ALVAREZ VALDES, A. - Que sabemos de la Biblia III - Fray Juan de Zumarraga, 1997.pdf

June 15, 2019 | Author: Coordinacion Servicios TIC | Category: Ten Commandments, Moses, Cain And Abel, Adam And Eve, Jesus
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A R I E L AI.VAR I.VARIIZ VAL VAL DES DE S

 _ ____ III______   __  _ ¿Q U É SABEMOS SABEMOS DE LA BIBLIA? BIBLIA?

© ¿ Q ué u é s i g n i f i c a d o t ieie n e n l o s n ú m e r o s en e n lala B ib i b lil i a ? 0

¿ C o n q u i é n s e c a s ó C a í n, n , e l h i j o elele A d á n y E v a 7

© ¿ C u ál á l e s e l o r ig i g e n d e l o s d ie ie z m a n d a m ie n to s ? © ¿ P e r m i t i ó M o isi s é s el e l " o jo j o p o r o jo j o y d ie i e n t e p o r d ie ie n te " ? © ¿ C ó m o s e d e r ru r u m b a r o n la l a s m u r a lll l a s d e J e r icic ó ? © ¿ Q u ié i é n e s f u e r o n l a s a b u e l a s de d e J e sú sú s ? © ¿ El E l á n g e l de d e l S e ñ o r l e a n u n c ió i ó a M a r ía ía ? © ¿ B a u tit i z ó J u a n el e l B a u t i s t a a J es e s ús ús ? © ¿ Fu F u e t e n t a d o J e s ú s p o r e í D ia i a b lo lo ? © ¿ H u b o c a ta t a c l isis m o s el e l d ía ía q u e m u r ió i ó J es e s ú s? s?

ISBN 950-724-439-5

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Ariel Álvarez Valdéz

¿Qué sabemos de la Biblia? III

Ediciones Fray Jua J uann de Zumárraga, Zum árraga, A.R A.R.. México, D.F.

Colección Cn torno a la Biblia

Dirección: P. Luis Glinka, ofm.

Con las debidas licencias ISBN 950-724-439-5

Ediciones FRAY JUAN DE ZUMÁRRAGA, A.R. Durango 90, Colonia Roma (06700) México, D.F. Tel - Fax: 55 29 17 31

©1997 by LUMEN Hecho el depósito que previene la ley 11.723 Todos los derechos reservados

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA PRINTEDIN ARGENTINA

¿QUÉ SIGNIFICADO TIENEN LOS NÚMEROS EN LA BIBLIA?  Las tres lecturas del número

Si leyéramos en el diario que murió un hombre a los 38 años, o que se incendió un edificio de 7 pisos, nadie duda ría del significado de estos números. Expresan precisamen te la edad de ese hombre, y la cantidad exacta de pisos del edificio. En cambio, si leemos en el Evangelio que Jesús curó a un hombre que llevaba 38 años enfermo (cf. Jn 5, 5), o que se recogieron 7 canastas luego de la multiplicación de los panes (cf. Me 8, 8), la cosa cambia. Ya no estamos tan seguros de que se refiera a los años que el hombre es tuvo enfermo, o a la cantidad de canastas que en verdad re cogieron aquel día. Es que para nosotros el número tiene un sentido muy distinto del que tenía para los antiguos orientales. Mientras nosotros lo usamos normalmente para indicar la cantidad de algo, para la mentalidad bíblica los números podían ex  presar no una, sino tres realidades bien distintas: cantidad, simbolismo, y mensaje “gemátrico”.  Primer sentido: cantidad 

Lo primero que puede expresar un número en la Biblia 5

es cantidad. En esto se asemeja al uso que le damos noso tros diariamente. Por ejemplo, cuando se nos dice que el profeta Elias  predijo una sequía de 3 años en Israel (cf. 1 Re 18, 1), o que el rey Josías gobernó 31 años en Jerusalén (cf. 2 Re 22, 1), o que Salomón puso 12 gobernadores encargados de mantener el palacio un mes cada uno (cf. 1 Re 4, 7), o que Betania, la aldea donde Jesús resucitó a Lázaro, distaba 15 estadios (= 3 km) de Jerusalén (cf. Jn 11, 18). Es evidente que ninguno de estos números es simbólico ni encierra un mensaje oculto. Simple y llanamente se refieren a la canti dad de años, personas o distancia mencionadas en el texto. Así como éstos, son posibles identificar muchos otros números con los cuales la Biblia ofrece informaciones y datos históricos concretos, y que expresan únicamente can tidad. No hay lugar para la confusión: lo que el número di ce, eso mismo quería decir el autor. Segundo sentido: simbolismo

Pero los números bíblicos tienen un segundo sentido: el simbólico. Un número simbólico es aquel que no indica una cantidad, sino que expresa una idea, un mensaje distin to de él, que lo supera y lo desborda.  No siempre es posible saber por qué “tal” número sig nifica “tal” cosa. La asociación entre ambas realidades a veces es desconocida. Por eso, estos números no son “ra 6

zonables”, y resultan difíciles de comprender para noso tros, occidentales, prisioneros de la lógica. Pero los semi tas los usaban con toda naturalidad para transmitir ideas, mensajes o claves. Aunque la Biblia no explica nunca qué simboliza cada número, los estudiosos han logrado averiguar algunos de sus simbolismos y han podido aclarar muchos episodios  bíblicos que se han vuelto más comprensibles.  El 1, el 2 y el 3

El número 1 simboliza a Dios, que es único. Por ello in dica exclusividad, primado, excelencia. Así, cuando Jesús le contesta al joven rico “¿Por qué me preguntas por lo  bueno?; 1 sólo es el Bueno” (cf. Mt 19,17). Y sobre el ma trimonio: “Ya no son dos, sino 1 sola carne; y lo que Dios unió no lo separe el hombre” (cf. Mt 19, 6). O cuando di ce: “El Padre y yo somos 1” (cf. Jn 10,30). También cuan do Pablo expresa “Todos ustedes son 1 en Cristo Jesús” (cf. Ga 3, 28). “Hay 1 solo Señor, 1 sola fe, 1 solo bautis mo, 1 solo Dios” (cf. Ef 4, 5). En todos estos casos, el 1 simboliza el ámbito divino. En cambio, el 2 representa al hombre, pues en él hay siempre dualidad, división interior por culpa del pecado. Esto aclara algunos enigmas del Evangelio. Por ejemplo, según Marcos, Jesús curó a un solo endemoniado en Gerasa (cf. 5, 2); pero según Mateo, eran 2 (cf. Mt 8, 28). Se 7

gún Marcos, sanó a un solo ciego en Jericó, llamado Bartimeo (cf. 10, 46); pero según Mateo, eran 2 los ciegos (cf. 20, 30). Según Marcos en el juicio contra Jesús se presen taron “algunos” falsos testigos (cf. 14, 57); pero Mateo aclara que eran 2 (cf. (cf. 26, 60). 60). ¿Quién está contando la ver ver  dad? Ambos, pues mientras Marcos nos da la versión his tórica, Mateo usa el número simbólico. El número 3 expresa “totalidad”, quizás porque 3 son las dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. De cir 3 equivale a decir “la totalidad” o “siempre”. Así, los 3 hijos de Noé (cf. (cf. Gn 6,1 6, 1 0 ) representan re presentan a la totalidad de sus sus descendientes. Las 3 veces que Pedro negó a Jesús (cf. Mt 26, 34) simbolizan todas las veces que Pedro le fue infiel. Las 3 tentaciones que Jesús sufrió del Diablo representan todas las tentaciones que Él tuvo durante su vida. Y a Dios en el Antiguo Testamento se lo llama el 3 veces Santo, el que tiene toda la santidad (cf. Is 6, 3).  El  E l 4 y el 5

El número 4 en la Biblia simboliza el cosmos, el mun do, ya que 4 son los puntos cardinales. Así, cuando se dice que en el Paraíso había 4 ríos (cf. Gn 4, 10), significa que todo el cosmos era un Paraíso antes del pecado de Adán y Eva. O sea, no se trata de un sitio determinado, como pien san algunos que todavía lo andan buscando en algún lugar de oriente. Y cuando Ezequiel llama al Espíritu de los 4 8

vientos para que soplen sobre los huesos secos (cf. Ez 37, 9), no es que haya 4 vientos, sino que invoca a los vientos de todo el mundo. Y cuando el Apocalipsis cuenta que el trono de Dios se asienta sobre 4 seres (cf. 4, 6), quiere de cir que se asienta sobre todo el mundo, que la Tierra ente ra es el trono de Dios. El 5 significa “algunos”, “unos cuantos”, una cantidad indefinida. Así, se dice que en la multiplicación de los pa nes Jesús tomó 5 panes (= algunos panes). Que en el mer cado se venden 5 pajaritos por dos monedas (= algunos pa  jaritos). Que Isabel, Isabel, la madre de Juan el Bautista, Bautista, luego de su embarazo se escondió en su casa por 5 meses (= algu nos meses). Que la samaritana del pozo de Jacob tenía 5 maridos (= varios maridos). Jesús emplea frecuentemente el 5 en sus parábolas en este sentido indefinido: las 5 vír genes prudentes y las 5 necias, los 5 talentos, las 5 yuntas de bueyes que compran los invitados al banquete, los 5 hermanos que tenía el rico Epulón. Y Pablo, hablando del don de lenguas, dice: “Prefiero decir 5 palabras (= algunas  pocas) comprensibl comprensibles, es, que 10.00 10.0000 en lenguas” (cf. (cf. 1 Co 14, 19).  El  E l 7, el 10 y el 12

El número 7 tiene el simbolismo más conocido de to dos. Representa la perfección. Por eso Jesús dirá a Pedro que debe perdonar perdonar a su hermano hasta 70 7 0 veces 7. 7. También 9

 puede  puede expresar la perfección del mal, mal, o el sumo mal, como como cuando Jesús enseña que si un espíritu inmundo sale de un hombre puede regresar con otros 7 espíritus peores, o cuando el Evangelio cuenta que el Señor expulsó 7 demo nios de la Magdalena. Por su sentido de perfección, esta cifra aparece referida frecuentemente a las cosas de Dios. El Apocalipsis es el que más lo emplea: 54 veces para describir simbólicamen te las realidades divinas: las 7 Iglesias del Asia, los 7 espí ritus del trono de Dios, las 7 trompetas, los 7 candeleras, los 7 cuernos y 7 ojos del Cordero, lo 7 truenos, las 7 pla gas, las 7 copas que se derraman. Muchos se equivocan cuando toman este número como si fuera una cantidad o un tiempo reales. La tradición cristiana continuó este simbolismo del 7, y  por eso fijó en 7 los sacramentos, sacramentos, los dones del Espíritu Espíritu Santo, las virtudes. Por su parte, el número 10 tiene un valor mnemotécnico; al ser 10 los dedos de las manos, resulta fácil recordar esta cifra. Por eso son 10 los mandamientos que Yahveh dio a Moisés (podrían haber sido más), y 10 las plagas que azotaron a Egipto. También por esta razón se ponen sólo 10 antepasados entre Adán y Noé, y 10 entre Noé y Abraham, aun cuando sabemos que existieron muchos más. Otro número simbólico es el 12. Significa “elección”. Por eso se hablará hab lará de las 12 tribus de Israel, cuando cuan do en rea lidad el Antiguo Testamento menciona menc iona más de 12; pero con 10

esto se quiere decir que eran tribus “elegidas”. Igualmente se agruparán en 12 a los profetas menores del Antiguo Tes tamento. También el Evangelio mencionará 12 apóstoles de Jesús, que resultan ser más de 12 si comparamos sus nombres; pero se los llama “Los Doce” porque son los ele gidos del Señor. Asimismo Jesús asegura tener 12 legiones de ángeles a su disposición (cf. Mt 26, 53). El Apocalipsis hablará de 12 estrellas que coronan a la Mujer, 12 puertas de Jerusalén, 12 ángeles, 12 frutos del árbol de la vida. Otros números con mensajes

El número 40 también tiene un simbolismo: representa el “cambio” de un período a otro, los años de una genera ción. Por eso el Diluvio dura 40 días y 40 noches (pues es el cambio hacia una nueva humanidad). Los israelitas es tán 40 años en el desierto (hasta que cambia la generación infiel por otra nueva). Moisés permanece 40 días en el monte Sinaí, y Elias peregrina otros 40 días hasta allí (a  partir de lo cual sus vidas cambiarán). El profeta Jonás pre dice la destrucción de Nínive en 40 días (para darles tiem  po a que cambien de vida). Jesús ayunará 40 días (porque es el cambio de su vida privada a su vida pública). Por su parte el número 1.000 significa multitud, gran cantidad. En el libro de Daniel se dice que el rey Baltasar dio una gran fiesta con 1.000 invitados (cf. 5, 1). El Sal 90 sostiene que 1.000 años para nosotros son como un día pa 11

ra Dios. Salomón ofreció 1.000 sacrificios de animales en Gabaón (cf. 1 Re 3, 4), y tenía 1.000 mujeres en su harén (cf. 1 Re 11, 3). A veces, este número puede entrar en combinación con otros. Así, el Apocalipsis dice simbólicamente que al final del mundo se salvarán 144.000, porque es la combinación de 12 x 12 x 1.000, y significan los elegidos del Antiguo Testamento (12), y los elegidos del Nuevo Testamento (x 12), en una gran cantidad (x 1.000). Finalmente quedan algunos otros simbolismos menores. Como cuando san Lucas cuenta que Jesús eligió a 70 dis cípulos para enviarlos “a todos los lugares y sitios por don de Él tenía que pasar” (Le 10, 1). No está dando una cifra real, sino simbólica, ya que según Génesis 10, el total de  pueblos y naciones que existían en el mundo era 70. Lucas, hombre de mentalidad universalista, al decir que Jesús mandó 70 misioneros, quiso decir que los mandó para que el Evangelio llegara a todas las naciones del mundo. También san Juan encierra un mensaje cuando cuenta que en la pesca milagrosa los apóstoles obtuvieron 153 pe ces (cf. 21, 11). ¿Por qué tanto interés en dejar registrado este detalle sin importancia? Es que en la antigüedad se creía, entre los pescadores, que 153 era el número de peces que existía en los mares. El mensaje es clarísimo para los lectores: Jesús vino a salvar a gente de todas las naciones, razas y pueblos del mundo.

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 Averiguar en cada caso

Pero no todos los números bíblicos son simbólicos. En cada caso hay que preguntarse: ¿esta cifra indica cantidad o encierra un mensaje? Por ejemplo, cuando se dice que 4 personas llevaron un  paralítico ante Jesús en una camilla, evidentemente el 4 no es simbólico sino real: la camilla tenía 4 extremos, y era la forma más práctica de poder transportarla. Y cuando lee mos que Pablo se embarcó en la ciudad de Filipos y des  pués de 5 días llegó a Tróade, no hay que pensar en un sim  bolismo del 5; más bien era el tiempo que en ese entonces tomaba un viaje entre ambas ciudades. Tercer sentido: gematría

El tercer sentido que puede tener un número en la Biblia es el “gemátrico”. ¿Qué significa esto? Es una particulari dad de las lenguas hebrea y griega. Mientras en castellano escribimos los números con ciertos signos (1, 2, 3), y las letras con otros diferentes (a, b, c), en hebreo y griego se emplean las mismas letras del alfabeto para escribir los nú meros. Así, el 1 es la letra “a”; el 2 la letra “b”, etc. De es ta manera, si sumamos las letras de cualquier palabra se  puede obtener siempre un cifra. El número así obtenido se llama “gemátrico”. 13

Esta posibilidad que ofrecían las lenguas bíblicas daba lugar a juegos ingeniosos y entretenimientos originales, ya que en cada cifra podía haber escondida una palabra. La Biblia trae varios ejemplos de estos juegos. Así, Génesis 14 cuenta la invasión de Palestina por cua tro poderosos ejércitos del Oriente, que se llevaron prisio nero a Lot, sobrino de Abraham. Cuando el patriarca se en tera reúne 318 personas, sale en persecusión de aquéllos, logra derrotarlos, y rescata a Lot. Ahora bien ¿pudo en ver dad Abraham, con sólo 318 personas, vencer a los cuatro ejércitos más poderosos de la Mesopotamia? Hay que ser muy ingenuo para creerlo. A menos que este número sig nifique algo. En efecto, sabemos que Abraham tenía un sir viente heredero de todo sus bienes, llamado Eliézer (cf. Gn 15, 2). Si ahora sumamos los números que corresponden a las letras hebreas de este nombre, tenemos: E (= 1) + L (= 30) + I (= 10) + E (= 70) + Z (=7) + R (= 200) = 318. (Los valores asignados corresponden al alfabeto hebreo, por eso una misma letra puede tener distintos valores.) Con lo cual se habría querido decir que Abraham salió a combatir con todos sus herederos; y que sus herederos, es decir, la des cendencia de Abraham, será siempre superior a sus enemi gos.  El éxodo y los antepasados de Jesús

En el libro de los Números hay otro ejemplo. Se cuenta 14

que en el éxodo de Egipto salieron 603.550 hombres, sin contar las mujeres, los ancianos y los niños. De ser esto cierto, habría que calcular que salieron unas tres millones de personas de Egipto, cantidad desorbitada, probablemen te jamás alcanzada por la población de Israel en toda su historia. Pero si sustituimos las letras de la frase “todos los hijos de Israel” (en hebreo: rs kl bny ysr’l) por sus corres  pondientes valores numéricos, da precisamene 603.550. Con lo cual, diciendo que salieron 603.550 el autor quiso afirmar que salieron todos los hijos de Israel. San Mateo también trae uno de estos juegos. Divide a los antepasados de Jesús en tres series de 14 generaciones cada una, y agrega al final: “El total de generaciones son: desde Abraham a David 14 generaciones; desde David hasta el destierro 14 generaciones; desde el destierro hasta Cristo 14 generaciones” (cf. 1, 17). Pero esto es imposible. Mateo pone sólo tres nombres para cubrir los 430 años de esclavitud en Egipto. Y sólo dos ascendientes para llenar los tres siglos entre Salomón y Jesé. Es que a propósito confeccionó artificialmente estas lis tas para que dieran sólo 14 generaciones, ya que 14 es el número gemátrico del rey David: D (= 4) + V (= 6) + D (= 4) = 14. Y como se esperaba que el futuro Mesías fuera descendiente de David, el evangelista quiso decir que Je sús es el “triple David”, y por lo tanto el Mesías total, ver dadero descendiente de David. El más famoso juego bíblico de gematría lo trae el Apo 15

calipsis, con el número 666 de la Bestia (cf. Ap 13, 19). El mismo libro aclara que se trata de la cifra de un hombre. Y quien se oculta detrás de ésta no es otro que el emperador  Nerón, ya que si transcribimos “Nerón César” en hebreo obtenemos: N (= 50) + R (= 200) + W (= 6) + N (= 50) + Q (= 100) + S (= 60) + R (+ 200) = 666. Y el Verbo se hizo escritura

A ningún cristiano le resulta extraño que Jesús, la Pala  bra de Dios, se haya hecho hombre. Menos aún que haya vivido como un hombre de su tiempo. Al contrario, es nor mal imaginarlo vestido con las túnicas del siglo I, alimen tándose con las comidas de su época, y utilizando los me dios técnicos y de movilidad de entonces. Pero en cambio a mucha gente le cuesta entender que la Biblia, que también es Palabra de Dios, se haya encarnado en la cultura e idioma de entonces. Piensan que habla co mo nosotros, con nuestras expresiones y nuestra mentali dad. Y no es así. Como Cristo se encamó en un hombre de hace 2.000 años, la Biblia también habla como la gente de hace 2.000 años. Y así como resultaría ridículo imaginar a Jesús de saco y corbata, viajando a Jerusalén en taxi, y transmitiendo sus sermones por radio, también es ridículo interpretar a la Biblia literalmente con nuestras categorías mentales, como hace mucha gente. Debemos situamos en la mentalidad y cultura de los judíos de aquella época. 16

De esta manera, cuando nos encontremos con números o cifras en la Biblia debemos preguntamos si se trata de una cantidad, un simbolismo, o un número gemátrico. Es to nos ayudará a desentrañar mejor el sentido de la Palabra de Dios. Y con ella, el mensaje que tiene para nuestra pro  pia vida.

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¿CON QUIÉN SE CASÓ CAÍN, EL HIJO DE ADÁN Y EVA?  El primer homicida

Cuenta la Biblia que, al poco tiempo de ser expulsados del Paraíso, Adán y Eva engendraron dos hijos, Caín y Abel (cf. Gn 4). El mayor se dedicaba a la agricultura y el menor era pastor. Los dos hermanos eran muy religiosos, y le ofrecían a Dios los frutos de sus trabajos: Caín los pro ductos del campo y Abel los primeros nacidos del rebaño. Pero a Dios, sigue diciendo el Génesis, sólo le agradaba la ofrenda de Abel, no la de Caín. No se aclara la razón de tal preferencia, ni cómo los jóvenes se enteraron de las di ferencias que Dios hacía. Sólo describe el enojo y la amar gura de Caín ante la actitud de Dios. Entonces Dios se di rigió a él con una frase misteriosa: “¿Por qué andas irrita do y pones tan mala cara? Si haces el bien, podrás levantar la cabeza. Pero si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar” (v. 7). Pero Caín no quiere escucharlo, y comienza a alimentar el odio contra su hermano Abel. Hasta que un día lo invita a ir al campo, y allí lo ataca y lo mata.

