A. Lozano - LAS MONARQUIAS HELENISTICAS. I: EL EGIPTO DE LOS LAGIDAS

August 15, 2017 | Author: quandoegoteascipiam | Category: Alexander The Great, Classical Antiquity, Ancient Peoples, 1st Millennium Bc, Hellenistic Period
Share Embed Donate


Short Description

Descripción: La estabilización de las diferentes monarquías o territorios nacionales resultantes de la división del vast...

Description

H I M f lt f S S n · · · · · · · · HISTORIA ^MVNDO -C l ANT1GVO k J l

CFvECI£ LAS MONARQUIAS HELENISTICAS. I: EL EGIPTO DE LOS LAGIDAS

HISTORIA

■^MVNDO

A ntïgvo ORIENTE 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7.

8. 9. 10. 11.

12. 13.

A. Caballos-J. M. Serrano, Sumer y A kkad. J. Urruela, Egipto: Epoca Tinita e Im perio Antiguo. C. G. Wagner, Babilonia. J . Urruelaj Egipto durante el Im perio Medio. P. Sáez, Los hititas. F. Presedo, Egipto durante el Im perio N uevo. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar y otros m ovimientos de pueblos a fin es d el I I milenio. C. G. Wagner, Asiría y su imperio. C. G. Wagner, Los fenicios. J. M. Blázquez, Los hebreos. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe­ ríodo Interm edio y Epoca Saita. F. Presedo, J . M. Serrano, La religión egipcia. J. Alvar, Los persas.

GRECIA 14. 15. 16. 17. 18.

19. 20. 21.

22. 23. 24.

J. C. Bermejo, El mundo del Egeo en el I I milenio. A. Lozano, L a E dad Oscura. J . C. Bermejo, El mito griego y sus interpretaciones. A. Lozano, L a colonización griega. J. J . Sayas, Las ciudades de J o nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico. R. López Melero, El estado es­ partano hasta la época clásica. R. López Melero, L a fo rm a ­ ción de la dem ocracia atenien­ se , I. El estado aristocrático. R. López Melero, L a fo rm a ­ ción de la dem ocracia atenien­ se, II. D e Solón a Clístenes. D. Plácido, Cultura y religión en la Grecia arcaica. M. Picazo, Griegos y persas en el Egeo. D. Plácido, L a Pente conte da.

Esta historia, obra de un equipo de cuarenta profesores de va­ rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto. 25.

J. Fernández Nieto, L a guerra del Peloponeso. 26. J. Fernández Nieto, Grecia en la prim era m itad del s. IV. 27. D. Plácido, L a civilización griega en la época clásica. 28. J. Fernández Nieto, V. Alon­ so, Las condidones de las polis en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos. 29. J . Fernández Nieto, El mun­ do griego y Filipo de Mace­ donia. 30. M. A. Rabanal, A lejandro Magno y sus sucesores. 31. A. Lozano, Las monarquías helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas. 32. A. Lozano, Las monarquías helenísticas. I I : Los Seleúcidas. 33. A. Lozano, Asia Menor h e­ lenística. 34. M. A. Rabanal, Las m onar­ quías helenísticas. I I I : Grecia y Macedonia. 35. A. Piñero, L a civilizadón h e­ lenística.

ROMA 36. 37. 38. 39. 40. 41.

42.

43.

J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. S. Montero, J. Martínez-Pin­ na, E l dualismo patricio-ple­ beyo. S. Montero, J . Martínez-Pinna, L a conquista de Italia y la igualdad de los órdenes. G. Fatás, El período de las pri­ meras guerras púnicas. F. Marco, L a expansión de Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú­ nica a los Gracos. J . F. Rodríguez Neila, Los Gracos y el com ienzo de las guerras aviles. M.a L. Sánchez León, Revuel­ tas de esclavos en la crisis de la República.

44.

45. 46. 47. 48. 49. 50. 51. 52.

53.

54.

55.

56. 57. 58. 59.

60. 61. 62.

63. 64.

65.

C. González Román, La R e­ pública Tardía: cesarianos y pompeyanos. J. M. Roldán, Institudones p o ­ líticas de la República romana. S. Montero, L a religión rom a­ na antigua. J . Mangas, Augusto. J . Mangas, F. J. Lomas, Los Julio-C laudios y la crisis del 68. F. J . Lomas, Los Flavios. G. Chic, L a dinastía de los Antoninos. U. Espinosa, Los Severos. J . Fernández Ubiña, El Im pe­ rio Rom ano bajo la anarquía militar. J . Muñiz Coello, Las finanzas públicas del estado romano du­ rante el Alto Imperio. J . M. Blázquez, Agricultura y m inería rom anas durante el Alto Imperio. J . M. Blázquez, Artesanado y comercio durante el Alto Im ­ perio. J. Mangas-R. Cid, El paganis­ mo durante el Alto Im peño. J. M. Santero, F. Gaseó, El cristianismo primitivo. G. Bravo, Diocleciano y las re­ form as administrativas del Im ­ perio. F. Bajo, Constantino y sus su­ cesores. L a conversión d el Im ­ perio. R . Sanz, El paganismo tardío y Juliano el Apóstata. R. Teja, L a época de los Va­ lentiniano s y de Teodosio. D. Pérez Sánchez, Evoludón del Im perio Rom ano de Orien­ te hasta Justiniano. G. Bravo, El colonato bajoim perial. G. Bravo, Revueltas internas y penetraciones bárbaras en el Imperio. A. Giménez de Garnica, L a desintegración del Im perio Ro­ mano de O cddente.

HISTORIA ^M V N D O

Αν έ ο ό

U KLCIA / ^

n

r

r

i

A

Director de la obra: Julio Mangas Manjarrés (Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)

Diseño y maqueta: Pedro Arjona

«No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento Informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© Ediciones Akal, S.A., 1989 Los Berrocales del Jarama Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz Madrid - España Tels.: 656 56 11 - 656 49 11 Depósito Legal: M -3 4 .7 6 3 -1989 ISBN: 84-7600-274-2 (Obra completa) ISBN: 84-7600-433-8 (Tomo XXXI) impreso en GREFOL, S.A. Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid) Printed in Spain

Las monarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas A. Lozano

Indice

Págs. I. Egipto en tiempo de Ptolomeo Lago .................................................................

7

1. De satrapía a m o narqu ía. La trayectoria de Egipto hasta Ipsos .......... 2. D e Ipsos hasta la m uerte de Ptolom eo I ......................................................

7 11

II. El reinado de Ptolomeo II ..................................................................................

14

1. Conflictos en el seno de la familia real l á g i d a ............................................ 2. C o m ien zo s de la enem istad entre Lágidas y S e l e ú c i d a s ......................... 3. M otivaciones de la política exterior de E g i p t o ............................................ a) C o nsideraciones e s tr a té g ic a s ........................................................................ b) C o nsideracion es e c o n ó m i c a s ....................................................................... 4. Intervención de Egipto en el exterior ............................................................. a) Conflictos con los Seleúcidas: la 2.a G u e rra Siria ............................... b) Participación lágida en los asun to s g r i e g o s ............................................ c) Los últimos a ñ o s de Ptolom eo II Filadelfo ............................................

14 15 17 17 19 22 22 23 24

III. Ptolomeo III Evergetes y Ptolomeo IV F ilo p a to r .....................................

26

1. Ptolom eo III Evergetes ........................................................................................ a) C o n tin u a c ió n de los conflictos con los Seleúcidas: la 3.a G u e rra Siria (246-241).................................................................................................... b) U ltim a parte del rein ado .............................................................................. 2. Ptolom eo IV F ilopator (221-203) ...................................................................... a) Ofensiva seleúcida contra territorios lágidas en Asia ........................ b) Rafia y sus consecuencias: las sublevaciones de los indígenas ...... c) Retroceso egipcio en el exterior. Fin del reinado de Ptolom eo I V ......

26

IV. Ptolomeo V Epifanes v Ptolomeo VI ......................... ....................................

32

1. P tolom eo V E p i f a n e s ........................................................................................... a) Dificultades exteriores: pacto entre Filipo V y A ntíoco III .............. b) 5.a G u e rra S i r i a .................................................................................................

32 32 33

26 27 28 28 29 31

2.

P tolom eo VI ......................................................................................................... a) 6.a G u e rra Siria ................................................................................................. b) La división del Im perio ................................................................................ c) Los últim os a ño s de reinado de Filom etor ............................................

34 35 35 36

V. Los sucesores de Filometor y el fin de los L ágidas......................................

37

1. Los sucesores de Filom etor ................................................................................ a) El conflicto entre C leop atra II. Ptolomeo VIII y C leo patra III ...... b) Egipto tras Ptolom eo VIII: division del reino .......................................

37 37 38

2. Fin de los L á g i d a s .................................................................................................

39

VI. Economía y sociedad ...........................................................................................

43

1. 2. 3. 4. 5.

real o chora basiliké ................................................................................. sagrada ......................................................................................................... de clerucos .................................................................................................. ......................................................................................................................... de propiedad privada ..............................................................................

45 46 47 47 48

Bibliografía.....................................................................................................................

54

Tierra Tierra Tierra D orea Tierra

7

Las m onarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas

I. Egipto en tiempo de Ptolomeo Lago

La e s ta b iliz a c ió n de las d ife re n te s m o n a rq u ía s o territorios nacionales resultantes de la división del vasto Im perio legado p or A lejandro M ag­ no, no fue tarea fácil ni se logró p r o n ­ to. Tras el 323 a.C. es necesario espe­ rar varias décadas, repletas de a c o n ­ tecimientos, para e n c o n tr a r un m ap a histórico definido. Todos aquellos su ­ cesos apa rec en co m plic a d os ade m á s por el intricado juego de alia n z a s e n ­ tre los generales m a c e d o n io s (cf. el capítulo d edicado a A lejandro M ag­ no y sus sucesores en esta m ism a co ­ lección) cuyo objetivo en últim o tér­ m ino obedecía el deseo de cada uno de llevarse la m ejor parte en el des­ m e m b r a m ie n to del im p e r io a le ja n ­ drino. N o vam os a entrar, por razo­ nes obvias, en la aclaración de esa m a r a ñ a de s u c e s o s h is tó r ic o s , -etie n d o al le c to r al c a p í t u l o a r t e s citado. La p o r c ió n de esta h is to ria q u e a h o ra prete nd e m os e x a m in a r es, sin em bargo, m ás sencilla, d a d o el c o n ­ texto geográfico, m uy delim itado, del país del Nilo. y las m iras políticas del fu n d a d o r de la dinastía Lágida. el general m a cedonio, am igo íntimo de A l e j a n d r o M a g n o d e s d e la n i ­ ñez. P to lo m e o Lago. C o m o es éste u n o de los Diádocos. vam os sólo a e x p o n e r s u m a ria m e n te las líneas más d e stacadas de su política para e n la ­ zar co n sus sucesores, que es el p e­

riodo que preten dem os analizar. Ya en la reun ió n de los generales acaecida en Babilonia tras la muerte del rey se acord ó conced er a Ptolo­ meo la satrapía de Egipto, a la p a r que se decidió d a r sepultura a A lejan­ dro en el oasis de Siva. hecho que confería a Egipto y a sus dirigentes un en o rm e prestigio. U n a vez el cuer­ po en tierra egipcia, fueron m odifica­ dos los planes trazados al principio, p e rm a n e c ien d o el cad á v er en M entís para ser enterrado a ños después de m od o definitivo en A lejandría, según los deseos de Ptolom eo II.

1. De satrapía a monarquía: La trayectoria de Egipto hasta Ipsos P tolom eo Lago se dedicó enseguida a a fia n z a r su p o d er personal en Egipto e incluso a a u m e n ta rlo a costa de la C ire n a ic a d o n d e intervino ya en el 322 al socaire de los conflictos políti­ cos y sociales de las ciudades griegas de aquel territorio. Sin c o m e te r el error de anexion arse la región, se eri­ gió en estratega, lo cual le confería de Jacto el p oder sobre ella pero g u a r ­ d a n d o las apariencias. T am bién con C h ip re p ro c u ró Ptolom eo e strechar relaciones ya desde com ienzos de su estancia en Egipto.

8

A kaI Historia del M und o Antiguo

Esta política de cariz independentista levantó sospechas entre los Diádoros y conllevó una te m p ra n a ru p ­ tura con Pérdicas. regente a la sazón del Imperio, sellada con el asesinato de C leom enes de N aucratis, valedor de Pérdicas en Egipto. A com ienzos del a ñ o siguiente, tuvo lugar el espe­ rado ata q u e de Pérdicas reducido a la n a d a por el asesinato de éste. La desa p a ric ió n del regente en fu n­ ciones obligó a un replanteam ien to de la situación a nivel general, razón que motivó la re unión de Triparadisos, celebrada en el otoño de 321 e n ­ tre todos ios generales de Alejandro. El resultado fue un golpe mortal a la o b ra y al p e n s a m ie n to alejandrin o, pues co nfirm ó la división d efacto del imperio. H u b o u n a serie de acuerdos, entre los cuales p odem o s m e n c io n a r la atribución de la regencia a A n tip a ­ tro. si bien en prim era instancia el ofrecim iento se h a b ía hecho a Ptolo­ meo, el cual, d a n d o p ru e b a s de su p r u d e n c ia política, la re c h a z ó , lo­ gra n d o desde luego la con firm ació n de su p o d er en Egipto y Cirenaica. Sus pretensiones eran afirm ar su in­ d e p e n d e n c ia en este país, no ser el á r ­ bitro en la situación del im perio ale­ jandrino. La antorcha del ideal unitario, e m p e r o , la r e c o g e r ía A n t i g o n o el Tuerto (M onoplithalm os), e n c a rg a d o en la c u m b re de Triparadisos de p ro ­ seguir en Asia M e n o r la lucha contra E um enes, aliado de Pérdicas. que h a ­ bía derrotado a C'ratero, y que a c o n ­ secuencia de su victoria se hab ía eri­ gido en d u e ñ o de la región m inorasiática. Sin em bargo, a pu nto de cu l­ m in a r con éxito su em presa, un a c o n ­ tecim iento nuevo dio un giro insospe­ c h a d o a la situación: la m uerte de A ntip atro en el 319. A consecuencia de ella, se abre un a crisis de eno rm e com plejidad. P tolom eo en el m ism o a ñ o invade la satrapía de Siria-Feni­ cia. C o n v ie n e r e s a lta r este h e c h o , pues, c o m o m uy bien señala E. Will (Histoire politique du monde hellénisti­ que I. p. 41), es de la m ayor trascen­

d e n c ia para com prend er el p en sa­ m iento político del hijo de Lago: éste, en efecto, h a b ía a sim ila do y a su m id o p len a m e n te la tradición política y es­ tratégica de Egipto, puesto que a q u e ­ lla región constituía la z o n a de ex­ pansión p or excelencia de los farao­ nes fuera de territorio africano, d a d a su calid ad de glacis defensivo ante c u a l q u i e r a m e n a z a p r o c e d e n te de Asia. A la vez. le a p o rta b a bases n a ­ vales y con tinentales para em presas dirigidas al Norte de Siria. M e so po ta ­ mia o Asia M enor. Respecto a la de­ cantación de Ptolom eo en el p a n o r a ­ ma in te rn a c io n a l s u b sig u ie n te a la m e n c io n a d a desaparición de A n tip a ­ tro, debem os se ñ ala r que el L ágida se alinea con los enem igos del sucesor de éste, Polipercón y su aliado E u m e ­ nes. Este, a su vez. en 318 e m p re n d ió u n a c a m p a ñ a m ilitar en Asia M e n o r V Fenicia a resultas de la cual cayeron en su pod er parte de los territorios re­ c ie n te m e n te a d q u ir i d o s p o r P to lo ­ meo. Sin em bargo, su éxito no fue d u ­ radero. En el 316 fue entregado a A n ­ tigono por sus propios soldados y eje­ cutado. C o n él m urió el últim o repre­ sentante fiel al p e n sam ie n to de Ale­ ja n d ro , pues a u n q u e Antigono recoge de nuevo la idea unitaria, lo hace ya por su cuenta, sin c onsideración a los derechos del último representante de los A rgéadas desc e n d ie n te s del rey m acedonio. La posición a d qu irida po r A ntigo­ no significó un nuevo giro de la situa­ ción. pues conllevó que el resto de los Diádocos, exceptuado Polipercón, se unieran contra él. Tras cinco añ os de guerra (316-311 ) se concluyó un trata­ do de paz cuyo c o n te n id o no está del todo claro. Sus cláusulas m ás im p o r­ tantes eran las siguientes: C asa n d ro . hijo de Antipatro, q u e d a co m o strate­ gos de E uropa hasta la mayoría de edad de A le ja n d ro IV —el hijo de A l e j a n d r o y R o x a n a — ; L is ím a c o conserva Tracia: Ptolom eo se queda con Egipto; a Antigono se le concede «toda Asia», d o n d e entretanto Seleu-

9

Las m onarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas

co h a re c u p e ra d o B ab ilon ia, refor­ z a n d o su posición en las satrapías su ­ periores de Asia; u n a últim a cláusula c onsideraba, reafirm ándolo, el d ere­ ch o a la a u to n o m ía de las ciudades griegas, lo cual pese a su aparien cia inofensiva llevaba en sí el germ en de la discordia. De hecho, el im perio de A lejan dro h a b ía d ejado de existir pe­ ro h a b ía un h o m b re que asp iraba a

Dem etrio Poliocertes en el 306 tras la victoria sobre la Ilota de Ptolom eo en S a la m in a de Chipre. Se erigían así en los auténticos sucesores de A lejandro cuya d escen dencia directa h a b ía sido elim in ad a por o rden de C a s a n d r o en el 310. Pero in m e d ia ta m e n te , en el 305/-4. Pto lo m e o p rim e ro y C a s a n ­ dro. Lisímaco y Seleuco después se p ro c la m a ro n tam b ién reyes, adjudi-

Cabeza de Ptolomeo I sobre una moneda de plata

reunir bajo su férula y sobre otras b a ­ ses ios cinco estados resultantes en u n o solo: Antigono. N o po dem os e n trar en la co n sid e ­ ración de la com pleja etapa posterior, plagada de avances y retrocesos en el c a m p o militar y político. En su tra n s­ curso se d ie ro n a lg u n a s novedades

como la adquisición de titulaturas reales p or parte de A ntigono y su hijo

candóse la so beranía absoluta sobre los territorios a ellos confiados o c o n ­ quistados. H a b ía n n acido las m o n a r ­ quías helenísticas. De otros aspectos, solo diremos que tras los intentos efec­ tuados po r A ntigono y su hijo D e m e ­ trio p a ra extender su poder, se o rg a n i­ zó contra ellos la resistencia de los de m á s con el fin de salv a g u a rd a r lo que c ad a uno con sid e ra b a suyo. El

10

A kal Historia del M undo Antiguo

epílogo de este período está m a rc a d o lo heterogéneo de su población, d o n ­ por la batalla de Ipsos. en Frigia, acae­ de fenicios y griegos eran p r e d o m i­ cida en el 301. cuya derrota no p ud o n a n t e s - estaba dividida po lític a m en ­ su p e ra r Antigono, quien se dio m u e r­ te: sus diferentes regiones o distritos te a sí m ism o en el m ism o escenario se h a lla b a n g ob ernad os p o r príncipes d o n d e fue vencido. La de sa p a ra ció n independientes, los cuales ad o p ta ro n del general tuerto obligó a un nuevo en relación con los conflictos entre reparto territorial: Lisím aco se a n e ­ los D iádo co s posturas diferenciadas, xionó Asia Menor, Seleuco la parte unos a favor de A ntigono, otros de se p te n trio n a l de Siria. Pto lo m eo la Ptolomeo. Este equilibrio fue precisa­ m eridional, o Celesiria. y D emetrio, mente el que Ptolom eo pretendió con el hijo del derrotado, conservab a b a ­ su intervención in c lin a r a su favor, e ses im p o rta n te s en G re c ia y costa i m p o n e r m a y o r i t a r i a m e n t e su i n ­ anatólica, a d e m á s de una Ilota p ro ­ fluencia. Lo m ism o hizo con las cos­ pia. Por lo dem ás, con Antigono d esa­ tas m eridionales de Asia M e n o r ( C a ­ pareció todo intento de establecer la ria). Tam bién intentó sin éxito o c u p a r u n id a d del im p e rio a le ja n d r in o de algunos puertos en Jonia. Pero lo m ás m o do que Ipsos m arca u n a fecha de­ sobresaliente de todo fue la concertacisiva en la historia p a ra la sucesión ción de una a lia n z a con Rodas desti­ de Alejandro. A la p a r asistimos, de n ada a tener un gran futuro, c o n clu i­ hecho, al nacimiento, todavía oscuro, da. a lo que parece, ya en el 315. de la concepción m o d e rn a de Esta­ O tro á m b ito reclam ó la a tención dos territoriales, sin pretensiones u n i­ de Ptolom eo en estos agitados años: versalistas, en la cual c a d a uno aspi­ Cirene. Allí se h a b ía p ro d u cid o un a raba a coexistir dentro de un sistema revuelta a consecu encia de la cual la de «equilibrio inestable» de acuerdo guarnición ptolemaica había sido ase­ con sus propios intereses. d ia d a en la ciud ad ela, se p a rá n d o se Pero, veam os cóm o se desarrolló la así te m p o r a lm e n te de la s o b e r a n ía historia de Egipto en este tiempo. egipcia a quella región. Ptolom eo, no P a r a P to lo m e o L ago estos a ñ o s obstante, sofocó sin gran des prob le­ fueron asim ism o densos en aconteci­ m as el foco rebelde dev o lv ie n d o a mientos desde el p u n to de vista de su Ofelas el gobierno de la C irenaica. La po der en Egipto y zo nas de e x p a n ­ paz. no obstante, d u ra ría poco tiem ­ sión. Ya h em o s descrito s u m a r ia m e n ­ po. T am bién en C h ip re h u b o u n a re­ te c ó m o fueron sus tom as de posición vu elta de c a r a c te r ís t ic a s s i m ila r e s en relación con los d em á s D iádocos, p ro p u g n a d a por el prín c ip e de Kipero su actividad estuvo c o nsa gra da tion. La in te rv e n c ió n de P to lo m e o prin cip a lm e n te a a suntos de política acabó con ella p u d ie n d o asi a finales nacional. Las conquistas efectuadas del 313 som eter a su influencia la to­ en Palestina y Celesiria sufrieron alti­ talidad de la isla. bajos. c a m b ia n d o tales territorios de A firm ado su poder, y a instancias d u e ñ o con frecuencia a lo largo de en b u e n a m edida de Seleuco que q u e ­ este lapso de tiempo: tras su anexión ría recuperar B abilonia, el dirigente por Ptolom eo en el 319. fueron arre­ egipcio se decidió a un e n f r e n ta m ie n ­ b a ta d a s posteriorm ente por E um enes to directo con A ntigono p a ra co n se ­ prim ero y Antigono después. M ie n ­ guir nue v a m en te los territorios siriotras tanto el hijo de Lago actuab a en palestinos que le h a b ía arrebatado . El otras direcciones con el objetivo de e ncuen tro tuvo lugar en el 312 en G a ­ a f ia n z a r su p osic ió n en el O rie n te za. zona cuya vigilancia ha b ía sido m e d ite rrá n eo . Así. en C h ip re . Esta e n c o m e n d a d a por A ntigono a su hijo isla, d a d a s sus peculiaridades, - d e r i ­ ; D em etrio. El resu ltad o fue adverso vadas de su posición geográfica y de para este joven, a la sa z ó n de 20 año s

11

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágldas

de edad, y las consecuencias m uy po ­ sitivas sobre todo para Seleuco que p u d o así a c tu a r rá p id a m e n te en M e­ sop otam ia e Irán, a la p a r que signifi­ có para P tolom eo la anexión n u ev a ­ m ente de Palestina, som etiend o a su p o d e r a sim ism o las ciu dad es fenicias. Pero estos territorios fueron perdidos de nuevo al a ñ o siguiente tras ser a ta ­ cadas. en el norte de Siria, y vencidas p o r D e m e trio las fuerzas egipcias, m ientras Antigono oc u p ó Palestina. Entretanto C irene era escenario de u n a nueva revuelta p ro tag on izada en esta ocasión por el propio g o b e rn a ­ d o r Ofelas, cuya pretensión no era sino liberarse de la hegem onía egip­ cia. D entro de esta trayectoria se ex­ p lic a su a c e r c a m i e n t o p o s te r io r a Agatocles, con q uien concertó en el 309 u n a alianza. Este le cedería los te­ rritorios q u e p re te n d ía a r r e b a ta r a C artago en África a c a m b io de la p a r ­ te pú n ica de Sicilia. Ofelas. sin e m ­ bargo, moriría al a ñ o siguiente a m a ­ nos de Agatocles a q uien se h a b ía u n id o en Cartago. Fue en esta com p lic ad a situación c u a n d o se pro d u jo el tratado de paz de 311 su scrito e n tre los generales m acedo nios que al m en os para Ptolomeo —y ta m b ié n p ara A n tig o n o — no significaba sino u n a tregua, pues no estaba dispuesto a re n u n c ia r definiti­ vam en te al d o m in io de las z on as que le h a b ía n sido arrebatadas. Es así c o m o acto seguido dieron a m b o s generales los pasos c o n d u c e n ­ tes a ap ro piarse del d o m in io del m ar que tanto Antigono c o m o Ptolomeo necesitab an p ara cu m p lir sus proyec­ tos. Esta pugna, cuya historia no va­ mos a d etallar aquí, estalló abierta­ mente a partir del 306 y conoció algunos m om e n to s c u lm in an te s co m o la de­ rrota sufrida p or Ptolom eo en C h ip re a m a n o s de Demetrio, a consecuencia de la cual A ntigono y su hijo se atri­ buyeron la titulatura real por vez pri­ mera y la isla escaparía d u ra n te años a la p re p o n d e ra n cia egipcia. La expe­ dición terrestre ν m arítim a prep ara d a

por A ntigono contra Egipto tras su victoria de Chipre, fracasó r o tu n d a ­ m ente debie n d o así a b a n d o n a r toda p re te n s ió n de d o m in io so bre él. A c o n s e c u e n c ia de ello. P to lo m e o se erigió en basileus. título sólo expresivo para los griegos, no c om prensible, sin em bargo, p ara los egipcios que sólo c a p ta b a n en todo su significado la de faraón por ser la que se a c o rd a b a con sus tradiciones. El paso siguiente de los Antigónidas fue neu tralizar la alia n z a entre R od as y Egipto. Pero, ta m p o c o en esto tuvo éxito Antígonas quien, deci­ dido no obstante a conseguirlo, envió a Dem etrio a asediar la isla. Este fa­ moso episodio, d o n d e los rodios c o n ­ taron con el a v ituallam iento de P to­ lomeo, terminó en otro fracaso, viéndo­ se obligado Antigono, en el 304 y tras un a ñ o de sitio infructuoso, a c o n c e r­ tar un tratado por el cual los Antigón id a s re c o n o c ía n la lib erta d de la isla, h ech o de la m ayor trascendencia po r cua n to sería clave en su trayecto­ ria posterior. Las p re te n s io n e s de A n tig o n o y D em etrio q u e d a ro n de finitivam ente tron cad as en Ipsos. A u n q u e de mala gana y sólo por fidelidad a su vieja am istad. Seleuco, el verdadero artífi­ ce de la victoria ju n to con Lisím ano, consintió en la cesión a Ptolom eo de la Celesiria, ya o c u p a d a p o r el rey egipcio, a u n q u e sin r e n u n c ia r p o r ello a sus derechos sobre esta región m eridional de Siria. Sería esta la c a u ­ sa de las guerras sirias, m a n z a n a de la discordia d u ra n te m u c h o tiem po e n ­ tre Lágidas y Seléucidas.

