Autismo Infantil. Gloria Annoni

January 2, 2018 | Author: loguitos123 | Category: Autism, Psychoanalysis, Psychiatry, Psychology & Cognitive Science, Behavioural Sciences
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ste libro nos ofrece un panorama completo de lo que el autismo significa en nuestros días y de lo que los principales autores han escrito sobre el tema, pero cada renglón ha sido seleccionado y elaborado desde nu­ merosas décadas de experiencia de consultorio propio y de experiencia institucional y de equipo. Específicamente, en lo que se refiere a autismo y psicosis infantil, incluyendo a niños con otro tipo de patologías orgánicas agregadas, no muchos son los profesionales en el mundo que hayan po­ dido recorrer una casuística tan diversa, sosteniéndolo a lo largo de tantos años . Uno de sus méritos principales es hacer presente que se hace necesario que el psicoanalista trabaje en una clí­ nica interdisciplinaria, que a su vez necesita de lo especí­ fico que el psicoanálisis, en especial a través de la presen­ cia del psicoanalista, aporta. Tal vez se pueda reconocer a un analista por las mo­ dificaciones que provoca. Este libro no cuenta con varita mágica: para producir modificaciones requiere de un tra­ bajo de lectura por parte del lector; pero quien efectiva ,· mente se tome el trabajo de leerlo, seguramente, poar'á comenzar a operar transformaciones sobre aquello qu e, para algunos, es inmodificable por definición: el autismo infantil

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>. Es decir que lo que sostenemos desde el psicoanálisis, que la estructura subjetiva depende de la función del otro en función materna, también es constituyente de la estructura química y cerebral para las actuales neurociencias. Desde las mismas Kreisler, Fain y Soulé se señala que los signos y señales recibidos por el bebé durante los primeros meses de la vida son informaciones que tienen en ese momento carácter neurofisiológico, pero que, de todas formas, en la situación madre-niño, no se puede colocar en términos excluyentes lo neuro-químico-fisiol6gico y las operaciones subjetivas, ya que quien ejerce la función materna toma, en sutil percepción, las «señales»del bebé, reaccionando de manera singular ya que el bebé per se no intenta comunicar nada, ni dar señal alguna. Es la madre quien le da connotación de mensaje a estas señales. La madre ocupa aquí, para los cientistas que estoy comentando, «ellugar de pantalla protectora y al mismo tiempo presta su aparato psíquico para la tramitación de las excitaciones. Préstamo que pondrá en juego la particular estructuración subjetiva que la madre porta, creando efectos tanto en la posibilidad cualitatoria de su hijo como en la única e irrepetible configuración que adquieran los procesos que se cualifiquen»89 Y aquí coincidimos cuando, desde el psicoanálisis, decimos que la funcibn materna inviste libidinalmente al bebé y es por ello que se le hace un lugar en la cadena de significantes. 87. J. y M. Moizeszowicz, op. cit., pp. 75 y 76. La cursiva es mía. 88. Ibíd., p. 80. 89. Ibíd., p. 83.

Porque la operatoria exitosa partirá de la castración de la madre, del lugar que, a su vez, le dé al padre como facilitador de la ((Metáfora Paterna)). Instancias claves de lugares ocupados según los puntos de anclajes de la pulsión y sus objetos. Es esta operatoria la que cambiaría este pasaje de cuantitativo a cualitativo. La función materna tomada como «estímulo»,al estar vehiculizando la libido hacia su hijo, produce una excitación tal que se diferencia de todas las excitaciones externas que recibe la ((sustanciaviva» humana; la pulsión hace que sea diferente, porque no actúa como una fuerza de impacto transitorio, sino que lo hace como una fuerza constante que marca la paradoja de la imposibilidad de «satisfacer»la pulsión y de volver al nivel cero de la actividad del SNC. La constancia de la pulsión que Freud ilamó «devida» se opondrá a esa meta ideal de restitución del nivel cero. Pondrá en marcha el motor en excitaciones óptimas realizando el dicho del deseo materno: «que viva)),«queesté enterito)),«que sea saniton. Corno vemos, la cuestión de la pulsión está indefectiblemente articulada a la constitución del sujeto en la concepción del psicoanálisis. He tomado a lo largo de esta exposición lo que podría constituir el paso de lo que se llamó " pp. 23, 24 Y ss. Versión Copias Biblioteca Escuela Sigmund Freud de Rosario. Inéditos. 118. D. Poissonnier, l.a pulsión de muerte, Nueva Visión, Buenos Aires, 1998. El autor elabora la cuestión del tiempo lógico con la pregunta siguiente: ¡Es real el lógico? 119. Volveré sobre ello para dar una posición con respecto al autismo. 120. Trabajado por Lacan en el Seminario «La angustia», inédito, 1962 (versión des­ grabada de la traducción -sin corrección del autor- de circulación interna, Escuela Freudiana de Buenos Aires).

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dividido y, como resto, el objeto «a» causa de deseo, objeto para siem­ pre perdido. Situación que posiciona al sujeto en calidad de deseante y lo ha hecho entrar en el orden simbólico de su cultura. Tiene condiciones para armar, desde estas operaciones, lo quellamamos «fantasma». En el llamado «Estadio del espejo», el sujeto en constitución orga­ niza su yo corporal y tiene la percepción anticipada de su totalidad corporal. Esto es posible si fue alojado y reconocido en el discurso del pequeño otro, lugar significante de lo materno. reconocimiento de sí comienza así en el otro. Este es un «reconocimiento» diferente al de todas las especies vivas, por lo cual no es el producto de las meras orga­ nizaciones neuronales Si bien he presentado muy sucintamente los tiempos de la consti­ tución subjetiva, hay una serie de cuestiones que conciernen a la misma como la organización del objeto, las categorías de la falta, el papel de la pulsión, las identificaciones, la castración, la ley, deseo y goces. De este armado iremos tomando lo necesario para intentar expli­ car la cuestión del autismo. Lacan no se ocupó específicamente de la psicosis infantil ni del autismo en la infancia. Al respecto, hace algunas escuetas referencias en algunos lugares de su obra. Pero la cuestión la psicosis ocupa un lugar preponderante. En las operaciones necesarias para producir un sujeto, algo no tiene lugar y, como consecuencia, la estructura será la propia de la psicosis. Para explicitar esto, de los textos freudianos toma el concepto que hoy se conoce como forclusión. Que consistiría, esencialmente, en un rechazo específico, fuera del universo simbólico, de un significante fundamental, el Nombre del Padre. En consecuencia, no hay acceso del sujeto en cuestión al orden simbólico. Dicho significante es el que detenta la Ley, articula la Metáfora Paterna. La Metáfora Paterna supone la sustitución (de allí su carácter me­ tafórico) del significante deseo de la madre por otro, el significante nombre del padre. Esta metáfora designa al mismo tiempo el carác­ ter sustitutivo del Complejo de Edipo. La función de esta metáfora es fundamental, de ella dependen todas las significaciones. En la estructuración de esta metáfora, que caracteriza el tercer tiempo del Edipo, hay otro elemento que circula: el falo. Objeto ima­ ginario que circula entre la madre y el niño, que son los otros dos elementos del triángulo imaginario que constituye la llamada fase 81

preedípica, hasta que el padre interviene como cuarto término cas­ trando al niño, es decir impidiéndole identificarse con el falo imagi­ nario, por lo cual tiene que optar entre aceptar su castración (aceptando que él no puede ser el falo de la madre) o rechazarla. Como falo imaginario, este elemento circula entre la madre y el niño, constituyendo la dialéctica imaginaria que prepara el camino que conduce a lo simbólico. El significante del padre simbólico tiene que ver con el discurso materno, con lo que este discurso haga de la palabra del Padre. En cuanto a su función de Ley, el infantil sujeto aceptará la castración simbólica y accederá al mundo simbólico y al lenguaje. Tendrá nom­ bre y lugar. La eficacia de la función de la Metáfora Paterna permite al niño liberarse de la fusión madre-hijo, de lo imaginario que prima en este tiempo lógico. En la estructura neurótica, lo reprimido ha sido reconocido, pero en la psicosis todo sucede como si no hubiera reconocimiento, porque la fordusión no conserva: elimina y tacha, hay una ausencia de juicio sobre el hecho forduído que concierne a un dato simbólico primero. En síntesis, ni siquiera hubo acceso a la simbolización, mientras que, mediante la represión, en la primera estructura, hubo un reco­ nocimiento del elemento a reprimir. Es este orden simbólico el que permite retomar e integrar lo imaginario, mientras que en el caso del psicótico la ausencia de lo simbólico crea un vacío, un hueco. Luego los significantes repudiados aparecerán en lo Real bajo la forma alu­ cinatoria, bajo la forma de una realidad marcada por lo imaginario pero privada de la dimensión simbólica, significante. Dirá Lacan: la ausencia del Nombre del Padre en ese lugar, el lugar del Otro, lo que, por el hueco que abre en el significado, la cascada de adaptaciones del significante de donde procede el desas­ tre creciente de lo imaginario, hasta que alcanza el nivel donde signi­ ficante y significado se estabilizan en la metáfora delirante».12! Otra referencia esencial en la cuestión de la psicosis en la obra de Lacan, es el «Estadio del espejo». Situación que comienza a los seis meses de vida y concluye a los dieciocho, cuyo proceso es una espe­ cial relación entre el cuerpo y su imagen, movimiento fundamental 121. J. Lacan, «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la PSICOSIS», en Escritos, tomo II, Siglo XXI, Buenos Aires, 1987, p. 559. Traducción de Tomás Segovia y colaboración de Juan David Nasio,

en el ser humano y formador, como hemos dicho, del inicio de la ins­ tancia psíquica llamada «yo». Lacan nos trae el hecho de que, dentro del período de edades seña­ lado, el bebé reacciona de manera jubilosa ante su imagen en un espejo. «Experimenta lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo vir­ tual a la realidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, e incluso los objetos, que se encuentran junto a él».!22 Dicho reconocimiento es la culminación de un proceso dialéc­ tico que anticipa imaginariamente la aprehensión, el dominio de la unidad de su cuerpo, que hasta ese momento le faltaba. Proceso que tiene operaciones de varias vertientes: desde lo biológico, cierta cul­ minación del proceso de mielinización, desde lo subjetivo, la identifi­ cación al modo imaginario, que pasa por el propio cuerpo, desde «el ambiente», identificación con el semejante que se ha prestado tam­ bién al modo imaginario. El niño percibe, en dicha imagen, que com­ prende la suya de modo especular, una forma, una «Gestalt» en la que anticipa la unidad corporal que hasta ese momento no había sido reconocida. De ahí su regocijo ya que, mediante este deseo, colma una distancia, la brecha abierta entre su cuerpo y su imagen exterior. Esta experiencia es estructurante porque opera como un de amarre identificatorio con el sentido pleno que «en psicoanálisis se le da a ese proceso: transformación que se produce en el sujeto cuando asume una imagen cuya predestinación a ese efecto de fase se ve sufi­ cientemente señalada por el empleo en la teoría del término antiguo de imago» .123 Esta vivencia es fundamental también porque, hasta este momento, el niño tiene una vivencia fragmentada de su cuerpo. Pero esta experiencia tan marcada por el carácter imaginario inau­ gura lo engañoso, porque el niño, al fin y al cabo, se identifica con una imagen de él que no es él mismo pero que le permite reconocerse. Así el «yo» se constituye como imagen y es originariamente otro. En este punto es conveniente resaltar que el sujeto, desde esta ver­ tiente, no es el yo, y que este último, por otra parte, más que una rela­ ción de síntesis de las funciones del organismo o algo asimilable a la percepción o a la consciencia, es una instancia imaginaria. 122. J. Lacan, «El estadio del como formador del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanal1tica», en op. cit., tomo I, p. 86. J23. J. Lacan, op. cit., p.87.

