animales salvajes. La artesanía tunecina es básicamente la alfarería y la fabricación de alfombras, la mayoría de estas destinadas a la exportación sobre todo a países europeos, sin embargo la pintura está tan presente en el país que se pueden contabilizar más de veinte galerías, de las cuales nueve están en la capital. Todo ello unido a la también variada arquitectura, invitan al forastero a disfrutar del país africano cuya costa dista de la isla italiana de Sicilia nada más que 130 kilómetros. Virginia había leído mucho sobre Túnez y, al igual que Marsella, sería algún día destino de sus vacaciones. Pensó en ello con los ojos cerrados, arropada por la oscuridad de la noche. Y por su mente, como escenas sueltas de una película, recordó sus buenos momentos con Rubén, su primera noche con otra mujer, Cecilia, a la que no había vuelto a ver, y el encuentro apasionado con Lola a bordo del crucero. Si Rubén la acompañara a Túnez seguramente le dedicaría más tiempo al desierto y a los bereberes que a ella. Quizás unas vacaciones allí fueran ideales para compartirlas con los amigos, y Marsella con sus románticas calas e islas para disfrutar del amor, o de la pasión. Lola sería muy buena compañía en la costa francesa, y por un instante se imaginó con ella, a solas en alguna de aquellas calas, disfrutando de la puesta de sol, escondiendo su pasión en la noche, entregándose a los deseos de dos cuerpos ansiosos sin prometerse amor eterno, sin complicarse atándose a una relación más allá del deseo carnal compartido. Deseó que Lola estuviera otra vez en el camarote 134 y volver a llamar a su puerta. Su piel conservaría durante mucho tiempo la sensación de ser acariciada por las suaves manos de la hermosa cantante. Pensando en ello se durmió, abrazada a la almohada, acurrucada entre recuerdos... Túnez no defraudó a Virginia, sino que la hizo reafirmarse en su deseo de volver con el tiempo suficiente para visitar alguno de sus parques naturales, embelesarse con la variedad arquitectónica, acudir a alguno de sus muchos festivales de música y, como no podía ser de otra manera, perderse entre cuadros en sus galerías de pintura. La mañana se les hizo corta a ella y a Julia, mientras Marcos no mostraba mucho entusiasmo. Tomaron té en una tetería típica a dos calles del puerto antes de subirse por última vez en aquella travesía al Vulcano. Al día siguiente regresaban a España. Desembarcarían al mediodía en Barcelona y el crucero, junto con el mar Mediterráneo, pasarían a formar parte del pasado, un bonito recuerdo del pasado para Virginia, que no podría olvidar aquel viaje, ni podría olvidar a Lola y cómo ésta le había ayudado a descubrir y a dar rienda suelta a una pasión desbordada y desconocida que le abría las puertas para poder enamorarse de una mujer sin miedo. Si eso sucedía actuaría con naturalidad ante su familia y les haría entender que el amor, al igual que no entiende de razas o de edades, tampoco entiende de sexos.

15. Volver a empezar

El

día 3 de enero, entre la niebla, el Vulcano atracaba en el puerto de Barcelona al mediodía. Al desembarcar Virginia se volvió hacia la enorme embarcación que durante una semana había sido su hogar y sonrió mientras su corazón emanaba un suspiro. Marcos la miró con ternura. — ¿Qué te pasa huesitos? ¿Te has quedado con ganas de más? — A lo bueno pronto se acostumbra uno. No es que me haya quedado con ganas de más, es que, para ser la primera vez que me subo a un crucero, ha sido un viaje más bonito y divertido de lo que me esperaba. Quería descansar y no he descansado mucho, pero sí he desconectado del mundo real, del día a día, del estrés del bufete, de la rutina.... Y ahora toca volver. Estoy deseando ver a mi familia y a mis amigos, pero me quedaría otra semana en medio del mar. — Pues yo no. Me lo he pasado bien, pero donde esté la tierra que se quite el agua. Comieron los tres juntos en el aeropuerto, donde se despidieron prometiendo quedar más a menudo para cenar o salir a tomar una copa. Tenían diferentes vuelos, el primero era el de Virginia y a las cinco y media ya estaba sentada en el asiento asignado, en la ventanilla de la sexta fila del Airbus 340 de Air Europa. Poco después volaba rumbo a la realidad, en uno de esos pocos días en los que podía decir que había viajado por mar, por tierra y por aire, absorbiendo la energía de los tres elementos y haciendo crecer la suya, alimentando el cuarto elemento, el fuego, que se avivaba en su interior al pensar que Rubén era, por fin, un capítulo cerrado para siempre en su vida, sin nostalgias amargas, que ante ella había todo un mundo por descubrir. Desde el mismo momento en que aterrizase en Barajas, se preocuparía un poco menos por su trabajo y un poco más por ella misma, por caminar disfrutando de los buenos momentos que sin duda encontraría a su paso, por sonreírle a la vida sin reprocharle el tiempo perdido de su pasado. Día tras día el complejo turístico de Monfero se fue quedando vacío. Se fueron Nacho y María, Bárbara y Sandra, otras personas con las que Silvia no había cruzado más que un saludo cortés y educado. El viernes había más silencio del habitual cuando Silvia fue a buscar su última barra de pan. Carmen estaba sola en la tienda. — Hola Carmen. — Hola Silvia. Poco a poco os vais yendo todos. Este es mi pan de cada día. Conozco a gente que en pocos días desaparece para, posiblemente, no recordar ni mi nombre al poco tiempo. — Yo no lo creo. Seguro que todo el mundo se acuerda de ti, porque eres un encanto. Y yo si te voy a recordar siempre Carmen — dijo Silvia cogiendo las manos de Carmen entre las suyas. Lina mirada triste se posó en la suya. — ¿Te volveré a ver Silvia? — No lo sé. No puedo decirte que sí o que no porque no lo sé, cielo. — ¿Por qué lo hiciste? — ¿Qué? — se sorprendió Silvia, que deseó que el suelo se abriera ante sus pies. — Acostarte conmigo.

— Lo hicimos las dos, Carmen. El momento, la situación... no hay una explicación concreta. Me gustas. Me gusta tu aroma. Fue impulso y deseo. No quiero que pienses que me aproveché de ti. Fue un día inolvidable que guardaré siempre en mi recuerdo. — No pienso que te aprovechaste de mí. Sólo quiero saber qué significó para ti. Yo tampoco lo olvidaré. — Tampoco olvidaré nunca tu nombre ni tu olor. Nunca te olvidaré Carmen. — Silvia se acercó más y besó a Carmen suavemente en la boca, que se quedó inmóvil, casi paralizada, hasta que ella desapareció por la puerta de la tienda. Esa tarde Silvia dio su último paseo por el bosque y por la playa. Cerró los ojos para impregnarse de la esencia de aquel maravilloso lugar, del olor salado a mar, a tierra húmeda, para sentir el aire frío y puro que helaba con caricias su cara. Por una vez le gustaba el frío. Sábado, 9 de enero, siete de la mañana. En ese momento Silvia subió al autobús, recostó la cabeza el cristal y se deleitó con el paisaje que iba quedando atrás, tal vez para siempre, y entendió aquellos versos de Rosalía de Castro que, traducidos al castellano, había leído en uno de los folletos publicitarios del camping: Adiós ríos, adiós fuentes, adiós riachuelos pequeños, adiós vistas de mis ojos, no sé cuándo nos veremos. Aunque detestaba el clima gallego, contradictoriamente éste era el causante del paisaje que la había enamorado. Tres horas y media después salía del aeropuerto de Barajas. Volvía al mundo real. Llegó en taxi a su casa. Olía a carne guisada. Su madre le preguntó, más bien la interrogó, sobre las vacaciones, el lugar al que había ido, la gente a la que había conocido y también quiso saber qué había pasado con Carla para que, a última hora, el cambio de plan de irse al Caribe con ella fuera tan radical como para irse al frío de Galicia. — ¿Lo habéis dejado Silvia? — Sí mamá. Carla es muy niña y es lo mejor para las dos. — ¿Y tú como estás hija? — Estoy muy bien mamá. Mucho mejor de lo que pensaba que estaría en tan poco tiempo. Por la tarde Silvia decidió encender por fin el teléfono móvil. Como esperaba tenía demasiadas llamadas perdidas y mensajes. Primero escuchó los del buzón de voz y después leyó uno por uno los de texto, la mayoría de Carla. No contestó a ninguno y tampoco llamó a nadie. Prefería dedicar lo que quedaba de sábado y el domingo a estar en casa, leer su seguramente lleno correo electrónico y descansar. El lunes tendría que ponerse al corriente en el trabajo y quería estar al cien por cien. Se puso un pijama verde y prometió no quitárselo hasta el lunes. El domingo por la tarde empezó a nevar en Madrid. Hacía mucho frío, un frío seco muy diferente al que había sentido en Galicia, donde la humedad se calaba hasta los huesos. Se quedó largo rato viendo nevar a través de la ventana del salón. Le gustaba la nieve y le

recordaba a cuando era niña y jugaba en ella. En ocasiones subía llorando a casa muerta de frío y con la ropa empapada tras jugar mil batallas de bolas de nieve, tras tirarse sobre ella, con los brazos abiertos para plasmar su silueta en el blanco suelo. Reía y disfrutaba de aquel manto blanco que dibujaba los parques. El lunes caminar por las calles de la ciudad era una aventura arriesgada. La nieve se había convertido en hielo durante la noche. Las calles, como transparentes pistas de patinaje, convertían cada metro de acera en una peligrosa aventura por lo que Silvia decidió ir a la oficina en metro. En el andén de la línea 6, entre la multitud que al igual que ella huía de las heladas calles, se encontró a Vanessa, una amiga suya desde la niñez, con la que seguía manteniendo una buena amistad. No sólo era su amiga, también era su confidente, la tumba viva de sus secretos, de sus miedos, de sus sueños y realidades. — Hola guapa. ¿No trabajas hoy? — No. Hoy tengo un acto de conciliación con la empresa. No te lo vas a creer, pero me han despedido. No he firmado y he denunciado. Cómo se aprovechan los empresarios con esto de la crisis. — Ya. Menos mal que a mí no me ves como empresaria. — No creo que tú seas capaz de ser tan cabrona, además tienes un socio, no empleados. Mira, ahí llega mi abogada. Silvia dirigió la mirada en la misma dirección que Vanessa y se quedó muda mientras la abogada se les acercaba. Virginia, la mujer delgada de pelo largo, oscuro y rizado, de ojos oscuros con mirada penetrante y aparentemente fría. Su rostro serio no invitaba a la cordialidad. Su cuerpo mostraba una contorneada silueta envuelta en unos vaqueros ajustados, botas altas, jersey de rayas azules, rojas y blancas, y abrigo negro. En la mano llevaba un maletín negro de piel. Sin mostrar ningún tipo de emoción saludó a Vanessa y miró a Silvia sólo por un instante quien, incapaz de sostenerle la mirada, se ruborizó presa de los nervios. Silvia sintió la mirada de Virginia en la suya y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. A ella, que tanto le gustaba mirar a los ojos, la dejaba helada una mirada impenetrable, seria y enigmática. Para salir de aquel apuro y huir de los nervios que le provocaba la mirada de Virginia, decidió poner fin a la conversación con su amiga. — Bueno Vane, os dejo que tendréis prisa y yo tengo trabajo atrasado y no quiero llegar tarde el primer día después de las vacaciones. Te llamo el fin de semana y quedamos. He roto con Carla y tengo muchas ganas de salir de fiesta. — ¿Ah sí? Joder, no lo sabía. Si tía llámame y quedamos. Vanessa despidió a su amiga con dos besos mientras Virginia le dedicó un simple “hasta luego”, volviendo a coincidir con su mirada. Silvia sintió como si la mirada de aquella mujer penetrara en la suya desnudando sus pensamientos, así que la esquivó y al ver llegar el tren sintió alivio. Subió al vagón abarrotado y, como siempre hacía, observó a toda la gente que la rodeaba. El mal tiempo llenaba el metro y lo convertía en una agobiante lata de sardinas. A penas un par de paradas después, la mirada de Virginia volvió a su mente como si permaneciera clavada en la suya. “Joder, qué mujer. Casi ni me ha saludado. Y qué mirada tiene”. A las nueve menos diez entró en la oficina, encendió los ordenadores y la calefacción y empezó a revisar los archivos de las dos últimas semanas. Como era previsible, David no había tenido demasiado trabajo en su ausencia. Ordenó el montón de papeles y facturas que

estaban en una de las bandejas de su mesa y todos los catálogos nuevos de hoteles y paquetes vacacionales. En ello estaba cuando llegó David. — ¡Joder qué frío! Bienvenida Silvia. ¿Qué tal las vacaciones? Desde luego parecía que te habías esfumado de la faz de la tierra: móvil apagado, ni una llamada, ni una posta l... — Necesitaba desconectar del mundo, pero me lo he pasado muy bien. Digamos que me perdí en un mundo ancestral, muy distinto a éste real de la ciudad, de las prisas y la rutina de cada día. ¿Qué tal tú? — Como ves no tuve mucho trabajo, aunque el matrimonio que se quería ir a Egipto, después preferían Grecia y al final se han ido a Estados Unidos convencidos por el precio decadente del dólar y me han vuelto loco durante tres días. — Ya. La verdad David, ya sé que el trabajo lo sacas adelante a la perfección. Pero a mí me interesa más saber qué tal tú con Carla. ¿Sigues con ella? David palideció. Silvia lo pillaba por sorpresa y sin argumentos. Por su mente, como un flash, pasó la idea del porqué su socia había roto con Carla y desaparecido dos semanas en lo más profundo de la Galicia rural. — Yo... Silvia, perdóname. Yo no quería... Soy un gilipollas. — Vamos a ver David, que a mí ya me da igual. Ya me he cabreado. Ya lo he meditado. Y por suerte para ti, ya se me ha pasado el cabreo. Sólo quiero saber si sigues con ella. — Sí, seguimos juntos. ¿Desde cuándo lo sabes? — Desde que os vi delante del Zara como dos tortolitos y tuve que contar hasta diez para no montaros un numerito allí mismo. Vamos, que sólo os faltó ponerme los cuernos aquí en la oficina delante de mis narices. — ¿Por eso has dejado a Carla? — Sí, por eso y porque ahí me di cuenta de que no estaba enamorada, sino cómoda. Me acostumbré a ella y estaba a gusto, pero no enamorada. No le he dicho a ella que sé lo vuestro y no se lo voy a decir. Respecto a ti, que eres mi socio, debo reconocer que me he planteado mandar la sociedad a la mierda, pero en estos días de tranquilidad, rodeada de bosque y mar, he decidido no hacerlo. No obstante, en el futuro piénsatelo bien antes de liarte con quien esté yo, porque te enterarás de quién puede ser Silvia cabreada con un capullo gilipollas. Y aquí se acaba este tema, ¿ok? Por lo que a mí respecta no quiero volver a hablar de esto y te prohíbo que me lo menciones. Tema muerto. Punto y final. ¿Comemos juntos hoy? David, sofocado, asintió con la cabeza. Estaba tan avergonzado que, incapaz de articular demasiadas palabras, agradecía que Silvia decidiera zanjar el tema sin pedirle más explicaciones. Por la tarde Silvia se quedó sola en la oficina. Ella estaría toda la semana por las tardes y David por las mañanas. Se centró en el trabajo y suspiró recordando sus días de paz y descanso en Galicia. Volvía la rutina y volvía, de alguna manera, a empezar su vida. Se cerraba un capítulo de su vida para empezar uno nuevo. Le apetecía recuperar sus sábados de cenas y fiesta con sus amigos. A las seis llamó a Vanessa para interesarse por el acto de conciliación. — Hola Vane. ¿Qué tal te ha ido en el SMAC? — Genial. Hemos negociado y me han soltado la pasta que me tenían que dar, no lo que ellos querían darme. Además tengo el paro. Lo tenemos que celebrar tía. — Claro. El sábado, si quieres, podemos ir a cenar y luego nos vamos de fiesta. — Vale. A las ocho paso por tu casa a buscarte. Hasta el sábado.

— Hasta el sábado. Y disfruta de tus ya vacaciones. Durante las mañanas de esa semana Silvia aprovechó las para hacer diversas gestiones y para ir de compras, algo que además de entretenerla le encantaba. Entre su multitud de ropa nueva, dos pares de botas. No soportaba tener los pies fríos y el recién estrenado invierno se pronosticaba crudo como los de antaño. La semana no se le hizo tan larga como esperaba, y el sábado por la mañana visitó a su padre y almorzó con él. La tarde la pasó en casa charlando con su madre, quien a menudo le contaba cosas de su juventud. A las siete se duchó. Se puso un pantalón vaquero negro, una camiseta blanca de cuello vuelto, un chaleco negro y sus botas también blancas, de estreno. A las ocho en punto Vanessa llamó al telefonillo. Cuando bajó y abrió el portal se quedó paralizada y muda. Con Vanessa estaba Virginia, la abogada. — Hola Silvia. Espero que no te importe que haya invitado a Virginia. Con tantas reuniones ya casi nos hemos hecho amigas. — No, claro que no. Encantada. — Silvia saludó a Virginia con dos besos y volvió a sentir inquietud ante su mirada. Cenaron en un restaurante italiano. Ensalada, pasta y una botella de rioja. Silvia contó entre plato y plato lo que había pasado con Carla y David, el motivo que la había llevado a viajar a las entrañas de Galicia. Argumentó sus vacaciones de forma bastante detallada pero omitió el encuentro sexual con Carmen por la presencia de Virginia. Ya se lo contaría a Vanessa en otro momento, aunque se reservaría los detalles que quedaban guardados para siempre en sus recuerdos y en los de Carmen. Por su parte Vanessa la puso al corriente de las últimas noticias y cotilleos de la pandilla, sin demasiadas novedades, y de la fiesta que habían liado la noche de Reyes, cuando su novia le había montado una de sus innumerables escenas de celos por saludar a un grupo de chicas a las que conocía de su trabajo. Todavía estaban enfadadas, por eso estaba ella sola. Virginia se limitaba a escuchar con atención en silencio a las dos mujeres. En ocasiones su mirada hermética, impenetrable y exenta de emociones buscaba la de Silvia, que decidió romper el hielo para intentar dominar los nervios producidos por la cercanía y la mirada de la abogada. — Bueno Virginia, enhorabuena por el juicio de Vane, a las empresas cabronas hay que ponerlas en su sitio. — Ni siquiera hemos llegado a juicio. Normalmente estos casos son bastante fáciles de ganar para el empleado. Pocas veces un juez daría la razón a la empresa y es muy fácil negociar en conciliación. No me merezco yo mucho mérito. — ¡Anda venga! No seas tan modesta, seguro que también ganas casos complicados. — Ahora que soy laboralista gano muchos. Antes defendía casos penales y ahí hay casos imposibles de ganar, y a veces incluso me alegro. Cuando tengo que defender a un criminal y sé que es culpable se me revuelven las tripas. Es bastante crudo. En ocasiones he querido renunciar. Creo que me equivoqué de profesión. Tendría que ser policía y encerrar a los malos. Por eso me especialicé en derecho laboral. Hablando del trabajo terminaron la cena. Vanessa propuso una copa en Chueca y, al segundo ron-cola en uno de los locales más de moda, Silvia descubrió que Virginia era capaz de sonreír y que además tenía una sonrisa preciosa. Al mismo tiempo aquella enigmática mirada perdía frialdad y, aunque permanecía impenetrable, brillaba de manera dulce.

16. Deseos contenidos

Mientras Vanessa fue a la barra a por otra copa comenzó a sonar una canción lenta y romántica. Virginia sorprendió a Silvia al preguntarle si quería bailar y ésta no se resistió porque lo estaba deseando, tanto que su cuerpo se estremeció al sentir la cercanía de aquella hermosa mujer, al sentir cómo sus manos le rodeaban la cintura y acercaba la cara a la suya. Los movimientos lentos la ponían nerviosa, pero mucho más la mirada de Virginia clavada inmóvil en la suya. Por primera vez Silvia se atrevió a sostenérsela un poco más intentando averiguar qué sentía Virginia en ese instante. ¿Serían sólo ganas de bailar? Pero entonces, ¿por qué una canción lenta? ¿Sería el mismo deseo que la envolvía e ella? El deseo de acercar más su cuerpo, su cara, y sentir la cálida respiración de Virginia en su cuello. Pero Virginia mantuvo una corta distancia y ella, para su propia sorpresa, no tuvo el valor de hacerlo. Las dos sentían el mismo deseo y las dos lo contenían. Silvia se sentía incrédula; tanto tiempo con Carla y de repente tanta pasión desbordada a su alrededor, primero en el camping y ahora en su primera noche de fiesta tras regresar de Galicia. Por su parte Virginia sentía que estaba permitiendo que el instinto de su deseo la hiciera actuar de la misma manera que Cecilia había hecho con ella: la descarada provocación, pero al contrario de lo que había sucedido aquella noche de verano, muy cerca de allí, Virginia no pretendía acostarse con Silvia, aunque lo deseaba. Quería conocerla más. Se sentía atraída por ella. Cuando terminó la canción, salieron de la nube que las envolvía y regresaron con Vanessa, que las estaba mirando sin disimular, incrédula como aquel que ve un fantasma, pero omitió cualquier comentario. Continuaron un rato más en aquel local hablando de trivialidades y después fueron a uno nuevo que habían inaugurado días antes. Allí se encontraron a Marta y a Andrea con quienes siguieron la fiesta. Bailaron hasta agotarse y las copas empezaban a pasar factura. Silvia buscaba a menudo con la mirada a Virginia, quien no tardó en darse cuenta. Respondió mirándola con deseo y guiñándole el ojo con una leve sonrisa provocadora que la hizo sonrojar. Lo que Silvia no sabía era que Virginia se estaba sorprendiendo a sí misma una vez más. Era la primera vez que actuaba con tanta naturalidad, pero no quiso ir más allá, por Silvia, porque quería volver a verla y porque Vanessa no dejaba de ser su dienta por mucho que estuvieran de copas en Chueca. ¿Qué concepto tendría de ella si de buenas a primeras le tiraba descaradamente los tejos a su mejor amiga? A las seis de la mañana tocó despedirse entre risas, chistes y la promesa de repetir pronto. Virginia, en contra de lo que Silvia deseaba, se despidió de ella de la misma forma seria y formal que de las otras chicas. Dos besos y un simple “encantada de haberte conocido”. Silvia no consiguió dormir hasta las ocho. No podía sacar de su pensamiento a Virginia, la misteriosa Virginia. Le gustaría conocerla más, saber más cosas de ella, descubrir qué secretos ocultaban sus herméticos ojos oscuros. ¿Qué tenía aquella abogada que tanto la atraía y fascinaba? ¿Sería su apariencia de mujer dura? ¿Por qué no había contado nada de su vida durante la cena, al contrario de lo que habían hecho Vanessa y ella? “Joder — pensó—, creo que me estoy haciendo pajas mentales. Ni siquiera sé si le gustan las mujeres. Igual le estoy dando demasiadas vueltas al coco y es hetero. Además, no sé si la volveré a ver”. Instantes después cerró los ojos y se durmió profundamente. Su subconsciente entró en estado hipnagógico y volvió a Galicia. Soñó con Carmen. Revivió su apasionado encuentro entre

cojines. A las tres de la tarde del domingo su madre la despertó. Había hecho carne guisada porque a Silvia le gustaba mucho, por lo que ésta, aunque perezosa y entre bostezos, no tardó en levantarse. Después de comer charló un rato animadamente con su madre y se conectó a Internet. Abrió su correo, leyó algunos e-mails y miró su página de Facebook con el deseo de que Vanessa también estuviera conectada, pero no era así. No la quiso llamar para no parecer una quinceañera desquiciada preguntándole por Virginia. Se limitó a colgar en su página algunos vídeos de YouTube, la mayoría de sus artistas favoritos, pero buscó uno del parque natural, la playa y el río al pie del cual se encontraba Monfero. Se preguntaba si Carmen soñaría alguna noche con aquel encuentro o con un nuevo encuentro con ella. No se había enamorado pero siempre la llevaría en un hermoso rincón de su corazón como un dulce recuerdo. Deseaba que Carmen también lo sintiera así. Con aquel vídeo cerró su página en Facebook y se sumergió en la lectura del libro que había empezado en Monfero. Virginia se quedó en casa todo el domingo, sin quitarse el pijama. Se levantó tarde, como le gustaba hacer cuando trasnochaba y después de una comida ligera se tumbó en el sofá. Encendió la televisión y cambió de canal varias veces sin fijarse en las películas o programas que ofrecía la caja tonta. No podía olvidar a Silvia, ni su cara que no dejaba de reír. Le parecía una mujer feliz y fascinante llena de positividad y alegría. Tenía que buscar la manera de volver a verla, de conocerla mejor, pero sin mezclar en ello a Vanessa. Pensó una vez más en su primera vez con Cecilia, pensó en la noche con Lola. Ya no tenía miedo. Y sonrió, dejando que su mirada hermética esbozara el brillo de la ilusión. La semana siguiente pasó fugaz para Silvia hasta el jueves. Trabajó por las mañanas y dedicó las tardes a leer y a cambiar la decoración de su habitación, algo que hacía no menos de una vez cada seis meses. El jueves al llegar David a la oficina, éste le contó que la tarde anterior una mujer había preguntado por ella. — ¿Quién era? ¿No te dijo lo que quería? — No, no me dijo nada, sólo que volverá mañana por la mañana. La verdad es que yo nunca la he visto por aquí y no creo que sea dienta. Por cierto, es muy guapa. ¿No será que te has echado una novia y no me lo quieres contar? David supo que su comentario había sido de lo más estúpido sólo con ver cómo lo atravesaba la seria mirada de Silvia. Ésta por su parte no le dio más importancia al hecho de que una desconocida la buscara en la agencia. Pensó que sería alguna mujer que, por cualquier motivo absurdo, prefería ser atendida por otra mujer, que de todo tiene que haber en este mundo. Se olvidó pronto del asunto, se despidió de David y se marchó a casa. La nieve había desaparecido de las calles, el cielo permanecía oculto tras densos nubarrones grises y amenazaba con llover la mañana del viernes. El día frío y gris malhumoró a Silvia, hasta que a las once de la mañana su corazón dio un vuelco alterado. — Virginia. Vaya, qué sorpresa — acertó a decir Silvia temblando cuando la abogada entró en la agencia. — Vine antes de ayer y tu compañero me dijo que esta semana estabas por las mañanas y me apetecía verte, por eso he preferido volver hoy. Me lo pasé muy bien con vosotras el sábado. Quería que lo supieras.