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 La expulsión de los cultivos

Dios, entonces, se le presenta a Caín y lo interroga: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Y Caín responde con su famosa frase: “No sé. ¿Acaso soy el guardián de mi herma no?” Dios le contesta: “La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo. Por eso quedarás maldito y expulsado de la tierra que ha bebido la sangre de tu hermano, a quien tú mataste. Aunque labres la tierra, no volverá a darte sus fru tos, y andarás errante por el mundo” (v. 10-12). Caín toma conciencia de lo que hizo, y lanza un grito de  profundo dolor: “No puedo soportar semejante culpa. Aho ra me echas fuera de esta tierra, y tendré que vagar por el mundo lejos de tu presencia. Y cualquiera que me encuen tre me matará” (v. 13-14). Dios, conmovido ante su llanto desesperado, con un ac to de bondad promete vengarlo siete veces si alguien inten ta matarlo, y le pone una señal de protección y salvación,  para que quien lo vea lo reconozca y lo respete. Así, Caín sale de la tierra que solía cultivar, y se refugia en el desier to, donde es condenado a una vida errante y de sufrimien tos. Una figura desfigurada

Al leer así este capítulo, se desprende una figura de Caín distinta a la que la tradición nos había acostumbrado. 20

 No aparece tan malo ni perverso, como tampoco vemos en ningún lado que Abel haya sido bueno, como siempre he mos creído. Que Dios haya preferido las ofrendas de uno más que las del otro no significa que uno era bueno y el otro malva do, sino se debe a una libre elección de Dios. Tal elección no suscitaba, entre los antiguos, problemas de moralidad, ni de bondad. Para ellos era una experiencia cotidiana ver muchas veces al rey, al faraón o al emperador, hacer lo que mejor les pareciera con las personas sin que ello significa ra injusticia alguna, ni desprecio a los demás, ni maldad  para con ellos. Ha sido más bien la tradición, como consecuencia de una valoración negativa de Caín, la que ha interpretado su grito, que en realidad es de dolor y penitencia, como si fue ra de desesperación y obcecación que dijera: ‘‘mi pecado es tan grande que no merezco perdón”, lo cual no concuerda con el texto. Y para peor, el signo de misericordia y salvación que Dios le coloca para protegerlo, fue entendido como signo de maldición y de vergüenza ante el pecado cometido.  El enigma de una esposa

Pero sobre todo llama la atención una serie de contra dicciones y detalles incoherentes a lo largo del relato. 21

Comienza diciendo que Caín era labrador y Abel pastor de ovejas (v. 2). Pero si ambos hermanos son hijos de los  primeros hombres, eso es imposible. Según la paleontolo gía, los primeros seres humanos que aparecieron sobre la Tierra hace 2.000.000 de años, vivían de la caza, de la pes ca, y de los frutos espontáneos del suelo. La domesticación de animales sólo surgió 10.000 años a. C., y la agricultura más tarde aún, unos 8.000 a. C. ¿Cómo podía Caín cono cer la agricultura y Abel ser pastor? En el v. 4 se cuenta que Abel ofrecía a Dios los prime ros nacidos de su rebaño y la grasa de los animales. Pero fue en el monte Sinaí, muchos siglos después, cuando Dios le ordenó a Moisés que el pueblo le ofreciera los primogé nitos de los rebaños (cf. Ex 34, 19) y las grasas de los ani males (cf. Lv 3, 12-16). ¿Cómo podía ofrecer Abel lo que áun no estaba mandado? Más adelante Caín invita a su hermano a salir juntos al campo (v. 8). Pero ¿acaso habitaban ya en ciudades, cuan do no existían más que ellos dos y sus padres? Luego de su crimen Caín exclama: “Cualquiera que me encuentre me matará” (v. 14). ¿Quién va a poder matarlo, cuando hasta Abel murió y no existen más que Adán y Eva? Pero quizás lo que más ha asombrado a los lectores de la Biblia es leer en el v. 17 que “Caín se unió con su mu  jer, y ella quedó embarazada”. ¿De dónde sacó una mujer Caín? Algunos han llegado a suponer que se trata de Eva, 22

¡nada menos que su propia madre!, ya que en esa época no habría estado prohibido el incesto. Todo esto ha perturbado durante siglos a la gente, que se hace tales preguntas.  El héroe Caín

Hoy los estudios bíblicos enseñan que la historia de Caín presenta tantas incoherencias, porque pasó por tres etapas sucesivas, hasta terminar dónde hoy está, en el Gé nesis. En un principio era un relato popular, transmitido oralmente, e independiente del de Adán y Eva. En él se na rraba la vida de un antiguo héroe llamado Caín, que vivió en una época ya avanzada de la humanidad. Por eso se ha  blaba de ciudades construidas, de un culto a Dios desarro llado, de naciones enteras que poblaban la Tierra, y se mencionaba la agricultura y la ganadería. La historia comenzaba con el nacimiento de Caín, y contaba cómo el día en que vino al mundo, su feliz madre lo celebra con una frase de mucha estima y cariño: “He ad quirido un hijo varón con la ayuda del Señor” (Gn 4, 1). Quizás se trataba, en el cuento original, de un ser semidivino, bastante conocido en el antiguo oriente. Que era una figura famosa se deduce porque, en la Biblia, se acostum  bra a explicar el nombre de las personas importantes. Y el Génesis da una explicación del nombre “Caín”, diciendo que significa “adquirir”. 23

Cuando el niño se hizo grande, se convirtió en el funda dor de una famosa tribu beduina, llamada de los “cainitas”, que habitaba en el desierto, al sur de Israel. La historia incluía también su casamiento, quizás con alguna de las muchas jóvenes pertenecientes a los clanes que por entonces habitaban el desierto, y el nacimiento de su hijo Henoc (4, 17).  El homicida Caín

Esta historia que los cainitas contaban de su fundador, Caín, era conocida por sus vecinos los israelitas. Pero és tos la modificaron. En efecto, a éllos les llamaba la atención el hecho curioso de que tales beduinos vivieran en pleno desierto, apar tados de las tierras cultivadas. Y que por no encontrar en sus áridos territorios los medios suficientes de subsisten cia, se dedicaran al pillaje y al saqueo. Se preguntaban, pues: ¿por qué los cainitas llevan una vida tan penosa y errática, lejos de la tierra prometida y  bendecida por Dios? Y se respondían que se trataba de un castigo de Dios, que los había condenado a vivir errantes  por algún delito cometido por su fundador. ¿Qué clase de delito? No lo sabían, pero como los cainitas asolaban per manentemente los cultivos de sus tribus hermanas de raza, imaginaron que el delito de Caín era contra su hermano. 24

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Debido a que los cainitas adoraban a Yahveh, igual que los israelitas, pusieron en el relato que “Caín ofrecía a Yah veh sus frutos”. Estos beduinos eran famosos por las terribles venganzas que perpetraban contra quien mataba a uno de sus miem  bros. Por eso añadieron en el cuento: “Cualquiera que ma te a Caín lo pagará siete veces” (v. 15). Es posible que manifestaran externamente su pertenen cia a la tribu por medio de un signo o tatuaje. Por eso, el texto refiere que Caín tenía una señal “para que nadie que lo encontrase lo atacara” (v. 15). Para completar el relato faltaba aún un detalle: agregar la figura del hermano asesinado. De este modo, imagina ron en el cuento a Abel.  El hermano que faltaba

Es así, como esta historia entró en una segunda etapa. A aquel legendario héroe llamado Caín, fundador de los cai nitas, la tradición hebrea lo fue convirtiendo, poco a poco, en un fratricida castigado por Dios a vivir errante. Esto ex  plica muy bien algunas particularidades del relato. Ante todo, el hecho de que en la narración bíblica el  protagonista principal sea Caín. En efecto, sólo de él habla; es el único que desempeña un papel activo; y únicamente con él conversa Dios. En cambio, Abel es una figura deco 25

rativa; su papel es secundario y sin importancia; no dice una palabra, sólo padece; Dios no le habla nunca; y su úni ca razón de ser en el cuento es la de complementar el pro tagonismo de su hermano. Por otra parte, que del nombre de Abel no se dé ningu na explicación, como se hizo con Caín. Más aún, en hebreo su nombre significa “nulidad”, “vacío”, es decir, algo sin consistencia. Resulta tan anodino, que ningún otro perso naje bíblico lo volvió a utilizar jamás.  Plagio en nombre de Dios

Tiempo después, en épocas del rey Salomón, la historia de Caín pasó a una tercera etapa. Un anónimo escritor ju dío que la conocía, se dio cuenta de que ofrecía muchas po sibilidades. Ese labrador expulsado de la tierra cultivable, y condenado a vagar errante para siempre, se prestaba a las mil maravillas para profundizar la explicación sobre la pre sencia del mal en el mundo. Y, con algunos retoques, resol vió agregarla a continuación del relato de Adán y Eva, a  pesar de las incoherencias con las que quedaría, como el hecho de que aparezca tomando mujer, cuando ahora Caín era la tercera persona de la humanidad. Es que, ante la angustiosa pregunta sobre el por qué existe el mal, por qué hay sufrimiento, por qué los hombres deben soportar tantas penurias, nuestro autor había respon dido con la historia de Adán y Eva: porque el hombre ha 26

desobedecido a Dios; comiendo del fruto prohibido, ha  preferido su propia voluntad a la del Creador y cortó rela ciones con Él. Sin embargo, este diagnóstico era aún insatisfactorio.  Nuestro autor lo sabía. Decir que sólo cuando el hombre  peca contra Dios se produce un desorden en el mundo, era decir la mitad. En cambio, con la historia de Caín, conde nado a una vida penosa y dura por faltar contra su herma no, pudo completar su enseñanza, diciendo que el mal tam  bién va creciendo en el mundo por los delitos contra los de más hombres. Por ello, al hablar de Abel destaca con insistencia su condición de “hermano”, que es lo único que le interesa. Es tan obsesiva esta idea, que llega a repetirla hasta siete ve ces en ese breve texto. Como si quisiera enseñar que todo hombre, cualquier hombre, por formar parte de la humani dad, es hermano del resto de los hombres.  El segundo pecado original 

El relato de Adán y Eva tenía cuatro partes: a) mandato de Dios (no comerás del árbol de la ciencia del bien y del mal); b) desobediencia del hombre (tomó de su fruto y co mió); c) castigo de Dios (por haber hecho esto...); d) espe ranza de salvación (Yahveh vistió al hombre y a su mujer con túnicas de piel). 27

El de Caín y Abel tiene la misma estructura: a) manda to de Dios (si obras bien podrás levantar la cabeza, pero si no...); b) desobediencia del hombre (Caín mató a su her mano); c) castigo de Dios (maldito serás lejos de este sue lo.. .); d) esperanza de salvación (Yahveh puso una señal a Caín para que nadie lo atacara). Es decir, intenta proponer el mismo tema que el relato de Adán y Eva: el origen del mal. Pero ahora con una res  puesta distinta. En aquél, el escritor sagrado explicaba que el mal en el mundo dependía de las relaciones del hombre con Dios. En ésta, en cambio, completa la información, y añade que el mal no nace únicamente por la ruptura del hombre con el Creador. Hay como un segundo “pecado original”: es el de la ruptura de relaciones con el hermano. Por eso en la narración de Adán y Eva, es la voz de Dios la que advierte a los primeros padres que han pecado. En cambio, en la de Caín, es la sangre de Abel la que lo acu sa: “Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo.” La pregunta de con quién se casó Caín no tiene, pues, ninguna importancia. Éste era un dato que pertenecía al re lato primitivo, y que quedó descolocado al ser insertado aquí. Lo importante era su mensaje.

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 Para que lo sepa el rey

La enseñanza de la historia de Caín es realmente revo lucionaria para su época. Pretende dejar sentado que el cri men contra el hermano es tan grave como el delito contra Dios. Que la responsabilidad del hombre para con su pró  jimo es la misma responsabilidad que tiene frente a Dios. Como dijimos, el autor inspirado escribe esta página de la Biblia durante el gobierno del rey Salomón. En esta épo ca, tanto la clase gobernante como los funcionarios y los sacerdotes, enseñaban oficialmente que uno era un buen is raelita si cumplía sus obligaciones para con Dios. Se insis tía en ofrecer los sacrificios en el templo, pagar los diez mos, y prestar servicios al rey, representante de Dios. Pero el rey, con el pretexto de servir a Dios, explotaba al pueblo, abusaba de él y lo empleaba gratuita y desvergonzadamen te en las canteras, para la construcción de sus palacios y sus grandes edificios. El autor de este texto, al colocar aquí el relato de Caín, completa osadamente esa doctrina emanada del palacio, denunciando que, según Dios, para ser un buen creyente es necesario también preservar la vida de los hombres, sus hermanos, cuidarla y velar por ella.

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 La ampliación de Jesús

La leyenda de Caín, insertada a continuación de la de Adán y Eva, fomentó la enseñanza del respeto al hermano con el mismo afán con que se respetaba a Dios. Pero los judíos consideraban hermano sólo a los demás  judíos, no al resto de las naciones. Por ello Jesús, muchos siglos más tarde, volvió a actualizar esta misma enseñanza. Cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más im  portante de la Ley, contestó que no era uno, sino que eran dos: amar a Dios con todo el corazón, y amar al prójimo como se ama uno mismo. Y cuando le preguntaron quién era el prójimo, amplió la interpretación de esta palabra y la extendió a todos los hombres con los que, en el camino de la vida, uno puede encontrarse (cf. Le 10, 25-37). Muchas veces, sobre todo en los siglos pasados, los cristianos hicieron hincapié únicamente en el primer man damiento, el del amor a Dios, y descuidaron gravemente el segundo, del respeto a los hermanos. Hoy en día, a menu do los cristianos tienden a acentuar el segundo, el de la asistencia a los hombres, y olvidan el primero del trato con Dios. Desde el fondo de la prehistoria bíblica, el cuento de Caín nos enseña que, para encontrar el equilibrio de la vi da, es necesario tener presentes a los dos.

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¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS?  No están todos los que son

Los protestantes suelen acusar a la Iglesia católica de haber cambiado los diez mandamientos. Afirman que, tal como aparece en la Biblia (cf. Ex 20, 2-17), el 2.° manda miento dice “no te harás imágenes ni escultura alguna de cuanto hay en los Cielos, ni en la tierra, ni en las aguas, ni debajo de la tierra” (v. 4), y que los católicos lo han supri mido. Esto en parte es verdad. Pero entonces ¿tienen ellos au toridad para hacer tal cosa? Si queremos aclarar esta cues tión, hay que estudiar la historia de los mandamientos. Cuenta el libro del Éxodo que, al verse libre de la escla vitud de Egipto, el pueblo de Israel caminó durante tres meses por el desierto hasta llegar al pie del monte Sinaí. Moisés subió a la cima, donde se le apareció Yahveh, y en medio de truenos, temblor de tierra, fuego y resonar de trompetas, le entregó los mandamientos.  Los doce mandamientos

La misma Biblia enseña claramente que los manda31

mientas son diez (cf. Dt 4,13; 10,4). Pero aquí está la pri mera dificultad: no aparecen enumerados. Y cuando los contamos nosotros, en realidad no aparecen diez, sino do ce mandamientos. Estos son: 1.°: No tendrás otros dioses fuera de mí (Ex 20, 3). 2°:  No te harás escultura ni imagen alguna (v. 4). 3.°: No te postrarás ante ella ni le darás culto (v.5). 4.°: No tomarás el nombre de Yahveh tu Dios en vano (v.7). 5.°: Recuerda el día del sábado (v. 8). 6.°: Honra a tu padre y a tu madre (v. 12). 7.°: No matarás (v. 13). 8.°: No cometerás adulterio (v. 14). 9.°: No robarás (v. 15). 10.°: No darás falso testimonio contra tu prójimo (v. 16). 11.°: No desearás la casa de tu prójimo (v. 17a). 12.°: No desearás la mujer de tu prójimo (v. 17b).  En busca de los diez

Si la Biblia aclara que eran diez los mandamientos, ¿có mo hay que contarlos para que resulte este número? Judíos y cristianos debatieron el tema desde antiguo, y propusie ron diversos modos de enumerarlos. Los primeros intentos fueron los del judío Filón de Ale 32

 jandría y del historiador Flavio Josefo, ambos del siglo I. Según ellos, el 1.° mandamiento es el que manda tener un solo Dios (v. 3). El 2 °  prohíbe hacer imágenes y el postrar se ante ellas (v. 4-5). El 3.° ordena no tomar el nombre de Dios en vano (v. 7). El 4.° prescribe santificar el día del Se ñor (v. 8). A los que van del 5 °  al 9.° los enumeran como están (v. 12-16). Y el 10.° sería todo el v. 17, es decir, el no desear la mujer del prójimo ni codiciar los bienes ajenos. Esta clasificación distinguía cuatro mandamientos para con Dios y seis para con el prójimo, y fue aceptada por va rios escritores cristianos antiguos, como Orígenes, Tertu liano y san Gregorio Nacianceno. Y es la que actualmente siguen los protestantes luteranos, calvinistas y anglicanos.  La propuesta judía

Sin embargo, el judaismo oficial no la aceptó. Cuando los rabinos escribieron el Talmud, su libro sagrado, propu sieron otra manera de contarlos. Consideraron el v. 2, que en realidad no es ningún mandamiento, sino el prólogo o  presentación del Decálogo (“Yo Yahveh, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la esclavi tud”) como si fuera el 1.° mandamiento. Luego, para for mar el 2.° reunieron los tres siguientes, o sea, la prohibi ción de tener otros dioses, de fabricarse imágenes, y de  postrarse ante ellas (v. 3-5). El 3 °   mandaría no tomar el nombre de Dios en vano, y el 10.° reúne en uno solo la co 33

dicia de la mujer del prójimo y de los bienes ajenos. Todos los judíos adoptaron esta segunda división, tam  bién de cuatro mandamientos para con Dios y seis para con los hombres.  La propuesta cristiana

Pero en el siglo V, san Agustín, uno de los mayores doc tores de la Iglesia, propuso una tercera división de los man damientos. A semejanza de los rabinos del Talmud, afirma  ba que los preceptos de no tener otros dioses, no fabricar se imágenes, y no postrarse ante ellas, eran en realidad un solo mandamiento dicho de diversas maneras pero referido a lo mismo: evitar la idolatría o el culto de falsos dioses. Por eso entendía que había que juntar los tres (v. 2-6) y ha cer un solo mandamiento. Pero éste no sería el 2.°, como  para los rabinos, sino el 1.°. Así, Agustín coloca como 2.° mandamiento el siguien te de no tomar en vano el nombre de Dios, y como 3.° el de santificar las fiestas. Pero por haber juntado los prime ros mandamientos, ahora le faltaba uno para completar la lista de diez. Entonces desdobló el 9.° mandamiento del v. 17 en dos preceptos distintos: el 9.° que prohibía desear la mujer del prójimo, y el 10.° referido a los otros bienes del  prójimo. Fue el primero en proponer en este versículo dos mandamientos distintos. 34

La nueva clasificación de Agustín, sólo reconocía tres mandamientos para con Dios, mientras que los otros siete eran para con el prójimo. Según él, una razón de conve niencia lo llevó a esto: con tres preceptos referidos a Dios quedaba mejor “insinuada” la Santísima Trinidad. Esta tercera manera de dividir los mandamientos fue se guida por casi todos los teólogos cristianos y estudiosos medievales, y se impuso luego en la Iglesia católica.  Para aprender el catecismo

A partir del siglo XVI, cuando comenzaron a divulgar se los catecismos populares, se vio la necesidad de hacer memorizar a la gente los diez mandamientos como examen de conciencia para la confesión y como aliciente para la vi da espiritual. Pero así redactados aparecían desactualiza dos, ya que pertenecían a una época en la que los israelitas tenían aún una moral primitiva. No tenían en cuenta el pro greso de la revelación que Jesús había traído con su vida y sus enseñanzas. Por ejemplo, el Decálogo mencionaba a “otros dioses”  porque en ese entonces los israelitas creían que realmente existían otras divinidades para los demás pueblos; pero hoy ya sabemos que existe un único Dios para todas las re ligiones. Hablaba de no hacerse imágenes, mientras que en el Nuevo Testamento, Cristo es la imagen de Dios invisi  ble (cf. Col 1, 15), y por lo tanto, es lícito a los cristianos 35

expresar su fe con imágenes. Mandaba santificar el sábado, mientras los cristianos conmemoraban como día de salva ción el domingo, cuando Cristo venció a la muerte. La Iglesia, pues, resolvió elaborar un nuevo Decálogo  para el catecismo, mejorándolo con lo que Cristo había su  perado del Antiguo Testamento, de la misma manera que habían quedado suprimidos de la vida cristiana los sacrifi cios de animales del Antiguo Testamento, el degüello de ovejas, la quema de novillos y las sangrientas matanzas diarias de corderos en el Templo.  Mandamientos para cristianos