2. De Ipsos hasta la muerte de Ptolomeo I A n te s de c o n s i d e r a r los a c o n t e c i ­ m ientos e xte rnos r e la c io n a d o s con Egipto, conviene reflexionar sobre la suerte de Cirene. Tras el episodio ya c o m en tad o de Ofelas. esta región c o ­ noció a lgunos año s de ind e p e n d e n cia

12

Akal Historia del M undo Antiguo

Relieve de estuco representando a Ptolomeo I y Berenice, M useo de Alejandría.

hasta ser a trib uida por Ptolom eo a M agas, hijo de su m u je r Berenice. Posteriorm ente éste concebiría otros planes m ás am biciosos p a ra sí mis­ mo, pues no solo proclam ó su ind e­ pe nd e nc ia sino que se atribuyó la ti­ t u l a t u r a real e in c lu s o d e c la r ó la guerra a Ptolom eo II al socaire de la a lia n z a concertada con Antíoco I. rey de Siria. A u n q u e ésta no dio los resul­ tados apetecidos. Magas gobernó Cirene varias décadas, hasta el 250. En otro ord en de cosas, el m a n te n i­ miento en p o d er de Egipto de los te­ rritorios sirios d e te rm in ó la necesi­ dad de e n c o n tra r aliados con tra las pretensiones de Seleuco. Ptolom eo I. en efecto, se acercó a Lisímaco, d u e ­ ño de Asia M e n o r tras el reparto h a ­ bido tras Ipsos. La a lia n z a q uedó se­ llada m ed iante el m a trim o n io de dos hijas del hijo de Lago. A rsínoe y Lis a n d ra con Lisímaco y su heredero Agatocles. Su enem igo potencial. Seleuco, hi­ zo lo m ism o con D em etrio Poliorce­ tes, d u e ñ o indiscutible del m a r y. e n e­ migo c o m ú n de Ptolom eo y Lisímaco

pero esta a lian za, c o n firm a d a ta m ­ bién po r el m a trim o n io de Seleuco con Estratonice. hija de D emetrio, es­ taba d e stin a d a al fracaso, toda vez que tenían intereses dispares hasta el punto que Demetrio intentó una apro­ xim ación a Ptolom eo que tam p oco tuvo éxito. La m uerte de C a s a n d r o en 298 a 297 abrió nuevas perspectivas p o r lo que al d o m in io de M a ce d o n ia se refe­ ría. de suerte que D em etrio se decidió a intervenir en Grecia. La ocasión fue ap ro v e c h a d a p or Ptolom eo para a rre­ batarle el d o m in io de C hipre, a c tu a n ­ do de m a n era sim ilar Seleuco, que se ap od eró de Cilicia, y Lisímaco con las ciudades jo n ia s aú n en po der del Antigónida. Por lo dem ás, el rey egip­ cio se dedicó a partir de ese m o m e n ­ to. y siguiendo la term inología e m ­ p l e a d a p o r W ill, a « c o n t e n e r » a M a c e d o n ia , política q ue im p lic a b a tanto acciones de sesgo expansionista —en el Egeo y las islas— c o m o de pro p a g a n d a e influencia, en el co nti­ nente griego. En este m ism o m arco se inserta la intervención de Ptolomeo

13

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

en favor de P irro a quien restableció en el trono del Epiro ya desde el 298/7, reino lla m a d o a ser e nem igo de M a c e d o n i a c o m o el L á g id a h a b ía proyectado sin duda. A la par. el rey de Egipto a rrebató a D em etrio el d o ­ m inio de C h ip re —a ñ o 295— y en los añ os siguientes la hegem on ía en el m a r y las islas: la C on federació n de los Nesioias. p ro p u g n a d a por A ntigo­ no pasó entre el 291-287 a estar bajo protectorado egipcio, ca m b io acogido favorablemente por los insulares, can ­ sa d o s de las exigencias fiscales de Demetrio. Éste, finalmente —en 288— ante la presión c o m b in a d a de Lisím aco y Pirro, debió hu ir de M a c e d o ­ nia, refugiándose en calidad de pri­ sionero co n Seleuco hasta su muerte, acaecida en el 283. De la actividad desplegada po r el rey egipcio en los años subsiguientes a la im posición de su hegem onía en las islas no sab e m os p rácticam ente nada. E n el 285 abdicó en favor de su hijo Ptolom eo II, m u rie n d o dos años

después. De todos m odos bien fuera p o r sentirse ya viejo o sim p lem en te po rque no le interesaba. Ptolom eo no intervino en las tra m a s tejidas po r otros m o n a r c a s helenísticos, sin g u ­ la rm e n te Seleuco, c o n tra Lisím aco. cuyo p o d e r h ab ía a u m e n ta d o de m a ­ nera d e sp ro p o rc io n a d a en los años posteriores a Ipsos. En efecto, la ex­ pansión asiática y europea de Lisí­ m aco d a b a motivo de in qu ie tud al rey egipcio, pues podía llegar a c o n s ­ tituir un a a m e n a z a seria p a ra los in ­ tereses de su país en el Egeo. Pto lo ­ meo. sin embargo, prefirió conservar su a m istad con Lisím aco p or si h u ­ biera lugar a una c o n frontació n con Seleuco p or la Celesiria. Es así co m o se m antuv o al margen de las intrigas co ntra aquel que. digámoslo, a lc a n ­ zaron su objetivo plenam ente: Seleu­ co invadió en el 282 Asia M enor, p ro ­ du c ié n do se el e n fre n ta m ie n to entre am b o s en C orup ed ió n. cerca de S ar­ des. a com ienzo s del 281 batalla en la que Lisímaco en contró la muerte.

Retrato en bronce de Arsinoe III. Mantua, Palazzo Ducale

14

A k al Historia del M undo Antiguo

11. El reinado de Ptolomeo II

Antes de p a s a r a a n a liz a r los actos m ás notorios acaecidos en este reina­ do conviene deten erno s u n instante en los cruces dinásticos h ab id os entre las distintas m o n a rq u ía s helenísticas con certad os con un objetivo político y que p or lo m ism o tuvieron im p o r­ tancia p ara la historia egipcia.

1. Conflictos en el seno de la familia real lágida Todos los estudiosos de la casa real egipcia están de acuerd o en su juicio sobre la p erso n a lid a d del segundo de los Ptolomeos. contraponiendo el fuer­ te te m p e ra m e n to de su p adre a la d e­ bilidad de este hijo de Berenice, se­ g u n d a m u j e r de P to lo m e o I. F u e preferido al h a b id o con Eurídice. la esposa anterior, el Ptolom eo m ás tar­ de apod ado Keraunós «Rayo», el cual, c u a n d o su m adre se estableció en M i­ leto. p e rm a n e c ió en Egipto e sp erand o la herencia p aterna, a u n q u e sin éxito. Tras el n o m b ra m ie n to de su medio he rm a n o . Ptolom eo II. huyó a la cor­ te m a c e d o n ia de Lisímaco, quien, a su vez. estaba c a sa d o con Arsínoe. hija de Ptolom eo I y Berenice, h e r m a ­ na. pues, del ya entonces rey de Egip­ to. m ientras que Agatocles. hijo m a ­ yor de Lisímaco. tenía com o m u je r a una h e rm a n a de Keraunós. Lisandra. Arsínoe. do tad a de u n a inteligencia sobresaliente y de u n a personalidad

fuera de lo norm al, pretendió lograr para su hijo el trono m acedonio. No du d ó para conseguirlo en h a c e r m a ­ tar a Agatocles tras lo cual su viuda Lisandra huyó a la corte seléucida, seguida por su h e r m a n o K eraunós. Mientras, otra hija de Lisímaco. lla­ m a d a asim ism o Arsínoe, fue a Egipto para casarse con Ptolom eo II. Pero los asuntos dinásticos se c o m ­ plicaron todavía m ás por otra serie de hechos políticos. En el 281 m o rían los dos últimos supervivientes de la gene­ ración de Alejandro: L isímaco en la batalla de C o ru pedión. cerca de S ar­ des. y posteriorm ente Seleuco. El ase­ sinato de éste se produ jo en los DarJ a n e l o s . u n a vez q u e . tr a s h a b e r to m a d o p o se s ió n de los territorios asiáticos de su o ponente, se e n c a m i­ n a b a a M ac e d on ia p ara efectuar u n a acción similar. Fue entonces c u a n d o cayó victima de su protegido P tolo­ meo Keraunós, el cual asp irab a a eri­ girse en rey de M acedon ia. Tal pre­ tensión c h o c a b a evidentem ente con la sostenida po r Arsínoe para su hijo, razón que impulsó a K eraunós a c a ­ sarse con la viuda de Lisím aco y ase­ sin a r a los dos hijos hab id o s en aquel matrim onio. Arsínoe se refugió en el templo de Sam otracia. pero la inva­ sión gala de G recia hizo tabla rasa de e sta s a s p i r a c i o n e s p u e s K e r a u n ó s murió. A la par. los acontecim ientos acaecidos en G recia - l a detención de la invasión g a l a - representaron para

15

Les m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

su p ro ta g o n ista A n tigon o G o n a ta s . hijo de Dem etrio Poliorcetes, el acce­ so al trono. Arsinoe, u n a vez excluida la posi­ bilidad de h a c e r rey de M acedonia a su hijo, fue a Egipto. Pretendió e n to n ­ ces elim in a r a la m u jer de su h e rm a ­ no Ptolom eo II. la otra Arsinoe, con objeto de erigirse ella m ism a en rei­ na: la acusó así de co n sp ira r contra la vida de su marido. Tal d e n u n c ia sig­ nificó su destierro a Coptos. A co nti­ nuación la autora de la tram a se casó con su h e rm a n o siguiendo una p rá c ­ tica habitual entre los antiguos farao­ nes. pero que significaba un verdadero escá n d a lo p ara los griegos. Se convir­ tieron así en realidad sus a spiracio­ nes pues fue. en efecto, la reina de Egipto hasta su muerte.

2. Comienzos de la enemistad entre Lágidas y Seleúcidas Las aspiraciones egipcias dentro del ám bito de la política egea d o n d e pre­ tendía d e s e m p e ñ a r un papel p re p o n ­ derante se h a b ía n evidenciado tiem ­ po atrás. Sin em bargo, todo avance en este sentido con du cía in exorable­ m ente a u n a c o n fro n ta c ió n directa con los Seleúcidas. d ado s los intere­ ses contrap uesto s de u no s y otros. De hecho, esta rivalidad estaba latente desde el ajuste territorial h a b id o tras Ipsos c u a n d o Seleuco cedió tem p o ­ ralm ente a Egipto Siria meridional. Al producirse la transferencia al rei­ no seleúcida de las p ro piedades asiá­ ticas de L isímaco y convertirse Seleu­ co en el d u e ñ o in d isc u tib le de los territorios d o n d e los Lágidas tenían sus intereses, es decir Asia M e n o r con las c iudades griegas del litoral, teóri­ cam ente autón om as, el e n fre n ta m ien ­ to n o p o d ía t a r d a r en p ro d u c irse , a p ro v ec h á n d o se para ello la prim era

ocasión. Esta no tardó en presentarse, pues

tam b ién en 281. el m ism o a ñ o de la m uerte de Lisím aco en C o rup ed ió n. desaparecía Seleuco a se sin a do p or su protegido Ptolomeo Keraunós. Le su ­ cedió A ntíoeo I q u e llevaba varios añ os com o corregente, o c u p a d o en el g o b i e r n o de las s a t r a p í a s ir a n i a s , m ientras su padre Seleuco a c tu a b a en la parte occidental del Imperio. Éste ha b ía llam a d o a su hijo p a ra e n c o ­ m end arle los a suntos de Asia, con o b ­ jeto de tener las m a n o s libres p ara poder encargarse de la situación en M acedonia, to rn a d a favorable po r la desaparición de Lisímaco. No pud o h acer realidad sus proyectos pues, al coincidir con las pretensiones al tro­ no m acedo nio de K eraunós. éste puso fin a la vida del rey seleúcida. D a d a la experiencia de gobierno de A ntíoeo y el h a b e r llevado d u ra n te años el título real, todo hacía prever que la sucesión se efectuaría sin pro­ blemas. Empero, no fue así. A parte de la p r o b l e m á t i c a d e los te r r ito r io s orientales a los que h a b ía c o nsagrad o los prim eros a ño s de gobierno y d o n ­ de la a u to r id a d seleúcida e n c o n tró 1 u n a p ro nta contestación, en O c c id e n ­ te las mayores preocup acio nes se le ' presen taron en la costa norte de A n a ­ tolia. al haberse erigido en reinos in ­ d e p e n d ie n te s B itinia c o n Z ip o ite s I —ya en 29S/-7. en vida de Seleuco— y el Ponto con Mitrídates. al parecer en j 281. Tuvo que lidiar además con que las tensiones indep end en tistas de c iu d a ­ des com o Heraclea Póntica que ju n to con Bizancio. C a lce d o n ia y otras se h a b ía n u n id o en la Liga del Norte. T am bién en Anatolia occidental exis­ tía un reducto de hecho in d e p e n d ie n ­ te, Pérgamo. si bien d a d a la actitud positiva de su g o b e rn a d o r Filetero y la ayuda siem pre b rin d a d a y prestada a los Seleúcidas. éstos toleraron la si­ tuación. Poco antes de la muerte de Antíoeo. no obstante. E um enes, s u ­ c esor de Filetero se p r o c la m ó rey. c o n su m a n d o , así. la segregación del Imperio Seleúcida. I Todos estos p ro b le m a s no p u d ie ­

16

A kal Historia de l M undo Antiguo

ron ser atendido s person alm en te por el rey, pues Aniioco tuvo que hacer frente, tras la m uerte de su padre, a la revuelta que estalló en Siria, centrada en la gran base m ilitar de A pam ea. La im po rta nc ia de esta insurrección interna se magnificó al presentarse si­ m u ltá n e a m e n te un a ofensiva desde el exterior y que debió estar p ro ta go ni­ zad a —pese a lo difuso de las noti­ cias— por Ptolom eo Filadelfo. Pre­ tendía así aprovecharse de las dificul­ tades que po r todas partes se le h a ­ bían presentado a Antíoco. La zona elegida es discutida. En efecto, p udo h a b e r sido Siria, e stim ánd ose que fue precisamente en aquel m om ento c u a n ­ do las posesiones egipcias en aquella región se a m p lia r o n h a c ia el N o r ­ te. s o b re p a s a n d o la línea del Eleutheros. Esto, sin em b arg o, dista de su seguro. Sí lo es. en cam bio, el a u ­ mento del área de influencia lágida en Asia M enor: así. se concertó e n ­ tonces —en 279/-S— una alia n z a con Mileto, a la p a r que se instalaron guraniciones egipcias en la isla de Sa­ mos, en las ciu dad es carias de H a li­ c a rn a s o , M in d o s, y C a u n o s q u iz á , p r o b a b l e m e n t e , en o tra s de Licia. Panfilia y Cilicia occidental. En todo caso, es claro que Ptolom eo II a p r o ­ vechó el resquicio favorable presenta­ do p o r la muerte de Seleuco. Antíoco I. u n a vez sofocada la rebelión siria, se ap resuró a firm ar la paz con F ila­ delfo —c o nc e rta da ya posiblem ente en 2 7 9 - de la que resultaría u n a su­ prem acía litoral y m arítim a de Egip­ to. Este conflicto es el prim ero de la larga serie que enfrentó a Lágidas y Seleúcidas al dispu tarse am b o s rei­ nos el control de los territorios a los que hem os hecho ya alusión. M erece­ ría por ello el título d e Prim era G u e ­ rra Siria, que se aplica, p o r el c o n tr a ­ rio. el acaecido pocos años después. Los añ os subsiguientes c o n te m p la ­ ron los p r o b le m a s so b r e v e n id o s a Ptolom eo p or la cuestión de Cirene. Ya h e m o s s e ñ a la d o antes c ó m o su medio h e r m a n o M agas se h ab ía eri­

gido en rey independiente de aquella región, perm itid o en prin cipio p or es­ tar Filadelfo e m p e ñ a d o en los a s u n ­ tos m e n c io n a d o s a prop ósito de la crisis sucesoria en la m o n a rq u ía seleúcida. M agas actuó p ro b ab le m e n te ale n ta d o p or su alian za con Antíoco I, con cuya hija, A pam e. se h ab ía c a ­ sado, y su aspiración últim a era, al parecer, alzarse con el trono de Egip­ to. Sin embargo, c u a n d o se había ya em b a rc a d o en la expedición hacia el país del Nilo - e n torno al 2 7 5 - d e ­ bió volver sobre sus pasos para c o n ­ trolar u na sublebación de n óm ad as. Tam poco Filadelfo p ud o perseguirlo y así qu ed ó z a n ja d a la cuestión d u ­ rante u n a s décadas hasta el 250. per­ m an e c ie n d o M agas en el trono de C i­ rene. Fue un períod o de p az entre ambos. N uestro cono cim iento del período de h o s ti lid a d e s c o n o c id o c o m o Ia G u e rra Siria es fran c a m en te deficien­ te de m a n era que todo lo relativo a ella, las motivaciones, su desarrollo y conclusión, es objeto de controversia. De hecho a no ser por el d esc u b ri­ miento de un d o cu m e n to babilo nio cuneiform e y otro egipcio jeroglífico no sabríam o s n a d a de ella. El tem or de Filadelfo a un ataqu e de Antíoco I —cuya au to rid ad se h a ­ bía reafirm ado al salir con éxito de la crisis s u c e s o r ia - con la intención de ap od e ra rse de las prop id ad es lágidas en Celesiria, im p ulsaría al rey egipcio a e m p re n d e r u n a ofensiva preventiva que le llevaría hasta Babilonia, m ie n ­ tras A ntíoco se h a lla b a en Sardes. Sin em bargo, el ejército egipcio sería d e­ rrotado p o r el seleúcida, reforzadas sus filas con elefantes, hecho a su vez ap ro ve c h ad o por Antíoco p ara a v a n ­ zar c ontra D am asco , lo que p rovo ca­ ría la necesidad de enviar un nuevo ejército egipcio. Esta vez la em presa ten d ría éxito a ju z g a r —así lo cree W i l l - por el brillo partic u la r de las Ptolem aieia a le j a n d r i n a s del 271/-0 que celebrarían u n a reciente victoria, —acaecida, pues, en el 271— que h a ­

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

bría z a n ja d o el conflicto. En la paz subsiguiente se m a n te n d r ía n las posi­ ciones de a m b o s sin que n in g u n a de las partes a lc a n z a ra ventajas sobre la contraria. De todas formas gran parte de lo expuesto es conjetural.

3. Motivaciones de la política exterior de Egipto Es un h e c h o cierto e incontestable que los Ptolom eos d esarrollaron a lo largo del s. III u n a política tendente a conseguir un papel hegem ónico en el Egeo. aspiración que. digám oslo, al­ c a n z a r o n p le n a m e n te , p u es p u e d e hab larse con p ro p ie d a d de u n a talasocracia egipcia en este ám bito, acti­ va d u ra n te este siglo principalm ente. Ante este hecho cabe preguntarse por las causas que justificaron tal empeño.

a) Consideraciones estratégicas C o m o ya h em os a p u n ta d o , ni P tolo­ meo Lago ni n in g u n o de sus suceso­ res c o m p a rtie ro n los deseos de otros herederos de A lejan dro de reunir b a ­ jo sus m a n o s la totalidad del antiguo Im perio alejan drino . El prim ero de los Ptolom eos lo rechazó, incluso, ex­ presa m e nte c u a n d o se le invitó a ello. D esde el co m ie n z o de la disgregación de la herencia a le ja n d rin a su a sp ira ­ ción fue Egipto, consciente com o era de la im p osibilidad de m a n te n e r bajo u n a sola m a n o tan de sc om u na l Im ­ perio. m osaico de pueblos, culturas e intereses diferenciados. Tam bién Pto­ lomeo I fue quien definió y puso las bases de lo que sería la política de los Lágidas posteriores: el m a n te n im ie n ­ to de E g ip to s ó l i d a m e n t e b a jo su m a n d o - c o n el a péndice de la Ciren a i c a - más u n a serie de posesiones exteriores que le aseg uraran la hege­ m o n ía en el M ed iterráneo oriental. Y aquí reside el problem a, a p re h e n d e r qué motivaciones im p u lsa ro n al hijo de Lago a traz a r u n a política exterior con ese sesgo egeo.