— Pues cuando quieras repetir avísanos y te vienes otra vez. Serás bienvenida. Virginia asintió con una leve y casi imperceptible sonrisa y le explicó que necesitaba billete de ida y vuelta para Barcelona. Se iba el día 7 de febrero y regresaba el día 13. Le contó que sus jefes habían abierto un despacho en la Ciudad Condal y que la mandaban a ella a darles una especie de charla y explicaciones para que aplicasen las mismas formas y normas que en el bufete de Madrid. Silvia le ofreció varias posibilidades de vuelo con diferentes compañías aéreas, le pidió los datos, imprimió los billetes y se los dio. — Bueno, pues ya los tienes. En el caso de que haya alguna variación en los vuelos te avisamos lo antes posible y te buscamos una alternativa sin coste alguno. Y gracias por venir aquí. Espero no necesitar nunca un abogado, pero si se da el caso te llamaré a ti.

Las dos rieron el divertido comentario. Virginia se levantó despidiéndose de Silvia. Se dispuso a abandonar la agencia, pero al llegar a la puerta se giró encontrando la avergonzada mirada de Silvia en la suya. Sonrió, conteniendo los nervios y provocando el sonrojo de la agente de viajes. — Silvia, ¿te apetece que cenemos juntas hoy? Si no tienes ningún plan, todas mis amigas se quedan en casa esta noche y a mí me apetece salir, oxigenarme un poco, cenar fuera y tomar una copa, pero tampoco tengo ganas de salir sola. — Vale. No tengo planes. Pensaba irme a casa de mi padre, pero puedo ir mañana por la mañana. Me apunto a cenar, ¿a qué hora quedamos? — ¿A las nueve te viene bien? Ya sé dónde vives así que paso a buscarte. — A las nueve me viene bien. Nos vemos entonces. Cuando Virginia se fue Silvia creyó estar viviendo un extraño sueño que la hacía sentir, por un momento, la mujer más dichosa de la tierra. Iba a cenar con la mujer que tanto la intrigaba y cuya belleza la fascinaba, tanto que volvió a parecer una quinceañera ante su primera cita, pensado en qué ropa se pondría, qué peinado, qué perfume... se convirtió en un manojo de nervios y pensamientos incoherentes hasta que la llegada de un nuevo cliente la devolvió a la realidad y al trabajo. A las siete de la tarde Silvia ya se había cambiado de ropa tres veces. Si algo tenía era ropa y tampoco era extraño que hiciera varias pruebas combinatorias antes de salir de casa. Pero esa noche quería estar más guapa que nunca, pero dentro de su sencillez. Quería gustarle a Virginia, impresionarla. Al final optó por el vaquero más ajustado, botas y una camiseta ceñida. A las nueve en punto Virginia llamó al telefonillo. Silvia no la hizo esperar, bajó tras despedirse con un beso de su madre. Saludó a Virginia y ésta la invitó a subir al coche. — ¿Vamos en coche?, ¿tan lejos me llevas a cenar? — No, vamos a un restaurante que me gusta mucho. Está cerca de mi casa y ya dejo el coche en el garaje. El restaurante era hindú y olía a bambú y a incienso. No tenía muchas mesas y casi todas eran para pocos comensales. Tras sentarse pidieron una botella de vino tinto y dos menús

degustación. — ¿Vienes mucho a cenar aquí? — preguntó Silvia. — Alguna que otra vez, pero no mucho. Aunque, la verdad, te confieso que no se me da muy bien la cocina. Vengo mucho a buscar comida cuando ceno con amigos en casa. Me gusta la comida de aquí. Espero no haberme equivocado de sitio, ¿te gusta? — ¿Este sitio? Sí, me parece muy acogedor. Oye, tú no hablas mucho de ti. El sábado Vanessa y yo no paramos de hablar de nosotras y tú nos has dicho nada. Cuéntame algo de ti. No sé, de dónde eres, dónde estudiaste, si tienes pareja... Anda, cuéntame. — Soy de aquí, madrileña castiza de toda la vida. Estudié en la Complutense y no, no tengo pareja. Mi novio y yo rompimos hace un año y desde entonces no he tenido ninguna relación seria. — Ah, tu novio... Silvia sintió un mar de contradicciones en su interior. Quizás el sábado la había sacado a bailar sólo por los efectos del vino y no era lesbiana. Virginia la miró y siguió hablando. — Después de romper con Rubén me enrollé con una chica una noche loca en la que una pareja de amigas mías me llevaron de copas a Chueca. Ese día juré que no volvería a visitar la cama de otro hombre. Descubrir cómo se ama a otra mujer es maravilloso, pero no sé si por mis propios miedos, por mis fracasos amorosos o porque simplemente no estoy preparada, no he querido tener ninguna relación seria. Sí algún rollo y aventura, pero no relaciones serias. — No sabía por qué su interior le impedía mencionar a Lola. Era su secreto y lo guardaría en un rinconcito de su corazón sólo para ella. — Ah, ahora lo entiendo. Terminaron de cenar y tomaron una copa en un bar irlandés que estaba al lado del restaurante. Cuando Silvia fue al baño tuvo la sensación de que Virginia la seguía con la mirada, sintió cómo esa mirada penetrante recorría todo su cuerpo. Y al volver la encontró en la suya. Durante unos segundos se miraron en silencio y a Silvia se le se le hizo un nudo el estómago. Apartó sus ojos y buscó con ellos su copa. — ¿Te apetece que tomemos la última en mi casa? Está aquí al lado. Vivo en un ático y las vistas son fantásticas. Silvia no se resistió a ir. Al entrar Virginia se quitó la cazadora, puso un cedé de Mónica Naranjo, sirvió dos copas y subió la persiana dejando al descubierto el amplio ventanal del salón. Miles de luces se veían a lo lejos. — ¿Quieres bailar, Silvia? Silvia no contestó. Simplemente se acercó y rodeó con sus brazos la cintura de Virginia. Al mismo tiempo notó cómo una mano se deslizaba lentamente por su espalda y se estremeció. Apoyó su cara en el cuello de Virginia y se dejó llevar por la música. Sentía contradictoriamente el deseo de amarla y al mismo tiempo ganas de salir corriendo. Cuando la boca de Virginia buscó sus labios entreabiertos se apartó de ella. — Lo siento Virginia. Yo... Joder, no estoy preparada. Me gustas. Me gustas mucho. Pero no sé qué hago aquí. Esto no es lo que necesito ahora. Creo que no quiero ser un rollo más en tu lista de ligues.

Virginia no trató de detenerla. La miró un poco sorprendida mientras se iba. No quería molestarla, ni insistir. La dejó marchar maldiciéndose a sí misma por la estúpida idea de invitarla a subir a su casa de esa forma. Quiso salir corriendo a buscarla pero no lo hizo. Sentía que se había equivocado y que su error quizás le costara no volver a ver a aquella hermosa mujer. Al llegar a la calle Silvia se sintió ridícula. No sabía por qué había reaccionado así. Estaba deseando aquel beso del que había huido. Se daba cuenta de que Virginia le gustaba demasiado y tenía miedo de hacer el amor con ella y engancharse a un sentimiento tan pronto. Tenía miedo de ser sólo un rollo para Virginia. Miedo a enamorarse. Ella que vivía la vida a tope, tenía miedo a enamorarse. Paró un taxi y se fue a casa. No pudo dormir fácilmente. Cerraba los ojos y volvía a sentir el roce de los labios de Virginia en los suyos. Quería sentirlos en toda su pie l... ¿o sería otro deseo caprichoso como lo fue Carmen?, ¿otra imparable atracción que una vez satisfecha pasaría a ser un bonito recuerdo? No quería pensar así, pero recordaba el olor de Carmen, los ojos de Sandra, la boca de María... Se hubiese enrollado con cualquiera de las tres. Y eso le hacía pensar que Virginia era otro de sus deseos. O lo peor, que fuera ella el capricho de la otra mujer. Virginia apenas logró conciliar el sueño. Tenía la sensación de la piel de Silvia en las yemas de sus dedos, su olor, su sonrisa y su mirada volvían a aparecer cuando cerraba los ojos. La vida es un camino que se cruza con otros caminos. Algunos continúan en paralelo y otros pasan haciéndose a un lado para alejarse en otras direcciones. Dos vidas, dos caminos, se habían encontrado con la incertidumbre de no saber hacia dónde continuarían.

17. Rosas rojas

El sábado Silvia se conectó a Facebook y quedó con toda su pandilla para salir. Necesitaba desconectar. Pensó en contarle a Vanessa lo de la noche anterior pero no lo hizo. No quería pensar en Virginia, aquella abogada que aparecía por casualidad en su vida para echar por tierra todo cuanto ella había pensado en sus vacaciones, para romper de un plumazo sus esquemas: disfrutar a tope, vivir la vida. Esa noche bebió una copa de más, bailó sin parar e intentó ligar con más de una mujer en la discoteca. Vanessa no dejaba de mirarla preguntándose qué demonios le estaba pasando a su amiga. No era habitual que Silvia perdiera las formas de aquella manera y optó por sacarla de la discoteca, parar un taxi y llevarla a casa. Por el camino Silvia le dijo con lágrimas en los ojos que no se quería enamorar, pero Vanessa sin entender nada le pidió que se tranquilizase,

que en cuanto durmiera la borrachera se olvidaría de las tonterías que decía. Silvia se durmió mareada por el alcohol y la resaca con la que se levantó el domingo no le dejó pensar con claridad. Vanessa la llamó para asegurarse de que estaba bien y ella prefirió seguir callando que había cenado con Virginia y ocultando sus miedos. El lunes y el martes intentó centrase en el trabajo y, para extrañeza de David, se pasó el día entero en la oficina, catalogando nuevas ofertas de viajes y buscando hoteles nuevos que ofrecer a sus clientes. El miércoles a las cinco de la tarde llegó un ramo de rosas rojas con una tarjeta a su nombre. Cuando la abrió, pensando que era de Carla, leyó una escueta nota que la hizo estremecer: “Perdóname Silvia, ni te quería ofender ni quiero que seas una más en mi lista de ligues. Un beso. Virginia”. Buscó la copia de la factura de los billetes a Barcelona de Virginia y anotó el número de teléfono que ésta le había dado. No se atrevió a llamarla y tras mucho pensárselo le escribió un mensaje también escueto: “Gracias por las rosas. No era necesario. No tengo nada que perdonarte. Perdóname tú a mí”. Lo envió deseando que Virginia la llamara para decirle que quería volver a verla o que apareciera en la agencia a la hora de cerrar. Pero nada de eso sucedió. Cuando Silvia entró en casa con el ramo, su madre la interrogó. Quiso saber quién le enviaba tantas rosas y si tenía ya una nueva relación. Silvia esquivó hábilmente la conversación, puso las flores en un jarrón con agua y las llevó a su habitación. Volvió a leer la tarjeta y la guardó en una cajita de madera en un cajón de su mesilla. Cuando su hermano irrumpió alterado en la habitación, recién llegado de la casa de su padre, Silvia se sobresaltó de lo sumergida que estaba en sus pensamientos; pensamientos llenos de Virginia. — ¡Ey hermanita! Me ha dicho un pajarito que te han mandado un enoooorme ramo de flores. ¿No me vas a contar nada? — Sí, claro. A ti te lo voy a contar. Venga guapo, vamos a cenar que tenemos a mamá demasiado abandonada. Esa noche Silvia sintió el deseo y la ansiedad de que en cualquier momento el teléfono sonara. Anhelaba una llamada, un mensaje, una palabra de Virginia. Aunque también pensaba que era ella la que tenía que dar el paso y llamar a la mujer de cuyos brazos huyó. Quería volver a ellos y soñó despierta con dormir abrazada a Virginia, piel con piel. Estaba casi segura de que su deseo no era sólo atracción física y que por eso salió corriendo. Se dio cuenta de que en su corazón latía el de Virginia, pero no podía ser, demasiado precipitado para que su corazón sintiera tanto por una mujer a la que sólo había visto dos veces. ¿Acaso era un flechazo? Tenía miedo a enamorarse, y se estaba enamorando. “Silvia, vive la vida. Pero ahora, ¿cómo vivo yo lo que siento?”, pensó. Cuando Virginia recibió el corto mensaje de Silvia dándole las gracias por las rosas, ni se sintió demasiado halagada ni supo qué pensar. Esperaba que Silvia la llamara y que quisiera volver a verla. Le gustaba tanto la sonrisa de aquella mujer dulce y sencilla que la había cautivado el primer día que la vio en el andén de la línea 6 del metro, por eso había hecho una excepción con Vanessa, aceptando la invitación a cenar. Ella nunca salía con sus clientes, pero sabía que iba a estar Silvia y quería conocerla; saber por qué siempre sonreía. Esa noche, al bailar con ella sintió un cosquilleo recorriendo su piel. Sentirla tan cerca le provocaba pasión, deseo, ternura, ganas de un abrazo que no le dio. Cuando aceptó su invitación para

cenar a solas se sintió feliz pero la imprevista huida la descolocó por completo. No se le ocurrió otra cosa para arreglar la situación que enviar un nada atípico ramo de rosas. Era la primera vez que enviaba flores y con ellas intentaba averiguar qué pensaba Silvia, qué sentía en su interior, pero el mensaje que acababa de recibir no le ayudaba a saberlo. Cogió varias veces el móvil para llamarla, pero se contuvo. No quería agobiarla ni ser pesada. Además recordó las palabras de Lola al despedirse de ella: “Si el destino quiere que volvamos a encontramos, volveremos a vemos”. Tanto estudiar en la difícil carrera de derecho para descubrir cada día que para la vida y para el corazón no hay leyes escritas más allá de la razón. Esa noche cenó sola en el restaurante hindú, subió a su ático, levantó la persiana, hizo sonar el cedé de Mónica Naranjo y se dejó caer en el sofá. Cerró los ojos y soñó despierta que amanecería entre los brazos de Silvia. Le parecía imposible que en tan poco tiempo, sin apenas conocerla, sintiera tanta atracción, tantas ganas de volver a verla, de tenerla cerca con su sonrisa. Sus compañeros de trabajo no habían pasado por alto que desde hacía unos días ella no era la misma, manteniéndose más pensativa y seria con ellos. Tenía que mantener al margen de su trabajo su vida privada, sin dejar que ésta asomara por la puerta del despacho a su antojo. Debía recuperar su frialdad y centrarse en el trabajo. “El trabajo es real, Silvia es un sueño”, pensó mientras se dormía. La Navidad había terminado. Un manto de nubes grises, como ancladas en el cielo para todo el invierno, permanecían inmóviles sobre la ciudad. La noche era fría y silenciosa. En las calles casi vacías la gente apuraba sus pasos para entrar en las bocas de metro, en los autobuses o simplemente para llegar a sus casas. Mientras, en un tercer piso Silvia soñaba despierta. Mientras, en un ático, Virginia cerraba los ojos y dejaba volar sus sueños.

18. Un nuevo día

La tormenta no cesó en toda la noche. La lluvia golpeaba con fuerza en las ventanas para resbalar después por los cristales como llanto de los dioses. La cercanía de los rayos la confirmaba el estruendo de cada trueno. Silvia se despertó sobresaltada e intentó cerrar de nuevo los ojos para dormir, pero en su mente apareció, sonriente, la imagen de Virginia. Era el 10 de febrero y tres días antes había celebrado su cumpleaños en el que no estaba Virginia. Desde el ramo de rosas no había vuelto a saber nada de ella, esperando cada día una llamada, un mensaje o verla aparecer por la agencia, sintiéndose cobarde por no ser capaz de ir en su búsqueda, incapaz de enfrentarse al miedo que su subconsciente tenía de enamorarse, de atarse a otra relación cuando prácticamente acababa de recuperar su libertad para disfrutar de la vida sin complicarse con sentimientos. Tampoco sabía si Virginia estaría en la ciudad o habría prolongado su estancia en Barcelona. Un suspiro emergió de sus entrañas mezclándose

con el pensamiento de que si Virginia no la había llamado era porque tampoco había querido hacerlo y que, tal vez el ramo de rosas pidiéndole disculpas, no era más que una forma de quedar bien como la abogada que era de su amiga Vanessa y, aunque algunas noches había pensado en ella, no lograba entender por qué en medio de la tormenta su imagen regresaba tan nítida y sonriente. Virginia había regresado a Madrid en la fecha prevista, centrándose en su trabajo nuevamente, olvidando las promesas hechas de disfrutar más de su vida. Lo que le había sucedido con Silvia la había devuelto a la realidad de que no todo sale como se quiere o como se planea, y hubo momentos en los que quiso arrepentirse de sus aventuras con Cecilia o con Lola, acostándose con ellas sin conocerlas, pero eran recuerdos bonitos que no podía cambiar por el hecho de que hubiese sido un desastre la primera vez que era ella la que coqueteaba intentando el acercamiento físico a otra mujer. Pero no podía borrar a Silvia de su mente desde aquella noche. Le envió las flores no sólo para disculparse sino también para comprobar cuál sería su reacción. La escueta respuesta a través de un mensaje de texto apartó de su corazón la idea de volver a verla. Ahora, casi un mes después, seguía pensando en ella. No tenía ganas de salir y por las noches, cuando se relajaba en casa escuchando música, el olor de Silvia volvía a la estancia, envolviéndola. Quería volver a verla, por eso al día siguiente llamó por teléfono a Vanessa para invitarla a comer. Vanessa se sorprendió por la invitación, pero aceptó un poco preocupada porque no dejaba de ser su abogada quien la invitaba. A las dos y media estaban ya sentadas en un asador argentino donde el olor a carne a la parrilla abría más el apetito. Pidieron brocheta de solomillo de ternera con dátiles y bacon y una ensalada y para acompañar un vino tinto de La Mancha. — Te extrañará que te haya llamado, así sin más. Creo que puedo confiar en ti y quiero contarte algo, pero me tienes que jurar que será un secreto entre tú y yo. — Seré una tumba Virginia, te lo prometo. Y sí, la verdad es que me sorprendió tu llamada y ahora mismo estoy más en ascuas que antes — respondió Vanessa que cada vez estaba más intrigada. De esa manera supo que Virginia y Silvia habían cenado juntas y supo también lo que había pasado después en el ático de Virginia. Abrió los ojos como platos cuando supo de la estampida de Silvia. — Joder, no me lo puedo creer. ¿Me estás diciendo de verdad que Silvia, a la que yo conozco tan bien, salió corriendo? Y la muy cabrona no me ha contado nada. Pues déjame que te diga que eso es bueno. — ¿Cómo que eso es bueno? — Dale tiempo. Si aceptó cenar contigo y subir a tu casa es porque está a gusto contigo. Si salió corriendo es porque tuvo miedo. Y si tuvo miedo es porque le gustas de verdad y no quiere un rollo contigo. Hazme caso, la conozco bien. No me pongas esa cara de susto y dale tiempo. Acaba de salir de una relación un poco complicada con una chica más joven y no entraba en sus planes conocer a alguien que le hiciera tilín y que además tenga los pies tan en el suelo como ella. Si sólo te viera como un rollo se hubiese acostado contigo y punto. — Vanessa, por favor, no... — Que no, tranquila, seré una tumba. Esta conversación no ha existido nunca. De todas

formas, si aceptas un consejo, acércate un poco a ella de alguna manera. Mándale un mensaje si te cuesta llamarla. Que sepa que sigues ahí, que tú no pasas de ella. Vanessa no había probado la comida. Estaba tan concentrada en la historia que no había tocado el plato. Pidió al camarero sal y pimienta y empezó a comer. Virginia le pidió que le hablara de Silvia, de su día a día, de sus gustos, de su pasado, de sus metas... — Silvia es tal y como la ves. Hasta en los peores momentos tiene una sonrisa para todos. Siempre se está riendo. Ella es la reina de todos los saraos. Jamás te falla. Su amistad es con mayúsculas. Cuando la necesitas siempre está ahí, aunque tenga que dejar otras cosas nunca deja de lado a la gente a la que quiere, o a quien la necesita. De su pasado, si te refieres a sus parejas, prefiero que algún día te lo cuente ella, creo que yo no debo hacerlo. Y de su última novia pues ya sabes lo que pasó. Lo que sí te puedo decir y asegurar es que Silvia es una mujer especial, muy romántica y familiar, pero también una loca aventurera. Le da igual estar de fiesta toda la noche que perderse el fin de semana en la tranquilidad de la sierra. — A mí me gusta la naturaleza. Es otro mundo. Oye, dime, no sé, qué música le gusta, lo que le gusta leer. Cuéntame más cosas, anda. Hicieron sobremesa hasta las cuatro y media de la tarde. Virginia escuchaba, sin perder detalle, cada palabra de Vanessa, que una vez más al despedirse tuvo que prometer guardar silencio sobre lo que sabía. Al llegar a casa, Virginia escribió un mensaje en el móvil: “Hola guapa. ¿Qué tal estás? Me gustaría saber que todo va bien en tu vida. Besitos”. Al volver a leerlo no la convenció, pero si Silvia le contestaba ese corto mensaje sería la llave que podría abrir la puerta de un nuevo encuentro. La respuesta no se hizo esperar. Silvia contestó diciéndole que estaba bien, que le había gustado recibir noticias suyas y preguntándole qué tal estaba ella. Virginia sonrió nerviosa y contestó hablándole de los días que había pasado en Barcelona y que también se alegraba de saber de ella. Durante un rato intercambiaron mensajes sin que ninguna de las dos mencionara la noche en que cenaron juntas, relatando únicamente trivialidades de su día a día. Cuando Silvia se despidió alegando que había quedado con unas amigas para salir, Virginia contuvo las ganas de decirle que quería volver a verla. “Pásatelo muy bien guapa y disfruta mucho. Besitos”. Ésa fue su corta despedida. El sábado, 13 de febrero, Virginia se despertó con el sonido del móvil. Al leer el mensaje creyó estar dormida y que era un sueño. Silvia quería que volvieran a verse, que quedaran para tomar algo. Abrió los ojos al mismo tiempo que sentía como su cara se ruborizaba. El momento que tanto ansiaba iba a llegar por fin y esta vez no lo estropearía lanzándose a por los besos deseados, controlaría la pasión y el deseo que como fuego avivado sentía en su interior. A las cinco de la tarde, como dos quinceañeras nerviosas ante su primera cita, se saludaban con dos besos en la acogedora cafetería donde habían quedado, a dos calles de donde vivía Silvia. Incapaces de mirarse a los ojos, mientras Silvia removía una y otra vez el café, Virginia doblaba una servilleta hasta hacerla minúscula entre sus dedos. — No sé si es el mejor momento, Silvia, pero quiero volver a pedirte disculpas por mi comportamiento. No tendría que ir con tantas prisas, quisiera seguir conociéndote si me dejas. Te prometo que no lo volveré a estropear.