En la nueva lista se suprimió del 1.° mandamiento lo de los otros dioses, y fue formulado de una manera positiva y más perfecta: “Amar a Dios sobre todas las cosas.” El 2.°, de las imágenes, quedó eliminado pues su signi ficado era el mismo que el del anterior: no caer en el culto de cosas que reemplacen a Dios. Su lugar fue ocupado por el mandamiento que seguía de no tomar el nombre de Dios en vano. Del 3.°, sobre santificar un día de la semana en memo ria del Señor, sólo se modificó el día. En vez del sábado se impuso el domingo, por la resurrección de Cristo. El 6.° prohibía el adulterio, es decir, tomar una mujer ca sada. Pero no estaba prohibido unirse a cualquier mujer sol 36

tera. La iglesia lo convirtió en la prohibición más profunda y exigente de “no fornicar”, es decir, se proscribió la rela ción con cualquier mujer que no fuera la propia esposa. El 7.° “no robarás”, que en el lenguaje hebreo se refería al secuestro de una persona, se convirtió en el más genéri co de “no hurtar”, que incluía cualquier clase de propiedad. El 8.° aludía exclusivamente a no dar falso testimonio en los juicios. Por ello se le agregó “ni mentir”, para adap tarlo a cualquier otra circunstancia de la vida. Finalmente el 10.°, que ordenaba no desear a la mujer ni a los demás pertenencias del prójimo, fue desdoblado en dos: el 9.°, referido en primer lugar y solamente a la mujer, y el 10.° sobre los demás bienes del hombre. De esta manera la Iglesia reelaboró y actualizó el elen co de los 10 mandamientos, para que pudieran estar a la al tura de la nueva moral cristiana. Por eso es que no coinci de la lista de los mandamientos de la Biblia con la que nos enseñaron en el catecismo. Pero ¿puede la Iglesia cambiar los diez mandamientos?  El catecismo de los israelitas

Para responder a esta cuestión es necesario ver cómo aparecieron estos diez manadamientos en el pueblo de Is rael. La Biblia cuenta que Moisés los recibió en el monte Sinaí, y los entregó después al pueblo en una solemne ce 37

remonia. Pero si los analizamos cuidadosamente, vemos que en realidad parecen no corresponder a la época de Moisés, época de peregrinación por el desierto y de vida nómade. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo prohibir desear la “ca sa” del prójimo, cuando ellos como peregrinos aún no ha  bitan en casas, sino en tiendas?; sólo cuando estuvieron instalados en la Tierra Prometida edificaron casas de mate rial. El mandamiento de no dar falso testimonio supone que ya existen tribunales, jueces y procesos legales, cosa imposible durante la travesía por el desierto. Y cuando se ordena descansar el sábado se aclara “no trabajarás ni tú, ni tu hijo, ni tu esclavo, ni tu esclava”; pero ¿cómo podían te ner esclavos, si todos ellos eran esclavos recién salidos de Egipto? Esto ha hecho pensar a los bibüstas que los diez mandamientos más bien pertenecen a una época posterior a Moi sés, cuando el pueblo ya estaba instalado en Canaán, orga nizado con normas morales y jurídicas adecuadas a una época más moderna. En un momento dado, ante la abundancia de leyes y la necesidad de tener una colección breve que tratase los crí menes más graves que ponían en peligro la vida de la co munidad, resolvieron redactar una pequeña lista. Para ello  buscaron, entre sus leyes, todas aquellas que incluían la pe na de muerte, es decir, que terminaban con la fórmula “así harás desaparecer el mal de en medio de ti”. 38

 Los pecados mortales

Si ahora nosotros buscamos en el libro del Deuteronomio, que contiene aquella legislación antigua, entre las muchas leyes que aparecen podemos descubrir exactamen te los diez mandamientos escondidos. Serían éstas las leyes de donde salieron los diez mandamientos. Cf. Dt 13, 2-6: Si aparece alguien entre ustedes dicien do: “vamos a servir a otros dioses” distintos de Yahveh, ese hombre debe morir. Así harás desaparecer el mal de en me dio de ti. (Corresponde al 1.° mandamiento). Cf. Dt 17, 2-7: Si un hombre o una mujer va a servir a otros dioses y se postra ante ellos, o ante el sol, la luna o las estrellas, los apedrearás hasta que mueran. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corresponde al 2.° mandamiento). Cf. Dt 17, 8-13: Si alguno no obedece lo que se le man dó en un juicio, en el que se comprometió jurando por el nombre de Yahveh en vano, ese hombre debe morir. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corresponde al 3.° mandamiento). Cf. Dt 21, 18-21: Si un hombre tiene un hijo rebelde, que no obedece a sus padres, lo apedrearán hasta que mue ra. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corres  ponde al 5.° mandamiento). Cf. Dt 19, 11-13: Si un hombre mata a otro, el homici 39

da debe morir. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corresponde al 6.° mandamiento). Cf. Dt 22, 13-21: Si una joven se casa con un hombre, y resulta que no es virgen, la apedrearás hasta que muera. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corres  ponde al 7.° mandamiento). Cf. Dt 24, 7: Si un hombre rapta a otro, el ladrón debe morir. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Co rresponde al 8.° mandamiento). Cf. Dt 19, 16-19: Si un testigo injusto se presenta ante otro y da testimonio falso, lo harás morir. Así harás desa  parecer el mal de en medio de ti. (Corresponde al 9.° man damiento). Cf. Dt 22,22: Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti. (Corresponde al 10.° mandamien to, después desdoblado en dos). “De” Moisés, pero no “por” Moisés

Los diez mandamientos serían un resumen para apren der de memoria las leyes más graves de la comunidad, aquéllas que llevaban la pena de muerte para algún miem  bro del clan. Es decir, la lista de los “pecados mortales”. Fue confeccionada posiblemente en la época de los jueces alrededor del año 1100 a. C., unos ciento cincuenta años 40

después de la muerte de Moisés. El único mandamiento que no aparece en el Deuteronomio es el 3.°, sobre el descanso del sábado. Quizás porque antiguamente no era una falta tan grave para ser un “peca do mortal”, y no figuraba en este grupo de leyes. Más tar de, cuando a partir del destierro la observancia del sábado se volvió un criterio decisivo de fidelidad a Yahveh, se lo añadió. Con el tiempo esta lista tomó tanta importancia entre los hebreos, que comenzaron a atribuírsela a Moisés. Lo cual en parte era cierto ya que Moisés había sido el legislador, y el organizador de toda la vida legal del pueblo. Por lo tanto, decir que Moisés se los había dado en el monte Sinaí, era de alguna manera hacer justicia con quien había si do el gran inspirador de toda la legislación de Israel. Así, pues, como el pueblo de Israel habría adaptado una serie de mandamientos y se los habría atribuido a Moisés, también la Iglesia, el nuevo pueblo de Israel, cuando lo creyó conveniente reactualizó esos diez mandamientos paI ra la vida de los cristianos católicos. En esto sigue la tradi[ ción de la Biblia.  El espíritu del Decálogo í 

Esto explicaría el misterioso corte brusco que hay en la narración de los diez mandamientos en el Éxodo. Se dice 41

que “Moisés bajó del monte y dijo:” (cf. 19, 25). Y a con tinuación, en vez de hablar Moisés, aparece pronunciando Dios los diez mandamientos: “Entonces Dios pronunció todas estas palabras: (cf. 20. 1). Significa que lo que sigue a continuación, los diez mandamientos dados por Dios a Moisés, no formaban parte del relato original, y que más tarde fueron añadidos en este lugar. Sea como fuere, una cosa es cierta: los diez mandamien tos se encuentran en la Sagrada Escritura, son plenamente inspirados, y conservan toda la autoridad de la Palabra de Dios, sea que se remonten al propio Moisés, o a las leyes  posteriores de la vida del pueblo hebreo. Lo que en verdad importa, es que se ponga en práctica todo lo que el texto sagrado enseña: que el hombre adore sólo a su Creador, que no dañe a su prójimo, y que no co dicie sus bienes. De Yahveh a Jesús

Una vez un joven le preguntó a Jesús qué debía hacer  para salvarse (Me 10, 17-22). Y el Señor le contestó que cumpliera los mandamientos. Pero sólo le mencionó los  preceptos referidos al prójimo (no matarás, no robarás, no mentirás). Llama la atención e impresiona la ausencia del 1.° mandamiento en labios de Jesús de seguir sólo a Yah veh, cuando se ve la importancia y centralidad que tenía  para los judíos. 42

Pero el diálogo continúa. Como el joven ha observado los mandamientos desde su infancia, Jesús le pide que de  je todo y lo siga a Él. Aquí reaparece el 1.° mandamiento. Jesús se aplica a sí mismo la antigua exigencia de seguir exclusivamente a Yahveh. Realiza así, una inteipretación nueva y revolucionaria del mandamiento principal, inaudi ta y sólo posible al Hijo de Dios. Seguir a Jesús es, pues, el nuevo Decálogo de los cristianos.

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¿PERMITIÓ MOISÉS EL “OJO POR OJO Y DIENTE POR DIENTE”?  La ley más vieja del mundo

 Ninguna ley resulta tan incomprendida como la famosa  Ley del Talión.  Resumida en la fórmula “ojo por ojo y diente por diente”, se la considera una de las normas más  brutales y sangrientas que existe, y muchas veces se la ci ta como ejemplo de salvajismo y venganza. El Talión es una de las leyes más viejas del mundo. Fue encontrada ya en el Código de Hammurabi, que es el códi go más antiguo que se haya descubierto completo. ¿Quién era Hammurabi? Un rey de Babilonia, que vivió alrededor del año 1700 a. C., y que ante la inestabilidad ju rídica y social en la que vivían los súbditos de su reino, de cidió promulgar un código, es decir, una colección de sen tencias en las cuales los jueces pudieran inspirarse para im  partir justicia. Este código, que consta de 282 artículos, grabados en una estela de piedra de 2,25 m de alto, fue hallado por los arqueólogos franceses en 1901, y desde entonces se en cuentra expuesto en el Museo del Louvre.

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Tres veces de la Biblia

Quinientos años después de Hammurabi, Moisés tam  bién dio al pueblo de Israel una serie de prescripciones y leyes. Y entre ellas incluyó la terrible y brutal  Ley del Ta itón. Tres veces aparece mandada en la Biblia. La primera, cuando los israelitas acamparon frente al monte Sinaí. Allí ordenó: “Se cobrará vida por vida, ojo  por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, moretón por moretón” (Ex 21, 23-25). Algunos meses más tarde, también en el monte Sinaí, volvió a ordenar su cumplimiento diciendo: “El que cause alguna lesión a su prójimo sufrirá la misma lesión: fractu ra por fractura, ojo por ojo, diente por diente. El que mate a un animal, devolverá un animal. El que mate a un hom  bre, morirá” (Lv 24,19-21). La tercera vez que esta ley aparece, es en la llanuras de Moab años más tarde, cuando los hebreos están por lanzar se a la conquista de la Tierra Prometida. Moisés, a punto de morir, los reúne por última vez y les manda: “Harás pagar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por ma no, pie por pie” (Dt 19, 21). Por eso, esta ley recibió el nombre de “Talión”. Porque si uno había hecho “tal” cosa (= talis, en latín), se le daba “tal” castigo. 46

Venganzas desgarradoras

Al leer estos pasajes, muchos cristianos se sienten es candalizados. ¿Cómo es posible que la Biblia proponga la Ley de Talión, y nada menos que tres veces? ¿Cómo Dios, que inspiró las leyes de Moisés, pudo sugerirle que inclu yera una norma tan cruel? Para responder a esta cuestión, es necesario tener en cuenta tres elementos. Primero, que en el antiguo Oriente existía una práctica muy extendida, que casi se había convertido en ley sagra da: la ley de la venganza. Pero esta costumbre se cumplía de manera tal, que las venganzas eran siempre mucho ma yores que las ofensas hechas. Si, por ejemplo, en una pelea alguien cortaba un dedo a otro, sus parientes le cortaban al ofensor un brazo. Y si uno  perdía la pierna, su clan le cortaba al adversario las dos, o inclusive la cabeza. En el caso de que una persona diera muerte a una oveja de su vecino, éste podía llegar a matar todo el rebaño del otro. Y si se mataba a un hombre, sus familiares lo repara  ban matando al asesino, a su mujer y a sus hijos.  A falta de policía

Un ejemplo de estas tremendas venganzas, practicadas 47

en épocas primitivas, lo encontramos en el libro del Géne sis. Allí se cuenta que Caín, luego de matar a su hermano Abel, huye y se esconde. Entonces una voz, que en el libro aparece como de Dios, pero que en realidad sería de la pro  pia tribu de Caín, exclama: “El que mate a Caín, deberá pa garlo siete veces” (4, 15). Y el colmo de estas sangrientas venganzas lo tenemos en un cántico compuesto por Lamec, el hijo de Caín, que decía: “Yo maté a un hombre por una herida que recibí, y a un joven por un moretón que me hizo. Porque si Caín se rá vengado siete veces, Lamec lo será setenta y siete ve ces” (Gn 4, 23-24). Tales prácticas pueden resultamos demasiado sanguina rias. Pero en una época en que no existía la policía, ni una autoridad central que pusiera orden en la sociedad, el te mor de tales venganzas buscaba desalentar los crímenes y frenar cualquier intento de robo o de violencia. Ahora bien, si es cierto que el temor a estas venganzas  ponía orden en la sociedad, por otra parte se prestaba a in numerables abusos, y generaba una espiral de videncia tal, que con frecuencia culminaba en guerras y exterminios de tribus y clanes enteros. Un simple golpe en la mejilla po día desencadenar una batalla campal. La misma Biblia nos relata cómo una joven muchacha llamada Dina, fue raptada y violada por Siquem. Entonces sus hermanos, para repararlo, entraron en la ciudad del vio lador y lo asesinaron a él, a su padre y a todos los jóvenes varones (Gn 34, 1-31).

Un gran paso para la humanidad 

Ahora sí se aclara el sentido de la  Ley del Tallón.  Fue dada por Moisés con el fin de poner freno a estos abusos. En efecto, mandaba que si a alguien le sacaban un ojo, de  bía sacarle a su rival sólo un ojo, no los dos. Y si perdía un diente, debía resarcirse sacándole a su adversario un dien te, no toda la dentadura. La Ley del Talión, pues, a pesar de su apariencia cruel, en realidad vino a establecer un principio de gran miseri cordia: que la venganza jamás debe exceder la ofensa. Su propósito original fue el de frenar la reacción de quienes se sentían ofendidos y limitar la venganza. Supu so, pues, un avance sobre la ley consuetudinaria de la ven ganza desmedida, propia de las tribus sin organización ju dicial. Y se dio un paso gigantesco para atemperar la vio lencia personal y social. El mismo libro del Deuteronomio, en sintonía con el es  píritu de la Ley del Talión, prohibirá incluir en los castigos a los parientes inocentes: “Los padres no morirán por la culpa de sus hijos, ni los hijos por la de sus padres. Cada cual pagará por su propio pecado” (24, 16).  No para todo público

El segundo elemento que hay que tener en cuenta para 49

entender mejor el sentido de la Ley del Talión, es que no fue dictada para que la aplicaran los individuos particulares, sino que estaba dirigida al juez, único encargado de aplicarla. Debemos recordar que los jueces de la época antigua no eran profesionales. No iban a la facultad, ni estudiaban de memoria gruesos libros de Derecho. Muchos de ellos ni siquiera sabían leer. Por lo tanto, para impartir justicia necesitaban fórmulas  prácticas, de fácil memorización y aplicación, es decir, pequeños “refranes” que les permitieran resolver el mayor número de casos posible. La Ley del Talión, pues, no fue promulgada para que ca da ciudadano la aplicara por su cuenta, ni era una carta  blanca para hacer justicia por mano propia. Fue dada para los jueces, a fin de que ellos decidieran en cada caso, cómo debían hacerla cumplir. Eso lo afirma el libro del Deuteronomio (cf. 19, 16-21). La Ley del Talión no fue pensada para resolver cuestiones personales, como a veces la aplicamos nosotros, sino  para dirimir delitos públicos en presencia de un juez. Sin tomarla tan a pecho i

El tercer y último elemento que debemos considerar, es que la fórmula “ojo por ojo, diente por diente” nunca fue entendida literalmente. s

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"

Se trataba sólo de una manera de expresar que ningún castigo debía ser superior a la ofensa recibida. Pero queda  ba librado al criterio del juez el elegir la pena justa. Los jueces judíos afirmaban, con razón, que la aplica ción literal de la  Ley del Talión podía mover a injusticias, ya que se corría el riesgo de privar a alguien de un ojo sa no por un ojo enfermo, o de un diente intacto por un dien te cariado. Por eso la misma Biblia ya establecía otras penas com  pensatorias menos sangrientas. Por ejemplo: “El que lasti me el ojo de su esclavo y lo deje tuerto, le dará la libertad a cambio del ojo que le sacó. Y si le hace saltar un diente, lo dejará libre también” (Ex 21, 26-27). Y más adelante se establece que si un buey acornea a una persona y la mata, los jueces pueden imponerle al due ño del buey solamene una multa (cf. Ex 21, 28-30).  La nueva ley de Jesús

La Ley del Talión, pues, en su época, fue una norma su mamente misericordiosa, compasiva y benigna. Significó un enorme avance contra las terribles leyes de la vengan za, y su aplicación hizo progresar enormemente a la huma nidad en su camino hacia la civilización, la convivencia y el progreso de las relaciones humanas. Pero cuando vino Jesucristo, decidió eliminarla. Porque 51

entendió que la venganza, por más controlada, restringida y justa que sea, siempre genera nuevos resentimientos. Y  por ello, no tiene lugar en la vida cristiana, ni en el nuevo orden que vino a instaurar el Señor. Por eso en el sermón de la montaña, Jesús enseñó: “Han oído que antes se decía: ojo por ojo y diente por diente. En cambio, yo les digo: no le contesten al que les hace el mal. Al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla de recha, preséntale también la otra. Al que te quiera hacer un  juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto. Y si alguien te obliga a acompañarlo un kilómetro, camina dos con él” (Mt 5, 38-41). Una extraña bofetada

Jesús introduce, así, un nuevo espíritu de perdón y de no venganza. Para explicar cómo funciona, él mismo da tres ejemplos sacados de la vida diaria, pero que no deben to marse literalmente, pues se correría el riesgo de interpretar mal su mensaje. El primer ejemplo es el de la bofetada, que Jesús aclara que se refiere a la mejilla “derecha”. ¿Qué quiso decir con esto? Supongamos que una persona está parada frente a otra y quiere darle un golpe en su mejilla derecha. ¿Cómo lo haría? Habitualmente uno utiliza la mano derecha. Por lo 52

tanto hay una sola manera de hacerlo: con el dorso de esa mano. Ahora bien, según la ley rabínica, pegar con el dor so de la mano era más humillante e insultante que hacerlo con la palma. Por lo tanto, lo que quiso enseñar Jesús fue que aun cuando alguien nos dirija el insulto más grande y vergon zoso, no debemos responder con otro insulto del mismo ti  po. En la vida no recibimos con frecuencia bofetadas, pero sí agravios y ofensas, a veces desmedidas, equivalentes a un golpe con el dorso para un judío. El cristiano es el que ha aprendido a no experimentar resentimientos ni buscar venganza alguna. El verdadero discípulo de Jesús, es el que ha olvidado lo que significa ser injuriado. Ha aprendido de su Maestro a no tomarse nada como un insulto personal.  La túnica y el manto

En el segundo ejemplo, dice que si alguien nos hace un  juicio para quitarnos la túnica debemos darle también el manto. Aquí también hay mucho más de lo que aparece super ficialmente. La “túnica” era una especie de vestido largo, generalmente hecho de algodón o lino, que se usaba sobre el cuerpo y llegaba hasta las rodillas. Hasta el hombre más  pobre poseía generalmente más de una túnica para cam53

 biársela frecuentemente. En cambio el “manto” era una  prenda rectangular, hecha de tela gruesa. Durante el día se la usaba sobre los hombros como parte del vestido exterior, y durante la noche como manto para dormir. Por lo gene ral se tenía un solo manto. Ahora bien, la ley judía establecía que a un deudor se le  podía quitar con un juicio la túnica. Pero nunca el manto, ya que podía ser pobre, y tener sólo eso para abrigarse de noche (cf. Ex 22, 25-26). Al ordenar Jesús simbólicamente que un cristiano entre gue también su manto, quiso decir que no debe vivir pensando permanentemente en sus derechos, sino en sus deberes. No debe vivir obsesionado por sus privilegios, sino por sus responsabilidades. El verdadero discípulo no es el que  pone “sus derechos” por encima de todos, cuidando que no se lo “atropelle” en lo más mínimo. Es el que sabe posponer aun sus derechos, cuando de esta forma puede ganar a alguien para el Maestro.  Lo que le pasó al Cireneo

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En el tercer ejemplo, Jesús habla de la “obligación” de acompañar a alguien un kilómetro. Esta imagen, que a nosotros nos parece extraña, resultaba familiar en Palestina en la época de Jesús. Palestina era un país militarmente ocupado. Y los ciu54

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dadanos de un país ocupado tenían la obligación de prestar cualquier tipo de servicio a las tropas de ocupación. Desde darles alimentos o alojamiento, hasta llevar mensajes o una carga a algún sitio. En cualquier momento un judío podía sentir sobre su hombro el toque de una lanza de un solda do romano. Y con esto sabía que su obligación era servir al soldado que lo llamaba, en todo lo que él necesitara. Esto fue lo que le ocurrió a Simón de Cirene un día que venía del campo: fue obligado a cargar con la cruz de Je sús, que caminaba hacia el calvario. Lo que quiso decir Jesús fue que no debemos cumplir nuestras obligaciones con amargura y rencor. Si se nos en comienda una tarea que no es de nuestro agrado, no debe-, mos asumirla como un deber odioso, rechazando interior mente a quien nos la pidió. Ya que prestaremos el servicio, debemos ofrecerlo con alegría. Y no lo mínimo indispen sable, sino ir más allá, tratando de cumplir con lo que real mente se nos ha querido pedir. El que hace una obra de bien pero resentido y mal dis  puesto, no ha comprendido aún lo que significa la vida cristiana.  Ahora sí, para todos

Estas enseñanzas de Jesús no son ideales ni teóricas. Son verdaderos mandamientos que el Señor propone a sus seguidores. 55

Pero con ellas Jesús no eliminó la Ley de Talión de la le gislación. Ni suprimió los tribunales de justicia, ni quiso dar un nuevo Código de Derecho Penal. Estas nuevas en señanzas de Jesús se dirigen no ya a los jueces, sino al hombre ofendido, herido, lesionado, para indicarle cuál de  be ser su comportamiento como verdadero discípulo suyo. El Señor no pretendió abolir la legislación de su tiempo. Sólo introdujo en la sociedad un nuevo comportamiento humano, a fin de que los códigos penales vigentes fueran superados por el comportamiento concreto de los ciudada nos cristianos. Resumiendo, podemos decir que por tres etapas pasó la humanidad. En la época primitiva, se practicaba la más cruda venganza. Con la llegada de la Ley del Talión, se pa só a la era de la justicia. Con la venida de Jesucristo, se inauguró el tiempo del perdón. Hay pocos pasajes del Evangelio que contengan con tanta pureza la esencia de la ética cristiana, como el que acabamos de analizar. El mundo espera, aún, verla puesta en práctica por los discípulos del Maestro.