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Por otro lado, con respecto a la función del «Estadio del espejo» Lacan dice que: «establece los límites entre lo imaginario y lo simbó­ 1,ICO en ese momento d e apre h ensl'ó n» 124 , Será psicótico el sujeto que queda en una posición tal que surge como resultado de que el Otro no la ha significado más que en un vacío en lo que Lacan llama el centro de su Ser, prisionero de alguna manera, al no encontrar apoyo en la cadena significante, tampoco ha podido sortear con éxito el llamado «Estadio del espejo». Aunque, según las tesis lacanianas, conforme a la estructura neu­ rótica el sujeto también está aprisionado, pero en una red de signifi­ cantes desde el momento en que es hablado. «Si puede parecer siervo del lenguaje, el sujeto lo es todavía más de un discurso en movimiento universal, su lugar está inscripto desde su nacimiento, así sea bajo la .c de su nombre propIO» . 125 . lorma ser humano se inserta en el orden significante, en el orden sim­ bólico. este orden el constituyente del sujeto. La supremacía de este orden significante sobre el hombre ya está constituida antes del naci­ miento, son los símbolos los que envuelven nuestra vida con una red total aun a aquellos que han engendrado al niño. Porque si bien lo engendran «en la carne» aportan a su nacimiento «el proyecto de su destino, proporcionan las palabras que harán de él un fiel o un rene­ gado» 126. «El sujeto se plantea como operativo, como humano, como Yo (je), a partir del momento en que aparece el sistema simbólico»127. Toda la dialéctica intersubjetiva de las operaciones que se fueron enunciando, también son posibles de esquematizar para Lacan, en el esquema que llamó L, donde marca que el inconsciente es el dis­ curso del Otro. 1

Así el niño, desde el comienzo de su vida, se sumerge en el mundo simbólico que precede su nacimiento y que parece existir con pree­ minencia (el cual está relacionado al lenguaje ) y lo real. De estos dos polos parte lo imaginario. Siendo ordenador lo simbólico. 124. Michel Ledoux, op. cit., p. 89. 125.

J. Lacan, «La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud», en Escritos,op.

p.475.

126. J. Lacan, "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis», citado por Michel Ledoux en op. cit., p. 90. 127. J. Lacan, Seminario 2. «El yo en la teoría de Freud yen la técnica psicoanalttica», Paidós, Buenos Aires, 1983, p. 84. Texto eStablecido por J.-A. MiIler. Traducción de Irene Agoff. \ )

Justamente, es ese límite al que más recurriré en mis propósitos de señalar los lugares lógicos probables propios de la situación que podríamos llamar «autismo». Con respecto a estos esquemas y operaciones lógicas, Lacan hace notar que cuando el psicótico reconstruye su mundo, al iniciar ese proceso, inviste las palabras, con lo cual inviste la categoría simbólica. En sus primeros Seminarios, concluye que la estructura propia del psicótico podría estar en un irreal simbólico o en un simbólico mar­ cado por lo real. Pero en la historia del sujeto -constituyéndose en la estructura neurótica en función de lo simbólico- podemos decir que él va tomando imágenes variables, fragmentadas, no constituidas. Los lacanianos que trabajaron con niños, especialmente M, Mannoni y F. Dolto, retoman y desarrollan ampliamente en su clí­ nica estos temas. Por el año 1954, se aborda en el tradicional semina­ rio de enseñanza de Lacan el problema de la psicosis infantil presen­ tando fragmentos del caso de una niña atendida por Rosine Lefort, diciendo de la misma que se había sumido en un real sin funciones sim­ bólicas ni imaginarias. Luego Lacan dirá que la psicosis en el niño es discutible, pero que sin duda no está estructurada del mismo modo que en el adulto, confesando que, hasta ese momento (1955), no tenía su grupo una doctrina sobre el particular 128. Aunque con esta afirmación, me parece, intentaba desalentar a quienes pretendían «comprender», porque tal vez pensaba que el psicoanálisis de niños de M. Klein y de Ana Freud había entrado en un «impasse», Cuando desarrolle mi posición, tomaré nuevamente la cuestión del llamado «Estadio del espejo», organización de lo imaginario, pero orientados a mi posición con respecto al autista. Seguiré con algunos de los psicoanalistas del campo lacaniano más conocidos por su trabajo en una clínica para el llamado «autismo». O sea que la afirmación recién subrayada de Lacan de no tener una doctrina con respecto a la psicosis infantil no arredró a sus seguidores.

P. Aulagnier Son importantes los aportes de esta psicoanalista, discípula de Lacan, sobre la psicosis infantil, tomando fundamentalmente el concepto 128. J. Lacan, «Seminario h, «Los escritos técnicos de Freud» ED. Paidos. Buenos Aires. Argentina. 1981. p. 166 Ysiguientes. Texto de la Clase del 2 de febrero de 1955.

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de inconsciente de la enseñanza lacaniana, organizado como hemos dicho por significantes, pero da al llamado «Estadio del espejo» una importancia crucial para la organización de la patología citada pero no como plaza originaria de la misma. Al arribar a la misma se tendría la corroboración de alguna distorsión de la constitución subjetiva en un estadio anterior al del espejo, en la organización fantasmática madre-hijo. Hago mención de este aporte, precisamente, en ese posible punto anterior de distorsiones que no estarían marcadas por el Estadio mismo, para referirme a ello cuando ponga en consideración mi propuesta para el autismo. A lo largo de su trabajo analiza, a la luz del pensamiento de Lacan, temas importantes sobre los inicios de la estructura subjetiva, sobre todo concepciones sobre el cuerpq y sus funciones sensoriales en cuanto a la relación con todo lo llamado «externo» o, como la autora, «exterior a sí», entre lo «primario» de estas funciones y los signos perceptibles de la realidad 129. Además utilizaré, de Piera Aulagnier, algunas de sus considera­ ciones sobre los inicios de la representación y el llamado discurso ma­ terno, que puede traer sustento a algunas de mis interrogaciones. Sus propuestas tomadas como referencia han sido el prod ucto de su tra­ bajo clínico con la psicosis. No obstante, creo que, como se refieren a los tiempos pre-constituyentes de la subjetividad, me resultan útiles para el caso del autismo, sobre todo lo que ha elaborado con respecto al fantasma madre-niño. Al respecto, supone que la relación madre-niño preexiste al parto, porque la madre se representa al niño, lo imagina completo, unifi­ cado y autónomo. A través de esta relación, que califica como imagi­ naria, ya reviste a ese cuerpo imaginado del niño, preguntándose si no le está proporcionando un primer don libidinal. Como corolario de este supuesto, la madre del psicótico se pon­ dría en el lugar del significante de la ley simbólica como si «no hubiera aceptado las reglas del juego», que es de varios términos: significante de la carencia, Falo imaginario, el niño como don encarnando el 129. P. Aulagnier, La violencia de la interpretación, Am~t~tu, Buenos Aires, 1975, y Clase N° 19 del Seminario inédito «La identificación», cWe dicta J. Lacan en 1961. Piera Aulagnier abandona la Escuela que Lacan fundo/a, y organiza el llamado «Cuarto Grupo» en 1969.

a», el A Barrado y la Metáfora Paterna que detenta la Ley. En significantes del discurso inconsciente de esta madre, no precisa­ ría ningún soporte simbólico, ninguna norma, las reglas estarían dis­ puestas sólo por ella. Las llama también «madre ha-históricas», dada su mala inserción en la ley. El niño, en consecuencia, es representado como objeto orgánico (en la clase 19 del Seminario «La ción» lo llama objeto metabólico), constituyendo, en consecuencia, un significante no simbolizable. El niño en esas condiciones no es más que prolongación del narcisismo de la madre teniendo preeminen­ cia significante la omnipotencia de la misma. Niño investido a nivel funcional, pero no del deseo, cuerpo hecho de fragmentos (no se lo invistió con cuerpo propio ni autónomo) vivirá para dar testimonio constante de la omnipotencia materna. A ese cuerpo no reconocido Piera Aulagnier lo llamó cuerpo fantasmado. Como consecuencia de estas operaciones, cuando el niño psicó­ tico se encuentre en el «Estadio del espejo», su «yo» tendrá distorsio­ nes porque sólo verá lo que el Otro le ha organizado: sólo un cuerpo­ muscular y en función de soporte del deseo del Otro. Lo relación imaginaria con el Otro sea imposible. Hay vacío libidinal, dice la autora, por lo cual, al no haber podido repre­ sentar los objetos como dones y él separado, sigue en fusión aniqui­ ladora con ellos. La demanda materna no ha dejado resquicio, por 10 que el niño así «armado» no tiene posibilidades, no tiene pautas para ello, de reconocerse y, por lo tanto, tampoco de De alguna manera, estos primeros análisis escritos de la pvt~prlpn da clínica han sido referentes importantes en la búsqueda de cons­ trucciones nuevas para lograr cambios en estos niños.

Maud Mannoni Tomando las enseñanzas de Lacan, Mannoni las aplica a la psi­ copatología de la infancia. Podemos sintetizar en relación a ellas: 130 1. Una concepción del síntoma. 2. Una concepción del lenguaje y el registro simbólico. 3. El nacimiento como sujeto del significante, el niño en el fan­ tasma parentaL 130. El enumerado es mío, lo mismo que los comentarios, pero tomo los títulos del libro de Miche1 Ledoux, op. cit., p. 95 Yss.

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4. Consideraciones específicas en la psicopatología infantil de la Ley, la situación triangular del Edipo, la castración y el deseo. 5. Escucha del discurso parentaL 1. Con respecto al punto 1, dirá que el llamado «síntoma», en la infancia, siempre extrae su fuente de otro lado que el niño, no sólo del discurso colectivo sino que especialmente: «El síntoma del niño colma, en el discurso familiar, el hueco creado en él por una verdad no dicha» 131. Así, el sintoma tiene una función en el fantasma de los padres que casi siempre sirve para enmascarar algo. Además, el síntoma debe ser tomado buscando lo que puede estar significando el niño con él, ya que es al mismo tiempo una respuesta inconsciente en el complejo curso de lo dicho y no dicho por el adulto.

2. Con respecto al punto 2, le da un lugar importante en su clí­ nica a las concepciones de Lacan con relación al registro simbólico, aplicándolas en las cuestiones llamadas «patológicas» en la niñez. En tanto el sujeto, para ser tal, ha de pertenecer a un mundo de lenguaje aún antes de estar en condiciones de ejercer el habla. En ese tiempo, y apenas nacido, es bañado por palabras que lo sitúan en el fantasma de los padres y de allí en el discurso colectivo. Punto común en Aulagniery Dolto y, a partir de ellas, de todos los que hacemos clí­ nica con niños desde las enseñanzas de Lacan. Mannoni dirá que cuando el niño toma el lenguaje haciéndolo propio, realiza un proceso de des-alienación del otro, iniciando la ruptura de la captura imaginaria de la que fue necesario que fuera objeto, pero que debe tener un corte. 3. El punto 3 se refiere a que el niño nacerá o no como sujeto, según su íntegración en la cadena significante. Al principio, será objeto de la cadena significante en el discurso del Otro (ya está en el orden simbólico), primero es situado ya que «La posición del deseo de hecho no se elige, el sujeto es víctima del significante» 132. El sujeto del cual hablamos no puede constituirse como tal fuera del Otro. Ese Otro debe reconocerlo en su deseo, es por ello

'\ 131. M. Mannoni, El psiquiatra, su loco y el psicoanálisis, Siglo XX!l, Buenos Aires, 1985. ....