— No tengo nada que perdonarte. Al revés, soy yo la que no sé por qué salí huyendo de esa forma en vez de sentarme a hablar contigo. También quiero conocerte. Creo que eres una persona especial y estoy segura de que me alegraré de tenerte en mi vida. Me gustas Virginia, pero tengo miedo. — Tranquila, te prometo que no volverá a pasar nada. Dejemos que el tiempo decida. Dame la oportunidad de mostrarte cómo soy, conozcámonos. Con lo mayorcitas que somos y qué tontas parecemos, ¿verdad? Silvia sonrió el comentario de Virginia, tan cierto. Intentó buscar su mirada pero la joven abogada miraba a la servilleta doblada entre sus dedos. Por un instante permanecieron en silencio. A cada una le bastaba la cercanía de la otra para sentirse bien. El teléfono de Silvia sonó cuando ella iba a decir algo. Se mordió ligeramente el labio inferior y contestó a la llamada. — Era mi madre. Me tengo que ir, se me había olvidado por completo que tengo que ir a buscar a mi hermano a casa de mi padre. ¿Quieres que cenemos juntas hoy? Te debo una cena y no tengo planes esta noche. — Me encantaría, pero he quedado con una amiga para cenar — se lamentó Virginia—. Pero te prometo que la próxima semana te llamo y quedamos. Se despidieron en la puerta de la cafetería de la misma manera que se habían saludado, con dos besos, mientras las dos querían que en ese momento el tiempo se detuviera, para que Silvia no tuviera que ver alejarse a Virginia hacia la boca de metro. Desde allí se giró para mirar una vez más a Silvia pues sabía que estaría allí, de pie al lado de la puerta esperando a que ella desapareciera en las escaleras. Volvieron a decirse adiós agitando sus manos. Entonces Silvia volvió a su casa para coger las llaves del coche, entristecida por no poder cenar esa noche con la mujer que hacía latir su corazón con más fuerza, ajena a que Virginia deseaba no haber quedado para cenar con su amiga, pero no quería hacerle el feo de llamarla a esas horas de la tarde para cambiar los planes y decirle que no iría. “Todo este tiempo sin salir y tengo que quedar hoy con Monse para cenar. Qué puntería la mía joder”.

19. Caprichos del destino

La cara de Silvia emanaba felicidad cuando recogió a su hermano Valentín en casa de su padre a las afueras de la ciudad. A Silvia le gustaba visitar la enorme casa alejada del mundanal ruido urbanita de la capital y relajarse en el silencio mientras en el jardín el olor a carne a la parrilla anunciaba que la barbacoa estaba casi lista. La mayoría de domingos era su refugio tras largas noches de fiesta y exceso de tabaco, por eso le pidió a su padre que la esperase para comer al día siguiente. Allí podría pensar con claridad en Virginia, en el café que habían compartido dos horas antes, en lo que quería y esperaba de ella y también en lo que quería ofrecerle: una aventura con final rápido, un romance intenso con fecha de

caducidad, o la posibilidad de conquistar su corazón y quedarse en él. Aunque Virginia había declinado la invitación a cenar tenía la ilusión de que pensaría en ella. ¿Quién sería esa amiga con la iba a cenar y por la que había rechazado su invitación? Un burbujeante estallido, mitad celos, mitad envidia sana, invadió su corazón y le hizo ver una posibilidad más: la de que tanta ilusión se redujera a una amistad. A las nueve de la noche, puntual como siempre, Virginia esperaba en el interior del restaurante a su amiga Monse. Pidió una caña preguntándose por qué siempre llegaba temprano si la mayoría de las personas llegan tarde a todas partes, y por qué no había cancelado aquella cena para compartir la noche con Silvia, su mayor deseo, pero por otra parte era una forma de darle a entender que no la agobiaría y que iría despacio, tanto como le pidiera. No pudo evitar pensar también en lo que pasaría si empezaba una relación seria, si se enamoraba y era correspondida. Le volvían a asaltar las dudas de cómo iba a enfrentarse a la nueva realidad de su vida ante su familia, explicarles a sus padres que la naturaleza del ser humano, en cuanto al amor, es tan sencilla o compleja como se quiera ver, y que enamorarse de un hombre, como ella se había enamorado años antes de Rubén, no hacía imposible enamorarse después de una mujer. Aunque tal vez lo mejor era dejar que lo descubriesen por sí mismos o que poco a poco fueran sacando sus propias conclusiones. Disfrazar de amistad una relación lésbica no debería ser excesivamente complicado al principio, y el tiempo, que es sabio y maestro, podía encargarse de ir poniendo los puntos y las comas. A quien sí mantendría a parte de su vida privada era a sus compañeros de trabajo. No sentía ni necesidad de dar explicaciones ni de compartir sus vivencias con ellos. — ¡Ey!, qué pensativa estás. — La voz de Monse la devolvió a la realidad. — Hola guapa. ¿Qué tal? Estaba pensando en cosas sin importancia. Trabajo y esas cosas. — Pues no sé cuáles serán esas cosas, pero tienes muy buena cara. Veo que te trata bien la vida. — Bueno, no creo que me pueda quejar. ¿Quieres una caña o nos sentamos ya? Durante la cena hablaron de trabajo, de lo que había pasado en sus vidas desde la última vez que se habían visto y, por supuesto, no faltó en la conversación el tema del amor. Virginia mantuvo su silencio en cuanto a sus aventuras lésbicas, a pesar de que Monse llevaba cuatro años de relación con su novia, a la que también conocía, y por supuesto no le mencionó a Silvia. Su vida, vista desde fuera, parecía inerte en cuanto a sentimientos, mientras la realidad incendiaba su mente con la llama ardiente de un pensamiento único: Silvia. Intentó centrarse en relatar las vacaciones en el crucero y describir las ciudades que había visitado, haciendo hincapié en el Marsella, en las calas que, cuando las recordaba, le transmitían sensación de calma y en la promesa de volver en verano para disfrutarlas sin prisas ni horarios establecidos. Después de cenar decidieron tomar una copa en un pub cercano, donde la música de los años ochenta sonaba melancólica y sin estridencias, permitiendo hablar sin tener que forzar las cuerdas vocales. La decoración iba acorde con la música, con una pequeña pista de baile, rodeada de mesas redondas con cómodas butacas. — Tienes que aprovechar y disfrutar a tope Virginia. Cuando quieras darte cuenta te verás metida de lleno en otra relación y ya no podrás hacer ciertas cosas. Mírame a mí que cuando mejor me lo estaba pasando, de fiesta en fiesta, sin tener que dar explicaciones a nadie de a qué hora entraba o salía de mi casa, sin tener que justificarme ni leches, me enamoré, lo dejé todo y aquí estoy, pidiendo permiso para salir un día a cenar. Tienes que

salir más y divertirte, antes de que aparezca un hombre que te robe el corazón y te ate a su vida limitando la tuya. Virginia sonrió ante el comentario de su amiga, no por las palabras sino porque por primera vez le sonaba raro lo de que un hombre le fuera a robar el corazón. No se arrepentía de haber amado a Rubén, ni de las relaciones que anteriormente a él había mantenido con otros chicos, pero ahora, a punto de cumplir los treinta y dos años, veía lejana la posibilidad de amar a un ser del sexo opuesto. Iba a responder, sin decirle la verdad a su amiga, cuando una voz conocida la interrumpió: — No me lo puedo creer. Es una alegría para mis ojos verte aquí. Con la de bares que hay en Madrid. — Lola. Yo tampoco me lo puedo creer — dijo titubeante Virginia, mientras sus blancas mejillas adquirían un color rosado fruto del rubor que no pasó inadvertido para Monse—. Me alegro de volver a verte. Os presento, ésta es mi amiga Monse y esta chica es Lola. Cantaba en el crucero. — Encantada Lola. He oído alguna de tus canciones. ¿Quieres tomar algo con nosotras? — dijo Monse sin dejar de mirar de soslayo a su amiga, sorprendida por cómo la cantante, conocida en las zonas de ambiente gay por reconocer abiertamente su condición sexual y como icono gay de Chueca, le había sacado los colores. La mirada de Virginia se inquietó, moviéndose de un rostro a otro mientras Lola no disimulaba la suya, dirigida directamente a los ojos de la abogada, queriendo desnudarla, reviviendo las dos en sus mentes la apasionada noche en alta mar. — Creo que voy al baño — dijo Monse levantándose, consciente de que había algo que su amiga no le había contado. Fue a la barra, pidió la cuenta y se marchó para que Lola y Virginia pudieran decirse lo que con ella de testigo callarían. Fue Lola quien habló: — El destino ha sido rápido. Pensé que no volvería a ver a mi chica del Mediterráneo. — ¿Tu chica del Mediterráneo? Parece que coleccionas ligues. Yo tampoco esperaba volver a verte. — ¿Te alegra verme? ¿Te has acordado de mí en este tiempo? — Claro que me he acordado de ti, fue una noche muy bonita y especial que no voy a olvidar nunca. — Yo tampoco, aunque tú pienses que colecciono ligues o chicas, ya te dije que no voy por la vida intentando ligar con todas las chicas guapas que se me cruzan por delante. Eres un poquillo desconfiada — dijo Lola con sonrisa tierna—. ¿Te apetece repetir? — ¿Qué? — Que si te apetece pasar la noche conmigo. Creo que tu amiga, o se ha perdido en el baño, o se ha ido sin ti. El destino ha querido que nos encontremos. ¿Te vienes conmigo? Virginia no se había dado cuenta de que Monse se había marchado, pero era consciente de que tendría que contarle la verdad. Le mandó un mensaje al móvil sintiéndose culpable: “No te enfades. Esto es surrealista. Ya te lo contaré, pero no te enfades”. En unos segundos recibió la respuesta: “Pero cómo me voy a enfadar contigo tonta, disfruta de la noche... Te dejo en buena compañía”. — ¿No me vas a contestar? — Veras, Lola. Como te he dicho, la noche que pasé contigo fue muy bonita y no la olvidaré jamás, guardaré siempre en mi piel el tacto de tus manos y esa noche será mi secreto.

Yo nunca la contaré, porque quiero que sea algo sólo mío y tuyo. — Eso es un no. — Es que no puedo Lola, no puedo pasar esta noche contigo. Podemos tomar algo, bailar, hablar, reímos... pero no me pidas más, no puedo, porque cerraría los ojos entre tus brazos y estaría pensando en otra persona. No puedo Lola. — Te has enamorado. Me alegro. No te preocupes, no insistiré. Y aunque no me creas, déjame decirte que tampoco le he contado a nadie lo que pasó entre tú y yo en el crucero. Quizás yo sea más lanzada y me guste vivir y disfrutar de manera distinta a ti, pero hay noches especiales y personas especiales. Por muchas mujeres con las que me haya acostado o me acueste, tú eres especial y esa noche también lo fue. Ahora sí te pregunto tu nombre, y si me quieres dar tu teléfono, podríamos ser amigas. — Me llamo Virginia, y claro que podemos ser amigas. No sé si estoy enamorada, sólo sé que no puedo dejar de pensar en una mujer encantadora que ocupa mis pensamientos a cada instante.

Virginia le abrió su corazón a Lola como no se lo había abierto a nadie, le habló de Silvia, porque en el fondo necesitaba hablar de ella, en voz alta, con alguien, para espantar de una vez por todas sus dudas, sus miedos, sus temores ocultos. Quería que alguien le dijese: “Adelante, no tengas miedo”. El amor nos asusta, porque es incierto y abre la puerta del compromiso, porque nos enamoramos sin conocer del todo a la otra persona, y a veces no llegamos a conocerla nunca del todo, pero llega a nuestra vida, se apodera de nuestro corazón, de nuestros pensamientos, nos hace soñar despiertos, suspirar, y al mismo tiempo nos provoca miedo, a estar confusos, equivocados, al rechazo de la otra persona y de nuestro entorno. El amor, que tan fuerte hace palpitar el corazón, capaz de elevamos a la felicidad y de arrojamos a las profundidades del sufrimiento, es una montaña rusa de emociones. Nos da miedo porque nos puede hacer felices o dañamos y Virginia, tan vulnerable tras la coraza de borde y fría que mostraba, no era una excepción. Lola desnudó los sentimientos de Virginia de la misma manera que un mes y medio antes desnudó su cuerpo en el camarote 134 de un crucero, sintiendo ternura por la fragilidad emocional que se ocultaba en la impenetrable y fría mirada. Ésa era la coraza que la protegía, parecer fría, distante, reservada. Lola era una desconocida que le había descubierto sensaciones de su cuerpo que ni se imaginaba que existían, sentía en ella la complicidad suficiente para poder abrirle su corazón. En ocasiones es más fácil hablar ante alguien lejano que con la gente que nos rodea, quizás porque nos importa menos si no nos entiende, o si nos juzga, pero de la misma forma nos da la valentía necesaria para enfrentamos a las opiniones que sí nos importan. A las tres de la mañana las dos mujeres se despidieron tras intercambiar teléfonos y hacerse la mutua promesa de volver a verse, sin dejarlo al azar del destino. Éste ya había hecho su trabajo situándolas en el mismo lugar aquella noche. El domingo Silvia llegó antes de lo habitual a la vivienda de su padre con cara de no haber quemado la noche madrileña del sábado entre copas y risas. El día nublado parecía querer mantener infinito el invierno más crudo de los últimos años, pero ese mismo frío daba más valor al calor del fuego ya encendido en la barbacoa del jardín. El fuego la mantuvo inmóvil con las pupilas ancladas en las llamas unos minutos. De los cuatro elementos, aire, fuego, agua y tierra, y siendo un signo de aire, ella se sentía llena de fuego, protegida por él.

Aunque nunca había consultado su ascendente, estaba segura de que sería un signo ligado a ese elemento. Pensó en Virginia, en cuál podría ser su signo zodiacal, sin atreverse a intentar adivinarlo. No era muy dada a leer las características de los signos, a lo sumo echaba un vistazo al horóscopo de las revistas cuando se sentaba en la peluquería esperando su tumo. No creía demasiado en que los astros pudieran dirigir su vida o su destino, aunque sí que influyen directa o indirectamente en el carácter de cada persona, no en vano las noches de luna llena aumentan considerablemente los delitos, crímenes y broncas. La luna influye en los partos de los animales, en el florecimiento de las plantas y en todos los seres vivos del planeta, quizás por ello es, junto a la tormenta, una escena fácil utilizada en el cine de terror por dos motivos: la transformación supuesta que puede sufrir un ser humano en las noches de luna llena o tormenta, y el miedo a ello que muchos más seres humanos suelen tener, volviéndolos más vulnerables todavía a estas noches. A Silvia le gustaban estas noches, quedarse absorta en sus pensamientos mirando al cielo sin reloj, como le gustaba mirar al fuego, intentando atravesar con la mirada las llamas que ese domingo le devolvían la imagen misteriosa de Virginia. Al mismo tiempo que lanzaba al frío aire un suspiro casi imperceptible, sonaba su móvil. Convencida de que sería cualquiera de sus amigas para contarle cómo había ido la noche del sábado, lo dejó sonar sin sacarlo del bolso, dispuesta a disfrutar de la compañía de su padre quien después de comer, mientras tomaban café en el salón, solía contarle historias de su juventud, sometidas a innumerables preguntas con las que Silvia interrumpía y él disfrutaba, consciente de que el interés por aquellas viejas historias era verídico. A media tarde el cielo gris plomizo comenzó a llorar sobre la tierra. Las gruesas gotas de lluvia guiadas por el viento del norte, golpeaban en la ventana para resbalar por el cristal hasta llegar al suelo. Las lágrimas del cielo que dan de beber a los paisajes más bellos, culpables del verde perenne de lugares únicos como el que regresaba a menudo a la mente de Silvia: Galicia y sus valles de frondosos árboles autóctonos en el interior, y otros, como los eucaliptos que, sin ser originarios de la tierra gallega, abundan en la costa, por su rápido crecimiento, para la venta de madera. Cuentan las leyendas que de lo más profundo de los bosques gallegos surge cada Navidad “el apalpador”, un hombre que bien podría describirse como Papá Noel, pero sin su risa socarrona y mucho menos su traje rojo algodonado. Este carbonero de gran estatura, de la cultura del noroeste español, visitaba en la noche de Navidad a los niños, tocando sus barrigas para comprobar que estuviesen bien alimentados. Se marchaba dejándoles castañas calientes y el deseo de que nunca pasaran hambre. Desde su regreso de Galicia, las tardes frías y lluviosas de Madrid le recordaban al complejo turístico de Monfero, y ese domingo no era diferente. La lluvia trasladó sus pensamientos a las pasadas vacaciones y a Carmen. Decidió que la llamaría pronto, o que le escribiría, para que no la olvidara y que fuera consciente de que la agente de viajes la seguía recordando. Al pensar en ello, sacó del bolso el teléfono móvil y, revisando las llamadas perdidas, palideció soltando en voz baja alguna maldición. La llamada que había sonado horas antes la había hecho Virginia. Le escribió un mensaje pidiéndole disculpas por no haber contestado a su llamada y el teléfono no tardó en volver a sonar. — Hola guapa. ¿Qué tal el día? — Hola Virginia. Pues el día muy bien, aunque ya ves cómo llueve. Perdona por no llamarte antes, me olvidé por completo del teléfono. — No te preocupes, no pasa nada. Supongo que es un poco tarde para invitarte a un café, pero si quieres quedamos el viernes por la tarde y, si no te arrepientes antes, dejo que me invites a cenar. Aunque si tienes otros planes puedes elegir otro día.

— No, no. El viernes es perfecto. No tengo planes. Bueno, ahora ya sí. Además me toca trabajar por la mañana. Podemos quedar a la hora que a ti te venga bien. — ¿Te parece bien a las cinco? ¿En la misma cafetería de ayer? — Me parece perfecto. Se despidieron con un tímido “hasta el viernes”. A un lado del teléfono Silvia sonreía, al otro lado Virginia cerraba los ojos pensando en lo larga que se le haría la semana. Odiaba los lunes, el primer madrugón de la semana, el metro lleno de gente adormilada que lejos de despejarla a ella la atontaba más, las caras serias y en ocasiones resacosas con las que se encontraba al llegar al bufete. Se dormiría pensando en Silvia, soñando despierta con ella, con su compañía, con su olor... Y el lunes el despertar sería más grato. Faltaría menos para la llegada del viernes, para ver a su sueño hecho mujer.

20. Tus labios en mi piel

La semana pasó tan lenta en la agencia de viajes y en el bufete de abogados que los días parecían tener más de veinticuatro horas. El jueves por la noche, Silvia, arropada en su cama, no podía dormir. Quedaba poco tiempo para volver a ver a la mujer que le robaba pensamientos y suspiros como nadie lo había hecho antes. En su todavía cercana relación con Carla no se había sentido así ni al principio de la misma ni después, hasta el punto de que sólo la recordaba con la pena de sentir que habían desperdiciado años de su vida estando juntas. Virginia sin embargo la hacía soñar. A veces se imaginaba viajes en su compañía, paisajes que nunca había visto por los que caminar cogidas de la mano, puestas de sol de las que disfrutar abrazadas. Se estremecía al recordar la cercanía del cuerpo de Virginia mientras bailaban en el ático la música de Mónica Naranjo y mostraba en el esbozo de una sonrisa tímida su arrepentimiento por haber huido cobardemente, arriesgándose a no volver a verla. Ahora tenía ante sí una nueva oportunidad y no la quería desaprovechar. Consiguió dormirse de madrugada, vencida por el cansancio, el sueño y la oscuridad. El viernes el despertador sonó reavivando la pereza de Virginia para salir de la cama, hasta que un pensamiento ilusionado le hizo abrir los ojos y recordar que no sólo era viernes, el día más ansiado de cada semana, sino que era un viernes especial, en el que tenía la posibilidad de demostrarle a Silvia que quería enamorarla, que si sentía atracción física hacia ella era por algo más que su belleza exterior, que por su bonita cara siempre sonriente o por su cuerpo esbelto cultivado por el deporte. Era mucho más que todo eso: su ternura, su sensibilidad, su optimismo y la timidez escondida tras una careta de niña grande extrovertida era lo que la atraía y convertía en casi una necesidad sus deseos de conocerla, de tenerla cerca, de compartir momentos y sensaciones con ella. Durante toda la semana estuvo tentada de llamarla o enviar algún mensaje, pero no lo hizo por evitar que Silvia se sintiera agobiada

y pudiera salir corriendo otra vez de su vida, porque si eso sucedía, corría el riesgo de perder para siempre la oportunidad de volver a verla. Nada las unía, excepto Vanessa, pero ésta era amiga de Silvia y sencillamente una dienta del bufete. Estaba claro que la joven muchacha se pondría de parte de su amiga y no de su abogada si el intento de acercarse a Silvia volvía a fracasar. Después de cenar Virginia se dejó llevar por Silvia. Caminaron despacio por la misma calle hasta llegar al pub irlandés, se detuvieron ante la puerta pero, cuando Virginia dio el primer paso para entrar, la mano de Silvia en la suya la hizo parar y girarse hacia ella un poco desconcertada. —Había pensado venir aquí, pero me gustaría ir a otro sitio —dijo Silvia mirando a los ojos de Virginia, sintiendo cómo crecía el deseo en su interior. Siguió caminando sin soltar la bonita mano de piel blanca que sujetaba la suya como a un tesoro, siguió caminando para detenerse pocos metros más adelante en un portal. —Aquí es donde quiero tomar una copa. —En mi casa, ¿de verdad quieres ir a mi casa? No quiero que hagas nada que no quieras hacer porque me sentiría.... —Sí, quiero subir —interrumpió Silvia—. Mírame a los ojos, ¿acaso no ves en ellos lo que quiero, lo que estoy sintiendo ahora mismo? ¿No es lo mismo que sientes tú? Si de verdad piensas que no quiero subir a tu casa pídeme que me vaya. Si no quieres que suba pídeme que me vaya, pero si no es así, no tengas miedo. Esta vez no voy a salir corriendo. Al entrar en el ascensor Silvia acercó los labios a los de Virginia, sintiendo por primera vez el sabor de la boca de labios finos a la que deseaba. Sus manos subieron por la espalda, casi imperceptibles sobre el abrigo, hasta llegar al cuello. Los dedos se enredaron con el pelo negro jugueteando con los rizos hasta que el ascensor se detuvo en el séptimo piso. Dos corazones palpitantes de deseo entraron en el ático dispuestos a amarse sin censuras, sin miedo ni arrepentimiento. Las nerviosas e inexpertas manos de Virginia buscaban la piel del cuerpo de Silvia debajo de la ropa como el náufrago que se aferra a un salvavidas, la desnudó y se dejó desnudar entre besos apasionados que le hacían sentir mucho más allá del deseo. Recorrió con sus manos el cuerpo suave de Silvia, buscó con sus labios los rincones que quería convertir en suyos, dibujó con las yemas de sus dedos la pasión en la piel, hasta sentir cómo entre sus manos se estremecía entre gemidos el cuerpo entregado de Silvia, quien, sin prisa, devolvió a Virginia cada caricia, se entretuvo en los pequeños pechos, jugueteando su lengua con los endurecidos pezones estimulados por el deseo. Volvió al cuello, sensible al aliento agitado, haciéndose de rogar. Virginia recostó la cabeza sobre la almohada con la mente al borde de la locura, mientras la boca de Silvia volvió a descender lentamente por su cuerpo hasta provocar la explosión interior del mejor orgasmo que jamás había tenido. No era sólo sexo, una noche como con Cecilia o con Lola, era mucho más que eso. Lo sentía con su corazón, la diferencia entre follar y hacer el amor, la diferencia entre buscar placer para el cuerpo y transmitir ese mismo placer al corazón donde Silvia tenía ya un lugar. Quería que aquel abrazo en que los dos cuerpos exhaustos se fundían en silencio no terminara nunca, mientras sus miradas decían lo que sus bocas todavía callaban, que el tiempo se quedara quieto, sin importar que fuera invierno, porque el fuego de su pasión lo convertía en anticipada primavera. — ¿Te quedas conmigo esta noche? — dijo Virginia buscando una vez más los besos de Silvia. No necesitó una respuesta para saber que dormirían abrazadas y que al despertar y

abrir los ojos la encontraría a su lado, cobijada en sus brazos. Ya no volvería a dejar que saliera corriendo de su lado.