Retrato de Berenice II de Cirene. Museo de Benghazi

E n torno a esta cuestión v e rd a d e ra ­ mente clave de la historia del Egipto helenístico debem os m en c io n a r una de las op in io nes m ás autoriz a d as y difundidas, la de M. Rostovtzeff (His­ toria social y económica del m undo he­ lenístico. M a d r i d , 1962). S e g ú n su criterio, Egipto com o tal hab ría co n s­ titu id o d e sd e sie m p r e la p rin c ip a l p r e o c u p a c ió n de los Ptolom eos. de suerte que la salvaguardia de su segu­ ridad e in d e pendencia era su objetivo prioritario . Y esta d e b ía realiz a rse fu n d a m e n ta lm e n te por mar, d a d a la situación geográfica del país del Nilo. Era necesario, p or tanto, c o n ta r con una flota poderosa, inexistente hasta entonces por la ausencia de u n a tra­ dición m arítim a en la época de los fa­ raones. Pero Egipto no tenía las m ate ­ rias p rim as im prescindibles para la construcción naval, que, sin embargo, se e n c o n tra b a n en a b u n d a n c ia en la c o sta siria , C h i p r e y A sia M e n o r meridional. Por otra parte, se h a b ía co nsta ta do so b rad a m e n te en tiem pos pretéritos

18

Akal Historia del M undo Antiguo

que la protección de Egipto p asaba ta m bié n po r c o n tar con un glacis en la franja sirio-palestina que la sep a­ rara del resto de Asia y de toda a m e ­ n a z a terrestre que solo podía proce­ d e r de allí. A parte de todo ello, se precisaba, co m o era habitual, un ejér­ cito, c o m p u e s to o r d in a r ia m e n te en época helenística por mercenarios, cu­ ya so ld a d a se p a g a b a en m o ne da s de plata, metal que los lágidas necesita­ ban im portar, pues no se p roducía en Egipto. Tales necesidades podían ser c ub iertas p o r varios sistemas, pero, sobre todo, po r dos vías: un a de ca­ rácter com ercial - e n base a la cual estaría la estructura racionalizada de la p ro d u c c ió n agrícola e industrial egipcia, d estinada a la e x p o r ta c i ó n - ; otra de tipo político, a saber, la exten­ sión de la d o m in a c ió n egipcia a re­ giones o c iudades que d ebieran p ag a r su tributo corresp on diente en plata. Esta política, definida com o « im ­ perialism o defensivo», conduciría, no obstante, a conflictos que s o b rep a s a ­ b a n su prim er propósito, es decir, a a m b ic io n e s e x pan sionistas sin rela­ ción in m e d ia ta con la seguridad de Egipto, m anifestad as sobre todo en la última parte del s. III. O be d e c ien d o a esta política defen­ siva. ya Ptolom eo I. según h em os vis­ to. tom ó m edidas p ara hacerse con el control de la Celesiria. pues la p reten ­ dida invasión de Pérdicas h a b ía evi­ d e n c ia d o con c la rid a d que ese era un o de los puntos dé-biles por d o n d e Egipto podía ser atacado. A la par. la región le podía p ro p o rc io n a r el p o d e­ río naval que por sí solo no podía te­ ner. a d e m á s otros recursos e c o n ó m i­ cos y financieros, tal como, de hecho, había ocurrido anteriormente en otros períodos históricos de Egipto, espe­ cialm ente con las dinastías XVIII y XIX. a las cuales se retrotrae en últi­ mo té rm ino la política de Ptolom eo Soter. S in e m b a r g o , los su c e siv o s a b a n d o n o s de la Celesiria a que se vio forzado Ptolom eo debieron c o n v e n ­ cerle de la necesidad de fortalecer su

poderío naval y m ilitar hasta c onver­ tirlo en disuasorio frente a sus adver­ sarios. en principio los A ntigónidas, de suerte que le permitiera en su día no sólo reconquistar la región, sino sobre todo m antenerse en su d o m i­ nio. A ello. pues, se o cu p a ría d u ra n te b u e n a parte de su reinado. Así se ex­ plica. asim ism o por qué disputó in­ sistentem ente C h ip re a los A ntig ón i­ das y pretendió un a y otra vez c o n ta r con puntos de apoyo en Asia M e n o r m eridional. Por tanto, en todo este m ovim iento hacia el norte h ay que ver u n a motivación de índole estraté­ gica. cuya justificación no es otra que la de destruir el poderío antigó nida en las costas m inorasiáticas, s e p a r á n ­ dolas de su im perio europeo, a fia n ­ za n d o así la posición egipcia en tales territorios. Esta, a su vez. estaría des­ tinada a proteger la siria meridional c o n tr a to d a a m b i c i ó n c o n t r a r i a a Egipto. E. Will (op. cit. I p. 146) in ten tan d o s is te m a t iz a r esta c u e stió n , p o stu la que la expansio n del d o m in io lágida fuera de Egipto procede de dos tipos de c o n s id e ra c io n e s q u e no p u e d e n confundirse: Io la o cu p a c ió n de Celesiria y C h ip re obedece a la p re o c u p a ­ ción in m ed ia ta de la seguridad del Delta y del Valle del Nilo en general, dirigidas contra toda p otencia - a n t i ­ gónida o s e l e ú c i d a - d u e ñ a del resto del Próxim o Oriente; 2°: el d om in io del Egeo. cuya prim era intenton a se llevó a cabo en la época de la lucha contra el Im perio asiático de los A nti­ gónidas (con el p u n to de mira en la posesión de la Celesiria). Posterior­ mente se realizaría con un objetivo preciso, a saber, c o n fin a r a Demetrio Poliarcetes en E uro pa para im pedir toda renovación de la exp an sió n m a ­ rítima antigónida. Las posesiones li­ torales anatolias c on tribuyeron a a se­ gu rar la seguridad de C h ip re y la de las co m u n ic a c io n es con el Egeo. No existía, pues, n ing una preo cu pació n por G recia que q u e d a relegada a un pla n o secundario, c e n trá n d o se toda

19

Las m onarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas

la atención de los gobernadores lági­ das en Oriente, d o n d e subsistían las pretensiones seleúcidas sobre Celesiria. Pero no sólo e s ta b a p re se n te en to d o esto el in te ré s estratégico: la alia n z a tan sólid am en te establecida con Rodas parece evidenciar que tras ello e stab an en juego tam bién objeti­ vos económ icos. Por lo demás, la ul­ terior expansión egipcia hacia Tracia y la zo na de los Estrechos realizada a p a rtir de las po sic ion es a d q u ir id a s desde el reinado de Ptolom eo 1 re­ quiere. asim ism o, explicaciones dife­ rentes de las estratégicas.

b) Consideraciones económicas A u n q u e los aspectos económ icos del Egipto p to lem aico serán c o n s id e ra ­ dos m ás adelante, es necesario adver­ tir ya que tuvieron u n a e n o rm e im ­ portancia no solo dentro de la política interior de los Lágidas —la econo m ía constituye, de hecho, el m otor de los Estados— sino en las directrices a d o p ­ ta das en política exterior. C o m o ha sido repetidam ente definido po r los especialistas, el Egipto helenístico es el p rim e r ejem plo histórico de un ver­ d a d e ro m e rcantilism o de Estado. C u á n d o c o m e n z ó este m ercantilis­ m o es otra cuestión. N o r m a lm e n te suele a p arecer com o la característica del rein ado de Ptolom eo II Filadelfo. pero p ro b a b le m e n te las bases esta­ ban ech a d a s desde el gobierno de So­ ter cuya o bra interna d esconocem os casi totalmente. En efecto, ya d u ra n te los a ño s del m a n d a to de Ptolom eo I estaban pre­ sentes las necesidades de dinero no sólo p ara sufragar todo el boato in h e ­ rente a u n a m o n a r q u ía helenística, sino sobre todo y de m a n e ra especial p ara finan ciar el m a n te n im ie n to de c u a n ta s fuerzas terrestres o m a ríti­ m as requería la defensa de Egipto. Esto se a tendió por varios sistemas: «liturgias» im puestas a las ciudades m arítim as, las cleruquías y los ingre­

sos o btenidos p or el tesoro. La u rg e n ­ cia. pues, de metal a c u ñ a d o era g r a n ­ de. Así, y d a d o que Egipto no cuenta con recursos naturales de plata, debió dotarse de los medios para conseguir­ la. En parte, ya lo hem os dicho, fue­ ron sus posesiones exteriores la que le su m in istra b a n dicho metal, pero lo aportado era insuficiente. Es así como debió recurrirse a la vía m ercantil y, en este aspecto, los recursos cerealísticos del Valle del Nilo eran la clave, hecho secularm ente d e m o stra d o des­ de la instalación del e m po rion griego de Naucratis, puesto que G recia era tradicionalmente deficitaria de grano. Las posibilidades de e nriqu ecim ien to c o m p o rta d a s p o r la e xplotación de dichos recursos fueron apreciadas ya por el predecesor del hijo de Lago. C leom enes de N aucratis cuyo m a g n í­ fico tesoro, a d q u irid o a través de este tipo de comercio, fue confiscado p or Ptolom eo I tras asesinarlo. Q ue Soter c o n tin u a ría no solo m a n te n ie n d o si­ no p ote n cia n d o esa vía m ercantil p a ­ rece incontestable po r el éxito a lc a n ­ zado en sus em presas exteriores, in­ dicativo de que h a b ía c o n ta d o con los recursos para financiarlas. Al in te n ta r a n a liz a r en p ro fu n d i­ dad este desarrollo com ercial planifi­ cado surgen a todo estudioso varias cuestiones. La prim era de ellas es sa b e r en qué m edida pretendieron los g o b e rn a d o ­ res egipcios c o n q u i s ta r el m e rc a d o griego con objeto de d a r salida segura a su p roducción agrícola, a c a m b io de la cual recibirían el metal a c u ñ a d o necesario. Parece claro que los terri­ torios exteriores bajo sob eranía egip­ cia estaban obligados ciertam ente a abastecerse de g rano procedente del país del Nilo. siem pre y cu a n d o , fue­ ran deficitarios de cereales (a u n q u e esto no sucedía en todos los casos pues alg u n a s posesiones lágidas en Tracia o Asia M e n o r p a g a b a n un im ­ puesto en trigo, p rueba de su a b u n ­ dancia en tales regiones). Tal hecho, sin em bargo, no puede elevarse a c a ­

20 tegoría general, ni siquiera para las zonas den tro de la esfera de influen­ cia egipcia, pues la alia n z a política no obligaba a la clientela comercial. En el caso de Egipto fue más bien al revés, p o r c u a n to existen testimonios sobre la g e n e ro sid a d egipcia h acia sus amigos políticos, en lo que a e n ­ víos de cereal se refiere, c u a n d o estos se veían en dificultades. Lo q ue sin n in g u n a d u d a puede afirm arse es que Egipto p ro p ugn ó y se esforzó p or conseguir la libertad de com ercio, solo posible m e d ia n te la seguridad de los mares que perm itie­ ran la existencia de com un icacion es estables y seguras. Y fue la c onsecu ­ ción de este objetivo p rio rita rio lo que justificó su larga am istad con Ro­ das —a su vez interm ediario c o m e r­ cial de prim er o r d e n - , sólidam ente establecida ya c u a n d o se pro du jo el sitio de D em etrio Poliorcetes en el 304. Lo m ism o hay que decir tam bién respecto a Bitinia. cuyos reyes tenían grandes intereses en el com ercio m a ­ rítimo. P en sa m o s, a d e m á s , qu e las transacciones com erciales se efectua­ b an en el caso de Egipto —y n o r m a l­ mente en otros t a m b i é n - a través de interm ediarios, los más im portantes de los cuales eran, sin duda, los ra ­ dios. Éstos y otros de diversa proce­ dencia fueron los responsables de la distribución de los productos en las más variadas z on as del m u n d o a n ti­ guo. De hecho, c u a n d o a partir de m e d ia d o s del s. III se p r o d u jo un c ie rto rep lie g u e de la ta la s o c r a c i a egipcia - c u y o papel c om o policía del m a r se transferiría a Rodas en su to­ t a l i d a d - . tal con tracción política no tuvo n in g u n a repercusión o c o n tra ­ partida apreciable en el terreno co ­ mercial. de m o d o que los ingresos a la H a c ie n d a egipcia no exp erim entan n in g u n a m erm a, y d a d o que las nece­ sid ad es de prod u c to s egipcios eran constantes, no fue necesario a sus go­ bern an tes b u sc ar nuevos clientes ni a p a r ta r la competencia. Precisam ente este últim o p u n to es

A kal Historia del M undo Antiguo

otra cuestión a analizar. Egipto, en efecto, no era el único p rodu c to r de g r a n o del m u n d o a n tig u o . H e m o s m en c io n a d o cóm o algunos de los te­ rritorios que estaban b ajo su s o b e ra ­ nía eran excedentarios de él los que les posibilitaría sacarlo al m ercad o norm alm ente. Pero, aparte de éstas, h a b ía otras z onas cerealísticas de pri­ mer o rd e n c o m o las regiones o cci­ dentales y septentrionales del Ponto E u xino, tr a d ic io n a le s g ra n e ro s del m u n d o egeo clásico. Y este hecho no parece h aberse m odificado en época helenística pese a la co m p etencia de A lejandría en este terreno. Esta c o n ­ currencia comercial, en cu an to es lí­ cito hacer deducciones a p artir de la falta de textos en contrario, se d e s a ­ rrolló n o b lem e n te sin que se diera un a co n fron tació n efectiva p ara al­ zarse, u no u otros, con la hegem onía del m ercad o egeo. De hecho, teórica­ m ente al menos, existía d e m a n d a de sobra para todos y así parece p ro b a r­ lo la documentación a nuestro alcance, d o n d e se atestigua una p rocedencia muy variada para el g rano c o n s u m i­ do en el m u n d o helenístico. O tro s factores a c o n s id e r a r t a m ­ bién son la diversidad de productos procedentes de las regiones pónticas. es decir, no se trataba de un com ercio exclusivam ente cerealístico sino por el contrario s u m a m e n te diversificado (salazones, pez, minerales, etc.) A la par. ta m b ié n los rodios estaban e m ­ p eñ a d o s en su m a n te n im ie n to y pro s­ peridad pues, como hemos dicho, eran sus interm ediarios m á s sob resalien­ tes. lo cual quiere decir ev id e nte m en ­ te que no h ab ía n in g u n a c o n tra p o si­ ción ni contradicción entre éste y el egipcio. Por tanto. Rodas, si bien no sólo ella d e se m p e ñ a b a u na función reguladora del m á x im o interés, po r c u a n to distribuía las diferentes p ro­ ducciones de acuerdo tanto con las d i s p o n ib il id a d e s de los p ro d u c to s, c om o con la d e m a n d a . O tro ám b ito geográfico a tener en c u e n t a en la p o lític a e x te r io r del

Las monarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

21

niéndonos a los testimonios disponi­ Egipto ptolemaico es el del Mar Rojo. En su desarrollo, el objetivo comer­ bles, existe una relación evidente a lo cial era prioritario. Se pretendía ca­ largo del s. III entre los hechos de nalizar hacia Egipto un comercio de tipo político-estratégicos y los de ca­ productos de lujo procedentes de re­ rácter económico. La política desa­ giones lejanas conseguidos mediante rrollada por los Lágidas, encam ina­ el establecimiento de relaciones con da, como sabemos, a conseguir la diferentes tribus —por ejemplo los hegemonía en el Mediterráneo orien^ nabateos— que hacían de interme­ tal como medio de garantizar la inde­ diarios. y mediante un sistema de pendencia de Egipto, conllevaba enor­ fundaciones situadas en ambas cos­ mes gastos sobre todo militares —aun­ tas del M ar Rojo, en la orilla africana que también diplomáticos— y éstos y en la asiática. Los productos y ma­ sólo podían ser sufragados a través terias primas así obtenidos no sólo se de la vía comercial, de suerte que destinaban al consumo interior sino el mercantilismo ptolemaico estuvo que eran a su vez reexpedidos desde al servicio de la gran política medi­ Egipto a otras zonas del mundo me­ terránea de Egipto. La formulación, diterráneo. es decir, comercializados sin embargo, no es susceptible de ha­ por el gobierno lágida a través de cerse a la inversa, es decir, no pue­ sus agentes. de hablarse de que la talasocracia También podríamos mencionar el puede hablarse de que la talasocracia Occidente del M undo Antiguo. Pero egipcia estaba ordenada de acuerdo aquí, en un ámbito dominado por la I con unos objetivos comerciales. Ade­ presencia de Cartago primero y de | más. este mercantilismo pervivió d u ­ Roma después, el papel de Egipto se rante mucho más tiempo del que lo circunscribió a aspectos meramente hizo la hegemonía política lágida en mercantiles durante mucho tiempo. el Mediterráneo: resistió al propio Podríamos, así, concluir que ate­ poderío de la dinastía, cuya superviEstatua de Afrodita hallada en Cirene. Roma, Museo Nacional Romano.

22

Akal Historia del M undo Antiguo

vencía obedeció en bu en a m edida al de b ilitam ienio de las m o n a rq u ía s ri­ vales y a la existencia mism a de esta m on a rq u ía. C on el transcurso de los a ñ o s el p o ­ derío lágida en el Mediterráneo orien­ tal iría cediend o terreno. Se a b a n d o ­ narían lugares y e m p la z a m ien to de so beran ía egipcia, pues resultaba por un lado d e m a s ia d o costoso para el Tesoro m anten erlos en esta situación de sum isión y. por otro, no eran im ­ prescindibles ni desde un p u n to de vista estratégico ni comercial, de m a ­ nera que su a b a n d o n o apareció a c o n ­ sejable especialm ente c u a n d o la si­ tuación interna del país del Nilo se deterioró, abriénd ose un período de conflictividad.

4. Intervención de E gipto en el exterior a) Conflictos con los Seleúcidas: la 2a Guerra Siria Al igual de lo c o n sta ta d o a propósito de la así d e n o m in a d a Ia G u e rra Siria, tam p o c o para este segundo conflicto, tercero en realidad, c o n tam o s con n a ­ rraciones claras en las fuentes. Tene­ mos, sí, datos, pero dispersos e inclu­ so a veces sin cronología precisa. Es así que debem os efectuar reconstruc­ ciones de los hechos, in te n ta n d o e n ­ c a ja r los d istin to s d a to s a n u e stra disposición. Los años subsiguientes a la term i­ n ació n de la Ia G u e rra Siria fueron p a ra A ntíoco 1 difíciles p or cu a n to supusieron el perd er definitivam ente Pérgamo. hecho al que el propio m o ­ narca no sobrevivió, pues m urió en ese m ism o año. 261. El c am b io en el trono pretend ió ser a prov e c ha do por los Lágidas. co m o ya sucediera en la ocasión anterior, p ara g a n a r terreno a los Seleúcidas con objeto de a fia n z a r las posiciones egipcias en el Egeo. d e ­ bilitadas p o r el acrecen tado poderío de u n a M a c e d o n ia regida por Antigo­

no G o n a ta s. Estos esfuerzos, según podem os colegir, se verían c o ro n a d o s por el éxito pues los Lágidas lograron p o n er b a jo su sobe ra nía toda la costa jo n ia v caria de Asia M enor, desde Efeso a H alicarnaso. El gobierno de d ic h a región se p uso a d e m á s b ajo control directo del futuro h eredero del trono egipcio, un Ptolomeo. hijo de F ila d e lfo q ue d esde a ñ o s an tes —el 267— aparece asociado al trono paterno. Las acciones egipcias p rovocaron la reacción de Antíoco II. quien puso en juego el m ayor nú m e ro posibie de fuerzas por más que tan a p e n a s se p a­ mos qué incidentes acaecieron entre am bos. No obstante, parece ser que se pro dujo entonces, en m edio de esta c o m p ro m e tid a situación, u n a revuel­ ta de Ptolom eo contra su padre F ila ­ delfo centrada en Efeso y que signifi­ caría su m uerte pues no hay noticias sobre él posteriores al 259. De todos m odos y a raíz de estos sucesos se ins­ taló en Mileto co m o tirano Ti marco, el prob able aliado de Ptolom eo en d i­ cha sublevación, que logró a p o d e r a r ­ se tam bién de Sanios. T am bién po r entonces y p o r razo ­ nes desconocidas se produ jo un p a ­ réntesis en las estrechas relaciones ha bitu a le s entre Egipto y Rodas, si hem os de ju z g a r dos acciones en que a m b a s potencias ap arecen e n fre n ta ­ das: u n a . p r o ta g o n iz a d a p o r Éfeso ay u d a d o po r los rodios: otra la b a ta ­ lla naval librada po r éstos contra los egipcios c o m a n d a d o s p o r C rem ó nides. Las m otivaciones nos son des­ conocidas. En c u a n to a nuestros co n o c im ie n ­ tos sobre los incidentes p ro p ia m e n te dichos con los Seleúcidas sólo p o d e ­ mos a lc a n z a r lo s p o r vía indirecta, pero su saldo fue. al parecer, positivo para éstos. Al final, la frontera de los territorios lágidas debió retrotraerse hacia el Sur del Eleutheros. p r o d u ­ ciéndose. pues, un a d ism in u c ió n , si bien no d e m a sia d o sensibles, de los dom in io s egipcios en zo n a siria.

23

Las m onarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas

C uestión debatida p or sus im plica­ ciones es la participación de Antigo­ no G o n a ta s ju n to a Antíoco II y c o n ­ tra Egipto en este conflicto, pero para la que la m e n ta b le m e n te no tenem os fuentes de inform ación. Los indicios al respecto son tan tenues que no es posible d iluc ida r n a d a con u n m ín i­ mo de rigor. Igualm ente se perdieron para Egip­ to zo n a s m inorasiáticas —así Jonia. debido a la revuelta del hijo de Filadelfo y enclaves costeros de Cilicia y Panfilia— las cuales volvieron n u ev a ­ mente a m a n o s seleúcidas. El retroce­ so exp e rim e n ta d o po r la hegem on ía lágida en el Egeo se evidencia, asi­ mismo. po r la desa p aric ió n a m e d ia ­ dos del S. III del koinón de los nesiotas. c o n f e d e r a c ió n sobre la q ue se h a b ía ap oy a d o en gran m edida la a u ­ toridad egipcia en aquellas aguas. No es que desde entonces el p oder lágida desapareciera en las Cicladas, pero sí resultó m erm ado. El papel p r e p o n d e ­ rante de Egipto sería sustitu id o en a d e la n te po r el de Rodas, p otencia que a lc a n z ará en las décadas siguien­ tes su m ayor apogeo político y econ ó­ mico. A su vez. G ó n a ta s parece que aprov ech ó este repliegue lágida en las C iclad as para a fin a z a r la presencia m a c e d o n ia en a lguna de ellas, a j u z ­ gar p o r algunas inscripciones de Cos. Amorgos. Ceos. los y Svros. La Segun da G u e rra Siria concluyó así con ventajas apreciables para los Seleúcidas. Se firmó un tratado de paz. cuya fecha se sitúa en torno al 253. pero cuyas cláusulas nos son d es­ conocidas. excepto aquella que esti­ p u l a b a u n m a t r i m o n i o d in á s tic o , c o n c e rta d o p ara reforzar los a c u e r­ dos políticos, según la práctica in a u ­ gu ra d a p or los Diádocos. Se trataba del efectuado entre Antíoco II y Bere­ nice. hija de Filadello. que conllevó el repudio de Laódice. La egipcia apor­ tó u n a e splendidísim a dote a este m a ­ trimonio, por el cual, al parecer, los

m as. la p a z significó el re sta b le c i­ m iento de la autorid ad seleúcida en las costas m inorasiáticas, pero, cuya d u ra c ió n sería, no obstante, efímera.

b) Participación lágida en los asuntos griegos

D u ra n te los a ñ os en que se desarrolló la d e n o m in a d a Ia G u e rra Siria, Filadelfo debió cen trar su a tención en los asuntos asiáticos, de forma que muy p ro b a b le m e n te se m a n tu v o al m a r­ gen del conflicto que enfrentó a A nti­ gono G ó n a ta s con Pirro. N o existe, al menos, n in gun a evidencia de lo c o n ­ trario. por más que m uchos e studio­ sos h a y a n supuesto un apoyo de Pto­ lomeo Il a Pirro y a c ua lquie r otro e nem igo del antigónida. En base a esto estaría sobre todo la pretensión de su esposa Arsinoe II de lograr el trono de M a cedo nia p a ra su hijo Pto ­ lomeo. h ab id o de su un ió n con Lisí­ maco. así c o m o el deseo de im p e d ir a G ó n a ta s la a m p lia c ió n de su autori­ d ad en las C icladas, apro ve c h á n d o se de las dificultades egipcias motivadas por la Ia G u e rra Siria. A m b os a rg u ­ mentos son simplemente hipótesis para los que no existe respaldo documental. El paso a u n a intervención activa lo tenemos, sin em bargo, atestiguado en los años siguientes, u n a vez c o n ­ cluida la paz con los Seleúcidas y tras la d esaparición de Pirro. Se h a n pre! tendido b u s c a r motivaciones diversas —dinásticas, e c o n ó m ic a s — pero lo más convincente parece ser el hecho de que Antigono G ó n a ta s. tras su vic­ toria sobre el rey epeirota. quiso re­ c o n s tr u ir el an tig u o p o d e río naval m a cedon io . d e te n ta d o tiem p o atrás por su padre D em etrio Poliorcetes, el cual le ha b ía conferido la a u to rida d política co rrespondiente sobre las is­ las y litoral o c c id e n tal a n atolio . Y esto sí rep resentaba un peligro para la hegem on ía lágida en el Egeo. Así pues. Filadelfo se m arcó el objetivo Seleúcidas renunciaban a sus aspira­ de distraer la atención del rey m ace­ ciones sobre Celesiria. De todas for­ d on io del Egeo, apro v e ch á n d o se del