132. M. Ledoux, op. cit., p. 102.

que se buscan las pistas del lugar que el niño ocupa en los fantasmas de sus padres. Esto es de importancia fundamental en la orientación clínica, porque la autora no descarta que, en el otro, un deseo inconsciente de muerte convierta al niño en un objeto alienado, ya que, para que tenga la chance de convertirse en sujeto, debe ser reconocido como deseante y autónomo. «Si la respuesta materna le da al niño la impresión de ser rechazado como sujeto desean te, quedará identificado como objeto parcial, objeto de la demanda materna» 133. Concluye que el psicótico

tiene vedado el acceso al deseo. Volviendo a la cuestión del deseo en la constitución subjetiva, el sujeto debe penetrar deseante en la dialéctica de la castración. Pero rei­ tera a lo largo de su obra que en esos pasajes fundan tes el sujeto puede tropezar con el deseo inconsciente de los padres que no los facilitarían. 4. El punto 4 refiere a que el lugar que ocupa el niño en el discurso del primer Otro es fundamental para la constitución de la subjetividad; este primer Otro, suele estar encarnado en la madre de la realidad, es un lugar engañoso en tanto que está impuesto por el deseo del otro, es el lugar fantasmático de una satisfacción maternal, el niño está como significante de lo que a la madre le falta. Así hay niños alienados, dirá, en un cuerpo parcial, obligados a serlo, si es que quieren mante­ nerse dentro del deseo materno. Niños que responden de este modo a cierto equilibrio familiar. Niños que cumplen una función de cero antes que de uno en el otro, porque, advierte Mannoni, uno exige dos. niño, sigue diciendo, no sólo ha sido objeto de «proyecciones» sino que, sobre todo, sirve para enmascarar nuestra falta en ser. Con respecto a que el niño llena la talta de la madre, se refiere a la castración de la misma, a su posición con respecto al falo como signifi­ cante de dicha carencia en la estructura subjetiva, en lo que Mannoni es fiel a las concepciones lacanianas. Por lo cual nos dice que la madre que ha aceptado ese lugar en su subjetividad se asume como lugar de carencia para que, justamente, en cuanto tal, el niño exista sólo para llenar esa carencia. El niño real, nos dirá, simboliza el falo para la madre, significante de la carencia de ella, y en ella ocupará un lugar determinado. El niño,

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133. M. Mannoni, El niño, su enfermedad y los otros, op. cit. 88 89 ""~ .,,~

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prolongación fálica, ha de ser la plusvalía fálica y no el falo de la madre, es la manera de no quedar clavado al cuerpo materno, órgano de otro (es fácil notar su semejanza de teorización con Aulagnier). Lo que ordena el sistema es el Nombre del Padre, Padre simbó­ lico en función estructurante de las operaciones a las que hacíamos mención, en la función de tercero. Simboliza la relación madre-hijo al darle mediación y al introducir el significante de esta función, arraiga lo imaginario en 10 simbólico. El «yo» no va advenir sin esta función tercera que desaloja al niño de] hueco en el que está junto a su madre. Debe salir de una relación dual imaginaria para inscribirse en la rela­ ción triangular y estructurar el Edipo. La castración pone así al sujeto en el orden significante, pero es la función paterna la que instala la ruptura. Aquí el deseo pasa a estar bajo el imperio de la ley que prohíbe el incesto. Todos los avatares posibles en estas operaciones pueden desem­ bocar en una psicosis o en un autismo.iMannoni hace hincapié en la relación del niño con respecto a las palabras de los padres. Para la psicosis, supone que en tiempos muy tempranos el niño fue enfren­ tado a «palabras mortíferas». Dichas palabras bien pueden estar, para ella, en el discurso parental, antes de que se diera el nacimiento del niño en cuestión, palabras que se imprimen a nivel del cuerpo, impi­ diendo su acceso a lo simbólico (propuesta semejante también a los postulados de Aulagnier y de Dolto). El niño psicótico queda entonces prisionero de dicha demanda parental. 5. En cuanto al punto 5, Mannoni es una de las primeras psico­ analistas lacanianas en romper con la situación de trabajar sólo con el niño en una clínica del psicoanálisis con los mismos. Para ella es de vital importancia trabajar en la escucha de los padres. Fundamenta esta ope­ ratoria en todo lo que ha conceptuali7Ado en relación a que el nmo forma parte del fantasma de los padres. En consecuencia, la escucha analítica tendrá como objetivo esclarecer, en lo posible, el lugar del deseo y del niño y su sobredeterminación en los «dedres» parentales. A partir de allí, se podrá analizar por qué y cómo padres e hijos se encuentran estan­ cados en su posición con respecto del deseo. Supone así que la cura del nmo afecta el punto donde el niño está unido ~eseo de los padres y lo desaloja del sitio que ocupa en lo real, que es el faptasma materno. Finalmente, no puedo dejar de mencionar4ue Mannoni crea, en 1969, una Institución abierta para el tratamiento de estas patologías,

I ofreciendo una posibilidad de tratamiento al niño llamado autistl. Toda la institución, «Bonneuil», se pensó como medio terapéutico fun· dado en el psicoanálisis sin que se hiciera, sin embargo, psicoanálisis individual. El objetivo terapéutico para el autista era que, a partir de «haberse constituido como objeto ausente», se volviera sujeto. Empleó la construcción de esa posibilidad a partir del juego del «Fort-Da» freudiano para iniciar o proveer de un «afuera» y de un «aden­ tro» y que el niño pudiera desprenderse de una captura fascinante. El proceso terapéutico -meramente explicado- tomaba pre­ misas del discurso lacaniano pero puestas en la institución, donde tanto el niño como la madre debían realizar el trayecto de aprender la pérdida de la ruptura de la unión en la que habían estado, lo cual daba a cada uno la posibilidad de metaforizar su relación con el otro. En otro libro en preparación, expongo los Programas Asistenciales en el Centro de Día «Lanfranco Ciampü>, donde se aplica el trata­ miento que se desprende de mis posiciones, allí se podrán cotejar las similitudes y diferencias con el modelo de Bonneuil. Pero no puedo dejar de mencionar que la obra y la producción de M. Mannoni nos inspiró, en buena medida, a muchos psicoanalistas ya que, durante décadas, fue la voz que se alzó para defender al «loco», a las minorías, a los excluidos, al poder de la palabra. Justamente en una década inolvidable para los argentinos, de 1960 a los años setenta, cuando todo lo aprendido en los sesenta hubo que esconderlo en los setenta, porque defender a las minorías ya nos colocaba en el terreno de la llamada subversión.

E Dolto Admirada y criticada, no puede decirse que haya hecho un cuerpo conceptual. Sin embargo, hay una serie de formulaciones que le son propias y que son del uso casi natural de cualquier psicoanalista de niños. Antes de exponer una síntesis de su enfoque para el autismo, haré una mínima exposición de ciertas ideas que le son propias y que sustentaron su clínica con niños. A partir de la enseñanza de Lacan dio importancia a: 1. Lenguaje y función simbólica. 2. Deseo y deseo de los otros.

'3. El nacimiento, y lo que llamó «primeros significantes».

4. Cuerpo a cuerpo y palabras. 5. Imágenes del cuerpo y seguridad.

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6. Avatares y fallas de la primera infancia. 7. Prohibición y castración humanizadora. l. Como para todo lacaniano, la función simbólica es ft.mdamen­ tal, el sujeto es sujeto de la trama inconsciente del lenguaje. Del

Seminario «La identificación», donde Lacan pone de relieve la fun­ estructurante del nombre en el proceso de identificación articu­ al proceso de constitución subjetiva, toma como instrumento, en su clínica, el otorgamiento de un nombre, no sólo como un movi­ miento que inserta a la criatura humana en un orden social y simbó­ lico, sino como lo que pone al niño en la cadena de su linaje. Para Dolto, ese nombre tendrá articulaciones específicas del sujeto con el Edipo de sus padres. 2. También la cuestión del deseo es un tema de capital importan­ cia en la constitución subjetiva, pero para esta psicoanalista el no sólo es receptor del deseo de los padres, especialmente del de madre, sino que el lactante «hereda» la represión de los padres. En todo niño que nace hay un impacto del inconsciente parental. Esto que recibe del inconsciente de los padres, lo recibe en forma de fantasmas, deseos, palabras, y constituyen, podría decirse en sus términos, la infraestructura humanizantel34 del sujeto. La nota distin­ tiva en cuanto a este proceso la pone Dolto cuando asegura que el bebé humano, desde el nacimiento, es una fuente autónoma de deseos. Al respecto dirá: «Creo que su aparición viviente en el mundo al nacer es simbólica en si misma, del deseo autónomo de asumirse en tanto tercer sujeto de la escena primitiva y sujeto único del cumplimiento

del deseo genital conjugado de los padres, de quien es el significante

único» 135. De modo que el ser humano sería la encamación simbólica

de tres deseos: el de su padre, el de su madre y el suyo. A pesar de estas

afirmaciones, el peso fantasmático de los padres no parece tan deter­

como en los postulados de Mannoni.

3. Para Dolto el nacimiento despierta cierta dinámica libidinal en la cual la madre es un continuum inconscient\del niño, siendo la relación con ésta lo que hace que el sujeto se conozca ~omo ser humano. , 134. La cursiva es mía.

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135. F. Dolto, El caso Dominique, Siglo XXI, Buenos Aires, 1975.

Pero siguiendo las enseñanzas lacanianas, en este proceso es de importancia la función del padre. Afirmando que para que un niño esté en el mundo simbólico hay que ser tres: un deseo inconsciente del padre para ser concebido, la luz verde del padre, la luz verde, roja o amarilla de la madre y la luz verde del niño que desea encarnarse. La palabra es consustancial al cuerpo: «El sujeto sobrevive sólo en virtud de una dialéctica que los seres hablantes expresan mediante la palabra y los fantasmas subyacentes» 136. Todos los psicoanalistas, a partir de Lacan, también expresarán, como Dolto, que las primeras percepciones de la interacción entre la madre y el niño se registran y convierten en signos, elementos significantes a partir de los cuales se organiza un sentido simbólico. Pero a partir de estas primeras aplica­ ciones de la enseñanza de Lacan a la clínica con niños y a la concepción de cómo se conforman los tiempos «pre-constituyentes» de la subje­ tividad, las especulaciones teóricas se fueron «afinando» cada vez más y volviéndose más cautelosas y menos generalizadoras. Dolto dirá que estas primeras percepciones, cuando se tornan «reconocibles» por parte del lactante, cobrarán un valor simbólico de «agradable» o «desagradable» con referencia a esos «encuentros» con la madre. m Ambos, dice, se inducen mutuamente «gracias a las modu­ laciones emocionales vinculadas con las variaciones de tensión de bien­ estar y malestar, su convivencia y la especificidad de sus separacio­ nes y encuentros, organizan articulaciones de signos (. .. ). Todo encuentro que produce un efecto de variación sensible en un orga­ nismo viviente y por consiguiente, de modificación en el ámbito pre­ existente, se vuelve significante de su existencia para el viviente» 138. No puedo dejar de hacer notar que esta afirmación realizada por Dolto en los comienzos de la década de los años setenta puede adap­ tarse a las «nuevas» concepciones de las neurociencias que comenté en este trabajo, concretamente, a las formulaciones de J. Moizeszowicz. Con respecto a esta importante formulación de Dolto, concluye con algo que también tiene vigencia cuando afirma que si el niño queda sometido a sus tensiones internas corre el riesgo de quedar fijado a ellas, sin poder dar el paso a la vida simbólica. Concretamente, habla de 136. M. Ledoux, op. cit., p. 11l. 137. Si bien sabemos ya Sigmund Freud había collceptualizado los conceptos de pla­ cer y displacer. 138. F. Dolto, El caso Domínique, citado en M. Ledoux, op. cit., p. 112.