21. El poder de las piedras

El amanecer del sábado fue el despertar perfecto. La mañana encontró a las dos mujeres fundidas en un solo cuerpo. La primera en abrir los ojos fue Virginia, que creyó estar en el cielo ante la hermosa visión que tenía a su lado. Buscó una vez más la boca de Silvia con la suya mientras con las manos le rozaba suavemente la cálida espalda, y así la despertó, con la ternura de besos y caricias mezclados. Hicieron el amor una vez más, sin importarles la mañana, ni el reloj y menos el gris plomizo del cielo que amenazaba, una vez más, con la lluvia incesante de aquel invierno. Silvia se volvió a dormir, mientras Virginia se levantó, preparó café y tostadas, lo colocó todo en una bandeja y entre las dos tazas puso una piedra que, sin ser ni preciosa, para ella tenía un significado especial. Le gustaban las piedras y, sin llegar a coleccionarlas, tenía muchas de todos aquellos lugares a los que había ido, guardadas en distintos rincones y cajones de su apartamento. La piedra que puso en la bandeja era especial, porque la había cogido en el puerto de Marsella, la única de su viaje por el Mediterráneo, a donde había prometido volver, y Silvia era en ese momento la mujer con la que le gustaría disfrutar de un atardecer en las calas marsellesas, de un paseo por la arena mojada mientras el sol se esconde tímidamente tras las montañas. La llevaría de la mano dibujando como una adolescente corazones que una ola traviesa borraría con su caricia. Y la besaría, con la serenata del mar arropando su más dulce deseo de amarla al borde del Mediterráneo. Silvia se despertó con la cercanía del olor a café recién hecho y sonrió al ver a Virginia con la bandeja del desayuno, vestida únicamente con una bata y la mirada tierna de mujer sencilla. — ¿Qué más puedo pedir? Desayuno en la cama después de una noche tan bonita. — Puedes pedir un deseo, pero cuidado con lo que pides, que sólo puedes pedir uno — respondió Virginia sonriendo, al tiempo que dejaba sobre la mesilla la bandeja y acariciaba el pelo de Silvia. — Entonces pediré que te enamores de mí, que me dejes quedarme a tu lado para siempre y enamorarme de ti, aunque creo que ya me estoy enamorando. — Tú me estás enamorando ya, aunque me cueste creer en los flechazos, creo que empecé a enamorarme de ti al verte en el andén del metro. Desde ese momento has estado en mi mente. Virginia puso entre las manos de Silvia la piedra y le pidió que la guardara, que algún día le diría por qué aquella piedra tenía un significado especial para ella y quería que lo tuviera para las dos, pero se lo diría en el momento oportuno, en el lugar adecuado. Le pidió que se quedara con ella todo el fin de semana, que no la dejara sola porque tendría que ocupar las horas pensando en ella. Silvia debía volver a casa, tenía que comer con su madre, pero le

prometió volver por la tarde y quedarse esa noche y el domingo, porque era lo que deseaba, dormir entre sus brazos, sentirla suya, fundirse con su cuerpo. Silvia le había advertido a su madre que no iría a dormir, aunque mintió al decirle que se quedaría en casa de una amiga donde iban a celebrar un cumpleaños. Al llegar a casa, su madre, que prefirió no preguntar nada, vio en la mirada de Silvia un brillo especial, nada similar al de una mañana de resaca después de una fiesta hasta la madrugada. No tenía los ojos adormilados ni narcotizados por el excesivo humo del tabaco que los enrojece en cualquier espacio cerrado, ni se abalanzó hacia la puerta de la nevera para aplacar con CocaCola helada los efectos del alcohol. Y tras las arrugas que empezaban a extender por su frente los signos de la vejez, sonrió feliz de que su hija estuviera tan radiante como hacía tiempo que no lo estaba. Virginia llamó por teléfono a su hermana. Quiso contarle los cambios que estaba experimentando en su vida, pero le pareció precipitado hablarle de Silvia y de la que todavía era una relación incierta, y mencionar sus experiencias con otras mujeres, que por más eróticos o apasionados que hubieran sido, no pasaban de noches de puro deseo entregada a la seducción y al placer, no le pareció lo más apropiado para hacerle entender el porqué de que le gustaran las mujeres si antes de enrollarse con Cecilia ni se lo había planteado nunca. Además contárselo por teléfono era la más valiente cobardía, lo fácil, porque no tendría que ver la cara de sorpresa de su hermana ni sentir su propio rubor. Era consciente de que por muy bien que su hermana aceptase su nueva vida personal, tendría que darle muchas explicaciones, las mismas que necesitaba darse a sí misma. Se limitó a quedar con ella para ir de compras el jueves por la tarde a un centro comercial a las afueras de Madrid y respiró profundamente al colgar. Algún día tendría que enfrentarse a todos los miedos que poco a poco se hacían más pequeños en su interior, pero todavía era pronto para desnudar su corazón ante lo más importante que existía para ella: su familia. Como unidas por un hilo invisible que unificaba sus sentimientos en un único deseo, Virginia y Silvia miraban constantemente el reloj, la primera ansiosa de que el telefonillo la sobresaltase absorta como estaba pensando con los ojos cerrados; la segunda deseando despedirse de su madre para salir corriendo a perderse en la pasión. Prácticamente acababan de conocerse y empezaban a enamorarse, todavía tenían mezclados en sus pieles los olores de sus cuerpos y ya se echaban de menos. Después de comer y hablar animadamente con su madre, inventándose el relato exacto del cumpleaños inexistente de la noche anterior pero que su madre escuchaba como sin rechistar, Silvia se duchó, recordando al frotar su piel con la esponja las suaves caricias de Virginia. Cerró los ojos mientras el agua caliente se deslizaba por su cuerpo y dejó que la imaginación la transportara, imaginando que no estaba sola en la ducha. Así permaneció durante largo rato, como le gustaba. Después buscó en su bolso la piedra de la cala marsellesa que Virginia le había dado, la guardó en una pequeña caja de joyería y la dejó sobre la mesilla, para verla cada noche antes de dormir, para cerrar los ojos e intentar averiguar, a través de los sueños, cuál sería el significado de aquella piedra para Virginia, cuándo y en qué lugar se la volvería a pedir. “Dicen que las piedras hablan, que nos protegen y nos dan energía, que nos atraen con sus formas y sus mezclas, pero cada piedra es diferente y podemos darle el significado que cada uno queramos, por el lugar de origen, por la mano que nos la regala, por el recuerdo que nos trae... y dicen erróneamente que el corazón frío e insensible es como una piedra. ¡Qué gran

mentira! Las piedras también están llenas de sentimiento”.

22. Camina a mi lado

Al amparo del inicio de una relación nueva y diferente para cada una de ellas, tanto Virginia como Silvia ignoraron por completo las calles de Madrid cubiertas de un cielo gris plomizo que amenazaba, como lo había hecho durante todo el invierno, con un fin de semana lluvioso y frío. Ignoraron que fuera día de fiesta, copas y música hasta la madrugada, que hubiese vida más allá de las ventanas del ático, más allá de las paredes que protegían su intimidad, sus miradas cómplices, sus deseos camales, sus ganas de volar entre los sentimientos que recién nacidos acariciaban temblorosos sus corazones, queriendo que el tiempo se detuviese en todos los relojes, que los segundos dejasen de correr, para no tener que separarse con la llegada de una nueva mañana que las devolviera a la realidad, porque el tiempo sólo vuela cuando estás disfrutando del momento, cuando las horas te parecen segundos que se escapan en un par de suspiros y la tarde aceleró su marcha para dejar paso a una nueva noche. Pidieron comida a domicilio para cenar, algo sencillo. — Virginia, me gustaría pedirte que seas mi novia. Quizás te parezca algo precipitado y es posible que lo sea. También es posible que esta pregunta sobre, pero me estoy enamorando de ti, mejor dicho creo que me enamoré de ti en el mismo momento que te vi con Vane en el andén del metro. No te imaginas cómo se agitó mi corazón, cómo tu mirada me intimidó. — Nunca he creído en los flechazos, pero también sentí algo extraño al verte y el día que cenamos con Vane no fui más allá del tonteo porque no quería que me juzgarais mal, ni que tú pensaras que quería un buen rato contigo. Creo que ya sabes la respuesta a tu pregunta, pero por si no la sabes... Virginia besó a Silvia con ternura, sujetándola por la cintura y le susurró al oído un “sí quiero ser tu novia” apoyando luego la cabeza en el hombro de Silvia. — Le he dicho a mi madre que mañana no iré a casa hasta la noche. A menos que tú tengas planes y quieras que me vaya antes. — Ni lo sueñes. No he hecho planes porque esperaba compartir todo el fin de semana contigo, era mi sueño y he descubierto que los sueños también se cumplen. Cuando te vayas mañana y vuelva a dormir sola tendré que volver a soñar con nuestro próximo encuentro. — No dejaré que sueñes mucho. Y hasta mañana por la noche me tendrás que aguantar aquí, así que no pienses en soñar y dame un beso o abrázame. — Quiero estar siempre a tu lado, que caminemos juntas en la misma dirección, que me conozcas mejor que nadie y conocerte de la misma forma. Silvia no dejó que Virginia siguiera hablando y la besó, con los labios sedientos de pasión, apretando su cuerpo, buscando debajo de la camiseta de Virginia el contacto cálido de la suave piel. Empezó a desnudarla cuando sonó el timbre. Las dos se rieron. Habían olvidado

que habían pedido la cena. Virginia pagó el pedido y dejó la bolsa sobre la mesa. No tenían más hambre que la de sus cuerpos, la de sus bocas hambrientas de deseo. Se entregaron a él sin resistencia, fundiendo sus cuerpos ardientes, amándose alejadas del resto del mundo, hasta dormirse abrazadas, agotadas y sudorosas. No necesitaban soñar, cada una de ellas tenía un sueño entre sus brazos, un sueño hecho realidad. El domingo comieron en el restaurante hindú que pasaría a ser un lugar para el recuerdo en sus vidas, el lugar donde compartieron por primera vez un momento a solas, desde donde dieron los primeros pasos hacia el amor. “Hay lugares, sencillos e insignificantes, que toman importancia en nuestras vidas a partir de un instante inolvidable, son lugares que para siempre acompañan a los latidos de nuestros corazones, independientemente del final que tenga la historia. Esos sitios acaban teniendo para nosotros más belleza que un paisaje, más sentimiento que un romance de amor, más emotividad que un reencuentro”. Por la tarde, ya anocheciendo, tocaba despedirse, regresar a la realidad de cada día, acostarse a una hora prudente, activar el despertador y dormirse a la espera de un nuevo lunes de rutina. Pero sus caminos ya no irían en direcciones dispares, sus manos entrelazadas las llevaban por un mismo camino. — ¿Cuándo nos vamos a ver? — preguntó Virginia mirando a los ojos de Silvia—. Ya te estoy echando de menos y todavía no te has ido. — Podremos vemos casi a diario si tú quieres, no te me pongas triste mi niña, que vivimos muy cerca. — Yo salgo todos los días a las cinco, aunque tú esta semana trabajas por la tarde y sales más tarde. ¿Te recojo el martes cuando salgas y tomamos algo? — Vale, el martes te veo. Es hora de que me vaya. Creo que me va a tocar dar algunas explicaciones en casa. Te quiero Virginia. — Yo también te quiero Silvia. Se despidieron con un beso que quería ser eterno, un beso dulce y cómplice del amor. Silvia volvió en metro a su casa, pensativa y sonriente y al mismo tiempo sorprendida de sí misma. No entraba en sus planes enamorarse tan pronto después de su ruptura con Carla, ella que sólo quería divertirse durante un tiempo indefinido, salir de fiesta, volar en las noches madrileñas del fin de semana conociendo gente, viviendo momentos de pasión sin más importancia que la pasión de una noche. Enamorarse era lo más lejano a sus planes y sin embargo su corazón había dado un giro inesperado hacia los sentimientos, lo que le hacía pensar que nunca había amado con temor a perder. A Carla la había querido mucho y la relación que tenían no era conflictiva, el sexo era bueno, pero los sentimientos eran distintos a lo que Virginia le hacía sentir sólo con mirarla. A pesar de su miedo se sintió feliz porque un corazón latía con fuerza dentro del suyo. Por su parte Virginia sintió que había descubierto una forma diferente de amar, capaz de llenarla más, de transportarla al universo de los sueños, donde la felicidad es eterna, cambiando el concentrado deseo del hombre en sí mismo, por las tiernas caricias de mujer, compartidas en la misma pasión. El lunes tocó volver a la realidad, a las calles donde la gente apuraba sus pasos tempraneros en busca de las bocas de metro. Multitud de ojos perezosos despertando al ritmo apurado de los pasos, entre ellos los de Virginia, a quien madrugar la hacía pensar a menudo el por qué el mundo jurídico no podía funcionar por las tardes, sobre todo en invierno, cuando

salir del calor de las sábanas para salir a la calle era una especie de castigo. Al llegar al bufete sus ojos se abrieron de par en par al ver a Marcos, elegantemente vestido y con su maletín de trabajo en la sala de espera, charlando animado con sus antiguos compañeros. Virginia, sonriendo, fue directa a saludarlo. — Marcos. Qué alegría verte. ¿Qué haces por aquí tan temprano? ¿Qué tal tu mujer? — Hola huesitos. Parece que me estás interrogando — respondió Marcos riéndose—. Por partes, Julia te manda un enorme abrazo y que a ver si quedamos para cenar pronto. Por otro lado, vengo por trabajo. Uno de tus compañeros representa a la parte contraria en uno de mis casos y tengo que intentar llegar a un acuerdo. Me alegro de que no seas tú con quien tenga que negociar o perdería el tiempo. — ¡Vaya concepto tienes de mí! La semana que viene os llamo y cenamos, que ésta la tengo un poco liada. Dale también un abrazo a Julia. Se despidieron con dos besos y Virginia entró en su despacho, se quitó el abrigo azul marino, encendió el ordenador y agradeció no tener que salir a ningún acto de conciliación ni juicio en toda la mañana. Abrió su correo, eliminó todos los correos no deseados, y un correo interno, de sus jefes, le llamó la atención. Cuando los jefes enviaban correos internos era por algo importante, y en esta ocasión se la citaba a ella y a cuatro compañeros más a una reunión extraordinaria el viernes cinco de marzo a las diez de la mañana en la sala de reuniones, proponiéndoles que los que tuvieran algún caso importante para ese día lo delegaran a otros compañeros, lo que añadido a que no se les informaba del motivo de la reunión la preocupó un poco. La reducción de plantilla era más que improbable, dado que la crisis económica y financiera que vivía no sólo España, sino toda Europa, hacía crecer las demandas laborales al mismo tiempo que la delincuencia, por lo que el trabajo de la abogacía aumentaba casi en la misma proporción que el índice de parados en las listas del INEM. Envió un correo a todos los compañeros a los que se citaba para la reunión, intentando averiguar si alguno de ellos sabía cuál sería el motivo de la misma, pero las respuestas coincidían en que nadie sabía nada. Permaneció pensativa hasta que sonó el tono de un mensaje en su teléfono móvil que la hizo sonreír. Era de Silvia diciéndole que la echaba de menos, que dormir entre sus brazos era lo más bonito del mundo. Le respondió suspirando: “Te quiero mi niña. Yo también te echo de menos, pero tengo el olor de tu piel conmigo. Tengo muchas ganas de verte”. Se olvidó de la reunión del viernes, de abrir su agenda, del ajetreado movimiento al otro lado de la puerta y cerrando los ojos por un instante sintió la cercanía de Silvia en los latidos de su corazón. Todas las ideas forjadas en el crucero de vivir sin prisas por enamorarse habían muerto en el instante en que la agente de viajes se cruzó en su camino, pero se sentía feliz de no tener que caminar sola, de poder hacerlo al lado de la mujer que en apenas unos días había anidado en su corazón y necesitaba compartir su felicidad, contarle a alguien que había conocido al verdadero amor de su vida, el que la llenaba de ilusión y ganas, pero no sabía por quién empezar. Sus miedos interiores de enfrentarse con naturalidad al cambio de vida sexual la alejaban de confiarle su felicidad a su familia y a quien menos, a sus padres. Hacer un cálculo de su reacción era una aventura demasiado arriesgada y ella lo entendía, porque si para muchos padres no era fácil aceptar la condición homosexual de un hijo desde la niñez, el hecho de aceptar el cambio desde la más absoluta heterosexualidad era más complicado y, por mucho que ella conocía bien a sus padres, no tenía ni idea de si lo aceptarían sin pedirle explicación alguna o si, todo lo contrario, pensarían que se estaba volviendo loca, ella la siempre responsable y seria. Su hermana era mejor opción como confidente, pero no quería precipitarse. Sabía que primero le pondría cara de sorpresa y de estar oyendo algo surrealista, pero que después le mostraría su alegría por verla feliz; le haría un montón de preguntas

atropelladas sin darle casi tiempo a responder y correría a contárselo a su marido emocionada por la nueva vida de su hermana. No se precipitaría con la familia, ya encontraría el momento de compartir su secreto con alguna amiga. Ahora era el momento de disfrutar de Silvia, con Silvia, de anclar los cimientos de la recién estrenada relación, de transmitirle todo el amor que tenía guardado en sus entrañas para darle, para enamorarla cada día más con la ilusión de que un día no muy lejano podrían compartir cada día de sus vidas, dormir abrazadas todas las noches, viajar juntas a otros países y jurarse amor eterno ante la puesta de sol de una cala, con la ciudad de Marsella a sus espaldas como único testigo. Soñaba despierta con ese momento, porque soñar es gratis y en ocasiones los sueños también se cumplen. Marcos la devolvió a la realidad llamando a la puerta. Había terminado su reunión con el compañero de Virginia y se iba a su despacho. Le pidió que no se olvidara de llamarlos para cenar y se fue. Virginia, por fin, abrió su agenda y se dispuso a llamar por teléfono a uno de los clientes.

23. Confesiones entre Madrid y Valencia

El martes, tal y como habían quedado, Virginia fue a la agencia a buscar a Silvia. Resistieron la tentación de besarse hasta que la agente cerró con llave la puerta y bajó las persianas interiores. Entonces se abrazaron fuertemente entre besos apasionados, desquitando las ganas contenidas Silvia buscó por debajo del jersey negro de cuello alto de Virginia el contacto de las manos con la piel cálida y suave, lo que hizo estremecer a la abogada. — Tengo ganas de ti mi amor. Te deseo — musitó a su oído Silvia sin dejar de acariciarla—. No dejo de pensar en ti cada segundo. — Siempre estaré contigo mi amor. No sé qué has hecho para que te quiera tanto, creo que me has embrujado con tu sonrisa especial. Soy feliz de tenerla para mí. — Siempre será tuya. Te adoro mi niña. Eres tú la que me has embrujado a mí. ¿El fin de semana vamos a estar juntas? — El fin de semana voy a Valencia, a ver a mi familia. Me gustaría llevarte, pero entiende que no quiero precipitar las cosas. Nadie de mi familia sabe que he estado con mujeres, sólo han conocido a Rubén como pareja mía y me costará mucho enfrentarlos a la realidad. Ni siquiera sé cómo enfrentarme yo a la realidad ante ellos, pero te prometo que te llevaré pronto, cuando vuelva a ir vendrás conmigo. — Uf, todo el fin de semana sin verte. Entonces tendré que aprovechar bien la semana. Llévame a tu casa esta noche. Quiero dormir contigo. — Claro que te llevo, pero con una condición — sonrió Virginia con picardía. — ¿Una condición? ¿Cuál? — Que me des un beso ahora mismo. Antes de abandonar la agencia de viajes se fundieron en un largo beso, cálido y apasionado, que las llenó de deseo.

Durante el trayecto en metro hasta el ático de Virginia, Silvia le hizo un montón de preguntas sobre por qué no se sinceraba con la familia en cuanto a su sexualidad, algo que ella había hecho desde el mismo instante en que se descubrió a sí misma mirando con deseo a otra chica. La diferencia entre las dos era que ella nunca había estado con un hombre, ni se había sentido atraída por alguien del género masculino, mientras que Virginia, con treinta y dos años hasta su primer encuentro sexual con Cecilia, hacía menos de un año, había sido la más heterosexual de las mujeres, aunque sólo había presentado como novio a su familia a Rubén, no sabía cómo encajarían la nueva situación. No era lo mismo salir del armario en la adolescencia que hacerlo en la ya madurez de la treintena, después de una convivencia de cinco años con un hombre. Silvia, aunque lo entendía, lo consideraba un poco surrealista. Ella se sentía feliz de poder contarle a los suyos cada enamoramiento tanto profundo, aunque éstos habían sido pocos, como superficial, cada ilusión cuando conocía a una mujer que la embobaba durante un tiempo muy corto y que luego pasaba al olvido. Sin embargo reconoció que tampoco ella había hablado de Virginia a su familia, porque todo era diferente. Virginia no era un capricho de unos días, ni una relación que si se rompía pudiera olvidarse en unas vacaciones, como la relación con Carla. Lo sentía de forma diferente y así quería transmitírselo a sus padres y a su hermano cuando llegara el momento. El domingo al volver a casa su madre había intentado, sin éxito, tirarle de la lengua, y así sería hasta que ella lo decidiera, hasta que les presentara a Virginia como la mujer que ocuparía su corazón para siempre. La noche se hizo corta entre las sábanas. Por primera vez Virginia se levantó para ir a trabajar dejando a Silvia dormida en su cama. La miró con ternura y no quiso despertarla. La arropó y dejó en la mesilla una nota de buenos días. Aunque había dormido poco el camino al trabajo se le hizo más ameno: en su piel llevaba con ella el olor de la piel de la mujer a la que amaba, la que se apoderaba a cada instante de sus pensamientos. Cuando Silvia despertó sola en la habitación de Virginia sonrió feliz. Antes de levantarse buscó su teléfono móvil en la mesilla para llamar a su madre y descubrió la nota de Virginia, que entre dibujos de corazones se disculpaba por no haberle llevado el desayuno a la cama: “No quería despertarte preciosa. Te echaré de menos todo el día. Llámame cuando te levantes. Me hará feliz oír tu voz”. Primero llamó a su madre y después a Virginia. Deseó que la voz que le hablaba al otro lado del teléfono estuviera allí, musitada a su oído sobre la almohada. El jueves volvieron a verse. Cenaron y compartieron la intimidad de sus deseos para despertar la una en brazos de la otra el viernes por la mañana. Desayunaron juntas y se despidieron hasta el lunes. Virginia le prometió a Silvia llamarla en cuanto llegara a Valencia y le pidió que saliera el fin de semana con sus amigas, que no se quedara en casa o se le pasaría más despacio el tiempo. Le pidió también que si quedaba con Vanessa le diera saludos, aunque creyó oportuno llamarla y contarle ella misma que había empezado una bonita relación con Silvia. La llamaría al mediodía si la reunión que tanto la intrigaba se lo permitía. Volvió a besar a la que ya era su novia y mirándola desde la puerta le sonrió con un guiño cómplice antes de irse. A las diez de la mañana Virginia y los compañeros citados a la reunión formulaban sus propias conjeturas sobre el motivo de la misma cuando Diego Otero, el “gran jefe” del bufete se sentara presidiendo la mesa. — Buenos días chicos. Estoy seguro de que estáis ansiosos por saber el motivo por el que