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¿CÓMO SE DERRUMBARON LAS MURALLAS DE JERICÓ?  El primer obstáculo

Siempre ha excitado vivamente la curiosidad de los lec tores de la Biblia la forma maravillosa cómo el pueblo de Israel, bajo la guía de Josué, conquistó la ciudad de Jericó. El hecho, contado en el capítulo 6 del libro de Josué, suce dió alrededor del año 1200 a. C. cuando los israelitas lle garon a Palestina, la Tierra Prometida. Allí, la primera ciudad enemiga con la que se enfrenta ron fue Jericó. Según el relato bíblico, era un centro impor tante y rico (cf. Jos 5, 24), rodeado con murallas altas y po derosas (cf Jos 6, 5). En su interior habitaban los cananeos,  pueblo bien organizado, con un rey, con servicios secretos de inteligencia (cf. Jos 2, 2), y con un valeroso ejército en trenado para la guerra. Los israelitas, en cambio, no eran sino una banda desorganizada de tribus y clanes que venían huyendo de la esclavitud de Egipto. Antes de que llegaran, Dios había prometido entregar les el país entero en sus manos, todo íntegro, de norte a sur y de este a oeste. Y he aquí que, apenas llegados, se erguía frente a sus menguadas fuerzas, como un escollo infran queable, la majestuosa y soberbia ciudad de Jericó. ¿Cómo  podrían conquistar todo el país, si la primera ciudad les re sultaba ya inconquistable? 57

 El ardid insólito

En ese momento Dios habló a Josué, y le explicó cuál sería la estrategia que debía emplear para vencer a Jericó. Antes de atacar, había que realizar un extraño ritual. Du rante siete días marcharían en círculo, en tomo a la ciudad, llevando el Arca de la Alianza. Los sacerdotes irían tocan do las trompetas, mientras el resto del pueblo los acompa ñaría con un solemne silencio. Darían una vuelta cada día y volverían al campamento. “El séptimo día —dice la Biblia— se levantaron al alba y dieron siete vueltas a la ciudad del mismo modo. Sola mente ese día dieron siete vueltas a la ciudad” (6,15). Lue go de la séptima vuelta, Josué dijo al pueblo: “Lancen el grito de guerra, porque Yahveh les ha entregado la ciudad” (6, 16). “Al oír el toque dé las trompetas, el pueblo lanzó estrepitosamente el grito de guerra, y las murallas de la ciu dad se derrumbaron. Entonces el pueblo asaltó la ciudad, cada uno de frente a donde estaba, y la tomaron” (6,20). Así, mediante este insólito ardid sugerido por Dios mis mo, y nunca más repetido por nadie, el pueblo de Israel ex terminó a todos los habitantes de Jericó, prendió fuego a la ciudad, y la redujo a un montón de escombros y restos cal cinados. La batalla de Jericó fue un acontecimiento militar clave  para el pueblo de Israel, ya que le abrió las puertas de la conquista de Palestina. 58

¿Milagro o terremoto?

¿Qué es lo que sucedió realmente en la batalla de Jeri có? Durante siglos las opiniones de los biblistas estuvieron muy divididas. Iban desde el rotundo “imposible”, hasta la fe ciega en un milagro de Dios. Algunos pensaban en un fenómeno natural, es decir, en un terremoto que justamente habría ocurrido ese día. Otros afirmaban que las vueltas dadas alrededor de la ciudad dis trajeron a sus defensores, y el alarido de guerra y las trom  petas los habrían espantado y perturbado. Otra hipótesis sostenía que la expresión “muro de la ciudad” es una me táfora para designar la “guarnición de la ciudad” y que, por lo tanto, “el muro se derrumbó” en realidad significa que “los soldados quedaron impotentes” cuando atacaron los israelitas. Y por supuesto, no faltaban los que lo entendían como una intervención directa de Dios, que derribó las murallas de Jericó para favorecer a los israelitas. Cuando las palas hablan

Y quizás se hubiera seguido discutiendo por mucho tiempo más la cuestión, si no hubiera sido por un descubri miento arqueológico que puso punto final a este debate. En efecto, los arqueólogos descubrieron la ciudad de Je59

ricó en 1868, en una localidad llamada por los árabes Tel Es-Sultán, a 28 km al noreste de Jerusalén, cerca del Mar Muerto. En ese entonces era un fértil oasis recostado entre  palmeras y dátiles, con copiosas surgentes de agua que lo convertían en un verdadero paraíso, rodeado por el tórrido desierto de Judá. Las primeras excavaciones fueron realizadas entre 1908 y 1910 por dos investigadores alemanes, E. Sellin y C. Watzinger, y arrojaron resultados muy positivos. La segunda campaña arqueológica tuvo lugar veinte años más tarde, entre 1930 y 1936, mediante una expedi ción inglesa dirigida por John Garstang, que también sacó a la luz hallazgos de enorme importancia. Pero los descubrimientos más extraordinarios los reali zó la arqueóloga Kathleen Kenyon, en la tercera y última campaña. A lo largo de ocho años, entre 1952 y 1959, ex cavó intensamente toda la zona de Jericó, hasta no dejar ya  prácticamente ninguna zona estimable sin remover. Gra cias a estas investigaciones, se pudo trazar casi íntegra mente la historia de la ciudad de Jericó.  La primera ciudad del mundo

El primer gran descubrimiento fue que Jericó constitu ye la ciudad más antigua del mundo. Esto quedó confirma do al hallarse los restos de una muralla de defensa, cons 60

truida cerca del año 8000 a. C., el más antiguo muro defen sivo hasta ahora conocido en la historia de la humanidad. La colosal muralla de piedra, levantada para defenderla de las incursiones de los nómades, medía 2 m de ancho, y te nía adosada una torre de 9 m de altura y 8 m de diámetro. Todavía hoy pueden verse en el lugar los veintidós escalo nes que bajaban desde la torre al interior de la ciudad. Se pudo averiguar, además, que los habitantes enterra  ban a sus muertos debajo del piso de sus propias casas. Uno de los hallazgos más curiosos fue, justamente, el de numerosos cráneos humanos, recubiertos con arcilla, como si quisieran reproducir nuevamente la piel que una vez tu vieron. Esta ciudad fue destruida por la guerra, y abandonada hacia el año 7200 a. C. Pero aquí los arqueólogos realiza ron un segundo descubrimiento: en realidad no hubo una, sino muchas Jericós, puesto que a lo largo de su historia la ciudad había sido destruida y vuelta a construir numerosas veces. Los excavadores hallaron restos nada menos que de diecisiete Jericós, a las cuales pudieron estudiar y analizar. Las sucesivas destrucciones y reconstrucciones de la ciudad, muestran la importancia que tenía en la antigüedad ese estratégico oasis, y las apetencias que despertaba la fer tilidad de la región.

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 Las ciudades que siguieron

La segunda Jericó fue erigida en el mismo sitio hacia el año 7000 a. C. Esta vez una nueva población, con tradicio nes totalmente distintas, llegó y se asentó en el oasis. La for ma de edificar sus casas, el tipo de instrumentos que utiliza  ban, la manera de enterrar a sus muertos, muestra que se tra taba de gente más rudimentaria que la precedente. También esta ciudad fue arrasada años más tarde, y dejó de existir. Alrededor del año 4000 a. C. volvió a levantarse. Con el correr de los siglos, la zona se vio envuelta en grandes ca tástrofes. Las sucesivas guerras, invasiones y conflictos que vivió, hicieron que las fortificaciones de la ciudad se voltearan y se volvieran a edificar varias veces. En las excavaciones, los arqueólogos desenterraron huellas de incendios, habitaciones destruidas, huesos hu manos quemados, que muestran a las claras lo convulsio nado de la historia de Jericó. Durante todos esos siglos aquella ciudad fue tomada, saqueada, destruida y abando nada en numerosas oportunidades. Y, con obstinada cons tancia, volvía a ser edificada y habitada. Así ocurrió en el año 3000, el 2000, el 1900 y el 1700 a. C. Hasta que finalmente una nueva invasión sufrida hacia el 1550 a. C., le dio el golpe fatal. Después de este desas tre la orgullosa ciudad no volvió a alzarse más hasta la épo ca de Josué. La última Jericó, pues, que los arqueólogos encontraron fue la del año 1550 a. C. 62

 Lo que dice la historia

Y aquí viene lo fantástico y enigmático de toda esta his toria. Si Jericó no volvió a edificarse después de la devas tación del 1550, quiere decir que cuando llegó Josué con los israelitas a la Tierra Prometida en el 1200 a. C., hacía 350 años que Jericó había dejado de existir. Por más que los arqueólogos cavaron, exploraron y ras trearon las ruinas que aún se conservan en Tel Es-Sultán, fue imposible hallar los restos de una Jericó del año 1200. Es indudable que cuando él llegó, tanto la ciudad como sus murallas y construcciones hacía casi cuatro siglos que ha  bían desaparecido. ¿Tendremos entonces que concluir, decepcionados, que la toma de Jericó carece de todo fundamento histórico? Hay otra posible explicación. Hoy los historiadores de la Biblia creen que en tiempos de Josué, si bien la ciudad ya no existía, había algunas bandas de población autócto na ocupando de nuevo las ruinas de aquel sitio, convertido entonces en una ciudad fantasma. Aquellos míseros pobla dores, habitantes de ruinas, quizás intentaron cerrar el pa so a los intrusos, lo cual habría originado una contienda, que no pasaría de algunas escaramuzas. Y los hombres de Josué salieron vencedores. Hay que admitir, pues, la historicidad de una cierta “to ma” de Jericó por Josué. 63

 Lo que dice la fe

Siglos más tarde, los israelitas empezaron a poner por escrito los relatos de la conquista de la Tierra Prometida. Ahora bien, si al llegar ellos a Palestina se hubieran topa do con la ciudad amurallada, pertrechada y fuertemente de fendida, les hubiera resultado imposible tomarla. En cambio, cuando arribaron al lugar, la encontraron en ruinas, sin murallas, y con una débil y miserable población. Y se preguntaron: ¿quién nos derribó la ciudad? ¿quién nos demolió sus murallas para que la pudiéramos tomar? Indu dablemente todo había sido obra de Yahveh. Él era el ver dadero conquistador. ¿Y gracias a qué, Yahveh venía por delante de ellos abriéndoles el camino y allanándoles las dificultades? Gracias a las oraciones y los rezos de sus li turgias. Entonces, a la hora de escribir aquel episodio, lo conta ron de la única manera que sabían hacerlo. No como histo riadores profesionales, sino como hombres de fe. Fue así cómo nació el relato que quedó inmortalizado en el capítu lo 6 de Josué.  La mejor manera de decirlo

Si ahora la analizamos, veremos que efectivamente la  batalla de Jericó está contada como si fuera una celebra ción litúrgica. 64

En primer lugar, no son ni el ejército ni los guerreros quienes tienen el papel principal y decisivo en el combate, sino los sacerdotes. Tampoco se emplean armas de guerra en la lucha, sino las trompetas, que eran el principal instru mento musical de alabanza a Dios y de oración en todas las fiestas religiosas (cf. Nm 10, 10). A la batalla no la dirige ningún general, sino el Arca de la Alianza, que desfilaba entre ellos con su misteriosa pre sencia. Los soldados israelitas, más que a un asedio de combate asisten a una procesión, guardando el respetuoso silencio propio de la plegaria. Y el grito de guerra que lan zan el último día, era el “clamor” que los israelitas solían lanzar en sus fiestas religiosas (cf. 2 Sm 6, 15; Lv 25, 9;  Nm 29, 1). Finalmente vemos que el relato está contado simbólica mente, por el abundante uso del número 7 (7 días dura la  procesión, 7 sacerdotes llevan 7 trompetas, el 7.° día dan 7 vueltas), número muy usado en la Biblia, que significa “perfección”. Es decir, que se trató de una estratagema per fecta la que el pueblo de Israel aplicó para ganar la batalla.  La verdad de la fe

Todos estos elementos nos indican que, si bien existió una “batalla de Jericó” real, como dijimos antes, la Biblia nos cuenta cómo la interpretaron ellos, es decir, lo que su fe les enseñaba. Y quizás se les vino la idea de relatarla así, 65

inspirados en la procesión que todos los años realizaban, desde el santuario vecino de Guilgal, alrededor de las rui nas para conmemorar la conquista. A los israelitas nunca se les hubiera ocurrido escribir una crónica objetiva y fría de la batalla de Jericó, al moder no estilo de nuestros historiadores. No les hubiera servido de nada. Ellos escribían para que sus relatos fueran leídos en el templo, en sus reuniones y grupos de oración. Y na rrar, escueta y sobriamente, que sus antepasados al llegar a la Tierra Prometida sostuvieron una tibia refriega con quie nes en ese momento habitaban las ruinas de Jericó, además de dejar de lado la visión de la fe, no habría ayudado a sos tener ni alimentar la creencia en Dios, de los fieles. En cambio, el relato de la procesión alrededor de la ciu dad, el clamor del pueblo, el emocionante sonido de las trompetas, y las murallas derrumbándose, sí que enardecía a los lectores, excitaba y reavivaba la fe de cuantos lo es cuchaban, y acrecentaba la confianza en Yahveh. Y por otra parte el escritor sagrado estaba diciendo la verdad: fue Dios quien había demolido para ellos las mu rallas de Jericó (eso sí, varios siglos antes) en atención a sus oraciones.  La nueva Jericó

¿Cayeron, pues, las murallas de Jericó? Por supuesto 66

que sí. Y la Biblia lo cuenta porque su caída anticipa de un modo profético la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal. Al igual que la antigua Jericó, también hoy existe un mundo del mal encerrado tras sus firmes fortificaciones: las injusticias sociales, la mentira, la corrupción, el despre cio por los más débiles, el hambre. Y esas estructuras le vantadas, cual poderosas murallas, impiden que los hom  bres entren a la salvación, es decir, a un nuevo tipo de so ciedad donde la dignidad de todos sea respetada, y donde todos tengan derecho a la educación, al trabajo, y a vivir en  paz, que constituye la nueva Tierra Prometida. La Iglesia sabe que la batalla de Jericó es eterna, que se  prolonga a través de los siglos. Y hacen falta, hoy en día, trompetas válidas para vencer esta fortaleza injusta y per versa: las trompetas de una predicación eficaz con el testi monio de vida, las trompetas de la solidaridad, del servicio y de la fraternidad. Pero las trompetas solas no bastan. Josué ordenó un gri to de guerra al unísono. La condición esencial para que la Iglesia venza y debilite las estructuras injustas es, pues, su unanimidad, su unidad. El sonido de las trompetas prolongado durante siete días nos muestra que con el servicio constante del anuncio del Evangelio, el testimonio de vida, y sobre todo la unidad de la Iglesia, puede ser destruida la soberbia Jericó, parapeta da tras sus torres de egoísmo, de injusticias sociales y de 67

corrupción. El día que la Iglesia grite, con su ejemplo de vida y su unidad, todo lo que sea enemigo del hombre que dará convertido en escombros.

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¿QUIÉNES FUERON LAS ABUELAS DE JESÚS? Un comienzo que nadie lee

Conocer las abuelas no siempre es importante para comprender a una persona, ni para entender sus caracterís ticas. Tampoco puede decirse que el conocer a las abuelas de alguien ayude a entender su misión y su tarea. Es verdad que nuestros antepasados tienen cierta in fluencia sobre nosotros. Pero un puñado de mujeres, dis tanciadas por muchas generaciones y lejanas en varios si glos, ¿ayudan a entender el sentido de una vida? Afirmar eso sería una exageración. Pero en el caso de Jesús no. Tuvo unas abuelas, es de cir, unas antepasadas tan particulares, que al conocerlas empezamos a entender mejor su persona, su misión y su grandeza de Hijo de Dios. San Mateo inicia de una forma realmente extraña su Evangelio. Con una larga lista de nombres, llamada “ge nealogía”, de todos los antepasados de Jesús (cf. Mt 1, 117). Enfrentar de entrada al lector con semejante lista exten sa y aburrida de personajes parece un recurso poco feliz de Mateo. Incluso es posible que ninguno de nosotros haya leído jamás este pasaje del Evangelio, pesado y aparente 69

mente sin mayor sentido. Pero si lo analizamos, veremos que no es así. Porque en medio de esta cadena de 42 nom  bres masculinos, la presencia de cuatro lejanas mujeres, las únicas cuatro antepasadas de Jesús que se nombran, pro yecta uno de los mensajes más emotivos del Nuevo Testa mento.  La importancia de tener abuelos

Las genealogías en la antigüedad eran muy importantes. Allí estaban todo el registro de la ascendencia familiar. Aún hoy, entre nosotros, hay gente que conserva con orgu llo su árbol genealógico. Pero para los judíos eran aún más importantes, porque entre ellos resultaba indispensable demostrar la pureza de la raza. Poseer mezcla de sangre extranjera, es decir, tener a un no judío entre sus antepasados, significaba perder los derechos como miembro del pueblo de Dios. Por ejemplo, si alguien quería ser sacerdote, debía mos trar que su línea genealógica descendía directamente del sacerdote Aarón, hermano de Moisés. Si alguien tenía la  pretensión de ser rey, debía probar que pertenecía a la fa milia del rey David. Cuando alguno quería casarse, debía documentar la pureza racial de su futura esposa por lo me nos desde cinco generaciones. Sabemos que el mismo Herodes el Grande, que gober 70

naba el país en tiempos de Jesús, fiie siempre despreciado  por el pueblo debido a que tenía, heredada de sus antepa sados, sangre del pueblo edomita. Este hecho llegó a fasti diarlo tanto, que ordenó en una oportunidad destruir todos los archivos de registros oficiales del país para que nadie  puediera demostrar que poseía una línea de antepasados más pura que la suya. Tres etapas de la vida

San Mateo, que escribe su Evangelio para los judíos, quiere presentar a Jesús como el Mesías esperado, y por eso piensa que lo mejor es comenzar con una genealogía. Para ello elaboró cuidadosamente una lista, ordenada, me ditada, y pensada con todo detalle. En primer lugar dividió a todos los antepasados de Je sús en tres grupos, según tres etapas importantes de la his toria judía. Un primer grupo, que va desde Abraham hasta el rey David (cf. v. 2-6). Un segundo grupo, desde David hasta el destierro del pueblo en Babilonia (cf. v. 6-11). Y un tercer grupo de nombres, desde el destierro hasta la llegada de Je sucristo (cf. v. 12-16). En estas tres secciones de nombres, el escritor sagrado quiso representar las tres etapas de la vida de toda persona.