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mortalidad simbólica por ausencia de verdadera comunicación inter­ humana. 4. El niño no sólo necesitará continuidad en la relación con el otro, sino también palabras personalizadas 139. El hecho de que el bebé reciba las palabras para él significa que hay un proceso en el que está reconocido por lo parental como separado de ellos, en el proceso de ser «autónomo», porque, fiel a Lacan, dirá que el niño es un ser de len­ guaje. Cuando en este proceso es «visto» como autónomo, es porque el discurso parental tiene una imagen anticipada en el deseo del hijo en cuestión. Para mis especulaciones, como antecedente, rescato que el bebé humano ha de ingresar al mundo simbólico a través de los intercambios con el otro semejante a partir del olfato, vista, tacto, pero que deben ser tomados en la sanción, mediante la palabra que el otro va poniendo. Al respecto, Dolto acuña el concepto de «complementación sus­ tancial» a partir de los momentos vividos a través de las necesida­ des satisfechas por el otro en cuanto a la alimentación, etc. Pero para ella este otro ya está presente para el niño como el «dador» que satis­ face desde la vida fetal a través de los ritmos maternos: latidos del corazón, etc.

separación de necesidad a deseo para Dolto se promueve en las

primeras horas de la vida del bebé. Comienzo azaroso que puede ini­

ciarse por cualquier espontaneidad del bebé, ya que las expresiones

mímicas, pueden aparecer independientes de toda necesidad, ya que

la transmisión de deseos entre seres dotados de la posibilidad simbó­

lica, lo permitiría. Para ella, esta posibilidad prima en los primeros

momentos posteriores al nacimiento donde ya puede inscribirse algo

como un código interrelacional. (Hoy diríamos que efectivamente,

pero de un lado unidireccional, del lado del otro, lugar significante materno.) A pesar de su alineamiento como discípula de Lacan, habla de primeros momentos de simbiosis para describir la diada madre-niño. Digo esto porque Lacan subraya que esta alienación fundante y pri­ mera del sujeto a constituirse y la madre ocupando el ~ugar del Otro no es una simbiosis, sino que el lugar del niño como sigd¡¡ficante es el del J39. La cursiva es mía.

./)

Uno de la pura diferencia, producto de la caída del objeto del goce de la madre. A fin de hacer más clara esta concepción, emplea los círculos de Euler para señalar que la luneta de intersección de ambos círculos disipa, mediante operaciones matemáticas de la teoría de los conjuntos, toda posibilidad de concebir dicha situación como simbiótica. A este momento de unión con el otro, Dolto 10 conceptualiza en el sentido de que el bebé es objeto parcial de la madre (en lo que coin­ ciden tanto Piera Aulagnier como M. Mannoni), y --en esa posición­ es que tomaría aquí la figuración de una masa. En este momento, el bebé es nombrado por Dolto como pre-sujeto, pre-Yo, pre-objeto, y las relaciones simbólicas se darian entre pre-sujeto y pre-objeto. Le da importancia al «despertar» de las zonas erógenas, facilitado en este cuerpo a cuerpo del niño con la mamá masa, dando también importancia a los efectos de la ausencia-presencia de quien cumple la función materna. Es interesante su postulado de que si la ausencia es muy prolongada, el niño puede llegar a estar cerca de la «muerte» simbólica, porque perdería los puntos de referencia que encuentra en la madre. Según su interpretación, cada vez que la madre regresa la continuidad de ser en el bebé se renueva y le sigue dando recursos para continuar con la vida. Debo decir, a la luz de los avances en el psico­ análisis con niños y construcciones al respecto actuales, que si esto su­ cede, si el bebé «reanuda», es porque puede que ya tenga alguna ins­ cripción que le permite dicho «reanudamiento del ser». Dolto lo dice de manera original, ya que justamente especula con que esos «encuen­ tros» hacen huellas y dichas huellas son puentes que «balizan» los momentos de abandono. Es decir que el sujeto en constitución se va organizando -para ella «humanizando»- mediante estos códigos compartidos entre la madre y el niño. Compartición posible porque se van estructurando imágenes que se memorizan y se coordinan. Ve al nacimiento como una pérdida primera que obligaría a una primera castración, por lo cual aquí, para Dolto, estaría la causa para un primer duelo. Debo decir que aparece, en esta conceptualización, una especie de acción simbólica cuando aún no está organizado el inconsciente. En mi opinión, con todo el respeto que me merece el rico trabajo clúlÍco de muchos años de F. Dolto Ysu increíble creatividad, hay como un constante transpolar de acontecimientos vitales con su correspon­ diente lectura de teorización. Pero también es cierto que ella operaba

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clínicamente al mismo tiempo que Lacan construía su monumental edificio teórico, del cual aún nos servimos. 5. Dolto toma el concepto de narcisismo fundamental como fondo imprescindible de la dialéctica madre-niño que, mediando referencias sensoriales, configuran lo que define como imagen del cuerpo. Imagen que le viene de otro. Debemos decir al respecto que es lo que postula Lacan, precisa­ mente, en el «Estadio del espejo». Pero diría que Dolto le da su per­ sonal caracterización, ya que para ella en cada etapa de la vida el niño configura nuevas imágenes de su cuerpo, en la medida que su evolu­ ción lo hace abandonar figuras arcaicas del mismo, lo cual constituye una pérdida y, como efecto de ésta, un retiro de la seguridad básica que tenía. Ella hace una diferencia entre imagen inconsciente del cuerpo y

el esquema corporal (siendo este último concepto usado en la psico­ logía evolutiva). La imagen inconsciente del cuerpo «está constituida por la arti­ culación dinámica de una imagen de base, una imagen funcional, y una imagen de las zonas erógenas donde se expresa la tensión de las pulsiones» 14Q. Especula con que esa imagen se origina en lo fetal, pero que su representación aparece mucho más tarde, introduciendo las dimensiones de lo vivido y el tiempo. En estas vivencias, es fundamen­ tal todo lo que al respecto se construye en relación con la madre. Agrega a estos postulados que estas imágenes del cuerpo pueden representarse tanto en la gráfica como en el modelado que los niños realizan. Cuando considere la gráfica donde tiene asiento una parte de este libro pondré a consideración las posturas propias que he elaborado al respecto. 6. Entre los avatares en los acontecimientos del tiempo de la pri­ mera infancia que pueden ocasionar psicosis o conductas autistas, DoIto señala el caso de los llamados «niños abandónicos», que se pre­ cipitarían en las patologías señaladas porque habría up relajamiento o una ruptura de lo que ella conceptualiza como simb)osis postnata!. 140. F.

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La imagen inconsciente del cuerpo, Paidós, Barcelona, 1990, p. 22.

Las ausencias prolongadas podrían acarrear asimismo una pérdida de referencias y quitarle al bebé el apetito por vivir. También podría, este mismo factor, ocasionar una pérdida de la imagen corporal con­ seguida. Igualmente, una espera muy larga con respecto a la presen­ cia de la madre podría traer como consecuencia un agotamiento del bebé que lo tornaría pasivo ante el ambiente (postulación que guarda ciertas similitudes con las tesis de B. Bettelheim). Cuando se prolonga demasiado la satisfacción de cualquier nece­ sidad, las consecuencias son catastróficas porque, según Dolto, pro­ voca la muerte simbólica, como si el bebé devorara lo que tiene de unión con el cuerpo de la madre -10 que conceptualizó como «masa»-lo cual lleva, además, al estallido de la imagen de lo que sería un pre-«yo», una imagen del cuerpo residual de la experiencia fetal, antes de la ins­ talación del narcisismo primario. Si bien me he abocado a la búsqueda de situaciones de los tiem­ pos pre-constituyentes de la estructura subjetiva, todas estas hipóte­ sis de Dolto sobre la posibilidad de alguna marca de algo en la vida fetal no van a ser consideradas en el presente trabajo, pero me parece nece­ sario decir que son más las investigaciones por el lado de las ciencias de la experimentación que por el lado del psicoanálisis las que siguie­ ron con estas cuestiones de lo prenatal. De todos modos, en el caso por caso, cierta lectura que puede hacer un psicoanalista de acontecimientos previos a la vida de un bebé en el decir de sus padres puede conducir a cambios en la relación de los mis­ mos con su niño 141. Siguiendo con F. Dolto, considera que el ingreso a la vida sim­ bólica está también dificultado por la ausencia de semejantes que ejer­ zan un afecto activo sobre el bebé: ausencia de palabras, y caricias. Después de muchos años, las neurociencias actuales toman exac­ tamente estas ausencias del afecto activo del semejante cuidador del bebé como la causa del resquebrajamiento del sensorio tranquilizante constituido por los neurotransmisores. Señalando incluso que este hecho tiene consecuencias no sólo en la organización biológica del lactante, sino como factor predisponente para las enfermedades mentales cau­ sadas por estrés. 141. Se volverá sobre el particular, fundamentalmente cuando se presenten casos clí­ nicos. Por este tema el lector puede remitirse a los trabajos de E. Coriat y al reciente libro de C. Kolko, Los ausentes de la memoria, Horno Sapiens, Rosario, 2001.

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Si la ausencia de la que hablaba Dolto se da entre los tres meses de edad y los doce, no permitirá la instalación y la estabilización del narcisismo primario. Al mismo tiempo, ella impide el acercamiento que el bebé tenía al mundo humanizado y simbólico a través de los ritmos del cuidado. Esta ruptura constituye, para Dolto, un trauma­ tismo que varía según cada niño en particular y, del mismo modo, variarían las consecuencias del mismo. Otra vez encuentro similitu­ des con las hipótesis comentadas de Bruno Bettelheim. En consecuencia, dados estos postulados teóricos, su clínica con este tipo de niños (autistas y psicóticos) estuvo orientada a restituir lo perdido mediante activas operaciones que incluían lo sensorial, lo que llamó «un cuerpo a cuerpo» niño-analista, para conseguir miti­ gar la falta de ser en la que el niño se habría quedado. Cuando el niño no recibe elementos del lenguaje para nombrar 10 que percibe, también se daña lo simbólico y termina por «nombrar» en soledad, sin la referencia del otro semejante. Este hecho producirá en él pautas de lenguaje arcaico articuladas a percepciones sensoriales del cuerpo: digestivas, motoras, percepción es, en todo caso, extrañas al lenguaje, debido según la autora, a que no encuentra referencias signi­ ficantes en las personas que lo rodean. Las referencias a esta cierta «comunicación» con el cuerpo tam­ bién pueden asimilarse a la experiencia clínica y elaboración concep­ tual de F. Tustin que consideré anteriormente. 7. No puede dejarse de reconocer que cuando toma el tema del goce en estos tiempos pre-constituyentes, la propuesta de Dolto cobra valiosísima vigencia, si bien está caracterizada desde su interpretación de la enseñanza lacaniana de ese tiempo, sin todos los aportes que la clínica hoy le ha hecho. Dolto habla en términos de persona a persona cuando supone que los goces que se otorgan al niño son nocivos. Hoy sabemos que el goce arranca con la instauración de la estructura fun­ dante misma que, justamente, es destinatario del deseo, y que el límite para este goce de la díada madre-niño opera si es eficaz la castración, como operatoria en la estructura del parletre. Si bien ella habla de pro­ hibiciones necesarias en la vida del nmo para human~' zarl ,para hacerlo un ser de lenguaje, no evidencia allí la cuestión ~ásica el armado sub­ jetivo incluyendo al Agente de dicha castración: ~1 re o sustituto del mismo en cuanto a función, para que se constituya la llamada Metá­ fora Paterna, condición de estructura para Lacan. Hace, en cambio,

llamados a una especie de cuidado externo de las actividades del cuerpo infantil, que marcarían la función castradora necesaria, según el tiempo de la fase oral, anal y o edípica en que el niño pudiera encontrarse. A partir de estos postulados salientes que hemos comentado bre­ vemente, F. Dolto nos da su posición con respecto a la psicosis infan­ til y al autismo. Con respecto al autismo plantea que es una enfermedad de lo sim­ bólico con respecto al entorno, debida a cualquiera de los elementos que hemos enumerado: separación, falta de referencias, un malenten­ dido o no respuestas del otro semejante con respecto al bebé. También incluye como causa posible un gran sufrimiento físico del bebé en el que no haya tenido consuelo de parte de personas conocidas. Debemos decir que se adelanta, con estas afIrmaciones, a todas las causas que hoy exigen como intervención clínica la llamada «esti­ mulación temprana», pero basada en los postulados del psicoanálisis 142 • Como génesis del autismo tendríamos, según la autora, que los acontecimientos que hemos enumerado provocarían una ruptura sim­ bólica del narcisismo del sujeto por lo cual, a partir de la misma, éste se apoyará en una relación con su propio cuerpo antes que con los demás. Pero también nos deja en una suerte de confusión cuando nos dice que estas rupturas, para dar como resultado un autismo, deben producirse antes de la instauración de la estructura narcisista del sujeto. Con lo cual, me pregunto, si no se instauró una estructura narcisista, ¿cómo puede producirse una ruptura de la misma? Con respecto a la psicosis, da importancia al discurso inconsciente de los padres, y cobra para ella una gran importancia el propio Edipo de los mismos en la causa de la constitución psicótica. Dirá: «Uno de los padres del sujeto tiene que tener una laguna en la estructuración preedípica o edípica en uno de los estadios de su evolución, y tiene que haber encontrado en la estructura inconsciente de su cónyuge una falla análoga que también en él viene de uno de sus padres» 143. También dirá, en el mismo libro, que para que se produzca una psicosis debe haber por lo menos tres generaciones de neuróticos: dos generaciones de abuelos y otra, la de los padres. 142. Nos referiremos a la «estimulación temprana» cuando lleguemos a la parte de mis propuestas para esta clínica del autismo. 143. F. DoIto, El caso Dominique, op. cit.