he convocado esta reunión a la que ninguno de vosotros podíais faltar y no os haré esperar más para saberlo. Todos habéis estado unos días en fechas diferentes en la ampliación que hemos hecho en Barcelona. Os hemos enviado allí porque sois los más comprometidos con el trabajo y los mejores en cuanto a resultados, por lo que uno de los cinco será el elegido para trasladarse de forma temporal o tal vez definitiva a Barcelona, con el fin de dirigir y coordinar a vuestros compañeros de allí, así como apoyarlos y asesorarlos en su labor. Por supuesto esto conlleva un incremento salarial acorde al puesto, así como la posibilidad de mayores beneficios sociales que se comunicarán en el momento del traslado, que no será antes del mes de septiembre. Entiendo que tenéis que analizar los pros y los contras de la situación, por lo que os ruego que en el plazo de una semana solicitéis reuniones individuales conmigo para hacerme saber las posibilidades de traslado de cada uno a fin de tomar la decisión más correcta. Los cinco abogados permanecieron perplejos durante unos minutos, hasta que empezaron a hacer preguntas y comentarios manteniendo la reunión hasta pasadas las once y media. A Virginia se le amontonaron los pensamientos. Un mes antes no le hubiese importado ofrecerse voluntaria para iniciar una nueva aventura, pero ahora tenía a Silvia y ya no podía pensar sólo en sí misma. Siempre le había gustado sentirse valorada en el trabajo al igual que en la vida, pero ahora prefería haber estado en un segundo plano, lejos de las posibilidades de ascenso. Renunció a tomar café refugiándose en su despacho hasta la hora de comer. No tenía apetito por lo que paseó por el parque de Berlín pensando en cómo la vida puede dar tantos giros en todos los aspectos de la vida en tan poco tiempo. Envió un corto mensaje a Silvia evitando mencionar la reunión y llamó a Vanessa para explicarle todo lo que había pasado con Silvia. Aunque no tenía que trabajar por la tarde, a las dos regresó a su despacho para terminar un informe. Una hora más tarde emprendió el camino hacia Valencia con sus sentimientos contrariados por la felicidad que le daba Silvia y el dilema de la posibilidad de trasladar su vida a cientos de kilómetros de ella. Silvia ocupó la mañana en ir de compras y dar un paseo por la plaza Mayor, uno de sus lugares favoritos de Madrid, con los soportales llenos de stands de lo más diverso y las emblemáticas figuras de los mimos en cada esquina de las calles. La fascinaba cómo una persona podía permanecer así de quieta tantas horas moviéndose a penas cuando las monedas de los viandantes sonaban en el recipiente colocado a sus pies. Un colgante llamó su atención en el escaparate de una joyería. Era una runa celta de porcelana hecha a mano con el cordón de cuero y los cierres de plata. Lo compró y pidió que se lo envolvieran para regalo, el primer regalo que le haría a Virginia. Estaba segura de que le gustaría más que cualquier joya de oro o que un anillo o pulsera, cosas que no le gustaban demasiado. Esa noche se quedaría en casa, cenaría con su madre y se pelearía con ella por el mando de la televisión de la misma forma que, en la pantalla, lo hacían también en los programas rosa de cotilleos sobre famosos, y le hablaría por primera vez de Virginia y le contaría que se estaba enamorando de una forma diferente a como antes se había enamorado, con ilusiones nuevas y sensaciones que la llenaban. El frío envolvió su rostro y apuró el paso hacia el metro. Anochecía cuando Virginia aparcó delante del edificio donde vivían sus tíos matemos y sus dos primas, Yasmina y Joana, esta última, un año mayor que ella y con la que tenía gran complicidad, por lo que su llegada le provocaba siempre una alegría. Joana, la chica de las mil frases compartidas, las de cosecha propia y las que leía y adoptaba como suyas, para publicarlas después en el perfil de su página en una de tantas redes sociales que, si bien han conseguido retomar a los internautas viejas relaciones de amistad del pasado y mantener a todos los amigos informados de la vida diaria, gustos y aficiones, también ha roto la belleza

de las cartas que no hace tantos años eran la forma más común de comunicación con la gente que estaba lejos. Ahora basta con un correo electrónico que se puede leer al instante de que otro lo escriba. Adiós a la magia de la sorpresa, de mirar el buzón un día tras otro hasta encontrar en él un sobre, abrirlo con nervios y leer una y otra vez folios llenos de vivencias de varios meses. En Navidad un montón de postales llegaban cada día; todo el mundo escribía postales, pero ahora esas postales viajan a través de Internet, y con un simple “clic” en “eliminar” desaparecen con la misma facilidad que aparecen. Ya no hay cajas de cartón llenas de cartas y postales y fotografías, sino carpetas de archivos en los ordenadores. Joana, como la mayoría de su generación, adaptada a las nuevas tecnologías recordando poco aquellas viejas cartas y postales que se enviaba con Virginia de niña, esperaba la llegada de su prima más que para contarle todo aquello que podía leer en Internet, para matizarle cada una de sus nuevas aventuras, inconsciente de que esta vez le tocaría a ella escuchar con asombro. Virginia era mucho más reservada, sus sentimientos y sus estados de ánimo difícilmente asomaban para poder ser captados por los demás. Había que conocerla para saber cuándo su moral estaba por los suelos y aun así no era fácil conseguir que desahogara sus problemas o sus preocupaciones. Joana sí la conocía lo suficiente para saber sólo con mirarla que tenía en la cabeza cosas importantes que la preocupaban, pero se mostraba feliz y contenta y eso la desconcertaba. Después de saludar al resto de la familia, Virginia le pidió a su prima que salieran a cenar. Joana aceptó, y nada más salir a la calle las dos solas se interesó por saber lo que le pasaba. Virginia sintió cómo su cara se ruborizaba. Ahora no sabía cómo empezar y sólo acertó a decir que se había enamorado. — ¡Qué alegría me das! ¿Quién es el afortunado?, ¿otro cachas de gimnasio como Rubén? — No, no es ningún cachas ni nada parecido a Rubén. — ¿Quién es? No me intrigues, que ya me tienes bastante nerviosa con tanto misterio. — ¿Que quién es? Ése es el problema, Joana. — ¿Problema? Joder, no me asustes. ¿No será algún delincuente al que hayas tenido que representar? El comentario hizo reír a Virginia cuando entraban por la puerta del restaurante. Joana no dejó de mirarla mientras se sentaban en la mesa que el camarero les asignó, intentando adivinar cuál era el motivo por el que la nueva relación de su prima fuese motivo de preocupación, por lo que no pudo dejar de hacerle preguntas. — ¿Está casado?, ¿te has enamorado de un hombre casado y por eso estás preocupada?, ¿es otro militar un poco loco?, ¿no será un famoso? — No seas tonta. ¿Cómo va a ser un famoso? A ver cómo te explico esto. Mejor te lo suelto y ya está. Se llama Silvia. — ¿Silvia? Es nombre de mujer. — Joder Joana, es una mujer. Me he enamorado de una mujer. Tengo una relación con una mujer. — ¿Y? ¿Cuál es el problema? — ¿No te sorprende? ¿Qué cuál es el problema? — Para, para, para Virginia. Claro que me sorprende un poco, o bastante, pero lo importante es la felicidad que tú sientas, y si estás enamorada da igual de quién, siempre y cuando te trate bien, te quiera y te dé el amor que tú te mereces. No creo que sea ningún problema, más allá de lo que tú quieras considerarlo así. — ¿Y mis padres? Piensa en cómo se lo van a tomar. — Dales tiempo, a ellos y a ti misma. No te agobies. Preséntales a Silvia como a una

amiga más, que la vayan conociendo, y cuando consideres que estás preparada te sientas con ellos y se lo cuentas. ¿Y tu hermana? Seguro que ella te da todo su apoyo. — Tampoco sabe nada, quería decírselo pero no he sido capaz. — Pues adelante primita, díselo y ya verás como todo sale bien. De todas formas creo que hay algo más que te preocupa. ¿Me equivoco? — No Joana, no te equivocas. Virginia le contó a Joana la reunión que habían tenido en el trabajo y la posibilidad de que la quisieran trasladar a ella a Barcelona, lo que no quería. Joana no supo más que tranquilizarla y cuando notó que una lágrima asomaba en las pupilas marrones de Virginia se preguntó si podía una lágrima gritar lo que el cuerpo y la mente trataban de callar. Las lágrimas, palabras sin sonido, palabras convertidas en sentimientos que hablan a través de los ojos. — Todo saldrá bien Vir, ya lo verás. Durante todo el fin de semana Joana no se separó de Virginia, la interrogó literalmente sobre Silvia, le preguntó si antes había estado con otras mujeres, cuándo se había dado cuenta de que la atraían y cuál era la diferencia entre acostarse con una mujer y con un hombre. Virginia contestaba, en ocasiones riendo las preguntas ingeniosas, ajena a que a muchos kilómetros de Valencia, Silvia abría el corazón a su madre y a su hermano.

24. Aire fresco de primavera

Cada estación del año tiene vida y belleza propia, si el verano es la abundancia de sol y calor, de vacaciones, playa, piscina, fiestas y verbenas en todos los pueblos y ciudades ... Si en invierno las luces navideñas homenajean la vida en familia, al abrigo del hogar, y en el otoño los árboles se desnudan llenando el suelo de hojas secas y tiñendo el paisaje de marrón, con la llegada de la primavera los puestos callejeros de castañas asadas van dejando paso a los de frutas, y el paisaje viste con los nuevos rayos de sol a los árboles de verde húmedo y los campos y jardines de flores perfumando los sentidos. Los días en primavera se hacen más largos, y empezamos a prescindir de los pesados abrigos, contagiándonos de alegría nos sentimos más vivos y más abiertos a los sentimientos, a disfrutar de la naturaleza, de nuestro entorno y de las calles que dejan de estar vacías. Los días nos regalan más horas de luz y las nostalgias se apresuran a esconderse en un rincón interior hasta que en el otoño, con la caída lenta de las hojas vuelvan a asomar para instalarse en nuestros corazones hasta pasar un nuevo invierno. Faltaban quince días para que se iniciara la primavera de forma oficial y ya las nubes grises iban dejando paso a las primeras mañanas despejadas, y aquel domingo la costa

valenciana amaneció bañada tímidamente por el sol. Virginia decidió regresar a Madrid nada más levantarse para poder ver a Silvia aquella noche y, de paso, evitar las caravanas que los domingos hacían eterna la entrada a la capital por la A-3. Se despidió de sus tíos y de Joana, a quien tuvo que prometer mantenerla informada en todo momento de lo que fuera sucediendo con su relación y si por fin se decidía a contárselo a sus padres, así como lo que sucediera con el posible traslado laboral. Reconfortada y aliviada por haber compartido el secreto de su corazón y animada por la reacción positiva de su prima, arrancó el coche y encendió la radio. A su paso durante las siguientes cinco horas quedarían montañas coronadas por las imponentes hélices de los parques eólicos que al mismísimo Alonso Quijano, Don Quijote, dejarían perplejo y harían rendir su lanza desanimando sus ansias de pleitesía con los gigantes de viento. Atrás quedarían también campos antaño cultivados para la subsistencia y ahora plantados de paneles solares. El patente aprovechamiento de las energías naturales y renovables conlleva, negativamente, el afeamiento del paisaje, algo que Virginia pensaba cada vez que viajaba y esta vez no era diferente, aunque su mayor pensamiento era Silvia. Hizo una parada en un área de servicio para llenar el depósito, estirar un poco las piernas y tomar un café, como siempre con la leche fría. No se entretuvo demasiado y volvió a la carretera y a sus pensamientos. Por su mente iban pasando imágenes de muchos rincones donde la mano humana había destruido la belleza de lo natural y la costa del levante era uno de los ejemplos más claros con poblaciones como Benidorm donde decenas de hoteles con forma de pequeños rascacielos restan belleza a sus playas, o Calpe, donde al empezar a caer la tarde la playa se llena de las sombras de los edificios levantados a pocos metros de la arena, separados de la misma por un estrecho paseo marítimo. La costa bañada por el mismo mar Mediterráneo que le había regalado una noche especial de magia y erotismo a bordo de un crucero. Ella quería regalarle muchas noches especiales a Silvia, muchas noches de apasionados encuentros, de romanticismo y ardiente deseo sin necesidad de cruceros ni de vacaciones, quería que cada noche a su lado fuera especial y por ello decidió que, si el fin de semana continuaba el buen tiempo, la llevaría a la sierra, donde la mano del hombre mantiene por el momento cierto respeto por el paisaje. Las cumbres nevadas hasta sobrepasar el mes de abril convierten la sierra del Guadarrama en una bella imagen de postal. Buscaría por Internet el alojamiento, una casa rural, y le haría creer a Silvia que pasarían el fin de semana en casa. No planearía nada más. Sabía que todo lo bonito y maravilloso que podría pasar surgiría como emana agua de una fuente, sin planear el transcurso del río, que por sí mismo se abre camino entre la tierra. La pasión es igual a ese río, que se funde en un abrazo con el afluente para seguir el mismo curso, siendo un solo cuerpo. De la misma manera, en ocasiones, el río y la pasión se desbordan, inundando los campos uno y el cuerpo y la mente otra. Ansiosa, Silvia esperaba la llamada de Virginia para ir a su encuentro. Sentía la necesidad, como el que está enganchado a una droga, de tenerla entre sus brazos, de sentir el calor de su piel, de oír la tranquila voz en su oído apenas susurrando un te quiero, mirarla a los ojos y seguir apartando la cortina impenetrable de su mirada para perderse en ella y saber que su mirada y sus labios decían lo mismo cuando hablaban. Para ella descubrir que tras esa mirada fría y, aparentemente infranqueable, existía un mundo de ternura y que su corazón, oculto tras una imagen de mujer con carácter, estaba lleno de buenos sentimientos y de una sensibilidad tremenda, había sido precioso. Aunque el primer día que la vio en el andén del metro sintió algo especial, no llegó a pensar que tras una imagen tan segura y seria se escondía un ser tan frágil y dulce. Miraba nerviosa el reloj, lo que no pasaba inadvertido para su madre, quien con una sonrisa la miraba feliz, pero al mismo tiempo deseando que no sufriera, que esa chica de la que le había hablado durante el fin de semana no dejase su corazón roto tirado en cualquier rincón de una mañana cualquiera, de la misma manera que el desamor la había llevado a ella al divorcio.

— Silvia, cariño, estás demasiado ilusionada con esa chica, Virginia, y casi no la conoces. — Pero mamá, es que es especial, como si la conociera desde siempre, como si hubiese estado en mi vida desde que tengo uso de razón. — Es que no quiero que sufras, eso es todo. Nunca te he visto así, y me alegro de que estés tan feliz, pero ve siempre con mucha calma, porque las cosas del corazón son preciosas y por eso hacen tanto daño cuando se rompen. — ¡Pero mamá!, no me digas esas cosas. — Tienes razón hija, no todas las parejas se rompen y hay muchas que con el paso de los años siguen tan enamoradas como al principio. Estaré encantada de conocer a Virginia cuando me la quieras presentar. Es más, estoy deseando conocer a esa mujer que te ha revolucionado las neuronas de tal manera. Creía que eras tú la que siempre ibas por ahí revolucionando a las mujeres. — ¡Mamá, qué concepto tienes de mí! — respondió Silvia alterada por el comentario de su madre que se echó a reír. — No te lo tomes así, pero no me negarás que tienes a muchas chicas adorándote como si fueras una diosa. Por eso me preocupa que puedas sufrir, porque nunca te he visto tan enamorada. — Pronto conocerás a Virginia, mamá. Te lo prometo. Y cuando la conozcas te darás cuenta de por qué estoy así de enamorada. No es otra Carla, es todo lo contrario, una persona con los pies en la tierra y con un corazón muy grande. — Ven aquí, anda, y dame un abrazo, que estoy viendo que un día de estos te voy a perder de vista y esa chica se va a llevar a uno de mis dos ojitos, como es ley de vida. — ¡No vayas tan rápido! No te vas a librar de mi tan fácilmente. En ningún sitio se está mejor que aquí. — Ya lo verás. Todo pasa muy rápido, casi sin darte cuenta. El teléfono, oportuno, puso fin a la discusión. Virginia estaba ya en Madrid, recogería a Silvia en su casa y comerían juntas. Las dos necesitaban el mutuo abrazo del reencuentro, la una con las palabras de su madre nadando en su mente, la otra con la preocupación de la incertidumbre de su trabajo que todavía no quería compartir con Silvia por si, llegado el momento, la decisión de su jefe no la implicaba. En los primeros alientos de una relación, cuando los sentimientos acaban de nacer y crecen con las horas del día, en cada pensamiento, en cada sonrisa compartida y en cada ausencia, los días sin verse pasan para los enamorados lentos y las noches se hacen eternas, por eso el instante de volver a fundirse en una mirada, en un abrazo, se convierte en un momento único de magia en el que se aferran dos cuerpos no queriendo separarse. Cuando Silvia abrió el portal y tuvo delante a Virginia no pudo reprimir las ganas de abrazarla. — Mi niña, te he echado de menos. Parecía que no ibas a volver nunca. — Ya estoy aquí y te prometo que el próximo fin de semana no me voy a separar de ti ni un minuto. — Más te vale. No te puedes ir y dejarme sola — sonrió Silvia ante la oscura profundidad de los ojos de Virginia, dejándose atrapar por el infinito misterio de aquella mirada que guardaba tras la cortina del hermetismo todo un mundo de bellos sentimientos. La mirada de Silvia, sin embargo, lo decía todo sin necesidad de ayudarse con la palabra. Sus ojos expresaban cada sensación, cada emoción, cada deseo, bastaba mirarla para conocerla. — ¿Has visto a Vanessa? Espero que hayas salido con tus amigos a tomar algo. — La verdad es que no. No he salido. Me quedé en casa, disfrutando de mi madre y de mi

hermano el poco tiempo que ha dado señales de vida, así que he tenido tiempo para hablarles de ti, y están deseando conocerte. — ¿Conocerme? Pero si casi no nos conocemos ni nosotras mismas. No quiero que nos precipitemos. — ¿No estás segura de lo que sientes? ¿O de mí? — Claro que estoy segura de que me estoy enamorando cada día más, y estoy segura de que tú sientes lo mismo, pero entiende que me parece muy pronto para que tu familia me conozca. Al llegar al ático de Virginia el deseo y la pasión les hizo olvidar la conversación y la noche, como anticipo de la primavera, las encontró con la sangre ardiendo alterada en un bosque espeso de sueños hechos realidad.

25. Rincones de Ávila

La Gran Vía que ese mismo año celebraba su centenario, admirando la convivencia de los vetustos edificios de adornados balcones con la modernidad de rótulos de neón, donde las sastrerías que abrieron sus puertas a señoras y caballeros a mediados del siglo pasado intentan sobrevivir entre imperios como Inditex, Adolfo Domínguez o Desigual, entre otros. O el cine Capitol, emblemático en sus mejores años, que reta cada noche a los multicines que en los grandes centros comerciales pueden ofertar más películas y a mejor precio. La Gran Vía de Madrid, donde también los restaurantes en los que generaciones pasadas compartían mesa y cocina española, ahora se mezclan con locales de comida rápida y menús importados de diversos países. Y en plena calle, ajenas unas a otras, caminan a ambos lados, en paralelo o cruzándose, diversas lenguas y culturas, diversas razas y religiones, tribus urbanas, mendigos y artistas callejeros, vendedores de bocadillos y latas de cervezas, “obreros” del top manta que salen corriendo al mínimo acercamiento de la policía... Silvia caminó entre toda esa gente sin mirar a nadie. Iba despacio, pensando en que nunca se paraba a admirar la belleza de los edificios, de las esculturas que imponentes presidían en lo más alto a alguno de ellos, las estructuras que se mantienen intactas como si por ellas no pasara el tiempo, desde Cibeles hasta plaza de España. Se sintió por un instante como turista en la misma ciudad que la había visto nacer y en la que vivía desde siempre. Esa tarde de jueves caminaba sin prisa, deseando tan sólo la llegada del viernes para poder disfrutar de todo el fin de semana con su amor, con Virginia, la mujer capaz de darle un nuevo y diferente sentido a toda su vida con una simple mirada, de la misma manera que parase a mirar cada rincón de la Gran Vía le daba otro sentido alejado del ruido y las prisas cotidianas a la ciudad. El viernes, doce de marzo, amaneció en la capital un día de nubes, que poco a poco se fueron disipando para dejar paso a los tibios rayos de sol. Luz y sombras que envolvían Cibeles, la Puerta de Alcalá, El Retiro, lleno ya de visitantes hambrientos de paseos largos y tranquilos, el Palacio Real, la Catedral de la Almudena ... Virginia, lejos de salir de casa somnolienta y desganada, se vistió con su mejor sonrisa para enfrentarse a la mañana, dispuesta pocas horas después a huir de la ruidosa ciudad, del bullicio masificado de las gentes con la única voz que deseaba oír, con la única sonrisa que añoraban sus ojos, para

regalarle la magia de un primer fin de semana a solas con su amor, no muy lejos de Madrid. Y ese mediodía, con la ilusión de cuando era niña y su madre le compraba un regalo, recogió a Silvia delante de la agencia de viajes, subió por la misma Gran Vía que Silvia había paseado dos días antes, bajó desde la plaza de España hasta Príncipe Pío y entró en el túnel que las llevaría hasta Alcorcón por la A-5. Silvia mostró sorpresa y preguntó: — ¿A dónde se supone que vamos? — Lo sabrás cuando lleguemos. ¿No te apetece un poquito de tranquilidad y naturaleza? — Sí, sabes que me encanta, pero con tenerte a ti al lado tengo la tranquilidad que necesito. — Esto te gustará, verás. Algunos kilómetros después de abandonar la autovía de Extremadura continuaron por la estrecha carretera de los pantanos, llena de curvas, en cuyos márgenes las primeras flores ansiaban poner fin al invierno del 2010. Una hora después cruzaban San Martín de Valdeiglesias, con su antiguo y mal cuidado castillo famoso por sus supuestas apariciones y psicofonías, para dejar atrás la comunidad de Madrid y entrar en la provincia de Ávila. En El Tiemblo pararon a comprar comida preparada, refrescos, agua y pan. — Me da que hoy no volvemos a Madrid — dijo sonriendo Silvia. — No es mi intención, pero si quieres te dejo en alguna parada de autobús y... — respondió bromeando Virginia. — No te vas a librar de mí tan fácilmente. ¿Ya sabes dónde te llevo? — Me hago una idea, aunque nunca antes he estado por aquí. Al llegar a la presa del Burguillo giraron a la izquierda. Cinco minutos después aparcaban en Las Cruceras. Allí, al pie del embalse, las casas habitadas en otro tiempo por los resineros de los montes abulenses, hoy rehabilitadas como casas de turismo rural, estaba su refugio durante el fin de semana, compartiendo el entorno de la sierra de Gredos con buitres leonados, gatos monteses, y si la suerte lo quería podrían disfrutar de la esporádica visita de algún lince ibérico, águila ibérica y un sinfín más hasta pasar de las trescientas especies entre vertebrados e invertebrados, que convierten valle de Iruelas en una reserva natural protegida y bien cuidada, entre los municipios de El Barraco, El Tiemblo, Navaluenga y San Juan de la Nava, en la vertiente derecha del Alberche. La belleza del paisaje, la tranquilidad y la riqueza en flora y fauna, lo convierten en lugar de escapada en verano y los fines de semana de todo el año, sobre todo para muchos madrileños que buscan huir de las bocinas de conductores apurados, de las inagotables sirenas de policía y ambulancias, del incesante griterío de las calles de la masificada ciudad. Pero Virginia buscaba no sólo esa tranquilidad, sino estar a solas con Silvia, sin que nadie pudiera interrumpir tocando el timbre, sin que ningún ruido callejero entretuviese su atención; compartir una primera escapada, regalarle todo su tiempo, contarle cosas de su pasado, de su vida, de su gente y escuchar otras tantas historias de boca de Silvia y dormirse abrazada a sus sueños, al perfume de su cuerpo. — Ahora ya sé dónde me traes. Esto es precioso. El pantano está a rebosar de agua. — Vamos a buscar las llaves a ver cuál es nuestro hogar estos dos días. Desde la ventana podrás ver cada mañana cómo el cielo se refleja en el agua. — Tú ya has estado aquí, ¿verdad? — Sí, pero con mis amigos, hace años. — Me da igual con quién hayas estado aquí, lo que me importa es que ahora estás conmigo. En recepción les entregaron folletos de rutas de senderismo, rutas a caballo, e incluso en

barca, o la posibilidad de alquilar una canoa y cruzar el embalse, cosas que no encajaban en sus planes aunque escucharon pacientemente al muchacho parlanchín que probablemente no llegaba a los veinte años. Su casa era de las más cercanas al bar- restaurante y, aunque también de las más pequeñas, estaba habilitada para cuatro personas, con dos dormitorios, uno de ellos en la buhardilla y otro en la planta baja, el salón nada más entrar estaba presidido por una chimenea donde el fuego les daba la inesperada bienvenida. Por un instante Silvia mantuvo la mirada quieta en las llamas y a su mente regresó aquella otra chimenea en Galicia a cuyos pies desató la pasión de Carmen. Se mordió nerviosa el labio inferior. Quería contarle a Virginia, sin secretos, aquella reciente aventura y demostrarle que ella era diferente a todas las mujeres que de una u otra manera habían estado en su vida o entre sus brazos. Y se lo contó mientras comían el pollo asado que habían comprado por el camino, sin tapujos, sin ocultarle que había sido una bonita tarde pero sólo de pasión. No se sentía capaz de levantar la mirada un poco avergonzada del plato hasta que Virginia se levantó, rodeó la mesa, se agachó ante ella, y le acarició con ternura la cara y los labios besándola suavemente. Mordisqueó su oreja jugueteando y le musitó al oído: — ¿Y quién no guarda entre sus recuerdos una noche de pasión loca y desenfrenada? Aunque tendrás que compensarme por ello. — ¿Tú también has vivido alguna noche loca de pasión así? — No tan fantasiosa, pero claro que sí. No escondas los recuerdos, ni te arrepientas de aquello bonito, divertido o apasionado que hayas hecho. Todos tenemos un pasado, un antes. Lo que importa, como tú has dicho antes, es que ahora estamos juntas, que te quiero con locura, que ya no hay vuelta atrás en este amor que crece en mí cada día. No me importa a quién hayas besado, querido, deseado o amado antes. Al revés, eso quiere decir que has sabido vivir la vida. Lo que me importa es que ahora no soportaría verte con alguien que no sea yo y que para eso voy a hacer que te enamores de mí cada día. — ¿Te has oído a ti misma? ¿Cómo no te voy a querer si eres la mujer más maravillosa a la que he conocido en mi vida? Ven, quiero darte algo. Silvia llevó a Virginia de la mano hasta la habitación, le pidió que cerrara los ojos, sacó del bolso el colgante que le había comprado días antes y se lo puso con delicadeza en el cuello. — Ya puedes abrir los ojos. — Me encanta — dijo Virginia al verse en el espejo—. Gracias, de verdad, es muy bonito. — Así cuando no estés conmigo y lo mires, me recordarás. — Te amo Silvia. — Y yo a ti mi amor. No habían terminado de comer, pero ya sólo tenían hambre la una de la otra. Se desnudaron apresuradamente, nerviosas por el deseo, sin importar que la tarde, fresca pero soleada, las invitara a salir a pasear al otro lado de la pared, al otro lado de la ventana. Cayeron sobre la cama sin dejar de besarse. Las manos inquietas de las dos, buscando seducirse con caricias, encontrar la cumbre final del deseo acumulado durante toda la semana. — Cuando estoy contigo se me olvida que hay un mundo entero ahí fuera — dijo Silvia abrazando fuerte a Virginia, acariciando con el roce suave de la yema de los dedos sus finos labios—. Prométeme que nunca te irás de mi lado, que no me dejarás. — Claro que no te voy a dejar mi amor.