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 Las lecciones de la historia

Con la primera etapa, mostró que todo hombre nace pa ra la grandeza. Por eso, culmina con el rey David, el rey más grande de Israel, y el hombre que llevó al pueblo he  breo a su máximo esplendor y lo convirtió en una potencia mundial. Según Mateo, pues, todo hombre nace esencial mente para ser rey. Con la segunda sección, quiso enseñar que todo hombre  pierde su grandeza cuando peca, y que siempre terminará esclavo de sus malos actos. Por eso, este grupo concluye con la esclavitud de Babilonia. Es la etapa de la vergüen za, el desastre y la tragedia de la nación hebrea. Con la tercera sección muestra que el hombre recupera su grandeza gracias al Hijo de Dios. Por eso esta cadena termina en Jesucristo, la persona que liberó a los hombres de su esclavitud. Según nuestro evangelista, pues, Dios no  permite que el final de la historia sea trágico. En Jesucris to toda desgracia puede convertirse en triunfo.  El Mesías escondido

Mateo utiliza un segundo juego de números en su ge nealogía. Si contamos los nombres que van desde Abra ham a David, de David a la esclavitud, y de la esclavitud hasta Jesucristo, en todos los casos da la cifra 14. Él mis 72

mo lo dice al final: “El total de generaciones son: desde Abraham a David 14 generaciones; desde David hasta el destierro 14 generaciones; desde el destierro hasta Cristo 14 generaciones” (1, 17). Esto no es posible. Mateo debió suprimir varios nom  bres para obtener esa cifra. Entre Fares y Naasón, por ejemplo, no puede haber sólo tres personas para cubrir los 430 años que según el libro del Éxodo duró la esclavitud de Egipto. Tampoco pueden sólo dos ascendientes llenar los tres siglos que van de Salomón a Jesé. ¿Por qué razón utiliza, pues, artificialmente el número 14? Para entenderlo hay que explicar una característica de la lengua hebrea, que ya hemos comentado en el primer tema de este volumen. Mientras en castellano escribimos los nú meros con ciertos signos (1, 2, 3), y las letras con otros di ferentes (a, b, c), en hebreo se emplean las mismas letras  para escribir los números. El 1 es la misma letra “a”; el 2, la “b”, etc. Así, si sumamos las letras de cualquier palabra hebrea puede obtenerse siempre una cifra, llamada “gemátrica”. Ahora bien, según estos cálculos, muy conocidos y di fundidos entre los judíos, el número gemátrico del rey Da vid era justamente el 14, ya que en sus letras tenemos: D (= 4) + V (= 6) + D (= 4) = 14. Agrupando los nombres en 14, Mateo encontró una ele gante e ingeniosa manera de decir a los judíos que Jesús 73

era descendiente de David, y por lo tanto, el verdadero Me sías. Más aún, al reunirlos en 3 listas de 14, como el 3 sim  bólicamente significa “totalidad”, el evangelista quiso de cir que Jesús es el “triple David”, y por lo tanto el Mesías total, el auténtico y verdadero descendiente de David.  No apto para mujeres

Pero lo realmente asombroso de esta genealogía, es que Mateo incluyó el nombre de cuatro mujeres. En la lista de antepasados de los grandes personajes nunca figuraban las madres. La mujer en tiempos de Jesús no ejercía derechos legales, ni servía para testimoniar nin guna constancia. No era considerada una persona sino una “cosa”, propiedad de su padre, o de su esposo, y carecía de importancia en la sociedad, donde no contaba para nada. Esto lo vemos, por ejemplo, cuando al relatar la multipli cación de los panes por Jesús, dice el Evangelio que fue ante una verdadera muchedumbre, compuesta por “unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños” (Mt 14, 21). Era tal el desprecio por el sexo femenino en la antigüe dad, que todo buen judío al levantarse por la mañana daba gracias a Dios por tres cosas: por no haber nacido pagano,  por no haber nacido esclavo, y por no haber nacido mujer. En las listas genealógicas de la Biblia no suelen apare 74

cer las mujeres. Por eso la presencia de nombres femeni nos en la de Jesús es un hecho sorprendente y revoluciona rio. Y si indagamos quiénes fueron estas mujeres, su apa rición nos deja aún más estupefactos. Ellas son: Tamar, la incestuosa (v. 3); Rahab, la prostituta (v. 5); Rut la exco mulgada (v. 5); y Betsabé, la adúltera (v. 6).  La abuela Tamar

La primera antepasada de Jesús que Mateo menciona es Tamar. Su historia aparece en Génesis 38. Se casó muy jo ven con Er, y enviudó poco después sin tener hijos. Según una ley de aquel tiempo llamada “levirato”, su cuñado de  bía tener relaciones con ella para dejarle un hijo, que sería de su difunto esposo. Así, éste no quedaría sin descenden cia, ya que no había peor desgracia para alguien que morir sin hijos. Su cuñado Onán se casó, pues, con Tamar, pero convi vía con ella evitando los hijos. Finalmente también murió, y Tamar, dos veces viuda, siguió sin hijos. Judá, el padre de los dos muchachos, sospechando que ella era una mujer fatídica, le negó su tercer hijo como es  poso. No quería perder al último que le quedaba. Entonces Tamar planeó una estratagema. Un día, disfra zada de prostituta, se sentó junto a un cruce de caminos  justo cuando pasaba su suegro. Éste, confundiéndola, le 75

 prometió un cabrito a cambio de sus favores. Y como seña le dejó su bastón, su cinturón y su sello identificatorio. Cuando más tarde él le envió el cabrito como pago, ella ya no estaba, y no hallaron ni noticias de ninguna prostituta en ese lugar. Pero de esta unión ella quedó embarazada. Al enterarse Judá de que su nuera esperaba un hijo, se enfureció, y aver gonzado exclamó: “Sáquenla de la casa y quémenla viva.” Tamar, entonces, activó la segunda parte de su plan. Envió un mensaje a su suegro: “El dueño de este bastón, este cin turón y este sello es el padre del hijo que espero en mis en trañas.” Así consiguió un hijo Tamar, la incestuosa. Y así salvó su vida. ¿Mujer perversa o astuta? ¿O simplemente mujer? Lo cierto es que Mateo puso el escandaloso nombre de Ta mar entre los antepasados de Jesús.  La abuela Rahab

La segunda mujer mencionada es Rahab, de profesión  prostituta. Su historia es una historia de espionaje militar, durante la época de la conquista (Josué 2). Cuando Josué, caudillo del ejército de Israel, llegó a las  puertas de la Tierra Prometida, se encontró con la ciudad de Jericó. Para saber si era posible tomarla o no, envió unos espías a explorar. Ellos se alojaron en casa de Rahab, una prostituta de la ciudad. 76

Descubiertos por la policía local, la mujer los escondió y los ayudó a huir, descolgándolos con unas cuerdas por la ventana de las murallas. Pero antes, les pidió que el ejérci to hebreo respetara la vida de ella y la de su familia al to mar la ciudad. Ellos aceptaron, y le ordenaron atar una cin ta roja a los barrotes de ía ventana para identificar la casa. El asalto a la ciudad fue tremendo. Los soldados de Jo sué destruyeron y saquearon Jericó, y todos sus habitantes fueron asesinados. Pero Rahab salvó su vida y la de su fa milia como había convenido con los espías. Poco después Rahab, la prostituta, llegó a estar entre las antepasadas de Jesús. Y Mateo no se olvidó de colocar su nombre en la ge nealogía.  La abuela Rut

Era una muchacha moabita, es decir, del país de Moab (cf. Rut 1-4). Conoció el amor desde muy jovencita. Pero también el dolor y la soledad, ya que enviudó sin haber te nido hijos. A partir de entonces fue un ejemplo de fidelidad a su suegra Noemí, a la que acompañó siempre para ayudarla. Fue una mujer de trabajo, muy sacrificada para ganarse el  pan. Más tarde volvió a conocer el amor en la persona de Booz. Vivió, entonces, un segundo idilio en los campos de Belén. Y halló finalmente la felicidad, como premio a su trabajo, su abnegación y su fidelidad. 77

Pero si bien su moral era intachable, tenía algo vergon zoso para cualquier judío: era extranjera. Peor aún, perte necía a los moabitas, uno de los pueblos más odiados por los judíos. Tan despreciables eran, que la misma ley judía los había excomulgado para siempre, y no se les permitiría  jamás formar parte de la fe de Israel. El mismo libro del Deuteronomio mandaba: “Los moabitas no serán admiti dos en la asamblea de Yahveh ni aun en la décima genera ción. No serán admitidos nunca jamás.” Esta mujer, excomulgada y despreciada, fue elegida por Mateo para figurar entre las predecesoras de Jesús.  La abuela Betsabé

Era una mujer hitita, esposa de Unas, oficial del rey Da vid (2 Sm 11). Vivía con su esposo en Jerusalén, cerca del  palacio del rey. Era muy hermosa, tan hermosa que el rey David se enamoró perdidamente de ella. Aprovechando que Unas había marchado a la guerra el rey mandó a lla marla al palacio, y ambos en complicidad se unieron amo rosamente. Ella, entonces, quedó embarazada. Para evitar el escán dalo, David hizo venir a Unas del frente de batalla y le dio unos días de vacaciones en su casa, a fin de que éste con viviera con su mujer un tiempo razonable y cubriera las apariencias. Pero Urías se opuso a este privilegio, sabien do que sus soldados estaban en plena guerra. 78

Ante esto, el rey hizo que lo mandaran nuevamente a la lucha, a la zona más fragorosa y de mayor peligro. Así mu rió Urías, y David pudo quedarse con Betsabé. Tiempo después un profeta, mediante una conmovedo ra parábola le hizo ver a David su crimen y su gravísimo  pecado. David, humildemente, reconoció su culpa, se arre  pintió y pidió perdón. Betsabé proporcionó a David mucho amor. Pero tam  bién muchas intrigas, celos, lágrimas y dolor. Y Mateo ubi có a esta mujer adúltera como la cuarta antecesora de Je sús.  Los parientes pobres

Éstas son las únicas cuatro abuelas de Jesús que compa recen en su genealogía. Cuatro mujeres de distintos siglos, en medio de la cadena masculina. Si Mateo hubiera busca do con mayor ahínco en todo el Antiguo Testamento, no habría podido encontrar cuatro personajes más indignos de ser antepasados del Señor. Resulta en verdad asombroso hallarlas en este lugar. Una genealogía era, para los antiguos, su motivo de orgu llo, la razón de su honra y renombre. Aquí, en cambio, se mejantes mujeres no son sino causa de vergüenza. Con la genealogía uno demostraba provenir de persona  jes importantes y famosos del pasado. Aquí se demuestra 79

que Jesús proviene también de la miseria humana, de lo  peor de Israel, de lo más bajo y ruin. Por la genealogía uno comprendía la grandeza de una  persona, su pasado ilustre, su abolengo. Aquí sólo se ve el aprobio que arrastra la parentela de Jesús. Sin embargo, hay un gesto de gran delicadeza en la mención de estas mujeres por Mateo. Se trata de un recuer do intencional. Es como si de entrada quisiera dejar en cla ro cuál fue la misión de Jesús, y su programa de vida. Más allá de su historia personal, estas abuelas suyas tienen una realidad simbólica que las trasciende. En el amor y el do lor, en el pecado y en la alegría, en el perdón de cada una, se nos retrata la historia de la humanidad peregrinante y su friente, pecadora y esperanzada, la gran familia de la que forma parte el Señor. El evangelista quiso mostrar que Jesús no se avergonzó  jamás de sus parientes, ni de contar entre su familia a gran des pecadores. A todos los aceptó así como fueron* Y a to dos los estrechó en un abrazo eterno, único, sentido, como no queriendo soltarlos jamás. Y que Mateo se encargó de registrar en su genealogía, para siempre.

¿EL ÁNGEL DEL SEÑOR LE ANUNCIÓ A MARÍA?  La audacia de Zeftrelli

Cuando el productor cinematográfico Franco Zefirelli filmó una de sus más conocidas películas, la ya clásica Je  sús de Nazaret, muchos pensaron que se había atrevido de masiado. Si bien está concebida con una exquisita sensibi lidad, sin embargo en la escena de la anunciación se ve a una candorosa María despertarse asustada a media noche, y mientras un rayo de luz, evidentemente sobrenatural, se cuela por la ventana de su habitación, la muchacha co mienza un misterioso diálogo sobre la futura concepción de su Hijo Jesús. Pero ¿ con quién habla María? Aquí viene la gran osa día de Zefirelli: ¡con nadie! Ella sola pregunta, y ella sola se responde, sin que aparezca ningún otro interlocutor. De un plumazo, el productor italiano había hecho desaparecer al popular ángel Gabriel. Los católicos criticaron despiadadamente la película: era una irreverencia, una mutilación inaceptable del Evan gelio, que atentaba contra la verdadera fe católica. Y no era  para menos. Se había suprimido a uno de los personajes más singulares del Nuevo Testamento; al infaltable ángel a quien estamos habituados a ver en cuanta pintura o escena 81

de la anunciación tengamos a mano. A quien desde niños nos acostubramos a mencionar, cuando al rezar el “ánge lus” decimos: “El ángel del Señor le anunció a María...”; al comunicador más grande de la historia. Sí. Zefirelli se había atrevido demasiado. Cómo fue que trascendió

Pero un detalle llamó siempre la atención en la anuncia ción del ángel a María (cf. Le 1, 26-38). ¿Cómo hizo Lu cas, el único evangelista que lo cuenta, para enterarse? ¿Se lo habrá contado la Virgen María, exclusiva protagonista, o alguien a quien ella se lo hubiera dicho? Pero uno se pregunta: ¿andaría contando María sus inti midades? ¿Condice con aquella chica humilde y callada, que meditaba todas sus cosas guardándolas en su corazón (cf. Le 2,19.51), el referir el diálogo secreto que mantuvie ron en privado ella y el ángel? ¿Andaría alardeando con el relato de cómo entró Gabriel volando por la ventana de su casa, y que la felicitó por ser la única mujer privilegiada ante los ojos de Dios, cuando ni siquiera a José se lo quiso contar?  No sólo esto resulta dudoso. Los elementos de la narra ción tampoco parecen ser demasiado históricos, sino más  bien vagos e indefinidos.

82

 Para que se note el embarazo

Alguno podrá pensar que el detalle de que el ángel visi tó a María “al sexto mes” del embarazo de su parienta Isa  bel es muy concreto, y parece ser histórico. Pero bien mi rado, es un complemento literario. Si el ángel le dará como señal a María, que Isabel “a pesar de que es anciana tam  bién está embarazada”, la razón del sexto mes es evidente: el embarazo de Isabel debe servirle de testimonio fehacien te, y los signos externos de un embarazo no saltan a la vis ta hasta el sexto mes. Si en el relato hubiera ido antes el án gel, María no podría haber comprobado la veracidad del signo. El detalle, pues, no pretende consignar una fecha histó rica, sino sólo tiene la intención de decimos que las pala  bras del ángel eran ciertas y podían ser verificadas. Por eso, actualmente los biblistas sostienen que Lucas al narrar el hecho de la anunciación contó algo real, que en verdad había ocurrido, pero lo hizo con una escena creada  por él. Un diálogo repetido

Que la narración es una construcción artificial se nota cuando constatamos que los elementos del diálogo entre Gabriel y María están copiados del Antiguo Testamento. 83

El saludo “alégrate” (v. 28) está sacado del profeta Sofonías (cf. 3, 14). La expresión “El Señor está contigo” es del libro de los Jueces (cf. 6, 12), cuando un ángel se le aparece a Gedeón. “No temas” (v. 30) es la frase que el án gel Gabriel le dice a Daniel al presentársele (cf. Dn 10,12). “Nada hay imposible para Dios (v. 37) lo encontramos en Gn 18, 14 cuando un ángel le anuncia a Abraham que le nacerá un hijo. El mensaje del ángel a María “concebirás y darás a luz un hijo, al que podrás por nombre.. (v. 31) es la frase del ángel a Agar, la esclava de Abraham (cf. Gn 16, 11). Y la continuación: “él será grande, será llamado Hijo del Altísi mo, el Señor le dará el trono de David, su padre, reinará so  bre la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin” (v. 32-33) son una clara alusión a la profecía de Natán al rey David, prometiéndole en nombre de Dios un sucesor en el tumo y el reinado eterno de su linaje (cf. 2 So 7,12-16). Lucas ha recopilado, así, frases importantes del Antiguo Testamento referidas todas a intervenciones de Dios en la historia, y con ellas ha tejido un relato sobre la más gran de de las intervenciones divinas en la humanidad. Una forma literaria

Pero los estudiosos, profundizando más todavía, descu  brieron que todas las partes de esta narración responden a una forma literaria muy conocida en la literatura judía, 11a 84

mada “relato de anunciación”. Se trata de un esquema fijo, estereotipado, artificial, que aparece varias veces en la Bi  blia. Cuando alguien quería contar que un ángel o un en viado de Dios se aparecía a algún personaje bíblico para darle un mensaje, no podía hacerlo de cualquier manera. Debía respetar un esquema ya prefijado. Pongamos un ejemplo. Cuando alguien quiere hoy re dactar una carta, generalmente empieza colocando arriba a la derecha, el lugar desde donde escribe y la fecha de emi sión. Luego abajo a la izquierda el saludo al destinatario, casi siempre con la palabra “querido” o “estimado” y el nombre. Sigue el cuerpo de la carta. Y finalmente envía los saludos y coloca la firma. Dentro de este esquema uno se expresa libremente, pero no se sale de él. Al ver estos ele mentos, uno se da cuenta de que está frente a una carta.  Los cinco elementos

Así como una carta tiene su “forma literaria” propia, el relato de una anunciación en la Biblia tiene sus elementos  propios y su estructura, y ningún escritor antiguo se salía de ella. ¿Cuántos eran estos elementos? Cinco, y bien definidos. 1) La aparición del mensajero celeste. 2) La turbación o el miedo del personaje. 3) El mensaje, que el enviado trae de parte de Dios. 85

4) Una objeción, que el personaje pone, y que servirá  para que se aclare mejor m ejor el mensa mensaje. je. 5) Un signo, que el ángel da al personaje para confir marle que viene de Dios. Cada vez que Dios realiza una “anunciación”, es decir, anuncia algo a alguien mediante un mensajero, la Biblia lo cuenta siguiendo estos cinco pasos. pasos. También a María

En la anunciación a María podemos distinguir perfecta mente: 1) La aparición: “Fue enviado por Dios el ángel Ga  briel”  briel ” (v. (v. 26). 26). 2) La turbación: “Ella se asustó al oir estas esta s palabras” palabras” (v. 29). 3) El mensaje: mensaje: “Vas “Vas a concebir y dar a luz un un hij hijoo ... .. . ” (v (v. 31). 4) La objeción: “Cómo es esto posible, si yo no convi vo...” (v. 34). 5) La señal: “Isabel, a pesar de ser vieja, ya está en su sexto mes de embarazo” (v. 36). Y en muchas otras anunciaciones anunciaciones bíblicas pueden iden tificarse estos elementos. Por ejemplo, cuando Dios le anuncia a Abraham el nacimiento de su hijo Isaac (Gn 17, 1-22), se cuenta: 86

1) La aparición: “Se le apareció Yahveh” (v. 1). 2) La turbación: “Abram cayó rostro en tierra” (v. 3). 3) El mensaje: “Serás padre de una muchedumbre de  pueblos” (v. (v. 4). 4) La objeción: objeción: “Abra “Ab ram m ... se echó a reír diciendo: diciendo: ¿a un hombre de cien años va a nacerle un hijo? (v. 17). 5) La señal: “El año que viene, por este tiempo, Sara te te dará un hijo” (v. 21).  A los los juec ju eces es

Siguiendo este mismo esquema se detalla la aparición del ángel del Señor a Gedeón, uno de los jueces de Israel (cf. Jue 6,11-21). 1) La aparición: “Vino el ángel de Yahveh y se sentó” (v. 11). 2) La turbación: “Ay, mi Señor Yahveh, he visto cara a cara al ángel de Yahveh” (v. 22). 3) El mensaje: “Con la fuerza que tienes salvarás a Is rael de la mano de Madián” (v. 14). 4) La objeción: “Perdón, señor mío, ¿cómo voy a salvar yo a Israel?” (v. 15). 5) La señal: “Dame una señal. Entonces... salió fuego de la roca y consumió consumió la carne y los panes” panes” (v. (v. 17-21 17-21). ). 87

Y a los sacerdotes sacerdotes

Lucas describe la anunciación a Zacarías con iguales términos (Le 1, 11-20): 1) La aparición: “Se le apareció el ángel del Señor” (v. U ).