24

Akal Historia del M undo Antiguo

descontento existente contra él en las c iudades griegas. En Esparta el rey Areo I, a p o y a d o por Ptolom eo, asp i­ raba a erigirse en m o n a rc a del Peloponeso: tam bién A tenas estaba regi­ da por dirigentes antimacedonios. Re­ u nie nd o. pues, a los enem igos de G ónatas se formó u n a coalición, respal­ d a d a p or Egipto, en la que. a d e m á s de las dos ciudades citadas, particip a­ ron otros pueblos griegos del Peloponeso: aqueos, eleos y algunos arcad io s. La d e c l a r a c i ó n de g u e r r a a M a c e d o n ia se efectuó fo rm a lm e n te m ed iante un decreto, votado po r los atenienses en 267/6 dirigidos por C'rem ónides. que dio su n o m b re al c o n ­ flicto. Los detalles de la guerra son c o n o ­ cidos deficientemente. En principio, las fuerzas peloponesias no pudieron reunirse con las atenienses, d a d o que Corinto, p u n to de paso, estaba bajo d o m in io m ace d o n io . El p ro p io rey Areo m urió —a ñ o 265— c u a n d o in­ tentaba forzar este paso. Los a te n ie n ­ ses hicieron defección de la coalición, siendo la ciud ad som etida a un largo asedio, en cuyo transcurso se p rodujo el intento fallido de invadir M acedo­ nia po r parte de A lejandro II hijo de Pirro. La insuficiente ayuda ptolemaica no logró ni ro m p e r las c o m u n ic a ­ ciones m arítim as de A ntigono G ó n a tas ni hacer levantar el bloqu eo de A tenas. D ic h a deficiencia se debió p r o b a b le m e n te a que Egipto debió oponerse, según parece, al rey m ace­ don io en frente m inorasiático d on de se libró en aguas de C os una gran b a ­ talla naval en la cual salió victorioso G ó natas. La fecha probable es el 262. En el frente griego, el ataq ue c o n ­ ju n to de e sp artan os y atenienses c o n ­ tra el macedonio no tuvo ningún efecto positivo, pues G ó n a ta s. a m e n a z a n d o las posesiones lágidas en Jonia y las Islas, retuvo en ese ám b ito a las fuer­ zas egipcias, sin cuya c o nc u rre ncia resultó poco efectiva la op eración en Grecia. D a d a la falta de eficacia m a ­ nifestada p o r los aliados, sobre todo

tras el desastre de Cos. se firmó la paz con M a c e do nia en torno al 261. La posición de G ó n a ta s en el Peloponeso q u e d a b a reafirm ada, a d e m á s de por sus éxitos bélicos y estratégicos, por la muerte de su principal o p o n e n ­ te. el e sp a rta no Areo: Corinto. a su vez, seguía bajo su au toridad. La otra ciud ad enemiga, Atenas, fue o c u p a d a militarmente, a la p ar que se forzó un c a m bio de dirigentes políticos, y. a u n ­ que conservó cierto grado de a u to n o ­ mía, estos años fueron considerad os co m o de privación de libertad (le se­ ría devuelta form alm ente en 256/5). La tentativa lágida de sustraer a la in ­ flu encia m a c e d ó n ic a los e m p l a z a ­ mientos griegos bajo autoridad de G ó ­ natas. terminó, p or tanto, en fracaso. Por otra parte, es difícil decir en qué m edida resultó afectada la hege­ m onía lágida sobre las islas p o r esta guerra, d a d a la inexistencia de fuen­ tes al respecto, pero pro ba b le m e nte haya de responderse negativamente. Y ello no sólo p or el hecho de que G ó n a ta s seguía m a n te n ie n d o sólid a­ mente la ruta m a rítim a que le c o m u ­ nicaba con las regiones m eridionales de Grecia, sino tam b ién po r los p r o ­ blem as d entro del ám bito griego que el rey m ac e d o n io debió a te n d e r en este tiempo, tales co m o el a u m e n to de po der de los etolios, asun to s internos del reino, etc., que im p o s ib ilita b a n un a dispersión de sus fuerzas.

c) Los últimos años de Ptolomeo II Filadelfo De los aspectos políticos c o n c e rn ie n ­ tes a este último período del reinado de Ptolom eo II. destaca la reconcilia­ ción. en fecha incierta, entre el m o ­ narca y su m edio h e rm a n o M agas de Cirene, que c om po rtó u na mejora de las posiciones egipcias en C irenaica. A co nsecuencia de ella, y p a ra sellar­ la, se c o n v in o el m a tr im o n io entre Berenice, hija de M agas con el futuro Ptolom eo HI, lo cual conllevaba la reunificación de a m b o s reinos a la

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

muerte de Magas. Esto, sucedido en 250, no se produjo, sin em bargo, a u to ­ m áticam en te de cuerdo con lo pla­ nead o pues entró en acción otro fac­ tor: la viuda del rey cirenaico. Apama. hija de Antíoco I. R o m p ie n d o el c o m ­ promiso. ésta reclam ó com o yerno al h e rm a n o de G ó n a ta s. Demetrio, p ro­ ba b le m e n te en en te n d im ie n to previo con el rey m acedonio. que p retendía así, h acer e n tra r la C irenaica en el área de su influencia, sustrayéndola a Egipto. Pero el asesinato de D e m e ­ trio. o rd e n a d o p o r Berenice, hizo fra­ c a sa r el proyecto. Se c u m p liría n así finalm ente los designios de M agas y Filadelfo. Por lo que se refiere a la interven­ ción egipcia en los asuntos griegos, se ha especulado con u n a participación lágida en la revuelta con tra G ó n a ta s de su sobrin o A lejandro, sucesor de su p adre C ratero al frente del gobier­ no de C orinto, cuya fecha debe si­ tuarse en torno al 253Λ2. El objetivo no sería otro que debilitar la posición del rey m acedonio. Sin em bargo, este supuesto im pulso egipcio a u n a e m ­ presa subersiva su m a m e n te peligrosa para G ó n a ta s p o r sus repercusiones en caso de éxito, no se tradujo en u na ayuda material, de tipo económ ico o militar, al sublevado o. si la hubo, no hay huellas de ella desde el p un to de vista docum ental. O tro p u n to im po rta nte d entro de los sucesos políticos h a b id o s en G re ­ cia en estos a ño s fue la liberación de Sición p or Arato. Éste pidió ay u d a prim ero a G ó n a ta s y después a Pto lo ­ meo pero, po r diferentes razones, uno y otro debieron d eclin ar de tal p ro p o ­ sición. pese a lo cual Arato logró en el 2 5 1 e n tra r en su ciud ad natal, p o n ie n ­ do en fuga a Nicocles el tirano que la gobernaba. Poco después, y d a d a la in e s ta b ilid a d p o lític a ex isten te, se alió con la C o n fed eració n Aquea. U n p rim e r acercam iento a M acedo nia no dio frutos pues no podía su m inistrar el apoyo e c o n ó m ic o re q u e rid o po r Arato. razón que le im pulsó a u n a

Estatuilla de bronce de Hércules hallada en A lejandría. Baltim ore, W alters A rt Gallery.

alianza con A lejandro de C o rin to y c on sec u e n te m en te a un a a p r o x im a ­ ción a Egipto. Aquí sí le p ro p o rc io n a ­ ron el suficiente din ero con el que h a ­ cer frente a los conflictos sociales que su ciu dad tenía planteados. Por otro lado, la decisión de A rato era positiva p a ra Alejandro, pues la am istad de la Liga Aquea le e lim in a b a prob lem as con sus vecinos inmediatos. Poco tiempo después Ptolom eo II moría. Era el a ñ o 246. El Egipto de entonces, a u n q u e algo m e rm a d o en c u a n to a su e xp ansió n territorial ex­ tern a, c o n se c u e n c ia de la S e g u n d a G uerra Siria, era un a potencia pod ero ­ sa, auténtico eje de la política inter­ nacional de entonces.

26

A kal Historia del M undo Antiguo

III. Ptolomeo 111 Evergetes y Ptolomeo IV Filopator

1. Ptolomeo 111 Evergetes a) Continuación de los conflictos con los Seleúcidas: la 3a Guerra Siria (246-241) El reinado del nuevo monarca se inau ­ guró con la reapertura de la conflicti­ vidad con la dinastía seleúcida. La oca sió n la p ro p o rc io n ó esta vez la muerte del rey Antíoco II. acaecida el m ism o a ñ o que la de Fildelfo, el 246. En ella se m ezclan u n a serie de intri­ gas fa m iliare s d e r iv a d a s del d o b le m a trim o n io del rey. el prim ero con Laódice del que nacieron dos hijos. Seleuco y Antíoco, y el segundo, en 253, con Berenice hija de Ptolom eo II de la que tuvo otro hijo de no m b re desconocido p ara nosotros. A conse­ cuencia de éste, la prim era m u je r fue junto con sus hijos exiliada a Asia Menor, residiendo en Éfeso. Pero tras unos años, los que m edian entre estas segundas nu pcias y la m uerte del rey, que se pro dujo precisam ente en Efeso. nos e n c o n tra m o s con que el here­ dero d esign ad o era su hijo mayor, h a ­ bido con Laódice. Seleuco 11. Las m otivaciones de este cam b io nos son d e sc o n o c id a s pues ca re c e­ mos de cu a lq u ie r dato para conocer có m o se desarrollaron las relaciones entre A ntíoco II y su ex mujer, de for­ ma que cu alq uier teoría que pueda

aventurarse qued a en el terreno de las hipótesis sin po sib ilid ad de co n fir­ mación. En todo caso. Seleuco II fue reconocido rey en Asia Menor, a p o ­ yado p or su tío A lejandro, g o b e r n a ­ d o r general, a la sazón residente en Sardes. Pero no tuvo igual acogida en todas pailes. Efeso, po r ejem plo y su g o b e r n a d o r S o frón se d e c a n tó p o r Berenice y su hijo al igual que lo hi­ cieron otras ciudades. E n todo caso para reforzar su situación ésta llam ó a su h e rm a n o Ptolom eo III, el cual se presentó diligentem ente al frente de u n a expedición en A ntioquía. a v a n ­ z a n d o p o s te rio rm e n te h a c ia la d e ­ se m b ocadu ra del Orontes. Por todas partes fue recib id o fa v o ra b le m en te por la población. Estos detalles, co ­ nocidos po r un d o c u m e n to e m a n a d o de la m ism a cancillería ptolem aica, no m e n c io n a n sin em bargo, a Bereni­ ce y a su hijo, los cuales, según la tra ­ dición literaria tardía, h a b ría n sido asesinados po r orden de Laódice. a n ­ tes de producirse la llegada de Ptolo­ meo III. N o obstante, y p ara co n se r­ var u n a a p a rie n c ia de legalidad, o más bien u n a justificación a la co nti­ n uidad de su misión, a m b a s muertes serían m a n ten id a s en secreto a la vis­ ta de la positiva acogida recibida. En todo caso, parece que el Lágida llegó a a lc a n z a r M esop otam ia y, se­ gún la inscripción de Adoulis. h ab ría

27

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

exten dido su a u to rid a d p o r el im pe­ rio seleúcida hasta Bactriana, a ex­ cepción de Asia M e n o r a ju z g a r p or el r e c o n o c im i e n t o o b te n id o de los distintos gobernadores. D e este acto, sin em bargo, no d ebe inferirse q u e se instalara u n a efectiva a utorid a d egip­ cia en tales regiones. Esta no pasaría de ser m e ra m e n te teórica. Ptolom eo III. pese al éxito, no p u d o p e rm a n e cer m ás tiem po en Asia d a d a s las in q u ie ­ tantes noticias recibidas acerca de la existencia de u n a revuelta en Egipto. Así. d e ja n d o estos a su ntos en m an os de a d m in is tra d o re s egipcios, regresó. Pero Seleuco II h a b ía reaccionado con rapidez, de form a que ya en 245 era reconocido en Babilonia, recupe­ r a n d o las r e g io n e s p r e s u n t a m e n t e co n q u ista d a s p or Pto lo m eo III. Sus pretensiones sobre la Celesiria lágida no fueron, sin em bargo, tan a fo rtu n a ­ das. viéndose obligado a p e d ir ayuda de Asia M en or, lo cual le forzó a a d ­ mitir la exigencia de Laódice. co nsis­ tente en n o m b r a r a su h e r m a n o pe­ q u e ñ o A n tíoeo H ierax corregente y g o b e rn a d o r general de Asia Menor. Sería esta u n ió n entre los h e r m a n o s y sus fuerzas respectivas lo que deter­ m in a ría que Pto lo m eo III firm ara la paz en 241. de la que. según puede a preciarse de la p a n o r á m ic a poste­ rior, el lágida obtuvo ventajas n a d a desdeñables: el d o m in io de Seleucia

— p u e rto de A n tio q u ía , h e c h o s o r ­ p re nde n te a todas luces— y de luga­ res de Jonia. Panfilia y Cilicia, a d e ­ m ás de c o m e n z a r u n a p e n e tra c ió n egipcia en Tracia y el Helesponto. Es así c om o los enclaves costeros egip­ cios eran en 241 m ás nu m e ro so s de los poseídos a la muerte de Filadelfo.

La Tercera Guerra Siria

acá (occidentales) del Eufrates y de Cilicia, Panfilia, Jonia, el Helesponto, Tracia y de todas las fuerzas de esos lugares y de los elefantes indios y tras reducir a la obedien­ cia a todos los gobernantes de esas pro­ vincias, cruzó el río Eufrates y tras haber subyugado a Mesopotamia, Balilonia, Su­ siana, Pérside, Media y todo el resto del te­ rritorio hasta Bactria y, tras haber buscado todos los objetos sagrados que habían sido sacados de Egipto por los persas y haberlos devuelto al país junto con el resto del tesoro de la provincia, envió sus fuerzas con la misión de construir ca­ nales... (el resto de la inscripción se ha perdido) (OGIS 54)

El rey Ptolomeo (III) el Grande, hijo del rey Ptolomeo (II) y de la reina Arsínoe, dioses hermano y hermana, hijos del rey Ptolo­ meo (I) y de la reina Berenice, dioses sal­ vadores, descendientes por parte de pa­ dre de Heracles, hijo de Zeus y por parte de madre de Diónisio, hijo de Zeus, tras recibir de su padre el reino de Egipto, Li­ bia, Siria, Fenicia, Chipre, Licia. Caria y las Islas Cíclades, marchó contra Asia con tro­ pas de infantería y caballería, una flota, elefantes de la tierra de los trogloditas y de Etiopía, a los que su padre y él mismo fue­ ron los primeros en cazar en esos lugares y en equiparlos para la guerra. Tras asegu­ rarse el dominio sobre los territorios más

b) Ultima parte del reinado Los a ñ o s subsiguientes del rein a d o de P tolom e o III hasta su fin, unos veinte, fueron tranquilos. A u n q u e se p ro d u je ra s a lgunos conflictos o casio­ nales ya el m o n a rc a no to m ó parte en ello. M oriría en 221 de muerte natural según afirm ación de Polibio (II. 71.3). T a m p o c o en el o rd e n in te rn o se dieron a suntos de im po rtancia. P u e­ de notarse, po r ejemplo, el c re cim ien ­ to de colonos en el Fayum, co nsecuen­ cia del a se n ta m ie n to allí de n u m e ­ rosos so ld a d o s griegos q u e h a b í a n c o m b a tid o en las filas egipcias d u ­ ra n te las c a m p a ñ a s asiáticas. A d e ­ más de estos veteranos, otros prisio­ neros de los ejércitos seleúcidas fue­ ron a sim ism o establecidos en dicha región. Todos ellos sign ificab an un refuerzo del elem ento griego de la p o ­ blación en Egipto. T am b ién experi­ m entó un alza la ya n u m e ro sa fac­ ción j u d í a residente en el país del Nilo. A la par. parece que Ptolom eo

28

Akat Historia del M undo Antiguo

III comenzó a desplegar esfuerzos ten­ dentes a atraerse a la p oblación in dí­ gena o m ás bien a con servar su fideli­ dad. Para ello c o m e n z ó u n a e q u ip a ­ ración a los faraones así co m o la c a p ­ tación del sacerdocio egipcio.

2. Ptolomeo IV Filopator (221-203) El re in a d o de este so b e ra n o lágida constituye un pu n to de inflexión en la historia de Egipto, pues a partir de él es c u a n d o co m ie n za realm ente su decadencia. No es que ésta deba a cha­ carse en exclusiva a él. pero su talla c om o estadista es definitivam ente in­ ferior a la de sus predecesores. Su perso n a lid a d a p u n ta b a más hacia el intelectual, aspecto éste cultivado por su p receptor Eratóstenes. que h acia el h om b re de Estado. Así. las p re o c u p a ­ ciones inherentes al gobierno las dejó en m a n o s de dos de sus consejeros.

Agatocles pero sobre todo Sosibios que fue el auténtico factótum de la política egipcia y supo sacar partido de la indolencia del m onarca.

a) Ofensiva seleúcida contra territorios lágidas en Asia Ya a com ien zos del reinado tuvieron lugar los prim eros em bites seleúcidas contras las posesiones lágidas en Asia. En 219 Antíoco III se a p o d e ra b a por fin de Seleucia de Pieria, el puerto de A n tio q u ía , p a r a p ro s e g u ir a c o n ti­ n uación su ofensiva contra la Celesi­ ria. La ocasión le fue a d em á s s u m a ­ m e n te fa v o r a b le p o r la tra ic ió n a Egipto del etolio Teodoto, m ercenario e n c a r g a d o del g o b ie r n o lá g id a en Celesiria. Estas acciones so rp rendieron des­ prevenidos a los dirigentes egipcios. Sosibios temiendo u n a invasión seleú­ cida de Egipto recurrió a la ruptura

Ulises huyendo agarrado a un carnero. Estilo a le jandrino Roma, Palazzo Doria.

29

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

de los diques, a n e g a n d o así toda la región de Pelusion en el Delta, pru e­ ba evidente de la carencia de tropas para defen der el país, pues, com o h e ­ mos c o m e n ta d o anteriorm ente, la Celesiria era el dispositivo que en la es­ trategia egipcia debía p a ra r cualq uier intento de invasión y era allí d o n d e esta b a n co n c e n tra d as las tropas e n ­ cargadas de la defensa del país. Al fa­ llar el sistema. Egipto q u e d a b a a m er­ ced de c u a lq u ie r ejército poderoso. Por estas razones y llegada la o c a ­ sión. Sosibios y Agatocles e n ta b la ro n negociaciones con Antíoco III. en las que se m ezclaro n otros estados con intereses sim ilares a los lágidas y te­ m erosos de u n fo rta le cim ie n to del poderío seleúcida. tales c om o Rodas, Bizancio. Cícico. etc. Pero fue la posi­ bilidad de que Aqueo, incitado por Egipto p udiera atacar desde Asia M e ­ no r lo que según Polibio (V 63. 1-7) movió a Antíoco a aceptar un a rm is­ ticio de cuatro meses. Este intervalo posibilitó a Sosibios la reorganización de la defensa pero para ello debió recurrir a u n a m edida nueva en la historia de Egipto: el re­ c lu tam ien to de indígenas. Sus co nse­ cuencias se verían m ás tarde. Suele explicarse tal decisión por la situ a­ ción financiera del estado lágida, de suerte que le era im posible afron tar los gastos inherentes a la leva de un ejército c om pu esto sólo p o r m erc e n a ­ rios. E n efecto, ya d u ra n te el reinado de Ptolom eo III, se aprecian las pri­ m eras a lte ra c io n e s m o n e ta r ia s que nos h a b la n de dificultades p ara c o n ­ seguir plata d estin ada a las a c u ñ a c io ­ nes. al m enos a la m ism a escala de antes. De todas formas, com o éste era el sistema de pago requerido por los profesionales de la milicia, la escasez de m o n e d a repercutía negativam ente en ello. Pese a lo dicho, Sosibios logró p o n e r en pie de guerra u n ejército lo suficientem ente fuerte — u no s 75.000 h o m b re s — com o para o ponerse al de Antíoco III. u n tercio del cual estaba com p uesto p or indígenas.

b) Rafia y sus consecuencias: las sublevaciones de los indígenas Al a c a b a r el período de tregua A n tío­ co se decidió a z an jar la cuestión de la Celesiria. Su avance, a p oy ado por la Ilota, no p u d o ser d etenido p or N i­ colao, otro etolio, e n cargado de la de­ fensa de la región. El encuen tro defi­ nitivo tuvo lugar el 217 en Rafia, al S ur de P alestina en las pu ertas de Egipto, do n d e un a m a n io b ra m al cal­ c ulad a po r el rey seleúcida ocasionó la derrota de su ejército. Egipto se sal­ vó así in extremis a la p a r que c o n ti­ n u a b a en posesión de la Celesiria. A ntíoco se retiró rá p id a m en te a Antioquia. Pero las negociaciones entre a m b a s potencias, subsiguientes al armisticio pac ta d o tras Rafia, iban d e m a sia d o ientas para los egipcios p or las exi­ gencias de Antíoco. razón que les im ­ pulsó a proseguir la c a m p a ñ a m ilitar en territorios seleúcidas. ante la cual aquél se resignó firm ánd ose la paz entre am b o s m onarcas. La d ebilidad en este caso de Ptolom eo IV salvó al Im perio Seleúcida, pues, incluso no sa c an d o partido a su ventajosa posi­ ción. accedió a la cesión a Ántíoco de Seleucia de Pieria. Lo d e m á s q ued ó com o antes. El significado de Rafia para la his­ toria interior de Egipto es enorm e. El papel protagonista de los indígenas egipcios en el éxito final conllevó una afirm ación o u na to m a de conciencia de su im portancia, pues, a p artir de entonces, c o m e n z ó la serie de suble­ vaciones protagonizadas por aquéllos. Las causas del m alestar existente entre la població n c a m p e sin a a u tó c ­ tona tienen su origen en la presión fiscal ejercida sobre ellas por el esta­ do lágida en razón a su com plejo sis­ te m a e c o n ó m i c o , e n d u r e c i d a c o n Ptolom eo IV. teñida de cierto senti­ m iento n ac io n a lista de a u to a firm a ción de lo egipcio por oposición a los griegos d om in a n te s, aspecto éste que

30

Akal Historia de l M undo Antiguo

Consecuencias de la batalla de Rafia Inmediatamente después, Ptolomeo IV se vio envuelto en otra guerra contra los nati­ vos de su país. Pues este rey, al armar a los egipcios para la guerra contra Antíoco (III) tomó una decisión que, aunque era aceptable de momento, comportaba un cálculo erróneo para el futuro. Los egipcios tomaron ánimos con el éxito de Rafia y no podían soportar en adelante recibir órde­ nes. Empezaron a buscar algún personaje que pudiera guiarlos ya que creían que eran capaces de luchar por sí mismos. Y eso fue lo que consiguieron realizar no mucho tiempo después. (Polibio Historia V, 107, 1-1)

no está justificado exagerar pero que estaba a lim e n ta d o por un fantism o religioso, alentado, sin dud a, p o r el sacerdocio egipcio. Tales sen tim ien ­ tos c o m e n z a r o n p r o b a b l e m e n t e a d e sp e rta r d u r a n te los últim os añ os del rein a d o anterior. Su atisbo por parte del rey justifica la labor de acer­ c a m ie n to y c a pta ción de esta casta sacerdotal por éste, hecho al que ya se ha h echo alusión, así c om o la eq u i­ p aració n o aco m o d a c ió n de la titula­ tura real lágida a la faraónica. A m bos aspectos se prosiguieron, potenciados, con Ptolom eo IV el cual llevó va los títulos, sím bolos y ado rnos tradicio­ nales de los faraones. La egiptianización de la m o n a rq u ía lágida hab ía com enzad o. La plasmación material de este des­ co nten to p o p u la r se hizo a través del surgim iento de u n a guerrilla, activa en la chora, cuya actuació n se o po nía a la acción de los agentes reales lági­ das pero sobre todo en la in d e p e n ­ d e n c ia log rad a p o r el Alto Egipto, m an te n id a d u ra n te dos décadas, d o n ­ de se configuró un estado g ob ernad o p o r faraones de origen nubio. p rim e ­ ro H a rm a k h is. después A n kh m ak his. Para ap la c a r el m alestar de los in­ dígenas. los gobernantes se vieron for­ zados a h acer concesiones de carácter territorial y fiscal, dirigidos, en p rin ­ cipio, a los santuarios indígenas para atraerse la voluntad de sus sacerdo­

tes. a c o m p a ñ a d o s de m edidas de a m ­ nistía para los rebeldes. N o se trata, pues, de un ca m b io de política, sino de aplicar soluciones parciales, e n c a ­ m in a d as a lograr la distensión en las situaciones ya descritas.

c) Retroceso egipcio en el exterior. Fin del reinado de Ptolomeo IV Las com plicaciones surgidas en el in ­ terior del país tuvieron u na in fluen­ cia d ete rm in a n te en el exterior. La in­ cipiente decadencia del estado lágida. cuyos ingresos se vieron dism in u id o s tam b ién po r la crisis de p roducción subsiguiente a los propios conflictos, im posibilitó a Egipto para c o n tin u a r m a n te n ie n d o su política de prestigio en el á m b ito m editerráneo. Los es­ fuerzos materiales se dirigieron, así. a salvar lo que era c o n s id e ra d o vital para la supervivencia del estado, es decir, las posesiones sirias, p e r m a n e ­ ciendo al m argen de otros conflictos más alejados o interviniendo tan sólo po r la vía diplom ática, a p r o v e c h an d o lo que subsistía del prestigio egipcio. Así se justifica la inactividad de Pto­ lomeo III d u ra n te las dos últim as d é­ c adas de su rein ad o y la trayectoria del sucesor, Ptolom eo IV. en el á m b i­ to de la política exterior. Filopato r m urió joven. Su fin a c a e ­ ció verosím ilm ente en el 204. p o r más que la fecha d a d a p or Polibio de este acontecim iento sea un a ñ o posterior, el 203. Tenía unos 35 años. Sus m in is­ tros hicieron ase sin a r a co n tin u a c ió n a su m ad re Arsínoe p ara evitar que accediera a la regencia del nuevo rey. d a d a la corta edad de éste (tenía 6 años). Pero ta m b ié n Sosibios m urió en aquellos días. Su colega Agatocles desaparecería algo después, a fines de 203. a co nsecuencia del conflicto sos­ tenido con u n c o m a n d a n te militar, T lepólemo. que supo e xplotar el odio hacia Agatocles sentido p o r la p o b la ­ ción y am plios sectores sociales re­ levantes.