Aquella promesa devolvió a Virginia a la realidad. Se había reunido el martes con Diego, su jefe, para comunicarle que no quería ir a Barcelona, con la disculpa de que prefería quedarse cerca de su familia, lo que era un vago argumento contra el de alguno de sus cuatro compañeros que por estar casados o tener hijos tenían más fácil escapar del traslado. Pensó en que debía sincerarse con Silvia, contárselo, y también, por qué no, la noche con Lola, pero le pudo más el silencio, el no querer estropear aquel primer fin de semana con preocupaciones. Prefería callar antes que hacer el más mínimo daño, al igual que cuando su respuesta era no, su negativa era inamovible, inapelable, intentar convencerla de que cambiara de opinión era un reto perdido de antemano. Esperaba que ello pusiera sobre aviso a su jefe, que sabía de su seriedad e inflexibilidad en cuanto a decisiones, pero el miedo la envolvió, junto a las sábanas, cobijada en los brazos de su amor. — ¿Damos un paseo? — Vale. Silvia, ¿cuándo le contaste a tu familia que tú... que te gustaban...? — ¿Que soy lesbiana? — rió Silvia—. Creo que cuando se lo conté ya lo sabían. Es más, posiblemente lo sabían antes que yo. Las madres tienen un sexto sentido o una intuición especial para eso. Estoy orgullosa de mi familia de cómo lo han aceptado siempre. ¿Y tú cuando se lo vas a contar? — No lo sé. Es muy complicado. He compartido cinco años de mi vida con un hombre. No sé cómo se lo van a tomar. Creo que por el momento esperaré. Ya llegará el momento. — Por suerte a día de hoy ya no es tan complicado. ¿Te imaginas salir del armario con cambio de acera incluido en la época en la que nosotras nacimos? — Vamos a pasear y cambiemos de tema. Prefiero no imaginarme eso. El sol se escondía despacio detrás de la montaña creando un hermoso atardecer anaranjado. A lo lejos asomaban por el horizonte pequeñas nubes. El canto primaveral del roquero rojo, el escribano montesino o la lavandera, dejarían paso en la noche al búho real, la lechuza o el autillo, cómplices inocentes de cientos de leyendas y agüeros del más allá que todavía perduran en las historias de los ancianos de muchas zonas de la España rural. En cambio, para Silvia y Virginia, aquel mundo de naturaleza no era más que un remanso de paz y felicidad compartida. De la mano, abrigadas de los últimos retazos de frío del invierno ya agotado, entre risas y miradas, entre besos furtivos y besos provocados, pasearon sin prisa a orillas del pantano, entre los árboles de hojas de color verde intenso, por pequeñas praderas donde las primeras flores tentaban a la primavera coloreando el ya de por sí bonito paisaje. Despertarse por la mañana, subir la persiana y escuchar el silencio, es uno de los mayores placeres para aquéllos que día a día se despiertan con el ruido sonoro de la ciudad, y si además al otro lado del cristal las vistas son a las tranquilas aguas del pantano al pie de la montaña, el placer aumenta. El aire puro de la mañana, aunque fresco, desperezó los ojos adormilados de Virginia, la primera en levantarse. Miró a Silvia con ternura sin querer despertarla y fue a la pequeña cocina cerrando la puerta de la habitación sin hacer ruido. El aroma a café recién hecho no tardó en invadir casi toda la casa. Preparó tostadas con mermelada, sacó de la nevera una botella de zumo y lo colocó todo en la única bandeja del escueto menaje, con el mayor entusiasmo que nunca había sentido al preparar un desayuno para dos. Dejó la bandeja sobre la mesilla y se sentó en el borde de la cama sin cansarse de mirar a Silvia. Acarició su pelo, su cara y besó tímidamente su cuello hasta despertarla. — Mmm. Qué bien huele. — Abre los ojitos dormilona — musitó Virginia

El agradable olor del desayuno hizo que Silvia se incorporara para recostarse en la almohada. — ¿Has visto qué mañana tan estupenda? Si te apetece podemos preparamos unos bocatas y pasamos parte del día por el río. He visto en Internet que hay zonas preciosas con pequeñas cascadas y con lo crecido que está el pantano el río tiene que estar muy bonito. ¿Qué dices? — Claro que sí mi amor. Yo a tu lado voy al fin del mundo. — ¿Ah sí? ¿Vendrías conmigo a cualquier lugar del mundo? — preguntó Virginia con el fantasma de su tambaleante anclaje laboral en la mente. — Sí, porque vamos a ir siempre juntas de viaje. ¿O piensas hacer alguna escapadita por ahí para ver a algún amor del que no me hayas hablado? — bromeó Silvia. — Hasta ahora sólo me había enamorado una vez, de Rubén, así que no pensarás preocuparte. Los hombres ya no tienen sitio en mi corazón, y menos él. — Pero algún ligue... No me cuentas nada de tu pasado y voy a tener que utilizar mis encantos para sonsacarte cosillas. — ¿Ah sí? Esa idea me gusta, que me seduzcas para interrogarme. Se nos va a enfriar el café. — Sí, venga, desayunemos. Por cierto, al menos me podías haber dicho que pasaríamos el día en la casa de campo y habría metido en la mochila ropa más adecuada. Prometo que algún día me vengaré muy dulcemente de esto. — No seas exagerada cariño. Vas a ser la senderista más guapa de todo el valle. — Las dos rieron mientras removían el café. El tiempo transcurre calmado entre la naturaleza. Silvia y Virginia caminaron tres kilómetros bordeando el río. En el trayecto se encontraron con otros grupos y parejas que, al igual que ellas, probablemente habían huido de la agotadora ciudad. Si en Madrid la Gran Vía con su victoria alada, aparentemente dispuesta a alzarse en vuelo coronando el Edificio Metrópolis, llama poderosamente la atención, no sólo por su majestuosidad sino también por ser la seña de separación entre la más antigua calle de la capital y otra de las más importantes arterias, la calle Alcalá, protagonista de la vida castiza de principios del siglo XX, en los montes de Ávila, alzan el vuelo a cada paso aves rapaces y pequeños pájaros que con sus trinos dan el papel secundario al recuerdo de los chotis bailados por chulapos, mezclándose con el zumbido de abejas que buscan en las primeras flores del año alimento para sus panales. Esos pequeños e incómodos insectos a los que la Unesco no tardará en declarar Patrimonio de la Humanidad porque existe la posibilidad de que si se extinguiesen las abejas del mundo, en cinco años desaparecería toda vida incluida la humana. En muchas ocasiones, las cosas más pequeñas que parecen insignificantes son de incalculable valor, como una abeja. Sentadas en un viejo tronco caído, las dos mujeres observaron a dos pacientes pescadores. La pesca les parecía un deporte aburrido y que de alguna manera, al igual que la caza, maltrataba animales, por lo que no les deseaban a los dos hombres suerte en sus intentos. Virginia cogió las manos de Silvia entre las suyas. — ¿Tienes frío? Tienes las manos heladas. — No mi niña, no tengo frío. Además ya sabes lo que dicen: “Manos frías corazón ardiente”. — Uy uy... en algunos sitios de este país lo que dicen es: “Manos frías amores todos los días”. Voy a tener que vigilar yo esos amores tuyos. — Pues yo dejaré que me vigiles cada día, así no te separarás de mí. ¿Te puedo hacer una pregunta? — Claro que sí, pero si te pones tan seria, miedo me das — respondió Virginia.

— La primera mujer con la que estuviste... ¿qué significó para ti? Lo digo porque yo nunca estuve con un hombre y me imagino que para ti descubrir la forma de amar de otra mujer habrá significado mucho. — Se llama Cecilia y tenemos amigas comunes. Reconozco que, por supuesto, fue un encuentro muy bonito, pero también muy tenso al principio por mi parte, como si jamás hubiese hecho el amor y fuera mi primera vez, aunque de alguna manera lo fue, porque descubrí la complicidad y la ternura que con los hombres nunca se tiene, por mucho que ellos lo intenten. No he vuelto a ver a esa mujer y no es más que un bonito recuerdo. No significa nada en mi vida más que eso, un bonito recuerdo carente de sentimientos. Sólo hubo deseo en esa noche. Puede decirse, aunque me resulte una palabra muy vulgar, que simplemente follamos. Y follar no es hacer el amor. Con ninguna mujer he hecho el amor excepto contigo, porque a ti te amo, te quiero y te deseo. — Mi amor. Yo también te amo. ¿Quién me iba a decir a mí, cuando te vi por primera vez en el andén del metro, que te amaría, que descubriría todos los sentimientos puros que se ocultan tras tu mirada? — Tendremos que darle las gracias a Vanessa, o a sus líos judiciales. — ¿Esa noche, con Cecilia, ha sido tu noche más apasionada? — ¿Qué preguntas tienes tú, no? — Virginia se ruborizó ante la pregunta, celosa de contar intimidades. — ¡Anda!, si yo te he contado con detalles lo de... — Lo de Carmen. No hace falta que me lo vuelvas a contar que me pongo nerviosa. No te preocupes que cuando tenga alguna fantasía ya te la iré explicando. Una vez más, aunque la noche con Lola no podía catalogarse de fantasía sexual, sino de encuentro apasionado y premeditado, siguió sin contárselo a Silvia. Quiso seguir manteniéndolo como un secreto, sin compartirlo con nadie que pudiera robarle la magia, aunque no por ello se sintiera bien. ¿Quién no tiene secretos? ¿Quién no guarda en un rincón interior algo para sí mismo, sin compartirlo? Todo ser humano guarda secretos. “No te pido que me lo cuentes todo, tienes derecho a guardar tus secretos con una única e irrenunciable excepción: aquéllos de los que dependa tu vida, tu futuro, tu felicidad, ésos quiero saberlos. Tengo derecho y tú no me lo puedes negar”. (José Saramago). Con el inicio de la tarde se intensificó el frío y regresaron al calor del que hasta el día siguiente era su hogar, su nido de amor a la lumbre de la chimenea. — Te toca ir a buscar pan para esta noche. ¿O prefieres que salgamos a cenar? Podemos ir a El Tiemblo, conozco un par de restaurantes y preparan unas patatas revolconas buenísimas. — Mejor voy a por pan, nos ponemos el pijama y nos quedamos aquí al calorcito viendo la tele. Me has preparado el desayuno y yo te preparo la cena — replicó Silvia, ignorando que ésa era la respuesta que Virginia quería, y sobre todo que fuera a comprar pan. Quería quedarse unos minutos sola, lo necesitaba para hacer lo que había planeado días antes. Silvia regresó a los quince minutos, con una barra y una botella de vino. Al abrir la puerta se encontró el salón a oscuras, sólo iluminado por el fuego, lo que al principio la asustó. Llamó a Virginia pero nadie respondió. Dejó sobre la mesa lo que había comprado y descubrió un sobre enorme con su nombre. Lo abrió y sacó del interior una tarjeta con un sonriente osito azul sujetando un globo con forma de corazón y en él, escrito con rotulador, una frase: “Creo que deberías ir a la habitación”. Todas las puertas estaban cerradas. Abrió la de la habitación, encendió la luz y lo único que encontró, sobre la cama, fue un nuevo sobre y

al lado un cedé de música relajante. La tarjeta era igual que la anterior, sólo cambiaba el color del osito y el mensaje: “Te voy ganando. Creo que tendrás que pasar a la cocina. Lleva el cedé”. Silvia sonrió. Le gustaba el juego y lo siguió. En la cocina encontró el último mensaje: “También tienes que traer las copas. No tardes que se está derritiendo el hielo y sólo te queda un lugar al que ir”. El baño era el último lugar. Abrió la puerta despacio, intentando no hacer ruido y ser ella quien sorprendiera a Virginia, pero ésta la miraba al final de un pasillo creado en el suelo con velas encendidas, como la silueta de una diosa envuelta solamente con una toalla. Olía a incienso. — Ven — dijo Virginia extendiendo su mano, cogió las copas que Silvia llevaba y las dejó en el borde de la bañera, puso el cedé en el aparato de radio que ella misma había llevado—. ¿Quieres tomar una copa conmigo? — Claro que sí. Será un placer. Las delgadas y blancas manos de Virginia desprendieron de la ropa a Silvia hasta dejarla desnuda ante ella y le regaló el beso deseado, el que ella misma deseaba, para sumergir sus cuerpos después en el agua de la bañera, con sales de baño, olor a rosas y espuma juguetona que se pegaba a sus pieles. Las copas siguieron esperando, con el hielo derritiéndose mientras ellas se embriagaban de amor, se entregaban con pasión al placer.

26. Luna llena

Pocos son los abogados que explican a sus clientes y testigos cómo deben responder a las preguntas formuladas por jueces, fiscales o abogados de la parte contraria. Según como sea el proceso, una persona que nunca en su vida haya presenciado un juicio puede verse acorralado en una pregunta formulada por diferentes letrados de manera enrevesada. En muchas de estas ocasiones, saber mantener la calma y responder con seguridad puede resultar fundamental. Precipitarse con un “sí” o un “no”, por ejemplo cuando la pregunta es doble, puede reflejar como respuesta exactamente lo contrario de lo que se quiere decir. La pretensión de cada abogado o del fiscal es llevar a su terreno tanto a los acusados como a los testigos, a fin de acreditar o desacreditar su testimonio en beneficio de los intereses propios de su cliente. En resumen, el abogado de uno mismo utilizará preguntas sencillas, el de la parte contraria será menos directo, utilizará tecnicismos y dobles preguntas más largas y enrevesadas. Lejos de su especialidad en pleitos laborales, a Virginia se le presentaba la oportunidad de ejercer en uno de los juicios más mediáticos del año y de su carrera profesional, por lo que

repasaba una a una sus propias pautas para interrogatorios de procesos penales. El caso Malvar era el mayor de corrupción inmobiliaria destapado en España, con la implicación directa e indirecta de altos cargos políticos del partido opositor al gobierno, personajes de la alta sociedad, artistas de fama mundial y deportistas de élite entre otros. La cantidad de imputados y los miles de folios y pruebas de los que constaba el sumario no dejaban lugar a duda de lo largo y costoso que sería el desarrollo del proceso. Si aceptaba participar en la defensa del ex jugador del Real Madrid, Fran Llanos, tenía la certeza de que el traslado a Barcelona sería imposible. Un caso tan complicado le daría a su empresa prestigio nacional si el fallo era favorable o si al menos conseguían librar al jugador de algunos de los cargos que se le imputaban, además de los beneficios económicos que les aportaría. Virginia no se lo pensó dos veces antes de aceptar la propuesta y comunicarle su decisión a don Diego, quien la citó en su despacho el jueves, 8 de abril, a primera hora de la mañana. — Ante todo quiero agradecerle esta oportunidad, don Diego. — Soy yo quien quiere darte las gracias. Eres una de las más profesionales en tu trabajo y contar contigo en este caso, que yo mismo supervisaré a diario, es muy importante para mí y para toda la compañía. — Disculpe mi atrevimiento, pero esto significa que lo de Barcelona... — Eras la candidata ideal para dirigir allí los nuevos despachos, y lo sigues siendo, pero te he notado muy recelosa y no puedo obligarte a ir y arriesgarme a que decidas poner fin a nuestra relación laboral. Te conozco Virginia, y sé que cuando tú das un no por respuesta es más inapelable que una sentencia firme del Tribunal Supremo. Todavía no he decidido quién irá, pero sí sé que tú te quedarás aquí, en Madrid. — Se lo agradezco. — Debes saber, respecto a Francisco Llanos y al caso Malvar, que requerirá muchas horas de dedicación y que tendrás que ceder lo antes posible a tus compañeros todos los casos que tengas pendientes. Te quiero centrada sólo, única y exclusivamente en éste. Nos jugamos mucho y si logramos resultados positivos el nombre de este bufette, y el tuyo, tendrán gran relevancia en el ámbito jurídico de este país donde ya casi nadie cree en la justicia. — No se preocupe, buscaremos hasta el más mínimo detalle que nos pueda ser útil, por insignificante que parezca. — No lo dudo. Confío en ti y en tus posibilidades. Tienes la intuición, la desconfianza y la juventud necesaria. Por supuesto esto te aportará beneficios económicos en forma de plus por objetivos. Virginia ya había logrado su primer objetivo sin preocupar a Silvia: no ir a Barcelona. Nada más salir sonriente del despacho de don Diego notificó por mail a todos sus compañeros la necesidad de pasarles sus casos, preguntándoles de cuántos se podría hacer cargo cada uno. Sacó todos los expedientes del archivo e hizo las anotaciones que consideró necesarias para facilitar el trabajo de sus compañeros. La llamada de Marcos le hizo levantar la cabeza del escritorio por primera vez en toda la mañana. Eran casi las dos de la tarde y ni siquiera había hecho un descanso para tomar café. — Hola huesitos. ¿Qué tal vas? — Pues me pillas más liada que nunca. Ya te contaré que así por teléfono es un poco largo de explicar. — Eso suena a que tienes entre manos algo muy gordo. ¿Qué te parece si mañana vienes a cenar a casa y nos lo cuentas? — Complicado. Mañana he quedado con una amiga para cenar. — Tráela. Ya sabes que tus amigos aquí son bienvenidos.

— Bueno, deja que hable con ella y esta tarde te llamo y te digo algo, ¿vale? — Me parece muy bien. Espero tu llamada. Y vete ya a comer que no son horas de estar currando. Así estás, que sólo tienes huesos. — Si es que no me he dado cuenta ni de la hora. Después te llamo. Saluda a Julia. Silvia no puso ningún inconveniente en cenar con Marcos y con Julia, todo lo contrario. Equivocadamente pensó que por fin Virginia empezaría a presentarla como su novia que era y no como a una amiga más. No entendía que lo hiciera así. Ella vivía abiertamente su relación, con total naturalidad, compartiendo con sus amigos y con su familia el motivo de su felicidad y de su perenne sonrisa, mientras que Virginia ocultaba al mundo sus sentimientos, con miedo a descubrirlos. A pesar de que su prima Joana la había animado y la apoyaba, no había sido capaz de contárselo ni a su hermana, con la que mantenía una estupenda complicidad. Silvia a menudo intentaba comprenderla, pero también hacerle comprender lo sencillo que era vivir sin ocultarse tras una apariencia falsa, algo por lo que tanta gente en un pasado no tan lejano, había sufrido y luchado, dando la cara para terminar señalados con el dedo como apestados. Una noche le contó la historia real de dos mujeres, sucedida a principios del siglo XX. No recordaba con exactitud el año, pero creía que era 1919. Una de las mujeres era hija de un alto mando del ejército español. Se disfrazó de hombre y con un documento de identidad falso logró casarse con la mujer a la que amaba. Su felicidad fue efímera: no tardaron en descubrirlas y las encarcelaron. Nunca pudieron volver a verse. La sociedad no podrá pagar jamás el daño que se les hizo, pero al menos sí dar la cara ahora que nadie señala con el dedo a las parejas del mismo sexo y que incluso pueden ya contraer matrimonio. Otros muchos hombres y mujeres contrajeron matrimonio con personas del sexo opuesto huyendo de su propia sexualidad a lo largo de sus vidas para evitar represalias, desprecios y humillaciones, no sólo de la sociedad sino también de sus familias. Una cara renuncia en beneficio de la hipocresía social que se logró vencer gracias a todos aquéllos que “salieron del armario” a las calles. En su lucha se armaron de banderas con el color del arcoíris que ondearon ante los insultos y despropósitos eclesiásticos que los trataban como a enfermos mentales a los que se podía curar. Silvia nunca había ocultado su sexualidad y no acababa de entender que Virginia, una mujer de carácter fuerte, luchadora, liberal y de mente tan abierta, no derribase ese muro tan frágil a día de hoy, que la separaba de una forma de libertad. Tal vez detrás del caparazón de mujer fuerte estuviera escondida una enorme fragilidad emocional. ¿Qué pasaría si decidían vivir juntas? ¿O acaso Virginia pensaba mantener durante toda su vida la relación disfrazada de amistad? Silvia no podía dejar de pensar en ello a medida que pasaban los días y crecía el amor. Cuando estaban a solas Virginia era tierna, dulce, romántica... capaz de sorprenderla con el beso más apasionado y salvaje para darle luego la noche más tierna y dulce, mimándola con la mirada, con caricias. Pero cuando estaban con amigos, exceptuando a Vanessa, cómplice de excepción de su amor, todo cambiaba. Ahí Virginia se mostraba fría, distante evitando el más mínimo roce o una mirada que pudiera delatar sus sentimientos, inconsciente de que Silvia sufría en silencio ante esa indiferencia, sintiéndose rechazada. El viernes, a las nueve de la noche, tras dejar la autovía de Extremadura saturada de tráfico como cualquier viernes de primavera, Silvia y Virginia aparcaban, guiadas por el GPS, delante del chalé de Marcos, en el cercano y moderno pueblo de Bruñete, tristemente famoso por la cruda batalla librada en sus montes y campos durante la Guerra Civil española, antes de que Madrid fuera tomada por las tropas franquistas, dando paso a la dictadura que regiría el país hasta 1975. A día de hoy, edificar en Bruñete implica una amplia exploración y estudio del terreno, buscando restos de granadas o bombas, testigos mudos de la herida, todavía abierta, durante la contienda. Su cercanía con la capital y la buena comunicación