2) La turbación: “Al verlo se turbó, y el temor se apo deró de él” (v. 12). 3) El mensaje: “Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo” (v. 13). 4) La objeción: “¿Cómo puedo estar seguro? Porque yo soy viejo y mi mi muj mujer er también” también” (v. (v. 18). 5) La señal: “Te vas a quedar mudo” (v. 20). Si continuamos analizando otras anunciaciones como la de Agar, Agar, esclava de Abraham Abraham (cf. (cf. Gn 16,7-1 16 ,7-12), 2), la de Moi sés (cf. Ex 3, 1-12), la de los padres de Sansón (cf. Je 13, 3-22), o la de los pastores de Belén (cf. Le 2, 9-12), vemos que están construidas de idéntico modo. Esto muestra a las claras que se trata de elementos artificiales, propios de un género literario.  Lo que se pretend pret endee afirmar afirm ar

Así llegamos a una conclusión importante. En los rela tos de anunciaciones se considera como histórico única 88

mente el mensaje central, el trasfondo esencial. Pero los cinco elementos de su estructura no son ciertos, ni son his tóricos, sino que responden a un cliché artificial. En el caso de María ¿qué es lo que se quiere afirmar? ¿Cuál es lo central y verdadero? Lo que se busca anunciar y aclarar es la personalidad de Jesús, su ser, su figura. Pre tende decir que el niño concebido por María es el Hijo de Dios, es también el Mesías que Israel esperaba, y que en Él se cumplen todas las expectativas del Antiguo Testamento. Ahora bien, qué sucedió realmente en el momento de su concepción, cómo se enteró María de su embarazo espiri tual, cómo descubrió el misterio del Hijo de Dios en sus entrañas, y las circunstancias que rodearon al hecho, no son cosas que Lucas intente contar. Y los detalles persona les y psicológicos de María en su preñez quedarán sumidos en el misterio para siempre.  El famoso miedo de María

Gracias al descubrimiento de las formas literarias, po demos comprender mejor las afirmaciones de los evange lios. Por ejemplo, siempre había llamado la atención de los lectores de la Biblia el hecho de la turbación de la Virgen ante la aparición del ángel. ¿Por qué se asusta? ¿Acaso no sabe distinguir a un mensajero divino, ella que tanta expe 89

riencia tenía en Dios? ¿Por qué se pregunta qué significa ría su saludo, tan conocido en el Antiguo Testamento? Se han ensayado varias explicaciones. Para unos, sería la turbación lógica de un ser humano ante un enviado de Dios. Pero entonces debería más bien alegrarse. Para otros sería la reacción de pudor de una muchacha que ve entrar a un hombre cuando ella está sola en su habitación. Pero a esto se objeta que los ángeles no tienen sexo. Finalmente están quienes dicen que sería la modestia de María de ver que Dios se ocupaba de ella. Hoy sabemos que su turbación es sólo un detalle artifi cial que forma parte del esquema ficticio de la anuncia ción. Para Lucas, María tenía necesariamente que turbarse  porque así lo exigía el segundo elemento del género litera rio. Esto indicaba que el enviado venía realmente de Dios, es decir, de una esfera trascendente.  No conocía varón

Lo mismo debe decirse de la objeción. Si el diálogo en tre Gabriel y María fuera real, el reparo que ella pone es in comprensible. Estando casada, el mensaje de que va a te ner un hijo es lógico. ¿Por qué objeta que ella no convive con ningún hombre? El ángel ya sabía que todavía no co habitaba con José. Pero también sabía que más adelante sí lo haría (cosa que en realidad jamás sucedió, según lo en seña la tradición). ¿Por qué, pues, pone esa objeción? 90

Como única salida, algunos suponen que ella había he cho en cierto momento de su vida un voto de virginidad  perpetua y, en consecuencia, el embarazo estaba fuera de sus perspectivas. Así se ha interpretado durante siglos la  pregunta sorprendida de María. Pero esta hipótesis es com  pletamente equivocada, y hace tiempo que la exégesis bí  blica renunció a ella. En primer lugar, Lucas no dice una palabra de ningún voto de virginidad de María. En segundo lugar, la ausencia de hijos entre los judíos era una señal de maldición. Un vo to de virginidad es algo absolutamente desconocido entre los judíos, y nunca fue valorado ni tenido como virtud. ¿Cómo María iba a ofrecer algo a Dios que era mal visto según su cultura y su mentalidad? Por más vueltas que se le dé, si el diálogo ocurrió real mente, la objeción nos sumerge en un problema insoluble. En cambio, las dificultades se desvanecen al compren der que la narración, por seguir el esquema literario de la anunciación, debe incluir siempre una objeción por parte del que recibe el anuncio, para que el enviado pueda dar una explicación mejor de su mensaje. De este modo, la objeción no es una objeción real de María, sino el recurso que emplea Lucas para explicar me  jor a sus lectores la filiación divina de Jesús, es decir, que Jesús no sólo es el Mesías descendiente de David, sino el verdadero Hijo de Dios desde el mismo momento de su existencia en el vientre de María. 91

Cuesta poco y vale mucho

Lucas no nos dejó los detalles de cómo se las arregló Dios para anunciarle a María el embarazo de Jesús, ni có mo lo tomó ella, ni qué reacciones produjo en la Virgen. Sin embargo, el anuncio de Dios a María es cierto. Y el sí de ella también lo es. Todos recibimos, cada día, una invitación parecida a la que recibió María. Una invitación a realizar algo para que el plan de Dios se siga cumpliendo en nuestros hogares, en nuestra familia, en nuestra sociedad. Dios se introduce en la casa de cada uno, como el ángel en la de María, para pe dimos colaboración. En nuestro “sí” están en juego mu chas cosas. Y con nuestro “no” se frustran muchas otras. Asusta pensar cuánto dependía, para el mundo, del sí de aquella aldeana de Nazaret, y la repercusión que trajo para toda la humanidad. Nos abismaría igualmente si supiéra mos cuántas cosas dependen de nuestros pequeños sí y mi núsculos no. María dijo su sí, y Jesús pudo nacer. Pero fal ta mucho todavía para que se cumpla la obra de salvación de Dios. El mundo no está como Él lo quiere. Hay hambre, hay odio, hay injusticias, hay violencia. Sigue haciendo falta, aún, nuestro sí.

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¿BAUTIZÓ JUAN EL BAUTISTA A JESÚS?  Nace una fiesta

Una fresca mañana, probablemente de un mes de enero del año 27, sobre la cuesta que se desliza hacia la margen del río Jordán cerca del poblado de Salim, se detuvo un hombre proveniente de Nazaret de poco más de treinta años. Desde lo alto contempló el grandioso espectáculo: una abigarrada multitud de campesinos, soldados, funcio narios públicos, hombres y mujeres de toda edad y condi ción acudían a hacerse bautizar por un austero profeta re cientemente aparecido, llamado Juan. Allá abajo él, con el río hasta la cintura, después de ex hortar a la muchedumbre a la conversión, levantaba la ma no derecha y derramaba sobre la cabeza de los penitentes el agua cristalina. En aquel agreste escenario de piedras y palmeras, mez clado entre el pueblo sencillo, también el hombre de Naza ret se dirigió hacia Juan. Y sumergiéndose en las aguas, co mo si tuviera culpas que lavar, se dejó bautizar mansamen te. El acontecimiento fue considerado de tal importancia  por la Iglesia primitiva, que todos los evangelios sinópti cos, es decir Mateo, Marcos y Lucas lo relatan. Fue inmor

talizado en innumerables cuadros, pinturas y relieves, y se convirtió en la gran fiesta litúrgica del “Bautismo del Se ñor” que da comienzo al ciclo de los domingos del tiempo ordinario.  El mismo, pero distinto

Pero cuando leemos el relato que los evangelios traen del bautismo de Jesús, nos damos con que se trata de tres versiones distintas. En efecto, mientras Mateo dice que Juan no quería bau tizarlo y que opuso resistencia (cf. 3, 13-17), Marcos dice claramente que lo bautizó sin ningún problema, como un acontecimiento común (cf. 1,9-11). Por su parte Juan lo si lencia totalmente, como si no hubiera existido el bautismo. Y Lucas sólo lo menciona de pasada, casi como no que riendo hacerlo (cf. 3, 21-22). ¿Quién de todos tiene razón y cuenta el acontecimiento tal como sucedió históricamente? ¿Qué misterio se escon de detrás de estos relatos del bautismo? Para entenderlo bien hay que tener en cuenta una clave de los escritores evangélicos: ellos no quisieron contar los acontecimientos simplemente como escuelas y frías cróni cas, sino que trataron de aprovechar al máximo los episo dios narrados para sacar todas las enseñanzas posibles que dejaban. 94

Para ello, cada evangelista debía tener en cuenta los destinatarios a quienes escribía, y los problemas particula res de la comunidad a la que dedicaba su Evangelio. Con esta clave de lectura en la mano, tratemos ahora de comprender qué sucedió realmente.  Por algo se rasgaron

Lo primero que hay que dejar en claro es que el bautis mo de Jesús fue un hecho histórico, un episodio real de su vida. Y el primer evangelista que lo puso por escrito fue Marcos, quien compuso su libro alrededor del año 70. Se gún su relato, luego de presentarse Jesús en el río Jordán fue bautizado por Juan. Entonces ocurrieron tres cosas. La primera es que “se rasgaron los cielos” (1, 9). Este acontecimiento era esperado desde hacía mucho. Un viejo  profeta anónimo, llamado el Tercer Isaías, amargado por el estado de desolación en el que yacía Israel en el siglo V a. C., había dirigido una patética y conmovedora plegaria a Dios pidiéndole que abriera los Cielos aunque fuera por úl tima vez y obrara un gran milagro en favor de su pueblo, tal como lo había hecho antiguamente: “Ah, si rompieras los Cielos y descendieras” (Is 63,19). Pues bien, el bautismo de Jesús era la respuesta a esa  plegaria. Pero de una manera sorprendente. Dios abría los Cielos ahora no para enviar un favor cualquiera, sino para 95

mandar a su hijo en persona. Con este detalle Marcos que ría decir que ese hombre que se estaba bautizando venía nada menos que de los Cielos, de junto a Dios.  Había comenzado el final 

La segunda cosa, que según Marcos sucedió, fue que “descendió el Espíritu sobre Él como una paloma”. Tam  bién con este hecho se cumplía una profecía. Joel 400 años antes había anticipado que cuando llegara el final de los tiempos» Dios iba a derramar su Espíritu desde los Cielos (3,1-5). Al bajar ahora sobre Jesús que se bautizaba, Mar cos anunciaba que quedaban inaugurados los últimos tiem  pos, los más importantes de la historia. Para este evangelista era muy importante aclarar que el descenso del Espíritu ocurrió cuando “Jesús ya había sali do del agua” (1,10) y el bautismo había terminado. Es de cir, que el Espíritu Santo no había venido como consecuen cia del bautismo de Juan, pues éste no era todavía un sacra mento ni tenía ninguna eficacia, como lo tendrá después el  bautismo cristiano. La ablución que el Precursor adminis traba era sólo un rito exterior, símbolo de que los pecado res que se acercaban arrepentidos y cambiaban de vida, quedaban interiormente purificados.

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Sin que nadie se enterara

La tercera cosa que sucedió fue que “vino una voz de los Cielos”, y que hablándole solamente a Jesús le dijo “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (1,11). Para entender esta sentencia, hay que saber que desde hacía muchos siglos Israel esperaba a un misterioso perso naje, a quien llamaban el “Siervo de Yahveh”, y que iba a redimir a todo el pueblo judío con sus sufrimientos. Según Isaías, que fue quien lo anunció, una de sus características, era que Dios se complacería en Él (cf. 42,1). Pues bien, al decir la voz que el joven nazareno recién salido del agua era aquél en quien Dios se complacía, señalaba a Jesús co mo el “Siervo de Yahveh”, el redentor de Israel, el ansiado  personaje ungido con el espíritu profético de Dios, que un día descendería hasta la misma muerte humana a fin de in fundir una nueva vida a todos los hombres. Según Marcos, sólo Jesús vio cómo se rasgaban los Cie los y descendía el Espíritu, y sólo Jesús oyó la voz del Pa dre, puesto que le dice “Tú eres...” Para Marcos, pues, la verdadera identidad de Jesús, el Hijo de Dios venido del Cielo desgarrado, el que inauguraba los últimos tiempos, el Redentor, es un secreto sólo conocido por Jesús. Ni el Bau tista, ni los que estaban presentes aquel día en el Jordán se enteraron de nada.

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 Lo malo de entender mal 

A pesar de lo hermoso de este relato, el episodio fue motivo de escándalo en la Iglesia primitiva. ¿Por qué Jesús se hizo bautizar por el hijo de Zacarías? Normalmente la  persona que recibe, es inferior a la que da. Por lo tanto, el  bautismo debería haber sido al revés: alguien superior, co mo Jesús, tendría que haber bautizado a otro de menor dig nidad, como Juan. Pero ¿cómo es que Juan bautizó a Jesús? La pregunta, entonces, se impuso. Se la hacían los cris tianos, la gente, y cuantos conocían este relato del bautis mo. Cuando algunos años más tarde le tocó escribir su Evangelio a Mateo, la cuestión era urticante y se había convertido en un serio problema teológico. En muchos am  bientes de Palestina se había comenzado ya a considerar a Juan el Bautista superior a Jesús. Se lo tenía por verdade ro Mesías, y se habían formado grupos que veneraban su figura y le rendían culto. Eran las comunidades que, por él, se llamarían “joaninas”. ¿Quién debía ir a quién?

Por eso Mateo al escribir su versión no pudo eludir el te ma escandaloso del bautismo de Jesús. Y trató de encon trar una solución a tan rispido problema creando un espa98

ció literario donde Jesús mismo pudiera dar una explica ción. Para ello ambientó una escena en la que Juan trata de impedir el bautismo preguntando: “¿Por qué vienes tú a mí, si soy yo el que necesita ser bautizado por ti?” (3, 14). Era la angustiosa pregunta, que en realidad no había hecho Juan a Jesús el día del bautismo, sino que se la hacía toda la gente. La respuesta de Jesús, que más bien era la res  puesta de Mateo a la gente preocupada de su comunidad, fue: “Déjalo así, porque conviene que se cumpla toda jus ticia.” Con esto Mateo explicaba que el bautismo era voluntad de Dios. Aun cuando Jesús no tenía pecado, se presentó co mo un penitente cualquiera en medio del pueblo, a fin de identificarse con los hombres. Cargaba con los pecados de todos ellos, y fueron éstos los que fue a lavar con su bau tismo. ¿Acaso no había profetizado Isaías que Él “sería contado entre los malechores”? (53, 12). Cristo era así el representante de la humanidad pecadora. El propósito de su bautismo, pues, quedaba aclarado por el mismo Jesús: quiso hacerse uno más entre los pecadores. Mateo hizo además una segunda modificación. Si según Marcos la visión de los Cielos y la audición de la voz que siguieron al bautismo habían sido percibidas sólo por Je sús, según Mateo todos los presentes vieron que se abrían los Cielos, y toda la gente oyó la voz de Dios, que ahora no decía “Tú eres mi Hijo” como en Marcos, sino “Éste es mi Hijo” dirigiéndose a todos. Así, todos eran testigos de la 99

superioridad del Señor sobre Juan. Sólo la visión del Espí ritu en forma de paloma sigue siendo, en Mateo, propia de Jesús. De los otros dos sucesos se enteró el pueblo entero.  Discípulos en disputa

El evangelio de Mateo no terminó de convencer. Si de todos modos Jesús había sido bautizado por Juan, entonces éste era superior. No había nada que hacerle. Y la compe tencia sobre la preeminencia de Jesús o del Bautista se agu dizó. Los evangelios traen los ecos de estas disputas. Un día,  por ejemplo, el pueblo comentaba que el Bautista era la  persona más grande nacida de mujer. Jesús lo confirmó: “Les aseguro que entre los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan.” Pero luego agregó: “Sin embargo, el más  pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Le 7, 28). ¿Y quién era el más pequeño en el Reino de Dios? ¿Quién era el que no había venido a ser servido, sino a servir a to dos? No era otro que Jesús. Así, Él mismo, delicadamente, se declaraba superior a Juan. En otra oportunidad, los círculos joaninos enseñaban que su maestro era la Luz que vino a iluminar este mundo. Entonces el cuarto evangelista tuvo que aclarar que en rea lidad “él no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la Luz. El Verbo (o sea Jesús) era la Luz verdadera” (cf. Jn 1, 8-9). 100

También circulaban en estos grupos narraciones mara villosas sobre el nacimiento milagroso de Juan, y cómo un ángel había hablado con su padre Zacarías, curando la es terilidad de su madre Isabel. Lucas no pudo evitar estos re latos y los recogió en su Evangelio, pero puso a continua ción los de Jesús, mostrando que éste era tan superior a Juan que ni siquiera había necesitado un padre humano pa ra nacer (cf. Le 1-2).  Hubo que eliminarlo

Ante esta perspectiva de confrontación entre los cristia nos y los joaninos, el bautismo de Jesús por Juan resultaba cada vez más embarazoso para la iglesia primitiva. Fue en ese momento en que le tocó escribir a san Lucas, el tercer evangelista. Y no pudiendo eliminar este hecho,  por la importancia que tenía, optó por eliminar a Juan. Y escribe simplemente: “Cuando todo el pueblo se estaba  bautizando, se bautizó también Jesús” (3, 21). ¿Quién lo bautizó? No lo menciona. Es más. Parecería insinuar que no fue Juan. En efecto, un versículo antes ha  bía contado que en el momento en que Jesús se hacía bau tizar, Juan estaba preso en la cárcel por orden del rey Herodes (3, 20). Luego Lucas añade una nueva modificación: que Jesús estaba “en oración” cuando ocurrieron las tres manifesta 101

ciones de Dios. Con este detalle quiso desviar la atención del hecho mismo del bautismo para centrarla en la figura majestuosamente orante de Jesús. Por último, completa el proceso iniciado por Mateo, ya que el pueblo presente aquel día no sólo ve los Cielos abiertos y oye la voz, sino incluso ve al Espíritu Santo, des cender sobre Jesús “en forma corporal de paloma”. Ahora los tres acontecimientos son públicamente conocidos. Ahora ante todo el mundo está claro que sólo Jesús es el centro y la cumbre de la escena.  Hasta el mismo Apolo

Pero el movimiento que se originó en tomo al Bautista siguió adquiriendo tal auge y expansión, que llegó hasta Alejandría. El libro de los Hechos de los Apóstoles relata que uno de los oradores más brillantes de la antigüedad, un tal Apolo, oriundo de esta ciudad, pertenecía al grupo de los joaninos (18, 24-25). Poco a poco alcanzó el Asia Menor, en donde fue ga nando adeptos entre algunos círculos judíos. También en Éfeso, en los confines del Asia Menor, los Hechos cuentan que Pablo encontró a discípulos de Juan el Bautista (19,13). Esta secta llegó a competir de tal manera con los cris tianos que se convirtió en una verdadera amenaza para la vida de esas comunidades. 102

Por otra parte, tampoco las respuestas del nuevo evan gelio de Lucas satisfacían del todo a la gente, que seguían cuestionando la actitud de Jesús de hacerse bautizar. Por eso cuando el Apóstol Juan compuso el cuarto y úl timo evangelio, precisamente en Éfeso, donde las comuni dades joaninas eran fuertes, decidió cortar por lo sano, e hi zo lo que ningún otro evangelista se atrevió: suprimió el re lato del bautismo de Jesús. En efecto, es el único de los cuatro que no lo menciona. Solamente lo supone. Dice que en cierta oportunidad Juan el Bautista vio venir de lejos a Jesús, y entonces le dijo a la multitud: “Ese que viene ahí es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. He visto al Espíritu que bajaba del Cielo como una paloma y se quedaba sobre Él” (1, 29.32). Pero ¿cuándo vio al Espí ritu descender sobre Él? El evangelista calla. Sobre el con flictivo problema del bautismo prefiere guardar un pruden te silencio.  Para entenderlo mejor

Así es como un hecho histórico, realmente sucedido en la vida de Jesús fue contado de modos distintos por los cuatro evangelistas, según las vicisitudes que vivieron, y los problemas que las comunidades destinatarias tenían. Sin distorsionar la verdad, sin cambiar el mensaje ni modi ficar lo esencial, cada autor supo acomodarlo para que los lectores pudieran aprovechar al máximo la riqueza escon 103

dida en este acontecimiento vivido por Jesús. Conservando el relato primigenio cada uno le dio forma distinta, lo retocó y amoldó, no según su propio parecer, si no según el mismo Espíritu Santo los inspiraba. No lo adaptaron porque les resultaba más cómodo, ni por el afán de alterar la realidad, sino porque Dios los movía para que su palabra fuera comprendida cada vez más por la gente. Es la forma como predicaron los primeros evangelistas. Es la forma como debemos hacerlo nosotros. No tanto sa lir a repetir lo que dice la Biblia, sino más bien tomar los hechos que leemos en las Sagradas Escrituras, que para los ajenos resultarían incomprensibles, y después de hacerlos carne, y amoldarlos a nuestra vida, y asimilarlos, difundir los convertidos en gestos comprensibles por todos los miembros de la comunidad.