31

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

Preparativos de los ministros de Ptolomeo IV para la Cuarta Guerra Siria Agatocles y Sosibio, primeros ministros del reino en aquel momento tomaron una decisión. Decidieron que mientras se ha­ cían los preparativos para la guerra, se en­ viasen embajadores a Antíoeo que contu­ viesen su ardor y en la apariencia le confirmasen en el concepto que tenía he­ cho de Ptolomeo, a saber: que jamás este príncipe se atrevería a medir con él sus ar­ mas; que antes echaría mano de las confe­ rencias y le rogaría por sus amigos a que se retirase de la Celesiria. Tomada esta de­ cisión, y encargados de ella Agatocles y Sosibio, se cuidó de despachar una em­ bajada a Antíoeo y se enviaron otras a los rodios, bizantinos, cicicenos y etolios, con­ vidándoles con la paz. Mientras que iban y venían estas embajadas, uno y otro rey tuvo oportunidad y tiempo de prevenirse para la guerra. Era Menfis el congreso donde se fraguaban estas negociaciones; era allí donde se recibía y se daba hones­ tas respuestas a las demandas de Antíoeo. Pero al mismo tiempo era Alejandría a donde se convocaba y congregaba la tro­ pa mercenaria que el rey tenía a sueldo en las ciudades fuera de Egipto; de donde sa­ lían emisarios a reclutar tropas extranjeras; donde se almacenaban raciones para las que ya había y para las que habían de ve­ nir ; en fin, donde se acopiaban toda clase de preparativos, de suerte que se cruza­ ban de continuo los correos de Menfis a Alejandría, para que no faltase cosa a los designios proyectados. Para la fábrica de armas y para la elección y distribución de los hombres comisionaron a Equecrates de Tesalia, a Fosidas de Melita, a Euríloco de Magnesia, a Sócrates de Beocia y a Cnopias de Alora. Fue la mayor dicha para Egipto encontrar hombres que, habiendo militado bajo Demetrio y Antigono, tuvie­ sen un mediano conocimiento de lo que era la guerra y de lo que se requería para poner un ejército en campaña. Efectiva­ mente, éstos, tomando a su cargo las tro­ pas, les enseñaban, en lo posible, el arte militar. (...) A cada uno de estos personajes que acabo de nombrar se dio el cargo más adecuado a su talento. Euríloco el magne­ sio mandaba un cuerpo de casi tres mil hombres, llamado entre los reyes la Guar­ dia Real; Sócrates el beocio tenía bajo sus órdenes dos mil rodeleros; Foxidas Aqueo,

Ptolomeo hijo de Traseas y Andrómaco Aspendio adiestraban la falange y los grie­ gos mercenarios; pero el mando de aqué­ lla, compuesta de veinticinco mil hombres, se hallaba a cargo de los dos últimos y el mando de éstos, en número de ocho mil, residía el primero. Los setecientos caba­ llos de que se compone la guardia del rey, la caballería de África y la que sacó de Egipto -s u total hace tres mil ca b a llo sestaba a las órdenes de Polícrates. La ca­ ballería griega y toda la mercenaria en nú­ mero de dos mil, después de bien discipli­ nada por Equecrates, a cuyas órdenes se hallaba, sirvió de muchísimo en la batalla. Ninguno tuvo más esmero que Cnopias Alorita en instruir las tropas de su mando, compuestas de tres mil cretenses, entre los cuales había tres mil neocretas, al mando de Filón de Cnosso. Se armaron tres mil africanos a la manera de Macedonia y es­ taba a cargo de Ammonio Barceo. La fa­ lange egipcia, compuesta de veinte mil, se hallaba a las órdenes de Sosibio. De tra­ ctos y gálatas, tanto de los que había en el país, como de los que recientemente ha­ bían sido enrolados, aquéllos en número dé cuatro mil y éstos de dos mil, se formó un cuerpo, cuyo mando se dio a Dionisio el tracio. Tal era el ejército que Ptolomeo había prevenido y tan diversas las nacio­ nes que lo componían. (Polibio, Historia V, 63 y 65)

32

A kal Historia del M undo Antiguo

IV. Ptolomeo V Epifanes y Ptolomeo VI

1. Ptolomeo V Epifanes Al c o n ta r tan sólo seis años c u a n d o m urió su padre, la regencia recayó en la persona del consejero paterno A ga­ tocles, si bien por poco tiempo.

a) Dificultades exteriores: pacto entre Filipo V y Antíoco 111 Si en el interior m ism o de la cúpula del p od er en Egipto fueron estos años agitados, lo m ism o sucedió, y no en m e n o r escala, fuera del propio país. El beneficiario del de bilitam iento de la m o n a rq u ía lágida fue Antíoco III. En efecto, tenem os noticias de la exis­ tencia de pe rturbaciones en la C aria m inorasiática som etida a la d o m in a ­ ción egipcia: c iudades c o m o A m izón se pusieron, v o lu ntariam en te al p a re ­ cer. b a jo tutela se le ú c id a (RC 38). Pero de m ayor alcance fue el pacto entre Filipo V y Antíoco III sobre el destino del Im perio Lágida. Ya Sosibios. previendo lo peligroso de la form ación de tal a lia n z a h a b ía in te n ta d o p o n e r de su p arte al rey m a c e d o n io a través del envío de una e m b aja d a , co nfiada a su p ropio hijo Ptolomeo. Las consignas d a d a s a éste nos son desconocidas pero no a lc a n ­ zaro n en c u alqu ie r caso los resulta­ dos apetecidos, pues el pacto entre a m b os reyes llegó a to m a r cuerpo (en

203-202). El objetivo: rep artirse los d om inios de P tolom eo V. N o c o n o c e ­ mos con exactitud los té rm in o s en que fue suscrito, pero Polibio los criti­ ca ác id a m e n te com o inm o rales y m e ­ recedores de castigo (III 2.8: XV 20). Por otra parte. A p ia n o {Mac. 4.1 ) c o n ­ tradice en parte la versión de éste so­ bre los extremos del reparto. Serían éstos que Filipo se apoderara de Egipto. C aria y Sanios: A ntíoco III de Celesiria y Fenicia. A piano, sin em bargo, dice que Filipo ha b ía p ro m e tid o a Antíoco su ayuda para ap od e ra rse de Egipto y Chipre, m ientras éste le a p o ­ yaría a cam bio, p ara a d q u irir Cirene, las C icladas y Jonia. Q ué existió real­ m ente de todo esto es difícil decirlo (hav quienes lo niegan en absoluto: así D. Magie e n J R S XXIX, 1939. p. 32 ss.: L. De Regibus Aegyptus XXXII 1952, pp. 97-100). pero, com o hace Will (op. cit. II. p. 99), conviene su b ra y a r dos puntos: que Polibio estaba c o n ­ vencido de la am p litu d del proyecto en los térm inos expuestos: y que los acon tecim ientos d esarrollados en las costas suroccidentales de Anatolia pro­ b a rá n las existencias de un acuerd o de c o la b o ra c ió n c o n tra el d o m in io ptolem aico, p r e c isá n d o se las z o n a s de influencia respectivas para Filipo y Antíoco. d e ja n d o éste al rey m ace­ do n io la región de C aria sobre la que el seleúcida hab ía extend id o su sobe­ ranía hacía poco tiempo.

33

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

b) 5a Guerra Siria El e n te n d im ie n to con Filipo V dejó libres las m a n o s a Antíoeo III para ac tu a r de nuevo en Celesiria. esta vez con éxito. Pese a la resistencia ofreci­ da p o r el etolio Escopas, el m on a rc a seleúcida le asestó u na derrota defini­ tiva en Pan io n el a ñ o 200. Refugiado en Sidón h u b o tam b ién de capitu lar a c u d ie n d o después a o rg a n iz a r la d e ­ fensa del Delta. Asi. la Celesiria pasó a fo rm a r parte n u evam ente del Im p e ­ rio Seleúcida con la m ism a a d m in is ­ tración que h a b ía sido do ta d a po r los Lágidas. pero con u n n o m b re algo modificado: Celesiria y Fenicia. Q ue Egipto p erm aneciera a salvo, intocado p or los ejércitos seleúcidas, parece que se debió a la petición h e­ c ha en este sentido a Antíoeo III. for­ m u la d a p o r u n a e m b a ja d a enviada a él por el Senado R om ano, cuyo objeti­ vo últim o no era sino im pedir c u a l­ quier apoyo del seleúcida a Filipo V en la guerra q ue se estaba p r e p a r a n ­ do contra éste. N o obstante esta m i­ sión diplom ática, sería el estallido de la 2a guerra de M a ce d o n ia lo que de­ cidiría a A ntíoeo III a dirigirse hacia el norte, a p a rtá n d o se de Egipto. U lteriorm ente los acontecim ientos a c on se ja rían a Antíoeo la no inter­ vención en Egipto, es más. le decidie­ ron a hacer todo lo contrario: firm ar u n a p az con P tolom eo V. fortalecién­ dola incluso p or la vía de los lazos familaires. pues se acordó el m a trim o ­ nio entre Cleopatra, hija del m o n a rc a seleúcida, y ei rey egipcio. Por otro lado, la m ism a situación interior del país del Nilo h a b ía e v olucionado p o ­ sitivamente pues se h a b ía n c a lm a d o los focos de rebelión protag on izado s p o r los indígenas en el Bajo Egipto c om o ta m b ié n las luchas intestinas en el seno m ism o de la corte real. No obstante, la Tebaida c o n tin u a b a in d e­ p e n d ie n te g o b e r n a d a po r el faraón indígena A n k h m a k h is al que se o p u ­ so un P tolom eo V, c o ro n a d o en Men-

fis a la manera de los antiguos faraones.

La rec o m p osició n e x p e rim e n ta d a po r la situación interna del país no se am plió al exterior. De los anteriores do m in io s lágidas no q u e d a b a al n u e ­ vo rey, excepto Chipre, casi nada: al­ gu no s enclaves en C reta oriental y u na guarn ición en Tera. Por lo d e ­ más, la regulación territorial estable­ cida m ediante el tratado de A p am e a en 188 no tuvo en cu en ta los intere­ ses lágidas. D u ra n te los a ñ os que m e d ia n entre esta fecha im po rtante y la muerte de Ptolom eo V se registró en el país una mejora de la situación interna al ter-

Retrato sobre moneda de plata de Ptolomeo VI. Cabinet de Médailles. París.

minarse, por fin, la secesión del Alto Egipto en 186. (cfr. Sethe. Hierogliphische Urkunden II p. 241 ss., el 2.° d e ­ creto de Philae). Las concesiones fis­ cales que fueron necesarias p a ra ello dism inuy ero n ciertam ente los ingre­ sos estatales. A la par. sabem os, gra­ cias a Polibio (XXII 3. 5-9) de las tratativas efectuadas con la Liga Aquea entre 187 y 185. preludio de proyectos más amplios, taies c om o la rec u p e ra ­ ción de Celesiria, pero que fracasa­ ron. Poco después, la muerte del rey, a finales de 181, cortó todo intento de

recuperación lágida en el exterior.

34

A kat Historia del M undo Antiguo

2. Ptolomeo VI Su sucesor. Ptolom eo VI, era todavía un n iñ o de corta edad. Así. ejerció las tareas de gobierno su madre, C le o p a ­ tra I, hija de Antíoco III y h e rm a n a de los reyes seleúcidas. Ésta m ujer enérgica m an tu vo bu e n as relaciones con su h e r m a n o Seleuco IV, viviendo Egipto hasta su m uerte un periodo pacífico. El p a n o r a m a volvería a n u ­ blarse tras la desap arición en 175 de la reina m adre regente. La regencia pasó entonces a m anos de dos eunu cos que sólo a través de intrigas p u d ie ron a lc a n z a r la cúspide del p o d e r , c i r c u n s t a n c i a s en to d o La revuelta de Dionisio Petosarapis y disturbios en el sur de Egipto a) Dionisio, llamado Petosarapis («el que pertenece al dios Sarapis») uno de los amigos de Ptolomeo, intentó conseguir el poder, lo que representó un gran peligro para el reino. Era el hombre de más presti­ gio en la Corte, sobrepasaba a todos los egipcios en el campo de batalla y despre­ ciaba a ambos reyes (Ptolomeo VI y Ptolo­ meo VIII) a causa de su juventud y falta de experiencia. Afirmó que había sido incita­ do por el hermano mayor a asesinar al me­ nor, con lo que hizo correr el rumor entre las masas que el joven Ptolomeo era el ob­ jetivo de una conspiración urdida por su hermano. Cuando la muchedum bre se arremolinó a toda prisa en el estadio, y los ánimos se caldearon hasta tal extremo que el pueblo estaba dispuesto a asesinar al hermano mayor y entregar al reino al más joven, llegaron noticias de los disturbios hasta el palacio. El rey envió a buscar a su hermano y se defendió a sí mismo con lá­ grimas en los ojos, suplicándole que no confiara en absoluto en un hombre que andaba buscando apropiarse del reino y que no tenía consideración alguna, sino desprecio, por su juventud. Y, si tenía aún dudas, añadió, o albergaba aprensión al­ guna, le animaba a tomar para sí la diade­ ma y el reino. El joven apartó al punto toda sospecha de su hermano, se revistieron los dos de las vestiduras reales y aparecie­ ron ante la multitud efectuando una de­

caso d esc o n o c id a s p a r a nosotros. Eran Euleo y Leneo. personajes in e p ­ tos qu e e s ta b a n lejos de d e s p e r ta r sim patías unánim es. Estos, p o n ie n d o nuevam ente en prim er p la n o los p ro ­ yectos a c a ric iad o s p o r P tolom e o V antes de morir, se la n z a r o n a u n a nueva guerra contra los Seleúcidas. Las interrogantes sobre las causas reales de este contlicto son m uchas, pues n ad a se dice en las fuentes sobre la cuestión. Lo único cierto es q ue la iniciativa partió de .Alejandría en el 170. S im u ltá n e a m e n te se d e c la ra b a m ayor de edad a Ptolom eo VI. aso ­ c iá n d o le al tro n o a sus h e r m a n o s , Ptolom eo Physcon y C leop atra II. mostración pública de armonía. Dionisio, frustado su intento, desapareció de la ca­ pital. Por medio de mensajes aquellos sol­ dados que estaban dispuestos a participar en la revolución, buscó persuadirlos para que compartieran sus esperanzas. Luego se presentó en Eleusis y recibió a todos los que estaban bien dispuestos para la re­ vuelta, hasta conseguir un grupo de cuatro mil soldados (...). El rey marchó contra ellos y resultó victorioso, matando a mu­ chos y persiguiendo a otros. Forzó a Dionisio a cruzar a nado, desnudo, el río y a retirar­ se entre los nativos a los que incitó a la revolución. Como era un hombre enérgico, fue recibido entusiásticamente por los egip­ cios y pronto tuvo muchos partidarios. (Diodoro Siculo XXXI 15a)

b) Hubo otro disturbio en la Tebaida, puesto que las masas andaban muy dispuestas para la revuelta. El rey Ptolomeo avanzó contra ellos con un gran ejército y con faci­ lidad recobró el control sobre el conjunto de la región. Pero había allí una ciudad lla­ mada Panópolis. enclavada sobre una an­ tigua fortaleza que parecía una posición segura por la dificultad del acceso; por ello, los más activos de los rebeldes se congregaron allí. Ptolomeo, al ver la de­ sesperación de los egipcios y lo recio del lugar, decidió sitiarlo y, tras padecer mu­ chas penalidades, logró capturarlo con lo que castigó a los culpables y volvió a Alejandría. (Diodoro Siculo XXXI 17b)

35

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

a) 6a Guerra Siria La mejor p rep a ració n militar de su adversario Antíoco IV tuvo su efecto en la ráp id a derrota inflingida al ejér­ cito ptolemaico. Tras ella se apod eró de Pelusion, para a acontinuación pro­ seguir su a v a n ce h a c ia A lejan dría, pese a haberse iniciado ya con versa­ ciones de paz. Ptolom eo VI pretendió h u ir a S a m o tr a c ia a c o n s e ja d o p o r Euleo. Fue obligado, sin em bargo, a p e rm a n e cer en el país por C o m a n o s y Cineas, los nuevos consejeros de la corte p tolem aica que elim in aro n a los anteriores y p usiero n todo su em p e ñ o en negociar con el invasor. Por fin. se logró u n a entrevista entre Ptolom eo VI y el m o n a rc a selúcida d u ran te la cual se pactó u n a tutela de éste sobre Egipto, efectuada de m a n e ra más o m e n o s en cu b ie rta . Pero la revuelta que e n to n c e s estalló en A le ja n d ría n o m b ró com o ú nico rey a Ptolom eo VIII. el h e rm a n o p e q u e ñ o corregente de P tolom eo VI. A ntíoco IV respo n­ dió a se d ia n d o la capital egipcia so pretexto de ap o y a r al ún ico rey legal. Ptolom eo VI. Pero ante la im posibili­ d a d de en tra r en la ciu d a d y no pudiendo diferir su intervención en otros im p o r ta n te s a s u n to s — la c u e stió n ju día— Antíoco IV se retiró a fines del 169. Su m a rc h a tuvo un efecto contrario al esperado: los tres h e rm a n o s se re­ conciliaron. Por otro lado. R o m a h.tsta e n to n c e s se h a b ía m a n t e n i d o a igual distancia de u na y otra parte sin qu erer intervenir, pese a las peticio­ nes dirigidas al S e n a d o por am b o s c ontendientes p a ra c a p ta r su apoyo. F in alm en te, los egipcios lograron el envío de u n a m isión diplom ática, e n ­ c a b e z ad a precisam ente por un amigo de A ntíoco IV. C. Popilio Laenas. Sus órdenes deb ía n ser am b ig u as de for­ ma que su a ctuación pudiera a d a p ­ tarse a las circunstancias, d e p e n d ie n ­ do del desarrollo de éstas. N o obstante, y m ientras esta dele­ gación hacía efectiva su presencia en

Egipto, tro pas seleúcidas o c u p a r o n C h ip re y el propio Antíoco en trab a nuevam ente en el país del Nilo. Llegó en 168 hasta M entis para dirigirse a c o n tin u a c ió n a A lejandría do nd e, en un lugar lla m a do Eleusis se en co ntró con el rom ano. La entrevista, lejos de desarrollarse en el am b iente cordial que su vieja am istad podía hacer su­ poner. conllevó una gravísima h um iilación p a ra el rey seleúcida: ob liga­ do a re sp o n d e r de in m e d ia to a las peticiones de Rom a, e ncerrado en un círculo trazad o en el suelo p or el p ro ­ pio Laenas, no q u e d a b a a A ntíoco otra salida que ceder a éstas. C o n sis­ tían en su c o m p ro m iso de d e p o n e r las arm as y la evacuación de Egipto y C h ip re (Pol. XXIX 27: Liv. XLV 12: App. Syr. 66: Just. XXXIV 3, 1-4).

b) La división del Imperio Los cinco a ñ o s ulteriores, del 168 h a s ­ ta 163. están m arcad os por las dificul­ tades internas entre los h e rm a n o s rei­ nantes. los Ptolom eos VI y VIII, d e s a ­ rrolladas en un m arco conflictivo en todos los aspectos, cuyas característi­ cas son las m ism as que. en definitiva, prov ocarán el h u n d im ie n to y poste­ rior d e s a p a r ic ió n de la m o n a r q u í a creada p or Ptolom eo Lago: la revuel­ ta de los indígenas egipcios contra los griegos d o m inad ores, las intrigas co r­ tesanas. favorecidas po r la creciente im po rtan cia a d q u irid a p or e un uco s y libertos y las disensiones en el seno de la familia real con c o n tin u a s dis­ putas por el trono entre h e m a n o s y h e r m a n a s , de suerte q ue las pocas fuerzas restantes de la dinastía se ago­ tan en estas querellas inútiles. Este últim o proceso no es muy distinto de aquel en m edio del cual se extinguiría la otra gran m o n a rq u ía helenística, la seleúcida. A su vez, el po der de R om a y el papel político a d q u ir id o en el M editerráneo oriental, tuvo u n a in ­ fluencia nefasta, al mostrarse siem pre presta a im p edir todo atisbo de re n a ­ cimiento de los reinos allí establecidos.

36

A k al Historia d e l M undo Antiguo

Esta enemistad entre el dúo real tuvo un desenlace con trario a Filo­ metor. U n a sublevación en A le ja n ­ dría d o n d e P tolom eo VIII tenía sus p rin c ip a le s segu id ores c o n s tr iñ ó al prim ero a la huida. F in a lm e n te ante la im posibilidad de c o n tin u a r r e in a n ­ do de m a n e ra c o n ju n ta decidieron re­ partirse el Imperio: Filom etor se q u e ­ daría con Egipto y C h ip re mientras Fiscón reinaría en Cirenaica. El re­ torno del prim ero se hizo a c o m p a ñ a ­ do de u n a am n istía que ay u d a ra al restablecimiento de la ley y el orden. Filometor, en efecto, consagró los añ os posteriores de su reinado a esta tarea de reconstrucción interna, si bien nuestra in fo rm a c ió n de los hechos, concretos realizados en Egipto hasta su d esaparició n en 145 es escasa.

c) Los últimos años del reinado de Filometor Sabem os, sin em bargo, de la atención d isp e n sa d a p or Filo m etor a la cues­ tión ju día. Sin e n tra r a h o ra a con si­ derarla (cfr. tem a de los Seleúcidas) basta decir que la familia sacerdotal e n c a b e z a d a p or O nías IV. d e sp la z a ­ da del po der p o r el n o m b ra m ie n to de Alkimos, buscó refugio en Egipto, d a ­ das las sim patías con que los Lági­ das, a n tig u o s d u e ñ o s de la región, c o n ta b a n entre los sectores opuestos a los Seleúcidas. Filom etor los acogió favo rablem en te, c o n c ed ién d o les in ­ cluso tierras en el bra z o oriental del N ilo (Josefo, A J XII, 9,7; XIII 3, 1-3) a u to riz a n d o a O n ía s a construir un tem plo en Leontópolis, réplica del de Jerusalén. Al p ropio tiempo, m ie m ­ bros de la c o m u n id a d ju d ía d ese m p e­ ñ a b a n p u e sto s de r e s p o n s a b ilid a d tanto en la ad m in istra c ió n com o en el ejército egipcios. T odo ello sólo puede explicarse p or el deseo de Pto­ lom eo VI de captarse el apoyo de este pu eblo con vistas a la recuperación de Celesiria, proyecto siem p re pre­ sente en la política lágida.