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No obstante los comentarios, F. Dolto aportó una enorme expe­ riencia al psicoanálisis con niños en las «huellas de Lacam, a todos los psicoanalistas del mundo que hayan elegido el mismo camino. El ex­ tenso legado que nos hiciera de sus cuarenta años de dedicación a la clínica del psicoanálisis con niños en el medio hospitalario es de una importancia fundamental y sus escritos sobre dicha experiencia siguen siendo una referencia para interrogamos al respecto.

yR Lefort En su libro Nacimiento del Otro 14\ dan cuenta de dos casos clíni­ cos de dos niñas pequeñas: una de 13 meses y otra de 30. Ambas se en­ cuentran, en el momento en que Rosine Lefort comienza su apuesta clínica en los años 1951-52 en lo que hoy llamaríamos un «Hospital de día» en la «Fondation Parent-de-Rosam, que pertenecía al servi­ cio de Jenny Aubry145. Ellos mismos explican que «se trata de una institución asilar dependiente de la Asistencia Pública, al estilo de las que todavía exis­ ten para niños de poca edad que esper,. Entonces conviene par­ l47 tir de un A no agujerado o de nacimiento para el A • Según los Lefort, «si el agujero no está en el Otro, el cuerpo del niño autístico está radicalmente perforado». De esta manera, la paciente Marie F. no puede inscribirse al nivel del cuerpo del A, el objeto sepa­ rable que podría encontrar en él para obturar el agujero de su propio cuerpo, quedando confmada a llenar sus agujeros (boca, ojos). A esta altura de sus suposiciones, se preguntan si hay ausencia completa 148 de significante o tal vez no, pero no se produce la articulación de lo Real yel significante. Para ellos, el significante inicial está excluido, debido a la cual no hay sustitución metafórica, por lo cual tampoco hay repre­ sión primaría. Por el tratamiento es que la niña Nadia -el otro caso presen­ tado-logra disociar a+ A, ecuación en la que estaba sumida, porque, mediante la acción de la terapeuta, se logró introducir una pérdida 146. Al terminar la síntesis de 10 postulado por R. 147. La cursiva es mía. 148. La cursiva es mía.

Lefort.

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en el A, por lo cual salió de la adhesión y/o fascinación en la que se hallaba. La acción terapéutica a la que apeló Rosine (la terapeuta) fue nombrarla cada vez que Nadia se encontraba frente al espejo por­ que, según ella, esta acción cumpliría «apres-coup» con la afirma­ ción de Lacan: cuando el sujeto es nombrado, recibe una intima­ ción delA. Sin metáfora no hay metonimia, siguen los autores, por lo cual los objetos Reales no entran en la dimensión imaginaria, y es por ello que no se ha dado 10 especular en estas niñas, y hay una omnipresencia del A. La metáfora Paterna puede, en estos casos, estar disuelta (cursiva mía) o faltar radicalmente. No obstante, puede ser -especulan- que, en el caso de Nadia, esté en un tiempo tal que el significante conserva una brecha, y es debido a ello que puede caer lo Real donde estaba sumida, y puede comenzar a metaforizar. Real que cae, según los Lefort, cuando es nom­ brada frente al espejo. Hacen una interesante posición del estado del cuerpo de las niñas estudiadas según el estadio por el cual transcurren antes de la posibilidad de metaforizar: así ubican a Marie Franc;:oise en 10 mus­ cular, casi convulsivo, mientras que Nadia estaría ya en el campo escópico pero pre-especular, con la posibilidad del significante pre­ existente. Especulan con que cuando el agujero no está en el cuerpo del Otro, el sujeto, en sus inicios, no puede vivirse como agujereado en su pro­ pio cuerpo, porque es rellenado constantemente por los objetos del cuerpo del A, ya que los agujeros del cuerpo son a través del A. El tomar al cuerpo como «la superficie del cuerpo ( ... ) lugar de la estructura del punto de partida de la vida» 1491es permitió referen­ cias a la topología lacaniana. La misma fue tomada desde el punto de vista de la estructura inicial del sujeto que, para los autores, pasaría por dos estadios: una estructura de superficie, Banda de Moebius y Cuerpos tórÍcos. Plantean que antes debe darse 10 especular, pero no ubican entre cuales o durante cuales estadios de los enumerados. Hacen una interesante descripción de lo que sel\t un momento pre-especular, pero no generalizan, lo adjudicru¡t a M~rie Franc;:oise. La niña estaría, en este momento, en una relación conJ otro mediante 149. R. YR. Lefort, op. cit., p. 376 Yss.

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el espejo, a través de la imagen que él le devuelve, en la que s610 hay adhesión, sin dimensión de la pérdida, porque no hay carencia de objeto en A. Para ellos, hay una situación de ambivalencia, ya que habría hue­ llas de lo simbólico. Ya en lenguaje topológico, caracterizan, en consonancia al mismo, que Marie Franc;:oise se encontraba en una suerte de ecuación adhe­ siva: a+A y la analista procuró la representación de dicha ecuación. Las conclusiones están meditadas a partir de estrictas observacio­ nes clínicas. En el capítulo titulado «Clínica y topología» consignan: «los embadurnamientos 1SO , caca y papilla nos daban la clave de aquello de lo que se trataba: lo que concernía al interior del cuerpo, fuera caca o papilla, ella lo extendía sobre la superficie exterior, sobre la piel. Nadia nos decía así que las superficies de su cuerpo, la interna y la externa, se reunían estructurando su cuerpo como superficie, y no como un volumen con un interior y un exterior separados. ¿Cómo podíamos entonces no referirnos a la topo­ logía, y no definir a qué tipo de superficie pertenece el cuerpo del niño, ni reformular las relaciones corporales entre el pequeño sujeto yel Otro en términos de super­ ficie y correlativamente de agujeros?». Siguiendo con estas especulaciones, suponen que la estructura del cuerpo de Nadia, al que colocan como la «del pequeño sujeto en el alba de la vida» (donde ya generalizan) parece ser una banda de Moebius. Y en ese orden, concluyen que «inicialmente el cuerpo del pequeño está obturado no por un objeto --comida real- sino por un objeto sacado del Otro, del campo del Otro, es decir, un objeto sigui­ ficante. Esta estructura del cuerpo de la que hablamos es una estruc­ tura significante, y sólo puede existir en cuanto tal» 151. En el último capítulo del libro, titulado «Elementos de topología», plantean que van a tratar de ilustrar mediante imágenes lo que les ha 150. Conducta bastante común en los niños llamados autistas, psicóticos y con retra­ sos mentales severos como secuela de enfermedades neurológicas y genéticas. 15l. R. YR. Lefort, op. cit., p. 362. 103

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«impuesto la clínica», lo cual podría, según ellos, formularse de la manera siguiente: l. La estructura con la que el sujeto afecta su cuerpo es sólo un efecto del significante que se articula con lo Real del propio cuerpo. Sin articulación entre lo Real y el significante, cada uno de ellos aislado, por su cuenta, no puede formar una estructura, como lo muestra Marie Franyoise. La psicosis es la a-estructura. 2. Hemos podido distinguir dos estadios de esa estructura: «una estructura de superficie no orientable, ilustrada por la cinta de Moebius; el tránsito a través del espejo a una estructura de superficie no orienta­ ble, ilustrada por el toro» l52. Pero advierten sobre la dificultad de dar cuenta topológicamente de cómo sería el tránsito de una superficie no orientable a una orien­ tableo De una a otra, señalan que el tránsito es bidimensional, lo que implica relaciones por adhesión y desprendimiento (pero el traductor llama la atención sobre que los autores se refieren a los términos fran­ ceses «accolement» (ad-collum, cou: cuello, unión por adhesión) y «décollement» (desprendimiento, acción de despegarse, de colla: calle: goma de mascar). Lo cual eliminaría una simetría entre ambos sen­ tidos, pero lo que han consignado les parece lo mejor para no perder el significado que quieren transmitir. Es decir que la paciente en cuestión no está en una dimensión tridimensional.

Observaciones sobre la apuesta de Rosine y Robert Lefort Con las referencias de psicoanalistas contemporáneos, sobre todo los que he citado como principales referentes:\ E. Coriat, A. Jerusalinsky y H. Yankelevich, más observaciones prop1as a partir de la clínica, haré algunos señalamientos que anticipan c,mclusiones a las que he llegado con respecto al autismo en la infancia. 152. R. YR. Lefort, «Elementos de topología», p. 381.

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Cuando los autores comentados plantean que sin A hay sola­ mente Real, me parece que debiera haber mayor precisión entre lo que llamamos realidad y el Registro de lo Real. Ya que lo Real como registro de la subjetividad va a surgir como tal por la incidencia del lenguaje en el cuerpo, que hasta ese instante es un puro sensorio del que no se tiene conocimiento, aún antes de que se establezca lo que Freud llamó «yo-no yo», donde se esbozaría el comienzo de «adentro-afuera». Ahora no voy a entrar a considerar (lo haré más adelante) qué sig­ nifica decir que algo existe realmente. Por el momento, sólo me parece que puedo decir que hay una realidad continua no tocada por el lenguaje pero que el sujeto, antes de ser un sujeto de metáfora, es un viviente de la especie que no tiene forma de dar cuenta de los resultados de sus sen­ saciones, a no ser por medio de movimientos del cuerpo, que en todo caso son «interpretados» por alguien de su ambiente próximo. Cuando los autores dicen que es un puro Real, tal vez tendrían que hacer la especificación acerca de que se refieren a lo real del cuerpo. Al decir que hay «un nacimiento del Otro», hay que recordar que, en su momento, muchos lacanianos afirmaron que el A de un naci­ miento para el bebé está siempre; en consecuencia, debiera hablarse de un nacimiento para el Otro. Lo cual tampoco da cuenta de lo que de­ biera considerarse. Ya que la estructura de la cual hablamos es en tér­ minos del significante, por lo cual no es algo que pudiera definirse como «estable», tal como una nosografía. En consecuencia, cada vez que se habla del Otro, debiera circunscribirse a qué otro nos referimos: Otro del lenguaje, Otro Primordial, etc. En cuanto al «nacimiento» del sujeto de la metáfora, del sujeto de lo inconsciente, se debería considerar que, antes que esto suceda, de pro­ ducirse como tal, están un bebé y sus padres de la realidad, que toda­ vía no encarnan ningún significante. El Otro es un lugar significante en una estructura conformada por los mismos. Entonces, pregunto: ¿a qué se referirían con esto de que el A está siempre? Podría decir, para aproximarme más al concepto de estructura dado por Lacan, que, en todo caso, pudiera haberse dado la posibilidad de la inscripción significante del «Rasgo Unario», pero si esta operación no ha sucedido, sólo puede haber quedado la marca de un Otro ya simbólico, pero sin eficacia. Y por otro lado, pensar que lo que está siempre, precediendo al acontecimiento del nacer, es el Otro de la cultura o el Otro del lenguaje. 105