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¿FUE TENTADO JESÚS POR EL DIABLO?  Ni buenas ni malas

A mucha gente le cuesta aceptar que Jesús haya sido tentado por el Diablo. Y en el fondo es porque consideran la tentación como algo deshonroso para la persona, como una debilidad, una deficiencia. Sin embargo no es así. La tentación no es ni buena ni mala. Es simplemente inevitable. Todo hombre tiene tenta ciones, ya que al haber sido creado libre siempre se le pre sentan delante dos caminos, dos posibilidades de obrar, de las cuales generalmente una es buena y la otra mala. Esta dualidad de horizontes constituye la tentación. Si el hom  bre elige la vía correcta, crece y madura; si opta por la equivocada se denigra. Pero la tentación en sí, carece de moralidad. Pasa a ser buena o mala según la decisión que cada individuo haya tomado ante ella.  No es posible vivir sin tentaciones. Si alguien no las tu viera, deberíamos suponerlo automáticamente deshumani zado, ya que no aparecerían los desafíos a su libertad. Un hombre sin tentación sería tan anormal, que no pertenece ría a la categoría de los seres humanos.

Una sola vez, es fácil 

La Biblia sostiene que Jesús era verdadero hombre, se mejante en todo a los demás hombres (cf. Hb 2, 17). Que “padeció y tuvo tentaciones” (Hb 2, 18). Y que Él “puede entender nuestra debilidad pues tuvo las mismas tentacio nes que nosotros, sólo que jamás pecó” (Hb 4, 15). Pero las tentaciones que le sucedieron a Jesús según el Evangelio resultan rarísimas. ¿Cómo puede decirse que son las mismas que las de nosotros? En primer lugar, extrañamente el Diablo aparece de un modo frontal, sin camuflajes ni caretas, lo cual contradice la forma habitual en que suele representárselo. Y así, a ros tro descubierto lo invita a pecar. En segundo lugar, se le aparece una sola vez en toda su vida, al final de un ayuno de cuarenta días en el desierto; lo desafía, y al ser derrota do se va y no vuelve nunca más durante su ministerio. ¡Qué diferente de lo que nos ocurre a nosotros que sufri mos el aguijón de las tentaciones todos los días! Con transporte incluido

Por si fueran poco insólitas estas tentaciones, aparece Jesús cambiando extravagantemente de escenario. La pri mera tentación, por ejemplo, ocurre en el desierto. Pero pa ra la segunda, el Diablo aparece trasladándolo personal 106

mente al Templo de Jerusalén (cf. Mt 4, 5). ¿Cómo lo transportó? ¿Alzándolo? ¿Volando? Esto exigiría aceptar que el Diablo realizó un portento impresionante. ¿De dón de sacó poder para obrar milagros, cuando la tradición bí  blica sostiene que sólo Yahveh puede hacerlos? (cf. Sal 72, 18; 86,10; 136, 4). En la tercera tentación se lo presenta al Diablo lleván dolo esta vez a un monte alto, donde le muestra todos los reinos y países del mundo (cf. Mt 4, 8). ¿Existe en la Tie rra esta extraordinaria montaña, desde donde se pueda con templar semejante espectáculo? ¿Y cómo pudo Jesús permanecer cuarenta días en el de sierto sin comer y sobre todo sin beber? La deshidratación no perdona a nadie. A menos que Jesús haya hecho un mi lagro para no sufrirla, pero entonces ¿qué sentido tenía su ayuno? Hubiera sido una mera burla. Finalmente, ¿cómo se enteraron los discípulos de este duelo en el desierto? ¿Andaba Jesús contando estas intimi dades personales?  Las tuvo permanentemente

Todo esto invita a suponer que, si bien Jesús tuvo tenta ciones durante su vida, la forma como están aquí contadas no es histórica. Se trata más bien de una creación literaria de los evangelistas con el fin de dejar una enseñanza reli 107

giosa, una idea válida para la vida de los creyentes, que tro  piezan con sus tentaciones en el desierto de la vida. En primer lugar, Jesús tuvo tentaciones, no un solo día, sino todos los días de su vida. Él mismo les dijo una vez a sus apóstoles: “Ustedes me han acompañado a lo largo de todas mis tentaciones, por eso les daré un Reino como mi Padre me dio a mí” (Le 22, 28-29). ¿En qué tentaciones lo acompañaron sus apóstoles? No ciertamente en las del de sierto, donde aparece solo, sino a lo largo de su vida públi ca. En efecto, por los evangelios sabemos que quisieron tentar a Jesús muchas veces. Como cuando “se le acerca ron los fariseos y saduceos para tentarlo y le pidieron una señal en el cielo” (Mt 16, 1). O la vez que le preguntaron “para tentarlo: ¿puede uno por cualquier motivo divorciar se de su mujer?” (Mt 19,3). O cuando Él contestó a los que le interrogaban si había que pagar o no los impuestos: “¡Hipócritas! ¿Por qué me tientan?” (Mt 22, 18). O el día en que le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio “para tentarlo” (Jn 8, 6).  El porqué de 3

La vida de Jesús, como se ve, estuvo atiborrada de ten taciones, pero los autores bíblicos quisieron resumirlas só lo en 3 porque éste es un número simbólico que aparece muchas veces en la Biblia con el sentido de  totalidad. Tal 108

simbolismo quizás le venga por el hecho de que 3 son las dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro (ya lo hemos dicho). Por lo tanto, decir 3 es, de algún modo, de cir siempre o todo. Por ejemplo, los 3 hijos de Noé (cf. Gn 6,10) representan a la totalidad de sus descendientes. Y las 3 veces que Pedro negó a Jesús (cf. Mt 26, 34) simbolizan la totalidad de las veces que le fue infiel. Las tres tentaciones del Señor reflejan, entonces, todas las veces que Él estuvo expuesto a ellas durante su vida. Viejas tentaciones, para el nuevo pueblo

¿Por qué eligieron los evangelistas esas 3 tentaciones? ¡Ahí está la clave y el secreto de todo el relato! Las eligieron para trazar un paralelo con lo sucedido con el pueblo de Israel luego de la salida de Egipto. Según el Antiguo Testamento, después de atravesar prodigiosa mente el Mar Rojo (cf. Ex 14, 15-31), los israelitas entra ron en el desierto (cf. Ex 15, 22), conducidos por el Espí ritu de Yahveh (cf. Is 63, 13-14). Allí permanecieron cua renta años (cf. Nm 31, 13) y sufrieron principalmente tres tentaciones. Teniendo en cuenta estos detalles, los autores bíblicos  presentan a Jesús como el nuevo pueblo de Israel, que vi no a reemplazar al antiguo. Por eso, todos los detalles vuel ven a repetirse: Jesús después de atravesar con prodigios 109

las aguas del Jordán al bautizarse (cf. Mt 3, 13-17), entra en el desierto cuarenta días (cf. Mt 4,1), conducido por el Espíritu de Yahveh, donde tuvo tres tentaciones (cf. Mt 4, 1-11; Le 4,1-13). ¿Y por qué Jesús viene a reemplazar al antiguo Israel? Porque éste había fracasado. Cada vez que había tenido tentaciones en el desierto, había salido derrotado. En cam  bio, Jesús sale victorioso de esas mismas tentaciones. Por eso, ahora El forma el nuevo pueblo, la nueva raza de hom  bres, y puede realizar el programa liberador encomendado  por Dios al antiguo Israel, el cual no había podido llevarlo a la práctica por su infidelidad.  La tentación del desierto

Así, según los evangelistas la primera tentación de Je sús tiene por escenario el desierto. Allí los escritores lo imaginan que, tras cuarenta días sin comer, siente hambre y el Tentador lo incita a dejar su plan de ayuno y convertir las piedras en pan. Ahora bien, el pueblo de Israel tuvo la misma experien cia. Después de salir de la esclavitud de Egipto y entrar a la libertad del desierto, por cuarenta años experimentó un hambre parecida. Ante la escasez de alimento, el pueblo sí cayó en la tentación. Se reveló contra Moisés, anheló po deres especiales para hacer aparecer alimento, y hasta lle gó a añorar tener poder para volver a la esclavitud de Egip 110

to, en donde comía bien (cf. Ex 16). Muchos años después, Moisés le echaría en cara esta debilidad, diciéndole que de  berían haber pensado que no sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que sale de la boca de Yahveh (cf. Dt 8, 3). Pero cuando le sobrevino esa misma tentación a Jesús, se negó a usar sus poderes especiales en beneficio de sí mismo, y recordando aquellas palabras de Moisés se las  presentó al Diablo y lo derrotó.  La tentación del pináculo

El segundo encuentro entre Jesús y el Diablo tiene lu gar, según Mateo, en el techo de una de las galerías del Templo, sobre un precipicio de más de 100 m que daba al torrente Cedrón. Allí es invitado a tirarse al vacío para pro  bar que Dios lo cuida siempre y no permite que le suceda nada. De paso, realiza un milagro maravilloso. También Israel había pasado por una situación parecida. En la localidad de Masá, en el desierto, había faltado el agua. Sabían que Yahveh estaba con ellos y nunca los abandonaba. Pero para probarlo y ver si era cierto que Dios no permitiría que nada le sucediera, exigieron a Moisés que con un signo maravilloso hiciera aparecer agua. Caye ron en la tentación de usarlo a Dios. Y no obstante ello, Dios les hizo el milagro, no más (cf. Ex 17,1-7). Pero Moi sés, recordando este episodio, años más tarde les reprochó: 111

“Nunca más vuelvan a tentar a Dios” (Dt 6, 16). Ahora esta misma tentación la tenía Jesús: probar a Dios tirándose del techo para ver si era cierto que siempre estaba con Él. Pero el Señor, recordando otra vez el conse  jo de Moisés, se lo volvió a citar al Diablo para vencerlo.  La tentación de la montaña

La tercera vez que se enfrenta Jesús al tentador es en una montaña altísima, desde donde en una visión imagina ria contempla todos los reinos de aquel entonces. Esta vez Satanás va directamente al grano y le descubre el fin de sus tentaciones: abandonar el servicio exclusivo del Padre y convertirse en un adorador del Diablo, para obtener mejo res beneficios y riquezas en su vida. También Israel en el desierto tuvo esta tentación: aban donar a Yahveh y hacerse un ídolo, un becerro de oro para adorarlo. Y había sucumbido ante ella (cf. Ex 32). Con su infinita y habitual paciencia, Moisés dirigió un discurso al  pueblo antes de entrar en la Tierra Prometida, pidiéndole que ahora no se dejaran tentar por los otros dioses que allí  pudieran encontrar, pues “sólo a Dios hay que adorar, y a Él solo darle culto” (Dt 6, 13). Según los evangelistas Jesús habría vivido esta misma tentación de adorar a otro fuera de Dios Padre. Y la supe ró nuevamente con las palabras de Moisés, que le sirvieron de arma vencedora. 112

 En reemplazo del perdedor

Israel había sido derrotado en todas las pruebas del de sierto. Fueron tantas las transgresiones y los desprecios a Yahveh, que Dios no pudo engrandecer al pueblo, como era su proyecto. Es cierto que éste logró asentarse en la Tierra Prometida, pero desde allí no consiguió aportar pa ra toda la humanidad los aires de paz, de amor, de prospe ridad que Dios tenía pensados. No supo enseñar cómo de  be vivir un pueblo con Dios en el medio. Por eso los profetas, mirando hacia el futuro, confiaron en que Dios mandaría un Mesías con la fuerza suficiente  para vencer todas las tentaciones y convertir en realidad las antiguas esperanzas del pueblo. Con la llegada del Señor, los evangelistas sugieren que se inaugura un “nuevo pueblo de Israel”, formado por Je sucristo y sus seguidores, los cristianos. Éstos tienen aho ra la difícil tarea de reanudar la conquista, todos los días, de esa Tierra Prometida, que ahora es el mundo entero, e instaurar en él una nueva era de armonía, de paz y de sal vación que no había podido lograr el Israel de los Patriar cas. Y esta vez sí será posible pues el iniciador de la em  presa, Jesús, salió triunfante de las pruebas, y todo aquel que viva unido a Él puede, de ahora en más, vencer tam  bién las tentaciones. Por ello los autores reunieron las tentaciones sólo al ini cio de su vida pública. Para señalar que si uno se esfuerza 113

 por vencerlas, tiene luego despejado el camino hacia el éxito, y asegurado el triunfo final, como Jesús.  Basados en su vida

 Ningún exégeta sostiene que Jesús fue realmente lleva do al desierto, que allí sintió hambre y fue tentado, que lue go pasó al templo de Jerusalén, y terminó en la cima de un monte. Toda esta coreografía es una creación de los evan gelistas a fin de dejamos una enseñanza. Pero aún queda la pregunta: ¿estos relatos de las tenta ciones fueron totalmente inventados por los hagiógrafos, o se basaron en episodios reales de la vida de Jesús? Todo lleva a pensar en lo segundo. En efecto, para la primera tentación la palabra “pan” nos da una pista de cuándo pudo haberle sucedido. Proba  blemente fue el día en que frente al hambre de la multitud, multiplicó los panes (cf. Me 6,30-44). San Juan relata que al ver el signo que había hecho, la gente quiso apoderarse de El para hacerlo rey a fin de tener siempre a uno que le satisficiera sus necesidades materiales. Jesús, frente a la miseria y el dolor de la gente, se habría inclinado a acep tar. Pero al darse cuenta de que era una tentación, se retiró solo a la montaña (cf. Jn 6,14-15). ¿Quién fue el Diablo de esta primera tentación? Fue el mismo pueblo, que lo tentaba para que de la nada siguiera 114

sacando más pan, y redujera sólo a eso su misión. También las demás

¿Cuándo pudo haberle ocurrido la segunda tentación? El Tentador le pide que haga un milagro “desde arriba, ti rándose al vacío” para convencer a la gente de sus poderes extraordinarios. El Diablo de esta tentación es mucho más experto e inteligente que el de la primera, y además cono ce bien la Biblia, pues le cita el salmo 91. También aquí tenemos una pista. Sabemos que un día “se le acercaron los fariseos y saduceos, y para tentarlo le  pidieron que les hiciera una señal en el Cielo”, así creerían definitivamente en Él (cf. Mt 16, 1). Jesús ya llevaba años  predicando, pero la dureza de corazón de esta gente les ha  bía impedido convertirse, y lo único que había cosechado eran burlas. Ahora tenía la posibilidad de apabullarlos con algún prodigioso milagro y taparles definitivamente la bo ca. Pero reaccionó ante la nueva tentación, y “dejándolos, se fue” (16,4). ¿Quién fue el tentador en esta prueba? El dominio que tiene de la Biblia nos da un indicio: alguien que conoce muy bien la religión. En efecto, fueron las autoridades re ligiosas, que intrigadas por la actividad que Jesús desple gaba en medio del pueblo, lo desafían a que ejecute un gran milagro para ver hasta dónde tenía poder. 115

La tercera tentación, la del facilismo, en la que el Dia  blo le propone conquistar todos los reinos del mundo sin sufrimientos ni sacrificios, simplemente adorándolo, la su frió cuando Simón Pedro, al oir a Jesús que anunciaba su futura pasión y sufrimientos, le aconsejó que no se dejara matar en la cruz, sino que conquistara el mundo de un mo do más fácil. Jesús, luego de pensarlo, le contestó: “apár tate de mi vista, Satanás” (cf. Mt 16, 21-23). El Diablo en realidad fue, esta vez, el mismo apóstol Pedro.  Modelo para imitar

Jesús fue tentado durante toda su vida. Pero las expe riencias de sus pruebas fueron resumidas por los evangelistas en tres tentaciones. Con esto pretendieron decir que también nosotros seremos tentados toda la vida. Que este mos preparados para ello. Sólo la persona no comprometi da puede jactarse de no ser tentada nunca. En cambio, las tentaciones se intensifican a medida que uno va aproxi mándose a su ideal. Pero sobre todo, quisieron enseñamos que si Jesús, co mo hombre, pudo superar sus tentaciones, también todo hombre puede hacerlo. Nunca una tentación está por enci ma de las fuerzas humanas. Nadie debe poner el pretexto, cuando caiga, de que la tentación fue más fuerte que él, ya que desde Cristo en adelante, quienes se dejan guiar por el Espíritu salen siempre victoriosos. Especialmente si cono116

cen la Palabra de Dios, gracias a la cual, Jesús pudo ven cer los embates del Diablo.

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¿HUBO CATACLISMOS EL DÍA QUE MURIÓ JESÚS?  Fenómenos insólitos

Cosas extrañas sucedieron, según la Biblia, el lejano viernes de abril del año 30, que los cristianos llaman “vier nes santo”. El gobernador de Judea, Poncio Pilato, acaba  ba de autorizar la muerte de Jesús bajo una triple acusación  política: ser un agitador social, incitar al pueblo a no pagar los impuestos al Emperador, y haberse autoproclamado rey (cf. Le 23, 2). El castigo era uno de los más comunes de la época: la crucifixión. Alrededor de las nueve de la mañana (cf. Me 15, 25)  partió el pelotón de soldados romanos desde el palacio del gobernador hasta una colina cercana, en donde ejecutaron la patética sentencia. Y esperaron al pie de la cruz la muer te del condenado. Pero entonces ocurrió lo inesperado: “Desde el medio día, la oscuridad cayó sobre toda la Tierra hasta las tres de la tarde” (Mt 27, 45). Ver oscurecerse el ardiente sol de mediodía, en Palestina, debe haber sido un espectáculo im  presionante. Pero eso no fue todo. San Mateo cuenta que a eso de las tres de la tarde, Jesús dando un fuerte grito, ex  piró. Y entonces: “tembló la tierra, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron, y muchos cuerpos de santos di 119

funtos resucitaron. Y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Él, entraron en la Ciudad santa y se apa recieron a muchos” (Mt 27, 51-53). ¿Es posible explicarlos?

Vemos, pues, que según Mateo, el día que murió Jesús sucedieron cinco prodigios: 1.°: hubo tinieblas al medio día; 2.°: tembló la tierra; 3.°: las rocas se partieron; 4.°: las tumbas se abrieron; y 5.°: los cuerpos de santos fallecidos se levantaron y se aparecieron a muchos. Estos fenómenos extraordinarios recibieron diversas ex  plicaciones. El oscurecimiento del mediodía, para algunos, fue un eclipse de sol. Pero los astrónomos sostienen que no es posible un eclipse solar en época de luna llena; y Jesús murió en vísperas de luna llena, cuando celebraban la fies ta de Pascua los judíos. Otros hablan de una acción mila grosa de Dios. Pero Mateo afirma que el oscurecimiento fue “en toda la Tierra”. Y jamás hubo noticias de que en to do el mundo se diera tal oscurecimiento en el mes de abril del año 30. En cuanto a los santos que salieron de sus tumbas ese mismo viernes, se dice que entraron en la ciudad santa de Jerusalén “después de la resurrección de Él”, es decir, tres días después. Si tomamos esto al pie de la letra, debemos  preguntamos: ¿estuvieron tres días esperando en sus tum  bas? ¿O se escondieron en alguna otra parte fuera de Jeru120

salén? ¿Y qué decir ante la posibilidad de imaginar, por ejemplo, a Abraham, o al rey David, saliendo de sus sepul cros y paseando por la ciudad de Jerusalén durante varios días? Todas estas dificultades desaparecen cuando averigua mos de dónde tomó Mateo estas afirmaciones, y por qué las colocó aquí.  La oscuridad del mediodía

Unos 750 años antes del nacimiento de Jesús se presen tó en la ciudad de Samaría, capital del reino de Israel, un campesino llamado Amós. Venía en nombre de Dios a pro fetizar, porque los pecados de sus habitantes eran gravísi mos. Enormes injusticias, y un contraste brutal entre ricos y  pobres, acongojaba al pueblo. Los grandes terratenientes incrementaban sus fortunas gracias a la explotación de los agricultores. Los comerciantes falsificaban las pesas y las medidas, recurrían a trampas legales y sobornaban a los  jueces, con lo que la situación de los indigentes era cada vez más desesperante. A eso se añadía la corrupción religiosa. La gente acudía a los santuarios para realizar meras prácticas exteriores,  pero sin el menor influjo en la vida diaria. Se veía, además, en los templos de Yahveh, rendir culto también a dioses pa 121

ganos con sus lógicas aberraciones, como la prostitución sagrada. En esta situación de desigualdades sociales y perversión religiosa, Amos anuncia un mensaje de parte de Dios: todo el país está corrompido y se ha depravado, pero las cosas no van a durar mucho más. Dios está preparando una inter vención grandiosa en el mundo. Está proyectando un “día” en el que actuará sobre la Tierra para poner fin a este esta do de injusticia y perversión. Y a fin de que pudiera reconocerse la llegada de ese mo mento, dejó una señal en una de sus últimas profecías: “Su cederá aquel día, que en pleno mediodía yo haré ponerse el sol, y a la luz del día cubriré de tinieblas la Tierra” (Am 8, 9). La gente, entonces, empezó a aguardar la llegada de ese nuevo amanecer, en que Dios libraría a todo el pueblo de su dolor y de las injusticias. Comenzó a memorizar la se ñal y a añorar ese oscurecimiento. Y pasó a llamarlo “el día de Yahveh”.  El terremoto