En cuanto a Ptolomeo VIII las in­ trigas p ro p u g n a d a s por él no cesaron con la ad ju dicació n de Cirenaica, in ­ suficiente p a ra sus pretensiones. En base a ello intentó hacerse transferir por R om a Chipre. Pero las requisito­ rias ro m a n a s hechas a Filom etor en este sentido fueron rech a z ad a s p o r el lágida, firme en su decisión d u ra n te años. El intento de Fiscón de a p o d e ­ rarse de la isla p or la fuerza term inó en su captura p o r Filometor. Éste, no obstante, lo dejó libre..restituyéndolo en la C irenaica y p ro m etiéndole a d e ­ más a su hija Cleopatra, si bien el m a trim o nio no llegaría a efectuarse. El conflicto fraterno p or fin se regula­ rizó de este m o do en 154. Cron ológicam en te posterior, es la intervención de Filometor en los a su n ­ tos Seleúcidas, un paso más para lo­ grar su objetivo sirio. La ocasión se la brin dó la aparición en el escenario político seleúcida de A lejandro Balas, que u su r p ó el tro n o leg ítim am e n te o c u p a d o por D em etrio I. Las d e m a n ­ das de apoyo de aquél a Filom etor e n c o n t r a r o n el eco d e s e a d o , e stre ­ c h á n d o s e tales relaciones con el m a ­ trim onio entre C leop atra T hea y Ba­ las. Todo esto, u n id o a la manifiesta in c ap a c id ad política del usu rp a d o r, c o n v e rtía a F ilo m e to r en el rector oculto del Im perio Seleúcida. La in ­ tervención directa de éste en Celesiria se produjo so pretexto de ap o y a r a su yerno contra las aspiraciones de D e­ metrio II que se a prestaba a d efender con las a rm a s sus derechos d in á sti­ cos. El cariz de los acontecim ientos, favorables al pretendiente, d eterm inó el paso de la alia n za egipcia, inc luida C leopatra, a D emetrio II. En la batalla de O in o p a ra s entre las tropas de Balas y las de Filometor. acaecida en 145, fue d errotado aquél y asesinado poco después. Pero ta m ­ bién Ptolomeo. herido, m oriría a c o n ­ tin u a c ió n . La d e s a p a ric ió n de este gran m o n a rc a fue nefasta p ara los in­ tereses egipcios pues la Celesiria per­ m aneció en poder de los Seleúcidas.

37

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

V. Los sucesores de Filometor y el fin de los Lágidas

I. Los sucesores de Filometor Las c o n tin u a s disputas por el trono entre los m iem bros de la familia real c a r a c te riz a n esta e ta p a final de la m o n a rq u ía lágida. Las repercusiones de estas luchas intestinas en el inte­ rior del país fueron graves, con u n de­ terioro progresivo de la situación a to­ dos los niveles.

a) El conflicto entre Cleopatra 11, Ptolomeo Vlll y Cleopatra 111 La sucesión de F ilom etor recaía en su hijo Ptolom eo VII N eos P h ilop á to r bajo regencia de su m adre C leopatra II. Pero reclam ado Fiscón de Cirenaica p o r la p o b la c ió n de A lejandría, éste, tras apo derarse de Chipre, llegó a Egipto. Ante este estado de cosas. C leo p a tra aceptó a su h e r m a n o en m a trim o n io m ientras su hijo Ptolo­ meo VII era asesinado. Pero unidos tan solo po r el interés, sus relaciones no fueron fáciles. Ya u n a de las p ri­ meras m edidas del nuevo rey fue la expulsió n de A lejandría de intelec­ tuales y artistas, p recisam ente a q u e ­ llos que h a b ía n ap oy ad o a C leopatra II. El m a trim o n io de Fiscón con su so brin a C leo patra JII a la que e n c u m ­ bró p o r e n c im a de su m adre determ i­ nó la ruptura de las hostilidades entre a m b o s en 142. El conílicto se desarro­ lló p or cauces difícil.es de c a p ta r para

nosotros, pero, en todo caso, parece que la p oblació n indígena, dirigida po r el sacerdocio egipcio, explotó es­ tas disputas dinásticas que en p rin c i­ pio no les a f e c ta b a n p a r a in te n ta r m ejorar sus cond icion es de vida, h a ­ bida cuenta del proceso de concienciación en curso desde d écad as atrás. En todo caso hacia 140 parece h a b e r ­ se prod ucido la reconciliación entre los tres, favorecida p or la e m b a ja d a de Escipión E m ilia n o a Egipto. La d u ra c ió n de esta situación sería breve, pues en 140-139 P to lo m eo y C leop atra III debieron h u ir a Chipre. C leopatra II se p ro c la m ó ún ica reina, hecho contrario a toda la tradición egipcia, y que exacerbó todavía más la oposición con su h e rm a n o y m a ri­ do Ptolom eo Fiscón. Tras la reina es­ taba el apoyo de griegos y jud ío s de Alejandría, de suerte que Fiscón b u s­ có el de los indígenas para su retorno a Egipto, que se p ro d u jo en 131/-0. E ra u n a g u e rra civil s e m b r a d a de toda suerte de hechos violentos en el in te rio r del país. Pero ta m b ié n las fuerzas exógenas estaban lla m a d a s a tener su papel. C leopatra II llamó, en efecto, a D em etrio II, su yerno, en su auxilio, ofreciéndole c o m p a rtir el tro­ no egipcio, no obstante lo cual, los in ­ tentos del seleúcida de p e n e tra r en el país fracasaron, impidiéndoselo Evergetes II en cuyo p o d e r estaban los ac­ cesos al Delta. Así pues, C leo patra II, e ncerrad a en A lejandría y sin p osibi­

38

A kal Historia del M undo Antiguo

lidades de otras ayudas, huyó a Asia en 129/-8. La ciudad que resistió to­ davía u n a ñ o a Ptolom eo fue c a p tu r a ­ da en 127/-6. a p lic á n d o se le severas medidas, fatales para la superviven­ cia del H elenism o, tales com o la diso­ lución de toda clase de asociaciones religiosas, deportivas, etc., cuyos bie­ nes fueron confiscados. Tras ello, en 128, el lágida se deci­ dió a intervenir directam ente en los a s u n to s seleúcidas. El m éto d o e m ­ pleado fue prestar su apoyo a un hijo adoptivo de Antíoeo VIL A lejand ro II Z abinas, un u s u rp a d o r surgido frente a D em etrio II gracias a su a c la m a ­ ción por A ntioquía. Ptolomeo VIII le retiraría poco después, ya en 124, su am istad p ara acercarse n uevam en te a la viuda de D em etrio II. C le op a tra T hea, cuyo hijo Antíoeo VIII G rypos casó con su hija C leopatra Tryphaina. Pero tam bién en 124 se había p ro­ d ucid o la reconciliación entre los ti­ tulares reales lágidas, pues C leopatra II figura a partir de esa fecha nueva­ m ente co m o reina en los docum entos. Tanto ella com o Ptolom eo VIII se h a ­ brían d a d o cuenta de la imposibilidad de e lim in a r al contrario. Para la pacificación del país, divi­ dido de acuerdo con las dos facciones en el seno de la familia real, fueron necesarias m edidas políticas con c o n ­ cesiones a a m b a s partes. Ello q uedó reflejado en un decreto de am nistía p ro m u lg a d o en 118. c on c e dida expre­ sa m e n te a to d o s los q ue h u b ie r a n Testamento de Ptolomeo VIII En el año quinto, en el mes de Leo (Mar­ zo). Que la Fortuna me sea propicia. Este es el testamento de Ptolomeo (VIII), el hijo del rey Ptolomeo (V) y de la reina Cleopatra (I), dioses de gran gloria, copia del cual ha sido enviada a Roma. Los dio­ ses me conceden cumplida venganza de aquellos que han urdido contra mí su tra­ ma impía y han decidido privarme no sólo de mi reino sino de mi vida. Si el Fato mor­ tal se apodera de mí antes de dejar here­ deros para el trono, lego el reino que me pertenece a los romanos, con quienes

pa rtic ipa do en la guerra civil. E n él se invitaba a los ca m p e sino s que h u b ie ­ ran hu id o a retom ar sus ocupaciones, así com o se establecían otra serie de m edidas, variables según los distintos grupos sociales. Sobre todo a la masa de indígenas se le c o n d o n a ro n todas las d e u d a s invitán do lo s a volver al trabajo. Sin em bargo, este c ú m u lo de disposiciones para restablecer la paz y el orden llegaban d e m a sia d o tarde, pues la situación se h a b ia deteriorado irremisiblemente.

b) Egipto tras Ptolomeo VIII: división del reino La muerte de Evergetes II se pro dujo en 116. d e ja n d o u n a sucesión dudosa, al arbitrio de su esposa C leo patra III. Tenía dos hijos Ptolom eo IX, F ilo m e ­ tor Soter II Lathyros y Ptolom eo X Alejandro. La pugna entre ellos carac­ teriza los a ño s siguientes. A ello ha de a ñadirse la existencia de un bastardo. Ptolom eo Apion. D a d a s las p re fe re n cias m a te r n a s p o r el hijo p equeño, quiso n o m b ra rlo sucesor, pero se le op uso A lejandría que prefería al mayor, n o m b r a d o go­ b e r n a d o r de C h ip re ya antes de la m u e r te d e su p a d r e . P o r su p a r te Apion. bien fuera por disposición p a ­ terna o po r sus p ropios medios, se alzó con el g o b ie rn o de C irenaica. Egipto q u e d a b a así dividido en tres partes. C o n diferentes alternativas C leopadesde el principio he mantenido amistad y alianza sinceras. A ellos confío también la tarea de proteger mis intereses, rogándo­ les en nombre de los dioses y con su con­ sentimiento, que si algún enemigo ataca las ciudades o el país, me presten ayuda con todo su poder de acuerdo con la amis­ tad y alianza que hemos concluido y según justicia. Pongo por testigo de estas dispo­ siciones a Júpiter Capitolino, a los dioses grandes, al Sol, al Apolo Archegetes a quien dedico el texto de estas disposicio­ nes. Que la Fortuna me sea propicia. (S.E.G. IX, 7)

39

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

tra logró dese m b a ra za rse de su hijo m ayor en 107. Forzado a h u ir a C h i­ pre, y perseguido todavía p o r su m a ­ dre. debió hacerlo a Siria p ara desde allí re c onq uista r C h ip re d o n d e se ins­ taló co m o rey. En Alejandría. Ptolo­ meo X A lejandro reinaba con su m a ­ dre pero el a utoritarism o de ésta le obligó a sim ism o a h u ir en 103-102. Volvió en 101 y m a n d ó ejecutar a su madre. De este m od o reinó com o ú n i­ co so b e ran o en Egipto h asta el 88 le­ ch a en que su h e r m a n o Ptolom eo IX intentó pe n e tra r de nuevo en su país p or la fuerza. El encu e n tro entre a m ­ bos fue negativo p ara A lejandro que huyo y m u rió a contin uación. Q u e d a ­ ba. po r tanto, Ptolom eo IX com o rey de Egipto y Chipre. En c u an to a la C irenaica. su pérdida q u ed ó definiti­ vam en te con sa g ra d a tras la m uerte de A pion en 96. al le g a re n su testam ento a R om a la chora de aquella region, a c o rd a n d o la libertad, sin em bargo, a las ciudades griegas. El Senado, en todo caso, tardaría en hacerse cargo del legado, pues el prim e r g o b e rn a d o r y po r tanto la creación legal de la p ro ­ vincia d ata del 74. D u ra n te sus últim os och o años res­ tantes de gobierno, pocas cosas pudo hacer Ptolom eo IX. En el exterior, se estaba d e sa rro lla n d o la c a m p a ñ a ro­ m a n a dirigida p or Sila contra Mitrídates. pero la posición egipcia era su­ m a m e n te delicada en este aspecto. El rey póntico se h a b ía a p od erad o, en efecto, de toda la descendencia m a s­ c ulina de los Lágidas c u a n d o invadió C hipre, tanto de los dos hijos de P to ­ lom eo IX com o del de Ptolom eo X. El p a n o r a m a se com plicó en el 84 c u a n ­ do el hijo de éste logró h u ir y fue e n ­ viado a R om a p or Sila. Por otro lado, el p a n o r a m a interior atravesó m o m e n to s de g raved ad al estallar en el Alto Egipto una suble­ vación de am p lia s d im ensio nes con características similares a otras a n te ­ riores p rota g o n iz a d a s p or los indíge­

el saqueo de Tebas. El rey no sobreviría a p e n a s a estos hechos. M u rió en 81-80.

nas. Sofocarla, en efecto, conllevó tres

que se optaba por colocar en el trono

a ño s de luchas qu e c u lm in a ro n con

a los legítimos sucesores, los hijos de

2. Fin de los Lágidas Por sus c o n d icio n an tes geográficas, Egipto se vio libre del peligro de c o n ­ quista por pueblos ajenos. T am poco surgieron otros poderes c a p aces de discutir la hegem onía de te n ta d a p o r la d in a s tía fu n d a d a p o r P to lo m e o Lago. F uero n sus propios m iem bros los que progresivam ente alejados de la realidad egipcia c on su m ieron , e n ­ cerrados en la c iu d a d griega de Ale­ j a n d r í a . las p o c a s f u e rz a s q u e les iban q u e d a n d o en estos in in te rru m ­ pidos conflictos, cald o de cultivo para todo tipo de sentim ientos y acciones perversas. Asi. libre de toda a m e n a z a externa, la intromisión directa de Roma llegó con retraso respecto a otras re­ giones del O riente helenístico. El ún ic o m ie m bro de la dinastía presente en Alejandría a la m uerte de Ptolom eo IX era su hija C le o p a ta ra Berenice, viuda de su tío P tolom eo A lejandro. Para reinar con ella fue enviado de R om a el hijo de éste. Pto ­ lomeo XI A lejandro II. Pero tras tres s e m a n a s de m a trim o n io la hizo asesi­ nar. N o obstante, en la revuelta sub si­ guiente en protesta por este h ech o el rey m urió tam bién. Volvía a plantearse, así. el p ro b le ­ m a sucesorio, agravado p or la exis­ tencia de un testam ento del rey d ifu n ­ to en el cual legaba Egipto y C h ip re a R om a, en c o m p e n sa c ió n , sin du da, por el apoyo a él prestado. El interés de R om a en no pro vo car un a situa­ ción violenta —h a b ía de h echo im p e ­ d im en to s jurídicos en torno a la a u ­ tenticidad y validez del testam ento— a lo que ha de a ñ a d irse com o factor más im po rtan te el conflicto de intere­ ses entre los diferentes grupos políti­ cos a c tu a n te s en R o m a — ju stific ó

40

Akal Historia del M undo Antiguo

Ptolom eo IX, que, en p od er de Mitrídates, h a b ía n logrado hacerse pre sen ­ tes en Egipto, a u n q u e desconocem os cómo. En todo caso en el 80 fue n o m ­ b r a d o rey el m ay or, P to lo m e o XII Auletes, m ientras el pequeño. Ptolo­ meo sin otro apelativo, lo era de C h i­ pre. Auletes tardaría veinte años en hacerse reconocer por R om a, e m ­ p le a n d o en ello bu e n a parte de los re­ cursos disponibles. En el 63 Cicerón tiene co m o u n o de sus principales puntos en el p ro gra­ m a de su c o n su la d o una ley agraria d o n d e se c o n te m p la b a el Egipto lega­ do po r P tolom eo XI. A p la z a d a su eje­

Busto de Cleopatra VII

(Años 50-30 a.C.) Museo Vaticano

cución. en el 59 elegido cónsul, César, y en a lian za política con Pompeyo y Craso, p ro p u g n a una solución c o n ­ traria que conllevó finalm ente el re­ co no cim iento de Auletes por el S e n a ­ do com o rey de Egipto. Poco después, sin em bargo, en 58. Chipre, po r u n a Lex Clodia de Cypro fue u n id a a la provincia ro m a n a de Cilicia. Ptolo­ meo se suicidó. Este hecho provocó u n a reacción violenta en A lejandría contra Auletes que se vio co nstreñido a h u ir vía Ro­ das a Rom a d o n d e se puso bajo p r o ­ tección de Pompeyo. F in a lm e n te fue restablecido en el trono en el 55 con la ayuda militar del g o b e rn a d o r de Siria A. G a b in io , p ag a d o po r el m is­ mo Auletes. Su reinstauración fue se­ guida por u na política de terror c o n ­ tra sus adversarios. A la p ar la presión fiscal sobre la po bla c ió n indígena a lc a n z a con su reinado p roporciones insospechadas. N ecesitado de grandes recursos para financiar los apoyos externos recibi­ dos y las tropas en c a rg a das de su p ro ­ tección personal y del cu m p lim ie n to de la política fiscal, la explotación de los indígenas era total. Ello motivaría a su vez el a b a n d o n o de pueblos y cam pos, b a n d o le rism o y un d e sc o n ­ tento, con brotes activos, generalizado. A su muerte, acaecida en 51, el rei­ no q u e d a b a en m a n o s de sus hijos Ptolom eo XIII y C leo patra VII. Pero la p erso n alid ad de ésta, superior a su h e rm a n o en todos los aspectos, hicie­ ron que desde los co m ienzos la c o n ­ vivencia entre los dos fuera difícil, agravada a ú n más p or la situación interior del país d o n d e u n a gran se­ quía había llegado a provocar el h a m ­ bre entre la población. C le op a tra po r las insidias de los consejeros de su h e rm a n o y m a rid o se vio o bligada a a b a n d o n a r A lejandría, p a ra reclutar tropas en la frontera oriental de Egip­ to. M ientras, Ptolom eo XIII estable­ cía en Pelusion su sistema defensivo. Así las cosas, d ese m b a rc ó en A le­ ja n d ría , a b a n d o n a d a p o r a m b o s re­

41

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

Cabeza atribuible a Cleopatra VII

(Años 50-30 a.C.) Museo Británico

yes, Pom peyo tras su derrota p o r C é ­ sar. Pero fue a sesinado de inm ediato, p a ra ser entregada su cabeza a C ésar cuya llegada se p r o d u jo p oco días más tarde. L lam ó a Ptolom eo XIII a A lejandría bajo ciertas condiciones, a saber, licénciam iento de su ejército, liquidació n de las d eu das pendientes de Auletes y reconciliación con su he rm a n a . Pero, m ientras tanto, h abía c o m e n z a d o la relación entre C ésa r y Cleopatra. La sublevación que estalló en A lejan dría co n d u jo finalm ente a un en fre n tam ien to directo en el que encontró la muerte el rey. Victoriosa, C le op atra se casó con otro herm ano.

Ptolom eo XIV. Tras ello, efectuó con César un reconocimiento del país has­ ta N ubia. R egularizada la situación. C ésar partió d e ja n d o e m b a r a z a d a a C leop atra y varias legiones bajo m a n ­ do de su fiel Rufio. Tras el nacim iento de C esarión, el hijo de C ésar y Cleopatra, acaecido en 47, la reina se dirigió a R o m a so pretexto de renovar el tratado de am is­ tad y alianza. I n d e p e n d ie n te m en te de los proyectos políticos que tuvieran u n o y otro, cuyo con te n id o será siem ­ pre hipotético pues n in g ú n reflejo d o ­ cum e n ta l existe de ellos, lo cierto es que C ésa r no h acía m en ció n de Cesa-

42

Akal Historia del M undo Antiguo

rión en el testam ento que se leyó tras su asesinato en el 44. C leopatra, así, regresó a Egipto, p o n ie n d o com o co­ rregente a su hijo. Ptolom eo XV C é ­ sar, cuya e dad hacía de Cleopatra, de hecho, la única reina de Egipto. D o ra n te estos a ñ os y hasta p r o d u ­ cirse el encu en tro con M arco A nto­ nio, C l e o p a t r a a c e n tu ó su ligazón con las antiguas tradiciones egipcias, puesto de m anifiesto especialm ente en los aspectos religiosos. Sus princi­ pales a poyos e s ta b a n p re c isa m e n te entre ios sectores de p oblación ind í­ gena. pues en A lejandría era poco p o ­ pular. Ello conllevó que d u ra n te su reinado las revueltas en la chora egip­ cia se c a lm a ra n , p a sa n d o a disfrutar de un período de paz. de suerte que los sacrificios económ icos a los que fue ob ligada fueron aceptados de m e­ jo r g rado que con sus predecesores. El a ñ o 41 tuvo lugar en la Cilicia Tarso el su so d ic h o e n c u e n tro entre Cleo patra y M arco Antonio, enviado con el fin de p o n e r orden en el M ed i­ terráneo O riental, d o n d e la auto rid ad r o m a n a aparecía aquí y allá puesta en entredicho al socaire de las gue­ rras civiles que sa c u d ía n al Imperio R o m a n o en aquellos m omentos. La reina de Egipto fue lla m a da por el co­ m andante rom ano con objeto de acla­ rar asim ism o su posición en ellas. La r e la c ió n s e n tim e n ta l su rg id a entre am b o s hizo a A ntonio volver a Ale­ ja n d r ía d u ra n te el invierno del 41-40. pero la a m e n a z a parta sobre el sur de A n a to lia y Siria, fortalecida con la a lia n za de d in astas sirios que se sen ­ tían a m e n a z a d o s por la un ió n entre C leop atra y M arco A ntonio, le obligó a salir de Egipto y a fortalecer su rela­ ción con O ctaviano. En Brindisi se acordó en el 40 la paz entre am bos y el m a trim o n io de A nton io con O c ta ­ via, la h e rm a n a del triunviro, siendo el más im p o rta n te de los acuerd os a d o p t a d o s e n to n c e s , el re p a r to de á rea s de in fluencia p a r a am b os. A A ntonio le corresp ond ió O riente con la misión de te rm in a r la guerra c o n ­

tra los partos: a Octaviano. Occidente. El c o m a n d a n t e r o m a n o llegó a O riente más tarde de lo p la n e a d o por las com plicaciones surgidas en O cci­ dente. C o nv encid o ya de la necesidad de c o n c e n tra rs e allí, p re sc in d ie n d o de Italia, a se nta do en A ntio qu ía lla­ mó de nuevo a C leopatra, ale ja n d o de su lado a Octavia. La ayuda de Egipto era. en efecto, im p re s c in d ib le p a ra elim in a r la a m e n a z a parta y fortale­ cer el Im perio Oriental. A su vez. A n ­ tonio representaba para C leopatra la última oportunidad de revitalizar Egip­ to y con él su propia dinastía. Los in ­ terese políticos a p arecían así ín tim a ­ mente relacionados a los pasionales. Allí, en A ntioquía. conoció A ntonio a los hijos gemelos n acidos de su u n ió n con la reina egipcia: A lejandro H e ­ lios y C leo patra Selene. Tam bién entonces en 37-6 M arco A ntonio reorganizó totalm ente los te­ rritorios ro m a n o s orientales, d o tá n ­ doles de u n a nueva c on figu ra c ión . Otorgó a Egipto parte de los territo­ rios sirios —no la totalidad de las a n ­ tiguas Celesiria y Fenicia com o C le o ­ p a tra d e s e a b a — y Cilicia Traquea. Era la c o m p en sación de la ay ud a m a ­ terial d ispensada por Egipto. Por lo dem ás, la previsible ruptura con O ctaviano acaece poco después, en el a ñ o 35. A ntonio, a c tu a n d o en c o n s e c u e n c ia , r e m o d e ló el sistem a político construido por él en Oriente, h a c ie n do ah o ra de A lejandría su c e n ­ tro: C leop atra fue p ro c la m a d a Reina de Reyes. Cesarión. corregente. Rey de Reyes: para A lejandro Helios se le destin ab a el reino de A rm en ia y los países al Este del Eufrates: a Ptolo­ meo Filad elfo se le re se rv a b a n los países al Oeste del Eufrates, del Helespo nto a Fenicia; a C leopatra Selene le a sign a ba n Libia y C irenaica. Toda esta edificación política n a u ­ fragó con el desastre de Accio el a ñ o 31. C on el suicidio de su reina term i­ nó la d in a s tía lágida y la lib e rta d de E g ip to c o m o m o n a r q u í a i n d e ­ pendiente.