tanto en transporte público como por carretera han hecho que mucha gente establezca su domicilio en edificios y chalés de nueva construcción allí, a lo que se añade la tranquilidad y la facilidad para aparcar que en las calles de la capital brillan por su ausencia. A Silvia le recordaba mucho a la casa de su padre, al que tenía un poco abandonado y al que pensó que debería visitar el fin de semana sin falta. Le gustaría vivir en un sitio así, aunque fuera una casa mucho más pequeña que la de Marcos. Un perro juguetón salió a recibirlas en cuanto Julia abrió la puerta. — ¡Qué alegría verte Virginia! — Lo mismo digo. Ya sabes que soy muy vaga para llamar a nadie, pero tenía muchas ganas de verte. Ella es mi amiga Silvia. — Encantada Silvia. — Virginia me ha hablado de vosotros. Ya tenía ganas de conoceros. — Pasad, Marcos está de cocinero. Silvia miró a Virginia con seriedad mientras entraba detrás de Julia, desaprobando con su mirada la manera de presentarla. Marcos saludó con dos besos a las dos mujeres y se dirigió a su antigua compañera de trabajo: — En cuanto termine con esto y suelte los cucharones te voy a dar un abrazo que te vas a quedar sin aire huesitos. — Me estás asustando y tu mujer se va a poner celosa — respondió sonriendo Virginia—. ¿A qué viene tanta efusividad? — Creo que tenemos que celebrar algo. ¿Tu estreno en un juicio penal de trascendencia nacional, por ejemplo? — Vaya, veo que las noticias vuelan. ¿Cómo lo sabes? — Porque ayer me llamó Iván, ya sabes que es un poco cotilla y que me mantiene informado de todo. Mi enhorabuena, te mereces esta oportunidad, y también te felicito por no irte trasladada a Barcelona. Has salido ganando aceptando el caso. — ¿A Barcelona? ¿Caso nuevo? — interrumpió Silvia—. Creo que me he perdido algo. — No me ha dado tiempo a contártelo. Después te lo explico — dijo Virginia intentando salir del callejón en el que se había metido ocultándole a Silvia todo aquello. Silvia cenó poco y apenas habló aunque evitó mostrarse seria. Marcos y Julia recordaron con Virginia el crucero por el Mediterráneo que estaban deseando repetir en verano. — Yo iré algún día a Marsella. Me encantaron sus calas, su isla con castillo incluido — dijo Virginia. — ¡Mírala que romántica ella! — rió Julia—. ¿A ti te gustan los cruceros, Silvia? — Sí. La verdad es que me encanta viajar. Creo que por eso soy agente de viajes. — Pues ya nos estás buscando una buena oferta para la segunda quincena de julio, que repetimos crucero. Poco después de las dos de la mañana daban por terminada la sobremesa y se despedían prometiendo verse más a menudo. Al subir al coche Silvia se derrumbó moralmente dejando que las lágrimas asomaran a sus ojos y resbalaran incontenibles por su cara. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Virginia detuvo el coche un kilómetro después de haber arrancado. — Silvia, cariño. Sé que debí contarte lo del caso nuevo. Lo siento mucho. — ¿Lo sientes? ¿Lo del caso nuevo? ¿Crees que lo del caso nuevo, tu caso lleno de famosos, es lo que me duele? No es eso. ¿Qué es eso de que te ibas a ir a Barcelona? ¿Cuánto tiempo me lo has ocultado? ¿Cuánto tiempo me vas a ocultar a mí detrás de una amistad? — Yo... Perdóname mi amor. Te lo tenía que haber dicho, pero no quería preocuparte. Sé

que me equivoqué intentando arreglar lo de mi traslado sin decirte nada. Me equivoqué, lo reconozco y no volverá a suceder. Te lo prometo. — ¿Te das cuenta de que siento que no significo nada para ti? Me siento como una simple amante a la que escondes en tu habitación para darle noches de pasión y que al salir a la calle paso a ser como cualquier otra amiga tuya, o menos que eso porque además a mí me ocultas cosas. — No estoy preparada para presentarte como mi novia. No me pidas eso Silvia porque no estoy preparada para enfrentarme a todo el mundo con mi sexualidad. Dame tiempo, por favor. Sabes que te amo, que tú eres mi vida. — ¿Hasta cuándo Virginia? ¿Hasta cuándo crees que podemos seguir así? ¿Que yo puedo seguir así? — Dame tiempo, sé que te he hecho daño, que te oculté lo que no debía y no me perdonaré que sufras por mi culpa. Te quiero. — Quiero irme a casa. Vámonos por favor — pidió Silvia evitando el intento de Virginia de besarla. La luna llena de abril iluminaba, al fondo, el cielo de Madrid. La luna llena de cuentos y leyendas que a Silvia fascinaba. De niña su madre le decía que no mirase a la luna llena, que se le robaría su energía, que lo que tenía que hacer era enseñarle el culo. “Enséñale el culo a la luna para que sea ella quien pierda su energía”, sin embargo, Silvia se pasaba noches mirándola sin temor a perder energía. Y la miró durante todo el camino, implorándole en silencio fuerzas para confiar en Virginia. Qué bonita podía ser aquella noche y qué amarga estaba siendo. Al pasar entrar en el túnel de la A-5 a la altura del paseo de Extremadura, Silvia le pidió a Virginia que la llevara a casa, que prefería, que necesitaba, estar sola. Virginia no intentó convencerla y una lágrima de miedo y de culpa resbaló también por su mejilla. Miedo a perder a la mujer a la que amaba, a la que deseaba, con quien quería compartir toda su vida. Culpa por su silencio equivocado, por no haber sido sincera con ella, por callar lo que no debía. Y más miedo, miedo al futuro incierto, a abrir sus sentimientos a los demás, a seguir callando lo que no se atrevía a decir. La soledad las invadió a las dos por igual, a cada una por separado, en sus camas el insomnio fue esa noche compañía extraña, la tristeza un sentimiento noble y la luna llena pañuelo de lágrimas.

27. Noches de tequila

Silvia no respondió al teléfono, por mucho que Virginia no dejó de llamarla, se limitó a enviarle un mensaje: “Necesito estar sola y pensar, ya hablaremos”, y encerrada en su habitación abrió un álbum de fotografías, porque en realidad pensar le daba miedo. Quería evadirse y recuperar la calma, saber si empezar una relación con Virginia había sido algo

precipitado o si sería capaz de seguir luchando contra los secretos y los miedos de Virginia, y para ello necesitaba alejarse, serenarse y analizar desde un punto de vista frío, tan frío como ser la eterna amiga. Empezó a mirar las fotografías de las fiestas en pandilla, de antes de conocer a Carla, de noches locas sin tener que dar explicaciones a nadie, aquellas noches de tequila en las que la diversión no dejaba lugar al amor, sólo a aventuras que nacían en la barra de cualquier local y morían al amanecer, al salir de una cama ajena y vestirse de nuevo. Silvia ya no tenía veinte años como entonces, pero le gustaría estar viviendo una noche así, sin preocuparse por un amor tan grande que le hacía daño, tan intenso que su piel tenía cubiertos los poros con el dulce olor de Virginia, que nada tenía que ver con la sal y el limón que, desde el escote de alguna mujer, acompañaban al tequila. Una de esas noches conoció a Verónica, quien se había subido a bailar a la barra de un pub de manera desvergonzada, sensual y a la vez tierna, porque su mirada era tierna, su sonrisa delataba los sentimientos contenidos, ansiosos de volar libres buscando anidar en algún corazón dulce, sensible y delicado. Silvia pidió un tequila, se subió a un taburete y desde allí a la misma barra donde bailaba, con un vaso de tubo en la mano, Verónica. Se acercó a ella, porque le parecía una mujer sensual, guapa y atrevida; si estaba allí subida, o era atrevida o estaba demasiado borracha, y no era el caso. Puso un poco de sal en el escote de la joven que la miró y con un guiño se dejó hacer, dejó que Silvia recogiera la sal con su boca antes de beber el tequila y morder al amargo trozo de limón para, después, sin pensarlo, la besara compartiendo con ella el contraste de sabores que se mezclaba en su boca, mientras una jauría de jovenzuelas aplaudían un metro por debajo de sus cabezas como en las escenas recién estrenadas de «Bar Coyote». Al volver a poner los pies en el suelo, Verónica agarró de la mano a Silvia y le devolvió el beso robado instantes antes, sin haberse cruzado ni una sola palabra, sin conocer la voz la una de la otra, descubriendo el secreto de sus besos, los sabores de sus labios, el calor de una mano sujetando tímidamente la mano de la otra, acariciándola, soltando la punta de sus dedos para volver a buscar el contacto. Una mirada y una sonrisa compartida bastó para explicar sin palabras el deseo, lo que vendría después, sin compromisos inútiles, sin necesidad de saber nada la una de la otra, sólo la voz callada del deseo mutuo, la noche condimentada con sal, tequila limón y deseos a flor de piel, tantos deseos que Silvia y Verónica acabaron en un hostal de la escondida calle Augusto Figueroa, hoy conocida en el ambiente por el Café Teatro Mito, al lado de la Gran Vía, dando rienda suelta para resolver la tensión sexual nacida en la barra de un bar, a la imaginación de sus manos expertas, de sus cuerpos ardientes ... Sólo deseo, sólo era deseo, sin otro sentimiento que les hiciera repetir con el tiempo aquel encuentro o a llamarse al día siguiente. No había más compromiso que el de entregarse la una a la otra sin condiciones, hasta que sus cuerpos exhaustos volvieran a vestirse para decirse adiós. Tal vez el siguiente fin de semana Verónica volviera a bailar sobre una barra animada y alentada por mujeres incapaces de imitarla, o tal vez otra Silvia de nombre incierto le hiciera compañía en el baile primero y en la cama de cualquier hostal cercano después. Chueca y sus alrededores están llenos de hostales que encontraron, en los años que comenzaba el ambiente con todavía demasiados prejuicios sociales, su filón de oro en parejas gays que durante las noches buscaban el calor de una cama para fundir sus cuerpos, su intimidad compartida con las paredes un tanto sosas y poco decoradas, pero no necesitaban más. Desde aquella noche de tequilas desbordados, sin embargo, Silvia y Verónica habían trazado una bonita amistad, sin volver a caer en la tentación de acostarse juntas, aunque lo recordaban a menudo entre risas, hasta que Verónica se marchó a vivir a Santander, con una cántabra a la que conoció una tarde de otoño en la línea cinco de metro, cuando por una avería tardaron casi una hora en recorrer las cuatro estaciones que separan Callao de Puerta de Toledo. Sentadas en el metro entablaron conversación y miradas y a la salida del metro

Verónica le preguntó a María, así se llamaba aquella muchacha alegre del norte, si quería tomar un café. Y allí mismo, en el primer bar que encontraron bajando la Ronda de Segovia, tomaron su primer café y empezaron a enamorarse. Viajaban a Madrid muy a menudo para visitar a la familia de Verónica, y siempre repetían el recorrido en metro que las hizo encontrarse por casualidad o porque así estaba escrito en su destino, en un capítulo de sus historias se mezclaban sus vidas para formar una sola historia común. Regresaban también al bar donde tomaron café juntas por primera vez, donde intercambiaron números de teléfono y el primer contacto físico al despedirse con dos besos. Una lágrima improvisada asomó en los ojos de Silvia al cerrar el álbum de fotografías. La invadía la sana envidia de un amor que se entrega sin cobardías, que no entiende de distancias ni de miedos, que viaja en el tren de la felicidad sin prejuicios. Cerró los ojos y abrazó a la almohada intentando quedarse dormida para no pensar, porque no podía hacerlo con claridad. En el ático de Virginia el fin de semana se le hacía eterno, llenándose de cigarrillos apurados y también de lágrimas que amparadas por la impotencia brotaban de sus ojos borrándoles toda huella de frialdad y de seguridad. El infranqueable telón de hermetismo que cubría sus pupilas se descolgaba para dejar ver el miedo y la tristeza en un reflejo de su frágil corazón ahora sin coraza. Así, con los ojos llorosos y en pijama, la encontró su hermana el sábado por la tarde. — ¿A ti que te pasa, Vir? Ni siquiera has venido a comer con papá y con mamá. — No me pasa nada. — Ya, claro. No te pasa nada de nada y yo me lo creo. ¿Te has mirado al espejo? ¿Desde cuándo tienes un cenicero lleno de colillas encima de la mesa? Cualquiera diría que pretendes convertir en carbón tus pulmones en un par de días y no creo que sea porque te gustan las piedras. A mí no me cuela el “no me pasa nada”, ¿me lo vas a contar? Virginia guardó silencio, encendió otro cigarro y miró a la lejanía a través del amplio ventanal sin fijarse en nada de lo que veía. Se estremeció por la frialdad de un miedo interior desconocido e inevitable que agarrado a su corazón la debilitaba. Su hermana la cogió de la mano. — Ven, siéntate conmigo. Tú no estás bien y no me voy a ir de aquí hasta que sepa lo que te pasa. ¿Por qué te cuesta tanto expresar lo que sientes? Te tragas todas tus cosas, todos tus problemas y eso no es bueno, porque al final sale todo lo que acumulas dentro y te daña. Soy tu hermana, joder. Confía en mí, sabes que puedes hacerlo. — Eso ya lo sé. — Pues no se nota. Yo te cuento todo y siempre eres la primera a la que voy corriendo con mis penas, mis alegrías y mis problemas, por eso me fastidia verte así de jodida y que no seas capaz de abrirte a mí. — Es que todo esto es una locura. No creo que lo entiendas. — Inténtalo. Sea lo que sea sabré escucharte aunque no sepa darte un consejo. A veces hablar en voz alta ayuda. — No quiero que me juzgues mal. — ¡Joder!, no creo que hayas cometido un delito y yo no soy quién para juzgarte. — Estoy enamorada, como nunca antes lo había estado. — Virginia miraba al suelo al hablar. — ¿Estás así por un tío? — No, no es por un tío. Es por una mujer. — Espera. O me lo explicas mejor o no me entero, ¿estás enamorada de un hombre

casado? — ¡Joder! no, no estoy enamorada de un hombre casado, ni de ningún hombre. Te estoy diciendo que estoy enamorada de una mujer. ¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo? — Vale. Te has enamorado de una mujer. Es una sorpresa, sí, pero, ¿y ella?, ¿también está enamorada de ti? — Sí. — Entonces, ¿cuál es el problema? Lo que importa es la felicidad, tu felicidad. Si fueran sentimientos no correspondidos tendrías que intentar canalizarlos para que se vayan poco a poco, porque no se puede luchar contra ellos, pero si son correspondidos déjalos vivir. Tú eres libre, y si eres feliz con una mujer, pues adelante con la relación. ¿Por qué estás así entonces? Virginia, nada acostumbrada a hablar de sentimientos, a abrir su corazón y expresarlos, incapaz de mirar a su hermana alcanzó a confesarle todo lo que sentía, cómo había conocido a Silvia, lo que había pasado en casa de Marcos y Julia, y el miedo que tenía a perderla para siempre por su cobardía. — La verdad es que la has anulado un poco como persona. Es normal que se haya enfadado, pero si te quiere volverá a tu lado aunque te va a tocar pedirle perdón. — Lo he intentado, pero no me contesta al teléfono ni a los mensajes. Bueno, me ha enviado uno diciendo que necesita estar sola y pensar. — Es normal. Dale tiempo. — La he cagado. La he cagado pero bien. — ¿Y si vas a buscarla? — ¿A buscarla? ¿Y con qué argumentos? Le pedí disculpas por no contarle lo de Barcelona, sé que me equivoqué y ahora no confía en mí, lógicamente. Y por otra parte sabes que yo no voy a salir del armario, o como lo quieras decir, así de golpe, delante de todo el mundo. No puedo, ni me siento capaz de tener que dar explicaciones de mi vida o de mi intimidad a nadie. — Tranquila. Eso poco a poco. Conmigo ya has salido del armario ese que debe de ser enorme, porque mira que sale gente de él, y ya ves que no es tan difícil. Estamos en el siglo veintiuno, en el año dos mil diez. A estas alturas si alguien pone el grito en el cielo o no lo acepta será que no te quiere, pero la gente que te quiere lo aceptará aunque se sorprendan y a unos les cueste más entenderlo. — Ya, y mañana llego, me siento con papá y con mamá, y les suelto que tengo novia como si fuera lo más normal del mundo. Les digo que después de treinta y dos años me he vuelto lesbiana. — ¿Te quieres calmar? No tienes que ir tan rápido, sino estar segura. No vas a convocar una rueda de prensa ni a emitir un comunicado para anunciar a bombo y platillo que tienes novia. Mira, si esa chica, ¿cómo has dicho que se llama? — Silvia. Se llama Silvia. — Pues Silvia. Si Silvia ve que tú estás dando algún pasito hacia adelante, volverá a tu lado y sabrá entender que es así como vas a hacer las cosas. — ¿Y si ya la he perdido? Tengo miedo. — Si no vuelve siento decirte que es que no te quiere mucho. Una relación no es sólo divertirse y estar en los momentos buenos y bonitos, es comprender a tu pareja y apoyarla en sus decisiones. Si no hay ese respeto ni ese apoyo es una relación condenada al fracaso. Piénsalo así. — No sé si voy a poder hacerla feliz y darle lo que ella quiere. No me siento capaz de ir con ella por la calle de la mano por si me encuentro con alguien conocido. No sé si algún día

podré hacerlo. — Joder Vir, tampoco creo que se trate de eso, sino de que seas más natural y abierta con tus amigos, con los de verdad, en los que confías, y con tu familia, de la que un día Silvia será parte. Se trata de que empieces a tratarla un poquito como lo que es: tu novia, ni una amiga ni una compañera de piso, es tu novia y quien primero tiene que asumir esa realidad eres tú. — ¡Qué manera de complicarme la vida! Con lo bien que estaba yo después de romper con Rubén. Claro, tú echa balones fuera. ¿Te has oído? Estás siendo un pelín egoísta. A todos nos pasa alguna vez en la vida que cuando estamos viviendo a tope, divirtiéndonos con los amigos, de fiesta en fiesta y haciendo lo que nos da la gana, aparece alguien que nos roba el corazón y nos enamoramos. Y sí, enamorarse complica la vida porque ya no podemos pensar sólo en uno mismo, pero por otra parte ocupar los pensamientos cada día con alguien que al mismo tiempo nos tiene en los suyos es lo más bonito del mundo. Compartir, viajar, descubrir nuevas cosas juntos... — No sé si estoy preparada para enfrentarme a una relación así. Es tan complicado. — ¿Complicado? ¿Por qué te has enamorado hasta las trancas de otra mujer? Eres tú la que lo complicas al verlo complicado. ¿Lo sabe alguien más? — Lo saben un par de amigas, la chica que nos presentó y también lo sabe Joana. — ¿Joana? ¿Nuestra prima? A ti ya te vale, contárselo a ella antes que a tu hermana. — Lo siento. Es que... — Es broma tonta. Por cierto, espero que además de fumarte medio estanco hayas hecho café. — Sí, claro. — Mañana vas a tener una resaca de nicotina que te vas a arrepentir. Te va a doler más la cabeza que si te vas de fiesta toda la noche. Venga, vamos a hacer una cosa, nos espabilamos con un café, te vistes y salimos a dar un paseo y a respirar un poquito de aire, que necesitas oxigenar los pulmones, así que el tabaco te lo dejas aquí. — No me apetece. — Sí te apetece. Porque lo digo yo y ya sabes que no voy a parar hasta que lo consiga. — ¡Qué cabrona eres! Si aquella noche Silvia no lograba dormir abrazada a su almohada, embriagada por el recuerdo del bonito fin de semana en el valle de Iruelas, Virginia ni siquiera tenía sueño. Durante un par de horas había desconectado del enrevesado mundo de los sentimientos, mientras miraba escaparates con su hermana por las calles del barrio, pero al regresar a casa volvía a sentir el vacío, la ausencia de Silvia. No dejaba de mirar su teléfono móvil, ansiando una llamada o un mensaje que no llegaba para darle calma. Encendió el ordenador pero no la encontró conectada al Messenger ni a Facebook. Se acostó con la tentación de llamarla una vez más, pero no lo hizo, no quería meter más la pata agobiándola. Miró la fotografía que tenía como salvapantallas en el móvil, en la que Silvia sonreía. No quería perderla; no quería renunciar a la sonrisa que la había enamorado, a la mujer alegre de mirada dulce y sincera. Dejó el teléfono sobre la mesilla y apagó la luz. A su mente regresaron, como escenas de una película, los momentos más apasionados en aquella cama que esa noche se le estaba haciendo tan grande para ella sola. Recordó las caricias compartidas, los besos, las nuevas experiencias al descubrir cómo las manos expertas de Silvia provocaban deseo en rincones de su piel en los que nadie, antes de Silvia, había buscado. Sólo Silvia conocía los secretos de su piel, los que ni ella misma había descubierto en aquellas noches en las que mientras Rubén dormía o hacía guardia en cualquier campamento de algún lejano país en guerra, ella buscaba el

consuelo a su propio deseo con sus caricias. Nunca había engañado a Rubén y cuando él no estaba y ella sentía en su cuerpo la necesidad de una mano suave acariciándola, recorriéndola con las yemas de sus dedos, recurría a ella misma y a su imaginación y así, escondida entre las sábanas de su cama, inventaba nuevas fantasías. Quiso cubrir con las caricias de sus maños también la ausencia de Silvia, buscando algún secreto inexplorado en su piel, sin conseguirlo. No pudo imaginar, ni soñar despierta, ni sentir placer. Necesitaba a Silvia, su olor, sus suspiros, las palabras de amor entrecortadas musitadas a su oído al llegar al clímax, la mirada de después, perdida en sus ojos al quedarse abrazadas ...

28. Miedo a perderte

Cuando se despertó el domingo, Silvia en su interior deseó mirar el teléfono móvil y descubrir un mensaje de Virginia; en su interior no quería estar sola ni pensar, como le había dicho desde el dolor. Era cierto que Virginia le había ocultado el delicado asunto de Barcelona y que la había hecho sentirse anulada, un cero a la izquierda al presentarla una vez más como una amiga, pero tampoco podía exigirle que reconociera abiertamente su sexualidad y su relación sin haberlo asumido ella misma del todo. Pensó que había reaccionado con demasiada dureza, que quizás debía llamarla, ir a verla y sentarse a hablar con calma de aquella tensa situación. Sacó del cajón de su mesilla la caja donde había guardado la piedra que Virginia le pidió que le guardara y la abrió. Miró al pequeño mineral intentando buscarle un significado, pero su hermano Valentín, abriendo la puerta de la habitación, interrumpió sus pensamientos. El joven risueño se lanzó encima de la cama al lado de Silvia. — ¿No piensas levantarte y salir de esta cueva? Me ha contado un pajarito que llevas demasiadas horas aquí encerrada y eso en ti no es muy normal. — Sí pesado, ya me levanto. ¿Qué pasa, te ha mandado mamá de recadero? — No, más bien me ha mandado a investigar lo que le pasa a la niña de esta casa. ¿Has visto qué pareado me ha salido? — ¡Qué gracioso! — respondió ella en tono irónico—. No me pasa nada. No os preocupéis, sólo es un pequeño enfado con mi novia. — ¿Un pequeño enfado? Creo recordar que cuando te enfadabas con tus novias salías a divertirte o, como tú dices, a vivir la vida. O este enfado no es tan pequeño o tu corazoncito está muy, pero que muy pillado. ¿Cuándo voy a conocer a mi cuñada? — ¡Estás como una cabra Valen! Sí, es cierto, estoy muy pillada o como lo quieras decir y no sé cuándo vas a conocer a Virginia. Ni siquiera sé si la vas a conocer. — Venga pesimista, arréglate un poquito que te invito a una caña antes de comer y me

cuentas ese mosqueo. — Está bien, pero sal de mi cama. Y hazme un favor, no le cuentes nada a mamá. Dile que sólo estaba muy cansada. — Ya. ¿Y tú crees que se lo va a creer? Ya la conoces, su siguiente pregunta será por qué no has pasado el fin de semana con tu novia como es costumbre últimamente. — Pues le dices que se ha ido a Valencia a ver a su familia. ¡Con lo bien que le mentías hace unos años cuando le decías que te quedabas en casa de algún amigo para estudiar y te ibas de fiesta hasta el día siguiente! — ¡Eso era diferente! Vale, vale, no me mires así que ya le cuento una batallita creíble. Venga, levántate. Silvia no tardó en arreglarse. Al fin y al cabo sólo iba a tomar una cerveza al lado de casa con su hermano. Unos vaqueros rotos por la rodilla y gastados, una camiseta blanca ajustada, playeras y cazadora vaquera. Diez minutos después estaban en la calle. Mientras caminaban Valentín le propuso a Silvia pasar la tarde en la plaza Mayor, casi seguro que no rechazaría la idea puesto que era un lugar mágico para ella, y no se equivocó. La plaza Mayor de Madrid es, posiblemente, uno de los rincones que cualquier turista no debe dejar de visitar, un lugar perfecto para desconectar de la rutina, de las preocupaciones del trabajo e incluso de uno mismo. Allí se dan cita los mimos más imposibles con trajes y maquillaje admirables. Permanecen durante horas completamente quietos, excepto cuando los viandantes se acercan a echar monedas ante ellos, entonces hacen pequeños movimientos divertidos y vuelven a quedarse quietos. Allí está también el más gordinflón y divertido de los Spiderman, caricaturistas que atraen a posibles clientes a veces con obras del gran maestro Vizcarra expuestas en caballetes, pintores que venden sus obras, payasos y un sinfín de personajes que buscan ganarse unas monedas. En diciembre además se puede ver a Papá Noel, Reyes Magos y a los bomberos de la capital que cambian sus uniformes por una mesa en la que venden calendarios con las fotografías de sus trabajados cuerpos de gimnasio. En todas estas gentes disfrazadas de personajes hay algo común: todos son vendedores de sueños, fantasías y sonrisas. Desde el verano se puede comprar lotería de Navidad en todos los alrededores de la plaza hasta Sol, y nadie se puede ir sin comer el bocadillo de calamares en la calle de Postas. Sí, visitar la plaza Mayor nunca deja indiferente a nadie, ni a quien lo hace por primera vez ni a los propios madrileños que descubren en cada visita sonrisas nuevas, personajes diferentes y el inevitable avance “invasor” de los establecimientos de comida rápida que, a pasos agigantados, con llamativos rótulos y amparados por estructuras financieras de mucho capital, convierten en más especiales a los bares y restaurantes castizos que se resisten con sus gallinejas y entresijos a dejarse avasallar por la comida rápida. A Silvia le gustaba ir a la plaza Mayor y fotografiarse a lado de los mimos, reírse a carcajadas con ellos como si cada vez que iba fuera la primera vez, como si la niña que llevaba dentro saliera a divertirse. Cuando bajaba hacia Ópera casi siempre compraba libros en puestos cobijados en estrechos callejones, se paraba a ver cómo los manteros salían corriendo ante las sirenas de algún coche patrulla que les advertía de su presencia, dándoles así tiempo para esconderse. A veces ejercía de fotógrafa aficionada de parejas o grupos ilusionados como ella por la magia circense del entorno, a escasos metros de la realidad de la ruidosa ciudad de las prisas. Pasar la tarde allí con su hermano le parecía la mejor de las ideas para no salir corriendo a buscar a Virginia, sin saber exactamente qué decirle, cómo explicarle que no quería ser el eterno secreto de su vida, aunque la entendía quería caminar a su lado, orgullosa de su amor, de sus sentimientos puros y sinceros. Durante la noche de insomnio había vuelto a pensar que tal vez se había precipitado con la relación, que tal vez

tenía que haber esperado un tiempo más prudencial, como había decidido en Galicia, antes de lanzase a los brazos de Virginia. Pensó también que aquella primera noche en la que salió corriendo era quizás el presagio de lo complicada que iba a ser la relación, de lo que podía llegar a sufrir. — ¡Ey Silvi! ¿Estás aquí? Llevas un rato en Babia — dijo Valentín preocupado, mientas le tendía la mano con un vaso de cerveza. — Perdona, estaba pensando. Sí, me apetece mucho pasar la tarde contigo en la plaza Mayor. — Ya veo que estabas pensando, pero creo que en algo más. Piensa un poquito en voz alta, comparte conmigo ese corazoncito, que yo de mujeres entiendo un poco. Cuéntame qué te ha pasado con tu chica. — Es un poco complicado de explicar. — Bueno, las mujeres sois complicadas por naturaleza. Empieza a soltar y ya te digo yo si tienes razón o si estás haciendo un mundo de algo que no lo es. — Está bien, pero no quiero que por esto pongas en tela de juicio a Virginia. — No te preocupes hermanita. Si ella es la mujer de tu vida y te hace feliz, sabes que la querré muchísimo.