Pocos años más tarde se presentó en público otro gran  profeta. Su nombre era Isaías, y le tocó vivir en una época muy difícil del reino de Judá. Las intrigas palaciegas, la mala política de los reyes de Jerusalén que hacían alianzas militares a espaldas de la Ley de Dios, la falta de confian 122

za en Yahveh. La crisis espiritual, el incremento de la ava ricia, la hipocresía y la injusticia social, minaban cada vez más las esperanzas del pueblo, lo agobiaban y desmorali zaban. Isaías, inspirado por Dios, comenzó a profetizar. Y-du rante varios años años fustigó fustigó a la clase gobernante por su orgu llo, su sensualidad, su crueldad, y su falta de solidaridad con los pobres. Y fue alrededor del año 740 a. C. cuando  pron  pronun unció ció un céle célebr bree serm sermón ón proclam proclaman ando do la llega llegada da del del “día de Yahveh”, en el que Dios purificaría a la nación de todos sus pecados, de su arrogancia y sus crímenes (cf. 2, 6-22). Y en esta esta profecía, al igual que Amós, Amós, dio una indica ción sobre la llegada de ese día: “Dios se levantará, y hará temblar la Tierra” (2,10). Y tres veces en su discurso repi te este mismo signo (cf. v. 10. 19. 21) para que la gente lo recuerde. El pueblo otra vez sintió renacer su esperanza, en el día de la manifestación de Dios. Y no olvidó las dos señales dadas por los profetas, con las que empezaría la liberación de sus aflicciones y se inauguraría la nueva era para el mundo, que yacía bajo el yugo del dolor.  Las piedra pie drass que q ue se parten parte n

Pasaron los años, y con ellos también las ilusiones. En 123 123

el 587 a. C. el pueblo de Israel fue llevado cautivo a Babi lonia, lonia, y durante cincuent cincuentaa años años degustó el sabor amargo del destierro. A su regreso a la patria, comenzaron las reyertas y disensiones entre los que volvieron del cautiverio de Ba  bilo  biloni niaa y los los que que nunc nuncaa se se había habíann id ido. Un espa espant ntos osoo egoís egoís mo reinaba en el país. Se presentaron muchos falsos profe tas predicando y confundiendo al pueblo, que los seguía en el culto a los ídolos y el abandono de la auténtica fe. Entonces en tomo al año 300 a. C., surgió un nuevo pro feta anónim anónimoo en Palestina. Los estudiosos lo llaman llaman el deutero Zacarías (deutero = segundo), porque su predicación fue incorporada, en un segundo momento, al final del libro de Zacarías (en los capítulos 9 al 12). En medio medio de la gente, habló de la necesidad de purificar purif icar el corazón. Y en una de sus últimas predicciones (cf. Za 14, 1-21), vuelto hacia el futuro, da a conocer que el “día de Yah Yahve veh” h” no está está muy lejos; que Dios vendrá pronto a la ciudad de Jerusalén, hará su entrada triunfal como un gue rrero, salvará a su pueblo que sufre injusticias y persecu ción, ción, y purificará la ciudad de sus sus pecados. pecados. Será el final de la historia (cf. Za 14,7), el día sin ocaso, el fin del mundo, y el comienzo de una nueva era. Cuando eso suceda, las piedras se partirán, especial mente las piedras del Monte de los Olivos, ubicado al fren te de Jerusalén (cf. Za 14,4). Así, el deutero Zacarías predijo la tercera señal del día de Yahveh. 124 124

 Las tumbas que se abren

Tres siglos antes, a muchos kilómetros de allí, en Babi lonia, había hecho su aparición el profeta Ezequiel. Tuvo que predicar en uno de los peores momentos de toda la his toria del pueblo de Israel. Los judíos se encontraban allí exiliados. Abatidos y desanimados, habían casi perdido la fe en Yahveh, pues creían que Dios los había abandonado en su cautiverio. Se sentían solos y desamparados. Dios entonces, entonces, en el año 592, eligió a Ezequiel para que les transmitiera un mensaje de su parte. El anuncio consis tía en la llegada de una nueva época para todo el mundo. Y Ezequiel cumplió el encargo encargo.. Les habló de la renova ción de la naturaleza: “Ustedes, montes de Israel, volverán a tener ramas y a producir frutos” (Ez 36, 8). Predijo que todo el territorio volvería a recuperar su antigua vida: vida: “Se rán repobladas las ciudades y las ruinas reconstruidas; au mentaré la población y el ganado de ustedes” (Ez 36, 1011). Pero sobre todo anunció un cambio interior: “Les da ré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo. Arrancaré Arrancaré de sus cuerpos el corazón de piedra y les les daré un corazón de carne” (36, 26). El pueblo no se hallaba en situación de escuchar tales  prom  promes esas as.. Sólo Sólo pens pensab aba: a: “Nues Nuestro tross hues huesos os está estánn seco secos, s, nuestra esperanza se ha desvanecido, todo se ha terminado terminado  para  para noso nosotro tros” s” (Ez (Ez 37, 11). En Ento tonc nces es Ezequ Ezequiel iel hace hace un anuncio impresionante de la llegada de aquel día de Yah125 125

veh: “Así dice el Señor Yahveh: yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de sus tumbas, y los llevaré de nuevo al suelo de Israel” (Ez 37,12). Este vidente, en el punto culminante de sus anuncios, agrega así una cuarta señal a las tres ya dadas por los pro fetas anteriores sobre el “día de Yahveh”. Se trata, cierta mente de una metáfora, un anuncio simbólico en la con ciencia de la gente, que seguía con ansias aguardando la llegada de la nueva era de Dios, y del final de los tiempos.  Los muertos que se le levantan

Faltaba un último signo. Y lo dará el libro de Daniel. Esta obra fue escrita alrededor del año 167 a. C., en un mo mento muy doloroso para los judíos. El poderoso rey de Si ria, Antíoco Epífanes, había desatado una sangrienta perse cución. Muchos judíos, por defender su fe en Yahveh, ter minaron pertiendo la vida. En este momento trágico todos se preguntaban cómo acabaría la situación, qué sentido te nían estos acontecimientos, qué actitud se debía adoptar ante ellos. Y sobre todo, a dónde irían los que habían muer to en manos de los perseguidores. En ese momento un escritor judío, con el seudónimo de Daniel, escribe este librito para sostener la fe de la gente y alimentar sus esperanzas que se desmoronaban. En él reconoce que el rey Antíoco Epífanes es podero 126

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so, y por eso persigue a los santos de Dios (cf. 7, 25). Pe ro Dios ya ha fijado el fin de la persecución (cf. 8, 17), y con ella el fin de toda la historia. El rey enemigo será pron to exterminado (cf. 8, 25), y vendrá el final de los tiempos (cf. 11, 40). Llegará el Reino de Dios, y se acabarán las desdichas y los sufrimientos, pues el Señor vivirá para siempre al lado de los suyos. Daniel da una señal sobre aquellos santos que murieron dolorosamente en la persecución: “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán” (Dn 12,2). Es la primera vez en toda la Biblia que se anuncia la resu rrección de los muertos. Podemos imaginar el impacto que  produjo este anuncio entre los judíos, que fijaron para siempre el recuerdo de este hecho como signo de la llega da del “día de Yahveh”.  Evocando el fin

Vemos, pues, cómo los profetas del Antiguo Testamen to habían ido dando estas cinco señales indicadoras, que servirían para conocer la llegada de un día muy especial, el “día de Yahveh”. En realidad se trataba de un lenguaje sim  bólico. Querían dar a entender que habría cambios muy no tables en la historia. Y para ello, pintan de un modo figu rado toda la naturaleza como afectada por estos sucesos. Tales signos marcarían que el final de los tiempos había llegado, que Dios había intervenido definitivamente en la 127

historia para juzgar al mundo, que había dado comienzo la nueva era. AI escribir san Mateó su Evangelio, comprendió que con la muerte y resurrección de Jesús, Dios había ya juz gado al mundo, se había introducido para siempre en la historia de los hombres, y había inaugurado un nuevo tiem  po. Así pues, al contar los detalles de la crucifixión de Cristo, inspirado por Dios añadió aquellas simbólicas pro fecías de fenómenos extraños que, como buen judío que era, conocía desde su niñez. De ese modo, sus lectores in terpretarían la muerte del Señor como el principio del final de los tiempos. Ciertamente, sólo un judío podría entender este lengua  je de temblores, oscuridad y cuerpos que resucitan. Por eso Mateo es el único de los evangelistas que cuenta tales por tentos, pues escribe para un público judío. En cambio los otros tres, que se dirigen a un público más amplio, los omi ten, con excepción del detalle de la oscuridad.  El lenguaje de la Biblia

Es obvio que Mateo, al describir los cinco fenómenos que acompañaron la pasión de Cristo, no pretendió relatar unos hechos sucedidos realmente. Simplemente se propu so afirmar una verdad teológica, mediante imágenes toma das de los profetas del Antiguo Testamento. Estamos, pues, ante un relato simbólico que es preciso interpretar correc tamente, no entender literalmente. 128

Con su descripción, pretendió evocar el “fin del mun do”, o por lo menos el “fin de un mundo”. Ya Jesús, en su discurso sobre el final de los tiempos, había anunciado que estas mismas señales cósmicas precederían su venida: “En aquellos días el sol se oscurecerá, la luna perderá su res  plandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas celes tiales temblarán. Entonces aparecerá el Hijo del Hombre” (Mt 24, 29-30). Vemos cómo el mismo Cristo recurre, para hablar tam  bién Él del “día de Yahveh”, del gran día escatológico, a la manera común de expresarse de la Biblia. Usa los clichés orientales sin tomarlos a la letra, para expresar la idea pro funda de una realidad espiritual. Con la muerte de Jesús ha comenzado una nueva era en la humanidad, el nuevo tiempo de salvación. Y mientras dure la historia no hay que esperar ninguna otra interven ción divina, pues el juicio de Dios con el que dio comien zo la era escatológica ya ha llegado. San Mateo y la genuina “New Age” 

Según Mateo, la nueva era final y definitiva ha comen zado hace dos mil años para los cristianos, con la muerte de Jesús. Una era preanunciada a través de los siglos por muchos profetas, y registrada en la Biblia. Con ella, el po der del mal ha quedado derrotado, y el Reino de Dios ha comenzado su marcha inexorable, firme, terminante. 129

Se trata de un Reino en el que todos luchan por la vida y trabajan por la verdad, la justicia, el amor, el servicio, y la paz. Un Reino que se va imponiendo de a poco, pero ine vitablemente en el mundo. De vez en cuando, los remezones de la injusticia, la vio lencia y el egoísmo parecen obnubilar su acción y su efica cia. Especialmente cuando los cristianos, que son quienes deben trabajar para que el Reino se manifieste plenamente, se quedan de brazos cruzados. Pero es sólo una sensación  pasajera. Cristo, desde la cruz, ha inaugurado el final de los tiempos. La verdadera, única, y auténtica New Age que re conoce el cristiano. Hoy en día, en que se nos quiere hacer creer que  otra  Nueva Era ha aparecido recientemente, conviene recordar  lo.

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PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR Y DISCUTIR EN GRUPO SOBRE LOS TEMAS BÍBLICOS TRATADOS ¿Qué significado tienen los números en la Biblia? 1) ¿Qué significado tienen los números corrientemente entre nosotros? 2) ¿Cuáles son los significados que pueden tener en la Biblia? 3) ¿Qué errores más comunes se han generado por ha  ber interpretado los números de la Biblia con nuestra men talidad moderna? ¿Con quién se casó Caín, el hijo de Adán y Eva? 1) ¿Cuáles son las incoherencias que se encuentran en la historia bíblica de Caín y Abel? 2) ¿Cuáles son las etapas por las que pasó el relato de Caín antes de terminar en el libro del Génesis? 3) ¿En qué completa la historia de Caín, a la de Adán y Eva? ¿Cuál es el origen de los diez mandamientos? 1) ¿Los diez mandamientos que aprendemos en la catc quesis no corresponden a la lista que encontramos en la Bi131

blia. ¿A qué se debe? 2) ¿A qué época se remonta la redacción de los diez mandamientos? ¿Cómo lo podemos saber? 3) ¿Por qué la tradición los atribuyó a Moisés?

¿Permitió Moisés el “ojo por ojo y diente por dien te”? 1) ¿Qué progresos trajo a la sociedad de su época la Ley del Talión? ¿Por qué? 2) ¿Cuáles son los progresos que enseñó Jesús con res  pecto a la Ley del Talión? 3) ¿En qué casos concretos podemos aplicar nosotros esta enseñanza de Jesús? ¿Cómo se derrumbaron las murallas de Jericó? 1) Según la Biblia, ¿cómo cayó la ciudad de Jericó? Y según la arqueología, ¿cómo fue que la habría tomado el  pueblo de Israel? 2) ¿Por qué los escritores sagrados cuentan de esa ma nera el relato? 3) En nuestra sociedad actual, ¿qué características tiene la ciudad del mal que vemos, y que nos impide alcanzar un  país mejor, prometido por Dios?

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¿Quiénes fueron las abuelas de Jesús? 1) ¿Qué función ocupan las genealogías en la Biblia? En nuestra sociedad, ¿sirve de algo tener antepasados no  bles? 2) ¿Qué lugar ocupaba la mujer en la sociedad de la época de Jesús? ¿Qué lugar ocupa en la nuestra? 3) ¿Cómo es nuestra actitud frente a aquellos hermanos nuestros menos “santos” que nosotros? ¿El Ángel del Señor le anunció a María? 1) ¿Qué es la forma literaria “anunciación”? ¿Para qué se la emplea en la Biblia? 2) ¿Cuáles son los elementos que tiene? 3) ¿Qué cosa entendemos mejor, al conocer esta forma literaria, en el Evangelio? 4) ¿Qué quiso decirnos Lucas con el relato de la anun ciación del ángel a María? ¿Bautizó Juan el Bautista a Jesús? 1) ¿Cuáles son los detalles diversos que cada evangelis ta agrega o quita al relato de este episodio histórico? 2) ¿Que situación particular se vivía en las primeras co munidades cristianas con respecto a la figura de Juan el Bautista? 133

3) A ejemplo de los evangelistas, ¿cómo debe adaptar y actualizar un catequista, el mensaje de Cristo al mundo de hoy? ¿Fue tentado Jesús por el Diablo? 1) ¿Cuántas veces fue tentado Jesús por el Diablo? ¿Por qué los evangelistas cuentan solamente tres tentaciones? 2) ¿Cuáles tentaciones de la vida de Jesús, simbolizan las tres contadas por los evangelistas? 3) ¿Cuáles son las tentaciones más frecuentes que sen timos nosotros? ¿Cómo podemos vencerlas? ¿Hubo cataclismos el día en que murió Jesús? 1) ¿Por qué únicamente Mateo cuenta estos fenómenos cósmicos al hablar de la muerte de Jesús? 2) ¿Qué significado tienen estos cataclismos en el Evan gelio? 3) ¿Qué significado tienen los cataclismos que la Biblia dice que habrá en el fin del mundo? 4) ¿Qué interpretación le dan a estos fenómenos las sec tas, y con qué fin?

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índice ¿Qué significado tienen los números en la Biblia? .... 5  Las tres lecturas del número............................ ........ 5  Primer sentido: cantidad ..........................................5 Segundo sentido: simbolismo................ .............. .

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 E l i , el 2 y el 3 ......................................................... 7  El 4 y el 5 ....................... ......................................... 8

£7 7, el 10 y el 12 ..................................................... 9 Otros números con mensajes ...................................11  Averiguar en cada caso...........................................13 Tercer sentido: gematría .........................................13  El éxodo y los antepasados de Jesús .............. ....... 14 Y el Verbo se hizo escritura .............................. ..... 16

¿Con quién se casó Caín, el hijo de Adán y Eva? ....19  El primer homicida.................................................19  La expulsión de los cautivos ...................................20 Una figura desfigurada................................... ....... 20  El enigma de una esposa .................... ................... 21

 El héroe Caín ......................................................... 23  El homicida Caín ................................................... 24  El hermano que faltaba ...........................................25  Plagio en nombre de Dios.......................................26  El segundo pecado original ....................................27  Para que lo sepa el rey...........................................29  La ampliación de Jesús...........................................30 Cuál es el origen de los diez mandamientos? ......... 31

 No están todos los que son.......................... ........... 31  Los doce mandamientos..........................................31  En busca de los diez ................. ......... ..................... 32  La propuesta judía ..................................................33  La propuesta cristiana ............................................34  Para aprender el catecismo ....................................35  Mandamientos para cristianos............................... 36  El catecismo de los israelitas.................................37  Los pecados mortales..............................................39 “De ” Moisés, pero no “por” Moisés......................40  El espíritu del Decálogo .........................................41  De Yahveh a Jesús...................................................42

¿Permito Moisés el “ojo por ojo y diente por diente”? ........................... ..............................45 .

 La ley más vieja del mundo .................................... 45 Tres veces de la Biblia............................................46 Venganzas desgarradoras....................................... 47  A falta de policía .................................................... 47 Un gran paso para la humanidad ..... ......................49  No para todo público ..............................................49 Sin tomarla tan a pecho ..........................................50  La nueva ley de Jesús..............................................51 Una extraña bofetada .............................................52  La túnica y el manto ...............................................53  Lo que le pasó al Cireneo .......................................54  Ahora sí, para todos ................................................55

¿Cómo se derrumbaron las murallas de Jericó?..... 57  El primer obstáculo................................................ 57  El ardid insólito...................................................... 58 ¿Milagro o terremoto?................................. .......... 59 Cuando las palas hablan ........................................59

 La primera ciudad del mundo................................. 60  Las ciudades que siguieron.....................................62  Lo que dice la historia ......................... .................. 63  Lo que dice la fe ............................ ........................ 64  La mejor manera de decirlo .................................. 64 .

 La verdad de la f e ............................... ................... 65  La nueva Jericó ................ ........... ...... ................... 66

Quiénes fueron las abuelas de Jesús? .... ....... ........ 69 Un comienzo que nadie lee ......... ............................69  La importancia de tener abuelos .... ....................... 70 Tres etapas de la vida ................................ ............ 71  Las lecciones de la historia .............................. .....72 .

 El Mesías escondido ...............................................72  No apto para mujeres ......... ........... .............. ......... 74 .

 La abuela Tomar.................................................... 75  La abuela Rahab ........... ............... ................... ...... 76  La abuela Rut ......................................................... 77  La abuela Betsabé...................................................78  Los parientes pobres.............................................. 79



¿El ángel del Señor le anunció a María? ..... .............81  La audacia de Zefirelli ........................ .......... ........ 81 Cómo fue que trascendió ........................................82  Para que se note el embarazo ............................... ..83 Un diálogo repetido .... ............. .................... ......... 83' Unaforma literaria .................................................84  Los cinco elementos ............................................... 85 .

También a María........................................ ............ 86  A los jueces

.... .......... ............................  .......... -87

Y a los sacerdotes ................................... ....... .........88  Lo que se pretende afirmar ............................. ....... 88  El famoso miedo de María .......................... ........... 89  No conocía varón.. ................................................. 90 Cuesta poco y vale mucho.... ......... ........................92 ¿Bautizó Juan el Bautista a Jesús?......................... .93

 Nace una fiesta ........ .................................. ............ 93  El mismo, pero distinto ........ .................................. 94  Por algo se rasgaron.................................. ............ 95  Había comenzado el final .......................................96

Sin que nadie se enterara .......................................97  Lo malo de aprender mal ..... ...................................98 ¿Quién debía ir a quién?........................................98  Discípulos en disputa.............................. ......... .... 100  Hubo que eliminarlo.................... ........................101  Hasta el mismo Apolo .............. ............... ............ 102  Para entenderlo mejor .................. ............. ......... 103

¿Fue tentado Jesús por el Diablo?.............

..........105

 Ni buenas ni malas ........................... .............. ......105 Una sola vez, es fá cil ............................................106 Con transporte incluido ......................................

106  Las tuvo permanentemente.............. .............. ...... 107  El porqué de 3 ...................................................... 108 Viejas tentaciones, para el nuevo pueblo ..............109  La tentación del desierto .......................................110  La tentación del pináculo ............................ ....... ..111  La tentación de la montaña...................................112  En reemplazo del perdedor................................... 113  Basados en su vida................... ............ ............ ...114 También las demás .............................................. 115  Modelo para imitar ..................................... ......... 116

¿Hubo cataclismos el día que murió Jesús?....... ....119  Fenómenos insólitos......... .................... ............. ¿.119 ¿Es posible explicarlos? ................................. ..... 120  La oscuridad del mediodía ......... ..... ................. ...121  El terremoto ......................................................... 122  Las piedras que se parten.....................................123  Las tumbas que se abren..................... ................. 125  Los muertos que se levantan.................................126  Evocando el fin ................. .................................. 127  El lenguaje de la Biblia ........................................128 San Mateo y la gemina “New Age ” .................... 129

Preguntas para reflexionar y discutir en grupo sobre los temas bíblicos tratados

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¿Qué significado tienen los números en la Biblia? 131 ¿Con quién se casó Caín, el hijo de Adán y Eva? ..131 ¿Cuál es el origen de los diez mandamientos? ...... 131 ¿Permitió Moisés el “ojo por ojo y diente  por diente”?..................................................... 132 ¿Cómo se derrumbaron las murallas de Jericó? .... 132

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