Me llama la atención que no se hable en este punto, en las espe­ culaciones de los autores, de la función de corte, que, en mi opinión, hubiera arrojado más luz sobre este tema, que no deja de ser atractivo. Según los Lefort, «el cuerpo del A no perforado corresponde a un cuerpo agujereado del sujeto» (se supone que en constitución). Por lo tanto, me parece que, primero, se transpola cuerpo materno al lugar del Otro Primordial como significante, que en cuanto tal no significa nada. Segundo, ¿por qué el cuerpo del sujeto queda agujereado? Veamos: creo que, a partir de la lectura de las observaciones clínicas del caso que los llevó a estas especulaciones, hoy podríamos decir que los agu­ jeros del cuerpo no son más que agujeros desde lo anatómico, porque si no están erogeneizados por ese Otro Primordial que va a contor­ neados, precisamente, el niño no tiene vivencia alguna de ellos. Es el circuito libidinal que pone en marcha el Otro el que va a marcar los agujeros como zona erógena. En esa misma línea de análisis, se dice que «si el agujero no está en el Otro, el cuerpo del niño autistico está radicalmente perforado» 153. Al respecto, creo que si en la cadena significante del discurso simbó­ lico del Otro no hay lugar para el niño, podríamos decir solamente en ese sentido que no le ha proporcionado «un agujero donde alo­ jarse» y que, en consecuencia, los dos son es un objeto siempre perdido, porque lo que ansia encontrar es el objeto real de la experiencia de satisfacción vivida, que quedó marcada por el efecto de la repetición de las rutinas del amamantamiento. Esta situación coloca al infans en la posición de ocupar el vado que deja el objeto no encontrado, «el lugar del término en relación es ocupado simultáneamente por el sujeto»202, dice Lacan, por lo cual uno de los efectos de esta dialéctica es la identificación. En este tiempo casi de génesis de la identificación, la relación con el objeto es imaginaria. La experiencia es real, pero sujeta a las leyes de lo imaginario, y va a conducir al sujeto al fantasma de la incorpo­ ración fálica. Ya que si hablamos de relación de objeto, es imprescin­ dible tener en cuenta al falo como uno de sus componentes en tanto tercero de la triada imaginaria203 . La triada imaginaria

Madre

Niño

Cuando tomo aquí el concepto de objeto real y de experiencia real entre niño-madre-falo, lo hago tal como lo indica Lacan en el Seminario 4 de la «Relación de objeto», donde se encarga de esclare­ cer que lo usa al modo del concepto de Wirklichkeie o4 que utilizara Freud en el caso del «Hombre de los lobos». Pero en cuanto al objeto tal como lo estoy considerando, sucintamente podría decir que es el limite de la experiencia, el límite de lo que marca cualquier dad de efecto. En el caso que nos ocupa (infans-objeto, lo que llllplll._a.; madre-falo), para que el efecto sea eficaz la madre debería cir, en el momento de la alucinación del objeto por parte del niño,

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198. E. Coriat, op. cit., p. 232. 199. Expresión usada por el popular actor cómico rosarino A. Olmedo y que quedó en e! decir popular. 200. Seminario personal, clases desgravadas sin corrección de! autor. Clase del 10/8102. 201. J. Lacan, Seminario 4. «La relación de objeto y las estructuras freudianas», Paidós, Barcelona, 1994, p. 27. 128

202. J. Lacan, op. cit., p. 28. tomado del libro de J. Lacan, La relación de 203. freudianas, Paidós, Buenos Aires, 1992. 204. Término alemán que sÍlmifica {{realidad».

y las estructuras

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el objeto real que ha de colmarlo y no podemos, allí Lacan-, realizar una distinción neta entre la alucinación del seno materno surgida por el principio del placer y el encuentro con el objeto (el pecho de la madre). 205 Entre «realidades» y la ilusión de los objetos, cual sombras, se van organizando los ante-pasados de la memoria, sombras de estas esce­ nas primeras que darán luego lugar a lo impenetrable de lo que tan bien Lacan diera en llamar «fantasma». Debido a esta situación, quien va conduciendo al niño a la dis­ tinción entre realidad e ilusión es el hacer materno, distinción que sólo puede lograrse si la madre introduce en la tensión inicial de la búsqueda del bebé la desilusión. Freud diría que ya está sometido a los apremios de la vida, porque lo cierto es que cada vez que esté tensionado, bus­ cando el objeto perdido, la realidad no va a coincidir necesariamente con la alucinación surgida de su deseo. El problema sería, precisamente, que suceda lo contrarío: que siempre haya una inalterable ilusión de coincidencia, lo que produciría verdaderos estragos en el logro de la consecución de las distintas operatorias de la constitución Por lo tanto, para la instalación de la subjetividad es imprescin­ dible que suceda todo lo contrario: que el objeto falte, que haya falta

de objeto. Dicha falta va a instaurar un agujero, una falta que es real. Por lo tanto, lo fundamental es la falta de objeto y el agente que proporciona la falta. En estos tiempos institucionales, dicho agente es la madre, me­ diante su presencia yausencia. Presencia -ausencia que el niño articula, ya que cuando está la ausencia, él produce «el llamado», apela a la pnesenCla porque ya la ha registrado. Escansión esencial206 -dirá Lal:an-, porque de ella ha de desprenderse todo el orden simbólico. Por supuesto que no todo lo simbólico. Estamos en los tiempos que lo propician, ya que la experiencia de aceptar la desilusión prepara el camino de la castraciÓn y la aceptación de la ley que, desde un co­ ._-'\ mienzo, está contenida en lo edípico. La madre, como agente de la falta propiciatoria de tqdo este armado, marca en estos tiempos lógicos de la inscripciórr;/su poder: es

una potencia -capaz y eficaz- en el dar y no dar, y es de ella que depende el acceso del niño al mundo de los objetos. Cuando este pro­ ceso culmina, los objetos que estaban solamente como objetos de la satisfacción toman otra categoría. Se convierten, por la intervención de la madre, en tanto potencia, en don.

este momento, la relación madre-niña-falo cambia: la madre cae convertida en real y el objeto es simbólico, ya que ahora tiene el valor de algo, el de don que proviene de la madre. Esta posición inaugura la inscripción del sujeto en la állt:llá....~Ull. Instaurada la alineación, comienza a tener un desempeño activo, pasa al centro de la escena otro elemento esencial: el falo. Desde los tiempos en que Freud 10 advierte en «Sobre las transpo­ siciones de la pulsión, en particular del erotismo anal»207 y en la ecua­ ción «pene-dinero-niño-regalo», sabemos que uno de los términos con los cuales la mujer suple la falta del falo es el niño. Para éste, sujeto a la alineación de ella, toda potencia le es fácil: querer eso que quiere ella de él y, por ello, desea convertirse en el falo que ella no tiene. Situación subjetiva facilitada también por experiencias cotidianas de cualquier madre «suficientemente buena», en el decir de Winnicott. Su hijo la sa­ y calma por lo cual él suple con comodidad la falta del falo en la madre.20s Pero, en rigor y siguiendo a la autora, lo que sufre la madre en realidad, en este proceso, es una «diplopía», «es decir, que si bien su hijo ocupa el lugar de falo imaginario, este hijo no es para ella el falo en lo real (en ese caso estaría psicótica), con lo cual, aún en los momen­ tos de mayor embeleso con su hijo, a la madre la falta algo Con ese deseo culmina el primer tiempo del Edipo. Con respecto a la señal de que la inscripción subjetiva tuvo lugar, lo indiqué en la llamada «angustia de los seis meses». Debemos decir que la experiencia puede que no se dé exactamente en ese tiempo cro­ nológico, pero lo que es importante es que ocurra. ¿Por qué? Porque muestra que el niño ha iniciado una incipiente articulación de los acon­ tecimientos -dado que los anticipa-, la mamada, por ejemplo; porque apela al llamado cuando no está el objeto, como dije, y porque,

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205. J. Lacan, op. cit., p. 36. 206. J. Lacan, op. cit., p. 68.

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207. S. Freud, «Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo ana!», texto de 1917, en Obras Completas, tomo XVII, Amorrortu, Buenos Aires, 1976. 208. Sobre la significación del falo en la inscrinci6n subjetiva, véase de E. Coriat «Leyendo la significación del falo», en No Rosario, 1993. 209. E. Coriat, comunicaci6n escrita a la suscrita, mediados del año 2008. 131

reconocida la madre potencia como la dadora de los objetos que nece­ sita, sobreviene la angustia ante la posibilidad de que, no estando, no pueda tenerlos. Se afirma su deseo de tenerla a ella y, con ella, los objetos que le proporciona. Esto es lo que propicia también lo afirmado más arriba: el deseo de ser eso que la madre quiere que sea. Esto le da una garantía según E. Coriat,2IO como si el bebé dijera: «Si es lo que ella quiere, ella va a volver y me va a seguir queriendo». Pero la imagen del niño no es necesariamente idéntica a la imagen del falo que una madre pueda tener. Desde los mismos inicios, vemos entonces el carácter «paradójico, desviado, errático, excentrado»211 del deseo humano. Es lo que, por otra parte, lo distingue netamente de la necesidad. Distinción que instaura, en el sujeto, el estatuto de la demanda. Ella siempre se refiere a otra cosa que a las satisfacciones que se recla­ man, pero inscribe -como hemos señalado-la categoría del amor y del don. Lo que el amor sustrae a la necesidad crea la diferencia que llama­ mos «deseo», con lo cual se marca el fenómeno mismo de la escisión del sujeto. A partir de esta división, el sujeto queda destinado en todas sus funciones y movimientos a la captura del significante. Que, como hemos visto, tiene su origen en la pretensión de ser aquel primordial y privilegiado, el falo. Significante que en estqs tiempos institucionales es el eje de la sustitución madre-falo-niño y de la sustitución madre real por objeto don. Significante de la razón del deseo 212 que colocará al hombre para siempre en la imposibilidad de cumplir con el espejismo deseado de ser amado por sí mismo. Pero al recibir esta marca, el incons­ ciente es lenguaje y el sujeto queda destinado a que, él, es otro, ya que su deseo va a estar para siempre en otro lugar para lo cual tendrá que hacer los movimientos que lo lleven a pertenecer a la cultura, al mundo simbólico, para poder estar con otros. Es, justamente, en la búsqueda imperiosa del :~demanda­ y el tener que someter el deseo a esa prueba, donde el sarrollo del niño tiene dirección y orden. . 210. E. Coriat, Leyendo la significación del falo, Horno Sapiens, Rosario, 1993, p. 56. 211. J. Lacan, «La significación del falo», en Escritos JI, op. cit., p. 670. 212. J. Lacan, op. cit., p.672.