43

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

VI. Economía y Sociedad

De entre las g randes entidades estata­ les helenísticas, el Egipto ptolemaico es el m ejor c o nocido en lo referente a los m ecan ism os económicos. Ello se debe a la rica d o cu m e n ta c ió n ofreci­ da po r los papiros griegos y demóticos que nos falta para los d e m á s rei­ nos. N o obstante, su inform ació n es tam b ié n parcial por c u a n to a ta ñ e n al agro egipcio de pe n dien te d ire c ta m e n ­ te de la a d m in istra c ió n real y, por su m ism a localización, proceden en gran parte de dos aldeas enclavadas en el oasis del Fayum: Filadelfia. d o n d e se e n c o n tra b a el gran d o m in io con c e d i­ do p or Filadelfo a su m inistro Apolonio. del que h a b la rem o s con detalle, y Tebtunis. Tenemos inform ación asi­ m ism o sobre las con diciones en que d e b ía n efectuarse lós a r r e n d a m i e n ­ tos, ta m b ié n de época de Ptolom eo Filadelfo. recibos de impuestos, c o n ­ tratos privados, etc. En general, la estructura del Egipto Lágida no representa n in g u n a nove­ d ad su stancial respecto a los períodos históricos anteriores, pues recuperó, en efecto, la de época faraónica. La inno vación consistió en la su pe rpo si­ ción de un elem ento étnico nuevo, ex­ tra ñ o en el país, sobre el resto de la población: los griegos, más c o n c re ta ­ m ente los m acaedonios. La presencia griega, s u b sig u ie n te a la co n q u ista p o r los m acedo nios de A lejandro y d e te rm in a d a por ella, era el resultado

de una fuerte inmigración, cuyos co m ­ ponentes e ra n tanto soldados, c om o intelectuales en a m p lio sen tido del té r m in o — p ro fesion ales especilizados en alto grado, pensadores, etc.— com o com erciantes de diferente e n ­ vergadura. Estas minorías griegas, con ­ fo rm a b a n en las m o n a rq u ía s helenís­ ticas u na especie de superestructura dentro de las sociedades que las a c o ­ gieron. en las que engro saro n los es­ tam entos dirigentes y más favoreci­ dos. A hora bien todo a p u n ta a que los griegos no llegaron a ela b o ra r una teoría política del estado helenístico, e n te n d id o com o fusión de elementos étnicos diversos y d istribución de las responsabilidades políticas entre estos m ism os com ponentes. Sim plem ente, se agregaron al poder central o estable­ cieron con él u n a relación privilegiada. Este nuevo po der representado po r los griegos llevaba consigo posibili­ dades de unificación — así las formas del poder m on árqu ico, la posición de los indígenas, etc.— pero p roducía a la vez elementos de tensión, bien h a ­ cia las aristocracias locales, laicas o sacerdotales, o bien hacia las formas de vida, cultural, o rg an ización o eco­ nomía. de los indígenas. En Egipto, de todos m odos, las p o ­ sibilidades de actuación del elem ento griego eran m ás restingidas que en o tr a s m o n a r q u í a s h e le n ís t ic a s del O rien te M editerráneo, pues su pre­

44

A kal Historia del M undo Antiguo

sencia estaba ligada de hecho al fenó­ m en o del u rb a n ism o , de la m ultipli­ cación de c iudades de tipo griego, lo cual en Egipto fue s u m a m e n te lim ita­ do. Los ptolomeos, en efecto, reduje­ ron sus esfuerzos a la fundación de Tolem aida, en los confines m eridio­ nales del país, cuya m ism a ubicación refleja su finalidad quizá en princi­ pio militar. Por lo dem ás, se c onsoli­ dó la fundació n de Alejandro. Ale­ ja n d ría , hasta convertirse en la más im p ortan te metrópoli del m u n d o h e ­ lenístico, m ientras el viejo e m porio de N aucratis sim plem ente subsistía. Ju n to a estas ciudades, es necesario hacer u na m ención de las cleruquías. establecidas en la chora egipcia, d o n ­ de eran asentad os los soldados reser­ vistas del inm e n so ejército ptolem aico, cuya subsistencia estaba garantizada m ed ian te la asignación de kleroi o lo­ tes de tierra. De todas formas, los clerucos se insertaron en las antiguas es­ truc tura s de la aldea sin que éstas sufrieran alteraciones. El país tenía así un carácter, u na estructura, m a r ­ c a d a m e n te rural d o n d e el elemento prevalente es la chora. el cam po , cuyo c o n tr a p u n to se e n c o n tr a b a en Ale­ ja n d ría . Es decir, se d a b a u n a coexis­ tencia entre las estructuras de la al­ dea con las de la ciu dad pero con una im porta nc ia a c e n tu a d a de las p rim e­ ras, lo que en Egipto a p a re c e más m arcado que en otras zonas del O rien­ te helenístico. Esta clasificación, d e b id a a Rostovtzeff (cf.: H ü social y económica del m undo helenístico 1 p. 279 y s.). puede ciertam ente discutirse en c u a n to que la m ism a term inología y d o c u m e n ta ­ ción es oscura y no resuelve todas las c u e stio n e s q u e p u e d a n p la n te a rse , pero b ásicam ente es aceptable y. con m atizaciones, suele ser adm itid a por los estudiosos de estos temas. Nos ce­ ñiremos. pues, a ella. Por lo que a la tierra se refiere, y de a cu erdo con el principio general de que el rey era el propietario de toda la tierra de Egipto, concepción ésta h e­

redad a de la época faraónica, hab ía dos tipos fundamentales de propiedad: la tierra real o chora hasiliké y la c o n ­ cedida o ge en aphesei. sin que p o d a ­ mos e v a lu a r e x a c ta m e n te la e x te n ­ sión de u na y otra. En todo caso, hay varios tip o s d e n tr o de la s e g u n d a clase: la sagrada o de los tem plos; la utilizada para re m u n e ra r a los d istin ­ tos servidores del Estado (ge en syntaxei): la tierra regalada (ge en dorea) d e ­ dicada a los m ás altos servidores del rey. militares o civiles; la de p ro p ie ­ dad privada (ktem ata y ge id ioktetos). E n todo caso, y de acu erdo con la idea arriba expresada, el uso de la tie­ rra no era un derecho conferido a los p articu lares sino u n a con cesió n de los reyes.

Figura alejandrina en bronce de una danzarina. Colección Baker, New York.

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

1. Tierra real o

chora basiliké Su explotación corría a cargo de los c a m p esino s reales, d e n o m in a d o s laoi basilikoi o georgoi basilikoi que en Egip­ to a d ife re n c ia del Im p e rio S e le ú ­ cida. eran de condició n libre, no fija­ dos a la tierra. Vivían ag ru pad os por aldeas y cada un o estaba registrado de acuerd o con su lugar de residencia o idia. lo cual no im plicab a que le es­ tuviera vedado c a m b ia r de domicilio, sino que g o z a b a n de libertad de m o ­ vimientos. Así. al menos, son las lí­ neas generales. La d o c u m e n ta c ió n a nuestro alcance tam poco nos permite a p re h e n d e r con absoluta seguridad si la situación descrita era uniform e p a ­ ra la to talidad del país, o si h a b ía otras situaciones no c o n tem p lad a s en nuestros testimonios, siempre, la m e n ­ tablemente. parciales. Su relación con el rey se establecía m ediante c o n tra ­ tos escritos de du rac ió n más o menos p ro lo n g a d a según las épocas. M ás breves al principio, ya en el S. II eran n o rm a le m e n te por períodos m ás a m ­ plios. De todos modos, la in fo rm a ­ ción sobre este aspecto no es directa, sino a través de los datos sobre las tie­ rras concedidas como regalos o a clerucos. En las aldeas, la auto rid a d real estaba representada p o r un a serie de funcionarios u oficiales g u b e r n a m e n ­ tales, co m o el «jefe de aldea» o komarches y el escriba local o kom ogram m ateus som etido a su vez a los escribas reales o basilikoi grammateis. M a y o r rango tenía el económ ico, oikonom os, representantes del rey en el nom o, cuyos agentes se e n c a rg a b an de in sp e c c io n a r los m ás recónditos lugares d entro de su jurisdicción. Los laoi estab a n obligados al pago de determ inados impuestos, cuya lista es verd ad e ram e n te asom b ro sa p or lo amplia. Así, el stephanos o impuesto para la corona, la artabieia o tasa so­ bre la tierra s e m b ra d a que se elevaba a un artabe p or arura, etc. Aparte de éstos, su c ontribu ción fu n d a m e n ta l es

45 el ekphorion o renta p agad a p o r el lote de tierra real cultivado. N o sabem os con seguridad su monto, pero parece claro que en época ptolemaica, a di­ ferencia del período faraónico, no era un p orcen taje fijo sino variable de acuerd o con c o n sid era c io n es d eter­ m inadas. tales com o tipo de cultivo, la cosecha recogida, situación de la tierra, etc. Todo esto constituye, en efecto, un reflejo de la planificación a que estaba som etida la agricultura en la tierra real. La siem b ra era objeto de la diagraphe sporou o disposición regulado­ ra del cultivo, de acuerdo con la p la ­ nificación de la economía de obligado cu m plim iento. Éste era vigilado por funcionarios reales bajo supervisión del ecónom o del nomo que con trolaba la situación de la siembra. Tanto las semillas com o los aperos de la b ra n z a eran prestados a los cam p e sin os po r los servicios del rey. En el caso del trigo, u n a vez recogi­ da la cosecha, se trillaba en la era co­ munal. convenientemente vigilado por guardias especiales, y allí m ism o se efectuaba la división entre lo debido al rey y lo c orrespondiente al c a m p e ­ sino. es decir, el im porte del arrien do del lote m ás el pago de otros im p u es­ tos y la devolución del p réstam o de la semilla - u n artabe po r a r u r a - . Tras estas deduccion es, el c a m p e s in o se q u e d a b a con el resto, cuya c u an tía no üegaba ni a la mitad de la cosecha. El trigo entregado a la coron a era depositado en múltiples silos bajo el control de los g u a rd a do re s de grano o sitologoi, p ara ser tra n sp o rta d o des­ pués a los grandes graneros de Ale­ ja n d ría , desde d o n d e era distribuido de acuerdo con las disposiciones rea­ les, bien entregado al ejécito, o para do na c ion es a otras ciud ad es griegas, o. sim plem ente, p a ra su venta tanto en el interior del país, co m o fuera de él. En c u a n to a otro tipo de p ro ­ ductos recolectados, el procedim iento era similar, pues su producción t a m ­ b ié n e s t a b a p l a n i f i c a d a y, p o r lo

46

A kat Historia del M undo Antiguo

mismo, estrechamente controlada. Este sistema de explotación agríco­ la necesitaba para su fu ncion am iento co m o requisito previo un exacto co­ nocim iento de la extensión de tierra cultivable, las clases de ésta y las p a r ­ celas o lotes existentes. Por tanto, su fijación en los registros c o r r e s p o n ­ dientes era un a tarea a la que se dis­ p e n sa b a gran atención, siendo c o m ­ petencia de la a d m in istració n local el efectuarla. Factor de capital im po rta nc ia en la agricultura egipcia era el sistema de regadío. Realizado ya con los p rim e ­ ros faraones, es decir, en los albores de la época histórica egipcia, los Ptolomeos no hicieron sino c o n tin u a r la tarea y perfeccionarla. N o podem os d etenernos a a n aliz a r aquí hasta qué p u n t o la c o n s tr u c c ió n y m a n t e n i m iento de la red de canales y diques d eterm inó la c o n form ación de la so­ ciedad no sólo en Egipto sino en to­ das aquellas áreas del m u n d o a n ti­ guo. sobre todo las ciud ad es mesopotám icas, con un os c o n d icio nan tes similares a los im puestos en Egipto p or las crecidas periódicas del Nilo. Estas, en todo caso, d eb ían necesaria­ m ente ser co ntrolad a s m e d ia n te una red de distribución de sus aguas de m a n e ra q ue p u d iera n apro vecharse del m ejor m odo posible. Pero este sis­ tema tenía com o conditio sine qua non el trabajo obligatorio que la práctica totalidad de la po blación d ebía reali­ zar en m o m en to s d e te rm in a d o s. C o m o se trataba de un servicio c o m u ­ nal no estaba rem unerado. Su exen ­ ción. co n se g u id a p o r d e te rm in a d o s g ru pos, c o n lle v a b a u n a c o m p e n s a ­ ción económica.

2. Tierra sagrada Los tem plos e ra n tra d ic io n a lm e n te en Egipto grandes detentores de tie­ rras cuyo título de prop ied ad corres­ p o n d ía sensu stricto a la d iv inidad. Los faraones ofrecieron tierras a los

I

, '

' I

¡

dioses, con objeto de que sus ingresos sirvieran para sufragar el culto real al m ism o tiempo que el de los dioses. Las consideraciones de carácter gene­ ral h e c h a s m ás a rr ib a son v álid as ta m b ié n p ara ellos. C o n relación a d i­ chas propiedades, los Lágidas no in ­ troducirían m odificaciones drásticas respecto a la situación existente a su a dvenim iento, es decir, no las secula­ rizaron o confiscaron; m ás bien los testimonios a p u n ta n a lo contrario: realizaron hacia ellos u n a política de generosidad, d o n á n d o le s ciertas ex­ tensiones. de acuerd o igualm ente con la práctica im p la n ta d a p or los a n ti­ guos faraones. Pero, bajo la a p a r ie n ­ cia de c o n tinu id ad , h u b o de hecho un a modificación en sentido de re­ cortar su ind e p e n d en c ia e con óm ica y política, pues el p o d er central parece h a b e r intervenido en el desarrollo de las actividades econ óm icas llevadas a cab o en el m arco de los templos. Ello conllevaría su sum isión al control es­ tatal. U n ejem plo elocuente de ello puede ser la decisión a d o p ta d a por Filad elfo de tr a s p a s a r a la gestión real al m enos u n o de los im puestos destinados al culto. En el 259 transfi­ rió al culto de Arsinoe II los ingresos obtenidos po r la recaudación del sex­ to del produ cto de viñedos y huertos, recogidos antes directam ente por los templos. D e todas las m aneras, los reyes se vieron obligados en ocasiones a reto rnar a la situación an te rio r para poder seguir c o n ta n d o con el apoyo de los sacerdotes. Ello se dio sobre todo en los c o nvu lsio nad os períodos del S. II hasta el p u n to de que los L á ­ gidas d e bieron desistir del derecho de ad m in istra r los bienes sagrados. En todo caso las tierras sagradas, del m ism o m od o que todas las d e ­ más. estarían registradas, tanto en lo relativo a su exacta extensión com o a los cultivos y producción obtenidos de ellas. De ésta se p ag a b a tam bién una renta al p o d e r central que, no obstante, retornaría a los sacerdotes en forma de co ntribu ción de aquél al

47

Las m onarquías helenísticas I: El Egipto de los Lágidas

m a n te n im ie n to de los templos (sin ta ­ xis). En caso de producirse exceden­ tes, seria el g o b ie rn o el e n c a r g a d o de adm inistrarlos. Los h a bita n te s de la hiera chora se d e n o m in a n g en éricam ente hierodouloi o esclavos sagrados. A su cargo c o­ rría la explotación de las tierras sa­ gradas. Su situación ju rídica parece hab e rse m od ificado en época hele­ nística. no de m a n e ra sustancial, pero sí en el sentido de gozar de m ayor li­ bertad p or más que la divinidad fuera teóricam ente p ropietaria de ellos. Se trataría en definitiva de un a titulari­ dad de o rd en espiritual no física.

3. Tierra de clerucos Era la co ncedida en explotación a los c o m p o n e n te s del ejército, que de este m o d o estaba en la reserva siem pre puesto a ser conv ocado si llegaba la ocasión. Se trataba, c o m o era h a b i­ tual en el m u n d o helenístico, de m e r­ cenarios de origen m a c ed o n io o grie­ go en general, pero tam bién de otras procedencias diversas. El pago de sus servicios no se hacía, por tanto, en d i­ nero c o n ta n te sino en tierras, cuyo prod ucto b astab a h olg a d a m en te para su sustento y el de sus familias. Pero no sólo consideraciones económ icas m otivaron a los Ptolomeos a seguir este sistema. O tra causa im portante fue su deseo de vincular a sus solda­ dos al suelo egipcio de form a que lo c o n sid e rara n su nueva patria, pues la defensa de esos intereses les atañía más directam ente que al soldado p ro ­ fesional simple. Estos clerucos te n ían sus lotes o kleroi distribu id os p o r todo el país, adscritos a las diferentes aldeas o ciu ­ d a d e s. Su t a m a ñ o era v a r ia b le de acuerdo, lógicamente, con su g r a d u a ­ ción. Las tierras eras distribuidas po r el rey, p ara lo cual las desgajaba de la chora hasiliké. Estas cesiones, en p r in ­ cipio, eran revocables, no vitalicias ni hereditarias, pero con el paso del tiem­

po se fueron h a c ie nd o c a d a vez m ás estables en el seno de las m ism a s fa­ milias. de suerte que, m a n te n ié n d o se el principio teórico, en la práctica era de otra m anera. En cu a n to a la explotación de la tierra p ro p ia m e n te dicha, los clerucos p o d ía n hacerlo bien directam ente o a r r e n d á n d o la a su vez a otros c a m p e ­ sinos indígenas, si las o c u p a c io n e s bélicas les ob ligaban a estar ausentes d e m a sia d o tiempo. En todo caso, es­ tab an som etidos al pago de u n a serie de impuestos, c om o el stephanos d e b i­ do a la corona, la artahieia sobre la tierra s em b rada, el phylatikon p or el servicio de vigilancia, el iatrikon por el médico, etc. Su situación presenta realmente bas­ tantes co n com itan cias con la de los laoi, si bien con diferencias esencia­ les. Así. los clerucos estaban libres del pago del ekphorion y de los trab ajo s obligatorios al servicio del sistema de irrigación, p or más que p u d iera n ser requeridos p ara prestaciones e xtraor­ dinarias. C o m o los de los ca m p e sin o s normales, sus lotes e stab an rigurosa­ mente registrados y la siem bra y cose­ c ha vigiladas de cerca p or el apa ra to adm inistrativo al servicio del rey. N o obstante, en cu a n to a la elección del p roducto o productos ten ían más p o ­ sibilidades de libertad no esta n d o so­ metidos. p or tanto, a la diagraphe sporou. p ro g r a m a c ió n de sie m b r a que afectaba a las tierras reales, si bien es p robable que necesitaran de un p e r­ miso expreso p ara ac tu a r así. En todo caso, la introducción de cultivos n u e ­ vos es un hecho b astante frecuente en las tierras de clerucos.

4. Dorea Ya hem os m e n c io n a d o qu e este tipo de tierra la c o n f o r m a b a n las partes de la chora hasiliké a trib uida p or los re­ yes a c olabo rado res suyos com o re­ com pensa. N uestro c o n o cim iento so­ bre ella es m u y com pleto p a r a la

48

Aka! Historia del M undo Antiguo

ex istencia de u n a rica d o c u m e n t a ­ ción papirológica sobre u no de estos dorea: el atribuido a Apolonio. dioceta de Filadelfo. La correspondencia m a n ­ tenida p or aquél con su intendente Z e n ó n nos ilustra sobre aspectos muy concretos. E staba u b ic a d o en Filadelfia, ju n to al oasis del Fayum. y la ex­ plotación de las grandes extensiones de esta dorea - u n a s 2.500 H a — es un ejem plo m agnífico de la diversifica­ ción de cultivos, m e jo ra n d o los exis­ tentes a n te r io r m e n te pero in t r o d u ­ ciendo y d a p ta n d o otros nuevos en un intento de practicar un a agricultu­ ra de alto rendim iento. A la par, una a ctuación sim ilar se registra en otras ram as e con óm icas com o la gan ad e-

Bajorrelieve del templo de Dendera representando a Cleopatra VII

ría, donde, por ejemplo, se pretendie­ ron aclim a ta r corderos milesios. C o m o en las tierras a sign ad a s a los clerucos, el rey. tras la transferencia de los lotes a las doreai, seguía co n se r­ v an do el título de propiedad. No o b s­ tante, este derecho no sería ejercido en la práctica. De hecho, la ge en do­ rea fue el pilar fu n d a m e n ta l sobre el que se constituyó la propiedad privada.

5. Tierra de propiedad privada Su existencia en Egipto es ind udable, si bien su origen es más dudoso. Lo que de esta clase de tierra existiera precedentem ente perviviría sin c a m ­ bios bajo los Lágidas, pero, de todas las m aneras, parece claro que fue esta d i n a s t í a la q u e im p u ls ó d e c i d i d a ­ m ente la existencia de p ro p ied a d e s privadas. Es in d u d a b le tam bién que el increm ento de la eco no m ía m o n e ­ taria, ligado al a d v e n im ie n to de la m onarquía macedonia en Egipto, y. en general, la actividad e co nó m ica p ro ­ pu lsada p or los griegos c oadyuvaron al desarrollo de la p rop ie d a d privada de la tierra. Por lo dem ás, y, c om o ya se ha dicho a propósito de otros tipos de tenencia, los particulares, c uales­ quiera que fueran, e stab an obligados al pago de im puestos y som etidos a la vigilancia de los funcionarios reales. La p la n ific a c ió n e c o n ó m ic a i m ­ puesta p o r los Ptolom eos estaba e n ­ c a m in a d a a la con se c u c ió n de dos objetivos prim ordiales: la a utarqu ía, p ara d e p e n d e r lo m enos posible de p r o d u c to s f o rá n e o s , y el m a n t e n i ­ miento de u n a b a la n z a de pagos fa­ vorable, es decir, que las expo rtacio­ nes fueran más a b u n d a n te s que las im portaciones, lo cual p r o p o rc io n a b a ingresos cuantiosos. A ello c o n s a g ra ­ ron todos sus esfuerzos, p r o c u ra n d o ob te n e r u n desarrollo ó p tim o de los ricos recursos n a tu ra le s de Egipto, a u m e n ta n d o no sólo el área de tierra cultivada sino el n ú m e ro de produc-

49

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

tos sujetos a explotación y perfeccio­ n a n d o los sistemas de reconversión y m an ufactu ra. L ugar p r e d o m in a n te en la agricul­ tura egipcia lo o c u p a b a el trigo. Su produ cción fue im p u lsa d a dec id id a ­ m ente desde el p o d e r central con vis­ tas a la exportación p a ra lo que. a la par, se m ejoró la calidad del grano cultivado. Así. Egipto, no sólo era autosuficiente. sino uno de los principales abastecedores del m u n d o m ed iterrá­ neo. A dem ás de trigo, los Ptolom eos im p u lsa ro n d ecididam en te el cultivo de dos p roductos fundam entales: vi­ no y aceite de oliva, cuyo co n su m o se d a b a sobre todo entre la po blación griega. A parte de éstos, se cultivaban u n a gran m ultiplicidad de productos que no es necesario e n um erar, unos típicos de Egipto desde tiempos preté­ ritos. otros, com o los citados, in tro d u ­ cidos p o r las exigencias de u n a p o ­ b la c ió n h etero g én ea, h a b itu a d a a usos distintos de los egipcios, (f. la o b ra clásica de Cl. Preaux, L'écono­ m ie royale des Lagides, Bruselas 1939 y M. Rostovtzeff. H a Social y económica del m undo helenístico I). De todo lo p ro du cido y vendido en Egipto, el rey en concepto de arrie n d o o de im p u e s­ tos recibía u n a parte. U n a ram a im po rtan te d entro de la actividad econó m ica general del país era la industria. En este aspecto, los Lágidas, ad e m á s de proseguir la p ro ­ ducción de los artículos tradicionales del p a ís y o b j e t o de e x p o r t a c i ó n —papiro, telas, vidrio, etc.—, p ro p u l­ saron la fabricación de otros cara a su c o n s u m o in te rio r y exterior p or u n a clientela, com p uesta sobre todo de griegos o gentes a c o stu m b rad a s al m o d o de vida helénico, lo cual se e n ­ m arca en este ideal de a u ta rq u ía que p re te n d ían conseguir. La industria, al igual que la agri­ cultura. estaba ta m b ié n p lanificad a o dirigida. P uede decirse que a m b a s estaban conectadas p o r cuanto una serie de p ro d u c to s agrícolas eran objeto de

Escultura alejandrina de una niña.