A la tercera caña Silvia le había contado a su hermano la trayectoria de su relación con Virginia, cómo en ocasiones la abogada escondía sus sentimientos, ocultándolos tras una coraza infranqueable, cerrándose al mundo y lo peor, a ella. — Tal vez le hayan hecho mucho daño en el pasado y por eso actúa así contigo, aunque no es justificable. — Si así fuera no es justo que yo tenga que pagar las consecuencias de su pasado, aunque lo que yo creo es que es su propio miedo a descubrirse a sí misma enamorada de una mujer por primera vez, lo que a mí me pasaba con trece o catorce años y a ella le está pasando ahora. Supongo que es complicado. Lo que sí sé es que yo nunca antes me había enamorado de esta manera. — Se arreglará. Ya verás como todo sale bien. A lo mejor unos días separadas os vienen bien, sobre todo a ella, para ordenar no sólo los sentimientos, que esos están claros, sino el proyecto real de futuro, lo que cada una queréis. — ¿Y si la pierdo? ¿Y si no quiere saber nada más de mí? No quiero ni pensarlo... — Si ella está igual de enamorada que tú, no la perderás. Si no vuelve es que poco te quiere. Las mujeres por amor sois capaces de darle la vuelta al universo y hacer girar planetas. Hazme caso y no te desesperes. Ten un poco de paciencia. Se arreglará. Como tú me dices siempre, los sueños se pueden cumplir, sólo hay que desearlo con mucha fuerza. En vez de comerte el coco, sueña con lo que quieres. Por cierto, deberíamos irnos antes de que mamá empiece a hacer sonar los móviles como una loca. — Sí, vamos. Gracias por escucharme y a mamá ni una palabra de esto, ¿vale? — No te preocupes. Soy una tumba y además ya sabe que tu princesa está comiendo paella en familia allá por la costa de Levante — respondió Valentín dando a su hermana un cariñoso beso en la cara. Durante el almuerzo Silvia intentó sonreír y disimular la tristeza delante de su madre. A ratos notaba cómo las ganas de llorar la invadían y su pensamiento volaba en busca de los besos apasionados y tiernos de Virginia. En cuanto terminaron el café buscó la disculpa de la necesidad de una ducha para levantarse de la mesa.

— ¿Vas a salir? — preguntó su madre—. Menos mal, pensé que te ibas a quedar enclaustrada otra tarde más en tu habitación y eso me preocuparía bastante. — ¡Mamá! Necesitaba descansar. Eso es todo. Pero esta tarde me voy con mi hermanito a la plaza Mayor. ¿Por qué no te vienes tú también? Hace mucho que no salimos una tarde los tres juntos y hoy hace un día precioso. — Tengo mucho que hacer toda la tarde. Lo dejaremos para otro día que además ya no estoy yo para meterme en los jaleos del centro un domingo. Aprovechad vosotros que todavía sois jóvenes. A las seis y media de la tarde sonó el timbre en casa de Silvia. Su madre observó por la mirilla a la mujer morena que estaba al otro lado de la puerta. Sin duda tenía que ser Virginia. Abrió sonriente. — Hola. ¿Está Silvia? — preguntó Virginia, mientras su cara se sonrojaba y su mirada nerviosa se movía inconscientemente de lado a lado evitando los ojos de la mujer. — Ha salido con su hermano, han ido a la plaza Mayor. ¿Tú eres Virginia? — Sí, soy Virginia. — Pensaba que estabas en Valencia todo el fin de semana. — Sí, acabo de llegar y quería darle una sorpresa a Silvia — logró decir Virginia ante la sorpresa del comentario. — Pasa y la esperas si te apetece, aunque cuando estos dos se van juntos la hora de regreso es muy incierta. — No, no se preocupe, gracias. Mejor me voy y ya la llamo. — No me trates de usted mujer, que me haces sentir mayor. ¿De verdad que no quieres tomar un café y esperarla un ratito? Yo estaría encantada. — No, de verdad que te lo agradezco mucho, pero estoy cansada del viaje y prefiero irme a casa. Ya luego la llamo — mintió Virginia ante la situación embarazosa en la que se había metido sin pensarlo. Cuando llegó a la calle a Virginia le temblaba todo el cuerpo. Para sus adentros maldijo la equívoca idea que había tenido de salir corriendo y presentarse en casa de Silvia sin haber pensado en la posibilidad de que no estuviera y que a quien se encontraría sería a la madre. Durante unos segundos permaneció al lado del portal, incapaz de dar un paso hasta que los nervios desaparecieron. Instintivamente caminó hacia el metro y, aunque dudó un instante, en lugar de marcharse a casa y llamar a Silvia fue hasta Sol y se plantó en la plaza Mayor con la esperanza de encontrarla entre la multitud. Necesitaba verla y abrazarla, esconder sus miedos bajo su piel. Recorrió toda la plaza ignorando por completo el ambiente de risas y diversión, ajena al mundo, buscando tan sólo la imagen de Silvia entre la gente, sin encontrarla. En los soportales se sentó en una terraza y pidió un café esperando verla pasar ante sus ojos ajena a que en otra de las terrazas, lejos de su vista, Silvia y Valentín tomaban chocolate con churros mientras hablaban una vez más de ella. El sol descendía para ocultarse tras los edificios y tanto Silvia como Virginia, sin saber una de la otra, miraban al cielo en el mismo momento, compartiendo el mismo deseo y el mismo pensamiento de encontrarse, de mirar juntas a ese cielo de Madrid cuyo color contrasta de tal manera con el de la ciudad y los edificios que lo hace poseer una belleza admirable, creadora del dicho “de Madrid al cielo” para orgullo de los castizos, no entendido casi nunca por los miles de habitantes foráneos que en los últimos años se han instalado en la capital, convirtiéndola en una de las ciudades más multiétnica de España. Pero el cielo de Madrid aquella tarde de domingo para las dos mujeres carecía, no de belleza, sino de ilusión.

Virginia marcó por fin el número de Silvia, pero no fue su voz la que respondió, sino el buzón que le indicaba que el número al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura en aquel momento. Las lágrimas contenidas durante la tarde emergieron escenificando la tristeza de su corazón. Al cielo, sin necesidad de palabras, le confesó su miedo a perder a la mujer que amaba, mientras a cincuenta metros, sin saberlo, Silvia compartía sus confesiones con el mismo cielo y con su hermano Valentín. Era hora de volver a casa, de encontrarse una noche más con camas demasiados grandes, demasiado vacías, pero llenas de sueños por los que levantarse con ganas de luchar contra los miedos, contra las adversidades y las diferencias, con ganas de seguir tejiendo un amor cada vez más grande.

29. Secretos de tu piel

Los sueños y los capítulos de una vida son metáforas los unos de los otros que caminan en paralelo. Ambos pueden permanecer en nuestros recuerdos para siempre o ser efímeros y diluirse en el despertar de un nuevo amanecer. Una vida... Un sueño... ¿Soñamos la vida o vivimos los sueños? Sea como sea, soñando y viviendo siempre hay un corazón que, en algún capítulo o en la imaginación de alguna noche, navega náufrago a la deriva sobre el vaivén de las olas, alzando la mirada a inoportunos espejismos de sirenas que confunden. Ese corazón tiene entonces dos opciones: dejarse arrastrar por la marea perdiéndose mar adentro con la única esperanza de arribar en una isla donde la soledad lo ahogue entre montañas inexploradas, o puede mirar más allá del miedo que le producen los espejismos errantes y nadar mansamente hacia la costa donde su ola lo depositará en un rincón tranquilo en el que podrá algún día, abrazado a otro corazón, escuchar cómo las olas recitan versos nunca escritos a la puesta de sol. “Las grandes decisiones dependen tan sólo de uno mismo”. Hay noches en las que la oscuridad se convierte en refugio de las historias que nos imaginamos, aquéllas que, por algún motivo, no nos atrevemos a contar más que a nosotros mismos. Algunas ejercen un extraño poder en nuestra mente tal, que al despertamos siguen ahí, entre la farsa de un sueño y la ansiada fantasía, para acompañamos en los primeros momentos del día. Soñamos despiertos hasta que la propia mañana nos devuelve a la realidad, tan distinta casi siempre a como la queremos ver al cerrar los ojos, acomodar la cabeza sobre la almohada y perdernos entre las sábanas. Lunes, nueve de la mañana. Virginia dio los buenos días a la recepcionista del bufete con la misma seriedad de cada mañana, amablemente le preguntó si había alguna nota o aviso para ella y, cuando su interlocutora le dijo que don Diego quería verla en la sala de reuniones para entregarle personalmente toda la documentación del caso Malvar, maldijo en su interior el día que le esperaba. Dejó en su despacho el bolso y la chaqueta, cogiendo sólo su teléfono móvil y la agenda. Por un instante miró a la mesa siempre ordenada y limpia arrepintiéndose de la profesión que había elegido. “¿Por qué no habré estudiado periodismo o magisterio?”,

pensó, pero aquel pensamiento era más fruto de la decepción y la desgana consigo misma que de su ideal. El periodismo le parecía una profesión de mentiras consentidas y engaños que manipulaban la información mediante rebuscadas palabras, y en cuanto al magisterio, su devoción y aguante con los niños era bastante nulo; pasar seis o siete horas en un aula encerrada con una veintena de revolucionados chiquillos nunca se le había pasado por la cabeza. No le gustaban los niños ni en sueños. Suspiró y salió con paso firme a reunirse con don Diego, dispuesta a centrarse en el trabajo aun sabiendo que sería una tarea muy difícil que su corazón herido se pusiera de acuerdo con la razón. Mal se le antojaba que empezaba la mañana y peor continuó. Nada más sentarse en el la sala de reuniones, don Diego movió varias de las carpetas que tenía sobre la mesa buscando alguna en concreto, y la mala suerte o el caprichoso mal despertar de lunes, hizo que las carpetas tiraran al suelo el teléfono móvil que Virginia acababa de dejar sobre la mesa junto con la agenda. El viejo aparato se rompió muriendo para siempre. — Lo siento, Virginia. Lo siento mucho. Soy un torpe. Yo mismo te compro uno nuevo esta tarde. Mañana lo tendrás aquí en cuanto llegues. — No es necesario, no se preocupe. Ya le quedaba poco para dejar de funcionar — dijo Virginia mientras recogía del suelo los trozos, como si fueran esquirlas de su corazón. ¿Y si la llamaba Silvia? ¿Y si le mandaba un mensaje? En un grito silenciado hacia las entrañas de su ser maldijo a la mañana, al lunes e incluso a su jefe. Se volvió a sentar y, deseando terminar pronto con aquella reunión aburrida escuchó, sin prestar demasiada atención, explicaciones sobre los cientos de folios que se amontonaban en las carpetas. Anotó en la agenda fechas clave, citas con su cliente y con un indeterminado pero amplio número de testigos, sin pararse a pensar en la fama mediática hacia la que podía ser que estuviera dando sus primeros pasos. Después, sin hacer preguntas, lo que a don Diego le resultó extraño, volvió a su despacho con paso firme, pero con la mirada más fría e impenetrable que nunca. Cerró la puerta ras de sí, dejó su mesa la agenda y el móvil roto, buscó en Internet el número de la agencia de Silvia y descolgó el teléfono fijo. Estaba convencida de que la madre de Silvia le habría dicho a ésta que había ido a buscarla y se había acostado tarde con la desesperante espera de un mensaje o de una llamada que no llegó. Marcó el número, pero lejos de disfrutar de un momento agradable en la mañana escuchando al otro lado la voz de la mujer a la que amaba, se llevó la decepción de oír a David. — Hola. ¿Está Silvia? — No, lo siento pero hoy no vendrá. Se ha cogido el día libre. Si le puedo ayudar yo en algo... — No, gracias, preferiría hablar con ella porque es un tema personal. Soy amiga suya. ¿Me podrías dar el número de su móvil? — Perdone pero tendrá que comprender que no puedo facilitarle esa información — dijo amablemente David sin reconocer la voz de la mujer que un día no mucho tiempo atrás le había hecho casi la misma pregunta en persona. — Tienes razón, claro que lo entiendo. No te preocupes y gracias de todos modos. Virginia se dio cuenta entonces de que los humanos caemos fácilmente en el error de la comodidad. Antaño teníamos cuadernos o agendas en los que acumulábamos cientos de número de teléfono, pero la llegada de las nuevas tecnologías las anuló. Ahora almacenamos todos esos datos en la memoria del teléfono o en la tarjeta del mismo, y basta con buscar el nombre de la persona con la que queremos establecer comunicación oral o escrita, no necesitamos marcar el número, lo que hace que no memoricemos casi ninguno, ni siquiera los que utilizamos a diario. Las nuevas tecnologías son tan cómodas como frágiles, por eso

cuando se estropean o se rompen perdemos demasiada información. Una vez más, Virginia deseó haberse quedado en casa aquella mañana extraña. No podría ir a buscar Silvia al trabajo porque no estaba allí, y volver a su casa a buscarla no entraba en las posibilidades de su corazón. Bastante sopor había soportado el día anterior, muy a pesar de la simpatía y amabilidad de la mujer que podría llegar a ser algún día, o no, su suegra. La incertidumbre la volvió a invadir sin dejarla pensar en nada que no fuera Silvia. Se sentó escondiendo el hermoso rostro entre sus manos, sintiendo que en un corto espacio de tiempo había entrado en un mundo nuevo que se le estaba haciendo muy grande, tan desconocido que la aterraba mirar a cualquier lado, caminar en cualquier dirección. Descubrir ante todos lo que era su secreto la llenaba de miedo, pero perder a Silvia era la sensación más angustiosa que su corazón había experimentado a lo largo de sus treinta y dos años. Perder a la mujer que sin querer le había enseñado un nuevo significado de la palabra amor, que le había descubierto secretos que su propia piel tenía ocultos, se le antojaba una puñalada en el alma. Todo cuanto había amado, sentido o deseado en el pasado no se parecía en nada a lo que sentía ahora, una pasión diferente atada a sus pensamientos las veinticuatro horas del día, alterando los latidos de su corazón enamorado. A su vida había llegado anticipada una dulce primavera de color y belleza que, en un abrir y cerrar de ojos, estaba cerca de convertirse en el invierno más frío y oscuro. Tenía miedo. Tenía miedo a que Silvia ya no quisiera seguir descubriendo los secretos de su piel. Cuando el domingo por la noche Silvia y Valentín llegaron a casa, su madre ya estaba dormida, por lo que Silvia no supo hasta el lunes de la visita inesperada que había ido a buscarla a casa. Había visto la llamada al encender el móvil, pero pensó que no era la hora apropiada para llamar; sin embargo, al recibir la sorpresa de boca de su madre, se levantó apresuradamente e intentó llamarla. No hubo más que la respuesta de una voz fría: “El número al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. Si lo desea puede dejar su mensaje...". Lo volvió a marcar durante toda la mañana, sin éxito. — Silvia, cariño, ¿qué es lo que os pasa? ¿Van bien las cosas entre vosotras? — Sí mamá, bueno, hemos tenido una pequeña discusión, pero no es nada. No te preocupes. — Ya, pero ayer no te llamó. Tal vez pensó que estabas de fiesta y se molestó. — No mamá, ayer me quedé sin batería en el móvil, pero sí me llamó. Supongo que ahora tendrá mucho trabajo o estará en el juzgado y por eso lo tiene apagado. — Está bien, no hago más preguntas. Parece muy maja, aunque muy seria, a ver si un día la traes a comer a casa. — ¡Mamá! — exclamó Silvia mientras se servía una taza de café recién hecho. Silvia le había pedido a David que le hiciera su tumo en la agencia sin explicarle los motivos, sólo le dijo que necesitaba el día libre, por eso el joven se sorprendió al verla entrar en la agencia a media mañana, la misma sorpresa que ella se llevó al ver a Carla. Hacía tiempo que no la veía, aunque ocasionalmente le preguntaba a David por ella. Parecía que por fin había sentado la cabeza. — Hola Silvia, no esperaba verte hoy por aquí. — Hola David. Carla, cuánto tiempo. Estás muy guapa. Veo que este chico te cuida bien. — Sí, me cuida bien. Silvia yo... todavía te debo una disculpa. — No te preocupes. Ya ves que era lo mejor para las dos. — Perdón, pero, ¿os dais cuenta de que estoy aquí y esto es un poco embarazoso? — dijo David. — Sí, éste no es el momento ni el lugar — dijo Silvia—. Voy a sacar unos billetes y ya os dejo. — Por cierto, ha llamado una chica, dijo que era amiga tuya.

— ¿Amiga mía? Si es mi amiga me podía haber llamado al móvil. ¿Te ha dejado algún recado? — No, pero me pidió tu teléfono. Supongo que por eso no te llamó porque no tiene tu número. — Entonces no será muy amiga mía. ¿Se lo has dado? — No, por supuesto que no. Silvia no se entretuvo demasiado, gestionó una reserva, imprimió los billetes y se puso la chaqueta dispuesta a irse. — ¿Silvia, podemos tomar un café o tienes mucha prisa? — preguntó Carla levantándose al mismo tiempo que ella. — Lo siento pero hoy no me apetece. Si quieres la semana que viene quedamos un día y tomamos ese café. Hasta luego chicos. Los parques, a diferencia de los fines de semana por la mañana, estaban vacíos de niños. Abuelos paseando y gente haciendo deporte los convertían en remansos de paz en medio de las calles ruidosas que los rodeaban. Silvia se sentó en uno de los bancos de madera, donde un sinfín de letras y corazones mezclaban amores de adolescentes dejando allí su testimonio escrito. Probablemente muy pocos de esos romances quinceañeros llegaran lejos para madurar juntos, de la misma manera que ignoraba si su amor, su gran amor, el que le había devuelto la ilusión de una adolescente, continuaría o no. Había sido ella quien había salido corriendo la primera vez, por miedo a enamorarse, del ático de Virginia. Había sido ella quien había salido corriendo en la primera bronca sin querer verla y las consecuencias podían ser desastrosas. Era el momento de salir corriendo de nuevo, pero en la dirección opuesta, al encuentro de la mujer a la que amaba. Cuando Virginia salió del trabajo a las cinco de la tarde su hermana la esperaba. — Joder hermanita, te he estado llamando todo el día al móvil y lo tienes apagado. — Primero hola, ¿no? No lo tengo apagado, el capullo de mi jefe accidentalmente se lo ha cargado. Acompáñame a comprar uno, ¿o es que tienes que ir a algún sitio? — No, he venido porque me tenías un pelín preocupada y para tomar un café. Venga, te acompaño a la tienda y después me invitas al café y charlamos un rato. ¿Has hablado con Silvia? — No, no he conseguido hablar con ella. Si te parece bien, el café lo tomamos en casa y te cuento con calma. — Vale, como quieras. Virginia no se tomó mucho tiempo en elegir el modelo. Le importaba más tenerlo activado cuanto antes que si tenía o no un montón de aplicaciones que no iba a utilizar. A las seis y media, Virginia esperaba impaciente a que el móvil tuviese carga de batería suficiente para poder utilizarlo mientras colocaba en el armario la chaqueta y se quitaba las botas y su hermana preparaba café. Sonó el timbre. — ¿Esperas visita Vir? Ya abro yo. — Qué graciosilla. Abre, que tú estás más cerca de la puerta. Silvia adivinó quién era la mujer que abría la puerta sólo con verla. — Hola, quería hablar con Virginia si está en casa — acertó a decir atropelladamente nerviosa. — Sí, pasa. ¿Tú eres Silvia, verdad?

— Sí. — ¿Quién es? — preguntó Virginia saliendo de la habitación y encontrando ante sí, como si fuera un espejismo, a Silvia. Se miraron a los ojos y sin palabras expresaron un único sentimiento. No importa quién dio el siguiente paso al encuentro del más deseado beso, al cobijo del necesitado abrazo en el que se fundieron, y tampoco importaba que alguien las estuviese mirando. A Virginia, por primera vez no le importó, como si su hermana no estuviera presente acarició con ternura la cara de Silvia para volver a besarla buscando la eternidad del momento. — Chicas, si va a seguir subiendo la temperatura del ambiente, mejor me voy — dijo la hermana de Virginia tras la primera sorpresa que le causaba ver a su hermana besando a una mujer. No era lo mismo saber que su hermana amaba a otra mujer que verlas besándose, pero una sonrisa sincera apareció en su cara siendo testigo del emotivo momento. — No, quédate y tomamos ese café. Después yo misma te invito a irte. Te presento a Silvia. — Menos mal que ya nos hemos presentado antes, que casi os olvidáis de que estoy yo delante.

Virginia le contó a Silvia durante el rato del café lo que había pasado con su teléfono y supo también que Silvia no había sabido hasta esa misma mañana que había ido a buscarla la tarde anterior. Rieron el cúmulo de despropósitos que se había aliado en su contra hasta que poco después la hermana de Virginia las dejó solas, despidiéndose de Silvia con dos besos y un guiño: — Cuídamela, que es la única hermana que tengo. — La cuidaré. Te lo prometo. — Y tú pórtate bien Vir, que me cae bien mi cuñada. — Estás tú muy simpática hoy, ¿no? A solas, en la misma cama que la primera vez, pero con la pasión provocada por el miedo a perderse la una a la otra, Virginia desnudó lentamente a Silvia, entre besos y caricias, sintiendo cómo las manos de Silvia la liberaban de su ropa; las manos expertas que recuperaban la iniciativa deslizándose por la espalda, por sus piernas. Buscó con sus labios el cuello de Virginia, los hombros, descendió hasta sus pequeños pechos. Se entretuvo allí, notando cómo crecía el deseo en la piel que besaba y siguió descendiendo lentamente hasta el más íntimo rincón del deseo. Se amaron la una a la otra como si no fuera a existir un mañana, entregándose a la pasión desbordada, descubriendo secretos que ocultos en la piel dejaban de ser secretos. Ya no importaba quién supiera de su amor, quién lo entendiera o quién no. Era su historia, sin la necesidad de pedirse perdón con palabras. Sus ojos decían todo cuanto sus labios callaban... Escrito en el aire quedaba el futuro, sobre la mesilla los billetes para el siguiente fin de semana en Marsella. Sobre la cama la pasión encendida de los secretos de la piel.

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