El niño, para desprenderse de la captura edípica de la madre, deberá descubrir que, ciertamente, ella no es todo para él, que más allá del falo que ella desea se presentifica la figura del padre o quien ocupe en la estructura ese lugar. Tiene que dejar de ser efectivamente el falo de la madre, para ir a buscar lo que desea en otra parte por su cuenta y riesgo, lo cual significa la aceptación de la castración simbólica que marca, para el sujeto - niño o niña- su encuentro con el padre. Culminación del Edipo por la cual el niño acepta su carencia de falo con las vicisitudes de esta constatación, que serán diferentes con respecto a cada sexo, siguiendo el camino que marca la ley en el Nombre del Padre. No es esto lo que ocurre cuando el producto es un niño que se sin­ dica como autista. No se arma la estructura subjetiva de un neurótico. Por eso mi propuesta, en el desarrollo de mi posición de una clí­ nica de una figura topológica como la presentada. Para indicar, desde los postulados del psicoanálisis, la situación de existencia posible del niño llamado autista. Como consecuencia de esa -no ubicación- en la estructura neu­ rótica, tenemos en general una serie de consecuencias que marcarán diferencias entre los mismos niños sindicados como autistas. Diferen­ cias que -en mi opinión- serán efecto de la situación en la cual se «detuvieron» o «los detuvieron», sin saber, vuelvo a repetir junto con E. Coriat, por «causas y azares». Voy a enumerar -a partir de mi observación clínica y orientada desde el psicoanálisis-los lugares y/o dimensiones donde es posible observar o registrar las consecuencias que la «detención» le imprimen al niño llamado «autista»: 1. El cuerpo. 2. Del ver a la mirada. Pulsión escópica. 3. Lenguaje-significación. 4. Tendencia -pulsión. 5. El afecto. 6. El juego. .. de1otro. 213 · / mOVImIentos 7. Las funCIOnes yo Al tratarlas, se irá desprendiendo y aclarando la situación del autista con respecto al «Estadio del espejo» ya la «Alienación fundamental». 213. Me refiero al comportamiento de la madre con el niño.

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L La cuestión del cuerpo en el autista Como he venido considerando en el desarrollo de este libro, el llamado autista no ha entrado ni en el «Estadio del espejo» ni tam­ poco en la «Alienación fundamental». Debemos considerar, en con­ secuencia, que permanece en una situación que he considerado -valién­ dome de la topología- como una existencia de superficie abierta: banda cilíndrica o superficie esférica cerrada. Es que el cuerpo, según las figuras de la topología que he consig­ nado, no ha recibido sobre sí una acción del otro eficaz, sea para pro­ ducir un corte o una torsión. Se encontraría en la etapa que la psicología considera correspon­ diente a lo sensorio-motor, en la cual el comportamiento corporal se ciñe a conductas que no son idénticas en ningún bebé -autista o no-, ya que la evolución de las estructuras y funciones cerebrales en el periodo perinatal es rápida y explica la variabilidad diacrónica no sólo de los signos neurológicos si no de las conductas. Y, si bien éstas van unidas a la maduración neurofisiológica, no debe realizarse el sim­ plismo de considerar que es el mero resultado o fruto de sistemas neu­ rológicos simplemente yuxtapuestos en la evolución2!4. No obstante, como se ha consignado, para que muchas funcio­ nes tengan lugar, incluso el «Estadio del espejo», es necesaria una mie­ linización suficiente. Pero es preciso recordar que aun la evolución de lo anatómico y neurológico tiene períodos que le son propios y que producen efectos en lo diacrónico, que existen funciones de progresión suce­ siva hasta adoptar formas más o menos definitivas, a partir de las cuales el proceso vuelve a modificarse perfilándose o modificando funciones. Porque además, en el proceso de maduración concerniente al desarrollo morfológico Yfisiológico, desde el nacimiento hasta la madu­ rez, debe distinguirse lo que son las morfologías prop~ente dichas, las formas y, por otra parte, sus funciones, o sea los sisterpas potencia­ les, lo que significa la posibilidad de su activación. ) 214. G. Annoni, «Algunas reflexiones sobre el llamado Autismo», trabajo presentado en las Segundas Jornadas «Autismo-Psicosis», Subjetividad-lenguaje, el 27 y 28 de septiembre de 2002, organizadas por el Colegio de Psicólogos y el Colegio de Fonoaudiólogos de la Ciudad de Rosario, Santa Fe, Argentina.

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Sin embargo, función y funcionamiento se mantienen en niveles de organización distintos y mantienen relaciones diferentes entre su existencia como tales, y la aportación ambiental 215, de una manera tal que las características de uno son escasas e insuficientes para explicar

per-se las características del otro. En otras palabras: la maduración ana­ tómica, con sus propias leyes, es condición necesaria para el desarrollo, pero no lo suficiente para explicar el comportamiento y su evolución en el transcurso del mismo en el niño. Esto explicaría por qué no hay un bebé -autista o no- de conducta idéntica a otro. El ambiente, «el otro», pone su impronta, su marca en lo real del cuerpo del infans.

El llamado potencial, la posibilidad de funciones que nacerán de la combinación de la maduración biológica y la acción del otro, es lo que alienta el inicio de la clínica con estos niños. Hemos señalado -para estos niños- una posición anterior al «Estadio del espejo»; pensamos que, al carecer de la imagen unificadora del cuerpo que dicho Estadio les proporciona, su cuerpo se les haría presente como lo que Lacan denominó «cuerpo fragmentado».216 Esto explicaría, además, la continua actividad de movimientos «sin inten­ ción» de muchos autistas, pero no manejándose con fantasías al res­ pecto, sino con un cuerpo puro real. Coincido totalmente con H. Yankelevich cuando considera que el niño «no entra» a la madre a través de fantasías, como sostenía M. Klein, sino por la falta de la madre. N o obstante esta afirmación, ya he considerado todo el valor del aporte clínico de M. Klein, sobre todo a psicoanalistas que, como yo, iniciamos nuestra práctica sin conocer aun la enseñanza de Lacan. También podemos decir que otros autistas pueden estar en una situación sólo de marca con respecto a la acción del otro y que no han tenido la posibilidad de pasar a la categoría de significante, marca muy leve en algunos, que no alcanza a dar el paso a «Rasgo Unario». Por lo cual, como consecuencia, aparecen repitiendo una y otra vez cierto «refregar» de su cuerpo sobre cualquier superficie o con cualquier ele­ mento, como si algo de la pura tensión de lo sensorio-motor desnudo y «sin mantelar», sin «lectura» de parte del otro, los pulsara a buscarla sin saber dónde. 215. G. Annoni, ponencia citada. 216. J. Lacal1, «De nuestros antecedentes», en Escritos, tomo 1, 1975,p.64.

XXI, Buenos Aires,

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l7

Al respecto dirá E. Coriae : cierto que los órganos de la per­ cepción filtran los estímulos en función de su capacidad de registro, pero esta capacidad de registro no sólo obedece a la información con­ génita sino que modula sus límites en función del uso que de ella se haga, fundamentalmente en los primeros meses de vida». Como hemos consignado en todo lo analizado con respecto a la función materna, es ésta función la que inscribe y modula los límites, características y formas de las funciones corporales para lo cual debe haber hecho ins­ cripción eficaz en lo real del cuerpo del niño. Por lo tanto, en el autista, pienso -como ella- que no se ha establecido «la inscripción de un sistema de marcas viables».218 En cambio, en el niño considerado psicótico, algo de esta inscrip­ ción se ha podido materializar, pero no de una manera ordenada, por lo cual los otros sistemas del llamado aparato psíquico se disponen con una sobredimensión de la presencia del otro. Con respecto al cuerpo del autista y su articulación con el tadio del espejo»219 puede considerarse que, aunque conveniente­ mente mielinizado, no ha tenido chances para entrar en él. Si se toman paso por paso las operaciones para organizar el «Es­ tadio» completo, en el tiempo lógico de pre-sujeto, para el bebé, su cuerpo permanece oculto. Podemos decir que es en este tiempo que algunos autistas pueden permanecer sin «ver-se» jamás, porque en el esquema de Lacan es necesario que las imágenes del espejo cóncavo sean reflejadas por el espejo plano, es decir, que refleje las flores con­ venientemente ordenadas sobre el jarrón, representando ellas la pul­ sión, que es el investimento necesario para que el artilugio funcione. Si no está el espejo plano, es decir, el Otro encarnado en la madre, queda la imagen en lo real sin imagen reflejada. En éstos tiempos instituyentes, es la madre quien hace de espejo plano, porque no sólo desea al bebé sino que lo necesita, porque es su falta. Es necesario, no obstante, que no ocupe todo el espacio para la falta, porque, de ser así, puede precipitarlo en la alitl~~ación perma­ nente de la psicosis. \

) 217. E. Codat, El psicoanálisis en la clínica de bebés y niños pequeños, La Campana, La Plata, 1996, p. 220. 2]8. E. Codat, op. cit., p.221. 219. Esquema sacado de J. Lacan, Los escritos técnicos de Freud, Paidós, Barcelona, ] 981, p. 191.

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En el autista, como hemos venido analizando, no hay investimento. De lo que podemos inferir que no están las flores, por lo que, sólo funciona el espejo cóncavo del artefacto lacaniano, según el cual, dicho espejo representaría la corteza cerebral. Por otra parte, Lacan dibuja el cuerpo en línea llena, por lo cual éste queda bajo el soporte mismo. En consecuencia, el cuerpo propio es invisible, es pre-sujeto para el propio sujeto, por lo que, desde mi análisis, no hay auto reconocimiento del cuerpo en la mayoría de los niños sindicados como autistas. H. Yankelevich nos advierte más claramente que, ciertamente, en dicho esquema, Lacan designa al sujeto con la letra s, sin barrar. En lo enigmático y en la complejidad de este proceso, este autor señala además que, el niño al cual llamamos «autista», puede haber sido parcialmente libidinizado, si tomamos del «Estadio del espejo» sólo una parte del esquema. Por ejemplo, los haces piramidales y, no obstante, no entrar al «Estadio». Diría que no se han puesto las flores en el jarrón y la libidinización, en consecuencia, no fue eficaz o no fue suficiente. que, además, el espejo plano -función materna- no debe ser translúcid0220 . En la estructura subjetiva -para lo cual sirve el artilu­ gio que estoy analizando-, esta condición es la que permite que el sujeto vea la imagen real como imagen virtual, condición de la estruc­ tura subjetiva humana que nos hace incapaces de diferenciar la ima­ gen en el fondo del espejo, ilusión de los objetos de la realidad, en el registro de lo imaginario. Es más, este registro -imaginario- y la realidad conforman una superficie única, borde, banda de Moebius: el imaginario, en el que coinciden imaginario y real. Es la ficción de la vida que cada sujeto tiene, cual los versos famo­ sos de Calderón de la Barca: «que la vida es puro sueño y los sueños, _ 221 suenos son» . Justamente, si hay respuesta jubilosa del bebé ante la imagen, es porque funciona la pulsión 222 y, además, la entrada al cuerpo del lenguaje del otro ya ha quedado establecida como resultado de la 220. H. Yankelevich, Seminario, clase del 20110/01. 221. P. Calderón de la Barca, «La vida es sueño», en Antología Poética Universal,Ortells, Madrid, 1992. 222. La hipótesis sobre los espejos y su posición con respecto al autista la tomo de H. Yankelevich, clase de su Seminario del20/l0!0l.

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representación que el infans tiene de que es el objeto de amor -objeto «a»- de quien cumple la función materna. Está en pleno funciona­ miento el narcisismo que Freud llamó primario y funciona a pleno el principio de placer, lo que configura además que se establezca la demanda. Como nada de esto último sucede en el niño autista, no pode­ mos decir con rigor que sus actos, movimientos y conductas estén signados por un placer, enlazado al narcisismo. En la vida de pleno sensorio-motor en la que se encuentra, podemos plantear que la exis­ tencia de movimientos continuos y/o intermitentes están en una «rea­ lidad continua» de movimientos mecánicos que obedecen a lo real del cuerpo no investido, sin noción de espacio y tiempo, que son las otras dimensiones de las escenas de representación que comienzan con la del cuerpo propio. Cuando culmina el transitar por el «Estadio del espejo», queda constituida la imagen de sí mismo que anotamos i(a), la «instalación del yo» que permite que el lenguaje se vuelva simbólico y el cuerpo imaginario, si la estructura es conveniente de manera tal para pro­ porcionar el pasaje del Falo con mayúscula, por lenguaje y cuerpo, cayendo como real algo del cuerpo y algo del lenguaje. Me parece acertada y oportuna la hipótesis de H. Yankelevich, quien afirma223 que antes de que la función materna oficie de espejo en el Estadio, ésta depende de la identificación primordial y este rasgo no es sin el falo simbólico, es la condición para obtener la posibilidad del nudo. Ya que el falo que está considerando es equivalente a la falta en el Otro Primordial, por lo que habrá «yO». De manera que en este tiempo -hipótesis como he dicho de H. Yankelevich- en el sujeto, la identificación es al falo simbólico y habrá «yo» si hay agujero en este Otro. Justamente, en la identificación primordial, primero estarán el cuerpo y el lenguaje, pero no anudados, sino encimados el uno sobre el otro.