Museo del Louvre

u na producción industrial interveni­ da por el Estado. C o n f o r m a b a n este s iste m a los lla m a d o s m o n o p o lio s . Antes de e xponer brevem ente su fun­ c ionam iento. direm os que su finali­ dad última era asegurar beneficios al rey. En el Egipto helenístico, los im ­ puestos en especie seguían siendo im ­ portantes d a d o que el uso de la m o ­ n eda sólo se generalizó con los P to­ lom eos. Los reyes, p a r a g a r a n t iz a r la reducción a d inero de los im p u e s­ tos de los productos de la industria agrícola, recurrieron a la figura del contratista o a rre n d a tario de im p u es­ tos. Este a su m ía la recaudación, pero, pre v ia m e n te , n e c e sita b a e v a lu a r el rend im ien to del im puesto a recaudar, para lo cual el rey le g ara n tiz a b a un mínimo de productos imponibles, com ­ prom iso este de cuyo cu m p lim ie n to se o c u p a b a n los funcionarios e n c a r­ gados de supervisar la ejecución de los distintos programas de producción. E n cuan to al m e c a nism o p o r el que se regían los m onopolios, conocem os con detalle el de los aceites vegetales, pues se conserva la ley, de época de F ila d e lfo —la nom os elaikes— q ue regulaba esta faceta de la eco nom ía real. A tañía a los aceites vegetales de uso m ás corriente en Egipto: sésamo, ricino, cártam o, c a lab a za y linaza. El a b a stecim ien to de las m aterias p ri­ mas corría a cargo de los cultivado­

50

A k al Historia d e l M undo Antiguo

res, pero era el gobierno central quien

dustria doméstica, presente en todos

disponía la superficie dedicada an ual­ m ente al cultivo de estas p lantas olea­ ginosas, fuera de la cual no estaban permitidos. La semilla era p ro p o rcio ­ n a d a po r el gobierno, si bien poste­ riorm ente era devuelta. La cosecha se recogía b ajo estrecha vigilancia de contratistas y funcionarios, los cuales previamente h abían estimado su c u a n ­ tía de acuerd o con el cam pesino. So­ bre dichos presupuestos era vendida al arren datario , a los precios fijados. Si se p rodu cía déficit respecto a las estim aciones realizadas, e ran los fun­ cionaros los encargados de subvenir a éste. Los ca m p esino s e ntre g a ba n la to ta lid a d de la p ro d u c c ió n sin que p u d ie ra n g u a rd a r parte de ella para su venta libre. Posteriormente, se lle­ vaba p ara su transform ación en acei­ te a las aceiterías estatales o a las de los templos, som etidas siempre, unas y otras, a control. Las prensas de los templos, adem ás, eran selladas c u a n ­ do term in a b a el período de actividad, p ara evitar su utilización privada y fuera de vigilancia, es decir, su prim ir la p rodu c c ió n clandestina. El aceite extraído era vendido a los minoristas en la c a n tid a d que se co m p ro m e tie ­ ran a vender posteriormente. Su p re­ cio era más alto del vigente en los m e rc a d o s situ a d o s fuera de Egipto de form a que, p ara proteger el m erca­ do interior, las tasas .sobre el aceite extranjero eran muy elevadas, llegan­ do hasta el 50%. Lo expuesto indica que el control de la pro du cción tenía u n a finalidad fiscal, pues con él se pretendía g a r a n ­ tizar al a rre n d a tario el producto so­ bre el que se percibía el im puesto de elaike, cuya recaudación h a b ía aquel g a ra n tiz a d o al rey. En Egipto, la producción industrial constituía u n o de los aspectos de la e c on om ía real. H a b ía talleres reales d o n d e se fabricaban todos aquellos productos requeridos para el c o n su ­ mo del palacio. Pero ju n to a éstos ha de constatarse la existencia de u n a in ­

los rincones del país. Esta tenía com o m isión a te n d e r las necesidades fam i­ liares, pero tam bién trab aja para el rey y para el público en general con u n a fabricación n o rm a lm e n te de o b ­ jetos de uso cotidiano. Al h a b la r de la industria egipcia, la m ención de los tem plos es im prescin ­ dible. Su tradición en este aspecto era grande, pues d u ra n te la época faraó­ nica h a b ía n sido centros industriales im portantes y co n tin u a ro n siéndolo a lo largo del Helenismo. Sus talleres c o n trib u ía n así a la riqueza de los templos, b a sa d a tam bién en los in ­ gresos ob tenidos de sus pro pied ades territoriales y en los d o nes obtenidos de los reyes tanto en especie com o en dinero, si bien los Lágidas, com o ya hem os m en cion ado , intervinieron en su gestión económ ica’, reco rtand o así su ind ependencia. Los talleres sagrados c o n ta b a n po r esa m ism a tradición con obreros muy e s p e c ia liz a d o s , r e s p o n s a b le s de la m a nu fa c tura de artículos re n o m b r a ­ dos. Así. p or ejemplo, la de tejidos de lino fino, el a fa m a d o byssus, biso que los sacerdotes p o d ía n com ercializar en el extranjero. Rostovtzeff (op. cit. I. p. 303) op in a incluso que los Ptolo­ meos to m a ría n de los tem plos la o r ­ g an ización de la industria egipcia y el modelo de los m onopolios, n a tu r a l­ mente. modificado. La pla n ific ac ió n de la e c o n o m ía egipcia dio a los Lágidas los resulta­ dos apetecidos, pues Egipto, rico de po r sí. a u m e n tó su riqueza m edian te la reorganización de su agricultura e in dustria. La d e se a d a a u t a r q u ía se consiguió así en la m edida de lo posi­ ble. teniendo en cu enta que el país no producía de todo absolutam ente. Los metales, po r ejemplo, d e b ía n en parte im portarse, si bien d u r a n te m u c h o tiem po p u d ie ro n ser a p o rta d o s p o r las posesiones egipcias exteriores. Tal es el caso entre otros del cobre —cuyo abastecimiento corría a cargo de C h i­ pre— y parcialm ente de la plata. La

Las m onarquías helenísticas- I: El Egipto de los Lágidas

m ad era, fu n d a m e n ta l p a ra la c o n s­ trucción naval, e n c o n tra b a en Siria. Cilicia y Licia su fuente de aprovisio­ nam iento. Pero tam p oco en las regio­ nes del Im perio Egipcio c on ta ba n con todo lo im prescindible para subvenir a la com pleta totalidad de las necesi­ d ades del país. Las re la c io ne s c o m e rc ia les j u g a ­ ban. pues, u n papel muy im portante, pero no sólo cara a la adquisición de productos no existentes en Egipto, sino ta m b ié n a la exportación de los exce­ dentes. Tales corrientes seguían sobre todo tres direcciones: Africa oriental. A rabia e India: ám b ito egeo y póntico. y zona occidental y nordoccidental. El com e rc io con las zo n a s mencion das en p rim er lugar era de arom ata y otras m aterias prim as algunas de las cuales, de lujo, eran transfor­ m a d a s p a ra su c o n s u m o interio r y t a m b i é n p a r a e x p o r ta c ió n . Así, el marfil, conchas de tortuga, perlas, seda, etc. C o n el Egeo el principal producto co m ercializad o era g ran o del que el m u n d o griego era tra d ic io n a lm e n te deficitario. T am bién e xp ortab a n p a ­ piro y otros objetos m anu fa c tu rad o s de lujo. En cu a n to a la tercera zona, la im p o rta n c ia cu a n tita tiv a del c o ­ mercio era m e n o r y los productos in­ t e r c a m b ia d o s s e ría n bien c a b a llo s —de C ir e n a ic a — o metales por vaji­ llas, vidrio, etc. de Egipto. De la organ ización del com ercio se sabe m uy poco. Se co n ce n trab a sobre todo en A lejandría pero no solo allí. A través del Nilo se podía llegar nave­ g a n d o h asta las regiones interiores, pero d esconocem os los m ecan ism o s p o r los que se regían los in te rc am ­ bios. En todo caso, las necesidades com erciales dictaron la política m o ­ netaria de los Ptolom eo. Se emitieron m onedas de cobre, destinadas a su em ­ pleo en el interior del país, tetrad raemas de plata, de utilización practicam ente exclusiva en A lejandría, pose­ siones exteriores de Egipto y países extranjeros en general, m o n ed a s de oro —c om o las p e n t a d racm as (trich-

51 rvsa)— a c u ñ a d o s por Soter y los pos­ teriores octa d ra c m as — m naeia— y tetr a d r a c m a s de F ila d e lfo y A rsín o e —em p le a d as tan solo para el c o m e r­ cio exterior—. Por lo dem ás, el siste­ ma m onetario egipcio se im puso co­ m o o b l i g a c i ó n en su s p o s e s i o n e s exteriores, d o n d e q u e d a ro n p r o h ib i­ dos otros tipos de acuñaciones. Esta u n ifo rm id a d m on etaria su b ra y a b a la particularidad de Egipto y su Im p e ­ rio respecto al resto del m u n d o h e­ lenístico. Pero el sistem a m o n e ta rio p to le ­ maico alteró de m an e ra considerable las c o n d ic io n e s e c o n ó m ic a s d e n tro de Egipto. C ie r ta m e n te la m o n e d a era c onocida en época pretolemaica, pero su circulación q u e d a b a restrin­ gida a los estratos superiores de la p o­ blación y a los extranjeros. Los in d í­ genas del interior tenían arraig ad o el sistema del trueque p or el que se re­ gían y es difícil precisar en qué m e d i­ da fue reem plazad o p o r la utilización de la m on e d a con posterioridad a la c onquista de A lejandro, pues los p a ­ piros conservan evidencia clara tanto de la p e r v iv e n d a del trueque, com o de la escasez de num erario. Incluso los im puestos eran pagados unos en naturalia otros en dinero. Por último direm os algo sobre los grupos de población presentes en la sociedad egipcia, fuera de la realeza. El último peld a ñ o de la p irám id e social estaba c o n fo rm a d a p o r los es­ clavos. En Egipto, sin em bargo, este grupo no tuvo la im po rta nc ia de otros lugares, al m enos lo que se entiende n o r m a l m e n t e p o r e s c la v itu d . É sta q u e d a b a circunscrita al palacio y á m ­ bito griego en general. El resto del país conocía tan solo distintas formas de vinculación de la persona p or el trabajo que desem p e ñ a b a , de a c u e r­ do con prácticas vigentes en socieda­ des de carácter oriental. D e todos m o ­ dos, poseem os un c o n o cim iento im ­ perfecto de ello, pues la d o c u m e n ta ­ ción es m uy p o c o e x p líc ita a este respecto.

A kal Historia de l M undo Antiguo

Escultura alejandrina representando la personificación del Nilo.

Museo Vaticano

La m asa de esta població n estaba 1 prim ir su in d e p e n d en c ia económ ica, c o m p uesta po r los indígenas egipcios. po r m ás que no pudiera conseguirse Su situación no era ciertam ente muy plenam ente. La situación de sus p r o ­ brillante. En su gran mayoría se veían piedades ha sido ya tratad a a n te rio r­ de u n a u otra m a n e ra ligados al tra­ mente. bajo p o r el gobierno, sujetos, com o M u cho más favorable era la posi­ e staban, adem ás, a las prestaciones ción de los extranjeros. Se e n c o n tr a ­ ob ligatorias p a ra el m a n te n im ie n to b a n totalm ente diferenciados de lOs del sistema de irrigación artificial. Po­ indígenas y su situación era en c o n ­ seían. de to d as form as, libertad de j u n t o p riv ileg iada. V ivían n o r m a l ­ m ovim ientos y sus relaciones con la m ente en las pocas ciud ades griegas m o n a rq u ía en lo concerniente a su de Egipto y, a u n q u e existían grupos trabajo en el sistema económ ico se diferenciados por etnias. los m ás n u ­ regían p o r contrato, siempre, no o b s­ merosos eran los griegos, cuya vida tante. vigilados de cerca por funcio­ podía desarrollarse dentro de sus es­ narios reales o recaudadores de im ­ q u e m a s y g ustos p a rtic u la re s . Los puestos, prestos a intervenir, incluso c iu d a d a n o s de Alejandría y su p o b la ­ en la vida privada, siem pre que consi­ ción extranjera en concreto llegaron d e r a r a n q u e p o d ía in te rfe rir en la hasta la ob tención de un estatuto p o ­ producción. De ahí nacen las m últi­ lítico excepcional. Incluso las leyes ples quejas dirigidas al rey sobre d i­ griegas p o d ía n ser u tiliz a d a s p a r a versos atropellos. juzgarlos, en el caso de que no estu­ O tro s in d íg e n a s q u e d a r ía n fuera vieran c o n te m p la d o s tales supuestos del ám b ito económ ico estatal y con en las leyes u o rd e n a n z a s del rey. Lo ello de su vigilancia, pero es im posi­ m ism o es válido tam b ién p ara los in ­ ble co n sid e ra r siquiera qué p ro p o r­ dígenas egipcios que p o d ía n recurrir ción estaría en tales condiciones. a sus hábitos legales propios en las Entre los indígenas merecen m e n ­ m ism as circunstancias. ción aparte los sacerdotes, pues for­ Los extranjeros afincados en E gip­ m a b a n u n a clase privilegiada. El p o­ to estaban sujetos al pago de im p u e s­ der real los trataba con deferencia, to. cuya exención parcial podía ser co m o lo d em uestra el que se les exi­ otorgada por el rey en casos co n c re ­ mía de los trabajos obligatorios y te­ tos. Sin em bargo, se veían libres del n ían un cierto grado de autogobierno. trabajo obligatorio al que los indíge­ H em o s visto ya cóm o se tendía a sunas estaban sujetos.

53

Las m onarquías helenísticas. I: El Egipto de los Lágidas

tuados, casi todos griegos, e c o n ó m i­ ca m e n te activos con p ro p ie d a d e s y d inero móvil, presto para ser inverti­ do. M uchos de éstos h a b ía n llegado a Egipto en época lágida. atraídos p or la riqueza del país. Los m ism os reyes h a b ría n favorecido el desarrollo de esta burguesía activa. Pero no todos los extranjeros eran gentes de fortuna. H ab ía otros cuya subsistencia se g a n a b a con el trabajo cotidiano en las diferentes ram as de la economía. M uch os de ellos co n fo r­ m a b a n la m asa de po blación jo r n a le ­ ra de las ciudades pero ta m b ié n se les e n c u e n tr a a f in c a d o s en el in te rio r de Egipto. De la con form ació n de la casa real no vam os a hablar. En este aspecto no existía gran diferencia con rela­ ción al sistema m o n á rq u ic o helenísti­ co general, im puesto tras la c o n q u is­ ta de O riente por A lejandro M agno.

Así, a d e m ás de tener mayores posi­ bilidades en todos los ám b itos o c u p a ­ ban los puestos administrativos más ele­ vados en c u a n to que el alto funcion a ria d o civil les estaba reservado a ellos. E n todo caso, d ep e n d ía n de la vo luntad del rey y de sus superiores. M ención ap arte de entre estos ex­ tranjeros m erecen los c o m p o n e n te s del ejército. Las posibilidades de al­ c a n z a r un bienestar económ ico eran grandes, tanto p or la m ism a re m u n e ­ ración recibida p or los guardias de corps del rey o los estacionados en guarniciones, c om o por su p articipa­ ción en el botín — nuestra in fo rm a ­ ción sobre ello es muy e scasa— y po r los repartos de lotes de tierra. De la situación de éstos, ya hem os hablado. Ju n to a estos dos grupos existía una clase de h o m b re s de negocios bien siEgipto Helenístico MAR MEDITERRANEO Apolonia Tolemais. .* CIRENAICA • <

V

%

Λ ; TINa '

%

« ·. T f Pelusio .Petra Memfi smfi^ , · ‘ ^Pitoom -Heroópolis

LIB IA

1 V\ * " %° .* Arsin„ «Elana . C i a n a l\lj, . Pilotera?*. Ac** T e a d e l f i a 5 Tolemais Hormos ΛΓ % %. * r's .jeima Heracleópolis-'/t 'v .Arsinoe? Hermópolis / oQ «Mios Hormos Licópolis m Ten*jra «Dedan Tolemais * «coptos *Ampelone? Tebas·, , „

ARABIA

ArsinoeT^VApolinópoliS LIHYANITOS •latripa Elefantina. ’ Kom -Om bo Filae * *Siena «Rerenice t.* catarata 2.* catarata Filométoris?.

%

Cleopatra?·

?

t.

Tolemais Epiteras

ETIOPIA Méroe

% y

O

MINEOS K arna·

Berenice A u re a .

M ariaba . SABEOS Arsinoe?·

%, Berenice Epidires*

54

A kal Historia del M undo Antiguo

Bibliografía

Alliot, M.: «L a fin de la resistan ce égyp­ tien n e d a n s le Sud», REA L IV . pp. 18 ss.. 1952. «La T h é b a îd e en lutte co n tre les rois d ’A lex an d rie sous P h ilo p a to r et E p ip h a ­ nes (216-184)». R B P hH XXIX. pp. 424 ss.. 1951. Aymard. A.: «Tutelle et u su rp a tio n d a n s les m o n a rc h ie s h ellénistiq u es» , Aegyptus X XX II. pp. 85 ss.. 1952. Bagnall, R.S.: The A dm inistration o f the Ptolemaic Territories outside Egypt. N ueva York. 1976. Bengtson, H.: « B ed eu tu n g d er E ingeboren e n b e v ô lk e ru n g in d en h e lle n is tisc h e n O ststaaten » , WaG XI. pp. 135-143. 1951. Bevan, E.: Histoire des Lagides. Paris, 1934. Bouché-Leclerq, A.: Histoire des Lagides. Paris. 1903-1097. Braunert, H.: « D ie B ie n n e n w a n d e ru n g . S tu d ien z u r S o zialg esch ich te A egyptens in d e r P to lem aer-u n d K aiserzeit». (B o n ­ ner H isto risch e F o rsch u n g en 26). Bonn. 1964. « Id ia . S tu d ie n z u r B e v o lk e ru n g sg e sc h ic h te des p to le m a is c h e n u n d ró m isch en A egypten ». Journal o f Juristic Papvrology 9-10. pp. 211-328. 1955-1956. Fraser, P.M.: Ptolemaic Alexandria. O xford. 1972. Harmatta, J.: « D a s P ro b lem d e r K ontin u itât im frü h h e lle n istisc h e n A egypten». Acta A ntiqua XI. pp. 199-213. 1963. H eichelheim , F.M .: W irtschaftliche Schnankungen der Zeit von Alexander his A u ­ gustus. Jen a. 1930.

Heinen, H.: « H ee r u n d G esellsch aft im P tolen iilerreich » , Ancient Society 4. pp. 91114. 1973. Herrmann, J.: « S tu d ien z u r B o d en p ac h t im R echt d e r g raeco -aeg y p tisch en P ap y ­ ri». (M ünchener Beitrage. n.° 41). M u n ich . 1958. Huss, W .: « U n tersu ch u n g en z u r A ussenpolitik P to lem aio s IV» (M ünchener Beitrüge n.° 9). M u n ich . 1976. Kunderewics, C .: « E v o lu tio n h isto riq u e de la re s p o n sa b ilité des fo n c tio n n a ire s d a n s l'E gypte p to lem aîq u e» . Eos XLV1II. 2 (S vm bolae T au b en sch lag ), pp. 101 ss., 1956. L>esquier, A.: Institutions militaires de I Egyp­ te sous les Lagides. Mordzejewski, J.: «R égim e foncier et struc­ tu re s so c ia le s d a n s l'E g y p te p to le m a ique». Actes Colloque sur l'Esclavage. B esan ­ çon. 1974. Manni, E.: «L 'E gitto to lem aico nei suoi rap p o rti con R om a». R E L X X V IL pp. 103 ss.. 1949. Müller, B.J.: Ptolemaeus II Philadelphus ais Gesetzgeher. C o lo n ia . 1968. Oertel, F.: Die Liturgie. Studien zu r ptole­ maischen u n d kaiserlichen Verwaltung A e­ gyptens. Leipzig. 1917. Otto, W. y Bengtson, H.: « Z u r G esc h ic h te des N iederganges des Ptolem ilerreichs. Ein B eitrag z u r R e g ie ru n g z e it d e r 8.u n d 9. P to lem aer» . Abh. Baver. Akad. Wissenshc. N F XVII. pp. 23-112'. 1938. Peremans, W .: « P to lo m ée II P h ila d e lp h e

55

Las m onarquías helenísticas. I El Egipto de los Lágidas

et les in d ig èn es égyptiens». R B P hH X II. p. 1006 ss. 1933. «É gyptiens et étran g ers d a n s l'a g ric u l­ ture et l'élevage en Egypte p to lem aîq u e» . Ancient Society V. pp. 127-135. 1974. «É gyptiens et étran g ers d a n s l’Egypte p to lem aîq u e. G recs et B arb ares» . Entre­ tiens sur l'Antiquité classique V IIId e là Fond. Hardi. V andoeuvres. G in e b ra . 1962. E. v an 't D ack. Prosopographia Ptolemaica. 8 vols. Lova in a. 1950-75. Pestman, W.: H arm achis et Anchm achis, deux rois indigènes du tem ps des Ptolomées. Chr. Eg. XL pp. 157 ss. 1965. Preaux, Cl.: E conom ie royale des Lagides, B ruselas, 1939. « L 'E co n o m ie Lagide: 1933-1958». Pro­ ceeding o f the IXth International Congress o f Papyrology\ O slo, pp. 200-232, 1961. «L a signification du règne d'E vergetes II». Actes du Congrès de Papyrologie d'Oxfo rd 1937, B ruselas, pp. 345 ss., 1938. « P o u rq u o i n ’y eut-il p as des g ra n d es co d ificatio n s hellenistiqu es» ? RIDA 3a ser. V. pp. 365 ss., 1958. « É sq u is se d 'u n e h is to ire d es ré v o lu ­ tions égyptiennes* sous les L agides». Chr. Eg. XXI. pp. 522 ss., 1936. « P olybe et P to lo m ée P h ilo p a to r» . Chr. Eg. XI. pp. 364 ss.. 1965. Les Grecs en Egypte d'après les archives de Zenon. B ruselas, 1947. Das Ptolemaische Agypten. A kten des intem ationalen Symposions. Septem ber 1976 in Berlin. B erlín, 1978. Reckmans, T.: «L a sitom étrie d a n s les A r­ chives de Z é n o n » (Papyrologica Bruxellensia III), B ruselas, 1966.

RostovtzefT, M.: Historia social y económica del M undo Helenístico. M ad rid , 1967. A large Estate in Egy’p t in the third C en­ tury’ B.C. A study in economic History. M a ­ diso n . 1922.

Schnebel, M .: «D ie L an d w irtsch aft in hellen istisch en A egypten» (M ünchener Beitrage n.° 7). M u n ich , 1925. Seibert, J.: « U n te rs u c h u n g e n z u r G esch ich te P to lem aio s I» (M ünchener Beitrage n.° 56). M u n ich . 1969. « P to lem a io s I u n d M ilet», Chiron I, pp. 159-166. 1971. Sutherland. R.: « C o rn a n d coin: a note on G re e k c o m m e rc ia l m o n o p o lie s » . AJPh LXIV. pp. 129 ss., 1943. Sw iderek, A.: « L a so c ié té in d ig è n e e n Egypte d 'a p ré s les arch iv es de Z en o n » . Journal o f Juristic Papvrology V II-V III. pp. 231-284. 1954-55. Uebel, F.: « D ie K leru ch en A egyptens unter d en ersten sechs Ptolemaem »'.M 6/?a/j
View more...

Comments

Copyright ©2017 KUPDF Inc.
SUPPORT KUPDF