223. H. Yankelevich, op. cit., p. 16, desgrabación no corregida por el autor.

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Encimados

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~



Siguiendo a Yankelevich, digo que: la identificación es el pasaje

mismo de la recta al infinito que Lacan llama $, que anuda cuerpo y len­ guaje. Este falo simbólico, que Lacan escribe como hemos visto ($), es simbólico en este tiempo porque hace agujero en la madre. La recta al infinito señala que va a llevar adelante -a partir de esta operación-la presencia de la metáfora paterna en la madre, como se explica en la fórmula de la Metáfora Paterna la sustitución de significantes. Es por esta sustitución y por esta operación que el infans tiene significación fálica para la madre y es, en esa medida, que ello agujerea a la madre como Otro. Es en esa medida también que el niño es deseado, ya que la falta de la madre de la cual hablamos es simbólica. Como sabemos, a la madre en 10 real no le falta nada.

Solapa

Lenguaje



Soma

o~

Cierre

Esta operación no tiene lugar en el autista, coincido absoluta­ mente en mi experiencia clínica con H. Yankelevich: no hay esta triangulación. En la experiencia de H. Yankelevich, ésta operatoria, sin embargo, 224 pudo darse en sus célebres casos Jerome y Diana • 224. H. Yankelevich, clase citada.

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Desde el punto de vista estrictamente psicoanalítico, el registro real del cual hablamos no es previo al nudo borromeo, sino que se constituye tal el inconsciente originario del cual hablaba Freud. también el interior del cuerpo -ese desconocido- el Real biológico, pero lo Real es también -ya en el nudo llamado borromeo- el agu­ jero de cada cuerda.

2. Del ver a la mirada. Pulsión escópica Como consecuencia de lo considerado en el punto anterior, hay resultados en los que, desde distintos discursos, se considera a la «mirada» sin fijar, o más allá del interlocutor, que exhibe el autista, como característica, y también cuando se observa que «siguen» objetos en movimiento. 225 posición al respecto es que a estos «objetos» los tomemos como estímulos mecánicos de aquel «Yo Real» que Freud adjudicó al recién nacido, situación de labilidad neurológica perinatal que he con­ signado. Tiempo anterior a las operatorias de la estructuración sub­ jetiva, por lo cual no hay objetos en cuanto objetos de representación. En cuanto a ésta afirmación, debo reconocer que estamos acos­ tumbrados, por impregnación imaginaria, a considerar al objeto sólo en su calidad de representación. Por lo cual, puedo pensar que lo que para mí es objeto en movimiento constituye para el llamado «autista» un estímulo a su sensorio sin que aún tenga las coordenadas para armar una escena. La situación del autista y el objeto que se mueve transcurre sin espacio ni tiempo, parece estar hecha de un presente continuo, ya que no hay un espacio tridimensional propio de la representación yel movimiento se da en un tiempo presente continuo porque, precisa­ mente, no hay corte. Desde la perspectiva matemática226, cuando concibe los infinitos números reales, la realidad es continua. Es por ello ~e el lenguaje, que es discreto, corta la continuidad infinita de la realid)¡.d. Otra vez, la matemática sirve para mostrar esta existencia delalltista hecha de 225. G. Annoni, «Donde el hombre de la bestia se separa», op. cit 226. Comunicaciones personales y clases de matemáticas particular de H. Jaime.

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una «realidad continua» que solo va a dis-continuar si el Otro es efi­ caz para interrumpirla y poner al niño sujeto a su demanda, que le mar­ cará los ritmos de su existencia en los primeros meses de vida. Volviendo a la situación de la llamada «mirada» del autista, diré que, efectivamente, ve, pero no podemos decir -desde lo estipulado por el psicoanálisis para las operatorias lógicas de la constitución sub­ 1DT'"""'_ que haya mirada porque, justamente, el primer tiempo lógico, el tiempo de mirar, tampoco se ha dado en el autista, salvo en algunos. En mi experiencia, como he dicho, hay como un punto fugaz de fijar la mirada en otro, como un rápido destello, «se prende» a veces, otras se va, tal como si estuvieran en el dintel del «Estadio del espejo», sin poder entrar porque no ha habido «unos ojos que reflejen los ojos que los miran»227. Este tiempo de la mirada es el que tiende «los hilos» que mar­ carán la escena propia del mirar del parlétre, las perspectivas de la misma, que hacen que, cuando miramos, estemos contenidos nosotros en la escena. Campo ya escópico -propio del Estadio del espejo­ donde la mirada recorta, como en una economía de bienes, espacios determinados, formas determinadas. Con el armado de este campo se escinde el sujeto en una opera­ ción imaginaria: recién se da el «yo-no yo» en una relación de amor 228. Pero también es el tiempo inmediato posterior al corte que orga­ niza en la superficie de la esfera el disco separable y la torsión en la Banda de Moebius. Armado este campo, armada la escena del mundo que lo contiene, se establecen las demandas y se va recortando el A, Otro con mayúscula que pondrá al sujeto en un lugar y al lugar de la palabra en otro, escisión del sujeto en la modalidad de lo simbólico. Es desde la instalación de estas operatorias y modalidades que el sujeto sí podrá «seguir» un objeto con la mirada. Además, se ha cumplido, con esta instalación, con otra condición: tener la posibilidad de «rodear» un objeto, que tiene la función de «hacerlo aparecer», volverlo a pre­ sentar, representarlo, siendo el motor de estas operaciones la pulsión escópica. En estas coordenadas, se instala la repetición propia del sujeto del inconsciente que impulsa los movimientos y operaciones anteriores. 227. G. A. Bécquer, «Habrá poesía», en Antolof!.Ía Poética Universal, Alfredo Ortells, Madrid, 1992. 228. R. Díaz Romero, comunicaciones en el Seminario «La problemática del sUJeto y el único invento de Lacan: el objeto "a"». Escuela S. Freud, Rosario, 1992.

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Puede verse entonces, en mcil deducción, que los llamados «segui­ mientos y repeticiones» del llamado «autista» responden a otro estatuto de existencia que es necesario diferenciar de las conductas y funciones de un niño del que, por las mismas y por los puntos y señales que hemos explicitado, se presume que está armando su entramado subjetivo de una manera que le permitirá entrar al mundo simbólico y culturaL Si es posible que unos «ojos reflejen los ojos que los miran», que los devuelvan, es porque quien porta los «ojos reflejadores» ha dejado caer el objeto que lo colmaba con lo cual produce el corte Real que causa la división del sujeto. Constituye la modalidad en lo real, siendo este corte la estructura del objeto. Por todo lo expuesto, la conducta considerada típica del autista, el percibir inmutable a objetos en movimiento, está en el percibir, en el ver del organismo vivo de esta especie, según la complejidad de su arquitectura neuroquímica. Pero le hace falta la operación completa de pasar del «tiempo del ver» como representante de su especie al tiempo de la mirada y ser mirado. Ostenta esta conducta de «ver» porque, además, no ha comple­ tado el circuito de lo que se llama campo escópico. Es decir que no da las dos vueltas mínimas necesarias que van a hacer el rodeo en la estruc­ tura mínima de las pulsiones parciales. Ya que cuando se terminan las dos vueltas, recién allí, se completa el corte que producirá al sujeto barrado y al objeto, en ese mismo acto.

Mi posición es que el niño llamado autista ha quedado, por algún azar, detenido en esa primera vuelta, restringido a una tendencia interminable sin intervalo para un empuje que lo impulse a terminar el circuito. De allí también que podamos pensar que aún libidinizado en parte, si no completa este circuito, no ha de poder progresar en los tiempos institucionales del I ' 229 · d Estad lO e espeJo. En cuanto al otro semejante, «a» minúscula, que porta los «ojos reflejado res», en el Estadio del espejo hace de espejo plano para sig­ nificar el carácter simbólico del mismo en este tiempo lógico, es decir que no es la presencia en bruto del Otro real. Si este Otro se redujera a la presencia en bruto, no habría espej 0 230. Estadio po) el cual ha pasado todo aquel que está en la estructura que Lacan pro~uso para el 229. Hipótesis personal fruto de investigación ycl!nica. 230. H. Yankelevich, Seminario y clase citada.

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neurótico. Son los significantes que la madre -en esas condiciones­ le dirige los que convierten al niño en significante para ella, y es esta ope­ ratoria la que hará que él encuentre una imagen de sí mismo.

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Reitero: mi posición es que el niño llamado «autista» ha quedado, por algún azar, detenido en esa primera vuelta, restringido a una ten­

dencia interminable sin intervalo para un empuje que lo impulse a termi­ nar el circuito. A propósito, conviene recordar que en el pasaje de necesidad a pulsión se deben considerar, por lo menos, tres circuitos, hasta que se afirma la demanda como tal. Pero, es imprescindible que el sujeto se separe del objeto -que haya corte- de lo cual ya he hablado también en los primeros análisis en este libro sobre lo que consideramos estructura en psicoanálisis. En este caso -el del autismo--, en el niño no se ha realizado ese primer corte. También es de fundamental importancia considerar que, en el autista, la cuestión está -podría decirse-- en los inicios de las primeras inscripciones, que, como también he dicho, no se han producido en la superficie libidinal, o la libidinización no ha sido suficiente para marcar. 231 Por ejemplo, parece ser que Jerome puede leer algo de los sig­ nos de goce que la madre tiene al tenerlo como hijo, al hablarle ella al padre. Pero si ello es posible para el niño, es porque tiene algo de goce 231. Célebre caso de H. Yankelevich citado en el Seminario. Clase del 22/06/02.

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en el cuerpo propio, con lo cual puede percibir el goce de la madre y el padre. decir que puede leer algo del goce fálico circulante entre madre y padremsólo con algo de goce fálico en el cuerpo propio. Cuando dicha lectura «sigue» haciendo circuito, al mismo tiempo que marca, ahueca, hace la topografía del goce en el cuerpo. Son los signos de esta topografía del goce los que permiten la transformación de los mismos en significantes. freudiana que rompe la «transcripción» o «información» de lo neuronal. Haberme fundado en este pasaje de necesidad a pulsión sirve para explicar las pulsiones freudianas de lo oral y lo anal, que --como sabe­ mos- se basan en la necesidad concreta de la incorporación de lo nutriente y su consecuente expulsión. Pero esta «lectura» del goce se basa también en otras pulsiones -las introducidas por Lacan- que no tienen como fuente la nece­ sidad. Hablo de la invocante y la escópica. ¿En qué se basan estas dos? He aquí un enigma a desentrañar firmemente enancado en lo Real de los inicios del fantasma en tanto real de] otro real. y que­ como ya se ha dicho- en el caso del autismo, parece ser que el no ha atravesado los arcos real y simbólico para hacer posible el inicio del nudo. m

3. Lenguaje-significación en el autista He considerado lo concerniente a la inscripción o transcripción necesaria en el aparato neuronal. Pero también he afirmado que la inscripción de la cual hablamos para el «parlétre» es en la superficie libidinal, para 10 cual es necesario que se hayan efectuado eficazmente las operaciones señaladas como el paso del Falo simbólico (
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